Read the book: «Historia romana I»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 34

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ALBERTO BERNABÉ PAJARES .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008.
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1980.
ISBN 9788424930622.
INTRODUCCIÓN GENERAL
1.
Vida y obra de Apiano
Apiano era natural de Alejandría, en Egipto, como él mismo nos dice en el capítulo 15 del Prólogo de su obra. Sobre su vida estamos muy mal informados, hecho que tal vez se deba, entre otras razones, a que, aunque había escrito una autobiografía en la que daba cuenta pormenorizada sobre su persona, este escrito, sin embargo, se perdió no sabemos cuándo, aunque debió de ser antes del siglo IX , pues Focio, patriarca de Constantinopla que parece que tuvo un ejemplar antiguo de la obra histórica de Apiano ante sus ojos, no lo menciona.
Los escasos datos biográficos que de él tenemos están tomados de su obra y de su epistolario con Frontón, el preceptor de Marco Aurelio. Se cree que su nacimiento debió de tener lugar en época de Trajano, alrededor quizás del 95 d. C. En el libro II de las Guerras Civiles (cap. 90) habla de un recinto sagrado dedicado a Némesis por César, que fue destruido por los judíos en su época cuando el emperador Trajano realizaba una campaña en Egipto contra este pueblo 1 . A esta guerra contra los judíos parece que hace referencia también un fragmento perteneciente a su libro Sobre Arabia , no conservado, en el que nos cuenta el grave trance que sufrió en cierta ocasión cuando era perseguido por los judíos y del que salvó milagrosamente la vida 2 . La guerra en cuestión parece que fue la emprendida por Trajano entre los años 115-117 d. C. para sofocar la insurrección judía en aquel país.
En el Prólogo de su historia se refiere a que alcanzó una posición elevada en su país (es muy probable que desempeñara altos cargos administrativos en su ciudad natal de Alejandría) y a que, después, actuó como abogado en la corte de los emperadores. Tal vez su carrera como abogado la desempeñó en calidad de aduocatus fisci , cargo instituido por el emperador Adriano 3 . Sabemos, por último, que fue nombrado procurador del emperador o emperadores, Procurator Augusti o Augustorum que deben tratarse de Marco Aurelio y Lucio Vero (161-169 d. C.). Dado que los magistrados que desempeñaban este cargo solían ser elegidos entre los miembros del orden senatorial y que Adriano otorgó a muchos el derecho de ciudadanía, cabe pensar que Apiano lo obtuviese, así como algún título de nobleza en el orden ecuestre que le posibilitase el acceso a dicha magistratura ya que no era senador. En el epistolario de Frontón, amigo suyo, se conserva una carta de Apiano a Frontón y la contestación de éste, así como la carta de Frontón a Antonino Pío solicitando el cargo de procurador para su amigo. Cuando obtuvo este puesto, Apiano debía de ser un hombre de edad avanzada pues Frontón alude en su carta de solicitud al honor que dicho cargo comportaba y que Apiano merecía en razón de su edad. En dicha carta Frontón avalaba también el honor y la integridad de su amigo 4 .
El hecho de que Apiano escribiera una autobiografía y que remita a ella en el Prólogo de su obra, así como el que mencione expresamente como datos destacables la alta posición que ocupó en su país natal, su labor en las cortes del Imperio y su cargo de procurador, pueden tener una cierta intencionalidad desde su perspectiva de historiador. Fergus Millar, en su estudio sobre Dión Casio, pone de relieve que en la larga serie de historiadores que en latín o griego abordaron la historia de Roma, total o parcial, desde Q. Fabio Píctor a Dión Casio, hay un denominador común: su alta posición social y su experiencia en cargos públicos 5 . Para Millar 6 , ello tiene una justificación doble, se trata, por un lado, de un reflejo de lo que ocurría en la sociedad romana en la que los círculos de los que emanaba el poder eran a la vez centros de cultura y mecenazgo, y por otro, de la conciencia, más o menos tácita, de que la experiencia política era requisito indispensable para el buen historiador. Este sentimiento que había recibido su expresión formal y teórica de manos de Polibio, se remontaba en último término a Tucídides, que en mayor o menor grado continúa sirviendo de modelo o, al menos, ejerce su influencia en buena parte de la historiografía posterior. En el caso de Apiano, que no se ocupó de la historia de sucesos contemporáneos a él, lo que constituía el ideal polibiano, sino de aquellos otros para los que era necesario el uso de fuentes escritas, habría que entender su interés por presentarse como hombre avezado, en cierto modo, en tareas públicas como un aval de su capacidad para interpretar y enjuiciar los hechos de un pasado remoto.
Apiano escribió una historia de Roma que abarcaba desde sus orígenes hasta el año 35 a. C. El plan de la misma se encuentra expuesto en su Prólogo (cap. 14). No era cronológico sino etnográfico. Dividió su obra en partes perfectamente diferenciadas que se correspondían con las guerras habidas por Roma contra otras naciones y las que sostuvieron entre ellos los propios romanos. Este esquema, sin embargo, se rompe en los libros que relatan las Guerras Civiles, los cuales están dispuestos de acuerdo con los principales caudillos de estas luchas intestinas, según afirma el propio historiador en el lugar arriba citado.
Parece como si Apiano encontrara en el marco geográfico o etnográfico mayor criterio de homogeneización, que en la narración de hechos sucedidos simultáneamente pero en lugares distintos. También se hace patente en la concepción del plan de su obra la influencia que tuvo el factor personal como criterio englobador, unificador y polarizador del acontecer histórico. Este hecho es perceptible en el enunciado de algunos de sus libros, así el libro La guerra de Aníbal que refiere los hechos de armas llevados a cabo por el general cartaginés en Italia y que toma el nombre del principal protagonista de la contienda, o el libro Sobre Mitrídates , rey del Ponto, con quien sostuvieron también los romanos una dura pugna. A ello podemos añadir lo dicho anteriormente respecto a la ruptura del esquema general en los libros de las Guerras Civiles en atención a la personalidad de sus líderes. Pero, además, cabe apreciar, en el interior de algunos de sus libros, unidades más pequeñas con entidad propia dentro del marco más amplio en el que tienen lugar los sucesos que dan nombre al libro. Tal sucede en el libro Sobre Iberia en el que encontramos la guerra lusitana, la guerra de Viriato y la numantina como tres unidades menores que se suceden, en el relato histórico, rompiendo el orden cronológico y mostrando una cierta independencia en el esquema general del libro. Aquí tenemos un pueblo, un caudillo y una ciudad, que polarizan en torno a ellos la acción histórica, y el historiador es plenamente consciente del fenómeno e intenta destacarlo a juzgar por sus palabras al comienzo del cap. 63: «Es mi intención insertar aquí la guerra de Viriato que causó con frecuencia turbaciones a los romanos y fue la más difícil para ellos, posponiendo el relato de cualquier otro suceso que tuviera lugar en Iberia por este tiempo».
Lo que resulta más problemático de establecer son los motivos que pudieron llevar a Apiano a construir una historia desde esta perspectiva. El más remoto e ilustre precedente del método etnográfico en el terreno de la historiografía lo hallamos en Heródoto, pero luego, en general, se impuso entre los grandes historiadores, tanto griegos como romanos, hasta llegar a los analistas el método cronológico.
Así pues, pueden aventurarse diferentes hipótesis acerca de su preferencia por una historia de tipo etnográfico. Tal vez pudiera ser su deseo de imitar algún modelo precedente, o bien un cierto condicionamiento emanante del propio material histórico. Se trataba, en efecto, de una historia de Roma, más aún, de la gestación de la grandeza a que había llegado Roma desde sus orígenes humildes, y era ella el centro de gravitación de todo el acontecer histórico, y así se iban narrando los diferentes y sucesivos pueblos que hubo de someter hasta llegar a convertirse en la dueña del mundo conocido. Cabe, no obstante, pensar si hemos de ver en esto una falta de visión sinóptica o incapacidad para la misma por parte de Apiano, o para estructurar sus fuentes, ya que no era un historiador nato sino un modesto y fiel funcionario entregado, en su vejez, a estos menesteres históricos. Es posible que su ejercicio en la práctica de la abogacía como funcionario imperial pudiera influir en su forma de concebir la historia de Roma por compartimentos estancos tomando un suceso o sucesos desde su principio hasta el final, como el abogado que defiende un caso o el notario que atestigua y certifica los datos diversos que sobre un hecho le van llegando a las manos.
La obra histórica de Apiano fue compuesta en su vejez. En el Prólogo dice, con referencia a su época, que habían transcurrido doscientos años desde el advenimiento de los emperadores (entiéndase César) (cap. 7) y, aproximadamente, unos novecientos desde la fundación de Roma (cap. 9), lo cual sitúa la fecha de su composición en torno al año 160 d. C., es decir, bajo Antonino Pío, que murió en el 161 d. C. 7 . Parece que la fecha tope para la composición de su historia y tal vez para su vida sea el año 165 pues, como afirma Schwartz «después de la guerra de Marco Aurelio contra los partos un funcionario imperial no hubiera mencionado como la frontera más oriental del imperio el río Éufrates» 8 .
El hecho histórico que pone el broche a la historia de Apiano es la muerte de Sexto Pompeyo en el año 35 a. C., ocurrida poco después de la división del Imperio entre Antonio y Octavio. Es evidente, pues, que, dado el desfase cronológico que existe entre los hechos históricos que narra y la época en que vivió, tuvo que servirse de diversas fuentes para componer su historia. Y estas fuentes fueron fuentes escritas, en lo que difiere radicalmente de un autor como Polibio, testigo presencial de muchos de los sucesos que narra, y con posibilidad de acceder a quienes también lo fueron, en aquellos otros a los que no pudo asistir. Apiano, por tanto, se alinea junto a quienes, como Diodoro Sículo, Dionisio de Halicarnaso y tantos otros, fueron compiladores de datos. De ahí que establecer cuáles fueron sus fuentes será una tarea necesaria e ineludible para todo aquel que quiera proceder a una valoración de su quehacer histórico y comprobar, a un tiempo, su objetividad y rigor como historiador. Por ello, no debe extrañarnos que una gran parte de los estudios sobre Apiano, y aquí su caso es parejo al de otros historiadores, tengan como objetivo primordial, si no único, el establecer sus fuentes 9 . Como ejemplo ilustrativo de esta afirmación baste citar el artículo, todavía hoy valioso en muchos aspectos, del profesor Schwartz en la RE de Pauly Wisowa, que prácticamente lo aborda únicamente desde esta perspectiva. Se trata, en último término, de analizar su obra allí donde Apiano se muestra como fuente exclusiva o primordial, y aquellos otros pasajes en los que su testimonio coexiste con el de otros historiadores como, por ejemplo, Polibio, Diodoro, Livio, etc., a fin de establecer puntos de discrepancia o coincidencia, bondad o no, de las fuentes utilizadas en uno u otro caso.
No es nuestro objetivo exponer, siquiera con mínimo detenimiento, un problema tan complejo que excedería los límites y propósitos de esta Introducción. Pretendemos tan sólo resaltar la importancia de este hecho dentro de la problemática general que el autor plantea y exponerlo de modo sintético.
En una lectura de su obra se puede apreciar que Apiano menciona una serie de autores que narraron sucesos históricos y que, por la forma en como aparecen citados —en algunos casos se les presenta como narradores de determinados hechos— se puede entender que los utilizó como fuente en mayor o menor grado. Éstos son Polibio 10 , Paulo Clodio 11 , Jerónimo de Cardia 12 , César 13 , Augusto 14 y Asinio Polión 15 .
En un segundo plano tendríamos aquellos otros autores que, si bien son mencionados por Apiano, no parece que pueda desprenderse de ello una necesaria utilización de su obra. A veces, como es el caso de Rutilio Rufo 16 , aunque aluda expresamente a su labor histórica, se les cita, sobre todo, por su participación activa en determinados acontecimientos. En este caso podríamos situar a Terencio Varrón 17 y Casio Hémina 18 .
Hay, sin embargo, muchos otros autores de los que no existe el menor rastro en su obra y que, sin duda, debieron constituir una fuente importante para partes muy diversas de la misma, como ulteriores estudios han demostrado. Entre ellos estarían Plutarco, Diodoro, Posidonio, Livio, Salustio, Celio Antípatro, Valerio Antias, Sempronio Aselión, etc. Aunque, como ya dijimos, sea difícil y controvertido establecer las fuentes de cada pasaje, hay algo que sí podemos afirmar sin riesgo de equivocarnos, y es que Apiano utilizó fuentes literarias griegas y romanas en las que se reparten los autores citados arriba, destacando entre las últimas a una gran parte de la analística romana de valía muy diversa.
Aparte las fuentes literarias, cabe suponer también que pudo utilizar memorias de campaña de los partícipes directos en algunos de los hechos que él relata (algunas de las fuentes antes citadas no son otra cosa, pensemos en los escritos de César o Augusto) y que desgraciadamente se perdieron. Quisiera referirme expresamente al caso de Rutilio Rufo del que creo, en contra de la opinión que da como fuente única a Polibio, que pudo servirse para su relato de la guerra de Numancia en su libro sobre Iberia 19 . También es posible que pudiera manejar documentos oficiales en registros y archivos, a los que pudo tener acceso en su calidad de funcionario imperial.
Cuestión harto difícil, en cambio, resulta decir en qué medida utilizó de manera directa o no una fuente, pues en muchos casos la brevedad de su relato o la falta del pasaje correspondiente en otra fuente oscurecen el hecho. Hay, incluso, una parte de la crítica que piensa que, si bien las fuentes antes citadas son las últimas a las que se remonta en cada caso el texto de Apiano, éste habría tenido como fuente inmediata a un retórico e historiador de la época de Augusto llamado Timágenes de Alejandría 20 . Este autor, sin embargo, es poco más que un nombre para nosotros y ni siquiera se sabe con mucha certeza cuál era el contenido de su obra. En general, cabe apreciar en muchos casos una postura en exceso subjetiva y apriorística en la forma en que se ha abordado el problema de las fuentes, lo que ha llevado a adoptar tesis demasiado radicales que pienso se compadecen mal con la realidad de los hechos.
En cuanto al problema de la bondad del texto de Apiano como fuente, el hecho resulta, de igual modo, bastante complejo, ya que, aparte de lo arriba expuesto, varía en las diferentes partes de su obra según la calidad de las fuentes utilizadas, como ocurre con la historia de Dión Casio, Diodoro, Livio y muchos otros. Sin embargo, existen pasajes numerosos en los que el texto de Apiano concurre con el de otros historiadores y en donde su versión se muestra, al menos, como la más acorde con la realidad histórica conocida, aunque existan siempre discrepancias entre las distintas opiniones. Así ocurre, por ejemplo, en los textos de Apiano que recogen el Tratado del Ebro, importante por ser el primero que se llevó a cabo en la Península Ibérica entre romanos y cartagineses, y porque repercutió en el hecho que dio origen a la segunda guerra púnica: la toma de Sagunto por Aníbal. A mi juicio, en este caso resulta bastante completo y digno de estima el texto de Apiano frente a los de Polibio y Livio 21 .
Apiano fue, en sustancia, un narrador de sucesos, mejor dicho, fue un recopilador de datos recogidos en una diversidad de fuentes. Esta labor de compilación y selección se refleja en su obra y así el relato presenta en conjunto unos altibajos notables en cuanto a la exposición, coherencia y estructura internas, según la documentación y naturaleza de las fuentes utilizadas en cada caso.
En ocasiones, Apiano procura mantener una fidelidad estrecha a los modelos que tuvo ante él, a veces incluso podríamos pensar en una traducción literal como, por ejemplo, en dos pasajes de las Guerras Civiles (IV 11 y V 45) en los que alude a su labor de traducción del latín al griego y la dificultad inherente a ello 22 . El primero de estos pasajes lo constituye el decreto de proscripción de los triunviros, que lo transcribe literalmente y dice «tal era el texto de la proscripción de los triunviros en la medida en que es posible verterlo de la lengua latina a la griega», y en igual sentido se pronuncia en el segundo de los pasajes citados, en el que transcribe literalmente el diálogo entre Octavio y Lucio Antonio, el hermano de Marco Antonio después de la capitulación de Perusia. En otros casos, si no literalidad, la fidelidad hacia su modelo es muy estrecha, lo cual en el caso de las fuentes latinas conlleva una serie de irregularidades en su versión al griego manifestada, como apunta Gabba, en una «latinización de su prosa tanto en el campo léxico como en la conversión de palabras latinas en términos griegos que vienen a adoptar un significado distinto del normal, o bien en la formación de compuestos allí donde el griego usa palabras simples o compuestos de otro tipo; frases desconocidas en griego que reproducen otras correspondientes en latín o rasgos sintácticos propios de la sintaxis latina y no griega», etc. 23 . Todo ello no puede, por supuesto, interpretarse como mera influencia de la lengua latina en Apiano y como una utilización incorrecta de la misma por parte de este autor, pues Apiano la conocía bien y la hablaba normalmente como demuestra su labor en calidad de abogado en Roma. Hay que pensar, por tanto, en su deseo de mantenerse lo más fiel posible a su modelo, aun a riesgo de caer en esas incorrecciones lingüísticas. En muchos otros casos, sin embargo, la realidad aparece gravemente distorsionada, ya sea por intención del autor, ya porque así estuviera en la fuente.
Hemos aludido anteriormente al gusto de Apiano por aislar en unidades cerradas los datos relativos a un determinado pueblo, extraídos de una o más fuentes históricas generales o particulares, lo que patentiza su objetivo, expuesto en el Prólogo (cap. 12), de narrar la historia de Roma «pueblo por pueblo». Ello es motivo de que aquellos libros que no tratan acontecimientos completos, como La guerra de Aníbal o Sobre Mitrídates , muestren una narración entrecortada, a saltos e, incluso, con unidades aislables en su interior, como es el caso de la guerra de Numancia o de Viriato en el libro Sobre Iberia . Lo mismo ocurre en el libro Sobre Iliria 24 .
La labor de síntesis y de resumen que Apiano efectúa pudo haber contribuido también a dar ese tono entrecortado a su relato en ciertas partes de su obra, unido esto a la utilización de fuentes diversas; además, ello le hace caer, en ocasiones, en repeticiones o en insertar, a manera de recuerdo, referencias más o menos extensas de un mismo episodio en lugares diferentes de su obra (cf. Ib . 5 y An . 2, respecto al Tratado del Ebro, o Ib . 9-10 y An . 3, respecto a los móviles de Aníbal para atacar Sagunto). Sin embargo, el historiador trata de paliar esta aparente desunión mediante breves fórmulas de engarce (cf. Ib . 38; 44; 56; 63; 66; 76, etc.), que hilvanan y dan una cohesión externa a distintos episodios abreviados y con entidad propia, pero marcan, a un tiempo, su independencia en el interior del libro. La utilización de una fuente o fuentes que proporcionasen un relato más continuado y preciso debió de facilitar esta tarea de conferir a su relato esa mayor apariencia de fluidez y cohesión. En cambio, cuando no ocurría así, bien sea porque tratara temas tangenciales o sobre los que no tenía intención de profundizar, o porque su fuente histórica no era explícita (cf. el cap. 2 de Sobre Iberia , de carácter etnográfico, o los caps. 101 y 102, donde, como broche de este libro, adelanta acontecimientos posteriores: guerra de Sertorio y las acciones de César y Augusto en el 61 a. C.), se muestra inseguro y vacilante. Así, en el primero de los pasajes citados aparecen hasta cuatro veces expresiones como dokeî o dokoûsi y acaba diciendo que deja estos asuntos para «los que tratan de épocas remotas», con un irónico desprecio que mal puede disimular la ignorancia, en tanto que en los otros dos la falta de rigor y exactitud, no justificadas, son notables.
Al margen de esta dependencia y, en ocasiones, casi servilismo de Apiano con relación a sus fuentes, que ilustran su modo de componer la historia, cabría hablar también de sus aportaciones personales. Éstas son de índole diversa y no resultan fáciles de delimitar. A veces se trata de alusiones al paso, que establecen una confrontación entre los hechos descritos y la época de Apiano (generalmente introducidas por «ahora» o «todavía ahora»), en otras son apreciaciones personales o juicios subjetivos del autor sobre un hecho concreto, con frecuencia manifestadas con dokeî moi , etc., o bien notas marginales, casi con carácter de glosa, que ofrecen al lector una explicación de noticias aisladas o aquellas otras en donde el autor expone claramente sus ideas 25 . Todos estos rasgos, por su carácter marginal y casi de interpolación, que se despegan un tanto del resto del relato, se pueden considerar como propios de Apiano.
Cabe juzgar como aportación del autor la original estructura de su obra, aunque en este caso, como ya dijimos, pudo contar con modelos precedentes en este sentido e, incluso, haber entremezclado fuentes de tipo geográfico y cronológico, así como también habría que atribuirle la selección de las fuentes y, sobre todo, su utilización en función de unos criterios y objetivos personales o de una cierta ideología política.
Desde esta última perspectiva los libros sobre las Guerras Civiles son más ilustrativos al respecto, que el resto de la obra, en la medida en que se trata de acontecimientos más próximos en el tiempo, debatidos entre los propios romanos y sobre los que la toma de postura resulta más significativa. Además, sobre estos hechos las fuentes se contraponen con una mayor nitidez, y la selección o modificación de las mismas ponen de relieve con más claridad el talante del autor. Para Gabba 26 , no hay que perder de vista cómo Apiano concebía la historia de las Guerras Civiles como una sarta de revoluciones que desembocan en la monarquía. No debemos olvidar, en efecto, el fin moralizador explícitamente propuesto por el historiador a sus lectores, esto es poner de relieve el contraste entre las trágicas condiciones de vida de la época de la república tardía y la felicidad de los tiempos en los que vivieron el historiador y sus lectores. Apiano, fiel admirador de la monarquía y el imperio, contrapone el último período de la época republicana como época de licencia, crueldad y barbarie con la época imperial iniciada con Augusto, el último eslabón de aquella etapa y el iniciador de esta otra nueva. Ello le lleva a modificar o adaptar aquellas fuentes que utilizó para los libros II al V de las Guerras Civiles y que mostraban un carácter claramente filorrepublicano.
En otros libros, tales como el Sobre Iberia , se puede apreciar el contraste entre fuentes tendenciosamente favorables a la causa romana y otras, tal vez griegas, más objetivas. Apiano sigue a éstas en ocasiones, sobre todo en lo concerniente al pugilato entre Roma y Cartago en Iberia e, incluso, no siente reparo en destacar el comportamiento deshonroso y cruel de muchos generales romanos en su lucha con los indígenas, frente a otras fuentes claramente favorables a Escipión y sus amigos que pretenden enmascarar o endulzar tales hechos.
De lo dicho hasta ahora se deduce con facilidad que Apiano no es un historiador que teorice sobre la historia en sí o haga una historia filosófica, sino un artesano más o menos hábil e instruido que recopila y compendia una extensa cantidad de datos con unos fines concretos y desde una perspectiva ética y política que aflora en algunos lugares de su obra. De ahí que, a nuestro juicio, términos tales como aitía alēthḗs, próphasis tò phanerón y arkhḗ , que utiliza, por ejemplo, al analizar los móviles que indujeron a Aníbal a invadir Italia (véanse Ib . 10; An . 1 y 3), hay que entenderlos como una terminología al uso dentro de la tradición historiográfica y no como manifestación refleja del principio de causalidad.
Merecen destacarse entre el conjunto de libros que integran su obra histórica, aquellos relativos a las Guerras Civiles y, en especial, el libro I, en cuyos capítulos de introducción a las mismas afirma el autor cómo la homónoia y la eutaxía de la época imperial son consecuencia de todo el período de luchas civiles precedente, que arranca de la tragedia de los hermanos Gracos y va al unísono con la monarquía nacida del poder militar de esta etapa de revueltas. Interesante resulta lo referente a la cuestión agraria y, en general, todo el contenido de este libro, por ser testimonio fundamental para esta etapa de la historia de Roma. No obstante, hay muchas otras partes importantes y estimables en su obra. Sobre todo, aquellos sucesos para los que Apiano es fuente principal o exclusiva, así, por ejemplo, en la narración de las guerras celtíbero-lusitanas y su episodio final de la toma de Numancia (Ib . 44-99). De indudable valor es la historia de la tercera guerra púnica descrita en su libro Sobre África y, en especial, lo referente al asedio y destrucción de Cartago, hecho para el que también Apiano es nuestra fuente principal. A estas partes de su obra que presentan un relato continuado y valioso por distintos motivos habría que añadir aquellos otros datos aislados, algunos de interés particular para nosotros, como la fundación de Itálica por Escipión (Ib . 38), etc.
Una característica a reseñar en su historia es el gusto por relatar multitud de estratagemas de las que se servían los generales o caudillos en sus operaciones militares, de ellas están llenos los libros Sobre Iberia o La guerra de Aníbal (la batalla de Cannas, por ejemplo, la reduce Apiano a la combinación, por parte de Aníbal, de cuatro estratagemas diferentes). Este aspecto de su historia ha sido también objeto de censura por parte de la crítica moderna, que ha querido ver en ello un tono novelesco y de invención. Sin embargo, es posible que en muchos casos esta crítica venga motivada por la ausencia de las mismas en otras fuentes tenidas por mucho más valiosas, como ocurre, por ejemplo, en el caso de Cannas, donde Polibio no las menciona, y no porque el relato de Apiano resulte de por sí increíble o inverosímil. Al contrario, creemos que con frecuencia son perfectamente posibles y, tal vez, acordes con la genialidad e idiosincrasia de sus autores, Viriato, Aníbal, etc.
Abundan también en su historia las hazañas y gestas individuales en las que se muestra a los distintos protagonistas como auténticos motores y artífices del acontecer histórico. En este hecho hemos de ver, sin duda, un reflejo del gusto por el factor individual en la historiografía helenística, a la que pertenecen algunas de sus fuentes, y de otros autores de la época imperial y de la analística romana.
La obra de Apiano está llena, por lo demás, de toda clase de defectos, tales como adulteraciones, falta de exactitud en los detalles, ausencia de rigor cronológico, geográfico, etc. Algunos de estos errores o defectos podrían explicarse por el carácter sintético de su historia, que redunda en detrimento de una mayor abundancia de datos y una mejor ligazón y explicación de los mismos. En lo que hace a la datación de los sucesos históricos, él mismo, en el Prólogo (cap. 13), dice: «me pareció superfluo dar la fecha de todos los hechos y sólo mencionaré la de los más importantes», mostrando con ello un cierto desinterés por estas cuestiones. De otro lado, los errores cronológicos y geográficos, las cifras exageradas o distorsionadas, aunque a veces puedan ser intencionadas o imputables a él, en otras muchas habría que atribuírselas a sus fuentes. Y, en general, esto es una constante entre los historiadores del mundo antiguo, y ni siquiera los más grandes se han visto libres de ellos. Las condiciones de trabajo, el acceso a las fuentes, los criterios y el método seguido podrían explicarnos muchos otros defectos.
Por todo ello, creemos que, a veces, ha sido excesivo el rigor con el que se ha censurado a Apiano, rigor que ha llevado a imputarle y tener como suyos todos aquellos pasajes carentes de valor o donde se distorsiona la realidad de los hechos, y en cambio, a omitir su nombre, aunque sea su relato el único conservado, en otros de valía indudable, atribuyéndolos sin más al mérito de su fuente, sea ésta Polibio, Livio o cualquier otro, como más de una vez se ha hecho. Diremos, para concluir este apartado, que una justa adecuación y conformidad con la realidad histórica era algo naturalmente necesario y exigible, pero, en general, lo que el historiador antiguo pretendía con su obra era, entre otros objetivos, el crear una escenografía adecuada en la que pudiera exponer los hechos a la luz de las ideas políticas y los principios éticos que él sustentaba. Y aunque ello no se vea, en ocasiones, con demasiada nitidez en el caso de Apiano, no es ajeno a esta perspectiva y puede resultar, desde ella, tan válido como muchos otros.
Otro aspecto de su obra al que debemos referirnos es el relativo a los discursos que se contienen en ella. Este hecho, por lo demás, es una constante en la historiografía greco-latina. Los historiadores griegos y romanos de las épocas más dispares han gustado de insertar discursos que jalonan el desarrollo de los acontecimientos. La variedad y calidad de los mismos varía, como se sabe, de un autor a otro y, en especial, es diferente también la función que desempeñan en el plan general de la obra. En Apiano, sin que abunden en exceso como es el caso de Livio, por ejemplo, hay bastantes muestras de ellos en el transcurso de su obra, sobre todo en los libros de las Guerras Civiles, y constituyen, junto con otras partes de su relato histórico, desde un punto de vista estilístico, lo más valioso de su historia. En algunos de sus discursos se puede apreciar un cierto artificio y efectismo retórico en la línea de la oratoria liviana y de la analística. Con ello no queremos decir que exista sólo un ropaje formal y vaciedad de contenido, que se trate, en suma, de meros pastiches sin conexión con la realidad circundante. Precisamente en las piezas oratorias que se encuentran en los libros de las Guerras Civiles cabe apreciar una clara intencionalidad al servicio de la óptica bajo la que trata el historiador los acontecimientos que narra, así sucede, por ejemplo, en el gran debate que se abre en la cámara senatorial (cf. III 45 ss.), en donde Pisón defiende a Antonio y se puede palpar un sentimiento de hostilidad claro de Apiano hacia Cicerón, etc. Quizás la perfección formal que alcanza en algunas de estas intervenciones retóricas, en contraste con el tono ramplón y monótono de muchas otras partes de su obra, se deba, entre otras razones, bien a la calidad de la fuente y fidelidad a la misma, o a su experiencia práctica y cotidiana en tareas forenses, lo que debió de hacerle conocedor de los variados recursos de la retórica.
Su estilo, en general, es claro y sencillo, no hace gala de ningún tipo de pretensión literaria u ornamental, resulta, por el contrario, un tanto aburrido y pedestre. A veces suele contagiarse del carácter sintético del contenido y adquiere una concisión y laconismo que lo asemejan a breves apuntes de un diario de campaña. Con todo, hay momentos en los que su prosa cobra una rara vitalidad teñida de dramatismo que atrae al lector, pero son las excepciones. Aunque no cabe apreciar en él una clara influencia aticista, pese a lo que cabía esperar dado la época en que vive, sí hay rasgos, a mi juicio, que habría que atribuírselos al aticismo. Entre ellos señalaré dos: el uso del dual, ya perdido totalmente del habla cotidiana por esta época y el uso abundantísimo del optativo, especialmente en oraciones subordinadas en las que había sido relegado con fecha muy anterior, así, en las oraciones finales y en las completivas de temor, aunque aparece en casi la totalidad de usos y oraciones de época clásica. Si se compara, en este aspecto, con Polibio, Diodoro o cualquier otro autor de su tiempo claramente no aticista, la diferencia es notable. Es de destacar también, aunque este rasgo sea pertinente a muchos autores griegos, el uso abundante de participios que se yuxtaponen alargando los períodos en exceso, con ausencia de nexos subordinativos que dejan las frases un tanto sueltas.
En resumen, Apiano no fue un historiador nato, sino un funcionario que se aplicó, al final de su vida, al quehacer histórico, impulsado, tal vez, por su admiración y gratitud para con la gran nación, un imperio en su época, que lo había recompensado con un puesto de favor. Su historia está plagada de defectos, ya esbozados anteriormente, lo que hace que deba ser utilizado con suma cautela. Sin embargo, por la gran cantidad de datos que su obra contiene, por la importancia del período histórico que abarca y por el hecho de que, a veces, sea la única fuente o la más completa de las conservadas, se le debe tener en cuenta.
2.
El texto de la «Historia Romana»
La relación más completa que ha llegado hasta nosotros de la obra histórica de Apiano es la de Focio, patriarca de Constantinopla, que murió en el año 891 de nuestra Era. Él escribió una enciclopedia de literatura titulada Biblioteca (o Miriobiblon ), que contenía, en 280 capítulos con numerosos extractos, datos relativos a 280 autores cuyas obras existían aún. Parece que tuvo ante sus ojos un ejemplar completo de la Historia Romana de Apiano. En su obra (Bibliot . 57) enumera veinticuatro libros de la historia de Apiano 27 .
Una obra tan extensa y variada, todavía en época bizantina, era lógico que sufriera serios avatares en el curso de su transmisión. Las razones pueden ser de muy diverso tipo, pero cabría citar entre otras que hubo una serie de libros que, tal vez en razón a que se sintieron de mayor importancia que el resto, fueron seleccionados y difundidos, y que otros, al estar recogidos fragmentariamente en base a argumentos específicos y similares en Excerpta de época bizantina, se transmitieron de este modo perdiéndose el contenido restante. Finalmente hubo otro grupo que se perdió casi en su totalidad, hecho quizás debido al puro azar de la transmisión.
Dividiremos este análisis sucinto de la historia del texto en dos grandes apartados: uno dedicado a la tradición manuscrita, y el otro, a las ediciones y traducciones de su obra.
A) LA TRADICIÓN MANUSCRITA DE LA «HISTORIA ROMANA » DE APIANO .
La fuente principal para el conocimiento del texto de Apiano es la tradición manuscrita, ya que las citas en otros autores carecen de importancia al no haber tenido apenas repercusión su obra.
Se pueden establecer tres grandes grupos: los manuscritos que contienen aquellos libros conservados en su totalidad, los manuscritos que contienen los fragmentos de otros libros recogidos en los Excerpta bizantinos y, finalmente, los manuscritos del Suda .
Los libros conservados completos son, además del Prólogo , los siguientes: Sobre Iberia, La guerra de Aníbal, Sobre África, Sobre Iliria, Sobre Siria, Sobre Mitrídates y los cinco libros de Las Guerras Civiles . Hay que incluir también en esta primera relación un Epítome del libro «La historia de la Galia» .
Los manuscritos que recogen este primer bloque de libros son relativamente numerosos y sólo citaremos los principales 28 . El más antiguo de todos es el Vaticanus gr . 141 (V), de los siglos XI y XII ; el Marcianus gr . 387 (B), que data de 1440 d. C.; el Vaticanus gr . 134 (V, J en Dilts), del siglo XV ; el Vaticanus Pii II gr . 37 (D), del siglo XV ; el Laurentianus 70.5 (1), del siglo XV ; el Parisinus gr . 1672 (F), de principios del siglo XIV , y el Parisinus gr . 1642 (E), del siglo XV .
De todos estos manuscritos detenta la primacía indiscutible el Vat. gr . 141, que contiene el Prólogo , el Epítome del libro «La historia de la Galia» (ambas partes, del siglo XII ), el libro Sobre Iberia , el de La guerra de Aníbal y Sobre África (estos últimos, del siglo XI ). El manuscrito Laurentianus LXX.26, que contiene el libro Sobre Iberia y el de La guerra de Aníbal así como el manuscrito que manejó Enrique Estéfano para su edición de estos libros en 1557 dependen del anterior, según vio ya Mendelsshon en su edición y recogen Viereck y Roos en la suya 29 . Respecto al Prólogo , Viereck y Roos piensan que hay que mirar también los manuscritos de la familia (O) y los utilizados por Cándido Decembrio (C), ya que éstos serían irreductibles a aquél 30 . En cambio, P. Maas 31 en su reseña a la edición de Viereck y Roos no considera sostenibles las razones aducidas por los anteriores para tal afirmación, ni tampoco Dilts en el artículo citado.
Los restantes manuscritos de este primer grupo se dividen en dos familias: la familia (O) y la familia (i). Esta división se debe a Mendelsshon 32 y hoy se acepta plenamente. Error de este último fue, no obstante, considerar el manuscrito Monacensis gr . 374 (A) como manuscrito primario de la familia (O), pero esto fue subsanado por Viereck en su edición, de 1905, de los libros de Las Guerras Civiles . Hoy ha quedado establecido que este manuscrito (A) desciende del primario Marcianus gr . 387 (B), y Dilts precisa que a través del Vaticanus gr . 1612 (K), pues presenta errores extraños a la familia (O), y que tienen su base en el manuscrito Escurialensis T. II.4 (143) (n) perteneciente a la familia (i). Los manuscritos primarios para la familia (O) serían, pues, a juicio de Dilts, el B, D y J (V.134 en Viereck y Roos).
Diferencia importante existe entre Viereck-Roos y Dilts respecto a los manuscritos F, E y L (Vossianus miscellaneus 7), pues aquéllos los consideran pertenecientes a la familia (O) 33 , en tanto que éste los considera pertenecientes a (i) 34 . Para Dilts, además, los manuscritos F, E son, junto con 1, los tres manuscritos primarios de la familia (i), pero con la diferencia de que 1 derivaría directamente del arquetipo (i), y F, E derivarían de (i) a través de un hiparquetipo (Z) hoy perdido, del que provienen independientemente. Diferencia sustancial también entre Viereck-Roos y Dilts es el hecho de que los primeros ignoran 1 y hacen derivar lecturas de la familia (i) de manuscritos tales como el Parisinus gr . 1681 (a), Parisinus gr . 1682 (b), Laurentianus LXX.33 (f) o Vratislavensis Rhedigeranus 14 (d), apógrafos de 1, según Dilts, los dos últimos y de los que, a su vez, dependen a, b directa o indirectamente.
Schweighäuser favoreció la familia de manuscritos (O), pues consideró al manuscrito A como el mejor y este error lo compartió Mendelsshon, como dijimos antes, y aunque fue subsanado por Viereck, sin embargo, tanto éste como Roos encuentran de más valor los manuscritos de la clase (O), «primarii generis (O)» 35 los llaman, que los de la clase (i), «deteriorii generis (i )» 36 .
Queda hacer un breve referencia, dentro de este primer grupo, a los manuscritos utilizados por Cándido Decembrio para su versión latina de Apiano en dos volúmenes. Viereck y Roos los signan como (C) y los tienen por inferiores a (O) observando que hay en ellos lecturas que se apartan de (O) e, incluso, lagunas no existentes en (O) e (i) 37 . Según Dilts 38 , las copias de los manuscritos d, f fueron las que Cándido tomó de la Biblioteca de San Marcos el 7 de diciembre de 1450 39 .
El segundo grupo de manuscritos, distinto por su origen y contenido, está integrado por aquellos que recogen las recopilaciones bizantinas a partir de obras de historiadores antiguos realizadas por orden del emperador Constantino Porfirogéneta (912 a 959 d. C.). Estas recopilaciones o extractos aglutinaban, bajo títulos diversos, cada uno correspondiente a un tema determinado, pasajes procedentes de autores varios pero relacionables en función de dicho tema. De los títulos conservados, los que tienen interés para Apiano son tres: De legationibus (Romanorum y gentium ), De uirtutis et uitiis , y De sententiis 40 . En general a estos Excerpta se les conoce como Excerpta Constantiniana .
Los Excerpta de legationibus se han conservado en un número bastante considerable de manuscritos de fines del siglo XVI , todos los cuales, no obstante, dependen del viejo manuscrito Escurialensis destruido en un incendio en 1671 41 .
Los Excerpta de uirtutibus et uitiis y los Excerpta de sententiis están conservados en manuscritos únicos, los primeros en el Turonensis C 980 (P) (antes Peirescianus ) del siglo XI , y los segundos en el Vaticanus gr . 73 rescriptus (Z) del siglo X u XI .
Los Excerpta recogen fragmentos de los libros siguientes: Sobre la realeza, Sobre Italia, El libro samnita, Sobre la Galia, Sobre Sicilia (todos ellos perdidos), y de los libros Sobre Numidia , y Sobre Macedonia (también perdidos) que debieron formar parte de los libros Sobre África y Sobre Iliria respectivamente, bien como apéndices o de forma independiente y, como dijimos, estos últimos se han conservado 42 . Para los libros perdidos constituyen, por tanto, los Excerpta una fuente básica y exclusiva, y de ahí también la importancia de los manuscritos que los contienen. En cambio, para los libros La guerra de Aníbal, Sobre Iberia y Sobre África , de los que existen además fragmentos en los Excerpta , al haber una tradición manuscrita paralela que los transmitió enteros, su importancia decrece. Sin embargo, hay que contar con ellos, sobre todo en aquellas lecturas que discrepando de la otra tradición manuscrita puedan deberse a manuscritos utilizados por los compiladores de los Excerpta . De otro lado hay que tener en cuenta que la tradición manuscrita de los Excerpta trabaja sobre un material en sí ya limitado, dado el carácter de resumen, de recopilación de temas varios cuales fueron los Excerpta Constantiniana , y dado que, a su vez, los propios escribas en muchas ocasiones no transmitieron con fidelidad el texto de los Excerpta , sino que introdujeron modificaciones, omitieron partes e, incluso, condensaron aún más el propio texto de éstos, contagiados tal vez por el carácter extractado del original.
Es posible que los excerptores de Constantino sólo tuvieran presente un volumen de la totalidad de la obra de Apiano que contenía los nueve primeros libros, pues no hay rastro en ellos del resto de los libros conservados ni del resto de los perdidos.
El último grupo de manuscritos lo constituyen aquellos que transmiten las glosas históricas del Suda , que, al parecer, pudieron haber sido tomadas de los Excerpta , y hay que tenerlo en cuenta, por consiguiente, junto con los manuscritos de aquéllas. Los manuscritos del Suda son: Parisini 2625 y 2626 (A), Bruxellensis 59 (E), Angelicanus 75 (I) y Vossianus bibl. Lugdunensis 2 (V). También cabe encontrar en ellos errores, omisiones, compendios o modificaciones imputables al Suda , pero hay muchos pasajes de los libros transmitidos de manera fragmentaria que aparecen tan sólo en él. Quedan por citar otros vestigios de la obra de Apiano, de importancia muy inferior a los mencionados con anterioridad 43 . Así, dos fragmentos, uno del libro veinticuatro Sobre Arabia , ya mencionado antes en esta Introducción, y otro, inserto en el libro Sobre la realeza , acerca de Rómulo y Remo 44 . De otra parte, Gemistio Plethon, un compilador tardío, tiene un amplísimo resumen de ciertas partes del libro Sobre Siria al que Viereck y Roos confieren un valor notable en su edición. Un número considerable de fragmentos, pero de extensión brevísima, conservó el Léxicon perì syntáxeos a partir del manuscrito Cosliniano 345 editado por Bekker en el año 1814 en Anecdotis Graecis , vol. I, págs. 117 ss. Por último, Zonaras menciona dos veces a Apiano (véanse frags. 17 y 18 de la edición de Viereck y Roos, página 534).
Los libros perdidos totalmente, según la relación completa que da Mendelsshon de los libros de la Historia Romana de Apiano, habida cuenta de las relaciones del propio Apiano, de Focio y de los dos Anónimos de Schweighäuser, serían: Sobre la Hélade y la Jonia, cuatro libros Sobre Egipto, La Hecatontecia, Sobre la Dacia, y el libro Sobre Arabia 45 .
B) EDICIONES DE LA «HISTORIA ROMANA » DE APIANO .
a) De los libros completos .
La primera edición del texto griego de Apiano la llevó a cabo, en 1551, Carlos Estéfano, que publicó en París una Editio Appiani que comprendía el Prólogo , el Epítome del libro de la Galia , el libro Sobre África , un fragmento del libro Sobre Iliria , el libro Sobre Siria , el libro Sobre Mitrídates , y los cinco libros de las Guerras Civiles , dispuestos según este orden. Se sirvió, para su edición, de los manuscritos Parisinus 1681 (a) y Parisinus 1682 (b).
En el año 1557, Enrique Estéfano publicó en Génova los libros omitidos por Carlos, a saber el libro Sobre Iberia y La guerra de Aníbal , junto con fragmentos de Ctesias, Agatárquides y Memnón. Utilizó, para ello, un modelo muy deficiente que había recibido de Arnoldo Arlenio con motivo de un viaje a Italia.
En el año 1592, Enrique Estéfano publicó en Génova otra Editio Appiani para la que utilizó su edición de 1557 de los libros Sobre Iberia y La guerra de Aníbal , y los demás libros los tomó de la edición de Carlos Estéfano, de 1551, sin tener en cuenta otros testimonios, lo que hizo que para el libro Sobre Iliria se sirviera sólo de un fragmento conservado en la familia (i) de los deteriores. David Hoeschelio, en 1599, publicó una Editio Appiani Illyricorum a partir del manuscrito Monacensis gr . 374 (A) (en otro tiempo Augustanus ). Carece de valor la Editio Appiani de Alejandro Tolio de 1670 que nada añade a las de Ursino y Hoeschelio.
Una edición importante, exponente claro de la labor filológica del siglo XVIII , fue la de J. Schweighäuser, Appiani Alexandrini Romanorum historiarum quae supersunt , 3 vols., Leipzig, 1785. En ella cita trece manuscritos que él examinó o conoció a través de colaciones hechas por otros. Utilizó los manuscritos Parisini 1681 (a) y 1682 (b) (en su edición Reg . A y B, respectivamente), ya utilizados por Carlos Estéfano, pero que volvió a revisar con todo cuidado. También se sirvió de otros manuscritos, hoy considerados de la clase (i), así como del manuscrito más antiguo, el Vaticanus gr . 141 (V), si bien no lo manejó personalmente, y de otros pertenecientes a la clase (O) tales como el Monacencis gr . 374 (A), Marcianus gr . 387 (B), Vaticanus gr . 134 (V en Viereck-Roos, J en Dilts), Parisinus gr . 1642 (E, Reg. C en Schweighäuser, y atribuido a (i) por Dilts), etc. Sin embargo, con todo lo que supuso esta edición, contribuyó poco a una investigación sistemática de los manuscritos. En efecto, ya reseñamos la no utilización directa del manuscrito más antiguo V 141, a lo que se podría añadir que el B, manuscrito primario de (O) lo conoció a través de una colación malísima hecha por Paulo Blessingio Ulmenso, lo cual hizo que considerara a A primario de (O), error ya antes señalado, y no a B como hoy está establecido, etc.
A la edición de Schweighäuser siguieron las de Teucher (Lemgo, 1796-1797), Schaefer (Leipzig, 1929), Fr. Dübner en la Bibliotheca Didotiana (París, 1840) y Bekker en la Teubner (Leipzig, 1852-1853), estas últimas más valiosas que las anteriores.
Sin embargo, el primer estudio verdaderamente crítico estuvo a cargo de L. Mendelsshon. Fue él quien en sus Questiones Appianeae y en su edición Appiani Historia Romana , 2 vols., Leipzig, 1879-1881, dio un paso definitivo para el establecimiento del texto de Apiano y de su tradición manuscrita. Y de él dependen, en buena parte, las ediciones posteriores.
J. L. Strachan-Davidson editó Appian Civil Wars: Book I with notes and map , en Oxford, At Clarendon Press, 1902. Otras ediciones modernas son las de L. Mendelsshon y P. Viereck, Appiani Historia Romana , vol. II, Leipzig, 1905, en la Teubner, que sólo comprendía los libros de las Guerras Civiles . El resto de la obra fue publicado por P. Viereck y A. G. Roos, Appiani Historia Romana , vol. I, Leipzig, 1939, en la Teubner, contenía un índice de nombres preparado por J. E. Niejenhuis que ha sido suprimido de la reimpresión de este volumen, en 1962, corregida por Gabba, para añadirlo al segundo volumen que él mismo prepara.
H. White publicó la Appian’s Roman History , con traducción al inglés, en cuatro volúmenes, en la Loeb Clasical Library, 1912/1913 (reimp. hasta 1964).
E. Gabba editó Bellorum civilium liber primus con Introducción, comentario y traducción en la Bibliote. di Studi Super., Florencia, 1958 (2.ª ed. 1967). Y, por último, este mismo autor publicó la edición de Bellorum civilium liber quintus , con comentario y traducción en la Bibliote. di Studi Super., Florencia, 1970.
b) Ediciones de los «Excerpta Constantiniana» .
Hemos puesto en un grupo aparte las ediciones de los Excerpta , que ampliaron el texto de Apiano según expusimos antes.
Fulvio Ursino, en 1582, editó en Amberes los Excerpta de legationibus en una obra titulada Ex libris Polybii selecta de legationibus et alia . Los manuscritos de los que hizo uso fueron el Vaticanus gr . 1418 (V) y el Neapolitanus III, B 15 (N).
Con posterioridad, en el año 1630, Enrique de Valois publicó en París los Excerpta de uirtutibus et uitiis , a partir del manuscrito Peirescianus (P), que había recibido de Nicolás Peirescio, hoy Turonensis C 980 46 .
Los Excerpta de sententiis , tercero y último de los títulos de los Excerpta Constantiniana que contenían fragmentos de la historia de Apiano, fueron publicados en Roma, en 1827, por Ángel Mai 47 , y algunos fragmentos de esta edición fueron insertados por Dübner y Bekker en sus respectivas ediciones 48 .
La edición más importante, completa y moderna de los Excerpta es la de Boissevain, Boor, Büttner-Wobst y Roos 49 .
c) Traducciones .
La primera versión de la obra de Apiano es la que realizó, en latín, Pedro Cándido Decembrio en 1452. Comprendía dos volúmenes: el primero de ellos con el Prólogo , los libros Sobre África, Sobre Siria y Sobre Mitrídates; el otro contenía los cinco libros de las Guerras Civiles , el libro Sobre Iliria íntegro, y el Epítome del libro «Sobre la Galia» .
Cecilio Secundo Curio editó en Basilea, en 1554, con una traducción incorporada del libro Sobre Iberia hecha por él mismo, la excelente versión latina de la edición de Carlos Estéfano realizada por Segismundo Gelenio y que éste no pudo publicar por sobrevenirle la muerte. M. Mastrofini publicó en Milán, en 1830, una traducción italiana de Apiano, que sólo conozco de referencia. La edición de la Didot contiene también una traducción latina.
Entre las traducciones modernas en lengua extranjera se cuentan las de los libros I y V de las Guerras Civiles , por Gabba, autor que conoce en profundidad esta parte de la obra histórica de Apiano. Cabe destacar la traducción inglesa de H. White, de gran calidad en su conjunto, aunque a veces cuida más el estilo que la fidelidad al texto.
En castellano no conozco ninguna traducción, salvo la fragmentaria, y reducida al libro Sobre Iberia , de las Fontes Hispaniae Antiquae , vol. III, a cargo de P. Bosch Gimpera, y vol. IV, por P. Bosch Gimpera y L. Pericot (publicada en Barcelona, en 1935 y 1937, respectivamente). Brevísimos fragmentos de las Guerras Civiles , los relativos a Iberia, se encuentran en el vol. V 50 .
La presente versión de Apiano pretende ser fiel al texto griego, de acuerdo con las normas de esta editorial. Para ello, me he visto obligado a sacrificar, en bastantes ocasiones, una prosa más elegante y un mejor estilo en función de la máxima fidelidad al original. La monotonía y escasa pretensión literaria que puede apreciarse en la versión castellana reproduce, a nuestro juicio, la constante general del estilo del autor que, salvo casos esporádicos, resulta, como dijimos, bastante mediocre desde una perspectiva estilística. Hemos tenido presente la edición de H. White (reimp. 1964), cuya numeración en general reproducimos, y la de P. Viereck y A. G. Roos (reimp. de 1962), de la que tomamos las referencias más explícitas de los Excerpta y el fragmento de Rómulo y Remo, en el libro De la realeza , que no aparece en la edición de White.
BIBLIOGRAFÍA
La bibliografía existente sobre Apiano no es demasiado amplia, al menos no tanto como para otros historiadores griegos, y gran parte de la misma consiste en artículos de revista sobre partes más o menos extensas de su obra y en torno al problema de las fuentes. Hay que decir, además, que buena parte de esta bibliografía toca a Apiano de manera, en cierto modo, indirecta, pues versa sobre la tradición literaria y el problema de las fuentes en otros autores griegos y latinos, en especial Livio y un sector de la analística romana, por lo que es importante tener presente la bibliografía de esta área de la historiografía romana. En otros casos se trata de trabajos sobre cuestiones de tipo muy diverso y, en general, concreto, a la luz del testimonio de Apiano. En este apartado no vamos a repetir las ediciones de sus libros ni aquellos otros estudios mencionados a lo largo del presente volumen. Se trata tan sólo de una bibliografía seleccionada y, en su mayor parte, reciente. Para la bibliografía más antigua, se puede consultar la existente en la Introducción de Viereck, 1962, págs. 35-37, y para la más reciente, el capítulo (y apéndices) sobre los historiadores griegos a cargo de G. T. Griffith, en Fifty Years (and twelve ) of Classical Scholarship , 2.ª ed., 1968 (véase referencia exacta en nuestra Introducción, n. 9), y los grandes repertorios bibliográficos, como L’Année Philologique .
G. BRUNO SUNSERI , «Sul presunto antiromanesimo di Timagene», Studi E. Manni , Roma, 1976, págs. 91-101.
P. DESIDERI , «Posidonio e la guerra mitridatica», Athenaeum 51 (1973), 237-269.
J. H. FORTLAGE , «Die Quellen zu Appians Darstellung der politischen Ziele des Tiberius Sempronius Gracchus», Helikon 11-12 (1971-1972), 166-191.
H. G. GUNDEL , «Viriato. Lusitano, caudillo en las luchas contra los romanos 147-139 a. C.», Cesaraugusta 31-32 (1968), 175-198.
I. HAHN , «Appian und Hannibal», Act. Ant. Hung . 20 (1972), 95-121.
—, «Appians Darstellung der sullanischen Diktatur», Act. clas. Debre . 10-11 (1974-1975), 111-120.
H. J. KUEHNE , «Appians historiographische Leistung», Wiss. Zeits. Rostock 18 (1969), 345-377.
P. MELONI , Il valore storico e le fonti del libro Macedonico di Apiano (Ann. Fac. Let. Cagl. 22), Roma, 1955.
A. MIGHELI , «Le Memorie di Augusto in Appiano, Illyrica 14-28», Ann. Fac. Let. Cagl . 21 (1953), 197 sigs.
A. SCHULTEN , Numantia. Die Ergebnisse der Ausgrabungen 1905-1912 , Band I: Die Keltiberer und ihre Kriege mit Rom , Munich, 1914; Band III: Die Lager des Scipio (en especial Exkurs I: Die Quellen von Appians Iberica 1-43), Munich, 1927.
—, «Viriatus» = Viriato [trad.], Santander, 1920.
—, Geschichte von Numantia = Historia de Numancia [trad. L. PERICOT ], Barcelona, 1945.
W. SOLTAU , «Zur Chronologie der hispanischen Feldzüge 212-206 a. C.», Hermes 26 (1891), 408-439.
1 «(César) no pudo soportar ver la cabeza de Pompeyo al serle presentada y ordenó que se la enterrase acotando para ella, delante de la ciudad, un pequeño recinto sagrado que fue llamado ‘recinto de Némesis’; precisamente éste, en mi época, mientras el emperador Trajano se hallaba exterminando en Egipto a la raza judía, fue arrasado por éstos por necesidad de la guerra».
2 Cf. P. VIERECK y A. G. Roos, Appiani Historia Romana , 2.ª ed., Leipzig, 1962, pág. 534, frag. 19 (en adelante lo citaremos: VIERECK , 1962). Este fragmento titulado Sobre la ciencia adivinatoria de los árabes lo editó por primera vez, sin indicar el códice (el fragmento corresponde al libro 24 de Apiano), E. MILLER , en la Revue Archéol . 19 (1869), 102 sigs., e ibid . (1873), 41 sigs.; después lo tomó C. MÜLLER , Frag. hist. Graec ., vol. V, 1, pág. LXV. Este mismo fragmento, con otro tomado del libro Sobre la realeza , titulado Sobre Remo y Rómulo , a partir del códice Parisinus Suppl. gr . 607 A, lo editó M. TREU en Programm des Gymnasiums , Ohlau, 1880.
3 H. G. PFLAUM , Les Procurateurs équestres sous le Haut-Empire romain , París, 1950, págs. 204-205, afirma, por el contrario, que Apiano no fue aduocatus fisci en Roma, sino que obtuvo una procuraduría por la intercesión de Frontón. Véanse, en general, otros detalles sobre esta cuestión en E. GABBA , Bellorum civilium liber primus , 2.ª ed., Florencia, 1967, págs. VIII-IX de la Introd., con bibliografía.
4 Para las cartas conservadas en el epistolario de Frontón, cf. la ed. de NABER : pág. 244, para la de Apiano a Frontón; pág. 246, para la de Frontón a Apiano, y pág. 170, para la de Frontón a Antonino Pío. Véase también el vol. I de la edición de HAINES , págs. 264, 268 Y 262, respectivamente, para estas mismas cartas. VIERECK , 1962, págs. 537-538, reproduce la carta de Apiano a Frontón. Estas cartas fueron escritas alrededor de los años 157-161 d. C.
5 F. MILLAR , A study of Cassius Dio , Oxford, 1964, pág. 5, notas 2 y 3, indica una larga serie de historiadores pertenecientes al orden senatorial.
6 Véase ob. cit ., pág. 8.
7 E. CHAMPLIN , «The chronology of Fronto», Jour. Rom. Stud . 64 (1974), 149, sitúa la carta de recomendación de Frontón a Antonino Pío en el año 140, a partir del 10 de julio. El Prólogo de Apiano la fecha en torno al 150 d. C., frente a Haine, que da como fecha probable 157/161 d. C.
8 «Appianus», RE , 2.1., cols. 216 sigs., 1895 (= Griechische Geschichtsschreiber , 2.ª ed., Leipzig, 1959, págs. 361-393). Véanse otros datos en E. GABBA , ob. cit ., págs. X-XI de la Introd.
9 Sobre el problema de las fuentes de Apiano, cf. la puesta a punto hecha por G. T. GRIFFITH , The Greek Historians , en Fifty Years of Classical Scholarship , 2.ª ed., Oxford, 1968, págs. 206-207, Y notas 118-120 en págs. 222-223; además, Appendix , pág. 239.
10 África 132.
11 Galia I 3.
12 Mitrídates 8.
13 Galia XVIII; Guerras Civiles II 79.
14 Iliria 14 sigs.; Guerras Civiles IV 10; V 45.
15 Guerras Civiles II 82.
16 Guerras Civiles IV 47.
17 Galia VI.
18 Iberìa 88.
19 Cf., para más detalles, mi artículo «En torno al ‘Bellum Numantinum’ de Apiano», Habis 4 (1973), 23-40. Y, en general, sobre las guerras celtíbero-lusitanas, H. SIMON , Roms Kriege in Spanien (154-133 v. C .) (Frankfurter Wissenschaftliche Beiträge, Band II), Francfort, 1962.
20 Sobre Timágenes, cf. R. LAQUEUR , s. u. Timagenes , en RE . Como fuente para ciertas partes de la obra de Apiano, véanse también A. KLOTZ , Cäsarstudien , Leipzig-Berlín, 1910, pág. 84, n. 4, y del mismo, Appians Darstellung des zweiten punischen Krieges , Paderborn, 1936, pág. 113, así como Kommentar zum Bellum Hispaniense , Leipzig, 1927, pág. 13.
21 Para más detalles, cf. mi artículo «En torno al Tratado del Ebro entre Roma y Asdrúbal», Habis 7 (1976), 75-110.
22 Cf. E. GABBA , Appiano e la storia delle guerre civili , Florencia, 1956, pág. 212, con bibliografía exhaustiva para todo lo relativo a este período histórico en la narración de Apiano.
23 Ob. cit ., pág. 214. En general, sobre la influencia latina en la lengua de Apiano, cf. J. HERING , Lateinisches bei Appian , tesis doct., Leipzig, 1935. Un breve pero sustancioso resumen de esta obra se encuentra en E. GABBA , Bellorum civilium liber primus , a. cit., págs. XXXIV-XXXVII de la Introd.
24 Cf. J. DOBIÁŠ , Studie k Appianove Illyrské (con amplio resumen en francés Études sur le Livre Illyrien d’Appien ), Praga, 1930, pág. 241. Este estudio del libro Sobre Iliria es fundamental para toda la problemática, en general, del mismo.
25 Cf. GABBA , ob. cit ., págs. 219 y sigs.
26 Ob. cit ., págs. 220 y sigs.
27 Las otras relaciones son del propio Apiano en su Prólogo (cap. 14) y de dos Anónimos (cf. la edición de SCHWEIGHÄUSER , vol. III, págs. 10 y sigs., y también la de Mendelsshon, Prefacio , pág. VII). Como Apiano, al detallar en el Prólogo los diversos libros de su obra, no menciona todos los que aparecen en la relación completa de Focio, cabe pensar que aquél fue compuesto antes de que hubiera terminado de escribir la totalidad de su obra. De otro lado, parece que Apiano no llegó nunca a escribir el libro sobre economía civil y militar de Roma (cf. Pról . 15) que promete como broche de su historia. Scheweighäuser piensa que podía haber un argumento de este libro en la Hecatontecia .
28 Para una relación completa, así como para el contenido de cada manuscrito, se pueden consultar VIERECK , 1962, Prefacio, págs. XXXII-XXXIII, y M. R. DILTS , «The manuscripts of Appian’s Historia Romana», Rev. d’Hist . Text . 1 (1971), 49-71. Adoptamos, para los manuscritos, las siglas de la edición de VIERECK , 1962, y las de la edición de DILTS en aquellos otros que no colaciona Viereck.
29 Prefacio, pág. XIII. Sobre los manuscritos que contienen el libro Sobre Iberia y el de La guerra de Aníbal , Dilts anuncia, en el artículo citado, un nuevo trabajo (cf. pág. 49, n. 2) que no hemos encontrado publicado, pero ratifica la supremacía del Vaticanus gr . 141 sobre todos ellos.
30 Véase Prefacio , pág. XIII.
31 En Jour. Rom. Stud . 38 (1948), 144, n. 1. Sin embargo, las observaciones de Maas en la citada reseña no conciernen al texto de las Guerras Civiles .
32 «Questiones Appianeae», Rhein. Muse . 31 (1876), 201-218.
33 Cf. Prefacio , pág. XV.
34 Cf. art. cit ., págs. 50, 61 Y 62.
35 Cf. VIERECK , 1962, Prefacio , págs. XIV y XV.
36 Ibid ., pág. XVI. Sin embargo, véase la crítica que hace, al respecto, Oldfather en Amer. Jour. Philo . 63 (1942), pág. 486.
37 Cf., para más detalles, Prefacio , págs. XV y XVI.
38 Art. cit ., págs. 55 y 56.
39 Véase recientemente, sobre este particular, A. KORANYI , The manuscripts of Pier Candido Decembrio’s Latin translation of Appian’s «Historia Romana» , tesis doct., Universidad de Nueva York, 1975.
40 Aunque el original era griego, doy el equivalente latino por motivos de edición. Para los Excerpta , hay que recurrir a la edición magistral de U. Ph. BOISSEVAIN , C. DE BOOR , Th. BÜTTNERWOBST y A. G. ROOS , Excerpta Historiea iussu Imp. Constantini Porphyrogeniti confecta , vols. I-IV, Berlín, 1903-1906. Los fragmentos de los Excerpta de la presente traducción están citados por dicha edición siguiendo a la teubneriana.
41 Cf. VIERECK , 1962, Prefacio , pág. XVII, y en general, para los manuscritos de los Excerpta , las págs. XXXII-XXXIII, donde remite a los lugares concretos de la edición de BOISSEVAIN en los que se da cuenta de cada manuscrito.
42 Cf. VIERECK , 1962, Prefacio , pág. VI y n. 2, 3.
43 Cf. VIERECK , 1962, Prefacio , págs. XIX-XX. Para el Suda , véase la edición de ADA ADLER , Leipzig, Teubner, 1928-1938. Las citas del Suda en los fragmentos procedentes de aquél están tomadas de Viereck, que sigue la edición de ADLER .
44 Cf. VIERECK , 1962, Prefacio , pág. XX.
45 Para más detalles, VIERECK , 1962, Prefacio , págs. VI y VII, con notas.
46 Su título completo era Polybii, Diodori Siculi, Nicolai Damasceni, Dionysii Halicarnasensis, Appiani Alexandrini, Diodori et Ioannis Antiocheni excerpta ex collectaneis Constantini Augusti Porphyrogenetae , París, 1634.
47 El título de la misma era Scriptorum ueterum noua collectio e Vaticanis , edita ab Angelo Maio, Roma, 1827.
48 En 1830, J. LUCHT publicó Polybii et Appiani Historiarum Excerpta Vaticana en Altona.
49 Cf. nota 40 a esta Introducción.
50 Para más detalles sobre traducciones a otras lenguas modernas, como el ruso, y sobre otros traductores italianos, véase E. GABBA , Bellorum civilium liber primus , a. cit., págs. XL-XLI de la Introd.
PRÓLOGO
SINOPSIS
| 1 -5. | Límites del imperio romano. |
| 6. | Constitución de la república romana. |
| 7. | Conservación y engrandecimiento del imperio. |
| 8 -11. | Comparación del imperio romano con otros grandes imperios. |
| 12 -14. | Disposición de toda la obra. |
| 15. | Referencia de Apiano acerca de su persona. |
Al comenzar a escribir la historia de Roma, he juzgado [ 1 ] necesario establecer previamente los límites de todos aquellos pueblos sobre los que mandan los romanos. Y son los siguientes: en el océano, sobre la mayor parte de los britanos, después, al penetrar en nuestro mar a través de las columnas de Hércules y circumnavegarlo hasta estas mismas columnas, gobiernan sobre todas las islas y continentes que están a orillas de este mar. De entre éstos son los primeros por la derecha los mauritanos que habitan en torno al mar y todas las otras tribus africanas que se extienden hasta Cartago. Más allá de éstos se encuentran los nómadas, a los que los romanos llaman númidas y a su país Numidia, y otros africanos que habitan en torno a las Sirtes y se extienden hasta Cirene, la propia Cirene, los marmáridas, los ammonios y aquellos que habitan junto al lago Mareotis; a continuación, la gran ciudad que Alejandro fundó en la frontera de Egipto, y el propio Egipto hasta los etíopes orientales, según se remonta el Nilo navegando, y hasta Pelusio, si se va por mar.
[2 ] Si se cambia el curso de la navegación y se da un rodeo, se encuentra la Siria palestina, y detrás de ella, una parte de Arabia. En vecindad con los palestinos se hallan los fenicios de la costa, y al otro lado de los fenicios, la Celesiria y, desde el mar hasta el Éufrates, en el interior, se encuentran los habitantes de Palmira y el país arenoso de Palmira, que se extiende hasta el Éufrates, así como los cilicios, vecinos de los sirios, y los capadocios, limítrofes con los cilicios, una parte de los armenios, a los que llaman Armenia Menor; a lo largo del Ponto Euxino habitan otros pueblos, llamados comúnmente pónticos, que son vasallos de los romanos. Precisamente los sirios y cilicios miran hacia este mar, en cambio los armenios y capadocios se extienden en dirección a los pueblos del Ponto y, por el interior, hasta la llamada Armenia Mayor, que no es tributaria de los romanos, sino que ellos eligen a sus propios reyes. Descendiendo desde Capadocia y Cilicia hasta Jonia, se halla la gran Península. Está bañada, por la derecha, por el Ponto Euxino, la Propóntide, el Helesponto y el mar Egeo, y por la izquierda, por el mar Panfilio o Egipcio (pues de ambas formas se le llama) y hay en ella pueblos que miran al mar Egipcio, tales como los panfilios y los licios; detrás de éstos, la Caria, que se extiende hasta la Jonia, y otros, en cambio, dan al Euxino, la Propóntide y el Helesponto, tales como los gálatas, bitinios, misios y frigios, y en el interior se encuentran los pisidios y los lidios. Tantos son los pueblos que habitan la Península y en todos ellos mandan los romanos.
Si atravesamos el mar, también ejercen su dominio [3 ] sobre otros pueblos en torno al Ponto, a saber: los misios de Europa y los tracios que se encuentran en tomo al Euxino. Después de la Jonia se halla el mar Egeo, el otro mar Jónico, el estrecho de Sicilia y el mar Tirreno hasta las columnas de Hércules. Tal es la distancia de Jonia hasta el océano y, a su vez, en este recorrido a lo largo de la costa, tantos son los pueblos vasallos de Roma: toda Grecia, Tesalia, los macedonios y todas las demás tribus vecinas, tracios, ilirios y panonios, la misma Italia el país mayor de todos, que se extiende desde el mar Jónico, a lo largo de la mayor parte del Tirreno, hasta el país de los celtas a los que los romanos llaman galos, todas las tribus galas de las que unas miran a este mar, otras al mar del norte y otras habitan a lo largo del río Rin, toda Iberia y los celtíberos que habitan junto al mar del norte y el mar occidental y tienen como límite extremo las columnas de Hércules. Acerca de estos pueblos, y sobre cada uno en particular, daré referencias más exactas cuando mi relato se ocupe de cada cual, pero, por el momento, ya está dicho qué vastos límites abarca el imperio romano en lo que al mar respecta.
Si se va por tierra, sus límites serían la parte de [4 ] los mauritanos que está junto a los etíopes occidentales y toda aquella otra zona de África más tórrida y poblada de bestias salvajes que se extiende hasta Etiopía oriental. Éstos son los límites en África para los romanos. A su vez, los de Asia son el río Éufrates, el monte Cáucaso, el reino de Armenia Mayor, los colcos que habitan junto al mar Euxino y los restantes pueblos de este mar. En Europa dos ríos fundamentalmente, el Rin y el Danubio, ponen límite al imperio de los romanos y, de éstos, el Rin va a desembocar en el mar del norte y el Danubio, en el Ponto Euxino. Sin embargo, al otro lado de estos ríos, también en cierta forma ejercen su dominio sobre algunos celtas de la margen de allá del Rin y sobre los getas de allende el Danubio a los que llaman dacios. Éstos son los límites en tierra firme con la mayor exactitud a la que se puede llegar.
[ 5 ] También están bajo la órbita de Roma todas las islas que se encuentran dentro de este mar: las Cícladas, Espóradas, islas Jónicas, Equínadas, islas del Tirreno, Baleares, las que, llamadas de modo diferente, se encuentran en torno a Libia, o en el mar Jónico, Egipcio, Mirto y Sículo, y en muchas otras zonas de este mar designadas con nombres muy diversos, todas aquellas que los griegos llaman, para diferenciarlas, islas grandes, a saber: Chipre, Creta, Rodas, Lesbos, Eubea, Sicilia, Cerdeña y Córcega y cualquier otra de mayor o menor tamaño. Y atravesando el mar del norte hasta la Isla Británica, mayor que un gran continente, dominan la parte más importante de ella, más de la mitad, sin preocuparse del resto, ya que no les resulta provechosa ni siquiera la parte que poseen.
[ 6 ] Con ser estos pueblos tantos y tan importantes por su magnitud, los romanos sólo consolidaron de manera firme su poder en la propia Italia tras quinientos años de penalidades y esfuerzos. La mitad de este período se gobernaron por medio de reyes y durante el tiempo restante, tras haber expulsado a los reyes y jurado no volver a aceptar jamás un poder real, implantaron la aristocracia y, desde ese momento, se gobiernan por magistrados elegidos anualmente. En especial a lo largo de los dos siglos que siguieron a ese período de quinientos años, su imperio creció sobremanera y llegaron a detentar un poderío foráneo inmenso, y fue entonces cuando trajeron bajo su dominio a la mayor parte de esos pueblos. Gayo César, aventajando en poder a sus contemporáneos, se hizo firmemente con el mando, lo consolidó y mantuvo la forma y el nombre del sistema político, pero se erigió a sí mismo como el único gobernante de todos. Y su forma de gobierno ha sido, hasta el presente, una monarquía a cuyos gobernantes no llaman reyes, según creo, por respeto al antiguo juramento, sino que los designan con el nombre de emperadores, que también era el nombre de los comandantes en jefe durante el tiempo de su mando, pero, de hecho, son reyes en todo.
Desde la instauración de los emperadores hasta nuestros [ 7 ] días median casi otros doscientos años, en el transcurso de los cuales la ciudad ha sido objeto de gran embellecimiento, sus recursos aumentaron en grado máximo y, en medio de una paz duradera y segura, todas las cosas progresaron hacia un estado de prosperidad bien cimentado. Estos emperadores también anexionaron a su imperio a algunos pueblos y sometieron a otros que habían hecho defección. A pesar de que poseen lo mejor del mar y de la tierra, prefieren, en una palabra, conservar su imperio por medio de la prudencia a extenderlo de modo indefinido sobre tribus bárbaras, pobres y nada provechosas. De éstas he visto algunas embajadas en Roma que se ofrecían como vasallos, pero el emperador no quiso aceptar a unos hombres que no iban a ser útiles en absoluto. A otros pueblos, incontables por su número, les han proporcionado reyes sin someterlos a su imperio y, en algunos otros sometidos, se gastan más de lo que reciben de ellos, porque consideran una deshonra el rechazarlos, aun cuando les resultan gravosos. Han colocado en torno a su imperio grandes campamentos y custodian una extensión tan grande de tierra y de mar como si de una plaza fuerte se tratara.
Ningún imperio, hasta el presente, ha llegado a un [ 8 ] grado tal de grandeza y duración. Pues, en lo que a Grecia atañe, ni siquiera si alguien contabilizara globalmente los distintos períodos de hegemonía de Atenas, Esparta y Tebas sucesivamente, desde la expedición militar de Darío, momento a partir del que más brilló su historia, hasta la hegemonía de Filipo, hijo de Amintas, sobre Grecia, parecerían muchos años. Y sus guerras estuvieron provocadas, no tanto por afanes de expansión, como por rivalidades mutuas, y las de mayor timbre de gloria fueron las sostenidas en defensa de la libertad frente a la agresión de otras potencias. Sin embargo, quienes de entre ellos navegaron contra Sicilia, con la esperanza de otra área de dominio, fracasaron, y si algún otro cruzó a Asia, tras obtener escasos resultados, retornó con toda rapidez. En una palabra, el poderío griego, aun luchando con ardor por la hegemonía, no logró consolidarse con firmeza fuera de los límites de Grecia y, temibles como fueron para mantener a su país sin conocer la esclavitud y la derrota, en cambio a partir de Filipo, hijo de Amintas, y de Alejandro el hijo de Filipo, en verdad que es mi opinión que su historia fue menos gloriosa e indigna de ellos mismos.
[9 ] El imperio de Asia no admite siquiera comparación, ni por sus gestas ni su valor, con los países más pequeños de Europa, debido a la debilidad y cobardía de sus pueblos. Este hecho lo pondrá de relieve, también, el transcurso de mi historia. Pues los romanos sometieron en pocas batallas a todos los pueblos de Asia a los que todavía hoy dominan, y eso que los macedonios contribuyeron a su defensa, en tanto que se desgastaron hasta la extenuación en muchas ocasiones en su lucha por África y Europa. De otro lado, la duración de los imperios asirio, medo y persa, los tres imperios mayores hasta Alejandro el hijo de Filipo, considerada en conjunto, no llegaría a los novecientos años, tope al que han llegado los romanos en la época actual. En cuanto a las dimensiones de su imperio, pienso que ni siquiera llega a la mitad del de éstos, basándome en que el imperio romano se extiende desde el occidente y el océano occidental hasta la cordillera del Cáucaso y el río Éufrates, hasta Etiopía interior a través de Egipto, y hasta el océano oriental a través de Arabia. Es su límite el océano, tanto por donde sale el dios del sol como por donde se pone, y dominan en todo el mar interior, incluyendo la totalidad de sus islas, y la Isla Británica en el océano. En cambio, para los medos y persas, la extensión mayor de su poder marítimo comprendía el golfo de Panfilia, una sola isla, la de Chipre, y tal vez, alguna otra isla pequeña de Jonia en el Mediterráneo, ya que en el golfo Pérsico —pues también lo controlaban—, ¿cuánto hay de mar abierto?
Por lo demás, la historia de Macedonia antes de [10 ] Filipo, el hijo de Amintas, fue, sin duda, de muy escaso relieve e, incluso, estuvieron sometidos a otros. Sin embargo, el reinado de Filipo estuvo lleno de esfuerzos y fatigas nada despreciables, pero, con todo, estos hechos sólo afectaron a Grecia y los países vecinos. El imperio en tiempos de Alejandro, a pesar de distinguirse por su magnitud, por la cantidad de tropas, por sus victorias y la rapidez de sus conquistas, y pese a que a punto estuvo de convertirse en ilimitado y sin parangón posible, debido a la brevedad de su duración se asemejó a la luz brillante de un relámpago. No obstante, las partes de este imperio, incluso después de haberse escindido en muchas satrapías, brillaron a gran altura. Los reyes de mi propio país tenían un ejército de doscientos mil soldados de infantería, cuarenta mil jinetes, trescientos elefantes adiestrados para la guerra, dos mil carros de combate y reservas de armas para trescientos mil soldados más. Éstas eran sus fuerzas para las operaciones de tierra; para el servicio en el mar, contaban con dos mil barcos impulsados por pértigas y algunos más pequeños, mil quinientos barcos de guerra, desde una fila y media de remeros, hasta cinco filas de remeros cada uno, y aparejos para un número de naves doble de éste, ochocientos bajeles provistos de cámaras, con la popa y el espolón de oro para la parada militar, en los que embarcaban los mismos reyes para asistir a los combates navales. En cuanto a sus riquezas, había en sus tesoros setecientos cuarenta mil talentos egipcios. A un grado tal de recursos y efectivos militares parece que llegó y dejó a su muerte, a juzgar por los registros reales, el segundo rey de Egipto después de Alejandro. Éste fue el más hábil de los reyes en procurarse dinero, el más espléndido en gastarlo y el más ambicioso en la ejecución de grandes obras públicas. Es evidente también que muchas de las otras satrapías no fueron muy inferiores en estas cosas. Sin embargo, todos estos recursos fueron consumidos en tiempo de los propios epígonos, al enzarzarse entre sí en luchas civiles, única causa de la destrucción de los grandes imperios.
[ 11 ] El imperio de Roma, en cambio, los ha sobrepasado a todos en tamaño y duración, debido a sus decisiones prudentes y a su buena fortuna, pues, en su adquisición, aventajaron a todos en valor, constancia y laboriosidad, sin dejarse ofuscar por los triunfos ni abandonarse al desánimo en las horas adversas hasta haber consolidado con firmeza su poder. Y eso que perdieron, a veces, hasta veinte mil hombres en un día, en otras ocasiones cuarenta mil, e incluso en otras cincuenta mil. Además, hubo muchos momentos en los que el peligro rondó las puertas de su misma ciudad, pero ni el hambre, ni las plagas frecuentes, ni los disturbios internos, abatiéndose a la vez todos sobre ellos, lograron hacerles desistir de su ardor, hasta que, tras setecientos años de sufrimientos y riesgos de resultado incierto, lograron levantar su imperio hasta este punto y adquirieron esta situación de dicha como premio a una política acertada.
[ 12 ] Muchos escritores griegos y romanos relataron estos hechos y su historia es mucho mayor que aquella de Macedonia que, precisamente, fue la de mayor extensión de los tiempos antiguos. A mí, mientras estaba dedicado a esta tarea y quería apreciar en su justa medida el valor de los romanos en relación con cada pueblo en particular, mi historia me llevaba en numerosas ocasiones, desde Cartago hasta Iberia y desde los iberos hasta Sicilia o Macedonia, o a participar en embajadas y alianzas realizadas con diferentes pueblos. Después, de nuevo, me hacía retornar hasta Cartago o Sicilia, como un vagabundo, y otra vez hacia otro lugar, dejando sin culminar estos trabajos. Finalmente, conseguí organizar las diferentes partes mostrando cuántas veces hicieron una expedición militar contra Sicilia o enviaron embajadas, o cualquier otra acción relativa a Sicilia hasta que lograron establecerla en su situación actual; y, de otro lado, cuántas veces hicieron la guerra contra Cartago o pactaron con ella y enviaron o recibieron embajadas de su parte, o cualquier otra acción que llevaran a cabo o sufrieran a sus manos hasta que consiguieron arrasarla y se anexionaron al pueblo africano. He mostrado también cómo reconstruyeron, de nuevo, Cartago y dejaron a África en su condición actual. Y llevé a cabo esta tarea con cada pueblo, en el deseo de aprender con exactitud las relaciones de los romanos con cada uno, a fin de comprender la debilidad de los mismos o su capacidad de resistencia y, de otro lado, el valor o buena fortuna de sus conquistadores o cualquier otra circunstancia fortuita que se hubiera producido.
Pensando que tal vez otras personas querrían conocer [13 ] la historia de Roma de este modo, la he escrito tratando por separado lo relativo a cada pueblo. Omito lo que les sucedió a los otros, durante ese período, en sus relaciones con Roma y coloco estos sucesos posteriormente en el lugar debido. Me pareció superfluo enumerar con detalle la fecha de todos los hechos, pero mencionaré las de los más destacados por períodos de tiempo. Los romanos antiguamente, como otros pueblos, tenían un solo nombre cada uno, pero después tuvieron dos y no hace mucho tiempo que se empezó a añadir a algunos un tercero como reconocimiento de algún suceso personal o, a manera de distinción, por su valor, igual que también algunos griegos poseen un apelativo además de su nombre habitual. Yo, en alguna ocasión, mencionaré todos los nombres y, en especial, en el caso de las figuras más relevantes para su mejor identificación, pero la mayoría de las veces, tanto a éstos como a los demás, los llamaré por sus nombres más característicos.
[ 14 ] Los libros que reúnen las numerosas hazañas de los romanos en Italia son tres y ellos deben ser considerados como «la historia italiana» de mi historia de Roma, pero están divididos a causa de su extenso contenido. El primero de ellos se ocupa de los hechos ocurridos en tiempos de los reyes, que fueron siete, narrados de manera sucesiva en tanto pervivió la monarquía, y lo llamo «el libro concerniente a la realeza» de mi historia de Roma; el que le sigue trata de los acontecimientos del resto de Italia a excepción de la zona que bordea al mar Jónico, y para distinguirlo del anterior, éste segundo se llama «el libro italiano» de mi historia de Roma. Con el último pueblo, los samnitas, que habitan a orillas del Jónico, los romanos sostuvieron una guerra importante y difícil a lo largo de ochenta años hasta que lograron someterlos, junto con sus aliados vecinos y los griegos que habitan el sur de Italia. Este libro es, para diferenciarlo de los anteriores, «el libro samnita» de mi historia de Roma. Respecto a los demás, cada uno es designado de acuerdo con la materia que trata, a saber, el libro de los galos, el de Sicilia, el de Iberia, el de Aníbal, el de Cartago, el de Macedonia de mi historia de Roma, y así sucesivamente. El orden de estos libros entre sí ha sido establecido según tuvo lugar el comienzo de cada una de estas guerras, aunque mediaran muchos otros hechos antes de que cada uno de estos pueblos llegara a su fin. Todas aquellas luchas internas y guerras civiles que los mismos romanos iniciaron y sostuvieron entre ellos han sido diferenciadas en razón de sus propios caudillos, la guerra de Mario y Sila, la de Pompeyo y César, las de Antonio y el otro César llamado Augusto contra los asesinos del primer César, y las que sostuvieron entre sí Antonio y Augusto. En este último período de las guerras civiles, Egipto llegó a estar también bajo el poder de Roma y el gobierno de Roma se convirtió en una monarquía.
De este modo, cada una de las guerras extranjeras [ 15 ] sostenidas con pueblos diferentes se hallan divididas en libros en razón del pueblo con el que fueron sostenidas, y las guerras civiles, en razón de sus caudillos. El último libro mostrará el poderío militar de los romanos, los tributos que perciben de cada pueblo, lo que gastan en equipo naval y otros temas similares. Es conveniente que quien va a escribir sobre el valor del pueblo romano comience hablando de su origen. Quién soy yo, el que ha escrito estas cosas, muchos lo saben y yo mismo lo he manifestado antes. Para decirlo claramente, soy Apiano de Alejandría, hombre que ha alcanzado los más altos puestos en su patria y que actuó como defensor en los tribunales de Roma en tiempos de los emperadores, hasta que tuvieron a bien concederle el cargo de procurador de ellos. Y si alguno tiene un interés especial en conocer lo demás con respecto a mi persona, existe un escrito mío sobre estas cuestiones.
I
DE LA REALEZA
(FRAGMENTOS)
1
La historia comienza con Eneas, hijo de Anquises, el hijo [1 ] de Capis, que floreció en la guerra de Troya. Después de la toma de Troya, huyó y, tras un largo peregrinaje, llegó a un lugar de la costa de Italia llamado Laurento, en donde aún se muestra su campamento, y a la playa la llaman «playa de Troya» en recuerdo de aquél. Entonces era rey de los pueblos aborígenes 1 de esta parte de Italia, Fauno, el hijo de Marte, que dio en matrimonio, a Eneas, a su hija Lavinia y le entregó un pedazo de terreno de 400 estadios de perímetro. Aquí fundó una ciudad que llamó Lavinio por su mujer. Tres años más tarde, a la muerte de Fauno, Eneas recibió la realeza en virtud de su parentesco por matrimonio y dio el nombre de «latinos» a los aborígenes en recuerdo de su suegro Latino Fauno. Tres años más tarde aún, Eneas murió a manos de los rútulos, un pueblo etrusco, en una batalla por causa de su esposa Lavinia, que había sido prometida precisamente al rey de aquéllos. Le sucedió en el trono Eurileón, llamado Ascanio, que era hijo de Eneas y de Creusa, hija de Príamo que había sido su mujer en Troya. Sin embargo, hay quienes dicen que Ascanio, su sucesor en el trono, era hijo de Lavinia.
[2 ] Al morir Ascanio cuatro años después de la fundación de Alba —pues también él fundó una ciudad, a la que llamó Alba, y la pobló con colonos de Lavinio 2 —, le sucedió en el trono Silvio. Dicen que Silvio tuvo un hijo llamado Eneas Silvio, y éste, uno llamado Latino Silvio, y éste, uno llamado Capis, y éste, uno llamado Cápeto, y éste, uno llamado Tiberino, y éste, uno llamado Agripa, y éste, uno llamado Rómulo que fue alcanzado por un rayo y tuvo un hijo llamado Aventino, del que fue hijo Procas. Todos llevaban el sobrenombre de Silvio. Procas tuvo dos hijos, el mayor se llamaba Númitor y el más joven, Amulio. Cuando el hijo mayor recibió el trono de manos de su padre, al morir éste, el más joven se lo arrebató por la fuerza y la violencia. También dio muerte a Egesto, el hijo de su hermana, y a Rea Silvia, la hija de su hermana, la hizo vestal para que no tuviera hijos. Su carácter apacible y clemente salvó a Númitor de una conspiración contra su vida. Silvia quedó embarazada en contra de la ley; Amulio la encarceló para castigarla y entregó los dos hijos que tuvo a unos pastores para que los arrojasen a un río cercano llamado Tíber. Los niños eran Rómulo y Remo. Por línea materna descendían de Eneas, pero el linaje paterno es desconocido 3 .
(Focio, Bibl . 16b4 Bekker)
1 A
Sobre Remo y Rómulo. Después de la toma de Troya, en el día octavo del mes de diciembre, Eneas, huyendo al monte Ida, pasó a través de los aqueos que le abrieron paso, pues iba cargado con las imágenes de los dioses y con su familia. Y ellos dicen que no soportaba verlos, sino que, en repetidas ocasiones, suplicó a los bárbaros que devolvieran Helena a los aqueos. Y reuniendo allí a un puñado de frigios, partió hacia Laurento, y tras desposar a Lavinia, hija de Latino, rey de los aborígenes, fundó una ciudad y la llamó Lavinio por su mujer. Cuando murió Latino, a los tres años, al recibir en herencia el reino, dio el nombre de latinos a los aborígenes en recuerdo de su suegro. Y de nuevo, a su vez, al cabo de otros tres años, Mezencio, rey de los rútulos, entabló con Eneas una guerra, debido a que Lavinia le había sido prometida en matrimonio antes a él, y lo mató. Por tanto, Ascanio asumió en su lugar la realeza. Éste, subestimando a la ciudad de Lavinio como de poco valor, fundó otra al pie del monte Albano y la llamó Alba. A ésta, tras detentar la soberanía durante treinta años, la arrasaron los romanos hasta el punto de que no quedó en pie ni un solo edificio. A Ascanio le sucedió, en tercer lugar, Silvio, y después, en cuarto lugar, otro Eneas. A éste, en quinto lugar, le sucedió Latino, y a él, en sexto, Capis. El séptimo rey fue Cápeto y el octavo, Tiberino. El noveno rey, tras él, fue Agropas y el décimo, Rómulo, el onceavo fue Aventino, el doceavo, Procas y, en decimotercer lugar, reinaron Númitor y Amulio. El padre de éstos dejó el reino a Númitor, que era el mayor, pero Amulio, su hermano, tras rechazarlo, se hizo con la corona. Y, por miedo a su venganza, mató durante una cacería a Egesto, el hijo del que había sido rechazado, y también por temor a que la hermana de éste pudiera concebir un hijo, la hizo vestal. Pero ella quedó embarazada, según dijo, de Marte, cuando cogía agua de su fuente y dio a luz a Remo y Rómulo. Por consiguiente, Amulio la encerró y entregó sus hijos para que fueran arrojados al Tíber, llamado Tibris en aquel entonces. Los que cogieron a los niños, que eran unos pastores, los llevaron al río y colocaron el cesto en el agua, al principio, entre sus pies, pero el río se desbordó y, al marcharse ellos, el agua se retiró poco a poco, de manera que las criaturas se encontraron en terreno seco y una loba que se acercó al cesto los alimentó.
Laurentia la mujer de Féstulo, un pastor (...).
Al hacerse hombres éstos 〈se entregaron a〉 la piratería, y a Remo, apresado cuando atacaba los territorios de Númitor, lo condujeron ante Amulio, el cual lo envió a su hermano Númitor pensando que, como había sido objeto de su pillaje, se vería obligado a castigarlo. Sin embargo, éste, a la vista del muchacho, conjeturando el tiempo de su exposición y lo demás, sospechó la verdad y se preocupó de su educación. Y Rómulo asustado y enterándose, por Féstulo, de lo referente a él y a su hermano y de que su madre estaba encerrada prisionera, tomó un puñado de pastores con los que llevó a cabo un ataque y, después de matar a Amulio, mostraron a los albanos a Númitor como rey y fundaron una ciudad junto al río en el que habían sido expuestos y alimentados y en el que, tras su crianza, se habían entregado al pillaje. A esta ciudad le dieron el nombre de Roma, llamada en aquel tiempo «cuadrado», porque su perímetro era de dieciséis estadios y cada lado tenía cuatro estadios.
(Excerpta anon. biz ., ed. por TREU a partir del Par. suppl. gr . 607A)
2
El libro primero contiene los hechos y obras de los siete reyes, Rómulo, Numa Pompilio, Anco Hostilio, Anco Marcio —un descendiente de Numa—, Tarquinio, Servio Tulio y Lucio Tarquinio, hijo del otro Tarquinio 4 . El primero de éstos fue el fundador y colonizador de Roma y, aunque gobernó más como un padre que como un monarca absoluto, sin embargo, fue asesinado, o según refieren otros, hecho desaparecer. El segundo, después de reinar no menos que el primero, sino incluso más, murió a la edad de (...). El tercero murió por causa de un rayo. El cuarto acabó sus días víctima de una enfermedad. El quinto fue asesinado por unos pastores. El sexto también perdió la vida asesinado igualmente. El séptimo fue expulsado de la ciudad y despojado de su realeza por violar las leyes. Desde aquel momento se acabó la monarquía y el poder fue transferido a los cónsules.
(FOCIO , Bibl . 15b22 BEKKER )
3
Y ella (Tarpeya), esperando a que su padre estuviera ausente, le prometió a Tacio entregarle la guarnición.
(Suda , s. v. Tátios y phyláxasa )
4
A una orden de Tacio, arrojaron el oro contra la joven hasta que, herida, sucumbió bajo el montón de oro.
(Suda , s. v. litházo y éste )
5
Cuando Tacio declaró la guerra a Rómulo, fueron las mujeres de los romanos, que eran hijas de los sabinos, las que hicieron la paz. Avanzando hasta el campamento de sus padres con las manos tendidas, les mostraron a los hijos habidos ya de sus esposos y testificaron que éstos no habían cometido ningún exceso contra sus personas. Pidieron a los sabinos que se apiadaran de ellos mismos, de sus yernos, de sus nietos y de sus hijas, y que pusieran fin a una guerra impía entre familiares o mataran, en primer lugar, a aquellos culpables de la guerra. Los padres, movidos a compasión, tanto por sus propias dificultades como por piedad hacia las mujeres, y al comprender que los romanos no habían hecho estas cosas por arrogancia sino por necesidad, entraron en negociaciones con ellos. Rómulo y Tacio se reunieron en la calle conocida, a partir de entonces, como «sacra» y pactaron sobre estas condiciones: que ambos, Rómulo y Tacio, serían reyes y que los sabinos que entonces servían bajo las órdenes de Tacio y cualquier otro de ellos que quisiera podían fijar su residencia en Roma con los mismos derechos y bajo las mismas leyes que los romanos.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 1, pág. 516)
6
El general, al enterarse por uno de sus huéspedes privados, se lo comunicó a Hostilio.
(Suda , s. v. idióxenos )
7
Le censuraban a él cuán equivocadamente había arriesgado todo, confiado en el poder de los tres hombres 5 .
(Suda , s. v. blásphēmos )
8
Hacer la paz en los términos que los sabinos estimaran justos.
(Suda , s. v. dikaioûn )
9
Compró los tres libros por el precio de uno.
(Anecd ., ed. BEKKER , pág. 180, 15)
10
Horacio era un lisiado. No pudo obtener el consulado ni en la guerra ni en la paz, a causa de la incapacidad de sus piernas.
(Suda , s. v. akhrēstía y Orátios )
11
Los cónsules ofrecieron los juramentos y manifestaron que cederían en todo antes que en la vuelta de Tarquinio.
(Suda , s. v. prosḗsesthai )
12
Tarquinio incitó a los sabinos contra los romanos. Claudio, un sabino influyente de la ciudad de Regilo, no permitió que los sabinos violaran el tratado, hasta que, al ser condenado por esta conducta, huyó a Roma con sus familiares, amigos y cinco mil esclavos. Los romanos concedieron a todos ellos un lugar para habitar, tierra para cultivar y los hicieron ciudadanos. Claudio fue elegido miembro del senado gracias a sus gloriosos hechos de armas contra los sabinos. Y una nueva tribu recibió su nombre.
(Exc. de virt . 1, pág. 216)
13
Los latinos, aunque aliados de los romanos, hicieron la guerra contra éstos... Los latinos acusaban a los romanos de que los despreciaban, pese a que eran sus aliados y les unían lazos de consanguinidad.
(Suda , s. v. énspondos y páresis )
1 Primitivos habitantes del Lacio, según la tradición indígena, que los considera como autóctonos. Después fueron llamados «latinos», tomando el nombre del rey Latino. Sin embargo, el problema de los primeros pobladores del Lacio, núcleo a partir del cual surgiría Roma, es bastante complejo. Otro sector de la tradición antigua consideraba a los sículos como los habitantes más antiguos del Lacio. Esta teoría arrancaba del historiador siciliano Antíoco que hacía a Sículo nativo de Roma. Timeo y la analística romana la desarrollaron a partir de Fabio Píctor. Otros entroncan a los ligures con estos pobladores primitivos del Lacio (cf. G. DE SANCTIS , Storia dei Romani , vol. I, 2.ª ed., Florencia, 1956, págs. 170 sigs., en adelante citado: DE SANCTIS ).
2 Hay que observar aquí la fusión perfecta de la leyenda de Alba con la troyana: los fundadores de Roma proceden de Alba, que, a su vez, fue fundada por Ascanio, hijo de Eneas, emigrado de Lavinio. Arranca esta fusión de Fabio Píctor y fue seguida, en general, por los historiadores romanos (sin embargo, Nevio y Ennio difieren, cf. DE SANCTIS , I, pág. 199).
3 Ésta es la leyenda de los orígenes de Roma que narran, con muchas variantes de detalle pero acordes en lo sustancial, los escritores de la época de Augusto. Hay elementos bastante dispares según la época y el origen.
4 La lista de los siete reyes estaba fijada en época muy antigua, porque no se tiene en la tradición ninguna variante ni para el orden ni para los nombres, por lo que no puede ser posterior a la aparición de la historiografía oficial en el siglo IV . De otro lado la leyenda de la etapa regia tiende, sobre todo, a explicar de manera bastante sencilla instituciones religiosas y civiles muy antiguas.
5 Los Curiacios, tres hermanos de Alba que se enfrentaron a los Horacios, tres hermanos de Roma. Se trata de una leyenda que se inserta en la relativa a la lucha entre Roma y Alba.
II
SOBRE ITALIA
(FRAGMENTOS)
1
Los volscos, sin asustarse de las desgracias de sus vecinos, hicieron la guerra contra los romanos y pusieron cerco a sus colonias.
(Suda , s. v. klēroûchon )
2
El pueblo no votó la candidatura de Marcio para el consulado, no por considerarlo indigno, sino porque temía su arrogancia.
(Suda , s. v. apaxiôn )
3
Marcio 1 , encendido en su odio contra los romanos al ser desterrado, se pasó a los volscos proyectando una gran venganza contra aquéllos.
(Suda , s. v. pímpratai )
4
(Dijo) que había venido renunciando a su patria y a su linaje, que no le importaban nada y quería hacer suya la causa de los volscos en vez de la de su patria.
(Suda , s. v. allaxámenos )
5
[1 ] Después de su destierro, Marcio se refugió entre los volscos e hizo la guerra a los romanos y, cuando se encontraba acampado a una distancia de cuarenta estadios de la ciudad, el pueblo amenazó al senado con entregar las murallas al enemigo, a no ser que enviaran una embajada a Marcio para negociar la paz. El senado, a regañadientes, envió a unos plenipotenciarios para acordar una paz ventajosa para Roma. Éstos, cuando llegaron al campamento volsco, ofrecieron a Marcio, en presencia de los volscos, la amnistía y el retorno, si ponía fin a la guerra, y le recordaron que el senado no había cometido ninguna falta contra él. Éste acusó al pueblo de las muchas ofensas que les había causado, tanto a él como a los volscos, pero, no obstante, prometió que los reconciliaría con los volscos, si devolvían la tierra y las ciudades de éstos que tenían en su poder y les otorgaban el derecho de ciudadanía como a los latinos, pero que, mientras los vencidos poseyeran lo que pertenecía a los vencedores, no veía qué clase de paz podía hacerse. Después de hacerles estas propuestas, despidió a los embajadores y les dio un plazo de treinta días para considerarlas. Entonces marchó contra las ciudades latinas y tomó siete en treinta días, al cabo de los cuales regresó para recibir la respuesta.
Ellos respondieron que, si retiraba el ejército del [2 ] territorio romano, enviarían embajadores para concluir una paz en términos apropiados. Al negarse él, de nuevo, enviaron a otros diez para suplicarle que no hiciera nada indigno contra su patria y que consintiera que se hiciese un tratado, no por una orden suya, sino como consecuencia de la libre voluntad, por respeto a su patria y estima a la reputación de sus antepasados, que no le habían hecho ninguna afrenta. Marcio les respondió tan sólo que volvieran al cabo de tres días con una propuesta mejor. Los romanos, entonces, enviaron a sus sacerdotes revestidos de sus ornamentos sagrados para suplicarle, una vez más, estas cosas. Pero éste contestó que debían cumplir lo ordenado, o no era necesario que volvieran a verle. Por consiguiente, los romanos se dispusieron para el asedio y llenaron la muralla de piedras y dardos con objeto de repeler el ataque de Marcio desde lo alto de los muros.
Pero Valeria, la hija de Publícola, reunió a muchas [3 ] mujeres y las condujo ante Veturia, la madre de Marcio, y ante su esposa Volumnia. Todas iban con vestidos de luto y habían unido a las súplicas a sus hijos, y pidieron a aquéllas que las acompañaran para ir al encuentro de Marcio y pedirle que los perdonara a ellos y a su patria. Así pues, con el permiso del senado, salieron sólo las mujeres hacia el campamento de los enemigos. Marcio sintió admiración de la ciudad por su coraje y por el temple de las mujeres de Roma, y salió a su encuentro suprimiendo las varas y hachas de los lictores, en consideración a su madre. Corrió a su encuentro, la abrazó, la condujo hasta el consejo de los volscos y la exhortó a que expusiera lo que deseara.
Ella dijo que, al ser su madre, había sido agraviada [4 ] como él con su destierro de la ciudad, pero que veía que los romanos habían sufrido ya mucho por su causa y que habían tenido un castigo suficiente con tanto territorio devastado y muchas ciudades demolidas, y como último recurso para ellos, recurrían a la súplica y le enviaban como embajadores a los cónsules, a sus sacerdotes, a su madre y esposa, y querían reparar su injusticia con la amnistía y el retorno. «No quieras tú remediar una desgracia con otra irremediable ni acarres infortunios tanto a ti, como a los que te han hecho injusticia. ¿A dónde llevarás el fuego? ¿Desde los campos contra la ciudad? ¿Desde la ciudad contra tu propio hogar? ¿Desde tu propio hogar contra los templos? Concédenos tu favor a mí y a tu patria, hijo, como te lo pedimos». Éstas fueron sus palabras, y Marcio respondió que no consentía en llamar patria al país que le había desterrado, sino a aquel que le había acogido. No existe amistad, dijo, con quien te ofende ni enemistad hacia quien te beneficia. La exhortó a que pusiera su mirada en los presentes con quienes había intercambiado sentimientos de fidelidad mutua, le habían concedido el derecho de ciudadanía, le habían elegido su general y habían puesto en sus manos sus asuntos privados. Pasó revista, en fin, a todos los honores que había recibido de ellos y a los juramentos con los que se había comprometido, e invitó a su madre a que tuviera como amigos y enemigos a los mismos que aquéllos.
[5 ] Mientras Marcio estaba todavía hablando, ella, afligida y tendiendo las manos hacia el cielo, invocó a los dioses familiares como testigos de que dos procesiones de mujeres habían salido desde Roma en épocas de gran calamidad: una, en tiempos del rey Tacio, y otra, en éstos de Gayo Marcio. De entre estas dos, dijo, Tacio que era un extranjero y un verdadero enemigo cedió por respeto a las mujeres y, en cambio, Marcio desprecia una embajada de tan gran número de mujeres, de la que, además, forman parte su esposa y su madre. «Ojalá —dijo— que ninguna otra madre, tras haber fracasado con su hijo, se vea en la necesidad de postrarse a sus pies, pero yo, no obstante, también me someto a esto. Me postraré ante ti». Y al decirlo, se arrojó al suelo. Entonces, Marcio prorrumpió en lágrimas, saltó hacia delante, la sostuvo en sus brazos y exclamó profundamente conmovido: «Has vencido, madre, pero una victoria a causa de la cual matarás a tu hijo». Después de decir esto retiró al ejército con idea de dar explicaciones a los volscos y de reconciliar a los dos pueblos. Había una esperanza de que lograse persuadir a los volscos. Sin embargo, a causa de la envidia de su general Acio fue lapidado.
(Exc. de las embajadas de los romanos 1, pág. 65)
5 B
Marcio no consideraba oportuno contradecir a ninguna de estas (demandas).
(Suda , s. v. edikaíou )
6
Fueron dignos de compasión por su desgracia y de alabanza por su valor, pues ésta fue una gran calamidad para los romanos a causa del número de bajas, de la dignidad de una casa noble y su total destrucción 2 . El día en que ocurrió lo consideraron nefasto.
(Suda , s. v. eleeinós y apophrádes hēmérai )
7
El ejército mostraba una actitud rebelde hacia su general 3 , a causa del rencor. Lucharon, dejándose vencer adrede, y huyeron, vendándose el cuerpo como si estuvieran heridos. Derribaron las tiendas e intentaron retirarse, acusando de impericia a su general.
(Suda , s. v. ethelokákōs )
8
[1 ] Al producirse malos presagios de parte de Júpiter después de la toma de Veyes, los augures dijeron que había sido olvidado algún deber religioso y Camilo recordó que se le había olvidado apartar la décima parte del botín para el dios que dio el oráculo relativo al lago. Por tanto, el senado decretó que los que hubieran tomado cualquier cosa de Veyes hicieran una evaluación de ello y trajeran la décima parte bajo juramento. Y no vacilaron, debido a su piedad, en ofrendar una décima parte del producto de la tierra, que ya había sido vendida, así como del botín. Con el dinero obtenido, enviaron una crátera de oro sobre un pedestal de bronce al tesoro de los romanos y masaliotas en Delfos, la cual permaneció allí hasta que Onomarco hizo fundir su oro durante la guerra focense. Sin embargo, el pedestal todavía está allí.
[2 ] Algún tiempo después, alguien acusó a Camilo ante el pueblo de haber sido el causante de aquellos augurios y portentos funestos para la ciudad, y el pueblo, que desde hacía bastante tiempo se había vuelto hostil hacia él, lo castigó con una multa de quinientos mil sestercios, sin sentir compasión por él, ni siquiera pese a que había perdido a su hijo antes del juicio. Sus amigos contribuyeron a aportar el dinero para que su persona no sufriera violencia. Sin embargo, Camilo, profundamente enojado, se trasladó a vivir a Ardea, haciendo el voto de Aquiles de que llegaría el momento en el que los romanos añorarían a Camilo. Y ello ocurrió muy pronto. Pues, cuando los galos se apoderaron de la ciudad, el pueblo huyó al lado de Camilo y lo eligió de nuevo dictador, como está escrito en mi historia de la Galia.
(Exc. de virt . 2, pág. 216)
9
El patricio Manlio salvó a Roma de un ataque galo y fue objeto de los máximos honores. Posteriormente, al reconocer a un anciano que había combatido muchas veces por su país reducido a la esclavitud por un prestamista, pagó su deuda. Como esta acción le granjeóel elogio de todos, liberó de sus obligaciones a sus propios deudores, y al obtener más fama, pagó, incluso, las deudas de otros. Encumbrado en su prestigio por estas medidas demagógicas, ya proyectó la abolición de todas las deudas o juzgó conveniente que el pueblo vendiera la tierra que estaba todavía sin repartir y aplicara su producto al pago de los deudores.
(Exc. de virt . 3, pág. 217; de allí Suda , s. v. Márkos Mállios )
1 Este capítulo y los siguientes relatan la leyenda de Marcio Gneo Coriolano, inserta en el marco de las luchas entre volscos y romanos. Es una de las joyas de la epopeya popular itálica, que ha llegado hasta nosotros traducida en prosa y con los retoques pragmáticos de los analistas, entre ellos, Valerio Antias (cf. DE SANCTIS , II, págs. 103 y sigs.).
2 Se refiere al desastre de los Fabios en Cremera, en la primera guerra entre Veyes y Roma en el siglo V .
3 Apio Claudio Sabino.
III
LA HISTORIA SAMNITA
(FRAGMENTOS)
1
[1 ] Cuando los generales romanos Cornelio y Corvino, y el plebeyo Decio, vencieron a los samnitas, dejaron una guarnición en Campania como defensa contra las incursiones de éstos. Los soldados de la guarnición romana, debido a su convivencia con el refinamiento y lujo de los de Campania, corrompieron sus costumbres y comenzaron a envidiar las riquezas de este pueblo, dado que eran pobres y temían por las deudas que tenían contraídas en Roma. Finalmente, planearon matar a sus huéspedes, apoderarse de su hacienda y tomar como esposas a sus mujeres. Y tal vez hubieran cometido una infamia tan horrenda, de no haber sido porque Mamerco 1 , otro general romano, que estaba en camino contra los samnitas, se enteró de la maquinación de los guardianes y, ocultando sus intenciones, desarmó a algunos de ellos y les dejó marchar como si fueran a disfrutar de un descanso por sus muchos años de milicia; a los más viles, les ordenó apresurarse hacia Roma para una cierta misión y envió, con ellos, a un tribuno militar al que le dio la orden de vigilarlos en secreto. Ambos grupos sospechaban que sus planes habían sido descubiertos y, cerca de la ciudad de Terracina, se separaron del tribuno militar, liberaron a los prisioneros que trabajaban en los campos y, armándolos como pudieron, marcharon contra Roma en número aproximado a veinte mil.
Cuando les faltaba todavía un día de camino, les [2 ] salió al encuentro Corvino, que permanecía tranquilo acampado en los montes Albanos, e inspeccionando el curso de los acontecimientos, consideró arriesgado luchar contra hombres desesperados. Sin embargo, los hombres de uno y otro bando se mezclaron entre ellos a escondidas, y los guardianes reconocieron, con gemidos y lágrimas, pues se trataba de familiares y amigos, que eran culpables, pero imputaban la culpa a las deudas de Roma. Corvino, al enterarse de esto, no se atrevió a cargar con la responsabilidad de tantas muertes por motivos civiles y aconsejó al senado que condonara a los hombres sus deudas. Exageró la dificultad de la guerra, pues ponía en duda que fuera capaz de vencer a tantos hombres que luchaban a la desesperada y sospechaba de sus encuentros y reuniones, no fuera a ser que ni siquiera su propio ejército le fuera fiel en todo, puesto que eran familiares de aquéllos y no menos oprimidos por las deudas. Dijo que, si era derrotado, el peligro sería mucho mayor, y que, en caso de vencer, la victoria sería muy desafortunada para la ciudad, al haber sido obtenida sobre tantos compatriotas. El senado hizo caso de estos argumentos y decretó la condonación de las deudas para todos los romanos y la inmunidad para aquellos que entonces eran enemigos. Estos últimos, deponiendo las armas, regresaron a la ciudad.
(Exc. de virt . 4, pág. 217)
2
El cónsul Manlio Torcuato fue un hombre de gran valor. Su padre, en cambio, fue un hombre mezquino que no se preocupó de él y le mantuvo en el campo, trabajando y criándose con los esclavos. Cuando el tribuno de la plebe Pomponio entabló un proceso contra él por sus muchos delitos, entre los que era su intención el mencionar el mal comportamiento con su hijo, el joven Manlio se dirigió, con una daga oculta, a la casa del tribuno y pidió entrevistarse a solas con él so pretexto de comunicarle algo de importancia en relación con el juicio. Una vez que fue recibido e iba a comenzar a hablar, cerró las puertas y, empuñando la espada, amenazó de muerte al tribuno, si no juraba que retiraría la acusación contra su padre. Aquél lo juró y la retiró explicando al pueblo lo sucedido. Manlio obtuvo fama por este hecho y fue alabado porque se mostró un hijo tal para tal padre.
(Exc : de virt. 5 , pág. 219)
3
Éste le incitó con mofa a un combate singular 2 . Pero aquél se contuvo durante un cierto tiempo, y después, al no poder soportar ya la provocación, espoleó contra él su caballo.
(Suda , s. v. eréthisma )
4
Mientras los samnitas recorrían el territorio de [1 ] Fregelas, saqueándolo, los romanos se apoderaron de ochenta y una aldeas pertenecientes a los samnitas y a los daunios, mataron a veintiún mil hombres y los sacaron del territorio de Fregelas. Los samnitas enviaron de nuevo embajadores a Roma llevando los cadáveres de unos hombres que habían sido ejecutados como presuntos culpables de esta guerra y cierta cantidad de dinero que dijeron había sido cogido de su hacienda. A la vista de lo cual, el senado, pensando que ellos estaban ya completamente deshechos, juzgó que un pueblo que había sufrido tantos males cedería en lo referente a la supremacía de Italia. Los samnitas aceptaron las demás condiciones y todas las otras objeciones que plantearon lo hicieron en un tono de demanda, de invitación o como propuesta a debatir en sus ciudades. Sin embargo, respecto a la supremacía, no soportaron, una vez más, ni oír hablar de ello y dijeron que no habían ido allí para rendir a sus ciudades, sino para entablar lazos de amistad. Y después de rescatar a los prisioneros con el oro, se marcharon irritados, dispuestos a persistir en su pretensión de hacer un debate acerca de la supremacía.
Los romanos decretaron que no recibirían ya más [2 ] embajadas de los samnitas, sino que los combatirían sin tregua ni reconciliación, hasta que los sometieran totalmente por la fuerza. La divinidad, no obstante, se irritó por esta actitud altanera y, con posterioridad; los romanos fueron derrotados por los samnitas y obligados a pasar bajo el yugo. Los samnitas, a las órdenes de su general Poncio, coparon a los romanos en un lugar muy estrecho, donde estaban oprimidos por el hambre, y los generales romanos enviaron embajadores a Poncio invitándole a que se hiciera acreedor de la gratitud de Roma de una forma como raras veces ofrece la oportunidad. Sin embargo, éste respondió que no era necesario que le enviaran más embajadores, a menos que se entregaran ellos mismos con sus armas. Se produjo un lamento como si la ciudad hubiera sido tomada y los generales consumieron aún varios días dudando en cometer un acto indigno de la ciudad. Pero, como no aparecía ningún otro medio de salvación, el hambre los agobiaba y había cincuenta mil hombres jóvenes cuya muerte no soportaban ver, se entregaron a Poncio y le pidieron que, tanto si había elegido matarlos, como venderlos o tenerlos bajo vigilancia a la espera del rescate, no cometiera ningún ultraje contra las personas de unos infelices.
[3 ] Poncio se hizo aconsejar por su padre, a quien mandó venir desde Caudio en un carro a causa de su edad. El anciano le dijo: «Un solo remedio existe, hijo, para una gran enemistad, el máximo de indulgencia o de severidad. Los castigos severos espantan y la generosidad reconcilia. Ten presente que la primera y más grande de todas las victorias es conservar como un tesoro el éxito. Deja ir a todos indemnes y sin ultrajes, sin quitarles nada, para que la magnitud de tu generosidad quede intacta. Tengo entendido que son sumamente sensibles a los honores. Así pues, sólo si son vencidos por un acto de generosidad rivalizarán contigo en aventajarte en la devolución de un favor tal. Puedes hacer de tu generosidad una garantía segura de paz imperecedera. Pero si no logro convencerte con estas razones, mátalos a todos de la forma más cruel, sin que quede ni siquiera uno que lleve la noticia. Te aconsejo lo primero como elección y esto último, como una necesidad. Pues los romanos tomarán inevitablemente venganza sobre ti por cualquier ultraje que reciban de tus manos. En este caso, anticípate a asestarles el primer golpe y no podrías encontrar un perjuicio mayor que la muerte, a un mismo tiempo, de cincuenta mil hombres jóvenes».
Tales fueron sus palabras, y su hijo respondió: «No [4 ] me extraño, padre, de que hayas propuesto las dos cosas más dispares entre sí, pues ya anunciaste de antemano que ibas a referirte a medidas extremas en uno y otro sentido. Yo no voy a matar a tantos hombres por miedo a la venganza del dios y por respeto al oprobio de los hombres, y no quiero quitar tampoco a ambas naciones las esperanzas de un mutuo entendimiento por causa de un mal irreparable. Sin embargo, en lo que respecta a su liberación, no me parece bien, después de habernos causado los romanos tantas desgracias y mientras todavía poseen territorios y ciudades nuestras, dejar marchar libres de todo a tantos prisioneros. No lo haré. Pues el humanitarismo irracional es una estupidez. Y observa tú también el asunto desde la óptica samnita, dejándome a mí a un lado. Los samnitas cuyos hijos, padres y hermanos han muerto por causa de los romanos y que han sido despojados de sus posesiones y riquezas, desean una satisfacción. El vencedor es orgulloso por naturaleza y busca la ganancia. ¿Quién, pues, soportará que yo no mate a éstos, ni los venda, ni siquiera los castigue, sino que los deje partir indemnes como si fueran nuestros benefactores? A la vista de esta situación, descartemos los extremismos, uno, porque no está en mi mano, el otro, porque yo no consiento un acto tal de inhumanidad. Sin embargo, para humillar de algún modo el orgullo de los romanos y no ser objeto de censura ante los demás, les quitaré las armas, que siempre utilizaron contra nosotros, y sus riquezas —pues también las tienen por habérnoslas quitado— y los dejaré ir sanos y salvos bajo el yugo, señal ésta de oprobio de la que ellos se sirvieron contra otros pueblos. Estableceré la paz entre ambas naciones y eligiré a sus jinetes más ilustres como rehenes de estos tratados, hasta que el pueblo entero los ratifique. Actuando de este modo, pienso que haré cosas propias de un vencedor y de hombre humanitario, y que los romanos se alegrarán también con estas condiciones, ellos que, pese a que hacen gala de poseer un carácter noble, se las impusieron muchas veces a otros pueblos».
[5 ] Mientras Poncio decía estas cosas, el anciano rompió a llorar y, subiendo al carro, regresó a Caudio. Poncio convocó a los embajadores y les preguntó si había entre ellos algún fetial. Pero no había ninguno, pues habían emprendido la campaña para una guerra sin tregua ni cuartel. Por tanto, ordenó a los embajadores que dijeran a los cónsules, a los otros oficiales del ejército y a toda la multitud lo siguiente: «Siempre pactamos con los romanos la amistad que vosotros mismos quebrantasteis al aliaros con los sidicinos, que eran nuestros enemigos. Después, cuando se concertó de nuevo la paz, hicisteis la guerra a nuestros vecinos los neapolitanos y no se nos escapó a nadie que esto formaba parte de un ambicioso plan vuestro para dominar toda Italia. En los combates anteriores, tras obtener mucho provecho frente a la inexperiencia de nuestros generales, no mostrasteis nada de mesura hacia nosotros. Y ni siquiera os bastó con haber devastado nuestro país y haber ocupado plazas fuertes y ciudades de otro pueblo y enviar colonos a ellas, sino que, al enviaros embajadores por dos veces, haciéndoos muchas concesiones, nos impusisteis otras condiciones arrogantes, como la exigencia de someteros todo nuestro imperio. Nos tratasteis no como a un pueblo que está en negociación, sino como a quién ya ha sido hecho prisionero. Y, además de esto, decretasteis esta guerra sin tregua ni cuartel contra unos hombres amigos en otro tiempo y descendientes de los sabinos a los que hicisteis conciudadanos vuestros. Por consiguiente, no debiéramos concertar tratado alguno con vosotros por causa de vuestra ambición. No obstante, yo, por respeto a la cólera divina que vosotros despreciasteis y en recuerdo de nuestra relación familiar y amistad anteriores, os permito a cada uno que os marchéis sanos y salvos con una túnica, pasando bajo el yugo, en el caso de que queráis devolvernos nuestra tierra y todas las plazas fuertes, retirar a vuestros colonos de las ciudades y no hacer la guerra jamás contra los samnitas».
Al ser comunicadas estas condiciones al campamento, [6 ] se produjo en todo él un profundo clamor de dolor, pues consideraban la afrenta de pasar bajo el yugo peor que la muerte. Después, al enterarse de los jinetes que quedarían como rehenes, de nuevo se lamentaron profundamente. Sin embargo, aceptaron por necesidad estas condiciones y llevaron a cabo la ceremonia del juramento Poncio, los dos cónsules romanos Postumio y Veturio, dos cuestores, cuatro legados de las legiones y doce tribunos militares que representaban la totalidad de los oficiales que habían sobrevivido. Después de la toma del juramento, Poncio abrió una parte de la barricada y, tras clavar dos lanzas en el suelo con otra transversal encima, hizo salir a los romanos de uno en uno bajo ellas. Les dio algunos animales de carga para llevar a los enfermos y provisiones suficientes hasta que llegaran a Roma. Esta forma de liberación que llaman «los de bajo el yugo» me parece a mí que implica un ultraje similar al de si hubieran sido capturados en el combate.
Cuando se supo la desgracia en la ciudad, se produjeron [7 ] gemidos y lamentos de dolor como ante un duelo y las mujeres se golpeaban en señal de luto por los que se habían salvado de manera ignominiosa como si estuvieran muertos. Los senadores se despojaron de sus túnicas de color púrpura, se prohibieron las fiestas, casamientos y otras ceremonias de esta índole por un año entero, hasta que se reparase la desgracia. Algunos de los liberados se refugiaron en los campos por vergüenza, otros entraron de noche en la ciudad, y los cónsules lo hicieron de día, porque la ley les obligaba y llevaban las enseñas de su rango, pero no ejercieron más su autoridad.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 2, pág. 517)
5
Una multitud de ochocientos jóvenes elegidos seguía a Dentato por admiración a su valor, dispuestos a todo. Esto suponía una dificultad para el senado en sus reuniones.
(Suda , s. v. zêlos )
6
[1 ] Un gran número de senones, una tribu celta, combatíó contra los romanos como aliados de los etruscos. Los romanos enviaron embajadores a las ciudades de los senones y se quejaron de que, estando bajo tratado, combatieran como mercenarios contra los romanos. Britómaris despedazó a estos embajadores y esparció los restos de sus cuerpos a pesar de sus emblemas de heraldo y sus vestidos sagrados, reprochándoles, a su vez, que los romanos habían matado a su padre mientras combatía en Etruria. El cónsul Cornelio, al enterarse de esta acción abominable cuando estaba de camino, dejó su campaña contra Etruria y marchó contra las ciudades de los senones con toda rapidez a través del territorio sabino y de los picenos, las destruyó y prendió fuego a todas; esclavizó a las mujeres y a los niños, y mató a todos los jóvenes adultos, excepto a un hijo de Britómaris, al cual, después de infligirle terribles ultrajes, se lo llevó para su triunfo.
Cuando los senones que estaban en Etruria se enteraron [2 ] de esta desgracia, condujeron a los etruscos contra Roma y, después de sufrir muchos reveses al no tener tierras propias en las que refugiarse, irritados por las desgracias ocurridas, atacaron a Domicio y perecieron muchos. El resto se dio muerte a sí mismo en su desesperación. Éste fue el castigo que sufrieron los senones como consecuencia de su crimen contra los embajadores.
(Exc. de las embajadas de los romanos 2 , pág. 68)
7
Cornelio realizó un viaje de inspección a lo largo de [1 ] la costa de la Magna Grecia con diez barcos de guerra. En Tarento, un demagogo llamado Filócaris, hombre de vida infamante, por lo que tenía el apodo de Tais, recordó a los tarentinos unos tratados antiguos en virtud de los cuales los romanos se comprometieron a no navegar más allá del cabo Lacinio. Y encendiendo sus ánimos, les convenció de que se hicieran a la mar contra Cornelio. Los tarentinos hundieron cuatro de sus barcos y apresaron uno solo con su tripulación. Acusaron también a los turios de que, a pesar de ser griegos, habían preferido refugiarse al lado de los romanos en vez de con ellos y de que eran los culpables de que los romanos hubieran traspasado los límites. Expulsaron a sus hombres más notables, arrasaron la ciudad y dejaron marchar a la guarnición romana bajo acuerdo.
Los romanos, al enterarse de estos sucesos, enviaron [2 ] embajadores a Tarento para exigir que devolviesen a los que habían hecho prisioneros no en la guerra sino mientras estaban de inspección; que restituyeran a su ciudad a los ciudadanos turios expulsados; que devolvieran lo que habían saqueado o una indemnización porlo que se había perdido, y que les entregaran a los responsables de estos actos criminales, si querían seguir siendo amigos del pueblo romano. Los tarentinos hicieron pasar con muchas reticencias a los embajadores a su consejo y, cuando estuvieron dentro, se burlaban de ellos cada vez que cometían algún fallo al expresarse en lengua griega, también se mofaron de sus túnicas y de las bandas de color púrpura. Pero un cierto Filónides, hombre burlón y amigo de las bromas, acercándose a Postumio, el jefe de la embajada, le volvió la espalda, se agachó, y tirándose de la toga, ultrajó al embajador. Todos los asistentes se rieron del hecho. Postumio tendiendo hacia adelante la túnica manchada, dijo: «Lavaréis esto con mucha sangre, vosotros que os alegráis con tales bromas». Como los tarentinos no dieron ninguna respuesta, los embajadores se marcharon. Y Postumio, sin lavar el ultraje de que había sido objeto su túnica, se lo mostró a los romanos.
[3 ] El pueblo se irritó profundamente y dio orden a Emilio 3 , que estaba luchando contra los samnitas, de que dejara por el momento la campaña samnita e invadiera el territorio tarentino y les ofreciera las mismas propuestas de paz que la legación anterior, y si no estaban de acuerdo, les hiciera la guerra con todas sus fuerzas. Él les hizo las mismas ofertas y ya esta vez no se rieron, pues veían al ejército, pero estaban divididos casi por igual en sus opiniones. Finalmente, alguien, al verlos sin saber qué hacer y enzarzados en disputas, les dijo: «Entregar a ciudadanos es propio de gente ya esclavizada y hacer la guerra nosotros solos es arriesgado. Si queremos salvaguardar a toda costa nuestra libertad y luchar en igualdad de condiciones, llamemos a Pirro, rey de Epiro, y hagámosle nuestro general en esta guerra». Y así se hizo.
(Exc. de las embajadas de los romanos 3, pág. 68)
8
Después del naufragio, Pirro, rey de Epiro, desembarcó en Tarento. Los tarentinos, entonces, estaban muy molestos con los oficiales del rey, que se habían instalado por la fuerza en sus casas y habían abusado abiertamente de sus mujeres e hijos. Después, Pirro puso fin a sus comidas de hermandad y a otras reuniones y pasatiempos, por no considerarlas convenientes para un estado de guerra, les ordenó ejercicios militares y estableció como castigo la pena de muerte para quienes desobedecieran las órdenes. En este punto los tarentinos, fatigados por ejercicios y tareas a las que estaban absolutamente desacostumbrados, huyeron de la ciudad, como si les fuera extraña, hacia los campos. El rey cerró las puertas y estableció guardianes. Y los tarentinos comprendieron con claridad su propia estupidez.
(Exc. de virt. 6 , pág. 219)
9
En Regio había una guarnición romana para la seguridad [1 ] y custodia de la ciudad contra los enemigos. Estos soldados y su jefe, Decio, envidiando los bienes de sus habitantes, aguardaron a una ocasión en que estaban de fiesta en un día sagrado y los mataron y violaron a sus mujeres. Adujeron como excusa de su crimen que los habitantes de Regio iban a entregarle la guarnición a Pirro. Decio se convirtió en gobernante absoluto, en vez de prefecto de guardia, y estableció lazos de amistad con los mamertinos que habitaban al otro lado del estrecho de Sicilia y que, no mucho tiempo antes, habían cometido un ultraje similar con sus propios huéspedes.
Como sufría una afección de los ojos y desconfíaba [2 ] de los médicos de Regio, hizo venir, desde Mesina, para que le curase, a un hombre de Regio que había emigrado a Mesina hacía tiempo, que no se conocía que era de Regio. Éste le convenció para que usase ciertos fármacos calientes, si quería un pronto restablecimiento. Le ordenó que se frotara los ojos con algunos ungüentos abrasadores y corrosivos y que aguantara el dolor hasta que él regresara. Luego retornó en secreto a Mesina. Decio, después de soportar el dolor por mucho tiempo, se lavó el ungüento y descubrió que había perdido la vista.
[3 ] Fabricio fue enviado por los romanos para restablecer el orden, devolvió la ciudad a los habitantes que aún quedaban de Regio y envió a Roma a los guardianes responsables del motín. A éstos los azotaron en mitad del foro, los decapitaron y arrojaron sus cuerpos sin enterrar. Y Decio que, por estar ciego, fue puesto en prisión con negligencia, se suicidó.
(Exc. de virt . 7, pág. 219)
10
[1 ] Pirro, el rey de Epiro, tras derrotar a los romanos, deseaba que su ejército se recuperara de la dura batalla. Como esperaba que aquéllos se avendrían, en especial entonces, a entablar negociaciones para la paz, envió a Roma a Cineas el tesalio, que gozaba de fama por sus dotes de orador hasta el punto de haber sido comparado con Demóstenes. Cineas, al ser introducido en el senado, hizo muchos elogios en un tono grandilocuente acerca de su rey y recalcó, en especial, su moderación tras el combate, porque no había atacado de inmediato la ciudad ni el campamento vencido. Les ofreció la paz, la amistad y la alianza con Pirro, si incluían en estos tratados a los tarentinos, dejaban libres y autónomos a los demás griegos que habitaban en Italia y devolvían todo lo que habían apresado en la guerra a los lucanios, samitas, daunios y brucios. Afirmó que, si se realizaban estos tratados, Pirro les devolvería a los prisioneros sin rescate.
Ellos dudaron mucho tiempo, sobrecogidos por la [2 ] fama de Pirro y por la desgracia que les había ocurrido, hasta que Apio Claudio el Ciego, que se hallaba ya privado de la vista, ordenó a sus hijos que lo llevaran al senado y allí dijo: «Estoy enojado, porque he perdido la visión, pero ahora, también, porque conservo la capacidad de oír. Pues nunca pensé ver ni oír tales deliberaciones de vosotros que, por un solo fracaso, os olvidasteis, en bloque, de vosotros mismos y proyectáis hacer amigos, en vez de enemigos, a quien os hizo esto y a los que lo llamaron, y pensáis entregar la herencia de vuestros antepasados a los lucanios y a los brucios. ¿Qué es esto sino convertir a los romanos en siervos de los macedonios? Y algunos se atreven a llamar a este hecho paz, en vez de esclavitud». Apio, tras decir otras muchas cosas similares a éstas y enardecer los ánimos con ellas, expuso que, si Pirro deseaba la amistad y la alianza de los romanos, se retirara de Italia y entonces enviara una embajada, pero que si permanecía allí, no esperara ser amigo ni aliado, ni juez ni árbitro de los romanos.
El senado dio como respuesta a Cineas lo que precisamente [3 ] había dicho Apio. Hicieron una leva de dos legiones para Levino 4 con la proclama siguiente: que se inscribiera en el ejército todo el que quisiera dar su nombre para reemplazar a los que habían muerto. Y Cineas, que todavía estaba presente, al ver que ellos se empujaban en su afán de enrolarse, se dice que al regresar junto a Pirro le dijo: «Estamos luchando contra una hidra». Hay otros, en cambio, que opinan que no fue Cineas, sino el propio Pirro, quien dijo esta frase, cuando vio un ejército romano mayor que el anterior, pues el otro cónsul, Coruncanio, llegó desde Etruria con sus fuerzas para unirse a Levino. Se dice también que Cineas, al preguntarle Pirro otras cosas sobre Roma, le respondió que era una ciudad, en su totalidad, de generales, y, como Pirro se admirara, se rectificó a sí mismo y dijo: «De reyes mejor que de generales». Pirro, al ver que ninguna propuesta de paz salía del senado, se apresuró contra Roma devastándolo todo. A la altura de la ciudad de Anagnia, con el ejército pesado por la carga del botín y la gran cantidad de prisioneros, aplazó el combate y se volvió a Campania, enviando por delante a los elefantes, y distribuyó el ejército entre los cuarteles de invierno de las distintas ciudades.
[4 ] Embajadores romanos le propusieron rescatar a los prisioneros o canjearlos por los tarentinos y los otros aliados suyos que tenían en su poder. Sin embargo, él respondió que si, como ya había dicho antes Cineas, se avenían a hacer la paz, liberaría a los prisioneros sin rescate alguno, pero que si estaban dispuestos a proseguir la lucha, no dejaría ir a tantos hombres valientes para que lucharan contra él. No obstante, dispensó a la legación una hospitalidad regia y, enterado de que Fabricio, el jefe de la misma, tenía mucha influencia en la ciudad y era un hombre sumamente pobre, se le aproximó y le dijo que si le conseguía el tratado, le llevaría al Epiro como lugarteniente suyo y partícipe de todas sus posesiones. Le invitó a que tomara ya desde aquel momento una cierta cantidad de dinero, con el pretexto de que se la iba a dar para los que iban a arreglar la paz. Fabricio, por su parte, rompió a reír y no hizo ningún comentario sobre los asuntos públicos pero replicó: «Mi independencia no podéis tomarla ninguno de tus amigos ni tú mismo, rey, y estimo en mucho más a mi pobreza que a la riqueza y miedo a un tiempo de los tiranos». Otros, sin embargo, afirman que no fue ésta su respuesta sino: «Ten cuidado, no sea que los epirotas, adoptando mi naturaleza, me prefieran a mí».
Cualquiera que fuese la respuesta, Pirro quedó admirado [5 ] de la altivez de su espíritu y buscó otro camino para conseguir la paz. Permitió a los prisioneros que marcharan a las fiestas saturnales 5 sin vigilancia, a condición de que, si la ciudad aceptaba las propuestas de Pirro, se quedaran libres ya de su prisión, pero que, si no las aceptaba, regresaran a su lado al finalizar las fiestas. El senado les ordenó, aunque ellos les suplicaron e instaron fervientemente a aceptar las propuestas de paz, que se entregaran voluntariamente a Pirro al finalizar el festival en el día fijado y decretó la pena de muerte para los que pospusieran el día. Todos observaron la orden y Pirro pensó, de nuevo, que la guerra era inevitable.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 3, pág. 520)
11
A Pirro le tenía perplejo ya la marcha de los asuntos [1 ] romanos y también le causó cierta zozobra un levantamiento entre los molosos. Entonces Agatocles, tirano de Sicilia, acababa de morir y Pirro, que estaba casado con su hija Lanasa, empezó a mirar la isla, en vez de a Italia, como posesión particular. Sin embargo, dudaba todavía en dejar sin ningún acuerdo de paz a los que le habían llamado en su ayuda. Por tanto, aferrándose complacido al pretexto que le había proporcionado la devolución del traidor, testificó su gratitud a los cónsules y envió a Roma a Cineas para que corroborara dicha gratitud por la salvación de su vida, llevara como recompensa a los prisioneros y se procurara la paz del modo que pudiera. Cineas llevó muchos regalos para hombres y mujeres, pues se había enterado de que la ciudad gustaba mucho del dinero y de los regalos, y de que las mujeres tenían mucha influencia desde siempre entre los romanos.
[2 ] Pero ellos se prevenían unos a otros contra la aceptación de los regalos y dicen que nadie, ni hombre ni mujer, cogió nada. Le respondieron igual que antes: que cuando Pirro se marchase de Italia enviara embajadores sin regalos y que no dudarían en hacer nada de lo que fuera justo. Sin embargo, dieron un magnífico hospedaje a los embajadores y devolvieron a Pirro los prisioneros tarentinos y de sus otros aliados. Pirro, a la vista de esto, partió hacia Sicilia con los elefantes (...) y ocho mil jinetes prometiendo a sus aliados que volvería a Italia desde Sicilia. Y regresó al cabo de tres años, cuando lo expulsaron de allí los cartagineses.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 4, pág. 523)
12
[1 ] Pirro, después de la batalla y el tratado con los romanos, navegó hacia Sicilia, prometiendo a sus aliados que regresaría desde Sicilia a Italia. Y regresó al cabo de tres años, cuando lo expulsaron de allí los cartagineses y era ya una pesada carga para los sicilianos por causa del hospedaje, del suministro de víveres, de las guarniciones y los tributos que les había impuesto. Enriquecido por estos tributos, regresó a Regio con ciento diez navíos de guerra y un número mucho mayor de barcos mercantes y de transporte. Pero los cartagineses, en un combate naval, le hundieron setenta barcos y, a excepción de doce, dejaron a los demás inservibles para navegar. Pirro huyó con éstos y se tomó venganza sobre los locrios epizefirios que habían matado a su guarnición y al jefe de ésta por los ultrajes cometidos contra ellos. Pirro los masacró y saqueó con saña cruel, sin respetar siquiera las ofrendas del templo de Prosérpina, y comentó con sorna que la piedad extemporánea era superstición y que era una buena decisión amontonar riquezas sin trabajo.
Una tormenta le sorprendió cuando se había hecho [2 ] a la mar con los despojos del saqueo, y hundió a algunos de sus barcos con sus tripulaciones y a los otros los arrojó contra la costa. Sin embargo, las olas llevaron de vuelta intactos, todos los objetos sagrados a los puertos de los locrios, de forma que Pirro, dándose cuenta tarde de su impiedad, los restituyó al templo de Prosérpina y trató de propiciarse a la diosa con muchos sacrificios. Pero como las víctimas no eran propicias, se enfureció todavía más y dio muerte a los que le habían aconsejado el saqueo del templo o a quienes habían asentido a su propuesta o habían tomado parte en el hecho. Tal fue el desastre de Pirro.
(Exc. de virt . 8, pág. 220)
1 Gayo Marcio Rutilo, cónsul en el 342 a. C., que Apiano, o su fuente, confunde con L. Emilio Mamerco, maestro de caballería de M. Valerio Corvo, dictador el mismo año (d. LIVIO , VII 39, 17). Estos dos capítulos refieren la sedición militar del ejército romano durante la primera guerra samnita.
2 Combate entre Gémino Mecio, un jinete tusculano, y T. Manlio, hijo de T. Manlio Torcuato, cónsul en el 340 a. C.
3 L. Emilio Bárbula, cónsul en el 281 a. C.
4 P. Valerio Levino, cónsul en el 280 a. C.
5 Fiestas en honor de Saturno. Tenían lugar el 17 de diciembre. Eran fiestas más o menos licenciosas, con una mayor permisividad y relajamiento de las costumbres. Se daba una cierta libertad a los esclavos durante estos días e, incluso, había una subversión de las clases sociales. Los esclavos se sentaban a la mesa y se hacían servir por sus dueños.
IV
LA HISTORIA DE LA GALIA
(FRAGMENTOS)
1
[1 ] Los galos tomaron la iniciativa en atacar a los romanos y se apoderaron de Roma, con excepción del Capitolio, y la incendiaron. Camilo 1 los venció y los expulsó, y con el tiempo, los volvió a derrotar en un segundo intento de invasión y celebró el triunfo por este motivo a los ochenta años de edad. Un tercer ejército galo que invadió Italia fue destruido también por los romanos bajo el mando de Tito Quintio. Después de esto, los boyos, la tribu más salvaje de los galos, atacaron a los romanos. El dictador Gayo Sulpicio en persona les salió al encuentro con el ejército y se dice que utilizó la siguiente estratagema. Ordenó a los que estaban colocados en la primera línea que, disparando a un tiempo sus lanzas, se agacharan de inmediato hasta que las lanzaran los de la segunda línea, los de la tercera y los de la cuarta, y que, a medida que las fueran lanzando, se agacharan para que no les hirieran las lanzas, y que, cuando los últimos las hubieran lanzado, se levantaran a un tiempo todos juntos y trabaran combate de inmediato dando fuertes gritos. Pues pensaba que el tener que esquivar tantas lanzas seguido de una carga rápida aterrorizaría a los enemigos. Las lanzas eran semejantes a las jabalinas y los romanos las llamaban «pilas» 2 , tenían cuatro caras, la mitad de hierro y la otra de madera y eran flexibles excepto en la punta. De esta forma, todo el ejército de los boyos fue destruido por los romanos.
Popilio derrotó a otras tropas galas y, después de aquél, [2 ] Camilo, el hijo del anterior Camilo, derrotó a las mismas. Emilio Papo también erigió trofeos sobre los galos. Poco antes del consulado de Mario, una horda de galos mucho mayor y más belicosa, la más temible, sobre todo por el vigor corporal de sus componentes, invadió Italia y la Galia, derrotó a algunos cónsules romanos y destrozó sus ejércitos. Mario fue enviado contra ellos y los destruyó a todos. La última y más grande de las guerras emprendidas por los romanos contra los galos fue la que se llevó a cabo bajo el mando de Gayo César. Pues durante los diez años de su campaña se enfrentó a más de cuatro millones de hombres salvajes, considerados en total, y de éstos, un millón fueron hechos prisioneros y otros tantos muertos en combate. Sometieron a cuatrocientas tribus y más de ochocientas ciudades: algunas, que habían hecho defección de su alianza, y otras, apresadas por primera vez. Antes que Mario, Fabio Máximo Emiliano con un ejército muy pequeño combatió contra los galos y mató a ciento veinte mil en una sola batalla, perdiendo sólo a quince de los suyos. E hizo esto a pesar de que sufría por causa de una herida reciente, pasando entre los cuerpos de tropas, animándolos y mostrando cómo había que combatir a los bárbaros, unas veces en carro y otras a pie, sostenido por los brazos de otros.
César, al comenzar la guerra contra ellos, venció a los helvecios [3 ] y tigurinos, que eran unos doscientos mil. Los tigurinos anteriormente habían vencido a un ejército romano mandado por Pisón y Casio y lo habían enviado bajo el yugo, según testimonia Paulo Claudio en sus anales. Labieno, lugarteniente de César, venció ahora a los tigurinos y a los demás los venció César, así como a los tricorios que les ayudaron. Después venció a los germanos acaudillados por Ariovisto, los cuales aventajaban en estatura incluso a los hombres de mayor tamaño, eran de carácter salvaje, de enorme osadía y despreciaban la muerte pues esperaban una vida ulterior; sobrellevaban con igual paciencia el frío y el calor, se alimentaban de yerbas en tiempo de escasez y los caballos ramoneaban en los árboles. No eran, en cambio, según parece, sufridos en el combate y luchaban sin cálculo ni ciencia, con la pasión como las fieras y, a causa de ello, fueron vencidos por la ciencia y resistencia de los romanos. Aquéllos atacaron con un impulso tremendo y rechazaron a todas las legiones a la vez, pero los romanos se mantuvieron en formación y, venciéndoles con una maniobra, dieron muerte, finalmente, a ochenta mil.
[4 ] Después, César atacó a los llamados belgas cuando atravesaban un río y mató a tantos que pudo atravesar el río sobre un puente formado por los cuerpos de los muertos. Los nervios, en cambio, le derrotaron, al atacarle de improviso cuando estaba preparando el campamento, nada más llegar de una marcha; mataron a muchos y, entre ellos, a todos los tribunos y centuriones, y al propio César, que se había refugiado en una colina con su guardia personal, le pusieron cerco. Sin embargo, al atacarles la décima legión por la retaguardia, sucumbieron pese a que eran sesenta mil. Los nervios eran descendientes de los cimbrios y de los teutones. César venció también a los alóbroges. Dio muerte a cuatrocientos mil usipetos y tencteros, armados y desarmados conjuntamente. Los sigambros, con quinientos jinetes, derrotaron a cinco mil jinetes de César, atacándoles de manera repentina, pero después lo pagaron con una derrota.
[5 ] César fue también el primer romano que atravesó el Rin y llegó a la Isla Británica, mucho mayor que el mayor continente, y todavía desconocida para los hombres de Roma. Realizó la travesía aprovechando la oportunidad de la marea. Pues al afectarle el movimiento del mar, la flota fue impulsada, al principio despacio, luego con más rapidez, y finalmente, César llegó hasta la Isla Británica con enorme velocidad.
(Epítome Vat .)
2
En la olimpíada noventa y siete, según el cómputo griego, una parte considerable de los galos que habitaban a ambos lados del Rin se movió en busca de otras tierras, ya que las que ellos ocupaban no eran suficientes a causa del número de habitantes. Cruzaron los Alpes e hicieron la guerra a los clusinos, que ocupaban una tierra muy fértil de Etruria. Éstos, que hacía poco tiempo que habían concertado tratados con los romanos, acudieron a ellos en demanda de ayuda. Los romanos les enviaron como embajadores a los tres Fabios, para que instaran a los galos a retirarse de un país que era amigo de Roma y les amenazaran si no obedecían. Los galos replicaron que no temían ni las amenazas ni la guerra de nadie; que estaban necesitados de tierra y no se habían inmiscuido aún en los asuntos de Roma. Los embajadores, los Fabios, apremiaron entonces a los clusinos a que atacaran a los galos mientras estaban devastando el país sin consideración; participaron personalmente en la expedición y mataron a un gran número de galos que andaban recogiendo forraje. El embajador romano Quinto Fabio mató al jefe de aquel grupo, lo despojó de sus armas y las llevó, de regreso, a Clusio.
(Exc. de las embajadas de los romanos 4, pág. 70)
3
Brenno, el rey de los galos, después que los Fabios hubieran dado muerte a muchos galos, no recibió a los embajadores romanos, sino que, con el propósito de intimidar a los romanos, eligió como embajadores a algunos que destacaban por su estatura entre todos los demás galos, que ya de por sí son todos de gran corpulencia, y los envió a Roma para quejarse de que los Fabios, mientras actuaban como embajadores, les habían hecho la guerra, en contra de las leyes de las naciones. Exigía que les fueran entregados aquéllos para castigarlos, a menos que los romanos quisieran hacer suyo el crimen. Los romanos eran conscientes de que los Fabios habían actuado ilegalmente, pero por respeto a esta familia noble pidieron a los galos que aceptaran una suma de dinero en compensación por ellos. Al no aceptarla éstos, eligieron a los Fabios como tribunos militares para ese año y dijeron a los embajadores galos que no podían hacer nada ahora contra los Fabios, pues estaban ya desempeñando un cargo oficial, pero que regresaran al año siguiente, si todavía continuaban irritados. Brenno y los galos que estaban bajo su mandato consideraron que habían sido ultrajados y, llenos de indignación por ello, enviaron emisarios a otras tribus galas para pedirles, como cosa justa, que hicieran causa común con ellos en esta guerra. Cuando estuvieron reunidos en gran número, levantaron el campamento y marcharon contra Roma.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 5, pág. 523)
4
Y él 3 prometió llevar las cartas a través de las filas enemigas hasta el Capitolio.
(Suda , s. v. hyphístatai )
5
Cuando Cedicio llevaba a Camilo el decreto del senado por el que se le nombraba cónsul, le pidió que, en las circunstancias presentes, depusiera su cólera contra su patria a causa del castigo sufrido. Este último le interrumpió mientras hablaba y dijo: «Nunca hubiera suplicado que los romanos me desearan, si hubiera conocido lo que había de significar para ellos su deseo, pero ahora haré una súplica más noble: ¡ojalá pueda prestar a mi patria un servicio tan grande como la desgracia en la que se ve envuelta!».
(Exc. de virt . 9, pág. 221)
6
Como los galos no pudieron subir al Capitolio por ningún medio, permanecieron tranquilos a la espera de reducir a los de dentro por hambre. Un sacerdote llamado Dorsón descendió desde el Capitolio con sus instrumentos sagrados a través de las filas enemigas para llevar a cabo un sacrificio anual al templo de Vesta. Éstos respetaron su osadía, su piedad o quedaron sobrecogidos por la santidad de su figura. Y él, que había escogido el riesgo a causa de sus sagrados menesteres, se salvó por esto mismo. El escritor romano Casio nos refiere que este hecho sucedió así.
(Exc. de virt . 10, pág. 221)
7
Los galos se atiborraban de vino y de otros alimentos hasta la saciedad, eran incontinentes por naturaleza y poseían un país que, excepción hecha de los cereales, era improductivo y carente de otros frutos. Sus cuerpos, que eran grandes y delicados, llenos de carne fofa a causa del exceso en la comida y la bebida, tendían a la pesadez y corpulencia, y se volvían incapaces por completo de correr y trabajar, así que, cuando era necesario hacer algún esfuerzo se fatigaban con rapidez por causa del sudor y la falta de respiración.
(Exc. de virt . 11, pág. 222, de allí Suda , s. v. ádēn )
8
Los mostró 4 desnudos a los romanos y dijo: «Ésos son los que os atacan en el combate con gritos agudos, haciendo sonar sus armas y sus grandes espadones y agitando sus cabellos. Observad su falta de temeridad y la blandura y debilidad de su cuerpo, y volved al trabajo».
(Suda , s. v. hiéntes )
9
El pueblo observaba el combate desde las murallas y enviaba continuamente otras tropas de refresco a los que estaban soportando la pelea. Los galos, cansados al tener que luchar con un enemigo en plenitud de facultades, huyeron desordenadamente.
(Suda , s. v. nealḗs )
10
El galo, furioso y exhausto por la pérdida de sangre, perseguía a Valerio, esforzándose por agarrarse a él y obligarle a caer; sin embargo, como Valerio seguía retirándose continuamente, el galo cayó de bruces. Los romanos se felicitaron de este segundo combate singular con los galos.
(Suda , s. v. liphaimeî )
11
La tribu de los senones, aunque tenía concertado un tratado con Roma, proporcionó, no obstante, mercenarios contra los romanos. El senado envió emisarios quejándose de que, estando bajo tratado, proporcionaban mercenarios contra ellos. El galo Britómaris, irritado porque su padre, siendo aliado de los etruscos, había muerto a manos de los romanos en esta guerra, despedazó a los embajadores que llevaban las insignias de los heraldos o iban revestidos con las vestimentas inviolables de su cargo, y esparció los trozos de sus cuerpos por los campos. Cornelio se enteró por el camino de este hecho execrable y, atacando con toda rapidez a las ciudades de los senones a través del territorio sabino y piceno, las destruyó e incendió a todas, esclavizó a las mujeres y a los niños, dio una muerte cruel a todos los hombres adultos, arrasó el país por los más variados procedimientos y lo dejó inhabitable para el futuro. Sólo se llevó a Britómaris como prisionero para someterlo a tortura. Después los senones, no teniendo ya patria a donde huir, atacaron con osadía a Domicio y, al ser derrotados, se dieron muerte a sí mismos presa de la desesperación. Éste fue el castigo que sufrieron los senones por su violación criminal contra los embajadores.
(Exc. de las embajadas de los romanos 5 , pág. 70)
12
Los jefes de los salios, una tribu vencida por los romanos, se refugiaron junto a los alóbroges. Los romanos los reclamaron y, como los alóbroges no accedieron a entregarlos, les hicieron la guerra bajo el mando de Gneo Domicio. Cuando éste se encontraba atravesando el territorio salio, le salió al encuentro un mensajero de Bituito, rey de los alóbroges, espléndidamente adornado y con una comitiva de lanceros engalanados a su vez y de perros —pues los bárbaros de esta región llevan perros como escolta—. También les seguía un músico que cantaba, a la usanza bárbara, alabanzas al rey Bituito, a los alóbroges y al propio emisario, celebrando su nacimiento, bravura y riqueza. Por este motivo precisamente, los embajadores distinguidos se hacían acompañar de tales personas. Pero él, aunque pidió perdón para los jefes salios, no consiguió nada.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 6, pág. 524)
13
Una banda numerosa de teutones, que estaba entregada al saqueo, invadió el territorio de Nórico. El cónsul romano Papirio Carbón, temeroso de que invadieran Italia, tomó posiciones en los Alpes, en un lugar donde el paso era muy estrecho. No obstante, como ellos no avanzaron, les atacó bajo la acusación de que habían invadido el pueblo de Nórico, que era amigo de los romanos. Era costumbre de Roma hacer amigos a aquellos que se entregaban para ser aliados, pero sin que hubiera obligación de defenderlos como a tales. Los teutones, al aproximarse Carbón, le enviaron embajadores para decirle que desconocían la existencia de una relación tal entre los romanos y los habitantes de Nórico, y que, en el futuro, se abstendrían de molestarlos. Éste alabó a los embajadores y les proporcionó guías para el viaje de regreso, pero encargó a los guías, en secreto, que siguieran una ruta más larga. Entonces él atravesó por una más corta y atacó a los teutones de improviso, mientras se hallaban todavía descansando. Sin embargo, pagó por su perfidia con la pérdida de muchos hombres. Y tal vez hubieran muerto todos, de no haber sido porque la oscuridad y un enorme aguacero que se desencadenó en el transcurso de la batalla, acompañado de fuertes truenos, separaron a los combatientes y pusieron fin al combate por el temor que inspiraba el firmamento. Aún así, los romanos se refugiaron en los bosques en grupos pequeños y se reunieron a duras penas tres días más tarde. Los teutones pasaron a la Galia.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 7, pág. 524)
14
Ordenó que dejaran intactos los cuerpos de los cimbrios hasta que llegara el día, porque pensaban que estaban adornados con mucho oro.
(Suda , s. v. apsaústōs y kímbros )
15
Dos pueblos, los tigurinos y los helvecios, invadieron la provincia romana de la Galia. Cuando Gayo César se enteró de este movimiento, hizo construir un muro de ciento cincuenta estadios a lo largo del río Ródano. Al enviarle los enemigos unos embajadores con la intención de hacer un tratado, les ordenó entregar rehenes y dinero. Ellos le respondieron que estaban acostumbrados a recibir estas cosas, pero no a entregarlas. Entonces, César, que quería impedir la unión de ambos, envió a Labieno contra los tigurinos, que eran los más débiles, y él mismo marchó contra los helvecios con veinte mil montañeses galos. Labieno tuvo un trabajo fácil, cayó sobre los tigurinos, que estaban desprevenidos a orillas del río, los derrotó y provocó la desbandada de la mayoría.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 8, pág. 525)
16
Ariovisto, rey de los germanos de allende el Rin, pasó a este lado antes de la llegada de César y atacó a los eduos, que eran amigos de los romanos. Pero entonces, convencido por éstos, que le ordenaron desistir se separó de los eduos y deseó ser amigo del pueblo romano, y así ocurrió, dado que César, que era cónsul, votó en su favor.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 9, pág. 525)
17
Ariovisto, el rey de los germanos que había llegado a ser amigo de los romanos, vino para conferenciar con César y, cuando se separaron de nuevo, manifestó su deseo de sostener otra conversación. Sin embargo, César se negó, pero envió en su lugar a algunos líderes galos. Ariovisto los hizo prisioneros y César se puso en marcha con su ejército contra él y le amenazó. Pero el miedo hizo presa en el ejército por la fama de los germanos.
(Exc. de las embajadas de los romanos 6, pág. 71)
18
Parece que los usipetes, una tribu germana, y los tencterios pusieron en fuga, sin que mediara provocación, con ochocientos jinetes, a cinco mil jinetes de César y que éste, cuando enviaron embajadores para llegar a un acuerdo con él, los detuvo, y que sufrieron un desastre tan repentino y total, que fueron despedazados cuatrocientos mil germanos. Un escritor romano 5 dice que Catón propuso en Roma que César fuera entregado a los bárbaros, como autor de este crimen llevado a cabo contra gentes que buscaban negociaciones. Pero César, en su propio diario, afirma que, tras ordenar a los usipetes y tencterios que volvieran a sus primitivos lares, le replicaron que habían enviado embajadores a los suevos, los autores de su expulsión, y que aguardaban su respuesta; y que, mientras estaban pendientes de estas negociaciones, le atacaron con ochocientos jinetes, y por ello, pusieron en fuga a cinco mil romanos. Y que, cuando enviaron ellos otra embajada para defenderse por la violación de su buena fe, sospechando otra argucia semejante, les atacó antes de dar su respuesta.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 10, pág. 525)
19
De inmediato incitaron a los britanos a violar el juramento, quejándose de que, cuando ya tenían vigencia los tratados, todavía estaba presente el ejército.
(Suda , s. v. parorkêsai )
20
César, temiendo por Cicerón, se volvió hacia atrás.
(Suda , s. v. deísantes )
21
Brítores sedujo a los eduos para que hicieran defección de los romanos y, cuando César se lo reprochó, contestaron que tenía preferencia una antigua alianza.
(Exc. de sent. 6 , pág. 66)
1 M. Furio Camilo, dictador romano.
2 El pilum , como arma arrojadiza, y el gladius , espada corta para el combate cuerpo a cuerpo, fueron durante mucho tiempo las armas por excelencia de la legión romana.
3 Poncio Cominio.
4 Marco Furio Camilo.
5 Tamesio Gémino (cf. H. PETER, Historicorum Romanorum Reliquiae , vol. II, Stuttgart, reimp. 1967, pág. 50).
V
SOBRE SICILIA Y OTRAS ISLAS
(FRAGMENTOS)
1
Al carecer de dinero los romanos y cartagineses, los primeros no podían construir ya barcos, exhaustos por los impuestos, pero reclutaban soldados de infantería y los enviaban cada año a África 1 y a Sicilia; los cartagineses, por su parte, enviaron una embajada al rey de Egipto Tolomeo 2 , hijo de Tolomeo, hijo de Lago, para solicitar un préstamo de dos mil talentos. Éste mantenía relaciones de amistad 3 con los romanos y los cartagineses y trató de reconciliar a ambos. Sin embargo, como no pudo conseguirlo, dijo que debía aliarse con los amigos contra los enemigos, pero no contra amigos.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 11, pág. 526, y Exc. de sent. 7 , pág. 66)
2
Cuando los cartagineses habían sufrido dos reveses [1 ] a un mismo tiempo en tierra y otros dos en el mar, donde se creían netamente superiores, y andaban faltos de dinero, de barcos y de hombres, solicitaron de Lutacio un armisticio y, tras obtenerlo, enviaron embajadores a Roma para negociar un tratado con ciertas condiciones limitadas. Enviaron con los embajadores a Atilio Régulo, el cónsul, que era su prisionero, para que solicitara de su patria que llegara a un acuerdo sobre esas condiciones. Cuando éste llegó como prisionero, revestido a la usanza cartaginesa, y los embajadores le dejaron en el senado, mostró la situación desesperada de los asuntos cartagineses y aconsejó que o bien prosiguieran la guerra con toda la fuerza posible, o bien llegaran a un acuerdo sobre condiciones más satisfactorias. Los cartagineses lo mataron cuando regresó por propia voluntad a Cartago, colocándolo de pie entre planchas erizadas por todas partes de púas de hierro, para que de ninguna forma pudiera reclinarse. Sin embargo, hicieron la paz sobre condiciones más satisfactorias para ellos.
Las condiciones del tratado 4 fueron las siguientes: [2 ] que todos los prisioneros romanos y los desertores que estaban en poder de los cartagineses fueran devueltos a los romanos; que fueran entregadas a los romanos Sicilia y todas las islas pequeñas adyacentes; que los cartagineses no iniciaran ninguna guerra contra los siracusanos o contra su tirano Hierón; que no reclutaran mercenarios en ningún lugar de Italia y que pagaran una indemnización de guerra a los romanos de dos mil talentos euboicos en veinte años, llevando a Roma una parte proporcional cada año —el talento euboico equivale a siete mil dracmas alejandrinos—. Así terminó la primera guerra entre romanos y cartagineses por la posesión de Sicilia, que se había prolongado durante veinticuatro años. Los romanos perdieron en ella setecientas naves y los cartagineses, quinientas. Los romanos entraron, de este modo, en posesión de la mayor parte de Sicilia, que antes poseían los cartagineses. Les impusieron tributos, distribuyeron ciertas cargas navales entre sus ciudades y enviaron cada año un pretor a Sicilia. A Hierón, el tirano de Siracusa, lo hicieron amigo y aliado por los favores que había hecho a los romanos en esta guerra.
[3 ] Al acabar la guerra, los mercenarios galos reclamaron a los cartagineses la paga que les adeudaban todavía por su servicio en Sicilia y todos aquellos regalos que les había prometido Amílcar. También presentaron las mismas demandas los soldados africanos, aunque éstos eran súbditos de los cartagineses, a causa de su intervención en Sicilia, y lo hicieron de forma más orgullosa, al ver que los cartagineses estaban debilitados y humillados. Contribuía a su enojo la muerte de tres mil compañeros a quienes habían crucificado los cartagineses por su deserción a los romanos. Y cuando los cartagineses rehusaron acceder a las demandas de unos y otros, se apoderaron, ambos, de Túnez y de Útica, que es la ciudad más grande de África después de Cartago. Tomándola como base de operaciones, se dedicaron a provocar la insurrección del resto de África, se atrajeron a algunos númidas, acogieron a una gran cantidad de esclavos fugitivos y devastaron todas las posesiones de los cartagineses. Éstos, combatidos en todos los frentes, llamaron a los romanos como aliados contra los africanos. Aquéllos no enviaron ningún ejército, pero les permitieron importar provisiones de Italia y Sicilia, y reclutar mercenarios en Italia sólo para esta guerra. Enviaron también embajadores a África para ver si podían poner fin a la guerra, pero éstos regresaron sin haber conseguido nada. Los cartagineses prosiguieron la lucha con toda energía.
(Exc. de las embajadas de los pueblos 12, pág. 526)
3
Hipócrates y Epícides eran dos hermanos, ambos, generales de los siracusanos. Durante largo tiempo mantuvieron una actitud hostil hacia los romanos, pero, dado que no pudieron incitar a la guerra a Siracusa, huyeron junto a los leontinos, que eran enemigos de los siracusanos, y acusaron a su patria de haber renovado, ellos solos, un tratado con los romanos, a pesar de los que había concertado Hierón, que incluían a toda Sicilia. Los leontinos se encolerizaron por ello. Y los siracusanos hicieron la proclama de que, si alguien traía la cabeza de Hipócrates o Epícides, se le pagaría su peso en oro. Sin embargo, los leontinos eligieron a Hipócrates como su general.
(Exc. de virt . 12, pág. 222 , de donde Suda , s. v. Epikýdēs )
4
Los sicilianos, que ya hacía tiempo estaban irritados contra el general Marcelo por su crueldad, se enojaron aún más contra él por esta acción: por haber penetrado a traición en Siracusa. Por esta razón se pasaron al lado de Hipócrates y juraron todos no hacer la paz por separado, le enviaron provisiones y un ejército de veinte mil soldados de infantería y cinco mil jinetes.
(Exc. de virt . 13, pág. 222)
5
A causa de su mala fama, nadie confiaba en Marcelo, excepto bajo juramento. Por esta razón, cuando los tauromenios se le entregaron voluntariamente, hizo un pacto y juró que no establecería una guarnición en la ciudad ni reclutaría soldados en ella.
(Exc. de virt . 14, pág. 223)
6
[1 ] Parece que la isla de Creta estaba bien dispuesta, desde un principio, hacia Mitrídates, rey del Ponto, y se dice que le proporcionó mercenarios cuando estaba en guerra contra los romanos. Se cree también que ellos, por favorecer a Mitrídates, toleraron y se aliaron abiertamente con los piratas que surcaban el mar entonces, pese a que eran perseguidos por Marco Antonio. Cuando este último les envió una embajada, los menospreciaron y les respondieron con desdén. Por este motivo, Antonio los combatió de inmediato y, aunque no obtuvo un triunfo, no obstante se ganó el título de Crético por esta empresa. Éste era el padre de aquel Marco Antonio que combatió posteriormente contra César Augusto en Accio. Al decretar los romanos hacer la guerra a los cretenses a causa de estos hechos, éstos enviaron embajadores a Roma para negociar la paz. Los romanos ordenaron que les entregaran a Lástenes, el que había combatido contra Antonio, y la totalidad de los barcos piratas, así como todos los prisioneros romanos que tuvieran, junto con trescientos rehenes y cuatro mil talentos de plata.
[2 ] Los cretenses no aceptaron estas condiciones y Metelo fue elegido general contra ellos. Metelo venció en Cidonia a Lástenes, que huyó a Cnoso, y Panares entregó Cidonia a Metelo, a condición de que le garantizara su seguridad personal. Mientras Metelo estaba sitiando Cnoso, Lástenes prendió fuego a su casa después de haberla llenado de dinero y huyó de Cnoso. Entonces los cretenses enviaron embajadores a Pompeyo el Magno, que dirigía la guerra contra los piratas y contra Mitrídates, para decirle que, si venía, se le entregarían voluntariamente. Él, como estaba ocupado en aquel momento, ordenó a Metelo que se retirara de la isla, porque no era necesario ya combatir a quienes estaban dispuestos a entregarse, y comunicó que iría después, para recibir la rendición de la isla. Sin embargo, Metelo no hizo caso y persistió en la guerra hasta someterla, pactando con Lástenes lo mismo que con Panares. Óbtuvo, pues, un triunfo y fue llamado Crético con más justicia que Antonio, ya que fue él quien realmente sometió a la isla.
(Fragm. VI compuesto a partir de Exc. de las embajadas de los romanos 7, pág. 71, y Exc. de las embajadas de los pueblos 13, pág. 527)
7
El patricio Clodio, apodado Pulcher , esto es: distinguido, estaba enamorado de la esposa de Gayo César. Se disfrazó de mujer desde la cabeza a los pies (todavía era imberbe) y entró en la casa de Gayo durante la noche, como una mujer, en una ocasión en la que sólo estaba permitida la entrada a las mujeres por celebrarse los misterios. Sin embargo, al haber perdido su guía y ser reconocido por otras por el sonido de su voz, fue expulsado.
(Exc. de virt. 15, pág. 223)
1 es Libyēn error de Apiano.
2 Tolomeo Filadelfo (muerto en el 246 a. C.).
3 El término griego es philía (cf. HOLLEAUX , Rome, la Gréce et les monarquies hellènistiques au 3 siècle av. J. C ., 1921, páginas 60 y sigs.).
4 Cf. DÍAZ TEJERA , «En torno al tratado de Lutacio entre Roma y Cartago», Habis 2 (1971), 109-126.
VI
SOBRE IBERIA
SINOPSIS
| 1 -2. | Geografía y pobladores de Iberia. |
| 3. | Argumento del libro Sobre Iberia . |
| 4 -5. | Amílcar en Iberia. Su muerte. |
| 6. | Asdrúbal sucede a Amílcar en Iberia. |
| 7. | El Tratado del Ebro. |
| 8. | Muerte de Asdrúbal. Aníbal es elegido jefe. |
| 9. | Aníbal decide hacer la guerra a los romanos. |
| 10. | Aníbal cruza el Ebro y ataca Sagunto. |
| 11. | Embajada de los saguntinos a Roma. |
| 12. | Final de Sagunto. |
| 13. | Embajada romana a Cartago. Declaración de guerra. |
| 14. | Los Escipiones hacia Iberia. |
| 15. | Actuación conjunta de Publio y Gneo Cornelio Escipión en Iberia. |
| 16. | Muerte de los Escipiones. |
| 17. | Incremento del poderío cartaginés en Iberia. |
| 18. | Cornelio Escipión es elegido general para Iberia. Su partida. |
| 19. | Escipión en Iberia. Decide atacar Cartago Nova. |
| 20. | Ataque a Cartago Nova. |
| 21. | Escipión se da cuenta de que la marea deja desguarnecida una parte del muro. |
| 22. | La ciudad es capturada. |
| 23. | Recuento del botín conseguido en Cartago Nova. |
| 24. | Escipión prosigue su avance victorioso por Iberia. |
| 25. | Escipión acampa junto a Carmona. |
| 26. | Escipión infunde ánimos a sus soldados. |
| 27. | La batalla de Carmona. |
| 28. | Nuevos hechos victoriosos de Escipión, Asdrúbal parte hacia Italia. |
| 29. | Lelio es enviado a África. |
| 30. | Escipión acude a la corte de Sifax. |
| 31. | Hechos de armas de Marcio. |
| 32. | Cástax e Ilurgia. |
| 33. | Astapa. |
| 34. | Sedición en el ejército de Escipión. |
| 35. | Escipión toma medidas para sofocar la sedición. |
| 36. | La rebelión de las tropas es sofocada. |
| 37. | Indíbil. Masinissa se alía con Escipión. |
| 38. | Fundación de Itálica. Partida de Escipión hacia Roma. Nueva sublevación de Indíbil. |
| 39. | Catón es enviado a Iberia para sofocar una nueva sublevación. |
| 40. | Catón llega a Emporion y obtiene una victoria. |
| 41. | Estratagema de Catón para demoler todas las murallas de las ciudades a lo largo del Ebro. |
| 42. | Flaco marcha contra Complega. |
| 43. | Tiberio Sempronio Graco realiza una espléndida campaña en Iberia. |
| 44. | Segeda. Levantamiento de los belos y los titos. |
| 45. | Derrota de Nobílior y muerte de Caro. |
| 46. | Nobílior es derrotado junto a Numancia. |
| 47. | Sucesivos desastres de Nobílior. |
| 48. | Claudio Marcelo en Iberia. |
| 49. | Embajada de los celtíberos a Roma. |
| 50. | Marcelo firma un tratado de paz antes de la llegada de su sucesor Lúculo. Fin de la guerra de los belos, titos y arevacos. |
| 51. | Lúculo hace una incursión contra los vacceos. |
| 52. | Perfidia de Lúculo. |
| 53. | Asedio de Intercacia. |
| 54. | Escipión concluye la paz con los habitantes de Intercacia. |
| 55. | Intento frustado de Lúculo contra Palantia. |
| 56. | Comienzo de la guerra lusitana. |
| 57. | Hechos de Mummio. |
| 58. | M. Atilio y Servio Galba en Iberia. |
| 59. | Operación conjunta de Lúculo y Galba en Lusitania. |
| 60. | Actuación infamante de Galba. |
| 61. | Vetilio en Iberia. Viriato. |
| 62. | Viriato es elegido jefe. Comienza la guerra de Viriato. |
| 63. | Derrota de Vetilio. |
| 64. | Derrota de Gayo Plaucio. |
| 65. | Fabio Máximo Emiliano en Iberia. Su victoria sobre Viriato. |
| 66. | Viriato y Quintio. Los arevacos, belos y titos comienzan otra guerra. |
| 67. | Fabio Máximo Serviliano en Iberia. |
| 68. | Viriato en Lusitania. |
| 69. | Serviliano, copado por Viriato, concluye con él un tratado de paz. |
| 70. | Cepión rompe el tratado. |
| 71. | Sexto Junio Bruto fracasa al intentar reprimir a algunas bandas de salteadores. |
| 72. | Expedición de Bruto contra los brácaros. |
| 73. | Bruto marcha contra Talábriga. |
| 74. | Muerte de Viriato. |
| 75. | Funerales y personalidad de Viriato. |
| 76. | La guerra numantina. |
| 77. | Pompeyo asume el mando. Termancia y Malia. |
| 78. | Pompeyo fracasa en su asedio a Numancia. |
| 79. | Actuación vergonzosa de Pompeyo. Popilio Lena en Iberia. |
| 80. | Mancino hace la paz y el senado la rechaza. Emilio Lépido en Iberia. |
| 81. | Emilio emprende la guerra contra la voluntad del senado. |
| 82. | Sucesivos fracasos de Emilio. |
| 83. | El senado desaprueba el tratado de Mancino y entrega a éste a los numantinos. |
| 84. | Escipión es elegido cónsul y parte hacia Iberia. |
| 85. | Restauración de la disciplina en el ejército. |
| 86. | Escipión somete al ejército a ejercicios continuos. |
| 87. | Escipión se traslada junto a Numancia. Su carácter previsor. |
| 88. | Escipión salva a Rutilio Rufo de una emboscada. |
| 89. | El cónsul romano escapa de una emboscada. |
| 90. | Numancia es rodeada con un muro. |
| 91. | Corte de las comunicaciones por el río. |
| 92. | Se completa el cerco de Numancia. Sistema de señales. |
| 93. | Los numantinos intentan romper el cerco en vano. |
| 94. | Proeza de Retógenes. Lutia. |
| 95. | Negociaciones entre el numantino Avaro y Escipión. |
| 96. | Los numantinos se rinden. |
| 97. | Reflexiones sobre el heroísmo de Numancia. |
| 98. | Escipión parte hacia Roma. |
| 99. | Breve resumen sobre hechos militares posteriores en Iberia. |
| 100. | Actuación vergonzosa de Didio. |
| 101. | Sertorio en Iberia. |
| 102. | Iberia bajo César y Augusto. |
Los montes Pirineos se extienden desde el mar Tirreno [ 1 ] hasta el océano septentrional. Habitan su parte oriental los celtas, que hoy día se llaman gálatas y galos, y la parte occidental, los iberos y celtíberos, que comienzan en el mar Tirreno y se extienden formando un círculo a través de las columnas de Hércules hasta el océano septentrional. Por consiguiente, Iberia está rodeada por el mar, a excepción de los Pirineos, los montes más altos de Europa y, tal vez, los más abruptos de todos. De este entorno marítimo recorren, en sus travesías, el mar Tirreno hasta las columnas de Hércules, pero no cruzan el océano occidental y septentrional, excepto para atravesarlo hasta el país de los britanos y, para ello, se ayudan de las corrientes marinas. La travesía tiene una duración de un día y medio 1 . El resto de este océano no lo surcan ni los romanos ni los pueblos sometidos a ellos. La extensión de Iberia —a la que algunos ahora llaman Hispania, en vez de Iberia— es enorme e increíble como para tratarse de un solo país, puesto que su anchura se evalúa en diez mil estadios y su longitud es igual a su anchura. La habitan pueblos numerosos y de nombres variados y fluyen, a través de ella, muchos ríos navegables.
[ 2 ] No es mi propósito, ya que sólo escribo una historia de Roma, preocuparme con detalle de qué pueblos se piensa que fueron sus primeros pobladores y quiénes la poseyeron después de éstos. Sin embargo, me parece que en algún momento los celtas, después de atravesar el Pirineo, la habitaron fusionándose con los nativos, lo que explica, por tanto, también el nombre de celtíberos. De igual modo, me parece que los fenicios, navegando con frecuencia hasta Iberia desde época remota por razones de comercio, se asentaron en una parte de ella. Asimismo, los griegos, al llegar hasta Tartesos y su rey Argantonio 2 , también algunos se quedaron en Iberia. Pues el reino de Argantonio estaba en Iberia. Y creo que Tartesos era entonces una ciudad a orillas del mar, la que hoy día se llama Carpesos. El templo de Hércules que se encuentra en el estrecho lo erigieron, según creo, los fenicios. Y todavía en la actualidad se celebran ceremonias religiosas a la manera fenicia y su dios no es el Hércules Tebano, sino el Tirio 3 . Queden, sin embargo, estos asuntos para los que tratan de épocas remotas.
A este país afortunado y lleno de grandes riquezas [ 3 ] comenzaron a explotarlo los cartagineses antes que los romanos. Una parte de él la poseían ya y la otra la saqueaban, hasta que los romanos, tras haberlos expulsado, ocuparon de inmediato las regiones de Iberia que tenían los cartagineses. Y llegando a dominar el resto del país después de mucho tiempo y esfuerzo, y pese a las numerosas defecciones de los territorios ya ocupados, la dividieron en tres partes y enviaron a tres pretores. De qué modo llegaron ellos a someter a cada una y cómo lucharon con los cartagineses por su posesión y, después de éstos, con los iberos y celtíberos, lo mostrará este libro, que contiene una primera parte relativa a los cartagineses. Y puesto que este asunto era concerniente a Iberia, me fue necesario introducirlo en la historia de Iberia, por la misma razón por la que también los sucesos acaecidos entre los romanos y los cartagineses en relación con Sicilia, desde el comienzo de su invasión y su poder en la isla, se encuentran insertos en mi historia siciliana.
La primera guerra entre romanos y cartagineses fue [ 4 ] una guerra extranjera por la posesión de Sicilia, librada en la propia Sicilia, y la segunda fue ésta de Iberia y en la propia Iberia. En el transcurso de ella, también ambos contendientes, navegando con grandes ejércitos, saquearon mutuamente sus territorios, unos Italia y otros África. La comenzaron alrededor de la ciento cuarenta olimpíada más o menos, cuando disolvieron los tratados que habían concertado al final de la guerra de Sicilia. El motivo de la ruptura fue el siguiente. Amílcar, de sobrenombre Barca, cuando precisamente en Sicilia mandaba las fuerzas cartaginesas, prometió dar abundantes recompensas a sus mercenarios celtas y a los aliados africanos. Al serle reclamadas éstas por aquéllos, una vez que retornó a África, los cartagineses se vieron envueltos en la guerra de, África, en el curso de la cual sufrieron numerosos reveses a manos de los propios africanos y entregaron Cerdeña a los romanos en compensación por las afrentas causadas a sus mercaderes en esta guerra de África. Por consiguiente, cuando sus enemigos lo hicieron comparecer a juicio por considerarlo, por estos motivos, el responsable de tantas calamidades para su patria, Amílcar, tras asegurarse el favor de todos los hombres de Estado —de entre los que era el más popular Asdrúbal, que estaba casado con una hija del propio Amílcar—, eludió el juicio e, incluso, cuando tuvo lugar una sublevación de los númidas, consiguió ser elegido general contra ellos en compañía de Annón, llamado el Grande, sin haber rendido cuentas todavía de su anterior generalato 4 .
Una vez que acabó la guerra y se hizo regresar a [ 5 ] Annón a Cartago para responder de ciertos cargos, Aníbal, que se hallaba él solo al frente del ejército y tenía a su cuñado Asdrúbal como asociado suyo, se dirigió hacia Gades y, tras cruzar el estrecho hasta Iberia, se dedicó a devastar el territorio de los iberos, que no le habían causado daño alguno. Hacía de ello una ocasión para estar fuera de su patria, para realizar empresas y adquirir popularidad; en efecto, todo lo que apresaba, lo dividía, y daba una parte al ejército con el fin de tenerlo más presto a cometer desafueros en su compañía, otra parte la enviaba a Cartago y una tercera la repartía entre los políticos de su propio partido. Finalmente, los reyes iberos y todos los otros hombres poderosos, que fueron coaligándose gradualmente, lo mataron de la siguiente forma: llevaron carros cargados de troncos a los que uncieron bueyes y los siguieron provistos de armas. Los africanos al verlos se echaron a reír, al no comprender la estratagema 5 , pero cuando estaban muy próximos, los iberos prendieron fuego a los carros tirados aún por los bueyes y los arrearon contra el enemigo. El fuego, expandido por todas partes al diseminarse los bueyes, provocó el desconcierto de los africanos. Y al romperse la formación, los iberos, cargando a la carrera contra ellos, dieron muerte a Amílcar en persona y a un gran número de los que estaban defendiéndolo.
[ 6 ] Sin embargo, los cartagineses, satisfechos con el botín obtenido ya en Iberia, enviaron allí otro ejército y designaron como general en jefe de todas las tropas a Asdrúbal, el cuñado de Amílcar, que estaba en Iberia. Éste llevaba consigo a Aníbal, famoso por sus hechos de armas no mucho después, hijo de Amílcar y hermano de su propia esposa, hombre joven y belicoso que gozaba del favor del ejército. A él lo designó como lugarteniente. Asdrúbal se ganó la mayor parte de Iberia por medio de la persuasión, pues era hombre persuasivo en su trato, y en los hechos que requerían de la fuerza se servía del muchacho. Avanzó desde el océano occidental hacia el interior, hasta el río Ebro, que divide a Iberia poco más o menos por su mitad 6 y desemboca en el océano boreal a una distancia de unos cinco días de viaje de los Pirineos.
[ 7 ] Los saguntinos, colonos oriundos de Zacinto, que viven a mitad de camino entre los Pirineos y el río Ebro 7 y todos los restantes griegos que habitaban en las proximidades del llamado Emporion 8 y en cualquier otro lugar de Iberia, temiendo por su seguridad personal, enviaron embajadores a Roma. El senado, que no quería que se acrecentara el poderío cartaginés, envió, a su vez, embajadores a Cartago. Y ambos llegaron al acuerdo de que el río Ebro fuera el límite del imperio cartaginés en Iberia y que ni los romanos llevaran la guerra contra los pueblos del otro lado del río, súbditos de los cartagineses, ni éstos cruzaran el Ebro para hacer la guerra, y que los saguntinos y demás griegos de Iberia fueran libres y autónomos. Estos acuerdos fueron añadidos a los tratados ya existentes entre romanos y cartagineses.
Poco tiempo después de estos sucesos, un esclavo, [ 8 ] a cuyo dueño había matado con crueldad, dio muerte a Asdrúbal, sin ser visto, en el transcurso de una cacería, cuando estaba dedicado al gobierno de aquella parte de Iberia perteneciente a Cartago. Y Aníbal mató a éste, convicto de su crimen, tras haberlo atormentado de manera terrible. El ejército, entonces, proclamó a Aníbal como su general, pues a pesar de su excesiva juventud, lo apoyaba totalmente. Y el consejo de Cartago lo ratificó. Sin embargo, todos los adversarios políticos de Amílcar, que habían temido su fuerza y la de Asdrúbal, cuando se informaron de que estaban muertos, despreciaban a Aníbal por su juventud y perseguían a los amigos y soldados de aquéllos bajo las acusaciones ya antes formuladas contra los Barcas. El pueblo, al mismo tiempo, se puso de parte de los acusadores, lleno de resentimiento contra los acusados, por causa de la severidad de la época de Amílcar y de Asdrúbal. Y les ordenaron llevar al tesoro público los regalos que en gran cantidad les habían enviado Asdrúbal y Amílcar, por considerarlos despojos tomados al enemigo. Éstos enviaron emisarios a Aníbal en demanda de socorro y le hicieron saber que también él recibiría el desprecio más absoluto por parte de los enemigos de su padre, si se desentendía de quienes podían colaborar con él en su patria.
Pero Aníbal no sólo había previsto estas cosas, sino [ 9 ] que también era consciente de que los pleitos incoados contra aquéllos eran el principio de un complot contra su propia persona. Y decidió que no iba a soportar esta enemistad como una amenaza para siempre, al igual que su padre y su cuñado, y que tampoco iba a estar entregado de modo indefinido a la veleidad de los cartagineses, fácilmente dispuestos a mostrarse desagradecidos hacia sus benefactores. Se decía también que incluso, siendo todavía un niño, había sido requerido por su padre a jurar ante el fuego del altar que había de ser un enemigo implacable para los romanos cuando accediera a la política. Precisamente por estas razones, pensaba consolidar su posición y la de sus amigos involucrando a su patria en empresas de gran envergadura y duración, sometiéndola a dificultades y riesgos 9 , Veía, en efecto, que tanto Árica como los pueblos sometidos de Iberia se hallaban en paz, pero si podía hacer resurgir contra los romanos una nueva guerra, que deseaba en especial, le parecía que los cartagineses se verían aquejados por grandes preocupaciones y temores, y él por su parte, caso de tener éxito, obtendría una fama inmortal, al hacer a su patria regidora de todo el universo —pues no existía enemigo alguno para ellos después de los romanos—, e incluso, en el caso de fracasar, aun así el mero intento le reportaría una gran gloria.
[ 10 ] Y presumiendo que sería un inicio brillante el cruzar el Ebro, convenció a los turbuletes, que eran vecinos de los de Sagunto, a quejarse ante él de estos últimos sobre la base de que hacían incursiones contra su territorio y les causaban muchos otros ultrajes. Y ellos le obedecieron. Entonces, Aníbal envió a los embajadores de éstos a Cartago, en tanto que él, en misivas privadas, expuso que los romanos trataban de convencer a la parte de Iberia sometida a Cartago para que hiciera defección de ésta, y que los saguntinos cooperaban en ello con los romanos. Y en absoluto desistía de su engaño, enviando muchos mensajes en tal sentido, hasta que el consejo le autorizó a actuar con relación a los saguntinos del modo que juzgara oportuno. Y tan pronto tuvo la ocasión, hizo que, de nuevo, los turbuletes se presentaran ante él para quejarse de los saguntinos y mandó venir embajadores de éstos. Se presentaron los embajadores saguntinos y, al exhortales Aníbal a que cada uno expusiera en su presencia los motivos de sus diferencias, estos últimos manifestaron que remitirían el juicio a Roma. Al decirle esto, los hizo salir del campamento y a la noche siguiente, habiendo cruzado el Ebro con todo el ejército, devastó el territorio y apostó sus máquinas contra la ciudad. Pero, como no pudo tomarla, la rodeó de un muro con un foso y, estableciendo alrededor a intervalos numerosos puestos de vigilancia, los inspeccionaba con frecuencia.
Los saguntinos, al verse abrumados por este ataque [ 11 ] inesperado y no anunciado por heraldos, enviaron una embajada a Roma. El senado envió con ellos a sus propios embajadores que, en primer lugar, debían recordarle a Aníbal los acuerdos existentes y, caso de no convencerle, navegar hasta Cartago para presentar quejas contra él. A estos embajadores, cuando habían efectuado su travesía hasta Iberia y se dirigían desde el mar hacia el campamento, les ordenó Aníbal que no se acercaran. Entonces se hicieron de nuevo a la mar rumbo a Cartago en compañía de los embajadores saguntinos y volvieron a recordarles los tratados a los cartagineses. Éstos culparon a los saguntinos de causar numerosas ofensas a sus súbditos. Los embajadores de Sagunto les invitaron, por su parte, a llevar el juicio ante los romanos. Pero ellos dijeron que no necesitaban de arbitraje alguno, pues podían vengar esta ofensa por sí solos. Cuando se comunicó esta respuesta a Roma, algunos exhortaban a socorrer de inmediato a los saguntinos, otros se mostraban aún indecisos diciendo que éstos no se hallaban inscritos en sus tratados en calidad de aliados, sino como autónomos y libres, y que los que estaban sitiados eran libres todavía. Y prevaleció esta opinión.
[ 12 ] Los saguntinos, una vez perdida la esperanza de ayuda de Roma, y como el hambre les acuciaba y Aníbal persistía en su asedio continuo —pues como había oído que la ciudad era próspera y rica no relajaba el asedio—, reunieron el oro y la plata, tanto público como privado, en la plaza pública por medio de una proclama y lo mezclaron con plomo y bronce fundido para que resultara inútil a Aníbal. Y ellos mismos, prefiriendo morir en combate antes que por hambre, se lanzaron a la carrera, de noche todavía, contra los puestos de guardia de los africanos que aún dormían y no sospechaban tal ataque. Por lo cual, los mataron cuando se levantaban del lecho y se estaban armando a duras penas en medio de la confusión y a algunos, incluso, cuando ya estaban luchando. El combate duró mucho tiempo y de los africanos murieron muchos, pero los saguntinos todos. Las mujeres, al ver desde las murallas el fin de sus hombres, se arrojaron unas desde los tejados, otras se ahorcaron y otras, incluso, degollaron a sus propios hijos. Éste fue el final de Sagunto, una ciudad que había sido grande y poderosa. Aníbal, tan pronto como se percató de lo que había sucedido con el oro, movido por la ira, dio muerte a aquellos saguntinos que quedaban y eran adultos, después de torturarlos, pero viendo que la ciudad estaba a orillas del mar y no lejos de Cartago y poseía una tierra buena, la pobló de nuevo e hizo de ella una colonia cartaginesa. La cual creo que actualmente se llama Cartago «Espartágena» 10 .
Los romanos enviaron embajadores a Cartago con [ 13 ] la orden de que reclamaran a los cartagineses la entrega de Aníbal como responsable de la violación de los tratados, a no ser que todos asumieran la responsabilidad, y de que, si no se lo entregaban, declarasen de inmediato y públicamente la guerra. Los embajadores así lo hicieron y les anunciaron la guerra al no entregarles a Aníbal. Se dice que ocurrió de la siguiente manera. El embajador con una sonrisa les dijo, mostrándole el pliegue de la toga: «Aquí os traigo, cartagineses, la paz y la guerra; tomad aquella que elijáis». Ellos replicaron: «Danos tú, mejor, la que tú quieras». Cuando él les ofreció la guerra, todos prorrumpieron en un grito unánime: «La aceptamos». Y al punto, le comunicaron a Aníbal que ya podía hacer incursiones por toda Iberia sin miedo, pues los pactos estaban rotos. Y él, en consecuencia, marchando contra todos los pueblos cercanos, los puso en sumisión, ya con persuasión, ya por temor o por la fuerza, y reunió un gran ejército sin revelar su finalidad, pero con la secreta intención de invadir Italia. Envió emisarios entre los galos e hizo examinar los pasos de los Alpes. Y los cruzó (dejando) a su hermano Asdrúbal en Iberia (...).
... 〈Los romanos, pensando que〉 tendrían que sostener [ 14 ] la guerra en Iberia y en África —pues ni siquiera habían imaginado que los africanos invadieran jamás Italia, enviaron a Tiberio Sempronio Longo con ciento sesenta naves y dos legiones a África —lo que hicieron Longo y los demás generales romanos en África está descrito en el libro Púnico—, y a Publio Cornelio Escipión lo enviaron a Iberia al frente de sesenta naves con diez mil soldados de infantería y setecientos jinetes y, como legado suyo, enviaron con él a su hermano Gneo Cornelio Escipión. Publio al enterarse por mercaderes masaliotas de que Aníbal había cruzado los Alpes en dirección a Italia, temiendo que cayera sobre los italiotas inesperadamente, partió con las quinquerremes en dirección a Etruria después de entregar a su hermano Gneo el ejército en Iberia. Lo que hicieron en Italia él y los otros generales de este ejército con posterioridad a él, hasta que lograron expulsar a duras penas de Italia a Aníbal después de dieciséis años, lo refiere el libro siguiente que comprende todos los hechos de Aníbal en Italia y, por eso, se llama el libro «Anibálico» de la historia de Roma.
[ 15 ] Gneo, por su parte, no llevó a cabo nada digno de mención en Iberia antes de que regresara a su lado su hermano Publio. En efecto, los romanos, cuando expiró el tiempo del mandato de Publio, después de haber enviado a Italia contra a Aníbal a sus sucesores en el consulado, lo enviaron de nuevo a Iberia tras nombrarlo procónsul. Y desde este momento los dos Escipiones sostuvieron la guerra en Iberia teniendo como oponente a Asdrúbal, hasta que los cartagineses, atacados por Sifax, el rey de los númidas, le hicieron regresar junto con una parte de su ejército y los Escipiones vencieron con facilidad a los que quedaron. Muchas ciudades se les pasaron voluntariamente, pues eran persuasivos en sumo grado tanto para hacer la guerra, como para atraerse aliados.
[ 16 ] Los cartagineses, cuando concertaron la paz con Sifax, enviaron de nuevo a Asdrúbal a Iberia con un ejército más numeroso y con treinta elefantes. Le acompañaban otros dos generales, Magón y otro Asdrúbal que era hijo de Giscón. Y a partir de entonces la guerra se hizo mucho más difícil para los Escipines, pero, incluso en estas condiciones, resultaron vencedores. Perecieron muchos africanos y gran número de elefantes y, finalmente, al aproximarse el invierno los africanos invernaron en Turditania y, de los Escipiones, Gneo lo hizo en Orsón 11 y Publio en Cástulo 12 . Aquí recibió la noticia del avance de Asdrúbal. Saliendo de la ciudad con un destacamento pequeño para reconocer el campamento, se aproximó a Asdrúbal sin ser visto y después de rodearle con la caballería a él y a todos los que le acompañaban, los mató. Gneo que no tenía noticias de nada envió soldados a su hermano para que se aprovisionaran de trigo, y encontrándose con ellos otros africanos entablaron combate. Al enterarse Gneo salió a la carrera como estaba con las tropas ligeras en su auxilio. Sin embargo, ya habían matado a los anteriores y persiguieron a Gneo hasta que se refugió en una torre. Entonces le prendieron fuego a la torre, y Escipión y sus compañeros murieron abrasados.
De esta forma perecieron los dos Escipiones, hombres [ 17 ] excelentes en todo, y a ellos les añoraron los iberos que, gracias a su intervención, se habían pasado a los romanos. Cuando se enteraron los de la ciudad fueron presa de gran aflicción y enviaron hacia Italia a Marcelo, que había llegado de Sicilia hacía poco tiempo, y en su compañía a Claudio con (...) naves, mil jinetes, diez mil soldados de infantería y recursos suficientes. Como no llevaron a cabo ninguna empresa destacada, el poderío cartaginés se incrementó notablemente y casi llegaron a dominar la totalidad de Iberia, quedando encerrados los romanos en una pequeña franja de terreno en los montes Pirineos. Al enterarse de esto los de Roma, cundió, de nuevo, el pánico. Existía el temor de que mientras Aníbal devastaba la zona norte de Italia estos africanos invadieran el otro extremo. Por este motivo no le era posible evacuar Iberia como era su deseo, por miedo a que esta guerra fuera transferida a Italia.
[ 18 ] Fijaron, por consiguiente, con antelación el día en el que elegirían un general para Iberia. Al no presentarse nadie como candidato, el miedo se acentuó y un silencio sombrío atenazó a la asamblea. Finalmente Cornelio Escipión, el hijo de Publio Cornelio muerto en Iberia, hombre muy joven —tenía 24 años—, pero con fama de prudente y noble, avanzando hasta el centro de la asamblea pronunció un solemne discurso acerca de su padre y de su tío, y después de lamentar su aciago destino proclamó que, por encima de todo, él era el vengador familiar de su padre, de su tío y de su patria. Expuso muchas otras razones sin pausa y con vehemencia, como un inspirado, prometiendo apoderarse no sólo de Iberia, sino, tras de ella, de África y Cartago también. A algunos les pareció que hablaba a la ligera, como cosa propia de su juventud, pero al pueblo, encogido por el miedo, le volvió a infudir ánimos, ya que los que están asustados se alegran con las promesas, y fue elegido general para Iberia en la convicción de que iba a llevar a cabo algo digno de su coraje. En cambio, los de más edad no lo consideraban coraje sino temeridad. Escipión, al darse cuenta de esto, los convocó de nuevo en asamblea y pronunció otro discurso solemne en un sentido similar al anterior. Y, tras afirmar que su edad no sería para él impedimento alguno, no obstante les invitó públicamente a que si alguno de sus mayores quería asumir el mando se lo cedería de voluntad. Sin embargo, como nadie aceptó su invitación, rodeado de mayores elogios y admiración, partió con diez mil soldados de infantería y quinientos jinetes, pues le fue imposible llevarse un ejército más numeroso, debido a que Aníbal estaba asolando Italia. También cogió riquezas, otros enseres y veintiocho barcos de guerra, con los que se hizo a la mar rumbo a Iberia.
Después de hacerse cargo del ejército que estaba [ 19 ] allí y reunirlo en un solo cuerpo de ejército con las tropas que llevaba, realizó un rito de purificación y se dirigió a ellos también con palabras grandilocuentes. Se extendió al punto por toda Iberia, molesta con los africanos y nostálgica de la noble generosidad de los Escipiones, la noticia de que Escipión, el hijo de Escipión, había llegado como su general por designio de la providencia. Al enterarse Escipión de esto, fingió que realizaba todo como inspirado por la divinidad. Se informó de que los enemigos acampaban en cuatro campamentos, distantes un gran trecho unos de otros, con veinticinco mil soldados de infantería y dos mil quinientos jinetes, pero que tenían su provisión de riquezas, de trigo, armas, dardos, naves, prisioneros y rehenes procedentes de toda Iberia en la ciudad llamada antes Sagunto y entonces ya Cartago Nova 13 , y de que la custodiaba Magón con diez mil cartagineses. Decidió atacarles, en primer lugar, a causa del escaso número de tropas que estaban con Magón y de la gran cantidad de provisiones, y con la idea de tener a esta ciudad como una base segura de operaciones por tierra y por mar contra toda Iberia, ya que poseía minas de plata, un territorio fértil y mucho oro, y constituía el paso más corto a África.
Animado por estos cálculos y sin haberle comunicado [ 20 ] a nadie por dónde pensaba atacar, al ponerse el sol condujo al ejército durante toda la noche hasta Cartago Nova. Al amanecer, en medio del estupor de los africanos, empezó a cercar la ciudad con una empalizada y se preparó para el día siguiente, apostando escaleras y máquinas de guerra por todo alrededor de la misma, excepto por una sola parte en la que el muro era más bajo y estaba bañada por una laguna y el mar, por lo que la vigilancia era menos intensa. Habiendo cargado durante la noche todas las máquinas con dardos y piedras y tras apostar frente al puerto de la ciudad a sus naves a fin de que las de los enemigos no pudieran escapar a través de él —pues confiaba absolutamente en apoderarse de la ciudad a causa de su elevada moral—, antes del amanecer hizo subir al ejército sobre las máquinas, exhortando a una parte de sus tropas a entablar combate con los enemigos desde arriba y a otra parte a empujarlas contra el muro por su parte inferior. Magón, a su vez, apostó a sus diez mil hombres en las puertas, con la intención de salir, cuando se les presentara la ocasión, con sólo las espadas —pues no era posible usar las lanzas en un espacio estrecho— y envió a los restantes a las almenas. También se tomó él el asunto con mucho celo colocando numerosas máquinas, piedras, dardos y catapultas. Hubo gritos y exhortaciones por ambas partes, ninguno quedó atrás en el ataque y el coraje, lanzando piedras, dardos y jabalinas, unos con las manos, otros con las máquinas y otros con hondas. Y se sirvieron con ardor de cualquier otro instrumento o recurso que tuvieran en sus manos.
[ 21 ] Las tropas de Escipión sufrieron mucho daño. Los diez mil soldados cartagineses que estaban junto a las puertas, saliendo a la carrera con las espadas desenvainadas, se precipitaron contra los que empujaban las máquinas y causaron muchas bajas pero no sufrieron menos. Finalmente, los romanos empezaron a imponerse por su laboriosidad y constancia. Entonces cambió la suerte, porque los que estaban sobre las murallas se encontraban ya cansados y los romanos consiguieron adosar las escalas a los muros. Sin embargo, los cartagineses que llevaban espadas penetraron a la carrera por las puertas y cerrándolas tras ellos se encaramaron a los muros. De nuevo la lucha se hizo penosa y difícil para los romanos hasta que Escipión, su general, que recorría todos los lugares dando gritos y exhortaciones de ánimos, se dio cuenta, hacia el mediodía, de que el mar se retiraba por aquella parte en la que el muro era bajo y lo bañaba la laguna. Se trataba del fenómeno diario de la bajada de la marea. El agua avanzaba hasta mitad del pecho y se retiraba hasta media rodilla. Escipión se percató entonces de esto y comprendió la naturaleza del fenómeno, a saber, que estaría baja durante el resto del día y, antes de que el mar volviera a subir, se lanzó a la carrera por todas partes gritando: «Ahora es el momento, soldados, ahora viene la divinidad como aliada mía. Avanzad contra esta parte de la muralla. El mar nos ha cedido el paso. Llevad las escaleras y yo os guiaré».
Después de coger él, el primero, una de las escaleras, [ 22 ] la apoyó contra el muro y empezó a subir cuando aún no lo había hecho ningún otro, hasta que, rodeándole sus escuderos y otros soldados del ejército, se lo impidieron y ellos mismos acercaron, a la vez, gran cantidad de escaleras y treparon. Ambos bandos atacaron con gritos y celo e intercambiaron golpes variados, pero, no obstante, vencieron los romanos. Consiguieron subir a unas pocas torres en las que Escipión colocó trompeteros y hombres provistos con cuernos de caza, y les dio la orden de animar y causar alboroto para dar la impresión de que ya había sido tomada la ciudad. Otros, corriendo de aquí para allá, provocaban el desconcierto de igual manera y algunos, descendiendo de un salto desde las almenas, le abrieron las puertas a Escipión. Éste penetró a la carrera con el ejército. De los que estaban dentro algunos se refugiaron en sus casas; Magón, por su parte, reunió a sus diez mil soldados en la plaza pública y cuando éstos sucumbieron se retiró de inmediato con unos pocos a la ciudadela. Pero al atacar, acto seguido, Escipión la ciudadela, como ya no podía hacer nada con unos hombres que estaban en inferioridad numérica y acobardados por el miedo, se entregó él mismo a Escipión.
[ 23 ] Éste, por haber tomado en un sólo día, el cuarto de su llegada, una ciudad poderosa y rica, debido a su audacia y buena estrella, se sintió presa de un gran orgullo y daba la impresión, en mayor medida, que ejecutaba cada acción de acuerdo con los designios de la divinidad. No sólo lo pensaba así él mismo en su interior, sino que lo manifestaba públicamente en sus discursos entonces, y desde aquel momento, durante el resto de su vida. Muchas veces, en efecto, penetraba solo en el Capitolio y cerraba las puertas tras de sí, como si se dispusiera a recibir alguna información de parte de la divinidad. Y todavía en la actualidad llevan en las procesiones desde el Capitolio solamente la estatua de Escipión, en tanto que las de los demás las llevan desde el foro. En la ciudad tomada se apoderó de almacenes con enseres útiles para tiempos de paz y de guerra, gran cantidad de armas, dardos, máquinas de guerra, arsenales para los navíos, treinta y tres barcos de guerra, trigo y provisiones variadas, marfil, oro, plata —una parte consistente en objetos, otra acuñada y una tercera sin acuñar—, rehenes iberos y prisioneros de guerra y todas aquellas cosas que antes habían quitado a los romanos. Al día siguiente, realizó un sacrificio y celebró el triunfo. Después hizo un elogio del ejército, pronunció una arenga a la ciudad y, tras recordarles a los Escipiones, dejó partir libres a los prisioneros de guerra hacia sus respectivos lugares de origen con objeto de congraciarse a las ciudades. Otorgó las mayores recompensas al que subió en primer lugar la muralla, al siguiente le dio la mitad de ésta, al tercero la tercera parte y a los demás proporcionalmente. El resto del botín —lo que quedaba de oro, plata o marfil— lo envió a Roma a bordo de las naves apresadas. La ciudad celebró un sacrificio durante tres días, pensando que de nuevo volvía a renacer el éxito ancestral y, de otro lado, Iberia y los cartagineses que habitaban en ella quedaron estupefactos por el temor ante la magnitud y rapidez de su golpe de mano.
Escipión estableció una guardia en Cartago Nova [ 24 ] y ordenó que se elevara la muralla que daba al lugar de la marea. Él se puso en camino hacia el resto de Iberia y, enviando a sus amigos a cada región, las atraía bajo su mando de buen grado y, a las demás que se le opusieron, las sometió por la fuerza. Eran dos los generales cartagineses que quedaban y ambos se llamaban Asdrúbal; uno de ellos, el hijo de Amílcar, andaba reclutando mercenarios muy lejos entre los celtíberos, y el otro, Asdrúbal, el hijo de Giscón, enviaba emisarios a las ciudades que todavía eran fieles demandando que permanecieran en esta fidelidad a Cartago, pues estaba a punto de llegar un ejército inmenso, y envió a otro Magón a las zonas próximas a reclutar mercenarios de donde le fuese posible, mientras que él en persona se dirigió contra el territorio de Lersa, que se les había sublevado 14 , y se dispuso a sitiar alguna ciudad de allí. Sin embargo, cuando se dejó ver Escipión, Magón se retiró a Bética 15 y acampó delante de la ciudad. En este lugar fue derrotado de inmediato, al día siguiente, y Escipión se apoderó de su campamento y de Bética.
[ 25 ] Asdrúbal, el hijo de Giscón, concentró el ejército cartaginés, que aún estaba en Iberia, en la ciudad de Carmona 16 , con la intención de atacar a Escipión a la vez con todas sus tropas. Se unieron a él muchos iberos que trajo Magón y muchos númidas mandados por Masinissa. Asdrúbal acampó dentro del recinto fortificado del campamento con la infantería, en tanto que Masinissa y Magón, que estaban al frente de la caballería, vivaqueaban delante de él. Escipión, por su parte, dividió su propia caballería frente a esta disposición del enemigo y, a Lelio, lo envió contra Magón, mientras que él se opuso a Masinissa. Durante un cierto tiempo estuvo en una situación crítica y tuvo un trabajo penoso, porque los númidas lo asaeteaban a él y a sus hombres y se retiraban a continuación para volver de nuevo a la carga. Pero cuando Escipión dio la orden de perseguirlos sin tregua presentando las lanzas, los númidas, al no tener posibilidad de contraatacar, se replegaron huyendo hacia el campamento. Escipión, desistiendo de la persecución, fijó su campamento a unos diez estadios en una posición sólida que había elegido adrede. El número global de las fuerzas enemigas era de setenta mil soldados de infantería, cinco mil jinetes y treinta y seis elefantes. Escipión no contaba siquiera con un tercio de estas tropas. Éste fue el motivo de que estuviera indeciso durante algún tiempo y no ofreciera batalla, entablando solamente escaramuzas.
Pero, una vez que empezaron a faltarles las provisiones [ 26 ] y el hambre hizo presa del ejército, Escipión juzgó que no era conveniente retirarse. Antes bien, tras realizar un sacrificio, convocó al ejército para dirigirles la palabra nada más concluir éste, y adoptando una vez más el rostro y la postura de un inspirado, les dijo que le había llegado el presagio divino habitual y le había exhortado a dirigirse contra los enemigos. Y era necesario tener más confianza en el dios que en el número de tropas del ejército, pues también habían obtenido las victorias precedentes en razón al favor divino y no por su fuerza numérica. Y, con objeto de inspirar confianza en sus palabras, ordenó a los adivinos que llevasen al centro de la asamblea las entrañas de las víctimas sacrificadas. Mientras hablaba, observó que algunos pájaros estaban revoloteando y, volviéndose bruscamente allí mismo con un movimiento rápido y un alarido, los señaló y dijo que los dioses también se los habían enviado como símbolos de la victoria. Les acompañaba en sus movimientos clavando sus ojos en ellos y gritando como un inspirado. Todo el ejército seguía a un mismo tiempo las gesticulaciones de aquél, que giraba de acá para allá, y todos se sintieron llenos de ardor como ante una victoria segura. Escipión, cuando tuvo todo tal como había planeado, no vaciló ni permitió que su ardor se enfriara, sino que, como un inspirado todavía, afirmó que era necesario entablar combate al punto, después de estas señales. Dio la orden de que tomaran las armas después de comer y los condujo contra los enemigos sin que éstos los esperaran. Puso al frente de la caballería a Silano y al frente de la infantería a Lelio y a Marcio.
[ 27 ] Asdrúbal, Magón y Masinissa, cuando Escipión les atacó de modo repentino, mediando tan sólo diez estadios entre ambos ejércitos, armaron a sus tropas, que aún no habían comido, con toda rapidez, confusión y tumulto. Se entabló un combate a la vez con la infantería y la caballería, y la caballería romana prevaleció por su misma táctica, persiguiendo sin tregua a los númidas acostumbrados a retroceder y volver al ataque. A estos últimos, a tan corta distancia, de nada les servían sus dardos. La infantería, sin embargo, se encontraba en situación desesperada a causa del número de los africanos y se veían superados a lo largo de todo el día. Con todo, Escipión no consiguió cambiar la suerte de la batalla, aunque corría a su lado y los animaba sin cesar. Finalmente, entregando su caballo a un muchacho y tomando un escudo de las manos de un soldado, se lanzó a la carrera, solo como estaba, en el espacio abierto entre los dos ejércitos gritando: «Venid, romanos, en socorro de vuestro Escipión que corre peligro». Entonces, al ver los que estaban cerca en qué grado de peligro se encontraba y al enterarse de ello los que estaban lejos, movidos todos de igual modo, por un sentimiento de pudor y temiendo por la seguridad de su general, cargaron a la carrera furiosamente contra los enemigos con alaridos. Los africanos, incapaces de resistir este ataque, cedieron, pues se daba además la circunstancia de que les faltaban las fuerzas al atardecer, por no haber probado alimentos. En poco tiempo perecieron en gran número. Éste fue el resultado que obtuvo Escipión en la batalla celebrada en las cercanías de Carmona y cuyo desenlace fue incierto durante mucho tiempo. En ella los romanos perdieron ochocientos hombres y las bajas enemigas fueron de quince mil hombres.
[ 28 ] Después de este combate, los cartagineses se seguían retirando con toda rapidez y Escipión los seguía, causándoles daños y bajas cuantas veces podía ponerles la mano encima. Pero cuando ellos ocuparon un lugar bien protegido, con agua y comida abundante, y no se podía hacer otra cosa que sitiarlos, a Escipión le apremiaban otras tareas, de modo que dejó a Silano para establecer el asedio y él se marchó a otras partes de Iberia y las sometió. Los cartagineses que sufrían el sitio por Silano retrocedieron y, finalmente, llegando al estrecho cruzaron a Gades 17 . Silano, tras infligirles todo el daño que pudo, se reunió con Escipión en Cartago Nova. A Asdrúbal, el hijo de Amílcar que estaba todavía levando tropas en torno al océano septentrional, le ordenó su hermano Aníbal que invadiera de inmediato Italia. Y él, con objeto de pasar inadvertido a Escipión, siguiendo por la costa del océano septentrional, cruzó los Pirineos hacia la Galia con los celtíberos que había reclutado. De este modo, Asdrúbal se encaminó hacia Italia a marchas forzadas sin que lo supieran los italianos.
Lucio, que había regresado desde Roma, le dijo a [ 29 ] Escipión que los romanos pensaban enviarlo como general a África. Él, que deseaba esto ardientemente desde hacía mucho tiempo, y esperaba que sucediera así, envió a Lelio a África con cinco naves ante el rey Sifax, llevándole regalos y el recuerdo de su amistad con los Escipiones y la petición de que se uniera a los romanos en caso de que llegaran a hacer una expedición. Él prometió hacerlo, aceptó los presentes y envió, a su vez, otros. Al enterarse de esto los cartagineses enviaron también ellos embajadores junto a Sifax en busca de su alianza. Escipión cuando lo supo, juzgando importante atraerse a Sifax y consolidar su amistad contra los cartagineses, partió con dos naves en compañía de Lelio para verlo en persona.
[ 30 ] Los emisarios cartagineses, que todavía estaban con Sifax, le salieron al encuentro cuando se acercaba a la costa sin que Sifax lo supiera. Pero Escipión, a toda vela, los pasó de largo con facilidad y alcanzó el puerto. Sifax los hospedó a ambos, y habiendo concertado una entrevista en privado con Escipión, lo despidió tras darle garantías y retuvo a los cartagineses, que estaban de nuevo acechando a la espera de Escipión, hasta que éste estuvo a salvo a gran distancia en el mar. Tan gran riesgo corrió Escipión, al desembarcar y al hacerse a la mar de regreso. Se dice que en un banquete dado por Sifax, Escipión compartió el mismo sofá que Asdrúbal y éste, después de haberle hecho preguntas sobre muchas cuestiones, quedó asombrado de su dignidad y dijo a sus amigos que ese hombre no sólo era temible en el combate sino incluso en el banquete.
[ 31 ] Por estas fechas, algunos celtíberos e iberos cuyas ciudades se habían pasado a los romanos todavía seguían sirviendo a Magón en calidad de mercenarios. Marcio los atacó y dio muerte a mil quinientos, y el resto escapó para refugiarse en sus ciudades. A otros setecientos jinetes y seis mil soldados de infantería guiados por Annón los copó en una colina, desde donde, al carecer de todo, enviaron mensajeros a Marcio para conseguir una tregua. Éste les comunicó que pactaría cuando les entregaran a Annón y a los desertores. Entonces, ellos se apoderaron de Annón, aunque era su propio general, mientras escuchaba las propuestas, y de los desertores, y se los entregaron. Marcio reclamó también prisioneros. Cuando los hubo obtenido, les ordenó a todos que llevasen una cantidad estipulada de dinero a un determinado lugar de la llanura, pues no eran propios de los suplicantes los lugares elevados. Una vez que bajaron a la llanura, les dijo: «Acciones merecedoras de la muerte habéis cometido vosotros que, teniendo a vuestros lugares patrios sometidos a nosotros, escogisteis combatir contra ellos al lado de los enemigos. No obstante, os concedo marcharos sin sufrir castigo si deponéis vuestras armas». Sin embargo, la indignación se apoderó de todos a la vez y gritaron que no entregarían sus armas. Tuvo lugar un combate encarnizado en el que la mitad de los celtíberos cayó tras haber opuesto una feroz resistencia, y la otra mitad consiguió ponerse a salvo junto a Magón. Éste hacía poco que había llegado al campamento de Annón con sesenta navíos y al enterarse del desastre de éste, navegó hasta Gades y, sufriendo por el hambre, aguardó el futuro giro de los acontecimientos.
Mientras Magón estaba inactivo, Silano fue enviado [ 32 ] por Escipión a someter a la ciudad de Cástax 18 , pero como sus habitantes le recibieron de manera hostil, fijó su campamento ante ellos y lo comunicó a Escipión. Éste envió por delante un equipo de asedio y lo siguió, pero desviándose en su camino, atacó a la ciudad de Ilurgia 19 . Dicha ciudad era aliada de los romanos en tiempos del anterior Escipión, pero cuando aquél murió, se pasó en secreto al bando cartaginés y, después de haber acogido a un ejército romano como si fuera todavía amiga, lo entregó a los cartagineses. Por este motivo, Escipión, lleno de ira, tomó a la ciudad en cuatro horas y, pese a estar herido en el cuello, no desistió del combate hasta conseguir el triunfo. Y su ejército, por la misma razón, olvidándose del saqueo y sin que nadie se lo ordenara, mató cruelmente incluso a los niños y a las mujeres, hasta dejar reducida a la ciudad a sus cimientos. Después de llegar a Cástax, Escipión dividió al ejército en tres cuerpos y mantuvo a la ciudad bajo vigilancia, pero no comenzó el combate para dar tiempo a sus habitantes a cambiar de actitud, pues había oído que estaban dispuestos a ello. Y éstos, tras atacar y dar muerte a aquella parte de la guarnición que se les oponía, entregaron la ciudad a Escipión. Este último estableció una nueva guarnición y colocó la ciudad bajo el mando de uno de sus propios ciudadanos que gozaba de alta reputación. Retornó entonces a Cartago Nova, enviando a Silano y a Marcio a la zona del estrecho para que devastaran todo cuanto pudiesen.
[ 33 ] Astapa 20 era una ciudad que, siempre y en bloque, había permanecido fiel a los cartagineses. Sus habitantes, en esta ocasión en que Marcio tenía establecido el cerco en torno a ellos, convencidos plenamente de que si los romanos los apresaban los iban a reducir a la esclavitud, reunieron todos sus enseres en la plaza pública y tras apilarles alrededor troncos de madera, hicieron subir sobre la pila a los niños y mujeres. Tomaron juramento, a cincuenta hombres notables de entre ellos, de que, cuando la ciudad fuera apresada, matarían a las mujeres y a los niños, prenderían fuego a la pila y se degollarían a sí mismos. Los astapenses, poniendo a los dioses por testigos de estas cosas, se lanzaron a la carrera contra Marcio, que no sospechaba nada, por lo que hicieron replegarse a sus tropas ligeras y a la caballería. E incluso, una vez que estuvo dispuesta la legión con sus armas, las tropas de los astapenses eran, con mucho, las más destacadas por combatir a la desesperada, pero, no obstante, se impusieron los romanos por el número, ya que por el valor no fueron inferiores en absoluto los de Astapa. Y cuando todos estuvieron muertos, los cincuenta que quedaban degollaron a las mujeres y a los niños, prendieron el fuego y se arrojaron a sí mismos a él, dejando a los enemigos una victoria sin provecho. Marcio, sobrecogido por el valor de los de Astapa, no cometió ningún acto de violencia contra sus casas.
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