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Reproducción social y parentesco en el área maya de México





Erin I.J. Estrada Lugo (Editora)


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Reproducción social y parentesco en el área maya de México / Erin I.J. Estrada Lugo (Editora).- Chetumal, Quintana Roo, México : El Colegio de la Frontera Sur, 2022.

1 recurso digital: EPUB ; fotografías, ilustraciones, mapas, retratos ; 8 MB

Incluye bibliografía

E-ISBN de colección: 978-607-8767-52-6

E-ISBN de obra: 978-607-8767-53-3

1. Parentesco, 2. Mayas, 3. Reproducción social, 4. Estructura social, 5. Grupos domésticos, 6. Turismo ecológico, 7. Relaciones de género, 8. Cerámica, 9. Artesanías textiles, 10. Cocina, 11. Sureste de México, 12. Chiapas (México), I. Estrada Lugo, Erin Ingrid Jane (editora)

Primera edición digital, enero de 2022

Primera edición impresa, diciembre de 2021

Desarrollo de epub: Sofía Carballo, Tipobyte estudio editorial

Corrección de estilo: Julio Roldán

D. R. © El Colegio de la Frontera Sur

Av. Centenario km 5.5, C. P. 77014

Chetumal, Quintana Roo

www.ecosur.mx

Esta publicación fue sometida a un estricto proceso de arbitraje por pares, con base en los lineamientos establecidos por el Comité Editorial de El Colegio de la Frontera Sur.

La publicación de esta obra y el diseño de la colección Enfoques Socioambientales recibieron apoyo financiero del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación del Estado de Chiapas (ICTIECH) en su convocatoria para Fomentar y Fortalecer la Productividad en Ciencia y Tecnología.

Se autoriza la reproducción de esta obra para propósitos de divulgación o didácticos, siempre y cuando no existan fines de lucro, se cite la fuente y no se altere el contenido (favor de dar aviso: llopez@ecosur.mx). Cualquier otro uso requiere permiso escrito de los editores.

Hecho en México / Made in Mexico

Contenido

Prólogo

David Robichaux

Introducción

Erin I.J. Estrada Lugo

1. Parentesco y organización social entre los mayas: perspectiva histórica

Erin I.J. Estrada Lugo

2. Grupos localizados de parentesco y organización del territorio en el sur de México

Edith Cervantes Trejo

3. Grupos familiares de Oxchuc que cambiaron su visión de vida: 1986-2018

Abraham Sántiz Gómez, Manuel Roberto Parra Vázquez, Tim Trench y Eduardo Bello Baltazar

4. Grupos domésticos y organización para el ecoturismo en la comunidad de Tziscao

Fátima Edith Oseguera Arias, Eduardo Bello Baltazar y Erin I.J. Estrada Lugo

5. Relaciones de género y ecoturismo en los grupos domésticos de Lancajá Chansayab, Chiapas, México

Gloria M. Suárez Gutiérrez, Erin I.J. Estrada Lugo, Fredy A. Ochoa Fonseca, Georgina Sánchez Ramírez y Eduardo Bello Baltazar

6. Sostener la vida: cuidados a través del abastecimiento cotidiano en Tenejapa, Chiapas

Diana L. Trevilla Espinal, Erin I.J. Estrada Lugo, Georgina Sánchez Ramírez, Austreberta Nazar Beutelspacher y Eduardo Bello Baltazar

7. De la alfarería al bordado: las mujeres de Amatenango del Valle, Chiapas

Ubaldo Bolom Gómez, Eduardo Bello Baltazar, Georgina Sánchez Ramírez, Erin I.J. Estrada Lugo y Lucio Pat Fernández

8. La cocina mam como espacio de reproducción del patrimonio etnogastronómico

José Alfonso López-Gómez, Christiane Junghans y Dulce Osorio-López

Las autoras y los autores

Prólogo

David Robichaux

Mucho ha pasado en la antropología con respecto a los estudios de parentesco desde la década de 1960 cuando Robin Fox pudo afirmar que “El parentesco es a la antropología lo que la lógica a la filosofía o el desnudo al arte: la disciplina básica del tema” (1985, pp. 10-11). Aunque el factor principal en la pérdida de centralidad de los estudios de parentesco ha sido el cambio de objeto de estudio de la disciplina de sociedades sin Estado a segmentos de sociedades estratificadas y los supuestos asociados con cada uno de estos tipos sociales, dos autores, desde perspectivas muy diferentes, hicieron sendas críticas a la noción de sistema de parentesco y afirmaron que este no existe. Desde la tradición culturalista norteamericana, en su corriente alimentada por las ideas de Talcott Parsons que definía la cultura como la red de significados (Kuper, 2001), David Schneider declaró que no existía en la realidad tal cosa como un sistema de parentesco. Que eran los antropólogos quienes lo habían inventado y no correspondía a los conceptos culturales de los grupos humanos estudiados por la disciplina (Schneider, 1974). Aunque la crítica de Schneider nos obliga a fijarnos en los conceptos emic, es decir, aquellos empleados por la gente que el antropólogo estudia, su método de abordarlos excluye lo que hace la gente. De hecho, uno de los propósitos que enuncia en la introducción de su libro American kinship. A cultural account es que se puede abordar la cultura del parentesco sin referencia alguna de lo que hacen las personas (1980, pp. 5-6).

Por su parte, desde la perspectiva de la antropología social británica, Rodney Needham también afirmó que el parentesco no era un sistema, sino un término multiuso, una etiqueta útil para referirse a varias cosas que no guardaban una relación sistémica entre sí. Congruente con la tradición de la antropología social británica, este autor afirma que el parentesco tiene que ver con la asignación de derechos y su transmisión entre una generación y la otra. Los derechos incluyen la membresía de grupos —filiación, o descendencia, como la llaman varios autores—, la sucesión de cargos, la herencia de propiedad, lugar de residencia, ocupación u oficio, y otros. Para Needham, el parentesco no se refiere a una clase de fenómenos aislables del resto de la realidad como la economía y el ritual, por lo tanto, no amerita ser objeto de un tipo especial de teoría. El término se refiere a tantas cosas que termina siendo lo que Wittgenstein llamó palabra “multi-usos” (odd-job word). Este filósofo señala que los antropólogos se han metido en problemas y perdido mucho tiempo cuando han debatido lo que el parentesco es y cuando han propuesto teorías generales al respecto, bajo el supuesto de que hay una identidad específica y concreta del parentesco. Así, concluye que no existe tal cosa como el parentesco aislado del resto de la realidad social por lo que no puede haber una “teoría de parentesco” (Needham, 1974, pp. 40, 42).

Esas primeras críticas fueron solo el inicio de lo que sería el desmoronamiento del tema de parentesco, definido de manera muy particular, como algo central en la disciplina antropológica. La crítica de Schneider abrió el camino al interés por las ideas sobre la reproducción humana como la base del parentesco que rebasó las sustancias corporales a abarcar el compartir los alimentos (Carsten, 2004; Peletz, 1995). Otros propusieron ir más allá del parentesco, tomando el concepto de “sociedad de casas” de Lévi-Strauss (Joyce y Gillespie, 2000). Y otros autores indagaron en la reproducción asistida y en el camino abrieron nuevas perspectivas a lo que se podría describir como la esencia del parentesco o de su ausencia, al criticar los modelos genealógicos occidentales como universalmente aplicables (Olavarría, 2019). Todos esos trabajos, si bien aportan conocimientos o propuestas de investigación sobre lo que es el parentesco, dejan de lado la cuestión de qué hacen los que se consideran parientes, cómo se organizan para la producción, cómo se conforman los grupos domésticos y los grupos y redes de parentesco, y cómo son las prácticas de transmisión intergeneracional. Muchas veces los estudios de parentesco se limitaban a las reglas o a los tipos ideales sin indagar en prácticas concretas; buscaban el ser, o la esencia del parentesco, o bien planteaban que este último, a partir de un modelo formalista sin abordar el hacer, no era tan importante en la organización social de las sociedades que analizaban, como fue, por ejemplo, en el caso de Mesoamérica.

Sin embargo, si la cuestión que nos interesa es lo que hacen juntos los grupos de personas que se autonombran parientes y cómo se mantienen y se reproducen a través del tiempo, tanto las perspectivas convencionales como las nuevas, salvo el enfoque de Needham, nos dicen poco sobre estos temas. Los capítulos del presente libro, escritos por investigadores que trabajan en proyectos que buscan promover el desarrollo entre poblaciones indígenas campesinas, o que se formaron para realizar tareas conducentes a ese fin, tuvieron la necesidad de entender las organizaciones locales en las que grupos y redes de parientes juegan un papel capital. No recurrieron al concepto usual de “sistema de parentesco”, sino abordaron las prácticas de grupos de parientes para entender sus dinámicas y reproducción social. Por esa justa razón, han producido valiosos conocimientos sobre las prácticas parentales, muchas veces omitidas o escasamente tratadas en los estudios convencionales del parentesco en general, y entre los diversos grupos de mayas en particular. Considero que los conocimientos vertidos en este libro pueden servir para repensar varios ámbitos del parentesco entre los mayas, contribuir a diversas discusiones sobre algunos temas trabajados bajo el rubro de parentesco, y conducir a reformulaciones de algunos conceptos.

El material etnográfico y los análisis de este libro destacan la importancia de unidades parentales como el ch’ibal y el ts’umbal, entre otras, y espacios como el amak’, donde grupos domésticos y otros parientes realizan actividades productivas y rituales, además de la información sobre la herencia de la tierra y la conformación de grupos, son resultado de no partir de varios supuestos de los enfoques convencionales de parentesco. Ante todo, no acudieron a la noción sistema de parentesco como algo aislado de la actividad humana, aunque los autores emplearon conceptos y conocimientos previos de distintos aspectos de parentesco entre diferentes grupos mayas, vistos desde el ángulo de la reproducción social. Algunos de estos espacios y unidades habían sido ya mencionados por la literatura sobre el tema en grupos de filiación mayense. Sin embargo, frecuentemente solo se les enunció o trató de forma muy general y no siempre se les designó con los términos usados en las lenguas vernáculas, como sucede en esta obra. De haber partido de los supuestos de los abordajes convencionales de los estudios de parentesco en el área maya, quizás hubieran omitido fenómenos y grupos que describen y cuya trascendencia destacan en los distintos capítulos de esta obra.

Quisiera hacer un poco de historia acerca de los estudios convencionales de parentesco y tocar someramente algunas de sus tendencias en el área maya para situar los trabajos del presente libro en ese contexto más amplio, destacar sus aportes y sugerir posibles rumbos para investigaciones futuras.

La idea del parentesco como “sistema” se remonta aparentemente a un artículo de A. R. Radcliffe-Brown publicado en 1941. Allí, este autor incluye en su definición la familia elemental (padres e hijos), independientemente de si comparten o no la misma vivienda, y señala que en esta unidad se presentan las tres relaciones básicas que, al extenderse, conforman toda red de parentesco: la de padres-hijos; entre hermanos, y entre esposos (afinidad). Además, el sistema de parentesco también comprende: los grupos sociales definidos (se entiende, implícitamente, clanes y linajes), abarcando a la familia doméstica; los derechos y deberes entre parientes y las costumbres sociales observadas entre sí; el culto a los ancestros y la relación entre los vivos y los muertos; los términos de parentesco, y “las ideas que tiene la gente sobre el parentesco”. Un aspecto destacado en este autor es que su uso de “sistema de parentesco” se funda en el supuesto de que se trata de “una unidad compleja, un todo organizado” y que hay una interdependencia entre los rasgos mencionados (Radcliffe-Brown, 1986, pp. 67-68). Sin embargo, después de exponer estos componentes, el resto del artículo se centra preponderantemente en la terminología de parentesco y la relación de esta con la “sociología”, es decir, ciertas prácticas sociales y la presencia de grupos como clanes que se observan en sociedades llamadas “primitivas”, como lo enuncia el título del libro en el que se reprodujo dicho artículo. Esto es, aunque Radcliffe-Brown da una definición muy abarcadora del parentesco, cuando desarrolla su tema, no trata la mayor parte de los mismos componentes que él enlista. En contraste, varios de estos componentes sí se abordan en el presente libro, gracias en buena parte a que el parentesco no ha sido visto como “sistema”.

Actualmente, el término “primitiva” se ha sustituido por el de “sociedades sin Estado”, y la antropología, que surgió como una disciplina cuya vocación era estudiar este tipo de sociedades, ha ampliado su mirada en la medida en que estas últimas iban desapareciendo o eran incorporadas a las sociedades estatales. Al respecto, es importante recordar que todo el andamiaje teórico-conceptual clásico de la antropología del parentesco está enfocado a la organización social de las sociedades preestatales. Esto es más que evidente en el texto de Radcliffe-Brown, en el de Robin Fox y en un sinnúmero de tratados de parentesco. Por eso es esencial destacar qué entendían los antropólogos por parentesco en las sociedades sin Estado y examinar, señalar y cuestionar por qué, en gran medida, abordaron a los distintos grupos mayas como si fueran “primitivos”, tanto en la etnografía contemporánea como en la época prehispánica.

Lewis Henry Morgan asignó al parentesco, sobre todo a la terminología de parentesco, un papel especial en su planteamiento sobre la evolución social. Sin embargo, y aunque desde las primeras décadas del siglo xx la antropología rechazó en buena parte los esquemas de evolución unilineal de Morgan, la terminología conservó un lugar prominente en los estudios de parentesco y frecuentemente era lo único que se investigaba bajo este rubro. Tan fue así que en muchas de las monografías de la primera mitad del siglo xx, la mayor parte de los contenidos sobre parentesco u organización social era un listado de los términos de parentesco. En el caso de Mesoamérica, dos trabajos de amplia difusión, al menos en círculos antropológicos norteamericanos, evidencian esta tendencia. El primero, “Organización social”, de Calixta Guiteras Holmes, se publicó en un libro resultante del seminario “Herencia de la Conquista” que, a finales de la década de 1940, reunió a los más connotados mesoamericanistas norteamericanos y mexicanos para hacer un balance de los estudios antropológicos de los veinte años previos en el área cultural. Es notable que Guiteras inicie con una discusión sobre la terminología de parentesco y cuando emplea el “sistema de parentesco” es para referirse al sistema terminológico que, de hecho, constituye la mayor parte de su artículo (Guiteras Holmes, 1968). Vemos en este texto una (con)fusión entre organización social y parentesco en el sentido de que la terminología de parentesco es la organización social, un supuesto muy común en numerosos trabajos clásicos que se refieren al parentesco en el área mesoamericana. El segundo, “Familia y parentesco”, de A. Kimball Romney (1967), forma parte del prestigioso Handbook of Middle American Indians, la autoritativa compilación de varios tomos dedicados a la antropología de los indígenas de Mesoamérica dedica 30 de sus 31 páginas a las terminologías de parentesco de los diferentes grupos indígenas mesoamericanos y apenas una a la organización familiar y a las reglas de residencia.

Como señalé arriba, este énfasis desmedido en la terminología de parentesco en estos dos autores —representativos de muchos que usaban de manera intercambiable los términos “parentesco”, “sistema de parentesco”, “terminología de parentesco” y “organización social”— tiene sus raíces en la obra de Lewis Henry Morgan. Para Morgan, la terminología era evidencia de sistemas pretéritos de organización social y fue la base de su gran esquema evolutivo. Las etapas previas de tipos de propiedad, matrimonio y otros rasgos eran, en su perspectiva, reflejadas en la terminología que tendía a permanecer, aun cuando los primeros se transformaban. La crítica más sistemática al planteamiento de Morgan fue la de Alfred Kroeber (1909), quien negó que los términos de parentesco reflejaran etapas previas de la evolución o que tuvieran que ver con lo sociológico. W. H. Rivers y A. R. Radcliffe-Brown, por su parte, defenderían la postura de que la terminología reflejaba la sociología, el primero como Morgan —es decir, la de la organización pasada—, y el segundo, la actual, como señalamos arriba (Radcliffe-Brown, 1986). Aunque Radcliffe-Brown nunca pisó tierras mayas, sus ideas tendrían un significativo impacto en los estudios de parentesco en el área a través de Sol Tax y Calixta Guiteras Holmes.

Otra dimensión implícita del cuerpo conceptual de los enfoques convencionales del parentesco se relaciona con el objeto originario de estudio de la disciplina en su periodo formativo. En las tradiciones antropológicas de los países centrales, como Alemania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, la mirada del antropólogo, con muy pocas excepciones, se echaba sobre las sociedades exóticas y preestatales. En esta empresa, los planteamientos de Lewis Henry Morgan proporcionaron un sustento teórico que favoreció el abordaje del parentesco con todo el mencionado énfasis en la terminología. Morgan (1987) dividía las sociedades humanas en societas y civitas y el gran parteaguas entre una y otra tenía que ver con el parentesco. Las sociedades humanas del tipo societas no habían llegado a la organización estatal; eran sociedades igualitarias carentes de un aparato específico para hacer obedecer y ejercer el poder. El orden se lograba por los arreglos entre los clanes, grupos de filiación (descendencia para algunos autores) unilineal. Los lazos de parentesco eran la base de la organización social y los miembros de este tipo de sociedad fácilmente reconocían a sus correligionarios del mismo clan por los términos de parentesco. Morgan asociaba lo que llamaba “sistemas clasificatorios de terminología” con societas. Un ejemplo sencillo de un tipo de sistema clasificatorio es el omaha que Guiteras Holmes describió en San Pablo Chalchihuitán en los Altos de Chiapas. En este sistema terminológico, se aplica el mismo término a hermanos y primos paralelos mientras que los primos cruzados del lado materno son considerados hermanos de la madre (Guiteras Holmes, 1968, pp. 210, 257). Los sistemas terminológicos de este tipo se llaman clasificatorios porque clasifican o agrupan en la misma clase o categoría a parientes lineales con colaterales, al modo de los antiguos hebreos que tenían el mismo término para hermanos y primos hermanos; o parientes de diferentes generaciones como en la terminología de Chalchihuitán que proporcionara Guiteras Holmes.

En cambio, en las sociedades civitas existía el Estado y la estratificación social, y los clanes y grupos unilineales, en caso de estar presentes, ya no estaban a cargo del orden social. En estas sociedades, los sistemas terminológicos eran “descriptivos”, es decir, semejantes al castellano, francés o inglés, que res­pe­taban las diferencias entre generaciones y entre lineales y colaterales (por ejemplo, entre hermanos y primos). En las sociedades civitas había surgido la propiedad privada, y se favorecía a una descendiente lineal (hija) sobre un colateral masculino (sobrino) en la herencia debido a que el territorio había triunfado sobre el parentesco como principio organizativo en esta etapa de la evolución. Armado con estas premisas, puesto que los aztecas tenían un sistema terminológico que hoy llamamos “hawaiano” o “generacional” —por su tendencia a emplear el mismo término para lineales y colaterales de una misma generación—, Morgan sostenía que los antiguos mexicanos no habían llegado a tener un Estado y visualizaba a los calpullis como clanes. Para Morgan, la mexica era una sociedad igualitaria, como la de los iroqueses que él había estudiado en el estado de Nueva York, sin la estratificación social característica del Estado y del tipo social que él llamaba societas.

Sol Tax, quien en la década de 1930 fungió como asistente de Radcliffe-Brown en la Universidad de Chicago, fue profesor invitado en la Escuela Na­cio­nal de Antropología e Historia (enah) a principios de la década de 1940 y dirigió una práctica de campo en los Altos de Chiapas en la que participaron estudiantes de la enah como Ricardo Pozas y Calixta Guiteras Holmes. De ahí que Guiteras, en el seminario “Herencia de la Conquista”, expusiera el tema de la “organización social”, que equivalía a parentesco o sistema de parentesco entendido fundamentalmente como terminología. Hay que señalar que los fuertes principios patrilineales reportados entre distintos grupos de mayas desde el siglo xvi hasta el presente se prestan a la teoría de filiación de la antropología social británica cuyo exponente máximo fue Radcliffe-Brown. Desafortunadamente, lo que se llamaba parentesco o sistema de parentesco en este enfoque quedó en la terminología y muy poca atención se prestaba a los grupos empíricamente observables: qué hacían y qué papel jugaban en la organización social. Este enfoque —que Tax defendió como “sociológico”, al igual que su maestro Radcliffe-Brown— consistía en buscar correspondencias entre terminología y tipos de grupos, como clanes, matrimonios preferidos o comportamientos permitidos o prohibidos. No se trataba en absoluto de describir y analizar estos fenómenos y prácticas como objetos de estudio en sí, ni de entenderlos independientemente de la terminología. En lugar de comenzar con la observación de las relaciones sociales, los grupos y los comportamientos, en estas investigaciones lo sociológico —en el sentido de lo que hacía la gente— era secundario, sobre todo si no tenía reflejo en la terminología. Más importante era la relación entre un término de parentesco que daba pie a la suposición de la existencia de la correspondiente práctica, sin que al examen de esta se le dedicara mucho tiempo. Así, fueron muchos estudios de parentesco con este enfoque que, por preferir recoger terminologías por encima de la observación de grupos y prácticas, se vieron incapaces de dar cuenta de la muy difundida práctica mesoamericana de la herencia de la casa por el ultimogénito varón (Robichaux, 2005). Fue hasta que se empleó el concepto de ciclo de desarrollo de los grupos domésticos, donde se privilegia la reproducción social de los grupos, que este importante rasgo del parentesco mesoamericano comenzó a reportarse. En una palabra, el supuesto enfoque sociológico resultó poco eficaz para descubrir o describir lo sociológico por su poca atención al grupo doméstico y las relaciones sociales. En definitiva, el elemento más importante del sistema de parentesco, como había planteado Radcliffe-Brown, eran las organizaciones como el clan y su abordaje fue a través de la terminología.

En la discusión en torno a la presentación de Guiteras Holmes en el seminario “Herencia de la Conquista”, Tax le pidió que hablara más sobre los “sistemas de parentesco más interesantes” (Tax, 1968). Con estos se refería a los sistemas terminológicos que supuestamente reflejaban la presencia de clanes, como los del tipo ya referido de San Pedro Chalhuihuitán. No sobra recalcar que el punto de Tax no era la existencia empíricamente observable de clanes o grupos similares, sino la terminología que en apariencia reflejaba su existencia. Es cierto que distintos autores han descrito a grupos patrilineales exógamos entre los mayas de las Tierras Altas de Chiapas, pero en el planteamiento de Tax el énfasis se daba en la terminología, la que se destaca como el elemento primordial del parentesco y la base de la clasificación de un “sistema de parentesco”. Como conclusión general de las discusiones sobre el tema de parentesco en Mesoamérica, los participantes del seminario decidieron que tal término no era un principio organizativo fundamental en el área cultural y que era básicamente “bilateral con un sesgo patrilineal”, salvo en Chiapas, donde había una marcada tendencia patrilineal (Tax, 1968, pp. 290-291). Congruente con el criterio de clasificar un sistema de parentesco de acuerdo con los rasgos terminológicos, lo bilateral, en este contexto, se refiere a que lenguas como el náhuatl, al igual que el español, a nivel terminológico no distinguen entre parientes patrilaterales y matrilaterales.

La implicación de la caracterización “bilateral” es de suma importancia para los estudios de parentesco, o la falta de estos, en Mesoamérica. Como toda la herramienta conceptual de los principales enfoques para investigar el parentesco —forjados, además, en una antropología cuyo objeto de análisis eran las sociedades preestatales—, está hecha para el estudio de sistemas unilineales (patrilineales o matrilineales); los sistemas bilaterales simplemente no se analizaban. Sí se abordaba el sistema terminológico y se inferían conclusiones de este, pero se prestaba poca atención a lo que hacían juntos los parientes y la composición de sus grupos. Visto desde otro ángulo, se podría decir que tampoco se habían desarrollado enfoques para el abordaje de sistemas bilaterales porque no se estudiaban sociedades estatales en la antropología. Es por ello que también se concluyó en este simposio que, en general, el parentesco no era un principio organizativo fundamental en el área cultural. El trasfondo de esta conclusión es la división de Morgan entre sistemas descriptivos en civitas y sistemas clasificatorios en societas. Reitero que esto se refería a que los sistemas terminológicos no reflejaban la existencia de agrupaciones como clanes, por lo tanto, no había nada que estudiar. Esta forma de delimitar el parentesco —sistema con un énfasis desmedido en la terminología y con el tema de grupos unilineales como los clanes— llevó a un callejón sin salida en la comprensión de la conformación de los grupos y redes de parentesco en Mesoamérica y las prácticas y funciones que tenían en la sociedad. Registrada la terminología, se creía cubierto el expediente. Escasamente fueron estudiados, en la mayor parte del área mesoamericana, la conformación de los grupos de parentesco, el uso de redes de parientes para reclutar equipos de trabajo, la herencia, y otras cuestiones, que, en contraste, son tratados ampliamente en el presente libro. A pesar de la clasificación patrilineal en Chiapas, tampoco se prestó atención a la operación de los principios patrilineales en estos ámbitos por la centralidad que se atribuyó a la terminología a expensas de las prácticas. Es por esto que este libro representa un aporte a diversos aspectos del parentesco que aquellos que llevaron a cabo investigaciones desde la teoría convencional de parentesco a menudo no les dieron suficiente importancia.

Ahora bien, los numerosos estudios históricos y etnohistóricos que tratan algunos de los grupos y fenómenos descritos y analizados en este libro y que tienen más que ver con prácticas, organización empírica y no con la terminología, se debe, sobre todo y precisamente, al fuerte principio patrilineal que opera sobre la herencia, la residencia y la organización del territorio en prácticamente toda el área maya. Esta característica ha llamado la atención desde el siglo xvi, con fray Diego de Landa, hasta la de autores más recientes que han buscado conceptualizar estos fenómenos de distintas maneras. Los datos sobre los mayas son sumamente interesantes puesto que, siendo una sociedad estatal desde el periodo clásico por lo menos, encontramos descripciones de estos fuertes principios patrilineales, con independencia de referencias a la terminología. Como ya señalamos arriba, se clasifican como “bilaterales” los sistemas cuyas terminologías no distinguen entre parientes patrilineales y matrilineales. Pero hay algo más en lo bilateral que señaló Morgan y que conviene destacar: él vio como indicio de la transición hacia civitas —a la vez que hacia la bilateralidad— la ruptura en la linealidad, por ejemplo, cuando entre los antiguos griegos una hija heredaba en lugar de un sobrino. Para Morgan esto se relacionaba con el desmoronamiento del parentesco como principio organizativo y con el triunfo del principio de territorio, la esencia de civitas.

La frecuente mención en los trabajos etnohistóricos, históricos y etnográficos —y también en varios capítulos de este libro— de los principios patrilineales y de la preferencia de un sobrino a una hija en la herencia en no pocos casos entre los distintos grupos de filiación mayense, plantea una cuestión interesante. Jack Goody ofrece una perspectiva que toma en cuenta diversas variables para pensar lo bilateral/unilineal, las cuales, en mi conocimiento, aún no se han explorado en América, y mucho menos en tierras mayas. En Production and reproduction, Goody ha planteado para el viejo continente un gran parteaguas entre las sociedades que practican la roza y quema y aquellas que se basan en el cultivo con el arado. Los primeros, propios de África, se caracterizan por la organización en clanes unilineales, mientras que los segundos, situados en Europa y Asia, tienen una organización estatal. En África se acostumbra la práctica del pago o riqueza de la novia, mientras que en Eurasia se usa la dote. La diferencia radica en la direccionalidad del flujo de cada uno de estos bienes intercambiados en ocasión del matrimonio. El precio o la riqueza de la novia es una prestación que va del grupo del novio a la familia o parentela de la novia, mientras que la dote es un bien que trae la novia al matrimonio, según Goody, una herencia inter vivos (Goody, 1976).

Pensemos en el haancab que ha sido documentado entre los mayas macehuales de Quintana Roo y de prácticas análogas entre otros grupos mayas y de otras partes del país (Robichaux, 2005, p. 251). Al respecto, no cabe duda de que el servicio de la novia —es decir, que el novio resida en casa de esta última y trabaje para su suegro durante meses o más de un año— es lo mismo estructuralmente que el pago o precio de la novia. Nadie podría pensar que los antiguos mayas eran una sociedad igualitaria, pues la evidencia arqueológica es contundente contra una caracterización así. Podría ser que, al disolverse los Estados mayas por catástrofes, entre las que la Conquista sería una de varias, importantes principios patrilineales que ya existían cobraron una mayor importancia y sirvieron para reemplazar funciones que antes realizaba el Estado. Ante la ausencia o poca presencia del Estado, como en el suroeste de China, los grupos patrilineales cumplían funciones a cargo del Estado en otras sociedades. Además, las unidades patrilineales han sido reportadas entre los campesinados de todos los Estados arcaicos preindustriales, como la antigua India, Egipto y China (Goody, 1976), lo mismo que el principio patrilineal entre los actuales descendientes de distintos grupos lingüísticos del imperio incaico, así como en múltiples fuentes del siglo xvi del México central (Robichaux, 2005, 2007).

En esta discusión hay que distinguir entre el sistema de parentesco como fundamento de la organización social en una sociedad sin Estado, como lo pensaba Radcliffe-Brown, y la operación de principios patrilineales en formaciones sociales particulares, con o sin Estado. Este último punto se refiere al planteamiento de Rodney Needham que, como vimos arriba, rechazó la noción de “sistema de parentesco”, prefiriendo definir el parentesco como un término multiusos que abarca una serie de rasgos muy específicos. Evans-Pritchard, en su trabajo sobre los nuer en Sudán, consideraba el sistema segmentario de clanes, linajes máximos y linajes mínimos como el “sistema político”, ya que cumplía funciones del Estado, incluyendo las del derecho penal y civil. Pero también se refirió a mar que consistía en las relaciones entre parientes, tanto matrilineales como patrilineales (Evans-Pritchard, 1977). El punto que quiero destacar aquí es que, si entiendo bien, la conclusión a la que se llegó en el seminario “Herencia de la Conquista” de que “el parentesco no era un principio organizativo importante en Mesoamérica”, aludía a la ausencia de clanes y de terminologías muy diferentes de la nuestra como la descrita por Guiteras Holmes (1968). La implicación es que los sistemas terminológicos donde no había esa supuesta correspondencia con costumbres y la organización de grupos no eran “interesantes”, para usar las palabras de Sol Tax. Esta concepción de parentesco, o sistema de parentesco, dejó fuera de la mirada las prácticas de las personas, sobre todo entre los grupos donde no había “sistemas interesantes”, pero también donde sí los había, como por ejemplo algunos grupos mayas.

Sin embargo, conviene señalar varios puntos al tratar de comprender cómo operaban y operan los principios patrilineales en la realidad, sobre todo por los distintos momentos en el tiempo que trata la bibliografía pertinente y la amplitud y variedad del espacio geográfico ocupado por los diferentes grupos de filiación mayense. Hay que recordar la distinción clásica de Nicholas Hopkins en su análisis del parentesco maya entre filiación, herencia y sucesión, frecuentemente olvidada. Filiación (llamada descendencia por otros autores) se refiere a la transmisión de la pertenencia a un grupo, herencia es la transmisión de bienes y sucesión es la transmisión de cargos, como sucede entre los monarcas (Hopkins, 1988, pp. 88-89). En el modelo de Goody, la filiación en África sirve para dar acceso a la tierra y se contrapone a la herencia que en Eurasia opera donde hay propiedad individual; pero en los grupos mayas hay casos en que ambas están presentes, operando en ámbitos distintos. En todo caso, esta especificación tiene que tomarse en cuenta cuando se abordan los aspectos del parentesco maya relativos a la dimensión vertical, es decir, las relaciones entre una generación y otra, las cuales se manifiestan en la filiación, la herencia y la sucesión.

Los principios patrilineales reportados ampliamente en la investigación etnohistórica y etnográfica de muchos grupos mayas —y en varios capítulos de este libro— se han prestado a la aplicación de un modelo de parentesco asociado con las sociedades sin Estado. A pesar de la crítica de Andrés Medina (1975, p. 210) de la aplicación de la teoría de filiación (descent theory) a un pueblo de Tlaxcala por Hugo Nutini, ese modelo ha sido útil para ordenar los materiales etnográficos en Chiapas. Pero Medina tiene razón al señalar las posibles distorsiones al imponer un modelo sobre una realidad particular y la aparente contradicción entre este tipo de organización y la presencia del Estado (1975, p. 210). En cuanto al primer punto, surge el problema cuando se intenta encasillar de manera rígida en un modelo una realidad empírica, lo cual puede llevar a distorsiones. Pero la aplicación del modelo bilateral a la mayoría de los grupos lingüísticos de Mesoamérica también llevó a distorsiones e impidió ver los importantes principios patrilineales en la residencia y herencia que no se reflejaban en la terminología. Es por esto que he destacado los problemas inherentes en la noción de sistema de parentesco y en aislar el parentesco del resto de la realidad empírica. En cuanto al segundo punto, el problema de la incompatibilidad entre una organización estatal y un sistema segmentario —de clanes o linajes, como en Los nuer de Evans-Pritchard— es real. Pero al respecto hay que recordar que en la China imperial había agrupaciones denominadas “clanes” o “linajes”, aunque no cumplían las mismas funciones que en una sociedad con aparato estatal. Habría que pensar que la disminución de la autoridad de un Estado central o su colapso después del apogeo maya en el periodo Clásico, y la dificultad de los españoles en dominar completamente a los mayas, favorecieron la manifestación de los principios patrilineales que se plasmaron en unidades que han sido descritos en términos de clanes y linajes.

Autores como Susan Gillespie (2000) seguramente tienen razón al criticar este tipo de caracterización, específicamente el modelo linajero entre los antiguos mayas. Sin embargo, esta autora va de un modelo desarrollado para abordar sociedades sin Estado a otro, al abogar por la aplicación del concepto de sociedad de casas de Lévi-Strauss a los antiguos mayas. Cabe recordar que el estructuralista francés, ante ciertas incongruencias en las descripciones de los turok del norte de California y los kwakiutl de Columbia Británica, buscó conceptualizar su organización social en términos de casas nobles europeas, y de ahí desarrolló su modelo de sociedad de casas. Se trata de un procedimiento algo distorsionado, pues Lévi-Strauss desarrolla un concepto tomado de una sociedad estratificada para aplicarlo a una sociedad sin Estado, y Gillespie, en lugar de describir a las casas nobles mayas en términos de las europeas directamente, toma la versión aplicada a sociedades sin Estado. En su crítica y muy amplia revisión de trabajos de parentesco sobre los mayas, señala acertadamente que el uso de “linaje” al referirse a los mayas en el siglo xvi no corresponde al uso antropológico en la teoría de la filiación de la antropología social británica (Gillespie, 2000, p. 471). No obstante, describir a toda la antigua sociedad maya tanto en términos de linajes como en los de una sociedad de casas equivale a cambiar una distorsión por otra. ¿Las agrupaciones patrilineales de los campesinos mayas pueden equipararse a las casas nobles en la antigua Florencia? Una cosa es cuestionar la aplicación de un modelo hecho para la “organización política” —como Evans-Pritchard (1977) llamó al sistema de clanes y linajes de los nuer— a una sociedad estratificada, pero reemplazarlo con otro desarrollado para el mismo tipo de sociedad y tomado originariamente de sociedades estratificadas me parece un desperdicio de energía. No se puede negar que había linajes o casas nobles entre los antiguos mayas, pero describir a la sociedad entera como sociedad de casas es olvidar que los campesinos no podían acoger en palacios a sirvientes y otros dependientes clientelares como sucedía en las casas nobles europeas o entre los mismos señores mayas. Yo no pretendo resolver estos debates que, además, son ajenos a lo que se ha planteado en este libro, pero creo que vale la pena tener cuidado y no olvidar que en los esfuerzos por caracterizar el parentesco maya y dar nombre a fenómenos empíricamente observables ha habido una disparidad en los significados de los conceptos. Un claro ejemplo, aparte del linaje, son los esfuerzos por conceptualizar el ch’ibal, como señala la editora del libro en el primer capítulo.

Los trabajos de este libro que detallan distintas prácticas parentales sirven para llenar un importante vacío en los estudios de parentesco en Mesoamérica en general y entre los mayas en particular. Siguen la tendencia de no abstraer el sistema de parentesco del todo social, sino de ver qué hace el parentesco y a qué y en qué circunstancias operan los principios patrilineales, justamente por haber dejado de lado el supuesto de “sistema de parentesco”. Los trabajos de este libro muestran la importancia de los principios patrilineales en la conformación de los grupos domésticos, los grupos locales de parentesco y para ordenar el territorio, aspectos capitales de la producción y reproducción social de los campesinos indígenas objeto de los capítulos. Algunos de esos aspectos fueron ya conocidos, pero el grado de detalle que nos ofrecen los autores en esta obra al explicar sus diversos métodos de investigación inspira confianza en sus datos. Estos métodos han dado como fruto descripciones y análisis dinámicos, gracias a la aplicación flexible de conceptos y el rescate de términos locales en lengua vernácula, a veces con el uso de traductores, o por investigadores que manejan la lengua. Además, algunos de sus métodos son novedosos y se insertan en un proceso de observación participante.

En este sentido, los capítulos del libro son de cierta forma análogos a los del libro Dividends of Kinship, que muestra cómo el parentesco es utilizado para realizar una variedad de actividades entre distintos grupos humanos (Schweitzer, 2000). Es también la misma tendencia de Larissa Lomnitz y Marisol Pérez Lizaur (1993) en su investigación sobre una familia de empresarios de la Ciudad de México. Las relaciones del parentesco fueron el centro del análisis que permitió la comprensión de aspectos particulares del capitalismo mexicano. Así, en los trabajos de este libro, queda patente cómo distintos componentes del término multiusos “parentesco” son empleados por varios grupos de filiación lingüística mayense, y entran en juego para resolver distintos desafíos de la producción y la reproducción étnica.

Finalmente, quisiera destacar que la búsqueda de soluciones a problemas prácticos puede producir un acervo de conocimiento útil para quien pretenda implementar programas de desarrollo sustentable, a la vez que contribuye a una mejor comprensión de la operación y utilización del parentesco en varios ámbitos de la vida de diversos grupos de filiación mayense. Los trabajos de investigación que conforman este libro se han apoyado en amplios conocimientos de los estudios de parentesco en el área maya. Además, dada su colaboración en una institución cuya misión es contribuir al desarrollo sustentable, a través de la formación de investigadores y la generación de conocimientos mediante la conjunción de aportes de distintas disciplinas, los autores de este libro ameritan nuestras felicitaciones por producir también lo que podría considerarse como “ciencia básica”. Los retos de la realidad los guiaron hacia las prácticas parentales, lo que hacen las personas que dicen ser parientes. En el proceso nos aportan una valiosa información que nos da una visión más clara del parentesco maya que los estudios antropológicos. Esto se debe al hecho de fijarse en procesos a partir del concepto de reproducción de los grupos de parentesco, y observar la realidad en los espacios en que se congregan los parientes. Es un logro que debemos celebrar porque convierte en realidad viejos anhelos de la mejor tradición de la antropología mexicana.

Febrero de 2021

Literatura citada

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Morgan, L. H. (1987 [1977]. La sociedad primitiva. Madrid: Ayuso.

Olavarría, M. E. (2019). La gestación para otros en México. Parentesco, tecnología y poder. México: UAM/Gedisa.

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Schneider, D. (1974). A critique of the study of kinship. Ann Arbor: University of Michigan Press.

Schweitzer, P. (2000). Dividends of kinship. Meanings and uses of social relatedness. Lon­dres: Routledge.

Introducción

Erin I.J. Estrada Lugo

Reproducción social en el área maya: lo que las personas hacen

En este libro colocamos en el centro del análisis a los grupos de parentesco locales en el área maya del sur del país, se muestran sus relaciones y arreglos en los grupos domésticos y en familias rurales campesinas. Una de sus características más notables es su respuesta a la acelerada transformación económica, social y política que ocurre en su entorno inmediato, regional e internacional. Esa respuesta tiene distintas orientaciones con arreglos sociales variados que tienen como base, de acuerdo con los casos analizados, las relaciones de parentesco que sustentan sus estrategias de reproducción y producción.

La información que ofrecemos en esta obra deriva de investigaciones con grupos tseltales, tsotsiles, mames, lacandones, chuj y mayas yucatecos, cuyo arraigo histórico con sus territorios es profundo. Son trabajos que podemos ubicar en la discusión de la reproducción social, es decir, en lo que las personas hacen para asegurarse la vida, por lo que se privilegia el análisis de las actividades y relaciones en el seno de los grupos parentales, las que se dan entre estos mismos y las que ocurren entre ellos y su entorno. Por tanto, damos cuenta de las transformaciones de estos grupos parentales en sus ámbitos inmediatos, es decir, espacios de vida en donde ocurren procesos domésticos visibles bajo las formas de transmisión de bienes y derechos, organización del espacio residencial y comunitario y los acuerdos para llevar a cabo actividades de producción (prácticas y ceremoniales).

Lo que se aprecia es que los procesos domésticos implican una intrincada red de relaciones sociales, donde el papel del parentesco cumple una importancia de primer orden en términos de las formas de comportamiento que sustentan la transmisión de la herencia, de bienes, derechos y conocimientos, así como el patrón de residencia y la constitución de grupos domésticos y de acción. Tales relaciones se proyectan en el territorio en unos y en otros, se observan en la transformación de actividades de producción que de por sí llevan a cabo en ellos, y en la adopción de otras nuevas que, además de las dedicadas al sector primario, también involucra la de servicios.

Respecto a la producción agrícola y sus implicaciones para la economía campesina, concordamos con Carton de Grammont et al. (2009), en cuanto a que a partir de las dos últimas décadas del siglo xx, en las áreas rurales del país se ha vivido la transición de una sociedad donde la agricultura era el eje de la reproducción, a una sociedad rural donde esa actividad coexiste con otras de carácter económico, de manera que a veces la agricultura es la de menor peso para la población económicamente activa o se le sustituye por otras actividades. Este acelerado proceso no ha hecho que desaparezca la agricultura, sino que más bien han crecido los ingresos no agrícolas entre los grupos domésticos rurales.

En el marco del modelo neoliberal se han dado paulatinamente tanto bajos precios de los productos agropecuarios, como el fin del reparto agrario, aunque el crecimiento demográfico ha seguido su curso. Las políticas de ajuste estructural, la instauración del neoliberalismo y el creciente sistema financiero especulativo, la expansión de los mercados a nivel mundial (globalización), las consecuencias en el modo del acercamiento y uso del mundo natural (con la privatización y la mercantilización de la naturaleza), han reconfigurado la organización del trabajo y la vida en general hacia nuevas formas de relaciones de poder y de explotación para continuar con el modelo de acumulación capitalista (Gil, 2012; Puello-Socarrás, 2015; Durand et al., 2019).

Estos procesos han llevado a los grupos locales de parentesco, es decir, a los grupos domésticos y sus familias, a la diversificación de las actividades de sus miembros, sobre todo de las asalariadas. Si bien en la economía campesina han existido en el pasado otras actividades complementarias, el cambio central ha sido reconocer que la agricultura era la que ordenaba y daba sentido a la vida de los grupos y familias rurales campesinas. Pero esta centralidad se ha sustituido por el trabajo asalariado, aunque sin perder del todo la función de productor agropecuario. Ahora tenemos grupos y familias rurales que, por ejemplo, viven del trabajo asalariado, migran y se desempeñan en otras alternativas económicas, además de depender en gran medida de los programas gubernamentales de asistencia social. México es el segundo país con mayor éxodo rural en el mundo: 12.3 millones de personas viven o van a trabajar al extranjero, y de estos la mayoría pertenecen a ese sector poblacional y envían remesas para mantener o completar las condiciones de vida y la producción agrícola en territorios también rurales (Durand, 2016).

Por lo anterior, es pertinente una mirada más atenta a lo que sucede en el seno de los grupos domésticos rurales a fin de develar el destacado papel de las relaciones de parentesco en una variedad de arreglos, que, aunque relacionados con contextos específicos, su origen puede interpretarse en un sistema común al área mesoamericana (Robichaux, 1995). Lo que muestran los capítulos de esta obra son los procesos domésticos en constante evolución, incluyendo el análisis de los espacios, las relaciones y su proyección en el territorio para distinguir los procesos relacionados con la reproducción social.

Es relevante la diferente o divergente apropiación del patrimonio trasmitido de una generación a otra en relación con la propiedad y la organización de los espacios producidos por las relaciones de parentesco, en ella prevalece la residencia con contigüidad, lo cual implica configuraciones espaciales de las unidades de residencia con ausencia de límites físicos, un rasgo inherente a la propiedad colectiva de los pueblos originarios. La práctica de herencia de la tierra en un contexto de propiedad colectiva hace posible la relación orgánica entre usufructo y acceso a un recurso generado socialmente en las parcelas, donde además se favorece el intercambio de conocimiento. Como veremos, estas unidades de organización social campesina ordenan y norman el territorio en las comunidades indígenas de esta parte del país.

Es importante distinguir las especificidades de las unidades sociales, esto es: la familia, el grupo doméstico y el grupo local de parentesco. La primera se entiende como la unidad con lazos de afinidad y consanguinidad. El grupo doméstico, en cambio, se puede conformar por parientes primarios o por generaciones de padres e hijos con residencia común hasta el crecimiento de los segundos; también puede estar formado por varias familias nucleares, entre las que, además de la consanguinidad, comparten residencia y actividades conjuntas, y relaciones por afinidad y parentesco ritual, esenciales en la vida familiar y comunitaria (Bender, 1967).

Los grupos locales de parentesco, en palabras de Robichaux (2008, p. 85), consisten “en conjuntos de viviendas alrededor de un mismo patio, o en un mismo vecindario o barrio, o paraje donde por lo general, los hombres son emparentados por el vínculo agnaticio y sus esposas provienen de otros grupos similares”. Este mismo autor señala que es en el “contexto de esta unidad local de parentesco que se realizan algunas de las relaciones sociales más importantes que en economía agrícola puede ser la unidad productiva; es generalmente la unidad social entre cuyos miembros se coopera para llevar a cabo rituales diversos”. La composición y activación (en acción) dependerá de las relaciones de parentesco, solidaridad, cooperación, reciprocidad, de trabajo y de alianzas económicas, políticas y religiosas que están sujetas a cambios en el tiempo configurando dinámicamente la estructura del grupo, aunque su principio básico organizador son las relaciones de parentesco (Robichaux 1995, p. 406). No hay que olvidar, asimismo, que las condiciones productivas locales y comerciales, la política agropecuaria nacional, la dinámica macroeconómica nacional e internacional, los polos de trabajo de corte salarial, entre otros, son factores que inciden en diferentes planos y con diversos grados en la dinámica de los grupos domésticos (Netting, 1993).

Aquí reconocemos que dichas unidades sociales pueden ser un espacio de negociación con sus propios valores, comportamientos y acuerdos con una profundidad histórica específica, pero también de desacuerdos y tensiones. En efecto, se trata de espacios donde las relaciones se recrean constantemente, en los que se lleva a cabo la esencial transmisión de conocimientos agrícolas y del entorno natural del que forman parte, se aprenden y practican los valores compartidos o se realizan ceremonias y rituales de trascendencia familiar y comunitaria. También ahí se resienten las influencias, tendencias y presiones de las esferas económicas y sociales más amplias con efectos devastadores para los grupos domésticos cuya flexibilidad y adaptación se pone a prueba.

Es en tal marco de ideas que el propósito de este libro consiste en atender interrogantes básicas acerca de lo que hoy en día son las familias, los grupos domésticos y los grupos locales de parentesco en el área maya del sur de México; la intención es mirar de cerca las relaciones que les permiten a hombres y mujeres vivir y sobrevivir de manera conjunta sin olvidar que responden a contextos regionales que imponen transformaciones en sus modos de vida impactándolos en su producción y reproducción social.

Queremos llevar la mirada a los procesos domésticos, a su expresión actual que abre nuevos campos de análisis e interrogantes académicas que permiten escudriñar los papeles hegemónicos de los géneros, problematizar quiénes, cómo y en qué condiciones hombres y mujeres —en áreas rurales bajo un panorama generalizado de desprotección, violencia, opresión y degradación socioambiental— sobreviven en un mundo moderno capitalista, patriarcal y colonial (Martínez, 2019). Poner sobre la mesa interrogantes acerca de los arreglos sociales de las unidades sociales, de sus transformaciones, del tipo de articulaciones que tienen sobre el cuidado de la vida, cómo la valoran, cómo van construyendo sus estrategias y alternativas que sean justas, equitativas, comunitarias orientadas al mantenimiento, regeneración y reparación socio­ambiental para generar procesos amplios en que la sostenibilidad de la vida sea una responsabilidad colectiva (Vega et al., 2018).

El libro se organiza en ocho capítulos además de esta introducción. En el primero, desde un acercamiento histórico, se rastrean los principios organizativos de las unidades o arreglos sociales en la cultura maya, y se presenta la permanencia e importancia de una determinada unidad social: el grupo de parentesco local, que se conforma por familias extensas patrilocales que funcionaban como una unidad económica cooperante y de producción que continuó durante la época novohispana.

En el segundo capítulo, Edith Cervantes Trejo indaga en el proceso de reproducción social de los grupos tseltal y tsotsil, del grupo localizado de parentesco y de cómo él repercute en la organización del territorio de las comunidades y municipios del sur de México. La autora nos detalla un proceso donde son evidentes los principios patrilineales de herencia y en la propiedad colectiva, lo cual permite una socialización de conocimientos horizontal e intergeneracional.

En el tercer capítulo, Abraham Sántiz Gómez y sus colaboradores nos presentan los cambios ocurridos en las estrategias de vida rural de grupos familiares y sus ts’umbaletik en Oxchuc, para el periodo 1986-2018. Sus hallazgos señalan que los grupos familiares son sujetos sociales activos que transforman sus estrategias de vida rural y resignifican la visión de la lekil kuxlejal (vida buena) con un cambio sociocultural heterogéneo en el marco del sistema económico actual.

En el cuarto capítulo, Oseguera, Bello Baltazar y Estrada Lugo analizan en Tziscao, municipio de La Trinitaria, Chiapas, cómo el ecoturismo facilita y estimula diversos cambios en la reproducción social y la organización para el trabajo de los grupos domésticos de los chujes, lo que ha generado cambios en el sistema de herencia y residencia, y propiciado otros arreglos para afrontar una actividad económica nueva no agrícola.

En el quinto capítulo, Gloria M. Suárez y sus colaboradores, retomando el grupo maya lacandón, abordan la configuración de las relaciones entre hombres y mujeres a la luz de la perspectiva de género cuando fue inserto el ecoturismo. Analizan el proceso productivo y el reproductivo al interior de los grupos domésticos, cuestionando el supuesto equilibrio entre las actividades productivas y reproductivas. Este capítulo nos da cuenta de que la división de actividades corresponde en realidad a los papeles hegemónicos de género, es decir, que se reconoce la influencia de la mujer dentro de los grupos domésticos, pero su trabajo se invisibiliza en los procesos reproductivos y más aún en los productivos ubicados ahora en los centros ecoturísticos. Así, los autores ponen de manifiesto que las actividades de la mujer se trasladan y extienden del grupo doméstico al centro ecoturístico.

En el capítulo sexto, Diana Trevilla y sus colaboradores se encargan de analizar el trabajo de cuidados en los grupos domésticos en Tenejapa, Chiapas. Desde la economía feminista y la teoría de género, cuestionan acerca de la importancia del estudio del trabajo de cuidados para la sostenibilidad de la vida. Para ello utilizan el abastecimiento de aspectos básicos en la vida cotidiana: alimentos, leña y agua, y concluyen que el proceso de la reproducción social recae sobre todo en las mujeres e invitan a seguir con esta línea de investigación para visibilizar y discutir las posibles transformaciones en las relaciones sociales para lograr una sociedad más justa e igualitaria.

En el séptimo capítulo, Ubaldo Bolom Gómez, junto con otros autores, estudian la transición de la alfarería al bordado en cuatro generaciones de mujeres en Amatenango del Valle, Chiapas, lo cual acometen revisando y analizando los roles de género y las genealogías, además de haber realizado entrevistas y trabajo etnográfico. Como principales hallazgos destacan que las mujeres encuentran dificultades para seguir trabajando en la alfarería, resultándoles más práctico dedicarse al bordado, lo que ha propiciado la transición de una actividad a otra en la que el papel de actores externos es clave para continuar con tales labores. También nos hace notar este grupo de autores que pasar de una actividad de producción y consumo doméstico a otra orientada al mercado ha provocado un cambio en los valores de colaboración y ha dado lugar a la competencia y la individualización.

En el octavo capítulo, José Alfonso López Gómez y sus colaboradores nos llevan al espacio de la cocina mam de cinco comunidades vecinas del volcán Tacaná para presentarnos cómo, a pesar de las políticas de modernización y efectos de la globalización, conservan su patrimonio etnogastronómico. Cómo es que en la unidad social de la familia se perpetúa, actualiza y resignifica un conocimiento etnogastronómico en la cocina. Con etnografía, entrevistas semiestructuradas y observación, se documentan los cambios en el espacio de la cocina en las dimensiones físico-arquitectónica, funcional-simbólica, social y cultural. Estos autores nos señalan que la estructura física de la cocina mam se ha modificado, y con ello el espacio social abierto y multifuncional ha mudado a uno privado, utilizado principalmente por mujeres, limitado a la preparación de alimentos. Ahora la comensalidad que antes se realizaba en la cocina se ha trasladado al comedor. Y que el fogón, elemento con carga simbólica, mantiene su papel en la elaboración de los guisos, aunque podría ser desplazado. Lo que persiste y se perpetúa es la función de este espacio en la transmisión del patrimonio etnogastronómico.

* * *

Ahora bien, al registrar lo que la gente hace, como una forma de analizar las relaciones de parentesco, Estrada (2011) señala tres características para el grupo maya macehual de Quintana Roo: la forma de herencia, la organización del espacio doméstico (residencia) y productivo, y la organización de grupos de acción para las prácticas agrícolas y ceremoniales. Estas relaciones sociales, al ser proyectadas en el espacio local, dan cuenta de la forma de apropiación del territorio y de los cimientos sociales de la comunidad. En conjunto, son el fundamento de la reproducción social de los grupos domésticos.

Los estudios que reúne este libro parten de analizar lo que la gente hace. Los procesos de cambio en los distintos casos pueden interpretarse como aquellos que conectan los ámbitos domésticos o familiares con los que se generan en la interacción entre grupos domésticos y que resultan en la continua construcción del propio territorio (figura 1).

La reproducción social de los grupos domésticos rurales está condicionada por la intervención de políticas públicas y la demanda creciente del mercado de productos y, recientemente, del de servicios. Los efectos son evidentes en las diferentes esferas de la vida de los grupos domésticos, que son, concomitantemente, procesos de cambio: el territorio propio, el cambio sociotécnico y la resignificación de la vida. No se trata de esferas aisladas, pues en conjunto son la base de la reproducción social de los grupos domésticos (figura 1).

Figura 1. Reproducción social de los grupos domésticos


Fuente: Elaboración propia.

Los grupos locales de parentesco, los grupos domésticos rurales, y las familias —de los cuales se da cuenta en los diferentes capítulos— no responden al ideal de los antropólogos del siglo xx, se trata de unidades sociales sometidas a una fuerte presión de procesos que ocurren fuera de su control y que propician transformaciones y adaptaciones en varios aspectos, a saber:

1 La organización del trabajo exige a mujeres, jóvenes y ancianos mayor cantidad y calidad para resolver las necesidades económicas.

2 Por lo tanto, los papeles tradicionales en el seno doméstico han cambiado tanto en la esfera productiva como en la participación en el mercado de trabajo.

3 Dedicarse a la actividad agrícola y/o agropecuaria es una decisión condicionada por la necesidad del trabajo asalariado fuera de la comunidad de lo que un efecto es la disminución de la importancia relativa de la agricultura.

4 Un efecto similar ocurre cuando los grupos domésticos rurales hacen del turismo su principal actividad, llegando incluso a pagar jornaleros para la labor agrícola.

Por otro lado, a pesar de las transformaciones, los grupos locales de parentesco, los grupos domésticos rurales y sus familias constituyen aún un espacio eficiente en el que sus miembros hallan refugio ante fenómenos naturales como huracanes, plagas, el cierre del mercado de trabajo o las consecuencias de la pandemia de covid-19, lo cual muestra la alta flexibilidad de dichas unidades sociales y su capacidad de soportar esas eventualidades fortaleciendo sus vínculos primarios; aunque también es pertinente reconocer que pueden tener límites y que llegado esto podrían erosionarse las relaciones sociales del sistema de parentesco e incluso poner en riesgo su reproducción social.

Pero estas unidades sociales todavía son el espacio social creador y recreador de las relaciones sociales esenciales que sustentan los procesos domésticos, los cuales pueden nutrirse de otras influencias o ser desplazados y sustituidos por otras formas de relación, y aun así, será posible ser reconocido como parte del grupo local de parentesco, del grupo doméstico o de las familias.

En los casos que se analizan en este libro y en nuestros estudios recientes, se constata que la adaptación de dichas unidades sociales es flexible pero lenta, que muestran cambios sutiles respecto a procesos más amplios como en la demanda de mano de obra barata para el mercado de trabajo en centros urbanos, o en el mercado de productos por la alta fluctuación de precios, aunado a la voracidad de intermediarios e industrias cuyos impactos súbitos alteran directamente a sus diferentes miembros, por ejemplo, ante la migración prolongada de un familiar, su ausencia articula las dinámicas internas dirigidas a su reproducción social, lo que acarrea cambios e innovaciones en las relaciones intergeneracionales; sin embargo, ser parte de un grupo dentro de un sistema de parentesco les permite afrontar y garantizar su reproducción social, ya que el sistema de parentesco es central como eje organizador, estructurador y regulador de las relaciones sociales al interior de las unidades sociales en estas sociedades indígenas campesinas rurales.

Literatura citada

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1. Parentesco y organización social entre los mayas: perspectiva histórica

Erin I.J. Estrada Lugo

Introducción

La evidencia histórica es uno de los pilares que le dan sostén a la organización basada en el parentesco, uno de los elementos del núcleo de la cultura maya; por ello, reconocer su papel en el análisis social es relevante porque coloca la evolución de la organización de los grupos domésticos mayas contemporáneos en su correcta dimensión. Constituye, asimismo, una fuente inapreciable para identificar las es­pecificidades de la organización maya que es un punto de partida para proponer sistemas de organización propios de las culturas mesoamericanas, que en la actualidad mantienen una relación “viva” y mutua con el entorno natural en una mutua transformación mediante un uso continuo.

Este capítulo, con base en la revisión de trabajos de historiadores, etnólogos, antropólogos y arqueólogos, expone los ámbitos del parentesco relevantes en la reproducción social del grupo maya. Cabe destacar que se centra en gran medida en los estudios sobre los mayas de la península de Yucatán, aunque se trae a la discusión investigaciones acerca de otros grupos mayas.

En variados grupos mayas opera un importante principio pa­tri­líneal1 manifiesto en la formación de los grupos locales de paren­tesco. En este sentido, el papel del parentesco en las formas de comportamiento que sustentan la transmisión de derechos y de bienes, el patrón de residencia y la formación de grupos de acción,2 son objetos de interés para comprender la relación entre los mayas y el espacio que habitan, usan y reproducen. Pero, ¿lo que se observa en algunos grupos mayas en la organización social actual es manifestación de una tradición cultural de gran arraigo y ampliamente difundida? Esta es la interrogante que guía el presente capítulo.

El texto se divide en tres apartados. El primero es una introducción general sobre los grupos de la cultura maya. El segundo aborda la discusión en torno al sistema de parentesco, la transmisión de derechos y bienes, la propiedad y la herencia, las transformaciones de la organización social en la Conquista, así como la residencia y la formación de los grupos locales de parentesco y los grupos de acción. El tercero se ocupa de la proyección de las relaciones de parentesco en los espacios.

Sociedad maya prehispánica

Para los actuales mayas, el mundo que los rodea se ha modificado a lo largo de su historia. Se han dado cambios no solo en su entorno físico con la introducción de nuevos animales domésticos, cultivos y formas de manejo, sino también en sus condiciones materiales de vida y en sus relaciones con la sociedad mayor.

Sin embargo, al igual que otros estudiosos (Farris, 1984; Bartolomé, 1988; Bracamonte y Sosa y Solís Robleda, 1996; Restall, 1997), es posible sostener aquí que los mayas se han amoldado a dichos cambios debido a su capacidad de adaptación sin destruir sus estructuras básicas, recreando o transformando algunos elementos de su organización social y sus formas de apropiación del espacio donde coexisten.

La sociedad maya ha utilizado los recursos de la selva desde sus orígenes hasta nuestros días, lo que atestigua la investigación histórica y arqueológica (Patch, 1979; Farris, 1980; Coe, 1988; Bracamonte y Sosa y Solís Robleda, 1996; Sullivan, 1998; Alexander, 2000, entre otros).

Se ha señalado que hubo pobladores en el área maya desde hace 11 000 años, aunque poco se sabe de esta fase de ocupación. Antes del año 2000 a. de C. debieron haber existido sencillos horticultores, cazadores y los primeros agricultores de maíz. El ascenso de la civilización maya tuvo lugar a partir del año 300 a. de C. con una cultura elevada y grandes ciudades con su diferenciación social (Coe, 1988, pp. 40, 50).

Los mayas ocupaban tres zonas: 1) al sur, las tierras altas de Guatemala y Chiapas, la llanura costera a lo largo del Pacífico y la mitad occidental de El Salvador, país este último donde la ocupación fue relativamente tardía y con un fuerte influjo mexica; 2) la central, que abarca el departamento guatemalteco del Petén, Tabasco y sur de Campeche en México, Belice y porciones de Honduras, muestra los elementos típicamente mayas: bóveda acanalada, techo combado, cuenta larga y la escritura jeroglífica, entre otros; 3) la norte, en la llanura caliza y baja de la península de Yucatán, la cual comparte rasgos con la zona central, pero específicos por las posibilidades agrícolas limitadas locales, la ubicación de los asentamientos humanos y su relación con la distribución de los cenotes y la influencia mexica (Coe, 1988, p. 28).

Fray Diego de Landa (1986, pp. 130,153) refiere que los mayas de Yucatán tenían actividades como la milpa, el policultivo de maíz, frijol y calabaza, el huerto hortícola en la milpa y el huerto familiar aledaño a la vivienda; también cita diferentes técnicas: arboricultura, horticultura, kanche o estructura de cultivo aérea, granocultura, floricultura, fertilización orgánica, además de la cría y domesticación vegetal y animal. Los mayas extraían del monte materiales de construcción y fibras, insumos medicinales, lo necesario para las ceremonias, el ornato y el curtido, leña, tintes, alimentos vegetales y aquello que usaban para la fabricación de instrumentos de trabajo; aprovechaban además la vegetación para la cría de abeja melipona.

Los mayas practicaban también la cacería con ayuda de perros adiestrados y herramientas, como el arco, la flecha, atlatl, dardos, cerbatanas y trampas, con las que capturaban venados, cerdos salvajes, guajolote silvestre, perdiz y guajolote, pichón, codorniz y pato silvestres. De especial importancia era la recolección de la resina del árbol de copal y de cortezas para dar sabor al balche’ (bebida), ambos utilizados en ceremonias religiosas. Otras de sus actividades fueron la pesca con redes de arrastre, caña y anzuelo, arco y flecha, además de haber sido los mayores productores de sal en Mesoamérica con salinas costeras que se extendían desde Campeche hasta isla Mujeres (Coe, 1988, p. 199).

La evidencia arqueológica indica la presencia de sistemas agrícolas intensivos en el área maya: a) campos elevados en las cuencas de los ríos Candelaria en Campeche y Hondo en Belice, similares a las chinampas del valle de México, que probablemente tuvieron la función de mantener libre de inundaciones al terreno cultivado, y tal vez dar lugar a ciertas formas de irrigación e incluso funcionar como transporte de productos agrícolas a través de los canales que drenaban los campos; b) terrazas en el río Bec con el fin de contener la erosión, acumular suelo y aumentar el tiempo de uso de los terrenos (Turner, 1974).

La interpretación arqueológica de Pohl (1995, pp. 411, 439) advierte sobre la relevancia de la agricultura en el desarrollo de la competencia política maya durante el Preclásico, cuando las tierras inundables eran altamente deseables y en las que se cavaron canales para modificar el ambiente, esto es, para drenar la zona de raíces de los cultivos en la época de lluvias y proveer de agua en la época seca. De igual modo, hacia el Preclásico tardío se construyeron diques para controlar el aumento de los niveles del agua. Los principales cultivos fueron el maíz, el algodón, la calabaza y el frijol. El control sobre el excedente agrícola, a través del estricto sistema religioso y militar, fue esencial en el ejercicio del poder de las élites dominantes.

Si este desarrollo existió, debió terminar en el siglo x debido al colapso de la parte central de las tierras bajas por causas todavía desconocidas; los españoles ya no encontraron tales sistemas intensivos.

Otros estudiosos han planteado que los mayas lograron mantener una alta densidad poblacional, a la vez que conservaron la diversidad biológica de sus áreas de selva y bosque. Para lograrlo, utilizaron técnicas variadas de manejo, tales como los huertos familiares, los ecosistemas forestales naturales, campos elevados y la milpa (Hernández X., 1959; Gómez-Pompa et al., 1982, 1987, 1990; Gómez-Pompa, 1987; Remmers y Koeyer, 1989).

Esas técnicas de manejo se practicaban en las casas o alrededor de las comunidades en forma de manchas, pero de manera integrada, lo que explica la presencia de selvas “naturales” útiles en la zona maya. Esta silvicultura se caracterizó por proteger, cultivar, seleccionar e introducir árboles en diversos ámbitos productivos de modo que jugó un papel esencial en el éxito obtenido y en la conservación biológica y ecológica del área y sus recursos.

Aunque el maíz y otros productos de la milpa han sido la base de la alimentación, esta se complementaba, como hoy en día, con los vegetales y animales del huerto o solar familiar y de las huertas diversificadas, así como con aquellos procedentes de la recolección, la caza, la pesca y de la colocación de productos tropicales en el mercado, como el caso del palo de tinte o la caoba.

Los estudios arqueológicos, etnológicos y la historiografía de la región coinciden en señalar que, además del amplio conocimiento del medio, la organización que permitió a los mayas tener un amplio abanico de actividades para el uso diversificado de los recursos naturales estaba en la relación del territorio con el sistema de parentesco y el sistema político (Beals, 1932; Roys, 1943, 1957, 1979; Haviland, 1972; Adams, 1977; Farris, 1980, 1984; Thompson, 1987; Coe, 1988; Hopkins, 1988; Chase y Chase, 1996; Restall, 1997). En su base pueden identificarse unidades en las que valores de linaje3 y relaciones de parentesco se constituían en relaciones políticas en determinadas situaciones; aunque, si bien los grupos políticos y los de linaje no eran del todo idénticos, se daba una correspondencia entre ellos. Esta relación se explica con mayor amplitud en el siguiente apartado.

Sistema de parentesco entre los mayas

Arqueólogos, lingüistas e historiadores, mediante el estudio de los glifos mayas y con base en la obra de fray Diego de Landa, sostienen que el sistema de parentesco jugó un papel fundamental en la sociedad maya. Para Hopkins (1988), en el estudio del parentesco maya ha habido una gran confusión entre las reglas de filiación, herencia y sucesión, ya que se ha asumido que los patrones percibidos en uno de los dominios pueden ser proyectados en los otros. Este autor observa que las reglas de filiación determinaban al grupo social de parentesco al que uno pertenecía; las de herencia fundaban normas para la transmisión de bienes y propiedad, y que las de sucesión trataban con la transferencia del poder político. Las tres no son necesariamente lo mismo.

En este sentido, para identificar el arreglo social familiar de los mayas en el siglo xvi, la investigación de Roys et al. (1940) para los mayas de Cozumel en 1570, es básica. En esta fuente se indica que el tipo de grupo de parentesco predominante era constituido por varias familias emparentadas entre sí, que habitaban bajo el mismo techo o en grupos de viviendas pequeñas formando una unidad (Roys et al., 1940, p. 14). Estos grupos patrilocales4 son lo que Haviland (1972, p. 8) llama “linajes localizados o clanes” y Nutini (citado por Hopkins, 1988, p. 91) “clanes exógamos patrilineales”.

Roys et al. (1940, p. 16) citan una carta de fray Lorenzo de Bienvenida de 1548: “Apenas existe una casa que contenga un solo vecino [jefe de familia…] cada casa tiene dos, tres, cuatro, seis y algunos todavía más; y entre ellos existe un paterfamilia que es el que representa la casa”.

Estos autores detallan, casa por casa, el censo de Cozumel levantado en 1570, mostrando que cada una de las 39 casas que integraban los pueblos de San Miguel y Santa María, estaban ocupadas por grupos domésticos que variaban de dos a ocho parejas. Los autores citan otros documentos del siglo xvi que muestran una situación similar entre los pueblos de la región de Tizimín en la parte oriental de Yucatán.

Algo semejante se encontró en zonas vecinas, como en la chontal que ocupaba el sur del actual estado de Campeche, donde el censo de Tixchel levantado en 1571 mostró el mismo tipo de familia extensa (Villa Rojas, 1992, p. 236).

Juan Villagutierre (citado por Villa Rojas, 1992, p. 236), al referirse a los itzaes de Tayasal de la parte norte de Guatemala, dice que al ser conquistados en 1697, “en cada casa vivía todo un grupo de parientes tan grande como se podía”. Y Villa Rojas (1992) afirma, con base en sus trabajos etnográficos, que ese tipo de familia sería bastante común en Mesoamérica.

Ralph Beals (citado por Eggan, 1982, p. 122), con base en fray Diego de Landa, concluye que el texto de este fraile tiene sentido si asumimos un sistema “sib”, esto es, un sistema de clanes patrilineales exógamos no localizados. Alfred Tozzer (citado por Hopkins, 1988, p. 90) avala este argumento, porque en su trabajo de campo entre los lacandones observó que tenían clanes exógamos patrilineales no localizados totémicos.

En 1934, Fred Eggan publicó una terminología del parentesco con base en los datos de fray Diego de Landa y concluye que ellos indicarían un sistema de matrimonio del tipo de primos cruzados bilaterales y plantea como posible hipótesis: a) matrimonios de primos cruzados, b) clanes exógamos, e c) intercambio de hijas entre grupos domésticos. Y enfatizaba en que estas tres posibilidades no son mutuamente excluyentes o incompatibles, y que las tres se podían dar al mismo tiempo (Eggan, 1982, p. 120). Asimismo, y al registrar los nombres y las prohibiciones de matrimonio, este autor concluyó que la ter­minología indicaba matrimonio preferencial entre primos cruzados y que se mostraban grupos nombrados patrilinealmente que tenían deberes con relación al matrimonio, herencia y asistencia, amén de que no eran localizados (Eggan, 1982, p. 123).

Nutini (citado por Hopkins, 1988, p. 91), por su parte, sostiene que los datos de fray Diego de Landa eran suficientes para señalar que entre los antiguos mayas había clanes exógamos patrilineales no localizados, y agrega que, entre los mayas yucatecos del sur, los Verapaz, había una clara evidencia de ello.

En cuanto a los indígenas de Yucum y Petenacte, antepasados de los lacandones contemporáneos (De Vos, 2015. Citado por Ochoa, 2020, p. 14), se les describe con un patrón de asentamiento en grupos pequeños, aislados y temporales, con ausencia de un gobierno estructurado, religión de tipo familiar, con poligamia y endogamia.

Mientras que en relación con los chuj, se señala que se organizaban en grupos de parentesco esparcidos por el territorio y que mantenían una relación familiar y de linajes (Piedrasanta, 2009, pp. 26, 292).

Haviland (1972, p. 8), con datos arqueológicos, propone un sistema temprano de familias extensas patrilocales, una élite hereditaria con sucesión patrilineal y linajes localizados o clanes. Este mismo autor postuló que el desarrollo económico del Clásico debilitó la naturaleza corporada de los linajes y que sus miembros se dispersaron, lo que resultó en linajes no localizados o ch’ibal,5 registrado en el siglo xix.

Autores como Roys (1943), Tsubasa (1992), Restall (1997) y Bracamonte (2000) coinciden en que los ch’ibales eran grupos de filiación que trascendían el ámbito familiar para abarcar otros como el de tenencia de la tierra o el político, esto es, que conformaban subdivisiones integradas a facciones sociales y políticas al interior de los pueblos. Pero los historiadores que han analizado esta unidad proponen no confundirla con subunidades geopolíticas, como se ha visto al calpulli del centro de México (Bracamonte y Solís, 1996, pp. 63-64; Restall, 1997, pp. 29, 30).

El ch’ibal aglutinaba a los individuos en torno a determinados objetivos, con lo que se creaban redes de interdependencia con derechos y obligaciones mutuas; eran grupos de varones con sus esposas e hijos emparentados patrilinealmente que desplegaban lazos de solidaridad e involucraban a individuos que compartían el mismo patronímico. Los ch’ibales podían, en su interior, estar conformados por varias familias extensas que funcionaban como una unidad económica cooperativa y que en la mayoría de las veces se integraban como grupos residenciales de carácter patrilocal (Roys, 1943, p. 33; Restall, 1997, p. 17; Bracamonte y Sosa, 2000, p. 154).

Restall (1997, pp. 17, 29) ha destacado la posibilidad de que la organización de los ch’ibales generó entidades mayores que, a modo de parcialidades, constituían subdivisiones que se integraban con facciones sociales y políticas al interior de los pueblos. La articulación de los individuos a los ch’ibales se daba por las relaciones de parentesco y propiedad de la tierra, pues tenían dominio sobre una fracción de esta sobre la cual se exigía renta y servicios por su uso.

Para Bracamonte y Sosa (2000, p. 121), el acceso a la tierra era determinante para explicar la estratificación, los vínculos de sujeción y el acceso restringido al poder político. Los individuos que no eran miembros de un linaje se les asimilaba por relaciones políticas.

Pero aun cuando el dominio sobre una fracción de tierra explicaba la estratificación de los individuos sujetos al ch’ibal, Roys preguntaba, ¿por qué al interior de los ch’ibales había una jerarquización entre sus integrantes? Es decir, que a pesar de que en un ch’ibal había individuos que pertenecían a la nobleza y ejercían el poder, los beneficios económicos o políticos no llegaban por igual a todos los miembros de un patrilinaje (Roys, 1943, pp. 35, 36; Peniche, 2002, p. 33).

Tal acceso diferenciado a los recursos y al poder político se puede explicar por el principio de segmentación. Esto es, que los linajes tendían a subdividirse en grupos más pequeños —en ocasiones, familias extensas—, cada uno con genealogías de menor extensión hasta formar unidades o segmentos. Este principio perpetúa el sistema patrilineal, ya que cada hombre potencialmente puede originar un linaje (Middelton y Tait, 1968. Citados por Peniche, 2002, p. 34). Así, la distancia social entre los grupos puede concebirse como la existente entre las unidades del sistema de linajes. Dicho principio, señala Peniche (2002, p. 34), presenta al sistema político como si estuviera en equilibrio y se integrara por fuerzas opuestas, unas hacia la escisión y otras hacia la fusión, en una la propensión de los grupos a segmentarse y a combinarse con segmentos del mismo orden; es decir, que los grupos tienden a dividirse en partes opuestas y se fusionan relacionándose con otros grupos. La totalidad aparece entonces como unidad en un contexto y como segmentada en otro. Los linajes tienen la característica de existir en un estado de continua segmentación y oposición complementaria; cuanto más próximo se halle un segmento del linaje principal, mayor será su relación en cuestiones rituales, económicas y/o políticas (Fox, 1967, p. 117).

Transmisión de derechos y bienes: propiedad de la tierra y la herencia

Un elemento fundamental para entender el sistema de parentesco entre los mayas es la transmisión de derechos y bienes, la propiedad de la tierra y la herencia.

Villa Rojas (1995, pp. 23, 35), con base en la tenencia de la tierra entre los mayas antiguos, señala que el concepto de propiedad presentaba “diversas mo­da­lidades, según el tipo de agrupación o entidad a que correspondiera”; y propone seis tipos de propiedad: 1) tierras del estado o provincia delimitadas por mojoneras, sobre las que existirían evidencias de que los gobernantes las consideraban propias, puesto que no podían arrendarlas; 2) tierras del pueblo distribuidas por el jefe local y a las que todos los comuneros tenían derecho; 3) tierras del calpulli o parcialidad (tzucul o cuchteel) pertenecientes a los miembros de cada una de las parcialidades en que se dividía el pueblo; 4) tierras del linaje; 5) tierras de la nobleza, que se podían heredar, comprar o ser otorgadas por gobernantes; y 6) tierras particulares y mejoradas por plantaciones de cacao, algodón o mamey.

Al referirse a las tierras de linajes, Villa Rojas (1995, pp. 35-36) menciona que los pueblos se dividían en parcialidades y comprendían cierto número de parajes o pequeños poblados donde estaban las tierras de cultivo, las cuales se dividían en lotes que correspondían a los grupos familiares o linajes patrilineales que habitaban el paraje, las familias extensas para Farris (1984) y Quezada (1993).

El mismo Villa Rojas aclara que se podían establecer nuevos caseríos y tener derechos de propiedad sobre las tierras circundantes a un pueblo con el solo esfuerzo de abrir nuevas parcelas de cultivo en los montes vírgenes pertenecientes al pueblo (1995, p. 38). Estas tierras asociadas a los linajes o clanes exogámicos patrilineales en lengua maya se denominan ch’ibales, término usual en la documentación de origen indígena (Estrada, 2011).

Para los chuj, Piedrasanta (2009, p. 26) sostiene que el manejo del espacio y territorio, tanto en la administración como en la gestión, la protección y otros tipos de control, se daba en diferentes niveles: pueblo (Chonhab’) del que se desprendían las aldeas (Kalu’um) y principales de las aldeas (representantes de linajes), como un conjunto que mostraba la organización social jerarquizada de la sociedad chuj.

Acerca de los mayas de la península de Yucatán, Restall (1997, p. 2) afirma que, junto con el cah (pueblo), el ch’ibal operaba como una unidad social identificada con el grupo patronímico o linaje, esto es, el linaje familiar extendido. En tanto que Bracamonte y Sosa (2000, p. 154) refiere que estas tierras patrimoniales de los ch’ibales, documentadas desde los inicios novohispanos hasta entrado el siglo xix, coexistieron con otros tipos de propiedad de la tierra.

En cuanto a las tierras particulares, eran aquellas que “[…] por medio del esfuerzo personal o de inversión de capital quedaban convertidas en plantaciones de cacao, algodón, mamey y otras frutas, pasaban a ser propiedad exclusiva del dueño, sin más cortapisa que dar preferencia a los de linaje […]” (Villa Rojas, 1995, p. 42). Este mismo autor señala que en Los títulos de Betún6 aparecen numerosos testimonios de este tipo de propiedad:

Yo Diego Cupul natural que soy de este pueblo de Cuncunul declaro la verdad que doy el conocimiento de paraje de un pozo mío a don Lucas Tun el cual es ca­cahua­tal con todos los montes que le pertenecen al derredor, en presencia de mi Cacique, Al­cal­de y Regidores, y están señalados por detrás todo con sus mojoneras y lo anduvo todo la Justicia (The Titles of Betún, 1939, p. 130. Citado en Villa Rojas, 1995, p. 43).

Sobre la herencia de las tierras particulares, y seguramente basándose en lo que describe Landa con relación a la herencia (Landa, 1986, pp. 48-49), Villa Rojas informa que:

sólo correspondían a los hijos o deudos varones más cercanos por la línea masculina, pues, la mujer no tenía derecho a heredar nada. En caso de que los hijos varones fuesen de corta edad, entonces, los adoptaba el hermano del difunto o miembro más cercano del mismo linaje, junto con las tierras heredadas. Más adelante, al llegar a la mayoría de edad los huérfanos, se les devolvía la heredad de modo formal ante testigos y autoridades, pero sin entregar nada de las cosechas de cacao, maíz u otros productos, ni tampoco de las utilidades obtenidas de la venta de miel y cera de los colmenares (Villa Rojas, 1995, p. 43).

A diferencia de Villa Rojas (1995), quien propuso una complejidad de formas en la propiedad de la tierra, Farris (1984) sostiene que la misma era colectiva; aunque coinciden en que la tierra se transmitía exclusivamente por vía masculina. Asimismo, la idea de que las tierras comunales se utilizaban indistintamente por los milperos prevaleció en la historia indígena del Yuca­tán novohispano.

Un análisis distinto de la organización social y propiedad de la tierra de los mayas es el de Gillespie (2000, pp. 468, 475), quien usa el constructo “casa” de Levy-Strauss para explicarlo. Así, esta autora explica que las “casas” son unidades de larga vida, corporadas y organizadas para fines específicos, y que los miembros de la casa utilizan estratégicamente las relaciones de consanguinidad y afinidad para legitimar la unidad y la perpetuidad. Gillespie opta por esta alternativa de análisis porque el término “linaje”, como se entiende en general, no explica por completo la organización social maya; y agrega que una limitación notable de este acercamiento es que dice poco acerca de los mecanismos que relacionan a los grupos en redes englobando diferentes niveles de la sociedad.

Esa misma autora propone repensar la organización social maya, entender el linaje como “un tipo” y al privilegio de la consanguinidad como factor determinante en la configuración de las relaciones sociales. Para ella, la existencia de grupos sociales debería iniciar con el propósito o función del grupo y solo entonces proceder en el cómo sus miembros conciben o establecen relaciones entre sí (Gillespie, 2000). Ante esto, surge una pregunta: ¿la “casa” se podría homologar al linaje? Pensemos en que ningún linaje ha operado de acuerdo a las reglas ideales y sus miembros hacen ajustes pragmáticos acordes a la vida real (Carsten y Hugh-Jones, citados por Gillespie, 2000, p. 475).

Por otra parte, Gillespie (2000, p. 475) puntualiza que un linaje corresponde a un grupo consanguíneo, con la filiación como base primaria para ser un miembro suyo y en el que la residencia o propiedad conjunta son tratadas como derivativas. Así, un grupo que recurre a la filiación y residencia en su definición se le concibe como un “arreglo” entre dos principios fundamentales, algo difícil de nombrar incluso cuando su amplia existencia era mejor conocida (Murdock, citado por Gillespie, 2000, p. 475). Además, “casa”, a diferencia de linaje, incorpora lazos afines y de filiación, de modo que forman un “lenguaje” para las relaciones por cuyo medio las acciones de los miembros se admiten como legítimas.

Los estudiosos de la organización social de los antiguos mayas han privilegiado la filiación unilineal para la definición del grupo, aunque haya excepciones en las que no todos los corresidentes se relacionen por esa vía.

Los ch’ibales formados por grupos de filiación se enlazaban en principio con el pueblo (cah) y funcionaban como grupos de parentesco y unidades políticas en los que había correspondencia entre las diferentes esferas de la filiación, la herencia y la sucesión.

Sin saldar esta discusión, se ha señalado que la pertenencia a un grupo se daba, en primera instancia, a través del grupo de filiación: familias extensas patrilineales, patrilocales exógamas o por afinidad, lo cual implicaba cumplir con derechos y obligaciones.

Sistema de parentesco maya en la Conquista

Para los tiempos de la Conquista, se identifican dos características operativas del sistema de linajes: i) la prohibición de contraer matrimonio con alguien del mismo patronímico, regla que, de acuerdo con los documentos parroquiales, seguía siendo respetada; y ii) la norma por la que cualquiera que viajara o se mudara de casa podía contar con la ayuda de cualquier otra persona que tuviera su mismo patronímico, aun cuando fuera un completo desconocido. Para Farris (1984, p. 222), esta costumbre no tendría sentido si los patronímicos representan linajes compartiendo más o menos el mismo territorio, por lo que es probable que los linajes pudieron haber sido en algún momento sinónimo de división territorial, aunque las migraciones previas a la Conquista ya habían desarticulado esas concentraciones geográficas y la costumbre de ayudar a los forasteros con el mismo apellido era una reliquia del antiguo sistema.

Respecto a la época colonial, Restall (1997, p. 17) atribuye al ch’ibal características tanto de linajes como de clanes exogámicos. Sin embargo, Peniche (2002, p. 30)7 advierte que los ch’ibales mayas de la época colonial compartían rasgos que permiten tratarlos más como linajes agnaticios, esto es, linajes trazados por vía masculina, que como clanes.

Los ch’ibales en la época colonial conformaban grupos locales de descendencia unilineal que, a través del vínculo masculino, compartían el mismo apelativo y constituían, por lo tanto, grupos de filiación patrilineal exogámico. Consecuentemente, los varones del grupo debían buscar sus esposas en otro linaje, al tiempo que debían exportar hermanas e hijas (Bracamonte y Solís, 2000, p. 126; Peniche, 2002, p. 31).

Pasada la Conquista, los patrones de asentamiento novohispanos dan cuenta del impacto de las congregaciones. Algunos pueblos fueron reubicados y otros reorganizados para disminuir el uso de las plataformas y montículos prehispánicos. Las calles se construyeron reticularmente, concentradas alrededor de una iglesia y una plaza central. Las unidades multifamiliares se atomizaron en solares discretos más pequeños amurallados con albarradas. Aun así, algunos pueblos reubicados mantuvieron el derecho a cultivar sus milpas vecinas de su anterior residencia. En ocasiones quedaban muy distantes resultando en más tiempo de viaje y la baja en la eficacia laboral (Alexander, 2000, p. 375).

Para reducir la dispersión demográfica, se obligaba a los indígenas a vivir en un poblado cristiano o fundar uno nuevo, acción que fue permanente hasta mediados del siglo xviii (Farris, 1984; Bracamonte y Sosa y Solís Robleda, 1996). Pero congregar a los indígenas se enfrentaba a severas limitaciones naturales y nunca fue posible el sometimiento pleno de todos los grupos mayas situados en las selvas del sur de la península yucateca, región de la que se hablaba genéricamente como la montaña.

La fuga fue otro recurso de los indígenas durante todo el periodo novohispano; la facilidad con que la población lo utilizaba habla de que había una base común, la cual permitía la comunicación efectiva entre los distintos grupos mayas que habitaban la extensa zona de la península de Yucatán y el Petén, esto es, una base que se componía de lengua, rituales y organización social.

Para el siglo xviii, los desplazamientos de los mayas de la península de Yucatán estuvieron marcados por la tendencia de moverse desde los pueblos hacia los sitios, ranchos8 o estancias ganaderas,9 que competían con las repúblicas de indios por el manejo de los recursos que durante décadas habían sustentado la legitimidad de las élites locales: el control sobre la mano de obra y los territorios (Peniche, 2002, pp. 55, 58, 66).

Farris (1984, p. 215), basada en el análisis de las referencias a las relaciones familiares, los modos de asentamiento y la propiedad de la tierra de los documentos novohispanos, deduce que los grupos conformados por una o varias familias extensas eran un grupo de varones emparentados patrilateralmente que incluía a sus mujeres e hijas solteras y funcionaba en forma de unidad económica cooperativa. Estos grupos conformados por familias extensas raras veces se mencionan en los relatos modernos o de la Colonia referentes a la sociedad maya.

Farris (1984, p. 217) también señala que, en teoría, el grupo comprendía tres generaciones. En la práctica, la red podía expandirse o contraerse en combinaciones variadas, dependiendo del ciclo de desarrollo de la propia historia familiar y de la preferencia personal, o por el principio de segmentación de los linajes. La unidad estándar era pequeña —a lo sumo cuatro o cinco varones adultos—, seguramente por ser el tamaño óptimo para los esfuerzos cooperativos que les unían. Los vínculos fraternales podían aligerarse cuando los padres morían o cuando alguno de los hermanos tenía ya los suficientes hijos adultos como para constituir un grupo de apoyo mutuo independiente, aun cuando se conservara un cierto grado de reciprocidad. También podía suceder que los vínculos tío-sobrino sustituían a los de padre-hijos cuando la ausencia de estos o la pérdida del padre trastornaban el orden habitual. Esta agrupación, junto con esposas e hijos, parece ser la unidad básica de supervivencia, que asegura el esfuerzo cooperativo requerido para satisfacer las necesidades del sustento material y de la protección divina.

Una familia nuclear (padre, madre e hijos) pudo haber sido la unidad autosuficiente respecto a los asuntos rutinarios de la subsistencia, pero no era necesariamente la más eficiente, ni tampoco, en un clima tropical, ofrecía la protección idónea contra las enfermedades o lesiones del cónyuge ni contra el resto de las vicisitudes de la vida humana. Los mayas enfrentaban estas contingencias mediante la cooperación y el apoyo mutuo del grupo de parentesco más amplio de “la familia extensa” (Farris, 1984, p. 215). Este se conformaba por familias extensas patrilineales y era también una unidad residencial múltiple de hasta veinte o treinta adultos y niños, que era habitual en todas las tierras bajas mayas.

En los primeros años de la Colonia, la residencia de estos grupos de familia extensa continuó vigente, aunque el tamaño de las familias era menor. En ocasiones, todo el grupo de parentesco vivía en una única casa grande. Pero más frecuente era que compartieran un agrupamiento de viviendas, con cada una alojando a una pareja con sus hijos y tal vez a algún pariente viudo. La familia extensa funcionaba más como una cooperativa que como una empresa colectiva, era un sistema de apoyo mutuo con derechos y obligaciones recíprocos. Era costumbre que los hombres intercambiaran trabajo en la construcción y reparación de las casas de los demás, pero manteniendo viviendas separadas. La familia extensa patrilineal era la unidad de residencia preferida en los tiempos novohispanos en las rancherías dispersas y en los pueblos más compactos (Farris, 1984, pp. 218-220; Quezada, 1993, p. 38).

Para Farris (1984), la organización del grupo de varones emparentados patrilateralmente es el origen más verosímil del sistema maya de posesión privada de la tierra. Al respecto, menciona que los primeros testamentos y escrituras novohispanas se refieren frecuentemente a “las tierras de los Couoh”, de los Pat o de otros patrilinajes. Aunque los propietarios individuales aparecen en documentos posteriores, los grupos de varones emparentados siguieron funcionando como unidades de tenencia de la tierra al menos hasta finales del siglo xvii. La propiedad era claramente colectiva. Los miembros del grupo no tenían derecho independiente a parcelas individuales (Farris, 1984, p. 217).

Aunque las leyes españolas socavaron las pautas tradicionales de la herencia, las normas que regulaban la transmisión quedan patentes en los testamentos que sobrevivieron. Las mujeres podían heredar las colmenas, los utensilios, ropajes y animales domésticos, pero si no había herederos varones, la tierra se solía transmitir a los maridos de las hijas o sobrinos sobrevivientes (Farris, 1984, p. 217).

Farris (1984, p. 219) afirma que huertas, solares, graneros, así como la tierra, eran de propiedad comunal, pero individual para el caso de los demás bienes, con excepción de las milpas. El ganado podía reunirse en manadas, pero los testamentos que han sobrevivido indican que los animales se poseían individualmente. De igual modo, aun no siendo de propiedad comunal, el uso de un arma de fuego o de un caballo podía ser compartido.

Para Bracamonte y Sosa y Solís Robledo (1996, pp. 138-139), la autonomía con la que a su interior las repúblicas de indios manejaron el recurso territorial permitió una larga sobrevivencia de las formas prehispánicas de tenencia de la tierra, en especial las patrimoniales o de los patrilinajes. Al adaptarse el sistema de tenencia de la tierra durante el Virreinato se generó la propiedad privada particular, como una fragmentación de la propiedad patrimonial o de los patrilinajes en su gran mayoría.

La residencia y herencia en tiempos novohispanos

Ha habido confusión acerca de los modos de residencia y de las obligaciones de parentesco porque los estudios sugieren que las parejas vivían con la familia de la esposa y con la del esposo. Farris (1984, p. 218) nos aclara que las dos formas eran habituales en tiempos novohispanos, pero como fases distintas del ciclo de desarrollo de la familia nuclear. El marido “pagaba” una especie de precio por la novia a sus padres o grupo de parentesco, lo cual, para los mayas macehuales novohispanos, era de un año o más de trabajo inmediatamente antes o después del matrimonio. Después, la pareja se trasladaba a la residencia paterna del marido de modo que la esposa y su trabajo pasaban a pertenecer a esta familia.

Para la década de 1930, cuando Villa Rojas realizó su etnografía en el cacicazgo de X-Cacal, él documentó la costumbre del hankab o periodo de servicio del novio en la familia de la novia, pero, a diferencia del novohispano, solo era por algunos meses: “Como ya sabemos, los primeros meses de matrimonio se pasan en la casa de los padres de la muchacha” (Villa Rojas, 1992, p. 423).

En la etapa novohispana, la composición, organización y persistencia de grupos a partir de la familia extensa se debieron, en parte, a su vínculo con la tarea más básica de la supervivencia, es decir, la producción de alimentos mediante la agricultura de roza-tumba-quema (Farris, 1984, p. 216).

Actualmente, Estrada (2011) señala respecto a la zona maya de Quintana Roo que un padre y sus hijos, o un grupo de hermanos, o en ocasiones un tío y sus sobrinos, compartirán el trabajo en milpas vecinas, ya que hacerlo en equipo es en especial útil en la tala y quema del monte, además de que el grupo proporciona compañía y seguridad. Lo mismo pasa con actividades como la caza y la pesca, las cuales desde tiempos novohispanos se llevaban a cabo como un esfuerzo común a pequeña escala, lo cual se sigue observando.

De acuerdo con Estrada (2011), se advierte una práctica similar en el cultivo de la milpa dado que esta exigía permanecer largos periodos de tiempo en el monte, además, de que resulta más seguro disponer de unos cuantos compañeros en caso de accidente, enfermedad repentina o mordedura de serpiente.

La “brigada de milperos”, grupo de varones emparentados patrilinealmente, funcionaba como la unidad típica de producción de alimentos del periodo novohispano y probablemente lo era también desde mucho antes en cualquier lugar con agricultura de milpa. El núcleo de esta red de ayuda era la relación padre-hijo, y su soporte moral el permanente compromiso del hijo respecto a los padres, que se entendía más allá de la muerte. La obligación filial hacia el padre, que en cierto modo se extendía a tíos y hermanos mayores, comprendía la estricta obediencia a la autoridad del padre y la responsabilidad del mantenimiento de los progenitores. Los mayas varones comenzaban sus contribuciones a muy temprana edad, y participaban en la milpa y tareas de casa desde los diez o doce años e inclusive más pequeños (Farris, 1984; Villa Rojas, 1992; Quezada, 1993).

Los españoles dividieron física y fiscalmente el grupo de “familia extensa” patrilineal en unidades conyugales; la división residencial fue impuesta por el clero católico que insistió en que cada matrimonio fundara un hogar por completo independiente para combatir, por un lado, la marcada propensión de los mayas al incesto —sobre todo, entre suegros y nueras y entre padres e hijas—, y por otro, para estimular los matrimonios precoces y evitar la práctica del “precio de la novia”, que implicaba la residencia temporal con la familia de la esposa. Sin embargo, cuando la supervisión católica era laxa y distante, los mayas regresaban a la estructura de la familia extensa patrilineal (Farris, 1984, pp. 271-272; Quezada, 1997).

La herencia

En tiempos novohispanos, la transmisión de la herencia era estrictamente por vía masculina, basada en el principio de que eran los hijos y sus esposas los únicos responsables del mantenimiento de los padres, y en general, de la producción de bienes familiares. Las hijas formaban parte del sistema de mantenimiento del grupo de su marido, al cual contribuían y del cual podían esperar recompensas: “[…] los indios no admitían que las hijas heredaran con los hermanos sino era por vía de piedad o voluntad; y entonces dábanles algo del montón y lo demás lo partían igualmente los hermanos, salvo que al que más notablemente había ayudado a allegar la hacienda, dábanle su equivalencia; y si eran todas hijas, heredaban los hermanos (del padre) o (los) más propincuos; [...]” (Landa, 1986, p. 48).

Farris (1984, p. 217) indica que las reglas españolas convirtieron la herencia en bilateral y que de este modo distorsionaron el sistema prehispánico, ya que, de acuerdo con la ley española, todos los hijos legítimos heredaban equitativamente. Pero Robert Patch (citado por Bracamonte y Solís Robledo, 1996, pp. 137-138) propone que en ese entonces se heredaba de una generación a otra, se tenían linderos definidos y un sistema desarrollado de propiedad acorde a una estructura social basada en la corporación y en las relaciones de parentesco.

Bracamonte y Solís Robleda (1996, pp. 152-153, 156) han identificado los tipos de tenencia en las repúblicas de indios en la fase novohispana y los han agrupado en tres formas genéricas: 1) tierras comunales; 2) tierras corporativas para la milpa de comunidad, que comprendían las asociadas a los bienes de comunidad y las del culto o de cofradía; las milpas consistían en fracciones de terreno que el cabildo destinaba para realizar, con el trabajo de los macehuales, un cultivo de maíz para los fondos de la caja de comunidad, el cual, tratándose de las estancias de cofradías, se destinaba al mantenimiento del culto a una imagen o para la ayuda de los miembros de la cofradía en épocas de crisis, y 3) tierras privadas, que incluían las de los particulares y las patrimoniales o fa­miliares.

Respecto a las tierras comunales, lo sustantivo es que el derecho se ejercía en todo el territorio bajo la jurisdicción de la entidad política; estas tierras eran aquellas en donde los macehuales sembraban sus milpas, obtenían madera, guano, cera y carbón, y practicaban la cacería. El término tierras comunales debe asociarse a un derecho de uso de los macehuales por el reconocimiento y sujeción que daban a los principales mediante el mulmeyah.10

El derecho a cultivar la tierra recaía directamente en el Cabildo, aunque se restringía el poder del batab, o jefe local, mismo que se supeditaba al Consejo de gobierno conformado por la élite, en la cual quedaba expresa la influencia de los patrilinajes gobernantes. Para cultivar las milpas, los pueblos rotaban las tierras entre la población mediante la ubicación de “rumbos” o “bandas” en donde los macehuales podían elegir una parcela de monte alto para tumbar, quemar y sembrar el maíz y otros cultivos asociados, manteniendo la posesión del terreno durante los años de uso, para luego reintegrarla al monte. La fijación de los “rumbos” permitía controlar el descanso de grandes extensiones continuas de tierra y la recuperación de los montes, de modo que al quemarse de nuevo se asegurara la fertilidad del suelo (Bracamonte y Sosa y Solís Robleda, 1996, pp. 153-154).

Las tierras privadas eran de extensión variable con derecho exclusivo de posesión, herencia y enajenación, cuyos dueños en individual eran generalmente los caciques. Las tierras patrimoniales, en cambio, pertenecían a un grupo de parientes para asegurar su subsistencia, y las empleaban para la cría de ganado mayor, la apicultura, el cultivo de árboles frutales y el cultivo de maíz con el trabajo de macehuales. Eran heredadas por vía masculina y se mantenían vinculadas a un patrilinaje, los ch’ibales. Para Bracamonte y Solís Robleda (1996, pp. 166-167), este tipo de tenencia de tierra se circunscribía a la nobleza maya novohispana, pero Farris (1984, p. 217) afirma que las tierras asociadas a un patronímico correspondían a “grupos de varones emparentados” con tenencia colectiva de la fracción de tierra, pero se refiere a la sociedad maya en general.

Las tierras patrimoniales sugieren que, durante la etapa novohispana, el sistema prehispánico del derecho ancestral a la propiedad tuvo continuidad. Cuando un grupo de parientes se reconocían en una línea de sucesión, se identificaban con un apelativo; la propiedad de este tipo de tenencia era privilegio de los varones, pero la mujer podía transmitir la propiedad entre dos generaciones de varones (Bracamonte y Solís Robleda, 1996, p. 180). El uso de los patronímicos mayas constituye otra evidencia de la continuidad cultural de la población y conserva su significado como expresión de filiación del grupo familiar.

Después de 1750 inició un prolongado y conflictivo periodo en el que la tierra será centro de atención y codicia de estancieros y agricultores. Fue que entonces se cuestionó el sentido de la territorialidad indígena novohispana, se puso en duda la delimitación de cada república y de la extensión de las tierras comunales, se ignoró la existencia de las tierras patrimoniales, desechando la validez de las tierras particulares y desamortizando llanamente las tierras de los santos. En esta crisis general, las tierras indígenas, aparentemente baldías, fueron ocupadas para fincar haciendas en el inicio de un proceso de colonización. De poco sirvieron los litigios emprendidos por las comunidades y por los defensores españoles que actuaban en su nombre para evitar el empuje de la liberalización. Haciendas y ranchos agrícolas arrasaron a las comunidades indígenas quitándoles tierra y hombres (Bracamonte y Solís Robleda, 1996, pp. 54-55, 257).

Las tierras de los linajes de los grupos de filiación patrilineal, o ch’ibales, sufrieron un proceso de individualización en el siglo xvii pero sobre todo en el xviii, conforme creció la demanda del suelo por parte de los españoles, y por consiguiente se fue valorizando. Este proceso recibió la influencia de la monetización de importantes espacios de la economía indígena, de modo que la necesidad de adquirir recursos económicos para hacer frente a las contingencias y acceder a ciertos bienes, condujo tanto a la fragmentación de las tierras de los ch’ibales y a su apropiación individual, como a su venta por parte de indígenas a españoles (Peniche, 2002, p. 81).

En el norte y occidente de Yucatán, grandes extensiones de tierra fueron sustraídas a las comunidades, lo que paulatinamente aumentó la presión sobre los terrenos dedicados a la milpa. Gran parte de los bosques fueron desmontados para dedicarlos a la ganadería y a cultivos comerciales, como la caña de azúcar, arroz, algodón, frutales, grana y añil.

La historiografía registra que en la década de 1780 dio inicio una crisis general para la península de Yucatán, que se prolongó hasta después de su separación del imperio español en 1821. El descenso del precio de las mantas y patíes de algodón en los centros consumidores desarticuló el circuito de la explotación formado por la tributación y los repartimientos y condujo a una transformación radical en el uso de la mano de obra indígena. Estos acontecimientos se vieron reforzados por las ideas liberales políticas que llegaban desde la metrópoli y por las reformas borbónicas que modificaron el sistema novohispano (Farris, 1984; Quezada, 1993; Bracamonte y Sosa y Solís Robleda, 1996; Peniche, 2002).

En la segunda década del siglo xix, Yucatán vivió un gran éxodo de familias indígenas que abandonaron los pueblos para fundar ranchos en lugares apartados, lejos del alcance de los españoles y del clero católico.

En los últimos cincuenta años del Virreinato se pugnaba por el desarrollo ganadero y agrícola y con esto, por una redefinición de la propiedad territorial. Las haciendas, con las normas jurisdiccionales sobre la tierra dadas por la constitución de la Monarquía Española, instaurada en 1813, o Constitución de Cádiz, y las leyes de colonización de terrenos baldíos de 1825, 1841, 1844 y 184711 fueron conformando otro territorio. En este proceso, los ranchos12 indígenas dispersos en antiguas repúblicas no pudieron defender las tierras públicas que prácticamente quedaron en calidad de “recursos” asociados a la tierra baldía. Los ch’ibales e individuos que no tenían cómo demostrar la tenencia de sus tierras quedaron indefensos frente a la política de colonización de baldíos (Bracamonte y Sosa, 2000, p. 159).

El despojo y cuestionamiento de la posesión territorial de los mayas fue una de las causas profundas que produjeron la sublevación indígena que estalló en julio de 1847.13 Durante la Guerra de Castas, la agricultura y la estructura familiar mantuvieron las prácticas antiguas, junto con los dioses y ritos a ellas asociadas (Reed, 1987, p. 207).

Al concluir la Guerra de Castas, y en cuanto a la propiedad de la tierra, la pacificación se limitó a otorgar el derecho de los indígenas para regresar a vivir a los antiguos solares y tierras que poseían previo a ese evento, aunque demostrando con títulos su propiedad legal. Respecto a la tierra, la única ventaja para los rebeldes fue que se aceptó que continuaran residiendo en los asentamientos fundados durante el conflicto, pero en calidad de rancherías sujetas al pueblo más cercano (Bracamonte y Sosa, 2000, p. 162).

Otro elemento significativo que se dio en tiempos novohispanos fue el descenso en la edad del matrimonio: de veinte años, edad habitual de matrimonio antes de la Conquista, se redujo a los catorce para los varones y a doce para las mujeres. Tan pronto como finalizaban su asistencia obligatoria a la doctrina comenzaban a pagar impuestos. La causa nuevamente fue la presión española con motivos diversos, como el de los sacerdotes, que inducían los matrimonios a temprana edad por sostener que eran una garantía contra la inmoralidad sexual —por lo que incitaban al matrimonio precoz e inclusive encerraban en los conventos a los rezagados hasta que sus padres o los mismos religiosos encontraban el cónyuge adecuado—, hasta los motivos financieros, ya que se podía reclutar desde muy temprano a gente para las tandas de trabajo y los repartimientos (Farris, 1984, p. 278).

Es de notar, por otra parte, que a pesar de la introducción generalizada de los nombres propios de los santos en el bautizo cristiano, el apellido del padre se mantuvo como eje de filiación, lo que dio continuidad a los grupos parentales identificados por el patronímico. Esto es, los hijos de Chel y todos los que portaban ese apellido se consideraban parte de un mismo grupo y usaban el plural para identificarse (Bracamonte y Solís Robleda, 1996, p. 93).

El grupo de familia de tres generaciones continuaba siendo la unidad de residencia, aunque con menor frecuencia bajo el mismo techo. La producción de maíz, por lo general, todavía era fruto del esfuerzo cooperativo de un pequeño grupo de hombres del mismo patrilinaje o ch’ibal, los milperos, que a menudo constituyeron el núcleo de un rancho alejado y trasladaban esa misma estructura a otras ocupaciones. En los documentos que Farris (1984, p. 407) revisó queda señalado que: “Padre e hijos, tío y sobrinos también se encuentran juntos sirviendo como mayoral y vaqueros frecuentemente en la misma estancia”.

La migración desde las ciudades y comunidades novohispanas, documentada por los historiadores, sugiere que varios grupos conformados por una o varias familias extensas se disgregaban y huían de las presiones ejercidas por los españoles; los grupos de jóvenes parejas casadas con uno o más hijos pequeños y aquellos con las mayores responsabilidades, migraban a las selvas o a los pueblos alejados de las ciudades novohispanas (Farris, 1984, pp. 319, 328; Quezada, 1997, p. 86).

Tal proceso de dispersión de los indígenas mayas en Yucatán rara vez fue resultado de la acción de un solo individuo o de una familia nuclear y más bien fue la agrupación de varias familias nucleares o de una familia con algunos adultos —usualmente hermanos, hijos mayores u otros varones del patrilinaje que cultivaban milpas comunes o adyacentes que conformaban la unidad básica de producción de alimentos— los que constituían el núcleo de un nuevo poblado, en un proceso similar al de fundación y asentamientos descrito para el pueblo de Chan Kom a principios del siglo xx (Redfield y Villa Rojas, 1934, pp. 22, 30; Redfield, 1944, p. 72).

Peniche (2002) afirma que la migración de los indígenas mayas en el siglo xviii implicó la pérdida de lazos de un sector de la población indígena con sus comunidades de origen, debilitando el funcionamiento de los pueblos coloniales. Pero también indica que la incorporación de contingentes importantes de población maya al trabajo de las empresas españolas (estancias ganaderas, sitios) no significó una transformación radical en las formas de convivencia nativa, sino que brindó a un sector de la población indígena la posibilidad de la continuidad en algunos de sus principios organizativos.

Esta autora analiza la migración de los indígenas mayas mediante la revisión de las matrículas de tributarios de 1803, producto de la visita de un intendente a once pueblos de la provincia, en cuyas matrículas se registran el nombre y apelativo de todos los residentes de pueblos, estancias, ranchos y sitios. Y muestra, por una parte, que los sistemas de linajes patrilineales o ch’ibales persistieron pese a la migración, con una marcada tendencia indígena a mantener en sus nuevos lugares de residencia la organización de los ch’ibales.14 Por otra, que en algunas estancias hubo una mayor disolución de dicha unidad de organización (Peniche, 2002, p. 145).

En este sentido, si bien hay argumentos respecto a que durante la Colonia la migración en algunas regiones de la península de Yucatán se dio hacia las estancias de los españoles, en otras, como en la región más al oriente, varios grupos mayas prefirieron vivir en la clandestinidad, por lo que vendían sus pocas prendas y animales y abandonaban sus casas para huir hacia el “monte” o “la montaña”, donde lejos de las poblaciones españolas subsistían con la milpa tradicional, conservándose devotos en sus ofrendas de incienso y sacrificio (Sánchez de Aguilar, 1987, p. 57).

Se trataba de las selvas del sur y oriente de la península de Yucatán que hasta entonces estaban fuera de control y habían sido el refugio de prófugos durante toda la época colonial. Varios de estos indígenas rebeldes, advierte Jones (1989, pp. 104-105), vivían en las inmediaciones de las villas españolas e intercambiaban miel, cera y otros productos a cambio de cuchillos, ropas bordadas, semillas de cacao, copal, hachas, machetes y sal. De hecho, aclara el mismo autor, se creó un mercado clandestino terrestre y fluvial entre los llamados tahitzá, habitantes autónomos del Petén guatemalteco, y los rebeldes de la península yucateca, misma ruta de intercambios que permitió la prosperidad y la manutención de los que decidían vivir lejos del vasallaje español. Algunos líderes apoyaban a los indígenas rebeldes comerciando con ellos y dándoles refugio y protección. Hubo casos en los que la comunicación entre ambos grupos inconformes llegó a derivar en la rebelión de toda una población encomendada o hacendada, pues había constantes acuerdos para liberar a los sirvientes, matar a los españoles, quemar sus casas y robar sus haciendas (Jones, 1989, pp. 104-105).

Todos los grupos mayas independientes del periodo de la Guerra de Castas y después de la misma estaban organizados en conjuntos “multipueblos” más o menos aliados, que reconocían a un pueblo principal con funciones políticas y militares y que, en el caso de Chan Santa Cruz, tuvo además funciones religiosas. San Pedro tenía pequeños “conjuntos” como Lochhá y Xkanhá, “cantones”, y Chan Santa Cruz en su base tenía “subtribus” (Jones 1989, pp.139, 189).

En estos procesos, las relaciones de parentesco, sobre todo las expresadas con el grupo de parientes, jugaron un papel principal en la sociedad maya. Poseer un sólido grupo de parientes masculinos fue importante en todos sus niveles. Para los macehuales significaba una ayuda mutua por la supervivencia física; para la nobleza representaba la protección y aumento de la riqueza del grupo, además del apoyo de otros principales para ser elegidos para algún cargo (administrativo, político, eclesiástico), lo cual determinaba la suerte de una familia o de un patrilinaje o ch’ibal (Farris, 1984, p. 357; Bracamonte y Solís Robleda, 1996, p. 126).

Organización social: su proyección en el espacio

Sobre la organización social territorial, nos ocupamos aquí de los mayas de la península de Yucatán,15 de su organización social en el espacio, aunque se retoman ejemplos de otros grupos mayas.

Para los grupos mayas en general, el parentesco ha jugado un papel determinante en cuanto a la propiedad y el uso de las tierras colectivas y de otras formas de tenencia. La apropiación, la propiedad o el usufructo y su herencia, se regían, como hoy, por un modelo patrilineal.

Lo que sabemos al respecto sobre los mayas de la península de Yucatán deriva de las conclusiones de Roys en la década de 1950, las cuales se enriquecieron con las investigaciones de Tsubasa (1992) y Quezada (1993), su discusión permite ver la relación entre organización territorial y parentesco (figura 1.1).

Figura 1.1. Escala de organización social territorial de los mayas, época prehispánica


Ch’ibal: Familia extensa. Grupos de varones emparentados patrilinealmente con sus mujeres e hijas solteras. Unidad económica cooperante. Grupo residencial patrilocal exogámico. Linajes agnaticios. Compartían un mismo patronímico. Ejercían dominio sobre una fracción de tierra. Podían conformar facciones políticas hacia el interior de las repúblicas de indios

Cuchteel: Barrio o parcialidad. Aldeas bajo el dominio de un ah cuch cab. Grupos de familias extensas con residencia patrilocal y filiación patrilineal. Patrilinaje exogámico. Unidad residencial identificada por un topónimo. Tenía dependientes familiares o no de un señor principal. Entidad política, administrativa, militar, de trabajo por cooperación y ayuda mutua

Cah: Administrado por un batabil. Patrilinajes exogámicos. Entidad política. Funciones administrativas. Funciones militares. Base territorial de carácter comunal.

Cuchcabal: Organización política más compleja que los españoles llamaban provincia. Regida por un halach uinic. Lugar donde residía el poder.

Fuente: Elaboración propia con base en Roys et al. (1940), Haviland (1972), Farris (1984), Okoshi (1992), Quezada (1993), Bracamonte y Sosa y Solís Robleda (1996) y Restall (1997).

Con base en la documentación española del siglo xvi, Roys propuso que había tres formas de organización política territorial, a las que denominó como diferentes estados nativos o “provincias” (Roys, 1957, p. 6) y que correspondían a las distintas agrupaciones políticas que unían a los pueblos mayas del norte de la península yucateca.

El primer tipo de organización política lo conformarían las provincias bajo el dominio centralizado de un solo señor, el halach uinic, quien ejercía el control de los pueblos sujetos a través del batab. El segundo tipo consistía en provincias confederadas, cuyo poder era ejercido por el grupo de batabes que gobernaban a los pueblos integrantes de la provincia. El tercer tipo era el más simple, ya que la provincia era un grupo de pueblos independientes entre sí que se aliaban para su defensa y cooperaban habitualmente en política exterior.

Respecto a la organización interna de los pueblos, se ha propuesto una división en “barrios” administrados por el ah cuch cab, esto es, unidades políticas de menor tamaño con cierto grado de autonomía. Cada barrio tenía su propia denominación y podía tener varios patronímicos que designaban linajes (Roys, 1957, pp. 5, 7, 74).

A la difundida y aceptada propuesta de Roys, se han agregado dos investigaciones que aportan más datos para la discusión sobre el conocimiento de la sociedad maya del siglo xvi, nos referimos a las investigaciones de Sergio Quezada y la de Tsubasa Okoshi. El primero privilegia la territorialidad en su análisis y, el segundo, las relaciones de dominio y sujeción.

Quezada aborda los tres niveles de organización territorial: el cuchteel o “barrio”, el batabil o cah o pueblo y el cuchcabal o provincia. Concibe al cuchteel como una unidad básica análoga al calpulli mexica que se integraba por grupos de familias extensas (Quezada, 1993, pp. 38, 42). En oposición a Roys, quien postula que el cuchteel fue exclusivamente una unidad político-territorial con cierta autonomía, Quezada afirma que fue una institución más compleja que se integraba por grupos de familias extensas con residencia patrilocal, es decir, los ch’ibales, los cuales, con normas de filiación y sucesión patrilineal, eran una unidad residencial identificada con un topónimo, y agrega este autor que era la pertenencia al cuchteel lo que permitía el acceso a la tierra cuya tenencia era comunal. Asimismo, por las características que asigna al cuchteel, se entiende este como una unidad administrativa, militar, de trabajo por cooperación y ayuda mutua y una entidad política. Todos estos rasgos le dan la pauta a Quezada para fundamentar su propuesta de equiparación del cuchteel con el calpulli.

En cuanto al batabil o cah o pueblo prehispánico, Quezada (1993, p. 42) toma nuevamente el espacio territorial como punto central, pues considera que era sobre este que el batab ejercía su dominio. Mientras que el cuchcabal, o tercer nivel de organización, el cual se da entre la capital donde reside el poder y el territorio gobernado, lo entiende en el sentido de lugar o idea de territorio. El sufijo al tenía la función de adjetivar el territorio (Quezada, 1993, pp. 34, 36).

Okoshi, en cambio, no considera que el cuchteel tenga el sentido de “barrio o parcialidad”, debido a que en su análisis lingüístico del Códice de Calkiní encuentra que esa palabra siempre alude a los funcionarios que pertenecían al grupo gubernamental de un batab o un principal, razón por la que se decanta por privilegiar las relaciones de dominio y sujeción cuando define el término cuchteel (Okoshi, 1992, p. 210).

Para el segundo nivel de organización, Okoshi plantea que el pueblo era el “lugar donde se desarrollaba la vida cotidiana” (Okoshi, 1992, pp. 253, 255) y que los gobernantes entendían el “pueblo” en tanto entidad política que implicaba la relación de gobernantes-gobernados, la cual, según los vínculos político-religiosos se cohesionaba o unía a los dirigentes de las aldeas o cuchteles sujetos o dominados. La idea de “territorio” de un pueblo se basaba en los lazos gobernantes-gobernados y no en el principio de propiedad (Okoshi, 1992, p. 259).

Para Okoshi, el pueblo prehispánico es el componente básico de la estructura del cuchcabal. Los pueblos tenían un asentamiento principal y varias aldeas llamadas cuchteel que estaban bajo el dominio de un gobernante o tzucul, como parte de una estructura político-territorial (Okoshi, 1992, p. 247).

En el tercer nivel, Okoshi privilegia las relaciones de dominio y sujeción, ya que considera que este concepto enfatiza la relación política entre los gobernantes de la capital y sus batabes sujetos. En su interpretación lingüística del término cuchcabal, señala que cuch significa “la carga que trae el oficio” o “aquello que se carga”. Y el morfema cab lo toma en su primera acepción, “para las personas que habitan un lugar”. En cuanto al sufijo al, a diferencia de Que­zada, le asigna un papel nominal y relacional (Okoshi, 1992, pp. 252, 253, 266). En la figura 1.1 se aprecia la estructura de estos niveles con las características propuestas por los diferentes autores.

Aunque ambos autores discrepan en su análisis, ya que uno se pronuncia por el sentido de territorialidad y el otro por el sentido de sujeción interpersonal, el término comprende ambos aspectos: la población o la gente y el territorio, seguramente los dos elementos constituían parte del mismo proceso de control sobre el espacio y sus pobladores.

En cuanto al nivel del cuchteel o “barrio”, Estrada (2011) da evidencia etnográfica de los mayas actuales y aporta elementos para observar la continuidad de algunos aspectos del cuchteel, tal y como lo percibe Quezada.

En la década de 1930, y para los mayas de Chan Kom, Yucatán, Robert Red­field y Alfonso Villa Rojas emplean el término de “la gran familia” para referirse a un grupo agnaticio, más o menos localizado. Con ello designan a los agrupamientos familiares formados por los padres, los hijos varones y los hermanos varones del padre que viven en una o varias casas construidas en el mismo terreno, como “organización ideal” versión de las personas de edad avanzada de cómo deben ser las cosas (Redfield y Villa Rojas, 1934, p. 89). En 1948, Redfield realizó otro estudio de Chan Kom, en el que observó que la “gran familia” seguía desempeñando un papel importante, aún más visible que en 1931 (Redfield, 1964, pp. 82-83).

Cuando Estrada (2011) habla del ch’ibal lo refiere y registra con el nombre del primer apellido paterno del grupo, y describe que estas unidades ya no se conforman con familias extensas, sino con familias nucleares integradas en agrupaciones patrilineales. De igual modo indica que en los pueblos existen aglomeraciones de varios huertos cuyos dueños están emparentados vía patrilineal, esto es, vía las patrilíneas limitadas localizadas.

En cuanto a la palabra ch’ibal, Estrada (2011, p. 56) documenta que actualmente solo la usan las personas de mayor edad para identificar un espacio productivo que la mayoría de las personas denominan inrancho o rancho, un espacio productivo que describen como: “mi semilla, mi raíz, aquí lo que se produce es de mis hijos y de los hijos de mis hijos, es mi semilla, es mi ch’ibal”.

Por su parte, Quezada (1993, pp. 38, 42) concibe al cuchteel como una unidad básica de grupos de familias extensas con residencia patrilocal y con normas de filiación y sucesión patrilineal, en tanto que los ch’ibales corresponden a una unidad residencial identificada con un topónimo. Este investigador incorpora la idea de que era la pertenencia al cuchteel lo que permitía el acceso a la tierra y que la tenencia de esta era comunal.

Sin embargo, Estrada (2011, p. 305), en el arreglo espacial de los asentamientos del ejido Xhazil Sur y Anexos en el centro de Quintana Roo, no encuentra ese uso topónimo, pero observa vecindarios o conjuntos de solares donde los grupos domésticos están emparentados por vía paterna, con base en un principio de filiación patrilineal. En las áreas del ejido con tenencia comunal, la milpa se realiza con base en los “rumbos familiares”, es decir, espacios para un grupo agnaticio. Esto significa que pertenecer a un grupo agnaticio le da el derecho del usufructo de la tierra al individuo varón.

Henri Favre (1973), en su revisión de varios trabajos sobre los tsotsiles y los tseltales de los Altos de Chiapas, destaca la presencia de una “familia patrilocal extensa” que comprende tres generaciones unidas por filiación directa en línea paterna, o sea “un hombre y una mujer, sus hijos solteros, sus hijos casados y sus esposas y los hijos de éstos. Las hijas se casan fuera del grupo familiar y residen, tras un corto periodo de uxorilocalidad posmatrimonial, en la familia patrilocal extensa de su marido” (p. 201). Señala asimismo que el que detenta todas las tierras es el jefe de familia, y este también administra las que su esposa recibe de sus padres. Los bienes raíces familiares solo se reparten a su muerte y las tierras de los miembros del grupo familiar se explotan colectivamente por el trabajo común entre hermanos, padres e hijos, tíos y sobrinos (Favre, 1973, pp. 201, 203).

En cuanto a Apas, Chiapas, es Collier (1976, p. 109) quien señala que la conformación de los grupos parentales se basa en un principio agnaticio que se manifiesta en la residencia patrilocal. Estos conjuntos se forman a medida que los hombres jóvenes casados, siguiendo una preferencia por la residencia patrilocal, fundan familias propias en sitios que proceden de las propiedades de sus padres.

Mientras que para los zinacantecos, Vogt (1979) menciona las reglas de residencia patrilocal y la herencia patrilineal que tienden a construir unidades domésticas en cada generación con esposas de otros linajes. Y al referirse a los grupos de parentesco, señala que “la mayoría de los grupos domésticos zinacantecos poseen una estructura patrilocalmente ampliada [y] están incrustados en una unidad social mayor: el linaje localizado (o sna)” (Vogt, 1979, pp. 47-48).

En tanto que para los tseltales de Bachajón, Chiapas, se han empleado los términos “linajes” o “patrilinajes” para definir los grupos designados por los patronímicos tseltales (Bretón, 1984, p. 134); este mismo investigador enumera las siguientes características:

Son grupos de parientes […] los segmentos localizados de esos linajes funcionan como grupos solidarios: es a través de su pertenencia a tal o cual grupo patronímico tzeltal que un individuo adquiere derechos sobre la tierra de sus ancestros agnados, la recibe en herencia y puede construir en ella su casa. La fragmentación y la dispersión de la propiedad tienden a disociar estos grupos en familias nucleares aisladas, pero éstos son todavía en gran medida grupos de residencia y de cooperación económica (trabajos agrícolas, construcción de casas, actividades rituales) bajo la autoridad de los hombres más ancianos de los linajes o de sus segmentos locales.

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361 p. 36 illustrations
ISBN:
9786078767533
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