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ES DE SOL
ES DE SOL
Ana Fernández de Nazar Anchorena
Editorial Mater
LID
Madrid Barcelona México D.F. Monterrey
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Índice
Portadilla
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
| Fernández de Nazar Anchorena, AnaEs de sol / Ana Fernández de Nazar Anchorena. - 1a ed - Buenos Aires : LID Editorial Argentina ; Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Editorial Mater, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4467-21-81. Superación Personal. 2. Religión Cristiana. I. Título.CDD 248.46 |
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ISBN edición digital (ePub): 978-987-4467-21-8
Directora editorial: María Laura Caruso
Edición: MLC Servicios Editoriales
Diseño: Cecilia Ricci
Corrección: Pablo Di Julio
Primera edición en formato digital: marzo de 2021
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
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“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,
y yo los aliviaré”.
Mateo 25: 28-29


A mi amado Blas, que es LUZ en las tinieblas de la vida.
A mi querida Amparo, la precursora,
que me dio un corazón nuevo para escuchar
lo que Blas venía a decirnos.
A Pedro, Simón y Santos,
los peregrinos fieles de la vida posible.
Los quiero infinitamente.

Introducción

Este es el relato de mi vida y la de mi amada familia. Es la historia del sufrimiento profundo que nos atravesó y del renacimiento que ensayamos todos los días desde el más hondo de los dolores: el de la muerte de dos de nuestros hijos, Amparo y Blas. Es una historia de lucha implacable, de la batalla sólida que dimos mi marido Pedro y yo, junto a Simón y a Santos, los hijos que nos siguen acompañando en el camino de este lado del mundo.
Quería escribir un libro, pero no sobre la muerte de mis hijos, sino un libro sobre nuestra historia y sobre la senda de transformación hacia una vida nueva, pero sobre todo, hacia una vida posible.
Muchas veces me atreví a intentarlo. Pensaba que era algo que podía hacer bien. Necesitaba ponerle palabras a nuestro camino, pero quería escribir con el corazón, para que otros pudieran abrigar la alegría, la tristeza, las ganas de reír o incluso de llorar a mares leyéndome, empatizando con algo de lo que sentí yo en el momento que me tocó transitarlo.
Durante años había intentado concebir una buena historia, una trama que valiera la pena ser contada. Nunca nada me parecía lo suficientemente bueno o relevante. En general porque me gusta escribir de mí misma. Y no es que mi vida fuera especialmente interesante, sino que narrar lo que nos pasa es terapéutico y tiene un efecto liberador que además es sanador. Supongo será por eso que escribir es una actividad que nunca dejé de hacer, aunque solo quedara en la intimidad de mis notas, llevando un pequeño diario o ensayando escuetas oraciones en alguna libreta linda que llegara a mis manos. Dependía del momento, dependía mucho de lo que estuviera pasándome.
Me di cuenta, una vez, que en general había algo especialmente creativo y fructífero en las etapas de dolor, en los ratos de tristeza y en las noches que parecen largas o más oscuras que las demás. Sé mucho de esas noches, incluso antes de la historia que quiero contarles en este libro. No sé por qué. Quizás Dios me haya ido preparando para el dolor, quizás Dios me fuera moldeando y entrenando sin que yo lo supiera, a lo largo de los primeros años, incluso desde el principio de mi vida.
De modo que buscando una buena historia para contar, la historia me encontró a mí. Nace desde lo más profundo del alma, desde las emociones más intensas y en el estado más puro que pudiera sentir jamás. Se la ofrezco en estas páginas, dándome la posibilidad de sanar también yo, escribiéndola y siendo leída.
Descubrí enseguida que escribir suponía una disciplina que no tenía, porque las oraciones más geniales, verdaderas y llenas de sentido, aparecían siempre cuando no tenía lápiz y papel a mano, mucho menos una computadora. En general se trataba de momentos de mucha introspección y soledad o después de rezar, cuando las emociones y recuerdos venían a mí en forma más ordenada y apacible. Eran ratos en los que caminaba por mi jardín o me hacía un rico café por la mañana. Cuando el alma está absolutamente destrozada, los pequeños placeres de la vida son todo. Cada minúsculo momento que antes parecía trivial y mecánico, se transformaba en un pequeño ritual de sanación y de mucho aprendizaje también. Me preguntaba cuántos cafés había tomado en mi vida, calentitos y al reparo de mi bella cocina, una mañana helada de invierno mientras todos mis hijos estaban a salvo en casa o en el colegio, ¡y yo ni siquiera lo había notado, mucho menos agradecido! Seguramente dirán que esto es propio de las personas que han vivido situaciones traumáticas y que no se puede ir por la vida pensando en la rica comida que acabamos de comer, ni mirar con el asombro de un niño el milagro que representa la vida de nuestros hijos, pero se equivocan. Esto no solo debería salirnos intuitivamente del corazón, sino que además es casi una invitación obligada a ponernos en sintonía con nuestra capacidad de reconocer y venerar todo lo que permite que nuestra existencia tenga sentido y esté tan llena de amor y de paz.
Escribí las primeras líneas sentada en mi cocina y me parece tan acertado; porque de algún modo aquí empezó todo, en esta cocina. Aquí comenzó la historia que intento contarles lo más fielmente posible con este relato.
Capítulo

Conocí a mi marido, Pedro, estando los dos en nuestro viaje de egresados de quinto año. No sé si el amor a primera vista existe, pero sí recuerdo el primer minuto que lo vi. Estaba festejando la llegada al lugar donde íbamos a pasar la siguiente semana y se reía con toda su cara. Mi colegio y el suyo paraban en el mismo hotel. Alguien puso un viejo minicomponente en el pasillo y todas las puertas de los cuartos estaban abiertas, transformando el piso entero en una suerte de gran boliche. Una amiga tomó una foto de ese momento y así conservamos hoy, una imagen de los iniciales y escasos minutos del encuentro. Teníamos diecisiete años y una mezcla perfecta de inocencia e impunidad, cuando todavía nos creemos eternos e invencibles y que el mundo se postra servido a nuestros pies. No creo que sintiera amor al verlo, pero sí pensé que ese chico me gustaba mucho.
Pedro es mi mejor mitad y la persona que me hizo saber quién era yo misma. Suena muy cursi, pero la verdad es que Pedro me permitió mirarme a través de su propia mirada. Me puso enfrente de un espejo y lo que se veía en ese reflejo me gustó mucho, como si no hubiera conocido hasta entonces atributos de mi personalidad que él me dijo que tenía. Pero no solo eso, sino que además a Pedro le encantaban tanto, los descubría y quería con tanta convicción, que finalmente terminé aceptándolos como propios y haciéndolos míos. Somos la antítesis perfecta y cada vez que la vida nos impuso sortear situaciones tristes o problemas graves, supe porqué me había casado con él. Si la frase “me preocupa” es una de las más habituales en mi boca, Pedro podría identificarse con el lema “Dios proveerá”. Él nunca espera que nada malo pase, hasta que las circunstancias le indiquen lo contrario. Es un optimista nato, simple, noble y llano. Pedro ama y sufre con sencillez, con bondad. Nunca tiene pensamientos mezquinos o rebuscados sobre algo o alguien y quizás su peor defecto sea la falta de fuerza de voluntad. Para eso me tiene a mí, que soy tozuda y constante como pocas y con cierta agudeza y sensibilidad especial para percibir el mundo, motivo por el cual Pedro a veces se ve obligado a dar un vistazo con mis ojos, quizás chocándose con alguna realidad dolorosa de la que preferiría no tomar nota.
Unos diez años atrás, Pedro me propuso casamiento. ¡Estaba tan feliz! Había esperado ese día durante el larguísimo tiempo de novios y al fin estaba ocurriendo. Trabajé tres años con una diseñadora de vestidos de novia y por esos días tuve la posibilidad de ver muchísimas mujeres felices que iban a probarse los vestidos con sus mamás, suegras y amigas. El proceso de elegir las telas y el diseño era largo, pero valía la pena cuando quedaba concluido y llegaba el momento de ponerse la prenda terminada por primera vez. Recuerdo que se miraban al espejo y recién ahí se daban cuenta que efectivamente aquello estaba pasando: se iban a casar. Las veía con atención y pensaba que más tarde o más temprano yo sería una de ellas.
Tenía en la cabeza todo lo que quería para mi vestido de antemano. Me fui al centro, a una casa de antigüedades, a buscar lo que necesitaba para hacerlo realidad. Compramos un vestido usado muy antiguo y lindo. Se lo llevé a Laura, la diseñadora para la que trabajaba, capaz de hacer magia con sus manos y con su impronta tan característica. Tenía guardado un camisón viejo, pero alucinante, de encaje. Lo había conseguido por un valor irrisorio algunos años atrás en una tienda de venta de usados en el barrio de Flores. Entonces, Laura encontró la manera perfecta de hacer encastrar las dos piezas y transformarlas en una, increíblemente bella y perfecta, que era exactamente lo que yo quería. Mi vestido estaba en camino y la fecha del casamiento, fijada.
Para ese entonces, tuvimos la suerte de poder comprar una casa gracias a la ayuda de nuestros padres. Empezamos a ver departamentos en la ciudad. Íbamos de un barrio a otro tratando de poner en la balanza metros cuadrados y zona, sin encontrar jamás nada que nos cerrara del todo. Admito que no tenía mucha agudeza para buscar y elegir. ¡Cualquier cosa me venía bien! Se estaba haciendo realidad el sueño de mi propia familia y lo sentía como si la mejor parte de la vida estuviera recién por comenzar.
Finalmente terminamos viendo casas en las afueras de la ciudad y sin darnos mucha cuenta de cómo ocurrió, llegamos a la que sería la nuestra. Aquí pasamos los días más felices y las penas más hondas y profundas también. Las paredes de esta casa guardan la historia de la familia que en ese entonces no había nacido y recibió a dos personas que llegaron siendo casi niños despreocupados; personas que veo lejanas y por las que siento infinita ternura. A veces vuelo con la mente a quienes fuimos y nos abrazo con el pensamiento, dándonos ánimo y fuerza por todo el camino duro que tendríamos que recorrer. Me doy cuenta de que no sabíamos nada de la vida, ni de la valentía de la que seríamos capaces aún en las circunstancias más adversas y desgarradoras que hubiéramos podido vaticinar.
La nuestra es una cocina con casa y no al revés. Pedro trabaja con números en una oficina igual a la de casi todos los demás, pero cocinar es lo que más le gusta en el mundo. Es un cocinero amateur, un aficionado, pero lo hace tan bien como un profesional. Aprendió sin cursos, solo por el placer de hacer, viéndolo quizás a su papá o a las señoras que cocinaban en su casa cuando era chico. De grande acumuló horas y horas de programas de cocina y en casa se fueron apilando los libros del mismo tema. De cualquier modo, personalmente creo que Pedro une los ingredientes casi por intuición. Le sale fácil, simplemente porque disfruta hacerlo.
Ser cocinero lo lleva en el alma y no es estrictamente cocinar lo que Pedro hace; él más bien convoca, invita, hace una linda ceremonia que siempre reúne amigos, familiares, amigos de amigos, o incluso algún desconocido que enseguida sabe incluirlo como si viniera a casa desde siempre. Él me enseñó a querer e improvisar en este arte, cuando venía yo de una larga tradición de comida rápida, delivery o take-away. Me mostró que no era una tarea pesada en lo absoluto, sino algo que se puede hacer charlando y tomando un vaso de cerveza helada durante una noche de calor. Puse empeño y ganas y aprendí varias recetas suyas, incluso creo que tengo algún talento especial en los platos fáciles y de todos los días. Pedro dice que ama mis tartas y ensaladas y entonces yo me inflo de emoción, porque conquisté un espacio que no creía para mí y porque me gusta agasajarlo también, claro.
Cuando entramos a esta casa por primera vez, Pedro me dijo: “Quiero esta cocina”. Por suerte pudimos hacerla nuestra y vino con una casa lindísima incorporada.
El primer año de casados decidimos estar solos, sin hijos. No lo recuerdo como un año especialmente feliz, en contra de todo pronóstico. Vivir lejos de la ciudad, con escasa movilidad y pocos amigos cerca, no fue fácil. Era curioso porque lo teníamos realmente todo y especialmente nos teníamos mutuamente. Éramos jóvenes, con toda una vida por delante, entonces, ¿de qué podíamos quejarnos? El mundo estaba a nuestros pies, aunque a veces dudábamos de eso, dudábamos si queríamos todo lo que teníamos o si tal vez habíamos querido mal. Hablamos alguna noche con música sobre la posibilidad de vender la casa y aventurarnos por el mundo sin rumbo, aunque sabiendo que jamás nuestras tan conservadoras vidas permitirían semejante atrevimiento. ¡Y mucho menos nuestros padres, creo! Teníamos alma de niños tratando de hacer lo correcto y nos veíamos como hijos considerados y buenos. Entonces, en medio de toda esa deliberación, llegó Amparo, nuestra primera hija y también la primera gran lección de nuestras vidas. No podíamos adivinar, en ese momento, ni un minúsculo destello, lo que se avecinaba.
Capítulo

Mientras recordaba los orígenes de mi propia familia, volé con la imaginación mucho más atrás, a mi principio, a aquellos días tan remotos que fueron los primeros de mi vida en este mundo.
Muchas veces escuché el cuento del día en que nací. Seguramente el relato contenga algunos errores pequeños, sobre todo porque cada uno percibe las historias de acuerdo a las circunstancias que más nos llaman la atención, tal vez resaltando algo que a nuestros ojos resulta importante y dejando en el olvido otro tanto que fuera también de valor. Sin embargo, no puedo hacer más que escribirla tal y como la escuché, agitando la memoria e intentando ser lo más fiel posible a la verdad.
Nací un día de enero, estando papá, que es Capitán de Ultramar de la Marina Mercante, afuera, en un viaje que no lo esperó. Así que mamá, acompañada por mis tíos abuelos paternos, llegó una noche al sanatorio, próxima a parir. Era la más pequeña de las dos y última hija que tendría en su vida. Cuando pudieron revisarla, supieron que venía todo al revés. Estaba yo absolutamente dada vuelta y nadie lo supo de antemano, porque hasta el control anterior todo parecía ir como se debe. Presionando ya para salir y siendo imposible ubicar al médico que venía demorado de una comida lejana, la chance de hacer una cesárea quedó trunca, para iniciarse entonces el parto como estaban dadas las cosas. De forma tal que encaré ese primer gran paso de entrar al mundo puesta al revés. A veces me pregunto qué habrá pasado en la vida que transcurre en el interior de las entrañas de nuestra madre, para que me diera vuelta de pronto unos días antes de nacer.
Intentaron apresuradamente sacarme de cualquier manera. Durante algunos minutos, el médico que ya había llegado a las corridas, temió por nosotras, por las dos, pero logró que finalmente franqueáramos el contexto ilesas, al menos con seguridad mamá; tal vez y solo tal vez, también yo.
Resultó ser que el cordón se había enroscado no sé de qué manera, impidiendo el pasaje de oxígeno vaya a saber por cuánto tiempo, siendo imposible en principio evaluar daños si los hubiera. El tiempo diría entonces. Mamá estaba feliz conmigo y no se preocupó demasiado. Mi pequeña hermana claramente no se alegraba tanto, pero de a poco todo iría acomodándose entre nosotras. Papá llegó de viaje el día que nos íbamos del sanatorio y en principio nada parecía indicar que hubiera quedado en mí secuela alguna de la proeza del día del nacimiento. Hasta que la abuela Amanda, la mamá de mi mamá, empezó a mirarme diferente, a mirarme mejor y sospechó que algo no andaba bien. Le parecía que tenía la cabeza siempre de lado y que cada vez estaba más inclinada en forma notoria. Pero como los padres a veces no queremos ver o preferimos no escuchar del miedo que nos da que algo le esté pasando a nuestros hijos, mamá la retó bastante, enojada y pensando que intentaban buscar en su beba algún problema inexistente.
Sin embargo, la advertencia resultó suficiente alarma para despertar las suspicacia de mis padres, que empezaron también a verme más detenidamente, hasta que mamá no solo se dio cuenta de que mi abuela tenía razón, sino que además conectó este hecho con algunas características de mi personalidad naciente. Notó que podía pasar horas y horas en la cuna, muy quieta y tranquila, jugando con alguna cosa, pero que lloraba cada vez que alguien se acercaba a levantarme. Mientras estuviera sola y calmada, todo parecía ir bien, pero el movimiento que resultaba de intentar interactuar conmigo o hacerme upa, lograba que rompiera en llanto como si algo doliera, como si algo me hiciera mal.
Entonces me llevó al médico y le dijeron ahí cortito y al pie, que tenía la clavícula rota desde el día que había nacido. El hueso se había quebrado en el parto, en el intento por sacarme apurados esa noche, sin que aparentemente nadie lo hubiera notado. Los meses habían pasado y, para evitar el dolor o no sentirlo tanto, había ido encontrando alguna posición que me calmara, ladeando la cabeza por días y días, generando como consecuencia de la postura persistente, que los tendones y músculos se encogieran, hasta que la cabeza quedó de costado, inclinada.
Papá estaba furioso y creía que nada de eso hubiese pasado de haber estado él con nosotras ese día, lo que me recuerda que la culpa es un sentimiento que nace en los padres en el preciso momento en que nacen, también, los hijos. Con toda esa furia, fue a ver al obstetra. El pronóstico parecía algo complicado, porque algunos opinaban que la única forma de enderezar la cabeza sería operándome y haciendo algún tipo de cirugía para estirar lo que estaba encogido. Mamá se negaba. Supongo que tenía miedo por mí, tan chiquita y la sola idea de que alguien apoyara un bisturí sobre mi cuello, le parecía espantosa.
En esa entrevista tan cargada de bronca entre papá y el médico, con absoluta sinceridad admitió que aquella noche se había escuchado en la sala de partos un ruido extraño, un pequeño “crac” y que entonces habían decidido hacerme una placa de cadera, porque resulta habitual que los niños que nacen de cola tengan alguna lesión allí. La radiografía estaba perfecta y desestimaron entonces la cuestión, creyendo que nada había pasado. Papá preguntaba confundido por qué no siguieron buscando, por qué no miraron de qué otro lugar podría haber provenido el ruido, pero volver el tiempo atrás no era posible y seguir insistiendo en el asunto, no tenía ninguna razón de ser. Errar es humano. Punto.
Buscaron opiniones varias, hasta que alguien les dio una opción alternativa a la operación. Suponía algún tipo de ejercicio para estirar el cuello y volver a ubicarlo en el lugar, básicamente empujando la cabeza hacia el otro lado, rotándola hasta que lo que estaba encogido, cediera. Empecé con una kinesióloga especialista en niños y más adelante mamá misma había aprendido las maniobras y me las practicaba ella misma. Tomó las riendas de mi recuperación, segura de poder sacarme buena. ¡Y sin bisturí!
Me acostaban en una cama, atravesada y con la cabeza un poco colgando. Alguien me tomaba un rato de las manos para sostenerme, derecha y quieta y empezaban a girar y presionar la cabeza para el costado contrario al que estaba pegada. A Dios gracias no tengo consciencia de aquellas sesiones horrorosas que, aunque lograron exitosamente lo que se proponían, supongo habrán significado ratos de extremo dolor que evidentemente no fueron en vano. Tal vez nada sea casual tampoco y la vida nos vaya haciendo más resistentes para lo que vendrá.
Mi tía Amalia y madrina, que es una persona sensible y probablemente mucho menos determinada que mamá, recuerda siempre con horror los llantos en la quinta donde pasábamos los fines de semana. Se siente orgullosa, diría, de poder contar que jamás cumplió la tarea de sostenerme y que, aunque fuera por mi bien, prefería alejarse mucho para no escuchar o ver. De modo que así se fueron acumulando mis primeros llantos, que fueron tantos y tan intensos que llegaron a dibujar algunos moretones en la panza, de la fuerza que hacía para liberarme, gritar y encoger la cabeza, todo junto y a la vez.
A raíz de esto, empecé entonces a pensar cómo se va formando nuestra psiquis y moldeando con las experiencias que nos ocurren desde el comienzo. ¿Cómo sería yo sin este episodio y otros tantos que me pasaron en la vida? Quizás cada hecho fortuito y aparentemente aislado, tenga que ver con los que sucederán después, incluso cuando no podamos ver nosotros la relación que existe entre ellos, siendo que en realidad constituyen todos una cadena perfecta de sentido, donde cada evento resignifica a los anteriores y les da valor.
El siguiente recuerdo de cuando era chiquita, era el deseo enorme de tener una familia grande y llena de hijos. Jugar a la mamá y al papá era mi entretenimiento preferido en el mundo. Cada cumpleaños pedía un bebote nuevo, que jamás eran suficientes. Tenía cunitas, cochecito, moisés y sillita de comer. Papá viajaba muchísimo por trabajo y nos traía unos regalos increíbles en la época en la que no era tan común llegar a Estados Unidos y encontrar cosas que no se conseguían sino allá.
El día que volvía de viaje, después de haber estado ausente más de tres meses, mamá nos hacía faltar al colegio e íbamos todos en dulce montón al puerto para llegar justo antes de que el barco atracara. Recuerdo esos días con tanta emoción. Lo mejor que tenían era la magia que se respiraba en el aire. Mamá llevaría varias semanas a dieta estricta y anhelaba con tantas ganas el reencuentro, que disponía millones de cosas para que fuera perfecto. Los Fernández eran muchos y los viajes de papá los convocaban a largas noches de fiesta en casa, donde se charlaba hasta tarde, se escuchaba música y se contaban anécdotas del viaje y de lo que había ocurrido en casa mientras él no estaba.
El teléfono sonaba sin parar esa mañana. Mamá corría con el secador de pelo en la mano, a medio vestir y pintar, intentando a la vez cambiarnos a nosotras y peinarnos con moños perfectos: “¡Por favor, no se ensucien! ¡Y no se arruguen los vestidos!”. En cada llamado le recordaba a alguien a qué hora llegaba papá y en que dársena atracaba el barco. Entonces partíamos todos al puerto. Me acuerdo que cuando estábamos cerca y ya empezaba a ver los contenedores apilados y algunos barcos de fondo, sentía ansiedad y emoción; ¡y el olor a barco! Los barcos tienen un olor particular y la cercanía al puerto también: es olor a sal y a aceite, a combustible y a mar; olor a llegada y a partida, a premio después de tanta espera paciente, a recompensa sagrada…, olor a mi papá.
No sé por qué siempre teníamos que esperar muchísimo para subir al barco; por alguna cosa u otra, todo se demoraba. Papá salía a saludar desde la cubierta y cuando mamá lo veía… ¡ese momento era todo! Lo hacían por primera vez después de muchísimo tiempo y mamá estallaba de felicidad. Cuando sos chiquita, ver felices a tus papás es lo mejor que te puede pasar, no solo porque te hace bien su alegría, sino porque te sentís segura. Padres felices son padres capaces de protegerte, por eso la llegada de papá era un bálsamo en nuestras vidas. Finalmente, ponían la escalera y podíamos subir. Mis piernas eran cortas aún y la separación de cada peldaño bastante grande. Me daba miedo y miraba el agua sucia debajo de mis pies que golpeaba contra el borde del casco del barco. Llegábamos arriba y papá nos recibía con sus charreteras doradas y la gorra de capitán puesta. Tengo su perfume grabado en mi nariz, mezclado con algo de humo de cigarrillo, porque en esa época papá todavía fumaba. El abrazo entre mamá y papá era largo.
Entrar al camarote me parecía alucinante. Todo en el lugar tenía una mística especial. Tomábamos algo, había alguna charla rápida para ponerse al día con las noticias que no podían esperar y papá recibía a algunas personas para terminar el papelerío que requería el final del viaje. Entonces, nos llamaba a mi hermana y a mí a su cuarto. Arriba de la cama había una pila enorme de juguetes ordenados y dispuestos para nosotras. ¡No sabíamos por dónde empezar! De los miles de regalos que nos trajo en esos años, recuerdo especialmente estos: unos patines increíbles de cuatro ruedas que generaron una pelea entre mamá y papá (mamá le había pedido expresamente que no los comprara porque le parecían peligrosos y que éramos chicas para poder dominarlos, pero que al final los usamos por años y años y eran bastante fáciles de rodar), unas remeras con unas rockeras estampadas (las llamábamos las remeras con las caras locas y nos parecía lo más transgresor que podíamos ponernos) y unas cajitas con figuras de cerámica de chinitos (ese fue el viaje más largo de papá, a China. En ese momento todo lo que trajo me pareció aburrido, nada que ver con las maravillas que se podían conseguir en Estados Unidos y hoy lamento no tener esas cajas de cartón bellísimas con el sinfín de chinitos cuidadosamente pintados adentro). Pero ninguno de ellos me ponía tan feliz como recibir una muñeca. Daba una mirada rápida a los paquetes y buscaba ansiosa alguno que tuviera el tamaño para contener una adentro. Si papá decía que ese viaje no me había traído otra porque ya tenía demasiadas, tragaba con desilusión forzando la cara de alegría por todo lo demás. Y es que para mí nunca serían suficientes muñecas. Amaba peinarlas, vestirlas, cuidarlas y estar con ellas. Me daba un trabajo enorme que mi hermana quisiera jugar conmigo. A ella le interesaban las trepadoras. Y se ponía nerviosa cuando accedía y me preguntaba: “¿Qué muñeca va a ser tu hija?”. Y yo le contestaba: “Todas, todas ellas”. El sueño de tener muchos hijos siguió para siempre, no lo abandoné jamás. Y al día de hoy, le agradezco a Dios haberme dado la posibilidad de cumplirlo.
Capítulo

Supe que estaba embarazada de Amparo justo al año de habernos casado. Encaré esa búsqueda con el miedo de que jamás fuera posible hacerlo realidad, el miedo que acompaña a los deseos que son verdaderos e importantes, aquellos de los que sentimos que sería imposible prescindir. Para mi sorpresa, no supuso ninguna demora. Amparo estaba en camino, solo que en ese primer momento no sabía su nombre o la historia difícil que deberíamos atravesar juntas.
Entonces, queriendo concebir un libro, concebí a mi chiquita estrella fugaz. Con ella nacieron infinitas historias, se despertaron sensores dormidos y se activaron terminaciones nerviosas que creía yo en desuso. Explotaron el llanto, el amor; una nueva forma de amor. La vida apareció ante mis ojos en su estado más verdadero, en su versión también más cruda y con las aristas más difíciles, esas que nos sugieren guarecernos y a la vez no nos dejan escapar.
A medida que las semanas de embarazo avanzaron, el bebé se reveló mujer. Allí mismo supimos que estaba afectada por un virus arrasador que yo misma le había contagiado y que tuvo la oportunidad de atacarla en su etapa más vulnerable; es decir, en el período de gestación, cuando nuestro sistema inmunológico aún en desarrollo no tiene la capacidad de defenderse de la intrusión de un virus como este. Era un virus absolutamente común e inofensivo para cualquier adulto, pero implacable para ella. Los hallazgos ecográficos fueron contundentes y pronosticaban un futuro muy duro. Amparo, que en ese entonces ya tenía nombre, iba nacer muy probablemente con parálisis cerebral. Escuchar la expresión “parálisis cerebral” referida a alguno de nuestros hijos es como una bomba que estalla justo encima de tu cabeza. Te deja aturdido y confundido, tan desorientado que quisieras salir corriendo, pero te das cuenta de que es imposible hacerlo, porque ni las piernas te responden y porque aunque si lo hicieran, no hay lugar donde esconderse. Esto estaba pasando. Era un hecho. Veía mi propia vida como si fuera una espectadora y me percibía como alguien desdoblado de la persona que estaba atravesando esta situación tan terrible y desgarradora.
En aquella oportunidad, conocí un médico que siempre estará cerca de mi corazón y memoria, porque fue un hombre definitivamente eficiente en su labor como profesional, pero sobre todo por ser una persona buena. Intentó todo para salvar a mi hija y darle una chance de curación. Con el tiempo supe que la oportunidad me la estaba dando en verdad a mí, de transitar este camino que nos quedaba andar con la paz de saber que lo estábamos intentando todo. Podía hacer algo por ella: abrazar la posibilidad de este tratamiento pionero y cuyos resultados no eran certeros, pero que aún así valía la pena probar. Porque como bien dijo él, Amparo era una persona, adentro de mi panza o fuera de ella. ¿Y qué haríamos nosotros con cualquier persona enferma que está batallando por su vida en este mundo? Un tratamiento, claro. Ayudarla. Amparo no podía ser abandonada a su suerte, lo dijo clarito. Teníamos que hacer algo. Y en ese tiempo que traté de abrigar la esperanza de lo posible, recibí un llamado enorme adentro mío que me invitaba a rezar.
Rezaba como me salía. No estaba muy entrenada en el asunto y sentía mucho miedo. Quería conmover a Dios y convencerlo de que me ayudara. Para mí, en ese momento, ser ayudaba solo podía significar una cosa: que Amparo se salvara. Salvarse era sinónimo de curarse. No había otra opción en mi corazón y viéndolo ahora en retrospectiva, me doy cuenta de que allí empezó la verdadera historia que quiero contar, la historia de sobrevolar lo humano y la visión acotada que tenemos del mundo, para poder mirar aunque sea unos segundos breves con los ojos de Dios.
Cada vez que hablaba con Dios le rogaba: “¡Salvala, por favor salvala!”. Y claramente quería ser salvada también yo de vivir una vida atada al sufrimiento. Sentía que era demasiado para mí, que no podía aceptar que mi hija jamás me hablara o comprendiera, que quizás ella nunca sabría con la totalidad de su capacidad que era su mamá y todo lo que esa relación especial implicaba. Quería que Dios nos liberara de esta cruz. Temía también que este mundo no estuviera preparado para ella; que la hiciera a un lado, que no la considerara y que le fuera aún más difícil la vida de lo que ya era. Me pregunté cómo recibía nuestro mundo a las Amparos y qué hacemos nosotros para cuidar a personas como ellas. Pensé, entonces, en las primeras veces que recé estando embarazada, cuando tal vez Dios ya me estaba preparando, aunque yo no lo supiera, cuando repetía casi de manera única y constante: “Por favor Dios, ayudame a ser la madre que mi hijo necesite”. Más tarde me daría cuenta que sería ella, al final de cuentas, la hija que yo necesitaba.
Un día mamá me llevó a una Iglesia de las Carmelitas y vi allí una imagen de María sosteniendo a su hijo, Jesús ya muerto y entregado. Me puse a llorar desconsoladamente y me paré con mi panza ya visible y avanzada. Quise rezar y mi rezo se hizo presente con una voz suave y calmada que dijo en silencio: “Que se haga Tu Voluntad y no la mía”.
Amparo murió dentro del vientre materno, es decir adentro de mi panza. En un control, que eran frecuentes y difíciles, el ultrasonido hizo prolongadamente un sonido hueco y profundo, parecido a estar sumergido en el mar. Era un sonido que estaba lleno de silencio. Entonces, cuando nadie se animaba a hablar en ese cuarto, cuando el médico no quiso precipitarse, ni Pedro preguntar lo que todos pensábamos, me adelanté y dije: “No se escuchan los latidos del corazón, ¿no?”. Y aunque faltaban más pruebas para corroborar que ella se había ido definitivamente, empecé a llorarla.
Como ya estaba cursando el 7mo mes de embarazo, fue necesaria una cesárea para sacarla. Sacarla… esa es la palabra, porque no iba a tener la posibilidad de darla a luz, ni de que ella conociera este mundo. Amparo había volado más allá, desde el cobijo que en ese momento sentía escaso y roto de mi interior, a los brazos de Dios. Recuerdo estar acostada en la camilla antes de la cirugía y repetirme una y otra vez: “Esto no me está pasando, esto no es real”. Con los años iba a revivir una segunda vez este sentimiento tan extraño de querer negar lo que se manifiesta con la potencia de lo definitivo e irremediable.
Siempre cuento que esa primera noche después de la cesárea, quedé internada en el piso de maternidad. Escuché muchos bebés llorar, quizás del cuarto contiguo o de las cunitas que los trasladan desde la nursery hasta donde están sus mamás. Apreté los ojos y me dije a mí misma que si podía sobrevivir aquella noche, sobreviviría a cualquier otra cosa en la vida. El dolor que sentí, quedó impreso en mi memoria y sentó un precedente de fortaleza y resistencia del que mi corazón tomó secretamente nota.
Este hecho tan duro, tan desgarrador en la vida de Amparo y en la mía, supuso la puesta en marcha de un proceso que había sido concebido con ella, aunque todavía estaba demasiado golpeada para verlo acabadamente. No podía abarcar con el entendimiento nada de lo que me estaba ocurriendo, sin embargo sí sabía dos cosas: la vida jamás sería la misma (y esto no era necesariamente algo negativo) y tenía la convicción de que estaba siendo convocada a algo a través de este dolor gigante que desconocía completamente.
Antes de Amparo, estaba muda de historias. Ella desbordó infinitos sentimientos, que necesitaban ser acotados en algún lugar. Muchas veces discutimos Pedro y yo sobre qué íbamos a hacer con tanto que sentíamos o dónde lo poníamos para seguir viviendo, para no sentirnos afuera del mundo y tan extremadamente en carne viva. Alguien nos dijo que teníamos que encontrarle un espacio, un lugar donde pudieran descansar ella y nuestro corazón roto. Entonces empecé a escribir, sin conducta alguna, pero logré igual darle forma a muchas ideas que me ayudarían varios años más tarde; notas escuetas volcadas en un papel cuando aún no conocía a mí amado Blas. Acotar el dolor gigante y recibirlo en nuestro corazón para transformarlo y darle un ribete posible a la historia, es tarea casi obligada y diría yo la única manera de seguir en la vida. Porque el mundo avanza inexorablemente sin piedad, aún cuando nuestro pequeño universo acaba de detenerse y explotar en millones de pedazos.
Estando embarazada, mamá me regaló una imagen de una india con vestido verde que también estaba embarazada. Me gustaba mucho y limpiando una mesita sobre la que descansaba, se me resbaló de las manos, partiéndose en muchas partes y ya no teniendo arreglo alguno. Le dije a Pedro cuando llego del trabajo: “¿Vos crees que será un mal augurio?”. Y él me contestó: “Dejate de pavadas”. La otra imagen que tenía y que también representaba una mujer embarazada, fue la de la Virgen María. Era una figura que todas las mujeres de la familia fueron teniendo y pasándosela en cada ocasión de sus embarazos. Para cuando llegó el mío, descubrimos que en realidad había dos estatuitas dando vueltas, solo que una estaba extraviada. En la casa de mi hermana quedaba la que conservara por haber sido la última en tener a su bebé, pero no sabía si dármela o no porque dos tías la reclamaban y se atribuían la propiedad de la estatuita que guardaba. Finalmente aparecieron las dos, pero producto de la disputa, la Virgen llegó a casa demorada, aunque siempre segura.
Ahora pienso que la rotura de la india embarazada no fue un mal presagio, porque lejos estoy de ser supersticiosa, pero tal vez sí fuera un símbolo del dolor, de lo permanente e irreversible que nos ocurriría. La Virgencita traía, en cambio, un mensaje mucho más lindo: que Ella tiene sus tiempos; que Ella sabe siempre cuándo llegar y cuándo retirarse. Como una buena madre.
En ese momento difícil que nos tocó transitar a Pedro, a Amparo y a mí, Dios nos puso una cruz enorme al hombro que llevamos muchas veces con bronca, pena y desilusión, pero también con esperanza e incluso con la leve percepción de que algún tipo de redención nos estaba siendo regalada, producto seguramente de una nueva forma de amor, una manera diferente de sentir que jamás hubiese sido posible sin nuestra querida hija Amparo.
Dios caminaba con nosotros y también lo hicieron personas que fueron especiales en ese camino; personas íntegras, nobles, bondadosas y capaces de tender una mano cuando Pedro y yo sentíamos que nos moríamos también. Personas que supieron cuidar a nuestra hija cuando nosotros mismos no podíamos hacerlo; personas que la supieron querer y abrazar. Personas que vieron en ella a otra persona; una que no respiraba sino a través de mí, una que no se alimentaba sino a través de mí, una que no podía quejarse, llorar o sonreír, una que incluso solo tenía cara en nuestra imaginación, pero que no dejaba de ser por eso, menos persona que cualquiera de ellos. Y a estas personas les estoy inmensamente agradecida, por luchar por mi hija, por no abandonarla, por mirarla con respeto, por ver a Amparo, enferma, chiquita, dormida dentro mío, pero plenamente viva.
Recuerdo que las primeras semanas que le siguieron a su muerte, empecé tímidamente a juntar pedazos rotos de nuestra antigua vida. Inocentemente creí que podía volver, de alguna forma, a unir las piezas hasta que quedara una única faltante. Tal vez podría yo vivir con un solo hueco… No sabía, durante ese primer rato, en el que uno está como aturdido y anestesiado, dudando si lo que pasó era real o solo una espantosa pesadilla, cuán grande y hondo era el agujero y cuánto más difícil sería que juntar partes y reunirlas. Se trataba más bien de nacer de nuevo y de morir incluso un poco nosotros para empezar otra vida, una diferente.
Pasé muchos días sola en casa lidiando con mi pena, que era grande y profunda. Me recluí del mundo porque todo me lastimaba. Estaba en carne viva y la vida misma era una amenaza potencial, capaz de escarbar en la herida aún abierta y darme el golpe de gracia que en algún punto anhelaba.
Pedro se puso nuestra mínima familia al hombro y volvió al mundo, un poco porque no tenía más opción y otro tanto porque alguien debía permanecer cuerdo para sacar a flote lo que quedaba de nosotros. Tenía miedo de que yo me volviera loca y se lo preguntó preocupado a mi psicóloga por teléfono. Entonces ella le contestó: “No te preocupes, no está loca, simplemente está muy, muy triste”. Y era verdad. Enojada también. Muy enojada contra todo y todos, incluso conmigo misma. Me sentía culpable y repasaba la historia hacia atrás tratando de detectar cuándo había contraído ese maldito virus que se había llevado a mi hija. Era un pensamiento absurdo, claro está, porque saberlo no habría cambiado nada de lo que me dolía, pero la cabeza nos juega muchas malas pasadas cuando estamos vulnerables y débiles de tanto dolor.
El sentimiento más recurrente que tenía, era que no quería vivir en un mundo donde no estaba Amparo. ¿Qué importancia tendría ver un lindo amanecer, la imponencia de una ola en la playa o incluso la sencillez de un desayuno en nuestra casa si ella no estaba ahí para mirarlo conmigo? Me parecía absurdo. Un día llegó Pedro del trabajo y yo estaba llorando como de costumbre. Le dije con lágrimas corriendo por las mejillas y con una voz gutural y cerrada: “¡No puedo vivir sin ella, no puedo!”. Fue la primera vez, después de muchos días de consuelo y abrazo contenedor, que Pedro me agarró de los dos brazos, me sujetó firme y me miró a los ojos diciéndome: “¡Lo lamento, pero vas a tener que poder!”. Fue un momento que recuerdo muy vívidamente. No me lo esperaba y me sacudió todas las emociones a la vez.
Muchas noches, mientras Amparo estaba enferma, pensé en ella adentro mío. ¿Qué estaría sintiendo, qué escucharía o percibiría? Por algún motivo, pensé también recurrentemente en mí y en la historia del día que nací y los días que vinieron después. Me daban ganas de protegernos a las dos, pero no había nada que pudiera hacer. Me sentí impotente con Amparo por no haber sido suficiente para mantenerla a salvo, me sentí incapaz conmigo misma porque la que fui y ya no estaba. Abracé a las dos bebitas con el corazón y derramé infinitas lágrimas por ellas; por tener que sufrir tanto siendo pequeñitas, por sentirse tal vez solas, en la soledad que la vida les impone inevitablemente a los bebés al principio, cuando no pueden hablar y dependen de alguien que los mire con mucho amor para descifrar qué necesitan.
Tenía una suerte de flashbacks permanentes y me veía siempre a mí siendo niña. Recordé mi infancia, los veranos en la quinta, la relación que tenía con mi hermana y con mis primos. Me vi en los primeros días del jardín, los primeros amigos y las incipientes redes que tejí sola, ampliando el mundo social originario que es la familia. Podría decir que tuve una infancia convencional, tranquila, pero sobre todo me recuerdo con una vida interna rica e inalcanzable para los demás. Creo que vivía también de mis sueños, en un mundo paralelo y profundo. Me acuerdo, por ejemplo, que alguna vez pasé horas y horas preguntándome en qué idioma hablaría Dios. Estaba segura de que era el castellano, entonces deduje que yo era una privilegiada por hablar el mismo idioma que Él. Se lo comenté a un primo mayor, en la galería de la quinta. Intentó explicarme que estaba confundida, que en todo caso Dios hablaba todos los idiomas juntos, pero que Jesús, cuando vivió en la tierra, hablaba un idioma muy distinto al castellano. Me pareció confusa su respuesta y seguí convencida de mi postura, creyendo que Dios hablaba el mismo idioma que yo. Ahora que lo veo a la distancia, me produce infinita ternura deducir qué significaría para mí “el idioma de Dios”. Creo que hay algo casi mágico en darnos cuenta que hablamos su mismo idioma. Porque el idioma de Dios es a veces confuso y seguramente más fácil de entender para un niño que para un adulto. Su lenguaje solo podemos comprenderlo si tenemos el corazón abierto y dispuesto; si estamos preparados para el dolor o para el sufrimiento, sabiendo que siempre estará cerca una mano amiga que nos sostenga y nos ayude a andar. Dios nos habla desde el silencio, desde la duda y muchas veces no entendemos nada cuando Dios nos habla. Entonces en la frustración de no entender, aparecen el enojo, la rabia y preguntarnos una y mil veces por qué algo tan terrible nos tuvo que ocurrir a nosotros.
Cuando Dios me hablaba en un idioma que era demasiado duro para que pudiera escuchar, el médico que nos acompañó me dijo que quizás no se trataba todo de entender, sino de aceptar; de no ofrecer resistencia y en cambio descansar en lo que nos toca, confiando en que el secreto se revelará algún día y que muy probablemente cuando ese día llegue, ya no tengamos tantas preguntas o incluso ninguna. Asimismo, me aseguró que no había cantidad de entendimiento suficiente y disponible en el mundo para abarcar la muerte de un hijo. A veces las personas queremos pensar con la mente cuestiones que solo pueden meditarse con el corazón.
Quisiera explicarles lo que resulta de la pérdida de un hijo, pero la pretensión es demasiado grande y jamás encontraría las palabras para ser completamente fiel a lo que sentí. De hecho, lo primero que advertí fue una soledad extrema, porque me vi atrapada en el silencio al que nos condenaba la ausencia de palabras y la incapacidad de contarle a cualquier otro lo que estábamos viviendo. Me di cuenta de que cada sensación tenía ahora un significado nuevo: el miedo, la pena, el dolor, la tristeza, la angustia y la desesperación. Descubrí que nunca antes había sentido verdadero miedo o verdadera angustia; que lo otro solo eran algunas facetas tímidas de la sensación que ahora me invadía toda y me arrasaba. Era como una suerte de aluvión y el cuerpo resultaba demasiado pequeño y débil para contenerlo. Entonces todo el mundo intenta decirte algo, ayudarte con alguna palabra que haga las veces de narcótico. Pero las palabras son, como dije, siempre escasas y hasta resuenan vacías y casi ridículas cuando la pena es tan grande.
Domesticar el dolor es una meta grande y necesaria. Y cada vez que sentía que no me esforzaba por combatirla, recordaba el cuento de los baobabs en “El Principito” de Saint Exupery. El Principito quería tener una oveja para que se comiera los baobabs que amenazaban con invadir su diminuto planeta. Entonces, el aviador perdido con quien dialoga este pequeño niño a lo largo de la historia, le hace notar que una oveja jamás podría comer árboles tan grandes. Sin embargo, el Principito muy astuto y con la perspicacia que caracteriza al personaje, le contesta que los baobabs, antes de ser gigantes e indomables, fueron también mínimas plantas o incluso un diminuto brote, capaz de ser arrancado por cualquier criatura pequeña. Él mismo se tomaba el trabajo cada mañana de identificar sus incipientes tallos para luego extraerlos cuidadosamente con una pala. Le advierte así al aviador, la importancia de no dejar nunca de hacer esta tarea, porque una vez crecido, el árbol sí sería más fuerte, más grande e imposible de extraer. Los baobabs se parecen a la tristeza, que crece en la medida en que la dejamos ser y que se fortalece cada día que no batallamos contra ella. La pena también tiene su talón de Aquiles, solo que cuando estamos cansados y bajo su dominio, no tenemos fuerzas para erradicarla o para domarla al menos y mantenerla a raya. Entonces, producto de la inacción, se vuelve grande, cada vez más grande, como un baobab, como un árbol inmenso y enraizado que lo oscurece todo con su sombra y ya no nos deja ver el sol.
Este pensamiento me asaltó cuando fui consciente de la angustia de Pedro. Él también sentía pena, pero no por Amparo, porque ellos tienen una relación que a veces envidio en secreto, sin tanta lágrima y furia de por medio. Amparo y Pedro simplemente se quieren a la distancia, como se quieren las almas que están conectadas para siempre, las que no necesitan de la inmediatez del tiempo, ni del contacto físico. Amparo y Pedro se acompañan y se cuentan, se ayudan, se enseñan, se abrazan desde lejos y para ellos es casi lo mismo o más especial aún. En realidad, Pedro sentía pena por mí y porque temía que mi tristeza se convirtiera en un baobab gigante que ni siquiera él, con todo el amor y la paciencia que me tenía, pudiera extirpar. Pedro me dijo un día, que mi ausencia era peor que la de Amparo, porque el alma de Amparo estaba con él, con los dos, en cambio de mí ya no quedaba nada más que un cuerpo vacío, un cuerpo despojado de mí. Y era verdad. Necesitaba hacer un trabajo profundo para aprender a llevar esta cruz que juzgaba demasiado pesada y adentrarme en los misterios de la vida entregada, confiando en el poder que habitaba en mí y en la potencia de la oración cuando le pedimos abatidos a Dios que el trabajo duro lo haga Él.
El tiempo fue pasando y aunque todavía me faltaban millones de kilómetros por recorrer, la muerte de Amparo pudo trascender la tragedia y calar hondo en nuestras vidas, transformándolas y haciéndolas nuevas, volviéndolas más auténticas, sentidas y parecidas a Dios. Amparo nos enseñó que no hay que dar nada por sentado, que la vida puede tener giros inesperados aún cuando pareciera que todas las cartas ya están echadas a nuestro favor. Nos entrenó en el dolor y en el sufrimiento. Amparo redefinió las palabras miedo, pena y angustia, pero también redefinió la palabra amor y sobre todo, la palabra vida. Amparo nos mostró cómo hablar con Dios. Nos hizo pequeños y vulnerables, pero también protegidos por su mirada siempre atenta y compasiva.
Muchas noches le pedí a Dios que salvara a mi hija Amparo. Le pedí que la salvara sin darme cuenta de que tal vez era yo la que estaba siendo salvada; que Pedro y yo estábamos siendo salvados e invitados también a vivir una nueva vida a través de ella. Y esto es lo más noble, puro y bondadoso que pudo hacer nuestra hija por nosotros. Nuestra querida Amparo, que tuvo una historia corta pero intensa, que parecía un ángel dormido, incapaz de ser corrompido por ninguna enfermedad, incapaz de ser limitada por ninguna dolencia de este mundo. Dios le dio a Amparo alas para que fuera libre y volara más allá. Pero en su paso supo darse entera. Nos dio su amor y su sabiduría. Me hizo mamá. No sabía cuánto me faltaba rumiar todavía, cuántas noches de oración profunda tendría por delante y cuántas ideas quedaban por madurar y acoger en el alma.
Por eso le agradezco a Dios todos los días por habérmela dado, por haberme elegido para ser la mamá de un ser tan especial como mi Amparo, por ser yo bendita entre todas las mujeres, casi como María, por haber tenido una hija como ella. Amparo nos señaló el camino, porque muchas veces la vida es lo que nos ocurre mientras insistimos en seguir planeándola; nos preparó el corazón para estar atentos, para ser dóciles y mansos a las circunstancias que no podemos cambiar y dejó entrever que la única forma de reponernos y volver a andar, es descansando en Dios, cuya cruz es también soporte, bastón y puente a la morada donde mi hija habita. Amparo me hizo notar que Dios nos habla, todo el tiempo y de diversas maneras. A veces lo hace un poco bajito y el ruido del mundo no nos deja escucharlo; algunas otras solo un corazón ciego y sordo podría pasarlo por alto. Me pregunto, entonces, si Pedro y yo habríamos tenido antes corazones ciegos y sordos.
Leyendo una vez un librito biográfico sobre la historia de la hija de alguien más que se fue de este mundo, encontré una frase que escribió la mamá durante su agonía. Rezaba así: “…María, si la quieres, es tuya, pero cómo nos gustaría que la dejaras con nosotros…”. Me sentí infinitamente identificada con su ruego y a la vez me impresionó tanto su humildad y entrega. Me miré en esas notas como en un espejo, temiendo, suplicando, sufriendo un dolor sin nombre, pero también ofreciendo nuestras hijas a Dios. Es difícil aceptarlo a veces, pero las manos de Dios son incluso mejores que nuestras propias manos, las manos con las que hubiésemos querido protegerlas y acunarlas hasta el fin de nuestros días, no el de ellas. Solo la sensibilidad y la grandeza de una madre que ama profundamente a su hija puede decir en el momento más oscuro, en ese instante extremo donde se desgarra el alma y también el cuerpo: “…María, si la quieres, es tuya…”.
Capítulo

La vida siguió su curso y nos atrevimos a soñar una vez más. Éramos muy jóvenes, recién empezábamos y nos merecíamos otra oportunidad. Sin embargo, algo había cambiado en mí para siempre. Sentía una conexión especial con Dios que me mantenía despierta. Si Él había querido llamar mi atención, ciertamente lo había logrado.
En diciembre del año siguiente nació mi amado Simón. Siempre le pregunto: “¿Ya te dije cuál fue el día más feliz de mi vida? Fue el día que naciste vos”. Quizás con cierto sentido de consideración hacia sus hermanos, Simón me responde tímidamente: “Y el día que nacieron Blas y Santos”. Lo correcto sería decir que sí, pero estaría faltando a la verdad. Los padres rara vez nos permitimos admitir que todos los hijos nos inspiran sentimientos diferentes en intensidades igualmente distintas. Claro que los días que Blas y Santos nacieron fueron súper felices, pero lo que yo sentí cuando nació Simón fue sublime. Mi hijo me había dado el último empujón devuelta al mundo real. Tenía tantas ganas de vivir como nunca antes y ciertamente tanto más desde la muerte de Amparo hasta ese día glorioso. Había llegado la hora de disfrutar. Me lo había ganado, después de tanto tiempo de tristeza y de un embarazo al que había renunciado a percibir como algo bueno en sí mismo y carente de amenazas. Simplemente no había podido hacerlo, solo había esperado con la mayor calma de la que era capaz, que el médico me entregara a mi bebé vivo y aullando. Todos somos hijos de nuestras propias historias, tuve paciencia y piedad conmigo misma por sentir así y aceptaba con resignación que no fuera una opción andar por la vida siendo una embarazada feliz.
Simón me fue sanando con su amor. Su existencia permitía que volviera a sentirme como yo misma. Ya no era una extraña para mí, ni el mundo que me circundaba una amenaza latente. Por el contrario, me sentía orgullosa de lo que había logrado. ¡Miraba hacia atrás y me parecía la vida de otra persona a la cual había sobrevivido!
Cuando un par de años pasaron, sentí ganas de intentarlo una vez más y empezamos a buscar a Blas con muchísima emoción. Blas fue mi único hijo que tardó en venir. Lo invoque meses y meses, que algunos fueron demasiado largos. Realmente quería tener otro hijo y descubrirme en una nueva oportunidad para vivir su espera despojada de toda tragedia. Finalmente un día supe que estaba embarazada. Lo habíamos logrado otra vez. Blas fue mi hijo de la esperanza, mi hijo que trajo consigo la bendición de reescribir la historia y hacerme saber que todo lo que no es, puede llegar a ser. Me hizo redefinirme como mamá, ¡y ver en mí atributos que desconocía absolutamente!
Blas y yo éramos muy distintos, razón por la cual me gustaba mucho estar con él. Siempre fui demasiado tímida e insegura, muy enroscada en pensamientos profundos, que me volvían bastante más compleja de lo que hubiese querido. Mientras yo viajaba por el mundo pesada y dando solo pasos seguros, Blas más bien flotaba y daba pasos felices. La diferencia entre seguro y feliz me la hizo notar mi pequeño Blas. Tuve la sensación de haber vivido toda una vida buscando seguridad y la seguridad era para mí altamente valorada. Pero tenía un gran y único defecto por el que valía la pena salir de la madriguera que cuidadosamente había fabricado: un lugar seguro no es, casi nunca, un lugar feliz. Deseaba tanto ser feliz y solo pude darme cuenta de ello a mis treinta y tres años, después de la vida que nació cuando llegó Blas.
Mi hijo era una persona magnética. Atraía a todos hacia sí sin hacer ningún esfuerzo por conquistar el corazón de nadie. Muchas tareas agotadoras que definen a las personas para agradar a los demás, definitivamente no tenían nada que ver con su personalidad. El centro de su vida era nuestra familia y volcaba todo su amor de forma completa, desinteresada y sin pedir jamás nada a cambio. Sus hermanos eran destinatarios especiales de un amor que nunca juzgaba ni intentaba cambiar al otro. Blas los quería sin reservas, así como eran, algo que me ponía a pensar varias veces que de algún modo él era mejor con ellos que yo misma. No sé si sería apropiado decir que los amaba más, pero ciertamente lo hacía mejor. ¿Por qué? Porque lo hacía aceptando la totalidad de quienes eran, con sus defectos y virtudes, con lo que tenían para ofrecer y con sus carencias.
Muchas veces sentía que quería aprender de Blas dos cosas por sobre todas las demás: ir por la vida despegada del suelo y amar como él amaba. Y esto que les cuento fue anterior al desenlace de su historia en esta vida. Existe una concepción muy frecuente de que las personas que mueren gozan de la mirada compasiva de quienes los sobreviven, que tienden a recordar lo bueno que había en ellas y minimizar o incluso negar sus puntos flacos. Y si esa persona es un niño de tres años y medio, ¡más aún! Pero les aseguro que no es el caso de Blas. Este chiquito era verdaderamente especial. Si tuviera que definirlo en una oración, diría que era bueno, bueno en el sentido más amplio del término. Intento buscar las palabras adecuadas, pero ninguna basta para que puedan abarcar mis lectores quién era él. Entonces, me limito a desearles que puedan tener cerca “un Blas” en su vida alguna vez.
Simón supo lo bello que era tener un hermano amigo al lado suyo. Se buscaban, se peleaban, se querían, compartían gustos e intereses. Blas lo seguía por todos lados. Creo que nadie más en el universo volverá a sentir alguna vez lo que Blas sentía por Simón. Era un amor cargado de orgullo hacia su hermano mayor, un amor compasivo, un amor que buscaba siempre el objeto de ese amor. Cuando Blas empezó el jardín, Simón fue el gancho para que se quedara. Las maestras lo llamaban para que Blas se sintiera a gusto. Donde estuviera su hermano Simón, era siempre un buen lugar.
Apenas cumplió un año, quedé embarazada de Santos. Fue una noticia que me tomó por sorpresa y mi hijo en camino me enseñó una lección que atesoro al día de hoy como una de las más bellas y reales, aunque a veces no ocurra con la frecuencia que deseamos: la tragedia puede irrumpir en tu vida y cambiar tu existencia repentinamente; pero algo mágico también puede suceder una mañana cualquiera, cuando nada te hace sospechar mientras desayunas distraída, que ese día te deparará un cambio completo y feliz que va a transformarte para siempre.
Recuerdo ese momento como uno de los más perfectos de mi vida. Estaba alucinada con la idea e incluso que fuera sorpresivo lo hacía más agradable todavía. De algún modo me sentía completa y que la vida había sido “justa” conmigo. ¿Qué más podía pedir? Tenía todo para ser feliz al alcance de la mano y ensayaba de a ratos una teoría, que hoy considero absurda, sobre la compensación. Dios me había premiado después de tanto dolor y me invitaba inexorablemente a vivir en paz.
El tiempo fue pasando y los chicos crecían sin mayores problemas. Vivimos en un país donde claramente siempre algo nos quita el sueño, pero la verdad es que Pedro y yo no teníamos grandes preocupaciones. De cualquier manera, hablábamos mucho sobre la idea de la felicidad. Era un tema recurrente en nuestro matrimonio y sobre qué hacíamos ahora que habíamos alcanzado la parte más importante de nuestro proyecto de vida. En mi interior anhelaba la posibilidad de ser mamá una vez más y en este sentido creía que el proyecto familiar no estaba concluido. Pedro, por el contrario, estaba decidido a no a tener más hijos y se veía a sí mismo como un plan sin rumbo o incluso frustrado. Él siempre fue un apasionado y un soñador y, en cierto punto, el proyecto familiar que requería un sustento económico obvio, había recaído siempre sobre sus hombros. Pedro quería cocinar, arte que domina y disfruta como pocos, o conocer distintos países y sus culturas… Quería tener algo que no tenía y envidiaba sanamente a los muy pocos que lo han logrado en esta vida: tener una vocación. La frase dice: “Ama lo que haces y no tendrás que trabajar por el resto de tu vida”. Ese era su anhelo mayor.
A veces le decía que todavía estaba a tiempo, pero la verdad es que no lo expresaba con convicción. Ocuparse de tres chiquitos menores a cinco años supone un desgaste grande y una entrega enorme de nuestro propio tiempo, energía ¡y libertad! Para mí cualquier renuncia valía la pena, porque ellos eran mi sueño completo. Para Pedro también, pero insistía en que una cosa no debería anular a la otra y que ese ruido que sentía diariamente en su interior lo llamaba a hacer algo.
Para esta época que les cuento, un poco de la magia que había derramado la vida de Amparo, se había diluido. La realidad nos estaba tragando. La rutina, la falta de tiempo y espacio, o mejor dicho el tiempo mal invertido y despilfarrado como si no fuera este un bien escaso que cuidar. Vivimos en un mundo que ha inventado tantas necesidades, ¡tantas! Y nos han convencido que no es posible una vida sin estas necesidades satisfechas, necesidades que no tienen nada que ver con la esencia del ser humano y su capacidad de explotar sus potencialidades. ¡Mucho menos de ser felices! A veces añoraba mi etapa de dolor, porque haber estado recluida del mundo y con el corazón abierto, daba lugar a la conexión con lo que era bueno y sacro. Traer esto a colación me recuerda que el hombre es el único ser capaz de tropezar dos veces con la misma piedra.
Entonces llegó la Navidad del 2018, el día fatídico que cambió nuestras vidas para siempre. Salimos de casa siendo cinco y volvimos solo cuatro de nosotros. Decirlo y escribirlo, me sofoca el corazón; y vuelvo a experimentar la agonía que sentí ese día y los siguientes, un dolor que no podría nombrar porque es mudo y sordo, un dolor que te atraviesa al medio y te desgarra con la potencia de lo que es mortal y permanente, un dolor que amenaza con destruirlo todo y no retirarse jamás, un dolor que no admite escondites ni fugas, que es amenaza hasta de lo que considerabas conquistado y ya propio; un dolor que te arranca una a una las capas del corazón hasta dejarte desnuda el alma, quizás en el estado más puro que esta haya tenido desde que éramos bebés recién nacidos.
Los detalles de su muerte no tienen importancia. Blas se ahogó en una pileta el día que todos festejábamos la Navidad el 25 de diciembre. Mientras decía incoherencias y rezos atolondrados detrás de la puerta de un cuarto de RCP en el hospital, comprendí que mi vida pendía de un hilo, que estaba por morir también yo. Mí amado Blas, mi bebé… “Él es mi bebé, no podes llevártelo, no me hagas esto, por favor te lo suplico, no me quites a mi bebé yo no voy a poder vivir sin él, te ruego que no te lo lleves”. Sabía adentro mío que Blas se moría, lo supe incluso cuando por un momento lograron sacarlo del paro cardíaco... Mi hijo se iba a morir.
Nunca entendí cómo salimos de ese hospital y volvimos a buscar al resto de nuestros hijos a la casa llena de gente en donde estábamos. La llamé a mi hermana con un teléfono prestado y dije las palabras más sufrientes que pronuncié en toda mi vida: “Blas se murió”. Y el corazón se me vuelve a desarmar en mil pedazos, que tengo que detenerme a juntar antes de poder seguir escribiendo esta historia que les estoy contando.
Volvimos esa noche a casa en estado de shock. Estábamos adormecidos y francamente un poco muertos también. Dijimos algunas palabras desesperadas en el auto. Simón y Santos viajaban en silencio en la parte de atrás. Me di vuelta y vi el lugar de Blas vacío. Tenía sus zapatos en la mano y los abrazaba pensando que aún conservaban el calor de sus pequeños pies en ellos. Reparé en que sus zapatos también estaban vacíos y de pronto sentí que todo, absolutamente todo, estaba vacío de él. Simón se había acurrucado al lado de Santos y le tomaba la mano, quizás como una forma desesperada de calmarse y buscar consuelo él mismo más que por una intención de contener a su hermano bebé. La mente iba a mil por hora y los pensamientos era tantos y tan potentes que se agolpaban sin darme la posibilidad de procesarlos, identificarlos o decodificarlos. Me voy a volver loca, pensé.
Cuando Amparo murió, supe que podía descansar en la fortaleza de Pedro y me di el lujo de desmoronarme tranquila y completa, sin preocuparme por nada más que el dolor que sentía en el corazón. Esta vez, miré a la persona que manejaba inanimado nuestro auto. Me había dicho en el hospital, sentado hecho un ovillo en un rincón del piso: “Yo me acabo de morir”. Temí por nuestro futuro, si es que todavía existía algún futuro posible y pensé que todo lo que estaba pasando podía ponerse más aterrador aún. Esta vez me tocaba a mí tirar del carro donde subí uno a uno a todos los miembros vivos de la familia y empecé a moverlo, esa misma noche, a unos escasos minutos de la muerte de mi amado Blas.
Dormimos en la casa de mis padres. Cuando algo terrorífico nos ocurre, siempre volvemos a la vulnerabilidad propia de la niñez y mamá y papá eran mi único lugar seguro en el mundo. Los vi quebrados de dolor y me sentí infinitamente culpable por ocasionárselos. Me atormentaba pensando que había hecho algo malo, muy malo, que le había costado la vida a Blas y que además repercutía en quienes yo más quería hasta hacerlos desfallecer de pena para siempre. No podía mirar a mi familia ampliada. Les había quitado a su queridísimo Blasito y no había nada que pudiera hacer para subsanarlo.
Los imaginé festejando en otro lado aquel día, la casa llena de gente con motivo de la Navidad, cuando ninguno presentía que el peor llamado de sus vidas estaba por llegar. Recordé la noche que llamé a papá y a mamá, estando ellos de vacaciones en una casita que tenían en la playa, para decirles que Amparo estaba muy enferma. Mamá trataba de ensayar una respuesta del otro lado del teléfono y de mis lágrimas eternas, mientras papá lloraba sentado en un sillón abatido.
Me acosté en la cama y apagamos la luz. Miré el techo y el mundo se detuvo. Repasé mentalmente las últimas semanas. Siempre fui una persona demasiado sensible, perceptiva e intuitiva. Tal vez lo heredara de mi abuela Ofelia, que tenía un sexto sentido extraño que la asaltaba en general sin que ello le gustara demasiado. Los días anteriores a la muerte de Blas, Pedro y yo habíamos estado en alerta. Algo raro nos ocurría y no sabíamos qué era. Sentíamos que nos costaba trabajo estar en pie y que no teníamos energía para andar. Lo comentamos entre nosotros y dijimos: “Algo está pasando, pero no sabemos qué es”. El año estaba llegando a su fin y muy probablemente estaríamos exhaustos y agotados. Sin embargo, este sentimiento me mantenía en vilo.
Tuve un sueño recurrente esos días de diciembre de los que despertaba sobresaltada y asustada. Soñaba que el agua se llevaba nuestra casa. El avance de la humedad era tan grande, que arrancaba pedazos del techo y de las paredes, dejando agujeros por los que no me atrevía a mirar. Entonces llamaba a distintos especialistas en reparación y me veía a mí misma parada siempre en el living con algún buen hombre al que le rogaba ayuda para tapar los huecos. Extrañamente, excepto por estos agujeros que me daban pavor, el resto de mi casa se veía bella y especialmente luminosa. Me pregunté qué podría significar esto que había presentido. Sentía como si una parte de mí hubiera sabido anticipadamente lo que vendría después.
La noche anterior a la ecografía de Amparo, cuando no sabíamos siquiera su sexo, soñé que caminaba por una casa llena de puertas, buscando detrás de alguna de ellas a mi bebé. Abría una de esas puertas, de vidrios repartidos y visillos blancos y entraba a un cuarto con pisos de madera crujiente, amplio y lleno de luz. Había un moisés en el medio, todo rosa con moños y tules. Me acercaba cuidadosamente y me asomaba para ver a mi bebita dormir. Era mi hija, era mujer y estaba tan resfriada que no podía respirar bien. El único pensamiento que tenía mientras la miraba, era que ella estaba enferma y que no había nada que pudiera hacer para ayudarla.
Cuando fuimos a la ecografía y supimos que era mujer, la médica que realizaba el estudio me preguntó cuándo tenía que ver a mi obstetra. Dijo que no era nada urgente, que solo iba a incluir un pequeño detalle en el informe, pero que era una variante de la normalidad; que este hallazgo aislado no era indicio de nada raro. Ahí corroboré que Amparo estaba enferma y eso fue una semana antes del escáner completo que arrojó los peores resultados. Lo llamé al obstetra parada en el estacionamiento del mismo hospital donde se murió Blas y le dije: “Necesito que me consigas un turno para hacer un estudio más complejo de la bebé. Ella está enferma, te lo aseguro”. Le pareció descabellado, pero insistí diciendo que estaba absolutamente segura, que yo era su mamá y sabía mucho más de Amparo que nadie. Cedió en su postura y a la semana me esperaba el especialista que diagnosticó los efectos del virus en su cuerpo.
Acostada inmóvil en una cama en la casa de mamá y papá ese 25 de diciembre, la vida se había derrumbado. O al menos para mí. No podía percibir nada a mí alrededor. Los sentidos estaban bloqueados. Estoy segura que de haber tenido un aparato capaz de medir ondas cerebrales, le hubiese sido imposible detectar alguna actividad en mi mente. Cerré los ojos y dejé que fluyera todo lo que había sentido los últimos días, algo que me golpeaba y llamaba desde algún espacio que desconocía. No sentía bronca, ni furia, ni enojo; solo dolor, punzante y mortal. También sentía miedo. Mucho miedo.
En la oscuridad del cuarto, de pronto pude articular una palabra muda, que salió desde lo más profundo de mí ser con una potencia que me sacudió. Grité en silencio, un grito imperceptible para el oído humano, pero aún así estridente y ensordecedor, un grito que salió desde un alma vacía y rota y que se elevó al cielo para llegar sin escalas al corazón de Dios: “Ayudame, por favor ayudame”. Fue una súplica desesperada. Entonces, sentí con la contundencia que no da lugar a la duda, una voz cálida que me contestaba sin hablar: “Ya te oí, te estaba esperando”.
Amanecí y enfrenté el primer día del resto de mi vida sin Blas. No sabía dónde ponerme o cómo actuar. En realidad, no sabía quién era yo sin Blas o más aún, me preguntaba si existía alguna versión mía posible sin él. Estaba perdida sin mi rubito amado y la vida seguía moviéndose inclemente sin respetar la ausencia desgarradora de nuestro hijo en ella. Lavarse los dientes o hacer un café en el mundo que se nos aparece cuando un hijo murió, es una tarea novedosa, que implica los desafíos de lo que hacemos por primera vez. Todo me resultaba absurdo, tomar una taza de té o ponerme los zapatos; básicamente actuar normal parecía ridículo y a la vez la única forma posible de empezar a trazar los bocetos de una nueva vida.
Capítulo

Tenía muchas preguntas, todas dirigidas a Dios sin excepción. Lo interpelaba constantemente con ideas como: “¿Por qué a mí? ¿Por qué mis hijos? ¿Qué querés de nosotros? ¿Por qué me pedís tanto?” “¡No es justo, no es justo!” Esta frase la repetí un millón de veces y más. A pesar de este interrogatorio que no cesaba jamás, no sentía ningún enojo hacia Él. Me di cuenta de que el ser humano siempre considera una opción obvia sentir bronca contra Dios cuando las cosas se ponen feas, pero a mí eso no me ocurría. Sencillamente no estaba furiosa, muy por el contrario, percibía algo de lo mismo que había experimentado siete años atrás con la partida de Amparo: estaba llena de Dios y ese era el único y verdadero lugar seguro en donde podía descansar y buscar consuelo.
Había una sola razón por la cual seguía viva. Dios me estaba sosteniendo fuerte para que no me cayera. Seguro se preguntarán cómo lo sabía o si serían trucos de mi mente claramente afectada. Bueno, admito que también yo me lo cuestioné, de modo que rezaba siempre diciendo una frase que pedía algo así como: “No permitas que nada de lo que sienta como verdadero, no lo sea”. Y me entregué en esa oración y en la confianza de saberme amada y mirada con compasión.
Pronto supe que mis preguntas eran las mismas de todas aquellas personas que habían pasado por una situación similar. Cuando un hijo muere, es imposible no mirar al cielo y decir: “¿Qué es lo que acaba de pasar? ¿Tomaste nota de lo que ocurrió? ¿Dónde estabas? ¿Cómo no lo evitaste? ¿Hice algo para merecerlo?”. La razón por la cual estas preguntas no estaban cargadas de reproche, era porque tenía una premisa y esta era que Dios jamás sería capaz de abandonarnos, aunque estemos absolutamente desconcertados con los hechos que se nos imponen con la crudeza de lo irreversible. Claro que había tomado nota de lo que acababa de ocurrir, porque Dios nunca podría estar ausente o distraído en el momento más crucial de nuestras vidas, es decir, el día de nuestra muerte y retorno a la casa del Padre. No lo había leído, ni me lo decía ningún conocimiento de teología, que eran bastante escasos dicho sea de paso, simplemente lo intuía.
Me enfrentaba a una concepción de Dios que era más difícil de amar y comprender ciertamente, porque el Dios que no nos cuesta y el que no se opone a nuestro corto entendimiento humano, es el que nos libra de todo mal. A Él recurrimos confiados en busca de ayuda, proponiendo o incluso imponiendo a veces, cuál es esa ayuda que deseamos recibir. Sin embargo, mi fe era mucho más fuerte que eso. No tenía problemas en aceptar al Dios que a veces parece ponernos en aprietos, porque tenía una premisa más que la consideraba una verdad absoluta e irrevocable: Dios es amor. La pregunta entonces rondaba en mi rezo siete años atrás: “¡Salvala! ¡Salvala!”. ¿Qué significaba ser salvados? ¿Y qué creemos nosotros que encierra la palabra salvación para Dios? Quizás tenía que confiar en que Dios siempre SABE, con mayúsculas. Y esperar entregada.
Acepté con una fortaleza que me sorprendió a mí misma la muerte de Blas. Estaba segura de que ocurría por efecto de una gracia enorme que Dios me daba como respuesta a esa oración desgarrada ante la ausencia física de mi hijo. Sin embargo, la mente me acechaba constantemente. Volvía sobre los mismos pensamientos acerca de lo que había pasado ese día una y otra vez. Recordé la frase “la muerte vendrá como un ladrón” y me estremecí captando lo acertada que era. Sabía que poco podría entender, si cabe la palabra, todo lo que significaba este hecho impensado que le daba un giro inesperado y sufriente a nuestras vidas; porque la muerte es un gran misterio y la vida también lo es. Repasaba lo que consideraba una cadena de “errores fatales” que habían desembocado en esos minutos finales, algunos incluso tenían su origen el día anterior, como una especie de telaraña que se tejía silenciosa mientras ninguno de nosotros pudiera verlo. Eran pensamientos que me atormentaban mañana, tarde y noche y la culpa era tan grande que en algún punto quería pagar con este dolor gigante para intentar saldar lo que había ocurrido.
A pesar de eso, paradójicamente estaba segura que estos cuestionamientos humanos se quedaban demasiado cortos y escasos para pensar la muerte de mi hijo o la de cualquier otra persona. Hacían parecer a la vida como pendiente de la suerte o de la casualidad. Y como diría Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración del régimen nazi, en su libro El hombre en busca del sentido, una vida que depende de pequeños hechos fortuitos librados a la suerte, es una vida que no vale la pena ser vivida. En su relato nos cuenta que “la principal preocupación de los prisioneros se resumía a esta pregunta: ¿Sobreviviremos al campo de concentración? De no ser así, aquellos atroces y continuos sufrimientos ¿para qué valdrían? Sin embargo, a mí personalmente me angustiaba otra pregunta: ¿Tienen algún sentido estos sufrimientos, estas muertes? Si carecieran de sentido, entonces tampoco lo tendría sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en salvarse o no (entendiéndose por salvarse, seguir físicamente vivos y esta nota es mía), es decir, cuyo sentido dependiera del azar del sinnúmero de arbitrariedades que tejen la vida en un campo de concentración, no merecería la pena ser vivida” (Herder 2014, p92).
Entonces me volví hacia mi Dios y quise pensarlo, sabiendo en principio que Dios no me debía nada. Él podía haber actuado de forma tal que salvarlo, en el sentido más acotado y pobre de la palabra, no fuera su “decisión”. O que en realidad no lo fuera liberarme de esta cruz tan grande que nunca hubiese querido cargar. Tenía que aceptarlo y lidiar con ello. Me conformaba con saber que Dios había estado presente para recibir a Blas y contener la hecatombe emocional de nuestras vidas; le pedía sin descansar, consuelo, docilidad y fe en sus caminos incomprensibles para nosotros. Lo sentía irrumpiendo otra vez en nuestras vidas, con la impronta de lo que deja cicatriz, pero también huella. El sentimiento me era claramente familiar.
Los primeros días fueron de muchísimo caos y confusión. Nos atrincheramos todos en nuestro cuarto. La cuna de Santos volvió al lado de mi cama y Simón no podía dormir si no estaba en medio de nosotros. Cerrábamos la puerta y descansábamos en nuestro escondite improvisado, donde intentamos empezar a reconocernos siendo cuatro y no cinco. Pedro no podía dormir y se la pasó noches y noches despierto, la mayoría de ellas aferrado a la remera del club de fútbol favorito de Blas. Lloraba sin poder drenar jamás el dolor que lo estaba atravesando. En cambio yo, agradecía cada vez que se ocultaba el sol y tenía la posibilidad de apagar la mente por un buen rato.
Esas noches soñé dos veces con Blas, dos sueños que fueron claros, nítidos y bellos. En el primero de ellos, Blas estaba sentado en un madero. Tal vez era una tranquera o una cerca y de fondo se veía un campo florido. El plano de lo que veía era muy cerrado, de forma tal que no lograba mirar mucho más allá de lo que describo. Entonces Blas me decía estas palabras: “Paciente, padrino querido”. Las decía sin hablar, pero yo las podía escuchar de todos modos. No era su voz, aunque sabía que era él quien hablaba. Y digo no era su voz, porque Blas parecía otro Blas. No era un chiquito y sus palabras eran sabias y profundas, un mensaje donde lo único que podía comprender cuando lo decía, era la importancia de la palabra paciente, que significaba PACIENCIA.
Muchas veces pensé en la frase “padrino querido”. El padrino de Blas es el hermano de Pedro, con quien me siento absolutamente identificada. Si la suposición de que las personas nacidas bajo el mismo signo se parecen es cierta, Rafa y yo somos una prueba fiel que avala la teoría. Muchas veces Pedro me escuchaba hablar o emitir alguna opinión y aseguraba: “¡Por Dios, me casé con mi hermano!”. Así que de algún modo me vi reflejada en esa mención de Blas y me robé algo del cariño que le profesaba. Estaba segura que la parte importante del mensaje para mí, era la palabra “paciencia”. Por lo demás, lo dejé a Blas expresar su amor hacia su querido padrino sin buscar allí más que lo que él sentía: “Yo soy de Drafa”, como le gustaba referirse a sí mismo.
En el segundo sueño, Blas estaba parado en el jardín de la casa donde fue su accidente. Había otros dos chiquitos con él. No los conocía, ni podría decir quiénes eran. Blas estaba en el medio y era el más alto de los tres. Entonces me decía, también sin voz, aunque otra vez podía entenderlo perfectamente, que él había resucitado. Su frase me dejaba feliz y confusa al mismo tiempo. Dudaba unos instantes y de pronto salía corriendo a comprarle ropa nueva. Blas me miraba hacerlo, con compasión y ternura y me hacía dar cuenta con una expresión piadosa y llena de amor, que no había entendido correctamente lo que él había dicho.
Muchos pensaran que estos sueños simplemente respondían a imágenes y deseos que estaban incrustados en lo más hondo del inconsciente y que seguramente fueran una proyección de anhelos propios, pero no estoy de acuerdo. La modernidad, en su lucha constante por cuantificarlo todo y hacer encajar cada evento del mundo en una categoría inventada por el hombre para poder explicar todos los fenómenos y hechos que nos rodean, ha despojado tristemente al mundo de lo trascendental, de lo sobrenatural y de aquello que no podemos aprehender con los sentidos. El mundo ha perdido su magia y misterio.
Justamente por esos días tuve la oportunidad de ver la película del Padre Pío, un fraile capuchino que llevó los estigmas de Cristo vivos y sangrantes durante medio siglo. Este hecho inexplicable, que supuso un misterio enorme para él mismo, pero que aprendió a aceptar y amar con entrega y humildad, implicó un quiebre o desconcierto gigante al interior de la Iglesia Católica. ¿Por qué? Porque sencillamente no era posible explicar este fenómeno desde la medicina y porque los seres humanos le tenemos demasiado miedo a lo que está fuera de nuestro control. Hay una escena muy interesante de la vieja película que recrea su vida, donde dos altos clérigos discuten sobre el hecho que los convoca con posturas radicalmente opuestas. Uno de ellos creía que la Iglesia moderna debía alejarse y ser cauta con situaciones como estas, a sus ojos propias del oscurantismo de antaño; mientras que el otro argumentaba con cierta tristeza que si la iglesia iba a despojarse de todo lo que no nos es posible comprender y de todos sus misterios ya no tendría sentido profesar nuestra fe.
De modo que no le restaba importancia ni desestimaba jamás lo que sentía, intuía o soñaba. El dolor tiene un efecto narcótico que adormece los sentidos con los que percibimos el mundo material y nos deja en silencio para oír lo que está más allá. Parecía que el velo que separa nuestro mundo del otro se había abierto al menos un poquito. Y por esa rendija entraba mucha luz. Darle lugar a Dios quizás tenga que ver, irremediablemente, con zambullirnos en misterios que nos exceden, porque lo cierto es que la fe no puede ser abarcada con el entendimiento, sino con el corazón. Y el corazón es muchas veces terreno desconocido, porque la información que allí se guarda tiene un origen imposible de cuantificar o medir, pero que lejos de hacerla menos verdadera, la convierte en poderosa, auténtica y esencial.
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