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LAS IZQUIERDAS EN TIEMPOS DE TRANSICIÓN
LAS IZQUIERDAS EN TIEMPOS DE TRANSICIÓN
Carme Molinero, Pere Ysàs (eds.)
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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La publicación de este libro ha sido posible gracias a la financiación por parte del Ministerio de Economía y Competitividad del proyecto HAR2012-31431
© Los autores, 2016
© Universitat de València, 2016
www.uv.es/publicacions
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Communico-Letras y Píxeles S.L.
Ilustración de la cubierta: Manifestación años 70 (siglo XX)
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-035-5
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
Carme Molinero y Pere Ysàs
EL PCI Y LA IZQUIERDA EN LA ITALIA DE LOS AÑOS SETENTA
Alfonso Botti
EL OCASO DEL PARTIDO COMUNISTA FRANCÉS: LOS AÑOS SETENTA
Serge Buj
COMUNISTAS Y SOCIALISTAS EN EL PROCESO PORTUGUÉS DE DEMOCRATIZACIÓN: RADICALIZACIÓN, REVOLUCIÓN, ENFRENTAMIENTO, REFLUJO
Manuel Loff
LA OPOSICIÓN DEL PSOE AL TERCER GOBIERNO SUÁREZ (1979-1981)
José M.ª Marín
EL PCE Y LA DEMOCRACIA
Carme Molinero y Pere Ysàs
LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA EN TIEMPOS DE CAMBIO POLÍTICO: ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES Y UNA EXPERIENCIA PARTICULAR
Ricard Martínez i Muntada
EL MOVIMIENTO OBRERO DURANTE LA TRANSICIÓN Y EN DEMOCRACIA
Javier Tébar
LA IZQUIERDA VASCA EN LA COMPLICADA TRANSICIÓN HACIA LA DEMOCRACIA
José Antonio Pérez
TAULA DE CANVI: EL MALESTAR DE LA IZQUIERDA CATALANA EN TIEMPOS DE TRANSICIÓN (1976-1980)
Francesc Vilanova
LA IZQUIERDA Y LA DIPUTACIÓN DE BARCELONA: UN EJEMPLO DE COLABORACIÓN ENTRE LOS PARTIDOS DEL ANTIFRANQUISMO
Martí Marín
«CORRE, DEMOCRACIA, CORRE». MOVILIZACIÓN Y REPRESIÓN EN LA CATALUÑA DE LA TRANSICIÓN
David Ballester
INTRODUCCIÓN
Carme Molinero y Pere Ysàs Universitat Autònoma de Barcelona
En los últimos años, se ha consolidado la línea explicativa de la transición española de la dictadura a la democracia parlamentaria que destaca la centralidad de la crisis del régimen franquista en la determinación del escenario sociopolítico de mitad de los años setenta. Dicho escenario se caracteriza, por una parte, por una importante movilización social impulsada por la izquierda antifranquista, que, en el plano institucional, tenía como objetivo la «ruptura democrática», es decir, la apertura de un proceso constituyente conducido por un gobierno provisional; y, por otra parte, por los intentos de una parte del personal político franquista de llevar a cabo una «reforma» del régimen, primero de alcance limitado, con Carlos Arias Navarro en la presidencia del Gobierno, y después de perfiles cambiantes, con Adolfo Suárez al frente del Ejecutivo. Finalmente, la celebración de unas elecciones que permitieron la libre expresión de la voluntad popular daría paso a la elaboración y aprobación de la Constitución de 1978 y a su despliegue en los años siguientes. Todo ello en un contexto de una profunda crisis económica que alimentó un difuso malestar social, de tensiones partidistas, de violencia política, especialmente por parte de ETA, y de amenazas involucionistas y golpistas. Un proceso de cambio político, por tanto, no predeterminado, de notable complejidad, con diversidad de posiciones y proyectos políticos, con tensiones importantes y momentos críticos, muy alejado de los relatos edulcorados y reduccionistas que han estado y continúan estando tan en boga.
La izquierda o, mejor dicho, las izquierdas desempeñaron un papel muy relevante en la crisis del franquismo y en el proceso de construcción de la democracia. Este volumen, fruto del proyecto de investigación «La izquierda en la transición española», financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad (HAR2012-31431), y de un Seminario con el mismo título celebrado en la Universitat Autònoma de Barcelona en noviembre de 2015, pretende contribuir a ampliar y profundizar el conocimiento de actores políticos y sociales y de acontecimientos no siempre suficientemente tenidos en cuenta en las explicaciones más generales del proceso de cambio político en España. El volumen recoge aproximaciones de distinto carácter en relación con la trayectoria de las izquierdas en los años setenta.
Con demasiada frecuencia, la transición española a la democracia tiende a explicarse prescindiendo del mundo exterior, con la excepción, claro está, de los estudios sobre las relaciones internacionales o de las investigaciones que se han ocupado monográficamente del papel e influencia de los principales países europeos y de Estados Unidos en el cambio político español. Para evitar tal deficiencia, este volumen se abre con tres textos dedicados a las izquierdas en los países más próximos de la Europa meridional, porque las izquierdas españolas tenían ideologías, culturas políticas, planteamientos, propuestas y formas de acción compartidas con las europeas y, más allá de los factores específicos del escenario español, actuaban bajo condicionantes y con expectativas similares. Así, no es posible explicar satisfactoriamente la trayectoria de las izquierdas españolas en los años setenta sin atender a los fenómenos europeos e internacionales de esa década, con el tránsito de las movilizaciones y de las expectativas de transformaciones sociales profundas surgidas en torno a 1968 al avance de la denominada «revolución conservadora», con expresiones tan significativas como la elección de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en 1979 y 1980.
Comunistas y socialistas españoles miraron con atención tanto el proyecto de «compromiso histórico» del PCI como el «programa común» de socialistas y comunistas franceses, aunque desde posiciones distintas y considerando las diferencias existentes en los tres países. Igualmente, la revolución portuguesa iniciada en abril de 1974 fue observada con atención por las izquierdas españolas, especialmente el papel desempeñado por los diversos grupos políticos.
En el primer capítulo de este libro, Alfonso Botti analiza la trayectoria durante la década de los años setenta del partido comunista más importante de Europa occidental. El PCI, liderado desde 1972 por Enrico Berlinguer, logró en esos años su máxima influencia social e institucional, acariciando incluso el sorpasso a la Democracia Cristiana, pese al surgimiento de un conjunto de grupos a su izquierda al calor de las movilizaciones de 1968-1969. La reflexión sobre la situación política internacional –con el impacto a partir de 1973 de la crisis económica más severa desde el final de la Segunda Guerra Mundial–, la experiencia de la Unidad Popular chilena y la situación política italiana dieron lugar a la propuesta de «compromiso histórico», consistente básicamente en la formación de un bloque entre la clase obrera y las clases medias que diera lugar a una alianza estratégica de los tres grandes partidos de masas –DC, PCI y PSI– para llevar a cabo una política de cambios que incluyera un nuevo modelo de desarrollo sostenible con la introducción de «elementos de socialismo». El texto de Alfonso Botti analiza también los puntos débiles de tal propuesta, que, en todo caso, concluyó en fracaso y que significó el inicio de una larga crisis del partido.
Por su parte, Serge Buj se ocupa del otro gran partido comunista occidental, el francés, un partido con un elevado número de militantes, con una importante presencia institucional, con medios de comunicación propios y con un gran arraigo entre la clase obrera y entre sectores intelectuales. Desde su acceso a la Secretaría General en 1964, Waldeck Rochet impulsó una importante renovación del partido, con dos opciones especialmente relevantes: la formulación de una vía propia de transición al socialismo a través de una «democracia avanzada» y la llamada a la unidad de la izquierda. Los acontecimientos de 1968 dejaron inicialmente desubicado al PCF, pero en los años siguientes consolidó sus fuerzas y, ya bajo el liderazgo de Georges Marchais, impulsó decisivamente el «programa común». Sin embargo, la ruptura de las negociaciones con los socialistas para actualizarlo en 1977, los acontecimientos de Afganistán en 1979 y el cuestionamiento del estilo de liderazgo de Marchais alimentaron fuertes tensiones internas. En 1981, el PCF inició un imparable retroceso electoral en beneficio de un Partido Socialista desde entonces convertido en la formación hegemónica de la izquierda francesa.
En su contribución, Manuel Loff nos ofrece un completo análisis de las posiciones y propuestas del PCP y del PSP en la crisis de la dictadura portuguesa, en el proceso revolucionario abierto en abril de 1974 y en la estabilización política posterior. De la trayectoria de los comunistas portugueses destaca su autonomía, cuyas raíces se encuentran en los orígenes del PCP y en su la larga etapa de aislamiento en el seno del movimiento comunista internacional, lo que explica que en los años setenta sostuvieran posiciones alejadas tanto de los partidos comunistas occidentales como del PCUS. Sobre el Partido Socialista, Loff subraya la refundación de 1973 con un programa que contenía un discurso socialista radical inédito en su trayectoria histórica y que defendía la colaboración con el PCP. La colaboración entre ambos partidos, buscada inicialmente por los socialistas para contrarrestar la hegemonía comunista, empezó a resquebrajarse tras las elecciones constituyentes, que dieron una amplia victoria al PSP, y pronto daría paso a un duro enfrentamiento en el contexto de polarización política que contribuiría decisivamente al final de la revolución pero que no impediría la aprobación de una constitución que era fruto directo de ella.
En vísperas de la muerte de Franco, el panorama de las izquierdas españolas era notablemente distinto tanto al que caracterizaba a las izquierdas de la Europa meridional, a las que se ha hecho referencia, como al que se consolidó tras las elecciones de 1977. El PSOE, con un irrelevante papel en el antifranquismo activo hasta prácticamente 1976, se convirtió en el principal partido de la oposición y en la primea fuerza parlamentaria de la izquierda, y diseñó una estrategia para llegar al gobierno rápidamente. José María Marín dedica su texto al análisis detallado de la política del PSOE después de la aprobación de la Constitución y de la celebración de las elecciones legislativas de marzo de 1979. Los resultados obtenidos en dichos comicios no respondieron a las expectativas de los socialistas; por otra parte, las elecciones municipales celebradas pocas semanas después obligaron al PSOE a un indeseado pero necesario pacto con el PCE para gobernar las principales ciudades del país. A partir de aquí, y tras superar la crisis interna abierta con el XXVIII Congreso, los socialistas optaron por una política de feroz oposición a UCD pero, al mismo tiempo, por reforzar su imagen más moderada para ganar apoyos en sectores centristas del electorado con el fin de asegurarse la victoria en la siguiente cita electoral, táctica finalmente muy exitosa aunque las crisis internas de UCD y del PCE contribuyeran decisivamente a la amplia victoria en los comicios de 1982.
Carme Molinero y Pere Ysàs, por su parte, se ocupan del partido hegemónico del antifranquismo, que, sin embargo, en las elecciones de junio de 1977 obtuvo un resultado muy modesto. El texto focaliza la atención en la centralidad de la lucha por la democracia en la política del PCE, objetivo al que subordinó todos los demás, tanto en los años de movilización contra la dictadura como durante la configuración del nuevo orden político. Más allá del objetivo de establecer un régimen que garantizara las libertades y fundamentado en instituciones representativas, el PCE completó en esos años la elaboración de su estrategia para avanzar hacia el socialismo, con la democracia como pieza esencial, a través de la «democracia política y social», pero también con la democracia como parte constitutiva del modelo de socialismo propugnado, el «socialismo en libertad». Esta trayectoria culminó en el IX Congreso del partido celebrado en abril de 1978. No obstante, la desaparición de las expectativas de cambios sociales profundos en un contexto de severa crisis económica, las tensiones internas acumuladas y la gestión autoritaria de las divergencias por parte de la dirección encabezada por Santiago Carrillo desencadenaron la crisis del partido en 1981, lo que dejó en vía muerta su proyecto «eurocomunista», casi paralelamente al inicio del declive del PCF y del PCI.
Un conjunto de grupos de carácter maoísta y trotskista crecieron con fuerza al calor de la radicalización europea post-68 y de la movilización antifranquista, a la que contribuyeron notablemente. Ricard Martínez i Muntada nos ofrece una visión general de la denominada izquierda revolucionaria a la luz de las investigaciones que en los últimos años han permitido iniciar la superación, por una parte, de la notoria insuficiencia de estudios sobre ella y, por otra, de unas visiones reduccionistas y simplistas sobre dichos grupos y el contexto en el que actuaron. El autor destaca la diversidad de orígenes de las diferentes organizaciones –PTE, ORT, MC, LCR, etc.–, todos ellos en el marco general del antifranquismo; los perfiles de su militancia, desmintiendo el exagerado peso atribuido con frecuencia a los estudiantes; y los rasgos fundamentales de su trayectoria, en particular de la LCR, hasta finales de los años setenta, con un momento decisivo, las elecciones de junio de 1977, que mostraran los límites de los apoyos sociales de dichas formaciones, agudizados además por su fragmentación.
El movimiento sindical en la transición es el objeto de estudio de Javier Tébar, que discute algunas de las explicaciones existentes más repetidas pero no siempre bien fundamentadas. Por una parte, plantea los rasgos fundamentales de una crisis económica que tuvo efectos muy duros para los trabajadores, en especial entre los jóvenes que debían incorporarse al trabajo. Por otra, constata que la capacidad de movilización, en especial de CC. OO., demostrada en los años finales del franquismo coexistió con unas estructuras organizativas muy débiles e, incluso, con una presencia organizada muy limitada. Ello comportó que las organizaciones sindicales tuvieran que actuar durante el periodo de cambio político conjugando diversos objetivos, todos ellos de la máxima importancia, como la consolidación de la democracia, la defensa de los trabajadores en una coyuntura económica particularmente desfavorable y la creación y el asentamiento de sólidas estructuras orgánicas. Además, los sindicatos hicieron frente a tales retos desde la divergencia de sus modelos sindicales y desde la lucha por la hegemonía.
Si el proceso de transición a la democracia tiene un escenario muy particular es, sin duda, en el País Vasco. José Antonio Pérez dedica su análisis a las izquierdas vascas y a su actuación en un escenario condicionado no solo pero sí fundamentalmente por la violencia política, por la persistencia de una dura política represiva gubernamental, por una parte, pero especialmente por el terrorismo de ETA, que, contrariamente a las expectativas, no desapareció con la promulgación de la amnistía y con la institucionalización democrática. Así, el autor explica la trayectoria del PSE-PSOE, del PC de Euskadi-EPK, de Euskadiko Ezkerra y de los grupos de la extrema izquierda especialmente activos hasta 1977, y después muchos crecientemente fascinados por el mundo nacionalista radical que tendría como principal expresión Herri Batasuna.
El volumen se cierra con tres textos centrados en Cataluña. Francesc Vilanova realiza una aproximación a una publicación de la izquierda catalana, Taula de Canvi, de vida corta pero muy intensa, y que constituye un exponente especialmente significativo de la solidez intelectual alcanzada en aquellos años por comunistas y socialistas catalanes, y de su capacidad de colaboración. Entre 1976 y 1980, Taula de Canvi editó veinticuatro números que reflejan las principales preocupaciones y problemas de la izquierda en Cataluña y en el conjunto de España pero teniendo muy presentes los debates de la izquierda europea. Dirigida por Alfonso Carlos Comín, con un consejo de redacción plural, en el que figuraban, entre otros, Jordi Solé Tura, Jordi Borja, José A. González Casanova, Antoni Castells, Josep Fontana, Joaquim Sempere o Manuel Vázquez Montalbán, las páginas de la revista constituyen también un instrumento especialmente valioso para el análisis crítico de la transición en Cataluña y en el conjunto de España a partir de las voces coetáneas de muchos de los intelectuales más destacados de las izquierdas catalanas.
La colaboración entre socialistas y comunistas en el plano político, más allá de las instancias unitarias del antifranquismo, desaparecidas después de las elecciones de junio de 1977, y del consenso constitucional, tuvo una única expresión relevante después de las elecciones de abril de 1979: los acuerdos para gobernar conjuntamente ayuntamientos y diputaciones provinciales allí donde la izquierda tenía la mayoría. Martí Marín analiza una experiencia muy singular, la de la Diputación de Barcelona. Singular por las características de dicha institución, con servicios muy importantes y un elevado presupuesto, y porque aportó los recursos materiales a la Generalitat provisional presidida –como la Diputación desde octubre de 1977– por Josep Tarradellas. La Diputación de Barcelona, al mismo tiempo, muestra la quiebra en 1983, al menos parcial, de dicha colaboración, en un contexto en el que el PSC-PSOE quería afirmar su hegemonía en la izquierda en detrimento de un PSUC que desde 1981 había entrado en una situación de crisis y autodestrucción.
El último de los textos del volumen, el de David Ballester, está dedicado al estudio minucioso de las movilizaciones impulsadas por el antifranquismo y, especialmente, por la izquierda en los espacios públicos, en particular las manifestaciones por la amnistía de 1976 y la manifestación de la Diada Nacional del 11 de septiembre de 1977, y presta atención a la represión policial, habitual hasta la celebración de las elecciones generales. Lejos de un proceso de cambio desarrollado en las instituciones y con unas élites políticas como principales actores, este texto muestra la importancia de otros actores y de otros escenarios, sin los cuales no puede explicarse adecuadamente el fracaso del reformismo del primer gobierno de la monarquía y la determinante presión sobre el Gobierno Suárez, que contribuyó decisivamente a la celebración de unas elecciones que abrieron un proceso constituyente.
El conjunto de textos que conforman este libro amplían, en distintas direcciones, los conocimientos sobre aspectos relevantes del proceso de cambio político en la España de los años setenta, aportan en algunos casos planteamientos novedosos y contribuyen a dar solidez al debate historiográfico, cuestionando formulaciones repetidas pero con escaso fundamento, reduccionismos, simplificaciones extremas y explicaciones interesadas.
EL PCI Y LA IZQUIERDA EN LA ITALIA DE LOS AÑOS SETENTA
Alfonso Botti Università di Modena e Reggio Emilia
EL MARCO TEMPORAL
Los años setenta empiezan en Italia el 12 de diciembre de 1969 y terminan el 9 de mayo de 1978.
La primera fecha corresponde al atentado de plaza Fontana en Milán, en el Banco de la Agricultura, y, con ello, al inicio de lo que muy pronto se llamó «estrategia de la tensión». La segunda fecha, al descubrimiento del cadáver de Aldo Moro en un Renault 4 rojo en vía Caetani, entre vía delle Botteghe Oscure (sede del PCI) y plaza del Gesú (sede de la DC) en Roma. Un hilo une las dos fechas. La estrategia de la tensión, puesta en marcha por determinados sectores de los servicios de inteligencia del Estado y grupos neofascistas, ambos con apoyos internacionales, tenía el objetivo de desestabilizar el país para propiciar un giro hacia la derecha.1 El asesinato de Moro eliminó de la escena política al más autorizado líder del partido italiano más votado, la DC. El único líder (junto con Ugo La Malfa, del minúsculo Partido Republicano) que, valorándola como necesaria, actuó en la perspectiva de una gradual inserción del PCI en el área del gobierno; y, lo que es más importante, el único capaz de ofrecer garantías al respecto a la derecha de su partido, a la Curia romana y a Washington.2 Las dos fechas fijan los extremos cronológicos del periodo en el cual se planteó (y fracasó) la posibilidad de un cambio hacia la izquierda en la dirección del país que se habría producido con la entrada del PCI en el gobierno. Un periodo que coincidió en el plano internacional, primero, con la consolidación de la distensión en el marco del cambio del sistema de la Guerra Fría que la invasión soviética de Checoslovaquia y el lanzamiento de la Ostpolitik por parte de Willy Brandt habían anunciado y que se concretó con la firma del tratado SALT I y con los acuerdos de Helsinki; después, con la crisis de la misma distensión, debido al impasse sobre SALT II, al expansionismo soviético en África y a la exigente política sobre los derechos humanos del nuevo presidente americano Jimmy Carter.3 Unos años en los que si, por un lado, la llamada «cuestión comunista» se ubicó progresivamente en el centro de la agenda política italiana, por otro, la aproximación al gobierno de un país democrático europeo del mayor partido comunista del mundo occidental puso a Italia, a su laboratorio político y al PCI en un lugar destacado de la política internacional. Y no solo desde el punto de vista de la atención.
Para entenderlo mejor, hay que fijar la atención en algunos acontecimientos y a continuación centrarse en la propuesta que caracterizó la política del PCI a partir de la segunda mitad de 1973. En primer lugar, hay que considerar el impacto que tuvieron en la sociedad italiana el movimiento estudiantil de 1968 y las luchas obreras del autunno caldo de 1969. Se trata de una cuestión sobre la cual existe abundantísima literatura que no viene al caso mencionar aquí y que no ha llevado todavía a una interpretación compartida entre los historiadores. En todo caso, pocos son los que discrepan al apuntar que el 68 propició cambios muy relevantes en la mentalidad y las costumbres, y que produjo, por un lado, un movimiento antiautoritario y democrático que impactó en la sociedad civil, y, por otro, una radicalización de sectores de la izquierda (sobre todo juveniles) que, dando vida a los grupos de la llamada izquierda extraparlamentaria (Potere operaio, Il Manifesto, Lotta Continua, Avanguardia operaia, por citar los principales), compitieron con el PCI para apoderarse del consenso obrero sin conseguirlo; y que fue también del fracaso de esta «nueva izquierda» de donde surgió el terrorismo rojo. Con el proyecto de actuar en el terreno militar como vanguardia de un movimiento revolucionario de masas –unas masas a las que, según ellos, el PCI había traicionado–, en octubre de 1970 nacieron las Brigadas Rojas. Su actividad marcó los años setenta, que merecieron la denominación de «años de plomo».4
En segundo lugar, es preciso fijar la atención en el resultado de las elecciones generales de 1972, en las cuales la DC se confirmó primer partido con el 38,66% de los votos.5 El conjunto de los pequeños partidos de centro (PLI, PSDI, PRI), aliados de la DC, consiguió el 11,89% de los sufragios, y la derecha, con el MSI, el 8,67%. En cambio, la izquierda en su conjunto se quedó con el 39,73% de los votos, porcentaje que resulta de sumar los de los comunistas (27,25%), los socialistas (9,61%), los socialistas de izquierda del PSIUP (1,94%) y los de dos nuevas fuerzas políticas: Il Manifesto, grupo expulsado del PCI poco antes, y el Movimento Politico dei Lavoratori (MPL), una agregación de la izquierda católica procedente del asociacionismo y sindicalismo católicos (fundamentalmente ACLI –Associazioni Cristiane dei Lavoratori Italiani– y CISL –Confederazione Italiana Sindicati Lavoratori–), que lograron entre los dos apenas el 1,03% de los sufragios. Los resultados de 1972 permiten destacar algunos datos interesantes. El primero es que el movimiento de 1968, a corto plazo, no favoreció a la izquierda, sino más bien al centro y a la derecha. El segundo es que la DC resistió muy bien las críticas contra la unidad política de los católicos llevadas a cabo por sectores posconciliares del catolicismo democrático y progresista, como demuestra el fracaso del MPL liderado por el expresidente de las ACLI, Livio Labor. El tercer dato es que también el PCI resistió las críticas procedentes de los nuevos movimientos a su izquierda, como demuestra el fracaso de Il Manifesto, prefiguración de la falta de un espacio político significativo a la izquierda del PCI que, en el plano electoral, caracterizaría todas las elecciones sucesivas hasta finales de los años ochenta.6 Sin embargo, a partir del resultado electoral el PCI infravaloró el impacto que el 68 había tenido en el plano social, cultural y de la mentalidad colectiva. Lo anterior contribuye a esclarecer algunas premisas, las más próximas, de la propuesta política que Enrico Berlinguer7 hizo en 1973.
EL COMPROMISO HISTÓRICO, LA AUSTERIDAD Y EL EUROCOMUNISMO
Debido a la enfermedad de Luigi Longo, Berlinguer había sido elegido secretario general del PCI en marzo de 1972, con ocasión del XIII Congreso del partido. Entre finales de septiembre y octubre de 1973, a raíz de los acontecimientos de Chile,8 Berlinguer lanzó en tres artículos que aparecieron en Rinascita la propuesta de un «nuevo y gran compromiso histórico».9 Esta propuesta correspondía a su análisis de la fase política interna e internacional, al tiempo que se insertaba en el cauce de la tradición del comunismo italiano. El líder comunista consideraba que una mayoría parlamentaria y gubernamental progresista del 51% habría producido una peligrosa ruptura en el país de la cual hubiera podido aprovecharse la derecha subversiva. Además de lo ocurrido en el Chile de Salvador Allende, no hay que olvidar la «estrategia de la tensión» y el ascenso de la derecha neofascista desde el 4,4% de 1968 al 8,7% en las elecciones de 1972, a las cuales se había presentado como MSI-Derecha Nacional, incorporando a los monárquicos. Tampoco hay que olvidar que fue justamente a partir del otoño de 1973 cuando se manifestó, con la subida del precio del petróleo, la tremenda crisis económico-financiera que llevaría a Berlinguer a hablar de «crisis del sistema imperialista y capitalista mundial» en su informe al XIV Congreso del PCI, en 1975.10 Para salir de la crisis, solucionar los problemas del país y derrotar al neofascismo, Berlinguer valoraba como necesaria la formación de un bloque social entre clase obrera y clases medias, al cual habría tenido que corresponder una alianza estratégica en el plano político entre los tres partidos de masas (DC, PCI y PSI). Estratégica, también, por la gradual superación del capitalismo a través de la introducción de elementos de socialismo en la economía y la adopción un nuevo modelo de desarrollo. Una tercera vía entre la socialdemocracia de los países noreuropeos y el socialismo «real» de los países del bloque soviético. Una vía que había de tener en su base la austeridad. Por lo menos, esta era una de las concreciones del compromiso histórico que el secretario comunista habría explicitado en enero de 1977. En sus palabras, se trataba de aprovechar la «auténtica novedad histórica» en la cual «las viejas clases dominantes y el viejo personal político» sabían que ya no estaban «en condiciones de imponer sacrificios a la clase obrera y a los trabajadores italianos», sino que tenían que pedirlos. Y esto suponía el reconocimiento implícito de que era la clase obrera «la nueva fuerza dirigente de la sociedad y del Estado». Una clase obrera que podía aceptar hacerse cargo de estos sacrificios solo si los tres objetivos de interés general (sanear la economía nacional, poner en marcha la recuperación productiva y elevar el nivel de empleo) se insertaban en el camino de la gradual salida de los mecanismos y de la lógica que habían regido el desarrollo italiano de los últimos veinticinco años, así como de sus pseudovalores, para introducir «por lo menos algunos de los fines, valores y métodos propios del ideal socialista». Lo que pedía la política de austeridad, en fin, era un nuevo modelo de desarrollo «tanto contra la demencia consumista como contra el intento de cargar los costes de la salida de la crisis solo sobre las espaldas de la clase obrera y de los trabajadores».11
Con el compromiso histórico Berlinguer volvía a proponer la línea que había caracterizado la política togliattiana en los años del paso del fascismo a la República (y concretamente desde su regreso a Italia en marzo de 1944) y en los primeros años republicanos (1945-47) con los gobiernos de Unidad nacional y la perspectiva de «democracia progresiva».12 Subyacente a esta propuesta estratégica estaba una cultura política en la cual se advertía la fundamental aportación de Franco Rodano, el líder del pequeño grupo de católicos-comunistas incorporados al PCI en la segunda posguerra, que consideraba compatibles y, más aún, convergentes la moral católica (solidaria, centrada sobre el bien común, la idea de la política como servicio, el rechazo del individualismo y del consumismo burgués) y la moral comunista.13 Una visión, es preciso añadirlo, que asumía y valoraba como positiva la presunta actitud antimoderna del catolicismo social a raíz de su declinación anticapitalista.
La propuesta de Berlinguer tomaba en serio las amenazas representadas por las derechas subversivas y proponía como respuesta una ampliación de la democracia; se dirigía fundamentalmente a la DC, en la cual, después de la derrota del MPL, consideraba improbable una ruptura que separara las corrientes de izquierda de las de derecha; además, se proponía solucionar el problema del agotamiento de todas las anteriores fórmulas de gobierno (centrismo y centro-izquierda) y de la falta de mayorías estables en el plano parlamentario; finalmente, si bien de una manera más implícita, por su influencia sobre el movimiento obrero ofrecía cierto control de la conflictividad social a cambio de un nuevo modelo de desarrollo en el cual estuviesen presentes «elementos de socialismo». Con todo, se trataba de una propuesta que se dirigía a los partidos y que no valoraba lo suficiente ni la sociedad civil ni los cambios que se habían producido en ella a partir de 1968. Prueba de esto fue la actitud que el partido tuvo frente al referéndum sobre el divorcio y la gestión que inicialmente hizo de aquel enfrentamiento cultural y político.
Frente a la Ley n. 898 Fortuna-Baslini, que en 1970 había introducido el divorcio en la legislación italiana, los obispos –de acuerdo con Pablo VI– y gran parte de las organizaciones católicas y de la DC se habían movilizado para derogar dicha ley por medio de un referéndum según lo previsto en el artículo 75 de la Constitución. El referéndum suponía un enfrentamiento entre la DC y el PCI justamente cuando los comunistas acababan de proponer una alianza estratégica con los demócrata-cristianos. A esta preocupación el PCI añadía el temor, por un lado, a una fractura de la sociedad italiana entre laicos y católicos y, por otro, a una derrota de los divorcistas. Por lo tanto, había intentado introducir unas reformas de la ley de divorcio que evitaran el referéndum.14 No lo consiguió y el 12 de mayo de 1974 los italianos votaron. El resultado fue muy distinto de las expectativas de los católicos tradicionalistas y de las derechas, así como de los temores del PCI, puesto que el 59,1% de los italianos se expresó en favor del mantenimiento de la ley.15 Fue un claro síntoma de la madurez alcanzada por la sociedad civil, gracias también a la actividad del movimiento feminista, que pocos años después, en 1978, conseguiría la ley sobre el aborto.16
Lo que el PCI no valoró (o no entendió) entonces fue que, si la ola del 68 había producido sus efectos en la sociedad civil, en la cultura y en la mentalidad y, por el contrario, tardaba (o tardaba más) en impactar sobre la política y los equilibrios de fuerza entre los partidos, algún problema debía tener la política. Y concretamente el propio PCI, que los tenía por dos razones diferentes y opuestas entre sí. La primera serie de problemas surgía del hecho de que el PCI formaba parte del sistema político que el movimiento del 68 había cuestionado radicalmente. No solo formaba parte de él, sino que se esforzaba por autorrepresentarse como pieza clave de aquel sistema para legitimarse. La segunda serie de problemas surgía de la Guerra Fría y de la fuerte vinculación que el partido había tenido (y mantenía) con el PCUS, la Unión Soviética y su bloque. Problemas de los cuales Berlinguer era muy consciente y que se propuso solucionar empezando a marcar distancias respecto al comunismo soviético. Lo hizo a partir de enero de 1973 auspiciando la superación del bipolarismo y de los dos bloques;17 lo hizo en febrero de 1976 en Moscú con ocasión del XXV Congreso del PCUS; lo hizo, sobre todo, lanzando el «eurocomunismo»18 que marcaba distancias con el comunismo oriental y asiático, al tiempo que confirmaba el cambio de actitud de PCI y PCE (bastante menos del PCF) en relación con el proceso de unificación europea;19 lo hizo con la entrevista que el Corriere della Sera publicó el 15 de junio de 1976, en la cual Berlinguer afirmó sentirse más seguro bajo el paraguas de la OTAN20 y pocas semanas después con su intervención en la Conferencia de Berlín de los partidos comunistas europeos; volvió a hacerlo en Moscú el 2 de noviembre de 1977, con ocasión de la celebración de los setenta años de la Revolución bolchevique.21 Sin embargo, las críticas al sistema soviético se produjeron al encontrarse el PCI en el umbral del gobierno, quizá demasiado tarde para no transmitir la sensación de un cambio oportunista o meramente táctico. No era así, porque se trataba de una línea que venía de lejos y que tenía por antecedente la «vía italiana hacia el socialismo» elaborada por Togliatti. Pero el partido recibía financiación de la URSS22 y había en él sectores filosoviéticos e incluso estalinistas que ralentizaron la marcha hacia una más completa autonomía de la URSS. Sea como fuera, la toma de distancias respecto al país soviético no convenció a Estados Unidos, cuya actitud contraria al ingreso de representantes comunistas en el Gobierno de un país de la OTAN tampoco cambió con la presidencia de Jimmy Carter. Si durante las administraciones republicanas de Nixon y Ford habían sido Kissinger y el embajador en Italia, John Volpe, los más decididos adversarios de esta solución, no hubo cambios sustantivos durante la Administración demócrata de Carter, con Brzezinski y el nuevo embajador en Roma desde 1977 hasta 1981, Richard N. Gardner. Es más, el 12 de enero de 1978 el Departamento de Estado lo reafirmó de una forma clara, justamente a solicitud de Gardner: los Estados Unidos eran contrarios a la participación de los partidos comunistas en los gobiernos de la Europa occidental. Un mes antes el PCI había pedido su entrada en el Gobierno.23
El respaldo del que el PCI gozaba entonces en el país era muy fuerte. En las elecciones administrativas del 15 y 16 de junio de 1975, cuando votaron por primera vez los jóvenes de entre 18 y 20 años, el PCI llegó al 33,4% (datos de las regionales) de los votos, con un aumento del 6,5% (frente a las generales de 1972), convirtiéndose además en el primer partido en las principales ciudades (Roma, Milán, Nápoles, Turín y Génova, además de Bolonia). La DC bajó 3,4 puntos porcentuales, pero se confirmó todavía como primer partido, con el 35,2% de los votos. En el mismo año el PCI alcanzó el número de 1.715.000 afiliados.24
En los meses sucesivos, mientras el país vivía un gravísima crisis económica con una inflación de en torno al 17%, estallaron varios escándalos, el más importante de los cuales fue el «escándalo Lockheed», que involucró a algunos políticos del área del Gobierno por haber aceptado sobornos a cambio de la compra de aviones militares y salpicó al propio presidente de la República, Giovanni Leone. Además, se produjo una ofensiva del terrorismo brigadista, con varios ataques armados a cuarteles de las fuerzas del orden en Milán y Génova y con el asesinato de un alto magistrado en Génova.
Fue en este clima, caracterizado por las expectativas y los temores sobre el sorpasso, en el que los italianos volvieron a votar el 20 de junio de 1976. Con una participación del 93,4%, el PCI conquistó el 34,4% de los votos. Pero la DC se confirmó como primer partido con el 38,7%. En su conjunto, la izquierda (PCI, PSI y DP) alcanzó el 45,5% de los votos para la Cámara, frente al 39,8% de 1972. De las elecciones salió una situación completamente nueva: sin el PCI no había mayoría parlamentaria para sustentar un gobierno. Siguiendo la línea del compromiso histórico y su análisis de la situación económica, el PCI propuso un gobierno de solidaridad nacional con su participación. Frente a la negativa de los demás partidos, la solución que el PCI aceptó, después de muchos debates en su interior y de negociaciones constantes, sobre todo con la DC y los socialistas, fue la de un monocolor demócrata-cristiano liderado por Giulio Andreotti, que en verano estrenó su Gobierno gracias a la abstención de comunistas, socialistas, socialdemócratas, republicanos y liberales. Fue el Gobierno de la «no desconfianza». El PCI se tragó el sapo. Fue un acto de confianza en la capacidad de Moro para llevar a la DC a aceptar que el PCI, que ya permitía con su «no desconfianza» la vida del Gobierno, entrara en un momento posterior en la mayoría y a continuación en un Gobierno de emergencia o solidaridad nacional. El proyecto de Moro no coincidía con el de Berlinguer. En la visión del líder demócrata-cristiano, la entrada del PCI en el Gobierno correspondía a una «segunda fase» que habría tenido que legitimar plenamente a los comunistas para gobernar el país, con lo cual se abriría una «tercera fase» en la que los dos partidos, ambos ahora plenamente legitimados, se alternarían en el Gobierno del país según la voluntad de los electores. Por el contrario, Berlinguer veía en el Gobierno de los tres partidos de masas una especie de solución estable, por no decir definitiva.25
Con todo, desde el punto de vista comunista, la «no desconfianza» significaba el fin de la conventio ad excludendum hacia el PCI que había caracterizado la política italiana hasta la fecha. Un primer paso hacia el gobierno y al tiempo una novedad que permitió consensuar con los demás partidos del arco constitucional la elección de Pietro Ingrao para la presidencia de la Cámara (tercer cargo en importancia en el Estado) y de siete comunistas para la presidencia de otras tantas comisiones parlamentarias.
Como se ha dicho, la idea de Berlinguer y del PCI era la de facilitar la aceptación de los sacrificios que la crisis económica imponía a los trabajadores a cambio de reformas que marcaran un nuevo modelo de desarrollo, un modelo marcado por la austeridad. Una especie de desarrollo sostenible, anticonsumista, que el líder comunista no consiguió explicar y que muchos se empeñaron en malinterpretar. Y que, en todo caso, poca posibilidad de aceptación tenía en los sectores sociales no protegidos por el Estado de bienestar, sobre todo jóvenes en el paro, licenciados sin ocupación a quienes el PCI no representaba y que a partir del movimiento en las universidades de 1977 (sirvan de ejemplo los incidentes de febrero de 1977 en la Universidad La Sapienza de Roma, cuando el sindicalista comunista Luciano Lama fue atacado por grupos de estudiantes) se lanzaron contra el PCI identificándolo, junto a la DC, como pilar del sistema, del orden y del statu quo. De la protesta estudiantil y juvenil se apoderó el movimiento de la autonomía obrera, que trató al PCI de enemigo, a la vez que este trataba de squadrista al nuevo movimiento estudiantil. El movimiento de protesta cogió al PCI en una posición delicada. Entre finales de 1977 y principios de 1978, al darse cuenta del desgaste que suponía su ubicación, el partido pidió un gobierno de emergencia del cual formase finalmente parte. Por consiguiente, Andreotti dimitió en febrero. Moro pidió al PCI más paciencia, concediéndole la entrada en la mayoría. Sin embargo, el nuevo Gobierno, también monocolor, liderado una vez más por Andreotti y sin ministros que pudiesen representar el cambio de orientación auspiciado por los comunistas, tuvo que tomar posesión en el dramático clima determinado por el secuestro de Moro. Fue un Gobierno de «solidaridad nacional» al que, sin otro remedio, el PCI sostuvo hasta el 7 de enero de 1979, cuando Berlinguer anunció en la Dirección el paso del partido a la oposición.
El 31 de enero 1979 Andreotti dimitió. En el XV Congreso, el 30 de marzo de 1979, Berlinguer afirmó que el PCI se habría quedado en la oposición de cualquier gobierno que lo excluyese. En las elecciones, otra vez anticipadas, del 3 de junio del mismo año, el PCI perdió casi 4 puntos porcentuales (cerca de 1,5 millones de votos), y bajó al 30,38%. La DC perdió el 0,4%, con lo que se quedó con el 38,30% de los votos. En noviembre de 1979, Berlinguer anunció el fin de la política de compromiso histórico y la nueva línea de «alternativa democrática» sobre la base de una alianza con los socialistas. Estos, sin embargo, con el ascenso en la secratería de Bettino Craxi en 1976 ya habían empezado a acercarse a la DC para una reedición del centro-izquierda y a exasperar la conflictividad con los comunistas. Pero esta sería ya la historia de los años ochenta, y los setenta, como se ha dicho, se habían acabado con el asesinato de Moro.
LAS VALORACIONES DE LA HISTORIOGRAFÍA
Sin la pretensión de ofrecer un panorama exhaustivo de las interpretaciones de la política de los comunistas italianos en los años setenta y del compromiso histórico, sí merece la pena apuntar las más significativas. Según Paul Ginsborg (1989), el compromiso histórico fue una propuesta inicialmente defensiva que a continuación se convirtió, concretamente a partir de 1976, en estratégica. El historiador británico (pero italianizado desde varias décadas) insiste en la convergencia entre moralidad católica y comunista, así como sobre la austeridad. Reconoce a la propuesta comunista dos méritos: haber puesto en el centro del debate político la cuestión comunista y haber salvaguardado la democracia italiana impidiendo su deriva autoritaria. Al mismo tiempo, apunta los siguientes defectos: la errónea valoración de la DC, que ya no era la de 1945 por haberse instalado en el Estado y por representar al partido conservador y del capitalismo italiano; la escasa capacidad de la austeridad para interpretar la tendencia consumista de amplios sectores de la población italiana después del boom económico de los sesenta; el carácter verticalista del encuentro entre PCI y DC, ambos no demócratas en su funcionamiento interno, que permitía pensar en un encuentro entre «dos iglesias»; el carácter indefinido de la «tercera vía» y de la gradual introducción de elementos de socialismo en la economía, que, si por un lado no dejaba claras las diferencias con el modelo socialdemócrata y el soviético, por otro no distinguía entre las reformas de estructura y las sencillamente correctivas del sistema.26 En pasajes posteriores de su historia de la Italia republicana, Ginsborg añade un elemento interpretativo de gran importancia cuando apunta otra consecuencia que el compromiso histórico de los años de los gobiernos de solidaridad nacional tuvo en la fractura que se produjo entre PCI y mundo juvenil urbano y universitario. A raíz del ansia por demostrar su plena fiabilidad y responsabilidad como partido de gobierno, el PCI, que había votado contra la Ley Reale que en 1975 había introducido medidas represivas muy discutibles desde el punto de vista del Estado de derecho en materia de orden público, votó en 1976 a favor de su prórroga; una actitud que facilitó la explosión del movimiento juvenil de 1977, el cual tuvo al PCI como principal blanco.27 Además, Ginsborg reprocha al compromiso histórico la infravaloración de los socialistas.28
También Pietro Scoppola (1991) valora como defensiva la estrategia del compromiso histórico,29 de la cual subraya la diferencia con los gobiernos de solidaridad nacional, y traza un paralelismo entre la propuesta comunista y la «tercera fase» dibujada por Aldo Moro. En su análisis, las dos líneas compartieron la necesidad de facilitar respuestas al deterioro moral del país. Además, ambas permanecían en la lógica de la «democracia de los partidos». Pero, mientras que el compromiso histórico no preveía la alternancia como objetivo de una democracia finalmente acabada, la «tercera fase» sería un proceso que habría tenido que llevar, después de la plena legitimación recíproca, a la alternancia. Según Scoppola, el principal límite de ambas perspectivas fue el no plantear reformas institucionales de suficiente altura para propiciar la salida de la crisis de la «democracia de los partidos».30
Silvio Lanaro (1992) trata a Berlinguer de «hombre nuevo» para resaltar su no pertenencia a la generación del antifascismo y del exilio.31 Insiste en la influencia que Franco Rodano tuvo sobre el secretario comunista hasta el punto de reconducir al tomismo el dibujo berlingueriano de la sociedad orgánica, en la cual la mediación y la «comprensión» (palabra clave según Lanaro en el léxico de Berlinguer) borrarían sistemáticamente el conflicto y la propia lucha de clases.32 Atribuye a Berlinguer el error de haber imaginado
una consonanza perfetta fra le subculture «storiche» dei partiti e le domande sociali che essi esprimono, nel postulare una docilità naturale delle istituzioni e nel giudicare insignificante il problema degli uomini chiamati a tradurre in opere un’ipotesi politica.33
Considera los gobiernos de «solidaridad nacional» como gobiernos del compromiso histórico que, al margen de la buena voluntad, incluso cuando aprobaron leyes de reforma, no consiguieron su eficaz aplicación a la realidad.34
Guido Crainz (2003) insiste en la percepción del peligro representado por la derecha subversiva que Berlinguer tuvo –y que ubica antes del golpe chileno– y en la renuncia del PCI a parte de su programa para presentarse como partido nacional, a la altura de representar la clave para el cambio de dirección política, necesario a raíz de la grave crisis económica. Su interpretación adelanta a principios de los setenta la crisis del sistema político italiano y de los partidos, de la cual facilita varios síntomas (corrupción, financiación ilícita de los partidos, revueltas de Reggio Calabria y de L’Aquila), y se detiene en los primeros en detectarla (como, por ejemplo, Pier Paolo Pasolini en su denuncia del Palazzo, es decir, de la clase gubernamental). En este mismo contexto observa la contradicción en la cual actuó el PCI, que para entrar en la mayoría tuvo que ser aceptado por los partidos que ya la integraban y, justamente por ello, corrió el riesgo de perder sus rasgos diferenciales y ser percibido como los demás partidos. Prueba de ello son el rechazo por parte del PCI de las críticas a la «clase política» (y del empleo del sintagma), su intento de evitar el referéndum sobre el divorcio modificando la ley y su voto favorable a la ley de financiación de los partidos de 1974, justamente cuando habían estallado varios escándalos con respecto a la financiación ilícita. Del compromiso histórico, además, Crainz critica su corte partidista («politicista» podríamos decir) o, por decirlo de otra manera, la confusión entre la democracia y la «democracia de los partidos»; o, de otro modo aún, la identificación entre las masas comunistas, socialistas y católicas y el PCI, el PSI y la DC. Desde su punto de vista, el principal límite de la política comunista en los años setenta sería el hecho de privilegiar los equilibrios políticos, amoldándose a la lógica de los partidos (especialmente durante los gobiernos de solidaridad nacional de 1976-79).35
A las aportaciones de los historiadores de la Italia republicana hay que añadir las investigaciones que se han centrado sobre la política comunista de los setenta y el propio Berlinguer a la luz de la documentación procedente de los archivos del PCI. Por la imposibilidad de ofrecer una panorámica al respecto, me limitaré a dos trabajos, que son además los que más se han utilizado como fuentes indirectas para redactar el presente artículo. El primero es la biografía política Enrico Berlinguer (2006), en la cual Francesco Barbagallo insiste sobre la continuidad que la política del compromiso histórico representa con la línea togliattiana del «partido nuevo», mientras que considera poco influyente la elaboración teórica y política de Franco Rodano al respecto.36 Huelga remarcar la aportación de este trabajo, que es bastante más que una biografía del líder comunista. Por el contrario, sí merece la pena apuntar la importancia que Barbagallo atribuye a Estados Unidos y a la Unión Soviética en el bloqueo del proyecto que con los gobiernos de solidaridad nacional habían puesto en marcha Berlinguer y Moro (con el apoyo de La Malfa).37
El segundo es el trabajo al que se ha hecho ya muchas veces referencias, Berlinguer e la fine de comunismo (2006), en el cual Sivio Pons destaca una segunda dimensión internacional del compromiso histórico (la primera es la que se refiere al impacto del golpe chileno), que identifica con «su vinculación con la idea de la distensión como factor gradual pero suficientemente dinámico de cambio». Una idea que Pons considera como forzatura por tener en su base no unos hechos, sino un desafío que apostaba por la posibilidad de que un cambio en las reglas del juego bipolar asignara al comunismo europeo un importante papel en la política internacional.38 Por el contrario, no hubo ni cambio de las reglas, ni superación del bipolarismo, ni consolidación de la distensión. Ello decretó la derrota del proyecto eurocomunista berlingueriano, que Pons reconstruye e interpreta como complementario al compromiso histórico, como su vertiente en el plano de la política exterior.
Al margen de los historiadores, son muchos los políticos que han dejado un testimonio autobiográfico o una reflexión más distanciada (por lo menos en las intenciones) sobre los acontecimientos del periodo. De entre ellos merece la pena recordar la reconstrucción de la historia del comunismo italiano que Lucio Magri –uno de los fundadores del grupo Il Manifesto– nos ha dejado en su Il sarto di Ulm (2009), donde insiste sobre el análisis equivocado que Berlinguer hizo de la DC y considera un gravísimo error la participación del PCI en los gobiernos de «solidaridad nacional». En su valoración, no fue el asesinato de Moro lo que provocó el fin del experimento y de la marcha del PCI del Gobierno, sino que este proyecto ya había fracasado antes. Es más: pasó justamente lo contrario, puesto que el secuestro y el asesinato de Moro provocaron la continuación de los gobiernos de solidaridad nacional.39
CONSIDERACIONES FINALES
La propuesta política que Berlinguer hizo en los años setenta tuvo tres vertientes, complementarias y coherentes entre ellas. En el plano de la política interna, propuso el compromiso histórico. En materia de política económica, la austeridad. En el plano de la política exterior, el eurocomunismo.
La primera fue la más elaborada de las tres, se insertó en el cauce de la tradición togliattiana y pareció entonces ofrecer una solución concreta al bloqueo político de la situación italiana. Bloqueo gubernamental y crisis económica, junto a la extraordinaria fuerza organizativa y electoral del PCI, consiguieron poner el compromiso histórico en el centro del debate público como «cuestión comunista». Sus límites fueron los derivados de tener en su base una lectura catastrofista de la situación económica mundial, de no evaluar correctamente la naturaleza de la DC y de minusvalorar el papel y la aportación de los socialistas. Sobre las relaciones con los socialistas, hay que añadir algunas consideraciones. Dividido en corrientes, frágil en su estructura, débil desde el punto de vista electoral, subalterno de hecho al PCI desde la posguerra, el PSI tenía una imagen muy mala a los ojos de los comunistas. Sin embargo, al fin y al cabo, lo que obstaculizó la posibilidad de entendimiento no fue ni la fragilidad del PSI, ni su orientación socialdemócrata, sino su actitud más laica y libertaria, su sensibilidad para los derechos civiles: temas sobre los cuales el PCI llevaba un retraso importante (como demuestra, por ejemplo, su actitud frente al divorcio). Craxi vino después y su ascenso en el PSI fue también la consecuencia de la actitud que los comunistas habían tenido históricamente con ellos. Al hilo de lo dicho anteriormente, puede añadirse que en el trasfondo de la cultura política del PCI de Berlinguer había una infravaloración de los procesos de secularización que habían afectado a la sociedad italiana y, al tiempo, una valoración negativa de esta.40 Volviendo al compromiso histórico, su principal debilidad radicó en el desfase con los procesos sociales. Un desfase y una distancia que se acentuaron en los meses de la no desconfianza, cuando el PCI se encontró en posición delicada y entre dos fuegos.
La política económica de la austeridad fue poco más que una enunciación. Y consistencia vaporosa tuvieron aquellos elementos de socialismo que el PCI quería introducir en el nuevo modelo de desarrollo, a cambio de algo muy claro, muy fácil de entender y practicar: los sacrificios de los trabajadores. El PCI no supo presentar la austeridad ni como un camino distinto de la modernización, ni como una democratización de la modernidad, ni como una respuesta a los impactos de una modernización incontrolada sobre el ambiente y el ecosistema. Quizá fuese demasiado pronto. Quizá fuera anacrónico pretenderlo. Lo cierto es que la idea que se filtró en la opinión pública y en los militantes de izquierda fue la de una actitud antimoderna del PCI, y la imagen que se apoderó de la mente de muchos fue aquella triste, gris y pobre de los países del socialismo real, en los cuales incluso pocos de los comunistas italianos hubieran querido vivir.
En todo caso, ambas propuestas –la política y la económica– hubieran podido beneficiarse del eurocomunismo en el plano internacional. Siempre que tuviese éxito y que este éxito fuera duradero. Pero no lo tuvo. Feo el neologismo (eurocomunismo había sido un invento periodístico), genial la idea, se trataba de plasmar una nueva familia política, comunista, democrática y europea, distinta de la filosoviética, con la cual entrar y contar en el proceso de construcción europea y al tiempo abrir el camino hacia el gobierno de los diferentes partidos comunistas en sus respectivos países. Genial la idea, pero frágil su contenido, del cual lo único claro era la plena aceptación de la democracia y del pluralismo, mientras que bastante menos lo eran las diferencias con la socialdemocracia y la posible articulación con la democracia del reivindicado anticapitalismo. Frágil en su composición organizativa, debido a la actitud escasamente europeísta, por no decir antieuropeísta, del PCF, a las fugas hacia adelante de Carrillo y a la ausencia de otros partidos comunistas occidentales (como por ejemplo el portugués o el griego). Frágil, sobre todo, por la hostilidad del comunismo soviético y de los partidos «hermanos» de la Europa oriental, que en el eurocomunismo vieron una amenaza a su hegemonía y un ejemplo muy peligroso para los movimientos disidentes de los países comunistas. Frágil, en fin, porque no consiguió ni el apoyo de las socialdemocracias ni de Estados Unidos a pesar del cambio de la Administración con el triunfo de Jimmy Carter.
Elecciones generales. Cámara de los Diputados (%)

En conclusión, si fuera posible acercarse en clave superficial pero eficaz a los muy complicados y trágicos años setenta italianos, podría afirmarse que el verdadero compromiso histórico fue el que, de hecho, contrajeron la Unión Soviética y Estados Unidos para obstaculizar la entrada del PCI en el gobierno italiano. Quizá en el fracaso de la segunda influyese –y mucho– el éxito del primero.
1 Piero Craveri: La repubblica dal 1958 al 1992, Turín, Utet, 1995, pp. 453-480.
2 Sobre la figura de Aldo Moro (1916-1978), su secuestro y su asesinato existen una documentación y una literatura amplísimas. Al tener que reducir al máximo las referencias, me limito a apuntar la síntesis puntual de Agostino Giovagnoli: Il caso Moro: una tragedia repubblicana, Bolonia, il Mulino, 2005, y los dos trabajos en los cuales se encuentra un análisis y un comentario de gran finura historiográfica de las cartas de Moro desde la prisión de las Brigadas Rojas y del memorial que redactó en el mismo contexto: Aldo Moro: Lettera dalla prigione, edición de Miguel Gotor, Turín, Einaudi, 2008, y Miguel Gotor: Il Memoriale della Repubblica. Gli scritti di Aldo Moro dalla prigionia e l’anatomia del potere italiano, Turín, Einaudi, 2011.
3 Silvio Pons: Berlinguer e la fine del comunismo, Turín, Einaudi, 2006, pp. 3-4, 21, 111 y passim.
4 A partir del otoño de 1976 también actuó otra organización terrorista de la misma procedencia ideológica: Prima Linea. Sobre el terrorismo rojo y los años de plomo hay una memorialística y una literatura periodística e historiográfica muy extensa. Sin embargo, falta al respecto mucha documentación y varios archivos siguen cerrados. Para orientarse en este maremágnum, las referencias más útiles son las siguientes: Giorgio Galli: Piombo rosso, Milán, Baldini & Castoldi Dalai, 2007; Giorgi Bocca: Il terrorismo italiano, 1970/1978, Milán, Rizzoli, 1978; Sergio Flamigni: Convergenze parallele. Le Brigate rosse, i servizi segreti e il delitto Moro, Milán, Kaos, 1998; Giuseppe De Lutiis: Il golpe di via Fani. Protezioni occulte e connivenze internazionali dietro il delitto Moro, Milán, Sperling & Kupfer, 2007; Andrea Saccoman: Le Brigate Rosse a Milano. Dalle origini della lotta armata alla fine della colonna «Walter Alasia», Milán, Unicopli, 2013.
5 De aquí en adelante todos los porcentajes de votos de las elecciones generales se refieren a la Cámara de Diputados, también en la tabla ubicada al final del presente artículo para facilitar al lector una visión de conjunto.
6 En las elecciones de 1976, a la izquierda del PCI se presentó Democrazia Proletaria (DP), que consiguió el 1,52% de los votos y 6 diputados; en 1979, el PdUP y la Nuova Sinistra Unita consiguieron el 2,17% de los votos y 6 diputados; en 1983, DP el 1,47% y 7 diputados; en 1987, también DP obtuvo el 1,66% de los votos y 8 diputados.
7 Sobre la figura de Enrico Berlinguer (1922-1984) y la actividad del PCI en los años setenta existe una literatura abundante que es imposible mencionar aquí. Al margen de las referencias puntuales que se harán más adelante, es preciso apuntar que el presente artículo se ha aprovechado de varias de las aportaciones recopiladas en Roberto Gualtieri (ed.): Il PCI nell’Italia repubblicana, 1943-1991, Roma, Fondazione Istituto Gramsci, Annali XI, Carocci, 2001, y en los cuatro volúmenes de L’Italia repubblicana nella crisi degli anni settanta: vol. I, Agostino Giovagnoli y Silvio Pons (eds.): Tra guerra fredda e distensione; vol. II, Fiamma Lussana y Giacomo Marramao (eds.): Culture, nuovi soggetti, identità; vol. III, Francesco Malgeri y Leonardo Paggi (eds.): Partiti e organizzazioni di massa; vol. IV, Gabriele De Rosa y Giancarlo Monina (eds.): Sistema politico e istituzioni, Soveria Mannelli, Rubbettino, 2003; y también de los trabajos de Umberto Gentiloni Silveri: L’Italia sospesa. La crisi degli anni Settanta vista da Washington, Turín, Einaudi, 2009; Frédéric Heurtebize: Le péril rouge. Washingon face a l’eurocommunisme, París, PUF, 2014.
8 En Chile, Salvador Allende y la coalición de la Unidad Popular habían triunfado en las elecciones de 1970 con el 36,37% de los votos. Huelga decir que con el golpe del general Pinochet del 11 de septiembre de 1973, Chile se sumaba a las dictaduras militares de derecha de Bolivia (1971) y Uruguay (1972) y se avanzaba a la de Argentina (1976).
9 Los tres artículos se encuentran ahora en Enrico Berlinguer: La «questione comunista», 1969-1975, edición de Antonio Tatò, Roma, Editori Riuniti, 1975, pp. 609-639. En la edición española (La «cuestión comunista», Barcelona, Editorial Fontamara, 1977, con prólogo de Jordi Solé-Tura), en las pp. 139-161.
10 XIV Congresso del Partito comunista italiano. Atti e risoluzioni, Roma, Editori Riuniti, 1975.
11 Enrico Berlinguer: Austerità occasione per trasformare l’Italia, Roma, Editori Riuniti, 1977 (entrecomillado y paráfrasis se refieren a la edición española: Austeridad. Una ocasión para transformar Italia, Barcelona, Editorial Materiales, 1978, pp. 96-99), recopilación de los dos discursos de enero de 1977 en los cuales el líder comunista había explicado el sentido de la austeridad.
12 Momento clave de aquella línea había sido el voto favorable de los comunistas al artículo 7 de la Constitución, que en materia de relaciones Estado-Iglesia hacía referencia a los pactos de Letrán del 11 de febrero de 1929. Togliatti justificó el cambio de actitud del PCI, que de esta forma rompió el frente de los partidos laicos, con la necesidad de evitar una fractura entre laicos y católicos y, así, una posible «guerra de religión». Destaca los aspectos de continuidad entre Berlinguer y Togliatti la obra de Salvatore Lupo: Partito e antipartito. Una storia politica della prima repubblica (1946-78), Roma, Donzelli, 2004, pp. 251-252.
13 Además de Franco Rodano (1920-1983), también el economista Luciano Barca (1920-2012) y el secretario particular de Berlinguer Antonio Tatò (1921-1992) procedían del Movimiento de los Católicos Comunistas (1943), que a continuación se denominó Partido de la Izquierda Cristiana. Sin lugar a dudas, el principal teórico del grupo fue Rodano, cuyas obras más significativas desde el punto de vista que aquí interesa son estas: Franco Rodano: Sulla politica dei comunisti, Turín, Bollati Boringhieri, 1975, e íd.: Questione democristiana e compromesso storico, Roma, Editori Riuniti, 1977. Para un perfil intelectual del personaje, véase Marcello Musté: Franco Rodano. Critica delle ideologie e ricerca della laicità, Bolonia, il Mulino, 1993, y, sobre todo, Renato Moro: «Franco Rodano e la storia del “partito cattolico” in Italia», en Alfonso Botti (ed.): Storia ed esperienza religiosa. Studi per Rocco Cerrato, Urbino, Quattro Venti, 2005, pp. 183-214. Más en general, aporta datos importantes sobre el compromiso histórico, la política comunista de los años setenta y el propio Berlinguer el volumen de Antonio Tatò: Caro Berlinguer. Note e appunti riservati di Antonio Tatò a Enrico Berlinguer, 1969-1984, Turín, Einaudi, 2003.
14 En su intervención ante el Comité Central del PCI del 26 de julio de 1973, frente a la eventualidad del referéndum sobre el divorcio Berlinguer había defendido la idea de que una campaña sobre la cuestión supondría un cambio negativo del marco político y pondría en riesgo valores fundamentales, como la paz religiosa, la unidad de las masas trabajadoras, el porvenir de la democracia y el progreso de la sociedad italiana. Guido Crainz: Il paese mancato. Dal miracolo economico agli anni ottanta, Roma, Donzelli, 2003, p. 503.
15 Gianbattista Scirè: Il divorzio in Italia. Partiti, Chiesa, società civile dalla legge al referéndum, Milán, Bruno Mondadori, 2007.
16 Gianbattista Scirè: L’aborto in Italia. Storia di una legge, Milán, Bruno Mondadori, 2011.
17 Silvio Pons: Berlinguer e la fine del comunismo, p. 23.
18 La documentación producida por el PCI, el PCE y el PCF sobre el eurocomunismo entre 1975-77 está recopilada en Peter Lange y Maurizio Vannicelli (eds.): The Communist Parties of Italy, France and Spain. Post-war Change and Continuity, Londres, Allen and Unwin, 1981. Sin embargo, siguen siendo útiles las obras de Sergio Segre: A chi fa paura l’eurocomunismo?, Rimini-Firenze, Guaraldi, 1977; y Santiago Carrillo: Eurocomunismo y Estado, Barcelona, Crítica, 1977.
19 Sobre la actitud del PCI frente al proceso de integración europea, véase Mauro Maggiorani: L’Europa degli altri. Comunisti italiani e integrazione europea, 1957-1969, Roma, Carocci, 1998.
20 «Berlinguer conta anche sulla Nato per mantenere l’autonomia da Mosca», Corriere della Sera, 15 de junio de 1976.
21 Sobre el eurocomunismo véanse: Carl Boggs: The Impasse of Eurocommunism, Boulder, Westview Press, 1982; Richard Kindersley (ed.): In Search of Eurocommunism, Nueva York, St Martin’s Press, 1981; Heinz Timmermann: The Decline of the World Communist Movement: Moscow, Beijing, and Communist Parties in the West, Boulder, Westview Press, 1987. Sin embargo, el análisis más pormenorizado y solvente de la visión internacional de Berlinguer, del significado del eurocomunismo y del gradual desenganche del PCI de la Unión Soviética es el de Silvio Pons: Berlinguer e la fine del comunismo…
22 Gianni Cervetti: L’Oro di Mosca, Milán, Baldini & Castoldi, 1993; Valerio Riva: L’Oro di Mosca. I finanziamenti sovietici al PCI, Milán, Mondadori, 1999.
23 Silvio Pons: Berlinguer e la fine del comunismo…, y Francesco Barbagallo: Enrico Berlinguer, Roma, Carocci, 2006, passim.
24 En 1976 tenía 2.325 liberados. De 1970 al 1978, el PCI incrementó en 900.000 su número de afiliados; Guido Crainz: Il paese mancato. Dal miracolo economico agli anni ottanta, Roma, Donzelli, 2003, p. 352.
25 Pietro Scoppola: La repubblica dei partiti. Profilo storico della democrazia in Italia (1945-1990), Bolonia, il Mulino, 1991, pp. 365-379.
26 Paul Ginsborg: Storia d’Italia dal dopoguerra a oggi. Società e politica, 1943-1988, II: Dal «miracolo economico» agli anni ’80, Turín, Einaudi, 1989, pp. 478-482.
27 Ibíd., pp. 512-513.
28 Ibíd., p. 540.
29 Pietro Scoppola: La repubblica dei partiti. Profilo storico della democrazia in Italia (1945-1990), Bolonia, il Mulino, 1991, p. 365.
30 Ibíd., pp. 365-379.
31 Silvio Lanaro: Storia dell’Italia repubblicana, Venecia, Marsilio, 1992, pp. 406-407.
32 Ibíd., p. 408.
33 Ibíd., p. 417.
34 Ibíd., pp. 417-419.
35 Guido Crainz: Il paese mancato…, pp. 444-589.
36 Francesco Barbagallo: Enrico Berlinguer, Roma, Carocci, 2006, p. 188.
37 Ibíd., p. 299.
38 Silvio Pons: Berlinguer e la fine de comunismo, pp. 36-37.
39 Lucio Magri: Il sarto di Ulm. Una possibile storia del PCI, Milán, Il Saggiatore, 2009, pp. 275-306.
40 Algo similar ha planteado en un reciente artículo el filósofo que en su momento fue comunista del PCI, Biagio De Giovanni: «Berlinguer, ha vinto o è stato sconfitto?», L’Unità, 20 de octubre de 2015.
EL OCASO DEL PARTIDO COMUNISTA FRANCÉS: LOS AÑOS SETENTA
Serge Buj Université de Rouen-Normandie Université
«En politique, on sait où l’on va –ou plutôt, on prétend
le savoir– et on arrive toujours ailleurs».1
René Piquet, miembro del Secretariado del PCF (1964-1979)
Un tema sigue vigente en el pensamiento político e histórico de Europa: la desaparición del comunismo político en los países de la Europa occidental. Esa quiebra del comunismo se analiza, desde el ámbito conservador, como confirmación de sus predicciones o, desde los ámbitos influidos o cercanos al comunismo institucional o al marxismo, como fallo no de la idea comunista («es la idea nueva de nuestro tiempo», según el filósofo Alain Badiou), sino de la contingencia humana y de procesos concretos. En el espacio europeo se han conocido y experimentado sistemas sociales e institucionales que reivindicaban el comunismo como concepto social. Las evoluciones de los grupos que llevaban adelante un comunismo tribunicio, en concreto, los que no gobernaban pero sí desempeñaban un papel político de gran alcance en sus países respectivos, fueron las que más replantearon la vulgata comunista de un socialismo que confundía dictadura del proletariado y estado autoritario.
El Partido Comunista Francés (PCF) tuvo auténtico arraigo en la sociedad proletaria, disponía de una gran capacidad estratégica, de un fuerte contingente de militantes con experiencia, de un órgano central, de muchas publicaciones de buen nivel intelectual y político, de una casa editorial y, dentro de todo, de un fuerte crédito electoral. Hay que añadir que, a raíz de la liberación de Francia en 1945, dispuso durante cuatro decenios de una muy abundante malla de municipios que gobernaba. No solo los del famoso cinturón rojo de París, sino igualmente muchos en diferentes regiones, como la zona fabril y portuaria de Marsella y alrededores, la región minera de Lorena y el centro rural (departamentos de Allier, Cher, Haute-Vienne). Y una gran presencia en los medios sindicales y asociativos.
Su influencia electoral queda marcada por dos fechas. En 1969, con un 21,3%, el PCF, gracias a la figura popular y bonachona de Jacques Duclos, obtiene su mejor resultado después de 1946 (26,4%). En 1981, el candidato Georges Marchais obtiene un poco más del 15%, con dos millones de votos menos. Desde 1981 la caída será rápida, hasta situarse en fondos abismales en la primera década del siglo XXI.
Por lo tanto, el periodo de declive se puede situar entre 1968 y 1981, años de los hechos de mayo y la invasión de Checoslovaquia por los tanques soviéticos, por una parte, y de la elección de François Mitterrand, por otra. Trataremos del PCF siguiendo los criterios de su propia evolución desde la elección de Waldeck Rochet como secretario general en 1964 hasta el año 1979, año en el que las tropas soviéticas entran en Afganistán.
INTERPRETAR EL FENÓMENO
El historiador Emmanuel Todd pensaba que, en el caso francés, el ocaso del comunismo organizado era simétrico al de la Iglesia católica: «Es como si el PCF y la Iglesia católica hubiesen constituido una pareja y el estalinismo no pudiera sobrevivir a su doble negativo».2 Seguro que tal explicación, que descansa en un parámetro único, merecería ser valorada con mucha cautela. Por supuesto, esta relación simétrica y contraria podría, desde un punto de vista simbólico, satisfacer el deseo de simplificación siempre presente en el pensamiento social, pero las cosas o los hechos no la certifican, a pesar de que la intuición de que los modos de operar del PCF fuesen similares o, por lo menos, identificables con los de la Iglesia no pueda descartarse del todo.
El contexto electoral no fue el único motivo del descenso del PCF. Este fue igualmente consecuencia de su propia incapacidad para renovarse desde el punto de vista político e intelectual.3 Es lo que afirma el politólogo Bernard Pudal, que define dos crisis interrelacionadas: una crisis intelectual y una crisis política. Les dedica dos capítulos autónomos de su trabajo. En su introducción señala de modo insistente que existen factores exteriores que, globalmente, tuvieron un papel relevante. Por ejemplo, la modificación sociológica del mundo obrero que Serge Mallet apuntaba en 1963 en su libro La nouvelle classe ouvrière, la modificación trascendental del acceso a los estudios secundarios y universitarios para una parte de los hijos de esta clase, las modificaciones del reparto entre trabajo intelectual y manual dentro de la empresa. Y no olvida Bernard Pudal las transformaciones que acompañaban tal panorama en materias tales como la vida personal, el concepto de familia o las aspiraciones de las mujeres a la igualdad. Pero asimismo alude precisamente a otro fenómeno, propio de la organización comunista:
[…] el sistema de culto progresivamente edificado, la mitologización de la historia revolucionaria del pueblo francés, la encerrona en un doctrinarismo obrerista, la deificación del «partido», la invención del activista thoreziano, la burocratización del cuerpo de activistas, se interpretan como tantos aspectos de una estrategia de autoconsagración cuya coherencia se fundamenta en un principio unificador, el trabajo estaliniano de aquella élite obrera militante.4
Se encuentra más riqueza interpretativa en los testimonios o los análisis que dejaron los cuadros o militantes de base del partido que primero se conformaron con una actitud crítica dentro de la organización, pero luego la hicieron pública y terminaron por dejar el partido. Igualmente desempeñan un papel fundamental los intelectuales y universitarios ligados al partido que empiezan también a proponer un debate abierto ya no solo dentro de los cauces del partido, es decir, en el seno de su organización o de sus publicaciones, sino en un marco público que los coloca en situación compleja o, a veces, en posición de disidentes. Pero, a raíz del «giro político» del año 1977 en el tema de la unión política con los socialistas, las disidencias o desacuerdos van a centrarse en cuadros intermedios, como Henri Fizbin, secretario de la Federación de París5 o Roger Fajnzylberg, antiguo responsable de la fracción comunista del sindicato estudiantil (UNEF-Renouveau) y alcalde comunista de Sèvres en los años setenta. La tercera etapa fue más espectacular porque registró los alejamientos de intelectuales con cierta fama o relieve público, artistas, novelistas, pintores.
Es mucho más difícil averiguar lo que fueron las salidas, muchas veces sin explicar, de militantes de la base obrera, rural o de la clase media de provincias que, frente al discurso cerrado del partido, lo abandonaron sin dejar rastro de su disconformidad. Pocos fueron los análisis de por qué uno era miembro del partido, o por qué tal persona anónima se había adherido al comunismo de partido en los años cuarenta, cincuenta o sesenta y por qué motivo lo había dejado. Pero existe la voluntad, por parte de algunos investigadores, de abrir espacios de estudio. Tal era el reto del politólogo Bernard Pudal y del historiador Claude Pennetier cuando publicaron a finales de 2014 un libro de perfil totalmente universitario, que intentaba complementar lo que ellos llaman «el análisis desde lo alto» del comunismo por un análisis de las identidades individuales comunistas, un trabajo sobre autobiografías, biografías internas al partido, testimonios.6 Igualmente lo hizo Isabelle Gouarné sobre el periodo de los años veinte y treinta en su tesis publicada en 2013.7
SUPERAR LAS CRISIS
Es cierto que cada generación usaba motivos distintos para darse de alta o de baja, pero el flujo positivo de nuevos militantes no paró, se mantuvo dinámico hasta finales de los setenta.
La Guerra de los Seis Días provocó un doble debate interno: en los primeros días de junio de 1967, sobre el tema de quién era el agresor, y, en los meses siguientes, sobre el apoyo dado por el PCF a la Resolución 242 votada por la ONU en noviembre. Los debates fueron tensos, pero movilizaban esencialmente a intelectuales y estudiantes. La fuerte componente de judíos laicos en los círculos intelectuales comunistas del momento daba a los debates un giro algunas veces acérrimo, y, paulatinamente, fue difícil para el PCF mantener esta relación armónica, sobre todo cuando los términos del conflicto palestino-israelí se hicieron más violentos. Pero no se rompieron los lazos profundos que existían entre el PCF y los comunistas que pertenecían a la comunidad askenazi de Francia.8
La hipótesis de que los hechos de mayo del 68 representaron el principio del fin tampoco corresponde a la realidad. Esta tesis definitiva ha sido defendida por Patrick Rotman y Hervé Hamon.9 Los dos cronistas enfocaban la mala relación entre el PC y las organizaciones izquierdistas sobrevalorando ciertamente la capacidad de estas últimas para presentarse como alternativa. Como señala Mathieu Dubois, se trataba de una visión más bien teleológica que se fundamentaba en fuentes «hostiles al movimiento comunista».10
Sectarismo y desfase son las causas subrayadas por muchos excomunistas, pero no siempre desde la misma perspectiva. Por ejemplo, el periodista y cronista Guy Konopnicki publicaba en 1981 Les bouches se ferment,11 una novela policial con un título que aludía claramente a los famosos tres artículos de Maurice Thorez publicados en L’Humanité en agosto de 1931, en un momento en el que se estaba abriendo una lucha interna contra el sectarismo. Más tarde, el número de la revista Autrement dedicado al tema de la vida de partido, «La Culture des Camarades», definía su propósito:
proponer un balance –crítico pero sin amargura– sobre una forma de pensamiento en desfase con la opinión pública pero que se mantiene como testimonio de un pasado inmediato que nada podrá ocultar.12
Las publicaciones críticas se multiplicaron a lo largo de los últimos setenta y primeros ochenta, a la par que se producían bajas espectaculares, masivas y silenciosas. Los motivos fueron múltiples: para muchos la invasión de Afganistán por las tropas soviéticas en 1979, para otros el abandono del dogma de la dictadura del proletariado tras el XXII Congreso de 1976. Queda patente que el endurecimiento de las relaciones con los socialistas en el diálogo sobre la revisión del Programme Commun (firmado en junio de 1972) de cara a las elecciones al Parlamento de 1978 tuvo un papel decisivo.
¿Cómo explicar el desmoronamiento rápido de este partido? ¿Cómo explicar que, diez años antes de que el sistema soviético desapareciera, el Partido Comunista Francés ya estuviera herido de muerte?
¿PARTIDO DE MASAS, PARTIDO OBRERO O SOCIEDAD PERFECTA Y CERRADA?
En los años que nos interesan, el PCF es un partido centralizado, autofinanciado en gran parte y que debe su visibilidad y medios a su presencia y aparición electoral. Es decir, que, en este sentido, es un partido como los demás, a pesar de lo que afirma su discurso. Una máquina bien montada que subsiste gracias a una red complicada de microempresas (el grupo GIFCO) y a la permeabilidad entre las funciones políticas y las funciones técnicas en el seno de los municipios que gobierna. Por lo tanto, muchas veces, el modo de ascender a nuevos cuadros depende mucho de las oportunidades que ofrecen los tipos de empleo propuestos dentro de aquel entramado. En este caso, el principio de formación dominante de nuevos cuadros es la cooptación. En cierto modo, existen dos partidos, el de los militantes, un partido politizado y activista, y el de los cuadros intermedios, más oculto, formado por una élite que se autorreproduce y se protege. No en vano el actual secretario general del PCF, Pierre Laurent, es el hijo de Paul Laurent, uno de los máximos dirigentes de los años sesenta-setenta. Tras cursar estudios universitarios, entra como periodista económico en L’Humanité, para ser su director al cabo de poco tiempo y secretario general del partido en 2010. Este tipo de constitución de una élite basada en la promoción del parentesco y en alianzas se verifica igualmente a escala menor, localmente, y los ejemplos abundan. La ruptura de esta transmisión generacional aceleró el declive porque se cortaban lazos muchas veces personales y las terceras o cuartas generaciones ya no quisieron tomar el relevo. Se trata de una hipótesis que un estudio detenido y pormenorizado de las evoluciones dentro de las familias comunistas permitiría precisar. Y añadiremos que, si el parentesco o el nepotismo son las formas dominantes de la elección de nuevos cuadros, entonces se evapora el criterio obrero del partido.13
Claro está que no todos los hijos o los nietos de los altos cargos entran en la empresa-partido: algunos se apartan del partido para reunirse con la abundante cohorte de los críticos o de los antipartido (un caso conocido es el de Paul Thorez, hijo de Maurice Thorez, secretario general del partido durante más de treinta años14); otros se quedan muy atrás, sin hacerle gran caso al tema político. En un libro de memorias, Jean Rony describe en 1978 lo que era la vida de las agrupaciones locales en los primeros sesenta, la militancia como quehacer cotidiano, vender L’Humanité Dimanche, pagar las cuotas, reunirse con regularidad, pero meterse en discusiones políticas, es decir, incorporar las líneas directrices dadas por los dirigentes, no se hace, «no, la verdad era que la politique, c’est le parti qui la fait».15 Lo que sí destaca Jean Rony es el calor amistoso que impera entre las personas.16 Lo que confirma Guy Rochet, hijo de Waldeck Rochet, cuando comenta su pasado de comunista de base y la evocación del mundo comunista: «Ni a mi hermano, ni a mi hermana ni a mí mismo, nuestro padre nos impuso su compromiso. Pero la verdad es que se trataba de un mundo entrañable y que ahí nos sentíamos a gusto».17
EL NUEVO GIRO, ASPECTOS FUNDAMENTALES
¿Por qué insistir en la figura de Waldeck Rochet? Porque es el secretario general que intenta desbloquear su partido, desempolvar el partido de su conservadurismo estético, moral y político, el que intenta imponer una forma de aggiornamento, tanto político como cultural, en lo esencial impulsando la política de unión de la izquierda. Guy Konopnicki lo expresa en pocas palabras:
En tres años, entre 1965 y 1968, Waldeck Rochet [nos] quitó de delante lo esencial de los dogmas fundadores de la III Internacional. Empezó definiendo un comunismo nacional, una vía francesa, pacífica, dentro de un sistema de partidos pluralista. Propuso a todos los partidos de la izquierda elaborar un programa común de gobierno. Se trataba de romper con el modelo soviético y su partido único todopoderoso.18
El nuevo giro se perfila en un librito firmado por el propio secretario general, Qu’est-ce qu’un révolutionnaire dans la France de notre temps?19 Se trata de la publicación del discurso que pronunció Waldeck Rochet en un acto de celebración del L Aniversario de la Revolución bolchevique organizado por el Instituto Maurice-Thorez el 15 de octubre de 1967. No faltan las alabanzas a la Unión Soviética, «primer Estado socialista del planeta», a su papel decisivo durante la Segunda Guerra Mundial, ni al sistema socialista, superior al capitalista. También se critica al maoísmo censurando la actitud de China en el tema de Vietnam.20 Lo esencial no está en estos párrafos, que pertenecen al rito comunista de crítica a los oportunismos, está en el concepto de nuovo corso que desarrolla Waldeck Rochet en pocas páginas. Insiste primero en que no hay modelo único de transición hacia el socialismo y que, por consiguiente, la Revolución bolchevique no puede servir como tal. Se refiere a las tesis del último congreso del partido (el XVIII, 4-8 de enero de 1967) insistiendo en que las vías se definen según condiciones locales, nacionales. Para Francia, Waldeck Rochet subraya la necesidad de un combate político prioritario, el de la unión de la izquierda, con el propósito de expulsar a la derecha del poder y darse como perspectiva la cooperación entre los partidos democráticos, el Partido Comunista y el Partido Socialista, no solo para hoy, sino también para mañana, en el proceso de edificación del socialismo en Francia.
Las políticas nuevas empiezan bajo su impulso, con discursos y gestos demostrativos en su relación con los socialistas. El primer acto es la decisión de llamar a votar a favor de la candidatura de François Mitterrand en la primera vuelta de la elección a la presidencia realizada por sufragio universal en el año 1965.
Se ponen en común las valoraciones negativas de la política institucional y social de De Gaulle y los comunistas ven en la persona de François Mitterrand un opositor al general, algo sobre lo que no fueron del todo claros los socialistas de la SFIO de Guy Mollet durante los hechos de mayo de 1958.21 Guy Konopnicki evoca perfectamente este momento como uno de los inicios de la contradicción interna que constituirá el primer hiato que acabaría con la vida del PCF:
Celebré mis diez años el 29 de septiembre de 1958. Esa mañana, mi padre leía en L’Humanité los resultados del referéndum del día anterior. Más del 80% de los franceses habían aprobado la Constitución de la V República. Mi padre había votado no; estaba cabreado con los facciosos de Argel, con los socialistas que habían llevado la guerra hasta extremos y que, presos de pánico, daban vía libre al hombre fuerte, pero tampoco aceptaba que Maurice Thorez, jefe histórico del Partido Comunista Francés, tratara a De Gaulle de fascista.22
Los comunistas ya lo saben todo de François Mitterrand: su actitud ambigua durante la ocupación alemana, su compromiso con el petainismo y su entrada en una resistencia más intelectual que material bastante tardía, a finales de 1943. Saben igualmente los viejos comunistas que las ambigüedades también forman parte del pasado del partido, sobre todo de la dificultad para el PCF de adherirse a un concepto de resistencia nacional antes de la entrada en guerra de la Unión Soviética. Igualmente dejaron rastro las peripecias de la época de la Liberación y los inicios de la Guerra Fría y su consiguiente aislamiento político.
Cuando sucede a Maurice Thorez en mayo de 1964, la herencia que recibe Waldeck Rochet es problemática. En aspectos internacionales, es inminente la caída de Jruschov sin que todavía en el partido francés se haya digerido el famoso informe del XX Congreso del PC de la Unión Soviética. El cisma maoísta está tomando aspectos secesionistas con la creación en Europa de partidos o grupos leninistas maoístas que pueden seducir a intelectuales o a algunos sectores de la militancia obrera.23 Figuras de antiguos comunistas como Jean Baby o Gilbert Mury encarnan entonces a los primeros maoístas franceses destacados, que, unos años más tarde, logran obtener el refuerzo de parte de la juventud estudiantil que ha sido partícipe de los hechos de mayo del 68.
El partido vive sacudidas internas, la más notable de las cuales vendrá representada por la destitución de Marcel Servin y Laurent Casanova del Secretariado por motivos de revisionismo en términos de lucha anticolonial. En relación con esta crisis, Waldeck Rochet se enfrenta a un movimiento de gran envergadura de oposiciones dentro de la propia UEC (Unión de Estudiantes Comunistas). La crisis empieza formalmente en 1963 y termina en enero de 1966 con la exclusión de la organización estudiantil o el abandono de centenares de miembros y el control de esta por el partido. Esta crisis, tanto filosófica como política, va a alimentar los focos izquierdistas, maoístas pero igualmente de inspiración trotskista. El apoyo a la candidatura de François Mitterrand será uno de los elementos críticos que acelerarán la salida del ala filotrotskista, que crea en 1966 la JCR (Juventud Comunista Revolucionaria).
El punto fuerte del partido es su arraigo obrero y que la cúpula de la CGT sea comunista en su mayoría. Es un respaldo fuerte a la renovación porque fuerzas que desean renovar la central sindical histórica emergen bajo el impulso de Georges Séguy, elegido secretario general de la confederación en junio de 1967. La renovación discurre a través de distintas crisis para desembocar en el XL Congreso de la central, celebrado en 1978, congreso eufórico de una CGT renovada, combatiente, pero en la que ya se perfilan disensiones que van a culminar con la dimisión del Secretariado de la confederación de dos de las figuras que encarnaban esta renovación, Christiane Gilles y Jean-Louis Moynot.24 Si el tema esencial de la ruptura es la entrada de las tropas soviéticas en Afganistán y la exigencia de que la CGT condene este acto, los elementos de la ruptura están presentes igualmente en temas de fondo: concepto de unidad sindical y relación con los partidos políticos.
UNA POLÍTICA DE (RE) MOVILIZACIÓN DE LA JUVENTUD
Para la joven generación, la del famoso baby-boom francés de los años de posguerra, el tema es histórico y polémico, nada más. Saben perfectamente del estalinismo, de sus crímenes, pero no se identifican en absoluto con él. Así nace una nueva generación de comunistas que en los años 1966 y 1967 se adhieren al partido viéndolo como una suerte de mito obrero, de sociedad perfecta con suficiente influencia para modificar el curso político global en Francia. Igualmente toman nota del ímpetu y dinamismo que las iniciativas de Waldeck Rochet y de la mayoría de la dirección del partido dan a su acción, así como del nuevo ciclo que permite acabar con el aislamiento y, por consiguiente, con formas sectarias de percepción de la política. El historiador Jean Vigreux nota que, tanto el apoyo a la candidatura Mitterrand y el acuerdo electoral con la FGDS (Fédération de la Gauche Démocrate et Socialiste) de 1966 como el Manifiesto de Champigny sobre el nuevo horizonte político y las conclusiones del Comité Central de Argenteuil sobre la libertad de creación artística tienen como efecto que el Partido Comunista se halle mucho más en sintonía con la sociedad francesa. Es decir, que el esfuerzo pregonado por unos y otros parece tener efectos positivos, sobre todo cuando, como lo viene recalcando el citado historiador, las elecciones al Parlamento de 1967 dan un buen resultado.25
Pero los contextos van más allá de la propia situación política en el país. Las movilizaciones internacionales influyen igualmente en la política del partido y le dan espacios para movilizar a la juventud. La Guerra de Vietnam y la defensa de Cuba son dos temas mayores de aquella batalla de reconquista. Un gran hito es la manifestación central organizada a iniciativa de las juventudes comunistas en París el 26 de noviembre de 1967.26 Esta manifestación prolonga las que se están produciendo en Estados Unidos en los meses anteriores, y, más precisamente, se presenta como una manifestación de apoyo al movimiento pacifista de Estados Unidos, que se había manifestado ante la Casa Blanca el 21 de octubre anterior. En cierto modo, el PCF intenta poner toda su fuerza movilizadora en un combate pacifista y de apoyo a los combatientes vietnamitas en un espacio que ya ocupaban fuerzas marginales pero con gran peso moral, en particular el PSU (Partido Socialista Unificado). Las reticencias del PCF en adherirse a unos actos que no controla paralizan de cierta forma el movimiento juvenil de protesta contra la intervención de Estados Unidos en Vietnam. La manifestación de noviembre 1967 abre nuevas perspectivas.27
Otro aspecto de esta movilización consiste en recomponer la Unión de Estudiantes Comunistas, que había sufrido dos sangrías: por una parte, la expulsión de los denominados «italianos» por su aceptación de las tesis policentristas desarrolladas por algunos sectores intelectuales dentro del PCI, y, por otra parte, la escisión trotskista liderada por Alain Krivine, Henri Weber y Daniel Bensaïd, que fundan la JCR en el año 1966. La UEC, que había nacido en 1957 de la federación de los círculos estudiantiles comunistas de la Union des Jeunesses Républicaines de France (UJRF), es la primera organización de juventudes comunistas que reúne a chicos y chicas, lo que todavía no es el caso de las demás organizaciones juveniles comunistas, que mantienen la separación (y que la mantendrán hasta el año 1974). El contexto es el de la Guerra de Argelia y las movilizaciones estudiantiles contra la guerra que protagoniza el sindicato estudiantil UNEF. Se trata, para el PCF, de estar presente en aquellas luchas, pero manteniendo un control férreo sobre la organización que ya manifiesta cierto deseo de independencia por lo menos en un plano ideológico.28 Pero concluir que, pasadas las crisis internas casi permanentes, las escisiones repetidas y la toma de control del partido sobre esta organización, se ha estabilizado la situación cuando se producen los hechos de mayo del 68 –como lo hace el historiador Jacques Varin– es exagerado. Precisamente porque, si su unidad se fragua en la lucha contra los izquierdistas de todo tipo, el año 1968 va a propiciar nuevas crisis que no solo afectarán al sector finalmente reducido de los activistas estudiantiles (los 3.500 miembros oficiales de la UEC), sino a todo el partido.29
En el fondo, los orígenes de estas crisis internas permanentes no son propios del sector estudiantil, sino que están presentes en todo el partido, y se manifiestan con más visibilidad entre estos «hijos de burgueses o pequeños burgueses en formación» porque expresan sus dudas y sus desacuerdos, cosa imposible en el seno del partido.
1968, ANNUS HORRIBILIS
Los esfuerzos de la dirección del PCF para proponer una imagen más abierta, sin ceder a su crítica fundamental del aventurismo izquierdista, van a sufrir dos percances de gran intensidad en el año 1968: los hechos de mayo, de los cuales saldrá paradójicamente reforzado, a pesar del fracaso electoral sufrido en junio del mismo año, y la entrada en Checoslovaquia de las tropas soviéticas.
Mayo del 68 arruina en cierto modo los esfuerzos del PCF para atraer a la juventud. Es un momento difícil de comprender que pone a los comunistas en situaciones incómodas, no solo dentro de la universidad o entre los jóvenes de los institutos, sino igualmente en parte de los círculos afines al partido dentro de la clase obrera y de la clase media baja. Por lo tanto, el año había empezado de manera dinámica, los estudiantes comunistas estaban en la punta de los primeros brotes de protestas que se habían manifestado en febrero en torno a la petición de reforma de los estatutos de las residencias universitarias, estatutos represivos de separación de chicos y chicas, de control de la vida privada de los residentes. El movimiento tuvo su clímax el 14 de febrero con la invasión de las residencias de chicas por manifestaciones multitudinarias y por la proclamación simbólica de la abrogación de aquellos estatutos. Los militantes comunistas estaban presentes en el movimiento y hasta lo lideraban en París o en algunas universidades de provincias, mientras que en otras lo lideraban algunos grupos anarquistas o difícilmente identificables.
Entre febrero y mayo, frente al desarrollo de un discurso más bien libertario y, en algunos casos, profundamente anticomunista, el partido va a intentar rápidamente poner en marcha dos tácticas, sobre todo tras los actos violentos del 10 de mayo: poner en movimiento sus fuerzas, principalmente la CGT, organizando grandes manifestaciones de solidaridad con los estudiantes reprimidos, y, por otra parte, aislar políticamente al izquierdismo, considerado «el enemigo principal». La primera iniciativa va a obtener grandes resultados, puesto que el día 13 las manifestaciones de solidaridad son multitudinarias, algo nunca visto desde hace más de veinte años y cuya dinámica abre un periodo de intensa lucha social en todo el país. La segunda va a corresponder a una intensa campaña ideológica contra el izquierdismo que se prolongará durante años. En 1968 aparece en los medios de comunicación la figura del secretario de organización del partido, Georges Marchais. Dirigente joven y dinámico, pertenece a la generación que intenta poner en órbita Waldeck Rochet, bajo la mirada vigilante de Roland Leroy y, más en la sombra, de Jean Kanapa.30 La escasa cultura política de Georges Marchais, entonces secretario de organización, se ve compensada por su dinamismo y su capacidad casi innata para usar los medios de comunicación modernos, en concreto la televisión. Es un contraste absoluto. Waldeck Rochet era un comunista de gran cultura filosófica,31 gran lector, hombre interiormente libre, pero totalmente entregado a la causa y al partido. Georges Marchais había tenido una trayectoria diferente, no procedía del aparato dirigente que había vivido los tiempos del Frente Popular, ni había participado en la resistencia; su adhesión al partido en 1947 era la de un obrero metalúrgico, cuadro intermedio sindicalista de la entonces muy potente Federación del metal de la CGT. Aparece públicamente a través de un artículo publicado por L’Humanité el 3 de mayo. Se trata de un ataque contra los izquierdistas. El texto es conocido por un desliz calculado del dirigente cuando tilda de «anarquista alemán» a Daniel Cohn-Bendit. Este artículo intenta poner los puntos sobre las íes frente a lo que llamaríamos unas vacilaciones detectadas dentro de la franja intelectual del partido, vacilaciones que irán creciendo a lo largo de aquellos primeros días de mayo. Georges Marchais aparece como un defensor decidido de la clase obrera, de su partido con un tono siempre firme, tono que no era el propio de Waldeck Rochet. Esta lucha contra el aventurerismo izquierdista se prolongará durante varios años. Los hechos de mayo concluyen con la victoria electoral de la derecha conservadora y el Partido Comunista pierde muchos escaños de diputados,32 pero las huelgas han dado resultados muy positivos: la vuelta a las 40 horas semanales del Frente Popular, un reajuste bastante espectacular del salario mínimo (un 33%) y algunos progresos en la política social, como la creación de la sección sindical de empresa.
Pero ya las nubes se acumulan en Checoslovaquia. La Conferencia de Karlovy-Vary de abril de 1967, que había reunido a los partidos comunistas de Europa, había sido valorada positivamente por el partido francés a pesar de no desembocar en un cambio de rumbo en cuestiones de fondo. Valoración radicalmente contraria a la que hizo el PCI.33 El intento liberal de Dubcek, apoyado con cierta simpatía por una gran fracción de los comunistas franceses, se ve acorralado por la terquedad de la Unión Soviética, que teme el efecto dominó y la pérdida de influencia en los países de su área. Durante el mes de julio, Waldeck Rochet intentará mediar entre los soviéticos y el Gobierno de Dubcek. Los días 15 y 16 de julio se desplaza a Moscú para entrevistarse con Brézhnev; el día 17, el PCF propone que se organice una nueva conferencia de los partidos comunistas de Europa «con el propósito de frenar y parar un proceso que abocaría a un desenlace brutal», es decir, una intervención militar de los soviéticos, vista con gran temor hasta por los sectores más prosoviéticos del partido, sobre todo porque restaría credibilidad a la «vía francesa al socialismo» propiciada por el grupo dirigente. El día 19 se entrevista con Dubcek en Praga, acompañado por Jean Kanapa. En un telegrama dirigido al ministro de Asuntos Exteriores francés, Michel Debré, fechado a 2 de agosto, el entonces embajador de Francia en Praga, Roger Lalouette, informa sobre estas visitas resaltando a la vez el cambio de tono de los comunistas franceses, favorables a una solución pacífica al conflicto latente.34 Este maratón diplomático se saldará con un fracaso rotundo en agosto, con la entrada de las tropas soviéticas en Checoslovaquia. Entonces se entremezclan consecuencias políticas y personales. Las políticas serán una etapa de crisis e intensos debates hasta evidenciar diferencias, por no decir divergencias, dentro del partido. Un primer comunicado (redactado por Rochet y Kanapa) habla de «sorpresa y reprobación» frente a la intervención de los soviéticos, mientras que un segundo, adoptado por el Comité Central, solo de «desaprobación». La luchas internas entre prosoviéticos y moderados arrecian y se filtran hacia el exterior, puesto que Jeannette Thorez-Vermeersch, viuda del histórico secretario general, dimite del Buró Político porque no aprueba la protesta de su partido y defiende la legitimidad de la intervención. Los debates internos se hacen muy duros, pero quedan muy abiertos, sin consideraciones jerárquicas y, cosa original, concluyen con un voto de aceptación o rechazo de la posición adoptada por la mayoría de la dirección. En su biografía política de Waldeck Rochet, Jean Vigreux propone un reparto entre unos y otros que muestra el nivel de dificultad: 40% de los militantes aprueban la intervención soviética, el 20% desaprueba la toma de posición pública del PCF, y el 40% se declara de acuerdo con la posición afirmada por el Secretariado y el Comité Central.35
LA ENFERMEDAD DE WALDECK ROCHET, EL ASCENSO DE GEORGES MARCHAIS
El fracaso de su acción diplomática en el tema checoslovaco apenas unas semanas después de los hechos de mayo y los intentos de encontrar algún tipo de consenso dentro del partido, que suponen una actividad intensa y a veces sin resultado positivo, van a culminar en un documento adoptado en una reunión del Comité Central reunido los días 5 y 6 de diciembre de 1968, documento llamado Manifiesto de Champigny,36 que intenta sintetizar los elementos constitutivos de lo que será una constante del discurso comunista de los años ulteriores: el desarrollo de una vía francesa al socialismo y la definición de una primera etapa de democracia avanzada, que va a constituir el núcleo de la propuesta de programa común, gran reto comunista de los años siguientes. Se trata de un texto de síntesis porque intenta denunciar «los oportunismos», mantener la validez de la idea socialista a pesar de las divergencias definidas como «graves» manifestadas dentro los países socialistas y dentro del movimiento comunista internacional37 y desbloquear las tensiones sufridas en este año 68. La renuncia de De Gaulle como consecuencia del voto negativo de los franceses a su propuesta de reforma institucional inaugura un periodo positivo para los comunistas. Culmina con la candidatura de Jacques Duclos a la elección presidencial y la publicación por el secretario general de un libro en el que desarrolla el concepto de democracia avanzada insistiendo en el papel del pluralismo en una sociedad socialista.38 A partir de octubre de 1969 Waldeck Rochet ya no aparece en público. Enfermo de Parkinson, su abandono de la actividad política será definitivo aunque oficialmente el PCF seguirá manteniéndolo en el puesto de secretario general hasta el XX Congreso de 1972.39 Se abre entonces un periodo de interinidad. Son los años de la gran ofensiva política unitaria de los comunistas en la línea de las propuestas hechas por el partido en los tiempos de la Secretaría General anterior. Se concreta esta política en un primer documento, fechado en diciembre de 1970, que propone un primer balance de las discusiones abiertas entre comunistas y socialistas «sobre las condiciones fundamentales de un acuerdo político». Este balance lo propone Georges Marchais en una reunión del Comité Central del PCF del 22 de diciembre de 1970.40 Por su parte, el Partido Socialista ha mantenido unas discusiones similares con el pequeño Partido Radical, que será la tercera fuerza partícipe del programa común. El Partido Socialista prepara igualmente su congreso, llamado «Congreso de la unidad y de la renovación», que no significa todavía el punto final del ascenso hegemónico de un personaje que se había pasado los cinco años anteriores en la trastienda de la política (François Mitterrand), sino una etapa intermedia antes de su toma del poder definitiva en el Congreso de Épinay, en julio de 1971.41 Se trata de uno de los documentos más ilustrativos de lo que fue la política de unión del PCF. Se ponen en contrapunto las formulaciones partidarias distintas, en muchos casos convergentes, sobre cuatro grandes temas: la práctica unitaria contra la política de la derecha en lo inmediato, los grandes criterios de un nuevo régimen «de democracia económica y política», el fondo del futuro programa común, las vías al socialismo y los criterios –desde luego algo más divergentes– de la democracia socialista. Aclara los términos de un programa de gobierno, de su negociación dentro de imperativos de agenda: las elecciones generales previstas para la primavera de 1973 y la futura elección presidencial prevista para 1976.42
DINAMISMO INTELECTUAL
La cronología indica que se está preparando una competición entre los dos partidos. El socialista intenta renovarse y el comunista ya está en orden de marcha pero con un tema pendiente: la resolución, lo antes posible, de la cuestión de la titularidad de la Secretaría General. El dinamismo comunista se traduce en un aumento de las altas, en todos los medios sociales considerados como antimonopolistas. La cifra está en constante aumento desde el año 1967, pasa de 288.414 a 540.565 en 1974.43 Las revistas teóricas del partido publican. A pesar de la desaparición del semanal fundado por Louis Aragon, Les Lettres Françaises (1972), y de Démocratie Nouvelle, revista dedicada a temas internacionales (1969), como sanción a su actitud frente a la invasión soviética de Checoslovaquia, las demás revistas, mejor controladas, siguen publicando. Économie & Politique propone un balance de lo que el PCF considera como el principio de una crisis en un dosier preparado por el economista Paul Boccara publicado entre diciembre y marzo.44 Se trata de dar más amplitud y modernidad al concepto de capitalismo monopolista de estado (CME) como base crítica de la economía mundial. En 1967, La Nouvelle Critique cambia de formato, de estilo y de redactores. Aparece una nueva generación, a la que las orientaciones definidas en el Comité Central de Argenteuil de 1966 permiten más flexibilidad para abrir espacios de debate. Bajo la dirección de Francis Cohen, esta revista viene a ser el emblema de la renovación posible del partido. Bernard Pudal la define como «revue communiste légèrement décalée»45 y Françoise Matonti, como uno de los elementos de la nueva política, la del aggiornamento del PCF.46 Abre sus columnas a gente joven, como los dos jefes de la redacción sucesivos, los historiadores Antoine Casanova y François Hincker. En el Comité de Redacción, junto al personal ligado al grupo dirigente, se encuentran colaboradores relacionados de distinta manera con la universidad o círculos de investigadores académicos. La revista abre debates de manera dinámica y moderna, renovando así de par en par la imagen algo austera del partido. Todo el núcleo de colaboradores entrará en disidencia a partir del año 1976, por motivos distintos pero todos basados en la política de unión con los socialistas y en los fundamentos teóricos y políticos del comunismo. Igualmente se dinamizan otras publicaciones: una revista con perfil más universitario, La Pensée, o Les Cahiers du communisme, revista teórica oficial del partido.
La actividad de edición es prolífica. Destacamos, sin insistir, la intensa actividad de las Éditions sociales, que publican mucho y, en los primeros setenta, movilizan a algunos intelectuales del partido, precisamente para traducir en argumentos la crítica de fondo de los dos oportunismos.
EL PROGRAMA COMÚN
La política de alianzas constituye el fondo sustantivo de la política del PCF en los primeros setenta. Tras una gran campaña propagandística de los comunistas, el 27 de junio de 1972 el PC y el PS firman un acuerdo que estipula en su preámbulo que ambos (los radicales se sumarán en julio a la alianza) «afirman su voluntad común de poner fin a las injusticias e incoherencias del régimen […]» y que «para lograrlo y para abrir la vía al socialismo, son necesarios cambios profundos en la vida política y social del país».47 Los dos partidos habían publicado los respectivos elementos de base de la negociación: el PC «Changer de cap» en octubre de 1971, el PS, «Changer la vie» en marzo del mismo año. Los resultados de las elecciones al Parlamento de 1973 no reflejan el entusiasmo generado por la firma del acuerdo. Su balance es bastante positivo para el Partido Socialista. El PCF registra cierta estabilidad, pero el resultado es globalmente inferior al de 1967 para la izquierda. La muerte prematura de Georges Pompidou, el 2 de abril de 1974, abre la posibilidad de presentar una candidatura única frente a la de Valéry Giscard d’Estaing. Si, en la práctica, la unión de los dos partidos había sido experimentada en las elecciones municipales de 1971, el gran reto es la aceptación de la candidatura única de la izquierda de François Mitterrand a la presidencial de mayo de 1974.48 Con un resultado que muestra una gran progresión, la corta victoria de Valéry Giscard d’Estaing suscita cierta forma de crítica en el seno del partido sobre la estrategia adoptada. Son característicos los dos números especiales de La Nouvelle Critique dedicados al tema. En el primero (mayo de 1974) despunta cierto nerviosismo de la cúpula dirigente. Roland Leroy, dirigiéndose a los lectores de la revista, en vista de posibles maniobras del PS para poder ensanchar su base política hacia el centro, critica indirectamente «los arreglos» iniciados por el PS.49 Aplicar el programa común y no abandonar la perspectiva del socialismo, tal es el fondo de la advertencia frente a la petición de un François Mitterrand que intenta independizarse del programa común y presentar a los electores una carta presidencial no negociada. En octubre, un artículo firmado por Antoine Casanova y François Hincker perfila lo que va a ser la política del PCF en esta nueva etapa, en la que, gradualmente, se abandonará, por ambas partes, la ilusión de una alianza programática. Comentando el XXI Congreso del PC que se abre, apuntan la necesidad de analizar los fallos de la política de unión y de proponer nuevas perspectivas:
Los resultados de la elección a la Presidencia, las luchas actuales confirman la validez de nuestra línea estratégica fundamental. No se trata entonces de revisarla, se trata de sacar todas las consecuencias prácticas, todas las potencialidades nuevas ligadas a su presencia en la realidad a un nivel inédito.50
Concluyen presentando el Congreso como el del ensanchamiento del principio de unidad no solo de la clase obrera ni de la izquierda unida, sino del movimiento democrático nacional. Las contradicciones y apreciaciones distintas muestran que existe una corriente reacia a mantener la política de unidad programática, preocupada por el hecho de que el PCF parezca incapaz de contrarrestar los intentos de autonomización programática de los socialistas; otra, mayoritaria, aboga por una alianza más amplia, pero en términos más sociológicos, simbolizada por el eslogan «Union du peuple de France pour le changement démocratique».51 Las tensiones internas aparecen entonces en un contexto doblemente complicado por la masificación del partido y la lucha interna entre varias tendencias que se mantienen presentes y entre las cuales la Secretaría General intenta proponer cierta forma de diálogo pero imponiendo el principio de mayoría.
En el informe que presenta Georges Marchais ante los congresistas reunidos en Vitry-sur-Seine los días 26 y 27 de octubre, el capítulo dedicado a los elementos estratégicos de la política del partido aparece más como una justificación de la certeza y clarividencia del PCF. Igualmente están presentes algunas críticas o reproches, a pesar de que el secretario general evoque en términos retóricos «preocupaciones», centradas en lo que aparece como un abandono de la política de alianza programática por los socialistas, que trasluce por ejemplo en los balances del foro organizado por el PS52 y de las declaraciones de Michel Rocard, que se prepara a abandonar el PSU para alistarse en las filas socialistas (lo hace en diciembre) sobre su deseo de «modificar la naturaleza y el contenido técnico de la alianza».53 Estas vacilaciones de unos y de otros conducen al partido a aceptar que cierta forma de debate contradictorio se establezca en su interior. Desde 1972, en el tiempo de preparación de congresos se abre un espacio en el periódico L’Humanité en el que los militantes de base pueden proponer sobre tal o tal punto elementos para nutrir el debate interno, muchas veces muy pobre en las agrupaciones. Naturalmente las publicaciones están muy controladas y un gran número de las aportaciones coincide con la orientación general de la dirección.
«LA DEBACLE»
Hay crisis interna o dudas que todavía no se expresan fuera del partido. Sin embargo, en las preparaciones de los congresos que se organizan cada 24 o 30 meses, el debate interno se puede desbordar. El congreso que acabará siendo el de las disonancias es el XXII, que tiene lugar en febrero de 1976. Son múltiples. Las críticas dirigidas al Partido Socialista se multiplican y, dentro del partido, las fuerzas conservadoras y las reformistas se enfrentan. El elemento más llamativo es el abandono por el Partido Comunista de la dictadura del proletariado como concepto. Mientras las discusiones en las agrupaciones prosiguen sobre otros temas, en enero los comunistas se enteran por la radio y por la boca del secretario general de que el partido va a decidir este abandono: «La dictadura del proletariado no coincide con la realidad de nuestra política ni de lo que proponemos hoy al país».54 Las críticas se multiplican desde los que ven en ello un gesto de pura demagogia teórica y política hasta los que no aceptan que las cosas no se debatan internamente antes de pasar por la vía de los medios de comunicación. En cierto modo, a muchos comunistas no les gusta enterarse por la radio de lo que va a decidir el congreso. Las protestas vienen primero de filósofos comunistas como Louis Althusser, Étienne Balibar o Georges Labica. La falta de respeto a la disciplina interna y la aparente soltura con la cual el secretario general utiliza los medios de comunicación para orientar los debates del congreso van a crear un doble movimiento: aprobación plebiscitaria por una parte y crítica al método por otra. La crítica sobre el fondo de la validez del concepto de «abandono» y sobre el método la debemos a Louis Althusser, que publica una conferencia impartida en diciembre de 1976 ante el círculo de filósofos de la UEC de la Sorbona. El título de este corto texto es clarísimo: 22ème congrès.55 Afirma primero que «el abandono» del concepto es más bien un sacrificio simbólico que en realidad significa, sin expresarlo claramente, que los comunistas franceses rechazan el modelo estalinista de socialismo. De paso, indica que abandonar un concepto no tiene sentido, que ningún concepto científico puede ser objeto de una decisión política. Otra crítica recae sobre algo que Althusser apunta: si se abandona uno de los pilares de la teoría marxista, se hace patente la obligación de transformar el partido abandonando sus prácticas,56 y entonces habrá que examinar de nuevo otro concepto que rige el partido revolucionario: el centralismo democrático, o por lo menos su forma burocrática, la que rige el partido francés. Aceptar las diferencias, reconocer que «una parte del aparato del partido dispone de todos los medios materiales para pensar en lugar de los militantes». Dice Althusser:
Está claro que existen en el partido nuevas aspiraciones, nuevas exigencias para nuevas formas de expresión, de comunicación, de información, de intercambio de experiencias, de discusiones y debates.
Este texto tiene efectos considerables porque va a justificar que muchos miembros del partido critiquen los métodos del grupo dirigente y se expresen fuera del partido. Se va a desatar entonces una batalla entre la cúpula del partido y formas variadas y divergentes de disidencia teórica y política.
Mientras tanto, Portugal y España están en plena transición política. Nace una idea rigurosamente contemporánea a aquellas transiciones, idea que quedará periférica en el PCF, a pesar del interés que suscitó en España e Italia: el eurocomunismo. Las reticencias son claras: el PCF ha definido una vía nacional al socialismo y, por consiguiente, a pesar de reconocer «convergencias», reafirma que las estrategias tienen que ser nacionales. En el discurso que Georges Marchais pronuncia en Madrid en marzo de 1977, insiste más en las diferencias: «Las situaciones en que luchamos son diversas. Las respuestas que necesitan tienen que ser diferentes».57 El concepto ha dejado algunos trabajos interesantes, entre los que destaca el de Fernando Claudín, cuya traducción al francés publica la editorial Maspero el mismo año.58
LA RUPTURA
El tema del eurocomunismo se superpone al debate interno al PCF. El grupo dirigente dispone de medios de control muy potentes y una vieja tradición antidemocrática que conlleva el uso de toda clase de maniobras, chantajes y descalificaciones –práctica de filtrado de candidatos a cualquier tipo de responsabilidad, aislamiento de camaradas sospechosos de divergencia– que se creían abandonadas desde el año 1970 y la exclusión de Roger Garaudy. Claro que ahora no hay exclusiones, pero sí un control férreo de todas las estructuras de base: agrupaciones, secciones y federaciones. Mientras tanto, la unión de la izquierda y el programa común viven momentos difíciles. La voluntad de reequilibrar la relación de fuerzas entre los dos partidos se hace cada día más clara en el Partido Socialista. Es decir, que, a nivel político, en la izquierda supuestamente unida, se abre una lucha despiadada por la hegemonía. En 1977 las elecciones municipales permiten a la alianza de la izquierda ganar varios grandes municipios. Como se perfilan las elecciones al Parlamento para la primavera del año siguiente, los comunistas proponen que se actualice el contenido del programa común. Desean darle un contenido más social, nacionalizar grandes sectores estratégicos (siderurgia, energía y automóvil). La ejecutiva de la CGT apoya esta demanda y subraya la necesidad urgente de nacionalizar los grandes grupos financieros desde el principio de la legislatura «para asegurar la coherencia y los medios de un nuevo crecimiento». Se negocia entre finales de mayo y finales de julio, los socialistas quieren limitar el número de empresas nacionalizables así como el principio de la nacionalización al cien por cien de sus activos. Proponen modular la participación del Estado. Hay otros motivos de desacuerdo pero su base es social y económica. Las negociaciones entabladas en mayo se interrumpen y se rompen definitivamente el 22 de septiembre. La ruptura no supone el final de los acuerdos electorales ni tampoco el abandono formal del programa común, pero indica que la lucha por la hegemonía dentro de la izquierda toma rasgos distintos. Dentro del partido se percibe cierto malestar, que va a amplificarse en la preparación del XXIII Congreso, previsto para finales de 1978. En la primavera, la izquierda va unida a las elecciones al Parlamento, por lo menos en la base de los acuerdos de 1965. Los partidos de izquierda progresan en términos de escaños, pero el PCF, aunque pase del 20%, resultado en cierto sentido satisfactorio, queda por detrás de la izquierda reformista, que lo supera en casi 4 puntos y unos treinta escaños. El malestar que evocábamos va a concentrarse en la preparación del congreso de mayo de 1979. Por una parte, las críticas contra el Partido Socialista siguen muy vivas, pero por otra se mantienen relaciones de tipo electoral, como se ha visto en las últimas elecciones. Como dice Bernard Pudal, se ha formado una pinza entre el bloqueo estratégico de la alianza política que no podía tener otra perspectiva que la reunificación a largo plazo de los partidos de la izquierda, y el aggiornamento que ya estaba en marcha y que podía acabar por el cuestionamiento del «cuerpo partidista».59 Este se desata en los meses anteriores al congreso. La ruptura de las negociaciones y el malestar ya instalado entre algunos sectores de militantes por la conducta del congreso anterior hacen de este periodo el momento en que la crisis interna, constantemente minimizada por la dirección, adopta un carácter masivo y sistemático.
Dos hechos son emblemáticos de la crisis interna. El primero es una iniciativa del Buró Político: invitar a cuatrocientos «intelectuales» del partido a discutir en un encuentro bilateral supuestamente bastante informal, para «valorar lo que es la aportación específica de los intelectuales y proceder a un intercambio de pareceres». Esta reunión se hace a principios de diciembre y el periódico L’Humanité se hace eco de los debates dando resúmenes de las distintas intervenciones, pero de manera controlada. La iniciativa, además de ser extraña por su forma (¿por qué cuatrocientos?, ¿por qué estos y no otros?), supone que los problemas vividos por el partido son problemas que no vienen de la base obrera y popular, sino que son preocupaciones esencialmente propias de intelectuales. Tras una larga intervención introductoria de Georges Marchais, los presentes, disponiendo de muy poco tiempo, van a presentar algunas de sus críticas o interrogantes. No todas las intervenciones son críticas, puesto que los criterios de elección de los invitados son selectivos. Ante la escasez de la reproducción de aquellas intervenciones en L’Humanité y en La Nouvelle Critique, diez de los presentes publican el texto completo de sus intervenciones en la pequeña colección «Débats communistes».60 Las intervenciones críticas que podemos leer en este libro tratan no solo de temas políticos y estratégicos, sino también del funcionamiento interno del PCF. Algunos se preguntan si tras la ruptura de la unión de la izquierda el partido dispone todavía de alguna estrategia, y si una de las fórmulas del texto preparatorio del congreso («el balance globalmente positivo de los países socialistas»), reafirmada por Georges Marchais en un artículo publicado en L’Humanité el 13 de febrero de 1979,61 más que una apreciación fundada en criterios serios, es la señal de un gran paso atrás en el proceso de aggiornamento. El segundo hecho que cierra definitivamente el periodo es el apoyo político dado a la Unión Soviética cuando sus tropas entran en Afganistán. Como siempre, de este apoyo se enteran los comunistas por televisión y de la propia boca de Georges Marchais, en directo desde Moscú, el 11 de enero de 1980. Las disidencias y renuncias se multiplican y no afectan solo a «intelectuales», sino también a cuadros intermedios del partido, a responsables de federaciones territoriales importantes, la de París y de su extrarradio, pero igualmente a muchos sectores de implantación histórica del PCF. Muchos comunistas anónimos se van sin expresar motivos. Lo dejan miles de comunistas, en aquellos primeros meses de 1980; ruptura ideológica, estratégica y generacional.
CONCLUSIÓN
En 1981, el politólogo Georges Lavau se preguntaba para qué servía el Partido Comunista Francés.62 Contestaba diciendo que, en cierta manera y hasta cierto punto, legitimaba y estabilizaba el sistema político francés sacando cierto capital de su acción tribunicia de representación de los explotados. Por la fuerza de su estructura interna y mediante las organizaciones afines (CGT, organizaciones juveniles, Socorro popular, Pioneros), su discurso proporcionaba cierta forma de estabilidad integradora a los marginados, inmigrados, jornaleros, mineros y obreros industriales de toda clase, elevándolos como personas a una forma de dignidad social que esta sociedad de propietarios, la de los oligarcas republicanos, les negaba. Los recientes acontecimientos trágicos que vivió París el 13 de noviembre de 2015, las protestas de mayo y junio de 2016 contra la propuesta socialista de Código del Trabajo, como otros movimientos anteriores (la crisis de los suburbios de 1995, por ejemplo63) muestran que su desaparición es uno de los elementos fundamentales que han contribuido a fragilizar no solo el sistema político, sino también la sociedad francesa en sus fundamentos.
1 Testimonio de René Piquet, en Danielle Tartakowsy y Alain Bergougnioux: L’union sans unité, le programme commun de la gauche (1963-1978), Rennes, PUR, 2012, p. 245.
2 Emmanuel Todd: Après la démocratie, París, Gallimard, 2008, p. 25.
3 Marco Di Maggio da por esencial este aspecto cuando analiza tres temas que le parecen esenciales: el papel de los intelectuales de partido, la función reservada a la producción teórica en la elaboración de la línea política y las formas y contenidos del debate estratégico dentro del grupo dirigente. Su tesis consiste en afirmar que estos tres elementos son constituyentes de una crisis de hegemonía. Marco Di Maggio: «Le Parti communiste français à travers le débat interne et le rôle des intellectuels (1958-1978)», Marxisme du XXIe siècle, 31 de octubre de 2009, <http://www.marxau21.fr/index.php>.
4 Bernard Pudal: Un monde défait, Les communistes français de 1956 à nos jours, París, Editions du Croquant, 2009, p. 11.
5 Jean Vigreux: Croissance et contestations, 1958-1981, París, Seuil, 2014, p. 387.
6 Claude Pennetier y Bernard Pudal: Le sujet communiste, identités militantes et laboratoires du moi, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2014.
7 Isabelle Gouarné: L’introduction du marxisme en France, philosoviétisme et sciences humaines 1920-1939, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2013.
8 Los militantes venidos de las comunidades judías de Europa central y oriental habían encontrado en el Partido Comunista un hogar solidario y de lucha contra el fascismo. Contribuyeron mucho a que el PCF apareciera como un partido que había lanzado todas sus fuerzas en la resistencia nacional. Los hijos de aquellos héroes, criados en este ambiente de fuerte solidaridad, formaban a finales de los sesenta lo mejor de la militancia estudiantil y de los cuadros medios de París y extrarradio. El historiador Serge Wolikow lo subraya: «Para el Partido Comunista en su conjunto, la cuestión judía dista mucho de ser tema central, pero su peso se debe esencialmente al compromiso militante precoz y en proporción muy importante de los judíos comunistas», Serge Wolikow e Isabelle Lassignardie: Grandir après la shoah, Ivry-sur-Seine, Éditions de l’Atelier, 2015. El sociólogo y periodista Jacques Frémontier evoca «[…] el inmenso entusiasmo que precipitó a tantos judíos […] hacia lo que les parecía representar el paradigma de la lucha antifascista», Jacques Frémontier: L’Etoile rouge de David, les Juifs communistes en France, París, Fayard, 2002, p. 12.
9 Hervé Hamon y Patrick Rotman: Génération, les années de poudre, tomo 2, París, Seuil, 1988, p. 666.
10 Mathieu Dubois: «Les JC en 68, crise ou renouveau?», Cahiers d’histoire, Revue d’histoire critique, 125, 2014, p. 141.
11 Guy Konopnicki: Les bouchent se ferment, París, Albin Michel, 1981.
12 Antoine Spire y Jules Chancel: «La culture des camarades», Autrement, 78, París, marzo de 1986.
13 Nicolas Bué y Nathalie Ethuin: «Le Parti communiste, un parti “comme les autres”? Retour sur quelques analyses de la désouvriérisation du PCF», Revue Espace Marx, 2005, pp. 73-105. <https://hal.archives-ouvertes.fr/>.
14 Paul Thorez: Les enfants modèles, París, Lieu commun, 1982.
15 Jean Rony: Trente ans de parti: un communiste s’interroge, París, Christian Bourgois, 1978.
16 Ibíd., p. 78.
17 Blog de Jacques Mouriquand: <http://jacquesmouriquand.eklablog.fr/mon-pere-waldeck-rochet-a113311772>.
18 Guy Konopnicki: Le jour où De Gaulle est parti, 27 avril 1969, París, Ed. Nicolas Eybalin-Scrineo, 2012, p. 22.
19 Waldeck Rochet: Qu’est-ce qu’un révolutionnaire dans la France de notre temps? Suivi de Socialisme, paix, libération nationale, París, Éditions Sociales, 1967.
20 Ibíd., p. 49.
21 Robert Verdier: PS-PC, une lutte pour l’entente, París, Seghers, 1976, pp. 222-227.
22 Guy Konopnicki: Le jour où De Gaulle est parti, p. 15.
23 En diciembre de 1966 se crea la UJCML, Unión de Juventudes Comunistas Marxistas Leninistas, desde el círculo de estudiantes comunistas de la elitista École Normale Supérieure y, sobre todo, en torno a la figura del filósofo comunista Louis Althusser.
24 Leïla De Comarmond: Les vingt ans qui ont changé la CGT, París, Denoël, 2013.
25 Jean Vigreux: «El programa común, ¿una nueva cultura política para el Partido Comunista Francés?», en Aurora Bosch, Teresa Carnero y Sergio Valero: Entre la reforma y la revolución, la construcción de la democracia desde la izquierda, Granada, Comares, 2013, p. 255.
26 Consultar el archivo cinematográfico: <http://www.cinearchives.org/Catalogue-d-exploitation-494-812-0-0.html>.
27 Laurent Jalabert: «Aux origines de la génération 1968: les étudiants français et la guerre du Vietnam», Vingtieme Siècle. Revue d’histoire, 55, julio-septiembre de 1997, pp. 69-81.
28 Jacques Varin: «Les étudiants communistes, des origines à la veille de Mai 1968», Matériaux pour l’histoire de notre temps, 74, abril-junio de 2004, p. 44.
29 Ibíd., p. 49.
30 Hasta su muerte en 1978, Jean Kanapa será una de las figuras principales del grupo de intelectuales orgánicos del PCF. Sobre este personaje enigmático, novelista, políglota, filósofo, véase Michel Boujut: Le fanatique qu’il faut être, l’énigme Kanapa, París, Flammarion, 2004.
31 En un librito que recoge unos ensayos, Positions, publicado en 1976, Louis Althusser escribe: «Con Waldeck Rochet, hemos sido culpables de compartir un pensamiento comprometedor: hemos sido espinosistas».
32 François Goguel: «Les élections législatives des 23 et 30 juin 1968», Revue française de science politique, 18e année, 5, 1968, pp. 837-858. En <http://www.persee.fr/doc/rfsp_0035-2950_1968_num_18_5_393112>.
33 Marco Di Maggio: «PCI, PCF et la notion de “centre”. Enjeux stratégiques et questions identitaires des PC de l’Europe occidentale», Cahiers d’histoire. Revue d’histoire critique, 112-113, 2010, pp. 25-44. En <https://chrhc.revues.org/2119>.
34 Telegrama n. 1899-1904, en Ministere des Affaires Étrangeres et Européennes – Commission des Archives Diplomatiques: Documents diplomatiques français, 1968, tomo II (2 de julio-31 de diciembre), Bruselas, PIE/Peter Lang, 2010 p. 153.
35 Jean Vigreux: Waldeck Rochet, une biographie politique, París, La Dispute, 2000, p. 281.
36 «Manifeste du Comité central du Parti communiste français, Pour une démocratie avancée, pour une France socialiste!», Supplément au bulletin de propagande n.° 7, noviembre-diciembre de 1968, París, Éditions Sociales, 1968.
37 Ibíd., p. 39.
38 Waldeck Rochet: L’avenir du PCF, París, Grasset, 1969.
39 Comunicado del Buró Político del 12 de diciembre de 1969.
40 Premier bilan des conversations engagées entre le Parti communiste français et le Parti socialiste sur les conditions fondamentales d’un accord politique/Rapport de Georges Marchais au comité central d’Ivry (22 décembre 1970)/Résolution, Éditions de L’Humanité, París, 1970.
41 «Un plan d’action socialiste pour une France démocratique. Les travaux du Congrès extraordinaire des 20 et 21 juin 1970», Bulletin socialiste, 8 de septiembre de 1970.
42 Esta cronología se verá modificada por la muerte de Georges Pompidou en 1974 y la elección presidencial anticipada de Valéry Giscard d’Estaing.
43 Jean Vigreux: «Le Parti communiste à l’heure de l’union de la gauche», en Danielle Tartakowsy y Alain Bergougnioux: L’union sans unité…, p. 46. Estadística procedente del fondo del PCF, Archivo de Saint-Denis, Caja 261J25.
44 «La crise du capitalisme monopoliste d’Etat et les luttes des travailleurs», Économie & Politique, 185 (diciembre de 1969), 186-187 (enero-febrero de 1970) y 188 (marzo de 1970). <http://www.economie-politique.org/31374>.
45 Bernard Pudal: «Compte rendu de Frédérique Matonti, Intellectuels communistes…, 2005», Le Mouvement Social, 214, enero-marzo de 2006, pp. 165-167. <http://mouvement-social.univ-parís1.fr/document.php?id=509>.
46 Frédérique Matonti: «Les “garde-fous”. Trajectoires biographiques et obéissance politique: l’exemple du groupe dirigeant de La Nouvelle Critique (1967-1980)», Le Mouvement social, 186, París, Editions de l’Atelier/Editions ouvrières, enero-marzo de 1999, pp. 23-43.
47 Bulletin socialiste, n.° especial de junio de 1972.
48 Se repite el gesto unilateral de W. Rochet de 1965, pero sin pensar en el hecho de que las condiciones eran profundamente distintas. ¿Error estratégico? «La toma de consciencia del error así cometido dentro de la lógica institucional llevará a que Georges Marchais anuncie el 12 de enero de 1978… que habrá un candidato comunista en el próxima elección presidencial», Pierre Bauby, L’État-stratège, le retour de l’État, París, Les Éditions Ouvrières, 1991, p. 70.
49 Roland Leroy: «Dans la bataille pour la candidat du Programme commun, François Mitterand», La Nouvelle critique, 74, mayo de 1974, p. 43.
50 Antoine Casanova y François Hincker: «Matériaux pour l’action», La Nouvelle critique, 77, octubre de 1974, pp. 6-12.
51 Jacques Bidet: «“Les nouveaux petit-bourgeois”, à propos de l’ouvrage de Nicos Poulantzas», La Nouvelle critique, 77, octubre de 1974, pp. 32-40. El libro de Nicos Poulantzas: Les classes sociales dans la capitalisme d’aujourd’hui, París, Seuil, 1974.
52 Assises du socialisme, 12 y 13 de octubre de 1974.
53 Georges Marchais: Le parti communiste propose, XXIe Congrès, Rapport de Georges Marchais, Ed. PCF, 1974.
54 Arnauld Cappeau: «L’abandon de la dictature du prolétariat par le Parti communiste français, janvier 1976, analyse et décryptage», Les grands textes politiques français décryptés, Kindle éditions, 2013.
55 Louis Althusser: 22ème congrès, París, François Maspero, 1977.
56 Por ejemplo, si Georges Marchais anuncia por la radio en enero que el partido «abandona» el concepto de dictadura del proletariado, en el Congreso la propuesta de abandono la hace un delegado de provincias (Georges Fraison). De modo manifiesto, se trata de demostrar que esta demanda viene del partido y no de la dirección.
57 Georges Marchais: «Un grand fait historique», L’Humanité, 4 de marzo de 1977.
58 Fernando Claudín: L’eurocommunisme, París, François Maspero, 1977.
59 Bernard Pudal: «La beauté de la mort communiste», Revue française de science politique, 5/2002, vol. 52, pp. 545-559. <www.cairn.info/revue-francaise-de-science-politique-2002-5-page-545.htm>.
60 Christine Buci-Glucksmann, Jean Rony, Jean-Pierre Lefebvre, France Vernier, Maurice Moissonnier, Gérard Belloin, Jean-Philippe Chimot, Georges Labica, Étienne Balibar y Michel Paty: Ouverture d’une discussion?, París, François Maspero, 1979; Etienne Balibar, Guy Bois, Georges Labica y Jean-Pierre Lefebvre: Ouvrons la fenêtre, camarades!, París, François Maspero, 1979.
61 Georges Marchais: «Les documents préparatoires: une démarche ouverte, une démarche de combat», L’Humanité, 13 de febrero de 1979.
62 Georges Lavau: À quoi sert le Parti communiste français?, París, Fayard, 1981.
63 «[…] los obreros profesionales y los técnicos de las grandes empresas públicas y del Estado constituyen tradicionalmente, en Francia, lo esencial de la base social de los partidos y sindicatos. Entre ellos se reclutaba su armazón militante. Tanto el crecimiento del paro como la pérdida de sustancia del PCF y, a nivel menor, de los sindicatos, los debilitaron hasta en los sectores donde seguían siendo influyentes. Estas categorías cualificadas, cuando pudieron, abandonaron los barrios populares, llevándose el entramado de militantes políticos», Michel Ritter: «Crise des banlieues ou crise sociale», Carré rouge, 3, octubre de 1996, p. 45.
COMUNISTAS Y SOCIALISTAS EN EL PROCESO PORTUGUÉS DE DEMOCRATIZACIÓN
RADICALIZACIÓN, REVOLUCIÓN, ENFRENTAMIENTO, REFLUJO
Manuel Loff Universidade do Porto
La década de 1970 constituye el ciclo de cambio más intenso en la historia contemporánea portuguesa. La crisis de la dictadura reaccionaria más larga (1926-74) de la Europa del siglo XX y la revolución a la que abrió paso fueron acompañadas del más evidente y global proceso de cambio estructural en la economía, en las relaciones sociales y en el mundo de la producción y del consumo cultural, acicateado por una modernización autoritaria que se desarrolló en los años cincuenta y sesenta.1 La proverbial autopercepción portuguesa de un país incapaz de construir o consolidar los grandes cambios de la contemporaneidad dio paso a un proceso revolucionario que creó las bases de un modelo original de democratización; un modelo que, de manera a mi juicio absolutamente equivocada, Samuel Huntington considera que está en el origen de una tercera ola de la democratización.2
1. DE LA POSGUERRA A LOS PRIMEROS AÑOS SETENTA: EL PCP Y LA RADICALIZACIÓN DE LAS IZQUIERDAS
La reconfiguración de las izquierdas portuguesas acabaría siendo condicionada por el cambio social del que habían sido protagonistas y al cual se habían empeñado en dar sentido político. Como ocurrió un poco por toda Europa, la fase final de la guerra propició un segundo ciclo de unidad antifascista (1943-49), en el que el Partido Comunista (PCP), reforzado por su reorganización de 1940-41, «um partido que se tornou o mais importante movimento político português no imediato pós-guerra»,3 asumió la dirección de los procesos de contestación obrera (1942-44) y diseñó una política de alianzas de la que resultaron los movimientos de unidad antifascista que movilizaron bajo la dictadura a segmentos muy representativos de la sociedad portuguesa: el Movimento de Unidade Nacional Antifascista (MUNAF, 1943), el Movimento de Unidade Democrática (MUD, 1945) y su brazo juvenil (MUDJ, 1946). El canto del cisne llegaría ya bajo el ambiente pesado de la Guerra Fría, que dividió profundamente a las oposiciones antisalazaristas después de haber presentado la candidatura presidencial del viejo general Norton de Matos (1948-49), en la que, de manera más evidente, se percibe cómo la hegemonía política y organizativa del PCP se vio supeditada en la esfera pública al discurso republicano liberal de sus aliados más conservadores.
La década de los cincuenta se abrió en ese ambiente de transposición de la lógica binaria de la Guerra Fría al marco político portugués, que creó un foso en el seno de la oposición antifascista, con lo que quedaba del mundo republicano rechazando toda forma de colaboración con el PCP mientras se iba consolidando la dictadura, la cual acababa de entrar en su fase modernizadora y gozaba de una amplia aceptación en el sistema político-militar occidental dirigido por EE. UU.4 Al otro lado de la barricada, entró en reflujo la influencia intelectual e ideológica del PCP y de los movimientos culturales que estaban asociados a él –como el neorrealismo– y que tanto apoyo habían congregado en las dos décadas anteriores.5 Los primeros años del encarcelamiento de Álvaro Cunhal (1949-60) coincidieron con un periodo muy difícil de aislamiento político y de comportamiento sectario, en el que la dirección del PCP sospechaba intensamente de infiltraciones de la policía política (la Polícia Internacional de Defesa do Estado, PIDE) en la organización clandestina. Mientras, se fueron esfumando las esperanzas que el PCP depositaba en el Movimento Nacional Democrático (MND) como nuevo instrumento unitario. En este contexto, «a Direção do PCP sente necessidade de ir mais longe, de dar mais provas de boa vontade junto das correntes que, nos anos anteriores, tanto havia maltratado no fulgor intransigente da Guerra Fria»,6 y, ya antes del XX Congreso del PCUS (1956), en paralelo a la trayectoria que en el PCE se venía dibujando desde 1954,7 empezó en el verano de 1955 el giro hacia la tesis de la solución pacífica del problema político portugués, reflejada en el encuentro entre delegaciones del PCE y del PCP celebrado después del XX Congreso del PCUS, del que salió «a primeira declaração pública» en ese sentido, luego «adotada pelo V Congresso do PCP em 1957»,8 lo que configuró el giro de derecha en la política del PCP de los años 1956-59.9
El hecho de haber retomado las propuestas de transición pacífica que se habían lanzado en la posguerra propició, en un clima de cierta improvisación táctica del PCP, un nuevo ciclo unitario que se abriría con la sorprendente campaña presidencial de Humberto Delgado (1958), un general disidente de la dictadura cuya capacidad de arrastre popular acabó por atraerle el apoyo del PCP. La fuga espectacular de Cunhal y de otros nueve altos dirigentes comunistas de la cárcel de la PIDE del fuerte de Peniche (1960) y el inicio del proceso de la corrección del giro de derecha (1960-62), que acabaría siendo un segundo gran momento refundador del PCP, no impidió que los comunistas renovaran sus propuestas unitarias ante los procesos electorales de 1961 y 1965, recuperando así procedimientos, aunque bastante frágiles, de colaboración con las muy débiles oposiciones republicanas.
El rechazo de la solución pacífica del problema político portugués y la vuelta a las tesis de la «via insurrecional para o derrubamento da ditadura e a conquista da democracia», adoptadas definitivamente en el VI Congreso del PCP, en 1965, no solamente conllevaban el repudio de una transposición más o menos automática para el marco nacional portugués de las tesis del XX Congreso del PCUS sobre la «competição pacífica entre socialismo e capitalismo», sino que abrieron «não poucas discussões com outros partidos», el PCE en primer lugar, pero también el PCUS y el PC checoslovaco, que daban
por certo que o povo português e os comunistas portugueses, para se libertarem da ditadura fascista, teriam de aguardar que o povo espanhol e os comunistas espanhóis, com a concentração da solidariedade internacionalista, quebrassem o «elo mais fraco» do capitalismo na Europa [–a Espanha–] e alcançassem a «transição democrática» pacífica,
lo que, según Cunhal, habría sido «[desmentido]» por la «derrota do fascismo [em Portugal] por uma ação insurrecional», la del 25 de abril de 1974, ocurrida «antes da “transição pacífica democrática” em Espanha».10
De esa forma, el PCP llegó a la Revolución de 1974-76 con un proyecto político claramente definido nueve años antes, en el VI Congreso (Kiev, 1965), en el que habían triunfado las tesis de Cunhal enunciadas en su informe al Comité Central titulado Rumo à vitória (1964). En el Programa e estatutos do PCP, los primeros que el partido aprobaba en su historia, se definían ocho objetivos para la «revolución democrática y nacional»:
1.º Destruir o estado fascista e instaurar um regime democrático;
2.º Liquidar o poder dos monopólios e promover o desenvolvimento económico geral;
3.º Realizar a Reforma Agrária, entregando a terra a quem a trabalha;
4.º Elevar o nível de vida das classes trabalhadoras e do povo em geral;
5.º Democratizar a instrução e a cultura;
6.º Libertar Portugal do imperialismo;
7.º Reconhecer e assegurar aos povos das colónias portuguesas o direito à imediata independência;
8.º Seguir uma política de paz e amizades com todos os povos.
Una vez planteados estos objetivos, ¿qué régimen suponía el PCP que saldría de la «revolución democrática y nacional» que preconizaba? Según el documento aprobado en el VI Congreso, para conseguir concretar la «instauração das liberdades democráticas, a destruição do Estado fascista e a sua substituição por um Estado democrático» sería «fundamental» que se aprobaran «as seguintes medidas»:
1. Dissolução de todos os órgãos e instrumento do poder fascista […].
2. Criação de uma organização democrática do Estado, com uma câmara legislativa única, eleita em sufrágio, direto, universal, igual e secreto por todos os cidadãos maiores de 18 anos. […]
3. Instauração e garantia da liberdade sindical, de palavra, de imprensa, de associação, de reunião, de greve e de manifestação. […]
4. Liberdade de consciência e de divulgação de crenças e ideias para os crentes e não crentes. […] Separação da Igreja e do Estado.
5. Estabelecimento da igualdade de direitos para todos os cidadãos, independentemente do sexo, grau de instrução e situação económica.
6. Organização das forças armadas e forças de segurança para defesa da revolução e da independência nacional […].
7. Democratização da justiça […].
8. Eleições livres para todos os órgãos de administração local, e sua reorganização em moldes democráticos.11
Cometería un error de perspectiva presentista el observador del siglo XXI a quien le pareciera cosa banal formular en 1965 un programa de superación por ruptura total de una dictadura que, por aquel entonces, estaba casi cumpliendo los 40 años. Las tesis de Cunhal fueron, por lo demás, puestas a prueba en el proceso político desencadenado con el golpe militar de abril de 1974, que abrió a los portugueses la última oportunidad de una revolución socialista en el continente europeo en el siglo XX. Si la naturaleza socialista de la Revolución portuguesa acabaría siendo puesta en entredicho al cabo de pocos años, no caben dudas sobre la naturaleza democrática y nacional del proceso. En polémica con el izquierdismo maoísta en los últimos años de la dictadura, Cunhal reconocía en 1970 que, pese a que el objetivo del PCP fuese «a construção em Portugal do socialismo e do comunismo», y pese a la «interpenetração de elementos democráticos, nacionais e socialistas na revolução democrática e nacional», esta «não se transformará por si em revolução socialista».12
Hay que recordar que la disputa, abierta desde 1963 (disidencia de Francisco Martins Rodrigues13), con los grupos marxista-leninistas de inspiración maoísta, en la que las posturas del PCP coincidieron inevitablemente con lo esencial de las asumidas por el PCE, el PCI y, especialmente, el PCF, se produjo en el contexto muy específico de la Guerra Colonial (1961-74), en el que la lucha armada de los nacionalistas africanos planteaba la viabilidad/necesidad de la lucha armada en el territorio metropolitano portugués. Cunhal denunciaba los
«caminhos ilusórios» [que se desenham] no campo das oposições, definindo um confronto com quem considerava que estavam reunidas as condições para o desencadeamento imediato de ações armadas visando o derrube do regime,
«radicalismo pequeno-burguês» –que recuperaba– «velhas conceções anarquizantes», marcado por uma perniciosa desconsideração da ação de massas e da necessidade de a organizar e dirigir,14
enfrentándose a la crítica de Martins Rodrigues, que acusaba al PCP de hacer una
«deturpação pacifista do leninismo», por trabalhar na construção paulatina de condições que permitissem o «levantamento nacional» ao invés de criar «destacamentos de combate» que conduzissem as massas à insurreição armada.15
Sin embargo, al desafío de las organizaciones que eligieron la lucha armada (en 1967, la Liga de Unidade e Ação Revolucionária, LUAR, de matriz delgadista y aproximativamente guevarista; en 1971, las Brigadas Revolucionárias, BR, impulsadas por dos disidentes del PCP, Isabel do Carmo y Carlos Antunes) y, sobre todo, a la presión interna de una generación de jóvenes militantes seducidos por las tesis de la acción directa para acabar con la dictadura, el PCP respondió con el envío de militantes suyos a Cuba, en 1965, para recibir una formación militar que le permitiría (caso único en los PC europeos en ese momento) impulsar, en 1970-72, la Ação Revolucionária Armada (ARA), dedicada a operaciones de sabotaje al esfuerzo militar portugués en África.16
Ante el nuevo ciclo político abierto por la incapacidad física de Salazar y la aparente, y muy efímera, Primavera de Marcelo Caetano (expresión habitualmente aplicada para el primer semestre de los seis años de gobierno marcelista, 1968-74), el PCP se replanteó, brevemente pero
de um modo surpreendente, a possibilidade de uma transição pacífica, que pretendia colocar condições para o apoio à constituição de um governo com um programa mínimo – assegurar o cumprimento do artigo 8. da Constituição de 1933,17 terminar com os abusos da autoridade e assegurar condições de segurança e de legalidade democrática.
A los pocos días de la sustitución de Salazar, el PCP entendía que su
desaparecimento da cena política cria uma oportunidade única, existente num prazo limitado, para a solução do problema político português sem grandes e trágicas convulsões –aunque– [advertindo] contra as afirmações «liberalizantes» a coberto das quais um novo governo pretenda prosseguir a política salazarista sem Salazar.18
Sin embargo, «três meses depois, um extenso comunicado subscrito pela Comissão Política […] reflete um endurecimento considerável de posições»,19 denunciándose la
demagogia «liberalizante» –y aclarando definitivamente que– a alternativa política da ditadura fascista de Salazar não é ditadura fascista de Marcelo Caetano. A alternativa da ditadura fascista é a revolução democrática e nacional.20
En 1969, el PCP se empeñó en la última de las etapas unitarias de la lucha antifascista portuguesa, impulsando las Comissões Democráticas Eleitorais (CDE), en convergencia con los mismos católicos progresistas con los que colaboraba en el movimiento obrero y con los socialistas independientes que no participaban en la Ação Socialista Portuguesa que Mário Soares había creado en 1964 y que se presentó autónomamente a las elecciones de 1969 bajo la designación de Comissões Eleitorais de Unidade Democrática (CEUD). Una nueva generación de activistas movilizada en las CDE acusaba a los socialistas de Soares de reproducir «os velhos vícios da oposição» al querer crear un «movimento centralizado, dirigido por cima, por um conjunto de personalidades», de tipo «interpartidário», único modelo que aseguraría alguna representatividad significativa a los socialistas, organizativamente todavía muy débiles. Las CDE, «parte de uma tendência mais geral de recomposição à esquerda que se ia verificando»,
não [deixaram] porém de trazer um aspeto absolutamente novo às eleições de 1969 – [dotaram] o movimento de um cunho de base […] acentuadamente popular. E irrompem temas novos na campanha – a guerra colonial, naturalmente, mas também a Reforma Agrária, diretamente tributários do novo programa do PCP aprovado no VI Congresso, de 1965.21
Otra rama del «exército político ligado às massas» del que hablaban los comunistas se crearía en 1970: la Intersindical. Producto del ciclo de victorias de listas de izquierdas en las elecciones sindicales de la segunda mitad de los sesenta, que, con más o menos astucia, fueron sorteando el control de la policía política y de los organismos corporativos, causa y consecuencia de las nuevas movilizaciones obreras y de los nuevos trabajadores del terciario, la Inter fue, en gran medida, resultado del éxito de la estrategia unitaria de los grupos socioprofesionales de las CDE, en los que coincidieron sindicalistas comunistas y católicos progresistas.22
2. EL PCP, ¿UN CASO ORIGINAL?
La fuga de Cunhal, en 1960, y su vuelta al timón del PCP, del que sería elegido secretario general en 1961, coincidió, por tanto, con el inicio de esa década decisiva en la consolidación de la originalidad del PCP en el marco del movimiento comunista internacional, argumento habitual en las explicaciones globales del papel específico de este partido en el proceso democratizador portugués.
Entre los factores diferenciadores de la trayectoria y de la identidad comunista portuguesa en la segunda mitad del siglo XX, se ha subrayado, en «Os primórdios da Intersindical sob Marcelo Caetano», Análise Social, vol. XXV, 105-106, 1990, pp. 57-117; Manuel Loff: «Cambiar de vida, cambiar la vida: obreros en Oporto, de la dictadura a la revolución (1960-1976)», en Javier Tébar Hurtado (ed.): El movimiento obrero en la gran ciudad. De la movilización sociopolítica a la crisis económica, Barcelona, El Viejo Topo, 2011, pp. 17-39. primer lugar, que el origen del PCP, en 1921, hay que buscarlo dentro del movimiento anarco-sindicalista, prácticamente hegemónico en el seno de una comparativamente débil, aunque aguerrida, clase obrera portuguesa en los años de la I República (1910-26), en la que el pequeño partido socialista (la Secção Portuguesa da Internacional Operária) tenía, por el contrario, poca presencia.
Pero quizá más relevante sea recordar que la expulsión del PCP del Komintern, en 1938, por una sospecha (sustancialmente infundada) de infiltración del partido por parte de la policía política, creó un marco de gran autonomía respecto al movimiento comunista internacional, algo que caracterizó los años de la refundación del PCP, es decir, su proceso de reorganización (1940-42) y el éxito de su estrategia de frentismo antifascista (1943-49). El discurso del PCP sobre su propia historia subraya el hecho de que «o PCP passasse definitivamente a decidir soberanamente da sua orientação e dos seus problemas» habría sido, en gran medida, el resultado del
isolamento internacional em que o Partido atuou desde 1939 até 1948 – anos vitais na vida do Partido que, em condições de extraordinária dificuldade e complexidade, se transformou num grande partido nacional.23
En los primeros años sesenta, al corregir lo que la nueva dirección del PCP llamó el giro de derecha del ciclo político de 1956-59, los comunistas portugueses abrían una vía relativamente original en el marco de la disputa sino-soviética: rechazando el modelo maoísta y enfrentándose a la disidencia de los partidarios de la lucha armada, el PCP rechazaba simultáneamente deducir para el caso portugués una transición pacífica como si esta fuera la consecuencia natural de la política soviética de coexistencia pacífica. Según Fernando Rosas, el PCP habría asumido este nuevo giro político en los años sesenta «sob a ameaça de ser ultrapassado pela iniciativa das organizações armadas não comunistas» que empiezan a operar en Portugal a partir de 1967, «ou pelas lutas anticolonialistas transformadas em eixo central das esquerdas radicais», ellas mismas, en gran medida, producto de la disidencia izquierdista del PCP, como ocurría por todo el mundo en esos años. En cualquier caso, la reivindicación de la vía insurreccional convertiría al PCP –y aquí nos aparece el tercer gran factor diferenciador de su identidad– en el «único partido comunista pró-soviético da Europa Ocidental a defender teoricamente o recurso à luta armada», que lanzó a inicios de los setenta, como hemos visto, una organización propia, la ARA. De este modo, el PCP, aunque según Fernando Rosas (él mismo un disidente izquierdista del PCP en 1965) haya «[chegado] tarde, perdera terreno, haveria ambiguidades», «aguentava a pressão à sua esquerda», consolidando en Portugal «um espaço político de implantação entre a recusa do reformismo» adoptado por PCI, PCE y PCF, «e o ataque ao “radicalismo pequeno-burguês de fachada socialista”» del que Cunhal acusaba a los marxista-leninistas que se acercaban a la línea china o albanesa; se configuró así «uma espécie de centrismo à esquerda», una «posição peculiar, essa espécie de “esquerda” do campo pró-soviético, entre a recusa da social-democracia e do “esquerdismo”», que, en resumidas cuentas, «seria o seguro de vida do PCP para os conturbados tempos da implosão da URSS e da queda do muro».24
Lo que queda claro es que, mucho más que en el contexto internacional de la ruptura sino-soviética y el impacto que pudiera tener en el interior del PCP, las explicaciones para el cambio de la línea política comunista de inicios de los sesenta habrá que buscarlas en un contexto nacional marcado por la larga crisis de 1958-62 de la dictadura25 y el inicio de la guerra colonial (1961-74). Si la competencia política de las nuevas izquierdas radicales no distingue al PCP de los demás PC a escala europea e internacional, y si el peso de la herencia de medio siglo de clandestinidad (1926-74) tampoco le distingue del PCE, del KKE o de la mayoría de los partidos latinoamericanos –aunque sí de la gran mayoría de los partidos europeos-, lo que sí diferencia a la trayectoria histórica del PCP es el haber llegado a la legalidad en una coyuntura revolucionaria (1974-76). La forma en que el PCP adaptó las tesis de la «revolução democrática e nacional», que había aprobado en su VI Congreso (1965), al nuevo marco político democrático acabaría siendo, como sería de esperar, el factor central de lo que podríamos entender como la tercera refundación del PCP. De nuevo, la Revolución portuguesa (1974-76) permitiría al PCP demostrar su autonomía respecto al movimiento comunista internacional, enfrentándose no solamente a los partidos eurooccidentales que acababan de dar vida al eurocomunismo (el PCI, el PCF, pero muy especialmente el PCE, que, al contrario de los dos anteriores, compartía con el PCP el estar saliendo de un contexto político semejante al portugués pero a través de un proceso de superación de la dictadura muy distinto), sino también al PCUS y a algunos de sus aliados.
3. LOS SOCIALISTAS: DE LA TRADICIÓN REPUBLICANA AL SOCIALISMO NO SOCIALDEMÓCRATA
Al otro lado de la izquierda, «os anos 60 marcam o início do ocaso, simultaneamente físico, ideológico e político, da oposição republicanista», que desde finales de los años cuarenta, una vez fracasados los intentos putschistas de 1945-46, se había vuelto
adepta de uma transição pacífica e ordeira do salazarismo para a democracia, a obter quer através do diálogo com os setores reformistas do regime, quer por um golpe palaciano em combinação com os meios militares dissidentes, por forma a evitar que o «poder caísse na rua».26
Más allá del desgaste del modelo político republicano liberal, en el que se no sentían reflejadas las nuevas capas medias, y menos todavía las capas populares que configuraban la nueva clase obrera de la industrialización de los cincuenta y sesenta, el cambio sociopolítico de la posguerra desembocó en la radicalización de los años 1958-62, que no solo afectó a los comunistas y a la nueva izquierda radical, sino que también llegó al mundo social-republicano. Ya en los últimos experimentos orgánicos de este sector político –la Resistência Republicana, creada en 1953, luego (1955) rebautizada Resistência Republicana e Socialista (RRS), y la Ação Democrato-Social (1963)–
a corrente socialista […] fora paulatinamente assumindo a hegemonia do campo republicano, absorvendo boa parte das suas personalidades e até da estrutura de notabilidades locais e regionais.27
En 1964, ya bajo el liderazgo de Mário Soares, un abogado lisboeta que acababa de llegar a los 40, se creó la Ação Socialista Portuguesa (ASP), una organización que se autodefinía como «apartidária», conservando «muitas das ambiguidades ideológico-programáticas e a informalidade organizativa que haviam caracterizado a RRS».28 En 1972, Mário Soares reconocía que:
na mais otimista das hipóteses, havia [a] possibilidade de lançar as bases para um movimento de opinião socialista, desligado de esquemas orgânicos de tipo partidário […] com a intenção confessada de forçar a legalidade.29
Socialmente poco representativos, políticamente condicionados por la efectiva hegemonía comunista, los socialistas se habían fijado el objetivo de «agrupar toda a esquerda não comunista num amplo movimento», que «aspirava a ser uma força de diálogo e balanço em relação ao Partido Comunista». Disidente él mismo del PCP a finales de los cuarenta, Soares definió a mediados de los sesenta su línea estratégica en el «problema de arrumação das forças da Esquerda» portuguesa: oponerse a las «pretensões hegemónicas [do PCP] no quadro da Oposição», denunciar su «visceral dogmatismo e um cego seguidismo relativamente à União Soviética».30 En el congreso de 1973, celebrado en Alemania Occidental y en el que, por fin, el Partido Socialista (PS) se (re)creó a propuesta de Soares, este afirmó la «necessidade de uma aliança» con el PCP, porque este sería «a organização partidária mais estruturada em Portugal» y «porque tem uma implantação efetiva (e tradicional) na classe operária», habiendo que descartar, a su juicio, las objeciones tradicionales del peligro de absorción por parte del PCP y de la «rigidez estalinista» de los comunistas portugueses. Para Soares, un año antes del inicio de la Revolución, «essa aliança constitui […] a mais sólida condição para a liquidação do fascismo e do colonialismo e para a construção de uma democracia a caminho do socialismo».31 Producto del reconocimiento de los limitados resultados de la estrategia de enfrentamiento con el PCP adoptada en 1969, influencia del clima del Programme Commun de la Gauche en Francia, o puro tacticismo, Soares no se libró en esos años de dar la sensación a algunos de sus correligionarios de que era parte de esos «primeiros fundadores do movimento socialista contemporâneo português […] que defendiam um papel subalterno relativamente ao Partido Comunista». Para los críticos de la estrategia de Soares,
o acordo com o PC jamais seria, contudo, um acordo honroso para os socialistas –y además– tão-pouco vinha ao encontro da orientação seguida pela esmagadora maioria dos partidos «irmãos» da Europa.
Para Rui Mateus, «o sonho unitário da maioria do PS só terminaria em 1975».32
Los comunistas interpretarían la propuesta de Soares como la confirmación de una fragilidad. En 1969 habían reaccionado con dureza al tono «oportunista» del Manifesto à Nação que Soares había hecho firmar a los socialistas en diciembre de 1968, en el que se subrayaba que «os signatários não aceitam o “socialismo totalitário”»,33 reiterando una vieja barrera levantada a finales de los cuarenta por la oposición republicana y liberal frente al PCP. Los comunistas y sus futuros aliados en las CDE lo interpretaron como manifestación de un «oportunismo de direita» que alimentaría «ilusões» respecto a la apariencia de apertura marcelista, y cuyo objetivo sería,
a troco de uma posição antiunitária e legalista e duma campanha embora «discreta» contra o Partido Comunista, […] alcançar possibilidades próprias e preferenciais de existência legal –buscando– uma posição hegemónica que ninguém lhe reconhece.34
De la reunión de septiembre de 1973 en París, propuesta por Soares a Cunhal, acabó saliendo un
«Comunicado Comum», no qual […] se definem os seguintes objetivos prioritários da luta conjunta: «a liquidação da ditadura fascista e a conquista das liberdades democráticas; o fim da guerra colonial e negociações com vista à independência completa e imediata dos Povos de Angola, Guiné-Bissau e Moçambique; e a libertação de Portugal do domínio dos monopólios e da submissão ao imperialismo[;] […] formação de um governo provisório que promova eleições verdadeiramente livres para uma Assembleia Constituinte» como «decisivo passo para a solução do problema político português».
Más allá de lo inédito de un encuentro que conllevaba el hecho de que el PCP reconociera en el PS un interlocutor político con entidad propia, y de la naturaleza políticamente premonitoria del documento, la reunión serviría sobre todo para preparar «a apresentação de candidaturas unitárias que permitissem aproveitar a farsa eleitoral» de octubre de 1973,35 que acabó siendo la última convocatoria electoral de la dictadura. En ella, toda la oposición democrática, que se había ya vuelto a reunir en el Congresso da Oposição Democrática (Aveiro, abril de 1973), se presentó unida bajo las siglas de las CDE, cerrando así el ciclo de enfrentamiento que había llevado a la presentación de candidaturas separadas a las elecciones de 1969.
En vísperas de la caída de la dictadura, los socialistas se ubicaban políticamente, por lo tanto, en una «oposição […] [que se] define por ser, simultaneamente, antifascista, anti-corporativo-monopolista e anti-colonialista». La elección que, en 1973, Mário Soares hizo del PCP como su interlocutor principal fue, por consiguiente, una consecuencia de la percepción definitiva del fracaso del programa «pseudo-reformista» del marcelismo y de la pérdida de cualquier ilusión respecto al interés que en los socialistas podrían suscitar los sectores «liberais», «centristas» o «sociaisdemocratas de direita», que Soares veía
contaminados pelo pecado original da sua tentativa «reformista» ter sido concebida dentro dos quadros do regime e nos limites por este fixados –y cuya– empresa aventurosa, sejam quais forem as intenções que a ditaram […], pode relevar do colaboracionismo con la dictadura.36
De estos sectores saldría, a las dos semanas del 25 de abril de 1974, el Partido Popular Democrático (PPD, rebautizado como Partido Social-Democrata en 1976), principal partido de la derecha portuguesa e interlocutor prioritario del PS en la vida política portuguesa desde entonces en un esquema de alternancia en el gobierno del país.
La ubicación del PS en el conjunto de la izquierda portuguesa de la primera mitad de los años setenta, y su posicionamiento ante el PCP, iban acompañados de un discurso socialista radical verdaderamente inédito en su trayectoria histórica. En 1970, la Declaração de Princípios de la ASP revelaba, respecto a la tradición republicana y al discurso de la CEUD en las elecciones de 1969, una evidente izquierdización:
inspiração marxista não dogmática; demarcação do neocapitalismo e da via social-democrata; apoio a uma política de nacionalizações e ao desenvolvimento do cooperativismo e das experiências autogestionárias.
Para Susana Martins,
[pretendia-se] apagar a imagem reformista […] demarcando-[se], a um tempo, do comunismo e das democracias sociais-democratas do Norte da Europa. Principia aqui a definição teórica de uma via portuguesa para o socialismo,37
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