Read the book: «Destinados a amarse»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Annette Broadrick
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Destinados a amarse, n.º 308 - febrero 2021
Título original: Callaway Country
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1375-193-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Capítulo Diecinueve
Capítulo Veinte
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Prólogo
Unas nubes negras oscurecieron el cielo, ocultando la tenue luz de la luna. Un silencio agorero cundió en la pequeña ciudad fronteriza de Texas, sólo roto de vez en cuando por el ladrido de algún perro.
Las estrechas calles estaban vacías. Todo el mundo dormía en sus diminutas casas erigidas en el acantilado próximo al Río Grande, el río que separaba Texas de México.
Una repentina explosión rasgó la somnolienta atmósfera y sacudió el ambiente pacífico de aquella pequeña comunidad. El fuego comenzó a arrasar una enorme fábrica y su almacén en las afueras de la ciudad. Las llamas coloreaban la noche de un naranja fantasmagórico.
La gente salió corriendo para intentar salvar lo que se pudiera del único negocio del pueblo, un negocio que mantenía a toda la población. Pero pronto se dieron cuenta de que no podían hacer otra cosa que observar cómo la fábrica, junto con su futuro, se esfumaba en el aire entre nubes de humo negro.
Al mismo tiempo que se quemaba la fábrica en la frontera, hubo otra explosión en un edificio de oficinas en el centro de Dallas, una tercera en una plataforma petrolífera en el Golfo de México y una cuarta en un depósito de petróleo al este de Texas.
Lo único que todos esos lugares tenían en común era que formaban parte de Callaway Enterprises, un conglomerado de empresas propiedad de la familia Callaway.
El mensaje estaba muy claro: alguien había declarado la guerra a los Callaway.
Capítulo Uno
Cuando la familia decidía organizar una fiesta, lo hacía a lo grande, pensó Clay Callaway mientras se detenía en la puerta del salón de baile del hotel Anatole.
Al fin y al cabo, así era como hacían las cosas los texanos.
Todo resplandecía, desde las enormes lámparas con sus colgantes de cristal hasta los cientos de diamantes y otras piedras preciosas que lucían las elegantes mujeres que habían acudido a la cena benéfica en Dallas, Texas.
La fiesta tenía el objetivo de hacer saber a todo el mundo que la familia estaba unida. Siempre que había algún problema, los Callaway se juntaban y se cubrían las espaldas.
Esa noche era el comienzo de la batalla.
Clay observó a varios miembros del clan estratégicamente colocados en las mesas dispuestas por toda la estancia para codearse con la élite social, política y empresarial del país. También había rostros famosos del mundo del entretenimiento.
Clay no se habría imaginado que podría asistir, pero alguien con muchas influencias había logrado sacarlo de su misión de los Comandos Especiales. El día anterior había recibido órdenes de viajar a Texas y estar disponible para la presente noche. Él había logrado llegar a tiempo después de un gran esfuerzo y estaba un poco molesto ante el brusco cambio en su misión. Pero no porque no quisiera responder cuando se le necesitara; una vez que había conocido los problemas que tenía la familia, estaba deseando hacer todo lo posible por ayudar a resolverlos.
Lo que lo incomodaba era que las circunstancias habían conspirado contra él al obligarlo a regresar al hogar de su infancia. Él había logrado evitar acercarse allí durante años. Allí había demasiados recuerdos esperándolo para abalanzarse sobre él y había logrado evitarlos… hasta ese momento.
Clay reconocía su cobardía al no haber querido acudir solo a la fiesta.
–Menuda colección de amigos tiene tu familia –comentó su cita en voz baja.
Clay miró a Melanie Montez y sonrió. Ella no sabía lo agradecido que le estaba de que hubiera aceptado su repentina invitación a acompañarlo esa noche. Ella era una mujer hermosa y sexy sin proponérselo, así que esa noche, que se lo había propuesto, estaba despampanante. Desde luego, él llevaba demasiado tiempo sin estar con una mujer, pero Mel le haría cuestionarse el celibato a un santo… y él no era ningún santo.
Clay deseó estar tan entusiasmado como ella. Al menos, Mel sería una forma de lo más agradable de cerrar la noche.
Melanie y él se habían conocido dos años antes en Estambul. Él estaba de permiso de fin de semana y ella tenía un pequeño papel en una película que se rodaba allí. Se alojaban en el mismo hotel. Cuando descubrieron que los dos eran de Texas, entablaron conversación hasta construir entre ellos una amistad que él valoraba como un tesoro.
Como ninguno de los dos tenía mucho tiempo libre, les resultaba difícil verse. Así que, en cuanto él había recibido las órdenes de viajar a Texas, había localizado a Mel a través de su agente y había sentido un gran alivio cuando ella había accedido a acompañarlo.
La gente que sólo la conocía por su profesión nunca creería que Melanie podía tener un amor platónico con un hombre. Ella le había dejado muy claro a Clay desde el principio que no le interesaba una aventura fugaz. No tenía ninguna intención de convertir en pública su vida personal.
Él disfrutaba con su compañía, su inteligencia, su incisivo sentido del humor y su habilidad para reírse de sí misma mientras al mismo tiempo usaba su imagen sexy para construirse una carrera.
A él tampoco le interesaba una aventura y no tenía tiempo para poder mantener una relación estable. Sin embargo, le había propuesto a Mel reservar una habitación en el hotel durante el fin de semana y ella había aceptado, lo cual era buena señal.
Clay sentía que estaba preparado para dar un paso más en aquella relación e interpretaba que, si ella había aceptado su invitación, también estaba dispuesta.
–No me perdería esto por nada del mundo –comentó ella con los ojos brillantes.
–Me alegro de haberte tentado a venir –replicó él con una sonrisa.
Ella se giró hacia él y le acarició la mejilla.
–Tú eres toda la tentación que necesito, aunque no debería decírtelo o se te subirá a la cabeza.
Él le tomó la mano y se la besó lenta y seductoramente. Algo captó la atención de ella cuando apartó la mirada de los ojos de Clay.
–¿Aquél de allí no es Cole Callaway? –preguntó Melanie haciendo una seña hacia el hombre alto y canoso que daba la bienvenida a la fiesta.
A Clay le resultó muy divertido su asombro reverencial. Su tío siempre causaba ese efecto.
–Sí, señorita, lo es. El tío Cole es la cabeza del clan. Y la mujer que hay a su lado es su mujer, Allison.
–¿Ésa es Allison Álvarez, la famosa escultora? Parece muy joven para llevar tanto tiempo siendo famosa.
–Le encantará saber que piensas así –comentó él y la condujo a la fila de personas que esperaban el besamanos.
Melanie rió alegremente y varias personas de la fila se giraron hacia ellos.
–Ni se te ocurra ponerme en una situación incómoda diciéndoselo, Clay. ¡Me prometiste que te portarías bien!
Clay intentó poner cara de inocente aunque sabía que ella no se lo iba a creer.
–¿Eres consciente de que vas a conocer a mis padres esta noche? –le preguntó él en tono burlón–. Estoy seguro de que mi padre querrá saber cuáles son tus intenciones hacia mí.
Ella le guiñó uno de sus deslumbrantes ojos verdes.
–Entonces tendré que confesarle que son muy deshonrosas –respondió ella haciéndolo reír.
La pareja delante de ellos terminó de saludar y Clay se encontró de frente con Cole, que le sonrió.
–Me alegra ver que estas divirtiéndote, Clay –lo saludó Cole estrechándole la mano–. Y también me alegro de que hayas podido venir esta noche.
–Me parece que tú no dudabas de que fuera a venir, ¿verdad?
Cole sonrió.
–Tenemos que reunirnos un rato cuando acabe la fiesta… si puedes dedicarnos un momento –señaló su tío lanzando una mirada a Melanie.
–Por supuesto que sí, tío. Lo estoy deseando –contestó Clay y acercó a Melanie hacia sus tíos–. Os presento a Melanie Montez. Mel, éstos son mis tíos, Allison y Cole Callaway.
Allison sonrió y le estrechó la mano a Melanie.
–Me alegro mucho de conocerla. Creo que usted es de Texas, ¿no es así?
Melanie asintió.
–Sí, de un pueblecito del sur del que nadie ha oído hablar.
–Qué suerte contar con su presencia esta noche. Tengo entendido que va a estrenar una película dentro de pocas semanas –comentó Allison.
Clay observó maravillado cómo su tía lograba que otra persona más se abriera a ella. Allison nunca dejaba de sorprenderlo. Cole era afortunado de tenerla a su lado.
Clay abrazó a Mel por los hombros.
–Estoy hambriento. Busquemos una mesa y acabemos con el bufé.
Allison rió.
–Creo que tu madre espera que te sientes con ellos –le dijo señalándole una mesa en mitad de la sala.
–Fabuloso –comentó él y tomó a Mel de la mano–. Vayamos a la mesa, compañera. Espero que estés preparada para esto.
–Si no te conociera, diría que estás nervioso de volver a ver a tus padres –señaló ella entre risas mientras se dirigían al centro del salón.
–Nervioso exactamente, no. Es sólo que llevan años intentando que venga a casa y hasta ahora no lo he hecho. Normalmente quedo con ellos en algún otro lugar durante sus viajes.
–¿Así que los va a sorprender verte aquí esta noche?
Él rió pero sabía que sonaba forzado.
–Parece que yo soy el único sorprendido –dijo volviendo la vista hacia Cole–. A veces se me olvida lo poderosa que es esta familia.
Cody, el padre de Clay, se puso en pie cuando los vio acercarse a la mesa. Sonreía ampliamente.
–Me alegro de que hayas podido venir, hijo –le dijo dándole un gran abrazo–. No sé por qué, pero esperaba verte de uniforme.
–En el aeropuerto he aprovechado para afeitarme y ponerme el esmoquin. Te aseguro que no te hubiera gustado verme cuando me he bajado del avión hace un rato –le dijo y luego abrazó a su madre, Carina–. Es increíble, mamá, cada año pareces más joven.
Les presentó a Melanie.
–A las hermanas de Clay les va a hacer mucha ilusión conocerte, Melanie. Deben de estar al llegar –dijo Carina y lanzó una mirada a Clay que lo dijo todo–. No sabíamos que Clay te conocía.
Con una elegancia de lo más loable, Melanie rió y respondió:
–Sólo soy uno de sus muchos oscuros secretos, ¿no lo sabían?
Clay supo que era el momento de cambiar de tema.
–¿Habéis pasado por el bufé? –les preguntó a sus padres.
–No, estamos esperando a que no haya tanta gente en la fila –contestó Carina.
–Es evidente que no os habéis saltado tantas comidas como yo para llegar aquí –replicó Clay y se dirigió a su acompañante–. ¿Qué te parece, Mel? ¿Crees que puedes obligarte a comer algo?
Ella lo amenazó con el puño en broma y luego se giró hacia sus padres.
–Veamos si esta bestia se calma comiendo, ¿no les parece? –dijo y precedió a Clay hacia el bufé dándole la oportunidad de admirar su fabulosa figura envuelta en un vestido rojo pasión que resaltaba cada una de sus curvas.
Se colocaron en la fila del bufé y Clay le acarició la espalda.
–¿Te he dicho lo exótica que estás con este vestido? –le susurró al oído.
Ella se apoyó ligeramente en él y giró la cabeza para encararlo.
–Empezaba a pensar que no te habías dado cuenta –contestó con una sonrisa picante.
–Puede que esté bajo los efectos del jet lag, pero no estoy muerto.
–De eso ya me he dado cuenta –señaló ella frotándose levemente contra él.
Él soltó una carcajada.
–¿Hace cuánto que no nos veíamos?
–No llevo la cuenta, pero algo así como ocho meses, cuatro días… y seis horas y media –respondió ella.
–Desgraciadamente van a pasar algunas horas más hasta que podamos estar a solas. No sé cuánto tiempo durará la reunión de esta noche.
–Debe de ser importante para tu tío que la reunión sea esta noche.
–Desde luego que sí –afirmó él–. Si no, Cole no se hubiera tomado tantas molestias para traerme aquí.
–Te estaré esperando, ven cuando puedas –dijo ella.
Él sonrió y le rozó los labios con un dedo.
–Cuento con ello.
Desde un extremo del salón, Pamela McCall contemplaba a la multitud y deseaba estar en cualquier otro lado salvo en aquella fiesta benéfica. Le resultaba extraño estar de nuevo en Texas junto a muchos de los electores de su padre. Ella siempre había evitado la vida política, de la que su padre formaba parte desde hacía años, pero había respondido a la invitación por lealtad hacia los Callaway, sobre todo hacia Carina y Cody. Su niñez hubiera sido muy solitaria de no haber sido por Carina, que cubrió el vacío dejado por la madre de Pam al morir.
Pam sabía que acudir a la fiesta era una forma de devolverles algo de lo que ellos habían hecho por ella, independientemente de que le gustara estar allí o no.
Aparentemente, la fiesta se ofrecía para recaudar dinero para varios proyectos de caridad, pero cualquiera que conociera a los Callaway sabía que esa reunión era una declaración de la familia: «Nadie puede con nosotros».
Su padre, un senador de Estados Unidos por Texas, había enviado a uno de los miembros de su gabinete, Adam Redmond, para que la acompañara esa noche. Pam siempre había luchado por mantener su independencia frente a su dominante padre, pero no tenía por qué ser brusca con Adam, que era un tipo agradable; era alto, de piel oscura, guapo y encantador… y sólo los más cercanos a él sabían que era homosexual.
Adam era además un buen amigo suyo. Pam lo miró y sonrió.
–Me alegro mucho de que estés aquí, Adam. Hubiera sido horrible venir a algo así sola.
–Creía que conocías a algunas de estas personas, sobre todo a los Callaway –comentó Adam.
–Y los conozco. De hecho, prácticamente me crié con los hijos de Carina y Cody desde la escuela primaria. Sus hijas son como mis hermanas –le explicó ella mientras observaba detenidamente a los asistentes–. Por cierto, todavía no las he visto y… ¡oh, no!
–¿Hay algún problema?
Pam intentó quitar importancia al momento.
–Realmente no. Sólo que no esperaba verlo a él aquí esta noche –contestó ella colocándose de espaldas a la sala y mirando a Adam.
Adam rió.
–¿Y ese «él» no tiene nombre?
Pam recurrió a su sentido del humor para conservar su equilibrio emocional.
–Disculpa –dijo forzando una sonrisa–. Se llama Clay Callaway, es el único hijo varón de Carina y Cody.
–¿Y por qué no esperabas que acudiera esta noche? Antes has dicho que esta noche los Callaway quieren demostrar lo unidos que están.
Pam sacudió la cabeza. No quería hablar de Clay Callaway con nadie, ni siquiera con alguien tan comprensivo como Adam. Debería haberse imaginado que él acudiría a la fiesta, pero después de mucho años sin saber nada de él, había logrado sacárselo de la cabeza. O eso era lo que ella se creía.
Los doce años desde la última vez que se habían visto parecieron desvanecerse mientras ella daba cuenta de los cambios que él había experimentado. Entonces él tenía diecinueve años. Ahora era puro músculo, todo un hombre adulto.
Pam cerró los ojos un instante. Verlo después de todo ese tiempo no iba a suponer un problema; ella no permitiría que supusiera un problema.
–¿Quién es él? –le preguntó Adam al ver que ella no reaccionaba.
Pam hizo una seña hacia la mesa del bufé.
–¿Ves al hombre junto a la despampanante rubia del vestido rojo? Ése es él.
–Vaya, vaya. Forman una pareja muy atractiva –comentó Adam.
Pam observó a Clay y a su cita apartarse del bufé con los platos llenos y dirigirse a una mesa en la que ella no había reparado antes. Carina y Cody estaban allí sentados, lo que significaba que ella tendría que acercarse allí en algún momento de la noche a saludarlos. Bebió otro sorbo de champán y decidió posponer ese encuentro lo más posible.
–¿Estás lista para ir a por algo de comer? –le preguntó Adam varios minutos después.
Con una renovada determinación de divertirse, Pam le sonrió agradecida.
–Por supuesto. Vayamos allá.
Después de comer más de la cuenta, a Clay lo invadió una sensación de sosiego. El hecho de que rellenaran la copa cada vez que la vaciaba un poco contribuía a ese estado de placidez. Melanie y él bailaron varias veces antes de que algún otro hombre le pidiera salir a bailar.
Clay sonrió con aquiescencia y se sentó junto a su madre, que acababa de regresar del tocador.
–Pareces molesta –le comentó él en voz baja–. ¿Algo no marcha bien?
–No es eso. Es sólo que algunas veces me enfurezco por cómo funcionan las cosas.
–¿Como cuáles?
–Acabo de encontrarme con Katie. ¿Sabes que ese canalla de Arthur Henley sigue haciéndoselo pasar mal aunque llevan seis meses divorciados?
–¿Te refieres a Katie la hija de Cole?
–Sí.
–No sabía que se había divorciado. ¿Cómo sucedió?
–Ella descubrió por fin que él derrochaba el dinero a espuertas, que tenía amantes, que cometía muchos errores en su trabajo. En cuanto ella le pidió el divorcio, Cole lo despidió porque muchas de sus decisiones como gerente habían costado millones a la compañía –dijo ella y bebió un sorbo de su copa–. Arthur acusó a Katie de haber perdido su trabajo. Supongo que se consideraba alguien invencible por la forma en que vivía y su forma detestable de comportarse. Seguramente nunca pensó en que Katie podría hartarse un día de su comportamiento y abandonarlo. Y por lo que acaba de contarme ella, él está haciendo todo lo posible por acosarla, molestarla o intentar ganarse su simpatía.
–¿Y por qué se casó con él?
–Ya conoces a Katie. Entre sus ganas de vivir y su necesidad de cuidar de todo el mundo con quien se encuentra, se metió de lleno en su idea de ayudar a Arthur a desarrollar todo su potencial. Hay que admitir que el hombre es encantador cuando quiere serlo, y muy inteligente. Se centró en alimentar la debilidad de ella de sentirse necesitada y le mostró a un hombre valiente que se esforzaba por superar su pasado de pobreza. Te juro que quería que Katie se sintiera culpable porque él hubiera nacido en una familia pobre. Recuerdo que ella lo excusaba todo el rato. Pero con el tiempo, incluso nuestra optimista Katie tuvo que rendirse. Antes o después, cada uno tenemos que responsabilizarnos de nosotros mismos en lugar de echarles la culpa a los demás.
–¿Qué edad tienen ahora Trisha y Amber?
La expresión de Carina se suavizó.
–Tienen cinco años y son absolutamente adorables. Me recuerdan a Katie cuando tenía su edad, están tan llenas de vida…
–¿Y dónde está Katie ahora? –preguntó él echando un vistazo a su alrededor.
–Creo que está sentada con sus padres. La he encontrado llorando en el tocador. Seguramente Arthur se ha pasado por aquí el tiempo suficiente para alterarla e intentar arruinarle la noche, y luego se ha marchado. Ella estaba furiosa por haberse dejado afectar tanto por él –dijo y la vio moviéndose entre las mesas–. Ahí va.
Clay se excusó de la mesa y fue al encuentro de su prima. Llevaba muchos años sin verla. Se le había oscurecido ligeramente el pelo a un caoba claro y sus hermosos ojos ya no tenían la chispa de antaño. Él no conocía a Arthur Henley, pero se le atravesó por haberle hecho sufrir a Katie.
–Hola, prima, ¿te apetece bailar? –le preguntó acercándose a ella.
Katie, que parecía diez años más joven de los cuarenta que tenía, lo miró sorprendida.
–¿Clay? ¡Madre mía, no puedo creerlo! Has crecido mientras yo me he girado un momento.
Él la condujo a la pista de baile.
–Me alegro de verte de nuevo, Katie. ¿Dónde estás viviendo ahora?
–En Austin.
Él se sorprendió al tomarla entre sus brazos y darse cuenta de que era muy menuda; aunque llevaba zapatos de tacón, apenas le llegaba a él por el hombro.
–Estás muy guapa esta noche. El negro resalta tu belleza natural –dijo él.
Era cierto. Su piel clara, ojos ámbar y pelo pelirrojo destacaban más a causa del vestido negro.
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
–Eres bueno para mi ego, Clay –susurró ella y desvió la mirada.
–No puedo creer que las gemelas ya tengan cinco años. Recuerdo cuando nos anunciaste su nacimiento. Supongo que he estado fuera más tiempo del que me parece. Quizá vaya a verlas esta vez.
Ella lo miró sorprendida.
–¿No tienes que regresar a tu misión enseguida?
–Tengo un permiso de treinta días, así que estaré por aquí unas cuantas semanas.
Ella sonrió ampliamente.
–¡Perfecto! Entonces, ¿por qué no nos haces una visita la semana próxima? A las niñas les encantará verte.
Él quería preguntarle por Henley, pero decidió que no era el momento adecuado. En lugar de eso, mantuvo una conversación alegre y superficial. Para cuando terminó el baile, Katie reía y en sus ojos se adivinaba algo del brillo de antes.
Él la acompañó a la mesa donde estaban sus padres, hizo una reverencia y le dio las gracias por el baile de forma muy teatral, haciéndola reír de nuevo. Luego regresó a su mesa.
Melanie estaba bailando de nuevo. Clay vio a su padre enfrascado en una conversación con un hombre y le tendió una mano a su madre.
–¿Quieres bailar?
Ella sonrió.
–Ya estás ocupándote de las mujeres olvidadas de sus maridos, ¿verdad? –dijo ella poniéndose en pie y apoyando su mano en la de él–. Me encantaría bailar.
Él la llevó a la pista y dieron una vuelta entera bailando antes de que ella hablara de nuevo.
–¿Sabes cuánto tiempo vas a quedarte esta vez?
Él se encogió de hombros.
–Oficialmente tengo un permiso de treinta días, pero sé que si estoy aquí es por algo. Voy a reunirme con Cole esta noche y seguramente me dirán lo que se espera de mí.
–Están todos muy preocupados, Clay. Y no están muy seguros de en quién pueden confiar. Quien sea que está detrás de esos ataques tiene dinero y poder. Tu padre cree que seguramente tendrán compradas a las autoridades.
–¿Y yo cómo puedo ayudar?
–Tu padre dice que en el ejército has desarrollado unas habilidades de lo más útiles que ayudarán a descubrir quién está detrás de estos ataques. Una vez que tengamos eso, Cole se ocupará de todo a partir de entonces.
–Voy a hacer todo lo que pueda, ya lo sabes. Siento curiosidad, ¿por qué no se lo pidió a su propio hijo? Clint ha trabajado en operaciones clandestinas y tiene más experiencia que yo en este tipo de investigaciones.
Ella sonrió.
–No lo sé. Tendrás que preguntárselo a Cole.
Una mujer que bailaba cerca de ellos llamó la atención de Clay: era alta y se movía con gran elegancia. El vestido color plata de cuello alto y manga larga que llevaba era provocativo en su simplicidad porque resaltaba las curvas perfectas de la mujer. Ella tenía el pelo rubio sujeto en un moño clásico que favorecía mucho a su bello rostro.
A Clay le pareció una princesa.
De pronto ella miró hacia él. Él sólo conocía a una persona con aquellos ojos tan azules que parecían púrpura… Sus peores temores acababan de confirmarse: ella había acudido a la cena benéfica. Él debería haber supuesto que estaría allí, pero no lo había hecho y no estaba preparado para encontrársela de pronto después de tantos años.
De adolescente, era atractiva; de adulta, era una mujer despampanante.
–¿Qué está haciendo aquí Pamela McCall? Yo creía que estaba demasiado ocupada con su vida social en Washington –comentó Clay y buscó con la mirada por la sala–. ¿Ha venido también su padre?
Clay observó al hombre que bailaba con ella: era tan oscuro de piel como ella clara. Formaban una pareja muy atractiva. Aunque eso a él le daba igual, por supuesto.
–Creo que el senador no ha podido acudir. Allison comentó que mandaba disculpas.
–Y ha mandado también a su hija. ¿Ése es su marido?
Carina miró hacia la pareja.
–No lo creo. No me suena que se haya casado.
–¿Por qué no me sorprende? –murmuró él girándose para no mirar en la dirección de Pam.
–Eso sucedió hace mucho tiempo, Clay –le dijo su madre con voz suave–. ¿No crees que ya es hora de perdonarla? Ahora los dos sois personas diferentes.
Clay casi no la oyó, el corazón le latía con tanta fuerza que lo ensordecía.
–Tienes razón –respondió él intentando controlar sus emociones–. Ella no significa nada para mí.
–Kerry y ella han sido amigas desde que eran unas niñas. Sé lo duro que es para ti que…
–No te preocupes, mamá, estoy bien –dijo él–. Bueno, cuéntame qué habéis hecho papá y tú desde que os vi en noviembre.
Durante el resto del baile él se concentró en la conversación de su madre e ignoró al resto de gente de la sala. Cuando terminó, Clay acompañó a Carina a la mesa. Melanie se había sentado momentos antes. Él se sentó a su lado y apoyó el brazo en la silla de ella.
–¿Te estás divirtiendo? –le preguntó él al oído jugueteando con su oreja.
Ella soltó una risita.
–La verdad es que sí. Esta fiesta tiene todos los ingredientes de mis sueños de niña. Codearse con las familias más ricas y famosas de Texas es algo que merece la pena.
Él se irguió.
–Ahora sé por qué te interesaste tanto por mí cuando nos conocimos por primera vez.
Ella parpadeó tímidamente y sonrió.
–Por supuesto, corazón. No me interesó lo guapo que eres ni tu cuerpazo. Lo único que me llamaba la atención era que eras un Callaway, eso alimentaba mis fantasías infantiles.
Él soltó una carcajada.
–Me alegro de saberlo. No me gustaría pensar que estamos dando un paso hacia la intimidad en nuestra relación por alguna razón que no fuera cumplir tus fantasías.
Ella soltó otra carcajada de lo más contagiosa.
–¡Quién iba a decirlo! Y yo que he creído todo este tiempo que eras tú quien estaba interesado en salir conmigo para aparecer en la prensa como mi nuevo amante…
–Maldición, acabas de descubrir mi secreto.
Clay oyó que alguien llegaba a su espalda y vio a su madre sonreírle a esa persona.
–Pamela, siéntate un rato y cuéntanos cómo te va todo. Kerry estaba aquí hace unos momentos. Connor y ella volverán enseguida.
Clay intentó permanecer impasible mientras Pam pasaba por delante de él y se sentaba en la silla vacía entre Carina y él.
–Hola, mamá C. Me alegro mucho de verte de nuevo –saludó Pam con voz ronca y se giró lentamente hacia Clay–. Hola, Clay.
Por lo menos ella no era hipócrita intentando fingir que se alegraba de verlo, pensó Clay.
–Pam, quiero que conozcas a Melanie Montez –comentó él y se giró hacia Melanie–. Ella es Pamela McCall, hija del senador McCall. Es una buena amiga de la familia desde hace años.
Pam sonrió a Melanie.
–Hola. Estoy impresionada de conocerte en persona. Me gusta mucho tu trabajo.
Clay observó a Melanie estudiarla de arriba abajo.
–Gracias –respondió Melanie con una sonrisa.
Clay se dio cuenta entonces de que las dos mujeres se parecían mucho: ambas era rubias, altas y despampanantes. No le gustó la idea de que su atracción hacia Melanie fuera por su parecido con Pam.
–No he tenido oportunidad de bailar aún contigo, ¿te apetece? –dijo Clay extendiendo una mano hacia Melanie y levantándose de su asiento.
Melanie le tomó la mano y se puso en pie.
–Ha sido un placer conocerte –le dijo a Pam y siguió a Clay a la pista de baile–. ¿De qué iba eso?
Clay la apretó contra sí de forma que sus cuerpos se tocaran desde el pecho hasta las rodillas.
–No sé a qué te refieres –contestó él.
Ella se separó ligeramente de él y lo miró a los ojos.
–Qué interesante, es la primera vez que me hablas con evasivas –comentó ella y lo oyó suspirar–. Me refiero a qué ocurre entre la señorita McCall y tú. Entre los dos había una tensión palpable. Si no es asunto mío, dímelo y ya está, pero no finjas que no sabes de qué te hablo.
–Tienes razón. No quería responderte porque ella no es una de las personas a las que más aprecio tengo precisamente. Sin embargo, a mi familia les encanta. Creció como parte de nosotros, yo diría que pasaba más tiempo con nosotros que en su propia casa –contestó él mientras bailaban suavemente–. Y luego, estuvimos saliendo juntos en el instituto hasta que ella me dejó muy claro que no estaba interesada en tener un compromiso conmigo.
–Vaya… Debías de estar muy enamorado o no seguirías dolido con ella hoy en día.
–Entonces yo era un niño. Y para tu información, no me preocupa haberla visto hoy, de veras. No me había acordado de ella en años.
Él supo que eso era mentira en cuanto lo dijo. Se había esforzado por no pensar en ella todo el rato y algunas veces lo había conseguido. Pero estaba decidido a dejar el pasado enterrado.
–Estoy mucho más interesado en el futuro que en el pasado –afirmó con rotundidad, y era cierto.
–Es muy atractiva –murmuró Melanie.
Él le acarició la oreja con la boca.
–Tal vez, pero yo sólo tengo ojos para ti, muñeca.
Pam los observó bailar juntos unos momentos antes de volverse hacia Carina.
–Clay ha cambiado mucho, ¿no? –dijo y supo que se le notaba en la voz lo arrepentida que se sentía.
–El primer amor siempre es difícil de superar. Él logró salir adelante, igual que tú. Fueron tiempos difíciles para vosotros dos.
–Pero es muy evidente que no me ha perdonado.
Pam no comprendía por qué la preocupaba tanto después de tantos años que Clay siguiera considerándola su enemiga, pero lo cierto era que le dolía. En aquel tiempo ella era tan niña y estaba tan absorbida por su propio dolor, que no había sido consciente de las consecuencias de su comportamiento.
–A él le está yendo muy bien, ¿sabes? –comentó Carina señalándolo con la cabeza–. Le encanta su profesión, trabajar en los Comandos Especiales del ejército. No creo que se arrepienta de nada, sólo está así porque no se esperaba encontrarte aquí.
Pam lo observó unos minutos en silencio.
–Quiero que sea feliz. Me imaginé que se quedaría dolido durante un tiempo, pero esperaba que se diera cuenta de que evité que cometiéramos un grave error.
–Decirle a tu prometido la noche antes de la boda que no vas a casarte con él tiene su precio, cariño. Los dos erais demasiado jóvenes, es cierto, pero nadie quiso escucharme entonces. Para Clay fue muy duro. Se recuperó de ello lo mejor que supo –dijo Carina y se la quedó mirando unos instantes en silencio–. Será mejor que dejemos el pasado en su sitio, ¿no crees? Cuéntame qué tal tu trabajo en el FBI y quién es el encantador hombre que te acompaña.
La canción terminó y la banda anunció un descanso.
–¿Sabes cuánto tiempo más necesitamos quedarnos? Estoy muy cansada –comentó Melanie.
–¿Por qué no subes a la habitación? Yo tengo que reunirme con mi tío y no sé cuánto voy a tardar, pero no tienes que quedarte aquí hasta que hayamos terminado.
–Si no te importa, aprovecharé para descansar un rato –dijo ella apoyándose contra él.
Él le dio un beso fugaz.
–Me parece que cuando se me pase esta ola de adrenalina yo también voy a caer rendido. En los últimos días no he dormido casi nada.
–¿De verdad no te importa?
–No, súbete. Por cierto, ¿qué habitación es? –le preguntó mientras salían del salón de baile.
–Es una suite, como tú querías. La 973. Insiste al llamar a la puerta, por si me he quedado dormida.
–Mejor aún, pediré otra llave en Recepción –le dijo él y la besó de nuevo, esa vez más apasionadamente–. Será divertido despertarte.
Clay la observó dirigirse hacia el vestíbulo. Ojalá pudiera subirse con ella en aquel momento, pero aún tenía que acudir a la reunión. Se giró y regresó al salón de baile decidido a concentrarse en el futuro que esperaba poder construir con Melanie y a borrar el pasado de su memoria.
Capítulo Dos
Cuando Clay regresó al salón de baile, vio que Pam se había marchado de la mesa de su familia y se sintió mucho más tranquilo. Sus hermanas lo recibieron alegremente y el tiempo pasó volando mientras se ponían al día de sus vidas.
–Carina, voy a robarte a tu marido y a tu hijo durante un momento –dijo Cole acercándose a su mesa.
Cody y Clay lo siguieron.
–Siento que la reunión sea a estas horas –se disculpó Cole–, pero el hombre que va a dirigir el grupo acaba de llegar y estaba deseoso de hablar con nosotros unos minutos. Y como vosotros aún estabais aquí, me ha parecido que podíamos celebrar la reunión.
Llegaron a una habitación y Cole la abrió. Al fondo había dos hombres hablando. Clay reconoció inmediatamente a su tío, Cameron Callaway, que era el segundo al mando del emporio Callaway. Fue el otro hombre el que lo hizo detenerse en seco.
Cole entró y se dirigió a la mesa de reuniones.
–Sentaos y dejad que os presente al teniente coronel Sam Carruthers, que está aquí para explicar la razón de esta reunión –dijo y sonrió a Clay, divertido por su expresión de sorpresa–, y también para explicar por qué estás aquí, Clay. Sam, éstos son mis hermanos, Cameron y Cody. Y creo que ya conoces a Clay.
Aunque ninguno de los dos vestía de uniforme, Clay tuvo que esforzarse para no saludar a un oficial superior. ¿Qué demonios estaba haciendo allí ese hombre?
Carruthers los miró uno a uno.
–Antes que nada, quiero disculparme por haber llegado tan tarde –comenzó el militar–. Vengo de una reunión con el subdirector de la CIA, el subdirector de la Agencia de Seguridad Nacional y el general Allred, jefe del Departamento de Inteligencia del ejército. Todos estamos muy preocupados por los problemas que han ocurrido recientemente en varias de sus instalaciones.
Se detuvo un momento y examinó a los presentes.
–Durante los últimos cinco años, una de sus empresas ha estado trabajando en un combustible secreto para el ejército. Por eso nos preocupan los ataques que han sufrido sus instalaciones. Me han designado jefe de la investigación –comentó el coronel y miró a Clay–. Mientras examinaba una lista de posibles hombres a los que escoger para mi equipo, me encontré con su nombre. Lo recordaba de la instrucción en Fort Benning.
Clay nunca olvidaría los entrenamientos en Georgia ni el hecho de que el coronel Carruthers era el instructor más duro de todos.
–Era fácil hacerlo formar parte del grupo y disponerlo todo para enviarlo a su casa –continuó Carruthers–. Supuse que usted querría estar en esta misión, dado que afecta a su familia. ¿Estoy en lo cierto, capitán?
–¡Sí, señor! –respondió Clay.
Carruthers sonrió levemente.
–Me lo figuraba. Claro que eso nos deja con el dilema de por qué ha regresado a casa. No queremos que nadie sepa que está en una misión.
–Estoy de permiso, señor. Como me debían uno, me han dicho que o lo usaba ahora o lo perdía.
–Eso nos servirá –afirmó Carruthers–. Supongo que sobra decirles que nadie debe saber que el Gobierno tiene una investigación privada en marcha, ¿verdad? Estoy seguro de que todos ustedes comprenden que debemos pasar lo más desapercibidos posible. Por tanto, yo también voy a realizar la misión de incógnito, así que durante la investigación me llamarán Sam.
–Sí, señor… digo, Sam –dijo Clay sintiéndose como un tonto al ver sonreír a los demás.
–Yo no estoy de acuerdo con la postura del Gobierno en este asunto, coronel –comentó Cole–. Hemos mantenido una estricta seguridad en las pruebas del combustible. Salvo la explosión de la plataforma de perforación, ninguna de las otras explosiones tiene nada que ver con el Gobierno. Confío en que su investigación busque también quién puede querer vengarse de los Callaway.
–Sí, hemos comentado su teoría en la reunión de la que vengo. Supongo que, con lo cuidadoso que es usted, habrá comprobado las referencias de sus empleados.
–Llevamos haciéndolo desde hace varios años –intervino Cameron–. Ésta no es la primera vez que nuestra familia es blanco de ataques. Y dudo que sea la última.
–Los comprendo –contestó Sam–. Dada la situación, he requerido a una de las mejores investigadoras del FBI para que realice unos perfiles sobre quién podría estar interesado en perjudicar a su familia. Pamela McCall me ha dicho que conoce a los Callaway y a eso se añade que ha vivido bastante tiempo en Texas. Ella dice que está deseando formar parte de este equipo.
El coronel se giró hacia Clay, que de pronto se sentía como si lo acabaran de golpear en el pecho, le faltaba el aire.
–Clay, Pamela y usted formarán pareja en esta misión. Nuestro otro hombre llegará mañana por la mañana; en cuanto esté aquí nos reuniremos todos. Mientras tanto, creo que a todos nos vendría bien dormir un poco –continuó Sam–. En nombre del Gobierno, sepan que apreciamos su colaboración en este asunto y que pretendemos llegar al fondo rápidamente.
–Nosotros también apreciamos su ayuda, Sam.
Carruthers se puso en pie y estrechó la mano de los demás. Luego se giró hacia Clay.
–Lo llamaré por la mañana para desayunar juntos. Creo que se aloja en el hotel, ¿no?
El anuncio de que iba a trabajar con Pam había dejado a Clay tan conmocionado que apenas había seguido el resto de la conversación.
–Sí, señor –respondió Clay saliendo de su estupor–. Es la habitación 937, señor. Esperaré sus noticias.
Clay salió de la habitación sin poder creérselo: ¡Sam Carruthers lo había solicitado para esa misión! Ese hombre era de lo más respetado en los Comandos Especiales. Clay lo admiraba profundamente y agradecía no haber sido nunca blanco de sus comentarios mordaces. También sabía que no podía pedirle no trabajar con Pam, pero por otro lado no soportaría formar pareja con ella el tiempo que durara la investigación. ¿Qué demonios iba a hacer?
Clay se dirigió al bar. Pidió un whisky doble y se sentó en una esquina.
Pamela McCall. Al verla esa noche, su pasado se le había presentado delante y lo había golpeado en la cara. Pero seguro que los años que habían transcurrido desde aquello lo ayudarían a manejar el presente. Él había sobrevivido a todas las pruebas a las que el ejército lo había sometido. De hecho, con cada una se había superado un poco más. Le gustaba lo que hacía. Tenía una función importante, se dedicaba a ataques terroristas. Y los ataques que habían sufrido las empresas de su familia encajaban en esa categoría.
Se sentía honrado de que el coronel lo hubiera requerido para el equipo y quería demostrarle que no se había equivocado con él. Entre esa noche y la mañana siguiente, él debía aclarar sus sentimientos hacia Pamela McCall.
Parte del problema era que ella había formado parte de su vida desde que él podía recordar. Al querer borrarla de su memoria había enterrado también años de cariño y risas con sus padres y sus hermanas. Un rato antes, sentado a la mesa con su familia, él se había dado cuenta de lo mucho que se había perdido por no visitarlos periódicamente.
Siempre que él pensaba en su familia, Pam formaba parte de ellos. Mientras él estaba en la escuela primaria, ella le parecía un fastidio, igual que sus hermanas, y se pasaba el tiempo escondiéndose de ellas.
Su mente se retrotrajo a cuando era un niño con tres hermanas que querían hacerle la vida imposible…
Clay eludió a las mujeres de su familia y se encaminó hacia el bosque que había cerca de la casa donde vivían. Se subió a uno de los enormes robles, se acomodó en una de las ramas y se acercó los prismáticos de su padre a los ojos.
Podía ver en muchos kilómetros y nadie sabía que él estaba observando.
Estaba harto de que sus hermanas lo incordiaran. A los doce años ya había aprendido a ponerse en alerta cada vez que ellas estaban cerca. Sherry Lyn era dos años mayor y más o menos lo ignoraba, con lo cual con ella no había mucho problema. Pero Kerry y Denise, de diez y nueve años respectivamente, siempre le seguían a donde quiera que fuera.
Pero ese día no. Ese día estaban jugando con Pam, que había llegado hacía una hora con una maleta y cara triste. Su padre tenía que salir de nuevo de la ciudad porque era un hombre importante y lo necesitaban para sacar adelante el país.
A Clay siempre le resultaba fácil localizar a Pam cuando jugaba con sus hermanas. Todas tenían el cabello oscuro y Pam resaltaba con su pelo rubio.
Clay perdió la noción del tiempo observando las montañas y los prados. Se detuvo para sacar una bebida de su mochila y de pronto vio a alguien moverse furtivamente cerca de la casa. Agarró los prismáticos y vio a Pam muy quieta junto al edificio; miró cautelosa por la esquina y salió corriendo en dirección al río. ¿Adónde iba? Siempre que acudía de visita, Pam no se separaba de Kerry. Pero en aquel momento estaba sola.
Él decidió seguirla. Bajó del árbol y enfiló el camino que le había visto tomar a ella. Cuando llegó al río, se agazapó y examinó el lugar a través de los prismáticos. Entonces la vio, tan de cerca que se llevó un susto. Pam estaba sentada en una gran roca con la vista clavada en el río. La observó atentamente y entonces se dio cuenta de que ella estaba llorando en silencio. ¿Y si se escurría y se ahogaba en el río? Clay se dijo que tenía que acercarse y averiguar por qué estaba tan triste.
Ella no lo oyó hasta que él estuvo a pocos pasos. Para entonces ya era demasiado tarde para ocultar que estaba llorando. Se enjugó las lágrimas rápidamente.
–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó ella entre triste e irritada.
Él no quería molestarla. Se giró para marcharse pero no quería dejarla sola de aquella forma, así que se acercó a ella.
–¿Quieres mirar a través de estos prismáticos?
Ella lo miró.
–¿Sabe tu padre que los tienes tú?
–No, así que ahora ya puedes meterme en problemas si quieres –contestó él.
–¿Y por qué iba yo a querer hacer eso? –preguntó ella sorprendida.
Él se encogió de hombros.
–No lo sé, pero es lo que Kerry y Denise hacen para divertirse. Siempre están revolviendo mis cosas, destapando lo que hago, metiéndome en problemas… Tienes suerte de no tener que soportar algo así.
Ella comenzó a llorar de nuevo. Estaba claro que él había dicho lo que no debía.
–¿Por qué lloras? –le preguntó él.
–¿Por qué no te marchas?
Clay se quedó sentado intentando pensar en una respuesta, pero no se le ocurría nada ingenioso ni brusco. Así que decidió decirle la verdad.
–Porque no me gusta verte tan triste. Y he pensado que igual hablar de ello te ayudaría.
–Hablar de ello no va a cambiar nada –replicó ella enfadada con la vista clavada en el agua.
–¿No te gusta venir a visitarnos? –preguntó él intentando figurarse qué la ponía tan triste–. ¿Echas de menos a tu padre?
A ella se le escapó un sollozo.
–Desearía tener una familia como la tuya. No sabes la suerte que tienes. Veo cómo se tratan tu madre y tu padre entre ellos y con vosotros: os reís, bromeáis… y eso me duele.
–¿Recuerdas a tu madre?
Ella se encogió de hombros.
–Yo tenía seis años cuando ella murió y ella ya llevaba mucho tiempo enferma. Yo nunca la oí reír. Y ahora mi padre viaja mucho y casi no lo veo. Paulette hace cosas conmigo, pero es el ama de llaves, lo hace porque mi padre le paga para que me cuide, no porque le guste.
–Puedes ser parte de nuestra familia si quieres.
–Pero yo no me parezco a vosotros. Nadie se creería que soy una Callaway –dijo ella y sonrió levemente–. Y además es justo lo que tú no necesitas, Clay, otra hermana más.
Él lo pensó unos instantes.
–Eso estaría bien. Podríamos hablar de cosas, como ahora. Y podría enseñarte algunos lugares del rancho que nadie más conoce. Podrías imaginarte que soy tu hermano, ¿no? Alguien con quien hablar cuando estés triste o furiosa o lo que sea.
Ella se quedó en silencio un largo momento.
–No me importa lo que Kerry diga de ti –dijo por fin–. A mí me caes bien, Clay.
–Me alegro. Tú también me caes bien, Pam. Y me alegro de que estés en el rancho con nosotros. ¡Pero si ya eres prácticamente de la familia!
Después de ese día, él se propuso estar pendiente de Pam, tanto cuando ella los visitaba en el rancho como en el colegio. Según crecían a él le fue resultando más fácil hablar con ella y contarle cómo le iba en el colegio, las peleas con sus hermanas y las visitas al director. Ella, por su parte, le hablaba de sus profesores, de lo que le gustaba hacer y de los compañeros de clase a los que intentaba evitar. Aprendieron a confiar el uno en el otro.
Clay aún recordaba su primer año de instituto, cuando había sido el responsable del tanto ganador en el partido de fútbol americano. Pam se había abierto camino entre la gente, se había lanzado en sus brazos y le había dado un beso entusiasta que lo había sacudido por completo.
Hasta ese momento, Pam era para él una amiga muy especial que lo escuchaba pacientemente cuando él le contaba su frustración con otras chicas, su esfuerzo por sacar buenas notas, su deseo de ir a la universidad. Pero en aquel momento descubrió que también era una mujer de lo más deseable. Respondió a su beso maravillado. No quería dejarla marchar, pero la soltó al oír los silbidos del resto del equipo.
Después de ese momento nada volvió a ser igual.
Durante los dos años siguientes, Pam y él fueron pareja. Y en el último año de instituto él decidió unirse al cuerpo de cadetes de la universidad de Texas. Era una agrupación de estudiantes con organización militar y daba la posibilidad a los cadetes de optar a un cargo en las Fuerzas Armadas estadounidenses.
A Pam le quedaba un año para terminar el instituto y ya tenía pensado trasladarse a una universidad del Este.
La noche en que Clay se marchó a la universidad las cosas cambiaron entre ellos una vez más.
–¿Adónde quieres que vayamos esta noche? –le preguntó Clay a Pam al recogerla en su vieja furgoneta.
Clay estaba nervioso. Tenía muchas ganas de ir a la universidad, era su sueño. Pero no había contando con el profundo vacío en su interior al pensar en que no vería a Pam cada día. Ella tenía la vista clavada en sus manos sobre su regazo.
–Me da igual –respondió ella encogiéndose de hombros.
–No estés tan entusiasmada de verme, por favor…
Ella se giró y lo fulminó con la mirada.
–¡Perdóname por no emocionarme con la idea de que te vas!
Él le acarició la nuca.
–Lo sé, cariño. Esto también es muy duro para mí.
–¿De veras? Tienes toda una nueva vida por delante. Yo soy la que va a tener que seguir yendo al mismo instituto y viviendo en el mismo lugar, sólo que sin ti.
Él la atrajo hacia sí y la besó dulcemente.
–Estaré contigo, no te preocupes. Estaré siempre que me necesites.
Ella se abrazó fuertemente a él.
–¡Siento mucho arruinarte tu última noche en casa, pero esto es tan duro…! Has sido mi mejor amigo durante años y ahora vas a marcharte. Sé que estarás cerca y llevo meses preparándome para este día, pero ha llegado demasiado rápido.
Aquella noche, después de ir al cine y tomarse un helado, él la llevó a su casa.
–Hace buena noche, ¿qué te parece si nos sentamos un rato en el cenador?
–Suena bien –dijo él.
La ayudó a bajar de la camioneta y, agarrados de la mano, se pasearon por el jardín de los McCall. El cenador no se veía desde la casa y les daba la impresión de que estaban solos bajo un cielo repleto de estrellas. Se sentaron en los mullidos cojines. Pam le contó todo lo que recordaba de su niñez con los Callaway y rieron juntos.
–No quiero ni pensar en cómo hubiera sido mi vida si no os hubiera conocido a todos vosotros.
Él la acurrucó contra sí.
–Simplemente acuérdate de este momento el año que viene, cuando seas tú la que se marche del estado. El tiempo pasa volando.
Él la besó. Esa noche sus besos tenían que durar muchas semanas. Cuando se dio cuenta de que empezaba a perder el control, Clay se irguió y se separó de ella.
–No te vayas aún –susurró ella.
–Tengo que hacerlo –replicó él con voz temblorosa, igual que su cuerpo.
Pero no se fue. No sabía cómo pero dejaron a un lado el control que siempre habían logrado mantener. Fueron dos jóvenes inocentes expresando el amor que sentían el uno por el otro. Y para cuando él se marchó esa noche, habían hecho el amor, torpemente y con bastante vergüenza; ninguno de los dos sabía qué iba a suceder. Luego él se asustó porque no se había puesto preservativo.
Tuvieron suerte, pero desde aquel momento él siempre usaba protección. Durante el año siguiente, siempre que podían estar juntos exploraban el terreno que acababan de descubrir. Aprendieron lo que más placer le daba al otro y hablaron de que se casarían cuando los dos hubieran terminado la universidad y estuvieran bien situados en sus profesiones.
Su futuro estaba planeado… hasta la noche en que el senador McCall los encontró juntos y desnudos en el cenador y les exigió una boda inmediata.
El sonido de los hielos dentro del vaso vacío devolvió a Clay al presente. Comprobó la hora: ¡eran casi las dos de la madrugada! Había olvidado que Melanie estaba esperándolo en la suite; realmente estaba descentrado… Sacudió la cabeza. Llevaba demasiado tiempo sin dormir, sufría los efectos del jet lag y había bebido demasiado. Necesitaba subir a dormir aunque fueran pocas horas.
Pasó por Recepción y recogió su maleta y la llave de la habitación. Subió a la novena planta y entró en la suite sin hacer ruido. Por las ventanas entraba una suave luz y vio a Melanie en la cama; estaba profundamente dormida.
Clay no pudo evitar sentir cierto alivio. Aquella tarde–noche le habían ocurrido demasiadas cosas como para poder manejar además sus sentimientos hacia Melanie. El día anterior estaba decidido a comprometerse con ella, pero en ese momento se encontraba rodeado por los fantasmas del pasado y no le parecía justo comenzar una relación así.
Seguramente debería dormir en otra habitación, pensó, pero estaba tan cansado que no podía dar un paso más. Melanie estaría a salvo con él esa noche. Al día siguiente se disculparía con ella y continuarían desde entonces.
Clay se quitó la ropa de camino a la cama y se dejó sólo la ropa interior. Se metió en la cama, suspiró y se quedó dormido casi al instante.
Pamela y él estaban en el cenador. Era de noche y sólo los iluminaba la suave luz de la luna. No era la Pamela adolescente que él recordaba, sino la mujer que había visto en el salón de baile. Todavía llevaba el mismo vestido plateado.
–No esperaba encontrarte aquí –comentó él acariciándole el cabello.
–Tenía que venir, Clay. Quería que supieras que yo… –comenzó ella y se detuvo unos instantes–. Que no quería hacerte daño. Nunca lo quise. Te amo desde hace años. Tú fuiste mi primer amor… mi único amor.
Ella se estremeció y él le colocó su chaqueta sobre los hombros.
–Eso me resulta difícil de creer, dadas las circunstancias –comentó él.
–Desearía poder explicarlo mejor. ¿Cómo puede una joven de dieciocho años explicar que está luchando por su vida? Había tantas cosas que yo quería conseguir antes de estar preparada para casarme…
–Sí, y eso fue culpa mía. No podía quitarte las manos de encima.
–Eso era lo que ambos queríamos, Clay, no sólo tú. Después de hacer el amor contigo la primera vez, no podía dejar de pensar en hacerlo de nuevo.
–Éramos unos críos entonces. Creí que tu padre iba a matarme por haberte tocado.
Ella le acarició la barbilla.
–Ahora somos adultos, Clay. Nadie va a interrumpirnos.
Él la miró estupefacto.
–¿Quieres hacer el amor conmigo?
Ella se bajó la cremallera del vestido y se quedó en ropa interior.
–Me muero de ganas –afirmó.
–No lo sé, Pam. Nos han ocurrido muchas cosas a los dos desde esos días. No podemos simplemente…
Pero no pudo seguir hablando porque ella le bajó los pantalones. En cuanto ella lo tocó, el cuerpo de él respondió. Ella agarró su miembro con cara de satisfacción.
La subió en brazos y la tumbó sobre los mullidos cojines. Se desnudaron completamente y él le soltó el cabello.
–¿Tienes una idea de cuántas veces he soñado contigo, con hacerte el amor? –susurró él.
–Demuéstramelo, Clay –respondió ella atrayéndolo hacia sí.
Clay se arrodilló entre las piernas de Pam controlándose para no lanzarse salvajemente sobre ella; quería ir despacio y explorarla. Se inclinó sobre ella y le acarició los pezones, los lamió y mordisqueó. Sonrió al verla estremecerse.
–¿Tienes frío? –le preguntó él.
–En absoluto. Estoy ardiendo por dentro, esperando que tú te ocupes de ese fuego.
Clay recompensó su sinceridad con un beso que expresaba lo mucho que la había echado de menos todos esos años, lo mucho que la amaba y su dolor por haberla perdido. Luego fue besándole todo el cuerpo, memorizando cada parte con su boca y su lengua.
Ella gritó de placer cuando él acarició su centro más íntimo. Clay lo saboreó un momento y luego continuó su recorrido por los muslos y las corvas. Levantó la vista unos instantes y la vio resplandeciente bajo la luz de la luna.
Clay subió sus caricias por la otra pierna y se detuvo de nuevo en el vértice entre sus piernas, dándole a ella el placer que se negaba a sí mismo. Pam pronunció su nombre con voz ronca entre jadeos y comenzó a moverse, rogándole que la penetrara.
Entonces él no pudo contenerse más. Se introdujo en ella de un empellón y se obligó a mantener el control hasta que logró llevarla al clímax que ambos deseaban.
Pam le rodeó el cuerpo con las piernas, apretándolo contra ella, y lo acompañó en sus embestidas mientras lo besaba en la boca y el rostro.
Había transcurrido tanto tiempo desde la última vez… Clay ya no pudo controlarse más y aumentó el ritmo. Sintió que ella se ponía cada vez más tensa hasta que sus espasmos involuntarios indicaron que había alcanzado el clímax.
Cuando él alcanzó la cúspide, gritó el nombre de ella antes de quedarse inconsciente de nuevo.
El insistente sonido del teléfono despertó a Clay. Agotado, sin abrir los ojos, se llevó el auricular a la oreja.
–Diga –murmuró.
–Levántese y dese una ducha, Callaway. Tenemos trabajo que hacer –lo saludó Sam Carruthers–. Nos encontraremos en la cafetería dentro de veinte minutos.
–Sí, señor, respondió Clay automáticamente y colgó el teléfono.
Se sentía como si acabara de tumbarse en la cama. Se obligó a abrir los ojos y miró la hora: eran casi las ocho de la mañana. Al menos había dormido algunas horas.
Se tumbó boca arriba y entonces recordó que estaba compartiendo la cama con Melanie. ¿Le había hecho el amor la noche anterior, o lo había soñado? No lograba establecer la diferencia. Recordaba haber tenido un sueño, pero no sobre Melanie. Había soñado con…
Se sentó en la cama y apartó las sábanas. Tenía que bajar a desayunar. Ese día le asignarían oficialmente su pareja de trabajo, una mujer a la que había deseado no volver a ver nunca.
Se giró hacia atrás y vio la horrorizada mirada de la mujer que estaba en la cama con él.
Clay cerró los ojos, debía de estar alucinando. Melanie tenía los ojos negros y los que lo miraban en ese momento eran de un azul cristalino.
Sólo conocía a una mujer con esos ojos.
Pamela McCall.
Capítulo Tres
Clay miró conmocionado a la mujer que estaba en su cama.
–¿Qué estás haciendo tú aquí? –preguntaron los dos al unísono.
Clay salió de la cama como una exhalación y entonces se dio cuenta de que estaba completamente desnudo. «¡Maldición! ¿Cómo…?», pensó, pero los nervios no le dejaron seguir pensando. Sabía que esa vez tenía un auténtico problema. Se había metido en la cama con los calzoncillos puestos y sólo había una razón para que ya no los tuviera.
El sueño que recordaba había sido mucho más real de lo que debería.
Levantó la sábana de su lado de la cama completamente y gimió al encontrar los calzoncillos a los pies de la cama. Se los puso y sólo entonces se giró hacia ella. Pam se incorporó en la cama, tapándose con la sábana. Incluso en aquella situación tan desafortunada, estaba de lo más sexy. Aunque su expresión era todo lo contrario.
–Quiero saber qué estás haciendo en mi habitación –le exigió ella secamente.
–Esto… yo… ¡Maldita sea, no lo sé! –exclamó él–. Creía que ésta era mi habitación. No creerás que vine aquí anoche deliberadamente para…
Se detuvo, incapaz de enunciar lo que había sucedido.
–No sé qué pensar, Clay. Prácticamente me ignoraste toda la noche y luego tú… te metes en mi cama y…
Ella tampoco podía poner palabras a la situación.
–Sé que tenemos que hablar de esto –dijo él al cabo de un rato de silencio–, pero ahora no tengo tiempo. Tengo que ir abajo.
Estuvo a punto de preguntarle por qué, pero si ella no sabía que iba a tener que trabajar con él, él no quería ser quien se lo anunciara. La situación ya era suficientemente delicada tal cual estaba. Clay recogió la ropa que había dejado por el suelo. Ni siquiera recordaba haberse desvestido antes de meterse en la cama.
¿Cómo podía haber cometido un error tan estúpido?
Encontró su maleta y sacó lo primero que encontró, que fueron unos vaqueros desgastados y una camisa. Sin mirar hacia la cama, se metió en el cuarto de baño. Se dio una ducha rápida y se vistió. Luego se puso unas deportivas y se marchó de la habitación.
¿Qué demonios hacía él en la habitación de Pam? ¿Acaso Melanie no le había dicho que estaría en la habitación 937? De pronto se detuvo y se masajeó la cabeza, que comenzaba a dolerle. ¿O Melanie le había dicho la 973?
Maldición, él debía de haberse confundido de número. Y de todas las personas con las que podría haber compartido la cama, ¿por qué había tenido que coincidir justamente con Pamela McCall?
Clay pasó por delante de la habitación 973 y llamó a la puerta. Melanie la abrió, vestida con un camisón casi transparente y con una expresión de confusión. Y tenía toda la razón.
–Buenos días, Clay –dijo advirtiendo su nuevo atuendo y enarcando una ceja–. Cuando anoche dijiste que te acostarías tarde no bromeabas…
Él se apoyó en el quicio de la puerta y se masajeó el rostro.
–Sé que está siendo una cita terrible. Te lo explicaré todo cuando regrese de otra reunión –dijo él y se irguió intentando pensar en una disculpa creíble–. Sé que cuando escuches mi historia verás el humor que tiene, pero ahora ya llego tarde a la reunión y…
–Tus reuniones se están interponiendo en nuestro encuentro –le advirtió ella mirándolo con cautela–. Menos mal que no he detenido mi vida esperando a que mantuvieras tus promesas, Clay.
–No sabes lo mucho que lo siento –murmuró él sacudiendo la cabeza y le apretó la mano cariñosamente–. Estaré de regreso en cuanto pueda.
Se apresuró al ascensor y sintió alivio al verlo vacío. ¿Qué demonios iba a hacer? ¿Cómo podía explicarle a Melanie lo que no podía explicarse ni a sí mismo? Y además, todavía tenía que enfrentarse a Pam.
Al llegar a la cafetería, Clay divisó a Carruthers sentado a una mesa en una esquina y se dirigió allí. Estaba hablando con otro hombre a su lado. Cuando Clay llegó a la mesa, los dos hombres dejaron de hablar. Sam lo saludó con la mirada y le sirvió café.
–Siéntate –le dijo el coronel con una medio sonrisa–. Tienes aspecto de necesitar esto.
«No sabes cuánto. Ojalá pudiera volver atrás veinticuatro horas», pensó Clay.
–Clay Callaway, le presento a Joe Chávez. Joe es uno de los mejores expertos en reconocimiento que conozco. Amablemente, se ha ofrecido voluntario para ayudarnos en nuestra investigación.
Clay le estrechó la mano.
–¿Así que voluntario, eh? –preguntó Clay.
–El coronel tiene un fino sentido del humor –respondió Joe en tono plano.
–Dejemos los cargos –les recordó Sam–. No tenemos que tratarnos con formalidad, ya que se supone que somos amigos del ejército pasando unos días de vacaciones.
Joe puso los ojos en blanco y Clay se sintió mejor al ver esa reacción. Así que él no era el único al que habían obligado a aceptar esa misión.
Sam miró su reloj.
–Por fin he hablado con Pamela McCall, hace unos minutos. Ha dicho que vendrá lo antes posible, pero que vayamos desayunando.
La camarera les tomó nota y en cuanto se fue, Sam retomó la conversación.
–Joe ya está al corriente de lo que ha ocurrido recientemente. Los dos estamos de acuerdo en que es sencillo colocar explosivos en tierra, pero la explosión de la plataforma petrolífera, con las cargas subacuáticas, la tuvo que preparar alguien con entrenamiento militar. Así que es posible que nos encontremos con sorpresas al buscar al responsable –comenzó el hombre y los miró detenidamente–. Os he escogido porque necesitaba a hombres en quienes pudiera confiar en cualquier situación. Los dos trabajáis bien solos, sois expertos en explosivos y sois capaces de poneros en la mente de quien ha realizado estas explosiones. Además tenemos que averiguar por qué, y por eso la señorita McCall forma parte del grupo. Ella se ocupará de investigar a los empleados.
–¿Sabe ella con quién va a trabajar? –preguntó Clay, incapaz de contener su curiosidad por más tiempo.
Sam negó con la cabeza.
–La mayoría del tiempo trabajará sola recabando información. Clay, tú vas a formar pareja con ella porque quizá ella necesite hacer trabajo de campo. Tiene experiencia, pero casi siempre ha estado en una oficina. Prefiero saber que tú estás con ella, en caso de que nos encontremos con problemas inesperados. También vamos a necesitar un lugar que nos sirva de base para la misión.
–Mi familia tiene unos apartamentos en Austin que podríamos usar. Hay varios de ellos en el mismo bloque, no creo que tuviéramos problemas en quedarnos allí.
Sam asintió pensativo.
–Suena bien. Se lo comentaré a Cole en cuanto terminemos aquí. Además, vamos a necesitar medios de transporte. Cole dijo algo anoche de que podríamos usar el avión privado de la corporación para desplazarnos a Austin. Y allí ya alquilaremos un par de coches. ¿Alguno tiene alguna pregunta?
Chávez bebió un sorbo de café.
–¿Qué dicen las autoridades locales respecto a las explosiones?
–No se lo explican –contestó Sam–. No confío en ellos. Trabajaremos independientes de ellos y no compartiremos nuestra información. Uno de nuestros hombres va a entrar a trabajar en la plataforma petrolífera. Tenemos que saber cuanto antes si las cargas explosivas las colocó alguien de dentro o no. Chávez, tú te ocuparás de cubrir la frontera del sur de Texas y les dirás a todos que estás buscando a familiares tuyos, ésa será tu coartada cuando te hagan preguntas.
La camarera les llevó el desayuno. Sam esperó hasta que se hubo marchado para seguir hablando.
–Callaway, Pamela y tú trabajaréis conmigo en la zona central de Texas –dijo y vio acercarse a alguien y se puso en pie–. Buenos días, señorita McCall. Me alegro de que se una a nosotros.
Le estrechó la mano y la animó a sentarse con ellos. Clay levantó la vista a regañadientes y la miró. Ella estaba pálida, lo cual era comprensible dadas las circunstancias. A pesar de todo, parecía tranquila y ultrasofisticada.
–Quiero que conozca al resto del equipo. Éstos son Clay Callaway y Joe Chávez. Caballeros, Pamela McCall.
Clay estaba muy impresionado con ella. Si no la conociera tan bien, no hubiera advertido la leve tensión en su rostro cuando los saludó con un asentimiento de cabeza. Luego se sentó con ellos. Eludió todo el rato la mirada de Clay.
Sam sirvió café en otra taza y se la ofreció a Pam. Ella la agarró y se la llevó a los labios sin levantar la vista de la mesa. La camarera se acercó para tomarle nota.
–Con el café tengo suficiente, gracias –dijo Pam.
Sam fue a decir algo pero sacudió la cabeza. Los tres hombres acabaron rápidamente con sus desayunos mientras Pam tomaba una segunda taza de café.
–Estaba diciéndoles a ellos que tenemos que tener una tapadera sencilla. Clay está de permiso. Yo estoy jubilado y estoy visitando a unos amigos. Joe está buscando a familiares suyos. Me han dicho que usted conoce a la familia Callaway. He pensado que tendría sentido que Clay y usted trabajaran juntos, nadie sospechará de ustedes si parecen una pareja.
Ella carraspeó y evitó la mirada de Clay.
–¿Eso es realmente necesario? Mi trabajo no requiere que esté en contacto con nadie. Supongo que Clay tendrá que estar más al pie del camino.
–Eso es cierto –respondió Sam–. Pero tendrán que estar en permanente contacto el uno con el otro; si usted estornuda, quiero que él lo sepa. Esta misión nos va a llevar largas horas porque vamos a ser muy minuciosos. Si tiene algún problema en trabajar con Callaway, dígamelo ahora.
Pam lanzó una mirada a Clay. Él le sonrió desafiándola a contarle al coronel su pasado juntos. Él no pensaba mencionárselo.
–Lo que usted decida me parece bien –contestó ella.
–De acuerdo. Esto es lo que necesitáis conocer de mi pasado: soy de Virginia; nos conocimos hace algunos años; me he retirado del servicio activo en el ejército y estoy cuidando la granja familiar; he venido a ver a unos amigos –dijo Sam y miró a Clay–. Tú te has enterado de que yo estaba en la ciudad y me has invitado a verte, digamos que… para renovar nuestra amistad.
Clay se recostó en el respaldo de su silla y miró a Sam.
–Supongo que eso funcionará –señaló y miró a Pam–. ¿Eso es lo que estamos haciendo nosotros… renovar nuestra amistad?
Pam miró a Carruthers y respondió rápidamente.
–Eso no importa mucho, ¿verdad? Lo realmente importante es llegar al fondo de este asunto lo antes posible y continuar después con nuestras vidas –dijo ella.
–Exacto. ¿Alguna otra pregunta? –dijo Sam y esperó, pero nadie dijo nada–. Entonces es todo por el momento. Chávez, será mejor que te pongas en marcha. Tienes un camino largo por delante. Tienes mi número de teléfono móvil, llámame cuando lo necesites.
–Sí, señor –respondió Chávez poniéndose en pie y marchándose.
A los pocos instantes Katie Henley se detuvo junto a su mesa.
–Clay, me ha parecido que eras tú. ¿Puedo sentarme a desayunar con vosotros? Aunque me parece que llego tarde…
Clay, sin saber qué decir, miró a Sam y se quedó atónito ante el cambio en su expresión. Sam estaba mirando a Katie como si fuera un ángel. Sam se puso en pie inmediatamente.
–Por favor, únase a nosotros –dijo con una cálida sonrisa.
Clay observó maravillado cómo la sonrisa cambiaba el aspecto de Sam. Le presentó a Katie usando la tapadera de que se habían conocido cuando Sam estaban en el ejército y que en ese momento estaba visitando a unos amigos.
Katie sonrió a Sam.
–Es un placer conocerlo –le dijo y miró a Pam–. Me alegro de verte de nuevo, Pam. Anoche no logré saludarte. Es fabuloso veros juntos de nuevo.
Sam enarcó una ceja.
–¿De nuevo?
Katie se dio cuenta de que quizá estaba poniendo a alguien en una situación comprometida y se sintió incómoda.
–Pam y Clay crecieron juntos. De hecho, creo que incluso hablaron de casarse, pero entonces eran muy jóvenes, todavía estaban en el instituto. Supongo que la idea no prosperó… –explicó Katie.
Clay agradeció que su prima se contuviera a tiempo antes de que el agujero que estaba cavando para él se lo tragara vivo. Sam lo miró inquisitivamente, pero acudió en su ayuda.
–Si hubiera sabido que Clay tenía una prima tan hermosa como usted, hubiera venido a verlo hace mucho tiempo –comentó con los ojos brillantes.
Clay advirtió que Katie se ruborizaba con el cumplido. Ella estaba mucho más animada que la noche anterior, se parecía más a la Katie con la que él había crecido. Le gustaba que conocer a Sam le diera un poco de vida; casi la perdonaba por haber sacado a relucir un tema tan delicado del pasado.
–Es usted muy amable –apuntó ella.
Sam soltó una carcajada.
–¿Amable, yo? Estoy seguro de que Clay no opinaría lo mismo.
Clay recordó situaciones de la instrucción. Desde luego, «amable» no era el mejor adjetivo para describirlo. Como sabía que ya no iban a seguir hablando de la misión con Katie delante, se arriesgó a enfadar a su superior.
–Si me disculpáis, tengo que ocuparme de algunos asuntos antes de marcharme.
Katie rió.
–No permitas que te entretenga, Clay.
–Lo cierto es que yo también tengo que marcharme –intervino Pam y miró a Clay–. Creo que tenemos que terminar la discusión que empezamos antes, ¿tú no?
–Yo me quedaré aquí acompañándola, si a usted le parece bien –le dijo Sam a Katie–. No tiene por qué desayunar usted sola.
Katie miró a Pam y a Clay, y luego a Sam.
–Si tenéis que iros, lo entiendo perfectamente –les aseguró.
Sam negó con la cabeza.
–No tengo prisa –dijo y asintió hacia Pam y Clay–. Os veré luego, muchachos, estoy seguro.
En cuanto salieron de la cafetería, Pam se giró hacia Clay.
–¿Has preparado tú esto?
–¿El qué, que Katie apareciera para desayunar?
–No, que Sam nos pusiera juntos para trabajar.
–No te hagas ilusiones. Hasta anoche yo no sabía que trabajas para el Gobierno y menos aún que te habían elegido para esta misión. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando para el FBI? –le preguntó mientras se dirigían a los ascensores.
–Cinco años, ¿por qué?
–Por nada en especial. ¿Y antes de eso, qué hacías?
–Formarme. Pasé algún tiempo trabajando al otro lado del Atlántico con una ONG antes de regresar a Estados Unidos y presentarme al puesto que ocupo ahora.
Entraron en el ascensor.
–¿A qué planta vas? –le preguntó ella.
–A la novena. Tengo que sacar mi maleta de tu habitación.
–Por cierto, ¿qué sucedió con tu cita de anoche? ¿Sabe ella dónde has pasado la noche?
Él la miró sin sonreír.
–Luego hablaré con Melanie, no te preocupes por mí.
Ella desvió la mirada sin decir nada. Las puertas del ascensor se abrieron en la novena planta y los dos se encontraron de frente con Melanie Montez.
Sam Carruthers observaba desayunar a Katie Henley mientras se sentía como un tonto ilusionado. Él nunca había tenido mucho tiempo para mujeres. A sus cuarenta y dos años, había decidido hacía tiempo que, a su pesar, siempre sería soltero. Lo último que esperaba era que, estando de misión en Texas, se volvería un sensiblero a causa de una sonrisa arrebatadora y unos ojos color miel de lo más expresivos.
Apenas se dio cuenta de que Pam y Clay se marchaban de la cafetería porque Katie reclamaba toda su atención. Ella pidió el desayuno a la camarera y lo miró tímidamente.
–Gracias por dejarme sentarme con ustedes. ¿Está seguro de que no lo entretengo?
–En absoluto –respondió él con una sonrisa–. Dígame, ¿vive usted en Dallas?
–No, en Austin. De hecho, regresaré a casa en cuanto desayune.
Una alarma interior hizo a Sam mirar las manos de ella… y advertir que no llevaba anillo de casada.
–Supongo que una mujer como usted está casada –murmuró él, sintiéndose muy torpe.
La sonrisa de ella se desvaneció y sus ojos perdieron su brillo.
–Lo estuve, Sam. Llevo seis meses divorciada.
El alivio que sintió Sam lo hizo alarmarse aún más. ¿Qué demonios le sucedía?, se preguntó. Acababa de conocer a aquella mujer y ya estaba siendo posesivo con ella. Se le hizo un nudo en el estómago, casi como cuando iba a saltar en paracaídas. Y eso no era una buena señal.
–Tengo dos hijas de cinco años que me ayudan a centrarme en la vida y a la vez me vuelven loca –continuó ella con una sonrisa–. ¿Usted tiene hijos?
–No, señorita. Nunca me he casado.
Ella ladeó la cabeza y lo miró atentamente.
–¿De veras? ¿Y no echa de menos tener una familia?
–Ya tengo una familia… Yo era el mayor de varios hermanos. Era duro sobrevivir en la granja. Yo hacía todo lo que podía para asegurarme de que teníamos suficiente para comer. Supongo que ninguna mujer querría vivir así si pudiera evitarlo.
Katie fijó la vista en sus manos.
–Supongo que no tiene muy buena opinión de la gente como yo, que nunca hemos tenido que atravesar situaciones como ésa.
Él sonrió. Lo divertía la actitud de ella.
–En absoluto. No le deseo ese tipo de vida a nadie.
Sam sabía que debía marcharse, pero necesitaba obtener una señal de que ella quería volver a verlo. Y como no sabía cómo lograrlo, continuó allí sentado mirándola. La camarera llevó el desayuno y Sam le preguntó sobre su vida mientras comía, quería conocerla mejor.
Antes de que se diera cuenta, él también estaba contándole cosas sobre su vida. Ella parecía sinceramente interesada, así que él le contó lo que era ser el mayor de seis hermanos, perder a su padre a los nueve años y hacer todo lo posible para cuidar de su familia.
Lo que no le dijo fue que la principal razón por la que se había alistado en el ejército había sido para mandar dinero a su casa.
Cuando Katie miró su reloj y le dijo la hora que era, Sam se sorprendió de lo rápido que había pasado el tiempo.
–Tengo que marcharme –comentó ella con cierta tristeza, según le pareció a Sam–. Gracias por acompañarme.
–Permítame que la invite –dijo él agarrando el ticket.
–No tiene por qué hacerlo –dijo ella ruborizándose.
–Quiero hacerlo, Katie. Me gustaría verla de nuevo.
–¿Tiene pensado pasar por Austin?
–De hecho, Clay me ha invitado a pasar un tiempo en los apartamentos que su familia tiene allí.
Ella sonrió claramente encantada y Sam se puso nervioso.
–En ese caso, tenga mi número de teléfono –dijo ella tendiéndole una tarjeta–. Llámeme y cenaremos una noche.
Él se la guardó cuidadosamente en un bolsillo, se puso en pie a la vez que ella y le estrechó la mano, haciéndola ruborizarse de nuevo. Para él fue como una descarga eléctrica. No quería despedirse de ella pero debían separarse. La vio salir de la cafetería mientras él se dirigía a pagar los desayunos.
Melanie miró a Pam y Clay salir del ascensor. La sonrisa se desvaneció en su rostro al ver que él no estaba solo.
–Creo que ya entiendo esas supuestas reuniones que no podías perderte, Clay. Lo que no entiendo es por qué te has molestado en invitarme.
–Melanie, tenemos que hablar –comenzó él.
–Sí, eso es lo que has dicho antes. ¿Dónde has pasado la noche, eh?
Clay sabía que parecía culpable, porque era así como se sentía. Necesitaba decir algo que explicara lo que había sucedido y que no empeorara las cosas.
Melanie entró en el ascensor.
–No te preocupes, puedo suponerlo sin mucho esfuerzo.
–¡No! Espera un minuto. Por favor, tenemos que conseguir encontrar un hueco para…
Melanie lo ignoró y miró a Pam.
–¿Estuvo contigo anoche?
Clay gimió sin poder evitarlo. Oyó que Pam respondía afirmativamente.
–Me confundí con el número de la habitación –se apresuró a aclarar él–. No sé cómo ocurrió y lo siento de veras.
–Qué pena… Pero eso me da igual –dijo Melanie y pulsó el botón de bajada.
Las puertas se le cerraron a Clay en las narices. Él se giró hacia Pam.
–Podías haberme ayudado explicándole la situación –le reprochó él.
–Como no sé por qué estabas en mi habitación, me temo que no puedo inventarme ninguna excusa para ti. Tengo que admitir que lo de confundir los números de la habitación es una historia muy original. Pero ¿que posibilidades hay de que sea real, Clay? –dijo ella–. Creo que harías cualquier cosa para humillarme. No sabía que, después de todos estos años, sigues teniéndome rencor. Esta misión va a ser muy delicada.
Ella se giró y se encaminó hacia su habitación. Clay dio un paso hacia ella pero se detuvo. Tenía que encontrar a Melanie y explicarle lo sucedido. Llamó al ascensor y bajó al vestíbulo. Suspiró aliviado cuando vio a Melanie esperando en Recepción para pagar el hotel. Se acercó a ella.
–Melanie, por favor, no te vayas así –le dijo en voz baja.
Ella se giró hacia él y lo fulminó con la mirada.
–No sé a qué estás jugando, Clay, pero no me gustan las reglas y no quiero jugar. Creía que teníamos una amistad que podía ir a más, o nunca te hubiera acompañado aquí. Pero es evidente que la que sentía algo era yo. Así que ¿para qué querías que viniera? ¿Para darle celos a tu novia? –dijo ella y bajó la voz–. Tienes suerte de que estemos en un lugar público. La parte que no me gusta de mi profesión es que mi comportamiento está siempre a examen. Pero si estuviéramos solos, te aseguro que te daría una patada donde más te doliera. Debía de estar loca por creer que podríamos tener más que una aventura ocasional. Maldito seas, anoche te creí cuando me dijiste toda esa basura de que me echabas de menos y que me deseabas…
A Melanie se le rompió la voz mientras buscaba un pañuelo de papel en su bolso.
–No voy a comportarme de nuevo como una estúpida por un hombre –dijo en voz baja como para sí misma mientras se llevaba el pañuelo delicadamente a los ojos.
–¡No lo había planeado, maldita sea! –protestó Clay–. Fue un accidente estúpido. Cambié de sitio los números de la habitación, eso es todo. ¡Podría haberle sucedido a cualquiera!
Ella levantó la vista y clavó su mirada en él.
–¿Estás diciéndome que no le hiciste el amor?
–¡Creí que eras tú! Por supuesto que… –empezó él pero decidió que era mejor no continuar.
–¿Así que ella era solamente una amiga de la familia, eh? Desde luego eso sí que es ser amigable. Y ahora, si me disculpas, tengo que tomar un avión.
–Déjame que te lleve al aeropuerto al menos.
Ella lo fulminó con la mirada.
–No me hagas favores.
Él la observó mientras se acercaba al mostrador. Él no podía seguir con la discusión sin provocar una escena, y eso era algo que no deseaba. Recordó que su maleta seguía en la habitación de Pam. Le gustara o no, tenía que enfrentarse a ella de nuevo.
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