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El poder curativo de la naturaleza
RBA INTEGRAL
EVA M. SELHUB
ALAN C. LOGAN
EL PODER CURATIVO DE LA NATURALEZA
La naturaleza como fuente de salud, vitalidad y bienestar
Traducción de Glòria Bohigas

NOTA IMPORTANTE: en ocasiones, las opiniones sostenidas en «Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente sobre su propia salud y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal. Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactas y ciertas en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.
Título original inglés: Your brain on nature
© Eva M. Selhub y Alan C. Logan, 2012
Todos los derechos reservados. Traducción publicada con licencia del editor original: John Wiley & Sons, Inc.
© de la traducción: Glòria Bohigas Arnau, 2012
© de esta edición: RBA Libros S.A., 2012
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2013
REF.: OEBO869
ISBN: 9788416267507
Queda rigurosamente prohibida, sin autorización por escrito del editor, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados.
Dedicamos este libro a Woodsy Owl y a todas las personas que han trabajado sin descanso para preservar la naturaleza, manteniendo el equilibrio entre la necesaria protección del medio y la posibilidad de acceder e interactuar con él, y poniendo de manifiesto su importancia para la salud.
Contenido
Introducción
BENEFICIOS DE LA NATURALEZA PARA EL CEREBRO: DE LA INTUICIÓN DE LA ANTIGÜEDAD A LA RESONANCIA MAGNÉTICA
La biofilia: una conexión esencial de la humanidad con la naturaleza
La naturaleza: el abandono de una antigua herramienta terapéutica
La naturaleza y la fisiología del estrés
El shinrin-yoku: un baño de bosque
Plantas, dolor y enfermedad
Zonas verdes cerca de casa: salvavidas y amortiguadores del estrés
Naturaleza y resonancia magnética
El pasado y el futuro
FRENTE A LA PANTALLA Y DE ESPALDAS A LA NATURALEZA: ¿SOMOS FELICES?
Falsas promesas
Programados para estar informados
Problemas cotidianos y fisiología del estrés
La cultura de la pantalla y el distanciamiento de la naturaleza
Una encrucijada: ¿qué perdemos y qué podemos ganar?
NATURALEZA Y COGNICIÓN: ¿QUÉ BENEFICIOS APORTA EL CONTACTO CON EL MEDIO NATURAL?
El descubrimiento de la fatiga de atención dirigida
Teoría de recuperación de la atención
Por qué es importante la restauración cognitiva
Plantas de interior y cognición
El futuro de la naturaleza y la cognición
HAY ALGO EN EL AIRE: ELEMENTOS ESPECÍFICOS DE LA NATURALEZA PARA EL CEREBRO
Los aromas de la naturaleza
Las plantas como aspirador
Falta de luz natural y exceso de luz artificial
Iones negativos
Agua
Los sonidos de la naturaleza
EL EJERCICIO EN LA NATURALEZA VALE EL DOBLE
Los efectos cognitivos del ejercicio
Ejercicio y salud mental
¿De qué forma el ejercicio promueve la salud cerebral?
Los beneficios están en la mente
La práctica sistemática incrementa los beneficios cerebrales del ejercicio
El ejercicio al aire libre posee más beneficios que la cinta estática
EL REINO ANIMAL: EL ÚLTIMO BALUARTE DE LA NATURALEZA
Llevarlos a pasear: los beneficios físicos de cuidar a un animal doméstico
Los animales y el tratamiento de las enfermedades mentales
Interacción con animales y rendimiento cognitivo
Los animales y la empatía
Los animales cambian nuestra visión del mundo
Pájaros de mal agüero
El futuro ya está aquí
INTERVENCIONES PRÁCTICAS: TERAPIAS DE HORTICULTURA Y EN ZONAS VÍRGENES
Beneficios históricos de la jardinería para la salud mental
De la anécdota a la investigación científica
Jardinería, actividad física y hormona del estrés
La tierra, las bacterias beneficiosas y el cerebro
Jardinería y cognición
La jardinería cambia el cerebro para toda la vida
Terapia de aventura y en zonas vírgenes
Una mayor dosis de medicina forestal
¿Cuál es la eficacia de las zonas vírgenes?
Jardinería y entorno natural: el individuo, la comunidad, el planeta
LOS NUTRIENTES NATURALES: LA NUTRIECOPSICOLOGÍA
Todo forma parte de una dieta equilibrada
Nutrientes naturales esenciales
A favor o en contra nuestra: cambiar el cerebro a través de la comida
Pautas alimentarias, depresión y cognición
Volver a la naturaleza: dieta tradicional o mediterránea
Suplementos dietéticos y el cerebro
Nutriecopsicología
VIS MEDICATRIX NATURAE : EL PODER CURATIVO DE LA NATURALEZA Y LA ECOTERAPIA
Ecopsicología: ¿por qué hemos tardado tanto?
Sesiones de psicoterapia al aire libre
Recetas de vitamina G: bosque, no fármacos
Árboles de plástico y pantallas de plasma: ¿comunión con la naturaleza?
El problema del ocio y la identificación con la naturaleza
Ciudades del futuro: vis medicatrix naturae para todos
Distanciarse de la blogosfera para entrar en la atmósfera
APÉNDICE
Recursos en internet
Citas
Autores
Organizaciones de medicina natural y holística
Terapias
Introducción
La relación de la humanidad con la naturaleza —una experiencia fascinante basada tanto en el temor como en la atracción— se ha desarrollado a lo largo de más de dos millones de años. En el transcurso de su evolución, nuestros antepasados lograron entender el paisaje natural, y consiguieron optimizar su capacidad para afianzar los factores que preservaban la vida y minimizar los que suponían una amenaza. Su respeto hacia la naturaleza se apoyaba en un equilibrio entre la evidencia de que podía morder, picar, envenenar, mutilar y matar, y el reconocimiento y el temor reverencial ante lo que era capaz de ofrecerles para preservar la salud mental y corporal.
A lo largo de los siglos, y en todas las culturas, los filósofos, poetas, escritores y partidarios de la vida al aire libre han ensalzado el poder rejuvenecedor y estimulante de la naturaleza. Pero, ¿qué han dicho los científicos? ¿Hasta qué punto esta relación milenaria con el medio natural ha quedado impresa en nuestras neuronas, y en qué medida la inmersión en la naturaleza produce efectos beneficiosos o perjudiciales para el individuo?
Ha sido precisamente ahora, en una era dominada por la ciencia y la tecnología, cuando los científicos han empezado a prestar atención a las cuestiones relacionadas con los aspectos médicos de la naturaleza. Lo que empezó en los años setenta del siglo pasado como un goteo de ensayos científicos, ha desembocado en un formidable corpus de investigación, y es curioso que en los últimos tres años se hayan publicado los hallazgos más asombrosos. Los investigadores científicos están examinando el papel que desempeña la naturaleza en la salud mental en un momento en que los seres humanos nos hallamos más distanciados que nunca del medio natural, y en un contexto medioambiental cada vez más dominado por la máquina. Hace mucho tiempo que los seres humanos hemos demostrado una gran capacidad para usar la tecnología con el objetivo de conquistar, controlar y adaptarnos al entorno natural. Nuestros primeros antepasados usaban el fuego y fabricaban herramientas para tallar y cazar, confeccionaban su propia ropa y excavaban sus cuevas. Desde entonces la tecnología y el dominio del hombre sobre el medio natural han avanzado a un ritmo sorprendente. Hace un siglo, los escritores se referían con preocupación a la intrusión de la tecnología en la cotidianeidad, y recurrían a la imagen de una máquina en el jardín, una máquina que era capaz de cambiar radicalmente nuestro entorno natural. Hoy en día, la máquina no solo se ha apoderado del jardín sino que existe el temor legítimo de que vaya a ser la causa de su destrucción.
Esta cuestión debería ser motivo de gran preocupación: los entornos naturales son sumamente beneficiosos para la salud. Con los avances de la neurociencia, a un ritmo vertiginoso, los investigadores han descubierto aspectos funcionales de la intrincada anatomía y fisiología del cerebro humano, lo que permite obtener una imagen mucho más clara de los factores medioambientales que influyen en la salud mental y cognitiva. Hasta el momento, los resultados indican que hemos subestimado por completo la manera en que el cerebro humano recibe la influencia del entorno físico y, en particular, del agua, la vegetación y los animales. (Y a eso nos referimos cuando hablamos de la naturaleza: el entorno no edificado y no sintético: vistas, sonidos, aromas, ríos, océanos, plantas, animales y luz en una forma lo más cercana posible a aquella de la que evolucionaron.)
Sin duda, la tecnología ha contribuido a la evolución y diseminación global de nuestra especie, y, como tal, no ha recibido críticas significativas ni ha sido el blanco de ataques públicos. Pero, actualmente, el fácil acceso y la exposición prolongada a todo tipo de artilugios nos ha distanciado de la naturaleza, y lo que hemos perdido en el camino podría ser mucho más perjudicial que lo que hemos ganado. Es preciso diferenciar los dispositivos de uso personal — televisión, teléfonos inteligentes, tabletas y PC— de una larga lista de tecnología mucho más útil, desde los equipos médicos que salvan vidas hasta los frigoríficos que conservan nuestros alimentos. Aunque no somos contrarios a la tecnología (ni luditas), y entendemos que esta ha incrementado de forma inconmensurable la seguridad y la comodidad de la vida contemporánea, somos muy críticos con el tiempo que pasamos frente a cualquier tipo de pantalla. La falta de contacto con la naturaleza está promovida, al menos en parte, por la atracción que sentimos hacia el infoentretenimiento que nos ofrecen las pantallas comerciales: la atracción por la pantalla y los videojuegos, la llamada videofilia, es enorme.
El distanciamiento de la naturaleza, en especial en los primeros años de la vida, parece que elimina una capa de protección contra el estrés psicológico y la oportunidad de regeneración cognitiva. Una investigación realizada en Japón sugiere, asimismo, que la falta de contacto con el medio natural puede tener efectos decisivos en el sistema inmunitario. A grandes rasgos, nuestro alejamiento de la naturaleza se asocia a una menor empatía y atracción hacia el entorno natural, así como a un menor interés por las iniciativas medioambientales y ecológicas. La sostenibilidad del planeta no depende solo de reciclar y ser buenos ciudadanos, sino de mantener, en última instancia, nuestra íntima relación con la naturaleza. Los estudios científicos demuestran que para ser verdaderamente ecologistas debemos establecer un contacto significativo con la naturaleza.
Este libro ofrece a los lectores la oportunidad de entender el impacto de la naturaleza en las personas y en la sociedad, y propone fórmulas para reincorporar la naturaleza a nuestras vidas. Presentamos investigaciones que demuestran que la exposición al medio natural se asocia a un descenso de la presión arterial y a un menor nivel de cortisol — hormona del estrés—, y de otros marcadores objetivos de estrés. Y que el contacto con la naturaleza también es responsable de un aumento de la actividad en la rama del sistema nervioso que permite mantener un estado corporal de descanso o relajación tras un esfuerzo (el sistema nervioso parasimpático).
Presentamos varias maneras para ayudar al lector o a la lectora a reconectar con la naturaleza:
•Practicar shinrin-yoku (una técnica japonesa cuyo nombre significa literalmente «baño de bosque» y que consiste en pasear por el bosque con todos los sentidos alerta). En los últimos años se han publicado numerosos estudios científicos sobre el shinrin-yoku, que demuestran que incluso los bosques urbanos provocan el efecto de un tónico mental.
•Tener plantas en el lugar de trabajo para mejorar la atención.
•Usar aceites esenciales derivados de la naturaleza, que ayudan a mantenerse alerta o a tomar un descanso reparador.
•Practicar ejercicio al aire libre, que ha demostrado ser muy beneficioso para el cuerpo y la mente.
•Tener un animal doméstico (en especial un perro o gato). La asociación entre hacerse cargo de un animal de compañía y la salud física y mental es evidente, ya que puede disminuir los niveles de hormona del estrés y mejorar otros indicadores fisiológicos relacionados.
•Volver a conectar la mente con la tierra practicando la jardinería y yendo de excursión a lugares remotos. Las terapias de horticultura y en zonas vírgenes son intervenciones efectivas para los problemas de salud mental.
•Seguir una dieta mediterránea y con productos integrales le permitirá consumir los mismos alimentos que los seres humanos han consumido a lo largo de su evolución.
Por último, examinamos tanto las raíces históricas como las actuales oportunidades para el cambio que ofrecen la ecopsicología y la ecopsiquiatría. Los profesionales de la salud que trabajan bajo la denominación general de «ecoterapia» están formando a otros facultativos, al público y a líderes influyentes sobre la importancia de la interacción con la naturaleza para la salud personal y universal. Estamos convencidos de que los ecoterapeutas serán una fuerza impulsora del cambio global.
Este libro no es un manual de psicología popular al uso, y en algunas ocasiones el análisis es algo profundo. (Hemos examinado miles de fuentes, tanto históricas como contemporáneas, y nuestra detallada lista de referencias bibliográficas puede consultarse en línea en www.yourbrainonnature.com.) Aunque nuestra intención es que el texto sea lo más sencillo y legible posible, es necesario dotar de cierta profundidad a nuestras discusiones, para poder demostrar que apagar las máquinas y salir al aire libre tendrá repercusiones a largo plazo para los seres humanos y para la supervivencia del planeta en general. Nuestro exhaustivo análisis con perspectiva histórica permite entender los mecanismos por los que el contacto con la naturaleza repercute en la salud personal, comunitaria y global.
La colaboración entre un médico con una formación convencional y un naturópata es poco frecuente; es de esperar que nuestra distinta procedencia y formación ofrezcan una perspectiva única e inclusiva. La atención que los médicos han dedicado a estos aspectos es excepcional, pero la aplicación del poder terapéutico de la naturaleza (vis medicatrix naturae, en latín) debería ser aceptada por todos los profesionales de la salud, tanto por los convencionales como por los que practican una medicina alternativa. A medida que las ciudades se expanden en todo el mundo, aumenta la importancia de los espacios verdes para la salud de las personas. Esperemos que este libro sirva de modelo para un debate y para tomar decisiones en un momento de gran auge de los aparatos electrónicos. Pese al inevitable crecimiento de los centros urbanos, somos optimistas ante el futuro, un futuro brillante que implicará más vegetación y más espacios verdes.
¡A su salud!
Eva M. Selhub
Alan C. Logan
El poder curativo de la naturaleza
Beneficios de la naturaleza para el cerebro: de la intuición de la antigüedad a la resonancia magnética
El hombre es un animal que vive al aire libre. Trabaja con ahínco sentado frente a una mesa, y habla de libros de contabilidad, salones y galerías de arte, pero ese tesón es una herencia directa de sus antepasados, cuyo parentesco desprecia y de los que ha heredado y desaprovechado su vitalidad. El hombre es lo que es como consecuencia de siglos y siglos de contacto directo con la naturaleza.
Doctor James H. McBride, Journal of the American Medical Association, 1902
De niños, ambos crecimos en hogares en los que se fomentaba el contacto con la naturaleza. Los recuerdos que conservamos de nuestra infancia corroboran que el tiempo que pasamos al aire libre estaba repleto de curiosidad, fascinación y descubrimiento, además de tranquilidad, alegría y felicidad. La fragancia de los pinos y las flores; el murmullo de los riachuelos y los saltos de agua; el embate de las olas al romper sobre la arena; la visión de las luciérnagas y otras interesantes criaturas captaban toda nuestra atención. Con el paso de los años, las responsabilidades y ocupaciones de la edad adulta nos quitaron tiempo para permanecer en contacto con la naturaleza. El reconocimiento y el recuerdo inmediato de sus beneficios quedaron eclipsados por nuestros esfuerzos por medrar en un mundo dominado por la tecnología. Los agentes estresantes, las ansiedades personales y las abrumadoras exigencias de la vida contemporánea nos han permitido recuperar finalmente los aspectos medicinales de la naturaleza mediante una investigación sobre la validez científica de estos recuerdos infantiles.
La pauta de nuestra estrecha relación con el medio natural durante la infancia y el posterior distanciamiento en la edad adulta refleja en cierta forma la evolución de la civilización occidental: a medida que la sociedad ha ido evolucionando, nos hemos distanciado de la naturaleza, y hemos dado mayor importancia a las tareas tecnológicas y a nuestras propias creaciones. Sin embargo, las crecientes evidencias científicas ponen de manifiesto que, al alejarnos del medio natural, no solo nos hemos distanciado de las preocupaciones medioambientales sino que nos arriesgamos a perder el contacto con una de las herramientas más esenciales para la salud mental: la naturaleza. Ambos tenemos la suerte de tener recuerdos infantiles en los que la naturaleza ocupa un lugar preponderante. Estas experiencias nos han permitido reconocer y apreciar el valor y la importancia de la protección medioambiental. Sin embargo, ¿qué ocurriría si no tuviéramos estos recuerdos? ¿Qué ocurriría si nuestras experiencias infantiles y nuestra relación con el medio natural se basaran exclusivamente en imágenes pixeladas extraídas de una pantalla? Negándonos la posibilidad de interactuar con la naturaleza, corremos el riesgo de ignorar una parte vital de nuestra herencia, una realidad que, irónicamente, gracias a los avances en tecnología médica, ahora podemos ver con mayor claridad.
LA BIOFILIA: UNA CONEXIÓN ESENCIAL DE LA HUMANIDAD CON LA NATURALEZA
A lo largo de la historia, el contacto del hombre con la naturaleza ha dejado una huella indeleble, una fuerza que nos impulsa a sentir afinidad por todos los seres vivos (tanto plantas como animales). Nuestra conexión con la naturaleza está en nuestro ADN: esta sería la esencia de la hipótesis de la biofilia. La «biofilia» fue definida por primera vez en los diccionarios médicos de la primera década del siglo XX como «el instinto de supervivencia» o «el impulso instintivo a permanecer vivo». En 1980, Edward O. Wilson, biólogo de Harvard, señaló que la biofilia era una «afiliación emocional innata de los seres humanos respecto a otros organismos vivos». Wilson no consideraba que la afiliación del hombre con la naturaleza se derivara de la experiencia individual o de una idea romántica, ni tampoco la entendía como un subproducto de la atracción de los norteamericanos por lo natural. Más bien pensaba que era un hilo común a todas las culturas, un fenómeno que ha sido confirmado por varios grupos de científicos que han determinado que la preferencia por ciertos aspectos de la naturaleza es un elemento cultural universal: paisajes con árboles (aunque no demasiado compactos), vistas que ofrecen una buena panorámica o cierto grado de vigilancia sobre el terreno, la presencia de agua dulce y la diversidad de plantas y animales.
Wilson extendió su definición de «biofilia» al plano emocional, porque consideraba que la naturaleza ejercía una influencia única en la mente humana y que podía afectar a aquellos aspectos de los que se ocupan los profesionales especializados en salud mental: la cognición y el comportamiento. El amplio punto de vista de Wilson sigue coincidiendo, en buena parte, con la definición original de «biofilia», porque estas reacciones cognitivas y actitudinales innatas al medio natural garantizan la supervivencia: nos acercan al agua, a la nutrición y a la vivienda adecuada, y nos ayudan a escapar de los depredadores. Se ha demostrado, por ejemplo, que nacemos con una predisposición a sentir miedo de los reptiles y las arañas, aunque nunca hayamos estado en su presencia. Algunos estudios experimentales han demostrado que la respuesta fisiológica al estrés se desencadena incluso cuando el individuo no es consciente del peligro. Los investigadores utilizan ingeniosas técnicas de ocultación para enseñar imágenes de estímulos potencialmente amenazadores (como una araña) de forma muy rápida (solo 30 milisegundos) junto con imágenes neutras, de modo que el sujeto examinado no percibe conscientemente el estímulo amenazante. Se observa una marcada respuesta al estrés ante estos estímulos, y se han realizado estudios que indican que este temor «ancestral» está muy arraigado y es más resistente que amenazas modernas como las armas u objetos neutros como las setas o las flores.
Científicos de la Universidad de California, en Santa Bárbara, han identificado otros elementos que corroboran la hipótesis de la biofilia. Para ello pidieron a una serie de individuos que detectaran los cambios realizados en fotografías de animales y en imágenes de vehículos y objetos inanimados. Podríamos suponer que la exposición diaria al tránsito rodado nos ha preparado para discernir mejor imágenes de vehículos que de animales, ya que estos representan una mayor amenaza para la vida contemporánea. Sin embargo, al parecer, la capacidad para observar visualmente a los animales —una habilidad esencial para el cazador-recolector— sigue vigente en el adulto acostumbrado a vivir frente a la pantalla, una realidad que no sirve de mucho cuando se intenta, a la vez, andar y enviar un mensaje de texto en una zona metropolitana. Esto es lo que Wilson propuso respecto a la biofilia: el contacto con la naturaleza ha modelado el cerebro humano, y, como tal, lo ha equipado para una visión determinada, una visión que «persiste de generación en generación, atrofiada y manifestada de forma irregular en los nuevos entornos artificiales en los que la tecnología ha catapultado a la humanidad». Puede haber cierta atrofia en nuestro mundo de hoy, pero la respuesta biofílica sigue estando ahí… aunque esté infravalorada.
En 2010, un grupo de psicólogos de la Universidad de Virginia pusieron de relieve lo innatas que son las respuestas del ser humano ante la naturaleza: los recién nacidos muestran signos de temor cuando se les expone a amenazas naturales para las que nunca han sido preparados culturalmente. Cabe destacar que la exposición subliminal a las arañas desencadena una actividad en la amígdala cerebral (dos estructuras cerebrales en forma de almendra repetidamente asociadas al miedo). Aunque estos temores pueden amplificarse mediante el aprendizaje social (y quizá viendo películas como Aracnofobia a una edad demasiado temprana), la detección cerebral de antiguas amenazas de origen natural parece que está escrita en nuestro código genético. Aunque la afiliación de la humanidad con la naturaleza puede amplificarse a través del aprendizaje social y el romanticismo, la naturaleza parece activar nuestro cerebro tal como activaba el de nuestros antepasados. Por ejemplo, en varios estudios se ha demostrado que los sujetos prefieren contemplar paisajes naturales antes que vistas urbanas o con edificios, incluso cuando pueden visualizarlas en tan solo una décima de segundo; de hecho, cuanto más rápida es la presentación de imágenes de la naturaleza en otros entornos, mayor preferencia muestran los sujetos por los paisajes naturales en comparación con las imágenes con lugares con edificaciones.
LA NATURALEZA: EL ABANDONO DE UNA ANTIGUA HERRAMIENTA TERAPÉUTICA
Hace mucho tiempo que los médicos de distintas tradiciones, desde la medicina ayurveda del subcontinente índico hasta la medicina tradicional china, abogan por la exposición a la naturaleza como herramienta terapéutica. En estos sistemas sanitarios se considera que los elementos naturales —montañas, árboles, plantas y cursos de agua en entornos naturales— están llenos de energía, una fuerza vital que puede transferirse a las personas para la promoción de la salud. Cuando los seres humanos iniciaron la transición de la vida rural a las civilizaciones urbanas, se hizo hincapié en los beneficios medicinales de la naturaleza. Por ejemplo, los registros de los primeros filósofos y terapeutas romanos, como Cornelio Celso, revelan que pasear por el jardín, tener habitaciones bien iluminadas, permanecer cerca del agua y realizar otras actividades en contacto con la naturaleza eran elementos importantes de los planes estandarizados para promover la salud mental y el descanso.
La noción de naturaleza virgen como reconstituyente mental ganó popularidad en la Norteamérica de mediados a finales del siglo XIX. También en este caso los principales impulsos fueron la rápida expansión de las ciudades y la idea de que la Revolución industrial, con fábricas mal iluminadas y ventiladas y viviendas atestadas, contribuía a propagar las enfermedades mentales. En la década de 1800, escritores como Henry David Thoreau y el naturalista John Muir manifestaron su preocupación por la vida urbana y otorgaron a la naturaleza un papel esencial para la salud y el bienestar. Para Thoreau la naturaleza era un tónico calmante y un impulsor de creatividad, un lugar «donde mis nervios recuperan el equilibrio, y mis sentidos y mi mente desempeñan su función». Muir observó que «las personas cansadas, nerviosas y demasiado civilizadas» podían experimentar una especie de «despertar» al entrar en contacto con la naturaleza. En la ponencia pronunciada en el congreso anual de la Asociación Americana de Medicina en 1898, el doctor Frederic S. Thomas vinculó el alto índice de trastornos mentales con el estrés de la civilización moderna. La estimulación excesiva, el ruido, el humo y el mal olor actuaban, según él, sobre una predisposición heredada. Frederick Law Olmsted, arquitecto paisajista y figura clave en el desarrollo de los parques nacionales estadounidenses, estaba convencido de que los parques tenían un impacto beneficioso en la salud mental. En su informe federal sobre el estatus del Parque Nacional Yosemite, de 1865, afirma: «Si analizamos el efecto que producen en la mente los paisajes bellos, y consideramos la íntima relación de la mente con el sistema nervioso y con toda la economía física, así como el proceso de acción-reacción que tiene lugar constantemente entre las condiciones mentales y corporales, se entiende perfectamente la regeneración que supone contemplar estos paisajes». Este informe señala que la inmersión en la naturaleza promueve la salud, el vigor y la inteligencia, y que «no solo es un placer en el presente sino que incrementa la capacidad para la felicidad futura y los medios para garantizarla». Aunque no se proponía como un remedio para las enfermedades mentales, el contacto con la naturaleza se describía como un medio para reducir «la excitabilidad mental y nerviosa, el mal humor, la melancolía o la irascibilidad», principales factores que debilitan el funcionamiento mental óptimo.
A medida que las ciudades norteamericanas se fueron expandiendo, los médicos empezaron a aconsejar el contacto con la naturaleza como un medio para reducir el estrés y mejorar el estado mental. Esta práctica no se basaba en evidencias científicas, sino que rescataba las recomendaciones intuitivas de los médicos del pasado. Sin embargo, las investigaciones de la época vinculaban la ansiedad y la depresión al estrés de la vida urbana moderna, por lo que parecía plausible que la mejor receta fuera alejarse de estas presiones. Empezó a surgir una próspera industria de balnearios y centros de salud, siempre ubicados en entornos naturales. El mismo nombre de estos sanatorios, que se anunciaban en un gran número de revistas médicas de finales del siglo XIX, sugería un retorno a la naturaleza. Los propietarios de estos establecimientos, y los médicos que trabajaban en ellos, ofrecían servicios para tratar leves trastornos mentales y curar la afección causada por agotamiento y estrés que tan de moda se puso en la época: la neurastenia. Prácticamente todos los anuncios alardeaban de bellos paisajes, bosques de pinos y paseos idílicos, refiriéndose incluso al «carácter ondulado y heterogéneo» del terreno. Estos establecimientos reclutaban al público entre los urbanitas acomodados, que se dejaban seducir por la exuberante vegetación del entorno. Los que no tenían tanto dinero, encontraban su remanso de paz en los recién creados parques metropolitanos, como el Central Park de Nueva York, diseñado por Olmsted, quien defendía que estos paisajes urbanos debían promover la relajación mental del usuario.
A principios de la primera década del siglo XX, la mayor parte de la profesión médica acogió con interés —y algunos sectores, incluso con entusiasmo— la idea de que el retiro en la naturaleza producía efectos beneficiosos para la salud. Todo parecía indicar que podía tener un efecto medicinal y actuar como un tónico para las mentes obligadas a enfrentarse a un mundo cada vez más complejo. Además de recetar estancias en entornos naturales, los médicos advirtieron que el estilo de vida sedentario y de puertas para adentro entraba en contradicción con el género humano. Tanto los diseñadores de parques urbanos como los médicos teorizaban que la naturaleza estaba en nuestros genes, que había ayudado a modelarnos y que si decidíamos darle la espalda nos expondríamos a un serio peligro. La Revolución industrial estaba cambiando el mundo a un ritmo vertiginoso, y los terapeutas como James McBride (cuya cita abría este capítulo) intentaban llamar la atención sobre la creciente desconexión con la naturaleza.
Una serie de cambios culturales, económicos y científicos puso fin al auge de los sanatorios. Aunque existía cierto grado de aceptación entre la profesión médica, y pocos hubieran contradicho la idea de que el hombre «es un animal que vive al aire libre» —como James McBride había informado a sus colegas—, el mensaje estaba perdiendo peso. La base científica para la existencia de estos centros de reposo era muy limitada. Cuando el péndulo cultural osciló para dar mayor importancia a la validación científica, los supuestos beneficios de estas instituciones — ejercicio, dietas con alimentos integrales, sol, aire libre, hidroterapia, inmersión en la naturaleza— para curar afecciones nerviosas quedaron ocultos bajo una maraña de especialidades pseudocientíficas y remedios para la calvicie. En pocas palabras, los médicos y científicos empezaron a distanciarse de la vaga idea de que el contacto con la naturaleza era en una fuerza vital en sí misma. A medida que el automóvil y la expansión urbana fueron cobrando importancia, los anuncios a media página de todo tipo de sanatorios dieron paso a noticias que proclamaban las bondades del meprobamato (o de Miltown, su primera versión sintetizada y comercializada) y de otras sustancias químicas para tratar la ansiedad y combatir el estrés de la vida moderna. Algunos de estos sanatorios, hoy abandonados, permanecen ocultos bajo una maraña de árboles y arbustos como recuerdos evocadores del pasado, de un tiempo en que la receta que más se extendía eran unos días de reposo en estrecho contacto con la naturaleza.
LA NATURALEZA Y LA FISIOLOGÍA DEL ESTRÉS
La idea de que los paisajes naturales pueden influir en el bienestar psicológico y en la fisiología del estrés no pudo verificarse hasta que Roger S. Ulrich decidió prestarle atención en 1979. Unos años antes, cuando cursaba el doctorado en geografía, había detectado que los residentes de Ann Arbor (Michigan) solían evitar la autopista para tomar una ruta más lenta y larga hacia el principal centro comercial de la ciudad simplemente porque la consideraban más pintoresca. Sacrificaban tiempo y dinero en gasolina para tomar un camino más largo, y Ulrich se propuso averiguar el porqué de esta decisión sin lógica aparente. Deseaba investigar más a fondo la cuestión y examinar las variables psicológicas que pudieran explicar hasta qué punto la estética de los paisajes naturales podía afectar al comportamiento humano.
Ulrich se propuso analizar la influencia de los paisajes en la mente de un grupo de estudiantes estresados. Después de realizar un examen de una hora en un aula sin ventanas, 46 estudiantes se ofrecieron voluntarios para contestar unos test psicológicos y luego visionar unas cincuenta diapositivas. Tras responder el cuestionario, los estudiantes se dividieron en dos grupos: el primero visionó diapositivas de entornos naturales sin edificios, y el segundo, edificios urbanos (comerciales e industriales) sin grafitis ni basura en las inmediaciones. En ninguna de las diapositivas había imágenes de personas o animales. El test psicológico demostró que, aunque todos los estudiantes estaban algo estresados y cansados después de realizar un examen de una hora, su estado mental y actitud general, tras mirar uno u otro tipo de paisaje, divergía de forma asombrosa. Los paisajes naturales ejercieron un efecto altamente positivo, ya que los integrantes de este grupo presentaron sentimientos de afecto, alegría, amistad y euforia. No ocurrió lo mismo con los estudiantes que contemplaron paisajes urbanos. Estos lograron avivar de forma significativa una emoción en los estudiantes estresados: la tristeza. Los paisajes naturales tendieron a disminuir los sentimientos de ira y agresividad, mientras que los paisajes urbanos los incrementaron. Dada la capacidad del estrés para empeorar la salud, y la capacidad de la actitud mental positiva para mitigarlo y promover la salud, los resultados de este estudio tuvieron una gran repercusión. Aun así, debían validarse científicamente; en concreto, los marcadores de la respuesta corporal al estrés ayudarían a reafirmar la importancia de la naturaleza.
Ulrich, esperanzado, pasó de los cuestionarios subjetivos iniciales a examinar más detalladamente la forma en que los paisajes naturales influían en la fisiología del estrés e incluso en la actividad cerebral. Realizó un experimento parecido con adultos sanos no estresados, aunque en este caso utilizando un electroencefalograma (EEG) para medir la actividad cerebral. Como era de esperar, el equipo de investigación descubrió que contemplar paisajes naturales se asociaba a una mayor amplitud de ondas alfa, lo que a su vez se vinculaba a una producción más elevada de serotonina. La serotonina es una sustancia química que opera en el sistema nervioso. Prácticamente todos los fármacos antidepresivos actúan reforzando la disponibilidad de serotonina para la comunicación celular nerviosa, de ahí que reciba el sobrenombre de «hormona de la felicidad». Cuando disminuye nuestro nivel de excitación y nos invade la calma, como en el caso de la meditación, se observa una mayor actividad de ondas alfa. Por otro lado, la ansiedad se asocia a una menor amplitud de ondas alfa y a una mayor actividad de ondas beta.
Ulrich prosiguió su estudio con otra investigación a fin de confirmar la capacidad de los paisajes naturales para influir en la fisiología del estrés a través de mediciones del corazón, la piel y los músculos, como el tiempo de tránsito del pulso y electrocardiograma (ECG), conductancia de la piel (transpiración como respuesta al estrés) y tensión muscular mediante electromiografía (EMG). Unos 120 estudiantes de grado vieron un vídeo estresante (titulado It Didn’t Have to Happen), relacionado con las trágicas consecuencias de cometer errores en el lugar de trabajo. Inmediatamente después de este documental de 10 minutos de duración, vieron otro vídeo de 10 minutos con imágenes urbanas (tiendas y comercios, con o sin tráfico y aglomeraciones de gente) o bien con paisajes naturales (árboles, vegetación, con o sin agua). Las mediciones objetivas demostraron que los estudiantes que visionaron paisajes naturales se recuperaron de forma más rápida y completa del estrés causado por el vídeo anterior. La naturaleza actuó como una especie de Valium visual, al fomentar pensamientos positivos y mitigar la ira y la agresividad que suelen producirse tras un episodio de estrés. Para muchos de los participantes, los paisajes naturales no solo compensaron los efectos del vídeo estresante, sino que mejoraron los indicadores de actitud mental positiva en comparación con la puntuación obtenida antes del test.
Otro trabajo de Ulrich y su equipo demostró que los paisajes naturales reducían los marcadores fisiológicos del estrés en 872 donantes de sangre. En este estudio, realizado durante un período de tres meses, se examinaron los marcadores corporales de los donantes que esperaban entrar en la consulta sentados en una sala. La única variable que se manipuló fue la programación de la televisión que colgaba de la pared: unos días la televisión estaba apagada, otros mostraba escenas urbanas, y el resto, escenas de paisajes naturales. La presión sanguínea y el ritmo cardíaco llegaron al nivel más bajo con la televisión apagada. En otras palabras, la suposición de que más televisión y más programas —noticias, telenovelas, debates— ayudan a los pacientes a sobrellevar pacientemente la espera, no es más que una farsa. Sin embargo, si por alguna razón la televisión tiene que estar encendida, vale la pena mirar programas que traten sobre el medio natural, los cuales se asociaron a una mayor disminución del estrés que la programación habitual.
El pionero trabajo de Ulrich mediante test objetivos ha sido avalado por recientes investigaciones de equipos internacionales:
•Adultos de edad avanzada, residentes en un centro geriátrico de Texas, presentaron un menor nivel de cortisol tras realizar las mismas actividades mentales (mirar libros de fotos y realizar observaciones sobre el entorno) en un jardín al aire libre que en un aula interior.
•Según una investigación de la Universidad Estatal de Kansas, la presencia de plantas en una sala —especialmente plantas con flores— puede acelerar la recuperación del estrés después de ver un vídeo sentimental, y lograr que las ondas beta recobren su actividad normal.
•Un grupo de Taiwán ha llegado a la conclusión de que las imágenes que muestran aspectos de la naturaleza —riachuelos, valles, terrazas, huertos, bosques, granjas y cursos de agua— ejercen un efecto terapéutico, según los marcadores objetivos hallados en EEG, EMG y conductancia de la piel. Por ejemplo, las imágenes de granjas rurales generan una mayor actividad de ondas alfa, especialmente en el hemisferio derecho del cerebro, vinculado a la creatividad. Las imágenes de bosques y agua promueven la actividad de ondas alfa y disminuyen el ritmo cardíaco. Por el contrario, las vistas urbanas se asocian a un incremento de la tensión muscular.
•Investigadores japoneses han evaluado los marcadores de estrés fisiológico en 119 adultos que se dedicaron a trasplantar plantas sin flor de una maceta a otra. En comparación con los adultos que simplemente llenaron las macetas de tierra, los individuos que trabajaron con plantas presentaron una mayor producción de ondas alfa inmediatamente después de realizar esta tarea; también presentaron una menor tensión muscular, según los valores del EMG, así como una reducción objetiva de fatiga.
•Investigadores japoneses también han confirmado mediante ECG la asociación entre menor ritmo cardíaco y visualización de imágenes que muestren aspectos de la naturaleza durante un período de 20 minutos. Un estudio de pacientes con enfermedades mentales, realizado en 2004, demostró que la presencia de plantas verdes (ficus) disminuía la presión sanguínea y el ritmo cardíaco, además de amplificar la actividad de ondas alfa.
Estos estudios constituyen un gran paso adelante en la evaluación científica de los beneficios de la naturaleza para la actividad cerebral. Sin embargo, no son ni mucho menos suficientes para convencernos de que la naturaleza ejerce sobre nosotros una influencia que ni siquiera llegamos a comprender. Por un lado, parece asombroso que el simple hecho de contemplar imágenes que muestren aspectos de la naturaleza pueda tener un efecto tan profundo en la fisiología del estrés y en el estado de ánimo, pero siguen sin conocerse exactamente cuáles son los efectos de sumergirnos de verdad en la naturaleza, atravesándola con nuestros pasos y respirando a través de ella. Pero esa idea adquiere nitidez cuando añadimos a este panorama las numerosas investigaciones realizadas por los miembros de la Sociedad Japonesa de Medicina Forestal.
EL SHINRIN-YOKU: UN BAÑO DE BOSQUE
No es solo por su belleza que el bosque deja huella en nuestros corazones, sino por algo más sutil: esa calidad del aire, esas emanaciones de los árboles, que renuevan y transforman admirablemente al espíritu cansado.
Robert Louis Stevenson
Entre las múltiples razones que se esgrimen para preservar lo que queda de la masa forestal, destacan los aspectos mentales. La idea de que los bosques ocupan un lugar especial en el ámbito de la salud pública, incluyendo la capacidad para animar a los que se sienten alicaídos, no es nueva. En las primeras revistas médicas de Estados Unidos, profesionales como Franklin B. Hough escribieron que los bosques «poseen una influencia alegre y tranquilizadora sobre la mente, especialmente en aquellas personas que están sometidas a un trabajo mental agotador». En distintos artículos se afirma que los bosques son el paisaje perfecto para cultivar lo que se llaman experiencias trascendentales, es decir, momentos inolvidables de felicidad extrema y de sintonización con el exterior, que son percibidos como muy importantes por el individuo.
En 1982 la Agencia Forestal del Gobierno japonés estrenó su plan de shinrin-yoku. En japonés shinrin significa «bosque», y yoku, aunque tiene varios significados, se refiere en este caso a «baño, ducha o exposición». Más ampliamente, se define como «captar la atmósfera del bosque con todos los sentidos». El programa se estableció para fomentar el contacto con la naturaleza, zambullir literalmente el cuerpo y la mente en los espacios verdes, y sacar provecho de los bosques de titularidad pública como medio para promover la salud. Un 64% del territorio japonés está ocupado por masa forestal, por lo que hay muchas oportunidades de huir de las grandes metrópolis que salpican su paisaje.
Sin duda, hace siglos que los japoneses aprecian el valor terapéutico de la naturaleza, especialmente de sus antiguos bosques, aunque el término shinrin-yoku es contemporáneo. Se originó, en realidad, como concepto de marketing, y fue acuñado por Tomohide Akiyama en 1982 cuando ocupó el cargo de director de la Agencia Forestal de Japón. El plan inicial de shinrin-yoku, diseñado hace treinta años, se basaba en la simple idea de que estar en contacto con la naturaleza, especialmente en los exuberantes bosques japoneses, era beneficioso para el cuerpo y la mente. Esto cambió en 1990, cuando un equipo de la radiotelevisión pública japonesa (NHK) rodó un reportaje sobre el doctor Yoshifumi Miyazaki, de la Universidad de Chiba, mientras este realizaba un pequeño estudio en el hermoso bosque de Yakushima. Era un estudio de shinrin-yoku y la NHK no quería perdérselo. Se escogió Yakushima porque era la región donde se encontraban los mejores bosques de Japón, con cedros de más de mil años. Miyazaki llegó a la conclusión de que cierto nivel de actividad física (40 minutos andando) en el bosque de cedros, equivalente al ejercicio realizado en el interior del laboratorio, se asociaba a una mejora del estado de ánimo y a una mayor sensación de vigor. No era una idea nueva, pero en este caso las explicaciones subjetivas estaban respaldadas por indicadores objetivos: una disminución de los niveles de la hormona del estrés (cortisol) en los individuos que anduvieron por el bosque en comparación con los que lo hicieron en el laboratorio. Era el primer indicio de que un paseo por el bosque podía ser muy distinto que un paseo en otro entorno.
Desde entonces, los investigadores universitarios y gubernamentales han realizado estudios conjuntos para evaluar los marcadores fisiológicos de los individuos que pasean por el bosque. El equipo de investigación del Centro de Salud Medioambiental y Servicios Externos de la Universidad de Chiba ha recopilado datos psicológicos y fisiológicos de unos 500 adultos que practican shinrin-yoku, y un grupo de Kioto ha publicado una investigación en la que han participado otros 500 adultos. Estos estudios han confirmado que pasar un tiempo en un entorno forestal puede reducir el estrés psicológico, los síntomas depresivos y la hostilidad, a la vez que mejora el sueño e incrementa tanto el vigor como la sensación de vitalidad. Estos cambios subjetivos se corresponden con los resultados objetivos observados en casi una docena de estudios de 24 bosques: una disminución de cortisol, presión arterial y pulsaciones. Además, estos estudios han hallado una mayor variabilidad del ritmo cardíaco (VRC), lo cual es un buen indicador, ya que significa que el sistema circulatorio responde bien al estrés y puede detectar un dominio de la rama «tranquilizante» del sistema nervioso: el sistema nervioso parasimpático.
La cantidad justa de árboles
La investigación ha demostrado que las emociones ligadas al placer y a la felicidad aumentan cuando hay una mayor densidad de árboles en un entorno determinado, incluso en la ciudad. Cuanto más grandes y densos sean los árboles, mayor será la belleza panorámica del lugar… hasta cierto punto. Si los árboles están demasiado juntos —si un sendero es demasiado estrecho u oscuro—, su visión resulta angustiante y puede acrecentar la sensación de miedo.
Por otro lado, forrar las paredes con madera es una idea algo excesiva. Investigadores japoneses han demostrado que la cantidad justa de madera en la pared y el suelo de un interior está entre el 30 y el 40% de su superficie. Este porcentaje posee el mayor índice de relajación y se vincula a un descenso de los marcadores fisiológicos del estrés (presión arterial y pulso). Si se panela de madera toda una habitación, como muchos sótanos estadounidenses de los años setenta, los marcadores de estrés pueden elevarse.
Para reafirmar sus resultados, en muchos de estos estudios, se han llevado a cabo mediciones objetivas en entornos urbanos como medio de comparación. En este caso, los investigadores controlaron la actividad física, la hora del día, la temperatura, la media de horas de luz solar, entre otros factores. En otras palabras, no estaban inclinando la balanza a su favor registrando indicadores objetivos en medios urbanos lluviosos y fríos y comparándolos con el sol y la calidez de los bosques. Concretamente, en uno de estos estudios, los investigadores llegaron incluso a incorporar un instrumento capaz de medir la actividad cerebral en los entornos urbanos y forestales en los que se realizaba la investigación. La espectrometría resuelta en el tiempo permite conocer el uso de oxígeno en el cerebro a través del reflejo de una luz infrarroja en los glóbulos rojos. Los investigadores japoneses hallaron que 20 minutos de shinrin-yoku (en comparación con 20 minutos de paseo en un entorno urbano) alteraba el flujo sanguíneo cerebral de una forma parecida al estado de relajación. Más concretamente, la hemoglobina total (que se encuentra en los glóbulos rojos) era menor en la zona de la corteza prefrontal mientras el individuo estaba en el bosque. Los niveles de hemoglobina se incrementan en esta zona cuando se anticipa una amenaza (estrés) y tras un período de intenso trabajo físico y mental: realizar ecuaciones complejas o exámenes en el ordenador, jugar a videojuegos, hacer ejercicio hasta cansarse. Por lo tanto, esencialmente, una disminución de estos niveles significa que el cerebro está en estado de reposo mientras se encuentra en el bosque. Aunque se sabe que los fármacos sedantes o ansiolíticos también reducen la actividad en esta región cerebral, pueden tener una influencia perjudicial en la cognición. (En el próximo capítulo analizaremos cómo la influencia curativa de la naturaleza puede incrementar las capacidades cognitivas.)
Las hormonas del estrés pueden poner en peligro las defensas inmunológicas; en concreto, las actividades de la primera línea de defensa, como la función antiviral de las células NK (natural killer), quedan suprimidas por las hormonas del estrés. Dado que los baños de bosque pueden reducir la producción de cortisol y mejorar el estado de ánimo, no es sorprendente que también afecten a los marcadores del sistema inmunitario. Quig Li y sus colegas de la Facultad Nipona de Medicina han demostrado que los baños de bosque (tanto una excursión de un día como un par de horas diarias durante un período de tres días) ejercen una influencia duradera en los marcadores inmunes en comparación con las excursiones en suelo urbano. En concreto, se halló un incremento significativo del número de células NK, un aumento de la actividad funcional de estas células antivirales y una mayor cantidad de proteínas anticancerígenas intracelulares. Estos cambios mantuvieron un nivel significativo incluso una semana después de la excursión. La mejora del funcionamiento del sistema inmune se asoció a una disminución del nivel de hormona del estrés presente en la orina cuando se está en contacto con la naturaleza. En cambio, no se observó ninguno de estos cambios en los itinerarios turísticos realizados en la ciudad. Como se ha mencionado anteriormente, la reducción del estrés tiene mucho que ver con la mejora del sistema inmunitario. Sin embargo, las sustancias naturales que segregan los árboles de hoja perenne, que reciben la denominación común de fitoncidas, también se han asociado a una mejora de la actividad de las defensas. El doctor Li ha medido la cantidad de fitoncidas en el aire durante sus estudios, correlacionándola con la mejora del funcionamiento del sistema inmunitario. Es un hallazgo interesante en el contexto de las investigaciones realizadas hace más de un siglo sobre la prescripción de aire puro y paseos por el bosque para el tratamiento de la tuberculosis. Desde mediados hasta finales de la década de 1800, los médicos Peter Detweiler y Hermann Brehmer fundaron una serie de sanatorios en los pinares de Alemania, tal como hizo Edward Trudeau en los bosques de Adirondack, en el estado de Nueva York. Todos ellos documentaron los beneficios del aire puro y, pese a las expectativas iniciales, los resultados parecían mejorar cuando aumentaba la humedad. Entre los médicos de la época se dijo que los pinos segregaban un bálsamo curativo, y actualmente, en un giro inesperado de los estudios de shinrin-yoku, se ha descubierto un remedio desconocido hasta el momento.
El shinrin-yoku goza actualmente de buena salud y el término ha quedado fijado para siempre en el léxico japonés. En la actualidad existen 44 zonas que han recibido la calificación de «áreas de terapia forestal». Estos espacios, además de ser investigados por su eficacia para combatir los síntomas del estrés, son catalogados según otros criterios —como accesibilidad, alojamiento (si están lejos), referencias culturales, áreas de interés histórico, alimentación variada y comodidad— por un equipo de expertos pertenecientes al comité ejecutivo del Centro de Terapia Forestal de Japón. El profesor Miyazaki de la Universidad de Chiba, que desempeñó un importante papel para que el shinrin-yoku pasara de ser un concepto de marketing a convertirse en una creíble intervención médica preventiva, sigue investigando y actualmente está estudiando los efectos fisiológicos del contacto con los principales parques urbanos de Tokio.
PLANTAS, DOLOR Y ENFERMEDAD
En el marco de sus amplias investigaciones sobre fisiología, Ulrich publicó un estudio de referencia en la prestigiosa revista Science en 1984. A partir de los datos recopilados en un hospital suburbano de Pensilvania, entre 1972 y 1981, Ulrich realizó un estudio muy específico con adultos a los que se les había extirpado la vesícula biliar (colecistectomía), y cuyo único rasgo diferencial era la habitación que ocuparon durante el postoperatorio. Las habitaciones de un ala del hospital tenían ventanas con vistas a un pequeño bosque, mientras que las del otro extremo estaban orientadas a una pared de ladrillos. Los resultados fueron asombrosos: los que tenían vista al exterior necesitaron menos días de hospitalización y tuvieron menos problemas posquirúrgicos. También necesitaron analgésicos menos potentes (aspirina, en vez de narcóticos). Finalmente, además, las enfermeras hicieron menos observaciones negativas en su historial. ¿No es una de las mayores aspiraciones de cualquier paciente salir del hospital sin la frase «paciente difícil» escrita en su historial médico?
Ulrich, que actualmente está jubilado como profesor de la Universidad A&M de Texas y vive en Suecia, ha revelado recientemente que su propia experiencia le llevó a investigar el efecto de las vistas de las habitaciones de hospital. Al estar obligado a guardar cama durante la infancia debido a una enfermedad renal, Ulrich recuerda que el hecho de poder ver árboles y vegetación fue un factor importante para su estado emocional. Sus observaciones científicas han sido ratificadas posteriormente en varias ocasiones. Por ejemplo, un reciente estudio sobre enfermedades cardiopulmonares (publicado en Clinical Rehabilitation, en 2011) ha demostrado que los pacientes que tenían una vista panorámica de la naturaleza presentaban un mejor estado de salud.
Desde las primeras observaciones de Ulrich, se han realizado otros estudios que confirman que la mera presencia de flores y plantas en una habitación de hospital puede marcar la diferencia. En concreto, en una serie de pacientes que se estaban recuperando de una apendectomía y que fueron asignados al azar a una habitación con una docena de macetas con plantas, el uso de analgésicos fue significativamente menor que en los que ocupaban habitaciones sin plantas; además, presentaron una menor presión arterial y ritmo cardíaco, y tuvieron una menor percepción del dolor. Por otro lado, los que tenían plantas en la habitación presentaron un mayor nivel de energía, pensamientos más positivos y menor nivel de ansiedad.
Puesto que la simple visión de la naturaleza o de unas pocas plantas puede influir en nuestros valores subjetivos y objetivos de estrés, y quizás ayudarnos a salir antes del hospital, parece plausible que la naturaleza pueda mantenernos alejados de la enfermería. El primer indicio de que esto pudiera ser cierto se halla en un informe del arquitecto Ernest Moore de 1981. Al repasar el registro anual de enfermedades de la prisión estatal del Sur de Michigan, Moore observó que existía una flagrante diferencia en la demanda de los servicios de salud en función de la situación de la celda. Concretamente, los reclusos que ocupaban celdas orientadas a un paisaje de bosques y campos verdes habían visitado con menos frecuencia la enfermería que los que residían en las celdas del ala interior, con vistas a un patio de hormigón. Pero existen también otros datos que confirman este hallazgo:
•Un estudio realizado en Noruega demuestra que tener una planta en la oficina, o tenerla al alcance de la vista desde el puesto de trabajo, disminuye significativamente el riesgo de baja por enfermedad. En 2010 un estudio de la Universidad de Tecnología de Sídney (Australia) llegaba a la conclusión de que los niveles de ira, ansiedad, pensamientos depresivos y fatiga se redujeron a lo largo de un período de tres meses en un sorprendente 40%, mientras que el nivel de estrés decreció en un 50%. Por otro lado, los participantes que no contaron con la intermediación de una planta para mitigar la tensión emocional, indicaron que sus niveles de estrés se habían incrementado en más de un 20% en el transcurso del estudio.
•Poner plantas en la unidad de radiología de un hospital redujo la baja temporal por enfermedad en un 60%.
•Un estudio publicado en 2008 en el Journal of the Japanese Society for Horticultural Science demostró que ajardinar las aulas de secundaria con plantas durante un período de cuatro meses redujo las visitas a la enfermería de los alumnos que ocuparon estas aulas.
ZONAS VERDES CERCA DE CASA: SALVAVIDAS Y AMORTIGUADORES DEL ESTRÉS
Las proyecciones a largo plazo indican que, en menos de veinte años, el 75% de la población mundial vivirá en un entorno urbano. La capacidad potencial de un único factor para poner freno a los problemas cotidianos y a la cascada hormonal del estrés tendrá una enorme trascendencia para nosotros y para las futuras generaciones. Mientras que interesantes e innovadores estudios confirman que contemplar paisajes naturales reduce los síntomas fisiológicos del estrés, se están realizando investigaciones que demuestran que la facilidad de acceso a una zona verde también actúa como una especie de amortiguador. En concreto, se ha confirmado que las personas que en un radio de 3 km disponen de un espacio verde de dimensiones considerables (según la base de datos de la National Land Cover Classification), tienen menos tendencia a experimentar el impacto negativo del estrés sobre la salud. Entre los que habían sufrido episodios estresantes de carácter vital (pérdidas de seres queridos, problemas económicos, rupturas personales, problemas legales, etc.), el hecho de tener un denso espacio verde a un radio de 1 km de su hogar se asoció a menos problemas de salud, en comparación con los que vivían cerca de una zona verde de menor tamaño.
Un estudio realizado en 2003 en el que participaron 337 niños demostró que la proximidad a la naturaleza disminuía el impacto psicológico de los episodios estresantes. En este caso, los niños y niñas, de una edad media de 9 años, procedían de cinco pequeños municipios del estado de Nueva York. Nadie es inmune al estrés y al infortunio, pero cuando los problemas empiezan a acumularse a una edad temprana, sientan un precedente para la ansiedad y los pensamientos depresivos en etapas posteriores de la vida. Como hemos señalado más arriba, la actividad de la amígdala cerebral, órgano que desencadena los circuitos del miedo en el cerebro, se aplaca gracias al contacto con la naturaleza y se activa contemplando paisajes urbanos. En los niños que han crecido con una acumulación de factores estresantes —grandes pérdidas, violencia, abusos, intimidación, asistencia social—, la amígdala tiene un tamaño significativamente mayor, lo que se asocia a una tendencia, a largo plazo, hacia la negatividad y el riesgo cerebral. Esto no significa que la naturaleza pueda anular por sí sola todo el daño que ya está hecho; sin embargo, si la proximidad a una zona verde puede reducir aunque solo sea una mínima parte de la carga que ha de soportar la amígdala, ofreciendo cierto respiro a la cascada del estrés —y las investigaciones así lo han confirmado—, entonces médicos e investigadores deberían dar prioridad al estudio de la naturaleza como agente terapéutico.
Dado que el espacio verde es un amortiguador del estrés, y hay tantos aspectos de la salud e incluso de la longevidad influidos negativamente por este trastorno, se deduce que la vegetación promueve la salud, la vitalidad y la longevidad. Un estudio en el que participaron más de 11 000 adultos de Dinamarca indicó que quienes vivían a más de 1 km de una zona verde (bosques, parques, playas y lagos) tenían un 42% más de posibilidades de experimentar estrés y obtenían las peores valoraciones en los indicadores de salud general, vitalidad, salud mental y dolor corporal. Los que solo disponían de un 10% de espacio verde a 1 km de su casa, tenían mayor riesgo de padecer depresión (25%) y mayor riesgo de presentar trastornos de ansiedad (30%) que los que se situaban en el percentil superior. Son hallazgos hasta cierto punto sorprendentes. Por otro lado, cuando investigadores de los Países Bajos examinaron los historiales médicos de 195 médicos de cabecera, hallaron que el índice anual de prevalencia de 15 de las 24 enfermedades más comunes era inferior en los pacientes que tenían una gran zona verde a un radio de 1 km de su hogar.
En efecto, los cuatro estudios siguientes demuestran que la vegetación se asocia a una menor mortalidad:
•Investigadores de la Facultad Nipona de Medicina (Japón) compararon el porcentaje de zona forestal en todas las prefecturas con los índices de mortalidad por cáncer suministrados por el Ministerio de Sanidad. Incluso después de ajustar los indicadores por hábito tabáquico y estatus socioeconómico, la mayor cobertura forestal ofrecía un efecto protector significativo contra varios tipos de cáncer: pulmón, mama, útero, próstata, riñón y colon.
•En un estudio de la Universidad de Florida Oeste, se examinaron los datos recopilados durante un período de cinco años relativos a la mortalidad por accidente cerebrovascular y hallaron que las zonas verdes (medidas mediante tecnología de satélite) ofrecían una protección significativa, mientras que las zonas con menor vegetación se asociaban a un riesgo muy elevado de mortalidad por esta causa.
•En un gran estudio realizado en residentes de Shanghái, los barrios con una mayor proporción de parques, jardines y otras zonas verdes se asociaron a un menor riesgo de mortalidad.
•Investigadores de la Universidad de Glasgow (Escocia) compararon una base de datos de usos del suelo con los registros de mortalidad. Como en el caso del estudio de Shanghái, hallaron una asociación similar entre el hecho de vivir en zonas con mayor vegetación y un menor índice de mortalidad.
Como en el gran estudio realizado en Japón, los investigadores escoceses controlaron las diferencias socioeconómicas, ya que un mayor acceso a los espacios verdes entre las personas acomodadas puede ser un marcador subsidiario de otras ventajas sanitarias (mayor acceso a centros asistenciales, mejor nutrición, menor nivel de estrés acumulado, menos cortisol, etc.). Por extraño que parezca, el espacio verde demostró ser un gran ecualizador, ya que, a un nivel significativo, fue capaz de salvar las enormes distancias en recursos sanitarios de que disfrutan las clases altas y los que intentan sobrevivir en el extremo inferior del espectro económico. Se hallaron muy pocas diferencias en los índices de mortalidad de las personas con menos ingresos y mayor nivel de vegetación residencial y las personas acomodadas. Sin embargo, cuando la pobreza se asocia a un entorno más urbano que natural, la distancia con respecto a las familias ricas se amplifica. Los investigadores llegaron a la conclusión de que los espacios verdes eran una variable independiente capaz de salvar miles de vidas al año en comunidades de bajos ingresos.
Las zonas verdes podrían ser un mero marcador subsidiario de otros factores de promoción de la salud, ya que brindan la posibilidad de realizar actividades físicas y de establecer relaciones sociales. Un estudio demostró que las personas que vivían en barrios con mayor número de zonas verdes tenían el triple de posibilidades que las demás de realizar alguna actividad física. Aun así, cuando los investigadores eliminaron la actividad física y el apoyo social de la ecuación, la asociación entre áreas de vegetación y salud mental positiva se mantuvo. Simplemente, estar en contacto con la naturaleza durante breves períodos, o incluso tan solo tenerla ante nuestros ojos, puede reducir la cascada de la hormona del estrés y mejorar nuestro sistema inmunitario.
NATURALEZA Y RESONANCIA MAGNÉTICA
Aunque todas las investigaciones citadas resultan prometedoras, sería más concluyente poder verificar que, debajo de nuestro cráneo, las neuronas se activan de forma distinta cuando el cerebro se ve afectado por la naturaleza. Un primer paso en esa dirección es saber que, en general, las diapositivas de campos y bosques promueven una sensación de tranquilidad en adultos sanos, y que se suele asignar un mayor nivel de percepción de peligro con las fotografías de entornos urbanos. Sin embargo, podría aducirse que los sujetos que afirman estar de mejor humor al contemplar paisajes naturales o pasear por el bosque lo que hacen, simplemente, es marcar las casillas «correctas» para satisfacer las expectativas del encuestador. ¿Realmente el cerebro actúa de forma distinta cuando está inmerso —por lo menos inmerso con la vista, si no con el resto de los sentidos— en un entorno natural? El objetivo final de estos ensayos es introducirse en el cerebro, es decir, visualizar su actividad cuando está en contacto con la naturaleza.
En 1899 el médico Juan Breña afirmó que los beneficios calmantes, y vigorizantes, de los bosques para la salud mental «se deben a un mecanismo que no puede ser explicado por ningún dogma de la ciencia médica… [y] seguirá siendo incomprensible hasta que no tengamos la clarividencia necesaria para descifrar los fenómenos más ocultos de la vida física». En la época de Breña, los sanatorios en plena naturaleza estaban destinados a desaparecer si no encontraban la necesaria validación científica. Al cabo de poco más de un siglo, una serie de investigadores californianos aportarían una gran dosis de clarividencia gracias a la resonancia magnética funcional (RMf), una sofisticada técnica de diagnóstico por la imagen. Sus investigaciones demostraron que las vistas más bonitas (paisajes naturales estéticamente agradables, perspectivas de la costa) activan un área específica del cerebro, la parte anterior de la circunvolución del parahipocampo, en la que hay una gran abundancia de receptores opiáceos. Estos receptores están conectados con las células cerebrales del sistema de recompensa de la dopamina, y, como tal, tienen el potencial de desencadenar sensaciones de bienestar y activar la motivación requerida para una modificación positiva de la conducta.
Fue un hallazgo increíble, que puso de manifiesto que la naturaleza es como una gotita de morfina para el cerebro. Aunque se les conoce principalmente por su capacidad para inhibir el dolor, los receptores opiáceos son responsables de muchas otras funciones. Cuando se activan, la respuesta es extraordinaria: las personas suelen sentirse menos estresadas, tienen tendencia a establecer vínculos emocionales y dejan de regodearse en recuerdos negativos, centrándose más bien en lo positivo. Se ha observado que las personas con depresión poseen una menor actividad cerebral en la circunvolución.
En otros estudios, realizados por estos mismos investigadores y por otros equipos, se ha confirmado que, en comparación con los paisajes naturales (bosques, cursos de agua, montañas, vegetación), las imágenes de interiores (oficina, cocina, pasillo) generan una mayor actividad en una región específica del cerebro involucrada en el procesamiento de imágenes de entornos. En 2011 se descubrió que esta región, el parahipocampo, también se activa cuando se muestran multitudes de cualquier tipo: cines, centros comerciales al aire libre, supermercados vistos desde fuera, ascensores, túneles, embotellamientos de tráfico, estaciones de tren, metros urbanos, autobuses, puentes y torres. En definitiva, la región cerebral encargada de procesar la información que proporcionan las imágenes de entornos responde con excesiva estimulación y activación ante imágenes de entornos no naturales. El mayor esfuerzo que se precisa para hacer funcionar el cerebro en el mundo urbano actual puede traducirse en fatiga mental. Este mayor esfuerzo cerebral requerido para procesar el espacio en entornos interiores, y en exteriores creados por el hombre, es más pronunciado en personas con tendencia a la ansiedad.
Expediente de la doctora Selhub
Jenna, una chica de 29 años, se sentía agobiada y angustiada por el trabajo; no hacía ninguna pausa, en un esfuerzo por centrarse en el flujo de datos y cifras que se deslizaban por su pantalla, e intentando cuadrar los números de la multinacional para la que trabajaba. Lo peor era que cometía errores, errores garrafales que preocupaban a sus jefes y que la obligaron a pasar por un período de prueba. El estrés no la dejaba dormir y le causaba cefaleas, y se dio cuenta de que las cifras de la pantalla empezaban a transformarse en una masa amorfa y confusa. Era incapaz de concentrarse. Tras varias visitas, me contó que se pasaba como mínimo de 12 a 14 horas al día delante de la pantalla, sin contar el uso de su teléfono inteligente y ordenador personal. El único momento en que estaba al aire libre era durante el trayecto que recorría en coche de su casa a la oficina, y viceversa. Era evidente que, entre otras cosas, hacía tiempo que no estaba en contacto con la naturaleza.
Le aconsejé que paseara por lo menos 10 minutos al día y tomara conciencia de lo que estaba haciendo, que apreciara la naturaleza y colocara una imagen de su paisaje favorito al lado de su ordenador. Le recomendé que apartara la vista del ordenador cada cuarto de hora y dedicara unos minutos a contemplar la fotografía.
A medida que fueron pasando los días, Jenna vio como mejoraba su concentración, desaparecía el dolor de cabeza y disminuía su nivel de estrés. Además, se dio cuenta de que esta no era la profesión que más le convenía.
Investigadores coreanos han realizado resonancias magnéticas del cerebro con la intención de averiguar de qué modo las imágenes urbanas y de paisajes naturales activan determinadas regiones cerebrales. En dos investigaciones independientes, evaluaron las pautas de activación mental mediante RMf mientras los participantes en el estudio contemplaban paisajes naturales (bosques, montañas) o urbanos. En el primer estudio, la visión de entornos urbanos generó una mayor actividad en la amígdala y en el polo temporal anterior. Se sabe que la amígdala es la región más primitiva del cerebro; ha formado parte del ser humano durante toda su evolución junto con la naturaleza, y, tal como se ha descrito antes, es la que mostró mayor actividad en niños a los que se les enseñaron imágenes de arañas. Se activa en respuesta a situaciones de peligro, como catástrofes medioambientales, así como a estímulos adversos y circunstancias que requieren un juicio temerario. La actividad excesiva de la amígdala se ha asociado a la impulsividad y la ansiedad. Además, el estrés crónico y la presencia de hormona del estrés (cortisol) pueden favorecer su actividad. Cuando presenta un estado hiperactivo, tendemos a priorizar selectivamente el recuerdo de acontecimientos y experiencias de cariz negativo, lo que se traduce en un círculo vicioso: el mundo parece más amenazante y depresivo, y nuestros recuerdos dominantes así lo corroboran. En otras palabras, cuando la amígdala se activa de forma habitual, se aceleran los circuitos cerebrales del miedo y se cortocircuitan las áreas capaces de mitigar su actividad. Lo bueno es que, con el tiempo, podemos recuperar el control tomando conciencia de nuestros procesos mentales y situándonos en entornos que ponen a cero el marcador de la amígdala. Con un cambio consciente a favor de una actitud mental más positiva, que dé prioridad a las emociones positivas y no a las negativas (más alegría, satisfacción, vitalidad, interés y amor; menos ira, resentimiento, culpabilidad, miedo, vergüenza y melancolía), podemos tomar las riendas de la amígdala. Y aquí es donde la naturaleza desempeña un papel de primer orden.
En ese primer estudio, los investigadores coreanos observaron que las imágenes de entornos urbanos también afectaban al polo temporal anterior, que se asocia a respuestas emocionales negativas como la ira y la depresión. De forma notable, las imágenes de la naturaleza generaron una mayor actividad en dos centros cerebrales: el cingulado anterior y la ínsula. El incremento de actividad en ambas regiones se asocia a estabilidad emocional y a una actitud mental positiva, mientras que una actividad inferior a la normal se ha vinculado al déficit de atención. La actividad de la ínsula se asocia al amor. Las imágenes urbanas no modificaron la actividad del cingulado anterior ni de la ínsula.
El segundo estudio con RMf arrojó resultados muy parecidos. El diseño era el mismo: los participantes contemplaban un paisaje rural o urbano durante dos minutos, seguidos de una pausa de treinta segundos. Para minimizar la influencia de la distracción en los sujetos (es decir, para evitar que estuvieran pensando en lo que iban a cenar o en el importe de la factura de televisión por cable), las fotografías se presentaban de forma bastante rápida: cada segundo y medio se les enseñaba una nueva foto. No se trataba de un ejercicio de evaluación contemplativa de una obra de arte, sino de adentrarse en las regiones más primitivas del cerebro para ver cómo reaccionaban. También en este caso, los investigadores observaron una notable actividad de la amígdala cuando los participantes contemplaban imágenes urbanas. Por el contrario, las imágenes de la naturaleza promovieron una mayor actividad de los ganglios basales, una zona que se activa en respuesta a la contemplación de un rostro feliz o ante un buen recuerdo. Curiosamente, las imágenes de la naturaleza también activaron las zonas cerebrales que rigen la adicción y la recompensa, lo que indica que, si nos lo proponemos, aún hay esperanza de que la naturaleza pueda triunfar sobre la pantalla.
Actualmente existen proyectos de investigación en varias universidades para estudiar el funcionamiento del cerebro mediante imágenes, algunos de los cuales también incorporarán test psicológicos para determinar de qué forma la contemplación de la naturaleza y de entornos urbanos interactúa con la actitud mental y el respeto por el medio ambiente.
La última investigación realizada con RMf ha demostrado que las imágenes de paisajes rurales activan las regiones cerebrales asociadas a las emociones positivas y la felicidad, mientras que las imágenes urbanas generan una mayor actividad en tres zonas clave relacionadas con la ansiedad y la estimulación. De hecho, los paisajes urbanos causaron un aumento de la actividad de una zona que es sabido que reacciona en estados de ira. Estos primeros indicadores de la influencia de la naturaleza sobre el cerebro, en una sofisticada máquina de diagnóstico por la imagen, concuerdan con las incipientes neuroimágenes que han conseguido psicólogos y neurocientíficos que han trabajado en colaboración en el ámbito de la psicología positiva. Estos investigadores están intentando identificar el llamado «cerebro feliz», es decir, aquellas regiones cerebrales que se activan cuando somos felices en nuestra vida cotidiana.
La amígdala urbana
Décadas de investigaciones han demostrado que vivir en una gran ciudad tiene importantes consecuencias para la salud mental: el riesgo de padecer ansiedad y/o depresión es un 40% más alto en una ciudad que en el campo. Utilizando sofisticados aparatos de diagnóstico por la imagen, investigadores coreanos han demostrado que los adultos sanos que contemplan imágenes de entornos urbanos presentan una mayor actividad de la amígdala, un incremento que no se dio cuando los mismos participantes visionaron paisajes de la naturaleza. En 2011 un estudio alemán utilizó RMf para investigar los efectos de estresar deliberadamente a los sujetos que participaron en el experimento. Demostraron que los urbanitas, o las personas que hacía mucho tiempo que vivían en una ciudad, eran más propensos a incrementar la actividad de la amígdala cuando percibían que estaban siendo estresados por otros seres humanos. En situaciones similares, un entorno que se percibe sistemáticamente como una amenaza puede sumarse a otros factores de riesgo de enfermedad mental.
EL PASADO Y EL FUTURO
Deteniéndonos un momento para revisar lo que hemos tratado hasta el momento en este capítulo, queda claro que nuestros antepasados estaban en lo cierto y que el boom de los sanatorios, con todas sus grandilocuentes promesas, no era una idea errónea. Si las investigaciones y estudios citados en este capítulo se consideran de forma aislada, puede que a los críticos les resulte fácil desestimar algunas de sus conclusiones, pero vistos en su conjunto empieza a emerger en toda su magnitud la influencia de la naturaleza. (Sobre todo cuando los estudios de grandes poblaciones que indican un efecto amortiguador del estrés se suman a otras investigaciones que utilizan evaluaciones subjetivas y objetivas del estado de ánimo y el estrés, y cuando, estos, a su vez, se añaden a datos hospitalarios y estudios funcionales del cerebro realizados con técnicas de diagnóstico por la imagen.) Y cuando a todo ello se le yuxtaponen los numerosos estudios de shinrin-yoku realizados en Japón, con más de mil participantes, es imposible negar que la naturaleza tiene consecuencias para la salud y la psicología humanas.
El cerebro está absolutamente influido por la naturaleza, y ya no cabe calificar a los filósofos y poetas de meros soñadores románticos. Los resultados de las investigaciones científicas que se han presentado en este capítulo deberían servirnos de aviso. La mortalidad de los individuos, de los pueblos e incluso del propio planeta depende del reconocimiento y la aceptación de que la naturaleza es parte de nosotros. La percepción del estrés, el estado mental, la inmunidad, la felicidad y la resilencia están influidos químicamente por el sistema nervioso y su respuesta al entorno natural.
Frente a la pantalla y de espaldas a la naturaleza: ¿somos felices?
La naturaleza es la materia prima a partir de la cual el hombre ha moldeado el artefacto que conocemos como civilización […] El hombre moderno y superficial, que hace tiempo que ha olvidado su conexión con la tierra, asume que ya ha descubierto lo más importante.
Profesor Aldo Leopold, 1948
Sin duda, la tecnología ha servido para que el animal humano llegue hasta el último rincón del planeta. Las herramientas nos han sido enormemente útiles, y del mismo modo que hemos evolucionado con la naturaleza aprendiendo a procurarnos sustento y refugio en el entorno natural, también lo hemos hecho junto a nuestras herramientas y tecnologías. La convicción de que somos capaces de tener una vida mejor gracias a nuestros aparatos y dispositivos está muy arraigada. Los aparatos contemporáneos — teléfonos inteligentes, tabletas, ordenadores portátiles y otros dispositivos provistos de pantalla— nos proporcionan una información potencialmente valiosa; por lo tanto, en muchos sentidos, son una extensión de las herramientas con las que hemos convivido a lo largo de nuestra evolución, y nos resulta fácil creer que el tiempo que pasamos ante la pantalla es un tiempo bien empleado.
Nos han vendido todos estos aparatos con la promesa de que nos facilitarían la vida, de que nos sentiríamos más felices durante los momentos de ocio, más empáticos gracias a una mejor conectividad, y más inteligentes debido al acceso instantáneo a una multitud de datos. Sin embargo, en nuestro flamante mundo tecnológico, tenemos mayor predisposición que nunca al estrés, la depresión y la distracción, y menos tendencia a aprovechar los beneficios de los entornos naturales. No estamos en contra de la tecnología y no vamos a recomendarle que deje a un lado todos sus aparatos y no vuelva a pisar una tienda de informática en su vida… no vamos a animarle a ponerse en contra de las máquinas. Al fin y al cabo, apreciamos humildemente el valor de nuestros propios artilugios y estamos convencidos de que los teléfonos inteligentes pueden ayudarnos a poner orden a nuestra vida en momentos de caos.
La conectividad que ofrece internet aporta incontables beneficios, puede proporcionarnos comodidad y convertirse en un mecanismo de cambio positivo para distintos grupos de apoyo y organizaciones comunitarias. Ambos usamos la tecnología que tenemos a nuestro alcance y somos conscientes de su contribución a la mejora de la asistencia sanitaria y la calidad de vida. Tanto en el ámbito profesional como en el ámbito personal confiamos en nuestros ordenadores, usamos aparatos inalámbricos y reproductores mp3 y entramos de vez en cuando en Facebook… y por lo menos uno de los dos ha enviado alguna vez un tuit. Sin embargo, somos escépticos ante la idea prevaleciente en la cultura occidental de que la tecnología y una mayor inmersión en la información promuevan automáticamente el bienestar y la felicidad. Por desgracia, la mayoría de nosotros parece que participemos en una carrera contrarreloj para estar al día y disfrutar del último juguete electrónico. Aun así, cada vez está más claro que depender de los aparatos tecnológicos para conseguir un futuro más brillante —un futuro que nunca llega— se está cobrando sus primeras víctimas.
FALSAS PROMESAS
Ha transcurrido casi medio siglo desde que prácticamente cualquier tienda de informática prometía que los ordenadores iban a crear una gran clase social exclusivamente dedicada al ocio. Todos los expertos de la llamada «revolución cibernética» estaban exultantes: los ordenadores —aseguraban los futuristas— serían la panacea para todos los males individuales, sociales y globales. La semana laboral a jornada completa iba a reducirse a veinte horas, y viviríamos en una especie de utopía. Un reportaje de Time Magazine de 1965 explicaba que «con el tiempo, gracias al ordenador, el hombre recuperará el concepto helenista de ocio, en que los griegos tenían tiempo para cultivar la mente y mejorar su entorno, mientras los esclavos hacían todo el trabajo. En este helenismo moderno, los esclavos serán los ordenadores». En una edición de Saturday Review de 1967 se aseguraba que «los esclavos cibernéticos diseñados gracias a la creatividad de un hombre superior» florecerán en la edad de oro del ocio.
Pero no ha sucedido tal como se había previsto. De hecho, ha ocurrido más bien lo contrario, ya que podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que nos hemos convertido en esclavos de nuestras pantallas. Utilizamos la pantalla para consumir unas doce horas de información al día a través de la televisión, internet, mensajes de texto, música y videojuegos. Investigadores que desde 1980 analizan el consumo de información han detectado un aumento masivo de la misma y no solo en el lugar de trabajo: el consumo de información sin relación con el trabajo se ha incrementado un 350%. En 1999 el uso de ordenador considerado «problemático» —la clase de uso asociado a la ansiedad y la depresión— alcanzaba una media de 27 horas a la semana. En 2012 hemos sobrepasado de largo esta cifra y podemos acumular 27 horas en tan solo unos días. Nos sumergimos en la información de forma muy superficial y estamos dejando de lado otras actividades para centrarnos exclusivamente en nuestras pantallas.
Y aunque no dependamos totalmente de las máquinas, somos prácticamente incapaces de aprovechar nuestro tiempo de ocio para nuestro beneficio. Y, por desgracia, seguimos soñando que gracias al microchip acabaremos trabajando solo veinte horas a la semana. Nadie predijo que los ordenadores y los aparatos inalámbricos difuminarían las fronteras entre el espacio doméstico y el ámbito laboral. Encender el ordenador para ver si se han recibido e-mails relacionados con el trabajo después de cenar, durante el fin de semana y en vacaciones es algo habitual e incluso esperado: el 75% de los trabajadores de 18 a 44 años comprueban su correo electrónico cuando están de vacaciones. Y el impulso es magnético: casi el 40% afirma que revisa el correo de forma frecuente o compulsiva cuando no está trabajando. Mientras, los analistas de marketing nos tientan con el señuelo de que el último artilugio va a ser el definitivo, el aparato que resolverá todos nuestros problemas. No importa que cada año toneladas de aparatos electrónicos pasen a considerarse obsoletos y dejen de usarse, aunque quizás esto debería hacernos pensar que, en realidad, el aparato del año pasado no era el definitivo.
La cultura de la pantalla no ha proporcionado un mundo mejor para los individuos ni tampoco, hasta el momento, para la sociedad. A los que piensen lo contrario les costará explicar la moderna epidemia del estrés, el elevado índice de enfermedades mentales, trastornos de aprendizaje y comportamiento durante la infancia, los problemas relacionados con el sueño, la disminución del coeficiente de inteligencia y la infelicidad generalizada en zonas con tanta presencia de aplicaciones informáticas. El principio «más pantallas en más sitios» no promueve la salud. El marketing sigue vendiendo la idea de que el camino hacia la felicidad está repleto de redes sociales y pantallas, pantallas grandes para colgar en la pared y pantallas pequeñas para llevar en el bolsillo. Sin embargo, a la vista de la realidad social, en que cada vez hay menos empatía y miles de camiones transportan toneladas de Prozac a la metrópolis más cercana, está claro que no es así. Existe una gran distancia entre el optimismo de la ciberutopía de los años sesenta y la situación actual. Un análisis más detallado de la salud mental y cognitiva de los norteamericanos revela la falsedad de las promesas de la revolución tecnológica.
Estrés, depresión y ansiedad
La felicidad sigue siendo difícil de alcanzar. Buena prueba de ello son los más de 2000 libros con la palabra «felicidad» en el título que pueden adquirirse en la sección de salud de amazon.com (un 75% de todos los libros que llevan la palabra «felicidad» en el título se han publicado después del año 2000). La felicidad podría definirse como el hecho de sentirse generalmente satisfecho con la vida y tener más emociones positivas que negativas (más alegría, satisfacción, vitalidad, interés y amor; menos ira, resentimiento, culpabilidad, miedo, vergüenza y tristeza). Tanto Canadá como Estados Unidos están experimentando una tendencia a la baja en esta categoría de satisfacción vital.
Expediente de la doctora Selhub
Janet, de 43 años, soltera y con el deseo de encontrar el amor y la felicidad, era consciente de que tenía una adicción. Con antecedentes de ansiedad y estrés postraumático debido a un trauma infantil, se había limitado a centrarse en su trabajo y a realizar compras por internet. Su adicción a las compras por internet se inició de forma inocente. Una noche en que no podía conciliar el sueño entró en la superautopista de la información para que su mente dejara de dar vueltas. Luego se dio cuenta de que cada vez que encontraba una ganga y pulsaba en el botón de «comprar», experimentaba una especie de euforia. El problema es que después ya no pudo parar. En vez de salir y conocer gente, prefería quedarse en casa con su centro comercial en pantalla. Lo que la indujo a buscar ayuda no fue la soledad sino los problemas de dinero.
Se trataba de un caso complicado para el que no cabía una solución simple, pero era importante buscar la manera de que Jane se alejara del ordenador y encontrara otras formas de tranquilizarse. Cuando le pregunté cuál era su lugar favorito en la naturaleza, me contestó: «La playa. Me encanta el agua».Así que le di dos consejos: 1) durante 10 minutos al día tenía que realizar visualizaciones guiadas en entornos cerca del agua, en el mar o la playa, especialmente por la noche, que era cuando más le costaba estar tranquila; 2) ir efectivamente a la playa o el mar.
Al cabo de un mes, Janet empezó a sentirse más fuerte, lo que le sirvió de motivación para seguir por ese camino. Pero también se dio cuenta de que para recuperarse completamente necesitaba ayuda, y se unió a un grupo de soporte donde supuso que haría amigos que, en parte, la ayudarían a aliviar su soledad.
En una Encuesta mundial Gallup realizada en 151 países, los estadounidenses se describieron a sí mismos como personas tristes (68 países presentaron un menor nivel de tristeza) y enfadadas (74 países presentaron un menor nivel de ira percibida). Si combinamos estos dos factores con la epidemia del estrés, con el mayor índice de enfermedades relacionadas con la salud mental y con el gran número de personas que se sitúan justo por debajo del límite de la depresión, es evidente que la sociedad norteamericana no rebosa felicidad. De hecho, las investigaciones indican que menos del 20% de la población podría afirmar que se siente feliz.
En efecto, en vez de considerarse felices, la percepción de estrés entre los adultos sanos es más elevada que nunca, lo que debiera ser motivo de gran preocupación, ya que el estrés es un inductor de mala salud física y mental. Los norteamericanos afirman tener un elevado nivel de estrés y depresión: el 44% indica que tiene más estrés ahora que hace cinco años. Año tras año, la Asociación de Salud Mental de Canadá informa de un mayor estrés entre la población canadiense. Y los norteamericanos son un pueblo especialmente estresado, ya que ocupan el quinto puesto entre 151 países.
La posibilidad de padecer un trastorno mental es mucho más alta hoy que hace tan solo unas décadas. La evaluación de algunos test de personalidad que se utilizan en Estados Unidos desde 1938 indica que, en 2007, se había quintuplicado el número de estudiantes que presentaban una puntuación al límite de la psicopatología. Uno de cada dos norteamericanos puede llegar a reunir en algún momento los indicadores potenciales para padecer un trastorno de salud mental; la depresión es especialmente galopante. Pensemos que un adulto joven que viva actualmente en Norteamérica tiene una posibilidad entre cuatro de sufrir depresión, en comparación con lo que sucedía hace dos generaciones, cuando había una posibilidad entre diez.
Los trastornos mentales diagnosticables, especialmente la ansiedad y la depresión, tienen lugar, en general, en una línea continua. En un extremo está el adulto feliz y satisfecho, que mayoritariamente tiene pensamientos y emociones positivas. No es un individuo inmune a los pensamientos negativos y estresantes —nadie lo es—, pero la balanza se inclina preferentemente hacia las emociones positivas. Al otro extremo está la persona que sufre ansiedad y depresión, posee pensamientos negativos y es especialmente sensible a las causas del estrés. En realidad, cada vez hay más personas que se sitúan al límite del diagnóstico de depresión o ansiedad. Aproximadamente el 30% de los usuarios de centros de asistencia primaria forman parte de este grupo, independientemente del motivo principal que les lleva a visitar al médico. Hallarse en este punto de la línea continua no es conveniente, ya que conlleva una peor calidad de vida y afecta a la actitud mental.
En el mismo momento en que escribimos estas páginas, enormes camiones de 18 ruedas transportan fármacos psicotrópicos por las autopistas interestatales estadounidenses y las autovías provinciales canadienses con el objetivo de ayudar a los norteamericanos a enfrentarse a las consecuencias de la vida moderna: 12 toneladas anuales de los cuatro principales ansiolíticos, 38 toneladas del fármaco más popular para el TDAH, 7 toneladas de somníferos y 150 toneladas de antidepresivos. En 2009 los médicos norteamericanos extendieron 400 millones de recetas de psicótropos, cuatro veces más que hace dos décadas, y suficientes para prescribir una fórmula magistral a todo hombre, mujer y niño de Estados Unidos y Canadá. El uso de estos fármacos y los diagnósticos de enfermedad mental ha llegado a su máximo histórico.
Disminución cognitiva
A lo largo del siglo XX se produjo un incremento continuado —de tres a cinco puntos cada década— en el coeficiente de inteligencia (CI) de los países desarrollados. Este efecto, llamado efecto Flynn (por James Flynn, el primer investigador que lo detectó), fue atribuido a varios factores, como la mejora de la alimentación, la educación, la sanidad y ciertos factores sociales. Los factores que no han tenido nada que ver son, entre otros, los llamados juegos de entrenamiento mental, los videojuegos, las aplicaciones para teléfono inteligente y otras dudosas maquinitas digitales. Se dispararon todas las alarmas cuando los investigadores detectaron un estancamiento del CI y, aún peor, la inversión del efecto Flynn. Amplios estudios de distintos países informaron del descenso del CI a partir de los años noventa (en consonancia con el inicio de la obsesión por lo digital), de modo que entre 1998 y 2004 se había borrado de un plumazo una década de aumentos continuados. Incluso el propio doctor Flynn informó de esta regresión: su estudio de 2009 indica que los adolescentes británicos habían experimentado un descenso del CI desde su punto álgido en los años ochenta. El acto de enviar mensajes de texto y comprobar e-mails supone un descenso de diez puntos. Aunque sean temporales, las interrupciones de este tipo también minan la creatividad y nos llevan a un callejón sin salida. Por ejemplo, una única pausa para enviar o recibir un e-mail cuesta al trabajador una interrupción media de 24 minutos en la tarea que está realizando. Y en el transcurso de un período de estudio de 40 minutos, un simple intercambio de mensajes de texto (de menos de tres minutos de duración) disminuye la memorización de palabras a la mitad. Vivimos en una época de distracción: los índices de TDAH en niños y adultos se salen de las tablas.
Aunque en un momento dado pensamos que los avances tecnológicos nos harían más inteligentes, las pruebas demuestran todo lo contrario. Consideremos que:
•Sin llegar a reconocer formalmente que la serie no logró crear ningún genio, la compañía Disney ha ofrecido el reembolso íntegro a cualquier persona que hubiera adquirido el DVD Baby Einstein entre 2004 y 2009.
•Los investigadores han demostrado que cuando los padres dan una consola, unos mandos y videojuegos aptos para todos los públicos a escolares de 6 a 9 años, su rendimiento académico baja en picado.
•El psicólogo cognitivo Alain Lieury ha demostrado que los videojuegos de estimulación mental producen, en realidad, un descenso en los test de memorización.
•Una investigación realizada en casi doscientos adultos ha demostrado que enseñar a personas mayores a utilizar el ordenador y a navegar por internet no mejora ningún aspecto de su funcionamiento cognitivo.
Descenso de la empatía
La era digital tenía que acercarnos a la superautopista de la información y ser el medio para crear una mayor conectividad: más amigos en más lugares. Ha cumplido esta promesa, aunque quizá no lo ha hecho como se esperaba. Los pioneros no previeron la sobrecarga de información y la manera en que la información de escaso valor puede soterrar la información de calidad. Se suponía que las redes sociales iban a ayudarnos a establecer relaciones entre nosotros. Sin embargo, a pesar de las grandes posibilidades de conexión mediante una gran cantidad de artilugios, no parece que la conectividad se haya traducido en un mundo más bondadoso y solidario, por lo menos en Norteamérica. Los niveles de preocupación empática —la capacidad para mostrar una respuesta emocional ante la desgracia del prójimo— han caído un 49% desde 1980. El hecho de mirar las cosas con perspectiva, es decir, la comprensión intelectual de las circunstancias situacionales e individuales de los demás, ha disminuido un 34%.
Los usuarios frecuentes de internet tienen un menor nivel de inteligencia emocional, que es un indicador de cómo cada uno utiliza sus emociones para resolver problemas. La inteligencia emocional se basa en la capacidad para usar señales verbales y no verbales para monitorizar el estado emocional de los demás. Esto refuerza la cooperación y la comprensión en entornos laborales y sociales, y a la larga supone una mayor resilencia al estrés y una ventaja para establecer interacciones en el mundo real. En consonancia con una menor inteligencia emocional, los estudios electrofisiológicos de la actividad cerebral han determinado que los usuarios frecuentes de internet presentan alteraciones en la forma de percibir y procesar el rostro humano. En las interacciones humanas, la empatía se basa a menudo en la percepción de incluso los más pequeños signos faciales que indican dolor y preocupación.
La investigación no deja lugar a dudas: cuando no prestamos atención a importantes indicadores sociales por culpa de la sobrecarga ambiental, existe, en definitiva, una menor probabilidad de empatía y preocupación social. La sobrecarga ambiental puede eliminar por completo la percepción consciente de que alguien necesita nuestra ayuda. La fatiga cognitiva debilita la capacidad de interpretar los sutiles signos de la necesidad, y las exigencias de los demás pueden quedar completamente relegadas si ponen en peligro la finalización de cualquier multitarea. Nuestra obsesión por la tecnología y nuestra incapacidad para apartarnos de la pantalla suele ir en detrimento de los que nos rodean. Por ejemplo, alguien que consulta continuamente su teléfono móvil (enviando o leyendo mensajes por una transitada calle de la ciudad) no tiene la misma capacidad de preocuparse o interesarse por los que pasan a su lado. Esto da como resultado una menor percepción del entorno y puede provocar el enfado del resto de los peatones. Hay un buen número de ejemplos científicos de ello, y tanto da si el entorno es una localidad relativamente pequeña o una gran área metropolitana: una acumulación de inputs medioambientales en el cerebro disminuye el comportamiento altruista.
Las distracciones y la sobrecarga de información en entornos laborales disminuyen la probabilidad de hacer favores a los demás. La sobrecarga ambiental favorece la impulsividad y da como resultado menos tiempo dedicado a la contemplación, la interpretación y la reserva de juicio. De hecho, una gran sobrecarga ambiental incrementa la insensibilidad y los juicios rápidos de los demás. Los juicios realizados en presencia de sobrecarga ambiental se consideran dotados de mayor convicción (certeza) y, sin embargo, también es más probable que estén basados en generalizaciones e información inadecuada. La inmersión en la naturaleza, como veremos, es lo contrario. Restablece el funcionamiento del cerebro, salvaguarda el estrés de la sobrecarga ambiental, ofrece oportunidades para la contemplación y nos hace más altruistas.
Junto al notable descenso en la preocupación por la infelicidad del prójimo, se ha producido un incremento equivalente en los resultados relativos al ensimismamiento y el narcisismo. Estudios recientes han documentado un aumento significativo del narcisismo entre adultos jóvenes. En 2009 un 89% más de estudiantes respondieron casi todas las preguntas de personalidad de forma narcisista, en comparación con los test realizados en 1994. Curiosamente, los participantes que obtuvieron una mayor puntuación narcisista en los test de personalidad son los que entraban en Facebook con mayor frecuencia, tenían más contactos en las redes sociales y pasaban más tiempo en cada visita.
Cualquier transformación de la empatía en narcisismo tiene enormes consecuencias para la sociedad y para el medio ambiente. La empatía es un ingrediente esencial para el comportamiento y la justicia social, mientras que los costes derivados del narcisismo —explotación, manipulación, agresión, relaciones superficiales y pérdida de intimidad emocional— recaen en sus víctimas. El narcisismo también se asocia a correr riesgos indebidos y a la impulsividad, sin tener en cuenta las consecuencias posteriores. Los estudios sugieren que el narcisismo colectivo relega los objetivos éticos y dilapida los recursos, además de fomentar una política según la cual el afán de lucro es lo primero. En un estudio realizado por un equipo de psicólogos dirigidos por W. Keith Campbell, las personas narcisistas tenían más posibilidades de cortar los árboles de un hipotético bosque con intenciones lucrativas, obviando así los beneficios y la sostenibilidad a largo plazo. Los narcisistas no son amantes de la naturaleza.
Longevidad y salud
Obviamente, la tecnología médica ha tenido una influencia muy positiva en el alargamiento de la vida, especialmente en la mortalidad infantil y prenatal, así como en períodos posteriores. Sin embargo, no podemos confundir la tecnología y los avances médicos con los artilugios y las pantallas que tenemos actualmente a nuestro alcance, los aparatos que se engloban bajo el término de «tecnológicos». Cuando estamos estresados y despistados, muchas veces nos sentamos frente a la pantalla con la esperanza de encontrar una solución a nuestro problema. Pero la pantalla magnética quizá solo sirve para incrementar nuestro riesgo de morir. El crítico cultural Neil Postman así lo afirma en el título de su clásico libro Divertirse hasta morir (Ediciones de la Tempestad, 2001). Y en la actualidad, unos treinta años más tarde, las investigaciones han demostrado que la pantalla, con su ilimitada capacidad para proporcionar trivialidades, distracciones superficiales y entretenimiento, contribuye a la mortalidad temprana. En efecto, Postman estaba en lo cierto.
En un estudio de 2011 realizado en más de 4500 adultos a lo largo de varios años, el tiempo total de pantalla se asoció a un mayor riesgo de muerte. Y no era un riesgo menor, ya que aumentaba en un 52% en comparación con las personas que pasaban menos tiempo frente a cualquier artilugio dotado de pantalla. Sorprendentemente, el hecho de hacer deporte no se consideró un factor determinante. Entre los que pasaban más tiempo frente a la pantalla, el hecho de realizar alguna actividad física reducía el riesgo de morir por cualquier causa en tan solo un 4 por ciento (¡con un 48% más de riesgo de morir!). Investigadores australianos han establecido que el tiempo que una persona dedica a ver la televisión a lo largo de su vida es, en sí mismo, un factor que reduce la esperanza de vida, un riesgo de mortalidad comparable a la obesidad y a la inactividad física. Cabe destacar que cuando se colocan sistemas que restringen el acceso a ordenadores y televisores (lo que ahorra unas dos horas de tiempo de pantalla al día), el resultado es una reducción del índice de masa corporal y de la ingesta de calorías en niños con obesidad.
Miedo a la libertad de movimientos
Varios estudios científicos demuestran que el miedo de los padres es uno de los principales motivos por los que los niños pasan más tiempo jugando en casa y frente a la pantalla. Cuando el bombardeo de noticias que les llegan a través de la televisión, el ordenador o el teléfono inteligente, con su dieta estable de crímenes y tragedias, se infiltra en su corteza visual, los padres perciben el mundo como un lugar aterrador. En consecuencia, parece que lo más seguro es quedarse en casa. La neoyorquina Lenore Skenazy, autora del best-seller Free-Range Kids, ha iniciado una campaña contra esta desproporcionada percepción del riesgo de que los niños estén fuera de casa, magnificada por los medios de comunicación. Por desgracia, una vida de reclusión ante la pantalla no es en absoluto sana, porque facilita la depresión, la ansiedad y el riesgo de trastornos psicológicos en etapas posteriores.
La excesiva estimulación genera fatiga de forma inmediata, por lo que ejerce presión en el cerebro y reduce indirectamente la cantidad y la calidad del sueño. Las ventas de bebidas energéticas con cafeína, un negocio de 9000 millones de dólares en Estados Unidos, deberían bastar para comprender que no nos sobra energía. El consumo de cafeína entre adolescentes se ha duplicado desde 1989. Para conocer estadísticas más concretas podemos recurrir al último gran estudio sobre el estrés en Norteamérica: el 41% de los adultos norteamericanos se sienten cansados. El agotamiento es un problema de enormes proporciones, y las bebidas energéticas son solo un remedio temporal.
PROGRAMADOS PARA ESTAR INFORMADOS
¿Por qué no podemos evitar el exceso de información y usarla con moderación, aun siendo conscientes de que nos afecta mental y físicamente? En realidad es muy simple: a un nivel superficial, la captación de información sienta muy bien, y la culpa de ello la tiene la dopamina. Resulta que estamos programados para anhelar la información… en mayúsculas. Para asegurar nuestra supervivencia, el cerebro libera dopamina en sus circuitos a fin de recompensarnos por encontrar elementos esenciales, como comida y agua. Nuevos estudios demuestran que el cerebro también usa dopamina para premiar la búsqueda de información. Parece lógico; al fin y al cabo, la información puede salvar vidas. Sin embargo, hay un lado oscuro en el sistema de recompensa de la dopamina en el cerebro: puede saturar otros circuitos de control y aumentar la importancia de un tipo de recompensa a expensas de otra. Los alimentos muy calóricos, el alcohol y las drogas adictivas son ejemplos de las clases de recompensa que pueden cobrar mayor importancia e invadir los sistemas de control del cerebro. Necesitamos comida para subsistir, pero la excesiva cantidad de calorías que proporciona el hecho de tomar productos azucarados puede ser muy perjudicial si se ven superados los controles del equilibrio.
La información, independientemente de su calidad, parece hoy una clase de alimento delicioso por su capacidad para activar las neuronas de recompensa de la dopamina. Una vez se pone en marcha este sistema, se refuerza a su vez la búsqueda de información. En un mar de información instantánea y datos triviales, las recompensas son numerosas y están preparadas para activar el sistema de gratificación del cerebro. Esto explica por qué cuesta tanto apartar los ojos de la pantalla y hacer una pausa. Es bastante simple: un mensaje entrante o un e-mail por abrir es como un pequeño regalo envuelto con un lazo; lleva nuestro nombre y podría proporcionarnos información valiosa. Y las últimas noticias sobre las actividades extracurriculares de un atleta profesional o la boda de una estrella de Hollywood son como un pequeño bol de delicioso helado con chocolate caliente… y por eso lo leemos. Sin embargo, nunca hay solamente un e-mail, un mensaje o un artículo para leer; hay centenares de ellos cada día. La época en que los vídeos virales animaban la red ha desaparecido; ahora hay miles de vídeos de este tipo cada día. No encontramos solo el escándalo de una estrella en concreto, sino el de centenares, y hay miles de blogs que informan de ellos, cada uno con numerosos comentarios de lectores para que los leamos.
Esta comunidad global que nosotros mismos hemos creado ofrece demasiados regalitos envueltos con un lazo. Estamos saturados de información e intentamos con todas nuestras fuerzas separar la información que tiene cierta importancia de la que es el equivalente de la comida basura. La información tipo comida rápida solo ofrece un bienestar temporal en forma de bombeo de dopamina en los centros de recompensa del cerebro. Thoreau no conocía el poderoso efecto de la dopamina, pero sabía que la gente se siente atraída por la información de calidad dudosa. En Walden escribe: «Tenemos mucha prisa por construir un telégrafo magnético de Maine a Texas; pero quizá Maine y Texas no tienen nada importante que decirse […], estamos impacientes por abrir un túnel bajo el Atlántico y que el Viejo Mundo esté unas semanas más cerca del Nuevo; pero quizá la primera noticia que irrumpirá en el gran oído americano será que la princesa Adelaida tiene la tos ferina».
Aunque no existe aún un diagnóstico oficial, «adicción a internet» y «adicción a los aparatos digitales» son expresiones cada vez más utilizadas por la comunidad médica. Actualmente, el 42% de los norteamericanos tiene claro que no «podría vivir sin teléfono móvil», y más de la mitad de los adultos afirma que tanto ellos como sus hijos pasan demasiado tiempo conectados a internet. Aunque las estimaciones varían, parece que un 10% de la población es declaradamente adicta a internet. La razón más obvia para no poder desconectar y apagar un aparato es el temor a perderse algo. En realidad, ya nos estamos perdiendo algo: dormir, relacionarnos cara a cara, dedicar un tiempo a la contemplación, hacer ejercicio y estar en contacto con la naturaleza, por poner solo algunos ejemplos. Pero por lo menos ahora tenemos un culpable creíble a quien atribuir nuestra adicción: «¡La dopamina me obliga a hacerlo!».
PROBLEMAS COTIDIANOS Y FISIOLOGÍA DEL ESTRÉS
Si me preguntaran cuál es el factor más importante para la longevidad, diría que es evitar las preocupaciones, el estrés y la tensión. Y si no me lo preguntaran, diría lo mismo.
George F. Burns
Expediente de la doctora Selhub
Fred acudió a mi consulta buscando ayuda para gestionar el estrés. No fue idea suya sino de su mujer. Le había amenazado con divorciarse de él si no buscaba ayuda. Durante la primera visita de una hora, Fred comprobó sus mensajes entrantes unas cinco veces y respondió dos de las cuatro llamadas que recibió en su teléfono, después de decirme: «No le importa, ¿verdad? Es importante».
Por lo que pude deducir de su relato, Fred, que tenía un trabajo «importante», pasaba 12 horas al día trabajando, inclusive en el trayecto diario de una hora para ir de casa a la oficina y viceversa, lo que le dejaba muy poco tiempo para hacer ejercicio, cuidarse o no hacer nada.
Le pregunté: «¿Qué piensa que habría hecho en esta consulta hace veinte años cuando no existían ni teléfonos inteligentes ni e-mails?». Se quedó pensativo durante un minuto antes de responder: «Probablemente, prestar atención y aprender a relajarme».
Luego le expliqué las consecuencias de un sistema de respuesta al estrés excesivamente activo, que no tiene posibilidades de detenerse para hacer una pausa, descansar o relajarse: depresión y ansiedad, enfermedades cardíacas e hipertensión, trastornos inflamatorios, problemas musculoesqueléticos, pérdida de memoria, problemas inmunes (mayor susceptibilidad a las infecciones)… «¿Sigo?», le pregunté.
Se ha escrito mucho sobre la influencia del estrés en la salud. Al principio, la investigación se centró en la conexión entre los principales factores de estrés —cambios de vida importantes, grandes pérdidas y traumas— y los efectos negativos sobre la salud física y mental. Recientemente, los investigadores han examinado detalladamente las propiedades erosivas del estrés crónico de baja intensidad. Como las olas que desgastan lentamente la línea de la costa, el flujo constante de pequeños factores estresantes puede cobrarse un importante peaje en la salud y el bienestar. El tráfico, el ruido, las broncas en casa o en el trabajo, los altercados con los vecinos, el contacto con hechos incívicos y las trifulcas con los departamentos de atención al consumidor son solo algunos ejemplos de lo que los psicólogos denominan «problemas cotidianos». Estos conflictos se definen técnicamente como «hechos, pensamientos o situaciones que generan sentimientos negativos como aburrimiento, agitación, ansiedad, frustración, preocupación o una sensación general de irritación», y suelen percibirse como impedimentos para llegar al objetivo deseado. Teniendo en cuenta esta definición, es fácil entender que la era digital ha añadido una nueva dimensión al problema: una persona que nos impide el paso porque está consultando sus mensajes de móvil en la calle puede hacernos llegar tarde a una reunión, o alguien que habla por el móvil a nuestro lado puede distraernos mientras intentamos acabar un informe. Este tipo de intrusión, como otras intromisiones modernas, da cuenta de una media de cincuenta breves episodios de estrés cada día en los adultos norteamericanos.
Estos problemas cotidianos no son en absoluto inocuos. Están empezando a considerarse mejores predictores del inicio y la recurrencia de la depresión que los factores de estrés de carácter vital. La respuesta emocional a un conflicto de este tipo desencadena una cascada fisiológica de estrés, incluyendo un aumento de la producción de cortisol. Los adultos sanos con estrés laboral presentan altos niveles de cortisol, igual que los adultos que sufren ansiedad y depresión. En general, los trabajadores que tienen demasiados compromisos laborales y problemas de tiempo para cumplir sus exigencias laborales, y que posponen sus momentos de ocio debido al exceso de trabajo, presentan niveles significativamente más altos de cortisol que sus colegas no estresados. También se ha observado la asociación entre ira y un alto nivel de cortisol entre empleados. Aunque el cortisol posee ciertas ventajas para la salud a corto plazo durante una crisis legítima (por ejemplo, para el sistema inmune), los aumentos a largo plazo debidos a la excesiva carga ambiental resultan altamente destructivos. En concreto, los incrementos crónicos de cortisol se asocian a un ciclo de inflamación y estrés oxidativo de baja intensidad que puede dañar las células. El tándem nocivo de inflamación crónica y estrés oxidativo se ha asociado prácticamente a cualquier enfermedad crónica, del acné a la ulcera. Y lo que es peor, el aumento de cortisol, la inflamación y el estrés oxidativo, que hasta hace poco se pensaba que eran una mera consecuencia de la ansiedad y la depresión, parece que desempeñan un papel causal para amplificar los trastornos del estado de ánimo. Toda esta cascada de emociones puede atacar directamente las células nerviosas y disminuir la disponibilidad de los neurotransmisores que regulan el humor.
El estrés activa una cascada de substancias químicas nocivas para la salud que pueden cambiar completamente nuestra forma de ver las cosas. El cortisol, administrado a adultos sanos, disminuye el nivel normal de estimulación cerebral al contemplar la imagen de un rostro alegre. Cuando se induce un estado depresivo en adultos sanos, el mundo resulta un lugar más problemático, tanto en lo físico (la percepción de dolor se amplifica) como en lo emocional. Cuando, en un entorno experimental se eleva deliberadamente el contenido de substancias inflamatorias en adultos sanos, se producen cambios en la actitud mental, como una mayor sensación de ansiedad, pensamientos depresivos y embotamiento cognitivo.
Por otro lado, los problemas cotidianos nos distancian de un estilo de vida saludable. Por ejemplo, se asocian a un mayor consumo de tentempiés calóricos y azucarados y a un incremento simultáneo de la posibilidad de saltarse las comidas y evitar la ingesta de verduras. Baste decir que bajo la influencia de este tipo de conflictos no solemos ir a comprar brócoli o acelgas. También se ha observado que los que informan de una mayor incidencia de problemas cotidianos suelen realizar menos actividad física. Esto se refleja en un reciente estudio sobre el estrés («Stress in America»), en el que un 40% de los encuestados afirmaron que se enfrentaban al estrés encendiendo la televisión, y un 35% que encendían otra pantalla (ordenador, videojuego) para sentirse bien. Este hallazgo no debería sorprendernos porque cuando estamos estresados necesitamos más que nunca el chute de dopamina. Sofisticados estudios de diagnóstico por la imagen han demostrado que el estrés puede causar cambios en la actividad cerebral que amplifican el deseo voraz de recuperar el objeto de nuestro deseo.
Lo que realmente necesita el cerebro ante los problemas cotidianos es una descarga de emociones positivas. Del mismo modo que los conflictos cotidianos pueden desencadenar una cascada de estrés, las alegrías diarias pueden interrumpirlo. El aumento de experiencias felices y edificantes se asocia de forma independiente a una reducción de la inflamación. «Independiente» es la palabra clave: significa que podemos lograr que las emociones positivas funcionen incluso ante los conflictos cotidianos. Dicho de otro modo, la inducción de emociones positivas puede debilitar este tipo de problemas. En efecto, los investigadores han demostrado que cuando se trata de confrontaciones directas, la ausencia de emociones positivas (en comparación con la presencia de emociones negativas) es lo que mejor predice la mala salud e incluso la mortalidad.
Nuestros pájaros de mal agüero
Una vez caí en un pozo en el que se había depositado metano y casi perdí la vida. Cuanto más me adentraba en el invisible veneno, menos encontraba la manera de salir de él. Esto es lo que les ocurre a los que se afanan, pierden el tiempo o se disipan en ciudades abarrotadas, en los sumideros del comercio o del placer.
John Muir
La era de la pantalla es relativamente nueva y el impacto a largo plazo de la excesiva exposición a la información solo ha sido documentado en los últimos tiempos. Están empezando a realizarse estudios sobre los individuos que se hallan inmersos en la cultura de la pantalla —cuya vida en internet es un mal augurio de lo que le espera a la sociedad en su conjunto—, y los resultados no presagian nada bueno ni para ellos, ni para nadie. Estos estudios han examinado lo que ocurre cuando jóvenes y adultos física y mentalmente sanos registran el tiempo que pasan en pantalla y se les hace un seguimiento durante un tiempo. En una investigación de seguimiento realizada durante un período de dos a siete años, el consumo de televisión, videojuegos y ordenador al inicio del estudio se asoció a un mayor riesgo de experimentar depresión, ansiedad (especialmente fobia social), dificultades psicológicas y menos horas de sueño.
Si en un estudio de siete años de duración, realizado en un grupo de 4100 adolescentes sanos, el consumo de pantalla predice depresión al entrar en la madurez, seguramente deberíamos replantearnos de nuevo lo que está ocurriendo. La investigación demuestra sin lugar a dudas que la exposición a videojuegos violentos predice un incremento de la agresividad y una menor empatía. Ahora que sabemos que la inmersión en cualquier tipo de videojuego predice ansiedad y depresión, ha llegado el momento de sentarnos y abordar el problema.
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