Read the book: «Historia romana III. Guerras civiles (Libros III-V)»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 84

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANTONIO GUZMÁN GUERRA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1985.
REF. GEBO202
ISBN 9788424931001.
LIBRO III
SINOPSIS
| 1. | Argumento del libro III. | |
| 2-3. | Disturbios y muerte de Amatio. | |
| 4. | Antonio propone la vuelta y una indemnización a Sexto Pompeyo. | |
| 5. | Antonio persiste en su política de concitar favores. | |
| 6. | Proyectos de Bruto y Casio. | |
| 7-8. | Manejos de Antonio sobre la asignación de las provincias. | |
| 9. | Octavio se entera en Apolonia del asesinato de César. | |
| 10. | Octavio cruza el Adriático. | |
| 11. | Marcha sobre Bríndisi. | |
| 12. | Avance hacia Roma de Octavio. | |
| 13. | Octavio hace su entrada en Roma. | |
| 14. | El heredero de César acepta la adopción. | |
| 15-17. | Entrevista de Octavio y Antonio: discurso de Octavio. | |
| 18-20. | Respuesta de Antonio. | |
| 21. | Diversas reacciones en Roma ante la enemistad entre Octavio y Antonio. | |
| 22. | Litigios por la herencia de César. | |
| 23. | Octavio pugna por atraerse el favor del pueblo. | |
| 24. | Antonio decide hacerse con el ejército de Macedonia. | |
| 25. | El senado elige a Antonio general del ejército macedonio. | |
| 26. | Muerte de Trebonio en Asia. | |
| 27. | Antonio solicita la permuta de las provincias. | |
| 28. | Octavio intenta poner en vigor el decreto sobre la aurea sella . | |
| 29. | Los tribunos solicitan y obtienen de Antonio una reconciliación con Octavio. | |
| 30. | Antonio obtiene la Cisalpina con la ayuda de Octavio. | |
| 31. | Antonio se opone a la elección de Octavio como tribuno. | |
| 32. | Nueva intervención de los tribunos. | |
| 33-38. | Respuesta de Antonio a los tribunos. | |
| 39. | Breve reconciliación entre Octavio y Antonio y nueva ruptura de las hostilidades. | |
| 40. | Antonio parte para Bríndisi y Octavio para Campania. | |
| 41. | Cannutio y Octavio hablan al pueblo. | |
| 42. | El ejército se niega a luchar contra Antonio. | |
| 43-44. | Motín de las tropas en Bríndisi. | |
| 45. | Antonio vuelve a Roma. | |
| 46. | Antonio parte desde Tíbur a Arímino. | |
| 47. | El senado decide apoyar a Octavio. | |
| 48. | Octavio estrecha los lazos de unión con su ejército. | |
| 49. | Décimo Bruto se encierra en Módena y Antonio pone cerco a la ciudad. | |
| 50. | La sesión senatorial de 1.° de enero del 43 a. C. | |
| 51. | El senado decreta diversos honores a Octavio. | |
| 52-53. | Discurso de Cicerón al senado. | |
| 54-60. | Discurso de Pisón al senado. | |
| 61. | Cicerón redacta los acuerdos del senado sobre Antonio. | |
| 62. | Respuesta de Antonio a los embajadores. | |
| 63. | Antonio es decretado enemigo público por el senado. | |
| 64. | Dudas de Octavio sobre la intencionalidad de los decretos del senado. | |
| 65. | Hirtio y Octavio parten hacia Módena para ayudar a Décimo. | |
| 66. | Huida de Cicerón ante la amenaza de P. Ventidio. | |
| 67-70. | La batalla del Forum Gallorum . | |
| 71. | Segunda derrota de Antonio en Módena. | |
| 72. | Antonio parte hacia los Alpes. | |
| 73. | Octavio rechaza una oferta de Décimo para conferenciar. | |
| 74. | Propuestas de Cicerón en Roma ante la noticia de la victoria en Módena. | |
| 75-76. | Coloquio de Pansa y Octavio. | |
| 77-78. | La situación en Siria. | |
| 79. | La situación en Macedonia. | |
| 80. | Octavio busca la alianza con Antonio. | |
| 81. | Consejos de Octavio a Lépido y a Asinio Polión. | |
| 82. | Propuesta de Octavio a Cicerón de compartir el consulado. | |
| 83-84. | Encuentro y alianza entre Antonio y Lépido. | |
| 85. | Consternación y miedo a Antonio en Roma. | |
| 86. | Embajada de los centuriones. | |
| 87. | Arenga de Octavio a los soldados. | |
| 88. | Nueva embajada de los centuriones. Octavio marcha sobre Roma. | |
| 89. | Desconcierto en la ciudad ante el avance de Octavio. | |
| 90. | El senado decide resistir a Octavio. | |
| 91. | Preparativos para la defensa de Roma. | |
| 92-93. | Octavio penetra en Roma. | |
| 94. | Elección como cónsul de Octavio y nombramiento oficial como heredero de César. | |
| 95. | Octavio dispone los asuntos en Roma. | |
| 96. | El senado accede a la reconciliación entre Octavio y Antonio. | |
| 97. | Huida de Décimo Bruto. | |
| 98. | Muerte de Décimo Bruto. |
Así, Gayo César, que había sido el más destacado [1 ] con mucho en extender los límites del imperio romano, fue asesinado por sus enemigos y enterrado por el pueblo. Todos sus asesinos recibieron su castigo. Sin embargo, este libro y el siguiente mostrarán cómo fueron castigados los más notables de entre ellos, así como las otras guerras civiles que brotaron al mismo tiempo entre los romanos 1 .
El senado hizo responsable a Antonio del contenido [2 ] de su discurso fúnebre en honor de César, por cuya causa, en especial, el pueblo excitado había despreciado el decreto de amnistía recién aprobado y había acudido con fuego contra las casas de los asesinos. Pero Antonio trocó la irritación del senado en buena disposición hacia sí mediante el siguiente y único acto político 2 . Había un cierto Pseudo-Mario, llamado Amatio, que fingía ser nieto de Mario y que, en recuerdo de éste, era muy querido por el pueblo. Siendo, por tanto, de acuerdo con esta pretensión, un familiar de César 3 , se condolió en exceso por su muerte y construyó un altar junto a la pira fúnebre 4 . Reunió a una banda de hombres temerarios y, en todo momento, provocaba el terror de los asesinos. Algunos de éstos habían huido de la ciudad, y los que habían recibido de César el gobierno de las provincias habían partido hacia sus zonas de mando, Décimo Bruto hacia la Galia Cisalpina, Trebonio hacia el Asia Menor, y Tilio Címber hacia Bitinia 5 . Casio y Marco Bruto, que eran los favoritos del senado, habían sido elegidos también por César gobernadores para el próximo año, Casio, de Siria, y Bruto, de Macedonia, pero como eran todavía pretores urbanos 〈 permanecieron en Roma 〉 necesariamente. Mediante disposiciones inherentes a su cargo de pretor trataron de conciliarse a los colonos, entre otras figuraba una que les permitía vender sus parcelas, en tanto que la ley hasta entonces prohibía la enajenación de tierras mientras no hubieran transcurrido veinte años 6 .
Se decía que Amatio aguardaba la oportunidad de [3 ] coger a Bruto y Casio. Antonio, por tanto, basándose en este rumor de la asechanza y con su autoridad de cónsul, cogió prisionero a Amatio y lo hizo matar sin juicio en forma harto temeraria. El senado se quedó estupefacto ante el hecho, puesto que lo consideraba grave e ilegal, pero disimularon, con sumo gusto, su utilidad, pues eran de la opinión que sin un acto de tal osadía no se hubiera podido asegurar la situación de Bruto y Casio. Sin embargo, los seguidores de Amatio y el resto del pueblo, a causa de su nostalgia de éste y de su indignación con lo ocurrido, en especial porque el causante de ello había sido Antonio, el cual había recibido la estima popular, no consintieron que se les despreciara así. Se adueñaron, por tanto, del foro con gritos, y vituperaron a Antonio y exigieron que los magistrados, en lugar de Amatio, consagraran el altar e hicieran sobre él los primeros sacrificios a César. Mas al ser expulsados del foro por soldados enviados por Antonio se irritaron aún más, vociferaron y algunos mostraron los lugares de los que habían sido quitadas las estatuas de César 7 . Cuando uno dijo que les indicaría el taller donde las estatuas estaban siendo destruidas, le siguieron al punto y, al verlo, lo incendiaron, y, finalmente, después que Antonio envió otros soldados, algunos murieron al tratar de defenderse y otros fueron hechos prisioneros, de los cuales los esclavos fueron crucificados y los libres arrojados desde el precipicio.
[4 ] El tumulto cesó, pero un odio indecible, surgido de un aprecio extremo, se despertó entre el pueblo contra Antonio. El senado, en cambio, estaba contento, pues consideraba que por ningún otro medio hubieran dejado de tener que temer por Bruto y los suyos. Y cuando Antonio propuso, además, que se hiciera volver de España, donde todavía era atacado por los lugartenientes de César, a Sexto Pompeyo, el hijo de Pompeyo Magno, que era aún añorado por el pueblo, y que, en compensación por la confiscación de la hacienda paterna, se le concedieran con cargo a los fondos públicos cincuenta millones de dracmas áticas, y que se le designara comandante del mar, igual que lo fue su padre 8 , y que utilizara los barcos romanos dondequiera que estuviesen, para los asuntos más acuciantes, el senado, atónito, aceptó con vehemencia cada una de las propuestas y aclamó a Antonio durante un día entero. Pues pensaban que no había un defensor más acérrimo de la República que Pompeyo Magno, y, por ende, más añorado. Casio y Bruto que eran ambos de la facción de Pompeyo y los que, a la sazón, gozaban de mayor estima entre todos, pensaron que tendrían asegurada su salvación, que quedaría consolidado el móvil de sus actos, restaurada, por fin, la República y triunfante su partido. Cicerón alababa también continuamente a Antonio por estas razones, y el senado al darse cuenta de que el pueblo conspiraba contra Antonio por causa de ellos, le concedió que se rodease de una guardia personal elegida por él mismo entre los veteranos residentes en la ciudad 9 .
Antonio, ya sea porque lo hubiera hecho todo con [5 ] vistas a esto mismo, o bien acogiendo con satisfacción la circunstancia como muy útil para él, eligió la guardia y la incrementó hasta seis mil hombres, no de entre los que habían sido soldados rasos, con los cuales creía poder contar, cuando los necesitara, de cualquier otra forma, sino entre los que eran centuriones, por ser más aptos para el mando, más expertos en la guerra y conocidos suyos a causa de su militancia bajo César. Les designó tribunos elegidos entre ellos mismos, y revestidos con la dignidad del cargo, los tuvo en honor y les hizo partícipes de los planes que dio a conocer. El senado empezó a sospechar de su número y de la selección rigurosa, y le aconsejó que redujera la guardia personal hasta un número suficiente como para no suscitar envidia. Él prometió hacerlo cuando se extinguiera el desorden del pueblo. Se había decretado que fueran ratificados todos los actos de César y cuantos planes tenía en cartera. Antonio poseía el memorándum de los proyectos de César y el secretario de César, Faverio, le era fiel en todo, puesto que el mismo César, cuando se disponía a partir, había dejado tales peticiones a la discreción de Antonio, el cual hizo muchas adiciones para atraerse el favor de numerosas personas. Hizo regalos a ciudades, a príncipes y a sus propios guardianes; y, aunque se advertía a todos que ésta era la voluntad de César, quienes los recibían sabían que el favor era de Antonio. Con idéntico propósito inscribió a muchos en el senado e hizo muchas otras cosas para agradar a este último, a fin de que no tuviera todavía recelos de su guardia personal 10 .
[6 ] Mientras Antonio estaba ocupado en estos asuntos, Bruto y Casio, como no se evidenciaba ningún signo de paz hacia ellos de parte del pueblo o de los veteranos, y consideraban que no era algo imposible que cualquier otro pudiera tenderles alguna asechanza como la de Amatio, sintieron temor de la veleidad de Antonio, que, además, tenía un ejército, y al ver que la República no estaba consolidada con hechos sospecharon también de Antonio por esta razón; así que depositaron toda su confianza en Décimo Bruto, que tenía tres legiones en las fronteras del país, y enviaron, en secreto, mensajeros a Trebonio en Asia y a Tilio en Bitinia para que recolectaran a ocultas dinero y reunieran un ejército. Ellos mismos estaban ansiosos de hacerse cargo del gobierno de las provincias que les habían sido concedidas por César, pero, como no había llegado aún el tiempo para ellos, consideraron poco conveniente abandonar su cargo de pretores en la ciudad, sin haber acabado el plazo, y atraer sobre sí la sospecha de un deseo de poder sobre las provincias. Sin embargo, eligieron pasar el tiempo que aún les quedaba, en algún lugar como ciudadanos privados, como por un asunto de necesidad, más bien que seguir en el cargo de pretores en la ciudad, donde no estaban libres de temor ni eran honrados de manera acorde con lo que habían hecho en defensa de la patria. Mientras estaban embargados por tales pensamientos, el senado, que participaba de su misma opinión, les encargó que se preocuparan del suministro de trigo a la ciudad desde cualquier punto de la tierra que les fuera posible hasta que llegara el tiempo de hacerse cargo del mando de las provincias 10 bis .
El senado actuó de esta forma para que, en modo alguno, pareciera que Bruto y Casio habían huido. Tanta era su preocupación y respeto hacia ellos, que ayudaron a los demás asesinos principalmente por su causa. Cuando Bruto y Casio salieron de la ciudad, Antonio, [7 ] que gozaba ya de un poder monárquico, miró por hacerse con el gobierno de una provincia y con un ejército para sí 11 . Él deseaba, por encima de todo, Siria, pero no ignoraba que al estar ya bajo sospecha, lo estaría más si pedía una cosa así. Además, el senado había instado, en secreto, a Dolabella, el otro cónsul, a oponerse a él, pues siempre había mantenido discrepancias con Antonio. Este último conociendo que Dolabella era joven y ambicioso, lo convenció para que pidiera Siria, en lugar de Casio, y el ejército levado contra los partos, para atacar a éstos, pero que no hiciera la petición al senado —pues no era facultad de éste—, sino al pueblo, mediante una ley. Dolabella se mostró encantado y presentó de inmediato la ley. Cuando el senado le acusó de quebrantar los decretos de César, él contestó que la guerra contra los partos no había sido asignada a nadie por César, y que Casio, a quien se le había encargado del gobierno de Siria, había sido el primero en alterar los decretos de César, por consentir que los colonos vendieran sus parcelas antes de que expirara el plazo de veinte años fijados por la ley. Y dijo también que sentiría vergüenza, si no era designado gobernador de Siria, siendo él Dolabella, en vez de Casio. El senado persuadió a un cierto Asprena para que le diera una falsa interpretación de los augurios durante los comicios, en la confianza de que Antonio cooperaría con ellos, pues era cónsul y augur, y se suponía que aún mantenía discrepancias con Dolabella. Sin embargo, Antonio, una vez que al llegar los comicios, Asprena dijo que los augurios eran desfavorables, cuando era costumbre encargar a otros de este menester, se irritó mucho con Asprena por su mentira y ordenó que las tribus votaran en el asunto de Dolabella.
[8 ] De este modo Dolabella llegó a ser gobernador de Siria y general de la guerra contra los partos, y del ejército levado por César para esta guerra junto con aquel otro que se había adelantado hasta Macedonia. Entonces, por primera vez, se conoció que Antonio cooperaba con Dolabella. Después que este asunto fue resuelto con la intervención del pueblo, Antonio solicitó del senado la provincia de Macedonia, en la seguridad de que se avergonzarían de negarle Macedonia, una vez que Siria había sido concedida a Dolabella, máxime cuando aquella provincia no tenía ningún ejército. Se la concedieron contra su voluntad y extrañados de que Antonio hubiera entregado a Dolabella el ejército que había en ella, pero, contentos, sin embargo, de que Dolabella tuviera el ejército mejor que Antonio. Aprovecharon la oportunidad para pedir a Antonio otras provincias para Bruto y Casio, y les fueron concedidas Cirene y Creta o, según dicen otros, ambas a Casio y Bitinia a Bruto 12 .
Tal era la situación en Roma. A su vez, Octavio, el [9 ] hijo de la hija de la hermana de César 13 , había sido prefecto de caballería del propio César durante un año solamente 14 , debido a que César había convertido, en ocasiones, esta magistratura en anual y la rotaba entre sus amigos. Cuando era todavía un jovenzuelo había sido enviado por César a la ciudad de Apolonia 15 , que está a orillas del Adriático, para recibir educación 16 y ser ejercitado en el arte de la guerra, a fin de que pudiera acompañarle contra los enemigos 17 . Mientras estaba en Apolonia, compañías de caballería procedentes de Macedonia le acompañaron, por turnos, en sus ejercicios, y algunos oficiales del ejército le visitaron con asiduidad en su calidad de familiar de César. Surgió así un conocimiento profundo entre aquéllos y éste, y un sentimiento de buena voluntad hacia su persona de parte del ejército, pues acogió a todos con amabilidad. Al sexto mes de su estancia en Apolonia, hacia el atardecer, le fue anunciado el asesinato de César en el edificio del senado a manos de las personas más queridas para él y, a la sazón, sus más poderosos subordinados. Sin embargo, como no le fue comunicada ninguna noticia de los restantes acontecimientos, le atenazó el temor y la incertidumbre de si el hecho era obra del senado en su conjunto o una acción privada de los autores del crimen; y de si habían recibido ya castigo de parte de una mayoría senatorial, o era ésta cómplice también, o si el pueblo estaba contento con lo ocurrido.
[10 ] Ante este panorama, sus amigos de Roma le sugirieron que se refugiara junto al ejército que estaba en Macedonia para proteger su integridad física, y cuando supiera que el hecho no tenía un carácter institucional, que vengara a César con renovados bríos, en las personas de sus enemigos; algunos de los oficiales le prometieron su protección, si acudía. Sin embargo, su madre y su padrastro Filipo 18 le escribieron desde Roma que no se envaneciera ni confiara en demasía, sino que se acordara de lo que le habían hecho a César, el triunfador de todos sus enemigos, sus amigos más queridos; que prefiriese la situación de privado, en las circunstancias presentes, como aquella de menor riesgo, y que se diese prisa en marchar al lado de ellos en Roma, tomando precauciones. Octavio cedió ante estos consejos, pues desconocía lo ocurrido después de la muerte de César, así que se despidió de los oficiales del ejército 19 y cruzó el Adriático, no en dirección a Bríndisi, pues, como no había tanteado al ejército de allí, evitó todo riesgo, sino hacia otra ciudad, no lejos de Bríndisi, que estaba fuera de la ruta más directa, y cuyo nombre era Lupia 20 . Allí acampó y dejó pasar el tiempo.
Cuando tuvo una información más exacta acerca del [11 ] crimen y del dolor del pueblo, y le llegaron las copias del testamento y de los decretos del senado, algunos de sus amigos pensaron que debía temer más aún a los enemigos de César, puesto que era su hijo adoptivo y heredero, y le aconsejaron que renunciara a la adopción junto con la herencia. Pero él consideró que tanto esto como el no vengar a César sería un deshonor, así que se dirigió a Bríndisi enviando por delante algunos exploradores por temor a que cualquiera de los asesinos le hubiera tendido una trampa. Una vez que también el ejército de allí le salió al encuentro y le recibió como hijo de César, cobró ánimos, llevó a cabo un sacrificio y adoptó de inmediato el nombre de César. Pues es costumbre para los romanos que los hijos de adopción tomen el nombre de sus padres adoptivos 21 . Y él no sólo lo asumió, sino que incluso cambió totalmente su propio nombre y su patronímico, y en vez de Octavio, el hijo de Octavio, se llamó César, el hijo de César, y continuó usándolo siempre 22 . Al punto afluyeron hacia él, en masa, y desde todas partes, como hacia el hijo de César, una muchedumbre de hombres, algunos por amistad con César, otros que eran sus libertos y esclavos, y juntos con ellos iban también soldados, que llevaban enseres y dinero hacia Macedonia, o traían a Bríndisi otras sumas de dinero y tributos de las demás provincias.
[12 ] Entonces, Octavio, lleno de confianza por el gran número de personas que acudían a su lado 23 , por la fama del propio César y por la buena disposición de todos para con él, se puso en camino hacia Roma con una multitud notable, que, como un torrente, crecía más y más cada día. Aunque estaba a salvo de un ataque abierto, a causa de la misma multitud que le acompañaba, recelaba, sobre todo, por este mismo motivo de las emboscadas, pues hacía poco tiempo que había conocido a casi todos sus acompañantes. Algunas de las restantes ciudades, no obstante, no le eran totalmente favorables; sin embargo, los veteranos de César, que habían sido distribuidos en colonias, afluían desde sus asentamientos para saludar al muchacho, se lamentaban por César y maldecían a Antonio por haber dejado impune tamaño crimen, al tiempo que exclamaban que si alguien los guiaba, ellos serían sus vengadores. Octavio alabó su actitud, pero pospuso, por el momento, este hecho y los envió de regreso a sus casas. Cuando se hallaba en Tarracina 24 a unos cuatrocientos estadios de Roma, recibió la noticia de que Casio y Bruto habían sido privados de Siria y Macedonia por los cónsules y, como compensación, habían recibido a cambio otras provincias más pequeñas, Cirene y Creta; del regreso de algunos exilados; de que se había hecho volver a Pompeyo; de que se habían inscrito algunos senadores en el senado de acuerdo con el testamento de César, y de algunos otros sucesos.
Cuando llegó a la ciudad 25 , de nuevo, su madre, [13 ] Filipo y todos sus familiares tuvieron miedo de la hostilidad del senado hacia César y del decreto de que no hubiera procesos con pena de muerte por causa de César y del desprecio de Antonio, todopoderoso entonces, hacia él, pues no había acudido al lado del hijo de César, a su llegada, ni había enviado a nadie a recibirlo. Pero él apaciguó también estos temores diciéndoles que iría al encuentro de Antonio, como hombre más joven hacia uno de mayor edad y como privado hacia el cónsul, y que se ocuparía del senado en la forma conveniente. Dijo, además, que el decreto se había producido porque nadie había perseguido judicialmente a los asesinos; sin embargo, cuando alguna persona tuviera el valor de entablar un proceso judicial, el pueblo y el senado le prestarían su apoyo como a un acto legal y los dioses en razón de su justicia, y de igual modo Antonio. Pero, si rechazaba la herencia y la adopción, faltaría a César y cometería una injusticia con el pueblo en relación con su participación en el testamento.
Cuando finalizaba su alocución, prorrumpió en alta voz que no sólo sería algo honroso para él correr un riesgo, sino incluso morir también, si, después de haber sido distinguido hasta tal extremo por César entre todos, se mostraba digno de él, que había sido el más amante del peligro. Y repitió las palabras de Aquiles, que, a la sazón, estaban muy frescas en su mente, volviéndose hacia su madre cual si se tratara de Tetis:
Ojalá muriese, en el acto, ya que no pude ayudar a mi amigo muerto 26 .
Tras haber dicho esto, añadió que estas palabras y, en especial, su gesta habían proporcionado a Aquiles, más que ninguna otra cosa, su aureola inmortal; y él invocó a César, no como a un amigo, sino como a un padre; no como a un compañero de armas, sino como a un general, y no como a alguien que ha caído según la ley de la guerra, sino como a quien ha sido abatido, de manera impía, en la mansión senatorial.
[14 ] A causa de ello, su madre, trocando su temor en gozo, lo abrazó como a la única persona digna de César y, absteniéndose ya de hablar, le urgió a que acometiera, con ayuda de la fortuna, lo que tenía decidido. Le aconsejó, no obstante, que usara todavía de maña y resignación, más bien que de osadía manifiesta. Octavio alabó su consejo y, tras prometerle que obraría así, envió de inmediato recado a sus amigos esa misma tarde, convocando a cada uno para que acudiera al foro al amanecer en compañía de una masa de gente. Presentándose allí a Gayo Antonio, el hermano de Antonio, que era el pretor de la ciudad, le comunicó que aceptaba la adopción de César. Pues era costumbre entre los romanos que los hijos adoptivos se presentaran a los pretores en presencia de testigos 27 . Después que el escribano público registró su declaración, marchó, al punto, desde el foro al lado de Antonio. Éste se hallaba en los jardines que le había regalado César y que habían pertenecido anteriormente a Pompeyo. Al producirse una prolongada demora a las puertas de la casa, Octavio sospechó de este hecho como indicio de la hostilidad de Antonio, pero, una vez que fue recibido en el interior, tuvieron lugar los saludos y preguntas mutuas propias de la ocasión. Y cuando llegó el momento de hablar sobre las cuestiones que eran necesarias, Octavio dijo 28 : «Yo, padre Antonio, pues te justifican como tal los favores [15 ] de César para contigo y tu gratitud hacia él, alabo algunos de tus actos posteriores a su muerte y te estoy agradecido por ellos, pero censuro otros, y te hablaré con la franqueza a la que me empuja mi dolor. No estabas a su lado cuando murió, puesto que te habían retenido los asesinos en la puerta, ya que le hubieras salvado o hubieras corrido el riesgo de sufrir el mismo destino con él; y si hubiera tenido que ocurrir la última de estas alternativas, fue para bien que no estuvieras presente. Cuando algunos senadores votaron una recompensa para los asesinos como tiranicidas, te opusiste enérgicamente, y por este hecho te doy las gracias de corazón, aunque sabías que los asesinos habían planeado matarte a ti también no, como pensamos nosotros, porque fueras a ser el vengador de César, sino, como ellos dicen, por temor a que fueras el sucesor en la tiranía. Pero aquéllos no iban a ser tiranicidas, a no ser que a un tiempo fueran también asesinos, por lo cual precisamente huyeron al Capitolio como reos suplicantes hacia un templo o igual que enemigos hacia una fortaleza. ¿De dónde, pues, habrían obtenido ellos una amnistía e impunidad para su crimen, a no ser que una parte del senado y del pueblo estuviera sobornada por aquéllos? Y tú deberías haber velado por el interés de la mayoría, puesto que eras cónsul. Pero incluso si tú hubieras deseado la otra alternativa, vengar tamaña impiedad y aleccionar de otro modo a los extraviados, tu cargo te capacitaba para ello. Sin embargo, tú enviaste rehenes de tu propia familia a los asesinos al Capitolio para su seguridad.
»Pero demos por supuesto también este hecho, que los sobornados te forzaron a hacerlo. Sin embargo, cuando, al ser leído su testamento y pronunciar tú mismo un discurso fúnebre justo, el pueblo, que sintió un vivo recuerdo de César, acudió con fuego contra sus casas y los perdonó por causa de sus vecinos, pero acordó volver con armas al día siguiente, ¿cómo no cooperaste con el pueblo y lo guiaste con fuego o con armas, o por qué no sometiste a juicio a los asesinos, si es que había necesidad de juicio contra los que habían sido cogidos en su acto criminal, tú que eras amigo de César, tú, el cónsul, tú, Antonio?
[16 ] »Mario fue ejecutado en virtud de una orden tuya en razón a la plenitud de tu poder, pero consentiste que unos asesinos escaparan e, incluso, que algunos pasaran a sus provincias, que retienen impíamente después de haber dado muerte al que se las concedió. Bien es verdad que tú y Dolabella, los cónsules, actuando correctamente recuperasteis Siria y Macedonia para vosotros mismos cuando recientemente reordenasteis los asuntos públicos. Y por este hecho te estaría agradecido, si no hubierais votado al punto para ellos Cirene y Creta y hubierais considerado dignos de unas provincias a unos desterrados para que se defendieran contra mí en todo momento; y si no hubierais permitido que Décimo obtuviera la Galia Citerior, a pesar de que él, como los demás, era uno de los asesinos de mi padre. Sin embargo, puede que también alguien diga que estas cosas fueron decretadas por el senado. Pero tú aportaste tu voto y presidiste el senado, tú a quien más que a ningún otro convenía que te hubieras opuesto por ti mismo. Pues la concesión de la amnistía implicaba tan sólo asegurar a aquéllos su seguridad personal como asunto de favor, pero votarles de nuevo provincias y recompensas era propio de unos hombres que ultrajaban a César e invalidaban tu decisión.
»El dolor, en verdad, me impulsó a hablarte así, en contra, tal vez, de lo que hubiera sido adecuado a mi edad y al respeto que te debo. No obstante, mis palabras han sido dichas ante quien es el amigo más conspicuo de César y que ha sido objeto por aquél del máximo honor y poder, y que, incluso, hubiera sido adoptado por él, si hubiera sabido que tú aceptabas figurar entre los descendientes de Eneas en lugar de los de Hércules; pues este hecho (le hizo) vacilar cuando reflexionaba en profundidad sobre su sucesión 29 .
»Con vistas al futuro, Antonio, te conjuro por los [17 ] dioses que presiden la amistad y por el mismo César, por si quieres cambiar algunas de las medidas adoptadas, pues tú puedes hacerlo si quieres; y si no, a que, al menos, en el futuro me asistas y cooperes conmigo en tomar venganza sobre los asesinos con la ayuda del pueblo y de esas personas que todavía son amigos de mi padre. Pero si tienes algún respeto hacia aquéllos o hacia el senado, no seas duro con nosotros. Baste lo dicho con relación a este asunto. Conoces cómo están mis negocios privados, y el gasto para el reparto del dinero que mi padre dispuso que le fuera concedido al pueblo, y el apremio para ello a fin de que no parezca que soy un desagradecido, por razón de mi tardanza, ni cuantos han sido asignados a las colonias y permanecen en la ciudad pierdan el tiempo por mi causa. De todas las pertenencias de César, que, a raíz de su muerte, fueron trasladadas a tu casa como lugar seguro desde la suya que entonces corría peligro, me parece bien que te quedes con las que constituyan un recuerdo y con cualquier otro objeto de adorno y todo lo demás que quieras tomar de nosotros, pero te ruego que, para que pueda distribuir su legado al pueblo, me devuelvas el oro acuñado que él había reunido para sufragar las guerras que tenía en proyecto. Me bastaría, de momento, para repartirlo entre trescientos mil hombres. El resto del importe, si me atreviera a confiar en ti, tal vez podías prestármelo tú o tomarlo prestado del tesoro público por tu mediación, si me lo concedes; y de inmediato pondré en venta mi propia hacienda.»
[18 ] Después que Octavio hubo pronunciado tales palabras, Antonio quedó perplejo, pues su franqueza y osadía le parecían que desbordaban en exceso lo que cabía esperar y eran impropias de su juventud. Irritado con sus palabras, que no le guardaban el respeto que le era debido y, en especial, con la reclamación del dinero, le respondió con dureza en los términos siguientes: «Joven, si César te hubiera dejado a ti, junto con su herencia y su nombre, el gobierno, hubiera sido lógico que tú me pidieras cuentas de mis actos públicos y que yo te las diera. Pero si los romanos jamás concedieron el gobierno a nadie en virtud de sucesión, ni siquiera en la época de los reyes, a los cuales expulsaron y juraron no aceptar más a otros —cargo que también los asesinos imputaron, en especial, a tu padre cuando afirmaron que le habían matado por comportarse como un rey, y no como un líder—, no hay necesidad de que yo te responda de mis actos públicos. Y por esta misma razón te eximo de que me guardes gratitud alguna por ellos, pues fueron realizados no para satisfacerte a ti, sino al pueblo, a excepción de uno solo, y que precisamente fue el más importante de todos para César y para ti. Pues si, por razón de mi propia seguridad personal y para no atraerme enemistades, hubiera yo consentido que le fueran votados honores a los asesinos como a unos tiranicidas, César se hubiera convertido en un tirano, para quien ningún tipo de gloria ni honor ni la confirmación de sus actos hubiera sido posible; no hubiera tenido la posibilidad de hacer testamento, ni hubiera tenido hijo, ni hacienda, ni su propio cuerpo hubiera sido considerado digno de recibir un funeral, ni siquiera como un ciudadano privado. Pues las leyes arrojan fuera de las fronteras, insepultos, a los cuerpos de los tiranos, ultrajan su recuerdo y confiscan sus propiedades.
»Temiendo yo cada una de estas consecuencias, luché [19 ] en favor de César, con riesgo personal y granjeándome enemistades, para que obtuviera una gloria inmortal y un funeral público, frente a unos hombres prestos a la acción y sanguinarios y que, como tú sabes, habían conspirado ya contra mí, y frente al senado que estaba irritado con tu padre por haberle arrebatado su poder. Sin embargo, preferí voluntariamente correr este riesgo y sufrir cualquier cosa, a consentir que César quedara insepulto y deshonrado, el hombre más destacado de su época, el más afortunado en todos los aspectos y el que más que ningún otro era para mí digno de estima. Y por haber incurrido yo en estos mismos peligros tienes tú también todos tus actuales honores como heredero de César, su linaje, su nombre, su dignidad y su hacienda. Y hubiera sido más justo que me mostrases tu agradecimiento por estas cosas que reprocharme las concesiones que tuve que hacer para apaciguar al senado, o como compensación por aquellos otros favores que necesité de él, o de acuerdo con otras necesidades o razones, tú un hombre joven a uno de mayor edad.
»Y baste con lo dicho hasta aquí sobre estas cuestiones. Pero has manifestado también que yo ambiciono el liderazgo, no siendo así, aunque no me considero indigno de él, y que estoy enojado por no haber sido mencionado en el testamento de César, pese a que estás de acuerdo conmigo en que también me basta el linaje de los heraclidas.
[20 ] »Y respecto a tus necesidades pecuniarias, hubiera creído que hablabas en broma cuando querías tomar un préstamo del tesoro público, si no fuera posible aún pensar que tú desconoces que las arcas del Estado han quedado vacías por causa de tu padre; porque desde que accedió al poder, los tributos públicos han ido a parar a sus manos en vez de al tesoro público y se encontrarán de inmediato entre la hacienda de César, cuando votemos que se abra una investigación sobre ella. Pues no será injusta esta investigación para César, ahora que ya está muerto, y tampoco le hubiera parecido a él injusta si en vida se le hubiera exigido una rendición de cuentas. Y puesto que muchos ciudadanos privados disputarán contigo por cada una de las partes de su hacienda, podras darte cuenta tú mismo de que la posees no sin contestación. En cuanto al dinero trasladado a mi casa, no era una suma tan grande como tú conjeturas, ni existe ahora cantidad alguna en mi poder, puesto que los hombres que detentaban las magistraturas y el poder, excepto Dolabella, y mis hermanos, lo repartieron en su totalidad de inmediato como la propiedad de un tirano, pero, gracias a mi intercesión, se le dio otro destino, a fin de obtener el apoyo para los decretos en favor de César. Así que tú, si eres sensato, cuando tengas el resto lo distribuirás entre los que están enemistados contigo, más bien que entre el pueblo. Pues aquéllos, si son juiciosos, enviarán al pueblo a sus colonias; el pueblo, en cambio, como has aprendido tú recientemente instruido en los estudios griegos, es algo inestable como las olas del mar que ora avanzan, ora retroceden. De igual modo también, entre nosotros, el pueblo, en todo momento, tras encumbrar al máximo a sus favoritos los arroja de nuevo a sus pies 30 .»
Indignado con muchas de las palabras de Antonio, [21 ] dichas en son de ultraje, Octavio se retiró invocando a su padre repetidamente por su nombre y puso al punto en venta la totalidad de la hacienda que le había correspondido por herencia, instando al pueblo a que le apoyara a la vista de su celo. Una vez que se había hecho patente la enemistad de Antonio hacia él y que el senado había decretado la investigación inmediata del tesoro público, la mayoría empezó a recelar del joven César a causa de la benevolencia de su padre hacia los soldados y la plebe, y a causa de su actual popularidad basada en la distribución del dinero, y debido también a la hacienda, que al haberle llegado en abundancia, hacía pensar a la mayoría que no se iba a mantener dentro de los límites de un ciudadano privado. Pero temían, sobre todo, que Antonio, imponiendo su influencia sobre Octavio, un hombre joven, distinguido y rico, se hiciera antes que éste con el poder absoluto de César. Otros estaban encantados con la situación presente, en la creencia de que ambos varones llegarían a estorbarse mutuamente y de que la riqueza de César se esfumaría de inmediato con motivo de la investigación del tesoro público, y de que el erario del Estado se llenaría con la hacienda de aquél, pues la mayor parte de los fondos públicos se encontrarían entre las pertenencias de César.
Muchos de ellos sometieron a Octavio a diversos [22 ] pleitos en relación con las tierras, aduciendo cada uno una causa sobre cada predio entre otras diferentes, pero una común a la mayoría, a saber, que estas tierras pertenecían a personas que habían sufrido confiscaciones, o habían sido desterradas o muertas en virtud de la proscripción. Llevaron los pleitos ante el mismo Antonio o ante Dolabella, el otro cónsul. Y si algún juicio se celebraba ante otro magistrado, las más de las veces, en todas partes Octavio era igualmente derrotado para agradar a Antonio, aun cuando mostraba que las compras las había hecho su padre del agro público, y que el decreto más reciente ratificaba todos los actos de César. Muchas injusticias se cometieron contra Octavio en el curso de los procesos y el capítulo de pérdidas progresaba hasta el infinito, hasta que Pedio y Pinario 31 , que tenían también una parte de la herencia según el testamento de César, se quejaron a Antonio en nombre de ellos mismos y en el de Octavio de que estaban sufriendo injusticias en contra del decreto del senado. Creían que él debía anular tan sólo los actos destinados a agraviar a César y ratificar, en cambio, todos aquellos otros que habían sido realizados por él. Antonio reconoció que tal vez sus actos estaban en contradicción, de alguna forma, con lo que había sido decretado, pero dijo también que los decretos habían sido registrados en un sentido diferente de su interpretación originaria. Pues, mientras que la amnistía era la única cosa urgente, la cláusula de que «no se trastocara ninguna de las medidas tomadas con anterioridad», no se añadió en virtud de ella misma, ni siquiera porque fuera válida pura y simplemente para todos los asuntos, sino, más bien, para atraerse y apaciguar al pueblo que estaba alborotado con estos sucesos. Sería más justo que, siguiendo al espíritu del decreto mejor que a la letra, no se opusieran, en contra de lo razonable, a tantos hombres que habían sido despojados de sus propiedades personales o de las de sus antepasados por causa de las luchas civiles, en favor de un jovenzuelo que había recibido una cantidad tan grande de dinero perteneciente a otros e impropia de su condición de privado, más allá de sus esperanzas, y que usaba de su fortuna de manera incorrecta para las aventuras más descabelladas. Y que él se cuidaría de ellos una vez que su lote hubiera sido separado del de Octavio. De esta forma respondió Antonio a Pedio y Pinario. Y éstos tomaron de inmediato su parte a fin de no perderla en los juicios, no tanto por ellos mismos como por el interés de Octavio, pues poco tiempo después se la iban a prestar a aquél.
Se avecinaba el espectáculo 32 que en honor del pretor [23 ] Bruto se disponía a celebrar Gayo Antonio, el hermano de Antonio, y que se encargaba de los otros deberes de la pretura de Bruto cuando éste estaba ausente. El preparativo para los juegos era costoso y había la esperanza de que el pueblo, cautivado por el espectáculo, llamara de nuevo a Bruto y Casio. Octavio, por su parte, en un intento por captarse el favor de la plebe, repartía cuanto dinero había producido la venta de sus bienes entre los cabezas de las tribus, por turno, para que lo distribuyesen entre quienes vinieran los primeros a tomarlo. Recorría los locales en los que se efectuaban las ventas y ordenaba a los subastadores que ofrecieran todo al precio más bajo posible, por causa de su incertidumbre y temor por los juicios todavía pendientes y a causa también de su premura. Todo lo cual, precisamente, despertó la piedad y la benevolencia del pueblo hacia él como hacia alguien indigno de sufrir un trato así. Pero, una vez que, después de la herencia de César, puso también a la venta para su distribución al pueblo toda aquella hacienda de su propiedad que había recibido de su padre Octavio o que poseía de alguna otra parte, y cuanto pertenecía a su madre y a Filipo, así como la parte de la herencia que había tomado en préstamo a Pedio y Pinario, porque a consecuencia del litigio no fue suficiente la propiedad de César para este único propósito, el pueblo, considerando que no se trataba ya de la donación del anterior César sino de la de este mismo, se apiadó profundamente y lo elogió por cómo sufría y por abrigar una ambición tal. Y estaba claro que no iban a soportar por mucho tiempo el ultraje de Antonio hacia él.
[24 ] Y mostraron sus sentimientos en el transcurso de los juegos de Bruto, a pesar de la magnificencia de éstos; pues, cuando algunas personas, bajo soborno, demandaron a gritos la vuelta de Bruto y Casio después de haber tratado de suscitar en el resto del auditorio, de forma demagógica, un sentimiento de piedad hacia aquéllos, irrumpieron en oleadas en el interior del recinto y detuvieron los juegos hasta que acallaron su demanda. Bruto y Casio, una vez que Octavio frustró las esperanzas que tenían puestas en los juegos, decidieron ir a Siria y Macedonia, ya que habían sido sus provincias antes de que les fueran votadas a Antonio y Dolabella, y tomarlas por la fuerza 33 . Cuando fueron conocidas sus intenciones, Dolabella se apresuró a marchar a Siria y antes de Siria a la provincia de Asia para obtener dinero de ella. A su vez, Antonio, considerando que iba a necesitar tropas para sus planes futuros, decidió tranferirse a sí mismo el ejército que estaba en Macedonia, que era el más aguerrido y el más grande por su número de efectivos, pues estaba integrado por seis legiones amén de un gran número de arqueros, de tropas ligeras o sin armamento y gran cantidad de caballería y material de guerra en una proporción cabal; aunque parecía que en rigor pertenecía a Dolabella, el cual estaba encargado de Siria y de la guerra contra los partos, y César se disponía a utilizar estas tropas contra los partos, y se lo quiso anexionar especialmente porque estaba próximo y con cruzar tan sólo el Adriático estaba ya en Italia.
De repente saltó el rumor de que los getas, al enterarse [25 ] de la muerte de César, habían invadido Macedonia y la saqueaban. Entonces, Antonio solicitó este ejército al senado para castigar a los getas, aduciendo que él había sido preparado por César para atacar a los getas antes que a los partos y que estos últimos estaban tranquilos por el momento. El senado desconfiaba del rumor y envió emisarios para que realizaran una investigación. Entretanto, Antonio, tratando de disipar su miedo y sus sospechas, propuso un decreto de que no fuera posible a nadie, bajo ningún motivo, ni hablar de una dictadura, ni votarla, ni aceptarla, si se ofrecía, y que el que contraviniera alguna de estas prohibiciones pudiera morir impunemente a manos de cualquiera. Y, tras haberse ganado de este modo a su auditorio y haber llegado al acuerdo con los partidarios de Dolabella de que le daría una legión, fue elegido general en jefe de las fuerzas de Macedonia. Cuando obtuvo lo que quería, despachó de inmediato a su hermano Gayo para que comunicara con premura el decreto al ejército. Los observadores, a su regreso, dijeron que no habían visto getas en Macedonia, pero añadieron, ya sea porque fuera verdad o porque hubieran sido aleccionados por Antonio, que existía el temor de que si se trasladaba el ejército los getas llevaran a cabo una incursión en Macedonia.
[26 ] Mientras ésta era la situación en Roma, Casio y Bruto estaban reuniendo dinero y un ejército, y Trebonio, el gobernador de la provincia de Asia, fortificaba las ciudades para ellos. Cuando llegó Dolabella, Trebonio no le admitió ni en Pérgamo ni en Esmirna, sino que le permitió únicamente, como cónsul, aprovisionarse fuera de las murallas. Pero cuando Dolabella atacó con furia los muros y no consiguió nada, Trebonio le dijo que le recibiría en Éfeso. Aquél partió de inmediato hacia allí y Trebonio envió un destacamento para que le siguiera a una cierta distancia; éstos, al sobrevenir la noche, viendo que Dolabella proseguía su marcha y sin albergar ya sospecha alguna, regresaron a Esmirna después de dejar unas pocas tropas para que le siguieran. Dolabella tendió una emboscada a estos pocos, y tras haberlos copado los mató y regresó esa misma noche a Esmirna, y al encontrar la ciudad desguarnecida se apoderó de ella por medio de escaleras.
Trebonio, que había sido capturado mientras estaba aún en el lecho, ordenó a sus captores que le condujeran ante Dolabella, pues les seguiría voluntariamente. Y uno de los centuriones le respondió en son de burla: «Ve tú, pero deja aquí tu cabeza, pues nos fue ordenado llevarte no a ti sino a tu cabeza.» Y nada más decir esto, lo decapitó 34 . Al amanecer, Dolabella ordenó que la cabeza fuera expuesta sobre la silla del pretor, en la que Trebonio acostumbraba a atender los asuntos públicos. A su vez, los soldados y demás personal de servicio del ejército, como Trebonio había participado en la muerte de César al haber entretenido a Antonio con una conversación a las puertas del edificio del senado mientras César era asesinado, se lanzaron con saña contra el resto de su cuerpo y cometieron en él toda clase de violencias. Y pasándose la cabeza unos a otros como una pelota, por el pavimento de las calles de la ciudad, a modo de un juego, la machacaron y trituraron. Y éste fue el primero de los asesinos que recibió tal castigo.
Antonio planeó trasladar el ejército desde Macedonia [27 ] a Italia, pero, como no disponía de ningún pretexto para ello, solicitó al senado que le cambiara la provincia de Macedonia por la de la Galia Cisalpina, que estaba bajo el mando de Décimo Bruto Albino 35 . Pues sabía Antonio que César, partiendo desde esta provincia gala había vencido a Pompeyo, y pensaba que daría la impresión de que trasladaba el ejército no a Italia sino a la Galia. Pero el senado, que consideraba esta provincia de la Galia como una fortaleza para ellos, se irritó, y entonces, por vez primera, se dieron cuenta de la estratagema y se arrepintieron de haberle dado Macedonia. Los senadores más influyentes escribieron en privado a Décimo para que sostuviera el mando con energía y reuniera tropas adicionales y dinero si Antonio utilizaba la violencia; hasta tal punto sentían temor y odio hacia este último. Mas Antonio planeó solicitar esta provincia al pueblo mediante una ley, en vez de al senado, de la misma forma que también César la había obtenido anteriormente, y Dolabella había obtenido Siria en época más reciente. Sin embargo, y para intimidar al senado, ordenó a Gayo que cruzara de inmediato el Adriático con el ejército hasta Bríndisi.
[28 ] Éste se dispuso a hacerlo como se le había ordenado. Entretanto era ya la fecha de los juegos 36 que se disponía a ofrecer el edil Critonio. Y Octavio, con vistas a los juegos, había preparado el trono de oro y la corona de su padre que el senado había concedido mediante decreto que estuvieran expuestas ante él en todos los juegos 37 . Sin embargo, Critonio dijo que no toleraría que César fuera honrado en unos juegos costeados por él, por lo que Octavio le condujo ante Antonio en su calidad de cónsul. Pero cuando este último anunció que remitiría el asunto al senado, Octavio, indignado, dijo: «Remítelo, pero yo expondré el trono mientras tenga vigencia el decreto.» Entonces, Antonio se irritó y lo impidió. Y también lo impidió, de forma todavía más absurda, en los siguientes juegos 38 , que costeó el propio Octavio, instituidos por su padre en honor de Venus Genetrix , cuando le dedicó el templo del foro junto con el mismo foro. Y fue entonces cuando brotó ya un odio manifiesto de todos hacia Antonio, porque parecía que no se trataba tanto de una rivalidad con el joven César como de un sentimiento vejatorio y desagradecido hacia el anterior.
Octavio en persona, con una multitud a modo de guardia personal, merodeaba entre la plebe, entre aquellos que habían recibido favores de su padre o habían servido a sus órdenes en la guerra, para despertar su enojo y les suplicaba que no repararan en él, a pesar de que sufría tales y tan grandes vejaciones, y que lo ignoraran, por propio deseo, pero que defendieran, en cambio, a su comandante en jefe y benefactor, deshonrado por Antonio; y que se defendieran también a sí mismos, porque no iban a tener en seguridad nada de lo que habían recibido de César, a no ser que los decretos dados en su honor permanecieran con plena vigencia. Y por todas partes de la ciudad, subiéndose a un lugar elevado, gritaba contra Antonio: «Deja de estar irritado y de ultrajar a César por mi causa, oh Antonio, pues, en especial, para ti fue el más grande benefactor. Dirige contra mí cuantos ultrajes quieras, pero detén el saqueo de su hacienda hasta que los ciudadanos se lleven su parte de la herencia y quédate con todo el resto; yo, aunque pobre, me daré por satisfecho si la gloria de mi padre permanece y si permites que se lleve a cabo la distribución entre el pueblo.»
A partir de este momento los gritos de protesta contra [29 ] Antonio fueron ya continuos y públicos. Sin embargo, este último amenazó a Octavio con mayor acritud, y, cuando fueron conocidas sus amenazas, todos se exarcebaron más aún. Los tribunos de la guardia de Antonio, que habían servido bajo el anterior César y gozaban, a la sazón, de los máximos honores de parte de Antonio, le pidieron que contuviera su actitud violenta en beneficio de ellos y del suyo propio, puesto que él había servido bajo César y había alcanzado de éste los privilegios que ahora tenía. Antonio, en efecto, se mostró de acuerdo con la veracidad de estas palabras, y sintiendo respeto hacia quienes habían hecho la petición y necesitando al mismo tiempo del propio Octavio, por causa del pueblo en relación con su permuta de la Galia Cisalpina, estuvo conforme con la propuesta de ellos y juró que sus hechos eran bastante opuestos a su intención, pero que su cambio de actitud se había debido al jovenzuelo, que se había mostrado insufriblemente engreído, a pesar de ser todavía un hombre tan joven, y sin ningún respeto u honor hacia sus mayores en edad y autoridad. Y aunque el talante del joven se merecía una mayor reprimenda, en su propio beneficio, no obstante, en atención a la demanda de ellos, depondría su cólera y retornaría a su anterior disposición e intención, si también aquél desistía de su arrogancia.
[30 ] Los tribunos se congratularon por este hecho y llevaron a ambos a una reunión. Ellos, tras hacerse algunos reproches mutuos, concertaron una alianza. La ley relativa a la Galia Cisalpina fue presentada de inmediato, ante el pánico tremendo del senado, que pensó impedir que se sometiese a debate previo, si Antonio la llevaba primero al senado, y, si la presentaba al pueblo sin previa deliberación, enviar a los tribunos de la plebe para que la vetasen. Hubo quienes pidieron que se concediera la libertad total a la provincia, pues hasta tal punto temían la proximidad de la Galia Cisalpina. Y Antonio les censuró que la confiasen a Décimo porque había asesinado a César, y, en cambio, no tuviesen confianza en él porque no había asesinado al que sometió la provincia y la puso ante sus rodillas, arrojando estos reproches abiertamente a todos como a hombres que se alegraban de lo ocurrido. Una vez que llegó el día fijado para los comicios, el senado esperaba que la asamblea se reuniera por centurias, pero Antonio y los suyos, que habían rodeado el foro con una cuerda mientras todavía era de noche, la convocaron para que entraran por tribus, según un acuerdo previo. Y aunque la plebe estaba irritada con Antonio, cooperó, sin embargo, debido a que Octavio permanecía junto a la cuerda y se lo pedía. Y actuó de esta forma, sobre todo, para que Décimo no tuviera el mando de una provincia estratégica y de un ejército, siendo uno de los asesinos de su padre, y, además, para satisfacer a Antonio, con el que había llegado a un pacto. Esperaba también obtener a cambio alguna ayuda de Antonio. Y como los tribunos habían sido sobornados por este último y se mantuvieron callados, la ley entró en vigor 39 y Antonio, con un motivo justificado, hizo cruzar el Adriático a su ejército.
Habiendo muerto uno de los tribunos de la plebe, [31 ] Octavio favoreció a Flaminio en la elección de su sucesor. El pueblo pensó, sin embargo, que él deseaba el cargo, pero que no se había presentado como candidato porque no contaba con la edad requerida, y decidió designar tribuno a Octavio en los comicios 40 . El senado estaba receloso del incremento de su poder y temía que, si llegaba a ser tribuno, condujera a los asesinos de su padre ante el pueblo para un juicio. Y Antonio, haciendo caso omiso de la alianza recién concertada con Octavio, ya sea para agradar al senado o para apaciguarlo porque estaba irritado por la ley relativa a la Galia Cisalpina, o por alguna otra razón particular, publicó un edicto como cónsul, de que Octavio no intentara nada contra la ley o que, de otro modo, usaría contra él de todo el peso de su autoridad. Como el edicto constituía un acto de ingratitud hacia Octavio, y un ataque a la vez contra su persona y el pueblo, este último se encolerizó y se dispuso a contender en los comicios, hasta el punto de que Antonio tuvo miedo y suspendió éstos, dándose por satisfecho con el número restante de tribunos. Entonces, Octavio, al sentirse ya claramente atacado, envió muchos emisarios a las ciudades colonizadas por su padre para que les comunicaran lo que ocurría y se informaran del estado de opinión de cada una de ellas. Y envió también a algunos para que se introdujeran en el campamento de Antonio, a modo de comerciantes, y tomaran contacto con los soldados más osados y distribuyeran panfletos, en secreto, entre la tropa.
[32 ] Mientras Octavio estaba ocupado en estos asuntos, los tribunos solicitaron nuevamente una audiencia a Antonio y le dijeron: «Nosotros, oh Antonio, y todos aquellos que, sirviendo contigo bajo César, contribuimos a establecer su poder y persistimos, día a día, en ser los soportes del mismo, sabemos que sus asesinos nos odiaron y conspiraron por igual contra nosotros, y que el senado les otorgó su favor a aquéllos. Sin embargo, cuando el pueblo los desterró, cobramos nuevos ánimos al ver que los actos de César no carecían por completo de amigos, ni habían sido olvidados, ni estaban faltos de gratitud. Y pusimos nuestra seguridad futura en tus manos, porque eras el amigo de César y el más experto de todos después de él en el mando, así como nuestro jefe actual y el más apto para ello. Mas ahora renacen nuestros enemigos, usan de la violencia, con osadía, contra Siria y Macedonia, reúnen dinero y un ejército contra nosotros, el senado excita a Décimo contra ti, y tú malgastas el poder de tu mente en rencillas con el joven César, así que tememos con razón que vuestra pugna privada se añada a una guerra que, si no ha estallado ya, es inminente, y que se cunpla para nuestros enemigos todo aquello que quieren contra nosotros. Te pedimos que reflexiones sobre estas cosas por piedad hacia César, por salvaguardarnos a nosotros que, en absoluto, hemos merecido tu reproche, y antes que por nosotros, por tu propio interés, y que, mientras todavía puedas, ayudes a Octavio solamente, pues eso bastará, a castigar a los asesinos. Luego, tú puedes disfrutar del poder de inmediato, sin preocupaciones, y también nos habrás procurado seguridad a nosotros que tenemos miedo por nosotros mismos y por ti.»
A las consideraciones de los tribunos respondió Antonio [33 ] en los siguientes términos 41 : «Cuánta amistad y fervor hacia César, mientras estuvo vivo, mostré, siendo el primero de todos en arrostrar el peligro en los momentos críticos para aquél, lo conocéis perfectamente, vosotros que fuisteis mis compañeros de armas y partícipes de los acontecimientos. Mas el favor y la estima, tan grandes, que aquél tuvo conmigo en el transcurso de su vida, no está bien que sea yo quien lo testimonie. Y los asesinos, que conocían bien ambos hechos, conspiraron matarme a mi también junto con César, porque ellos eran conscientes de que, mientras yo viviera, no iba a ceder ante un hecho tal. Y quienquiera que los hizo mudar de opinión, no actuó impulsado por undeseo benévolo de salvar mi vida, sino por preservar la apariencia de un tiranicidio, a fin de que no pareciera que mataban a muchos como enemigos, sino a uno solo como a un tirano. ¿Quién, por tanto, podría creer que yo me despreocupo de César, que fue mi bienhechor, y que prefiero a sus enemigos, y que agradezco su muerte voluntariamente a los que conspiraron contra mí, como piensa el joven César? ¿De dónde, pues les vino la amnistía y los puestos de responsabilidad? Pues quiere imputarme a mí estos hechos, en vez de al senado. Enteraos de como ocurrió.
[34 ] »Cuando César fue muerto, de improviso, en el senado, me sobrevino más que a ningún otro, un temor, en razón de mi amistad con él y por mi falta de conocimiento exacto, pues no conocía los particulares de la conspiración, ni contra cuántos iba dirigida. El pueblo estaba aterrorizado y los asesinos, en compañía de los gladiadores, se apoderaron del Capitolio y se encerraron en él. El senado estaba de su parte, igual que también lo está ahora más claramente aún, y propuso votar una recompensa a los asesinos como a unos tiranicidas. Si César hubiera sido declarado un tirano, hubiera sido posible matarnos a nosotros todos como a amigos de un tirano. De este modo, encontrándome yo en medio de la confusión, ansiedad y miedo, en una situación en la que no había lugar para una actitud temeraria ni vacilante, si examináis con atención hallaréis que, donde hubo necesidad de audacia, fui el más osado y, donde de ingenio, el más mañoso. Lo primero de todo, porque implicaba todo lo demás, era impedir que se votaran las recompensas a los asesinos. Y esto precisamente lo conseguí oponiéndome con todas mis fuerzas al senado y a los asesinos, con un arrojo temerario y lleno de peligros porque entonces creía que los partidarios de César sólo estaríamos seguros en el caso de que éste no fuera declarado un tirano. Sin embargo, como quiera que los enemigos y el propio senado estaban aquejados del mismo temor de que, si César no era declarado un tirano, serían apresados por asesinato y, por este motivo, se oponían, me avine a que se les otorgara la amnistía en vez de las recompensas, a fin de obtener a cambio lo que necesitaba. ¿Y cuánto era esto y de qué importancia? Que el nombre de César, el más querido de todos, con mucho, para mí no fuera borrado, ni su hacienda fuera confiscada, ni la adopción de la cual ahora ese joven se enorgullece fuera anulada, ni invalidado su testamento, que su cuerpo recibiera un funeral regio, que los honores inmortales que le habían sido decretados previamente permanecieran con pleno vigor, que todos sus actos fueran ratificados y que su hijo y nosotros sus amigos, así como sus generales y soldados, gozáramos de una seguridad personal garantizada y de una vida de honor, en lugar de ignominia.
»¿ Acaso os parece que pedí pocas cosas o de escaso [35 ] valor al senado a cambio de la amnistía?, o ¿pensáis que el senado me las habría concedido sin la amnistía? Y, en verdad, hubiera sido justo cambiar, con honestidad, estas cosas por aquellas otras y respetar, con intención sincera, la vida de los asesinos en provecho de la gloria inmortal de César y de la garantía de nuestra seguridad personal. Sin embargo, yo no actué con una intención tal, sino con la idea de diferir su castigo. Y una vez que, ciertamente, obtuve del senado lo que necesitaba en primer lugar, y los asesinos aflojaron su guardia por creerse libres de ansiedad, recobré nuevos bríos y socavé la amnistía no por medio de votos o decretos —pues ello era imposible—, sino granjeándome el favor del pueblo de forma imperceptible. Y, así, so pretexto de su funeral, conduje el cadáver de César al foro y dejé al descubierto sus heridas, mostrando su número y su ropa ensangrentada y desgarrada por los golpes. En mi oración fúnebre, recordé, en medio de todos, en términos patéticos su valor y amor hacia el pueblo, llorándole como a un muerto, pero invocándole como a un dios. Estos hechos y palabras míos excitaron al pueblo, que encendió fuego después de la amnistía y lo llevó contra las casas de los enemigos y expulsó a los hombres de la ciudad. Y cómo esto ocurrió en contra y con el enojo del senado lo reveló, al punto, el hecho de que me acusaron de soliviantar al pueblo y el que enviaron a los asesinos a tomar el mando de las provincias, Bruto y Casio, a Siria y Macedonia, que estaban provistas de grandes ejércitos, diciéndoles que se apresuraran antes, incluso, del tiempo establecido, bajo el pretexto de su preocupación por el aprovisionamiento de trigo. Entonces, en verdad, se apoderó de mí otro miedo aún mayor, puesto que no tenía ningún ejército propio, no fuera a ser que quedáramos inermes ante tantos hombres armados. Sospechaba, además, de mi colega, pues en todo momento discrepaba conmigo, fingía haber participado en la conspiración contra César y había propuesto que el día de su asesinato se festejara como el del nacimiento de la República.
[36 ] »En tal grado de desconcierto y apremio por desarmar a nuestros enemigos y transferir sus armas a los nuestros, di muerte a Amatio e hice volver a Pompeyo, a fin de propiciarme nuevamente al senado con estas medidas y ponerlo de mi parte. Pero, como ni aun así me fiaba de él, convencí a Dolabella para que reclamara Siria, no del senado, sino del pueblo mediante una ley, y le ayudé en su petición para que Dolabella se convirtiera en enemigo de los asesinos, en vez de en su amigo, y para que resultara una afrenta para los senadores oponerse a mi petición de la provincia de Macedonia después de la de Dolabella. Sin embargo, tampoco entonces me hubieran concedido Macedonia, aun después de Dolabella, a causa del ejército que había allí, a no ser porque transferí a éste el ejército, sobre la base de que Siria y la guerra contra los partos entraban en el mismo lote. Y, a su vez, tampoco le hubieran quitado a Bruto y Casio sus provincias de Macedonia y Siria, si no les hubieran dado otras a cambio para su seguridad. Cuando, por consiguiente, se hizo necesario el trueque, mirad qué provincias les fueron concedidas como compensación y cuán carentes de tropas, Cirene y Creta, a las que incluso desprecian nuestros enemigos por no considerarlas seguras para ellos mismos, y tratan ahora de apoderarse por la fuerza de las que les fueron quitadas. De esta forma, realmente, fue transferido a Dolabella el ejército desde nuestros enemigos, por medio de artificios, estratagemas y compensaciones, pues cuando las armas brillan por su ausencia se hace necesario actuar bajo el imperio de la ley.
»Después de estos sucesos, nuestros enemigos reunieron [37 ] otro ejército, y yo tuve necesidad del que estaba en Macedonia, pero me hacía falta un pretexto. Entonces cundió el rumor de que los getas estaban devastando Macedonia. Sin embargo, no se dio crédito a esta noticia, y mientras estaban ausentes los encargados de investigar su autenticidad, yo conseguí la aprobación de una moción relativa a la dictadura, en el sentido de que no se permitiese hablar de ella, ni votarla, ni aceptarla si alguna se ofrecía. Y los senadores, seducidos en especial con esta proposición de ley, me concedieron el ejército. Entonces, por primera vez, me consideré en igualdad de condiciones con mis enemigos, y no con éstos que están a la vista, como piensa Octavio, sino con los más numerosos y más fuertes que quieren todavía permanecer en la sombra. Mas una vez que hube logrado éstos, todavía me quedaba en el flanco otro de los asesinos, Décimo Bruto, al mando de una posición estratégica y de un nutrido ejército. Como yo tenía a éste por más osado que los demás, traté de privarlo de la Galia Cisalpina, prometiendo entregarle en compensación Macedonia con objeto de guardar las formas, por el momento, cara al senado. Pero el senado se indignó y se dio cuenta, al fin, de la estratagema y vosotros conocéis en qué tono y con cuánta persistencia escribieron muchos de ellos a Décimo y cómo han soliviantado a mis sucesores en el consulado. Por tanto, decidí, en forma más osada, tomar la provincia, en vez del senado, del pueblo mediante una ley e hice cruzar al ejército desde Macedonia hasta Bríndisi para utilizarlo en las emergencias. Y con la ayuda de los dioses lo usaremos cuando la necesidad nos invite a ello.
[38 ] »De este modo hemos pasado de una situación anterior en que un gran temor se cernía sobre nosotros, a otra de una seguridad total de nuestras personas y de moral elevada ante nuestros enemigos. Y al hacerse patente esta situación, se ha revelado también el celo de la mayoría contra los enemigos. Pues estáis viendo cuán grande es su arrepentimiento por los decretos aprobados, y cuánto su empeño por arrebatarme la provincia gala que me ha sido concedida. Conocéis las cartas que han escrito a Décimo y con cuántos argumentos intentan convencer a mis sucesores en el consulado para que cambien su voto respecto a la ley concerniente a la Galia Cisalpina. Sin embargo, con la ayuda de nuestros dioses patrios, con una intención piadosa y con vuestro valor, con cuyo auxilio también César obtuvo sus victorias, le vengaremos a él, sin escatimarle el apoyo de nuestras fuerzas y la ayuda de nuestros propósitos. Mientras estaban en curso estas tareas, camaradas, me fue necesario mantenerlas ocultas, pero, una vez que han sido realizadas, las he expuesto ante vosotros, a quienes os considero copartícipes de mis hechos y de mis proyectos en todo. Comunicádselas a los demás que no comprendan la razón de las mismas, a excepción únicamente de Octavio, que muestra tanta ingratitud hacia nosotros.»
[39 ] Las palabras pronunciadas por Antonio hicieron pensar a los tribunos que él había hecho todo movido por una animosidad acerba contra los asesinos y maniobrando contra el senado. No obstante, le pidieron que se reconciliara con Octavio y, después de convencerle, lograron que nuevamente se reconciliasen en el Capitolio. Pero, poco tiempo después, Antonio presentó ante sus amigos a algunos miembros de su guardia personal bajo la acusación de ser los esbirros de Octavio en una conspiración contra él 41 bis . E hizo esta acusación, ya fuera de forma calumniosa, o bien porque la creía realmente o porque se había enterado de los que habían sido enviados a su campamento y confundió la conspiración contra su actuación como dirigida hacia su persona. Cuando se difundió la noticia, se levantó un público alboroto y una enorme indignación. Pues eran pocos los que tenían la suficiente perspicacia para comprender que a Octavio le convenía más que Antonio viviera, aunque fuera injusto para él, ya que aquél era el terror de los asesinos. Porque si Antonio muriese, aquéllos se atreverían a todo sin miedo alguno, en especial, porque contaban con la ayuda del senado. Los más inteligentes se hacían estas conjeturas, pero la masa, al ver qué tipo de vejámenes y castigos sufría Octavio diariamente, no consideraban increíble la acusación, aunque creían que no era piadoso ni tolerable conspirar contra la vida de Antonio mientras él era todavía cónsul.
Octavio corrió con una furia enloquecida hacia los que pensaban de esta forma y les gritó que era él quien sufría una conspiración urdida por Antonio para privarle de la amistad del pueblo, que era lo único que le quedaba. Acudiendo a las puertas de la casa de Antonio gritaba las mismas cosas, ponía por testigos a los dioses y profería toda clase de maldiciones invitándole a someterse a una investigación judicial. Como nadie salía de la casa, dijo: «Acepto ser juzgado por tus amigos», y trató de penetrar en el interior. Mas, al serle impedido de nuevo el paso, prorrumpió en lamentos e insultos contra él y se irritó con los guardianes de la puerta por impedir que se le pidieran cuentas a Antonio. Entonces se marchó y puso al pueblo por testigo de que, si le ocurría una desgracia, su muerte se debería a las intrigas de Antonio. Y como esto lo dijo con enorme patetismo, la multitud experimentó un cambio y se produjo en ellos una mutación de su anterior opinión. Había, empero, algunos que todavía desconfiaban y vacilaban en poner su confianza en cada uno de ellos, por creer que como hacía poco que habían llegado a un acuerdo en el templo, maquinaban estas cosas contra los enemigos. Otros, a su vez, pensaban que Antonio urdía tales añagazas para incrementar su guardia personal o bien para enajenar a las colonias de veteranos de César 42 .
[40 ] Cuando le fue comunicado a Octavio por sus emisarios secretos que el ejército de Bríndisi y los veteranos de las colonias estaban irritados contra Antonio por desentenderse del asesinato de César, y que estaban dispuestos a ayudarle si podían, Antonio partió para Bríndisi por estas razones 43 . Y Octavio, por temor a que si regresaba con el ejército le cogiera desguarnecido, marchó con dinero a Campania para tratar de convencer a los soldados veteranos de las ciudades fundadas por su padre de que se enrolaran bajo su servicio. Persuadió, en primer lugar, a los de Calatia y, después, a los de Casilino, dos ciudades situadas a uno y otro lado de Capua. Mediante el pago de quinientos dracmas por cabeza consiguió reunir diez mil hombres, no totalmente armados ni equipados por cohortes, sino como un cuerpo único de guardia personal, bajo una sola bandera. Los ciudadanos de Roma, que temían el regreso de Antonio con el ejército, cuando se enteraron de que Octavio también se acercaba con otro, se sintieron algunos doblemente alarmados, pero otros se alegraron, en cambio, al pensar que podían utilizar a Octavio contra Antonio. Otros, incluso, que habían presenciado la reconciliación en el Capitolio pensaban que lo que ocurría era un falso juego, a cambio del cual Antonio iba a obtener el poder absoluto y Octavio la venganza sobre los asesinos.
En medio de un tal estado de zozobra, el tribuno [41 ] Cannutio 43 bis , que era enemigo de Antonio y, por lo mismo, amigo de Octavio, salió al encuentro de este último, y cuando supo su intención, se dirigió al pueblo para comunicarle que Octavio avanzaba contra Antonio con una clara hostilidad y que los que temieran que Antonio aspirara a la tiranía se pusieran del lado de aquél, pues no tenían otro ejército por el momento. Tras decir esto, marchó junto a Octavio, que estaba acampado delante de la ciudad, en el templo de Marte, a una distancia de quince estadios 44 . Cuando llegó, avanzó hasta el templo de Cástor y Pólux, que sus soldados rodearon ceñidos con espadas ocultas, y Cannutio habló en primer lugar ante el pueblo contra Antonio. A continuación, Octavio les recordó también a ellos la memoria de su padre y las cosas que había sufrido él mismo de manos de Antonio, a causa de lo cual había enrolado el presente ejército para su guardia personal. Añadió que él sería un sumiso servidor de su patria en todo y que estaba dispuesto a enfrentarse a Antonio en las actuales circunstancias.
[42 ] Después de pronunciar estas palabras y disolver la asamblea, el ejército consideró que se encontraba allí para lo contrario, es decir, para sustentar la reconciliación entre Antonio y Octavio, o bien para servir simplemente de guardia personal a este último y para tomar venganza sobre los asesinos, por lo cual se indignó por la declaración pública de guerra contra Antonio, que había sido su general y era entonces cónsul. Y algunos de ellos pidieron regresar a sus hogares para proveerse de armas, pues no podían aceptar otras armas que las suyas propias. Otros, incluso, insinuaron el motivo verdadero. Octavio, por tanto, se encontraba en apuros, pues el asunto había tomado un sesgo contrario a sus expectativas; sin embargo, esperando ganarlos a su causa más por la persuasión que por la fuerza, accedió a sus excusas y envió a algunos a por las armas y a otros, sencillamente, a sus casas 45 . Sin revelar su enojo, elogió a todos los reunidos, los obsequió con regalos y les dijo que los recompensaría con mayor prodigalidad, pues se servía de ellos para las situaciones de emergencia, como amigos de su padre, antes que como soldados. Con estas palabras sólo consiguió que de los diez mil permanecieran junto a él unos mil o tres mil hombres, pues las fuentes discrepan en cuanto al número. Los demás partieron entonces, pero recordaron de inmediato los trabajos de la agricultura, las ganancias de la milicia, las palabras de Octavio, su docilidad ante las demandas de ellos y los favores que habían recibido y que esperaban recibir todavía. Y, como una multitud inconstante, cambiaron de parecer, y utilizando su pretexto para quedar bien se armaron y retornaron a su lado. Octavio, por este tiempo, con nuevos recursos monetarios recorría Rávena y todos los territorios vecinos alistando continuamente tropas, y envió a todas a Arretio 46 .
Entretanto se habían reunido con Antonio en Bríndisi [43 ] cuatro de las cinco legiones que estaban en Macedonia. Los soldados de éstas le reprocharon que no hubiera procedido contra los asesinos de César y, sin manifestaciones de pláceme, le hicieron comparecer en la tribuna para que les diera explicaciones, en primer lugar, sobre este asunto. Y él, irritado con ellos por causa de su silencio, no se contuvo, sino que les censuró su ingratitud porque no le habían testimoniado ningún signo de agradecimiento por haberlos transferido de la campaña contra los partos a Italia. También les reprochó que no hubieran conducido a su presencia a las personas enviadas por un jovenzuelo impulsivo, pues así llamaba a Octavio, para sembrar la discordia entre ellos. A estos hombres, dijo, él mismo se encargaría de encontrarlos, y llevaría el ejército a la provincia que le había sido votada, la próspera Galia, y daría cien dracmas a cada uno de los presentes. Los soldados se rieron de su espíritu mezquino y, al irritarse Antonio, armaron mayor alboroto aún y se separaron. Entonces Antonio se levantó y dijo solamente: «Aprenderéis a obedecer.» Y ordenó a los tribunos militares que trajeran a los soldados de espíritu sedicioso —pues es costumbre en el ejército romano tener anotado el carácter de cada hombre— 47 y echó las suertes entre ellos de acuerdo con la ley de la milicia, pero no castigó con la muerte a la décima parte en total, sino a una fracción de ella, pensando que con un pequeño castigo los aterrorizaría; ellos, sin embargo, en vez de un temor mayor, sintieron hacia él, a causa de este hecho, más ira y odio.
[44 ] A la vista de esta situación, aquellos a los que Octavio había enviado para corromper a los soldados de Antonio, inundaron el campamento con muchos panfletos invitándoles a cambiar la mezquindad y crueldad de Antonio por el recuerdo de César, la ayuda a Octavio y la participación de sus pródigos regalos. Antonio trató de encontrar a estos hombres, ofreciendo grandes recompensas a los delatores y amenazas para quien los ocultara. Pero, como no pudo coger a ninguno, se irritó porque pensaba que el ejército los encubría. Cuando se enteró de lo que Octavio había hecho en las colonias y en Roma, se alarmó y acudiendo, de nuevo, ante el ejército dijo que estaba enojado por lo que les había ocurrido a unos pocos por causa del imperativo de la disciplina militar, aunque la ley exigía el castigo de un número mayor aún, pero que ellos sabían, con seguridad, que Antonio no era mezquino ni cruel. Y prosiguió: «Váyase a paseo, en buena hora, el rencor, satisfecho con estos errores y castigos. Respecto a los cien dracmas, ordené que os fueran entregados no como un regalo, pues no es ello digno de la fortuna de Antonio, sino como un presente de bienvenida por nuestro primer encuentro; pero es necesario tanto en este asunto como en los demás obedecer a las leyes de la patria y de la milicia.» Después de decir esto, no añadió ninguna cosa a su donativo, para no dar la impresión de que el general había cedido ante sus soldados, y ellos, sea por arrepentimiento o por miedo, lo aceptaron. Antonio, sin embargo, ya fuera porque seguía aún irritado con la sedición o porque tuviera alguna otra sospecha, cambió a los tribunos militares, pero trató bien al resto porque necesitaba de sus servicios y los envió por destacamentos costeando la orilla hasta Arímino.
Él, a su vez, eligió del total de las tropas a una [45 ] cohorte pretoriana integrada por hombres escogidos por su presencia física y carácter, y se encaminó hacia Roma para proseguir desde allí hacia Arímino. Penetró en la ciudad con altivez, dejando acampado fuera de los muros a su escuadrón de caballería. Sin embargo, los que le acompañaban iban vestidos como para la guerra y montaron la guardia en torno a su casa durante la noche, en armas; se les dio una contraseña y se relevaban por turnos como en el campamento. Convocó al senado 48 para quejarse por la actuación de Octavio, y, cuando estaba entrando a la cámara, se enteró de que una de las cuatro legiones, la llamada Martia, se había pasado a Octavio durante el viaje. Mientras se hallaba detenido a la entrada, presa del desconcierto, se le comunicó que también la llamada Cuarta se había pasado a Octavio a semejanza de la Martia. Por consiguiente, totalmente conturbado, penetró en el edificio del senado y, so pretexto de haberlos convocado para otros asuntos, les dijo unas pocas palabras 49 y partió de inmediato hacia las puertas de la ciudad, y desde allí a la ciudad de Alba 50 con idea de hacer desistir de sus planes a los desertores. Pero, como fue víctima de una agresión desde las murallas, se retiró y envió quinientos dracmas a cada uno de los soldados de las otras legiones, y con las tropas que tenía partió hacia Tíbur 51 , llevando el equipo usual para los que marchan a la guerra, pues ésta era ya evidente al no haber renunciado Décimo a la Galia Cisalpina.
[46 ] Mientras se hallaba en aquella ciudad, casi todo el senado, la mayor parte de los caballeros y lo más florido de la clase plebeya acudieron para rendirle honores 52 . Le encontraron a su llegada tomando juramento a los soldados bajo su mando que estaban presentes, así como a aquellos otros veteranos que habían acudido también, y cuyo número era crecido, que juraban a la vez voluntariamente que no faltarían a su amistad y fidelidad hacia Antonio; hasta el punto de ser ciertamente difícil saber quiénes eran los que poco antes, en la asamblea de Octavio 53 , habían insultado a Antonio.
De este modo, con brillantez, se puso en marcha hacia Arímino, que forma frontera con la Galia Cisalpina. Su ejército estaba formado, aparte de las tropas recién reclutadas, por las tres legiones trasladadas desde Macedonia, pues el resto de ellas había llegado ya, y una de veteranos que, a pesar de su edad, parecía, no obstante, que valían dos veces más que los recién reclutados. Así que Antonio disponía de cuatro legiones de hombres bien adiestrados, además de los auxiliares que usualmente suelen acompañar a éstas, de su guardia personal y las tropas últimamente enroladas. En España, Lépido 54 , con cuatro legiones, y Asinio Polión 55 , con dos, y Planco 56 en la Galia Transalpina, con tres, parecían haber tomado posición por Antonio 57 .
Octavio, por su parte, tenía dos legiones igualmente [47 ] eficaces, las que habían desertado de Antonio a sus filas, una sola de nuevos reclutas y otras dos de veteranos, no completas ni en número ni en armamento, aunque suplía esta falta con tropas recién levadas. Después de concentrar a todas las fuerzas en Alba 58 , escribió al senado acerca de sus movimientos. Éste se mostró, de nuevo, complacido con Octavio hasta el punto de que hubiera sido un dilema, en este caso también, decir qué senadores eran los que habían salido a encontrarse con Antonio poco antes. No obstante, estaban irritados con el hecho de que las legiones se hubieran pasado a Octavio en vez de al senado, pero, con todo, elogiaron a sus soldados y a Octavio 59 , y dijeron que en breve se promulgaría un decreto sobre lo que había que hacer, tan pronto como los nuevos magistrados accedieran a sus cargos. Estaba claro que pensaban utilizar estas fuerzas contra Antonio; sin embargo, como no tenían ningún ejército propio ni la posibilidad de reclutarlo sin cónsules, pospusieron todos los asuntos hasta la llegada de los nuevos magistrados.
[48 ] El ejército proporcionó a Octavio lictores provistos de fasces y le rogó que asumiera, por propia iniciativa, el título de propretor y, como tal, dirigiera la guerra y a ellos, acostumbrados siempre a servir bajo magistrados. Él les agradeció el honor, pero remitió el asunto al senado. Y cuando quisieron marchar todos juntos en apoyo de esta demanda lo prohibió e impidió que enviaran emisarios al senado, en la creencia de que éste le votaría voluntariamente estas cosas «tanto más, añadió, si saben de vuestro celo y de mi duda».
Disuadidos, a duras penas, de este modo, cuando los oficiales se quejaron a él por su desprecio, les explicó que el senado se había inclinado de su lado no tanto por benevolencia hacia él como por miedo a Antonio y por la falta de un ejército, «y así será, dijo, hasta que nosotros destruyamos a Antonio, y los asesinos, que son amigos y familiares de los senadores, reúnan su propio ejército; y como conozco estos hechos, he fingido estar a su servicio. No seamos los primeros en desvelar esta ficción, puesto que, si nos adelantamos a tomar el cargo, nos acusarán de arrogantes y de violentos, y, en cambio, si nos mostramos respetuosos, tal vez lo concedan ellos por miedo, no sea que lo tome yo de vosotros». Después de pronunciar tales palabras, contempló las maniobras de las dos legiones que habían desertado de Antonio y que, enfrentándose entre sí, ejecutaron, sin regateos, todas las acciones propias de un combate, con la única excepción de matar. Así pues, contento con el espectáculo y alegre por poder tomarlo como pretexto, repartió para cada hombre otras quinientas dracmas y, si había necesidad de combatir, les prometió cinco mil más a cada uno si resultaban vencedores. De esta forma Octavio, gracias a la prodigalidad de sus donativos, reforzaba los lazos de unión con los mercenarios.
Mientras estas cosas ocurrían en Italia, entretanto, [49 ] en la Galia Cisalpina, Antonio ordenó a Décimo que se trasladara a Macedonia como acto de obediencia al pueblo y por su propia seguridad personal. Él, sin embargo, le envió como respuesta las cartas que le habían sido llevadas de parte del senado para darle a entender que no debía él plegarse ante la voluntad del pueblo más de lo que Antonio ante la del senado. Antonio le fijó un día como límite, a partir del cual lo consideraría un enemigo, y Décimo le exhortó a que se fijara uno posterior para él mismo, no fuera a ser que se convirtiera más pronto en un enemigo del senado. Aunque Antonio le hubiera podido vencer con facilidad, pues todavía se hallaba en terreno abierto, decidió avanzar hacia las ciudades y éstas le abrieron sus puertas. Y Décimo, temiendo no poder entrar ya en ninguna de ellas, se fabricó cartas del senado, llamándole a Roma junto con el ejército, y se retiró hacia Italia, y era acogido por todos, puesto que pensaban que estaba de paso, hasta que llegó, a la próspera ciudad de Módena 60 . Aquí cerró las puertas de la ciudad, se incautó de las provisiones de sus habitantes con objeto de avituallar a su ejército y sacrificó y conservó en sal a todos los animales de tiro existentes, por miedo a que el asedio fuera prolongado, y esperó a Antonio. Su ejército consistía en un gran número de gladiadores y tres legiones de infantería, una de las cuales estaba compuesta por hombres recién reclutados y todavía inexpertos. En cambio, las otras dos, que habían servido ya antes bajo sus órdenes, eran dignas de toda confianza. Antonio marchó con rabia contra Módena y la rodeó de un muro y un foso.
[50 ] Décimo, pues, sufría el asedio, y, entretanto, en Roma, con la llegada del nuevo año, los cónsules Hircio 61 y Pansa 62 convocaron de inmediato al senado después de los sacrificios, en el mismo templo, para tratar de Antonio 63 . Cicerón y sus amigos pidieron que fuera declarado ya, mediante un decreto, enemigo público 64 , porque se había apoderado por la fuerza de las armas de la Galia Cisalpina, en contra de la voluntad del senado, para utilizarla como base de ataque contra la patria y había conducido a Italia el ejército que se le había concedido para la campaña de Tracia. Le acusaban, además, de aspirar al poder supremo después de César, al hacerse acompañar en la ciudad públicamente por tanta cantidad de centuriones, y establecer su domicilio particular bajo la protección de las armas y contraseñas como una fortaleza, así como de mostrarse hacia ellos en los demás asuntos en forma harto más arrogante de la que correspondía a un magistrado anual. Lucio Pisón, que era el sustituto de Antonio durante su ausencia y uno de los hombres más notables de Roma, y todos aquellos que estaban de su lado en atención a éste, o gracias a Antonio, o por propia decisión demandaron que se le citase a juicio, puesto que no era costumbre patria condenar a un hombre sin juicio, ni era decente declarar enemigo hoy a quien hasta ayer había sido cónsul, y del que precisamente los demás y, en especial, Cicerón habían pronunciado en muchas ocasiones continuos y encendidos elogios. El senado se mantuvo dividido en sus opiniones, en forma equilibrada hasta la llegada de la noche, y al día siguiente muy temprano se reunieron para tratar del mismo asunto. En esta ocasión había mayoría entre los partidarios de Cicerón, y Antonio hubiera sido decretado enemigo público, de no haber sido porque el tribuno de la plebe Salvio ordenó que se pospusiera la votación —ya que entre los magistrados el que opone su veto siempre prevalece— 65 .
Los ciceronianos reprocharon e insultaron al tribuno [51 ] de forma muy violenta, y, saliendo precipitadamente, excitaron al pueblo contra él y llamaron a Salvio a que compareciera ante ellos. Este último se dispuso a hacerlo sin perturbarse un ápice, hasta que el senado lo retuvo por temor a que hiciera cambiar de opinión al pueblo trayendo a su memoria el recuerdo de Antonio. Pues los senadores no ignoraban que estaban condenando, sin juicio previo, a un hombre muy ilustre, y que el pueblo le había concedido a él la Galia Cisalpina. Pero, como temían por la vida de los asesinos, se irritaron contra Antonio por haber sido él quien había dado los primeros pasos contra ellos después de la amnistía, y por esta razón habían utilizado a Octavio frente a aquél. Y, aunque Octavio era consciente de este hecho, aceptó el ofrecimiento, sin embargo, para abatir a Antonio. Tal era el motivo del enojo del senado hacia Antonio. Así que, cuando difirieron la votación, como había ordenado el tribuno, decretaron, no obstante, felicitar a Décimo por no haber entregado la Galia Cisalpina a Antonio y que Octavio ayudara a los cónsules Hircio y Pansa con el ejército que tenía 66 ; decidieron, además, recompensarle con una estatua de oro 67 y otorgarle el derecho a expresar su opinión entre los consulares del senado desde entonces 68 y a aspirar al consulado diez años antes del período legal 69 , y que les fuera concedido a expensas del tesoro público a las legiones que habían desertado de Antonio a Octavio la totalidad del dinero que este último les había prometido en caso de resultar vencedores.
Después de haber votado estos decretos levantaron la sesión, en la creencia de que Antonio se daría cuenta, a partir de ellos, que había sido declarado, de hecho, enemigo público, y que el tribuno no interpondría ya su veto al día siguiente. La madre, la esposa y el hijo —todavía un muchacho— de Antonio, y sus demás familiares y amigos, visitaron a lo largo de toda la noche las casas de los personajes influyentes y les suplicaron. Al día siguiente, cuando se dirigían al senado, los interceptaron arrojándose a sus pies con gritos y lamentos y, vestidos de luto, gritaban junto a las puertas. Algunos senadores quedaron impresionados por los gritos, por el espectáculo y por una tan grande y repentina mutación en la fortuna, y Cicerón, temeroso por el resultado, se dirigió al senado en los términos siguientes:
«La decisión que debía tomarse sobre Antonio, la [52 ] tomamos ayer. Pues en la medida en que otorgamos honores a sus enemigos, en esa misma medida decretamos que él era un enemigo. Y que Salvio fuera el único que se opusiera hay que entenderlo, o bien porque era más inteligente que todos, o porque le movía a ello su amistad personal o su desconocimiento de la realidad circundante. De estas alternativas la más humillante para nosotros es la de que todos parezcamos ser menos inteligentes que uno solo, y, en cambio, para el propio Salvio lo es el que anteponga su amistad al interés común. Pero, si desconoce las circunstancias presentes, debía confiar en los cónsules, en vez de en sí mismo, en los pretores, en sus compañeros de tribunado y en el resto de los senadores que, siendo tan superiores en dignidad y número y aventajando a Salvio por edad y experiencia, condenamos a Antonio. Y así resulta que en nuestras elecciones y juicios la justicia se decanta siempre del lado de la mayoría. No obstante, si precisa, con todo, conocer ahora los motivos de nuestra condena, enumeraré brevemente, a modo de recuerdo, los de mayor peso.
»A la muerte de César, Antonio se apropió de nuestro dinero. Tras haber alcanzado de nosotros el gobierno de Macedonia, se lanzó sobre la Galia Cisalpina sin nuestra autorización. Después de obtener el ejército para operar contra los tracios, en lugar de contra éstos, lo condujo a Italia para utilizarlo contra nosotros. Nos pidió autorización para cada uno de estos actos, por razones ocultas, y cuando no lo obtuvo, actuó por cuenta propia. En Bríndisi organizó una cohorte real para uso personal, y hombres armados le daban escolta y protección, públicamente en la ciudad, día y noche bajo contraseñas. Condujo desde Bríndisi a la ciudad a todo el resto del ejército, aspirando, por una vía más corta, a los mismos proyectos que César. Sin embargo, como el joven César se le anticipó con otro ejército, tuvo miedo y se volvió a la Galia Cisalpina tomándola por una estratégica plataforma de operaciones contra nosotros, puesto que César, habiendo partido desde allí, se convirtió en nuestro dueño.
[53 ] »Con objeto de tener sumiso al ejército, por medio del temor, para ejecutar estos planes, a fin de que no vacilara en secundar ninguna orden ilegal, echó las suertes y condenó a muerte a uno de cada diez, aunque no se habían sublevado, ni habían abandonado la guardia o la formación en tiempo de guerra, por los cuales delitos únicamente establece la ley militar un castigo tan cruel y, con todo, son pocos los que lo aplican y, en estos casos, a duras penas, en tiempo de máximo peligro y bajo imperiosa necesidad. Sin embargo, él condujo a la muerte a estos ciudadanos por causa de un ruido o de una risa, y a una muerte no de gente que había sido declarada convicta y confesa de un crimen, sino de aquellos que les había tocado en suerte. Por consiguiente, los que pudieron, hicieron deserción, y vosotros a ellos, como a personas que han obrado bien, le votasteis ayer unos donativos. En tanto que los que no pudieron desertar se han unido a él en sus fechorías, movidos por su miedo, y avanzan contra un territorio vuestro y sitian a vuestro general y a vuestro ejército, al que vosotros ordenasteis por medio de cartas que permaneciera en la Galia y, en cambio, Antonio le ordena evacuarla. ¿Acaso, pues, somos nosotros los que votamos que Antonio es un enemigo, o es Antonio quien nos combate ya a nosotros? Y nuestro tribuno desconoce estos hechos aún, y los ignorará hasta que Décimo sea expulsado y una provincia tan grande y vecina nuestra, junto con el ejército de Décimo, se añada a las esperanzas de Antonio contra nosotros. Pues sólo entonces, supongo, el tribuno le votará enemigo, cuando llegue a ser más fuerte que nosotros.»
Mientras Cicerón se hallaba aún en el uso de la [54 ] palabra, sus partidarios provocaban un alboroto interminable y no permitían que nadie replicara, hasta que Pisón se adelantó y el resto del senado guardó silencio por respeto hacia él, y también se contuvieron los ciceronianos. Entonces dijo Pisón: «La ley, senadores, exige que el propio reo oiga la acusación y sea juzgado después de haber pronunciado su defensa; e invito a que corrobore la veracidad de mis palabra a Cicerón, nuestro orador más eminente. Sin embargo, puesto que vacila en acusar a Antonio cuando está él presente y, en cambio, en su ausencia, pronunció algunas acusaciones que considera las más graves de todas y fuera de toda duda, me he adelantado para mostrar, en pocas palabras, que estas acusaciones son falsas. Él dice que, después de la muerte de César, Antonio se apropió del dinero público, pero la ley al ladrón no lo declara enemigo público, sino que lo castiga con una pena ya establecida. Sin embargo, Bruto, después de asesinar a César, lo acusó también ante el pueblo de que se había llevado el tesoro público y había dejado vacías las arcas del tesoro. Y, poco después, Antonio propuso abrir una investigación sobre el asunto, y vosotros aceptasteis y confirmasteis tal propuesta, y prometisteis un diezmo como recompensa para los delatores, la cual recompensa doblaremos nosotros, si alguien puede probar la participación de Antonio en este robo.
[55 ] »Esto por lo que respecta al dinero público. Pero es que tampoco votamos nosotros el gobierno de la Galia Cisalpina para Antonio, sino que se lo concedió el pueblo, estando presente Cicerón, mediante una ley, procedimiento por el que ya había concedido a menudo otras provincias y esta misma gobernatura a César con anterioridad. Y era parte de la ley que Antonio, al llegar a la provincia que le había sido asignada, si Décimo no la entregaba, le hiciera la guerra y que condujera el ejército, en vez de contra los tracios, que estaban tranquilos, a la Galia Cisalpina contra el que se le oponía. Sin embargo, Cicerón no considera enemigo a Décimo, que oponía sus armas a la ley, y sí, en cambio, a Antonio que luchaba a favor de ella. Y si acusa a la propia ley, está acusando a los que la promulgaron; a los cuales debería hacer cambiar de opinión y no insultarlos, cuando él mismo estuvo de acuerdo con ellos, y no debería haber confiado la provincia a Décimo, a quien el pueblo expulsó de la ciudad a raíz del asesinato, ni ponerle en duda a Antonio aquello que el pueblo le había concedido. Y no es de buenos consejeros andar a la gresca con el pueblo, especialmente en ocasiones de peligro, ni olvidarse de que también esta misma capacidad de decidir quién es amigo o enemigo correspondía antes al pueblo. Pues, de acuerdo con las leyes antiguas, sólo el pueblo era el árbitro de la paz y de la guerra. Y ¡ojalá que éste no ponga sus ojos en ninguna de estas cosas y se irrite, en consecuencia, con nosotros, una vez que ha encontrado un líder!
»Pero también dice que Antonio mató a algunos soldados. [56 ] En efecto, puesto que era el comandante en jefe y había sido investido por vosotros para este cargo. Y jamás ningún comandante en jefe rindió cuentas por actos similares. Pues las leyes decidieron que no era provechoso para nosotros que el general diera cuenta de sus actos a los soldados. No existe cosa peor en el ejército que la desobediencia, por cuya causa han muerto algunos, incluso después de haber logrado la victoria, sin que nadie pidiera cuenta a sus matadores. Ni siquiera ha habido nadie entre sus familiares que haya presentado, en el caso presente, queja alguna, salvo Cicerón, quien, al acusarle de asesinato, lo tilda de enemigo público, en vez de pedir para él las penas fijadas por la ley para los asesinos. Hasta qué grado de indisciplina y desprecio hacia Antonio había llegado el ejército, lo muestran las dos legiones que desertaron de él, sobre las cuales votasteis que sirvieran bajo Antonio y que, en cambio, desertaron, en flagrante violación de las leyes militares, no hacia vosotros sino hacia Octavio. A pesar de ello, Cicerón las elogió y vosotros ayer le concedisteis un estipendio a costa del erario público; y ¡ojalá que no os acarree sinsabores el ejemplo! A Cicerón le ha hecho caer en la contradicción su enemistad personal, pues ha acusado a Antonio de aspirar a la tiranía y de castigar a sus soldados, y resulta que los que pretenden tal cosa son siempre complacientes con sus tropas, no severos. Pero, puesto que no dudó en tachar de tiránica la restante actuación de gobierno de Antonio, pues bien, quiero examinar cada uno de sus actos.
»¿A quién dio muerte, sin juicio, a modo de tirano, [57 ] el que ahora corre el riesgo de ser condenado sin juicio? ¿A quién expulsó de la ciudad? ¿A quién calumnió en presencia vuestra? ¿O, acaso, no hizo tal a cada uno individualmente y, en cambio, conspiró contra todos nosotros como colectividad? ¿Cuándo, Cicerón? ¿Cuando consiguió que se aprobase la amnistía para los hechos ocurridos? ¿O cuando se abstuvo de entablar una querella criminal contra nadie por causa del asesinato? ¿Fue, acaso, cuando ordenó abrir una investigación sobre el dinero público? ¿O, tal vez, con motivo de haber hecho regresar a Pompeyo, el hijo de vuestro Pompeyo, y haberle restituido la hacienda paterna con cargo a los fondos del Estado? ¿O cuando hizo prisionero, por conspirar, al falso Mario y le dio muerte y todos le aplaudisteis y, por vuestra actitud, fue la única acción que no calumnió Cicerón? ¿Fue cuando presentó un decreto de que nadie hiciera ninguna proposición acerca de la dictadura ni la votara, o, de lo contrario, que muriera impunemente a manos de quien quisiera? Éstos fueron los actos de gobierno que llevó a cabo Antonio para nosotros en dos meses, los únicos que permaneció en la ciudad después de la muerte de César, mientras el pueblo perseguía a los asesinos y vosotros teníais miedo del futuro. Si hubiera sido un hombre vil, ¿qué oportunidad hubiera él tenido mejor que ésta? Pero, tal vez, objetaréis que sucedía lo contrario, que no tenía autoridad. ¿Cómo? ¿No fue él solo quien detentó el mando después de la partida de Dolabella a Siria? ¿No tuvo preparado en la ciudad el ejército que le disteis vosotros? ¿No mantuvo bajo custodia la ciudad durante la noche? ¿No estableció una guardia personal durante la noche contra cualquier asechanza de sus enemigos? ¿No tenía como excusa el asesinato de César, su amigo y bienhechor, y el hombre más querido por el pueblo? ¿No tenía otra excusa personal en el hecho de que los asesinos habían conspirado también contra su vida? Sin embargo, no mató a ninguno de éstos o lo desterró, sino que les concedió el perdón que permitía un mínimo de decoro y no tuvo recelo de que le fueran concedidos los gobiernos de provincias que les habían sido ofrecidos.
»Conocéis, en verdad ya, romanos, las acusaciones máximas e indisputables de Cicerón contra Antonio. Pero, puesto que a las acusaciones se han añadido también [58 ] ciertas conjeturas, como aquella de que Antonio se disponía a llevar el ejército contra la ciudad, pero tuvo miedo porque Octavio se le había anticipado con otro ejército, ¿cómo se explica, pues, que el mero intento califique a un hombre como enemigo, en tanto que al que realmente vino y acampó junto a nosotros, sin ningún título para ello, no se le tenga por enemigo? ¿Y cómo, si era voluntad de Antonio, no llegó? ¿O hay que pensar que con treinta mil soldados perfectamente equipados tuvo miedo de los tres mil de Octavio a medio armar y desorganizados, que habían acudido en tropel a su lado sólo para granjearse su amistad, y que, tan pronto como se dieron cuenta de que los había elegido para combatir, lo abandonaron? ¿Y si tuvo miedo de venir con treinta mil, cómo vino, entonces, con tan sólo mil? ¿Qué inmenso gentío le acompañamos cuando, en compañía de estos soldados, salió hacia Tíbur? ¿Y cuántos unimos voluntariamente nuestro juramento de fidelidad sin que se nos requiriese para ello? ¿Cuántas alabanzas derrochó Cicerón para con su labor de gobierno y sus virtudes? ¿Y cómo el propio Antonio, si hubiera concebido un proyecto tal, nos hubiera dejado esas prendas que ahora están delante del edificio del senado, a su madre, a su esposa y a su hijo adolescente? Los cuales lloran y temen ahora no por la política de Antonio, sino por el poder excesivo de sus enemigos.
»He expuesto ante vosotros estas razones como un [59 ] ejemplo de la defensa de Antonio y de la versatilidad de Cicerón; pero quiero añadir un consejo para los hombres sensatos, no hagáis injusticia ni al pueblo ni a Antonio, no atraigáis enemistades y peligros sobre los asuntos públicos, mientras la República permanece todavía enferma, y está falta de quien la defienda con presteza; sino que, estableciendo en la ciudad, antes de provocar el desorden en el exterior, una fuerza suficiente, precaveos, entonces, de los que en cada momento os acometan y tomad las decisiones que queráis cuando seáis capaces de cumplir lo decidido. ¿Cómo será posible esto? Si dejamos que Antonio, bajo cualquier pretexto o como voluntad del pueblo, tenga la provincia de la Galia y hacemos venir aquí a Décimo con las tres legiones que tiene, y, una vez llegado, lo enviamos a Macedonia, pero retenemos las legiones; y si las dos legiones que desertaron de Antonio, desertaron hacia nosotros, como dice Cicerón, hagámoslas venir también a éstas desde junto a Octavio a la ciudad. Pues, de este modo, cuando estemos en posesión de cinco legiones, podríamos votar lo que nos pareciera conveniente, con toda autoridad, sin tener suspensas nuestras esperanzas del favor de hombre alguno.
[60 ] »Estas palabras están dirigidas a quienes me escuchan sin envidia ni rivalidad. A aquellos otros, en cambio, que sin consideración ni preparación, por causa de una enemistad o rivalidad personal, os tratan de soliviantar, les exhorto a que no sean unos jueces precipitados y violentos contra hombres de máximo prestigio y que mandan un ejército poderoso, y a que no les fuercen a combatir contra su voluntad. Que se acuerden de Marcio Coriolano y de los recientes hechos de César, a quien de modo similar, cuando estaba al frente de un ejército y nos ofrecía las mejores propuestas de paz posibles, le votamos enemigo, de forma precipitada, y le obligamos, en realidad, a que lo fuera de hecho. Que tengan consideración hacia el pueblo que hace poco perseguía a los asesinos de César, no sea que parezcamos que, por insultarle, concedemos a unos el gobierno de las provincias, y que elogiamos a Décimo, porque invalidó la ley del pueblo, y votamos enemigo a Antonio, porque aceptó la provincia de la Galia de manos del pueblo. Sería menester que los buenos consejeros reflexionaran sobre estas razones por aquellos que todavía están extraviados, y que los cónsules y tribunos de la plebe se multiplicaran ante los peligros públicos.»
De tal suerte hizo Pisón la defensa, en tono de censura [61 ] y amenaza, y fue claramente el responsable de que Antonio no fuera declarado enemigo. Sin embargo, no logró conservarle el gobierno de la Galia, pues los amigos y los familiares de los asesinos lo impidieron, por temor a que, solventada la guerra, se aprestara a vengar el crimen reconciliándose con Octavio; por esta razón, también, maniobraban para mantener en continua querella a Octavio y a Antonio. Así que decretaron ofrecer a Antonio, Macedonia a cambio de la Galia, y ordenaron, sin caer en ello o de propósito, que Cicerón pusiera por escrito las demás decisiones y se las entregara a los embajadores 70 . Este último alteró el espíritu del decreto y escribió lo que sigue: «Antonio debe levantar de inmediato el cerco de Módena y ceder a Décimo la Galia Cisalpina, retirarse al lado de acá del río Rubicón, que es el límite entre Italia y la provincia de la Galia, antes de un día fijado y someterse sin reservas al senado.» De forma tan provocadora y falsa redactó Cicerón las órdenes, y no porque latiera tamaña enemistad, sino, según parece, porque algún genio maléfico incordiaba buscando la mutación de la República y conspirando contra el propio Cicerón. Los restos de Trebonio hacía poco que habían sido traídos, y, cuando se supo con mayor exactitud de la violencia cometida contra él, el senado, sin apenas oposición, declaró enemigo a Dolabella.
[62 ] Los embajadores 71 que habían sido enviados a Antonio, avergonzados del tono insolente de las órdenes, no dijeron nada y se las entregaron. Antonio, en su indignación, profirió muchos improperios contra el senado y contra Cicerón, atónito ante el hecho de que a César, que había procurado los mayores beneficios al imperio, le tuvieran por un tirano o un rey y, en cambio, a Cicerón, a quien César apresó en la guerra y no le dio muerte, no lo consideraran así. Y de que Cicerón antepusiera los asesinos de César a sus amigos y hubiera odiado a Décimo, mientras fue amigo de César, y lo quisiera ahora que había sido su ejecutor. Y de que tomara partido por un hombre que no había recibido de nadie la provincia de la Galia, tras la muerte de César, y, por el contrario, hiciera la guerra a quien la había tomado de las manos del pueblo. «Y a los soldados desertores de las legiones que me fueron votadas les otorga recompensas, en tanto que no se las da a los que permanecen fieles, corrompiendo así las leyes de la milicia, no más en perjuicio mío que en el de la ciudad. Ha otorgado la amnistía a los asesinos, en la cual yo también consentí a causa de dos hombres muy ilustres. Sin embargo, considera enemigos a Antonio y Dolabella, porque retenemos lo que se nos dio. Pues ésta es la causa real. Y si me desprendo de la Galia ya no soy enemigo ni autócrata. Ciertamente que con estos testimonios dejaré sin efecto la amnistía que no quieren.»
[63 ] Antonio, después de haber dicho muchas otras cosas del mismo tenor, escribió su respuesta al decreto, diciendo que se sometería en todo al senado, por ser la voz de la patria, pero a Cicerón, que había escrito las órdenes, le respondió de esta guisa: «El pueblo me concedió la Galia en virtud de una ley, y perseguiré a Décimo por desobedecer a la ley y reclamaré el castigo por el asesinato sólo de él en representación de todos los demás, para que el senado se purifique de la impureza de la que ahora está lleno a causa del apoyo que Cicerón presta a Décimo.» Ésta fue la respuesta que Antonio escribió 72 , y el senado le decretó, al punto, enemigo a él y al ejército que tenía a sus órdenes 73 , si no le abandonaba. Se asignó el gobierno de Macedonia y de la misma Iliria y las tropas que quedaban en ambas provincias a Marco Bruto, hasta que estuvieran restablecidos los asuntos públicos. Este último contaba ya con un ejército propio y algunas tropas que había recibido de Apuleyo, amén de navíos de guerra, naves de transporte y unos dieciséis mil talentos en moneda junto con otras muchas armas que encontró en Demetrias, donde habían sido ubicadas desde hacía mucho tiempo por Gayo César. El senado dispuso, en esta ocasión, que utilizara todos estos recursos en beneficio de la patria. Decretaron, además, que Casio se hiciera cargo del gobierno de Siria y combatiera a Dolabella, y que todos los restantes jefes que tuvieran el mando de alguna provincia o ejército romanos, desde el Adriático hasta el Oriente, obedecieran cualquier orden de Casio o Bruto.
Con tal celeridad, y aprovechando la ocasión, dieron [64 ] lustre a la situación de Casio y los suyos. Y Octavio, cuando oyó cada una de estas medidas, no supo qué hacer. Consideraba, en efecto, que la amnistía revestía la apariencia hermosa de un acto de generosidad y de piedad hacia estos hombres de parte de quienes eran sus familiares e iguales en rango, y que la razón de haberles concedido mandos de poca importancia era simplemente de seguridad personal; le parecía, en fin, que el hecho de haberle confirmado a Décimo la provincia de la Galia se debía a la discrepancia del senado con Antonio respecto a su aspiración al poder supremo, bajo cuya pretensión se sentía movido, él también, a luchar contra Antonio. Sin embargo, el decretar enemigo a Dolabella por haber dado muerte a uno solo de los asesinos, el cambiar el mando de Bruto y Casio a las provincias mayores, el concederles en bloque gran cantidad de tropas y dinero y designarles como jefes de todos los jefes que había más allá del Adriático, era un indicio seguro de la intención senatorial de acrecentar el partido de Pompeyo y destruir el de César. Reflexionó, además, sobre la treta seguida con él mismo, cual si de un jovenzuelo se tratara, al concederle una estatua y un asiento de honor y designarle propretor, pero despojarle, de hecho, de su propio ejército, pues cuando los cónsules prestan servicio con un magistrado tal, el propretor carece de autoridad. Las recompensas decretadas únicamente a aquellos de sus soldados que habían desertado de Antonio se le antojaban una ofensa para los que se habían alistado a sus órdenes. Y que la guerra, en suma, comportaba una deshonra para él, pues, de hecho, el senado le utilizaría contra Antonio hasta que aniquilaran a este último.
[65 ] Aunque estaba sumido en estas meditaciones, las mantuvo ocultas, y tras realizar los sacrificios debidos a la magistratura que le había sido conferida, dijo a su ejército: «Este honor os lo debo a vosotros, camaradas, no ahora sino desde que me concedisteis el mando, pues el senado me lo concedió gracias a vosotros. Así que sabed que yo os deberé mi gratitud por este favor y que, en el caso de que los dioses me procuren el éxito por este favor, os lo devolveré con creces.»
De este modo reforzó los vínculos de unión entre él y el ejército. Entretanto, Pansa, uno de los cónsules, reclutaba tropas a través de Italia, y el otro, Hircio, compartió con Octavio el mando del ejército y, como le había ordenado en secreto el senado, reclamó como parte del reparto las dos legiones que habían desertado de Antonio, pues sabía que éstas eran las de mayor valor del ejército. Octavio se mostraba complaciente en todo, y dispuesto a compartirlo, se retiraron ambos juntos a los cuarteles de invierno. Avanzado ya el invierno, Décimo comenzó a sufrir de hambre, e Hircio y Octavio se pusieron en marcha hacia Módena por temor a que Antonio recibiera en rendición al ejército de Décimo, exhausto por la falta de alimentos 74 . Sin embargo, como Módena estaba sometida a una férrea vigilancia por Antonio, no se atrevieron a trabar combate con él con todas las fuerzas reunidas y aguardaron a Pansa 75 . Hubo frecuentes combates ecuestres, puesto que Antonio tenía muchas más tropas de caballería, pero la dificultad del terreno, que estaba atravesado por torrentes, anuló la ventaja de su superioridad numérica.
Así estaban las cosas en Módena. Mientras tanto, [66 ] en Roma, en ausencia de los cónsules, Cicerón se había hecho dueño de la situación por medio de sus alocuciones públicas. Se celebraban frecuentes asambleas y se procuraba armas forzando a los artesanos armeros a fabricarlas sin recibir ninguna paga; recolectaba dinero e imponía cargas muy gravosas a los amigos de Antonio. Estos últimos las soportaban sin quejas para evitar la calumnia, hasta que Publio Ventidio 76 , que había servido con Gayo César y era amigo de Antonio, no toleró la presión de Cicerón y marchó a las colonias de César, donde, como era bien conocido, reclutó dos legiones para entrar al servicio de Antonio y se apresuró hacia Roma para apoderarse de Cicerón 77 . Entonces se produjo una commoción inmensa, y la mayoría sacó fuera de la ciudad a sus mujeres e hijos, presa del pánico, y el mismo Cicerón huyó de la ciudad. Cuando lo supo Ventidio desvió su ruta hacia Antonio, pero, al ser interceptado por Octavio e Hircio, avanzó hasta el Piceno donde reclutó otra legión y aguardó el desarrollo de los acontecimientos.
Al acercarse Pansa con el ejército, Octavio e Hircio enviaron a su encuentro a Carsuleyo con la cohorte pretoriana de Octavio y la legión de Marte, con objeto de ayudarle en su paso a través del desfiladero. Antonio no prestó atención al desfiladero por entender que ello no conducía a otra cosa que a poner un obstáculo al enemigo, pero movido por su afán de lucha y como no podía destacar con la caballería debido a que el terreno era pantanoso y estaba atravesado por fosos, emboscó a sus dos mejores legiones en el pantano, ocultándolas con los cañaverales a uno y otro lado del camino, que había sido construido artificialmente y era estrecho.
[67 ] Carsuleyo y Pansa atravesaron el desfiladero durante la noche, y al amanecer tan sólo con la legión Martia y otras cinco cohortes penetraron en el camino construido artificialmente, que todavía se hallaba limpio de enemigos. Mientras inspeccionaban el pantano a uno y otro lado de la carretera, el leve movimiento de las cañas despertó sus sospechas, después brotó aquí y allá el brillo de algún que otro casco y yelmo, y de repente surgió ante ellos, por el frente, la cohorte pretoriana de Antonio. Los soldados de la Martia, rodeados por todas partes y sin posibilidad ninguna de escape, ordenaron a los novatos que, si se les acercaba el enemigo se abstuvieran de unirse a ellos en el combate para que no les perturbaran a causa de su falta de experiencia. Y la cohorte pretoriana de Octavio se enfrentó a la de Antonio. El resto de las tropas se escindieron en dos y penetraron a uno y otro lado del pantano, bajo el mando de Pansa y Carsuleyo respectivamente. Así que se entablaron dos batallas en dos pantanos, impidiendo la carretera que cada uno supiera de la suerte del otro; y a lo largo de la carretera las cohortes pretorianas sostenían su otra batalla particular. Los soldados de Antonio tenían la intención de vengarse de los legionarios de la Martia por su deserción, por considerarlos traidores para con ellos mismos, y, a su vez, los de la Martia querían vengarse de aquéllos por su tolerancia con la matanza de sus compañeros en Bríndisi. Sabedores unos y otros de que constituían la flor y nata de ambos ejércitos, esperaban decidir la suerte de toda la guerra en este único combate. A unos los animaba la vergüenza de que dos legiones fueran derrotadas por una sola y a los otros, en cambio, la ambición de derrotar ellos solos a dos legiones.
Con tal grado de enojo y ambición se atacaron mutuamente, [68 ] considerando este asunto más como algo propio que de sus generales. A causa de su veteranía no dieron ningún grito de guerra, pues no esperaban aterrorizarse unos a otros, ni en el transcurso de la lucha nadie dejó oír su voz, tanto si vencía como si era derrotado. Como no había lugar a evoluciones y cargas, por combatir en zona pantanosa y con fosos, luchaban codo a codo, y al no poder rechazar al adversario se enzarzaban entre sí con las espadas como en una lucha entre atletas. Ningún golpe resultaba fallido sino que se producían heridas, muertes y en vez de gritos, gemidos tan sólo. El que caía era retirado al punto, y otro ocupaba su lugar. No hacían falta advertencias y gritos de aliento, pues a causa de la experiencia cada uno era su propio general. Y cuando estaban agotados de fatiga, como en los certámenes gimnásticos, se separaban un poco para tomar respiro y de nuevo se reintegraban a la lucha. El estupor se apoderó de los bisoños cuando llegaron, al contemplar tales luchas realizadas en profundo silencio y orden.
[69 ] Esforzándose así todos de manera sobrehumana, la cohorte pretoriana de Octavio perdió hasta el último hombre. Aquellos soldados de la Martia a las órdenes de Carsuleyo se impusieron a sus adversarios, que se retiraron no de forma vergonzante, sino poco a poco. En cambio, los que estaban bajo Pansa sufrían, de igual modo, la peor parte, pero, con todo, resistieron por igual por ambas partes hasta que Pansa fue herido en el costado por una jabalina y fue retirado del campo de batalla a Bononia 78 . Entonces sus soldados se replegaron, primero paso a paso, después con mayor rapidez volviendo la espalda como en una huida. Los soldados novatos, al verlos, huyeron en desorden dando gritos hacia el campamento que precisamente había preparado el cuestor Torcuato mientras se desarrollaba la batalla ante la sospecha de que fuera necesario. Los bisoños se congregaron en su interior en medio de la confusión, a pesar de que eran italianos igual que los de la Martia. Pues hasta tal punto aventaja el ejercicio a la raza en cuestiones de valor. Los de la Martia, en cambio, no penetraron en el campamento por miedo al deshonor y permanecieron en su proximidad, y aunque agotados por la fatiga, contaban aún con el suficiente coraje para, si alguien los atacaba, seguir combatiendo hasta el final inexorable. No obstante, Antonio se abstuvo de atacar a los legionarios de la Martia, por ser ello una empresa harto penosa, y cayendo sobre los nuevos reclutas causó una gran mortandad entre ellos.
Cuando Hircio se enteró de la batalla, cerca de Módena, [70 ] a una distancia de sesenta estadios, se lanzó a la carrera con la otra legión que había desertado de Antonio. Era ya la caída de la tarde y los soldados victoriosos de Antonio se retiraban entonando himnos de triunfo. Entonces, Hircio apareció ante éstos, que no estaban en orden de batalla, con una legión en perfecta formación, completa y fresca. Ellos formaron de nuevo, obligados por la situación, y llevaron a cabo ante estas tropas también muchos y brillantes actos de valor, pero, como estaban cansados, fueron derrotados por unos hombres que venían de refresco, y la mayoría de ellos pereció en esta batalla con Hircio, quien, sin embargo, no los persiguió por temor a los pantanos y, como ya negreaba la tarde, les permitió escapar. Una amplia zona del pantano quedó llena de armas, cadáveres, hombres moribundos y heridos, y de algunos incluso que, aun estando incólumes, se abandonaron a sí mismos a causa del cansancio. Los jinetes que todavía le quedaban a Antonio recorrieron la zona durante toda la noche y los recogieron; a algunos los ponían, en lugar de ellos, sobre los caballos, a otros los colocaban a la grupa con ellos y a otros les exhortaban a que se agarraran a la cola de los caballos y corrieran a su lado, para ayudarles de este modo a salvarse. Así fue cómo las fuerzas de Antonio que habían combatido espléndidamente fueron destruidas por la llegada de Hircio. Y acampó en una aldea cercana a la llanura, sin protección alguna, que se llamaba el «Foro de los galos» 79 . De los restantes, cayeron la mitad aproximadamente por uno y otro lado; la cohorte pretoriana de Octavio pereció en su totalidad, y las pérdidas de Hircio fueron escasas.
[71 ] Al día siguiente se replegaron todos a sus campamentos en Módena. Antonio, después de tan severa derrota, tenía la intención de no atacar ya a los enemigos en un combate general, ni siquiera de presentar batalla si le atacaban, sino de incordiarles tan sólo a diario con la caballería, hasta que Décimo, que estaba reducido a una necesidad extrema por el hambre, se rindiera. Sin embargo, Hircio y Pansa, por esta razón, se veían apremiados a solventar la situación en una batalla. Como Antonio no salía cuando le presentaban batalla, se desplazaron hacia el otro lado de Módena, que estaba más desguarnecido a causa de lo impracticable del terreno, con la intención de forzar el paso hacia el interior de la ciudad con su potente ejército. Antonio, también en esta ocasión, les atacó sólo con la caballería; pero, como el enemigo se defendió, a su vez, con la caballería solamente, y el resto del ejército prosiguió el avance hacia su objetivo, Antonio tuvo miedo por la suerte de Módena y sacó a dos legiones. Entonces, sus adversarios contentos se volvieron y combatieron. Antonio llamó a las otras legiones; pero, como éstas llegaron con lentitud a consecuencia de lo repentino de la llamada y de la larga distancia, las tropas de Octavio se impusieron en la batalla 80 . Hircio irrumpió en el campamento de Antonio y cayó combatiendo cerca de la tienda del general. Octavio hizo una incursión y rescató su cuerpo e, incluso, llegó a apoderarse del campamento hasta que, poco después, fue expulsado por Antonio. Y cada ejército pasó la noche en armas.
Antonio, tras sufrir este segundo golpe, tomó consejo [72 ] con sus amigos nada más concluir el combate. A éstos les parecía que él debía persistir en su primitiva intención de sitiar Módena y no salir a presentar batalla. Pues decían que las bajas eran similares para ambos, ya que Hircio había muerto, Pansa estaba enfermo, ellos eran superiores en caballería y Módena había sido reducida a un grado extremo de necesidad y se rendiría de inmediato. Éstos eran los consejos de sus amigos, y eran realmente los mejores. Sin embargo, Antonio, ofuscado ya por alguna divinidad, tuvo miedo de que Octavio, tras hacer un intento como el del día precedente, penetrara en Módena, o bien tratara de rodearle, ya que contaba con mano de obra más abundante, «en cuyo caso, dijo, nuestra caballería quedará reducida a la impotencia, y Lépido y Planco me despreciarán como si hubiera resultado derrotado. Pero si levantamos el cerco de Módena, Ventidio se unirá a nosotros de inmediato desde el Piceno con sus tres legiones, y Lépido y Planco combatirán con mayor arrojo a su lado» 81 . Hizo estas reflexiones por más que no fuera un hombre timorato en situaciones de peligro, y nada más comunicarlas levantó el campo y se puso en camino hacia los Alpes.
Una vez que Décimo se vio libre del asedio, su temor [73 ] se mudó hacia Octavio, pues al estar ausentes los cónsules, le temía como a un enemigo. Así que, antes de despuntar el día, cortó el puente sobre el río y enviando a algunos hombres en un bote le testimonió su reconocimiento como responsable de su salvación. Y le pidió que se uniera con él, en la orilla opuesta del río, para conferenciar, con los ciudadanos como testigos, pues esperaba convencerle de que un espíritu maléfico le había ofuscado y que había sido arrastrado por otros a la conspiración contra César. Octavio respondió a los emisarios de forma airada y declinó el agradecimiento que Décimo le ofrecía, diciendo: «Yo no estoy aquí para salvar a Décimo, sino para combatir contra Antonio, con el que en cierta ocasión me permitió el destino que llegara a un acuerdo; pero mi naturaleza no me mueve ni a ver ni a hablar a Décimo; quede a salvo, no obstante, hasta tanto lo decidan las autoridades de Roma.» Cuando Décimo conoció su respuesta, se colocó de pie a orillas del río y, llamando por su nombre a Octavio, le leyó en voz alta las cartas del senado que le concedían a él el mando de la provincia de la Galia, y prohibió a Octavio que sin el consentimiento de los cónsules cruzara el río y penetrase en la zona de gobierno de otro, así como que persiguiera ya a Antonio, pues él se bastaba para hacerlo. Octavio sabía que el senado le había impulsado a esta acción audaz y aunque, con sólo ordenarlo, hubiera podido apoderarse de él, lo respetó por el momento y se volvió hacia Bononia junto a Pansa. Allí escribió al senado dando cuenta de todo lo ocurrido y lo mismo hizo Pansa.
[74 ] En Roma, Cicerón leyó al pueblo el relato del cónsul, pero el de Octavio sólo al senado. Por la victoria sobre Antonio propuso que se decretaran cincuenta días de acción de gracias, cifra nunca decretada por los romanos ni después de la guerra contra los galos ni de ninguna otra guerra 82 . Los indujo, además, a conceder el ejército de los cónsules a Décimo, aunque Pansa estaba vivo todavía, pues se había perdido ya la esperanza de salvarle, y a que designaran a Décimo como único general contra Antonio y se hicieran rogativas públicas por su triunfo. Tan grandes eran el apasionamiento y la falta de escrúpulos de Cicerón en lo tocante a Antonio. Confirmó de nuevo para las dos legiones que habían desertado de Antonio las cinco mil dracmas prometidas a cada hombre con anterioridad con cargo al erario público y como recompensa por la victoria, como si realmente hubiera ya vencido, y que pudieran llevar de por vida una corona de olivo en los festivales públicos. Sin embargo, sobre Octavio nada se mencionaba en los decretos, ni tan siquiera su nombre. Tal era su actitud, por el momento, de desprecio hacia Antonio como si ya estuviera destruido 83 . Escribieron también a Lépido, Planco y Asinio para que prosiguieran la guerra a fin de trabar combate con Antonio.
Mientras ocurría esto en Roma, Pansa, moribundo [75 ] a consecuencia de su herida, llamó a Octavio a su lado y le dijo 84 : «Yo quise a tu padre tanto como a mí mismo, pero no pude vengar su muerte ni dejar de unirme a la mayoría, a quienes precisamente también tú has hecho bien en obedecer aunque tengas un ejército. Y si bien, en un principio, tuvieron miedo de ti y, en especial, de Antonio, pues éste se mostraba el más ambicioso en seguir por la senda de César, se alegraron con vuestras disensiones pensando que acabaríais por destruiros el uno al otro. Pero, una vez que te vieron como dueño absoluto del ejército, trataron de procurarse tu favor, como el de un muchacho, con honores especiosos y carentes de un valor real. Y cuando te mostraste más arrogante y resistente a los honores, en especial en aquella ocasión en que no aceptaste la magistratura que te había ofrecido el ejército, se desconcertaron y te designaron nuestro general para que pudiéramos sustraerte las dos legiones con mayor capacidad operativa, confiando en que al ser derrotado uno de vosotros, el otro quedaría debilitado y solo, y en que, tras destruir después de éste a todo el partido de César, volverían a restaurar en el poder a la facción de Pompeyo. Pues éste es su principal objetivo.
[76 ] »Hircio y yo cumplimos nuestras órdenes hasta humillar a Antonio, que se mostraba con un desprecio arrogante, pero pensamos reconciliarlo contigo, una vez derrotado, con objeto de poder devolver así la deuda de gratitud debida a nuestra amistad con César y que era el único modo de ayudar mejor a su partido cara al futuro. No fue posible referirte esto antes, pero ahora, vencido Antonio, muerto Hircio y estando yo en brazos de la muerte, era la ocasión de decírtelo no para que me debas gratitud después de muerto, sino para que tú, nacido bajo un feliz destino como tus hechos revelan, conozcas lo que te conviene y sepas la voluntad y necesidad mías y de Hircio. El ejército que tú mismo nos diste está perfectamente justificado que te sea devuelto, y yo te lo devuelvo. Y si puedes retener a las tropas bisoñas, también te las entregaré, pero si sienten demasiada impresión hacia el senado, porque sus oficiales fueron enviados además como espías nuestros, y este hecho te puede acarrear envidias y molestias antes de tiempo, el cuestor Torcuato se hará cargo de ellas.» Después de haber pronunciado estas palabras, encargó el mando de los bisoños al cuestor y expiró. El cuestor, según un decreto del senado, transfirió las tropas novatas a Décimo, y Octavio otorgó un ilustre funeral a Hircio y Pansa y envió sus cadáveres a Roma en medio de honores.
Entretanto 85 , tenían lugar en Siria y Macedonia los [77 ] hechos siguientes. Gayo César, cuando atravesó Siria, había dejado allí una legión, pues tenía planeada ya una expedición contra los partos. Cecilio Baso la tuvo a su cuidado, pero la dignidad del cargo de comandante la ostentaba Julio Sexto, un hombre joven emparentado con César, quien, entregado a una vida de molicie, llevaba a la legión de forma indecorosa por todas partes. Cuando Baso se lo reprochó en cierta ocasión, le replicó con insultos; y, cuando llamó a Baso, poco tiempo después, y éste obedeció con lentitud, ordenó que lo trajeran a rastras. Se produjo un tumulto e intercambio de golpes, y el ejército no soportó la vejación y dio muerte a Julio. Y, al punto, se arrepintieron y tuvieron miedo de César. Por consiguiente se tomaron mutuo juramento de que, si no se les concedía el perdón y la confianza, lucharían hasta la muerte, y obligaron a Baso a este mismo juramento. Después, reclutaron otra legión y la incorporaron a sus entrenamientos. Esto es lo que algunos refieren acerca de Baso; pero Libo 86 dice que él perteneció al ejército de Pompeyo y que, tras la derrota de éste, fue un ciudadano privado en Tiro, donde sobornó a algunos soldados de la legión, los cuales mataron a Sexto y se pusieron a las órdenes de Baso. Sea como fuere, éstos derrotaron de forma contundente a Estayo Murco 87 , que había sido enviado contra ellos por César, hasta que Murco llamó a Marcio Crispo 88 , gobernador de Bitinia, y éste acudió en su auxilio con otras tres legiones.
[78 ] Cuando Baso y sus soldados se encontraban sitiados 89 por estos últimos, se presentó Casio de repente y asumió, al punto, el mando de las dos legiones de aquél y de las seis que lo sitiaban, las cuales se entregaron de un modo amigable y le obedecieron como a un procónsul. Pues se había decretado, como he dicho antes, que todos obedecieran a Casio y Bruto 90 . Y precisamente entonces Alieno 91 , que había sido enviado a Egipto por Dolabella, trajo desde allí cuatro legiones de los soldados que habían sido dispersados a raíz de las derrotas de Pompeyo y Craso o de otros dejados en aquel país por César para Cleopatra. Casio lo rodeó a él, ignorante de lo ocurrido, en Palestina y le obligó a rendirse ya que no se atrevió a luchar con sus cuatro legiones contra las ocho de Casio. Y de este modo Casio, contra todo pronóstico, se vio dueño, de golpe, de doce legiones, y puso cerco a Dolabella que venía de Asia con dos legiones y había sido recibido en Laodicea como un amigo. El senado, al enterarse de estas noticias, se mostró sumamente complacido.
En Macedonia, Gayo Antonio 92 , el hermano de Marco [79 ] Antonio, disentía de Bruto y le hacía la guerra con una legión de soldados de infantería. Como era inferior a Bruto, le tendió una emboscada. Éste, no obstante, consiguió escapar y, a su vez, le tendió otra, pero no le causó daño alguno, a pesar de haberlo copado, sino que ordenó a su propio ejército que saludara a sus adversarios. Y aunque éstos, en cambio, no respondieron al saludo ni aceptaron el gesto, les dejó marchar indemnes de la emboscada. Después, dando un rodeo por otros caminos, se apostó de nuevo en unos riscos y, por segunda vez, no les atacó, sino que los saludó. Entonces ellos, al considerar que los perdonaba como a compatriotas y que era digno de la fama que tenía por su sabiduría y moderación, le saludaron y se pasaron a él. También se entregó Gayo, que fue objeto de un trato honroso por parte de Bruto, hasta que, tras intentar repetidas veces sobornar al ejército, fue convicto de este delito y ejecutado. Así que Bruto, incluyendo sus anteriores fuerzas, tuvo seis legiones. Y como elogió el valor de los macedonios, reclutó entre ellos dos legiones y las entrenó a la usanza italiana 93 .
Tal era la situación en Siria y Macedonia. Entretanto, [80 ] en Italia, Octavio, aunque consideró un insulto el hecho de que hubiera sido elegido Décimo, en vez de él, como general contra Antonio, ocultó su enojo y solicitó un triunfo para conmemorar sus hechos de armas 94 . Sin embargo, al ser objeto de menosprecio por parte del senado como si aspirara a honores que estaban por encima de su edad, tuvo miedo de que, si Antonio era destruido, fuera a ser todavía más menospreciado, y deseó vivamente llegar a un acuerdo con él, tal como le había aconsejado Pansa en su lecho de muerte 95 . Por consiguiente, trató de ganarse la amistad de aquellos oficiales o soldados del ejército de Antonio que andaban extraviados y los enroló entre sus propios soldados, o bien envió a Antonio a aquellos otros que así lo desearon, a fin de no parecer que marchaba contra él por causa de una enemistad irremediable. Acampando junto a Ventidio 96 , el amigo de Antonio, que mandaba tres legiones, le infundió temor, pero no cometió
ningún acto hostil, sino que, de igual modo, le permitió unirse a él o retornar con su ejército sin temor junto a Antonio y reprochar a éste por ignorar sus intereses comunes. Ventidio comprendió la actitud de Octavio y regresó al lado de Antonio 97 . A Decio, uno de los oficiales de Antonio, que había sido hecho prisionero en Módena lo trató con honor y le permitió, si quería, volver con Antonio. Y, cuando Decio le preguntó sobre sus sentimientos hacia Antonio, le dijo que ya había dado numerosas pistas a las personas inteligentes y que a los necios ni siquiera más les resultarían suficientes.
Octavio procuró a Antonio tales indicios, pero, en [81 ] cambio, a Lépido y a Asinio les escribió con mayor franqueza sobre el ultraje cometido contra él y la rápida promoción de los asesinos, infundiéndoles el temor de que, por favorecer al partido de Pompeyo, cada uno de los cesarianos sufriría individualmente cosas similares a las de Antonio, puesto que también este último se veía aquejado de tan penosa situación por causa de su insensatez y desprecio de un temor tal. Les advirtió, además, de que, para guardar las formas, prestaran juramento al senado, pero que se mostraran concordes en mirar por su propia seguridad, mientras les fuera posible, que reprocharan a Antonio su conducta y que imitaran a sus propios soldados que no se dispersaron, ni siquiera cuando fueron relevados del servicio militar, a fin de no convertirse en un fácil blanco de ataque para sus enemigos, sino que prefirieron mantenerse agrupados en una tierra conquistada por la fuerza a disfrutar individualmente de la suya paterna. Tales consejos dio Octavio en su misiva a Lépido y a Asinio. Los soldados veteranos de Décimo cayeron enfermos por comer en exceso después del hambre sufrida y padecieron de disentería, en tanto que los nuevos reclutas estaban aún faltos de entrenamiento. Planco se le unió después con su ejército, y Décimo escribió al senado que daría caza a Antonio, convertido en un vagabundo; y ya habían tenido lugar algunos combates navales 97 bis .
Cuando los pompeyanos se enteraron de esto —cosa [82 ] admirable, cuántos aparecieron—, proclamaban a gritos que, por fin, se había recuperado la libertad patria, y ofrecieron individualmente sacrificios y se eligieron decenviros encargados de exigir cuentas a Antonio por su magistratura. Esto fue un primer paso para invalidar las disposiciones de César, pues Antonio nada o muy poca cosa había hecho por él mismo, pero había administrado todo de acuerdo con el testamento de César. Aunque el senado conocía bien este hecho, consintió en anular algunas de las medidas bajo un cierto pretexto, esperando con ello anular la totalidad en el futuro. Los decenviros publicaron un edicto por el que se hacía saber que cualquiera que hubiera recibido alguna cosa en el transcurso del mandato de Antonio debía dar cuenta de ello de inmediato y por escrito, y amenazaron a los que desobedecieran el edicto. Los pompeyanos buscaban también el consulado para el resto del año en lugar de Hircio y Pansa, pero a este cargo aspiraba, a su vez, Octavio, quien no lo solicitó entonces del senado, sino, en privado, de Cicerón y le exhortó, además, a que fuera su colega 98 , diciéndole que él, como hombre de mayor edad y experiencia, sería quien ejercería el gobierno, en tanto que él, Octavio, se contentaría únicamente con disfrutar del título de cónsul como medio para deponer las armas de manera decorosa, razón ésta por la que precisamente había solicitado antes celebrar el triunfo. Cicerón, excitado por tal proposición, a causa de su ambición de poder, dijo al senado que se daba cuenta de las negociaciones que bajo cuerda había entre los generales al mando de las provincias y les aconsejó que trataran de reconciliarse a un hombre que se sentía ultrajado y estaba todavía al mando de un gran ejército, y que era preferible retenerlo en la ciudad en el ejercicio de una magistratura antes de la edad reglamentaria para ello, a que permaneciera en armas lleno de rencor. Pero, a fin de que él no pudiera cometer una acción contraria a los intereses del senado, aconsejó que se eligiera como su colega a algún hombre prudente entre los de más edad, como firme pedagogo de su inmadurez. El senado se rió de la ambición de Cicerón, y, en especial, los familiares de los asesinos se pusieron temerosos de que Octavio, siendo cónsul, se vengara sobre aquéllos. Y por diversos motivos se produjo un [83 ] retraso legal de la elección. Entretanto, Antonio había cruzado los Alpes, tras persuadir a Culeo, que había sido colocado por Lépido para que los guardase, y llegó a un río en donde estaba acampado este último 99 ; sin embargo, no se rodeó de una empalizada y foso por considerar que fijaba su campamento junto a un amigo. Era frecuente el intercambio de mensajeros entre ambos campamentos. Antonio recordaba a Lépido su amistad y favores diversos y trataba de hacerle ver que, tras de sí, iban a sufrir una suerte semejante, uno a uno, todos los que habían gozado de la amistad de César; Lépido, a su vez, tenía miedo del senado que le había ordenado combatir a Antonio, pero, no obstante, le prometió que no le atacaría por propia voluntad. Los soldados de Lépido, sintiendo respeto por la dignidad de Antonio, percatándose del intercambio de mensajeros y satisfechos por la naturalidad de su acampada, entablaron relaciones con los soldados de Antonio, primero en secreto, y después de manera abierta, por considerarlos conciudadanos y compañeros de armas; desobedecieron las prohibiciones de los tribunos y construyeron un puente de barcas sobre el río para facilitar la comunicación. Y la décima legión, que había sido reclutada por Antonio en un principio, arregló los asuntos para él en el interior del campamento de Lépido.
[84 ] Cuando Lateresio, uno de los miembros distinguidos del senado, se dio cuenta de la situación, puso sobre aviso a Lépido, y como éste se mostraba reacio a creerle, le exhortó a que dividiera el ejército en varias partes y las enviara a fuera so pretexto de algunas necesidades urgentes con vistas a probar su traición o fidelidad. Lépido lo dividió en tres partes y les ordenó partir de noche para que dieran protección a algunos convoyes que estaban acercándose. Sin embargo, ellos, armados como para la salida, alrededor de la última guardia se apoderaron de las partes fortificadas del campamento y abrieron las puertas a Antonio. Este último llegó corriendo hasta la tienda de Lépido, cuyo ejército le daba ahora escolta a él y pedía a Lépido paz y compasión para con unos conciudadanos infortunados. Lépido, tal como estaba, se lanzó desde el lecho, sin ceñir, hacia ellos y les prometió que así lo haría, saludó a Antonio y alegó como excusa la necesidad 100 . Otros consideran que él se postró ante Antonio, pues era un hombre irresoluto y tímido, pero no todos los escritores dan fe a este hecho ni yo tampoco, pues nunca había él realizado ningún acto de enemistad contra Antonio del que pudiera tener miedo. De este modo, Antonio alcanzó de nuevo un gran poder y se convirtió en el hombre más temible para sus enemigos; pues tenía el ejército con el que había levantado el cerco de Módena, incluida su espléndida caballería, en el camino se le habían unido las tres legiones de Ventidio, y Lépido se había convertido en su aliado con siete legiones de infantería, un gran número de tropas auxiliares y la impedimenta acorde con ellos. En estas fuerzas Lépido tenía el mando nominalmente, pero Antonio disponía, de hecho, todo.
Al conocerse estos hechos en Roma, se produjo de [85 ] nuevo una admirable y repentina mutación, unos trocaron su desprecio inmediato en temor hacia Antonio y el miedo de otros mudó a una actitud de arrojo. Los edictos de los decenviros fueron rotos con escarnio y la elección de los cónsules fue postergada todavía más. El senado, en su totalidad, no sabía qué hacer y temía que Octavio y Antonio formalizaran una alianza mutua, así que envió a dos de sus miembros, Lucio y Pansa, a Bruto y Casio, en secreto, so pretexto de supervisar los juegos en Grecia, con objeto de que les socorrieran en cuanto les fuera posible. También hizo regresar de África a dos de las tres legiones que servían bajo Sextio, y ordenó que la tercera fuera entregada a Cornificio que era favorable al partido senatorial y estaba al mando de otra zona de África, a pesar de que sabían que estos soldados habían servido bajo Gayo César y sospechaban de todo lo relativo a este último; sin embargo, su atolondramiento les impulsó a este acto de precipitación, ya que también eligieron de nuevo, en forma harto inadecuada, a Octavio y a Décimo como generales contra Antonio por temor a que llegara aquél a una alianza con este último.
Pero Octavio despertó en el ejército la ira contra [86 ] el senado, por motivos personales, al sentirse objeto de continuas vejaciones, y por sus soldados, puesto que se les enviaba a una segunda campaña antes de que hubieran recibido las cinco mil dracmas por hombre que les habían prometido darles por la campaña anterior. Y les aconsejó que enviaran emisarios y las reclamasen. Ellos enviaron a sus centuriones 101 . El senado comprendió que habían sido aleccionados en este asunto y les contestó que les respondería por medio de otros emisarios. Y enviaron a unos a los que instruyeron para que se dirigieran a las dos legiones que habían desertado de Antonio, cuando no estuviera presente Octavio, y les aconsejaran que no pusieran sus esperanzas en un solo hombre, sino en el senado, que era el único que tenía un poder imperecedero, y que se encaminaran al campamento de Décimo, en el que encontrarían el dinero prometido. Después de ordenarles decir esto, aportaron ya la mitad de la recompensa y eligieron a diez hombres para su distribución, a los cuales ni siquiera añadieron, en undécimo lugar, a Octavio. Como las dos legiones no admitieron encontrarse con ellos sin la presencia de Octavio, los embajadores se volvieron sin haber realizado nada. Octavio ya no se dirigió a ellos de palabra por medio de terceros ni juzgó oportuno hacerlos esperar más, sino que él mismo se presentó ante el ejército, reunido en asamblea, y enumeró los ultrajes que había recibido de parte del senado y la conspiración de este último para destruir, uno a uno, a todos los amigos de Gayo César; y les exhortó, por la seguridad de ellos mismos, a recelar de su trasferencia a un general hostil a su partido y de su envío a una guerra tras otra para ser aniquilados o provocar disensiones mutuas. Pues, con este objetivo, a pesar de que la acción en torno a Módena había sido obra de todos, se habían otorgado recompensas sólo a dos legiones, a fin de insuflar entre ellos la discordia y la disensión.
[87 ] «Sabéis, dijo, por qué motivos Antonio ha sido derrotado hace poco, y os habéis enterado de qué cosas han hecho los pompeyanos de la ciudad contra los que habían recibido algunos regalos de César. ¿Qué confianza hay para vosotros en conservar los territorios y el dinero que recibisteis de aquél, o para mí mismo respecto a mi seguridad personal, mientras dominen de este mo do en el senado los familiares de los asesinos? Yo, por mi parte, aceptaré el final, cualquiera que me sobrevenga, pues es algo hermoso también sufrir por ayudar a un padre, pero temo por vosotros, hombres tales y en tan gran número, que arrostráis los peligros en favor mío y de mi padre. Sabéis, en verdad, que yo estoy limpio de ambición desde que no acepté ser pretor cuando vosotros me lo ofrecisteis con las insignias de este cargo. Pero ahora sólo veo un único medio de seguridad para vosotros y para mí, conseguir el consulado con vuestra ayuda. Pues todo lo que mi padre os dio, os será confirmado y se añadirán las colonias que todavía se os deben, así como se os pagarán cabalmente todas las recompensas; yo castigaré a los asesinos y os eximiré de nuevas guerras.»
Después que hubo pronunciado estas palabras, el [88 ] ejército prorrumpió en apasionados gritos y envió de inmediato a sus centuriones para que solicitaran el consulado para Octavio. Cuando el senado pretextó su juventud, los centuriones dijeron lo que se les había enseñado, que también en otro tiempo Corvino había desempeñado el cargo siendo todavía más joven y, con posterioridad, los dos Escipiones, tanto el viejo como el joven, y la patria había obtenido muchos frutos de la juventud de ambos. Adujeron, además, los ejemplos recientes de Pompeyo Magno y Dolabella, y que incluso al mismo César se le había permitido aspirar al consulado diez años antes de la edad legal 102 . Mientras los centuriones exponían estos casos con mayor franqueza, algunos de los senadores no toleraron que unos centuriones hablaran con tal libertad de palabra y les abroncaron porque osaban excederse de lo que era adecuado a los soldados. Cuando el ejército lo supo, se irritó aún más y pidió que los llevara al punto a la ciudad para elegirle cónsul ellos mismos mediante una elección excepcional, puesto que era hijo de César. Al mismo tiempo y de forma inagotable pronunciaban muchas alabanzas del anterior César. Una vez que Octavio los vio en un grado tal de excitación, condujo de inmediato desde la asamblea a ocho legiones de infantería, a un número suficiente de caballería y a cuantas tropas auxiliares servían con las legiones. Y después de atravesar el río Rubicón desde la Galia a Italia, el cual también había cruzado su padre, igualmente, al comienzo de las Guerras Civiles, dividió todas sus fuerzas en dos partes. A una de ellas le ordenó que le siguiera a su aire, a la otra, en cambio, la mejor e integrada por hombres elegidos, la hizo avanzar a marchas forzadas dándose prisa en coger a los de la ciudad mientras estaban sin preparación. Al encontrarse en su camino con un convoy que llevaba parte del dinero que el senado había enviado como recompensa para los soldados, Octavio tuvo miedo del efecto que pudiera tener sobre sus mercenarios y envió en secreto un destacamento en vanguardia para que los asustaran, y aquéllos huyeron con el dinero.
[89 ] Cuando la noticia llegó a la ciudad se produjeron un tumulto y un temor incontenibles, y algunos corrían por todas partes, presa del desconcierto, y trasladaban a sus mujeres, hijos o cualquier otra cosa que tuvieran de mucho valor a los campos o a las partes fortificadas de la ciudad. Pues en modo alguno se sabía que sólo aspiraba al consulado, y al haber oído que se acercaba un ejército con intención hostil tenían miedo de todo. El senado quedó sobrecogido por un pasmo sin límites, puesto que no contaban con ninguna fuerza preparada y, como ocurre en las situaciones de peligro, se hacían mutuos reproches. Unos se quejaban de que habían quitado a Octavio de forma ultrajante el mando de la campaña contra Antonio; otros, del desprecio hacia su petición de celebrar un triunfo, que no era injusta; otros, de haberle privado por envidia del honor de distribuir el dinero; otros, por no haberle inscrito ni siquiera en undécimo lugar en la lista de los decenviros, y otros imputaban la hostilidad de los soldados a los mismos premios, que no habían sido dados ni rápida ni cumplidamente. En especial, se hacían reproches por lo inoportuno de la contienda, en un momento en el que Bruto y Casio se encontraban lejos y en fase de acoplamiento aún, y en los flancos, Antonio y Lépido, en calidad de enemigos, de quienes cuando pensaban que podían coaligarse con Octavio, el miedo alcanzaba las más altas cotas. Cicerón, que, durante largo tiempo, había ocupado una situación de primacía entre ellos, no dio señales de vida 103 .
De repente se produjo un cambio de actitud de todos [90 ] en todos los asuntos. En vez de dos mil quinientos dracmas se concedieron cinco mil y no sólo a dos legiones, sino a las ocho legiones, y se decretó que fuera Octavio quien distribuyera el dinero en lugar de los decenviros y que se presentara como candidato al consulado mientras estuviera ausente. Se despacharon a toda prisa embajadores encargados de comunicarle estas medidas. Nada más abandonar éstos la ciudad, el senado se arrepintió por temor de que no debían haberse dejado amedrentar tan cobardemente, ni aceptar otra tiranía sin mota de sangre, ni acostumbrar a los que deseaban un cargo a obtenerlo por la fuerza, ni a los soldados a gobernar la patria en virtud de una orden. Antes bien, deberían armarse a partir de los recursos existentes y oponer la fuerza de la ley a los agresores, pues cabía la esperanza de que ni siquiera aquéllos, si era esgrimida la fuerza de la ley, llevaran las armas contra su patria. Y si las llevaban, resistir el asedio hasta que Décimo o Planco llegasen, y defenderse hasta la muerte antes que entregarse voluntariamente a una esclavitud que, con tales orígenes, sería irremediable. Recordaban la elevada moral y el sufrimiento de los antiguos romanos por causa de la libertad, los cuales no cedieron ante nada cuando de defenderla se trataba.
[91 ] Puesto que las dos legiones que habían hecho venir de África llegaron al puerto ese mismo día, creyeron que los propios dioses les apremiaban a defender su libertad. Su arrepentimiento se consolidó y, tras aparecer de nuevo Cicerón entre ellos, cambiaron todos los decretos. Todo el que estaba en edad militar fue llamado a las armas, así como las dos legiones procedentes de África y los mil jinetes que les acompañaban y otra legión que Pansa había dejado para la defensa de la ciudad; todas estas fuerzas fueron distribuidas en diversos lugares. Algunos custodiaban el monte Janículo, donde se guardaba el dinero, otros el puente sobre el río, y los pretores urbanos fueron repartidos entre ellos. Otros preparaban en el puerto los barcos pequeños y grandes y el dinero por si necesitaban huir por mar en caso de ser derrotados. Mientras realizaban estos preparativos con coraje y tan gran rapidez, esperaban, a su vez, asustar a Octavio e inducirle a pedirles a ellos el consulado en lugar de al ejército, o bien a defenderse ellos mismos con energía. También esperaban que los de la facción opuesta se pondrían de su parte ahora, al menos, cuando se luchaba por la libertad. Sin embargo, no encontraron a la madre y a la hermana de Octavio, aunque las buscaron en secreto y públicamente, y se alarmaron, por tanto, al verse privados de tan importantes rehenes. Y como los cesarianos no mostraron en absoluto ninguna predisposición hacia ellos, pensaron que las mujeres estaban celosamente guardadas por los mismos.
Mientras los embajadores se hallaban reunidos todavía [92 ] con Octavio, llegó la noticia de la anulación de los decretos, así que los embajadores lo dejaron y emprendieron el regreso abochornados. Octavio, con el ejército aún más exasperado, avanzó con rapidez, temeroso de que les hubiera ocurrido algo a las mujeres. Envió jinetes al pueblo, que estaba consternado, animándole a no tener miedo y, en medio del asombro general, ocupó una posición al otro lado del monte Quirinal, sin que nadie se atreviera a entablar combate o a impedírselo. Y de nuevo tuvo lugar otro cambio repentino y sorprendente, y los patricios corrieron hacia él y le saludaron; también acudió presuroso el pueblo llano y recibieron la buena formación de los soldados como un signo de paz. Octavio, dejando el ejército donde precisamente estaba, avanzó al día siguiente hacia la ciudad con una guardia personal suficiente. Y los ciudadanos, en esta ocasión también, salieron a su encuentro a lo largo de todo el camino, por grupos, y le saludaron sin omitir expresiones de bienvenida o de tibios halagos. Su madre y su hermana, que estaban en el templo de Vesta con las vírgenes vestales lo abrazaron. Y las tres legiones, sin obedecer a sus generales, le enviaron embajadores y desertaron a él. Cornuto, uno de los generales de éstas, se suicidó y los otros lograron una alianza y garantías personales. Cicerón, al enterarse de esto último, trató por medio de los amigos de Octavio de entrevistarse con él, y cuando lo logró se defendió a sí mismo y exaltó de forma enfática la propuesta del consulado para Octavio, la cual él mismo había presentado con anterioridad en el senado. Octavio le respondió tan sólo, en tono irónico, que le parecía que le saludaba el último de sus amigos.
[93 ] Por la noche, surgió de repente el rumor de que dos [93 ] legiones de Octavio, la Martia y la Cuarta, se habían pasado a la causa de la ciudad, aduciendo que contra la patria habían sido conducidas con engaño. Los pretores y el senado, en forma harto negligente, dieron crédito al rumor, aunque el ejército estaba muy próximo. Y pensando que podrían resistir con la ayuda de estas tropas, que eran las mejores, al resto del ejército de Octavio, hasta que le llegasen refuerzos de algún otro lugar, enviaron esa misma noche a Manio Aquilio Craso a la región del Piceno para que reclutara un ejército, y ordenaron a Apuleyo, uno de los tribunos de la plebe, que recorriera la ciudad y comunicara al pueblo la buena nueva. El senado se reunió aquella noche en el edificio senatorial y Cicerón los recibió a las puertas, pero cuando el rumor se reveló falso, este último huyó en una litera 104 .
[94 ] Octavio se sonrió por la actitud de ellos y condujo el ejército más cerca de la ciudad, a la llanura llamada de Marte, pero, en esta ocasión, no castigó a ninguno de los pretores, ni siquiera a Craso, el que había partido hacia el Piceno, aunque fue conducido a su presencia tal como se encontraba al ser apresado, con un disfraz de esclavo, sino que los dejó marchar a todos para dar la impresión de clemencia. Sin embargo, poco tiempo después fueron puestos en la lista de los proscritos. Ordenó que fuera reunido todo el dinero público que había en el Janículo o en cualquier otro lugar, y alguno más, y la suma que, a propuesta de Cicerón, se les había concedido previamente la distribuyó, dos mil quinientas dracmas por hombre, y prometió entregarles el resto. Luego se retiró fuera de la ciudad hasta que fueran elegidos los cónsules en los comicios. Y una vez que resultó elegido él, junto con el hombre que quería como colega, Quinto Pedio 105 , el que le había regalado su parte de la herencia de César, entró de nuevo en la ciudad como cónsul 106 . Mientras realizaba los sacrificios, se le aparecieron doce buitres, el mismo número que dicen que fue visto cuando Rómulo fundaba la ciudad 107 . Después de los sacrificios sometió de nuevo a ratificación la adopción por su padre, de acuerdo con la ley curiata —ya que es posible obtener la adopción ratificada por el pueblo—, pues llaman curias a las fracciones en que dividen las tribus u otras divisiones locales, justo como los griegos, supongo, las llaman fratrías . Y entre los romanos éste era el método de adopción más acorde con la ley, para los huérfanos, y los así adoptados tienen iguales derechos que los hijos legítimos respecto a los familiares y libertos de las personas que los han adoptado. César tenía entre otros legados espléndidos, muchos libertos ricos, y tal vez por este motivo, sobre todo, Octavio solicitó este tipo de adopción, además de la anterior que obtuvo con el testamento 108 .
The free sample has ended.