Read the book: «Vida campesina en el Magdalena Grande»

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Vida campesina en el Magdalena Grande / autores, Francisco Avella Esquivel ... [et al.] ; editores, Alexander Rodríguez Contreras, Fabio Silva Vallejo. -- 1a ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2020.
(Ciencias sociales. Antropología y Sociología)
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN 978-958-746-346-0 -- 978-958-746-347-7 (pdf) -- 978-958-746-348-4 (e-pub)
1. Vida en el campo - Magdalena (Región) 2. Campesinos - Vida social y costumbres - Magdalena (Región) 3. Magdalena (Región) - Vida social y costumbres I. Avella Esquivel, Francisco II. Rodríguez Contreras, Alexander III. Silva Vallejo, Fabio, 1962- IV. Serie
CDD: 305.963 ed. 23
CO-BoBN- a1066463
Primera edición, noviembre de 2020
2020 © Universidad del Magdalena. Derechos Reservados.
Editorial Unimagdalena
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Colección Ciencias Sociales, serie: Antropología y Sociología
Rector: Pablo Vera Salazar
Vicerrector de Investigación: Ernesto Amarú Galvis Lista
Coordinador de Publicaciones y Fomento Editorial: Jorge Enrique Elías-Caro
Diseño editorial: Luis Felipe Márquez Lora
Diagramación: Eduard Hernández Rodríguez
Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro
Corrección de estilo: Juliana Javierre Londoño
Santa Marta, Colombia, 2020
ISBN: 978-958-746-346-0 (impreso)
ISBN: 978-958-746-347-7 (pdf)
ISBN: 978-958-746-348-4 (epub)
DOI: 10.21676/9789587463460
Hecho en Colombia - Made in Colombia
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Contenido
Presentación
Características del campesinado del Magdalena Grande
La colonización rocera
Asentamientos de grupos afrodescendientes
¿Cómo surgió esta “polvareda” de pequeños asentamientos?
Pescadores y agricultores tradicionales de las riberas de los ríos y las áreas inundables
Vida campesina en la Sierra Nevada de Santa Marta
Poblamiento
Colonización de la vertiente noroccidental de la Sierra Nevada de Santa Marta
Colonización de la vertiente occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta
Campesinos y conflicto en la Sierra Nevada de Santa Marta
La bonanza marimbera
La guerrilla
Autodefensas de los Rojas
Las autodefensas unidas de Colombia (AUC)
La guerra contra los Rojas
La guerra de las autodefensas campesinas del Magdalena y La Guajira (ACMG) contra el Bloque Norte- AUC
EL BRT: control social y militar en los corregimientos de Minca, San Pedro de la Sierra y Siberia
Ahora somos ecológicos
Las buenas prácticas
Conclusiones
Vida campesina en La Guajira
Nostalgia de la bonanza: campesinos del valle de Tomarrazón
Poblamiento
Bonanza, agricultura y minería
La bonanza
La agricultura
La tierra:
Siembra y mantenimiento
Transporte y comercialización
La mina
Organización campesina en el valle de Tomarrazón
Elementos culturales de la vida campesina en Tomarrazón
Tensiones en la frontera: campesinos de Carraipía
Poblamiento
Agricultura y contrabando
La agricultura
El contrabando
Organización campesina en Carraipía
Elementos culturales de la vida campesina en Carraipía
El campesino fantasma: territorio y minería en la comunidad de Chancleta
Poblamiento
El fantasma del carbón
La mina acabó con todo
Organización ancestral de la comunidad afrodescendiente de Chancleta
Una ancestralidad a punto de desaparecer
El Sur de La Guajira y la sombra de la montaña: voces campesinas de Villanueva, el Molino, Urumita y La Jagua del Pilar
Poblamiento
Nostalgias y esperanzas de una bonanza agrícola
Organización campesina en el Sur de La Guajira
Cultura y tradición en el Sur de La Guajira
Vida campesina en el norte del Cesar
“La época de la violencia”
El fantasma de la amapola y la esperanza de la mora: la vereda el Cinco en la Serranía del Perijá
La llegada y poblamiento
La amapola
La peste
La mora
El conflicto
Como extraños en nuestra tierra: el Toco y la lucha por el territorio en el valle del río Cesar
Poblamiento
ASOCOMPARTO y la organización comunitaria de la vereda el Toco
El retorno y los dilemas de la justicia transicional
De colonos a invasores: campesinos de la vereda La Guitarra, en el Cesar
Poblamiento
Las primeras cosechas y la consolidación de un sueño
La disputa por el territorio
“Nos acusan de invasores y por eso no hay inversión”
Agricultura y minería: tensiones por el territorio en la vereda Entre Ríos
Poblamiento
Afectaciones al medio ambiente por la actividad minera
La vida Entre Ríos
La lucha por la permanencia en el territorio
De campesinos a rebuscadores: el caso del barrio Bello Horizonte de Valledupar
Reproducción de las formas de vida del campo en la ciudad
Vida campesina en el sur del Cesar
La bonanza algodonera: origen y poblamiento de la subregión Sur del Cesar
Cotidianidad campesina: saberes locales y modos de vida en el sur de la Serranía del Perijá
Conflictos sociales y ambientales en el piedemonte de la Serranía del Perijá
Del algodón a la minería de gran escala
Conflicto armado interno en el piedemonte de la Serranía del Perijá: memorias y voces sobre la violencia.
Vida campesina en el Centro y Sur del Magdalena
El campesino ribereño
Poblamiento y colonización de la Ribera del Río
Los tiempos de cultivo y las tierras de la ribera del río Magdalena
“Somos el espejo de nuestros padres”: el aprendizaje y conocimiento sobre la tierra
El fruto de la tierra: el proceso de la siembra y cosecha
El campesino y la pesca: un acercamiento a la actividad pesquera
“El problema es que la tierra no es de quien la trabaja”: el problema de la tierra en los pueblos ribereños
El campesinado del Centro del Magdalena
Poblamiento y colonización de campesinos hacia el Centro del Magdalena
A la espera de las lluvias y el milagro de la cosecha: el trabajo de la tierra en el Centro del Magdalena
El campesino y la ganadería
“Haga paja y no cultive”: el problema de tierra en el Centro del Magdalena
Vida campesina en el Norte del Magdalena
Zona Bananera Histórica
Dinámicas de poblamiento y ordenamiento del territorio
Dimensión socioeconómica
La producción parcelera
La producción y el trabajo en la plantación bananera
Condiciones laborales en las plantaciones
Dimensión socioambiental
Dimensión sociopolítica
Dimensión sociocultural
Zona del Bajo Magdalena
Caracterización de la subregión
Dimensión socioeconómica
La producción agrícola
La pesca artesanal
Dimensión socioambiental
Dimensión sociopolítica
Cultura política instrumental
Organización comunitaria
Resistencia campesina
Dimensión sociocultural
Roles de género
Ritualidad
Sociabilidad
Expresiones culturales: fiestas patronales
Elementos que generan rupturas en la vida comunitaria
Campesinos urbanos en la ciudad de Santa Marta
Vida campesina en la vereda el Mosquito, de Santa Marta
Poblamiento de la vereda el Mosquito: realidad del conflicto social y armado del país
El conflicto armado y la seguridad en el territorio
Ser campesino en la vereda Mosquito: memoria oral y realidades concretas
Saberes locales y dinámicas de subsistencia
La agricultura y su relación con la naturaleza
La economía campesina en contextos urbanos
El campesino y el turismo
El mango
La tierra
Ser campesino: orgullo, resistencia y esperanza
Vereda Altos de Don Jaca
Historia de poblamiento de la vereda Altos de Don Jaca
Saberes, siembras y cultivos: el campesino y su relación con la naturaleza
Las paradojas de la vida campesina
La bonanza
El problema del agua
Tecnologías de subsistencia y adaptación al clima
Vías de acceso: limitaciones para la comercialización
Los retos y ganancias de la asociatividad
“Dejar el sombrero”: la emigración como consecuencia de la apatía gubernamental
Conclusiones
Mesa socioambiental
Propuestas
Mesa socioeconómica
Propuestas
Mesa sociopolítica
Propuestas
Dimensión sociocultural
Relación con la tierra
Cultura campesina
Conflicto y cultura
Propuestas
Referencias bibliográficas
Presentación
El Grupo de Investigación sobre Oralidad, Narrativa Audiovisual y Cultura Popular del Caribe Colombiano (ORALOTECA) tiene más de diez años de trabajo en diversos territorios de la geografía regional. Durante este tiempo nos hemos acercado a las realidades que viven los pueblos y las comunidades que nos unen como un territorio pluriverso y multicultural, procurando constituirnos como un puente entre los conocimientos populares y el saber académico; lejos de pretender asumir la voz de las comunidades, hemos ensayado herramientas y canales por medio de los cuales estas comunidades puedan enunciarse a sí mismas. Más allá de pretender llevar los conocimientos populares a los escenarios del debate académico, nuestra apuesta es por acercar los escenarios académicos a las epistemes de las comunidades y los pueblos del Caribe. Por esta razón, la publicación de este libro se convierte en una nueva apuesta por acercar el mundo académico a la realidad que viven las comunidades de campesinos y campesinas que habitan los departamentos del Cesar, Magdalena y La Guajira, al tiempo que son un aporte fundamental para el reconocimiento del campesinado como sujetos sociales de derecho, ya que desde sus territorios, han configurado formas propias de relacionarse con el territorio que les permiten generar procesos de organización, lucha y resistencia para su dignificación como población.
Conocer la vida, las cotidianidades y formas de ser de los pueblos campesinos y pescadores del Magdalena Grande (Cesar, Magdalena y La Guajira) es un reto que debió ser asumido mediante un método que permitiera a las personas expresar los significados de lo que hacen y por qué lo hacen (Restrepo, 2016); esto fue posible mediante el diálogo e intercambio de saberes, pero fundamentado desde el saber escuchar como un instrumento de acercamiento que rompiera con la verticalidad en la interpretación de la realidad y generara una horizontalidad en la construcción de conocimiento sobre lo que significa “ser campesino” en una región tan diversa como es el Caribe colombiano. En ese sentido, los recorridos etnográficos, el diálogo de saberes, las historias de vida, las entrevistas semiestructuradas, los talleres participativos y la observación dinamizan la búsqueda de relatos que representan la historia y el presente de dichas comunidades como sociedades dignas que han configurado y codificado su mundo mediante la relación constante con la naturaleza, el universo y la sociedad.
Para dar inicio al desarrollo de la investigación se planteó la idea de abordar la realidad de las comunidades campesinas del Magdalena Grande a partir de las formas de relacionarse con el territorio, no solo en términos productivos, sino también a partir de las representaciones, los valores y significados que sobre este se construyen. Así, el análisis de las relaciones establecidas con el territorio puede ser abordado desde la perspectiva naturalista, política, económica y culturalista (Rincón, 2012). El trabajo de los etnógrafos no se limitó a describir prácticas económicas en relación con la tierra y el agua, sino que la mirada del investigador pretendió conocer cómo la tierra y el agua han configurado unas identidades, corporalidades y saberes propios que expresan la historia y la realidad concreta de pueblos marginalizados que han resistido dignamente por el sostenimiento de sus tradiciones y memorias como elementos estructuradores de sus modos de vida.
En ese sentido, los procesos de colonización, poblamiento, saberes locales, economías, conflictos y procesos organizativos guían cada uno de los apartes del documento, que resalta la complejidad y heterogeneidad que atraviesan las realidades campesinas en los departamentos del Magdalena, La Guajira y Cesar (Magdalena Grande), lo cual es un ejercicio de memoria que aporta una lectura actual cuando se refiere a pueblos campesinos y pescadores que aún siguen luchando por mejorar sus condiciones de vida y por ser escuchados como sujetos activos en la construcción de región y país.
La etnografía como método crítico y dialogal (Vasco, 2000) arroja insumos que permiten comprender la territorialidad, la identidad y la memoria desde las mismas voces de los actores; es decir, conocer el territorio de la mano de las comunidades permitió comprender las realidades contadas desde la experiencia, lo emocional y lo sensorial como forma significativa en las dinámicas sociales, culturales y de resistencia de las comunidades campesinas y de pescadores. Los recorridos etnográficos, el diálogo de saberes, las historias de vida, las entrevistas semiestructuradas, los talleres participativos y la observación dinamizan la búsqueda de relatos que representan la historia y el presente de dichas comunidades como sociedades dignas que han configurado y codificado su mundo mediante la relación constante con la naturaleza, el universo y la sociedad.
Para el desarrollo de las etnografías sobre las formas de vida de la población campesina en el Magdalena Grande abordamos el territorio desde sus particularidades geográficas, para lo cual decidimos dividir los departamentos del Cesar, Magdalena y La Guajira en siete subregiones geográficas: Sierra Nevada de Santa Marta, La Guajira, Norte del Cesar, Sur del Cesar, Centro y Sur del Magdalena, Norte del Magdalena o Ciénaga Grande de Santa Marta y una última subregión de análisis que corresponde a las realidades de los campesinos en zonas urbanas.
Las salidas de campo o “recorridos etnográficos” a cada uno de estos territorios permitió recoger la información de acuerdo a las categorías de estructuración de la vida cotidiana propuestas, a saber: producción o satisfacción de necesidades básicas; política o toma de decisiones colectivas; cultura o formas de reproducción de identidades colectivas, prácticas tradicionales y valores comunes, y ambiental o las relaciones con el entorno y los recursos naturales. Asimismo, durante la realización de los recorridos etnográficos se consideró adicionar la dimensión “conflicto”, referente a los efectos sociales derivados de la exposición de las comunidades al conflicto armado interno; esto, dada la recurrencia con que las comunidades señalaban los variados tipos de afectaciones físicas, simbólicas y psicológicas que sufrieron y siguen sufriendo. Sin embargo, dada la alta densidad de producción académica e institucional en años recientes sobre conflicto armado y sus efectos en el territorio, en los ejercicios etnográficos y entrevistas realizadas la dimensión de “conflicto” solo se abordó al final, dando espacio a las otras dimensiones menos estudiadas. Finalmente, las “conclusiones” se elaboraron a partir de una jornada de trabajo con los campesinos, pescadores y voceros más representativos de las comunidades de cada subregión y se aplicó la metodología de diagnóstico participativo mediante el instrumento de “árbol de problemas y árbol de soluciones”.
De esta manera, encontramos que en el primer capítulo se realiza una aproximación a tres de las principales dinámicas del poblamiento campesino en los departamentos del Cesar, Magdalena y La Guajira, poniendo de relieve la importancia de entender los diferentes conflictos históricos del país para comprender las diferentes oleadas de poblamiento de otras regiones hacia estos territorios. Así mismo, la herencia de las comunidades afrodescendientes representa una profunda huella en la historia de las comunidades campesinas del Magdalena Grande, al extenderse y mezclarse con otras culturas y generar un proceso de empoderamiento del territorio —más fuerte en unas zonas que en otras— que, sin duda, ha marcado el desarrollo histórico de las comunidades campesinas. Finalmente, la roza como actividad económica permite entender oleadas migratorias que son permanentes en el tiempo y el territorio, debido a la búsqueda constante de la tierra en la cual tener un cultivo permanente y, de esta manera, un proyecto de vida.
Para el desarrollo del segundo capítulo de este libro se realizó un estudio de caso de exploración a tres poblaciones que están asentadas en la Sierra Nevada de Santa Marta: este aborda el contexto de la colonización, las relaciones históricas que se construyeron con las guerrillas y los paramilitares y el café. Para este capítulo se escogió el corregimiento de Minca, ubicado en el municipio de Santa Marta, y los corregimientos de San Pedro de la Sierra y Siberia, ubicados en el municipio de Ciénaga. Estos tres corregimientos son poblados a partir del proceso de colonización agrícola, del proceso de colonización espontánea y de un efímero proceso de colonización armada.
Los tres corregimientos han tenido una dinámica económica a lo largo de su historia por el cultivo del café y el cultivo de marihuana —entre otros aspectos—, que han sido dignos representantes de la economía local, regional, nacional e internacional. Por otro lado, en estas tres localidades hicieron presencia la guerrilla de las FARC-EP, el ELN y grupos paramilitares. Así mismo, estos tres corregimientos hacen parte del denominado “cinturón cafetero de la Sierra Nevada de Santa Marta” y sobre sus habitantes se han construido estereotipos que van desde “destructores del bosque”, hasta “marimberos”, “guerrilleros” y “paramilitares”.
Los corregimientos de Minca, San Pedro de la Sierra y Siberia se construyeron a partir de los periodos de colonización: una colonización dirigida por el Gobierno local, que se llamó la “colonización extranjera”, y otra colonización ligada al periodo de la violencia política de los años cincuenta. Los extranjeros y los campesinos se sostuvieron a partir de la economía del café y, por último, de los cultivos de marihuana. Todo lo anterior, empatado o cruzado con los periodos de violencia de los grupos guerrilleros y paramilitares; periodos que generaron distintas dinámicas sociales y relaciones con el actor que controlara la zona.
Es importante resaltar que en este capítulo, además de la búsqueda de información primaria, en las etnografías se trianguló dicha información con fuentes secundarias: es decir, con datos obtenidos de documentos oficiales como los provenientes de los planes de desarrollo municipales, de los informes de organizaciones defensoras de derechos humanos, del Centro Nacional de Memoria Histórica, del DANE, de los planes de ordenamiento territorial, de artículos y textos de carácter científico, entre otros. Esto permitió, así, una mirada complementaria sobre lo que se argumenta de los pueblos campesinos frente al sentir y vivir de estas comunidades que han sido marginalizadas históricamente de los escenarios de poder.
En el desarrollo del tercer capítulo las historias de vida fueron fundamentales a la hora de acercarnos a las realidades de las comunidades campesinas de La Guajira, territorio en el que nos encontramos con problemas como la minería a gran escala, la economía ilegal de contrabando, la presencia de grupos armados ilegales y la aridez de la tierra. Sin embargo, a pesar de todos estos obstáculos, las poblaciones campesinas han construido una profunda relación con el territorio, sorteando estos problemas y haciendo de la tierra un lugar productivo para sus familias y para la comunidad.
Durante el cuarto capítulo, la historia del conflicto marcó un papel fundamental en las narraciones, en la medida en que los hechos violentos que marcaron a las comunidades se convirtieron en un punto de referencia en sus narrativas, permitiendo describir un “antes” y un “después” en el desarrollo de las formas de vida campesina en el Norte del Cesar.
Por esta razón, para realizar nuestra aproximación etnográfica a las formas de vida campesina en los territorios del Norte del Cesar llegamos a poblaciones que, debido a su ubicación geográfica y a las condiciones medioambientales de sus territorios, nos permiten obtener elementos de análisis sobre las formas en cómo las comunidades se adaptan al territorio para el desarrollo de sus proyectos de vida, los cuales están directamente relacionados con la producción de la tierra.
Por eso, en este ejercicio llegamos hasta poblaciones como la vereda el Cinco, ubicada en la Serranía del Perijá, donde las condiciones del territorio y el abandono estatal llevaron a las comunidades a realizar cultivos de amapola como única opción de supervivencia; este hecho, como resultado, dejó “la peste” sobre la tierra, impidiendo el desarrollo normal de sus cultivos, por lo que la mora aparece como única opción de salir adelante.
También recorrimos las tierras de la vereda La Guitarra, ubicada en las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta —en su vertiente suroriental—, cuyos pobladores han tenido que adaptar sus cultivos a las difíciles condiciones del terreno y a la escasez del agua, condición a la que se suma el hecho de que no existe ningún tipo de acompañamiento institucional (dado que se les considera como invasores).
Así mismo, transitamos por las trochas y los caminos de la vereda Entre Ríos, ubicada en el municipio del Copey, sobre las faldas de la Sierra Nevada —en su vertiente suroccidental—, cuyos pobladores han retornado por su propia voluntad luego de ser desplazados: ahora deben luchar por mantener su vocación agrícola frente a la proliferación de proyectos mineros en su territorio.
De igual forma, y a pesar de todas las dificultades, pudimos recorrer los territorios y las memorias de los pobladores de la vereda el Toco, ubicada en el municipio de San Diego, sobre la margen izquierda del río Cesar, cuyos pobladores desplazados viven en el casco urbano del municipio de Agustín Codazzí: allí se han organizado para exigir su derecho a retornar al territorio con las garantías mínimas de seguridad que les permitan permanecer en él y poder reconstruir sus proyectos de vida.
Finalmente, en nuestros recorridos tuvimos la oportunidad de visitar el barrio Bello Horizonte, en Valledupar, donde conocimos a campesinos y campesinas desplazados por la violencia y quienes, en medio de nostalgias, tristezas, pero también de sueños y fortalezas, nos cuentan cómo ha sido el proceso de adaptación de sus vidas a las dinámicas propias de la ciudad, obligándolos a desempeñarse en lo que popularmente se conoce como “el rebusque” y a tratar de reproducir sus conocimientos sobre la agricultura en los limitados espacios que ofrecen sus patios en los ahora llamados “barrios de invasión”.
En el capítulo cinco, “Vida campesina en el Sur del Cesar”, se detallan los recorridos etnográficos realizados durante los meses de diciembre del 2016 y enero del 2017 en los municipios de Agustín Codazzi, Becerril, La Jagua de Ibirico, Pailita, Pelaya y Aguachica; para el desarrollo de este trabajo, a esta última, que limita directamente con la Serranía del Perijá —principal frontera agrícola, área limítrofe entre Colombia-Venezuela y escenario de diversas disputas y conflictos sociales, ambientales y culturales— la hemos denominado “Subregión: Sur del Cesar”.
Para la caracterización sociocultural realizada en los municipios que conforman esta subregión se realizaron, en un primer momento de la investigación, recorridos etnográficos fundamentados en la observación participante de los diferentes territorios de estudio y entrevistas semiestructuradas a diferentes líderes campesinos de la región con el objetivo de estrechar lazos, socializar la investigación y conocer así la vida de las poblaciones campesinas desde su propia visión.
Los recorridos se realizaron en compañía de los líderes de las veredas y los corregimientos que se visitaron, dado que conocer el territorio de la mano con las comunidades permite reconocer y legitimar el conocimiento que poseen las poblaciones sobre su entorno, geografía y región, además de identificar los lugares que poseen relevancia colectiva en las memorias de los habitantes desde sus conocimientos e intereses.
Por este motivo, las entrevistas semiestructuradas se utilizaron como un elemento que permitió dejar hablar al campesino. El “saber escuchar” es un ejercicio que media el proceso investigativo, puesto que son los saberes de los campesinos y su representación sobre el mundo los elementos de interés para los investigadores y la investigación. En ese sentido, durante este capítulo se presentan elementos como origen-poblamiento, saberes locales y modos de vida, producción económica, conflictos sociales y afectaciones medioambientales.
En el capítulo seis se exponen las experiencias y los recorridos junto a comunidades campesinas en el departamento del Magdalena, específicamente en dos zonas que delimitamos como subregiones, comprendiendo esta delimitación geográfica no como una línea de división o frontera, sino como áreas culturales dinamizadas por el ambiente natural y por relaciones sociales históricas mediadas por el trazado de caminos en el departamento. Es así que esta etnografía busca acercarnos a una metodología para los estudios sobre el campesino en estas dos zonas del Magdalena.
En este capítulo es recurrente encontrar una narración en la que prima la voz del entrevistado y no la voz del antropólogo como la autoridad intelectual que posee el conocimiento (situación recurrente en la Academia); por ende, se encontrarán frases que quizá no se encuentren en los diccionarios de la Real Academia de la Lengua Española o en nuestro vocabulario cotidiano, pero que nos brindarán un acercamiento a comprender el significado del territorio. Por este motivo, la investigación puede no simplemente acercarnos a un público académico o interesado en estos asuntos, sino también permitirle al protagonista de estos relatos (como lo es el campesino) leer (aunque en muchas ocasiones las realidades de los territorios no han permitido a muchos campesinos el acceso a la educación, por lo que no poseen la habilidad de leer, pero con esfuerzo sus hijos sí) sus conceptos y conocimientos desde el territorio.
Para acercarse a las comunidades campesinas en la subregión Sur del Magdalena hay que comprender el territorio desde los referentes culturales y económicos, como pobladores de la Depresión Momposina o el Sur del Magdalena, por lo que es recomendable acercarse a los antecedentes y a las investigaciones sociológicas que relatan contextos similares en la Historia doble de la costa (Fals, 1979) e Historia de la cuestión agraria en Colombia (Fals, 1975), por Orlando Fals Borda, los cuales son documentos recomendados para ilustrarnos sobre historia, cultura y política de la identidad campesina regional.
El recorrido inició por el principal foco en la economía de la región: el Banco, conocida por ser llamada “Ciudad Imperio de la Cumbia” (un referente a la danza que surgió por todo el río Magdalena y que puede evidenciarse como un ejemplo del mestizaje cultural y la diversidad de esta geografía). Así mismo, este lugar representa el último momento en el trabajo campesino, como es el momento de retribución y transformación en valor monetario, con la comercialización con el mayorista (la persona que se encarga de la compra de los productos agrícolas en grandes cantidades y a precios bajos) o en los graneros (los lugares de compra y venta de víveres en los centros poblados) para, finalmente, llegar a tiendas y supermercados.
Por su parte, la zona Centro del Magdalena se caracteriza por sus paisajes de llanuras y montañas (El Difícil) y por la influencia del río Magdalena (Plato, donde la ausencia de precipitaciones y tierra polvorienta es una constante). Por ello, el acercamiento al campesino estuvo mediado por las constantes referencias al trabajo ganadero, el cual posee diferencias sustanciales en la economía, territorio, cultura y política, que permiten resaltar las dificultades y la escasa población que se dedica a trabajar la tierra. Al recorrer esta región encontramos zonas rurales distantes de las cabeceras municipales en las que fue necesario brindar explicaciones y usar la identidad de estudiante universitario para poder acceder, pues existían personas en motocicletas que manifestaban brindar seguridad en los territorios.
En el capítulo siete se realizó una aproximación a las realidades de las comunidades campesinas que viven en los alrededores de la Ciénaga Grande de Santa Marta. Los recorridos fueron realizados por el investigador principal y un asistente. En promedio, debido a las distancias a recorrer y los medios de transporte disponibles en esta subregión en particular (mototaxi, lancha, carromoto, ferry, etc.), además de la dificultad de desplazamiento en un sistema cenagoso, cada recorrido se completaba en cuatro días con sus noches. Se realizaron en total cuatro salidas de campo. La primera, del 21 al 24 de diciembre de 2016, en la que se recorrieron los municipios de Sitionuevo, Remolino, Salamina, Piñón y Pivijay; la segunda, del 6 al 9 de enero de 2017, en la que se recorrieron los caseríos Varela, Orihueca y Prado Sevilla, en los municipios de Ciénaga y Zona Bananera; la tercera, del 3 al 6 de febrero de 2017, en la que se visitaron los caseríos de Sevillano, La Mira y Candelaria, en los municipios de Ciénaga y Zona Bananera; y la cuarta, del 24 a 26 de marzo de 2017, en la que se recorrieron los municipios de Aracataca y Zona Bananera.
Se llevaron dos diarios de campo, uno por cada microrregión, y se realizaron en total 30 entrevistas, cada una de las cuales fue conducida por el investigador, mientras que el asistente sistematizaba de acuerdo a las dimensiones establecidas. Durante todos los recorridos se llevó registro fotográfico de los diferentes aspectos de la cotidianidad campesina y se recopiló material audiovisual producido por las comunidades. A partir de los insumos recogidos, se organizó la estructura del documento de tal manera que correspondiera a las dimensiones de la vida campesina —que se habían usado en la recolección de información primaria— y a los principales hallazgos.
En el capítulo ocho nos trasladamos a las veredas Puerto Mosquito y Don Jaca, pertenecientes al área rural del distrito de Santa Marta, Magdalena. Nos propusimos conocer y describir el pasado reciente del poblamiento campesino, los conflictos sociales y ambientales, la economía familiar y los rasgos identitarios de la cultura en veredas tan cercanas a la jurisdicción urbana.
Los recorridos fueron realizados en jornadas de mañana y tarde, visitando a cada familia campesina para entrevistarla sobre las diferentes transformaciones del territorio. Por medio de los relatos reconocimos la importancia de localizar las primeras familias que habían llegado a las veredas como portadoras vitales de la memoria, los cambios y las nuevas relaciones campesinas. Nos fue crucial ubicar aquellos lugares más importantes para visitar y describir (donde estaba situada la memoria) para cada familia que visitamos, así como preguntar sobre otras familias que pudieran enriquecer los relatos fundacionales del pueblo y la historia de sus vidas. Los relatos evidencian los testigos y hechos violentos en las veredas, la llegada de nuevos campesinos desplazados de otras regiones y la conformación de una región diversa con habitantes procedentes de municipios golpeados por el conflicto armado interno que consiguieron opciones de trabajo en áreas periféricas de la ciudad.
Entendimos que para etnografiar la vida campesina se debían tener en cuenta las otras formas económicas que se implementan en las veredas y que impactan directamente en la agricultura familiar. En la vereda el Mosquito fue importante observar las relaciones que se construían con estaderos, billares, balnearios turísticos y reservas naturales en las márgenes del río Gaira; mototaxistas y taxistas que transitaban constantemente por la carretera principal; miembros ette-ennaka del resguardo Naara Kajmanta, y operarios de la planta de tratamiento de agua de Gaira, dueños de galpones de pollo y hornos artesanales de carbón. Tales sectores económicos y poblacionales mantienen una relación diferente con la tierra, presentando tensiones en la ecología, propiedad, vocación del suelo e inseguridad, así como poco interés en la producción de alimentos y en la transmisión de saberes que le permita producir la tierra a las siguientes generaciones campesinas.
En Don Jaca fue importante observar los periodos en los que la población se siente identificada con la parte alta de la montaña y sobre la parte baja cerca al mar Caribe. En el primer periodo se desempeña la vocación campesina en la producción de alimentos como el plátano, la ahuyama, el ají, el repollo, la col, el cilantro, el cebollín, el tomate, la naranja, la yuca, la malanga, la papaya y el café, así como en la cría de gallinas y cerdo; este periodo es diferente a los momentos de vocación pesquera con relación cercana a la navegación y pesca a mar abierto, la venta de comida en restaurantes y la prestación de servicios turísticos para los huéspedes de los hoteles cercanos a la zona marítima. Tanto a la parte alta como a la parte baja les afecta el puerto carbonífero Drumond Ltda., ejerciendo un impacto ambiental sobre la tierra y el mar, y acumulando restos del polvillo del carbón. También se presentan difíciles condiciones para el abastecimiento de agua, a pesar de contar con la quebrada Don Jaca, motivo por el cual los campesinos no siempre mantienen los cultivos temporales con los aspersores necesarios para la producción.
En definitiva, la experiencia etnográfica de documentar los acontecimientos y las autoconcepciones de las personas sobre la vida colectiva e individual nos ubicó en la vida rural de la ciudad, haciéndonos conscientes de la falta de estimulación de la tierra y la venta de alimentos locales en las plazas de mercado de Santa Marta. Aún se desconoce la agricultura familiar en las montañas que rodean la ciudad y sus habitantes continúan sin tener los medios óptimos para producir y comercializar los productos, sin el respaldo suficiente para competir con los precios que se imponen desde la ciudad. En ese sentido, cada uno de los relatos campesinos nos dejó ver el potencial productivo a lo largo de la historia y cómo fue desplazado por cultivos de uso ilícito, hidroeléctricas, extracción de carbón, conflicto armado, turismo y balnearios de fin de semana; todo esto, dejando atrás el potencial para producir alimentos, generar mercados locales y desarrollo rural.
Características del campesinado del Magdalena Grande
Al hablar del Magdalena Grande debemos tener claro que este nombre hace referencia a los territorios comprendidos por los actuales departamentos del Cesar, Magdalena y La Guajira, y que fue definido de esta forma a partir de 1886, cuando el Magdalena fue reconocido como departamento. Este amplio territorio, que comprende montañas, sabanas, llanuras, ciénagas y ríos, ha sido escenario de confluencia para muchos grupos de indígenas, campesinos, afros y pescadores que van y vienen por estos paisajes motivados por la esperanza de una mejor vida y huyendo de los múltiples conflictos que han afectado sus territorios y que han convertido el Caribe en la mayor diáspora campesina del país.
Los orígenes del campesinado del Magdalena Grande parecen tener diferentes vertientes: por un lado, entre los años de 1948 y 1964 una gran cantidad de colonos llegó del interior del país huyendo de la violencia y refugiándose en las zonas montañosas de los departamentos de Magdalena, Cesar y La Guajira. Por otro lado, una minoría es proveniente de un proceso de mestizaje entre los arrochelados o libres que se refugiaron en los palenques y que pudieron mantener pequeñas propiedades o posesiones precarias aledañas a las grandes haciendas ganaderas que se expandieron desde mediados del siglo XX —mantenidos como reservas de mano de obra para dichas haciendas ganaderas—, pero sin mezclarse con los indígenas, como sí sucedió en el caso de la margen occidental del Bajo Magdalena en lo que hoy son los departamentos de Atlántico, Bolívar, Sucre, Córdoba y parte del Urabá chocoano y antioqueño. En el Magdalena Grande los indígenas que perdieron sus tierras bajas (a excepción de los chimilas, que se mantuvieron hasta la segunda mitad del siglo XX) fueron desplazados y tuvieron que refugiarse en las partes medias y altas de las montañas, especialmente en la Sierra Nevada y la Serranía de Perijá, hacia donde fueron empujados por los procesos de colonización que se dieron a raíz de las diferentes bonanzas económicas que se desarrollaron en estos territorios. Queda un grupo más reducido de pequeños agricultores y pescadores que vive aún a orillas de las grandes ciénagas de la margen derecha del río Magdalena; sin ninguna propiedad de las tierras, solo las utilizan en verano cuando no están inundadas, aunque también buscan ser utilizadas por los ganaderos cuando no hay pastos en las sabanas y deben llevar el ganado a donde hay agua. Estas tierras son disputadas por los agricultores no solo por su fertilidad, sino porque aún sin tener títulos (pues están inundadas más de seis meses al año y legalmente son tierras de la nación) permiten un manejo adecuado del pulso de inundación, para luego, durante la bajada de las aguas, sembrar cultivos de secano como el arroz, la yuca y el maíz. Sin embargo, actualmente, con el avance de la mecanización, los grandes ganaderos han hecho diques inmensos en sus fincas y en los linderos de los parques nacionales (Semana, 2015) con el fin de desecar amplias zonas para solicitar su adjudicación como baldío, aunque estos sean espacios protegidos por convenciones internacionales como la Convención Ramsar.
En resumen, los campesinos del Magdalena Grande, a título de hipótesis, se pueden caracterizar como el resultado de procesos sociales en tres grandes grupos:
La colonización rocera en las zonas montañosas, proveniente del interior del país hacia la mitad del siglo XX (la llamada “colonización cachaca”).
Los pequeños asentamientos de grupos de afrodescendientes en los lugares de los antiguos palenques y rochelas, muchos de ellos propietarios de sus parcelas en las zonas planas (“el campesinado negro y mestizo”, que se declara mayoritariamente como afrocolombiano en el Censo de Población de 2005, caso Chiriguaná, el Paso, Pailitas).
Los pescadores y agricultores tradicionales de los bordes de los ríos y de las áreas de inundación de más de seis meses al año (de ascendencia indígena predominantemente, en muchas partes mezclados con grupos negros, pero que no se declaran mayoritariamente como afrocolombianos, caso Ciénaga Grande de Santa Marta, por ejemplo).
Es evidente que estos grupos son solo un tipo ideal que no puede existir en su estado puro, pues hay toda clase de mezclas posibles, lo que aumentaría la tipología del campesinado hasta hacerla prácticamente incomprensible. Sin embargo, una característica constante en cada comunidad es la falta de claridad frente a la tenencia de la tierra, pues según Reyes (2009) no están inscritos en los catastros rurales o estos catastros están completamente desactualizados. Por ello, solo tienen compraventas avaladas por notarios e inspectores de policía rurales, como predios adquiridos de “buena fe”, pero que no están registrados, por lo cual no son papeles suficientes para probar la “buena fe” a la hora de un litigio. No obstante, aunque la posesión en “propiedad” predomina en los Censos Agropecuarios de 1960, 1970, 1971 y 2014, no ha sido suficiente para evitar que más de 20 mil campesinos hayan sido desplazados en la Costa Caribe durante el período comprendido entre 1996 y 2005 (Defensoría del Pueblo, 2016).
Además, todas las comunidades fueron sometidas a procesos de dominación paramilitar y guerrillera en los últimos años del siglo XX y, en algunos sitios, persiste la presencia de bandas criminales derivadas, desde el 2005, del proceso de Justicia y Paz con los paramilitares (caso Zona Bananera, Alta y Baja Guajira), así como la guerrilla del ELN que, actualmente, hace presencia en algunas zonas de la Sierra Nevada de Santa Marta y de la Serranía del Perijá.
La colonización rocera
“Roza” es el proceso de deforestar pequeños parches de bosque primario o secundario con el fin de sembrar cultivos de pancoger —es decir, de subsistencia, como el maíz, el fríjol, la yuca— para entregarlos en pastos a los dueños de la tierra cuando la tierra es “prestada” (en arriendo o aparcería, principalmente; esto es, cuando hay un propietario que la entrega informalmente al campesino para desarrollar su roza). También puede ser “apropiada” cuando la “roza” es hecha por colonos sobre tierras baldías; es decir, pertenecientes al Estado y que podrían ser reclamadas como propias después de un proceso de reclamación ante las autoridades competentes, demasiado dispendioso para un campesino pobre. La principal característica económica es que la roza no da para que el campesino viva. Solo sobrevive endeudado con el tendero o el prestamista que le da el dinero para comprar los productos que el rocero no produce (ropas, herramientas, medicamentos, etc.). Como por lo regular el producto de la roza (lo que logra vender en los lejanos mercados) no le permite pagar las deudas al rocero, este está obligado a seguir a otras tierras esperando encontrar una mejor producción después de dos cosechas como máximo. Sin embargo, la tierra rápidamente se agota y el rocero debe convertirla en pastizales: así la puede vender o entregarla como parte de las deudas a sus acreedores y seguir a otra roza hasta que, al fin, se da cuenta de que no queda más selva que tumbar y sigue a otro sitio más distante de colonización. Estas secuencias están ampliamente documentadas en los principales procesos de colonización de baldíos en la Costa Caribe de Colombia, como los descritos por Fals Borda (1976; 1986), Rodríguez Navarro (1990), Molano (1988), Reyes Posada (1976; 2009) y Zambrano (2002).
Este proceso de la “colonización rocera” se inició, al parecer, en los municipios del Sur del Cesar a mediados del siglo XX, especialmente en lo que hoy son los municipios de González y la Gloria, Pailitas, Río de Oro, que en el Censo Agropecuario de 1970-71 fueron los lugares en los que más tierras estaban ocupadas en la forma de colonato y aparcería (esto es, a título precario), por lo que se puede inferir que son las tierras de los pequeños colonos roceros que, desde mediados del siglo pasado, ascendían hacia el norte por la Serranía de Perijá. También está Valledupar con una amplia población campesina con títulos precarios (aparcería y colonato) y, en menor medida, campesinos con pequeñas fincas de menos de cinco hectáreas. En el mismo período se da una intensa colonización de la Sierra Nevada en su vertiente suroriental, especialmente en las tierras bajas de los indígenas arhuacos y kankuamos que se creían protegidos por las espesas selvas del piso cálido. Sin embargo, en muy poco tiempo se ocupó toda la parte de Pueblo Bello y de Atanquez, la mayoría de las tierras en ganadería luego de haber acabado con la selva o monte alto. Solo se detuvo esta colonización con la expedición, por parte del entonces Ministerio de Gobierno, de la resolución 02 de 1973, por medio de la cual “se demarca la Línea Negra o zona teológica de las comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta” (Ministerio del Interior, 1973, p. 35).
Esta colonización estuvo alimentada también por trabajadores rurales que venían a recoger algodón de los cultivos mecanizados que, por esa época, se desarrollaron ampliamente en el valle del río Cesar; estos trabajadores vieron la oportunidad de dedicarse a la rocería tanto en la Sierra Nevada de Santa Marta como en Perijá.
Desde un poco antes de mediados del siglo XX se tiene noticia de la colonización de la vertiente occidental de la Sierra Nevada en las regiones de San Luis y el Mico, pero solo es hacia 1960 cuando empieza el auge del café como cultivo principal en la hacienda California, fundada con capitales nacionales sobre las tierras de los indígenas y San Pedro de la Sierra, que luego se amplió hacia Palmor, desalojando completamente a los indígenas de esta parte de la Sierra Nevada (Krogzemis, 1967).
Otra de las colonizaciones más prósperas por la misma época fue la de los ríos Manzanares y Gaira, buscando tierras cafeteras en donde se fundaron fincas de más de 50 hectáreas de café (como Cincinatti y Jirocasaca) con relativo éxito. Otra colonización rocera de comienzos del siglo XX se da en la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta, en inmediaciones de Río Ancho y Don Diego hacia las tierras de los indígenas Kággaba; esta solo logró ocupar las tierras bajas por parte de grupos de afrodescendientes de Dibulla y La Punta. También hay que anotar que, si bien se trató de una colonización rocera, no inicia con esta intención pues lo que se buscaba era fundar plantaciones como las de las demás islas del Caribe insular (Barbados, Jamaica, Martinica, Guadalupe, etc.). Al menos en tres ocasiones inmigrantes franceses, bajo la dirección del geógrafo francés Elisé Reclus, en 1855, Jean Elie Gaguet, en 1873, y, posteriormente, el antropólogo Joseph de Brettes, en 1890, se intentaron instalar sin ningún éxito (Krogzemis, 1967).
Pero el área de la Sierra Nevada de Santa Marta de más reciente colonización rocera se encuentra también en la vertiente norte, entre el río Piedras y el río Palomino, impulsada por la construcción, en 1972, de la vía que comunica a Santa Marta con Riohacha. Sin embargo, amplias zonas empezaron a ser ocupadas por campesinos, especialmente en las cercanías de Santa Marta, en el Parque Tayrona y hacia los ríos Guachaca, Buritaca, Mendiguaca, Palomino y Río Ancho, en La Guajira actual. Esta colonización de campesinos venidos del interior —especialmente santandereanos, tolimenses y algunos antioqueños— ocupó muy rápido la vertiente norte en la parte baja, logrando algunos campesinos ascender y pasar las tierras ya delimitadas como “línea negra” en territorio Kággaba. Estos campesinos se instalaron y su apoyo a los grupos paramilitares para luchar contra la guerrilla, que limitaba sus avances para las siembras de marihuana y coca, los llevó a conformar una de las ramas mejor organizadas del paramilitarismo en Colombia, hasta el punto de que se enfrentó a los comandos centrales de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Finalmente, se acogieron a los términos del proceso de Justicia y Paz en 2006; sin embargo, estos campesinos siguen manteniendo un control sobre la vertiente de la Sierra Nevada de Santa Marta.
También es necesario anotar que este proceso de colonización rocera en el Magdalena Grande se detuvo brutalmente desde el enfrentamiento entre guerrilla y paramilitares con población campesina interpuesta, hacia el año de 1990, ya que la mayor parte de los muertos los pusieron los campesinos y no los grupos en contienda. Mediante masacres y acciones de retaliación de parte y parte de los combatientes la mayoría de los colonos que quedaron vivos fueron desplazados.
Hoy se puede decir que el campesino rocero no existe en el Magdalena Grande y que se extinguió porque la frontera —es decir, las selvas de los baldíos nacionales— fue apropiada a la fuerza por los “señores de la guerra” de todas las facciones (Duncan, 2006), lo que no se podría llamar la clásica descomposición del campesinado, sino su violenta desaparición física.
Asentamientos de grupos afrodescendientes
Estos pequeños asentamientos nucleados de grupos de campesinos, en su mayoría afrodescendientes, se ubicaron en su mayor parte en las llanuras del Caribe, conformando una red entre los intersticios de las grandes haciendas ganaderas y tratando de explotar pequeñas parcelas de tierra que lograron conservar después de numerosos reasentamientos hechos durante el siglo XVIII, subsistiendo a la dominación colonial y republicana a partir de la siembra de cultivos de pancoger para su subsistencia y trabajando temporalmente en las haciendas ganaderas cercanas.
Sin embargo, si se analiza la ubicación de estos pequeños asentamientos rurales nucleados en la extensa geografía del Magdalena Grande se puede ver que Valledupar, por ejemplo, tiene 23 corregimientos, cerca de 40 inspecciones de policía rurales y por lo menos unos 60 poblados de menos de 300 habitantes (es decir, unas 50 familias de 6 habitantes en promedio). Con Santa Marta sucede lo mismo en las tierras bajas de la Sierra Nevada. También desde Riohacha hasta San Juan del Cesar, en los valles de los ríos Ranchería y Cesar; es decir, en toda la Media y Baja Guajira la mayoría de los 200 pequeños poblados son campesinos claramente diferenciados de las rancherías indígenas, por su organización lineal o su malla “urbana” en cuadrícula, con plaza principal.
¿Cómo surgió esta “polvareda” de pequeños asentamientos?
Seguramente, como lo afirma Marta Herrera, de los deseos de libertad que siempre mantuvieron “los libres de todos los colores” durante la colonia, quienes no se dejaron confiscar sus pocas tierras durante la Primera República (en el siglo XIX) que llegó hasta la Constitución de 1886, ni por la Segunda República, que llegó hasta 1991 y que para algunos sectores de la política aún no existe.
No obstante, en general, como lo señala Diana García (2016), el estudio de pequeños asentamientos nucleados, rurales, no cabía en la historia económica y social, pues fuera de la fuerza de trabajo que aportan a las grandes haciendas ganaderas ni siquiera eran tenidos en cuenta como pequeños productores rurales de auto subsistencia. Solo empezaron a aparecer en las crónicas judiciales de los años de 1970, pero como invasores de tierras ociosas. Posteriormente, en los años de 1980, hacia finales del siglo XX, constituyen las noticias más importantes de la crónica roja de la prensa nacional y regional como los lugares en donde se desarrollan las masacres más aterradoras de la historia del conflicto armado colombiano.
La mayoría de estas masacres fueron cometidas con el argumento de evitar que los comunistas invadieran las tierras prometidas por la reforma agraria. Para los militares, estas gentes humildes estaban apoyadas por guerrillas de todo tipo que se tomaron el poder por las armas, por lo que era correcto suponer que todas las personas pobres y sin tierras que trabajaban como obreros en las haciendas o que reclamaban los derechos prometidos por la reforma agraria también eran comunistas o, por lo menos, “colonos de mala fe” en el argot de las notarías y las inspecciones de policía. Sin embargo, tal vez la razón más importante fue la de someterlos por la fuerza a reasentarse en las ciudades o a situarse cerca de las plantaciones que se empezaron a desarrollar a fines del siglo XX, especialmente de palma africana, como mano de obra barata, temerosa y dócil, lo que parece haberse conseguido en amplias regiones como, por ejemplo, en el caso de Guacoche, Cesar.
Pescadores y agricultores tradicionales de las riberas de los ríos y las áreas inundables
Estos campesinos se diferencian de los anteriores en la medida en que combinan las actividades de la pesca y la agricultura para subsistir y solo en casos de extrema penuria trabajan como jornaleros en las fincas ganaderas. Han sido estudiados para la margen izquierda del río Magdalena por Fals Borda (2006) quien, como se anotó, los llama “pueblos anfibios”. En este sentido, las caracterizaciones hechas para la margen izquierda son igualmente válidas para la derecha. Sin embargo, hay una serie de materiales que recogen una base etnográfica con matices parecidos para el Magdalena Grande. Las principales referencias son las de Krogzemis (1967), quien describe la vida diaria, hacia mediados del siglo en la Ciénaga Grande de Santa Marta, como la de pueblos dedicados a la pesca y aislados de los demás por las grandes extensiones de agua de las zonas inundables.
Tal vez el principal trabajo es el de Mouton y Goldberg (1986), quienes recogen los comienzos del cambio propuesto por los programas del Desarrollo Rural Integrado (DRI), que buscaba hacer pasar a los campesinos de la producción para la subsistencia a la producción mecanizada para el mercado, especialmente con la yuca (manihot sculenta), el sorgo y el maíz para la alimentación de aves. En este análisis crítico se hacen evidentes las dificultades de los campesinos para asumir las actividades empresariales, no solo por la falta de formación técnica, sino también porque en los procesos productivos importaba más la subsistencia de las familias que la acumulación de capital.
En medio de estas dificultades —que se podrían llamar “técnicas”— aparece la violencia guerrillera y paramilitar, que estigmatizó y victimizó a los campesinos anfibios, siendo señalados como auxiliadores de los grupos paramilitares por las guerrillas y como auxiliadores de las guerrillas por los paramilitares y las fuerzas armadas en sus luchas antisubversivas.
El caso de estudio de las tierras comunitarias de “la Colorada”, en el corregimiento de Medialuna, jurisdicción del municipio de Pivijay, es esclarecedor de estos procesos de tecnificación del campesinado, habituado a producir para los mercados locales, pero que no había tenido experiencia con los productos comerciales (almidón extraído de la yuca para la industria). Finalmente, el programa del DRI fracasó estruendosamente, no solo por los problemas técnicos, sino especialmente por los problemas políticos que generó el uso de las zonas de pancoger comunitarias, de pastos y los playones, cuando las aguas de la Ciénaga Grande de Santa Marta bajaban, ya que empezaron a ser reclamadas por los ganaderos que necesitaban el agua y los pastos para el ganado.
Estos enfrentamientos tuvieron como combustible los procesos de paramilitarización de estas áreas inundables, abandonadas por las guerrillas hacia el año de 1990, entrando los campesinos del área en un proceso de confinamiento (Avella, 2002) que empieza a ser descrito por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en los trabajos sobre Nueva Venecia, Santa Rita, La Avianca y otras comunidades que están siendo documentadas. Este campesinado anfibio, a pesar de haber sido completamente desplazado, es el que más ha tendido a volver a sus tierras después de la aprobación y puesta en aplicación de la Ley de Víctimas.
Teniendo en cuenta estos elementos, y para el desarrollo de este trabajo, hemos dividido el territorio en seis subregiones, las cuales —a partir de sus condiciones geográficas y culturales— nos permiten ver el complejo entramado de relaciones que han construido y constituyen al campesinado en la región del Magdalena Grande, en el Caribe colombiano.
Vida campesina en la Sierra Nevada de Santa Marta
Mapa 1. Sierra Nevada de Santa Marta y sus municipios

Fuente: Fundación Pro Sierra (2020).
Poblamiento
Colonización de la vertiente noroccidental de la Sierra Nevada de Santa Marta
El poblamiento del corregimiento de Minca, en la Sierra Nevada de Santa Marta, fue posible gracias a muchas dinámicas que se iniciaron desde la época de la colonia y que se mantienen hasta nuestra época. Este poblamiento va desde que se conformaron las haciendas esclavistas en lo que hoy corresponde al corregimiento de Minca, ubicado a veinte kilómetros del centro histórico Santa Marta, hasta la llegada de campesinos del interior del país, quienes colonizaron en gran parte la Sierra Nevada de Santa Marta. En la época de la colonia la hacienda Minca tuvo un papel importante en la economía regional y transnacional, dada la importancia del cultivo de café: “Entre 1800 y 1818, la familia Oligós Díaz Granados empezó a desarrollar los cafetales de Minca, reconocida como una las primeras haciendas cafetaleras de Colombia” (Viloria, 2019, p. 166).
Posteriormente, la hacienda Minca es vendida a Joaquín de Mier y Benites, dueño de la hacienda San Pedro Alejandrino: “A partir de 1838, Minca fue propiedad de Don Joaquín de Mier y Benítez, el comerciante más próspero de la provincia de Santa Marta durante gran parte del siglo XIX” (Viloria, 2019, p. 166). Los nuevos propietarios introdujeron el cultivo de caña en la hacienda, haciendo que la economía de la finca se sostuviera con los cultivos de café y caña para la producción de panela, miel y aguardiente, y el café para la exportación y consumo local. Las haciendas Minca y San Pedro Alejandrino se mantenían con mano de obra esclava. Cuando se da la abolición de la esclavitud, en 1851, la mano de obra esclava abandona la finca y los cultivos de café son abandonados; por lo tanto, la producción de café decae, como lo sostiene Eliseo Reclus (1861) en su visita a Minca:
Desgraciadamente su cafetal no está mejor conservado que el ingenio de San Pedro. Los árboles de café, plantados en quincunces, de tres en tres metros, están cubiertos de musgo; muy pocas frutas mezclan su brillante rojo al verde de las hojas; las yerbas abatidas por el aire, se abren paso a través de la tierra, donde se colocan las bayas para hacer secar las cáscaras. Los obreros parecen también mucho más inclinados a dormir la siesta y a cuidar los campos (p. 69).
El desespero por no tener mano de obra esclava llevó a Joaquín de Mier a traer mano de obra del extranjero, buscando devolverle a la hacienda Minca la prosperidad que tenía antes de la abolición de la esclavitud. Para realizar esta labor, Joaquín de Mier fue hasta Génova, Italia, a traer la mano de obra (Viloria, 2019). Los extranjeros se instalaron en la hacienda Minca, pero no cumplieron el compromiso de establecerse por completo y a los tres meses de estar instalados se esparcieron por toda la Sierra Nevada de Santa Marta. La mayoría de ellos se ubicaron en el caserío de Fundación, donde hicieron su propia colonia agrícola, convirtiendo a Fundación en el centro agrícola más importante de la Nueva Granada, como lo describe Eliseo Reclus (1861):
Algún tiempo después de mi partida de Santa Marta, el señor Joaquín Mier hizo llevar de Génova unos cincuenta agricultores, con los cuales esperaba transformar de nuevo a Minca en una floreciente propiedad. Estos italianos pasan en el ferviente más absoluto los tres meses de su compromiso, y enseguida se dispersaron por diferentes puntos, trabajando y desmontando por su propia cuenta; el mayor porte se reunió a inmediaciones de la Ciénaga de Santa Marta, en un pueblo de formación reciente, la Fundación. Allí se han entregado al cultivo del tabaco y de los árboles frutales cerca de cien familias europeas en el espacio de cuatro o cinco años; y bajo el solo impulso del trabajo libre, este punto ha venido a ser el centro agrícola más importante de las costas de la Nueva Granada (pp. 70-71).
Más adelante, en 1892, la propiedad de la hacienda Minca pasa a manos de José María Leiva, hijo de Manuel Julián de Mier (Viloria, 2019). Dentro del inventario que fue vendido a José María Leiva se encuentran “una extensión de diez caballerías de tierra, de las cuales catorce cabuyas tenían cultivos de café” (Viloria, 2019, p. 166). Los nuevos dueños de la hacienda Minca siguieron explotando el café como su principal producto de comercialización, lo que permitió a José María Leiva invertir en el cultivo y, para el año de 1925, la hacienda Minca tenía 100 mil plantas de café sembradas (Viloria, 2019). Para finales de la década de los años treinta, José María Leiva sustituyó los cultivos de café por el cultivo de caña de azúcar; la información precisa que se tiene es “que en diciembre de 1931 los caficultores de la Sierra Nevada tuvieron una pérdida que pasó de 230.000 kilogramos, como consecuencia de las fuertes lluvias” (Bosch, citado en Viloria, 1997, p. 24). Estos acontecimientos hicieron que José María Leiva vendiera una parte de la hacienda Minca, en el año de 1943, a la familia Dávila Riasco (Viloria, 2019).
Paralelo a la hacienda Minca, en el sector que hoy se conoce como el Campano, se comenzó a desarrollar, para el año de 1892, un proyecto de explotación de café. Estos proyectos de haciendas para la explotación de café fueron impulsados por personas extranjeras provenientes de Inglaterra y Estados Unidos. La presencia de extranjeros como propietarios de fincas para la explotación de café hace parte de los datos aportados por diferentes historiadores que han estudiado a estos empresarios cafeteros:
Los mismos cafeteros eran a la vez exportadores de su producto a Europa y EE. UU., como el norteamericano Orlando L. Flye a través de su empresa “Santa Marta Coffee Company”, la Hacienda Jirocasaca, propiedad del español Baldomero Gallegos, los samarios Pedro Manuel Dávila y José Ignacio Díaz Granados, así como Andrés Yanet, el exportador oficial de los empresarios europeos Bowden y Kunhardt. De acuerdo a los testimonios que brindaron descendientes de estos precursores se conoce que el principal mercado del café serrano [o café caracolí, como lo llamaría Diego Monsalve] se localizaba en Europa, especialmente en países como Alemania y Holanda (Viloria, 1997, p. 16).
Los datos aportados por Joaquín Viloria, en su trabajo sobre la economía cafetera en la Sierra Nevada de Santa Marta, permiten conocer algunos aspectos acerca del momento en que se establecen estos extranjeros y la manera en cómo estos constituyen el café en su principal producto de exportación. Una vez establecida la finca la Victoria y Cincinati, esta última se constituye en la más importante en la producción de café en la región:
Orlando Flye y su hacienda se convirtieron en referente en la economía cafetera del Magdalena: construyó caminos, instaló puentes y una microcentral hidroeléctrica, entre otras obras. Además, desde los primeros años del siglo XX empezó a exportar café a Europa (Viloria, 2019, p. 169).
Los trabajos de Joaquín Viloria confirman el establecimiento de la finca la Victoria para el año de 1892 y Cincinati para el año de 1896; estos no aportan información sobre la mano de obra que fue contratada por los dueños de las dos fincas en sus comienzos. El historiador Joaquín Viloria sostiene que el año de 1917 fue contratada mano de obra de personas provenientes del interior del país y personas que fueron traídas de Puerto Rico:
En 1917, algunos campesinos santandereanos llegaron hasta la ciudad de Santa Marta con la intención de viajar a Cuba. Ante los inconvenientes para viajar, estos campesinos se quedaron trabajando en Santa Marta, aunque seguían con la ilusión de viajar a Cuba para trabajar en los cañaduzales, cosa que nunca hicieron. Así, los Balagueras, Reátiga, Becerra, Pineda y Cucunubá, entre otros, empezaron a trabajar en la hacienda Vista Nieve, propiedad de Melbourne Armstrong Carriker, ornitólogo norteamericano casado con una hija de Orlando Flye. En esos mismos años, Orlando Flye contrató a 25 familias campesinas de Puerto Rico, con experiencia en la recolección de café, para trabajar en su finca cafetera (Viloria, 2019, p. 169).
Todo lo descrito nos permite sostener que los primeros procesos de colonización por parte de personas del interior del país y personas de Puerto Rico, en la zona de Minca, se dieron en el año de 1917. A finales de la década de los cuarenta las tierras abandonadas de la finca Minca fueron el detonante para que se dieran las condiciones para la creación de un asentamiento que, luego, daría a la conformación del corregimiento de Minca: “Los miembros [de] una familia originaria de Santander, los Balaguera, invadieron y luego negociaron con Leiva un globo de terreno de 125 hectáreas, de donde surgiría el caserío de Minca” (Viloria, 2019, p. 167). Los campesinos se organizaron y comenzaron a distribuir tierras baldías para que otros las colonizaran; así, comienza la colonización de las riberas del río Córdoba. Estos colonos crean las veredas de la Tagua, Central Córdoba, el Campano:
Mi papá vino en el año 1920 de Cachira —Norte de Santander— y fue uno de los fundadores de parte de la Sierra, donde llegaron como colonizadores con los primos de él que eran los Pineda, los Balagueras y Riátiga. Había un señor que era el cacique de los Riátiga, que se llamaba Pedro Riátiga Angarita, él era el que movilizaba el personal y todo el mundo atendía sus órdenes ¡porque lo que él decía eso era lo que hacían! Entonces él se encargó de repartir montañas vírgenes a los colonizadores donde cada quien iba haciendo su finquita y en ese tiempo, pues era muy poca la mano de obra que había porque no había casi personal para trabajar en la Sierra. Le estoy hablando de los años de 1925-1928, que eso nos lo contaba nuestro padre, de que tuvieron que traer unas familias de Puerto Rico para sembrar café, para recolección del mismo café, para la tumba de montañas. De esta familia todavía hay arraigo de ellos allí, como son la Familia González, la Familia Sierra, el señor Eugenio Sierra, lo mismo que la Familia Villanueva, que hoy también se encuentran asentados en La Tagua, una vereda de Minca. Los Pérez se encuentran en la región del Campano y los Sierra en la Central Córdoba (Entrevista citada en Ortiz, 2017, p. 3).
Los trabajadores del interior del país que fueron contratados por el señor Flye para trabajar en la finca Cincinati inician un proceso de colonización hacia el occidente la Sierra Nevada. En el afán de tener tierras, estas personas colonizan la zona del río Córdoba y fundan las veredas los Moros y Central Córdoba. Otros colonos provenientes de Cachira —Norte de Santander— llegan hasta la cuenca media del río Córdoba y fundan la vereda Canta Rana. Esta vereda es después anexada al corregimiento de Siberia. Con el paso de los años, la colonización avanzó hacia la parte media del río Toribio, debido a que los nuevos recién llegados buscaban colonizar las tierras baldías:
Mi papá era del Carmen de Bolívar, mi mamá era puertorriqueña. Ellos eran unos de los puertorriqueños que llegaron aquí a cultivar café. Fueron contratados por mis abuelos. Eso fue hace más de 60 años por ahí. Los abuelos llegaron contratados por un señor Mr. Fly. Ellos trajeron un personal a sembrar café aquí, lo trajeron de Puerto Rico, en eso llegaron mis abuelos. Ellos llegaron por aquí eso eran unas zonas selváticas y mis abuelos hicieron una finca que se llama “El Parque” en San Pedro de la Sierra ellos fueron los primeritos, estas eran puras montañas. Y ahí fue donde mi papá conoció a los hijos de mi abuelo a los puertorriqueños y él se casó ahí, después mi papá compró unas tierras por los lados del Guaimaro e hizo una finca ahí “La Unión”, todavía la tenemos (Entrevista citada en Ortiz, 2017, p. 5).
Las tierras ocupadas por las personas del interior del país fueron legitimadas por los extranjeros que eran propietarios de las grandes fincas productoras de café; algunos terminaron vendiéndoles globos de las tierras y otros los cedieron para que las familias colonas se establecieran, lo que hizo que se acabara el conflicto de intereses en la propiedad de las tierras. Luego de comprar un globo de tierras y poblar lo que se conoce como Minca, se puede decir que estos colonos entraron en la producción de café a pequeña escala y comenzaron a comercializarlo en Santa Marta.
Colonización de la vertiente occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta
El corregimiento de San Pedro de la Sierra era un pueblo de los indígenas kogui llamado San Andrés y estaba ubicado en la cuenca del río Frío. Los indígenas kogui que poblaron este espacio llegaron a la cuenca del río Frío a finales del siglo XIX (Reichel, 1953). San Andrés fue un poblado próspero y con estabilidad económica, debido a que los indígenas se dedicaron a la cría de cerdos, gallina, ganado y panela que vendían a las poblaciones de colonos que estaban ubicadas en la parte baja de la Sierra Nevada. Para el año de 1944 llegan a la cuenca personas que se especializaban en la guaquería, provenientes del departamento de Antioquia, y se establecen cerca del pueblo de San Andrés, tal como lo describe Gerardo Reichel (1953):
Poco después de fundada, un antioqueño emprendedor, quien estaba atraído por las leyendas populares sobre los tesoros de Posiguica, estableció sobre una colina, a una hora de San Andrés, la hacienda San José de la Montaña, Su numerosa familia empezó a limpiar el monte, abrir caminos y pronto el pequeño centro colonizador estuvo rodeado de cultivos, cercas y corrales (p. 93).
Imagen 1. Corregimiento de Siberia

Fuente: Archivo Oraloteca (2020).
La presencia de estos primeros colonos hizo que la estabilidad económica y armoniosa que tenían los indígenas se fuera poniendo tensa. Los primeros colonos comenzaron a construir carreteables para conectar a las poblaciones de la Zona Bananera con el pueblo de San Andrés. Los colonos construyeron alambiques para la fabricación de aguardiente que era vendido a los indígenas; los indígenas cayeron en el consumo de alcohol y el pueblo de San Andrés cayó en una completa anarquía:
Las mujeres, quienes nunca tomaban parte en las borracheras, peleaban con sus maridos y como resultado recibían tremendas palizas y hasta fueron abandonadas. En 1949 los hombres efectuaban actos de sacrilegios, tales como fumar y cocinar en la casa ceremonial; los ancianos eran agredidos y aún máma Julián fue atacado en una ocasión, por uno de sus propios hijos y varias veces por otros jóvenes (Reichel, 1953, p. 99).
El caos, el descontrol y la desidia social en los que cayó el poblado de San Andrés fueron aprovechados por los colonos. Lo mismo hizo un empresario samario llamado Alfonso Campo Serrano, quien decidió hacer la finca Maroma para la explotación de café a escasos cinco minutos de San Andrés (Reichel, 1953). Los colonos habían rodeado por completo a San Andrés; los indígenas kogui, para no tener contacto con estos, deciden abandonarlo y venderles todo a los colonos, partiendo hacia la cuenca media del río Don Diego:
Pero pocos meses después operó un cambio. Con excepción de máma Julián y de su familia y de unos pocos indios, simultáneamente el resto de los kogi de San Andrés vendieron a los colonos sus casas, cultivo, ganado, trapiches y se retiraron otra vez del contacto, migraron hacia las cabeceras del río Don Diego, sobre la vertiente norte, a una distancia de casi a una semana a pie desde San Andrés, por caminos difíciles e intransitables durante muchos meses del año. Ya en 1947 y 1948 algunas familias habían precedido esta migración, pero ahora todo el grupo migró hacía allá (Reichel, 1953, p. 100).
De San Andrés no quedó ningún vestigio. Los grandes finqueros le pasaron una máquina al pueblo y lo arrasaron por completo, sin contemplación con las sepulturas de los indígenas. El terreno donde estaba ubicado San Andrés fue aplanado por completo y los nuevos dueños lotearon los terrenos y los comenzaron a vender. Los colonos construyeron sus casas y decidieron cambiar el nombre de San Andrés por el de San Pedro de la Sierra. El pueblo de San Pedro de la Sierra se constituye en el epicentro de la colonización de la parte occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta; esto llevó a que nuevos empresarios crearán grandes fincas para la explotación del cultivo de café:
Existían estas casitas de aquí, había tres casas, está aquí donde estamos nosotros una aquí enfrente y una allá arriba, San Pedro se llamaba San Andrés, era un caserío poquitico, quizá más poquita gente que más caserío que ahora, San Pedro está más poblado. San Javier no existía, era un caserío una finquita regá y después se pobló y se fundó San Javier que hoy en día es una región muy buena… ahí siguieron otras (Entrevista citada en Ortiz, 2017, p. 5).
El poblamiento del corregimiento de San Pedro de la Sierra se da por la llegada de personas del interior del país; estas personas llegaron huyendo de la violencia partidista. Después del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, en el año de 1948, la violencia se recrudeció en los departamentos de la Zona Andina. Para no ser asesinados o masacrados en sus pueblos, los campesinos decidieron huir a otras zonas del país. Algunos se trasladaron a la capital del país y otros se fueron a las áreas periféricas del país, como los Llanos Orientales y el Caribe colombiano. Muchos campesinos se trasladaron hacia la Sierra Nevada de Santa Marta a trabajar en las fincas de café y colonizar tierras para hacer sus fundos y tener una prosperidad económica:
Nos radicamos en San Pedro de la Sierra hace 54 años aproximadamente. La razón de la migración fue también la violencia, en ese tiempo había unos grupos que denominaban la chusma, le decían los pájaros, entonces se peleaba por colores. Entonces en razón de que mi madre era, según ella liberal, entonces los grupos contrarios decidieron atacar a esos otros contrarios […]. O sea, había liberal y conservador: conservadores perseguían a liberales y liberales a conservadores, y nosotros éramos el blanco, los indefensos porque como todo el mundo andaba armado pero el que no estaba armado si pertenecía a algún color entonces ese era perseguido y le daban muerte. Y si no huía, se retiraba del lugar, pues lógicamente que moría con su familia, entonces en virtud a eso mi madre decidió emigrar para la costa, nos venimos en el mes de octubre como del sesenta, 1960. Nos bajamos de un tren desde Mariquita hasta Puerto Berrío, Antioquia. De Puerto Berrío cogimos un remolcador de esos que bajaba por el río Magdalena llamado “El Medellín”; llegamos a Barranquilla, gastamos como seis días más o menos… seis noches para llegar a Barranquilla, de Barranquilla cogimos hacía Ciénaga la carretera estaba destapada era un poco de huecos lleno de agua había que pasar por un ferri desde Barranquilla hacia acá al Magdalena, del Atlántico al Magdalena. Llegando a Ciénaga y ahí orientándonos más o menos a la Sierra Nevada (Entrevista citada en Ortiz, 2017, pp. 6-7).
En la colonización del corregimiento de San Pedro de la Sierra no solo estuvieron las personas que llegaron del interior del país: algunos empresarios de Santa Marta, Ciénaga y Santander ya tenían grandes fincas de cultivo de café. El cultivo de café se había convertido en una obsesión para la clase dirigente samaria y cienaguera debido a que, aunque el café daba buenos dividendos económicos, no tenía el conocimiento para explotarlo porque se había convertido en monopolio de los empresarios extranjeros, quienes tenían el conocimiento sobre cómo sembrarlo y exportarlo. Estos empresarios locales que empezaron a cultivar café en esta parte de la Sierra Nevada tuvieron que traer la semilla de la finca Jirocasa, propiedad de Georges y Guy Opdenbosch:
Jorge Sumbattoff, Julio Dangond, Mateo Vives, la familia Fernández de Castro y Celio Villalba. Este empresario santandereano estaba radicado en Barranquilla y era propietario de la tostadora “Café Almendra Tropical”. Dangond y Sumbattoff fueron los encargados de conseguir las semillas de café en la hacienda Jirocasaca, que diseminaron por toda la zona de San Pedro de la Sierra (Viloria, 2019, p. 168).
Estos empresarios consolidaron la economía cafetera en la cuenca del río Frío, pero hay que tener en cuenta que fueron los colonos de la zona andina quienes la afianzaron, extendiendo las zonas de producción de café con la consolidación de pequeñas fincas que, a su vez, se constituyeron en veredas. Muchas personas del interior fueron contratadas como mano de obra para realizar diferentes labores en las grandes fincas. Las grandes fincas —productoras de café— y las pequeñas fincas de los campesinos le dieron un dinamismo económico a la zona, convirtiendo a San Pedro de la Sierra en el principal centro de servicios. Este dinamismo se da porque los empresarios y los campesinos ampliaron el carreteable que uniría a San Pedro con la carretera Troncal de Occidente. Esto llevó a que se consolidara un flujo comercial entre San Pedro de la Sierra y el casco urbano de Ciénaga y, a la vez, hizo que en el pueblo se instalaran comercializadoras de café, tiendas, restaurantes, panaderías y billares. Además, el carreteable hizo que fluyera la mano de obra en tiempos de recolección del grano de café.
El cultivo de café estabilizó a algunos campesinos en sus pequeños fundos de café en San Pedro de la Sierra; otros trabajadores de las grandes fincas que no tenían tierras decidieron fundar el corregimiento de Siberia, ubicado entre el río Frío y el río Córdoba. El poblamiento del corregimiento de Siberia comienza en la década del cincuenta y fue realizado por campesinos provenientes de la finca Cincinati y Vista Nieve, campesinos provenientes de la finca la Dilia en San Pedro de la Sierra y, por último, campesinos provenientes de la finca Lourdes, propiedad de la familia Fernández de Castro. Los primeros colonizadores que llegaron al río Córdoba fueron los que se independizaron de la finca la Dilia. La primera vereda que fundan se llamó Nueva Granada; esta vereda fue fundada por familias provenientes de Santander que lograron estabilizarse con el cultivo de café. El centro de abastecimiento de estas familias era San Pedro de la Sierra; este contacto hizo que el cultivo de café se desarrollara de manera satisfactoria debido a que podían comprar los insumos químicos para el sostenimiento del cultivo.
Otros trabajadores de la finca la Dilia se dirigen a la quebrada El Congo y fundan la vereda del mismo nombre. A diferencia de los campesinos que estaban en Nueva Granada, estos se dedicaron al cultivo de arroz, maíz, fríjol, y a la cría de ganado. Algunas familias de las dos veredas antes mencionadas no lograron sostenerse y regresaron de nuevo a San Pedro de la Sierra; otras, migraron hacia Ciénaga y Santa Marta. La migración hacia estos dos municipios hizo que se desvincularan de sus fundos completamente. La otra ola de migración que llegó a la parte media del río Córdoba provino de los trabajadores que salieron de la finca Cincinati y Vista de Nieve y que fundaron la vereda de Canta Rana. Las personas que fundaron esta vereda eran oriundas de Cáchira, Norte de Santander, y se dedicaron a los cultivos de hortalizas y a la cría de ovejos. Las zonas de abastecimiento de estos campesinos fueron Minca y Santa Marta, debido a que para esa época no existía un carreteable que conectara a la vereda con Ciénaga. Cuando comenzaron a cultivar el café, lo comercializaban en Santa Marta y tenían que llevarlo a los puntos de venta que tenía Almacafé allí.
En la parte media del río Córdoba la familia Fernández de Castro era la dueña de la finca Lourdes, donde tenían cultivos de café para la exportación y el consumo local. Los Fernández de Castro también tenían la finca llamada las Pampas para la cría y venta de ganado. En la parte de abajo tenían la finca La Isabel, dedicada a la explotación de banano. Estas tres fincas eran el sostenimiento económico de la familia Fernández de Castro. La finca Lourdes atrajo mucha mano de obra de personas del interior para la recolección de café y la finca las Pampas contrataba personas del Caribe para el cuidado del ganado. Son estos trabajadores quienes, posteriormente, colonizaron las tierras que estaban en los alrededores de estas dos grandes fincas y fundaron las veredas de Corea y Lourdes:
Todavía la caficultura en este sector no era fuerte, de hecho quiero mencionar que por los lados de Ciénaga había una finca que ya existía, cuyos propietarios eran los Fernández de Castro quienes hacían parte de la administración de Ciénaga, políticamente pertenecen a un grupo muy fuerte y tenían la facilidad de invertir en el sector y lógicamente en su finca que posteriormente fue llamada La hacienda cafetera, su vecindario era la zona plana, lo que hoy llamamos La Isabel y parte de las goteras de Ciénaga, ellos allí hicieron una finca muy importante y eso sirvió también de camino, digamos de interés de que otras clases de personas llegarán a la vereda cuyo nombre posterior fue Lourdes, eso sirvió para [que] más adelante por los años 60 y comienzos de los 70 [se] conformar[a] una gran vereda muy grande, por cierto donde estoy hoy aquí relatando estos acontecimientos se llama vereda Corea, entonces por aquel entonces ya existía la Nueva Granada, la vereda Lourdes (Entrevista citada en Negrete, 2020, p. 12).
Los Fernández de Castro construyeron un carreteable desde la finca Lourdes hasta la finca La Isabel para llevar insumos y sacar la cosecha de café. Este carreteable también sirvió para que los campesinos de las veredas de Lourdes y Corea bajaran hasta Ciénaga para hacer sus abastecimientos de víveres y comprar insumos para el sostenimiento de las fincas de café. Los campesinos, en sus trabajos comunales, lograron llevar el carreteable hasta la vereda Corea. Para mediados de los años ochenta el proceso de colonización no había terminado y, con la llegada de la guerrilla a la Sierra Nevada de Santa Marta, se dieron nuevos procesos de colonización. La guerrilla no solo llegó a imponer su ley, sino que también llegó a generar un proceso de colonización. La guerrilla dio un insumo para que campesinos sin tierras invadieran las tierras de la reserva forestal y fundaran la vereda la Reserva, la Unión, Nueva Unión y Siberia; esta última, en la parte más alta y fría de la zona (Camacho, 2020). El caserío está conformado por 50 familias que tienen sus fincas en las veredas Siberia y la Reserva.
A comienzos de los noventa el carreteable que llegaba hasta la vereda Corea fue construido hasta la vereda Siberia, convirtiendo a Siberia en el centro económico de la zona debido a que muchos campesinos de todas las veredas llegaban a hacer sus compras de víveres para el sostenimiento de la familia. Además, siendo Siberia el último poblado que se funda, se le da el nombre de “corregimiento”. La construcción del carreteable hasta Siberia hizo que las personas que vivían en las demás veredas comenzaran a bajar hasta la parte urbana del municipio de Ciénaga para hacer sus diligencias comerciales.
Campesinos y conflicto en la Sierra Nevada de Santa Marta
Imagen 2. Casa campesina en la vereda Corea

Fuente: Archivo Oraloteca (2020).
La bonanza marimbera
Los corregimientos de Minca, Siberia y San Pedro de la Sierra estuvieron ligados al proceso de producción, transporte y comercialización de marihuana. Esta bonanza económica ligada a cultivos ilícitos produjo una imagen de los campesinos como “violentos” y “despilfarradores de dinero”. La marihuana que se producía en la Sierra Nevada se posicionó tan rápido en los mercados internacionales que llevó a los grandes marimberos a posicionarse en el mercado local y, a la vez, a que distribuyeran las labores dentro de la cadena de producción, recolección, transporte y comercialización. En la cadena de producción encontrábamos a los que descombraban las montañas para que se diera el cultivo, al que distribuía las semillas, al encargado de cultivar la marihuana y darle el mantenimiento al cultivo, a los “raspachines” y a los prensadores. En estas labores intervienen personas de la localidad y de otras partes del país. A todas esas personas que intervienen en la cadena de producción se les designaba como “marimberas”. En la cadena de producción, el “raspachín” tenía un trabajo importante:
Los raspadores armaban ranchos que les servían de lugar de trabajo durante la raspada y el empaque de la yerba, después estos ranchos servían de caleta mientras llegaba el momento de transportarla, los ranchos igualmente eran utilizados en las noches como dormitorios. Después de armar el rancho al siguiente día se comenzaba el corte, separaban la florescencia de la mata hembra, que era lo que llamaban el desmoñe, donde se separaban las semillas que servían para la próxima cosecha. La mata de marihuana era cortada y puesta en horquetas de madera que estaban clavadas en la tierra, las cuales eran sostenidas por largas hileras de varas en las cuales se enganchaban las matas ya cortadas. Alrededor de los cultivos de marihuana, algunos colonos siempre observaban grandes cantidades de pájaros volando debido a que las semillas de marihuana les servían de alimentos. El desperdicio de la mata como los tallos y las ramas eran arrumados en cantidad para echarle candela, debido que estos no lo compraban. A los tres días la marihuana quedaba prensada en sacos de papel, solo en el momento de transportarla se envolvía en los sacos para evitar un posible deterioro con la lluvia (Ardila, Acevedo y Martínez, 2013, p. 62).
Los transportadores también eran personas de la localidad y eran contratados por los dueños del cultivo. En los cultivos de marihuana no hubo actor armado que regulara las compras ni quiénes podían acceder a ellos. El cultivo generaba tanta ganancia que cualquiera podía entrar al negocio sin restricciones. Como todo negocio ilícito, hubo personas que todavía están en las memorias de los campesinos por sus excentricidades, parrandas o menciones en una canción vallenata. Los transportadores de marihuana eran los arrieros del café; estos transportadores eran móviles y tenían que transportar marihuana hasta donde lo exigiera el dueño del cultivo. Cuando transportaban las cargas de marihuana, los arrieros se proveían de alimentos para el viaje. En el cultivo de marihuana los productores y transportadores ganaban mucho dinero a pesar de que el ciclo de producción del cultivo era de nueve o diez meses. El cultivo generó muchas fuentes de empleos y ganancias; tantas, que muchos trabajadores de la Zona Bananera, productores de café y recolectores dejaron sus trabajos abandonados para insertarse en el negocio ilícito:
Las fincas cafeteras que estaban en la zona rural de Santa Marta en la época de la bonanza decayeron porque el jornal de trabajo lo pagaban a 300 pesos y los trabajadores de las fincas preferían raspar marihuana que recolectar café o jornalear en las fincas de la Zona Bananera. Muchos de estos trabajadores se dedicaron a talar, sembrar, recoger, transportar y custodiar marihuana, así las grandes fincas perdieron mucha producción de café inclusive el contrabando de café hacia Venezuela se incrementó debido a que los propietarios de las finas no encontraban trabajadores y además la Federación de Cafeteros estaba pagando mal el grano de café (Ardila, Acevedo y Martínez, 2013, p. 61).
El cultivo de marihuana generaba dinero fácil; así como los trabajadores ganaban, así se despilfarraba. En los tiempos de la bonanza de la marihuana las personas que se dedicaban al cultivo, a raspar y transportar, gastaban su dinero en cantinas, ropa y cadenas de oro. El comercio de estos pueblos se vio favorecido debido a que los marimberos no tenían seguridad alimentaria en sus fincas y compraban cantidad de víveres en las tiendas; lo anterior se convirtió en otra forma de gastar dinero. Cuando decayó el cultivo de marihuana, muchos de los que participaron en la cadena de producción quedaron sin dinero. La bonanza marimbera generó violencia en la zona rural y urbana: todos los que participaban en el negocio estaban armados y estaban fuera de control. Las transacciones de dinero, armas, carros y mulas se hacían en los cascos urbanos de los corregimientos. Estas transacciones terminaban en consumo de licor, peleas y, por último, en muertos.
Para muchos habitantes de estos tres corregimientos el cultivo de marihuana se volvió tan legal como cultivar café. Había personas que la producían, otras que la compraban y otras que la vendían. Como con cualquier negocio, se hacía en los cascos urbanos de los tres corregimientos a la vista de todo el mundo. Algunos productores de marihuana invirtieron en construcción de casas, graneros, cantinas y almacenes de ropa en los cascos urbanos de los corregimientos y otros, más osados, invirtieron dinero en Santa Marta o Ciénaga. Como toda felicidad tiene su final, en la década de los años ochenta el negocio de la marihuana decayó y la violencia se incrementó porque todos los que participaban en la cadena de comercialización querían controlarlo. Para el año de 1986 el gobierno de turno comenzó un plan de erradicación manual y fumigación aérea para acabar con los cultivos. Las fumigaciones aéreas acabaron con los cultivos de marihuana y con los cultivos de pancoger de los campesinos, sin mencionar que las fumigaciones ocasionaron problemas de contaminación en los ríos y quebradas que bajan de la Sierra, así como problemas de salud a la población campesina e indígena de la Sierra Nevada de Santa Marta. Los pobladores de estos tres corregimientos no se apartaron de los cultivos de marihuana porque todos ganaban dinero. Nunca tuvieron una posición en contra del cultivo porque tanto el cultivo de café como el de marihuana les generaban ganancias económicas, viendo al cultivo de marihuana como una oportunidad para generar ganancias.
La guerrilla
Según el análisis propuesto por algunos investigadores, el frente 19 de las FARC, conocido como “José Prudencio Padilla”, fue creado el 22 de octubre de 1982. La conformación de este frente se da por el desplazamiento que hizo el frente 10 y varios integrantes de los frentes 4, 12 y 20 (Santrich y Granda, 2008). Los desplazamientos de estos frentes se dan desde la zona de Pueblo Bello y Nuevo Colón hasta las cabeceras de las veredas Santa Clara y Tucurinca en el departamento del Magdalena (Molano, 1988; Santrich y Granda, 2008; Martínez, 2011). La aparición de la guerrilla de las FARC en la Sierra Nevada de Santa Marta se da por órdenes del secretariado como una medida para expandirse hacia otros territorios periféricos, ofreciendo en primera medida:
La oferta de “limpieza” de pequeños delincuentes indeseables, que conducía a ejecuciones sin fórmula de juicio, por lo menos en el periodo de implantación del grupo guerrillero. 2) La instalación del grupo guerrillero en una zona segura, un área de retaguardia, en donde operaba con un campamento principal o con campamentos móviles, para evitar su ubicación. 3) La creación o el uso de un conflicto social para promover la movilización y la simpatía en torno a sus objetivos. 4) La expropiación de bienes de personas adineradas y el éxodo de los campesinos pudientes. 5) El reclutamiento de jóvenes hombres y mujeres, y el éxodo de familias que trataban de evitar el enganche de sus hijos en las filas guerrilleras. 6) El establecimiento de controles sobre la población. 7) Los fusilamientos de presuntos sapos e informantes. 8) La instrumentalización de la población para contener al Ejército (CNMH, 2014, p. 164).
Estos argumentos fueron encontrados por la guerrilla para legitimar su presencia en los corregimientos de San Pedro de la Sierra, Siberia y Minca. Por un lado, la guerrilla no encontró un aparato de justicia que administrara el poder. Por otro lado, encontró una crisis ambiental, social y económica que había arruinado la producción agrícola de los campesinos. Por último, encontró una violencia desbordada por los combos de marimberos, tal como lo confirma el señor José Leopoldo Muñoz quien, para esa época, era transportador de marihuana:
Después ya llegó, llegó la guerrilla, llegó la guerrilla… bueno, cuando llegó la guerrilla yo todavía estaba en ese cultivo, pero ya no… ya me patrocinaba yo mismo, ya sembraba yo mismo… entonces llegó la guerrilla con unos, pues… apareció la guerrilla en esa Sierra y dijo: “señores, nosotros somos las FARC, vinimos a ver cómo era la situación en esta Sierra porque ya tenemos entendido que hay muchos muertos a causa de la droga y esto se va a tener que acabar. No más droga, no más siembra de esto, ¿listo? Están acabando con la Sierra, con esto deforestando y matándose la gente. No es válido; tienen que buscar otra alternativa: busquen el café, busquen otros ingresos que sean sanos, que no sean con la violencia”. Bueno, y ahí ya empezó a operar la guerrilla (J. Muñoz, comunicación personal, marzo del 2015).
Del anterior relato podemos analizar dos motivos que llevaron a las FARC a incursionar en la Sierra Nevada de Santa Marta: por un lado, administrar justicia, debido a la inseguridad que se estaba dando en la zona; por otro lado, mostrarse como respaldo para el campesinado frente a los atropellos de los combos de marimberos. Lo cierto de todo eso fue que las FARC se constituyeron como un grupo de justicia, un grupo que ayudaría a resolver los problemas sociales que, en esa época, estaban viviendo los campesinos. Además de esto, es posible sostener que, para tener el control de los tres corregimientos, la guerrilla tenía que enfrentarse primero con los combos de marimberos que tenían pleno control de ese espacio y asegurar o garantizar así la seguridad de los habitantes. El llamado a la población civil para abandonar los cultivos ilícitos era un claro respaldo hacia los colonos, pero para garantizar ese respaldo se debía dar una confrontación armada contra el combo de Hernán Giraldo; esto se convertiría en otro ciclo de violencia para los campesinos de los tres corregimientos:
Ah, bueno… eso… yo estuve cuando comenzó eso, yo estuve, yo tenía la […] de mi papá, yo estaba esperando, estaba en una caleta esperando la transportada de esa; o sea, para llevarla a la playa, y cuando en ese momento…en esos días esa caleta era de un señor Hernán Giraldo, el narco más grande que estuvo acá en la Sierra. Estábamos ahí en el manejo de la caleta (o sea, haciéndole la prensada ahí y todo eso) y un día de esos, cuando ya se estaba haciendo todo el manejo de la prensa, o sea cuando ya estaba lista pues para embarcarse en las mulas, como a las cinco de la mañana llegó la guerrilla, pero eran poquitos los guerrilleros, ellos entraron con unas armas no muy… cualquier clase de armas. Entonces ellos aprovecharon la coyuntura, ya en ese entonces se oía decir que Hernán Giraldo era de los paramilitares y acá había gente ya con la guerrilla (L. Núñez, comunicación personal, abril del 2015).
A través del control de los cultivos de marihuana, los combos de marimberos tenían el control de las armas y de la economía de la zona. Sin embargo, la guerrilla de las FARC aprovecharía la coyuntura que por esa época estaba viviendo la Sierra Nevada de Santa Marta. La crisis por el desplome del cultivo de marihuana en los mercados internacionales hizo que los precios de la marihuana cayeran por el piso. Los combos se negaban a pagar un precio justo por la yerba. Para no pagar, algunos comenzaron a asesinar a cultivadores, transportadores, caleteros y hasta a darse plomo entre ellos mismos para robarse la mercancía. Esta coyuntura fue aprovechada por las FARC: mientras los combos se asesinaban entre sí, las FARC comenzaron a reclutar antiguos socios de los combos y personas de la localidad:
Entonces ellos armaron el resto de marimberos esos con […] lo que fue y se apoderaron de eso. Entonces fue cuando la guerrilla comenzó a hacer fuerza, a coger fuerza, entonces ellos aprovecharon esa coyuntura: ya de ahí pa’ lante la guerrilla comenzó a reclutar. Nosotros de los siete hermanos somos seis. Mi papá en ese entonces tenía una finca en un área que llama Nuevo Mundo, una vereda que está aquí a cuatro horas, Nuevo Mundo, llegaban allá a cada rato a decirle a mi papá que sí, que nosotros éramos de aquí, que los acompañáramos, y nosotros no, gracias a Dios no nos gustó eso (L. Núñez, comunicación personal, abril del 2015).
El establecimiento de la guerrilla de las FARC como nuevo actor armado pone de relieve que llegó a controlar y a dominar el espacio controlado por los combos de marimberos. El primer propósito que se establecieron fue el de crear comisiones para asesinar a los socios y pistoleros de los marimberos; por último, les advirtieron a los combos que debían poner fin a los cultivos de marihuana y a los asesinatos que se estaban dando en la zona. Hay bastantes relatos sobre el accionar de la guerrilla de las FARC contra los combos de marimberos que hoy se conocen en estos tres corregimientos. El señor Luis Alfredo Núñez, quien recorrió la Sierra Nevada de Santa Marta como arriero, recuerda lo siguiente:
Entonces, ¿qué hacía la guerrilla? Ellos tenían un reo, un reo era una persona [a la] que ellos le pagaban para que fuera matando uno por uno a los socios a los marimberos, ¿sí me entiende? Yo como socio buscaba la forma de hacerme venir al pueblo, ir a ver la finca y por ahí en el camino me mataban. Entonces por eso yo le decía que ese río Frío y río Sevilla, que son los más cercanos acá al área de San Pedro, fueron unos ríos que cargaron bastante[s] difuntos, porque los esperaban por ahí en esas áreas para desaparecerlo[s] dentro del río, o sea los tiraban al agua y […] caño abajo (L. Núñez, comunicación personal, abril del 2015).
Al expulsar a los combos de marimberos de la zona, las FARC consolidarían, en los tres corregimientos, un proyecto político denominado “tácticas políticas”. Para eso, tuvieron que recurrir a la conformación de núcleos de campesinos, conformados a su vez por ocho personas de cada vereda; estas personas estaban bajo el mando de las milicias. La función de estos núcleos era ejercer un control sobre las juntas de acción comunal que no eran afines a la ideología del grupo subversivo. Estos métodos de imposición hicieron que muchos presidentes de juntas de acción comunal discreparan de las órdenes de los milicianos y, a la vez, confrontaran a los comandantes del grupo. Por este motivo, la relación de la guerrilla de las FARC con la población civil era desagradable, principalmente porque los “núcleos de campesinos” presionaban a los presidentes de las juntas de acción comunal a que ejercieran presión sobre las comunidades y estas presionaban por su parte al Gobierno. Estos “núcleos de campesinos” estaban adscritos a la comisión de organización llamada “Víctor Carrillo”, comandada por alias “Ciro”, el “Flaco” y el “Profe” (estas tres personas eran los instructores políticos del Frente 19). Este fue un nuevo contexto y un desafío para la organización campesina; así lo cuenta Pablo Emilio Padierna Hernández:
yo era miembro del Comité Municipal de Cafeteros del Magdalena y había un señor Jorge Castillejo que vivía allí donde ustedes se quedaron más adelantico […], montañita ahí […], un líder muy prestante, muy honorable […]. Entonces lo llamó la guerrilla. Nos dijo que: “ustedes que hacen reuniones necesitamos de participar ahí”, y nosotros le dijimos que no, que nosotros éramos población civil; entonces se formó un desacuerdo y nos dijeron que nos teníamos que ir. Entonces vivía uno muy tensionado. Una vez, creo que ya está preso un comandante guerrillero que se llamaba Ciro, entonces yo les ponía problema, les decía yo: “¿cómo así que nosotros nos tenemos que ir?”. Obligaban a los campesinos a hacer marcha. Una marcha sonada fue a principios del 90, que bajó toda la Sierra, que estuvieron en el estadio Eduardo Santos, ¿sí se acuerda? Bueno, esa fuimos obligados por la guerrilla (E. Padierna, comunicación personal, marzo del 2015).
Imagen 3. Peaje vía Kennedy

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Paulatinamente, la guerrilla de las FARC fue tomando el poder. Comenzó a deliberar en la vida cotidiana de la gente por intermedio de los milicianos. Estos instauraron mecanismos de control y solución de conflictos que afectaron a los campesinos. Algunos métodos utilizados por las FARC para controlar a la población civil fueron repudiados por los presidentes de las juntas de acción comunal y por la población en general. Los milicianos comenzaron a prohibir las peleas entre vecinos, hablar con personas extrañas, hablar con la policía o con el ejército, beber y no pagar la cuenta, robar café, asesinar, portar armas, hurtar ganado y tener cultivos ilícitos. Las personas de la localidad que no acataran esas reglas recibían castigos disciplinarios. Algunos campesinos se acercaban a los milicianos a poner quejas o denuncias. Esta situación condujo a que muchos de estos castigos se convirtieran en ejecuciones practicadas por el grupo guerrillero contra campesinos acusados de robo o asesinato:
Aquí abajito hay un señor, creo que era del Tolima, se llamaba el señor Toño Pabón. Vivía solo ahí…solo, solo… un señor ya de 80 años, tenía su finca […] y ahí él pertenecía a una congregación evangélica y una familia al lado, unos pelaos inquietos, el viejo era inquieto, o más bien mal vecino, y al hijo mayor una vez se le entraron, se le robaron unos pesos que tenía ahí, como 500 mil pesos y una motosierra, cuando él estaba en el culto aprovecharon y sacaron [y] como aquí no había presencia del Estado, ¿qué hicieron? El señor se les quejó a la guerrilla, vinieron y los cogieron y les quitaron la motosierra, la plata y les dijeron: “el día que se vuelvan a meter con ese señor ya saben…”. Resulta que como en el trámite del arreglo del problema le preguntaron al […] señor [si] tenía armas: tenía un revólver de esos antiguos […] y los milicianos vieron el revólver y, después de eso, un día el señor se fue para el cafetal suyo y apareció ahí, apareció muerto, lo mataron a garrote, a un señor de 80 años […]. Fueron los Castros, de apellido Castro, la familia vecina. Existiendo el antecedente de la motosierra y de la plata que le habían quitado, entró la guerrilla y se llevó dos muchachos de esos, muchachos trabajadores que no tenían nada que ver [con lo] de los menores, se los llevaron y los… ¡se los llevaron! Al otro día, esa tarde, mandaron una razón y le dijeron que se presentara en la finca la Dilia, que se presentara el papá de los muchachos y el hermano mayor, que era[n] los que decía yo que eran malos vecinos. Era pa’ entregar los muchachos. Resulta que ya los mataron, [a] los otros dos muchachos los desaparecieron y en el entierro de esos dos cogieron a los otros dos pelaos que quedaban [¿?] aquí. ¡¿Usted cree que eso es justo?! Y lo irónico de eso es que, después, apareció uno de los milicianos que estuvo… con el revólver… lo mató, le quitó el revólver que tenía ahí el escudo y eso… acabaron con esa familia que habían matado al otro señor (E. Padierna, comunicación personal, marzo del 2015).
Esa toma del poder local y el control sobre las personas de la localidad también ameritaba arrebatarles el control a las autoridades locales; en este caso, la policía, que tenía un puesto de policía en San Pedro de la Sierra y Minca: “es de advertir que en algunos de esos episodios gravitó el objetivo de expulsar a las autoridades y a la policía, y que este interés era mayor en zonas estratégicas para los planes de las FARC” (CNMH, 2014, p. 261). La arremetida contra puestos de vigilancia de la policía no solo fue en San Pedro de la Sierra. Para el año 1987 la guerrilla de las FARC tomó el puesto de policía del corregimiento de Palmor; al año siguiente, se tomó el puesto de policía del corregimiento de Minca (Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos, 2001). El puesto de policía de San Pedro de la Sierra fue tomado en dos ocasiones: la primera fue en el año de 1990 y la segunda en el año de 1996 (Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos, 2001). La incursión de las FARC en el puesto de policía de San Pedro de la Sierra, en el año de 1996, dejó como resultado la destrucción del puesto de policía, 23 fusiles hurtados y 4 policías muertos. Debido a los constantes ataques, la policía fue retirada del corregimiento de San Pedro de la Sierra, dejando la zona al control de la guerrilla y convirtiéndola en su zona de retaguardia. Con todo lo anterior, la guerrilla pretendía dejar la zona occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta sin presencia del Estado y eso los llevaría a reforzar su aparato militar:
Sin duda, la guerrilla buscaba convertirse en una especie de Estado emergente en algunas regiones, generando inestabilidad política y las condiciones para lanzar una ofensiva militar de acuerdo con lo presupuestado en el llamado Plan Estratégico y a reajustes como los delineados en el Pleno de 1997 (CNMH, 2014, p. 264).
El avance militar de la guerrilla de las FARC en la vertiente occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta multiplicó los enfrentamientos con el Ejército Nacional. Fueron innumerables los choques armados entre el ejército y la guerrilla en las veredas El Congo, Parranda Seca, Siberia: todas ellas situadas en los alrededores del corregimiento de San Pedro de la Sierra. Hay que tener en cuenta que la guerrilla no solo hizo su arremetida contra la fuerza pública, también la hizo contra la infraestructura eléctrica y vial:
Una patrulla del Batallón de Policía Militar frustró la voladura del puente de la Aguja, ubicado en el corregimiento de río Frío, jurisdicción del municipio de Ciénaga (Magdalena), por parte de un grupo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), tras sorprender a los guerrilleros cuando instalaban los explosivos (El Tiempo, 1991, p 1.).
El continuo desgaste militar llevó a la guerrilla de las FARC a cobrar un impuesto de guerra al sector agroindustrial de la Zona Bananera (Zúñiga, 2004). Este impuesto también le fue cobrado a los dueños de grandes fincas cafeteras, mientras a los pequeños productores de café y comerciantes se les pedía que colaboraran con alimentación, botas, machetes y el reclutamiento de sus hijos para el grupo. El no pago de los impuestos por parte de los dueños de las grandes fincas y la no colaboración de los pequeños productores hicieron que los milicianos arremetieran drásticamente contra ellos; todo lo anterior produjo inconformidad en los comerciantes, los pequeños caficultores y grandes finqueros y esto hizo que muchos abandonaran la zona:
El problema de la guerrilla por aquí no es ni el mismo jefe de la guerrilla, sino que ellos como andaban por ahí cogían un personal, decían “vamos a poner a una persona encargada de esta región” que fueran como miliciano. Esa gente llegaba y maltrataba mucha gente, gente inocente, gente buena… la finca… esto era una región de fincas grandes, aquí no faltaba trabajo, por ejemplo, nosotros tenemos una finca pequeña y en una cosecha de café manteníamos 20 trabajadores, una cosecha en dos, tres meses, finca para arriba eso era una cosa muy bonita, inmensa, el trabajo que había, pero ya [...] esa guerrilla comenzó a extorsionar a las fincas grandes, sobre todo a las fincas grandes, con comida, con las cosas, y ya a la gente no le daba… mucha gente se fueron, dejaban esas fincas ahí abandonadas y se perdió mucha fuente de trabajo aquí por eso [...]. Una finca como Platanal, que era de los Noguera, Dangond, de los Vives, los Fernández de Castro, que eran unas fincas grandes, eso aquí había mucha gente que trabajaba en esa vaina, entonces toda esa gente se fueron y esas fincas quedaron ahí y muchas de esas fincas las ha comprado el Estado, el INCODER las ha repartido, las han parcelado, y esto quedó muy malo (Entrevista citada en Ortiz, 2017, p. 24).
Las personas que no pagaban el impuesto y no tenían para darle la colaboración a la guerrilla de las FARC eran secuestradas. Era tanto el temor que muchos finqueros dejaron de ir a las fincas. Unos optaron por venderlas y otros las dejaron al cuidado de sus trabajadores (Grajales, 2015). En su afán por controlar el poder local de la zona, la guerrilla de las FARC comenzó a intimidar, secuestrar, atentar y asesinar a políticos locales que, supuestamente, tenían delitos de corrupción o apoyaban a grupos paramilitares. Ese método de guerra lo tuvieron que sufrir el alcalde y los concejales del municipio de Ciénaga. Para el año de 1994 fueron asesinados tres concejales en el municipio de Ciénaga: Lázaro Serrano, Próspero Meriño y Alfonso Maiguel Guerrero; en ese mismo año se realizó un atentado contra el alcalde de Ciénaga, Víctor Dangond; por último, se cometió el homicidio de Wilfrido Vives, un dirigente político sobrino del senador Edgardo Vives (El Tiempo, 1994).
Cuatro de estas víctimas pertenecían al Partido Liberal y una era militante de la Unión Patriótica. La arremetida contra el poder local, las emboscadas a patrullas militares, la toma de poblaciones y el ataque a los puestos de policía habían convertido a la guerrilla de las FARC en un actor con estatus de beligerancia, pues era el único que se mostraba con verdadero poder en el departamento del Magdalena. Con la llegada de los paramilitares de las ACCU las reglas de poder se desequilibraron y las FARC tuvieron que enfrentarlos en su propio territorio. Es tanto que, para demostrar que no estaban acabadas militarmente, decidieron atacar, en el año 2000, a Hernán Giraldo Serna, el comandante de las autodefensas campesinas del Magdalena y La Guajira (ACMG). El grupo guerrillero se dirigió hasta la vereda Quebrada el Sol, donde quemó la finca Playa Linda y se robó el ganado. En esa misma incursión asesinaron a tres trabajadores de la finca y emboscaron a Hernán Giraldo:
Por allá se metió la[s] FARC a eso de las cinco de la mañana, rodearon la finca Playa Linda, que es del patrón, cogieron a los tres trabajadores que estaban en la finca y los mataron. A la hija del patrón, no sé si fue a Gladys o Amparo, la amarraron, pero no se metieron con ella. La guerrilla fue a los corrales de la finca y se llevó el ganado, esas vacas eran finas, lo que uno llama “productoras de leche”. Cuando sacaron el ganado, quemaron la finca. Al patrón le avisaron que la guerrilla se le había metido a la finca y salió para allá. Cuando iba llegando a Quebrada el Sol, la guerrilla lo emboscó y se salvó de vaina. Al que mataron fue al conductor. Cuando la gente del patrón llegó a Quebrada el Sol la guerrilla seguía en los alrededores y se dieron unos combates. No sé quién llamó el avión fantasma, pero de esa forma fue que la guerrilla se pudo ir (J. Sánchez, comunicación personal, febrero del 2020).
Apenas terminaron los enfrentamientos, las FARC trasladaron el ganado hacia el corregimiento de Siberia y lo distribuyeron en diferentes veredas. Algunos campesinos del corregimiento de Siberia recuerdan que alias “Ciro” hacía reuniones los fines de semana, mataba vacas y distribuía la carne entre los campesinos como política social del grupo. Algunos campesinos veían “normal” que las guerrillas los apoyaran; otros, lo veían como un mal, porque serían víctimas de los paramilitares o del ejército el día en que estos entraran al corregimiento y los tratarían como auxiliadores y apoyadores de la guerrilla. Ese fue el estigma con el que tuvieron que convivir los campesinos.
Autodefensas de los Rojas
Desde la década de los ochenta existieron, en el departamento del Magdalena, tres grupos de autodefensas o paramilitares (Zúñiga, 2004), dos de los cuales operaban en la Sierra Nevada de Santa Marta: la unión de antiguos marimberos, quienes se aliaron para controlar los cultivos de coca y su derivado (la cocaína), entre los que se encuentran Hernán Giraldo, quien conformó las autodefensas del Mamey, el grupo de autodefensas de Palmor, conformado por Adán Rojas, y el grupo de José María Barrera, quien conformó el grupo de autodefensas los Cheperos. Las autodefensas del Mamey controlaron la parte norte de la Sierra Nevada de Santa Marta, mientras las autodefensas de Adán Rojas ejercían control sobre la parte occidental. Las autodefensas del Mamey se dedicaron a controlar el negocio del narcotráfico en la producción, el procesamiento y la distribución.
Las autodefensas de Palmor se dedicaron a hacer trabajo de sicariato para los grandes cultivadores de banano y palma. Este grupo armado era contratado para asesinar sindicalistas y dirigentes de la Unión Patriótica. Desde el momento en que se crearon, los dos grupos armados compartieron sus espacios debido a que Hernán Giraldo y Adán Rojas eran amigos desde la época de la bonanza marimbera. Para finales de los años setenta se crean las primeras autodefensas en Palmor, llamadas la Defensa Civil (Molano, 1988). Cuando la guerrilla hace su aparición en el año de 1982 los primeros que le hacen la contraposición son los integrantes de la Defensa Civil. Para el año de 1983 los conflictos entre la guerrilla y la Defensa Civil se tensionaron y continuó el enfrentamiento armado entre los dos grupos:
después vinieron los de la guerrilla y comenzaron a darle a los paras, por ejemplo, que hubo gente, a mí me mataron a un cuñado, y empezó la guerrilla a dar clavija a los paras, yo recuerdo que mataron a un señor que era familia de los Rojas, lo mataron por allá, mataron a otro ahí, ahí en la vuelta más acá donde una señora, mataron a un señor Martínez, el hijo del señor se metió debajo del carro y se les voló, y el señor sí lo mataron […], lo llevaban al río y mataron a Néstor Villamil, otro paramilitar, cuando lo mataron a él, y mataron a otro en el río. Entonces ellos se fueron, pero quedó la guerrilla aquí, pero bueno, nosotros teníamos una bendición de Dios, ese tipo, porque por ejemplo ahí uno encontraba gente del pueblo y no porque quería, sino porque los obligaban a ir, y por allá llegaba el uno, el otro con la botella de brandy, gallinas al hombro y así, y a mí nunca me pidieron ni una panela gracias a Dios (Entrevista citada en Alfonso, 2017, p. 115).
La guerrilla no solo arremetió contra los socios de la Defensa Civil, sino que fue por el cabecilla Adán Rojas. La orden que le dio la guerrilla fue que tenían que desalojar las fincas y abandonar la vereda. Adán Rojas, sus hijos y sobrinos se dispusieron a enfrentar a la guerrilla, pero “la guerra con el ELN comenzó muy pronto, le quemaron las casas de sus fincas San Martín y Santa Gertrudis, y se le llevaron cientos de reses. Sin embargo, aguantaron” (Verdad Abierta, 2009, p. 7). La guerrilla tomó el control del pueblo y expulsó al grupo de los Rojas de Palmor en el año de 1983. Adán Rojas y su familia se trasladaron a San José Kennedy, en la Zona Bananera. En ese corregimiento el grupo armado instaló su base de operaciones y comenzó a hacer trabajos de sicariato para los grandes finqueros, con asesinatos sistemáticos contra los trabajadores bananeros afiliados a Sintrainagro:
Lista en mano, otra vez lista en mano, un grupo armado mató ayer a cinco miembros de Sintrainagro en la Zona Bananera de Ciénaga (Magdalena). La matanza provocó una parálisis en el corte y el embarque de la fruta. Los habitantes acusaron a presuntos paramilitares del hecho, que se sumó a los asesinatos de tres concejales y otro dirigente en menos de dos meses (El Tiempo, 1994, p. 1).
La guerra de los Rojas con la guerrilla no terminó en Palmor: para el año de 1994 la guerrilla del ELN se tomó el corregimiento de San José de Kennedy y atacó a los Rojas. Durante el enfrentamiento con el grupo de los Rojas fueron asesinados dos sobrinos del viejo Adán Rojas. A partir de estos acometimientos, el grupo de los Rojas se trasladó a la vereda Girocasaca, corregimiento de Bonda, con el consentimiento de Hernán Giraldo, quien tenía el dominio del territorio. Aun así, los Rojas no dejaron de operar en la parte occidental de la Sierra Nevada de Santa Marta y convirtieron en objetivo militar a todas las personas que vivían en San Pedro de la Sierra, Siberia y Palmor; para este grupo armado estas personas eran auxiliadoras de las guerrillas. La estrategia del grupo de Adán Rojas era asesinar a las personas estigmatizadas como guerrilleras y sindicalistas en la zona plana, debido a que la guerrilla no tenía control sobre esos territorios. Por lo tanto, desde el municipio de Ciénaga hasta el municipio de Fundación la violencia del grupo de los Rojas fue fuerte, en el sentido de que cometieron asesinatos y masacres contra personas que creían que eran la base social de la guerrilla.
Las autodefensas unidas de Colombia (AUC)
Para finales de 1996 las dinámicas de la guerra cambiaron en el departamento del Magdalena con la llegada de las ACCU. Este grupo paramilitar hizo sus primeras incursiones en los municipios del Centro del Magdalena como Sabanas de San Ángel, Ariguani, Chibolo, San Ana y Pivijay (Fiscalía de Justicia y Paz, 2006). Para tener el control de esta zona del departamento del Magdalena las ACCU tuvieron que negociar con el grupo de autodefensas de Chepe Barrera, que operaba desde los años ochenta en esa zona. También buscaron el apoyo económico de las familias ganaderas. Estas familias tenían el control económico y político de estos municipios del departamento del Magdalena y terminaron apoyando el proyecto paramilitar. En el departamento del Magdalena y Cesar el comandante general del grupo era Salvatore Mancuso y el segundo comandante era Santiago Tobón, alias René Ríos. El comandante de grupos en el departamento del Magdalena era Baltazar Durango Mesa, alias Baltazar: este comandante paramilitar operaba en los municipios de Ariguaní, Chibolo, Bosconia y el Copey. El Grupo Zona Bananera, a cargo de William Rivas, alias 4.4. En el departamento del Cesar operaba Martín Alberto Medina Camelo, alias el Negro Medina, y Juan Andrés Álvarez, alias Daniel, y en el sur del departamento de La Guajira el grupo estaba bajo el mando de Martín Velasco Galvis, alias Jimmy.
Para el año de 1997 las ACCU se convierten en Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Para ese mismo año entra al grupo de Edgar Córdoba Trujillo, alias 5.7, y se le asigna como comandante del grupo de la Zona Bananera, que era comandado por William Rivas, alias 4.4. Edgar Córdoba Trujillo, alias 5.7, ordenó el grupo y lo dividió en tres escuadras: la primera escuadra se llamó “héroes de las bananeras”, al mando de alias Martín o 17; la segunda escuadra era “conquistadores de los planes”, al mando de William Rivas, alias “4.4”; la última escuadra era “vencedores de Santa Rosa”, al mando de Bernardo Escobar, alias Rubén o 07 (Fiscalía de Justicia y Paz, 2006). Edgar Córdoba Trujillo, alias 5.7, instaló su base de operaciones en la vereda los Braciles —corregimiento de Estación Villa—, municipio de Sabana de San Ángel. Desde esta base se coordinaban los asesinatos y masacres que se hicieron en la Zona Bananera, la Loma del Bálsamo, Santa Rosa de Lima y la Cristalina. Para octubre de 1998 el grupo paramilitar coordina una operación en la Sierra Nevada de Santa Marta; esta operación fue dirigida por Juan Andrés Álvarez, alias Daniel, y segundo al mando iban alias 5.7 y Adán Rojas. Los que guiaron al grupo hacia el corregimiento de Siberia y San Pedro de la Sierra fueron guerrilleros que habían desertado del ELN. En la operación de la Sierra el grupo paramilitar ejecutó una masacre en el corregimiento de Siberia, en las veredas de La Secreta, Lourdes, la Unión, Corea, El Congo y San Pedro de la Sierra:
La denuncia fue hecha por la defensora regional del Pueblo en Santa Marta, Lisett Peñaranda. Según ella, varios pobladores de la zona informaron que hace cuatro días llegaron unas 300 personas que luego se dispersaron en varias direcciones y prácticamente se tomaron el corredor entre la vereda Siberia y San Pedro de la Sierra, en jurisdicción de Ciénaga. La situación cada día es más tensa. Las autodefensas no dejan subir a los campesinos que se dirigen a sus lugares de trabajo y tampoco dejan bajar a los que se encuentran allá, explicó la funcionaria, quien llamó la atención de las autoridades policivas y militares para que asuman el control de la situación. Según Peñaranda, el grupo dio muerte a los campesinos Alfredo Murcia Bohórquez y a su sobrino José Antonio Pacheco Murcia, cuyos cuerpos con heridas de machete, signos de tortura y maniatados, fueron encontrados en predios de una finca cercana a la vereda La Unión, donde residían. En otro sitio, dijo la funcionaria, fueron encontrados muertos a tiros el anciano José Domingo Clavijo Pita, de 78 años; los hermanos Edgar Orlando y Uriel Poveda Ortiz; Ana María Legarda y su hijo Darwin Trigo Legarda; Jorge Julio Parra y Florentino Castillo Acosta, todos labriegos. Las identidades de las otras cinco personas asesinadas no han podido ser establecidas por las autoridades, porque los cuerpos permanecen en el sitio de los hechos. Su traslado hasta la morgue del Hospital San Cristóbal de Ciénaga se prevé para las próximas horas (El Tiempo, 1998, pp. 1-5).
Como se puede analizar, el grupo paramilitar inició su recorrido de la muerte desde la vereda La Aguja —Zona Bananera— y en su recorrido no fue atacado por la guerrilla. En su recorrido detuvo los carros en la vía, entró a las viviendas de los campesinos e interrogó a presuntos colaboradores de la guerrilla, los cuales eran reconocidos por los guías guerrilleros. Muchos campesinos fueron avisados por integrantes de la guerrilla para que abandonaran la zona porque podían ser asesinados por el grupo paramilitar; otros, por sus propios medios abandonaron sus fincas y se desplazaron hasta el municipio de Ciénaga a esperar que el grupo de paramilitares abandonara la zona. Los campesinos que no se desplazaron fueron sacados de sus casas e interrogados para saber si eran guerrilleros. El grupo paramilitar asesinó a las personas que eran señaladas por los guías como presuntos colaboradores de la guerrilla. La mayoría de las muertes fueron causadas con armas blancas (cuchillo y machete) y tiros de gracia para no generar ruido y así no tener que enfrentar a la guerrilla:
Imagen 4. Cortando leña

Fuente: Archivo Oraloteca (2020).
El que llevó a los paramilitares allá fue un guerrillero al que le decían Jesús; él era guerrillero del ELN. Él era conocido por allá porque pasaba mucho en la base que tenía la guerrilla más arribita de Siberia. Cuando llegaron los paramilitares a nosotros nos avisó un vecino que nos fuéramos porque venían subiendo los paramilitares matando gente. Cuando los paramilitares llegaron a la casa de mis papás, la encontraron vacía. Nosotros nos fuimos para los corrales de las mulas y eso está un poquito lejos de la casa. Allá duramos tres días escondidos y salíamos a buscar comida a la casa y regresábamos. Cerca de Siberia la guerrilla tenía la base y ellos vieron pasar a los paramilitares, pero no los enfrentaron porque ese día había unos quince guerrilleros y había como cuatro guerrilleras embarazadas y por eso no los enfrentaron (V. Meriño, comunicación personal, febrero del 2020).
El grupo paramilitar siguió el camino a San Pedro de la Sierra sin que se registraran combates con la guerrilla. A diferencia de lo que hicieron en Siberia, en el corregimiento de San Pedro de la Sierra el grupo paramilitar ejecutó la mayoría de los crímenes en la plaza del pueblo. Por lo tanto, la tortura y los asesinatos colectivos se hicieron para que todas las personas los vieran, los escucharan y lo supieran. El grupo paramilitar dirigido por alias Daniel, 5.7 y Adán Rojas se sintió con el poder absoluto frente a una población indefensa, sin tener un contendor legal o ilegal que les hiciera contrapeso:
Anoche al cierre de la presente edición, se confirmó que seis cadáveres sin identificar fueron bajados desde San Pedro de la Sierra a la morgue del Hospital San Cristóbal de Ciénaga, donde las autoridades procedieron a la identificación de los mismos con la ayuda de algunas personas que se acercaron hasta el sitio. Las informaciones que hemos recibido en este despacho también dan cuenta del ajusticiamiento de 10 hombres en el corregimiento de San Pedro de la Sierra. Estos campesinos inicialmente fueron maniatados y mantenidos durante varias horas en la plaza principal y posteriormente asesinado[s] a tiros y machete, sostuvo la funcionaria (El Tiempo, 1998, pp. 6-7).
La masacre cometida por el grupo paramilitar estuvo asociada al estigma que siempre se le tuvo a los campesinos de estos dos corregimientos de ser auxiliadores de la guerrilla. Desde mediados de la década de 1980, la guerrilla le dio duros golpes a las fuerzas militares en estas dos zonas, donde murieron varios soldados pertenecientes al batallón Córdoba. La Policía Nacional y las Fuerzas Armadas no encontraron el apoyo de los campesinos por temor a represalias de la guerrilla. Otro motivo por el cual se les estigmatizaba como colaboradores de la guerrilla estaba relacionado con el ocultamiento y traslado de los secuestrados hacia el corregimiento de Siberia o San Pedro de la Sierra. Este estigma hacia estas dos poblaciones las puso en la mira de los grupos paramilitares, poniendo en riesgo la vida de los campesinos de estos dos corregimientos. Para el grupo paramilitar todas aquellas personas que no eran de la localidad eran estigmatizadas como guerrilleras y eran asesinadas.
La guerra contra los Rojas
En 1996 fue capturado Adán Rojas Ospina, sindicado de los delitos de concierto para delinquir y porte de armas. El 16 de septiembre de 1999, Rigoberto Rojas Mendoza y su grupo liberan a su padre de la cárcel Rodrigo de Bastida de Santa Marta. En esa misma operación también se fugaron Eliseo Beltrán Cadena, alias el Gordo; Javier Enrique Llaruro, alias Cianuro; alias la Leona, y Eduardo Bengoechea Mola, alias el Flaco. En su fuga, el grupo de los Rojas decide robar un carro. En este acto delictivo participaron José Gregorio Rojas y Álvaro de la Pava Valencia, alias el Cabo de la Pava, miembro activo de la Policía en ese momento:
El día 24 de Septiembre de 1999, se produce el homicidio de Emérito Rueda Ríos, amigo cercano de Hernán Giraldo Serna, a manos de hombres del grupo de los Rojas, en hechos que se dice apuntaban a un secuestro, pero los Rojas han manifestado, que se trató del hurto de una camioneta; lo cierto es que fue interceptada la camioneta donde se desplazaba Emérito Rueda, ganadero de la región, que venía de su finca, en compañía de su medio hermano Andreino Isaza Ríos, presentándose un cruce de disparos muriendo en el lugar Emérito Rueda Ríos, y el Cabo de la Pava, quedando herido Andreino; el cuerpo del suboficial de la Policía, Cabo de la Pava fue enterrado en Girocasaca por el grupo de los Rojas, pero el GAULA de la Policía exigió su entrega, por lo que fue desenterrado el cuerpo, y abandonado en los predios del SENA Agropecuario de Santa Marta donde fue recogido por la Policía y reportado como muerto en actos propios del servicio, expidiéndose la resolución No. 003889 de 27 de Septiembre de 1999 (Fiscalía de Justicia y Paz, 2006, p. 24).
Dentro de la estructura armada que comandaba Hernán Giraldo, Emérito Rueda jugaba un papel importante: por un lado, era amigo de Hernán Giraldo desde la época de la bonanza marimbera; por otro lado, era un narcotraficante que le dejaba grandes ganancias a la estructura armada. El asesinato de Emérito Rueda fue el punto de inflexión para que el grupo de los Rojas, comandado por Adán Rojas y las Autodefensas Campesinas del Magdalena y La Guajira (ACMG), comandadas por Hernán Giraldo, se fueran a una confrontación militar (El Tiempo, 2000). Entre Adán Rojas y Hernán Giraldo siempre existió una amistad, hasta delinquían en el mismo territorio. Para comienzos del año 2000, Hernán Giraldo decide atacar militarmente al grupo de los Rojas. Antes de hacerlo, les informa a los hermanos Carlos y Vicente Castaño y son estos los que dan el aval de atacarlos. Los hermanos Castaño comisionan a alias Tolima y Mono leche para que apoyen militarmente al grupo de Hernán Giraldo durante los enfrentamientos:
la casa donde vivía la esposa de Adán Rojas fue atacada con granadas. Giraldo envió un grupo de 150 hombres para matarlos, durante la guerra se registraron muertes en la región de Jirocasaca en la Sierra Nevada, y en Santa Marta y otras poblaciones aparecían muertos diariamente (Verdad Abierta, 2009, p. 32).
Las primeras víctimas de estos enfrentamientos se dieron en la vereda El Cúrval y en la vereda Girocasaca, donde los Rojas tenían su campamento. Después de varios días de combate, Adán Rojas y Rigoberto Rojas fueron heridos; en esa misma acción murieron alias el Loco, el Caleño y un mecánico que prestaba sus servicios a los Rojas. Las ACMG logran la expulsión de los Rojas del territorio, lo cual obliga a Rigoberto Rojas y Adán Rojas a huir hacia Barranquilla. En el peaje de Tasajera es capturado por la Policía Rigoberto Rojas; Adán Rojas es capturado en un centro médico de la ciudad de Barranquilla mientras se recuperaba de las heridas. Un grupo de hombres que pertenecía a las filas de los Rojas se pasó a las ACMG; entre ellos, alias el Gordo y alias el Flaco Bengoechea, quienes se entregan a Pacho Musso, entregándole las armas que los Rojas tenían en caletas. El grupo de los Rojas se desestabiliza y se repliega: algunos de sus miembros se van al interior del país y otros buscan protección de las AUC.
La guerra de las autodefensas campesinas del Magdalena y La Guajira (ACMG) contra el Bloque Norte- AUC
La expansión de las AUC hacia la parte norte de la Sierra Nevada de Santa Marta se concretó para junio del 2001. Jorge 40 decide trasladar un grupo al mando de Juan Hipólito Mejía Rodríguez, alias Caucasia, al corregimiento de Minca, para crear una base paramilitar y a la vez entablar conversaciones con Hernán Giraldo para que anexara a las ACMG a la estructura de las AUC. Es así como se inicia el acercamiento de cooptación por parte de las AUC a las ACMG. En esta etapa de negociación no armada el grupo de los Rojas instigó la guerra contra Hernán Giraldo. El conflicto contra la estructura armada de Hernán Giraldo se decidió en el momento en el que las AUC vieron en ella una oportunidad que se acomodaba a sus intereses estratégicos dentro de una coyuntura nacional. Esta determinación no solo estaba ligada a la confrontación armada, sino que también estaba relacionada con los cultivos de coca, el transporte de cocaína y el tráfico de armas. Sin embargo, el hecho que desencadenó la ofensiva contra esta estructura fue, en primer lugar, la pérdida de un embarque de cocaína que le pertenecía a Carlos Castaño y, en segundo lugar, el asesinato en 2001 de dos miembros de la Policía Antinarcóticos por parte de Pacho Musso, el comandante militar de Hernán Giraldo, en el sector de Mendihuaca:
Pero el detonante, fueron los hechos ocurridos el día 9 de octubre del 2001, en que miembros de la policía nacional antinarcóticos adelantaban labores de inteligencia con el fin de ubicar para dar captura a Jairo Antonio Musso Torres conocido con el alias de Pacho Musso, y éste fue alertado de la presencia de los agentes por miembros de la organización que prestaban sus servicios como radio chipas en el sector del hotel Mendihuaca Caribean Resort; por lo que alias Pacho Musso envió un grupo de paramilitares conformado por personas de su seguridad y patrulleros, al mando de Omar Martín Ochoa Ballesteros alias El Viejo, que terminan dando muerte a los tres agentes de la policía antinarcóticos, y a tres civiles que se encontraban en el Restaurante El Pechiche, ubicado sobre la Troncal del Caribe, al frente del citado Complejo turístico (Fiscalía de Justicia y Paz, 2006, p. 30).
Estos hechos influyeron en el endurecimiento de la perspectiva y el discurso de Vicente y Carlos Cataño hacia la estructura paramilitar de Hernán Giraldo y estos hermanos dan la orden de atacar a Hernán Giraldo. Este ataque fue comandado por Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, quien pidió a Hernán Giraldo que entregara a Pacho Musso, pero Giraldo no aceptó unirse ni entregar a su lugarteniente. Al ver la negativa del jefe de las ACMG, Jorge 40, este decide atacarlo:
Esto se torna en el motivo para que Carlos Castaño decida atacar a las ACMG, enviando de distintas partes de la costa norte miembros de grupos de autodefensas como Héroes de los Montes de María, ACCU de Fundación, del Elmer Cárdenas y por supuesto del Bloque Norte, los cuales llegaron por La Guajira (entrando por Mingueo, Palomino y Perico Aguao) y el Magdalena (por Fundación y Ciénaga), con más de trescientos hombres, y material de guerra, contando con la ayuda de Adán y José Gregorio Rojas, quienes conocían la región, para el ingreso a la zona, y la identidad y ubicación de los miembros de las ACMG (Fiscalía de Justicia y Paz, 2006, p. 30).
Imagen 5. Casa campesina en el corregimiento de Siberia

Fuente: Archivo Oraloteca (2020).
La guerra entre las dos estructuras armadas trajo como consecuencia un impacto social y económico para la región. Hubo desplazamiento de miles de campesinos de las veredas de la Sierra Nevada para la Troncal del Caribe, durante los meses de enero y febrero del 2002, ya que como estrategia para evitar el acceso de los miembros de las AUC a la región Hernán Giraldo Serna ordenó a los presidentes de las juntas de acción comunal convocar a todos los residentes del sector a instalarse en la Troncal del Caribe, a la altura de las veredas de Calabazo, en el corregimiento de Guachaca, Magdalena, y en el corregimiento de Río Ancho, municipio de Dibulla, La Guajira; así como para lograr la atención del Gobierno Nacional con el fin de que enviara tropas del Ejército. El 23 de febrero de 2002 se da la tregua entre los dos grupos y en el carro del general Mario Montoya trasladan a Jorge 40 hasta la vereda Los Cocos para reunirse con Hernán Giraldo Serna.
El grupo de Autodefensas Campesinas del Magdalena y La Guajira fue absorbido por el Bloque Norte de las AUC y se transformó en el Bloque Resistencia Tayrona (BTR). En este momento Hernán Giraldo queda subordinado a Jorge 40, creando una nueva estructura de mando militar. Hay que tener en cuenta que el BRT inició una ofensiva contra la guerrilla para anexar territorios y expandirse militarmente a los corregimientos de Siberia, San Pedro de la Sierra y Palmor, pertenecientes al municipio de Ciénaga, que están en la Sierra Nevada de Santa Marta.
EL BRT: control social y militar en los corregimientos de Minca, San Pedro de la Sierra y Siberia
La expansión del BRT comienza en el mes de junio del año 2002 con la llegada de combatientes pertenecientes a los frentes Bernardo Escobar y Mártires del Cesar. Los combatientes del Frente Mártires del Cesar fueron trasladados desde el corregimiento de la Mesa hasta la vereda Quebrada el Sol, donde recibieron un reentrenamiento militar. Estos combatientes permanecieron por tres meses en la base de Quebrada el Sol; después, fueron trasladados a la vereda la Tagua, corregimiento de Minca, donde alias Caucasia tenía una base paramilitar. Por los lados del municipio de Ciénaga entraron combatientes que pertenecían al Frente Bernardo Escobar; estos fueron trasladados desde la finca el Vergel —corregimiento de Santa Rosa de Lima— hasta la vereda la Aguja, mientras que otros fueron trasladados a la finca La Isabel. La incursión paramilitar en el corregimiento de Siberia fue dirigida por alias 5.7, quien fue designado como comandante militar del BRT:
En la operación de Siberia participaron los frentes que estaban en La Guajira, Magdalena y Cesar. Para esa operación participamos seiscientos hombres y la comandaba alias 5.7, alias 8.1, alias 5.5 y otros comandantes. Todas esas personas estaban a cargo de alias 5.7. Nosotros entramos por la finca el Vergel y nos transportamos en veinte camiones; esos camiones salieron de la vereda el Brasil y nos dejaron más arriba de la vereda La Aguja, cerca de la quebrada. Nosotros comenzamos a subir, pero reventando monte, mejor dicho, nosotros éramos la avanzada los que íbamos limpiando la zona. Detrás de nosotros venían los comandantes montados en los carros, ellos avanzaban cuando nosotros le[s] avisábamos que la zona estaba limpia. Cuando íbamos avanzando nos detuvieron para hacer un receso y a nosotros nos reemplazó la contraguerrilla de Águila, uno[s] que fueron los que siguieron adelante limpiando la zona. A los cinco minutos de ellos pasar la guerrilla mata a media contraguerrilla. Esa contraguerrilla estaba conformada por unos treinta hombres y ellos eran un comando especial. A esa contraguerrilla la emboscó la guerrilla del ELN a las doce del mediodía. Duramos peleando hasta las siete de la noche; después, la guerrilla se nos vino encima y nosotros le preparamos una emboscada a las diez de la noche. En esa emboscada hubo más de veinte guerrilleros muertos. En esa emboscada la guerrilla arrojó cilindros bombas que cayeron cerca [de] donde nosotros estábamos. Ahí caí herido y me llevaron para el puesto de salud de Sabana de San Ángel (J. Sánchez, comunicación personal, febrero del 2020).
En esta incursión armada las tropas del Bloque Resistencia Tayrona logran posicionar una base en las veredas en Chimborazo y Parranda Seca, mientras las escuadras de choques seguían avanzando hacia el casco semiurbano de Siberia. Estas escuadras de choques, en su trayectoria hacia Siberia, iban arrasando con todo lo que encontraban en el camino e iniciaron una ofensiva militar contra los campesinos que, presuntamente, eran auxiliadores de la guerrilla o guerrilleros vestidos de civil. Estas escuadras de choque ingresaron a las casas de los campesinos en busca de armas y también arremetieron contra la población joven, a quienes tildaban de ser combatientes de la guerrilla:
Nosotros éramos la contraguerrilla de choque e íbamos arrasando con todo. Recuerdo que llegamos a una casa que estaba sola y solamente estaban los animales, a nosotros nos tocó comernos todos los animales porque teníamos cinco días sin comer. Recuerdo que en esos combates la gente de 8.1 mató a dos civiles que iban bajando por la carretera. La gente de 8.1 decía que esos pelaos eran guerrilleros, los de las otras contraguerrillas decían que eran civiles porque no llevaban armas ni estaban uniformados. Después de ese suceso a nosotros nos bajaron a la vereda la Secreta y después nos llevaron al Chimborazo. En ese sitio nos tocó esperar a las otras contraguerrillas para después subir para el corregimiento de Siberia. [En] esa subida iban matando civiles porque decían que eran guerrilleros vestidos de civil, la mayoría de esos civiles eran pelaos de veinte años de edad. Subiendo a más arriba de Siberia nos encontramos una casa vacía y dentro de ella había como unos treinta fusiles. Como a veinte minutos de la casa nos prendimos con una móvil del ELN que se llamaba Héroes de las Bananeras. La verdad que esa operación duró como veinte días y los combates eran día y noche (J. Sánchez, comunicación personal, febrero de 2020).
Los enfrentamientos entre la guerrilla del ELN y el Bloque Resistencia Tayrona produjeron pánico y zozobra en los campesinos del corregimiento de Siberia que tuvieron que salir desplazados hacia el corregimiento de San Pedro de la Sierra y otros hacia el casco urbano del municipio de Ciénaga. Los campesinos que se desplazaron en el corregimiento de San Pedro de la Sierra se ubican en el colegio de bachillerato y la escuela primaria. En estos dos sitios los campesinos esperaron a las entidades humanitarias para que les prestaran ayudas y algunos fueron bajados hasta el casco urbano de Ciénaga por integrantes de la Cruz Roja y la Defensoría del Pueblo. Lo anterior fue excusa para que los integrantes del Bloque Resistencia Tayrona hicieran retenes en la vía, deteniendo los carros de la Cruz Roja y, con lista en mano, buscando a campesinos señalados como presuntos colaboradores de la guerrilla:
A partir de esos combates hubo muchas personas que se desplazaron, eso se veía la gente bajar en los carros. Algunas de esas personas fueron bajadas por la Cruz Roja. En los caminos nosotros hacíamos retenes y parábamos los carros para saber si llevaban algún guerrillero (J. Sánchez, comunicación personal, febrero de 2020).
Al terminar la confrontación armada, el BRT ocupó los territorios que eran dominados por el ELN, replegando a esta guerrilla hacia otros sectores de la Sierra Nevada de Santa Marta. Esto permitió que el BRT afianzara bases en las veredas Cuatro Caminos, Siberia, Corea, Chimborazo y Nueva Granada, el Mico y San Pedro de la Sierra. Además, desplegó doce columnas móviles en el territorio para taponar el suministro de víveres hacia las partes altas de la Sierra y, a la vez, obstaculizar el tránsito de la guerrilla hacia las zonas bajas de la Sierra.
Imagen 6. Mujer campesina de la vereda Cantaranas

Fuente: Archivo Oraloteca (2020).
Apenas tuvo el control de la zona, el BRT le impuso normas y directrices a los campesinos; entre otras, se les prohibió tener relación con la guerrilla y transitar por los caminos en las horas de la noche. El grupo paramilitar también desarticuló todas las organizaciones de base; estas, fueron aniquiladas: “nosotros teníamos una asociación de mujeres en El Congo, esa asociación la hicimos por medio de la fundación Pro-Sierra. Apenas llegaron los paramilitares nos dijeron, que no querían ver más reunión porque nos mataban” (Camacho, 2020, p. 12). Los integrantes del BRT también se dedicaron a desaparecer y asesinar a campesinos, robándose las reses y los enseres, como lo demuestra el siguiente informe:
Se informó a la comisión sobre la desaparición de un grueso número de campesinos, los cuales fueron sacados por la fuerza de sus ranchos o del campo cuando laboraban, por miembros presuntamente de las AUC. Cuando por primera vez incursionaron las AUC reunieron a la población y les manifestaron que el que no tuviera vínculos con la guerrilla se podía quedar y no le ocurriría nada, pero que el que tuviera relación con la guerrilla se fuera o lo matarían. Los campesinos que se quedaron no tenían vínculos con ningún grupo; sin embargo, las AUC hicieron desaparecer algunas de dichas personas, les robaron reses, mulas y enseres, lo cual las atemorizó y obligó a abandonar fincas y pertenencias (Defensoría del Pueblo, Procuraduría General de la Nación y Pastoral Social, 2003, p. 19).
En su afán por controlar a la población y por no dejar entrar a grupos guerrilleros, los paramilitares comenzaron a controlar la vida cotidiana de los campesinos de los tres corregimientos. Todas aquellas personas que habitaban en la zona eran vigiladas estrictamente por los paramilitares. Los campesinos que no acataran las normas implantadas por el grupo paramilitar eran castigados, expulsados de la zona o asesinados. Los campesinos que se quedaron se sometieron a las reglas; otros, temiendo las represalias de los paramilitares, dejaron abandonadas sus pequeñas fincas:
El grupo le tenía prohibido a las personas hablar con uno, acercarse a las bases, jugar futbol con los patrulleros y transitar por los caminos a altas hora de la noche. También se les prohibía las peleas entre campesinos, llevar gente extraña a las fincas, también se les prohibía cortar árboles, cazar animales y arrojar desechos a los ríos. El grupo hacía retenes para verificar para qué finca iba y con qué persona iba a trabajar. Los dueños de las fincas tenían que responder por los recolectores de café y no querían que los recolectores anduvieran de finca en finca. No permitían que los civiles consumieran drogas [ni] robos. A las personas que no acataban las reglas los sancionaban con arreglar caminos o trabajar en las fincas. [A] estas personas que trabajaban en fincas no les pagaban. También los ponían [a] arreglar, cercar y tirar machete en los caminos (J. Sánchez, comunicación personal, febrero del 2020).
Los campesinos que huyeron de los paramilitares dejaron sus fincas abandonadas y estas fueron tomadas por los paramilitares. En algunas de ellas construyeron bases paramilitares; otras, las tomaron para sembrar cultivos de coca y, en otras, se beneficiaron de la producción de café. Los paramilitares implantaron un sistema de endeudamiento a los campesinos: en los meses donde no había producción de cosecha de café, les daban a los campesinos los víveres y les prestaban dinero para que sostuvieran a los trabajadores y compraran insumos para las fincas. Los paramilitares también implementaron el cobro de vacunas a los campesinos: a unos les cobraban por hectáreas de café sembradas y a otros por latas de café vendidas. En la temporada de cosechas, los campesinos tenían que pagar los víveres consumidos, el dinero prestado y la vacuna exigida por los paramilitares. Todo lo anterior trajo grandes pérdidas económicas y ocasionó la crisis para los campesinos:
En el año 2000, que empezó la guerra, que se fajó ya la violencia aquí, fue cuando ya vino la otra cara de la moneda, que volvimos nuevamente a caernos y sinceramente pues el campesino ahora mismo está endeudado con los bancos, con el gobierno, porque no hemos podido pagar las deudas, entonces todo esto es algo que nos trae bastante[s] preocupaciones y dificultades a la familia porque nunca habíamos estado en tal, tal estado de pronto de deudas porque yo antes de eso del desplazamiento pues tenía carro, tenía ganado, tenía mi buena finca bien arreglada, cogía 3 mil galones de café ahora estoy cogiendo por ahí ciento y pico, 150 galones de café, es algo que a nosotros nos ha… nos ha dañado completamente, nos ha echado a perder el modo de vivir, este otro vino se robó lo que podía servir para la educación de nuestros hijos, para la alimentación de nuestros hijos, yo era un hombre que tenía 10, 15 mulas propias, propias mías y hoy en día pues apurao tengo una para… para solventar pues la situación de llevar mercadito a la casa. Y así sucesivamente estamos todos cortaos por la misma tijera (Entrevista citada en Ortiz, 2017, p. 26).
En febrero del año 2006 se desmovilizó el Bloque Resistencia Tayrona; las bases y fincas que estaban en posesión de la estructura armada fueron desocupadas. En ese mismo año, el Estado hace presencia con el Ejército para recuperar el territorio y garantizar la seguridad de los campesinos. Después fueron retornando los campesinos a buscar sus tierras despojadas con ayuda del Ejército. Algunos campesinos encontraron sus fincas abandonadas y otros las encontraron ocupadas por terceras personas, por lo que se vieron obligados a resolver ese conflicto de derecho de posesión en los estrados judiciales.
Ahora somos ecológicos
Imagen 7. Panel solar en la vereda Sacramento

Fuente: Archivo Oraloteca (2017)
Cuando se terminó el conflicto armado los campesinos fueron retornando y ocupando sus fincas de manera gradual; de la misma forma, aparecieron las instituciones del Estado y organizaciones internacionales y los ayudaron en la adecuación de puestos de salud, aulas de clase y mejoramiento de vías de acceso a los corregimientos. La Cruz Roja implementó capacitaciones de derechos humanos, a las que asistían presidentes de juntas de acción comunal y de organizaciones de víctimas. De esta misma forma, pero desde el año de 1997, la Fundación Pro-Sierra venía implementando el Programa de Desarrollo Sostenible de la Sierra Nevada de Santa Marta. Desde ese mismo año, los campesinos productores de café se insertaron a los circuitos de sostenibilidad ambiental de la ONG ambientalista y en el año de 1997 crearon la Red Ecolsierra con el apoyo de la Fundación Pro-Sierra y el Comité de Cafeteros del Magdalena (Red Ecolsierra, 2016). Los campesinos comenzaron a producir café con sostenibilidad ambiental y pasaron de ser destructores del bosque a ser campesinos ecológicos; esto debido a que sus fincas entraron en el circuito de cafés orgánicos, turismo comunitario o turismo ambiental, contando con certificación orgánica de agencias nacionales e internacionales.
Los corregimientos de Minca, San Pedro de la Sierra y Siberia basan su economía en la producción de café. El único corregimiento que ha diversificado su economía ha sido Minca, con el turismo ecológico y el agroturismo. Algunos campesinos del corregimiento han vendido sus fundos para darle paso a la construcción de hostales. La llegada de personas extranjeras y del interior del país le ha dado otra dinámica al corregimiento. Los pobladores de Minca se han volcado al turismo como guías turísticos o han sido contratados como mano de obra en los hostales. Esto no quiere decir que los agricultores hayan abandonado el cultivo de café. En los tres corregimientos, cuando hay temporada de recolección, comienza a llegar personal de otras partes del país que se dedica a la recolección del grano de café; eso hace que el grupo de trabajadores que entran a laborar a la localidad sea numeroso. Son muchas las personas que entran a laborar en las fincas de café que están en las diferentes veredas que conforman estos corregimientos. Muchas de estas fincas contratan personal para las labores de recolección de café y de cocina. En la recolección de café se emplean mujeres, pelaos y hombres adultos. Las fincas donde más empleados se contratan son las fincas grandes: estas fincas emplean demasiados trabajadores porque tienen grandes hectáreas de café cultivado y los dueños estiman la producción que estas pueden dar en el año.
Los dueños de fincas grandes y pequeñas contratan mujeres para las labores de cocina y para las labores de recolección de café. En la cocina de las fincas de café por lo regular hay amas de casa que se encargan, junto a las ayudantes de cocina, de la alimentación para el personal que labora en la finca. Estas mujeres que sirven de ayudantes llegan en los tiempos de cosecha; la mayoría de ellas llegan con sus esposos y son de otras partes del país. Algunas son contactadas por teléfono por los dueños de las fincas y otras, por lo general, llegan al pueblo el día domingo, debido a que los dueños o administradores de las fincas bajan al pueblo a hacer compras. Los dueños o administradores de las fincas siempre contratan mujeres que estén recomendadas por personas de confianza del pueblo. En los meses que dura la recolección de café se reactiva el comercio en los tres corregimientos: en los almacenes, las tiendas, las cantinas, las cafeterías y los restaurantes, en los meses de cosecha, contratan mujeres para que atiendan.
Cuando llegan a las fincas, a los recolectores se les hace una inducción sobre cómo deben recoger el grano y cómo tratar la mata de café. Los recolectores escogen los granos de café que están maduros y los llevan a la despulpadora: una máquina eléctrica que tiene una especie de cajón donde echan el café, del que sale despulpado a una alberca. Después de despulpado, el café se deja 24 horas en la alberca, donde dos operarios se encargan de hacerle el lavado. Para preservar el ambiente, los campesinos han adoptado prácticas amigables con el medio ambiente. Anteriormente, el despulpado del café se hacía en agua y las aguas contaminadas llegaban hasta las fuentes hídricas y las contaminaban. Ahora, los campesinos están despulpando los granos de café en seco; todo esto para no generar contaminación en las fuentes hídricas. El desperdicio de la pulpa del café y la poca agua que utilizan les sirve como abono orgánico.
El café solo da una producción al año; esto ha hecho que los campesinos se inserten en otras economías o que busquen otros cultivos para generar ingresos. Después del cultivo de café, en Minca, San Pedro de la Sierra y Siberia se siembra mora, lulo, tomate de árbol, cacao y caña de azúcar, y se crían abejas para la producción de miel. Los cultivos que dan mejor rentabilidad, después del café, son el lulo y la mora; estos ayudan a la economía de los campesinos. El lulo se comenzó a cultivar hace veinte años; por su parte, la mora es más reciente: tiene diez años de estar cultivándose. Los campesinos no están especializados en sembrar esos cultivos, pero han hecho que en sus fincas se cultiven. En los tres corregimientos no hay finca que esté produciendo solamente cultivo de café. Para el cultivo de lulo, tomate de árbol y mora los campesinos estiman una hectárea o media hectárea, buscando que ayuden en la economía de la finca cuando no haya producción de café. En 1974 se comienza a transportar lulo a Barranquilla debido a que este tiene una buena aceptación en el mercado regional. El lulo, la mora y el tomate de árbol se cultivan en las partes altas de los corregimientos, pero debido al mal estado de las vías los campesinos no cultivan demasiado porque las cosechas se les pierden. Por este motivo, a los campesinos les da más tener media hectárea de lulo que tener siete hectáreas. La mora, el lulo y el tomate de árbol son comprados por intermediarios a un precio supremamente irrisorio. Estos compradores pagan a 700 pesos el kilo de mora (por lo general, ese es el precio que ellos pagan), pero los cultivadores se dan cuentan cuando bajan a Ciénaga o Santa Marta del precio al que venden un kilo de mora: este se multiplica por cuatro o cinco veces en relación al precio del kilo de mora al que ellos lo venden.
La caña de azúcar es otro de los cultivos que se produce en las fincas de café; esta se utiliza para la producción de panela. Cada finca tiene un trapiche donde hacen la molienda de la caña para producir la panela que se utiliza para el consumo personal y comercial. La mayoría de las fincas producen panela para vender en San Pedro de la Sierra o en Siberia y, a veces, es llevada a Ciénaga, donde se comercializa con el nombre de “panela orgánica”. Las fincas que tienen una buena producción de panela son las fincas grandes. La producción de panela que se produce en estas fincas es llevada a los supermercados que están en Santa Marta. La producción de panela que tienen las fincas pequeñas es muy baja porque se hace molienda cada dos meses y eso da una producción de 145 panelas por molienda, pero esta panela que se produce en la mayoría de las fincas es para el consumo de la propia finca y si algún vecino ayuda a moler se le da panela.
Imagen 8. Jardín en Corea

Fuente: Archivo Oraloteca (2020)
En cuanto a la cría de abejas para la producción de miel, este fue un proyecto de la Fundación Pro Sierra Nevada de Santa Marta. El objetivo del proyecto era desarrollar alternativas alimenticias para los campesinos, pero buscando que estos tuvieran prácticas productivas con el medio ambiente (Red Ecolsierra, 2016). Para desarrollar el proyecto se organizaron campesinos de los corregimientos de Minca, Siberia y Palmor; de esta forma, se dio inicio a la Asociación de Apicultores de la Sierra Nevada de Santa Marta (Apisierra). La cría de abejas para la producción de miel les genera ganancias a los campesinos y, a su vez, ayuda a la conservación (o, como dicen los campesinos, es amigable con el bosque). La cría de abejas no necesita mucho personal y para que deje una buena rentabilidad el campesino debe tener mínimo veinte colmenas. Los campesinos que se dedican a la apicultura tienen que estar dentro de la Red de Caficultores Orgánicos; esto se hace para que no haya una contaminación de los apiarios. La miel que producen estos campesinos es comercializada por la Red Ecolsierra y los clientes son los almacenes de cadena como el Éxito, Carulla, Jumbo, etc. Los campesinos también generan ingresos económicos por los cultivos de aguacate y mango, aunque dada la dificultad de transportar estos productos a los centros de comercio, se pierden en las fincas. Los campesinos en sus fincas poseen su seguridad alimentaria con cultivos como el maíz y fríjol de diferentes variedades (el rojo, caraotas o bogotano, cabecita negra y el fríjol caqui); también se ha cultivado arroz, presentando dificultades para la trillada. Hay cultivos de guineo y plátano dentro de los cultivos de café; también se siembran tubérculos como la malanga y la yuca, y hay varios proyectos de gallinas ponedoras y cerdos.
Las buenas prácticas
Los campesinos de estos tres corregimientos eran vistos por las ONG ambientalistas, entidades gubernamentales y antropólogos como los destructores del medio ambiente que, en su afán por colonizar territorios, destruyen los bosques. A los campesinos no solo se los vio como depredadores ecológicos, sino que también se los vio como narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares. Esta asociación comienza cuando se dan los cultivos de marihuana y coca en la Sierra Nevada de Santa Marta. En el imaginario de las personas de Santa Marta o Ciénaga todas aquellas personas que vivían en la Sierra Nevada eran bandidos o pertenecían a algún grupo al margen de la ley. Ahora esa imagen está cambiando: los campesinos se han insertado en diversos proyectos dedicados a la sostenibilidad ambiental en producción orgánica que están siendo ejecutados por entidades ambientales y comercializadoras de café. Lo otro es que estas entidades están incentivando a los campesinos a que se vinculen al turismo ecológico, pero con turistas que estén interesados en las formas de producción del café.
Por años, los campesinos de la Sierra Nevada de Santa Marta han tenido prácticas tradicionales para cultivar el café; estas prácticas están ligadas a la conservación ambiental en sus fincas cafeteras. Una de las prácticas tradicionales que han mantenido los cultivos de café es la siembra de árboles en las plantaciones para generar sombrío en las plantas de café y lograr así que estas no se vean afectadas por el sol. Los campesinos también dejan una zona de bosque para la conservación de los nacimientos de agua y destinan unas áreas para la siembra de cultivos para el consumo familiar. El bosque les proporciona madera para el consumo de la cocina. En cuanto a la siembra de árboles en los cultivos de café se hace con un doble propósito: por un lado, las hojas de los árboles son materia orgánica para el cultivo de café porque mejoran la calidad del suelo; por otro lado, los árboles sirven para producir madera y si son árboles frutales como el guamo y el aguacate le van a dar otra entrada económica a la familia. Cuando siembran de sombrío plátano o bananos estos sirven de consumo para la familia o los venden en los cascos urbanos de los corregimientos. Lo cierto es que los campesinos utilizan el sombrío en sus plantaciones de café para regular el efecto del sol:
El sombrío es calidad, el sombrío es protección de suelo, es lo más recomendable del sombrío es el guamo, porque el guamo es un árbol de que crece muy rápido, se eleva; a él hay que hacerle tratamiento de crecimiento y se le hace el tratamiento y él se eleva, pero no es por eso, el guamo es porque diariamente él está botando mucha materia, bota la hoja, bota la guama y se descompone muy rápido entonces eso ayuda al mejoramiento de los suelos, donde hay buenos suelos hay buena producción de café, si no tenemos sombrío la producción del café es muy baja (Negrete, 2020, p. 15).
Los campesinos siembran, primero, los árboles que le van a dar sombrío a las plantas de café. Los árboles se fertilizan, se podan y se les retira la maleza durante el proceso de crecimiento. Cuando los árboles están grandes se procede a sembrar las plantas de café y a estas no se les suministran insumos químicos. La tradición de no usar insumos químicos en las plantaciones de café ha hecho que muchos de estos campesinos reduzcan los costos de producción al eliminar los agroquímicos como los plaguicidas, fungicidas y herbicidas. La institución que regula que los campesinos hagan buenas prácticas en sus cultivos de café es el Comité Cafetero; este ha destinado a sus técnicos expertos en caficultura para que los campesinos tecnifiquen sus cultivos de café. Para esto, los campesinos tienen que estar de acuerdo con las sugerencias que haga Cenicafé sobre las semillas que se van a sembrar, el control de broca, roya, maleza e insectos y, por último, las medidas en que se tiene que sembrar el café:
Habían cafés que se sembraban regaos en almacigo, y pero entonces la gente fue cambiando, porque surqueado era mejor para trabajarlo o mejor para cogerlo, para controlarlo y empezaron a tratarlo surqueada mente, luego llegó el comité y ya colocó las medidas de siembra de café. Hoy existen muchas clases de medidas de intensidad de siembra de café (Negrete, 2020, p. 16).
Los campesinos de estos tres corregimientos han optado por no fertilizar las plantas con químicos. Aunque esto acelera la producción en las plantas, también es un efecto negativo para el suelo dado que este perderá sus nutrientes naturales. Para algunos campesinos, suministrarles fertilizantes a las plantas de café acelera el proceso de crecimiento de la planta, pero a su vez acorta los años de productividad. En sus experiencias cuentan que la utilización de químicos hace que las plantas se trastornen y pierdan sus hojas; por lo tanto, esto produce pérdidas cuantiosas a los campesinos. Estos trastornos, por lo general, se dan en plantas jóvenes; lo que recomiendan los técnicos —extensionista del Comité de Cafeteros— a los campesinos es hacer una nueva resiembra de plantas. Para evitar estos casos y no generar pérdidas económicas, los campesinos han optado por no fertilizar con químicos, lo que alarga la vida de producción de la planta hasta quince años:
Ah sí, eso es el proceso del químico… el proceso del químico eso es como cuando aceleran la mata digamos así… no quiero comparar pues la naturaleza con la mujer, pero es casi igual. Es como cuando la mujer se deja coger macho digámoslo así muy joven el proceso de vida es muy lento… Entonces eso pasa con la planta, si la planta aquí en esta Sierra se acelera… una planta de café de ellos el proceso de vida son cinco años porque se acelera con lo[s] químicos, entonces ella se crece rapidísimo produce bastante, pero así mismo como se le echa así mismo queda muy aporreada y se palotea, lo que llamamos palotear es que queda sin hojas muy poca hoja (Ortiz, 2017, p. 16).
Algunos de estos campesinos planifican la siembra, la poda y la cosecha de café o cualquier otro cultivo de acuerdo a las fases de la luna. Las fases de la luna también le indican al campesino la época en que comenzarán las lluvias y la sequía. La otra práctica tradicional que todavía tienen algunos campesinos es la de hacer quemas para preparar el terreno para los cultivos que van a abastecer a la familia mientras se da la cosecha de café. Esta práctica de quemar el rastrojo ha hecho que los campesinos se enfrenten a las instituciones ambientales porque las quemas a veces se salen de control, generando incendios de grandes proporciones. Los incendios provocados por las quemas ponen en peligro la fauna y flora y hasta la vida de las comunidades campesinas e indígenas que habitan en el macizo montañoso. Aun cuando estas quemas generan desastres ambientales cuando se salen de control, los campesinos las siguen practicando para preparar el terreno para cultivar. Los campesinos sostienen que si no se hacen las quemas la tierra no producirá lo suficiente y se morirían de hambre:
Aquí siempre se trabajaba con la luna, aquí siempre con los cambios de luna. Aquí siempre se preparaban las tierras en el mes de enero… hasta en diciembre porque llovía mucho, ya después la gente siempre hacía su guardarraya, quemaba su pedazo de tierra. Anteriormente uno tumbaba una tierra, un ejemplo tumbaba tres o cuatro hectáreas de tierra, y nosotros le teníamos que hacer el guardarraya para que las candelas no se nos pasaran. Nosotros cuidábamos mucho las aguas, sobre todo nosotros allá en las tierras [...] dejábamos un trayecto más o menos casi de 100 metros de la quebrada a donde teníamos la siembra, incluso es hora y las únicas tierras de esos lados en “La Unión”, tenemos más de 20 hectáreas de montaña que nosotros no las tocamos, eso fue intocable (Ortiz, 2017, p. 15).
Para evitar que los campesinos sigan utilizando las quemas para cultivar la tierra, las instituciones encargadas de preservar la Sierra Nevada de Santa Marta les están enseñando otras prácticas de sembrar la tierra sin utilizar las quemas. Muchos de estos campesinos quieren tener experiencias de intercambios para olvidar la práctica de la quema y así quitarse el estigma de “depredadores ambientales”.
Conclusiones
El corregimiento de Minca tuvo una colonización dirigida por el Gobierno Local y Nacional; los extranjeros llegaron al territorio gracias a las políticas de poblamiento. El Gobierno Local y Nacional tuvo a la Sierra Nevada de Santa Marta como una zona de frontera y, por lo tanto, tenía que ser anexada al Estado. La llegada de población extranjera hizo que la Sierra se incorporara a las políticas económicas del Gobierno Nacional, por medio de la explotación y comercialización de café. La llegada de las personas del interior del país, como marginados de la violencia partidista que se estaba dando en los departamentos andinos, reconfiguró el orden establecido por los colonos extranjeros. En los tres corregimientos las personas del interior del país no coordinaron ni planificaron la colonización y esta se desbordó hasta los territorios de los indígenas; en esta perspectiva, los colonos fueron vistos como invasores de tierras de la reserva forestal.
En principio, los colonos se insertaron al cultivo de café y se vio que asimilaron las políticas económicas y ayudaron en la economía regional. Cuando se desligaron de la economía legal del cultivo de café y entraron en la economía ilegal del cultivo de marihuana fueron vistos como violentos y fuera de la ley. El cultivo de marihuana hizo que el territorio de los campesinos fuera visto como zona de frontera, zona roja o marginal, debido a que el Estado no tenía control sobre esos territorios. Todas aquellas personas que habitaban esos territorios fueron consideradas marimberas y, por lo tanto, tenían que ser controladas y los cultivos de marihuana acabados. Esto generó violencia en los tres corregimientos, una violencia que el mismo Estado no pudo controlar. Este desorden social y económico fue asumido por la guerrilla de las FARC mediante el control y ajusticiamiento de los generadores de violencia. La ausencia del Estado hizo que la guerrilla controlara a los campesinos; aunque estos se distanciaban de las políticas del grupo guerrillero, fueron estigmatizados como guerrilleros o colaboradores.
El estigma como “zona de guerrilleros” propició la arremetida violenta de los paramilitares contra los campesinos. La llegada de los paramilitares a la zona complicó la situación: estos aislaron la zona con los cascos urbanos de Ciénaga y Santa Marta, mientras asesinaban y masacraban a los campesinos por ser supuestos colaboradores o guerrilleros. El despojo de tierras estuvo a la orden del día y el número de desplazados hacia los cascos urbanos se desbordó. A los campesinos les quitaron sus fincas y los pusieron a pagar cuotas financieras para el sostenimiento de la estructura armada. Aunque el territorio estaba controlado por la estructura paramilitar Bloque Resistencia Tayrona, a los campesinos todavía se les estigmatizaba como guerrilleros o colaboradores. La estructura paramilitar controló el orden público y regulaba todo lo que pasaba en el territorio. Hay que tener en cuenta que los grupos paramilitares tenían el control de todo el departamento del Magdalena y la Sierra Nevada tenía que entrar a ese modelo político, económico y militar. Por lo tanto, controlar y dominar los tres corregimientos era anexarlos al modelo paramilitar que en esos momentos estaba de moda en toda Colombia; a pesar de todo lo anterior, los campesinos no vieron inversión de los paramilitares y, mucho menos, del gobierno local y nacional.
Cuando se desmovilizaron los paramilitares del BRT ocurrieron muchas cosas en la zona: por un lado, la violencia que se había incubado en la zona desapareció, llegaron los organismos de derechos humanos, las ONG ambientalistas, y el Estado comenzó a hacer una leve presencia. Todo lo anterior representó para los campesinos la retoma de los cultivos de café, pero desde una perspectiva de sostenibilidad ambiental. El fin de la violencia creó expectativa entre los campesinos sobre las inversiones en obras de infraestructura como colegios, vías y puestos de salud; eso en la zona de consolidación campesina no se ha reflejado totalmente. Lo que hizo el Estado fue copar los puestos de policías que fueron destruidos por la guerrilla en años anteriores y reforzar la presencia de las fuerzas militares con batallones de alta montaña. Este nuevo periodo de tranquilidad hizo que los habitantes de los tres corregimientos comenzaran a tener dinámicas de negociación con las instituciones del Estado. Por un lado, los campesinos han entrado en las políticas de conservación de la Sierra Nevada de Santa Marta y quieren resignificar el estigma que han llevado por años; esto lo están haciendo con las prácticas económicas que están realizando en sus fincas y el discurso con el que promueven la conservación de la Sierra Nevada de Santa Marta, a través de la conservación ambiental de los ríos, quebradas, bosques y fauna. Incluso los paramilitares, dentro de sus normas y reglas, les prohibían a los campesinos la caza, la pesca y la tala de árboles cerca de los ríos. No hacer eso contribuyó a salvar sus vidas y a que no fueran sometidos a castigos severos por parte del grupo paramilitar.
Vida campesina en La Guajira
Mapa 2. La Guajira y sus municipios

Fuente: IGAC (2002).
El departamento de La Guajira se encuentra ubicado en el extremo nororiental del país, con una extensión aproximada de 20.848 km². En él podemos encontrar paisajes que van desde desierto, pasando por bosques tropicales, hasta zonas montañosas como la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá. Es normal escuchar hablar al común de la gente de la “Alta, Media y Baja Guajira”, reflejo de las relaciones entre las comunidades que habitan cada uno de estos territorios (CNMH, 2017).
La Alta Guajira es la parte que se encuentra al norte del departamento, en jurisdicción del municipio de Uribía, aunque vale la pena mencionar que se extiende hasta la hermana República Bolivariana de Venezuela. Su población está constituida, en su mayoría, por indígenas pertenecientes a la nación wayuu. La Media Guajira hace referencia a los territorios ubicados en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta y a la zona de frontera con Venezuela. Su población está compuesta por indígenas de las comunidades wiwa, kogui, wayuu, comunidades afrodescendientes y campesinos. Finalmente, encontramos la Baja Guajira, ubicada al sur del departamento, en el valle conformado por la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá. Su población, al igual que en la Media Guajira, está compuesta por indígenas wayuu y wiwas, comunidades afrodescendientes y poblaciones campesinas que llegaron de otras regiones huyendo del conflicto y buscando mejores opciones de vida.
Según el Centro Nacional para la Memoria Histórica (2017), “en los municipios de Dibulla y Riohacha durante la década de los cincuenta existió la OCC (Organización Campesina de Colombia), quienes se organizaban principalmente alrededor de la producción y comercialización de café”. Así mismo, el Sindicato de Agricultores de Urumita y las Organizaciones Campesinas de Maicao serían los primeros esfuerzos organizativos de las comunidades campesinas en el departamento de La Guajira. Así lo señala el CNMH (2017) al mencionar que desde la década de los sesenta existían organizaciones campesinas a lo largo y ancho del territorio guajiro, pero a finales de esa década estas asociaciones comienzan a identificarse con un proyecto organizativo común: ANUC.
Durante la década de los setenta la ANUC venía ganando gran reconocimiento en el departamento y el país; sin embargo, con la aparición de las guerrillas en algunos territorios del departamento las organizaciones campesinas empezaron a ser señaladas, lo que generó el asesinato de líderes campesinos, quienes eran acusados de colaborar con estos grupos armados. Según entrevistas realizadas por el CNMH (2017) a líderes campesinos del departamento, esto se produjo a raíz de la división interna de la ANUC en la línea Sincelejo y en la línea Armenia, dado que la línea Armenia era más que todo reformista y allegada al Gobierno mientras que la línea Sincelejo predicaba su independencia; esto generaba señalamientos desde el establecimiento, que no concebía la organización social por fuera de los partidos políticos tradicionales:
A partir del 82 el Estado catalogaba a la dirigencia campesina como de izquierda, más que todo aquí en el Caribe y aquellos que estaban de acuerdo con las políticas de Estado eran gobiernistas, entonces recuerdo que aquí se dio una división cuando Julio Cesar Turbay era presidente. ¿Y cómo se sintió aquí? Pues por la persecución a los líderes y el debilitamiento, el decaimiento de las organizaciones, como que se perdió el ánimo, muchos se alejaron (CNMH, 2017, p. 35).
Es así como en las décadas siguientes la violencia contra los campesinos del departamento de La Guajira, reunidos en la ANUC, se recrudeció, ya fuera por las guerrillas (FARC, EPL, ELN), por los paramilitares o por bandas delincuenciales herederas de la “bonanza marimbera”. De esta forma podemos reseñar eventos como las masacres de La Punta de los Remedios y Mingueo, en el municipio de Dibulla; la masacre de Conejo, en el municipio de Fonseca; la masacre de Distracción, el 14 de diciembre del 2000; la masacre del barrio Cafetal, en el municipio de Villanueva; entre muchos otros hechos violentos que generaron una disminución en el accionar de las organizaciones campesinas del departamento de La Guajira debido al miedo generado por el accionar de los grupos violentos que veían en el campesinado un aliado fundamental para uno u otro grupo.
Posteriormente a la desmovilización paramilitar y con la firma, más recientemente, de los acuerdos de paz entre el Estado y las FARC, las organizaciones campesinas han reanudado sus esfuerzos por organizar a las poblaciones para “trabajar en la consecución de tierra, la facilitación de créditos e impulsos de programas de capacitación para el campesinado” (CNMH, 2017, p. 41); sin embargo, esto no significa que la violencia hacia sus líderes haya desaparecido. De igual forma, deben afrontar la poca credibilidad que las poblaciones tienen hacia el Estado, que privilegia los intereses de otros actores en el territorio por encima de las comunidades que lo habitan ancestralmente.
Nostalgia de la bonanza: campesinos del valle de Tomarrazón
El corregimiento de Tomarrazón pertenece al distrito de Riohacha y se encuentra ubicado en la zona suroriental. Está al pie de las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta, en una zona de complejo acceso y cercada por varios ríos y arroyos que hacen del paisaje de esta región uno de los más verdes del departamento de La Guajira.
Para llegar a Tomarrazón se toma la vía que conduce de Riohacha al sur del departamento; posteriormente, hay un desvío hacia la derecha en dirección a la Sierra Nevada. Al cabo de unos 15 minutos en una angosta vía se llega a esta centenaria población. Por su cercanía a los ríos, por estar en un fértil valle y, evidentemente, por depender de las estaciones de lluvia de la Sierra, en esta zona se da mucho la actividad agrícola.
Imagen 9. Valle de Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Poblamiento
Por su ubicación geográfica y condiciones ambientales, el corregimiento de Tomarrazón ha sido un lugar de encuentro de múltiples culturas indígenas en el que se han dado procesos de emancipación afrodescendiente y diversos momentos de colonización. Sin embargo, podemos decir que en la actualidad la mayoría de su población se autorreconoce como afrodescendiente:
Bueno, Tomarrazón, en los años de 1940, todavía era una etnia de indígenas. Todavía hay en partes que se consiguen tinajas y todo eso de la cuestión indígena. Después de indígena, pasó a afrodescendiente, que es en lo que vivimos hoy en día. El corregimiento de Tomarrazón, como todos sabemos, como todo pueblo de Colombia y uno más del Caribe, aquí este pueblo está conformado y constituido por colonos que vienen inclusive de otros países, por ejemplo, aquí llegaron personas de origen africano en su mayoría, de origen español, de origen italiano, un sinnúmero de países vinieron a colonizar aquí desde la época del descubrimiento y quedaron un sinnúmero de familias aquí plantadas, entonces este es uno de los pueblos que dependemos de esas familias (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
Imagen 10. Calle principal de Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Walter Toro es un líder y miembro de varias organizaciones agropecuarias desde las cuales vela por los intereses de los miembros de su comunidad, lo que le ha representado un profundo respeto y apoyo por parte de las veredas que componen el corregimiento de Tomarrazón. Sobre los orígenes del pueblo, nos cuenta que el nombre de Tomarrazón
era de que cuando la cuestión del almirante Padilla, es lo que dice la leyenda, de que todos los telegramas que llegaban, llegaban era ahí hasta Tomarrazón. Y pues Tomarrazón es de la época de la guerra de Simón Bolívar, mejor dicho, que Tomarrazón es uno de los pueblos más antiguos del departamento de La Guajira. Todo esto era una casta indígena, por todas estas tierras usted coba y encuentra tinajas, en todas estas tierras por aquí encuentras tinajas, encuentras pilones, porque yo los he encontrado, de barro, horneados. Eso es lo que tengo que decir de Tomarrazón. Y pues del poquito de conocimiento que tengo es que Tomarrazón se llama “30 Tomarrazón”. Dicen los viejos antepasados de que a Tomarrazón le pusieron así porque eran 30 viviendas. Y en esas 30 viviendas era donde llegaban todas las comunicaciones del almirante Padilla, cuando era la época de la conquista del almirante Padilla, acá en La Guajira, entonces ahí era donde llegaban todas las comunicaciones, ahí era donde hacían todas las agremiaciones y por eso fue que le pusieron Tomarrazón (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
Bonanza, agricultura y minería
En términos de producción económica, la población del corregimiento de Tomarrazón mantiene una profunda vocación agrícola, aun frente a las dificultades que esta actividad representa en un Gobierno más preocupado por dinamizar y garantizar la permanencia de la minería en su territorio que por la seguridad alimentaria de la población del departamento. En el desarrollo de la entrevista al señor Walter Toro podemos resaltar tres momentos que dan cuenta de las dinámicas económicas de la población en este territorio. Por un lado, se relatan momentos de la bonanza marimbera, ajena a su voluntad e introducida en su territorio sin consultarles previamente; por otro lado, se percibe la ineludible nostalgia por los tiempos de antaño y la abundante producción agrícola, los cuales se ponen en contraste con la situación actual del campesinado en este corregimiento; finalmente, se relata el panorama actual del campesinado de Tomarrazón en relación con la producción minera del departamento de La Guajira.
La bonanza
Durante los años setenta y ochenta, como está contado por la historia oficial del país, surgieron como bonanza en toda Colombia los cultivos de marihuana y coca. El negocio del narcotráfico buscaba zonas donde las propiedades para el cultivo fueran adecuadas y donde las condiciones de acceso y visibilidad no fueran tan fáciles, características que se podían encontrar en regiones cercanas al mar. Por esta razón, la Sierra Nevada de Santa Marta fue uno de los lugares favoritos para el cultivo y la producción por quienes estaban involucrados en este negocio. Teniendo en cuenta, además, que la zona de Tomarrazón —es decir, el piedemonte de la Sierra del lado del departamento de La Guajira— era la zona que mejor cumplía con los criterios de preferencia para este negocio:
Bueno, esta zona por aquí antes más que todo era de café, cacao, aguacate, la malanga, la yuca; después llegó, cuando el mandato de López Michelsen (que vino con la vagancia que trajo la semilla de la yerba maldita) la marihuana. Aquí Tomarrazón fue un punto muy crítico cuando eso: ponían a las personas de por allá abajo a trabajar, a cultivar la yerba maldita porque así le digo yo, sembraban esa cantidad de marihuana, buscaban más que todo a la gente de por allá de Bolívar, Córdoba, para trabajar; si se ponían pesaos los mataban. Entonces aquí se conformó una cadena de unas bandas que hacían retén y todo el que venía bajando de cargar marihuana tenía que dar tanto y si no te mataban y te quitaban la marihuana. López Michelsen fue el que llegó aquí a La Guajira y dio el aval para que el pueblo guajiro sembrara la marihuana. Eso fue público, él fue el que dio la ordenanza de la marihuana. Él dijo que la cultivaran, que a él no le interesaba si los gringos se morían a punta de marihuana o no, pero que se la llevaran. Mejor dicho, que él no lo hizo como un doble sentido, él lo hizo como un propósito para que el pueblo surgiera o saliera adelante porque los gringos venían a comprarla (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
La agricultura
En la narración del señor Toro viven esos tiempos de abundancia gracias a la agricultura; sin embargo, deja ver también el malestar generado por el estado actual del campesinado en el departamento de La Guajira y el abandono al que se ven sometidos por parte de todas las instituciones, estatales o no estatales:
han sido pueblos que, por su ubicación en las estribaciones de la cordillera, buscaron lo más fresco y, en principio, vivían es del campo; lastimosamente que hasta ahora no ha habido un pleno desarrollo en esa actividad, siendo que fue una de las primeras actividades en que se basó la alimentación de toda la población. Sin embargo, usted está viendo que casi no hay apoyo: el Estado tiene muchos pueblos de Colombia, este es uno más, en el abandono, aquí es poco el apoyo que ha habido, [a] uno aquí como campesino le toca duro. La parte pecuaria es la que más ayuda a las personas. Yo vine aquí en primera instancia con la idea de que la parte pecuaria tiene mucho impacto negativo en el ecosistema. Yo tenía la idea de sembrar y hacer parcelas; sin embargo, tuve que desistir de eso porque sembrando, primo, sembrando me estaba consumiendo. Yo practiqué el cultivo se puede decir hasta hace tres años atrás. Entonces empecé, no quería, pero me tocó llegar a echar animales, empasté y, en el primer año, yo me hice tres millones sin echar un machetazo. Yo dije: ¿Qué estoy haciendo yo? ¿Me voy a consumir ahí a pulso sin apoyo? Y tengo tres millones en efectivo. Entonces cambié la actividad por fuerza, por subsistencia, y así me imagino que es la misma historia de muchos campesinos también, eso es una realidad (E. Deluque, comunicación personal, diciembre del 2016).
Imagen 11. Cultivos de maíz en Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Así mismo, el señor Walter Toro nos cuenta sobre las principales problemáticas que hacen que los campesinos dejen de cultivar y prefieran dedicarse a otras actividades desligándose, en muchos casos, de su relación con la tierra. De esta forma, nos aproxima a la realidad del campesinado, identificando dificultades y obstáculos que se le presentan al campesino en cada una de las fases de producción.
La tierra:
Primero que todo y como en muchas otras comunidades campesinas de la región y el país, el acceso a la tierra se convierte en la principal dificultad para el desarrollo de una economía agrícola estable. El no poder demostrar los derechos de propiedad sobre un predio limita el acceso a créditos, programas o apoyos del Gobierno hacia la población campesina y, así mismo, el no sentirse dueños de la tierra que trabajan genera desmotivación en las poblaciones que se ven obligadas a sembrar con la incertidumbre de no saber si lograrán cosechar antes de que les toque entregar la tierra, si la producción final de la cosecha será lo suficiente para pagar el arriendo del predio o, peor aún, si el dueño del predio lo venderá para otra actividad y les tocará salir a buscar tierra en otra parte. En estas condiciones de inseguridad social y económica vive el campesinado de Tomarrazón y nos atrevemos a decir que todo el campesinado sin tierra:
Bueno, de los cultivos por acá ahora mismo, que está cultivando la gente con su sudor sin la ayuda de nadie sino de su fuerza propia, hay unos que están cultivando el tomate, el ají, pero pedacitos, y la mayor parte no son propietarios, sino que piden a los que tienen la tierra que les den un pedacito o una hectárea para trabajar; entonces le[s] dicen: “ah, bueno, trabaja aquí”, pero la mayor parte no son propietarios de tierra, sino que trabajan en tierra ajena (entrevista a campesino de Tomarrazón. Archivo Oraloteca).
Siembra y mantenimiento
El señor Deluque recuerda cómo anteriormente la tierra se sembraba por cantidades y no había problemas de propiedad ni nada por el estilo; sin embargo, hoy en día, aun teniendo la tierra, es imposible asistirla toda porque no existen los recursos ni el apoyo. En estos momentos el campesinado de Tomarrazón está asistiendo los cultivos de manera artesanal ante la falta de capacitación y apoyo para la tecnificación de la producción agrícola en el corregimiento:
Anteriormente, el que menos sembraba, el más pobre hace en 10 años hacia [a]trás, como mi difunto padre, mi difunto padre sembraba hasta 15 hectáreas de maíz, 5 hectáreas de yuca, y hoy nadie alcanza [a] hacer eso porque los recursos no dan, porque unas hectáreas de monte hoy en día están cobrando 500 mil pesos para hacerla[s]. Los cultivos se están manejando como de los años anteriores: artesanales. Se manejan artesanales porque no hay ninguna clase de maquinaria para el campesino. Sea la tierra mecanizable o no mecanizable, el campesino todavía hace el trabajo artesanal. Hoy en día lo que siembran es media hectárea, una hectárea porque el sustento no les da para sembrar más. Como no tenemos técnica de riego, de mejoramiento de suelo, no tenemos nada, aquí dependemos como de una especie de suerte. Entonces, cuando uno va a vender todo el mundo tiene el mismo producto y aquí dependemos del pequeño mercado como el de Riohacha y el de Maicao y, además, vienen otros productos de partes tecnificadas como Venezuela, Valledupar, y queda el producto de nosotros por el suelo, esa es la gran problemática (E. Deluque, comunicación personal, diciembre del 2016).
Transporte y comercialización
El conocido mal estado de las vías de acceso hacia las zonas rurales en todo el país incrementa los costos de producción y comercialización debido al alto costo de los fletes para subir los insumos de producción y para extraer la carga hacia los mercados locales. Hoy en día la población campesina está produciendo a pérdida debido a que el gasto realizado en una parcela de tierra no se refleja en el valor del producto cuando es puesto en los mercados. Sumado a esto, hoy en día se privilegian los productos traídos desde el extranjero a raíz de los tratados de libre comercio, lo que deja sin garantías de comercialización al pequeño campesino.
Imagen 12. Vías de acceso en Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Una carga de un viaje —y el viaje son 2 bultos de yuca a 15 mil pesos— son 300 mil pesos: 100 que le paguen al del carro y 100 que le pagan al arrancador, ya son 200 mil pesos; al campesino le quedan 100 mil pesos. Por ese motivo no hacen nada y, a causa de eso, el agro se ha acabado aquí en el departamento; eso es más la necesidad. Entonces, cuando llegan a Riohacha a vender el poquito que recogen, los acaparadores, que es el mercado negro, lo quieren comprar a 15 o 20 mil pesos, de ahí no le pasan. Ellos lo están vendiendo a 80 o 100 mil pesos, entonces esa es la idea que vengo peleando yo con los gobiernos departamentales y municipales, peleando un mercado seguro para el agro campesino de Tomarrazón y de toda la región, para que ellos tengan un sustento mayor y una rentabilidad mejor. Parece que el cultivo aquí se ha acabado con la cuestión del mercado negro, el campesino no gana na’. Y, de remate de eso, un carro de Tomarrazón de aquí pa’ allá un bulto de yuca está cobrando al campesino [a] 15 mil pesos y, si ellos lo venden aquí a 10 les está[n] quedando 10 mil pesos, y allá a cada arrancador por bulto les pagan a 5 mil. Entonces, al campesino lo que le está quedando son 5 mil por cada bultico (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
La mina
Sumado a las problemáticas ya expuestas, la llegada de la minería de carbón al departamento de La Guajira ha afectado el ecosistema en general y el corregimiento de Tomarrazón no ha sido la excepción. El polvillo del carbón, el secado de las fuentes de agua, el calentamiento global, son entre otros los factores que profundizan la crisis del campesino. Con evidente impotencia reflejada en sus ojos, nos cuenta el señor Toro que lo más preocupante es que mucha población sigue viendo la Mina como una fuente de progreso y desarrollo para el departamento, sin importar todo el daño que le hace al ecosistema:
Con esa explotación minera hay un sinnúmero de personas también que, a pesar del impacto ambiental y [de] salud que hay, la gente tiende es a buscar el billete. [A] la gente de aquí no le interesa. Hay muchos colegios, por ejemplo, que han perdido el objetivo en el perfil académico que tienen. Este colegio es netamente agropecuario; sin embargo, por la realidad de la vida [de] los estudiantes ellos se levantan es con la idea de irse para el sector industrial, sin importar la enfermedad a raíz de la intoxicación que hay del carbón, pero la gente busca allá… y la prueba está porque yo terminé de estudiar en el 99 y me vine en el 2001 y a mí me ha tocado duro en el campo. En cambio, una persona que trabaja en la mina en dos o tres años ya tiene casa, carro, no se sabe cómo anda de salud, pero la gente se perfila es para allá, esa es una de las problemáticas que hay aquí en el pueblo de Tomarrazón. De igual forma, aquí en el departamento de La Guajira hasta un vendedor de yuca ambulante tiene que pagar impuesto, mientras que [en] la mina no paga impuesto; a lo contrario, la Nación tiene que pagarle a la mina, ellos son los que le pagan. Lo que la mina le quita al Estado, los colombianos lo pagamos, eso yo no le veo ninguna producción (E. Deluque, comunicación personal, diciembre del 2016).
Imagen 13. Campesinos de Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Organización campesina en el valle de Tomarrazón
Por razones de seguridad, la estancia en Tomarrazón suele ser corta, pero en lo poco que se puede conversar en la zona el conflicto armado es un elemento que aparece en las conversaciones que se puedan tener con habitantes de esta región. La violencia guerrillera se acentuó mucho en esta zona y, posteriormente, la paramilitar, pues era un corredor que unía con bastante agilidad la Sierra Nevada de Santa Marta con la Serranía del Perijá y, por supuesto, con todos los negocios ilícitos que se pueden manejar en las fronteras no resguardadas. Además, la mina del Cerrejón no se encuentra tan lejos, siendo sus ferrovías objetivo militar permanente durante mucho tiempo por parte de las FARC-EP:
En Tomarrazon ahora mismo la agricultura no se está produciendo porque la mayoría de la población fue desplazada y, como lo estoy explicando, no eran dueños de tierra, entonces quedaron en el aire, no tienen. Todos los de esta región fueron desplazados por las autodefensas, pero todos no han declarado, ellos aparecen como vulnerables, pero, en sí, sí son desplazados porque toda esta zona fue desplazada por la violencia. Esto fue terrible por aquí, más que todo para acá por la vía de Cascajalito, Juan y Medio, para allá fue terrible, para allá una vez hubo un ataque de las FARC con las AUC donde mataron 120 de la AUC el mismo día. Eso fue un desplazamiento que fue para las Casitas, Naime (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
Sin embargo, a pesar de las complejas tensiones que se viven en una comunidad como Tomarrazón, el campesino de la zona intenta superar las fricciones resultado del conflicto y mantener una serie de tradiciones y de naturaleza organizativa que fueron silenciadas durante mucho tiempo. Este corregimiento termina siendo un retrato vivo de la añoranza de tiempos mejores que el conflicto, las realidades económicas y la corrupción le negaron al campesino guajiro.
Imagen 14. Paisaje rural en Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
En los años noventa, aquí en esta Sierra de San Pablo había muchas producciones. Cuando llegó el mandato de Gaviria las producciones aquí se fueron mermando y todo fue decayendo. Los campesinos por aquí nunca han tenido ningún beneficio del Estado. Aquí el campesino siempre se ha sostenido con sus propias fuerzas. Han venido hablando de tantos proyectos… Ahora mismo el alcalde, que es este Fabio Velásquez, comenzó con unas huertas caseras (casas mallas), está por 12.7 millones de pesos cada casa malla y vayan a ver ustedes esas casas mallas para que vean cómo están. Pues hoy en día esos campesinos aparecen en el sistema como que el gobierno municipal ya les dio un subsidio para que salgan adelante y están diciendo que los campesinos son los que no sirven y los que no sirven son ellos porque se quedaron con la plata, porque no le han dado un peso al campesino y los campesinos aparecen como si hubieran recibido la plata, los pusieron a firmar unos documentos, pero vaya y mire para que vea usted que nunca han sembrado una plantación. ¿Qué hicieron? Llegaron a donde los terratenientes, donde el difunto Vicente Borrego, llegaban a las tierras del difunto Alcides Cholo, que son familias que pasan de más de mil hectáreas de tierra en el corregimiento de Matitas y Tigreras… Entonces, ¿qué hicieron con esos campesinos? Les arrendaban la tierra. Entonces llegaban los dueños de ese pedacito de tierra y a los campesinos se los estaban arrendando por millón quinientos. ¿A quién le quedaba la plata? Al contratista y al dueño de la tierra y el campesino jodido. Entonces ese campesino tenía que llegar a la Alcaldía con un contrato de arrendamiento firmado con los dueños de las tierras. Vayan y miren a la Alcaldía quiénes son los dueños de los contratos: Vicente Borrego, Moisés Enrique, la familia Chole y los Rodríguez. Donde ellos tienen inscritos más de 500 campesinos que están disfrutando del beneficio que les dio el municipio. Así mismo están en el municipio de Riohacha y en el municipio de Dibulla, están peor que aquí, porque al menos aquí no le están exigiendo a esa gente que firmaron los documentos que tienen que pagar. En Dibulla el señor alcalde, Bienvenido, tiene asustados a los campesinos a que tienen que pagar no sé cuánto para darles el subsidio (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
El campesino de esta zona, en particular, tiene la característica de estar muy enterado de los programas y de las políticas del sector agropecuario que afectan directamente sus intereses. No es gratuito que ASOCASAGUA, que es hoy en día la asociación de campesinos más grande del departamento de La Guajira y con miras a organizarse en otros departamentos vecinos como Magdalena y Cesar, haya nacido precisamente en la vereda San Pablo, del corregimiento de Tomarrazón, territorio con tradición organizativa en el departamento:
Las organizaciones campesinas que han habido en la zona, ahora mismo está lo que es puro afro, afro y como del año 80 para acá se ha venido implementando la cuestión de desplazado, hay unas organizaciones de desplazados. La organización de la que yo represento, que es ASOCASAGUA, es la Asociación de Campesinos de La Guajira. Aquí contamos con todas las etnias del departamento: con afro, con campesinos, personas desplazadas e indígenas. Esa asociación nace de aquí de esta región, pero le vamos a cambiar la sigla. Ya no va a ser Asociación de Campesinos de San Pablo y San Pedro, ahora va a ser Asociación de Campesinos de La Guajira, y estamos viendo cómo nos vamos a extender al Cesar y el Magdalena, entonces le vamos a poner ASOACOSTA (Asociación de Campesinos de la Costa) porque ya tenemos unos campesinos afiliados aquí dentro de la asociación, pero hacen parte del Magdalena. En el Cesar, por la vía del Copey y Caracolicito, y por acá por la vía de San Alberto, lejos (W. Toro, comunicación personal, febrero del 2017).
Imagen 15. Campesinos de la vereda San Pablo, Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Las veredas del corregimiento de Tomarrazón tienen, en relación a muchas comunidades de La Guajira, un avance significativo en lo que concierne a los procesos para la legalización de predios para los campesinos. Esta situación se debe, en buena medida, a la cohesión del movimiento social de la zona y, por supuesto, a su capacidad de agencia, discusión y debate con el Estado. Las negociaciones de esta comunidad y su interlocución para definir estos asuntos de tierra —y también sobre tecnificación— han llevado a que los líderes del área se sienten a debatir directamente con altos funcionarios del Gobierno Nacional:
Yo soy el representante legal de la asociación de campesinos del departamento de La Guajira, ASOCASAGUA. Me conozco pie por punta cómo es la situación de los campesinos en el departamento de La Guajira: [a] la mayoría de los campesinos del departamento de La Guajira los despojaron de sus tierras, la mayoría trabajaba en tierras de dueños de fincas, los dejaban hacer una hectárea o dos hectáreas (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
Los campesinos de Tomarrazón, a través de los procesos que han adelantado, dan una muestra clara de que, en últimas, las exigencias centrales de esta comunidad y, por supuesto, de la agenda de ampliación de ASOCASAGUA, tienen como discusión principal la tecnificación de la tierra, el mejoramiento de la infraestructura, las garantías de comercialización y legalización de predios. Por ejemplo, la desaparición de los intermediarios lograría, según sus denuncias, generar vínculos directos con las grandes cadenas de comercio y las centrales de abasto sin que el producto sea devaluado. Entonces, se puede afirmar que ASOCASAGUA, más allá de un discurso reivindicativo o reformista, exige el avance tecnológico y económico de los campesinos de La Guajira, a la vez que lucha por su reconocimiento como sujeto político de derechos y condiciones de vida digna para ellos y sus familias.
Imagen 16. Reunión Campesina en Tomarrazón

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Hay una de las cosas que yo les vengo diciendo a los campesinos que están dentro de la organización: ustedes no piensen de que el Gobierno les da para que ustedes salgan adelante; hoy en día el Gobierno colombiano le da al campesino pobre para que sea más pobre, porque es que él llega y te dice: “ya yo te di 100 pesos, ya no tienes derecho a más nada”, ya a ti se te cierran las puertas porque no tienes conocimiento de, en realidad, cuáles son los deberes y los derechos que tú tienes. En todos estos proyectos que estoy haciendo no estoy agarrado con ningún político de acá del departamento ni de otra parte, sino luchando con los mismos campesinos para, más tarde, no tener tropiezos y que no vayan a decir que “tú tienes que hacer esto porque yo te ayudé en esto”, sino que nosotros mismos actuamos en nuestra propia defensa y le aplico al Gobierno las mismas leyes que él tiene. El Gobierno le lava el cerebro al pueblo colombiano diciendo que esto es del Estado. ¡No! Es que el Estado somos nosotros. Un presidente, ¿qué es? Un miserable líder, como lo soy yo, y un líder para hacer cualquier cosa tiene que pedirle la opinión al pueblo. El presidente aquí no lo hace. El presidente aquí dice: “se va o se va”, por sobre la cabeza de quien sea que ahí eso nadie lo quita. Nosotros lo ponemos ahí es para que administre nuestros bienes, porque si en nuestro país hay oro es de nosotros, de todos los colombianos; si en nuestro país hay carbón es de nosotros, todos los colombianos; el gas es de todos los colombianos, no es del Estado, es de nosotros porque el Estado somos nosotros y nosotros somos los que conformamos el Estado (W. Toro, comunicación personal, diciembre del 2016).
Es la unidad del campesino del Valle de Tomarrazón la que ha generado que los procesos para adelantar la parcelación y formalización estén avanzando. Aunque es claro que este trámite generará muchos conflictos, pues la mayoría de tierras de esta zona es propiedad de influyentes personas de la política y economía de la ciudad de Riohacha. Hoy en día la agenda política de esta comunidad hace resistencia a las proyecciones de actividades de mega minería en el piedemonte donde nacen los ríos que surten de agua todo el valle de Tomarrazón.
Elementos culturales de la vida campesina en Tomarrazón
Finalizando su relato, el señor Walter Toro nos comenta cómo, a pesar de todas las dificultades y los trastornos generados por el conflicto armado —el cual dejó secuelas en el tejido comunitario—, la gente siempre busca las formas de restablecer ese tejido, lo que se logra principalmente a través de los espacios culturales de integración, resaltando la educación como principal herramienta de desarrollo económico, social y cultural del corregimiento de Tomarrazón:
Aquí la gente de todas maneras trata de pasarla bien. Hay ciertos eventos culturales: el 15 de diciembre fueron las fiestas patronales ahí en el pueblo, el 15 de mayo hay otra y la gente siempre trata de sacarle lo mejor a la vida pues, de todas maneras, hay muchas cosas positivas también. Tenemos ese sabor costeño de todo ese cruce de razas, también las fiestas patronales esas que te dije, aquí habían unos muchachos también que tenían ciertos grupos vallenatos, ahora hasta el mismo colegio ha perdido eso porque eso era para que lo siguiera él. Yo pienso que el colegio, no me canso de nombrarlo, es un pilar fundamental en el trascender siempre de la cultura y transmitirla, lo que es tecnología y cultura, todo, depende [de] una buena institución. Tenemos una muy buena planta física, pero yo pienso que ellos tienen que redireccionar muchas cosas, hay muchas cosas que hay que recuperar (E. Deluque, comunicación personal, diciembre del 2016).
Tensiones en la frontera: campesinos de Carraipía
El corregimiento de Carraipía está ubicado al suroriente del municipio de Maicao, en el departamento de La Guajira. Esta población colinda con el vecino país de Venezuela. Se encuentra en las faldas de los Montes de Oca, que son las últimas montañas del sistema de la Serranía del Perijá en Colombia. Por el lado noroccidental lo cruza la carretera que conecta al municipio de Maicao con el de Albania y, desde el otro lado de la vía, el inicio de las sabanas aluviales y semidesérticas del departamento.
El municipio de Maicao ha sido históricamente un centro de intercambio comercial con el vecino país de Venezuela, cuyo abasto de alimentos se hacía gracias a los corregimientos que quedaban en la zona de Montes de Oca, donde la calidad de las tierras, las condiciones ambientales, los distintos pisos térmicos, la abundancia de agua y su beneficiosa ubicación geográfica hacían de estos una de las promisorias despensas agrícolas del Caribe colombiano. Sin embargo, al referirse a Montes de Oca, al revisitar la historia del campesino y la agricultura de esta subregión y, por supuesto, al reconstruir los relatos sobre intercambio comercial en la frontera, es ineludible que la mayoría de personas de Maicao y sus alrededores recuerdan la importancia de la tradición campesina que ha tenido el corregimiento de Carraipía.
A Carraipía se llega por el municipio de Maicao: en su vía de salida hacia el Sur de La Guajira se toma un carro de una cooperativa de transportadores que va cada 15 minutos a este corregimiento, pues es uno de los lugares ideales para tomar a un precio más económico el transporte ilegal hacia Venezuela (vía por trochas hechas por contrabandistas, desde Carraipía hasta Majayura donde queda la frontera binacional). El trayecto Maicao-Carraipía tiene una duración de unos 30 minutos. Cabe anotar que esta carretera es sumamente peligrosa: los índices de atracos son bastante altos y la presencia de grupos armados es preponderante. Así mismo, asumir cualquier tipo de acción investigativa en la zona genera algunas desconfianzas y constantes preguntas.
Imagen 17. Calle de Carraipía adornada

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Poblamiento
Carraipía, cuyo telón de fondo está adornado con las alturas de los Montes de Oca, es un corregimiento de bastante actividad comercial y tránsito constante de personas. Tiene una sola calle pavimentada que, al adentrarse en la zona rural, se convierte en un carreteable utilizado por los contrabandistas y viajeros sin documentos. Los camiones de gasolina salen y entran de la llamada “avenida principal”. Los canastos azules de cervezas venezolanas hacen parte del paisaje de casi todas las casas del lugar, indígenas wayuu también son parte de la población mayoritaria y, sobre todo, una inexistente presencia de la fuerza pública del Estado.
Imagen 18. Dirigentes campesinos de Carraipía

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
En la calle o “avenida principal” vive el señor Juan Álvaro Blanco Solano, un dirigente campesino reconocido en toda la subregión de Montes de Oca y excorregidor de Carraipía. El señor Blanco recuerda algunos elementos de cómo era el pueblo:
Yo nací en Carraipía en los años 53, tengo 63 años. Aquí, según cuentan nuestros antecesores, en el año 48 más o menos comenzó la bonanza aquí en Carraipía, cuando comenzaron a colonizar la tierra, más que todo en la sierra de Carraipía, con el negocio de la madera, el roble, el cedro, la caoba. Yo recuerdo que mi papá, el difunto Víctor Blanco Solano, comenzó a sembrar el maíz a medida que iban aserrando, derrumbando… las mejoras de tierra las civilizaban, sembraban el maíz y arriaban en mula. En aquel entonces los trabajos los hacían a machete y hacha porque eran los medios que existían en ese entonces, los años 50 por ahí.
Aquí hubo un señor apellido Guillén que, en esa época, llegó a sembrar bastante cantidad de caña, y sacaba una miel y la traía para vender, la traían en bestia también, pero más que todo, principalmente, el cultivo era el maíz, la yuca y árboles frutales también, porque la tierra de la serranía de Carraipía sí se presta para muchas cosas. Aquí en el plano habitaba en ese tiempo mi abuelo, que tenía finca allá en la Sierra. Él era dueño de la finca esa y ahí sembraban yuca. En aquel entonces ya tenía auge la ganadería. Él llegó a tener en aquel entonces 400 reses porque él vino aquí en los años veinte (J. Blanco, comunicación personal, diciembre del 2016).
Históricamente, se entiende que Maicao es un pueblo de la comunidad wayuu que se formó gracias al constante intercambio comercial, la cercanía con los puertos de contrabando en el mar de Castilletes y en la Alta Guajira que, entre los años treinta y la década de los cincuenta, tuvo una gran influencia de inmigrantes árabes con intereses comerciales. Sin embargo, Carraipía —relata el señor Blanco Solano—, por su vocación agrícola y por sus buenas vías de acceso a Venezuela a principios del siglo XX, sería la población que generó la bonanza misma de Maicao, siendo incluso el corregimiento más viejo en la práctica de la economía de contrabando:
Hay varias versiones de que Carraipía fue primero que Maicao. Carraipía es más viejo que Maicao. Entonces, entre los años 1912 a 1926, en ese lapso, está la fundación de Carraipía. La primera comisión para controlar el contrabando que mandaron de Bogotá llegó fue acá a Carraipía; entonces, en la plaza se instalaron, pero no demoraron. Cuando comenzaron a llegar los árabes con el comercio entonces ya el movimiento del contrabando estaba allá. Entonces, toda esa gente que mandaron para acá, toda esa gente enseguida la trasladaron para allá porque era donde estaba el movimiento; eso fue en los años entre 1912 al 26 por ahí, está en ese trayecto (J. Blanco, comunicación personal, diciembre del 2016).
Agricultura y contrabando
Carraipía es una comunidad cuya población se desenvuelve entre dos dinámicas económicas: la agricultura y el contrabando. Aunque según los relatos la comunidad siempre ha tenido la vocación agrícola como su principal fuente de subsistencia, la ubicación geográfica, la llegada de los comerciantes y el abandono estatal han hecho de este territorio una de las rutas predilectas para los contrabandistas que, durante décadas, se han dedicado a mover productos desde Colombia hacia Venezuela o viceversa, según las variables políticas y económicas de cada momento.
La agricultura
Como nos venía contando el señor Blanco, desde la llegada de sus abuelos a estas tierras a inicios del siglo pasado la principal fuente de subsistencia de los pobladores de Carraipía era la agricultura y la cría de animales, siendo el principal punto de comercio la población de Maicao, hacia donde siempre han sacado sus productos o, como sucede recientemente, desde donde han venido a comprar sus productos. Esto demuestra que el sector agropecuario sigue siendo uno de los referentes económicos para la población, aunque actualmente viene siendo desplazado por el comercio; en especial, el comercio ilegal: el contrabando.
En la parte de abajo, lo que es “el plano”, como lo llama uno, que es del pegue de la Sierra hacia acá, siembran el fríjol, lo que es la yuca, el maíz, y otros cultivos de pancoger. [De] la siembra, más que todo, se encargaban eran los hombres. En la Sierra sí se encargaban algunas mujeres; por ejemplo, se dedicaban a criar gallinas. Vea, yo recuerdo que mi mamá alcanzó a tener hasta 200 pavos, 100 cerdos que los criaban con los desechos de la cosecha, se alimentaban de la siembra (porque se sembraba guineo, plátano, el “cuatro filo” ese que le llaman). Acá hubo un tiempo, creo que por los años setenta, donde muchas mujeres vivían en la orilla de la que venía el acueducto; le tenían sus tomas y ellas con el agua del acueducto hacían su siembra de hortalizas y eso lo llevaban para Maicao. Ahí trabajaban mujeres y hombres también, en la siembra de hortalizas que le llaman pancoger, sembraban que el pepino, el ají “pataecabra”, el cilantro de castilla, col, rábano y una escobilla blanca que consumen mucho los turcos de Maicao.
Esos productos se llevan generalmente a Maicao. De pronto ahora, como se ha intensificado un poco más la siembra porque ya la gente siembra en más escala, entonces ya tienen contacto con el mercado y vienen y les compran el producto. De Maicao a veces vienen a cargar aquí: lo que es el maíz, las mulas vienen y pesan, se consiguen clientes mayoristas pues. Pero los que siembran a pequeña escala que sus cinco hectáreas, que sus dos hectáreas, ese maíz por lo general lo venden en Maicao, lo mismo que la yuca también la venden en Maicao.
Algunos vivían era de la pesca, por ejemplo, los indígenas por aquí vivían era de la pesca, de la pesca del río: sacaban el bocachico, el mocholo, el barbú, la bujeta, eso era su modus vivendi. Ellos iban los fines de semana, pescaban, traían la ensarta, diez, veinte, vendían en las tiendas y compraban su café, su azúcar para su mazamorra y de eso dependían más que todo los indígenas (J. Blanco, comunicación personal, diciembre del 2016).
De esta forma, el señor Blanco nos cuenta que la agricultura y la cría de animales fueron las principales actividades económicas de la población desde su nacimiento y así mismo deja ver las redes de intercambio entre las personas que llegaron a colonizar estas tierras y las poblaciones que ya transitaban en ellas cuando llegaron; a saber, los indígenas wayuu.
Actualmente, la agricultura viene en decadencia por la ya mencionada actividad del comercio ilegal, pero también porque aquellas personas que aún se mantienen en la agricultura y se niegan a hacer parte de las actividades propias del contrabando no tienen garantías para desarrollar sus actividades. Por ejemplo, el señor Blanco reseña dos de las principales problemáticas que afrontan aquellas personas que desean seguir cultivando la tierra. Por un lado, el difícil acceso al agua desde la construcción del acueducto de Maicao dificulta el desarrollo de los cultivos, por lo que en la mayoría de los casos dependen de las lluvias; y, por otro lado, la informalidad en la tenencia de la tierra no les permite acceder a créditos o proyectos productivos que les permitan mejorar las condiciones de producción:
Pasa una cosa: desde los años setenta, cuando construyeron el primer acueducto para Maicao, el río de Carraipía —de la parte donde hicieron la bocatoma para acá— comenzó a secarse y fue una de las causas de que la gente no sembraba. La construcción del acueducto afectó bastante porque, ajá, las aguas se fueron retirando acá del río y esa gente ya no vivía de la pesca. Había sistemas de siembre en la parte del acueducto, que tenían unas tomas y sembraban las hortalizas. Eran cultivos constantes, pero eso ya no se da tampoco porque usted sabe que la población va aumentando, entonces el agua también se va agotando y ya no es lo mismo de antes. Y muchos siembran es en tierra ajena. Algunos tienen en la Sierra, pero no está legalizado. Acá en el plano, que llama uno, no tienen tierra. De las estribaciones de la Sierra hacia acá le llaman “el plano”, o sea las tierras bajas, [a] eso le llaman el plano. La mayoría de esa gente siembra es en tierra por comodato que le dan, que son de grandes propietarios. La berenjena también la comen los árabes. Entonces esos productos los sembraban con sistema de riego, pero las tomas se las hacían del acueducto. Cuando construyeron la otra toma del acueducto, la tubería nueva, toda esa tubería quedó marginada, la anularon, la gente dejó de sembrar y se salieron de los predios de sembrar porque a dónde iban a sembrar sí no tenían con qué regar porque habían suspendido el agua porque el agua ya iba directa para Maicao (J. Blanco, comunicación personal, diciembre de 2016).
Imagen 19. Campo de fútbol y, al fondo, los Montes de Oca

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
El contrabando
Otro punto importante es el tipo de intercambio comercial que se generaba, en el que el campesino era comerciante, contrabandista en algunos casos e, incluso, llegó a enviar productos a Venezuela. Los asuntos de seguridad se han ido tornando complejos, precisamente al moverse la bonanza comercial, donde a falta de tecnificación los campesinos se han convertido en su mayoría en comerciantes que dependen de la burbuja especulativa que es la economía de frontera. Los precios, las condiciones políticas, la situación de las trochas, entre otros elementos, han generado que se proliferen muchos asuntos de orden público en un lugar donde no hay mayor custodia de las Fuerzas Armadas de las dos naciones. Las tensiones entre campesinos e indígenas se tornan, en ocasiones, muy complejas; ejemplo de ello era la situación que vivía el señor Blanco a la hora de nuestra visita:
Imagen 20. Calle principal de Carraipía

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Ahorita, de grupos así armados al margen de la ley, aquí hay es problema de seguridad es con personal de por aquí mismo con la cuestión de los atracos; por ejemplo, al marido de ella, que es mi yerno, lo atracaron hace como 21 días. Iba a cargar gasolina y salieron unos chinitos y lo levantaron a tiros y lo mataron. Los chinitos son los indios (wayuu) de aquí. Aquí, a 3 kilómetros de aquí, para la vía de Montelada, por donde va el movimiento de la gasolina, pero de grupos al margen de la ley no, eso no hay. Es tranquilo. Aquí hay batallón ahorita, aquí a 300 metros hay batallón. El ejército tiene patrulla acá, tiene patrulla para acá, pero siempre hace falta que la policía entre a los establecimientos públicos así sea una vez a la semana, pero ya ellos viendo que llegan, que no sea el mismo día, por ejemplo, un viernes. Un sábado, un domingo que entren a un billar, a otro billar, que hagan requisa (J. Blanco, comunicación personal, diciembre de 2016).
Imagen 21. Mujer trabajando con hacha

Fuente: Archivo Oraloteca (2017)
Las tensiones entre campesinos y los wayuu o “chinos”, como les llaman popularmente en Carraipía a los miembros de esta comunidad, evidencian que los conflictos que se dan entre “arijunas” e indígenas se profundizan en cuanto a la necesidad de administrar u organizar el territorio y las dinámicas del mercado en el contrabando. Existe, en general, una idea del campesino no indígena acerca de los “chinos”, alrededor del hecho de estar, supuestamente, ligados a los atracos o a la negligencia al trabajo. Esta situación, por supuesto, ha sido una constante desde que las poblaciones de campesinos y comerciantes se empiezan a constituir en La Guajira, dado que las relaciones políticas en esta zona se enmarcan, en buena medida, en las reglas y la jurisprudencia relacionada con la autonomía indígena.
Otro tema importante que relata el señor Juan Álvaro Blanco Solano tiene que ver con el hecho de las relaciones comerciales con los campesinos y productores de Venezuela. En este asunto expresa que ha sido Colombia la que principalmente, durante décadas, había exportado productos para el mercado y la dieta alimenticia del vecino país. En este sentido, los intercambios económicos y la influencia de la dinámica indígena han contribuido a una disolución social de la frontera legal para convertirse en un límite integrador en medio de la crisis de estado en la zona:
No, para Venezuela no enviábamos nada. Venezuela más bien trae a vender a Maicao. Traen yuca, traen limón de Venezuela. De acá cerca de la frontera está Majayura, a 20 kilómetros, una vía que va por acá, no la Panamericana, esta es una vía que va a Majayura que utilizan los contrabandistas. Entonces, en ese sector, como por ahí siembran mucha agricultura, siembran el plátano, la yuca, las hortalizas, y muchos de ellos —y ahora con la situación de Venezuela con más razón— vienen a vender a Maicao porque es donde les da la base. Venden y compran en Maicao y llevan el producto ya invertido allá, como la harina. Como sabes que eso está escaso allá, pero siempre ha habido ese intercambio allá, pero ahora la baja del bolívar ellos son los que traen las cosas, antes era a lo contrario. Se vendía más que todo cuando el bolívar estaba alto; o sea, antes del infierno este que está ahora el comercio. Es que era a lo contrario: o sea, de aquí llevaban para allá, llevaban ganado, ganado que traían de los otros departamentos. Yo creo que aquí hubo una vez que Fedegan exportaba ganado, aquí había unos corrales y Fedegan los manejaba. No es que lo traigan en tanta abundancia, es más que todo los que siembran por esta zona porque los que siembran en gran escala, allá los llevan a supermercados allá a Maracaibo, al abasto. A su vez, compiten con los de Majayura, que es el pueblo que está en toda la frontera en la trocha binacional del lado colombiano. Ese corregimiento surgió después de Maicao, es más nuevo. El pueblo surgió fue porque los dueños de finca, más que todo los González, que eran los que más tenían finca y haciendas, entonces toda esa gente que venían de abajo, por ejemplo, del Magdalena, del Cesar, los contrataban para limpiar potreros, para hacer loza fue que se fueron instalando ahí. Entonces la gente que se iba para Venezuela buscando mejores senderos se iban y una parte se fueron quedando ahí en Majayura. Por lo general, hay unos que no tienen tierra, creo que los proyectos, yo no sé si lo habrán aprobado (J. Blanco, comunicación personal, diciembre de 2016).
Organización campesina en Carraipía
El señor Juan Álvaro Blanco Solano reflexiona, para finalizar, sobre otro momento importante que convulsionó la población de Carraipía. Sucede cuando las luchas campesinas toman fuerza en el país. Como lo señalamos anteriormente, Carraipía fue una de las poblaciones referentes para los procesos de organización campesina en el departamento de La Guajira; sin embargo, nos explica el señor Blanco, no se manifestó al igual que en el resto del país, pues en este territorio no se dieron las grandes movilizaciones y los grandes avances se dieron en términos de fortalecimiento organizativo, tecnificación de producción, capacitación del campesinado y, en menor medida, el acceso a la tierra para algunos pobladores:
O sea que aquí no hubo un movimiento campesino, sino más bien organizativo, asociativo. Sí, cada quien tenía su carnet, hacían sus reuniones para meter proyectos para ver qué salía, pero nunca. Bueno, se vieron ahora después que parcelaron, pero ya con las cuestiones de los desplazados. Por ejemplo acá, donde Ángel Enrique, esas tierras sí las parcelaron, pero cuando hubo un desplazamiento que el Gobierno venezolano creó —que fue el de Hugo Chávez que sacó toda la gente campesina que vivía en la frontera del lado de ellos, de Molino, San José Oriente, hacia acá— toda esa zona la desplazaron para acá y todos los cultivos quedaron abandonados, le quedaron a ellos. Entonces de esa gente hubo un grupo que lo ubicaron como a 10 kilómetros de aquí, le compraron al señor Enrique no sé cuántas hectáreas, creo que fue mil y pico, y las parcelaron por familia de 22 hectáreas, pero hacia atrás, que yo recuerde, aquí nunca se le ha dado tierra a los campesinos, que yo recuerde intentos sí, con proyectos, pero nunca les aprobaron nada así sobre proyecto de tierras. Acá venían, dictaban charlas, por ejemplo, que la junta de acción comunal, que la ANUC, pero así de beneficios, nada. Algo superficial (J. Blanco, comunicación personal, diciembre del 2016).
El asunto de la legalización de la tierra se convierte en una constante inquietud en el campesinado que existe en el departamento, sobre todo en el inicio de la zona más desértica de la península guajira; es decir, en los límites entre la Media y Alta Guajira. En esta zona los tímidos intentos de reforma rural no consiguieron hacer un mediano intento de parcelación y formalización de propietarios. Por el contrario, hoy existen familias de ganaderos y algunos cultivadores que provenían de otras regiones del país que, progresivamente, fueron vendiendo las tierras; otras, se quedaron en la región y acompañaban sus actividades productivas en relación con el circuito comercial y potencial para los negocios que fue la ciudad de Maicao hasta los años noventa.
Imagen 22. Casa del campesino en Carraipía

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Las únicas tierras que se han legalizado son las que corresponden a los Montes de Oca, que fueron declaradas reserva forestal de carácter departamental, lo que genera conflictos a propósito de la discusión sobre la conservación en una zona que vive prácticamente de la subsistencia y de la informalidad. Los campesinos que habitaban estas tierras tuvieron que dejar de sembrar y formalizar las tierras para venderlas:
Ahora es que están medio cultivando otra vez porque eso lo dejaron abandonado. La mayoría de las fincas esas se volvieron monte porque eso lo dejaron solo. Ahora, desde el año pasado hacia acá, es que la gente está volviendo a subir, los que dejaron su finca, y asistiendo, pero como el Gobierno la declaró zona forestal protegida, entonces ahora tienen que legalizarla para vendérsela, ahora dicen que no hay tiempo de legalizarlo los que no legalizaron porque esa etapa ya pasó, no sé cómo solucionan ellos porque hay muchos de los predios que no tienen documentación alguna del Gobierno y, sin embargo, la declararon zona forestal protegida, pero como ellos tienen que sobrevivir, van y tratan de sembrar y, aunque no la legalizaron para ellos, eso es de ellos (J. Blanco, comunicación personal, diciembre del 2016).
Imagen 23. Cultivo y maleza en Carraipía

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
Contrario a un ordenamiento de la tierra con una vocación productiva más o menos clara, lo que hoy existe en Carraipía es responsabilidad de una centenaria ausencia del Estado y de una especie de “nación propia” donde el intercambio económico, el contrabando y la frontera son las únicas reglas supremas. El comando del ejército en el corregimiento da la impresión de ser un emplazamiento simbólico que dijera “esto es Colombia”, más allá de proveer una real sensación de seguridad a los habitantes, viajeros o cualquier ciudadano que se refiera a este corregimiento. Precisamente sobre este abandono estatal en los últimos años hay un debate nacional que han suscitado las grandes cadenas de televisión y sus respectivos noticieros: tiene que ver con los casos de desnutrición infantil en La Guajira, sobre los cuales —y apelando a la capacidad de autogestión de las comunidades en el territorio— el señor Blanco nos refiere lo siguiente:
Imagen 24. Parcela en Carraipía

Fuente: Archivo Oraloteca (2017).
No, es que el Gobierno… por ejemplo, ahora es que yo veo con el tema de la desnutrición del Alta Guajira que le están construyendo granja integral, que si eso se lo hacen en aquel tiempo La Guajira fuera otro departamento, porque dependerían de ellos mismos, no [de] esperar que les manden una cajita de comida, sino que ellos mismos producen y ellos mismos venden, eso hace falta. Sin embargo, la soberanía alimentaria podría solucionarse. Aquí hay una institución agrícola, está a cuatro kilómetros y medio de aquí, se llama Institución Rural Educativa, antes se llamaba Vocacional Agrícola, esa institución trabaja la ganadería y la agricultura, pero no ha mejorado así en cuanto a mejoramiento tecnológico pero sí, los campesinos de aquel entonces a los de ahora sí se han mejorado, por lo que les dictan charlas; por ejemplo, yo el otro día estuve en una capacitación de 56 personas que nos la dictó agro no sé qué de la paz y nos capacitó con 50 horas sobre agricultura tecnológica y han venido dando charlas (J. Blanco, comunicación personal, diciembre del 2016).
En general, se puede entrever que aún existe un advenimiento y una necesidad de que aparezcan programas que desarrollen la capacidad técnica y tecnológica de los campesinos de Carraipía, una denuncia muy frecuente en el sector agrario del Caribe. La diminuta tecnificación que hay es asistida y administrada para uso colectivo por medio de la Umata, del Municipio de Maicao, banderas de lucha que viene impulsando la organización de la población para lograr condiciones de vida digna para el campesinado de Carraipía:
Hay cinco maquinarias: aquí hay una, en Majayura creo que hay otra, en Montelada otra, o sea que la[s] están repartiendo entre los corregimientos. Pero la mayoría de la siembra que ahorita creo que está en dos mil hectáreas en el municipio de Maicao, que en toda su historia creo que va a ser la mejor cosecha y la cosecha más grande. Ahora la tecnología ha mejorado, la mayoría de las tierras están sembradas con maquinaria, arado con maquinaria, sembrado con maquinaria, fumigación con maquinaria y cosecha con cultivadora, no del municipio, pero los que tienen siembran y contratan. Hace falta es como organización y hace falta tierra, que tengan sus tierras, no todos porque no se puede a todos, pero sí que a cierto grupo que se le vaya dando a medida del tiempo, porque ellos teniendo sus tierras les ponen como más amor y el Gobierno está más pendiente, entonces eso hace falta. Fíjese, hay gente que no sembró porque no tenía ni para comer y para sembrar menos. Se ha mejorado y creo que se quiere mejorar, el campesino de aquí necesita que tenga su pedazo de tierra, organizarse y generar desarrollo, no tiene que estar mendigando para ver si le dan una hectárea para que siembre y que el Gobierno le apoye con sus incentivos en la primera cosecha porque ya que él tenga su primera cosecha ya depende de él mismo, pero hace falta eso. Un sistema de riego (porque aquí se siembra es con la época de lluvia) con la construcción de pozos, habilitar determinadas tierras y que los grupos de campesinos estén ahí trabajando, sembrando, produciendo. Por ahí este año se conformó una asociación de productores campesinos agropecuarios de Carraipia; eso es una asociación que está legalizada (J. Blanco, comunicación personal, diciembre del 2016).
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