Read the book: «La palabra facticia»
LA PALABRA FACTICIA
LITERATURA, PERIODISMO Y COMUNICACIÓN

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Jordi Xifra (Universitat Pompeu Fabra)
LA PALABRA FACTICIA
LITERATURA, PERIODISMO Y COMUNICACIÓN
ALBERT CHILLÓN
Prólogos de JORDI LLOVET Y MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
Universitat Autònoma de Barcelona. Servei de Publicacions
Publicacions de la Universitat Jaume I
Universitat Pompeu Fabra
Publicacions de la Universitat de València
Bellaterra; Castelló de la Plana; Barcelona; València
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Edición electrónica
http://dx.doi.org/10.7203/PUV-ALG28-9460-1
Universitat Autònoma de Barcelona
Servei de Publicacions
08193 Bellaterra (Barcelona)
ISBN 978-84-490-4456-4
Publicacions de la Universitat Jaume I
Campus del Riu Sec
12071 Castelló de la Plana
ISBN 978-84-15444-17-6
Universitat Pompeu Fabra
Departament de Comunicació
Roc Boronat, 138
08018 Barcelona
Publicacions de la Universitat de València
Arts Gràfiques, 13
46010 València
ISBN: 978-84-370-9460-1
Primera edición en papel: junio 2014
Producción
Servei de Publicacions
de la Universitat Autònoma de Barcelona
ÍNDICE
ZAGUÁN
UN PERIODISMO SABIO. Prólogo de jordi llovet (2014)
ACTA DE NACIMIENTO DEL COMPARATISMO PERIODÍTICO-LITERA-RIO. Prólogo de Manuel Vázquez Montalbán (1999)
INTRODUCCIÓN
SECCIÓN PRIMERA LAS RELACIONES ENTRE LITERATURA, PERIODISMO Y COMUNICACIÓN, A LA LUZ DE LA CONSCIENCIA LINGÜÍSTICA
CAPÍTULO 1. LA PROMISCUIDAD ENTRE LITERATURA, PERIODISMO Y COMUNICACIÓN EN LA POSMODERNIDAD
CAPÍTULO 2. LA TOMA DE CONSCIENCIA LINGÜÍSTICA
Del significado al sentido. De la langue a las paroles. Naturaleza logomítica del lenguaje. Dicción, ficción y facción. Veracidad, verosimilitud, verificabilidad, verdad. Una tipología de las dicciones.
CAPÍTULO 3. INCIDENCIA DEL GIRO LINGÜÍSTICO EN LA REFLEXIÓN ACERCA DE LA LITERATURA
El cuestionamiento de la idea de tradición. La nueva oralidad mediática. El auge de la posficción. Una tentativa de definición.
CAPÍTULO 4. INCIDENCIA DEL GIRO LINGÜÍSTICO EN EL ESTUDIO DE LA COMUNICACIÓN PERIODíSTICA Y MEDIáTICA
Primer corolario: la retórica de la objetividad como ritual expresivo. Segundo corolario: condición retórica de la comunicación periodística. Tercer corolario: a favor de la Comunicación Periodística. Cuarto corolario: la hechura verbal de los hechos. Quinto corolario: la influencia de la tradición en la forja del imaginario mediático.
SECCIÓN SEGUNDA LITERATURA Y PERIODISMO, UNA TRADICIÓN DE RELACIONES PROMISCUAS
CAPÍTULO 5. NACIMIENTO SIMULTÁNEO DEL PERIODISMO Y DE LA NOVELA MODERNA
CAPÍTULO 6. LA ERA DE LA NOVELA REALISTA
Un género pluriestilístico. El advenimiento de la novela realista. La novela de folletín. La novela como forma de mimesis literaria. La nouvelle y el relato. La herencia del realismo.
CAPÍTULO 7. LAS GRANDES NARRATIVAS FACTICIAS Y SU CONTRIBUCIÓN AL PERIODISMO LITERARIO MODERNO
1. La prosa literaria testimonial. 2. La narrativa científica cualitativa.
CAPÍTULO 8. EL TRÁNSITO A LA SOCIEDAD DE COMUNICACIÓN DE MASAS
Un periodista-literato sintomático: Theodore Dreiser. Los muckrakers. La jungla capitalista según Jack London y Upton Sinclair. The Masses y John Reed. Ernest Hemingway, enviado especial. John Dos Passos, vanguardista heterodoxo. El reportero Josep Pla. Los reportajes novelados de Ilya Ehrenburg. El vagabundo George Orwell. James Agee como caso aparte.
CAPÍTULO 9. LA MAYORíA DE EDAD DEL REPORTAJE
SECCIÓN TERCERA LA ESTELA DE LOS NUEVOS PERIODISMOS
CAPÍTULO 10. EL PERIODISMO LITERARIO EN LA ERA DE LA POSFICCIÓN
La eclosión del reportaje novelado. La escuela New Yorker: John Hersey y Lillian Ross. La non-fiction novel de Truman Capote.
CAPÍTULO 11. EL NEW JOURNALISM ESTADOUNIDENSE
Contracultura, prensa underground y new journalism. Ejercicios de voluntad radical. Escuchando los latidos del tiempo. Los estilos del new journalism. Escenas y diálogos. Retratos y semblanzas. Múltiples perspectivas. El legado del new journalism. ¿In fictio veritas?
CAPÍTULO 12. LOS NUEVOS PERIODISMOS EUROPEOS
Los reportajes poéticos de Ryszard Kapuscinski. El periodismo indeseable de Günter Wallraff. El romanzo-vérité de Oriana Fallaci. El romanzo-inchiesta de Leonardo Sciascia y Alberto Cavallari. Otros autores: Wolf, Kessel, Fox, Lapierre & Collins.
CAPÍTULO 13. LOS NUEVOS PERIODISMOS LATINOAMERICANOS
El periodismo literario de Gabriel García Márquez. La novela-testimonio de Miguel Barnet. Reportaje y memoria personal en Fernando Gabeira. Tomás Eloy Martínez, coleccionista de voces.
CAPÍTULO 14. EL NUEVO PERIODISMO ESPAÑOL
El nuevo periodismo español, entre el tardofranquismo y la transición. Reportajes novelados en castellano y en catalán. Una terca voluntad de estilo. Retratos de cuerpo entero. Los nietos de Larra. Cronistas, reporteros: narradores. Una poética del desvelamiento.
SECCIÓN CUARTA LA MIRADA HUMANISTA
CAPÍTULO 15. EL PERIODISMO Y LA COMUNICACIÓN MEDIÁTICA, A LA LUZ DE LAS HUMANIDADES
El ocaso de la posmodernidad. En pos de un nuevo humanismo. El nuevo paradigma sistémico y la renovación del humanismo. Finale.
BIBLIOGRAFÍA
I. Bibliografía periodístico-literaria. II. Bibliografía histórica y teórica.
ÍNDICE DE AUTORES Y DE MATERIAS
Zaguán
Derivada del término árabe hispánico istawán —y este, a su vez, del árabe clásico us?uwān[ah]—, la hermosa palabra castellana zaguán designa el «espacio cubierto situado dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle», según la definición que de ella da la RAE. Cada vez quedan menos, pero el viajero aún puede apreciar la sugestión de los viejos zaguanes en bastantes pueblos y villas de España, esa fresca y prometedora penumbra que, más que separar, enlaza el afuera de la vida pública y el adentro de la privada, y sin duda invita al visitante a trasponer el umbral.
Sirva, entonces, este breve aunque ojalá que sugestivo zaguán para incitar al posible lector a adentrarse en La palabra facticia. Literatura, periodismo y comunicación, un libro a la vez nuevo y veterano dado que ahonda, amplía y recrea otro de 1999 —Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas— que, durante la década y media transcurrida desde entonces, ha devenido obra de referencia para los docentes, investigadores, estudiantes y periodistas interesados por los empalabramientos ficticios y facticios, sean de carácter artístico o de tenor comunicativo y persuasivo.
El volumen a que este escueto vestíbulo da paso tiene un doble foco de atención. Por un lado, es una exploración sistemática, a la vez histórica y analítica, de las múltiples relaciones entre la tradición periodística y la tradición literaria, es decir, un ejercicio de comparatismo deudor de la literatura comparada y de los estudios literarios en su conjunto. Por otro, así mismo, es una propuesta netamente teórica, encaminada a fundamentar el estudio de los vínculos entre los campos literario, periodístico y mediático, que tanto precisa sustentarse sobre pilares firmes. De ahí que haya recurrido a la filosofía del lenguaje, la narratología, la tematología y la hermenéutica, entre otras disciplinas y perspectivas, a la hora de llevar tal cimentación a cabo.
En 1999 tuve el honor de que Manuel Vázquez Montalbán, acaso el más importante periodista español del último medio siglo, accediera a prologar la versión matriz de esta obra. Y hoy lo tengo de que Jordi Llovet, uno de los más relevantes humanistas y estudiosos de la literatura de nuestro país, haya aceptado escribir el prólogo correspondiente a esta nueva versión, considerablemente ampliada respecto de la primera, muy en especial en lo que toca a su sustentación teórica. Las palabras de Llovet y de Montalbán —por orden cronológico inverso— son la más gentil bienvenida que este zaguán puede brindar.
Un periodismo sabio
Prólogo de Jordi Llovet (2014)
Allá por los años setenta del siglo pasado no existía, o apenas, ningún lugar en nuestras ciudades universitarias en el que pudiera estudiarse lo que hoy se conoce como Periodismo o, en una deriva típicamente tecnológica, Periodismo y Ciencias de la Comunicación —como si la comunicación humana hubiese sido una ciencia en algún momento de la historia—, o etiquetas parecidas. Muchos profesionales de esa profesión, por aquellos años, procedían de licenciaturas universitarias «históricas» —Filosofía y Letras, habitualmente; Derecho, a veces— en las que se impartían conocimientos generales sobre la cultura histórica, artística, literaria, religiosa, filosófica, etc. Cuando se crearon los estudios de Ciencias Políticas no fueron pocos los que, a falta de un lugar en una u otra sede parlamentaria o en el seno de un u otro partido político, después del franquismo, se convirtieron en miembros de la redacción de un periódico, una radio o una televisión, estas públicas al principio. Destaquemos, por lo que se refiere a esta cuestión, que no fueron precisamente los licenciados en Ciencias Políticas, o en Sociología (cuando se crearon esos estudios), o en Ciencias Económicas, los que integraron el grueso de los hombres y mujeres dedicados al periodismo en nuestros medios de comunicación. La mayoría de ellos, o no se encontraban en posesión de ningún título —algo que no tardará en convertirse, de nuevo, en una garantía de solvencia en el terreno del periodismo—, o procedían del ámbito de diversos estudios generales.
Una desdicha más en la remodelación de nuestros planes de estudio universitarios hizo que el amplio panorama de estudios que se impartían en esas facultades —filosofía, historia, lenguas clásicas y modernas, y literatura— se diversificara y que, en consecuencia, se disolviera la antigua y sabia idea según la cual no cabe estudiar historia sin el conocimiento de la literatura; ni esta sin aquella; ni es imaginable —es incluso insano, desde el punto de vista intelectual— desvincular la filosofía de las ramas del saber propias —si es que alguna vez fueron epistemológicamente independientes— de la historia y la filología. A consecuencia de esta situación, en palabras de Albert Chillón en el presente libro, «la desatinada escisión inicial ha sido el embrión a partir del que ha nacido y medrado el actual desconcierto académico. Concebidos comoun conjunto de saberes aplicados —eso es, de vocación normativa, práctica e instrumental—, los estudios periodísticos han ido siendo absorbidos por la llamada “redacción periodística”, una disciplina pseudocientífica […] que ha ido jibarizando el campo diverso y complejo del periodismo realmente existente hasta dejarlo reducido a mero repertorio acrítico de habilidades empíricas encaminadas a la producción seriada de textos periodísticos».
Pero así fueron las cosas, sin duda a causa de la progresiva «tecnologización» de la universidad, que viene primando, desde que las políticas neoliberales configuraron el marco general en el que se mueve nuestra civilización —incluida, claro está, la economía—, la tendencia a la especialización. Mezquinas razones gremiales, una aspiración funcionarial a ascender en el escalafón universitario —algo hoy del todo utópico, pues no hay futuro digno, por el momento, para nuestros maltratados profesores asociados— determinó que se crearan un sinfín de facultades del todo inútiles, muchas de ellas nacidas al calor de un supuesto mercado laboral selectivo. Hecho, también este, que ya ha sido puesto en entredicho en mercados laborales mucho más dinámicos que el nuestro, como el de los Estados Unidos, en los que se requiere, para cualquier empleo, más el saber que un título otorgado por la jefatura del Estado o por el ministro correspondiente.
Esta disgregación de los estudios generales de Filosofía y Letras —de los que, como se ha dicho, procedía la mayor parte de los periodistas en los años sesenta, setenta e incluso ochenta del siglo pasado— acarreó consecuencias nefastas en todos los ámbitos de la enseñanza y la cultura, a todos sus niveles: la práctica del periodismo no fue, en este sentido, ninguna excepción. Pues, antes de esta malograda especialización, los mejores periodistas eran simplemente quienes poseían un bagaje cultural más que suficiente (en muy diversas esferas del saber), una competencia lingüística solvente y una capacidad de narrar acorde con los parámetros de la tradición narrativa de nuestra cultura literaria. Estos componentes bastaban para labrarse una brillante carrera en el campo del periodismo, ya fuera en sus facetas política, social o cultural —aunque no en la económica, que, como es lógico, poseía sus imprescindibles especialistas. Incluso las necrológicas —para cuya redacción los periódicos de calidad en países como Inglaterra disponen, hoy todavía, de un redactor a tiempo completo— todavía son redactadas por periodistas competentes en tal asunto: seres conocedores del género biográfico, escritores capaces de resumir en un par de columnas el mundo complejo y vago de una vida acabada.
Esto no significa que la fundación de las escuelas de periodismo estuviera inevitablemente destinada al fracaso. De hecho, la llamada Escuela de Periodismo de la Iglesia, de Barcelona, en la que profesaron grandes periodistas sin título específico, como Llorenç Gomis, Luis Izquierdo o Manuel Vázquez Montalbán, todos ellos humanistas en el sentido más intenso y extenso de la palabra, son recordados por sus alumnos como extraordinarios maestros del periodismo: desconocían parte del saber hacer que hoy parece inexcusable en la formación de todo periodista, pero poseían cultura, el único ámbito de conocimiento del que puede emanar una cantidad ingente de saberes.
En esto estriba la gran diferencia entre la formación de los periodistas de aquellos decenios —para ser exactos, desde que los escritores entraron en el género de la prensa periódica, más adelante en la radio y la televisión, desde el siglo xvii en adelante— y los que vienen formándose, y desfigurándose, en las escuelas de periodismo, en los últimos años y en el mundo entero, por causas que este libro de Albert Chillón analiza con precisión y competencia.
Cuando uno acude —por fuerza en una hemeroteca— a las publicaciones periódicas de los siglos xvii, xviii y todavía el xix, no deja de sorprenderse ante la enorme calidad estilística de los textos impresos, el enorme bagaje cultural de los articulistas —que podían citar un mito clásico para ilustrar un acontecimiento político de rigurosa actualidad— y la precisa articulación de los párrafos y del conjunto de un artículo. Este fenómeno se explica por el mero hecho de que el periodismo nació como una derivación de la narración —no del drama, y menos todavía de la lírica, géneros que algunos periódicos, aun hoy, presentan como complemento «sabio» al conjunto de informaciones propiamente periodísticas que llenan sus páginas. La entrada de la lírica en el periodismo, y con ella del sentimentalismo, ha resultado un hallazgo muy productivo para algunos escritores, pero ellos mismos han pagado lo intempestivo de su hazaña al abrazar una de las categorías más excelsas de lo sentimental: la cursilería. Véase la obra periodística de Antonio Gala.
Pues explicar un acontecimiento consiste, ante todo, en la narración ordenada del mismo, presuponiendo que la objetividad no es algo dado de por sí, y que el lenguaje no explica fácilmente el mundo tal como este se presenta ante los ojos. La gramática, la retórica y la elocuencia, saberes que se cursaban en las aulas de secundaria de todas las instituciones pedagógicas de Europa hasta hace unos cincuenta años, ofrecían la base y la garantía de que todo lo que se escribía en un periódico o se narraba en medios como la radio o la televisión estuviera concebido, ante todo, como un artefacto verbal perfectamente pensado, sospechado, construido y difundido con arte. Pero la palabra «arte», que tanto en su equivalente en lengua griega como en la latina equivale a un «saber hacer algo con arreglo a una serie de leyes», es decir, a un método y a una técnica, se desvirtuó cuando las antiguas técnicas artesanales —y la escritura era considerada tal cosa, desde Platón hasta los grandes autores del siglo del realismo— se deslizaron, casi sin darse cuenta, hacia el campo de la tecnología, de tal modo que se pervirtió el carácter artesanal que siempre evocará, por poca etimología que se sepa, la palabra «técnica».
Si se repasan, como se ha sugerido, los grandes artículos periodísticos de autores ingleses como Joseph Addison o Richard Steele, redactores del extraordinario Spectator fundado en 1711, o cuando se procede de igual modo con los grandes narradores del siglo xix y parte del xx que entraron en el terreno del periodismo, como Dickens, Thackeray, Baudelaire, Zola o Chesterton, se da uno cuenta de hasta qué punto el oficio de escritor fue la garantía de una redacción periodística de enorme valor. Al fin y al cabo, no hay que olvidar que muchas novelas escritas desde el siglo xvii hasta el siglo xx, por no decir hasta nuestros días, parten de un fait divers, es decir, fueron antes noticia que novela. Así, Gustave Flaubert escribió su Madame Bovary gracias al conocimiento suficiente de una historia de adulterio protagonizado por un matrimonio amigo de su padre, cirujano en Ruán, algo que pudo haber sido solo una noticia en un periódico de curiosidades o en la Gazette des Tribunaux. En este sentido, podemos remitirnos a una narración tan antigua como la que contiene la Ilíada homérica: se trata de una epopeya, un género literario propiamente dicho y perfectamente configurado, sin duda, pero que hunde sus raíces en el conjunto de leyendas (mitos) transmitidos como «noticia», y en buena medida como «verdad», por muchas generaciones de habitantes de la Hélade.
Como muy bien analiza Albert Chillón en este libro, el cambio de paradigma por lo que respecta a este asunto se produjo cuando la técnica de escribir se sometió al imperio de la tecnología, fenómeno que corre parejo con la constitución de la sociedad de masas. El autor aborda el problema desde múltiples puntos de vista, haciendo gala del método hermenéutico que obliga a considerar cualquier aspecto de la cultura humana a partir de sus supuestos históricos y desde el cruce de paradigmas a que obliga toda consideración del material histórico, incluyendo en él el material narrativo. La distinción que establece en las páginas que siguen entre la naturaleza lógica y la naturaleza mítica del lenguaje vale también para el horizonte ante el que se encuentra todo revelador de noticias: el entramado verbal de cualquier enunciación es, por sí mismo, un objeto múltiple y proteico, y su estatuto de verdad siempre será un desideratum. Por lo que respecta a la historia, de la que emana toda «noticia» y todo mito, su material está hecho de tantas superposiciones, elementos entreverados y acumulación ingenua o irresponsable de interpretaciones, que nada permite a ningún portavoz de lo que llamamos «noticias» —y aun «saber»— obviar los recorridos más intrincados alrededor de lo que, en principio, se presenta como mero dato. De este modo, una «noticia» se convierte en un referente elemental, apriorístico, del que resulta imprescindible eliminar cualquier rasgo, precisamente, de aprioridad: en realidad, muy poco está dado a partir de lo que consideramos dado como ob-jectum más allá de nosotros. Todo lo contrario: quizá no el narrador —que se mueve en el campo de la verosimilitud—, mas sí el periodista, que debería moverse en el campo de una siempre deseada veracidad, está obligado a circundar los enunciados de lo dado —lo que ofrecen las agencias de noticias— con todas las capas de suspicacia, sospecha, análisis y dialéctica que quepa imaginar.
Esta operación no significó ningún problema grave mientras el periodismo poseyó un anclaje en las artes de la narración propiamente dichas; es decir, mientras poseyó como referente previo a toda elocución un entramado simbólico, legendario, mítico o simplemente verbal: es el caso, como hemos dicho, del periodismo «antiguo», entendiendo por ello toda narración de acontecimientos previamente inmersos en el magma verbal-literario, oral en tiempos no tan pretéritos, de una sociedad. Por el contrario, la narración periodística en los tiempos dominados por esos dos factores ya aludidos, sociedad de masas y tecnología, choca siempre también con dos elementos que entorpecen hasta lo inimaginable el desvelamiento y la transmisión de la verdad, o cuanto menos, su camino hacia ella: un camino que debe ser practicable para quien escribe, pero que también debería serlo —cuestión mucho más vidriosa, a poco que sepamos algo de la sociología del conocimiento en nuestros días— para quien lee.
En efecto: la llamada «opinión común», un conjunto de asertos sólidamente establecidos en el lenguaje ordinario y en las conversaciones cotidianas de todos los miembros de una sociedad masiva, se alza poderosamente, desde que existe algo así, frente a la labor de información veraz que, se supone, es tarea obligada de todo periodista. Sería asunto muy largo entrar ahora a discutir la forja de la «opinión común» a lo largo de la historia, pues los propios mitos y leyendas de la antigüedad constituyen un campo en el que se acota la libertad para toda veleidad interpretativa: Edipo debe cegarse, Sísifo debe acarrear su carga eternamente, las alas de Ícaro deben fundirse a causa del calor.
Si a ello añadimos ahora los efectos de la tecnología, y muy en especial de las nuevas tecnologías, resultará evidente que, por su propio carácter inmediato, estas han atacado frontalmente el carácter pausado y reflexivo a que obliga toda narración, tanto de una noticia como de una aventura imaginada. Por esta razón asistimos, como Chillón comenta en su libro muy agudamente, a una hibridación de géneros tanto en periodismo como en narrativa: el new journalism se acerca retóricamente a la novela para resultar más atractivo a unos lectores ya muy perezosos, y la novela se acerca a la simple enumeración de noticias, en detrimento del complejo andamiaje lingüístico y argumental que tradicionalmente había poseído, también para mayor comodidad de los analfabetos.
Si, de acuerdo con lo que el autor estudia en este libro con el apoyo de ingeniosos neologismos, la «facticidad» se encuentra cada vez más separada tanto de la «ficticidad» narrativa como del lenguaje periodístico en virtud de la incapacidad de escritores y lectores —lo sean de novelas o de periódicos— de recorrer con garantías la distancia que media entre los hechos y las palabras, entonces no le cabe otra solución —u otra táctica— al periodismo y a la producción literaria que situarse precisamente en esa distancia entre los hechos y sus versiones verbales para trasladarla al texto escrito con la estrategia más honrosa y honrada posible: he aquí una cuestión que ya no es solamente estética —que es lo que solía discutir la retórica y la elocuencia en que se basó el arte de escribir— sino, además, ética. No hay otro procedimiento, en este camino del desvelar —la aletheia que menciona Chillón en su obra—, que el que transcurre entre todas las mediaciones que puedan suponerse. Esto significa por lo menos dos cosas: un conocimiento de todos los artificios lingüísticos imaginables y un conocimiento de la cultura, en el sentido más general y universal del término, es decir, todo lo que el hombre ha arado, toda su labor en el tiempo y en el espacio, incluyendo en este el espacio verbal. En cierto modo, es como si la cultura mediática en la que ya vivimos debiera des-construirse en aras del restablecimiento de una cultura que hoy, más que nunca, permanece escondida.
Pues, como el autor subraya en más de una ocasión citando a Nietzsche, «no hay hechos, solo interpretaciones», y todo lo que asumimos como un Da-sein, un estar-ahí (la noticia está ahí, y debe estar ahí, por desgracia, inmediatamente), no es más que una apariencia, una escasa parte de la verdad y del hecho mismo. Recorrer la distancia entre los hechos, su prolija interpretación y la escritura —en especial en los géneros de la historia y el periodismo—, en esto consiste precisamente la interpretación y, por ello, la asunción de los hechos —siempre con cierto margen de error a medida que los discursos secundarios se complican. Pero Chillón no cree que deba cogerse un atajo en semejante tarea; más bien opina que, tras arduo trabajo, la labor del periodista, en la medida en que lo es en una sociedad confundida por una opinión común de abrumadora eficacia y por unos medios de comunicación altamente tecnificados, consiste, en lo estético y en lo ético, en acumular cultura sobre el propio desciframiento de la cultura, en desvelar lo que siempre se esconde tras las apariencias y en escribir, en fin, con la cabeza. Así lo dice Albert Chillón en muy pocas pero substantivas palabras: «El comunicador, el periodista son —deberían ser, cuando menos— profesionales intelectuales que ejercen su cualificada tarea en la industria de la cultura». Yo solo matizaría que esos intelectuales, como todos los demás, deben esforzarse por arrancar todos sus textos de las garras, siempre desaprensivas, de la civilización industrial y tecnológica.
Acta de nacimiento del comparatismo periodístico-literario
Prólogo de Manuel Vázquez Montalbán (1999)
He leído Literatura y periodismo de Albert Chillón con la ansiedad con que se leen los textos necesarios y largamente esperados. Especialmente sensible a sus planteamientos después de haber yo mismo puesto al día y publicado mi ensayo La literatura en la construcción de la ciudad democrática, intento de acercamiento a la comprensión de la literatura en su tercera fase, coincidente, aunque discrepante en las conclusiones, con la tesis de la postficción de Steiner. Discrepante con la nostalgia steineriana de una literatura capaz de establecer cánones inmutables, frente a estos tiempos de masificación y devaluación en los que ya nadie puede escribir Hamlet o Ulises. En el transcurso de la puesta al día de trabajos que inicié hace treinta años, la incorporación de la perspectiva postmoderna crítica de Frederic Jameson me sirvió de mucho para expresar mi conciliación con la literariedad realmente existente, tanto como me hubiera servido leer este estudio de Chillón.
El autor comienza su discurso con valentía y solidez estratégica. Frente a la división interesada entre comunicación periodística y comunicación literaria, sitúa toda propuesta comunicacional en su substancialidad lingüística, rechazando jerarquizaciones. El código lingüístico de lo periodístico implica una poética desveladora cuya bondad o maldad depende de lo innovador de la mirada y del lenguaje convocado, como ocurre en cualquier propuesta literaria. El pensamiento está en el lenguaje, sentenció José María Valverde, profesor —muy citado por Chillón— que se anticipó al postcriticismo más actual. Ya a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, sostenía en su seminario de Estética, al que yo asistía como oyente, que el periodismo era la propuesta literaria más propia de nuestro tiempo, y en sus últimos años sostuvo que la literatura española contemporánea había que buscarla entre los columnistas de los diarios más solventes.
Chillón se atreve a proponer una definición de literatura: es un modo de conocimiento de naturaleza estética que busca aprehender y expresar lingüísticamente la calidad de la experiencia, definición muy condicionada por la necesidad de coidentificar conocimiento y lenguaje. En su escalada de atrevimientos, el autor llega a esbozar una noción de literatura mediante el inventario de lo que no debería ser: no debe limitarse a las obras escritas e impresas; no debe ser restringida a las obras de ficción presuntamente alejadas de toda referencialidad; no debe ser confinada a un selecto parnaso de obras canónicas; no puede descansar en la oposición entre lengua literaria y lengua estándar; no puede ser definida por el uso casi exclusivo de la función poética; no posee el monopolio de la connotación; no es nada dado, determinado de antemano, sino a la vez una actividad y una noción socialmente configurada.
Comprueba Chillón lo coetáneo del nacimiento del periodismo y la novela moderna con una gran elocuencia expositiva y despliegue erudito, y lo hace demostrando la adecuación de la evolución de lo literario a lo social, no desde una voluntad de supeditación sociologista, sino desde la constatación de la evolución de la propuesta lingüística compartida por el emisor y el receptor, es decir, el lector, cada vez más determinante y cualificado. En el tránsito a la sociedad de comunicación de masas, plenamente instalada con posterioridad a la segunda guerra mundial, un periodismo literario va fraguando como propuesta de poética, desde Dreiser a la novela de indagación de Sciascia, pasando por la postficción de Hemingway o la no ficción de Truman Capote.
Presenciaremos párrafos apasionados y aventurados, en los que Chillón se demuestra extenso y buen lector, capaz de conseguir la prueba del nueve de sus tesis en los escritores menos previstos. El autor habla con conocimiento de causa porque es lector de todas las literaturas, armado con el instrumental de la teoría literaria que ha ido sublimando la propia evolución de lo literario. Quedan cuestiones abiertas por el propio Chillón que merecerían la insistencia, por ejemplo la evolución del sentido de comunicar literariamente, marcada por el sentido de comunicar periodísticamente, lo que plantea el problema de la elección del lenguaje y el subrayado de su voluntad de reclamo.
Prepara así al lector para abordar Los nuevos periodismos y la disyuntiva entre ficción y no ficción que solo se aclarará definitivamente cuando tengamos en cuenta lo suficiente la contribución del receptor a ficcionar lo menos ficcionado. Superados Proust y Joyce, el lector del último cuarto del siglo xx no necesita la obviedad ficcionadora de Flaubert o Dostoyevski y puede aportarla por su cuenta a partir de la propuesta de A sangre fría de Capote, por poner el ejemplo más delimitado. Hay que decir que los estudios parciales de los escritores ejemplares, se llamen Dreiser, Wolfe o Capote, son excelentes. Y quisiera quedara claro que las coincidencias entre el Nuevo Periodismo patentado por la cultura norteamericana y los otros nuevos periodismos no se explica como un fenómeno de colonización, sino de coincidencia en la evolución de la interrelación universal entre el escritor (emisor) y el lector (receptor). Chillón se atreve incluso a adentrarse en el nuevo periodismo español, cuajado en torno al periodo de tránsito de finales del franquismo a la llegada de la democracia, a caballo de publicaciones emblemáticas como Triunfo, Por Favor o el diario El País.
Interesante el sistema de intercomunicación que Chillón utiliza, no ya para demostrar la existencia de conexiones entre géneros y códigos literarios, sino entre códigos lingüísticos diferenciados, por ejemplo el cine y la literatura, no en balde el cine y la cultura audiovisual en general han modificado la capacidad receptora del lector o espectador, suministrándole almacenes de imágenes y ritmos descodificadores que forzosamente han de modificar su disposición imaginativa y descodificadora ante lo literario.
En el último capítulo de su trabajo, titulado Un apéndice metodológico: el estudio de las relaciones entre periodismo y literatura por medio del comparatismo periodístico-literario, el autor parte de la pauta metodológica de la literatura comparada para proponer el CPL (comparatismo periodístico-literario), basado en el estudio histórico, de temas y motivos, de formas de estilo y composición y de los géneros, método que contribuirá a una nueva eva luación de lo periodístico a partir de su cualidad de propuesta de ficción. No hay contradicción entre la pulsión de testimonio y verdad del periodismo y la substancialidad de ser ficción, en el sentido que daba Steiner, recogido por Chillón, a la mismidad del lenguaje: el lenguaje mismo posee y es poseído por la dinámica de la ficción.
Libro rompedor, honestamente ambicioso, cuya lectura me lleva a la conclusión de que Chillón no ha hecho otra cosa, nada más y nada menos, que abrir el apetito para una historia de la literariedad postcanónica. El inventario de autores y obras que respaldan sus planteamientos tiende a provocar la sensación de estar bien acompañado y pertrechado, pero merece nuevos trabajos de profundización. Por ejemplo, la postficción en España, Latinoamérica (ya hay excelentes aproximaciones en la obra) y Cataluña tiene en José María Valverde su apasionado profeta y en Albert Chillón su obligado investigador hacia el futuro.
Introducción
«Lo específicamente pedantesco es negar las cosas cuando no son como nosotros las pensamos. Pero las cosas no son nunca como nosotros las pensamos, son mucho más serias y complejas.»
ANTONIO MACHADO, Juan de Mairena
Aunque no lo parezca a primera vista, todos los libros de carácter teórico —sean ensayos, tratados o monografías— están escritos sobre un a menudo invisible cañamazo autobiográfico, alimentados por un haz de inquietudes académicas, profesionales y ante todo personales que su autor procura elucidar por medio del raciocinio que la vida inspira, generado por las cambiantes circunstancias que la van tramando. De ahí que esta obra no pretenda ser una excepción, y sí fruto de una triple pesquisa.
En el plano más explícito, este es un estudio que se quiere sistemático sobre las promiscuas relaciones entre la literatura, periodismo y comunicación, que es también a la vez —inevitablemente para quien escribe— una investigación de tenor especulativo sobre un abanico de cuestiones esenciales, atinentes a la representación o mimesis, por medio de la palabra, de la llamada «realidad». De ahí que, junto a la exploración del asunto propuesto y de sus exponentes más significativos, este libro trate otros que solo una inquisición compleja, de acento ante todo lingüístico y filosófico, es capaz de alumbrar. En cuanto versa acerca de esos vínculos entre el campo literario, por un lado, y los campos periodístico y comunicativo, por otro, la exploración que aquí empieza sigue varias direcciones principales.
i. La primera dirección persigue desentrañar la historia y la complexión formal de las diversas modalidades de escritura periodístico-literarias, y es en esencia deudora de la primera versión de esta obra, Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas, dedicada en exclusiva al estudio de ese territorio del comparatismo. Como hice en aquel libro de 1999, en este procuraré suscitar preguntas y resolver malentendidos de notable envergadura, dentro del generoso marco que la literatura comparada y los estudios literarios proporcionan.
ii. La segunda dirección distingue esta obra de su predecesora, ya que abre el diafragma para ir más allá del campo periodístico y enfocar, así mismo, el de la comunicación mediática en su conjunto, incluidas las pujantes tendencias «transmedia». Aunque el lector percibirá que no trato este con un detalle comparable al que aplico a aquel, notará también que he intentado poner las bases teóricas para abordarlo, convencido de que las mutaciones que desde 1999 ha sufrido la comunicación social son decisivas, y han consolidado el despliegue de una «cultura mediática» (CM) de amplio y plural espectro que rebasa, con creces, los confines de la vituperada «cultura de masas» clásica. De unos años a esta parte, además, se observa el auge de una «narrativa transmediática» que, cultivada en los distintos cauces y soportes que componen la CM, tiende a conjugar —de un modo históricamente inédito— oralidad, escritura, música e imagen icónica, tanto móvil como fija.
Si en 1999 todavía bastaba con estudiar las promiscuas relaciones en-tre el campo literario y el periodístico, hoy resulta indispensable partir de la premisa de que las más relevantes formas de oralidad y escritura distinguidas por su aspiración y mérito artístico tienden a producirse no ya solo en y entre dos países plurales —el literario y el periodístico— acostumbrados a entablar densos vínculos, sino en un vasto «continente transmediático» que mezcla los canales y soportes tradicionales con los que el ciberentorno digital propicia, pantallas y dispositivos mediante: el libro clásico y las redes sociales, la radio y las bitácoras, el cine y los videojuegos, la televisión y la narrativa audiovisual instantánea, el periodismo impreso y el autoperiodismo en internet. Soy consciente de que, a pesar de su presente y ostensible auge, este es un fenómeno que habrá que estudiar a fondo en los próximos años, y de que en este libro me he limitado a roturar el terreno y prepararlo para futuras siembras.
iii. La tercera dirección de La palabra facticia. Literatura, periodismo y comunicación sigue las huellas de Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas, aunque amplía y ahonda ostensiblemente las propuestas teóricas que en ella expuse. En efecto, tanto la observación poco menos que exhaustiva de las relaciones entre el campo literario y el campo periodístico, como el más modesto pero imprescindible planteamiento de los crecientes nexos entre el campo literario y la cultura mediática, constituyen un territorio idóneo para desarrollar una indagación de carácter epistemológico y ontológico acerca de diversas cuestiones cardinales que, ello no obstante, suelen ser ignoradas por parte de la comunicología ortodoxa, o bien tratadas de modo pobre y sesgado por parte de las ciencias sociales y humanas. Aludo, por ejemplo, a los límites y posibilidades de los distintos modos de mimesis, sean inventivos o testimoniales, fabuladores o documentales, ficticios o facticios; pero también a una «deconstrucción de la facticidad» que, apoyada en la filosofía del lenguaje y en la hermenéutica, parte de la premisa de que los hechos sociales no son entidades dadas a priori y ajenas al discurso, como suele creerse, sino tramas de dicción y acción que el discurso hace posibles. Son solo dos asuntos entre los varios de cariz teórico que esta obra tratará, aunque sirven para ilustrar el tenor de mi propuesta.
Por otra parte, algunos posibles lectores reconocerán, al avanzar en su lectura, que La palabra facticia está basado en otro libro, antes mencionado, que vio la luz hace ya quince años. Entre las varias monografías y ensayos que he escrito a lo largo de mi deambular universitario, todas ellas modestas en términos de ventas y audiencia, esa es la que ha cosechado un predicamento mayor, convertida a lo largo de esta década bastante larga en una referencia para cuantos, en Latinoamérica y en España, investigan acerca de las relaciones entre literatura y periodismo, o hallan en ella interés o atractivo. Agotada hace un par de años, Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas significó un importante jalón en mi vida académica, y en mi vida a secas. Y durante los bastantes meses que he dedicado a ampliarla y ahondarla me he tropezado no solo con las palabras y las ideas que por entonces hilvané, sino también con un memento tácito de mi propia historia: con la que entonces era y ya no es, pero también con el futuro que a la sazón intentaba aventurar, por fuerza distinto del presente en que ahora lo evoco.
La relectura de aquellas páginas me permite percibir, así mismo, cuánto han cambiado las circunstancias desde entonces hasta hoy, tanto las que afectaban al campo periodístico y literario en concreto como a la sociedad en general. Hace solamente quince años era posible, en efecto, llevar a cabo un estudio sobre las relaciones entre periodismo y literatura al que todavía no le resultaba indispensable tomar en consideración ni las decisivas mutaciones desencadenadas desde entonces por la digitalización, ni la a la sazón inesperable quiebra que está sufriendo la industria periodística heredada del siglo xx. Ya he dicho que La palabra facticia no puede abordar esas mutaciones con metódica exhaustividad, aunque tampoco dejar de tenerlas en cuenta.
Como a estas alturas habrá notado el lector, no tiene entre manos una reimpresión, ni siquiera una simple segunda edición más o menos revisada y puesta al día. A semejanza de un árbol que al crecer rebasa el diámetro que un día tuvo, añadiendo sucesivos anillos concéntricos a los iniciales, La palabra facticia ha crecido respecto de Literatura y periodismo. Si bien el núcleo de ese libro antecesor se mantiene cuasi intacto en el interior del que ahora presento —sobre todo en lo que atañe a la explicación de los nexos entre literatura y periodismo—, este añade los nuevos e imprescindibles anillos a los aludía.
De ahí, por consiguiente, que la presente introducción siga las huellas —a veces literales, como a continuación se verá— de la que para aquella ocasión escribí, aunque al mismo tiempo describa pasos distintos y propios, a semejanza de un palimpsesto cuya sobreposición de escrituras permite advertir el rastro de las precedentes. Y de ahí también que justo aquí, para empezar, me decida por transcribir punto por punto parte de aquel prefacio de 1999 (Decía ayer), y que acto seguido agregue algunas ideas relativas a lo que ha sucedido después, y me propongo incorporar a estas páginas (Y agrego ahora).
Decía ayer
«El libro que el lector tiene entre manos es fruto de bastantes años de tribulaciones y ahíncos, casi siempre galvanizados por un vehemente deseo de aprender. Así era en mis ya algo lejanos años de estudiante universitario de Ciencias de la Información, cuando el binomio periodismo y literatura, literatura y periodismo —tanto monta— suscitaba en mí una efervescencia del interés y el deseo, un hechizo de la atención que apenas acertaba a colmar ninguna de las bastantes asignaturas provechosas que en la época integraban el plan de estudios de la carrera. Tampoco lo hacían los libros y opúsculos que en nuestro país tocaban el asunto, pocos y —¡ay!— poco satisfactorios. Ni las explicaciones y respuestas de los profesores de periodismo de la época, carentes ellos mismos de conocimientos sobre el tema, tal era la penuria bibliográfica y el cuasi olvido al que había sido relegado por los cultores de la disciplina académica llamada redacción periodística. Muchas veces se ha dicho que uno acaba escribiendo los libros que habría querido leer, y esto es precisamente lo que he intentado hacer aquí, no sé si con acierto.
»Me propuse explorar el ámbito ancho e intrincado conformado por las relaciones entre periodismo y literatura movido, además, por urgencias de índole más inmediata. Fuese como colaborador, corresponsal, reportero o redactor de mesa, el periodismo que me era dado practicar por aquellos años me ponía de continuo ante acontecimientos, situaciones y personajes —ante realidades en transcurso— muy diversas y complejas, imposibles de comprender con el mero auxilio de los lugares comunes entrañados en el sentido común y en las rutinas periodísticas profesionales, y desde luego imposibles de relatar de modo fehaciente mediante el recurso trillado a las envaradas, pro-filácticas pautas de escritura prescritas por la redacción periodística ortodoxa.
»Aunque los jefes de sección y los manuales de redacción periodística —a los que por entonces intentaba atenerme con más pena que provecho— se empeñaban en consagrar el uso de un supuesto estilo periodístico único, unísono y unívoco, supuestamente capaz de dar cuenta con objetividad de «los hechos» que suceden en «la realidad», el trabajo diario como reportero, cronista o redactor ponía esa extendida creencia en severo entredicho. En vez de ser instrumento y garantía de objetividad, la redacción periodística ortodoxa me iba mostrando su auténtico rostro: el de un dispositivo retórico altamente funcional capaz de facilitar —en el mejor de los casos— la productividad del azacanado trabajo periodístico diario, aunque irremediablemente incapaz de dar cuenta y razón de los acontecimientos sociales considerados en su imprescindible integridad. Para contar de modo fehaciente las cosas que pasan, intuía yo por entonces, es necesario un diligente esfuerzo de reflexión, indagación y contextualización, amén del propósito indeclinable de usar las palabras con consciencia y voluntad de estilo, a fin de aprehender y expresar del modo más preciso, responsable y elocuente posible la siempre brumosa, esquiva «realidad». Es necesario, pues —como diría la retórica clásica—, un ars bene discendi, y no un mero ars recte discendi.
»Por fortuna, aunque tal arte del bien y buen decir no era ni es práctica generalizada, un sector minoritario pero refulgente de la profesión periodística señalaba la senda a seguir. Pienso en el espléndido periodismo literario que Eduardo Haro Tecglen, Manuel Vázquez Montalbán, Manuel Vicent, Montserrat Roig, Eliseo Bayo, Maruja Torres o Rosa Montero iban publicando en Destino, Triunfo, Por Favor, La Calle o El País; en el magnífico elenco de reporteros reunidos por Tom Wolfe en su libro antológico El nuevo periodismo, cuya publicación en 1976 causó auténtico furor en las aulas; en las entrevistas y reportajes de Oriana Fallaci, Ryszard Kapuscinski o Gabriel García Márquez; en la límpida prosa periodística de Gaziel, Joan Fuster o Josep Pla; en el periodismo de investigación de Günter Wallraff y Leonardo Sciascia; en las dolientes crónicas sobre Vietnam de Michael Herr; en las hoy ya clásicas non-fiction novels de Truman Capote, Norman Mailer o Gay Talese… Gracias a todas esas voces distintas y a menudo distantes fui cayendo en la cuenta de que el periodista es, ante todo, sujeto empalabrador de una «realidad» no única y unívoca sino polifacética y plurívoca, previamente empalabrada por otros: tales son su responsabilidad, su gozo, su vértigo y su misión.
»En esas estaba todavía cuando algunos años después empecé a hacer mis primeras armas como docente universitario de periodismo, dedicación muy grata que me exigió revisar y estudiar a fondo la regular bibliografía sobre redacción periodística que a la sazón circulaba por estos pagos. Las preguntas sin respuesta que me habían inquietado en los años de carrera y primeros pinitos profesionales se tornaron interrogantes acuciantes: debía explicar al respetable discente reunido en el aula los arcanos de «la profesión», y además —nada menos— enseñarle a escribir, si es que tal cosa es posible. Pero los únicos pertrechos de que disponía para tan necesaria tarea eran los mismos y muy escasos que habían acompañado a mis profesores de antaño: sentido común profesional a espuertas, una bibliografía específica más bien rala y desmedrada y, en último pero no menos importante lugar, unas cuantas decenas de estudiantes aproximadamente tan perplejos y desorientados como lo había estado yo durante mis años de carrera.
»Así las cosas, empecé a orientar mis primeros pasos como investigador universitario estudiando las muy diversas y muy promiscuas relaciones entre periodismo y literatura, ámbito que me seducía por tres razones esenciales: en primer lugar, por su gran interés intrínseco; después, porque el estudio comparado de las relaciones entre periodismo y literatura permitía plantear cuestiones de gran calado sobre la naturaleza gnoseológica y estética de ambas actividades; y por fin, porque el abordaje de este territorio a la vez proceloso y prometedor exigía volver la mirada a disciplinas científicas y humanísticas —lingüística, retórica, filosofía del lenguaje, semiología, literatura comparada— capaces de cimentar sobre bases firmes los todavía adolescentes, balbucientes estudios sobre comunicación periodística.
»LITERATURA Y PERIODISMO. UNA TRADICIóN DE RELACIONES PROMISCUAS es fruto y epítome de todas las cosas que acabo de contar, y desde luego de muchas otras cuya mera relación sumiría en el tedio al lector mejor dispuesto. […] El libro intenta fundamentar el estudio de la extensa e intrincada temática abordada apoyándose en tres pilares principales, a mi entender imprescindibles para poner en pie este pequeño edificio de palabras. Así, he buscado cimentarlo sobre bases teóricas y metodológicas firmes, ahuyentando en lo posible el acomodaticio e insidioso sentido común. He intentado narrar su historia, tan plural e innumerable que apenas me ha sido posible trazar un borrador incompleto e impresionista. Y he procurado, en fin, analizar, describir y explicar la anatomía y fisiología de una parte significativa de los textos traídos a colación, usando para ello algunos preciosos instrumentos prestados por los estudios lingüísticos, retóricos y literarios. Deseo aclarar, en cualquier caso, que no me ha movido el vano empeño de decirlo todo sobre una temática a todas luces inabarcable, sino simplemente el propósito de destilar un conocimiento esencial acerca de ella, susceptible de ser completado y mejorado por ulteriores investigaciones propias o ajenas.»
Y agrego ahora
La estructura expositiva de este nuevo libro, La palabra facticia, se propone transitar esas tres mismas vertientes y articularlas de manera inteligible, como hacía en 1999. Y sin embargo, además, he decidido introducir algunos cambios relevantes, congruentes con mis presentes inquietudes y con las mutaciones que han experimentado tanto el campo periodístico-literario como el campo comunicativo entero. El siguiente es, grosso modo, el mapa de cuestiones que la presente obra explora, en el marco de sus distintas secciones.
I. Sección primera. Las relaciones entre literatura, periodismo y comunicación, a la luz de la consciencia lingüística. Hoy, como en 1999, la obra arranca con una tentativa de cimentación teórica y metodológica que, como reza el epígrafe de la sección, rebasa con creces el campo periodístico-literario que entonces roturé, en pos de una exploración más amplia y honda. A la explicación de los decisivos avances que la moderna «conciencia de las palabras» ha experimentado a lomos de la hermenéutica y de la filosofía del lenguaje, ya presente en el libro anterior, he añadido una extensa disquisición de nuevo cuño acerca de la incidencia de ese «giro lingüístico» sobre el estudio de la literatura, del periodismo y, por supuesto, de la comunicación mediática en su conjunto. El lector que conozca la primera versión de esta obra constatará que esas incorporaciones son de notable entidad, y sobre todo que esta segunda versión incluye tres relevantes capítulos y subcapítulos por completo inéditos.
En la primera de esas incorporaciones, capítulo escrito a guisa de pórtico, ensayo una reflexión general sobre La promiscuidad entre literatura, periodismo y comunicación en la posmodernidad, que sitúa la tendencia a la hibridación observable entre esos tres ámbitos en el contexto de una «cultura mediática» distinguida no solo por la mezcla de géneros, estéticas y estilos, sino también por la difuminación de las fronteras entre la ficción y la mal llamada «no ficción», antaño diz que nítidas aunque crecientemente puestas en entredicho en las últimas décadas.
En la segunda, el subcapítulo La hechura verbal de los hechos, expongo los criterios para llevar a cabo una ineludible «deconstrucción de la facticidad», que permita a su vez armar una teoría de los hechos sociales, ante todo apoyada en la filosofía del lenguaje, en la fenomenología y en la hermenéutica. Aunque inexistente hasta la fecha, tal teoría removería los pilares de las disciplinas comunicológicas, cuyo inveterado positivismo volaría por los aires —junto con la ingenua y acomodaticia metafísica espontánea que lo cimenta.
Y en la tercera, el subcapítulo La influencia de la tradición en la forja del imaginario colectivo, parto de una de las más fecundas aunque ignoradas vertientes de la literatura comparada, la denominada «tematología», para explorar hasta qué punto y cómo las tradiciones heredadas inspiran el imaginario compartido —y los concretos contenidos— que tanto el periodismo como la cultura mediática generan, narrativa transmedia incluida.
II. Sección segunda. Literatura y periodismo, una tradición de relaciones promiscuas. Esta versión ampliada del libro de 1999 mantiene casi intacta la segunda sección de la primera, entonces llamada La tradición, cuyas líneas de conjunto e incontables detalles siguen pareciéndome adecuados y actuales, ahora que he vuelto a leerlos. Aunque he introducido leves retoques aquí y allá, el espíritu y la letra de aquella larga sección permanecen prácticamente incólumes en este volumen, y el lector familiarizado con el libro anterior no tropezará con significativos cambios. De ahí que el título de esta sección sea el mismo que el del libro completo que ha sido matriz de este.
III. Sección tercera. La estela de los nuevos periodismos. Sí que encontrará algunos cambios dignos de mención, no obstante, si acomete la lectura de la tercera sección, cuyo rótulo parafrasea libremente el original (Los nuevos periodismos) dado que ahora alude a las más recientes tendencias periodísticoliterarias en Latinoamérica, continente que de unos años a esta parte está acogiendo destacadas aportaciones e innovaciones, sin duda las más significativas entre cuantas se han producido en el mundo de habla hispana, cuanto menos. Esas adiciones, no cuantiosas pero sí relevantes, se añaden a las páginas que la primera versión ya incluía acerca del new journalism estadounidense, y de los nuevos periodismos de Europa y España.
Como ya hacía su matriz, esta segunda versión de la obra conjuga la explicación diacrónica con la analítico-descriptiva, es decir, procura evitar la mera enumeración de obras y autores mediante un método expositivo que, a la vez que atiende a la evolución histórica de las relaciones entre literatura y periodismo, va examinando el estilo y composición de una porción considerable de los textos propuestos, interpretando sus posibles sentidos y ponderando sus méritos, carencias e implicaciones. Naturalmente, no son estudiadas todas las piezas aludidas en el estudio, sino solo aquellas que juzgo ineludibles para seguir e ilustrar el razonamiento. Aun así, dado que una obra como esta debe tratar una ingente cantidad de autores, obras y conceptos, no siempre he querido evitar el irme por las ramas —regresando, eso sí, al tronco de la exposición en seguida. Mi aspiración, una vez más, ha sido empalabrar el asunto tratado por medio de una escritura consciente de sus limitaciones y capacidades —y autoexigente sin resultar pretenciosa, por añadidura. Lo haya conseguido o no, esa es la meta que debe perseguir cualquier texto de carácter teórico o académico, a mi entender. Y, con más necesidad aun, uno consagrado a estudiar la mejor prosa periodística contemporánea.
IV. Sección cuarta. La mirada humanista. El libro que ahora presento, sin embargo, no se cierra ya con la cuarta sección que incluí en el de 1999: Un apéndice metodológico. En esta ocasión, he optado por reemplazar aquella fundamentación del comparatismo periodístico-literario (CPL) por una coda que intenta diagnosticar el presente desahucio de las humanidades y proponer su rehabilitación —y la del humanismo entero—, empeño capital para corregir la hegemonía de la racionalidad instrumental sobre las disciplinas que estudian el periodismo y la comunicación mediática en su conjunto. Verdadero sistema nervioso del mundo contemporáneo, la tecnología tiene una presencia cardinal en nuestros días, desde luego, pero por ello mismo debe ser interrogada y comprendida en clave humanista, y no positivista ni tecnolátrica.
Además de procurar serlo, un libro es siempre un encuentro con otros, un tupido tapiz de voces: lo decía en 1999 y lo reafirmo ahora. Este que ahora presento debe buena parte de su urdimbre a las muchas con las que durante estos años he ido dialogando, por escrito o en persona. Por razones muy diversas y a veces difíciles de precisar, quiero agradecer la voz y la presencia —a veces, hasta la presente ausencia— de todas las personas con las que he venido conversando acerca del apasionante elenco de cuestiones a las que La palabra facticia intenta hacer justicia. Ellas saben o intuyen quiénes son, y cuánto les debo. Y, en último pero no menor lugar, quiero dar las gracias también a los estudiantes que durante estas décadas de formación suya y mía me han ofrecido preguntas, respuestas, sugerencias y ese género de tersa expectación —e incluso de exaltación— que solo las aulas son capaces de generar a veces.
Las últimas cuatro líneas las escribí textualmente hace quince años. La diferencia, esta vez, es que hoy solo puedo dar las gracias a estudiantes que ya no lo son. Me refiero a aquellos que hasta el curso 2012–2013, todavía tuvieron ocasión de cursar las asignaturas que versaban acerca de los vínculos entre literatura, periodismo y comunicación. Sepa el lector que la adaptación de los planes de estudio a la directiva de Bolonia ha amparado su deplorable amputación, a pesar de que empezaron a impartirse en la UAB a finales de los años setenta, y de que la mayoría de quienes las estudiaron las tenían en alta estima. A este respecto, a no dudarlo, mi universidad ha sido referencia en el orbe hispanohablante, primero gracias a la labor pionera del periodista Ramon Barnils; y luego porque otros profesores, yo mismo desde 1987 y David Vidal y Gemma Casamajó desde aproximadamente el año 2000, recogimos el testigo y pusimos lo mejor de nuestra parte para acrecer la herencia. Un buen puñado de libros y de artículos, entre ellos la matriz de este, fueron el fruto de esa labor continuada de docencia e investigación, amén de las incontables clases que entre todos impartimos en las citadas asignaturas, dedicadas a explorar los nexos entre la literatura y el periodismo, de un lado, y entre la literatura y los medios audiovisuales, de otro. A lo largo de más de tres décadas, esas materias suscitaron el vivo interés de una treintena de promociones, y merecieron una excelente valoración cuyo registro debe de constar, sin duda, en las catacumbas documentales donde duermen su catalepsia las encuestas —que las autoridades universitarias encargan año tras año en vano.
Ello no obstante, quienes negociaron los vigentes planes de estudio —a puerta cerrada y sin luz ni taquígrafos— no estimaron conveniente asumir tan constatable evidencia; ni tampoco que una facultad universitaria se distingue, precisamente y entre otras cosas, por aquellas especialidades en las que se erige en faro para propios y extraños. De nada valieron las cartas, correos y exhortaciones de viva voz, ni tampoco los actos convocados ante contados docentes y mucho más numerosos discentes. De nada: las aludidas materias fueron podadas de los planes de estudio, a manos de una negociación menosguiada por criterios pedagógicos que por intereses territoriales, y más movida por el trueque de parcelas y prebendas corporativas que por la voluntad de educar a los jóvenes. De ahí que ahora me resulte imposible agradecer su actitud y disposición al diálogo a los estudiantes presentes: ya no existen, sencillamente. Y de ahí que opte, en la cuarta y última sección del libro, por proponer algunas reflexiones acerca del desahucio de las humanidades en curso —y de la plural tradición del humanismo, cosa aún más temible.
Quisiera añadir dos precisiones, antes de rematar este prefacio. La primera es que, cuando apareció en 1999, la matriz de este libro intentó ofrecer una summa comprehensiva acerca de las relaciones entre literatura y periodismo. Con ella no pretendí una exhaustividad imposible, desde luego, aunque sí renovar la reflexión acerca de este vasto territorio, y acerca de su cultivo, a través de dos contribuciones que el tiempo ha revelado fecundas. En primer lugar, una documentada exploración —integrada en un esbozo de explicación sistemática— del gran caudal de obras, autores, estilos y géneros que integran la tradición periodístico-literaria y sus recientes expresiones. Y después, no menos importante, una inédita tentativa de fundamentación teórica y metodológica de ese continente híbrido, que en la presente versión he extendido al más extenso de la comunicación mediática —por más que este carezca, como antes he explicado, de la exploración minuciosa que sí aplico al primero.
Ahora que remonto el curso de aquellas páginas para escribir estas, reparo en un hecho afortunado: durante la década y media transcurrida desde que vieron la luz, han aparecido otros valiosos estudios que amplían la nómina de obras y autores que a la sazón presenté, de modo que el lector de habla hispana cuenta hoy con un buen puñado de libros inspiradores, además de este que fue a la sazón pionero.1 Y reparo así mismo, no obstante, en que la segunda contribución de Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas, de carácter teórico, no ha encontrado el desarrollo que en aquel entonces supuse que la proseguiría, y que el mismo Manuel Vázquez Montalbán auguró en su prólogo. Sigue siendo esta por consiguiente, me parece, la principal aportación —aunque ahora notablemente ampliada, insisto— que vuelve a hacer La palabra facticia. Literatura, periodismo y comunicación. Y ello porque tanto en el orbe hispano como —sobre todo— en el anglohablante son relativamente numerosas las monografías y antologías que enriquecen el saber empírico disponible, aunque muy escasas las que proponen categorías, conceptos y criterios capaces de iluminar cualesquiera casos —pasados, presentes o futuros— por una vía genuinamente teórica, es decir, deductiva e inductiva a un tiempo.
La segunda precisión que quiero agregar atañe a las denominaciones, asunto nunca menor porque en ellas consiste todo empalabramiento, y por ende el conocer que de él deriva. A pesar de que el apelativo «periodismo literario» cuenta con una larga y asentada tradición a ambas orillas del Atlántico —en español, italiano, francés, portugués e inglés, al menos—,2 de unos años a esta parte ha ido cundiendo la locución «periodismo narrativo» para designar, supuestamente, el mismo ámbito aproximado de referencia, por más que los matices que una y otra conllevan sean decisivos y asaz distintos. Entiendo que los estudiosos y periodistas que la emplean quieren subrayar el hecho de que las tendencias periodísticas que esa etiqueta engloba suelen entre otras cosas, en efecto, cultivar los dones que el arte y la artesanía narrativa ofrecen. Yo mismo los he puesto repetidamente de manifiesto —y vindicado— en extensos pasajes de mis libros y artículos.
Con todo y eso, estimo indispensable subrayar que la locución «periodismo narrativo» deja demasiado que desear, y que resulta a todas luces preferible seguir usando la de «periodismo literario». En primer lugar, porque hablar de «periodismo narrativo» es incurrir en craso pleonasmo, toda vez que buena parte del periodismo —sea renovador o tradicional, ortodoxo o heterodoxo, creativo o adocenado— no puede ser otra cosa que narrativo, se mire por donde se mire. Es tal el que desde mediados del siglo xx han cultivado los adalides de la renovación —John Hersey, Lillian Ross, Gay Talese, Tom Wolfe, Günter Wallraff, Truman Capote, Oriana Fallaci, Manuel Vicent, John Lee Anderson, Ryszard Kapuscinski, Lawrence Wright. Pero también lo es, en esencia, el que desde sus orígenes han practicado los periodistas convencionales en multitud de medios, géneros y soportes, desde la prensa primitiva hasta el autoperiodismo que las redes digitales propician, pasando por la era del periodismo «de masas» clásico. Y ello por la sencilla razón de que cualquier periodismo, para serlo, debe contar historias o basarse en ellas, sea de manera implícita o explícita; y recurrir, por tanto, a los procedimientos miméticos del relato, o bien partir de su inspiración.
Tan elemental constatación no implica que quienes cultivan tan distintas vías de expresión periodística sean equiparables en talante y en talento; ni, por supuesto, que contar una historia de actualidad mediante la aplicación apresurada y desmayada del estilo noticioso equivalga a hacerlo con el primor que distingue a, digamos, Norman Mailer, Linda Wolfe, Leonardo Sciascia, Montserrat Roig o Leila Guerriero. Esta es la primera razón, nada bizantina y sí bien fundada, por la que sigo prefiriendo emplear la locución «periodismo literario», poseedora de honda raigambre y solera —y que seguiré empleando hasta que me disuada una argumentación convincente.
Usar la locución «periodismo literario» me parece así mismo preferible, además, porque alude con mucha mayor propiedad al entronque de las tendencias neoperiodísticas con sus tradicionales raíces. De entrada, porque incluye, allende la estricta narración, otros predios discursivos donde la creatividad periodística suele medrar, como el de la descripción —en el retrato y semblanza, o en la recreación de lugares y paisajes—; la conversación —ahí están las magníficas entrevistas literarias de Rex Reed, Francisco Umbral o Rosa Montero—; o la prosa de ideas incluso —recuérdense los ensayos periodísticos de Albert Camus, Joan Fuster, Susan Sontag, Manuel Vázquez Montalbán, Joan Francesc Mira, Tony Judt o Eduardo Haro Tecglen, sin ir más lejos. Y ante todo porque, a diferencia de la expresión «periodismo narrativo», la de «periodismo literario» alude al decisivo hecho de que las obras, autores y medios que designa están animados por una voluntad creativa —ideativa y estilística a un tiempo— que halla su más alta medida en la elocuencia de ese memorable speech que es el arte de la literatura, como dejó escrito W. H. Auden: «palabra en el tiempo», por decirlo con términos de Antonio Machado, más memorables todavía.
Ni mármol duro y eterno,
ni música ni pintura,
sino palabra en el tiempo.
Todo lo que acabo de explicar atañe al plano más explícito de la obra que presento, esto es, a su contenido e intenciones. En un plano más implícito, sin embargo, la larga dedicación que este libro resume responde a menos patentes motivos. Nace, de hecho, de mi experiencia personal; de las historias que he ido contándome para llegar a lo que más o menos creo ser; y de las numerosas inquietudes, y tribulaciones, y dudas que el siempre inacabado vivir ha ido despertando en mí, como en cualquiera que trate de hacerlo con dos dedos de frente. Todo ser humano es novelista de sí mismo, sea original o plagiario, como dejó escrito Ortega, y la conciencia de que vivimos narrando y narrándonos —dando y dándonos cuento— despierta un sinfín de interrogantes de ardua respuesta, que yo he procurado contestar, de manera incompleta e imperfecta, en el curso de una trayectoria académica que tiene más, por fortuna, de paseo vocacional que de carrera de obstáculos. Con todos sus seguros defectos y posibles virtudes, esta obra es el fruto de esas desazones y querencias. Y, como no puede ser de otra manera, no versa sobre mi concreta andadura, aunque esté ideada y escrita a partir de ella, plagada como está —una más entre todas— de espejismos y entretelas.
Como ya lo intentó su matriz de 1999, La palabra facticia. Literatura, periodismo y comunicación milita en un frente de resistencia contra la tiranía de la racionalidad economicista e instrumental, avasalladora en la sociedad contemporánea, en su amenazada educación universitaria y —por ende— en el ámbito periodístico y comunicativo en concreto. Y se la dedico a todos aquellos que todavía se quieren periodistas, comunicadores y escritores autónomos y conscientes, amén de ciudadanos ética, estética y políticamente concernidos por la belleza, la verdad y el bien, así privados como colectivos. En un plano más personal aun, se lo dedico así mismo, hoy como ayer, a los seres queridos cuyas vidas inspiraron la novela El horizonte ayer, en la que me sumergí durante la pasada década —muy poco después de rematar la primera versión de este libro— y que en marzo del pasado año, gracias al buen oficio del poeta Ferran Fernández, vio la luz de la mano de la editorial Luces de Gálibo. Labor obstinadamente exploratoria —poco menos que espeleológica, hablando en plata—, El horizonte ayer me llevó a recontarme innumerables narraciones propias y ajenas, repletas de espejismos y de entretelas. Y también a constatar, por consiguiente, hasta qué punto la ilusión y la invención se funden con la siempre frágil certeza cuando quien habla, piensa o escribe lidia con el concreto y casi siempre evanescente vivir; y cuán ambiguo suele ser el umbral que entrevera más que separa, talmente un umbrío zaguán, la palabra ficticia de la facticia. Un trabajo de inscriptura y no solo de escritura —valga la licencia léxica—, basado en la libérrima recreación de los horizontes pasados desde los que habrían de venir, sin entonces saberlo.
1.Entre otros, cabe destacar los de Juan José Hoyos, Escribiendo historias. El arte y el oficio de narrar en el periodismo (Antioquía: Universidad de Antioquía, 2003); Domenico Chiappe, Tan real como la ficción. Herramientas narrativas en periodismo (Barcelona: Laertes, 2010); Roberto Herrscher, Periodismo narrativo. Cómo contar la realidad con las armas de la literatura (Barcelona: Universidad de Barcelona, 2012); Jordi Carrión, Mejor que ficción. Crónicas ejemplares (Barcelona: Anagrama, 2012); y Darío Jaramillo Agudelo, Antología de la crónica latinoamericana actual (Madrid: Alfaguara, 2012). Al tiempo que remato este libro acaba de ver la luz, por cierto, el libro de Mark Weingarten, La banda que escribía torcido (Madrid: Libros del K.O., 2013), una necesaria historia del new journalism estadounidense.
2.Como revela el nombre mismo de la International Association for Literary Journalism Studies (http://www.ialjs.org), por sí misma definida en los siguientes términos: «A multidisciplinary learned society whose essential purpose is the encouragement and improvement of scholarly research and education in literary journalism (or literary reportage). For the purposes of scholarly delineation, our definition of literary journalism is “journalism as literature” rather than “journalism about literature.” Moreover, the association is explicitly inclusive and warmly supportive of a wide variety of approaches to the study and teaching of literary journalism throughout the world.» Debo esta valiosa referencia a mi amigo y colega Luis Guillermo Hernández.
SECCIÓN PRIMERA
LAS RELACIONES ENTRE LITERATURA,
PERIODISMO Y COMUNICACIÓN, A LA LUZ
DE LA CONSCIENCIA LINGÜÍSTICA
«Si no hubiera lenguaje, no podría conocerse lo bueno ni lo malo, lo verdadero ni lo falso, lo agradable ni lo desagradable.
El lenguaje es el que nos hace entender todo eso.
Meditad sobre el lenguaje.»
UPANISHADS
Capítulo 1
La promiscuidad entre literatura, periodismo y comunicación en la posmodernidad
Uno de los rasgos distintivos de nuestra época, bautizada como «posmoderna» por Jean-François Lyotard a finales de los años setenta del pasado siglo, es la proliferación de formas de escritura estética y epistémicamente ambiguas, caracterizadas por la hibridación de géneros y de estilos, amén de por la difuminación de las fronteras entre lo cierto y lo falso, el documento y la fabulación, lo comprobable y lo inventado. Así lo constató George Steiner en 1967, cuando publicó Cultura y silencio. Y así debemos constatarlo nosotros hoy, con mayor razón todavía, cuando la tradicional promiscuidad entre la literatura y el periodismo ha extendido sus fronteras hacia un ancho territorio que rebasa el de la prensa y la cultura de masas clásica —estudiada desde mediados del siglo XX por autores como Roland Barthes, Umberto Eco, Edgar Morin o Román Gubern. Me refiero a la cultura mediática, de acento al tiempo escrito y audiovisual, reinante desde la sazón hasta el tiempo en que escribo, una posmodernidad que ya da palpables muestras de agonía.1 Y también, por supuesto, a la incipiente «cultura transmedia»,2 que de unos años a esta parte, en alas de la ubicua digitalización, está multiplicando las aleaciones y trasvases entre los distintos medios, y mutando los modos de producción, intercambio y acceso a los contenidos, sean narrativos, icónicos o discursivos.3
Observable durante el último medio siglo, el aumento de la promiscuidad entre la escritura periodística y la literaria constituye, sin duda, una de las más significativas manifestaciones del asunto que en este libro me propongo explorar. Y ahí están, para mostrarlo, el célebre new journalism de Truman Capote, Tom Wolfe o Gay Talese; las tendencias neoperiodísticas europeas y latinoamericanas, con Ryszard Kapuscinski, Oriana Fallaci, Günter Wallraff, Francisco Umbral o Gabriel García Márquez en cabeza; o las más recientes corrientes periodístico-literarias que han recogido su testigo, entre cuyos cultores cabe destacar al estadounidense John Lee Anderson, al francés Emmanuel Carrère o a la argentina Leila Guerriero —sin olvidar el new new journalism bautizado, con más oportunismo que fundamento, por Robert Boynton.4
Hoy en día se constata, no obstante, que las relaciones promiscuas entre literatura y periodismo a las que acabo de aludir no se dan solo entre esos ámbitos, sino también entre otros afectados por la misma o semejante tendencia. Pienso en la literatura documental y en la prosa factográfica de John Berger, Miguel Barnet, Bruno Bettelheim, Javier Cercas o Peter Weiss. O bien en las narrativas cinematográfica y televisiva, que con tanta frecuencia coquetean con la mezcolanza de géneros y estilemas en modalidades híbridas como el docudrama, el infoentretenimiento, los espectáculos de realidad o las ficciones «basadas en hechos reales». O en algunas de las nuevas y no tan nuevas corrientes del cómic y de la novela gráfica, cuyos autores —Joe Sacco, Carlos Giménez, Marjane Satrapi, Alison Bechdel, Chester Brown— pretenden reportar hechos o documentar realidades. O también, en fin, en la creciente presencia de la «narrativa transmedia», proclive a difuminar las hasta hace poco rígidas barreras entre los distintos soportes y medios.
Tal como explicaré a su debido tiempo, pensadores y estudiosos tan relevantes como Arnold Hauser, Jürgen Habermas, Hans-Magnus Enzensberger o George Steiner, entre otros, constataron hace décadas que esta «hambre de realidad» constituye uno de los rasgos más destacados de la modernidad tardía, fuente de la que surgen, ante todo, las muy diversas modalidades de mimesis verbal y audiovisual que oscilan entre el afán de documentación rigurosa y una suerte de invención disciplinada y responsable, puesta al servicio de la comprensión de «los hechos». Coincidiendo con el arranque de la posmodernidad, Steiner llamó posficción a esta vasta corriente distinguida por la hibridación estética, de géneros y estilos, y también por la ambigüedad epistémica, ya que tienden a desdibujarse las nítidas fronteras entre lo ficticio y lo facticio —a menudo menos reales que presuntas, por más que la opinión común se empeñe en lo contrario.5
Es preciso agregar, con todo, que nuestra época no solo se ha distinguido por esa mixtura que el neologismo posficción trata de resumir, sino también por el auge de la conciencia teórica acerca de ella —y acerca, así mismo, de las confusas zonas fronterizas en las que siempre, y no solo en nuestra época, se han solapado las dicciones facticia y ficticia, sea de forma explícita o solapada. Esta nueva conciencia conforma, a mi entender, una dimensión esencial del asunto que tratamos, ya que buena parte del más perspicaz pensamiento contemporáneo —de la mano de la filosofía del lenguaje, de la semiótica, de la hermenéutica o de la nueva retórica, entre otras perspectivas y disciplinas— permite reparar en que todos los géneros del discurso, sean cuales sean sus objetivos epistémicos, están sin excepción afectados por al menos tres mediaciones decisivas: en primer lugar, su común condición lingüística; en segundo lugar, su común condición retórica; y en tercer lugar, su común condición narrativa, que aunque no es tan universal afecta a muchos de ellos. A todas aludiré con mayor detalle a partir de ahora.
Antes diré, sin embargo, que la extensión de esta conciencia teórica no es en absoluto ajena a las hibridaciones entre ficción y facción mentadas. En el campo del documental audiovisual, por ejemplo, Andrew Jarecki ofrece en Capturing the Friedmans una doble indagación: de entrada, en la ambigua y casi insondable trastienda psíquica y moral de la familia Friedman y de su paterfamilias, un profesor de informática condenado a prisión por haber abusado alevosamente de sus alumnos; y, más allá de ella, una lúcida reflexión acerca de las imprecisiones, incertidumbres y vacíos que toda narración conlleva, a medida que el monto de lo verificable se revela insuficiente para alcanzar lo verdadero —y a medida que el espectador comprende que, en realidad, lo más común resulta conformarse con la simple verosimilitud, dado que la anhelada verdad tiende a alejarse cuanto más la buscamos. Esta es también la cuestión de fondo que, mutatis mutandis, suscita el memorable documental de Claude Lantzmann Shoah, acerca de los campos de exterminio nazis, trastornadora indagación sobre los límites y las posibilidades que afectan tanto a la imagen icónica como al relato oral y escrito a la hora de representar «los hechos» que integran el pasado próximo.
A esta misma estirpe de narraciones pertenecen, pongamos por caso, novelas de ficción como La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov, en la que la búsqueda del protagonista homónimo va alejándose cuanto más se encona, como en un juego de cajas chinas carente de fin ni fondo. O ese género tan significativamente posmoderno denominado autoficción, cuyos autores —Philip Roth o Javier Marías, John Coetzee o Enrique Vila-Matas, Paul Auster o W. G. Sebald— urden pesquisas novelísticas acerca de su propia experiencia efectiva que son, además, inventivas creaciones acerca de la experiencia posible de todos. O clásicos imperecederos como Tristram Shandy y Don Quijote de la Mancha, tan geniales también a este respecto, ni que decir tiene.
Aunque los orígenes de semejante indagación metanarrativa cabe buscarlos mucho antes de nuestro tiempo —ahí está la soberbia meditación que Agustín de Hipona vierte en Las confesiones, por remontarnos al siglo iv—, no cabe duda de que la última centuria ha alentado su proliferación. Recuérdese al Luigi Pirandello de Uno, ninguno y cien mil; o al Miguel de Unamuno de Niebla; o al Fernando Pessoa literalmente dividido en un puñado de heterónimos, en mayor grado aun que el Antonio Machado de «Abel Martín» y «Juan de Mairena»; o a esa estirpe de películas que abordan la vidriosa confusión entre lo creíble y lo cierto, sean Ciudadano Kane, de Orson Welles, Rashomon, de Akira Kurosawa, Vértigo, de Alfred Hitchcock, Persona, de Ingmar Bergman, o La caza, de Thomas Vittenberg.
Ni siquiera las ciencias sociales han escapado a esa general tendencia a documentar sus casos de estudio con loable mezcla de rigor científico y de sensibilidad humanista —y a cuestionar, por ende, la pandemia cuantificadora y positivista que hoy las aflige. Cultivados minoritaria aunque fecundamente por la sociología, la antropología, la psicología o la historiografía, los llamados «métodos cualitativos» recurren a la observación atenta y muchas veces participante, a la entrevista en profundidad y al cultivo del relato oral y escrito para tejer sus evocadoras historias de vida, capaces de aunar investigación metódica, sensibilidad e imaginación con tal de comprender la calidad de la experiencia —y no solo la cantidad— de los casos y sujetos que estudian. Ahí están, para mostrarlo, las «factografías» realizadas por Studs Terkel (Tiempos difíciles. Una historia oral de la Gran Depresión), Oliver Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero), Oscar Lewis (Los hijos de Sánchez) o Ronald Fraser (Recuérdalo tú y recuérdalo a otros), entre muchas otras posibles.
Y ello por no mencionar antes de tiempo, claro es, ese nutrido elenco de textos de linaje periodístico-literario que ofrecen una meditación, tácita o manifiesta, acerca de la siempre problemática representación narrativa de hechos efectivamente ocurridos —aparte de librar al lector novelas-reportaje de impecable factura periodística y estética. Pienso en el James Agee de Elogiemos ahora a los hombres famosos, en el John Hersey de Joe ya está en casa, en el Joaquim Amat-Piniella de K.L. Reich o en el Truman Capote de A sangre fría. Pero también en las reflexiones implícitas en El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell, o en El mundo de Jimmy, el controvertido premio Pulitzer de Janet Cooke; y en las muy explícitas que Arcadi Espada propone en Raval. Del amor a los niños, o Janet Malcolm en El periodista y el asesino.
Todas esas obras ilustran con elocuencia, a mi juicio, algunas de las principales tendencias creativas que el presente espíritu del tiempo alienta. El relativismo posmoderno, es bien sabido, ha fomentado el relajamiento normativo y la querencia irónica, irreverente y desacralizadora, y por consiguiente la hibridación de géneros y estilos; la deliberada o involuntaria aleación de ficción y facción; el auge de la superficialidad, el esteticismo y la espectacularización, rasgos transversales a múltiples ámbitos de la cultura; y, en fin, los frecuentes trasvases y mixturas entre los diferentes niveles culturales —alto, medio y bajo, antaño separados por límites rígidos.
Al mismo tiempo, ese relativismo ético, estético y epistémico ha extendido la conciencia acerca de las a menudo borrosas, promiscuas relaciones que se dan entre la ficción y la facción en cualquier época histórica, y muy en especial en la nuestra. Hoy sabemos que la triple mediación a la que antes aludía —lingüística, retórica y narrativa— condiciona siempre la totalidad de los géneros del discurso, y por tanto sus vertientes ficticias y facticias. Dado que se trata de una cuestión capital, debo abrir un paréntesis para presentarla antes de continuar la exploración de los vínculos contemporáneos entre ficción y facción —y de abordarla con mayor detalle en el próximo capítulo.
I. La primera de esas mediaciones es el lenguaje verbal en sí, de acuerdo con la filosofía del lenguaje de Wilhem V. Humboldt y de Friedrich Nietzsche, cuyo corolario contemporáneo es el «giro lingüístico» (linguistic turn) diversamente cultivado por autores como Ludwig Wittgenstein, Hans G. Gadamer, Edward Sapir, Benjamin Lee Whorf, José María Valverde, John Searle o George Steiner, entre muchos otros. De acuerdo con esa toma de conciencia lingüística, tal como explicaré por extenso en [2], el habla no es solo un vehículo o instrumento de transmisión, capaz de trasladar las ideas previamente forjadas por la mente, sino también la condición sine qua non del pensamiento mismo, al menos en sus facetas articuladoras y racionales. De modo inexorable, lo que Gadamer llamó «lingüisticidad» impone sus posibilidades y sus límites a cualquier forma de intelección, y por fuerza nos obliga a distinguir, cualitativamente, la enunciación de lo enunciado, las palabras de las cosas y los sucesos que pretenden referir, la tendencia al orden y a la concordancia inherente al decir del desorden y la discordancia propios de «lo existente».
En relación con la crucial cuestión que tratamos, debe añadirse que la conciencia lingüística nos obligará a reconsiderar, sobre premisas distintas, dos dicotomías muy arraigadas.
i.La primera de ellas, a la que en esta introducción solo aludiré de modo sumario, es la que distingue taxativamente entre «dicción» y «realidad», e imagina la realidad humana a semejanza de la physis o realidad de la naturaleza, como si no estuviese hecha también de discurso, en sentido estricto, y de semiosis, en sentido lato. Por discurso entiendo, al modo del giro lingüístico, las enunciaciones y los enunciados verbales que son su fruto, esto es, los actos de habla capaces de crear y de transformar las realidades dadas, como John Austin y John Searle arguyeron de forma muy convincente, hace algunas décadas, en sus ensayos de pragmática lingüística. Y por semiosis, el aun más extenso y plural ámbito en que el discurso se da, compuesto por los índices, señales, signos y símbolos que constituyen el hábitat cultural del ser humano, en todo lugar y tiempo.
ii.La segunda dicotomía que a lo largo de esta obra refutaré, muy popular aunque conceptualmente endeble, es la que distingue sin más entre «ficción» y «no ficción», e imagina que existen enunciaciones y enunciados ficticios que obedecen a la soberana imaginación, de un lado; y enunciaciones y enunciados «no ficticios» capaces de referir la realidad de manera reproductiva, objetiva y por tanto exenta de mediación, de otro. Los incontables acatadores de esta infundada dicotomía se muestran proclives a olvidar que lo que existe, de hecho, son dicciones que conjugan de variadas formas la ficción y la facción, lo ficticio y lo facticio. Y así mismo, por ende, que los enunciados facticios que ellos llaman «no ficticios» se caracterizan porque en ellos no se da la reproducción, sino la representación de la realidad, es decir, un empalabramiento acerca de ella que es, al mismo tiempo, imitativo (mimético) y creativo (poiético). Las palabras no reproducen las cosas ni los hechos —si por «cosas» y «hechos» entendemos entidades ajenas al discurso y previas a él—, sino que los representan diciéndolos, y al hacerlo los transforman de maneras y en grados diversos. Incapaces de captarlos y de expresarlos con objetividad, son en cambio muy capaces de hacerlos, esto es, de convertirlos performativamente en objetivación. Puede parecer una mareante paradoja, pero no conviene obviarla so pena de burdo error.
A la luz de la filosofía del lenguaje de raíz romántica, en definitiva, el pensamiento posmoderno ha desvelado una realidad propia de cualquier periodo histórico, y no solo del presente. Y es que no existe una diferencia cualitativa y radical entre los enunciados ficticios y los facticios, es decir, entre aquellos enunciados basados en la invención soberana de lo que podría suceder, y aquellos fundados en la documentación fehaciente de lo en efecto sucedido, por otro —o entre la poesía y la historia, por usar los términos de Aristóteles. Lo que existe, de hecho, son diferencias de grado y manera entre las múltiples variantes de la dicción, en un arco que va desde la más libérrima ficción hasta la facción más disciplinada, puesto que todas se hallan afectadas por su condición lingüística compartida.
II. La segunda de las mediaciones en las que la conciencia posmoderna repara es de carácter retórico, amén de lingüístico, dado que todo acto de habla —también el más deliberadamente veridicente— supone una metaforización o tropización de lo referido, un salto cualitativo entre el orden de lo que las cosas y los sucesos acaso sean, por un lado, y lo que decimos que en efecto son, por otro. Desde las decisivas investigaciones sobre retórica de Gustav Gerber y de Friedrich Nietzsche, en el siglo XIX, hasta las más recientes aportaciones de Charles Perelman, Roland Barthes, Paul de Man, Stephen Toulmin, Kenneth Burke, Paul Ricoeur o George Lakoff, uno de los principales afluentes del giro lingüístico nos enseña que «lo real», siempre ignoto y esquivo, es construido como «realidad humana» gracias al poder metaforizador —es decir: metamorfoseador— del empalabramiento. Pensar es en esencia hablar, ya lo hemos convenido, pero acto seguido cumple agregar que hablar y pensar son actividades retóricas, así mismo.
Tropo entre los tropos, la metáfora hace posible la decisiva traslación mediante la que los sucesos brutos son convertidos en imágenes, palabras y conceptos, esto es, en alusiones virtuales de muy distinta índole ontológica a la que poseen en origen. La disciplina que los antiguos llamaron «retórica» ha experimentado una merecida revaluación en las últimas décadas, y ello a pesar de que todavía a mediados del siglo pasado parecía superada por los avances de la lingüística, la semiótica y la teoría literaria en sus diferentes ramas. El principal responsable de esa rehabilitación, junto con los mentados Kenneth Burke y Stephen Toulmin, fue sin duda Charles Perelman, el más conspicuo heredero de la Retórica aristotélica. Pero también han sido responsables de ella otros destacados filósofos y lingüistas de nuestro tiempo, que han llamado la atención sobre el decisivo papel que las metáforas en concreto, y los tropos en general, ejercen entre el conjunto de mediaciones que el lenguaje conlleva. Hoy sabemos que cualquier acto de habla es retórico, de la novela y el poema al tweet o al titular periodístico. Y por supuesto lo son, para bien y para mal, todas y cada una de las obras que componen la ficción y la facción, cuyas promiscuas relaciones estudia este libro.6
III. La tercera de las mediaciones que la conciencia lingüística ha contribuido a esclarecer es de carácter narrativo, dado que todos los actos de habla con los que referimos historias —vivencias personales o colectivas— deben representar las dimensiones temporales, espaciales y causales de la experiencia, y conllevan una u otra forma de puesta en relato. De acuerdo con la iluminadora disquisición que Paul Ricoeur propone al respecto en su ya clásico Tiempo y relato, la «narratividad» constituye el cañamazo esencial, con frecuencia inadvertido, de cualesquiera modos de discurso dedicados a representar el curso del vivir, sean intencionalmente verídicos o fabulados; sean narrativos de modo explícito —como la epopeya, el cuento o la novela— o bien de modo más o menos velado, como la explicación periodística, la argumentación persuasiva o el discurso historiográfico.
A semejanza de un tejido compuesto por una trama visible y por una urdimbre oculta, es el entramado textual (mythos) el que hace posible la «concordancia de lo discordante»: en primer lugar, la identificación de algunos sucesos o vivencias entre los muchos que un lapso de vida incluye; y después, sobre todo, su asociación entre sí de acuerdo con esos esquemas configuradores que facilitan los distintos tipos de tramas. No es que la narración, como suele creerse, se halle confinada al ámbito de la ficción, la invención o el entretenimiento. Lo que ocurre, en realidad, es que constituye el sustrato visible o invisible de las formas de discurso aparentemente «objetivas» y «reproductivas», necesariamente condicionadas por los límites y posibilidades que la narratividad impone. Piénsese en los siguientes géneros y en algunos ejemplos señeros, espigados en cada uno de ellos: la historiografía (El Mediterráneo en la época de Felipe II, de Fernand Braudel) o la crónica histórica (México insurgente, de John Reed), la «literatura del yo» (El quadern gris, de Josep Pla) o el documental (Los espigadores y la espigadora, de Agnès Varda), el memorialismo (Los pasos contados, de Corpus Barga) o el periodismo de carácter argumentativo o explicativo (Imperio, de Ryszard Kapuscinski, o La mujer del prójimo, de Gay Talese).
Tan ubicua es la narración, transversal a muy diversos géneros del discurso, que no resulta preciso ni apropiado hablar de «periodismo narrativo» para referir lo que la locución «periodismo literario» designa con mayor rigor y justeza, como aclaré en el prefacio. Buena parte del periodismo es narrativo, aunque no lo sea el entero espectro de sus posibilidades, sean descriptivas, expositivas, argumentativas o conversacionales; solo merece el apelativo de «literario» aquel distinguido por su entronque con la plural tradición que integra el arte de la palabra, y por su denuedo innovador y creativo.
Una vez apuntadas estas ideas preliminares, es necesario cimentar la propuesta comparatista que presento. Antes de empezar a explorar las promiscuas relaciones entre el campo literario y el periodístico, pues, me detendré a exponer con el debido detalle los pilares del giro lingüístico, así como sus hondas implicaciones para el estudio de la literatura, del periodismo y de la comunicación mediática en su integridad, cultura transmedia incluida. Acaso algún lector poco interesado en la disquisición teórica prefiera «entrar en materia» y ahorrársela. Quiero recordar, empero, que la cabal comprensión del triángulo de relaciones que dibuja el mismo subtítulo de este libro requerirá la previa asimilación de los corolarios que la conciencia lingüística comporta. Y, así mismo, que el grueso de la docencia —y de la investigación— sobre periodismo y comunicación tiende a ignorar esta trascendente herencia, por más que con cierta frecuencia se proclame —con aspavientos más hueros que efectivos— poco afecto a la noción de objetividad, por citar la más común de las imposturas que tanto los media como las facultades del ramo esparcen.
Así ocurre por ejemplo, a título de caso decisivo para mi propósito, con el esfuerzo de aclaración de dos de los neologismos que esta obra acuñó en su versión de 1999, facción y facticio, y de los vínculos que mantienen con las nociones de ficción y ficticio, de curso aceptado y corriente. De todo punto indispensable, a mi entender, la siguiente inquisición teórica preparará el terreno para explorar los distintos modos de dicción con relativo detalle, desde la más libérrima ficción hasta la facción más disciplinada. Tal reformulación de la dicotomía ortodoxa entre ficción y no ficción nos permitirá, entre otras cosas, explorar distintas expresiones de la ficción y de la facción contemporáneas. Y constatar, además, hasta qué punto tenía razón Steiner cuando en Lenguaje y silencio observó que la «posficción», hibridación al mismo tiempo estética y epistémica de ambos campos, constituye una de las notas más señaladas de la cultura posmoderna, al menos desde los años sesenta hasta el tiempo en que escribo.
1.Me remito a mi artículo, coescrito con Lluís Duch, La agonía de la posmodernidad, publicado por el diario El País el 25 de febrero de 2012 (http://elpais.com/elpais/2012/02/07/opinion/1328616099_621222.html).
2.Acerca del neologismo transmedia, crecientemente empleado para designar los cambios descritos, véase el libro de Carlos Scolari Narrativas transmedia (Bilbao: Deusto, 2013). También, a modo de introducción, la explicación oral de Michel Reilhac, uno de los principales expertos en la materia (http://www.youtube.com/watch?v=S9O-vfQL8W0).
3.Este capítulo está basado en la conferencia que el 18 de marzo de 2013 pronuncié en la Universidad de Stanford: «Between Fiction and Faction: The promiscuous Relations between Literature and Journalism in the Postmodern Era». Conferencia inaugural de las Journalism and Literature Series, organizada por la Stanford Division of Literature, Cultures, and Languages.
4.Robert Boynton, The New New Journalism (Nueva York: Vintage Books, 2005).
5.Amén de las obras del citado Steiner, resulta esclarecedor el libro de Omar Clabrese La era neobarroca (Madrid: Cátedra, 1989).
6.Véase, al respecto, la investigación de Berta Capdevila González «Retórica de la narración periodística: una investigación acerca del sentido narrativo y sus claves persuasivas en el periodismo escrito» (Barcelona: UPF, 2013), dirigida por el profesor Fernando Pérez-Borbujo.
Capítulo 2
La toma de consciencia lingüística
Desde hace casi doscientos años, la llamada «toma de consciencia lingüística» o «giro lingüístico» ha discurrido como una suerte de tradición relegada, eclipsada por la gran tradición formalista-estructuralista que principia con Ferdinand de Saussure y los formalistas rusos y checos, y desemboca en buena parte de los lingüistas de nuestros días. Se trata, como se verá, de un tema complejo y decisivo —de hecho, para muchos, el más importante de la filosofía1—, que no es posible abordar en su integridad aquí. Sí que podemos, no obstante, exponer los términos básicos de la discusión, imprescindible para nuestros propósitos.
Si la tradición dominante concibe el lenguaje como un instrumento —ciertamente complejo, pero herramienta y vehículo al cabo— que permite expresar el pensamiento previa y autónomamente formado en la mente, la tradición relegada considera que pensamiento y lenguaje, conocimiento y expresión son esencialmente una y la misma cosa. Tal intuición fundamental la formuló por vez primera el filósofo Wilhem von Humboldt en 1805, en sus cartas a Wolf. En su obra Lenguaje y realidad, Wilbur Marshall Urban alude así al descubrimiento de Humboldt:
Como para Locke, también para Humboldt el lenguaje y el conocimiento son inseparables. Pero lo importante para él está en que el lenguaje no sólo es el medio por el cual la verdad (algo conocido ya sin el instrumento del lenguaje) se expresa más o menos adecuadamente, sino más bien el medio por el cual se descubre lo aún no conocido. Conocimiento y expresión son una y la misma cosa. Esta es la fuente y el supuesto de todas las investigaciones de Humboldt sobre el lenguaje.2
Así pues, el lenguaje no es meramente el vehículo o la herramienta con que damos cuenta de las ideas previamente formadas en nuestra mente: estas se forman solo en la medida en que son verbalizadas. A la sombra de las revolucionarias ideas de Humboldt sobre la identidad entre lenguaje y pensamiento, la otra tradición lingüística a que aludíamos líneas antes —proseguida sobre todo por Nietzsche, pero también, en el siglo XX, por autores como Ernst Cassirer, Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein, Edward Sapir, Benjamin Lee-Worf, Mijail Bajtin, Hans Georg Gadamer, John L. Austin, George Steiner, Emilio Lledó o José María Valverde, entre otros— ha caído en la cuenta de algo esencial: que no hay pensamiento sin lenguaje, sino pensamiento en el lenguaje; y que, a fin de cuentas, la experiencia es siempre pensada y sentida lingüísticamente. De acuerdo con Valverde, se trata de
algo elemental y perogrullesco para todos una vez que se cae en ello, pero que la cultura no ha empezado a reconocer conscientemente hasta el siglo XIX, en un proceso que todavía está extendiéndose entre pensadores y escritores. Se trata, simplemente, de que toda nuestra actividad mental es lenguaje, es decir, ha de estar en palabras o en busca de palabras. Dicho de otro modo: el lenguaje es la realidad y la realización de nuestra vida mental, a la cual estructura según sus formas —sus sustantivos, adjetivos, verbos, etc.; su sintaxis, tan diversa en cada lengua; sus melodías de fraseo… La realidad, entonces, no es que —como se suele suponer entre muchas personas cultas— haya primero un mundo de conceptos fijos, claros, universales, unívocos, y luego tomemos algunos de ellos para comunicarlos encajándolos en sus correspondientes nombres; por el contrario, obtenemos nuestros conceptos a partir del uso del lenguaje. Ciertamente, casi nadie suele ocuparse de ello, porque solemos dar el lenguaje por supuesto, como si fuera natural, lo mismo que el respirar.3
Conocemos el mundo, siempre de modo tentativo, a medida que lo designamos con palabras y lo construimos sintácticamente en enunciados, es decir, a medida que y en la medida en que lo empalabramos.4 Más allá de la percepción sensorial inmediata del entorno o del juego interior con las sensaciones registradas en la memoria, el mundo adquiere sentido según lo traducimos lingüísticamente; de otro modo, solo sería para nosotros una barahúnda incoherente de sensaciones —táctiles, olfativas, visuales, acústicas, gustativas— suscitadas por el entorno más inmediato aquí y ahora. El lenguaje es, a semejanza de la célebre parábola con que Kant da inicio a su Crítica de la razón pura, el aire que el pájaro del pensamiento precisa para elevarse por encima de la mera percepción sensorial de lo inmediato; el pájaro topa con la resistencia del aire, pero es esta, justamente, la que le permite volar. Pensar, comprender, comunicar quiere decir inevitablemente abstraer y categorizar lingüísticamente: transubstanciar en palabras y enunciados las percepciones provenientes de la realidad externa y las sensaciones y emociones procedentes de la realidad interna, y en seguida articular esos sonidos significantes en enunciados más complejos.
La intuición fundacional de Humboldt fue perfilada y ahondada décadas más tarde por Nietzsche, quien añadió a la anterior una nueva intuición capital: que, además de inseparable del pensamiento, el lenguaje posee una naturaleza esencialmente retórica; que todas y cada una de las palabras, en vez de coincidir con las «cosas» que pretenden designar, son tropos, es decir, alusiones figuradas, saltos de sentido que traducen en enunciados inteligibles las experiencias sensibles de los sujetos. En los apuntes para el «Curso de Retórica» que impartió en 1872–1873, Nietzsche escribió:
lo que se llama «retórico» como medio de arte consciente, estaba activo como medio de arte inconsciente en el lenguaje y su devenir, más aun, que la retórica es una continuación de los medios artísticos situados en el lenguaje, a la clara luz del entendimiento. No hay ninguna naturalidad no-retórica en el lenguaje, a que se pudiera apelar: el propio lenguaje es el resultado de artes puramente retóricas. La potencia que Aristóteles llama retórica, de encontrar y hacer valer en cada cosa lo que influye y causa impresión, es a la vez la esencia del lenguaje: éste se refiere tan escasamente a la verdad como la retórica; no quiere enseñar, sino transmitir una excitación y percepción subjetivas a otros. El hombre, al formar el lenguaje, no capta cosas o procesos, sino excitaciones: no transmite percepciones, sino copias de percepciones. […] No son las cosas las que entran en la conciencia, sino la manera como nos relacionamos con ellas, el phitanón. La plena esencia de las cosas no se capta nunca. […] Como medio artístico más importante de la Retórica valen los tropos, las indicaciones impropias. Todas las palabras, sin embargo, son tropos, en sí y desde el comienzo, en referencia a su significado.5
Llegado a este punto, a Nietzsche le fue posible abordar radicalmente el modo en que el lenguaje da cuenta de lo real. Eso que llamamos «realidad objetiva» no sería sino un lugar común, un acuerdo intersubjetivo resultante del pacto entre las realidades subjetivas particulares. Instalados en el ufano sentido común, convenimos en creer que existe una Realidad objetiva; y en seguida, sentada esa premisa de opinión (dóxa), nos apresuramos a convenir también que es posible conocerla inequívocamente, establecer la Verdad. Tal silogismo verosímil tiene en nosotros un efecto indudablemente consolador: separa objeto de sujeto, y afirma que este es capaz de alcanzar un conocimiento objetivo sobre aquel. Así reza la creencia habitual: ahí afuera existe una Realidad dada, objetiva, externa e inamovible, y aquí adentro, unos sujetos capaces de reproducirla mediante el pensamiento y de comunicarla a través del lenguaje.
Pero Nietzsche, agudamente consciente de la identidad entre pensamiento y lenguaje y de la índole retórica de este, puso en entredicho la creencia vigente de «verdad». No, desde luego, negando la existencia de la realidad, sino afirmando que el conocimiento que de ella es factible alcanzar es siempre imperfecto, tentativo, borroso: se lleva a cabo partiendo de sensaciones que cobran sentido solo en la medida en que son transubstanciadas lingüísticamente. De manera que nuestro conocimiento de esas realidades externas y de nuestras realidades internas es siempre un tropismo, un salto de sentido, una genuina e inevitable traducción. En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Nietzsche aplicó su bisturí a la disección de la idea vigente —vigente también hoy, quiero decir— de Verdad:
Ahora se fija lo que en lo sucesivo ha de ser «verdad», esto es, se inventa una designación de las cosas uniformemente válida y vinculante, y la legislación del lenguaje da también las primeras leyes de la verdad; pues aquí surge por primera vez el contraste entre verdad y mentira. […] ¿Qué es, pues, la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en resumen, una suma de relaciones humanas, poética y retóricamente elevadas, transpuestas y adornadas, y que, tras largo uso, a un pueblo se le antojan firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han desgastado y han quedado sin fuerza sensorial; monedas que han perdido su imagen y ahora se toman en cuenta como metal, ya no como monedas. Seguimos siempre sin saber de dónde procede la tendencia a la verdad, pues hasta ahora sólo hemos oído hablar de la obligación que plantea la sociedad para existir: ser veraces, esto es, emplear las metáforas usuales; o sea, expresado moralmente, la obligación de mentir según una firme convención, de mentir en rebaño, en un estilo vinculante para todos.6
De manera que afirmar la existencia de una Realidad objetiva sobre la cual es posible establecer una Verdad inequívoca no deja de ser, si bien se mira, una consoladora creencia de sentido común, tercamente sostenida por doctos y legos. Tal creencia participa de la esfera de la opinión común (dóxa), no del conocimiento filosófico y científico (episteme), inevitablemente relativo y relativizador, sometido a enmienda constante —excepto cuando se mira religiosamente a sí mismo.7 Y, en tanto que creencia, se apoya, parafraseando a Aristóteles en la Retórica, en lo verosímil (eikós), esto es, en la opinión más generalizada o habitual, compartida por la mayoría.8
Así pues, si no existe una Realidad objetiva cognoscible verdaderamente, ¿debemos entonces caer en un desesperado nihilismo? En absoluto: no existe una realidad —ni una verdad—, aunque sí múltiples realidades particulares, múltiples experiencias, de cuya puesta en común surge ese género de acuerdos que denominamos «verdades». Y cada experiencia particular está hecha en gran parte de palabras —esta es la gran lección de los poetas del verso y de la prosa—, vivida sobre todo con y en palabras; ellas hacen inteligibles las imágenes recordadas o imaginadas, las sensaciones y los instintos, el hervidero confuso y gaseoso que conforma la vida mental no lingüística. De acuerdo con la célebre «hipótesis Sapir-Whorf»:
We dissect nature along lines laid down by our native languages. The categories and types that we isolate from de world of phenomena we do not find there because they stare every observer in the face; on the contrary, the world is presented in a kaleidoscopic flux of impressions which has to be organized by our minds —and this means largely by the linguistic systems in our minds. We cut nature up, organize it into concepts, and adscribe significances as we do, largely because we are parties to an agreement to organize it in this way —an agreement that holds throughout our speech community and is codified in the patterns of our language. The agreement is, of course, an implicit and unstated one, but its terms are absolutely obligatory; we cannot talk at all except by subscribing to the organization and classification of data which the agreement decrees.9
No existe una sola realidad objetiva externa a los individuos, sino múltiples realidades subjetivas, innúmeras experiencias. Y tales realidades adquieren sentido para uno y son comunicables para los demás en la medida en que son verbalizadas: engastadas en palabras y vertebradas en enunciados lingüísticos. Los límites del mundo de cada cual están definidos primordialmente por los límites del lenguaje con y en el que aprehende, vive el mundo: su mundo.10
La experiencia, más allá de la simple pero imprescindible percepción sensorial, es sobre todo —aunque no solo— experiencia lingüística. No existe interrupción drástica entre subjetividad y objetividad, esto es, entre el aquí adentro subjetivo de cada uno y el ahí afuera intersubjetivo de todos, precisamente porque existen tantas realidades como experiencias individuales, y porque la vida mental de todos habita dentro de ese medio a la vez íntimo y social que es el lenguaje. Así, de acuerdo con Cassirer,
Para Humboldt el signo fonético, que representa la materia de toda formación del lenguaje es, por así decirlo, el puente entre lo subjetivo y lo objetivo, porque en él se combinan los elementos esenciales de ambos. Pues, por una parte, el fonema es hablado y en esa medida es un sonido articulado y formado por nosotros mismos; y por la otra, en cuanto sonido escuchado, es una parte de la realidad sensible que nos rodea. De ahí que nosotros lo aprehendamos y conozcamos como algo «interno» y «externo» simultáneamente; como una energía de lo interno que se traduce y objetiva en algo externo.11
La comunicación es, vista así, el acto de poner en común las experiencias particulares mediante enunciados, con el fin de establecer acuerdos intersubjetivos sobre el «mundo compartido», el conjunto de mapas que conforman la cartografía que por convención cultural llamamos «realidad». Y la cultura, la paulatina decantación de esos enunciados lingüísticos e icónicos, que en la medida en que son colectivamente asumidos van formando un humus: sedimento común para uso consciente e inconsciente de todos. Tal sedimento configura la tradición cultural que empapa a los individuos de modo inevitable, lo sepan o no, lo quieran o no.12
Del significado al sentido
De la consciencia lingüística se desprende una distinción —imprescindible pero harto infrecuente— entre los conceptos de significado y sentido, que a mi entender tiene importantes consecuencias para el estudio semántico de los productos mediáticos. Pero antes procede una aclaración.
El concepto clásico de significado, manejado habitualmente por la lingüística y la semiótica estructuralistas, padece in nuce un defecto congénito: designa el contenido semántico referido canónicamente por el significante —lo denotado—, al cual se le añade, a lo sumo, algún otro u otros contenidos subsidiarios —lo connotado. Cesare Segre resume así esta concepción: «El término connotación se contrapone a denotación porque designa cualquier conocimiento suplementario respecto al puramente informativo y codificado de la denotación».13
Al concebir, desde Saussure, el signo como rigurosamente arbitrario, se postula la existencia de un significante uncido a un significado canónico y fijo, independiente de las circunstancias y el contexto de la comunicación. Semejante concepción estática del signo es plenamente congruente con la lingüística saussuriana, para la que la langue abstracta y normativa es el verdadero objeto de la lingüística científica, no así la parole concreta, siempre inabarcable en su diversidad de manifestaciones, siempre fluida y cambiante, incesantemente renovada por los hablantes en sus innúmeros intercambios lingüísticos.
De las limitaciones de esta concepción —muy extendida todavía entre universitarios y educadores— da cuenta el esfuerzo que desde la lingüística y la semiótica contemporáneas se ha hecho para vindicar la importancia del receptor o destinatario en la compleción del significado: la reciente pragmática aparece como disciplina susceptible de completar lo que semántica y sintaxis —las dos facetas tradicionales de la lingüística— dejaban intocado. Los signos son codificados por el emisor mediante significantes cuyos significados van más allá de las meras convenciones léxicas: al decodificar, el receptor —el lector in fabula de Eco— colabora decisivamente en la creación del significado final, pues aplica a los signos que recibe sus propias expectativas, hábitos y creencias, amén de una retahíla de condicionantes derivados del cotexto, del contexto y de la circunstancia en que se produce el acto de comunicación.14
Para la pragmática, entonces, una simple frase como «El gato bebe leche» es algo más que una articulación sintáctica de signos cuyo significado literal es que un mamífero felino digitígrado ingiere por su gaznate el fluido alimenticio y blanco con que es amamantado: en un contexto y circunstancia precisos, y ante un interlocutor específico, puede ser una contraseña de espías o una procaz invitación a los humores del lecho. El sentido real connotado, siempre concreto, puede ser muy diferente del significado literal denotado.15
Y aquí es menester afirmar con énfasis que el hiato que separa el significado canónico de un signo del sentido de un enunciado concreto constituye un territorio semántico de extrema complejidad e importancia, justamente el espacio de la comunicación humana efectiva. Un dinamismo semántico donde confluyen y entran en diálogo las intenciones y expectativas de los agentes comunicativos —ya no puede hablarse de papeles fijos de emisor y receptor, sino de turnos de habla—, las convenciones semióticas y, en último pero no menos importante lugar, el contexto y la circunstancia concretos en que cada enunciado se produce cooperativamente.
Sin embargo, como probablemente se temían Saussure y sus epígonos, el estudio del sentido —de esa gran porción de significado que va más allá de la denotación— no se compadece con formalizaciones fáciles y expeditivas. En rigor, si el significado es convencional, fijo y hasta cuantificable por los hacendosos analistas del discurso, el sentido desborda cualquier intento de contabilidad: aunque se apoya en la articulación de los significados convencionales, es complejo y enormemente versátil, una suerte de fluido incesantemente creado y recreado por el diálogo de enunciados que establecen los interlocutores.16 Hasta el punto de que solo es aprehensible cualitativamente, mediante el auxilio de operaciones interpretativas cuya complejidad va desde el guiño en la charla cotidiana hasta los intrincados vericuetos alumbrados por la hermenéutica filosófica.
Tal inevitable aprehensión cualitativa del sentido se debe aún a otro hecho esencial: a diferencia del significado, concebido como un concepto fijo, hipercodificado, abstracto y —por así decirlo— inmaterial y asensorial, el sentido es mutable, hipocodificado, concreto, material y sensorial. Nos hallamos, como es notorio, no ya en el territorio ideal de la langue, sino en el muy real y complejo de la parole, con su estimulante diversidad.
De la langue a las paroles
Los signos poseen significados convencionalmente atribuidos, de ahí la existencia de los diccionarios y de los repertorios sígnicos especializados; pero los enunciados reales que los hablantes producen y reproducen incesantemente, en cambio, adquieren sentido dialógicamente, en el acto mismo de la comunicación. Un sentido que depende del modo en que los interlocutores, habitantes de su medio lingüístico —hablan el lenguaje, son hablados por él— piensan y sienten lo que dicen en el contexto y circunstancia precisos en que empalabran, a la luz de los sentidos previamente acuñados en su cultura: articulan enunciados cuyo significado canónico está continuamente teñido y constreñido por figuras y tropos que configuran la experiencia sensorial y sensible de los hablantes.17
La misma reverberación semántica de la palabra sentido nos ofrece las pistas necesarias: el enunciado se oye —se sent, en lengua catalana— y se siente; no solo se entiende su significado convencional y abstracto, sino que se comprende su significado concreto hic et nunc, la sutil textura de motivos, actitudes, intenciones, efectos y, en fin, matices conceptuales y sensoriales que conforman su sentido. Por fin, este término conlleva una última acepción: se siente ante, por, contra o con algo o alguien, el sentido nace y se crea en neta socialidad, en permanente coloquio con otros sujetos.
Este es el momento de recordar que, desde sus orígenes, la retórica afrontó los problemas, las técnicas y las situaciones de comunicación relacionados tanto con el sentido de los enunciados como con las condiciones de la enunciación. Tekhné capaz de producir textos eficaces, pero también delicada y aguzada herramienta de análisis de los enunciados producidos, la retórica iluminaba mediante su extenso repertorio de figuras y tropos las muy distintas posibilidades semánticas del empalabramiento. Hoy sorprende el olvido al que durante siglos fue relegada, y aún más la condescendencia con que muchos semióticos y analistas del discurso tienden a hablar de ella —como un mozalbete infatuado que, ignorante de su ignorancia, menosprecia el saber que podría emanciparle de sus pezuñas.
En el mejor de los casos, los enfoques pragmáticos hoy en boga apuntan tímidamente en una dirección que la antigua pero de ningún modo vieja retórica desarrolló amplísimamente durante siglos de modo, en mi opinión, mucho más comprehensivo. La búsqueda del sentido de los enunciados mediáticos y periodísticos cuenta, así, con un auxiliar de inestimable utilidad, capaz de identificar y de explicar su dinamismo semántico. Un auxiliar, además, singularmente dotado para afrontar las diversas dimensiones de tales enunciados: la invención y el hallazgo de los argumentos y de los temas (inventio), la disposición de las partes del discurso (dispositio), los sutiles rasgos de estilo y expresión con que este se encarna (elocutio), los variados modos en que puede ser puesto en juego (memoria y actio); nada menos, en fin, que la entera configuración temática, sintáctica, semántica y pragmática de los enunciados realmente existentes, de esas innúmeras paroles tan temidas por la plana mayor de los lingüistas y semiólogos de nuestro siglo.18
Naturaleza logomítica del lenguaje
Conviene señalar que la concepción usual de significado —en última instancia deudora de la carencia de consciencia lingüística— descansa además en una creencia, muy extendida entre doctos y legos, acerca de la naturaleza lógica del lenguaje: la que piensa la palabra exclusivamente como logos, es decir, como concepto abstracto, racional, referencial, asensorial y denotativo. Una creencia que es, como diría Nietzsche con palabras antecitadas, una de esas «ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han desgastado y han quedado sin fuerza sensorial» a fuer de usarse como moneda corriente.
En cambio, la idea de sentido que aquí proponemos se apoya en una concepción logomítica del lenguaje, esto es, en la consideración de que la palabra, radicalmente y sin remisión, es a la vez logos y mythos: aúna concepto abstracto e imagen sensorial, razón y representación, denotación precisa y connotación sensible, referencia analítica y alusión sintética, efectividad y afectividad.19
El sentido común suele considerar el lenguaje no solo como mero vehículo o instrumento de comunicación capaz de encapsular los pensamientos previamente formados en la conciencia, sino también como una suerte de articulación lineal y monodimensional de sonidos abstractos, una especie de cadena formada por eslabones enlazados. Reducido a esta imagen —seguramente tan antigua como la escritura, aunque reforzada en nuestra época por la hegemonía del estructuralismo— el lenguaje es visto como simple vehículo transportador de conceptos, cual tren de mercancías que mediante sus vagones contenedores (significantes) transporta diversos contenidos (significados). La relación que se establece entre tales significantes y significados es lógica, esto es, unívoca y precisa: sígnica.
Nótese bien que tal concepción lógica del lenguaje descuida su índole logomítica: el hecho decisivo de que las palabras, más que signos límpidos y unívocos, son símbolos alusivos, sugerentes y polisémicos, equívocos. Al concebir el lenguaje como retórico, Nietzsche nos dice que la palabra es expresión y representación en vez de reproducción, y además que tal expresión posee un carácter inevitablemente figural, es decir, metafórico-simbólico. La palabra es siempre tensión entre el concepto unívoco (logos) y la imagen equívoca (mythos), expresa siempre de modo figurado: imperfecto e incompleto, alusivo y borroso. Por mor de su naturaleza eminentemente simbólica, el lenguaje a un tiempo revela y oculta, alumbra, insinúa y oscurece: hay una zona de claroscuro inevitable entre las palabras y su sentido.20 En palabras de Octavio Paz:
Cualquiera que sea el origen del habla, los especialistas parecen coincidir en la «naturaleza primariamente mítica de todas las palabras y formas del lenguaje…». La ciencia moderna confirma de manera impresionante la idea de Herder y los románticos alemanes: «Parece indudable que desde el principio el lenguaje y el mito permanecen en una inseparable correlación… Ambos son expresiones de una tendencia fundamental a la formación de símbolos: el principio radicalmente metafórico que está en la entraña de toda función de simbolización». Lenguaje y mito son vastas metáforas de la realidad. La esencia del lenguaje es simbólica porque consiste en representar un elemento de la realidad por otro, según ocurre con las metáforas. La ciencia verifica una creencia común a todos los poetas de todos los tiempos: el lenguaje es poesía en estado natural. Cada palabra o grupo de palabras es una metáfora. Y asimismo es un instrumento mágico, esto es, algo susceptible de cambiarse en otra cosa y de trasmutar aquello que toca: la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso. La palabra es un símbolo que emite símbolos. El hombre es hombre gracias al lenguaje, gracias a la metáfora original que lo hizo ser otro y lo separó del mundo natural. El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo.21
Así pues, en cuanto simbólico, el lenguaje nombra, designa, alude y sugiere. No es solo concepto racional, sino también imagen y sensación. Es posible que la terca confusión entre lenguaje y escritura sea la causa de la concepción del lenguaje como simple articulación significante, al modo de esas ristras de palabras que emanan de los personajes en las viñetas del cómic. Pero el lenguaje es, en realidad, algo mucho más complejo y polifacético: además de sonidos suscita imágenes, texturas, colores, olores y sabores; no es simple línea acústica monodimensional, sino una suerte de medio sensorial tridimensional22 compuesto de estratos lábiles; es razón y además imagen y sensación: figuración. Más allá de las designaciones precisas, los sentidos que las palabras suscitan tienen una marcada carga intuitiva y sensible, hasta el punto de que en la propia índole logomítica del lenguaje reside toda posibilidad de despliegue de sus diversas facultades y funciones.
Al afirmar que el lenguaje es mítico amén de lógico, es decir, a un tiempo abstractivo y figurativo, estoy reivindicando que las palabras son, además de designaciones abstractas, imágenes sensoriales: que el lenguaje, por decirlo de modo elocuente, tiene una doble textura, acústica y visual. La lingüística y la estilística ortodoxas suelen reconocer, a lo sumo, que existe una figura retórica llamada imagen, emparentada con la metáfora y la sinestesia, pero no que las palabras son imágenes, así mismo. Repárese, no obstante, en que no son imágenes icónicas, como las generadas por los media y sus tecnologías, sino imágenes mentales.23 El vocablo «imagen» es, a no dudarlo, menos transparente y más complejo de lo que parece a primera vista: en latín, imago significa a la vez «imagen» e «idea o representación mental»; también en latín, idolum vuelve a significar «imagen»; y en griego, idea quiere decir «imagen ideal de un objeto».24 Aunque no es aceptable el recurso trillado a las etimologías fáciles para desentrañar el asunto que nos ocupa, nos hallamos ante una encrucijada repleta de insinuaciones.
Esa imago latina que es a un tiempo «imagen» e «idea o representación», ¿no nos da acaso la clave para desentrañar la cuestión que tratamos de elucidar? ¿No es cierto acaso que las palabras, por su condición logomítica, por su tensión inevitable entre abstracción y sensorialidad, tienen una dimensión inevitablemente configuradora, imaginativa? ¿Y no se desprende de ahí acaso que al empalabrar la «realidad», los sujetos no hacen sino imaginarla? Este es, a mi juicio, el hecho decisivo, derivado de esa concepción nietzscheana acerca de la complexión retórica del lenguaje sobre la que venimos reflexionando: que al hablar, al decir, los sujetos inevitablemente ideamos, a saber, imaginamos la «realidad» que vivimos, observamos, evocamos o anticipamos; que toda dicción humana es, siempre y en alguna medida y manera variables, también ficción; que no es que uno de los modos posibles de la dicción sea la ficción —junto a la llamada «no ficción» y sus géneros, pongamos por caso—, sino que dicción y ficción son constitutivamente una y la misma cosa; y que el reto para los estudiosos, en todo caso, consiste en discernir cuáles son los grados y las modalidades en que esa ficción constitutiva de toda dicción se da en la comunicación realmente existente.
Siguiendo a Ernst Cassirer,25 podemos afirmar que la entraña densa y plural de las palabras contiene todas las posibilidades de la dicción humana: la ciencia, la filosofía, el sentido común, el arte, la poesía, el mito… Y, siguiendo aquí nuestra propia intuición, añadiremos que es en las entretelas mismas del lenguaje donde arraiga y se agazapa la ficción: que toda palabra, toda dicción es, siempre y necesariamente, ficción inevitable, insoslayable fabulación.
Dicción, ficción y facción
De acuerdo con el giro lingüístico y con sus corolarios, en efecto, la locución «no ficción» se revela infundada. Debe decirse, en cambio, que los diversos géneros y modalidades que engloba son capaces de producir, en el mejor de los casos, mimesis verosímiles de «lo real», conformadas según las posibilidades y límites que toda dicción impone. Ello es así, para empezar, porque están sujetas a la triple mediación ya mencionada: son lingüísticas, retóricas y narrativas, y por consiguiente no traen los sucesos y cosas cual han sido, ni les es dado re-producirlos, es decir, producirlos tal como eran de nuevo. Tan solo les es posible representarlos a posteriori, intentando recuperar lo sin remedio perdido —lo que ya es pasado— mediante su mutación en otra entidad de distinta índole: no ya sucesos efectivamente ocurridos, sino virtualidades lingüísticas e icónicas que, en el curso de los intercambios comunicativos, son tomadas por plausibles, verosímiles verdades.
Un caso concreto servirá de elocuente ilustración. Cuando Norman Mailer documenta y escribe su extensa novela-reportaje La canción del verdugo, no ofrece a sus lectores una reproducción ni un calco del encarcelamiento y ejecución del homicida Gary Gilmore, sino una representación de esos hechos ya sucedidos mediante el lenguaje, novelísticamente configurado. Detengámonos un instante a considerar lo dicho, y reparemos en dos matices que, aunque trascendentes, suelen pasar inadvertidos. El primero es que representar quiere decir volver a presentar, hacer de nuevo virtualmente presente lo que en realidad es irrecuperable pasado, esto es, algo ya ocurrido que no existe más ahora y aquí, y que por ello mismo no puede ser otra cosa que «presente de pasado», en términos memorables de Agustín de Hipona: pretérito hecho presencia por mor de los signos y símbolos con que es recreado. Y la segunda, que ese hacer presente lo ausente es posible gracias a la mediación de las palabras, idóneas para remedar la lingüisticidad de las acciones y hechos pasados —ya que una enorme cantidad de ellos están mediados por el verbo, y pueden, por consiguiente, ser expresados con relativa fidelidad por él—, aunque mucho más torpes y limitadas a la hora de traducir los aspectos no lingüísticos de esos mismos hechos y acciones: de transubstanciar en enunciados verbales el cuerpo y la materia, la luz y la textura, el deseo y el dolor, la calidez y la frialdad, la fuerza y el gesto.
De manera que Mailer ofrece al lector una recreación exclusivamente lingüística —y retórica y narrativa, claro es— de acontecimientos ya desvanecidos que fueron en su origen lenguaje, pero también otras cosas. Lo mismo puede decirse de Todos los hombres del presidente, de Robert Woodward y Carl Bernstein; o de Película, de Lillian Ross; o de Archipiélago Gulag, de Alexandr Soljenitsin; o de Despachos de guerra, de Michael Herr, por citar algunos ejemplos de prestigio espigados entre muchos otros posibles. La lista podría ser llegar a ser incontable, pero aumentarla no alteraría la idea esencial que ilustra.
En todos esos casos cabe observar, además, la decisiva labor que ejerce la narratividad. Pretendidamente «no ficticios» —desprovistos de aliños imaginativos y ajustados a los hechos sucedidos—, todos esos textos de carácter y voluntad documental son configuradores, no obstante, ya que gracias a sus respectivas tramas hacen concordar lo discordante, y atan los hilos dispersos del acontecer mediante una puesta en relato. Ello es así porque identifican y eligen un puñado de motivos —acciones, fragmentos de habla, vivencias— entre los incontables que el acontecer genera. Y, acto seguido, los cosen por medio de tramas —argumentativas y argumentales— que les confieren sentido: origen y fin, motivo y finalidad, contexto y transcurso. Sea de forma tácita o explícita, tanto las argumentaciones persuasivas como los argumentos narrativos proponen un por qué, un cómo y un para qué plausibles, es decir, un marco explicativo que ilumina la comprensión de la historia configurada. El acaecer singular que irrumpe es contextualizado, dotado de sentido y convertido en «hecho» gracias a ese marco preexistente y genérico; y la vigencia y validez de tal marco, a su vez, son sancionadas por el hecho que acaba de producirse.
A fin de ilustrar este razonamiento, vale la pena evocar el trabajo del new journalist Hunter S. Thompson en su reportaje novelado Los Ángeles del Infierno. Al investigar la vida cotidiana de la célebre tribu periurbana, Thompson identificó y seleccionó ingredientes de contenido —temas y motivos, semblanzas y descripciones, símbolos y detalles— en buena medida diferentes a los que la prensa convencional solía tematizar por entonces, hasta el punto de configurar una historia sustancialmente alejada de las que difundía la ortodoxia. Y, además, construyó una trama argumental —y una argumentación de fondo, conviene advertirlo— mediante la que puso en relación los incidentes y circunstancias que estimó relevantes, de un modo insólito aunque a fin de cuentas congruente en un autor que acabaría escribiendo Miedo y asco en Las vegas. Thompson completó su labor de inventio narrativa mediante la caracterización compleja y problemática de los personajes, la descripción naturalista de los escenarios y la conducción del relato a través de un punto de vista de narrador-protagonista, que vivía, veía y contaba desde dentro su propia participación observadora —la cual requería, dicho sea de paso, una inmersión mucho más completa y arriesgada que la simple observación participante. El resultado fue una espléndida investigación acerca de los Ángeles, deliberadamente rompedora y subjetiva, una de cuyas principales virtudes era su capacidad para desenmascarar la falsa —e imposible— objetividad del periodismo ortodoxo.
Sea como fuere, los malentendidos que la locución «no ficción» suscita son tan grandes y frecuentes —e inexplicables en ciertos autores— que creo ineludible enmendarlos. Con más razón, si cabe, en una época en la que suele emplearse con pasmosa frivolidad, incluso por parte de experimentados periodistas y de conspicuos estudiosos del periodismo y de la comunicación mediática. A la tradicional, burda división del cine y la literatura en las categorías de «ficción» y «no ficción», omnipresente en los suplementos culturales, se añade de unos años a esta parte una vindicación de las cualidades del periodismo y del documento —loable en sí misma, huelga decirlo— que se empeña, ello no obstante, en bautizar los productos cuyo valor pone de relieve mediante locuciones como «sin ficción», «mejor que la ficción», «ficción cero» y otras por el estilo, de tosquedad pareja. Justificable cuando personas no concernidas por el asunto tratan la cuestión en una charla casual, semejante desliz no lo es cuando son investigadores y expertos los que lo cometen. Como si no supieran, a estas alturas de la posmodernidad, que la ausencia de ficción es una entelequia imposible. Y como si ignoraran, adrede o no, las iluminadoras aportaciones que la lingüística, la filosofía del lenguaje, la hermenéutica y la semiótica ofrecen a propósito de este relevante asunto.
Esa extendida y nada inocua empanada conceptual me llevó a proponer, en la primera versión de este libro, una nueva acepción para el sustantivo de origen latino «facción», que en esta segunda versión me veo en condiciones de ahondar. De entrada, cumple observar que «facción» significa «producción» y «complexión», al mismo tiempo. Y añadir que, a diferencia de la «ficción» realista o abiertamente fantástica —modalidad de la dicción libre de compromisos probatorios—, la «facción» se distingue porque en ella la refiguración es disciplinada por una imaginación que debe respetar exigencias referenciales, tal como ocurre en el periodismo informativo o en el documental audiovisual. Tales constricciones incluyen la verificabilidad cuando esta es asequible, por supuesto, aunque no pueden reducirse a ella dado que los crudos datos positivos —los raw data— no lo son siempre, ni de lejos; y porque además, cuando lo son, suelen resultar insuficientes para otorgar sentido a un relato. Cualquier empalabramiento narrativo requiere, amén de su concurso, el indispensable y a menudo arriesgado establecimiento de nexos causales y temporales, vínculos que deben antojarse plausibles y atenerse a los principios de la más elemental razón. Y requiere también, desde luego, el compromiso ético de referir lo sucedido cual honestamente se cree que es, con la debida veracidad intencional.26
De suerte que, cada una a su modo, tanto la «ficción» como la «facción» recrean lo posible y lo existente —y sus variadas conjugaciones— gracias a la labor configuradora que la imaginación permite. Ello es cierto en lo que atañe a El señor de los anillos, de Tolkien, o a La historia interminable, de Michael Ende. Pero también lo es —hechas las distinciones debidas— en lo que concierne a narraciones de tenor realista como Madame Bovary, Guerra y paz, The Pacific y The Wire. Y así mismo es cierto —aunque esto no suela ser admitido— en lo que se refiere a reportajes novelados como El Sha y El Emperador, de Ryszard Kapuscinski, o Un hombre, de Oriana Fallaci; a novelas gráficas de carácter testimonial como Reportajes, de Joe Sacco, o Pagando por ello, de Chester Brown; o a documentales como Inside Job, de Charles Ferguson, o Capturing the Friedmans, del ya citado Andrew Jarecki.
Debe advertirse, sin embargo, que al ser humano no le es posible emplear optativamente su imaginación, según le dicte el placer o la conveniencia. Ocurre, más bien, que vive con y en ella: concibiendo el mundo y a sí mismo, y partiendo de su facultad generadora para elaborar figuraciones: contornos, formas y trayectorias dotadas de sentido, plasmaciones estéticas que tornan inteligible el caos bruto de los acaeceres y las cosas. Hablando en rigor, dar y darse cuenta de la realidad equivale a contarla, en relevante medida: a dar y a darse cuento de ella. Y ello porque quien lo hace es el gnarus, término latino que significa «el que sabe»: un sujeto condicionado por su mudable circunstancia —aquí o allí, durante, después o antes— debido a su condición adverbial, contingente y perspectiva. Un narrador que construye su mundo desde una subjetividad insoslayable, incapaz de reproducir con objetividad los sucesos, y no obstante muy capaz —he aquí la paradoja— de lograr que su dicción engendre una objetivación palpable, inductora de muy concretos efectos. «En el principio era el Verbo», reza el arranque del evangelio de san Juan: la objetividad es una quimera; la objetivación, en cambio, un suceder constante.27
Con todo, desmentir que las dicciones facticias puedan reproducir o calcar los fenómenos no implica negarles la aptitud de producir argumentaciones y argumentos verdaderos, siempre que empleemos semejante adjetivo con suficiente cautela. A diferencias de los sucesos naturales, los llamados «hechos» son de hecho, en cuanto humanos, configurados siempre por el discurso, y además poseen una constitución heterogénea: aspectos que a menudo distan de ser comprobables o evidentes, y que solo resulta posible escrutar en parte, conjeturando a partir de los indicios disponibles. Me parece oportuno evocar, a fin de ilustrar esta observación, las lúcidas reflexiones acerca de la imposibilidad de captar con objetividad y completud los hechos que el reportero y poeta James Agee intercala con frecuencia en Elogiemos ahora a los hombres famosos, agudamente consciente de que su retablo de la pobreza en los Apalaches no la captura cual fue, sino que apenas ofrece al lector una representación tejida mediante palabras —y acompañada por las inolvidables fotografías de Walker Evans.
En contra de lo que el sentido común da por supuesto y predica, debe observarse que los hechos no están ahí —materiales y tangibles, como las montañas o los ríos—, dado que son complejos dialécticos de acción y discurso, entramados argumentales y argumentativos que prestan sentido a los acaeceres rudos. De ahí que suelan mostrarse refractarios a cualquier reduccionismo positivista; de ahí que sean constructos sociales y no simples cosas; y de ahí también que, en el mejor de los casos, ofrezcan vertientes que es posible observar, interpretar y a veces medir desde mudables perspectivas. No debe olvidarse jamás, sin embargo, que los hechos son aconteceres culturales, desencadenados por muy diversos motivos y razones, y no solo acaeceres naturales, precipitados por causas y procesos físicos. Aunque acostumbra a pasarse por alto, ello implica que establecer un hecho depende de la comprensión y la interpretación de indicios, amén de la reunión de evidencias y la inferencia de pruebas —de las que, por cierto, no se dispone a menudo. «No hay hechos, solo interpretaciones», como dejó escrito Nietzsche.28
Recuerde el lector, a fin de esclarecer este razonamiento, las tribulaciones de Truman Capote al escribir A sangre fría, probablemente consciente de que su gran esfuerzo de observación, entrevista exhaustiva y documentación no bastaba para llenar los abundantes resquicios de la historia, y de que con frecuencia se tornaba indispensable recurrir a conjeturas para reconstruir de modo verosímil, por ejemplo, las pasadas vicisitudes de Perry Smith, o sus circunstancias y motivaciones. Y ello a pesar de que Capote, a diferencia de la franca explicitación de la subjetividad de James Agee, aplicó a conciencia los procedimientos de composición y estilo de la novela realista, a la manera de su admirado Flaubert en Madame Bovary. Todo con tal de ofrecer ese efecto omnisciente e impasible de extrema verosimilitud —aunque a menudo cuestionable verdad— que se ha dado en llamar recording angel. Una vez más sería posible invocar otros ejemplos significativos, espigados en el campo periodístico y en el audiovisual, pero aumentar el inventario no elucidaría mejor el asunto.
Veracidad, verosimilitud, verificabilidad, verdad
Si ahora, tras lo que acabamos de argumentar, los apelativos «no ficción» o «sin ficción» se muestran groseramente equívocos, cabe preguntar en qué consiste la veridicción que las narrativas facticias persiguen —y que en sus más afortunadas expresiones alcanzan, a su relativo estilo. Y asumir que, para responder a tan esencial pregunta, es indispensable partir de tres premisas conexas, de las que hemos venido tratando. La primera es que no resulta fundado distinguir, dicotómicamente, entre «realidad», por un lado, y «dicción» y «ficción», por otro, habida cuenta de que esta forma parte íntima de aquella, en cuanto humana y no meramente matérica. La segunda, que existen buenas razones para diferenciar «ficción» y «facción», y para desterrar la tosca locución «no ficción», por manida que sea. Y la tercera, que sobran los motivos para disentir de la doxa cientifista y positivista, predominante en Occidente, que tiende a confundir la verdad con la simple verificabilidad, es decir, la comprensión del sentido con la obtención y procesamiento de datos rudos.
Como es sabido, todas las narrativas facticias persiguen referir sucesos y situaciones realmente acontecidos. El reportaje, la biografía, la historiografía, el memorialismo o el documental audiovisual buscan dar cuenta de ellos tal cual fueron, como predicaba Aristóteles que era propio de la historia. Hay que agregar en seguida, sin embargo, que la veracidad es apenas una cualidad intencional, una loable pretensión que actúa como requisito imprescindible del ethos de la comunicación leal, por más que sea incomprobable las más de las veces. En el mejor de los casos, quien narra y quien le lee o escucha desean captar «los hechos» sin distorsión; y ello a pesar de que esa actitud no garantiza, en modo alguno, que lo relatado se atenga a lo sucedido. No resulta prudente, así pues, tomar al pie de la letra los disparates de quien delira —y eso que se comporta de manera harto veraz y sincera, sin duda—, como Sancho Panza sabía cuando don Quijote confundía con realidades sus fantasías.
Además de veraces, por consiguiente, los relatos facticios deben ser verificables: tienen que representar sucesos partiendo de lo que en ellos es posible observar y comprobar. Sea persuasiva o narrativa, una enunciación puede considerarse verificable si se basa en pruebas susceptibles de ser empíricamente contrastables o lógicamente inferibles, cuando no en indiscutibles evidencias. Y precisamente por ello, a pesar de lo que el sentido común da por sentado, semejante cualidad suele ser un desideratum, más que un objetivo factible. En la literatura testimonial o el periodismo informativo, en el documental cinematográfico o la historia oral hallamos incontables relatos prestigiosos que, por más que resulten verosímiles y veraces, solo cabe verificar a medias o en escasa medida. Piénsese, a título de ilustración, en reportajes justamente aclamados como Honrarás a tu padre, de Gay Talese, Che Guevara: una vida revolucionaria, de John Lee Anderson, o El periodista indeseable, de Günter Wallraff; o bien en documentales de patente mérito y rigor, como La batalla de Chile, de Patricio Guzmán, El desencanto, de Jaime Chávarri, o Grizzly Man, de Werner Herzog. ¿Hasta qué punto son verificables decisivos detalles relativos a la cotidianidad del mafioso Bill Bonanno, o a la del Che, o a la del inmigrante turco interpretado por Wallraff, o a los últimos minutos de Salvador Allende, o a la enajenación de los Panero, o al hombre de los osos evocado por Herzog? ¿Puede el más riguroso, el más honrado y minucioso de los periodistas, documentalistas o historiadores reportar con fidelidad todas las vicisitudes y matices que necesita contar para dar sentido a su historia? Y el receptor —sea lector, interlocutor o espectador— ¿asume con responsabilidad que una porción relevante de lo que necesita dar por descontado no puede serlo en modo alguno, de hecho? Son preguntas deliberadamente retóricas, ni que decir tiene.
Esa verificabilidad incompleta no tiene por qué obedecer a motivaciones turbias, sino a que las evidencias y las pruebas apenas alcanzan a cubrir, en la mayoría de ocasiones, un fragmento de lo que debe saberse para conferir sentido a la historia. No se olvide que, además de las evidencias y las pruebas, lograrlo exige contar con múltiples indicios capaces de apoyar conjeturas plausibles —y de suturar, por medio de atribuciones de causalidad así mismo creíbles, los vacíos que el simple inventario de acciones deja. Una historia solo adquiere sentido si la identificación de las vivencias y acciones consideradas relevantes —vía evidencias, pruebas o indicios— es articulada mediante inferencias que las enlazan causalmente entre sí, hasta obtener esa co-relación de incidentes, al tiempo consecutiva y consecuente, que llamamos relato.
A tenor de la atinada reflexión que Ortega y Gasset expone en La rebelión de las masas y en Historia como sistema —a la sombra de Wilhelm Dilthey—, el acontecer debe entenderse como una sucesión de instantes aislados, cada uno de los cuales patina sobre el anterior, por así decirlo. Tales instantes no se suceden de modo determinado y necesario, sino relativamente indeterminado y contingente, abiertos a muchas trayectorias posibles; y es solo el relato —la concordancia de esa discordancia, en lúcida expresión de Paul Ricoeur— el que permite establecer nexos causales aparentemente irrefutables allí donde en realidad reina la incierta posibilidad —o hasta la casualidad o el caos, en el caso más extremo. Recuérdese, al respecto, el desconcierto inicial con que casi todos presenciamos, en directo, los atentados del 11-S en Nueva York; el gradual atar cabos durante los minutos que mediaron entre el impacto del primer avión y el del segundo; y la posterior construcción de un relato mayoritariamente aceptado durante las horas, días y meses posteriores al atentado, cuando lo que estaba en disputa no eran, propiamente hablando, sus trágicos efectos, sino el sentido con el que sería comprendido en adelante.
De hecho, el recurso estricto a la evidencia suele autorizar un margen angosto de certidumbre, como saben los periodistas y los historiadores que, amén de honestos, se interrogan seriamente sobre sus respectivas labores. No solo porque son muchos los ingredientes de cada historia que distan de ser evidentes —o susceptibles de ser comprobados, al menos—, sino porque lo que se antoja obvio nunca lo es desde cualquier perspectiva. Sin excepción, todas las enunciaciones facticias están sujetas a esa ley, ya que es la triple mediación del lenguaje, la retórica y la narración la que permite construir lo que cándidamente llamamos «hechos» —dando por supuesto que son entidades anteriores al empalabramiento e independientes de él, a semejanza de las que integran el orbe predado y natural, y que carecen por tanto de humana hechura: discursiva, en consecuencia. Y sin embargo «los hechos» son hechos,29 social y sémicamente construidos, y hacerlos implica articular evidencias, pruebas e indicios en una configuración que cobre sentido; conferir facción —hechura— al conocimiento por fuerza incompleto que los sujetos pueden obtener y acordar en el curso de sus intercambios; y, en fin, conjugar tales ingredientes mediante la imaginación, de acuerdo con tramas —argumentales y argumentativas— inspiradas en las matrices que las tradiciones brindan.
Sean científicas o periodísticas, jurídicas o historiográficas, testimoniales o documentales, las mejores expresiones de la facción carecen, en rigor, de esa capacidad de reproducir con objetividad lo sucedido que suele atribuírseles —con frívola o ingenua inconsciencia, las más de las veces—, dado que no pueden ser otra cosa que representaciones, nada más y nada menos: mimesis que vuelven a hacer virtualmente presente lo ya ocurrido en el pasado, mediante esa triple mediación —lingüística, retórica y narrativa— inherente a cualesquiera discursos de intención verídica.
Una tipología de las dicciones
De lo antedicho se desprende una plausible tipología general de la dicción, según sean las maneras y grados en que la ficción la entrevere. Dos taxonomías derivan de las premisas de que partimos, alternativas a las ortodoxas: la primera —que en seguida esbozamos— ordena los enunciados de acuerdo con su estatuto gnoseológico, en una escala que va de la mayor referencialidad a la mayor fabulación posible; la segunda considera su estatuto estético, y distingue su índole ideacional (inventio), compositiva (dispositio) y estilística (elocutio). Es la primera, no obstante, la que ahora nos interesa.
1. Dicción facticia o ficción tácita, propia de los enunciados de vocación veridicente en los que la ficción se da en su mínima e irrenunciable expresión, entrañada en la mera labor poiética que, a través de la metáfora y el símbolo, toda enunciación requiere. Quiere ello decir que la ficción tácita se da de suyo y sin más por efecto mismo del empalabramiento, dado que la actitud de los interlocutores se basa en un acuerdo explícito o implícito de veracidad, y no en afán inventivo alguno. La dicción facticia exige, así pues, un pacto de veridicción entre ellos, comprometidos en un intercambio fehaciente. Y puede dividirse, a su vez, en dos clases:
1.1.Dicción facticia documental, caracterizada por su veracidad intencional y, al tiempo, por su relativamente alta verificabilidad. Es propia de actos de habla como la afirmación, la constatación, la exposición y la explicación; de géneros periodísticos y mediáticos como la noticia, la información, la crónica, el reportaje y el documental; y, así mismo, tanto de los procedimientos historiográficos convencionales como de los llamados métodos cualitativos —historia oral, historias de vida, docugrafías, etc.
1.2.Dicción facticia testimonial, caracterizada por su veracidad intencional y, al tiempo, por su escasa o problemática verificabilidad. Es el modo de enunciación típico de los libros de confesiones y memorias, los dietarios, los epistolarios, los relatos de viaje, los retratos y semblanzas y, en fin, de la llamada «literatura testimonial» en su conjunto.
2. Dicción ficticia o ficción manifiesta, propia de los enunciados de vocación fabuladora en los que la ficción explícita se plasma en variables maneras y grados, añadida a la implícita que de por sí se da en toda clase de enunciados. La enunciación ficticia puede ser tácita o manifiesta, intencional o indeliberada, pero cuando se urde a sabiendas los interlocutores en ella implicados deben trabar un «pacto de suspensión de la incredulidad» (suspension of disbelief), como el que hace posible que novelas, cuentos, dramas y películas resulten artísticamente eficaces. Este tipo de dicción es divisible, a su vez, en tres modos principales:
2.1.Dicción ficticia realista, caracterizada por la destilación de una verdad de experiencia esencial a través del ejercicio de la generalización tipificadora y, en suma, de la verosimilitud referencial. Este tipo de enunciaciones buscan erigir mundos posibles mediante la representación mimética de ciertos mundos reales (así, el Madrid de la República, el Chicago de la Gran Depresión o el París del Segundo Imperio) reconocibles por los interlocutores —lectores o espectadores que suelen, por cierto, tenerlas en alta estima. El relato, la novela, el teatro y el cine de cariz realista y naturalista ofrecen incontables ejemplos de ello, de Flaubert a Rossellini pasando por Hemingway, Coppola y Chejov.
2.2.Dicción ficticia mitopoética, caracterizada por la destilación de una verdad de experiencia esencial a través del ejercicio de la generalización tipificadora y, en suma, de la verosimilitud autorreferencial, esto es, no por su tenor representativo y mimético respecto de mundos reales reconocibles y exteriores a los interlocutores, sino por su apelación a la experiencia interior propia de la imaginación, el sueño o el ensueño.30 Tal sería el caso del mito, el culto y la leyenda de ayer y de hoy; y también el del relato, la novela y el cine que cultivan el realismo simbolista o expresionista —así Kafka, Murnau, Calvino, David Lynch, Borges o Cortázar— o lo fantástico sin ambages —así Poe, Lovecraft o Tolkien.
2.3.Dicción ficticia falaz, caracterizada por su deliberada búsqueda de la mentira, el engaño, la tergiversación, el encubrimiento o, en fin, cualquiera de los sutiles matices que la mendacidad y la falsedad incluyen, tan bien expresados por Agustín de Hipona en De mendacio: «Una mentira es la enunciación premeditada de una falsedad inteligible».31 En términos epistemológicos, la diferencia entre la ficción falaz y la ficción artística es colosal —de calidad, y no de grado—, por más que ciertos autores presuman sin razón que esta es una sofisticada variante de la mentira: en el arte, los interlocutores conocen las claves del trueque y gozan de ellas, mientras que en la mentira y el engaño uno de ellos —al menos— ignora que se le da gato por liebre, o que ambos abonan un franco delirio. Por tanto, en la ficción falaz no se da pacto alguno de suspensión de la incredulidad, sino una consciente explotación de la credulidad ajena, cuando no un compartido embauco.
A mi entender, la tipología propuesta permite refutar dos dicotomías, ambas comunes y apenas fundadas. Por un lado, la que distingue paladinamente entre «ficción» y «no ficción», ya lo hemos visto. Por otro, la que traza una taxativa diferencia entre «realidad» y «ficción», basada en la confusión entre los planos óntico y epistémico. Del razonamiento en curso se desprende, empero, que tan drásticas dicotomías impiden comprender hasta qué punto las distintas dicciones se imbrican, alean o alían; y, sobre todo, que eclipsan la condición epistémica de lo óntico, esto es, la índole mixta —biológica, matérica y también discursiva— de ese constructo histórico anfibio y ambiguo que es sin duda el mundo humano.
Adicionalmente, la taxonomía que presento entraña dos relevantes consecuencias. Una es que no resulta lícito asimilar sin más las categorías de «ficción» y «falsedad», como se suele con ligereza excesiva. Y otra es que la renovada noción de «ficción» que vindico —constitutiva de la dicción sean cuales fueren sus formas— se compadece de pleno con la potencia generatriz de realidades que solo el lenguaje posee.
George Steiner lo explica con proverbial elocuencia en Después de Babel:
El lenguaje es el instrumento privilegiado gracias al cual el hombre se niega a aceptar el mundo tal y como es. Sin ese rechazo, si el espíritu abandonara esa creación incesante de anti-mundos, según modalidades indisociables de la gramática de las formas optativas y subjuntivas, nos veríamos condenados a girar eternamente alrededor de la rueda de molino del tiempo presente. La realidad sería (para usar, tergiversándola, la frase de Wittgenstein) «todos los hechos tal y como son» y nada más. El hombre tiene la facultad, la necesidad de contradecir, de desdecir el mundo, de imaginarlo y hablarlo de otro modo.32
La facultad poiética del verbo, su inigualada aptitud para hacer y crear sentido se halla entrañada en todo empalabramiento de la experiencia. Así lo elucida el mismo autor en Presencias reales:
El lenguaje mismo posee y es poseído por la dinámica de la ficción. Hablar, bien a uno mismo o a otro, es —en el sentido más desnudo y riguroso de esta insondable banalidad— inventar, reinventar, el ser y el mundo. La verdad expresada es, lógica y ontológicamente, «ficción verdadera», donde la etimología de «ficción» nos remite de forma inmediata a la de «hacer». El lenguaje crea: por virtud de la nominación, como en el poner nombre de Adán a todas las formas y presencias; por virtud de la calificación adjetival, sin la cual no puede haber conceptualización de bien o mal; crea por medio de la predicación, del recuerdo elegido (toda la «historia» se aloja en la gramática del pretérito). Por encima de todo lo demás, el lenguaje es el generador y el mensajero del mañana (y desde el mañana). A diferencia de la hoja, del animal, sólo el hombre puede construir y analizar la gramática de la esperanza […] Creo que esta capacidad para decirlo y no decirlo todo, para construir y deconstruir espacio y tiempo, engendrar y decir contrafácticos —«si Napoleón hubiese mandado en Vietnam»— hace hombre al hombre.33
El lenguaje mismo posee y es poseído por la dinámica de la ficción. Y su más preciado fruto, ese que acordamos llamar «verdad», está entretejido de ella, por más que las convenciones usuales nos empujen a olvidarlo. Con todas sus luces y sus sombras, la época posmoderna ha fomentado una lúcida conciencia a este respecto, todavía minoritaria pero relevante. Y lo ha hecho a la vez que fomentaba esa propensión a la hibridación, la mezcolanza y la promiscuidad entre ficción y facción que distingue al periodismo literario y, en general, a una considerable porción de la cultura mediática de nuestro tiempo.
1.Así, de acuerdo con el argumento con que Wilbur Marshall Urban abre su magna obra Lenguaje y realidad (México: FCE, 1952, p.13): «El lenguaje es el último y el más profundo problema del pensamiento filosófico. Esto es verdad, sea que nos acerquemos a la realidad a través de la vida, o a través del intelecto y la ciencia».
2.W. M. Urban, op. cit., p.20. Sobre el pensamiento de Humboldt y su alargada sombra en el pensamiento posterior, son básicos también, entre otros, Ernst Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas. I. El lenguaje (México: FCE, 1971); y Hans Georg Gadamer, Verdad y método (Salamanca: Sígueme, 1993). Tres autores de expresión castellana han hecho significativas contribuciones a esta general «toma de consciencia lingüística»: Octavio Paz, sobre todo en su ensayo El arco y la lira (Madrid: FCE, 1992); Emilio Lledó, especialmente en sus obras El surco del tiempo (Barcelona: Crítica, 1992) y La memoria del logos (Madrid: Taurus, 1996); y el maestro José María Valverde, a lo largo de su valiosa obra completa, oral y escrita. Por su parte, George Steiner ha hecho incursiones sugerentes en el tema que nos ocupa, entre ellas Extraterritorial (Barcelona; Barral, 1973), Después de Babel (Madrid: FCE, 1990), Lenguaje y silencio (Barcelona: Gedisa, 1982) y Presencias reales (Barcelona: Destino, 1991). Sobre la relación entre la consciencia lingüística y el esclarecimiento de las relaciones entre periodismo y literatura, véanse —además de la versión matriz de esta obra— los libros de Albert Chillón (Literatura i periodisme. Literatura periodística i periodisme literari en el temps de la postficció, Valencia: UA/UJI/UV, 1993) y David Vidal, El malson de Chandos (Bellaterra: UAB/UJI/UV, 2005).
3.José María Valverde, Nietzsche, de filólogo a Anticristo (Barcelona: Planeta, 1993), p.28. Valverde ha sido, sin duda, el pensador que más ha hecho por extender esta consciencia lingüística en el ámbito cultural hispano. Sus inquietudes al respecto comenzaron ya con su tesis doctoral Guillermo de Humboldt y la filosofía del lenguaje (Madrid: Gredos, 1955).
4.Otro romántico, el poeta alemán Heinrich von Kleist, reflexionó ya acerca de ello en «Sobre la gradual puesta a punto de los pensamientos en el habla» (publicado en Quimera, 30, Barcelona: Montesinos, 1982, trad. de José María Valverde). «Empalabrar» y «empalabramiento» son neologismos acuñados por Lluís Duch en sus relevantes reflexiones acerca de la naturaleza logomítica del lenguaje. Véanse, al respecto, Mite i cultura (Barcelona: Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1995); Mite i interpretació (Barcelona: Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1996); y La educación y la crisis de la modernidad (Barcelona: Paidós, 1997).
5.Nietzsche en Valverde, op. cit., p.30–31. Existe una traducción al castellano de este curso de retórica, incluida en F. Nietzsche, Libro del filósofo (Madrid: Taurus, 1974). Utilizo la traducción del propio Valverde porque es, a mi juicio, muy superior a la de la antología citada. Acerca de la compleja y revolucionaria concepción de Nietzsche sobre el lenguaje, pueden leerse los ensayos de Enrique Lynch, Dioniso dormido sobre un tigre (Barcelona: Destino, 1993); Jesús Conill, El poder de la mentira. Nietzsche y la política de la transvaloración (Madrid: Tecnos, 2007); y L. E. de Santiago Guervós, «Introducción» a Escritos sobre retórica (Madrid: Trotta, 2000).
6.Nietzsche en Valverde, op. cit., p.33–35.
7.Entiendo aquí creencia, distinguiéndola de idea, en el sentido en que lo hace Ortega y Gasset en Ideas y creencias (Madrid: Espasa-Calpe, 1968), p.18–19: «Estas “ideas” básicas que llamo “creencias” —ya se verá por qué— no surgen en tal día y hora dentro de nuestra vida, no arribamos a ellas por un acto particular de pensar, no son, en suma, pensamientos que tenemos, no son ocurrencias ni siquiera de aquella especie más elevada por su perfección lógica y que denominamos razonamientos. Todo lo contrario: esas ideas que son, de verdad, “creencias” constituyen el continente de nuestra vida y, por ello, no tienen el carácter de contenidos particulares dentro de ésta. Cabe decir que no son ideas que tenemos, sino ideas que somos. Más aún: precisamente porque son creencias radicalísimas, se confunden para nosotros con la realidad misma —son nuestro mundo y nuestro ser—, pierden, por lo tanto, el carácter de ideas, de pensamientos nuestros que podían muy bien no habérsenos ocurrido».
8.Me remito a cualquiera de las ediciones de calidad de la Retórica. La concepción aristotélica de lo verosímil es muy bien explicada por Roland Barthes en «La retórica antigua», prontuario recogido en La aventura semiológica (Barcelona: Paidós, 1993), p.85–161.
9.«Diseccionamos la naturaleza a través de líneas trazadas por nuestras lenguas nativas. Las categorías y tipos que aislamos del mundo de los fenómenos no nos los encontramos allí porque salten a la cara del observador; por el contrario, el mundo se presenta como un flujo caleidoscópico de impresiones que debe ser organizado por nuestras mentes —y eso significa sobre todo por los sistemas lingüísticos de nuestras mentes. Diseccionamos la naturaleza, la organizamos en conceptos y le adscribimos significados como lo hacemos principalmente porque somos partícipes de un acuerdo para organizarla de ese modo —un acuerdo que se establece a lo largo y ancho de nuestra comunidad lingüística y que está codificado según las pautas de nuestra lengua. El acuerdo es, por supuesto, implícito y tácito, pero sus términos son absolutamente obligatorios; no podemos hablar en absoluto si no es suscribiendo la organización y clasificación de datos que el acuerdo decreta». Benjamin Lee Whorf, «Science and Linguistics» (1940), artículo incluido en Language, Thought and Reality (Cambridge: MIT Press, 1956), p.157. Al respecto, véase también la obra anterior de su maestro Edward Sapir, Language. An Introduction to the Study of Speech (1921), publicado en castellano: El lenguaje (México: FCE, 1954).
10. Tal es el sentido de la famosa proposición 5.6. del Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (Barcelona: Laia, 1989), p.130.
11. Cassirer, op. cit., 1971, p.34.
12. Así, en palabras de Lluís Duch, op. cit., 1997, p.52: «A menudo de forma soterrada, la tradición, como contenido y también como diversidad de formas expresivas, continúa manteniendo su presencia activa en el momento actual. No debe olvidarse que la tradición, a lo largo de la historia, ha sido un insustituible factor estructurador de la humanidad del hombre a partir de los estratos más profundos de su propia arqueología. Además, resulta un hecho harto conocido que ni el contenido ni las formas expresivas de la tradición humana poseen posibilidades infinitas, sino que sólo dispone de las que corresponden a un ens finitum capax infiniti, es decir, a un ser que se ve obligado a someterse a un incesante proceso de clasificación de los nuevos datos y circunstancias que irrumpen en su horizonte físico y mental». Sobre la importancia de la tradición, y sobre su naturaleza eminentemente lingüística, ha reflexionado brillantemente George Steiner en Antígonas. Una poética y una filosofía de la lectura (Barcelona: Lumen, 1966), pássim.
13. Cesare Segre, Principios de análisis del texto literario (Barcelona: Crítica, 1985), p.59. Véase, así mismo, Umberto Eco, Tratado de semiótica general (Barcelona: Lumen, 1977), p.110–14.
14. Sobre la pragmática y su aplicabilidad a los estudios sobre comunicación, véanse: John Austin, How to do things with words (Oxford: Clarendon Press, 1962); John Searle, Speech Acts (Cambridge: Cambridge University Press, 1969); Geoffrey Leech, Principles of Pragmatics (Londres y Nueva York: Longman, 1983); Stephen Levinson, Pragmatics (Cambridge: Cambridge University Press, 1983); Siegfried J. Schmidt, Teoría del texto. Problemas de una lingüística de la comunicación verbal (Madrid: Cátedra, 1977); Umberto Eco, Lector in fabula (Barcelona: Lumen, 1981); o Graciela Reyes, La pragmática (Barcelona: Montesinos, 1990).
15. La pragmática, sin embargo, presenta como novedosa una idea que la longeva retórica formuló —con mucha mayor precisión y detalle, por cierto—, hace aproximadamente veinticinco siglos. Al respecto, es muy útil la obra de Bice Mortara Garavelli, Manual de retórica (Madrid: Cátedra, 1991); así como el clásico de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca Tratado de la argumentación (Madrid: Gredos, 1989). También lo es el libro de Elvira Teruel Planas, Retòrica, informació i metàfora (Barcelona: UAB/UJI/UV, 1997).
16. Acerca de la naturaleza dialógica de la comunicación lingüística, entendida como incesante intercambio de enunciados, son ya clásicas las reflexiones del gran Mijail Bajtin en Estética de la creación verbal (México: Siglo XXI, 1985) y Teoría y estética de la novela (Madrid: Taurus, 1989).
17. La idea nietzscheana acerca de la naturaleza retórica del lenguaje ha dado lugar a algunas magníficas investigaciones sobre el papel decisivo que las metáforas desempeñan en el modo de vivir, concebir y comunicar de los individuos. Pienso, en particular, en la ya clásica obra de George Lakoff y Mark Johnson Metaphors We Live By (1980), título mal traducido en la versión castellana: Metáforas de la vida cotidiana (Madrid: Cátedra, 1991). Por otra parte, la antes aludida obra de Elvira Teruel Retórica, informació i metàfora es, sin duda, una iluminadora aplicación de la consciencia retórica al estudio de la comunicación periodística.
18. Remito al lector al artículo de Berta Capdevila y Albert Chillón «El discerniment retòric. Sobre els principis de la retòrica i el seu valor pedagògic», Ars Brevis, 17 (Barcelona: Universitat Ramon Llull, 2011).
19. Tal concepción logomítica del lenguaje ha sido elocuentemente expuesta y defendida por Lluís Duch a lo largo de sus obras publicadas en los últimos años, ya citadas.
20. Acerca de esta decisiva cuestión, resulta sumamente sugerente la observación que Duch hace a propósito de la palabra con que el idioma alemán expresa la noción de símbolo: Sinnbild, vocablo compuesto a partir de Sinn (sentido) y Bild (imagen). L. Duch, op cit., p.91.
21. Octavio Paz, El arco y la lira, op. cit., 1992, p.34. Las citas entrecomilladas de Paz corresponden a la obra citada de W. M. Urban, Lenguaje y realidad.
22. Un medio concebido como ambiente, no como instrumento.
23. Acerca de la distinción entre imagen icónica e imagen mental, es esclarecedor el libro de Román Gubern La mirada opulenta (Barcelona: Gustavo Gili, 1987), caps. 1 y 2.
24. Gran diccionario de la lengua española (Barcelona: Larousse, 1996).
25. Me remito a su obra, ya citada, Filosofía de las formas simbólicas, I. El lenguaje, 1971.
26. Véase el ensayo de A. C. Danto, Historia y narración. Ensayos de filosofía analítica de la historia (Barcelona: Paidós – UAB, 1989).
27. Si así lo desea el lector, puede explorar esta cuestión en el libro del autor y de L. Duch Un ser de mediaciones, op. cit., 2012.
28. «Contra el positivismo, que se queda en el fenómeno, “solo hay hechos”, yo diría, no, precisamente no hay hechos, solo interpretaciones», F. Nietzsche, Fragmentos póstumos, vol. 4 (Madrid: Tecnos, 2008), p.222.
29. A fin de refutar la concepción positivista y reificadora de los hechos que Emile Durkheim consagró en su influyente Las reglas del método sociológico, Jules Monnerot escribió Les faits sociaux ne sont pas des choses (París: Gallimard, 1946), un ensayo casi olvidado que debería recuperarse y leerse. Véase también, al respecto, «Hacer los hechos», el capítulo VII de la obra de Lluís Duch y Albert Chillón Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación, vol. I (Barcelona: Herder, 2012).
30. Véanse entre otros, además de la obra de Gaston Bachelard en general, los libros de Albert Béguin, El alma romántica y el sueño (México: FCE, 1993); y Georges Bataille, La experiencia interior (Madrid: Taurus, 1973).
31. Sobre la capital cuestión de lo falso y lo verdadero, nos remitimos a la argumentación que Steiner desarrolla en Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción, op. cit.; y, en especial, a su capítulo III, «La palabra contra el objeto». Steiner recoge la definición de Agustín en la p.251 de su ensayo.
32. G. Steiner, Después de Babel, op. cit., p.250.
33. G. Steiner, Presencias reales (Barcelona: Destino, 1992), p.44s.
Capítulo 3
Incidencia del giro lingüístico en la reflexión acerca de la literatura
La literatura ya no es lo que era. No lo es su cultivo por parte de escritores, escribidores y escribanos de toda laya, ni tampoco el corpus de pensamiento teórico, sea académico o asilvestrado, que procura dar cuenta de sus mutaciones. Para bien y para mal, con su formidable empuje, la industria cultural ha contribuido a transformar todos los eslabones que componen el campo literario, desde su ideación y escritura hasta su consumo y eventual disfrute, pasando por su producción y distribución.1 Desde principios de siglo, como a estas alturas es bien sabido, todas las artes clásicas han sido alteradas por el embate de la fotografía y el cine, la prensa y la radio, la publicidad y la propaganda, la televisión y, en las últimas dos décadas, por la expansión de la digitalización a todos los campos de la cultura y la comunicación, hoy ya prácticamente subsumidos en un omnipresente ciberentorno. La conmoción ha sido suficiente para modificar no solo la fisonomía del arte tradicional —y del arte literario en concreto— sino incluso su misma definición, cuestionada al menos desde que Marcel Duchamp presentó su célebre urinario (Fuente) en la exposición de la Society of Independent Artists, allá por 1917.
El arte de la palabra, en concreto, ha sufrido sensibles mutaciones, hasta el punto de que hoy cabe poner en tela de juicio la misma noción de «literatura», un concepto que hasta las primeras décadas del siglo XX parecía innecesario cuestionar —y que a lo largo de la posmodernidad, desde los años sesenta, ha sido objeto de cambiantes aproximaciones, de acuerdo con su espíritu del tiempo sincrético y desacralizador, hedonista e irónico, irreverente y desencantado. Lejos de resultar bizantina, la pregunta por el ser y el hacer de la literatura es singularmente pertinente en nuestros días, cuando bajo el palio de la general confusión medra una nutrida gama de productos que, a pesar de llamarse «literarios», tienen apenas la mera apariencia de tales —la tipografía y la maquetación, la encuadernación física o digital, los paratextos y sobre todo los canales y rituales que los producen y diseminan en serie.2
Profesada ante todo por los académicos más ortodoxos, pero también por numerosos ciudadanos de a pie, la noción habitual de literatura obedece a un paradigma secularmente consagrado que fue, en primer lugar, cimentado por las artes poéticas antiguas y medievales, propulsado urbi et orbi por la nueva tecnología que fue la imprenta, y luego cristalizado por la filología erudita del siglo XIX, a menudo empeñada en consagrar panteones nacionales. Según tal paradigma, son literarias a) las obras escritas, impresas y encuadernadas que, b) concebidas en clave de ficción, c) integran una tradición transhistórica compuesta por clásicos, obras selectas dotadas de valor memorable, y por ello mismo acreedoras de reverencia y emulación.
Esas tres restricciones conforman la idea vigente de literatura, el objeto de conocimiento que los filólogos ortodoxos, aferrados a un paradigma obsoleto, suelen definir como propio. La influencia de este paradigma ha sido y es hegemónica todavía, a pesar de que en las últimas décadas se detectan en él notorias grietas y fallas. No obstante, tal como piensan Thomas Kuhn y otros epistemólogos contemporáneos, los paradigmas perduran gracias a su obstinada inercia, y muestran una resistencia que les permite acumular anomalías y disidencias, hasta que llega un momento en que se rompen y son sustituidos por otros, del todo o en parte.3
El cuestionamiento de la idea de tradición
A despecho del considerable esfuerzo que hicieron, a lo largo del siglo XX, para definir la llamada «literariedad» —entendida como esencia o nóumeno escondido—, las diferentes corrientes formalistas y estructuralistas no lograron desembarazarse del mentado paradigma, y sobre todo de la añeja concepción que ve la literatura como un monumento transhistórico: una suerte de esfera inmutable y sublime, definida por sus valores estéticos inmanentes y consagrada por la tradición.
Cuando hablan de literatura, críticos, teóricos e historiadores suelen hacerlo en realidad de un canon de obras modélicas, a las cuales se atribuye la posesión de valor artístico, una esencia inefable que apenas nadie acierta a explicar. Cada sociedad se muestra proclive a ver en su respectivo canon presente una memoria literaria poco menos que inmutable, «la tradición», cuyo ascendiente se invoca para legitimar el mismo imaginario cultural —y con frecuencia político, no se olvide— que la produce y consagra.4 Las tradiciones particulares son, con harta frecuencia, mucho más plurales de lo que sus arúspices y sacerdotes gustan de reconocer, de entrada porque las transmisiones que las conforman tienen acuñaciones diversas, y ante todo porque todas las culturas, sin excepción, van forjándose por polinización recíproca.5 Y sin embargo, desde el Romanticismo al menos, las llamadas literaturas nacionales han tendido a crear imaginarios de idealizada pureza, actuando como si sus tratos con las otras literaturas fueran mayormente diplomáticos, y negando la afortunada promiscuidad que en realidad los distingue. Pero la invención y difusión de la imprenta, primero, y la expansiva modernización, después —con la industria cultural y los medios de comunicación de masas en cabeza—, reventaron las aduanas y borraron en buena medida las fronteras, lo que multiplicó esa querencia a la hibridación que es, a fin de cuentas, inherente a la evolución de todas las culturas.
Una tradición particular —la catalana o la española o la hispana o la occidental, digamos— está poblada por clásicos, obras que actúan como modelos memorables en el recuerdo de escritores y lectores, háyanlas leído o no.6 Las obras que no ingresan en el canon son consideradas irrelevantes: se les niega el estatuto literario o, en el mejor de los casos, se les concede un rango menor en el escalafón artístico. Sin embargo, por más que sus sacerdotes insistan en proclamarlos eternos, los parnasos son construidos y por lo tanto mudables. Tanto es así que obras etiquetadas como subliterarias o triviales por el mandarinato filológico acaban viendo reconocido su valor, andado el tiempo. Y que, como es sabido, piezas aupadas a la cumbre de ese Olimpo por cierto establecimiento político-cultural —pensemos, sin ir más lejos, en el mediocre José María Pemán consagrado en vano por el franquismo, o en tantos escribidores ocres premiados a casa nostra por la cosa nostra ultrapatriótica— son apeados de ella al poco de morir, o en vida incluso, en cuanto los regímenes político-culturales se dejan por el camino sus respectivos pellejos.
Hoy sabemos, sin embargo, que los cánones no son dados a priori —ideas platónicas perennes y universales—, sino modelos históricamente cambiantes, a la vez prescriptivos y valorativos, que son siempre construidos a posteriori, de acuerdo con las expectativas, valores y criterios dominantes en cada lugar y tiempo. Las obras, los géneros y los estilos que una determinada generación adscribe a su canon —el realismo y naturalismo del siglo XIX en Francia, pongamos por caso— pueden ser destronados por la generación siguiente —en favor del simbolismo, por ejemplo. Y las tendencias artísticas que unas culturas reverencian hic et nunc —el surrealismo y el dadaísmo en Francia y Suiza; el futurismo en Italia; el expresionismo en Alemania y Austria— pueden tener un estatus secundario en otras —en Cataluña, digamos, donde en esos mismos años predominaron el modernisme y el noucentisme.
Ello por no hablar de la conflictiva coexistencia de cánones distintos en una misma sociedad, que las más de las veces traban una lucha enconada desde muy desiguales posiciones. Recuérdense las tribulaciones del arte de vanguardia en la Alemania y en la Rusia de las primeras décadas del siglo XX, cuando las corrientes más innovadoras de la literatura, el cine, la pintura y la música arrostraban la animadversión —y la persecución, a menudo— de unos regímenes totalitarios que las tildaban de «degeneradas» al mismo tiempo que ensalzaban el realismo socialista o el neoclasicismo épico nazi. Y recuérdese así mismo, para no salir de Hispania, la deplorable obcecación del españolismo rancio en menospreciar y hasta en negar la diversidad cultural de este país plural; y la correlativa obcecación de cada una de las ortodoxias autóctonas —la vasca, la gallega o la catalana, pongamos— en considerar forasteras las obras literarias escritas o dichas en castellano. Ni la literatura ni el arte son entidades evanescentes, ajenas a la humana pulsión de poder.
Guste o no, pues, cada canon es un sedimento de la memoria colectiva, y está necesariamente sujeto a constante revisión y enmienda a medida que los nuevos presentes imaginan y rehacen el relato de lo pretérito, y los valores a él asignados. Resulta difícil, con todo, determinar con rigor qué factores confluyen, en una época y lugar concretos, en la elaboración del canon. Aunque en este terreno las filologías ortodoxas son proclives al dogmatismo, empeñadas como están en consagrar santorales y panteones presuntamente intemporales, debe observarse que esa construcción suele ser ahormada por las modas y los criterios de gusto dictados por las instituciones encargadas de legitimar la constelación cultural dominante. O, lo que viene a ser lo mismo, por los imaginarios étnicos, políticos y estéticos hegemónicos. Entre tales instituciones, sin ánimo de exhaustividad, cabe destacar las siguientes:
1. La crítica académica y periodística, una casta de mandarines dotada de suficiente poder para definir la ortodoxia —qué es artístico y qué no lo es, qué pertenece al centro del canon y qué a su periferia, y qué es mejor y qué peor—, a menudo a partir de discutibles premisas disfrazadas de rigor. No se me escapa que su función estimativa era y sigue siendo cardinal, ni que la validez del juicio de gusto es inevitablemente subjetiva o intersubjetiva, en el mejor de los casos. Pero tampoco que, por más inapelable que se pretenda, ese mandarinato —una verdadera casta sacerdotal, administradora de las liturgias y misterios de la creación— suele distar de resultar ecuánime. Ahí está, para mostrarlo, el canon de la literatura sedicentemente «universal» propuesto por Harold Bloom, de casi exclusivo —y harto discutible— cuño anglosajón.
2. La industria cultural —integrada por los grandes medios de persuasión y por las empresas editoriales—, proclive a vender como literatura valiosa meros apaños de ocasión, que sustituyen la indispensable ambición creativa por la pretenciosidad y el facilismo kitsch, escritos a matacaballo y diseñados para alimentar la creciente demanda de pienso de una porción mayoritaria del público lector, que ve en la literatura una suerte de prestigiosa amenidad, cuando no un vehículo para la obtención de estatus.
No debe pasarse por alto, a mi juicio, la patente pujanza del kitsch en todos los ámbitos culturales, un fenómeno que no ha hecho sino expandirse en las últimas décadas, como las mesas de novedades editoriales y la cartelera de estrenos pone de relieve sin cesar. No me refiero al kitsch en su acepción más falsa y frecuente hoy en día —entendido como sinónimo de quincalla o basura, casi siempre cursi y amanerada—, sino al genuino kitsch al que hace unas décadas consagraron reveladores ensayos autores como Abraham Moles, Gillo Dorfles o Umberto Eco, todos ellos influidos por el ensayo Avant-Garde and Kitsch, publicado en 1939 por Clement Greenberg:7 un pseudoarte, de rutilante presencia y a menudo impecable factura, que imita las conquistas del arte verdadero —revelador en el aspecto cognoscitivo e innovador en el formal, no necesariamente complicado ni abstruso, aunque sí, siempre, complejo— pese a que solo dé gato por liebre, de hecho. Mientras que el genuino arte revela o ilumina, el kitsch confirma tópicos y prejuicios; mientras que aquel renueva o innova, este repite hasta la extenuación, degradando la forma en fórmula, y el estilo en estilema; mientras que el arte afronta de manera compleja la complejidad del mundo, el kitsch la simplifica sin rebozo. Una porción relevante, y creciente, de la producción cultural contemporánea es propiamente kitsch, y no simple cultura media o baja, como suele pensarse. Muchas obras de nivel bajo —la saga Torrente, de Santiago Segura, pongamos— o medio —la a su modo excelente Memorias de África, de Sidney Pollack— evitan el kitsch porque no caen en la impostura, ni lo pretenden siquiera. Pero el kitsch es ampuloso, pretencioso y mucho más huero de lo que finge, y resulta condenable porque defrauda. Ahí están, para mostrarlo, las últimas películas del antaño talentoso Terrence Malick (The Tree of Life, To the Wonder); la meliflua impostura de Andrea Bocelli o del antaño diz que genio Mike Oldfield; la filosofía de baratillo de Jorge Bucay o Paulo Coelho; o ese género de novelas en las que siempre hay catacumbas por recorrer, y misterios escondidos en laberínticas librerías, y rachas de viento que sugieren la cifra secreta del mundo.
3. El sistema educativo, mayoritariamente integrado por un estamento en general ufano, timorato y conservador —hay excepciones honorables, por fortuna—, que se representa a sí mismo como el abnegado guardián de una tradición sagrada que es preciso reverenciar y perpetuar a cualquier precio, aunque este sea el muy absurdo de ahuyentar de la literatura a los lectores adultos de pasado mañana —por ejemplo, imponiendo la lectura de las ediciones críticas del Cantar de mío Cid o de Curial e Güelfa a estudiantes de doce o catorce años que preferirían leer La isla del tesoro o La vuelta al mundo en ochenta días, y que se encuentran literalmente sumergidos, para bien y para mal, en un sensorium digital muy distinto.
La tenaz persistencia del mentado paradigma, que los cánones locales consagran, hace que tanto la Academia como el sentido común popular recurran a una terminología poco menos que mística e inefable a la hora de establecer qué cabe entender por literatura —o por buena literatura, cuando menos. Tal léxico consagra una verdadera ideología estética,8 compuesta por creencias con valor de fetiche religioso —gremialmente promulgadas y raramente sometidas a crítica—, más que por razonamientos sólidamente articulados.
Así pues, el mandarinato cultural suele concebir la literatura como una actividad cultural de índole sublime, fruto de la creación individual y disfrutada litúrgicamente por círculos restringidos de sujetos iniciados en la creación y sus misterios. Arcanos cuyo oficiante es el escritor, el hombre de genio dotado de inspiración —Rimbaud— o bien de sacrificada abnegación ante al altar artístico —Flaubert— que crea obras excelsas destinadas a su feligresía, ese público selecto compuesto de iniciados poseedores del gusto justo y necesario para apreciar su valor —cualidad que escapa a toda definición en virtud de su carácter sagrado.9
No obstante, una porción significativa del pensamiento literario contemporáneo ha desarrollado argumentos que permiten poner en entredicho la vigente idea de tradición. Por un lado, la crítica marxiana culta —no así el marxismo escolástico— ha aportado valiosas contribuciones al esclarecimiento de esta cuestión: para pensadores como Antonio Gramsci, Georg Lukacks, Walter Benjamin, Lucien Goldmann o Raymond Williams, cada concreta sociedad tiende a generar formas y géneros literarios congruentes, en virtud de un principio de correspondencia dialéctica que nada tiene que ver con el mecanicismo burdo de la llamada teoría del reflejo —según la cual las formas de arte, pensamiento y cultura serían simples efectos de los procesos sociales y económicos: así el realismo socialista, por ejemplo. Por otro lado, los formalistas rusos y, sobre todo, los defensores del método sociológico —Bajtin, Voloshinov, Medvédev— atacaron en la primera mitad del siglo XX la presunta inmutabilidad del canon.10 La literatura, sostenían, está sometida a cambios históricos incesantes, hasta el punto de que, como observaba Medvédev en 1928:
Lo que parece hoy un hecho extrínseco a la literatura —un fragmento de la realidad extraliteraria— puede entrar mañana en la literatura como uno de sus factores estructurales intrínsecos. Y recíprocamente, lo que hoy es literario puede ser mañana un fragmento de realidad extraliteraria.11
En las últimas décadas, moribundo el reinado del estructuralismo y del positivismo, el énfasis en la historicidad del hecho literario ha vuelto a ser planteado por la estética de la recepción —y, más allá de las escuelas concretas, por las mejores cabezas de la teoría y la crítica. En contra de la consideración de la tradición como monumento dotado de valor estético perenne, esta corriente postula que la tradición es incapaz de perpetuarse a sí misma; es preciso, en cambio, que un público concreto la reciba y la reinterprete en virtud de su particular horizonte de expectativas. La relectura incesante de la literatura del pasado por los sucesivos públicos explica las mutaciones de los cánones transmitidos, así como los cambios que experimenta el mismo pensamiento literario.12
Hoy se antoja evidente que un texto cualquiera deviene literario cuando es usado como tal por una comunidad de escritores y lectores. La literariedad de una obra ya no depende solo de la intención con que fue concebida ni de sus características intrínsecas, sino de la manera cómo es valorada, interpretada y recordada por cada público concreto. En palabras de Constanzo Di Girolamo, «el arte presupone un público y se realiza como tal solo en el acto del consumo».13
El peso creciente que la industria de la comunicación ha adquirido en la cultura contemporánea ha sido, sin duda, uno de los factores que han impulsado la redefinición del canon literario heredado. De la mano de los media, nuevos géneros, convenciones y actitudes han modificado significativamente el cultivo y la fruición de la literatura, e incluso la percepción de sus tradiciones. La industria periodística, en concreto, ha transformado las pautas de producción, consumo y valoración de la literatura: por un lado, contribuyendo a la formación de géneros nuevos —así, la novela realista del XIX, o el costumbrismo periodístico-literario de Charles Dickens, Mark Twain o Mariano José de Larra—; por otro, impulsando el desarrollo y la difusión de géneros literarios testimoniales, como la prosa de viajes y el memorialismo; en último lugar, generando modos singulares de escritura periodística —reportaje, crónica, ensayo, columna y artículo, guion audiovisual— cuyas mejores expresiones han alcanzado un alto valor artístico, hasta el punto de influir en la fisonomía de las formas literarias tradicionales. José María Valverde, que tanto sabía de literatura —y de su sabor, sentido y sonido—, solía afirmar que Larra escribió uno de los mejores castellanos del siglo XIX, junto con Galdós, Valle-Inclán y Clarín. Y que el arte del artículo, al que dedicó un libro homónimo, debía contarse entre los logros del arte literario a secas.14
Aunque gran parte de los textos generados por los media responden a los rasgos que la academia y la doxa les atribuyen —fungibilidad, evanescencia, presentismo, escasa o nula calidad estética—, el periodismo moderno ha ido perfilando una tradición propia, integrada por piezas que cabe considerar literarias de pleno derecho. La obra de autores como Azorín, Eugeni d’Ors, José Ortega y Gasset, James Agee, George Orwell, Jack London, Ernest Hemingway, John Dos Passos, Djuna Barnes, Josep Pla, John Hersey, Joan Fuster, Truman Capote, Leonardo Sciascia, Ryszard Kapuscinski, Eduardo Galeano, Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Umbral o Manuel Vicent —así como los citados Dickens, Twain y Larra, entre muchos otros de los que más adelante hablaré— ilustra esta afirmación de forma elocuente, a mi juicio.
La nueva oralidad mediática
En la época en que el paradigma literario permanecía incontestado, nada permitía adivinar la formidable remoción que la sociedad de comunicación de masas, nacida en los países occidentales durante el tránsito entre los siglos XIX y XX, iba a causar en la escena literaria tradicional. A mi entender, para medir la magnitud de esa mutación es preciso remontarse a los siglos XV y XVI, cuando la difusión de la imprenta trastornó de raíz las condiciones de existencia de la literatura de la época. Ningún otro cambio posterior fue comparable; entre el Renacimiento y el siglo XIX, los cambios se producían en el seno de la cultura de la imprenta: la literatura era escrita e impresa, una actividad de pocos disfrutada por minorías ilustradas, relativamente nutridas y crecientes a medida que la nueva sociedad capitalista iba extendiendo la alfabetización y la información; un Arte —con mayúsculas— principalmente concebido y realizado en clave de ficción.
Las formas vigentes de producción y consumo de la literatura empezaron a modificarse alrededor de 1830, con la irrupción de la primera generación de la prensa de masas —que por entonces era más multitudinaria que masiva, hablando con propiedad. Todavía en aquellos años, la palabra «literatura» designaba, casi en exclusiva, un conjunto de textos impresos, producidos por minorías cultas y consumidos por un público selecto de condición aristocrática o burguesa. Tal confinamiento a la esfera del papel impreso marginaba algunas manifestaciones literarias que quedaban fuera del canon: el teatro, sobre todo, basado en la representación escénica ante un público más que en la lectura individual en silencio; pero sobre todo la denominada «literatura oral», que desde tiempos casi inmemoriales incluía géneros de enorme influencia entre las clases y capas de población no alfabetizadas: el poema, el cuento, la canción, el romance, el refrán, el dicho y la leyenda, principalmente. En lúcidas palabras de Martí de Riquer:15
La palabra literatura induce a error, pues su origen etimológico puede hacer creer que únicamente abarca creaciones literarias escritas con letras, lo que recibimos como lectores frente a un libro, manuscrito o impreso. Ello supone una parcialísima reducción del hecho literario, que excluiría un número considerable de obras de gran valor e interés y que anularía grandes zonas culturales. […] El teatro y la canción son típicas manifestaciones de ello.
La restricción de la literatura a los textos impresos, ya difícil de defender en la época en la que la galaxia Gütemberg era predominante —al menos en lo que se refiere a la producción de alta cultura—, ha devenido crecientemente indefendible a lo largo del último siglo. La cultura escrita e impresa no ha desaparecido, claro está, pero sin duda ha cedido territorio a las nuevas formas de cultura oral e icónica, estrechamente vinculadas a la abrumadora hegemonía de los medios audiovisuales en la escena cultural posmoderna. Radio, cine, disco, vídeo y televisión —por no hablar del expansivo, envolvente ciberentorno— incorporan grandes dosis de oralidad, como constantemente se echa de ver y de oír en una sociedad presidida por la opulencia icónica y por el correlativo parloteo. Debe observarse, con todo, que se trata de una oralidad de nuevo cuño, cuya génesis debe buscarse en la tradicional, sin duda, pero cuya presente generación es, en sí misma, una de las más elocuentes expresiones de la tendencia a la hibridación propia de la cultura posmoderna. En los chats, foros, redes sociales y bitácoras, en las aplicaciones vinculadas a las tabletas y los teléfonos inteligentes, el habla oral y coloquial se alea con una escritura también nueva —mucho menos formalizada y ritualizada que la que imperaba hace unas pocas décadas en la correspondencia personal, por ejemplo.
Se trata, en definitiva, de una oralidad tecnológicamente mediatizada —mediática, al cabo— que produce ingentes cantidades de coloquios y soliloquios dignos de olvido, pero también, en ocasiones, modos de dicción cuya memorabilidad y valor artístico rebasan con creces la mera funcionalidad comunicativa o el entretenimiento efímero. Tengo para mí que en ello radica el interés del hip-hop y del rap suburbanos, correlativo al del grafiti; o el de la mezcla inédita de oralidad y escritura que hoy propician los periódicos digitales y los agregadores de noticias, en los que lectura, visionado y audición se aúnan en un politexto; o la atención que despiertan los monólogos televisivos y los espectáculos de habla (talk-shows), tal vez por lo que tienen de gestas y justas retóricas, aunque sea sin declararlo —y aunque carezcan del epos y del ethos solemnes de antaño. La gran mutación comunicativa y cultural que el ciberentorno promueve se manifiesta, entre otras cosas, en la difusión de una escritura oralizada —máxime en estos días, cuando ya se difunden aplicaciones que permiten la escritura al dictado de la voz—, de un lado, y de una oralidad escriturada, de otro.
Soy consciente de que son legión los productos de esa hibridación indignos de memoria, pero también de que sería un craso error menospreciar, in tutto, la potencialidad creativa, y aun artística, del nuevo sensorium. El arte de bien y del buen decir (ars bene discendi) que la disciplina llamada retórica ha estudiado y promovido desde Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, ha tenido en todas las épocas incontables expresiones, en cualesquiera modalidades y estratos de la cultura.16 Pero tanto la modernidad, que vio el auge de la cultura de masas clásica, como la posmodernidad, caracterizada por la centralidad de la cultura mediática y del ciberentorno, han multiplicado ostensiblemente los cauces de la expresión oral y escrita, así como sus mezcolanzas. Entendida como actividad inseparable de la humana facultad de hablar —y de pensar mediante el habla—, la retórica no debe ser confundida con la indeseable erística, como suele hacerse, y sí tomada por lo que es: raíz y complexión de toda dicción posible, amén de indispensable elocuencia —y erótica— de las palabras. Y jamás ofreció un territorio tan vasto de observación y análisis a la añeja disciplina homónima. Tanto las facultades de comunicación como sus facultativos deberían tenerlo presente a fin de mitigar sus tecnolátricos fervores.
Así las cosas, la notoria pujanza de la oralidad17 que distingue a una porción relevante de la producción comunicativa actual pone en entredicho la vigencia del viejo culto fetichista a la letra impresa. La manera y el grado en que este hecho ha alterado las formas tradicionales de elaboración y fruición de la literatura son fácilmente intuibles, aunque también difíciles de precisar. En primer lugar, porque la mayor parte de los individuos alfabetizados han sustituido la lectura atenta y silente por la distraída, y también por la audición: la recepción activa de obras impresas es escuálida en comparación con las sensacionales audiencias con que cuentan los géneros audiovisuales de consumo masivo. Después, porque hoy ha desaparecido, prácticamente, la memoria literaria oral tradicional —ya apenas nadie recuerda poemas, historias, refranes o dichos, y menos aun los cuenta y canta—, que no ha sido sustituida por una nueva memoria literaria oral, asociada a los nuevos media, de equiparable entidad.
Tal atrofia de la memoria oral se debe a que los media han contribuido a reemplazar la elocuencia, y la consiguiente necesidad de recordar, por una verborragia a la vez saturadora y huidiza, un revoloteo sin cesar renovado de palabras oídas al pasar. El diluvio de enunciados, sonidos e imágenes fragmenta y dispersa la atención de los sujetos, cuya consciencia ha adquirido una cualidad flotante y gaseosa: oídas aquí y allá, las palabras pululan en permanente frenesí y desorden. Los efectos que de semejante opulencia comunicativa se derivan son tales que cabría hablar de saciedad de la información, más que de sociedad de la ídem. Si el sociólogo Paul Lazarsfeld viviera todavía para observarlo, probablemente incluiría tan abrumadora presencia entre las disfunciones comunicativas de las que levantó acta —la «narcotizante», entre ellas—, a mediados del siglo XX.
No obstante, ese alud de nueva oralidad mediática tiene poco que ver con las formas de arte oral del pasado, que exigían de cada individuo el ejercicio activo de la memoria y de las facultades del oído y la recitación.18 Sea en versión culta o popular, géneros antaño pujantes como la épica y la lírica son hoy poco más que inútiles antiguallas para la mayor parte de los ciudadanos, aburridos centones de versos que casi nadie está en disposición de recordar y de volver a declamar —ni en voz alta, para otros, ni para sí, en voz baja.
Puede decirse, en suma, que la nueva oralidad se manifiesta de modos muy diversos y a veces fecundos, aunque tiende a perder rima y ritmo, memorabilidad y compás. En la medida en que proliferan los nebulosos dispositivos tecnológicos que permiten externalizar —y enajenar— el recuerdo, la facultad que lo hace posible acaba siendo usada mucho menos, y sin duda peor: ahí están los soportes clásicos, y ante todo los recientes, para arrancarla del fuero de los sujetos —y para objetivar y cosificar, por consiguiente, lo que hasta hace no tanto era subjetividad recreadora y vivificante.19 Hasta el punto de que la función rememorativa cumplida otrora por la vieja oralidad popular tiende a devenir mera cháchara: incesante parloteo multimediáticamente amplificado.
El auge de la posficción
A lo que llevamos dicho se añade que el paradigma literario tradicional —y sus cánones derivados, por ende— fue principalmente construido mediante una restricción que reservaba la noción de literatura, casi en régimen de exclusividad, a los textos imaginativos susceptibles de ser incluidos dentro de la llamada «ficción» —novelas, cuentos y poemas, sobre todo— y proscribía las obras de carácter testimonial o discursivo de sus acotados dominios. Comoquiera que ya he abordado algunos aspectos esenciales de esta cuestión en el capítulo anterior, me limitaré ahora a glosar los que afectan al campo literario en sentido estricto.
La entronización de la ficción como requisito ineludible de la literariedad tuvo dos notorias consecuencias en el pensamiento literario, cuya reverberación ha llegado hasta nuestros días: en primer lugar, la expulsión de la República de las Letras de géneros testimoniales o discursivos como la crónica, el relato de viajes, el dietario, la autobiografía, la biografía, la correspondencia epistolar, el ensayo o el reportaje; después, el olvido de las relaciones que la literatura de ficción mantiene inevitablemente con el vivir, y, ergo, la tentación de considerar las obras literarias como frutos de la imaginación soberana y autárquica del creador, independientes de la realidad empírica.
Todavía hoy, a despecho de las decisivas aportaciones que al respecto ha hecho la filosofía del lenguaje, los manuales de teoría literaria más recomendados en Occidente tienden a identificar literatura y ficción —territorio creativo distinguido, por burdo contraste, de la sedicente «no ficción». Para Aguiar e Silva, por ejemplo, «serán obras literarias aquellas en que, según hemos dicho, el mensaje crea imaginariamente su propia realidad, en que la palabra da vida a un universo de ficción»;20 afirmación de corte similar a la expresada por Wellek y Warren en Teoría literaria, su muy influyente manual: «El núcleo central del arte literario ha de buscarse, evidentemente, en los géneros tradicionales de la lírica, la épica y el drama, en todos los cuales se remite a un mundo de fantasía, de ficción».21 El denominado «postulado sobre el carácter no referencial de la literatura», que identifica literariedad con ficción, resuelve en falso —mediante un expeditivo aunque trivial a priori— una cuestión tan cardinal como difícil de dilucidar: la del valor cognoscitivo de la literatura, sea como mimesis o representación de la realidad, sea como su poiesis o creación.
A mi entender, el confinamiento de la literatura al ámbito exclusivo de la ficción es insostenible. No es ya que textos como las Confessions de Rousseau, los Essays de Montaigne, el Livro do desassossego de Fernando Pessoa, los diarios de Kafka y Pavese o El quadern gris de Josep Pla merezcan también la consideración de literarias: es que lo son tanto, de hecho, como Madame Bovary, Hard Times o Les fleurs du mal, pongamos por caso. Afirmar que obras documentales contemporáneas como In Cold Blood, de Truman Capote, o Cesarz Czytelnik (El Emperador), del reportero polaco Ryszard Kapuscinski, no son literarias o lo son apenas —«mero periodismo bien escrito», suele condescender la crítica ortodoxa— no revela más que un prejuicio miope, indefendible a poco que se aspire al rigor.
A partir, sobre todo, de los años sesenta del pasado siglo, la división tradicional entre escritura de ficción y escritura de no ficción ha sido cuestionada en muy distintos ámbitos de la cultura —oral, escrita y audiovisual. Tal como explicaré en detalle a lo largo del presente estudio, prosistas como Lillian Ross, Norman Mailer, Leonardo Sciascia, Eduardo Galeano, Manuel Vázquez Montalbán, Manuel Vicent o los citados Kapuscinski y Capote; dramaturgos como Rolf Hochhuth y Peter Weiss; historiadores como Jan Myrdal, Georges Duby, Carlo Ginzburg y Ronald Fraser; y sociólogos, antropólogos y psicólogos como Studs Terkel, Oscar Lewis, Miguel Barnet y Oliver Sacks han escrito obras caracterizadas por la combinación deliberada del verismo documental con las convenciones de representación propias de la narrativa de ficción. Y lo mismo cabe decir, mutatis mutandis, en el caso de la narrativa verboicónica (cómic y tebeo), audiovisual (cine y televisión) y transmediática (internet), tal como en las primeras páginas de este libro avancé.
Una tentativa de definición
Vaya por delante que el empeño de definir la literatura debería ser superfluo, y que en efecto lo sería si tanto la ortodoxia académica como la vulgar se hubieran desprendido, hace décadas ya, de los prejuicios que estoy poniendo en solfa. Pero no ha sido así, y estos siguen adulterando, a mi entender, tanto la comprensión de la literatura como la del periodismo, así como la de las promiscuas relaciones que entre ambos se entablan. Tengo para mí que Antonio Machado expresó de manera insuperable lo que sea la literatura cuando la llamó «palabra en el tiempo» —locución cuyo sentido se asemeja al del memorable speech de W. H. Auden, aunque resulte más eufónica y sugerente.
Hasta aquí hemos desvelado algunas de las falacias en que el paradigma literario dominante descansa, pero no hemos propuesto qué cabe entender por literatura, aquí y ahora. Al caracterizar su objeto de estudio, la ortodoxia filológica ha consagrado espejismos y buscado una y otra vez —como en el célebre cuento de Edgar Allan Poe— la carta robada allí donde no cabía hallarla: los más conservadores y dogmáticos, apelando al viejo canon normativo; los más modernos —menos proclives a la prescripción que a la descripción y al análisis—, intentando definir la siempre evanescente, inaprehensible «literariedad».
A fin de poner las bases de la definición que busco, comenzaré resumiendo mis objeciones, y señalando lo que en principio la literatura podría ser. Solo después estaré en condiciones de aventurar mi respuesta.
1. La noción de literatura no ha de limitarse a las obras escritas e impresas, sino que potencialmente debe incluir algunas manifestaciones relevantes de la oralidad: en primer lugar, la literatura oral tradicional —cuentos, refranes, leyendas, teatro, canciones—; y después, así mismo, aquellas modalidades orales vinculadas a los media audiovisuales y digitales, como páginas atrás he explicado. Es cierto que, en plena y descreída posmodernidad, el dispositivo cultural que llamamos «libro» conserva su capacidad de conferir aura a las páginas que encuaderna, hasta el punto de actuar —hoy todavía— como un auténtico fetiche que otorga prestigio a composiciones tipográficas que no siempre lo merecen, por más que reciban premios y subvenciones a tutiplén y se encaramen a los brazos más rutilantes del candelabro. Pero no cabe duda de que la palabra en el tiempo —ese discurso memorable cuyo recuerdo y recreación es preferible al nuestro— debe rastrearse en otros predios culturales también, tanto antaño como hogaño.
2. La noción de literatura no ha de restringirse a las obras de ficción presuntamente alejadas de toda referencialidad, sino que debe incluir en potencia, además, el vasto territorio conformado por los géneros testimoniales y discursivos. Y también abrazar las nuevas formas de prosa documental, entre las que cabe destacar las historias orales y de vida que cultivan las ciencias sociales y, de modo especial, ciertas manifestaciones periodísticas escritas, verboicónicas y audiovisuales, sean ficticias o facticias.
3. La noción de literatura no ha de confinarse a un selecto parnaso de obras canónicas. Las tradiciones existen, por fortuna, y merecen ser críticamente recreadas. Pero no prestándoles reverencia servil, como si fueran panteones inmutables y dados a priori, sino un respeto que necesariamente incluye el esfuerzo —y el placer— de conocerlas y de actualizarlas, porque la tradición no debe confundirse con el tradicionalismo, y porque lo original bebe por fuerza de lo originario. En definitiva, esas plurales transmisiones que vindico deben ser regeneradas de continuo mediante el uso que los creadores y los públicos hagan de ellas, en cada lugar y tiempo.
La tradición literaria no es un canon inalterable, en consecuencia, sino una memoria cultural en constante mutación, incesantemente rehecha. Las obras, autores y tendencias que son consideradas epítome de lo literario hic et nunc pueden devenir marginales o incluso ser ignoradas pasado mañana. O viceversa.
4. La definición de literatura no puede descansar en la oposición entre lengua literaria y lengua estándar. El reduccionismo inherente a esta extendida dicotomía es ciego, amén de burdo: el lenguaje es una actividad social e individual a la vez, poliédrica y promiscua —dialógica en esencia, como observó Mijail Bajtín. Es lícito establecer categorías lingüísticas a efectos analíticos, pero no pretender que la complejidad de la parole real rinda tributo a la superstición. No existe una lengua literaria, en la medida en que tampoco existe una hipotética lengua estándar. Existen, en cambio, múltiples usos lingüísticos destinados a satisfacer diversos propósitos y funciones, a los que cada cultura tiende a asignar un cierto valor dominante —sea estético o referencial, artístico o comunicativo, utilitario o creativo. Es posible distinguir, es obvio, diferentes estilos, registros y géneros adecuados a cometidos comunicativos específicos, aunque su existencia se da en mezcolanza y no en pureza nívea, y desborda con creces la dicotomía entre lengua estándar y lengua literaria, tan socorrida.
5. La literatura no puede ser definida por el uso, poco menos que exclusivo, de la función poética. Es cierto que tal función suele ser dominante en los textos que hoy solemos considerar literarios, como observó Roman Jakobson en un texto clásico,22 pero también que a menudo está presente en otras formas de actividad lingüística —como el habla coloquial, el periodismo, la escritura científica, la canción popular, la propaganda política, la publicidad o las redes sociales. En los textos literarios, por otra parte, la función estética puede darse en situación de relativa igualdad —primus inter pares, tal vez— con otras, como la expresiva, la metalingüística o la referencial. La presencia de esta última, en concreto, puede ser mínima o casi inexistente, pero también muy elevada, sin que por ello un texto deba dejar de ser considerado literario por una cierta colectividad. La función poética o estética forma parte sustantiva de la literatura, sin duda, aunque no alcanza para completar su caracterización.
6. La literatura no posee el monopolio de la connotación, como demuestra el incesante uso de figuras y tropos retóricos en múltiples usos del lenguaje. Tan connotado puede estar un texto tildado de literario como otro tenido por coloquial, referencial o simplemente fático. Lo que en todo caso distingue a los textos literarios, aunque de modo insuficiente, es que la connotación es perseguida deliberadamente; pero este rasgo no es privativo de ellos, en absoluto, ya que también los enunciados coloquiales, los titulares de prensa, los lemas publicitarios o los tuits suelen estar connotados adrede. Es preciso tener en cuenta, además, que la connotación puede ser relativamente escasa en algunas obras literarias —como las novelas objetivas de Alain Robbe Grillet, obsesionado por la pura denotación imposible—, y en cambio empapar otros usos lingüísticos que no reclaman para sí estatuto artístico alguno.
7. En definitiva, la literatura es una actividad y una noción socialmente configurada, y carece de entidad predada. Tanto es así que su definición depende de factores cambiantes. Ni la intención con que un texto es elaborado, ni sus rasgos intrínsecos —de tema, género, composición o estilo—, ni tampoco las funciones lingüísticas que cumple son razones suficientes para otorgarle el estatuto de literario: este resulta, más bien, de valoraciones sociales relativamente extrínsecas al texto en sí. Entre ellas cabe destacar los criterios de juicio, valor y gusto sancionados por el estamento académico y crítico, pero también el reconocimiento que le prestan los diferentes públicos que consumen el texto —y que eventualmente consuman sus potencialidades. Como cualquier otra forma de comunicación artística, el acto literario parte en principio de la labor e intención del autor, es cierto, aunque solo se completa en la lectura o la audición, humus indispensable para las creaciones futuras.
Con todo, si bien las anteriores refutaciones permiten deconstruir el paradigma literario hegemónico, es necesario formular —ahora en positivo, y no solo en negativo— una definición que resulte iluminadora y precisa a un tiempo, y que nos permita sortear los tópicos dominantes, incluido el de que solo el mudable parecer de los sucesivos públicos permite establecer qué sea literario y qué no, demasiado relativista a mi juicio. Propongo, pues, definir la literatura como un modo de conocimiento de índole estética que busca aprehender y expresar, lingüísticamente, la calidad de la experiencia. Antes de explicitarla, creo necesario poner de relieve que tal definición conlleva una nueva manera de entender el hecho literario, capaz cuando menos de superar las falacias impuestas por el restrictivo paradigma dominante —y de replantear, sobre más firmes pilares, el estudio comparado de las relaciones entre la literatura, la comunicación y el periodismo. A continuación, pedazo a pedazo y a modo de espiral creciente, glosaré cada una de las porciones del enunciado propuesto:
I. «La literatura es un modo de conocimiento…». En primer lugar, afirmar que la literatura es un modo de conocimiento implica reconocerle un relevante cometido epistémico, un lugar entre los grandes modos de cognición al alcance del ser humano —junto a la filosofía, el mito, la religión, la ciencia y el arte. Es cierto que, hablando con rigor, la literatura conforma un país plural incluido dentro del vasto continente artístico; pero también lo es, como acto seguido explicaré, que el hecho de que su materia y vehículo de expresión sea el propio verbo le confiere un estatuto sin parangón —epistémico y óntico a un tiempo—, ya que los empalabramientos que la integran componen también, en muy importante medida, la realidad humana misma. Amén de representar los mundos que los hombres y las mujeres crean, la palabra en el tiempo los configura también, no cabe duda.
II. «…de índole estética…». La literatura es un modo de conocimiento, desde luego, aunque no de carácter primordialmente discursivo, como la filosofía —basada en la argumentación racional— o la ciencia —basada en la demostración lógica y experimental—; ni de condición fideística, como la mística, la religión y la magia —basadas en la creencia—; ni de tenor invertebrado y acrítico, como el sentido común. A semejanza de las demás modalidades artísticas, la literatura es un modo de conocimiento de índole estética que aprehende y expresa el mundo mediante la elaboración imaginativa de las sensaciones (aisthesis) que configuran las vivencias concretas, en primera instancia, y la experiencia de vivir, al cabo.
III. «…que busca aprehender y expresar…». La literatura no es solo representación (mimesis) del mundo —lo que convenimos en llamar «realidad»—, ni tampoco creación (poiesis) soberana y autárquica respecto de él, sino ambas cosas al tiempo. El artista de la palabra parte de su experiencia —de su tránsito alrededor: ex-perior— para comprehenderla y comprenderla, pero al hacerlo necesariamente la refigura. No existe, hablando con propiedad, un nítido hiato entre el mundo real que aprehende —también trenzado con mimbres imaginarios, no se olvide— y el mundo posible que concibe —fruto integral de la imaginación creadora. Los vicios del pensamiento mecanicista y positivista, que separa las causas de los efectos y los objetos de los sujetos que los piensan, deben subsanarse mediante una visión integradora —holística y dialéctica a la vez— de la labor creativa.
IV. «…lingüísticamente…». He aquí la clave inadvertida de la cuestión que procuramos elucidar: la literatura es un modo de conocimiento estético que aprehende y expresa la experiencia humana mediante enunciados lingüísticos de muy diverso calibre y cariz —de la metáfora al soneto, del alejandrino y el aforismo a la novela-río. A diferencia de otras formas de arte, que manejan la imagen bidimensional —la pintura y la fotografía—, el sonido —la música—, el movimiento corporal —la danza y la mímica—, la materia tridimensional —la escultura y la arquitectura— o la hibridación de códigos e ingredientes —el cine, el teatro, la ópera, el videoarte o la narrativa transmedia e hipertextual—, la literatura transubstancia el mundo con y en el lenguaje verbal, que es a la vez su materia prima, su vehículo expresivo y uno de sus principales objetos de atención. Trate quimeras generadas por la fantasía o vicisitudes de la experiencia ordinaria, el arte de la palabra amasa una sustancia —las palabras— que es, precisamente, la misma con que todos los sujetos otorgan sentido a sus vivencias dispares.
Una vez más topamos, entonces, con la médula filosófica de nuestra propuesta: el verbo no es un simple vehículo o herramienta con el que la literatura apresa la realidad, sino el milieu en y del que vive el pensamiento, en primera instancia, y una notable porción de la misma vida, en última. A la sombra de la filosofía del lenguaje, alumbrada por Humboldt y Nietzsche, hemos caído en la cuenta de algo esencial, tan primordial y omnipresente que raramente alcanzamos a comprenderlo: las palabras forman parte íntima del pensamiento, y de la realidad humana en su conjunto. Como en el célebre cuento de Poe, la carta robada a que aludía al comienzo de este apartado se halla en el lugar menos sospechoso, justamente ante nuestros ojos, bien visible aunque por ello mismo velada por la corriente de palabras con que pensamos y vivimos sin freno.
Ya lo hice constar en su momento: a la sombra de la filosofía del lenguaje, sostengo que «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo», de acuerdo con la celebre proposición de Wittgenstein.23 Que, comoquiera y lo que quiera que «lo real» sea más allá del ser humano, a este solo le es dado configurarlo como «realidad humana» mediante la malla de signos, símbolos y palabras que, en un plano sincrónico, enlaza aquí y ahora el mundo exterior compartido y el mundo interior personal; y en un plano diacrónico, el pasado evocado, el presente experimentado y el futuro anticipado. Y que, al cabo, no hay experiencia sin lenguaje, sino experiencia en el lenguaje.
V. «…la calidad de la experiencia…». Ayer, hoy y mañana, el gran reto y privilegio de la literatura consiste en su sin par aptitud para comprender, lingüísticamente, la calidad de la experiencia humana, y no solo para entender sus aspectos lógicos o cuantitativos. El concreto aunque inabarcable vivir posee una textura variable, compleja y ambigua; es radicalmente subjetivo, refrac-tario a toda objetividad; y no hay principio de razón suficiente que pueda dar cuenta integral de él,24 hasta tal punto que solo su calidad es cognoscible —por vía imaginativa, sensible y simbólica— mediante el ejercicio de ese esprit de finesse que tan bien distinguió Pascal.25
Para conocer al ser humano no basta con el solo entendimiento: es necesaria la comprensión (verstehen), la exploración a un tiempo racional y sensible de la calidad de su experiencia, en su precisa textura. La singularidad del arte en general —y del de la palabra, por ende— radica en la posibilidad de destilar, partiendo de los diversísimos datos inmediatos y mediatos de la experiencia, representaciones sensibles, trasuntos simbólicos capaces de aprehender y de expresar su extraordinaria sutileza y polifacetismo, de decantar su sentido más allá de los significados que el sentido común y la dóxa se apresuran a convocar.26 Puede decirse, entonces, que el arte —y el conocimiento estético, en lata acepción— accede a la experiencia tras rasgar los velos de la apariencia. En palabras del escritor Ernesto Sábato, muy crítico con quienes creen, a pie juntillas, en el absolutismo de la razón,
Ahora sabemos que estos partidarios de las ideas claras y definidas estaban esencialmente equivocados, y que si sus normas son válidas para un pedazo de silicato es tan absurdo querer conocer el hombre y sus valores con ellas como pretender el conocimiento de París leyendo su guía de teléfonos y mirando su cartografía. Ahora cualquiera sabe que las regiones más valiosas de la realidad (las más valiosas para el hombre y su destino) no pueden ser aprehendidas por los abstractos esquemas de la lógica y de la ciencia. Y que si con la sola inteligencia no podemos siquiera cerciorarnos que existe el mundo exterior, tal como ya lo demostró el obispo Berkeley, ¿qué podemos esperar para los problemas que se refieren al hombre y sus pasiones? Y a menos que neguemos realidad a un amor o a una locura, debemos concluir que el conocimiento de vastos territorios de la realidad está reservado al arte y solamente a él.27
A la hora de considerar qué sea la literatura no importan gran cosa los distingos acerca de géneros, estilos, escuelas o tendencias; ni tampoco que el autor —de auctor: el que aumenta— busque configurar su experiencia del mundo intersubjetivo —sea en forma de literatura facticia, sea como literatura ficticia de tenor realista—, o bien los más íntimos recodos y rescoldos de su mundo subjetivo —como ocurre en la literatura ficticia de carácter fabulador. A este efecto no importa gran cosa, tampoco, que su creación sea escrita u oral, ni que sea adscrita o no al canon vigente en cada lugar y época. Ni siquiera es demasiado relevante la intención con que la componga, dado que —hay ejemplos a espuertas— el propósito de un autor puede pesar poco o nada en la percepción de su valor.
«La literatura es un modo de conocimiento de índole estética que busca aprehender y expresar lingüísticamente la calidad de la experiencia»: la definición que acabo de proponer y glosar descansa en la convicción de que hay aspectos cruciales del vivir —siempre entreverado de palabras— que no pueden ser comprendidos ni expresados sin el auxilio de la palabra artísticamente configurada. «¿Qué es la literatura?», parece ser que le preguntó José María Valverde a su hija, cuando esta era niña aún. Y, ni corta ni perezosa, ella le respondió: «Una canción de palabras».
1.A propósito de la formación del campo literario y artístico, suelen resultar iluminadoras las reflexiones de Pierre Bourdieu. Me remito a sus obras Les Règles de l’art. Genèse et structure du champ littéraire (1992) y La Distinction. Critique sociale du jugement (1979).
2.Sobre la posmodernidad y su incidencia en los campos artístico, literario y mediático, me remito a las obras de Jean-François Lyotard, La condition postmoderne. Rapport sur le savoir (1979); David Lyon, Postmodernidad (1996); Néstor García Canclini, Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (1990); y Fredric Jameson, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (1991), entre otras.
3.Uso el término paradigma al modo en que lo entiende Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas (Madrid: FCE, 1975): como una definición de un campo de conocimiento compuesto por a) un objeto de conocimiento, b) algunas hipótesis básicas y c) unos métodos adecuados para obtener y establecer el conocimiento buscado. Por su parte, Raymond Williams propuso hace algunos años, con su habitual perspicacia, valiosas ideas sobre la crisis del paradigma literario tradicional: «El marxisme, l’estructuralisme i l’anàlisi literària», Els Marges, 24 (1982): 3–18.
4.Acerca de la economía política del campo literario, me remito a las obras de Pascale Casanova, La República mundial de las Letras (Barcelona: Anagrama, 2001); Pierre Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, op. cit.; y Christian Salmon, Tumba de la ficción (Barcelona: Anagrama, 2001).
5.Véanse los libros de Claudio Guillén, Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la literatura comparada (1985), y Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada (1998); Jordi Llovet, Lecciones de literatura universal (1995) y Teoría literaria y literatura comparada (2011); y Darío Villanueva, El polen de las ideas. Teoría, crítica, historia y literatura com-parada (1991).
6.Aun así, el alcance de la tradición se extiende más allá de las obras concretas. Tal como escribe José María Valverde en La literatura (Barcelona: Montesinos, 1984, p.64–65), tradición es también «aceptación y uso de algo recibido y heredado, no sólo como gramática y léxico, sino como experiencia heredable, como sistema de formas y ritos, además de tesoro de mitos, valores, sentimientos, imágenes […]. Toda literatura ha de ser tradición: ante todo, sólo puede existir porque hay unas formas previas, heredadas, que incitan a producir otras, en parte análogas y en parte diferentes. En la nuestra, en la llamada “tradición occidental”, el desarrollo histórico de la literatura adquiere su peculiar vitalidad —y su calidad de “historia” propiamente dicha— gracias a la dialéctica que se hace posible al configurarse la idea de los “clásicos”, idea que, a la vez, establece unos modelos y permite —y aun manda— distanciarse de ellos».
7.Acerca de la problemática del kitsch, son recomendables, entre otras obras, las siguientes: Umberto Eco, Apocalittici e integrati, 1964; Gillo Dorfles, Il Kitsch, 1969; Abraham Moles, Psychologie du Kitsch: L’art du Bonheur, 1977; y Clement Greenberg, Art and Culture, 1978.
8.Tomo en préstamo la locución atribuible a Paul de Man, autor de Aesthetic Ideology (1996). Acerca de las cambiantes acepciones de la noción de literatura, resultan así mismo interesantes las recientes reflexiones que Terry Eagleton expone en El acontecimiento de la literatura (Barcelona: Península, 2013).
9.Al otro extremo del espectro dibujado por esta concepción dominante, aparece la amplísima variedad de productos culturales producidos y difundidos por los medios de comunicación escritos y audiovisuales, percibida y valorada —reductiva y despectivamente— como «cultura de masas». Desde la perspectiva culta a que aludimos, los productos culturales masivos poseerían, a priori, un carácter meramente comunicativo —es decir, cultural solo en un sentido antropológico amplio, a la manera de la gastronomía, la siesta o los hábitos indumentarios—, puramente funcional y utilitario, fruto de la producción colectiva —en un medio industrial de elevada profesionalización y división del trabajo—; por si fuera poco, tales productos de masas serían consumidos por auditorios masivos, carecerían de valor artístico, serían concebidos y elaborados según la ley del mínimo esfuerzo cognitivo y, claro es, tenderían a ser embrutecedores y alienantes.
10. Cif. Tzvetan Todorov, ed., Teoría de la literatura de los formalistas rusos (México: Siglo XXI, 1970). Y Jan Mukařovsky, Escritos de estética y semiótica del arte (Barcelona: Gustavo Gili, 1977).
11. Citado por Di Girolamo, op. cit., 1982, p.54.
12. El lector cuenta con una buena introducción a la estética de la recepción (Warning, R., ed., Estética de la recepción (Madrid: Visor, 1989)); la obra incluye artículos de los autores que han contribuido a su desarrollo: H. R. Jauss y H. G. Gadamer, sobre todo. De Jauss, en particular, se han traducido al castellano algunas obras esenciales (La literatura como provocación (Barcelona: Península, 1976) y Experiencia estética y hermenéutica literaria (Madrid: Taurus, 1986)), así como también de Wolfgang Iser (El acto de leer (Madrid: Taurus, 1987)).
13. Di Girolamo, op. cit., p.64.
14. José María Valverde, El arte del artículo (1949–1993). Barcelona, 1994.
15. Martí de Riquer y José María Valverde, Historia de la literatura universal, op. cit., 1984, vol. I, p.3.
16. Acerca de la retórica entendida como disciplina, véase el solvente manual de Bice Mortara ya citado, entre otros posibles. Sobre la retórica entendida en sentido filosófico, resultan iluminadores los textos de Friedrich Nietzsche reunidos en El libro del filósofo (Madrid: Taurus, 1974) y en Escritos sobre retórica (Madrid: Trotta, 2000). El lector interesado, así mismo, podrá ahondar en la cuestión de la mano de Chaïm Perelman y L. O. Tyteca, Tratado de la argumentación (Madrid: Gredos, 1994); Roland Barthes, «La retórica antigua», en La aventura semiológica (Barcelona: Paidós, 1993); Stephen Toulmin, The Uses of Argument (1958); Kenneth Burke, A Rhetoric of Motives (1950); y también gracias a la erudición del libro de Luis Vega Reñón y Paula Olmos Gómez, Compendio de lógica, argumentación y retórica (Madrid: Trotta, 2011).
17. En Introduction à la poésie orale (París: Éditions du Seuil, 1983) y, sobre todo, en La letra y la voz (Madrid: Cátedra, 1989), Paul Zumthor ha hecho importantes observaciones sobre la presencia de la cultura oral en la época contemporánea. Una de las tesis básicas de este autor es precisamente que los medios de comunicación de masas han abierto nuevos espacios a la oralidad, relegada a un papel secundario cuando la escritura era predominante en las formas de cultura y comunicación, y ahora recuperada gracias a los medios audiovisuales y las tecnologías digitales.
18. Así lo pone de relieve José María Valverde en La literatura (Barcelona: Montesinos, pássim). Y también, entre otros, Fèlix Balanzó en su estudio sobre las gloses de Mallorca: «Les gloses mallorquines: estructura i funcions» (Bellaterra: Universitat Autònoma de Barcelona, 1982). Tesis doctoral.
19. En este sentido, desde luego, las nuevas tecnologías de la memoria no harían sino prolongar el efecto que la invención de la escritura tuvo sobre el recuerdo. Emilio Lledó ha dedicado lúcidas páginas a tratar de todo ello, a partir del mito de Theuth y Thamus que Platón narra en el Fedro. Theuth, deidad descubridora del número y el cálculo, de la geometría, la astronomía y las letras, ofreció estas últimas a Thamus, rey de Egipto, y le prometió conseguir con ellas un «fármaco de la memoria y la sabiduría»: «Pero, cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: “Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. Pero él le dijo: “¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”.» Citado por Emilio Lledó, El surco del tiempo. Meditaciones sobre el mito platónico de la escritura y la memoria (Barcelona: Crítica, 1992), p.18–19.
20. Vítor Manuel de Aguiar e Silva, Teoría de la literatura (Madrid: Gredos, 1975), p.33.
21. Wellek y Warren, op. cit., 1979, p.30–31.
22. Roman Jakobson, «Lingüística y poética», cap. XIV de Ensayos de lingüística general (Barcelona: Seix Barral, 1975), p.347–95.
23. Ludwig Wittgenstein, proposición 5.6 del Tractatus Logico-Philosophicus (Barcelona: Laia, 1989), p.130.
24. Véase Hans Blumemberg, «Una aproximación antropológica a la actualidad de la retórica», en Las realidades en que vivimos (Barcelona: Paidós, 1999).
25. Claro es que esta convicción de que no es posible comprender la experiencia humana, en su ingente variabilidad y sutileza, por medios exclusivamente lógicos o estadísticos no es nueva. En los comienzos de los tiempos modernos, un gran geómetra como Blaise Pascal, en su propósito de establecer una antropología filosófica —un conocimiento del hombre—, estableció una diferencia fundamental entre el «espíritu geométrico» (esprit géometrique) y el «espíritu de fineza» (esprit de finesse). Como sintetiza Ernst Cassirer en su Antropología filosófica (Madrid: FCE, 1993, p.28): «El espíritu geométrico sobresale en todos aquellos temas que son aptos de un análisis perfecto, que pueden ser divididos hasta sus primeros elementos. Parte de axiomas ciertos y saca de ellos inferencias cuya verdad puede ser demostrada por leyes lógicas universales.» La ventaja del espíritu geométrico radica en la claridad de sus principios y en la necesidad de sus deducciones; ahora bien, añade Pascal, la impecable elegancia de este modo de conocimiento no es aplicable a todos los objetos, pues algunos de ellos —el hombre y lo humano— son tan sutiles y complejos que hacen imposible el análisis lógico: «existen cosas que a causa de su sutileza y de su variedad infinita desafían todo intento de análisis lógico. Si algo hay en el mundo que habrá que tratar de esta segunda manera es el espíritu del hombre, pues lo que le caracteriza es la riqueza y la sutileza, la variedad y la versatilidad de su naturaleza.» Impotentes la geometría, la lógica y la metafísica para acercarse a lo humano, solo el esprit de finesse puede intentar dar cuenta de su complejidad, pues la ley primera y suprema del hombre, resume Cassirer, «es el principio de contradicción. El pensamiento racional, el pensamiento lógico y metafísico, no puede comprender más que aquellos objetos que se hallan libres de contradicción y que poseen una verdad y naturaleza consistente; pero esta homogeneidad es precisamente la que no encontramos jamás en el hombre. No le está permitido al filósofo construir un hombre artificial; tiene que describir un hombre verdadero. Todas las llamadas definiciones del hombre no pasan de ser especulaciones en el aire mientras no estén fundadas y confirmadas por nuestra experiencia acerca de él. No hay otro camino para conocerle que comprender su vida y su comportamiento.»
26. Acerca del papel cardinal de la comprensión, y de la relevancia de la perspectiva hermenéutica para comprender los fenómenos comunicativos y artísticos, véase el clásico de Hans-Georg Gadamer, Verdad y método, Salamanca: Sígueme, 1993.
27. Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas (Barcelona: Seix Barral, 1987), p.23–24.
Capítulo 4
Incidencia del giro lingüístico en el estudio de la comunicación periodística y mediática
A mi entender, el aludido giro lingüístico ha impregnado ya en parte el estudio de la comunicación mediática, en buena medida gracias a las fecundas contribuciones derivadas de la sociología del conocimiento. Pero es menester añadir que tal impregnación ha sido insuficiente y parcial: por un lado, porque, a pesar de haber incorporado la consciencia lingüística a su núcleo teórico, los enfoques sociocognitivos no la han llevado a sus últimas y decisivas consecuencias, especialmente en lo que hace a la comprensión nietzscheana de la naturaleza retórica y logomítica del lenguaje;1 y por otro, porque tales enfoques han sido poco tenidos en cuenta por los estudiosos de la comunicación oral y escrita, más atentos por lo general a concepciones hiperformalistas ajenas al cambio de paradigma que en estas páginas vindicamos.
Dentro del ancho y diverso territorio de los estudios sobre comunicación mediática, los que abordan el campo periodístico han padecido esas carencias y creencias de manera singular. Como argüiré en las páginas finales de este capítulo, la hegemonía de los enfoques prescriptivos y preceptivos, la pasmosa desconfianza de «la teoría», la consiguiente anemia crítica y conceptual y, en fin, la primacía del mero sentido común profesional han lastrado gravemente su desarrollo. Es sensato afirmar que, salvando contadas excepciones, la toma de consciencia lingüística no ha llegado a ellos todavía, y que tal carencia es una de las razones de los males que en nuestros días aquejan a este campo.
Como acto seguido veremos, la plena asunción del giro lingüístico por parte de investigadores y docentes alumbraría valiosos corolarios, a mi entender, capaces de suscitar un replanteamiento epistemológico, teórico y metodológico de los estudios sobre periodismo, en la línea de la disciplina científica —la Comunicación Periodística— que en las próximas páginas vindicaré. Antes, sin embargo, esbozaré algunos de estos corolarios en sus líneas esenciales, plenamente consciente de que son todos los que están aunque no estén todos los que son, y de que los presentes merecen ser tratados con mayor hondura.
Primer corolario: la retórica de la objetividad como ritual expresivo
Los formalistas rusos fueron los primeros que, en su búsqueda de un estudio científico de la literatura en concreto y del lenguaje en general, plantearon la necesidad de reemplazar los nebulosos criterios de valor a que hasta entonces venía recurriéndose para estudiar la literatura —de corte normativo e impresionista, ante todo— por el estudio sistemático de su presunta esencia, más allá de obras, autores, géneros y tendencias: así fue como se inició la búsqueda de la denominada «literariedad» (literaturnost).2
Este propósito llevó a los formalistas a conjeturar la existencia de una diferencia neta entre dos presuntos tipos de lenguaje: el poético y el práctico. Algunos años después, los estructuralistas agrupados en torno al Círculo Lingüístico de Praga, con Jan Mukarovsky en cabeza, formularon de manera explícita el principio de desviación de la lengua literaria con respecto a la lengua estándar,3 apoyándose en un concepto —el de apartamiento o écart, como diría Paul Valéry— que ha ejercido gran influencia en el pensamiento literario del siglo XX. A tal principio se debe, por ejemplo, la concepción de la obra como artificio lingüístico, y la consiguiente insistencia de numerosos investigadores en examinar el artefacto literario en sí, considerado como una manifestación desviada y elevada de la palabra, sustancialmente distinta a otras más abundantes y prosaicas.
Sin embargo, a pesar de su éxito entre los académicos ortodoxos, el con-cepto de desviación se muestra endeble ante la crítica:
1)En primer lugar, porque no todas las supuestas desviaciones —anacolutos involuntarios, por ejemplo— tendrían carácter literario, en el caso de que existieran; y, a la inversa, porque algunas obras de inequívoca intención y mérito artístico, como las novelas de Marguerite Duras o Miguel Delibes, mostrarían un grado de desviación relativamente bajo en comparación con las de, digamos, Valle Inclán, Alejo Carpentier o Ruben Darío;
2)En segundo lugar, debido al decisivo hecho de que —si existiera, insisto— la desviación no podría ser patrimonio de los textos concebidos y escritos con afán literario, sino que se hallaría presente, en realidad, en cualquier acto de parole, fuera oral o escrito;
3)Por último, sobre todo, a causa de una objeción capital, sin duda la más importante de las citadas: ¿cómo determinar un hipotético grado cero del lenguaje, quiméricamente neutro y arretórico, en el que gramática y estilo fueran sinónimos? ¿No será, más bien, que el concepto de lengua estándar esconde una idealización platónica, y que la parole se distingue, precisamente, por su multiplicidad de usos, registros y estilos? En la falaz distinción entre lengua estándar y literaria vemos sutilmente reproducida, una vez más, la previa dicotomía de Ferdinand de Saussure entre langue y parole, tan influyente en el estructuralismo del siglo XX. Di Girolamo expresa esta reserva con perspicacia:4 Nadie creerá que tal lengua (natural) exista, haya existido o pueda existir alguna vez. Más bien se tiene la sensación de que la «lengua estándar» representa una suerte de fantasma instrumental convocado en contraposición a la «lengua literaria». La lengua estándar se define, en suma, como lengua no literaria, pero ni la lengua estándar ni, en consecuencia, la lengua literaria son definidas en ningún momento.
Repárese, no obstante, en que la falaz distinción entre lenguaje poético o artístico, de un lado, e ídem práctico o estándar, de otro, no solo oscurece la comprensión del hecho literario,5 sino también la de la auténtica índole de la comunicación periodística. Al consagrar la locución «estilo periodístico» para designar un modo discursivo supuestamente inalienable de cualesquiera manifestaciones del periodismo, la ortodoxia profesional —sedimentada en los libros de estilo y en la práctica de los comunicadores— le ha asignado las aptitudes cognitivas y los rasgos expresivos que, presuntamente a su vez, caracterizarían el lenguaje práctico o estándar. A saber: una forma de dicción meramente referencial, denotativa e instrumental, exenta de «desviación estética o artística» —¿respecto de qué?, cabe preguntar de nuevo—, capaz de reproducir la realidad y, por ende, de ser la herramienta discursiva idónea para consumar la objetividad sacrosanta. Dado que no hay práctica sin teoría tácita o explícita que la cimente —ni sin metafísica, en el fondo—, debe entonces decirse que la noción de estilo periodístico es, en suma, uno de los más extendidos corolarios de la superstición objetivista, apoyada en la infundada escisión entre el sujeto (el informador) que aprehende y el objeto (la realidad) aprehensible.
Tanto la ortodoxia profesional, cristalizada en los libros de estilo, como una porción significativa de los estudios comunicológicos han venido consagrando, a lo largo del último siglo, una sedicente doctrina de la objetividad periodística. Destilación de las fes y creencias que integran la cultura profesional dominante, esa doctrina no es más, a su vez, que la derivación de una superstición metafísica mucho más extendida, que George Lakoff y Mark Johnson denominan «mito del objetivismo» —empleando imprecisamente la noción de mito, a mi juicio. Para estos autores:
El mito del objetivismo ha dominado la cultura occidental, y particularmente la filosofía occidental, desde los presocráticos hasta hoy. La consideración de que tenemos acceso a verdades absolutas e incondicionales sobre el mundo es la piedra angular de la tradición filosófica occidental. El mito de la objetividad ha florecido tanto en las tradiciones empiristas como en las racionalistas, que, en lo que a ello se refiere, solamente difieren en sus explicaciones de la manera en que alcanzamos las verdades absolutas.6
A semejanza de lo que ocurre con la ecuménica aunque quebradiza noción de «objetividad», la de «estilo periodístico» también se desmorona como un castillo de naipes a poco que se la someta a crítica, por más consagrada que esté entre medios y oficiantes. Del razonamiento que vengo exponiendo se desprende que no existe un supuesto estilo propio de la comunicación periodística en su conjunto, sino una variopinta paleta de registros y estilos, diferentes tanto en lo que hace a su fisonomía expresiva como en lo que atañe a sus aptitudes comunicativas: ¿qué tienen que ver los estilos del redactor de despachos de agencia y del cronista taurino, del crítico de cine y del informador científico, del escribidor espontáneo de bitácoras y del escritor que prodiga su talento en los medios convencionales o en las redes, del reportero de investigación y del columnista de opinión?
Note el lector que tampoco resolvemos el problema si trocamos la expresión «estilo periodístico» por la más manejable «estilo informativo»: ¿qué homogeneidad guardan entrevistas de declaraciones y de personalidad, informaciones de situación y reportajes de enviado especial, crónicas parlamentarias y noticias de acontecimiento? «La claridad», apuntaremos muchos. Y no sin razón, pues la claridad es —junto con la veracidad y la precisión— uno de los requisitos que toda enunciación periodística debe cumplir. Pero al afirmarlo apenas señalamos principios generales, de ningún modo elucidamos la panoplia de procedimientos y procederes que en ella concurren. Insisto, pues, en la necesidad de prescindir de la locución «estilo periodístico», y en la de suplirla —tanto en la praxis profesional como en la docente— por un abanico de denominaciones congruentes con la diversidad del periodismo realmente existente. Estimo indispensable, a tal fin, que los comunicólogos sustituyan los enfoques normativos y prescriptivos por los de tenor analítico y descriptivo, capaces de dar cuenta, por vía ante todo inductiva, de los diferentes estilos y géneros periodísticos, así como de las singulares marcas de autoría.
Se objetará con relativa razón, no obstante, que la locución «estilo periodístico» suele ser empleada en sentido lato y coloquial. Y, sobre todo, que a estas alturas son ya pocos los profesionales y los estudiosos que defienden la doctrina de la objetividad de manera explícita, dado que se ha extendido la convicción de que todo periodismo es, amén de interpretación, verdadera construcción de la realidad social, en lo mucho que esta tiene de representada e imaginada. A tal punto que la doctrina de la objetividad suele ser concebida, sobre todo en los foros académicos, como un ritual discursivo y estratégico de cometido legitimador, muy estimado por los poderes del mundo: una compartida falacia, en suma.7 Debo subrayar, no obstante, que esa consciencia sobre la índole interpretativa y performativa del periodismo es todavía incompleta, porque tanto su didáctica como buena parte de la investigación que a él se consagra se muestran renuentes a abandonar, de facto, la superstición de la objetividad, por más que la retórica de los académicos presuma de haberlo logrado hace rato.
Conviene preguntarse, sea como fuere, a quién sirve tan ecuménica y sutil falacia, mucho más difícil de abandonar de hecho que de boquilla. Haciéndome eco de las reflexiones de Pierre Bourdieu en Homo academicus, diré de entrada que sirve a incontables docentes e investigadores, que se encuentran imbuidos de metafísica realista y positivista sin saberlo. Y así mismo, con E. B. Phillips, añadiré que sirve a las empresas comunicativas, a los periodistas y a una gran parte de sus audiencias, que ven así confirmados sus prejuicios acerca de la naturaleza de la «realidad» y del conocimiento que cabe obtener de ella:
El estilo de la información objetiva y la norma de la objetividad son como el cimiento que une a la empresa periodística. Profesionalmente, organizacionalmente y personalmente, la norma capta mejor el espíritu del oficio y los hábitos mentales del periodista. Y la norma parece ser compartida por las audiencias heterogéneas y masivas.8
El sedicente «estilo periodístico», así las cosas, es consecuente expresión de la cultura profesional que Garbarino, cultor del newsmaking, ha definido en los siguientes términos:
un inextricable amasijo de retóricas de fachada y astucias tácticas, de códigos, estereotipos, símbolos, tipificaciones latentes, representaciones de roles, rituales y convenciones, relativos a las funciones de los media y de los periodistas en la sociedad, a la concepción de los productos-noticia, y a las modalidades que dominan su confección. La ideología se traduce luego en una serie de paradigmas y de prácticas profesionales adoptadas como naturales.9
A pesar de su perspicacia —y de su diseminación a lo largo y ancho de la comunicología contemporánea—, los enfoques sociocognitivos no se deshacen, sin embargo, del primordial equívoco al que vengo consagrando esta entera reflexión: la terca incomprensión acerca de la índole retórica del lenguaje, y del modo en que este es puente o bisagra entre pensamiento y realidad, inte-rioridad y exterioridad, sujeto y objeto.
El nuevo paradigma que vindico —basado en la moderna filosofía del lenguaje— sostiene, en cambio, que lo que de facto existe es una íntima imbricación entre la representación y lo representado, el estilo y el contenido, la forma y el fondo. No se trata ya de que, dada una cierta realidad objetiva, haya diversas maneras y estilos de dar cuenta de ella, sino de que cada manera y estilo construye su propia realidad representada. Y como muestra un botón, espigado entre la tradición periodístico-literaria que a partir de la próxima sección exploraremos: la realidad representada por las noticias que publicó el diario The Kansas Star en los días sucesivos al crimen múltiple que en 1959 acabó con la familia Clutter en Holcomb (Kansas) no es la misma que la evocada, a partir de tal suceso, por el escritor Truman Capote en In Cold Blood (A sangre fría, 1965), un admirable reportaje de investigación escrito mediante recursos y procedimientos mayormente novelísticos.
El caso aducido ilustra la premisa que sustenta mi razonamiento: por más que puedan ser distinguidos a efectos de análisis, estilo y contenido son inseparables; cualquiera que sea la realidad objetiva a que nos refiramos, solamente nos es dado conocerla, en cuanto realidad representada, por medio del estilo con que la evocamos. Aunque rara entre el común de la ciudadanía, esa consciencia acerca de la sustantividad del estilo ha sido frecuente entre los grandes escritores y poetas; probablemente debemos a Flaubert su expresión más elocuente: «Le style étant à lui tout seul une manière absolue de voir les choses».10
El estilo es, en sí mismo, una manera absoluta de ver las cosas: de la estética realista del novelista francés, explícitamente formulada a lo largo de su correspondencia, se desprende un principio estético y epistemológico trascendente: a saber, que el lenguaje no es un simple instrumento con el que puede darse cuenta de una realidad externa —y concebida como independiente de él—, sino el modo esencial de experimentar la realidad, y aun de construir los hechos que la integran. De acuerdo con Flaubert, es escritor aquel que —a partir de la consciencia, o de la intuición, sobre la identidad sustancial entre lenguaje, pensamiento y experiencia— configura una cierta realidad posible mediante una afanosa elaboración verbal, poseído por la obsesiva voluntad de estilo, que, como es sabido, embargó al autor de La educación sentimental. Esa impronta singular que el autor deja en su obra —del latín stylus: punzón o gubia para tallar la madera— aúna mirada y manera, y no será ya más, a partir de Flaubert, ni ornamento epidérmico ni simple recurso para cautivar al lector, sino «una manera absoluta de ver las cosas».11
No uno sino diversos, por consiguiente, los estilos de la comunicación periodística ahorman versiones y visiones distintas acerca de eso que damos en llamar «la realidad». Dado que resulta infundado postular la existencia de un estilo o lenguaje periodístico inocente y transparente, especie de vehículo neutro apto para transmitir las cosas sin más, debe hablarse, en cambio, de muy diferentes modos de empalabramiento, dotados de sus respectivas cualidades configuradoras.12
Estimo indispensable, así pues, despertar del espejismo que la ideología de la objetividad sigue suscitando, por más que los formulismos académicos en boga afirmen lo contrario. Aunque han protagonizado considerables avances en varios campos, la mayoría de los comunicólogos han descuidado el estudio micrológico, analítico y descriptivo a la vez, de los estilos periodísticos, tanto que las aportaciones de veras fecundas son contadas: ¿qué hacen los periodistas mediante sus empalabramientos, por medio de qué procedimientos retóricos, con qué efectos de creación de sentido, para alcanzar qué fines?
Segundo corolario: condición retórica de la comunicación periodística
En estrecha relación con la infundada dicotomía entre lengua desviada y lengua estándar se halla la distinción entre denotación y connotación, clásica en el pensamiento lingüístico y literario. De modo general, puede decirse que el concepto de denotación, entendido como «el valor informativo-referencial de un término, regulado por el código», se opone al de connotación, valor que engloba «todas las significaciones no referenciales».13 Si la denotación es, por tanto, el significado asociado a un significante en primera instancia, la connotación es vista como un sentido segundo, tercero o enésimo, añadido al significado inicial y dependiente de él a menudo.14
Una tesis demasiado extendida pretende resolver la distinción entre las supuestas lengua práctica y literaria apelando a la aludida diferencia entre denotación y connotación. Así las cosas, el sedicente «estilo literario» tendría, gracias a su «falta de referencialidad» y a su «ambigüedad» constitutivas, un tenor acusadamente connotativo, mientras que el presunto «estilo periodístico» poseería, en cuanto variante de la lengua estándar, un carácter eminentemente denotativo.15 A mi juicio, sin embargo, el reduccionismo que esta premisa alimenta es a todas luces burdo, amén de funesto. Y ello porque, por un lado, se caracteriza la lengua estándar como monosémica, plana, acromática, inexorablemente referencial y ajustada a un hipotético grado cero denotativo; y la lengua literaria, por otro, como supuesta ciudadela donde medra la connotación: un reducto, grávido de sentido, en el que la riqueza y la variedad semánticas proliferan.
Las cosas son muy distintas, de hecho. La connotación no debe ser entendida como atributo específico del texto literario, sino como una de las dimensiones comunes a todas las formas del lenguaje —que no son dos, por cierto, sino múltiples y con frecuencia híbridas, tal como Mijail Bajtin elucidó magistralmente.16 En lúcidas palabras de Constanzo Di Girolamo, «todo acto lingüístico, todo enunciado, todo texto, es necesariamente connotativo; denotación y connotación se distinguen solo en tanto que momentos del análisis».17 Los ecos de la moderna filosofía del lenguaje —y sobre todo de la conciencia lingüística y retórica de raíz nietzscheana— resuenan en este argumento que por entero suscribo.
Considero indispensable, por lo tanto, superar la contraposición entre lenguajes denotativos y connotativos. Mucho más fundado resulta pensar, en cambio, que la connotación se halla virtualmente presente en todos los actos de habla, y que lo relevante consiste en discernir en qué grado y de qué modos lo hace, dado que su presencia es ubicua. En términos semánticos y pragmáticos, resulta indemostrable que cualquier expresión coloquial sea menos connotativa que un poema o una novela. El escritor es, en todo caso, un sujeto cuya singularidad —a diferencia de los demás mortales, que hablan en prosaico coloquio sin tener por qué saberlo18— consiste en explorar con plena deliberación los incontables resortes connotativos del empalabramiento. Y aun así es preciso recordar que tampoco esa deliberación es prerrogativa del literato, ni siquiera, sino de todos los hablantes sin excepción, cuando menos en potencia. Piénsese si no en el chiste, en la ironía, en la alusión velada, en la procacidad sugerida o en las variadas máscaras que adopta el eufemismo, por poner algunos ejemplos entre muchos posibles. Y también, barriendo para nuestro asunto, en aquellos media —como la publicidad y el periodismo— que recurren inevitablemente a la connotación, por más que suelan ser adscritos a la lengua estándar. ¿Es que acaso un pensamiento tan inagotablemente polisémico como «Hoy es siempre todavía», de Antonio Machado, no podría ser usado eficazmente en un anuncio televisivo de, pongamos, una compañía de seguros de defunción? (Tal vez ilustrado con imágenes de un tortuoso sendero adentrándose en el horizonte entre las penumbras del ocaso, sol agonizante incluido).19
El tesoro analítico legado por la vieja y la nueva retórica, reforzado por la estilística y la pragmática contemporáneas, demuestra que la connotación es condición de existencia de todas las formas de empalabramiento —incluidas las periodísticas, ni que decir tiene. Aplicado al estudio del sedicente lenguaje práctico o estándar, el análisis del discurso excluye que pueda existir un uso arretórico y transparente del lenguaje, idealmente neutro. De acuerdo con Di Girolamo,20 «la más banal metáfora de uso cotidiano constituye un connotador, tanto como la más compleja y trabada construcción del discurso a través de la organización de las partes, etc., en un texto científico, filosófico, político o narrativo».
Debe añadirse, por ende, que en el campo periodístico la connotación está presente por doquier. Tampoco cabe hablar, en lo que a él se refiere, de designaciones netas y unívocas, acendradamente denotativas, ni siquiera en aquellos géneros y modalidades expresivas —la noticia y sus variantes, incluidos titulares y cuerpos textuales— en los que el mito de la objetividad encarna con fuerza mayor. De entrada, porque semejante desiderata es poco menos que un imposible desde el punto de vista lingüístico, como he argüido; y además, porque la liturgia discursiva inherente a tales dicciones ha ido sedimentando y tornando imperceptibles, a fuer de repetirlos, innumerables tropos y figuras preñados de sentido.
En los modos usuales de nominación y adjetivación, en los verbos y perífrasis verbales más comunes, en las sutiles gradaciones que los adverbios sugieren —y hasta en los usos rutinarios de preposiciones y conjunciones— se agazapa la superstición de la objetividad, que vengo poniendo en tela de juicio. Ese ritual estratégico, que tanto los libros de estilo como los manuales de redacción dictan con normativo afán, es la nada inocente consagración estilística de una manera de ver —y de hacer— la realidad social que resulta lícito llamar «periodísticamente correcta».21
Hipercodificada y estereotipada, trenzada a base de clichés ideológicos y de fórmulas esclerosadas, la pseudodisciplina académica que atiende por «redacción periodística» proscribe tanto como prescribe, al menos; contra ella cumple vindicar una escritura periodística de verdadero fuste: estética, ética y epistemológicamente consciente, y por tanto cultivada a partir de la convicción de que las palabras ejercen un papel crucial en cualquier forma de conocimiento —incluido, claro está, el periodístico. Lo que equivale, en resumidas cuentas, a abogar por una escritura periodística responsable y ambiciosa, un ars bene discendi —deliberadamente retórico— que contradiga la infundada aunque extendida creencia de que el esmero expresivo es un prurito «literario» superfluo, un amaneramiento ornamental y a fin de cuentas prescindible. Porque es en el trato íntimo con las palabras, a la hora de la verdad, donde se libra la batalla decisiva por un periodismo concebido como bien público y socialmente comprometido, crítico y cívico al tiempo.22
Tercer corolario: a favor de la Comunicación Periodística
Desde sus inicios, los estudios sobre periodismo han padecido un notorio retraso con respecto a otras áreas de la investigación comunicativa, en general muy atentas a las contribuciones diversas y enjundiosas procedentes de disciplinas consolidadas como la sociología, la historiografía, la politología, la semiología y, en menor grado, hasta la antropología y la filosofía. Mientras que la incorporación de los enfoques propios de tales disciplinas ha permitido a otras áreas de la investigación en comunicación avanzar con paso brioso, el campo concreto de los estudios periodísticos exhibe desde hace décadas un andar renqueante y reumático, atribuible en buena medida al pertinaz descuido de las aportaciones más significativas provenientes de disciplinas sociales y humanísticas tales como la lingüística en sus diferentes ramas, la citada semiología, la filosofía del lenguaje, la llamada nueva retórica y, en general, el ancho y fecundo campo de los estudios literarios, amén de las ciencias sociales antes mentadas.
Al menos en Cataluña y en España, el lugar concreto que los estudios periodísticos ocupan dentro del ancho campo de los estudios sobre comunicación se ha ido definiendo de modo titubeante y problemático, tanto en lo que hace a la definición de su objeto de estudio propio como, muy principalmente, en lo relativo a su misma constitución teórica y metodológica como disciplina de vocación científica. ¿A qué se debe tal precariedad?
En primer y destacado lugar, a mi entender, a una improcedente escisión del campo estudiado —y de los enfoques teóricos y metodológicos invocados— entre saberes aplicados y saberes teóricos. Una escisión basada, nótese bien, no en razones de pertinencia y rigor —que son, al cabo, las que a una disciplina científica le corresponde invocar—, sino en la extendida creencia de que existe una distinción tajante entre los saberes aplicados apropiados para pensar y enseñar la «práctica periodística» y los saberes teóricos, de procedencia multidisciplinaria, que cultivan las mal llamadas «ciencias de la comunicación».23
Tal desatinada escisión inicial ha sido el embrión a partir del que ha nacido y medrado el actual desconcierto académico. Concebidos como un conjunto de saberes aplicados —esto es, de vocación normativa, práctica e instrumental—, los estudios periodísticos han ido siendo absorbidos por la llamada «Redacción Periodística», una disciplina pseudocientífica bifronte —su otro rostro, nacido hace un par de décadas, es la denominada «Periodística»24— que ha ido jibarizando el campo diverso y complejo del periodismo realmente existente hasta dejarlo reducido a simple repertorio acrítico de habilidades empíricas encaminadas a la producción seriada de textos.
En términos generales, parece sensato afirmar que la etiología de los males que aquejan tanto a la Redacción Periodística como a la Periodística hay que buscarla en un abanico de creencias pseudocientíficas sobre la naturaleza del periodismo y su correspondiente enseñanza. Profesadas a pies juntillas por muchos cultores de la disciplina, tales creencias fueron acuñadas hace ya décadas por sus padres fundadores, y más tarde repetidas hasta el cansancio por varias levas de epígonos.
Tales creencias han alimentado, por ejemplo, la hegemonía apenas contestada de los enfoques prescriptivos y preceptivos, empeñados en dictar normativamente cómo debe ser el periodismo, en vez de describir, analizar y explicar por vía inductiva su compleja diversidad. O la enseñanza universitaria de la comunicación periodística, entendida por demasiados instructores como formación profesional de tercer grado, reducida a instrucción acrítica e irreflexiva acerca de un cuerpo de técnicas y prácticas profesionales obedientemente emuladas. O el estupefaciente recelo con que muchos docentes de Redacción Periodística todavía contemplan «la teoría», vista a menudo como una suerte de logomaquia abstrusa y yerma, inútil a la hora de formar periodistas «profesionales». O, en fin, la consiguiente anemia crítica y conceptual que —con algunas honrosas excepciones— aqueja a buena parte de las investigaciones realizadas en este campo.
Lo cierto, ello no obstante, es que el conjunto de saberes, habilidades y actividades que integran el campo poliédrico del periodismo realmente existente se distingue por su tenor reflexivo, cultural y hasta intelectual: el comunicador, el periodista son —deberían ser, cuando menos— profesionales intelectuales que ejercen su cualificada tarea en la industria de la cultura. Sostenida por toda una tradición de autores de gran fuste crítico —como Max Weber, Antonio Gramsci, José Ortega y Gasset, Joan Fuster o Manuel Vázquez Montalbán, por citar solo algunos—, la concepción del periodista como trabajador intelectual debe movernos a replantear desde la raíz la falaz aunque extendida escisión entre práctica y teoría.
En vez de definir el periodismo como un oficio eminentemente práctico, caracterizado por el dominio de un repertorio de habilidades y competencias técnicas aptas para capturar la realidad social —y luego reflejarla objetivamente en ese nítido espejo que supuestamente son los medios de persuasión—, cabe concebirlo como una profesión intelectual cuya esencia interpretativa integra dialécticamente la cultura y la capacidad de discernimiento crítico, por un lado, y las habilidades expresivas y técnicas, por otro. No estoy diciendo, nótese bien, que el periodista ideal debería integrar ambas facetas, sino que todo periodista, siempre y por necesidad, ejerce una tarea que aúna reflexión y práctica, cultura y técnica, idea y ejecución. Al interpretar la realidad y representarla mediante enunciados narrativos y argumentativos de índole diversa, los periodistas recurren a una cierta teoría y cultura profesional, amén de a una visión del mundo hecha de ideas más o menos formadas y, sobre todo, de creencias de mero sentido común —que es el más común y el menos distinguido de los sentidos. Pensar, por ejemplo, que la realidad es algo externo y dado, y que el periodista se limita a reproducirla mediante el auxilio de habilidades prácticas y técnicas que hacen innecesaria y hasta enojosa su formación crítica y cultural, es, mal que nos pese, una difundida creencia profesional que revela premisas teóricas latentes, una especie de metafísica espontánea frecuentemente ignorada por el creyente —y profesada a pie juntillas por eso mismo.25
Aceptada esta premisa, procede vindicar la constitución de una disciplina científica dedicada a estudiar el campo polifacético del periodismo realmente existente, a la que parece pertinente denominar «Comunicación Periodística».26 A modo de esbozo de partida, tal disciplina deberá erigirse sobre las siguientes bases.
I. La enseñanza y la investigación universitarias de la comunicación periodística realmente existente aconsejan vivamente que la disciplina que denominamos Comunicación Periodística supere las obsoletas carencias y creencias sobre las que se asientan tanto la Redacción Periodística como la Periodística —que no es sino su versión maquillada. Ello supone el abandono de los envejecidos enfoques prescriptivos y preceptivos, en favor de una actitud nueva de carácter analítico y descriptivo, semejante a la que desde hace décadas prevalece en otros campos de conocimiento. En cuanto disciplina académica, la Comunicación Periodística debe buscar un conocimiento a la vez crítico, cultural y aplicado. Lejos de limitarse a emular los tópicos al uso sobre la naturaleza del periodismo, debería, dado su rango y responsabilidad universitarios, a) describir y analizar lo que efectivamente es, b) proponer lo que podría ser y c) postular lo que debería ser.
II. A diferencia de la Redacción Periodística y de la Periodística, el objeto de estudio y docencia de la disciplina que propugno debe ser el periodismo —esto es, la comunicación periodística en cualesquiera medios, soportes, géneros o estilos, también en los que promueve el ciberentorno— considerado como una mediación cultural de elevada complejidad intelectiva, expresiva y técnica. Una esencial mediación entre las que componen las industrias culturales de nuestro tiempo, distinguida por a) su naturaleza a un tiempo técnica e intelectual, b) el tenor colectivo de su producción y de su recepción, c) su diversidad discursiva, expresiva y estilística, d) su condición no de mera práctica, sino de praxis que inevitablemente conjuga en un todo inextricable la comprensión y la interpretación con las habilidades técnicas y expresivas27 y e) su ineludible responsabilidad social. Lo que se propone es, en síntesis, considerar el periodismo como cultura y no como raso saber hacer instrumental, reducible a un repertorio de fórmulas y recetas «de oficio».
Resulta indispensable, a todo esto, que la Comunicación Periodística dé respuesta a las trascendentes mutaciones que de unos años a esta parte está experimentando el campo periodístico, en el que hoy en día conviven —conflictivamente, las más de las veces— el viejo ecosistema comunicativo analógico y el pujante ecosistema comunicativo digital. Si el primero era, y todavía es, en esencia vertical y jerárquico, centralizado y tecnológicamente pesado, amén de unidireccional y masificador, el segundo tiende a ser horizontal y relativamente igualitario, diseminado y tecnológicamente ligero, además de pluridireccional —reticulado, de hecho— y promotor de dinámicas multitudinarias, más que masivas.28 Necesitado de grandes inversiones de capital y de onerosas estructuras industriales —emblemáticamente resumidas por las linotipias y el plomo—, el periodismo clásico renquea en nuestros días, y pierde fuelle a meses vista.29 No por verse complementado por las nuevas iniciativas periodísticas que la red propicia, sino porque se halla en crecientes apuros para competir con ellas, mucho más ágiles y baratas. Se trata, en suma, de una transformación polifacética y multifactorial, entre cuyas causas se halla la imparable digitalización que, además de la comunicación periodística y mediática, está modificando el entero espectro de la cultura, tanto cualitativa como cuantitativamente.30
Precisamente gracias a ese carácter interdisciplinario que reivindico, la Comunicación Periodística está en condiciones de explicar los cambios en curso, y de inspirar los consiguientes procederes. El periodismo ya no se ejerce solo en los tradicionales medios de prensa, radio y televisión, sino también en muy diferentes plataformas y cauces habilitados por el ciberentorno. Esa diseminación facilita, por un lado, una relativa democratización de la praxis de informar y de interpretar la realidad, dado que la autoría tiende a desvincularse de la pertenencia regulada al estamento periodístico profesional; pero también facilita, por otro, que el tratamiento matizado y solvente de la complejidad —rasgo inherente a lo humano en general, y muy en especial al mundo contemporáneo— tienda a ser sustituido por un parloteo carente de rigor interpretativo y de saber contextualizador. De ahí la paradoja con la que nos enfrentamos: la industria y el mercado periodísticos clásicos se encuentran en abierta crisis, en efecto, pero esa reorganización y redefinición del campo periodístico en su conjunto torna más indispensable que nunca que los periodistas genuinos —cultos, críticos y cívicamente comprometidos— continúen suministrando a la sociedad ese género de conocimiento discernidor que distingue su labor.
III. Con el fin de abordar tan poliédrico objeto de investigación y docencia, la Comunicación Periodística está llamada a invocar saberes críticos y culturales procedentes de disciplinas asentadas: por un lado, de las ciencias sociales, entre ellas la sociología, la historiografía, la antropología o la politología; y por otro, del extenso y fecundo campo de las ciencias humanas, entre las cuales destacan, por su capacidad de iluminar nuestro territorio, la lingüística, la retórica y los estudios literarios en sus diferentes ramas, amén de la semiología, la estética, la hermenéutica y la filosofía del lenguaje.
Si bien se mira, la Comunicación Periodística puede levantar relevantes puentes entre aquellos saberes sociales y estos saberes humanísticos. Así, por ejemplo, las aportaciones procedentes del paradigma sociocomunicativo son con frecuencia conjugables con otras provenientes de la lingüística textual, la pragmática, la filosofía del lenguaje o la retórica. Al armonizar enfoques y disciplinas en apariencia disímiles, la Comunicación Periodística puede jugar cartas innovadoras, y hasta desarrollar perspectivas y métodos enriquecedores para otros ámbitos de reflexión e investigación. No se trata, por tanto, de que la disciplina importe saberes con papanatismo servil, sino de que los incorpore críticamente a sus singulares propósitos.
IV. En cuanto disciplina de vocación científica, la Comunicación Periodística debe erigirse sobre firmes cimientos teóricos y metodológicos. Así, junto a la invocación crítica de saberes procedentes tanto de otras disciplinas comunicológicas cuanto de disciplinas sociales y humanísticas ya aludidas, considero imprescindible que se nutra, muy principalmente, de los decisivos corolarios del giro lingüístico, que ha devenido uno de los hechos cardinales en la filosofía, las ciencias sociales y las humanidades de los dos últimos siglos, como creo haber explicado con bastante detalle.
Cuarto corolario: la hechura verbal de los hechos
Alguna cosa llega, ocurre, irrumpe: la realidad social está hecha por y para el ser humano, y sujeta a su índole contingente y ambigua.31 No resulta fundado imaginarla como entidad predada, uniforme y pétrea, y sí como un fluir de intensidad y ritmo discontinuos, irregular corriente de acaeceres que debemos configurar para prestarles forma y orden. Desde la humana perspectiva —y nadie dispone de otra, por supuesto— tanto los acaeceres naturales como los hechos históricos insurgen cual crestas de sentido distintas en el tránsito indistinto de lo que existe. «De entrada, la palabra acontecimiento significa: algo llega», escribe Paul Ricoeur. Y sin embargo, «no todo lo que llega constituye un acontecimiento, sino solo lo que sorprende nuestra atención, lo que es interesante o importante». Y ello hasta el punto de que «el orden de las cosas es considerado desde el punto de vista de nuestra preocupación o inquietud, y entonces sobre un horizonte de historicidad que será necesario tomar en cuenta en adelante».32
El acontecer languidece o se remansa, cobra el aspecto de un curso liso y sin accidentes. O bien se agolpa, precipita o crispa, y entonces lo percibimos como un hecho significativo, un texto —un tejido— cuya peculiar trama se cose sobre un contexto anterior, posterior y contemporáneo: urdimbre narrativa que le presta trayectoria, finalidad y origen. En las próximas páginas expondré una tesis decisiva —insólita para el sentido común, tan preñado de inadvertida metafísica— acerca de un asunto cardinal, tanto para la práctica como para la comprensión del periodismo y de la comunicación mediática en su conjunto; un asunto sobre el cual, sin embargo, la comunicología ortodoxa suele pasar de puntillas, o dar lisa y llanamente por descontado. Tan habituados estamos todos —doctos y legos— a la suposición de que los hechos son lo que son y están ahí, preexistentes y anteriores a la tarea de conocerlos, que el propósito de deconstruir esa presunción me llevará a incurrir en ineludibles disquisiciones filosóficas. Ahorraré al lector, no obstante, los meandros más abstrusos del razonamiento que esta deconstrucción implica, y me atendré a su cauce esencial.33
1. De entrada, procede afirmar que los hechos no son cosas, ni siquiera una clase especial de sucesos en última instancia asimilables a ellas, según supone la metafísica espontánea en que el sentido común se basa. Antes bien, son constructos realizados por las acciones y discursos de los sujetos, cuya interacción les confiere genuina hechura, en la doble acepción que posee este vocablo: una complexión intrincada, compuesta de signos y actos; y una condición facticia —artificial— que difiere del crudo ocurrir propio de la naturaleza.
Ni el influyente sociólogo Émile Durkheim tenía razón al respecto, como pronto explicaré, ni tampoco la han tenido numerosos pensadores de estirpe positivista y funcionalista —amén de incontables ciudadanos—, para quienes los hechos sociales son similares o iguales a las cosas, o asimilables a estas al menos.34 Y, sin embargo, es casi unánime la tendencia a tomarlos por cosas —a cosificarlos o reificarlos, en jerga filosófica— a imagen de los sucesos y entes naturales. Como cualquier otra idea o creencia, tal inercia cosificadora es resultado de unas premisas metafísicas con frecuencia inadvertidas para quienes las profesan, que atañen al ser y al conocer. Y es expresión, por consiguiente, de la ontología dominante, que tiende a explicar lo existente como independiente del discurso; y de la epistemología positivista y objetivista que de ella deriva, proclive a confundir lo que los hechos tienen de patente con su entera constitución. Ese juego de premisas no distingue, por consiguiente, entre las acciones, dicciones y efectos más evidentes de los sucesos que ocurren, de un lado; y la trama de causas, razones, circunstancias y motivos que les da concreta hechura, de otro. Tanto el sentido común general como el sentido común periodístico, en concreto, se alimentan de esa ontología. De ahí que confundan los hechos que el ser humano produce o padece con los acaeceres naturales; que les atribuyan una supuesta objetividad que no les corresponde; y que olviden que, al fin y al cabo, los hechos son también construcciones discursivas, entretejidas de acción, signo y palabra.
2. A continuación, es necesario constatar que la comprensión del proceso interpretativo que transforma el bruto ocurrir en hechos ilumina un aspecto crucial de la cuestión que tratamos, habitualmente ignorado. Me refiero a que los hechos no solo son construidos mediante acciones físicas, sino también mediante los signos y palabras sin los que el nudo actuar carecería de sentido, dirección y forma. Y también a que, además, tanto el afán de conocerlos como su mismo modo de producirse y ser —su hechura— poseen un carácter narrativo: los hechos son entramados cronotopológicos, asociaciones de sentido que imponen cierto orden temporal, espacial y causal al discurrir de las cosas. Siempre y en todo lugar, los seres humanos tejen relatos para evocar a posteriori lo ya ocurrido, y a fin de lograrlo se valen de tramas semejantes a las que ahormaron, a priori, los hechos mismos.35
Es preciso, en suma, armar una verdadera teoría de los hechos capaz de desarmar esa fe ecuménica y perniciosa, fermento de indeseables dogmatismos. Y hacerlo a la luz de la hermenéutica, la fenomenología, la sociología del conocimiento y, en fin, los más lúcidos corolarios del giro lingüístico y semiótico, cuyo alcance afecta de lleno tanto al orden del ser como al del conocer. Porque los hechos sociales, y en consecuencia los que los periodistas tratan, están hechos a) de acaeceres naturales ajenos a la humana intervención; b) de acciones y sucesos propiamente humanos; y c) de los discursos sin cuyo concurso no podrían cobrar hechura.
Así las cosas, en resumen, la reflexión que propongo se basa en una premisa esencial: en cuanto tales, los hechos sociales poseen una hechura agencial y discursiva a un tiempo;36 son palabra y acción, símbolo y acto, signo y gesto. Y su comprensión requiere explicar cómo el discurso los prefigura, configura y refigura —antes, durante y después de su producción efectiva— de acuerdo con la reveladora hermenéutica de la facticidad que Paul Ricoeur propone.37
A fin de desbrozar este asunto, embrollado por malentendidos tan comunes que casi todo el mundo los da por sentados, partiré de la influyente aunque errada concepción positivista de los hechos propuesta por Emile Durkheim, uno de los maîtres à penser de la sociología; y en seguida la impugnaré recurriendo a la sociología comprehensiva de Jules Monnerot.38 En último pero no secundario lugar, glosaré las valiosas aportaciones de John Searle desde la filosofía del lenguaje, y a la luz de todo ese razonamiento defenderé que los hechos son tapices de sentido tejidos mediante relatos —es decir, por medio de relaciones y de religaciones. Y no solamente, tal como suele pensarse, cuando son conocidos a toro pasado, sino cuando son inspirados o concebidos de antemano, y a medida que se van produciendo.
La cosificación de los hechos
La premisa de que los hechos sociales deben ser estudiados como cosas conforma la médula de Las reglas del método sociológico, de Émile Durkheim, obra que ha ejercido duradera influencia en las ciencias sociales. Durkheim no llega a sostener que los hechos sociales sean cosas iguales a las que integran el cosmos físico, ni que participen de todos los atributos de la coseidad, pero sí que para las ciencias sociales resulta lícito y necesario tenerlos por tales. «No decimos que los hechos sociales son cosas materiales, sino que son cosas con el mismo derecho que las cosas materiales, aunque de otro modo», escribe. Tratar como cosas los hechos que los sujetos hacen o padecen equivale, entonces, a «observar con respecto a ellos una cierta actitud mental».39 Esta es, añade, la primera regla relativa a la observación de la facticidad social, y la más básica entre cuantas deben guiar al sociólogo, ya que «los fenómenos sociales son cosas y deben ser tratados como cosas», y constituyen, en resumidas cuentas, «el único datum que se ofrece al sociólogo». Una premisa, por cierto, que Durkheim estimaría válida aun si se diera el caso de que los hechos no poseyeran todos los caracteres propios de la coseidad.40
¿Qué es, no obstante, lo que permite coidentificar acaeceres naturales y hechos sociales, ya que son ontológicamente distintos?, pregunta el sociólogo. Y responde: la imposibilidad de modificarlos por decreto de la voluntad. «Estos tipos de conducta o de pensamiento no solo son extensivos al individuo, sino que también están dotados de un poder imperativo y coercitivo en virtud del cual se imponen a él, lo quiera o no».41 Por consiguiente, si las ocurrencias naturales tienen realidad objetiva, los hechos sociales llegan a cobrar realidad objetivada, dicho sea con mis palabras. No emanan ni se desprenden del medio físico, es cierto. Pero, una vez se producen y consolidan, ejercen una inesquivable coerción sobre los sujetos que los encuentran ya formados, los cuales deben contar con su presencia tanto como con la de las cosas naturales:
Los modos colectivos de obrar o pensar tienen una realidad fuera de los individuos que actúan conforme a ellos en cada momento del tiempo. Son cosas que tienen una existencia propia. El individuo las encuentra enteramente formadas y no puede hacer que no sean o que sean de modo distinto a como son; así pues, está obligado a tenerlos en cuenta y le es tanto más difícil (no decimos que imposible) modificarlos cuanto que, en diferentes grados, participan de la supremacía material y moral que la sociedad tiene sobre sus miembros.42
Es verdad, reconoce Durkheim, que tampoco resulta lícito confundir los hechos sociales, «ya que consisten en representaciones y acciones», con los fenómenos orgánicos; ni «con los fenómenos psíquicos, que no tienen existencia más que en la conciencia individual y por ella».43 Cada individuo puede desempeñar un papel en su génesis, desde luego, pero los hechos sociales son tales porque implican a una pluralidad de ellos, es decir, porque su índole es intersubjetiva: «Para que se dé un hecho social es preciso que al menos varios individuos hayan unido su acción y que esta combinación haya producido una nueva realidad».44 Aunque en rigor no son cosas, por consiguiente, el sociólogo debe abordarlos como si lo fueran, ya que se trata de modos de pensar u obrar que acaban siendo instituidos: de ahí que pueda hablarse de su «realidad objetiva», puesto que «son de modo definido», «tienen una manera de ser constante» y, en fin, «una naturaleza que no depende de la arbitrariedad de los individuos».45 Un golpe de estado, una ley promulgada, la prohibición de una conducta o la fijación de una frontera son facta cuya hechura apenas nada tiene en común con la inercia del cosmos físico; y sin embargo, una vez se objetivan, ganan una entidad persuasiva e inesquivable.
He creído necesario glosar la concepción durkheimiana de los hechos porque condensa con gran elocuencia el juego de creencias que el sentido común, lego y docto, abriga al respecto. Y también, claro es, uno de los nudos de la ideología periodística dominante, resumido en el célebre adagio «Facts are sacred, comments are free» —atribuido a C. P. Scott, director del Manchester Guardian.46
Lo cierto es, sin embargo, que los hechos sociales no deberían ser concebidos como cosas. «No es posible tratar los hechos sociales como cosas», señaló Jules Monnerot en su ensayo de 1946 Les faits sociaux ne sont pas des choses, dado que se trata de fenómenos ambiguos que «tienen un modo propio de darse» impropio de aquellas, y que solo cobran sentido cuando una subjetividad se lo otorga.47 «Tratar los hechos sociales como cosas es un procedimiento de trabajo del mismo tipo que esta regla behaviorista: hacer como si la consciencia no existiese en absoluto», añadía Monnerot ya a la sazón, convencido —como yo lo estoy— de que hay que distinguir entre el inerte estar o stare, modo de existir la coseidad, y el ser o esse, propio de una condición humana siempre situada en el tiempo y el espacio, y por ende en cambio perpetuo. Porque los sujetos viven y conocen en cambiantes circunstancias y perspectivas, y solo pueden moverse y mirar en una dirección cada vez.48
Mientras que las cosas y acaeceres naturales deben ser constatados y explicados por la ciencia, los objetos y sucesos humanos deben ser interpretados por filósofos, científicos y humanistas —y por periodistas, me permito añadir por mi parte, consciente del cambio de escala. «La mejor prueba de que los hechos sociales no son cosas es que poseen un sentido radicalmente diferente según cuál sea el punto de vista de los diversos grupos sociales, cuyos antagonismos componen, en un momento dado, un equilibrio o desequilibrio social, un estado de sociedad»,49 aduce con razón Monnerot. Y, a fin de rematar su refutación, arguye:
Al reivindicar la autonomía de la sociología, Durkheim, de hecho, tiende a reproducir los pasos de la biología de su tiempo, que era proclive a describir estructuras y funcionamientos, a determinar relaciones explicativas (excluyendo las relaciones comprehensibles) y tenía como ideal formular matemáticamente las relaciones captadas.50
Desde la óptica de la sociología comprehensiva que cultiva Monnerot, por consiguiente, no resulta fundado tratar los hechos como cosas, sino como constructos cuyo sentido surge de la interpretación que les presta una cierta agrupación de sujetos. Esta es, por supuesto, una premisa que en esencia comparto, por más que Monnerot ni siquiera repare en la coimplicación de acción y dicción —de actividad y discurso— que forma la hechura de los hechos, según antes anuncié y argüiré a partir de ahora.
Los hechos como entramados de palabras y acciones
Haciendo abstracción de la esencial aportación que la fenomenología ha hecho a este debate,51 la constitución discursiva de los hechos ha sido explorada con gran tino por John R. Searle, cultor de la filosofía pragmática del lenguaje inaugurada por John L. Austin.52 Searle, en efecto, ha elucidado convincentemente esta cuestión en La construcción de la realidad social,53 obra cuyo título delata una impugnación explícita —aunque parcial— de La construcción social de la realidad, el célebre tratado de sociología del conocimiento firmado por Peter Berger y Thomas Luckmann. Ambos libros parten de una premisa análoga, de carácter constructivista: a diferencia de la realidad natural, la realidad social resulta de la humana labor, integrada por palabras y por acciones. Aunque difieren bastante en la perspectiva y no poco en las conclusiones: mientras que Luckmann y Berger —herederos de Husserl y Schütz— explican en clave dialéctica y sociológica esa construcción, Searle parte de la primacía que atribuye al lenguaje y de su capacidad de instituir la existencia humana.
Searle, no obstante, se muestra más concernido por los corolarios ontológicos del giro lingüístico que por los epistemológicos, minoritaria actitud que suscribo. El asunto esencial, sostiene, consiste en inquirir hasta qué punto y cómo el lenguaje hace el mundo, más que lo que pueda decir acerca de él. Con plena razón, a mi juicio, defiende que el verbo es parcial pero esencialmente constitutivo de la realidad social; y que esta merece el apelativo de «institucional», puesto que existen formas de realidad a secas —la conducta cooperativa de los leones o abejas, la interacción de los bebés— que no presuponen el discurso ni su manejo. En cuanto humana, la realidad adquiere tenor institucional; es dialógicamente imaginada, promulgada, realizada y sancionada por diversos sujetos que ponen en juego múltiples medios instituyentes de carácter semiótico, entre los que prima el lenguaje —dado que todos los demás lo requieren, afirmación que no puede invertirse. Es posible concebir un mundo provisto de lenguaje y carente de dinero, banderas, matrimonios o urnas; pero no al revés, aduce Searle con perspicacia.
Este razonamiento conduce a distinguir dos clases de realidades, y por tanto de hechos que se dan en su seno: por un lado, una realidad predada y natural, integrada por hechos independientes del lenguaje; y por otro, una realidad dada e histórica, integrada por hechos dependientes de él. «Un hecho es independiente del lenguaje» —que el Amazonas desemboque en el océano, que la luna influya en las mareas, que la cumbre del Everest esté nevada— si «no necesita elementos lingüísticos para su existencia», arguye Searle. Y sin embargo, por más que esas cosas y acaeceres sean su requisito, el mundo humano se compone, además, de hechos hechos de acciones y palabras: así ocurre, por ejemplo, con los códigos de conducta y los tratados de comercio, los golpes de estado o las liturgias religiosas, los rituales de apareamiento y las modas indumentarias —y con los hechos periodísticos, como suele llamárseles en jerga profesional, ni que decir tiene.
Ello implica que los hechos institucionales son de índole híbrida: la proclamación de la Segunda República, la asonada del 23-F, la boda de la hija de Aznar en El Escorial o la rebelión de los Indignados ocurren en el orbe natural, claro está, pero al conjugar semiosis y acción ganan considerable autonomía respecto de él. En concreto, el lenguaje verbal —semiosis primordial— entrevera los tres estadios en que la producción de cualesquiera hechos se resuelve. Estos deben ser empalabrados antes, durante y después de su ocurrencia efectiva. Y resultan de la dialéctica entre el hacer y el decir, ese juego sempiterno.
Los «hechos brutos» se caracterizan porque son enunciados a toro pasado, aunque su mero existir no requiera institución ni discurso alguno. Pero los «hechos institucionales» son tales porque la semiosis y el lenguaje vertebran sus sucesivas fases y encuadramientos: proveyendo los universos y acervos simbólicos que les brindan contexto y origen —los esponsales de Felipe de Borbón y Letizia Ortiz presuponen la institución matrimonial—; prefigurando su ideación —cuando esa boda es teleológicamente deseada e ideada—; configurando su modo de sustanciarse —porque sus participantes traban gesto y habla según los viven—; y refigurando lo acaecido en enunciados inteligibles —porque solo cobran existencia plena cuando El País, ABC y Hola los empalabran a toro pasado, entre otros medios.
Considérense, por un momento, hechos institucionales de distinto sesgo y calibre: la noción genérica de bien o bien este concreto pacto entre caballeros; la idea de justicia o bien la imputación de Iñaki Urdangarín de ayer; el concepto de libertad o bien la salida de Miguel Blesa de su fugaz presidio; el dinero o bien los pagos ilegales que Luis Bárcenas realizó bajo mano durante un decenio. Por más que el sentido común induzca a tomarlos por acaeceres brutos, se trata de sucesos contingentes, obras humanas —finitas, discrecionales y ambiguas— que podrían haberse producido o no, y darse de mil maneras.54 Nos hallamos tan sumidos en la atmósfera de signos y símbolos en que vivimos que tendemos a naturalizarlos, como si cupiese asimilar la mudable cultura a la naturaleza predada. «Los símbolos no crean gatos, ni perros, ni estrellas vespertinas», razona Searle; «crean solo la posibilidad de referirse a gatos, perros y estrellas vespertinas de un modo públicamente accesible», es decir, de representarlos a posteriori mediante el discurso. «Pero la simbolización», añade, «crea las categorías ontológicas mismas de dinero, propiedad, puntos ganados en los juegos y cargos políticos, así como las categorías de palabras y actos de habla».55 La labor de los signos y símbolos, en sentido lato, y de las palabras, en sentido estricto, consiste en conferir forma inteligible tanto a los hechos brutos como a los institucionales, pero también en producir estos últimos.
De ahí que Searle, haciéndose eco de una premisa que por completo suscribo, hable de «la carga metafísica de la realidad social», de su estructura «ingrávida» e «invisible».56 Tomamos el mundo humano —los distintos mundos, por decirlo mejor— como una entidad indudable, a semejanza del suelo que pisamos o de la luna que atisbamos, y por ello no percibimos cuán diferente es de la nuda realitas.57 Y sin embargo ocurre, en realidad, que esos mundos están ahormados por el lenguaje, y que este es el responsable —y la general semiosis, aunque Searle no la mencione— de que, más allá de la objetividad óntica, quepa hablar de objetividades y subjetividades de distintos tipos. A efectos de la presente elucidación, entonces, procede distinguir dos acepciones en los adjetivos «objetivo» y «subjetivo»: una epistémica y otra óntica. En términos epistémicos, «objetivo» y «subjetivo» son, en esencia, predicados de juicio: un predicado como «Rembrandt es mejor artista que Rubens» es un juicio estético subjetivo; mientras que un predicado como «Rembrandt vivió en Amsterdam en el transcurso del año 1632» es un juicio factual objetivo, porque ese pintor vivió entonces y allí, en efecto. Que una declaración así sea ratificable mediante evidencia o comprobación permite hablar de hecho objetivo, ya no de juicio objetivo a secas, matiza Searle.58
En términos ónticos, en cambio, «objetivo» y «subjetivo» no son predicados acerca de lo real preexistente, sino predicados que refieren los distintos modos en que este existe: «Son predicados de entidades y tipos de entidades, e imputan modos de existencia».59 El dolor de las víctimas del terrorismo, el temor a la especulación financiera, la esperanza de que la democracia se regenere, el deseo de que Dios aguarde tras la muerte o la noción de identidad nacional, por ejemplo, son entidades ónticamente subjetivas, «porque su modo de existencia depende de que sean sentidos por los sujetos». Mientras que los acantilados, las libélulas, el planeta Júpiter, el accidente nuclear de Fukushima o el impacto de dos aviones a reacción contra las Torres Gemelas son entidades ónticamente objetivas, «porque su modo de existencia es independiente de cualesquiera perceptores o de cualquier estado mental». De hecho, remata el autor de Speech Acts, «podemos formular enunciados epistémicamente subjetivos sobre entidades que son ontológicamente objetivas [“El Mulhacén es más bello que el Aneto”]»; y, análogamente, «enunciados epistémicamente objetivos sobre entidades que son ontológicamente subjetivas [“Ahora siento cierto dolor en la espalda”]».60
Además de coimplicar dicciones y acciones, por otra parte, cumple agregar que los hechos institucionales poseen algunos rasgos que en adelante asumiré, y que debe tomar muy en cuenta el renovado pensamiento periodístico y comunicológico por el que abogo:
a.Un hecho institucional es una trama de sentido que se halla a su vez entramada con otras sobre una común urdimbre lingüística y cultural, que le presta contexto, perspectiva y sentido. Y debe su peculiar hechura a los universos y acervos simbólicos que lo forjan, en última instancia, y a los marcos cognitivos y narrativos que lo auspician, en primera. Ningún hecho sancionado como tal por los medios de persuasión y por la opinión publicada podría serlo si no fuera identificado y construido gracias a esos encuadres culturales de mayor alcance. Un episodio de violencia conyugal realmente sucedido solo es hecho como «hecho» si es tematizado partiendo de ciertas categorías culturales que permiten concebirlo, gracias a la reciente influencia del feminismo. Y lo mismo puede decirse de un vertido contaminante al Ebro o al Amazonas (cuyo reconocimiento depende de la extensión de la conciencia medioambiental); de la ablación de clítoris (invisible a fuer de habitual en ciertas zonas de África, aunque condenada en Europa); o del maltrato a los animales domésticos (considerado «natural» en ciertos tiempos y países, e infame en otros).
b.Un hecho institucional está compuesto de acciones y dicciones intencionales así como de actos y dichos cumplidos, ya lo hemos argüido. Pero no es en esencia un producto, como suele creerse, sino un proceso que congela el discurso en una figura inteligible. Acto cumplido es, por ejemplo, la explosión de cuatro trenes en el megaatentado de Madrid, en 2004; hecho propiamente dicho, el conjunto de acciones y acciones que primero es menester establecer, y luego invocar, cada vez que de él se habla.
c.Un hecho institucional, hecho de discurso y acción, es constitutivamente comunicable: antes (a priori), durante (in fieri) y después (a posteriori). Hablando con propiedad, tanto los acaeceres naturales faltos de testigos —una tormenta de gas en Júpiter— como los sucesos humanos radicalmente solitarios —la ascensión de un misántropo suicida al Everest— no conforman hechos cabales, ya que no cabe comunicarlos ni conocerlos en modo alguno. No puede convenirse la existencia de hechos, en rigor, al margen de una mínima comunidad de discurso.
d.Por extemporáneos e inesperados que resulten, los hechos institucionales son asociaciones de sentido que tienden a engarzarse entre sí, y a sancionar tramas y acervos previos. Y son proclives, a la vez, a prefigurar nuevas constelaciones y eventos posibles. Llegan a ser hechos, en suma, porque se inscriben en verosímiles trayectorias de acontecer, y porque anuncian otras plausibles.
Ello quiere decir, por un lado, a) que tales hechos forman familias de acontecimientos que los media tematizan y consagran; por otro, b) que al cuajar ante la atención pública tienden a revalidar la vigencia de encuadres de sentido anteriores; y finalmente, c) que su institucionalización promueve la generación de nuevos hechos semejantes. Un enésimo episodio de corrupción amparado por ciertos partidos políticos (protagonizado por el ínclito Bárcenas al abrigo de la entera cúpula del PP, pongamos) se entreteje con otros semejantes (caso Camps, escarnio de Rodrigo Rato, ERE fraudulentos, casos ITV y Palau de la Música, trama Gürtel) hasta conformar una situación inteligible. Esta, a su vez, se engarza con corrupciones previas (Mario Conde, Juan Roldán, caso Naseiro, Filesa) que pueden remontarse hasta una circunstancia establecida como originaria (la corrupción sistémica promovida por el franquismo, por ir más lejos).61 Y, una vez formada, esa ya inveterada tradición de podredumbres promueve la forja de tejemanejes futuros —confirmando la sospecha de que, demasiado a menudo, vive y colea el célebre nihil novum sub sole.
Coda
«El acontecimiento es lo nuevo con relación al orden ya instituido», escribe Paul Ricoeur: «Es al instaurar un nuevo orden dentro del cual el acontecimiento será comprendido como el sentido reduce la inicial irracionalidad propia de lo novedoso». Hechos y acontecimientos son «crestas de sentido», amenazadoras irrupciones que es preciso concertar, confiriéndoles significado en el seno del móvil tapiz de lo ya sabido o creído.62 Pero «es preciso ir todavía más lejos», aventura Ricoeur, y asumir que los hechos llegan a serlo en la medida en que —y a medida que— son empalabrados en relatos: «La narración es reveladora de acontecimientos»; no se limita a integrarlos, «sino que cualifica como acontecimiento a lo que de entrada no es más que mera ocurrencia o, como suele decirse, simple peripecia».63
Así las cosas, ¿hasta qué punto acertó Nietzsche cuando escribió: «No hay hechos, solo interpretaciones», su conocido apotegma? Acertó de pleno si se asume —como es mi caso— que incluso las ocurrencias brutas son conocidas e incorporadas a un cierto mundo gracias a la interpretación —sin la cual ni siquiera cabría arrancarlas de lo existente. Y si se asume, además, que los hechos son configurados antes, durante y después de su efectiva producción. Más que decir que hay interpretaciones en lugar de hechos, pues, debe afirmarse que los hechos son interpretaciones, de cabo a rabo: tramas de sentido que se alimentan de lo evidente, lo comprobable, lo probable y lo plausible, y que se enhebran en urdimbres mayores. Similar intuición anticipó Max Weber cuando escribió: «Facta sunt ficta», su célebre dictum.
En efecto: los hechos están también entreverados de ficción porque resultan de la conjugación dialéctica de acción y dicción, y porque la ficción empapa necesariamente todo decir, como ya he explicado. No me refiero, por supuesto, a la ficción entendida como engaño involuntario o deliberada mentira —según el sentido común presume—, sino como proceder imaginativo sin el que no es posible establecer el sentido de lo que sucede, más allá de sus efectos obvios. En rigor, solamente cabe hablar de hechos cuando varios sujetos convienen en constelar un puñado de teselas de conocimiento: de entrada, las a menudo escasas evidencias a mano; después, las más numerosas pruebas obtenidas por observación o inferencia lógica; por fin, los abundantes indicios sobre los que deben apoyarse las conjeturas a fin de suturar rotos e hiatos. Sean probables o apenas plausibles —verosímiles, a fin de cuentas—, esos indicios son el excipiente imaginativo gracias al que consuman su hechura los hechos sociales.
Quinto corolario: la influencia de la tradición en la forja del imaginario mediático
De lo que llevamos dicho se infiere que la filosofía del lenguaje —y el giro lingüístico, en concreto— pone en entredicho una de las más extendidas creencias en que se asienta el sentido común, tanto el de la ciudadanía como el de los comunicadores: esa que distingue nítidamente entre «realidad social», de un lado, y «medios de comunicación», de otro. Como si, a estas alturas de la modernidad, aquella fuese independiente de la existencia de estos; y como si estos, no formando parte de su entraña, se limitasen a apostarse frente a ella para captarla y transmitirla a las audiencias.
Lo que en realidad ocurre, como también explica la sociología del conocimiento,64 es que entre «realidad» y «medios» se dan relaciones muy promiscuas, que en estas páginas no es posible detallar. Sí lo es, en cambio, agregar algunas observaciones derivadas de la perspectiva filosófica que adhiero. Muy en especial, como en seguida explicaré, la convicción de que entre «realidad» y «medios» se entabla una intensa dialéctica semiótica —lingüística y visual—, siempre mediatizada por un tercer factor que suele pasar inadvertido: ese plural y cambiante patrimonio de enunciados narrativos, lógicos e icónicos que constituye la «tradición».
Antes de proseguir, conviene, así las cosas, dejar sentadas tres premisas.
1. La primera es que el humano es un ser tradicional —no necesariamente tradicionalista, por fortuna—, dado que vive en un determinado ámbito de transmisiones casi siempre mezcladas y plurales, y bebe de ellas.
2. La segunda es que, si no cae en la trampa del tradicionalismo —que se obstina en balde por eternizar un pasado idealizado—, tanto su capacidad de crear productos culturales originales como la de proceder de manera innovadora dependen de su actitud y de su aptitud para recrear las fuentes originarias de la tradición. «Todo lo que no es tradición, es plagio», diré con Eugeni d’Ors,65 consciente de que cualquier posibilidad de creación genuina depende de la recepción crítica del patrimonio heredado.
3. Y la tercera, que solo en una comunidad relativamente reducida y por completo aislada —en una tribu remota de la intrincada Amazonía, pongamos— podría darse la existencia de una tradición homogénea, unánime y compacta. Por más que las fes identitarias se obstinen en afirmar lo contrario, no obstante, la inmensa mayoría de los seres humanos vive en sociedades heterogéneas sujetas a procesos de hibridación, y no en ideales comunidades sin tacha ni mezcla, lo cual quiere decir que son herederos —activos o pasivos— de una tradición así mismo plural, verdadero tapiz tejido con hilos de múltiple origen. Una cierta tradición —digamos la francesa, la inglesa, la española o incluso la catalana, por no ir lejos— es un tejido de tradiciones, en realidad, una de las cuales tiende a ejercer el papel dominante en una época dada.66
Sentadas las anteriores premisas, es menester añadir que cualquier tradición se compone de un variado repertorio de enunciados verbales, visuales y agenciales, cuya amalgama actúa, en cada momento y lugar, a modo de humus del conocimiento y la comunicación posibles. Todos los individuos y colectivos construyen sus respectivos mundos mediatamente, a través de los discursos y relatos, de las imágenes icónicas y mentales y —en último pero no menos importante lugar— de los rituales, gestos y liturgias que integran la tradición y su variopinto acervo.67
Lo mismo debe decirse, desde luego, de los periodistas y comunicadores públicos. Por más que el sentido común lego y profesional se empeñe, estos no existen aparte ni se apostan ante una supuesta «realidad objetiva», entendida como preexistente, dada y externa. Establecen con ella, más bien, una estrecha dialéctica de doble sentido: de un lado, los media se alimentan de la abigarrada constelación de enunciados que damos en llamar «realidad»; de otro, generan nuevos enunciados que inciden sobre los ya existentes, y preparan los venideros.
Es cierto, pues, que los medios construyen la realidad, de acuerdo con la perspectiva hermenéutica y constructivista que adhiero. Y sin embargo cumple recordar que, al hacerlo, se nutren de enunciados previamente cristalizados en la memoria y en el imaginario colectivos; tanto la cultura mediática que la industria de la comunicación clásica genera como la incipiente cultura transmedia que el ciberentorno propicia son construidas, así mismo, partiendo de la tradición o tradiciones heredadas, incesante dinamismo que suele pasarse por alto. De acuerdo con la concepción de la facticidad que páginas atrás expuse, los enunciados que los medios elaboran no refieren de manera directa, transparente e inmediata los acaeceres que integran la realidad —comoquiera que esta sea—, sino que los identifican, interpretan e informan como «hechos» dignos de atención; y lo hacen, necesariamente, a la luz de los enunciados previos que las transmisiones procuran. Esta observación afecta una vez más, repárese bien, tanto al conocer como al propio ser de la realidad. De entrada, porque no existe ni es posible el conocimiento inmediato, dado que cualquier forma de aprehensión es mediata y mediada. Después, porque la misma realidad que acostumbramos a tomar por exterior y ajena al conocer —por cosa, en la estela del positivismo durkheimiano— está configurada, en cuanto humana, por el conocimiento heredado disponible. No basta, por consiguiente, con reconocer que la tradición influye en los modos de congnición y comunicación, más o menos; debe asumirse, en cambio, que conocemos y comunicamos en el seno de una cierta tradición, no determinados aunque sí ahormados por ella.
Medios y comunicadores públicos elaboran sus enunciados en permanente —aunque a menudo inadvertido— diálogo con el ingente acervo de enunciados que heredamos por tradición. No debería subestimarse la importancia de esa dialéctica entre lo viejo y lo nuevo —como los planes de estudio de demasiadas facultades de Comunicación insisten hoy en día en hacer—, porque sin ella resulta inviable cualquier producción relevante de sentido. A no dudarlo, el haz de ideas y creencias que forma la visión del mundo de cada comunicador arraiga en el humus de las transmisiones recibidas, esto es, en el legado que compone la tradición. Otra cosa, muy distinta, es la consciencia que de ello se tenga, las más de las veces precaria o errática.
En lo que concierne a la información de actualidad, en concreto, debe constatarse que la percepción de lo nuevo por parte de los medios es motivada por marcos cognitivos preexistentes y por valores ideológicos y morales latentes.68 Entre el hecho nuevo que ellos configuran y la cultura preexistente, integrada por figuraciones ya acuñadas, se entabla un constante juego. Cada acontecimiento nuevo o inaudito es adscrito a un marco cognitivo dado, que le presta inteligibilidad al precio de tipificarlo en medida variable: esto es, de hacer comprensible lo singular poniéndolo en relación con un encuadre genérico reconocible. A su vez, al incorporar lo novedoso, tal encuadre adquiere una legitimación añadida. En síntesis, puede afirmarse que la tipificación de la singularidad que irrumpe en la pública atención domeña ilusoriamente la ajenidad y complejidad de los sucesos, y ante todo su temida contingencia. Como he escrito en otro libro reciente, los media y sus procederes actúan como «praxis de dominación de la contingencia», hasta el punto de constituir una de las más importantes estructuras de socialización y acogida de nuestro tiempo.69
Ahora bien: lo que los enunciados mediáticos tipifican no son hechos puros y desnudos —porciones de realidad dada, ontológicamente independientes del conocer que les da sentido a posteriori—, sino sucesos ocurridos con arreglo a moldes narrativos preexistentes. No existen acciones inmotivadas, ya que el humano actuar está inspirado por relatos ya fraguados —y hasta por escenas: teatralmente, entonces. Lo que de facto existe es una puesta en acción inspirada, con frecuencia de modo inconsciente, en relatos y representaciones previos, a su vez configurados a partir de acciones ya instituidas… Y así en una dialéctica imparable, que solo cabe detener a efectos de análisis.70
De todo ello se desprenden, de momento, dos conclusiones importantes. En primer lugar, que la tradición no es un repertorio inerte de antiguallas, sino una memoria colectiva que ejerce gran influencia sobre los sujetos —que la repiten pasivamente, en el peor y más sólito de los casos, o la recrean activa y críticamente, en el mejor y más insólito de ellos. Y después, que ese dar cuenta de la realidad que el sentido común suele atribuir a los relatos informativos testimoniales y documentales es más bien, si bien se piensa, un auténtico dar cuento de ella —cuando refieren lo ya sucedido— y a ella —cuando inspiran lo hacedero.
Cultura de masas y cultura mediática
A fin de desbrozar el terreno que nos disponemos a recorrer, resulta esencial precisar los conceptos de partida: ¿por qué hablar de «cultura mediática», en vez de recurrir al concepto de «cultura de masas», mucho más común? No por simple prurito léxico, por cierto. Como es notorio, durante las últimas décadas —coincidiendo más o menos con la eclosión de la posmodernidad—, la locución «cultura de masas» ha ido perdiendo vigencia y capacidad explicativa, si es que la tuvo algún día. En la época en que fue acuñada, durante las primeras décadas del siglo XX, servía para contraponer la cultura industrial en auge a la añeja cultura elitista, la aurática Kultur de las minorías selectas. Los nuevos media, con el cine y la prensa de masas al frente, se distinguían por sus multitudinarias, anónimas y heterogéneas audiencias, hasta el punto de que pensadores de diverso talante y signo ideológico —Ortega y Gasset, Spengler, Adorno, Horkheimer, Benjamin, Gramsci, Marcuse, MacLuhan, Bell, Shils, MacDonald, etcétera— consideraron ese carácter masivo como el rasgo distintivo de la cultura emergente.
Ya desde su nacimiento, sin embargo, el apelativo «cultura de masas» mostró carencias de envergadura:
I)Para empezar, su escasa aptitud como concepto científico, capaz de aprehender con precisión su asunto. Se trataba de un verdadero cajón de sastre donde propios y extraños —integrados y apocalípticos, en términos de Eco, o tecnofílicos y tecnofóbicos, en los de Gubern— depositaban productos, estilos, intenciones, mensajes, rangos, efectos y audiencias de toda laya. La etiqueta ponía el acento en una entelequia llamada «masa» que, hablando con propiedad, solo existía en la imaginación de sus incontables defensores y detractores. Y lo hacía al precio de ignorar el tenor industrial y tecnológico de las nuevas formas culturales, la acusada diversidad estética y estilística de sus productos, así como sus muy diversos formatos y funciones comunicativas. Como había sucedido en el siglo XIX con la palabra «pueblo» —o como ha ocurrido desde el inicio del siglo XX con fetiches léxicos como «opinión pública», «progreso», «identidad» o «nación»—, el tosco apelativo ocultaba mucho más de lo que revelaba, falto de elemental rigor. Con su conocida perspicacia, Raymond Williams solía decir que en realidad no existen las masas, sino solo maneras de ver a los demás como tales. Y Antonio Machado, en una de sus desafectadas meditaciones, puso en labios del memorable Juan de Mairena: «Por más que lo pienso, no hallo manera de sumar individuos».71
II)Después, a la vaguedad del apelativo se unía la pesada connotación que arrastraba: el batiburrillo de cosas que refería era visto con aristocrático desprecio —o con infatuada indulgencia, en el mejor de los casos. Lo masivo se presentó desde el principio como sinónimo de vulgaridad, falta de distinción y mal gusto. La jerarquía cultural de la antigüedad clásica —que dividía las obras del ingenio humano en sublimis, mediocris y humilis— fue tácitamente invocada, veinte siglos después, por autores como Dwight MacDonald o Edward Shils, quienes polemizaron acerca de los célebres niveles de valor y gusto: el highbrow, o nivel de alta cultura; el middlebrow, o nivel de cultura media; y el lowbrow, o nivel de cultura baja.
Una vez reservada la cima de la jerarquía a la cultura canónica, la deplorada cultura de masas fue adscrita a su estrato inferior, auténtica fosa de detritus al que parecía confinada de forma exclusiva. Todos los productos mediáticos, burdamente ensacados por semejante etiqueta, fueron de antemano arrojados al sótano cultural: se les reconocía, es cierto, capacidad de procurar esparcimiento a las masas, incluso cierta utilidad informativa y educativa, pero no su potencial capacidad de suscitar la reflexión o el goce estético, prerrogativas de la cultura y el arte dotados de aura. «La enorme producción de los nuevos medios de comunicación, como la radio, la televisión y el cinematógrafo», escribió MacDonald en «Masscult y and midcult», «pertenece casi por completo a la masscult».72 Y nótese que el autor de Against the American Grain: Essays on the Effects of Mass Culture (1962) gustaba de conjugar el sustantivo «cultura» con el adjetivo «alta» (high culture), mientras combinaba adrede «culto» con «medio» y «bajo» (midcult y masscult).
Así las cosas, en vez de acuñar un concepto científico a partir de la rigurosa intelección del asunto estudiado, tanto el bando de los apocalípticos como el de los integrados se conformó con un apelativo preñado de tópicos, más apto para prescribir juicios apresurados —y para proscribir dudas y reflexiones alternativas— que para comprender un asunto de tal calibre. En este sentido, la etiqueta «cultura de masas» corrió idéntica suerte que las de «comunicación de masas» y «sociedad de masas», todas ellas trajinadas por las ciencias sociales.
A lo que llevamos dicho se añade que en las últimas décadas, y sobre todo a raíz de la emergencia del ciberentorno y de las denominadas «narrativas transmedia», tanto la creciente fragmentación de las audiencias como la hibridación de formatos, géneros y estilos han acentuado la obsolescencia de la locución; tanto que hoy resulta ineludible reemplazarla por otra más precisa. De ahí que se haya ido abriendo camino la expresión «cultura mediática» (CM),73 que pone el acento en el hecho mismo de la mediación, y no en el prejuicio acerca del carácter supuestamente gregario e informe de las audiencias.74 Se trate de los medios clásicos o de los digitales, hablamos de una cultura mediada por industrias y tecnologías de gran sofisticación, así como por comunicadores y públicos que ponen en juego múltiples modos de figuración, enunciación y recepción.75
El apelativo que vindico tiene la virtud, además, de suprimir el lastre peyorativo que el latiguillo «de masas» conlleva. Incluye, virtualmente, cualesquiera productos, estilos, formatos, rangos, usos y funciones, sin prescribir ni proscribir su valor de antemano; e integra obras de gran talla y vigor artístico —las películas de Hitchcock, Bergman, Fellini, Hanecke, Lynch o Buñuel; la música de Duke Ellington, Bill Evans, Leonard Cohen, Nick Cave o Bob Dylan; el periodismo de Capote, Sciascia o Kapuscinski; el cómic de Robert Crumb o Joe Sacco—, junto a otros simplemente utilitarios e incluso triviales, pasando por la gama entera del midcult y el kitsch de nuestra época.
Otra cosa, bien distinta, es admitir que la mayoría de los frutos de la CM suele medrar entre los anchos predios medio y bajo, y que las escaladas en pos de la cumbre del arte suelen ser más escasas. Pero al constatar este hecho —propio, al fin y al cabo, de muchas otras épocas y ámbitos de la historia cultural: hoy releemos a un puñado de escritores que estimamos canónicos, pero ni siquiera recordamos a tantísimos otros, por completo olvidados— simplemente describimos cómo la CM tiende a funcionar, no prescribimos cómo debe hacerlo de antemano. La diferencia, aquí, es la que separa el juicio del prejuicio, nada menos.76
Considero indispensable, por ende, superar la añosa polémica entre apocalípticos e integrados, en la que se han trabado mentes preclaras durante el último siglo. Hoy tiene sentido, más bien, tratar de comprender cómo tal cultura plural, ciberentorno incluido, incide en la vida y en la historia. Y a tal fin sugiero las siguientes consideraciones, que en esta obra apunto tan solo.
I. La CM tiende a engullir el campo entero de la cultura. Aunque no abolidas, las viejas fronteras entre alta y baja cultura, arte y artesanía, Kultur y cultura popular, cultura highbrow y lowbrow han sido desdibujadas, en buena medida. El nuevo entorno cibermediático tiende a fagocitar las demás formas culturales, así la pintura como la música, las vanguardias como el neotribalismo urbano, la arquitectura como el folklore. Hasta el punto de que esa expansividad —que no borra las diferencias, aunque sin duda las difumina— está trocando la locución CM en vulgar pleonasmo: ¿existirá pasado mañana, cabe preguntar, alguna modalidad de cultura no condicionada por las mediaciones tecnoindustriales y por el ecosistema digital?
Sin embargo, a la dialéctica entre cultura de masas y alta cultura, objeto de casi todas las polémicas, hay que agregarle otra que algunos pensadores latinoamericanos, en particular, han acertado a abordar:77 la que se entabla entre la CM y las culturas populares, herederas de una larga tradición a menudo in-fravalorada por el paradigma imperante. En palabras de Jesús Martín Barbero:78
El proceso de enculturación no fue en ningún momento un proceso de pura represión. Ya desde el siglo XVII vemos ponerse en marcha una producción de cultura cuyo destinatario son las clases populares. A través de una «industria» de relatos e imágenes se va a ir configurando una producción cultural que a la vez media entre y separa las clases. Pues la construcción de la hegemonía implicaba que el pueblo fuera teniendo acceso a los lenguajes en que aquélla se articula. Pero nombrando al mismo tiempo la diferencia, y la distancia entre lo noble y lo vulgar primero, entre lo culto y lo popular más tarde. No hay hegemonía —ni contrahegemonía— sin circulación cultural. No es posible un desde arriba que no implique algún modo de asunción de lo de abajo. Vamos a examinar una producción cultural que siendo destinada al vulgo, al pueblo, no es sin embargo pura ideología, ya que no sólo le abre a las clases populares el acceso a la cultura hegemónica, sino que les da a esas clases la posibilidad de hacer comunicable su memoria y su experiencia.
II. A pesar de su carácter sincrético y desacralizador, la CM no abole la distinción entre niveles de cultura, sino que la dota de nuevos perfiles y sesgos, además de añadirle una considerable complejidad. Como en 1900, hoy es posible constatar la existencia de los tres grandes rangos de cultura descritos, aunque se antoja más arduo que nunca decidir a cuál merecen ser adscritos muchos productos, prácticas y actitudes culturales.79 Se dan nítidas diferencias de valor entre una obra de alta cultura —el cine de Francis F. Coppola o Akira Kurosawa, la novela de Saul Bellow, Günter Grass oAntonio Lobo-Antunes—, de cultura media —los relatos de Isabel Allende, las películas de José Luis Garci, la poesía de Antonio Gala— y de baja cultura —la narrativa de Tom Clancy, Dan Brown o Alberto Vázquez Figueroa, las películas de Sylvester Stallone o Chuck Norris, las tonadas de Enrique Iglesias. Pero las dudas cunden cuando se trata de catalogar las resabiadas y eruditas novelas de Umberto Eco, la pulquérrima aunque convencional factura de películas como Memorias de África o Los puentes de Madison, la arquitectura bonita y consabida de Ricardo Bofill y Santiago Calatrava, etc.
Hoy resulta plenamente justificado afirmar que la CM abraza los tres niveles, así como numerosos estratos intermedios, tanto desde el punto de vista estético como desde el cognoscitivo. Junto a ella, ámbito plural y expansivo, es posible distinguir otros rangos culturales con los que mantiene una conflictiva convivencia. De un lado, el de la alta cultura, tan imprescindible como lo ha sido siempre, aunque se encuentre más desnortada que nunca antes debido al influjo del espíritu posmoderno, tan irónico, desacralizador y relativista. De otro, la ufana y ubicua pujanza de la cultura de masas stricto sensu, alimentada por el hipermercado del espectáculo y por la actitud de demasiados ciudadanos, más empeñados en consumir que en consumar.80
Lo que llama la atención, no obstante, es la formidable expansividad de la categoría intermedia que MacDonald denominó midcult, hace casi medio siglo ya:
En estos tiempos, de mayor progreso, la cultura superior está amenazada por un peligro, que no es ya la Masscult, sino un producto híbrido, nacido de las relaciones contra natura de ambos enfoques. Ha surgido así una cultura media, que amenaza destruir a sus progenitores. Esa forma intermedia, a la que llamaremos Midcult, posee las cualidades esenciales de la Masscult, la fórmula, la reacción controlada, la carencia de cualquier canon que no sea la popularidad, pero las esconde púdicamente bajo una hoja de higuera cultural. En la Masscult, el truco no se esconde; hay que gustar a la multitud a cualquier precio. Pero la Midcult esconde una doble trampa; finge respetar los modelos de la Cultura Superior, cuando en realidad los rebaja y vulgariza […] Lo que hace peligrosa a la Midcult es su ambigüedad. Porque la Midcult se presenta como formando parte de la Cultura Superior.81
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