Read the book: «Historia romana II. Guerras civiles (Libros I-II)»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 83

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ANTONIO GUZMÁN GUERRA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO201
ISBN 9788424930998.
NOTA DE INTRODUCCIÓN
Las ediciones utilizadas para la presente traducción han sido las siguientes: P. Viereck, Appiani Historia Romana , Leipzig, 1905, basada en la recensión de L. Mendelssohn, Appiani Romanorum Historiarum , París, 1877, de la colección «Scriptorum Graecorum Bibliotheca», a cargo de F. Didot; H. White, Appian’s Roman History , vols. III y IV, Cambridge-Mass. y Londres, 1964 y 1961 respectivamente (en la colección «Loeb Classical Library»), y, por último, y para los libros I y V de las Guerras Civiles: Appiani Bellorum Civilium. Liber Primus , a cura di E. Gabba, Florencia, 19672 , y Appiani Bellorum Civilium. Liber Quintus , a cura di E. Gabba, Florencia, 1970.
La bibliografía, además de la ya citada en la introducción general en el tomo I de esta misma colección, puede encontrarse en las notas que acompañan a la presente traducción.
Como en el caso anterior he procurado mantenerme fiel al original, sacrificando en no pocos casos el estilo al espíritu y letra del texto. He incorporado, eso sí, aquellas interpretaciones de términos y pasajes objetos de clarificación y exégesis por parte de los investigadores actuales, dando, en los casos en que es oportuno, las discrepancias existentes.
GUERRAS CIVILES
LIBRO I
SINOPSIS
| 1 -6 . | Resumen introductorio a los cinco libros de las Guerras Civiles . | |
| 7 -8 . | La cuestión del ager publicus en Italia hasta los Gracos. | |
| 9 . | La intervención de T. Sempronio Graco (133 a. C.): carácter de su ley. | |
| 10 . | Reacciones diversas ante la ley agraria Sempronia. | |
| 11 . | Discurso de T. Graco antes de la votación de la ley agraria. | |
| 12 . | La intercessio de Octavio y su deposición. | |
| 13 . | Aprobación de la ley agraria. Nombre de los triunviros. Acusaciones y amenazas a T. Graco. | |
| 14 -15 . | Tiberio trata de ser reelegido en el tribunado. Tumultos en la asamblea. | |
| 16 -17 . | La reacción oligárquica y la muerte de T. Graco. | |
| 18 . | La actividad del triunvirato agrario después de la muerte de T. Graco. | |
| 19 -20 . | La intervención de Escipión Emiliano en favor de los aliados. Su muerte. | |
| 21 . | El problema agrario y los aliados después del 129 a. C. Gayo Graco es reelegido tribuno. | |
| 22 . | La ley judicial: su significado y consecuencias. | |
| 23 . | Medidas legales de G. Graco respecto a los aliados. La reacción del senado y M. Livio Druso. | |
| 24 . | La colonia de Cartago. | |
| 25 -26 . | Tumultos en el Capitolio. Muerte de G. Graco y Fulvio Flaco. | |
| 27 . | La anulación de la legislación de los Gracos. | |
| 28 . | Apuleyo es elegido tribuno. | |
| 29 -31 . | La ley agraria de Apuleyo y el exilio de Metelo. | |
| 32 . | La muerte de Apuleyo y sus seguidores. | |
| 33 . | El regreso de Metelo. | |
| 34 . | La situación de los aliados hasta el tribunado de Livio Druso. | |
| 35 -36 . | El tribunado de Livio Druso. | |
| 37 . | La lex Varia . | |
| 38 . | Los prolegómenos de la insurrección. | |
| 39 . | Los pueblos sublevados. | |
| 40 . | Los comandantes romanos y aliados. | |
| 41 . | Acontecimientos bélicos en el 90 a. C. | |
| 42 . | Otros sucesos bélicos del 90 a. C. | |
| 43 . | El frente contra los marsios. Muerte del cónsul Rutilio. | |
| 44 . | Derrota y muerte de Q. Cepión. | |
| 45 . | Segundo intento de Sexto César de desbloquear Esernia. Asedio de Aquerra. | |
| 46 . | Mario derrota a los marsios. | |
| 47 . | La lucha en el Piceno. | |
| 48 . | El heroísmo de Vidacilio. | |
| 49 . | Intentos de insurrección en Etruria y Umbría. La lex Iulia de Civitate . | |
| 50 . | Hechos de guerra del 89 a. C. | |
| 51 . | Sila toma la ciudad de Eculano y vence a los samnitas. | |
| 52 -53 . | El fin de la Guerra Social (89-88 a. C.). | |
| 54 . | Disturbios a causa de las deudas y muerte de Sempronio Aselio. | |
| 55 -56 . | La primera fase de la sedición de P. Sulpicio Rufo. | |
| 57 . | Sila marcha sobre Roma. | |
| 58 -60 . | Sila se apodera de Roma y se erige en su dueño. | |
| 61 -62 . | G. Mario huye a Minturna. Fuga de sus partidarios. | |
| 63 . | Muerte del cónsul Q. Pompeyo. | |
| 64 . | Intentona frustrada de Cinna: su huida de Roma. | |
| 65 -66 . | Cinna atrae hacia él al ejército de Campania y marcha contra Roma. | |
| 67 . | El regreso de Mario. | |
| 68 . | Mario se alía con los samnitas. La batalla del Janícolo. | |
| 69 . | Bloqueo de Roma. Negociaciones con Cinna. | |
| 70 . | El senado se rinde ante Cinna. | |
| 71 . | Cinna y Mario en Roma. La muerte del cónsul Octavio. | |
| 72 -73 . | Matanza de seguidores de Sila en Roma. | |
| 74 . | Muerte de Mérula y Cátulo. | |
| 75 . | Muerte de Mario en su séptimo consulado. | |
| 76 . | Sila, resuelta la guerra con Mitrídates, apresura su retorno a Roma. | |
| 77 . | Misiva de Sila al senado. Intentos de reconciliación. | |
| 78 . | Muerte de Cinna. | |
| 79 . | La respuesta de Sila y su desembarco en Bríndisi. | |
| 80 . | Sila recibe la ayuda de algunos líderes de la aristocracia. | |
| 81 -82 . | La situación en Italia: temores y preparativos. | |
| 83 . | Portentos anteriores al estallido de la guerra. | |
| 84 . | El comienzo de la guerra: la derrota de Norbano. | |
| 85 . | Defección del ejército de Escipión. | |
| 86 . | Otros sucesos bélicos del 83 a. C. | |
| 87 . | Acciones bélicas del 82 a. C. Mario se refugia en Preneste. | |
| 88 . | Matanza de Bruto en Preneste. | |
| 89 . | Sila en Roma. | |
| 90 . | Derrota de los lugartenientes de Carbo. Intentos de bloqueo de Preneste. | |
| 91 . | Derrota y deserciones en las filas de los demócratas. | |
| 92 . | Últimos intentos por liberar a Preneste. | |
| 93 . | La batalla de la Puerta Colina. | |
| 94 . | Captura de Preneste y Norba. | |
| 95 . | Las proscripciones de Sila. | |
| 96 . | Actuación de Sila en Italia. Muerte de Carbo. | |
| 97 . | Honores otorgados a Sila. | |
| 98 . | Nombramiento de un interrex . Carta de Sila. | |
| 99 . | Sila es investido dictador. | |
| 100 . | Reformas constitucionales de Sila. | |
| 101 . | La muerte de Lucrecio Ofela. El triunfo mitridático. | |
| 102 . | Política tributaria. Sila y Egipto. | |
| 103 . | El segundo consulado de Sila. | |
| 104 . | Retorno de Sila a Campania. | |
| 105 . | Divergencias entre los cónsules. La muerte de Sila. | |
| 106 . | El funeral de Sila en Roma. | |
| 107 . | Tentativa fallida de Emilio Lépido. | |
| 108 . | Sertorio hasta la llegada a España de Pompeyo. | |
| 109 . | Pompeyo en España. Primer año de guerra (76 a. C.). | |
| 110 . | La guerra en España en el 75 a. C. | |
| 111 . | La guerra de Roma en el 74 a. C. | |
| 112 . | Sucesos en España en el 74 a. C. | |
| 113 . | Hechos bélicos del 73 y 72 a. C. Muerte de Sertorio. | |
| 114 -115 . | Breve mandato de Perpenna. Su muerte. | |
| 116 . | La revuelta de Espartaco. El primer año de lucha. | |
| 117 . | La guerra en el 72 a. C. | |
| 118 . | Licinio Craso elegido general en jefe contra Espartaco. | |
| 119 . | Asedio de Espartaco: invierno 72-71 a. C. | |
| 120 . | El fin de la guerra de Espartaco (primavera del 71 a. C.). | |
| 121 . | El consulado de Craso y Pompeyo en el 70 a. C. |
[ 1 ] La plebe 1 y el senado romano sostuvieron frecuentes disensiones entre sí con ocasión de la promulgación de leyes, de la cancelación de deudas, de la división de tierras o de la elección de magistrados. Sin embargo, nunca una de estas controversias internas dio paso a la violencia de las armas, sino que resultaron ser tan sólo diferencias y disputas dentro de un marco legal, que fueron solventadas por concesiones mutuas en medio de un gran respeto. En cierta ocasión incluso, en que la plebe, tras haber entrado en campaña, cayó en una controversia de esta clase, no hizo uso de las armas, sino que se retiró a un monte, que a partir de entonces se llamó Monte Sacro 2 , y ni siquiera esa vez hubo algún tipo de violencia. No obstante, crearon una magistratura para su defensa y le dieron el nombre de «tribunado de la plebe» con miras sobre todo a que sirviera de freno a los cónsules, que eran elegidos entre la clase patricia, a fin de que no tuvieran un poder completo sobre el gobierno. Razón por la cual, en especial, las dos magistraturas adoptaron entre sí a partir de este momento una actitud más animosa y hostil, y el senado y la plebe, a su vez, tomaron parte por ellas por entender que con el aumento de poder de su magistratura cada uno se imponía al adversario. Marcio Coriolano 3 , desterrado injustamente en medio de estas fricciones de rivalidad, huyó al lado de los volscos y emprendió la guerra contra su patria.
Éste es el único hecho de armas que se puede encontrar [ 2 ] entre las sediciones antiguas, y fue provocado por un exilio. Pero nunca fue llevada la espada a una asamblea, ni hubo muerte fratricida hasta que, durante el tribunado de Tiberio Graco y cuando promulgaba nuevas leyes, éste fue el primero en caer víctima de una conmoción civil, y después de él, otros muchos fueron copados en el Capitolio y muertos en torno al templo. Y no se detuvieron ya las revueltas internas con este odioso crimen. Estaban divididos, en toda ocasión, en claro enfrentamiento entre sí y, con mucha frecuencia, llevaban puñales. De cuando en cuando, en los templos, en las asambleas o en los foros cayó abatido algún magistrado, ya fuera tribuno de la plebe, pretor o cónsul, o bien alguno de los candidatos a estos cargos, o de los notables por alguna otra razón. Casi de forma constante persistió una violencia desmedida y un vergonzoso desprecio a las leyes y a la justicia. Cuando el mal acrecentó su magnitud, estallaron abiertamente las insurrecciones contra el gobierno, y se emprendieron expediciones de gran envergadura y virulencia contra la patria por parte de exilados o criminales, o de adversarios que litigaban entre sí por la consecución de una magistratura o de un mando militar. En adelante, con frecuencia, surgieron también banderías y jefes de partido con voluntad de poder unipersonal, algunos de los cuales se negaban a disolver las tropas que les habían sido confiadas por el pueblo, y otros incluso reclutaban fuerzas mercenarias, unos contra otros, por cuenta propia y sin la autorización pública. Cada vez que cualquiera de los bandos se anticipaba en posesionarse de la ciudad, el partido contrario hacía la guerra, nominalmente, contra sus adversarios pero, de hecho, contra la patria. Puesto que la atacaban como a una ciudad enemiga y tenían lugar degüellos crueles e indiscriminados; para otros, condenas a muerte, destierros y confiscaciones, y también, para algunos, terribles tormentos.
[ 3 ] Ninguna acción desagradable quedó sin realizar, hasta que uno de estos tribunos de la plebe, unos cincuenta años después de la muerte de Graco, Cornelio Sila, remediando un mal con otro mal se designó a sí mismo como soberano durante un muy largo período de tiempo. A estos magistrados los llamaban «dictadores» y eran designados para un mandato de seis meses en situaciones de máxima necesidad y peligro, pero hacía ya mucho tiempo que habían caído en desuso. Sila, tras haber llegado a ser dictador de por vida por medio de la violencia y la coacción, aunque de palabra elegido libremente, una vez que estuvo saciado de poder fue el primer hombre, me parece, que tuvo el coraje de dejar este poder absoluto y de añadir que rendiría cuenta de sus actos ante quienes le hiciesen alguna acusación. Y como un ciudadano privado, a la vista de todos, durante mucho tiempo caminó hasta el foro y regresó a su casa sin sufrir daño. Tan grande era todavía el temor de su poder para quienes le veían, o el estupor por su abdicación, o el respeto hacia su gesto de rendir cuentas, o bien algún otro sentimiento de benevolencia y cálculo de que su poder tiránico había sido de utilidad al Estado. De este modo, y por un corto espacio de tiempo, cesaron las discordias civiles en vida de Sila y hubo una compensación por las desgracias que él mismo había causado 4 .
Mas, de nuevo, después de la muerte de Sila rebrotó [ 4 ] la misma situación hasta que Gayo César, que había obtenido el mando de la Galia por un largo período de tiempo por elección popular, ante la orden del senado de que lo depusiera, la declinó inculpando no al senado sino a Pompeyo, que era su enemigo y mandaba un ejército en Italia y tenía la intención de privarle de su mando, e hizo la contraoferta de que o bien ambos retenían sus ejércitos para no tener que sentir miedo de su enemistad mutua, o que Pompeyo licenciara también sus tropas y viviera, de igual modo, como un ciudadano privado sometido a las leyes. Como no obtuvo, sin embargo, asentimiento para ninguna de sus dos propuestas, avanzó desde la Galia contra Pompeyo hacia el interior de su patria, y tras invadirla y darle persecución a aquél en su huida, lo derrotó en Tesalia con brillantez en una gran batalla 5 y lo persiguió nuevamente en su huida a Egipto. Tras la muerte de Pompeyo a manos de unos egipcios, regresó a Roma no sin antes haberse ocupado de algunos asuntos en aquel país y permanecer hasta la entronización de los reyes 6 . Habiéndose impuesto claramente, y en especial por la fuerza de las armas, a su más grande rival, al que, en virtud de sus grandes hechos de armas, se le había apodado el Magno, nadie osó oponérsele en ningún asunto y fue elegido, en segundo lugar después de Sila, dictador de por vida. De nuevo cesaron en su totalidad las luchas intestinas hasta que Bruto y Casio, por envidia de la magnitud de su poder y por nostalgia del gobierno patrio, lo asesinaron en la mansión senatorial a él, que había llegado a ser muy popular y de una gran experiencia en el mando. Y en verdad que el pueblo lo añoró más vivamente que a ningún otro, y recorrieron de aquí para allá la ciudad en busca de sus asesinos, enterraron su cuerpo en el centro del foro, edificaron un templo en el lugar de la pira y le siguen ofreciendo sacrificios como a un dios.
[ 5 ] A su muerte, de nuevo retornaron las luchas civiles y adquiriendo un incremento desmesurado, llegaron a un grado máximo. Matanzas, destierros, proscripciones a muerte de senadores y de los llamados caballeros en masa y de forma indiscriminada, de uno y otro bando, se sucedieron, puesto que los sediciosos se intercambiaban mutuamente sus enemigos sin hacer salvedad, para ello, de sus amigos y hermanos. Hasta tal punto la hostilidad hacia el adversario dominaba los sentimientos para con los propios. Prosiguiendo en esta línea de actuación, se repartieron el imperio romano entre sí, como si de una posesión particular se tratase, estos tres hombres: Antonio, Lépido y aquel otro que antes se llamaba Octavio, pero que, por su parentesco con César y por haber sido adoptado por éste en su testamento, pasó a llamarse, después, César. Al poco tiempo de este reparto, entraron en conflicto entre sí, como era natural, y César Octavio, que les aventajaba por su inteligencia y experiencia, despojó, en primer lugar, a Lépido de África, la cual le había tocado en suerte, y tras de a éste también le arrebató a Antonio, como consecuencia de la batalla de Accio, su imperio desde Siria hasta el mar Adriático. Después de estos sucesos, que se antojaban de enormes proporciones y sumieron a todos en la estupefacción, navegando contra Egipto se apoderó también de este país, que era el imperio más duradero hasta entonces y el más poderoso entre los posteriores a Alejandro y el único que les faltaba a los romanos en relación con su extensión actual. Por consiguiente, y a causa de sus hechos, él fue el primero que de manera inmediata, todavía en vida, fue considerado Augusto 7 por los romanos y llamado así por ellos, y como Gayo César e, incluso, con más poder aún que Gayo César se designó a sí mismo jefe de su patria y de todas las naciones sometidas a ella, sin necesidad de elección, ni de votación ni de simulacro de algo tal. Habiendo sido su imperio duradero y poderoso, y su persona afortunada en todo y temida, dejó una descendencia propia y una sucesión que detentó el poder de forma similar después de él 8 .
[ 6 ] Así, el Estado romano pasó desde las luchas civiles de muy diverso tipo a la concordia y la monarquía 9 . He escrito y reunido en un relato cómo ocurrieron estos hechos, porque son muy dignos de ser tenidos en cuenta por parte de quienes quieran observar la ambición desmesurada de los hombres, su terrible sed de mando, su infatigable perseverancia, las innúmeras formas de males y, sobre todo, porque me era necesario escribirlos por anticipado, pues constituyen los precedentes de mi historia de Egipto y acaban cuando aquélla empieza 10 . En efecto, Egipto fue tomado de hecho a causa de esta lucha civil, por haberse aliado Cleopatra con Antonio.
En razón del elevado número de acontecimientos, se encuentran divididos así: una primera parte comprende los hechos que tuvieron lugar desde Sempronio Graco hasta Cornelio Sila; a continuación, aquellos otros que llegan hasta la muerte de Gayo César. Los restantes libros de las Guerras Civiles se ocupan de todas aquellas luchas sostenidas por los triunviros entre sí y contra los romanos hasta su grandioso colofón conseguido por Octavio César en Accio frente a Antonio y Cleopatra juntos, y el cual será el comienzo de mi historia de Egipto.
Los romanos, a medida que sometían con la guerra [ 7 ] a las distintas regiones de Italia 11 , se apoderaban de una parte de su territorio 12 y fundaban en ella ciudades, o bien reclutaban colonos propios para enviarlos a las ya existentes 13 . Consideraban estas colonias a modo de fortines, y de la tierra conquistada por ellos en cada ocasión, distribuían, al punto, la parte cultivada entre los colonos 14 , o bien la vendían 15 o arrendaban 16 ; en cambio, la parte que estaba sin cultivar por causa de la guerra, y que precisamente era la más extensa 17 , como no tenían tiempo de distribuirla en lotes, permitieron mediante un edicto que, entretanto, la cultivase el que quisiera 18 a cambio del pago de un canon 19 por la cosecha del año, la décima parte de los productos de siembra 20 y la quinta parte de los cultivos de plantación 21 . También se fijó un canon para los ganaderos 22 , tanto para las reses mayores como para las menores. Estas medidas fueron adoptadas con vista a multiplicar la raza itálica, considerada por ellos como la más laboriosa, a fin de tener aliados en la patria 23 . Sin embargo, ocurrió lo contrario a lo que esperaban 24 . Pues los ricos, acaparando la mayor parte de esta tierra no distribuida, aumentaron con el tiempo su confianza en que ya no se verían desposeídos de ella y, comprando en parte por métodos persuasivos, en parte apoderándose por la fuerza de las propiedades vecinas de ellos y de todas las demás pequeñas pertenecientes a campesinos humildes 25 , cultivaban grandes latifundios 26 en vez de parcelas pequeñas y empleaban en ellos esclavos 27 como agricultores y pastores en previsión de que los trabajadores libres fueran transferidos de la agricultura a la milicia. Al mismo tiempo, la posesión de esclavos les reportó grandes beneficios dada su abundante descendencia 28 , ya que se incrementaban sin riesgo alguno al estar exentos del servicio militar. Por estas razones los ricos se enriquecían al máximo y los esclavos aumentaban muchísimo por la campiña; en tanto que la escasez y la falta de población afligían 29 a los pueblos itálicos, diezmados por la pobreza, los tributos y la milicia. Y aun cuando se vieran libres de estas calamidades, se hallaban en paro forzoso al estar la tierra en manos de los ricos, que empleaban como agricultores a esclavos en lugar de hombres libres.
[ 8 ] Ante esta situación, el pueblo se hallaba preocupado por temor a no contar ya con un número suficiente de aliados de Italia, y a que su poder estuviese en peligro por mor de una masa tan grande de esclavos 30 . Pero como no alcanzaban un remedio, puesto que no era fácil, ni en absoluto justo, privar a tantos hombres de tantas posesiones, que tenían desde hacía tanto tiempo, consistentes en plantaciones propias, edificios y enseres, promulgaron una ley en cierto momento 31 , y con dificultad, a instancia de los tribunos de la plebe de que nadie poseyera más de quinientas yugadas de este tipo de tierra, ni apacentara más de cien cabezas de vacuno y quinientas de ganado menor 32 . Se ordenó también a sus propietarios que diesen empleo en estas propiedades a un cierto número de hombres libres encargados de vigilar lo que ocurriese y dar cuenta de ello. Ellos, tras haber englobado estas medidas en una ley, la juraron, y fijaron un castigo en la creencia de que la tierra restante sería vendida de inmediato en pequeños lotes a los humildes 33 . Sin embargo, no hubo ningún respeto hacia la ley ni hacia los juramentos, y quienes parecían respetarla, distribuyeron la tierra fraudulentamente entre sus familiares, pero la mayoría la despreció en su totalidad 34 . Hasta que Tiberio Sempronio Graco 35 , [ 9 ] hombre preclaro y notable por su ambición, de gran capacidad oratoria y muy conocido de todos por todas estas razones a la vez, pronunció un discurso solemne 36 , mientras era tribuno de la plebe, con relación a la raza itálica en tono de reproche porque un pueblo muy valiente en la guerra y unido por vínculos de sangre se estaba agostando poco a poco debido a la indigencia y a la falta de población sin tener siquiera la esperanza de un remedio. Mostró su descontento con la horda de esclavos por estimarla inútil para la milicia y jamás digna de fiar para sus dueños, y adujo el reciente descalabro sufrido en Sicilia 37 por éstos a manos de sus esclavos al haber aumentado el número de siervos por exigencias de la agricultura, y adujo también la guerra sostenida por los romanos contra ellos, que no era fácil ni corta, sino muy prolongada en su duración y envuelta en muy diverso tipo de peligros. Después de haber dicho estas cosas, renovó la ley de que nadie poseyera más de quinientas yugadas. Pero añadió 38 a la ley anterior, que los hijos de los propietarios pudieran poseer cada uno la mitad de esta cantidad y que tres hombres elegidos, alternándose anualmente, repartirían el resto de la tierra entre los pobres.
Y esto era lo que mayor enojo les producía a los [ 10 ] ricos 39 , a saber, que ya no podían, como antes, hacer caso omiso de la ley por causa de la comisión distribuidora ni tampoco comprar los lotes de tierras a sus adjudicatarios. Pues Graco había previsto también esta posibilidad y había prohibido vender los lotes de tierra. Así que, reuniéndose entre ellos, se lamentaban y acusaban a los pobres de apropiarse de su labor de muchos años, de sus plantaciones y edificios. Algunos se quejaban del dinero pagado a sus vecinos —¿acaso lo iban a perder también junto a la tierra?—. Otros, de que las tumbas de sus antepasados estaban en la tierra a repartir y de que en las reparticiones de la herencia se habían considerado estos terrenos como herencia paterna; otros aducían que se habían gastado la dote de sus esposas en estas tierras o que la tierra había sido entregada como dote a sus hijas 40 ; los prestamistas mostraban, además, deudas contraídas con cargo a estas tierras, y, en resumen, se produjo un sentimiento generalizado de queja e indignación. Los pobres, a su vez, se lamentaban también de haber pasado de la abundancia a la extrema pobreza, y de ésta a la esterilidad forzosa por no poder criar a sus hijos. Enumeraban todas las campañas militares que habían realizado por procurarse esta tierra y se quejaban de ser desposeídos de la propiedad común, censuraban a los ricos porque preferían, en vez de hombres libres ciudadanos y soldados, a esclavos, una ralea infiel y siempre malintencionada, y por ello mismo inútil para la milicia. Mientras que cada parte se quejaba y acusaba mutuamente de tal suerte, otra multitud 41 de hombres, que habitaba en las colonias o en los municipios o de cualquier otra clase y que estaba interesada en la cuestión del agro público, acudió con recelos similares y tomó partido por una u otra facción. Envalentonados por su número, mostraban su exasperación y, provocando revueltas desmesuradas, aguardaban la votación de la ley, tratando unos de impedir a toda costa su puesta en vigor y otros que lo fuera a cualquier precio. Se añadía al interés el espíritu de rivalidad de cada bando, así como los preparativos que cada uno planeaba contra el adversario para el día señalado 42 .
La filosofía que animaba la decisión de Graco perseguía [ 11 ] no la prosperidad económica, sino el aumento de población, y arrebatado en sobremanera por la utilidad de la empresa, en la fe de que nada más eficaz o brillante podía ocurrirle a Italia, no consideró la dificultad que la rodeaba. Cuando llegó el momento de la votación expuso previamente otros muchos argumentos persuasivos y de extenso contenido. Y preguntó a aquéllos si no era justo distribuir la propiedad común entre el común; si no era en todo momento más digno de estima un ciudadano que un esclavo; si no era más útil un soldado que uno que no tomaba parte en la guerra y mejor dispuesto hacia los asuntos públicos el que participara de ellos 43 . Pero, sin extenderse en demasía en la comparación, por reputarla indigna, pasó de nuevo a exponer 44 sus esperanzas y temores sobre la patria diciendo que poseían la mayor parte del territorio por la violencia, gracias a la guerra, y que tenían esperanzas de conquistar el resto del mundo conocido; sin embargo, en esta empresa arriesgaban todo, y o bien lograban hacerse con lo que les faltaba al poseer una población numerosa, o perdían incluso lo que ya poseían a manos de los enemigos por causa de su debilidad y envidia. Después de exagerar la gloria y la prosperidad de una de estas alternativas, y el riesgo y el temor de la otra, exhortó a los ricos a reflexionar sobre ello y a otorgar espontáneamente, como una gracia voluntaria, si era necesario, esta tierra a la vista de las expectativas futuras a quienes iban a alimentar a sus hijos, y a no pasar por alto, mientras contendían por cuestiones de poca entidad, otras de más envergadura, pues recibían, además, como compensación acorde con el trabajo realizado la posesión escogida, sin costo e irrevocable para siempre, de quinientas yugadas cada uno de ellos, y cada uno de sus hijos, aquellos que los tuviesen, la mitad de esta cantidad 45 . Graco, tras exponer muchos otros argumentos similares y excitar a los pobres y a cuantos otros 46 se guiaban más por la razón que por el deseo de posesión, ordenó al escriba que diera lectura a la proposición de ley 47 .
Sin embargo, Marco Octavio 48 , otro tribuno de la [ 12 ] plebe, que había sido instigado por los que poseían tierras a interponer su veto—y puesto que siempre entre los romanos el que intercede tiene más autoridad— 49 , ordenó callar al escriba. Entonces Graco, después de hacerle muchos reproches aplazó para la próxima asamblea *** 50 , y una vez situada cerca de él una escolta suficiente para obligar a Octavio por la fuerza y contra su voluntad, ordenó al escriba con amenazas que diera lectura al pueblo de la proposición de ley. Éste comenzó a leer, pero al interceder Octavio guardó silencio. Entonces los tribunos se injuriaron mutuamente y el pueblo armó un alboroto considerable, por lo que los ciudadanos notables 51 juzgaron conveniente que los tribunos sometieran a la decisión del senado el objeto de su controversia. Graco aprovechó con prontitud la sugerencia, pues pensaba que la ley sería grata para todas las personas bien dispuestas, y corrió a llevarla a la casa senatorial. Mas, al ser ultrajado por los ricos allí, donde contaba con pocos seguidores, regresó a toda prisa nuevamente al foro y dijo que sometería a votación en la próxima asamblea 52 lo relativo a la ley y al tribunado de Octavio, por si debía retener su cargo un tribuno que actuaba contra los intereses del pueblo 53 ; y así lo hizo. Y, en efecto, una vez que Octavio, sin temor alguno, interpuso su veto una vez más, propuso en primer lugar la votación sobre él.
Cuando la primera tribu votó a favor de deponer a Octavio de su cargo de tribuno, Graco se volvió hacia él y le pidió que desistiera, pero como no hizo caso tomó el voto a las restantes tribus. Había en esta época treinta y cinco tribus, y como las diecisiete primeras coincidieron con apasionamiento en el mismo sentido de voto, la decimoctava iba a conferirle aprobación de la propuesta, mas Graco, de nuevo, presionó a Octavio con tenacidad delante del pueblo, dada la posición de máximo peligro de aquél, para que no hiciera fracasar la obra más noble y útil para toda Italia ni frustrara un afán tan grande del pueblo con cuyos deseos convenía que, como tribuno, fuera condescendiente y no consentir en ser despojado de su cargo por pública condena. Después de decir esto, puso por testigos a los dioses de que no era su voluntad causar deshonra alguna a su colega, y como no logró convencerle pidió el voto. Octavio se convirtió de inmediato en un ciudadano privado y se marchó de la asamblea sin ser visto.
En su lugar fue elegido Quinto Mummio como tribuno [ 13 ] de la plebe, y la ley agraria entró en vigor. Los primeros elegidos 54 para llevar a cabo el reparto de tierra fueron el propio Graco, que era el ponente de la ley, su hermano homónimo y su suegro Apio Claudio 55 , pues el pueblo temía mucho aún que la ley quedara sin materializarse, a no ser que Graco con toda su familia la pusiera en práctica 56 . Y Graco, lleno de orgullo a causa de la ley, fue acompañado hasta su casa por la multitud como el fundador no ya de una ciudad o de una raza, sino de todos los pueblos existentes en Italia. Después de esto, los miembros del partido vencedor 57 regresaron a los campos de donde habían venido para esta ocasión, y los de la facción derrotada 58 , sintiéndose aún agraviados, permanecieron en la ciudad y comentaban entre sí que no se iba a congratular Graco, nada más convertirse en privado, de haber ultrajado una magistratura sagrada e inviolable 59 y de haber introducido en Italia un semillero tan grande de disturbios.
[ 14 ] Era ya verano y las elecciones tribunicias estaban al caer 60 . Al aproximarse el día de la votación, era evidente que los ricos habían apoyado con ahínco para el cargo a los más acérrimos enemigos de Graco. Y éste, por temor a la desgracia que se avecinaba si no era elegido de nuevo tribuno para el año próximo, convocó a la votación a sus partidarios del campo. Sin embargo, como quiera que, al ser verano, éstos no tenían momento libre para acudir, y obligado por el poco tiempo que restaba ya antes del día fijado para la votación, recurrió a la plebe urbana 61 y, yendo de un lugar a otro, pidió a cada uno por separado que le eligiesen tribuno para el año próximo en compensación por el riesgo que corría por ellos. Cuando se efectuó la votación, las dos primeras tribus se apresuraron a votar a favor de Graco 62 , pero los ricos se opusieron aduciendo que no era legal que la misma persona detentara el cargo por dos veces consecutivas, y el tribuno Rubrio 63 , al que le había tocado en suerte 64 presidir aquella asamblea, estaba dudoso sobre este particular. Mummio, que había sido elegido como tribuno en lugar de Octavio, le conminó a que pusiera en sus manos la dirección de la asamblea. Y él así lo hizo, pero el resto de los tribunos era de la opinión de que la presidencia debía ser asignada mediante sorteo, puesto que, al retirarse Rubrio, a quien le había correspondido en suerte, había que efectuar nuevamente el sorteo entre todos. Se produjo también sobre este asunto una fuerte disputa y Graco, que llevaba la peor parte, pospuso la votación para la próxima asamblea y, habiendo perdido todas sus esperanzas, se vistió de negro, aunque todavía estaba en el cargo, y durante todo el día llevó consigo a su hijo en el foro 65 y se lo presentó y encomendó a cada uno, pues tenía la conciencia de que iba a morir de inmediato a manos de sus enemigos.
Un profundo dolor embargó a los menesterosos al [ 15 ] reflexionar sobre su propia situación, pues creían que ya no vivirían en un Estado bajo leyes iguales, sino que serían reducidos a la esclavitud por los ricos, y al reflexionar también sobre la situación del propio Graco, que sufría tales temores y desdichas por causa de ellos. Al atardecer, todos le acompañaron con lágrimas hasta su casa y le exhortaron a que tuviera ánimos para el día siguiente. Graco se recobró de su abatimiento, reunió todavía de noche a sus partidarios y, tras haberles dado una señal por si había necesidad de lucha, ocupó el templo del Capitolio, donde debía tener lugar la votación, y el centro de la asamblea. Impedido por los tribunos y los ricos, que no permitían que se celebrara la votación sobre su persona, dio la señal. Se elevó de repente un grito de parte de los conjurados y, acto seguido, se llegó a las manos. Algunos de sus partidarios protegieron a Graco como guardias de corps, y otros, tras ceñirse sus vestidos y arrebatar los bastones y estacas de manos de los viatores las rompieron en muchos trozos y expulsaron a los ricos de la asamblea con tanto desorden y tantas heridas que incluso los tribunos huyeron presos del temor del centro de la asamblea, y los sacerdotes cerraron las puertas del templo. Hubo carreras y huida desordenada por parte de muchos, así como rumores infundados de los que afirmaban, por un lado, que Graco había depuesto de su cargo también a los demás tribunos —pues, como no se les veía, se hacían estas conjeturas— y de aquellos que decían, por otro lado, que él se había designado a sí mismo sin votación como tribuno para el año próximo.
[ 16 ] Mientras se producían estos sucesos, el senado se reunió en el templo de la Fe 66 . Y me parece extraño 67 que, habiéndose salvado muchas veces en medio de peligros similares gracias al gobierno de un poder unipersonal, no tomaran entonces en consideración el nombramiento de un dictador; antes bien, este remedio que se encontró de suma utilidad para ocasiones anteriores, no fue recordado por el pueblo como cabía esperar ni ahora ni después. Una vez que tomaron las resoluciones que les parecieron oportunas 68 , emprendieron la subida al Capitolio. El primero que abría la marcha era el pontífice Máximo Cornelio Escipión Nasica 69 , el cual gritaba con fuerte voz que le siguieran todos aquellos que quisieran salvar a la patria. Y se plegó en torno a su cabeza la extremidad de la toga, sea para inducir a mucha gente a seguirle por medio de este signo externo de la dignidad de su cargo, sea haciendo de ello, para los que le viesen, un símbolo de la guerra, cual si de un yelmo se tratase, o sea para ocultarse a sí mismo de los dioses por lo que se disponía a hacer 70 . Cuando llegó al templo y corrió al encuentro de los partidarios de los Gracos, éstos retrocedieron como impresionados ante la dignidad de un hombre insigne y, al mismo tiempo, al ver que le seguía el senado. Los senadores, tras arrebatar las estacas a los partidarios de Graco y romper cuantos bancos y demás mobiliario había sido llevado como para una asamblea, los golpearon, persiguieron y arrojaron por los precipicios. En medio de este tumulto perecieron muchos partidarios de los Gracos, y el mismo Graco, cogido en los alrededores del templo, fue muerto 71 junto a sus puertas, al lado de las estatuas de los reyes. Y todos sus cuerpos fueron arrojados de noche a la corriente del río.
[ 17 ] De esta forma, Graco, el hijo de aquel Graco que fue dos veces cónsul 72 , y de Cornelia, la hija de aquel Escipión 73 que abatió la hegemonía cartaginesa, pereció, mientras era aún tribuno, en el Capitolio, por causa de un proyecto excelente pero perseguido de forma violenta. Y este crimen odioso, el primero que tuvo lugar en la asamblea pública, no quedó aislado, y de vez en vez fue seguido de otros similares. La ciudad, ante la muerte de Graco, se mostró dividida entre el dolor, de un lado, de los que se compadecían de sí mismos y de aquél, así como de la situación presente, en la creencia de que ya no existía un gobierno sino el imperio de la fuerza y la violencia, y, de otro lado, la alegría de los que pensaban que todo les había salido conforme a sus deseos. Y estas cosas tenían lugar mientras Aristónico combatía contra los romanos por el dominio de Asia 74 .
Después del asesinato de Graco y de la muerte de [ 18 ] Apio Claudio, fueron designados en su lugar para hacer el reparto de la tierra, Fulvio Flaco y Papirio Carbo junto con el joven Graco 75 . Como los poseedores de la tierra se despreocuparon de hacer un registro regular de la misma, se publicó un edicto por el que cualquier delator podía denunciar el hecho. Y tuvieron lugar de inmediato un gran número de difíciles litigios 76 . Pues todos aquellos terrenos limítrofes con el agro público, y que habían sido vendidos o repartidos entre los aliados, fueron objeto de una investigación en su totalidad a fin de realizar la medición del agro público para ver cómo habían sido vendidos y repartidos. Sin embargo, no todos tenían ya los títulos de venta ni de asignación del lote, e incluso los que fueron encontrados resultaron dudosos 77 . Cuando se realizó de nuevo la medición de la tierra, unos propietarios se vieron forzados a cambiar sus terrenos con plantaciones y edificios de labranza por tierras desnudas, y otros sus tierras de labor por otras sin cultivar, o por terrenos pantanosos o marismas, puesto que en un principio no se había efectuado una medición exacta al tratarse de un territorio conquistado. Y, además, el edicto que en su origen había autorizado al que quisiera a cultivar la tierra no distribuida, animó a muchos a cultivar los terrenos colindantes con los suyos propios hasta el punto de confundir a simple vista la línea divisoria entre terreno público y privado. A su vez, el transcurso del tiempo introdujo muchos cambios. Y la injusticia de los ricos, aunque grande, era difícil de reconocer. No otra cosa sucedió que una mudanza general de propiedades transferidas y trasladadas a tierras ajenas.
[ 19 ] Los itálicos 78 , no soportando esta situación ni las prisas en los juicios promovidos contra ellos, demandaro de Cornelio Escipión 79 , el destructor de Cartago, que fuera el defensor de sus agravios. Éste, que se había valido del heroico comportamiento de ellos en la guerra, dudaba en pasar por alto su petición, y, tras dirigirse a la casa del senado, no censuró abiertamente a la ley de Graco, por no disgustar al pueblo, pero expuso su poca viabilidad y manifestó su opinión de que los pleitos fueran dirimidos no por los triunviros, que eran sospechosos para los litigantes, sino por otros jueces. Sobre todo logró convencerles con esta última propuesta, que les parecía justa, y fue elegido el cónsul Tuditano 80 para la función judicial. Mas cuando éste asumió su misión y vio la dificultad de la misma, emprendió una campaña contra los ilirios 81 haciendo de ello un pretexto para no actuar como juez, y, a su vez, los triunviros, como nadie acudía ante ellos para juicio, permanecían inactivos. Y a partir de aquí comenzó el odio y la irritación del pueblo contra Escipión, porque, después de haberle favorecido hasta el punto de suscitar la envidia y de haberse opuesto a la aristocracia en su defensa en muchas ocasiones y haberle elegido dos veces cónsul en contra de la ley 82 , veían que había tomado partido por los itálicos en contra de ellos. Al ver esto los enemigos de Escipión 83 , propalaban a gritos que él estaba decidido a abolir la ley de Graco y que se disponía, por este motivo, a una sangrienta lucha armada.
[ 20 ] Cuando el pueblo oyó estas acusaciones, estuvo preso del temor hasta que Escipión fue hallado muerto sin una herida 84 , teniendo a su lado una tablilla en la que se disponía a escribir de noche su discurso ante el pueblo, ya sea porque le atacara Cornelia, la madre de Graco, a fin de que no fuera abolida la ley de su hijo, y le ayudara a ello su hija Sempronia, la esposa de Escipión, que ni amaba a su marido ni era amada por éste por ser deforme y estéril; ya sea, como algunos opinan, porque se suicidó al ver que no sería capaz de cumplir lo prometido 85 . Y hay quienes afirman que unos esclavos sometidos a tormento habían confesado que unos extranjeros habían penetrado durante la noche por la parte trasera de la casa y le habían asfixiado, y que aquellos que se habían enterado dudaron en referir el hecho debido a que el pueblo estaba irritado aún con él y se había alegrado de su muerte.
Así murió Escipión y no fue juzgado merecedor de un funeral público, aunque había prestado los mayores servicios al poder romano; hasta tal punto la ira del momento presente se impuso a la gratitud por el pasado. Y este suceso, aun siendo de tal importancia, ocurrió como un mero incidente en la sedición de Graco.
[ 21 ] Los que poseían tierras obstaculizaron por mucho tiempo su división, basándose, incluso, en tales circunstancias, en pretextos de muy diverso tipo. Algunos propusieron inscribir como ciudadanos a todos los aliados, que eran precisamente los que más se oponían a la ley agraria, en la creencia de que, a cambio de un favor mayor, no iban a discrepar en el futuro en lo referente al agro público 86 . Los itálicos recibieron con alegría esta propuesta por estimar preferible el derecho de ciudadanía a la posesión de la tierra. Y el que más cooperó con ellos de entre todos en conseguir esto fue Fulvio Flaco, que era a la vez cónsul y triunviro agrario. El senado, no obstante, estaba irritado de que hicieran a sus súbditos, ciudadanos con igualdad de derechos a ellos 87 .
Y por esta razón este intento resultó fallido, y el pueblo, que había abrigado durante largo tiempo la esperanza de la tierra, se sintió descorazonado. Mientras ellos se encontraban en tal estado de desazón, se presentó al tribunado Gayo Graco 88 , hermano menor del legislador Graco y muy querido como tribuno agrario, el cual había permanecido inactivo durante mucho tiempo a raíz de la muerte de su hermano. Sin embargo, se presentó como candidato al tribunado porque muchos senadores le habían tratado con desprecio en el senado. Y, una vez que resultó elegido 89 de la manera más rotunda, urdió de inmediato insidias contra el senado estableciendo una cantidad mensual de trigo 90 para cada ciudadano a expensas del erario público, reparto que nunca antes se había tenido por costumbre hacer. Y así, muy pronto, con un solo acto de gobierno se ganó las simpatías del pueblo con la cooperación de Fulvio Flaco. Inmediatamente después de esto fue elegido como tribuno para el año próximo, pues estaba en vigor ya una ley 91 por la que el pueblo podía elegir de entre todos los ciudadanos un tribuno si las candidaturas tribunicias no estaban completas.
[ 22 ] Y fue de este modo como Gayo Graco obtuvo el tribunado por segunda vez. Como tenía ya comprada a la plebe, trató de atraerse también, por medio de otra maniobra política similar, a los caballeros, que ocupaban una posición intermedia por su dignidad entre el senado y la plebe 92 . Transfirió los tribunales 93 de justicia, que estaban desacreditados por su venalidad, de los senadores a los caballeros 94 , reprochando en especial a aquéllos los casos recientes de Aurelio Cota 95 , Salinátor 96 y, en tercer lugar, Manio Aquilio 97 , el conquistador de Asia, quienes, tras haber sobornado a las claras a los jueces, habían sido absueltos por ellos, en tanto que los embajadores enviados para acusarles se hallaban todavía presentes e iban de un lado para otro propalando con odio estos hechos. De lo cual, precisamente, el senado avergonzándose en sobremanera cedió a la ley y el pueblo la ratificó. Así fueron transferidos los tribunales de justicia desde el senado a los caballeros. Dicen que, al poco tiempo de haber entrado en vigor la ley, Graco afirmó que él había abatido el poder del senado con un golpe definitivo, y la experiencia del curso de los acontecimientos posteriores puso de relieve en mayor medida la veracidad de las palabras de Graco; puesto que el hecho de que ellos pudieran juzgar a todos los romanos e itálicos y también a los propios senadores, sin limitaciones, tanto en lo relativo a cuestiones de propiedad como de derechos civiles y de destierro 98 , elevó a los caballeros, por decirlo así, a rango de dominadores, al tiempo que igualó a los senadores a la condición de súbditos. Y como los caballeros se coaligaban con los tribunos 99 en las votaciones y recibían de éstos, a cambio, lo que querían, se hicieron progresivamente más temibles para los senadores. En breve, pues, sufrió un vuelco el poder del gobierno, al estar ya tan sólo la dignidad en manos del senado y el poder efectivo en los caballeros. Y prosiguiendo por este camino, no sólo detentaron ya el poder, sino que, incluso, cometieron violencia contra los senadores en los juicios. Y, participando ellos también de la corrupción, al tiempo que disfrutaban de pingües ganancias, se comportaron a partir de entonces de forma más vergonzosa y desmedida que los senadores. Llevaron acusadores sobornados contra los ricos y corrompieron totalmente los juicios por causa del soborno, ya fuera coaligándose entre ellos mismos o por la fuerza, hasta el punto de que se abandonó por completo la costumbre de una tal clase de investigación, y la ley judicial ocasionó por mucho tiempo otra suerte de lucha civil 100 no menor que las anteriores.
Graco hizo construir también largas carreteras por [ 23 ] Italia, asegurándose así la sumisión de un gran número de contratistas y artesanos, dispuestos a hacer lo que les ordenase, y propuso la fundación de muchas colonias 101 . Además, invitó a los aliados latinos a participar de todos los derechos de los romanos con la pretensión de que el senado no podía oponerse honestamente a hombres de su misma raza. A aquellos otros aliados a los que no les estaba permitido votar en los sufragios romanos, propuso que, a partir de entonces, se les concediera el derecho al voto, a fin de contar con su ayuda en las votaciones de las leyes. El senado, alarmado especialmente por esta última medida, ordenó que los cónsules prohibieran, mediante un bando, que ninguno de los que no tuvieran derecho a voto permanecieran en la ciudad, ni se acercara a menos de cuarenta estadios de ella durante la votación sobre estas leyes. Y a Livio Druso 102 , otro tribuno, le convenció para que vetase las leyes propuestas por Graco sin explicar al pueblo las razones, pues está permitido a quien interpone su veto no explicar los motivos 103 . Sin embargo, le otorgaron, con objeto de conciliarse al pueblo, el privilegio de fundar doce colonias. Y el pueblo, alegre principalmente por esta causa, menospreció las leyes de Graco.
Habiendo decaído en el favor popular 104 , Graco navegó [ 24 ] a África en compañía de Fulvio Flaco, el cual había sido elegido también como tribuno después de su consulado 105 por estos motivos, pues se había decretado la fundación de una colonia 106 en África por la fama de su fertilidad y habían sido elegidos ellos mismos expresamente como fundadores para que, al estar ausentes por un breve tiempo, el senado cobrara un respiro de su demagogia. Ambos trazaron la ciudad para la colonia, en donde, en otro tiempo, había estado ubicada Cartago, sin tener en cuenta que Escipión, cuando la arrasó, la había condenado bajo maldición a servir para siempre de pasto al ganado. Le asignaron seis mil colonos, en vez de un número inferior de acuerdo con la ley, con la intención de atraerse al pueblo con este proceder. A su regreso a Roma, convocaron a los seis mil colonos de toda Italia. Entonces, los que habían quedado en África trazando los límites de la ciudad comunicaron mediante cartas que los lobos 107 habían arrancado y esparcido los límites puestos por Graco y Fulvio, y los augures estimaron que la colonia estaba bajo malos auspicios, por lo que el senado convocó una asamblea en la que debía abolirse la ley referente a esta colonia. Una vez que Graco y Fulvio fracasaron también en esto, enfurecidos dijeron que el senado había mentido en la cuestión de los lobos. Y los más audaces de los plebeyos se reunieron con ellos, portando puñales, en el Capitolio, donde debía celebrarse la asamblea sobre la colonia.
Estaba ya reunido el pueblo y había comenzado Flaco [ 25 ] a decir algo sobre estos asuntos, cuando Graco ascendió al Capitolio escoltado por sus partidarios a modo de una guardia personal. Mas, conturbado por su propia conciencia del carácter extraordinario de sus propósitos, evitó la reunión de la asamblea y, pasando de largo hasta el pórtico, estuvo paseando a la espera de lo que fuera a ocurrir. Un plebeyo 108 llamado Antilo, que se hallaba realizando un sacrificio en el pórtico, al verle en ese estado de turbación, le tendió la mano y le pidió que mirara por su patria, ya sea porque se hubiese enterado o sospechara algo, ya porque le moviese a hablarle alguna otra razón. Y él, turbado más aún y lleno de temor como alguien que ha sido descubierto, le dirigio una torva mirada. Entonces, uno de los presentes, sin que se hubiera dado señal alguna ni mediara ninguna orden, conjeturando tan sólo por la mirada torva de Graco a Antilo que había llegado ya el momento, y que prestaba un favor a Graco si parecía ser el primero en dar comienzo a la acción, extrajo su puñal y dio muerte a Antilo. Se produjo un griterío, y al ser visto su cuerpo, ya cadáver, en el centro salieron todos precipitadamente del templo por miedo a una desgracia semejante.
Graco penetró en el foro y trató de darles explicaciones sobre lo ocurrido, pero nadie se quedó a oírle y todos huyeron de él como de una persona impura. Entonces, Graco y Flaco, sin saber qué hacer, y habiendo perdido la ocasión de ejecutar lo que tenían proyectado a causa de haber precipitado la acción, se retiraron con rapidez hacia sus casas acompañados de sus partidarios. A su vez, el resto de la multitud ocupó el foro desde la media noche como si estuvieran ante una desgracia. Opimio 109 , el cónsul que estaba en la ciudad, ordenó que un contingente de tropas se concentrara al amanecer en el Capitolio y convocó al senado mediante heraldos, y él en persona, en el centro de la ciudad, en el templo de Cástor y Pólux, aguardó a los acontecimientos.
[ 26 ] Tal era la situación. El senado invitó a Graco y a Flaco a que acudieran desde sus casas al edificio senatorial para defenderse, pero ellos corrieron con sus armas hacia el monte Aventino, con la esperanza de que, si lo ocupaban por anticipado, el senado se avendría a pactar de alguna forma con ellos. En su carrera a través de la ciudad convocaban a los esclavos a la libertad. Sin embargo, ninguno de éstos les hizo caso, y ellos, con los hombres que tenían a su lado, ocuparon y fortificaron el templo de Diana y enviaron a Quinto, el hijo de Flaco, al senado solicitando llegar a un acuerdo y vivir en concordia. El senado, no obstante, replicó que depusieran sus armas, se presentaran en la mansión senatorial y dijeran qué era lo que querían; de lo contrario, que no enviaran ningún otro mensajero. Mas como enviaran, de nuevo, a Quinto, el cónsul Opimio lo apresó juzgando que ya no era un emisario, a causa de la prohibición, y envió a sus hombres armados contra los de Graco.
Y Graco, huyendo con un solo esclavo por un puente de madera al otro lado del río hasta un bosque, ofreció su cuello al siervo cuando estaba a punto de ser apresado 110 . Flaco, a su vez, se refugió en el taller de un conocido, y sus perseguidores, como no conocían la casa, amenazaron con prender fuego a todo el callejón. El que le había dado acogida vaciló en delatar él mismo a su suplicante, pero ordenó a otro que lo hiciera, y Flaco, una vez apresado, fue muerto. Algunos llevaron a Opimio las cabezas de Graco y Flaco, y Opimio les dio su peso en oro. Sin embargo, el pueblo saqueó sus casas y Opimio hizo prisioneros a los que habían participado en la conspiración, los metió en la cárcel y ordenó que fueran estrangulados. En cambio, a Quinto, el hijo de Flaco, le concedió que eligiera la forma de morir; y purificó a la ciudad de las muertes, y el senado ordenó la erección en el foro de un templo a la Concordia.
Así finalizó la sedición del segundo Graco. Poco [ 27 ] tiempo después, fue aprobada una ley 111 por la que se permitía a los propietarios vender la tierra, cuya inalienabilidad había sido objeto de litigio, pues esto también estaba prohibido por la ley del primer Graco. Y, de inmediato, los ricos comenzaron a comprar sus parcelas a los pobres, o se las quitaron por la fuerza con pretextos diversos. La condición de pobre, pues, llegó a ser todavía peor, hasta que Espurio Torio, tribuno de la plebe, presentó una ley proponiendo suspender el reparto del agro público y que éste fuera de los que lo poseían, que tendrían que pagar por él un tributo que sería distribuido al pueblo. Esto último, precisamente, constituía un alivio para los pobres a causa de su distribución, pero no era una ayuda con vista al aumento de población. Con este tipo de engañifas fue abolida, de una vez por todas, la ley de Graco, que hubiera resultado excelente y muy útil si se hubiera podido poner en práctica. En cuanto a los tributos, los abolió, poco después, otro tribuno de la plebe, y el pueblo se vio desposeído por completo de todo. Por esta razón, andaban aún más escasos, a la vez, de ciudadanos, de soldados, de ingresos procedentes de la tierra, de repartos de dinero y de leyes, en especial, en el transcurso de los quince años desde la legislación de Graco 112 ; [pero ya antes los triunviros agrarios] habían quedado reducidos a la inactividad en la cuestión de los juicios.
[ 28 ] Por este tiempo 113 , el cónsul Escipión demolió el teatro que había comenzado Lucio Casio —y ya a punto de finalizar—, por considerarlo como foco de nuevos disturbios o porque creía que no era provechoso, en absoluto, que los romanos se habituasen a los placeres griegos. El censor Quinto Cecilio Metelo 114 trató de privar de su dignidad a Glaucia 115 , un senador, y a Apuleyo Saturnino 116 , que había sido ya tribuno, a causa de su forma de vida disoluta, pero no pudo, al no estar de acuerdo su colega 117 . Poco tiempo después, Apuleyo, con la intención de vengarse de Metelo, presentó su candidatura al tribunado por segunda vez aprovechando que Glaucia era pretor designado 118 y había sido designado presidente de estas elecciones tribunicias. Sin embargo, fue elegido tribuno Nonio, un hombre ilustre que habló con franqueza de Apuleyo y censuró con rudeza a Glaucia. Temiendo Glaucia y Apuleyo que al ser tribuno se vengara de ellos, al punto enviaron con gran alboroto a una turba de rufianes contra él, cuando abandonaba la asamblea, y le dieron muerte después que había tomado refugio en una posada. Como este crimen se antojaba digno de piedad y terrible, los secuaces de Glaucia, al amanecer, cuando todavía no se había reunido el pueblo, eligieron tribuno a Apuleyo. Y el asesinato de Nonio fue así silenciado, a causa del tribunado de Apuleyo, por temor ya a pedirle cuentas.
[ 29 ] También fue desterrado Metelo por ellos con la ayuda de Gayo Mario, que desempeñaba su sexto consulado y que era enemigo secreto de Metelo 119 . De esta forma, todos cooperaban unos con otros. Apuleyo propuso una ley para que fuera repartido todo el territorio del que se habían apoderado los cimbrios, una tribu celta, en el país que los romanos llamaban ahora Galia 120 y que Mario, tras expulsarlos recientemente, había incorporado a los romanos como no perteneciente ya a los galos. Se propuso, además, que si el pueblo ratificaba la ley, el senado prestara juramento de obedecerla dentro del plazo de cinco días o que el que no jurase fuera expulsado del senado 121 y pagara al pueblo una multa de veinte talentos 122 . De este modo pretendían vengarse de aquellos que se opusieran a la ley y de Metelo, que, por su arrogancia, no iba a acceder al juramento. De esta guisa era la ley. Apuleyo fijó el día para su votación y envió emisarios a los que estaban en el campo, en quienes precisamente tenía una mayor confianza porque habían servido a las órdenes de Mario. En cambio, como en la ley salían ganando los itálicos la plebe urbana estaba descontenta.
El día de la votación 123 se produjo un disturbio, ya [ 30 ] que todos aquellos tribunos que trataban de oponerse a la ley, al ser objeto de violencia por parte de Apuleyo, abandonaban el tribunal. La plebe de la ciudad gritó que se había oído un trueno en la asamblea —en cuyo caso no está permitido a los romanos tomar ninguna decisión— 124 , pero como, incluso en esta circunstancia, los secuaces de Apuleyo mantenían su coacción, los habitantes de la ciudad se ciñeron sus vestidos, empuñaron los palos que encontraron a mano y dispersaron la plebe campesina. Sin embargo, estos últimos, convocados de nuevo por Apuleyo, atacaron, a su vez, con porras a los plebeyos de la ciudad y, tras vencerles, aprobaron la ley. Tan pronto como fue aprobada, Mario, en su calidad de cónsul, propuso al senado que considerara lo referente al juramento. Sabiendo que Metelo era un hombre de opinión firme y que se mantenía en lo que había pensado o se había anticipado a decir, expuso en primer lugar su parecer en público con hipocresía y dijo que jamás prestaría él de forma voluntaria este juramento. Una vez que Metelo se mostró de la misma opinión y los demás aprobaron ambas posturas, Mario levantó la sesión senatorial. Al cabo de cinco días, fecha límite según la ley para el juramento, los convocó de forma apresurada alrededor de la hora décima y les manifestó que temía la excesiva preocupación del pueblo por la ley, pero que veía como una salida para ello la argucia siguiente, jurar, en efecto, que prestarían su acatamiento a la ley en la medida que fuera una ley, y dispersar así, por el momento, a la plebe del campo que estaba al acecho, mediante esta añagaza, y con posterioridad hacer ver con facilidad que no es una ley válida aquella que ha sido aprobada mediante coacción y después de haberse escuchado un trueno, en contra de la costumbre patria.
[ 31 ] Después de decir esto, y sin esperar al desenlace, mientras todos guardaban aún silencio por la estupefacción ante la argucia y el tiempo que había transcurrido, sin darles ocasión a reflexionar sobre ello, se levantó y fue al templo de Saturno, en donde se debía prestar el juramento ante los cuestores 125 , y juró el primero en compañía de sus amigos. También juraron todos los demás temiendo cada uno por su seguridad personal. Únicamente Metelo no prestó juramento, sino que se mantuvo sin miedo en su determinación anterior. Muy pronto, al día siguiente, Apuleyo le envió a su asistente 126 y trató de expulsarlo del edificio senatorial. Pero, como le defendieron los otros tribunos; Glaucia y Apuleyo corrieron junto a los campesino y les dijeron que nunca obtendrían la tierra, ni tendría vigor la ley, a no ser que Metelo fuera desterrado 127 . Propusieron un decreto de destierro contra él y encargaron a los cónsules de anunciar, mediante una proclama, que nadie hiciera partícipe a Metelo del fuego, del agua o del techo, y designaron un día para la aprobación del decreto. La cólera de la plebe urbana era terrible y escoltaban de continuo a Metelo llevando puñales, pero éste, tras agradecerles y alabarles su intención, dijo que no permitiría que por su causa sobreviniera peligro alguno a su patria. Una vez dicho esto, se marchó de la ciudad discretamente. Así pues, el decreto de Apuleyo fue ratificado y Mario proclamó las cláusulas del mismo.
De este modo, precisamente, Metelo, hombre de máximo [ 32 ] prestigio, marchó al destierro 128 , y Apuleyo, después de este suceso, fue elegido tribuno por tercera vez. Tenía como colega a uno que era tenido por esclavo fugitivo 129 , pero que reclamaba como padre a Graco el viejo, y la plebe lo apoyó en la votación por su añoranza de Graco. Sin embargo, cuando llegó la elección de los cónsules, Marco Antonio 130 fue elegido sin discusión para una de las plazas, en tanto que por la otra contendían el conocido Glaucia y Memmio 131 . Como éste era con mucho un hombre bastante más ilustre, Glaucia y Apuleyo, temerosos, enviaron contra él a algunos rufianes provistos de estacas en el acto mismo de la elección, los cuales golpearon a Memmio hasta darle muerte públicamente a la vista de todos.
La asamblea se disolvió presa del miedo, pues no existían ya ni leyes, ni tribunales, ni el menor sentido del pudor. El pueblo, al día siguiente, corrió a reunirse, lleno de cólera, con la intención de matar a Apuleyo. Pero éste, tras reunir a una masa de gente procedente del campo, se apoderó del Capitolio junto con Glaucia y el cuestor Gayo Saufeyo. El senado decretó 132 la muerte de ambos y Mario, a pesar suyo, armó, no obstante, a algunos hombres con cierta vacilación. Mientras él se demoraba, otros cortaron el suministro de agua al templo, y Saufeyo, a punto de morir de sed, propuso incendiarlo, pero Glaucia y Apuleyo, en la creencia de que Mario los socorrería, se entregaron los primeros y, tras de ellos, lo hizo Saufeyo. Mario, cuando todos le exigían de inmediato que les diera muerte, los encerró en el edificio del senado 133 con la idea de tratar con ellos de una forma más legal. Los demás, sin embargo, juzgando que se trataba de un pretexto, levantaron las tejas del techo del edificio del senado y asaetearon a los secuaces de Apuleyo hasta que los mataron incluyendo a un cuestor, a un tribuno de la plebe y a un pretor, que conservaban todavía los atributos de su cargo.
Otro gran número de personas cayeron en esta sedición, [ 33 ] y entre ellas otro tribuno, el supuesto hijo de Graco, que aquel día estrenaba su cargo tribunicio. En nada beneficiaban ya la libertad, la democracia, las leyes, la pública estima o el cargo, desde que incluso el de tribuno, que había sido creado para abortar los desafueros y para auxilio del pueblo, a pesar de ser sagrado e inviolable, cometía y sufría tales desmanes. Tras la muerte de los secuaces de Apuleyo, el senado y el pueblo 134 pidieron a voces que se llamara de regreso a Metelo, pero el tribuno Publio Furio, hijo no de un padre libre sino liberto, se opuso a ellos con osadía y ni siquiera Metelo, el hijo de Metelo, que le suplicó a la vista del pueblo y lloró y se postró a sus pies logró conmoverle. El joven, a causa de este gesto, fue llamado en el futuro, Piadoso 135 . El año siguiente, el tribuno Gayo Canuleyo llevó a juicio a Furio por este hecho, y el pueblo, sin aguardar razones, lo despedazó; así, siempre, cada año se cometía un crimen abominable en el foro. Se permitió el regreso de Metelo, y se dice que no tuvo bastante con un día para saludar a los que habían salido a las puertas de la ciudad a recibirle. Ésta de Apuleyo fue la tercera perturbación civil, después de las dos de los Gracos, y tan grandes consecuencias tuvo para los romanos.
Mientras ellos se hallaban en esta situación, sobrevino [ 34 ] la llamada Guerra Social 136 , en la que estuvieron implicados muchos pueblos itálicos y que, tras un comienzo inesperado, adquirió de golpe una gran magnitud y extendió las sediciones en Roma durante mucho tiempo a causa del miedo. Su final hizo surgir, de nuevo, otras luchas civiles y a líderes más poderosos, que no emplearon entre sí nuevas propuestas de ley ni medidas políticas demagógicas, sino ejércitos enteros. Y por esta razón la incluí en este relato histórico, ya que comenzó con la sedición de Roma y vino a parar en otra mucho peor. Su origen fue el siguiente.
Fulvio Flaco 137 , durante su consulado, fue el primero que más abiertamente excitó a los aliados itálicos a desear la ciudadanía romana, para que llegaran a ser partícipes del imperio, en vez de súbditos. Por haber sido el introductor de esta idea y haber persistido en ella con firmeza, fue enviado por el senado a una expedición militar, en el curso de la cual expiró el tiempo de su consulado; no obstante, aspiró después también al tribunado y consiguió serlo teniendo como colega a Graco, el joven, quien, como él, propuso otras medidas similares en defensa de los aliados itálicos. Una vez que ambos fueron asesinados, según he relatado antes, los aliados itálicos estaban mucho más soliviantados, pues no consentían en ser súbditos en vez de iguales, ni en que Flaco y Graco hubieran sufrido tal destino por haber realizado una política en su defensa.
Tras éstos, fue tribuno de la plebe Livio Druso 138 , [ 35 ] hombre de muy ilustre cuna, que, a solicitud de los aliados itálicos 139 , les prometió proponer, de nuevo, la ley referente a la ciudadanía; deseaban ésta sobre todo, porque creían que con este solo requisito se convertirían de inmediato en gobernantes en vez de súbditos. Y Druso 140 , tratando de congraciarse al pueblo con vistas a esta ley, condujo muchas colonias a Italia y Sicilia las cuales habían sido votadas mucho tiempo atrás 141 , pero todavía no habían sido enviadas. Al senado y a los caballeros, que veían agudizadas entonces sus diferencias por la cuestión de los tribunales de justicia, intentó reconciliarlos por medio de una ley común, y como no podía transferir nuevamente al senado los tribunales de justicia, urdió para unos y otros el siguiente plan. Puesto que el número de senadores era por entonces de apenas trescientos, a causa de las sediciones 142 , propuso que se añadiese un número igual a éste, elegido entre los caballeros en razón de mérito, y que en el futuro se eligieran de entre todos ellos los tribunales de justicia; y añadió como cláusula de la ley que los jueces estuvieran sometidos a rendición de cuentas por causa de venalidad, pues procesos de este tipo eran desconocidos, debido a que la corrupción se había convertido en moneda corriente.
Éstos eran sus proyectos para ambos estamentos, pero resultaron contrarios a sus esperanzas. Pues el senado se tomó muy a mal que se le sumaran de golpe un número tan elevado de personas mediante elección y que fueran transferidas del orden ecuestre a la máxima dignidad; y es que pensaban que era previsible que, llegando a ser senadores, se opusieran como bloque a los senadores antiguos con más poder aún. Los caballeros, a su vez, sospechaban que, en virtud de esta atención, los tribunales de justicia en el futuro pasarían de su estamento al del senado exclusivamente, y, después de haber disfrutado de grandes ganancias y del poder, no soportaban, sin pesar, la sospecha. Un gran número de caballeros mantenían dudas y recelos mutuos sobre quiénes parecían ser más dignos para ser enrolados en los trescientos, y a los demás les invadía la envidia hacia los mejores. Pero, sobre todas las cosas, estaban irritados porque se hubiera resucitado la acusación por venalidad, que consideraban que había sido suprimida de raíz hasta entonces gracias al esfuerzo de ellos.
De esta forma, pues, los caballeros y el senado, aunque [ 36 ] mantenían diferencias entre sí, estaban unidos en su odio a Druso, y sólo el pueblo se alegraba con las colonias. E, incluso, los propios aliados itálicos, en cuyo interés precisamente planeaba Druso estas medidas, tenían miedo de la ley de las colonias, pues pensaban que el agro público romano, que estaba todavía sin repartir y algunos de ellos lo cultivaban por la fuerza y otros en la clandestinidad, les sería arrebatado de inmediato, y que en muchos aspectos se verían perturbados hasta en sus propiedades particulares. Los etruscos y los umbros tenían los mismos temores que los aliados itálicos y, convocados por los cónsules 143 a la ciudad, según parecía con el pretexto de oponerse a la ley, pero, en realidad, para matar a Druso, pidieron a gritos públicamente la derogación de aquélla y aguardaron el día de la votación. Druso se dio cuenta de estos hechos y rara vez salía en público, atendiendo siempre sus negocios en el atrio de su casa, lugar muy poco iluminado; una tarde, cuando despedía a la multitud, gritó de repente que había sido herido y cayó mientras profería estas palabras. Y se encontró clavada en su costado una lanceta de zapatero.
Así fue asesinado también el tribuno Druso. Los [ 37 ] caballeros, haciendo de su política una plataforma para calumniar a sus enemigos, convencieron al tribuno Quinto Vario 144 de que propusiera que se celebraran juicios 145 contra aquellos que ayudaran, de forma manifiesta u oculta, a los aliados itálicos en detrimento de los intereses del Estado 146 , esperando con ello arrastrar de inmediato a todas las personas influyentes bajo una acusación odiosa y a ser ellos mismos sus jueces; y, así, una vez neutralizados éstos, se acrecentaría aún más su poder en la ciudad. Cuando los otros tribunos se opusieron a la aprobación de la ley, los caballeros los rodearon con sus dagas desnudas y la ratificaron. Y nada más entrar en vigor, los acusadores entablaron procesos judiciales 147 contra los senadores más ilustres. Bestia 148 no compareció ante el tribunal y se exiló voluntariamente, pues no estaba dispuesto a entregarse en las manos de sus enemigos; a continuación, Cota 149 se presentó ante el tribunal y, después de hacer una defensa solemne de su actuación política y de haber vituperado públicamente al orden ecuestre, salió también de la ciudad antes de la votación. Mummio 150 , el conquistador de Grecia, cogido vergonzosamente en una trampa por los caballeros, que le habían prometido absolverle, fue condenado al destierro y pasó el resto de sus días en Delos.
Al acrecentarse mucho más la amenaza contra los [ 38 ] ciudadanos más excelentes, cundió la irritación entre el pueblo porque se veía privado en bloque de tales hombres que habían prestado tan importantes servicios. Y, en especial, los aliados itálicos, cuando se enteraron del crimen de Druso y del pretexto para desterrar a los otros 151 , decidieron que no podían tolerar que los que hacían una política en su favor sufrieran una suerte tal, y como no veían otro recurso de esperanza para acceder al derecho de ciudadanía 152 , decidieron sublevarse frontalmente contra Roma y combatir contra ella por la fuerza. Intercambiaron embajadas en secreto, formando una liga con este propósito, y se enviaron mutuamente rehenes en prueba de fidelidad.
Los romanos tardaron mucho tiempo en enterarse de estos hechos a causa de los juicios celebrados en la ciudad y de las sediciones; y cuando lo supieron, enviaron a las ciudades a aquellos de sus hombres que estaban en mejor relación con cada una de ellas para que, sin despertar sospechas, informaran con detalle de la situación. Uno de éstos, cuando vio que un joven era conducido como rehén desde Ásculo a otra ciudad, se lo comunicó a Servilio, el procónsul de aquella zona —pues había, según parece, entonces, procónsules al frente de las diversas partes de Italia—. El emperador Adriano imitó y resucitó, mucho tiempo después, esta costumbre, que se conservó, sin embargo, por poco tiempo a la muerte de éste 153 . Servilio se apresuró acaloradamente hacia Ásculo y amenazó con acritud a sus habitantes, que estaban celebrando una fiesta, y ellos lo mataron en la creencia de que había sido descubierto el complot. También fue asesinado su legado Fonteyo —pues así llaman a aquellos miembros del orden senatorial que acompañan como asistentes a los gobernadores de provincias— 154 . Tras la muerte de ambos, no hubo ya perdón para ningún otro de los romanos, sino que los ausculanos atacaron y dieron muerte a todos los que estaban entre ellos y les saquearon sus pertenencias.
Una vez que estalló la sublevación, todos aquellos [ 39 ] pueblos que eran vecinos de los ausculanos, sacaron a la luz sus preparativos de guerra, los marsios, pelignos, vestinos, marrucinos, y después de éstos, los picentinos, frentanos, hirpinos, pompeyanos, venusios, yapiges, lucanios y samnitas 155 , pueblos todos que ya antes eran hostiles a los romanos, y también cuantos otros pueblos desde el río Liris, que en la actualidad me parece que se considera el Literno 156 , hasta la parte más profunda del golfo Adriático se encuentra quien va por tierra firme o bordeando la costa. A los embajadores que enviaron a Roma para quejarse de que, habiendo cooperado en todo con los romanos para el logro de su imperio, no los consideraban dignos de la ciudadanía de aquellos que se habían beneficiado con su ayuda, el senado les respondió con toda energía que, si se arrepentían de lo que había ocurrido, podían enviarles embajadores, pero, en otro caso, no. Los aliados, perdida toda esperanza, se aprestaron a los preparativos; además del ejército propio de cada ciudad, contaban con uno común, cuyo número se elevaba a cien mil hombres entre tropas de infantería y caballería 157 . Los romanos enviaron contra ellos otro ejército, de igual número, formado de entre sus propios ciudadanos y de los pueblos de Italia que aún se mantenían en la alianza con ellos.
[ 40 ] Al frente de las tropas romanas estaban los cónsules Sexto (Lucio) Julio César 158 y Publio Rutilio Lupo, pues partieron los dos como ante una gran guerra civil, una vez que otros habían asumido el control de las puertas y de las murallas, según es costumbre en caso de guerra interna y muy próxima. Como estimaban que la guerra era compleja y que tenía muchos frentes, enviaron a los mejores hombres del momento como legados de los cónsules: de Rutilio, a Gneo Pompeyo, el padre del llamado, después, Pompeyo Magno, Quinto Cepión, Gayo Perpenna, Gayo Mario y Valerio Mesala; de Sexto César, a Publio Léntulo, hermano del propio César, Tito Didio, Licinio Craso, Cornelio Sila y Marcelo 159 . Todos ellos se distribuyeron el país bajo el mando de los cónsules 160 , estos últimos inspeccionaban todas las zonas, y los romanos les enviaban continuamente otras fuerzas por tratarse de una guerra importante. Los aliados itálicos tenían comandantes en jefe en cada una de sus ciudades, pero había otros comunes al frente del ejército común y con plenitud de poderes sobre su totalidad 161 , Tito Lafrenio, Gayo Pontilio, Mario Egnacio, Quinto Popedio, Gayo Papio, Marco Lamponio, Gayo Vidacilio, Erio Asinio y Vetio Escatón, los cuales, distribuyéndose por igual el ejército, se opusieron a los generales romanos y llevaron a cabo muchos hechos gloriosos de armas, así como sufrieron también muchos desastres. De una y otra parte, por hacer un resumen, he aquí las acciones más dignas de mención.
Vetio Escatón 162 derrotó a Sexto Julio, dio muerte [ 41 ] a dos mil de sus hombres y marchó contra Esernia, ciudad del partido romano; sus comandantes Lucio Escipión y Lucio Acilio huyeron disfrazados de esclavos, y los enemigos, al cabo de algún tiempo, redujeron a la ciudad por hambre. Mario Egnacio, por su parte, tras haberse apoderado a traición de la ciudad de Venafro, dio muerte a dos cohortes romanas que estaban en ella. Publio Presenteo derrotó a Perpenna, que estaba al frente de diez mil hombres, mató a cuatro mil de ellos, y se apoderó de las armas de la mayor parte de los restantes; por este hecho, el cónsul Rutilio privó a Perpenna de su mando y asignó la parte de su ejército a Gayo Mario. Marco Lamponio destruyó a ochocientos soldados del ejército de Licinio Craso y persiguió a los demás hasta la ciudad de Grumento.
[ 42 ] Gayo Papio se apoderó de Nola a traición y ofreció, mediante una proclama a los dos mil soldados romanos que había en ella, servir a sus órdenes, si cambiaban de alianza. Éstos aceptaron y Papio los enroló en su ejército, pero los oficiales no obedecieron la proclama, y fueron hechos prisioneros y dejados morir de inanición por Papio. Este último se apoderó también de Estabia, Minervio y Salerno, que era una colonia romana; a los prisioneros y esclavos apresados en aquellos lugares los enroló en su ejército. Cuando se puso a devastar todo el territorio que rodeaba a Nuceria, las ciudades vecinas se sometieron por el terror y le suministraron, cuando lo solicitó, un ejército de diez mil soldados de infantería y mil jinetes, y con estas fuerzas Papio puso cerco a Aquerra. Sexto César avanzó contra Aquerra con diez mil soldados de infantería galos y tropas de caballería e infantería númidas mauritanos, y Papio sacó de Venusia a Oxynta, el hijo de Yugurta rey de los númidas, que se hallaba en esta ciudad bajo custodia romana 163 , y revistiéndolo con la púrpura real lo exhibía con frecuencia ante los númidas que servían bajo César. Y muchos de ellos desertaron en masa hacia él como si lo hicieran hacia su propio rey; al resto de los númidas, César los envió de regreso a África por considerarlos poco dignos de confianza. Sin embargo, cuando Papio le atacó con desprecio y había echado abajo una parte de la empalizada de su campamento, envió por otras puertas a la caballería y mató a seis mil soldados de Papio, después de lo cual César se retiró de la ciudad de Aquerra. En la región de la Apulia, se pasaron a Vidacilio Canusio, Venusia y muchas otras ciudades. Algunas otras que no se sometieron, las sitió, y dio muerte a los romanos insignes que había en ellas, en tanto que al pueblo llano y a los esclavos los enroló en su ejército.
El cónsul Rutilio y Gayo Mario fijaron puentes sobre [ 43 ] el río Liris 164 , a poca distancia uno de otro, para atravesarlo. Vetio Escatón acampó frente a ambos, más cerca del puente de Mario, y puso, durante la noche, sin ser visto, algunas tropas en emboscada cerca del puente de Rutilio. Al amanecer, después de permitir que Rutilio lo atravesara, sacó a las tropas emboscadas y mató a muchos soldados en tierra firme y a otros muchos los arrojó desde el puente al río. El mismo Rutilio, herido en la cabeza por un dardo en el transcurso de la lucha, murió poco después. Mario, que estaba sobre el otro puente, conjeturando lo ocurrido por los cuerpos que arrastraba la corriente, hizo retroceder a las fuerzas que tenía ante sí y atravesando la corriente se apoderó del campamento de Escatón, que estaba custodiado por escasas tropas; por consiguiente, Escatón tuvo que pasar la noche allí mismo donde había obtenido la victoria, y al amanecer se retiró falto de provisiones. Los cadáveres de Rutilio y de muchos otros nobles fueron enviados a Roma para su entierro. El cónsul y tantos otros compañeros muertos ofrecían un triste espectáculo, y por este motivo hubo un duelo que duró muchos días. Y, desde entonces, el senado decretó que los que murieran en la guerra fueran enterrados en el mismo lugar en el que habían muerto para que los restantes no se abstuviesen de la milicia impresionados por el espectáculo de los muertos. Y los enemigos, al enterarse, tomaron la misma decisión para sí mismos.
[ 44 ] No hubo sucesor de Rutilio para el resto del año, pues Sexto César no tuvo tiempo de acudir a Roma para los comicios. Y el senado decretó que Gayo Mario y Quinto Cepión asumieran el mando del ejército de aquél. Quinto Popedio, el general que se oponía a Cepión, se pasó a éste como si fuera un desertor y le dio como rehenes a dos niños esclavos que llevaba consigo, revestidos con una túnica de bordes teñidos de color púrpura, como si se trataran de sus propios hijos. En prueba de mayor garantía llevaba, además, unos panes de plomo recubiertos de oro y plata. Solicitó que Cepión le siguiera a toda prisa con el ejército a fin de apoderarse de su propio campamento, mientras estaba huérfano de un jefe. Y Cepión, plenamente convencido, le siguió. Cuando Popedio estuvo cerca de la emboscada que había preparado, corrió hacia una colina como para vigilar a los enemigos y les dio la señal a sus hombres. Éstos salieron de su escondite y mataron a Cepión junto con muchos de los suyos. Y el senado asignó a Mario el resto del ejército de Cepión.
[ 45 ] Mientras Sexto César 165 atravesaba con treinta mil soldados de infantería y cinco mil jinetes una garganta rocosa 166 , fue atacado de repente por Mario Egnacio. Rechazado hasta el interior del desfiladero, escapó en una litera, a causa de una enfermedad, hasta un río 167 en el que había un solo puente, y, tras perder allí a la mayor parte de su ejército y el armamento del resto de las tropas, se refugió a duras penas en Teano y armó, como pudo, a los que todavía conservaba. Cuando le llegó con prontitud otro gran contingente de tropas de refuerzo se trasladó a Aquerra, que aún sufría el asedio de Papio. Ambos generales acamparon frente a frente, pero no se atrevían a atacarse el uno al otro por miedo.
Tras derrotar Cornelio Sila 168 y Gayo Mario a los [ 46 ] marsios, que les habían atacado, los persiguieron con tesón hasta el pie de los muros que protegían sus viñedos. Los marsios escalaron con dificultad los muros, y ni a Mario ni a Sila les pareció oportuno perseguirlos más allá. Sin embargo, Cornelio Sila, que estaba acampado hacia el otro lado de los viñedos, al darse cuenta de lo que ocurría, salió al encuentro de los marsios, que trataban de huir, y mató a gran número de ellos; hasta el punto de que en aquel día murieron más de seis mil y fueron aprehendidas por los romanos un número de armas mayor aún.
Los marsios, furiosos como bestias salvajes por esta derrota, se armaron de nuevo y se prepararon para atacar a los romanos, que no se atrevían a tomar la iniciativa en el ataque ni a comenzar la batalla. Y es que se trataba de un pueblo muy belicoso, y dicen que sólo en virtud de este desastre se había obtenido un triunfo sobre ellos. Existía hasta aquel entonces un dicho de que no había triunfo sobre los marsios ni sin los marsios 169 .
[ 47 ] Vidacilio, Tito Lafrenio y Publio Ventidio, tras unir sus fuerzas, derrotaron a Gneo Pompeyo cerca del monte Falerno y lo persiguieron hasta la ciudad de Firmo. Mientras sus compañeros se encaminaron hacia otros lugares, Lafrenio puso cerco a Pompeyo que estaba encerrado en Firmo. Este último armó de inmediato al resto de sus tropas, pero no se atrevió a entablar combate. Sin embargo, cuando se aproximaba otro ejército, envió a Sulpicio para que, dando un rodeo, tomara posiciones detrás de Lafrenio, y él en persona atacó por el frente. Una vez trabado el combate, ambos ejércitos pasaron dificultades, pero Sulpicio prendió fuego al campamento de los enemigos, y estos últimos, al percatarse del hecho, huyeron a Ásculo en desorden y sin su general, pues Lafrenio había caído en la lucha. Pompeyo, entonces, se dirigió hacia Ásculo y la cercó.
[ 48 ] Ásculo 170 era la patria de Vidacilio y, temeroso por su seguridad, se apresuró en su socorro con ocho cohortes. Envió aviso previo a los asculanos con la orden de que, cuando vieran que él avanzaba desde lejos, hicieran una salida contra los sitiadores, de manera que sostuvieran el combate en dos frentes a la vez. Los asculanos, no obstante, dudaron, pero Vidacilio, a pesar de ello, forzó el paso hasta la ciudad a través de las filas enemigas con las tropas que llevaba consigo, y censuró a los habitantes por su cobardía y desobediencia. Y como no tenía ya esperanzas de salvar a la ciudad, mató a todos los enemigos que, durante largo tiempo, habían mantenido diferencias con él y que, en aquella ocasión, habían hecho desistir, por envidia, al pueblo de obedecer sus órdenes. Después, tras haber apilado una pira en el templo y colocado un lecho sobre ella, celebró un banquete con sus amigos; en medio de las libaciones tomó un veneno y, acostándose sobre la pira, ordenó a sus amigos que le prendieran fuego. Así murió Vidacilio, un hombre que juzgó un honor morir por su patria. Sexto César fue investido por el senado con el poder proconsular cuando expiró el tiempo de su magistratura, atacó a veinte mil enemigos mientras trasladaban su campamento, mató a ocho mil de ellos y se apoderó de las armas de muchos más. Al prolongarse su asedio a la ciudad de Ásculo, murió de una enfermedad, y Gayo Bebio fue designado como su sucesor.
Mientras tenían lugar estos sucesos en la vertiente [ 49 ] adriática de Italia, los pueblos que habitaban al otro lado de Roma, etruscos y umbros y otros pueblos vecinos suyos, al conocer estos hechos, se sintieron animados a hacer defección 171 . Por consiguiente, el senado, temiendo que la guerra los rodeara por todas partes y fuera incontrolable, establecieron guarniciones en la zona costera entre Cumas y la ciudad a cargo de hombres libertos, que entonces por primera vez habían sido enrolados en el servicio militar 172 a causa de la escasez de soldados. El senado decretó, además, que aquellos aliados itálicos que aún permanecían en la alianza obtuvieran el derecho de ciudadanía 173 , lo cual era precisamente la cosa que más deseaban casi todos. Así pues, envió este decreto a los etruscos, quienes aceptaron encantados la ciudadanía. Con esta gracia, el senado hizo a los fieles, más fieles, confirmó a los que estaban dudosos, y dulcificó a los enemigos con una cierta esperanza de medidas similares. Sin embargo, los romanos no inscribieron a estos nuevos ciudadanos en las treinta y cinco tribus que existían entonces, a fin de que no vencieran en las votaciones al ser superiores en número a los ciudadanos antiguos, sino que los dividieron en diez partes 174 y designaron otras tantas tribus en las que ellos votaban en último lugar. Y en muchas ocasiones su voto resultó inútil, puesto que las treinta y cinco eran llamadas antes a votar y sumaban más de la mitad. Y precisamente este hecho, ya sea porque entonces pasó desapercibido o, no obstante, porque los aliados estuvieran conformes con él, al ser reconsiderado después fue origen de otro conflicto.
Los sublevados en torno al Adriático, cuando aún [ 50 ] no conocían el cambio de actitud de los etruscos, enviaron a Etruria en su ayuda a quince mil hombres por un camino intransitable y largo, y Gneo Pompeyo 175 , que ya era cónsul, cayó sobre ellos y mató a cinco mil. Los restantes se retiraron hacia sus lares a través de un territorio inhóspito, y en medio de un invierno muy riguroso, y la mitad de ellos tuvieron que alimentarse de bellotas, por lo que perecieron. Este mismo invierno, Porcio Catón, el colega de Pompeyo, murió mientras combatía contra los marsios. Lucio Cluentio fijó su campamento, con gran desprecio, a una distancia de tres estadios de Sila, que estaba acampado en los alrededores de los montes de Pompeyo. Sila no toleró su arrogancia y sin aguardar a aquellas de sus tropas que habían salido a forrajear atacó a Cluentio. Derrotado en esta ocasión huyó, pero, cuando obtuvo los refuerzos de los que habían regresado del forrajeo, puso en fuga a Cluentio. Este último trasladó su campamento a una distancia mayor, mas, al llegar hasta él algunas tropas galas, de nuevo se aproximó a Sila. Cuando ambos ejércitos iban al encuentro, un galo de enorme estatura se adelantó y retó a un duelo a cualquier romano; y una vez que un mauritano de pequeña envergadura le hubo dado muerte haciéndole frente, los galos huyeron al punto llenos de temor. Después que quedó rota la línea de batalla de Cluentio, el resto de las tropas no permaneció ya en su puesto, sino que huyó a Nola en desorden. Sila les siguió dando muerte a tres mil de ellos en el curso de la persecución, y, como los habitantes de Nola les dieron acogida por una sola puerta para que los enemigos no entraran con ellos, mató a otros veinte mil en torno a las murallas, entre los cuales cayó Cluentio luchando con bravura.
[ 51 ] Entonces, Sila trasladó su ejército contra otro pueblo, los hirpinos, y atacó la ciudad de Eculano. Sus habitantes, que esperaban ese mismo día la llegada de los lucanios en su ayuda, pidieron a Sila que les diera un tiempo para decidirse. Y éste, dándose cuenta de la maniobra, les concedió una hora, y entretanto apiló haces de leña seca en torno a las murallas, que eran de madera, y al cabo de una hora les prendió fuego. Los de Eculano, llenos de temor, entregaron la ciudad, y Sila la saqueó por no haberse rendido voluntariamente sino por la fuerza; sin embargo, perdonó a otros que se rindieron ellos mismos, hasta que el pueblo de los hirpinos quedó sometido en su totalidad. Después, marchó contra los samnitas, no por donde Motilo su general vigilaba los caminos, sino por otra vía de acceso inesperada, tras dar un rodeo. Los atacó de repente y mató a muchos, los demás huyeron en forma dispersa y Motilo resultó herido y se refugió en Esernia con unos pocos. Sila destruyó su campamento y se dirigió a Boviano 176 , donde se hallaba el Consejo común de los sublevados. La ciudad tenía tres ciudadelas, y como los bovianos atacaban a Sila desde una de ellas, éste envió a algunas tropas para que, dando un rodeo, se apoderaran de cualquiera de las otras dos que pudieran y le hicieran una señal con humo. Y cuando fue divisado el humo, les atacó de frente y, después de luchar con denuedo durante tres horas, se apoderó de la ciudad.
Éstos fueron los triunfos de Sila en este verano 177 . AI aproximarse el invierno, regresó a Roma para presentarse como candidato al consulado 178 .
Gneo Pompeyo sometió a los marsios, marrucinos y [ 52 ] vestinos, y otro pretor romano, Gayo Cosconio, atacó a Salapia y le prendió fuego. También se apoderó de Cannas, y cuando sitiaba a Canusio sostuvo una severa batalla con los samnitas que acudieron en ayuda de la ciudad; finalmente, después de que ambos ejércitos sufrieran muchas bajas, Cosconio, derrotado, se retiró a Cannas. Puesto que los separaba un río 179 , Trebacio, el general samnita, invitó a Cosconio a que pasara a su orilla para trabar combate o a que se retirara para atravesarlo él. Cosconio se retiró y atacó a Trebacio cuando lo estaba atravesando; fue superior a él y, mientras el general samnita huía en dirección al río, mató a cinco mil de sus hombres; el resto huyó con Trebacio hasta Canusio. Cosconio recorrió los territorios de los larineos, venusios y asculanos, invadió el de los pedículos y en dos días capturó a su población.
Cecilio Metelo 180 , su sucesor en el mando, invadió [ 53 ] la Apulia y venció también a los yapigios. Popedio, otro de los generales sublevados, perdió la vida en esta acción 181 y los demás se pasaron, en grupos, a Cecilio. Éstos fueron los acontecimientos en Italia relativos a la Guerra Social, que alcanzó sobre todo su máximo apogeo hasta que toda Italia accedió a la ciudadanía romana 182 , con excepción en un principio de los lucanios y los samnitas 183 ; pues, me parece que éstos obtuvieron también después lo que deseaban 184 . Cada pueblo fue inscrito en las tribus de manera similar a los que ya habían obtenido antes la ciudadanía, a fin de que no pudieran vencer en las votaciones mezclándose con los ciudadanos viejos, al ser aquéllos más numerosos 185 .
[ 54 ] Por este mismo tiempo 186 se produjeron en la ciudad mutuas disensiones entre acreedores y deudores, al exigir los primeros los préstamos con intereses 187 , pese a que una antigua ley 188 lo prohibía e imponía una multa al que así lo hiciera. Pues me parece a mí 189 que los antiguos romanos, igual que los griegos, detestaban el préstamo con interés como cosa propia de mercachifles y gravosa para los pobres, y al mismo tiempo como algo que favorecía las querellas y creaba enemistades. Por este mismo motivo, los persas consideraban la concesión de préstamos como una acción engañosa y propiciadora de mentiras. Sin embargo, como quiera que la costumbre había consolidado con el tiempo la percepción de intereses, los unos los exigían de acuerdo con la costumbre, y los otros postergaban su devolución en base a las guerras y luchas civiles; y hubo quienes incluso amenazaron con exigir la multa a los prestamistas.
El pretor Aselio 190 , a cuyo cargo estaban estos asuntos, una vez que trató en vano de reconciliarlos, les permitió entablar procesos judiciales entre ellos, transfiriendo a los jueces la dificultad planteada entre la ley y la costumbre. Los prestamistas, irritados porque renovaba una ley que ya estaba obsoleta, lo mataron del siguiente modo: Aselio llevaba a cabo un sacrificio a Cástor y Pólux en el foro y le rodeaba la multitud como es costumbre en una ceremonia tal, y entonces alguien arrojó contra él una sola piedra, por lo que Aselio tiró la fiálē 191 y se lanzó a la carrera hacia el templo de Vesta. Mas ellos se adelantaron, le cortaron el paso hacia el templo y, cuando se había refugiado en una hospedería, lo degollaron. Muchos de sus perseguidores creyeron que se había refugiado al lado de las vírgenes, y penetraron en aquel lugar, donde estaba prohibido el paso a los hombres. Así también Aselio, mientras era pretor y hacía libaciones y estaba revestido de los ornamentos sagrados y bordados de oro, propios de los sacrificios, fue degollado alrededor de la hora segunda, en mitad del foro y durante el sacrificio. El senado ofreció, por medio de una proclama, una recompensa en dinero a cualquier ciudadano libre, o la libertad a cualquier esclavo que aportara pruebas fehacientes sobre la muerte de Aselio, y la impunidad para su cómplice. Sin embargo, nadie aportó ninguna información, pues los prestamistas lo ocultaron.
[ 55 ] Éstas fueron, aún, muertes y discordias civiles intestinas y parciales. Pero, a partir de este momento, los jefes de facción lucharon entre sí con grandes ejércitos según la costumbre de la guerra, y la patria estaba en medio como un premio para ellos. El origen y la vía de acceso que desembocó en una situación tal, que tuvo lugar inmediatamente después de la Guerra Social, fue la siguiente 192 .
Después que Mitrídates, el rey del Ponto y de otros pueblos, invadió Bitinia, Frigia y la parte de Asia limítrofe con estos países 193 , según he relatado en el libro precedente, Sila obtuvo, siendo cónsul, por sorteo el mando de Asia y de la guerra mitridática —él aún se hallaba en Roma—. Pero Mario, considerando que la guerra sería fácil y lucrativa y codiciando el mando, indujo con muchas promesas al tribuno de la plebe Publio Sulpicio a que le ayudara a conseguirlo. Hizo concebir también las esperanzas a los nuevos ciudadanos itálicos, que tenían muy poco poder en las elecciones, de que los iba a distribuir entre todas las tribus, sin mencionar para nada su interés personal, con el fin de tenerlos bien dispuestos para todo. Sulpicio presentó de inmediato una propuesta de ley en este sentido; si esta ley era ratificada, iba a suceder todo aquello que Mario o Sulpicio deseaban, pues los nuevos ciudadanos eran mucho más numerosos que los antiguos. Pero estos últimos se dieron cuenta de ello y se opusieron tenazmente a ambos. Luchaban entre sí con palos y piedras, y la perturbación iba en continuo incremento, así que los cónsules tuvieron miedo de la proximidad del día de la votación y decretaron un iustitium 194 de muchos días, lo que suele ocurrir en tiempos de fiesta, a fin de aplazar la votación y el peligro.
Sulpicio no aguardó a la finalización del iustitium , [ 56 ] sino que ordenó a sus partidarios que fueran al foro con puñales ocultos e hicieran lo que requiriese la ocasión, sin respetar a los mismos cónsules si era necesario. Y una vez que lo tuvo dispuesto todo, denunció como ilegales los iustitia , y ordenó a los cónsules Cornelio Sila y Quinto Pompeyo que pusieran fin a los mismos de inmediato para proceder a la votación de las leyes. Una vez que se produjo un tumulto, aquellos que llevaban preparados los puñales los desenvainaron y amenazaron con matar a los cónsules, los cuales se oponían a lo ordenado; finalmente, Pompeyo huyó en secreto y Sila se retiró bajo el pretexto de deliberar. Entretanto, los facciosos de Sulpicio dieron muerte al hijo de Pompeyo, que era yerno de Sila 195 , por manifestar y exponer con franqueza algún tipo de opinión. Sila retornó, anuló el iustitium y se apresuró hacia Capua para reunirse con el ejército que estaba allí, con la idea de cruzar desde Capua hasta Asia para la guerra contra Mitrídates; pues nada sabía de lo que había sido urdido contra él. Sulpicio, una vez anulado el iustitium y ausente Sila de la ciudad, hizo ratificar la ley y eligió a Mario, por cuya causa había sucedido todo esto, para hacerse cargo del mando de la guerra contra Mitrídates en lugar de Sila.
[ 57 ] Cuando Sila se enteró, decidió que el asunto debía resolverse por medio de la guerra y convocó al ejército a una asamblea. Este último se hallaba deseoso de la guerra contra Mitrídates por estimarla lucrativa, y pensaba que Mario enrolaría para ella a otros soldados en vez de a ellos. Sila denunció el ultraje que Sulpicio y Mario le habían hecho, sin aludir abiertamente a ninguna otra cosa —pues no se atrevía aún a hablar de una guerra tal—, y les animó a que estuvieran dispuestos a cumplir lo que se les ordenase. Pero los soldados, comprendiendo cuáles eran sus proyectos y temiendo ser excluidos de la expedición, desvelaron el deseo de Sila y le incitaron a que tuviera el coraje de llevarlos contra Roma. Sila se llenó de alegría y se puso en marcha de inmediato al frente de seis legiones; mas la totalidad de la oficialidad de su ejército, a excepción de un cuestor, le abandonó y huyó hacia Roma porque no soportó conducir el ejército contra su patria. Unos mensajeros que se encontraron con él en el camino le preguntaron por qué marchaba en armas contra su patria, y él les respondió que para librarla de los tiranos.
Después de haber dado la misma respuesta, por segunda y tercera vez, a otros emisarios que vinieron sucesivamente a su encuentro, les anunció, sin embargo, que el senado, Mario y Sulpicio se reunieran con él, si querían, en el campo de Marte y que haría aquello que se acordara en la consulta. Cuando Sila estaba cerca, le salió al encuentro su colega Pompeyo que le cubrió de elogios y se alegró por la decisión tomada, dispuesto a cooperar con él en todo. Mario y Sulpicio, necesitados de un pequeño intervalo de tiempo para su preparación, le enviaron otros emisarios fingiendo que también éstos habían sido enviados por el senado, con la petición de que no acampara a menos de cuarenta estadios 196 de Roma hasta que examinaran la situación presente. Sila y Pompeyo, sin embargo, comprendiendo con claridad el deseo de aquéllos prometieron que así lo harían, pero siguieron al punto a los emisarios cuando éstos emprendieron el regreso.
Sila, con una legión de soldados, se apoderó de la [ 58 ] puerta Esquilina 197 y de la muralla adyacente, y Pompeyo ocupó la puerta Colina, con otra legión. Una tercera avanzó hacia el puente de madera y una cuarta permaneció como reserva delante de las murallas. Sila avanzó con el resto de las tropas hacia el interior de la ciudad, con el aspecto y actitud de un enemigo; por este motivo los habitantes de los alrededores intentaron rechazarle disparándole desde los tejados de las casas, hasta que él les amenazó con incendiarlas 198 . Entonces desistieron'ellos, pero Mario y Sulpicio le salieron al encuentro cerca del foro Esquilino con cuantas tropas tuvieron tiempo de armar. Y por primera vez en Roma, tuvo lugar un combate entre enemigos, no bajo el aspecto de una sedición sino al son de las trompas y con enseñas, según la costumbre de la guerra. A tal extremo de peligro arrojó a los romanos la falta de solución de sus luchas intestinas. Puestos en fuga los soldados de Sila, este último arrebató un estandarte y arrostró el peligro en primera línea para hacerles cambiar de actitud por vergüenza hacia su general y por temor a la deshonra de perder la enseña, si la abandonaban. Sila hizo venir desde el campamento a las tropas de refresco y envió a otras dando un rodeo por la vía llamada Suburra 199 , de manera que se dispusieran a atacar al enemigo por la espalda. Los del partido de Mario, como luchaban sin fuerzas con las tropas que les atacaban de refresco y temían verse envueltos por las que estaban rodeándolos, llamaron en su ayuda a los otros ciudadanos que todavía luchaban desde las casas, y proclamaron la libertad para los esclavos que participaran en la lucha. Sin embargo, al no acudir nadie, perdieron las esperanzas en todo y huyeron al punto de la ciudad y con ellos cuantos nobles habían cooperado.
[ 59 ] Entonces, Sila avanzó por la vía llamada Sacra 200 y, de inmediato, castigó, a la vista de todos, a los que habían saqueado lo que encontraban a su paso. Después estableció, a intervalos, puestos de vigilancia por la ciudad, y pasó la noche en compañía de Pompeyo inspeccionando cada uno de ellos, a fin de que no se produjera ningún acto de violencia por parte de la población amedrentada o de los vencedores. Al día siguiente convocaron ambos al pueblo a una asamblea y se lamentaron de que el Estado hubiera sido entregado desde hacía mucho tiempo a los demagogos, al tiempo que afirmaron que ellos habían actuado así por necesidad. Propusieron que no se llevara nada ante el pueblo que no hubiera sido antes considerado por el senado 201 , una costumbre antigua pero abandonada desde mucho tiempo atrás, y que las votaciones se hicieran no por tribus sino por centurias 202 , como había ordenado el rey Tulio, considerando que con estas dos medidas ninguna ley sería propuesta al pueblo antes que al senado y que las votaciones, al no estar en manos de los pobres y desenfrenados en lugar de en las de los ricos y prudentes, no serían ya más foco de sediciones. Recortaron muchas otras atribuciones del poder de los tribunos de la plebe 203 , que se había convertido en exceso tiránico, e inscribieron en el censo senatorial, que había llegado a ser entonces muy escaso en número y, por ello, objeto fácil de desprecio, a trescientos de los mejores ciudadanos, todos de una vez. Y anularon por ilegales todas aquellas medidas que habían sido puestas en vigor por Sulpicio a raíz del iustitium que habían proclamado los cónsules.
[ 60 ] De esta forma las sediciones, nacidas de la discordia y rivalidad, vinieron a parar en asesinatos, y de asesinatos, en guerras cabales, y ahora, por primera vez, un ejército de ciudadanos invadió la patria como si fuera tierra enemiga. A partir de entonces, las sediciones no dejaron de ser decididas ya por medio de ejércitos y se produjeron continuas invasiones de Roma y batallas bajo sus muros, y cuantas otras circunstancias acompañan a las guerras; pues para aquellos que utilizaban la violencia no existía ya freno alguno por un sentimiento de respeto hacia las leyes, las instituciones o, al menos, la patria 204 . Se decretó ahora que Sulpicio, que aún era tribuno, junto con Mario, cónsul seis veces, el hijo de Mario 205 , Publio Cetego, Junio Bruto 206 , Cneo y Quinto Granio, Publio Albinovano, Marco Letorio y cuantos otros, hasta un número de doce, habían sido desterrados de Roma, fueran enemigos del pueblo romano por haber provocado una sedición y haber combatido contra los cónsules, y porque habían proclamado la libertad para los esclavos, a fin de incitarlos a la sublevación; y se autorizó a quien los encontrase para que los matara impunemente o los condujera ante los cónsules, y sus propiedades fueron confiscadas. Unos perseguidores, que iban también tras de ellos, cogieron a Sulpicio y lo mataron.
[ 61 ] Mario, sin embargo, escapó de ellos hacia Minturna 207 , sin acompañantes ni siervos. Los magistrados de la ciudad, mientras él descansaba en una casa oscura, sentían temor de la proclama del pueblo, pero al tiempo tenían reparos de convertirse en los asesinos de un hombre que había sido seis veces cónsul y había realizado muchos hechos gloriosos; así que enviaron a un galo que allí vivía para matarle con una espada. Y cuentan que el galo, al aproximarse en la oscuridad a su yacija, tuvo miedo porque le pareció que los ojos de Mario despedían un brillo y una llama de fuego; y tan pronto como Mario se incorporó de su lecho y le gritó fuertemente: «¿Y tú te atreves a matar a Gayo Mario?», el galo huyó como alma en pena a través de las puertas hacia el exterior, igual que un loco, gritando: «No puedo matar a Gayo Mario.» Por esta razón, a los magistrados, que habían tomado esta decisión después de largo tiempo y con vacilación, les sobrevino un temor demónico, y el recuerdo del séptimo consulado que le había sido profetizado a Mario cuando era un niño; pues dicen que, siendo niño, cayeron en su regazo siete crías de águila y que los adivinos predijeron que alcanzaría por siete veces la máxima magistratura.
Por tanto, los magistrados de Minturna, reflexionando [ 62 ] sobre estas cosas y en la creencia de que el galo había sido inspirado y había sentido miedo por causa de la divinidad, enviaron a Mario de inmediato fuera de la ciudad para que buscara su salvación de la manera que pudiera. Como era consciente de que Sila lo buscaba, y que era perseguido por la caballería, se apresuró hasta el mar por caminos no frecuentados y, habiendo encontrado una choza, descansó después de haber cubierto su cuerpo con hojas. Cuando oyó un leve ruido, se ocultó con más cuidado entre la hojarasca y, oyéndolo aún más fuerte, saltó al interior de un bote de un viejo pescador, que estaba a la orilla, tras haberlo reducido por la fuerza. A pesar de que había temporal, cortó la amarra e, izando la vela, se dejó llevar a su suerte. Fue arrastrado hasta una isla en la que encontró la nave de unos amigos, que hacía una travesía, y cruzó en ella a África 208 . Mas, como, incluso allí, el gobernador Sextilio le impidió tocar tierra por ser un enemigo, pasó el invierno en el mar, en una isla 209 , un poco más arriba de la provincia de África, en los confines de Numidia. Mientras se encontraba allí, se le unieron algunos de los que habían sido condenados con él, al enterarse, entre ellos Cetego, Granio, Albinovano, Letorio y otros, incluso su hijo Mario. Los cuales habían huido de Roma al lado de Hiempsal 210 el rey de los númidas, pero se habían marchado de allí ante la sospecha de que iban a ser entregados.
Todos ellos pensaban apoderarse por la fuerza de su patria, como Sila había hecho, pero, al no tener un [ 63 ] ejército, esperaban una oportunidad. En Roma, Sila, que fue el primero que se apoderó de la ciudad con las armas, y que hubiera podido tal vez ejercer el poder absoluto una vez que había rechazado a sus enemigos, desistió voluntariamente de la violencia y, tras enviar el ejército a Capua, volvió a asumir el poder consular. Los partidarios de los desterrados, en especial los ricos y las mujeres de amplio patrimonio, cuando se recobraron del miedo de las armas, andaban soliviantados buscando el regreso de estos hombres, y no escatimaron empeño ni gastos para lograr este objetivo y urdieron asechanzas contra las personas de los cónsules, pues creían que no sería posible su regreso mientras éstos siguieran con vida. Sila, no obstante, incluso después que dejó de ser cónsul contaba con el ejército, que le había sido votado para la guerra contra Mitrídates, como custodia para su salvaguarda personal. El pueblo, sin embargo, lamentó la peligrosa situación de Quinto Pompeyo, el otro cónsul, y decretó que tuviera el mando sobre Italia y sobre el ejército asignado a ella, que estaba, a la sazón, a las órdenes de Gneo Pompeyo. Este último, al enterarse de ello, aunque estaba irritado, recibió a su llegada a Quinto Pompeyo. Al día siguiente, mientras éste se encontraba ocupado en algunos asuntos, se retiró un poco como un ciudadano privado, pero muchos soldados rodearon al cónsul con el pretexto de oírle y le mataron. Al producirse la fuga de los demás, Gneo salió a su encuentro, irritado por la muerte ilegal del cónsul, pero, a pesar de su enojo, asumió de inmediato el mando de ellos.
Cuando fue anunciado en la ciudad el asesinato de [ 64 ] Pompeyo, Sila sintió miedo al punto por su propia seguridad, y se hizo rodear en todas partes por sus amigos e, incluso de noche, los mantenía a su lado. Mas no se quedó por mucho tiempo, sino que se apresuró a marchar junto a su ejército en Capua y, desde allí, a Asia 211 . Los amigos de los exilados, animados por Cinna, que había obtenido el consulado 212 después de Sila, espolearon a los nuevos ciudadanos en favor de la idea de Mario de considerar que fueran distribuidos entre todas las tribus, a fin de que no resultaran inútiles al votar los últimos de entre todos. Este hecho, ciertamente, fue el prólogo de la vuelta del propio Mario y de sus partidarios. Aunque los ciudadanos antiguos se opusieron con fuerza, Cinna cooperó con los nuevos, según se cree porque había sido sobornado para ello con trescientos talentos; el otro cónsul, sin embargo, Octavio, estaba a favor de los antiguos. Los partidarios de Cinna tomaron de antemano el foro con puñales ocultos y pidieron a gritos que fueran distribuidos entre todas las tribus. En cambio, la parte más prestigiada del pueblo estaba de acuerdo con Octavio, y también éstos llevaban puñales.
Mientras este último se hallaba todavía en su casa aguardando el resultado, se le comunicó que la mayoría de los tribunos habían vetado la proposición, pero que los nuevos ciudadanos habían provocado un tumulto y que, tras empuñar sus dagas en la calle, habían atacado a los tribunos que se oponían, en la rostra. Octavio, al enterarse de estos hechos, descendió por la vía Sacra con una muchedumbre muy abigarrada y se precipitó como un torrente en el foro, forzó el paso por medio de los congregados y los separó. Y una vez que los hubo amedrentado, prosiguió hasta el templo de Cástor y Pólux y expulsó a Cinna. Y, a su vez, aquellos que le acompañaban, sin que mediara orden alguna, cayeron sobre los nuevos ciudadanos, dieron muerte a muchos y persiguieron a otros en su huida hasta las puertas de la ciudad.
[ 65 ] Cinna que había confiado en su triunfo envalentonado, por el número de nuevos ciudadanos, al ver que, contra lo que esperaba, había prevalecido el arrojo de la minoría, se lanzó por la ciudad concitando a los esclavos en su ayuda bajo la promesa de libertad. Sin embargo, como no acudió ninguno, se apresuró hacia las ciudades cercanas, que no hacía mucho tiempo que habían obtenido la ciudadanía romana, Tíbur, Preneste 213 y cuantas se extienden hasta Nola incitándolas a todas a sublevarse y haciendo acopio de dinero para la guerra. Mientras llevaba a cabo estos preparativos y planes huyeron a su lado aquellos senadores de su partido, Gayo Milonio, Quinto Sertorio y otro Gayo Mario 214 .
El senado decretó que Cinna, por haber abandonado en peligro a la ciudad, siendo cónsul, y por haber proclamado la libertad para los esclavos, no fuera ya cónsul ni ciudadano, y eligieron en su lugar a Lucio Mérula, el flamen de Júpiter 215 . Se dice que este sacerdote es el único que lleva el capelo en todo momento, en tanto que los otros sacerdotes lo llevan sólo durante los sacrificios 216 . Cinna prosiguió hasta Capua 217 , en donde había otro ejército romano, y trató de congraciarse a sus oficiales y a cuantos senadores había presentes. Avanzando como cónsul hasta el medio de los soldados, hizo deponer las fasces como si fuera un privado y dijo llorando: «De vosotros, ciudadanos, recibí este cargo, pues el pueblo me eligió; el senado, sin embargo, me ha depuesto sin contar con vosotros. Y aunque yo he sufrido esto como una desgracia personal, no obstante, me aflijo por vosotros, pues ¿por qué, a partir de ahora, vamos a granjearnos el favor de las tribus en las votaciones?, ¿qué necesidad tenemos de vosotros?, ¿dónde residirá vuestro poder en las asambleas o en las votaciones, o en las elecciones de cónsules, si no consolidáis aquello que otorgáis y os dejáis arrebatar lo que vosotros mismos habéis votado?»
[ 66 ] Después de pronunciar estas palabras para excitarlos y despertar mucha compasión hacia su persona, se desgarró el vestido y, bajando de un salto de la tribuna, se arrojó al suelo en medio de ellos y permaneció allí largo rato hasta que los soldados conmovidos le levantaron, y, después de haberle colocado de nuevo sobre la silla curul, pusieron enhiestas las fasces y le animaron a tener valor, puesto que era cónsul, y a guiarles a donde quisiera. Los tribunos, aprovechando de inmediato el impulso de los soldados, prestaron el juramento militar a Cinna, y cada uno se lo hizo jurar a las tropas que tenía bajo su mando. Y Cinna, una vez que tuvo la situación asegurada, corrió hacia las ciudades aliadas y excitó también los ánimos de éstas alegando, sobre todo, que por su causa había sufrido tal desgracia. Ellas le procuraron dinero y un ejército, y muchos otros aristócratas romanos, a quienes desagradaba la estabilidad del gobierno, se unieron a él.
Mientras Cinna estaba ocupado en estos menesteres, los cónsules Octavio y Mérula fortificaron la ciudad con fosos, repararon las murallas y colocaron sobre ellas máquinas de guerra. Enviaron emisarios a las otras ciudades que todavía les eran fieles y a la vecina Galia 218 para reclutar un ejército, y llamaron a Gneo Pompeyo, que era procónsul y mandaba las tropas en torno al Adriático, para que acudiera a toda prisa en socorro de la patria.
Llegó éste y acampó junto a la puerta Colina. Cinna [ 67 ] avanzó contra él y acampó cerca. Gayo Mario, al enterarse de estos sucesos, desembarcó en Etruria con sus compañeros de exilio y con los esclavos que se les habían unido desde Roma, en torno a unos quinientos hombres en total. Sucio todavía y melenudo, ofreciendo un aspecto lamentable, marchó a través de las ciudades; se ufanaba de sus batallas y triunfos sobre los cimbrios y de sus seis consulados; y, en lo concerniente a la votación, lo que más vivamente les interesaba, hacía promesas que daban la impresión de credibilidad. De este modo reunió a seis mil etruscos y alcanzó a Cinna, que lo recibió contento por su comunidad de intereses en la situación presente. Una vez que unieron sus fuerzas, acamparon sobre el río Tíber habiendo dividido el ejército en tres partes: Cinna y Carbo frente a la ciudad, Sertorio más arriba de ella, y Mario hacia el mar. Los dos últimos unieron el río por medio de puentes para cortar a la ciudad el suministro de víveres. Mario, además, se apoderó de Ostia y la saqueó, y Cinna envió más tropas y capturó Arímino, a fin de que no pudiera penetrar en la ciudad ningún ejército procedente de la parte sometida de la Galia.
Los cónsules, llenos de temor y faltos de otro ejército, [ 68 ] como no podían llamar a Sila que ya había cruzado a Asia, ordenaron a Cecilio Metelo, encargado de liquidar lo que quedaba de la Guerra Social contra los samnitas, que hiciera la paz en los términos mejores que pudiese y viniera en socorro de su patria sitiada. Sin embargo, Metelo no estuvo de acuerdo con los samnitas sobre las peticiones de éstos, y cuando Mario se enteró, celebró una conferencia con los samnitas accediendo a todo lo que exigían de Metelo. De manera que también los samnitas se coaligaron con Mario. El tribuno militar Apio Claudio, que tenía a su cargo la defensa de Roma en la colina del Janículo y que en cierta ocasión había recibido un favor de Mario, cuando éste le recordó el beneficio le permitió entrar en la ciudad abriéndole una puerta al amanecer, y Mario franqueó la entrada a Cinna. Sin embargo, éstos fueron rechazados de inmediato al atacarles Octavio y Pompeyo, pero, a consecuencia de la caída de numerosos rayos en el campamento de este último, perecieron algunos nobles y el propio Pompeyo.
[ 69 ] Mario, después de haber bloqueado el aprovisionamiento desde el mar y el que era transportado por el río desde el Norte, atacó a las ciudades cercanas a Roma, en las que los romanos tenían almacenado trigo. Cayendo de improviso sobre sus guarniciones se apoderó de Antio, Aricia, Lanuvio y otras ciudades; algunas también fueron entregadas a traición. Cuando hubo bloqueado el aprovisionamiento por tierra, se encaminó de inmediato, lleno de confianza, hacia Roma por la vía llamada Apia, antes de que algún otro suministro les fuera llevado de otra parte. Él, Cinna y sus generales, Carbo y Sertorio acamparon a cien estadios de la ciudad, pero Octavio, Craso y Metelo habían tomado posiciones contra ellos en el monte Albano y aguardaban acontecimientos. Aunque ellos se consideraban superiores por su valor y número, dudaban en arriesgar de manera precipitada la suerte de la patria entera en una sola batalla. Tan pronto como Cinna envió heraldos alrededor de la ciudad para prometer la libertad a aquellos esclavos que desertaran a él, un gran número desertó de inmediato. Y el senado, desconcertado y previendo muchas y serias consecuencias de parte del pueblo si se dilataba la falta de trigo, cambió de parecer y envió emisarios a Cinna para tratar de la paz. Éste les preguntó si venían ante un cónsul o ante un privado, y aquéllos no supieron responder y retornaron a la ciudad. Entonces muchos ciudadanos libres se pasaron en gran número a Cinna, unos por miedo al hambre y otros porque desde hacía mucho tiempo eran partidarios suyos y aguardaban el rumbo de los acontecimientos.
Cinna, entonces, se aproximó con menosprecio a las [ 70 ] murallas y acampó a un tiro de jabalina, mientras los partidarios de Octavio estaban aún indecisos y temerosos, y vacilaban en atacarle a causa de las deserciones y los intercambios de emisarios. El senado, aunque estaba perplejo y consideraba terrible deponer a Lucio Mérula, el flamen de Júpiter, que había sido elegido cónsul en lugar de Cinna y no había cometido ninguna falta en relación con su cargo, no obstante, y a su pesar, por causa de las circunstancias, envió de nuevo emisarios a Cinna, esta vez como cónsul. Y como no esperaban ya nada provechoso, pidieron tan sólo que Cinna les jurara que no derramaría sangre. Este último rehusó prestar juramento, pero prometió que por su voluntad no sería el responsable de la muerte de nadie. A Octavio, que había dado ya un rodeo y había penetrado en la ciudad por otras puertas, le ordenó que se quitase de en medio no fuera a ser que le sucediese algo contra su voluntad. Esta respuesta se la dio a los embajadores desde lo alto de una tribuna elevada, como un cónsul. Mario, colocado de pie junto a la silla curul, guardaba silencio pero mostraba por la acritud de su rostro qué gran matanza pensaba realizar. Cuando el senado aceptó estas condiciones e invitó a Cinna y a Mario a entrar en la ciudad —pues sabían a ciencia cierta que estos hechos eran obra, en su totalidad, de Mario y que Cinna se limitaba a poner su nombre—, Mario, sonriendo con mucha ironía dijo que no era posible la entrada para los desterrados. Y al punto los tribunos de la plebe decretaron la abolición de la pena del destierro para él y para todos los otros que habían sido expulsados en el consulado de Sila.
[ 71 ] Cinna y Mario penetraron en la ciudad, siendo acogidos con miedo por la totalidad de la población, y saquearon sin impedimento todos los bienes de aquellas personas que les parecían ser del partido contrario 219 . Ambos habían dado su palabra a Octavio, y los augures y adivinos habían predicho que él no sufriría daño alguno, pero sus amigos le aconsejaron que huyera. Sin embargo, Octavio respondió que nunca abandonaría la ciudad mientras fuera cónsul y, retirándose del centro de la ciudad, se replegó al Janículo con los miembros de la nobleza y con la parte del ejército que le quedaba, y se sentó en la silla curul revestido de la indumentaria de su cargo y teniendo a su lado las fasces y segures, como un cónsul. Cuando le atacó Censorino 220 con algunos jinetes, de nuevo sus amigos y el ejército que estaba a su lado le exhortaron a huir y llevaron su caballo ante él, que, sin embargo, no consintió siquiera en levantarse y aguardó la muerte. Censorino le cortó la cabeza y se la llevó a Cinna y fue suspendida delante de la rostra, en el foro, siendo la primera de un cónsul. Después de la suya, también fueron colgadas las cabezas de otros que habían sido asesinados, y no se interrumpió ya esta horrible costumbre, que comenzó a partir de Octavio y se mantuvo para los que fueron muertos con posterioridad por los enemigos.
Y al punto se enviaron espías para informar de los enemigos, tanto de los pertenecientes al orden senatorial como de los del orden ecuestre, pero en tanto que a los caballeros, una vez muertos, no se les prestaba ninguna atención tras su muerte, las cabezas de los senadores eran expuestas en su totalidad delante de la rostra. Ya no subsistió en sus acciones ningún respeto hacia los dioses, ni miedo a la venganza de los hombres o temor a su odio, sino que se entregaron a actos salvajes y, tras de ellos, a espectáculos impíos, matando cruelmente, cercenando los cuellos de hombres ya muertos, y ofreciendo estos horrores a la vista de todos ya sea para causarles miedo o consternación, o como un espectáculo aborrecible a los dioses.
Los dos hermanos Gayo Julio 221 y Lucio Julio 222 , [ 72 ] Atilio Serrano 223 , Publio Léntulo 224 , Gayo Nemetorio 225 y Marco Bebio 226 fueron apresados y muertos en la calle. Craso, perseguido en compañía de su hijo 227 , se anticipó a darle muerte a éste, y él mismo murió a manos de sus perseguidores. Al retor Marco Antonio 228 , que se había refugiado en cierto lugar de la campiña, lo ocultó y hospedó un campesino; este último envió a su esclavo a una hostería a comprar vino de mejor calidad que el habitual, y, cuando el posadero le preguntó por qué pedía vino de mejor calidad, el esclavo susurró el motivo, compró el vino y regresó. El posadero corrió a contárselo de inmediato a Mario, y éste, al oírlo, se precipitó con alegría como para darle muerte él en persona. Sin embargo, sus amigos lo detuvieron, y un tribuno 229 militar, que recibió el encargo, envió a algunos soldados a la casa, a los cuales Antonio, hombre de palabra agradable, trató de apaciguar con un largo discurso moviéndoles a la piedad mediante el relato de muchos y variados temas. Finalmente, el tribuno, sin saber qué había ocurrido, corrió hacia la casa y, encontrando a sus soldados escuchándolo, mató a Antonio mientras estaba aún declamando y envió su cabeza a Mario.
[ 73 ] A Cornuto 230 , que se había ocultado en una cueva, lo salvaron sus criados de una manera muy ingeniosa, pues, al encontrarse por casualidad con un cadáver, apilaron una pira y, cuando llegaron los espías, prendieron fuego a la pira y dijeron que estaban incinerando el cuerpo de su dueño, que se había ahorcado él mismo. De esta forma fue salvado por sus esclavos. A su vez, Quinto Ancario 231 aguardó a que Mario se dispusiera a realizar un sacrificio en el Capitolio, en la esperanza de que el templo sería un lugar propicio para la reconciliación. Mas cuando Mario iba a comenzar el sacrificio, al acercarse Ancario a saludarlo, ordenó de inmediato a los guardias que le dieran muerte en el Capitolio. Y su cabeza y la del orador Antonio, así como las de los otros que habían sido cónsules o pretores, fueron expuestas en el foro. A persona alguna le estaba permitido celebrar exequias a ninguno de los muertos, sino que las aves y los perros despedazaron los cuerpos de tales hombres. Se produjeron también muchas otras muertes irresponsables de las distintas facciones entre sí; hubo, además, destierros, confiscaciones de propiedades, privaciones de cargos y derogaciones de las leyes promulgadas en época de Sila. Todos los amigos del propio Sila fueron muertos, su casa fue demolida, sus propiedades confiscadas y él fue decretado enemigo público. Sin embargo, su mujer y su prole, aunque fueron buscados, lograron escapar 232 . En resumen, nada faltó de este inmenso y variado cúmulo de males.
Además de todo ello, y como ficción de un gobierno [ 74 ] legal, después de tantas muertes sin juicio, fueron sobornados acusadores contra Mérula, el flamen de Júpiter, odiado en razón de su cargo, en el que había sucedido a Cinna, aunque no había cometido ninguna falta, y contra Lutacio Cátulo 233 , el colega de Mario en la guerra contra los cimbrios, que había sido salvado por Mario hacía ya tiempo, y, sin embargo, había mostrado poca gratitud para con él y un comportamiento hostil con ocasión de su destierro. Estos hombres eran objeto de una secreta vigilancia, y cuando llegó el día señalado y fueron citados a juicio —debían ser citados cuatro veces a intervalos fijos de tiempo antes de ser arrestados—, Mérula se cortó la venas, y una tablilla junto a él indicaba que, al cortárselas, se había quitado el capelo —pues no era lícito que el flamen muriera con el capelo puesto—; Cátulo, por su parte, se asfixió voluntariamente quemando carbón en una habitación recién enlucida y todavía húmeda. Así murieron ambos. Aquellos esclavos que, según la proclama, se habían pasado a Cinna y habían obtenido la libertad, y que, a la sazón, militaban como soldados en el ejército de éste, se lanzaron contra las casas y las saquearon, matando a cuantos se encontraban a su paso. Y algunos de ellos atacaron, incluso, a sus propios amos. Cinna, como no pudo hacerlos desistir a pesar de habérselo prohibido reiteradas veces, los rodeó mientras dormían, de noche aún, con su ejército de galos y los mató a todos. Los esclavos, pues, recibieron un justo castigo por su persistente [ 75 ] mala fe hacia sus dueños. El año siguiente 234 fueron elegidos cónsules Cinna, por segunda vez, y Mario, por séptima vez, al cual, después de su destierro y de proclamarse que le matara cualquiera como enemigo público, se le cumplió, no obstante, la profecía de las siete crías de águila. Este último, sin embargo, murió en el primer mes de su consulado 235 , mientras urdía muchos planes terribles contra Sila. Cinna eligió a Valerio Flaco 236 en su lugar y lo envió a Asia, y cuando Flaco murió 237 , eligió a Carbo para que compartiera con él el consulado.
Sila apresuró el retorno contra sus enemigos, después [ 76 ] de haber solventado con rapidez, en su totalidad, la guerra contra Mitrídates, según he relatado 238 . En tres años no completos dio muerte a ciento sesenta mil hombres, reconquistó para los romanos Grecia, Macedonia, Jonia, Asia y muchos otros territorios que Mitrídates había ocupado previamente; despojó al rey de la flota, y de ser señor de tan vastos dominios lo dejó reducido tan sólo al reino heredado de su padre. Regresó con un ejército adicto, ejercitado, numeroso y con una moral muy alta por los triunfos obtenidos. Tenía abundancia de naves, dinero y equipamiento estimable para cualquier eventualidad; en resumen, resultaba temible para los enemigos. Por consiguiente, Carbo y Cinna, llenos de temor hacia él, enviaron algunos emisarios por toda Italia para reunir dinero, un ejército y provisiones, trataron de atraerse a las clases elevadas por medio de frecuentes contactos y, sobre todo, excitaron a aquellas ciudades que contaban con los nuevos ciudadanos con el pretexto de que por su causa se hallaban en un peligro tan grande. Se pusieron a reparar sus naves todas a la vez y llamaron a los que estaban en Sicilia, pusieron bajo vigilancia la costa, y aunque con miedo y con precipitación, no les faltó nada para un preparativo rápido.
Sila escribió una carta 239 , en tono arrogante, al senado [ 77 ] enumerando cuántos hechos había realizado, en Africa, cuando era todavía cuestor 240 , frente al númida Yugurta; como legado, en la guerra de los cimbrios 241 , como gobernador, en Cilicia 242 ; en la Guerra Social 243 , y como cónsul. Destacó, en especial, la reciente guerra contra Mitrídates, y les nombró los numerosos pueblos que, estando en poder de Mitrídates, había recuperado para los romanos, y en nada puso mayor énfasis que en haber acogido en su desvalimiento y haberles aliviado en su aflicción a los que, expulsados de Roma por Cinna, habían buscado refugio a su lado. Por estos motivos, dijo que sus adversarios le habían declarado enemigo público, habían devastado hasta los cimientos de su casa, habían asesinado a sus amigos y, a duras penas, su mujer y sus hijos habían logrado escapar junto a él. Sin embargo, vendría de inmediato como vengador 244 de todos éstos y de la ciudad entera, contra los culpables; al resto de los ciudadanos y a aquellos nuevos les anticipó que no les haría en absoluto ningún reproche.
Cuando se leyó el contenido de la carta, les invadió el temor a todos y enviaron embajadores para que trataran de reconciliarle con sus enemigos y le comunicaran que si necesitaba alguna seguridad, escribiera rápidamente al senado; a los partidarios de Cinna se les ordenó que dejaran de reclutar hasta que aquel respondiese. Ellos así lo prometieron, pero, una vez partidos los embajadores, se designaron a sí mismos como cónsules para el año próximo, a fin de no tener que regresar más pronto para celebrar las elecciones, y, yendo por toda Italia, reunieron un ejército que transportaron por grupos, en naves, hasta Liburnia 245 , con la idea de tomarla como base de operaciones contra Sila.
El primer grupo realizó la travesía con tiempo bonancible, [ 78 ] pero al siguiente le cogió una tormenta, y cuantos tomaron tierra se volvieron de inmediato a sus lugares de origen porque no quisieron combatir contra sus conciudadanos. El resto, al saber de estos sucesos, se negó a cruzar hasta Liburnia. Cinna encolerizado los convocó a una asamblea con la intención de amedrentarlos, y ellos acudieron con enojo para defenderse. Uno de los lictores que abría paso a Cinna golpeó a alguien que se puso delante y, a su vez, otro soldado golpeó al lictor. Cuando Cinna ordenó que detuvieran a aquél, se levantó un griterío por todas partes y le arrojaron piedras, y aquellos que estaban cerca tiraron de sus espadas y lo mataron. De este modo murió Cinna 246 , cuando también era cónsul. Carbo hizo regresar desde Liburnia a los que habían cruzado allí, pero, temiendo lo que ocurría, no retornó a la ciudad, por más que los tribunos de la plebe le instaban vivamente a que eligiese un colega. Sin embargo, cuando le amenazaron con reducirlo a la condición de privado, regresó y dispuso la elección de cónsul, mas como el día resultó desfavorable la pospuso para otro día. En este otro cayó un rayo sobre el templo de la Luna y de Ceres 247 , por lo que los augures postergaron la votación más allá del solsticio de verano, y Carbo quedó como único cónsul.
Sila, a los que habían llegado ante él de parte del [ 79 ] senado, les respondió que jamás sería el amigo de unos hombres que habían cometido tales crímenes, pero que no se opondría si la ciudad les concedía la salvación; en cuanto a su seguridad, dijo que, más bien, se la podría ofrecer para siempre él a ellos y a los que se habían refugiado a su lado, puesto que tenía un ejército adicto a su persona, con lo cual, precisamente, quedó de todo punto claro, en esta sola frase, que no disolvería el ejército, sino que ya pensaba en el poder absoluto. Además, les exigió que su dignidad anterior, su patrimonio, atributos sacerdotales y cualquier otro cargo que ostentara les fueran devueltos todos íntegramente, y envió en compañía de los embajadores a algunos de los suyos para que presentaran estas demandas. Pero éstos, al enterarse en Bríndisi de la muerte de Cinna y de que la ciudad estaba sin gobierno, regresaron junto a Sila sin llevar a cabo su gestión. Entonces Sila, tomando cinco legiones de sus tropas italianas, seis mil jinetes y algunas otras tropas del Peloponeso y Macedonia, en total unos cuarenta mil hombres, navegó desde el Pireo hasta Patras y, desde aquí, a Bríndisi con una flota de mil seiscientas naves 248 . Y, como los habitantes de esta ciudad lo recibieron sin luchar, les concedió, con posterioridad, a éstos una exención tributaria 249 que todavía conservan. Después puso en marcha a su ejército y lo hizo avanzar.
[ 80 ] Cecilio Metelo Pío, que había sido elegido hacía tiempo para acabar con la Guerra Social 250 , y que por miedo do a Cinna y Mario no había regresado a la ciudad sino que aguardaba acontecimientos en Libia, salió a su encuentro voluntariamente como aliado con el ejército que tenía, siendo todavía procónsul; pues está permitido a los elegidos retener el cargo hasta que regresen a Roma. Después de Metelo se presentó Gneo Pompeyo, el que poco después fue apodado Magno, que era hijo de aquel otro Pompeyo muerto por un rayo y considerado poco amigo de Sila. El hijo, disipando la sospecha, llegó con una legión que había reclutado en el territorio de Piceno gracias a la fama de su padre, que gozó allí de una gran influencia. Al poco tiempo reclutó otras dos legiones y fue el hombre de más utilidad para Sila en estos asuntos. En premio de lo cual, Sila lo tuvo en honor, aun cuando era muy joven 251 y, dicen, sólo se levantaba ante él cuando entraba. Al finalizar la guerra, lo envió a África para expulsar a los amigos de Carbo y restaurar en el trono a Hiempsal, que había sido desterrado por los númidas; por este hecho, precisamente, Sila le permitió celebrar un triunfo sobre los númidas, a pesar de que era todavía joven y pertenecía al orden ecuestre. A partir de aquí, habiendo adquirido un enorme prestigio, Pompeyo fue enviado a España contra Sertorio y, después, al Ponto contra Mitrídates. A Sila se le unió también Cetego 252 , quien, junto con Cinna y Mario, había sido su rival y había sufrido destierro de la ciudad en compañía de éstos. Vino como suplicante y se ofreció para servirle en aquello que quisiera.
[ 81 ] Sila, que contaba ya con una gran cantidad de soldados y con muchos amigos entre la nobleza, utilizó a estos últimos como lugartenientes, y él y Metelo, siendo procónsules, marchaban al frente del ejército, pues parecía también que Sila, que había sido designado procónsul contra Mitrídates, no había depuesto su cargo aunque Cinna le hubiera decretado enemigo público. Sila marchaba ahora contra los enemigos con un odio más intenso, pero no exteriorizado. Éstos, a su vez, en Roma, habiendo tenido buena prueba de la naturaleza de aquel hombre, y viva aún en la retina su anterior invasión y captura de la ciudad, al sopesar los decretos que habían publicado contra él y ver su casa arrasada hastas los cimientos, su hacienda confiscada, a sus amigos muertos y a su familia huida de milagro, estaban llenos de terror. Considerando, pues, que no había para ellos nada intermedio entre la victoria y la destrucción total se unieron a los cónsules contra Sila, si bien con temor. Enviaron emisarios por Italia y reunieron soldados, alimentos y dinero, y, como en una situación de peligro extremo, nada escatimaron de rapidez y celo.
[ 82 ] Gayo Norbano 253 y Lucio Escipión 254 , que entonces eran cónsules, y con ellos Carbo, que lo había sido el año anterior, a causa de su odio similar contra Sila y por su miedo, mucho mayor que el de los demás por la conciencia de los crímenes que habían cometido, reclutaron el ejército de ciudadanos que pudieron y, uniéndolo a las tropas italianas, avanzaron contra Sila por destacamentos. En primer lugar lo hicieron con doscientas cohortes de quinientos hombres, después con fuerzas muy superiores a éstas. Desde luego, las simpatías de las gentes estaban, con mucho, a favor de los cónsules, ya que la acción de Sila de marchar contra su patria parecía ser propia de un enemigo, y, en cambio, la de los cónsules, aunque actuaban en su propio interés, tenía como pretexto la defensa de la patria. La mayoría, conscientes de que eran culpables y por estimar que tenían razones para sentir miedo, cooperaron con los cónsules, pues sabían que Sila proyectaba contra ellos no un castigo o un correctivo o infundirles temor sino su ruina, muerte, confiscación de bienes y exterminio total. Y no se engañaron en sus expectativas. Pues la guerra los destruyó a todos; de diez a veinte mil hombres perecieron muchas veces en una sola batalla; en torno a la ciudad perdieron la vida cincuenta mil hombres por ambos bandos, y contra los supervivientes Sila no ahorró ningún tipo de crueldad, tanto contra los individuos como contra las ciudades, hasta que se convirtió a sí mismo en el único dueño del Estado romano en su totalidad por cuanto tiempo deseó y quiso serlo 255 .
Les parecía a ellos que la divinidad les había indicado [ 83 ] de antemano los resultados de esta guerra, pues a muchos les sobrevinieron temores inexplicables, tanto en privado como en público, por toda Italia, y se acordaron de antiguos oráculos que inspiraban terror 256 . Tuvieron lugar muchos prodigios: una mula parió, una mujer dio a luz a una serpiente en vez de a una criatura humana, el dios provocó un gran terremoto y se derrumbaron algunos templos en Roma. Y los romanos se impresionaban mucho ante tales hechos. El Capitolio 256 bis , que había sido construido por los reyes hacía ya cuatrocientos años, fue presa de un incendio y nadie supo la causa del fuego. Todo, pues, parecía presagiar la gran cantidad de muertos, la conquista de Italia y de los propios romanos, la captura de la ciudad y el cambio del sistema político 257 .
[ 84 ] Esta guerra, por tanto, comenzó desde el momento en que Sila llegó a Bríndisi, en la ciento setenta y cuatro olimpíada 258 . Su duración en relación con la magnitud de los acontecimientos, en los que se apresuraban con afán unos combatientes contra otros como si fueran enemigos privados, no fue excesiva, si se la compara con contiendas de proporciones similares. Por esta razón, también, a causa del apasionamiento de los contendientes, sucedió que los sufrimientos fueron mayores y más dolorosos, al estar concentrados en un breve espacio de tiempo. Sin embargo, la guerra se prolongó durante tres años por Italia hasta que Sila se aseguró el poder; pero en España continuó por más tiempo, incluso después de la muerte de Sila. Combates, escaramuzas y asedios, y toda suerte de luchas fueron libradas en Italia por los generales, tanto con sus ejércitos al completo como por destacamentos, en gran número y todas importantes. De las cuales, he aquí, en resumen 259 , las mayores y más notables.
La primera batalla la sostuvieron en torno a Canusio 260 los procónsules contra Norbano y murieron seis mil soldados de Norbano, en tanto que Sila perdió setenta hombres, aunque muchos resultaron heridos 261 . Norbano se retiró a Capua. Mientras Sila y Metelo estaban [ 85 ] en los alrededores de Teano, avanzó contra ellos Lucio Escipión con otro ejército, que se hallaba muy bajo de moral y ansiaba la paz. Los de la facción silana, al conocer el hecho, enviaron emisarios a Escipión para tratar de un acuerdo, no porque lo esperaran o desearan, sino porque confiaban en crear disensiones en su ejército, que estaba muy desanimado. Y sucedió lo que esperaban. Escipión tomó rehenes para conferenciar, descendió a la llanura y se reunieron tres por cada lado, por lo cual no se conoce de lo que se habló. Parece, sin embargo, que durante la tregua Escipión envió a Sertorio a su colega Norbano para que le comunicara lo que se había tratado, y uno y otro ejército suspendieron las hostilidades en espera de las respuestas. Sertorio, durante su viaje, se apoderó de Suesa, que había elegido la causa silana, y Sila se quejó de este hecho ante Escipión. Este último, ya sea porque estuviese al corriente de lo ocurrido o porque no supiera qué responder sobre el extraño acto de Sertorio, devolvió los rehenes a Sila. Su ejército culpó de inmediato a los cónsules de la absurda captura de Suesa, en período de tregua, y de la devolución de los rehenes sin que hubieran sido reclamados, y pactaron en secreto con Sila desertar a él, si se aproximaba. Cuando así lo hizo, todos en masa se pasaron a él, de manera que Sila apresó en su tienda al cónsul Escipión y a su hijo Lucio, que habían sido dejados solos de entre todo el ejército, sin saber qué hacer. Y me parece que el hecho de que Escipión desconociera una conspiración tan grande de todo un ejército es impropio que le ocurra a un general 262 .
[ 86 ] Como Sila no pudo hacer cambiar de parecer a Escipión, le dejó marchar indemne en compañía de su hijo. Envió otros emisarios a Norbano, en Capua, para entablar negociaciones, ya sea porque tuviera miedo de la mayor parte de Italia, que estaba todavía del lado de los cónsules, ya porque maquinaba el mismo plan que contra Escipión. Mas, como no vino nadie ni obtuvo respuesta —pues Norbano, se supone, temía ser acusado por su ejército de lo mismo que Escipión—, Sila levantó el campamento y avanzó de nuevo devastando todos los territorios enemigos. Norbano hizo lo mismo por otros caminos. Carbo se apresuró a la ciudad y promovió el que Metelo y todos aquellos senadores que se habían unido a Sila fueran decretados enemigos públicos. Por estas fechas 263 fue incendiado el Capitolio. Algunos atribuyeron este hecho a Carbo, o a los cónsules, o a alguien enviado por Sila, pero la verdad exacta no se sabe y yo no sabría decir la causa por la que hubiera ocurrido de esta forma. Después de la toma de Suesa, Sertorio, que había sido elegido hacía ya mucho tiempo como pretor de España, escapó hacia allí, y, como los pretores anteriores no lo recibieron, suscitó nuevamente muchos conflictos para los romanos en esta provincia 264 . El ejército de los cónsules se incrementaba de continuo con tropas procedentes de la mayor parte de Italia, que todavía les era fiel, y de la Galia vecina al Po. Sila, por su parte, no estaba ocioso y enviaba emisarios a cuantas zonas de Italia podía tratando de reunir efectivos por medio de la amistad, del miedo, con dinero y con promesas. Y el resto del verano lo consumieron cada uno en estos menesteres.
Al año siguiente fueron elegidos cónsules Papirio [ 87 ] Carbo, de nuevo 265 , y Mario, el sobrino 266 del famoso Mario, que contaba, a la sazón, veintisiete años de edad. El invierno, que fue crudísimo, mantuvo separado a los contendientes de uno y otro bando. Pero, al comenzar la primavera 267 , tuvo lugar un fuerte combate, desde el amanecer hasta el mediodía, entre Metelo y Carrina, el lugarteniente de Carbo, en los alrededores del río Aesis 268 . Carrina fue puesto en fuga después de haber perdido a muchos hombres, y todos los territorios vecinos se pasaron de los cónsules a Metelo. Carbo, tras sorprender a este último, lo mantuvo sitiado bajo vigilancia hasta que se enteró de que Mario, el otro cónsul, había sido derrotado en una gran batalla cerca de Preneste 269 , y entonces se retiró a Arímino, siendo acosado y atacado en su retaguardia por Pompeyo. La derrota en torno a Preneste ocurrió de la siguiente manera. Después que Sila se apoderó por sorpresa de la ciudad de Setia 270 , Mario, que estaba acampado cerca, se retiró un poco y, tan pronto como llegó al lugar llamado Sacriporto 271 , se desplegó para la batalla y luchó con ardor. Pero, cuando el ala izquierda comenzó a ceder, cinco cohortes de infantería y dos de caballería no aguardaron a que se produjera una clara huida y arrojaron a un tiempo sus enseñas y desertaron a Sila. Y éste fue de inmediato el comienzo de una terrible derrota para Mario, pues su ejército quebrantado huyó todo él a Preneste, siguiéndole Sila a la carrera. Los prenestinos acogieron a los primeros de ellos, pero, al echarse encima Sila, cerraron las puertas y subieron a Mario con maromas. A continuación se produjo otra enorme carnicería en torno a las murallas y Sila cogió una gran cantidad de prisioneros, de los cuales mató a todos los samnitas por ser siempre hostiles a los romanos.
[ 88 ] Por este mismo tiempo 272 , Metelo venció a otro ejército de Carbo, y también aquí en esta ocasión se pusieron a salvo cinco cohortes huyendo al lado de Metelo. Pompeyo, a su vez, obtuvo una victoria sobre Marcio 273 cerca de Sena y saqueó la ciudad. Y Sila, tras haber copado a Mario en Preneste, rodeó a la ciudad con una fosa y un muro a una distancia considerable y dejó a Lucrecio Ofela al frente de la obra, con la intención de reducir a Mario no en una batalla sino por hambre. Este último, como no esperaba ya nada favorable, se apresuró a matar a sus enemigos particulares y envió una carta a Bruto 274 , el pretor de la ciudad, para que convocara al senado bajo cualquier pretexto y matara a Publio Antistio 275 , al otro Papirio Carbo 276 , a Lucio Domicio 277 ya Mucio Escévola 278 , el pontífice máximo. Los dos primeros fueron asesinados en el senado según ordenó Mario, habiendo sido introducidos los asesinos en el edificio senatorial. Domicio corrió hacia el exterior y fue muerto a la salida, y Escévola, un poco antes de llegar al edificio del senado. Sus cuerpos fueron arrojados al río, pues existía ya la costumbre de no dar sepultura a los que habían sido asesinados. Sila envió a Roma, dando un rodeo por otros caminos, a un ejército, por destacamentos, con la orden de apoderarse de las puertas de la ciudad y de encontrarse en Ostia si eran rechazados. En su camino las ciudades recibieron a éstos con temor y, al aproximarse a Roma, les abrieron las puertas porque estaban oprimidos por el hambre y porque los hombres, entre los males presentes, siempre acostumbran a soportar los peores.
Sila, tan pronto como tuvo noticia de este hecho, [ 89 ] avanzó de inmediato y acampó el ejército delante de las puertas de la ciudad, en el Campo de Marte. Él, sin embargo, penetró en la ciudad, mientras todos los de la facción adversaria emprendían la huida. Las propiedades de éstos fueron al punto confiscadas y sacadas a pública subasta, y Sila, convocando al pueblo a una asamblea, se lamentó de la necesidad de las actuales desgracias y les exhortó a tener ánimos, en la seguridad de que éstas habrían de cesar de inmediato y de que el gobierno tomaría el rumbo que debía. Una vez que hubo arreglado cuantos asuntos urgían y que colocó al frente de la ciudad a algunos de sus propios hombres, se apresuró hacia Clusio 279 , en donde estaba en plena pujanza el resto de la guerra. Entretanto, vinieron, como refuerzos para los cónsules, jinetes celtíberos enviados por los pretores de España y tuvo lugar un combate de caballería a orillas del río Glanis 280 . Sila dio muerte a cincuenta de los enemigos y doscientos setenta celtíberos desertaron a él; al resto lo mató Carbo 281 , bien porque estuviera irritado por causa de la deserción de sus compatriotas, o porque temiera una acción similar. Por este mismo tiempo, Sila venció a otros enemigos cerca de Saturnia con una parte de su ejército, y Metelo, bordeando la costa hacia Rávena, se apoderó previamente del territorio viritano 282 , una llanura productora de trigo. Otras tropas de la facción silana, penetrando de noche, a traición, en Neápolis 283 , mataron a todos sus habitantes, excepto unos pocos que lograron huir, y se apoderaron de las trirremes de la ciudad. Un duro combate tuvo lugar entre el propio Sila y Carbo cerca de Clusio, desde el amanecer hasta la puesta de sol, y existiendo un equilibrio manifiesto entre ambos contendientes se separaron con la oscuridad.
En la llanura de Espoletio, Pompeyo y Craso 284 , lugartenientes [ 90 ] ambos de Sila, dieron muerte a tres mil soldados de Carbo 285 y pusieron cerco a Carrina, el general que se les oponía, hasta que Carbo envió a Carrina otro ejército. Pero Sila se enteró y, tras tenderle una emboscada, dio muerte a dos mil cuando estaban de camino; Carrina logró escapar de noche, durante un fuerte aguacero y en la oscuridad, y aunque los sitiadores se dieron cuenta de algo, hicieron caso omiso, debido a la intensa lluvia. Carbo envió a Marcio 286 con ocho legiones a su colega Mario, en Preneste, al enterarse de que este último sufría por causa del hambre. Sin embargo, Pompeyo cayó sobre ellos, en emboscada, en un lugar estrecho los puso en fuga y, después de matar a muchos, copó a los restantes en una colina. Desde allí, Marcio huyó sin apagar los fuegos y el ejército, culpándole de la emboscada, se amotinó violentamente. Una legión entera, bajo sus enseñas y sin previa orden, marchó hacia Arímino, y el resto se disgregó en grupos de vuelta a sus lugares de origen, de modo que sólo siete cohortes permanecieron junto a su general.
Marcio, después de este fracaso, regresó junto a Carbo. Entonces, Marco Lamponio 287 desde Lucania, Ponció Telesino 288 desde el Samnio y el capuano Guta, con setenta mil hombres, se apresuraron a librar a Mario del asedio, pero Sila bloqueó en los estrechos la carretera que era la única vía de acceso. Mario, perdidas ya sus esperanzas en cualquier ayuda del exterior, erigió un fuerte en el amplio espacio que mediaba entre los dos ejércitos, en el que acumuló máquinas de guerra y soldados, y trató de forzar el paso a través del ejército de Lucrecio. Llevó a cabo su intento durante varios días y de forma diversa, mas como no consiguió nada se encerró de nuevo en Preneste.
[ 91 ] Por estos mismos días 289 , en Faventia 290 , Carbo y Norbano llegaron al campamento de Metelo, poco antes del anochecer, desde una cierta carretera. Quedaba sólo una hora de luz y, alrededor, había unos densos viñedos 291 . A causa de su profunda cólera se desplegaron, de manera insensata, para la batalla, esperando que Metelo quedaría sobrecogido de terror por lo inesperado del ataque. Pero fueron derrotados, debido a lo impropio del lugar y de la hora, y cayendo entre las viñas, perecieron en gran número. Unos diez mil hombres perdieron la vida, seis mil desertaron y el resto fueron dispersados, únicamente mil regresaron en formación a Arretio 292 . Otra legión de lucanios, conducida por Albinovano 293 , al enterarse de la derrota, desertó a Metelo, a pesar de la oposición de su general. Y como Albinovano no pudo contener en esta ocasión el impulso de sus hombres, regresó junto a Norbano. No obstante, pocos días más tarde 294 , tuvo una conversación secreta con Sila y, tras recibir la promesa de seguridad personal, si realizaba algún hecho notable, invitó a un banquete a Norbano y sus lugartenientes, Gayo Antípatro 295 , Flavio Fimbria, hermano del que se quitó la vida en Asia 296 , y a todos aquellos otros generales de los hombres de Carbo que estaban entonces presentes. Una vez que llegaron, excepto Norbano —pues éste fue el único que no acudió—, Albinovano los mató a todos en el transcurso del banquete y escapó al lado de Sila. Cuando Norbano se enteró de que Arímino y otras muchas plazas fuertes de las cercanías se habían pasado a Sila después del citado desastre, y como ninguno de los amigos que tenía a su lado le parecía ya digno de fiar ni seguro, dado que él se encontraba sumido en la adversidad, se embarcó en una nave privada e hizo la travesía hasta Rodas. Aquí, posteriormente 297 , reclamado por Sila, mientras los rodios discutían sobre este asunto 298 , se suicidó en mitad de la plaza pública.
Carbo envió a Damasipo a Preneste con otras dos [ 92 ] legiones de soldados y se dio una prisa extrema por liberar a Marcio de su asedio, pero ni siquiera estas tropas pudieron atravesar los estrechos custodiados por Sila 299 . Cuantos galos habitaban el territorio comprendido entre Rávena y los Alpes se pasaron en masa a Metelo, y Lúculo obtuvo una victoria sobre otras fuerzas de Carbo cerca de Placentia. Cuando Carbo se enteró de estos sucesos, aunque tenía todavía treinta mil hombres en torno a Clusio, y las dos legiones de Damasipo y otras a las órdenes de Carrina y Marcio, y mientras un gran contingente de tropas samnitas sufría penalidades con coraje en los estrechos, habiendo perdido él todas las esperanzas huyó cobardemente con sus amigos desde Italia a Africa, a pesar de que aún era cónsul, a fin de imponerse en África en vez de en Italia. De las tropas que habían quedado atrás, las que estaban en Clusio trabaron combate con Pompeyo y perdieron veinte mil hombres y, naturalmente, después de este máximo desastre, el resto de este ejército se disolvió en grupos de regreso a sus lugares de origen. Carrina, Marcio y Damasipo, con todas las tropas que tenían, se encaminaron hacia los estrechos con la intención de forzar el paso a través de ellos, de una vez por todas, en compañía de los samnitas. Pero, como ni aun así pudieron conseguirlo, marcharon hacia Roma con la idea de apoderarse de la ciudad, que estaba desprovista de hombres y provisiones, y acamparon en el territorio de los albanos a unos cien estadios de ella 300 .
[ 93 ] Sila, por consiguiente, temiendo por la ciudad, envió en vanguardia a su caballería, a toda prisa, para dificultar la marcha de aquéllos, y él, apresurándose con todo el ejército, acampó en la puerta Colina, en torno al mediodía, cerca del templo de Venus, cuando los enemigos estaban ya acampados alrededor de la ciudad. En un combate que tuvo lugar muy pronto, hacia la caída de la tarde 301 , Sila resultó vencedor en el ala derecha, pero su ala izquierda fue derrotada y huyó hacia las puertas de la ciudad. Los ancianos 302 , que estaban sobre las murallas, tan pronto como vieron a los enemigos que corrían mezclados con los suyos, hicieron caer las puertas por medio de la máquina 303 . Éstas, al caer, mataron a muchos soldados y a numerosos senadores, pero el resto, impulsado por el miedo y la necesidad, se volvió contra el enemigo, luchó durante toda la noche y dio muerte a buen número de ellos. Entre los generales, quitaron la vida a Telesino y a Albino y se apoderaron de sus campamentos. Lamponio, el lucanio, Marcio, Carrina y todos aquellos otros generales de la facción de Carbo que estaban presentes huyeron. A resultas de este combate me parece que murieron por ambas partes cincuenta mil hombres. Sila asaeteó a los prisioneros, que fueron más de ocho mil, porque eran samnitas en su mayor parte. Al día siguiente, Marcio y Carrina fueron hechos prisioneros y conducidos ante Sila, quien no los perdonó por ser romanos, sino que los mató a ambos y envió sus cabezas a Lucrecio, en Preneste, para que las exhibiera alrededor de la muralla.
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