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Índice

  Introducción

  Capítulo 1. La perspectiva local y comunitaria en la educación ambiental y su relación con el desarrollo

  Capítulo 2. Andamiajes entre la educación y la pedagogía ambiental

  Capítulo 3. Educación en clave civilizatoria: el retorno del sentido

  Capítulo 4. Hermenéutica y educación ambiental: tonos de cuidado

  Capítulo 5. Saberes y prácticas ambientales en la perspectiva sistémica

  Capítulo 6. Reflexiones para la educación ambiental crítica. Aportes desde las luchas de justicia ambiental

  Capítulo 7. Renovación filosófica de la educación ambiental. Propuesta frente al Antropoceno y el cambio climático

  Capítulo 8. Literatura de cordel: posibilidades para la educación ambiental

  Capítulo 9. Pensamiento ambiental y educación en clave estética-compleja

  Autores





La educación ambiental por venir. Perspectivas desde Latinoamérica

se terminó de editar en febrero de 2021, en las oficinas de la Editorial Universidad de Guadalajara, José Bonifacio Andrada 2679, Col. Lomas de Guevara, 44657, Zapopan, Jalisco

Índice

Introducción

Capítulo 1. La perspectiva local y comunitaria en la educación ambiental y su relación con el desarrollo

Helio García Campos

Joaquín Esteva Peralta

Capítulo 2. Andamiajes entre la educación y la pedagogía ambiental

Esperanza Terrón Amigón

Raúl Calixto Flores

Capítulo 3. Educación en clave civilizatoria: el retorno del sentido

Raquel Aparicio Cid

Capítulo 4. Hermenéutica y educación ambiental: tonos de cuidado

Vilmar Alves Pereira

Simone Grohs Freire

Márcia Pereira da Silva

Capítulo 5. Saberes y prácticas ambientales en la perspectiva sistémica

Narjara Mendes Garcia

Eliane Lima Piske

Capítulo 6. Reflexiones para la educación ambiental crítica. Aportes desde las luchas de justicia ambiental

Carlos RS Machado

Coletivo do Observatório

Capítulo 7. Renovación filosófica de la educación ambiental. Propuesta frente al Antropoceno y el cambio climático

Jacqueline Carrilho Eichenberger>

Capítulo 8. Literatura de cordel: posibilidades para la educación ambiental

Josineide Ribeiro da Silva

Luciana Netto Dolci

Capítulo 9. Pensamiento ambiental y educación en clave estética-compleja

Ana Patricia Noguera de Echeverri

Jaime Alberto Pineda Muñoz

Sergio Manuel Echeverri Noguera

Autores

Introducción

Si los desafíos, formados en los bordes de los días, se alimentan de su misma inercia, el presente es un terreno incierto y el futuro, una amenaza.

Así, la urgencia y la esperanza deben amasarse en las manos de los habitantes del siglo XXI, colectivamente. La sociedad, en vinculación con las comunidades no humanas, deberá asumirse como productora de conocimiento, pues ­—parafraseando a Innerarity (2003)— las disciplinas científicas por sí mismas no serán capaces de dar solución a estos retos en las esquinas de sus laboratorios y con sus creaciones tecnológicas. Será preciso responder a la exigencia de nuestro tiempo produciendo alternativas del vivir en la actualidad misma; en el campo de los procesos donde convergen las realidades humanas (políticas, económicas, culturales, científicas), ecosistémicas, ambientales; en la mixtura de la vida. Precisaremos responder a los desafíos construyendo una identidad comunitaria diversa, de humanos y no humanos reconocidos en un territorio, formando parte de la porosidad de los procesos que nos dan vida.

Ahora bien, generar esta identidad plural o este “contrato natural”1 (como lo llama Latour, 2015) que nos haría más sensibles a construir respuestas integrales con las que enfrentar la degradación planetaria, implica un poderoso cambio educativo ambiental, lo que significa asumir el paradigma de una educación transformadora capaz de cambiar los pivotes de la mirada, de los pensamientos y de las decisiones; al mismo tiempo, deberá aportar una lectura compleja de la urdimbre de la vida y advertir del riesgo de caer en la racionalidad de los problemas, tanto como en la pretensión de vencerlos uno a uno.

De ahí que para algunos autores “lo ambiental” no sea una dimensión sino un rasgo primordial de cualquier acto educativo para asistir al presente y al futuro, dando muestras de una transformación inédita en la forma de habitar o, mejor dicho, de cohabitar a escala local y global.

Ahora bien, mientras se agudiza el cambio climático, que luce como la urgencia más visible para buscar la transformación de paradigmas en todos los quehaceres, la educación ambiental (EA) construye aparatos elaborados a partir de los desafíos vividos, especialmente, en contextos donde la pobreza y la marginación han crecido en dirección contraria a los indicadores del bienestar. En estos sitios, lamentablemente abundantes en América Latina, se viven las catástrofes climáticas, y la degradación ambiental, en general, con mayor vulnerabilidad. Son contextos donde se desempeñan educadores y educadoras ambientales para emprender sus proyectos. Estos escenarios de devastación, de explotación, así como de luchas sociales en resistencia, y también de riqueza bio-cultural son una provocación para que los educadores ambientales se obliguen a revisar sus haberes irrenunciables, valorarlos, problematizarlos y a enfrentar nuevas incertidumbres. De este modo, la práctica de los educadores ambientales en la investigación va dinamizando el campo sociocientífico.

Este camino recorrido durante más de cuatro décadas por la EA latinoamericana también ha detonado críticas a algunas prácticas que, posicionadas desde lógicas seudoambientales, se han convertido en seudoeducativas; algunas otras, asumidas desde posturas poco transformadoras o favorecedoras del statu quo, desarrollan prácticas seudoambientales. En todo caso, la educación ambiental está obligada a hacerse de su propia crítica y marcar sus linderos.

En este libro aparecen textos producidos por educadores ambientales comprometidos de gran trayectoria, así como por tesistas doctorales cuyas investigaciones fueron desarrolladas en el fragor de las realidades latinoamericanas. A partir de sus intervenciones pedagógicas y de sus proyectos implementados en México, Brasil, Colombia o Uruguay, los autores tejen un diálogo crítico sobre la actualidad de la EA, no sin generar entre ellos tensiones teóricas, contrastes, cuestionamientos; también ensayan algunas respuestas sobre el presente y el futuro. Se trata, pues, de un libro que contiene entre sus capítulos las inquietudes para que la EA en América Latina salga de su sitio de confort (si es que existe en la concepción de algunos educadores ambientales) y sacuda sus marcos de explicación de la realidad exigiendo una nueva ontología abierta a las experiencias políticas, estéticas y hermenéuticas, para problematizar sus objetos o el sentido de la misma, o bien para replantear nuevos problemas pedagógicos y metodológicos surgidos al integrar la participación derivada de la movilización social en resistencia, y al criticar a una seudoeducación ambiental que favorece la apropiación privada de la naturaleza. Los autores también nos invitan a revisar sus haberes, sus registros inéditos que cargan de esperanza la acción educativo-ambiental en contextos modestos y sencillos, así como aquellos institucionalmente desafiantes.

Se trata de textos que tensan la columna vertebral de la educación ambiental desde su cuerpo teórico y su sentido histórico, reflexionando críticamente en su propuesta conformada en el seno de una sociedad que ha traspasado los límites de la naturaleza; pero también señalan con bisturí las diferencias entre pedagogía y educación, a fin de enriquecer las herramientas conceptuales y al hecho educativo que es, a la vez, planeación y artificio; asimismo, exponen propuestas al hecho investigativo en aras de nuevos abordajes de lo pedagógico y de producción de objetos complejos que se comparten con otras disciplinas científicas y fuerzas sociales que también buscan el cambio paradigmático.

Así, en el primer capítulo, titulado “La perspectiva local y comunitaria en la educación ambiental y su relación con el desarrollo”, los mexicanos Helio García Campos y Joaquín Esteva, educadores ambientales comunitarios de gran trayectoria, fortalecen la perspectiva de la educación popular ambiental para construir el poder local. En el capítulo se comunica que este quehacer integra elementos y discusiones que ahora dan identidad a los procesos educativo-ambientales, no sólo en el ámbito comunitario, sino en las prácticas surgidas de las limitaciones de los sistemas políticos centralistas, la baja responsabilidad ciudadana y la importancia que tiene la localidad como alternativa de construcción ambiental. Los autores analizan la importancia del trabajo transdisciplinar y transectorial que realizan educadores ambientales para elevar las capacidades de autogestión en los pobladores de acuerdo con su visión de sociedad y en función de las características ecosistémicas de su territorio. La fuerza argumentativa del texto proviene de la riqueza epistemológica y metodológica con que realizan una “propuesta de abordaje para el desarrollo local con perspectiva ambiental”. Esta se basa en la educación popular y situada, desde donde analizan los referentes pedagógicos centrales de esta práctica como “comunidad”, “participación”, “localidad”, “territorio” y “desarrollo” de manera crítica. En esta propuesta tienen cabida, además, discusiones temáticas que por sí mismas han sido prolíficas, como el disenso como punto de partida, el reconocimiento de saberes, la apertura de la percepción ambiental y, desde luego, la acción organizada de la ciudadanía, entre otros elementos. Los autores echan a andar estas formulaciones en un estudio de caso que integran al final del capítulo.

“Andamiajes entre la educación y la pedagogía ambiental” es el nombre del segundo capítulo, escrito por Esperanza Terrón Amigón y Raúl Calixto Flores. Estos investigadores, de una vasta trayectoria en la formación de docentes en México, hacen un recuento crítico sobre la construcción de la pedagogía ambiental, desde el siglo pasado, cuando surge la conciencia sobre los problemas ambientales y los procesos sociales asociados a ellos, hasta los desafíos de la realidad actual que articula nuevas emergencias. En esta revisión los autores parten de la distinción y la conexión que hay entre la EA y la pedagogía ambiental, tanto como aquellos enfoques educativos o pedagógicos asociados a lo ambiental desde la educación, dejando claros elementos complementarios o, en su caso, contrapuestos a la EA. Los autores generan una articulación que puede considerarse un patrimonio teórico-metodológico con el que la pedagogía ambiental dialoga con otras pedagogías emergentes específicas, en el entendido de que la EA ofrece un marco interpretativo amplio e impulsa la conexión de estas pedagogías para transitar a un pensamiento complejo, transdisciplinario e integrador de saberes sobre la problemática ambiental y su relación con los fenómenos sociales, la cultura y la ética. El capítulo presenta a los lectores elementos que son cimientos para que la pedagogía ambiental camine hacia los objetivos de transformación de la EA, considerando las cegueras de la sociedad, las realidades multiculturales y globales, así como los contextos problemáticos y complejos, junto a demandas que la sociedad se exige. Al finalizar el capítulo, Terrón y Calixto presentan una lectura esquemática de las convergencias en las pedagogías emergentes, como la ambiental, para la paz, la feminista y la de derechos humanos; todas ellas desafían al campo pedagógico en lo general, para dar sentido a esta visión integral educativa en relación con los ejes filosófico, cognitivo, ético y relacional que la conforman.

Raquel Aparicio, investigadora y educadora ambiental mexicana, presenta el tercer capítulo denominado “Educación en clave civilizatoria: el retorno del sentido”. Aparicio revisa críticamente el concepto de educación y su —hasta ahora acotada— forma de operar en un contexto límite como el que presenta el mundo actual. Repasa con detenimiento el significado que el imaginario social le atribuye a la educación y, por tanto, su sentido; hace esta revisión mediante un concepto que de por sí es crítico: el lisologismo, que se considera una “figura patológica de la conceptualización” para conocer la realidad. Esta categoría le permite a Aparicio apreciar cómo se debilita tanto el debate de la educación como el uso de su concepto y se difumina su idea ligada al modelo civilizatorio en crisis. Estos elementos devienen en un campo de batalla para la elaboración política, académica e ideológica en torno al debate de la participación de la educación en el mantenimiento del modelo monocultural occidental o su transformación. Finalmente, la autora plantea lo anterior como una crisis en el sentido de la educación a fin de que se redefina la forma de vida humana, dentro de los límites físicos de la naturaleza, pero con libertad y crecimiento humano; elementos que son piedra angular en el concepto de educación.

El cuarto capítulo, “Hermenéutica y educación ambiental”, está escrito por investigadores docentes reconocidos por su larga trayectoria en la EA de Brasil y en el programa de posgrado Educación Ambiental de la Universidad Federal de Rio Grande (FURG): Vilmar Alves Pereira, Simone Grosh Freire y Marcela Pereira da Silva. Los autores dan sentido a ciertas vanguardias filosóficas, para enriquecer la identidad social de la EA acorde con las resonancias sociales que se han generado recientemente en América Latina. Las ricas reflexiones filosóficas siguen la propuesta de una formación hermenéutica para los educadores ambientales, llamada pedagogía cosmocena. En ella se desvelan elementos epistémicos involucrados tanto en los sujetos (que siempre están en relación y en diálogo asumiendo respetuosamente las pluralidades) como en los procesos de EA que desarrollan (procesos en los que se manifiesta la intersubjetividad, tanto como la interpretación de los nexos con lo ambiental en nuestras sociedades), y que entrañan un horizonte utópico de transformación social. Comprender estos elementos, consideran los autores, reaviva preguntas y búsquedas que enriquecen a la EA en nuestros contextos, especialmente en lo que respecta a generar nuevas racionalidades, valores y saberes sustentados en nuevas prácticas de organización ciudadana. El capítulo contiene un encuentro o diálogo de la EA con la hermenéutica que da vigor a la experiencia educativa y a los actores de estos procesos, desarrollando detalladamente la importancia filosófica de cada uno de los elementos que subyacen a estos procesos pedagógicos en el contexto de crisis planetaria. El capítulo termina con la exposición de ocho postulados de la pedagogía cosmocena que refieren a los sentidos del ser en la formación de educadores/as ambientales, y que la constituyen como una pedagogía de la resistencia y la esperanza.

El capítulo siguiente se denomina “Saberes y prácticas ambientales en la perspectiva sistémica”, de las autoras brasileñas Narjara Mendes Garcia y Eliane Lima Piske. Las expertas echan mano de su experiencia como investigadoras en el Grupo de Ecoinfancias del posgrado en Educación Ambiental de la furg para dar cuenta de un repertorio teórico-metodológico que ellas han generado en los contextos ecológico-educativos con el fin de evidenciar y comprender los saberes y prácticas ambientales de los niños y adolescentes, producidos junto con sus familias y comunidades, en entornos sociambientalmente difíciles. Estos saberes constituyen un conocimiento integral sobre la realidad, construido culturalmente en espacios de convivencia y en red, no sólo entre las personas sino en íntima relación con los ecosistemas, por lo que la noción de contexto resulta en un carácter complejo y holístico. Para dar cuenta de los mismos, las autoras construyen la noción de “experiencia como proceso de construcción de saberes y prácticas ambientales”. En esta línea, ambas tejen una propuesta sumamente interesante, pues se proponen “descentralizar la producción científica y generar transformaciones que beneficien a las realidades estudiadas”. De ahí que problematicen y enriquezcan el concepto de “experiencia” y de su “inserción ecológica” en los contextos para investigar formando parte del tejido comunitario y, con ello, dan cuenta de los desafíos epistémicos que operan en la relación personal e integral que deben incorporar en su trabajo. La “mirada sistémica y la escucha sensible para la comprensión de saberes ambientales” forma parte de esta producción que es educativa-investigativa, en tanto que se explica en un proceso de la teoría “ecológica del desarrollo humano” con impacto en las personas, en las comunidades, en los y las investigadoras, y en los ecosistemas, formando un todo sistémico e integrado. En la última parte del capítulo, las autoras ilustran el aparato teórico propuesto en el capítulo mediante la exposición de siete investigaciones de muy diversos objetos que descansa en esta perspectiva de la inserción ecológica y la mirada sistémica para comprender a las personas y sus contextos, que potencian el saber ambiental y que se han desarrollado en el Grupo de Ecoinfancias de la FURG.

El capítulo sexto se titula “Reflexiones para la educación ambiental crítica. Aportes desde las luchas de justicia ambiental”, y está firmado por Carlos RS Machado, investigador que forma parte el Coletivo do Observatório, situado en el extremo sur de Brasil, colindante con Uruguay. El autor hace una revisión crítica del papel que juega la EA en las luchas ambientales, especialmente desde la perspectiva de quienes forman la resistencia o bien son afectados por los grandes proyectos, especialmente los extractivistas, que son paradigmáticos tanto por el nivel de explotación de la naturaleza como por la apropiación desigual de la riqueza que desencadenan. El capítulo no desestima la oportunidad para impulsar reflexiones sobre el quehacer político de la EA en contextos y comunidades donde se enfrentan situaciones de justicia ambiental. Esta tarea no es menor, toda vez que el autor da cuenta de la crisis política presente en el continente por el consenso del mercado de materias primas o commodities y la ascensión de los gobiernos de derecha neoliberal. La propuesta se desarrolla en la primera parte dando sustento al concepto de EA para la justicia ambiental, bajo una mirada crítica; en la segunda parte, Machado analiza cinco prácticas (y concepciones) de EA, estudiadas en el observatorio de conflictos, y que tuvieron lugar en Colombia, en Uruguay y en Brasil. Con estos ejemplos el autor confronta la producción de seudoprácticas de EA que se encaminan a justificar fines convencionales de explotación de la naturaleza y que expanden los procesos de degradación de la naturaleza por medio de emprendimientos ambientales, con otras prácticas que contrastan altamente con las citadas, al construir una pedagogía que busca la justicia ambiental, apoyados en la defensa de los territorios y sus tradiciones, así como del combate a las situaciones de injusticia y desigualdad ambiental. El análisis presenta actores sociales y proyectos que, vistos desde la educación tradicional, dan paso a prácticas de seudoeducación ambiental que niegan la presencia y la riqueza que el conflicto tiene en la transformación de una realidad; pero también presenta los elementos que la educación crítica en marcos de conflicto deriva en prácticas y concepciones de EA emancipatoria, cuya riqueza, enfatiza el autor, está en el reconocimiento y la internalización de los conflictos de justicia y equidad ambiental.

Jaqueline Carrilho Eichenberg es la autora del capítulo siete, denominado “Renovación filosófica de la EA. Propuesta frente al Antropoceno y al cambio climático”. La autora plantea un análisis filosófico al abordar la concepción del Antropoceno, causante de gran agobio, pero cuyo conocimiento no ha detonado la transformación de la relación de las sociedades con los entramados naturales; en la segunda parte retoma la llamada ecología cosmocena, recientemente elaborada por el brasileño Vilmar Alves, para convertir la emergencia del cambio climático en una posibilidad para ensanchar las bases y reflexiones filosóficas de la educación, la comunicación y la pedagogía ambientales. Para ello, la autora discute la construcción de sentidos vinculada al cambio climático, especialmente con información que surge de la comunicación de la ciencia y la percepción de las poblaciones. Frente a ello, destaca el abordaje social que hace la EA crítica para exigir un cambio de valores civilizatorios, proponiendo la resiliencia de la sociedad, especialmente para visualizar a los más afectados, pero sobre todo la resistencia contra la hegemonía del capital que se coloca como impulsor de los desastres ambientales y sociales. De esa manera, la autora plantea renovar los fundamentos filosóficos de la EA, basada en la ecología cosmocena, y en la confrontación de la pedagogía de la adaptación y la pedagogía cosmocena, desarrollada por Ferreira y Sató; desde este enfoque, la educación ambiental es “rizomática” y se convierte en una táctica para cambiar el sistema, más que el clima.

En el penúltimo capítulo, elaborado por Josineide Ribeiro da Silva y Luciana Netto Dolci, que se titula “Literatura de cordel”, se muestra cómo una propuesta de creatividad estética, especialmente a partir de un género popular como lo es la literatura de cordel en contextos de diversidad lingüística, genera una experiencia compleja de EA intercultural y de concientización social, al producir diálogos de los niños con sus familias en contextos de pobreza y marginación étnica. La experiencia también alcanza para enriquecer los símbolos, la capacidad hermenéutica y la sensibilidad estética de una cultura que busca trazar horizontes más amplios de esperanza concomitante de las más variadas formas de vida, pensados por los infantes provenientes de distintos grupos culturales. El armado teórico requerido para generar este diseño tiene de base al diálogo freiriano y al postulado central de esta teoría para permitir que, por medio del desarrollo de las capacidades de lectoescritura, los niños construyan una conciencia socioambiental bajo la perspectiva interdisciplinaria e integral que propone la EA. Las autoras comienzan por reconocer la importancia cultural y la lectura política que contiene este género literario y su compatibilidad con la pedagogía ambiental. Se presentan estos elementos bajo el diseño del proyecto de investigación que se desarrolló, pero después de las expectativas que deja el marco teórico quizá lo más rico sea que se presentan los cordeles testimoniales con la interpretación contextual de producción, el análisis de contenido de estos mensajes, así como la interpretación de los resultados desde la perspectiva educativo-ambiental y con ello, la riqueza que se generó para todos los participantes, estudiantes y profesoras.

Finalmente, Patricia Noguera, Sergio Echeverri y Jaime Pineda, educadores ambientales del Grupo de Pensamiento Ambiental Latinoamericano, comparten la autoría de este capítulo denominado “Pensamiento ambiental y educación en clave estética-compleja”. Como equipo de autores, comparten una gran trayectoria en el enfoque novedoso de la EA generando por medio de ella intersticios entre los modos de saber y conocer, con formas de apreciar ética y estéticamente al mundo. Así, los autores deciden desarrollar una propuesta filosófica hermenéutica aplicada a la lectura de arte. Echan mano de referencias a la poesía y la lectura de la transición de la modernidad a un horizonte renovado, no sin producir una crítica a la educación que ha acompañado al modelo civilizatorio de la modernidad. En el camino, los autores lanzan la propuesta para dislocarse de las “geografías de la infamia” que han colocado a la naturaleza en la funcionalidad de la economía. Por ello, plantean ambientalizar la educación, proceso que pasa por andar los caminos del asombro, de la diversidad, de la complejidad y de lo sagrado. De esa manera, proponen construir una EA óntica, epistémica, ética y estética que despliegue distintas maneras de habitar en el mundo, especialmente por medio del cuidado de la tierra como imperativo ambiental. El centro del texto consiste en presentar la estesis, el sentir-pensar, dicen ellos, en la vida cotidiana y en la formación de experiencias intercorporales (cuerpos-entre cuerpos) que forman lo ambiental y las nuevas racionalidades. En este sentido, al final del capítulo se desarrolla un ejercicio de hermenéutica basado en la riqueza interpretativa que se desprende de contemplar la variedad de girasoles que inspiraron a Van Gogh. Así se muestra la fuerza filosófica de la propuesta para ambientalizar la educación: la “metodoestesis”, el diseño de otros mundos posibles.

Como se observa en los textos, la EA se pulsa y se revisa a sí misma. Lo hace cimbrando sus haberes frente a objetos y realidades emergentes y complejas, propias de un mundo en crisis. Las aportaciones que se presentan aquí hibridan los procesos educativos con la investigación, exigiendo problematizar el conocimiento del mundo y enriquecer los modos de habitarlo. Con ello se plantea la inquietud de renovar una ontología educativo-ambiental, como práctica de construcción de conocimiento y como proceso pedagógico reposicionado.

Lo anterior reafirma que la identidad de la educación ambiental está lejos de ser un capítulo cerrado, pues cada propuesta suma esfuerzos tanto para renovarla política, filosófica, pedagógica y didácticamente como para reconocer su riqueza diversa. En este sentido, vale la pena admitir que los posgrados, a través de las investigaciones y del ejercicio comprometido de la docencia, avanzan en América Latina explorando nuevos retos, y asumiendo sus propias críticas. Por lo tanto, las investigaciones son el espejo donde el educador se autodesafía. Esa doble exigencia de los procesos educativos de investigación enclavada en los contextos modestos pero pertinentes es, ahora mismo, motor de un conocimiento complejo que a su vez nos permite explorar nuevas formas de habitar mejor la Tierra, haciendo tejido cuerpo a cuerpo.

Finalmente, una de las cualidades más importantes de este libro es que a pesar de que los autores mantienen una postura crítica de la realidad, así como una permanente autocrítica de los actos educativo-ambientales, son capaces de dar un vuelco creativo, como hace un poeta para reinventar la belleza que surge de la tragedia, y nos muestran las playas renovadas de sus propuestas. Así, esta obra camina hacia el futuro, no sólo porque prefigura el cambio humano sino porque alienta a la construcción de nuevas preguntas de la educación ambiental en los propios educadores ambientales y en los contextos, especialmente latinoamericanos, donde se encarnan con la vida.


1 Aludiendo a la noción de contrato social de Durkheim, entendida como la conciencia global de la sociedad hacia un un interés común, mediante el cual se generan y se comparten significados. En el caso de Latour, esa colectividad implica ampliarla a las comunidades no humanas y considerarlas políticamente en el bienestar demandado para que funcione la vida.

Capítulo 1

La perspectiva local y comunitaria en la educación ambiental y su relación con el desarrollo

Helio García Campos

Joaquín Esteva Peralta

Ante la complejidad de los fenómenos naturales y sociales, hay que partir de una cierta humildad científica, provocar preguntas desde todos los ángulos y pasar a estrategias inclusivas. La transducción [haciendo un símil con la de tipo físico o biológico, en el sentido de los saltos que se dan desde un campo hacia otro] es ante todo una acción que impulsa a colaborar para construir el conocimiento y las acciones.

Tomás R. Villasante

Introducción

América Latina es un territorio con múltiples experiencias que se han cobijado bajo los conceptos de desarrollo local y educación ambiental. Una mirada de conjunto revela que existe un capital epistemológico y metodológico que permite a los educadores ambientales encontrar un camino recorrido con múltiples enseñanzas. Una de ellas es la certeza de que las formas de vida sociales en consonancia con la sustentabilidad se pueden alcanzar cuando se aplican estrategias y metodologías de desarrollo local que involucran múltiples aspectos de tipo económico, político, cultural, etcétera, y que no pueden ser obviados cuando se trata de un proceso educativo verdaderamente comprometido con la naturaleza y la sociedad. La educación ambiental en el ámbito local tiene como función propiciar que se construyan nuevos saberes ambientales, y para tal fin se requieren satisfacer varias condiciones, tales como el fortalecimiento de actores sociales que se constituyan como sujetos del proceso educativo y el rescate ecológico cultural, mediante el cual la población conozca con mayor profundidad su entorno ambiental, comprenda los cambios de patrones de vida que ha sufrido la sociedad y formule con base a ello nuevas prácticas culturales, económicas y tecnológicas. Para generar tales condiciones se aplican métodos que propician la apropiación y reapropiación de conocimientos relacionados con los temas relevantes para la población. La educación popular y la investigación-acción participativa son instrumentos indispensables en esas tareas.

El educador ambiental en este escenario transdisciplinar y transectorial se involucra en procesos de formación y capacitación ligados al saneamiento ambiental, la restauración de suelos, la recuperación vegetal, la propagación de tecnologías para ahorrar energía y materia, la formación de circuitos productores-consumidores, la protección de especies en peligro de extinción, la reparación de daños ambientales, el diseño de eventos, la producción de material didáctico, la participación en la definición políticas públicas en escenarios intersectoriales, así como el desarrollo de nuevas leyes y reglamentos sobre la educación ambiental, entre otros. Es decir, el educador ambiental debe prepararse como tal vez ningún otro tipo de educador para encarar con éxito los retos curriculares, entendiendo que estos no sólo se generan en la escuela sino en la comunidad educativa, que tiene como referente a las familias y a otros actores locales.

En ese mundo tan amplio es importante discernir y profundizar en aquellos temas que, por su importancia, se convierten en categorías analítico-sintéticas de una teoría del desarrollo local. En este sentido, los conceptos de territorio, participación social, sustentabilidad y educación ambiental conforman un conjunto de elementos propios de una estrategia pedagógica y política susceptible de ser replicable en distintos escenarios, de acuerdo con las sistematizaciones que se han realizado en América Latina. Sobre esos temas se tejen las ideas centrales del cuerpo de este capítulo, que al final incluye un estudio de caso en el que se vierten algunas de las formulaciones educativo-ambientales implicadas en un proceso de desarrollo local en México.

El territorio delimitado, lo local: su consideración en la toma de decisiones y el fomento de una democracia participativa

Centralismo en las decisiones

y poca responsabilidad ciudadana

Es evidente que existe una hegemonía del centralismo en la toma de decisiones, a escala nacional, estatal o municipal. Siempre ha sido difícil encaminar propuestas surgidas desde lo parcelario o comunitario hasta los niveles donde se integran y se decide acerca de los planes y propuestas de desarrollo.

Existe una especie de insalvable disposición que cubre todos los niveles de la intervención, tal como se plantea desde el Estado y los gobiernos, y que está introyectada en la mayor parte de la sociedad; esta se refiere a que las decisiones se tomen por autoridades y expertos que detentan el poder burocrático y decisorio. “Esta cultura se arraigó en las prácticas de un estado benefactor y presenta todavía un obstáculo para la formación de una ciudadanía que intervenga con fuerza en las políticas de desarrollo” (Caruso, 2004).

Ante ello, es difícil que “las periferias” superen su condición de subdotadas o subequipadas, de modo que se sigue profundizando “una cultura de la marginalidad, del abandono; cuando no, una cierta cultura de la resignación que debe asumir a regañadientes los efectos perniciosos del centralismo, y un reclamo de poder y competencias para evitar esos efectos ineludibles del sistema centralista” (García, 1993, en Leis y García, 2013). Pero esta cultura centralista tiene su situación límite ante el escaso consenso y la satisfación que se logra en torno de políticas y programas públicos, lo que nos remite al problema de la flacidez y falta de legitimidad del sistema político en todos los niveles.

La débil identificación de los estamentos políticos formales con los problemas reales plantea la necesidad de cambiar valores y prácticas políticas para ampliar y mejorar los márgenes de la democracia. Es necesario profundizar en las características de esa cultura centralista emanada de la superioridad de un sistema partidista que a la vez está dominado culturalmente por la perspectiva urbano-industrial del desarrollo, por la primacía de la promoción y concentración de inversiones económicas en torno a macroproyectos e intervenciones de gran escala gerencial.

En general, los actores políticos hacen referencia a propuestas de desarrollo local a partir de proyectos de desarrollo global ligados al crecimiento económico, cuyos indicadores son los niveles de exportaciones, lo que se relaciona con el predominio de un poder simbólico y decisional aceptado como normal por grandes porciones de la población. Ello a su vez determina lo que ocurre en las escalas de apreciación e integración denominadas locales y también lo que se requiere reflexionar sobre la pertinencia de estas, que pueden considerarse las que mejor permiten observar, concretar y operar las expresiones culturales de adaptación así como la coexistencia con el entorno natural.

El desarrollo local como alternativa

Dentro de las propuestas de desarrollo alternativo la vertiente del desarrollo local ha tenido gran importancia y ha dado lugar a “diversas versiones sobre desarrollo local […] particularmente cuando se habla de DL desde Europa […] y cuando se habla desde América Latina”. En el análisis de la escuela europea el eje vertebrador gira alrededor del desarrollo económico local (DEL), mientras que en América Latina lo hace la concertación y participación de actores locales (Carpio, 2006, en Carpio, 2015, p. 81).

Sin embargo, en desarrollo local la dimensión económica es básica, pero entendida —más que como crecimiento de la riqueza— como crecimiento de la capacidad de auto sustentar oportunidades de producción de empleos, de calidad de vida. No se puede desconectar la dimensión económica de la dimensión cultural, política y social. En Latinoamérica, y luego de ensayar modelos, recetas y proyectos que no han dado resultado, es imposible pensar en desarrollo separando esas distintas dimensiones (Caruso, 2004).

El territorio en sus escalas comunitaria, regional o municipal es un espacio concreto delimitado geográficamente e históricamente determinado, donde se recrea la cultura y se satisfacen las necesidades de la población humana, así como el ámbito de coexistencia con otros seres, fenómenos de la naturaleza y de los recursos que permiten la subsistencia.

La perspectiva territorial es también una de las más convenientes para reconocer los ecosistemas específicos, las especies y los objetos de la naturaleza que los individuos o grupos humanos manipulan para realizar un uso, adecuado o no, de tal riqueza. “Las planificaciones centralizadas en general han fracasado porque se trazan atendiendo promedios nacionales y en la práctica no se adecuan a las distintas realidades locales. Las planificaciones centrales no están pensadas para lo local. En la práctica, el desarrollo local busca particularidades, singularidades, no para crear islas sino para que a grandes lineamientos de desarrollo se responda de determinada manera. Por ejemplo, si se dice ‘país productivo’ esto significa cosas diferentes entre un estado o un municipio y otro” (Caruso, 2004).


Figura 1.1. Niveles de organización.

El desarrollo local en las urbes

Suele asociarse al desarrollo local con las áreas rurales, pensando en comunidades que generalmente se dedican a las actividades agrícolas, ganaderas y pesqueras, es decir, principalmente ubicables en el sector primario, y por lo general desempeñadas por personas que habitan en poblaciones urbanas medianas o pequeñas. Pero en la actualidad la mayor parte de la población vive en ciudades y el desarrollo local tiene que asumirse como una necesidad educativa en todos lados, pues parte de los mayores problemas se originan en las formas de vida de los conglomerados humanos, todavía conformados por masas de analfabetas ambientales que requieren capacitación sobre el cómo hacer desarrollo local en su territorio.

Lo anterior parece indicar la necesaria atención a las nuevas denominaciones sobre las ciudades y su requerida condición de sustentabilidad. La conversión en ecociudades implica medios de transporte alternativos, buen tratamiento en la recolección de basuras, uso de energía solar, zonas verdes para sus ciudadanos, agricultura a pequeña escala, preferencia por el peatón en lugar del automóvil, edificios verdes. Se vuelve necesaria la constitución de los ecobarrios que prevengan el daño ecológico mediante el uso de tecnologías limpias, mediante la promoción de liderazgos locales, conexión en redes y gestión de la innovación para el tratamiento ambiental. Verdaguer (2000) señala que la escala del barrio era ya un escenario privilegiado para el buen urbanismo tradicional preocupado por las dotaciones y por los equipamientos y la buena forma de la ciudad, pero que “el enfoque ecológico no hace sino corroborar y ratificar este planteamiento al otorgar una especial preponderancia a las condiciones locales, al ámbito físico real, en el que se desarrollan los procesos urbanos” (Verdaguer, p. 72).

Para Cuello (2012, p. 1) un ecobarrio es una fracción urbana “que se destaca por su mejor desempeño en las dimensiones del desarrollo sostenible (ambiental, social y económica), respecto a los barrios convencionales. Puede tener origen en un tratamiento urbano de desarrollo pero también de re-desarrollo, renovación urbana o mejoramiento integral”.

Tendencias en la forma de concebir el desarrollo local

Se pueden identificar tres versiones en los discursos sobre desarrollo local en América Latina: “el Desarrollo Económico Local, la Municipalización del Desarrollo Local, y la perspectiva Local-Global o Sinérgica, aunque en la práctica estas se combinan y complementan, aquí nos referimos a sus énfasis y objetivos de trasfondo para evidenciar que existen múltiples vías para el desarrollo local” (Arocena, 2002 y 2006, en Carpio, 2015, pp. 82-83). Según Carpio, la perspectiva local-global o sinérgica sería la más progresista, en el sentido de que “es un proceso de construcción teórico y político que se sustenta en la correlación de varias dimensiones (económica, social, político, ambiental y cultural) y que busca incidir en transformaciones democráticas nacionales a través de la articulación de las políticas nacionales con las locales y de éstas con las primeras en un marco de concertaciones sociales y de un Estado descentralizado. Lo global cabe en esta versión como un referente necesario y cuyas señales pueden ser orientadoras en la definición de procesos y prioridades locales [notando que] los actores locales constituyen el motor que anima un territorio [y] constituyen tejidos y redes de acción colectiva”. Es vigente por tanto el principio estratégico de pensar y actuar local y globalmente.

Por su parte, la visión territorial que enfatiza la relación de los ciudadanos con el entorno municipal aporta una visión para propiciar las reflexiones y las acciones desde la unidad político-administrativa y de manejo ambiental que opera en el territorio nacional. De manera complementaria, la visión económica del desarrollo local no deja de tener elementos importantes cuando se asume que una regla de oro, que como señaló Caruso (2004), es la de propiciar que, para el efectivo desarrollo del buen vivir, haya valor agregado en las actividades productivas.

El desarrollo local como un conjunto complejo de interacciones

Las interacciones entre las personas y los territorios, o más bien los espacios en los que coexisten y se influyen mutuamente, hacen pensar en que —a diferencia de lo que más convencionalmente se opina— no sólo la gente es el sujeto social alrededor de lo que todo sucede en tales espacios denominados territorios, sino que estos son también sujetos de los procesos que se dirimen, y propiamente agentes que determinan de una manera importante los fenómenos y procesos que toman lugar y efecto.

Tratando de superar la dualidad que normalmente se establece entre las personas y su entorno, puesto que en realidad están interaccionando y afectándose ambos, se buscaría siempre propiciar la comprensión de los ciclos y procesos ecosistémicos, sobre lo que se obtiene del medio natural, los impactos que ello ocasiona tanto en su integridad como en sus funciones, así como las maneras por las que se puede lograr un proceso más ordenado.

Como lo ecológico está relacionado con lo económico y las dinámicas sociales, una mirada compleja es siempre obligada para lograr las mejores posibilidades de una coexistencia más equilibrada entre los humanos y su medio ambiente. Esta deseable condición no es frecuente de observar en contextos locales donde existan procesos de disrupción social, pues se ve trastocada por fenómenos de desigualdad social e inequidad económica; o por el hecho de que existen también agentes del Estado o los de carácter empresarial-privado, nacional o transnacional, que han impuesto lógicas y racionalidades que desconocen ostensiblemente las leyes existentes y las políticas ambientales generadas para la protección ambiental y un desarrollo social más equilibrado.

Actualmente, ante el auge de lo que se ha denominado el “neo-extractivismo” progresista o no (Gudynas, 2009), impulsado por el extractivismo transnacional en México y la mayoría de los países de América Latina, atestiguamos muy frecuentemente que las iniciativas locales para exigir la participación de las comunidades y población local en la implementación o revisión de los megaproyectos, se dan precisamente por las dramáticas condiciones en las que surgen concesiones otorgadas por el Estado para la explotación de grandes porciones de territorio que atentan contra la sustentabilidad ambiental y el patrimonio biocultural.

Por ello, no sólo en términos de lo ideal y conveniente que resulta la promoción de ejercicios de planeación conjunta entre agentes externos y miembros de las comunidades interesadas o implicadas en procesos de desarrollo con enfoque de sustentabilidad, sino sobre todo porque también penden amenazas de imposición de proyectos o macroproyectos con potenciales consecuencias disruptivas en el territorio, el ambiente y las condiciones sociales económicas y de salud, es que se visualiza la pertinencia en la revisión de los factores implicados y el papel que la educación ambiental juega en tales procesos.

Un desarrollo local con perspectiva de sustentabilidad ambiental

La transformación socioambiental con un enfoque de desarrollo local es una tarea que exige del educador una clarificación de algunos principios metodológicos y estratégicos que impidan que sus acciones se vuelvan erráticas; se apuntan algunos de ellos, que contribuyen a dar dirección a los procesos educativos en el desarrollo local:

1 Instrumentos de política ambiental. En la sustentabilidad se requiere identificar y aplicar instrumentos para la planeación y la gestión de propuestas y acciones que contribuyan al desarrollo local, bajo la perspectiva de equilibrar las relaciones entre las poblaciones que se asientan en los territorios específicos y el entorno en donde se ubican; también requiere que se tomen en consideración y se utilicen los instrumentos de política que ya existen en las leyes para tales fines, como el ordenamiento territorial, los diagnósticos participativos sobre los recursos, ecosistemas y sistemas de manejo, el diálogo entre los saberes académicos-técnicos y los saberes vernáculos locales, y la educación ambiental, entre otros.

2 Reconocimiento de saberes. Desde una perspectiva educativa constructivista, se deben tomar en cuenta los elementos que ya poseen quienes intervienen en un proceso de aprendizaje en torno a una adecuada relación de las personas y comunidades con el medio ambiente. En particular, por ejemplo, los grupos étnicos originarios de los países americanos se han reconocido constantemente como poseedores de un acervo y un patrimonio de conocimientos importante, muchos de los que prevalecen también entre las sociedades mestizas. Esto es especialmente notorio en los países latinoamericanos.Es importante abrir la perspectiva cognoscitiva implicada en los procesos de aprendizaje hacia una de tipo ontológico, puesto que como establece Escobar (2000, p. 6) “los seres humanos, desde este punto de vista, están arraigados en la naturaleza e inmersos en actos prácticos, localizados” con capacidades de adaptación e improvisación que provendrían de una “capacidad corporeizada” de comprensión e interpretación (Richards, 1993, en Escobar, 2000). Cuando los antropólogos, ecólogos, o en nuestro caso, educadores, pueden tomar en cuenta lo anterior tendrán la capacidad de comprender mejor los aspectos críticos que se dan en torno a la toma de decisiones que están involucradas en “un modelo comprensivo del mundo” (Escobar, 2000) y operativo de vida. Pero más aún, lo que se vincula con el tema “del poder y la racionalidad alternativa de producción”.No obstante, hay que procurar trascender escencialismos como los que a veces atribuyen una sabiduría y conciencia inmanente, o una relación armónica con la naturaleza en todas aquellas personas o comunidades de ascendiente indígena por el simple hecho de serlo; o el de pensar que por estar en el nivel de la planeación o la toma de decisiones a nivel comunitario todos los procesos fluirán de una manera apegada a la aspiración democrática. Asimismo, se reconoce que, por una parte, hay evidencias por todo el planeta de que muchas sociedades o civilizaciones “autóctonas” también han atestiguado periodos de crisis ambientales de gran envergadura. O también, que en la época contemporánea ha ocurrido una “erosión” de las supuestas actitudes pro-ambientales o biofílicas que se les atribuyen a las sociedades indígenas o campesinas tradicionales.En el tipo de procesos educativos con el componente participativo que se promueven, tampoco se puede superar fácilmente el hecho de que predominen los saberes académicos por sobre los saberes locales. Esto tiene que ver con que, en muchas ocasiones, en quienes intervienen desde las instituciones del Estado o desde las organizaciones de la sociedad civil prevalece una perspectiva funcional, más que una de tipo político-transformador y comprometida. En virtud de que tanto la escuela como la universidad y las tendencias de la sociedad distan mucho de haber logrado la aspiración de la interculturalidad, suelen girar en torno a procesos con perspectiva monocultural.

3 El disenso como punto de partida. Los aspectos políticos, o sea los relacionados con el ejercicio del poder, así como los de índole demográfica y las capacidades productivas o adaptativas de las sociedades o comunidades humanas, determinan en mucho las posibilidades de una adaptación resiliente en la dinámica sociedad-cultura-naturaleza. Lo que se intenta como iniciativas en donde están involucradas la escuela, las universidades (desde el Estado) o las organizaciones de la sociedad civil, no siempre redundan en logros positivos como los que se quisieran para el mejoramiento socioambiental. Invariablemente, se presentan tensiones que el agente o los agentes externos no siempre pueden evitar o resolver, y se corre el riesgo de que emerjan o persistan desacuerdos: Es importante destacar que el desarrollo local entraña la coexistencia de grupos con intereses diferentes. No hay que buscar consensos que por ser tan por lo alto se vuelven irrelevantes. Se debe partir de los disensos; reconocer las diferencias y a partir de ellos encontrar los espacios para el trabajo en común (Caruso, 2004).La localidad totalmente armónica es, por tanto, una utopía a alcanzar, y muy rara vez un punto de partida.

4 La acción organizada de la ciudadanía. Con relación a los aspectos de poder implicado, “el telón de fondo está configurado por la confrontación de diferentes visiones del desarrollo. Por un lado, la visión de un Estado, cuyos actores se amoldan a los discursos de siempre, y a los nuevos, como el de la sustentabilidad; por otro, la de sectores de la sociedad que atestiguan o sufren las consecuencias de los proyectos atentatorios a los derechos ambientales y buscan nuevas vías de intervención socioambiental” (Paré y García, 2018, p. 18). Se presenta de manera constante, en los ámbitos dominados por lo urbano, el fenómeno del crecimiento no regulado, sobre un hinterland rural que aún tiene un paisaje agrícola o forestal, y alberga un patrimonio biocultural imprescindible para resistir el embate de tal urbanismo industrial. Amenazas de caminos, libramientos carreteros, obras de infraestructura, vertederos o rellenos sanitarios, obras mineras, presas hidroeléctricas, fraccionamientos: siempre la expansión de lo urbano atenta contra lo rural.Estos fenómenos dan lugar a que emerjan expresiones micropolíticas a contracorriente del proceso de crecimiento urbano acelerado. A pesar de que prácticamente todas las leyes ya establecen disposiciones y procedimientos para la participación ciudadana, por lo general no hay normas ni reglamentos claros. Señala Eduardo Gudynas (2009), ecologista uruguayo, que dentro de la lógica de gobiernos y empresas subsiste la idea de una ciudadanía “de baja intensidad”, “subordinada” o “incompleta”. En las zonas metropolitanas la defensa ambiental siempre toca intereses inmobiliarios o urbano-industriales que, por lo general, buscan predominar sobre los usos agropecuarios o forestales del suelo y la conservación de un entorno rural. “Aunque esté dado un entramado legal y un discurso acerca de la participación ciudadana, éste no es eficaz para aprovechar los impulsos de sujetos, organizaciones, ciudadanos, redes que intervienen; expresan sus necesidades, aportan su trabajo, ni para integrar la innovación que, bajo diferentes escalas o modalidades, significan sus proyectos e iniciativas. Aunque las bases formales para la participación ciudadana ya están instauradas desde hace varios lustros, no han representado una opción real para promover la atención y el apoyo a iniciativas que poseen consistencia” (Paré y García, 2018, p. 25).En muchas partes del mundo la defensa del medio ambiente sigue siendo demandada e impulsada por la acción de ciudadanos y organizaciones frecuentemente ligados a través de movimientos y redes internacionales. El papel que estas iniciativas desempeñan en el impulso de las políticas de protección al ambiente implica nuevas modalidades para lograr que tales políticas representen intereses de la sociedad y no sólo de los poderes de las empresas y del gobierno. “Una de las condiciones necesarias para el impulso al desarrollo local es que existan organizaciones en la sociedad con disposición, ánimo, historia y capacidad. Organizaciones con historias que les proporcionen credibilidad, donde se reconozca la pluralidad y no se ejerzan formas piramidales de funcionamiento en las que el que está arriba no sabe lo que pasa abajo” (Caruso, 2004).Sin embargo, no en todos los casos es posible contar con este tipo de organizaciones y la labor del educador es entonces doblemente ardua, al desarrollar a la par la enseñanza ambiental y contribuir a la organización social de los sujetos educativos.

5 La apertura de las puertas de la percepción ambiental. Hay un reconocimiento generalizado a la importancia de la intervención ambiental con perspectiva local, regional, situada, es decir aquella que es más fácilmente reconocible por los actores que habitan los espacios donde se dirimen los conflictos socioambientales. Pero es común que la población en general carezca de una perspectiva amplia del contexto inmediato o mediato de su territorio. En experiencias de educación y capacitación ambiental, lo más frecuente es percatarse de que las personas no saben de dónde viene el agua que consumen en su ciudad o comunidad y sólo manejan una noción muy general del ciclo hidrológico. Lo más común es que se maneje una información superficial acerca del medio ambiente. Allí siempre hay algo por hacer para informar, sensibilizar y lograr el involucramiento de la población con vistas a promover una planeación participativa que considere la matriz natural que soporta todas las actividades humanas y económicas en regiones concretas. Sin embargo, aunque se promueve la búsqueda de acepciones cotidianas y vernáculas que facilitan su aprendizaje, no deja de ser importante enseñar, o aprender, los complejos procesos involucrados en la gestión de recursos como el agua y los bosques. Es importante que la gente entienda las dinámicas y servicios que las cuencas altas proporcionan, así como el destino de las aguas servidas o los residuos recolectados por el servicio público o los vertederos ilegales.Por ello, resulta muy afortunado gestionar “laboratorios sociales”, donde ya podemos partir de una buena base de la cual tomar experiencias y aprendizajes pertinentes para avanzar en una dirección prometedora. Comunicar estas experiencias, visualizarlas, adaptarlas en escala y contexto, es reconocer el valor del trabajo de los grupos ambientalistas. La presencia y visibilidad de estos ha logrado que los valores de la protección de la naturaleza hoy sean compartidos por cada vez más amplios sectores de la sociedad. “Así, se puede concretar más fácilmente el dicho de ‘poner un granito de arena’, al identificarnos, vernos reflejados, acompañando con nuestra acción individual, familiar, barrial, cobra mayor claridad y pertinencia la intervención en estos diferentes ámbitos” (Paré y García, 2018, p. 27).

La educación situada y la educación popular como perspectiva para un desarrollo local y sustentable

Los proyectos educativos y experiencias con perspectiva local o situada, aparte de lograr por lo general una mayor profundidad analítica, hacen prevalecer los diferentes matices de la intervención ciudadana, deliberada, organizada, co-aprendiente, que representa una buena oportunidad para la cogestión y la gobernanza. Ello se constituye en un buen capital para los habitantes de una región, al contar con documentos informativos y educativos regionalizados, accediendo a estadísticas; conocer los nombres específicos de los ecosistemas, las toponimias de la orografía, los arroyos y los ríos, los mapas territoriales que recuperen la historia, el aprendizaje de lo legal y el reconocimiento de las instituciones involucradas, que presenten con viveza a los actores que están ocupados en proyectos de defensa y restauración ambiental. Si repasamos los aprendizajes y reflexionamos sobre ellos, sobre los valores ambientales, sociales y éticos que representan, no costará trabajo a otros sumarse al impulso de iniciativas valiosas o emprender otras siempre que se requiera. Cuando uno logra verse como parte activa o potencial de un colectivo que detenta un patrimonio de iniciativas, puede aumentar la tolerancia a la frustración que suelen tener los educadores ambientales que en ocasiones no son escuchados. Como la sustentabilidad requiere de un aprendizaje, y el mejor es el que ocurre en condiciones situadas y reflexionadas, disponer de experiencias que sean una buena representación de los caminos del ambientalismo de hoy abona a este aprendizaje necesario. La sistematización de lo que han construido las organizaciones, las personas y las redes en las que participan establece bases claras para los proyectos sociales.

En el campo de la educación no escolarizada, como parte de la expresión de las corrientes críticas y de la descolonización, de gran auge en América Latina, se mira como una oportunidad el que niños, jóvenes y personas adultas puedan acudir conjuntamente a espacios formales o no formales donde se minimice la pérdida de los saberes tradicionales de las culturas locales.

Consideramos valiosa la propuesta de Arenas y Cairo (2009, pp. 70-71), que denominan una “pedagogía crítica de lugar [por medio de] la adopción de [la] postura epistemológica que se ha denominado diálogo de saberes, que comienza por establecer un paralelismo entre la epistemología científica y formas alternas de conocimiento. A pesar de que ese paralelismo se puede mantener de una manera saludable, también podría derivar en un sincretismo de conocimientos nuevos y apropiados”. Sus tres vértices serían: “la descolonización cultural, el aprendizaje del lugar y la educación productiva”.

Rodrigo Moreno (2017) también reivindica la conveniencia de seguir tomando en cuenta a la omnipresente escuela, pero pugnando para que se aproveche más allá de lo que la misma institución educativa parece promover, que es tratar todo el aprendizaje en el seno de la escuela como si estuviera aislada, ante la paradójica idealidad de “que sus estudiantes se vinculen a la sociedad en su etapa como ciudadanos para que ejerzan una serie de derechos y deberes” (Moreno, 2017, p. 28). Por ello, una “pedagogía hermenéutica del lugar permite identificar las situaciones donde [...] se está al tanto de la lugaridad de los estudiantes y las estudiantes, se atiende al reconocimiento de su experiencia espacial de mundo, de su espacio vivido o de su mundo de la vida cotidiano” (Moreno, 2017, p. 31).

Por su parte, Frida Díaz Barriga (2006, p. XV), enmarcando este tipo de propuestas desde el constructivismo educativo, nos recuerda que “la cognición situada transmite la idea de que el conocimiento está anclado y conectado con el contexto en el que el conocimiento se construyó” pues “el aprendizaje es ante todo un proceso mediado por diversos agentes educativos, mediante el cual los estudiantes se integran gradualmente en determinadas comunidades de aprendizaje o en culturas de prácticas sociales (y por lo tanto) el conocimiento es un fenómeno social, no una ‘cosa’” (Díaz Barriga, 2006). De ahí la importancia de su revisión acerca de la enseñanza situada, y particularmente el enfoque que denomina “aprender sirviendo en contextos comunitarios (que sigue) los principios de los enfoques experiencial y situado”. En la educación situada se cumple por tanto con la satisfacción del ideal del aprendizaje por significado: en primera instancia, que los contenidos estén vinculados con el contexto local mediante metodologías participativas; en segundo lugar, que los contenidos curriculares estén relacionados de manera lógica entre sí mediante su tratamiento didáctico.

La educación popular ambiental para construir poder local

Desde el punto de vista de la educación ambiental, es perfectamente consistente el hecho de que cualquier proceso de formación dirigido a los diferentes sectores de la educación esté basado en la premisa de la “ética del lugar” bajo una perspectiva crítica y situada. El lugar es el locus de la co-existencia de lo diverso, donde la naturaleza y la cultura necesariamente conviven y contiene siempre una materialidad constituida por los distintos cuerpos de los entes de cada lugar, lo que exige una percepción del tiempo siempre concreta y, por eso, distinta. Es el locus donde se encuentran y conviven “las diferentes matrices de racionalidad” (Leff et al., 2005, en Leis y García, 2013, p. 273).

Tales matrices de racionalidad consideran tanto a los saberes “expertos” como los “vernáculos” o locales, contribuyendo al diálogo de saberes y al análisis y teorización dentro de la corriente de la etnoecología y la ecología política, puesto que a la educación ambiental popular le importan los aspectos relativos a la inequidad social, la deuda ecológica de las sociedades ricas sobre la mayoría empobrecida de la población, el estado de riesgo ambiental y las posibilidades de la interculturalidad para contrarrestar el predominio del consumismo y el modelo de desarrollo de expoliación socioambiental. Ello, mediante el reconocimiento y la búsqueda que se da a partir de múltiples perspectivas del biorregionalismo y los movimientos sociales ambientalistas que se movilizan por la defensa de su salud y de sus territorios y ecosistemas.

La visión de la educación popular ambiental busca basarse en la existencia actual de la redes que colaboran en la descentralización y el flujo de la información, para examinar los mecanismos y procedimientos que tienen que ver con la aplicación de la normatividad ambiental, tratando de minimizar los efectos de actos de corrupción que determinan su frecuente falta de aplicabilidad de los procesos de planeación, como los ordenamientos regionales y ambientales o su readecuación a modo de los intereses que se promueven.

La construcción de poder ciudadano local es una premisa en la búsqueda de políticas con amplia base social, que valida las iniciativas probadas, existentes o en vigencia y con perspectivas de continuidad, a efecto de dar cuenta del patrimonio de experiencias con las que se van enfrentando tales situaciones. Así, es de reconocer que, si bien dentro de las corrientes de la educación popular la perspectiva pedagógica ambiental ha desarrollado fuertes raíces, dentro de la educación ambiental la corriente filosófica freireana también se ha fortalecido y ha enriquecido dicho campo de práctica y reflexión.

La educación ambiental posee modelos pedagógicos, metodologías formativas y comunicativas innovadoras, participativas y eficaces. Aborda el desafío de trabajar con realidades concretas, nuevas formas de pensar y hacer educación ambiental para la democracia y el desarrollo; por fortuna, múltiples experiencias en materia de innovación socioambiental han comenzado a ser documentadas.

El conocimiento y la visibilización de esas nuevas formas de dimensionar el papel de la sociedad, del Estado, de la escuela, de los maestros, ciudadanos, militantes, de los sujetos y los apoyadores; nuevas formas de coordinar y construir alianzas sociales; nuevas formas de concebir y construir la infraestructura educativo-cultural; nuevas formas de combinar y articular las distintas modalidades de educación en relación con las expresiones educativas correspondientes a todos los grupos de edad; nuevas formas de captar recursos y abrir espacios.

El movimiento ambiental debe incidir en todos los espacios posibles con el filo de un planteamiento y una concepción de la vida, con una educación popular de énfasis transformador hacia sociedades sustentables. Aportar al desenvolvimiento de otras, mejores o nuevas, maneras de hacer política, el enorme desafío que supone el impulso a pensamientos, metodologías, métodos y técnicas que atraviesen el campo del quehacer social, apuntando a la construcción democrática de sujetos, paradigmas y sociedades, se convierte en una tarea impostergable. Para ello es fundamental asumir la propuesta de la educación popular.

Conclusiones

Las actuales condiciones ambientales del planeta implican un gran despliegue de esfuerzos teóricos, prácticos y financieros de toda la sociedad. Si bien existen organismos y grupos que dedican una enorme energía a incidir en las políticas socioambientales internacionales, como es el caso de redes y organismos de acción continental, la estrategia apunta con urgencia a la localidad, es decir, al fortalecimiento de los grupos sociales en su territorio de acción y decisión.

Para muchos educadores esta visión resulta muy positiva porque les ofrece elementos para hacer una lectura crítica de la sociedad desde nuevas dimensiones. Asimismo, les permite organizar curricularmente los temas con nuevos ejes integradores, y a la par tener a los territorios y sus ecosistemas como instrumentos didácticos vivos. La investigación se utiliza como herramienta prioritaria para el proceso de enseñanza-aprendizaje y sus instrumentos de observación y registro, experimentación, sistematización, análisis e interpretación de resultados se ven enriquecidos con el aporte de disciplinas integradoras como la etnobiología, le ecogeografía, la ecología social y otras. Finalmente, se puede encontrar en la propuesta del desarrollo local y la educación ambiental un factor de aglutinamiento social que permite al educador colaborar como ciudadano en un proceso de formación en y para la participación social organizada.

Estudio de caso. Experiencias ciudadanas en torno a la defensa del agua y el territorio en Veracruz

En un estado grande y complejo como Veracruz, las expresiones ambientalistas ciudadanas no han sido uniformes ni han tenido un nivel de organización de amplia cobertura ni han sido consistentes en su visibilidad. Dichas expresiones se han ido conformando principalmente en los planos local o regional, en coyunturas específicas de defensa social o comunitaria, ante la imposición de megaproyectos y programas con alto impacto medioambiental que, de una manera u otra, afectan el entorno, así como las condiciones ecológicas que regulan las actividades productivas y la calidad de vida de la población. Sin embargo, no todo es oposición: en muchos casos las acciones colectivas impulsan iniciativas de manejo sustentable y protección de los recursos en el ámbito local y buscan contribuir a la sensibilización de la población.

En la zona metropolitana de la ciudad de Xalapa, capital del estado de Veracruz, que abarca nueve municipios, en las últimas dos décadas se han expresado varias acciones colectivas en defensa del medio ambiente, el territorio y en particular del agua. El telón de fondo en el que se enmarcan estas experiencias está configurado por la confrontación de diferentes visiones del desarrollo: por un lado, las de tipo estatista-desarrollista o empresarial-desarrollista, y por otro, la de sectores de la sociedad que atestiguan o sufren las consecuencias de los proyectos que atentan contra los derechos ambientales (y por ende, humanos) que buscan nuevas vías de intervención socioambiental hacia la sustentabilidad.

A continuación se presenta uno de los casos que reflejan el nivel de avance de la perspectiva local que muestra pautas como las ya referidas en este capítulo.

Iniciativa ciudadana para el rescate del río Sedeño

La problemática ambiental del río y primeras acciones

Francisco Vázquez y Ana Lilia Suárez forman parte de Desarrollo Sustentable del Río Sedeño, Lucas Martín, A.C., y han narrado en un reciente libro (Paré y García, 2018) su experiencia para el rescate de este cauce:2

El río Sedeño, que nace entre cascadas y el bosque de niebla, cruza varios municipios, en la zona metropolitana de Xalapa. El río, que se une al Actopan para desembocar en el Golfo de México, se está secando, además de ser un drenaje y basurero a cielo abierto. Ante tal emergencia ecológica, dos organizaciones ciudadanas vecinales han promovido, en diálogo y colaboración con las autoridades, el Convenio Intermunicipal para el Rescate y Sustentabilidad de la Cuenca del Río Sedeño. Este proyecto ciudadano se ha propuesto llevar el rescate del río Sedeño hasta la certificación de la corriente como cuenca limpia en el mediano plazo.

A través de la recolección de firmas ciudadanas para la iniciativa denominada Carta Quetzalapan-Sedeño, pretendíamos preservar el cauce en el tramo de un andador marginal de 2.5 kilómetros de la conurbación metropolitana entre Xalapa y Banderilla, donde el río Sedeño es límite municipal. Para ello, propusimos que el andador o parque lineal fuera decretado Área Natural Protegida, iniciativa que ya se hizo realidad, como veremos más adelante, y se sumó a la política pública de intentar ordenar el crecimiento urbano en la zona y detener al menos el deterioro ambiental de la ciudad a costa de su patrimonio natural. Antes de la Colonia, al Sedeño se le llamaba Quetzalapan (río de los quetzales), y a la actual Banderilla, Tlalquetzalan (lugar de quetzales); ambos nombres hacían referencia a algo que hoy nos parece francamente sorprendente: la abundancia de quetzales cuyas plumas servían como tributo para el imperio azteca. Las bondades del clima sorprendieron siempre a los ilustres visitantes y botánicos, quienes quedaron fascinados por sus cristalinas y abundantes aguas, la diversidad de su flora y fauna, ambiente húmedo y clima siempre agradable.

Al paso del tiempo y por el crecimiento las áreas urbanas que acabaron por unir a las poblaciones de Xalapa y Banderilla, esta rica cuenca llegó a enfrentar la desforestación y la contaminación de las aguas por descargas de esas ciudades. Desde su llegada —entre 1995 y 1996— el vecindario tuvo particular aprecio por el río y su limitada, contaminada y maloliente corriente, en cuyas márgenes prevalecía un arbolado de gran belleza escénica. Debido a ello, los habitantes se opusieron a los planes gubernamentales que pretendían entubar el río uniéndolo al drenaje de Xalapa, y en su lugar propusieron su rescate y preservación.

Programa de Ordenamiento Ecológico y avances

En atención al deterioro y al ordenamiento en la cuenca, el Gobierno del Estado de Veracruz encargó la elaboración en 1994 del Programa de Ordenamiento Ecológico de la Cuenca del Río Sedeño para conocer los problemas y las posibles alternativas de solución; sin embargo, el programa no fue publicado, lo que impidió que se convirtiera en ley de acatamiento obligado para autoridades y particulares, pero sirvió como base para decidir obras importantes para el rescate, como la construcción del andador marginal entre Xalapa y Banderilla, y el saneamiento de las aguas; también permitió a los ciudadanos fundamentar y definir las tareas del Convenio Intermunicipal firmado en 2005.

Fue así como entre 1995 y el año 2019 se lograron importantes avances. Primero, se estableció un andador marginal de 2.5 kilómetros para dar acceso y promover su conservación funcional, animando a los vecinos de varias colonias a mantener limpia esa porción del río y a obtener posibilidades reales de disfrute del bello cañón ripario. Paulatinamente, se fue dando a conocer la iniciativa y se logró la participación de maestros y estudiantes de la Universidad Veracruzana y otras organizaciones civiles simpatizantes del proyecto. Como parte del esfuerzo, se contagió a los vecinos de la población de Banderilla para lograr el decreto de Área Natural Protegida del Cerro de la Martinica, otra porción elevada de la cuenca del río Sedeño.

Entre 2004 y 2007, en coalición con el diputado Atanasio García Durán y autoridades de los municipios de Banderilla, Xalapa y otros, se logró echar a andar el Convenio de Coordinación Intermunicipal para el saneamiento integral de la cuenca del río Sedeño. Este caso sigue siendo un ejemplo regional y estatal, dado que logró la integración de múltiples dependencias federales, estatales y municipales, mostrando una pauta a seguir para otro grupos de ciudadanos interesados en la limpieza, conservación y gestión compartida de los bosques, ríos y cuencas regionales.

La firma del convenio fue publicada en la Gaceta Oficial del Estado (4 de noviembre de 2005) y empezó a operarse a través de un grupo de seguimiento —coordinado por el gobierno del estado en colaboración con la Comisión Legislativa de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Agua— que agrupaba a ciudadanos, autoridades, instituciones y especialistas, todos interesados en el rescate del río. Tomaban decisiones por consenso y revisaban el cumplimiento de las acciones programadas. Hasta 2009 sesionaban cada dos meses, pero a partir de 2010 empezaron a realizar tres reuniones anuales: programación, avance y evaluación. El convenio tuvo varios ámbitos o escalas de acción: local, intermunicipal y regional, sin perder de vista el ámbito de la cuenca y siempre bajo la observación ciudadana para asegurar la transversalidad imprescindible para concertar temas, espacios y actores. Para esos años ya se había logrado generar el proyecto y el financiamiento de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales Quetzalapan-Sedeño, así como una inversión de 25 millones de pesos.

Sin embargo, la inconsistencia de la voluntad gubernamental para dar el impulso debido al grupo ha impedido aprovechar las posibilidades de una articulación regional de municipios en torno a la cuenca y el logro de un presupuesto regionalizado, tal como lo plantearon los ciudadanos desde un principio a partir del tema de abasto y saneamiento del agua, lo anterior con el fin de articular progresivamente otras fuentes de inversión que permitan el desarrollo orientado a la sustentabilidad de la cuenca.

Todo lo anterior siempre estuvo acompañado de otras acciones adicionales que se mencionan muy brevemente: la iniciativa Niños Vigilantes del Río Sedeño se convirtió en un espacio en el que se realizan talleres mensuales donde muchos aprendieron los fundamentos de los ciclos naturales, principalmente del agua y del bosque, así como prácticas domésticas de vida sana, consumo responsable, ecotecnias sencillas —como la producción de lombricomposta— y la práctica de las tres erres: reducir, reusar y reciclar los residuos sólidos.

El Proyecto de Agricultura Urbana, vinculado con la separación de desechos domésticos orgánicos e inorgánicos, que mayormente se realiza en el hogar, pero que forma parte de la Red de Agricultura Urbana y Periurbana, ha sido impulsado por Miguel Ángel Escalona de la Universidad Veracruzana desde hace por lo menos diez años.

Finalmente, en 2016 el gobierno del estado lo decretó una nueva área natural protegida de competencia estatal, en la categoría de corredor ripario: el Parque Lineal Quetzalapan-Sedeño (13 hectáreas). Lo anterior se vio complementado en 2019 con la inauguración del Parque del Río Sedeño, que aportó mobiliario e instalaciones para el ejercicio, la recreación y la educación ambiental.

Lo que ha representado la iniciativa y los logros de los vecinos participantes de este caso, para muchas otras organizaciones civiles e instituciones regionales, es el constituirse en una inspiración y un laboratorio para el aprendizaje de lo que es el impulso de las aspiraciones e intereses de la ciudadanía organizada, para mejorar las condiciones de las poblaciones y el territorio de la zona metropolitana de la ciudad de Xalapa. Se requiere de una gran paciencia, claridad de objetivos, tenacidad, formación de capacidades, cabildeo constante, superación de las frustraciones, participación en la generación de las políticas públicas, gestión constante, compromiso y aprendizajes capitalizables para hacer crecer la iniciativa original y el desborde de las posibilidades.

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PEÑALOZA P., J. (2016). Educación ambiental en experiencias urbanas. Representaciones sociales de un sujeto ambiental en el escenario de una ciudad verde. Tesis de doctorado. Caracas: Instituto Pedagógico Rural Gervasio Rubio, Universidad Pedagógica Experimental Libertador.

VILLASANTE, T. (2018). De la transdisciplinariedad a las transducciones. En J. Merçon, B. Ayala-Orozco y J. A. Rosell (coords.). Experiencias de colaboración transdisciplinaria para la sustentabilidad: CopIt-arXives y Red Temática de Socioecosistemas y Sustentabilidad. México: Conacyt.

2 Basado en F. Vázquez y A. Suárez (2018), “Las iniciativas ciudadanas para el rescate del río Sedeño”, en Paré y García (coords.).

Capítulo 2

Andamiajes entre la educación y la pedagogía ambiental

Esperanza Terrón Amigón

Raúl Calixto Flores

Presentación

La especie humana a lo largo de su historia ha transitado por diferentes fases de desarrollo; por la diversidad biológica, regional, social, cultural y sus diferentes visiones de mundo tal desarrollo se expresa en beneficios sociales desiguales y en impactos socioambientales planetarios de distinto tipo. A mediados del siglo pasado se identificó que esos problemas son complejos y que su impacto es planetario. Entonces, los marcos convencionales del conocimiento fueron rebasados por esa complejidad y, por ende, una educación que pretendiera contribuir en la comprensión, discernimiento y transformación, de los ámbitos de la realidad en los que se erigen los problemas ambientales y los procesos sociales que los propician, requería de nuevos saberes y pautas pedagógicas.

En ese contexto, la revolución que genera la problemática ambiental por su carácter planetario y complejo, al rebasar los marcos convencionales del conocimiento social de la realidad, irrumpió con nuevas pautas pedagógicas y métodos. Una educación diferente que conocemos como educación ambiental nos convoca a la reflexión y al discernimiento de sus fines y formas de conocer integrales, que articulan saberes comunes, tradicionales, cotidianos, la aprehensión científica y la ética ambiental. Nos referimos a un campo que se venía soslayando en la educación general.

La educación ambiental y la pedagogía ambiental son campos complejos, multidimensionales, multidisciplinarios, interdisciplinarios y transdisciplinarios; debido a que el problema de la realidad del que se ocupan y su proceso educativo es complejo, inciden en él una pluralidad de variables diversas e interrelacionadas. Se construye in situ, por lo que influyen en ella la cultura, el contexto, los sujetos, un nuevo objeto del aprendizaje, nuevas formas de aproximación al conocimiento de la realidad y, entre otros aspectos, valores que dan sentido a la práctica.

La naciente pedagogía ambiental tiene su base en la educación ambiental, cuyo origen se ubica en el último tercio del siglo XX. Para comprender y desarrollar pertinentemente ambos conceptos es indispensable entender en su complejidad el problema que les da sentido, hacia dónde se quiere ir y qué caminos habrán de trazarse para lograrlo.

La pedagogía ambiental es inherente a la educación ambiental —ya que esta es su objeto— y, por ello, la intencionalidad de ambas se enfoca en los procesos de formación integral y de transformación social, que se persiguen mediante la educación ambiental. Ambos conceptos se nutren entre sí, están vinculados por una complementariedad paradigmática: filosófica, epistemológica, sociológica, antropológica y ética. A fin de contribuir en la formación de una cultura ambiental ciudadana crítica y participativa, el acto educativo y su sentido tienen como objetivo ir más allá del aula para trascender a la vida cotidiana de los sujetos y expresarse en una relación armónica con el medio de vida, con sus congéneres y consigo mismo.

El desarrollo de este capítulo se organiza tomando en cuenta contenidos de la publicación: Diálogo entre educación ambiental, complejidad y pedagogía ambiental para entender el mundo hoy y transformarlo integralmente (2017), incorporándose un punto que versa sobre las articulaciones teórico-metodológicas básicas con otras pedagogías emergentes específicas, que surgen en el mismo contexto de crisis civilizatoria en el que emerge la educación ambiental, de ahí su complementariedad con esta educación y la pertinencia de su andamiaje con la pedagogía ambiental.

Buscando contribuir a la comprensión reflexiva acerca de la educación ambiental y su pedagogía, en este capítulo se presentan algunos antecedentes de la pedagogía ambiental aludiendo enfoques pedagógicos anteriores que se complementan o se contraponen con dicha pedagogía; se distinguen sus principales características teóricas, los principios metodológicos fundamentales así como su articulación teórica/metodológica básica, con otras pedagogías emergentes específicas.

Breve historia de la pedagogía ambiental

El siglo XX heredó dos grandes tradiciones al pensamiento educativo: la primera, encabezada por los constructivismos: psicogenético de Jean Piaget, sociocultural de Lev Vygotsky y significativo de David Ausubel; la segunda, encabezada por la pedagogía activa (Montessori, Dewey, Freinet), la pedagogía crítica (Freire) y el enfoque reflexivo-transformativo de Stenhouse.

A partir de la crisis ambiental y la globalización económica han surgido otros sistemas de pensamiento conocidos como de la complejidad, el holismo ambientalista, la interdisciplina y la transdisciplina, entre otros; su fuerte tendencia a la unificación como un saber transdisciplinario no excluyente junto con la teoría de la complejidad, están tendiendo a transformar las orientaciones educativas anteriores y a darle un nuevo giro a la pedagogía del siglo XXI.

Esos sistemas de pensamiento heredan mayor raigambre de la segunda tradición y aportan elementos completamente nuevos en el camino hacia un saber humano de corte integrador, en la forma de concebir al sujeto, una ética trascendente universal, una perspectiva hermenéutica, una bioética y la complejidad como método y cosmovisión educativa (Delgado, 2011; Ritter, De la Lanza y Pérez, 2010).

La práctica de la educación es anterior al pensamiento pedagógico (Fermoso, 2003; Gadotti, 2004); este surge en la segunda mitad del siglo XVIII pero es hasta finales del siglo XIX y su tránsito al XX cuando la pedagogía avanza de manera significativa hacia su caracterización como ciencia, cuyo objeto de estudio es la educación. Según los autores señalados, la pedagogía como ciencia surge ante la necesidad de reflexionar sobre la práctica de la educación, de sistematizarla y organizarla para lograr mejor sus fines y objetivos.

En el devenir histórico de la educación se puede advertir que esta y la pedagogía no tienen un solo objeto y fin sino muchos, todos vinculados con la formación de los seres humanos y su multidimensionalidad. La educación griega sigue siendo un referente para comprender la memoria de la educación y permite comprender que responde a las necesidades de sectores sociales particulares en épocas históricas precisas de la historia de la humanidad (Fermoso, 2003; Gadotti, 2004).

La memoria de la educación y de la pedagogía permite comprender que estas no han sido las mismas en todos los tiempos. Sus fines, contenidos y principios cambian a causa de la evolución de las sociedades, sus diferentes objetos y fines tienen que ver con la formación de los seres humanos en relación con la vida y su desenvolvimiento en el mundo, en contextos histórico-sociales y culturales diversos influidos por las exigencias estructurales dominantes.

A mediados del siglo XX, la evidencia de la crisis ambiental planetaria condujo a pensar sobre qué clase de educación es necesaria para reorientar el futuro de destrucción al que nos está conduciendo esa crisis. Instancias internacionales y nacionales crearon múltiples espacios para el debate y la reflexión sobre la educación. Se generaron grandes escritos y recomendaciones de donde surgió, en el seno de la Organización de la Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, 1980), un marco general sobre la educación ambiental, así como la recomendación internacional de incluirla en los sistemas educativos del mundo.

A fines del siglo XX e inicios del presente la cuestión central de la educación ambiental que se pone en el foco de la mayoría de los debates es la visión instrumental predominante en la planeación educativa. En ella ha dominado por muchos años la valoración de lo material, la cosificación del sujeto, la competencia y el individualismo, así como la fragmentación del conocimiento.

Un hecho significativo en el presente siglo es que desde la Unesco se ha trabajado mucho para sustituir a la educación ambiental por la educación para el desarrollo sostenible o sustentable; dicha institución impulsó el “Decenio de las Naciones Unidas de la Educación para el Desarrollo Sustentable (2005-2014)”, poniendo el énfasis en la búsqueda de la sustentabilidad con bases pedagógicas y principios similares, ya considerados en la educación ambiental, pero con la diferencia de que su sentido se enfoca al desarrollo económico sustentable.

En la práctica, Sauvé distingue en las acciones enfocadas a la mejora del ambiente corrientes naturalistas, conservacionistas, práxicas, críticas, sustentables, entre otras (Sauvé, 2007). En todas ellas se constata la coexistencia de diversas concepciones y teorías de la educación y la pedagogía relacionadas con el significado que se otorga al ambiente. Otras prácticas pedagógicas incorporan en sus procesos aspectos filosóficos y hermenéutico-críticos integrando aspectos contextuales como los problemas de la realidad ambiental cercana y cultural.

En lo tocante a la pedagogía que orienta tanto la planeación como la práctica educativa, ha predominado un marco de referencia centrado en el conductismo en conjunto con la ciencia convencional, marco que se caracteriza por portar una visión reduccionista, lineal y parcelada, orientada a favorecer el crecimiento económico. Estos sentidos se expresan la organización de los contenidos sobre los problemas del ambiente al interior de las disciplinas, en los métodos y medios de enseñanza curriculares, en el papel que se otorga al educador y al sujeto de aprendizaje y en el aprendizaje (véase Terrón, 2019).

Esos sentidos, que de manera sucesiva y simultánea se han aplicado a la educación y a la pedagogía, ponen de manifiesto la diversidad de fines que se les otorgan; algunos con controversias sustantivas en cuanto a la finalidad última con la que nacen: la formación humana y el desarrollo integral de las personas, el conocimiento para la vida, para el bienestar, para el carácter, para el trabajo y sobre qué tomar en cuenta para favorecer los aprendizajes que permitan potenciar ese desarrollo.

Como hemos señalado, la crisis ambiental es compleja, de modo que la educación ambiental y la pedagogía ambiental tienen un carácter multidimensional, multifactorial y a la vez multideterminado por los sujetos, el contexto, el tipo de problema ambiental que se busca resolver y los valores a transformar y construir; de ahí que el tejido del proceso educativo y sus dimensiones se estructuran en diversos niveles interrelacionados. En ese sentido, la importancia integradora de la transdisciplinariedad para comprender de la relacionabilidad, del resultado de esas interrelaciones y de lo que se necesita transformar integralmente (Terrón, 2019) es de vital importancia. Sin embargo, el desarrollo de la práctica de la educación ambiental es controvertido, en ciertos casos su proceso puede considerarse complejo, crítico y participativo, pero en otros como mecanicista, reduccionista, fragmentado, lineal, ahistórico y reproductor.

Características teóricas de la pedagogía ambiental

En el marco descrito, las disertaciones de Morin (2000) destacan que el elemento más poderoso de la ideología occidental del siglo XX ha sido la ciencia positiva, desde la que se reduce la problemática ambiental al medio natural y se imponen acciones lineales, aisladas y descontextuadas para su solución, en un entorno en el que sólo importan las ganancias económicas y no se reconocen los daños generados por la producción mercantilista, ni en la naturaleza ni en la sociedad.

Como consecuencia, esas acciones no contribuyen cabalmente a la prevención o erradicación de la crisis ambiental, ya que el problema que se tiene con la crisis ambiental, como hemos insistido, es complejo, “en él confluyen las fuerzas de la naturaleza con las imposiciones simbólicas sociales, culturales, políticas y económicas estructurales, así como los medios educativos escolares y las formas de comunicación, que se utilizan en la reproducción del orden social que ha hecho crisis en el ambiente” (Terrón, 2017, p. 12).

El inicio de la educación ambiental obedece en todo a ese contexto y nace con un sustento pedagógico, cuyas bases principales se encuentran en la pedagogía crítica, en la teoría de la complejidad y en el constructivismo (véase Unesco, 1980; Carr y Kemmis, 1988; García, 2004), ello debido a que los paradigmas crítico y de la complejidad permitirían a dicha educación una gran versatilidad y capacidad de respuesta, ante las situaciones contextuales del problema ambiental, por lo que se pondera:

 la reflexión crítica, contextual e histórica de la crisis ambiental;

 el desarrollo de un pensamiento crítico y complejo (relacional integrador) que distingue las diferencias y respeta la diversidad cultural; y

 la intención de que las personas se impliquen en la transformación social y de sí mismos que se necesita.

La utopía que se persigue mediante la educación ambiental es forjar una sociedad que conoce y toma postura de su realidad, que actúa y se hace responsable de sus acciones, que es equitativa y justa, que dialoga, se solidariza, se mezcla, se respeta y hace cosas en pro de una mejor convivencia entre los humanos, con la Tierra y consigo mismos; un diálogo que implica horizontalidad en las relaciones, comprensión y comunicación, entendiendo que si no hay comunicación ni comprensión no hay diálogo (Terrón, 2013).

El objeto propio de la educación es ayudar a los sujetos a encontrar su propio camino, propiciando el despliegue de ese campo particular del desarrollo humano que permita identificar al individuo sus talentos, sus potencialidades y encontrar su unicidad como individuo determinante de su posterior proyección en un mundo compartido, con su propia visión, descubrimiento y desarrollo; el sello propio de cada individuo, aquello que lo hace original, haciendo acopio de la creatividad, la intuición, predisposiciones al arte, a la indagación y al descubrimiento (Moreno, 2006 en Terrón, 2010).

La pedagogía ambiental aporta elementos teóricos para hacer realidad los fines de la educación ambiental,

con la perspectiva compleja, crítica y constructivista de la educación y la pedagogía, se espera posibilitar que el proceso educativo en torno a un problema complejo como lo es la crisis ambiental, sus impactos y las formas de afrontar sus irrupciones en contextos diversos, sean recreados en cada situación, en el aquí y en el ahora de cada lugar particular y con el aval y la implicación de los sujetos con los que se actúa, ello en tanto que los problemas ambientales afectan zonas de poblaciones y comunidades de medios diversos, cuya comunicación y entendimiento pueden verse favorecidos al elucidarse con la participación conjunta de los sujetos individuales o colectivos que están siendo afectados en sus condiciones de vida (Terrón, 2017, p. 13).

Un problema central de la pedagogía ambiental se encuentra en la ambigüedad existente en las definiciones de los conceptos de educación ambiental y pedagogía, así como la confrontación entre dos modelos pedagógicos: el instrumental y el crítico. La circulación de conceptos sobre educación asociados a lo ambiental propicia una gran confusión que limita la comprensión de la educación ambiental y su pedagogía. Son un conjunto de términos a los que se adjudica la misma problemática y discurso que hacen emerger a la educación ambiental, pero que no necesariamente comparten la preocupación de esta última por disminuir la crisis ambiental y reconstruir la convivencia humana justa, responsable y respetuosa de la vida, así como por lograr una calidad de vida digna.

Entre esos conceptos pueden distinguirse los siguientes: educación ecológica, ecopedagogía, educación ambiental sustentable, educación para el desarrollo sostenible o sustentable, educación para la sustentabilidad ambiental, entre otros; asimismo, conceptos como el de ambiente, medio ambiente y de crisis ambiental asociados sólo al medio natural; y el de educación como instrucción, información o capacitación. Algunos de esos conceptos apoyan a la educación ambiental, otros esconden intereses técnicos que reducen el hecho educativo ambiental a un acto ahistórico, mecánico, fragmentado y lineal, que más que prevenir o disminuir la problemática ambiental, la refuerzan y mantienen, al favorecer lo que Morin (1999) destaca como la “ceguera del conocimiento”, que inmoviliza a las personas.

Aunado a lo anterior, la educación y la pedagogía se desarrollan como si su propósito fuera neutral, lo que genera cierta ambigüedad en la implicación del qué, del para qué y del cómo del desarrollo de la práctica educativa en general y de la educación ambiental en particular; comúnmente se reduce al qué y al cómo, perdiéndose de vista el para qué, el por qué, el dónde y con quiénes. Lo anterior, en los hechos, se convierte en una limitante debido a que el contexto es diverso y, como consecuencia, las necesidades, la intencionalidad y el interés cambian de acuerdo con esa diversidad (Terrón, 2013).

Los aspectos referidos impiden comprender y superar el carácter técnico y mecanicista de muchas prácticas que se impulsan a título de la educación ambiental; como consecuencia, se siguen derroteros que producen que todo siga igual, al priorizarse acciones remediales y no para la transformación de las causas que originan la crisis ambiental, que llegan a verse reflejadas en las prácticas pedagógicas; por ejemplo, aquellas que privilegian los valores de la competitividad, del individualismo, del consumismo y del lucro en las prácticas de las personas, de la economía, de la política al servicio del mercado, de beneficios a corto plazo.

Los estudios sobre la educación y la pedagogía permiten reconocer un conjunto de elementos importantes relacionados con su proceso de desarrollo. Por ejemplo, ni la pedagogía ni la educación son neutras, se caracterizan por tener una diversidad de matices otorgados, a su vez, por la complejidad de su objeto de estudio, por sus posiciones teóricas, así como por los intereses y fines específicos a los que sirven. De ahí la importancia de contrastar las ideas y de reflexionar sobre los problemas y potencialidades de sus matices, porque ello permitirá tomar distancia y formarse una opinión sobre la educación ambiental, induciendo a repensarla y a llevarla a cabo sin soslayar su visión integral y su relevancia en el futuro de la humanidad.

Principios metodológicos deseables de la pedagogía ambiental

Pensar el sentido de la pedagogía ambiental implica pensar en el sentido de la educación ambiental. De acuerdo con Fermoso (2003), Gadotti (2004), Pontón (2011) y Velázquez (2009), ese sentido es común y se orienta a la formación humana, a la transformación individual y social en busca del bienestar humano y planetario. El cuidado ambiental planetario significa equilibrio y mesura al interior de ese bienestar. Por ello, la pedagogía al implicarse con todo aquello que se relaciona con la formación humana e integral del sujeto es un campo en el que se revisa y reflexiona todo lo que se interrelaciona en ese proceso y se identifica lo que mejor se aplica a la formación integral del ser humano.

Tal reflexión abarca la enseñanza y el aprendizaje, sus contenidos, sus protagonistas, sus procesos y modos de realización, sus sentidos y significados, y aporta elementos para hacer los cambios necesarios en la educación y su práctica (Velázquez, 2009). Eso es un proceso recursivo cíclico —acción, reflexión, teoría— que a partir de los resultados de la investigación pedagógica conforma nuevas propuestas de educación (conocimientos, métodos, ética) para alcanzar mejores logros en el marco de cierto proyecto civilizatorio.

Aunque la pedagogía ambiental nació recientemente, no parte de cero. La generación de conocimiento pedagógico ambiental se ha auxiliado y habrá de auxiliarse del conocimiento pedagógico existente, de las ciencias de la educación y, sin duda, del marco epistémico propio de lo ambiental: complejo, crítico, interdisciplinario y transdisciplinario (García, 2004; Leff, 2003 y 2015; Terrón, 1998).

Considerando lo anterior, se infiere que el eje de estudio de la pedagogía ambiental es el proceso de la relación sujeto-objeto de conocimiento ambiental; es decir, en términos de Pontón (2011), los sujetos y su proceso de formación, en relación con los fines formativos de la educación ambiental. Para ello, la reflexión de la articulación teórico-metodológica entre la educación y la pedagogía ambiental tiene mucho que estudiar entre las diferentes dimensiones que se han venido destacando; principalmente, en torno a cómo aumentar la toma de conciencia de los sujetos respecto de la crisis ambiental y de los valores, relaciones y acciones que pueden ser cambiados por ellos para revertir la crisis y lograr un nivel digno de bienestar personal, en sus comunidades y en el planeta.

El mejoramiento ambiental depende de una conciencia ambiental, pero la construcción de esta depende de la educación. Los caminos para lograrlo los ofrece la pedagogía, aunque no es garantía, porque en el proceso educativo confluyen muchos factores, entre ellos el nivel de bienestar familiar y de desarrollo de los sujetos de aprendizaje, que en mucho dependen de un cambio estructural en la economía, la ciencia, la tecnología y la política en favor del desarrollo social; y no del crecimiento económico mercantil a costa de ese desarrollo (Terrón, 2010).

El proceso educativo y la relación de las variables que intervienen en la constitución de la formación ambiental de los sujetos es lo que se trataría de entender y explicar mediante la reflexión pedagógica, para de ello desprender teorías, principios y orientaciones factibles que contribuyan al mejoramiento y logro de la formación implicada en la educación ambiental.

En dicho proceso se pone en juego no sólo el qué y cómo prevenir o revertir el daño ambiental ocasionado en el medio natural, sino también su afectación social, el conocimiento y transformación de las causas que están en la base del problema, relacionadas principalmente con intereses económicos, culturales y éticos; el por qué, para qué y cómo de la educación (corpus epistemológico y pedagógico para apropiarse de ese conocimiento de manera crítica y compleja), el contexto, los sujetos y los valores. Tales aspectos facilitarían la toma de conciencia sobre la crisis socioambiental y su complejidad, así como acerca de las formas de actuar necesarias para transformarla con juicio crítico, en su nivel local, regional y planetario.

Se puede afirmar, siguiendo a Fermoso (2003), Pontón (2011) y Jasso (2000), que la pedagogía se ha venido estudiando como ciencia o teoría de la educación, como disciplina académica y como profesión. En ese sentido, la pedagogía ambiental y su objeto —el proceso formativo de la educación ambiental orientado al desarrollo integral de las personas para desenvolverse con juicio crítico y de manera armónica en el mundo— podrían comenzar a ser estudiados de manera transdisciplinaria y con rigor científico para generar conocimiento y teoría de la educación ambiental, sin olvidarse de aplicar esa transdisciplinariedad en la presentación de los contenidos educativos, curriculares o no curriculares. No existe aún una disciplina académica o profesión con ese nombre; pero sí existe la educación ambiental como carrera universitaria, como disciplina académica y como profesión.

Los principios metodológicos deseables se orientan hacia lo siguiente (Terrón, 2017, pp. 34-35):

 Desarrollar un pensamiento crítico y complejo sobre la realidad ambiental que posibilite el entendimiento de la interdependencia entre los elementos de la vida, ya que cada uno de los componentes del planeta tiene una función para la vida y se encuentra asociado a otros elementos con mecanismos e interconexiones, en distintas direcciones.

 Construir una visión integral y contextual de la dinámica planetaria, en tanto que la interdependencia de sus elementos y la extracción de estos para satisfacer la cultura de la superficialidad tiene consecuencias que impactan a todo el planeta en su conjunto, pero de diferente forma según la diversidad de los contextos y sus interrelaciones, lo que requiere soluciones diversas.

 Pensar los problemas ambientales mirando su tejido en la trama de las múltiples interacciones que los producen: causas físicas, económicas, políticas, socioculturales, éticas y educativas, entre otras, para desde ahí pensar las alternativas de solución pertinentes.

 Conocer la crisis ambiental integrando sus aspectos físicos y sociales, ponderando su carácter globalizador y la necesidad de soluciones integrales; ello, desde una perspectiva compleja, crítica, holística, histórica, interdisciplinaria y transdisciplinaria, que permita desde la educación edificar una nueva conciencia guiada por una ética humanista hacia el respeto, la responsabilidad y la cooperación entre los seres humanos en pro de una convivencia armónica planetaria con justicia social.

 Construir una ética de la solidaridad, del respeto, de la responsabilidad, que permita avanzar hacia un cambio social real con los valores que promueven la convivencia respetuosa, responsable y solidaria de los seres humanos con el medio de vida, consigo mismos y con los demás; así como actuar en soluciones integrales abarcadoras del cuidado de la Tierra y de la vida en ella, buscando que todo ser humano alcance un nivel de bienestar digno, trabajando en consecuencia.

 Propiciar la comprensión humana en el plano individual, en nuestra relación con los otros humanos, entre las diversas culturas y con la Tierra, esto es, una cultura ambiental planetaria que conlleve a una paz duradera entre los habitantes del planeta. Recordemos que la educación ambiental implica dos complejidades: la complejidad ambiental y la complejidad del proceso formativo de las personas en ese campo sin perder de vista su desarrollo integral, con apego en valores afectivo-cognitivos hacia el conocimiento y la comprensión humana de las personas, de las culturas y del planeta, de cara a un mundo que tiende a destruir la esperanza, como forma de vida individual, social y planetariamente dominante.

 Fortalecer la acción participativa y el conocimiento de las acciones pertinentes para contrarrestar el impacto de la problemática ambiental, considerando el contexto y la vulnerabilidad social de las poblaciones, en busca del incremento de la resiliencia de las comunidades lo mejor que se pueda, comenzando con el compromiso para realizar los cambios indispensables de mitigación y adaptación en la vida cotidiana. Al mismo tiempo que se robustece la educación como una voz que se eleva para demandar que los grupos concretos que dominan la economía y la política, apliquen la mesura en sus intereses, porque cada vez más ponen en riesgo la existencia de la vida en el planeta y su bienestar.

De la pedagogía ambiental se esperan principios teóricos y metodológicos para reorientar de mejor manera la enseñanza y los procesos de aprendizaje en la formación ambiental de las personas; en el momento actual se comienza a poner mayor atención en perspectivas que la complementan, como la educación crítica, pero falta desarrollar en los contenidos educativos la perspectiva compleja, interdisciplinariay transdisciplinaria, para favorecer el estudio de los problemas ambientales en el marco de su multidimensionalidad y de manera integral; lo que, en términos de Morin y Delgado (2016), es propicio para reformar el pensamiento y las relaciones que se necesitan para el cambio social y ambiental.

Articulaciones teórico-metodológicas básicas con otras pedagogías emergentes específicas

Las pedagogías emergentes, entre las que se encuentra la pedagogía ambiental, se encuentran en el tránsito del pensamiento moderno hacia el posmoderno en el que se supera el estudio fragmentado de los problemas ambientales (modernidad), donde por lo general se señala una relación causal de estos. En el pensamiento moderno se relegan a un segundo término aspectos importantes que posibilitan el desarrollo de una mirada crítica hacia las relaciones con el medio ambiente. Mientras que en la modernidad se apuesta por la especialización (pensamiento compartimentado), en la posmodernidad se fundamenta el cuestionamiento, la subjetividad, el cambio, la diversidad y la heterogeneidad (el pensamiento crítico), se integran necesidades emergentes de la sociedad, que se habían mantenido relegadas y subvaloradas, como los derechos feministas o el de vivir en un medio ambiente seguro.

En el contexto de los países europeos en el siglo XVIII, ante los efectos de los problemas sociales, culturales, económicos y políticos emergieron varios movimientos sociales, dando lugar la declaración de los derechos universales de igualdad y de libertad promovidos en la Revolución francesa y en la Ilustración; movimientos que en el siglo XIX (a raíz de la Revolución industrial) y gradualmente en el siglo XX ante las guerras, el racismo y la emergencia de la crisis ambiental planetaria reconocida también como crisis civilizatoria de toda la humanidad, surgieron múltiples movimientos y luchas sociales a favor del reconocimiento

de los derechos humanos: el respeto al acceso a un trabajo digno, a los servicios de salud, a la equidad de género y a un ambiente sano y seguro, entre otros.

Los derechos humanos evolucionaron dando lugar a los derechos de segunda, tercera y cuarta generación. En la actualidad, la mayoría de los países reconocen los derechos humanos de tercera generación, relativos a los “derechos de los pueblos”, entre ellos se contemplan la autodeterminación, independencia económica y política, derecho a la identidad nacional y cultural, a la paz, a la coexistencia pacífica,al entendimiento y la confianza, a la cooperación internacional y regional, a la justicia social internacional, al uso de los avances de las ciencias y la tecnología, a la solución de los problemas alimentarios, demográficos, educativos, ecológicos; al medio ambiente, al patrimonio común de la humanidad y al desarrollo que permita una vida digna (Escalona, 2004).

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Release date on Litres:
22 October 2025
Volume:
308 p. 15 illustrations
ISBN:
9786075710655
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