Read the book: «Para que no gane el olvido»
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© Antonio Linares Rodríguez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
Fotografía de portada y del autor: Félix Castañón Rodríguez
Diseño de portada: Carlos Ortega Fernández
ISBN: 978-84-1114-346-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
A mi familia, a los vecinos de mi aldea de Souto de Mogos (A Pontenova) y a mis amigos.
A todas cuantas personas he conocido en mi infancia, que me trataron con inmenso cariño y ternura.
Con un emotivo recuerdo a los que ya no están.
.
«Ningún ser humano desea venir al mundo. Un buen día, sin que nos hayan consultado, nos encontramos en medio del escenario, algunos obtienen el papel de protagonista, otros son simples comparsas, otros salen de la escena antes de finalizar el acto o prefieren bajar y disfrutar del espectáculo desde la platea; reír, llorar o aburrirse, según el programa del día».
Susana Tamaro.
Prólogo
Antonio Linares Rodríguez, nacido en una pequeña aldea gallega (Souto de Mogos, en A Pontenova), amante de la lectura, médico de profesión y por fin escritor, nos presenta en esta obra autobiográfica mucho más que la descripción del modus vivendi de los habitantes de un determinado pueblo de Galicia en un determinado contexto histórico o la narración de algunos de los hechos que marcaron su vida; además de ello, nos presenta sus reflexiones vitales sobre los grandes temas que nos asolan: la infancia, el primer amor, la fe, las relaciones familiares, la enfermedad, la vejez, la vida y la muerte, sin que en ningún momento todo ello nos avasalle; muy al contrario, lo hace sin pretender describirlo todo o adoctrinarnos, sutilmente, como a cuentagotas, sin darse importancia: y para entonces ya estamos imbuidos en su autobiografía y disfrutando de ella. Como si lo conociéramos de todo la vida y necesitáramos descubrirlo todo.
Y tal ejercicio no es sencillo. Oscar Wilde ya nos dijo que para escribir solo se necesitan dos requisitos: tener algo que decir y decirlo. Antonio tiene algo que decir y lo dice. Pero además no lo dice todo y todo lo que dice nos aporta, cosas que se agradecen. Porque me han interesado tanto las características del medio rural en el que vive como los hechos concretos y los acontecimientos vividos a lo largo de su vida o la naturaleza de los personajes a los que se acerca y describe; y, desde luego, algunas de sus reflexiones vitales que aporta y que completan una obra que termina siendo entretenida y enriquecedora. Porque además todo ello lo hace con verbo ligero, lenguaje rico y tono sentido, consecuencia tanto de sus habilidades lingüísticas como de su humildad, su sencillez y su cercanía, atributos que todo escritor debería trabajar y, a ser posible, poseer, lo cual no suele ser ni fácil ni, por lo tanto, habitual.
Este es un libro que anima a la cultura y a la lectura, al compromiso social y al compromiso vital, o sea, a no pasar por la vida como si tal cosa. Y a que no gane el olvido. Es un libro que suma y que aporta; y que no solo a las personas más cercanas a Antonio encantará leer; también a mí me ha encantado hacerlo; y a todos los que se acerquen a él; lástima que no puedan hacerlo quienes ya no están. Estoy seguro que a Antonio le habría encantado. Y Laura, ¿qué dirá?
Introducción
«No existen más que dos reglas para escribir:
tener algo que decir, y decirlo».Oscar Wilde.
«Miramos el mundo una sola vez, en la infancia.
El resto es memoria».
Louise Glück
Es difícil escribir con sinceridad sobre los asuntos más íntimos, o al menos hacerlo sin importantes elementos de ficción y de anacronismo; recordar es volver a construir el pasado, sin otros elementos que breves escenas alojadas al azar en nuestra memoria; por otra parte, intentar ser fiel al pasado podría hacer daño a personas que nos quieren más de lo que nos merecemos. Intencionadamente he cambiado algunos algunos nombres y existen partes del relato que son imaginarias.
Es posible que al lector se le antoje un discurso muy pobre, además de incompleto. Ha de ser necesariamente incompleto, porque los recuerdos que aporto son fruto de situaciones o más bien emociones totalmente fortuitas que los evocan; dichos recuerdos podrían dilatarse hasta mi muerte, y más aún si llego a ser anciano con demencia, cuando uno recuerda vivamente las escenas de la infancia, pero se olvida de las del día a día. Dios no quiera que llegue a ese estado de deterioro intelectual.
Este relato comenzó como un pequeño diario en el que habituamente cada mañana escribía siempre que visitaba mi aldea, merced a los recuerdos que vivamente aparecían en la situación más insospechada. Yo siempre he madrugado mucho, y me encanta la soledad de los primeros momentos del día después de tomar un café. Son esos momentos de lucidez, tal vez incluso de cierta creatividad, que aprovecho para escribir, para estudiar e incluso para hacer planes que algunas veces han cambiado mi futuro.
Aprovecho esa soledad cortita, llena de energía, hasta que se levantan mi esposa y mis hijos, o hasta que aparece mi madre para invitarme a un chocolate como los de antes, en un viejo tazón de porcelana. En esos momentos el detalle más nimio me trae una enorme cantidad de evocaciones de mi infancia, y eso hace mi vida más intensa y apasionada.
Comencé a escribir esos sentimientos e impresiones en un fichero, «Escritos de aldea», y lo fui haciendo lentamente porque visito menos de lo que desearía mi casa de aldea y el tiempo para la reflexión es breve si se compara con la multitud de tareas que me esperan; ahora que tengo hijos de corta edad, también madrugadores, el tiempo libre es aún más exiguo. Por eso el contenido le puede parecer insuficiente al lector.
Una vida plena de recuerdos es una vida más intensa, es realmente la vida porque lo que somos está construido a base de recuerdos; los recuerdos nos desligan y eluden del tiempo real, del tiempo del reloj, para de alguna forma sumergirnos en el tiempo subjetivo, en donde no existe propiamente un antes y un después, sino esa sensación de plenitud en la que en el presente se mezcla el pasado y las esperanzas de futuro, y de ese modo se rompe con la monotonía de la vida cotidiana.
Mi infancia se desarrolló pobre hasta el extremo en recursos, pero por el contrario resultó extraordinariamente rica en imaginación; mi infancia transcurrió aislada en un insignificante reducto del planeta, llamado Soto de Mogos, ahora Souto de Mogos, aunque en adelante lo llamaré simplemente Soto, aislado de cualquier información porque mis padres no se habían podido comprar una radio, la televisión no existía, la prensa no tenía cabida en aquel mundo, y mi vida cotidiana se centraba en el colegio, en la iglesia (misa, catecismo, labor de monaguillo…) y en el tiempo de ocio, sin juguetes, solo con los objetos de la vida cotidiana, transformados en objetos de juego con mi imaginación.
El contraste con el mundo actual, tan sobrepasado de ideas y utensilios, es radical. El mundo actual acaba con nuestra sensibilidad, con nuestra imaginación, con nuestra riqueza de pensamientos y nos resta protagonismo personal, porque siempre tenemos otros famosos en escena a los que mirar; podemos tener vacías nuestras cabezas porque otros se encargan de llenarlas con sus ideas.
Pero en Soto no era y aún no es así. Lo importante para los mayores era la vida de los vecinos, los cotilleos de aldea. Mi madre sigue enganchada a los culebrones de pueblo de modo que la llena más saber lo último que le ha pasado a un vecino que el último acontecimiento del famoso de turno en la televisión.
La filosofía de la vida en Soto era entonces muy sucinta. Se transmitía de generación en generación y no admitía crítica o contestación alguna. Era la época de la infalibilidad del Papa y de los mayores (padres y abuelos), de los dogmas y verdades eternas, de la inapelable e incontestable existencia de Dios y de las ánimas del purgatorio. Nadie osaba dudar o responder a sus mayores, o cuestionar por un segundo ninguna verdad que se daba por sobradamente conocida, so pena de ser declarado un maleducado, un sinvergüenza e incluso un proscrito
Uno de los objetivos que pretendo transmitir es que casi sin nada se puede ser feliz, o al menos uno puede estar repleto de evocaciones felices, pues es bien conocido que nuestra mente olvida intencionadamente los momentos desagradables. La verdad es que recuerdo mi infancia como la etapa más feliz de mi vida, a pesar de tantas privaciones y carencias.
Cuando uno no tiene nada, está obligado a «ser», a desarrollar su propia esencia, a ser artífice de su propia vida, creador de sus propios sueños y descubridor y transformador de su propio mundo.
Solo el tiempo y la ausencia nos permiten valorar con mayor objetividad aquellas personas que ya no están, y eso nos enseña la lección magistral de la vida de disfrutar de las que aún están, de las que tenemos con nosotros; nada evitará su añoranza cuando se hayan ido. Tal vez a nosotros también nos valoren o nos echen de menos cuando ya no estemos, hasta que con los años todo se desvanezca, como las letras en las lápidas de los cementerios. Las de mi padre, aún lustrosas y nítidas, las de mi padrino y las de mi abuela ya difuminadas. Los ramilletes de rosas o claveles cada vez se quedan más marchitos, y con los años hasta las flores artificiales acaban descoloridas de tanta ausencia. Después de décadas nadie reclamará los restos cuando otras familias construyan nuevos nichos.
Dentro de unos años nadie leerá ni comprenderá estos relatos, ya no existiremos ni en el recuerdo de nuestros descendientes, y en el mejor de los casos irán quedando las letras despintadas de nuestros nombres en la lápida del nicho del cementerio, hasta que definitivamente sea retirada cuando trasladen al osario común los últimos restos de nuestro esqueleto, para poner en nuestro lugar un cadáver más reciente.
Nunca sospeché que sintiese tanto amor por mis padres y por mi tierra, tantos y tantos recuerdos gratos; revivirlos es como permanecer en la felicidad de la infancia, en la ingenua felicidad de disfrutar segundo a segundo de todo el entorno. Pero hoy aún pueden leer estos fragmentos de la memoria casi todos los compañeros de la infancia, tal vez disfrutarlos o sentirse protagonistas conmigo de esos recuerdos
Todos deberíamos tener garantizada una larga existencia, un mínimo vital asegurado, y un tiempo de regalo o de reserva aleatorio, incierto. Deberíamos tener aseguradas esas décadas de lucidez, de ilusión, de vida plena, y llegar pletóricos al tiempo de descuento, al tiempo de regalo, al tiempo sentados en un merecido trono por una faena bien hecha, por una vida que pretendió basarse en la generosidad, el amor, el servicio…
Pero la vida está salpicada de muertes prematuras, de desenlaces inapropiados, violentos, sin contemplaciones, y nada hay más aleatorio y endeble desde el momento antes de nacer, en que un anecdótico contratiempo o despiste de atención te puede conducir a la parálisis cerebral o a la muerte casi instantánea.
La vida en mi aldea nos ha dado hasta estos momentos en que escribo una vida plena a todos los de mi generación.
A todos menos a Ratapón, atrapado precipitadamente por la muerte.
Ratapón ha muerto
No por esperada, la noticia resultó menos conmovedora. Así como la pequeña campana de la ermita comenzó con su tañido lento, parsimonioso, todos los vecinos, a esa hora ocupados en las labores del campo, se persignaron, musitaron un «descanse en paz», un «qué pronto se lo llevó Dios», un «a esta vida solo se viene a sufrir», un «el pobrecillo nació ya desgraciado», un «para qué le valió que le pusiesen un hígado nuevo», un «mira para lo que le sirvió afanarse en las labores del campo, resfriado y mojado a todas horas» y se acercaron así como pudieron a la casa mortuoria, unos en cuanto volvieron con el ganado hasta el establo, otros terminando con urgencia de colocar la maleza en el carro para el cubil del ganado, otros interrumpiendo la recolección de los nabos.
En aquel atardecer melancólico de otoño, frío, con grandes nubarrones, la cerrada bruma en el horizonte, la llovizna persistente, lluvia de tontos, ese chisporroteo frío hora tras hora, no era ya una sorpresa que Ratapón falleciese, después de tantas idas y venidas al médico, al hospital de área y al hospital de referencia.
Parecía que nada podría incrementar la melancolía crónica de los humildes vecinos en aquellas tardes lóbregas de otoño, pero de vez en cuanto el tañer parsimonioso de la campana de la ermita demostraba que todo es susceptible de empeorar, y aunque eran pocos vecinos en aquella pequeña aldea, la muerte acudía puntual a su cita anual en Soto, casi siempre en otoño o invierno, puntual con ese mal frío que remata a los débiles.
Todos acudieron a dar el pésame de urgencia a la familia.
Yo llegué a tiempo para acompañar a mi padre al velatorio.
Estaban presentes al menos un vecino de cada casa y otras personas que yo no había visto jamás, probablemente familiares venidos de otras aldeas; nos congregamos en la vieja cocina de la casa de piedra, con las paredes ennegrecidas por el humo del lar; humo de los leños húmedos, que apenas calientan; algunos niños se acercaban al fuego tiritando de frío, mirando sorprendidos al entorno, sorprendidos de la atmósfera triste, sin entender lo que ocurría, sin saber aún que la muerte existe y es condición sine qua non del ser humano; reina un silencio roto por la brisa gélida que se cuela por los resquicios de la vieja pared, y por un cristal roto del ventanuco de la cocina y por los cuchicheos de los asistentes; la tenue luz de una bombilla, aún más atenuada por la suciedad que tornaba traslúcido el vidrio, producía una atmósfera tenebrosa; el matrimonio hace guardia a la puerta; el padre, enjuto, resignado, aparentemente insensible y la madre con los ojos llenos de lágrimas, el pelo desaliñado, el pañuelo negro, y el desconsolado llanto que arreciaba cada vez que abraza a un nuevo vecino que se acercaba a ver el féretro, con su tapa entreabierta dejando ver el cadáver de Ratapón afeitado, encorbatado y oliendo a perfume de hierbabuena.
Todo eran cuchicheos de convencionalismos. Las mismas frases liberadoras, eternamente repetidas, pero que tal vez, como el llanto, ayudan a aceptar lo incomprensible, lo absurdo de la vida y de la muerte. Convencionalismos que son, como los ritos, la única respuesta posible a lo que nuestra razón no alcanza a comprender.
Cuando llegó doña Felisa, todos pasamos a la habitación contigua, donde yacía el cadáver.
Doña Felisa era la maestra de la vecina aldea de Condarcas.
Inteligente, elegante, enérgica, con el impecable tocado de su moño, tan acicalada, serena y respetuosa con su mantilla, su sentido de autoridad, ferviente católica, de misa y rosario diarios, doña Felisa acudía puntual a los velatorios de los vecinos de la parroquia. Le tenían preparada una silla y un cojín, y sin muchos preámbulos, después del breve formulismo del pésame, y probablemente con más afectación que afecto, lo que en absoluto le resta mérito, comenzó a dirigir el rezo del rosario en aquella noche de un lúgubre miércoles de otoño.
Misterios gloriosos. Primer misterio. La Resurrección del Señor…
El féretro se situaba al lado de un camastro, sobre un banco de madera, y estaba flanqueado por dos grandes cirios, que iluminaban de forma muy tenue el tétrico habitáculo.
Ratapón yacía durmiente con la tapa del féretro entreabierta, su corbata negra, su cara afeitada como no lo había estado nunca, los claroscuros cambiantes por la suave brisa que movía los cirios y producía aleatorios claroscuros, creando en aquella tez inanimada un resplandor de ultratumba.
Ratapón, el primero que se fue de nuestra pandilla de la escuela, el pobrecillo inocente, a veces hazmerreír de todos, niños malvados, que no perdonamos al más débil, el más limitado, objeto de nuestras burlas y desprecios. Siempre el primero en ser atrapado cuando jugábamos a la pilla, el primero en ser sorprendido en el escondite, porque era el que disponía de menos tiempo para esconderse, el de la respuesta más lenta y parsimoniosa, el más duro de mollera, al que el maestro, don Primitivo, más tiempo dedicaba, intentando denodadamente que estuviese a la altura de los demás alumnos, ignorante como todos de que algo no andaba bien en su hígado ni en sus pulmones.
Ratapón, el pobrecillo, no pasaba nunca de las primeras páginas del libro de lectura, ni siquiera sé si llegó a aprender a leer con fluidez. Era enclenque, de ideación torpe, y de caminar lento, ya que se fatigaba con el mínimo esfuerzo. Así era aceptado sin más por todos; cuando al paso lo saludaban: «¿Qué tal Ratapón?», contestaba sin perder su sonrisa y su compostura: «Vamos tirando».
Tercer misterio. La venida del Espíritu Santo…
Origen de la vida
«Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da?».
Don Pío Baroja.
Como todo ser humano, de mi nacimiento y mi primera infancia lo ignoro todo. Salvo contados recuerdos muy fugaces y obviamente tardíos, he de hacer referencia a lo que espontáneamente me han contado; nunca he osado preguntar nada, siempre preferí la ignorancia a molestar con las preguntas. Ese ha sido un atributo de mi personalidad que no ha cambiado con los años. Reconozco que a menudo no preguntaba por no pecar de ignorante, o por no ser reprendido o contrariado por ello y siempre he confiado en que otros hiciesen sus preguntas por mí. Por no preguntar me he dejado muchas cosas sin aprender pero, por otra parte, nunca he sentido tanta vergüenza ajena como cuando alguien sentado cerca de mí alzaba la mano para preguntar algo que se me antojaba capcioso y propio de imbéciles. Esa actitud probablemente ha motivado que muchas personas piensen que soy menos ignorante de lo que en realidad soy. Siempre procuré escuchar con mucha atención y elaborar mis propios pensamientos calladamente. He sido siempre tan reservado que incluso aquí y ahora me dejaré sin duda temas importantes en el teclado.
Lo cierto es que ignoro los detalles de mi nacimiento, salvo que fue en la vieja casa de piedra de mi aldea, apresuradamente, una cálida tarde de verano. A mi madre, ya cumplida, aunque al parecer sin signo alguno de embarazo —«¿Dónde estarías tú metido?», me ha comentado en un sinfín de ocasiones a lo largo de la vida—,le sobrevinieron los dolores de parto cuando estaba trabajando en una pradera y apenas tuvo tiempo de llegar a casa y de avisar a la partera, doña Otilia de Lucas, que era de la edad de mi abuela y a la que tuve ocasión de conocer, aunque no de reconocerle sus méritos, porque en los niños está el don espontáneo del cariño y del afecto a quienes nos aman y nos cuidan, pero nos faltan esos gestos protocolarios, y a menudo tan hipócritas, de las expresiones de agradecimiento. La casa de Lucas era casi contigua a la de mis padres, pues solo la casa de Marqués las separaba.
Nadie en aquella casa se llamaba ni se apellidaba Lucas, ni en la de Marqués se llamaba o se apellidaba de ese modo, aunque sin duda hacían referencia a algún antepasado con ese apellido. La nuestra era la de Álvarez, que era el segundo apellido de mi abuela materna. Y con el fallecimiento de mi abuela, desapareció también, para siempre, el «Álvarez» de mi familia.
Las personas eran conocidas por su nombre de pila y el apellido de su casa de nacimiento, o la casa a la que se iban a vivir una vez casados. En mi casa, antes de nacer yo vivía María la de Álvarez, Dolores la de Álvarez, Mariquiña la de Álvarez, una criada advenediza, y Manuel el de Rojas o incluso Rojas a secas (así se llamaba la casa de nacimiento de mi padre). Así que todos ignoraban el apellido de Otilia, porque con saber que era Otilia de Lucas era más que suficiente.
Era esta una señora más bien regordeta, con su pañuelo negro ceñido a la cabeza, como mi abuela y como todas las mujeres a partir de cierta edad por aquel entonces. La partera siempre me tuvo afecto, siempre recuerdo su sonrisa y en la lejana infancia esa frase que mi madre repetía: «Ella fue la que te trajo a este mundo».
Doña Otilia se merece un recuerdo, y un eterno agradecimiento, por no tergiversar los designios de la divina providencia, como a menudo hacemos los médicos, a veces para bien, pero a veces, me temo, para mal, y lo que presuntamente estaba destinado a ser normal resultó normal; siempre he presumido de un ombligo normal (a decir verdad, la única parte de mi cuerpo que no ha cercenado mi autoestima), algo que no se podían permitir algunos vecinos de mi edad, que no tuvieron la dicha de que una señora tan ducha ayudase a traerlos al mundo, tal vez por enemistad con la casa de la partera.
A mí me sonrió la fortuna, y si había rencillas, que las habría, se concedió una momentánea tregua para que yo viniese al mundo con un ombligo anónimo.
Les adelanto que este hecho no es sino un mero ejemplo de cómo era entonces la vida en la aldea, habitualmente llena de altruismos y de impagables deudas, en donde cada uno donaba, llegado el caso, lo mejor de sí mismo a los demás, a pesar de las envidias y las rencillas, casi siempre temporales. Yo me siento en deuda con todos, porque de una forma o de otra, todos me sacaron de algunos apuros.
Me llamaron Antonio, aunque nunca nadie se dirigió a mí con ese apelativo, pues todo el mundo me llamaba «Toñín». Toñín el de Álvarez. Antonio como San Antonio de Padua, no como otros santos que se llamaban como yo. Mi tío y padrino, Antonio, rezó dos veces el credo por si a la primera se había equivocado o incluso había omitido alguna palabra, lo que hubiese significado que yo hubiese sido tartamudo o que al menos estuviese limitado por problemas más o menos graves para el lenguaje.
La noción del tiempo es tan subjetiva y contradictoria… Los tiempos de doña Otilia me parecen tan lejanos, que me imagino que forman parte de la vida de otro, de otro tiempo, de otro yo, hace siglos o milenios. No sé si todo el mundo cuando recuerda su infancia experimenta una vivencia de una vida tan dilatada en el tiempo.
Por otra parte, después de este largo medio siglo de existencia siento que me dejé escapar lo mejor de mi vida sin enterarme, que viví muchos años sin historia, sin vivencias que añadir en mis recuerdos, años de rutina absorto en el trabajo. Ahora que las semanas corren deprisa y todo parece que fue ayer, lo que más lamento es no haber dado más oportunidades a la vida para disfrutar de más sensaciones que rompiesen la monotonía, en cierto modo cómoda, de lo cotidiano. Lamento las horas de literatura perdidas por el sinfín de horas dedicadas a la lectura de trabajos científicos. Lamento no saber poner horas a mi trabajo para concluirlo antes de sentirme rendido, agotado, exhausto sin otro anhelo que dejarme caer en el sofá y recuperar energía para el día siguiente.
En la infancia el tiempo era infinito; cada día era toda una vida, se disfrutaba cada segundo del presente, y el mañana no existía, cada día experimentaba vivencias inagotables.
Ahora las semanas pasan rápidamente, por más que me rebele. Vuelve a ser viernes y ni siquiera me entero si ha llovido, si ha hecho frío, si fue cuarto menguante.
O si luce el sol.
La vida debería ser rigurosamente simétrica, y no recordar nada ni del Big Bang de nuestra existencia, ni del cataclismo ineludible, del agujero negro de nuestra extinción. Una diminuta célula que en nueve meses se transforma en millones y millones de hermanas que dan lugar a un ser vivo que sale sollozando de su lecho materno, ignorante de todo, ajeno a todo menos a sus instintos. La antesala de la muerte debería ser también un gran sollozo, un gran grito de despedida, igual de anónimo, igual de olvidable.
No se trata de un elogio de la demencia, del drama de la demencia, sino del retorno a la ingenuidad de la infancia, a la sorpresa en cada instante, de cada acontecimiento, y sobre todo a la despreocupación por la muerte, porque nada más alejado de la mente de un niño que la muerte, y de igual modo nada debería estar alejado de nuestra existencia en la decadencia que la muerte.
Ciertamente existe una preparación espontánea, una aceptación no reñida con la lucidez sino con la sabiduría que ha proporcionado la existencia, una ansiada necesidad de volver a vivir los mismos sentimientos de la infancia, una búsqueda intencionada de la sorpresa, del gozo de los instantes, pero reivindicaría para el ser humano un final inevitable de la vida como un espejo de la infancia, y entre ambos la lucidez plena, en la que nadie, absolutamente nadie debería morir, en donde hacerlo es el mayor absurdo, la mayor aberración de la vida.
Como si una estrella se apagase anticipadamente.
Morirse precipitadamente es como nacer con veinte años.
Evitar las muertes prematuras, la muerte en plena lucidez, la muerte cuando existe el miedo pavoroso a la muerte. Dejar la muerte para más tarde, para cuando la vida se apaga sin que en el ser humano exista la noción de muerte, cuando la vida se apaga como la de una gacela o la de un rinoceronte enfermo: esa es una de las más encomiables tareas que deberíamos hacer por nosotros mismos los seres humanos.
Velatorio
«Los más sabios de todas las épocas han pensado siempre que la vida no vale nada… Siempre y en todas partes se ha oído de su boca el mismo acento: un acento cargado de duda, de melancolía, de cansancio de vivir, de oposición a la vida. Incluso Sócrates dijo a la hora de su muerte: ‘La vida no es más que una larga enfermedad; le debo un gallo a Esculapio por haberme curado’. Hasta Sócrates estaba harto de vivir».
Friedrich Nietzsche.
En una esquina de la habitación yacía moribunda una desvencijada estufa catalítica a la que me fui acercando disimuladamente porque las avemarías no me proporcionaban calor y comenzaba a tiritar; hacía años que no sentía ese impacto del hileo en mi tuétano, a pesar de haberme vestido con la ropa de abrigo que utilizo en los días más gélidos del invierno.
Aunque intentaba concentrarme en el rezo, el pensamiento se refugiaba una y otra vez en los recuerdos de mi infancia, en lo absurdo de la vida y de la muerte, en la vida de Ratapón y en mi propia vida, en el don, a menudo reservado a los más humildes, de vivir la vida sin pensar ni un solo instante en la muerte, mientras otros vivimos instalados en el pesar constante, cotidiano, de ese trance. Tal vez el rezo del Rosario, además del consabido resultado relajante que conlleva la repetición de una frase o de un gesto, no es sino un pretexto para que uno reflexione sobre la vida y sobre la muerte, «ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte», insistentemente.
¿Qué puede uno esperar de piropear reiteradamente a la Virgen María si no es la inmediata contrapartida del alivio del dolor, del sufrimiento, la ayuda en la aceptación de la desgracia y la motivación para ser un ser humano más bondadoso, dispuesto a dar más y más por todos y por todo?
Laura se me acercó, no sé si buscándome o buscando el calor de la estufa, y sin apenas tiempo para mirarla, me propinó un beso en la mejilla. No sé si me propinó un beso o una bofetada cariñosa, de esos en el que el contacto dura milisegundos y nunca sabes si te quieren o te odian o sin más te desprecian o te ningunean. Infinitos milisegundos en los que sentí el calor de su mejilla gélida, como la mía, la ternura de su piel suave, tersa, húmeda, como la de la más tierna infancia y pensé que las mujeres bellas y elegantes se hacen un tratamiento de belleza hasta para acudir a un funeral. Acaricié fugazmente con mi mano temblorosa sus largos y tupidos cabellos áureos, con grandes tirabuzones, que tampoco parecían haber cambiado.
Aunque con alguna arruga facial, sus ojos seguían pareciéndome bellísimos, y bellísimas sus facciones. Una enorme bufanda de colores vivos, para mi gusto poco apropiada para la ocasión (pero yo siempre fui un cero a la izquierda en gustos), cubría su cuello y su mentón, y sin lugar a dudas se jactaba de haberla puesto para el velatorio, muy en su línea un tanto hippie, como ella apostillaba siempre que hacía algo que llamaba la atención, como llevar calcetines de distinto color, guantes siempre rojos y alegres vestidos blancos.
Deseaba preguntarle mil cosas, saber de su vida… En un instante recordé toda nuestra infancía en común en el colegio y en la aldea. Y su precipitada huida. Una vez más, y al igual que en mi infancia, enmudecí al verla.
—Menudo frío, no veas cómo humea el tejado; se han debido de calentar los carámbanos y me cayó uno de la que entraba —dijo Laura sonriendo.
Como si me viese todos los días, como si no hubiesen transcurrido más de diez años desde nuestro último encuentro, como si no se hubiese marchado en un pispás y sin despedirse de nadie de la aldea, como si yo no fuese consciente de que cuando nos cruzábamos, muy rara vez y accidentalmente, solo me miraba una décima de segundo para decir «hola» o «hasta luego» o «qué tal» sin hacer el más mínimo ademán de pararse, o de insinuarme que querría saber algo más de mí o contarme algo de su vida.
Como si a mí me hubiese resultado siempre indiferente…
—No te puedes imaginar hasta que punto me reconforta tu calor. El frío y la impotencia me estaban situando al borde de la desesperación. ¡Qué dicha me produce verte! —improvisé, titubeante.
Laura me sonrió con complicidad y guiñó el ojo con disimulo.
—Aunque llegas un poco tarde, como siempre —añadí con una hipócrita sonrisa.
Cuarto misterio: la Asunción de la Santísima Virgen.
Origen del amor
«Si usted quiere saber donde está su corazón,
mire a dónde va su mente cuando se pasea».
Walt Whitman.
Laura fue mi primer amor, el amor de mi infancia. Me quedé anonadado, si uno se puede quedar en ese estado a los seis años, mi primer día de colegio, cuando mi padre me acompañó al aula para presentarme a don Primitivo, el maestro.
Estaba sentada en el primer pupitre con sus largos cabellos áureos, con grandes tirabuzones, sus bellísimos ojos azules, soñadores, enormes, luminosos, su carita redonda, su pequeño lunar en la mejilla, su angelical sonrisa, su aire distinguido, su grueso suéter de lana multicolor, su blanca falda plisada, sus leotardos azules y sus zapatos de cuero.
Y sus guantes rojos encima del pupitre.
Creo que le era totalmente indiferente mi presencia, pero entonces yo carecía absolutamente de la capacidad de valorar lo que pasaba por la cabeza de una niña de seis años.
Laura y aquella atmósfera nueva, un tanto hostil, motivaron que mi primer acto nada más sentarme fuese derramar toda la tinta del tintero al tocarlo con aquella plumilla encajada en un largo mango de madera con forma de cono invertido, que no había visto jamás.
Me recuperé de aquel trance embarazoso gracias a la sonrisa del maestro y a la mirada resignada de mi padre. Fue la primera y última vez que experimenté un gesto de resignación y una sonrisa, aunque fuese afectada, hipócrita, de mi maestro. Sin duda en su fuero interno pensó con disimulada displicencia que otro niño torpe de remate se incorporaba a aquella escuela para hacerle su vida un poco más amarga y dura.
La verdad es que de todos los demás trances, avatares, meteduras de pata, errores de niñato inexperto, sinsabores y decepciones hube de cocinármelos, masticármelos y recuperarme yo solito.
Y lo más que podía esperar era una reprimenda sin violencia física.
Laura, al contrario de todos los demás niños de la aldea, nunca calzó zuecas, sino unos zapatos a prueba de lluvia y de hielo, y por eso Laura era única, una musa, una belleza etérea, inmaterial, angelical, una auténtica diosa de la belleza, aunque yo no tuviese la menor idea de lo que era una diosa de la belleza.
En los días sucesivos se fue incrementando mi adoración por ella: su entonación ligeramente afectada, su permanente sonrisa, su desparpajo y soltura… Metáfora de una vida completamente feliz, de una infancia sin sombras.
Por el contrario yo me comportaba de un modo totalmente estúpido y verbalizaba las mayores incoherencias cuando me asía la muñeca, en las contadas ocasiones en que niños y niñas jugábamos juntos en los recreos, o simplemente cuando me llamaba por mi nombre con cualquier pretexto.
Mi muñeca frágil, blandengue, delgada, de la que colgaba una mano con los dedos finísimos, ligeramente arqueados, con el extremo ungueal siempre lleno de suciedad de jugar con la tierra por más que mi padre estaba siempre muy pendiente de recortarme las uñas con una vieja y enorme tijera de esquilar las ovejas.
Mi muñeca.
Y pensar que algunas veces sus dedos abrazaron mi muñeca.
A Laura mi muñeca le resultaría sin duda totalmente indiferente, y mis pequeños arcos secantes de suciedad en el extremo de mis proyecciones digitales le producirían cuando menos algo de grima que sobrellevaría con una hipócrita indiferencia, pero yo tenía seis años y esas sutilezas se me escapaban.
Todo en su figura y en lo que hacía me parecía perfecto y entre ella y el resto de los mortales existía un abismo, el abismo que producen los ojos del amor. Tal vez me enamoré por su porte esbelto, distinguido, por ser la que tomaba todas las determinaciones en el mundo de las niñas, la que decidía los juegos en los recreos y sobre todo por decidir el momento en el que había que dar por concluido el problema que don Primitivo, el maestro, nos enunciaba cada mañana nada más entrar en clase.
Laura me parecía bellísima, inteligentísima y poseedora de todas las demás virtudes que puedan acabar en «ísima».
Laura significó sin duda mi principal aliciente para asistir a la escuela, tanto durante las horas lectivas como en los recreos, en los minutos de juego antes de comenzar la clase, a veces realmente prolongados, cuando el maestro se retrasaba, sobre todo en los días más fríos y lluviosos del invierno, cuando llegaba en su Vespa cubierto con una gran capa gris que apenas dejaba ver su fruncido ceño.
En cierto modo esta vivencia fue premonitoria, pues prácticamente tanto durante mi formación como en mi profesión, siempre existió una mujer, bellísima como Laura, intelectualmente y profesionalmente destacada, brillante, impecable, inalcanzable, aunque sin altivez ni desdén, que constituyó un aliciente frente a las a veces duras tareas del día a día. Cuando por algún motivo estaba ausente, parecía respirarse una atmósfera de tristeza entre los colegas. Nada más inspirador que ese ser humano, conjunto de belleza e inteligencia, respetable y respetuosa, a la hora de vérselas con exámenos difíciles primero y posteriormente con la enfermedad y la muerte.
Los momentos más felices de mi vida son los ligados al amor y a la amistad, mucho más que a cualquier triunfo o logro personal. Creo que mi mayor estímulo vital ha sido el de intentar sentirme amado, aunque he sabido con el tiempo que ello entraña servidumbres insoportables, sufrimientos inútiles, de modo que con los años fui derivando a la actitud más egoísta de buscar el sosiego y la subjetiva evaluación de mi propia conciencia y tornarme un tanto ajeno a las valoraciones ajenas.
El efecto más adverso del amor es el desamor, la indiferencia del otro. Si te enamoras corres el riesgo de pasar de los sentimientos más sublimes, del mismísimo cielo, al más profundo abismo. Nada te hace sentir más desgraciado, ni eres capaz de advertir una mayor pérdida. Ninguna sublimación, ninguna sustitución, ningún otro amor, ninguna oración, ni la más hermosa melodía, ni el más tierno cariño de otras personas, nada, absolutamente nada evita la tristeza del desamor, de la indiferencia, del desafecto.
Por otra parte, tal vez el ser humano crece, madura y se engrandece desde el amor no correspondido; solo quien ama sin ser correspondido es consciente de sus limitaciones, y de que desde nuestra existencia no planeada y tan azarosa en el tiempo y en el espacio, que viene acompañada solo del potencial de los millones de genes de nuestra especie, hemos de iniciar la imposible tarea de construir nuestros propios sueños, de encontrarle un imposible sentido al absurdo más irracional y de buscar nuestro lugar y nuestro destino entre casi ocho mil millones de contemporáneos.
Mientras unos somos unos privilegiados del tiempo, del espacio y de los genes, otros contemporáneos no se pueden permitir nuestros devaneos intelectuales y sentimentales ni nuestra capacidad de sufrir por nimiedades. Ratapón, traído al mundo con un gen defectuoso, no disfrutó de ese enorme privilegio, de la fortuna de un amor no correspondido, del que surgen grandes poetas, grandes genios, grandes creadores, grandes científicos y sobre todo una infinidad de personas mediocres, como yo.
Cada edad tiene su pequeño amor, su encaprichamiento, su mito, alguien con quien soñar antes de dormirse y nada más despertar y en esos ratos de silencio en los que nos quedamos con la mirada perdida dirigida al infinito; una imagen bella, perfecta, única, con la que soñar para compensar todos los inconvenientes, adversidades, rechazos, dificultades y absurdos de la vida cotidiana.
Yo tenía seis años e ignoraba que en la actitud indiferente e incluso en el aparente rechazo de una niña de mi misma edad a veces pudiese existir amor.
Tampoco sabía que existían los genes ni mucho menos que cuando el más puro azar de la desgracia se intercala sigilosamente en el amor de tus padres, puedes venir al mundo con una enfermedad que te provoca una muerte prematura.
Conclusión del velatorio
Don Primitivo, el maestro, llegó prácticamente al final del velatorio, para hacer la visita de cumplido.
Simplemente.
El Santo Rosario no es sino un afortunado pretexto para acompañar treinta minutos a la familia del difunto para no llegar, dar el pésame sin saber qué decir y partir de inmediato. Pretexto para no dejar a una familia que sufre en esa atroz soledad de esa última noche con su hijo en el hogar, ahora difunto, después de la larga noche recostados en el sofá de la sala de espera adyacente a la unidad de vigilancia intensiva el día del trasplante y de tantas y tantas noches en vela a su lado en la habitación del hospital.
El Santo Rosario permite los cuchicheos de convencionalismos entre el Gloria y el Ave María.
Todos los vecinos se anticipaban a la hora señalada para la oración, para no hacer esperar a doña Felisa.
En cambio, llegaban tarde las personas distinguidas, como Laura y como don Primitivo. Llegar un poco tarde era una tradición arraigada, casi obligada, para mantener el estatus. Las personas distinguidas nunca debían esperar a nadie, siempre se las debía esperar y mostrarles al mayor respeto cuando se habían tomado la molestia de acudir a un acto.
Don Primitivo dio el más sentido pésame protocolario a los padres del difunto y por primera vez le escuché palabras elogiosas para Ratapón: «Pobrecillo, siempre sospeché yo que este bendito e ingenuo chiquillo tenía algún problema de salud que mermaba su aprendizaje. Estoy seguro de que Dios tendrá un lugar privilegiado para él en la gloria para compensarle del infortunio en esta vida». ¡Qué bien se expresaba don Primitivo! Le dio un par de besos protocolarios a doña Felisa, que a su vez había sido su maestra, y partió lentamente cruzando una mirada afectuosa a los presentes, casi todos alumnos suyos.
Quinto misterio: la Coronación de María Santísima.
Geografía
«La Tierra no nos necesita; somos nosotros quienes necesitamos de ella. La última palabra la tiene ella, y no la pretensión humana de dominarla».
Leonardo Boff, Reflexiones de un viejo teólogo y pensador.
El Universo no existió hasta mi primer llanto, hasta mi primer grito, hasta mi primera inhalación de aire.
La aldea de Soto no existió hasta ese primer grito desgarrador con mi primera inspiración nada más salir del útero de mi madre.
Soto está asentado en una pendiente y lóbrega ladera de A Pontenova (Lugo). Escasamente una veintena de viviendas salpican la misma en pequeños grupos, buscando los pequeños rellanos de la montaña.
A más altura que las casas y las fincas de consulta, se sitúan los montes del Castillo y el Campo de la Luna, otrora pastizales, sustituidos por pinos y sobre todo por eucaliptos, cuando los labriegos se deshicieron del ganado vacuno y por consiguiente de la venta de leche, a cambio de una indemnización ridícula.
Los eucaliptos, plantados con la pretensión de conseguir en pocos años madera, aceptablemente bien pagada por las fábricas de celulosa, sustituyeron los preciosos bosques de árboles autóctonos caducifolios (robles, castaños, abedules, alisos, fresnos…) por una especia arbórea que, además de deteriorar el manto terrestre, ha tornado la ladera de aldea de Soto aún más sombría y húmeda, al aumentar unos metros la cota de la montaña, de modo que en invierno el sol apenas se insinúa durante un par de horas, justo antes del ocaso.
Equidistante de las viviendas cruza un arroyo en su día suficientemente caudaloso como para que en su cauce se hubiesen construido tres molinos, ahora ruinosos, disimulados entre la maleza. Ahora apenas corre agua la mayor parte del año, como en la mayoría de los arroyos del concejo. Casualidad o no, la cantidad de agua dulce descendió de una forma alarmante en muy pocos años. Visto con mis propios ojos. Me estremezco. Nadie se quiere enterar.
Nadie es responsable.
Cuando la culpable es la humanidad entera todo el mundo se lava las manos, salvo una selecta minoría de luchadores a los que todos los demás consideran unos tocapelotas, molestos como una mosca cojonera.
Las soluciones serían tan complejas y globales que nadie se implica. Dado que no tiene solución, nadie lo considera un problema.
Una fuente artesiana asoma muy cerca del arroyo. Fue la fuente de agua potable de toda la aldea, así como el lavadero, el centro social y cultural, lugar de cortejo, la sala de prensa y cotilleo de las más variadas noticias durante años.
La fuente artesiana se ha tornado invisible entre la maleza.
Como los molinos.
Como tantos amores, ilusiones y esperanzas del ayer.
Mi casa está situada en la zona más sombría de la aldea, a unos escasos metros de las lindes con la aldea vecina, Calvín, orientada hacia el noroeste, y más cálida y soleada, donde otro arroyo nos separa artificialmente de otro concejo, de otra provincia, de otra comunidad autónoma y no sé si en el futuro de otra nación. Algunas parcelitas del minifundio de mis antepasados se situaban al otro lado de la linde, en las tierras de la aldea asturiana.
Ajeno a cualquier discusión territorial, lo que más agradecía de la otra comunidad autónoma era la posibilidad de jugar con otros niños de edad similar a la mía (Suso y Benigno de Murias y Manuel del Castaño) cuando mis padres llevaban a cabo las labores agrícolas en dichas fincas.
En lo más alto de la ladera los montes del Castillo y El Campo de la Luna se erigían en mirador de un horizonte aserrado por varias cordilleras. Desde esos montes, a los que tantas tardes acudía con Luis y con Marcelino para que el ganado aprovechase los pastos, se divisaba todo el valle y muchas de las aldeas limítrofes (Teixidais, Neipín, San Pedro de Bogo, Villarjuane...).
Sobrepasando la montaña más alta y distante de todas las divisadas desde El Campo de la Luna se encontraba la aldea de San Xes, aldea de mi abuelo materno. A mí me parecía lejísimos y siempre me llenó de perplejidad el saber que este joven enamorado de mi abuela acudía solícito a cortejarla por aquellos montes y bosques solitarios, de noche la mayor parte de las veces, en un viaje que se me antoja de unas tres horas por trayecto, como mínimo.
En la ladera contraria a la de mi aldea, y orientada al sur, soleada, luminosa, seca… se situaba la envidiable aldea de Convarcas, recibiendo durante todo el año en los días despejados el sol desde el amanecer hasta el ocaso.
El principal obsesivo recuerdo de mi infancia, tan pletórica de sensaciones y de imaginación, es el de gélidas mañanas, tiritando nada más salir de entre las mantas, en los interminables inviernos, y mi mirada envidiosa a la ya soleada aldea de Convarcas a través de los pequeños cristales de la ventana de mi habitación, translúcidos por la capa de hielo formada durante la prolongada helada nocturna.
Un viejo puente de madera que cruzaba el río Turía, afluente del Eo, permitía la comunicación entre ambas aldeas.
Un vecino albañil, don Rogelio (el del Breso), lo intentó cambiar por uno con pilares de piedra y vigas de hormigón. Don Rogelio era un excelente albañil, un excelente artesano, pero sin el concurso de un aparejador, uno de los pilares, de aparente impecable factura, se cayó antes de llegar a instalar las vigas de hormigón. Lo que iba a ser un proyecto robusto y duradero acabó como el rosario de la aurora. Se volvieron a colocar dos grandes vigas (troncos) de madera que cedió uno de los vecinos y que portearon desde el monte entre todos. Volvió a ser un puente endeble, pero al menos con vigas nuevas.
¿Qué interés incitaría a mis antepasados para asentarse en esta sombría ladera?, ¿procederían acaso de un clima soleado y cálido y anhelarían el frío?, ¿serían los rezagados, los menos hábiles de una carrera de colonos buscando un lugar en el que subsistir?... Tal vez eran prioritarias el agua y las verdes praderas para alimentar el ganado; en la aldea de enfrente escasea el agua, y las praderas se secan en verano… Las soleadas mañanas de invierno no traen consigo la abundancia. Y salvo en contadas ocasiones, en las labores agrícolas, para sobrevivir son mejores los días lluviosos que los soleados.
Llegaron los vecinos a Soto, de apellidos tan dispares, de lugares tan distintos y desconocidos y su geografía común los condenó a entenderse la mayoría de las veces, a envidiarse a menudo, a pleitear en raras ocasiones, y hasta a matarse, según murmuran los más viejos.
Los secretos inconfesables de las personas, incluyendo los míos y los de mis vecinos, a nadie interesan porque nada aportan, salvo a los propios artífices, para no repetir los viejos errores.
El torrente o Arroyo del Rañadoiro, que separa Galicia y Asturias, discurre a escasos metros de mi casa. Cuando llovía torrencialmente, parecía que un río se desplomaba por el valle, surcando precipitadamente la pradera de mi casa, pero en verano desaparecía como por arte de magia, o discurría escondido entre las rocas y la maleza.
Mi padre construyó pequeños surcos paralelos a ambos lados de la pradera, para usarlos como canales de riego, sobre todo en primavera, estación generalmente poco lluviosa, con insuficiente agua para el crecimiento de la hierba; en otoño cerraba el paso a la corriente para que el agua no reblandeciese el suelo, mientras las vacas pastaban los tiernos brotes vegetales, renacidos tras la siega y recogida del heno en el mes de julio.
La hierba, bien seca, se guardaba en la parte superior del pajar durante el verano y constituía la principal fuente de alimento del ganado en los duros meses del invierno.
En la planta baja del pajar, adyacente a la era, se colocaba la paja durante la trilla. La paja también se usaba como alimento para el ganado, aunque era menos nutritivo y apreciado como tal.
No hay una plaza en mi aldea.
No hay plazas en las aldeas de Galicia.
Cada vivienda está orientada a un lugar distinto, de forma totalmente anárquica, aunque generalmente protegiendo la entrada de la gélida brisa del nordeste. Cada habitáculo se sitúa esparcido por la ladera, sin orden alguno.
No existe otro espacio común para compartir o departir, para que los niños se vean y jueguen, que el pequeño atrio de la ermita, en donde cada 15 de mayo o el fin de semana más próximo a esa fecha se celebra la fiesta del patrono, San Isidro Labrador.
La aldea vive de espaldas a la ermita y a ese espacio común que es su pequeño atrio, tal vez porque se construyó un tanto alejada de las viviendas porque probablemente nadie estaba dispuesto a ceder terreno en un lugar más cercano.
La campana de la ermita solo tañe el día de la fiesta, cuando fallece un vecino o cuando se está produciendo una gran tormenta de granizo que amenaza con acabar con la cosecha.
Cualquier vecino podría pasar toda la semana sin ver a ningún otro, salvo si se cruzan casualmente camino a las tareas de labranza o coincidían porteando la leche al amanecer.
Cada cual vivía su vida, de espaldas a la de los demás. Mi casa fue una excepción gracias a la polavila, de la que les hablaré más adelante.
Todas las aldeas en decenas de kilómetros a la redonda, a uno y otro lado del arroyo del Rañadoiro, y al margen de que las autoridades en su día lo utilizasen como límite administrativo entre dos regiones, actualmente comunidades autónomas, compartían las mismas tradiciones, las mismas praderas (unas más soleadas y otras más húmedas), el mismo modus vivendi y prácticamente la misma lengua (el gallego o el asturiano occidental).
Durante mi infancia la única lengua que hablé fue el gallego. Es la lengua con la que hablo con mi madre, con casi toda mi familia, con mis vecinos de la aldea, y naturalmente siempre que estoy en Galicia. Mis primeros pensamientos y vivencias están íntimamente vinculados a dicha lengua. No tuve entonces oportunidad alguna de aprender otra. Jamás me he arrepentido de ello. Sin embargo, precisé dedicar un gran esfuerzo durante varios años de mi vida para subsanar la limitación de no conocer el castellano desde mi más tierna infancia.
Entonces las escasas familias acomodadas del concejo no utilizaban el gallego, eran castellanoparlantes, y sus hijos, aunque fuesen de nuestra edad, no mantenían relación alguna con nosotros. En las escasas ocasiones donde se podría propiciar el contacto, les resultábamos tan indiferentes como ellos a nosotros. La utilización del castellano como lengua coloquial me dejó al principio boquiabierto. La lengua gallega, siempre tan inocente, como todas las lenguas, constituía entonces una fuente más de marginación frente al castellano. Aunque nos tratasen con el mayor respeto y educación, sabíamos en el fondo que los gallegoparlantes éramos ciudadanos de segunda clase. Sin embargo tengo entendido que oficialmente entonces no existían gallegoparlantes, como tampoco existirían catalanoparlantes, pues la única lengua oficial era el castellano.
Nunca sentimos a pesar de todo el menor complejo, ni por nuestra forma de comunicarnos, ni por nuestra realidad, que nos parecía tan normal como la suya.
El castellano se ha tornado, sin embargo, la forma primordial de expresar mi pensamiento, la lengua en la que sueño e improviso, mi rudimentario instrumento de comunicación tanto con el mundo como conmigo mismo.
Mi yo y mi lenguaje, mi yo rematadamente torpe para la pintura, y subnormal profundo para la música, incapaz de recordar una breve secuencia de notas musicales.
El castellano me permitió, mal que bien, liberar mis emociones más profundas en mi soledad, como el menos rudimentario de todos mis recursos para que una mujer hermosa se dignase mirarme, el tosco maquillaje de mi estética torpe y caduca, de mi más bien poco agraciado físico. El castellano me permitió cada día y desde hace años, aliviar el dolor de mis pacientes ante la enfermedad y la muerte, suavizar sus penas, atenuar la gravedad de su enfermedad y mantener viva la esperanza de quienes sufren por la azarosa llegada de la adversidad.
El castellano me permitió conversar largamente con los indígenas de la Amazonía ecuatoriana, a las orillas del Napo, o las artesanas guatemaltecas junto al lago Atitlán, o el buscador de Oro de Andacollo en Chile o con el camarero de una cafetería de San Francisco.
Nada aporta tanto a cambio de tan poco como el lenguaje.
Pero, por otra parte, el lenguaje está tan unido a los recuerdos, que si me sustrajesen de mis circuitos la lengua gallega, también me desposeerían con ella de todos ellos y me quedaría sin infancia. Ambas lenguas, indisolubles, constituyen el mayor tesoro de mi vida.
Las labores agrícolas

The Harvesters (La cosecha).
Oleo sobre tabla. (1569). Pieter Brueghel el Viejo.
Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.
No pretendo explicar de una forma exhaustiva cómo se desarrollaban las tareas agrícolas, que por otra parte nunca llegué a conocer en detalle, sino que me limitaré a recordar mis vivencias ligadas a las mismas.
Se cultivaba fundamentamente trigo, maíz, patatas, remolacha, coles y nabos. Además adyacente a las viviendas casi todos los vecinos disponían de una pequeña huerta, de la que se encargaban habitualmente las abuelas, que la cuidaban con esmero, regándola meticulosamente y abonándola con excremento de gallina, mientras preparaban cada día la comida, generalmente el caldo, durante siglos en el hogar en las «cocinas viejas» y posteriormente en la cocina de leña (llamadas «cocinas nuevas») (la transición entre ambas se produjo durante mi infancia en la mayoría de las viviendas), trabajo que les parecía de menor calado e incluso inútil y nada provechoso a los hombres, aunque luego no hacían ascos a las verduras y legumbres de temporada, como los grelos, los tomates madurados a la luz del sol en el alfeizar de la ventana, los pimientos, las cebollas y los ajos, conservados colgados en ristras en el cabazo o en otras zonas ventiladas de la casa. Y todos con sus agradables aromas, detectados a metros de distancia, no como ahora, que si no te acercas a la fruta o a la verdura hasta tocarla con la nariz, te parece inodora.
En cualquier esquina, donde quedaba un palmo de tierra, había una mata de perejil, de manzanilla o de orégano. La celidonia crecía junto a otras matas silvestres en la exigua tierra que quedaba entre las piedras de las paredes construídas como linde de las fincas.
Nunca llegué a conocer la época de la plantación de las verduras, ni tampoco la de los cereales, los nabos ni las patatas… Cada cosecha daba lugar a otra nueva con otro producto agrícola distinto. Generalmente se rotaba en los cultivos para reducir las plagas, pero no se dejaba descansar a la tierra durante meses (en barbecho) como en otras zonas geográficas.
No dudo de que todo el mundo conociese totalmente los tiempos y la secuencia de los cultivos, incluso los demás niños de mi aldea, que ponían más interés que yo, que parecía haber nacido atolondrado y distraído de la realidad.
Mi padre se levantaba un buen día de muy mal humor y ponía la casa patas arriba gritando desesperado: «Los de Fideles ya están labrando las patatas… o están arando para plantar el maíz… o gradando para sembrar los nabos», y nosotros en la cama viéndolas venir.
Y ese día se improvisaba todo para hacer lo que estaban haciendo los demás.
Otras veces en cambio sentenciaba, de forma grave y grandilocuente, ignoro si con fundamento científico o simplemente fruto de su experiencia o incluso cuando le podía la apatía y la desgana: «Es pronto para plantar las patatas, es mal día hoy para plantar el maíz… hoy está la tierra demasiado mojada», y en cambio otras veces: «La tierra está tan seca que la semilla no va a germinar, vamos a esperar que caiga un chaparrón, para no perder el trabajo».
Uno tiene días bajos, en los que le puede el tedio, la desgana, el desinterés, el vacío existencial, la falta de alicientes y de ilusión, mientras que otro se despierta en la fase opuesta, sintiéndose culpable por el poco interés y las consecuencias que podría acarrear, primordialmente la falta de sustento para la familia.
Lo mejor que podía suceder con las tareas agrícolas era la rutina de cada cosecha y de cada estación, era poder elevar sin sobresaltos una y otra vez la roca de Sísifo a la cumbre.
Porque a menudo la roca no se elevaba en un día tibio y apacible sino uno lleno de inclemencias meteorológicas y cuando no era el calor asfixiante, era la lluvia que calaba hasta los huesos y obligaba a andar un paso hacia delante y dos hacia atrás o era una segunda roca que venía a sumarse a la primera en forma de un ternero muerto o de una vaca que se había tornado estéril. Nada me parece tan lleno de imponderables como la vida del agricultor.
Naturalmente, siembre había un vecino que iniciaba las labores de temporada. En general las familias más holgadas del pueblo eran las que tomaban la iniciativa, las que trabajaban incansablemente, las que se levantaban una hora antes, las que terminaban una hora más tarde, las que no podían respetar el corto descanso dominical para acudir a la feria salvo por una cuestión de extrema necesidad, ni siquiera asistir a los actos litúrgicos en la parroquia.
Sus viviendas eran mayores, con enormes fachadas blancas y unas grandes chimeneas; tenían una gran habitación que se usaba como salón en las fiestas, con una enorme mesa, un enorme reloj de pared artesanal, grandes fotografías de los antepasados, y enormes balcones con preciosas plantas en macetas de barro o de cobre.
No se podían permitir ni pararse un instante en un cruce de caminos con el vecino e intercambiaban unas escuetas frases protocolarias mientras seguían caminando apresurados. Nunca sucedía nada en su familia, nunca se oían críticas ni lamentos, ni desgracias ni victorias. Nunca acudían a la polavila. Respetuosos y amables, parecían inmunes a cualquier adversidad.
Sin embargo, no se distinguían en absoluto por la jactancia o la soberbia, es más, eran las más generosas, las más dispuestas a ayudar a los demás, las que jamás ponían algún pretexto cuando se las necesitaba.
Ellos eran los ricos de la aldea.
Mi casa, por el contrario, era una de las más viejas y ruinosas de la aldea. Mi abuelo materno optó por construir un enorme pajar y cuando se proponía rehabilitar la vivienda se cayó de un castaño a los veintiocho años y se murió tetrapléjico unos días después. Desde entonces probablemente los reveses de la fortuna merodearon siempre sobre la familia, que no tuvo oportunidades de emprender las mejoras.
Acudir a la escuela era una tarea ingrata, aunque aceptada sin rechistar, se trataba de la primera imposición seria de la vida en la que uno pasa de unos hábitos sin absolutamente preocupación ni responsabilidad alguna, absorto en sus pensamientos y en sus juegos, a tener obligaciones. Entonces la transición era brusca y traumática, como la rana que se deja caer en un recipiente de agua hirviendo, y no casi imperceptible como ahora, que parece que disfrutas mientras torturan tu infantil libre albedrío. En mi caso aquello supuso adentrarse en una vida mucho más dura y llena de adversidades.
A pesar de ello, acudir a la escuela me resultaba menos duro que las tareas agrícolas que me encomendaban mis padres, por más que fuesen livianas dada mi edad (se basaban fundamentalmente en alindar, en ir delante de la yunta de vacas para que no se desviasen del surco mientras mi padre araba, repasar metro a metro las fincas tras recoger el trigo para que no se quedase ninguna espiga, ayudar a recoger las patatas y algunas tareas más que probablemente por más ingratas ya he olvidado).
Realizaba la mayoría de las tareas arrodillado sobre la tierra, por lo que me quedaron las rodillas llenas de cicatrices, pero por vagancia o por una columna poco flexible, más bien por lo primero, nunca se me dio nada bien doblarme.
Cuando en los mentideros se decía que algún vecino «doblaba mal» se entendía que era un vago, lo que estaba muy mal visto. Todo parecía tolerarse, menos la vagancia.
Mi vangancia no impedía que mi relación con los animales domésticos fuese idílica. En la infancia uno no distingue mucho acerca de niveles de conciencia o de entendimiento entre animales y humanos, por lo que trataba y hablaba con los animales como lo hacía con otros niños, y tengo la impresión de que me entendían mejor que a nadie, tal vez porque pasaba cada día largos ratos con ellos, a menudo acariciándolos.
Pasamos casi la cuarta parte de nuestra vida ocupados en esa tarea ingrata de «aprender», que creo que no apasianaba a nadie y menos a un niño de aldea, que carece de la menor oportunidad para aburrirse a pesar de vivir sin juguetes ni artificios. Claro que los seres humanos somos radicalmente curiosos, apasionados por saber. Uno a posteriori descubre que gran parte de lo aprendido era fundamental, y no lo cambiaría por nada, pero entonces yo no le veía sentido alguno.
Acompañaba a mi padre mientras esparcía la semilla de los nabos, mientras troceaba las patatas para plantarlas (no se plantaba entera, sino en trozos, siempre que llevase el germen que daría lugar a una nueva planta). Vamos, obviedades que todo el mundo conoce sobradamente, pero que viví in situ y no sin sorprenderme.
Si había una buena cosecha de nabos o de remolacha, los vecinos dejaban en un lugar bien visible sus enormes bulbos, manjar exquisito para las vacas y para los cerdos; el de la remolacha se conservaba mucho más tiempo, yo creo que meses. Las coles servían de alimento para los cerdos y para los conejos, pero también se usaban como alternativa al nabo para cocinar el caldo, en los meses de escasez de este último.
Las abuelas se encargaban, como decía anteriormente, de hacer la comida y multitud de las labores domésticas, como lavar, planchar, hacer las camas, barrer, fregar y, durante un tiempo, de hacer el pan. Ni jubilación ni descanso, porque nada de eso existía, y la supervivencia de los abuelos se basaba en la existencia de un núcleo familiar sólido; ellos seguían trabajando mientras les quedaban fuerzas y a cambio seguían disponiendo de todo lo que la economía familiar les podía dar; se trabajaba de lunes a domingo, porque los fines de semana también era necesario obviamente alimentar y ordeñar las vacas, aunque no se araba la tierra habitualmente, ni se realizaban las tareas agrícolas con igual intensidad, salvo durante la siega y la trilla, pues era necesario aprovechar los días de sol, imprescindibles para que la cosecha estuviese en buenas condiciones.
Determinadas tareas requerían la colaboración de los vecinos, habitualmente de los más allegados: la recogida y trilla del trigo, la siembra y recolección de las patatas, el deshoje de mazorcas (tarea que se hacía de noche, en el pajar, después de invitar a los vecinos a cenar), la matanza y otras que no recuerdo. En todas ellas había un ambiente jovial, festivo, se bebía vino y aguardiente y los mayores reían a carcajadas. Mi padre dejaba de ser intransigente, exigente y crítico conmigo y en esas ocasiones me permitía relajarme con mis tareas escolares.
Los veranos eran alegres, con mayor tolerancia y más participación en las tareas agrícolas. Mis padres no me exigían estar estudiando o haciendo tareas durante las vacaciones. El calor siempre me resultaba agradable. Mi abuela insistía tenazmente en que me tapase la cabeza para evitar una insolación (muchos años más tarde me enteré de que en efecto la insolación existía y podía poner el peligro la vida de un niño o una persona endeble).
En verano se trabajaba de sol a sol, la jornada era mucho más prolongada que en invierno, por más que durante esta estación parte de las tareas se realizaban por la noche, como ordeñar las vacas y dar de comer a todos los animales de la granja, tareas que hacían innecesaria la luz solar.
La mayor parte del cultivo y de la recogida de la cosecha y de la hierba seca tenía lugar en verano, así que en el mes de julio todos nos levantábamos en cuanto amanecía. Al mediodía, con un sol abrasador que impedía las labores agrícolas, y después de unas ocho horas de jornada, era habitual dormir la siesta. La siesta nunca se dormía en la cama, para no cambiar la indumentaria ni siquiera el calzado impregnados de tierra o de barro, sino habitualmente en el pajar, sobre la paja o sobre la hierba seca, o tendidos sobre un saco de los del forraje o del abono sobre una pradera, a la sombra de un frutal, o sobre una gavilla de trigo, para no perder tiempo en el desplazamiento hasta la casa, después de una comida campestre, que generalmente había llevado mi abuela en una cestita.
El cuchillo no era necesario; no conocí a nadie que no llevase consigo su navaja de Taramundi, más o menos elegante, que se utilizaba tanto para cortar el pan, la carne o el chorizo, como para cualquier tarea doméstica improvisada (cortar una rama, abrir el saco del abono…) y afortunadamente no me consta que nunca como arma violenta. Tampoco faltaba la bota de vino, depositada a la sombra, a buen recaudado del calor. Estaba muy arraigada la creencia de que si se tomaba vino mientras se trabajaba, no sentaba nunca mal, «porque el alcohol se evapora rápidamente con el sudor».
No existía ni plaza, ni lugar de reunión, salvo la polavila en mi casa. Afortunadamente existía en Canvarcas el Barracón, de Maruja y Germán, el capador, que inicialmente fue realmente un barracón, pero acabaron construyendo una tienda como Dios manda. Maruja de Canvarcas lo mismo servía un vino que una copa de Fundador, que preparaba un chorizo, un huevo y unas patatas fritas sobre la marcha. Lo mismo vendía un kilogramo de azúcar que unas bragas, unas botas de goma, un paquete de Ideales o de Ducados. Generalmente en la pequeña tienda había todo lo que podía necesitar cualquier vecino.
Y su marido no solo ejerció funciones de capador, sino de veterinario, resolvía la mayoría de las enfermedades de los animales domésticos y trabajaba gratuitamente (solo ganaba una pequeña comisión en los medicamentos que recomendaba).
Este era un modo de sobrevivir, pero no de enriquecerse, pues no existía signo alguno de opulencia por ninguna parte. Abrían desde las 7 de la mañana hasta la 1 de la madrugada, para no hacer el feo a los dos o tres alcohólicos de la parroquia que se hacían los remolones, porque nadie los esperaba en la cama.
La fuente de ingresos eran la leche, los terneros y los jamones (a veces se regalaba alguno cuando se debía un gran favor).
Se conseguía alguna «propina» con la venta del embutidos, huevos, pollos, conejos, verdura, queso fresco… Todo ello la única fuente económica de las madres, que cada quince días pasaban la mañana del domingo en la feria del concejo, compitiendo con los feriantes profesionales, para obtener un misérrimo beneficio para comprarse unas medias, una pañoleta, unas bragas o una falda.
La tarea de los niños era menos ardua que la de los adultos, y no necesitábamos dormir tantas horas como ellos; la actividad escolar nos liberaba de tareas y responsabilidades domésticas, de modo que ese tiempo en el que mi padre no estaba reiteradamente exigiéndome hacer algo, que era la hora de su siesta, lo aprovechábamos para jugar sin supervisión.
Se ganaba muy poco y se procuraba gastar un poco menos de lo que se ganaba; todo el mundo procuraba tener algún ahorro por si se moría un ternero, o acontecía una desgracia aún peor, como una enfermedad en la familia, para poder pagar los medicamentos y al médico. En aquel entonces acudir al hospital de la provincia era encaminarse a una muerte segura: ese era el sentir generalizado, no sé si con fundamento o sin él.
Nadie se moría de hambre, pero tampoco nadie disponía de nada superfluo, y muchas personas tampoco de bienes que hoy consideraríamos imprescindibles. A mí me hubiese gustado haber comido más chocolate, más queso manchego, más sardinas, más plátanos, más solana, más oreja y rabo de cerdo o más pollo, pero muchas veces mi merienda era pan con un poco de azúcar, y a menudo los alimentos se freían con manteca de cerdo, sustituto barato del aceite de oliva; mi padre solo me compraba plátanos durante la época de los exámenes porque me veía tan delgado, cansado y anoréxico que seguramente estaba temeroso de que no sobreviviese.
Por eso los más emprendedores e inquietos, no resignados a una vida tan precaria, sobre todo en familias en las que convivían varios hermanos sin que la ración familiar fuese mayor, emigraron, aunque no siempre para encontrarse con una vida mejor, sino más dura y compleja, en la que se iba lo comido por lo servido. Al menos en mi aldea, nadie retornó jactándose de sus riquezas ni con actitud ostentosa o prepotente.
Los impuestos eran nimios, pero prácticamente todo lo que ganaban era para pagar la seguridad social, la cuota agraria, una cuota realmente baja, pero acorde también con la exigua pensión que recibían por la jubilación. Algunos, tal vez mejor informados, optaban por no pagarla, o hacerlo solo uno de los dos miembros del matrimonio. Otros se hacían pasar por enfermos y tras reiteradas visitas a médicos y abogados, jamones a intermediarios, conseguían una pensión de invalidez, generalmente los más privilegiados y sanos, aunque más influyentes y mejor asesorados.
Eso acababa generando envidias y rencillas, por la sensación de injusticia, porque los que no pagaron acabaron cobrando una pensión no contributiva casi de la misma cuantía que la de aquellos que cumplían con la legislación vigente. Algunos vecinos, con información privilegiada, se dieron de baja en la cuota láctea justamente dos meses antes del cese obligado de la actividad lechera, por lo que fueron indemnizados. Mis padres siempre se lamentaban porque nunca «les había tocado la lotería» en alguno de esos asuntos administrativos.
Aprendí desde entonces a procurar no mirar la fortuna de los demás, sino a actuar con honestidad de conciencia en las tareas de mi vida. He sido un afortunado toda mi vida porque me tocó pagar siempre y no precisé apenas nada de las instituciones públicas desde que concluí mis estudios universitarios. Es sorprendente cuánta sucia política podía existir en una pequeña aldea de veinte vecinos, pero con la mirada de un niño, todo eso me resultaba ajeno e incomprensible.
Curiosee usted el cuadro de Brueghel el Viejo, del siglo XVI (discúlpeme, querido lector, si existe alguno comparable de algún pintor gallego, aunque sea menos conocido). Imagínese un paisaje más montañoso y boscoso, pero lo demás seguía igual en mi aldea durante mi infancia, cuatrocientos años después. El jornalero y los vecinos que acudían a ayudar, la hoz o la guadaña, las gavillas colocadas de la misma forma para que cuando lloviese no se mojase la espiga, y la hora del descanso cuando mi abuela llevaba en una cesta la comida a los agricultores para que no perdiesen tiempo desplazándose a casa para comer. Solía haber algún árbol en medio de las fincas o en las lindes (un nogal, un cerezo, un manzano, un laurel, un avellano…) que tal vez se había plantado para dar sombra en verano. Si uno se remonta, no cuatrocientos años, sino otros cuatrocientos años más, probablemente todo hubiese sido similar.
Siglo tras siglo con las mismas costumbres.
Y todo se terminó de un plumazo durante mi generación.
Sin sosegadas transiciones.
La comitiva fúnebre
La comitiva fúnebre inicia su andadura. Don Luis Manuel, el sacerdote, dirige la operación, junto con don Alberto, el de la funeraria, que tenía que complementar su trabajo con el de taxista, pues con un solo oficio no cubría gastos. Más tarde incluso compró una ambulancia. Dado que ni abundaban los funerales, ni los enfermos graves, ni los clientes de taxi, pasaba a menudo días enteros viéndolas venir.
—Primero los estandartes —sentenció don Luis Manuel, el párroco, para quien el protocolo era lo primero—. Ahora el féretro, con cuidado…
El párroco, situado inmediatamente detrás del féretro, se colocó rápidamente el alba por encima de la sotana, una estola, que extiende ágilmente alrededor de su cuello, sujeta al alba con el cíngulo. A ambos lados se situaron el padre y el hermano del finado, seguidamente los familiares más íntimos, y más rezagados los vecinos de la aldea.
Doña Crucita caminaba tambaleándose detrás del féretro, acompañada por dos vecinas, que prácticamente le servían de muleta porque sin ayuda se caería, como cualquier madre que acaba de perder a su hijo. Su pañoleta negra solo dejaba ver parte de su rostro pálido, anémico, sus ojos hiperémicos y las lágrimas de su mejilla, fiel reflejo de La Dolorosa del retablo lateral derecho del templo parroquial. Apenas se dejaban ver algunos mechones de pelo canoso. Mantenía, como era la costumbre, sus manos cruzadas delante del regazo.
Una vez situado el féretro en el callejón, se rezó un responso dirigido por el sacerdote, una primera bendición y comenzó la procesión. Cuatro vecinos transportaron el féretro hasta la funeraria, que inició su marcha parsimoniosa hasta el templo parroquial, con toda la comitiva a pie siguiendo la misma.
—Avisa que toquen la campana —ordenó don Luis Manuel.
Y en menos de cinco minutos se comenzaron a escuchar los sones lentos, parsimoniosos de la campana de la ermita.
Escuché una vez más el latido lento y estremecedor de la muerte.
Súbitamente apareció Laura junto a mí. En el último segundo como siempre. Con la alegría y desparpajo de quien aquello le importaba un bledo y se prestaba a ello por no quebrantar la tradición. Con su porte esbelto, elegante, desenfadado, Laura me transmitió súbitamente su vitalidad y optimismo, y me hizo olvidar aquellas apesadumbradas horas en las que, ante la realidad tangible de la muerte, me sobrecoge el desasosiego de imaginar mi propia desaparición.
El protagonista dejó de ser Ratapón, y pasó a ser ella. En un instante desapareció mi tensión, mi angustia existencial, y se tornó en júbilo, en júbilo por la vida, por la belleza, por el amor, en contundente indiferencia ante la adversidad y el dolor.
Mi Casa
Nací en un viejo caserón de pizarra, de abombadas paredes y centenarias vigas de madera de roble que sujetaban la aparentemente endeble pero pesada estructura del tejado de pizarra. Había sido construido claramente en distintos periodos, pues la estructura permitía ver al menos cuatro módulos: los dos más antiguos alojaban en la parte superior las dos habitaciones de la vivienda, enormes, unidas entre sí por una puerta, sin pasillo alguno. En la parte inferior se ubicaba la cuadra con las vacas y los terneros. En un tercer módulo, más pequeño, estaba la cocina en la parte superior, y en la planta baja la cuadra del caballo.
Siempre me lavé colocado dentro de una jofaina, echándome agua con una pequeña jarra, e hice mis necesidades en un orinal, como los mayores. Por la mañana se vaciaba en el huerto la orina a través de la ventana de la habitación de mis padres. Afortunadamente en esa zona del huerto solo se plantaban coles, no contaminables con las deyecciones, y tal vez por ello no recuerdo haber sufrido de lombrices como casi todos los niños por aquel entonces, salvo en una ocasión en la que mi madre y mi abuela me obligaron a comer varios dientes de ajo crudos, al parecer remedio natural contra los áscaris. De pura chiripa porque nadie tenía la más remota idea de cómo uno enfermaba de lombrices, ni conocía las normas más elementales de higiene. Las lechugas y otras verduras que se comían crudas no estaban afortunadamente situadas en zona contaminable.
En el otro módulo, probablemente el más antiguo, estaba situada la vieja cocina con un fogón central, un trípode para colocar las ollas y las sartenes, la cadena colgada del techo, un escaño, el horno de cocer el pan, el aljibe, que construyó mi padre para aprovechar el agua de la lluvia tras intentar al parecer construir un pozo artesiano como el que poseían sus padres, pero esta vez sin éxito en el sondeo. Justo al lado de la cocina se situaba la cuadra de los cerdos, en el mismo nivel, pues en esa zona no había planta baja. La pared de la vieja cocina aún hoy sigue totalmente ennegrecida por el humo.
No existía aseo.
Mi padre iba a hacer sus necesidades en el huerto, nada más tomar el café, fuese verano o invierno, lloviese, ventase o nevase, en cuclillas, con los antebrazos situados por debajo del hueco poplíteo, agarrando ambas manos entre las piernas, limpiándose con hojas de col o de remolacha o unos matojos de hierba. Incluso después de construir el aseo, junto a la cocina, no renunció a su ecológica rutina.
No había modo de calentar adecuadamente aquellos recintos con paredes de piedra de un metro de espesor, y con múltiples fugas de calor por las puertas, las ventanas y el tejado. Casi siempre había algún cristal roto y para cuando se reparaba uno, se acababa rompiendo otro. Por mucho que me acercase al fogón de la cocina, la sensación más cotidiana de mi infancia era estar siempre aterido de frío. En aquella casa tan sombría el invierno parecía permanente.
De tanto intentar buscar el calor, cuando contaba con tan solo tres años me caí sobre una sartén con aceite hirviendo. Afortunadamente solo me quemé la pantorrilla derecha, en la que me ha quedado una considerable cicatriz.
Disponíamos de una bombilla por habitáculo, con una tenue luz de 15 V, pero que en horas punta, las de ordeñar y dar de comer al ganado por la noche, alumbraba menos que una vela. Los interruptores, cilíndricos, con el mando en la parte más distal, colgaban del cabecero de las camas o de la pared de la cocina. El cableado eléctrico era absolutamente precario, y el recubrimiento del cobre era entonces de tela, no de plástico, de modo que a menudo con las goteras se producían cortocircuitos y de milagro no se producían más incendios por la escasa potencia de la red eléctrica y por unos fusibles artesanales que había preparado mi padre con dos pequeños tornillos unidos con un fino alambre de cobre.
En mi infancia no llegué a conocer lo que era una lámpara de sobremesa y realizaba mis deberes casi a oscuras en la permanente penumbra de aquellos largos y fríos inviernos.
Encima de las habitaciones existía un pequeño desván, al que se accedía por una pequeña trampilla de madera, que yo levantaba cuidadosamente para que no se notase, y me permitía guardar los tebeos que compraba en Casa Ignacio en Taramundi con el dinero de mi abuela, cuando asistía a las clases de mecanografía. De este modo no se enteraban mis padres, que me tenían terminantemente prohibido malgastar el tiempo leyendo todo aquello que no me ilustrase, incluyendo las obras literarias.
Junto a la cocina se situaba el pequeño gallinero, un cobertizo ruinoso y una maltrecha pared, con una cancilla de madera que permitía acceder al recinto de la casa.
En el cobertizo se situaban en completo desorden los aperos de labranza: los carros de madera, la grada, los arados, las cestas, el yugo, los aparejos del caballo, los tridentes, los rastrillos, las hoces, las guadañas, el yunque, la muela de afilar y algunos otros que apenas recuerdo.
En el pajar, edificio de piedra construido por mi abuelo materno al poco tiempo de casarse, estaba la paja en la planta baja y la hierba seca en la planta alta. En esta planta, nada más entrar a la izquierda se situaba un gran armario de madera, en donde se guardaba el tocino y la manteca de cerdo. Un segundo cobertizo y un hórreo de estilo gallego o cabazo completaban los edificios de la vivienda.
En las casas de aldea, tradicionalmente el matrimonio recién casado había de compartir su vida con los padres de uno de los cónyuges. Mi casa no era una excepción, de modo que cuando mis padres se casaron, fue mi padre, procedente de una casa de varios hermanos, de una aldea cercana, el que vino a vivir a la casa de mi madre, con mi abuela, viuda, y con la criada.
Mi vivienda era de las más destartaladas del vecindario, con su fachada de pizarra abombada y totalmente carente de estética, produciendo sensación de abandono y dejadez. Las pequeñas ventanas, sin balcones y con los marcos parcialmente carcomidos, apenas permitían entrar la luz. Las tejas de pizarra, más viejas que Matusalén, rotas, reparadas cientos de veces y repletas de musgo, se aliaban con las goteras que aparecían en los lugares más insospechados de la casa cada nueva estación lluviosa.
Insisto en lo de ricos y pobres, porque durante mi infancia mis padres me recordaban cada día que nosotros éramos pobres, y esa situación era definitiva, inamovible, un inexorable destino, y me señalaban siempre las tres o cuatro familias ricas de la aldea. Pertenecer a una familia de esas con la vivienda pintada de blanco, de paredes esbeltas, de gran chimenea, y sobre todo con verja, con un espacio alrededor cerrado por un muro elevado, y un gran hórreo, sería para mí el culmen de la riqueza.
Yo pensaba que no me quedaba otra opción que ser siempre pobre, porque me parecía imposible trabajar a aquel ritmo y con aquella entrega, y nadie dudaba de que para «ser rico como ellos» no existía otro modo que trabajar de sol a sol, levantarse al amanecer, no descansar ni un minuto y no malgastar ni un céntimo. Que alguien tuviese un día una idea brillante, la pusiese en práctica y se hiciese de oro era entonces ciencia ficción; que tal vez la riqueza fuese trabajar algo menos y disfrutar mínimamente de los placeres de la vida, o de unos minutos de ocio a la semana era impensable, alta traición.
Mi familia fue de las últimas en abandonar el llar, junto con la de Modesto y la de Ratapón, los últimos en disponer de una cocina «nueva» y de una estufa de butano, así como los últimos en comprar una radio, algo que a mi padre le costó Dios y ayuda, y lo hizo seguramente por recomendación de don Primitivo, para que, una vez que habían decidido que debía prepararme para el bachiller, escuchase el castellano en algún otro contexto que no fuese la escuela, porque según él poseía algún talento para las matemáticas. ¿Acaso ignoraba que Laura me facilitaba cada mañana la solución del problema? Pero lo demás fatal, pues al parecer me limitaba a memorizar los textos, pero sin comprender el contenido, y no ponía bien una «b» ni una «v» (esto último porque no leía ni tenía posibilidades de hacerlo al menos a sabiendas de mi padre).
Creo que sobreviví gracias a que en aquel frío, tal vez aminorado por el calor de las tres o cuatro vacas y uno o dos terneros que moraban en el piso de abajo, viví una especie de letargo, con las actividades fisiológicas bajo mínimos, que me permitió también mi supervivencia sin apenas alimentos, salvo la leche de mi madre, mi único sustento hasta los tres años, de unos senos de mi madre que se me antojan escasos, bajita y menuda como es la pobrecilla, y además trabajando en el campo todo el día. «No sé cómo no llorabas de hambre en todo el día», me sigue diciendo a menudo. La verdad es que sobreviví a aquellos tiempos, hasta que era ya un poco mayor y mi abuela, mi madriña con la que dormí los primeros años, me daba leche caliente con achicoria sin que se enterasen mis padres, y probablemente no mucho más tarde en mi vida, unas sopitas de pan duro con vino caliente y azúcar, pues aunque el alcohol resecaba el cerebro de los niños, más lo resecaba aquel frío de mi vieja casa en donde algunas semanas al año no lucían ni siquiera una hora al día los rayos del sol.
Los guantes de Laura
«Tú y yo, está visto que somos líneas paralelas. A mí de pequeño me dijeron que dos líneas paralelas se hacen secantes ―es decir: se cruzan― en el infinito. Vamos a tener que armarnos de paciencia».
Roger Wolfe.
Muchas mañanas gélidas de invierno colgaban preciosos carámbanos acristalados del tejado, invitando a tocarlos, a acariciarlos. Mi padre arrancó uno con la mayor naturalidad y me lo depositó en mi mano endeble y delicada. La sensación de congelación al asirlo por primera vez, sin la advertencia previa de la temperatura, fue una más de tantas y tantas sorpresas de la infancia.
Hasta entonces ignoraba lo que era el hielo, y nunca había experimentado una sensación térmica parecida en mi cortita vida. Mis recuerdos de infancia están obsesivamente referidos al frío, a la gélida atmósfera de los largos inviernos, a mis pies doloridos, mis manos doloridas, mis orejas doloridas, mi nariz dolorida, a mis sabañones que me producían un prurito incoercible, hasta el punto de ocasionarme heridas por rascado.
Nunca encontré belleza alguna en mi físico, me pasé la vida con la resignada convicción de ser feo a rabiar, pero lo que más deploraba eran mis largas orejas, que además emergían casi perpendiculares a mi cabeza, orejas de soplillo, y encima me decían que era un poco corto de oído, como mi padre. En mi defensa he de decir que esto era falso, lo que realmente ocurría eran mis cortos periodos de distracción, o de atolondramiento, en el que absorto en mis ideas el mundo me resultaba indiferente.
Los únicos recuerdos agradables que relaciono con el frío son los de la nieve; el paisaje nevado, blanco inmaculado, luminoso, me parecía de tal belleza que no me importaba en absoluto sentir el frío, y no me resistía a recoger la nieve con mis manos desnudas. Junto con los vecinos, nos las arreglábamos para hacer un trineo casero, que no era sino una cruz con dos tablas; sobre la tabla longitudinal, más larga, nos sentábamos, y en la tabla transversal, colocábamos los pies y nos deslizábamos por las praderas en pendiente.
Las nevadas asustaban a don Primitivo y su Vespa, que nos dejaba sin colegio, ¡menuda alegría!
Caía la tarde acompañando el féretro de un vecino de nuestra edad, fallecido prematuramente por un capricho absurdo de la genética; los vapores húmedos que emanaban del río eran cada vez más fríos; nada más engañoso que la neblina que emana del agua, que hace pensar en emanaciones de un río caliente, de aguas termales… para que luego digan de los espejismos del desierto. Comenzó a lloviznar, esa agua menuda, o agua-nieve, que se te cala hasta los huesos sin que te enteres, o «lluvia de tontos» que la llaman en algunos lugares, porque te empapas sin enterarte. Así que abrí el paraguas y, con el pretexto de proteger a Laura, me acerqué a ella y la cogí por la cintura.
Ratapón con su flamante hígado trasplantado subía los domingos a su casa a cien por hora, con el ruido ensordecedor de su motocicleta. «¿Qué tal Ratapón, echaste un caliquete?», le preguntaban los vecinos al pasar como una exhalación saludando con una leve sonrisa.
Cuando Ratapón comenzó a cobrar su pensión no contributiva se iba a un conocido club de alterne a mitigar sus instintos. La vida, el impulso de la vida, de dar vida, el instinto de supervivencia de la especie es tan prodigioso que no repara ni en la enfermedad ni en la cercanía de la muerte, ni siquiera en los fármacos que a menudo producen impotencia; el instinto de la vida no evita a quienes no tienen el privilegio de compartirlo con una persona amada, y lo tienen que mitigar en soledad o a base de condón y de dinero generalmente al contado y libre de impuestos. Decían los vecinos que cuando volvía, bramaba el tubo de escape de su motocicleta.
¡Quién piensa en la muerte! Ahí viene Ratapón de echar un caliquete… .
Volví a percibir las mismas sensaciones de la infancia, por unos instantes volví a sentirme el niño aterido de frío de antaño, las orejas y los dedos de las manos y los pies doloridos, los sabañones…
—Oye, Laura, ¿tú no sentías frío a menudo?
—No, ya ves que en mi casa existe una enorme cocina de leña, con dos puertas abiertas a nuestras habitaciones, la cocina parecía un horno, lo que recuerdo son mis mejillas rojas, encendidas del calor.
—¿Ni sabañones?
—Tampoco recuerdo haber padecido sabañones. Solo un poco de frío en la escuela.
—Claro, tus preciosos y poblados cabellos cubrían tus orejitas y tu cuello; en cambio mi escaso pelo endeble, ralo, ni siquiera me protegía el occipucio. Llevabas unos guantes preciosos, de vivos colores, siempre tan limpios, tan impecables, haciendo juego con toda tu indumentaria. Yo creo que eras la única que se permitía llevar guantes, y por eso tenías unos dedos delgaditos, con las uñitas largas, limpias, y una piel impoluta. Por eso desvariaba y me comportaba de aquella forma tan tonta cuando jugabais con nosotros y sobre todo cuando me cogías por la muñeca en los recreos.
—No exageres, todas nuestras familias andaban a la par en recursos.
—No lo dudo, pero en la precariedad las pequeñas diferencias se tornan abismales. Tus padres tenían una preciosa casa de paredes blancas, con unas ventanas con el vidrio intacto, impecablemente limpios, con su marco y contraventanas que parecían siempre recién pintados, con una preciosa puerta artesanal a la entrada, de dos hojas, con una ventanita enrejada para vigilar a quien llamaba a la puerta. Una enorme chimenea humeando todo el invierno, con su tejadito rematado con pirámides de piedra en cada ángulo, un precioso recinto con jardín alrededor con el aljibe sobre el que nuestras madres se sentaban a parlotear.
The free sample has ended.