Read the book: «Micky Ondas, un goleador de otro planeta»

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Tac

Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra…

Era el último día de clases en el Centro de Estudios Ultra Superiores Tron, en el planeta Tac. Tron era la universidad más importante en ese mundo tan lejano, allí donde las grandes mentes del futuro completaban su formación académica para luego encaminarse a sus destinos de grandes hechos y obras.

Tac era un pequeño planeta escondido en la galaxia Abell 1835. Estaba muy, muy alejado de la Tierra; podría decirse que se encontraba al otro lado del Universo. Era pequeño, pero muy poderoso. Allí vivían seres que, con mucho trabajo y dedicación, habían desarrollado una tecnología superior y la habían distribuido generosamente por todo los planetas que los rodeaban, para hacer de ellos un lugar mejor donde vivir.

Los habitantes de Tac eran seres de contextura fuerte y de altura mediana –un metro sesenta, un metro setenta– y los había delgados y rellenitos. Sus cabezas perfectamente redondas, como bolas de billar, albergaban cerebros con capacidades extraordinarias. Su piel era de color naranja pálido y estaba cubierta de pecas de un tono rosa suave.

Sus ojos eran brillantes y de colores flúo: celeste, verde, amarillo. Tenían narices pequeñas con una sola fosa nasal y una boca grande y carnosa que dejaba ver sus brillantes y coloridos dientes. Eran casi todos calvos, pues el crecimiento constante de sus cabezas había hecho que fueran perdiendo su cabello de generación en generación.

A diferencia de los tacs adultos, los niños tenían en su piel pecas de gran tamaño que, a medida que crecían, se iban achicando. Las niñas eran siempre más altas que los varones, unos cinco centímetros más, y sus labios eran de color turquesa. Los niños varones tenían labios de color rojo pálido.


Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra…

Como principio para su rotundo éxito como civilización, los tacs habían suprimido toda clase de sentimientos. Dejarse llevar por ellos era algo peligroso y fuera de toda lógica, ya que desviaba la atención de las cosas realmente importantes: estudiar, calcular, trabajar, solucionar, inventar, construir.

Las emociones, como alegría, tristeza o frustración, habían sido dejadas de lado hacía muchísimo tiempo y en todos los aspectos de sus vidas; seguían presentes en su interior, pero no podían expresarlas. Durante siglos y siglos de evolución habían desarrollado un órgano en la parte baja de su cerebro al que llamaron Órgano Supresor de Sentimientos (más conocido por su sigla OSS). El OSS era un bulbo con forma de pera que, cada vez que un tac sentía algo como enojo, nervios, amor por alguien u otras emociones insignificantes para ellos, a través de un proceso químico atrapaba ese sentimiento y lo expulsaba mediante la respiración.


Asimismo habían acortado sus nombres propios a solo tres letras para no perder tiempo precioso que podían utilizar en el estudio, el trabajo y la ciencia.

Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra…


Mic

El profesor Zen, la máxima autoridad en el Centro de Estudios Ultra Superiores Tron, se encontraba de pie frente a sus alumnos del último año. Con su voz fría y sin emociones, anunció:

–Para poder obtener su diploma, antes de terminar el año deberán presentar un trabajo final de investigación. A cada uno de ustedes se le asignará, por sorteo, un planeta diferente. Tendrán que viajar allí para investigar sobre el tema que les haya tocado.

La clase seguía con atención las palabras del profesor. Eran veintitrés estudiantes que promediaban los 11 años de edad, y que habían llegado con un gran esfuerzo intelectual a la instancia final de sus estudios, para luego convertirse en valiosos miembros de la sociedad y del cosmos.

Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra…

El profesor Zen explicó a continuación el proceso de sorteo:

–Como pueden ver, en esta pantalla de rayos luminosos están las imágenes de cada estudiante y, en esta otra, están los veintitrés planetas elegidos para realizar cada uno de los trabajos finales. El sorteo será así: primero se encenderá el rostro de uno de ustedes y en la otra pantalla, una luz se moverá por todos los planetas hasta detenerse en uno. Así se irán formando las parejas. ¿Está claro?

Todos asintieron, pero sin mostrar sentimientos por supuesto.

Sin embargo, el OSS de uno de los alumnos trabajaba sin descanso para atrapar sus emociones, que solían ser muy tranquilas pero que en ese momento estaban a punto de explotar. Se trataba de Mic, quien no podía dejar de pensar: Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra…

Los padres de Mic, Del y Pat, dirigían la corporación Som, una gigantesca compañía de ingeniería espacial y planetaria que se dedicaba a la construcción de naves y a toda la infraestructura satelital que comunicaba a los tacs con otros mundos. Som empleaba a miles de trabajadores y sus revolucionarios proyectos habían permitido que Tac llegara aún más lejos en su camino de expansión por el universo. Mic era el único heredero de esa organización. Sus padres esperaban que él terminara pronto sus estudios para ingresar a Som y comenzar así el gran camino que lo convertiría en el próximo líder de la compañía.

Sin embargo, a Mic lo único que le preocupaba era otra cosa: Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra… Eso que experimentaba no se lo podía transmitir a nadie, porque la relación con sus compañeros era solo académica, aunque para alguien, su conducta no pasaba inadvertida:

–¿Qué murmuras; estás nervioso por el trabajo final? –preguntó por lo bajo su compañera Dai.

–¿Eh? Solo murmuraba... qué interesantes son los planetas que integran el sorteo…

Dai era una alumna e investigadora ejemplar: una verdadera mente brillante. Por esa razón, sus padres y los de Mic habían acordado que se comprometerían una vez que terminaran sus estudios pues, de acuerdo a cálculos matemáticos, su unión no solo conformaría una pareja perfecta sino que, al frente de la Gran Corporación Som, llevarían a los tacs a otro nivel en innovaciones tecnológicas.

Además ambos jóvenes se querían mucho pero, lamentablemente, ninguno podía expresárselo al otro. Y menos en ese momento, que la mente del muchacho estaba concentrada en otros asuntos.

Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra…

–Bien, comencemos con el sorteo –dijo el profesor Zen. Y en la pantalla apareció el rostro de una alumna–. Bia. Muy bien. Ella viajará a investigar en… –Unas lucecitas en la segunda pantalla dieron dos vueltas por los planetas hasta detenerse en uno–. El planeta Tan… Su tesis será sobre las luciérnagas y por qué encienden sus luces durante el día.

“Ah, qué fácil”, pensaron todos al mismo tiempo. Sin demostrar sus emociones, claro.

El profesor continuó con el sorteo:


–Dai viajará… al planeta Wax –indicó–; como tu intelecto es superior, tu misión será investigar aquello que a ti te parezca digno de ser estudiado. Podrás usar tu poder de invisibilidad y otras habilidades de mimetismo y, cuando hayas terminado, volverás y nos brindarás en una fórmula todo lo que has aprendido.

La chica estaba feliz; tenía por delante una misión importante. Hasta Mic se habría puesto contento, si no fuera porque solo pensaba en una cosa: Que no me toque la Tierra, que no me toque la Tierra…

–Veamos, ahora es el turno de… –anunció el catedrático–. Mic… –Que no me toque la Tierra…–. Viajará… ¡al planeta Tierra!

El peor de los escenarios había ocurrido, aunque Mic sin dejarse amedrentar se puso de pie de inmediato para objetar el resultado del sorteo.

–Profesor Zen, desde un punto de vista científico la Tierra no está calificada para realizar un trabajo final en ella. Los hechos lo demuestran: la humanidad es un caos, esos seres viven en total desorden y casi no han evolucionado… Recién conocen la Teoría de la Relatividad… ¡y el 99,94 por ciento de ellos no la comprende!

Los murmullos de asombro se silenciaron enseguida pues el catedrático, inalterable, respondió:

–Lo que dices es cierto. Sin embargo, tú no tendrás que investigar la tecnología humana que por supuesto es muy pobre… Tu objetivo será estudiar a los terrícolas y hallar el algoritmo de algo que ellos llaman “pasión”.

–Pero, profesor… –comenzó a protestar Mic.

–Viajarás a la Tierra a buscar todas las operaciones sistemáticas que rigen esa clase de sentimiento. Queremos saber de qué manera nos puede servir… o, en todo caso, demostrar que la pasión es algo inútil, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón de quien la padece. Tú eres un estudiante ejemplar y no te llevará mucho tiempo encontrar la respuesta matemática a ese problema; lo harás y pronto regresarás.

–Mic, serás el primero en pisar ese planeta –afirmó Dai–. Entrarás en la historia de Tac por ello. Además, es solo un pequeño viaje, luego vendrá nuestro futuro juntos, tal como se ha diseñado.

–Silencio, por favor –reclamó el profesor Zen–. Debo decirles algo muy importante. Cualquiera sea el planeta asignado, la directiva es que deben pasar inadvertidos. Nadie podrá saber quiénes son ustedes ni de dónde provienen. Eso es todo.

Finalizó la clase y los alumnos fueron dejando el salón con calma y sin hacer comentarios.


El OSS de Mic detuvo una incipiente sensación de enojo. A los demás les habían tocado misiones fáciles y a él, el peor planeta conocido del cosmos. Le parecía injusto y también sentía temor por lo que podría ocurrirle en un mundo tan lejano, raro y hostil. Pero no podía expresarlo, así que salió del Centro de Estudios sin hablar con nadie, ni siquiera con Dai, rumbo a la Gran Corporación Som, donde trabajaban sus padres.


Pat y Del

La sede central de Som era una megaestructura con un diseño ultramoderno. Naves voladoras de los más diversos tamaños salían y entraban continuamente desde un gran estacionamiento espacial, ubicado al frente del edificio. El movimiento de tacs y de seres de otros planetas por las enormes puertas de entrada era incesante.

Luego de esquivar a miles de trabajadores y científicos que flotaban por los pasillos con sus mochilas de reacción cuántica, Mic ingresó a la oficina de sus padres. De pie, en el centro de la gigantesca habitación se encontraba Pat, su madre, realizando múltiples funciones al mismo tiempo, mientras varios drones del tamaño de una mosca volaban a su alrededor, yendo y viniendo con importante información. Al ver a su hijo, chasqueó los dedos y la sala se vació de inmediato.

–Hola, Mic –saludó secamente–. Ya me enteré de tu trabajo final. Serás el primer tac que intente encontrar una formula matemática que hoy no poseemos.

–Lo entiendo. Pero en el sorteo podría haberme tocado algo catalogado como no tan importante…

–Eso no habría ocurrido nunca –dijo la voz dulce de Del, su padre, que había aparecido por detrás–. Con tu madre hicimos un cálculo de probabilidades en el que incluimos variables tales como tu herencia genética, rendimiento académico y coeficiente intelectual y el resultado fue que solo tú tenías la idoneidad necesaria para afrontar semejante reto.

–Tenía entendido que ya no se consideraba a la genética como una variable de peso –objetó Mic mientras su interior era un estallido similar al Big Bang que desaparecía al instante.

Pat tocó un botón; en varias pantallas transparentes aparecieron imágenes de sus ancestros y con Del comenzaron a flotar entre las fotos, señalando a cada uno de ellos.

–Verás hijo –dijo la mujer–, él es Tum, tu bisabuelo. Fue el primero en establecer las variables de los viajes a mayor velocidad que la luz. A su lado se encuentra Mag, tu abuela, la primera que calculó cómo realizar la transmutación de las células para viajes interestelares.

–Cada uno de nosotros ha realizado contribuciones fundamentales para nuestra especie –señaló Pat–. Y tú tienes la oportunidad de ubicarte en un futuro junto a las fotos de estos próceres.

Entre todas las imágenes, Mic notó que había un recuadro vacío. Cuando lo señaló, sus padres guardaron silencio y finalmente Del respondió:

–Allí debía estar mi hermana pero no logró su objetivo.

–¿Y por qué no lo logró? ¿Dónde está? ¿Yo la conocí?

–Muchas preguntas hijo –replicó Pat –. Es una larga historia que ya te contaremos. Pero ahora, los tiempos apremian y debes ir a prepararte para tu viaje.

–Padre, madre… se me ha asignado un tema que tal vez no pueda resolver, en un planeta lejano, misterioso y en permanente estado de caos.

–Mira, hijo –expresó Del–, científicamente hay dos respuestas. Lo logras o fracasas. Así que irás y lo lograrás. O irás y fracasarás. Ve a prepararte.

Del salió y Mic entendió que ya no había nada que hacer. Iría a la Tierra.

¿Qué cosas viviría en ese lugar con seres tan incomprensibles como los humanos?

¿Cómo estudiaría un sentimiento, algo tan difícil de entender para un tac?

¿Qué sería la pasión?



Ondas

Mic salió de la gran oficina de su madre para cumplir con los procedimientos del viaje y se dirigió al gran centro de Viajes Espaciales de Tron que, desde afuera, se erigía en una gran cúpula rosada con miles de puertas que se abrían y cerraban en un vaivén permanente. Y por dentro replicaba lo que sucedía en su planeta, pues en Tac todo estaba precisamente planeado, sin desvíos, sin pérdidas de tiempo ni quejas.

A Mic siempre le había fascinado toda esa perfección al servicio de ellos mismos y de todos los planetas conocidos; por eso le parecía mejor estudiar a las hormigas de la Tierra que a los humanos.

Sumido en sus pensamientos, fue flotando por largos pasillos y llegó en poco tiempo a una especie de vestidor electrónico con muchas pantallas a su alrededor.

Inmediatamente apareció Ima, la preparadora oficial de viajes espaciales.

–Hola Mic. Vamos a convertirte en un humano para pasar inadvertido en la Tierra. De acuerdo a las variables matemáticas, este será tu avatar.

Inmediatamente, como varitas mágicas, los dedos de Ima se movieron en el aire y, en un abrir y cerrar de ojos, el muchacho tomó forma humana transformándose en un niño de 11 años, bajito, de un metro cuarenta de altura, cabello oscuro, boca normal, orejas normales, retacón y rellenito; ni muy lindo ni muy feo según los parámetros terrestres.

Se miró en el espejo y en primer lugar se asustó al verse humano, luego le causó rechazo porque se veía feo, horrible, pero nuevamente su OSS atrapó todos sus sentimientos. Sin embargo, desde la lógica, le preguntó a Ima:

–¿Por qué esta estatura tan baja?

–Verás, hemos estudiado que los humanos siempre están fijándose en detalles del cuerpo. Si tu avatar no tuviera un detalle notorio, en este caso, ser bajito, quedarías expuesto a que descubrieran tu inteligencia superior. De esta forma, para ellos serás “el petiso” y podrás investigar sin llamar la atención.


“Así de simples son”, pensó el joven, y comenzó a probar su cuerpo terrestre tratando de ver qué movimientos le permitía su avatar.

Aunque le parecía raro ser tan bajito, movía sus dedos, podía saltar, moverse. De pronto, quiso probar algo más y dio una vuelta completa flotando en el aire, tocó con los pies el techo del camerino y volvió a caer perfectamente en equilibrio. Luego, con megavelocidad corrió unas diez veces de punta a punta de la habitación en menos de un segundo y seguidamente se movió como un torbellino sobre su eje a revoluciones ultrarrápidas.

–No, no –lo frenó Ima–; la estructura molecular de los humanos no les permite hacer esa clase de movimientos. Por lo tanto, no olvides las instrucciones…

–Sí, ya sé: pasar inadvertido y estudiar lo que se me pidió –expresó el joven, mientras pensaba que su tesis iba a ser más aburrida de lo esperado.

Exacto –respondió la mujer–. Algo importante que debes recordar: el avatar es muy resistente aunque puede sufrir algún desgaste. Por lo tanto en la Tierra deberás ejecutar una función que aquí no tenemos: dormir. Todas las noches la activarás e inmediatamente entrarás en un estado de descanso que regenerará el avatar para el día siguiente y así no quedará al descubierto ninguna parte de tu cuerpo tac.

“Dormir…”, pensó Mic. “Eso significa tiempo perdido… Este viaje a la Tierra va a ser más insoportable de lo que parecía”.

Ima continuó con sus instrucciones:

–Para que seas realmente un humano, te cargaré todos los conocimientos sobre el planeta que vas a necesitar y un inhibidor de conductas tac, para que no respondas de manera lógica o con cálculos acerca de cualquier cosa que te pregunten, como lo haríamos aquí. Allá te mirarán de manera rara y podrías ser descubierto.

–¿Pero saben sumar, al menos?

–Sí, pero muy pocos llegan más allá. Y otra cosa más; te añadimos un archivo de respuestas automáticas terrestres o RAT. A nuestro mundo han llegado millones de ondas de imagen y de sonido desde la Tierra, por eso dispondrás de miles de billones de esas respuestas programadas, que te servirán en cualquier situación. Al llegar, solo debes activar el programa mentalmente y ya las tendrás habilitadas durante toda tu estadía. Así serás absolutamente un humano.

Ima movió nuevamente sus dedos y unos halos de colores lo envolvieron. Cuando se desvanecieron, los conocimientos que él necesitaba para la Tierra estaban ya incorporados a su mente. Mic ya casi estaba listo. La instructora finalmente le entregó una mochila.

–Aquí tienes un kit que te servirá para llevar adelante tu vida en el planeta mientras buscas el algoritmo.

De la mochila sacó una especie de tarjeta magnética que tenía la cara del avatar humano de Mic y algunos símbolos que él pudo comprender que eran letras, gracias a los conocimientos que recientemente le habían sido transferidos.

–Este es tu documento personal –explicó Ima–. En el planeta Tierra prueba que eres tú.

–Micky… Ondas… ¿qué es esto? –inquirió.

–Tu nombre para la Tierra. Mic allá no es un nombre usual; analicé todas las variables y lo transformé en Micky, que sí lo es. Y Ondas fue idea del profesor Zen. Ya que todo lo que hemos aprendido de la Tierra provino de ondas que cruzaron el espacio, consideró que era lógico que llevaras ese apellido.

–Micky Ondas…

Un sonido similar a una alarma sonó en el vestuario, que cambió su luz de amarillo a azul. Era la señal.

–Hora de partir, debes ir al sector de Lanzamientos –dijo Ima, que quería desearle suerte a Mic por su viaje pero… ella tampoco podía–. Adiós… Micky Ondas, recuérdalo. Los cálculos del profesor Zen dan altas probabilidades de que encuentres el algoritmo pronto y que en poco tiempo estés de regreso.

“Ojalá”, pensó Mic antes de que su OSS le quitara ese último deseo.



El lanzamiento

Mic salió del vestidor con su mochila al hombro, repitiéndose a sí mismo: Micky Ondas, Micky Ondas… Odiaba su nombre terrestre, pero rápidamente su OSS absorbía esa emoción.

Mientras caminaba por un largo pasillo apareció Dai, que también debía viajar por su tesis, al planeta Wax. Él la vio inmediatamente, pero la chica no lo reconoció. Como buena investigadora, se acercó para observarlo en detalle. Nunca había tenido frente a ella a un terrícola. Se preguntó por qué ese ser no se movía, qué hacía allí; entre todas sus respuestas lógicas no pensó que ese era su novio.

Cuando ya estuvo muy cerca, mirándole la cara, las manos, al joven se le ocurrió activar las respuestas automáticas terrestres. Y lo que salió fue…

–¡Buu! –dijo, asustando a la chica, que se echó para atrás con un temor que rápidamente fue absorbido–. Soy Mic con el avatar humano que me dio Ima para viajar; aunque en realidad ahora soy Micky Ondas.

–Micky Ondas… Y eso de “¡buu!”. ¿Qué fue?

–Ah, no sé. Forma parte de las respuestas automáticas terrestres que me transfirió Ima. Debo ir al sector de Lanzamientos ¿me acompañas?

–No puedo, yo también me voy en poco tiempo más.

Se miraron. Por sus mentes pasaban muchas cosas que no pudieron expresar: que se iban a extrañar, que se deseaban lo mejor, que esperaban volver a verse pronto. Pero todo quedó resumido en un…

–Adiós.

–Adiós.

Cada uno tomó por su lado. Mic, ahora convertido en Micky con su nuevo avatar, caminó lo más rápido que podía hacia una de las miles plataformas de lanzamiento espacial.


Al llegar lo esperaban sus padres y el profesor Zen. Al verlo transformado en humano quedaron sorprendidos pero, obviamente, nadie pudo decir nada.

–Mic, es hora de partir –afirmó su madre, queriendo abrazarlo fuerte pero sin poder expresar sus deseos.

–Últimas instrucciones –informó el profesor Zen–. No irás a un gran conglomerado de humanos, sino a un lugar menos poblado, en donde podrás pasar inadvertido y lograr tu cometido. Hemos preparado un hogar con todas las funcionalidades para un niño de 11 años de la Tierra, incluida una cíborg programada para hacer de tu madre terrestre. No es lógico que un chico de 11 años viva solo. De esta forma, nadie sospechará de ti.

–¿Una madre cíborg? –repitió Mic mirando a Pat.

–Sí, todo ha sido planeado con exactitud. Solo debes seguir tu GPS interior que te guiará hacia donde tengas que ir. Con tu padre hemos pensado en todo para que te enfoques en tu tesis. Cuando finalices con tu estudio y encuentres el algoritmo de la pasión solo deberás pulsar la imagen de tu avatar en tu tarjeta magnética o documento. Así conseguirás el regreso instantáneo a Tac y nos brindarás el resultado de tus investigaciones. Con todos los archivos que te cargó Ima y lo que hemos diseñado para tu estadía en la Tierra, sumados a tu capacidad de estudio, calculamos que tienes todas las herramientas para lograr tu objetivo. Y ya sabes la premisa fundamental.

–Sí: debo pasar inadvertido.

–Exacto. Hora de viajar.

Mic oteó a su alrededor. Ahí estaban sus padres que lo miraban sin ninguna expresión y como nadie podía manifestar sus sentimientos, no había más que decir. Todos se retiraron, dejándolo solo, porque debían continuar con sus lógicas tareas.

Tanto Del como Pat quisieron darse vuelta para ver una vez más a su hijo pero el OSS, implacable, les quitó sus sentimientos, por lo que se fueron a cumplir con sus obligaciones, ante la mirada cada vez más lejana del chico.

Aunque el joven conocía en teoría cuál era el protocolo de viaje interestelar sentía un poco de curiosidad, porque había visitado planetas cercanos a Tac pero esto era nuevo para él.

De inmediato todas sus dudas se disiparon; una cápsula de silicona opaca y brillante lo envolvió por completo.

–Lanzamiento –anunció de pronto una voz y la nave desapareció de la plataforma. Se esfumó. Ni siquiera pudo verse algo parecido a un despegue.

Micky había dejado Tac.

Dentro de la cápsula no percibía nada, excepto alguna vibración sin importancia. Trató de mirar hacia afuera y pudo ver un inmenso universo que pasaba frente a él como una película a toda velocidad, con constantes cambios de galaxias, de luces, de oscuridades, de flashes, de estallidos.

Mientras vivía ese momento tan especial, no dejaba de pensar y preguntarse: “¿Con qué me encontraré en la Tierra?”.


El asistente

Aunque a Micky el viaje le pareció larguísimo, en realidad, para los tiempos terrestres duró solamente 3,5 minutos. La cápsula siliconada cruzó el cosmos y en un momento se desaceleró y se posó levemente en un lugar llano y oscuro.

–Planeta Tierra –dijo la voz dentro del habitáculo, que inmediatamente se abrió como una flor y se desvaneció sin dejar rastros.

Allí quedó Micky parado, en el medio de un lugar desconocido, con su avatar terrestre, su mochila y todo por estudiar y descubrir.

Gracias a los conocimientos que había incorporado, corroboró que estaba pisando pasto, que era de noche, que hacía calor, que podía ver luces a lo lejos y que más allá pasaban algunos vehículos muy primitivos, que reconoció como autos y motocicletas que se deslizaban sobre una sustancia dura llamada asfalto.

Esperó un instante a que se ajustaran todos sus sentidos humanos y luego activó su GPS interno para dirigirse hacia el lugar donde tenía todo preparado para llevar una vida terrestre normal.

Estaba por iniciar la marcha cuando en ese momento ocurrió algo sorpresivo; como una chispa gigante que salió de su propia cabeza, un personaje muy luminoso, grande y colorido flotó frente a él y le dijo:

–¡Hola! Soy tu asistente y estoy aquí para ayudarte.

El ente en cuestión era una burbuja fosforescente de color naranja con pequeños rayos que brotaban de él y una cola luminosa en forma de flecha. Se mantenía en el aire, flotando frente a la cara de Micky y era similar a un rostro humano con la forma de un gran globo. Hablaba a través de una boca inmensa que al moverse también emitía rayos luminosos; tenía dos ojos muy grandes, que cambiaban su tonalidad de rojo, a verde, a azul, según las circunstancias y en donde debía estar la nariz había solo dos puntitos. Pero no parecía respirar.

–¿Quién eres? –dijo Micky, que desconocía la existencia de un asistente.


–Permíteme presentarme, Mic. Perdón… Micky, porque aquí eres Micky, perdón, comencé mal, Micky. Como te dije, soy tu asistente: Mi nombre en Tac es XQ–34–JO–RS.493, pero para que no te confundas, en el planeta Tierra pensé en llamarme Juan el asistente, para que no te olvides que soy tu asistente. Estoy aquí, dentro de tu mente para ayudarte.

–¿Vas a estar hablando dentro de mi mente todo el tiempo?

–No; aunque puedo, no lo haré. Solo hablaré cuando tú me pidas que salga de tu mente o que te ayude.

–¿Por qué un asistente? –quiso saber el chico, confundido por esa aparición impensada–. Nadie me dijo que tendría uno.

–No lo sé, me colocaron en tu mente, junto al GPS y todas esas cosas que te dio Ima. Soy un programa especial de ayuda y estoy para auxiliarte; me llamas, yo salgo. Y cuando no me necesitas yo entro en tu cabeza y espero tu nueva llamada.

El auxiliar virtual volvió a meterse en su cerebro y de pronto, una luz lo enfocó.

–¿Con quién conversas, muchachito? –le preguntó una voz humana.

Quien le hablaba era un señor de unos 50 años que caminaba por una pequeña vía de asfalto que cruzaba todo ese gran sector lleno de pasto. De la pantalla de un aparato rectangular pequeño que llevaba en la mano salía la luz que lo encandilaba.

Micky mentalmente se dijo “activar respuestas automáticas terrestres” y así pudo responder algo tan sencillo como:

–Con nadie, señor. Siempre hablo solo.

–¡Ja! Como los locos –sonrió el hombre –. Bueno querido, es muy tarde para estar aquí. Puedes ir a hablar solo en tu casa, ¿no te parece?

El hombre apagó la luz que provenía del aparato rectangular y siguió su camino mirando la pantalla y tocando con un dedo la misma a intervalos cortos.

De pronto Juan el asistente salió nuevamente y le dijo:

–Tiene razón el humano; deberías ir a tu vivienda.

–¿No era que salías solamente cuando yo te lo pedía? ¡Ve para adentro ya mismo!

–A la orden… ¿cómo debo llamarte? ¿Jefe? ¿Patrón? ¿Máster? ¿Superior? ¿Capitán? ¡Mentor! ¡Ese me gusta! ¿Te gusta que te diga mentor?

–Me gusta que no digas nada, que entres en mi mente y me dejes hacer lo que tengo que hacer.

–Perfecto mentor, Micky, mentor… Nos vemos cuando hayas llegado a tu morada.

Juan el asistente volvió a meterse en la cabeza del chico que, gracias a su GPS mental, avanzó automáticamente hacia donde tenía indicado que estaría su casa; así llegó a una calle bien iluminada y recién ahí pudo divisar todo el panorama.

Era su primera mirada de algún lugar del planeta Tierra, algo que en Tac nadie había visto jamás.

Advirtió que se encontraba en una ciudad con casas bajas y amplias aceras y pudo notar mucha vegetación a los costados de las calles, en las que transitaban pocos vehículos.

Siguiendo su camino se cruzó con uno o dos terrícolas que ni siquiera notaron su presencia pues también iban mirando sus aparatos, que Micky finalmente reconoció como teléfonos móviles. De pronto, con lógica, pensó: “Si la orden es pasar inadvertido, yo también debería ir caminando mirando la pantalla de un móvil”.

Buscó en su mochila y encontró su celular ya encendido. Ima había pensado muy bien en las cosas que le iban a ser útiles para su estadía en la Tierra.

Continuó andando y, de pronto levantó su mirada y pudo ver, brillante y redonda, a la Luna. En Tac él había observado y estudiado millones de cuerpos celestes; sin embargo, al contemplar la luna, tan plena, experimentó algo que en su planeta, donde se refrenaban los sentimientos, jamás habría podido: lo extraordinario que para él era estar allí y la sensación de percibir algo parecido al temor. Temor de que lo descubrieran, de no alcanzar sus logros o de defraudar a sus padres.

Todas esas emociones no duraban un segundo porque su OSS las atrapaba también en el planeta Tierra y es que, debajo de su avatar, por dentro continuaba siendo quien realmente era: el representante de una civilización ultraavanzada donde los sentimientos no tenían cabida y al que habían hecho cruzar todo el cosmos para estudiar, precisamente, un sentimiento.


Hogar

Sus pasos lo llevaron a un edificio sencillo de tres pisos; allí estaba el que sería su hogar.

Cada momento en ese planeta iba tornándose familiar para él, así que no se sorprendió cuando sacó automáticamente un llavero con tres llaves de su bolsillo y supo cuál abriría el portón de entrada. Tras cerrarlo, su mente lo guio hacia unas escaleras. Con los poderes de su organismo tac podría haber flotado hacia su destino o desintegrado sus átomos para volverlos a integrar donde él quisiera. Pero en la Tierra eso estaba prohibido por lo que, con su mochila a cuestas y su teléfono móvil en una mano, comenzó a subir peldaño tras peldaño como cualquier terrestre.

Mientras ascendía por esa escalera casi sin luz, de pronto se detuvo, se agachó y ahí las vio. Hormigas trabajando en perfecta armonía, en espectacular organización. Se acercó a ellas y les susurró:

–A ustedes debería estar investigándolas, tan inteligentes y perfectas.

–¡Permiso! –escuchó sobresaltado, pero su OSS lo calmó. De la parte superior de la escalera apareció un ser humano, con una bolsa negra llena en la mano y el teléfono móvil en la otra. El hombre bajó apurado y se dio vuelta hacia Micky, explicándole su prisa.

–Perdón, pero debo sacar los residuos ya mismo antes de que pase el recolector.

Abrió el portón, salió y el muchacho fue tras él para ver qué hacía. Todo podía ser sujeto de su estudio. ¿Habría pasión en sacar la basura?

El hombre dejó la bolsa apilada junto a otras y se quedó mirando la pantalla del aparato rectangular mientras con dos dedos la apretaba a intervalos cortos e irregulares.

Micky decidió continuar subiendo hasta que llegó a la puerta del departamento 2º C; según su programación ese era su nuevo hogar. ¿Qué encontraría allí?

Antes de que pudiera meter las llaves, repentinamente la puerta se abrió y apareció un personaje singular: medía 1,80 metros y tenía cabello largo oscuro, un gran físico, grandes ojos, y una enorme sonrisa.

–Hola Micky, bienvenido. Soy Ene –se presentó–, desde ahora, tu mamá en la Tierra. Entra, entra a tu casa.

Era una cíborg humana, parte de lo que le habían organizado en Tac para exhibir una vida terrestre normal y que nadie sospechara de él.

Micky entró al departamento; en la sala había una mesa con un mantel y alrededor de ella había algunas sillas. En un rincón había un largo sillón color café y frente a él, un televisor encendido, donde pudo ver a dos personas hablando en lo que, gracias a sus archivos mentales, reconoció que era una telenovela.

–El profesor Zen me envió antes que a ti para recibirte –le explicó Ene–. Estoy capacitada para parecer una madre terrestre. Sé hacer los quehaceres, tengo información del vecindario por si tengo que chismosear, sé cocinar aunque no es necesario que lo haga porque yo soy una cíborg y no como y tú eres un tac que te nutres de la respiración. Pero, para que veas mis capacidades te hice… estas ricas chuletas con mermelada, ¿qué te parecen?


Ene le mostró a unos trozos de carne cocidos, untados con mermelada de frambuesa, algo que no figuraba en sus archivos mentales. ¿De dónde habría sacado esa receta? Micky pensó que tal vez el programa de la cíborg no estaba tan ajustado. Pero no era lo importante en ese momento.

–Te sugiero que no me llames Ene, sino que me digas mamá –indicó–. Los niños aquí, por lo general no llaman a sus madres por el nombre. Puedes decirme madre, mamá, mami, o si necesitas algo puedes gritar “Maaaaaa…”.

–¡Shhh! –la silenció él–. Entiendo lo que me dices, Ene… digo, mamá.

Se sorprendió por llamar mamá a alguien que no lo era, aunque a partir de ahora lo sería en la Tierra.

–Mamá, si te parece bien, continúa con lo que estabas haciendo, que yo ordenaré mis ideas.

–A la orden –respondió la cíborg, que se sentó en el sillón, tomó el control remoto y empezó a mirar otra telenovela.

Micky consideró que él también debía llevar una vida terrestre normal. Estaba programado para realizar conductas humanas así que, por ser de noche debía dormir y, de paso, regenerar su avatar.

Su mente pensaba cómo lograr su objetivo lo más pronto posible para volver a su planeta, por lo que decidió no perder tiempo e iniciar allí mismo la tarea de encontrar su algoritmo. Cuanto antes empezara, más pronto se iría de ese mundo loco donde lo único que le interesaba eran las hormigas.

Pero… ¿Por dónde comenzar? ¿Dónde podía encontrar rastros de la pasión?

Desde adentro de tu mente una voz le susurró: “Si quieres te ayudo, si quieres te ayudo”.

Era Juan el asistente. Micky decidió convocarlo; era mejor tenerlo flotando junto a él que hablándole dentro de su cabeza. El ser fosforescente apareció y le propuso:

–¿Por qué no miras en el aparato rectangular que todos llevan en la mano? Hay algo llamado Google que permite buscar cosas. Por ejemplo, qué es para los humanos la pasión.

Como no tenía una idea mejor, el chico deslizó sus dedos por la pantalla, encontró el buscador y escribió: “Pasión”.

De inmediato halló una definición que señalaba: “Sentimiento vehemente, capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón”. Siguió buscando y encontró: “Pasión: Sentimiento muy intenso, desbordante por otra persona, por uno mismo, por alguna actividad, deporte o idea”.

“Sentimiento, perturbar la razón, desbordante”, eran cuestiones a las que él no estaba habituado en su planeta, donde solo existía el razonamiento y la lógica. Pensó que le habían encomendado una tarea más difícil de la que esperaba.

¿Dónde podría encontrar sentimientos desbordantes?

De pronto, un sonido envolvente como de un griterío gigantesco se apoderó de la sala. Provenía del televisor. La telenovela que estaba mirando Ene había finalizado y en su lugar estaban emitiendo un noticiero; en las imágenes aparecían humanos con casacas verde abrazándose efusivamente, humanos en las gradas saltando y gritando y otros humanos de casaca azul muy enojados enfrentando a los gritos a un señor de casaca rosa.

Micky reconoció que se trataba de lo que en la Tierra se llamaba fútbol. Lo que más le llamó la atención es que en esa escena parecía haber “sentimientos desbordantes que podían perturbar la razón” aunque no podía entender cuál era la lógica de semejantes conductas en una actividad que consistía en meter una esfera de cuero sintético entre tres caños que sujetaban una red.

La información del noticiero cambió a otra clase de noticias y entonces tomó la decisión: con esos pocos datos podía empezar su tesis.

Se sentó frente a la mesa y con sus manos abrió frente a sí, en el aire, una pantalla led, una pequeña pizarra rectangular con fondo azul brillante y marco dorado. Moviendo sus dedos hacia ella, como haciendo pases mágicos, salpicó ese fondo con signos de diversos colores y luminosidades, tal como si estuviera armando un rompecabezas. Colocó varios de esos signos, algunos aquí y otros allá, luego volvió a mover sus manos y la pizarra luminosa se cerró.

–Bien, empecé mi tesis –le anunció a Juan el asistente.

–¿Con qué? ¿Con esas imágenes de terrestres corriendo detrás de un balón? Es una variable insignificante.

–Es un comienzo –le contestó, pensando en que no debía darle tantas explicaciones–. Mira, acabo de llegar a la Tierra y ya he comenzado a recopilar datos. ¿O tienes una idea mejor para empezar?

Juan el asistente pensó y negó con la cabeza; luego, tras un gesto de su mentor, volvió a meterse en su mente.

Micky debía dormir para regenerar su avatar. Le parecía una pérdida de tiempo pero no podía contradecir órdenes así que, mientras Ene continuaba en su sofá cambiando los canales, él fue a su habitación y activó su función automática de dormir.

Cerró los ojos para así terminar su primera noche en el lejano, muy lejano, planeta Tierra.



La vecina

Un tenue golpeteo fuera de la casa lo despertó. Se levantó y fue a ver de qué se trataba. Allí, en un árbol, una colorida ave de fuerte pico estaba haciendo un hoyo en el tronco. Pensó que el objetivo de su estudio estaba equivocado: en ese mundo había también otras especies importantes para aprender de ellas.

En la sala Ene miraba dibujos animados en la televisión. Al notar que Micky estaba despierto, se levantó del sillón con una sonrisa y mostrándole una gran bandeja le dijo:

–Buenos días, hijo. Te preparé el desayuno: unas ricas naranjas rellenas con arroz.

El muchacho las miró y gracias a su programación automática de datos terrestres entendió que esa receta tampoco figuraba entre todas las comidas del planeta, pero utilizando la lógica llegó a la conclusión de que no era nada grave, mientras nadie se percatara de esos pequeños detalles…

Ver imágenes en aparatos antiguos como un televisor no lo ayudaría en la búsqueda de datos para tu tesis. La realidad estaba afuera de ese pequeño hogar, así que tomó su mochila, su móvil y salió a esa pequeña ciudad a buscar signos de “la pasión”.

Caminó por las calles vacías, vio diferentes especies de

árboles, pájaros de todo tamaño y color e insectos que surcaban la brisa que iba calentándose a medida de que el sol se asomaba con más fuerza. También notó que los pocos humanos con los que se cruzaba no observaban nada de eso. Era lógico: para él era todo un descubrimiento y ellos daban por descontado que todo eso existía. Calculó que esas cosas no les despertaban a las personas la suficiente atracción como para frenar y observarlas. Y mucho menos “sentimientos desbordantes”…

Continuó su caminata, todo era monótono, calmo, silencioso.

Decidió emprender el regreso a su hogar, haciéndose preguntas lógicas sobre dónde encontraría la información que necesitaba. Cuando llegó al portón que conducía a su departamento, este se abrió de repente y una niña pequeña salió con una bicicleta y una mochila. Al verlo, lo saludó:

–Hola, tú debes ser el nuevo vecino del 2°C.

–Ehh… sí… ¿Cómo lo sabes?

–Aquí todo se sabe; como dice mi papá, el deporte nacional de este lugar es el chismorreo. Soy Maite del 1°B, ¿y tú?

–Yo… Micky.

–¿Y de dónde vienes Micky tan temprano? Estamos en vacaciones, seguramente fuiste a hacerle alguna compra a tu mamá, a la que, a propósito, no he visto todavía.

–Es que ella está…

–No importa. Tengo que irme ya mismo al club para no perderme la clase de natación. ¿Tú sabes nadar?

–Yo, nadar… –quiso responder el joven, un poco desbordado por la verborragia de la niña.

–No importa si no sabes, no es ninguna vergüenza. ¿Por qué no me acompañas? Puedes conocerlo y, si te gusta, puedes practicar algún deporte que te llame la atención: además de natación, hay baloncesto, tenis, fútbol…

“Fútbol”, pensó. “Puede ser una buena oportunidad para profundizar lo que vi en la televisión”. Y aceptó la invitación.

–¿Tienes bicicleta? Si no, usa la de mi padre; está allí, debajo de la escalera. Tráela y vamos.

Fue hacia donde Maite le indicó; mientras abría la puerta y la sacaba activó sus archivos mentales: “Andar en bicicleta”. No sintió nada en particular así que por un momento dudó de que realmente tuviera activada esa función.

“Funcionará”, le susurró Juan el asistente, “pero, por las dudas, leeré algunos manuales que tengo en mis registros; buscaré la respuesta y regresaré para ayudarte”.

El chico se subió al vehículo y en el acto sacó cálculos físico-matemáticos relacionados con el equilibrio que le permitieron andar fácilmente.


Y pedaleando detrás de Maite, fueron hacia el club por un camino que Micky no había visto todavía.


El pelotazo

A los pocos minutos de andar, Maite y Micky llegaron a un amplio lugar abierto que en la entrada tenía un cartel que indicaba “Club Atlético Quo Vadis”. Ingresaron al lugar mientras la voz de Juan el asistente murmuraba: “A ver, capítulo 267: Cómo andar en bicicleta; no, aquí no está…”.

Mientras estacionaban las bicicletas, Maite le dijo a Micky:

–Yo voy al sector de natación, tú puedes venir conmigo o hacer nuevos amigos. Cuando termine nos encontramos y nos volvemos juntos, ¿te parece? –y salió corriendo sin esperar respuesta.

El muchacho comenzó a caminar por ese gran predio sin rumbo preciso y, de pronto, escuchó voces. Gritos, risas, burlas. Se dio vuelta y allá, a lo lejos, vio a una cantidad de humanos jóvenes corriendo.

Se acercó y notó, con sorpresa, que estaban jugando al fútbol y pensó que en ese lugar podía haber quizá algún sentimiento desbordante.

En un pequeño terreno, con dos arcos, se enfrentaban dos grupos de chicos de unos 14 años. Decidió entonces quedarse a un costado del campo y centrarse en los sentimientos de los jugadores.

Mientras los miraba, monitoreaba mentalmente la información y armaba fórmulas matemáticas con lo que iba extrayendo del juego. Pero un grito lo sacó de sus cálculos:

–¡Ey, petiso! A nuestro equipo le falta uno, ¿quieres jugar con nosotros? No importa si no juegas bien: vas al arco. ¡Apúrate que estamos perdiendo!

Aunque internamente estaba muy emocionado por la invitación y por hacer algo nuevo, su OSS no le permitía demostrarlo. Pensando con lógica, llegó a la conclusión de que si el fútbol podía llevarlo a encontrar alguna pista importante sobre la pasión, jugarlo podría ayudarlo aún más. Así que, con espíritu de investigador, aceptó.

Saltó una pequeña cerca que circundaba el campo y fue hacia donde un muchacho de su equipo le mostró la portería, por lo que buscó en sus archivos mentales cuáles eran las acciones que un arquero debía realizar.

Fútbol, fútbol… solo encontró el reglamento del deporte. Era obvio que en Tac nadie había evaluado que tal vez él jugaría al fútbol. Pensó en llamarlo a Juan el asistente para ver si podía decirle algo. Pero todavía podía escucharlo buscando el tutorial para andar en bicicleta: “Capítulo 346.499… aquí no está”.

Fue hacia el arco sin saber qué hacer, con su OSS atrapando una gran variable de sentimientos: incertidumbre, alegría, temor, pero sin poder expresarlo.

Se paró con su metro cuarenta de estatura en la línea del arco: su única herramienta para afrontar este reto era el reglamento. Sacó conclusiones y entendió que el balón no debía entrar en la portería, pero ¿cómo hacerlo?

Mientras el partido se reanudaba, como buen tac, estudió los movimientos de los jugadores, hasta que, de pronto se escuchó:

–¡GOOOOL!

Sacudió la cabeza sin saber qué había pasado. Los jóvenes del equipo contrario festejaban y sus compañeros de equipo lo miraban con cara de pocos amigos. Se dio vuelta y vio que en la red había una pelota. ¿Cómo había llegado hasta ahí?

Luego de enredarse con la red, logró sacarla del arco. En tanto, todos los chicos del equipo contrario lo miraban y se reían de él.

–¡Saquen a ese petiso… les vamos a meter menos goles con el arco vacío, jajaja!

Su OSS estaba a punto de explotar de vergüenza y enojo, pero su órgano lo mantenía equilibrado, sin demostrar ninguna emoción. Además su avatar humano era limitado y no podía utilizar las habilidades propias de todos los tac. Pensaba en todo eso cuando escuchó nuevamente:

–¡GOOOOL!

Los jugadores contrarios se mataban de la risa y sus compañeros ya ni lo miraban.

Decidió convocar a Juan el asistente, que salió de su mente y con una sonrisa triunfante proclamó: “Listo, ¡encontré el capítulo sobre cómo andar en bicicleta!”.


–Deja eso. Necesito instrucciones de cómo jugar al fútbol utilizando mi cuerpo humano.

–Voy a tener que investigar…

–No puedo esperar, ya estoy jugando y me están haciendo un gol cada 30 segundos.

Mientras tanto, los chicos se burlaban aún más. Como Juan el asistente era invisible para ellos, solo veían a un niño petiso hablando con el aire. Y uno de ellos le gritó:

–Eh, petiso… además de mal arquero, ¿hablas con el hombre invisible?

–Seguro que el hombre Invisible ataja mejor que él, ¡jajaja!

Pero él seguía enfrascado en su charla con su colaborador, para ver si lograban alguna solución. Hasta que otro grito lo volvió a la realidad.

–¡GOOOOL!

Los contrarios se revolcaban por el piso; él trataba de pensar, pero las risas se lo impedían y su OSS trabajaba sin descanso borrando sensaciones de rabia, dolor, frustración y hasta deseos de venganza.

–Si quieres irte, puedes hacerlo. No nos estás ayudando y, además, entiendo si no soportas más esas burlas; yo no las soportaría –le dijo uno de los muchachos de su equipo.

–No, gracias, me quedaré y daré lo mejor de mí –respondió el chico, utilizando una de sus frases automáticas.

–Al menos da algo; eso ya sería un comienzo –musitó el joven con cierto sarcasmo y harto de perder por tantos goles.

Pero él no estaba dispuesto a escuchar ironías y, mientras buscaba la manera de no permitir un gol más, algo golpeó en su cabeza fuertemente.

¡PUM!


Un pelotazo le pegó accidentalmente en la frente y truncó el gol. Micky quedó atontado y un poco mareado; todo el planeta Tierra le daba vueltas.

–Al fin atajaste una, petiso, aunque sea con la cara ¡jajaja! –le gritó entre risas uno de los rivales.

El golpe de la pelota había hecho mucho más que atontar a Micky: había hecho crujir su OSS. El órgano que atrapaba sus sentimientos se había resquebrajado y sucedió lo que jamás le había pasado: por primera vez en su vida sintió a todas sus emociones correr sin límites por su cuerpo. Notó que una energía incontenible crecía por todo su ser, que era una mezcla de todas las cosas que había sentido durante el partido y que no había podido expresar, pero que también le nublaba el pensamiento lógico y estricto de todo tac.

Podía ver cómo se le reían y sentir cómo su sangre hervía. Miró el balón, que luego del golpe había caído a sus pies, miró el campo de juego, miró el arco contrario y puso la pelota bajo la suela de su calzado.

Dejándose llevar por sus emociones, sin pensar, sacó a relucir sus habilidades tac y comenzó a hacer jueguitos con el balón en la portería. Del pie a la cabeza, de la cabeza a la rodilla, al hombro, a los pies, de un pie a otro, de un hombro a otro; toda una combinación veloz de toques que hizo frenar a quienes lo estaban mirando.


Sin embargo, las burlas continuaban:

–¡Jajaja! Ahora el petiso nos quiere mostrar que sabe jugar, ¡jajaja! –dijo uno.

“¿Así que el petiso no sabe jugar?”, pensó Micky. Dejó de hacer jueguitos y salió hacia el arco contrario con el balón dominado. Todos lo miraban y seguían riéndose, hasta que uno de los contrarios se acercó para quitarle el balón y él, con un movimiento veloz levantó la pelota pasándosela por encima; cuando bajó volvió para atrás y le hizo un túnel, dejando al muchacho tirado en el piso sin saber qué le había pasado.


Mientras avanzaba los demás rivales lo miraron más seriamente y sus propios compañeros, sorprendidos. Pero él ni los veía, porque lo dominaban emociones incontrolables.

Comenzó a llevar el balón con repetidos cabezazos hacia adelante; tres contrincantes fueron a cruzarlo pero frenó milimétricamente y los jóvenes chocaron entre sí y los saltó con el balón todavía en su cabeza. Los dos contrarios que aun quedaban en pie lo esperaban, pero para ir fuerte contra él; la burla se había convertido en enojo hacia Micky que había dejado en ridículo a sus compañeros.

Al primero de ellos le hizo pasar la pelota por un costado y lo saltó por encima, parado como estaba. Cuando parecía que la iba a perder, usó una velocidad jamás vista y llegó justo con la puntita de su calzado para elevarla, pasarla de un hombro a otro, girar sobre sí mismo y dejar atrás al rival.

El segundo salió a buscarlo con cara de desconcierto. En este caso, el “petiso” pasó el balón sobre él y se arrojó en palomita por entre sus piernas, para dar un giro en el aire y caer parado con el esférico, que justamente había caído en sus pies.

Quedaba solamente el portero, que rápidamente se adelantó para achicarle el espacio de remate. Micky pateó hacia la derecha y el arquero se arrojó hacia ese lugar, pero el joven de Tac fue tan rápido que, antes de que el otro atrapara la pelota, dio tres vueltas a su alrededor, lo dejó mareado y se encaminó hacia el arco vacío.

Se acercó a la línea de gol y decidió no utilizar los pies para marcar el tanto. Se agachó, sopló suavemente el balón y este muy despacio entró en la red.


Entonces se dio vuelta, dio un salto de 360 grados en el aire, un gran giro sobre sí mismo y cuando cayó levantó un brazo con un dedo apuntando hacia el cielo con una felicidad que nunca antes había sentido.

–Gol –dijo sencillamente y observó la escena que había dejado atrás.

Los rivales tirados en el piso, algunos con sus piernas enredadas, otros mirándolo con más asombro que nunca y todos absolutamente hipnotizados por lo que acababan de ver y no podían entender.

Cuando estaba por llevar el balón al centro del campo, un silbato lejano sonó:

–Terminó el partido, a cambiarse que se tienen que ir para sus casas –gritó un profesor del club.

Todos comenzaron a moverse muy despacio, propios y contrarios, muy confundidos, sin palabras, sin entender lo que habían visto. Ian, un jugador de su equipo, se acercó y le pidió el balón. Micky se lo dio y el muchacho le dijo:

–No sé cómo hiciste lo que hiciste, estuvo espectacular pero… tendrías que haber reaccionado antes, porque perdimos 8–1.

Y se fue, dejando a Micky solo en ese terreno de juego, con todas esas sensaciones que recorrían su cuerpo. Alegría, cierto regocijo por haberle dado su merecido a quienes se burlaban de él, extrañeza por haber hecho algo impensado, fuera de toda lógica y un gran temor por no seguir su directiva principal: pasar inadvertido en el planeta Tierra.

Pero como su OSS estaba resquebrajado, podía decidir sobre sus sentimientos y decidió privilegiar la felicidad. No sabía si había encontrado algún indicio para su tesis, pero pensó en dejar ese tema para cuando llegara a su hogar.

–No está bien lo que hiciste –le espetó Juan el asistente saliendo de su mente–; te has aprovechado de que tu OSS está dañado y van a descubrir tu verdadera identidad, deberás repararlo. Además un tac no puede regirse por las emociones. Esto no te permitirá pensar claramente para tu tesis.

Pero Micky estaba fascinado por lo que sentía aunque no podía decírselo a su ayudante. Por eso, inventó al instante una respuesta absolutamente lógica:

–No estoy en Tac y estoy investigando qué es la pasión; si lo que tengo que encontrar es un sentimiento desbordante, tal vez sea mejor que quede todo así, para ayudarme a encontrar más fácilmente el resultado del algoritmo y poder volver a Tac con conocimientos importantes para nuestro mundo.

Ante tan convincente argumento, Juan el asistente no supo qué contestar y se retiró a la mente del joven.

El terreno de juego estaba vacío; decidió sentarse, apoyando su espalda contra uno de los postes y se quedó allí solo, sintiendo cosas sin ninguna otra explicación. Entonces se preguntó: “Todo esto ha sido muy novedoso pero… ¿dónde estará eso que se llama pasión? Sentir emociones ¿me ayudará a completar mi tesis?”.

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186 p. 61 illustrations
ISBN:
9789877477856
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