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Durará este encierro

Durará este encierro

escritoras peruana en cuarentena


Anahí Barrionuevo / Ana María Vidal / Victoria Guerrero

EDITORAS



Durará este encierro

escritoras peruana en cuarentena


Alessandra TenorioGabriela FreyreMyra Jara
Alina GadeaGiovanna PollaroloNataly Villena Vega
Ana María FalconíGrecia CáceresPatricia Castro Obando
Ana VarelaIrma del ÁguilaRocío Uchofen
Andrea CabelIsabel Menéndez IbárcenaRommy Balabarca
Andrea Ortiz de ZevallosJacqueline FowksRosalí León-Ciliotta
Andrea PazJulia Wong KcomtRossana Díaz Costa
Becky UrbinaKaren Luy de AliagaRoxana Crisólogo
Cecilia ZeroKathy SubiranaSophie Canal
Christiane Félip VidalKatya AdauiSusanne Noltenius
Claudia CisnerosLeydy LoayzaTania Castro
Claudia PazLisette BalabarcaTeresa Ruiz Rosas
Claudia Rosas LauroMaría José CaroTeresina Muñoz-Nájar
Claudia Salazar JiménezMaría Luisa del RíoTilsa Otta
Doris BaylyMariana de AlthausUlla Holmquist Pachas
Erika StockholmMariela DreyfusValeria Román Marroquín
Fietta JarqueMariemma MannarelliVioleta Barrientos
Fortunata BarriosMónica Ricketts

Durará este encierro. Escritoras peruanas en cuarentena

©2021, de las autoras: Alessandra Tenorio, Alina Gadea, Ana María Falconí, Ana Varela, Andrea Cabel, Andrea Ortiz de Zevallos, Andrea Paz, Becky Urbina, Cecilia Zero, Christiane Félip Vidal, Claudia Cisneros, Claudia Paz, Claudia Rosas Lauro, Claudia Salazar Jiménez, Doris Bayly, Erika Stockholm, Fietta Jarque, Fortunata Barrios, Gabriela Freyre, Giovanna Pollarolo, Grecia Cáceres, Irma del Águila, Isabel Menéndez Ibárcena, Jacqueline Fowks, Julia Wong Kcomt, Karen Luy de Aliaga, Kathy Subirana, Katya Adaui, Leydy Loayza, Lisette Balabarca, María José Caro, María Luisa del Río, Mariana de Althaus, Mariela Dreyfus, Mariemma Mannarelli, Mónica Ricketts, Myra Jara, Nataly Villena Vega, Patricia Castro Obando, Rocío Uchofen, Rommy Balabarca, Rosalí León-Ciliotta, Rossana Díaz Costa, Roxana Crisólogo, Sophie Canal, Susanne Noltenius, Tania Castro, Teresa Ruiz Rosas, Teresina Muñoz-Nájar, Tilsa Otta, Ulla Holmquist Pachas, Valeria Román Marroquín, Violeta Barrientos

©2021, de las editoras: Anahí Barrionuevo, Ana María Vidal, Victoria Guerrero

©2021, Contratapa Proyectos Culturales S.A.C., para su sello Cocodrilo Ediciones

Jr. Nicolás de Piérola 451, urb. Liguria, Surco, Lima, Perú

cocodriloediciones@contratapa.pe

www.cocodriloediciones.com

Dirección editorial: Contratapa Proyectos Culturales

Diseño de portada: Mario Vargas Castro

Primera edición digital en Cocodrilo Ediciones: julio de 2021

ISBN: 978-612-48543-1-6


Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio físico o digital, sin el permiso previo del editor. Todos los derechos reservados.

Prólogo a seis manos
(tell me the truth)

dime

¿durará este asombro?

¿esta letra carnal

loco círculo de dolor atado al labio

esta diaria catástrofe

esta maloliente dorada callejuela sin comienzo ni fin

este mercado donde la muerte enjoya las esquinas

con plata corrompida y estériles estrellas?

Blanca Varela,
«Nadie sabe mis cosas», Valses y otras falsas confesiones

Las poetas son a menudo profetas. «¿Durará este asombro […], esta diaria catástrofe?», palabras escritas en un poema que hoy son el vocabulario de nuestras vidas. Un vocabulario como una pandemia que se actualiza en todos los idiomas, que se lee/oye en todas las noticias. No hay día, desde diciembre de 2019, en que las noticias expresen algo distinto a una catástrofe: número de personas contagiadas, enfermas, muertas. Las ciudades más pobladas del mundo cayeron/caen/caerán, se enfermaron/enferman/enfermarán. Los tiempos verbales ya no nos sirven. Las secuelas de la paralización y de la muerte se ensañan ante todo con las desposeídas: las niñas, las mujeres, las ancianas, las migrantes y racializadas. Ellas, que son quienes mejor conocen este vocabulario desde que nacen, no sabían —no podían saber— cómo enfrentar «este loco círculo de dolor». La palabra convertida en virus, como otra de tantas violencias, las diezmaba/diezma/diezmará.

«Durará este encierro, como aquel asombro», nos dijimos en marzo de 2020, sabiendo que las huellas de quince días no se borrarían concluido el plazo quincenal de la cuarentena, intuyendo que ese momento tendría un eco largo; sospechando que algo, que mucho, cambiaría, y que ese cambio habría de ser definitivo. «Durará este encierro», presumimos; pandemia no era una palabra cualquiera, y menos por las características de la amenaza: un virus con alto nivel de contagio, capaz de extenderse por todo el mundo en apenas dos meses. Por eso era importante ponernos a escribir la urgencia, documentar la incertidumbre de lo que nos estaba sucediendo, captar esos primeros días de encierro, de catástrofe. Anotar y aprender ese nuevo vocabulario que asfixiaba al mundo. Asediar una verdad que fuera nuestra, y alcanzarla, para poder enfrentar lo que vendría. La escritura nos daba la oportunidad de mostrar una sensibilidad, el pulso de autoras peruanas desde diversos puntos del país y del planeta. Esa condición de migrantes perpetuas les daba también tal ventaja: la de ver el todo desde distintos frentes.

Ha pasado casi un año.

El encierro no ha sido un tiempo quieto para nosotras: hospitales, insuficientes y carentes, colapsados; la constatación final de unos años tan supuestamente prósperos como evidentemente inútiles; ser el país que más crecía en la región, pero el que menos invertía en salud y en educación. Como si esto fuera poco, sobrevinieron una vacancia presidencial, un gobierno ilegítimo y un estallido social que solo nos sumaron más dolor con los asesinatos de Inti Sotelo y Bryan Pintado, jóvenes que salieron a defender la democracia y a mostrar su rechazo frente a la irresponsabilidad de los políticos en medio de la peor crisis sanitaria de nuestra historia. Al lado del dolor, sin embargo, también sentimos esperanza. La esperanza de ver cómo miles, millones de muchachas y muchachos salían a las calles para ayudar a sus compañeras y compañeros a desactivar las bombas lacrimógenas que les lanzaban a mansalva. Si hasta entonces algunos la señalaban como una generación ensimismada, indiferente, toda duda quedó despejada; en las redes mostraron su indignación y se organizaron; en las calles lucharon y dieron pelea. Poco después respondieron los trabajadores agrarios en Ica y La Libertad, protestando contra un régimen laboral de explotación. Fueron asesinados allí jóvenes que reclamaban al menos la promesa de un futuro. Ante esta represión injustificable y frente a estas muertes, hasta el momento solo tenemos un silencio que lacera, una acumulación de días sin condena a los culpables. Porque pedir perdón no es hacer justicia.

El mundo, entretanto, también se rebelaba en los largos días de 2020: las protestas de los afroamericanos en los Estados Unidos por el asesinato de George Floyd a manos de la policía fueron numerosas e impactantes. Más cercanas, las protestas en Chile han tenido como consecuencia un referéndum para una nueva Constitución y la legalización del aborto en Argentina se ha conseguido después de años de luchas y manifestaciones.

Empezamos a escribir este Prólogo el día en que el presidente Francisco Sagasti informó sobre una nueva cuarentena. De pronto nos sentimos como en marzo del año pasado, aunque las medidas fueran similares a las de junio. Esta vez, en cambio, no sentimos avanzar sino retroceder. Sensación de encierro en un bucle infinito; sensación de haber quedado atrapadas en la pantalla de una película distópica. Distópica pero verosímil. Porque los efectos de la pandemia son caros especialmente para las mujeres: empleos perdidos, salarios recortados, una vuelta a la vida doméstica donde el trabajo en casa y la vida laboral se mezclan. Eso sin contar las altas y lamentables cifras de la llamada «otra pandemia», aquella de la violencia feminicida, a puertas cerradas. Durante 2020, según ha informado la Defensoría del Pueblo, se denunció la desaparición de 5500 mujeres y niñas, y 138 feminicidios; y en 2021, apenas en enero, ocurrieron 14 feminicidios, según afirmó la ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Las cifras continúan subiendo, las proyecciones empeoran.

El 9 de febrero de 2021 empezó la vacunación al personal médico de primera línea, que luego continuará con las poblaciones vulnerables. Apenas un día después estalló el escándalo de las vacunas VIP, con dosis entregadas a espaldas de la población a un expresidente, algunos ministros, directivos del sector salud y miembros del cuerpo diplomático, sus amigos y parientes. La palabra ética vuelve a nosotros casi como el último bastión posible de esperanza, mientras ciudadanas y ciudadanos hacen colas durante días en busca de oxígeno para sus familiares enfermos. Y, otra vez, el poema de Blanca Varela estalla con toda su verdad: «este mercado donde la muerte enjoya las esquinas / con plata corrompida y estériles estrellas».

La mayor parte de textos que conforman este libro fueron publicados en la web entre fines de marzo e inicios de abril de 2020. Otros se han añadido ahora. Porque, hecha la convocatoria en medio de la urgencia y el desconcierto, especialmente para las mujeres, no fue/es/será fácil escribir. Las autoras revelan, en todos estos textos, intuiciones primeras, reflexiones sobre un pasado perdido, y sobre un presente y un futuro inciertos. Y no son pocas las profecías. Dispuestos para esta edición de acuerdo con el calendario, los textos conforman una suerte de diario de la pandemia que es, a la vez, personal e íntimo, colectivo y universal. Allí van surgiendo —cada 24, cada 48 horas— inquietudes, amenazas, preocupaciones, formas nuevas de un dolor quizás ya conocido y que urge reinterpretar. Enmarcamos esos textos con noticias, decretos, comunicados que muestran el discurso público, ya no privado, de estos tiempos. Además de este Prólogo a seis manos, el libro incluye un Epílogo de Mariemma Mannarelli, que nos ilumina y nos invita/obliga a releer estos textos y este encierro, para entender por qué las heroínas y los héroes del Bicentenario no serán televisados ni se propalarán en las noticias, pero la vida y la palabra prevalecerán para honrar a nuestras muertas y nuestros muertos.

Anahí Barrionuevo / Ana María Vidal / Victoria Guerrero

Lima, miércoles 24 de febrero de 2021

Presentación en web

Muerte, virus, pandemia, contagio, distancia social son palabras que han llegado a nuestras —hasta hace poco— intensas vidas contemporáneas y nos han instalado en este encierro. El estado de emergencia y una cuarentena rígida provocan asombro, abatimiento, confusión, claustrofobia. Provocan miedo. Nos obligan a reconocernos vulnerables. A la vez nos retornan a la vida doméstica: cuidar de los nuestros o dar la estocada final a una relación afectiva en crisis, revelada ahora sí insostenible en 45 metros cuadrados. Las redes, más intensas que nunca en estos días, nos trasladan a lo público. Las ciudades van siendo tomadas por los astros y por la naturaleza silvestre: los cielos, los ríos y los mares exhiben su belleza y los animales aparecen indiferentes a nosotras.

El encierro nos abruma, nos hace pasar del desconcierto al optimismo, y viceversa. Un minuto pensamos que, por fin, el mundo será más solidario; al siguiente, lo contrario: que, al cabo, cuando por fin abramos nuestras puertas, la distopía nos habrá alcanzado. El encierro nos trastoca, nos convierte en policías de otros, y condenamos, inconscientes, su imposibilidad de encierro. Nos adaptamos por fuerza al teletrabajo y a una educación sentimental a distancia, que hasta hace unos días veíamos con extrañeza entre los más jóvenes, pero que hoy parece imponerse.

En el afuera de este encierro, la pandemia. Desde que esto comenzó, el presidente aparece cada mediodía para informar sobre el virus y las medidas tomadas por su gabinete. En las noticias insisten en que solo se lo vencerá actuando de manera colectiva. Sabemos que también exige dejar de abrazar, de tocar, de besar a los nuestros. Las salidas, solo esporádicas, solo imprescindibles. Difícil en un país donde reclusión significa a menudo hambre y violencia.

Los textos, recogidos en cuatro días, han sumado un total de cuarenta y seis, a los cuales eventualmente se añadirán otros. Se irán subiendo a este portal cada tres días, hasta completar cuatro entregas. De este modo podrán acompañar a las lectoras y lectores en estos días.

Las editoras queremos agradecer, ante todo, a las autoras, que respondieron de inmediato con generosidad y entusiasmo a nuestra propuesta, incluso cuando finalmente, por variadas circunstancias provocadas por este momento singular, no pudieron entregarnos sus textos en los plazos necesarios. Confiamos en que pronto o más adelante quedarán integrados al conjunto.

Finalmente, agradecemos también a Lima En Escena por acoger este proyecto sin reservas y cedernos el espacio virtual para alojarlo.

Anahí Barrionuevo / Ana María Vidal / Victoria Guerrero
Viernes 6 de marzo

Coronavirus en Perú: joven de 25 años que regresó de Europa es el primer infectado

Tras confirmar la presencia de la enfermedad, cuatro médicos supervisan al paciente en su vivienda ubicada en Lima. Mientras tanto, su familia también está recibiendo atención.

El primer caso de coronavirus en Perú se confirmó el último viernes 6 de marzo. A través de un mensaje a la nación, el presidente de la República, Martín Vizcarra Cornejo, informó que se trata de un joven de 25 años que regresó de Europa tras visitar Francia, España y República Checa.

Según datos dados a La República, el joven se desempeñaría como aviador comercial […]. Además se confirmó que lo atendieron cuatro médicos, 2 epidemiólogos y 2 infectólogos.

[La República]
Domingo 15 de marzo

Decreto Supremo que declara Estado de Emergencia Nacional por las graves circunstancias que afectan la vida de la Nación a consecuencia del brote del COVID-19

Decreto Supremo N.° 044-2020-PCM
Artículo 1.- Declaración de Estado de Emergencia Nacional

Declárese el Estado de Emergencia Nacional por el plazo de quince (15) días calendario, y dispóngase el aislamiento social obligatorio (cuarentena), por las graves circunstancias que afectan la vida de la Nación a consecuencia del brote del COVID-19.

[El Peruano]

Estado de emergencia por coronavirus:

el cierre de fronteras comenzará a las 23:59 horas de este lunes

El presidente Martín Vizcarra informó que restringirá el transporte de pasajeros por vía terrestre, marítima y aérea durante 15 días. La medida entrará en vigencia a partir de las 23:59 del lunes 16 de marzo.

El presidente Martín Vizcarra anunció, en un mensaje a la Nación, que se cerrarán durante 15 días las fronteras del país y se restringirá el transporte de pasajeros por vía terrestre, marítima y aérea, como medida para frenar el avance del coronavirus (COVID-19).

«Durante el Estado de Emergencia se dispone el cierre total de las fronteras, en virtud de lo cual queda suspendido el transporte internacional de pasajeros por medio terrestre, aéreo, marítimo y fluvial. El transporte de carga y mercancía no se encuentra comprendido en ello», afirmó Vizcarra.

El mandatario remarcó que estas medidas, que incluye el aislamiento social obligatorio, son necesarias para evitar la propagación del coronavirus, ya que, hasta el momento, hay 71 casos confirmados.

«La adopción de estas medidas no significa que dejarán de aumentar los casos de afectados, pero tenemos que tomar la decisión para que en este periodo de 15 días comiencen a disminuir los casos. Si no tomamos esas medidas, el ascenso sería constante y permanente», señaló el mandatario.

[El Comercio]
Lunes 16 de marzo

En una esquina asoma un tilo
Irma del Águila
La Plata y Lima

Un tilo levanta su frondosa armadura sobre la cervecería que abre en la esquina de la calle 54 con 5. Extiende su sombra protectora sobre la cornisa del edificio, se despliega como un parasol en el tórrido verano.

Misterio, unas horas después: cuando se vuelve a mirar el tilo de la calle 54, la impresión que arroja es distinta. Esas ramas ya no cobijan. Antes bien, parecen recostarse sobre la cornisa, que felizmente cuenta con la solidez de sus vigas para aguantar el cuerpo vegetal. La distancia que hay entre una y otra percepción del paisaje da pie a calibrar cuán equívoco puede llegar a ser el contacto entre los cuerpos.

El perfume del tilo sí que es nítido, florido. No hay platense que no haya sentido el delicado perfume de los viejos tilos, traídos desde tierras prusianas en el siglo XIX. O escuchado comentar, o al menos leído sobre él.

Esas ramas, con sus ásperos nudos y sus hojas, han invadido la fachada del establecimiento, cubren todo, incluso el cartel que el goteo constante de las hojas inundadas de lluvia ha manchado de barro y óxido. Han sido gotas pacientes y destructivas. En la copa del árbol anidan los pájaros grises y las ardillas transeúntes. Y la luz escamoteada a las personas que circulan por la acera.

El tronco sólido se asienta en el metro cuadrado de tierra que se abrió en la acera en su momento, con fines paisajísticos. Pero no le basta, sus raíces se extienden por el subsuelo en busca de nutrientes. De resultas del esfuerzo centenario por la subsistencia, las raíces, que pujan, desprenden ladrillos, y entre las grietas asoman más raíces y terrones.

Un par de amigos se da el encuentro en la esquina de la cervecería. Dos amigos que se saludan con un beso en la mejilla y sonríen animados y con aire de complicidad. El beso es también una despedida, porque saben que habrá restricciones al contacto entre seres humanos, pronto, con el inicio de la cuarentena.

Saben bien que ningún contacto es inocuo.

Sábado 18 de marzo

Decreto Supremo que precisa el Decreto Supremo N.° 044-2020-PCM, que declara el Estado de Emergencia Nacional, por las graves circunstancias que afectan la vida de la Nación a consecuencia del brote del COVID-19

Decreto Supremo N.° 046-2020-PCM
Artículo 4.- Limitación al ejercicio del derecho a la libertad de tránsito de las personas

4.2 Se dispone la inmovilización social obligatoria de todas las personas en sus domicilios desde las 20.00 horas hasta las 05.00 horas del día siguiente, excepto del personal estrictamente necesario que participa en la prestación de los servicios de abastecimiento de alimentos, salud, medicinas, la continuidad de los servicios de agua, saneamiento, energía eléctrica, gas, combustibles, telecomunicaciones, limpieza y recojo de residuos sólidos, servicios funerarios, y transporte de carga y mercancías y actividades conexas, según lo estipulado por el Ministerio de Transporte y Comunicaciones.

[El Peruano]
Jueves 19 de marzo

Perú reporta su primera muerte por covid-19: un hombre de 78 años que padecía hipertensión

Las autoridades de Perú reportaron este jueves la primera muerte de un paciente diagnosticado con covid-19, la enfermedad que provoca el nuevo coronavirus.

El Ministerio de Salud reportó que se trata de un hombre de 78 años que padecía hipertensión arterial.

El paciente había sido ingresado en el Hospital de la Fuerza Aérea con insuficiencia respiratoria severa el pasado martes.

Este jueves, Perú, que pasa de los 230 casos confirmados, cumplió su cuarto día en estado de emergencia con restricción de circulación de personas.

Hasta este jueves 19 de marzo, en el mundo había más de 242.000 casos confirmados del nuevo coronavirus con más de 9.800 muertos.

[BBC News]
Viernes 20 de marzo

Día #5
Alessandra Tenorio Carranza
Lima

«Abrazos fuertes». Lo he escrito como diez veces. Incluso lo acabo de decir en voz alta en una llamada grupal con mis amigos de la universidad. Son las 00:32 del quinto día del coronavirus. Estoy encerrada en mi casa como casi todo el Perú, toda Francia, toda Italia, toda España…

El mundo está parado. No se sabe cuándo podremos acercarnos a menos de un metro de distancia y sin mascarilla.

El mundo está parado y yo, estúpidamente, solo puedo respirar hondo y escribir «Abrazos fuertes». En realidad, yo también necesito uno ahorita. Estoy nerviosa. Quizá porque en uno de mis chats grupales empezaron a hablar de los muertos, a detallar sus edades, sus ubicaciones. Quizá porque un amigo se salió del chat; no soportó que pusiéramos noticias sobre la pandemia. Quizá he empezado a perder la calma porque mi papá (diabético, hipertenso) es mucho mayor que todos los que murieron hoy.

Desde que empezó el encierro tengo un insomnio que no me deja dormir hasta por lo menos las 3 de la mañana. Mi esposo se acuesta temprano. Hace un rato me ha dado un beso (burlando el distanciamiento social) y se ha ido a dormir. No quiero despertarlo y tirarle toda mi ansiedad encima, porque dos ansiosos en 93 metros cuadrados es mucho más de lo que podría soportar.

Quisiera abrir la ventana, pero he estado congestionada y tengo miedo de que el aire frío del primer día del otoño me congestione nuevamente. Entonces volveré a angustiarme pensando en que tengo el virus maldito que ha parado el mundo.

Ya casi me parece una broma de mal gusto que hace dos semanas, incrédulos, E y yo nos pusiéramos a ver Contagion mientras tomábamos unas cervezas, y que una semana después, precavidos, fuéramos a comprar al mercado porque se venía voceando el encierro. Y ahora estamos los dos cagados de miedo, cada uno en su cuarentena casera. También me resulta un desafío innecesario que, mientras íbamos en familia a hacer las compras, les haya puesto una cumbia sobre el virus y que la cantara a voz en cuello risueña y despreocupada. Ahora cada uno está en su casa —mi hermano, mis padres y yo—, y no me quedan ganas de cantar nada, mucho menos esa cumbia.

Aún faltan diez días. La regla me ha venido hoy; la mitad de lo que falta tendré dolores y sensibilidades desbordadas.

No sé si soportaré las noticias, los comentarios, las redes; estar lejos de mis padres, de mis amigos, de mi familia. No sé si podré cocinar… No sé si tenga que salir a comprar víveres. No sé si el virus me encuentre en la calle. Solo sé que ahora tengo miedo e incertidumbre. Solo puedo pensar que cuando haya pasado todo esto (¿cuándo será?), el recuerdo de los estados que voy poniendo día a día en mi Facebook quedará para la anécdota. Ojalá así sea.

Sábado 21 de marzo

En el epicentro pandémico
Claudia Salazar Jiménez
Nueva York

New York pandémica, noche de sábado previa al confinamiento obligatorio. Las grandes avenidas están vacías. Por la Sexta, en Chelsea, el paisaje se vuelve surreal. Pasa un grupo de seis ciclistas, muy jóvenes, afroamericanos alegres y vigorosos, como si cortaran el silencio de la ciudad. En una esquina donde funcionaba un bar, veo que un vagabundo ha llenado la fachada con restos de flores y tallos secos de los negocios cercanos. ¿Qué pretende hacer? Parece un altar. Ha puesto una foto en la puerta del local, rodeada de más flores. Hay un patrullero frente al bar. Bajan dos policías y hablan con el insólito decorador. Antes de escuchar lo que dicen, noto un movimiento al otro lado de la calle. Es una figura delgada, con un terno que le queda grande y le da un aire de cuadro de El Greco. Alargadamente, este hombre camina cojeando del lado derecho, con un ritmo casi de zombi. Pienso en «Thriller» de Michael Jackson… Los policías le dicen al decorador que no puede seguir poniendo tanta basura frente al bar (está cerrado y no creo que a nadie le importe). El delirante decorador no los escucha y persiste en su dedicada tarea. Aún me faltan un par de calles.

Muchos negocios han cerrado, pero las farmacias, delis y supermercados aún se mantienen iluminados. Varios de sus anaqueles, vacíos.

Sensación de estar en una película apocalíptica cuyo guion está comenzando a escribirse.

Domingo 22 de marzo

1984 is here [y es real]
Claudia Cisneros
Athens, Ohio

¡emergencia!

si me quieres, aléjate

¡emergencia!

no me toques

no te acerques

no me beses

emergencia de distancias

matrix

desequilibrio mortal

¡alerta!

un polizonte

en el sagrado cuerpo

penetra células

se replica ad infinitum

espejo contra espejo

en invisibles gotas

viajan

y se disparan

como municiones

¡emergencia!

es necesario separarnos

para permanecer unidos

¡vivos!

6 metros de distancia

¡no me toques!

120 nanómetros

el diámetro

del polizonte mortal

3 % mortandad promedio

esto es real

2020

año pandémico

es surreal

120 nanómetros

de diámetro mortal

diámetro invisible

contra diámetro terrestre: stop!

¡alerta!

¡alarma!

¡emergencia!

en Athens no se ha detenido la primavera

florecen los brotes del árbol blanco en mi balcón

la vida continúa en otros reinos de la Tierra

ajenos a nuestros ajetreos

a nuestros resoplidos

a nuestras máscaras quirúrgicas

a nuestro arranche de papel higiénico

a nuestro gel para las manos

¡alerta

alarma

emergencia!

somos vida

que se autoinflige

desgracia y muerte

¡alerta

alarma

emergencia!

un día tarde nos dimos muy cuenta

de que no hay suficientes respiradores

de que no suficiente querer

de que somos frágiles

decadentes

de que hay cuarentenas y cuarentenas

algunas alacenas llenas

en otras solo cabe familia

un día tarde nos dimos muy cuenta

de la insoportable fragilidad del ser

un día

reducidos

a fuerza de cuarentena

nos dimos muy cuenta

de nuestro minúsculo poder

sobre este mundo

que osamos devastar

minúsculos nosotros

minúsculo el de la corona

letales como él

hoy

alerta

alarma

emergencia

ayer

devastadores

devastados

hoy

Gruñido
Susanne Noltenius
Lima

Es el final de otro día encerrada. Leyó el post en Facebook hace un momento y algo la sacudió. Buscaba una distracción momentánea, una pausa hasta recibir el aviso del banco con la aprobación de la línea de emergencia que cubra sueldos de 238 trabajadores este mes. Entonces leyó el post. Se ha puesto de pie y ha salido al balcón del departamento. Por encima de los árboles del parque y entre los edificios vecinos, asoma inminente la puesta del sol. Las nubes densas y percudidas lo esconden, pero entre ellas se cuelan haces de luz, como trazos de lo que está oculto.

Va a la cocina donde Mateo ensaya pataditas con una pequeña pelota de goma poh, poh, poh. Intercambian las frases de siempre —¿qué tal?, ¿todo bien?—, frases que ya eran muletas antes del encierro. Nota las piernas de su hijo cubiertas de pelos. ¿En qué momento ocurrió la metamorfosis? Talvez en enero, cuando ella viajó diez días con Simón. Talvez en las últimas semanas, cuando los pedidos de clientes en Europa se frenaron de golpe y ella trabajó más de lo habitual. Coloca tres cubos de hielo en un vaso. Añade pisco y el resto de la botella de Schweppes. Agita la mezcla dos veces y regresa al balcón.

Han decidido casarse este año. Ella le advirtió que no abandonaría el hábito de levantarse a las cinco de la mañana para correr y él accedió. Le dijo, además, que admiraba su disciplina. A ella le gustó la idea de una figura masculina en casa. Aceptó ceder espacio por el bien de Mateo. ¿Decidió por ella también? El sol aparece bajo las nubes, una emersión inversa, de cabeza, encendida como una bengala. Simón llegó hace poco de España y cumple el aislamiento en soledad. Mirar su muro en Facebook es una forma de estar con él.

No le gustan las redes. La sorprende la ligereza de las publicaciones, el intercambio selectivo y calculado de likes, el exhibicionismo, la cultura del Me Gusta, pero es un canal inevitable para promocionar la imagen del negocio. Durante la cuarentena, mientras añora la libertad de correr en la calle, la han desconcertado los gruñidos anticapitalistas y antirunners. La excusa del virus para erigirse como paladines del civismo, estirar el índice —o la cámara del celular— y desvestir antipatías más profundas. La digitalización propaga pánico y odio como una pandemia. Esta inquisición le es ajena y jamás pensó que Simón celebraría rabioso la detención de una deportista o aplaudiría las cachetadas de un militar contra un desobediente infeliz. ¿Qué le da derecho a linchar a los demás?

El cielo se ha teñido de naranja y rojo. En poco más de una hora, ella y Mateo aplaudirán el esfuerzo de médicos y enfermeras, policías, basureros, trabajadores de supermercado. Le queda un último sorbo del chilcano. Aún no sabe si el banco le aprobó la línea. En unos segundos, se habrá apagado el sol.

N95
Ulla Holmquist Pachas
Lima

Es domingo, 15 de marzo. No es uno cualquiera. Es el inicio de un fin, he pensado. He ido a verte con ellos, cuyos nombres aún recuerdas cuando ves sus rostros sonrientes diciéndote «Abuelita», como siempre te gustó. Pero ellos no han podido acercarse, hoy solo se admite un contacto por persona. Entro por primera vez a ese lugar que imaginé distinto, que quería imaginar distinto, y lo único que quiero es salir de ahí corriendo, llevarte conmigo, quitarme la mascarilla para ver si al menos así puedes rebuscar mi nombre en tu memoria. Quiero ayudarte, sonriéndote, repitiendo «Soy yo, tu hija menor, soy yo, mami…» y que aparezca mi nombre en tus labios lentamente tras esos segundos interminables. Pero no me reconoces. Lo hago más difícil porque solo puedo estar cerca de ti con el rostro cubierto, protegiéndote y ocultando el temblor de llanto en mis labios, ya no la sonrisa. Te cuento lentamente lo que está pasando, y tú solo me miras y me dices «Cuídate». Paseamos por el patio agarrándonos las manos, cantando dos o tres canciones que recuerdas perfectamente. Quiero quedarme allí en el canto y en tus manos. Pero es hora ya de regresar a casa. Ellos se despiden desde la puerta, y sus sonrisas ocultas no pueden detonar tu recuerdo. Nos miramos los tres, caen las máscaras y lloramos. Ya en casa escuchamos un mensaje a nivel nacional, indicándonos que hoy no es un domingo cualquiera. Y pienso que es, en definitiva, el inicio de un fin.

Lunes 23 de marzo

Agnes Darnell
Alina Gadea
Lima

Agnes Darnell no concebía la vida sin un hombre al lado. Un viejo amor de juventud, una ilusión, una fuga, un matrimonio, un hijo muerto, un horrible suicidio. Un divorcio. Otro matrimonio, una traición y una ruptura. Una hija lejana. El desamor y el desengaño. La daga del recuerdo; el hijo adorado en sus últimos momentos traspasa su ser. Varios intentos más en el camino. Agnes pinta grandes lienzos que por temporadas le permiten olvidar el dolor de ese puñal y su enorme cama solitaria.

Ya está mayor, pero conserva su figura de niña, sus ojos rasgados y celestes. Tiñe desde hace años su pelo de rojo, con un corte asimétrico y moderno. Viste casacas de cuero negro o rojo, como una vocalista de rock, y canta con una voz de soprano canciones pop. Ella ya lo sufrió todo, lo dio todo y lo vivió casi todo. Solo quisiera dormir mecida todas las noches en los brazos de un hombre propio. No de uno circunstancial, efímero.

Un último intento. «Vamos, Agnes», se dice mirándose al espejo con sus puntiagudos zapatos de tacón. Sale, baila, canta, ríe, coquetea, besa y abraza. Se acuesta con un hombre más joven. Unos meses después se repite que ha sido un error. Otro desencanto. Él solo quiere alejarse. Calla. No la mira, no la besa y no la toca. Agnes está sola entre sus lienzos. Sesenta años, varias vidas, varias caídas, vueltas de campana y descarrilamientos. Choques y naufragios. En su casa, el domingo es un día aterrador en que toda la soledad del mundo parece agolparse en su pecho. Pero aun así ella insiste en que la vida la espera en alguna parte. Es un día claro y con sol y ha aparecido un hombre en el barrio. Unos días después comprueba que el sexo y el amor no han quedado atrás. Los meses pasan en la tibieza de la cotidianidad y ambos hacen de esa casa un lugar especial. Caminan de la mano y regresan cada tarde a ese cuarto como a un nido. Antes de dormir, oyen las noticias. Una pandemia. Orden de inamovilidad. Se miran. Un contagioso virus invade el planeta. Se abrazan. Mascarillas, guantes, dos metros de distancia. Se acarician. Aislamiento social. Toque de queda. Las personas mayores deben tener más cuidado que nadie y no salir de casa. Duermen.

Los días pasan y ninguno de los dos sabe cuándo podrán salir. Cuándo verán a alguien más. Pero Agnes nunca se sintió mejor. Lee y toma sol en su terraza. Riega sus flores. Pinta sus grandes lienzos de colores, piensa, se estira y canta en el balcón. El mundo está detenido afuera, pero más vivo que nunca dentro. Algo como un velo transparente la protege del antiguo dardo del dolor. Y entre películas y conversaciones, la mesa está puesta para dos, las copas están llenas y la cama es un mundo con un hombre al lado que la mece hasta hacerla dormir. Un hombre propio que no es circunstancial ni efímero y que nunca se sintió mejor.

Hoy: pasado constante
Andrea Cabel
Lima

A lo largo del día me detengo muchas veces a entender el arte de domesticar espacios. Katelyn Ohashi, Surya Bonaly, Simone Biles crean infinitas dimensiones en un plano lleno de esquinas. Su cuerpo es una herramienta moldeada para trascender el aire, la gravedad; para trascender la altura de sus saltos. Y yo quisiera sentir esa libertad, sentir ese ritmo que persigue a la música, y que no es la música misma. Eugeni Plushenko, por su lado, tiene alas invisibles. Con ellas corta el aire, el hielo, tiene la precisión de un cuchillo afilado contra el frío. Respiro y tomo mis pulsaciones. Camino una y otra vez hasta reunir los kilómetros que mi cuerpo necesita. Estoy sin zapatos midiendo cuánto espacio queda entre mi mirada y la de ellos. El tiempo marcando cada centímetro se amplía y llegan bostezos a la puerta, tímidamente queriendo abrirla.

Mi memoria engarza sonidos: miles de pelícanos viajando sobre unas rocas escondidas y atrapadas en el corazón del mar. Mi mente adquiere la forma de una gaviota y abro mis pulmones. Miro los ojos de este atardecer tan naranja, y comienzo a dibujar una escena, luego otra, hasta que pasan las horas y mis piernas están cansadas de escribirse una y otra vez. Despegamos todo el tiempo, le digo. Despegamos y nos miramos las manos; no hay heridas, no tenemos sangre caída, es solo agua, un poco de azúcar y este perfume de verano que se extiende. Abres y cierras libros. Miras las páginas como si fueran recuerdos de algún viaje pasado. Yo te miro como si fueras un sueño que se repite hasta dolerme. A veces los planos se mezclan, se cortan, y Plushenko está cortando el suelo tan blandamente sólido de las gimnastas. Debe haber algún heroísmo en encajar tanta fuerza en los brazos. Debe haber alguna reencarnación específica para todos los músculos de sus piernas. Quisiera tener sus lesiones, me repites. Quisiera mover mis brazos como lanzando un infierno afuera.

Nuestro encierro, te digo, está tan lleno de carreras contra el tiempo, está tan lleno de palabras y de silencios, que es imposible sostenerlo. Y te repito lo que dijera Salinas: «Cuando tú me elegiste —el amor eligió— salí del gran anónimo de todos, de la nada». Te conviertes en gato, en una uña, en pedazos de cartílago y yo te amo. Otra vez, nuevamente. La calle aparece. Es imposible cerrar el cuerpo, los ojos. Tampoco somos bestias incapaces de mirar al otro. Hay aún varias mujeres que salen a tanto espacio vacío con tercas bolsas de caramelos. Una pide pañales. Otra suplica fideos, atún, algo para el día. El ritmo abstracto de los videos de Plushenko, de Ohashi, de todos, se detiene, y la prioridad está en la resistencia de estas mujeres que aumenta, que crece, que toca mi puerta, que me pide sin pedirme. Entonces el encierro acaba. Se caen los vidrios, la piel tan cerrada.

Un día despertaremos
Christiane Félip Vidal
Lima

Un día despertaremos y todo habrá cambiado: Bolsonaro, Putin, Trump, Maduro, Erdogan, Kim Jong-un habrán desaparecido bajo una lluvia de virulentas partículas que, tales misiles inteligentes, apuntaron a sus cabezas coronadas.

Un día despertaremos y todo habrá cambiado: en las ciudades las mujeres caminarán sin miedo de día, de noche, por calles, avenidas y malecones. Se sentarán a tomar un café, un té, una copa de vino, a disfrutar de la charla de otr@s, del abrazo de otr@s. En el campo se sentarán a ver el renacer de la naturaleza sobre los antiguos suelos mineros y se juntarán recordando leyendas y ritos, danzas y cantos.

Un día despertaremos y todo habrá cambiado: los delfines y los patos retozarán en los canales de Venecia; ciervos, zorros, cabras, jabalíes, elefantes y pavos reales pasearán por las calles de ciudades vacías, recuperando los espacios que alguna vez el ser humano les arrebató.

Un día despertaremos y todo habrá cambiado: le sacaremos punta a lápices con olor a madera o mojaremos una pluma en tinta violeta y escribiremos cuentos en papel a raya con la letra redonda de nuestros cinco años.

¿Bonito?

¡No me digan que se lo creen!

Porque las utopías que nacen en tiempos de crisis no duran. Porque el ser humano no aprende y la Historia se repite.

Por eso, un día, otro día, despertaremos y nada habrá cambiado.

Pandemia
Claudia Paz
Lima

«Pandemia causada por coronavirus», leí en el Instagram de un diario local. Era viernes 13 de marzo de 2020. ¿2020? El 2020 supuestamente era un número hermoso, según mi romanticoide y sentimentaloide modo de pensar. No me creí tal noticia. Era una mañana soleada y calurosa, y había caminado muchísimo hasta mi taller, donde suelo pintar y crear cosas mágicas junto a mis hermanos. Pasaron las horas y se voceaba una posible cuarentena. Al día siguiente, sábado, las noticias comunicaban que el número de infectados había subido en Lima. No lo tomé a la tremenda. Salí a comprar junto a mi hijo Chavi, el segundo, piqueos y una botella de vino para hacerles una visita a mis padres por la tarde. Tomé un taxi de aplicación, el servicio más costoso, para estar tranquila con la limpieza del auto. Pasamos una linda velada. Al despedirme de mis padres, lo hicimos con un abrazo fuerte, acostumbrado.

El domingo por la mañana me tomé en serio la pandemia. Era una avalancha de noticias tristes. Acepté por fin los rumores sobre la cuarentena. Por la noche, el presidente dio la orden del encierro por quince días. ¡Increíble pero cierto! El lunes por la mañana comprendí que el encierro no era un juego. Nunca me gustó agarrar un trapo para limpiar el piso, nunca había tenido un encuentro cercano con ese químico llamado «lejía», nunca me gustó amarrar una bolsa de basura, ni menos me gustó cocinar. Mis máximos intentos culinarios fueron tallarines con tuco, huevos revueltos con jamón y queso, y jugos de fruta. Paro de enumerar. Llamé a mi hermana Andrea y al finalizar de nuestra conversación me dijo: «Bueno, voy a cocinar unas buenas menestras». ¿A cocinar?, ¿unas buenas menestras?, ¿yo? ¡Me sentí morir! ¡Quería llorar! Mi alimentación y la de mis críos habían dependido siempre de alguien más. Las cebollas, los ajos y los tomates no habían tenido contacto jamás con mis manos. Un nudo en la garganta. «¿Aló?», Andrea seguía al celular… «¡No te deprimas! ¡Puedes hacerlo!». De inmediato revisé tutoriales en YouTube y puse manos a la obra. Abrí nuestra pequeña alacena, saqué una bolsa de alverjitas, las verduras necesarias y me dije «Si una mujer puede cocinar, todas podemos».

El resultado fue exitoso: alverjitas con arroz, ensalada de cebolla, palta y tomate, y saltado de pollo con cúrcuma, acompañado con agua de piña y como postre, gelatina. «¿Mami, tú has hecho el arroz?, ¿también has hecho arroz?», me preguntó Chavi incrédulo, «lo bueno de esta cuarentena es que vas a cocinar tú». Como dicen las abuelas, «Nada sabe más rico que un platillo hecho por mamá».

El encierro me ha convertido en una mujer útil en mi hogar.

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Volume:
142 p. 5 illustrations
ISBN:
9786124854316
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