Read the book: «La ciudad latinoamericana»

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Portada

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Prólogo. Hoja de ruta

Advertencia para los lectores

Apertura: El ciclo de la ciudad latinoamericana

La producción de la ciudad latinoamericana

Rutas panamericanas: vías para pensar (una vez más) las relaciones con los Estados Unidos

Parte I: Por el camino de la etnografía. La aldea, del campo a la ciudad

1. Transiciones: la polémica Redfield/Lewis | Chicago - México (Tepoztlán - Mérida - DF)

Un modelo del cambio social

El antropólogo como documentalista

El rol de los aldeanos en la cultura urbana

2. 1959: un estado del debate en América Latina | Lima - Río de Janeiro - Buenos Aires

Lima: los serranos invaden la ciudad

Río de Janeiro: favela y populismo urbano

Buenos Aires: el continuo acortado

Un continuo sudamericano

3. Dos ideas de comunidad en el debate sobre la vivienda | San Juan de Puerto Rico - Bogotá

Grandes conjuntos habitacionales, Estado y modernidad: un modelo latinoamericano

Otras modernidades, otras comunidades: el modelo panamericano del self-help

El Cinva: la autoconstrucción como misión

La trama panamericana de expertos

4. Interregno (semi)rural: el Cinva y la “acción comunal”| Colombia

El viaje del self-help de Puerto Rico a Colombia: un cambio conceptual

Interdisciplina y compromiso: la “investigación-acción” en el Cinva

5. De vuelta en la ciudad: el self-help se radicaliza, la barriada se urbaniza | Lima - Río de Janeiro - Santiago de Chile

Freedom to build: autoconstrucción y autodeterminación en Lima

De Lima a Río de Janeiro: el mito de la ruralidad urbana

El camino de Santiago

Coda: tres posiciones y dos reinterpretaciones

Parte II: Bajo el signo de la planificación. Recorridos latinoamericanos del planning

6. Un jardín de senderos que se bifurcan

Dos tradiciones

Interferencias, cruces, contaminaciones: tres casos

7. Las formas del regionalismo | Cuencas hidrográficas: Tennessee (USA) - Tepaltepec (México) - Dulce-Salado (Argentina) - Paraná-Uruguay (Brasil)

“Descubrimientos del interior”: regionalismos al norte y al sur

Los ríos profundos

Cuenca Paraná-Uruguay: una región muy particular

8. El “concepto Puerto Rico”. De la planificación integral al polo de desarrollo | Puerto Rico - Venezuela (Ciudad Guayana)

La planificación toma el mando

Ciudad Guayana: polo y frontera de la planificación desarrollista

9. Desvío por la arquitectura | Brasilia

Una ciudad política

El huevo de Colón

10. Regresos desde el Sur. Avatares de la trama institucional en tiempos rugientes | Santiago de Chile - Buenos Aires - La Habana

Chile como laboratorio

Cuba como argumento

Coda: cambio de época

Cierre: Compañeros de ruta. La historia y la crítica cultural ante los dilemas de la ciudad latinoamericana

La ciudad latinoamericana como proceso de urbanización

Cultura urbana latinoamericana

Bibliografía

Índice de nombres

Adrián Gorelik

LA CIUDAD LATINOAMERICANA

Una figura de la imaginación social del siglo XX


Gorelik, Adrián

La ciudad latinoamericana / Adrián Gorelik.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2022.

Libro digital, EPUB.- (Hacer Historia)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-150-9

1. Cultura Urbana. I. Título.

CDD 307.7609

© 2022, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de portada: Ariana Jenik

Imagen de portada: Facundo de Zuviría, Vista de Buenos Aires hacia el sur, c. 2010

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: abril de 2022

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-150-9

Prólogo

Hoja de ruta

Este libro trata sobre un fenómeno fulgurante que ocurrió en América Latina entre las décadas de 1940 y 1970, cuando la intensidad social, política y cultural de la transformación urbana interesó a lo más experimental de las ciencias sociales, que también se estaban reinventando en ese proceso. Se sabe que la ciudad contiene las más diversas dimensiones de la vida social, les da forma y les sirve de soporte y metáfora al mismo tiempo. Así ha sido a lo largo de toda la historia, pero ello no significa que la ciudad ocupe siempre un puesto de tal relevancia en la reflexión sobre la sociedad: solo en contadas coyunturas todo parece volverse “urbano”, desde los temas de la teoría política a los de la psicología social. Una de esas coyunturas fortuitas se produjo en el período que tomamos aquí, cuando la ciudad se volvió indistinguible de las nociones de modernización y desarrollo, y las tres juntas ocuparon una parte decisiva de la conversación pública, de los programas políticos e intelectuales y de los temarios estatales. El resultado fue la creación de la ciudad latinoamericana como una figura de la imaginación social. Porque la ciudad latinoamericana de la que se habla en este libro no tiene una existencia material; no es –digamos– una “ciudad real”, sino un artefacto de la inteligencia, que organizó en torno de la cuestión urbana una serie de representaciones sobre el pasado y el presente de América Latina, y muy especialmente, sobre los rumbos necesarios para su transformación.

Se trató de una figura muy potente, que activó no solo el pensamiento social latinoamericano, sino que atrajo la atención de los centros intelectuales más diversos, en particular los de los Estados Unidos, de donde provenían instrumentos analíticos novedosos para abordarla y buena parte de los modelos institucionales, así como de los recursos económicos que permitían hacerlo. La ciudad latinoamericana tenía, por cierto, especiales atractivos para generar tal interés, ya que permitía asomarse a varios mundos que parecían remitir, a la vez, a diversas eras históricas: su transformación explosiva coincidía con la experiencia de muchas ciudades del Tercer Mundo, en regiones que comenzaban su urbanización con migraciones multitudinarias del campo a la ciudad, similares a las que ocurrían en nuestro continente; pero a diferencia de la mayoría de las ciudades asiáticas o africanas, esa transformación tenía por detrás siglos de plan urbano, ya que aquí la ciudad fue, desde el siglo XVI, un experimento de avanzada del pensamiento europeo que moldeó el continente y fue moldeado por él.

La propuesta general del libro, entonces, es una historia intelectual del pensamiento sobre la ciudad que permita recuperar, a través del prisma urbano, el fulgor de esas décadas de mediados del siglo XX, el período en el que quizás con mayor perseverancia llegó a formularse la idea de Latinoamérica como proyecto, sea en versión desarrollista o revolucionaria. La apuesta es que, al colocar a la ciudad en el centro de la dinámica intelectual de esas décadas como la cifra perdida que estructuró programas culturales, políticos y también académicos, se consiga dar una nueva inteligibilidad al período de conjunto.

Para hacerlo, el libro se organiza en cuatro secciones: una apertura y un cierre, y dos partes centrales. En la Apertura se ofrece un cuadro general del ciclo de la ciudad latinoamericana, con foco en dos cuestiones: el modo en que el pensamiento sobre la ciudad se fue tramando con las más variadas dimensiones del debate político-intelectual y de las ciencias sociales en todo el continente (temas, protagonistas, instituciones), y el rol que jugaron las relaciones con los Estados Unidos para definir tanto el modo de interrogación de la ciudad cuanto su magnitud política, en momentos en que la Guerra Fría redefinía ambos, el campo académico-intelectual y el político. Y si puede calificarse como “ciclo” es porque aquellos temas, protagonistas e instituciones que producen la ciudad latinoamericana describen juntos durante esas décadas el pasaje a través de un arco completo de posiciones: desde el desarrollismo al dependentismo, desde el optimismo modernizador a su inversión radical, la exigencia revolucionaria que, si bien no fue menos optimista, reservaba un lugar opuesto para la ciudad en su modelo de transformación social.

En la Parte I, “Por el camino de la etnografía”, se reconstruyen los debates sobre las migraciones del campo a la ciudad y sus manifestaciones propiamente urbanas: la proliferación de villas miseria, favelas, barriadas, y todas las formas de la marginalidad, un término que en sí mismo iba a ser objeto de grandes controversias a lo largo del ciclo. Sabemos que las relaciones campo/ciudad han sido decisivas en toda la historia latinoamericana, pero quizás nunca recibieron tanta atención ni fueron objeto de tanta especulación teórica o vehículo para tantos experimentos como a lo largo de este ciclo. Se trata de debates etnográficos y sociohabitacionales que proveyeron a la ciudad latinoamericana de su definición más característica, ya que lidiaron con un fenómeno que en muy pocas décadas llegó a invertir los patrones demográficos de América Latina convirtiéndolo en un “continente urbano”, tan marcado por la precariedad y la desigualdad como antes, cuando era un “continente rural”, aunque en la ciudad esas características ganaron una visibilidad que las puso en el tope de la preocupación pública. Los capítulos de esta parte siguen los debates desde sus comienzos en Chicago y en México, revisan sus cristalizaciones institucionales en Puerto Rico y Colombia, y las experiencias que se realizaron en esa senda en Lima, Río de Janeiro y Santiago de Chile, donde el tema alcanzó una envergadura sociopolítica que trastocó todo lo que se venía pensando al respecto.

En la Parte II, “Bajo el signo de la planificación”, se analiza el surgimiento de un campo académico-intelectual específico para estudiar la ciudad e intervenir en ella, el de la planificación urbana y regional, que fue creando una urdimbre institucional con la aspiración de cubrir todo el continente. Pero, sobre todo, se busca entender la marca profunda que el verbo planificar, con su tensión hacia la praxis, dejó sobre el conjunto de la investigación social: basta verificar la presencia de los temas urbanos y regionales en los programas de las instituciones latinoamericanas de ciencias sociales desde su propia creación –esa proliferación de centros de estudios en cuyos nombres no suelen faltar las palabras “desarrollo” o “planeamiento”–, insertas en redes académicas internacionales, pero a las que aquella tensión a la praxis llevó también a vincularse, de modos crecientemente complejos, con los procesos de transformación locales y las demandas de los Estados nacionales, que habían adoptado la noción de planificación como un pasaporte voluntarista a la modernización social. En este caso, el curso que siguen los capítulos arranca en la experiencia de planificación regionalista del Valle del Tennessee y los planes de cuenca que se derivaron de ella en México, Argentina y Brasil; se detiene en la fase de la planificación desarrollista en Puerto Rico y Venezuela (Ciudad Guayana); acompaña el “desvío arquitectónico” que produce Brasilia, y finaliza con la consolidación institucional de la red de pensamiento urbano con doble foco en Santiago de Chile y Buenos Aires, analizando muy especialmente el rol que tuvo en esa consolidación la experiencia de la Cuba revolucionaria.

Finalmente, en el cierre “Compañeros de ruta”, se vuelve a recorrer todo el ciclo, pero a través de las miradas, a veces escépticas, a veces comprensivas, de la historia y la crítica cultural. El imperativo planificador creó un campo historiográfico a su medida: el de la historia del proceso de urbanización, inclinado de forma excluyente a los enfoques sociodemográficos sobre la ciudad. En ese contexto, sin embargo, para su definición, la ciudad latinoamericana precisó una perspectiva cultural, que quedó a cargo de las tres figuras excepcionales de Richard Morse, José Luis Romero y Ángel Rama –muy contrastantes respecto del conjunto y muy diferentes entre sí–, que nos permiten entender desde otro ángulo el final de toda una época en la concepción de los estudios urbanos y su reemplazo por la cultura urbana latinoamericana.

Como se puede advertir, todas las secciones recorren el ciclo completo, pero desde perspectivas diferentes, porque cada una lo reconstruye por medio de los distintos lenguajes con que la ciudad latinoamericana fue producida: las voces de la etnografía y la sociología, de la arquitectura, la planificación y la historia cultural, pero también los dialectos de las instituciones gubernamentales o de los centros de investigación, de las fundaciones norteamericanas o de las agrupaciones de base. Como toda figura de la imaginación social producida en el pasado, la ciudad latinoamericana no surge del trabajo histórico con una silueta unívoca, sino como un mosaico desajustado, hecho de piezas irregulares que no calzan entre sí con exactitud: representaciones sociales, discursos científicos, programas políticos, imaginaciones artísticas, ideologías. Mucho de lo que se escribió en aquel tiempo sobre la ciudad (muchas piezas de ese mosaico) hoy se presenta como una jerga hermética, jeroglíficos de una era que, tanto por el economicismo desarrollista o dependentista como por el estructuralismo funcionalista o marxista, entendió la ciudad desde una matriz cientificista y a la vez altamente ideologizada que hoy resulta indescifrable para cualquier lector lego. Sin embargo, en su tiempo esos textos contribuyeron con la formación de una vasta constelación cultural: nunca como entonces en América Latina la ciudad formó parte tan activa de los principales diagnósticos y programas políticos e intelectuales. Ese hallazgo está en la base de la investigación que llevó a este libro, y lo convierte en un esfuerzo de traducción a fin de despejar el velo de aquellos lenguajes esotéricos y reponer la extraordinaria potencia que llegó a tener la imaginación urbana en la definición de cuestiones clave de América Latina en esas décadas cruciales del siglo XX.

* * *

Todo el libro apela a la metáfora del viaje, porque el ciclo de la ciudad latinoamericana, sus ideas y sus protagonistas describieron itinerarios que la investigación debió seguir para comprender. En términos más amplios, busca expresar la idea de que una de las formas de captar lo que pueda llamarse “latinoamericano” reside en el tránsito cultural, en los desplazamientos y los contactos de ciudad en ciudad y de país en país. Muchas veces, los argumentos del libro se detienen en episodios específicos (en ciudades o países), pero no porque se tomen como casos representativos, ni porque en su simple adición pudieran dar cuenta de América Latina, sino porque funcionaron como nodos de imaginarios y debates transnacionales que se asumieron como latinoamericanos.

Ahora bien, es sabido que no resulta sencillo estudiar cuestiones de dimensión latinoamericana desde un país latinoamericano: nuestras concepciones historiográficas, nuestros archivos y bibliotecas se formaron en un molde nacionalista que apenas ha sido modificado por estertores latinoamericanistas de escasa consecuencia para alterar el panorama general. Y mientras las tradiciones historiográficas sostienen la fragmentación nacionalista, las tradiciones culturales y la realidad del mercado conectan con mayor fluidez cada centro urbano latinoamericano con diversos focos mundiales antes que con otras ciudades del continente, incluso vecinas: es más sencillo encontrar en las librerías de Buenos Aires un libro editado en Madrid o Barcelona que uno escrito y publicado aquí enfrente, en Montevideo, por no hablar de los que se publican en Lima o San Juan de Puerto Rico. Existe internet, por suerte, pero sabemos lo lacunar del conocimiento que ofrece, las enormes mediaciones que establece con los hechos de los que da cuenta; así, queda reducida a una suerte de complemento, utilísimo, pero para quienes tienen otras fuentes de recursos, provenientes de experiencias menos virtuales.

Los únicos centros académicos que se han preocupado por reunir de modo sistemático a lo largo de un tiempo considerable todo el material disponible para estudiar los países de esta región vistos como conjunto son los centros latinoamericanistas de los Estados Unidos y Europa, a cuyos archivos y bibliotecas debemos un agradecimiento infinito. Pero aunque no siempre es sencillo recurrir a ellos, quizás lo más difícil sea encontrar los caminos para usar lo mejor que esos centros ofrecen, manteniendo, sin embargo, un rumbo local para la investigación, es decir, organizado a través de los problemas y las preguntas que parece necesario formular desde aquí. No porque se considere que la perspectiva local tenga alguna superioridad ontológica, sino todo lo contrario: porque se piensa que esa región imaginaria que llamamos “América Latina” se puede llegar a conocer mejor si se multiplican los lugares de enunciación –y con ello, los programas de preguntas y las formas de hacerlas–, ya que se trata de un objeto multiforme que solo puede recuperar sus diversas caras a través de una construcción plural. Así como la ciudad latinoamericana es una figura del pensamiento, también América Latina lo es, en cuanto sus modos de definición, sus roles y propósitos cambian con el tiempo y la geografía desde la que se los examina, y la productividad de lo que hagamos está asociada a la posibilidad de poner en un mismo plano de legitimidad programas de conocimiento que no coincidan necesariamente con los que se vuelven hegemónicos cada vez por la asimetría de los recursos académicos. Se trata, entonces, de buscar los modos de cubrir las extraordinarias carencias que tenemos en cada uno de nuestros países, sin perder de vista la autenticidad de los problemas y de las hipótesis para entenderlos que surgen de aquellas. Viajar mucho y, sobre todo, armar tramas cada vez más amplias de colegas e interlocutores es un camino para lograrlo: el que he tenido la suerte de tentar en los más de quince años que ha llevado el trabajo.

* * *

En efecto, he tenido el privilegio de contar con soportes excepcionales que me permitieron pasar estadías completas en centros con bibliotecas fabulosas, viajar a los archivos de cada una de las instituciones que estudio en mi trabajo, recorrer las ciudades de las que hablo y, sobre todo, ponerme en vinculación directa con los grupos de personas que en cada país están trabajando estos temas, e incluso, con algunas de ellas, llegar a organizar proyectos colectivos transnacionales. Este prólogo es una “hoja de ruta” también porque quiero dar cuenta aquí de mis deudas con todo aquello que posibilitó esos recorridos, las instituciones y las personas que me ayudaron de un modo imposible de inventariar con precisión y detalle. Permítanme intentarlo de la manera más sucinta posible.

La investigación se abrió y se cerró entre dos ciudades muy especiales para mí, Berlín y Cambridge. Elaboré el proyecto con el que iba a ganar la beca Guggenheim en 2003 reuniendo materiales en el Instituto Iberoamericano de Berlín gracias a una beca del DAAD, y en la biblioteca de Cambridge, en una estadía como profesor visitante en el Centro de Estudios Latinoamericanos (CLAS), gracias a la curiosidad de David Lehmann. Más de una década después, con buena parte de la investigación realizada, organicé por primera vez lo que iba a ser el índice de este libro para un curso dictado nuevamente en Cambridge, pero esta vez como profesor Simón Bolívar, una experiencia maravillosa posibilitada una vez más por la generosidad de David, además del sostén de Julie Coimbra, Charles Jones y Felipe Hernández. Y encontré el tiempo y la concentración para realizar parte de la escritura en una estadía memorable en el Wissenschaftskolleg de Berlín, gracias a la persistencia de Shevy Jelin e Hilda Sabato y, por supuesto, a los compañeros y al equipo del Wiko. Como quiso alguna vez Guy Debord, yo recorría alucinado las calles de Berlín siguiendo las orientaciones del plano de mi ciudad latinoamericana, una colisión de experiencias que me gustaría que haya dejado su marca en este libro.

Entre ambos extremos, dos estadías en la Graduate School of Design de Harvard me abrieron ese mundo de bibliotecas inagotable (y con tantos insumos fundamentales para esta investigación), que pude disfrutar gracias al apoyo de Jorge Silvetti y Rodolfo Machado, de Inés Zalduendo, Mariano Siskind y Felipe Correa. Y, gracias a la beca Guggenheim, a partir de 2004 pude recorrer los lugares estudiados en el libro, con estadías en aquellos que resultaban más importantes, por sus archivos o sus instituciones, para el argumento que se iba conformando. En todos ellos conté con el auxilio desinteresado de una cantidad enorme de personas: si todo trabajo intelectual supone deudas, intercambios, ayudas inestimables, la escala latinoamericana de esta investigación, más su larguísima duración, da como resultado una lista portentosa. Así que voy a nombrar solo a los imprescindibles, mezclando tiempos y viajes, que en México DF, San Juan (Puerto Rico), Caracas, Bogotá, Lima, Santiago de Chile, Río de Janeiro, Brasilia y San Pablo fueron excelentes anfitriones, interlocutores, aliados, corresponsales, amigos (en unos casos, alguna de estas cosas; en muchos otros, todas): Arturo Almandoz, Silvia Álvarez-Curbelo, Renato Anelli, Nilce Aravecchia, Ricardo Benzaquén (inolvidable Ricardinho), Gonzalo Cáceres, Antonio Carlos Carpintero, Ana Castro, Maria Elisa Cevasco, Horacio Crespo, Alejandro Crispiani, Paulina Courard, Sergio Chejfec, Sarah Feldman, Teodoro Fernández, Néstor García Canclini, Guillermo Giucci, Beatriz Jaguaribe, Shariff Kahatt, Otávio Leonidio, Zé Lira, Jorge Lizardi, Claudio Lomnitz, Carlos Marichal, Juan José Martín Frechilla, Carlos Martins, João Masao Kamita, Germán Mejía, Joana Melo, Ricardo Medrano, Sandra Reina Mendoza, Sergio Miceli, Graciela Montaldo, Alejandra Monti, Ana Luiza Nobre, Fernanda Peixoto, Fernando Pérez Oyarzún, Heloísa Pontes, Chuco Quintero Rivera, Maria Alice Rezende de Carvalho, Luz Marie Rodríguez, Malena Rodríguez Castro, Enrique Rodríguez Larreta, Rafael Rojas, Pepe Rosas, Silvana Rubino, Francisco Sabatini, Alberto Sato, Adriana María Suárez, Mauricio Tenorio Trillo, Roberta Vasallo, Loreto Villarroel, Liliana Weinberg, Guilherme Wisnik. Con ellos recorrí las ciudades, accedí a archivos recónditos, conocí protagonistas del período que estudiaba, conversé sobre estos y tantos otros temas, fui perfilando mis hipótesis. Algunos fueron corresponsales forzosos: la cantidad de megabytes y kilogramos de papel que debe movilizar una investigación sobre América Latina podría ser un indicador objetivo de su dificultad; o, mejor, de que solo puede realizarse a través de una trama muy estrecha y militante de colegas y amigos. Tejerla fue al mismo tiempo un requisito de esta investigación y un estímulo para hacerla, y queda como uno de sus resultados perdurables.

Dos de esos amigos-interlocutores requieren una mención especial, porque sus aportes obligaron a giros importantes en el trabajo: Arcadio Díaz Quiñones, que a poco de comenzar me señaló que no podía faltar la experiencia portorriqueña por su riqueza en los temas que trataba, y me facilitó los contactos para una estadía en la isla que confirmó su sugerencia con creces, al punto de que Puerto Rico se convirtió en uno de los pivotes de la argumentación; y Mark Healey, que en diversas conversaciones insistió en que mi enfoque sobre la ciudad latinoamericana precisaba contaminarse con las representaciones sobre el mundo rural, algo que comencé a comprender al volver a trabajar sobre el Centro Interamericano de Vivienda de Bogotá, que me llevó a reorganizar el tratamiento de la Parte I.

Tengo que agradecer también a los protagonistas o testigos del ciclo que estudio que aceptaron conversar conmigo en los comienzos de la investigación, cuyas experiencias y percepciones sirvieron de orientación en ese mundo perdido de ideas: Sonia Barrios, Jordi Borja, Nora Clichevsky, José Luis Coraggio, Carlos de Mattos, Víctor Fossi, Gustavo Garza, Guillermo Geisse, Alberto Gurevich, Hilda Herzer, Elizabeth Jelin, Francis Korn, José Matos Mar, Marco Negrón, Pedro Pírez, Emilio Pradilla Cobos, Alejandro Rofman, Martha Schteingart, Marta Vallmitjana, Alicia Ziccardi.

Como en toda investigación larga, ha habido muchas instancias académicas (seminarios, cursos de posgrado) en las que avancé hipótesis de la investigación y me alimenté de los debates generados, así como publicaciones que acogieron artículos en los que fui elaborando y dando a conocer mis argumentos. Pido disculpas por no mencionarlas exhaustivamente. Respecto de las primeras, solo voy a destacar un curso en la Escola de Engenharia de São Carlos (Universidad de San Pablo) en 2007, porque el intenso intercambio con los colegas y los estudiantes incidió en la formulación de las hipótesis sobre la historia de la planificación que organizan la Parte II. Respecto de las publicaciones, no puedo dejar de señalar que varias ideas que sustentan la investigación fueron lanzadas en artículos escritos para Punto de Vista a comienzos de los años 2000; más importante todavía, que la revista fue la escuela donde cultivé este gusto por la traducción cultural de la historia de la ciudad y las ideas urbanas con el estímulo de Beatriz Sarlo, siempre entusiasta en promoverlo.

Todo eso pudo realizarse gracias al respaldo institucional del Conicet y la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), que me dieron completa libertad para llevar adelante la investigación y el sostén económico para hacerlo a lo largo del tiempo. En el caso del Centro de Historia Intelectual de la UNQ, recibí algo más: el diálogo constante con un grupo entrañable de colegas y amigos. Desde su creación por Oscar Terán, el Centro ha sido mi grupo académico de referencia: el trabajo en el seminario permanente de discusión (donde se leyó una versión de la Parte I) y, sobre todo, los proyectos colectivos de dimensión latinoamericana funcionaron todos estos años como una suerte de taller experimental en el que fui tentando las formas de comprensión histórica de la vida intelectual de la región. Mi agradecimiento para todos por este intercambio continuo puede resumirse en el nombre de Carlos Altamirano, principal mentor, a comienzos de los años 2000, del vuelco de los estudios del Centro hacia América Latina y del hábito de conformación de equipos transnacionales para realizarlos.[1]

Ya en el proceso de escritura, tuve la fortuna de contar con lecturas generosas de Anahi Ballent, Pablo Blitstein, Gonzalo Cáceres, Carlos Martins, Charly Reboratti y Hugo Vezzetti. Sus críticas y comentarios me ayudaron mucho a mejorar el libro, aunque, como es obligado hacer en estos casos, debo eximirlos de responsabilidad en los resultados, en los que quizás no se reconozcan. A la que no eximo tan fácilmente, en cambio, es a Graciela Silvestri: como en todos mis trabajos, ella ha estado presente desde las primeras hipótesis hasta las versiones finales, discutiendo, dando ideas, corrigiendo; después de tanto tiempo de hacerlo, ya se ha ganado el derecho de ser reconocida incluso en mis flaquezas o, mejor, ya que en las líneas generales parecemos muy diferentes, en esos detalles mínimos que, como han sostenido algunos críticos de arte para la pintura, delatan la autoría.

Por fin, debo un agradecimiento especial a Carlos Díaz y Caty Galdeano, que desde que tuvieron las primeras noticias de la investigación que iba a convertirse en este libro, lo incluyeron en los planes de Siglo XXI dándome un respaldo muy necesario en un proyecto tan incierto; y a Marisa García, por supuesto, por el trabajo de edición preciso y sensible de siempre.

Buenos Aires, diciembre de 2021

[1] Es imposible nombrar a todos los participantes de los proyectos que impulsamos desde el Centro de Historia Intelectual con temática latinomericana, de quienes aprendí muchísimo; cito los libros que surgieron como resultado, en los que están todos comprendidos: Carlos Altamirano (dir.), Historia de los intelectuales en América Latina, Buenos Aires, Katz, dos tomos, 2008 y 2010; Adrián Gorelik y Fernanda Peixoto (dirs.), Ciudades sudamericanas como arenas culturales, Buenos Aires, Siglo XXI, 2016 (edición brasileña en portugués por Sesc Edições, 2019); Sergio Miceli y Jorge Myers (orgs.), Retratos latino-americanos. A recordação letrada de intelectuais e artistas do século XX, San Pablo, Sesc Edições, 2019.

Advertencia para los lectores

La bibliografía completa y un índice de nombres están disponibles en la página web de Siglo XXI Editores Argentina:

<www.sigloxxieditores.com.ar/la-ciudad-latinoamericana-de-adrian-gorelik>

Apertura

El ciclo de la ciudad latinoamericana


Emilio Duhart, edificio de la Cepal, Santiago de Chile, c. 1965, Archivo Enrique Albertz. Fotografía sin autor conocido, que Duhart regaló a Albertz, encargado de la construcción, para la inauguración de la obra en 1966. Reproducida en Jannette Plaut y Marcelo Sarovic, Cepal 1962-1966. United Nations Building, Emilio Duhart, arquitecto, Santiago de Chile, Constructo, 2012.

Combinando pureza geométrica, simbología histórica y exaltación geográfica, el edificio produce un análogo de la apuesta por un camino autónomo para el desarrollo que realizó la Cepal, la usina de pensamiento más original de América Latina.

El futuro de América Latina es en cierta medida susceptible de elegirse deliberadamente.

John Friedmann, 1968[2]

América Latina sigue siendo un proyecto intelectual vanguardista que espera su realización concreta.

Ángel Rama, 1982[3]

Difícil encontrar dos figuras más contrastantes entre las muchas que pensaron América Latina y actuaron en ella en la segunda mitad del siglo XX. John Friedmann y Ángel Rama nacieron ambos en 1926: uno, en Viena, de donde debió emigrar muy pronto a los Estados Unidos, su país adoptivo (en 1940, su padre Robert, historiador y filósofo, logró escapar con la familia luego de haber sido encarcelado en una redada antisemita); el otro, en Montevideo, conocería la experiencia del exilio mucho más tarde, con la llegada de la dictadura militar uruguaya en 1973 (en el momento del golpe militar, Rama estaba dando clases en Venezuela y ya nunca pudo regresar a su país). Aparte de esas coincidencias biográficas azarosas, todo parece diferenciarlos. Friedmann fue un planificador que participó en algunos de los más avanzados núcleos de elaboración del pensamiento urbano y regional en los Estados Unidos; se convirtió en experto internacional a partir de una larga trayectoria de trabajo profesional en América Latina en las décadas de 1950 y 1960 (en Brasil, Venezuela y Chile), donde produjo algunas hipótesis importantes para el debate sobre el desarrollo, como la teoría de desarrollo polarizado, en directa relación con las teorías de desarrollo desequilibrado de otro europeo norteamericanizado y devoto de América Latina, Albert Hirschman. Rama fue una de las figuras estelares de la llamada “generación de 1945” en Uruguay, como parte de esa plataforma cultural e ideológica extraordinaria que fue la revista Marcha; un intelectual que lideró tanto el proceso de modernización de los instrumentos de la crítica literaria como el sucesivo de radicalización ideológica y de conversión de la crítica literaria en crítica cultural y política, medio de indagación de los dilemas de América Latina, contribuyendo como pocos con la construcción del continente como un espacio intelectual común en las décadas de 1960 y 1970. Figuras muy diferentes, sin duda. Sin embargo, las voces del experto estadounidense y del intelectual latinoamericano suenan curiosamente unánimes en el optimismo voluntarista de las dos citas iniciales, que muestran la similar confianza de ambos en el carácter proyectivo, maleable, plástico de América Latina.

El acuerdo se vuelve más llamativo si se piensa en la disparidad de las fechas: un 68 en que el optimismo desarrollista todavía no se había apagado por completo cuando ya llegaba como relevo ese otro, incluso más futurista, el revolucionario, ante un 82 en que apenas comenzaba a disiparse el clima ominoso de la frustración política en que derivó la radicalización setentista, con la evidencia trágica de las dictaduras del Cono Sur todavía muy presente.[4] Pero la idea de una América Latina vanguardista, campo de prueba a medida para experimentos intelectuales, una idea que marca períodos completos de la imaginación social sobre el continente, se sostiene casi idéntica en ambas citas, lo que sin duda ofrece tantas pistas como interrogantes.

Este es uno de los temas principales que aborda este libro, o mejor, su paisaje de fondo: el modo en que ese optimismo latinoamericano dio forma a uno de los períodos más ricos y enmarañados de América Latina. Y si en términos generales son bastante conocidos los derroteros más amplios que componen su mapa intelectual, desde las teorías del desarrollo hasta las de la dependencia, desde el reformismo modernizador hasta la radicalización revolucionaria, Friedmann y Rama nos ayudan también a presentar el prisma particular con que los vamos a examinar aquí: el de la ciudad latinoamericana como figura de la imaginación social, una figura que jugó, entre las décadas de 1940 y 1970, un rol fundamental en la estructuración de aquel mapa y en la conformación de sus programas políticos y sociales, en el mismo momento en que las principales ciudades latinoamericanas, en su realidad urbana, se constituían en los escenarios de aplicación de esos programas y en los motores de las transformaciones a las que ellos se referían.

Por supuesto, aun bajo este prisma siguen siendo personajes muy diferentes, pero así pueden ayudar a entender, marcando sus bordes, el amplio arco de voluntades que la imaginación urbana traccionó en esos años: expertos e intelectuales, economistas y críticos literarios. Con una irradiación en muchos campos disciplinares desde un círculo más específico que concentró sectores de lo más novedoso y experimental de las ciencias sociales de la época, la interrogación por la ciudad prohijó la integración de una comunidad internacional de especialistas, en un escenario cultural latinoamericano muy dinámico y fluido, marcado por una presencia estadounidense dominante –ideas, estudiosos, instituciones–, lo que no hizo más que exasperar la cuestión siempre candente de las relaciones entre los Estados Unidos y los países latinoamericanos.

La propia manera de abordar la cuestión urbana no podría haber sido más distinta entre Friedmann y Rama, no solo por el aspecto más esperable de los enfoques divergentes del planificador y el hombre de letras, sino por el tempo en que lo hicieron.

Friedmann fue acompañando con sus intervenciones teóricas y prácticas todo el despliegue de la cuestión casi desde sus primeros momentos, un despliegue que fue también el de una maniera norteamericana del pensamiento urbano y regional a lo largo del continente, y el de una red de instituciones latinoamericanas que se fue creando muy rápidamente, síntoma de la creciente madurez de la región para abordar sus desafíos con instrumentos propios.

El caso de Rama es tan diferente que, en rigor, la obra que nos permite incluirlo en este contingente –La ciudad letrada, de 1984– es un producto único, solitario y tardío, el ramalazo postrero de los enfoques radicalizados que a mediados de los años setenta señalaron el fin del ciclo. Como se ve, La ciudad letrada es una obra póstuma en más de un sentido, ya que su mirada destemplada sobre la ciudad vino a encarnar magistralmente un estado de la opinión que había alcanzado su mayor productividad intelectual y política entre finales de la década de 1960 y mediados de la de 1970, cuando la ciudad dejaba de ser pensada como el laboratorio principal para el desarrollo de la región, palanca para su transformación modernizadora, y comenzaba a verse con desconfianza, como obstáculo principal a cualquier transformación efectiva –es decir, revolucionaria para las representaciones dominantes de entonces–: se descubría que nunca había dejado de actuar como agente principal en la producción y reproducción del poder. Es cierto que la preocupación de Rama por encontrar una alternativa regionalista a las literaturas producidas por las vanguardias urbanas cosmopolitas del continente –tal cual nos enseñó Gonzalo Aguilar– se ubica en el mismo inicio de este cambio de actitud ante la ciudad que se va a experimentar a comienzos de los años setenta, con la reanimación, a través de teorías como la del colonialismo interno, del viejo tópico latinoamericano de la oposición campo/ciudad.[5] Pero La ciudad letrada se escribe casi diez años después de que ese período haya extenuado su productividad, cuando comenzaba a abrirse una nueva fase de la imaginación urbana en la región, una suerte de giro cultural en el que todavía estamos, tan diferente de aquella producción anterior que va a volver prácticamente invisibles o ininteligibles sus realizaciones. Y aquí yace un malentendido fundamental en la recepción del libro de Rama, en especial en la academia norteamericana, donde se lo leyó con los códigos de los estudios culturales que se abrían, sin comprender hasta qué punto era el resultado de los presupuestos sobre la ciudad de una época que ya se había cerrado.

Justamente por eso Rama es tan importante para definir los alcances de nuestro prisma urbano, porque habiendo desarrollado toda su trayectoria de crítico literario al margen de esos temas, su último libro señala la magnitud de la onda expansiva con que la interrogación por la ciudad llegó a los más diversos rincones del espacio intelectual y académico latinoamericano. Y porque en su contraste con una figura como la de Friedmann permite entender todo ese período como un ciclo unitario de la imaginación social sobre América Latina. Esto difiere de las perspectivas más habituales de la historia política o cultural que nos han acostumbrado a pensar aquel tiempo escindido en dos períodos bien diferentes, que, aunque se solapan algo en la década de 1960, parecen encerrar épocas aisladas, la del modernismo desarrollista que viene de los años cincuenta y la de la radicalización revolucionaria que se desenvuelve en los “catorce años prodigiosos” –como los llamó Claudia Gilman–, entre la revolución cubana y el golpe militar en Chile.[6] En cambio, el prisma urbano pone en evidencia los fuertes hilos que conectan ambas épocas, hilos que en buena medida vienen de atrás, proyectando visiones e ideologías reformistas desde los años treinta, que se prolongan primero sobre las convicciones desarrollistas y luego sobre el ánimo revolucionario en un no siempre sutil cambio de posiciones, pero que va a estar protagonizado por similares actores e instituciones y que va a sostener un común repertorio de problemas.[7]

Señalé una inspiración similar en las frases de Friedmann y Rama, como evidencia de un optimismo que, en cada una de las fases del ciclo, pudo ser alternativamente modernizador o revolucionario. Al aplicarse a la cuestión urbana, sin embargo, esa inspiración confiada se tradujo en muy diferentes estados de ánimo, ya que, mientras el primer optimismo produjo una mirada esperanzada en las posibilidades de la ciudad, el segundo se invirtió en una decepción sin atenuantes sobre el rol jugado por la ciudad y la cultura urbana en la conformación del statu quo latinoamericano que debía ser puesto patas para arriba; y que sea coincidente en Rama el momento en que pronunciaba aquella cita inicial sobre Latinoamérica como “proyecto intelectual vanguardista”, con aquel en que escribía el libro donde desarrollaría casi como una letanía el alegato más devastador sobre el rol de los intelectuales como productores del dominio de la ciudad sobre las regiones interiores y sobre las clases populares del continente, esa coincidencia no hace más que agregar complejidades, pero también certidumbres, sobre la existencia de los lazos que conforman tal ciclo. Lo cierto es que esa inversión de posiciones en el pensamiento urbano cierra el ciclo, en cuanto clausura la productividad que la ciudad venía teniendo a lo largo de todo su desarrollo como disparador de intensos desafíos políticos e intelectuales.

Friedmann y Rama, entonces, aparecen como términos de dos cuestiones clave de este libro: la idea de un ciclo en que la ciudad latinoamericana funciona como una figura potente de la imaginación social en –y sobre– el continente; y la cuestión de las relaciones entre América Latina y los Estados Unidos, en las que el prisma urbano también parece poder incidir, no solo cuestionando las periodizaciones habituales, sino especialmente la visión convencional que la Guerra Fría cultural ha dejado de ellas.

La producción de la ciudad latinoamericana

La función integradora y el valor simbólico de Brasilia para el Brasil, el impacto geopolítico de la carretera de la selva en el Perú, las grandes rutas que unen el interior del Paraguay y Bolivia con los puertos del Brasil y de la Argentina, la ruta Panamericana, los grandes proyectos hidroeléctricos en todas partes, la concepción regional de Venezuela afirmando la vigencia de un nuevo y gran polo de desarrollo en su Guayana, demuestran que América Latina está avanzando hacia sus propias fronteras. Y nuevos centros de vida y un esquema de urbanización complementario al existente sin duda surgirán como expresión de una nueva América Latina que se desprenda de los límites del pasado y busque en la idea de integración la expresión de su modernización.

Jorge Enrique Hardoy, 1965[8]

¿Qué significa abordar la ciudad latinoamericana como categoría, como figura de la imaginación social? Sabemos que, como ocurre con “cultura latinoamericana” o incluso con “Latinoamérica”, la idea de ciudad latinoamericana aparece tanto más clara cuanto más lejos estamos de cualquier referente real. ¿Qué ciudad cabría con claridad en la categoría: La Habana o Caracas, Montevideo o México, Cusco o Buenos Aires? Lo que singulariza a una difícilmente sirva para explicar la otra. Y lo mismo ocurre si miramos dentro de cada país: ¿cómo hacer lugar en una misma categoría a Ouro Preto, San Pablo y Brasilia, en Brasil, o a Cartagena de Indias, Medellín y Bogotá, en Colombia? ¿Qué clase de ciudad latinoamericana encarnaría cada una de ellas? ¿Qué mapa sale del conjunto? Si cada ciudad presenta cualidades distintivas que dificultan su integración sin más en una categoría abarcadora, más absurdo todavía sería tratar de resolver el problema definiendo la ciudad latinoamericana a través de un ideal de representación de la mayor cantidad de cualidades supuestas para ella, como una especie de Frankenstein urbano; tan absurdo que por ese camino llegaríamos rápidamente a la conclusión de que la única ciudad latinoamericana realmente existente es Miami. No se trata de una boutade: la clásica indiferenciación de la retícula urbana estadounidense, que se percibe diferente de cualquier ciudad latinoamericana real, ha permitido sin embargo que en las últimas décadas se desarrollasen en Miami múltiples fragmentos de culturas urbanas latinoamericanas, de modo que, desde la Little Habana en adelante, la ciudad puede recorrerse como un parque temático “ciudad latinoamericana”. Así como la cultura del entretenimiento ha construido en Las Vegas un enorme hotel como una Nueva York análoga (con la estatua de la Libertad y los edificios más emblemáticos en escala), la cultura de las migraciones ha convertido a Miami en esta especie de capital latinoamericana análoga.

Si exceptuamos las etapas iniciales de la Conquista, cuando la ciudad en América formó parte de un designio centralizado por la voluntad imperial y, más específicamente, por la regularidad de un clarísimo sistema de prescripciones respecto de cómo debía ser la fundación de ciudades, lo que caracterizó el desarrollo urbano en América Latina fue, como mostró José Luis Romero, la “progresiva diferenciación” de las ciudades en función “de las necesidades y las posibilidades que aparecieron luego en cada lugar y cada circunstancia”.[9]

De allí que la ciudad latinoamericana no pueda tomarse como una realidad natural –como tampoco podría serlo la “ciudad europea” o la “ciudad asiática”, por cierto–, menos que menos como una categoría explicativa de la diversidad de ciudades realmente existentes en América Latina. Y, sin embargo, si se examina la producción intelectual sobre la ciudad en nuestro continente, es imposible no constatar que la ciudad latinoamericana existe, pero de otro modo: no como una ontología, sino como una construcción cultural, como una idea que durante un período específico de la historia tuvo la capacidad de funcionar como una categoría del pensamiento social, una figura del imaginario intelectual y político en vastas regiones del continente. Y como tal puede ser estudiada y pueden ser reconstruidos sus itinerarios conceptuales e ideológicos, sus funciones políticas e institucionales en esa coyuntura específica de la región. En verdad, no es muy diverso de lo que podría decirse de la propia América Latina: la propuesta de estudiar estas categorías en su producción y realización históricas podría tomarse también como una propuesta más abarcativa para los estudios sobre el continente.

Pero detengámonos en esta definición de la ciudad latinoamericana como construcción cultural. Pese al carácter artificial de la categoría, la idea de construcción cultural busca ofrecer también una alternativa a la noción de “invención”, tan en boga en los estudios históricos cuando se trata de poner en evidencia procesos de construcción cultural que han sido opacos para sus propios protagonistas y que la historia ha naturalizado (esto es, “la invención de la nación”). Pero en el contexto latinoamericano, “invención”, como noción aplicada por el historiador, corre el riesgo de no poder hacerse cargo de la notable conciencia con que las élites políticas e intelectuales propusieron una y otra vez la necesidad de la invención como proceso connatural a la baja consistencia que encontraban en la realidad latinoamericana, una conciencia que, a su manera, continuaba aquella representación inicial de América como campo necesariamente abierto a la experimentación. Podría decirse que hay pocas cosas en América Latina –más aún en la ciudad desde su propio origen– que no se hayan planteado como invenciones, con una certidumbre sobre la operación que el uso de la misma categoría con fines analíticos puede llegar a opacar. ¿No había propuesto Sarmiento “inventar habitantes con moradas nuevas” como fórmula político-urbana para la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX? ¿Y no es una análoga voluntad –y la análoga conciencia de ella– lo que parece pasar del constructivismo de los fundadores de la nacionalidad moderna a los desarrollistas y vanguardistas del siglo XX, como vimos con Rama?

Lejos, entonces, de funcionar como el descubrimiento ingenioso del historiador o el crítico, la noción de “invención” debería remitirnos a una tradición intelectual latinoamericana, obligándonos a problematizar, al mismo tiempo, los supuestos ideológicos que subyacen en ella en la larga duración: la idea de América como continente nuevo, sin historia; la idea consiguiente de “continente vacío”, tanto en sus vertientes pesimistas (el fatalismo telúrico del ensayo de identidad), como optimistas (la visión de América como laboratorio de experimentación social y política); la idea de que toda innovación y todo progreso se abre camino en estas tierras a través de una productiva violencia cultural (la propuesta de implantar la civilización “de gajo”, como quería el pensamiento decimonónico); la convicción de las élites de su gran capacidad de maniobra para imponer esas nuevas realidades a medida. Con el agregado fundamental, que le pone límites estrictos a toda tarea hermenéutica, de que esos programas y esas visiones ideológicas han tenido la capacidad, como profecías autocumplidas, de producir efectos muy palpables en la realidad, transformándola de modo radical, aun cuando los resultados nunca hayan coincidido con los designios originarios.

Por ejemplo, es notable la relación entre la propuesta, típica de los intelectuales decimonónicos en el sur de América, de implantar la civilización “de gajo” y las políticas inmigratorias que se realizaron en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX en países como la Argentina. Y así como el balance del proceso inmigratorio que realizaron los grupos dirigentes fue desolador, también las ciudades y las regiones afectadas por aquel proceso cambiaron de raíz, introduciendo nuevos problemas y nuevos programas. De modo que la conciencia, muchas veces trágica, de ese desfasaje entre proyecto y realidad es otra constante de la historia intelectual latinoamericana, y la ciudad en este continente es, desde su propio origen “de gajo”, el mejor ejemplo de esta relación rica y contradictoria entre voluntad proyectual y existencia real.

En este sentido es que sostenemos que la ciudad latinoamericana es una figura de la imaginación social: existió mientras hubo voluntad intelectual de construirla como objeto de conocimiento y acción, mientras hubo teorías para pensarla y mientras hubo actores e instituciones dispuestos a hacer efectiva esa vocación. Y esas condiciones especiales, esa particular coyuntura histórica, tuvo lugar en un momento preciso: entre las décadas del cuarenta y el setenta del siglo XX.

Una coyuntura histórica

No es que la ciudad no haya sido siempre muy importante entre los temas del pensamiento social de los países latinoamericanos. Pero hasta la década de 1940 había sido siempre considerada en sus contextos nacionales, como se puede advertir tanto en el ensayo romántico –para el que la ciudad encarnaba un ideal cívico hacia donde encarrilar el sentido de la organización estatal-nacional y la producción de una ciudadanía moderna– como en el ensayo de identidad de la década de 1930 –para el que los males de la ciudad aparecían como cifra de los males de la nación. Por otro lado, desde la década de 1980 la ciudad latinoamericana ha dejado de expresar una realidad teóricamente productiva, atravesada por una ambivalencia paralizante entre dos polos. Hablamos de ciudad latinoamericana cuando nos referimos de modo general a las grandes metrópolis y sus problemas acuciantes: pobreza y marginalidad, fragmentación y violencia, tugurización de los centros históricos, urbanización descontrolada del campo, desequilibrios regionales. Y por otra parte, en los últimos años hemos desarrollado una importante cantidad de estudios (históricos, sociológicos, antropológicos, urbanísticos) sobre ciudades particulares de América Latina, que suelen demostrar la imposibilidad o, al menos, la improductividad, de las comparaciones y las generalizaciones. Así que cuando hablamos de la ciudad latinoamericana nos movemos en el registro de la denuncia catastrofista pero, al mismo tiempo, no podemos dejar de mantener cierta distancia escéptica de la propia posibilidad de la enunciación, ya sea porque sabemos que los argumentos que usamos están idiosincráticamente apegados a la ciudad que mejor conocemos o, viceversa, porque esta nos resulta irreconocible en ellos. De tal modo, nuestras apelaciones a la ciudad latinoamericana oscilan entre la necesidad política de la identidad y la denuncia, y el escepticismo académico de la diferencia y la ponderación.

Entre las décadas de 1940 y 1970, en cambio, la ciudad latinoamericana no solo existió, sino que funcionó como un imán para una serie de figuras, disciplinas e instituciones que estaban conformando el nuevo mapa intelectual, académico y político del pensamiento social latinoamericano. Una peculiaridad que marca la coyuntura es la sincronía entre el nuevo protagonismo de la ciudad en América Latina, a partir de las migraciones masivas desde la década de 1940 (la “explosión urbana”, de acuerdo con la terminología de la época), y la extraordinaria productividad intelectual de la cuestión: la simultaneidad de los procesos de conformación de la ciudad como problema demográfico, social y político, la elaboración de políticas específicas para la ciudad y el territorio acordes con el conocimiento internacional disponible más avanzado, y la tematización de la ciudad en las ciencias sociales y humanas.

Así aparece con claridad en el ejemplo de Caracas y, más en general, del sistema urbano-territorial venezolano: entre las décadas de 1940 y 1960 Caracas sufre su crecimiento explosivo, por el que casi se duplica en cada década (de 350.000 habitantes en 1941 a 690.000 en 1951, 1.300.000 en 1961 y 2.200.000 en 1971), y de forma casi simultánea, desde la segunda mitad de los años cuarenta, los temas de la planificación urbana y regional van a recibir un examen sistemático, al día con las principales líneas del debate internacional, con la creación de instituciones como la Comisión Nacional de Urbanismo en 1946, la Corporación Venezolana de Fomento en 1947 y la Oficina Central de Coordinación y Planificación en 1958.[10] Ya que, gracias a la inestimable ayuda de la riqueza petrolera que, desde la dictadura de Pérez Jiménez, se volcó en buena medida en obras públicas de vivienda e infraestructura urbana y territorial, Venezuela pudo contar con la presencia de figuras internacionales, desde Maurice Rotival, en la tradición del urbanismo francés, hasta Francis Violich y John Friedmann en las diferentes camadas de planificadores norteamericanos contemporáneos. A diferencia de las giras de promoción de sus ideas de los urbanistas destacados en la primera mitad del siglo, estos se instalaron por largos períodos y realizaron estudios y propuestas en interacción con los técnicos y las instituciones locales.[11]

En este sentido, la experiencia del polo de desarrollo de Ciudad Guayana a comienzos de los años sesenta, desarrollada por el Joint Center for Urban Studies del MIT y Harvard debería considerarse uno de los experimentos mundiales más avanzados de su tiempo. Y desde la creación de la Sociedad Venezolana de Planificación en 1958 y del Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) en la Universidad Central de Venezuela en 1961, todos estos procesos fueron monitoreados, analizados y criticados por diferentes camadas de expertos en ciencias sociales, en una intensa y productiva confraternidad latinoamericana e internacional con el auspicio de la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe (Cepal) y la Sociedad Interamericana de Planificación (SIAP). Son notorias, por ejemplo, las estadías de estudio y trabajo en el Cendes de figuras como Fernando Henrique Cardoso y Milton Santos, o los cursos de economía espacial de Walter Isard, en un marco de orígenes nacionales ya muy diversificado, comenzando por el hecho de que el centro fue fundado por el chileno Jorge Ahumada (que venía de Cepal), en una situación que se extremaría en los años setenta a partir de las dictaduras militares en el Cono Sur, ya que Caracas, con México, fue uno de los principales sitios de refugio para el exilio intelectual.

Así, el sistema urbano y territorial venezolano, en el mismo momento en que se transformaba de modo radical, funcionaba como un laboratorio para las teorías que se estaban elaborando contemporáneamente y para la consolidación de una suerte de internacional latinoamericana de expertos en ciencias sociales y urbanas (que tenía en Chile, como veremos, otro foco de conformación). Es sabido que ciudades como Buenos Aires, Montevideo o San Pablo ya eran metrópolis importantes en los años cincuenta, pero también su conversión en casos para una teoría de la ciudad latinoamericana se hace posible en el marco de la explosión urbana en todo el continente y de la preocupación por la planificación territorial en cada uno de esos países, en los que las ciudades mayores comienzan a verse como partes de una red urbana mucho más compleja, a la que se aspiraba articular.

En esos mismos años, el historiador italiano Leonardo Benevolo iniciaba una de las primeras historias del urbanismo europeo de los siglos XIX y XX con la constatación pesimista de que “la historia del urbanismo moderno es al comienzo una historia de hechos desnudos”, ya que la reflexión sobre la ciudad surge siempre a posteriori y solo puede pensarse como “intervención reparadora”.[12] Producto de los cambios introducidos por la Revolución Industrial, Benevolo señalaba ese destiempo como el pecado original del urbanismo; para el pensamiento urbano progresista de la época, se trataba de una de las razones principales de su crisis: la propia empresa de hacer la historia de una disciplina de pretensiones científicas como el urbanismo surgía de esa percepción de un estado de crisis, puesto en evidencia para todos los contemporáneos con las intervenciones en las ciudades europeas destruidas por la segunda guerra. Este contraste con el ánimo con que en América Latina se experimentaba la sincronía entre transformación urbana y pensamiento planificador permite entender la fuerte atracción internacional de la ciudad latinoamericana, el optimismo que irradiaba entre los técnicos que se acercaban de todas partes. Y también permite comprender mejor la afirmación de José Medina Echavarría y Philip Hauser en uno de los primeros seminarios sobre la urbanización en América Latina, realizado en Santiago de Chile en 1959, no como una frase de ocasión, sino como una convicción de época: si “el desarrollo de la urbanización en los países más avanzados se hizo en forma no querida, regulada tan solo por las fuerzas espontáneas del mercado”, lo que redundó en un “elevado precio en sufrimiento humano”, en los países en desarrollo, en cambio, “una planificación inteligente y previsora” podría “aminorar en lo posible todos sus aspectos negativos”.[13]

En este sentido, la ciudad latinoamericana (como categoría del pensamiento y como realidad urbana, social y cultural) no solo ilumina aspectos poco conocidos del período, sino que le da una nueva inteligibilidad, al ofrecer claves de sus derroteros, mostrar las instituciones que se conformaron en él, sus redes intelectuales y sus proyectos de intervención, como la pieza faltante que permite entender todo ese período como un ciclo de la imaginación social latinoamericana, desde el optimismo modernizador de la planificación a su inversión crítica radical.

Ese ciclo se produjo en una encrucijada de factores. Por una parte, la consolidación de la sociología funcionalista y la teoría de la modernización, que le otorgan a la ciudad un rol central como agente inductor dentro de la definición weberiana de la modernidad: la ciudad comienza a ser vista como motor de la modernización social, en íntima relación con el desarrollo de las fuerzas productivas y la consolidación de poderes políticos centralizados. Por otra parte, la explosión urbana en el Tercer Mundo, gran novedad sociológica de la posguerra a la que las teorías de la modernización y las políticas del desarrollo iban a dedicar sus principales energías. Hoy podemos ver hasta qué punto ambas dimensiones, la del pensamiento y la de la dinámica urbana, forman una ecuación de época; el modo de procesar en términos funcionalistas esa peculiar explosión urbana en países que no tenían análogos desarrollos industriales o políticos implicó una interpretación necesariamente parcial de Weber, de modo que lo que había sido originalmente pensado como un proceso histórico-cultural occidental (la modernidad), se convirtió en un complejo técnico de difusión de la civilización industrial como modelo de desarrollo universal (la modernización).[14] Es entonces cuando la ciudad puede aparecer como máquina de tracción de pautas modernas de vida en regiones que carecían de ellas, como “polo de desarrollo”, por utilizar un término de la época.

Esa coyuntura es internacional y se pueden encontrar propuestas similares para los más diversos sitios del entonces llamado “mundo en desarrollo”; más aún, dentro de él, serían algunos países asiáticos, mucho más que los latinoamericanos, la prioridad para los organismos internacionales y la política de asistencia estadounidense en la segunda posguerra, ya que se consideraba que iba a ser en aquel continente donde se iba a definir el nuevo diseño del mundo que surgiría después de la guerra. Sin embargo, cuando dentro de esa agenda de temas del desarrollo enfocamos en la cuestión urbana, notamos que Latinoamérica aparece bajo una luz especial, como una región privilegiada para el cambio y como un campo de prueba a la medida de la hipótesis modernizadora. Porque, a diferencia de lo que ocurría en los países asiáticos y en otras regiones del Tercer Mundo, en América Latina no solo se estaba llegando a una proporción de población urbana similar a la de las regiones más desarrolladas, sino que, todavía más importante, se trataba de una región que había sido incorporada ab initio a la modernidad occidental a través de la ciudad, la región en la que, posiblemente por primera vez en la historia humana en esa escala, la ciudad había cumplido el rol de avanzada civilizadora en un territorio extraño.[15]

Ese es el marco en el que se formaliza el desafío para las políticas modernizadoras en el continente: ¿cómo acelerar la urbanización sin exacerbar los problemas asociados con el crecimiento urbano?[16] Los dos estadios atribuidos a la ciudad por el pensamiento social de la época, el deseado y el que se verificaba en la realidad de la urbanización latinoamericana, fueron identificados con extrema transparencia por Marcos Kaplan en un comentario a la obra de Jorge Enrique Hardoy, una de las figuras principales en la constitución de la red de pensamiento urbano latinoamericano. Por un lado, señalaba Kaplan, se partía de la premisa de que la ciudad

puede y debe cumplir un papel central y positivo. Puede constituir en sí misma la expresión y el resultado de un desarrollo autosostenido, actuar como agente y como mecanismo de cambio socioeconómico y de modernización, crear o ampliar alternativas ocupacionales, institucionalizar cambios de actitudes, incorporar las normas y los valores de una sociedad industrial, generar nuevas pautas de comportamiento político y alterar en sentido democratizante el equilibrio de fuerzas y el sistema de poder. A esta acción intrínseca la ciudad puede agregar una función de integración, actuando como disolvente del aislamiento de las áreas rurales, como mecanismo de cambio y de incorporación de aquellas al sistema nacional, a lo que podría agregarse su papel eventual en un proceso de integración latinoamericana.

Por otro lado, el diagnóstico sobre las realidades urbanas no dejaba dudas:

La gran ciudad latinoamericana se caracteriza así por la violencia y el desorden de su expansión demográfica y física. Crece irregularmente, se hipertrofia sin dirección, combina la excesiva densidad con la falta de verdaderos centros, de estructura y de identidad. Las densidades poblacionales excesivas coexisten con las insuficientes. La dispersión refuerza el continuo aumento del costo de bienes y servicios por persona atendida. La urbanización no modifica ni destruye las fuerzas y las estructuras del atraso; se integra en ellas y las refuerza.[17]

El desfasaje aparece como dramático, pero en las ideas que primaron en los años cincuenta y buena parte de los sesenta sobre los modos y las posibilidades de salvarlo, en las respuestas que se ofrecieron y en el rol que para ello se le asignó a la ciudad, primó aquella mirada esperanzada, que ponía al continente como el lugar donde podía llevarse adelante la verdadera modernización que evitara los costos que los países desarrollados venían descubriendo desde la segunda posguerra. Solo se necesitaba relevar los problemas y formular las preguntas adecuadas, capacitar a los técnicos y estudiar las mejores respuestas, para asentar sobre esa base sólida –científica– los planes con que los gobiernos esperaban actuar. La ciudad latinoamericana se produce entonces como una figura clave de la teoría social, desde el meridiano teórico del funcionalismo norteamericano, panamericanizado en la segunda posguerra en una densa red de instituciones (Unesco, Cepal, SIAP, fundaciones Ford y Rockefeller, etc.). Con dos consecuencias fundamentales: buena parte de las categorías que produjeron los cientistas sociales, especialmente norteamericanos, tienen a ciudades latinoamericanas como laboratorio; y el propio campo de las ciencias sociales latinoamericanas se forma bajo esos auspicios (y bajo esa tensión operativa que llevaría el nombre de planificación). Un ejemplo prominente de lo primero es que dos categorías clave que recorren el ciclo, continuo folk-urbano (la teoría de un proceso civilizatorio común a toda la humanidad entre un polo tradicional y otro moderno) y cultura de la pobreza (que busca probar la existencia de una cultura, propia de los migrantes, que introduce lo tradicional como parte inescindible de lo moderno), son producidas por Robert Redfield y Oscar Lewis, respectivamente, a través de la observación de los procesos de transformación urbano-territorial de México (en Tepoztlán, México DF y Yucatán), como parte de un debate fundamental sobre los procesos de modernización y el rol de las migraciones rurales en ellos, derivado típico de la Escuela sociológica de Chicago. Un ejemplo claro de lo segundo es la presencia de los temas urbanos y regionales en las agendas de las instituciones latinoamericanas de ciencias sociales desde su propia creación, o las relaciones entre desarrollo y planificación urbana y regional en las políticas públicas de los países latinoamericanos en los años cincuenta y sesenta, bajo el auspicio de la Cepal o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Curiosamente, y contradiciendo en buena medida las interpretaciones esquemáticas que suelen hacerse del funcionalismo, todo ese despliegue no careció de un fuerte voluntarismo constructivista, de modo que el mainstream del pensamiento social repropuso con su optimismo aquella vertiente ya tradicional del imaginario social latinoamericano, depositando en el continente una serie de aspiraciones que lo convertían una vez más en tierra de promisión para la construcción ex novo de Occidente. Así parecían ratificarlo la creación de ciudades nuevas, como la mencionada Guayana, y, más importante aún, Brasilia, el sueño de la ciudad moderna como solo se podía volver realidad en un continente “condenado a la modernidad” (de acuerdo con la fórmula acuñada por el crítico brasileño Mário Pedrosa). Por eso, como mostramos en la cita inicial de este apartado, Hardoy podía reunir en 1965 toda aquella serie de iniciativas (Guayana y Brasilia, las rutas interiores, las grandes infraestructuras, un nuevo esquema de urbanización), presentándolas en una visión articulada del proceso de cambio en el continente, la “expresión de una nueva América Latina que se desprenda de los límites del pasado y busque en la idea de integración la expresión de su modernización”.[18]

Las fases del ciclo

Apenas nueve años después, otra cita de Hardoy nos permite ilustrar de modo más claro la idea del ciclo, nuestra hipótesis de que, si a partir de finales de los años sesenta se entra en una fase muy diferente, de convicciones y estados de ánimo en buena medida opuestos en relación con la ciudad latinoamericana, ambos momentos componen un corpus unitario:

En el desarrollo del sistema capitalista no es posible pensar que los grupos opresores y oprimidos coincidan en los objetivos y en los alcances de las políticas nacionales de urbanización, ni en proyectos de sociedad futura de los cuales los procesos de reforma agraria y urbana forman parte,

escribía junto con Oscar Moreno en 1974.[19] Del optimismo modernizador del alegato tecnocrático al reconocimiento desencantado de sus limitaciones políticas: se trata de un ciclo que describe una completa generación de estudiosos, reconocible también en los programas y lineamientos de la red de centros de investigación que se estructuró en la oleada modernizadora, pero que continuó muy activa en su reflujo. Hardoy, arquitecto por la Universidad de Buenos Aires, con estudios de posgrado en planificación en la de Harvard, es una figura paradigmática para conducirnos en ese periplo, como “promotor académico” –la acertada caracterización es de Alejandra Monti–, animador principal de esa red desde comienzos de la década de 1960 al crear varias instituciones en la Argentina, liderar grupos de investigación y organizar congresos, movilizar cantidad de recursos de fundaciones internacionales hacia las investigaciones urbanas, dirigir la SIAP y montar su editorial a comienzos de la década de 1970; un periplo que, si bien no concluye, encuentra un momento definitorio con su exilio en Londres a partir del golpe de Estado de 1976 en la Argentina, acompañando el eclipse general del ciclo.[20]

La primera cita que usamos como acápite es un condensado de las convicciones desarrollistas, del entusiasmo modernizador de la primera fase del ciclo de la ciudad latinoamericana. Una fase en la que la perspectiva funcionalista define los temas principales vinculados al problema de la transición de la sociedad preindustrial a la sociedad moderna, en su peculiar encarnación latinoamericana, es decir, como ejemplo de las regiones o los países que “llegaron después” al momento de la “gran transformación”, en los términos clásicos de Karl Polanyi.[21]

En este marco teórico y cultural, puesto por las coordenadas no siempre concordantes del desarrollismo, el funcional-estructuralismo, la planificación regional y la economía espacial, las ciudades de la región eran percibidas con una ambigüedad que oscilaba entre la esperanza y la desconfianza: como puertas maestras de una corriente de ideas y estilos de vida que iba a liberar a América Latina de las cadenas del tradicionalismo y el subdesarrollo, incorporando las grandes masas de población rural a las nuevas pautas, económicas, sociales y políticas de la vida moderna; pero, al mismo tiempo, como monstruosos organismos parásitos, que succionaban la savia vital de sus países. Como se ve, esto enlazaba, inadvertidamente, las principales certidumbres de la planificación y la sociología urbana de la época (cuyo ideal estaba en el modelo de urbanización clásico europeo, con su miríada de ciudades pequeñas distribuidas en un territorio homogéneo) con la más larga tradición de la ensayística de interpretación nacional. Muy pocos mostraron en su momento estas sintonías escandalosas, ya que se suponía que los parámetros cientificistas constituían un estadio superador del intuicionismo de los literatos o los sociólogos impresionistas. Uno de ellos, seguramente el más agudo y mordaz de los intelectuales del período dedicados a los asuntos urbanos, fue Richard Morse, que apeló a los textos de Juan Agustín García y Joaquín Capelo, Gilberto Freyre o Ezequiel Martínez Estrada; y no hay que olvidar que La cabeza de Goliat, de 1940, le puso un sello indeleble a la comprensión del problema que la sociología urbana, más de una década después, iba a bautizar como “primacía”: el fenómeno de las ciudades desproporcionadamente grandes que concentran toda la vida económica, política y cultural de su nación, típico de la configuración urbana latinoamericana desde la misma colonización.

Esa fase formativa del ciclo transcurre, en líneas generales, entre los años cincuenta y finales de los sesenta. Podría decirse que fue, justamente por su carácter formativo (en términos de la creación de problemas, conceptos, instituciones), el período de mayor productividad. Como no podía ser de otro modo, dada la intensidad política de la problemática urbana, estuvo atravesado por crisis y mudanzas teóricas, de modo que buena parte de las polémicas y los conflictos que caracterizarán a la segunda fase del ciclo deben entenderse como producto del despliegue dialéctico de esta primera fase, despliegue protagonizado, como buscamos ejemplificar con las citas de Hardoy, por el mismo grupo de figuras e instituciones. El itinerario teórico-político de la Cepal o la SIAP, o de centros nacionales como el Cendes de Venezuela, el Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR) de la Argentina o el Centro Interdisciplinario de Desarrollo Urbano (CIDU) de Chile, son ejemplos inmejorables del pesimismo que comienza a primar en la segunda fase del ciclo sobre las posibilidades de cambio que residen en la ciudad; un pesimismo que, como se adelantó a propósito de Rama, no disminuirá el optimismo sobre las capacidades de América Latina para producir la transformación necesaria, pero esta vez por vía de una revolución que, como parecía mostrar el ejemplo cubano, no podía ya producirse en la ciudad, sino que debía llegar de fuera de ella, del campo, ese par antagónico en la historia latinoamericana.

En rigor, el proceso de revisión teórico-conceptual comenzó ya en la primera fase del ciclo, hacia los años cincuenta, ante la evidencia de que ciertos postulados de la teoría de la modernización condenaban la realidad de la urbanización latinoamericana al lugar de la anomalía. Esto es claro en los textos de Gino Germani o Phillip Hauser, que de diversas maneras advierten los límites de la capacidad explicativa de nociones como sobreurbanización o primarización (ya en 1958 Harley Browning alertaba sobre la exageración de los ataques contra la “naturaleza parasitaria” de las grandes capitales de América Latina), o sobre la misma dicotomía tradicional/moderno, nociones que trasladaban, compactos, moldes teóricos que terminaban caracterizando a la ciudad latinoamericana como patología, desviación de la norma dictada por la modernización occidental.[22]

Pero el progresivo distanciamiento que promovía la búsqueda de categorías y explicaciones específicas fue derivando, desde mediados de los años sesenta, hacia una completa inversión de las certidumbres modernizadoras, a medida que se iba reemplazando la clave del desarrollo por la de la dependencia. Así, si el primer movimiento de revisión había mostrado los desajustes de la teoría de la modernización respecto del camino de la urbanización latinoamericana hacia el desarrollo, el segundo buscaba mostrar que, en las condiciones de dependencia, la urbanización era uno de los factores del subdesarrollo y la explicación de su perpetuación. Ya no las formas de comprensión, sino los propios valores asignados a la ciudad y a la modernidad comenzaban a ser puestos en cuestión, como se percibe en los trabajos de Aníbal Quijano, uno de los principales teóricos de la “urbanización dependiente”, quien elaboró su obra desde la segunda mitad de los años sesenta en la Cepal.[23]

La mutación del desarrollo a la dependencia también supondrá, progresivamente, una mutación de los paradigmas del estructural-funcionalismo de la sociología de la modernización (de origen “panamericano”, digamos, por llamar de algún modo a esa combinación de sociología norteamericana y estructuralismo cepalino) a los del estructuralismo marxista (por lo general, althusseriano) de la sociología urbana francesa, con el protagonismo de la figura ascendente de Manuel Castells, el sociólogo español cuya experiencia en la Santiago de los albores de la “vía chilena al socialismo” fue decisiva. Castells estuvo instalado en Santiago, con intermitencias, entre 1966 y 1972, mientras elaboraba su libro La cuestión urbana, publicado en París en 1972 con gran impacto en el debate internacional sobre la ciudad.[24]

La Santiago de la segunda mitad de los años sesenta era un lugar a medida para reflexionar sobre la cuestión urbana, por varias razones en las que nos detendremos en diferentes partes del libro: por el alto nivel de movilización y organización popular en torno a los temas del suelo urbano y la vivienda; porque Chile fue uno de los países que más temprano había comenzado políticas activas de planificación del territorio que demostraron una gran continuidad; y por la concentración de instituciones transnacionales dedicadas al hábitat popular y a la planificación, como segmento especializado dentro de la notable aglomeración institucional que había llevado a considerar a la capital chilena como la “Ginebra de América Latina”. Allí se formaban y socializaban los principales expertos del continente, ante la presencia de figuras de las diferentes camadas del pensamiento latinoamericano, como Raúl Prebisch, José Medina Echavarría, Albert Hirschman, Celso Furtado, Osvaldo Sunkel, Fernando Henrique Cardoso, Aníbal Quijano, etc.; se creó un programa especial de la Fundación Ford, dirigido por John Friedmann, para asesorar al gobierno de Frei; a nivel universitario, desde 1964 existía un curso de especialización de grado en Planificación Urbana y Regional dictado por el Instituto de Vivienda, Urbanismo y Planeación (Ivuplan) de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile, y en 1966 se formó el CIDU de la Universidad Católica –con apoyo académico y financiero también de la Fundación Ford–, que a lo largo de los años sesenta conoció un importante proceso de politización. Esto puede dar alguna idea del modo en que fueron acumulando intensidad las experiencias y los debates a lo largo de más de una década en el momento de la asunción de Allende al gobierno, cuando, como tantas otras cosas de la política chilena, los temas de la transformación urbana y rural se radicalizarían.

Ahora bien, esta intensificación de la experiencia reformista chilena hasta culminar en el peculiar experimento de socialismo que emprende Allende es una de las explicaciones de que el golpe militar de Augusto Pinochet, en septiembre de 1973, además de su significado político y de su cruenta realidad (pero también justamente por ellos), sea el acontecimiento que con fuerza de símbolo señala el inicio del fin para el esplendor latinoamericanista, la estación final de esos “catorce años prodigiosos” que habían comenzado con la Revolución cubana. Curiosamente, los acontecimientos extremos que definen esta fase ponen frente a frente a dos de los laboratorios más importantes de América Latina en nuestros temas en esos años, Cuba y Chile. Porque también Cuba, que durante los años cincuenta había participado de las redes panamericanas de pensamiento urbano, después de la Revolución llevó adelante una intensa política de reorganización urbana y territorial tras los mismos objetivos compartidos de la planificación regional modernizadora que campeaba en todo el continente, con eje en la distribución homogénea de pequeños y medianos asentamientos, como muestra el resonante proceso de integración rural-urbana. Pero con un agregado que sería decisivo en las representaciones sobre la planificación urbana y regional en los años siguientes, ya que ese proceso supuso una desconcentración de La Habana que tuvo la capacidad de combinar las certidumbres técnicas que recorrían todo el ciclo en el continente (de indudable matriz reformista y anglosajona) con valores políticos mucho más específicos de la Revolución cubana, especialmente su desconfianza hacia la ciudad capital, a la que veía como síntesis cultural e ideológica del régimen depuesto y último bastión social por conquistar para una revolución que se representaba como llegada de los montes y el interior campesino.

Lo cierto es que el fin abrupto del experimento reformista chileno, de frente a la continuidad exitosa de la experiencia cubana y en el marco de la radicalización ideológica en todo el continente, tuvo algunas consecuencias importantes. La primera, cristalizar la convicción, que ya se había generalizado, de que no había reforma urbana o territorial posible dentro del sistema capitalista: el cambio político debía preceder a los cambios en las relaciones de la sociedad con el territorio, y todo lo que intentara invertir ese orden histórico estaba condenado al fracaso. La segunda, y de modo consecuente con esta preeminencia de la política, impedir la revisión de las ideas específicas sobre la ciudad y el territorio: si la misma reforma, con similares postulados teóricos, podía triunfar en Cuba y no en Chile, los errores no podían ser adjudicados entonces a las ideas técnicas, sino a la política. Esto tuvo un peso fundamental en la propia definición del rol de planificador –que pasó de ahí en más a ser o un propagandista en foros internacionales de una planificación imposible, o un crítico de las estructuras y del reformismo que había pretendido cambiarlas a través del saber técnico–, y congeló en América Latina, durante más de una década, un debate teórico sobre la planificación urbana y regional que en ese mismo momento estaba comenzando con fuerza en Europa. La tercera, sentar aquella convicción de que la ciudad estaba incapacitada para la transformación: la pérdida de confianza en el desarrollo había significado, desde finales de los años sesenta, una creciente pérdida de confianza en el Estado capitalista para promover el cambio y en la ciudad como su principal agente, y el contraste entre las experiencias chilena y cubana parecía dar ahora razones abundantes.

La ambigüedad de la primera camada de especialistas frente a la gran ciudad se definió con más claridad hacia posiciones antiurbanas en el pensamiento social. Esta visión crítica de la ciudad ya no tenía en la mira solamente la concentración económica y las disparidades regionales, sino el propio rol de la ciudad como agente social de reproducción del sistema capitalista y de sus clases medias como factor contrarrevolucionario. Y es que, como había anunciado ya Horowitz en 1966, por el carácter específico que la dicotomía urbana-rural asumía en las condiciones de dependencia de América Latina, “la ciudad se convierte en el área reformadora” (“representación de las necesidades y ambiciones de la clase media”) y el campo “se vuelve la zona revolucionaria” (en rigor, la “expresión polarizada de la reacción y la revolución: de las soluciones totales para los problemas totales”).[25] Este parecía ser, en definitiva, el rol de los migrantes rurales en la ciudad: introducir su presencia desestabilizadora ante la inviabilidad de una cooptación reformista como la que habían sufrido los sectores obreros tradicionales.

Y así, luego de tres décadas en que la explosión urbana había relativizado la centralidad de la cuestión rural en la cultura latinoamericana, se asistía a una nueva inversión, que resituaba por completo la oposición campo/ciudad. Pese a la modulación discursiva dominante en el pensamiento urbano, que incluía tanto la asepsia de la economía espacial como la hiperpolitización de las diferentes vertientes marxistas, esa nueva inversión iba a contribuir decisivamente con el progresivo acoplamiento entre la revisión de los valores de la ciudad y la modernidad y las visiones antiurbanas de la teoría de la dependencia.

De tal modo, la caída sin retorno del reformismo viene a confirmar toda una línea de pensamiento, ya esbozada en las ciencias sociales, que había decretado el fracaso del proyecto desarrollista en tanto proyecto de encuentro virtuoso entre el Estado, los técnicos y las necesidades sociales. Luego de haberse reunido con todos los saberes, el técnico no encuentra interlocutores, no solo porque en varios países se hubiera pasado entretanto de democracias a dictaduras (en una secuencia iniciada en Brasil en 1964), sino fundamentalmente porque en ese pasaje se había puesto en evidencia el verdadero rostro del poder:

las clases y grupos que presumiblemente deberían estar interesados en el desarrollo, el cambio, la democratización, la modernización y la autonomía externa, parecerían carecer hasta hoy de la madurez, la organicidad, el dinamismo y la voluntad para imponer las transformaciones estructurales requeridas.[26]

Esa es la señal que hace mutar la propuesta de acción técnica en crítica: así, los técnicos aspirarían a colaborar con la otra acción, popular, masiva, la única que aparece entonces como válida. Podría decirse que en este cambio se reinventa la sociología urbana como crítica a la ideología del Plan.

Rutas panamericanas: vías para pensar (una vez más) las relaciones con los Estados Unidos

¿Cómo convalidamos la naturaleza desigual del encuentro de América Latina con Estados Unidos y, a la vez, escribimos una historia que sea sensible a la cultura, multívoca e interactiva?

Gilbert Joseph, 1998[27]

Las recurrentes menciones que hemos hecho hasta aquí de ideas, figuras e instituciones de los Estados Unidos ya deben haber dado una buena medida de su centralidad en todo este ciclo de la ciudad latinoamericana. El proceso de intercambio Norte-Sur en estos temas fue, en efecto, definitorio, y no podría haber sido de otro modo, habida cuenta de que ese ciclo coincide con el período en que Estados Unidos expande su poder como protagonista casi excluyente en la definición del nuevo orden del mundo surgido de la guerra, pone el horizonte conceptual con el cual ese mundo va a ser pensado en las siguientes décadas –las nociones de modernización y desarrollo, en primer lugar– y, de modo más específico, se vuelve hegemónico el dispositivo de conocimiento social que venía produciéndose hacía tiempo en la academia estadounidense –con especial originalidad en el área del pensamiento sociourbano–, identificado desde entonces con el método científico tout court, con un impacto decisivo en la renovación tanto intelectual como institucional de las ciencias sociales en todo Occidente. Era imposible que América Latina (tan cerca de los Estados Unidos y tan lejos de Dios, como afirma sobre México la célebre frase) no se norteamericanizara en el mismo momento en que el conjunto del mundo occidental lo hacía. Y, sin embargo, basta señalar ese dato obvio del período para advertir al instante que las implicancias de esa expansión son especialmente complicadas en los países latinoamericanos, por la peculiaridad de las relaciones establecidas entre ambas Américas, en términos culturales y políticos, al menos desde finales del siglo XIX.

Un intelectual europeo como Cesare Pavese, comunista por añadidura, todavía a finales de los años cuarenta podía celebrar la cultura norteamericana como una “espiral de libertad”, un “laboratorio del mundo moderno”; se trataba de una manifestación más de la admiración con que un sector de la izquierda occidental había interpretado el Amerikanismus, sinónimo de la grandeza y la rudeza purificadoras de la civilización moderna, de la osadía para producir el futuro sin las trabas opresivas del pasado siempre presente en el Viejo Mundo.[28] Pero en América Latina, mucho antes de la Guerra Fría, por lo menos desde la guerra hispano-estadounidense y la expansión de los Estados Unidos en Centroamérica –detonantes de lo que Oscar Terán llamó el “primer antiimperialismo latinoamericano”–, iba a ser muy difícil separar las representaciones culturales sobre esa nación de sus roles políticos y sus negocios en el Sur, que una y otra vez iban a desmentir buena parte de sus proclamados fundamentos liberales y modernos, hasta el punto en que cultura, política y negocios llegarían a ser interpretados como una única cosa, la alienante combinación del Pato Donald y la Coca Cola.[29]

Esa cercanía seguramente ha vuelto tan difícil como inevitable examinar una y otra vez las relaciones con los Estados Unidos, delineando una tradición literaria entre nosotros: alcanza con mencionar solo una de sus líneas, el largo y prolífico uso de las metáforas shakesperianas de La tempestad, entre el antiutilitarismo idealista del Ariel de Rodó y la epifanía ibérica de El espejo de Próspero de Morse, sin olvidar el Calibán insurrecto de Fernández Retamar, entre tantos otros, para notar que desde muy temprano los Estados Unidos han sido pensados como el otro de América Latina, una relación siempre triangulada, por cierto, con la “cultura europea” (un ente tan inexistente, pero tan real en las representaciones, como la misma “cultura latinoamericana”). Por eso, también, las relaciones entre los países latinoamericanos y los Estados Unidos de Norteamérica se han convertido en un tema ya clásico de estudio, que, si tradicionalmente estuvo enfocado en la diplomacia, los intereses políticos y económicos, en las últimas décadas ha recibido el impulso de una nueva camada de aproximaciones originales, tanto en el norte como en el sur, sobre los más variados territorios de la cultura.

Sin embargo, una dimensión importante de esas relaciones como la que se trata en este libro, la cultura urbana y territorial, ha sido todavía muy poco abordada. Han comenzado a realizarse algunos estudios importantes pero puntuales, por lo general sobre casos específicos de alguna institución o figura norteamericana con presencia en una región, o más habitualmente, alguna ciudad de América Latina, pero no disponemos de aproximaciones más generales, que permitan desarrollar un debate amplio sobre los modos en que tales relaciones pueden pensarse. Y como todo indica que la cultura urbana y territorial es un prisma a través del cual los problemas historiográficos y conceptuales que involucran esas relaciones quedan expuestos en ángulos singulares, me pareció necesario dedicar una parte de esta apertura al esbozo de un cuadro general, de modo que este ciclo de la ciudad latinoamericana, tan rico en relaciones interamericanas –hasta los nombres para designarlas distan de ser simplemente denotativos, atravesados de proyectos, engaños y decepciones–, quede adecuadamente presentado. Ya que la emergencia de la red de pensamiento urbano latinoamericano que busco reconstruir no puede ser concebida por fuera de esos vínculos, he optado aquí por llamar esa trama las “rutas panamericanas”.

Si todos los nombres con que podemos designar las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina están necesariamente connotados, este busca restituir, de modo metafórico, una instancia material en ellas, un fragmento de la utopía de la comunicación de las culturas técnicas y políticas en América que orientó muchas acciones y voluntades al sur y al norte: la idea –de claros matices saintsimonianos– de un camino que uniera las diversas partes del continente surgió en la Primera Conferencia Panamericana de 1889-1890 en Washington, en uno de los más tempranos intentos de constitución del sistema interamericano; se convirtió en una propuesta concreta en la V Conferencia realizada en Santiago de Chile en 1923; pero logró un convenio específico firmado por una mayoría de países recién en 1937, ya en medio de la cooperación más plena abierta por el contexto de la Segunda Guerra Mundial y de la expansión de la idea de planificación; y comenzó su trazado en los años cuarenta, cuando esa cooperación comenzó a recibir mayores recursos de los Estados Unidos, y la Unión Panamericana fue incorporada a la novísima Organización de Estados Americanos. No voy a abordar aquí la historia específica de la Ruta Panamericana, pero alcanza con decir que su ideación y realización fueron acompañando los diversos estadios de las relaciones interamericanas desde su mismo origen, de modo que la metáfora de la conexión gana todo su sentido: una conexión nada lineal, poblada de obstáculos, contradicciones y malentendidos, y que, como la propia carretera, no ha culminado en la forma de una simple vía bidireccional, sino de una red abierta y problemática.[30]

Ese carácter complejo puede ser ejemplificado en nuestro tema a través de una anécdota: en 1958 el arquitecto chileno Hernán Larraín Errázuriz se negaba a incorporarse a la SIAP, recién constituida en Puerto Rico, argumentando que toda la política interamericana era simple propaganda para la infiltración de los intereses norteamericanos en América Latina, organizada mediante becas, viajes de estudio y programas de asistencia técnica, y sostenida en instituciones como la Sección de Vivienda y Planificación creada por la Unión Panamericana, el Centro Interamericano de Vivienda (Cinva) que la OEA había abierto en Bogotá, la SIAP o las fundaciones Ford y Rockefeller.[31] En verdad, el fondo de la disputa era ya un clásico de las relaciones panamericanas en plena Guerra Fría: Larraín Errázuriz acusaba al presidente de la SIAP, el planificador portorriqueño Rafael Picó, entonces ministro de Hacienda de Puerto Rico, de funcionar como una marioneta de los Estados Unidos –de hecho, por la particular situación institucional de Puerto Rico como Estado Libre Asociado de la Unión, sus funcionarios solían actuar indistintamente como delegados de ambas naciones en las reuniones interamericanas–. Pero, al mismo tiempo, en la Comisión Directiva de la SIAP se encontraban algunas de las figuras clave de la modernización reformista urbana y territorial latinoamericana, como el peruano Luis Dorich o el venezolano Luis Lander –figuras, por añadidura, con formación de posgrado e incluso experiencia profesional en los Estados Unidos–, a quienes el propio Larraín Errázuriz reconocía como técnicos prestigiosos, aunque en su perspectiva quedaran enredados en las interesadas tácticas de Picó.

Como se ve, la anécdota nos introduce de lleno en el papel protagónico que las instituciones panamericanas tuvieron en el ciclo y, en especial, el que jugó Puerto Rico, cuya importancia decisiva ha sido por lo general muy poco apreciada –o directamente ignorada– seguramente por el delicado lugar cultural y político que siempre ha ocupado la isla tanto para los países latinoamericanos como para los Estados Unidos. Por supuesto, también muestra con claridad el modo en que la politización de la idea de América Latina a lo largo de la década de 1950 (y en particular de la de 1960) iba a socavar el ideario panamericano; pero, al menos en el campo que analizamos, eso no iba a impedir crecientes formas de interacción y colaboración. Y en ese marco, uno de los principales dilemas al analizar las relaciones técnicas e intelectuales entre América Latina y los Estados Unidos al que nos enfrenta la intervención de Larraín Errázuriz es la necesidad de asumir al mismo tiempo que su suspicacia antinorteamericana no era injustificada, como se vio pocos años después, cuando el estallido del escándalo del Proyecto Camelot en Chile dejó empequeñecidas las sospechas más delirantes; y que Dorich o Lander tampoco eran tan ingenuos, como demuestra a la perfección la trayectoria posterior de la propia SIAP, una de las instituciones que más empeño puso en la formación de un pensamiento crítico latinoamericano. Este carácter dilemático de las relaciones entre América Latina y los Estados Unidos, siempre marcadas por la sospecha, la desconfianza, el interés, pero que también generaron episodios de contacto cultural de alta productividad, marca el ciclo completo que proponemos estudiar; el problema, en todo caso, es cómo lidiamos con eso en cada caso específico, cómo lo interpretamos sin reducir sus ambivalencias y complejidades, sin caer, podríamos decir, en las trampas que el mismo clima de la Guerra Fría que estudiamos nos pone a cada paso.

¿Y qué decir del propio Picó? De acuerdo con la mirada de Larraín Errázuriz (la hipótesis, digamos, conspirativa), debería ser considerado como una suerte de doble agente, aunque en la historia del pensamiento urbano de América Latina debería ocupar un sitial de honor como organizador de la primera Junta de Planificación en 1942 –con atribuciones garantizadas por una ley nacional especialmente promulgada entonces– que con adaptaciones se utilizó en varios países del continente como modelo. ¿Y qué de la multitud de figuras norteamericanas, como el propio Morse, que recorrieron América Latina a lo largo de todo el ciclo, interviniendo con ideas y acciones en la transformación urbano-territorial, estableciendo contactos, generando intercambios de ideas y experiencias, participando en debates, construyendo instituciones? El elenco es más que heterogéneo: de Robert Redfield a Francis Violich, de John Friedmann a William Mangin, de Nelson Rockefeller al matrimonio de Anthony y Elizabeth Leeds, de Rexford Tugwell a Caroline Ware: antropólogos, historiadores, economistas, planificadores, políticos, empresarios. Algunos de ellos, sin duda, podrían dar bien el tipo del quiet american que presentó Graham Greene en su conocida novela sobre la guerra de Indochina, según la cual no es difícil concluir que, cuando de relaciones internacionales se trata, los bienintencionados son los peores: cuando se actúa con esa mezcla de ingenuidad, soberbia e ignorancia característica del yanqui, muestra Greene, es imposible que las cosas salgan peor.[32] Sin embargo, al tratar con el tipo de figuras que usualmente se dedicaron durante nuestro ciclo a estudiar los problemas sociourbanos y territoriales de América Latina, vemos que la mayoría de ellas responde a un tipo bastante diferente: no bienintencionados abstractos indiferentes a cualquier cosa ajena a la misión civilizatoria que se trazaron, sino técnicos, académicos o intelectuales sensibles a la nueva realidad que conocían, y que lograron, en muchos casos, establecer vínculos muy sólidos y comprometidos con ella, lo que ha permitido que algunos de ellos fuesen reconocidos como parte de los sectores más originales y creativos del pensamiento latinoamericano.

Al mismo tiempo, es imposible eludir las connotaciones más amplias de su actividad, su inserción en las tramas institucionales, ideológicas y políticas que iban convirtiendo a los Estados Unidos en nueva potencia mundial. Como ha señalado Mark Berger al estudiar el campo de los estudios latinoamericanos en los Estados Unidos, los discursos y las prácticas sociales que produjeron el objeto “América Latina”, más allá de las intenciones de muchas de las figuras que los vehiculizaron, fueron parte principal en la construcción de dispositivos que, tomados en conjunto, dieron sostén a la expansión de la hegemonía norteamericana.[33] Pero en otra vuelta de tuerca, su rol de agentes implícitos de esa expansión tampoco agota su significado cultural, que da forma en las experiencias históricas concretas a un encuentro dinámico y multifacético, en términos de Gilbert Joseph, ya que “las relaciones de poder concomitantes a esas mediaciones pueden haber sido asimétricas, pero la comunicación circuló en ambas direcciones y a menudo tuvo consecuencias inesperadas y paradójicas”.[34] Esta voluntad de asumir las ambivalencias y el doble juego en cada uno de los múltiples aspectos con que las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina enfrentan al historiador es uno de los rasgos más inspiradores que ofrece el nuevo contingente de estudios, especialmente en lo que hace a la Guerra Fría cultural. De allí proviene una doble transformación de los enfoques: su “descentralización” (el término es de Joseph), para prestar atención ahora a lo que ocurre desde cada una de las regiones latinoamericanas con las miradas locales sobre la relación con los Estados Unidos; y su “desideologización”, no en el sentido de suspender todo juicio frente a las fuentes, sino de salirse de los marcos estrechos puestos por la propia polaridad ideológica de la Guerra Fría.[35]

Todo esto implica también la necesidad de tomar en serio (es decir, no como mero ornato que oculta las verdaderas intenciones) las autorrepresentaciones norteamericanas en el ciclo de su expansión, lo que supone, entre otras cosas, reconocer las diferencias ideológicas existentes entre las variadas corrientes intelectuales que protagonizaron ese ciclo: por ejemplo, entre las posiciones clásicamente etnocentristas, que constituyen al “otro” latinoamericano como el buen salvaje que debe ser civilizado, y las corrientes que sostenían la idea de una realidad y una historia común entre las dos Américas, lo que prohijó toda una camada de intelectuales e instituciones norteamericanas lanzadas a la reivindicación cultural de América Latina.[36]

Una maniera norteamericana

Tratemos entonces de pensar, en el marco puesto por la historiografía más renovadora, cuál sería la especificidad que la cultura urbana y territorial imprime a las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, para lo cual, en primer lugar, tenemos que definir qué significa esa maniera norteamericana del pensamiento sociourbano que va a expandirse durante nuestro ciclo. Se trata de un estilo de pensamiento que se apoyó, por cierto, en tradiciones europeas (el survey británico y la teoría social continental), pero que fueron procesadas en los Estados Unidos de un modo original, a través de una combinación de teoría y praxis que se volvería muy exitosa en el conjunto del pensamiento social –especialmente a partir de la sistematización funcionalista–, con el énfasis en la cuantificación de los datos recolectados en el trabajo de campo y la construcción de modelos, desde el punto de vista intelectual; y, desde el punto de vista institucional, la constitución del “centro” como forma organizativa de una investigación que se piensa colectiva e interdisciplinaria.

En el caso específico del pensamiento sobre la ciudad y el territorio, esta maniera tuvo un doble foco de irradiación: las ideas de la Escuela de Chicago, que elabora en las décadas de 1920 y 1930 un dispositivo de estudio e interpretación socioetnográfica de la ciudad moderna; y la experiencia de planificación de cuencas desarrollado por la Tennessee Valley Authority en la década de 1930, una experiencia que se volvió emblemática del New Deal y de una concepción de la planificación que amplía su accionar al conjunto del territorio. Así, podríamos decir que la maniera norteamericana del pensamiento sociourbano y la planificación se caracteriza por un tipo de relación programática (intelectual e institucional) de tres partes: los temas urbano-territoriales, la “ciencia social” (que se estaba consolidando como tal) y un ideario de regionalismo. La expansión de ese modo de abordar la cuestión socioterritorial significó en América Latina un novedoso proceso de espacialización del pensamiento social, entre el reformismo regionalista de los años treinta y el desarrollismo de los sesenta.

Por supuesto, es muy difícil, en este como en cualquier otro tema, unificar la experiencia de las regiones latinoamericanas en su relación con los Estados Unidos: mientras al norte del Ecuador, por ejemplo, al compás de una presencia económica dominante de la nueva potencia hegemónica, las élites políticas e intelectuales ya habían comenzado desde finales del siglo XIX a estar mucho más abiertas también culturalmente a las pautas estadounidenses de modernización, siendo habitual que pasaran allí sus exilios o hicieran su formación universitaria, en la mayor parte del Cono Sur, por el contrario, la referencia norteamericana fue más o menos exótica hasta los años 1930, por los tradicionales vínculos con Europa, que continuaron siendo fuertes, lo que generó una serie de conflictos entre diversas tradiciones de pensamiento, aunque las ideas norteamericanas tendieron a ser más y más dominantes.

Por supuesto, también es posible encontrar algunas referencias norteamericanas tempranas en la cultura sociourbana del Cono Sur del siglo XX, como la asunción de formas descentralizadas de desarrollo urbano en Montevideo desde el comienzo del siglo, o la atenta mirada que el urbanismo público de Buenos Aires de los años veinte puso en el movimiento City Beautiful, o el ingreso de los patrones municipalistas en la administración urbana brasileña de los primeros años treinta, con asesoramiento directo de instituciones norteamericanas, o el temprano ingreso en Brasil de los estudios etnográficos sobre “comunidad” a través de la figura de Donald Pierson. Sin embargo, fue recién desde finales de los años treinta cuando, en la coyuntura de la guerra y en el marco de una expansión ya internacional del pensamiento sociourbano y la planificación norteamericanos, estuvieron preparadas las condiciones en toda América Latina para trazar vínculos más intensos. Se trató, como es sabido, de una coyuntura muy especial, que fue mezclando en ambos hemisferios el ya instalado americanismo por convicción (la idea de que el continente americano encarnaba una alternativa a la “decadencia” europea que venía advirtiéndose desde la Primera Guerra), con un nuevo americanismo por necesidad (el tradicional viaje a Europa estaba vedado para todos), propiciando descubrimientos mutuos.[37] A esto se agregaba la realidad inapelable del nuevo poder mundial (técnico y económico) de los Estados Unidos, que obligaba a América Latina a enfrentar, en el mismo momento del reconocimiento de la pertenencia común al Nuevo Mundo, la creciente certidumbre de formar parte subordinada de su “área de influencia” (o menos eufemísticamente, su “patio trasero”), lo que conectaba esa incomodidad con aquella más larga tradición de antiimperialismo latinoamericano ya mencionada.

Así que las miradas latinoamericanas hacia el norte mezclarían una nueva fascinación por el progreso técnico con el más tradicional recelo despectivo que, por su parte, mezclaba antiguos aristocratismos con flamantes ideologías. Mientras, desde el norte las mezclas no serían menores, ya que el “atraso” latinoamericano impulsaría en los Estados Unidos tanto vocaciones redentoras de transformación (seguidas con frecuencia por simétricas frustraciones) como sucesivas revelaciones edénicas, en las que la pobreza del continente se vuelve su más preciado tesoro ante la deshumanización del mundo moderno. Uno de los episodios bastante estudiados que muestra con riqueza algunos de estos matices es el de la gestión como coordinador de la Office of Inter-American Affairs (OIAA) en la década de 1940 de Nelson Rockefeller, quien en su contribución a la política de apertura de los Estados Unidos hacia América Latina supo combinar con audacia filantropía, propaganda y negocios. Dentro del amplio espectro de actividades de la OIAA, por lo general los estudios culturales se han centrado en las producciones romántico-pintorescas (del estilo de películas de Disney como Saludos amigos o The three caballeros), que muestran una visión estereotipada de lo latinoamericano, mientras que los estudios sobre la arquitectura lo han hecho sobre sus apuestas modernistas de gran sofisticación cultural (como la muestra Brazil Builds realizada en 1942 en el MoMA); pero en ambos casos se ha tendido a acentuar la connotación manipuladora de la política de propaganda norteamericana en el marco de la guerra.[38] Dando por sentado ese rasgo, al mismo tiempo no debería soslayarse un aspecto sustancial desde nuestro punto de vista: esas políticas se producían en un contexto de “mutua seducción” entre los Estados Unidos y América Latina –de acuerdo con Sol Glik–, con un “magnetismo de doble mano” que explica, entre otras cosas, la fascinación que produjo en la cultura popular norteamericana una figura como Carmen Miranda y su “South American Way”.[39]

Pero el ejemplo de Rockefeller muestra la otra novedad de los años treinta: el inicio de un nuevo tipo de relaciones interamericanas mucho más activas, que incluso van a contar con un creciente –si bien modesto, en términos comparativos con el de otras regiones del mundo– flujo de recursos; anunciado con la política del “buen vecino” de Roosevelt, ese nuevo tipo de relaciones tendrá sus momentos de intensificación en el Punto IV del discurso de asunción del presidente Truman en 1949, que instaura como política de Estado la asistencia técnica a las regiones subdesarrolladas del mundo; y, por supuesto, en la Alianza para el Progreso, lanzada por Kennedy en 1961. Y si en general en América Latina ha quedado una idea bastante caricaturesca de toda la empresa de la Alianza, no habría que olvidar que la Cepal, sin duda una de las más sólidas usinas de pensamiento autónomo que alguna vez haya tenido la región, depositó también una gran dosis de confianza en ella. Lo cierto es que fue durante ese ciclo, como señalamos, cuando se construyó la red continental de pensamiento urbano, que convirtió a toda América Latina en un campo de debate –que, propiamente, permitió la existencia de la ciudad latinoamericana como una figura dinámica del horizonte intelectual internacional del período–, con la asistencia protagónica de las ideas, las figuras y las instituciones de la planificación norteamericana.

Reformismos

Partimos, entonces, de la hipótesis de que la expansión de la maniera norteamericana de planificación puede inscribirse en una más amplia era reformista de pensamiento sobre las cuestiones urbano-territoriales, que arranca en la década de 1930 con el impulso del New Deal. Por supuesto, no puede sino ser un reformismo muy peculiar, en tanto coincide con la consolidación en todo el mundo del poder estadounidense y de su modelo de ciencia social (sus teorías, sus prácticas y sus instituciones): la clave está en entender los muy diversos significados que asumió entonces la palabra reformismo. Siguiendo a David Ekbladh en su impactante estudio sobre la “misión (norte)americana”, la expansión mundial del poder de los Estados Unidos estuvo movida por tres convicciones arraigadas: la fe irreductible en las virtudes de la sociedad liberal; la idea de que los Estados Unidos eran el modelo más avanzado de ella (por lo cual no cabía otra medida más progresista que buscar generalizarlo); y la confianza ingenua de que un mundo “moderno” (es decir, urbano, industrial y democrático) iba a ser más acogedor para su implantación y desarrollo.[40] Es un conjunto de convicciones que explica el surgimiento de una idea-fuerza de todo el ciclo: la idea salvacionista de que los Estados Unidos pueden (y deben) rehacer otras sociedades, como señaló Jules Benjamin, lo que convierte la empresa en un expansionismo reformista, con todas las paradojas y aporías que esa fórmula implica, tanto en los fenómenos históricos que produjo como en las conciencias de los actores que lo llevaron adelante.[41] Por añadidura, aun creyéndose siempre igual a sí mismo, ese reformismo fue atravesado –sigo el razonamiento de Benjamin– por las enormes transformaciones del siglo XX que invirtieron su signo ideológico: si se formuló como la alternativa militante (de un democratismo radical) frente a las monarquías, los imperios y los totalitarismos europeos, a medida que avanzó la década de 1930 y, especialmente, la Segunda Guerra, quedó como el bastión también militante del combate contra la revolución socialista.

Esta conceptualización de la era reformista organiza el entramado sobre el cual sostener una reflexión general, pero es indudable que la especificidad de nuestro tema demanda todavía otras precisiones. El pensamiento urbano y territorial permite una mirada diferente sobre aquel proceso de contacto cultural porque la planificación –esa palabra de orden desde 1930 en todo el mundo– tensiona hasta el límite la matriz liberal que está en el corazón de la expansión reformista estadounidense, en cuanto supone una creciente participación estatal en la actividad económica y la vida social.

Esta tensión se haría sentir dentro de los Estados Unidos de forma periódica, a través de fuerzas y actores políticos y sociales poderosos que buscarían ponerle estrictos límites a cualquier experimento planificador. Y también a cualquier proyecto de asistencia externa, que sería visto como parte del mismo paquete intervencionista, abriendo una brecha ideológica en el propio seno de la empresa expansionista, que quedaría en manos de los sectores más progresistas. Más allá de que los resultados de sus acciones hayan sido virtuosos o catastróficos, son figuras del progresismo a quienes vamos a encontrar durante nuestro ciclo participando de la experiencia latinoamericana, como parte de su voluntad de reformar el mundo, ante las críticas aislacionistas de los sectores conservadores que preferían que los Estados Unidos se cerrasen sobre sí mismos. Y de allí la paradoja que va a convertir a muchas de esas figuras en casi parias, acusados de “rojos” en su país y de imperialistas fuera de él. Ekbladh muestra que el clima del macartismo y la Guerra Fría produce en los Estados Unidos un desplazamiento de los equipos de newdealers desde las oficinas del Estado norteamericano a las fundaciones privadas, que se convierten en el canal fundamental del expansionismo reformista. Y por eso se vuelve tentador pensar a una porción de los técnicos e intelectuales norteamericanos que en los años cincuenta y sesenta circulan por América Latina como batallones fantasmas de reformistas a la búsqueda de nuevos territorios (y nuevos soportes estatales) en los cuales practicar un New Deal que ya no podía realizarse en su propio país. Esta constatación permitiría matizar la definición de Sergio Miceli sobre los operadores de las fundaciones norteamericanas en el Tercer Mundo: él ve en ellos un cruce “entre los criterios mercadológicos de eficiencia-desempeño-productividad y el salvacionismo liberal”, pero deberíamos agregar la variable nada desdeñable de las raíces reformistas de su ideología.[42]

Hay tres nociones clave de los lenguajes ideológicos del período que van a funcionar como un único cuerpo de doctrina, aunque muchas veces se las utilice descriptivamente como términos técnicos: modernización, desarrollo y planificación. Lo interesante, más allá de todo lo que se ha escrito sobre ellas por separado, es que durante el despliegue de la expansión reformista norteamericana las tres sufren peculiares refracciones en cada campo de aplicación específico (cada cultura profesional, por ejemplo) y, especialmente, una análoga mutación de significados que debe ser historizada, para entender qué se nombraba con esas nociones en cada momento y evaluar el modo en que el viaje de las ideas norteamericanas, entre el reformismo y la Guerra Fría, va quedando encarnado también en sus cambios.

Hemos visto con Habermas que el término modernización es ya el producto de una mutación: se trató de una elaboración funcionalista que desgajó la idea weberiana de modernidad de sus orígenes moderno-europeos “para estilizarla y convertirla en un patrón de procesos de evolución social neutralizados en cuanto al espacio y el tiempo”; desde nuestro punto de vista, no es secundario que esa mutación haya comenzado a producirse en América Latina, a través del trabajo de Redfield en México, a quien se le adjudica el primer uso de la noción de modernización.[43] Pero, al mismo tiempo –como muestra toda la literatura reciente sobre el desarrollo– puede decirse que tal “neutralización” fue una y otra vez desmentida por las propias experiencias –tan llenas de historia y geografía– y por las propias propuestas funcionalistas –tan llenas de ideología–. En este sentido, es interesante asumir todas las implicancias del título completo de una de las biblias de la teoría de la modernización, el libro de Walter W. Rostow, Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no comunista, de 1960: si es razonable considerarlo como un tratado de la Guerra Fría, un gesto que muestra la conciencia del autor del plano profundamente ideológico en que se producía la investigación social, al mismo tiempo, la idea de “manifiesto no comunista” (expresión que significativamente los editores del libro en castellano decidieron que no figurara en la tapa) muestra que, para el reformismo, la modernización era también un sucedáneo de la revolución, el camino liberal en pos de objetivos que consideraban análogos.

Desarrollo es, por cierto, una noción intrínseca a ese concepto de modernización, y sufre una análoga mutación, ya que, como sugirió Cullather, su constitución contemporánea supone un “significado transitivo”: el desarrollo dejó de ser el proceso contingente que se despliega dentro de una historia local específica con sus propias reglas y tiempos, para convertirse en un dispositivo técnico-económico acumulativo que aplica un país sobre otro, algo que, siguiendo al mismo autor, ocurrió especialmente a partir de 1949 con el Punto IV de Truman, cuando la modernización se convirtió en un instrumento de la estrategia de la Guerra Fría.[44] Pero si la Guerra Fría fue, entre otras cosas, una guerra de símbolos, lo paradójico es que el desarrollo se volvió un símbolo universal y, por eso, en un período tan marcadamente ideológico, sufrió un proceso de rápido vaciamiento al ser compartido por ambos bandos (y también por quienes pretendían mantenerse al margen de la confrontación, pensando incluso que podían aprovecharse de ella para construir una tercera vía… al desarrollo, por supuesto). Como señaló ya hace tiempo Tulio Halperin sobre la política del bloque socialista ante las nuevas naciones descolonizadas, “lo que fue una fe revolucionaria parece transformarse así en una técnica rival para alcanzar el progreso económico”.[45] De modo que la batalla ideológica de la Guerra Fría se convierte, en un aspecto clave de ella (quién podía mostrar mejores y más rápidos resultados en la aplicación transitiva del desarrollo), en una batalla meramente instrumental.

Planificación, por último, tiene muchas de las implicancias de las dos nociones anteriores. Sabemos que el signo de la planificación que marca al siglo XX no es solo norteamericano: ya en la década de 1930 se encuentran similares premisas de pensamiento socioterritorial en la Unión Soviética, Inglaterra, Italia o Alemania (en verdad, la crisis de 1929 institucionalizó los cambios que algunos de esos países habían puesto en marcha pragmáticamente durante la Primera Guerra). Y en los países latinoamericanos se era bien consciente de ello, de las similitudes entre las diversas experiencias tanto como de sus diferencias. Sin embargo, el uso de la palabra señala ya en América Latina el impacto de las ideas norteamericanas; y seguir las diversas instancias de reemplazo, superposición o solapamiento de la palabra urbanismo (de ascendencia latina y con significados modernos traducidos del francés) con la palabra planificación desde la década de 1930 permitiría trazar el mapa, fragmentado y discontinuo, de la nueva “conquista” anglosajona del continente, aun cuando, en diferentes grados en cada país, la noción de planning tuviera que compartir, como veremos, la escena con figuras y corrientes del pensamiento europeo (que, por cierto, también comenzaban a estar afectadas ellas mismas por las ideas y las prácticas norteamericanas). Pero esa noción de planificación sufre, en el marco de la posguerra, una mutación léxica: en Occidente se vuelve “planificación democrática” por motivos menos sofisticados que los que pensó Karl Mannheim cuando usó la fórmula; ahora era simplemente para diferenciarse en la competencia de la Guerra Fría con la “otra” planificación.[46]

Estas tres nociones están en la base de los lenguajes técnicos asumidos por los planificadores latinoamericanos del período, pero si bien se adoptaron como una lengua natural, fueron motivo permanente de crisis conceptuales y de críticas ideológicas. Así, en la suerte que corren estas tres nociones puede verse que la expansión de los modelos norteamericanos no fue la simple transmigración de un ideario exótico que se aclimató sin conflicto, y que lo que ocurre en la segunda fase de nuestro ciclo –el rechazo a esos modelos y las búsquedas alternativas– es en verdad una consumación de un proceso que dobla la apuesta sobre las mismas cuestiones problemáticas. En efecto, ya mencionamos que desde el momento en que la expansión del funcionalismo se asentaba en los años cincuenta puede identificarse un trabajo de crítica interna a las nociones de modernización y desarrollo. Esta crítica buscará, en una primera instancia, encontrar las categorías adecuadas para los procesos locales evitando que desempeñen el papel de la anomalía, la alteración patológica a la norma de la urbanización occidental. Como expuso con elocuencia Milton Santos, “el objeto de la teoría del desarrollo no puede ser el de describir el curso de una sociedad que no se comprende hacia otra que no existirá jamás”.[47] Pero, desde mediados de los años sesenta, esa crítica se radicalizará, entendiendo ya francamente que modernización equivalía a una occidentalización que debía evitarse (la ciudad moderna comienza entonces a ser vista como causa de la falta de desarrollo, no como su remedio), y que desarrollo equivalía a una coartada para encubrir la dependencia.

Con la noción de planificación, en cambio, sucede algo bien diferente, ya que, si marca todo el momento expansivo, no va a ser menos fuerte durante el momento de crítica radical, en tanto perdurará la convicción de que los obstáculos para su buena aplicación estaban en la política, no en la propia técnica, que por lo tanto podía permanecer incuestionada. Es notable, por ejemplo, la coexistencia desproblematizada en los escritos de la época, de las posiciones ideológicas más pasionales con el neutro cientificismo de la economía espacial, cuyo centro de irradiación se encontraba en los Estados Unidos. Los ejemplos contrapuestos de Chile y Cuba, como vimos, funcionarían justamente para confirmar que la planificación era el camino correcto, aunque no podría implantarse dentro del sistema capitalista. Y esto llevó a que los planificadores urbanos latinoamericanos mantuvieran todavía por décadas el malentendido que, según Tafuri, ya había confundido a las vanguardias arquitectónicas de los años de la entreguerra: confiar en la total armonía entre plan y socialismo.[48]

Latinoamérica en una isla

La idea de una era reformista permite, entonces, entender un tipo particular de relación con los Estados Unidos que se sostiene a lo largo de un período pocas veces considerado como tal: comienza en las décadas de 1930 y 1940 con la conformación de América Latina como campo de elaboración y experimentación de nuevas teorías sociourbanas, y continúa en las décadas de 1940 y 1950 con los “planes de cuenca”, siguiendo el modelo de la Tennessee Valley Authority. Pero los planes de cuenca todavía forman parte de una cultura de la planificación para la emergencia y la catástrofe, típica del New Deal y la guerra, mientras que la consolidación de la maniera norteamericana de la planificación se produjo en el pasaje a una nueva cultura de la planificación para el desarrollo, desde mediados de la década de 1950 hasta mediados de la de 1970. Esta no solo señala la expansión definitiva de la planificación norteamericana en América Latina, sino que puede también ser pensada como producto de la experiencia norteamericana en este continente, específicamente en Puerto Rico.

Las dos partes centrales del libro colocan la experiencia de reforma planificada que Puerto Rico realiza en las décadas de 1940 y 1950 como un momento fundamental de cambio con capacidad de afectar lo que se venía haciendo tanto al norte como al sur de América. Esa experiencia debe ser situada en el marco de los primeros esbozos de la expansión reformista que los Estados Unidos realizaban en Filipinas y Corea; en ese contexto, Puerto Rico suponía para la planificación norteamericana un primer aprendizaje directo de la más próxima América Latina; próxima no solo en términos geográficos, sino también conceptuales, por el lugar en que el continente era situado dentro de la línea evolutiva que proponía la fórmula del folk-urban continuum, ya que, si bien el fenómeno de urbanización que se experimentaba aquí era tan “explosivo” como en el resto del mundo en desarrollo, la larga historia de la ciudad latinoamericana permitía entenderla como el caso más cercano al polo moderno. Además, la experiencia de Puerto Rico conecta directamente la expansión reformista estadounidense en América Latina con la tradición del New Deal. Y, sobre todo, dio por resultado una renovación radical de los instrumentos técnicos y postulados teóricos dentro incluso de los Estados Unidos.

Rexford “Red Rex” Tugwell es una figura clave para esta conexión de doble vía: economista de formación, enérgico miembro del ala radical del team de Roosevelt, una vez agotado el ciclo del New Deal en los Estados Unidos buscó prolongarlo como último gobernador estadounidense de la isla, entre 1941 y 1946, comenzando, mediante una sólida alianza con el Partido Democrático Popular de Luis Muñoz Marín, el proceso de transformación de la economía de plantación hacia una economía manufacturera moderna que se profundizaría en los años cincuenta. Al terminar su gobernación, Tugwell se hizo cargo, entre 1947 y 1956, junto con Harvey Perloff, un joven economista que había llevado como asesor a la isla, de un programa de formación de posgrado en la Universidad de Chicago que enfatizó el enfoque interdisciplinario (sobre todo en la consideración de la planificación como parte de las ciencias sociales) y la combinación entre investigación y práctica implícitos en el ideario regionalista, con gran impacto en el resto del mundo académico y profesional. Es como si la experiencia de comprehensive planning –como llamaron al modelo de intervención que desarrollaron en Puerto Rico– hubiese sido la llave para llevar la formación norteamericana de los planificadores desde la ideología bastante roma de city planning que dominaba hasta entonces, centrada casi por completo en el control del uso del suelo, hacia una visión más global del desarrollo –pensado en términos teóricos y filosóficos– como eje de un nuevo paradigma disciplinar.[49] En rigor, podría decirse que la experiencia de Puerto Rico permitió transformar la praxis del New Deal en un nuevo estadio técnico y conceptual de la planificación.

No vamos a detenernos aquí en el proceso específico que ocurrió en Puerto Rico, algunas de cuyas facetas abordaremos en las partes centrales del libro. Pero conviene subrayar desde ahora un par de aspectos de la experiencia planificadora vinculados con condiciones muy especiales que se daban en la isla. Desde el punto de vista de las propias técnicas del planning, el carácter comprehensivo o integral que comenzó a anhelarse desde entonces significaba una planificación integrada y coordinada en todos los niveles gubernamentales, articulando los programas federales, nacionales, regionales y municipales, conducida por una Junta de Planificación nacional que garantizaba todo el proceso: un grado de coherencia y centralización institucional como solo podía alcanzarse en un país pequeño, con un Estado de poca complejidad y relativo aislamiento, como era el caso de Puerto Rico para esa época –el sitio ideal para poner a punto las ambiciones del reformismo radical y tecnocrático del New Deal que en los propios Estados Unidos se habían mostrado muy complicadas de realizar–. La peculiar situación institucional de Puerto Rico permitió que la planificación norteamericana pudiera tomarlo como un “microcosmos” para experimentar con “los problemas y aspiraciones […] de las regiones superpobladas y subdesarrolladas”, en los términos de Perloff, una de las figuras clave entre las que marcarían el curso de la planificación internacional en las décadas siguientes.[50] Y en ese microcosmos se produjo no solo una transformación del pensamiento planificador en los Estados Unidos, sino la maduración de la primera generación de expertos locales (todos con estudios de posgrado en universidades estadounidenses, como será el caso mayoritario de la siguiente generación de planificadores en América Latina).

Por otro lado, algunas de esas condiciones especiales también volvieron a Puerto Rico un tema controvertido en las relaciones panamericanas; entre otras cosas, por la insistencia de los Estados Unidos en que la experiencia de la isla fuese considerada un modelo para el resto del continente. Hirschman, con su aguda sensibilidad para las razones latinoamericanas, explicaba el rechazo a ese modelo recordándole a sus interlocutores norteamericanos que “nunca podrá demostrarse, de manera irrefutable, que ese desarrollo económico no se ha comprado al precio de una cantidad de independencia que otros países no están dispuestos a pagar”.[51]

De todos modos, ni los términos de ese debate de época ni la suerte posterior de la economía y la política portorriqueñas deberían ocultar el hecho de que Puerto Rico constituyó un eslabón decisivo de todo el ciclo de la planificación reformista que, de ambos lados del Río Grande, va del New Deal a la Alianza para el Progreso. Fue el campo de entrenamiento para una generación de técnicos norteamericanos de gran predicamento en América Latina y de planificadores latinoamericanos que cumplieron roles centrales en la constitución de la red institucional de la planificación. Y el semillero de las instituciones panamericanas de la planificación urbana y territorial creadas en la posguerra, cuyos nombres ya introdujimos: el Cinva, creado en Bogotá en 1951, que formaría decenas de expertos latinoamericanos en las propuestas de autoconstrucción por ayuda mutua (marca de agua del experimento portorriqueño) con un enorme suceso en toda América Latina en las décadas de 1960 y 1970; y la propia SIAP, constituida en Puerto Rico en 1956, que establecería una de las principales plataformas para el tendido de la red de pensamiento urbano en el continente, con sus encuentros periódicos y sus publicaciones –un caso inmejorable, como veremos, para notar la rapidez y la fuerza con que se iban a afirmar los nuevos paradigmas teóricos y políticos en la segunda fase del ciclo de la ciudad latinoamericana–.

Coda: periodizaciones

La identificación de la expansión de la maniera norteamericana de la planificación como parte de una era reformista (lo que aquí denominamos con el paradójico giro de “expansionismo reformista”) puede contribuir con la revisión de la periodización habitual en los temas de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina en dos sentidos. En primer lugar, porque obliga a reinterpretar la matriz ideológica de la presencia norteamericana: mientras que siempre se la leyó retrospectivamente desde la evidencia de la Guerra Fría (la completa ideologización anticomunista de la ayuda estadounidense, con énfasis en la asistencia militar), ahora es posible entender que la Guerra Fría resignificó sin duda muchas de las valencias ideológicas de aquel liberalismo reformista así como complejizó su accionar, pero en un proceso que tiene raíces muy diferentes, que se nutren del New Deal y seguirán alimentando las ideas y las prácticas posteriores (esto es claro en muchas instituciones y muchos técnicos norteamericanos en América Latina que, fieles a aquellas raíces, van a tratar de escapar con suerte diversa del clima maniqueo de la Guerra Fría).

Incluso un episodio tan extremo como el Plan Camelot, en el cual una investigación académica se concibió desde el inicio como fachada para el espionaje militar, mantiene esos trazos y nos obliga a prestar atención a otras variables de la mera penetración norteamericana.[52] Como se sabe, Camelot fue un plan de investigación sociológica sobre las condiciones de desorden social y rebelión en zonas sensibles del mundo en desarrollo, concebido y financiado por el ejército estadounidense; el protagonismo del ejército en el diseño del proyecto se mantuvo en secreto, tanto por la “sensibilidad” de esas zonas por investigar, como por la propia problematicidad del vínculo entre el interés del ejército estadounidense y el del conocimiento científico en esos países. Que resultaba más que problemático, se hizo evidente con rapidez: el carácter del plan se conoció a partir de una filtración en Chile cuando apenas comenzaba a organizarse, en 1965, motivando el rechazo político y un escándalo internacional que obligó a desmantelarlo, en el marco de una crisis interna en los Estados Unidos, que opuso a los diversos sectores del gobierno involucrados y a estos con el Congreso. Fue el inicio de la más radical deslegitimación de todo tipo de asistencia técnica o financiera estadounidense para las ciencias sociales latinoamericanas que se haya conocido, con el marco imponente a través de todo el continente de una oleada de movilizaciones estudiantiles, que finalmente podían exponer con claridad el interés estratégico de la penetración imperialista en el mundo académico: casi como en una novela de John Le Carré, la sospecha latinoamericana se veía confirmada por una disparatada conspiración del ejército estadounidense, que anticipaba así intervenciones mucho más trágicas.

Pero, al mismo tiempo, el affaire Camelot es una comprobación por el absurdo de la profundidad de las bases liberal-reformistas del expansionismo norteamericano (incluso cuando se hundía hasta el cuello en los pantanos de la Guerra Fría) y, muy especialmente, expresa los cambios que se habían estado produciendo en la figura del experto norteamericano: Camelot es importante porque marca el momento en que el peso objetivo de la expansión global de las ciencias sociales maniera norteamericana (las teorías, las prácticas, las instituciones) se superpone casi sin residuo con las implicancias ideológicas y políticas de su intervención en los países subdesarrollados.

Esto fue advertido con sagacidad por Robert Nisbet, quizás porque su conservadurismo le hacía tomar distancia de toda la empresa norteamericana de expansionismo reformista y, por lo tanto, le permitía señalar sus puntos ciegos. Ironizando acerca del hecho de que hubiera sido justamente el progresismo de la academia estadounidense el que se había comprometido en un contrasentido político y científico como Camelot, Nisbet dio dos explicaciones: por una parte, el desorientado voluntarismo reformista, con su afán de convertir a las ciencias sociales en un instrumento del cambio social, incapaz de percatarse de que, llevado fuera de los Estados Unidos, ese instrumento no podía sino convertirse en un arma de intervención; por otro lado, la transformación intrínseca del campo de la investigación social en los Estados Unidos a lo largo de nuestro ciclo, el cambio de escala que estaba ocurriendo en la proyección de la academia norteamericana sobre el mundo, desde los viajes de estudio de los primeros investigadores de la década de 1930, artesanos de la ciencia social, hasta el momento en que la “industria norteamericana del conocimiento [comenzaba] a producir en masa para los mercados externos”.[53] En clara provocación a la cultura académica progresista embarcada en el expansionismo reformista, Nisbet apeló a una expresión leninista para calificar esa nueva etapa como “la fase imperialista de la industria de la investigación norteamericana”, alertando sobre los enredos tanto mayores que iban a ocurrir cuando multitudes de jóvenes scholars bienintencionados se dedicaran a hurgar en la vida social y política de cada rincón del planeta.

En segundo lugar, la idea de era reformista obliga también a revisar las cronologías instaladas. Como se sabe, los cambios principales en la relación entre Estados Unidos y América Latina se suelen fechar en 1959, con la Revolución cubana, porque a partir de ella los Estados Unidos habrían cambiado su tradicional actitud hacia los países latinoamericanos (centrada en la exigencia de apertura de los mercados), intentando moderar la expansión de la revolución con el apoyo a las políticas de reforma social (que habría encontrado forma en la Alianza para el Progreso); y porque también en ese momento se habrían reorientado los imaginarios intelectuales latinoamericanos hacia la revolución y, especialmente, el antiimperialismo. Sin embargo, la experiencia de la planificación ilumina un cuadro algo diferente, ya que, si el reformismo social en la asistencia técnica norteamericana –incluso con coloración populista– nació en el New Deal, la Alianza para el Progreso no sería entonces un momento de cambio, sino un punto de llegada (y clausura); y, por otra parte, también es posible ver que durante toda la década de 1960 y comienzos de la de 1970, los sectores más avanzados de la planificación latinoamericana que protagonizaban el proceso de radicalización política y disciplinar perseveraron en su ligazón umbilical con la planificación norteamericana.

De hecho, y para seguir con el mismo ejemplo, el estallido del escándalo del Plan Camelot –que en tantas áreas supuso el veto definitivo de los sectores movilizados (en general, estudiantes) a cualquier investigación realizada con fondos norteamericanos– no impidió que en Chile, el epicentro del estallido, continuara en funciones uno de los programas norteamericanos de planificación más elaborados que se desarrolló en América Latina, el Programa de Asesoría en Desarrollo Urbano y Regional (Urdapic, según su nombre en inglés) de la Fundación Ford, dirigido por John Friedmann. Como veremos en la Parte II, este programa funcionó entre 1964 y 1969 no solo como gabinete de planificación del gobierno democristiano, sino como foco clave del debate planificador para todo el espectro ideológico chileno y sudamericano, al contribuir en forma decisiva (con asesoramiento y fondos) con la creación en 1965 del CIDU, que, junto con su revista Eure, se convirtió en uno de los nodos principales de la red de pensamiento urbano en ese tiempo de rápida radicalización.

Y es que, parafraseando a Silvia Sigal en su estudio sobre los intelectuales argentinos en la década de 1960, podríamos hablar de una “identidad bifronte” del pensamiento urbano en América Latina, que podía ser políticamente progresista –lo que entonces significaba marxista, nacionalista y antiimperialista– y culturalmente modernizador –lo que entonces significaba estar atentos a lo que sucedía en los Estados Unidos–.[54] Lo cierto es que, hasta finales de la década de 1960 e incluso hasta avanzada la década de 1970, ningún planificador que volviera con su máster o su doctorado corría el riesgo de ser descalificado con el tipo de críticas a las que un par de décadas atrás había respondido Carmen Miranda con el célebre “Disseram que voltei americanizada”. Pero fenómenos como el de Urdapic no se explican solo con esa identidad bifronte de los planificadores latinoamericanos, sino también con el propio radicalismo con que algunos técnicos e intelectuales norteamericanos interpretaron (en el doble sentido de la palabra, como explicación de un sentido y como actuación) su era reformista. Es ese plano común en el que se produjo la idea de ciudad latinoamericana, con todos sus malentendidos, a veces trágicos y a veces cómicos, pero también con todos sus logros, lo que este libro se propone reconstruir.

[2] John Friedmann, “El futuro de la urbanización en América Latina: algunas observaciones sobre el papel de la periferia”, Programa de Asesoría en Desarrollo Urbano y Regional, Fundación Ford, Santiago de Chile, octubre, 1968, edición mimeografiada, p. 37.

[3] Ángel Rama, La novela en América Latina. Panoramas 1920-1980 (1982), Montevideo-México, Fundación Ángel Rama - Universidad Veracruzana, 1986, p. 16.

[4] La prematura muerte de Rama en 1983 le impidió asistir a la retirada del gobierno militar de Uruguay.

[5] Véase Gonzalo Aguilar, “Ángel Rama y António Cândido: salidas del modernismo”, en Raúl Antelo (ed.), António Cândido y los estudios latinoamericanos, Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, Serie Críticas.

[6] Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 35. El libro de Gilman es imprescindible para la revisión cultural de esta “segunda fase” del ciclo que examinamos, tanto por los contenidos de su investigación sobre la conformación de una red de intelectuales revolucionarios en América Latina, como por la propia perspectiva que aplica al estudio del “intelectual latinoamericano”. Para Gilman, “lo latinoamericano” no es un dato de la realidad sino un horizonte problemático que se constituye con fuerza de realidad en contadas coyunturas por la acción de sujetos colectivos que apuestan a su existencia.

[7] Siguiendo el curso del pensamiento social, en especial, del religioso, David Lehmann traza un ciclo análogo al nuestro, con excelentes definiciones tanto del desarrollismo como del dependentismo: Democracy and development in Latin America, Filadelfia, Temple University Press, 1990.

[8] Jorge Enrique Hardoy, “El rol de la ciudad en la modernización de América Latina” (1965), en Las ciudades en América Latina. Seis ensayos sobre la urbanización contemporánea, Buenos Aires, Paidós, 1972, p. 44.

[9] José Luis Romero, Latinoamérica, las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1976, p. 45.

[10] Véase Marco Negrón, Ciudad y modernidad, 1936-2000. El rol del sistema de ciudades en la modernización de Venezuela, Caracas, Ediciones Instituto de Urbanismo, FAU-UCV, 2001.

[11] Véase Juan José Martín Frechilla, Planes, planos y proyectos para Venezuela: 1908-1958. Apuntes para una historia de la construcción del país, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1994; Sonia Barrios, El moderno estado intervencionista en Venezuela. El caso de la Corporación Venezolana de Fomento, Caracas, Cendes, 1998; y Ocarina Castillo D’Imperio, Los años del Buldózer. Ideología y política, 1948-1958, Caracas, Tropykos, 2003.

[12] Véase Leonardo Benevolo, Orígenes de la urbanística moderna (1963), Buenos Aires, Tekné, 1967, p. 9 (traducción de Floreal Mazzia).

[13] “Informe de los relatores” (Medina Echavarría y Hauser), en Philip Hauser (ed.), La urbanización en América Latina (París, Unesco, 1962), Buenos Aires, Solar-Hachette, 1967, pp. 22-23.

[14] Sigo aquí el análisis que realiza Jürgen Habermas de ese pasaje instrumental de la “modernidad” weberiana a la “modernización” funcionalista, en El discurso filosófico de la modernidad (Buenos Aires, Taurus, 1989).

[15] Hacia 1950, el porcentaje de población urbana total en el mundo era de 29,7%, pero distribuido de manera muy despareja entre un 54,9% en las regiones más desarrolladas y un 17,8% en las menos. En ese contexto, América Latina contaba con 41,4%, en pleno proceso de ascenso (con casi 10 puntos de aumento durante la década de 1950), frente al 14,7% de África y el 17,4% de Asia. Véase Alfredo E. Lattes, “Población urbana y urbanización en América Latina”, en Fernando Carrión (ed.), La ciudad construida: urbanismo en América Latina, Quito, Flacso, 2000.

[16] Gloso los términos con que Glenn Beyer resumió algunos de los objetivos del encuentro “The role of the city in the modernization of Latin America”, realizado en la Universidad de Cornell en 1965, que reunió algunos de los principales expertos del momento, como Harley Browning, Gino Germani o Ralph Gakenheimer. Véase Glenn Beyer (ed.), The urban explosion in Latin America. A continent in process of modernization, Ithaca, Nueva York, Cornell University Press, 1967, p. vii.

[17] Marcos Kaplan, “Prólogo”, en J. E. Hardoy, Las ciudades en América Latina, ob. cit., pp. 15 y 19 respectivamente.

[18] J. E. Hardoy, “El rol de la ciudad en la modernización…”, ob. cit., p. 44.

[19] Jorge Enrique Hardoy y Oscar Moreno, “Tendencias y alternativas de la reforma urbana”, Desarrollo Económico, 52, Buenos Aires, enero-mayo, 1974, p. 647.

[20] Véase Alejandra Monti, “Jorge Enrique Hardoy: promotor académico, 1950-1976”, tesis de doctorado, Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño, Universidad Nacional de Rosario, 2014.

[21] Véase Karl Polanyi, La gran transformación (1945), Buenos Aires, Claridad, 1947. Para su uso en los términos de nuestro tema, véase Gino Germani, “La ciudad, el cambio social y la gran transformación”, en Gino Germani (comp.), Urbanización, desarrollo y modernización, Buenos Aires, Paidós, 1976.

[22] Harley Browning, “Recent trends in Latin American urbanization”, Annals of the American Academy of Political and Social Science, marzo, 1958, p. 116.

[23] Puede encontrarse una síntesis de los principales trabajos de Aníbal Quijano sobre la urbanización dependiente en Dependencia, urbanización y cambio social en América Latina, documento producido en Cepal en 1967 y que se editó como libro en 1977 por Mosca Azul, de Lima.

[24] Manuel Castells, La cuestión urbana (París, 1972), Madrid, Siglo XXI, 1974. El capítulo “Urbanización, desarrollo y dependencia” remite directamente a su experiencia chilena.

[25] Irving Louis Horowitz, “La política urbana en Latinoamérica”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 28, nº 1, Ciudad de México, 1966, p. 90.

[26] Marcos Kaplan, “Prólogo”, en J. E. Hardoy, Las ciudades en América Latina…, ob. cit., p. 19.

[27] Gilbert Joseph, “Encuentros cercanos. Hacia una nueva historia cultural de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina”: se trata de un texto programático que introdujo la importante compilación de textos Close encounters of empire, realizada por Joseph junto con Catherine Legrand y Ricardo Salvatore en 1998. Cito según la traducción de H. Pons en Ricardo Salvatore (comp.), Culturas imperiales. Experiencia y representación en América, Asia y África, Rosario, Beatriz Viterbo, 2005, p. 107.

[28] La frase de Cesare Pavese está tomada de un artículo de L’Unità en agosto de 1947, citada por Umberto Eco en “El modelo americano”, en Umberto Eco y Gian Paolo Ceserani, El redescubrimiento de América, Barcelona, Península, 2000, p. 13.

[29] Véase Oscar Terán, “El primer antiimperialismo latinoamericano (1898-1914)”, En busca de la ideología argentina, Buenos Aires, Catálogos, 1985.

[30] Para una historia de la Ruta Panamericana, puede consultarse Rosa Ficek, “Imperial routes, national networks and regional projects in the Pan-American Highway, 1884-1977”, The Journal of Transport History, vol. 37, n° 2, 2016, que da cuenta de esa complejidad: la idea de la ruta provocó “conflictos diplomáticos, generó sueños de desarrollo y progreso, territorializó proyectos de construcción nacional, inspiró esquemas para expandir la influencia norteamericana y desafió esos designios” (p. 129) [La traducción es nuestra, como en todos los casos de textos que se citan directamente en otras lenguas].

[31] La revista argentina Nuestra arquitectura publicó fragmentos de la carta con que Larraín Errázuriz rechaza la invitación de Picó (nº 352, marzo, 1959, pp. 47-48). Como impulsor (en representación de Chile) en las instituciones inter- y panamericanas de la creación de un Banco Interamericano de Fomento a la Vivienda de Interés Social, Larraín venía experimentando muy de cerca el boicot de los Estados Unidos a cualquier iniciativa que excediera el marco de los acuerdos binacionales, más allá de que hubieran sido promovidas y aclamadas en encuentros panamericanos, cuya utilidad quedaba así cuestionada: la creación del Banco de la Vivienda fue elaborada en una comisión del Consejo Interamericano Económico y Social de la Unión Panamericana en 1953, impulsada por la X Conferencia Panamericana realizada en Caracas en 1954 y nuevamente en el IX Congreso Panamericano de Arquitectos realizado también en Caracas en 1955, pero nunca se concretó. Véase Unión Panamericana, Compilación de resoluciones sobre planeamiento, vivienda y edificación, Washington, Unión Panamericana,1958, pp. 21 y 22.

[32] The quiet American se publicó en 1955; en general ha sido traducida como El americano impasible.

[33] Mark Berger, Under northern eyes. Latin American studies and United States hegemony in the Americas, 1898-1990, Bloomington e Indianápolis, Indiana University Press, 1995.

[34] Gilbert M. Joseph, “Encuentros cercanos”, en R. Salvatore (comp.), Culturas imperiales, ob. cit., p. 111.

[35] Destaco, en este sentido, el libro de Patrick Iber, Neither peace nor freedom. The cultural Cold War in Latin America, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 2015. Véanse también los enfoques presentados en Fernanda Beigel (comp.), Autonomía y dependencia académica. Universidad e investigación científica en un circuito periférico: Chile y Argentina (1950-1980), Buenos Aires, Biblos, 2010; y Benedetta Calandra y Marina Franco (eds.), La guerra fría cultural en América Latina. Desafíos y límites para una nueva mirada de las relaciones interamericanas, Buenos Aires, Biblos, 2012. Un buen balance sobre el estado del tema, en Ximena Espeche y Laura Ehrlich, “Guerra fría cultural en América Latina: prácticas del saber en conflicto”, presentación al dossier “Guerra fría cultural en América Latina”, Prismas, nº 23, Bernal, UNQ, 2019.

[36] Sobre estas corrientes, que alimentaron la idea de una única América, véase el sugerente ensayo de Charles Jones, American civilization, Londres, Institute for the Study of the Americas, 2007.

[37] Es notable en los relatos autobiográficos de dos figuras clave de estos intercambios, Francis Violich y Richard Morse, la coincidencia en señalar el descubrimiento de América Latina por la imposibilidad del viaje a Europa, que había sido, hasta la guerra, la primera opción. Véanse las declaraciones de Violich en Juan José Martín Frechilla, Diálogos reconstruidos para una historia de la Caracas moderna, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 2004; y el relato de Morse en Paul Goodwin, Hugh Hamill y Bruce Stave, “A conversation with Richard M. Morse”, Journal of Urban History, vol. 2, nº 3, 1976.

[38] Para el caso de Brasil, puede verse Antônio Pedro Tota, O imperialismo sedutor, San Pablo, Companhia das Letras, 2000. Una excelente guía sobre la literatura del tema y más específicamente sobre los archivos de la OIAA, en Gisela Cramer y Ursula Prutsch, “Nelson A. Rockefeller’s Office of Inter-American Affairs (1940 - 1946) and Record Group 229”, Hispanic American Historical Review, vol. 86, nº 4, Duke University Press, noviembre, 2006.

[39] Véase Sol Glik, “No existe pecado al sur del Ecuador. La diplomacia cultural norteamericana y la invención de una Latinoamérica edénica”, en B. Calandra y M. Franco, La guerra fría cultural en América Latina…, ob. cit., p. 80.

[40] David Ekbladh, The great American mission. Modernization and the construction of an American world order, Princeton, Princeton University Press, 2010.

[41] Jules Benjamin, “The framework of U.S. relations with Latin America in the twentieth century: An interpretative essay”, Diplomatic History, vol. 11, nº 2, abril, 1987.

[42] Sergio Miceli, A desilusão americana: relações acadêmicas entre Brasil e Estados Unidos, San Pablo, Sumaré, 1990, p. 28.

[43] Lo hace Nick Cullather en The hungry world. America’s Cold War battle against poverty in Asia, Cambridge, Mass.-Londres, Harvard University Press, 2010, p. 47. La cita de Habermas, en El discurso filosófico de la modernidad, ob. cit., p. 12.

[44] N. Cullather, The hungry world, ob. cit., pp. 40-41.

[45] Tulio Halperin Donghi, Historia contemporánea de América Latina (1969), Buenos Aires, Alianza, 1986, p. 397.

[46] Karl Mannheim comienza a elaborar sus ideas sobre la “planificación democrática” después de su salida de Alemania en 1933. El libro principal en que las desarrolla es Man and society in an age of reconstruction. Studies in modern social structure (Londres, Routledge & Kegan Paul, 1940) que fue traducido al castellano como Libertad y planificación social (México, FCE, 1942). Como muestra Alejandro Blanco, Mannheim fue el autor más editado por Fondo en su colección de Sociología (algunos de sus libros fueron verdaderos best sellers), de la que además fue consultor informal: véase “Karl Mannheim en la formación de la sociología moderna en América Latina”, Estudios Sociológicos, vol. XXVII, nº 80, México, El Colegio de México, 2009.

[47] Citado en Richard Morse, La investigación urbana latinoamericana: tendencias y planteos, Buenos Aires, Ediciones SIAP, 1971, p. 101.

[48] Manfredo Tafuri, “El socialismo realizado y la crisis de las vanguardias”, en Alberto Asor Rosa y otros, Socialismo, ciudad, arquitectura. URSS 1917-1937, Comunicación, Madrid, 1973.

[49] Así lo señaló John Friedmann, el primer doctor recibido en el programa creado por Tugwell en Chicago (con dirección de Perloff): “100 Years of planning education in North America”, City Planning Review, nº 2, 2005. Para Friedmann, el libro de Perloff, Education for planning: City, state, regional, de 1957, fue el impulso para que la planificación para el desarrollo se aplicara en el resto de los posgrados estadounidenses. Véase también el recuento de la experiencia que hizo Friedmann en “A life in planning”, en The prospect of cities, Mineápolis, University of Minnesota Press, 2002.

[50] Harvey Perloff, Puerto Rico’s economic future, Chicago, The University of Chicago Press, 1959.

[51] Albert Hirschman, Desarrollo y América Latina: obstinación por la esperanza, México, FCE, 1973, p. 168.

[52] Entre las decenas de textos que se le dedicaron al tema en la época, el que compiló Irving Louis Horowitz, The rise and fall of Project Camelot: Studies in the relationship between social science and practical politics (Cambridge, MIT Press, 1967) sigue siendo uno de los más útiles por el abanico de posiciones que presenta. Entre las buenas revisiones críticas recientes desde América Latina, véase Gastón Julián Gil, Las sombras del Camelot. Las ciencias sociales y la Fundación Ford en la Argentina de los sesenta, Mar del Plata, Eudem, 2011; y Juan José Navarro y Fernando Quesada, “El proyecto Camelot (1964-1965). La dependencia académica entre el escándalo y el mito”, en F. Beigel (comp.), Autonomía y dependencia académica…, ob. cit.

[53] Robert Nisbet, “Project Camelot: An autopsy”, The Public Interest, nº 5, Nueva York, otoño, 1966, p. 68.

[54] Silvia Sigal, Intelectuales y poder en Argentina. La década del sesenta, Buenos Aires, Puntosur, 1991.

Parte I

Por el camino de la etnografía

La aldea, del campo a la ciudad


Antonio Berni, Juanito va a la fábrica, 1977 (pintura y collage sobre madera, 183 x 122 cm), colección Jozami.

La oposición de la villa miseria y la ciudad encarnada en Juanito Laguna, una de las creaciones culturales más representativas de esa marca estructural de la ciudad latinoamericana.

En cierto sentido, estas comunidades en que nuestros inmigrantes viven sus más modestas vidas pueden ser consideradas modelos para la nuestra. […] Estamos alentando un nuevo espíritu aldeano.

Robert Park, 1925[55]

Las barriadas no son obra de la derrota ni de la delincuencia [sino] un mundo viviente, terrible, fuerte, cruel y victorioso.

José María Arguedas, 1958[56]

Un hilo curioso se tensa entre las frases de dos etnógrafos tan distantes como Park y Arguedas: la valoración positiva de la barriada (esa variante peruana en la familia de asentamientos informales de América Latina: favela en Brasil, villa miseria en Argentina, cantegril en Uruguay, ciudad perdida en México, población callampa en Chile, rancherío en Venezuela, entre las más conocidas) encuentra un anclaje a la vez obvio e imprevisto en la nostalgia comunitarista que permea en sus orígenes a la Escuela de Chicago, que reorientó la mirada antropológica desde el mundo aldeano hacia el mundo urbano moderno; así, con acierto Ulf Hannerz llamó “etnógrafos de Chicago” a los miembros de esta “escuela sociológica”.[57] La obviedad radica en que es muy conocida la enorme repercusión de las ideas y los métodos de la sociología urbana de Chicago en todo el mundo –y muy especialmente en América Latina– en las décadas centrales del siglo XX, de modo que no puede sorprender el encontrarse con algunos de sus motivos en cualquier trecho de literatura sociológica o antropológica del período. Pero el impacto de esas ideas y métodos quedó entre nosotros tan asociado al ethos modernizador de las teorías del desarrollo que resulta un poco inesperado recordar la ambigüedad constitutiva de su visión de la modernidad y, en especial, filiar a ella argumentos latinoamericanos que usualmente se han interpretado como contestación a su influjo.

Se trata, en rigor, de una ambigüedad compartida con buena parte de la teoría social clásica, que se nutrió de la idealización de la comunidad tradicional y del malestar frente a los efectos disolventes de la metrópoli moderna. Como señaló Robert Nisbet en un trabajo ya clásico, el extendido rechazo a la ciudad industrial dio base en el siglo XIX a “casi todas las proposiciones sociológicas relativas a la desorganización, la alienación y el aislamiento mental: estigmas todos de la pérdida de comunidad y pertenencia”.[58] Y si bien uno de los principales referentes teóricos de Robert Park fue Georg Simmel, que se cuenta entre los pocos autores clásicos que profundizaron en los efectos de la metrópoli sin manifestar una especial añoranza por las cualidades de la vida social desplazadas por ella, en la primera generación de Chicago aquel recelo fue un matiz siempre presente en los modos en que abordaron sus etnografías urbanas.

Por otra parte, conectar directamente a Park con Arguedas supone sustraer el tema de la barriada de su propia conexión interna con las manifestaciones anteriores de la pobreza urbana en cada ciudad y cada país (como el conventillo en Buenos Aires o el cortiço en Río de Janeiro), enfatizando en cambio el modo en que las ciencias sociales de los años 1950, en pleno proceso de refundación en toda América Latina, crearon un objeto enteramente nuevo a partir de los instrumentos tomados de modo dominante de la Escuela de Chicago. Es más, veremos que prácticamente toda la reflexión latinoamericana sobre el tema de las poblaciones “marginales” –término en sí mismo objeto de grandes controversias en el período– fue matrizado por un debate antropológico suscitado dentro de una clásica problemática de la Escuela de Chicago: las peripecias de la adaptación/aculturación en un mundo en transición. Me refiero al debate entre las nociones de folk-urban continuum, acuñada por Robert Redfield, y de cultura de la pobreza, formulada por Oscar Lewis para rebatir la anterior. Un debate para el que se podría extender lo que Juan Marsal sostuvo a propósito de la intensa penetración de las ideas de Redfield en América Latina: que fue recibido “como se recibe la lluvia en una región de sequía”.[59] Pero si para Marsal esto ocurrió por la simple carencia de un marco teórico apropiado en el sur de América, aquí me gustaría ensayar otra explicación: el espacio teórico delimitado por aquel debate permitió darle forma a la problemática en el modo completamente nuevo que las ciencias sociales de la región precisaban para ofrecer no ya una explicación de la pobreza en cada ciudad, sino un rasgo estructural que caracterizaba a la ciudad latinoamericana.

De hecho, lo primero que sorprende cuando se toma distancia de la naturalidad con que en el período se consideraba la pertinencia de la aplicación de las teorías de Redfield o Lewis en la investigación urbana latinoamericana es que ninguno de los dos se había propuesto explicar el tipo de marginalidad que interesaba aquí, el de la barriada o la villa miseria. Los trabajos de Redfield se iniciaron bastante antes de que esta fuese focalizada por las ciencias sociales; en verdad, él se propuso analizar los efectos transformadores del contacto civilizatorio (modernizador) en la comunidad tradicional, y si lo hizo en pueblos y ciudades latinoamericanas fue porque en este continente podía encontrar en contigüidad espacial los diferentes estadios de eso que él veía como un continuo temporal desde la comunidad folk a la vida urbana cosmopolita, pero no necesariamente porque estuviera sensibilizado por las grandes migraciones rural-urbanas que estaban comenzando entonces. Lewis ya estaba interesado en ellas, pero identificó el hábitat urbano de los recién llegados en la “vecindad” de la ciudad de México (el equivalente del conventillo en Buenos Aires), sin duda un receptáculo tradicional de la pobreza urbana, con un funcionamiento sociourbano muy diferente del de las “colonias proletarias”, como también se llamaba a las ciudades perdidas que surgían por doquier mientras Lewis hacía sus investigaciones.[60] Y, sin embargo, el debate entre ambos produjo el marco teórico más estimulante para definir algo tan nuevo como para partir en dos la historia de la ciudad latinoamericana, justamente porque señalaba también una escisión primordial dentro de ella.

En efecto, a lo largo de todo nuestro ciclo la villa miseria pasó de ser el diafragma delicado que materializaba el momento más dramático de la transición a la modernidad, a encarnar la otredad radical que parecía ofrecer salidas alternativas a la “ciudad burguesa”, pero siempre funcionó –al menos para las interpretaciones dominantes– como síntoma de una ciudad dividida: l’espace partagé, como tituló el geógrafo bahiano Milton Santos uno de los estudios más sofisticados destinados a precisar “los dos circuitos de la economía urbana de los países subdesarrollados”.[61] No se trataba por lo tanto de señalar solo que existían pobres en la ciudad, ya que siempre habían estado allí; se trataba ahora de señalar el dualismo estructural a través del cual la ciudad latinoamericana espejaba los abismos económicos y sociales en que se escindían las naciones latinoamericanas. Y la villa miseria era su síntoma elocuente porque venía a presentar esos abismos del modo más sobrecogedor posible, en la plena luz del escenario urbano, justamente el objeto de las visiones triunfalistas de la modernidad en que abundaba el período, cuestionándolas de raíz.

Esta es la gran transformación conceptual que produce la villa miseria –o mejor, que se produce a través de ella–, unificando una de las primeras y principales cuestiones que dieron cuerpo a la especificidad urbana latinoamericana. Como veremos aquí, la primera batería de estudios simultáneos de caso para producir una base de comparación en América Latina –es decir, la primera vez que las ciudades latinoamericanas se consideraron en el contexto de una problemática común– fue una investigación en poblaciones marginales en Lima, Río de Janeiro y Buenos Aires, promovida y financiada por Unesco entre 1956 y 1958. Como también veremos, los autores de esas investigaciones eran bien conscientes de que los fenómenos sociourbanos que analizaban mostraban tantas semejanzas como diferencias, pero lo más característico de sus aproximaciones es el lenguaje compartido que ensayan para definirlos. Esta nueva camada de poblaciones informales en las ciudades latinoamericanas era el resultado de las migraciones internas rural-urbanas, producto de la miseria del campo tanto como de la atracción de las ciudades, embarcadas en una industrialización sustitutiva que, con algunas diferencias en cada país, se desenvolvía desde la segunda mitad de los años treinta o la primera de los cuarenta. Pero el estudio y la caracterización del fenómeno van a comenzar a producirse desde mediados de la década siguiente, hacia 1955, dejando un hiato de unos quince años durante el cual no parece entrar en el ángulo de visión del pensamiento social.

Aquí hay que dejar sentada la notoria excepción de Río de Janeiro –a la que volveremos–, donde la favela había generado condiciones de visibilidad que se tradujeron en debates sociales y políticos y en estudios y propuestas de gran elaboración desde por lo menos la década de 1940. En el resto de los casos, en cambio, el fenómeno de las poblaciones informales nace al debate social y político en la estela del horizonte discursivo puesto por la modernización de las ciencias sociales en la década de 1950, una situación que, aunque se desarrolló con variantes en cada ciudad latinoamericana, emergió en un contexto conceptual homogeneizado por el instrumental de la sociología de Chicago. Y en un estudio como este, preocupado por entender la circulación de discursos disciplinares y los tipos de contacto cultural que esta va generando en cada sitio, vale la pena señalar que la conceptualización de la villa miseria fue muy diferente de lo que veremos cuando analicemos la relación entre discursos y objeto de la planificación urbana y territorial en la Parte II, cuando las nuevas corrientes de ideas que buscaban imponerse en el período tuvieron que recorrer territorios disciplinares y culturales muy heterogéneos, producidos por tradiciones muy diversas de pensamiento social y urbano, con los que fueron negociando puntualmente situaciones de compromiso con resultados poco unificables.

Un ejemplo significativo del desfasaje temporal entre el fenómeno sociourbano de la villa miseria y su construcción como problemática homogénea característica de América Latina puede verse en la película Los olvidados, de Luis Buñuel, de 1950. Con una crudeza que se convirtió en su sello y le costó la salida de cartel luego de pocos días de exhibición en México, la película narra las andanzas de una pandilla de jóvenes que se mueven en los bordes escabrosos de la sociedad, con un tono que va de la picaresca urbana a la crueldad criminal. La película sigue a los jóvenes desde el centro de la ciudad, foco de sus operaciones, al arrabal precario en que viven con sus familias incompletas o disfuncionales: una aglomeración desordenada de “jacales”, casillas de adobe, chapa y madera, una inconfundible ciudad perdida de las que se multiplicaban al compás de las corrientes migratorias. Sin embargo, esos aspectos sociourbanos que hoy parecen inconfundibles al ver la película de Buñuel no tienen parte en la trama: el foco en esas figuras marginales prescinde de su posible asociación con las transformaciones contemporáneas de la ciudad, sin siquiera darle lugar en el argumento a la cuestión de las migraciones. Al punto que el único personaje “fuereño”, como se lo nombra en el filme, el Ojitos, un niño campesino que fue abandonado por su padre en el mercado, viene de Los Reyes, una población muy cercana a la ciudad, en el borde mismo del DF, cuya cercanía coloca el hecho del abandono en el marco de los movimientos pendulares cotidianos entre la ciudad y su área de influencia, una dinámica con una lógica sociourbana independiente del fenómeno migratorio.

Pero la evidencia más clara del modo, digamos, tradicional en que el filme tematiza la pobreza urbana aparece en el texto en off que funciona como prólogo. Con el fondo de imágenes de Nueva York, París, Londres y México, la voz en off sostiene que

todas las grandes ciudades mundiales, Nueva York, París, Londres, esconden tras sus magníficos edificios hogares de miseria que albergan niños mal nutridos, sin higiene, sin escuela, semilleros de futuros delincuentes […]. México, la gran ciudad moderna, no es la excepción a esta regla universal.[62]

¿Todas las grandes ciudades mundiales? Pensado desde el molde conceptual que muy poco después se impondría, este texto podría interpretarse como una estrategia de disimulo dirigida al público mexicano: el intento de Buñuel –en definitiva, un europeo– por normalizar la miseria del DF poniéndola en el contexto de las ciudades más importantes; intento fallido, en definitiva, a juzgar por las reacciones adversas que el filme generó.[63] Sin embargo, ese modo de entender la pobreza urbana también lo encontramos en un mexicano como Octavio Paz, en el texto que escribió para presentar la película ante la audiencia del festival de Cannes:

Esos niños son mexicanos, pero podrían ser de otro país, habitar un suburbio cualquiera de otra gran ciudad. En cierto modo no viven en México ni en ninguna parte: son los olvidados, los habitantes de esas waste lands que cada urbe engendra a sus costados.[64]

Apenas un año después, Oscar Lewis publicaría el primer resultado de su investigación sobre las migraciones en la ciudad de México –“Urbanization without breakdown”– y, si bien no enfocó el dinámico fenómeno de las ciudades perdidas que se expandían en el DF, eso no le impidió contribuir como pocos a que, en muy poco tiempo más, el modo de entender la pobreza urbana latinoamericana cambiara radicalmente, como veremos en los estudios realizados en Lima, Río de Janeiro y Buenos Aires en 1956-1958, pero también en los filmes y las novelas de esos años.[65] Como ya en los años sesenta advirtió Luis Alberto Sánchez, el tema de “la plaga suburbana e infrahumana llamada la barriada” sustituyó a partir de los primeros años cincuenta los viejos asuntos de la imaginación literaria latinoamericana, asumiendo un protagonismo casi excluyente dentro de cada cultura nacional y produciendo una separación definitiva tanto respecto de las propias tradiciones de marginalidad urbana como de sus análogos europeos.[66]

Claro que en esa primera mitad de los años cincuenta son muchas más las cosas que estaban cambiando en los más diversos escenarios: conviene recordar que la devastación de la guerra, con sus consecuencias de miseria, carencia de habitación para multitudes y desorganización social, estaba apenas comenzando a superarse en las ciudades europeas, y que serían necesarios unos cuantos años más antes de que el boom económico generara condiciones completamente novedosas de modernización urbana; por poner un solo ejemplo, recién hacia 1954 terminaba en Gran Bretaña el racionamiento de muchos alimentos básicos, como el azúcar. De modo que las analogías de Buñuel y Paz entre México y las principales metrópolis encuentran en esos primeros años cincuenta otro fundamento en un mundo urbano occidental que está en vías de una gran mutación. Sin contar que el mismo boom de los “treinta gloriosos” pondría de manifiesto en algunos países europeos –en particular los del sur– fracturas estructurales que se expresarían de modos muy similares a las latinoamericanas, con migraciones desde las regiones desfavorecidas a las pujantes, y bidonvilles en las ciudades principales: todavía en 1976 Feos, sucios y malos, de Ettore Scola, mostraba la miseria en las colinas de Roma de un modo que no hace sencillo diferenciarla de la de Los olvidados.

Sin embargo, a partir de mediados de los años cincuenta la conceptualización de la precariedad urbana de las ciudades latinoamericanas parece volver impracticable esa confusión tan evidente. Así, en 1964 un joven Aldo Rossi podía escribir desde aquella Italia sobre Buenos Aires:

Entre las majestuosas “avenidas” de la ciudad burguesa y la extensión indiferenciada de las “villas miseria”, la grieta parece imposible de llenar. En este punto –incluso si consideraciones morfológicas y sociales pueden asociar estas bidonvilles a aquellas de otros pueblos europeos latinos, Madrid y Roma– el problema tiene características propias, perteneciendo a la dimensión del fenómeno del urbanismo en los países subdesarrollados de Sudamérica.[67]

Como se ve, tales “características propias” definían a las ciudades latinoamericanas dentro de la también novedosa región conceptual: los países subdesarrollados, el Tercer Mundo. Conviene tener presente, en este sentido, que aquellos estudios sobre villas miseria promovidos por Unesco que dieron inicio a la investigación urbana comparada en América Latina fueron diseñados a partir de la experiencia previa realizada por Naciones Unidas para indagar en las “implicancias sociales de la industrialización y la urbanización” en África, Asia y el lejano Oriente.[68] La proporción inversa entre urbanización e industrialización, desacople completo entre dos de los procesos cuya mutua necesidad había postulado Weber al explicar el surgimiento de la modernidad europea, en los años cincuenta se convierte en pauta unificadora para explicar la ausencia de la modernidad en toda esa nueva y vasta región del mundo.

Sobre esa ausencia trabajó la noción de “modernización” que, como ya se ha dicho, encuentra una de sus primeras formulaciones en la obra de Redfield en México. Ya se ha hecho evidente que son varios los aspectos de nuestro tema que se entroncan en esa obra, por lo que revisarla, junto con los debates que generó, no supone solamente el análisis de un caso entre otros de circulación de las ideas científicas, sino la posibilidad de entrever, a través de la antropología, el espectro de figuraciones dentro del cual se movió entonces el pensamiento sobre la ciudad latinoamericana, figuraciones que se traducían también en políticas muy activas en la reconfiguración del mismo objeto que se buscaba conocer.

[55] “Community organization and the romantic temper”, en Robert Park y Ernest Burgess, The city. Suggestions for investigation of human behavior in the urban environment (1925), Chicago, The University of Chicago Press, 1984, p. 122.

[56] “¿Una novela sobre las barriadas?”, La Prensa, 4 de diciembre, 1958, p. 10. Citado en Françoise Aubes, “La Tierra prometida de Luis Felipe Angell”, América. Cahiers du Criccal, n° 21, 1998, Presses Sorbone Nouvelle.

[57] Ulf Hannerz, Exploración de la ciudad (1980), México, FCE, 1986. Hannerz establece una diferenciación productiva entre la cualidad etnográfica de las investigaciones de la primera generación de Chicago, y sus postulados ecológicos, aunque a menudo las críticas a la ecología urbana han obstaculizado la comprensión de aquellos aportes. La bibliografía internacional sobre la Escuela de Chicago es muy abundante y contrasta con la escasa atención que se le ha prestado entre nosotros desde el declive de su influencia a finales de los años sesenta; dos importantes trabajos sobre su entera trayectoria son Martin Bulmer, The Chicago School of Sociology: Institutionalization, diversity and rise of sociological research, Chicago, The University of Chicago Press, 1984; y Jean-Michel Chapoulie, La tradition sociologique de Chicago, 1892-1961, París, Seuil, 2001.

[58] Robert Nisbet, La formación del pensamiento sociológico (1966), Buenos Aires, Amorrortu, 1996, t. 1, p. 46.

[59] Juan Marsal, Cambio social en América Latina. Crítica de algunas interpretaciones dominantes en las ciencias sociales (Princeton, 1965), Buenos Aires, Solar-Hachette, 1967, p. 66. Se trata de un libro pionero en el estudio de las relaciones entre la Escuela de Chicago y las teorías de la modernización en América Latina.

[60] Emilio de Antuñano analiza muy bien esta opción de Lewis por la vecindad como objeto de estudio para entender a los migrantes en la ciudad, en lugar de las colonias proletarias que ya proliferaban. Véase “Mexico City as an urban laboratory: Oscar Lewis, the ‘culture of poverty’, and the transnational history of the slum”, mimeo (agradezco al autor el acceso a él). Cabe señalar que, en algunas ciudades, los tugurios céntricos encontraron un nuevo rol en el escenario de la pobreza urbana abierto por las migraciones masivas como “cabeza de puente”, mientras los migrantes hacían su primera integración a la vida urbana, hasta que se organizaban colectivamente para la invasión y formación de una barriada. Así aparece, por ejemplo, en las investigaciones de John Turner y William Mangin sobre las barriadas de Lima. Véase William Mangin, “Latin American squatter settlements: A problem and a solution”, Latin American Research Review, vol. 2, nº 3, verano, 1967, p. 68.

[61] Véase L’espace partagé. Les deux circuits de l’économie urbaine des pays sous-développés, París, Éditions M.-Th. Génin, Librairies Techniques, 1975.

[62] Los olvidados, 1950, dirección de Luis Buñuel; guion de Buñuel con Luis Alcoriza y Juan Larrea y diálogos de Max Aub y Pedro de Urdimalas (Jesús Camacho). Sobre las peripecias de su realización y presentación, véanse Luis Buñuel, Mi último suspiro (memorias), Barcelona, Seix Barral, 1982, y Max Aub, Conversaciones con Buñuel, Madrid, Aguilar, 1984. Sobre las relaciones del filme con la ciudad de México, véase Julia Tuñón, “Ciudad, tradición y modernidad en la película Los olvidados de Luis Buñuel”, en Peter Krieger (ed.), Megalópolis. La modernización de la ciudad de México en el siglo XX, México, UNAM, 2006.

[63] Julia Tuñón menciona la posibilidad de que el texto se le haya impuesto a Buñuel, aunque también cita declaraciones de Buñuel en contrario, sosteniendo que decidió poner ese texto inicial “porque se da cuenta de que es un tema duro para las audiencias mexicanas”, en “Ciudad, tradición y modernidad…”, ob cit., p. 139.

[64] Octavio Paz, “El poeta Buñuel” (1951), recopilado en Las peras del olmo, Barcelona, Seix Barral, 1974.

[65] Respecto de la propia ciudad de México, Ariel Rodríguez Kuri parece respaldar estas consideraciones generales cuando sostiene que recién en 1956 el Séptimo Congreso Nacional de Sociología tuvo como tema dominante “la sociología urbana” y que los estudios migratorios del campo a la ciudad se desarrollarían a partir de 1960, mientras que en términos relativos había sido la década de 1940 la de mayor caudal de migrantes. Véase Ariel Rodríguez Kuri, “Secretos de la idiosincrasia. Urbanización y cambio cultural en México, 1950-1970”, en Carlos Lira Vásquez y Ariel Rodríguez Kuri, Ciudades mexicanas del siglo XX. Siete estudios históricos, México, El Colegio de México, 2009.

[66] Luis Alberto Sánchez, “Urban growth and the Latin American heritage”, en Glenn H. Beyer (ed.), The urban explosion in Latin America. A continent in process of modernization, Ithaca, Cornell University Press, 1967, p. 9 (el destacado, en castellano en el original).

[67] Aldo Rossi, prólogo al dossier “Argentina. Buenos Aires”, Casabella, nº 285, Milán, marzo, 1964, p. 5.

[68] Los tres seminarios regionales, realizados en 1954, 1956 y 1959, fueron publicados como: Unesco, Social implications of industrialization and urbanization in Africa, South of the Sahara, Londres, Unesco, 1956; Philip Hauser, Urbanization in Asia and the Far East, Calcuta, Unesco, 1957; y P. Hauser (ed.), La urbanización en América Latina, ob. cit.

1. Transiciones: la polémica Redfield/Lewis

Chicago - México (Tepoztlán - Mérida - DF)

Por lo general decimos [que los migrantes pertenecen a una cultura] “en transición”, con lo cual queremos decir que [esa cultura] se va al demonio a toda velocidad ante la embestida de la Era Tecnológica.

Oliver La Farge, 1959[69]

Un modelo del cambio social

Robert Redfield es una figura singular dentro del nutrido contingente de scholars norteamericanos que en el último siglo y medio desarrollaron su carrera (o parte de ella) investigando en América Latina. En principio, lo es porque se mueve en el filo de dos épocas en relación con el interés que despertaba el subcontinente: comienza sus trabajos de investigación en la década de 1920 a la búsqueda del “mundo primitivo” que ya venía caracterizando la atracción de la antropología y la arqueología por regiones como México. Pero la motivación con que llega a ese mundo y las preguntas que se hace sobre él conectan claramente con las preocupaciones de posguerra sobre el desarrollo, en las que América Latina, en especial sus ciudades, comienza a jugar el rol inverso, de tierra de promisión para el ensayo de un cambio modernizador. En segundo lugar, porque, de manera típicamente chicaguiana, su trabajo antropológico entabla un diálogo estrecho con las teorías sociourbanas y, más en general, del cambio social, que estaban elaborándose en ese mismo momento, y ofrece un modelo de gran capacidad de síntesis y expresión.

Su interés por América Latina, en particular por México, es, en cambio, menos singular: pura fascinación romántica, fogoneada en su caso por un viaje inaugural a través del México revolucionado de comienzos de la década del veinte, en el que definió su nueva vocación.[70] En efecto, su dedicación a la antropología surgió de la combinación fortuita del conocimiento de México y de su proximidad a Robert Park (con cuya hija se había casado en 1920), quien entonces ya era director del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Chicago. Así que cuando Redfield volvió de México, en 1923, Park lo estimuló a seguir el posgrado en Antropología que se dictaba en el Departamento. Allí comenzó sus primeras investigaciones sobre los mexicanos migrantes en Chicago, y apenas titulado de antropólogo, en 1926, decidió regresar a México para realizar en Tepoztlán, un poblado de larga tradición indígena ubicado en la meseta central a unos 100 kilómetros al sur de la capital, su primer estudio etnográfico: Tepoztlán, a Mexican village.[71]

De acuerdo con lo que muestra el fascinante trabajo de Sanguino y Tenorio Trillo sobre la construcción del Mexican problem en los Estados Unidos, luego de sus investigaciones con los mexicanos emigrados en Chicago Redfield deseaba tomar como objeto de estudio una comunidad tradicional; eligió Tepoztlán por indicación del antropólogo mexicano Manuel Gamio, que le estaba sugiriendo una comunidad bastante peculiar, no tan tradicional, ya que no carecía de conexiones con la vida que irradiaba la capital.[72] Con estos antecedentes, lo que Redfield encontró en Tepoztlán fue una sociedad armónica, integrada y estable, aunque no primitiva sino folk, es decir, un grupo popular-aldeano que no estaba ya aislado, pero que todavía preservaba una serie de características socioculturales específicas del mundo tradicional: tamaño reducido, estatus social fijo, centralidad de la familia en la reproducción cultural, organización sagrada de la vida, ausencia de criterios de racionalidad instrumental, etc., etc., en un todo de acuerdo con el núcleo definitorio del polo comunitario-tradicional que el pensamiento social europeo había organizado en oposición al polo societario-moderno.[73] Es bien conocido que ese juego de dicotomías, forjado ante el estrépito del colapso del viejo orden en la Europa de las “dos revoluciones”, fue más que una forma mentis coyuntural: constituyó “la verdadera urdimbre de la tradición sociológica”, nuevamente en términos de Nisbet.[74] Esa tradición no solo ingresó a los Estados Unidos a través de la lectura y el contacto con los autores europeos que la tramaron –como Tönnies, Weber, Durkheim o Simmel, entre otros–, sino que encarnó en categorías propias muy influyentes en la formación de la Escuela de Chicago, como los folkways de William G. Sumner, o la diferenciación de Charles H. Cooley entre grupos primarios y secundarios.[75]

Luego de ese primer trabajo etnográfico, que para Marsal inauguró los estudios de comunidad en América Latina –es decir, la primera versión de una sociología científica aplicada en nuestro continente–, Redfield se instaló en el área cultural maya, entre la península de Yucatán y Guatemala, con financiación de un programa que desarrollaba en la región el Instituto Carnegie, y diseñó un estudio de comunidades que le permitiera dar forma a su propia tipología dicotómica, apenas insinuada en Tepoztlán: la polaridad folk-urbana, que presentó en el libro The folk culture of Yucatán, de 1941, y en un famoso artículo, “The folk society”, de 1947.[76] Pese a que en ambos títulos figura exclusivamente el polo folk del par dicotómico, la investigación fue uno de los intentos más ambiciosos por comprender el cambio social y cultural en el pasaje de la comunidad aldeana a la sociedad urbana; como el propio Redfield lo definió en el prólogo a The folk culture of Yucatán, fue el intento de poner a prueba etnográficamente las dicotomías teóricas clásicas y formular a partir de allí una tipología ajustada a ese pasaje civilizatorio –por eso, la traducción al castellano del libro lleva un título mucho más coherente con el núcleo problemático de la empresa de conocimiento redfieldiana: Yucatán: una cultura en transición.[77]

Redfield confeccionó allí el continuo folk-urbano como en un experimento de laboratorio: seleccionó cuatro poblaciones de la región que estaban en diferente posición en la línea imaginaria que va de la menor a la mayor urbanidad (de una comunidad tribal en Quintana Roo a la sociedad urbana de Mérida), y organizó su análisis como una línea “evolutiva” caracterizada por la diferente intensidad del contacto con el polo civilizador. El experimento buscaba determinar los rasgos de esas comunidades que iban siendo afectados en tal contacto, para lo cual se postuló que los pares polares aislamiento/comunicación y homogeneidad/heterogeneidad constituían, dentro de un conjunto de variables interdependientes, las polaridades dominantes, de las cuales se desprendían otras, como organización/desorganización de la cultura; sacralidad/secularización; colectivismo/individualismo. Era como asistir, en una pequeña porción del territorio americano, al cuadro vivo de la completa civilización humana, ya que, para Redfield, la idea de “continuo”, al mismo tiempo que tenía una finalidad operativa –en cuanto ponía en evidencia que con la dicotomía folk/urban se señalaban tipos ideales extremos, mientras que las sociedades reales se ubicaban en algún punto intermedio más o menos próximo o lejano a alguno de ellos–, también buscaba dar fe de su universalismo humanista. En efecto, en “The folk society” dio una versión del continuo mucho más ambiciosa, al sostener que “todos los hombres vivieron en un tiempo en esas pequeñas sociedades folk”, y todos se encaminan hacia esa otra forma, tan reciente y novedosa –si se considera “la larga historia del hombre sobre la Tierra”–, que es la sociedad urbana.[78] Visto a la distancia, es difícil no percibir también en la idea de continuo el vehículo que volvió natural el camino de la etnografía –a través de los estudios de comunidad– de los pequeños grupos tribales o aldeanos a la gran ciudad.

Redfield plantea así un estudio completo del trayecto que lleva hasta el extremo moderno del continuo, en una perspectiva que había sido formulada teóricamente por Louis Wirth en uno de los textos más famosos de Chicago, “Urbanism as a way of life”, publicado pocos años antes, donde ya reconocía que los tipos de personalidad urbana y rural son polos ideales que organizan la conceptualización, pero que no debía esperarse encontrar en un estudio empírico “abruptas y discontinuas variaciones entre ellos”.[79] El centro del texto de Wirth estaba puesto en el polo urbano, y lo definía de modo tan elocuente que Redfield se sintió eximido de volver a hacerlo en sus propios trabajos, funcionando con los de su colega en tácita reciprocidad. O, mejor, en una suerte de continuo también, ya que ambos mostraban la necesidad de toda investigación de tener presentes los dos términos de la ecuación en que cada uno se especializó: no hay que olvidar que Wirth había publicado una década atrás un trabajo sobre el gueto judío en Chicago, lo que en buena parte es un estudio sobre los modos en que los rasgos de una comunidad aldeana se ajustan a la gran ciudad, y que todavía antes, entre 1918 y 1921, se publicaba uno de los primeros clásicos de Chicago, el monumental trabajo de William Thomas y Florian Znaniecki sobre los campesinos polacos en los Estados Unidos, un estudio sobre el ciclo completo de la migración que unió dos continentes.[80] Lo cierto es que el conjunto de las ideas sobre ambos polos, folk y urbano, fue llamado desde entonces en la literatura especializada el “paradigma Wirth-Redfield”.

En su búsqueda de entender el modo en que la ciudad moldea el carácter de la vida social, Wirth reunía y sistematizaba buena parte de la literatura clásica, de Weber a Sombart, usando muy especialmente el tipo de análisis que Simmel había ofrecido en “La metrópoli y la vida mental”, su célebre escrito de 1903, que presentaba a la gran ciudad como el lugar de la máxima concentración, la máxima diferenciación y la máxima individualización.[81] El carácter “socialmente heterogéneo” de la gran ciudad y el predominio de la economía monetaria llevaba, en la lectura de Wirth, a la multiplicación de los lazos secundarios, lo que segmentaba los roles desempeñados por cada individuo y se traducía en contactos impersonales, superficiales y transitorios: el yo se fragmenta, sigue Wirth, y como contracara de la ganancia de libertad frente al control que ejercen los grupos primarios en la sociedad tradicional, se pierde la expresión espontánea y el sentido moral que da la pertenencia a una comunidad.

La estilización sociológica de las dimensiones más filosóficas de la visión simmeliana de la metrópoli no impide que el tipo humano que emerge de la vida urbana de Wirth sea el mismo: el individuo intelectual (en sentido de racional y calculador) y reservado (blasé), que busca no involucrarse emocionalmente frente a la multiplicidad de relaciones y al exceso de estímulos de la gran ciudad. Sin embargo, a diferencia de Simmel, hay un claro matiz adversativo en la visión de Wirth sobre la vida metropolitana en contraste con la comunitaria, lo que se advierte en que define a la primera por aquello que ha perdido: “la sustitución de contactos primarios por secundarios, el debilitamiento de los lazos de amistad y la declinación del significado social de la familia, la desaparición de la vecindad y el socavamiento de las bases tradicionales de solidaridad social”, que suelen llevar a la “desorganización personal, la fractura mental, el suicidio, la delincuencia, el crimen, la corrupción y el desorden”.[82]

Cuando se revisan juntos los dos artículos que sintetizan el “paradigma Wirth-Redfield” (“Urbanism as a way of life” y “The folk society”) sorprenden la claridad y la elegancia con que ambos autores supieron organizar y condensar toda una tradición de pensamiento sobre las formas sociales opuestas del par tradición/modernidad; posiblemente han sido quienes tuvieron mayor capacidad para extender los puntos de vista de la sociología urbana de Chicago, aun a riesgo de su simplificación: si con la idea de “urbanismo como forma de vida”, Wirth popularizó la compleja visión culturalista sobre la ciudad, la fórmula del “continuo folk-urbano” interesaría decisivamente el enfoque de la planificación para el desarrollo. Lo que no deja de multiplicar las paradojas; la principal, que dos textos tan influyentes en la producción de la noción instrumental de “modernización” estén sostenidos por tal ambigüedad respecto de cualquier idea de progreso implícita en ella, y se mantengan fieles a las ambivalencias características de la reflexión temprana sobre la modernidad. Como señala Jedlowski, esa reflexión había asumido la modernidad en clave trágica, como “expresión de la autoconciencia de la crisis de la cultura occidental”.[83] Si ese fue el paradigma más influyente en el pensamiento urbano de una disciplina tan positiva y optimista como la planificación, cabe preguntarse cómo fue digerida esa ambigüedad, o, mejor, qué marcas dejó. Sobre esto vamos a volver.

El antropólogo como documentalista

En 1943, apenas dos años después de la publicación de The folk culture of Yucatán, Oscar Lewis, recién graduado de antropólogo en la Universidad de Columbia, decide comenzar su carrera de investigador “reestudiando” la población en la que Redfield había iniciado la suya, Tepoztlán. La decisión no parece haber tenido que ver en principio con un interés por México en sí, sino más bien por una determinación casi estética de rebatir el paradigma en su terreno de origen, lo que –de acuerdo con Hannerz– dio lugar a un debate clásico en etnología interpretativa y reforzó el rol que Tepoztlán venía teniendo en los estudios etnográficos desde el libro de Redfield, ya no solo como “el prototipo del México profundo” –de acuerdo con Sanguino y Tenorio Trillo–, sino como un santuario de la historia de la antropología.[84]

Muy poco después de su llegada, Lewis ya publicaba un artículo en el que mostraba los cambios modernizadores en Tepoztlán en el período transcurrido desde la estadía de Redfield, derivados, por una parte, de la urbanización del país, que venía intensificándose desde 1940 con el efecto principal de una mayor atracción de la ciudad capital sobre poblaciones como la de Tepoztlán, y, por la otra, de su “americanización”, alimentada no solo por la expansión económica y cultural norteamericana de posguerra, sino también por la masificación de la figura del bracero.[85] En 1951 publicó el estudio completo como libro: Life in a Mexican village: Tepoztlán restudied, en el que buscó reemplazar el formalismo de los análisis culturales de Redfield con la inclusión de aproximaciones a la psicología y la historia de la comunidad (que fueron a la vez muy criticadas por su esquematismo y superficialidad), con la finalidad de probar que los tepoztecos no eran la comunidad armónica y estable que había visto Redfield y, especialmente, que sus cambios culturales no provenían con exclusividad de una fuente “civilizatoria” externa, como se desprendía del esquema folk-urbano, sino de heterogeneidades histórico-culturales propias.[86]

Pero su búsqueda de rebatir a Redfield apenas comenzaba. El paso decisivo fue una puesta a prueba del propio continuo en una investigación que se organizó también a través de un esquema de seguimiento del proceso de transición, pero ya no como en el estudio sobre Yucatán de Redfield –quien había seleccionado cuatro estadios, como fotografías tomadas sobre la línea imaginaria que va de lo folk a lo urbano–, sino siguiendo la dinámica del pasaje a través de dos familias que encarnaban, en su experiencia migratoria desde Tepoztlán a una vecindad de la ciudad de México, el “contacto aculturador”. Con los primeros avances, Lewis publicó en 1952 “Urbanization without breakdown: A case study”, en donde proponía a la familia como unidad de análisis antropológico pertinente, toda una definición metodológica respecto de las pervivencias de lo tradicional en lo moderno.[87] Manteniéndose fiel a las modificaciones de un objeto de estudio que se desplaza, como un documentalista que se propusiera registrar paso a paso las peripecias de una mudanza familiar, el antropólogo arriba a la ciudad o, con mayor precisión, a sus intersticios degradados, los sitios donde los migrantes debían afrontar la prueba definitiva en su proceso de adaptación a la vida metropolitana.

El estudio muestra los primeros resultados de un trabajo de relevamiento y análisis de la vida de cien familias tepoztecas en ciudad de México, el cual reúne, por primera vez en América Latina, la indagación sobre las causas de la migración en el punto de origen y sobre las razones de la atracción en el punto de llegada, y formula hipótesis sobre el impacto psicosocial y cultural de la mudanza. Y lo hace –vale la pena insistir, aunque las motivaciones de Lewis no parecen del todo sincronizadas con esa problemática más general– en el mismo momento en que la migración rural-urbana se está convirtiendo en la cuestión sociológica, política y cultural capital en América Latina.

A partir de esa investigación, Lewis definió la vecindad como el locus privilegiado para el análisis de la cultura migrante y amplió su espectro de casos al de otras comunidades de origen. En 1959 publicó Five families (Mexican case study in the culture of poverty), el libro en el que narró la experiencia de cinco familias, dos de las tepoztecas que ya había estudiado y otras tres provenientes de diferentes regiones. Aquí presentó por primera vez la categoría “cultura de la pobreza”, que lo haría famoso y a la que dedicó apenas unos párrafos en la introducción; y, sobre todo, inició el estilo de relato que se convertiría en su marca reconocible, al que llamó “realismo etnográfico”. “[Estos retratos] no son ficción ni antropología convencional”, sostuvo para explicar el tipo de innovación narrativa que proponía, una reconstrucción cuasi novelada de los testimonios recogidos en forma de biografía colectiva, utilizando procedimientos característicos de la ficción –en este caso, el relato de “un día en la vida” de cada familia–.[88] Y es significativo que Lewis emprenda desde la antropología un movimiento simétrico al que se estaba iniciando, en esos momentos, desde la literatura hacia la non-fiction (como se recuerda, Rodolfo Walsh publicó Operación masacre en 1957 y unos años después Truman Capote iba a publicar el libro más famoso del género, A sangre fría): el antropólogo se alejaba de la ciencia, y los escritores, de la ficción, para encontrarse en un punto medio de difícil definición, en particular para los cánones de la primera.

En todo este ciclo de su debate con Redfield, Lewis buscó probar que el proceso de urbanización social no es ni unitario ni universal, sino que depende de las condiciones de partida –históricas, económicas, sociales y culturales– de cada grupo migrante. En términos más específicos, que no le resultaba posible reconocer en la ciudad casi ninguno de los factores clásicos “del enfoque Simmel-Wirth-Redfield” (como él mismo lo llamó): ni anonimato personal, ni aislamiento individual, ni desorganización social. Más bien lo contrario, ya que pudo verificar la reproducción de los lazos fuertes de la familia ampliada y el espíritu comunitario que se extendía a todos los que compartían la misma procedencia; tampoco secularización, ya que la vida religiosa siguió siendo vigorosa en la ciudad –y aún más, por la mejor organización que ofrecía allí la Iglesia católica–; ni abandono de rasgos culturales elementales, como la alimentación o las prácticas de curación tradicionales.

En su síntesis crítica a aquel paradigma, finalmente, Lewis sostuvo que no había llegado a encontrar evidencias experimentales “que indiquen que la exposición a un gran número de personas por este solo hecho produzca ansiedad o tensión nerviosa, o que la existencia de las relaciones secundarias disminuya la fuerza e importancia de las primarias”.[89] Es decir que la ciudad no es solo ese mundo heterogéneo e impersonal que recibe al migrante como un mero individuo que debe adaptarse a condiciones completamente ajenas a su experiencia, ya que el fenómeno migratorio ha formado en ella “pequeñas comunidades” –tal la definición de la vecindad dada por Lewis– que actúan de forma cohesiva y amortiguan el impacto de la mudanza al recrear, en el nuevo medio urbano, un universo cultural completamente semejante al de la procedencia.[90]

Es sencillo comprender que estos argumentos tocaban cuestiones muy candentes del debate latinoamericano: ¿cómo comprender a los migrantes? ¿Qué hacer con ellos? ¿Cómo integrarlos al proceso de modernización que la ciudad debería encarnar frente a su origen aldeano? Y, especialmente, ¿qué hacer con sus lugares de residencia más problemáticos, que ya no eran, por cierto, las vecindades (que a su manera suponen un tipo de integración en la estructura urbana tradicional), sino las villas miseria, las favelas, las barriadas, las poblaciones callampa, esos campamentos provisorios cuya proliferación morbosa le estaba dando su marca definitiva a la ciudad latinoamericana? El diálogo entre el cuerpo de problemas de las nacientes ciencias sociales en el continente y las teorías desarrolladas por los antropólogos estadounidenses se volvió completamente relevante. Y tomó formas muy directas: en el año de publicación de Five families, Lewis presentó su trabajo sobre “la cultura de la vecindad” (una especie de compendio de sus conclusiones respecto del hábitat de la cultura de la pobreza en la ciudad de México) en el ya mencionado Seminario sobre Problemas de Urbanización en América Latina. En esta reunión, que organizaron en Santiago de Chile Cepal y Unesco, se relataron los resultados de los primeros estudios sociológicos sistemáticos realizados en poblaciones urbanas marginales con intención comparativa, los que –con el patrocinio de Unesco y la guía de Philip Hauser– llevaron adelante José Matos Mar en Lima, Andrew Pearse en Río de Janeiro y Gino Germani en Buenos Aires.

El rol de los aldeanos en la cultura urbana

Pero antes de ingresar de lleno a este contacto entre el debate antropológico y los estudios sociales latinoamericanos, conviene puntualizar un par de cuestiones sobre el debate mismo. Se mencionó al inicio que debía considerárselo como interno a la problemática de la Escuela de Chicago, y es importante enfatizarlo, porque en las lecturas que recibió, ya entrada la década de 1960, se produjo un deslizamiento de sentido por el cual las críticas de Lewis al modelo folk-urbano quedaron fijadas sin más como desmentidos terminantes del conjunto de supuestos de la socioantropología urbana de Chicago. También habría que mencionar aquí otro deslizamiento importante en el propio trabajo de Lewis –aunque nos detendremos en él más adelante–, ya que el suceso de su categoría “cultura de la pobreza” lo llevó a contradecir sus principios metodológicos, convirtiéndola, a través de estudios en Puerto Rico o la India, en una noción de pretensiones tan universales como la de “continuo folk-urbano” y, por añadidura, cargada de una visión miserabilista y derrotista de los pobres urbanos.

Sin embargo, los textos de este primer período de la trayectoria de Lewis tienen interés en sí, ya que son aquellos que se van a citar una y otra vez en los primeros años sesenta para fundamentar el desacierto científico del paradigma folk-urbano. Por lo tanto, es en ellos donde conviene advertir la sintonía chicaguiana de muchos de sus postulados para entender cómo se pudo haber recibido el debate. En efecto, es muy evidente, en primer lugar, que toda la argumentación temprana de la cultura de la pobreza está orientada a ofrecer herramientas para favorecer una buena asimilación de los migrantes; es decir que, paradójicamente, Lewis radicaliza a su manera la idea de “continuo”, como bien señala su fórmula urbanization without breakdown. Porque, si bien se ocupa de mostrar que ni el extremo folk es como lo tipologiza Redfield, ni el extremo urbano como lo hace Wirth, en ningún momento se aparta de la problemática misma de la transición.[91] Los objetivos reformistas de Chicago de comprender las leyes del cambio social para favorecer la mejor integración de lo tradicional en lo moderno no están puestos nunca en duda; en todo caso, lo que Lewis les señala a los teóricos funcionalistas es que, para cumplir adecuadamente con aquellos objetivos, se debe tomar muy en serio el camino que los propios migrantes muestran en su laboriosa empresa de integración a la vida urbana, una especie de ajuste funcional al nuevo medio, en el que la eficacia está dada por el uso acertado de los propios recursos culturales tradicionales, que no deben ser tomados, entonces, como rémoras que dificultan la aculturación. Esta, en definitiva, entendida como pérdida de la propia cultura, no sería ni necesaria ni conveniente para garantizar una adaptación exitosa a la realidad de la ciudad en América Latina.

En segundo lugar, como mostramos desde el inicio mediante el acápite de Robert Park, una lectura actual de las posiciones de Lewis permite comprender hasta qué punto sintonizaban bien con buena parte de las posiciones tempranas de Chicago, en las que la ambigüedad respecto del proceso de civilización se transparenta todavía más que en las estilizaciones de Wirth y Redfield y, en especial, que en sus usos funcionalistas, de modo que el comentario de La Farge sobre la suerte de la cultura migrante en los textos de Lewis (“se va al demonio a toda velocidad”) habría sido perfectamente compartido por los clásicos de Chicago. Como señalaron ya hace tiempo Morton y Lucía White en El intelectual contra la ciudad, Park pensaba que “los inmigrantes recientemente llegados, quienes mantenían sus sencillos hábitos aldeanos con organizaciones religiosas y de ayuda mutua, habían conseguido resistir mejor el impacto del nuevo medio ambiente”.[92] Visto desde este ángulo, el debate entre Lewis y Redfield se desplaza: no es solo sobre cómo mejorar la adaptación, sino sobre qué rol tienen los “otros”, los aldeanos, en la cultura urbana. La respuesta de Park al respecto no habría dejado lugar a dudas: un rol moralizador.

En el texto fundacional de la temática urbana en Chicago, “La ciudad. Sugerencias para la investigación del comportamiento humano en el medio urbano”, el artículo de Park de 1915, ya se usaba la definición de “sociedad primitiva” de Sumner para caracterizar el funcionamiento de los grupos primarios que persistían dentro de la gran ciudad; en el caso que ocupaba a ese texto, las redes caudillescas de la política municipal que “forman un ‘nosotros’, mientras el resto de la ciudad es solo el mundo exterior, que no es tan animado ni tan humano como los miembros del ‘nosotros’”.[93] Pero si en este ejemplo la corrupción de esas redes políticas orientaba negativamente el juicio sobre tal pervivencia “de naturaleza completamente feudal”, en el artículo de 1925 que citamos al comienzo, “La organización de la comunidad y el temperamento romántico”, vimos que Park presentó a la comunidad de inmigrantes como un modelo para la sociedad urbana norteamericana, en la búsqueda de alentar “un nuevo espíritu aldeano”.[94] Ya que, como iba a sostener en “La ciudad como laboratorio social”, de 1929, el problema social de la metrópoli es el de lograr “en la libertad de la ciudad, un orden social y un control social equivalentes a eso que crece de forma natural en la familia, en el clan y en la tribu”.[95]

En esta reivindicación del rol preservador de los grupos primarios dentro de la ciudad, articulada con una definición reformista del cambio social que les abre posibilidades de adaptación, se ve la preponderancia de la matriz durkheimiana –el intento de mostrar que la sociedad moderna solo podrá afianzarse si se apoya en aspectos sensibles de la sociedad tradicional, no en su negación completa– y la doble diferencia que establece el pensamiento de Chicago ante otras influencias muy importantes: por una parte, frente a la posición más radicalmente modernista de Simmel; por la otra, frente al darwinismo conservador de una figura como Sumner.[96] No es difícil entender que las aportaciones de Lewis pudieran ser leídas por los latinoamericanos en el andarivel de ese mismo equilibrio reformista respecto del rol de la comunidad en la sociedad.

[69] Oliver La Farge, “Prólogo” a Oscar Lewis, Five families, Nueva York, Basic Books, 1959, p. IX. Tomo la cita de Juan Marsal, Cambio social en América Latina, ob. cit., p. 77, que la traduce de la edición original en inglés (la traducción al castellano del prólogo de La Farge es mucho menos elocuente: véase O. Lewis, Antropología de la pobreza. Cinco familias, México, FCE, 1961, p. 13).

[70] Antes de viajar a México, Redfield había abandonado su práctica de la abogacía en Chicago. Véase Clifford Wilcox, Robert Redfield and the development of American anthropology, Lanham, Lexington Books, 2004. Véase también Felipe González Ortiz y Tonatiuh Romero Contreras, “Robert Redfield y su influencia en la formación de científicos mexicanos”, Ciencia Ergo Sum, vol. 6, nº 2, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 1999.

[71] Robert Redfield, Tepoztlán, a Mexican village, Chicago, The University of Chicago Press, 1930.

[72] Laurencio Sanguino y Mauricio Tenorio Trillo, “Orígenes de una ciudad mexicana: Chicago y la ciencia del Mexican problem (1900-1930)”, en C. Lira Vásquez y A. Rodríguez Kuri, Ciudades mexicanas del siglo XX…, ob. cit.

[73] Sobre el hecho de que Redfield estaba predispuesto a encontrar eso que encontró, véase la respuesta que le dio a Lewis en The little community (1956), (Chicago, The University of Chicago Press, 1960, p. 135). Se trató de un reconocimiento muy original y temprano, como subrayó Hannerz, de la incidencia de la personalidad del antropólogo en su investigación (Exploración de la ciudad, ob. cit., p. 85).

[74] R. Nisbet, La formación del pensamiento sociológico, ob. cit., p. 19. Analiza aquí las dicotomías como “ideas elementos” estructurantes de la tradición sociológica.

[75] Véase Dorothy Ross, The origins of American social science, Cambridge, Cambridge University Press, 1991. Sobre la importancia de estos autores para la Escuela de Chicago, véase también J.-M. Chapoulie, La tradition sociologique de Chicago, ob. cit.

[76] Robert Redfield, The folk culture of Yucatán, The University of Chicago Press, Chicago, 1941; “The folk society”, The American Journal of Sociology, vol. 52, nº 4, The University of Chicago Press, Chicago, enero, 1947. El comentario de Marsal, en Cambio social en América Latina, ob. cit., p. 67.

[77] La edición en español es de FCE, México, 1944, como parte de la colección de Sociología dirigida por José Medina Echavarría, con traducción de Julio de la Fuente.

[78] R. Redfield, “The folk society”, ob. cit., p. 306.

[79] Louis Wirth, “Urbanism as a way of life”, The American Journal of Sociology, vol. 44, nº 1, Chicago, The University of Chicago Press, julio, 1938, p. 3. Hay múltiples traducciones al castellano.

[80] Véanse Louis Wirth, The ghetto, Chicago, The University of Chicago Press, 1928; y William Thomas y Florian Znaniecki, The Polish peasant in Europe and America, Boston, Gotham Press, 1918-1921 (5 ts.). Ninguno de los dos trabajos se ha traducido al castellano; solo recientemente se ha editado una selección del de Thomas y Znaniecki: El campesino polaco en Europa y América, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas y Boletín Oficial del Estado, 2004.

[81] El título del texto de Simmel ha sido traducido de modos muy variados; una de las primeras versiones en castellano, aunque con un título no muy feliz, es “Las grandes urbes y la vida del espíritu” (1903), en Georg Simmel, El individuo y la libertad. Ensayos de crítica de la cultura, Barcelona, Península, 1986.

[82] L. Wirth, “Urbanism as a way of life”, ob. cit., pp. 21 y 23.

[83] Paolo Jedlowski, “Introduzione”, en Georg Simmel, Le metropoli e la vita dello spirito [1903], Roma, Armando, 1995, p. 19.

[84] Véanse U. Hannerz, Exploración de la ciudad, ob. cit., p. 85; L. Sanguino y M. Tenorio Trillo, “Orígenes de una ciudad mexicana”, ob. cit., p. 296.

[85] Oscar Lewis, “Social and economic changes for a Mexican Village: Tepoztlán, 1926-1944”, América Indígena, nº 4, México, 1944. Sanguino y Tenorio Trillo (“Orígenes de una ciudad mexicana”, ob. cit.) muestran que la migración de trabajadores mexicanos a los Estados Unidos es un fenómeno muy temprano, incluso bastante anterior al siglo XX; pero es indudable que hacia 1940 comenzó un cambio de escala decisivo con la serie de leyes y acuerdos diplomáticos realizados entre los dos países (el “Programa bracero”), que garantizaba condiciones de trabajo, salarios mínimos y servicios sociales a los migrantes, especialmente en el sector agrícola (para los Estados Unidos fue tanto un modo de suplir los hombres que estaban yendo a la guerra como de hacer un gesto hacia México por su apoyo en ella).

[86] Oscar Lewis, Life in a Mexican village: Tepoztlán restudied, Urbana, University of Illinois Press, 1951 (ed. cast.: Tepoztlán, un pueblo de México, México, Joaquín Moritz, 1960).

[87] Oscar Lewis, “Urbanization without breakdown: A case study”, The Scientific Monthly, vol. 75, nº 1, julio, 1952.

[88] Cito de la edición en castellano: Antropología de la pobreza. Cinco familias, con traducción de Emma Sánchez Ramírez, ob. cit., p. 19. El debate sobre los métodos de Lewis estallaría recién en 1964 con la publicación en castellano de Los hijos de Sánchez, probablemente su obra más famosa (hasta mereció una versión ficcional en el cine), pero en el contexto enrarecido por la reacción en México de sectores conservadores que rechazaron el libro –con indignación análoga a la producida por Los olvidados– por “obsceno y denigrante”.

[89] Oscar Lewis, “Further observations on the folk-urban continuum and urbanization with special reference to Mexico City”, en Philip Hauser y Leo Schnore, The study of urbanization, Nueva York - Londres - Sídney, John Wiley & Sons, 1965, p. 497.

[90] “La vecindad actúa como un amortiguador para los migrantes rurales que llegan a la ciudad, debido a la semejanza entre su cultura y la de las comunidades rurales”, Oscar Lewis, “La cultura de la vecindad en la ciudad de México”, ponencia presentada en el Seminario sobre Problemas de la Urbanización en América Latina, versión mimeografiada, Santiago de Chile, Cepal, 1959, p. 19 (fue publicada ese mismo año como artículo en la revista mexicana Ciencias políticas y sociales, julio-septiembre, 1959).

[91] Es importante aclarar que lo que Lewis cuestiona de las definiciones simmel-wirthianas sobre la cultura urbana en esta primera etapa de su trabajo es su pretensión universalista, no su capacidad de caracterizar con acierto a la ciudad altamente industrializada de Europa o los Estados Unidos.

[92] Morton y Lucía White, El intelectual contra la ciudad. De Thomas Jefferson a Frank Lloyd Wright (Cambridge, 1962), Buenos Aires, Infinito, 1967, p. 159; traducción de Enrique Revol.

[93] R. Park y E. Burgess, The city, ob. cit., p. 36 (tomo la traducción que realizó Emilio Martínez para su selección de trabajos de Park: La ciudad y otros ensayos de ecología urbana, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1999, p. 76).

[94] La expresión original en inglés es “We are encouraging a new parochialism”. The city, ob. cit., p. 122. Frente a la traducción literal de Martínez (“Tratamos de animar un nuevo espíritu parroquiano”), tomo la palabra “aldeano” de la que hizo Revol para el libro de Morton y Lucía White (El intelectual contra la ciudad, ob. cit., p. 160), más fiel a los usos de la expresión en el debate latinoamericano.

[95] Véase R. Park, La ciudad y otros ensayos…, ob. cit., p. 115.

[96] Robert Nisbet ha señalado ese aspecto de la comprensión durkheimiana. Véase La formación del pensamiento sociológico, ob. cit., t. I, p. 118. Emilio Martínez argumenta acerca de las diferencias entre el “darwinismo reformista” de Chicago y el “darwinismo social” de Sumner: véase su “Introducción” en R. Park, La ciudad y otros ensayos de ecología urbana, ob. cit., p. 22.

2. 1959: un estado del debate en América Latina

Lima - Río de Janeiro - Buenos Aires

Las repercusiones de la ciudad como fuerza dinámica que más han llamado la atención, y que son más notorias en toda urbanización acelerada, se refieren a sus efectos disolventes en los controles sociales tradicionales, efectos manifiestos en numerosos síntomas de desorganización social y personal. […] No obstante, se reconoce hoy que, si esas consecuencias ‘patológicas’ de la gran urbe merecen atención cuidadosa, no por ello debe descuidarse el estudio de las fuerzas de organización que la misma ciudad posee y que tienden a estabilizar la existencia humana en formas de vida definidas y asimilables.

José Medina Echavarría y Philip Hauser, 1959[97]

El debate latinoamericano interpretó con sus propias claves esa tradición reformista y los textos de Lewis ingresaron en los años cincuenta como un correctivo para pensar los procesos de transición locales o, mejor, como una primera traducción: la importancia que se le daba en Chicago a la aldea, el gueto o el barrio, en Lewis aparecía ya bajo la forma típicamente latinoamericana de la vecindad; desde ella parecía no tan difícil hacer el pasaje a ese otro dispositivo urbano más contemporáneo en el que iba a tomar forma la otredad aldeana en las ciudades latinoamericanas hasta mimetizarse con ella: la villa miseria.

Es ilustrativo, en este sentido, el estado del debate latinoamericano sobre esa cuestión crucial. La villa miseria podía ser una estación transitoria en el marco conceptual del continuo folk-urbano, pero la cualidad temporal que parecía dar cuenta acabada de la percepción teórica sobre ella se cristalizaba en espacios inaceptables para la percepción tanto académica como política. Resultado inmediato del desarrollo –las villas florecían en ciudades que habían iniciado procesos de industrialización–, las poblaciones marginales que se formaban con la mano de obra que acudía al llamado modernizador parecían materializar de modo escandaloso la distorsión latinoamericana de cualquier idea de desarrollo. El seminario de 1959 en Santiago nos ofrece un buen panorama del estado de la investigación sobre esos temas, que muy poco tiempo atrás habían comenzado a recibir la atención analítica de las nacientes ciencias sociales. La cita inicial es de los relatores generales del seminario, el sociólogo de origen español Medina Echavarría y el demógrafo norteamericano Philip Hauser –los dos funcionarios de Unesco, el primero exiliado en México en 1939 y radicado en Chile desde 1952, donde cumplió tareas fundamentales en Cepal y en la creación de Flacso–. Como muestra la frase con claridad, la concepción funcionalista de la ciudad como potencia desorganizadora ya había cedido ante la atención que comenzaba a prestarse a todas aquellas instancias –muy especialmente las pequeñas comunidades– que iban en la dirección contraria, favoreciendo la estabilidad. Y la idea de que la ciudad latinoamericana configuraba para ello un caso singular, que no permitía aplicar mecánicamente “las orientaciones de la clásica Escuela de Chicago” –un caso “a mitad de camino” entre los modelos europeos y norteamericanos y los asiáticos, por constituir “una civilización urbana centenaria”–, estaba incentivando búsquedas originales de conceptualización, para las que tanto Redfield como Lewis hacían su aporte.[98]

Es importante detenerse, por tanto, en esa fuente, producida en el momento de apogeo del debate sobre el folk-urban continuum, porque se trata de un tema que rápidamente iba a entrar en un ciclo de enormes mutaciones: son muchas las cosas que comenzaban a cambiar en ese annus mirabilis que resultó 1959 para América Latina. Como anticipamos, los casos que recibieron una atención sistemática en el seminario de Santiago fueron tres: Lima, Río de Janeiro y Buenos Aires, y la que trató sobre “Migración y urbanización” constituyó una de sus secciones principales.

Lima: los serranos invaden la ciudad

El relator del caso de Lima fue José Matos Mar, antropólogo social del Instituto de Etnología de la Universidad de San Marcos, que presentó los estudios sobre las barriadas que había iniciado con el geógrafo británico John P. Cole en 1955.[99] Matos Mar, que pronto se convertiría en uno de los referentes internacionales en el tema, formaba parte del círculo reformista de una figura muy particular de la política peruana del período, el arquitecto Fernando Belaúnde Terry, quien ya había impulsado como diputado la creación de la Corporación Nacional de la Vivienda en 1945. A esto le siguió una serie de iniciativas institucionales muy características del ethos planificador (Instituto Nacional de Urbanismo, Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo), que fueron amojonando su arribo a la presidencia de la nación en 1963 con el partido Acción Popular, desde la cual se encarnó de un modo ciertamente emblemático la centralidad que en esos años asumieron los problemas del desarrollo urbano en la agenda política de los países latinoamericanos.[100]

La llegada a la barriada de Matos Mar acompaña, podría decirse, el proceso migratorio folk-urbano, ya que acababa de participar en un estudio de comunidades aldeanas en la provincia de Huarochiri, al oriente de Lima, una de las fuentes de la “invasión” serrana a la ciudad. Desde 1953, un grupo que combinaba cientistas sociales y arquitectos, marcados todos por la doble voluntad de conocer la realidad social de Perú y contribuir con un proceso de cambio democrático modernizador, venía haciendo una experiencia de inmersión en las formas serranas de vida campesina, que comenzó como un estudio etnológico, pero se convirtió en una propuesta de intervención reformista de la comunidad. El proyecto –que no llegó a cumplirse– buscaba contribuir al mejoramiento de las viviendas, la formación de un centro de salud, el desarrollo de las técnicas de trabajo agrícola y de la producción artesanal, lo que señala un pasaje del estudio de la comunidad a la acción comunal. Como veremos en detalle, es uno de los rumbos que estaba tomando el pensamiento social en América Latina.[101]

El tema de la barriada, por su parte, comenzaba simultáneamente a dominar en diferentes ámbitos de la cultura: en 1954 había recibido la primera representación literaria en el libro de cuentos de Enrique Congrains, Lima hora cero; así, iniciaba la corriente de “realismo urbano” en el Perú que Luis Alberto Sánchez identificaría –en el artículo de 1967 ya citado– como el punto de arranque de una fuerte corriente de atención a las poblaciones marginales. El subtítulo de esa sección del artículo de Sánchez es de por sí muy elocuente sobre el modo en que el tema se convierte en asunto cultural: “Glory and passion of the slums”, aunque la ironía del eco religioso de la fórmula no parece tanto dirigida a la propia producción cultural de los años cincuenta, como al empeño de la opinión experta internacional, que ya en los años sesenta buscaba distinguir las barriadas entre la redención de los slums of hope y la condena de los slums of despair.[102]

En la ponencia en el seminario de Santiago de 1959, Matos Mar se apoyaba en un censo general realizado en las barriadas en 1956 y en el estudio en profundidad que él había completado en 1957; las presentaba no como un problema “de vivienda” –que era el modo en que las abordaba el pensamiento urbano modernista dominado por la ideología arquitectónica–, sino como un “reflejo del desequilibrio en las estructuras económicas y sociales nacionales” que estaba produciendo la vertiginosa migración de la población rural, sobre todo de la región andina, a través de un proceso escalonado que iba desde comunidades agrarias a los núcleos urbanos cercanos, de allí hacia los centros más importantes de cada región, para finalmente conducir a Lima.[103] Por esa razón, entre 1940 y 1957 la población limeña se había triplicado (llegó a 1.370.000 habitantes); concentraba el 50% de la población urbana nacional y configuraba uno de los casos extremos de un fenómeno que comenzaba a formar parte del elenco de rasgos típicos de la ciudad latinoamericana: la alta primacía urbana, es decir, la existencia de una gran ciudad dominante en el espacio nacional, como mostraba en este caso el que la segunda ciudad del país, Arequipa, con 117.000 habitantes, no llegaba al 10% de la población limeña. Pero el fenómeno más notable radicaba en que buena parte de ese crecimiento se producía en las barriadas limeñas, cuya población también ya había superado a la de Arequipa, en un ritmo mucho más elevado que el ya elevado de la propia capital.[104]

El estudio de Matos Mar mostraba que la falta de desarrollo y oportunidades en el interior acompañaba un proceso de urbanización cultural de todo el país, en el que sobresalían los efectos dislocadores de los medios de comunicación y del sistema educativo, ambos de concepción unitaria y centralista, sobre una población culturalmente heterogénea, de modo que los estímulos que creaban en su extensión nacional solo podían encontrar efectiva respuesta en la capital; con un resultado doble: la emergencia de una clase mestiza nacional, con “valores y modalidades propias de formas de vida urbana”, y el surgimiento en la ciudad de núcleos importantes de cultura rural con patrones tradicionales, especialmente de matriz indígena serrana, que sufren “desajustes mentales, sociales y económicos que atentan contra su buena adaptación”.[105]

Pero si esos términos parecen reproducir la concepción funcionalista de la “desorganización social” en el continuo folk-urbano, rápidamente Matos Mar se ocupa de describir los recursos culturales y las tramas organizacionales de los grupos migrantes que funcionan como mecanismos de compensación; el principal de ellos, como en el caso de la vecindad mexicana en el estudio de Lewis, la familia. Así, las barriadas “repiten en su estructura tradicionales sistemas comunitarios” de organización cooperativista en los que, por ejemplo, se eligen autoridades por un sistema de representación familiar, que, si parece poco moderno, tiene carácter electivo y público; esto le hace sugerir a Matos Mar –siguiendo un tópico indigenista de largo arraigo en el debate intelectual peruano, que reivindica la actualidad social y política de las formas colectivistas ancestrales de los ayllus– que es en verdad mucho más democrático que el sistema de designación directa de las autoridades municipales usual entonces en Perú. Tales sistemas comunitarios se caracterizan por un conjunto de hábitos, desde los patrones habitacionales hasta la medicina, la alimentación y el sistema de creencias mágico-religiosas, por no mencionar la propia lengua “extranjera” (ya que en las barriadas domina el uso del quechua), lo que constituye una intrusión popular-tradicional-aldeana en la vida metropolitana.

Todo ese pasaje de Matos Mar apunta a celebrar la capacidad de la cultura mestiza para la adaptación a la modernidad gracias a su plasticidad también respecto del propio legado indígena: una celebración que en los años cincuenta estaba comenzando a romper en el Perú con una larga historia de desprecio, tanto por parte de las élites criollas –que no tenían inconveniente en reivindicar el legado indígena siempre que remitiese a una cultura incaica mitológica–, como también por parte del indigenismo de izquierda, que coincidía en ver en el mestizo una forma social y cultural degradada. Las asociaciones mestizas que formaban los migrantes en las barriadas de la capital representaban ahora algo bien diferente: como escribió Arguedas, “se han convertido en células irradiantes de la cultura andina”.[106]

En la presentación de los datos que hacía Matos Mar ya es posible advertir la ambivalencia constitutiva de los estudios que se desarrollarían en la primera mitad de los años sesenta, entre una insistencia en mostrar la integración efectiva de la población de las barriadas a la vida económica de la ciudad (cosa que Matos Mar hizo desde el mismo título de su ponencia: “Las barriadas limeñas: un caso de integración a la vida urbana”), con lo que se buscaba refutar los tradicionales estigmas de marginalidad (Matos Mar prueba que casi el 60% de los pobladores de las barriadas eran obreros y que cerca del 90% trabajaba fuera de su barrio), y la sensibilidad por valorar, en su aislamiento cultural, los roles amortiguadores de una identidad indígena-rural-comunitaria vigorosa desdeñada por la cultura criolla dominante.

Río de Janeiro: favela y populismo urbano

El caso de Río de Janeiro fue presentado por Andrew Pearse, un antropólogo y sociólogo inglés que, como experto de la Unesco con sede en el Centro Brasileiro de Pesquisas Educacionais (CBPE), había realizado entre 1956 y 1957 un estudio sobre la integración de la población favelada a través de la escuela.[107] Pearse da definiciones generales sobre la favela bastante coincidentes con las de Matos Mar sobre la barriada: la considera una consecuencia de las desigualdades en la estructura socioeconómica del Brasil, un dispositivo urbano que “desempeña una función inevitable y esencial en la relación entre el sector urbano rico e industrial y el sector rural pobre y agrícola, que se encuentran separados por una excepcional laguna económica”.[108] Además de su estudio cualitativo, se apoya en análisis censales que indican que la población favelada ya alcanzaba en 1957 un 30% de la población de Río (650.000 sobre 2 millones de habitantes), cifra que coincidía con la que circulaba desde años atrás en la opinión pública, pero que había sido desmentida por los primeros censos que contemplaron a las favelas en 1948 y 1950, de los que resultaba una población favelada inferior al 10%.[109]

La polémica cuantitativa, habitual en estos temas controvertidos y de difícil mensura (no solo por las condiciones de implantación de los asentamientos, sino porque la propia definición de lo que debía o no ser considerado una favela en términos censales estaba en discusión tanto en el campo técnico como en el político), en el caso de Río nos sirve para introducir el carácter diferencial del debate sobre la favela en el contexto latinoamericano, de mayor desarrollo y más temprana elaboración; esto queda probado en el hecho de que es el único caso de poblaciones informales en el continente que cuenta ya con historias no sobre su propio proceso de surgimiento (ese tipo de relatos también abunda en el resto de los casos de la región), sino sobre su construcción como objeto intelectual en la cultura, la política y las ciencias sociales.[110] En alguna medida, esto es resultado de la mayor antigüedad del fenómeno, que en Río de Janeiro se remonta a finales del siglo XIX. Pero esta antelación debe ser precisada, porque también en la mayor parte de las ciudades latinoamericanas es posible encontrar asentamientos informales de pobreza urbana desde muy temprano, incluso desde la Colonia. En una ciudad como Buenos Aires, por ejemplo, es habitual que todos los estudios sobre la villa miseria comiencen remitiendo al “barrio de las latas”, que se desarrolló en la quema de basuras de San Cristóbal Sur desde finales del siglo XIX (objeto de crónicas pintorescas y de visitas de los viajeros que venían a conocer Buenos Aires), o a la “villa desocupación” que surgió en Retiro con la crisis del año 1930, pero son siempre antecedentes, que en los trabajos más serios no encuentran equivalencia ni urbana ni institucional ni social en el proceso que se inicia a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta y dan lugar a la villa miseria propiamente dicha.

Por el contrario, en el caso de la favela, la instalación de los pobres urbanos en los morros de Río a finales del siglo XIX creó un dispositivo urbano de gran continuidad tanto en la forma como en los contenidos, e incluso en la denominación, ya que “favela” –que comenzó como nombre de un asentamiento específico en el morro de Providencia en 1897– se generalizó a todas las ocupaciones en los morros ya en la década de 1910.[111] De ese modo, y si bien el cortiço siguió siendo el hábitat dominante de la pobreza en Río en las primeras décadas del siglo (como lo eran el conventillo en Buenos Aires o la vecindad en México), la favela se estableció como forma habitacional y urbana; ya en la década de 1930 comenzó a recibir políticas gubernamentales específicas (mejoras sanitarias y habitacionales) y se la incluyó en los códigos de edificación, mientras que en la década de 1940 se iniciaron los estudios censales, médicos y sociológicos y se organizaron los habitantes en asociaciones con participación del Partido Comunista o la Iglesia católica, como defensa frente a la intensificación de las campañas para la erradicación.

Así que, si bien a partir de los años cuarenta también se produjo un crecimiento cuantitativo y cualitativo de las favelas por efecto del incremento de las migraciones internas, como en toda América Latina, la afirmación poblacional viene de muy atrás, al punto de que hacia 1967 un 10% de los habitantes de las favelas más antiguas eran ya favelados de segunda y tercera generación, una situación sin paralelo entonces en las barriadas de Lima o las villas miseria de Buenos Aires.[112]

Asimismo, tanto el campo de debate político y social sobre la favela como los trabajos de relevamiento e investigación desarrollaron desde muy temprano en Río un espacio de reflexión específica más denso y variado que en el resto de las ciudades latinoamericanas. Y, por supuesto, la cultura carioca reconoció desde temprano en el siglo XX un vínculo muy estrecho y productivo con la favela, especialmente en la música popular, ya que un importante contingente de compositores de samba habitaba en ellas, y también allí surgieron las principales escolas del carnaval. Luego, en los años cincuenta, la favela iba a ser un objeto privilegiado del Cinema Novo –como se ve en filmes como Rio 40 graus, un clásico de Nelson Pereira dos Santos (1955)–, y a partir de los años sesenta, un topos cada vez más recurrido de las telenovelas; pero también la inspiración para una propuesta artística tan singular y radical como los Parangolés que inventó Hélio Oiticica en la favela Mangueira (en la que el artista se radicó en 1963), un ensamble de telas de colores con que vistió a la escola de samba de la favela, tomando de ella un núcleo fundamental de su revuelta teórica: la idea del espectador como productor.[113]

La densa trama tejida por el pensamiento social en torno de la favela está presente también en el trabajo de Pearse, si tomamos en cuenta que en el CBPE estaba en contacto con Luiz Costa Pinto, una de las principales figuras en la renovación de las ciencias sociales en Brasil y que ya había dedicado a la favela uno de los capítulos de su libro de 1953 O negro no Rio de Janeiro, resultado de una investigación sobre las relaciones raciales, también financiada por la Unesco.[114] Y poco después de que Pearse realizara su trabajo de campo, se iba a llevar adelante un estudio integral de las favelas de Río a cargo de la Sociedade de Analise Gráfica e Mecanográfica Aplicada aos Complexos Sociais (Sagmacs). Este equipo técnico interdisciplinario había sido formado una década antes en San Pablo por Louis-Joseph Lebret, el dominico francés que había creado en Bretaña el movimiento Économie et Humanisme, referente internacional de los movimientos de renovación católica en la posguerra, con especial énfasis en la planificación humanista (un personaje al que volveremos con frecuencia, como inspirador de una de las corrientes con mayor presencia en el pensamiento urbano latinoamericano del período). El estudio de la Sagmacs es bien representativo tanto de la pluralidad de los abordajes científicos que en Brasil ya generaba la cuestión de la favela –en un momento en que apenas se iniciaban estudios específicos en otras ciudades– como de sus enormes repercusiones políticas y culturales: la investigación fue financiada por el periódico O Estado de São Paulo (donde se publicó en 1960 en dos entregas especiales), para el que el equipo de Economía y Humanismo ya había realizado otros trabajos. Pero su convocatoria a Río de Janeiro también tuvo que ver con la relación de confianza de Lebret con el obispo Hélder Câmara, quien en 1955 había impulsado la Cruzada São Sebastião a favor de una acción integral para la urbanización de la favela –equipamiento, infraestructura y vivienda por sistemas de autoayuda–, a la que defendía como comunidad ante la andanada de campañas políticas que pedían su erradicación.[115]

Retomando la presentación en el seminario de 1959, Pearse también coincide con Matos Mar en definir a la favela como una “intrusión de viviendas de tipo rural en el sistema urbano de vida”.[116] Pero esa separación ambiental (reflejo de la separación radical en los patrones socioeconómicos de la población campesina) no encuentra en la favela el correlato dual que, en términos socioculturales, parece caracterizar a la barriada limeña por la proveniencia indígena-serrana de su población. Porque, si bien es cierto que, para Pearse, los habitantes de la favela son ajenos a la experiencia urbana y encuentran grandes dificultades para integrarse a ella, también es indudable para él que forman parte de una cultura moderna popular-nacional mucho más homogénea que en Perú.

Así, Pearse señala, por una parte, las características tradicionales de la población favelada que explican su desorganización a través de índices característicos de la indagación funcionalista: la baja sindicalización, las dificultades para incorporar los hábitos laborales de las grandes empresas, el bajo “sentimiento de barrio”, el bajo nivel de asociacionismo como contracara de un fuerte familiarismo que se extiende en la trama de los grupos de parentela, formando una cadena migratoria “en movimiento constante hacia la ciudad”.[117] Sin embargo, contradiciendo esos indicadores, señala la paradoja de que la familia nuclear migrante es más moderna que la familia ampliada todavía habitual tanto en las clases altas rurales como en las urbanas. Especialmente, deja muy claro que los favelados encuentran una integración principal a través de la cultura de masas (el fútbol, la quiniela, la radio), a la que ya pertenecen, al punto de que es ese contraste entre ciertos hábitos tradicionales y la forma de vida urbana moderna que llevan en la favela lo que le permite a Pearse tentar una hipótesis sobre el populismo brasileño: sería un reemplazo de la vieja dependencia personal del mundo rural por nuevos tipos de protección estatal en el contexto de una cultura masiva del bienestar, una característica política que está muy lejos de circunscribirse a la favela.

A diferencia de la combinación limeña entre integración funcional y separación cultural, Pearse está menos interesado en probar las formas de integración económica que en analizar la maleabilidad de la adaptación sociocultural a una tradición política de populismo. La favela no es para él tanto una puerta de entrada a la ciudad, como el sitio marginado desde el cual el migrante se ve obligado a adaptarse a ella, de manera que configura una forma moderna de la desventaja socioeconómica. En este sentido, sus hipótesis son bastante coincidentes con las que elaboraba contemporáneamente el estudio de la Sagmacs, que si bien defiende la favela como comunidad, no lo hace en función de alguna esencia cultural de origen ni de un carácter presuntamente marginal a la sociedad urbana, sino de sus logros en establecerse en un medio adverso.[118]

Buenos Aires: el continuo acortado

El caso de Buenos Aires, por su parte, fue relatado en el seminario de Santiago de Chile por Gino Germani, a quien el encargo de la Unesco lo había llevado a realizar su primera incursión en temas urbanos, que, al mismo tiempo, resultó ser el primer estudio sobre la ciudad con los instrumentos de la sociología científica, un doble bautismo para una articulación clásica.[119] Para hacerlo, Germani eligió la Isla Maciel, un fragmento tradicional del área industrial del Dock Sud –en la orilla provincial del Riachuelo, muy cerca de la desembocadura–, porque el novísimo Departamento de Extensión de la Universidad de Buenos Aires había instalado allí un centro de acción social que necesitaba una encuesta y que, a su vez, servía al equipo de sociólogos como carta de presentación ante habitantes especialmente recelosos frente a las instituciones públicas desde la caída del gobierno del presidente Perón.[120]

El área se estaba convirtiendo en una zona densa de intervenciones, representativas de las diversas maneras en que el tema de la villa miseria irrumpió en la cultura de Buenos Aires, ganando rápidamente protagonismo. También como iniciativa del Departamento de Extensión de la UBA y con participación de una cooperativa formada en la villa de Isla Maciel, el arquitecto de origen ruso Wladimiro Acosta, figura central de la vanguardia local desde la década de 1930, llevaba adelante un proyecto experimental de pabellones de vivienda para construir en la zona.[121]

Pero si esta iniciativa se alineaba por izquierda con la visión oficial dominante en esos años –inaugurada con el Plan de Emergencia de la Comisión Nacional de Vivienda de 1956–, que consideraba la villa como un mal social que debía ser erradicado a través de la construcción de viviendas modernas, otras intervenciones mostraban ya una escena cultural más compleja, anticipando estilos de interpretación del problema que se volverían dominantes en el curso de la década de 1960. Un buen ejemplo es el dossier que en 1956 realizó un grupo de jóvenes arquitectos para la revista milanesa Casabella, “Prefabbricazione popolaresca”; en él se hacía un relevamiento admirativo de las cualidades constructivas y compositivas de las precarias casillas de madera y chapa que caracterizan las orillas del Riachuelo, y se descubría en la utilización creativa de pequeñas piezas industriales para el armado de las casas una funcionalidad, un ingenio y una clasicidad (una de las construcciones fotografiadas se describe como “la casa de Palladio”) que los autores presentaban como potencial fuente de renovación para la arquitectura moderna.[122] Otro ejemplo es el filme El secuestrador, realizado por Leopoldo Torre Nilsson en Isla Maciel en 1958, en el que el tono neorrealista lleva a la denuncia de las condiciones miserables que engendran criminalidad. Sin embargo, junto con esto es notable el afecto por los pobladores que logran salir airosos de la lucha contra la adversidad, para la cual la villa también parece poder ofrecer sus antídotos: una ambivalencia que sintoniza con la operación artística extraordinaria que hacia 1959 comenzaba a realizar Antonio Berni con materiales recogidos en la villa del Bañado de Flores, y la creación del personaje entrañable de Juanito Laguna.

En verdad, la publicidad dada a la villa miseria por el gobierno militar con el Plan de Emergencia parece haber obrado como disparador de las representaciones culturales, que se multiplicaron de un modo que excede por supuesto al caso de la Isla Maciel y que muestra de paso una falacia ya habitual en buena parte de los estudios que presentan la villa miseria como el tema negado de la modernización desarrollista: la villa miseria no solo fue un territorio en disputa para diferentes interpretaciones ideológicas, sino que es difícil encontrar otro tema de la cultura urbana que haya despertado tantas energías creativas en la Buenos Aires del período.[123] Que el tema haya sido construido por el gobierno de la “Revolución Libertadora” que derrocó a Perón siempre auspició una interpretación política, por cierto. El silencio peronista sobre un proceso que había comenzado antes de 1945, pero que había encontrado sus condiciones de propagación a partir de ese año –comenzando por el decidido impulso industrialista que intensificó las migraciones internas–, pudo ser atribuido a la hipocresía gubernamental tanto como a la confianza en que se trataba de un problema transitorio, que la sostenida política de vivienda y de créditos hipotecarios no tardaría en remediar. Y si, como argumento para lo primero, es posible apelar a ejemplos como el de la película Suburbio, primer registro cultural de la villa miseria filmado por León Klimovsky en 1951 –cuyo propósito de denuncia fue alterado por la imposición oficial de un nuevo final, que mostraba al barrio miserable como un problema del pasado, superado por los nuevos conjuntos de vivienda obrera construidos por el gobierno–, como argumento para lo segundo, en cambio, podría señalarse que el primer censo de villas miseria realizado en 1956 por la Comisión Nacional de Vivienda registró que menos del 2% de la población metropolitana vivía en esos asentamientos. Por entonces se esgrimió esa cifra como evidencia terminante contra el peronismo, pero, puesta en la perspectiva comparada de otras ciudades latinoamericanas del período tanto como del crecimiento acelerado que tuvieron las villas en la década siguiente en Buenos Aires (hasta estabilizarse en torno del 10% de la población metropolitana), bien podría pensarse como una cantidad muy moderada como resultado de la inacción peronista.[124]

De todos modos, si me detengo tanto en este aspecto es porque quiero subrayar algo más general: que este desfasaje entre el surgimiento efectivo de las villas miseria y el inicio del interés público en ellas coincide con los otros casos latinoamericanos –como ya dijimos, con la excepción de Río de Janeiro–. Si bien es obvio que las dinámicas políticas en cada uno han sido diferentes, lo expuesto alcanza para poner en duda la centralidad de la explicación política para el de Buenos Aires (centralidad tradicional en el marco de la disputa peronismo/antiperonismo), o al menos convierte a la política en una contingencia que condimenta un contexto más decisivo, como el creado por la acción combinada de la nueva disposición de los organismos internacionales hacia la cuestión de los asentamientos y de la circulación del instrumental analítico y discursivo con el cual abordar el fenómeno.

Si volvemos a Germani y a la Isla Maciel, podremos ver que el rol de ese instrumental analítico fue fundamental: ese sector de la ciudad fue elegido, además de por todos los otros atributos enumerados, porque configuraba un caso de estudio a la medida de la hipótesis del continuo folk-urbano. Reunir en un área urbana reducida diferentes estadios de la urbanización, desde un sector de villa miseria muy reciente hasta un sector popular de edificación regular y asentamiento arraigado, le permitió a Germani organizar su investigación como una adaptación del modelo probado por Redfield en Yucatán: las cuatro comunidades seleccionadas allí se convirtieron en cinco grupos poblacionales de estudio en Isla Maciel, mucho más próximos geográficamente (casi en contigüidad uno del otro), lo que favorecía el trabajo de campo. Así, el estudio fue presentado como un análisis de los diferentes estadios de la transición folk-urbana: “una especie de progresión desde las familias inmigradas más homogéneas en cuanto a origen de sus miembros y carácter reciente de su inmigración, hasta las familias totalmente nativas”.[125]

Como se ve, Germani explica sus resultados sobre el fondo implícito del paradigma Wirth-Redfield, con un tipo de argumentación que busca verificar en qué se cumple y en qué no el continuo transicional, para hacer los ajustes empíricos adecuados al caso de Buenos Aires. Así, ve cumplirse casi redfieldianamente un proceso en el cual la mayor integración supone transformaciones progresivas hacia las pautas del matrimonio legal, una menor cantidad de hijos, relaciones familiares más abiertas e igualitarias, un mayor grado de asociacionismo, un mayor nivel educativo, un mayor nivel ocupacional (sobre una base de plena ocupación en toda la población censada, la progresión va de las actividades de servicio a las industriales). También es sensible a esa preocupación típica de Chicago, que es descubrir que

el barrio tiende a heredar –transformadas y dentro del cuadro de la metrópoli– parte de las funciones de las pequeñas comunidades de la sociedad tradicional, manteniendo incluso ciertos sentimientos de identificación y pertenencia que son bastante perceptibles en la zona urbanizada de la isla.[126]

Y, ya en completa sintonía con el “ajuste” lewisiano, tiene que reconocer que le resulta muy difícil la utilización de la dicotomía clásica “organización/desorganización” atribuida por el paradigma Wirth-Redfield al mundo tradicional y al moderno respectivamente. Por una parte, porque no es posible encontrar en el origen de los grupos migrantes una diferencia sustancial en cuanto a la estabilidad o cohesión familiar y comunitaria. Esto indica una gran homogeneidad de partida en las pautas socioculturales de migrantes y nativos de la ciudad debido a la temprana extensión nacional de los rasgos característicos de una sociedad altamente urbanizada; y debido también a que, por esa misma causa, solo muy pocos migrantes llegan directamente de áreas rurales: lo normal es un proceso de migración escalonado desde ciudades pequeñas a medianas para arribar finalmente a Buenos Aires. Por otra parte, porque son mayores los rasgos de desorganización en los sitios de partida de la población popular no urbana que en la propia ciudad, con lo cual el proceso de urbanización “produce a la vez –y algo paradójicamente– organización y desorganización”.[127] Es decir que Germani encuentra en el proceso migratorio de Buenos Aires un continuo muy acortado, lo que supone reconocer que ni el polo folk ni el urbano pueden identificarse con la claridad de las tipologías clásicas.

Un continuo sudamericano

Analizando de conjunto los tres relatos, es fácil ver que comparten la preocupación por demostrar la integración socioeconómica en las actividades urbanas de las poblaciones estigmatizadas como marginales: como se señala conclusivamente en uno de los capítulos programáticos del libro de la Unesco, los migrantes “no constituyen un grupo que se distinga claramente de las clases urbanas inferiores en general”.[128] De tal modo, los tres asumen una especie de dualismo atenuado o reformista, en el que se intenta precisar las desventajas diversas de partida de los grupos migrantes (más sociales, o económicas, o culturales, según el caso), bajo un prisma que valora la integración a los sectores modernos identificados con la cultura urbana. Podría decirse que los tres trabajos forman parte de un primer estadio de revisión de las nociones más crasamente funcionalistas: en el caso de las migraciones, esto se verifica con claridad en la advertencia sobre los límites de una noción como “sobreurbanización”, o de la misma dicotomía tradicional/moderno, como ya señalamos. No es que estos analistas no participaran de la visión crítica sobre los procesos que conducían a esos fenómenos, como el desfasaje entre urbanización e industrialización, o el peso de las migraciones en la extensión de un sector de servicios de bajísimo estándar (venta ambulante, servicio doméstico, changas), sino que, al mismo tiempo, advertían que, colocadas en aquellos moldes teóricos, tales nociones impedían comprender la especificidad de la ciudad latinoamericana, asumiéndola por la negativa, como mera desviación.

Finalmente, los tres análisis de Lima, Río y Buenos Aires podrían leerse de corrido también como una ejemplificación de los diferentes momentos del continuo folk-urbano en una escala continental, desde la mayor contraposición entre migrantes rurales y habitantes urbanos en Lima, hasta la mayor cercanía entre los dos polos en Buenos Aires, como las estaciones progresivas de un único estudio de transición de lo tradicional a lo moderno. Así fue interpretado en 1966 por Floreal Forni, en una sugestiva muestra de lo asentado que estaba ese método de análisis.[129] Es claro que el main stream de las nacientes ciencias sociales en la región se movía, en 1959, dentro de la noción de “continuo”, pero aquí nos interesó subrayar, además, que esa noción ya era, desde el comienzo, tan porosa como para incorporar en variadas proporciones los ingredientes de un funcionalismo a lo Redfield o un culturalismo a lo Lewis: un instrumento pasible de ajustes que permitirían incorporar la peculiaridad latinoamericana de sociedades en tránsito a diversas formas de integración urbana, tanto porque cada una partía de polos tradicionales poco comparables, como porque la propia consistencia moderna del polo urbano debía ponderarse de modo diferencial en cada caso.

[97] J. Medina Echavarría y P. Hauser, “Informe de los relatores”, en P. Hauser (ed.), La urbanización en América Latina, ob. cit., p. 22.

[98] Ibíd., pp. 16-17. En cuanto relatores del seminario, Medina Echavarría y Hauser escribieron el primer capítulo del libro, editado por Hauser, que reunía los informes parciales de los directores de cada sesión.

[99] José Matos Mar (1921-2015) nació en la región serrana de Ayacucho, estudió Humanidades en la Universidad de San Marcos, Lima, y luego en la École Pratique des Hautes Études de la Universidad de París (1953-1954), de donde regresó a Perú para doctorarse en Antropología en la Universidad de San Marcos en 1958. A partir de su trabajo sobre las barriadas de Lima comenzó una serie de estudios comparativos en Perú y América del Sur, los de mayor exhaustividad de la región para el período. Véase José Matos Mar, Urbanización y barriadas en América del Sur, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1968.

[100] Matos Mar integró el grupo Espacio, la formación arquitectónico-cultural modernizadora creada en 1947 por un grupo de estudiantes que acompañó la carrera política de Belaúnde, y fue miembro fundador de Acción Popular (entrevista personal realizada a Matos Mar en México DF, el 27 de septiembre de 2004).

[101] Analizo ese rumbo del pensamiento social más adelante, a propósito del Centro Interamericano de Vivienda (Cinva) que se instala en Bogotá en 1951. El equipo de Huarochiri estaba formado por varios miembros del grupo Espacio. Véase José Matos Mar y otros, Investigaciones etnológicas en Huarochiri, Perú, Lima, Universidad de San Marcos, Instituto de Etnología, 1953. Para un análisis detallado del caso en el marco del debate sobre la vivienda en Perú, véase Helen E. Gyger, The informal as a project: Self-help housing in Peru, 1954-1986, tesis de doctorado (mimeo), Universidad de Columbia, 2013, pp. 57 y ss.

[102] Ese contraste fue acuñado en 1962 por el economista Charles Stokes en “A theory of slums”, Land Economics, 8, 1962; los slums of hope eran los barrios de inmigrantes pujantes que buscaban la superación, y los slums of despair, aquellos en que los pobres quedaban atascados sin perspectivas de progreso o integración. La cita es de L. A. Sánchez, en “Urban growth…”, ob. cit., p. 8. Anahi Ballent ha desarrollado las relaciones entre las representaciones culturales y los debates disciplinares sobre la barriada en “Lima. Hora cero: miradas, acciones y proyectos en una ciudad desbordada”, en Adrián Gorelik y Fernanda Arêas Peixoto, Ciudades sudamericanas como arenas culturales, Buenos Aires, Siglo XXI, 2016.

[103] El estudio de 1957 fue publicado completo como José Matos Mar, Las barriadas de Lima 1957, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1966, y en 1977 se hizo una reedición corregida y aumentada con todos los mapas, cuadros estadísticos y dieciocho biografías de pobladores de cuatro barriadas.

[104] Véase José Matos Mar, “Las barriadas limeñas: un caso de integración a la vida urbana”, en P. Hauser, La urbanización en América Latina, ob. cit. p. 193. Solo para notar la intensidad de la dinámica que intentaba captar Matos Mar, apuntemos que, si en 1957 las barriadas representaban el 10% de la población limeña, muy pocos años después, en 1961, frente a un crecimiento de Lima del 40%, sus barriadas se habían triplicado y llegaban a representar, con 480.000 habitantes, casi la tercera parte del total de la población capitalina (datos tomados de un estudio del propio Matos Mar, de 1963, reproducido en Urbanización y barriadas…, ob. cit., p. 165).

[105] J. Matos Mar, “Las barriadas limeñas…”, ob. cit., p. 196.

[106] José María Arguedas, “El complejo cultural en el Perú”, en Formación de una cultura nacional indoamericana (edición al cuidado de Ángel Rama), México, Siglo XXI, 1975, p. 5. El paso por Arguedas vuelve sencilla la comprensión de los vínculos entre el ajuste lewisiano en la noción de “transición a la modernidad” que estaba haciendo la etnografía en los años cincuenta y la posterior concepción de Rama, quien se apoya en Arguedas para constituir al mestizo como el sujeto de la transculturación: “vista su destreza, energía y capacidad de adaptación, se presentó como el más viable, el único capaz de salvar algo de la herencia india en los difíciles trances de la aculturación” (en “Introducción”, ibíd., p. XVIII).

[107] Véase Andrew Pearse, “Notas sobre a organização social de uma favela de Rio de Janeiro”, Educação e Ciências Sociais, año III, nº 7, Río de Janeiro, 1958. Luego de su trabajo en Río, Pearse llegó a tener una dilatada trayectoria en América Latina como experto de Naciones Unidas: colaboró con el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda para la creación del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, donde llegó a convertirse en una referencia en el tema de la “participación campesina”. Además integró el organismo estatal chileno encargado de la reforma agraria durante la presidencia de Frei Montalva.

[108] Andrew Pearse, “Algunas características de la urbanización en Río de Janeiro”, en P. Hauser, La urbanización en América Latina, ob. cit., p. 220.

[109] Véase Licia do Prado Valladares, A invenção da favela. Do mito de origem a favela.com, Río de Janeiro, FGV, 2005, esp. pp. 63-73, donde analiza los datos del primer censo oficial específico, el Recenseamento das Favelas do Rio realizado por la Prefectura entre 1947 y 1948, y del primer censo general que abordó las favelas como un sector diferenciado de la ciudad, el Recenseamento Geral, de 1950, del Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística, para remarcar que en las cifras elevadas había una fuerte mitología. No hemos podido verificar si las cifras que da Pearse, extraídas de un estudio de 1957 del Instituto de Pesquisas e Estudos do Mercado, son confiables y reflejan el crecimiento en los siete años transcurridos o fueron luego desmentidas por un censo posterior.

[110] Muy especialmente, el estudio pionero de L. Valladares, A invenção da favela, ob. cit., al que se suma un filoso trabajo de Brodwyn Fischer, “A century in the present tense: Crisis, politics, and the intellectual history of Brazil’s informal cities”, en Brodwyn Fischer, Bryan McCann, y Javier Auyero (eds.), Cities from scratch. Poverty and informality in urban Latin America, Durham y Londres, Duke University Press, 2014.

[111] Se sabe que el nombre surge del morro da favella, en el sertón de Bahía, donde se produjo la resistencia final de los amotinados de Antonio Conselheiro contra el ejército de la República en la guerra de Canudos (1896-1897). Los veteranos del ejército republicano, al regresar a Río y encontrarse sin recursos ni asistencia del poder público, repitieron la práctica ya existente entre los pobres urbanos de irse a vivir a un morro; ellos tomaron el de Providencia, que entonces fue rebautizado, como el de Bahía, morro da favella. Valladares muestra con ingenio los diversos modos en que la huella de Canudos (especialmente a través de la versión que Euclides da Cunha dio en Os sertões) quedó impresa en las representaciones sociales de la favela (L. Valladares, A invenção da favela, ob. cit., pp. 28-36).

[112] Véase Anthony Leeds y Elizabeth Leeds, “O Brasil e o mito de ruralidade urbana: experiência urbana, trabalho e valores nas ‘áreas invadidas’ do Rio de Janeiro e de Lima” (1967), en A sociologia do Brasil urbano, Río de Janeiro, Zahar, 1978, p. 96.

[113] Sobre el rol de la favela en las representaciones culturales de Río, véase Beatriz Jaguaribe, Rio de Janeiro: Urban life through the eyes of the city, Londres, Routledge, 2014, especialmente el capítulo “Favelas: Realist aesthetics, consumption and authorship”. Sobre la producción de Oiticica, véase Paola Berenstein Jacques, Estética da ginga. A arquitetura das favelas através da obra de Hélio Oiticica, Río de Janeiro, Casa da Palavra - Rioarte, 2001.

[114] Cabe recordar, respecto de la presencia de Unesco, que fue también esta institución la que, poco después, le dio a Costa Pinto los recursos para crear en Río de Janeiro el Centro Latino Americano de Pesquisas em Ciências Sociais (Claps), primer centro regional de investigaciones sociológicas. Véase Sergio Miceli (org.), História das ciências sociais no Brasil, San Pablo, Vértice, 1989.

[115] Sagmacs, “Aspectos humanos da favela carioca”, O Estado de São Paulo, San Pablo, 13 y 15 de abril, 1960. Sobre este estudio, así como sobre la Cruzada São Sebastião y los embates de la derecha, véase L. Valladares, A invenção da favela, ob. cit., cap. II.

[116] A. Pearse, “Algunas características…”, ob. cit., p. 220.

[117] Ibíd., p. 224.

[118] Véase L. Valladares, A invenção da favela, ob. cit., quien por esta razón ve en Sagmacs un avance frente a las posiciones marginalistas, aunque en otro trabajo ha situado en ellas a Pearse; véase su “Études sur le logement au Brésil”, Cahiers du Brésil Contemporain, nº 1, París, Maison dês Sciences de l’Homme, 1987. En apoyo a nuestra interpretación, sin embargo, cabe destacar que los Leeds, referentes principales en la discusión contra el marginalismo, en 1970 encontraban en el trabajo de Pearse una primera refutación de “nociones como ‘marginalidad’ y aislamiento”. Véase A. Leeds y E. Leeds, “O Brasil e o mito…”, ob. cit., p. 88.

[119] La figura de Germani (1911-1979), de indiscutible centralidad en la tradición sociológica argentina, en los últimos años ha sido objeto de atención renovada. Destacamos el libro de Alejandro Blanco, Razón y modernidad. Gino Germani y la sociología en la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, que lo muestra como una figura culturalmente mucho más compleja que la del difusor de la sociología funcionalista en que había quedado estigmatizado.

[120] Así lo indica el propio Germani: “Investigación sobre los efectos sociales de la urbanización en un área obrera del Gran Buenos Aires”, en P. Hauser (ed.), La urbanización en América Latina, ob. cit., pp. 233-234. Cabe aclarar, para quienes no conocen Buenos Aires, que la Isla Maciel no es propiamente una isla, ya que el arroyo que antiguamente la separaba de Avellaneda había sido dragado.

[121] El proyecto realizado por Acosta y los alumnos de su taller fue publicado en la revista Obrador (año 1, nº 2, Buenos Aires, 1963), una publicación de arquitectura vinculada al Partido Comunista.

[122] E. Katzenstein, F. Ortiz, G. L. Peani, G. Puppo y J. Santos, “Prefabbricazione popolaresca. Le case della Boca e del Dock Sud a Buenos Aires”, Casabella, nº 213, Milán, noviembre, 1956. En el grupo se encuentran algunas de las figuras centrales de la renovación de la arquitectura en los años sesenta. Véase un análisis de la operación, en Graciela Silvestri, El color del río. Historia cultural del paisaje del Riachuelo, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2004, pp. 340-348.

[123] He desarrollado esta perspectiva en “Buenos Aires. La ciudad y la villa. Vida intelectual y representaciones urbanas en la larga década del sesenta”, en A. Gorelik y F. Arêas Peixoto, Ciudades sudamericanas como arenas culturales, ob. cit.

[124] La película Suburbio es un caso notable por el modo en que se adelanta en la consideración del tema, así como por la falta de repercusión que tuvo entonces. Un análisis agudo sobre la representación que hace de la villa miseria, en Patricio Fontana, “Suburbio: nadie sale vivo de aquí”, revista digital Informe Escaleno, Buenos Aires, noviembre, 2012; sobre el final que le impuso al filme el gobierno, véase Clara Kriger, Cine y peronismo. El Estado en escena, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009, pp. 198 y ss.

[125] G. Germani, “Investigación sobre los efectos…”, ob. cit., p. 235.

[126] Ibíd., p. 253 (subrayado nuestro).

[127] Ibíd., p. 242.

[128] Dirección de Asuntos Sociales de las Naciones Unidas, “Algunas consecuencias políticas de la urbanización”, en P. Hauser (ed.), La urbanización en América Latina, ob. cit., p. 357.

[129] Floreal Forni, “Aspectos sociales de la urbanización” (1966), en Jorge E. Hardoy y Carlos Tobar (dirs.), La urbanización en América Latina, Buenos Aires, Editorial del Instituto, 1969.

3. Dos ideas de comunidad en el debate sobre la vivienda

San Juan de Puerto Rico - Bogotá

La incapacidad de las familias de bajos ingresos (y, en muchos casos, de ingresos medianos) para conseguir viviendas decentes es el problema que más salta a la vista en las ciudades latinoamericanas más grandes. […] La mayoría de los países latinoamericanos han iniciado ya programas gubernamentales de la habitación urbana. […] Cuanto más se amplíen los programas latinoamericanos de la vivienda para cubrir los grupos de más bajos ingresos –comprendiendo los migrantes semiurbanizados de barrios periféricos de casuchas– tanto más complejos serán los problemas que habrá que afrontar, aparte del tremendo problema del financiamiento.

Dirección De Asuntos Sociales De Las Naciones Unidas, “Algunas consecuencias políticas de la urbanización”, 1962[130]

“Dualismo” y “marginalidad” son palabras que, como se sabe, en 1959 estaban a las puertas de una transformación vertiginosa, como objetos de sonoras polémicas a la luz de las cuales todavía hoy se sigue juzgando aquella producción anterior. Por eso es importante detenerse un poco más ante la frontera que en estos temas nos pone la década de 1960, para contribuir a desarmar los anacronismos habituales y ponderar mejor la especificidad de aquel momento en la historia intelectual de América Latina. La cita del informe de la Dirección de Asuntos Sociales de las Naciones Unidas muestra el carácter aporético –y justamente por eso, urgente y exasperado– que presentaba el problema de los “barrios periféricos de casuchas”: los programas gubernamentales de habitación urbana –ya iniciados con ímpetu en toda América Latina– parecían servir apenas de evidencia de los obstáculos mayúsculos que crecían a un ritmo mucho mayor (sin contar “el tremendo problema del financiamiento”). Pero si es importante detenerse en el cambio de década, es porque entonces se vuelve muy claro tanto el empuje de los programas de vivienda social como sus correlatos directos con aquellas posiciones del debate etnográfico sobre la transición. Correlatos que permiten revisar con una mirada nueva ese costado más operativo de los debates socioantropológicos y que, aunque suelen ser muy poco explorados, resultan una fuente fundamental para ello. Ya que ¿dónde encontrar más claramente delineadas las posiciones sobre el rol de los aldeanos en la ciudad que en los debates sobre cómo deberían ser sus casas y sus barrios?

Grandes conjuntos habitacionales, Estado y modernidad: un modelo latinoamericano

Es notorio que, en los años cincuenta, el viejo “problema de la vivienda” –como se conocía desde los debates del siglo XIX sobre la habitación obrera– había vuelto a convertirse en un gran disparador de la imaginación social y política en la región, produciendo un terreno aparentemente común para las indagaciones de la antropología y la sociología, así como las de la arquitectura. Esta última podía, en verdad, reclamar una larga precedencia frente a las ciencias sociales: desde comienzos del siglo XX, había activado su revolución modernista gracias a una reflexión original sobre la vivienda masiva que recorrió intensas etapas de experimentación en las décadas de 1920 y 1930, cuando las innovaciones tecnológicas, funcionales y formales se articularon con ambiciones de reforma social que avivaron tradiciones utópicas y proposiciones para la recuperación de la dimensión comunitaria en la gran ciudad del siglo anterior (como el falansterio de Fourier o la ciudades obreras de Owen).

Toda una gama de posiciones y reflexiones (desde los experimentos británicos de la ciudad jardín hasta las Siedlungen alemanas de la década de 1920, pasando por los conjuntos del New Deal en los Estados Unidos de 1930) fue confluyendo hacia mediados de siglo XX en una condensación formal y tipológica muy poderosa: la “unidad de habitación”. Esta fórmula fue acuñada por Le Corbusier, quien en 1947 construyó en Marsella un prototipo, un gran bloque de departamentos que incorpora los equipamientos colectivos –comerciales, educativos, sanitarios y deportivos– demandados por la vida social de sus habitantes, pensados como comunidad.

Antes de eso, ya desde comienzos de los años cuarenta, diversos países de América Latina se habían lanzado a la construcción de grandes conjuntos habitacionales: “unidades vecinales” –una traducción de las neighborhood units predilectas de la renovación urbana norteamericana de los años veinte y treinta– o “barrios de monobloques”.[131] Estos conjuntos buscaban poner en juego los criterios más avanzados de la arquitectura internacional para la vivienda social, consolidando la alianza entre Estado y arquitectura moderna, por medio de la cual se venía produciendo, desde la década de 1930, una gran transformación territorial en América Latina. En el caso de la vivienda social, la ambición comunitaria de la arquitectura moderna se potenció con el rol jugado por el Estado como vanguardia de la transformación, añadiendo a la causa social la dimensión nacional.[132] Conjuntos como El Silencio (1941) o la urbanización 23 de Enero (1954), ambos de Carlos Raúl Villanueva en Caracas; el edificio de la Cooperativa El Hogar Obrero (1941) de Wladimiro Acosta y Fermín Bereterbide, o el barrio de monobloques 17 de Octubre (1946), proyectado por un equipo dirigido por Luigi Piccinato, ambos en Buenos Aires; las unidades vecinales de mediana densidad que propone para Lima el Plan de Vivienda de 1945 redactado por Fernando Belaúnde Terry y otros; los multifamiliares Miguel Alemán (1947) y Presidente Juárez (1950), ambos de Mario Pani, en México; obras como Pedregulho (1950), de Affonso Reidy, en Río de Janeiro, o las Superquadras concebidas por Lúcio Costa para Brasilia (1957), entre muchos otros ejemplos, fueron apenas los hitos arquitectónicos.

Detrás de su enorme visibilidad se encolumnó una vastísima producción llevada adelante por instituciones públicas, como el Banco Obrero de Venezuela, el Departamento de Habitação Popular de la Prefectura de Río de Janeiro y los Institutos de Aposedantorias e Pensões en Brasil, la Caja de Habitación Popular y la Corporación de la Vivienda en Chile, la Secretaría de Vivienda de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires y el Banco Hipotecario Nacional en la Argentina, la Comisión Nacional de la Vivienda en Perú, etc.[133] Así se desplegó sobre las principales ciudades del continente una miríada de marcas materiales del común impulso modernizador que inspiraba a los cuerpos técnicos estatales, más allá de las notorias divergencias políticas e ideológicas entre los diversos gobiernos nacionales. Esos conjuntos habitacionales funcionaron, por supuesto, como emblemas difusores de representaciones políticas dentro de una tradición estatal de utilización grandilocuente de la obra pública con fines propagandísticos; pero fueron también una señal de madurez de la experimentación arquitectónica local y, especialmente, la orgullosa forma en que los países latinoamericanos celebraban sus potenciales atributos para resolver sus conflictos sociales a partir de un salto adelante sobre su propia modernidad.

Tal despliegue de producción estatal en vivienda social admite ser pensado desde las coordenadas del debate antropológico sobre la vida en la ciudad, debido a ese originario aliento comunitarista que llevaba implícito su modelo habitacional –el del gran bloque de viviendas–, que reaccionaba a su manera contra la disolución metropolitana de los lazos sociales primarios. Pero su idea de comunidad era mucho más un proyecto de organización colectiva adecuada a los nuevos tiempos que una puesta en valor de especificidades culturales que debían preservarse o siquiera aprovecharse en su capacidad “amortiguadora”, en el sentido en que lo postulaba Oscar Lewis. Desde este punto de vista, la idea de unidad de habitación encuentra analogías en el universalismo de la noción de “continuo folk-urbano”, y se propone como instrumento capaz de reparar las aristas más conflictivas de la incorporación de los migrantes al mundo moderno: es la respuesta vanguardista al diagnóstico simmeliano, una respuesta que opta por extremar las lecciones contemporáneas de la metrópoli –la concentración y la densidad–, porque lo ve como el camino más adecuado para la restauración en un plano superior (en términos técnicos y socioculturales) de las formas comunitarias que la misma metrópoli ha dislocado.[134] De hecho, el bloque de viviendas flotando sobre columnas en una cultivada extensión verde no es simplemente el resultado de una combinación de motivos higiénicos (contra el hacinamiento de la ciudad especulativa) y técnicos (la utilización industrial de los nuevos materiales, el hormigón armado, el acero y el vidrio) para responder con racionalidad y eficiencia a las nuevas demandas masivas de habitación; es fundamentalmente la búsqueda de recuperación de la doble armonía perdida en la metrópoli moderna, hacia afuera con la naturaleza y hacia adentro con la comunidad. Por eso, cada unidad se piensa como un nuevo falansterio, con servicios comunes para las necesidades sociales y culturales de la vecindad.

Por cierto, a lo largo de los años nos hemos habituado a la mala prensa que recibió esa arquitectura, especialmente en sus formulaciones avanzadas de los años cincuenta y sesenta. Basta recordar que muchos de esos edificios se vienen demoliendo desde los años setenta, como si la arquitectura fuese la responsable de la degradación social e institucional en que cayeron junto con los grupos poblacionales a los que estaban dirigidos. Se trata de una especie de ritual que parecería querer exorcizar los monstruos de la razón modernista: de hecho, Charles Jencks pudo abrir su libro inaugural de la arquitectura posmoderna decretando que el 16 de marzo de 1972, con la demolición del primero de los treinta y tres bloques del conjunto Pruitt-Igoe, en St. Louis, Misuri (Minoru Yamasaki, 1954), se había consumado la muerte de la arquitectura moderna.[135]

Pero en términos más específicos, antes de convertirse en chivos expiatorios de la miseria y la criminalidad, esos edificios ya habían sido criticados dentro de la propia cultura arquitectónica por la poca atención que le prestaban a las condiciones de vida de los grupos a los que estaban dirigidos (en general, migrantes provenientes del medio rural). De todos modos, hoy es sencillo advertir que la razón de esa “desatención” hay que buscarla no en los límites proyectuales de los edificios, sino en el propio carácter universalista de la propuesta, ya que esa arquitectura buscaba modificar los hábitos y las relaciones con la ciudad de toda la población, no solo de sus segmentos más necesitados: en verdad, la necesidad era pensada como virtud, ya que en la vivienda para los habitantes más pobres y “atrasados” se esperaba que germinara una transformación vanguardista del conjunto de la vida metropolitana. Para la arquitectura modernista, todos los habitantes metropolitanos, pobres o no, migrantes rurales o no, son seres alienados que podrán reencontrarse en las nuevas comunidades que los grandes conjuntos habitacionales proponen.

Otras modernidades, otras comunidades: el modelo panamericano del self-help

Esa noción modernista-voluntarista de comunidad fue sin duda dominante en la cultura arquitectónica hasta bien avanzada la década de 1960, con impacto decisivo en las instituciones estatales de producción de vivienda social de muchos países latinoamericanos. Pero ya desde los años cuarenta, en el mismo momento en que los conjuntos de monobloques comienzan a proliferar, se inicia también una visión alternativa, que se iba a traducir en los años cincuenta en una robusta política panamericanista de vivienda social bien diferente y llamada a tener una aceptación global desde la década de 1970: la política de apoyo económico y técnico a la autoconstrucción, confirmatoria “de las tradiciones y costumbres de la vida local”, como sostenía en 1953 una comisión ad hoc de la Unión Panamericana.[136] El modelo de la construcción con “esfuerzo propio y ayuda mutua” partía de un diagnóstico económico que buscaba hacerse cargo al menos del costado financiero de la aporía con que iniciamos esta sección: la imposibilidad de resolver el impresionante déficit de vivienda con los escasos recursos de los Estados de la región (un promedio del 80% de la población urbana latinoamericana vivía en condiciones inaceptables de precariedad habitacional, según el informe citado). Pero en las propuestas de autoconstrucción por ayuda mutua, ese diagnóstico se combinaba con una visión ideológico-cultural dominante en las instituciones panamericanas, que daban curso, así, al consenso técnico norteamericano, tanto sobre el problema de la vivienda en sí –el ideal anglosajón de suburbanización residencial como alternativa a la concentración metropolitana–, como respecto de la población carenciada de los países subdesarrollados. Se confiaba en que los hábitos del trabajo colectivo y el ahorro individual servirían como refuerzo de los lazos comunitarios debilitados por el asistencialismo estatal y la desmoralización provocada por las condiciones miserables de su vida en la ciudad.

Las historias de la idea de la autoconstrucción como política pública localizan sus inicios en experiencias llevadas adelante en Estocolmo a comienzos del siglo XX, que tuvieron impacto en el debate en diversas ciudades europeas en los años veinte y en los Estados Unidos en los años treinta, especialmente a través de la prédica del urbanista alemán Werner Hegemann (quien en su paso por Buenos Aires en 1931 no dejó de celebrar los resultados de la autoconstrucción popular en los suburbios ante la ausencia de una planificación adecuada para la expansión urbana).[137] Pero la figura clave en la propagación de esa idea como fundamento para la elaboración de políticas sistemáticas en los países subdesarrollados fue Jacob Crane, quien desde diversas agencias estadounidenses de financiamiento de vivienda pública la sostuvo incansablemente, convencido, como señaló Richard Harris, de que la autoconstrucción por ayuda mutua no solo tenía sentido en términos financieros, sino también “como un elemento de la economía y el desarrollo cultural nativo”.[138]

El lugar que sirvió para la experimentación de esa idea y como modelo para su expansión internacional fue Puerto Rico, a partir de 1939, con un plan en la ciudad de Ponce diagramado por Crane, por el cual el Estado proveía un sitio urbanizado y servido por infraestructuras para que los habitantes de los slums llevaran allí sus casillas (lo que luego se llamó sistema de land and utilities [tierra y servicios]); pero especialmente a partir de 1941, cuando, bajo la gobernación de Rexford Tugwell, primero, y de Luis Muñoz Marín, después, toda la isla se convirtió en un campo de práctica avanzada de la planificación estadounidense, y la política del self-help se volvió una de las marcas de agua de esa experiencia.

Ya hemos mencionado en la Apertura el papel clave que Puerto Rico jugó en las políticas panamericanas, y en la Parte II nos detendremos en el despliegue de la planificación en la isla y en sus efectos en la producción de las redes de pensamiento urbano en América Latina, así como en la concepción sobre la disciplina en los Estados Unidos. Pero también en el tema específico de las políticas de vivienda –y de las consiguientes ideas de comunidad que las sostienen– el puente portorriqueño funciona bien como laboratorio y como vidriera, los dos roles que se decía que Puerto Rico jugaba entre ambos mundos –norte y sur– en ese período, desde inicios de los años cuarenta, cuando la isla consigue sustituir –en términos de Mayra Rosario Urrutia– la imagen de “tierra arrasada” por la de “vitrina de la democracia”, hasta mediados de los sesenta, cuando el interés de las ciencias sociales y la planificación por la experimentación en la isla se desvanece casi completamente, como bien mostró Michael Lapp.[139] Y es muy sugerente, teniendo en cuenta nuestro enfoque, que así como la gobernación de Tugwell fue la campana de largada para el ascenso de ese interés de las ciencias sociales norteamericanas por lo que ocurría en la isla, el punto clave que para Lapp señala su caída es la publicación en 1966 de La vida, el libro de Oscar Lewis sobre la cultura de la pobreza en Puerto Rico y en la Nueva York portorriqueña.[140]

El libro llegaba rodeado de gran expectativa por el anterior best-seller de Lewis, Los hijos de Sánchez, de 1961, que había llevado el método del “realismo etnográfico” a un límite delicado con la ficción: para narrar la historia de los Sánchez, una familia humilde de la vecindad de Bella Vista en el DF de México, Lewis no solo había reelaborado con el estilo de una novela todas las entrevistas realizadas a lo largo de su trabajo de campo, sino que había eliminado la narración en tercera persona que todavía empleaba en Five families, para adoptar el uso directo de una primera persona ficcional: cada capítulo se lee como una confesión autobiográfica de un miembro de la familia Sánchez. Pero, además, Los hijos de Sánchez consumó la dirección miserabilista y fatalista en que se encaminó la hipótesis de la cultura de la pobreza: si bien los migrantes pobres “amortiguan” los obstáculos de la ciudad gracias a su equipamiento cultural tradicional, este los perpetúa en su ignorancia y marginalidad. Como se puede ver, este giro aleja mucho a Lewis de su refinado trabajo de los primeros años cincuenta.[141]

Esta es la dirección que ratifica en La vida, mostrando que los migrantes portorriqueños en Nueva York eran incapaces de incorporarse a la sociedad moderna (los hijos absorben los rasgos de la cultura de la pobreza familiar ya a los 6 o 7 años) y que en realidad todos los habitantes de la isla, no solo sus sectores miserables, debían considerarse practicantes irrescatables de esa cultura tradicional y derrotista. En términos de Lapp, “más que agentes enérgicos del cambio social” construyendo el nuevo Puerto Rico que se venía presentando ante el mundo en las dos décadas anteriores, “los portorriqueños de Lewis eran dóciles; más que activos participantes en un experimento democrático, eran políticamente apáticos; más que [norte]americanos en gestación, encarnaban un tipo exótico”.[142] En suma, hacia mediados de los años sesenta, cuando el propio proceso político-económico en la isla comenzaba a mostrar los límites del proyecto modernizador iniciado en los tempranos cuarenta, los portorriqueños de Lewis venían a confirmar que el laboratorio social y la vidriera de la democracia no habían sido tan exitosos como sus líderes y los estudiosos comprometidos con la experiencia habían sostenido.

Pero ya analizaremos en la Parte II el proceso portorriqueño de modo más abarcativo, así como las razones internas que ayudan a comprender que el ascenso y caída de su estrella se haya consumado en tan poco tiempo –tiempo que coincide, como ya se habrá advertido, con la fase de la expansión reformista en nuestro ciclo de la ciudad latinoamericana–. Aquí conviene que nos detengamos todavía un poco más en el despegue inicial, por el rol determinante que cumplió el modelo portorriqueño en la vivienda social como motor de esa expansión.

Tal modelo fue un perfeccionamiento del proyecto ensayado en Ponce en 1939: una novedosa política de rehabilitación de arrabales llamada Programa de Tierras y Servicios Públicos, mediante la cual el gobierno saneaba las tierras e instalaba los servicios, y las familias se autoconstruían las viviendas de acuerdo con planos-tipo disponibles muy sencillos, con posibilidad de crecimiento futuro, un sistema que daba resultados mucho más rápidos y económicos y menos conflictivos que las políticas de erradicación y reemplazo por grandes conjuntos habitacionales. Para Crane, hacia 1944, cuando el proceso estaba en sus comienzos, si bien el sistema de land and utilities era solo uno de los tres que se aplicaban en Puerto Rico (los otros dos, más tradicionales, eran la construcción de proyectos habitacionales de baja densidad en los centros urbanos y la producción de vivienda semirrural adyacente a las pequeñas ciudades), ya era evidente que, por sus costos, era el único factible para los sectores de mayor pobreza, que no podían afrontar un alquiler. El costo por vivienda en el sistema de autoconstrucción representaba un cuarto del de los otros sistemas tradicionales, que cada beneficiario debía afrontar con créditos hipotecarios específicos, lo que lo volvía el “más interesante tipo de producción de vivienda de bajo costo”, especialmente porque era “el más susceptible de adaptación a otras partes del mundo”. Gracias a ese sistema de “tierra y servicios” –de nuevo según Crane– se venía realizando en Puerto Rico “más vivienda pública para los sectores más necesitados que en ninguna otra área equivalente del mundo”.[143]

Este fue el criterio que rápidamente se impuso en las instituciones panamericanas, y favoreció aún más el rol de Puerto Rico como “encrucijada de las Américas”, como le gustaba sostener a Rafael Picó, a quien ya presentamos en la Apertura como líder de la planificación portorriqueña y figura fundamental en el armado de la red de pensamiento urbano latinoamericano.[144] Y es que, en efecto, es posible hablar de una conexión portorriqueña, una trama de ideas, figuras e instituciones que permitió el contacto, a través del andamiaje panamericano, de newdealers con intelectuales y activistas sociales latinoamericanos que en la experiencia del self-help de Puerto Rico veían mucho más que una salida técnico-económica al problema de la vivienda social: como un eco del anhelo comunitario de aquel primer Park, veían en la autoconstrucción la palanca para el “desarrollo de la comunidad”, única base legítima, para ellos, de cualquier propuesta de desarrollo.

El Cinva: la autoconstrucción como misión

Comencemos por la trama institucional, que es muy sencilla de seguir: el experimento portorriqueño fue tomado como modelo para la creación de la Sección de Vivienda y Planificación de la Unión Panamericana en 1949. Como se sabe, en 1948 se había creado la Organización de Estados Americanos (OEA), lo que dio un mayor impulso a las estructuras panamericanas; a partir de entonces, la Unión Panamericana quedó absorbida en la OEA como su Secretaría Ejecutiva, con representación permanente de todos los países americanos y sede en Washington. La Sección Vivienda y Planificación se formó para canalizar la nueva corriente de fondos posibilitada por el Punto IV, como fue llamado el programa de asistencia técnica a los países subdesarrollados creado a partir del discurso de asunción del presidente Truman, que propuso instaurar tal asistencia como política de Estado.[145] Así se impulsó la creación, en 1951, del Centro Interamericano de Vivienda (Cinva) con sede en Bogotá: la primera institución aprobada por la OEA, fundamentada en una serie de antecedentes como los congresos panamericanos de Vivienda Popular (celebrado en 1939 en Buenos Aires) y de Arquitectos (celebrado en 1947 en Lima), donde funcionarios y expertos venían clamando por la necesidad de un centro de formación técnica y experimentación en soluciones de vivienda social para toda la región.[146] Mark Healey propuso entender la decisión de formar el Cinva e instalarlo en Bogotá como un signo no solo de la importancia que la cuestión de la vivienda venía teniendo en el debate técnico y político sobre América Latina, sino también del peso del primer director de la OEA, el colombiano Alberto Lleras Camargo.[147] El texto de Healey hace reverberar la política interamericana por una reforma social tecnocrática –“poderosamente moldeada por la visión norteamericana”– con la aceleración del ciclo de la violencia en Colombia: hay que recordar que el “bogotazo”, el célebre estallido popular en reacción al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, ocurrió a comienzos de abril de 1948, en momentos en que se desarrollaba en Bogotá la IX Conferencia Panamericana que daba partida de bautismo a la OEA.[148]

Este texto también nos lleva a considerar la instalación del Cinva como pieza en una compulsa de los organismos supranacionales entre diferentes modelos de desarrollo, en la que la Colombia de esos años parece jugar como terreno experimental. Es muy conocido el caso de la misión del Banco Mundial (en rigor, Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento entonces, sección del Banco Mundial que había actuado en Europa con el Plan Marshall y ahora comenzaba a enfocarse en América Latina) que llegó en 1949 a Colombia comandada por el economista de origen canadiense Lauchlin Currie, otro newdealer que elegiría afincarse definitivamente en la región.

La “misión Currie” diseñó un plan muy ambicioso de crecimiento, que proponía coordinar un shock de desarrollo en varios sectores de la economía al mismo tiempo: impulso a las finanzas y a la industria, con énfasis en la capacidad multiplicadora de la construcción de viviendas y de la producción de infraestructura; reforma del Estado y programas sociales; un tipo de desarrollo contra el cual Albert Hirschman levantaría años después su teoría del “desarrollo desequilibrado”.[149] El plan de Currie fue finalmente desechado por el Banco Mundial a favor de una idea de desarrollo basada en proyectos sectoriales; y de algún modo este relevo pone en escena rasgos del enfrentamiento más específico, que reconstruimos aquí, entre los modelos latinoamericano y panamericano para la vivienda social.

Aunque el plan de Currie no proponía la construcción de viviendas por el Estado sino a través de créditos hipotecarios con los que se buscaba dinamizar simultáneamente la industria de la construcción y el sistema financiero, se trataba sin duda de una apuesta a proyectos de vivienda masiva de mediana y gran densidad, considerado el único modo de abaratar los costos para llegar a los sectores más necesitados, en un todo de acuerdo con la ideología de los arquitectos modernistas. En particular, porque esos conjuntos eran pensados como parte del impulso a la urbanización generalizada, articulada con la producción de una red de infraestructura nacional, en una concepción de la gran ciudad como motor de la modernización. Y viceversa, si bien el Banco Mundial no adhería todavía a la autoconstrucción –se volvería un promotor activo de ella recién en los años setenta–, el tipo de planes sectoriales adoptado luego del rechazo del de Currie empalmaba mejor con la propuesta para la vivienda que venía elaborando la Unión Panamericana: emprendimientos de autoayuda en sectores suburbanos y, muy especialmente, rurales, de los que el Cinva sería promotor principal en la región y que en muy poco tiempo se volverían un símbolo del modelo de intervención en las zonas más carenciadas propiciado por la Alianza para el Progreso.

Para la formación del Cinva se conjugaron aportes de la asistencia técnica estadounidense canalizados por la OEA, de la Universidad Nacional de Colombia (que ofreció la sede) y del Instituto de Crédito Territorial, una institución creada a finales de los años treinta para modernizar la provisión de viviendas rurales. Puede afirmarse que, por lo menos hasta mediados de la década de 1960, el Cinva funcionó como un nodo neurálgico del debate experto latinoamericano sobre la vivienda, actualizando la conexión portorriqueña, ya que las posiciones que se elaboraban y difundían en ese Centro bogotano hicieron de caja de resonancia del modelo panamericano de autoayuda originado en la isla a través de la producción de manualística, del adiestramiento de técnicos de toda la región y de la investigación de nuevas tecnologías de construcción económica.[150] Muy especialmente, el Cinva creó en una generación de profesionales un sentido misional respecto del rol de la vivienda en la construcción de comunidades democráticas y –como señaló el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda– un fuerte sentimiento de pertenencia e identidad latinoamericana.[151]

Lo cierto es que hacia 1959, cuando se realizaba en Santiago de Chile aquel Seminario sobre Problemas de la Urbanización en América Latina, esta versión “panamericana” de la comunidad y el tipo de vivienda correspondiente estaban muy sólidamente asentados como modelo que aventajaba en varios países de la región al otro, que aquí llamamos “latinoamericano”, de los grandes conjuntos modernistas producidos por el Estado; es posible reconocer una distribución geográfica bastante nítida de ambos, con dominio de la política de grandes conjuntos habitacionales en México y Sudamérica y de la política de la ayuda mutua en Colombia y los países centroamericanos –donde el Cinva y, más en general, las instituciones panamericanas tenían una presencia muy activa. Sin embargo, esto debe ser matizado por el hecho de que todos los países que tenían en marcha acuerdos de asistencia técnica con los Estados Unidos implementaban en proporciones variadas programas de microemprendimientos de vivienda urbana y rural (nos detendremos especialmente en los casos de Perú y Chile), así como los países que seguían la vía panamericana no dejaron por eso de realizar unidades de habitación modernistas (como muestran las contrataciones de José Luis Sert, uno de los principales exponentes de la vanguardia arquitectónica internacional que circulaban por América Latina, para la realización de urbanizaciones en Bogotá y Puerto Rico, entre muchos ejemplos).[152] Pero las relaciones entre ambas vías, más allá del pragmatismo de los gobiernos cuando hay programas de asistencia técnica y, especialmente, financiera en juego, eran a la vez tensas e intrincadas, porque, si las instituciones panamericanas y el intento de los Estados Unidos de convertir la experiencia portorriqueña en un modelo para todo el continente generaban resistencias en los equipos técnicos y políticos locales, al mismo tiempo sus propuestas de ayuda mutua y autoconstrucción asistida sintonizaban con las posiciones comunitaristas más firmes y más próximas a la militancia social en las propias poblaciones, como ya pudimos advertir en las iniciativas de urbanización de las favelas llevadas adelante por sectores de la Iglesia.

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9789878011509
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