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Contenido
Veredicto XVII Concurso Transgenérico 2017
Primera parte
(1) Fue un encuentro silencioso…/
(2) El vómito le cubrió…/
(3) Unos ángeles vuelan…/
(4) La conversación se alargó…/
(5) El pensamiento poético.../
(6) Hanni Ossott se derrama.../
(7) ¿Cómo se escribe la historia…/
(8) Los exiliados son muchos…/
(9) Dios o el diablo…/
(10) —Cada poema es único…/
(11) Desde otra ventana…/
(12) En la puerta del bar…/
(13) En su mullido sillón…/
(14) Ambos revisan el texto…/
(15) El mar de Lisboa…/
(16) Venezuela es un país agresivo…/
Segunda parte
(17) Las palabras me brotan…/
(18) Puedo partir de una cita…/
(19) Llego a Güigüe ya entrada…/
(20) Alejandro Oliveros me esperaba en…/
(21) Desde el balcón del hotel…/
Tercera parte
(22) Fernando Pessoa respira el aire…/
(23) Toda frase debe reproducir…/
(24) Un poco antes del amanecer…/
(25) Muchos han dedicado…/
(26) Los dos hombres…/
(27) Una borradura en la memoria…/
Cuarta parte
(28) La fragancia del mundo…/
(29) Y entonces la ciudad…/
(30) Pasa el tiempo sobre…/
(31) Olor a muerto…/
(32) La ferocidad del hambre…/
(33) Mario Abreu dibuja un gallo…/
(34) Es posible que el título del poema…/
(35) —Aquí estamos en el homenaje a Pepe…/
(36) El cáncer es una enfermedad…/
(37) El mundo gira sin mí…/
(38) Bajo una lluvia muy fina…/
(39) La tierra del gerundio perpetuo
(40) —Hay poemas de los que nadie habla…/
(41) La ciudad llegaba…/
(42) Pepe Barroeta atraviesa…/
(43) Levanto los brazos bajo…/
Créditos
El nervio poético
Alberto Hernández

ALBERTO HERNÁNDEZ
(Calabozo, estado Guárico, 1952)
Poeta, narrador, ensayista. Egresado del Instituto Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (Caracas). Fundador de la revista Umbra, miembro del consejo editorial de la revista Poesía (Universidad de Carabobo), es redactor de la fuente de cultura del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Colaborador de varios periódicos, revistas y páginas electrónicas nacionales y extranjeras. Ha publicdo los libros de poesía: La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1985 —mención honorífica Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua), Párpado de Insolación (1989 —Mención honorífica II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo 1987), Ojos de afuera (1989 —1er Premio II Concurso Literario IPASME), Nortes (1991 —mención de honor Primer Concurso Literario «Madre Perla» 1992, Porlamar); Intentos y el exilio (1996 —Premio II Bienal Nueva Esparta), Bestias de superficie (1998 —Premio de Poesía Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992), En boca ajena. Antología Poética 1980-2001 (México, 2001); Tierra de la que soy (Nueva York, 2002), Nortes/North (Nueva York, 2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano. Poesía en tránsito (2008); Puertas de Galina (2010), Stravaganza (Milano, 2012); 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (Cancún, 2012); Los ejercicios de la ofensa (Nueva York, 2010). Narrativa: Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (Nueva York, 2000); Relatos fascistas (Madrid, 2012); La única hora (novela, 2016). Ensayos: Notas a la liebre (1999), Poética del desatino (2010). Crónicas: Valles de Aragua, la comarca visible (1999); Cambio de sombras (2001). En 2000 recibió el premio «Juan Beroes» por toda su obra literaria, otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela. En 2012 fue reconocido con la orden «Alejo Zuloaga» de la Universidad de Carabobo. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, al inglés, al italiano y al portugués.
VEREDICTO
XVII CONCURSO TRANSGENÉRICO 2017
Luego de revisar los 230 originales que concursaron en la décimo séptima edición del Concurso Transgenérico, el jurado nombrado especialmente para la ocasión, y considerando las bases del certamen, ha decidido galardonar el manuscrito El nervio poético, presentado bajo el pseudónimo Rafael Delgado.
El jurado tomó tal decisión en virtud de que El nervio poético es un homenaje, tal vez el mejor de los últimos tiempos, a la vida y obra de los poetas venezolanos. Mediante el empleo de los recursos de la narrativa, de la crónica y del ensayo, el autor crea un universo discursivo en el que muchos de nuestros grandes poetas de las últimas décadas se convierten en personajes: dialogan entre ellos en calles, bares y cafés e inclusive hablan con sus heterónimos y fantasmas. En este original se incorporan citas de poemas o fragmentos de poemas de manera orgánica, inteligente y acertada, en relación con la materia contada y al poeta/personaje que se convierte en el foco de atención. Se trata de un texto que seduce y conmueve y cuyo fin es ilustrar lo que constituye la esencia de la poesía, vinculada a las preocupaciones existenciales de sus autores: el poema es muerte pero también salva, está en las cavernas del cerebro, en la sangre, la carne, en una enfermedad, proviene del silencio o de un estado de exaltación; es el temblor de quien lo creó. El nervio poético tiene el mérito de ser accesible a un lector que se anime a comenzar a leer poesía venezolana, así como definitivamente también cautivará a un lector avezado en la materia, a través de descripciones y narraciones asombrosas y alucinantes que generan una conmoción física, mental y espiritual.
Una vez abierta la plica, el autor de El nervio poético resultó ser Alberto Hernández.
Asimismo, el jurado seleccionó a tres finalistas, no dejando de destacar el momento particular que vive la literatura venezolana en cuanto a cantidad y calidad de obras. Como primer finalista se escogió el original La maqueta de los días invisibles presentado bajo el pseudónimo Camilo Olivares, una obra que demuestra que el diario no es un género menor en la literatura. La escritura fragmentaria de un escritor en Sevilla, una relación de amor con una mujer y con una mascota, muestra retratos fugaces de una Venezuela que se deja atrás, con la mirada hacia adelante en medio de reflexiones de hondura filosófica, se teje un entramado que, contado de manera regresiva, brinda al final un sentido total de un diario enriquecido, de la vida misma, realista y a la vez soñadora. Como segundo finalista quedó el original Del último regreso, presentado bajo el pseudónimo Macabea Alejandro Armando, un ambicioso, complejo y original proyecto literario donde cobra peso el ensayo a través de múltiples prólogos y que se propone demostrar el carácter híbrido de la literatura entre los géneros de ensayo, prosa poética, crónica y el diario de vida, que sigue a los prólogos, y que a su vez se complementa a la materia autobiográfica con numerosas citas de escritores. Como tercer finalista se optó por Historia ilustrada del automóvil, manual de fotografía para invidentes y otras ficciones, que hila con fina ironía y humor relatos cuyo final parecieran hermanarse por el efecto rebote de la historia narrada y bajo la premisa, muy presente en los títulos, de que un relato siempre cuenta dos historias, al tiempo que el narrador juega hábilmente con la transmutación del punto de vista narrativo lo cual terminan retratando un mundo.
Una vez abierta las plicas los autores resultaron ser:
Primer Finalista: Carlos Castro Rincón
Segundo Finalista: Graciela Yánez Vicentini
Tercer Finalista: Rafael Victorino Muñoz
El jurado:
Karín Valecillos
María Isabel Peña
Pedro Plaza Salvati
Soy esta vida y la que queda, la que vendrá después en otros días, en otras vueltas de la tierra.
Eugenio Montejo
Yo vuelvo a la tierra de antes recojo cielos de maíz atardecer de muertos.
José «Pepe» Barroeta
Sistema, poeta, sistema. Empieza por contar las piedras, luego contarás las estrellas.
León Felipe
Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
Vicente Huidobro
Primera parte
(1)
FUE UN ENCUENTRO SILENCIOSO. Eugenio venía con los lentes en la mano derecha y un libro cerrado en la izquierda. Un poco más distante de la imagen que mostraba a esa hora de la tarde (serían las seis, casi de noche en esos días), Pepe se deslizaba como si llevara patines. Entonces ocurrió el encuentro.
¿Quién puede presumir que ambos escritores pasarían a formar parte de una ensoñación? ¿O quizás de un sobresalto contra la realidad? Paso a negar que sea producto de un parto para una novela, un poema, un cuento largo o un ensayo. Es todas esas cosas y ninguna. Son dos hombres maduros que se ven y se saludan. Dos poemas de carne y hueso. Dos poetas fundidos en palabras y en silencios.
Saben, de paso, que estarán muertos en las horas que siguen, en las próximas horas que vendrán cargadas de voces y largos ecos verbales. No obstante, el encuentro fue de miradas, de sonrisas y de un apretón de manos que no llevaba tanta carga emocional porque los personajes solían verse en las ciudades que habitaban y se hablaban por teléfono con la frecuencia necesaria.
(Me gustaría borrar todo lo anterior. He estado a punto de hacerlo. No lo he hecho, no porque esas líneas tengan algún valor. No lo he hecho ni lo haré porque espero la aparición de alguien que diga que los personajes, quienes más adelante hablarán, son portadores de alguna enfermedad que los obligue a dialogar con tiesura. El aporte crítico de quienes aborrecen novedades y algunas demencias literarias es realmente aterrador. Y tienen razón, sólo que ésta, la razón, es una reserva muy peligrosa, desatadamente congruente con las ficciones que ellos inventan. Pero esa tensión neural la dejamos para otro momento).
Indago en el contenido de un paisaje que no termina de acabarse. Mientras tanto, el mundo gira con su ya desgastado eje: los dos poetas caminan hacia el horizonte de una ciudad despejada de lumbres. Son dos fantasmas que conviven, que se anudan para tratar de construir un mensaje, la puesta en marcha de una conjura, la perpetración de un atentado contra el silencio que suele rodearlos, amputarles las sílabas, empujarlos hacia un naufragio.
¿Será necesario el tránsito por un poema? ¿Será necesaria una declaración? Las palabras se congelan en la boca de los hombres que se dirigen distraídamente hacia el bar. La ciudad es el único destino. Su marca de vida está en una barra, en el sitio donde queda adherida la piel de los codos. La bebida, un whisky, una cerveza helada, un miche, un coñac, un cocuy… ¡agua para los caballos!, como grita el borracho más próximo cuando termina el trago y exige otro. La sonrisa de los poetas que intentan construir una conjura se congela en las rugosidades del hombre: está hecho un desastre. No merece una palabra de aliento. La muerte se asoma en los ojos opacos de un fantasma, más que un fantasma, un duende, un bufón que se desvanece cuando ambos personajes regresan a sus preocupaciones, a sus adentros.
Levantisco es el paisaje: Montejo y Barroeta se cuelan entre la gente desde los sillones del bar, entre la multitud que vocifera en una esquina. Achispados por los tragos se sumergen en una diatriba poética que deja consecuencias desmañadas en este papel.
Queda un instante para pensar, para destinar el dolor a la memoria casi extraviada. Entonces uno de ellos, sin detallar el paisaje y el nombre de quien lo escucha, deja oír:
—Cuando regrese no tendré padre ni madre. No iré más al bosque ruinoso y mi amada ha de esperar vestida de luto. Sus ojos no tendrán el brillo de siempre y recostada de mis hombros contará la historia de cada muerte. Habré perdido su majestuosidad y lloraré debajo de los robles que cortó mi padre.
—Entonces no existirá —continúa Barroeta— la verdad, el fuego que hizo mi amor dejará de complacer mis delirios.
En ese momento calla. Mira el rostro de Montejo y le coloca una mano sobre el hombro derecho.
Miran el paso lento de la marcha a través de la ventana de cristal del bar donde escancian dos birras heladas. Oyen la estridencia de las consignas.
—El eje del planeta está oxidado, Pepe, afirmó Montejo.
Y los dos se miran en medio de un silencio espeso. Un rato más tarde, cuando sólo ha quedado el recuerdo de los pasos de la congregación, Barroeta dijo:
—Esta historia tiene comienzo, pero no alberga fin alguno. Alguien invade nuestras vidas sin permiso. Alguien nos quiere inventar con los despojos de otros.
(2)
EL VÓMITO LE CUBRIÓ parte de la camisa. El ardor de la garganta le bajó hasta el estómago y sintió unos escalofríos que lo obligaron a sentarse en uno de los bancos de la iglesia. Sangre coagulada, trozos de sangre vibrante, una gelatina morada que se amontonó a sus pies. El mareo lo convenció de que lo que le había aconsejado una voz interior no era un juego.
—Mira, debes ir a un médico. No es bueno lo que tienes.
Pasó un buen rato en el banco. El cuerpo desmadejado. La cara lívida, fríos los pies, la lengua helada. Los ojos hundidos en una cueva oscura.
—¿Te pasa algo, Orlando?
—Sí, padre, creo que me estoy muriendo.
—Es verdad, no pasa un instante en que no estés muriendo. Cada segundo nos acerca a la tumba. Estás enfermo y debes ir al médico, pero por si acaso, ¿cómo están tus relaciones con Dios?
—Mal, padre, muy mal.
—La caña, hijo, la mala y la buena caña. Te has dedicado a destruirte. Nadie entiende cómo un hombre como tú, inteligente, poeta, escritor, se haya dedicado a convertirse en un guiñapo. Debe ser por eso o yo me equivoco. La poesía, esa peligrosa entrometida.
—Ah, tampoco así, padre. Todavía me queda algo de moral. ¿Usted ha leído a Dylan Thomas?
—Bueno, a ver qué haces con ella, porque por ese camino te van a enterrar con la que llevas a cuesta. Y lo peor, seré yo quien te ayude a llegar al cielo, empujadito, pues. Sí, en cuanto a Thomas, me tocó estar cerca de él cuando cayó en coma etílico. El poeta de la barra permanente. Y en pijamas. Debes saber, querido amigo, que siempre estoy donde la muerte me llama.
Una nueva arcada le manchó los zapatos al padre Pernía, un antiguo personaje de sotana zurcida que aún ambula entre los difuntos de un pueblo extraviado. Un vómito rojo, escarlata, sanguíneo, un trozo de coágulo vivo. Un animal colorado: entonces se le fue el mundo y no supo más de él.
Cuando despertó la sala estaba casi a oscuras. Una pequeña lámpara señalaba la entrada de la habitación. Por el color de las paredes, por la cama, por el olor a medicamentos, por los tubos que tenía metidos en la nariz, por la forma de sentirse se dio cuenta del lugar donde estaba.
—¡Qué extraño! ¿Qué hacía yo en esa iglesia? ¿Quién es el padre Pernía? ¿De qué lugar vengo? Nada me dice que haya estado en mis Crónicas de caña y muerte. Sólo sé que puedo morir empujado por cualquier soplo de la noche, en cualquier orilla de calle o de río.
Entonces cerró los ojos y enfrentó la angustia al sentir nuevamente que el vómito lo asfixiaba. Deletreó el ahogo, lo alejó aguantando la acidez de su interior. Recordó el soneto y se lo dijo para oírse él mismo:
No me agarra la tarde aquí mañana
no me ofrezco la noche en sacrificio
no tiene caridad tener el vicio
de no tener lo que me da la gana
Gana me da la vida sin oficio
y en oficio de amor viene temprana
esta nocturna muerte que me afana
por la vida que vivo en desperdicio
La tarde de mi vida descalabra
los andamios de amores ya concluidos
y aún no cerrados para mi palabra
Soy el pelo de Dios blanco en la cana
de los dioses que mueren en sus nidos
¡No me agarra la tarde aquí mañana!
Esa tarde, en medio del sopor, el rostro de Orlando —colmado por la seriedad de su descalabro— miraba desde su más particular más allá a quienes lo despedían.
—Siempre Orlando, nuestro furioso Orlando, dijo Pepe.
—Sí, el que Tendía su mano como una alfombra tibia, a través de una geisha, recitó Eugenio con un índice en el mentón.
El hombre, pálido y dominado por el silencio, vio en el horizonte que se alejaba a los dos que lo miraban de pie al lado de la cama. Cerró los ojos y respiró profundo, hasta el mareo.
(3)
UNOS ÁNGELES VUELAN sobre la cabeza de Vicente Gerbasi.
—¿Qué quieren ustedes conmigo, buenos amigos?
—Que nos ayudes a bajar de estas nubes.
—¿Y cómo lo hago si yo mismo no puedo bajar de la mía?
Entonces los ángeles se fueron todos a la cabeza de Rafael Cadenas, quien los miraba desde su más apacible destierro. Sin embargo, desde su calma, desde el momento menos esperado respondió con
Tú no estás
cuando la mirada se posa
en una piedra, un rostro, un pájaro,
en esa suspensión
sin espera
en ese estar
intenso,
en ese claro
al margen de la comedia
Apareces después
con tu triste cortejo.
—Rafael levanta la mano derecha y nos saluda. Lleva un manojo de papeles bajo uno de sus brazos. Despeinado, con cara de aburrido, pero con un brillo intenso en los ojos, camina por el boulevard.
Yo lo recuerdo en la silueta del poeta portugués, lo asimilo en su andar por Caracas: «La estatua de Pessoa nos pesa mucho./ Descansemos un poco aquí a la vuelta/ mientras vienen más gentes en ayuda./ Tenemos tiempo de tomar un trago». Pero Rafael sólo me saluda y sigue por Sabana Grande. Cargado de papeles, de libros en un bolso, le toma el pulso al clima de la ciudad.
El Callejón de la Puñalada despierta con sus acostumbrados sobresaltos paganos.
Alejados de la perplejidad celestial de Gerbasi y del celaje de Cadenas, quienes revientan el mundo en la vereda etílica destapan sus demonios y viajan hacia el infierno donde construyen el poema, el nervio de las alucinaciones.
Varios elevan las copas, los vasos y las botellas. Sostienen que la revolución está a la vuelta de la esquina y por eso celebran su llegada en la espuma de una cerveza, en el amarillo de un whisky, en el blanco puro de un vodka, en la calmosa terquedad del miche, en el denso silencio del anís. Bajo un árbol de la estrecha calle duerme un fantasma que nadie conoce.
Un contrapunteo de cristales rotos y poemas se balancea sobre la cabeza de quienes liban e inventan las ilusiones. Un acento cadencioso, limitado por las fases de la luna, se asoma a la puerta del bar y lanza con denodada revelación
Tengo un dios de ojos grandes
en los cielos del agua
del humus de los abismos…
Ángel Eduardo Acevedo cierra los párpados insolados por el astro llanero. Mira hacia todas las mesas con el desparpajo propio de quien viene deslumbrado y dice
—No, ese no… mejor…
Fui enviado a la ciudad
porque en ella no existen rebaños
de ganado (sólo de gente).
Para que fuese sabio o doctor
o no vistiera más de dril
o no calzara sino zapatos.
Para que cambiara tristeza en riqueza.
Pero recuerdo un muchacho loco
un hombre tan loco
que sólo es posible llamarlo muchacho.
Hombre pensando en frutas
consintiendo pájaros
un loco.
Silbaba solo en los caminos
y hacía clarinetes de carrizos.
A veces se perdí con el alba
mientras los hombres labraban la tierra
y aparecía al anochecer con huevos de perdices.
Un loco.
Y yo no he querido sino ser como él.
Borrachos, herejes, exégetas y desquiciados lo aplauden y brindan bajo la luna repetida en los cristales de los miopes.
—Eso es todo, dice el poeta, y entra al bar donde otros también repiten sus poemas pegados de la barra o sostenidos por el condescendiente hombro de un desconocido alucinado por la demencia de quienes saben que el mundo hace ruido al girar.
De pronto revienta una palabra malsonante, una bofetada y un puñetazo. Alguien le ajusta cuentas a su breve paso por la calle. Alguien entre las breñas construye una novela y pasa con el destino incierto de su iluminación solitaria, maldiciente. Otro que lo ve con una mirada oblicua, asiática del trópico, desliza sobre las mesas el desvío de la provocación, de la broma redonda y elíptica que acaba de ocurrir.
Con un cigarrillo a medio trasegar. Con un vaso de cerveza en una de sus manos, con una actitud mariachi y descarada, Víctor Valera Mora canta una ranchera y luego calla para decir exultante
Maravilloso país en movimiento
donde todo avanza o retrocede,
donde el ayer es un impulso o una despedida.
Quien no te conozca
dirá que eres una imposible querella.
Tantas veces escarnecido
y siempre de pie con esa alegría.
Libre serás.
Si los condenados
no arriban a tus playas
hacia ellos irás como otros días.
Comienzo y creo en ti
maravilloso país en movimiento.
Con los ojos cerrados, puestos en la sombra de su sangre, en el sopor de su silencio, un hombre pequeño, moreno, de momento nervioso por el ruido, levanta una mano y casi grita en medio de tantas miradas y tartamudeos de la barra y las mesas
Suele morir en el curso del día. Al alba, cruje.
El sol en sus vitrales no es tan río, botella de
[barcos en velamen,
brindis de agua.
Atesora y consume bosques a la deriva.
Decepciona a sus ídolos. Huye en el ala de un
[viajero sin sombra,
al margen del camino, pero en curso.
La capa de un viajero.
Al mediodía invade, una daga en los dientes,
[territorios de oro.
Se adentra y salta, estalla, trae frutos y hojas, se
[atavía desnudo.
Se llama mago altivo, cierto fuego, escudo de
[intensa voladura.
Se llama pozo, ráfaga.
Termina en luz, en júbilo secreto.
Eleazar León acelera el ruido de la sala y se sienta en un taburete destinado a quienes consideran que es suficiente, que el silencio también habla.
Un indio de pelo largo, de bigotes asustadizos, de labios gruesos y carcajada oceánica, se acerca a la puerta. Viene de París y va hacia la Isla Margarita. Uno que se dice oriental y cojonudo, según su diccionario personal. El indio coloca un pie en el primer escalón. Aspira el cigarrillo y mira con ojos húmedos el mundo interior del bar. Entonces se recuesta de la puerta y declama con voz de río revuelto de erres arrastradas
1.- Entonces decidí cruzar la calle donde
[anida el fantasma.
2.- Antes un simulacro de asesinato me
[había detenido en la acera
de enfrente.
3.- El fantasma de piel de araña negra se
[levanta y ruge como un
animal.
4.- Y como un animal me amenaza con su
[índice afilado y
resplandeciente.
5.- En verdad no me turba el fantasma ni
[sus gestos artificiosos.
6.- Sólo, el simulacro del crimen me
[mantiene en el sitio.
7.- Ahora marcho a escudriñar el misterio.
8.- Al efecto, borré de mis manos toda
[huella de violencia.
9.- Y anudé los cordones de mis zapatos con
[la terrible seguridad
que ustedes conocen.
10.- Ella no sabe mi paradero actual.
11.- Me detengo un instante mientras cruza
[el automóvil rojo.
12.- El fantasma olvidado de sus anteriores
[amenazas desaparece
sin preocuparse de mi profunda
[contrariedad.
13.- He perdido una buena oportunidad de
[medir mis fuerzas con
dicho fantasma.
14.- No obstante he estado bastante cerca del
[misterio.
15.- La próxima vez no se me escapará tan
[fácilmente.
Y en diciendo esto, José Lira Sosa recibió de alguien, de un fantasma ebrio, una cerveza helada. Y así se sentó al lado de una mujer que cada diez minutos se levantaba y bailaba una danza extraña, fantasmal. Alguien parecido a André Breton le extendió una mano.
Con la barba rizada por un viento frío, entra Ludovico. Viene con Beatriz, acorralado por duendes y fantasmas de variados colores. Con el vino en las ojeras y el trasnocho en la lengua, se sienta y calumnia el clima que trae de la calle. Enciende un cigarrillo y se mira las manos de uñas largas. Guiña un ojo y le traen una copa. Abre la boca, expulsa el humo y con el humo sale el poema:
Yo supe en otro tiempo lo que es la poesía. Conocí
la máscara más profunda de todas.
Y la viví hasta su fondo absoluto de rostro debajo
del rostro.
Supe lo que ella es en todo su veneno, su hipócrita
manera de decir bien lo que está mal,
sus costumbres nefastas de hablar con elegancia
[cuando
se tienen los huesos del corazón podridos y
temblando.
Y enjoyarse locamente a solas y en tinieblas, como
una puta borracha,
pero aun así es mala, tenebrosa costumbre. Así
[es ella,
según la he conocido.
Y para algo me ha servido la poesía: para
[disimularme.
Cuando era un inocente imbécil
[ilusionado, cuando creía
en los dioses y en mi destino
ella me servía para aparecer como un gigante
[atormentado
y luego cuando me llené de desgracia y terror
[verdaderos,
cuando sepulté el rostro en el fango
mi único recurso fue escribir de mí mismo que era
un ángel sin mancha y sin recuerdos.
Después, la poesía se despidió de mí. Luego de
[haberme
zarandeado un tiempo.
El águila consideró en las alturas que era hora de
soltarme como gallina o trapo
y voló hacia otros continentes, como un gran dólar
por los cielos.
Cerró los ojos y vació la copa completamente en su boca. Las lágrimas salieron producto del ardor en la garganta. Colocó una mano en una de las rodillas de Beatriz y calló para siempre durante toda la noche.
Desde la distancia que ofrece la ficción, Pepe y Eugenio se incorporaron. El primero afirmó sin ninguna duda:
—Eugenio, Todos han muerto, bebamos y cantemos porque también pasaremos por esa experiencia con nuestros poemas a cuesta.
El aplauso fue general. Entonces amaneció y nadie se dio cuenta de que el fantasma del árbol había desaparecido. Y el árbol también.
—Carajo, este país si cambia. Todos los días tenemos un paisaje nuevo. Eso quiere decir que nos estamos muriendo, sentenció Orlando Araujo recién dado de alta de uno de sus sobresaltos hepáticos.
(4)
LA CONVERSACIÓN SE ALARGÓ casi hasta el amanecer. Eugenio destacó el color que el cielo protagonizaba por el Este del mundo. Comparó los ocasos de Güigüe con las caídas de sol de Galicia. Pepe, ligado a las alturas, era de la opinión de que ese mismo cielo a veces es un personaje acomplejado, ambiguo y gallego.
Ambos hombres, ahora recostados de una baranda que daba a una calle, leían el destino de sus vidas. Ninguno de los dos advirtió que la muerte estaba a sus espaldas, recostada en el sofá del apartamento.
—Todo poeta es mirado desde la muerte, la que carga a despecho de la conciencia del Otro, dijo Montejo.
—Todo poeta mira su propia corriente alterna, su electricidad, su energía en el poema. Pero está destinado a borrarse, a quemarse con el mundo. Un solo poema hace de su historia un extraño, un sujeto de silencio. Un lugar para las cenizas. Un adversario del tiempo, completó Barroeta.
Frente a los ojos de los personajes apareció el día. Sus sombras se alargaron, quedaron detenidas en el piso.
Ahora no hay nadie.
(5)
EL PENSAMIENTO POÉTICO arrastra mucho polvo viejo. Ya las metáforas existían antes de que el mundo apareciera como tal. Una esfera brillante, el ojo del universo: la mirada de Dios y todos los secretos que guarda aún en estos tiempos de tantísimos libros, unos legibles, otros insoportables, como éste, que no es libro y que es insoportable.
No deja de ser un ejemplo la pesquisa realizada por Mairena, quien citado por Miguel Casado afirma: «En la gran ruleta de los hechos es difícil acertar, y quien juega suele salir desplumado. En la rueda más pequeñita de las razones, con unas cuantas preguntas se hace saltar la banca de las respuestas. Por eso damos nosotros tanta importancia a las preguntas. En verdad, ésa es la moneda que vuelve siempre a nuestra mano».
Las palabras ruedan en medio de las tribulaciones de quien las usa. Un poema no es más que un milagro cotidiano, porque éstos ya son normales, tan comunes algunos que no asombran. Todo poeta tiene su horario. No obstante, como escribe Roberto Juarroz: «Tal vez la poesía nos salve todavía del infierno de los habladores profesionales». Y, en efecto, hay mucha poesía habladora, pero además, profesional. Atizada por los remilgos y hasta por la falta de nervio, de la neuralgia propia de quienes deberían sentirla temblor y conmoción.
De allí que la metáfora, esa efigie que aún mira de frente, siga su trayecto en poéticas anémicas, desvinculadas de la sangre, de los huesos, del semen y el orgasmo de la nocturnidad verbal. Quién puede decir algo en contra de la aforística presencia de Mairena, si, precisamente, ese rostro oculto de Machado no es más que un aforismo: son conciencias reveladas, preparadas para infundir poesía, para mitigar los conceptos elegidos por cierto facilismo.
Poesía cataléptica, osada, más bien poema, «artefacto», máquina de descontar sueños. Idea en la que Octavio Paz pasa y repasa sus horas.
—También el silencio es un poema. Contradicción que admite el hecho de que en el silencio también hay palabras, arguye Montejo.
—El pensamiento poético está por detrás de las palabras. ¿Cómo sabemos de la presencia del pájaro o del asesino en el momento de poner el huevo, el primero, o de clavar la puñalada, el segundo? Habrase visto ave que apuñale o criminal que empolle, bromea Barroeta.
(6)
HANNI OSSOTT SE DERRAMA con el poema. Ella se lee en su verso angustiado. Se indaga, se limpia el cuerpo. Hace un poema de un ensayo. Ensaya y se hace huesos de las imágenes que usa, las que invoca para derramarse. Muchas fueron las experiencias que llevó en los textos. La de la mística, la del éxtasis, las del cuerpo aterido, enfermo y sano, distante.
—¿Quién puede recoger los restos de sus palabras, las que nos quedaron grabadas sin necesidad de oírlas?, se pregunta Montejo.
—Si la leemos, podríamos volver a Hanni y encontrarla, aun en la Muerte:
Los hombres se van
como a pedazos
de a ruinas
de a despojos.
En silencio pulsan
golpean
hacen ruido
hacia una nada
hacia un silencio.
Los hombres muerden y contraen
violentan
activan
atrás, siempre atrás
hacia nada.
—En nosotros la encontramos, porque lastima profundamente nuestra propia ausencia. El poema fenece con la palabra al ser pronunciada, pero se hace visible y presente en el nervio, en el temblor de quien lo creó. Se traduce con los personajes, con el personaje que no nombra, dice Montejo.
—El poema es entonces, pronuncia Pepe.
—Sí, queda en suspenso, como la misma muerte: Montejo.
—En un poema, la muerte es sólo reflejo: Barroeta.
—O el reflejo es la muerte en la respiración del poema: Montejo.
—La muerte es una honda respiración: Barroeta.
—Como el poema, profundo: Montejo.
(7)
¿CÓMO SE ESCRIBE LA HISTORIA de un poema sin derrotarlo? ¿Cómo se autopsia un poema sin abrirle el vientre? Sin aliento, a punto de resbalar por un precipicio, el que pregunta deviene mudo, aturdido por su propia indagación. Un poema está lleno de vísceras. Un poema es un cuerpo que se pudre si no se sabe leer. Un poema es la mortaja de quien lo silencia, de quien lo coloca a un lado. Un poema abierto sobre la página es más que un poema, es la realización de la poesía si el texto que se lee está contenido, lleno de gases, de heces, de astros, de diversos planetas, de cuerpos ausentes, de preparaciones para huir, de muerte. Un poema es también el dolor provocado por el cáncer, por una herida, por un disparo, por la hendija de un ojo acuchillado, por un salto mortal si se sabe que la muerte llegará con el golpe.
Un poema chilla si lo leemos mal. Un poema se retuerce de rabia si lo obviamos. Por eso este poema de Jacqueline Goldberg es el balance, el inventario de todo lo socorrido por las palabras:
PARIR UN POEMA
con la gracia de los ahuecados
los nerviosos
soltarlo desde la rodilla
la cintura
hacerlo excremento
pus
sarampión
lo importante
es que hurgue
desuna el provecho
demedirlo
capturarlo
lo importante
es su marcha
despojada
expirante
El público que asiste a la lectura de la menuda mujer se mira las rodillas. Eugenio y Pepe respiran un aire de condena, el mismo que el poema contiene. Goldberg solloza internamente. Se anima con la mirada, sonríe. Sabemos que allá adentro, donde están sus antepasados, hay un cáliz y un cordero herido. El poema lleva una larga cicatriz, una costura que nos permite estar dentro de él. Leído con la fuerza de las sombras, con la liquidez de la memoria, es poema vivo, un trozo de carne, el temblor nervioso de un cuerpo que retorna y se asoma cuidadosamente.
—Duelen los textos de esta mujer, Barroeta.
—Arden y nos corroboran, Montejo.
Más adelante, cuando las páginas se estacionan en el reencuentro del tono, pasada la emoción, se oye:
De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas.
Tanta es su levedad.
Hay que extraerlas una a una,
para que el poema revierta su cauce,
para la vorágine de las calmas heridas.
Han sido muchos los gritos acuchillados,
la índole curva de las exequias.
La frente queda en tierra.
La felicidad es una filiación no tan diurna.
Al enraizar el último fortunio,
habrá que talar el poema que obligue,
como diente, trance voraz.
El poema crecerá en su propio perdón.
Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de cierta
[esclavitud.
¿Y el dolor?
¿Habrá que recuperarlo para que el libro
[crezca en el libro?
¿Para los tajos de la futura lágrima?
Volver a escribir es ser triste y pretérito,
abundante hasta el fin.
Poética que dimana en pulso conmovido, en presión nerviosa, en el hormigueo de quien respira con el dolor entre los dientes. Boca llena de gusanos, de estiércol de la tierra perdida. El poema es un barro intransitable. El perdón que no buscamos. El que también anhelamos en la última hora.
Eugenio Montejo y José Barroeta se levantan y se estrellan contra la noche. La luz de la sala ha cegado la salida. La oscuridad tiembla en sus ojos, como el poema recién escuchado, llevado a cuestas, silabeado, mordido, comido como pan ácido, digerido como el nervio de un dios ciego, como el poema que es, doloroso.
—Volvamos a la realidad, aconseja Montejo.
—Si es que alguna vez hemos estado en ella, replica Pepe.
—Nunca hemos estado en ella, sólo somos su reflejo, dice detrás de ellos Goldberg.
Los tres salen e increpan el clima. Se mojan con las palabras que han quedado en el libro, en los versos neurales que emergen de la boca y se hacen ceniza y huesos, huso horario y bar abierto en la próxima esquina.
—Allá está la realidad, dice uno que se les agrega.
El poema respira y funda otra realidad.
(8)
LOS EXILIADOS SON MUCHOS. Los poemas pocos. El ardid de quien silencia la hora de la lectura destaca su fuerza en la mano que oculta el poema. Un ligero temblor deja ver un trozo de la escritura. Son versos tortuosos, relampagueantes, duros, pedregosos.
No se sabe quién es el autor. Tampoco se sabe qué poema es. ¿Será un poema o acaso el testamento de un condenado? Nadie ha podido leerlo. Quien coloca la palma sobre el sudor de las palabras tampoco. ¿Se trata de un accidente, de una traslación corporal? ¿No conoce el idioma?
La mano se mueve hacia el rostro del hombre. Sus ojos blancos nos increpan. La ceguera es una maldición como el poema que no se puede leer.
—Existe la memoria, dice el ciego. «El poema es una justificación. Cuando lo pronuncio se hace otra cosa. Es el mundo y sus diferentes tentaciones. Soy yo muerto en cada uno de sus silencios. Cada estrofa muerde mi carne. Cada verso es un gusano doloroso».
Desde otro país, desde el país donde los ciegos descubren la poesía en la nervadura de las hojas secas, quien habla ya no existe. Es sólo un eco. Un país borrado de un mapa. Un ligero parpadeo permite recordar otras líneas:
Me muevo entre dos soles, fulminado, debo elegir la guerra o la locura para no sucumbir, ahora condenado preparo mi desastre, mi total destrucción, la voz quebrada de Efraín Hurtado se detiene sobre una pared derruida.
(9)
DIOS O EL DIABLO pueden empujar el primer verso de un poema. Si se dice de Dios, entonces el poema es fundacional, creador de misterios. Si es el diablo el que asoma los cuernos, entonces el poema es ceniza, es llaga de muerte.
Ambos personajes podrían estar en el poema. Sólo que Dios elabora los versos y hace que el poeta asimile la armonía de su grandeza. El pobre diablo suele ser inteligente, pero se le conocen las trampas, las de la fe y las de la terredad, que son las materiales. El diablo sucumbe al final del poema. Dios exalta la eternidad del texto.
La sacralidad o la maldición de la poesía son trasladadas al orden del espíritu. He aquí que poema y poesía confirmen la justeza del estudio de Paz (El arco y la lira). Continente y contenido: ambos, poema y poesía, tocan con gracia las barbas de Dios, y con ira poco sosegada los cuernos de Satanás.
(10)
—CADA POEMA ES ÚNICO. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro, lee con fluidez Eugenio Montejo mientras la luz del día se derrumba sobre la ventana y Pepe Barroeta rescata de su garganta una leve afirmación.
—En efecto, Octavio Paz lo sabía y por eso nos regaló la reflexión. El poema es parte de nuestros huesos. Somos orgánicamente pura poesía. Siempre la llevamos puesta. Un poema nos alimenta, pero también nos consume, dice Pepe con Cabeza de insomnio.
El sueño responde a la necesidad del lector. Barroeta mira por una ventana. La cordillera de los Andes le enseña la lección cotidiana: el cielo cada día está más bajo. Alguien lo amarra a la tierra. Una voz interior lo empuja a someterse a su propio inventario poético:
En mi ventana el fantasma de Aquiles
come helados
mastica con placer hojuelas frescas de
maíz.
Ha cambiado su traje de guerrero por una
ancha camisa
por un blue jean
por unos gruesos zapatos de goma altas
y trenzas enormes.
Va peinado con una larga melena
echada hacia atrás.
Con anteojos de sol su rostro parece ausente
De cualquier batalla.
(…)
Su lugar es el ventanal de un paisaje
de montaña
que el fuerte Aquiles confunde con velámenes
y con el mar de Grecia
con los ojos de los soldados que ganaron
y perdieron Troya
que marcharon a un mundo donde la valentía
el coraje y la audacia no detienen el fin de la vida (…)
El huésped del poeta oculto entre las hojas de su espíritu sale a Mérida: recorre las calles ajustado al clima de la ciudad. Mira las montañas y añora su tiempo pasado, la tierra árida pero habitada por hombres audaces, llenos de ira contra los dioses, mientras en lo alto alguien respira el azul del universo.
Pero la vida ya no tiene más días. El que mira por la ventana, el que imagina a Aquiles, tiene los días contados, tiene las horas marcadas en la palma de las manos. Tiene la mirada última puesta en las alturas rocallosas de su tierra. Algo le dice que hay otra tierra, que será huésped del último poema recogido con el cuenco del dolor aquel Enero -4 y 30 A.M.:
Pasó el año nuevo
y reventaron los pulmones.
En mi pared bronquial
con arquitectura parcialmente alterada
por neoplasia maligna epitelial
las células se disponen en nidos y cestos
fragmentando el sonoro tejido de la noche.
Soñé contigo.
Nos tendieron desnudos en la mesa de
la Lección de Anatomía.
No pudieron arrancarnos las nubes del cuerpo
la luz del año nuevo parecía un escalpelo
en tu vesícula.
Dormí entre tus cuernos y el día
esperando el roce de las gaviotas.
Tan lejos como estamos del mar
a la hora de los imponderables
vienen siempre un oleaje y un mascarón de proa
para que soltemos las amarras.
Arriba donde el huracán hala
soy tu cadáver
el gran ocio.
Entre tus litorales y el miedo hermafrodita
el epitelio del sexo en alta mar
erecto y en enjambre.
(11)
DESDE OTRA VENTANA, desde el rumor de todas las calles, Montejo mira el mundo, mira lo que de él queda. Mira y revisa, nombra, cambia de lugar y se somete al designio de la distancia entre sus huesos y los de Pepe. Sus ojos miopes decantan el monumento a Magallanes allá en Lisboa. El mar está cerca, a diferencia de Mérida. El mar de Pessoa, el mar de cualquier poeta nacido a la orilla de un precipicio, de la última tierra, del fin del mundo como antes se creía.
Pasa el hombre por el filo del amanecer. Por el filo oscuro de un siglo que agoniza. Estira la mirada, los músculos, la lengua se debate entre el amargo y el dulce de las horas por venir. Entonces, como el Aquiles del poeta andino, viaja entre las nubes y lee en voz alta:
Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías…
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.
(12)
EN LA PUERTA DEL BAR coinciden de nuevo. Traen sendos paquetes. Al mismo tiempo echan los bultos en los botes de basura de la entrada del establecimiento. Ropa vieja, antiguos periódicos quedan a la orden de unas moscas que se pelean los restos de comida del restaurante vecino.
Se saludan, pero no sonríen. Saben a qué vienen. Saben que el siglo se borra de sus manos. Saben que en cualquier momento pasará un viento, una nube…
—Mira quien está allí, Vicente.
—Carajo, qué bueno. Nuestros duendes saben fabricar sorpresas.
Entonces Gerbasi abre los abrazos como un padre feliz. Y los recibe. Y se sientan los tres en aquel bar que ya no recordamos, porque la memoria pasó a otro plano.
—Hemos venido a posarnos en tu nube, bromea Pepe.
—Acabo de despedir a unos ángeles medio borrachos, revoltosos los zánganos, y han caído, según me han informado, en la cabeza de Cadenas. Dudo que Rafael los pueda atender. Pero bueno, ustedes pueden estarse un rato posados en ella.
La carcajada de Vicente Gerbasi arropa la de los recién llegados, quienes han pedido para beber, pero Gerbasi ordena la botella que le tiene guardada el mesonero.
—La del otro día… claro, chico… esa misma.
Entonces liban hasta muy tarde.
Sobre la cabeza del hijo del inmigrante una nube relajada y graciosa amenaza con cubrirlos de nieve.
Vicente canta. Eugenio y Pepe cierran los ojos y piensan en unos gansos azules sobre el lago de Ginebra.
El silencio se adueña del lugar. El poeta de Canoabo se mira las manos y lee desde su interior estas palabras:
Si alguien me llama
digan que no estoy.
Ando por las olas del mar,
sí, ya de noche,
por ese mar de hojas de luna,
por el sonido con que
embrujé el mar,
por la lejanía
en el sonido marino de la mar.
Si alguien me llama
digan que estoy solo
con el mar.
Unas lágrimas brotan del silencio del viejo poeta. Sin embargo, sonríe.
—Ah, Consuelo, Consuelo, la tierra…, dice, para de nuevo volver los ojos a las manos.
Los vasos se alzan. El boulevard se mueve con la gente, con la poca gente que queda bajo el clima nocturno. Afuera la tierra gira con su eje oxidado.
(13)
EN SU MULLIDO SILLÓN de rey transmutado respira Alfredo Silva Estrada. De sus ojos húmedos brota un poema mudo. El nervio de una estrofa le lame la lengua. La mujer que lo acaricia por la espalda tiene las piernas de mariposa. Vuela cuando quiere, danza cuando él la mira. La atmósfera de la sala reclama una palabra, la voz de alguien, el ímpetu de un pasado que se agita en las páginas de un libro, en las nervaduras de unas hojas lejanas. Hojas de árbol alfabético.
—Si yo miro mi verdadero pensamiento —se dice el poeta— no me conformo con tener que soportar esa palabra interior sin nadie y sin origen, esas figuras efímeras, y esa infinidad de empresas interrumpidas por su propia facilidad que se transforman unas en otras sin que nada cambie con ellas. Incoherente sin parecerlo, instantáneamente espontáneo como él sólo, el pensamiento, por su naturaleza misma, carece de estilo.
Silva Estrada deja el tema. Habla desde los ojos, con los ojos. Permite la caricia de Sonia Sanoja. La deja hacer con su piel, con el desgano de su cuerpo. Ella sonríe a quien la mira desde un mueble vacío. Entonces el poeta se inclina lenta y levemente, abre la boca y dice casi sin poder, al borde de la caída:
—Un poema es una duración durante la cual yo lector respiro una ley que fue preparada; doy mi aliento y las máquinas de mi voz; o solamente su poder, que se concilia con el silencio.
Respira con dificultad. Pero su mirada es aguda, honda. Piensa en París y sonríe. Se ve joven, fuerte. Al fondo, la famosa torre. Con él, un poema, su voz imantada por la brisa de un invierno feroz:
La poesía desde el amanecer
Abrir esta ventana
Y celebrar el pan
Y nuestro amor con horizonte
Y la cosa aquí no ha aparecido
Una visión de nunca
por instantes
en el ahondado reposo del latido
captado hasta los poros
se arroja a un delirio de piedra (…)
Corta el frío el hilo de la garganta, el sonido vital de la palabra, el nervio del poema. Ahora, cierra los ojos y ve el presente, es el presente del mismo poema que ha dejado en el aire. La mujer lo acomoda en su seno. Le mesa los cabellos y lo besa.
El poeta se aleja, se aleja.
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