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Ébano
Alberto Vázquez–Figueroa

Categoría: Novelas | Biblioteca Alberto Vázquez-Figueroa
Título original: Ébano
Primera edición: 1975
Reedición actualizada y ampliada: Noviembre 2021
© 2021 Editorial Kolima, Madrid
www.editorialkolima.com
Autor: Alberto Vázquez-Figueroa
Dirección editorial: Marta Prieto Asirón
Portada: Silvia Vázquez-Figueroa
Maquetación de cubierta: Sergio Santos Palmero
Maquetación: Carolina Hernández Alarcón
ISBN: 978-84-18811-11-1
Impreso en España
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Aún faltaba una hora para el amanecer y ya estaban en pie y en marcha, atravesando el espeso bosque tropical.
Llovía en lo alto, sobre las copas de los árboles gigantes, pero de la lluvia no llegaba más que el rumor, porque el agua tardaría en atravesar el espeso techo de hojas y ramas.
Cruzaron un riachuelo, un pantano de «nipa», un segundo, y hasta un tercero, y distinguieron cerca, entre el «bícero», la silueta de un elefante que se alejó aprisa en la penumbra de la primera claridad imprecisa.
Poco después la selva comenzó a ralear, y por último alcanzaron terreno libre; una amplia sabana de altas gramíneas salpicada de acacias y arbustos leñosos de pelado tronco y alta copa.
Era aquel el más típico de los paisajes africanos: larga llanura calentada por el sol, adormecida en los mediodías por el canto de las chicharras, y agitada por una brisa suave y seca. A medida que avanzaba por ella, se iba apoderando de David la sensación de que descubría al fin el África auténtica: la de los libros de aventuras de su infancia.
De pronto, Dóngoro se detuvo y señaló un punto frente a él, a unos doscientos metros. Forzó la vista y advirtió que algo se movía entre las altas hierbas de color trigo maduro. Le llegó claro el «crac» de dos objetos que entrechocan y comprendió lo que ocurría casi en el mismo instante en que el espectáculo se presentó a su vista: dos impalas luchaban junto a un bosquecillo de acacias, cuyas tonalidades oscilaban del amarillo arena, al rojo argentado, pasando por el verde y el pardo.
Hizo un gesto a Ansok, y el indígena depositó en el suelo el pesado maletín. Dudó ante la «Hasselblad», pero se decidió por la «Nikon», más rápida y liviana. Prefería la calidad de la primera, pero temía que el sonoro chasquido de su disparador asustara a los animales.
Avanzó muy despacio, paso a paso, como si estuviera cometiendo un acto prohibido, violando la naturaleza, y así siguió veinte metros, treinta, cuarenta, mientras los antílopes entrechocaban sus cuernos, para retroceder de inmediato a tomar nuevas fuerzas, instante que uno de ellos aprovechaba para mugir, furioso, intentando asustar a su enemigo.
Disparó su cámara una y otra vez, aproximándose al abrigo de las altas matas, hasta colocarse a menos de cincuenta metros de distancia. Se detuvo entonces a observarlos fascinado, a solas con el mundo y los dos machos que libraban la eterna lucha del amor y la muerte, como venían haciendo sus antepasados desde el comienzo de los tiempos.
Estaban allí los tres: actores y testigos; bestias, naturaleza y hombre... y el silencio.
¡Dios!, hubiera pasado horas contemplándolos, olvidado de todo, incluso de la cámara que colgaba de su cuello, tan hipnotizado como el día que vio a una gacela corriendo por las pistas de una Villa Olímpica.
La observó boquiabierto, incapaz de reaccionar frente a la majestuosa elegancia de aquel cuerpo increíble que parecía volar sobre el tartán, como si lo que para otras significaba un esfuerzo supremo no fuera para ella más que un juego infantil.
–Tendrás que correr para mí otra vez –le pidió–; no pude hacer ni una sola foto...
–Lo siento..., terminó mi entrenamiento...
–Saldrás en «Paris-Match»... En «Stern»... En «Tempo»...
–Si gano el viernes, saldré... Si no, no...
Alzó la cámara, y de improviso se detuvieron al unísono, como si el ligero cambio de la brisa les hubiera llevado el olor a hombre.
Le miraron y se dirían uno reflejo del otro: la cornamenta en alto, las miradas atentas, las orejas alertas, los hocicos venteando... Eran dos hermosos machos, y la hembra por la que luchaban debería sentirse orgullosa.
Por unos instantes permanecieron con los ojos fijos en él, pero, al fin, como si comprendieran que ningún peligro los amenazaba, se apartaron lentamente, sin miedo, decididos a continuar su lucha más allá, a la sombra, y sin testigos.
Tenían el mismo andar, grácil, erguido y liviano con que ella se alejó, sin volverse, por el largo pasillo que conducía a los vestuarios.
–¡Eh!, espera... ¿Cómo te llamas?...
Sonrió en la penumbra.
–Nadia... –respondió suavemente.
Y desapareció.
Regresó junto a los indígenas, que se habían sentado a la sombra de un viejo baobab.
Sarmentoso y triste, el árbol podría tener quizá tres mil años como aseguraban los nativos, pero más parecía por su ancho tronco y ridícula copa una enorme seta que un pariente del roble, la ceiba o el sicómoro.
Paquidermo vegetal, esponjoso y rezumante de agua, no ofrecía más sombra que una columna que se alzara en el centro de la estepa.
–Eres inestable e inseguro como la sombra del baobab –le había dicho ella cierto día. Y tuvo que ir hasta una pradera del Camerún para comprender aquella frase.
Tomó asiento junto a Dóngoro, que le ofreció pan, agua y queso de cabra «bamilenké». Como la mayoría de los «fulbés» y los «haussas», Dóngoro despreciaba a los «bamilenkés», pero adoraba sus grandes y apestosos quesos.
Ni él, ni Ansok, habían prestado la menor atención al hermoso espectáculo de la lucha entre los machos.
Para ellos –cazadores furtivos– el único animal bello era el animal muerto. Los antílopes no representaban más que piel y cuernos; los elefantes, marfil; los búfalos, cuero y testuz.
La piel de uno de los machos podía valer diez dólares en Douala, Yaundé o Fort-Lamy, y si no los mataban era porque él, David, lo había prohibido.
Se les advertía inquietos al ver alejarse impunemente veinte dólares y dos hermosos pares de cuernos, pero no podía culparlos. Veinte dólares constituían una pequeña fortuna para ellos, y no inventaron el matar por matar.
Hasta la llegada del hombre blanco al continente, los africanos no cazaron más que lo justo para vestirse y alimentarse, dejando que las grandes manadas cubrieran la pradera sin que jamás el ser humano soñara con aniquilarlas. Fue necesaria la bárbara costumbre blanca de la caza por diversión para que el indígena descubriera, con asombro, que las bestias tenían un nuevo valor como «trofeo». En su sencilla mentalidad, no cabía la idea de que matar a un animal indefenso fuera algo digno de admiración, y tan solo las fieras abatidas cara a cara y con peligro de la vida merecían que su piel fuera colgada de una pared.
Pero ahora, por culpa del afán exhibicionista de los blancos, medio centenar de especies autóctonas habían desaparecido de la faz de África, y otras tantas corrían serio peligro de extinción.
–Ya que quieres pasar tu luna de miel en África, trae unas buenas fotos. En octubre publicaremos un número especial sobre animales.
Era un buen tipo el redactor-jefe, y el que más había contribuido a que David abandonara el campo de la fotografía publicitaria y se quedara definitivamente en la revista.
Y allí se encontraba ahora, a la sombra de un baobab, desayunando queso de cabra en compañía de los furtivos, confiando en encontrar pronto un elefante de buenos colmillos.
Pasado el mediodía alcanzaron una quebrada por cuyo fondo corría un riachuelo que debía servir de abrevadero a todas las bestias de los alrededores. Siguiéndolo por largo rato, acabaron por descubrir, junto a la charca que formaba en un remanso, huellas como enormes bandejas de más de cuarenta centímetros de diámetro, claras, profundas y frescas.
–Aquí se bañó esta mañana –señaló Ansok–, anduvo sacando barro del fondo, y el agua aún está revuelta.
Dóngoro descubrió en lo alto de la quebrada un mojón de excrementos, y sin dudarlo, introdujo en él la mano, comprobando su temperatura.
–No nos lleva más de una hora –dijo, e inició la marcha en pos de la ancha pista, a través de una pradera que se iba llenando más y más de vida, aunque el calor obligaba ahora a los animales a buscar sombra.
Era la hora de la siesta. Si las bestias dormían o no, no podría decirse, pero lo cierto es que permanecían inmóviles como estatuas de piedra, y a menudo distintas especies se agrupaban huyendo del sol, cabeza con cabeza y grupa con grupa.
Menudeaban las cebras y los antílopes, y cerca dormitaban los «ñus», que, pese al sueño, no cesaban de agitar las colas ni un instante, mientras sobre los arbustos destacaban a veces las cortas orejas y el afilado morro de las jirafas.
África estaba quieta y los hombres eran lo único que se movía en la sabana.
Un zumbido de chicharras parecía calentar aún más el ambiente, y de tanto en tanto, el rumor de millones de insectos que cantaban subía de tono en oleadas, hasta alcanzar un límite casi insoportable que crispaba los nervios, para desaparecer de pronto bruscamente, como si el mar se retirase.
–El ruido de la muerte l0 llaman –indicó Ansok–, y dicen que hay quien se ha vuelto loco de escucharlo...
Un nuevo montón de excrementos marcó el tiempo que el animal les llevaba. Tal vez, si se había detenido a comer algo, ya estarían muy cerca.
Dóngoro apretó el paso y la marcha se volvió endemoniada.
Se le advertía nervioso.
–Podríamos matarlo –dijo–; usted se quedaría las defensas, y nosotros las patas y la carne.
–No he venido a matar animales, sino a fotografiarlos –repitió una vez más–, y no tengo licencia de caza...
–¡Oh!, eso no importa... Eso no importa... Aquí nadie va a venir a pedírsela...
Agitó la cabeza con pesar:
–De ese modo, pronto acabarán con todos los elefantes de África...
–Ya no hay sitio para ellos... –comentó Ansok, que marchaba a su espalda–. Los elefantes no pueden convivir con el progreso... ¿Tiene idea de cuánto consume un elefante?...Cuando invade una plantación acaba con quinientos kilos de maíz en una noche. ¡Quinientos kilos! La comida de todo el pueblo durante una semana...
–Pero muy pocos atacan las plantaciones –protestó–. Cuando una cabra se mete en una casa y se come un fajo de billetes, nadie piensa en matar a todas las cabras...
–Usted no lo entiende –insistió el indígena–. África no quiere continuar siendo tierra de elefantes y leones... Si tanto les gustan, llévenselos a casa... Los blancos protestan porque los destruimos, pero nadie ofrece sus campos de trigo para que vivan en ellos...
No respondió; sabía que todas las discusiones con un nativo respecto al futuro de la nueva África concluían en punto muerto. Simuló concentrar su atención en una barrera de pequeños montículos de unos cinco metros de altura que había hecho su aparición ante ellos, gigantescas termiteras que en aquel lugar abundaban en exceso, sin que existiese aparentemente causa alguna que lo justificara.
Tuvieron que rodearlas en un continuo zigzag, y advirtió que en muchos puntos las patas del elefante las habían aplastado, y podía verse a las termitas-obreras luchando afanosamente por remediar el mal e impedir que el duro sol del trópico afectara la suave y fresca oscuridad de sus cien mil pasadizos.
Al salir de las termiteras se toparon a no más de veinte metros con una gran manada de antílopes que se alejaron a saltos, en el más hermoso espectáculo que hubiera visto nunca.
Súbitamente las huellas del elefante giraron hacia el norte y se adentraron en una suave colina de gramíneas.
Dóngoro señaló a la cumbre:
–Está detrás –afirmó–, y tenga cuidado porque debe ser un buen macho con más de cincuenta kilos en los colmillos... –Golpeó suavemente la culata de su «Mannlicher 475»–. ¿No quiere que le acompañe? –se extrañó.
David negó con un gesto mientras se inclinaba a hurgar entre las cámaras.
Colocó el 500, se echó al bolsillo un par de rollos de repuesto, cargó otra «Nikon» con película más lenta y un 100, e inició la ascensión mientras los indígenas buscaban una vez más acomodo a la sombra.
Desde la cumbre se volvió a observar la llanura a sus espaldas.
–Le hubiera gustado ver esto –se dijo–. Ha sido una larga caminata, pero valía la pena...
Al otro lado, el paisaje era casi idéntico, pero no tuvo tiempo de contemplarlo porque al instante distinguió a su derecha la mole del elefante, que parecía estar afilándose los colmillos en un tronco leñoso.
El animal debió presentirlo, o tal vez fue su olor que le llegó cabalgando en el aire, porque de inmediato cesó en su tarea, alzó la trompa y se volvió a mirarle mientras abanicaba sus enormes orejas.
No estaba asustado, ni aun preocupado, pese a que no más de sesenta metros lo separaban del intruso. Tal vez fuera oscuridad lo que sentía, o tal vez una ligera irritación al verse molestado. Avanzó unos metros amenazador y ofensivo, y lanzó un barrito que retumbó en el valle a sus espaldas, pero se detuvo sin más que el amago de ataque, quizá sorprendido por el simple «clic» metálico de la cámara.
Continuó barritando y sacudiendo las orejas mientras el motor eléctrico de la «Nikon» funcionaba una y otra vez, y David se felicitaba por la magnífica colaboración que estaba obteniendo del gran macho...
Cuando se cansó de apretar el disparador, lo miró de frente, sonriendo:
–Ya está bien, «Valentino»... Acabó tu trabajo por hoy... Puedes irte...
Aguardó hasta que el paquidermo se alejó, pesado, ondulante y bamboleando su ridícula cola al compás de su descomunal trasero, y luego se volvió a contemplar nuevamente la llanura.
Agitó la mano indicando a los indígenas que era hora de emprender el regreso y comenzó a saltar alegremente colina abajo.
–Ahora, una larga caminata, un buen baño, dos tragos, una rica cena y...
¡Cielos!, África era el mejor lugar del mundo para pasar la luna de miel...

Tenía razón Ansok, y había leones cerca.
Los oyeron rugir en la espesura, y más adelante una gran melena cruzó como una sombra el senderillo, haciendo que Dóngoro llegara incluso a preparar su arma.
–No me gustan los leones –comentó–. No cuando andan tan cerca de la gente. Hace un mes devoraron a una mujer en la laguna...
–Malo es el león que se acostumbra a comer carne humana –murmuró Ansok–. Le gusta y la encuentra fácil.
David no respondió. Por unos instantes, una sombra de preocupación cruzó su mente, pero la desechó ante la certeza de que Nadia jamás se alejaba hasta la laguna sin un arma.
El bosque apareció ante ellos y se adentraron en su espesura maldiciendo de antemano la larga caminata a través de riachuelos y pantanos; abriéndose paso por entre lianas y enredaderas; saltando una y otra vez sobre troncos caídos o charcos putrefactos.
Dóngoro y Ansok habían cambiado de expresión y parecían malhumorados.
David comprendió que a ninguno de ellos –como a la mayoría de los indígenas africanos– les gustaba la selva.
Aun viviendo en ella, los nativos aborrecían adentrarse en la espesura, lejos de los caminos que resultaban familiares, y raramente se apartaban de sus poblados y sus campos de cultivo.
Cazaban en el bosque y pescaban en sus ríos, pero siempre dentro de los estrechos límites de un territorio concreto, pues en su primitivismo seguían creyendo que más allá, en la espesura, habitaban los espíritus malignos y los «hombres-leopardo».
Sembraban los senderos de peligrosas trampas en las que hacían caer a venados y jabalíes, pero raramente se enfrentaban entre los árboles con los grandes animales. La lanza y el arco parecían hechos para la pradera, y si en ella no temían a nadie, en la selva les aterrorizaba el rugido del león y les ponía a temblar la huella del leopardo.
Los gorilas, tan abundantes más al sur, en la frontera con Guinea, constituían su pesadilla, y no había nada que temieran más que la posibilidad de desembocar, de improviso, en el claro que una familia de ellos hubiera escogido para pasar la noche.
Pacíficos y tolerantes, los gorilas no soportaban sin embargo intromisiones, y por ello pocos nativos se atrevían a adentrarse en el bosque muy de mañana, antes de que los grandes monos se hubieran puesto en marcha.
Pero la selva aparecía en calma esa tarde. A ratos, un rumor de lluvia repiqueteaba en las copas de los más altos árboles, pero pronto le sucedía el grito de los monos, el canto de infinitas aves, y el pesado vuelo de enormes faisanes que surgían casi de sus mismos pies.
De tanto en tanto, una culebra cruzaba el sendero, salpicado de huellas de animales, y a menudo, la alta selva de copudos árboles, luz glauca, y suelo llano daba paso al torturante «bícoro», selva primaria de matojos, espinos y caña brava; viejos campos de cultivo en los que el bosque había sido talado y quemado, para abandonarlo más tarde a la maleza baja y densa.
A la salida de una de esas zonas de «bícoro», Dóngoro, que iba delante, se detuvo sorprendido y señaló el diminuto caminillo:
–Gente –dijo–. Gente extraña.
–¿Por qué extraña?
–Botas grandes, pesadas... Inglesas o nigerianas... Otros van descalzos. Llevan prisa y van hacia el noreste. Hacia el Chad...
–¿Cazadores furtivos? –aventuró.
Ansok y Dóngoro se observaron.
Movieron la cabeza al tiempo que se encogían de hombros.
–Puede ser... –admitió Ansok–. Puede ser...
Reanudaron la marcha, que fue ganando velocidad hasta hacerse agotadora, sin que David supiera si atribuirlo a las huellas, o a que comenzaba a caer la noche y sus compañeros no parecían felices con la posibilidad de perderse y dormir en el bosque en compañía de sombras y diablos.
Tampoco él tenía interés en dormir bajo un árbol, sabiendo que al término del camino, más allá del bosque y del río, aguardaba una carretera polvorienta y, al final, una «roulotte» con aire acondicionado, luz eléctrica, cerveza helada, una pierna de venado al horno y una cama ancha y mullida, cuyos resortes amortiguaban de tal forma los saltos que ni en la más agitadas noches se advertía desde fuera lo que pudiera ocurrir dentro.
Había hecho hincapié al comprarla:
–No quiero que los transeúntes se enteren de que estamos haciendo el amor.
–Descuide, señor, descuide... Podemos hacerle una demostración práctica... ¡Señorita...!
–¡Hombre, yo...!
–¡Oh! No tema... Es tan solo para que salte dentro...
Es verdad que no había en toda África «roulotte» parecida, y de Abidján a Accra, de Lomé a Cotonou, de Lagos a Douala, había soportado caminos polvorientos, lluvias tropicales, calores bochornosos, fango y piedras, sin más que un par de rayones en su hermosa pintura amarilla, y algún que otro neumático reventado.
Y allí estaba ahora, donde concluía la carretera polvorienta, bajo la copuda ceiba, junto al poblado indígena cuyas chozas abrían su puerta trasera al bosque, y la delantera a la gran plaza y la sabana.
Apresuraron el paso, pero al verlos de lejos, un grupo de mujeres corrió a su encuentro. Daban grandes gritos y agitaban los brazos.
No entendía su sonoro dialecto y tuvo que aguardar la traducción de Ansok. Su oscuro rostro pareció transformarse.
–La señora ha desaparecido... –dijo–. Bajó a bañarse a la laguna y aún no ha vuelto...
Sintió que todo giraba a su alrededor y tuvo que apoyarse en Dóngoro.
Tardó en reaccionar.
–¡No es posible! –negó con firmeza–. No es posible... ¿A qué hora se fue?
–A mediodía... Los hombres del pueblo están buscándola...
–¡Dios santo!
Echó a correr hacia la «roulotte», alimentando la esperanza de encontrarla en ella, negándose a admitir lo que decían.
–¡Nadia! ¡Nadia...!
Pero Nadia no estaba.
Se dejó caer en la cama, y el lugar se llenó de mujeres y niños que curioseaban cada rincón, hacían correr el agua de la ducha o revolvían la pequeña despensa.
Los vio hacer, incapaz de comprender cuanto ocurría a su alrededor.
Trataba de concentrarse en algo, no sabía qué, pero el constante parloteo le aturdía, y reaccionó cuando vio a una gorda, sucia y sudorosa, intentando probarse una blusa de Nadia como si esperase heredarla de alguien que no regresaría nunca.
Se la arrancó de las manos y arrojó fuera a la turba vociferante y harapienta, empujando a la gorda que se había atascado en la pequeña puerta y cerró tras ella.
Por unos instantes tuvo que apoyar la frente en la pared y esforzarse por evitar el llanto. Luego tomó un pesado revólver del armario, se lo introdujo bajo el cinturón y salió a la noche.
Dóngoro y Ansok aguardaban junto a la puerta. Llevaban linternas y estaban armados: el primero con su pesado «Mannlicher»; el segundo, con una vieja escopeta de dos cañones.
Emprendieron en silencio el camino hacia la laguna, pero apenas habían recorrido quinientos metros cuando una sombra que venía en dirección contraria los detuvo.
–No vayan –dijo el hombre de la larga lanza–. Ya es inútil.
David hubiese querido que aquellas palabras nunca salieran de su boca:
–¿El león? –inquirió con un hilo de voz.
El guerrero negó con un gesto. A la incierta luz de la linterna, su rostro resultaba inescrutable, pero David creyó advertir una expresión de profunda pena en sus ojos cuando replicó lentamente:
–Cazadores de esclavos.

–¿Cazadores de esclavos?
El cónsul agitó la cabeza y contempló a su interlocutor como si le resultara imposible admitirlo. Revolvió sus papeles y consiguió su encendedor de oro, con el que prendió un largo cigarrillo. Estaba tratando de ganar tiempo.
–No lo creo –dijo al fin–. Sinceramente, y perdone mi rudeza, no puedo creerlo... Si su esposa se perdió en la selva, probablemente se ahogó en la laguna, la devoró un león, o cayó en una trampa de cazadores indígenas.
–Pero eso que me dice... No; no lo creo...
–Seguimos sus huellas durante cuatro días, hasta el río Mbére, un afluente del Logone. Eran siete hombres, y llevaban por lo menos veinte cautivos... Las huellas de las botas de mi esposa se distinguían claramente.
El cónsul se puso en pie, paseó por la habitación con las manos en la espalda y se detuvo ante la amplia ventana. Contempló los tejados de Douala, el amplio estuario del Wouri, y al fondo, el cono gigante del monte Camerún.
–Tenía noticias de la caza de esclavos –admitió al fin–. Sabía de ella, de la misma forma que se sabe de las costumbres caníbales de las tribus del norte o los feroces ritos de los «hombres-leopardo»... Pero, aquí, en África, nadie roba, mata, devora o sacrifica a un blanco «porque los blancos están contados»... En cuanto uno desaparece, la represalia de las autoridades suele ser terrible... Por eso me cuesta trabajo admitir la posibilidad de que hayan raptado a su esposa... Sería la primera vez que los cazadores de esclavos secuestran a una blanca...
–Mi esposa es negra.
Su voz sonó tan natural, tan carente en absoluto de inflexiones, que el cónsul pareció quedar de piedra, tan de piedra como aquellos dos soldados que se distinguían en la plaza, sobre el Monumento a los Caídos en la Guerra del Catorce.
Tardó en volverse. Cuando lo hizo se le advertía desconcertado. Había perdido su flema profesional, y casi se podría asegurar que tartamudeó levemente al recuperar la palabra.
–Lo lamento –dijo–. Lamento la forma en que me he expresado... Si en algo he podido molestarle, le ruego que...
–¡Oh! No se preocupe –le interrumpió–. Usted no tenía por qué saberlo.
Se hizo un nuevo silencio. El cónsul regresó a su sillón y tomó papel y pluma.
–¡Bien! Veamos –comenzó–. ¿Nombre de su esposa?
–Nadia... Nadia Segal de Alexander...
–¿Natural?...
–De Abidján, Costa de Marfil...
–¿Edad?
–Veinte años.
–¿Tiempo de casados?
–Dos meses... Era nuestro viaje de luna de miel... –Su voz se quebró y tuvo que realizar un esfuerzo para evitar emocionarse–. ¡Oh, Dios! Todo resultaba maravilloso, y ahora es como una pesadilla... Tengo que encontrarla –añadió con firmeza–. Necesito recuperarla, cueste lo que cueste...
El cónsul agitó la cabeza.
–No quiero parecer pesimista, pero no debe abrigar muchas esperanzas... Si, como asegura, esos cazadores de esclavos se encaminaban al noreste, no resulta aventurado imaginar que su destino es la Península Arábiga. Y quien entra en ella, no sale jamás... Devora cada año miles de esclavos africanos... No crea que estoy tratando de mostrarme cruel... Es tan solo que conozco la realidad... Si quiere un consejo, intente recuperar a su esposa antes de que le hagan cruzar el Mar Rojo... Más allá desaparecerá para siempre.
–Pero ¿cómo...? África es inmensa... ¿Dónde puedo encontrarla?
–No tengo la menor idea. En estos momentos estará en cualquier lugar del Camerún, Chad o la República Centroafricana rumbo a Sudán o Etiopía...
–¡Es una región casi tan grande como Europa...!
–Por eso mi consejo es que trate de hacerse a la idea de que ha perdido a su esposa para siempre... Sé que la resignación resulta muy difícil, pero es como convencerse de que ha muerto.
–¡Pero no ha muerto! –exclamó–. No ha muerto, y la buscaré aunque viva cien años... No podría descansar un minuto sabiendo que está sufriendo en alguna parte y no hago todo lo posible por salvarla... Le juro que la encontraré –concluyó.
–Admiro su abnegación, amigo mío. Y le prometo que tomaré el máximo interés en ayudarle; no ya oficialmente, que es mi obligación, sino incluso de forma personal... Como sabe, el embajador se encuentra en Yaundé, pero me pondré de inmediato en contacto con él. Presionaremos al Gobierno.
»Alertaremos a todas las guarniciones y gendarmerías de la frontera, y me comunicaré con mis colegas de Chad y la república. Le aconsejo también que acuda al embajador de Costa de Marfil... Entre neg... entre africanos se toman mayor interés. ¿La familia de su esposa tiene alguna influencia en Abidján?
–Su padre, Mamadou Segal, fue catedrático en la Sorbona y cofundador, con el presidente Houphout-Boigny, del Partido Democrático de Costa de Marfil... Está retirado de la política, pero creo que aún conserva amistades en el Gobierno...
–Procure que las mueva... El presidente Boigny es el hombre más respetado de esta parte de África...
–¿Realmente cree que se puede lograr algo por la vía diplomática...?
–Lo ignoro. Llevo siete años en África, y aún me sorprenden la mayoría de las cosas que aquí ocurren... Me esfuerzo, pero no entiendo a estas gentes. Lo queramos o no, su mundo es distinto al nuestro, y nunca sabremos cómo van a reaccionar ante un determinado problema... Miles de hombres, mujeres y niños son raptados cada año por los cazadores de esclavos, y otros muchos mueren víctimas de ritos caníbales o sacrificios a extraños dioses, pero nadie parece preocuparse por ello. Sin embargo, movilizan a todo un ejército para atrapar a un desgraciado que asesinó a su patrón en un arrebato de ira... Lamentablemente, la vida, la muerte, o la libertad no tienen aquí el mismo valor que en Europa y América. –Hizo una larga pausa, apagó el cigarrillo y continuó–: Mi consejo es que conserve la calma... Esta misma tarde iniciaré las gestiones para dar con el paradero de su esposa. Haremos todo lo humanamente posible... ¿Cómo está de dinero?
–Tengo algunos ahorros. Pero puedo conseguir lo que haga falta, aunque trabaje toda la vida para devolverlo... ¿Ofrecer rescate daría resultado?
–Estaba pensándolo, y creo que podré conseguir aportaciones de nuestros residentes aquí... El problema no está en ofrecer recompensa, sino en conseguir que la noticia llegue a oídos de los secuestradores. Por lógica evitarán todo contacto con lugares habitados... Consultaré el asunto con las autoridades... ¿Dónde puedo encontrarle?
–En el «Hotel des Relais Ariens». Habitación 114.
El cónsul se puso en pie y lo acompañó a la puerta.
–Procure descansar –pidió–. Se le nota agotado... Le tendré al corriente de lo que averigüe...
Ya en la calle, echó a andar lentamente hacia la plaza de Akwa. Un taxi se detuvo a su lado, pero lo despidió con un gesto y continuó hundido en sus pensamientos, sin prestar atención a los ciclistas que regresaban a sus casas concluido el trabajo, las infinitas prostitutas que comenzaban a invadir las aceras, o la magnificencia de la increíble puesta del sol, más allá del monte Camerún, con la línea de la isla de Fernando Poo dibujándose al fondo.
Apenas hacía dos semanas que se habían sentado juntos en la piscina del hotel, contemplando una puesta de sol semejante, y, sin embargo, se diría que había transcurrido una eternidad.
Cenaron allí mismo, al aire libre, observando las luces de las piraguas indígenas que salían a pescar o navegaban lentamente hacia las lejanas cabañas de la otra orilla del estuario.
–Nada ha cambiado desde los tiempos de Cristo –comentó–. Pescan, cazan y viven, como lo hacían sus antepasados de hace dos mil años...
–Sí –admitió ella–. Podría pensarse que nada ha cambiado, y sin embargo la historia jamás asistirá a transformación tan brusca como la que está ocurriendo en el espíritu de mi gente... Los sacaron de sus selvas y sus campos para encontrarse en la ciudad con unos vicios que, por desconocidos, ejercen sobre ellos una atracción irresistible... La bebida, la droga, la prostitución y la homosexualidad están llevando al africano al mayor grado de degradación que conociera nunca...
–Pero eso no es culpa de nadie... Nadie los empuja... –protestó.
–En efecto –admitió ella–. Nadie los empuja, pero tú sabes que la mayoría de nuestros nativos son como niños a los que de pronto los colonizadores han enseñado infinidad de cosas para las que no estaban preparados...
–¿No lo estás tú? ¿Por qué tienen que ser distintos?
–Yo estudié en París... Soy negra y he vivido la mitad de mi vida en África, pero nadie me consideraría una africana típica, y lo sabes. Desde niña tuve profesores y buena alimentación, cosas ambas que faltan aquí... Blanco o negro, el problema del niño hambriento y sin educación es el mismo en todas partes. La cuestión es que en África hay más.
–¿Y crees que está en tu mano solucionarlo?
–No, desde luego. Ni en la mía, ni en la de nadie. Pero, si tuve la suerte de ir a una universidad y aprender cosas que pueden ser útiles a los míos, mi obligación es aprovechar esos conocimientos.
La atrajo hacia sí y la besó levemente por encima de la mesa, a punto de mancharse la camisa con salsa de tomate.
–Emplea esos conocimientos en mí... Y en nuestros hijos cuando los tengamos. Esa es tu obligación de esposa...
Ella guardó silencio unos instantes. Bebió despacio su copa de vino, la depositó nuevamente en la mesa y le observó con fijeza.
–No vas a comenzar a presionarme, ¿verdad? –inquirió–. Estaba claro: nos casaríamos, pero yo podría continuar dedicada a lo mío...
–¿Tanto significa para ti...?
–Doscientas cincuenta mil personas han muerto con las últimas sequías, y otros seis millones están en peligro de perecer. Quizá dentro de treinta años el desierto se haya comido tres o cuatro países que limitan con el mío. ¿Pretendes que eso no signifique tanto para mí...?
No. No podía pretenderlo, y no tenía por qué sorprenderse. Lo sabía desde el primer momento; desde aquella noche que aceptó cenar con él a las dos horas de haber recibido una medalla olímpica.
–Al norte de mi país, los ríos se agitan y los árboles mueren... –le había dicho entonces–. Los rebaños desaparecen y las cosechas se queman. El hombre emigra hacia el sur abandonando una vez más las estepas y los campos, que al poco tiempo son devorados por la arena... El Sáhara ha avanzado casi cien kilómetros en los últimos tiempos, y los científicos calculan que este cambio de clima que afecta a África durará sesenta años... ¿Qué habrá sido para entonces de mi gente...?
–No te preocupes –intentó bromear–. Quizá para entonces ya la guerra atómica habrá acabado con todos...
–¿Y crees que eso consolará a los miles de niños que en estos momentos mueren de sed de Senegal a Etiopía...? Cuando me ofrecieron correr en las Olimpiadas imaginé que si, por un milagro, conseguía una medalla de oro, los periodistas de todo el mundo vendrían a hacerme preguntas. Eso me daría la oportunidad de llamar su atención sobre lo que está ocurriendo en África y nuestra necesidad de ayuda. No de una ayuda de leche en polvo, mantas y ropa usada, sino de expertos, técnicos capaces de acabar con la sed de África.
–¿Por eso aceptaste cenar conmigo? –rio–. ¿Para que le pida a mi revista que escriba algo sobre la sed de África?
Sonrió muy levemente.
–Tal vez... Tres millones de reses han muerto a menos de cuatrocientos metros de un inmenso caudal de agua... ¿No es un gran reportaje?
–¿Y por qué no llegaron a esa agua?
–Porque está bajo tierra... Porque no tenemos medios de hacerla aflorar a la superficie... El Sáhara se encuentra plagado de corrientes de agua subterránea que están ahí, esperando a que alguien ponga los medios de hacerla aflorar... Si se puede extraer petróleo a diez mil metros, ¿por qué no agua a cuatrocientos...?
Aquel fue su primer viaje a África. Vino a fotografiar la sed de un continente que tenía la salvación bajo sus mismos pies, y se quedó.
¿Qué le había dado Nadia? ¿Cómo llegó a fascinarlo tan profundamente?
No fue tan solo su belleza física, su rostro perfecto, su cuerpo duro y liso, o la increíble armonía de sus gestos.
No, no era eso... Era su personalidad arrolladora, su fuerza de carácter, su ansia de vivir, de ayudar, de hacer siempre algo por alguien, empeñada en luchas sin esperanzas; en batallas contra molinos gigantes; en esfuerzo superiores a sus medios.
Era su firmeza en las convicciones, su sinceridad ante la vida, su honradez en cada gesto, en cada palabra, en cada idea, como si estuviera convencida de que de cada una de esas acciones dependía la rehabilitación de su raza, o de su país, o del mundo.
Para Nadia todo en la vida era trascendental, del mismo modo que para él, David, todo en la vida había sido hasta ese momento, nimio, absurdo y sin sentido. Nada le importaba más que una buena foto, pero en el fondo sabía que una buena foto no era más que la eternización falsa de un hermoso momento, y que, a menudo, ese momento ni siquiera había existido realmente y había tenido que crearlo él a base de un filtro especial, una luz contrastada o una lente que distorsionaba la realidad.
David era lo suficientemente inteligente como para comprender que el detalle más acusado de su personalidad era precisamente su falta de personalidad, y el más marcado de su carácter, su carencia de carácter.
Lo sabía, y lo aceptaba.
Había sido así desde niño; desde que comprendió que en la escuela otros eran los líderes, y otros fueron los líderes en la universidad y en el regimiento. Se diría que su voz no era escuchada, y pese a su estatura, no fuera capaz de dejarse ver o hacerse oír. Podía tener opiniones y puntos de vista inteligentes, pero se dejaba opacar sin lucha por otros mucho más estúpidos o de opiniones absurdas.
Descubrió pronto que prefería no luchar y resultaba más fácil dar la razón a quien no la tuviera que enredarse en una discusión sin esperanzas.
A la larga, siempre –fuese cual fuese el problema– daba su brazo a torcer.
A menudo se indignaba ante el hecho de resultar perjudicado por no haber querido perjudicar a alguien que en el fondo no le importaba en absoluto, y era la suya una mezcla de timidez y bondad enfermiza que llegó a amargarle la existencia, hasta que llegó al convencimiento de que más amarga resultaba cuando trataba de luchar contra esos sentimientos y doblegar su auténtico «no carácter».
Por eso, al encontrarse frente a una maravillosa mujer de otra raza, otro continente, otras ideas y otro temperamento se dejó absorber, sin que esa absorción significara nunca anulación, sino únicamente reconocimiento de que Nadia llevaba dentro todo aquello que él hubiera deseado tener pero que en el fondo le asustaba.
Ahora, sentado allí, en el jardín del hotel, contemplando las luces del estuario, David trataba de analizarse, de convencerse, con la ayuda de una botella de coñac, de que por primera vez tendría la suficiente fuerza de carácter como para seguir adelante en su empresa y adentrarse en el corazón de África a cumplir su promesa de rescatar a Nadia costara lo que costase.
No era miedo, y lo sabía. Durante años, durante su adolescencia, le preocupó profundamente el hecho de que –tal vez– su falta de carácter no fuera en realidad más que una forma de cobardía.
Más tarde, cuando la revista le envió a guerras y terremotos y las balas y la muerte pasaron a su lado, comprendió, por la serenidad del pulso con que sujetaba las cámaras, que no era miedo; que no lo había sido nunca, y nada tenía que ver el valor con el carácter.
La posibilidad de correr graves riesgos, incluso de morir, no le asustaba si de ello dependía la libertad de Nadia. Le asustaba carecer del empuje necesario para llevar adelante una empresa tan ardua como era encontrar a una mujer negra en la inmensidad de África.
«¿Qué haría ella en mi lugar?».
¿Cómo acometería la batalla contra los más inabordables molinos de viento con que se haya enfrentado jamás ser humano alguno?
¿Cómo atrapar fantasmas que se escurren por las praderas, los bosques y los desiertos del más misterioso y desconocido de los continentes?.
Le desalentaba su propio desaliento ante la magnitud de la empresa y no saber por dónde iniciarla.
Había que dar un primer paso, y luego otro, y otro y otro... Y un millón más... Pero, ¿hacia dónde?
–¡Oh! Nadia, Nadia... –sollozó quedamente–. ¿Dónde estás?

Permaneció muy quieta y en silencio.
Distinguió cómo la sombra se movía, sigilosa, y alzó cuanto pudo los brazos.
–¡Oh, David, David! ¿Dónde estás? –exclamó mentalmente.
El hombre continuaba deslizándose hacia ella, tropezó con el pie de una mujer dormida, se cercioró de que no la había despertado, y siguió adelante para detenerse a menos de un metro de distancia.
Allí se inmovilizó. Probablemente intentaba aguzar la vista, atravesar la oscuridad para no errar el golpe; conseguir que todo ocurriera con rapidez y sin escándalo.
Sintió en las sienes el latir de los segundos. Los brazos se le cansaban de tenerlos en alto, las cadenas le pesaban, y tuvo la impresión de que el hombre debía percibir claramente el golpeteo de su corazón.
Dio gracias cuando al fin llegó el ataque y pudo bajar con fuerza las manos.
Se oyó un grito apagado y el visitante nocturno cayó de espaldas llevándose las manos a la frente. Lo empujó con el pie para alejarlo y volvió a recostarse en el árbol con los ojos muy abiertos a la negrura de la noche.
–¡Oh, David, David! ¿Dónde estás? ¿Por qué no vienes a librarme de esta pesadilla?
Eran ya tantos los días que parecía como si toda su vida hubiese estado ligada a aquellas cadenas. Le costaba trabajo recordar lo que no fuesen horas de caminar apresurada, siguiendo el ritmo que marcaba el hombre de cabeza, evitando tropezar con el que le precedía o ser pisada por la muchachita que venía detrás. Calor, sed y fatiga, y un constante evitar los golpes del sudanés, golpes que daba siempre con el grueso mango de su largo látigo para no desgarrar la piel de la mercancía.
Noches de dormitar bajo un árbol o en la inmensidad del pajonal de la pradera, atenta siempre a evitar el asalto de los guardianes que aprovechaban el primer sueño del árabe para lanzarse hambrientos sobre ella.
Amaneceres helados, con el cuerpo entumecido por el insomnio y la fatiga, con la mente aterrada ante la idea de un nuevo día de marcha.
–¡Oh, David! ¿Dónde estás?
El hombre a sus pies no se movía.
¿Lo habría matado?
Por unos instantes experimentó el incontenible deseo de aproximarse, rodearle el cuello con las cadenas y apretar hasta asfixiarlo, impidiendo así que raptara a más mujeres, las azotara durante la marcha o intentara forzarlas por la noche.
Había sido el que se abalanzó sobre ella en la laguna y la derribó de un solo golpe, sin permitirle alcanzar el arma apoyada contra un árbol. Surgió de improviso de entre la maleza, como el leopardo que se lanza sobre un animal que abreva, y cuando sus compañeros llegaron al borde del agua ya la tenía tendida en la orilla, encadenada.
–Buen trabajo, Amín –había dicho el sudanés–. Muy buen trabajo... Es la mejor negra que hayamos cazado nunca... –La obligó a ponerse en pie, y la observó satisfecho girando a su alrededor con aire de experto.
Sonrió enseñando los dientes como un conejo.
–Es verdad que estás buena, muchacha... –Extendió el brazo y le palpó el pecho, duro y erguido–. Estúpido seré, e indigno de continuar en este oficio si el jeque no me da diez mil dólares por ti...
La acarició voluptuoso y bajó sus manos hasta sus nalgas, altivas y firmes.
–¡Lástima me está dando no aprovecharte aquí mismo...! Pero el jeque me mata si se entera que uso su mercancía... –Se volvió a sus hombres, seis negros armados que observaban la escena con ojos golosos sin dejar de vigilar una columna de cautivos que traían encadenados–. Al que la toque, lo desuello –advirtió–. Con esas dos pueden hacer lo que quieran; y con el gordo del final... Pero al resto, nada. Y a ella, ni mirarla...
–Pero probablemente, ni siquiera es virgen –protestó Amín–. ¿Cómo podría enterarse el jeque...?
–Por ella misma, estúpido. –Se volvió a Nadia–. ¿Eres virgen, muchacha...?
Comprendió que no obtendría nada confesando que su esposo era blanco e importante allá en Europa.
–Lo soy –mintió–. Y si me dejas en libertad, mi padre pagará los diez mil dólares...
El sudanés estalló en una sonora carcajada.
–¡Oh, diablos! No sé cuál de esas dos mentiras es más grande... Pero para que veas que soy justo, no haré averiguaciones respecto a ninguna. Admitiré que eres virgen...
–Pero es cierto. Mi padre puede pagarte ese dinero...
–¿Dónde se ha visto que una negra que se baña en una laguna de la selva tenga diez mil dólares...? Ni siquiera sabes cuánto es eso...
–¿Dónde has visto a una negra de la selva vestida con esta ropa? ¿Y estas botas, y esa arma...? Yo soy Nadia, hija de Mamadou Segal, catedrático en la Universidad de Abidján. Estudié en París y Londres, hablo cinco idiomas, incluido el tuyo, y si no me dejas en libertad te arrepentirás toda la vida.
–¡Por todos los diablos! Es un diamante lo que hemos encontrado, Amín... ¿Cuánto pagará el jeque por una criatura así...? ¡Alégrate, muchacha! No serás una esclava cualquiera... El jeque te convertirá en su favorita por un tiempo... ¿Sabes lo que es eso...? Él lo tiene todo...: oro, diamantes, perlas, autos lujosos, aviones privados... En sus tierras mana el petróleo como en las fuentes el agua, y de todos los rincones del mundo viajan los hombres más poderosos a disputárselo... No puede gastar en un año lo que gana en un día... Te cubrirá de joyas, te comprará los mejores vestidos y comerás en platos de oro... Y tus hijos serán príncipes...
–¡Vete al infierno, hijo de puta!
El sudanés alzó el látigo, pero se detuvo con el brazo en alto.
–No... Suleiman R.Orab no cometerá la estupidez de azotarte, negra... Suleiman R.Orab lleva muchos años en este oficio y ha oído cosas peores. ¡Andando! –ordenó a su gente–. Cuando caiga la noche quiero estar lejos de aquí.
Y cuando llegó la noche estaban lejos.
Y continuaron alejándose día tras día.
Y navegaron luego toda una noche, Logone abajo.
Y se adentraron en la estepa, de bosquecillo en bosquecillo, buscando siempre la protección de árboles y maleza, evitando caminos y poblados, por rutas sin huellas ni señales que Amín parecía conocer como la palma de su mano.
Otros esclavos se habían sumado a la caravana: cuatro rapazuelos, el menor de no más de diez años, y dos hermanas que no cesaban de lloriquear.
Suleiman R.Orab sonreía satisfecho.
–Veintidós, y casi todo buena mercancía... Si la mitad llegan vivos al mar Rojo, habrá sido un gran negocio el viaje... Hay que cuidar a esta muchacha... Ella sola cubre gastos... La quiero en Suakín, intacta.
Pese a la advertencia, Amín estaba ahora tendido a sus pies, ensangrentado e inconsciente. Y es que el negro parecía dispuesto a no renunciar a Nadia, considerando tal vez que por el hecho de haberla descubierto y capturado, tenía derechos sobre ella.
Le había detenido esa noche, pero ¿cuántas noches más lograría detenerlo?
–¡Oh, David, David! ¿Dónde estás?
«Tendrás que correr para mí otra vez. No pude hacerte ni una foto...». Sintió que el corazón le daba un vuelco al verle, alto y macizo, con el cabello de color arena y los ojos tan claros como las aguas de la laguna Ebrié, que reflejaban en el atardecer los puentes de Abidján.
Su intención fue salir corriendo, y correr para él hasta caer agotada, pero sacó valor de donde no lo tenía y replicó:
–Lo siento. Terminó mi entrenamiento.
Luego, cuando se alejaba por el pasillo que daba a los vestuarios, le pareció que el mundo se le venía encima y el tiempo se había detenido, hasta que escuchó a sus espaldas la voz que la llamaba:
–¡Eh! espera... ¿Cómo te llamas?
–Nadia –replicó con una sonrisa, y se volvió para que pudiera leer en su chandal: «Costa de Marfil».
Y en los días siguientes acechó por horas la entrada de la villa, y en los entrenamientos buscó con el rabillo del ojo entre la gente, intentando descubrir las cinco cámaras que parecían proteger la timidez del gigante rubio.
Cerró los ojos al recordar el nuevo encuentro. Había subido al pódium y un viejo libidinoso que se la comía con la mirada acababa de colgarle al cuello una medalla de bronce. Soportó resignada el beso, aceptó un ramo de flores, se irguió para saludar al público que aplaudía, y allí estaba, mirándola a través de un objetivo, atento a retratarla únicamente a ella, olvidado de las medallas de oro y plata.
Aún no se explicaba cómo consiguió que la llevara a cenar aquella noche.
Tan solo recordaba que habían discutido sobre la sed de África ante una botella de «Don Perignon».
Luego pasearon hasta el amanecer por calles silenciosas, tan solitarias que se diría que eran los únicos seres de este mundo, y hablaron de mil temas: religión y racismo; política y deporte; amor y guerra.
Tantas cosas los separaban, y, sin embargo..., allí estaban: una estudiante africana y un fotógrafo nórdico. Para él, el mundo era imagen y color en momentos hermosos, dramáticos, emocionantes o sobrecogedores que dejar inmóviles para siempre.
Para ella, el mundo eran ideas, injusticias, necesidades, rebelión y constante movimiento.
David podía permanecer horas acechando un pájaro en su nido; Nadia era incapaz de quedarse quieta un solo instante y siempre tenía urgencia de trasladarse a otra parte, hacer otra cosa, solucionar nuevos problemas.
Él leía a Charrière, Leon Uris y Forsyth; ella, a Sedar-Sengor, Marcuse y Herman Hesse. A ella le gustaban Bergman y Antonioni; a él, John Ford y David Lean.
–Entonces... ¿no eres partidaria del amor libre...?
–Sí, desde luego... En el amor cada cual es libre de hacer lo que le plazca... Por eso no lo hago.
–¡Pero es absurdo...! ¿No te das cuenta? Vivimos en el siglo XX. El sexo ya no es pecado mortal; no es más que algo natural y lógico.
–De acuerdo... Debe hacerse el amor cuando se desee hacer el amor. Lo que ocurre es que yo no lo deseo... ¿Es eso un delito, o es que por seguir la moda tengo que ir contra mis propios gustos?
–¡No, claro...! No es eso –protestó–. Es... simplemente, no inhibirse cuando se siente la necesidad...
–Escucha: cuando tus bisabuelos se acostaban aún con camisa de dormir y un agujero en la bragueta, mis bisabuelos ya practicaban el nudismo, y se entusiasmaban con el amor libre en cada vuelta del camino... Tal vez se trate tan solo de un «conflicto generacional». Tú reaccionas contra las costumbres de tus antepasados, y yo contra las de los míos. Para ambos, nuestros bisabuelos eran en el fondo unos «salvajes»... Quizá la auténtica «civilización» esté en el término medio entre tú y yo...
–¿Y por qué no lo buscamos? –rio con picardía.
–Probablemente tardaríamos un año en encontrarlo... ¿Quieres esperar...?
No hubo respuesta y se detuvieron a contemplar en silencio la ciudad.
Amanecía.
Continuaba allí, tan quieto que se le creería muerto, y con la claridad que comenzaba a dibujar la línea de los árboles, las cadenas y las manos, se podía distinguir el hilo de sangre que le manaba de la frente, formaba un pequeño charco en la cuenca del ojo, resbalaba a lo largo de la nariz, cruzaba el labio, esquivaba la boca y se perdía barbilla abajo, hacia el cuello y la tierra.
Súbitamente las pesadas botas de Suleiman R.Orab aparecieron junto al negro. Lo observó en silencio y alzó la vista.
–¿Fuiste tú?
Asintió en silencio y se cubrió tratando de empequeñecerse cuando vio que levantaba el largo látigo.
Pero no fue para ella el castigo, sino para el hombre inconsciente, al que golpeó una y otra vez, con increíble saña.
–¡Negro maldito...! ¡Hijo de la gran puta! –rugió–. ¡Te lo había prohibido... ¡Te lo había prohibido!...
Continuó golpeándolo hasta que los latigazos que le desgarraban la piel lo despertaron. Amín lanzó un gruñido, se puso en pie de un salto con increíble agilidad para quien había permanecido inconsciente, y se perdió entre los árboles, perseguido aún por el indignado sudanés.
–¡Te mataré! –gritaba, tratando de darle alcance–. Te cortaré los huevos si vuelves a intentarlo, ¿me oyes? ¡Te castraré, sucio negro!
Regresó jadeante y se enfrentó al grupo –captores y cautivos–, que habían asistido silenciosos a la escena.
–Castraré a quien se atreva a tocarla –dijo–. Sea quien sea... –desenvainó su larga gumía y la mostró amenazador–. Ya perdí la cuenta de cuánto negro capé con ella –continuó–. Todos los eunucos del palacio del jeque lo fueron por mi mano, y no tengo problema en rajar a cien más...
»Os enseñaré a conteneros, ¡cerdos!, que no pensáis más que en revolcaros como bestias... ¡Y ahora, en marcha...! –ordenó, haciendo restallar su látigo sobre la espalda de un esclavo–. ¡En marcha, negros del diablo, partida de inútiles...!
Se pusieron trabajosamente en pie y reanudaron la marcha.

Descolgó el teléfono que repicaba insistentemente amenazando con reventarle la cabeza aún embotada por la borrachera y la noche de insomnio.
–¿Alexander? Soy Blumme. El cónsul... Pasaré a recogerle en veinte minutos. Su avión despega dentro de una hora.
–¿Adónde voy?
–Al Chad.
Colgaron.
Con precisión cronométrica, el gran auto negro enfiló la curva y se detuvo bajo la marquesina. El chófer guardó la maleta y él tomó asiento atrás junto al cónsul.
–¿Por qué al Chad?
–Según la Policía, la ruta de los esclavos no suele internarse en la República Centroafricana, cuya vigilancia es muy eficiente. Atraviesa el Chad, pasando entre Bousso y Fort Archambault, y se adentra más tarde en el desierto, hacia Sudán. Algunas caravanas terminan su viaje en Jartum. Otras bajan a Etiopía, pero la mayor parte continúa a Suakín, de donde saltan a Arabia. Si el comisario Lomué sabe lo que dice, el grupo que robó a su esposa tardará más de veinte días en cruzar el Chad.
–¿Qué ayuda puedo esperar de las autoridades chadianas?
–Poca. Las tribus mahometanas del desierto se han rebelado contra el Gobierno de Fort-Lamy, controlado por negros del sur, los «massa» y los «moudang». El presidente Tombalmaye se mantiene gracias a la ayuda que extraoficialmente le prestan los paracaidistas franceses, pero si estos se marchan, los guerreros tuareg acabarán con los negros en un santiamén... Como comprenderá, no creo que Tombalmaye esté dispuesto a distraer tropas en beneficio de su esposa...
–Entiendo...
Le palmeó el brazo, afectuoso.
–No se desanime –pidió–. No todo está perdido... Me aseguran que formaste parte del «Grupo Ébano», una especie de heredero moral del famoso «Escuadrón Blanco» que luchó contra los traficantes de esclavos allá en Libia...
El auto se detuvo a la puerta del edificio del aeropuerto. El chófer se encaminó, con la maleta y la documentación, al mostrador de «Air Afrique», y David Alexander y el cónsul Blumme buscaron asiento en el pequeño bar que se abría en un rincón, a la derecha de la entrada.
–Le aconsejo que coma algo –señaló el cónsul–. El avión hace tres escalas y entre ellas no le dará tiempo a almorzar decentemente.
–No tengo hambre.
–¡Esfuércese...! No debe desesperarse, ni dejarse abatir... Le esperan meses de lucha y decepciones; tal vez se dé por vencido, pero recuerde esto: tienen que recorrer tres mil kilómetros para llevarla al mar Rojo, y esa es una distancia muy larga...
Estaba concluyendo los huevos con jamón cuando un altavoz mohoso y desportillado anunció la salida de su vuelo.
El viaje fue como una lección de geografía africana, pasando de la costa a los densos bosques y la lluvia tropical de Yaundé para volar casi una hora sobre la inmensa selva, encontrar luego las verdes praderas y adentrarse al fin en la parda sabana, a la altura de Maroué.
A través de la estrecha ventanilla contempló el cambiante paisaje, preguntándose en qué lugar de aquella inmensidad se encontraría Nadia.
–Tal vez oiga pasar el avión y mire hacia arriba. Tal vez navegue por ese río, o la tengan oculta en aquel bosque...
¡Era tan grande África! Parecía tan gigantesca y desolada...
Pasaban bajo él kilómetros y kilómetros de verdes praderas; de amarillentas estepas; de tierras magníficas para el algodón, el lino y el maíz que nadie cultivaba, y ningún buey, mula o tractor se divisaba, porque el africano había emigrado a las ciudades, concentrándose en inmundos arrabales que no le ofrecían más que prostitución, vicio, miseria, sífilis, tuberculosis, disentería, cólera, fiebres y una profunda degradación moral; una pérdida total de los valores tradicionales de su ancestral forma de vida, que no era sustituida por ningún otro código ético.
Cuando llegaban a las ciudades los nativos venidos de la selva procuraban agruparse con individuos afines, pertenecientes a su propia raza, tribu o creencias, y conservaban durante un tiempo el respeto a las viejas leyes, pero poco a poco, con la falta de trabajo y las calamidades, la fidelidad a su propio origen se iba perdiendo, hasta convertir al individuo en un ser duro y egoísta, hosco y solitario, al que nada ni nadie importaba más que sus propias necesidades y su hambre.
Había pasado a formar parte del proletariado negro, más triste aún que el blanco, porque para el negro todo era nuevo y jamás sabía cómo hacer frente a los problemas que la civilización había puesto de pronto en su camino.
Era así como Lagos, Ibadan, Dakar, Douala, Abidján, Libreville y tantas otras ciudades hervían de seres desgraciados, mientras África, la auténtica África, aparecía desolada e inútil.
Delante, lejos, la tierra amarilla comenzó a brillar con reflejos plateados, y el gran lago Chad, corazón geográfico del continente, frontera entre el desierto y la estepa, se extendió hacia el noroeste hasta perderse la vista en la distancia.
¡Lago!
Qué pretenciosa palabra para lo que no era en realidad más que el mayor charco del mundo. Veinte mil kilómetros de agua desparramada por una inmensa llanura, sin alcanzar nunca los dos metros de profundidad, de forma que los nativos podían vadearlo de orilla a orilla sin necesidad de nadar.
Cuando el Sáhara era una gran pradera verde; cuando –como Nadia decía– sus antepasados poblaban Tasili y el Tibesti, el lago Chad fue el mayor del mundo, pero las sequías y el desierto lo habían reducido cincuenta veces su tamaño, dejándolo convertido en uno de los lugares más inhóspitos, calurosos y desconocidos del planeta.
«Es tan llano –aseguraba Nadia–, que cuando sopla el ‘harmattán’, las aguas avanzan en diminutas olas y se adentran hasta cuatro kilómetros en la orilla. Los indígenas tienen entonces que salir corriendo, abandonando sus míseras chozas y arreando como pueden los rebaños...». Un puñado de casuchas pardas y blancas, que se alzaban cerca de la conjunción del lago y un río ancho y salpicado de islotes, atrajeron su atención. El avión, que se había alejado hacia el norte, viró en una amplia curva y regresó perdiendo altura.
El altavoz anunció que estaban a punto de aterrizar en Fort-Lamy, capital de la República de Chad, y experimentó una desagradable sensación de angustia al comprender que había puesto sus esperanzas en la ayuda que pudiera obtener de aquel miserable rincón del planeta.
–Esto debe ser como el fin del mundo –masculló, y tuvo la seguridad de no estar muy lejos de la realidad.
Cuando la puerta del viejo «Caravelle» se abrió, una bocanada de aire caliente y seco, como salido de un horno, amenazó con quemarle los pulmones, mientras una luz blanca, brillante y violenta, le golpeó en los ojos.
Dudó en salir al exterior, y al atravesar la pista de cemento, buscando a la carrera la protección del moderno edificio del aeropuerto, un sol como no había sentido jamás en parte alguna le chamuscó el pescuezo, amenazando con derretirle hasta el cabello.
–¡Dios bendito! –resopló al alcanzar el refugio del gran salón de entrada–. Esta debe de ser la puerta del infierno.
Un oscuro funcionario impertinente que sudaba a chorros dentro de una gruesa chaqueta observó su pasaporte con aire sospechoso.
–¿Es usted periodista, monsieur Alexander?
–No exactamente... Soy fotógrafo...
–Pero trabaja usted para una revista. ¿Cuál es la razón de su visita al Chad...?
–Busco a mi esposa... Fue raptada en Camerún por cazadores de esclavos y las autoridades de Douala aseguran que debe estar atravesando su país...
El funcionario le miró como si creyera que le estaba tomando por idiota.
Cerró el pasaporte sin estamparle el sello de admisión y se irguió ligeramente para ganar autoridad.
–Lo siento, monsieur –señaló–. Pero deberá continuar viaje... Tenemos una triste experiencia de lo que cuentan los periodistas europeos sobre los acontecimientos internos del Chad. Mis instrucciones son no permitir la entrada a quien no tenga visado especial de nuestro embajador en Roma...
–¡Pero mi esposa...! –intentó protestar.
–Monsieur... –se impacientó el otro–. Esa es la excusa más absurda que he oído en mi vida... Su pasaporte dice que es usted soltero.
–Nos casamos hace dos meses... Y mi esposa es... –dudó– africana...
El indígena pareció sorprenderse.
Meditó unos instantes y le miró a los ojos como queriendo cerciorarse de que no mentía. Abrió el pasaporte y lo estudió nuevamente. David tuvo una súbita inspiración, rebuscó en su maletín y encontró el pasaporte de Nadia.
–Esta es mi esposa... –dijo.
El funcionario afirmó en silencio; estudió los pasaportes y le franqueó la entrada.
–¡Suerte...! –dijo.
Buscó un taxi, y nuevamente creyó que se abrasaba al salir al sol. El vehículo ardía, y cuando se puso en marcha hacia la ciudad, el aire que entraba por las abiertas ventanillas no contribuyó a refrescarlo.
–¿Siempre hace tanto calor aquí? –inquirió angustiado.
–Más... Ahora estamos en invierno... ¿Qué hotel prefiere, señor...? ¿El «Chadienne», el «Chari» o el «Du Chad»...?
Le sorprendió la falta de originalidad de los nombres, pero no hizo comentario alguno.
–¿Cuál es mejor?
–El «Chadienne» es el más caro y algunas habitaciones tienen aire acondicionado que siempre funciona... La comida del «Chari» es mejor... Madame, la dueña, es una magnífica cocinera y una hermosa mujer...
–Lléveme al «Chadienne».
–A la orden, señor... Creo que ha elegido bien, señor... Es más confortable y tiene una espléndida vista sobre el río... –guardó silencio, pero la paz duró solo un instante–. ¿Le gusta Fort-Lamy, señor...? –añadió.
–Aún no la conozco...
–Es cierto... Es cierto... –agitó la cabeza–, le gustará... Un poco caliente, pero una magnífica capital, señor... El auténtico corazón de África... Aquí llegan gentes de todo el continente. Mercaderes árabes que descienden desde Libia y Argelia; traficantes «haussas» de Kano: sudaneses y senegaleses en busca de la sosa del lago; camerunenses, que cruzan el río para robarnos; pamúes y fangs que suben desde Guinea y el Gabón; pastores fulbé con sus grandes rebaños. Incluso congoleños...
Se adentraron en la ciudad y advirtió que tenía razón el hombre. Un bosquimano de color betún se sentaba junto a la blanca saharauí de velo en el rostro, mientras su vecina pasaba con los pechos al aire y un cántaro en la cabeza. En Fort-Lamy, bantús, tuaregs, budumas, árabes, egipcios, franceses, griegos y dahomeyanos, chocaban, se entremezclaban e intercambiaban productos, costumbres y culturas.
¿Cabría imaginar una ciudad de América en la que conviviesen indios de la selva, pastores andinos, pescadores del Caribe, vaqueros de Texas, ejecutivos de Nueva York, estrellas de Hollywood, esquimales de Canadá y patagones de Tierra del Fuego...?
¿O una capital europea por la que pasearan, con sus trajes típicos, gitanos andaluces, escoceses de gaita, griegos de minifalda, lapones de Noruega, turcos de turbante, lores ingleses, campesinos rusos, pastores del Tirol y aizkolaris vascos?
Esa era la impresión que producía Fort-Lamy, en la que convivían todas las Áfricas, porque existía una África de racismo en Johannesburgo; otra de leones y safaris en Kenia; una tercera de guerras civiles en Congo y Nigeria; una cuarta de política y pirámides en Egipto; una quinta de mezquitas y turismo en Marruecos; una sexta de sed y petróleo en el Sáhara, y una séptima, y una octava, y muchas más...
Y mientras el conductor hacía sonar insistentemente el claxon apartando a las docenas de ciclistas, comprendió que había llegado al meollo del continente, y por primera vez comprendió también que en ese continente pudieran existir cazadores de esclavos.
Sortearon la plaza Independencia y el taxista señaló en una esquina el edificio de dos plantas del «Hotel Chari», recomendándole que fuera a cenar algún día. Luego cruzaron ante el pesado monumento que recordaba que desde Fort-Lamy partió la expedición Leclerc a enfrentarse con los tanques de Rommel, y tras dejar a la izquierda el palacio del Gobierno con su guardia de honor absurdamente uniformada de un rojo violento, bordearon el río y se detuvieron en el jardín con senderos de grava del «Hotel Chadienne».
–Si va a necesitar taxi, señor, puedo venir a la hora que desee, señor... No siempre es fácil encontrar un taxi a mano en Fort-Lamy, señor, y no es recomendable caminar, porque este sol hace daño a los blancos, señor... ¿Vengo a buscarle, señor?
–Mañana. A las ocho... ¿Sabe dónde puedo encontrar a algún miembro del «Grupo Ébano»?
–El «Grupo Ébano...» –se asombró–. No... No, señor... ¿Cómo pretende que yo sepa eso, señor...? Y creo que mañana no podré venir a buscarle a las ocho, señor... –añadió cuando ya arrancaba–. Tengo otro compromiso a esa hora..., señor...
Había, efectivamente, habitaciones con aire acondicionado capaz de funcionar día y noche. Intentó tomar un baño, pero desistió porque el agua salía de un color marrón oscuro, llegada directamente del río, y en conjunto daba la impresión de ensuciar más que de limpiar. Se conformó con una ducha caliente, pues por más que dejó salir el agua, el largo camino que esta debía recorrer a través de tuberías de hierro expuestas al sol chadiano impedían que se obtuviera un agua medianamente fresca hasta, por lo menos, las nueve de la noche.
Descansó un rato contemplando el techo y las sombras que cruzaban por él, escuchando las voces y risas de mujeres que lavaban en la orilla del Chari, con el fondo, muy lejano, de un piragüero que cantaba en dialecto kokoto mientras clavaba su pértiga en el fondo del río impulsando lentamente su embarcación aguas arriba.
Recordó un momento semejante, con música de fondo parecida y una habitación casi idéntica, la tarde que llegaron a Cotonou. Se hospedaron en el «Hotel de la Plage», y, tras bañarse, se asomaron hasta quedar agotados.
Contemplaron luego el techo, mientras unas mujeres charlaban en la calle y un pescador que remendaba sus redes sobre la arena cantaba también con voz de trueno.
–¿Habías imaginado alguna vez que el amor fuera esto? –preguntó.
–Me pasaría la vida haciéndolo...
–¿Y quién nos lo impide...?
Volvieron a empezar.
El hombre seguía cantando.
Se asomó a la ventana y aún pudo verlo, antes de que su piragua desapareciera definitivamente en la primera curva del río.
En otro tiempo el paisaje le hubiera impresionado. Un sol de fuego, entre rojo y naranja, se ocultaba tras una copuda ceiba en la orilla del Camerún, y las aguas bajaban parsimoniosas y en silencio arrastrando inmensas balsas de papiro, gruesos troncos o dormidos caimanes, mientras bandadas de garzas blancas revoloteaban en el aire, y graves zancudas grises ensayaban infinitas reverencias hundiendo su afilado pico en la arena de la islillas o en el fango de la orilla.
Las mujeres seguían lavando; los niños corrían a lo lejos; una muchacha manchaba con blanca espuma de jabón la maravilla de su piel azabache, y un viejo chivudo pescaba con infinita paciencia a la popa de un cayuco varado.
Lejos resopló un hipopótamo.
Años atrás, tanto abundaban los hipopótamos en el lago y el río que los hidroaviones que unían Fort-Lamy con Douala capotaron uno tras otro al chocar con las grandes bestias.
Ahora ya no quedaban hidroaviones, pero, por lo que había oído, pronto los cazadores furtivos terminarían también con los hipopótamos.
África se estaba acabando.
–¡Oh, Dios! ¿Por qué era aquella África la que tenía que acabarse?
¿Por qué la de los quietos paisajes y las hermosas bestias? ¿Por qué no la de los cazadores de esclavos, el hambre, la enfermedad y la injusticia?
Se apartó de la ventana cuando el sol se ocultó por completo. Bajó al bar, desierto a aquella hora, pidió un whisky y lo apuró lentamente. El «barman», un francés largo y pecoso de chaquetilla verde, se instaló frente a él sin dejar de pulir una alta pirámide de copas. Le observó un rato, y al fin preguntó:
–¿Mercenario?
Alzó la vista de su whisky sin comprender:
–¿Perdón...?
–¿Es usted mercenario...? Ya han llegado otros... Se rumorea que las Naciones Unidas obligarán a Francia a retirar sus paracaidistas y el presidente Tombalmaye tendrá que recurrir a los mercenarios... Aquí se les respeta mucho... –aclaró–. Los necesitaremos para frenar un poco a esos tuaregs del diablo...
Negó con un gesto:
–No soy mercenario... –Guardó silencio unos instantes, y luego inquirió–: ¿Tiene una idea de dónde puedo encontrar al «Grupo Ébano»...?
–¿El «Grupo Ébano»? –El otro había bajado instintivamente la voz, aunque no había nadie más en el salón–. No. No tengo la menor idea de dónde encontrarlo, si es que existe... ¿Para qué lo quiere?
–Necesito ayuda... Los cazadores de esclavos capturaron a mi esposa en Camerún...
–«¡Merde!». Eso sí es complicado... –Había cesado de pulir copas y se adelantó, apoyándose en el mostrador–. No ande hablando por ahí en voz alta del «Grupo»... Hay quien no le tiene simpatía.
–¿Por qué?
–¡Vaya usted a saber...! Unos dicen que no son más que un puñado de espías imperialistas... Otros, agitadores comunistas... Otros, provocadores encargados de avivar la lucha entre mahometanos del norte y animistas del sur... Incluso se asegura que se trata de agentes sionistas que buscan atacar a Egipto por la espalda...
–Pero, ¿existen?
Se encogió de hombros.
–Son rumores... Aquí, en el Chad, son más los rumores que las auténticas noticias... Quizá fueron los traficantes de esclavos los que propagaron todas esas versiones sobre ellos... Quizá sean ciertas... Quizá no existen ya o no han existido nunca...
–¿Cómo puedo saber la verdad...?
–¿La verdad? –soltó una risa corta y sarcástica–. En esta tierra de mentiras e historietas, la verdad es lo más difícil de obtener. Pídame un oso polar y puede que se lo consiga, pero la verdad... –Reanudó su tarea con las copas–. La verdad es como la lluvia para el Chad...: nunca llega, y cuando llega, provoca catástrofes, lo cambia todo, y oscurece hasta el sol...
–¿Ayudarían cien francos?
–Ayudarían...
–Cuente con ellos.
–Cuento. –Hizo una pausa–. Esto se anima hacia las ocho de la noche. Antes de acostarse venga a verme... Pero, por favor, no mencione el nombre en público... Y no le cuente a la gente lo del rapto de su esposa... Yo no estoy muy enterado, pero aseguran que los cazadores de esclavos son como una gran sociedad... Una especie de mafia... Se ayudan entre sí, y cuando alguien investiga sobre uno de sus miembros, acaban con el intruso... Y aquí, en Fort-Lamy, cualquiera puede estar implicado en el tráfico...: los comerciantes griegos; los transportistas portugueses; la mitad de los buhoneros «haussas» y vendedores de telas árabes; los hombres de negocios egipcios; los importadores nigerianos o los funcionarios chadianos... ¡Cualquiera...!
–¿Incluso usted...?
Mostró la copa y el paño que tenía en la mano:
–¿Cree que si negociara con negros estaría aquí secando vasos...?
Comprendió de improviso que su expresión no había sido afortunada y se interrumpió confuso. Pareció agradecer mentalmente la llegada de los tipos con aspecto de cazadores que, sudorosos y cubiertos de polvo, fueron a sentarse en el centro mismo de la barra y pidieron cerveza helada mientras discutían malhumorados sobre el gran rinoceronte que se les había escurrido de entre las manos.
–¡Trescientos kilómetros! –clamó el más viejo, poniendo al «barman» por testigo–. Mil kilómetros por esos caminos del infierno, con esa maldita sequía que lo empolva todo, y al final el bicho se nos escapa vivo... Una semana perdida.
Bebió lentamente y los observó en silencio. Pertenecían a aquella especie de «cazadores blancos», que ya eran como una reliquia en el continente, fósiles vivientes de tiempos que pasaron para África y que nunca volverían. Tiempos de «Las verdes colinas»... y «Las nieves del Kilimanjaro»; de los grandes safaris y la aventura; del matar animales sin cuento y sin razón... Tiempo de «trofeos» y de leyendas románticas que habían aniquilado poco a poco la más hermosa fauna que existió jamás sobre la Tierra.
Eran los hombres que Nadia odiaba con toda su alma; los que aún querían aferrarse a la idea de que África no sería nunca más que un inmenso coto de caza poblado por «boys» sumisos que portaran rifles y se inclinaran constantemente con un servicial «sí, bwana».
–¡Maniáticos, tarados mentales, impotentes! Eso son los que vienen a matar elefantes y rinocerontes –exclamaba indignada, casi fuera de sí–. Aniquilar de lejos y sin peligro a una bestia grande y noble es una forma como otra cualquiera de echar fuera todas sus frustraciones...
–No creo que «todos» sean «todo» eso –había refutado él–. Hay a quien le gusta cazar por el placer de la aventura.
–¡Aventura! ¿Matar treinta mil elefantes en un año es aventura? Es una forma de criminalidad para cobardes que no se atreven a asesinar personas porque irían a parar a la horca... ¡Maniáticos, tarados, impotentes...!
Cuando llegaban a este punto, David dejaba como siempre que despotricara a gusto sin llevarle la contraria. Hacerlo era empantanarse en una discusión sin esperanza, discusión en la que Nadia se iba excitando más y más hasta perder por completo su sentido de la ecuanimidad.
En una ocasión había estado casi dos días sin dirigirle la palabra cuando trató de romper una pequeña lanza en favor de los cazadores, y desde entonces había llegado a la conclusión de que era un tema «tabú» en sus relaciones.
Ahora, viéndolos, allí, sucios, cansados, quemados por el sol, cubiertos de polvo y bebiendo cerveza tras cerveza mientras intentaban maravillar al «barman» con su relato de cómo habían perseguido durante una semana a un rinoceronte con un tiro en las costillas, le resultaba mucho más fácil comprender las razones de Nadia, que había convivido desde niña con semejante especie y escuchado mil veces sus mil veces repetidas historias.
Hablaban en voz muy alta, buscando arrastrar a David hacia la conversación y ampliar así el auditorio que precisaban para el relato de sus hazañas ciertas o falsas, pero optó por retraerse e ignorarlos, porque reconocía en ellos aquella agresividad de palabras y gestos que tanto le molestaba; aquel querer hablar más y más alto y más impulsivamente que el contrario, aunque eso llevase siempre a decir más estupideces, y más seguidas, y en un tono mayor.
El mundo rebosaba de cazadores y David los esquivaba con una especie de terror insano. Cazadores de mujeres; cazadores de astucia; cazadores de velocidad en automóvil; cazadores de cultura... Todos dispuestos siempre a contar en voz alta los rinocerontes que habían matado; las mujeres con quienes se habían acostado; lo listos que habían sido; lo mucho que habían corrido, o lo profundo de sus conocimientos literarios, pictóricos o científicos.
Frente a ellos, David se sentía como pieza acorralada; ambicionado espécimen de «auditoris perfectibus», capaz de soportar, una vez capturado, horas y horas de cháchara incesante sin el valor necesario para dar media vuelta y marcharse o mandar al infierno al oponente.
Y esa había sido, desde siempre, una de las características que más odió de su modo de ser: su incapacidad de rebelarse y su impotencia ante la descortesía o la palabra inoportuna que pudiera herir a un semejante, fuera quien fuese ese semejante.
El día que consiguiera luchar contra eso o el día que lograra ser irónico o –más sencillo aún– no sentirse desconcertado ante la ironía ajena, David comenzaría a sentirse satisfecho de sí mismo; comenzaría a creer que llegaría a tener ese carácter que siempre había necesitado.
–Lo que ocurre es que eres demasiado bueno –le repetía Nadia una y otra vez–. Demasiado bueno, y te toman por tonto y falto de carácter... ¡Rebélate contra ello! Muestra las uñas de tanto en tanto...
–¿Empiezo por ti?
–¿Por qué no? ¿Crees que eso cambiaría las cosas? ¿Crees que una discusión a muerte haría que te quisiera menos?
–¿Haría que me quisieras más?
–Tampoco...
–Entonces, dejémoslo así... No puedo cambiar... ¡Nunca podré cambiar!
Pero ahora allí, sentado en aquel bar, oyendo sin escuchar a unos cazadores vociferantes, David se preguntaba si, efectivamente, nunca lograría cambiar, o, por el contrario, había comenzado ya ese cambio.
Ahora sentía odio; un odio como no creyó jamás que fuera capaz de experimentar; un odio que le permitiría, por primera vez, ser duro y cruel con aquellos que le habían arrebatado a Nadia.
Se preguntó si sería capaz de matar a un ser humano, y no encontró respuesta, aunque le constaba que habría de encontrarla pronto, porque tal vez llegara el momento en que tuviera que enfrentarse a la realidad. Nadia había sido robada por una gente para la que la vida y la muerte no tenían importancia, y tal vez se planteara una situación en la que habría que elegir entre matar o morir.
Y en ese instante, cuando unos segundos marcaran la diferencia, se hacía necesario estar preparado para la elección, convencido de antemano de que el daño que se le pudiera hacer al enemigo era siempre menor que el que el enemigo pudiera causarle a él.
Tratar de ignorarlo, engañarse a sí mismo no conducía a nada, y lo único que le mortificaba era no poder discernir si todo ello era fruto de su excesiva bondad, como apuntaba Nadia, una enfermiza timidez, o una completa y absoluta falta de personalidad.
Hubo un tiempo en el que estuvo tentado de consultar a un psiquiatra e intentar que fuera la ciencia la que le resolviera el problema, pero luego se dijo que en realidad no tenía necesidad alguna de cambiar, de endurecerse, de intentar formarse una personalidad distinta con la que se encontraría en eterna lucha.
Si durante años había vivido en paz consigo mismo, ¿qué necesidad tenía de ese cambio...?
Pero ahora era distinto. Muy distinto. Ahora existía Nadia.

Estaba sentado junto a los últimos árboles, contemplando el atardecer con aire indiferente. Cuando la columna llegó a su altura y se detuvo, señaló al frente:
–Allá está la carretera y luego el río Chari... Muy poblada la zona...
–Lo sé –admitió el sudanés.
–Hay mucho tráfico entre Fort Archembault y Fort-Lamy... Camiones por el camino; balsas y piraguas en el río...
–Pasaremos esta noche...
Amín señaló a la maltrecha hilera de cautivos que se habían dejado caer, agotados, entre la alta hierba reseca.
–Mejor mañana por la noche... Debemos caminar muy aprisa para que no nos sorprenda el amanecer en las márgenes del río...
–No me gusta este sitio... Pueden vernos e ir con el cuento a Bousso...
Amín señaló con un gesto a dos muchachitos que marchaban al final de la columna...
–No aguantarán el ritmo... Se quedarán en el camino.
Suleiman R.Orab se volvió hacia la caravana.
–Prefiero perder a dos que a todos –dijo, dándole la espalda–. Repartan comida –ordenó luego a sus hombres–. Y descansen, que en dos horas estaremos de nuevo en marcha...
Se escuchó un murmullo de descontento, pero hizo restallar su látigo.
–¡Silencio! –gritó–. Caminaremos toda la noche, y al que afloje el ritmo lo degüello... ¿Está claro? No voy a permitir que nadie retrase al grupo... Aprieten los dientes y aviven el paso, o esta será la última noche de su vida...
Se acuclilló frente a Nadia.
–Me molestaría tener que rebanarte el pescuezo, negra... –dijo–. Tú sola vales tanto como el resto del cargamento.
–Caerás reventado antes que yo.
–Ya lo he notado, negra. Se diría que toda tu vida no has hecho más que caminar, correr y saltar. Pero te ha quedado tiempo para estudiar y aprender idiomas... Eres una rara joya, negra. Nunca conocí a nadie como tú, y si tuviera veinte años menos no te vendería al jeque. Te guardaría para mí... –Se quitó el largo turbante y comenzó a perseguir piojos que aplastaba entre las uñas con un ligero chasquido–. Pero empiezo a estar viejo y cansado, y quiero retirarme de este constante galopar de una parte a otra de África... Quizá pueda establecerme definitivamente en Suakín vendiéndoles perlas a los peregrinos que van a La Meca... Allí pasaré tranquilo mi vejez, contemplando el mar Rojo rodeado de nietos.
–¿A costa de cuántas vidas...? ¿Cuántos hombres, mujeres y niños has vendido para asegurarte una vejez tranquila...?
Suleiman R.Orab se encogió de hombros y continuó machacando piojos.
No alzó la cabeza al responder.
–Todos eran esclavos, negra... El profeta Mahoma, las bendiciones caigan sobre él, jamás prohibió la esclavitud, y sabido es que el amo puede hacer con su esclavo lo que le plazca...
–Mahoma jamás aprobó la esclavitud, y no hay una sola palabra a favor de ella en el Corán...
–Tampoco la encontrarás en contra, y yo lo interpreto como una aceptación.
Comenzó a devorar glotonamente los restos de una gacela que Amín había cazado el día anterior, y a medida que limpiaba los huesos, los lanzaba en silencio hacia los esclavos, que se arrojaban sobre ellos buscando un perdido resto de carne o un pellejo despreciado.
Un guardián les repartió puñados de mijo, que devoraron en silencio, hundiendo la boca en el mismo cuenco de las manos, que les servían de recipiente, ansiosos por concluir antes de que el vecino pretendiera arrebatarles parte de su ración.
Se distribuyó por último un trago de agua, extraída de una «girba» sucia y maloliente; con ello se dio por concluida la comida del día, y cada cual intentó descabezar un corto sueño, a la espera de la nueva caminata.
Alumbraban ya las infinitas estrellas de la noche africana, y una luna creciente hacía su tímida aparición en el horizonte cuando Amín se puso en pie.
Se diría que aquel negro delgado y sarmentoso, todo nervio, no conociera el sueño, la fatiga, el hambre o la sed. No era tan solo el explorador que iba siempre media hora delante buscando víctimas y alertando el peligro. Además cargaba con todos los trabajos pesados, cubría la mayoría de las guardias nocturnas, procuraba la caza con ayuda de un largo arco y fuertes flechas, y aún le quedaba tiempo en la madrugada de acudir a la columna de cautivos buscando saciar su exceso vital.
Desde el día en que lo azotaron había procurado no aproximarse a Nadia, pero esta notaba fijos en ella los ojos del negro: unos ojillos malignos que parecían estar siempre viendo más allá del vestido; ojos que algunos juraban que no se cerraban nunca: ni de día, ni de noche.
Incluso al mismo Suleiman R.Orab le inquietaba su presencia; y Nadia había podido escuchar cómo le confesaba en árabe a uno de sus hombres, un libio escuálido, llamado Abdul:
–Cualquier día tendremos que matar a ese maldito negro... Será una lástima, porque jamás he conocido guía mejor, ni pistero más útil, pero si no acabo con él, él acabará conmigo... Tiene el diablo dentro, el gran hijo de puta...
–Aseguran que cuando desaparece por las noches se convierte en fiera... Allá en Dahomey, un brujo hizo de él un «hombre-leopardo...».
–Nunca creí en brujerías de negro, y ya Mahoma nos previno contra ellas... Si una noche se convierte en bestia, le dejo seco de un tiro... Ni los auténticos leopardos resisten un «Remington»...
Iniciaron de nuevo la caminata, y fueron más de tres horas a un ritmo endiablado, siempre precedidos por el silencioso Amín, que parecía orientarse por un sexto sentido.
Suleiman y sus hombres renegaban tropezando con matojos o raíces ocultas, y cuando un esclavo rodaba por el suelo arrastraba consigo a toda la cuerda, en un barullo tal de piernas, brazos y lamentos que únicamente la autoridad del árabe y su látigo conseguían reorganizar la caravana.
No se escuchaban más que lamentos, golpes y jadeos.
El más joven de los chiquillos cayó al fin, derrengado, y durante unos metros siguió adelante, arrastrado por el resto de los cautivos hasta que el libio lo tomó por la cintura tratando de animarlo:
–¡Vamos, vamos...! –le pidió–. No te des por vencido. La carretera ya está cerca...
–¡Déjame! –sollozó el niño.
–¡Camina, estúpido! –insistió–. ¿No ves que te matarán si te detienes...?
Siguieron así durante un rato, hasta que a lo lejos, rompiendo las sombras de la noche, hicieron su aparición dos luces gemelas que barrieron primero el cielo al coronar la pendiente, y se lanzaron después pradera adelante, aproximándose a gran velocidad.
Al poco se percibió, acallando el silencio de la noche, el rugir de un pesado motor, y Suleiman R.Orab ordenó que se arrojaran al suelo.
Hacia el sur, llegando de Fort Archembault, surgieron luego los focos de un vehículo más ligero, y semiocultos entre las altas gramíneas resecas, cautivos y guardianes observaron cómo los haces de luz marchaban al encuentro uno del otro.
El camión fue el primero en pasar ante ellos, a no más de cincuenta metros, y un kilómetro más allá se encontró con lo que resultó un Jeep, que a los pocos momentos cruzó también de largo y se perdió de vista hacia el noroeste.
Cuando se hizo de nuevo el silencio, el sudanés se puso en pie.
–¡Andando! –ordenó–. Aún queda mucho camino.
La columna comenzó a enderezarse penosamente, pero el chiquillo continuó en el suelo, incapaz de un nuevo esfuerzo.
El libio lo observó un instante, agitó la cabeza negativamente y se adelantó hacia Suleiman.
–Ese ya no da un paso... –señaló–. Y no puedo continuar cargándolo toda la noche...
–Apártalo del grupo –ordenó el sudanés.
El libio se dispuso a obedecer, pero Amín le interrumpió con un gesto:
–¡Espera! –pidió–. Yo lo haré... Luego los alcanzaré... Basta seguir recto hacia el río...
Suleiman le observó con dureza:
–¿Es que nunca puedes pensar en otra cosa...?. –inquirió–. ¡Está bien...! Haz lo que quieras...
Agitó el brazo indicando a la caravana que se pusiera en movimiento y Amín se quedó atrás, junto al chiquillo, al que ya habían liberado de sus cadenas.
Los cautivos reanudaron la marcha, y conducidos por Suleiman y el libio atravesaron la carretera y se perdieron en las sombras.
Amín permaneció en pie, inmóvil, hasta tener la seguridad de que estaban lejos. Luego bajó la vista hacia el muchachito, que lo contempló con sus grandes ojos oscuros muy abiertos.
Parecía una gacela asustada, derribada por el primer zarpazo del leopardo, esperando a ser rematada.
El negro se inclinó muy despacio, clavó una rodilla en tierra y lo contempló de cerca. Se percibía nítida la jadeante respiración de la criatura, y era tanto su miedo que parecía incapaz de romper en llanto.
La mano de Amín descendió poco a poco y comenzó a acariciarlo.

El cuscús de madame era realmente exquisito.
No podía comerse mejor en el más sofisticado restaurante de Tánger o Casablanca, ni aun en «El Almudia» de Madrid, donde incluso Nadia lo alabó una noche.
El vino estaba en su punto, y los quesos recién importados en un ambiente agradable de manteles rojos, muebles oscuros, lámparas de pergamino y magnífico aire acondicionado.
–¡Lástima que el resto del hotel no esté a la altura! –se lamentó David.
–Yo paro poco en el hotel y por eso lo prefiero al «Chadienne». Aquella comida me cansa...
Thor Ericsson concluyó su café, se secó el blanco mostacho, encendió un puro y lanzó una corta llamarada que destacó aún más los infinitos ángulos de su cara y las profundas ojeras que enmarcaban sus ojos de color de agua.
–Bien... –aceptó–. Sería absurdo continuar negando mi identidad. Efectivamente –admitió–. Dirijo en Fort-Lamy una empresa de importaciones, pero, al propio tiempo tengo el cargo de delegado local de la «Comisión para la Abolición de la Esclavitud».
»Como comprenderá, es un título que me honra, pero que, por razones de seguridad personal, me conviene mantener secreto. No más de veinte personas conocen en Chad mi verdadera actividad, y le ruego que no la comente.
–Tiene mi palabra... –aseguró–. ¿Puede usted ayudarme?
El sueco hizo un amplio ademán que no quería decir nada.
–¿Cómo saberlo...? Por desgracia, la «Comisión para la Abolición de la Esclavitud», al igual que la «Sociedad Antiesclavista de Londres» o todos los organismos oficiales y privados que luchan contra el tráfico de seres humanos, tienen mucha mejor intención que medios a su alcance. Moralmente cuenta con todo mi apoyo, pero lo que usted necesita no es moral, sino un ejército con el que rastrear praderas, estepas y desiertos.
–¿Conseguiría algo de las autoridades chadianas...?
–Lo dudo... Más factible resultará obtener, extraoficialmente, el apoyo de las fuerzas francesas. Tienen aquí un contingente de legionarios y paracaidistas encargado de frenar a las tribus del norte... Intentaré del coronel Bastien-Mathias que distraiga en nuestro favor unos cuantos hombres y un par de aviones...
David aguardó a que el camarero concluyera de servirle el coñac en una gran copa caliente, lo paladeó despacio, y observó a su interlocutor. Por fin, se decidió:
–Me han hablado del «Grupo Ébano»... ¿Qué sabe de él?
Ahora fue Thor Ericsson el que bebió demasiado despacio antes de decidirse a responder.
–Esperaba la pregunta –admitió–. Imaginaba que alguien se lo habría mencionado...
–¿Existe...?
Afirmó pausadamente:
–Sí. Creo que aún existe...
–¿Dónde puedo encontrarlo?
Se encogió de hombros con gesto fatalista:
–¿Quién sabría decirlo...? El «Grupo Ébano» es como la sombra del águila... Jamás pasa dos veces por el mismo sitio.
–¿Es cierto lo que cuentan sobre ellos...? –inquirió inquieto.
–¿Qué le han contado...? ¿Que son espías, terroristas, o agentes de Israel...? No los escuche... –negó–. Nadie sabe realmente quiénes son, por qué luchan, y a las órdenes de quién luchan... –Hizo una pausa y sonrió irónicamente–. Ni siquiera yo...
–¿Podría ser realmente una nueva versión del «Escuadrón Blanco»?
Thor Ericsson tardó en responder.
–No lo creo –dijo al fin–. El «Escuadrón» jamás ocultó su actividad y tenía su cuartel general en la misma Trípoli. Bastaba con ir allí a verlo. Eran muchachos de buena familia, millonarios la mayoría, que peleaban por amor a la aventura y a la libertad... Murieron como héroes, dando la cara al peligro... Dudo que este puñado de fantasmas que se mueve en la sombra tenga nada que ver con ellos... Si lo que hacen es digno y hermoso, ¿por qué se ocultan...?
–¿Y usted, señor Ericsson? Si en realidad es el delegado de la «Comisión para la Abolición de la Esclavitud»..., ¿por qué se oculta...?
El sueco se agitó en su asiento, quizá molesto.
–No es lo mismo... –protestó–. Si pregonara quién soy estaría expuesto a que cualquier esclavista me asesinara en un callejón... Pero ellos están armados, y siempre en plan de lucha...
¿Por qué ocultar su identidad, incluso a mí?
–Esa es una pregunta a la que únicamente ellos pueden responder, y tengo que encontrarlos. Me aferraré a cualquier esperanza de ayuda...
–Le deseo suerte, pero le va a resultar muy difícil hallarlos... Hace un año que ni siquiera se les menciona. Si aún subsisten, deben de andar ocultos en cualquier rincón del desierto... ¿Se ha detenido a calcular el tamaño del Chad? Es mayor que España y Francia juntas, y apenas cuenta con cuatro millones de habitantes, desperdigados por esa inmensa geografía... Casi no existen carreteras, caminos, aeropuertos, ni vía alguna de comunicación... Si no quieren que los encuentre, no los encontrará nunca.
–Eso puede aplicarse también a los raptores de mi esposa, y sin embargo le aseguro que la recuperaré...
»Si ese grupo vive en el desierto, necesitará aprovisionarse... En algún sitio habrá alguien que les proporcione comida, armas y municiones... No son fantasmas: tienen que vivir... Tendrán familia en alguna parte, digo yo...
–¿Familia...? –Ericsson se interrumpió en el ademán de llevarse la colilla del delgado puro a los labios.
Su mente estaba muy lejos, aunque aparentemente tenía la vista fija más allá de los «haussas» que vendían estatuillas de madera bajo los árboles de la plaza Independencia. Agitó la cabeza negativamente–. No... –musitó–. No creo que ninguno tenga familia aquí en África, pero...
–¿Qué...? –inquirió con ansiedad.
El otro se volvió a mirarlo; parecía poco convencido.
–No es más que un rumor... Y el Chad...
–Sí, lo sé –le interrumpió–. El Chad es tierra de rumores... ¿Cuál es el rumor...?
–Hace un par de años llegó a Fort-Lamy una muchacha... Vivió un tiempo en aquella casa, al otro lado de la plaza, y luego montó un colegio de párvulos en la carretera que va al cementerio... Se dijo que era la amante de un ministro que la había encontrado en un cabaret de Trípoli... Pero luego el ministro se fugó con una gran suma, y ella continuó aquí, sin que al parecer el asunto la afectara... Fue entonces cuando alguien me dijo, muy confidencialmente, que en realidad era la amante de un miembro del «Grupo Ébano». Mi informante aseguraba que, cada tres o cuatro meses, venía a verla, se quedaba unos días y desaparecía luego...
»Como le digo, no son más que habladurías.
–¿Cómo puedo llegar a ese colegio...?
Thor Ericsson consultó el reloj.
–La una y media... A estas horas suele pasar en su furgoneta recogiendo a los niños... A las dos se reanudan las clases... Yo le llevaré.
–¿No le creará ningún problema mezclarse en esto...?
–Es posible... –Aplastó el puro en el cenicero y alzó la mirada–. Por cierto... ¿Quién le mandó a hablar conmigo...?
–Prometí guardar el secreto... Me dijeron: «Ericsson, o contrata mercenarios, o es traficante de esclavos, o es el delegado de las Naciones Unidas... Vaya usted e intente averiguarlo...».
–¿Y si se diera el otro caso...?
–¿Que fuera traficante?
No respondió. Ni siquiera pareció tomar en cuenta su pregunta.
Apuró hasta el fondo su copa de coñac y la apartó a un lado.
–¿Puede haber europeos metidos en esto...?
–Me duele aceptar que sí –replicó–. No de un modo directo, dedicados a la caza de esclavos, pero se sabe de algunos que manejan el negocio desde El Cairo, Jartum y Addis-Abeba...
También hay pilotos que los trasladan en la última etapa del viaje: capitanes de barco, conductores de camión...
»Pero la mano de los europeos suele estar más arriba, a nivel internacional. Cada vez que la ONU intenta tomar medidas contra los países que aceptan la esclavitud, alguien se interpone... Alguien que, en otros casos, alza siempre la bandera de la igualdad y los derechos humanos...
»¿Quiere saber la razón...? –Hizo una pausa, como deseando crear un pequeño «suspense»–. La razón es la que mueve al mundo, amigo mío... La de siempre...: ¡Petróleo...! –concluyó con énfasis.
–¿Petróleo?
–Exactamente... Todos los principados y emiratos de la Península Arábiga tienen petróleo... Y a esos príncipes y emires les gustan los esclavos... No es únicamente por conseguir carne fresca para sus harenes, o por su eterno vicio de violar muchachitos... Es una especie de tradición histórica, una necesidad de sentirse superiores. Pese a sus «Cadillacs» de oro, sus doscientas mujeres y su corte de aduladores, esos jeques padecen en el fondo de un gran complejo: de unos años a esta parte, el petróleo los ha transformado de mugrientos pastores nómadas que vivían en plena Edad Media en los poderosos señores del mundo, que se permiten amenazar a las naciones civilizadas con el simple gesto de cortarles el suministro de energía.
»Pero, en el fondo, son conscientes de su ignorancia y de que sin ayuda ajena no sabrían ni extraer ese petróleo del que tanto presumen... Van a Europa y se gastan fortunas en los casinos de Montecarlo, pero sienten que se les mira como a monos de feria, y si de pronto la humanidad dejase de necesitar petróleo, volverían a morirse de hambre en sus desiertos...
–¿Qué tiene eso que ver con la esclavitud?
–Ser dueño de la vida de seres humanos, disponer de ellos a su antojo, matarlos en un momento de hastío, es la máxima sensación de poder que pueden experimentar. ¿Sabía que algunos compran hombres jóvenes y fuertes, buenos corredores, para divertirse dándoles caza como si fueran antílopes...?
–No lo creo... Aunque me lo jure, no lo creo...
–Si algún día pasa por Londres visite el tercer piso del número 49 de Vauxhall Bridge. Pregunte allí por el coronel Patrik Montgomery, secretario de la «Antislavery Society», y dígale que va de mi parte. Él puede informarle, mostrarle documentos irrefutables y fotografías espeluznantes. Nuestro mundo moderno, el del hombre que va a la luna, la revolución sexual y la marihuana, no se avergüenza de admitir que existen todavía millones de esclavos, y más de tres mil son robados cada año en África, y conducidos como bestias hasta Arabia... –Se puso en pie–. Será mejor que nos vayamos –dijo–. Es la hora, y hablar de este asunto me pone de mal humor.
Salieron al gran patio del hotel cubierto de flores y con una diminuta fuentecilla en el centro. Todas las habitaciones de los dos únicos pisos se abrían a él, lo que daba al conjunto un extraño aspecto de edificio colonial sudamericano. Ericsson entró un instante en la número cuatro, que siempre aparecía abierta, y salió con un manojo de llaves.
Fuera estaba su automóvil, un viejo «Simca» pintado de azul.
–Cada año pienso cambiarlo –comentó–. Pero me duele destrozar un auto nuevo por estos caminos del demonio...
Se abrieron paso entre nubes de ciclistas y peatones, cruzaron ante el «Hotel Chadienne» y siguieron por la orilla del río, hacia el norte, en dirección al lago. Un rebaño de vacas de gigantescos cuernos en forma de uve marchaba calmoso ante ellos ocupando toda la carretera, y tuvieron que armarse de paciencia hasta que a sus pastores les apeteció hacerse a un lado.
–Son «fulbé» –explicó el sueco–. Gente orgullosa y de mal carácter... Para ellos, ser independiente significa esto: meter su ganado en las calles y carreteras y joderle la paciencia al europeo. Si tocas el claxon, te caerán a palos y pedradas, porque para eso están en su país... Problemas de la descolonización...
–¿Cree que deberían continuar dependiendo de Francia...?
–No, amigo mío... No he querido decir eso, y no pretendía enredarme en una discusión sin esperanzas... ¡Aquí está la casa!
Se detuvieron ante una edificación amarilla de una sola planta rodeada de un hermoso parque. Se escuchaban dentro cánticos, risas y llantos infantiles. Una negrita de unos doce años acudió a franquearles la verja.
–¿Está la señorita Miranda? –inquirió Ericsson.
La chiquilla hizo un gesto con la cabeza hacia la parte posterior. La siguieron a lo largo de un senderillo de piedras, hasta desembocar en un jardín por el que pululaban medio centenar de pequeñuelos cuyas tonalidades variaban del blanco de cabellos casi albinos al negro-teléfono de pelo ensortijado. Ninguno levantaría más de un metro del suelo y la mayoría rodeaban, sentados en la hierba, a una muchacha de ojos grises y suelta melena que entonaba, de modo aceptable, una incongruente cancioncilla infantil.
Se interrumpió al verlos, quizás un tanto avergonzada, y tras unos instantes de indecisión, avanzó abriéndose paso entre aquel mar de cabezas diminutas.
–¿Me buscaban? –inquirió.
–Le ruego me disculpe, señorita... –replicó el sueco–; desearíamos hablar con usted en privado... Es importante.
Hizo un gesto a la negrita para que se ocupara del coro, y los precedió al interior de la casa. Los condujo a un minúsculo despacho empapelado con flores de colorines y tomó asiento tras una coqueta mesa anaranjada. Señaló dos frágiles sillas, frente a ella.
–Ustedes dirán...
Ericsson se dispuso a hablar, pero cambió de idea y le cedió la palabra a David.
–Mejor lo explica usted...
–Seré breve... –prometió–. Mi esposa fue secuestrada en Camerún por un grupo de cazadores de esclavos. Tenemos la seguridad de que atraviesan el Chad, rumbo a Sudán y Arabia. He venido a intentar rescatarla...
Miranda Brehm los observó entre sorprendida e interesada:
–¿Y...?
–Abrigo la esperanza de que usted pueda ayudarme...
–¿Yo...? –inquirió extrañada–. ¿Cómo?
–Probablemente todo sea un malentendido –continuó David–. Le ruego que me disculpe si me equivoco, pero espero que comprenda mi situación: estoy desesperado y me agarro a cualquier posibilidad.
–En realidad no comprendo nada, señor...
–Alexander... David Alexander... Verá... –estaba confuso–. El caso es que necesito encontrar al llamado «Grupo Ébano...» –hizo una pausa y se decidió–, y me han asegurado que usted podría ponerme en contacto con ese grupo...
–¿Que yo puedo ponerle en contacto con el «Grupo Ébano»...? –se asombró Miranda Brehm–. Me duele confesarle, señor, que alguien se ha burlado de usted... Lo acontecido con su esposa es espantoso, y deplorable que le hayan hecho concebir una esperanza tan infundada... Si alguna otra cosa está en mi mano... –ofreció–. Los padres de mis alumnos suelen ser personas importantes. Me agradaría ponerle en relación con ellas si lo necesita... –Encendió un cigarrillo; su pulso era firme y sus gestos delicados–. Con respecto a ese grupo... No tengo más noticia que algunas vagas charlas intrascendentes...
Por unos instantes David la observó en silencio, queriendo calar en lo más profundo de sus pensamientos.
Ella lo advirtió y sostuvo su mirada con naturalidad. Durante unos segundos, que se hicieron muy largos, no se escuchó más que el canto de los niños en el jardín. Con un profundo suspiro, David se puso en pie.
–Bien –aceptó resignado–. Supongo que ninguna mujer dejaría de ayudar a otra en este caso. Lamento haberla molestado, señorita... ¡Buenas tardes...!
–Buenas tardes... Y suerte, señor...
Salieron. Ella continuó sentada, fumando y observándolos a través de la ventana, mientras cruzaban el jardín y subían al auto.
Ya en la carretera, Ericsson comentó sin dejar de mirar al frente:
–¡Miente!

Contempló el río corriendo en calma hacia el norte, en busca del lago Chad.
Su dolor habría sido más fuerte, pero también mayor su esperanza, de saber que trescientos kilómetros aguas abajo David dormía en una habitación cuyas ventanas se abrían sobre esas aguas, en la orilla opuesta de ese mimo río Chari.
Les sorprendió el amanecer sin poder cruzarlo.
Pese a que Amín, el libio, y otros dos guardianes buscaron durante toda la noche, no consiguieron ni piragua, ni balsa, ni embarcación de ningún tipo que les permitiera navegar sobre aquellas aguas infestadas de cocodrilos.
Por último, ya con la alborada encima, Suleiman decidió irrumpir en una pequeña choza lacustre unida a tierra por un tambaleante puente de madera y ocupada por una pareja de ancianos esqueléticos que aparecían ahora acurrucados en el más oscuro de los rincones, aterrorizados ante la gruesa escopeta del sudanés.
–¡Habla, viejo! –gritaba–. ¿Dónde está tu embarcación?
–Mis hijos se la llevaron... –susurró el otro casi imperceptiblemente–. Fueron a comprar sosa al lago... En esta época todas las embarcaciones del río están en el negocio de la sosa...
Suleiman se volvió a Amín.
–¿Es eso cierto?
El negro se encogió de hombros.
–Si él lo dice... No hay nada que flote en diez kilómetros a la redonda, y es verdad que las minas de sosa de Kanem están ahora en plena producción...
–¿Cómo no lo pensaste antes, imbécil? ¿Para qué te pago?
Amín fingió no haberle oído.
–No es grande el problema... –replicó–. Se trata de construir una balsa y pasar esta noche al otro lado...
–Basta con eso, ¿no? –El tono del sudanés era irónico–. ¿Y con qué construimos la balsa? ¿Quieres salir a cortar árboles a la vista de todo el que pase por ese sendero...? Al que nos pregunte le diremos: «No se preocupe; es que tenemos escondidos en esa choza veinte esclavos y queremos llevarlos al otro lado...». Sencillo, ¿verdad?
Amín continuó aparentando que no le escuchaba. Hablaba ahora en voz alta, pero lo hacía como para sí o para la pared, despreciando de modo manifiesto a su patrón.
–La cabaña es de madera –dijo golpeando el suelo con el pie–. Muebles, tabiques, suelo..., los pilares que la mantienen sobre las aguas... ¡Todo madera...! Buena madera que flota... –Se volvió a la vieja–. ¡Sal fuera, y lava la ropa! –ordenó–. Y si alguien pasa y te pregunta, dirás que tu marido está muy atareado construyendo una mesa... Y si dices algo más, este negro te volará la cabeza de un tiro, y al viejo le rebanará el cuello... ¿Entendido...?
Los ojos de la mujer se empañaron de lágrimas, pero no respondió. Se puso en pie, tomó de un rincón un hatillo de ropa y salió a lavarlo a la orilla del río.
–Y ahora al trabajo –indicó Amín–. Esta noche tendremos una balsa que echar al río...
Se pusieron a la obra, con machetes, palancas y martillos improvisados, dirigidos por Amín, del que podría decirse que no había hecho otra cosa en su vida que construir balsas con ayuda de unas cuantas cuerdas y pedazos de madera.
A medida que el suelo iba desapareciendo, los esclavos tenían que ingeniárselas para mantenerse en equilibrio sobre los troncos del armazón, como gallinas en gallinero o monos colgados de los árboles, lo que les impedía aprovechar el único día de descanso que habían tenido en mucho tiempo.
A veces alguno se quedaba dormido, perdía el equilibrio y caía al agua, arrastrando tras sí a su compañero más próximo, pero como siempre, el látigo de Suleiman R.Orab entraba pronto en juego y los que quedaban arriba se apresuraban a izar a los caídos.
Nadia, abrazada a una viga, contemplaba hora tras hora el río; la estepa en la orilla opuesta; los cocodrilos que descansaban al sol; las garzas que cruzaban majestuosas; los martín pescadores que se zambullían una y otra vez en busca de su presa, y un halcón que no se cansaba de girar al borde de las nubes...
¿Cuántas veces habían hecho el amor a orillas de un río semejante, en el bochorno del mediodía africano, después de un largo baño, sobre la corta hierba, incluso en el agua misma...?
–¿Y si en estos momentos llegara un cocodrilo...?
Ella reía divertida:
–Que nos coma juntos, pero por favor, no te apartes ahora...
Él no se apartaba, y así seguían, muy juntos, hasta que todo comenzaba a dar vueltas a su alrededor, el aire les faltaba y acababan hundiéndose entre suspiros.
¡Era tan hermoso sentirse amada en el agua...! Y sobre la hierba, y en la cama, y en aquella «roulotte» amarilla, garantizada contra la indiscreción de transeúntes y guardias de tráfico.
El día que la compraron, David se empeñó en estrenarla aparcándola en el corazón mismo de la plaza Lapalud, de Abidján.
–¿Estás loco...?
–Si nos meten en la cárcel, que sea aquí, donde tu padre puede sacarnos y donde puedo reclamarle al tipo que me la vendió...
Cerraba los ojos y le venían a la mente las figuras del techo: el recuadro claro de la ventana con sus cortinas estampadas; cada remache del armazón; las bisagras del armario; el extractor que giraba silencioso en el rincón derecho... Todo lo que contempló durante horas, las más hermosas de su vida, recuerdos que iban unidos al olor de sus cuerpos y al suave jadear de sus respiraciones; jadear que cobraba intensidad minuto a minuto; olor que se convertía en uno solo: el olor de «ambos», mezcla de hombre y mujer, de negra y blanco, de colonia y perfume, de tabaco y sexo.
Olor inconfundible que volvía a excitarlos, que los lanzaba de nuevo al deseo, a las risas, al sudar y jadear.
Pero ahora estaba allí, ridículamente abrazada a un poste, viendo pasar el río bajo ella, cansada y hambrienta, soportando la vergüenza de tener que realizar sus más íntimas necesidades a la vista de veinte cautivos que las hacían a su vez ante sus ojos, hediendo a sudor y polvo, sintiendo el hedor de sus compañeros.
Hubiera dado cualquier cosa por una pastilla de jabón, echarse al río que discurría a dos metros bajo ella y darse un largo y tibio baño, cubriéndose de blanca espuma desde el cabello hasta la punta de los pies. Luego se tumbaría en su cama a dormir doce horas para que David la despertara ya entrada la mañana, le sirviese un café caliente y se acostara a su lado a acariciarla como únicamente él sabía hacerlo.
¿Era mucho pedir para quien no llevaba más de dos meses de matrimonio?
No lo era, pero, aun así, tenía la sensación de que aquella felicidad había quedado atrás para siempre, jamás volvería, y era como si otra persona la hubiera disfrutado. Pero tampoco comprendía lo que estaba ocurriendo y la asaltaba a cada instante la sensación de que estaba viviendo una espantosa pesadilla de la que despertaría en cualquier instante.
–Despertaré y estará a mi lado, y le contaré este absurdo sueño y se reirá de mí...
Pero era un sueño en el que los despertares resultaban cada vez más dolorosos.
Despertar era el hambre, y la sed, y las cadenas, y el látigo, y los ojos de Amín, y el futuro...
¡El futuro, Dios bendito...! El futuro era entrar a formar parte del harén de un jeque vicioso que haría con ella cuanto le apeteciera y la obligaría a ensayar mil porquerías con otras esclavas para intentar despertar su hastiado apetito.
El lesbianismo, los celos, las riñas, incluso los asesinatos, convertían a menudo los harenes en auténticas junglas, donde hermosas favoritas y otras que ya dejaron de serlo libraban una eterna batalla por la conquista y el asalto de cada recién llegada.
Un famoso sultán de Turquía abrió sobre su serrallo de Constantinopla un mirador secreto desde el que se complacía en observar cuanto ocurría entre sus mujeres cada vez que lanzaba entre ellas a una nueva muchacha.
Para el viejo sultán, ya impotente, ver cómo se destrozaban entre sí era uno de los pocos placeres que Alá le había dejado.
¿Qué ocurriría cuando ella, Nadia, educada en Londres y París, «summa cun laude» de la Universidad de Abidján, ex atleta olímpica y enamorada de un fotógrafo «genial» penetrara en un harén de la Edad Media?
–No cruzaré viva el mar Rojo –se prometió a sí misma–. No caeré en manos de un cerdo árabe, ni dejaré que ninguna lesbiana me toque nunca...
Un escalofrío le recorrió la espalda y presintió que los ojos de Amín la miraban. Se volvió. El negro parecía estar atravesándola con la vista mientras se acariciaba la pequeña cicatriz que le había quedado en la frente.
–¿Por qué me miras tanto? –inquirió, furiosa–. Estoy harta de verte en todas partes...
–El día que no me veas estarás muerta –replicó el otro con extraña suavidad.
Luego le dio la espalda, observó satisfecho la tosca balsa ya concluida, y sin volverse hacia Suleiman, comentó en voz alta:
–En dos viajes podremos cruzar el río. Pronto anochecerá y la echaremos al agua...
Mientras hablaba iba girando en torno a la choza, hasta que, al fin, quedó situado tras el anciano, que había permanecido inmóvil en su rincón.
Súbitamente, con un gesto agilísimo pasó su largo látigo por el cuello del viejo y apretó con fuerza. Mientras lo hacía, sus ojos no se apartaron un instante de Nadia, que tuvo que desviar el rostro, horrorizada.
El anciano pataleó un instante, emitió un ronco estertor y trató de arañarle, pero sus músculos se aflojaron y quedó muerto.
Sin soltarlo, Amín hizo un gesto al libio:
–Llama a la vieja...

El coronel Henry Bastien-Mathias encendió por enésima vez su curva pipa y se recostó en el ancho butacón tras la oscura mesa de roble.
–Me encuentro escaso de personal... –señaló–. Pero haré un esfuerzo y pondré algunos hombres a la tarea de buscar a la señora. Insistiré cerca del comandante Amubú, de la gendarmería, y estoy seguro de que obtendremos su colaboración... Prometió enviarme a un oficial que conozca la zona y pueda informarnos de la situación.
–Le estoy muy agradecido... –se apresuró a replicar Ericsson–. Ya le aseguré al señor Alexander que contaríamos con su apoyo...
–Por desgracia –añadió el coronel– nuestros esfuerzos no servirán de mucho si han atravesado ya la carretera y el río. Es la línea que podemos vigilar con garantía de éxito. Más allá temo que ya nadie podría detenerlos, por lo menos hasta el desierto.
–¿Ni siquiera el «Grupo Ébano»?
Volvió a prender la pipa, exhaló una columna de humo y sonrió con ironía:
–Lo que mis paracaidistas no consigan, no lo logrará ese «Grupo», si es que existe...
–¿Nunca han tenido contacto con él?
–No desde que estoy al mando...
Zumbó el interfono. Se inclinó hacia delante y apretó un botón.
–¿Sí...?
–El teniente Lodé, de la gendarmería...
–Que pase –ordenó.
Golpearon levemente la puerta y se abrió para dar paso a un negro alto y fuerte, que se cuadró rígidamente.
–A sus órdenes, mi coronel... –saludó–. El comandante Amubú me pone a su servicio...
El otro señaló una butaca.
–Siéntese, teniente... –Hizo las presentaciones–. El señor Alexander y el señor Ericsson... ¿Está informado sobre la razón de la entrevista?
–Estoy informado, mi coronel...
–¡Bien...! ¿Qué puede decirnos?
–No mucho, mi coronel, aunque tenemos la absoluta certeza de que la ruta de los esclavos que vienen de Nigeria, Camerún, Guinea, Gabón, Dahomey y Togo pasa por nuestro territorio. Concretamente entre Fort Archembault y Bousso, huyendo de las patrullas fronterizas del sur y la zona más poblada que rodea FortLamy...
–¿Se les puede detener ahí? –inquirió David.
–Son casi trescientos kilómetros de campo abierto, señor. Los esclavistas conocen cada quebrada, cada riachuelo y cada cueva de la región... Necesitaríamos un constante patrulleo, y por desgracia nuestros hombres están luchando en el norte...
–¿Tiene noticias del paso de alguna caravana últimamente? –intervino el coronel sin dejar de morder su cachimba.
–Estamos seguros de una –admitió el teniente–. Hace dos días se descubrió el cadáver de un chiquillo cerca de la carretera, al sur de Niellín... Había sido violado y estrangulado, y por las cicatrices de su rostro, no parecía de esta región...
»El sargento de Niellín no está muy seguro, pero opina que esas cicatrices pertenecen a algún grupo bamilenké, del Camerún. Estoy esperando fotografías del cadáver e iniciaré una investigación. –Hizo una pausa y se secó con disimulo el sudor que le corría por la frente y la nariz–. Si venía del Camerún, lo trajeron cazadores de esclavos.
El coronel Henry Bastien-Mathias se rascó la frente con la boquilla de su apagada cachimba, meditó unos instantes y buscó una nueva cerilla:
–¡Bien! –admitió–. Tal vez eso pruebe que una caravana cruzó la región –se volvió a David, tratando de animarlo–, pero no quiere decir, en absoluto, que se trate de la de su esposa...
–No podrá saberse hasta que la encontremos –señaló el teniente–. Los cazadores de esclavos no se diferencian entre sí... Casi todos son capaces de violar y asesinar a un chiquillo...
–Tal vez existe un modo –aventuró David–. En Camerún un guía me hizo notar que las huellas de dos de los raptores de mi esposa pertenecían a botas de fabricación nigeriana, poco corrientes en el África de habla francesa. Tengo en mi hotel fotografías de esas huellas y de las que supongo pertenecen a mi esposa... Tal vez podrían cotejarse con las que existan en torno al cadáver...
El negro sonrió.
–Le felicito, señor –dijo–. Si me proporciona esas fotografías me ocuparé de comprobarlas. Saldré ahora mismo para Niellín y esta noche le telegrafiaré la respuesta. Organizaré un sistema de patrullaje... –Se volvió al coronel–. ¿Puedo contar con su ayuda...?
–Mañana le enviaré un pelotón de paracaidistas, tres Jeeps y el helicóptero... ¡Cuídelo, que es el único que tenemos...!
El teniente asintió. Se le notaba satisfecho:
–Con eso basta. Le aseguro, señor, que si no han pasado no pasarán...
–¿Y si ya han pasado? –inquirió David con un hilo de voz.
–En ese caso.... ¡Grande es África!

«Lamento comunicarle coincidencia huellas. Stop. Su esposa cruzó río Chari miércoles noche. Stop. Sigo. pista. Stop. Teniente Lodé».
Arrugó el papel y estuvo a punto de arrojarlo a un rincón, pero quedó con él en el puño apretado. Durante largo rato permaneció apoyado en el pequeño mostrador contemplando como idiotizado los casilleros de las llaves.
El recepcionista le observó entre confuso y preocupado.
–¿Malas noticias, señor?
Salió de su abstracción, agitó la cabeza y se encaminó al jardín. Se detuvo a contemplar el río, que fluía más calmoso que nunca, oscuro y opaco, roto tan solo su silencio por un chapoteo inquieto, quizá de un pez que huía, quizá de un caimán que lo perseguía.
Las infinitas estrellas de un cielo como no había visto nunca otro iluminaban apenas la corta playa de fango, las mimosas y las achaparradas acacias, y jugueteaban a reflejarse en los charcos, en los que de cuando en cuando croaba una rana gigante.
Pero no vio ni escuchó al río, porque su mente vagaba muy lejos y sentía una especie de increíble vacío en el estómago. Era miedo, y lo sabía, pero no miedo físico por él, sino una especie de terror mental ante el convencimiento de que nunca lograría recuperar a Nadia.
«Grande es África».
Las palabras del teniente resonaban en su mente como una sentencia definitiva, pronunciada por alguien que conociera bien los hechos. «Grande es África», era como decir «cadena perpetua»; como decir «pena de muerte».
Una risa femenina resonó a su derecha, viniendo del rincón más oscuro del jardín, y unas voces agitadas se acallaron en leves murmullos.
Tomó asiento en una mecedora, encendió un cigarrillo, se balanceó levemente e intentó poner en orden sus ideas.
Poco podía esperar del teniente Lodé, ni aun de las fuerzas que el coronel pusiera a su disposición. Se limitarían a rastrear el terreno unos cuantos días, tranquilizar sus conciencias y regresar pacíficamente a sus cuarteles con la satisfacción del deber cumplido.
Tampoco cabía esperar mucho de Thor Ericsson ni de aquel inexistente «Grupo Ébano», y lo que tuviera que hacer, debería hacerlo solo.
Le hubiera gustado que Jojó estuviera allí. Jojó siempre encontraba el modo de atacar los problemas, fueran estos entrevistar a un presidente sudamericano o conseguir un transporte que los llevara al frente de batalla.
Borrachín, pendenciero y brusco, Jojó poseía, sin embargo, aquel don que a él le estaba negado de ganarse a la gente, resolver los más enredados problemas y salir con bien de los más extraños líos, en los que, al propio tiempo, era siempre el primero en enredarse de la forma más inverosímil.
Como gacetillero, como reportero de sucesos o como corresponsal de guerra cuando subió de categoría, Jojó Salvador era de aquella clase de «hombres ardillas» capaces de enfrentarse a todo y zafarse de todo, y durante el tiempo en que viajaron juntos, David se sintió feliz porque nunca tuvo que preocuparse más que de apretar el disparador en el momento en que Jojó decía.
Formaron juntos un tándem perfecto: uno con su arte, y otro con su ingenio; uno demasiado alto y otro demasiado bajo; uno serio y callado, y el otro extravertido y parlanchín.
Fue ese mismo Jojó Salvador el que, a la hora de conocer a Nadia, pronosticó: «Te casarás con ella. Te conozco y lo harás...», y el primero en enviarle un telegrama el día de la boda.
Si estuviera allí, ya habría ingeniado cien formas, absurdas o factibles, de encontrar a Nadia; ya habría puesto en movimiento a tres presidentes y cinco ejércitos; ya tendría patas arriba a media África y a toda Europa, aprovechando, además, para ganar una fortuna con el relato del rapto, persecución y rescate de una esclava africana.
Verdaderamente, en ciertos aspectos David envidiaba a Jojó Salvador, aunque no hubiera deseado ser como él, y ahora, más que nunca, necesitaba de sus cualidades, de su sentido de lo práctico, de su capacidad organizadora.
Jojó ya habría hecho amistad con una veintena de los mercenarios que vagaban por las calles de Fort-Lamy o que bebían cerveza tras cerveza en la terraza del «Chari» y el «Chadienne», y con su cháchara y su entusiasmo contagioso los habría convencido para que los acompañaran a la aventura de recuperar de manos de los cazadores de esclavos a una dama en peligro.
Esos, y los borrachos, los chulos, los cargadores de muelle, los campesinos peruanos, los pescadores noruegos, o los coolíes chinos, eran su gente, con los que se sentía a gusto y ellos con él; sus amigos de siempre y del instante, a los que se metía en el bolsillo con su risa espontánea y sus diez idiomas chapurreados.
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