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ALBERTO MAYOL
Piñera porno
Clímax y caída de la obscenidad neoliberal
Colección La Cosa Nostra

Mayol, Alberto
Piñera porno
Clímax y caída de la obscenidad neoliberal
Santiago, Chile: Catalonia, 2021
ISBN: 978-956-324-911-8
ISBN Digital: 978-956-324-912-5
Política y gobierno
JP
Diseño de portada: Guarulo & Aloms
Fotografía de portada: intervención fotográfica, por Mateo Infante.
Corrección de textos: Hugo Rojas Miño
Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
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Primera edición: octubre, 2021
ISBN: 978-956-324-911-8
ISBN Digital: 978-956-324-912-5
RPI: 2021-A-9314
© Alberto Mayol
© Catalonia Ltda., 2021
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl – @catalonialibros
He aquí tú, Sebastián
Patriarca de tiempos obscenos. He aquí tú, Sebastián. Un yo dañado y prominente, fuente de turbación y recelo, fuente de ceguera, de una oscuridad que no reside en el cuerpo, de una oscuridad que es tu espíritu de tormento. He aquí tú, Sebastián, viviendo tus tiempos destituyentes, la caída de tu nombre y tus ideas, la conversión en polvo de tu vano orgullo. Sí, eres tú, hombre récord, genio de las finanzas y dos veces todopoderoso en nuestra tierra. Sí, eres tú, clímax y caída de la era del dinero. Sí, eres tú, Sebastián, banderitas absurdas, piedras para reinas, hombros inquietos, nietos comunicacionales, espasmos en forma de palabras, empresas zombis, una esposa avergonzada, contratos de explícita malicia. Sí, eres tú, Sebastián, comprador de almas, vendedor de la tuya propia. Eres tú, Sebastián, he aquí simplemente tú, un avaro impenitente, la intriga de un evasor a cargo del fisco. Eres tú, Sebastián, carne destituida, caminante confuso de tiempos refundacionales. He aquí tú, Sebastián, en medio de una era constituyente que te cayó encima para sumar a tu derrota la ofensa de los tuyos. Sí, eres tú, Sebastián, no te equivocas al pensar que es tu propia alma la que gime en los infiernos, no te equivocas si ves a tu alrededor cómo te vas convirtiendo en chivo expiatorio. He aquí un país, Sebastián, que de tanto deshonrarlo fue por su honra, que de tanto denostarlo fue por su dignidad. He aquí un país, un pueblo, Sebastián, obligado a luchar contra tus demonios, que reconstruye los tejidos rotos que dejaste y afronta el dolor de esos cuerpos donde se vengó tu dolor infame. Buscaste amor, Sebastián, encontraste dinero. Buscaste amor, Sebastián, encontraste votos. Buscaste amor, Sebastián, pero nunca lo encontraste. Y solo te quedó la pornografía.
Table of Contents
Portada
Créditos
Índice
La caída
1. Piñera sepulturero
2. Piñera porno
3. Karol Dance
4. Qué hubiera escrito Neruda
5. La obscenidad
Notas
La caída
Todos los años, los presidentes de la República asisten a dar el discurso final que permite ritualmente cerrar el famoso foro de empresarios llamado Encuentro Nacional de la Empresa (Enade). Recurramos a la imaginación para vislumbrar un escenario tan imposible como cierto (sí, un escenario puede ser imposible y cierto). Si Sebastián Piñera hubiese llegado a Enade con un carrito de supermercado informando que traía un par de novedades como la muerte de la Constitución Política de 1980, el aumento del gasto público, el retiro de dinero de los fondos de pensiones, una mapuche presidiendo el proceso constituyente, en fin; si eso hubiese ocurrido, el horror se habría depositado en los empresarios y la vergüenza habría caído sobre los móviles hombros del Presidente. Y la verdad es que ha ocurrido. El acontecimiento no ha encontrado palabras, no ha tenido teatralización, pero ahí está, explícito, indesmentible. Piñera ha tenido dos gobiernos destructivos para su sector: en el primero cayó la Iglesia católica, la educación de mercado, los proyectos de alta intervención medioambiental. En el segundo el asunto ha sido ostensiblemente peor. En la práctica, Sebastián Piñera ha llegado a Enade con su carrito de supermercado con una ofrenda ominosa para el empresariado. Ha sido el líder de los principales procesos de gran contaminación de la imagen empresarial, ha sido un pilar para el daño reputacional y la pérdida de legitimidad del neoliberalismo. En Chile hay un rótulo para ello: el palito con caca. Piñera ha sido el palito con caca del modelo.
Piñera es el demiurgo de un nuevo mundo, un mundo nuevo que es una pesadilla para quienes constituyen el sector político del Presidente. Con Sebastián Piñera se muere la derecha que se sintetizó en dictadura y se consolidó en la transición, pero también muere la derecha histórica, oligárquica, hispanista, conservadora. El liberalismo y el conservadurismo parecen sometidos a un proceso luctuoso. Destruir al liberalismo y al conservadurismo al mismo tiempo es un acto extraordinario, es la magia de un ángel de la muerte.
La caída de las derechas históricas en manos de Piñera se representa en la siguiente escena: la ley que creó el proceso constituyente chileno fue firmada por Sebastián Piñera Echenique, Felipe Ward Edwards y Gonzalo Blumel Mac Iver. Bastará apreciar los apellidos, lo que en Chile entendemos como “buenos apellidos”, ya sea porque son cruciales en la historia política de Chile (Edwards, Mac Iver), ya sea porque son relevantes en la historia de otros países de América Latina (Echenique en Perú), ya sea porque son historias familiares trazables con claridad por siglos (Piñera desde el siglo XVIII) o porque se trata de apellidos europeos no castellanos, como Ward (inglés) o Blumel (alemán); decía que bastará observar los apellidos para comprender la magnitud de la caída de la oligarquía histórica y la reciente y poderosa burguesía. Estas tres autoridades chilenas han firmado el proceso constituyente, han firmado el fin de la Constitución de Jaime Guzmán Errázuriz (apellido vasco, apellido de Presidentes, de madre de apellido Edwards); han firmado este proceso tres hombres blancos, de familias ricas y poderosas, lo han firmado sin desearlo, como lo declaró el ministro del Interior de Sebastián Piñera cuando comenzaba el gobierno de Piñera y fue a Enade a dar un discurso, Andrés Chadwick. En ese instante declaró que había muchos proyectos que el nuevo gobierno deseaba que avanzaran, pero que había un proyecto que no querían que tuviera avance alguno: el proyecto de nueva Constitución Política. Lo hizo con histrionismo, sacándose los lentes, demostrando poder. Por entonces era ministro del Interior, también era (y siempre ha sido) primo hermano del Presidente de la República (y también con sus “buenos apellidos”). Finalmente Chadwick no solo saldría del gobierno luego del estallido social, sino que además sería votada a favor una acusación constitucional en su contra, que lo ha sancionado a no poder ejercer cargos públicos por cinco años. ¿La razón? No haber usado la Constitución y las leyes para evitar las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos que se produjeron durante los días siguientes al estallido social (del 18 de octubre de 2019).
Resulta ser que, hoy por hoy, la Convención Constituyente es presidida por Elisa Loncón Antileo, no solo con dos apellidos que no participan de la elite, sino con dos apellidos mapuches.
Este sencillo ejemplo muestra que vivimos una época de estrepitosa decadencia de la elite de la transición y de la elite tradicional de la historia oligárquica de Chile. Cae un orden de dos siglos y un suborden de cuarenta años. Vivimos el final del proceso de la posdictadura, de la transición, del neoliberalismo; usted lo llama como quiera. Lo cierto es que se cae. Y con ello se desplazan las placas tectónicas más profundas. Es obvio que no todo cambiará, nunca acontece. Pero indudablemente lo que estamos viviendo es un cataclismo político.
No todos los órdenes se caen igual. La Edad Media se cayó en la forma de Barroco o de Gótico flamígero en las catedrales, con hermoso canto gregoriano y herejes correteando en los pueblos para promover sus doctrinas o para huir de las persecuciones (en estos últimos casos el correteo era más dramático, pero igualmente teatral). La Unión Soviética se destruyó desde que Gorbachov enunció la doctrina Sinatra1. Había bastado que personas de otro país (Alemania Oriental o RDA) rompieran con sus manos, sin un arma, un muro divisorio. Nadie disparó un revólver ni blandió al aire un cuchillo, no hubo enfrentamientos, solo fue alegría arriba de un muro decadente y silencio de la parte derrotada. El jerarca de la RDA terminó viviendo en Chile (y la derecha no lo molestó en absoluto, era la decencia del acuerdo entre dos exdictaduras). Luego de ello, un imperio se derrumbó en cosa de días. No es normal que el segundo espacio orgánico de influencia global cayera en pedazos sin choque de trenes, sin librar una batalla decisiva, sin muertos. Fue sorprendente. Las épocas se caen, cada una a su manera. Eso podríamos decir, con Sinatra. Pero no siempre es tan cierto. Siempre, en todas las épocas, en todos los procesos, el derrumbe de una época puede mostrarnos la morfología de su caída, la apabullante sinfonía de su destrucción. ¿Cómo es la sinfonía del orden que ha caído en Chile? ¿Cuál es el tono, el color, el sabor de esta muerte?
Diremos que esta muerte violenta se da en modo obsceno. He aquí el punto que se desea marcar en este opúsculo. Y que el símbolo de esta época es el Presidente de la República, el señor Sebastián Piñera Echenique, único representante de la derecha que ha llegado en la historia a gobernar gracias a votaciones superiores al 50% y que, por lo demás, ha gobernado dos veces. Sus récords, su éxito, son evidentes. Tres mil millones de dólares acumulados en una generación, dos veces Presidente de Chile; son razones tan simples como suficientes para denominarlo un ‘hombre exitoso’. Esos extraordinarios logros contrastan, sin embargo, con la devastación de su sector político y del ambiente empresarial al terminar su gobierno, comparable hoy ese espacio político a una estepa rusa. Sebastián Piñera entrega una derecha que aún arde en el tormento del estallido social, del plebiscito constituyente y de haber perdido oficialmente su tercio histórico en la elección de constituyentes. La última esperanza del sector es el temor a la izquierda y la posible captura de los decadentes, en la esperanza de quitar votos al centro político en la medida en que se pueda radicalizar la izquierda. Por cierto, eso sin contar la siempre fundamentada esperanza de que la izquierda cometa consecutivos errores y dilapide la fortuna que los dioses le han procurado en estos últimos años. En política, la fe en la estupidez del rival suele mover montañas. Y en el caso de la derecha chilena, su fe en esta variable es, con justa razón, poderosa.
El escenario de restauración siempre es posible. La historia de los grupos, de los colectivos, es siempre relativamente estable en sus procesos. Aquellas fuerzas nuevas que se hacen cargo de un momento histórico y de un lugar, normalmente, deben vencer durísimas pruebas para estabilizar su poder. La derecha ha perdido su poder, pero no lo ha ganado nadie aún. Hay candidaturas serias y menos serias para ello, pero no ha acontecido que alguien tome en sus manos el proceso con eficacia. Y menos que lo haya estabilizado. El estallido fractura, rompe, cercena, devasta. La Convención Constituyente es el primer espacio de construcción del futuro, el primer tejido, el primer esfuerzo de volver a unir las partes rotas. Pero todavía la era no ha parido un corazón, aunque igual se muera de dolor.
¿Cómo se cae la época que hemos habitado? ¿Cómo cae la época del sumo sacerdote Aylwin; la época que se consolidó con el nombre del padre y nada más (Frei); la época que vio llegar al héroe absolutista Lagos que dijo “la democracia soy yo, el verdadero padre soy yo”? ¿Cómo se cae el símbolo cristológico de Bachelet, hecha de dolor y perdón; y cómo se cae el arquetipo de la fortuna y el éxito de Piñera? ¿Cómo se cae la época cuyo símbolo político es la estabilidad y cuyo valor es el crecimiento? Estabilidad para el crecimiento, fue ese el alma de la época. La Concertación tuvo los cargos; la derecha, el poder. Los empresarios se quedaron con la aburrida y modesta tasa de ganancia. Y al final la Concertación perdió los cargos y la derecha perdió el poder. Los empresarios lloran y se refugian en un fascista. No pudieron inventar un innovador, se quedaron con el fantasma de un dictador, una réplica entre el pinochetismo y el nacionalsocialismo. La derecha prometió la modernización y hoy ofrece ser retaguardia.
Cabía esperar tantas rutas, tantos caminos, tantas posibilidades. Cabía esperar sutilezas, una que otra clarividencia, una metáfora suficiente, un guiño literario que nos pasmase a todos. Pero no ha sido la forma, no ha sido el modo de la caída. Al final, hemos vivido una puesta en escena hecha de obscenidad, de pornografía. Sebastián Piñera prometió que Chile, gracias a él, no se convertiría en Venezuela. De pronto arreció la violencia y la inestabilidad; y el fantasma de Venezuela parecía ofrendar una ironía al palacio de gobierno. Después vino un proceso constituyente con convencionales electos: ya se parecía más a Venezuela. Finalmente, el Presidente de la República aparece en cientos de periódicos por todo el mundo debido a la desclasificación de información internacional que lo compromete en negocios en paraísos fiscales y posibles negociaciones incompatibles. Un párrafo del contrato es pornográfico: el comprador, un amigo de Piñera, el hombre que estuvo preso por el caso Penta, condiciona el pago de la última cuota a decisiones del gobierno. Y se firma. La familia del Presidente, y el mejor amigo del Presidente, firman el contrato que establece que parte del cumplimiento de dicho acuerdo dependerá de las acciones que ejecute (o no) el gobierno. ¿Venezuela? Sí, una forma de venezolanización llena de abogados.
Chile protesta, exige, insulta. Y los defensores del pornógrafo principal han alzado los brazos al cielo para decir: “No es la forma”. Toda la síntesis histórica de la oligarquía y la burguesía ha terminado en un grito tibio bajo la doctrina sin precedentes del “no-es-la-formismo”. El símbolo de esta época, hemos dicho, es Sebastián Piñera Echenique. Es irónico, incluso cómico, que sea directamente el gobierno el que insiste día por día en la ya mencionada doctrina, cuya sentencia fundamental es que puede haber fundamento en el malestar, que puede haber una necesaria crítica a los problemas de la sociedad chilena del reciente pasado, pero que “no es la forma” la radicalización, la denuncia intensa o la protesta con desórdenes públicos y atentados contra la propiedad. La doctrina, repetida hasta el hartazgo por la derecha gobernante, parece incapaz de observar la propia obscenidad de su actuar y el carácter estructural de esta forma procaz mientras la misma derecha decae, agoniza y se muere. La mayor parte de las elites muere lentamente, se sostiene en lo que hay, se escabulle de los problemas hasta quedar arrinconada y sin salida. La forma de morir de la elite chilena, predominante en el empresariado, parece ser muy distinta. Quizás convencidos de su razón, siendo incapaces de hacer o decir algo distinto; sencillamente esperan, como la canción, que ojalá pase algo en Chile, algo que lo borre de pronto (al estallido, por supuesto), una luz cegadora, un disparo de nieve, que ojalá por lo menos se lo lleve la muerte. O Carabineros. O quizás un sueño más ominoso.
***
Esta obra no es una investigación. Es una reflexión sobre el pornográfico presente de nuestra decadencia. Esta época tiene el símbolo de Sebastián Piñera, que es el nombre que resume todo el proceso. Es el asesino, es el asesinado; su nombre es la promesa de una época, su nombre es la decepción de una época. Porque la promesa de nuestra transición no era Lagos, ni Aylwin, indudablemente no era Frei (nunca ha sido una promesa para nadie). Es cierto que era un poco Bachelet, el perdón, la concordia, la superación de la sangre y las lágrimas; Bachelet Cristo crucificado y luego resucitado. Y al final Bachelet cayendo por no entender que para ser Cristo es preferible no tener hijos. Todos estos líderes (Aylwin, Lagos, Bachelet) fueron símbolos importantes. Frei no, ya lo dijimos, no hagamos de su mediocridad motivo de sorna. Pero había, en medio, líderes con diversos méritos, un hombre agazapado en el borde de la historia que esperaba su momento para convertirse no solo en un símbolo, sino que también en un arquetipo: Sebastián Piñera Echenique, hijo ilegítimo de la derecha, hijo ilegítimo del empresariado, un genio en situarse donde ganar, un acelerador de partículas capaz de generar a su paso bombas atómicas en la sociedad. Un Michael Corleone para el crecimiento, un Fredo Corleone para la estabilización. Genio y estúpido, pero siempre banal. Antes sencillo que muerto.
El gran sujeto histórico de estos treinta años es el millonario exitoso, el hombre que se hizo a sí mismo, que triunfó, que conoció la gloria en la forma en que la comprendemos en Chile: el dinero ilimitado que todo lo compra, que conduce por cualquier camino, que todo lo puede. Si Bachelet fue Presidenta dos veces fue por el cansancio ante la elite política. Si Piñera fue Presidente dos veces fue por otorgarle la fe a la elite económica. Por supuesto, es una fe manchada; una fe llena de peros, de dudas, de inquietudes malsanas; una fe tormentosa en el alma ciudadana; una fe hecha de créditos de consumo. Una mala fe. Pero una fe al fin y al cabo. Y habrá que decirlo, aunque ya se dijo de algún modo: es una fe psicótica, llena de energía incontrolable despertándose en la mente sin control. Pero de nuevo volvemos a lo mismo, reiteremos, eso enseña la Biblia: es una fe. Y es que todos íbamos a ser ricos. ¿Quién podía negarse a semejante seducción? Como una versión mecánica de las obras de Byung-Chul Han, Chile fue gobernado por el cansancio (Bachelet), luego por el rendimiento (Piñera), después de nuevo el cansancio (Bachelet) y finalmente de nuevo el rendimiento (Piñera). En el cansancio no hubo mucho, un par de multiplicaciones por cero cada vez, sin desmerecer uno que otro acierto. Y en el rendimiento hubo mucho, un enorme movimiento primero, otro más grande después, una entropía desbordante y sin sutilezas. La Bachelet del cansancio y el Piñera del rendimiento son figuras que sirven para empezar, aunque al final el cansancio solo supo ser cansancio mientras el rendimiento dejaba de ser rendimiento.
Al cansancio le fue mejor que al rendimiento. Y es que el rendimiento estaba atrapado, porque produce cansancio.
Por supuesto, arquetipos de la obscenidad nuestra de cada día hay muchos. Aquí se presentarán solo tres; siempre la trinidad es una fórmula equilibrada y hermosa. Sebastián Piñera, el primero y en rigor el único, el más grande pornógrafo de nuestro tiempo. A él dedicamos estas páginas. Los otros dos nombres son emanaciones del primer nombre, son efluvios metafísicos de la época que puso a Piñera como principio activo: Karol Dance será el segundo nombre, Pamela Jiles será el tercer nombre, sin capítulo propio en cualquier caso. Vaya trinidad. No osaré explicar la selección antes de tiempo. Más de alguien ha quedado afuera. Esta trinidad sirve para pensar y para escribir, dos cosas valiosas. Pero es indudable que esta trinidad (como corresponde teologalmente) es al mismo tiempo una, o, en rigor, uno. Se trata del gran pornógrafo de la historia de Chile: Sebastián Piñera. Reconozco que el repertorio aquí expresado no es exhaustivo, me basta con que sirva de guía para observar la oscuridad circundante y el fuego que se toma la noche.
Y para entender habrá que mirar el fuego.
Estuvimos años mirando el dinero para saber de qué color era el futuro. Y de repente el dinero perdió significado. Los treinta pesos no explicaban nada. Un país condensó en tres monedas de diez pesos la ira ante una sociedad injusta.
Así fue que se inició el fuego. Pero nadie sabe realmente cuándo comienza el fuego.
Y en este caso no se sabe ni quién lo comenzó.
Imaginen lo que sería saber cuándo terminará el fuego.
1.
Piñera sepulturero
Un fantasma recorre Chile. Se trata del fantasma de la derecha.
No es el espectro del futuro. Es el fantasma del padre muerto. No somos Hamlet viendo la injusticia cometida contra su padre, la traición. Somos un Cristo rebelde que insulta a las autoridades porque han olvidado los preceptos éticos básicos.
La derecha solo es un fantasma
Y es que la derecha ha muerto.
Y todo está permitido.
Una situación lo ilustra: los pueblos originarios son un poder irrefrenable en la Convención Constituyente. Lo han llamado, desde la derecha, “mapuchización”. Pero los ejemplos se acumulan como horas. Si el neoliberalismo había sepultado todo rito social de corte político, el nuevo escenario es altamente ritualista. Gran parte de las situaciones que acontecen en la Convención Constitucional están centradas en dar un significado al momento, en ilustrar con un gesto la refundación chilena y el nuevo significado de lo de abajo respecto a lo de arriba. Los pueblos originarios hablan en su idioma, el Vicepresidente de la Convención, Jaime Bassa, intercala al hablar “nosotros” con “nosotras”. Los nuevos dioses exigen su satisfacción, aunque no sepan todavía qué harán en el futuro ni cuál será su panteón. Hemos entrado al TOC, estábamos en el tic. El TOC, que es ritualista —en su dimensión repetitiva— es una superación del tic, que es un espasmo.
La derecha ha muerto en manos de sí misma, en manos de un hijo, o al menos de un hijastro. La derecha chilena, bien provista de dos proyectos históricos sólidos —uno más político que económico, el otro más económico que político—, hoy vaga por el desierto buscando un dios esquivo. Por siglos bastó con uno de esos proyectos. Luego vino la modificación, la tentación quizás, una nueva alma para la derecha, eso que llamamos neoliberalismo si usamos la palabra para describir una especie de doctrina. Esa nueva alma creció, se fortaleció; sus rosados pómulos revelaban el ímpetu de la nueva creatura, hecha de crecimiento económico, de esperanza de consumo y de un futuro mejor. Cuando ya parecía madura, esa alma se derrumbó. Y en su camino de caída, como una riada incontrolable, no solo murió el nuevo proyecto, sino que todo lo demás; esto es, todo lo anterior.
La derecha ha muerto. Y es un fantasma que recorre Chile.
Todo comenzó con treinta pesos. Y con un Presidente que hizo de corazón, tripas; de adjetivos, banalidades, y que transmutó los logros en carencias. Todo comenzó con una elite que asumía que valía más que esos treinta pesos. Una elite que asumía que los sólidos cimientos de su historia agraria, de sus instituciones tradicionales y respetadas, de sus dos apellidos buenos, del éxito económico, de la transición ejemplar, de la admiración mundial eran suficientes para afrontar esos treinta pesos. Así visto cualquiera se lo cree. Pero el asunto es que no fue así. Fue tan distinto que luego del orden no vino otra cosa sino el caos. Los proyectos históricos de la derecha perdieron los ladrillos y el cemento. La obra reveló su incapacidad, su falta de temple, su baja resiliencia. El país exitoso, el ejemplo global, caía en desgracia. Parecía un niño abusado, con episodios disruptivos, con cambios intempestivos. Fue así como, en un par de días de octubre de 2019, lo que quedaba en pie luego de muchas fracturas terminó por desmoronarse. ¿Cómo se explica haber elegido al Presidente del neoliberalismo para luego hacerlo arder en la hoguera? ¿Cómo explicamos a los extranjeros el oasis mientras vivimos convencidos de su radical falsedad?
La historia parecía no tener sentido.
Pero a la vez lo sabíamos. Sabíamos que había piezas que no cuajaban, que había secretos incómodos, que Chile era un escaparate que se veía mucho mejor de lo que era.
Es probable que buscarle sentido a la historia sea un ejercicio más artístico que científico. Pero es tan difícil no buscarle sentido a la historia que se requeriría un método para no hacerlo. Y yo lo desconozco. De esta búsqueda del sentido de la historia surge la pregunta que nos conduce al primer planteamiento: ¿por qué tantas cosas se mueren en las manos de Sebastián Piñera? El listado es tan grande que más de alguien pensará que exagero, pero lo cierto es que, por casualidad o causalidad, en manos de Sebastián Piñera han muerto:
el sistema de AFP,
la elite transicional chilena,
la Constitución Política de 1980,
el modelo de economía de mercado y de Estado subsidiario,
el régimen tributario beneficioso para los más ricos,
la sacralidad del Metro de Santiago,
el régimen legal y oficioso de horas de trabajo semanal,
el poder de la Iglesia,
la educación de mercado,
la derecha pinochetista,
el Chile de la imaginaria blanquitud,
el orden constitucional oligárquico e hispanista de doscientos años.
Piñera ha destruido la fe en la transición y en la democracia de los acuerdos. Son treinta años. Y ha destruido la elite transicional. Son treinta años. Y el modelo neoliberal: son cuarenta años. Y a la derecha como corazón eficaz del orden instituido: casi medio siglo. Y a la derecha como orden espiritual: son doscientos años. Y a la blanquitud como identidad de un mestizaje con autosignificación europea. Son quinientos años. Piñera ha sido el destructor de la historia, el nombre más revolucionario de la historia de Chile, el joker de un mundo que necesitaba un alma enferma para que todo terminara de caer.
Quizás las protestas se transformen y sean un rutilante desfile por las calles con máscaras de Sebastián Piñera Echenique. Como ironía de la historia, resulta ser que el gran arquitecto del modelo de libre mercado haya sido su hermano José, ministro del Trabajo de Augusto Pinochet, espacio político desde donde se fraguó el plan laboral y se estableció el sistema privado de pensiones. Esas dos claves no ocurrieron en la Constitución ni en el famosísimo y rutilante Ministerio de Hacienda, cuya magia inundó la dictadura y la transición. Fue en el lugar más gris, en el Ministerio del Trabajo, en manos de José Piñera Echenique, el gran arquitecto que estabilizó el riesgoso dinamismo posiblemente disruptivo del modelo económico y lo hizo viable, empresarialmente viable, el trabajo al servicio del capital. José Piñera saluda la tumba de Marx. Así fue el hermano “arquitecto” del pornógrafo mayor.
Una familia de aquellas.
¿Cómo atribuirle la autoría a Sebastián Piñera de todas estas muertes? ¿No será demasiado mérito declararlo autor de tanta devastación? ¿Es Piñera el ángel de la muerte? Estas preguntas se desvanecen de vergüenza filosófica cuando nos situamos en los límites de la filosofía contemporánea y cambiamos la pregunta: ¿Qué es ser un autor? Esto es una cosa muy francesa. A mí al menos son juegos que me divierten, pero no estoy de acuerdo con ellos. Igual los hago, porque me divierten, como digo. Y en realidad quizás estoy de acuerdo.
Roland Barthes señaló (y de algún modo Mallarmé, Foucault, Derrida plantearon argumentos semejantes) la necesidad de suspender o suprimir la noción de autoría tal y como la entendemos. El autor aparece como el propietario de una idea, de una construcción, de un significado, de una hipótesis. En un juego que en la literatura repiten Juan Rulfo y García Márquez. Tanto en Pedro Páramo como en Crónica de una muerte anunciada hay una mujer que refiere al hombre de su vida como aquel que fue su autor. De ese modo, un nombre condensa toda la historia del amor, del dolor, del engaño, del desengaño. Un nombre. Los libros más vendidos son de un autor; es raro que un libro de dos o más personas sea exitoso en ventas. Necesitamos y exigimos nuestro autor, ese rótulo donde condensamos todos los vectores de la historia en un solo nombre, con su biografía, siempre convertida en interesante, omnipresente. El autor puede ser el genio o el chivo expiatorio. O ambas cosas. Pero es el autor. ¿Es esa asociación entre el nombre y la obra solo nominal? ¿Podemos acusar a cualquiera que argumente sobre la autoría de ser simplemente alguien poco sofisticado por no ser capaz de ver la trama de la historia detrás de un nombre pintarrajeado en una portada?
Estábamos con Barthes, pero no se puede no hablar de Foucault, uno de los nombres del Olimpo francés. Y es que los franceses se levantan cada mañana, o eso imagino, pensando en su intelectual que articula el color de la mañana, luego de la tarde, finalmente de la noche; se levantan afirmándose en sus certezas, todas finas y discutibles a la vez: la certeza de la revolución exitosa (evidentemente discutible) y de la influencia francesa (tan indiscutible como impotente). Se levantan cada mañana denostando el poderío de los angloparlantes, unos por isleños y conservadores, los otros por banales en su liberalismo. Los franceses se levantan con sus decenas de países con lengua oficial francesa (casi treinta) y con sus varios Estados fallidos a cuestas; sus grandes errores en Asia y Medio Oriente. Se levantan críticos, pero por falta de toda opción de no serlos. Los franceses se levantan habiendo tenido a Lévi-Strauss, pero en realidad gustan más de Sartre, por puro mal gusto y esnobismo, habrá que decir. Peor aún. Teniendo a Camus, elegir a Sartre es una locura, una liviandad, una náusea. Y después a Foucault, como si el frenesí ególatra solo pudiera crecer. Y luego vino la orfandad. Nadie llenó el vaso. No basta la inteligencia, la brillantez, se requiere esa cosa interesante del intelectual cuyos conceptos no acaban de definirse como un elemento químico puro. Por eso Piketty no llena el vaso de Francia, aunque sea brillante y culto, porque eso es banal. Bolaño decía que el escritor que no escribe sigue escribiendo, pero lo hace con la mente; es decir (sigo con Bolaño), delira. Pues bien, los franceses deliran. ¿Qué es Deleuze? Un delirante en términos generales. Logra hacerlo escribiendo incluso, es un portento de delirante. El ciudadano francés es un ensayista, su cultura, sus cafés observando al transeúnte, sus comidas en el límite de la perfección y la podredumbre a la vez, su orientación a la sensibilidad (ningún automóvil tendrá más sensores que uno hecho en Francia); todo ello los torna ensayistas. Pero estábamos en Foucault. Y piensa este autor (nótese la profunda y sutil ironía) que el nombre de autor no está situado en el estado civil de los hombres, ni en la ficción de la obra, sino que más bien está situado en la ruptura de cierto grupo de discursos y su modo de ser singular. Hay un cierto número de discursos (propios de cada historia de civilización, de cada cultura) que están provistos de la función «autor», mientras que otros están desprovistos de ella.
¿Es Piñera el autor de esta revolución?
La pregunta debe quedar en suspenso. Es como preguntarse el significado de Karol Dance en el estallido.
Quedar en suspenso (del latín suspendere, colgar, dejar en lo alto). ¿Está en un lugar lo que está suspendido? Usamos suspender para señalar algo que ha dejado de ser eficaz, de participar en el mundo. Se ha suspendido su membresía, se ha suspendido su matrícula, se ha suspendido la fiesta. Usamos suspender para señalar el acto de colgar. Algo colgado no participa de las vicisitudes del mundo. He ahí el famoso péndulo de Foucault, el otro Foucault. No puede haber nadie más distinto de Michel (Foucault) que León (Foucault), el ingeniero del péndulo, que logra que su aparato se mueva independientemente del planeta Tierra, a pesar de estar suspendido en un punto que sí está asociado al planeta Tierra. El péndulo se mueve independientemente y el planeta gira bajo él. El péndulo nunca cambia su dirección, pero la tierra que lo sostiene sí. Y es la tierra la gira bajo el péndulo.
Lo dejamos suspendido.
En El club de la pelea (1996), novela de Chuck Palahniuk, dos hombres fundan un club de peleas clandestino: uno es un profesional, el otro vende jabones. El club se transforma en una organización anticapitalista y de ataque a las grandes corporaciones, que pretende ejecutar actos de terrorismo económico. La pareja de amigos tienen diferencias. Uno es radical, el otro empieza a sentir que esto se ha ido de las manos. Cuando muere un luchador en una de las peleas del club, el moderado decide cerrar la organización. Pero se da cuenta de que su contraparte, su amigo, viaja por Estados Unidos potenciando los grupos. Decide seguirlo. Pero se da cuenta de que en un lugar lo llaman por el nombre de su amigo. Y luego, al volver, su novia lo llama por el nombre de su amigo. Comprende su disociación o, mejor dicho, no comprende nada, pero asume que está disociado. Pronto vivirá la experiencia de estar frente a su amigo, de luchar a golpes con él, para pronto comprender que siempre estuvo solo, que siempre fue él y nadie más que él. Uno y otro son la misma persona. La película homónima a la novela se estrenó en 1999 y fue un fracaso comercial, pero se transformó en un filme de culto. ¿Por qué hago esta referencia? Por la autoría del estallido social en Chile. Sebastián Piñera encargó a los órganos de inteligencia encontrar al organizador del estallido: cubanos en Chile, venezolanos en Chile, rusos en Chile. El encargado de inteligencia de Carabineros de Chile estaba obsesionado por encontrar la “trama rusa”. Era una conspiración; mejor dicho, tenía que ser una conspiración. Como Aznar en Atocha, necesitaba que la culpa fuera de un terrorista, no de él. Su esposa señaló que el estallido estaba centrado en los privilegios de la elite y su necesaria reducción. Lo dijo en un mensaje a amigas que se difundió a gran velocidad. Piñera no comprendió aquello. Asumió que era una conspiración, un plan, un provocador, un organizador que viajó ciudad por ciudad activando las fuerzas oscuras. Era, en suma, “un enemigo implacable y poderoso”. Así lo nominó. Piñera fue el autor de esta frase que hizo época: “Enfrentamos un enemigo poderoso e implacable, que no respeta a nada ni a nadie”. O “estamos en guerra frente a un enemigo poderoso e implacable…” ¿Qué dice esa frase? No dice nada, pero su rasgo central radica en su reiteración. El estallido social fue el 18 de octubre de 2019. El 15 de octubre, es decir antes, dijo la misma frase en un discurso ante la Interpol, el 16 de octubre ante la industria del turismo, el 17 de octubre en La Moneda junto a la primera dama, luego el 20 de octubre después del estallido, cuando declara la guerra. Ese enemigo es “cruel, despiadado (sigue Piñera), frente a él debemos usar todas nuestras armas”. Lo dijo antes del estallido, para hablar de delincuencia, de drogas, de calentamiento global. Lo hizo después para hablar del estallido social; finalmente, de la pandemia. Sebastián Piñera se levantaba cada mañana luego de un sueño intranquilo y miraba a su alrededor. Y al observar, veía por doquier un enemigo poderoso e implacable, que no respeta a nada ni a nadie. Lo veía en la calle, en la televisión, en los informes de sus amigos y de sus enemigos, en los temores infantiles de la adultez, en las fricciones adultas del poder. Piñera se enfrentaba al mundo, era un héroe de sí mismo. Pero el enemigo poderoso e implacable seguía sin tener nombre, seguía siendo invisible. Ha perseguido los rastros, pero no ha encontrado a ese enemigo. No lo ve porque está cerca de él. No lo ve porque ese enemigo es él mismo. Sebastián Piñera ha destruido ciudades, ha devastado creencias, ha caducado la fe. Las montañas han dejado de moverse y un Mahoma confundido solo escucha versos satánicos. Piñera es Abaddón el exterminador, el ángel del abismo, de la muerte. Y otro Piñera, pero él mismo a la vez, lo enfrenta cada día. Chile padece la confusión del disociado a cargo. Nuevamente Piñera busca en Venezuela lo que proyecta de Chile. Un deseo de destrucción de sí mismo toma la forma de conflicto nacional.
El alma atormentada y oscura del Presidente busca detener el fuego que quema las ciudades y las almas, pero en cada paso enciende el fuego y añade más infierno. Se convierte, el Presidente, en la encarnación de la distopía, en una fuerza rebelde invisible, en un aparato terrorista de su psiquis capaz de proyectar su destrucción a la materia de las ciudades, con un poder que bien vale un elogio, ese viejo elogio a la locura.
Kant decía que lo sublime es lo que supera toda medida. Piñera es sublime.
Alguien me dirá, con algo de justicia, que cómo es posible que haga un esfuerzo intelectual con diversos y grandes autores para comprender a un Sebastián Piñera Echenique, inculto, banal y vacío. Lo lamento. Puedo entender la pretensión que subyace a ese argumento, pero no la comparto en absoluto. Sebastián Piñera merece todo el respeto de un tratamiento sofisticado. ¿O de verdad creeremos que es una casualidad que en sus dos gobiernos se expliciten las fuerzas de nuestras sombras históricas, de nuestro psiquismo enfermo? ¿Cómo va a ser posible que la dulce cubierta con la que nuestra época más exitosa de la historia solo haya logrado conocer su propia sombra siempre y solo con Sebastián Piñera? ¿Por qué ha sido precisamente él quien ha logrado canalizar y catalizar los flujos de nuestro presente imperfecto, de los pecados de la era de gloria? ¿Por qué ha sido él quien ha procurado los aires revolucionarios que ingresan por la ventana amenazando la testera de nuestros salones?
Sebastián Piñera tiene grandes méritos, inobjetables. Bien se merece a tantos y tan buenos autores. Bien se merece a Borges. Casi cada cuento de Borges tiene un rasgo en que Piñera corresponde de alguna manera: una vida que ha sido mil vidas (“La lotería en Babilonia”), la sorprendente capacidad mental de un estúpido (“Funes el memorioso”), la pretenciosa pluma de un diletante de mal gusto (Daneri en “El Aleph”), el minotauro debilitado, exánime (“La casa de Asterión”), un creador empequeñecido que descubre que él también es una mera apariencia (“Las ruinas circulares”), en fin; que Piñera vaya a leer a Borges. Y que no vaya a leerlo por tratar de citarlo mal, de escribir como Borges pero en versión ramplona; que vaya a visitarlo para encontrarse con la literatura de fantasía y comprenda así cuánto de ella se forjó sobre su piel, sobre su mente ya delirante, violenta y conspirativa.
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¿Qué es una revolución? Es una energía desplegada extrainstitucionalmente, sin planificación y desde abajo; que consigue ser disruptiva de una época que inmediatamente luego de acontecida la revolución se torna pasado y que exige, sin guía, el surgimiento de una nueva era cuyo futuro es indeterminado. La revolución tiene como única alma la sagrada conciencia del mal acontecido. La palabra revolución guarda en su seno la historia completa de la política. En su primera acepción, la palabra “revolución” se usaba para referir a cada giro que un cuerpo celeste realizaba en torno a otro, o al giro completo de la pieza de una maquinaria cuyo funcionamiento se da en el marco de repetir circularmente el movimiento de manera permanente. La primera acepción, entonces, para entender el concepto de “revolución” nos habla de algo repetitivo, que termina donde empieza, que carece de toda transformación, que gira sobre sí mismo. La segunda acepción implica la conversión de la misma palabra (y sin perder su significado anterior) en su opuesto absoluto: el paso de la regularidad circular a la excepción que gatilla un nuevo régimen de movimiento. Un día la revolución cultivaba a Parménides, luego decidió construir fama y fortuna con Heráclito. Nietzsche lo llama “transvaloración”.
Sebastián Piñera ha regalado a Chile su primer proceso revolucionario. No corretea las tierras áridas y las fértiles un Pancho Villa, carecemos de un Robespierre capaz de cortar las cabezas de la elite, ni siquiera hay un Marat que comunique con valentía el proceso. Y, por supuesto, se ha suprimido todo carnaval festivo, porque estamos en una época que nos la tomamos muy en serio. Y es así que no necesitamos a nuestro Jacques-Louis David, el artista que diseñó la estética de los festejos revolucionarios franceses (y que hizo famoso a Marat, convirtiendo su sospechosa y estrafalaria muerte en un hito heroico). Pero en medio de todas estas carencias ocurre algo insólito: un buen día (o un mal día) nace una revolución, probablemente sin más objetivo que su propia pragmática o que la ira disruptiva ante un orden tan incapaz de sostenerse en justicia como incapaz de sostenerse como orden.
Chile, como todo el mundo, ha vivido la pandemia. Pero la pandemia de Chile comenzó cinco meses antes que su enunciación viral. Comenzó en la absurda secuencia de un Presidente que afirma gobernar un oasis para luego pasar a ver dicho país como si fuera el panel derecho de El jardín de las delicias, del Bosco. En dicho panel, los hijos de Caín padecen el infierno. Un sumo sacerdote de forma de pajarraco deglute mujeres a imagen y semejanza de Eva y las defeca al mismo tiempo. En el mismo resumidero alguien oculto en sus propias nalgas excreta monedas de oro. Una animalejo horrible usa sus patas para toquetear impúdicamente, para abusar a una Eva desmayada o borracha o drogada. Y de fondo, el fuego. Y la violencia. Y los cuerpos cortados. Y el incendio en la ciudad. Nuestro octubre fue un infierno. Si insufló esperanzas a gran parte de Chile solo revela la magnitud de la rabia, de la ira contra el orden establecido. El orden de ese oasis estaba hecho de odio. Y Piñera, en un momento, logró representarlo, hacerlo carne. Piñera ha sido el profeta maldito, el neoliberal que derrotó al neoliberalismo. Piñera profetizó tiempos mejores. No solo estuvo equivocado, eso es siempre posible. Fue el productor de su propia y lamentable inmortalidad. Será recordado por siglos como el imbécil que destruyó el poder de la oligarquía de un país administrable con facilidad. Será recordado por siglos como el hombre que declaró una guerra a nadie, que se entregó a su propia sombra y la proyectó a todo un país. Será recordado como el hombre que trajo la peste, que la inoculó por doquier, que atacó el fantasma lánguido del comunismo hasta convertirlo en una potencia nacional. Piñera, Sebastián, el hombre que fue Michael Corleone, que ha derivado en un patético Fredo.
Piñera es la atrofia que anunció Baudelaire: “¿Debo decir que lo poco que quedará de política se convulsionará, de forma lamentable, en medio de la opresión de la animalidad general, y que los gobernantes se verán obligados, para sostenerse y para crear un orden ficticio, a recurrir a medidas que harían estremecer a la humanidad actual?”. El asunto, de todos modos, es simple: todo lo que muere, muere de alguna manera. Y la derecha chilena ha muerto por su propio colapso, sin necesidad de ningún antagonismo orgánico. Hubo fuego. Hubo una masa enardecida. Hubo cambios de ánimo intempestivos. Y hubo una muerte concreta, que fue antecedida por la muerte metafísica de una derecha que se autodenominó sin relato, o, en rigor, sin proyecto político. Se limitaron a mirar por la ventana y señalarle a cualquiera: ¿mi proyecto? “Ahí está, en esa calle, en tu casa, en cada cosa que ves, allí gobierna mi proyecto”. Eso era lo que parecían decir. Pero de tanto no ponerle palabras se fue olvidando qué era ese proyecto. Y he ahí que la derecha deviene en espectro.
Un fantasma recorre Chile. Se trata del fantasma de una derecha muerta. Enterrada por su heroico hijastro Sebastián Piñera, la derecha deviene en fantasma y solo sus espectrales acciones pueden lograr alguna reparación del daño recibido. Con pragmatismo, que es el alma de la época, la derecha prefirió ser gobierno sin tener política, entregando todo el poder a los gestores del modelo económico. El resultado salta a la vista.
El neoliberalismo en Chile era el aire que respirábamos, la seducción permanente, el dolor de las deudas, el sueño de un futuro mejor, la angustia del presente que no cuadra. Era, en suma, la realidad, sueño y pesadilla inevitable, como todo lo real. Piñera lo ha trasmutado. El neoliberalismo es la peste, es aquello que debe morir no importa cuántos trozos de nuestro cuerpo deban mutilarse, perderse. No importa si los jirones de nuestra piel son extraídos, si quedamos desollados. El neoliberalismo se hizo carne en Chile. Pero los chilenos, en un evento improbable, han estado dispuestos a perder su carne, su esperanza; a entregarse festivamente al riesgo, al temor, a ratos al caos; todo con tal de deshacerse de la maldición.
Piñera es el antiprofeta, quiso ser el Nicanor Parra del neoliberalismo. Si su hermano (“Pepe”) había sido el gran arquitecto de nuestro modesto universo, el demiurgo; Sebastián quiso bajar del Olimpo. Quiso ser Nicanor enfrentando a Pablo.
Para nuestros mayores
El dinero era un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un bien de primera necesidad.
Así comienzan los versos satánicos de Piñera-Parra, su manifiesto.
No podemos vivir sin dinero
¿Almuerzo gratis? No hay tal cosa
A diferencia de nuestros mayores
Y esto lo digo con todo respeto
Nosotros sostenemos
Que el economista no es un alquimista
Que el economista es un hombre como todos
Un albañil que construye un muro
Un constructor de bonos y fondos de inversión
Nosotros conversamos
Y luego compramos
Ganamos batallas y también marchamos
No venga vuestra boca a decir qué compramos
Si el alma o el cuerpo, si el objeto o el sujeto.
Piñera camina por La Moneda, fantasea en ella con las historias de la guapa esposa de Toesca, el arquitecto del palacio. Narra una y otra vez a la gente que visita su hogar gobernante la misma historia. Es el guía de turismo, pero es también el inversionista. Una información secundaria aparece en su mente y sabe que debe comprar cierto paquete de acciones. No tardará en hacerlo. El economista no es un alquimista, pero sí es un espía.
Lo hacemos en el lenguaje nuestro de cada día
No creemos en las constituciones
Este es nuestro mensaje
Denunciamos al economista demiurgo
Al economista de biblioteca, intelectual descalzo
sin sentido práctico
Y esto lo digo con mucho respeto
Con cariño, con admiración a todo lo que han hecho
Hoy mi deber era contarle a la patria
Son ellos los culpables
Porque ustedes buscan un culpable
Y no soy yo
Es el enemigo poderoso
Implacable
Invisible.
¿Y entonces quién es el enemigo? Sebastián observa las naranjas en La Moneda, las naranjas afirmadas al árbol por un gancho. Porque cuando no hay naranjas, igual debe haber. Y no importa la vergüenza, sino el espectáculo. Y se acerca a la escalera que lo llevará a la puerta externa de su oficina. Sube con su pelo cada vez más blanco, ha envejecido. No tiene un retrato de Dorian Grey que se lleve sus faltas, sus errores, sus maldades. Solo tiene su rostro y sus tics. Sube la escalera más lento que lo que lo hacía antes. Y abre la puerta. Pero la puerta no abre. Empuja nuevamente, sabe que está siendo filmado. No abre. Insiste. No abre la puerta. Golpea la madera. La respuesta desde el interior se tarda. Su incomodidad crece. Esos detalles lo humillan, lo atormentan.
Son esos seres, ajenos al pan de cada día
Que construyeron castillos en el aire
Que creyeron traer la Luna a la Tierra
Que se imaginaron un Sol inflamado
Que graficaron la desigualdad como gran denuncia de época
Que denostaron el éxito, la mayor gloria de los hombres
Que han prohibido el panteón
Para nosotros, el pensamiento no nace en la boca
No nace en el corazón
El pensamiento es un nonato.
(Cómo soñaría Piñera poder decir su mensaje de esta manera.)
El pensamiento ha de ser el inicio de tu deuda
Y la acción, la consumación de tu pago
Oh, economía subjetiva, oh tablas viejas
Tablas devueltas por el Marx
Queremos un reino de paz y ha advenido la espada
Que así sea
Nos han declarado la guerra
Estamos en guerra señores
Estamos en guerra
He dicho las palabras del patriarca Pinochet
Y su fantasma ronda por el palacio
Celoso de mí
Molesto por mi traición
Yo voté “No”
Porque era el pan de ese día
El pan o el plan, ya ni me acuerdo
No me arrepiento
Nunca me arrepiento
Yo voté “No” y terminé con el Penal Cordillera
Y acabé con la Constitución de Guzmán
Soy casi de izquierda
Si no fomentara sus traumas oculares
Casi podría ser de izquierda
Si no creyera en el mercado
Podría ser de izquierda
Creo yo sin duda alguna
En la garganta del sinsonte
Podría ser de izquierda
Y decir ojalá y todas aquellas pequeñas cosas.
Piñera entra a su oficina y descansa. Han sido años duros, destituyentes. Arriba a él una ensoñación, una esperanza. Y sigue con su poesía parriana.
Ningún enemigo es implacable, todo termina en una mesa
Un par de cafés y la conciencia de una buena negociación
Tarde o temprano las balas dejan el paso abierto
Los astutos esperan hasta entonces
Condenemos la economía de las vacas sagradas
Yo renuncié a rumiar en las aulas
Y estoy aquí, muriendo un poco
En un palacio que tiembla
Pero me fortalezco en mi muerte
Para resucitar mañana.
La derecha cree en la resurrección. Por supuesto. Y ello no depende de ser electos en nada. Depende de algo más sencillo: de Dios, de ser sus elegidos. O de la historia, de ser carne de su carne. Piñera porta esa tranquilidad, pero también porta el frenesí de los nuevos empresarios, cocodrilos veloces, leones que todo se lo quedan, cuyas fauces se llevan la mejor parte, para mayor gloria de Dios. Sebastián Piñera tiene de lo uno y lo otro. De oligarcas y empresarios. Pero no necesariamente tiene lo mejor.
La elite chilena había sido siempre una oligarquía burguesa. Desde la dictadura (la que resumimos en el nombre de Pinochet), el orden se había invertido: una burguesía oligárquica. ¿El símbolo de la síntesis? La industria del vino. El lugar donde el apellido, el campo de la VII Región y la tradición se unían a la modernidad, al modelo exportador, a la sofisticación de la inserción global. Es innegable. Fue un éxito rotundo. Un buen negocio, un producto con demostración de los éxitos del modelo, un gran producto por lo demás. Pero Piñera no quería esa síntesis, no por alguna razón. Es solo que no quería ninguna síntesis. Piñera quería ser el Abraham de una nueva estirpe, de una derecha completamente fuera de la historia. Invitó a la derecha a seguirlo. Lo hicieron dos veces. Seductor mecánico, luego de una primera vez horrorosa, con la derecha traicionada jurando jamás volver a escuchar los cantos de esta sirena deforme, Piñera logró de nuevo el apoyo total de la derecha. Si la primera vez fue un desastre, la segunda no tiene nombre. Un cataclismo, la construcción de una falla geológica, un cambio geológico, el hundimiento de épocas completas, el naufragio de un buque infranqueable. Piñera lo logró. Trajo el apocalipsis, pero en su sentido literal actual. Porque el apocalipsis, en su etimología, significa la revelación. Hoy significa la muerte. Significa la depuración. Es el sismo que aniquila las almas y las expone a su propia indecencia.
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