Read the book: «Arte y agencia»

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Alfred Gell

1945-1997


Índice de contenido

Presentación - Arte y agencia: más allá de Alfred Gell

El giro hacia el arte

Una teoría antropológica del arte

Arte como agencia e intencionalidad

Tecnologías del encantamiento

Objetos distribuidos y personas fractales

Protenciones de Gell

Contenidos

Reconocimientos

1. Definición del problema: necesidad de una antropología del arte

1.1. ¿Es posible una teoría antropológica del arte visual?

1.2. El objeto de arte

1.3. La sociología del arte

1.4. La silueta de una teoría antropológica

2. La teoría de la trama de arte (Art Nexus)

2.1. La construcción de una teoría: términos y relaciones

2.2. El índice

2.3. La abducción

2.4. El agente social

2.5. Las «cosas» como agentes sociales

2.5.1. La solución a la paradoja

2.5.2. Agentes y pacientes

2.6. El artista

2.7. El destinatario (recipient)

2.8. El prototipo

2.9. Resumen

3. La trama de arte y el índice

3.1. La tabla de relaciones agente-paciente entre los cuatro términos básicos

3.2. Índice A ––––> artista P––––>

3.3. Índice A ––––> destinatario P

3.4. Índice A ––––> prototipo P

3.5. Artista A ––––> índice P

3.6. Destinatario A ––––> índice P

3.7. Prototipo A ––––> índice P

3.8. La importancia central del índice

3.8.1. La lógica de los agentes y pacientes «primarios» y «secundarios»

3.9. Las expresiones «ilegítimas»

3.10. Índice A ––––> índice P

3.11. Artista A ––––> artista P

3.12. Destinatario A ––––> destinatario P

3.13. Prototipo A ––––> prototipo P

4. La involución del índice en la trama de arte

4.1. El engarzado jerárquico de las relaciones agente-paciente

4.2. El efecto de las sustituciones

4.3. Las estructuras de árbol

4.4. Estructuras de árbol más complejas: el fetiche de clavos

5. El origen del índice

5.1. La agencia

5.2. La cautivación

6. La crítica del índice

6.1. Sobre el arte decorativo

6.2. El apego

6.3. El patrón decorativo: índice A ––––> índice P

6.4. La simetría y la apariencia de animación

6.5. Los patrones complejos

6.6. Los patrones complejos como «asunto pendiente»

6.7. El gusto y la chabacanería

6.8. El patrón apotropaico

6.9. Los kolam

6.10. Los kolam, el tatuaje y el laberinto de Creta

6.11. Los dibujos en la arena de Malakula y la tierra de los muertos

6.12. Dibujo y danza

7. La persona distribuida

7.1. Mímesis y hechicería

7.2. La facultad mimética

7.3. La hechicería por imagen

7.4. La teoría epicúrea de los «simulacros voladores» como partes del cuerpo

7.5. De la hechicería al culto de las imágenes

7.6. La decorticación y el intercambio de índices: el to’o tahitiano

7.7. Darshan: el testimonio como agencia

7.8. Animismo y antropomorfismo

7.8.1. De leños y piedras

7.9. Nociones externas e internas de agencia

7.10. La animación de los ídolos: estrategia externalista

7.11. Los ídolos concéntricos y la personalidad fractal

7.12. Los ritos de consagración

7.13. Conclusión: de lo individual a lo colectivo

8. Estilo y cultura

8.1. Sobre el concepto de estilo

8.2. Hanson sobre el estilo y la cultura

8.3. El estilo y la importancia cognitiva

8.4. El análisis formal y la quimera lingüística

8.5. La sinécdoque: ejes de coherencia en las unidades estilísticas

8.6. El corpus marquesano

8.7. La tabla de motivos etua

8.8. Del hope vehine al vai o Kena

8.9. Del hope vehine al kake o kea

8.10. Del etua a la forma de cara (mata hoata)

8.11. Del mata hoata al ipu: otras formas de cara

8.12. Otras transformaciones de motivos

8.13. La inversión figura-fondo (diademas de caparazón de tortuga)

8.14. De dos a tres dimensiones

8.15. La inversión especular y el desdoblamiento de la representación: coronas de caparazón

8.16. Las imágenes bifrontes: transformaciones de escala

8.17. Multiplicación, trasposición y formación de probóscide: mangos de abanico

8.18. Continuación: los zancos

8.19. U’u: el tiki triplemente doble definitivo

8.20. Fusión: el arte narrativo de los pendientes

8.21. Conclusión: la coherencia en el arte y las relaciones sociales marquesanos

9. Conclusión: la mente extendida

9.1. Los objetos distribuidos

9.2. El malangan

9.3. El Kula de la isla Gawa

9.4. La œuvre de un artista como objeto distribuido

9.5. La œuvre de Marcel Duchamp

9.6. La casa de reunión maorí

Bibliografía

Otros títulos de la Colección Paradigma Indicial

El sendero y la voz. Una antropología de la memoria

Religión y poder en las misiones de guaraníes

La etnohistoria de América: los indígenas, protagonistas de su historia

Saberes de la conversión: Jesuitas, indígenas y saberes coloniales en las fronteras de la cristiandad

Legales

Dedicado a Simeran

con amor

Presentación

Arte y agencia: más allá de Alfred Gell

La publicación en lengua española de la última obra del antropólogo británico Alfred Gell (1945-1997) es un hecho digno de celebrarse. La primera aparición póstuma de Arte y agencia en 1998, además de tener un gran impacto en la antropología, incubaba también lo que más tarde se transformaría en un giro fundamental en la mirada convencional del arte. Desde entonces, esta singular obra viene motivando continuos debates en la antropología y más allá de ella. Conviene partir de un breve recorrido por el contexto de cambio intelectual en que la obra nació y creció, anticipando temas y discusiones plenamente vigentes en la teoría social contemporánea.

El giro hacia el arte

La primera clave contextual de lectura de Arte y agencia se relaciona con un primer movimiento, representado por el debate en torno de los objetos y la materialidad, particularmente revitalizado a partir de los años 90. Aunque la reflexión sobre estos temas había sido una preocupación central de la antropología desde sus orígenes, durante la segunda mitad del siglo XX fue relegada a un plano secundario. Dejando fuera la obra sui generis de Lévi-Strauss (1908-2009), que siempre manifestó una preocupación estética, puede decirse que el reingreso del arte a la antropología se produjo en el mundo anglosajón a fines de los años setenta por dos vías: los estudios de la «cultura material» en el marco de la arqueología culturalista y la antropología simbólica.1 Desde el siglo XXI, la recuperación y relectura de la obra clásica del antropólogo francés Marcel Mauss (1872-1950) pronunció el interés por la materialidad en asociación con la cuestión de las técnicas, la corporalidad y la noción de persona. Especialmente en Inglaterra y en Francia, la nueva antropología de las tecnologías, las tradiciones técnicas de conocimiento y la fenomenología de los diseños y paisajes nace de estas conjunciones, también atravesadas por la filosofía, la arquitectura y las ciencias cognitivas.2 La mayor parte de estos materiales ha permanecido desconocida al público hispano parlante.

El segundo movimiento, desarrollado al menos en los últimos quince años, se inscribe en la crítica poscolonial de las divisiones de la modernidad (nosotros-otros, naturaleza-cultura, humano-no humano, sujeto-objeto, materia-espíritu, centro-periferia, etc.), uno de cuyos efectos concretos ha sido el cuestionamiento de las divisiones clásicas del arte y la transformación y multiplicación de criterios de exposición de los objetos etnográficos. En occidente, las artes visuales habían sido un terreno privilegiado para la construcción de grandes divisiones del tipo «arte versus artesanía/folklore/objeto etnográfico» que se solapaban con otras más amplias, destinadas a acentuar una mirada exotizante de las culturas no occidentales. Según el caso, los objetos del «arte primitivo» se convirtieron en instrumentos de lucha política, reivindicación étnica y denuncia de la expoliación colonial, de exaltación romántica, o de afirmación o crítica de las divisiones de la modernidad. El Museo del Quai Branly de París, inaugurado en 2006, uno de los más visitados de Francia, el Museo del Indio Americano, de la Smithsonian Institution, abierto en los Estados Unidos en 2004, o el ambicioso megaproyecto del Humboldt-Forum en Alemania son algunos ejemplos ilustrativos de diferentes tendencias que han recibido tanto elogios como cuestionamientos en los años recientes. Aunque la búsqueda de cualidades estéticas en los objetos etnográficos según criterios universales («obra», artista, genio, creación, repertorio, etc.) buscó revertir algunas tendencias anteriores, las antiguas divisiones no fueron completamente cuestionadas. El «arte etnográfico» continuó siendo evaluado por los públicos cultos según los criterios hegemónicos del arte occidental, marcado por la autonomía del campo artístico. Como sea, el giro principal estuvo marcado por la necesidad de producir un acercamiento simétrico (Latour sensu) a las tradiciones culturales del mundo, incluyendo en su repertorio a la propia tradición occidental, como una más entre otras tradiciones.3 Como veremos, la teoría de Gell se inserta en esta orientación simétrica, pero produce un corrimiento radical en términos conceptuales con respecto a la perspectiva estética convencional.

Uno de los efectos más notorios de estos movimientos en el campo antropológico se vio reflejado en una diversidad de estudios dedicados a la producción de «arte étnico» como objeto de circulación y apropiación en diversos circuitos comerciales y turísticos, y un número creciente de literatura dedicada al abordaje crítico de las exposiciones y los museo.4 Otro efecto inmediato tuvo impacto en la metodología antropológica. Después de la crisis de la representación que afectó a la disciplina a mediados de los años 80, se sucedieron una serie de experimentaciones que buscaron acercar la etnografía a la experiencia artística (fundamentalmente a las artes visuales) a través de apropiaciones cruzadas. Las limitaciones metodológicas de la antropología y el impulso que recibió en la antropología británica la realización de encuentros, talleres y publicaciones orientados a incentivar la colaboración entre artistas y antropólogos, remite a algunas de las inquietudes que el propio Gell había manifestado en los últimos años de su vida.5 El lugar de la obra de Alfred Gell frente a estos hechos y movimientos es múltiple. Se ubica en el momento fundacional de algunos de ellos, al tiempo que forma parte del flujo de ideas y debates que hoy tienen plena vigencia, codifica también inquietudes y preguntas que aún quedan por responder.

Una teoría antropológica del arte

Arte y agencia es un tratado fundamental sobre las relaciones entre arte y antropología. Al tiempo que compendia y retoma los principales debates en torno de las figuraciones visuales, expande radicalmente la mirada hacia el arte de y en la vida social. Desde sus orígenes la antropología manifestó un interés continuado por el arte, aunque mantuvo con éste una relación ambivalente en la medida que afectaba el estatuto mismo de la disciplina, entre las humanidades y las ciencias sociales. En el curso de un siglo, la preocupación inicial por los orígenes de las representaciones figurativas fue derivando hacia el estudio de las características formales y semánticas de la llamada «cultura material» y la indagación sobre patrones estéticos de alcance universal primero, y contextos particulares de significado, después. Tanto por medio del análisis de los rasgos formales, como a través de la reconstrucción del contexto cultural, los diferentes enfoques de la antropología del arte, procuraron hacer inteligible la producción y circulación de los objetos visuales nativos, a partir de una reflexión sobre su naturaleza y las características de su eficacia simbólica y ritual, es decir, comprendiendo la lógica de las diferentes expresiones en sus propios términos, y más allá de un campo artístico autónomo.6 Pese a la abundancia de trabajos dedicados a la producción estética indígena, la antropología del arte generalmente quedó atrapada en la discusión sobre los alcances, particulares o universales, de las valoraciones y categorías estéticas, y los debates derivados en torno de la antinomia forma-función. La obra de Gell escapa agudamente a la trampa de estas antinomias.

La primera provocación de Arte y agencia consiste en afirmar que pese a que puedan encontrarse aquí y allá formulaciones programáticas, la antropología nunca produjo una teoría propiamente antropológica del arte. Para Gell, la mayor parte de los estudios anteriores se inscribieron en una aproximación estética, semiótica o lingüística, proyectando innecesariamente los intereses de enfoques distintos a la antropología. La propuesta de Gell es analizar las producciones artísticas (occidentales y no occidentales) a partir de un esquema de relaciones en donde no prima tanto la interpretación de significados simbólicos de objetos particulares como la reconstrucción de los vectores de causalidad (o intencionalidad) que los provocaron. Es decir, más allá de que consideremos artístico o no a los objetos en cuestión, lo que importa es insertarlos en la red de relaciones que los originó y, dentro de la misma red, identificar los efectos o respuestas que estos objetos producen en el receptor (el destinatario, o «recipient» según Gell) o reciben de otros elementos de la cadena de intencionalidades.7 Al reemplazar el análisis de la estética por el de la intencionalidad, Gell produce un giro analítico fundamental.

Arte como agencia e intencionalidad

Los objetos fundamentalmente constituyen «índices» de las relaciones sociales que los originaron. El trabajo de la antropología consiste en reconstruir esas relaciones de los objetos en el medio social, como si fueran personas dotadas de agencia (es decir, capaces de producir efectos o respuestas) en una cadena de agenciamientos. No importa tanto a la antropología reconstruir las propiedades estéticas de los objetos en cuestión (simetría, ritmo, brillo, textura, etc.) o descifrar sus significados ocultos, como identificar la posición que ocupan en una cadena de causalidades, de intencionalidades o acciones, que dan sentido a su existencia. Gell sostiene que el comportamiento de dichos objetos en la red es del mismo tipo que el de las personas en interacción, en la medida que «el índice mismo es el resultado y/o el instrumento de agencia social». Hablar de «arte» es para Gell hablar de situaciones en las que se producen dichos índices que pueden incluir desde la obra de arte convencional expuesta en el museo, hasta un fetiche africano en su contexto de uso ritual. El arte no es un sistema codificado de símbolos sino un «sistema de acción».

La existencia de los objetos no puede hacerse por fuera del flujo de relaciones o interacciones sociales concretas. Allí reside el principal cuestionamiento de Gell a los abordajes semióticos y culturalistas, que ponen énfasis en la comunicación simbólica o conciben a la cultura como un fenómeno mental o psicológico abstracto. En este sentido, para el abordaje de las situaciones en cuestión son innecesarias las analogías de tipo lingüístico.

Gell operacionaliza la red del arte a través de un esquema muy claro y sencillo que incluye cuatro elementos (artista-índice-prototipo-destinatario) y dos posiciones (agente – paciente), que permiten abordar un amplio abanico de situaciones empíricas en las que los diferentes elementos pueden ocupar alternativamente o simultáneamente ambas posiciones según con qué otro elemento se relacionen. El objeto, la cosa material y visible, el artefacto, o como quiera llamársele, constituye el índice, a partir del cual el análisis antropológico infiere, o concretamente «abduce» la agencia y la red de relaciones presentes en el proceso de producción (y transacción) del objeto.8 De acuerdo a Gell, la agencia se encuentra distribuida en la cadena de causalidad, y las «personas» en sentido estricto, no son entidades cerradas y homogéneas (símil del individuo o el sujeto moderno), sino «múltiples» y «fractales», es decir, partes de un todo que constituyen en sí mismas un prisma del «todo».

Tecnologías del encantamiento

La agencia no puede entenderse a priori sino ex post facto. Es social y no exclusivamente individual o psicológica (o natural), en la medida que se inserta en un medio de relaciones sociales, encadenando acciones y efectos de acciones entre agentes (cosas incluidas). Gell sugiere que todo objeto o persona es agente en potencia, es decir que puede ocupar la posición de agente en este modelo relacional en la medida que forma parte de un medio causal de relaciones sociales. Por otra parte, objetos o personas, en tanto índices materializan, corporizan el poder o capacidad agentiva, son su objetificación. Es decir que la agencia en este modelo transaccional sería fundamentalmente una posición dentro de una relación, no una esencia fija e inmutable o un fenómeno mental. Los objetos y las personas se colocan en posición de agente en determinadas situaciones y contextos. Y solo pueden serlo en relación a otros objetos y personas.

Todos los capítulos de Arte y agencia abordan el argumento a partir de una infinidad de casos etnográficos, la mayor parte correspondientes a Oceanía y el sur asiático, donde el autor mismo y sus interlocutores más cercanos desarrollaron trabajo de campo etnográfico. Su diálogo se extiende en el tiempo y el espacio hacia los materiales coleccionados durante el siglo XIX y las obras de arte exhibidas en los museos. Mientras los primeros capítulos exploran de manera detallada todas las relaciones posibles entre los elementos del esquema, los capítulos posteriores se adentran en situaciones complejas que incluyen tratamientos originales, entre otros fenómenos, de la idolatría y la brujería.

Gell busca superar la oposición clásica entre objeto de arte occidental estetizado y el artefacto no occidental funcional apelando a la noción de «tecnología del encantamiento», tema que desarrolla en algunos ensayos previos y que retoma en este libro.9 El encantamiento de la magia, sostiene Gell, es equiparable al encantamiento estético de la obra en el museo. Los objetos producidos a través de la tecnología encantada del arte (la destreza y el virtuosismo del artista) equivalen a los objetos producidos por la tecnología encantada de la magia, que también impacta en el destinatario produciéndole una respuesta emocional. Esta idea supone que el objeto del arte ejerce una seducción o encantamiento a través de la eficacia técnica requerida en su producción. El artista sería una suerte de técnico oculto cuya fuerza ante el espectador se manifiesta a través del abrumador y seductor poder de su virtuosismo. El poder de la pintura reside en la incapacidad del espectador para determinar la técnica utilizada en su fabricación.

Objetos distribuidos y personas fractales

En los capítulos finales del libro el lector encontrará nuevos desafíos vinculados al debate clásico sobre el estilo y su relación con la cultura y el individuo, ya presente en obras pioneras como las de Franz Boas (1858-1942) y Lévi-Strauss.10 Gell argumenta que existe un «isomorfismo estructural» entre los procesos cognitivos y las estructuras espaciotemporales de los objetos distribuidos en el ámbito de los artefactos de una determinada cultura o la obra de un artista particular (la distinción entre social e individual es aquí de grado más que de tipo). Las obras son momentos de series temporales; constituyen verdaderos «linajes». En su conjunto, configuran un macro objeto que evoluciona con el paso del tiempo. Esta acumulación de agencias hacia adelante y hacia atrás en el eje temporal recibe el nombre de «protención» y «retención».

Gell argumenta que las obras de arte son partes de un «objeto distribuido» que se corresponde con todas las obras de un sistema determinado (individual o colectivo), que se distribuye en el tiempo y el espacio. El estilo se funda en conexiones de artefactos, y lo que vale a nivel individual (las pinturas de Rembrandt) vale a nivel colectivo (los tatuajes marquesanos). Percibir un estilo es esencialmente captar las «relaciones entre las relaciones» de las formas como partes del todo. Es posible inferir el conjunto de los objetos a partir de objetos particulares, en correspondencia con la figura del holograma y la ya mencionada «persona fractal», idea tomada de los trabajos en Melanesia de Roy Wagner y Marilyn Strathern. Por medio de un análisis formal, es decir morfológico, es posible determinar las transformaciones en el tiempo que las formas experimentan, y seguir la biografía de los objetos, como si fueran personas.11 «La persona –escribe Gell– es la suma de los índices que demuestran, no solo en vida, la existencia biográfica de aquella. La agencia personal, como intervención en el entorno causal, crea un ‘objeto distribuido’, es decir, todas las diferencias materiales del ‘modo en que son las cosas’, de las que se pueden abducir una agencia particular». El índice no sería entonces un punto de cierre de la acción, sino una extensión distribuida o diseminada de un agente.

Protenciones de Gell

Pese a su corta vida, Alfred Gell fue un autor sumamente prolífico que en su camino hacia Arte y agencia, se comprometió intensamente en la actividad académica e intervino de manera formal e informal en numerosos debates que marcaron de manera indeleble a sus colegas y alumnos en particular y a la disciplina en general.12 Durante su carrera profesional, buena parte de la cual transcurrió en London School of Economics, produjo una gran cantidad de ensayos, algunos de los cuales se encuentran aún inéditos. Desde obras etnográficas densas y complejas como Metamorphosis of the cassowaries (1975) o Wrapping in Images (1993) hasta ensayos teóricos como los incluidos en The Anthropology of Time (1992) o The art of Anthropology (1999),13 pasando por cortas y lúcidas intervenciones en debates como la serie organizada por Tim Ingold en la Universidad de Manchester, Gell deja una herencia intelectual perdurable.14

Arte y agencia fue redactado por Gell casi íntegramente en el corto período de un mes. En su prefacio a la edición inglesa, Nicholas Thomas considera a la obra como un «borrador» que aunque necesite de retoques, «se aproxima» a la idea que el autor tenía en mente. El hecho de que Arte y agencia pueda ser visto como un producto no completamente acabado, como un trabajo en proceso, parece una buena explicación de por qué suscita tanto interés y debate hoy en día. Prueba de ello es la cantidad de encuentros realizados alrededor de esta obra. El mismo año de su publicación se celebró en Canberra un encuentro cuyas presentaciones fueron publicadas dos años después por Christopher Pinney y Nicholas Thomas.15 En 2000 y 2003, se realizaron encuentros que culminaron con otro libro organizado por Robin Osborne y Jeremy Tanner en 2007.16 En éste último ya podía notarse el interés que Arte y agencia iba suscitando concretamente en la arqueología y la historia del arte, tendencia que se afirmó en años posteriores.17 En 2008 se celebró en la universidad de Cambridge un simposio conmemorativo de los diez años de la aparición de Arte y agencia, cuyas contribuciones fueron publicadas en 2013.18 Como anécdota, podemos agregar que el mismo proyecto de publicación de esta obra en español se inicia en una fría tarde del mes de noviembre del año 2009, en la ciudad de Lancaster, cuando tomamos la iniciativa de contactar a la Sra. Simeran Gell, para comentarle de nuestro interés en una traducción. Ella recibió con gran entusiasmo la idea, acercando los contactos iniciales con Oxford University Press, y nos estimuló a embarcarnos en un proyecto de investigación sobre la obra de Gell, poniendo a disposición materiales inéditos de su esposo. Ese proyecto, pese al rápido paso de los años, recién comienza a esbozarse…

Las potencialidades analíticas de Arte y agencia son evidentes y se encuentran hoy en plena expansión.19 Las inquietudes planteadas por Gell hace casi veinte años hoy son retomadas por especialistas de regiones etnográficas como la amazonia o estudiosos de expresiones como la música, áreas geográficas y temas que no habían sido contemplados en la obra del autor.20 La gran abundancia de materiales etnográficos recogidos recientemente por los etnólogos o las colecciones sudamericanas reunidas en museos de las Américas y Europa en el siglo XIX por figuras como Erland Nordenskiold, Alfred Métraux o Karl von den Steinen, no el de las Islas Marquesas citado por Gell sino el de la expedición a Amazonia, las urnas funerarias de los Valles Calchaquíes, los exvotos peninsulares, los tatuajes y las máscaras de los indígenas del Chaco, las pinturas murales de la colonia, o el arte rupestre que tapiza la cordillera de los Andes, desafían las ambiciones teóricas de este modelo de análisis.

El lector encontrará en la teoría de Gell referencias explícitas tanto a la obra de otros antropólogos contemporáneos como Nancy Munn, Pascal Boyer, Roy Wagner, Marilyn Strathern, Nicholas Thomas y Suzanne Küchler, historiadores del arte como David Freedberg, o filósofos como Husserl y Bergson. Pero la obra también resulta atractiva por sus resonancias implícitas, podríamos decir anticipadas, con otros autores que hoy ejercen gran influencia en el pensamiento antropológico y social. En ciertos pasajes de Arte y agencia es posible identificar analogías con el perspectivismo de Viveiros de Castro, las ontologías de Philippe Descola, las líneas de Tim Ingold, las similitudes de Hans Belting, las quimeras de Carlo Severi, las temporalidades de George Kubler, los anacronismos de Didi-Huberman, o las supervivencias de Aby Warburg, por mencionar solo algunas. Estas analogías podrán parecer arbitrarias, hasta caprichosas, pero es interesante sugerirlas como objeto de posible controversia, algo que el propio Alfred Gell hubiera recibido con gusto.

Damos por descontado el impacto que este libro tendrá entre los especialistas y estudiantes de la antropología, la historia del arte, la arqueología, la arquitectura, la sociología o el pensamiento social en general. Más nos intriga la empatía que pueda suscitar en el público general amante del arte. Esperamos que sus páginas no solo lo incentiven a comprender las fuerzas ocultas de la imagen, la red de relaciones sociales de que es índice, sino a experimentar subjetivamente, a través de la mirada, su propia inclusión en la red del arte. En todo caso, allí será posible inferir la agencia que el texto de Gell ejerce en la audiencia, a través y más allá del propio Gell.

Guillermo Wilde

Universidad Nacional de San Martín;

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Buenos Aires, Argentina

Gonzalo Araoz

Red Trasatlántica sobre la Salud Mental y las Artes (TRAMHA).

Lancaster, Reino Unido / La Paz, Bolivia

1 Morphy, Howard. 2002. «The Anthropology of Art». Companion encyclopedia of anthropology, Routledge reference. Ingold, Tim (ed.). London: Routledge.

2 Lemonnier, Pierre. 1993. Technological choices: transformation in material cultures since the Neolithic, Material cultures. London: Routledge. Ingold, Tim. 2007. Lines: a brief history. London: Routledge. Uno de los centros más productivos de los estudios sobre la materialidad es el University College de la universidad de Londres. Pueden encontrarse referencias y debates en el siguiente blog: [http://www.materialworldblog.com/] Consultado el 26 de noviembre de 2015.

3 Latour, Bruno. 2007. Nunca fuimos modernos. Ensayo de antropología simétrica. Buenos Aires: Siglo XXI.

4 Thomas, Nicholas. 1991. Entangled objects: exchange, material culture, and colonialism in the Pacific. Cambridge, Mass.: Harvard University Press. Marcus, George E. y Fred R. Myers. 1995. The traffic in culture: refiguring art and anthropology. Berkeley: University of California Press. Edwards, Elizabeth, Chris Gosden y Ruth B. Phillips. 2006. Sensible objects: colonialism, museums, and material culture. English ed, Wenner-Gren international symposium series. Oxford: Berg. Price, Sally. 2007. Paris primitive: Jacques Chirac’s museum on the Quai Branly. Chicago: University of Chicago Press. Phillips, Ruth B. y Christopher B. Steiner. 1999. Unpacking culture: art and commodity in colonial and postcolonial worlds. Berkeley: University of California Press. L’Estoile, Benoit de. 2007. Le goût des autres: de l’exposition coloniale aux arts premiers. Paris: Flammarion.

5 Estas preocupaciones son explicitas en la introducción de Gell a una colección póstuma de ensayos editada por su amigo Eric Hirsch con el título de The art of Anthropology, en la que Gell refiere a su recorrido como antropólogo. Entre los encuentros más importantes sobre arte y antropología realizados en Inglaterra cabe mencionar «Fieldworks, Dialogues between Art and Anthropology», organizado por Arnd Schneider y Christopher Wright en el Museo Tate Modern (2003). De este y otros encuentros surgieron varias publicaciones organizadas por Arnd Schneider y Christopher Wright: Contemporary art and anthropology (2006), Between art and anthropology: contemporary ethnographic practice (2010) y Anthropology and art Practice (2013).

6 Sin ser exhaustivos podemos mencionar algunas obras panorámicas de antropología del arte aparecidas desde los años 70. Por ejemplo, Otten, Charlotte (ed.). 1971. Anthropology and Art: Readings in Cross-Cultural Aesthetics. Austin: University of Texas Press. Jopling, Carol F. 1971. Art and Aesthetics in Primitive Societies: A Critical Anthology. New York: Dutton. Forge, Anthony. 1973. Primitive Art and Society. London: Oxford University Press. Layton, Robert. 1991. The anthropology of art. Cambridge: Cambridge University Press. Coote, Jeremy y Anthony Shelton (eds.). 1992. Anthropology, art, and aesthetics. Oxford. Clarendon. Entre los pocos ensayos traducidos al español, cabe mencionar Geertz, Clifford. 1994. «El arte como sistema cultural». Conocimiento local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Barcelona: Paidós. En ese ensayo, en diálogo con la perspectiva de Michael Baxandall, Geertz aboga por el análisis de la incrustación del arte en valores y significados culturales más amplios.

7 Bloch, Maurice. 2009. «Une nouvelle théorie de l’art». Estudio preliminar a la edición francesa de Gell, Alfred 2009 L’ art et ses agents. Une théorie anthropologique. Bruselas: Les presses du Réel. Texto previamente aparecido como reseña de Art and Agency en revista Terrain (nro. 32, 1999).

8 «Índice» y «abducción» son dos términos tomados de la teoría semiótica de Charles Sanders Peirce, a quien Gell recurre indirectamente a través de la obra de Umberto Eco.

9 Ver en particular Gell, Alfred. 1992. «The technology of Enchantment and the Enchantment of Technology». Anthropology, art, and aesthetics. J. Coote, & A. Shelton (ed.). Oxford: Clarendon. También: «Vogel’s Net: Traps as Artworks and Arworks as Traps» (1996).

10 Boas, Franz. 1947. El arte primitivo. México: Fondo de Cultura Económica. Lévi-Strauss, Claude. 1994. Antropología Estructural. Buenos Aires. Altaya. En estas obras ver especialmente las discusiones sobre el fenómeno del «desdoblamento de la representación» (split representation).

11 La noción de la vida de los objetos anticipa desarrollos posteriores de Carlo Severi. Ver Severi, Carlo. 2010. El sendero y la voz: una antropología de la memoria. Buenos Aires: Sb editorial.

12 Para un retrato de la vida y obra de Alfred Gell pueden leerse las semblanzas de sus amigos y colaboradores al momento de su fallecimiento. Ver en particular los obituarios aparecidos en Anthropology Today (vol. 13 nr. 2), por Eric Hirsch, Suzanne Küchler y Chris Pinney, en American Anthropologist (vol. 101, nr. 2), por Eric Hirsch y en los Proceedings de la British Academy (vol. 120), por Alan Macfarlane. Ver también el prefacio a la obra ya citada The art of Anthropology.

13 Gell, Alfred. 1975. Metamorphosis of the cassowaries: Umeda society, language and ritual, Monographs on social anthropology no. 51. London: Athlone Press. Gell, Alfred. 1993. Wrapping in images: tattooing in Polynesia, Oxford studies in social and cultural anthropology. Oxford-New York: Clarendon Press; Oxford University Press. Gell, Alfred. 1992. The anthropology of time: cultural constructions of temporal maps and images, Explorations in anthropology. Oxford: Berg.

14 Ingold, Tim. 1996. Key debates in anthropology. London: Routledge.

15 Pinney, Christopher y Nicholas Thomas (eds.). 2001. Beyond Aesthetics. Art and the Technologies of Enchantment. New York: Berg.

16 Osborne, Robin y Jeremy Tanner. 2007. Art’s agency and art history, New interventions in art history. Malden, MA: Blackwell Pub.

17 Cabe mencionar el encuentro organizado por el Museo del Quai Branly en el año 2007, donde el nombre de Alfred Gell fue invocado en numerosas ocasiones. Con el título de «Histoire de l’art et anthropologie», fue íntegramente publicado online en coedición entre el Institut National d’ histoire de l’ art y el musée du quai Branly, 2009. [http://actesbranly.revues.org/60] Fecha de consulta 27 de noviembre de 2015. Tendencias parecidas se confirman en conferencias como la organizada por el instituto de arte Clark, orientadas a renovar el vínculo entre antropología y arte, o revistas como Res: Anthropology and Aesthetics, de la Universidad de Harvard. Westermann, Mariët (ed.) 2005. Anthropologies of art, Clark studies in the visual arts. Williamstown, Mass.: Sterling and Francine Clark Art Institute.

18 Chua, Liana, and Mark Elliott. 2013. Distributed objects: meaning and mattering after Alfred Gell. New York: Berghahn.

19 Cabe mencionar la aparición de una serie de trabajos críticos sobre su obra en los últimos años. Ver en especial Rampley, Matthew. 2005. «Art history and cultural difference: Alfred Gell’s anthropology of art». Art History 28 (4):524-551.

20 Lagrou, Els. 2007. A fluidez da forma: arte, alteridade e agência em uma sociedade amazônica (Kaxinawa, Acre). Rio de Janeiro: Topbooks. Santos-Granero, Fernando. 2009. The occult life of things: native Amazonian theories of materiality and personhood. Tucson: University of Arizona Press.

Contenidos

Presentación: Arte y agencia: más allá de Alfred Gell

El giro hacia el arte

Una teoría antropológica del arte

Arte como agencia e intencionalidad

Tecnologías del encantamiento

Objetos distribuidos y personas fractales

Protenciones de Gell

Reconocimientos

1. Definición del problema: necesidad de una antropología del arte

1.1. ¿Es posible una teoría antropológica del arte visual?

1.2. El objeto de arte

1.3. La sociología del arte

1.4. La silueta de una teoría antropológica

2. La teoría de la trama de arte (Art Nexus)

2.1. La construcción de una teoría: términos y relaciones

2.2. El índice

2.3. La abducción

2.4. El agente social

2.5. Las «cosas» como agentes sociales

2.5.1. La solución a la paradoja

2.5.2. Agentes y pacientes

2.6. El artista

2.7. El destinatario (recipient)

2.8. El prototipo

2.9. Resumen

3. La trama de arte y el índice

3.1. La tabla de relaciones agente-paciente entre los cuatro términos básicos

3.2. Índice A ––––> artista P––––>

3.3. Índice A ––––> destinatario P

3.4. Índice A ––––> prototipo P

3.5. Artista A ––––> índice P

3.6. Destinatario A ––––> índice P

3.7. Prototipo A ––––> índice P

3.8. La importancia central del índice

3.8.1. La lógica de los agentes y pacientes «primarios» y «secundarios»

3.9. Las expresiones «ilegítimas»

3.10. Índice A ––––> índice P

3.11. Artista A ––––> artista P

3.12. Destinatario A ––––> destinatario P

3.13. Prototipo A ––––> prototipo P

4. La involución del índice en la trama de arte

4.1. El engarzado jerárquico de las relaciones agente-paciente

4.2. El efecto de las sustituciones

4.3. Las estructuras de árbol

4.4. Estructuras de árbol más complejas: el fetiche de clavos

5. El origen del índice

5.1. La agencia

5.2. La cautivación

6. La crítica del índice

6.1. Sobre el arte decorativo

6.2. El apego

6.3. El patrón decorativo: índice A ––––> índice P

6.4. La simetría y la apariencia de animación

6.5. Los patrones complejos

6.6. Los patrones complejos como «asunto pendiente»

6.7. El gusto y la chabacanería

6.8. El patrón apotropaico

6.9. Los kolam

6.10. Los kolam, el tatuaje y el laberinto de Creta

6.11. Los dibujos en la arena de Malakula y la tierra de los muertos

6.12. Dibujo y danza

7. La persona distribuida

7.1. Mímesis y hechicería

7.2. La facultad mimética

7.3. La hechicería por imagen

7.4. La teoría epicúrea de los «simulacros voladores» como partes del cuerpo

7.5. De la hechicería al culto de las imágenes

7.6. La decorticación y el intercambio de índices: el to’o tahitiano

7.7. Darshan: el testimonio como agencia

7.8. Animismo y antropomorfismo

7.8.1. De leños y piedras

7.9. Nociones externas e internas de agencia

7.10. La animación de los ídolos: estrategia externalista

7.11. Los ídolos concéntricos y la personalidad fractal

7.12. Los ritos de consagración

7.13. Conclusión: de lo individual a lo colectivo

8. Estilo y cultura

8.1. Sobre el concepto de estilo

8.2. Hanson sobre el estilo y la cultura

8.3. El estilo y la importancia cognitiva

8.4. El análisis formal y la quimera lingüística

8.5. La sinécdoque: ejes de coherencia en las unidades estilísticas

8.6. El corpus marquesano

8.7. La tabla de motivos etua

8.8. Del hope vehine al vai o Kena

8.9. Del hope vehine al kake o kea

8.10. Del etua a la forma de cara (mata hoata)

8.11. Del mata hoata al ipu: otras formas de cara

8.12. Otras transformaciones de motivos

8.13. La inversión figura-fondo (diademas de caparazón de tortuga)

8.14. De dos a tres dimensiones

8.15. La inversión especular y el desdoblamiento de la representación: coronas de caparazón

8.16. Las imágenes bifrontes: transformaciones de escala

8.17. Multiplicación, trasposición y formación de probóscide: mangos de abanico

8.18. Continuación: los zancos

8.19. U’u: el tiki triplemente doble definitivo

8.20. Fusión: el arte narrativo de los pendientes

8.21. Conclusión: la coherencia en el arte y las relaciones sociales marquesanos

9. Conclusión: la mente extendida

9.1. Los objetos distribuidos

9.2. El malangan

9.3. El Kula de la isla Gawa

9.4. La œuvre de un artista como objeto distribuido

9.5. La œuvre de Marcel Duchamp

9.6. La casa de reunión maorí

Bibliografía

Otros títulos de la Colección Paradigma Indicial

Reconocimientos

Este libro es crónica de un momento trascendental y triste para los muchos que amamos y admiramos a Alfred, y un cataclismo para mí, mi hijo Rohan y mis suegros. Alfred inició el capítulo final justo después de que le confirmaran que su enfermedad no tenía cura y durante las semanas siguientes dedicó un tiempo considerable a dar instrucciones claras sobre la publicación póstuma. Confiaba totalmente en Peter Momtchiloff, de Oxford University Press, con quien ya había colaborado antes. Me complace dar testimonio de que Peter reciprocó tal confianza en los meses posteriores a la muerte de Alfred, al cabo de tres días de publicar el manuscrito. Salvo dos ilustraciones del capítulo 8, el libro parece estar exactamente como Alfred lo dejó. Es un primer borrador escrito durante tres semanas intensas en las vacaciones de Pascuas de 1996. Alfred quería dibujar a mano muchas de las ilustraciones fotográficas y empezó a tomar notas para revisar el manuscrito poco antes de enfermar. Con la bendición de una implacable alegría y buen humor, estaba contento y agradecido porque le concedieran suficiente tiempo para completar un libro sobre arte, el ámbito que lo cautivaba y en el que se deleitaba de verdad. Además, quedó satisfecho con el producto final.

Es necesario aclarar que las personas que aquí se enumeran eran colaboradores cuyo compromiso con la publicación del libro, si bien era diferente del mío, surgió de un trato personal directo con Alfred. Stephen y Christine Hugh-Jones estudiaron en la escuela con él. Stephen invirtió muchas horas de su tiempo en escanear las ilustraciones para que enviáramos el manuscrito a la editorial mientras Alfred aún vivía, tarea que compaginó con cuidar de Rohan, a lo que siempre se mostró solícito. Junto con Christine, le brindó a Alfred su afectuosa compañía durante sus últimas semanas. Alfred, al que nunca le faltaba la palabra en la boca, guardaba un silencio significativo cuando supo que Stephen le dedicaba tanto esfuerzo. Nicholas Thomas y Alfred habían disfrutado de una asociación intelectual estimulante para ambos que se convirtió en una íntima amistad con el paso de muchos años. Sería justo decir que Nicholas ha asumido un papel tan activo como el mío en lo concerniente a la publicación. Chris Pinney ofreció apoyo moral e intelectual constante, y Michael O’Hanlon obtuvo los permisos necesarios para las ilustraciones del British Museum. Otros amigos de Alfred y míos –en concreto, Don Gardner, Carrie Humphrey, Eric Hirsch, Marilyn Strathern, Susanne Küchler y Howard Morphy– atendieron varias cuestiones que surgieron durante la publicación. Susan Gell, la madre de Alfred, y Trudi Binns volvieron a dibujar algunas ilustraciones siguiendo los bocetos indicados por él.

Por razones distintas a las que he mencionado antes, me gustaría agradecer a quienes han respondido a mis peticiones de ayuda: Anita Hurley, Don Manning, Paul Caldwell, Aidan Baker, Alison Deeprose y Madhu Khanna. Las siguientes instituciones, en un acto de generosidad, condonaron los gastos comunes de reproducción: el British Museum, Londres; el Musée de l’Homme, París; el Haddon Museum, Cambridge; el Naprstek Museum of Asian, African and American Culture, Praga; el Rijksmuseum voor Volkenkunde, Leiden; y el Germanisches Nationalmuseum, Núremberg. Finalmente, deseo anotar una deuda personal que tengo con Robert Ritter de Oxford University Press. Como encargado de la producción de un libro complicado, Robert me ha impresionado con su sensibilidad, su paciencia y su cercanía constantes al tratar conmigo.

Debo un agradecimiento especial al editor de este libro, Andrés C. Telesca, y al traductor, Ramsés Cabrera. Las circunstancias en las cuales se escribió el texto fueron extremas. A Alfred le quedaban solo unos pocos meses de vida para terminar lo que había comenzado en el tiempo de Pascua del año en que se le diagnosticó su enfermedad, y el manuscrito fue enviado para su publicación apenas dos días antes de su muerte. Los muchos errores editoriales que permanecieron en la edición inglesa, finalmente, se rectificaron en esta traducción española. El traductor se dio cuenta, por ejemplo, de que «Mary la acuchilladora», mencionada en la página 62 de la versión original, no había utilizado un cuchillo como se había escrito anteriormente, sino un hacha; y de que el trampantojo de la cabeza de Medusa en el espejo de Perseo, mencionado en la página 31, no lo había pintado Parmigianino, sino Caravaggio. Las correcciones introducidas en la traducción española se incluirán en la versión original en inglés.

Simeran Gell

Cambridge, 2016

1

Definición del problema: necesidad de una antropología del arte

1.1. ¿Es posible una teoría antropológica del arte visual?

El término «teoría antropológica del arte visual» probablemente suscite la noción de una teoría que trate la producción de arte en las sociedades coloniales y poscoloniales que los antropólogos suelen estudiar, además del llamado arte «primitivo» –ahora denominado «etnográfico»– que se halla en las colecciones de museos. Equivale a una «teoría del arte» aplicada al arte «antropológico», pero no es lo que tengo en mente. El arte de los periodos colonial y poscolonial, en la medida en que es «arte», puede observarse desde cualquiera de las «teorías del arte» existentes, siempre y cuando esta perspectiva sea útil. Los críticos, los filósofos y los estetas han sido prolíficos durante mucho tiempo; las «teorías del arte» constituyen un campo vasto y consolidado. Aquellos cuya profesión es describir y entender el arte de Picasso y Brancusi pueden escribir reflexiones sobre unas máscaras africanas como obras de «arte» y, en efecto, necesitan hacerlo porque existen relaciones artístico-históricas muy significativas entre el arte africano y el occidental del siglo XX. Carece de sentido desarrollar una «teoría del arte» para nuestro arte y otra distinta para el de las culturas que tiempo atrás quedaron bajo el influjo del colonialismo. Si las teorías estéticas generadas en Occidente se aplican a «nuestro arte», entonces se pueden usar con el arte de todo el mundo, y así es como debe ser.

Sally Price (1989) lleva la razón en denunciar la esencialización del arte «primitivo» y su consecuente marginación. Defiende que este arte merece que los occidentales lo aprecien según los mismos estándares críticos que usamos con nuestras obras. El arte de culturas no occidentales no es en esencia distinto del nuestro, pues lo producen artistas de talento, individuales y creativos, en una expresión espontánea de sus instintos primitivos o también como exponentes comunes de algún estilo «tribal» rígido. Como otros académicos contemporáneos de las artes etnográficas (Coote 1992, 1996; Morphy 1994, 1996), Price piensa que cada cultura tiene una estética específica, y que la tarea de la antropología del arte es definir sus características para que se puedan considerar las contribuciones estéticas de los artistas no occidentales correctamente, es decir, en relación con las intenciones específicas a su cultura. La autora argumenta:

El punto central del problema, tal y como yo lo entiendo, es que la apreciación del arte primitivo casi siempre se ha configurado en términos de una dialéctica falaz. La primera posibilidad es dejar que el ojo que evalúa lo estético sea nuestra guía sobre la base de cierto concepto indefinido de belleza universal. La otra es sumergirnos en el «saber tribal» para descubrir la función utilitaria o ritual de los objetos en cuestión. Generalmente, ambas vías se consideran opuestas e incompatibles (…). Yo propondría la posibilidad de una tercera conceptualización que se encuentre entre los dos extremos (…). Para ello, se necesita adoptar dos principios que aún no disfrutan de amplia aceptación entre los académicos de las sociedades occidentales.

–Un principio es que hasta el «ojo» del experto con más talento natural no está desnudo, sino que ve el arte por la lente de una educación cultural de Occidente.

–El otro es que muchos primitivos –artistas y críticos incluidos– también poseen un «ojo» valorador condicionado por un aparato óptico que refleja su propia cultura.

En el marco de ambos principios, la contextualización antropológica no representa un análisis tedioso de las costumbres exóticas que se opone a la «experiencia estética» verdadera, sino una vía para expandir tal experiencia más allá de nuestras estrechas miras, limitadas por la cultura. Si aceptamos que las obras de arte primitivo son dignas de representarse junto con las de los artistas más distinguidos de nuestras propias sociedades (…), nuestra siguiente tarea es reconocer la existencia y legitimidad de los marcos estéticos dentro de los que se crearon tales obras (Price 1989: 92-93).

Esta posición es perfectamente coherente con la íntima relación entre la historia del arte y la teoría del arte en Occidente. Existe una analogía evidente entre la estética específica a la cultura y la específica a la época. Los teóricos del arte como Baxandall (1972) han mostrado que la recepción del arte de determinados periodos de tiempo en la historia de Occidente dependía de cómo se «veía» el arte en ese momento, y que las «formas de ver» cambian con el tiempo. Para apreciar el arte de un periodo histórico particular, tendríamos que recuperar la forma de ver que los artistas de ese momento suponían en su público, proceso al que contribuye el historiador del arte aduciendo el contexto histórico. Se podría llegar a la conclusión razonable de que la antropología del arte tiene un objetivo más o menos similar, pero lo que hay que elucidar es la «forma de ver» de un sistema cultural más que un periodo histórico.

No objeto las ideas de Price en lo que concierne a potenciar el reconocimiento del arte y los artistas no occidentales. ¿Qué persona bien intencionada podría oponerse a tal propuesta? Solo los «expertos» que obtienen una satisfacción reaccionaria de imaginar que los productores cuyo «arte primitivo» les gusta coleccionar son salvajes que acaban de bajar de los árboles. A esos idiotas se los puede desechar sin reparo alguno.

De todos modos, no creo que la elucidación de los sistemas estéticos no occidentales constituya una «antropología» del arte. En primer lugar, un proyecto como ese es más cultural que social. Desde mi punto de vista, la antropología pertenece a las ciencias sociales, no a las humanidades. Confieso que la diferencia es huidiza, pero sí implica que la «antropología del arte» se centra en el contexto social de la producción, circulación y recepción del arte, no tanto en la valoración de obras particulares, función que, considero, corresponde al crítico. Es interesante averiguar, por ejemplo, por qué la tribu yoruba valora que una escultura es superior estéticamente a otra (R. F. Thompson 1973), pero eso no indica por qué tal tribu esculpe, para empezar. La presencia de un elevado número de esculturas, tallistas y críticos de esculturas en Yorubalandia en una época determinada es un hecho social cuya explicación no se encuentra en la estética indígena. De manera similar, nuestras preferencias estéticas no pueden explicar por sí mismas la existencia de los objetos que reunimos en los museos y que consideramos desde un punto de vista estético. Los juicios estéticos son solo actos mentales interiores. Por otra parte, los objetos de arte se producen y circulan en el mundo externo físico y social. La producción y la circulación tienen que sostenerse sobre ciertos procesos sociales objetivos que se conecten con otros distintos, como el intercambio, la política, la religión y el parentesco. Si no hubiera, por ejemplo, sociedades secretas como el Poro o el Sande en África occidental, no existirían las máscaras que ellas producen. Estos objetos los podemos contemplar estéticamente nosotros, o el público indígena, solo por la presencia de ciertas instituciones sociales en la región. Incluso, si concediéramos que existe algo similar a la «estética» en el ideario de todas las culturas, estaríamos lejos aún de poseer una teoría que explicara la producción y circulación de obras particulares de arte en entornos sociales determinados. De hecho, como ya he argumentado previamente (A. Gell 1995), no me convence en absoluto la idea de que toda «cultura» tenga en su ideario un componente comparable a nuestra «estética». Creo que el deseo de ver el arte de otras culturas estéticamente nos dice más de nuestra propia ideología y de la veneración casi religiosa de los objetos de arte como talismanes estéticos, que de aquellas otras culturas. El proyecto de la «estética indígena» está, en esencia, orientado a refinar y expandir la sensibilidad estética del público occidental al proporcionar un contexto cultural en que los objetos de arte no occidentales pueden asimilarse a las categorías de valoración artístico-estética de Occidente. Esto en sí mismo no es perjudicial, pero, aun así, no llega a ser una teoría antropológica sobre la producción y circulación del arte.

Afirmo esto por motivos a los que no afecta la corrección o no de mi postura sobre la imposibilidad de usar la «estética» como parámetro universal para describir y comparar culturas. Aun si todas, como suponen Price, Coote, Morphy y otros, tuvieran una «estética», la acumulación de explicaciones sobre la estética de las culturas no constituiría una teoría antropológica. Las teorías específicamente «antropológicas» poseen unas características especiales que les faltan a tales proyectos. Los esquemas valorativos, sean del tipo que sean, solamente guardan interés para la antropología si forman parte de los procesos sociales de interacción que los generan y sostienen. La antropología jurídica, por ejemplo, no es el estudio de los principios jurídicos-éticos –las ideas de otros sobre lo que está bien y mal–, sino de los conflictos y su resolución, procesos en los que los actores apelan a tales principios. De manera similar, la antropología del arte no puede ser el estudio de los principios estéticos de tal o cual cultura, sino de la movilización de tales principios o lo que se les parezca, en el curso de la interacción social. La teoría estética del arte no se asemeja en ningún aspecto relevante a las teorías antropológicas existentes sobre los procesos sociales. A lo que sí se asemeja es a la teoría del arte occidental, solo que no se aplica este, sino al arte exótico o popular. Para desarrollar una teoría específicamente antropológica del arte, resulta insuficiente «tomar prestada» la teoría del arte y aplicarla a un nuevo objeto. El paso que se debe dar es generar una nueva variante de una teoría antropológica existente y aplicarla al arte. No pretendo ser más original que los colegas míos que han usado la teoría del arte para analizar objetos exóticos. Solo quiero emplear mis procesos no originales de una forma novedosa. Las «teorías antropológicas existentes» no tratan del arte, sino del parentesco, las economías de subsistencia, el género, la religión y temas similares. En consecuencia, mi objetivo es concebir una teoría del arte que sea antropológica porque se parece a aquellas otras teorías que se confirman como antropológicas. Por supuesto, esta estrategia de imitación depende mucho de qué tipo de disciplina se considera que es la antropología, y de cómo se diferencia de otras disciplinas similares.

¿Qué característica define la categoría de «teoría antropológica», y sobre qué base defiendo que los esquemas valorativos estéticos no se subsumen a ese término? Si de verdad puede decirse que la antropología trata un tema específico, este son las «relaciones sociales», es decir, las relaciones entre los participantes de los sistemas sociales. Reconozco que muchos antropólogos, en la tradición de Boas y Kroeber, entre ellos Price, consideran que el tema de la antropología es la «cultura». El problema de esta formulación es que solo se descubre en qué consiste una «cultura» determinada al observar y registrar la conducta cultural en un entorno específico; es decir, se ha de analizar cómo uno se relaciona con «otros» particulares en las interacciones sociales. La cultura no existe fuera de las manifestaciones producidas en las interacciones, aseveración válida, incluso, si ofrecemos asiento a alguien y le solicitamos que «nos cuente acerca de su cultura». En este caso, la interacción es entre el antropólogo investigador y el probablemente desconcertado informante.

En mi opinión, el defecto de la corriente sobre la «estética indígena» es que tiende a reificar la «respuesta estética» fuera del contexto social de sus manifestaciones, además de que la antropología boasiana cosifica a la cultura en general. Suponiendo que exista una teoría antropológica de la «estética», esta trataría de explicar por qué los agentes sociales, en entornos particulares, responden como responden ante las obras de arte. Creo que podemos diferenciar esto de la tarea –loable, pero en esencia no antropológica– de proporcionar un «contexto» del arte no occidental, de manera que el público occidental acceda a él. Sin embargo, las respuestas del «público» del arte indígena difícilmente se acaban en enumerar los contextos en que se utiliza algo similar a un esquema valorativo estético para «valorar» el arte. Puede que tales contextos sean inusuales o inexistentes, pero no por ello se produce y circula menos «lo que a nosotros nos parece arte».

Un enfoque puramente cultural, estético y «valorativo» sobre los objetos de arte es un callejón sin salida para la antropología. En cambio, lo que me interesa es la posibilidad de formular una «teoría del arte» que encaje de manera natural en el contexto de la antropología, considerando la premisa de que las teorías antropológicas «se reconocen» en principio como teorías sobre las relaciones sociales y nada más. La forma más sencilla de concebir esto es suponer que hay una suerte de teoría antropológica donde a las personas o los «agentes sociales», en determinados contextos, los sustituyen los objetos de arte .

1.2. El objeto de arte

De manera inmediata, nos hemos de preguntar la definición del «objeto de arte», y del «arte» en sí mismo. En un discurso reciente sobre este problema en un contexto antropológico, Howard Morphy (1994: 648-685) considera y rechaza la definición occidental institucionalizada del arte, según la que este es todo lo que traten como arte los miembros del mundo del arte reconocido institucionalmente (Danto 1964) –por ejemplo: críticos, marchantes, coleccionistas, teóricos, etc.–. Resulta justo, pues no existe un «mundo del arte» en sí mismo en muchas sociedades que estudian los antropólogos, pero aquellas producen obras, algunas de las cuales se reconocen como «arte» en nuestro «mundo del arte». De acuerdo con la «teoría institucional del arte», la mayoría del arte indígena es «arte» (en el sentido que queremos transmitir al decir «arte») solo porque nosotros pensamos que lo es, no porque quienes lo produjeron pensaron que lo es. Aceptar la definición de arte formulada por el mundo del arte obliga al antropólogo a aplicar al arte de otras culturas un marco de referencia de naturaleza abiertamente metropolitana. Hasta cierto punto, esto es inevitable (la antropología es una actividad metropolitana, al igual que la crítica artística), pero resulta comprensible que Morphy no se muestre inclinado a aceptar el veredicto del mundo del arte occidental, no formado en antropología, en cuanto a la definición del «arte» más allá de las barreras físicas de Occidente. En cambio, propone una definición dualista: los objetos de arte son aquellos que poseen propiedades semánticas o estéticas y que se usan para presentar o representar algo (ibíd.: 655). O sea, los objetos de arte o son signos que transmiten un «significado», o son objetos elaborados para provocar una respuesta estética cultural, o ambas posibilidades a la vez.

Pongo en duda estas condiciones. Ya he expresado mi opinión de que las «propiedades estéticas» no pueden abstraerse antropológicamente de los procesos sociales que rodean el despliegue de posibles «objetos de arte» en entornos sociales específicos. Por ejemplo, dudo que un guerrero en un campo de batalla tenga un interés «estético» en el diseño del escudo que porta el enemigo. Sin embargo, el escudo ostenta ese dibujo para que el guerrero lo vea y se asuste. Tal objeto, si se parece al que se muestra en la página siguiente (fig. 1.2/1), es irrefutablemente una obra de arte que puede resultar interesante para un antropólogo, pero sus propiedades estéticas a nuestros ojos son totalmente irrelevantes con respecto de sus implicaciones antropológicas. Según la antropología, no se trata de un escudo «hermoso», sino de uno aterrador. La inmensa variedad de respuestas sociales y emocionales hacia un artefacto –terror, deseo, maravilla, fascinación, etc.– en los patrones sucesivos de la vida social no se reduce a los sentimientos estéticos, no sin generalizar tanto la respuesta estética, que se acaba arrebatándole todo sentido. El efecto que surte la teoría de la estetización de la respuesta es, sencillamente, igualar las reacciones del Otro etnográfico a las nuestras en la medida de lo posible. De hecho, las respuestas a los artefactos no son nunca tales, que sea posible señalar, entre el espectro de artefactos disponibles, aquellos que se consideran «estéticamente» y aquellos que no.


Fig. 1.2/1. Escudo asmat. Fuente: Rijksmuseum voor Volkerkunde (RMV 1854-446).

Tampoco me satisface la idea de que por norma general se reconozca la obra de arte en que participa de un código «visual» para comunicar un sentido. Rechazo de pleno la noción de que algo que no sea la lengua misma tenga «significado» como este se suele entender. La lengua es una institución única que se apoya en una base biológica. Al usarla, podemos hablar de objetos y atribuirles «significados» en la medida en que «encontramos algo que decir de ellos». Sin embargo, el objeto de arte visual no forma parte de la lengua por este motivo, ni constituye una lengua alternativa. Podemos hablar de tales objetos y habitualmente lo hacemos, pero o estos no pueden comunicarse por sí mismos, o emplean el lenguaje natural en un código gráfico. Hablamos de los objetos con signos, pero aquellos no son, salvo algunas excepciones, signos propiamente dichos que posean «significado», y, si de verdad lo tienen, entonces son parte de la lengua –es decir, signos gráficos–, no otra lengua con carácter visual. De vez en cuando regresaré a esta cuestión, pues mi polémica postura con respecto del «lenguaje del arte» tiene facetas distintas, y es mejor tratarlas por separado. Por lo pronto, me limitaré a advertir al lector que he evitado emplear la noción de «significado simbólico» en este trabajo. Puede que el rechazo a hablar de arte en términos de símbolos y significados cause cierta sorpresa, ya que muchos consideran que el ámbito del «arte» y lo simbólico comparten más o menos el mismo espacio y tiempo. Más que en la comunicación simbólica, centro todo el énfasis en la agencia, la intención, la causalidad, el resultado y la transformación. Considero el arte un sistema de acción, destinado a cambiar el mundo más que a codificar proposiciones simbólicas sobre él. El enfoque sobre el arte centrado en la acción es inherentemente más antropológico que la opción semiótica, porque el primero analiza el papel práctico de mediación que desempeñan los objetos de arte en el proceso social, más que la interpretación de los objetos «como si» fueran textos.

Después de desechar los dos criterios de Morphy para discriminar la categoría de «objeto de arte» en el contexto de la antropología del arte, todavía me queda, por supuesto, el problema no resuelto de proponer una pauta desde la que asignar tal categoría. Sin embargo, para nuestra fortuna, la teoría antropológica del arte no necesita proporcionar un criterio tal que sea independiente de la teoría en sí misma. El antropólogo no está obligado a definir el objeto de arte por adelantado de manera satisfactoria para los estetas, los filósofos, los historiadores del arte o cualquier otro. La definición de objeto de arte que empleo no es institucional, estética ni semiótica, sino teórica. El objeto de arte es cualquier cosa que se inserte en la «ranura» de objetos de arte dentro del sistema de términos y relaciones concebido en la teoría (más tarde se delineará esto). Nada se puede concluir a priori en relación con la naturaleza de este objeto, pues la teoría se fundamenta en la premisa de que la naturaleza del objeto de arte está en función de la relación social, la matriz en que está engarzado. No posee una naturaleza «intrínseca» fuera del contexto relacional que le da lugar. La mayoría de los objetos de arte de los que hablaré son conocidos, y no encontramos dificultad alguna en identificarlos como «arte»; por ejemplo, la Mona Lisa. Reconocemos una categoría preteórica de objeto de arte, con dos subcategorías principales: «occidental», e «indígena» o «etnográfica». En consecuencia, desarrollo el análisis en términos de miembros «prototípicos» de tales categorías, por pura conveniencia. Sin embargo, cualquier cosa podría ser, teóricamente, un objeto de arte desde el punto de vista antropológico, incluidas las personas, pues no existe solución de continuidad entre la teoría antropológica del arte –que podemos definir de manera aproximada como las «relaciones sociales en los alrededores de los objetos que median la agencia social»– y la antropología social de la gente y su cuerpo. Así, desde la perspectiva de la antropología del arte, un ídolo de un templo que se considera el cuerpo del dios y un médium espiritual que, de manera similar, proporciona al dios un cuerpo temporal se tratan en teoría de manera equivalente, a pesar de que el primero es un artefacto; y el segundo, un ser humano.

1.3. La sociología del arte

He ofrecido una definición provisional de la «antropología del arte» como el estudio teórico de las «relaciones sociales en los alrededores de los objetos que median la agencia social», y he indicado que, para que tal ciencia sea específicamente antropológica, tiene que desarrollarse sobre la base de que, en aspectos teóricos relevantes, los objetos de arte equivalen a las personas o, dicho de manera más precisa, a los agentes sociales. ¿Acaso no existe alternativa a esta proposición en apariencia radical? Podríamos dar un paso atrás ante el abismo y estar de acuerdo en que, incluso, si la teoría antropológica del arte no fuera una «estética transcultural» o una rama de la semiótica, entonces aún podría ser una sociología de las «instituciones de arte», lo que no implicaría necesariamente afirmar la personalidad de los objetos de arte. En efecto, existe una creciente «sociología del arte» que se ocupa, precisamente, de los parámetros institucionales de la producción, recepción y circulación del arte. No obstante, no es coincidencia que la «sociología del arte» (institucional) haya estudiado principalmente el arte occidental o, en su defecto, el de Estados burocráticos avanzados como China, Japón, etc. No puede existir una sociología «institucional» del arte a menos que las instituciones relevantes todavía estén vigentes: público destinatario, mecenazgo público o privado de artistas, críticos de arte, museos, academias, escuelas de arte, etc.

Los académicos de la sociología del arte como Berger (1972) y Bourdieu (1968, 1984) analizan las características institucionales de las sociedades de masas más que de la red de relaciones que rodea a obras de arte particulares en marcos propios de interacción. Esta división del trabajo es específica. La antropología estudia el contexto inmediato de las interacciones sociales y sus dimensiones «personales», mientras que la sociología más bien trata las instituciones. Claro está, existe un continuo entre la perspectiva sociológica-institucional y la antropológica-relacional. Los antropólogos no pueden hacer caso omiso ante las instituciones. La antropología del arte ha de considerar el marco institucional que abarca la producción y circulación de obras de arte, siempre y cuando existan tales instituciones. Dicho esto, sigue habiendo muchas sociedades en las que aquellas no están especializadas en el arte en sí mismas, sino que poseen un alcance más general, por ejemplo: los cultos, los sistemas de intercambio, etc. La antropología del arte quedará siempre como un campo sin desarrollar si limita sus intereses a la producción y circulación del arte institucionalizado comparable a las que ya se estudia en el contexto de los Estados burocráticos industriales avanzados.

Actualmente, la «sociología del arte» está representada en la «antropología del arte» principalmente como estudios del mercado del arte «etnográfico», por ejemplo, el reciente e ilustre trabajo de Steiner (1994). Morphy (1991), Price (1989), Thomas (1991) y otros académicos han escrito análisis muy esclarecedores sobre la recepción de arte no occidental por el público occidental, pero estos estudios se ocupan del mundo del arte institucionalizado de Occidente y las respuestas de los indígenas a cómo recibe un público extraño sus producciones artísticas. Considero que se puede distinguir entre estas investigaciones sobre la recepción y apropiación del arte no occidental, y el alcance de una teoría verdaderamente antropológica del arte, lo cual no significa denigrar a tales estudios de manera alguna. Nos hemos de preguntar si una determinada obra de arte se produjo en realidad con esta recepción o apropiación en mente. En el mundo contemporáneo, gran parte del arte «etnográfico» se genera para el mercado metropolitano. En este caso, no se puede tratar la cuestión si no es en este marco específico. Sin embargo, en el pasado y también todavía hoy, el arte se producía y se produce para una circulación mucho más limitada, de forma independiente a otras recepciones más allá de las fronteras culturales e institucionales. Estos contextos locales, en los que se crea el arte como derivado de la mediación de la vida social y la existencia de instituciones más generales, justifican al menos una autonomía relativa para una antropología del arte que no se circunscribe a la presencia de instituciones específicas al arte.

Por este motivo, parece que la antropología del arte puede separarse del estudio de las instituciones artísticas o «mundo del arte», por lo menos provisionalmente, lo que implica la necesidad de reconsiderar la proposición que adelantábamos antes. Argumentar que hemos de ver los objetos de arte como «personas» para abarcarlos en una teoría «antropológica» del arte parece una noción muy extraña, pero solo si uno no tiene en cuenta que históricamente la antropología ha tendido a desfamiliarizar y relativizar el concepto de «persona». Desde su nacimiento, se ha ocupado típicamente de las relaciones peculiares entre las personas y las «cosas» que, de alguna manera, «parecen» personas o cumplen la función de estas. Tylor anunció este tema básico por primera vez en Primitive Culture (1875) [en español, Cultura primitiva], donde trataba el «animismo» –atribuir vida y sensibilidad a cosas inanimadas, plantas, animales, etc.– como característica fundamental de las culturas «primitivas», si no de la cultura en general. Frazer retomó precisamente esta línea en sus voluminosos estudios sobre la magia simpática y por contagio. Los mismos puntos surgieron, si bien de manera distinta, en el trabajo de Malinowski y Mauss, en relación con el «intercambio», así como la magia, clásico de la antropología sobre el que también escribieron prolíficos estudios.

Espero que se reconozca de forma inmediata y fácil el carácter maussiano de la idea de que la teoría antropológica del arte ha de «considerar a los objetos de arte como personas». Ya que las prestaciones o «dones» se consideran extensiones de la persona en la teoría del intercambio de Mauss, entonces, de la misma manera, también se pueden ver los objetos de arte como personas. Podría no ser descabellado afirmar que, si la teoría maussiana del intercambio es la «teoría antropológica» ejemplar y prototípica, entonces la manera de producir una «teoría antropológica del arte» sería construir una que se asemeje a la de Mauss, pero que trate los objetos de arte en vez de las prestaciones. La teoría del parentesco de Lévi-Strauss equivale a la teoría de Mauss al reemplazar las «prestaciones» con las mujeres; por lo tanto, la «teoría antropológica del arte» que propongo también ha de ser como la de Mauss cambiando las «prestaciones» por los «objetos de arte». Sería una parodia de la teoría que pretendo generar, pero empleo la analogía para orientar al lector con respecto de mis intenciones básicas. Mi premisa es que una teoría antropológica sobre cualquier tema solo lo es en la medida en que se parezca, en ciertos puntos fundamentales, a otras teorías antropológicas. De lo contrario, llamarla «antropológica» sería absurdo. Mi objetivo es producir una teoría antropológica del arte afín a otras teorías antropológicas (no solo a la de Mauss, claro). Una objeción básica mía a las teorías de la «estética transcultural» y de la «semiótica» en cuanto al arte etnográfico es que las afinidades de estos enfoques están en la estética (occidental) y la teoría del arte, no en la antropología en sí misma de manera independiente. Puede que sea imposible fundar o derivar una teoría del arte útil a partir de las teorías antropológicas existentes, pero, hasta que se haya llevado a cabo el experimento, no es posible dirimir la cuestión.

1.4. La silueta de una teoría antropológica

Mi conclusión actual afirma que la teoría antropológica del arte es aquella que se «parece» a una teoría antropológica y en la cual las obras de arte figuran como elementos relacionados cuyos vínculos se describen en la teoría. Sin embargo, ¿a qué se parecen las teorías «antropológicas»? ¿Es verdaderamente posible delinear la forma de una teoría antropológica en contraposición a cualquier otro tipo de teoría? Tal vez no, pues la antropología es un culto muy amplio y solo guarda diferencias muy ambiguas con respecto de otras disciplinas como la sociología, la historia, la geografía social, la psicología social y cognitiva. No me cuesta hacer esta concesión, pero, por otra parte, hemos de considerar eso en lo que sobresalen los antropólogos según el punto de vista de las disciplinas cercanas. Dicho de manera directa, se considera que la antropología es excelente en ofrecer ricos análisis sobre conductas, actuaciones, aseveraciones, etc., en apariencia irracionales (el problema de «mi hermano es un loro verde»: Sperber 1985; Hollis 1970). Ya que casi todas las conductas son «en apariencia irracionales» desde el punto de vista de alguien, la antropología tiene el futuro asegurado. ¿Cómo resuelven los antropólogos los problemas sobre la supuesta irracionalidad de la conducta humana? Localizándola o contextualizándola no en la «cultura», que es una abstracción, sino en la dinámica de la interacción social. En efecto, la conducta puede venir condicionada por la «cultura», pero es mejor considerarla un proceso o una dialéctica reales que se desarrollan en el tiempo. Sobra decir que la antropología comparte la perspectiva para interpretar la conducta social con la sociología y la psicología social, por no mencionar otras disciplinas. La antropología difiere porque proporciona una profundidad de análisis que mejor podría describirse como «biográfica». Es decir, la forma en que la antropología ve a los agentes sociales trata de replicar la perspectiva temporal de los propios agentes, mientras que la sociología (histórica) suele ser, por así decirlo, suprabiográfica; y la psicología social y la cognitiva, infrabiográficas. Por tanto, la antropología se centra en el «acto» enmarcado en el contexto de la «vida» (o, siendo más precisos, la «etapa de la vida») del agente. La periodicidad fundamental de la antropología es el ciclo vital. Esta perspectiva temporal –la fidelidad a lo biográfico– dicta lo cerca y lo lejos que ha de posicionarse el antropólogo respecto del tema. Si estudia, por ejemplo, la cognición en la microescala típica de gran parte de la psicología cognitiva de laboratorio, se pierde la perspectiva biográfica, por lo que el antropólogo, a todos los efectos, solo está practicando psicología cognitiva. Por el contrario, si la perspectiva del antropólogo se extiende a un punto tal, que el ritmo biográfico del «ciclo vital» ya no delimita el alcance de su discurso, entonces estudia historia o sociología.

Tal vez no a todos les guste esta definición de la antropología, pero yo afirmaría que abarca la mayor parte del trabajo que se considera típicamente «antropológico». Esta profundidad específicamente biográfica posee, claro está, una correlación espacial. Los espacios de la antropología son los que los agentes recorren en el curso de sus biografías, sean estrechos o, como ocurre con cada vez mayor frecuencia, anchos e, incluso, de alcance mundial. Además, se determina cierta visión de las relaciones sociales. Los antropólogos suelen observar las relaciones en un contexto «biográfico»; o sea, se consideran las relaciones como parte de una serie biográfica a la que se accede en distintas fases del ciclo vital. Las relaciones «sociológicas» son, por decirlo así, perennes o suprabiográficas, como la relación entre clases en el capitalismo, y la existente entre grupos o castas en las sociedades jerárquicas. Las relaciones «psicológicas», por otra parte, son infrabiográficas, con frecuencia no más que «encuentros» momentáneos, como, por ejemplo, en los entornos experimentales en que se solicita a los sujetos que interactúen entre sí y con el experimentador en formas que no tienen precedentes ni consecuencias biográficas. Las relaciones antropológicas son reales, poseen consecuencias biográficas y se articulan al «proyecto de vida» del agente.

Si estas estipulaciones son correctas, entonces empieza a emerger la silueta característica de una «teoría antropológica». Esta se distingue en que típicamente trata las relaciones sociales, que, por su parte, ocupan un espacio biográfico. Sobre él se adquiere, transforma y transmite la cultura a través de varias etapas vitales. El estudio de las relaciones a lo largo de la vida –relaciones por las que se recibe y reproduce la cultura– y de los proyectos vitales que los agentes buscan realizar por medio de sus relaciones con los demás permite a los antropólogos llevar a cabo la tarea intelectual que tienen asignada: explicar por qué la gente actúa como actúa, aun si su conducta parece irracional, cruel, piadosa y desinteresada. El objetivo de la teoría antropológica es proporcionar explicaciones sobre la conducta en el contexto de las relaciones sociales. En consecuencia, la teoría antropológica del arte analiza la producción y circulación de los objetos de arte como una función de tal contexto relacional.

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La teoría de la trama de arte (Art Nexus)

2.1. La construcción de una teoría: términos y relaciones

Para diseñar esta teoría, en primer lugar, necesitamos definir ciertas entidades –términos– y relaciones teóricas. En apartados anteriores, he propuesto que debería «parecerse» a otras teorías antropológicas como la del intercambio o la del parentesco, pero que debería sustituir algunos de sus términos con los «objetos de arte».

Sin embargo, esto nos pone ante ciertas dificultades inmediatas. Los «objetos de arte» u «obras de arte» ya constituyen una clase identificable de objetos en algunos sistemas de arte, pero no sucede así con todos ellos, sobre todo, en los contextos antropológicos. Si ubicamos la «obra de arte» como piedra angular, la teoría antropológica del arte en sí misma se vuelve inmediatamente inútil por razones que ya hemos argumentado. Tratar las «obras de arte» es analizar entidades a las que de antemano se les ha otorgado una definición institucional como tal. El reconocimiento institucional (o «legitimación») de los objetos de arte es el tema principal de la sociología del arte, que trata cuestiones que complementan a la antropología del arte, pero que no coinciden con su objeto de estudio. Claro está, algunos de los objetos (de hecho, muchos, o todos, incluso) abarcados por la sociología del arte también se pueden considerar, «antropológicamente», entidades alrededor de las cuales se forman relaciones sociales, pero, en este ámbito, el estatus de «obra de arte» es irrelevante. Si hemos de distinguir entre la antropología del arte y la sociología del arte, la primera no puede restringir su alcance a las instituciones «oficiales» del arte y a las obras reconocidas. De hecho, no le es posible hablar sobre «obras de arte» en absoluto, no solo por las implicaciones institucionales que conlleva tal estatus, sino también porque porta connotaciones excluyentes no apropiadas. Un objeto que se haya «legitimado» como un objeto de arte se convierte en esto de manera exclusiva. De ello trata la «legitimación» en este sentido. La teoría antropológica del arte no puede permitirse que su término teórico principal sea una categoría o taxón de objetos que son «exclusivamente» objetos de arte, pues la tendencia de esta teoría, como he aclarado, es estudiar el dominio en que los «objetos» se funden con las «personas» a causa de las relaciones sociales entre las personas y las cosas, y entre las personas y otras personas por medio de las cosas.

Dicho esto, no prometo que nunca más se mencionen los objetos de arte. De hecho, recurriré a esas palabras repetidamente, pues la consistencia terminológica excesiva es enemiga de la inteligibilidad, mi objetivo principal en este trabajo. No obstante, no pretendo usar «objeto de arte» u «obra de arte» como términos técnicos, ni detallar cuándo un objeto es o no «de arte». El término que emplearé es «índice», lo que requiere una explicación.

2.2. El índice

La antropología del arte no sería tal a menos que se limitara a un subconjunto de relaciones sociales en las que algún «objeto» se vinculara a un agente social de una manera diferencialmente «artística». Hemos desechado la idea de que los objetos se relacionan con los agentes sociales «de una manera artística» si y solo si tales sujetos los valoran «estéticamente». En este caso, ¿qué otro medio puede proponerse para distinguir las relaciones artísticas entre personas y objetos, de las que no lo son? Para simplificar el problema, en adelante confinaré el discurso al arte visual o, por lo menos, al «visible». Excluyo el arte verbal y musical, aunque reconozco que en la práctica estos tipos son generalmente inseparables. Por tanto, las «cosas» de las que hablo pueden considerarse reales, físicas, únicas e identificables. No son actuaciones, lecturas, reproducciones, etc. Tales estipulaciones estarían fuera de lugar en la mayoría de análisis sobre el arte, pero en este trabajo resultan necesarias, aun solo porque tratar las dificultades de una en una facilita que las superemos. En efecto, es tarea muy difícil proponer un criterio para diferenciar las relaciones sociales abarcadas por la «antropología del arte», de cualquier otra relación social.

Defiendo que las «situaciones artísticas» se definen como aquellas en las que el «índice» material –la «cosa» visible y física– suscita una operación cognitiva que identifico como la abducción de la agencia. En la semiótica peirceana, un índice es un «signo natural», es decir, una entidad de la que el observador realiza una inferencia causal de algún tipo, o una inferencia sobre las intenciones o capacidades de otra persona. El ejemplo típico de «índice» es un humo visible que indica «fuego». El fuego causa el humo, por lo que el humo es «índice» de fuego. Otro ejemplo muy común es la sonrisa humana, índice de una actitud amable. Sin embargo, como todos sabemos, puede producirse humo sin que exista un fuego, y se nos puede engañar con una sonrisa. La operación cognitiva por la que inferimos la presencia de un fuego a causa del humo y de amabilidad a causa de una cara sonriente no es aquella por la que «sabemos» que 2 + 2 = 4, o por la que, si alguien pronuncia la palabra «perro», quiere decir «can», y no «ferrocarril» ni «mariposa». Los índices no forman parte de un cálculo –un conjunto de tautologías como las matemáticas–, ni son componentes de un lenguaje natural o artificial en el que los términos poseen significados fijados por convención. Tampoco llegamos a las inferencias de los índices por inducción ni deducción. No hemos llevado a cabo una prueba y determinado que, por leyes de la naturaleza, el humo significa fuego. De hecho, sabemos que el humo puede no implicar fuego, pues conocemos formas de producir humo o algo que se le parezca sin encender una hoguera. Ya que el humo como índice de fuego no sigue una ley natural conocida a la que se llegue deductiva o inductivamente, y tampoco es una tautología ni una convención del lenguaje, necesitamos otro término que designe el modo de inferencia u operación cognitiva del que nos valemos para generar índices.

2.3. La abducción

El término que emplean la lógica y la semiótica para tales inferencias es «abducción». Eco se refiere a ellas con estas palabras: «La abducción es un caso de inferencia sintética ‘en que encontramos una circunstancia muy curiosa que podría explicarse por la suposición de que es el caso específico de una regla general, y, por tanto, adoptamos dicha suposición’»21 (1976: 131, citando a Peirce ii. 624). En otro trabajo, el autor escribe: «(…) [L]a abducción representa el intento aventurado de trazar un sistema de reglas de significación que permitan al signo adquirir su propio significado. Con más razón aún [la] hay (…) en el caso de los signos naturales que los estoicos llamaban indicativos, cuyo carácter de signo se sospecha, sin saber todavía de qué son signos»22 (Eco 1984: 40). La abducción cubre la zona gris en la que la inferencia semiótica –producida por los significados de los signos– se funde con la inferencia hipotética de carácter no semiótico –o no convencionalmente semiótico–, como cuando Kepler infirió, a partir del movimiento de Marte en el cielo nocturno, que el planeta se desplazaba siguiendo una trayectoria elíptica:

La abducción es la «inducción puesta al servicio de la explicación, en la que se crea una nueva ley empírica para hacer predecible lo que, de lo contrario, sería un misterio» (…). Es una clase de inferencia no demostrativa, basada en la falacia lógica de afirmar el antecedente a partir del consecuente («si p, entonces q; pero q, entonces p»). De premisas verdaderas lleva a conclusiones que no son necesariamente verdaderas. Sin embargo, la abducción es un principio de inferencia indispensable, pues comprende el mecanismo básico para limitar el número infinito de explicaciones compatibles con cualquier suceso (Boyer 1994: 147, citando a Holland et al. 1986: 89).

Tengo un motivo particular para usar los términos «signo indexicalizador» y «abducción» en este razonamiento. Ninguna persona sensata supondría que las relaciones artísticas entre las personas y las cosas no implican, por lo menos, alguna forma de semiosis. Enfoquemos como enfoquemos el tema, parece subyacer en el arte una base irreduciblemente semiótica. Por otra parte, procuro con todas mis fuerzas evitar cualquier idea que sugiera en lo más mínimo que el arte –visual– es «como la lengua» y que las formas relevantes de semiosis son lingüísticas. Descubrir la órbita de los planetas no es en absoluto análogo a interpretar una oración en cualquier lengua natural. Kepler no descubrió la «gramática» de los movimientos planetarios, pues no existe equivalente a la gramática en la naturaleza. Sin embargo, los científicos suelen referirse, metafóricamente, a sus datos como si estos «significaran» tal o cual cosa; es decir, como si permitieran inferencias que, si no se remiten a las leyes establecidas de la física, son abducciones. La utilidad del concepto de abducción radica en que designa una clase de inferencias semióticas que, por definición, son totalmente distintas de las que usamos en la comprensión de la lengua, cuyo entendimiento «literal» es cuestión de respetar ciertas convenciones semióticas, no de formular hipótesis derivadas ad hoc del «caso» en cuestión (Eco 1984: 40). Aunque la abducción es un concepto semiótico (en realidad, pertenece a la lógica más que a la semiótica), resulta útil para fijar límites a la semiosis lingüística propiamente dicha. Así, ya no nos tienta la posibilidad de aplicar modelos lingüísticos donde no son apropiados, a la vez que mantenemos la libertad de plantear inferencias no lingüísticas.

En nuestro caso, un ejemplo más perspicuo de inferencia abductiva a partir de un índice sería la sonrisa con «significado» de simpatía. Gran parte de la teoría que propongo consiste en la idea de que tomamos los objetos de arte –y los miembros de una categoría más amplia, los índices de agencia– como si tuvieran una «fisonomía» al igual que la gente. Al ver la imagen de alguien que sonríe, atribuimos una actitud simpática a la «persona de la foto» y, si lo hay, a su modelo o «sujeto». Nuestra respuesta se debe a que una apariencia sonriente desencadena la inferencia –limitada– de que la persona es amiga, a menos que finja, de la misma manera que la sonrisa de una persona real. Dicho de otro modo, tenemos acceso a «otra mente», una real o imaginaria. En cualquier caso, se trata de la mente de una persona con buena disposición. Sin detenerme a desenmarañar la muy difícil pregunta sobre la naturaleza de la relación entre las personas reales y las imaginarias, lo que quiero enfatizar es que el medio que por norma general usamos para formarnos una idea de la disposición y las intenciones de los «otros sociales» es un alto número de abducciones de índices que no son ni «convenciones semióticas», ni «leyes de la naturaleza», sino un punto intermedio. Además, los esquemas inferenciales –abducciones– que empleamos ante los «signos indexicales» son a menudo muy similares, cuando no idénticos, a los que usamos para tratar con los otros sociales. Esto puede parecer de un nivel muy elemental, pero, en realidad, se trata de fundamentos esenciales de la antropología del arte.

En consecuencia, la definición mínima de la situación de «arte» –visual– conlleva la presencia de algún índice del que se puedan extraer abducciones –de muchos tipos–. Esto por sí mismo no limita lo bastante nuestro estudio, pues es de inmediato evidente que, fuera del razonamiento formal y la semiosis lingüística, la mayor parte del «pensamiento» consiste en abducciones de una clase u otra. Para continuar delimitando el alcance de nuestro análisis, propongo que la categoría de índices relevante a nuestra teoría es aquella que permite la abducción de la «agencia», en concreto, la «agencia social». Con esto excluimos casos como los de inferencias científicas sobre la órbita de los planetas (a menos que uno se imagine que estos son agentes sociales, como muchos hacen). Sin embargo, la restricción es todavía más fuerte que la hasta ahora expuesta, excluyendo más que la formación de hipótesis científicas. La condición que planteo insta a que se vea el índice en sí mismo como el resultado o instrumento de la agencia social. Un «signo natural» como el «humo» no se considera el producto de una agencia social, sino como el de un proceso natural causal, la combustión, así que, como índice de su causa no social, no reviste interés alguno para nosotros. En cambio, si se ve como el índice de una hoguera encendida por agentes humanos (por ejemplo, al quemar la vegetación de una zona para agricultura itinerante), entonces sí se produce la abducción de agencia, y el humo se convierte en un índice artefactual, así como un «signo natural». Para situar otro ejemplo, supongamos que, mientras paseamos por la playa, encontramos una piedra tallada de manera muy sugerente. ¿Se tratará de un hacha de mano prehistórica? Se ha transformado en un «artefacto» y, por tanto, es apta para que la consideremos. Es una herramienta y, por lo tanto, un índice de agencia, tanto de su creador, como de la persona que la utilizó. Puede que no sea un objeto muy «interesante» de analizar teóricamente en el contexto de la «antropología del arte», pero sin duda se puede aseverar que cumple las condiciones mínimas, pues a priori no tenemos medios para diferenciar los «artefactos» de las «obras de arte» (A. Gell 1996). Esta afirmación tendría validez aun si concluyera que la piedra, en realidad, no la talló un artesano prehistórico, y, habiéndomela llevado ya a casa, la decidiera usar, de todos modos, para decorar la repisa de mi chimenea. Desde ese instante se convertiría en un índice de mi agencia, y de nuevo cumpliría los requisitos (además, ahora sería, evidentemente, una «obra de arte», es decir, un «objeto encontrado»).

2.4. El agente social

Sin embargo, como suele ocurrir con las definiciones, la idea de que el índice debe verse «como el resultado o instrumento de la agencia social» depende de un concepto aún no determinado: el «agente social», quien ejerce la agencia social. Claro está, no es difícil formular ejemplos de ambas nociones. A cualquier ser humano se lo ha de considerar agente social, al menos en potencia.

Se puede atribuir agencia a aquellas personas (y cosas, como veremos más adelante) que provocan secuencias causales de un tipo particular, es decir, sucesos causados por actos mentales, de voluntad o de intención, en lugar de por simple concatenación de hechos físicos. El agente es quien «hace que los sucesos ocurran» en su entorno. Como resultado de ejercer la agencia, suceden cosas, que no necesariamente tienen que ser las que «quería» el agente. Mientras que las cadenas de causa-efecto en el terreno físico y material consisten en «hechos» explicables por medio de leyes que, en última instancia, gobiernan el universo entero, los agentes provocan «acciones» que «inician» ellos mismos por sus propias intenciones. Son la fuente, el origen, de los sucesos causales de manera independiente al estado del universo físico.

De hecho, se puede debatir largo y tendido acerca de la relación entre las creencias, intenciones, etc., del agente y los sucesos externos que provoca al actuar. Los filósofos están muy lejos de llegar a un acuerdo sobre la naturaleza de las «mentes» que albergan «intenciones», y sobre el vínculo entre las intenciones internas y los acontecimientos reales. Asimismo, los sociólogos tienen razones de sobra para indicar que con mucha frecuencia las acciones tienen «consecuencias no deseadas», así que no puede afirmarse que los sucesos –sociales– del mundo real sean simples transcripciones de lo que los agentes querían que ocurriera. Afortunadamente, para llevar a cabo este análisis, no necesito resolver los problemas que han traído de cabeza a los filósofos desde hace siglos. Para el antropólogo, el problema de la «agencia» no es cuestión de determinar la definición más racional o justificable de tal concepto. Su tarea es describir las formas de pensamiento que no resistirían el embiste del escrutinio filosófico, pero que, al menos, pueden ponerse en práctica social y cognitivamente, de todos modos.

A ojos de la antropología, las nociones «comunes» de la agencia, extraídas de las prácticas y los discursos cotidianos, son objeto de estudio. No reviste importancia que sean «sustentables filosóficamente» o no. Algunos consideran que tales conceptos de agencia, intención, mente, etc., sí pueden justificarse desde la filosofía, pero eso no nos preocupa. Me propongo tomar en serio las concepciones sobre la agencia que ni siquiera estos académicos querrían defender, por ejemplo, la idea de que la agencia puede ser inherente a los ídolos, por no mencionar a los automóviles (como comprobaremos en apartados posteriores). Me marco esta línea discursiva porque, en realidad, la gente de verdad atribuye intenciones y conciencia a tales objetos. La idea de agencia es un marco establecido culturalmente para pensar la causalidad, cuando se supone que lo que ocurre sigue las intenciones previas de una persona agente o una cosa agente. Cuando pensamos que algo pasa a causa de la «intención» de la persona o cosa que inicia la secuencia causal, estamos ante un ejemplo de «agencia».

En cierto sentido es redundante situar la palabra «social» delante de «agente», pues el término «agencia» sirve, en primer lugar, para diferenciar entre los «hechos», causados por leyes físicas; y las «acciones», iniciadas por intenciones previas. El término «intención previa» supone atribuir al agente una mente similar a la humana, si no idéntica. Se puede pensar que los animales y los objetos materiales poseen mentes e intenciones, pero estas siempre son, aun mínimamente, de carácter humano, porque solo tenemos acceso «desde dentro» a las mentes humanas. De hecho, solo a una mente, la de cada uno. La mente del ser humano es indefectiblemente «social», tal que solo conocemos nuestra propia mente en un contexto social. Es imposible concebir la «acción» salvo en términos sociales. Más aún, el tipo de agencia atribuido a los objetos de arte o índices de agencia es social de modo inherente e irreducible, ya que solo surgen como agentes de manera relevante en entornos sociales muy específicos. Los objetos de arte no son agentes «autosuficientes», sino solo «secundarios», que funcionan en conjunción con asociados –humanos– específicos cuya identidad trataré más adelante. La teoría filosófica de los «agentes» presupone la autonomía e independencia del agente humano, pero a mí me interesa más la agencia secundaria que adquieren los artefactos cuando se engarzan en un tejido de relaciones sociales. Dicho esto, en tal red se puede tratar a los artefactos como agentes de muchos modos.

2.5. Las «cosas» como agentes sociales

En una relación social, el «otro» inmediato no tiene por qué ser «humano». En efecto, mi teoría depende por completo de que no lo sea. La agencia social se puede ejercer sobre las «cosas», y la pueden ejercer las «cosas» mismas, así como los animales. Este concepto ha de formularse de manera tan permisiva por motivos tanto empíricos como teóricos. Resulta patente que las personas fundan evidentes relaciones sociales con las «cosas». Supongamos el caso de una niña y su muñeca. La chiquilla adora al juguete, que, según ella, es su mejor amiga. ¿Estaría dispuesta a tirarla por la borda de un bote salvavidas para salvar al mandón de su hermano mayor, que se está ahogando? En absoluto. El ejemplo puede parecer trivial, y las relaciones que las niñas construyen con sus muñecas no son «típicas» de la conducta social humana. Sin embargo, no se ha de tomar este caso a la ligera ni por un momento, ya que se trata de un ejemplo arquetípico del tema principal de la antropología del arte. Solo pensamos lo contrario porque ofende nuestra dignidad hacer comparaciones entre las niñas que sienten un afecto inmenso por sus muñecas, y nosotros, almas maduras que admiramos el David de Miguel Ángel. ¿Qué es el David sino un muñeco para adultos? No se trata tanto de despreciar la escultura, como de revaluar las muñecas, objetos verdaderamente destacables, todo sea dicho. Son seres sociales que forman «parte de la familia», aun solo durante un tiempo limitado.

La distancia que separa las muñecas y los ídolos es muy corta, y la que separa a los segundos de las esculturas de Miguel Ángel no es mucho más larga que aquella. No obstante, no pretendo limitar las «relaciones sociales entre las personas y las cosas» a ejemplos de este orden, en los que la «cosa» es una representación de un ser humano, como una muñeca. La concepción que pretendo presentar es mucho más amplia. Las vías por las que se otorga agencia social a las cosas o por las que la agencia emana de las cosas componen un abanico en extremo diverso (léase Miller 1987 para un análisis teórico de la «objetivación»).

Tomemos, por ejemplo, la relación entre los humanos y los automóviles. Un coche es solo un bien y un medio de transporte; intrínsecamente no es un locus de agencia ni del dueño ni del coche mismo. Sin embargo, a quien tiene el automóvil le cuesta mucho no verlo como una parte de su cuerpo, algo a lo que imprime con su propia agencia social ante otros agentes sociales. Un vendedor confronta a un cliente potencial con su cuerpo (unos dientes limpios y un buen peinado son índices de habilidad en los negocios), así como con su coche –un Ford Mondeo negro, de inscripción tardía–. Este es otra parte del cuerpo, pero puede separarse si alguien desea examinarlo y valorarlo de cerca. Igualmente, que el coche reciba daños constituye una agresión personal, una ofensa, aunque se pueda reparar y la compañía de seguro cubra los gastos. El automóvil no es solo un locus de la agencia del dueño y una vía a través de la que puede afectarle la agencia de otros –malos conductores, vándalos–, sino también un locus de una agencia «autónoma» del coche en sí mismo.

El vehículo no solo refleja la personalidad del dueño, sino que también posee una personalidad propia como coche. Por ejemplo, tengo un Toyota al que profeso cierta estima más que un amor absoluto, pero, como los Toyota son coches «sensatos» y ciertamente desapasionados, al mío no le importa (es japonés, al fin y al cabo; los automóviles tienen dimensiones étnicas bien distintas). En mi familia, le hemos puesto nombre propio: Toyolly, «Olly» para abreviar. Es un coche fiable y considerado que solo sufre averías relativamente leves y cuando «sabe» que no causará graves inconvenientes. Si, Dios no lo quiera, se averiara en mitad de la noche todavía lejos de casa, lo consideraría un acto de alta traición cuyo único culpable personal y moral, para mí, sería él y nadie más, ni yo ni el mecánico que lo revisa. Desde la razón, sé que esa forma de pensar resulta un tanto extraña, pero también que el 99 por ciento de los dueños de coches atribuyen una personalidad a sus vehículos igual que yo, y que esas imaginaciones contribuyen a un modus vivendi satisfactorio en un mundo de máquinas. En efecto, se trata de una forma de «creencia religiosa» –animismo vehicular– que acepto porque forma parte de la «cultura automovilística», elemento relevante de la cultura de facto del Reino Unido en el siglo XX. Ya que sí practico habitualmente esta variedad de animismo, considero que hay razones de sobra para utilizarla como base sobre la que concebir otros animismos que no comparto, por ejemplo, la adoración de ídolos (léase el capítulo 7, en particular los apartados 7.8 y 7.9, para profundizar en detalle sobre la «agencia» de las imágenes).

2.5.1. La solución a la paradoja

Se define al agente como quien ejerce la capacidad de provocar que ocurran cosas a su alrededor, capacidad que no se puede atribuir al estado común del cosmos material, sino solo a una categoría especial de estados mentales: las intenciones. Es una contradicción aseverar que las «cosas» como las muñecas y los coches pueden actuar como «agentes» en interacciones sociales humanas porque, por definición, no albergan intenciones. Además, los sucesos causales que ocurren a su alrededor son «hechos» –producidos por causas físicas–, no «acciones» relacionadas con la agencia de la cosa. Quizá la niña se imagine que su muñeca es otra agente, pero nosotros estamos obligados a ver el error en ese pensamiento. Podríamos ocuparnos de detectar los factores cognitivos y emocionales que engendran tales formas de pensar, pero es una tarea muy distinta de proponer una teoría (estoy absolutamente resuelto a formular la teoría) que acepte como postulados básicos unos errores tan palpables en cuanto a la atribución de la agencia. En efecto, parece que caminamos por una senda peligrosa. Una «sociología de la acción» que toma como premisa la naturaleza intencional de la agencia se socava a sí misma de manera irremediable al introducir la posibilidad de que las «cosas» puedan ser agentes, pues la empresa entera se funda en la separación estricta entre la «agencia» –ejercida por los seres humanos conscientes inmersos en una cultura– y la causalidad física que explica el comportamiento de las cosas. Sin embargo, podemos mitigar la paradoja al tener en cuenta las siguientes consideraciones.

Ocurra lo que ocurra, la agencia humana actúa en el mundo material. Si no estuvieran en juego las cadenas de causa y efecto que nos son familiares, la acción intencionada, que se inicia en un contexto social y se orienta hacia unos objetivos sociales, sería imposible. Podemos aceptar que tales cadenas nacen como estados mentales y que se dirigen a los estados mentales de los «otros» sociales –es decir, los «pacientes», como veremos después–, pero, a menos que exista una mediación física que se aproveche siempre de las diversas propiedades causales del entorno material –el medio ambiente, el cuerpo humano, etc.–, el agente y el paciente no interactuarán el uno con el otro. En consecuencia, las «cosas», con sus propiedades causales particulares, resultan tan esenciales para ejercitar la agencia como los estados mentales. Reconocemos la presencia de otro agente únicamente gracias a que el entorno causal que lo rodea adopta una configuración determinada de la que se puede abducir una intención. Detectamos la agencia, ex post facto, en la estructura anómala de tal entorno, pero no podemos hacerlo por adelantado. Es decir, no es posible diferenciar que alguien es un agente antes de que actúe como tal y modifique el entorno causal de una manera que solo pueda atribuirse a su agencia. Como esto último no se basa en intuiciones producidas sin que haya habido mediación alguna, no es una paradoja considerar la agencia un factor del ambiente en su totalidad, una característica global del mundo de los humanos y las cosas que habitamos, y no una propiedad exclusiva de la psique humana. La muñeca no es un agente autosuficiente como un ser humano –ideal–. Ni siquiera la niña lo cree. Sin embargo, sí es una emanación o manifestación de la agencia –en concreto, la de la chiquilla–. Es un espejo, vehículo o canal de la agencia y, por tanto, origina experiencias tan intensas de la «copresencia» de un agente, como lo hace un ser humano.

Sí acepto la siguiente diferenciación. Tenemos a los agentes «primarios», seres intencionales categóricamente distintos de las «simples» cosas o artefactos, que son los agentes «secundarios» –artefactos, muñecas, coches, obras de arte, etc.–, a través de los cuales los primarios distribuyen su agencia en el entorno causal y, por tanto, la hacen efectiva. No obstante, denominar «secundarios» a los agentes artefactuales no implica conceder que no sean agentes, o que lo sean solo «por decirlo de algún modo». Por ejemplo, pensemos en las minas antipersona que tantas muertes y mutilaciones han causado en Camboya en estos años. Sin lugar a dudas, fueron los soldados de Pol Pot que colocaron las minas los agentes responsables de estos crímenes contra los inocentes. Las minas fueron solo los «instrumentos» o «herramientas», no los «agentes de la destrucción» en el sentido en que decimos esas palabras al hablar de los hombres de Pol Pot. Los soldados podrían haber tomado otro curso de acción, mientras que las minas no tenían más opción que explotar en cuanto alguien las pisaba. Parece inútil atribuir «agencia» a un simple aparato mecánico letal en vez de a quien lo usó.

Sin embargo, no nos apresuremos. Un soldado no es un simple hombre, sino uno armado con un rifle o, en este caso, con una caja repleta de minas que sembrar. Las armas del soldado son partes de sí mismo y le hacen ser lo que son. No podemos hablar de los soldados de Pol Pot sin referirnos en la misma oración a sus armas, así como al contexto social y las tácticas militares que conlleva poseerlas. Los hombres de Pol Pot eran capaces de ser los agentes –muy malignos– que eran solo a causa de los artefactos que tenían y que, por así decirlo, transformaban a simples hombres en demonios con poderes extraordinarios. Su agencia sería imposible de concebir a no ser que se conjugara con la habilidad para la violencia expandida en el espacio-tiempo que permite la posesión de las minas. Los soldados de Pol Pot tenían, como todos nosotros, lo que luego detallaré bajo el término de «personalidad distribuida». Como agentes, no estaban solo donde yacían sus cuerpos, sino también en muchos sitios (y tiempos) simultáneamente. Las minas eran componentes de su identidad como seres humanos, al igual que sus huellas digitales y las letanías de odio y miedo que inspiraron sus acciones.

Si pensamos en una mina antipersona no como una «herramienta» utilizada por un «usuario» –en teoría independiente–, sino, desde una perspectiva más realista, como un componente de una identidad y una agencia sociales, entonces vemos con más claridad por qué la mina puede considerarse «agente». Si no estuviera el artefacto, el agente –el soldado más la mina– no existiría. Al hablar de los artefactos como «agentes secundarios», me refiero a que el origen y la manifestación de la agencia tienen lugar en un entorno que consiste, en mayor parte, en artefactos. Los agentes, por lo tanto, no solamente «utilizan» los artefactos, sino que también «son» los artefactos mismos, que conectan a los primeros con los otros sociales. Claro está, las minas antipersona no son agentes –primarios– que causen hechos por medio de actos de voluntad de los que son moralmente responsables, pero sí son encarnaciones objetivas del poder o capacidad de desear su uso y, en consecuencia, entidades morales en sí mismas. Describo los artefactos como «agentes sociales» no porque pretenda promulgar una especie de misticismo de la cultura material, sino solo porque la objetivación en forma de artefacto es como se manifiesta y realiza la agencia social, o sea, a través de la proliferación de fragmentos de agentes «primarios» intencionales bajo sus formas «secundarias» artefactuales.

2.5.2. Agentes y pacientes

Se ofrecerán más ejemplos de agencia social atribuida a «cosas» conforme avance el análisis, pero primero tenemos que tratar otra cuestión en este razonamiento. Debo destacar cierta particularidad del concepto de agencia que desarrollo. La «agencia» se suele estudiar en relación con las características permanentes de la disposición de determinadas entidades: «Tenemos X; ¿es un agente, o no?». Y la respuesta suele ser esta: «Depende de si X tiene intenciones, mente, conciencia, etc.». De este modo, se trata la «agencia» en un contexto de clasificaciones. Se dividen todas las entidades del mundo entre las que «cuentan» como agentes y las que no. La mayoría de los filósofos considera que solo los humanos son agentes genuinos; unos pocos añadirían a algunos mamíferos como los chimpancés; y otros sumarían a los ordenadores con una programación lo bastante «inteligente». De nuevo, enfatizo que no planteo la cuestión de la «agencia» en un sentido similar a esta tarea de «clasificación». El concepto que empleo es relativo a las relaciones y depende del contexto. Así las cosas, regresemos al ejemplo del coche. Si bien atribuiría de manera espontánea una «agencia» a mi automóvil si se averiara en mitad de la noche lejos de mi casa, no creo que Olly tenga objetivos ni intenciones, como agente vehicular, fuera del uso que mi familia y yo hacemos de él, coopere o no. Mi coche es un agente –potencial– ante mí como «paciente», no ante sí mismo como coche. Solo es agente en la medida en que yo soy paciente, y solo es «paciente» –el complemento de un agente– en la medida en que yo soy agente con respecto de él.

Mi noción de agente es exclusivamente relacional. Para todo agente hay un paciente, y para todo paciente hay un agente. Esta premisa mitiga considerablemente el caos ontológico de atribuir sin medida ni control agencia a cosas inertes como los coches. Los vehículos no son seres humanos, pero actúan como agentes y sufren como pacientes «en el entorno causal» de las personas: su dueño, los vándalos, etc. Por esta razón, no caigo en paradojas ni misticismos al describir, como sucede más adelante, una pintura realizada por un artista como «paciente» con respecto de la agencia del artista, o a una víctima de una caricatura cruel como «paciente» en relación con la imagen –la agente– que la calumnia. Los filósofos descansarán tranquilos sabiendo que, en tales razonamientos, los únicos agentes reales son los humanos, y que los coches y las caricaturas –agentes secundarios– nunca serán agentes genuinos. Por el contrario, no me preocupa la definición filosófica de la agencia sub specie aeternitatis. Me interesan más las relaciones agente-paciente en los contextos y los conflictos fluctuantes de la vida social, en la que, sin duda, desde un punto de vista transaccional, atribuimos agencia a los coches, las imágenes, los edificios y muchas otras cosas inertes.

En los siguientes apartados, nos ocuparemos de los «agentes sociales», que pueden ser personas, cosas, animales, deidades y, en realidad, todo. La única condición es que, con respecto a toda transacción entre «agentes», uno ejerce la «agencia» mientras el otro es «paciente» por un momento, premisa que derivamos de las implicaciones en esencia relacionales, transitivas y causales de nuestro concepto de «agencia». Para ser «agente», se ha de actuar en relación con el «paciente». Este es el objeto que resulta afectado causalmente por la acción del agente. A efectos de la teoría que desplegamos, se toma como suposición que, en toda transacción en la que se manifiesta la agencia, existe un «paciente» que es otro agente «potencial» capaz de actuar como agente o de ser un locus de agencia. El «agente» está en posición de «paciente» de manera transitoria, así que, tomando el ejemplo de antes, si mi coche se avería, yo estoy en posición de «paciente», y el coche es el «agente». Si reaccionara a la situación gritándole a mi desafortunado automóvil, golpeándolo o, incluso, dándole patadas, entonces el agente sería yo; y el coche, el paciente. Así sucesivamente. Más adelante, se describirán las distintas posibilidades y combinaciones de agencia y paciencia con más detalle.

A pesar de ello, es crucial comprender que los «pacientes» en estas interacciones no son totalmente pasivos, ya que pueden oponer resistencia. La noción de agencia implica que se ha superado la resistencia, las dificultades, la inercia, etc. Los objetos de arte son típicamente «difíciles»: cuesta esfuerzo elaborarlos, diseñarlos, negociarlos. Fascinan, atraen, cautivan y deleitan a quien los ve. Su peculiaridad, intransigencia y extrañeza es un factor clave para que sean eficaces como instrumentos sociales. Además, en las inmediaciones de los objetos de arte, se producen luchas en las que los «pacientes» intervienen durante el encadenamiento de intención, instrumento y resultado como «agentes pasivos», es decir, como intermediarios entre los agentes y los pacientes definitivos. Las relaciones agente-paciente construyen jerarquías anidadas cuyas características se detallarán en el momento adecuado. En resumen, el concepto de «paciente» no es sencillo, pues ser «paciente» quizá es una forma derivada de agencia.

2.6. El artista

Sin embargo, todavía no hemos especificado la situación en suficiente detalle para delimitar el alcance de una «teoría antropológica del arte». La agencia se puede atribuir a las «cosas» sin remitirse directamente a la producción y circulación del «arte». Para hacerlo, parece necesario especificar la identidad de quienes participan en las relaciones sociales alrededor del «índice» con mayor precisión.

Los «índices» que trata la antropología del arte son artefactos generalmente (lo que no significa siempre). Estos poseen la capacidad de ser índices de sus «orígenes» en un acto de manufactura. Todo artefacto, por ser una cosa manufacturada, propicia una abducción que indica la identidad del agente que lo fabricó o creó. Los objetos manufacturados son a «causa» de sus creadores, al igual que el humo es a causa del fuego. Por lo tanto, son índices de sus hacedores y están en posición de «paciente» en la relación social con ellos, que son agentes. Sin la agencia de quien los creó, los objetos no existirían. Ya que la creación artística es el tipo de manufactura del que nos ocupamos principalmente, resultaría muy conveniente llamar «artista» a quien se atribuye la autoría del índice (como cosa física). Cuando sea apropiado, así obraré, pero es de importancia anotar que la antropología del arte no debe limitarse a estudiar los objetos cuya existencia se debe a la agencia de los «artistas», sobre todo, los «humanos». A muchos objetos –en realidad, objetos de arte– fabricados por artistas –humanos– se les atribuyen orígenes muy distintos. Se cree que los crearon los dioses, o que se elaboraron a sí mismos por vías misteriosas. Puede que se hayan olvidado u ocultado los orígenes del objeto de arte, con lo que se bloquea la abducción que conduce de la existencia del índice material a la agencia de un artista.

2.7. El destinatario (recipient)

Los objetos de arte viven vidas muy transaccionales, en las que el ser «producto de un artista» es solo una fase, la primera. A menudo un objeto de arte no es índice del tiempo y el agente de su manufactura, sino de otro «origen» posterior y puramente transaccional. Vemos, por ejemplo, el caso de los enseres ceremoniales melanésicos como las conchas Kula, cuyos auténticos creadores –que no pertenecen al sistema del Kula– caen en el olvido. Las conchas se «originan» en la mano de quien las poseyera como kitoum, es decir, como bien ceremonial libre de cargas (Leach y Leach 1983).

De manera similar, en el Victoria and Albert Museum, podemos contemplar la hermosa copa de ónice tallado que encargó el emperador mogol Sha Jahan.23 La copa es su kitoum, pero hoy en día es propiedad del gobierno de Reino Unido. Dicho esto, podemos anotar cierta diferencia. En la copa de Sha Jahan, en primer lugar, vemos su poder para poner a su servicio a los artesanos, poseedores de una habilidad y una creatividad mayores que las que pueden encontrarse entre sus homólogos actuales. La agencia de Sha Jahan se manifiesta en él no como creador, sino como «mecenas» del arte. La copa es índice de su gloria, que los soberanos de hoy en día solo pueden tratar de emular de maneras despreciables y vulgares.

Así, un índice artefacto también suele propiciar una segunda abducción de agencia, la relativa a su «destino», la recepción deseada. Por norma general, los artistas no elaboran los objetos de arte sin alguna razón. Los crean para que los vea un público o los adquiera un mecenas. Al igual que cualquier objeto de arte es índice de su origen en la actividad de un artista, también lo es de su recepción por el público «para» el que se hizo principalmente. Un deportivo Ferrari aparcado en la calle es índice de los «playboys millonarios» para quienes se fabrica esa clase de vehículo, y también del público general que solo puede admirarlo y envidiar a su dueño. Una obra de arte contemporáneo es índice del público correspondiente, que son sus destinatarios. Si la obra se expone en la Saatchi Gallery, es índice de su famoso coleccionista y el mecenazgo de este en favor del arte contemporáneo. Etcétera. A lo largo de su vida, los objetos de arte pueden tener muchas recepciones. Si bien siento que formo parte, como visitante asiduo de galerías y lector ocasional de la revista Art Now y publicaciones similares, del público al que se dirige el arte contemporáneo, soy perfectamente consciente de que el arte egipcio expuesto en el British Museum no se elaboró para mis ojos. Este arte permite la abducción indirecta de su recepción original o intencionada como componente de la recepción actual, no intencionada.

El público o los «destinatarios» de una obra de arte –índice– participan, según la teoría antropológica del arte, de una relación social con este, bien como «pacientes», pues el índice los afecta de alguna manera; o como «agentes», puesto que, si no fuera por ellos, el índice no existiría (lo han causado). La relación entre el índice y su recepción se analizará en mayor profundidad más adelante. Por lo pronto, bastará con afirmar que un índice siempre está en función de una recepción específica, muy probablemente diversa, ya sea esta activa o pasiva.

2.8. El prototipo

Para completar la red de relaciones sociales que surgen alrededor de los objetos de arte, solo necesitamos un concepto más, que no siempre aparece, pero sí muy a menudo. La mayor parte de la literatura sobre el «arte» versa, en realidad, sobre la representación, el problema filosófico y conceptual más complicado, sin duda, que se deriva de la producción y circulación de obras de arte. Por supuesto, de ningún modo todo el «arte» es una representación, hasta en el sentido más amplio del término. Con mucha frecuencia, el mismo «contenido representativo» del arte resulta trivial, aun si es verdaderamente una representación –por ejemplo: las botellas y guitarras de los bodegones cubistas, y los patrones botánicamente arbitrarios de flores y hojas en los tejidos–. No pretendo tratar la representación como cuestión filosófica en absoluto. No obstante, sí debería aclarar que apoyo la perspectiva antigoodmaniana que ha ganado terreno recientemente (Schier 1986). No considero que la iconicidad se base en una «convención» simbólica, similar a la que dicta que «perro» signifique «animal canino». En un famoso tratado filosófico, Goodman (1976) asevera que todo icono, en las condiciones adecuadas para su recepción, podría funcionar como una «representación» de cualquier objeto elegido de manera arbitraria o «referente». No es necesario señalar la analogía entre esta idea y el conocido postulado de Saussure sobre la «naturaleza arbitraria del signo». Yo rechazo este inverosímil aserto, una generalización excesiva de la semiótica lingüística. Al contrario, de acuerdo con la perspectiva tradicional, defiendo que la iconicidad se fundamenta en el parecido real de forma entre la representación y las entidades que esta representa o que se cree que representa. La imagen de una cosa se parece a ella en suficientes aspectos para que se la reconozca como representación o modelo suyos. Una representación de algo imaginario como un dios se asemeja a la imagen que sus creyentes tienen de él. Han extraído su apariencia a partir de otras representaciones de ese mismo dios al que se parece la imagen en cuestión. No es de importancia si la «idea» de que tales creyentes tienen de la apariencia del dios verdaderamente se deriva de las imágenes que ellos recuerdan que lo representaban. Lo que me interesa en realidad es que la gente cree que la flecha solo se orienta en un sentido y que el dios, como agente, «causó» que la imagen –índice–, como paciente, haya tomado un aspecto particular.

Es verdad que algunas «representaciones» son muy esquemáticas, pero solo se necesitan unas pocas características visuales de la entidad representada para que se produzcan abducciones del índice relativas a la apariencia –en una forma mucho más específica– de tal entidad. El «reconocimiento» a partir de señales muy poco concretas es una parte bien estudiada del proceso de percepción visual. Cabe destacar que «muy poco concretas» no equivale a «en absoluto concretas» ni a «puramente convencionales».

Solo podemos hablar de la representación en el arte visual cuando existe un parecido que provoca un reconocimiento. Tal vez necesitemos que nos digan que tal índice es una representación icónica de un tema pictórico particular, y puede que el «reconocimiento» no se dé espontáneamente, pero, una vez se ha proporcionado la información necesaria, las señales visuales han de estar presentes; de lo contrario, no tendrá lugar el reconocimiento.

Además, existen índices que se refieren a otras entidades –por ejemplo, dioses, de nuevo– que a) son visibles, pero que b) no propician abducciones sobre su apariencia, pues no poseen señales a partir de las que realizar el reconocimiento visual. A veces una piedra «representa» a un dios, pero este no se «parece» a la piedra a ojos de nadie, creyente o no creyente. La antropología del arte ha de tener en cuenta esos ejemplos de representación «anicónica» al igual que considera los casos que presentan señales visuales más o menos aparentes relativas a la entidad representada. Se pueden hallar muchas formas de «representación», de las cuales solo una es la de forma visual. Dicho de manera aproximada, la imagen anicónica del dios en la forma de una piedra es un índice de su presencia espacio-temporal, no de su aspecto. Sin embargo, en este caso, el lugar espacial de la piedra no se asocia «arbitraria» o «convencionalmente» al del dios. La piedra funciona como «signo natural» del lugar del dios al igual que el humo es un signo natural del lugar espacial del fuego.

En los siguientes apartados utilizaré el término «prototipo» –de un índice– para identificar la identidad a la que representa el índice visualmente –un icono, una representación, etc.– o de manera no visual, como en el ejemplo más reciente. No todos los índices poseen un prototipo, ni «representan» algo que no sean ellos mismos. Los patrones geométricos abstractos no muestran un prototipo discernible o relevante, pero las formas abstractas decorativas sí revisten gran importancia para nuestra teoría, como describiré más adelante. En cuanto al artista como creador de un índice y al receptor de este, defiendo que se pueden observar varios tipos de relaciones sociales agencia-paciencia que vinculan a los índices con los prototipos si los hay. Es decir, existe una clase de agencia abducida del índice, tal que el prototipo se toma como «agente» en relación con el índice (por ejemplo, al causar que tenga el aspecto que muestra). Por el contrario, el prototipo puede quedar en posición de «paciente» por medio del índice –por ejemplo, en la «hechicería por imagen», que detallaremos posteriormente–.

2.9. Resumen

Recapitulemos nuestro análisis hasta el momento. La «teoría antropológica del arte» es una teoría de las relaciones sociales que prevalecen alrededor de las obras de arte o índices. Estas forman parte del tejido de la vida social dentro del marco biográfico –antropológico– de referencia y solo pueden existir mientras se manifiesten por medio de acciones. Los agentes son los que llevan a cabo las acciones sociales, que surten efecto sobre los «pacientes» (estos también son agentes sociales, solo que en posición de «paciente» ante el agente actuante). A efectos de la teoría antropológica del arte, las relaciones entre agentes y pacientes sociales se despliegan entre cuatro «términos» –entidades que pueden relacionarse–. Son los siguientes:

1 Índices, entidades materiales que propician abducciones, interpretaciones cognitivas, etc.

2 Artistas u otros creadores, a quienes se les atribuye por abducción la responsabilidad causal de la existencia y las características del índice.

3 Destinatarios, sobre los que los índices ejercen la agencia, o quienes manifiestan agencia a través del índice, conclusiones a las que se llega por abducción.

4 Prototipos, entidades que se piensa por abducción que están representadas en el índice (a menudo, pero no necesariamente) por semejanza visual.

21 N. del T.: tomado de Tratado de semiótica general. Trad. C. Manzano. Barcelona: Lumen.

22 N. del T.: tomado de Semiótica y filosofía del lenguaje. Trad. R. Pochtar. Barcelona: Lumen.

23 N. del T.: En realidad, la copa de Sha Jahan exhibida en el Victoria and Albert Museum está elaborada en jade blanco.

3

La trama de arte y el índice

3.1. La tabla de relaciones agente-paciente entre los cuatro términos básicos

Donde coexisten los cuatro términos –índice, artista, destinatario y prototipo–, tenemos, por así nombrarlo, la trama «canónica» de relaciones en el entorno de los objetos de arte, trama que ha de describir y explicar la antropología del arte. Sin embargo, como veremos, se pueden citar muchos ejemplos en los que faltan los «artistas», los «destinatarios» o los «prototipos», o están presentes solo de manera ambigua.

Una teoría como esta consiste, en esencia, en un dispositivo para ordenar y clasificar el material empírico que trata, en lugar de ofrecer generalizaciones como si fueran leyes y predicciones obtenidas de estas. En efecto, son muy diversas las situaciones en las que los índices artísticos forman parte de una trama de relaciones sociales entre agentes, y se necesita clasificarlas antes de formular comentarios que, lógicamente, solo sean válidos en algunas de las circunstancias consideradas y no en otras. Un enfoque conveniente para la clasificación es construir una tabla de combinaciones como la que presentaré a continuación. El diagrama se basa en la premisa de que los cuatro «términos» diferenciados hasta ahora pueden considerarse agentes sociales de distinto tipo y, como tales, son capaces de asumir la posición de «agente» o «paciente» según ante quién esté y con respecto de sí mismos. Por tanto, la tabla I contrapone los índices, artistas, prototipos y destinatarios como «agentes» (lectura en horizontal y hacia abajo) y como «pacientes» (lectura en vertical y hacia la derecha e izquierda).

En adelante, me embarco en la empresa de esclarecer las relaciones agente-paciente entre términos opuestos. Utilizo las letras «A» y «P» junto a cada término para indicar estatus de agente y de paciente, respectivamente. Primero considero el índice en posición de «agente».

3.2. Índice A ––––> artista P

El índice es la cosa material que suscita las abducciones artísticas. Aquí hemos de considerar los casos en que el índice físico manda sobre el artista, que reacciona como «paciente» a su agencia inherente. Por supuesto, esta es la inversión de la relación que solemos pensar que existe entre artistas e índices, que es artista A ––––> índice P. No obstante, es posible, si bien no fácil, encontrar ejemplos. Fray Ramón Pane, que escribió un tratado sobre la religión de los habitantes de las Antillas a petición de Cristóbal Colón, afirmó:

Creían (…) que determinados árboles mandaban buscar a los brujos, a los que facilitaban órdenes acerca de cómo dar a sus troncos forma de ídolos, y aquellos «cemi» eran instalados después en cabañas-templo, recibían oraciones e inspiraban asus sacerdotes con oráculos (Tylor 1875: 216).24

Incluso esta sucinta afirmación es suficiente para considerar que, en ciertas ocasiones, existe una agencia en el material del índice, que se piensa que controla al artista. Este, por el contrario, es el paciente con respecto de la transacción.

El caso más común es que el índice físico determine su propia forma sencillamente por conocimiento tradicional más que por una instrucción oculta. En su explicación sobre los «rituales de aflicción» de los ndembu, Turner (1968: 72-75) describe el tallado de figuras a partir de la madera sagrada del árbol mukula, que secreta una resina similar a la sangre. En el contexto, se identifica la goma como la «sombra» que causa problemas menstruales y reproductivos a las pacientes. Después de adorar el árbol, la tribu lo tala en ritual y talla la madera para elaborar figuritas con forma de bebé –ankishi–, que ayudan a las mujeres afligidas a recuperar la fertilidad mediante más rituales. En este contexto, resulta patente que el árbol al que adoran mientras está vivo y los «bebés» tallados con su madera son formas alternativas del árbol mukula de fertilidad y destrucción. Es la identidad del índice en su estado de vegetal lo que impone su forma en su estado de figurita, mientras que el tallado es solo una extracción de su forma inherente. Quizá no cueste tanto hallar ejemplos análogos en el arte occidental, en concreto en el dogma de la «fidelidad a los materiales». Según esta idea, le corresponde al artista –o artesano, arquitecto, etc.– elaborar una obra a partir de los materiales según lo que «ellos» quieren, no lo que desea el artista. El tallado, como en el famoso caso de los «esclavos» de Miguel Ángel, se considera un acto por el que se liberan las formas que yacen en el interior de la piedra o la madera no tocadas aún.


Tabla I. La trama de arte.

En este razonamiento, también se pueden anotar los ejemplos más comunes en que el artista no elabora el índice, sino que más bien lo «reconoce». La idea del «objeto encontrado» o «confeccionado» sitúa al artista en posición de paciente con respecto del índice, pues es este el que posee las propiedades intrínsecas que propician que el artista lo escoja como objeto de arte. De hecho, el artista le asigna su nombre como creador. El arte oriental, sobre todo, el japonés, presenta un uso verdaderamente rico de objetos encontrados como arte, por ejemplo, las rocas naturales que se emplean en los jardines japoneses. En opinión general, esas piedras no talladas se encuentran entre los objetos más fascinantes del mundo. Los diseñadores de jardines budistas que las utilizan poseen un renombre mucho mayor que cualquier tallista de Japón. Occidente alberga una noción activista de la creatividad artística, mientras que el público oriental valora mucho más las vertientes más «serenas» de la creación en la que el éxito acompaña a quienes se abren más a las cualidades fisonómicas intrínsecas de los objetos naturales. Esta misma tradición se mantiene en el arte tántrico de la India, basado en el culto de las piedras de río –naturales o solo ligeramente modificadas–, las semillas del coco de mar y otros objetos como lingam e ioni, aunque en estos casos al objeto no se lo asocia con el nombre de un artista, cosa que sí ocurre en Japón. En realidad, los ejemplos de la India quedan mejor abarcados bajo la rúbrica de índices «hechos por sí mismos», de los que se hablará en el apartado «Índice A ––––> índice P».

Los artistas occidentales modernos que emplean objetos encontrados adoptan una actitud menos pasiva, sobre todo, Duchamp, quien aseveraba que sus ready-mades –la pala de nieve, el escurridor de botellas, etc.– albergaban «la belleza de la indiferencia»; es decir, eran escogidos para que nadie pensara que él tuviera motivos especiales para elegirlos, más que otra cosa (nada más lejos de la realidad). Se presentaba su elección como un acto de voluntad pura por parte de Duchamp, un acte gratuite a la manera de Lafcadio Wluiki, el héroe amoral de Gide. Sin embargo, «no tener motivo» para escoger algo como un objeto de arte encontrado es, por supuesto, un motivo, pues se busca realizar la elección de manera que no se pueda extraer una razón para ella. Ahí radicaba la soberbia de Duchamp. En consecuencia, incluso sus ready-made, arbitrarios a propósito, se imponían al artista –paciente–, que reaccionaba al atractivo de su carácter caprichoso y anónimo, del mismo modo que los arquitectos paisajistas del budismo respondían a las piedras naturales que les hablaban con su silencio.

3.3. Índice A ––––> destinatario P

Esta es la fórmula elemental del «espectador pasivo», en absoluto difícil de concebir o ejemplificar. Quienquiera que permita que un índice cautive su atención y se someta a su poder, atractivo o fascinación es un paciente que responde a la agencia intrínseca del índice, que puede ser física, espiritual, política, etc., así como «estética». El escudo guerrero (figura 1.2/1) es un índice que, en contexto, posee agencia, con poder de desmoralizar al enemigo –el destinatario en posición de paciente–. Sería muy poco prudente imponer restricciones teóricas en cuanto al tipo de agencia que puede ejercer un índice, pues, como veremos, el abanico es destacablemente variado. A pesar de ello, con la fórmula índice A ––––> destinatario P, se pueden articular en líneas generales el efecto del índice sobre el destinatario.

Volvamos a considerar por unos momentos el escudo asmat que aterroriza al oponente. Cabe señalar que estos diseños inspiran terror al hacer que este se manifieste. Parece que se han elaborado en un estado anímico de miedo, y nos asustan (o podemos imaginar con facilidad que nos aterrarían), porque, sometidos a su fascinación, nos obligan a participar de la emoción que objetivan. El tigre que está a punto de embestir y devorar a la víctima parece, sobre todo, aterrado –de sí mismo, por así decirlo–, y lo mismo es válido para los guerreros que cargan con expresión de miedo y rabia. El escudo asmat es un falso espejo. Refleja a la víctima un miedo que, en realidad, pertenece al portador del escudo, quien con ello convence al primero de que el terror que ahora siente es genuinamente suyo. Como el famoso trampantojo de Parmigianino, alojado en la galería Uffizi, que muestra la cabeza de Medusa reflejada en el espejo de Perseo,25 el escudo nos espanta al hacernos creer que lo que muestra es a nosotros mismos.

El efecto de «falso espejo» se observa en un sinfín de contextos y, según Benjamin (léase Taussig 1993; Benjamin 1979), constituye el secreto exacto de la mímesis. O sea, percibir –internalizar– es imitar, y así nos convertimos en lo que percibimos; lo producimos (léase el apartado 7.2). Contemplar la pintura de un santo que reza inspira piedad; la de una pareja amorosa, lujuria; y así sucesivamente, como se ha comentado sin cesar desde la Antigüedad. Sin alargarnos más en este venerable tema, sí indicamos que el medio principal por el que el índice afecta al destinatario es socavar, de alguna manera, su sentido del autodominio. Puede ocurrir que, como en el caso del escudo asmat, se dé una convergencia espontánea entre el índice y el destinatario tal, que este asimila la naturaleza del primero. No obstante, generalmente, la mediación es mucho más indirecta, como se describirá más adelante. Los índices pueden funcionar tanto alienando al espectador, como produciendo una identificación. El retrato de Luis XIV, por Hyacinthe Rigaud, que comentaremos en apartados siguientes, en absoluto está destinado a hacer que el espectador se sienta «majestuoso» o se identifique con el monarca, sino que pretende producir el efecto exactamente contrario.

Asimismo, no se puede restringir la fórmula índice A ––––> destinatario P a los contextos en que el destinatario se limita a ver el índice, en vez de interactuar con él de alguna manera. Por ejemplo, algunos creyentes esperan que besar un icono sagrado suscita la agencia de la imagen de manera que les alivie una enfermedad o la pobreza. No todas las imágenes con la misma «referencia» aparente presentan la misma eficacia al respecto. En este sentido, solo las imágenes de la Virgen tienen esta cualidad. Adorar a otras puede contribuir a la salvación de uno, pero no cura el reumatismo. Por tanto, el punto central es la agencia intrínseca del índice material, más que la de la Virgen (diga lo que diga el cura). Cuando hay que tocar las imágenes, en vez de solo mirarlas, existe agencia en el índice físico, lo que no significa necesariamente que se excluya la agencia del prototipo en estos casos.

Aquí nos encontramos ante una dificultad en la presentación. La fórmula del espectador pasivo, índice A ––––> destinatario P, es tan fundamental y general, que cuesta mucho citar un caso «puro». El «icono sagrado de la Virgen que sana el reumatismo» probablemente se pueda presentar de manera más precisa como [[prototipo A] ––––> índice A] ––––> destinatario P, que con la fórmula simple (el prototipo es la Virgen María). Dicho esto, pretendo tratar las expresiones con tres y cuatro términos más adelante, donde explicaré la importancia de los corchetes y proporcionaré una representación gráfica más clara. Por el momento, baste con estipular que, si el índice no se ve principalmente como el resultado de la agencia externa de un artista y no posee prototipo, su agencia con respecto del destinatario es un caso puro de índice A ––––> destinatario P.

3.4. Índice A ––––> prototipo P

En este caso, el índice se comporta como agente con respecto de su prototipo. Hallamos un ejemplo conocido en el relato corto de Wilde, El retrato de Dorian Grey. En la historia, el prototipo mantiene su joven y bello físico de manera indefinida gracias a que el retrato de sí mismo que guarda en el ático envejece por él. Que sea un ejemplo ficticio no es obstáculo por el que no citarlo, pues la antropología ha de tratar tanto las situaciones irreales como las reales; al fin y al cabo, ya resulta difícil distinguir unas de otras. Otro caso de índice A ––––> prototipo P es la hechicería por imagen, en la que la víctima sufre la lesión que se inflige a su representación. Este tipo muy común ocupará una posición importante en siguientes apartados. Dicho esto, como con la fórmula índice A ––––> destinatario P, índice A ––––> prototipo P se suele hallar más a menudo con destinatarios, artistas o hechiceros en la posición de «agente» en un trinomio o cuatrinomio. A continuación, considero el «índice» como «paciente».

3.5. Artista A ––––> índice P

Esta es la fórmula básica de la agencia artística. El índice suele propiciar la abducción de la agencia de la persona que lo elaboró como huella materializada del acto creativo del artista. Gran parte del arte occidental posrenacentista proyecta la agencia del artista de manera muy pronunciada. Las pinceladas de los cuadros de Van Gogh emanan su presencia a punto tal, que casi se puede palpar, impregnada en la pintura al óleo aún viscosa. Los cuadros de Jackson Pollock, elaborados con su técnica de «salpicado», son un ejemplo todavía más impresionante. No albergan más tema que la agencia del propio Pollock; son autorretratos –no representativos– de un hombre inmerso en un iracundo frenesí.26 Entre los ejemplos más tempranos de todo tipo de arte se encuentran las famosas manos pintadas halladas en las cuevas de Lascaux, Altamira, etc., casos muy «puros» de artista A ––––> índice P.

3.6. Destinatario A ––––> índice P

Aquí observamos la fórmula fundamental del «mecenazgo» o el «espectador como agente». Se cumple siempre y cuando un destinatario pueda abducir su propia agencia de un índice. Uno no necesita levantar un dedo para sentir que ha «elaborado» algo. Fácilmente, podemos imaginar que un gran rey como Luis XIV, al pasear por los terrenos de Versalles y contemplar las obras que había encargado y financiado, se considerara autor de lo que se presentaba ante sus ojos, por mucho que, físicamente, en su creación hubiera participado un gran número de arquitectos, artistas, artesanos, albañiles, jardineros y otros trabajadores. El mecenas como quien realiza el encargo es una causa eficiente del índice, cuya causa final es la glorificación de aquel. El mecenas es el conducto de la causalidad social de tales obras de arte, por lo que resulta sencillo abducir su agencia de ellas.

Sin embargo, en este razonamiento no solo se ha de considerar a los grandes mecenas como Luis XIV. Existe un enfoque más amplio que posee un lugar prominente en la teoría estética contemporánea, en la que la condición de destinatario como espectador oculta una forma de agencia. «Ver» es un tipo de agencia en las teorías psicológicas de la percepción. Estas enfatizan que el hecho de percibir «va más allá de la información proporcionada». De acuerdo con ellas, la mente de quien percibe «construye» de manera activa la imagen de la cosa. Las teorías semióticas e interpretativas del arte destacan que lo que alguien ve en un cuadro o, incluso, deduce de una oración o un texto está en función de su experiencia previa, su disposición, su cultura, etc. Según algunos críticos teóricos, los lectores han alcanzado un estatus que difícilmente se distingue del que ocupan los escritores. Yo considero que los visitantes de galerías participan, si bien en un grado menor, en la transferencia de agencia desde los creadores de obras de arte a sus destinatarios. No pretendo reflexionar sobre la teoría literaria, pues solo me interesa el arte visual. No obstante, resulta difícil no darse cuenta de que muchos miembros del público del arte contemporáneo, en realidad, han asimilado la visión de los críticos con respecto de su agencia como destinatarios del arte. Es decir, se atribuyen a sí mismos una creatividad como espectadores que pueden «hacer algo» a partir de la materia prima que se presenta en la galería. Se trata, a todos los efectos, de destinatario A ––––> índice P. Los artistas también toman parte en esto al negar que su propia agencia no esté dividida y al transferir una responsabilidad parcial sobre su arte al público.

La congruencia ideológica entre la teoría del «espectador como agente» y otros aspectos del individualismo occidental es tan obvia, que no se necesita destacarla. Los visitantes de galerías, en su mayoría de clase media y con formación académica, participan en proyectos de vida basados en la libertad individual, la autonomía, la responsabilidad personal, etc., y no van a abandonar tal actitud existencial al entrar en la exposición. No se sienten pasivos. Al fin y al cabo, acuden al lugar motu proprio, por motivos que se pueden atribuir con toda seguridad a su agencia social.27 En épocas pasadas, el público del arte se parecía más, según lo que él mismo creía, a un grupo de devotos religiosos que con humildad se someten al poder del icono y que encuentran satisfacción personal en la pasividad ante este –índice A ––––> destinatario P–. Sin embargo, hoy en día sin duda se ve la condición de espectador como una forma de agencia, aun si a la vez abarca el hecho de registrar de manera pasiva el objeto de arte «dado».

Además de tales consideraciones, existe otro sentido en que los destinatarios de una obra de arte pueden ver su propia agencia en el índice. Aun si no es el «mecenas» que encargó la obra, todo espectador puede deducir que, de manera general, el índice se elaboró para él. Por ejemplo, una congregación religiosa tiene derecho a pensar que su piedad y su devoción contribuyeron a construir la catedral a la que acuden, aunque el edificio se erigiera siglos antes, pues creen (no sin razón) que la iglesia se levantó teniéndolos en cuenta a ellos, las futuras generaciones de creyentes. En otras palabras, son la causa teleológica de la catedral. De forma paralela, ya que las obras que se exponen en galerías son mercancía, los visitantes como consumidores pueden inferir que su «demanda» de arte es en última instancia el factor responsable de que tales obras existan, de la misma manera en que el ofrecimiento de cualquier bien en el mercado es un índice de que hay consumidores que lo demandan.

3.7. Prototipo A ––––> índice P

A menudo es posible abducir la agencia del prototipo en el índice. Hay maneras evidentes en que se atribuye agencia a los prototipos. En nuestro propio sistema de arte, tal tipo de agencia es ubicuo, pues se trata de un componente fundamental para la «representación realista». Pongamos el siguiente ejemplo. ¿Quién es responsable del aspecto del Duque de Wellington en el famoso retrato de Goya? Nos sentiremos tentados de invocar el nombre del autor, pues nos inclinamos a asignar la agencia primaria a los artistas con respecto de las obras de arte, pero esta cuestión no es tan obvia como parece. La tarea de Goya era realizar una representación del Duque de Wellington, prototipo del índice que produjo. No podía pintar un cuadro de una niñita con rizos de oro y decirle al mundo que representaba al Duque. Lo habrían llamado loco, y el Duque habría tenido motivos suficientes para estar insatisfecho. A la sazón, Goya tenía que crear un retrato con los rasgos propios del Duque: nariz romana, gesto serio, atuendo militar, etc. Resulta razonable atribuir la agencia al Duque de Wellington con respecto del retrato pintado por Goya, no porque blandiera sus pinceles, sino porque, en la trama social entre Goya, el cuadro y el Duque, este último determinaba los trazos que el artista debía pintar con sus herramientas por el mero hecho de que el Duque poseía ciertas cualidades que el artista zaragozano tenía que representar. En otras palabras, el Duque desempeñaba un papel causal con relación a su aspecto en el retrato. Sin embargo, no es este un «caso puro» de prototipo A ––––> índice P, pues la mediación de Goya como artista es crucial para la situación. Una fórmula más precisa sería [[Duque/prototipo A] ––> Goya/artista A] ––––> índice P. De hecho, en este caso, vale mejor considerar al Duque de Wellington como poseedor de una fisonomía determinada, un «agente secundario» que forma parte del entorno causal que engloba y propicia la manifestación de la agencia «primaria» que corresponde al artista, Goya.

Tiempo atrás, se veía la fotografía como un modo de producción de imagen «sin artista», y así lo consideran muchos todavía. La imagen que se forma a partir de la luz que emana el prototipo sí nos ofrece un ejemplo puro de la fórmula que nos ocupa.

3.8. La importancia central del índice

Todas estas son las abducciones que se pueden realizar del índice como agente y paciente. Si revisamos la tabla I, observamos que aún quedan muchas relaciones agente-paciente que considerar. Así, tenemos artista A ––––> destinatario P, artista A ––––> prototipo P, destinatario A ––––> prototipo P, etc. No obstante, analizarlas de una en una alberga un problema teórico. Una limitación básica de la teoría que desarrollamos aquí es que, a no ser que haya un índice, no se pueden realizar abducciones de agencia. Ya que el tema de esta empresa teórica es, precisamente, la abducción de la agencia a partir de los índices, estos han de estar presentes para proceder con el análisis. Se pueden construir fórmulas en las que falte el artista, el destinatario o el prototipo, pero no el índice. Una fórmula como artista A ––––> destinatario P siempre implica [[artista A] ––> índice A] ––––> destinatario P, u otras variantes que incluyan el índice. Por este motivo, las celdas de la tabla I que muestren relaciones binarias entre términos de los cuales ninguno es el índice no son, en teoría, expresiones «bien formuladas».

Sin embargo, para ofrecer una guía general, más adelante explicaré brevemente estas expresiones ilegítimas, pues de nada sirve ser pedante. Después continuaré elucidando las relaciones «autorrecíprocas»: índice A ––––> índice P, artista A ––––> artista P, destinatario A ––––> destinatario P, y prototipo A ––––> prototipo P, de las cuales las tres últimas tampoco están «bien formuladas». Necesito situar estas explicaciones porque al lector podría resultarle difícil concebir en qué consiste tal tipo de relaciones; por ejemplo: un artista que es agente con respecto de sí mismo.

3.8.1. La lógica de los agentes y pacientes «primarios» y «secundarios»

Antes de dedicarnos a las expresiones «ilegítimas», prefiero especificar la «lógica» de las expresiones bien formuladas con mayor precisión. No todo gira alrededor de la importancia central del «índice». Regresemos a la distinción, de la que trazamos un boceto antes, entre los agentes «primarios» –entidades con el poder de iniciar acciones y sucesos por voluntad o intención– y los «secundarios», que no poseen voluntad o intención por sí mismos, pero que son esenciales en la formación, aparición o manifestación de las acciones intencionales. Normalmente, los «índices» son agentes «secundarios» en este contexto. Es evidente que toman su agencia de una fuente externa y sirven como medio para transferirla al paciente, así como que los «artistas», por norma general, son agentes «primarios», pues causan acciones por sí mismos. Esto es válido aun si, como suele ocurrir, actúan bajo el mandato de sus mecenas. Puede que en lo social el artista sea un agente subordinado, una mano a la que se contrata, pero, a menos que el artista desee participar, nunca se creará el índice que se le ha encargado. En otras palabras, la agencia «subordinada» –pero, aun así, «primaria»– es, lógicamente, distinta de la «secundaria», tal y como la he definido.

De manera general, los artistas, por lo tanto, son agentes primarios; y los índices, secundarios. ¿Qué hay, entonces, de los destinatarios y los prototipos? Los destinatarios son exactamente como los artistas: agentes o pacientes primarios, el origen, los principales causantes o los destinatarios –sociales– de la agencia mediada por el arte. Si los destinatarios no fueran agentes primarios, la trama de arte no sería el conjunto de transacciones sociales entre personas que es, sino un tipo recóndito de interacción causal entre cosas.

Los prototipos, en cambio, ocupan una posición más ambigua. En general, el prototipo de un índice no es un agente intencional o «primario». Por ejemplo, una manzana no «alberga intención» de aparecer ante nosotros, o ante el pintor, con forma redonda, color rojo y verde, ciertas dimensiones, etc., y tampoco quiere que alguien la represente. Simplemente, posee tales características visuales que son parte del «entorno causal» que aprovecha el artista y con el que lucha al producir, como agente primario, un índice que activa el «reconocimiento» de una representación de una manzana. Sin embargo, esta es un agente «secundario», puesto que el artista solo logra como agente su objetivo de «representar una manzana» si se «somete» a ella y permite que se imprima en él. Todo el que ha intentado en vano dibujar un objeto «difícil» como la mano humana sabe en qué consiste ser un artista en posición de «paciente», confrontado al prototipo como agente.

Sin embargo, los prototipos no siempre son solo agentes «secundarios» que forman parte del entorno causal de la creación artística y su circulación. Algunas entidades, a diferencia de las manzanas, «desean» aparecer como seres intencionales y, por tanto, existen para que los representen. Todos pueden ver que el Luis XIV del retrato de Rigaud ostenta la apariencia que él mismo ha elegido. Parece que ha dedicado su trayectoria entera a perfeccionar su expresión de hauteur, y que ha moldeado sus propias facciones para construir una máscara de poder como si fueran de látex en vez de carne viva. Asimismo, la pose y el magnífico atuendo son manifestaciones de su poder real sobre las apariencias, en particular la suya. En un caso como este, la diferencia entre el mecenas –destinatario– y el prototipo amenaza con disolverse. La agencia «primaria» de Rigaud no se puede negar en absoluto, pero se encuentra totalmente subordinada a la de Luis XIV como mecenas de la creación artística y como aquel que ostenta el poder de aparecer exactamente como desee (igual que un dios). Así, el artista y el mecenas prototipo ejercen en conjunto una agencia «primaria», mientras que, en el caso de la «manzana», la agencia del artista es primaria; y la del prototipo, secundaria. En resumen, si el prototipo es un objeto que se considera generalmente incapaz de ejercer agencia primaria «en el mundo», entonces, como tema de representación, solo transmitirá una agencia secundaria. Por el contrario, si el prototipo de un índice es una entidad –como un rey, un mago, un ser divino, etc.– capaz de determinar su propia aparición, entonces puede ser, de manera parcial o total, un agente primario así como secundario.

A continuación, he de añadir una breve explicación sobre el formato lógico general de las expresiones que desarrollaré en apartados posteriores. El centro de la trama de arte siempre es el índice, que, sin embargo, nunca, o rara vez al menos, es agente o paciente primario. El índice es solo la «perturbación» del entorno causal que revela y potencia la agencia que ejercitan y la condición de paciencia que sufren, en ambos extremos de su espectro, los agentes primarios, los destinatarios –mecenas y espectadores–, los artistas y, en menor grado, los prototipos. El índice se articula en tal entorno, mientras que la agencia y la paciencia deseadas se encuentran fuera de él, de alguna manera. El índice es una prótesis, otra extremidad, del mecenas o el artista a la vez un mango ensamblado al paciente destinatario y que tales agentes externos agarran y manipulan.

Ofrezco un boceto general de la situación en la figura 3.8.1/1. Esta muestra el índice como región del entorno causal en la que se encuentran y solapan la «esfera de acción» del agente primario y la «esfera de vulnerabilidad» del paciente primario.


Fig. 3.8.1/1. El índice como punto central de la trama de arte.

A = El agente primario, el artista, como ser intencional.

A = El entorno causal en el que el artista puede ejercitar su agencia, la esfera de su control e influencia causales.

P = El paciente o destinatario primario –espectador– como ser intencional.

P = El entorno causal del paciente, la esfera en la que el paciente es vulnerable al controlo y la influencia de agentes externos

A + P = En la región donde la esfera de agencia de A se solapa con la esfera de paciencia (vulnerabilidad) de P se localiza el índice.

Por lo tanto, existe un patrón subyacente a todos los ejemplos de los que hablaré en siguientes apartados y que no son más que variaciones del esquema de la figura 3.8.1/1. Es decir, nos ocupan las relaciones entre los agentes y los pacientes «primarios» –artistas, destinatarios– que aparecen, por así decirlo, en los puntos de origen y terminación dentro de las cadenas de transacciones mediadas por el arte. Estas transacciones se manifiestan en el entorno causal que ambos comparten bajo la forma de agentes y pacientes «secundarios» o derivados, es decir, los índices, que son objetivaciones de la agencia distribuida en tal entorno.

Agente primario ––––> (paciente secundario ––––> agente secundario) ––––> paciente primario.

Sin embargo, lo interesante de esto no está simplemente, espero, en el desarrollo de modelos abstractos como los recién expuestos. Regresemos al estudio más informal de las celdas incluidas en la tabla I, sumando los ejemplos relevantes.

3.9. Las expresiones «ilegítimas»

1. Artista A ––––> prototipo P. Esta es la fórmula general para las imágenes «imaginarias» elaboradas por artistas. Desde nuestro punto de vista, un índice es un caso de creación de imágenes «imaginarias» cuando se considera que su aspecto lo decidió el artista y que es un índice de la agencia de este como imaginador de la forma de las cosas. El famoso boceto a lápiz de William Blake, El fantasma de una pulga,28 es un caso puro de arte imaginario, así como de agencia artística que determina la forma de una entidad –ficticia–. Las pinturas de unicornios también son «imaginarias», pues, como estos son tan irreales como los fantasmas de pulgas ningún artista ha intentado como paciente delinear su físico «a partir de la vida real». Por otra parte, el unicornio es una «imagen común» no inventada por la agencia de ningún artista conocido que la haya representado. El artista que dibuja un unicornio no fija la forma del prototipo aunque este no sea real, así que este no es un caso de artista A ––––> prototipo P en sentido «puro». Dicho esto, cada artista puede inventar detalles varios para el unicornio que representa, así que, en tales condiciones particulares, sí se satisface la fórmula. La inversa de artista A ––––> prototipo P es la siguiente.

2. Prototipo A ––––> artista P designa la creación de imágenes «realistas», pues el aspecto del prototipo define lo que hace el artista. Introduje esta noción de «representación realista» antes bajo la rúbrica de «prototipo A (Duque de Wellington) ––––> índice P (retrato pintado por Goya)». El prototipo como agente social, en este caso, imprime su apariencia sobre el índice a través de la agencia del artista, que es «paciente» con respecto del prototipo a la vez que «agente» en relación con el índice. En resumen, el par de expresiones artista A ––––> prototipo P y prototipo A ––––> artista P codifica el contraste básico entre la actividad artística como causante de las formas y aquella como la representación o imitación «realista» de formas «determinadas». En la práctica, todo índice puede propiciar la abducción de ambas fórmulas. Es decir, en ciertos aspectos, el índice muestra la imaginación del artista en acción al causar que el prototipo posea una forma determinada, mientras que, en otros, el índice señala que el prototipo incita a que el artista reproduzca de manera pasiva su apariencia «dada».

3. Artista A ––––> destinatario P. Esta fórmula expresa el poder del artista como agente social sobre el destinatario como paciente social. Muchas obras de arte inspiran maravilla, asombro, miedo y otras emociones poderosas al espectador. A veces los artistas, cuya destreza técnica les permite producir efectos tan intensos en los destinatarios, son héroes, magos, personas de poder y consecuencia (véase, por ejemplo, Kris y Kurz 1979; Forge 1966; Morphy 1991). La naturaleza particular del asombro suscitado por la actividad creativa se analiza en el apartado 5.2. Además, ya he desarrollado el tema en otros escritos (A. Gell 1992b, 1993). La fórmula inversa a la del artista como héroe es la siguiente.

4. Destinatario A ––––> Artista P. Se trata de la fórmula del «artista como artesano», es decir, alguien contratado para seguir las indicaciones del destinatario. Este aparece como el «mecenas» (léase el apartado 3.6), más que como el espectador pasivo. El par de fórmulas artista A ––––> destinatario P y destinatario A ––––> artista P, junto con el par artista A ––––> prototipo P y prototipo A ––––> artista P, se puede abducir del mismo índice de manera simultánea. Es decir, desde un punto de vista, el índice puede manifestar la agencia independiente del artista y su predominio sobre el espectador, mientras que, desde otro, el mismo índice indica la subordinación del artista ante la preeminencia del mecenas.

5. Prototipo A ––––> destinatario P. Podría denominarse la fórmula del «ídolo». El paciente destinatario abduce del índice la agencia del prototipo, que provoca que el índice tome una forma determinada a la vez que ejercita la agencia social ante el destinatario. Ejemplos típicos de esto son los dictadores como Mao o Stalin, que colocaban enormes imágenes suyas en las paredes para mantener una vigilancia y un control continuos sobre el pueblo. Más adelante, analizaré la adoración de imágenes en mayor detalle, así que no es necesario aducir más ejemplos en este nivel. Sin embargo, cabe destacar que la fórmula también se puede «invertir» de la misma manera que los casos anteriores. Así, de tal operación obtenemos la fórmula que se analiza en siguiente lugar.

6. Destinatario A ––––> prototipo P. Esta es la fórmula de la «hechicería por imagen», práctica por la que se inflige daño al prototipo de un índice al causarle lesiones a este, por ejemplo, clavando alfileres a una figura suya de cera. La hechicería por imagen también ocupará un lugar de importancia en el presente análisis más adelante, así que no ofreceré más detalles en este apartado. En general, destinatario A ––––> prototipo P refiere a situaciones en las que uno «fastidia» al prototipo de alguna manera a través de su imagen, lo que puede derivarse de una agencia artística maligna (caso de artista A ––––> destinatario P). También es posible que la agencia no provenga del acto del artista al crear la imagen, sino del destinatario al destrozarla. Pintarle un bigote a un póster de Margaret Thatcher no es tanto «agencia artística» como un modo –hostil– de recepción con el que los destinatarios de la imagen se vengan de la mujer –prototipo– objeto de su desprecio. Esta táctica de recepción no es necesariamente mística; es decir, no se basa en la suposición de una «magia simpática» similar a la de la hechicería por imagen. Un vándalo de pósteres podría suponer de manera muy racional que la propia Dama de Hierro o, al menos, algunos de quienes la apoyan vean la imagen pintarrajeada y se incomoden al darse cuenta del alcance del sentimiento antithatcherista.

Resulta evidente que las fórmulas prototipo A ––––> destinatario P y destinatario A ––––> prototipo P constituyen una pareja. Una misma imagen puede actuar como índice para ambas a la vez. Así, un ídolo es un índice por medio del cual el dios ejerce su agencia sobre los adoradores, que se someten a él ante su imagen. Al mismo tiempo, los creyentes tienen poder sobre el dios porque fueron ellos quienes fabricaron, instalaron y consagraron el ídolo, quienes le ofrecen sacrificios, plegarias, etc. Sin eso, el dios no retendría su relevancia. Efectivamente, la hechicería por imagen y la idolatría guardan más en común que lo que permanece a simple vista (léase el capítulo 7).

Con esto completamos nuestro repaso de las celdas de la tabla I, con la excepción de las que muestran una agencia «autorrecíproca». A estas me dedicaré a continuación.

3.10. Índice A ––––> índice P

Un índice puede considerarse la «causa» de sí mismo. Para ilustrar la situación, imaginemos que somos espectadores de un espectáculo del Circo Acrobático Nacional Chino. En determinado momento, los acróbatas empiezan a colocarse unos sobre otros, y ¡abracadabra! Como por arte de magia, se han convertido en una majestuosa pirámide humana, pero ¿quién la ha construido? Claro está, el equipo de acróbatas. Y ¿qué la compone? Ellos mismos. La pirámide humana como índice (y como una especie de obra de arte) es «paciente» en la medida en la ha construido alguien –una entidad colectiva, en este caso–, pero también es «agente», pues se ha elaborado a sí misma.


Fig. 3.10/1. El índice hecho por sí mismo.

Existen muchas obras de arte –índices– con cualidades similares. Por ejemplo, durante los festivales anuales que celebran los abelam de la provincia Sepik, Nueva Guinea, se exhiben las batatas largas como objetos de culto. De hecho, se decoran con pinturas y marcas, pero el objeto exhibido es la batata en sí misma, no la máscara. Las batatas crecen por sí solas. Es cierto que quienes las cultivan las ayudan a desarrollarse en lo técnico al horadar la tierra alrededor del tubérculo y, en lo social, al abstenerse de realizar prácticas sexuales, pues estas resultan perjudiciales –o, siendo exactos, ofensivas– a las batatas. Estas deben contar con una protección mágica, pero la magia del cultivo no causa el crecimiento tuberoso. Los poderes de crecimiento inherentes a las batatas son, precisamente, el motivo por el que los abelam las cultivan ceremonialmente y las exhiben. Son objetos de asombro que a veces alcanzan longitudes de más de tres metros. Las batatas de este tamaño son totalmente incomestibles, destinadas únicamente a que la gente las contemple y las use como fuente de material de cultivo (claro está, las batatas están vivas y son agentes sociales, al igual que las personas). El etnógrafo (Forge 1966) explica con cristalina claridad que las batatas son «objetos de arte» categóricamente similares a las esculturas y pinturas que también elaboran y muestran los abelam.

Estas batatas ofrecen un ejemplo adecuado de índices que ejercen la agencia con respecto de sí mismos. Se trata de la inferencia abductiva que realizan los abelam, cosa que no tiene nada de oscura. Todos los seres vivos son agentes con respecto de sí mismos en la medida en que se pueden atribuir su crecimiento y su forma a su propia agencia. Lo difícil de comprender desde nuestro punto de vista es que las «batatas» deban considerarse agentes similares a las personas a la vez que «obras de arte». Por supuesto, los horticultores personifican con frecuencia a sus plantas, y los florecientes jardines traseros de Inglaterra abundan con animistas no reconocidos. Quienes visitan las exposiciones de jardinería se comportan de manera similar a los espectadores de eventos artísticos, con la salvedad de que, por norma general, los primeros se muestran menos cohibidos y solemnes. Las visitantes, señoras de espartana severidad, pronuncian libremente evaluaciones estéticas muy detalladas sobre las rosas y coliflores, pero no dedicarían ni un segundo a formular opiniones acerca de las «obras de arte» identificadas explícitamente como tales. Es la naturaleza de nuestro mundo de arte, no más racional que el de los abelam, pero basado en un conjunto distinto de relaciones sociales –en particular, relaciones de clase social (Bourdieu 1984)–. Nos resulta difícil ver como obras de arte a las cosas que «crecen por sí mismas» porque para nosotros las actividades de un «artista» son intrínsecas al concepto mismo de arte, pero según la ciencia que nos ocupa estamos, simplemente, ante una cuestión relativa, un eje de comparación entre sistemas de arte distintos.

Dicho esto, no tenemos por qué considerar bajo esta rúbrica solamente los índices que verdaderamente se «hacen a sí mismos». La agencia no consiste solo en «elaborar», sino en cualquier modo en que algo afecta a otra cosa. Con frecuencia –y de manera universal, quizás–, los índices ejercen su agencia sobre sí mismos en la medida en que se componen de partes visuales que se afectan las unas a las otras dentro del índice.

Volviendo a la pirámide de acróbatas, cuando vemos esta forma, reconocemos que se encuentra en un equilibrio estable. Cada acróbata aplica la fuerza necesaria para mantenerlo, pero, si uno de ellos realizara un movimiento repentino, entonces veríamos derrumbarse la pirámide entera. Las fuerzas de la estructura, agencia ejercida por una parte –un acróbata– con respecto a las otras, se engloban visualmente en el conjunto (figura 3.10/1). Lo que observamos es una red compleja de relaciones agente-paciente entre los acróbatas individuales, los pares y tríos de acróbatas, etc., en el interior del índice. Por tanto, se puede considerar que el acróbata 6 es el agente que sostiene a 8 y 9, así como el paciente al que apoyan 2 y 3. Junto con 5 y 7, forma de un equipo de tres personas que soporta a 8, 9 y 10, y al que sostienen 1, 2, 3 y 4; y así sucesivamente. Se pueden extraer innumerables relaciones de esta clase.

Lo importante es que tales relaciones agente-paciente entre partes y entre las partes y el conjunto se pueden extraer (o abducir) no solo con respecto de las obras de arte cuyas «partes» son acróbatas humanos, sino que también se aplican en todo tipo de índices artefactuales. En efecto, esa clase de relación agente-paciente (causa y efecto) dentro de los índices es el tema principal de la rama más desarrollada de la psicología cognitiva del arte, derivada de la psicología Gestalt por Rudolf Arnheim en su tratado clásico sobre arte y percepción visual (1974). La figura 3.10/2, que procede de las primeras páginas de la monografía de Arnheim, demuestra un fenómeno visual-cognitivo fundamental.


Fig. 3.10/2. Parece como si el disco negro «quisiera» regresar al centro del cuadrado. Fuente: Arnheim 1974.

Si el disco negro se hallara en el centro del cuadrado blanco, parecería permanecer en reposo, pero, al estar como se ve en la figura, da la impresión de ser atraído hacia la derecha, en contra de cierta resistencia o tensión (ibíd.: 12-13). Se muestra que las partes de los índices –como el disco, aunque, por supuesto, Arnheim no usa este término– son conductores de las «fuerzas» pictóricas que influyen en la apariencia de equilibrio, energía, crecimiento, dinámica, etc. (pássim). En este apartado no pretendo en absoluto resumir la acreditada presentación que hace Arnheim sobre la psicología visual. Lo más importante es señalar que la idea de una agencia interna al índice –pictórico o escultural– cuenta con numerosos precedentes.

El arte abstracto se aprovecha de nuestra percepción de agencia interna –o, siendo más precisos, de la relación causa-efecto– en el índice en profundidad y de maneras bastante obvias. Unas manchas de color parecen arremolinarse, planear, chocar entre sí y fragmentarse como si poseyeran fuentes internas de energía y se engarzaran en interacciones causales complejas. La situación difiere con el arte representativo en la medida en que tenemos que distinguir entre el dominio causal «interno» de la superficie pictórica o la forma escultural, y los procesos causales externos en el mundo al que se refiere el índice. Uno de los ejemplos más impactantes de «causalidad aparente» en el arte occidental son las depresiones perfectamente modeladas que producen los dedos de Plutón al apretar la blanda carne del muslo de Proserpina en la obra maestra de escultura ilusionista realizada por Bernini (figura 3.10/3).

Los hundimientos en el mármol «representan» el nexo causal entre los dedos y la carne que estos aferran, pero no creo que los veamos como tales. Por el contrario (tan convincente es la ilusión), los consideramos ejemplos verdaderos de causalidad, no representaciones. Este tipo de pseudocausalidad típica de los trampantojos –interacción agente-paciente– dentro del índice no se limita necesariamente al arte ilusionista occidental. Todo índice representativo que muestre interacciones causales en el prototipo se puede considerar un dominio independiente de causalidad con respecto de sí mismo en el que las partes del índice interactúan afectándose entre sí.

No obstante, en vista de nuestra reflexión anterior sobre la agencia primaria y la secundaria, necesitamos detallar lo que hemos hablado hasta ahora en ciertos aspectos. Los patrones abstractos parecen mostrar relaciones de «causa y efecto» entre motivos más que relaciones «agente-paciente», pues nada nos hace pensar que tales motivos sean seres inteligentes, que tengan intenciones o deseos, etc. Mientras que las relaciones entre la parte y el todo dentro de la pirámide humana demuestran la intención «primaria» de los acróbatas, a los que de inmediato reconocemos como agentes intencionales, no ocurre lo mismo con las relaciones entre los motivos florales individuales de nuestras cortinas, por muy abundantes que sean. Estos solo poseen una agencia «secundaria»: manifiestan el efecto de la agencia o intención sin tenerla de manera inherente. Los motivos solo interactúan entre ellos causalmente, no de modo intencionado. Sin embargo, aun en este caso, sí observamos aquí una «actividad intencional», pero se restringe al creador imaginario del patrón más que de los componentes físicos de este. Las relaciones causales complejas, ya sean solo una «sugerencia» –como en los patrones y el arte abstracto–, o se representen de manera directa –como en el Rapto de Proserpina, de Bernini–, señalan una agencia intencional compleja no en el índice, sino «fuera del escenario», en la astuta mente del artista.


3.10/3. La causalidad hecha visible: detalle de El rapto de Proserpina, de Bernini.

3.11. Artista A ––––> artista P

Tras haber explicado cómo un índice –u otra obra de arte candidata– puede ejercer agencia sobre sí mismo, procedamos a analizar la agencia autorrecíproca en el caso de los artistas. Todo artista es paciente con respecto de la agencia que ejercita; en efecto, la agencia artística no puede actuar de otra manera. Pensemos que vamos a dibujar algo que no hayamos probado antes; por ejemplo, una silla de estilo Chippendale. Deseamos elaborar un índice que se refiera a este mueble. Al acto de dibujar lo precede (esté presente o no el objeto que representaremos) una visualización del futuro dibujo. En nuestra mente ensayamos las líneas que debemos trazar y luego las dibujamos (en realidad, un dibujo siempre es el dibujo de otro dibujo, el que está en nuestra cabeza). Como nuestra mano no está controlada por la línea que visualizamos o anticipamos y que queremos dibujar, sino por una misteriosa alquimia muscular totalmente opaca a cualquier introspección, la línea que aparece sobre el papel nunca deja de tener algo de sorpresa. En este momento, somos espectadores de nuestro intento de dibujar; es decir, nos hemos convertido en pacientes. De manera subliminal, nos preguntamos «¿Reconozco esto –el índice– como la silla que quería dibujar?», igual que si la hubiera representado otra persona.

El dibujo, y la mayoría de las demás habilidades artísticas –el tallado, etc.–, forma parte de lo que se conoce como actividades «balísticas», movimientos musculares que ocurren a tanta velocidad, que solo se procesa cognitivamente el «efecto» de la acción después de que se haya completado el acto, no mientras se hace (la conducta «balística» arquetípica es el lanzamiento de un objeto). Muy a menudo, si no somos buenos dibujantes, nos frustramos por el resultado de los gestos balísticos que hemos utilizado para dibujar la silla: «Esta no es la silla que quería dibujar. Las patas son demasiado largas, y está completamente torcida». Es muy conocida la posición de paciente ocupada por el artista en ciernes que no sabe dibujar los objetos «como quiere». No obstante, en ocasiones, por una feliz casualidad muscular, la línea que dibuja es, en realidad, mejor que la que había visualizado.

Esta secuencia de «generación y ensayo» es una característica fundamental de todos los actos cognitivos complejos. Dennett cita a Valéry con estas palabras:

Se necesitan dos para inventar cualquier cosa. Uno genera las combinaciones; el otro elige y reconoce lo que desea y lo que le es importante de entre en la masa de cosas que el primero le ha entregado. Lo que llamamos genio es mucho menos el trabajo del primero que la disposición del segundo para comprender el valor de lo que han colocado ante él y realizar su elección (D. Dennett 1979: 71).

Dennett dedica un capítulo a defender las ideas de Valéry, aunque no está de acuerdo con la noción de que «quienes eligen» son necesariamente más importantes que «quienes generan». Claramente, Valéry habla de la fórmula artista A ––––> artista P, precisamente, en el sentido en que la usamos nosotros. Claro está, el autor habla de poesía, una forma de arte que permite infinitos ciclos de autocorrección, a diferencia del arte gráfico y plástico, donde «quien elige» encuentra barreras que dificultan o directamente imposibilitan el acto de borrar, y donde puede que se deba realizar la tarea desde cero si los resultados de un ciclo de «ensayo» se consideran insatisfactorios. No obstante, se observan muchos indicios de las «generación y ensayos» en los bocetos de los artistas, sobre todo en los de maestros renacentistas como Rafael y Miguel Ángel, de cuyos abbozzi, nubes elaboradas de trazos provisionales, surgen formas dibujadas con una exquisitez propia de tales virtuosos.

Además, suele ser frecuente, en particular con dibujos, cuadros o tallados más complicados, que el producto final sorprenda al mismo artista porque no sea el que este había visualizado al principio, sino la consecuencia de los ciclos de «generación y ensayo» que se sucedieron por el camino. D’Azevedo cita el testimonio de un tallista africano de esta manera:

Veo lo que he fabricado [una máscara del Sande] emerger del arbusto de las mujeres. Ahora es un orgulloso hombre jIna [espíritu] tras el que corren muchas mujeres. No es posible ver algo más hermoso en este mundo. Con rostro radiante, su mirada va y viene, mientras todos quedan maravillados ante algo tan bonito y terrible. Para mí, es como lo que veo al dormir. Me digo a mí mismo que es lo que mi neme [espíritu familiar] me ha traído a la mente. Me digo: «Esto lo he elaborado yo». ¿Cómo es posible que un hombre logre algo así? Es aterrador lo que soy capaz de hacer. Ningún otro puede emularlo a menos que posea el conocimiento adecuado. Ninguna mujer puede hacerlo. Siento que he dado a luz a mis hijos (D’Avezedo en Forge 1973: 148).

El artista vacila entre la respuesta como «paciente», el asombro y la maravilla que le inspira la máscara del Sande –«¿Cómo es posible que un hombre logre algo así?»–, y la autoaprobación que siente al saber que, después de todo, fue su agencia la que produjo el objeto –«Es aterrador lo que soy capaz de hacer»–. Sería imposible encontrar un ejemplo de agencia artística autorrecíproca más explícito que este. El testimonio del tallista de que, al elaborar la máscara, piensa que ha dado a luz y su compromiso total y evidente con la idea de que el objeto es un ser vivo e inteligente cuya mirada va y viene es también una prueba muy útil que sirve para apuntalar nuestra hipótesis general de que, desde un punto de vista antropológico, es mejor considerar las obras de arte como agentes. Los constructores de nuestros ídolos no son idólatras menos entusiastas que el resto de nosotros, porque, de alguna manera, siempre adoptan una posición de espectadores pasivos ante el nacimiento de sus propias creaciones. Si expresamos la fórmula correctamente, ha de ser [[artista A] ––––> índice A] ––––> artista P.

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547 p. 112 illustrations
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9789871984640
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