Read the book: «Ciudad y fe»

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
www.ediciones.uc.cl
Ciudad y Fe.
Una introducción al estudio
de la geografía de las religiones
de Santiago de Chile
(1541-2018)
Abraham Gonzalo Paulsen Bilbao
© Inscripción Nº 2020-A-10839
Derechos reservados
Junio 2021
ISBN Nº 978-956-14-2829-4
ISBN digital Nº 978-956-14-2830-0
Diseño:
Francisca Galilea R.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Paulsen Bilbao, Abraham, autor.
Ciudad y fe: una introducción al estudio de la geografía de las religiones de Santiago de Chile (1541-2018) / Abraham Gonzalo Paulsen Bilbao.
Incluye bibliografía.
1. Geografía urbana – Chile – Santiago – Historia.
2. Religión y geografía.
I. t.
2021 918.3315+DDC23 RDA


ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I: EL ESTATUS DE LA RELIGIÓN EN LA GEOGRAFÍA MODERNA
Religión, vocablo significativo en la evolución de la geografía moderna
Francia, un nuevo locus para la geografía de las religiones
Estados Unidos de Norteamérica, una nueva caja de resonancia para la geografía de las religiones
La geografía de las religiones en la actualidad
Conversión y Espacialidad
Religión, religiosidad y espacialidades religiosas
CAPÍTULO II: RELIGIONES EN AMÉRICA LATINA Y CHILE
¿Qué pasa en el barrio? Dinámica del campo religioso en América Latina
El Chile actual y sus religiones
Otras formas de difusión espacial del fenómeno religioso
La lugaridad de la fe en estructuras alojadas en el espacio público: el fenómeno de las animitas en el contexto de una teoría del lugar
“Chile para Cristo”: algunas reflexiones acerca de los grupos evangélicos
CAPÍTULO III: CIUDAD Y RELIGIÓN: LA EVOLUCIÓN DE SANTIAGO DE CHILE DESDE UN ESPACIO UNIRRELIGIOSO A LA CIUDAD PLURIRRELIGIOSA DE LAS MASAS (1541-1960)
Santiago, ciudad fuerte parroquial (1541-1647)
Santiago, ciudad parroquial (1647-1830)
Santiago de Chile, la evolución de la capital unirreligiosa de la República (1830-1909)
Santiago de Chile, hacia la configuración de la ciudad de las masas (1909-1960)
Evangelismo en Santiago (1909-1960)
La Iglesia católica chilena en la primera mitad del siglo XX
Los credos urbanos y los procesos de secularización
CAPÍTULO IV: ANÁLISIS GEOGRÁFICO DEL CAMPO RELIGIOSO EN SANTIAGO DE CHILE (1960-2018)
Los pilares de la transformación socioespacial de Santiago entre 1973 y 1985.
La erradicación de campamentos y las radicaciones como fórmulas de incremento de la renta de la tierra
Expansión de Santiago y mercantilización del suelo urbano entre 1985 y 2018: procesos y consecuencias
Los templos entre la dictadura y la recuperación de la democracia (1973-2012)
Religión y ciudad durante la segunda mitad del siglo XX
La Iglesia católica y la evangelización de la capital de Chile entre 1960 y 1973
Secularización social y globalización: vientos favorables para la irrupción de los credos pentecostales y los neopentecostales
El estancamiento del proselitismo evangélico tradicional como expresión de la pérdida de capital simbólico y de la instalación de templos en la capital de Chile
Distribución espacial de las sectas mormona y Testigos de Jehová en Santiago
Secularización en Santiago: ¿cuestión de las clases medias?
LA ESPACIALIDAD RELIGIOSA ACTUAL EN SANTIAGO DE CHILE, ALGUNAS CONCLUSIONES
Conclusiones referidas a los vínculos entre religión y ciudad
Conclusiones vinculadas al problema del auge y declive de las civilizaciones parroquiales como causales de la producción de espacialidades plurirreligiosas en Santiago de Chile
¿Cómo y quién adopta las decisiones en materia de la instalación de templos en la capital de Chile?
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ÍNDICE DE TABLAS Y FIGURAS
INTRODUCCIÓN
¿Cómo y de qué forma se estructuran los paisajes urbanos religiosos en una ciudad como Santiago de Chile? ¿Qué relaciones existen entre las áreas sociales contenidas en una ciudad plurirreligiosa y las decisiones que adoptan los credos en materia de instalación de sus templos e infraestructura? ¿Puede establecerse la posibilidad de que, en un proceso de traslape espacial, el paisaje urbano evolucione en su condición de continente de lógicas de secularización a espacios de redención reciente? ¿Es la capital de Chile un dispositivo secularizado, secularizador y secularizante? Estas preguntas, considerando la ciudad de Santiago de Chile como caso de estudio, dieron cuerpo al trabajo que a continuación se presenta.
El estudio de la distribución de los templos desde dos enfoques permite responder a las interrogantes planteadas. El primero corresponde al paradigma de la geografía de las religiones, en el que se estudian los templos como materialidades que formaron parte de un paisaje o discurso urbano construido desde la fundación de la urbe, estudio que se formula a modo de superposiciones paisajísticas, ya que la ciudad puede concebirse como un mosaico temporo-espacial de continuidades y cambios morfológicos (Dando, 2009; Hervieu-Léger, 2005; Knott, 2005; Paulsen, 2005b; Racine &Walther, 2006; Rosendahl, 2009). El segundo enfoque es coherente con el hecho de que, en algunos casos, tanto la localización como la situación del edificio son claves que dan luces acerca de las relaciones entre lo religioso y otras fuentes sociales de poder, cuestión que es tratada por la geografía religiosa, corriente ligada con la fenomenología (McClelland, Foucault, & Clark, 1978; Nora, 1984; Pérez, 2004; Simpson, 2013), geografías de la percepción (Gensburger, 2008; Merleau-Ponty, 1980; Merleau-Ponty & Landes, 2013; Sommer, 1974; Tuan, 1996, 2007), tradición humanística (Tuan, 1996, 2001) y las geosofías (Stump, 2008).
Por otra parte, las teorías actuales referidas al espacio geográfico (Cloutier, Martin-Matthews, Byrne, et al., 2015; Massey, 1994, 2003, 2005; May & Thrift, 2001; Oslender, 2010; Thrift, 2003) permiten al geógrafo indagar acerca de las prácticas, representaciones y conductas de las religiones que se expresan mediante la producción de lugares de culto en el espacio, así como en aspectos tales como globalización, identidad, tradición, diferencia, modernización, entre otros, considerando que las manifestaciones del hecho religioso son hoy en día prácticamente ubicuas en la superficie planetaria, especialmente en lo que concierne a las religiones monoteístas (Champion, 1997; Kepel, 2005; Stepan, 2012; Turner, 2006).
Lo anterior desafía a la teoría y a la metodología de la geografía a revisar, pues conduce a aplicar al estudio de los credos las concepciones de espacio, lugar, locación y paisaje, con el fin de discriminar lo propio y específico de lo común y global, ya que prácticamente no existen lugares en el mundo en los que la religión no se manifieste bajo alguna forma e intensidad. Eso genera, entre muchas consecuencias, la multiescalaridad del fenómeno en convivencia con múltiples maneras de modificación que les son producidas desde lo local y también con la construcción de identidades o personalidades espaciales según la variable religiosa. Tal fue el caso de Santiago, que evolucionó desde un paisaje unirreligioso, recoletano y conventual, a otro plurirreligioso, dinámico y global, pese a lo cual los templos se mantienen como componentes estructurales fundamentales del paisaje urbano.
En lo que concierne a los aspectos internos de las edificaciones religiosas dedicadas al culto, recurriremos a los aportes de la geografía de lo religioso (Racine & Walther, 2006), la cual aborda el estudio de las propiedades del espacio sagrado, el modo como un área o un territorio adoptan dicho carácter, o cómo este es asignado por los individuos o por un grupo social específico. Este enfoque se relaciona con la fenomenología y aborda cualitativamente las conductas que los individuos y las colectividades adoptan, mediadas por las experiencias que mantienen en sus prácticas diarias con la dimensión de lo sagrado (Hervieu-Léger, 2005; Knott, 2005; Kong, 2001a; Thomas, 1997; Woodhead, 2011). En menor medida, también nos basaremos en algunos aspectos y propuestas de la geografía espiritual, que se orienta a la descripción y análisis de problemas de sentido, y al estudio de la influencia normativa de los sistemas de creencias (Racine & Walther, 2006).
La confluencia de paradigmas se explica en la complejidad del fenómeno religioso en todos sus aspectos. La instalación de templos –nuestro foco– no es un proceso que se pueda separar de racionalidades económicas, sociales, culturales, espirituales y estratégicas (por nombrar solo algunas de las vertientes comprometidas) que coexisten en la ciudad, con distintos niveles de relevancia según sea el caso. Todos estos componentes influyen en que exista un tipo específico de espacialidad asociado a la clave religiosa de las conductas y elecciones que individuos y grupos humanos adoptan en distintas escalas.
Por lo anterior, la geografía en general y la geografía de las religiones en particular tienen la tarea de estudiar la espacialidad de las creencias más relevantes de la población chilena, comparándola con las suscitadas por los procesos de secularización impulsados desde el Estado, con distinta fuerza y diversos enfoques desde su separación de la Iglesia de 1925 en adelante, entendiendo que la religión, como plantea Hervieu-Léger, ha encontrado una nueva pertinencia social, política y cultural en una modernidad en crisis (Hervieu-Léger, 2005). Tal esfuerzo es el que nos ocupará a lo largo de la presente obra.
Esta evolución de la modernidad en crisis coincidió con procesos de desacralización impulsados, incluso, desde el cristianismo. La primera desacralización corresponde al mundo natural, que fue despojado de su poder mágico, a lo cual siguió la política, en tanto se cuestionó el origen sagrado del problema del poder y la autoridad, y en tercer lugar la dimensión estética de la sexualidad, considerada ídolo (Cox, 1968, 1984). Estas desacralizaciones, más que generar la desaparición de la religión (por ejemplo, a causa de la secularización), provocaron la irrupción de nuevas formas de fe, que hicieron que las religiones tuvieran una extensión mayor a las de las estructuras y jerarquías eclesiásticas, con distintos objetos y niveles de significación (Dando, 2009; Jindra, 2011; Warf & Winsberg, 2010).
A continuación, apelando a la dimensión urbana del fenómeno religioso, daremos cuenta de la geografía del hecho religioso en Santiago de Chile, en el período comprendido entre 1960 y nuestros días. La geografía de las religiones que queremos desarrollar en las páginas siguientes parte de la consideración de los elementos materiales del fenómeno religioso presentes en esta ciudad, ya que estos posibilitan la descripción y análisis de la espacialidad asociada. Sostenemos que el espacio donde operan las religiones está unido a la temporalidad, de modo que lo pasado se hace presente y se transforma en causa de sucesiones que se construyen y fragmentan permanentemente, como también lo hacen otros procesos de carácter social y/o cultural. Sin embargo, pocos hechos o tipos de sucesos tienen la capacidad de las religiones de actuar entre los intersticios o las capas de espacios traslapados que constituyen la realidad cotidiana, invocando un pasado originario que, paradojalmente, para hacerse inmutable es recreado y proyectado como causa de futuros posibles que no son solo tiempos en disputa, sino también espacios que se están construyendo y modificando de manera permanente.
La mayor parte de las ideas aquí expresadas se fundan en tres grandes aportes: el primero, los resultados de la tesis doctoral “Las iglesias y la configuración del espacio social en Santiago de Chile (1541-2012)” de nuestra autoría; la segunda, el apoyo de la Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile que, mediante la apertura de un concurso orientado a publicar las investigaciones de los docentes, permite que este libro exista; y, tercero, el aporte de CONICYT-FONDECYT, por cuanto los insumos para la producción del presente texto se deben al financiamiento del Proyecto FONDECYT de Iniciación 2015-2018, número 11150541, titulado “La espacialidad de las áreas metropolitanas de Valparaíso, Santiago y Concepción (1960-2015): Religión y Sociedad en el contexto del pluralismo religioso y la secularización”, que nos ha correspondido desarrollar en el rol de investigador principal. Corresponde agradecer a cada una de las instituciones mencionadas, así como también a académicos, amigos de toda la vida y a estudiantes, que han ayudado de muchos modos a la mejora de ideas, redacción, enfoques y contenidos en la presente publicación.
En el entendido de que la claridad de un texto depende, en gran medida, del orden con que el autor ordena las ideas en su mente, es que hemos organizado este libro en capítulos autónomos, donde cada uno responde una pregunta específica referida a la geografía de las religiones en Santiago de Chile desde 1960 a 2018. El capítulo I responde a la pregunta epistemológica, esto es, en él se justifica el abordaje escogido para describir y explicar la dinámica espacial de once credos. El capítulo II responde a una pregunta de contexto, esto es, cómo se comporta la religión en América Latina y el resto del país, analizando principalmente el comportamiento contemporáneo de los principales credos según diversas fuentes censales. También se analiza el aporte de las confesiones –especialmente, de la católica– a la educación del país, entendiendo a los establecimientos educacionales como espacios de socialización, divulgación de la fe, entrega de formación valórica para las familias y los estudiantes, y cultivo de las ciencias y humanidades sostenido en la visión cristiana del mundo. El capítulo III presenta la evolución histórica del comportamiento socioespacial de las religiones entre 1541 y 1960. Se construyó sobre la base de determinar los cambios producidos en la morfología urbana ante el paso desde una ciudad unirreligiosa a otra plurirreligiosa, en la cual se conformó un conjunto de áreas sociales caracterizadas por la presencia de a lo menos dos civilizaciones parroquiales: una, católica, donde los ritos y acciones sociales tienen su centro en una parroquia a cargo de un sacerdote, el cual debe plasmar la misión evangelizadora de la Iglesia mediante la administración preocupada de todos los habitantes de tal división geográfica. La otra civilización parroquial surgió reemplazando la figura del sacerdote por la de un pastor o líder religioso evangélico, que dirige el culto y apoya la conversión y compromiso de sus respectivos feligreses. El capítulo IV presenta algunos descubrimientos relacionados con la espacialidad religiosa actual en la capital de Chile, cuyo fin es responder a las preguntas que incluimos en el primer párrafo de esta introducción. Y cerramos el libro con un apartado de conclusiones, algunas de las cuales sugieren nuevas líneas de investigación y de oportunidades para la geografía de las religiones. Decidimos incluir la bibliografía empleada, como un aporte a quienes quieran seguir navegando por la temática religiosa por cuanto nos asiste la convicción de que queda mucho por hacer en el estudio de la importancia de las religiones en el desarrollo y morfología de las ciudades contemporáneas.
Un desafío que quedó a nuestro juicio pendiente fue reconocer otras expresiones religiosas que funcionan en la ciudad. Constatamos su existencia, pero lo hicimos sobre una base de datos y evidencias científicas insuficientes, quedando como tarea abordar temas como la reciente emergencia de cultos pentecostales y neopentecostales en vecindarios habitados por el estrato socioeconómico de mayores ingresos, las transformaciones del campo religioso asociadas a procesos migratorios recientes, y la transformación registrada en algunas congregaciones y denominaciones evangélicas a causa del empoderamiento de la mujer en cargos de liderazgo religioso y en la administración de las personas y de los recursos financieros de las iglesias. Por último, se hace necesario seguir profundizando en el estudio de las decisiones en materia de localización de templos y en las influencias de las variaciones en el mercado inmobiliario en la geografía de las religiones de Santiago, entre otros aspectos. Probablemente se trata de desafíos que darán origen a investigaciones inter y transdisciplinarias futuras.
Pido excusas por esta apostilla. En una de las tardes dedicadas a la redacción de estas líneas, nos enteramos de la muerte del académico e investigador de la Facultad de Letras, doctor Lésmer Montesino, a quien conocí en este último tiempo en un contexto de aprendizaje y trabajo conjunto. Un ser humano de tomo y lomo, afable, de sonrisa contagiosa y espíritu novel. Enseñaba lo mucho que sabía con gran vocación y modestia, pero lo que más recuerdo en este momento de escozor, pena y escándalo ante la muerte, es su compromiso con los pobres, con aquellos a los que nos cuesta investigar e, incluso, muchas veces, saludar. Vaya para el profesor Montesino un sentido homenaje.
Capítulo I
El estatus de la religión
en la geografía moderna
Si tratar temas religiosos en la cotidianidad es una tarea que demanda actuar con algún nivel de precaución, más son las cautelas que deben adoptarse cuando se abordan aspectos referidos a la esfera religiosa desde una ciencia como la geografía. A pesar de que la religión constituye un tópico presente tanto en las diversas variedades de investigación geográfica como en el campo de estudios autónomo de la geografía de las religiones, creemos necesario clarificar las concepciones referidas a la religión y al hecho religioso que enmarcarán el análisis del comportamiento espacial de esta clave fundamental en la vida de los individuos y de las sociedades. De eso trata el presente capítulo, que está dirigido a los interesados en el análisis del rol de la religión en el desarrollo de la teoría geográfica en Occidente desde los orígenes modernos de la geografía hasta nuestros días.
La geografía de las religiones o el estudio religioso de lo sagrado que proponemos define a lo urbano como una categoría que supera lo espacial, transformándose en un concepto significativo que alude a las acciones de los practicantes, acciones que los involucran consciente y reflexivamente en la medida en que transforman, crean y recrean sus prácticas religiosas en una lógica actuarial que considera los diversos significados del ethos ciudadano. Por ende, la religión es un tópico susceptible de ser abordado geográficamente, cuestión que profundizaremos a continuación.
Religión, vocablo significativo en la evolución de la geografía moderna
La religión fue un objeto de estudio clave en el desarrollo de Occidente desde los orígenes de la racionalidad griega. Diversas teodiceas y creencias asociaban lo santo a la creación de un universo pleno y ordenado en el que lo religioso era considerado el punto de partida originario de la explicación del mundo. Los romanos agregaron a esta perspectiva la consideración de lo religioso como un componente identitario fundamental de la ciudadanía, lo cual se refleja, por ejemplo, en la estructura del panteón romano y en la existencia de una religión oficial que en parte encarnaba los ideales del Estado (Glacken, 1996). La relevancia de las religiones en ambas culturas explica la magnitud de trabajos que, desde numerosas aristas, estudiaban al fenómeno religioso como un componente esencial de sus respectivos órdenes sociales, abordando este tipo de temáticas en diversas escuelas y tradiciones de las ciencias humanas y sociales.
La relevancia anteriormente consignada se mantuvo sin contrapeso hasta la irrupción de la Modernidad europea con sus respectivas cuotas de secularización, a pesar de lo cual siguió influyendo tanto en la identidad individual y societal como en las relaciones entre individuo, sociedad, cultura y territorio (Berger, 1971; Cadge, 2017), como lo demuestran las aristas religiosas presentes en dinámicas sociales, geopolíticas y culturales de la coyuntura histórica (Claval, 1999). En términos epistemológicos, lo moderno implicó trasladar la verdad desde el verbo al sustantivo (Berman, 1993), prescindiendo de la verdad revelada como patrón organizador de las teorías y metateorías referidas al ser humano y sus circunstancias, lo cual no implicó la desaparición de la clave religiosa, sino la vigorización de contracorrientes, especialmente en el debate científico (Berger & Luckmann, 1996; Dussel, 2000; Jünger & Habermas, 1989; Lambek, 2005).
En el contexto del Romanticismo, las convicciones religiosas de Ritter tiñeron al pensamiento geográfico buscando los reflejos en la realidad y en el orden y los propósitos divinos (Capel, 1981). Lo mismo hicieron ciertos matices panteístas contenidos en la obra humboldtiana, específicamente al integrar bajo la forma de experiencias religadas sus observaciones del paisaje que conocía, apreciaciones con las cuales el ser humano se sentía integrado y no aislado de lo natural. También esta visión se distanció de la descripción puramente científica del universo imperante en Europa desde el siglo XVII y retocada por el Neoclasicismo del siglo XVIII, ya que incorporó nuevas formas estéticas derivadas de una filosofía que acogía el misterio y el esoterismo (Gerard, 2005; Wulf, 2017). Ambos intelectuales pusieron en igualdad de condición las discusiones referidas a la operación de leyes físicas universales que había evidenciado la revolución científica del siglo XVII, con controversias referidas a las diversas expresiones culturales de las creencias y cosmovisiones en el paisaje, ya que si había una ley universal aplicable al hecho humano esta tenía que buscarse en factores individuales y sociales, siendo la religión uno de estos factores diferenciadores.
Tanto Ritter como Humboldt aplicaron nociones más o menos semejantes de medio para dar cuenta de las relaciones entre los seres humanos, las sociedades y el mundo inanimado en estudios geográficos específicos: esta concepción coincidía con las ideas imperantes durante el Romanticismo, especialmente la postura de integrar en una sola explicación las vinculaciones entre el medio físico y las acciones humanas (Ortega, 2000; Unwin, 1995). Humboldt no consideraba a la religión como un tipo específico de acción social que aportara a la explicación de la diversidad de la cultura y de los paisajes sobre la superficie terrestre. Ritter, en cambio, la consideraba un componente de la cultura y de la identidad nacional, y sus análisis contenían visiones míticas, teleológicas y providencialistas más propias de un convencido luterano que de un científico. Por ejemplo, relacionaba las formas geométricas de los territorios con el destino de los pueblos que los habitaban, involucrando a la historia y a la geografía en una explicación cargada de ideologías y preconcepciones, ya que consideraba que eran conocimientos que debían vincularse para comprender una realidad organizada que expresaba la voluntad divina.
La geografía siguió evolucionando principalmente en la tradición alemana. Friedrich Ratzel instaló la clave religiosa en las discusiones referidas a la distribución de seres humanos, culturas y sociedades sobre la superficie planetaria (Celarent, 2013; Natter, 2005), postura que continuaron geógrafos regionalistas y culturales durante el siglo pasado. De paso, en el contexto de las geografías culturales, tomaba cuerpo la geografía de las religiones con estudios descriptivos y análisis causales al interior de las escuelas francesa y anglosajona (Deffontaines, 1948; Ivakhiv, 2006; Knott, 2005; Kong, 1990, 2001b; Levine, 1986; Tse, 2014). Por ejemplo, Eduard Hahn sindicó a las religiones y a la ideología como aspectos clave en la evolución del sistema económico característico de cada cultura, relevancia que se mantuvo en la geografía cultural alemana que aglutinó además a Hahn Schluter, Meitzen, Passarge y Semple; todos, discípulos de Ratzel (Wagner, 2002).
En el enfoque cultural, los paisajes eran el resultado de la aplicación de herramientas y técnicas para la dominación del entorno, siendo la religión una de las herramientas utilizadas por diversos grupos humanos. A partir de esta premisa se formuló una teoría general acerca de las relaciones entre religión y medioambiente en la que la religión, más que ser un elemento modificador (del medio geográfico), era producida o modificada por el medioambiente en el que se desenvolvía la colectividad, generándose distintas formas y niveles de pensamiento (Claval, 1999; Fernández, 2006).
Emile Durkheim leyó la Antropogeografía de Ratzel y destacó la rigurosidad y novedad del estudio en términos de pretender ser una teoría social total. A su juicio, sin embargo, en ello residía su gran debilidad ya que no era posible, recurriendo a los mismos principios, explicar la conducta de todas las sociedades, como pretendían hacerlo los geógrafos humanos. Al respecto Durkheim señaló: “Sin duda las influencias geográficas están lejos de ser despreciables, pero no tienen la preponderancia exagerada que se les concede…. Entre los rasgos constitutivos de los tipos sociales, no existe ninguno que pueda ser atribuido únicamente a las influencias del suelo y ambientales, puesto que las condiciones geográficas varían de un lugar a otro” (Durkheim, 1980, p. 123). Un discípulo de Durkheim, Marcel Mauss, planteó que los fenómenos sociales debían explicarse por claves sociales y no ambientales, postura cuyo resultado fue la reducción de la geografía al estudio de variables tales como distancia, espacio o posición, sin que avanzase al análisis de la morfología social, que se transformaba en el objeto de estudio casi exclusivo de la sociología (Mauss, 1979).
Francia, un nuevo locus para la geografía de las religiones
El protagonismo de la discusión geográfica acerca del fenómeno religioso se instaló en Francia desde fines del siglo XIX mediante los aportes de Paul Vidal de la Blache, a quien las lecturas de textos de Ritter y de la Antropogeografía de Ratzel lo inclinaron a destacar en los estudios geográficos al ser humano y a la cultura por sobre el medio, tendencia opuesta a la forma tradicional de analizar los fenómenos de la naturaleza y de la cultura a la fecha subsumidos en reglas, principios y leyes positivas y naturales que abundaban en ese entonces en la geografía. Centrándose en el ser humano, esta nueva propuesta para la geografía logró la unidad sobre la base de la naturaleza y la vida, y se dedicó a la búsqueda en la historia natural (específicamente, la geología) de métodos regionales a partir de los cuales superó los ripios del enfoque ratzeliano (Romero, 2001). Según Vidal de la Blache, la geografía tenía el encargo especial de estudiar cómo los acontecimientos históricos dinamizaban y modificaban al paisaje, por cuanto el ser humano tenía capacidades diferentes (según los lugares) de transformar la fisonomía de la tierra aplicando estrategias individuales y colectivas sobre el medio.
La geografía pasó a ser entonces una ciencia de los lugares y no de los seres humanos, ya que la cultura era el mecanismo que explicaba la capacidad que tiene el hombre de transformar la fisonomía de la tierra y el recurso mediante el cual se humanizan los paisajes definiendo géneros de vida, sustento del método regional, el gran invento de la obra vidaliana que posibilitaba el estudio de las relaciones entre las características ambientales y las formas de vida, especialmente expresadas a través del trabajo. Resultaba fundamental cautelar dos aspectos: (1) no había que confundir lo determinista (como única condición necesaria) con lo posible, y (2) que era necesario un conocimiento profundo de las unidades territoriales con el fin de seleccionar adecuadamente las variables a partir de las cuales describir y explicar las individualidades geográficas que en definitiva condicionan las posibilidades de adaptación de las colectividades. Se concibió a la cultura y la acción humana como factores decisivos de la transformación del espacio (Romero, 2001).
Desde el método regional, con el auxilio de la historia se formuló la teoría del posibilismo en una serie de monografías regionales, y así se forjó una nueva escuela cuya principal fortaleza fue haber restituido un lugar prominente al ser humano y sus hechos (la cultura, los géneros de vida), como objeto de estudio de la geografía. Este esfuerzo se vio beneficiado por la aparición de los mapas geológicos de Francia a escala 1:80.000 entre 1873 y 1903, los que servirían de base para la definición de regiones humanas a partir de las relaciones ser humano-medio por sobre el estudio de las limitantes que los factores naturales imponían a las sociedades (Capel, 1981).
La problemática religiosa no fue desarrollada por Vidal de la Blache, pero sí por sus sucesores. Jacques Weulersse analizó las modalidades de influencia de prácticas y edificaciones religiosas en las características de los espacios africanos y orientales (Weulersse, 1931, 1940). Lucien Febvre realizó un análisis histórico de las agrupaciones humanas en el que la religión era un elemento identificador y diferenciador de los espacios que estudiaba. Estos y otros trabajos, entre los que se cuentan las obras de Jean Brunhes (Brunhes, 1948), Pierre Deffontaines (Deffontaines, 1948) y Pierre Gourou (Gourou, 1966), dieron pie a la materialización de una geografía de las religiones como una línea de investigación asociada a los estudios culturales. En estos estudios los templos eran considerados manifestaciones culturales acerca de las que se podía reflexionar en virtud de los materiales que lo constituían, los signos que integraba (Dando, 2009), los ritos que se practicaban, su distribución geográfica y las vinculaciones entre este tipo de edificios (Brunhes, 1948), el entorno y el resto de los que conformaban al asentamiento en el que se encontraba (Dando, 2009; Vincent, Verdier, 1995).
La primera consecuencia de la maduración de este tipo de subdisciplinas fue el reemplazo del nombre Antropogeografía por el de “geografía humana”, que incorporó durante la primera parte del siglo XX a un conjunto de estudios e investigaciones, a los que la geografía no había manifestado mayor preocupación con anterioridad, y a nuevos métodos cualitativos y cuantitativos provenientes de las ciencias sociales.
Pese a significar un importante avance en el tratamiento geográfico del problema religioso, los trabajos desarrollados por geógrafos de la religión de fines del siglo XIX y del XX han sido criticadas fundamentalmente por su carácter descriptivo y por una supuesta incapacidad para generar teorías formales (Ivakhiv, 2006; Park, 1994; Paulsen, 2005b; Proctor, 2006). Por ejemplo, Pierre Deffontaines, heredero de Vidal de la Blache, de la sociología de Max Weber y de la Escuela de los Annales, reflexionó acerca de la preeminencia de lo sagrado en la construcción urbana como una especie de elemento causal invariante presente en la gestación del hecho urbano. Se detuvo en la descripción, análisis y explicación de las formas como las religiones inscriben sus símbolos en la arquitectura y aportan a la interpretación de los elementos ambientales como manifestaciones de la divinidad (Deffontaines, 1948). La debilidad de este estudio es la propia de gran parte de los continuadores de la obra vidaliana, que consiste en que no logra dar cuenta satisfactoriamente de la especificidad de lo religioso en el ámbito territorial.
Estados Unidos de Norteamérica, una nueva caja de resonancia para la geografía de las religiones
Carl Sauer, formado a la vera del geógrafo alemán Alfred Hettner, consideraba a la religión un factor influyente en las modalidades de ocupación y uso del espacio (Sauer, 1975). Esta mirada se integró a una larga tradición investigativa que situaba a la religión como un ámbito de reflexión intensamente abordado por las ciencias humanas y sociales norteamericanas y que, en el caso de la geografía, más que generar una subdisciplina formó parte de estudios descriptivos-distributivos y de otros de índole cultural. Estos últimos se sustentaban en los conceptos “área cultural” y “paisaje cultural”, propios de la escuela alemana de los siglos XIX y comienzos del XX, utilizados para estudiar las influencias (determinaciones) que factores como el suelo y el clima ejercían sobre todos los niveles de la vida social (Crang, 1998).
A partir de los trabajos de Sauer se constituyó una corriente de investigadores que se conoció como la “Escuela de Berkeley”, desde la que se gestó un tipo específico de geografía cultural muy enraizada con la geografía histórica y con la geografía regional que produjo dos tipos de estudios. Un primer grupo corresponde a estudios acerca del territorio de los aborígenes norteamericanos, que criticó la forma como se llevó a cabo la conquista de América en todos los aspectos, incluido el ámbito religioso, línea investigativa que evolucionó hacia estudios referidos a las expresiones territoriales de lo formal y lo simbólico, a la identificación, descripción y explicación de ciertos principios organizadores de lo religioso y de lo sagrado en el territorio, y a una geografía urbana influida por la teoría social. Un segundo grupo se dedicó a la descripción y análisis de las formas y relieves norteamericanos y latinoamericanos (Flores, 2007).
La geografía de las religiones en la actualidad
Líneas investigativas actuales asociadas a los estudios urbanos y culturales intentan comprender el rol de lo religioso y de lo sagrado en la generación de atribuciones simbólicas a los espacios y edificios, en la organización espacial, en el control territorial, en la construcción de alteridad y en la evolución de las formas, como se vivencia lo sacro en la ciudad (Racine & Walther, 2006). Otra línea estudia las representaciones espaciales del fenómeno religioso y cómo este se relaciona recíprocamente con las condiciones del grupo social y del medio en que habita. Este enfoque entraña una oportunidad, pero también una amenaza: incorpora temas a la geografía humana y a la nueva geografía cultural, sumando variables sociales a las espaciales con el fin de construir explicaciones y teorizaciones más completas, ya que el “interés de los geógrafos por los fenómenos religiosos tiende también a ensancharse a todas las manifestaciones sociales que pueden agruparse bajo las voces de ‘religión y espiritualidad’” (Racine & Walther, 2006, p. 483). Pero, al mismo tiempo, puede ocurrir un distanciamiento de lo geográfico si es que se intentan explicar estos fenómenos solo desde lo social, descuidando variables espaciales y prescindiendo del análisis territorial.
Con el fin de clarificar el rol de lo geográfico en el ámbito de lo religioso, Erich Isaac diferenció a una geografía religiosa de otra geografía de la religión, siendo la primera una preocupación de los teólogos y de los estudios de religiones comparadas, mientras que la segunda es propia de los geógrafos (Isaac, 1963). El ámbito propiamente geográfico se transforma permanentemente debido a la afluencia de nuevos autores y temas de investigación. En este sentido, Kong convocó a la producción de nuevas geografías concordantes con los planteamientos de la Modernidad que estudien los diferentes sitios de la práctica religiosa más allá de lo oficialmente sagrado y que incorporen elementos perceptivos, sensuales y sensoriales y la diversidad religiosa originada por los contextos simbólicos, históricos, culturales, demográficos, morales locales (Kong, 2001b). Este planteamiento fue apoyado por Holloway y Valins, quienes, basándose en los planteamientos de Foucault, conciben a lo religioso como un sistema específico de ética, moralidad, arquitectura, ideas de patriarcado, construcción de leyes, gobiernos, etc. (Foucault, 1980; Holloway & Valins, 2002).
La geografía brasileña ha aportado significativamente al desarrollo de la geografía de las religiones, destacando los trabajos de Zeny Rosendahl y Roberto Lobato Corrêa, quienes estudian la espacialidad de los credos, la dinámica y estructura de ciudades religiosas o hierópolis, y las prácticas religiosas, entre otras temáticas, integrando las ramificaciones culturales y las cultuales con lo morfológico a lo simbólico, desde lo que está a lo que se cree, vivencia o se inscribe. Dicha perspectiva permite, a nuestro juicio, interpretar la dimensión simbólica de aquello numinoso contenido en los templos, entendidos como sentidos y signos disponibles en el paisaje cultural urbano (Corrêa & Rosendahl, 2004; Rosendahl, 2009).
Lo anteriormente consignado evidencia que estudios empíricos susceptibles de ser clasificados como parte de las geografías de las religiones han evolucionado en una serie de tendencias, como geografía denominacional, paisajes y organización espacial de grupos religiosos particulares, el desarrollo de centros sagrados y peregrinación (Sopher & Gay, 2006), a lo cual se suman estudios postcoloniales y postmodernos (Kong, 2001b).
Conversión y Espacialidad
La experiencia de conversión resulta un punto de partida inobjetable para el análisis geográfico del fenómeno religioso, por cuanto la pertenencia a un credo está mediada por un cambio personal donde el individuo pasa de un estado de no creencia a un tipo específico de opción religiosa o bien pasa de la pertenencia a una fe a otra. La explicación de esta situación primero, y sus posibles efectos espaciales después, requiere considerar los aportes de teorías que abordan en diversas escalas las vertientes, dinámicas, procesos y patrones del cambio religioso, por cuanto la conversión no es únicamente una cuestión de interés individual constreñida a la esfera privada, sino que afecta a lo colectivo y se engarza con problemáticas referidas a la secularización, al modelo de desarrollo, formas de comprensión de mecanismos de provisión y ayuda, comportamiento del capital humano, social, simbólico, sinergético, cultural, ética del trabajo, proyectos de vida, concepciones de propiedad, decisiones inmobiliarias, educativas, sanitarias, políticas, reproductivas, sexuales, de género, étnicas, entre los muchos factores que se entrelazan con el hecho de convertirse a un credo, incluyendo posibles transformaciones espaciales (Woods, 2012).
Los procesos de conversión en la actualidad son concebidos como una de las tantas expresiones de interacción entre credos que coinciden en un espacio-tiempo determinado, interacción que en el caso chileno no siempre fue pacífica, sino que en algunas épocas fue la culminación de confrontaciones cargadas de violencia y con nefastas consecuencias: incluso en la actualidad hay quienes sindican a la conversión como una forma inflexible de conquista (Mills & Grafton, 2003) donde los individuos, más que protagonistas, son expresiones de la coexistencia dinámica y cambiante entre grupos e instituciones y del rol y estatus público de lo religioso en una sociedad determinada (Habermas, 2002, 2006; Jansen, 2011; Jindra, 2011).
La inserción del país, primero al imperio español como espacio marginal de conquista, y sus posteriores engarces a otros arreglos geopolíticos de larga duración redundaron en que algunas prácticas de modernización funcionaran como factores estructurales que incorporaron racionalidades occidentales modernizantes a la cultura en general y a la religión en particular. Weber planteó que la incorporación de mayores cuotas de racionalidad al dominio religioso producía transiciones entre credos al considerarse a uno más racional que al otro (Weber, 2001), lo cual fue ratificado, en casos de conversión de evangélicos a católicos en un trabajo de Alcaino y Mackenna (2017), donde parte de la explicación del cambio se asoció a la consecución de un mayor estatus por parte de individuos que habían sido formados en el credo evangélico que les impulsaba a armonizar, mediante el cambio de religión, su locus social con las prácticas de sus nuevos entornos (Alcaino & Mackenna, 2017). En otra dirección, el paso de católicos a evangélicos, en el contexto de la ocurrencia de procesos de modernización, puede explicarse mediante la ocurrencia de un proceso de privación relativa ya que el sentido de comunidad de los grupos evangélicos morigeró, de mejor modo que el catolicismo, la exclusión y postergación de parte de la masa proletaria excluida, anómica y postergada (Lalive d’Epinay, 2009; Marshall, 1991; Parker, 1993). Ambas explicaciones respecto al cambio religioso resultan parciales, si es que no consideran aspectos referidos al tejido social y al posicionamiento individual y colectivo, pero significan un punto de partida para analizar los efectos espaciales de cambios en las adscripciones religiosas en el paisaje urbano santiaguino, ya sea de un credo a otro, de abandono o descuelgue religioso, o de la emergencia de sincretismos, secularización, postsecularización.
Religión, religiosidad y espacialidades religiosas
Cuando los primeros cristianos vincularon “religio” con la adoración de la verdad, declararon al cristianismo como único camino que conduce a Dios, por cuanto había una única verdad que funcionaba en un dualismo fundamental entre el mundo humano y el mundo transcendente de lo divino (Knott, 2005). Dicho concepto fue evolucionando y desde el siglo V d. C. en adelante se transformó en un nombre referido a un conjunto de individuos que llevaban un estilo de vida en espacios determinados, diferentes a otros que se desplegaban en espacios seculares, a hechos que ocurrían en un tiempo profano y opuesto esencialmente a los tiempos reflexivos o espirituales dedicados a lo divino (Hervieu-Léger, 2005; Paulsen, 2005b; Vries, 2008).
El paso de sustantivo a verbo del concepto “religio” introdujo componentes de espacialidad a la problemática religiosa y, por extensión, profundizó la diferenciación entre este ámbito y lo secular (Delumeau, 1997), lo cual se extendió al tema del cuerpo, que es el punto de partida de toda construcción espacial, que se genera mediante la conjunción entre la experiencia perceptivacognitiva, las estructuras del conocimiento y el desarrollo de representaciones espaciales que se extienden a la vida social y orden cultural (Foster, 1988; Lakoff, 2011; Meentemeyer, 1989; Mitchell, 2009; Pratt, 2012; Seibert, Kraimer, & Liden, 2001). Desde y con el cuerpo acontece la sacralidad como proceso cognitivo ya que se definen nexos con lo propio y la corporalidad de otros, un territorio en lo cual se aglutina lo interno y lo externo (Anttonen, 2007). El rito deviene de la sacralidad y es entendido como una composición de elementos culturales cuyo producto es el espacio sagrado, en el cual estos componentes se distinguen y transgreden de tal manera que no es posible categorizarlos separándolos en dominios puramente corporales o territoriales. Los templos son entonces corporeidades que contienen cuerpos, casas, hogares u organismos donde reside lo Santo en lo sacro (Otto, 2016).
La vinculación que proponemos entre lo Santo, prácticamente como un categoría móvil, y lo sacro como un atributo que tiende a fijarse, nos permitirá estudiar los templos como expresiones espacio temporales de la religión y religiosidad características de individuos y sociedades, así como también de las concepciones que estos manejan acerca de la divinidad y lo divino (Paulsen, 2005b, 2015). Las ideas religiosas son inseparables de las concepciones referidas a la Iglesia (entendida como congregación) y al templo, por cuanto ambas aluden a la dimensión material y práctica (eminentemente colectiva) de ritos repetitivos y esenciales que los credos realizan en espacialidades diferenciadas reconocidas como sacras (Durkheim, 2008; Goody, 1961; Johnson, Christiano, Swatos, et al., 2003; Küng, 2005; Pace, 2007; Woodhead, 2011).
Entonces, siendo la asociación sacralidad-espacialidad un elemento troncal común a los credos cristianos, la diversidad religiosa no afecta a las concepciones espaciales referidas al templo presentes en la mayor parte de las religiones, como lo evidencian algunas investigaciones referidas a los monoteísmos donde los lugares de adoración son primeramente espacios físicos que incluyen y excluyen, incorporan, consagran, unen, liberan y confieren estatus a las personas (Ammerman & Stark, 2007; Dietrich, 2013; Ra’ad, 2005; Uhde, 2014).
En lo que respecta a las ciudades, las formas urbanas y las religiones se encuentran inextricablemente unidas. Las religiones aportaron al origen del fenómeno urbano y se trata de una de las principales funciones de la mayor parte de conglomerados a través de la historia (Hawley & Mumford, 1961; Mumford, 1956, 2011). Entre otras filiaciones entre fe y fenómeno urbano en Latinoamérica, se puede consignar la existencia de hierópolis, la fundación de ciudades en espacios sacros y el hecho de que los templos fueron parte de la institucionalización de la conquista (Romero, 2004; Rosendahl, 2009; Sjoberg, 1988). Los trabajos sociológicos, antropológicos, históricos y geográficos decimonónicos y posteriores aportaron a la constitución de un modelo de génesis y desarrollo urbano que situó a la religión como una de las causas por las cuales surgieron las ciudades; esto es, como consecuencia de la instalación de un templo o por la existencia previa de un lugar que se reconocía como sagrado y que, por lo tanto, atraía peregrinos que practicaban alguna forma de devoción (George, 1974). A esta explicación, Deyan Sudjic agregó como requisito de evolución positiva, la tolerancia y convivencia entre los distintos credos y prácticas que puedan desarrollar los habitantes (Sudjic, 2017).
Es común definir a las ciudades como espacios para la producción y reproducción de intercambios. En lo que concierne a la religión, los intercambios se dan bajo la forma de recuerdos, memorias, deseos o esperanzas, e inciden en la adhesión a un credo o a la conversión, por cuanto, como señalara Calvino, lo utópico y diferente surge invisible primero, desde ciudades invivibles (Calvino, 2017).
A microescala, algunos templos replican la lógica de emplazamiento en lugares que eran considerados como sacros por un grupo social, por etnias y por culturas (Dawson, 2010; Tuan, 2001, 2009). La cualificación de una porción del espacio actuó como factor de localización. Tal parece ser el caso de Santiago de Chile: la instalación en 1545 del primer templo católico en territorio nacional, la Iglesia La Viñita, localizada a los pies del Cerro Blanco, consagrada a la Virgen de Montserrat, que habría sido un centro ceremonial anterior a la llegada de los conquistadores españoles a la Cuenca de Santiago (Cornejo, Gandolfo, González, et al., 2010).
Analizaremos posteriormente el caso de la ciudad de Santiago, capital de Chile, porque, tal como dijo Guarda, “nuestras ciudades (refiriéndose a las ciudades chilenas), desde su creación, se diseñaron de manera que su sello fuese la presencia eminente de iglesias, comenzando por la catedral, cuyos fundamentos, como motivo culminante, se echan en la solemne ceremonia fundacional, junto con la celebración de la primera misa y el canto del Te Deum de acción de gracias, acta de bautismo cristiano, que le marca un destino, un proyecto de vida eterna” (Guarda, 2016, p. 292).
La idea del templo como “un lugar de reunión y encuentro” identifica a la mayor parte de las corrientes cristianas y filocristianas que operan en América Latina y en Chile en la actualidad, donde el lugar en que se practica el rito es un locus significativo que contiene la Revelación a la que comunica, representa, decodifica y ritualiza, ya sea en la práctica del rito o mediante imágenes u otras formas de lenguaje (Hervieu-Léger, 2004, 2005; Paulsen, 2015). El análisis de la distribución geográfica de los templos supone contextualizar sus respectivas localizaciones con problemáticas urbanas asociadas a la conducta de los agentes urbanos, dinámicas del mercado de los suelos, impacto del proselitismo de los credos en áreas sociales, entre otros factores, ya que los templos, como hemos señalado anteriormente, expresan de modo visible los intereses y acciones que distinguen a los grupos religiosos de otras organizaciones seculares y no seculares. Son un texto, un discurso que refiere y rememora a los grupos que los construyen y son la síntesis entre mito y rito, lugar en donde se hacen visibles lo invisible y los imaginarios asociados a la esperanza, y evidencian el grado de compromiso que cada colectividad tiene con este tipo de mensaje, así como también a qué interlocutor privilegian como mensajero de lo trascendente (Eliade, 1999, 2004; Otto, 2016; Studstill, 2000).
Capítulo II
Religiones en América
Latina y Chile
América Latina es un continente de creyentes. Como veremos a continuación, la mayor parte de la población se declara creyente y católica. La particularidad de sus países reside en la situación del evangelismo y de la secularización, como tendencias que disputan un lugar preeminente tras el catolicismo en las encuestas, que a su vez manifiestan la influencia de variables tales como nivel educacional, pobreza, saldos migratorios, entre otros aspectos. A continuación, abordaremos la situación religiosa del continente primero y de Chile después con el fin de contextualizar la geografía religiosa de Santiago.
¿Qué pasa en el barrio? Dinámica del campo religioso en América Latina
El posicionamiento de nuestro país en el contexto latinoamericano debe comprenderse como el producto de la interacción entre tres grupos de población, los católicos, los que se declaran gnósticos, ateos o sin religión, y los evangélicos. El secularismo es un fenómeno reciente y la visibilización de los credos evangélicos tuvo lugar entre la década de 1950 y la de 1980. Por lo tanto, la baja del catolicismo tiene que ver con una tendencia a largo plazo, que diferencia a nuestro país de la mayor parte de los vecinos de este barrio. El año 1950 fue el inicio de la irrupción de nuevos movimientos religiosos en la mayor parte de las naciones latinoamericanas, que en el caso de la nuestra se dio sobre la base de una Iglesia católica que, pese a la tendencia a la baja que mostraba en adscripción y en vocaciones sacerdotales desde 1930 en adelante, era una institución influyente y significativa.
El fenómeno religioso en Chile presenta en su composición y comportamiento semejanzas con el resto de los países latinoamericanos, destacando el predominio, con tendencia a la baja, de la confesión católica entre las opciones religiosas, como efectos de procesos de secularización en el abandono de las religiones, presencia de distintas corrientes de evangelismo bajo la forma de ensamblajes, sincretismos. Por lo anterior, predomina en la región el pluralismo religioso en virtud de la ocurrencia de una desregulación religiosa (Bastian, 2006).
Un estudio realizado por el Pew Research Center en 2014 (Sahgal & Bell, 2014) permite comparar la situación religiosa nacional con el resto de Latinoamérica. Según esta fuente, el 64% de la población chilena era católica, cifra que correspondía a un punto bajo la mediana (63%) del subcontinente y con una diferencia de –0,4 con respecto al promedio (64,4%). Nueve naciones presentaban porcentajes superiores y otras diez (incluyendo la población hispánica residente en Estados Unidos de Norteamérica), inferiores. La figura 13, referida a la distribución de los credos aludida, muestra que la mayor parte de la población encuestada en 2014 adscribía a algún credo religioso y que el porcentaje de católicos y evangélicos sumados superó a las demás opciones consultadas. Uruguay fue el país cuya población registró un mayor descuelgue de las religiones, con un 37% de desafiliados, porcentaje que no alcanzó a superar la presencia católica (42%), aunque sí a los evangélicos (15%) y a quienes fueron integrados a la categoría “otros” (6%). Esto se replica en el Chile actual, donde el porcentaje de ateos, agnósticos y sin religión supera a los que se declaran evangélicos. El porcentaje de no religiosos se visibilizó en todo el continente desde el último tercio del siglo pasado, producto de los respectivos procesos de secularización nacionales que durante dicha centuria mostraron magnitudes y velocidades diferentes (Offutt, Probasco & Vaidyanathan, 2016). Honduras (41%), Guatemala (41%) y Nicaragua (41%) son los países con mayor presencia evangélica. Chile, por su parte, registró un 17%, siendo la mediana 18%, 22,5% el promedio real y 19% el promedio ajustado según el peso demográfico de cada nación considerada en la investigación. Nuestro país se situaba bajo doce con mayores porcentajes de población de ese credo y sobre siete cuyos valores eran inferiores al 17% del total de la población (Sahgal & Bell, 2014). Los resultados de este estudio se muestran en la figura 1.

Figura 1: Adscripción religiosa de algunos países latinoamericanos, año 2014.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos publicados por Pew Research Center (2018).
La encuesta Latinobarómetro publicada en 2018 permite analizar algunos cambios en la religión en América Latina entre 1995 y 2017. Se trata de una encuesta de opinión que midió la opinión de ciudadanos de dieciocho países del subcontinente mayores de 18 años, la que declaró un margen de error de entre un 2,8% y un 3% (Latinobarómetro, 2018). Los datos marcan con más fuerza que las cifras del Pew Research Center la disminución de la predominancia católica: 0,7 puntos porcentuales anuales de personas católicas entre 1995 y 2013 que, según el informe 2014, no abandonaban la religión sino que se convertían en evangélicos o en neopentecostales, o abandonaban definitivamente sus creencias (Latinobarómetro, 2014). Más contemporáneamente, en 2013 en cuatro países el catolicismo no era mayoritario, y en 2017 siete: República Dominicana (48%), Chile (45%), Guatemala (43%), Nicaragua (40%), El Salvador (40%, Uruguay (38%), Honduras (37%).
Respecto a los niveles de confianza de la población con la Iglesia, la figura 2 mostró que en 2018 el comportamiento de esa variable no se diferencia del que se observa en el resto de las principales instituciones del subcontinente, destacando los bajos niveles de prestigio en Chile, tradicionalmente un país mayoritariamente católico y creyente, y Uruguay, probablemente la nación más secularizada de la región, lo que se evidencia en el porcentaje de quienes se declaran sin religión, ateos o agnósticos (Uruguay 41% y Chile 38%) o que no pertenecen a ninguna religión (Uruguay 31% y Chile 35%) (Latinobarómetro, 2014, 2018).
Los niveles de confianza en la Iglesia debilitan los cimientos del credo y reducen la cantidad de adherentes, aspecto que ha influido en la aceleración de las transformaciones religiosas en algunos sectores de la región. Los países que muestran menores niveles de confianza en esa institución (Chile y Uruguay) son los que más se han secularizado en temporalidades y velocidades distintas. El caso uruguayo representa un proceso que precedió a gran parte de las naciones latinoamericanas y que, por ende, no registra en la actualidad situaciones en las cuales debería manifestarse. El caso chileno, en cambio, puede definirse como una “fastsecularización”, por cuanto data de principios del siglo pasado con un avance gradual, discontinuo y que coincide con el modelo de secularización estadounidense. Desde las transformaciones económicas y socioespaciales registradas por el país desde el último tercio del siglo XX, ha surgido una modificación de las prácticas sociales, han existido mejores niveles de educación de la población e incremento de los ingresos, todo lo cual aceleró sustancialmente este proceso e incrementó sus evidencias en distintas esferas de la sociedad. Las velocidades se explican en el carácter específico de las relaciones entre el Estado y la Iglesia, que define comportamientos diferenciados del proceso de exclusión gradual de la religión, demandada por los procesos de modernización y secularización liderados desde los respectivos y sucesivos gobiernos. Por otra parte, los niveles de confianza en la Iglesia develan un conjunto de contradicciones al interior del campo religioso de cada uno de los países considerados. Si bien es cierto se puede asociar la pérdida de confianza con bajas en la presencia institucional de las religiones, ello no ha conducido a una pérdida de visibilización de las religiones en el espacio público como tampoco en el paisaje urbano, como parece ocurrir en la mayor parte de los países latinoamericanos (con la excepción de Uruguay). Por último, la baja en la confianza puede asociarse al incremento en la tolerancia y respeto a las libertades individuales, las que a su vez inciden en la emergencia de radicalismos religiosos y de una práctica más estricta de los ritos y demandas de los credos, como se desglosa de las cifras referidas a quienes se declaran practicantes católicos y evangélicos en la tabla 1.

Figura 2: Confianza en la Iglesia declarada por ciudadanos latinoamericanos, según país (2017). Promedio continental 65%.
Fuente: Elaboración propia según datos Latinobarómetro 2018.
Tabla 1: Resultados encuesta Latinobarómetro sobre religiones en América Latina (2018).

Como la baja en la confianza y el aumento de la secularización son tendencias esperadas considerando los procesos de modernización o tragedias pseudofaústicas acontecidos en Latinoamérica, vale la pena destacar más bien los porcentajes referidos a practicantes católicos y evangélicos descritos en la tabla 1, y los valores más significativos de practicantes católicos destacados en negro en el mapa de la figura 3, donde los tonos negros y más cercanos identifican a los países más practicantes del subcontinente.

Figura 3: Distribución de católicos que se autodefinen como más o muy practicantes en América Latina.
Fuente: Elaboración propia según datos diversas fuentes (2018).
Estos, a nuestro juicio, representan el stock de pertenencia temporal que garantiza la reproducción del credo en generaciones futuras y en el espacio público actual y por venir. No en vano, este subcontinente fue considerado por los pontífices Paulo VI y Juan Pablo II como el reservorio fundamental del catolicismo global. Por último, la diferencia entre observancia religiosa evangélica y católica se explica por la estructura interna de cada creencia y los niveles de libertad que confieren a sus seguidores.
El Chile actual y sus religiones
En nuestro país existe información censal periódica desde 1813 y algunos de los cuestionarios incorporaron preguntas referidas a adscripción religiosa. Por ejemplo, en 1813 se incluyó una pregunta referida a “Estados, Profesiones y Condiciones”, la cual permitió conocer la cantidad de párrocos, clérigos, religiosos y religiosas a escala provincial, el impacto de la emancipación en la situación socioeconómica del clero regular y secular, y el real estado de los bienes eclesiásticos que se regían con anterioridad al establecimiento de la República por el derecho de patronato. Algunas naciones latinoamericanas, entre las que se cuenta Chile, evaluaron mediante este tipo de levantamiento de información la presencia y situación patrimonial de la Iglesia y del clero, por cuanto existió el interés de prolongar los derechos de patronato en las nuevas naciones independientes (Enríquez, 2012, 2014; Merino, 1962).
El censo de 1875 también incluyó preguntas referidas a religión, cuya redacción permite identificar la percepción generalizada de que la única religión que se profesaba en Chile era la católica. El censo de 1885 evidencia los avances en materia de reconocimiento de libertad y pluralismo religioso logrados por los grupos disidentes mediante la promulgación en 1865 de una ley interpretativa de la constitución vigente, que permitió a los no católicos practicar sus ritos en espacios cerrados, lo cual constituyó el punto de partida de la posterior visibilización de evangélicos y protestantes en Chile (Lalive d’Epinay, 2009). Los aires de apertura se mantuvieron en el cuestionario censal de 1895 mediante una pregunta que dividía en diecisiete las posibles opciones religiosas, evidencia de la diversidad de credos que existía a fines del siglo XIX y del interés de la autoridad política por discriminar entre las religiones que se practicaban (Prado, 2007). Los censos de 1907, 1920 y 1940 presentaron la adscripción religiosa de las respectivas unidades político-administrativas según sexo y nacionalidad (específicamente, para el caso del censo de 1920). El censo de 1940 consultó acerca de treinta opciones bajo la forma de categorías que mezclan convicciones religiosas con cosmovisiones y niveles de compromiso con este tipo de ideales. Todos los instrumentos estadísticos consignados manifiestan en su construcción desconocimiento acerca de las diferencias en cuanto a origen, estructura, doctrinas, principios y dinámicas de los grupos religiosos no católicos, lo que se manifiesta en el establecimiento de categorías gruesas y en algunos casos erróneas, en las que se vacía la información obtenida, lo cual generó resultados ambiguos y con bajo nivel de representatividad del fenómeno religioso y su evolución histórica, política, social y cultural. Pese a esa ambigüedad, el porcentaje de los individuos que se declararon católicos superó en todos los casos al 80%, seguido por quienes se declararon evangélicos, que corresponde a una categoría que en algunos censos se incluyó bajo el paraguas de “protestantes”, concepto que debería haberse reservado para aquellas congregaciones que se fundaron bajo la inspiración del cisma luterano, y que no define a quienes se declaran evangélicos para precisamente diferenciarse de esas corrientes.
En el censo de 1907 el 96,1% se declaró católico, 0,9% protestante, 0,2% sin religión, 0,7% pagano, en un contexto en el que el 60% de la población era analfabeta (58% hombres analfabetos y 62,1% mujeres analfabetas). De acuerdo con lo descrito, llaman la atención el porcentaje de paganos, la baja presencia de indios araucanos (solo un 0,3% de la población total, equivalente a 101.118 habitantes censados). Este censo no alcanzó a registrar el efecto del llamado “avivamiento pentecostal” acontecido en Valparaíso y Santiago entre 1906 y 1909, lo cual explica que al censo siguiente, realizado en 1920, el porcentaje de protestantes (categoría en la cual se incluyó a los evangélicos), aumentó a un 0,6% del total nacional.
En 1930, el 97,7% de la población se declaró católica y un 1,5% evangélica. En 1952 se expresó una baja en los porcentajes de católicos respecto a los censos anteriores, con un 89,55% de católicos y un 4,05% de evangélicos, cifras que en 1970 mostraron un 80,9% de católicos y un 6,2% de evangélicos. De lo anterior se deduce que desde 1930 disminuyó la filiación católica, probablemente a causa del descuelgue de los observantes y la emergencia de una especie de adscripción parcial y revisionista que ha sido definida como un “catolicismo a la chilena”, calificativo que se aplica a un fiel que, pese a declararse perteneciente a esa fe, no practica los preceptos de la religión ni actúa en función de sus principios éticos y morales. Ese término expresa entonces el abandono de la participación y de la observancia de quienes declaran esta religión.
A raíz de que el censo de 1982 no consideró consultas referidas a religión, existía una alta expectación por los resultados que mostraría, pues preguntó filiación religiosa separando a los evangélicos de los protestantes. Se mantuvo la tendencia a la baja del catolicismo y los evangélicos prácticamente duplicaron su porcentaje registrado en 1970. Por primera vez en la historia censal de Chile, estos grupos religiosos alcanzaron el 12,4% y se manifestaban como el credo mayoritario en una región del país, la de la Araucanía, cuestión que tampoco había acontecido previamente. Este dato tuvo la particularidad de que, a raíz de la pregunta formulada, no ocurrió una dispersión de cifras en un mayor número de categorías, como fue el caso del censo de 2002; el censo de 2012 y posteriores no incorporaron a la religión en la batería de preguntas. La figura 4 muestra el comportamiento de la variable religiosa en el censo de 1992.
Para comprender las causas del incremento de los evangélicos descrito, es necesario atender a que el islamismo y las corrientes pentecostales del evangelismo fueron las religiones monoteístas que más crecieron en el mundo desde la segunda mitad del siglo pasado (Kepel, 2005), y que el evangelismo transformó y fragmentó el mapa religioso del continente americano mediante la visibilización de diversos actores que funcionaban autónomamente o agrupados en organizaciones, rompiéndose definitiva e indiscutiblemente el dominio exclusivo del catolicismo en el ámbito de lo sagrado con efectos en ámbitos diversos (Bastian & Cunneen, 1998).
Bastian planteó que el pentecostalismo se consolidó en América Latina rescatando prácticas amerindias que resultaron transformadoras en una triada ritual glosolálica, taumatúrgica y exorcista, en la cual se integraron material y simbólicamente demonios y espíritus malignos, más la intervención directa de la esfera divina mediante la liberación de demonios y la ocurrencia de milagros (J.-P. Bastian, 1997). Tal modelo también se implementó en Chile posibilitando el crecimiento evangélico, a lo cual se sumó el acceso de estos grupos a los medios de comunicación de masas durante la década de los ochenta y la difusión en televisión de programas de tele evangelistas estadounidenses como, por ejemplo, Rex Humbard y Jimmy Swaggart, quienes realizaron campañas evangelísticas en nuestro país, como también había ocurrido en tiempos de radio en la década de los 1960 con Billy Graham. Además, el campo evangélico estaba ocupado mayoritariamente por los credos pentecostales, especialmente por denominaciones endógenas que se aglutinaban en corporaciones, tales como la Iglesia Metodista Pentecostal y la Iglesia Pentecostal de Chile, que representaban más de los dos tercios de los fieles evangélicos, correspondiendo el resto a corrientes evangélicas tradicionales (por ejemplo, metodistas, bautistas, presbiterianos, Asambleas de Dios, Alianza Cristiana y Misionera, Iglesia de Dios, Ejército de Salvación).

Figura 4: Distribución porcentual de los credos más significativos en Chile, según censo de 1992.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Censo Nacional de Población y Vivienda de 1992 (INE) (2018).
La situación descrita derivó en que el campo religioso chileno se fragmentó menos que en otros países de la región, estructurándose en función de a lo menos tres polos hasta las postrimerías del siglo pasado: la Iglesia católica, las corrientes evangélicas pentecostales y otros grupos religiosos con baja significancia estadística. Por ello es que la situación de los evangélicos se mantuvo, por su magnitud, como el proceso de crecimiento más relevante en el campo religioso nacional entre 1992 y 2002, como se desprende de los datos representados en la figura 5. Otro aspecto que destacó en el censo de 2002 fue el incremento de los agnósticos y ateos, cifra que mantuvo una tendencia al alza hasta nuestros días, cuando supera incluso al porcentaje de la población evangélica en Chile y en la Región Metropolitana de Santiago.

Figura 5: Distribución porcentual de los credos más significativos en Chile, según censo de 2002.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Censo Nacional de Población y Vivienda de 2002 (INE) (2018).
Sin embargo, esta situación no puede interpretarse como un avance significativo hacia la secularización, ya que según Hinzpeter y Lehman, a principios de la actual centuria, el 96% de los chilenos creía en Dios, un 77% en la existencia de una vida después de la muerte, un 82% en el cielo, un 59% en el infierno y un 57% en los milagros (Hinzpeter, Lehmann, 1999; Lehmann, 2001, 2002). Lo anterior demanda separar analíticamente la adscripción a una religión de la predominancia de creencias en lo divino en el Chile contemporáneo, para poder reconocer que, pese a la baja en la pertenencia a un credo, durante el siglo pasado el nuestro era un país de creyentes, cuestión que está variando en la actualidad.
Tras la recuperación de la democracia, el catolicismo tuvo, gracias a los réditos que le otorgó su lucha contra la dictadura en la opinión pública nacional, una posición de privilegio en el escenario urbano neoliberal y global que acompañaba a la diversificación de la oferta de credos que se venía dando desde inicios del siglo XX. No obstante lo anterior, en la práctica, la producción de un mercado de suelos neoliberal en la mayor parte de las ciudades y países del mundo occidental, incluido Santiago de Chile (Daher, 1993; de Mattos, 2001; 2008; Brenner & Theodore, 2002; Brenner, 2004), dejó a los credos en igualdad de condiciones tanto en el nivel discursivo como en la posibilidad de adquirir propiedades para el culto según sus atributos materiales (cantidad de prosélitos, capacidad financiera, prácticas rituales, rutinas asociadas al rito, etc.) e inmateriales (contenido del discurso, comprensión de la trascendencia, normas y códigos asociados a la cotidianidad, cosmovisiones, etc.).
Según Lehmann (2001, 2002), entre otros estudios, la observancia religiosa (entendida como el porcentaje que practica su culto una vez a la semana o más frecuentemente) ha disminuido considerablemente en Chile, especialmente en la religión católica. Esta situación coincide con los resultados de la Encuesta Bicentenario UC - Adimark en los años en que ha sido aplicada desde 2006 a la fecha. Los datos censales, por su parte, nos informan que en 1958 un 33% de los católicos se declaraba observante, en tanto que más del 90% de la población se declaraba católica. La cantidad de católicos observantes desciende al 18% en el año 1998.
Desde esta fecha, la situación religiosa del país se asemeja al promedio europeo y está bajo el resto de los países latinoamericanos (Lehmann & Hinzpeter, 1999; Lehmann, 2001) en materia de que a la fecha no es posible presenciar un retroceso importante del catolicismo bajo sus dos formas (observante y militante) tanto en lo que concierne al compromiso religioso como a la influencia que sus principios, doctrinas y cosmovisiones en otros aspectos de la mentalidad de los individuos y sociedades, lo cual es contrario a los postulados de la teoría de la secularización propuesta por Weber y sus continuadores. Desde esta perspectiva, en el caso concreto de Chile, el incremento del nivel de vida de la población desde los ochenta en adelante (expresado, por ejemplo, en que el PIB per cápita que en 1999 era US$12.400 ascendió en 2011 a US$17.400), no redundó significativamente en un descuelgue de las ideas religiosas de la mayor parte de la población del país, que en un porcentaje muy significativo mantiene algún nivel de adscripción con esta esfera del pensamiento (Centro de Políticas Públicas, 2012).
El censo del año 2002 realizado por el Instituto Nacional de Estadísticas reveló que la población del país era de 15.151.076 habitantes, de los cuales un 73% se declaraba católico, 6% menos que lo registrado en el censo de 1992. En particular, las regiones que más habían disminuido su población católica con respecto a la población total eran Tarapacá, Antofagasta, Aysén y Metropolitana de Santiago, con una disminución en torno al 7%. En tanto, la Región del Biobío poseía el menor porcentaje de población católica del país con un 58% (Instituto Nacional de Estadísticas (INE), 2002). El censo de población y vivienda de 2012 contempló 42 preguntas; la pregunta 39 indagaba acerca de las religiones o credos que profesaban los encuestados. Se obtuvo como resultado que el 67,4% se declaraba católico, vale decir, un 2,5% menos que en el censo de 2002, el que a su vez era un 6,8% más bajo que los registros de católicos que reportó el censo de 1992 (Instituto Nacional de Estadísticas (INE), 2012). Los evangélicos, por su parte, aumentaron de un 15,14% a un 16,62%. Quienes declararon no tener ninguna religión pasaron de 8,3% a 11,58% (Instituto Nacional de Estadísticas (INE), 2012).
Esta significativa disminución de los católicos expresada en la figura 6, tanto de observantes como no observantes, podría tener su explicación en una serie de procesos que han ocurrido en las últimas décadas. En primer lugar, se encuentra la participación por estratos sociales de grupos católicos en el sistema educacional nacional. La prelatura del Opus Dei, Legionarios de Cristo, Schoenstatt, Compañía de Jesús, entre otros, a través de la fundación y administración de colegios y universidades destinados a los niveles socioeconómicos medio altos y altos, han favorecido una evangelización permanente, influyendo en la adscripción de generaciones precedentes y la prevalencia de esta religión al interior del grupo familiar, aun cuando no sean observantes (Centro UC Políticas Públicas - Adimark, 2016).

Figura 6: Evolución de las creencias entre 1960 y 2002 según datos censales y de la encuesta bicentenario UC - Adimark 2011.
Fuente: Elaboración propia, según datos Centro UC Políticas Públicas - Adimark (2018).
La baja refleja el abandono de la observancia religiosa en Chile, que más tardíamente se expresó en el mundo evangélico. Algunas fuentes mostraban que en 1958 en el Gran Santiago solo un 33% de los católicos eran observantes (Lehmann, 2001). En la figura 7 también hemos relevado la tendencia a la baja para los años 1930, 1952, 1970, 1992.

Figura 7: Baja porcentual del catolicismo en Chile durante el siglo XX.
Fuente: Elaboración propia a partir de los datos de los censos de población y vivienda chilenos (2018).
En contrapartida, los grupos sociales más pobres en un principio no han formado parte de este “público objetivo”, con lo cual han tenido menos posibilidades de acceder a instituciones educacionales cercanas a este credo, con la consecuente pérdida de cercanía con los postulados de esta Iglesia. Conscientes de esta omisión, los grupos católicos han comenzado a corregir este proceso con iniciativas como la Fundación Belén Educa y la Fundación Mano Amiga, que localizan establecimientos educacionales en zonas habitadas por población vulnerable.
Uno de los factores que tendería a aminorar la baja en el porcentaje de adscripción a la religión católica sería la creencia mariana. Aparece en casi todas las versiones de la encuesta UC - Adimark una marcada inclinación hacia la devoción a la Virgen, incluso entre los evangélicos (según los datos proporcionados por la Encuesta Bicentenario, versiones 2006 a 2008) y en la devoción expresada en asistencia de templos de dicho carisma, tales como Lo Vásquez y Maipú en fechas precisas del año.
El proceso de invisibilización de todos los credos analizados en Santiago, aporta al desarrollo de la secularización de la sociedad o al avance de otras formas de irreligiosidad distintas a la secularización. La figura 46 da cuenta de estas tendencias. Además, muestra el abandono de católicos a su credo en un período de diez años.
Como ya señalamos, la cantidad de quienes se declaran en distintos momentos y encuestas como sin religión, ateos o agnósticos (que en adelante aglutinaremos en la categoría “no religiosos”), aumentó desde el censo de 2002 y ahora ocupa el segundo lugar en la triada que define al campo religioso chileno, que ha pasado de una “slowsecularización” a una “fastsecularización” con matices, por una parte, debido a la velocidad que alcanzó el descuelgue religioso y, por otra, por la presencia de un número muy alto de creencias y convicciones religiosas cristianas, lo que situaba a nuestro país en los primeros lugares del mundo, solo superado por el coloso norteamericano, Filipinas y Chipre (Hinzpeter & Lehmann, 1999; Lehmann, 2001).
De esto se deduce que el proceso de secularización que registra nuestro país corresponde a un modelo comparable al vigente en los Estados Unidos de Norteamérica y lejano a la experiencia europea, que espacialmente se expresa en la presencia de templos e infraestructura religiosa en la ciudad, como elemento sustancial del paisaje urbano.
Todos los censos efectuados desde el siglo pasado hasta la fecha muestran el incremento en los niveles de educación alcanzados por la población chilena, expresado, por ejemplo, en el aumento en los años de escolaridad y en que la mayor parte de la población chilena cursó el total de la enseñanza primaria y secundaria. Por ende, la población más joven debería ser más educada y secularizada.
La mejora en los niveles educacionales alcanzados por la población chilena en los últimos cincuenta años permite inferir que, sucesivamente, con independencia de los estratos sociales, las generaciones son más conscientes y autónomas en materia de las decisiones que adoptan y las influencias que acogen para sus vidas. Esto reporta un desafío a las convicciones religiosas, toda vez que la transmisión intergeneracional de la fe no funciona de la misma manera y con similar eficiencia que en épocas pasadas. Tal situación se ve reflejada en los porcentajes alcanzados por quienes declaran no tener una religión, que, para el caso de algunas regiones del país, superan a los que declaran adscripción a las denominaciones evangélicas.
El crecimiento del porcentaje de los no religiosos puede asociarse a los procesos derivados de la integración del país a la globalización desde el siglo pasado hasta nuestros días. Las cifras recogidas en las figuras 6, 7 y 8 también pueden estar dando cuenta de la relación entre el aumento de los ingresos y del nivel educacional con el descuelgue religioso de los estratos medios-bajos y medios-medios, como lo planteaban las teorías modernas de la secularización, que sindicaban a la pérdida religiosa como un atributo inherente a la Modernidad ya que se contraponían los procesos de modernización con la fe o la práctica de algún credo. Esta convicción se sostenía en las formas de construir definiciones y concepciones de modernidad en términos de imperio de la racionalidad, logro de la autonomía del sujeto, dominio de la técnica, diferenciación de ámbitos institucionales. Todo esto suponía la expulsión gradual de la dimensión religiosa del ethos moderno y la separación de la Iglesia y del Estado. Por ende, si un espacio exhibía mayores niveles de modernidad, expresada esta, por ejemplo, en la magnitud de los procesos de urbanización, niveles de escolaridad, presencia o ausencia de determinados grupos socioeconómicos, incremento del ingreso y de los hábitos de consumo, significaba que era menos religioso.
Esta hipótesis no se expresa claramente en Chile, ya que la religión católica tiene presencia en los grupos socioeconómicos de mayores ingresos y niveles de educación. En lo que respecta a las clases medias secularizadas, el creer se manifiesta como un elemento sustancial a sus comportamientos y racionalidades, por lo que mantienen una relación ambigua con las religiones dominantes al participar en sus ritos, pero no en sus fundamentos doctrinales. Esta paradoja posibilita la emergencia de ensamblajes y sincretismos de diversa magnitud y signo, como, por ejemplo, creer en los santos, en la brujería, en la existencia del mal de ojo o de las malas vibras, en paralelo con el descuelgue religioso (Centro UC Políticas Públicas - Adimark, 2016; Pontificia Universidad Católica; ADIMARK Investigaciones de Mercado, 2010, 2017). La siguiente figura 8 muestra que el porcentaje de los sin religión es mayor en las regiones más urbanizadas de Chile (Región metropolitana de Santiago y del Bío-Bío) en las que también destaca la presencia de las religiones católica y evangélica, cuya suma supera ampliamente al primer segmento señalado (Centro UC Políticas Públicas - Adimark, 2016).

Figura 8: Distribución regional de las opciones religiosas, Chile, 2016.
Fuente: Elaboración propia mediante los datos de Centro UC Políticas Públicas - Adimark, (2018).
Así como América Latina fue considerada como recaudo del catolicismo, se puede afirmar que la Región Metropolitana lo es para Chile en tanto sigan creciendo la población total y la densidad demográfica en el Área Metropolitana, que suma a su peso demográfico –el que la tiene a punto (si ya no lo es en la actualidad) de superar la metropolización para convertirse en megalópolis nacional– un alto porcentaje de la población creyente, primero, y católica, después. En esta ciudad, así como en la mayor parte del país, la fe católica tiene tres dinámicas de aproximación a los feligreses: mediante la instalación de templos en las parroquias (modalidad que denominaremos religiosidad fija), la existencia de escuelas arzobispales y obispales, y también de centros educacionales que declaran adscripción al catolicismo y que ofertan formación religiosa católica (a la que denominaremos modalidad formativa). Esta última modalidad se complementa con el hecho de que muchos establecimientos escolares cuentan con un templo que aglutina a las familias, las que, a su vez, viven su religión allí aun cuando no se comprometen con las actividades de las comunidades emplazadas en las cercanías de sus respectivas residencias. Y, en tercer lugar, existen espiritualidades y carismas que aglutinan católicos en movimientos y otras formas de agrupación, lo que permite a algunos desarrollar su fe en sus lugares de estudio y de trabajo (modalidad que definiremos como espiritualidades móviles). Como en el segundo caso, posibilitan, sin ser opciones excluyentes, la vida religiosa con independencia de la civilización parroquial a la cual cada individuo y familia pertenece en función de su localización geográfica y estatus socioeconómico.
La figura 9 permite el análisis de la distribución según estructura de edad de las confesiones religiosas a nivel nacional. Se aprecia que las regiones con menor promedio de edad muestran niveles de adscripción religiosa más bajos. Para cada grupo religioso, los menores porcentajes de esta se dan entre los 18 a 24 años. Respecto a los sin religión, los mayores porcentajes de registran en el tramo de edad de los 35 a 44 años, quienes se encuentran residiendo mayoritariamente en ciudades medias y áreas metropolitanas, según indican los datos censales.
En la figura 9 destaca la religiosidad de la población chilena mayor de 55 años en los datos referidos a la distribución de confesiones religiosas según tramos de edad, recogidos por la Encuesta UC - Adimark 2016. Otro aspecto que llama la atención es la tendencia creciente del credo católico. En cambio, la tendencia es más variable en la población evangélica, lo mismo ocurre entre los que declararon no tener religión.
Los datos permiten demostrar que existe un ciclo en la conducta religiosa entre los evangélicos chilenos, ya que una vez que los hijos de los miembros de credos evangélicos alcanzan la adolescencia, algunos abandonan la fe de sus padres hasta que alcanzan la adultez y vuelven al establecer su propia familia (Paulsen, 2014), y otros se convierten al catolicismo motivados por variaciones en sus respectivos habitus y campo (Alcaino & Mackenna, 2017).
El ciclo descrito influye en la relación entre la cantidad de recursos financieros disponibles para la fundación de nuevos templos y las necesidades de apertura en los hogares de las nuevas familias. Por lo general, si no existe la factibilidad económica para fundar edificios, se instala un lugar de culto en las residencias de los creyentes, el que puede evolucionar a templo en función de los resultados de las prácticas proselitistas y del interés de las familias de congregarse en un lugar diferente al que lo hacía su familia original. En encuestas realizadas por el autor, se constató que era común que los hijos de los miembros de una congregación que alcanzaban la adolescencia ya no practicaran la fe de sus padres, por lo cual las iglesias se reducen a niños y ancianos, con el consecuente menoscabo a las posibilidades de expansión del credo a causa de la disminución de las rentas de los posibles “diezmadores” de la congregación, potenciales fuentes de financiamiento para la fundación de nuevos templos.

Figura 9: Porcentajes de situación religiosa de la población chilena.
Fuente: Elaboración propia basada en los datos proporcionados por la Encuesta Bicentenario del Centro de Políticas Públicas UC - Adimark, 2016 (2018).
La realización de entrevistas a líderes de congregaciones nos permitió conocer otra variante del ciclo: la instalación de las residencias de los descendientes de miembros de un credo evangélico tradicional puede impedir la práctica regular del credo, pese a sus intenciones, y estos deciden participar en otras religiones si cuentan con templos cercanos a su residencia, incluidos los templos mormones, pentecostales y neopentecostales.
Relacionado con lo anterior, la Encuesta UC - Adimark, ha mostrado en años sucesivos que la religiosidad del padre no es influyente en la conducta religiosa del hijo; situación distinta es la referida a la madre. Si la madre profesa alguna religión, su influencia puede provocar que hasta la tercera generación aparezcan conversos; si la madre no profesa un credo, existe mayor probabilidad de que sus descendientes se secularicen y, por lo tanto, no mantengan su credo y menos produzcan extensiones territoriales para su fe (Centro UC Políticas Públicas - Adimark, 2016; Pontificia Universidad Católica; ADIMARK Investigaciones de Mercado, 2017). Entonces, puede ocurrir que en una familia de tronco evangélico existan saltos generacionales, pudiendo los nietos practicar la religión de los abuelos aun cuando sus padres o uno de ellos se hayan secularizado. La ausencia de evangélicos adolescentes y jóvenes en las congregaciones tradicionales es un tema advertido por diversas autoridades y líderes de iglesias entrevistadas, así como también la dinámica del ciclo descrito (Paulsen, 2014).
Al aplicarse un análisis de regresiones entre el nivel de estudios alcanzados por los encuestados y la confianza que estos declararon tener hacia la Iglesia católica, se obtuvieron valores negativos cuando se cruzaron estudios de posgrado completos (–0,05), valor neutro para el caso de quienes contaban con estudios universitarios de pregrado completos (0,111) y mayores niveles de confianza entre quienes no tenían estudios (0,446) y entre los que presentaban enseñanza primaria incompleta y completa (0,256). Las dos últimas características, complementando esta información con los datos censales, identifican a la población de mayor edad del país. De esta larga vuelta analítica se puede concluir que los porcentajes de adscripción religiosa que manifestó la población mayor de 55 años se debió a un efecto menor de las tendencias de secularización durante el desarrollo de su vida.
La siguiente figura 10 muestra la distribución de los creyentes y no creyentes en Chile Continental de acuerdo con los datos recogidos por el Encuesta Chile Bicentenario de Centro de Políticas Públicas UC - Adimark 2016. Cabe destacar que, por razones del levantamiento de información, quedaron excluidas las regiones extremas Aysén, Magallanes y la Antártida Chilena, y Arica y Parinacota. Respecto a las tendencias representadas, mencionaremos primeramente la predominancia de los creyentes en todas las regiones. Por otra parte, como ocurre a nivel mundial, los no creyentes aumentan en las regiones donde la cantidad de población urbana es más significativa.
Las teorías modernas de secularización asocian la ruptura con las claves religiosas orientadoras del comportamiento humano al incremento de los años de escolaridad y de los ingresos. Vale decir, las regiones donde reside población con más años de educación formal cursados y mayores ingresos, contendrán un mayor volumen de espacios secularizados. Se constata una asociación directa entre educación e ingresos en el caso chileno, de lo cual se concluye que el factor escolaridad influye fuertemente en el tramo de salarios al cual pueden optar un individuo y su familia, así como también la posibilidad de que sus actitudes no estén mediadas por aspectos relacionados con la esfera religiosa. Para efectos del presente estudio, entenderemos por creyentes al conjunto de individuos cuyas actitudes están mediadas, en un grado medible, por aspectos vinculados a las religiones y que, por ende, manifiestan algún grado de religiosidad. El comportamiento de estos individuos se encuentra influido por normativas que emanan de una religión a la cual declaran pertenecer (Fabre, 2001).
La condición de creyente no es exclusiva de quienes siguen y/o practican un credo en particular, pues también es extensiva a quienes declaran pertenencia a una religión pero no participan activamente en sus ritos ni se guían por sus preceptos. También considera los casos en los cuales las personas manifiestan alguna convicción de que sus conductas o experiencias de vida están reguladas por una identidad diferente a la propia. Por lo tanto, la condición de creyente no separa lo declarativo de lo prescriptivo, sino que se centra en lo declarativo. Precisamente, lo secular emana de la pérdida de relevancia de estas convicciones en la sociedad y de la afirmación de la individualidad como detonante y explicación de la ventura presente y la venidera.

Figura 10: Distribución geográfica de creyentes y no creyentes en Chile (2016).
Fuente: Elaboración propia (2018).

Figura 11: Distribución de los credos dominantes en Chile continental.
Fuente: Elaboración propia (2018).
Valiéndonos de la misma fuente de datos, la Encuesta Bicentenario del Centro de Políticas Públicas UC - Adimark 2016, elaboramos la cartografía que se presenta en la figura 10, que muestra la predominancia del catolicismo en todas las regiones, cuestión que se refuerza en la figura 11.

Figura 12: Templo católico en Balmaceda, Chile.
Fuente: Colección personal del autor (2018).
A nuestro juicio, el descuelgue citado afectó y afecta principalmente al catolicismo predominante. Ya hemos dicho anteriormente que se pueden observar tendencias sostenidas a la baja en la adscripción católica desde el primer tercio del siglo pasado, con algunos revivals que no han tenido la fuerza necesaria para romper la declinación general. No obstante lo anterior, como lo ilustra la figura 12, la presencia del catolicismo se distribuye en todo el país.
Al respecto, una consideración. Como señalamos anteriormente, el catolicismo está presente en Chile desde 1520. En el proceso de descubrimiento y conquista del territorio nacional, la clave religiosa jugó un rol clave, y desde el amanecer de nuestra historia, junto a la organización política del territorio conquistado, se constituyeron obispados y fórmulas de administración y evangelización eclesiástica, coincidentes con la llegada al país de representantes de las diversas espiritualidades que constituían al mundo católico de los siglos XVI y XVII. El core de la evangelización chilena fue la ciudad capital, Santiago de Chile, sede del primer obispado y asiento de la primera catedral. Entre los siglos XVI y XIX inclusive, la piedad y el fideísmo eran atributos característicos de la mayor parte de las clases sociales, según consta en diversas fuentes, lo cual otorgaba a la ciudad un talante recoletano y conventual, respaldado por el protagonismo de la Iglesia como agente urbano en la ciudad capital y en el resto de las urbes que se fueron construyendo y reconstruyendo a lo largo del tiempo. Procesos tales como el disenso religioso y la visibilización de otras expresiones del cristianismo debieron esperar hasta la segunda mitad del largo siglo XIX para hacerse presente en los paisajes urbanos y rurales del país. No obstante lo anterior, el catolicismo sigue siendo un elemento relevante en la constitución de la identidad nacional hasta nuestros días, como lo refleja la fotografía tomada a un templo en la ciudad de Balmaceda en Chile (figura 12), que respalda la tesis referida a la transversalidad de la presencia de este credo en todo el país (ver figuras 8 y 11).
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