Read the book: «Fernando Moreno Barberá: un arquitecto para la universidad»

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Este libro no es un catálogo, surgió ampliando y revisando algunas ideas de la primera muestra que dedicamos a la obra de Fernando Moreno Barberá, en mayo de 2014. Por esto debemos agradecer al trabajo de nuestros compañeros del Máster de Historia del Arte y Cultura Visual, los comisarios de aquella exposición ampliada y repensada, Carmen Alonso Aguirre, Francisco Miguel Baeza Soriano, Raquel de San Román Moreno, Rosario García Peris, Antonio Gozalbo Nadal, Rubén Gregori Bou, Karen Gregorio Molina, Lucía Hostalet Aunión, Teresa Llácer Viel, Silvio Lissandro Loor Solórzano, Ana Mafé García, Isabel Navarro Camallonga, M. Carmen Pérez Morante, Isabel Ruiz Garnelo, Pablo Sánchez Izquierdo, Teresa Sorolla Romero, Aneta Vasileva Ivanova y muy particularmente a Ester Alba Pagán, cuyas directrices la hicieron posible.

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Valencia: Universitat de València, 2015.

Revisión de los textos: Teresa Llácer Viel

Diseño de la portada: Rosario García Peris

ISBN: 978-84-370-9788-6


ÍNDICE

Prólogo. Una arquitectura parlante: espacios arquitectónicos para una nueva universidad.

Ester Alba Pagán

El context històric-artístic. En torn a un món de canvis

Rubén Gregori Bou, Isabel Ruiz Garnelo

Significat i destí de l’arquitectura racional

Teresa Llácer Viel

Rebeldía y regeneración de la universidad

Marc Baldó Lacomba

Fernando Moreno Barberá, un arquitecto moderno para la nueva Universidad

Karen Gregorio Molina, Isabel Navarro Camallonga

Un edificio de palabras. La vida estudiantil construye su época

Aneta Vasileva Ivanova

La cuarta pared de la síntesis de las artes. El frente cultural

Aneta Vasileva Ivanova

En torno a Fernando Moreno Barberá. La capilla de la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia

Carmen Rodrigo Zarzosa

Las Universidades Laborales. Instituciones educativas durante el franquismo

M. Carmen Pérez Morante

Privilegio de introducción

Antonio Lafuente Carrión

Redescubriendo a Moreno Barberá. La rehabilitación de edificios con fines turísticos

Pablo Sánchez Izquierdo

El teatro que nunca existió y la fortuna crítica de Moreno Barberá

Rosario García Peris

Fernando Moreno Barberá. Un arquitecto de la modernidad

M. Carmen Pérez Morante

LISTADO DE LAS ILUSTRACIONES

FIG.1. Exposición Múltiples de Joseph Beuys en el Museo IVAM de Valencia

FIG.2. Alfons Fungairiño Nebot. Edificio de viviendas y gasolinera TASA. Fundación DOCOMOMO Ibérico

FIG.3. Representación gráfica del pabellón del Rincón de Goya, de F. García Mercadal, 1926-1928.

FIG.4. Casto Fernández Shaw, Gasolinera Porto Pi, 1927.

FIG.5. Crecimiento del número de estudiantes. Fuente: Anuario Estadístico de España.

FIG.6. Estudiantes expedientados en la Universidad de Valencia. Fuente: Benito Sanz. Rojos y demócratas, 2002, p.254-258

FIG.7. Evolución del número de tesis doctorales. Fuente: Archivo de la Universidad de Valencia, Libros de grado.

FIG.8. Proyecto “ciudad-jardín”de 750 “casas baratas”en el Passeig València al mar. Fotografía extraída de la página web de la Fundación Goerlich.

FIG.9. Vista aérea de la actual avenida Blasco Ibáñez donde se aprecian los solares donde Fernando Moreno Barberá levantará los edificios universitarios. Fotografía extraída de la página web de la Fundación Goerlich.

FIG.10. Vista aérea del conjunto, fotografía histórica. Fondo Fernando Moreno Barberá, propiedad del Archivo Histórico del Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia. @copyright CTAV.

FIG.11. Interior aula de Facultat Geografia i Història. Fondo Fernando Moreno Barberá, propiedad del Archivo Histórico del Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia. @copyright CTAV.

FIG.12. Fachada del edificio departamental. Fondo Fernando Moreno Barberá.

FIG.13. Manifestación estudiantil de los 60. Origen: DISE, fotografía proporcionada por Benito Sanz Díaz.

FIG.14. Acción del Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios de Valencia. Fotografía de M. Gutman, proporcionada por Benito Sanz Díaz.

FIG.15. Rafael Solbes, Por rebelde. Colección IVAM, centro Julio González, Valencia.

FIG.16. Calendario de Estampa Popular de Valencia

FIG.17. Perspectiva del Proyecto. 399 Facultad de Filosofía y Letras de Valencia. Proporcionada a Carmen Rodrigo en 1985 por Fernando Moreno Barberá.

FIG.18. Estructura, soportes, vidriera y lucernario.

FIG.19. Detalle del lucernario-linterna. Fotografías del arquitecto Juan Luis Gastaldi Albiol.

FIG.20. Plano 1. Sección longitudinal de la capilla. Proporcionados a Carmen Rodrigo en 1985 por Fernando Moreno Barberá.

FIG.21. Plano 2. Planta de la capilla.

FIG.22. Paramento derecho y del fondo

FIG.23. Fachada de la capilla recayente al jardín de Derecho. Celosías de hormigón y cruz-bloque de Amadeo Gabino. Fotografías de J. L. Gastaldi Albiol

FIG.24. Detalle exterior de la linterna vista a través de la celosía de hormigón. Fotografía de J. L. Gastaldi Albiol

FIG.25. Universidad Laboral de Cheste. Vista aérea.

FIG.26 a, b: El complejo educativo de Cheste en la actualidad. El paraninfo, visto desde uno de los edificios residenciales. Fotografías: Antonio Lafuente Carrión.

FIG.27 a, b: Uno de los comedores circulares. Uno de los comedores cuadrados.

FIG.28. Detalle de brise-soleil. Fotografías: Antonio Lafuente Carrión.

FIG.29. Universidad Laboral de Cheste. Postal histórica.

FIG.30. Reloj de sol, Universidad Laboral de Cheste. Fotografía histórica.

FIG.31. Pasarela. Aspecto actual. Fotografías: Antonio Lafuente Carrión.

FIG.32. Edifico Residencia. Aspecto actual.

FIG.33. Hostal de los Reyes Católicos de Santiago de Compostela (hoy Parador Nacional de Turismo).

FIG.34. Convento de San Marcos de León (hoy Parador Nacional de Turismo).

FIG.35. Proyecto del Teatro de la Ópera de Madrid, fachada lateral. Fondo Fernando Moreno Barberá, Archivo Histórico del Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia. @copyright CTAV.

FIG.36. Fernando Moreno Barberá, Fondo Fernando Moreno Barberá, propiedad del Archivo Histórico del Colegio Territorial de Arquitectos de Valencia

PRÓLOGO. UNA ARQUITECTURA PARLANTE: ESPACIOS ARQUITECTÓNICOS PARA UNA NUEVA UNIVERSIDAD.

Ester Alba Pagán Universitat de València

“A los hombres que cultivan las artes

Dominado por un excesivo amor a mi arte, me he entregado por entero a él. Al abandonarme a esta pasión imperiosa me impuse trabajar para merecer la estima pública mediante esfuerzos útiles a la sociedad.

He desdeñado, lo confieso, limitarme al solo estudio de nuestros antiguos maestros. He tratado de ensanchar, con el estudio de la naturaleza, mis ideas sobre un arte que, tras profundas meditaciones, me parece encontrarse aún en su aurora.

¡Cuán poca atención, en efecto, se ha concedido hasta nuestros días a la poesía de la arquitectura, medio seguro de multiplicar el disfrute de los hombres y de otorgar a los artistas una justa celebridad!

Sí, lo creo así: nuestros edificios, sobre todo públicos, deberían ser, en cierto modo, poemas. Las imágenes que ofrecen a nuestros sentidos deberían provocar en nosotros sentimientos análogos al uso a que están destinados esos edificios. (…)”

Étienne-Louis Boullée (Sambricio, C., “Étienne-Louis Boullée: ensayo sobre el arte”, Revista de ideas estéticas, 1972, 30, 119)

Étienne Boullée, arquitecto francés de la segunda mitad del XVIII, pertenece al grupo de los arquitectos que conformaron la llamada “arquitectura de la revolución”, a través de la que tomó forma la utopía constructiva de finales del setecientos que deseaba recuperar la antigüedad con mirada metamorfoseada y contemplar la belleza ideal de la naturaleza como hasta ese momento no se había hecho. Muchos de los logros de la llamada arquitectura de la ilustración se pusieron en valor, ya en el siglo XX, por la arquitectura racionalista europea y la arquitectura del movimiento moderno, aunque, debamos matizar el concepto universal del racionalismo respecto al funcionalismo propio de lo contemporáneo. No obstante, como ya indicó Sambricio, Boullée era un racionalista en el doble sentido, como arquitecto y como teórico, por su oposición al concepto vitruviano de que “la arquitectura es el arte de construir” y por su deseo de “concebir primero para después construir”, es decir, pensar la arquitectura, dibujarla, y, en definitiva, definirla. Sus esquemas no son los de los racionalistas de principios de siglo, Lodoli o Laugier ligados a lo constructivo, sino los de un racionalismo más ligado al concepto ideal rousseauniano, enciclopedista, y ligado a la naturaleza. El anhelo por las formas simples, la búsqueda de la esencia geométrica de las formas, va estrechamente ligado al desarrollo del valor simbólico como elemento arquitectónico y a la introducción de las luces y sombras como características de su arquitectura. Forma y luz han ido, desde el primer momento, unidas en la arquitectura de Boullée. Pero al rechazar la introducción de elementos de innovación en la naturaleza olvida que su pretensión es lograr una arquitectura que pueda entenderse como parlante. Toda una revolución en el concepto de la arquitectura que, aun imperceptible por el paso del tiempo, cambio para siempre la manera de entender el valor simbólico de la arquitectura: de sus estructuras, de sus espacios interiores, de su evocadora luminosidad, pero sobre todo de su diálogo mayéutico con quienes lo habitan y lo disfrutan, ligando en lo simbólico arquitectura soñada y arquitectura vivida1.

Pero, este libro no trata de Boullée, ni de sus contemporáneos Ledoux o Lequeu, ni de los arquitectos, que en el ochocientos, continuaron pensando en las distintas posibilidades de la arquitectura. Este libro trata de un arquitecto peculiar, Fernando Moreno Barberá, como pensador de espacios universitarios y, hasta en cierto sentido, de una nueva ciudad, una nueva utopía que con un salto de casi más de siglo y medio comenzaba a tomar cuerpo al compás del cambio y la transformación que la sociedad demandaba y ansiaba, ligado a la arquitectura racionalista moderna. Pero en ello, hay y se producen inquietantes y emotivos paralelismos.

El tiempo como una línea continua, sin paradas, sin laberintos, sin retrocesos, sin huellas desdibujadas, sin callejones sin salidas, es una de esas verdades que la mente necesita crear para ordenar contenidos, entender procesos y pensar la historia y el arte. No obstante, nuestra Historia está llena de idas y venidas, de truncamientos e ideas y conceptos reencontrados. En ocasiones nuestra mirada no coincide exactamente con lo que el artista pensó o imaginó, es nuestra labor desentrañar las causas, motivos e ideas de su tiempo, pero también reconstruir el juego de miradas en el laberinto de espejos que conforma la Historia y más la que trata de los procesos creativos: tanto la mirada límpida sobre el espejo de un pasado concreto, como sobre los reflejos que el prisma caleidoscópico de la creación y del pensamiento artístico ofrece.

Pero en este devenir, transitado por nuestros autores, propongamos una fecha: 1964. En ese año se producen dos acontecimientos que se desvelan emblemáticos: se funda el Equipo Crónica y Saura pintaba su Retrato imaginario de Felipe II2. Ese mismo, año Fernando Moreno Barberá firmaba los planos de su proyecto para una Facultad de Filosofía y Letras en el nuevo campus universitario, en el llamado paseo Valencia al Mar. Estas son reminiscencias imaginadas de un deseo de cambio que reclamaba a gritos la apertura de una nueva etapa. No sólo se trataba de un cambio ideológico sino de algo más profundo, más arraigado: el anhelo de transformar el arte, la sociedad, la cultura, la imagen y el pensamiento y por ende, la arquitectura que en parte iba a cobijar ese cambio: la arquitectura de la universidad que en lo simbólico, quizá no en lo pretendido, acogía el pensamiento de esa necesidad de transformación.

También por esos años, como alguna vez ha declarado Vázquez Montalbán, un grupo de jóvenes artistas tomaba la decisión adoptar el nombre de Equipo Realidad, toda una declaración de principios subversivos ante la verdad unilateral marcada desde el régimen franquista. Este deseo de cambio no tendrá el carácter ilustrado y pensativo de los enciclopedistas, ni le bonheur filosófico de Rousseau, su necesidad de cambio era inexorable y pasional. Quizá por ello el arte que era su expresión, no se muta utópico, ni sus arquitecturas dibujadas o tan sólo imaginadas, sino que cobran cuerpo y se convierten simbólicamente en arquitecturas modernas, de un racionalismo parejo a lo que iban a cobijar: el pensamiento, el conocimiento que el concepto de universitas lleva consigo.

En todo este tiempo de separación el arte había mutado, se había transformado, las vanguardias históricas habían quedado atrás y nuevos horizontes artísticos eran explorados con el ansia del sediento. En la arquitectura española, desde los años cincuenta, se va introduciendo, de manera paulatina, ecos del Movimiento Moderno, acogidos por la oficialidad y uno de cuyos máximos representantes sería Luis Gutiérrez Soto. En ese contexto es en el que emerge con fuerza la figura, ahora reivindicada, de Fernando Moreno Barberá, con la mirada crítica sobre el debate precedente, ya superado en Europa, de Le Corbusier, Mies Van der Rohe, Frank Lloyd Wright o Josep Lluis Sert. Los paradigmas del monumentalismo de Paul Bonatz y el concepto de variación de Paul Schmitthenner, desarrollados en la Alemania prebélica, tuvieron un gran impacto en la arquitectura de la Facultad de Derecho, actual Facultat de Filosofia i Ciències de la Educació (1958) y en la Facultad de Filosofía y Letras, actual Facultat de Geografia i Història (1960-1969/70) construidas por Moreno Barberá en el actual campus universitario de Blasco Ibáñez de la Universitat de València.

El racionalismo arquitectónico internacional recogía aquella máxima “form follows function”, pronunciada por el arquitecto, heredero de la Escuela de Chicago, Louis Sullivan. Implícita llevaba asumida toda una reflexión en torno a la desornamentación de la arquitectura. Ésta se desviste de toda máscara decorativa y la belleza estriba, a ojos del arquitecto, en la sinceridad de las formas, de las estructuras de volúmenes geométricos, y de los materiales. Todo ello, lo plasma y lo recoge Moreno Barberá en sus emblemáticos edificios para la Universitat de València: predilección por las formas geométricas simples, basadas en el imperativo de las formas ortogonales; concepción dinámica del espacio arquitectónico; uso de materiales como el acero, el vidrio y el hormigón, y una calculada aplicación del color y los detalles constructivos como único elemento de decoración. Miremos el edificio de la actual Facultat de Geografia i Història, cuya volumétrica estructura señorea sobre la avenida de Blasco Ibáñez. El testigo viandante observa dos estructuras con volúmenes muy diferenciados, uno vertical en el que el despiece estereotómico de la piedra de arenisca marca la superficie del edificio destinado a cobijar las aulas. La huella de la tracería geométrica, cuadrangular, diseña la fachada y recorre el interior del edificio. La arquitectura habla, el pensamiento racional evoca la perfección de las formas que han de cobijar el saber, el conocimiento humanístico. El segundo edificio, horizontal, se levanta a golpe de vidrio y acero, con inserción de paneles azulados, una estructura fabril para el diseño del lugar que había de cobijar los despachos de los profesores, verdaderos constructores del saber universitario. Enlazando estas dos estructuras, se alza un cuerpo intermedio en el que cobra protagonismo el vestíbulo y el salón de actos, más tarde dedicado a Joan Fuster. A ellos, vestíbulo y salón, se accede a través de una marquesina de hormigón volada sobre dos pilares troncopiramidales invertidos, todo un alarde constructivo y técnico. Este preámbulo universitario se metamorfosea en una gran quilla de barco, en una cuña que se adentra en el espacio urbano, que hiriente llama la atención y acoge a la ciudad mostrándole la importancia de lo que el edificio a través de su estructura desea dialogar. El concepto de universitas (comunidad de estudiantes y profesores) se enlaza y se estrecha a través de la arquitectura de Moreno Barberá: la forma sigue a la función.

Así, las facultades de derecho, agrónomos y filosofía y letras supondrán la incorporación de una arquitectura moderna, sin complejos, al panorama arquitectónico de la ciudad, abandonando las primeras arquitecturas universitarias, de acento eclecticista y art déco, de las facultades de ciencias y medicina. Una calidad sólo superada por el contexto urbanístico en el que se asientan. La historia, nos ayuda a comprender y a valorar los fenómenos urbanos del pasado y estudiarlos en su complejidad, incluso en su polémica dimensión. Hoy abrir la avenida Blasco Ibáñez hasta el mar, primando la funcionalidad de circulación y conexión urbana por encima del valor patrimonial, arquitectónico y emblemático del Cabañal nos parece una locura y una sinrazón, no deseable. El estudio de los procesos y ampliaciones urbanísticas, en el contexto de cada época nos ayuda a comprender el papel y la fragilidad de la implantación de algunos equipamientos urbanos3. Desde una perspectiva histórica la noción de patrimonio cultural, su significado y valor, se nos desvela como una herramienta eficaz en el proceso de comprensión de lo heredado y de lo perdido, pues permite apreciar de qué manera se han ido manteniendo, destruyendo o mutando los valores culturales, en base a criterios sociales, políticos y económicos, asociados a un bien histórico, artístico o cultural.

El movimiento y desplazamiento de las facultades a la otra ribera del río Turia, pudo verse en un momento determinado como una medida descentralizadora, complaciente con la represión estudiantil. No obstante, no hemos de caer en cierto reduccionismo histórico. Es cierto que, a pesar de su modernidad arquitectónica, las facultades de derecho y filosofía y letras se enlazaban a través de su capilla, un espacio de gran valor arquitectónico hoy perdido, quizá por lo que simbólicamente representaba y tenía de presencia aleccionadora, de moral católica en este contexto de cambio. Pero también se perdieron otros conceptos que desde la mirada modernizadora se entendían necesarios en un espacio universitario renovado: hablamos del gimnasio, de la cafetería decorada con paneles de monumentos de la ciudad o los jardines interiores que a través de los grandes ventanales de las fachadas actuaban como elementos más propios de una arquitectura organicista. Y, abrazando todo ello, la luz. La luz tamizada que a través de sus fachadas recubiertas por celdas de hormigón geométricas, cúbicas, lamas y celosías tamizaba la luz exterior, creando un fenómeno atmosférico de recogimiento en pasillos y aulas que en algo recuerdan los ingenios, los edificios y las arquitecturas soñadas y recreadas de Piranesi, pero sobre todo de Boullée. La luz conforma su nuevo templo a la sabiduría en recuerdo de Isaac Newton, pero también los espacios diseñados para un nuevo hombre, dejado atrás el Ancien Regimen, en su Metrópolis en tiempo de tinieblas. Parece evidente que el conocimiento de los utópicos y su relación con Moreno Barberá nos produce extrañamiento, pero en la medida que comprendemos el papel bisagra que en ello tuvieron los planteamientos racionales, utópicos y lumínicos de Le Corbusier4 o Mies van der Rohe, algo más se pone en valor.

Entre 1959 y 1975 en la universidad española experimentó un vertiginoso proceso de cambio, que fue clave para la recuperación de la democracia del país. Como ha reseñado Marc Baldó, se trata de un proceso que tuvo dos ejes convergentes: la movilización y rebeldía de los estudiantes y de los profesores más jóvenes, y la construcción de una vida cultural más libre, crítica, moderna y democrática. Para ello y quizá por ello, la universidad se vio obligada a crecer. Los ensanches del XIX (1858 y 1884) no se habían planteado la posibilidad de ir más allá del río. El Turia, en palabras de Roselló5, era una barrera psicológica difícil de superar. Pero aun así tenemos un precoz proyecto, el del arquitecto Manuel Sorní (1865), quien junto a Juan Mercader diseñase la apertura de la calle de la Paz en 1869, con su idea de proyecto de tranvía y viviendas flanqueando el camino al mar, un proyecto visionario que se adelantaba al concepto de la madrileña ciudad lineal de Arturo Soria. El salto se produce en 1910, por tanto muy antes del intento de desarticulación de los movimientos estudiantiles por el franquismo, cuando ya se había diseñado parte del paseo de Valencia al mar y germinaban las primeras facultades de ciencias y medicina. No obstante, el impulso definitivo tras proyectos abandonados, otros paralizados, etc., vendría a raíz de la riada de 1957 y formó parte de los ambiciosos proyectos urbanos de la dictadura franquista.

Para entender bien este proceso la gráfica del crecimiento de la población universitaria desde la primera década del siglo XX explica con contundencia las nuevas exigencias de la institución universitaria y la necesidad de nuevos edificios. En 1900 todo el alumnado sumaba 1.333 hombres, y ni una sola mujer. En las antesalas de la República, en 1927 ya hay 75 mujeres entre los 1.879 matriculados. Pero el gran incremento se produce en la década de 1960-70: 11.370 estudiantes (2.720 mujeres) en 1969, y 15.317 (4.561) en 1973. Así, en 1970 cuando se inaugura la nueva facultad de filosofía y letras, proyectada en su inicio (1959) para 500 estudiantes, había de cobijar a 3.200 estudiantes. Pero lo más significativo no era tanto, que también, el número como la calidad de los estudiantes. Baldó llama a aquella generación la de los estudiantes con inquietudes, consumados lectores y con una comprometida preocupación por la sociedad que les rodeaba. Es el momento de la creación de las revistas como Diàleg (1961), Claustro, órgano del SEU, etc.

El lugar escogido para esta nueva universidad, con el paso del tiempo convertido en un verdadero campus urbano, era el terreno agrícola por el que transcurría la acequia de Mestalla, desde los Jardines del Real hasta la actual avenida de Aragón. Todo ello era regado por la acequia principal y por los brazos de Escamarda, acequia Ampla, l´Arquet, la Cadena, Rolls de Beltran, Sales y Algirós, y la propia acequia de Algirós. Frente al solar de la facultad de ciencias “rodaba el molino de Rams y toda una red ortogonal de caminos, sendas y canales enmarcaban las densas parcelas hortelanas”6. La huerta que ocupó la cabecera del primigenio proyecto del paseo de Valencia al mar, era atravesada por tres caminos radiales: el camino de Benimaclet que, desde el puente del Real, atravesaba los huertos de Romero, del Palacete de Ripalda o el Santísimo; el camino del Cabanyal, discurría en oblicuo respecto al paseo, por la escuela de ingeniería agrícola, y el camino de Algirós que ya la construcción de la fábrica de tabacos (1908) había casi anulado.

Hoy el inicio de este gran paseo se inicia con una colosal casi desapercibida imagen, fagocitada por la vegetación del jardín medianero, de la diosa de la sabiduría, Palas Atenea, presente desde 1967, en reconocimiento al carácter universitario que asumía la nueva avenida. Pero la historia es compleja, con claros retrocesos y reencuentros. En 1922, la cabecera del paseo se ocupó por el Palacio de la Feria de Muestras, que invadió parte de los jardines de Monforte y de Ripalda. Desde 1910 se había diseñado para los lindes del paseo viviendas unifamiliares, proyecto que no se llevará a cabo hasta 1933-37 por dos cooperativas, la de periodistas y la de artes gráficas. A partir de los años 30-35 Javier Goerlich diseño una residencia de estudiantes, colegio mayor de Lluis Vives, que junto al diseño del campo de deportes pretendía cubrir el lado norte del paseo, consiguiendo una estética a modo de “salón ajardinado con criterios estéticos loables”7. La expansión y crecimiento de la ciudad, recuerda también aquellos proyectos utópicos de ciudades ideales del primer socialismo, pero también el deseo de una ciudad jardín con una estrecha relación entre la presencia urbana y la naturaleza.

El proceso se inicia con el proyecto utópico e imaginario de Casmiro Meseguer, director facultativo de caminos del Ayuntamiento de Valencia. Entre 1883 y 1906 nos traslada a la invención de un gran paseo, de unos cien metros de ancho, apto para dotar de un espacio moderno en equipamientos y ocio a los ciudadanos de Valencia. Una concepción irrealizable, que en parte bebe del proyecto de Sorní, de la que es indicativo que en 1931 tan sólo se hubiese realizado parte del alcantarillado y poco más. El reactivo para hacer marchar el proyecto lo puso la Universidad de Valencia, que a imitación de la de Zaragoza, solicita la construcción de nuevas construcciones para alojar las facultades de medicina y ciencias. El acuerdo gubernamental llega en 1906 y en 1908 Luis de Oriol ya tiene el diseño. El ayuntamiento ofrece terrenos en Algirós, junto a los Viveros municipales y tras el palacio Ripalda, con el objetivo de que su fachada “formara parte del proyectado paseo de Valencia al Mar”. Aunque la primera piedra se puso en 1909, hasta 1944 no se inauguró la facultad de ciencias, con las reformas introducidas por Mariano Peset en 1933 sobre el proyecto original de Oriol, y con proyectos separados para medicina desde 1910.

Los cambios de concepto se suceden, de 1927 data el primer documento en el que se habla expresamente de ciudad universitaria, en 1931 se reforma el proyecto de Meseguer, por el arquitecto municipal José Pedrós. Después del proyecto de Pedrós y la construcción de Goerlich de la residencia de estudiantes (proyectada en 1935 y con reformas en 1941, 1943 y 1945-48 e inaugurada en 1951) y del campo de deportes (inaugurado en 1949), se pone fin a la idea utópica de un urbanismo residencial “pensado”. La guerra civil y la posguerra autárquica paralizaron el proyecto. No es hasta los años 50 que se retoma la idea de conformar un auténtico campus universitario, y el ayuntamiento modifica los planos de Pedrós, cuyo límite eran las vías férreas de Aragón. A la facultad de ciencias y medicina, con su hospital, se añadieron tres pabellones quirúrgicos y se diseña un nuevo emplazamiento para la escuela normal y de comercio, sobre cuyo solar definitivamente se decidió construir las facultades de derecho y filosofía y letras. Hasta este momento poco conocíamos del protagonismo de Moreno Barberá en el largo y complicado proceso de creación del paseo de Valencia al mar, más allá de su labor en los edificios de las facultades mencionadas y la escuela de agrónomos. Recientemente Pérez Igualada8, ha puesto sobre este rompecabezas una pieza más: el proyecto urbano no realizado, hasta ahora inédito de Fernando Moreno Barberá, de un polígono en la Avenida de Valencia al Mar de 1959-60 (Archivo de Planeamiento del Ayuntamiento de Valencia). El interés del proyecto de Moreno Barberá para el paseo Valencia al Mar estriba, por un lado, en el hecho de que la idea de ciudad ideal asociada al proyecto de expansión en esta nueva área de Valencia seguía viva todavía en los años 60, y por otro, en que, a diferencia de lo que era común en los polígonos de viviendas de la época, su ámbito es la ciudad existente y no su extensión periférica.

El arquitecto se plantea una intervención en los tejidos consolidados –la reconstrucción de la ciudad existente, en definitiva- desde los principios del orden abierto propios del urbanismo moderno de los años 50, con los referentes en Inglaterra y Suecia, como el Hötorget de Estocolmo, demostrando que la práctica urbanística, en el caso de Moreno Barberá, se apoya en el conocimiento de los proyectos más destacados del momento en el contexto europeo, y en la tipología edificatoria, como elemento predominante, del zeilenbau, el bloque lineal seriado característico de la primera etapa del urbanismo moderno. No obstante, este proyecto nos muestra las sombras de nuestro arquitecto moderno. En cualquiera de sus versiones, el proyecto planteaba la demolición completa del Cabañal, dentro de su planteamiento de organización moderna. Por otro lado, el proyecto ideal decimonónico de ciudad jardín de la cabecera del paseo era visto por Moreno Barberá como una organización urbana poco eficaz, en el sentido de su jardín central y las estrechas aceras que, a su consideración, no ponían el acento en el valor edificatorio y comercial del espacio. Afortunadamente, estas propuestas ligadas a un mal entendido desarrollismo y modernidad han dado paso, en la actualidad, al menos en la conciencia social de los ciudadanos, a un mayor equilibrio entre la construcción moderna y el respeto por el pasado, por el patrimonio cultural y las formas históricas de habitación.

La figura de Moreno Barberá, emerge en el panorama patrimonial valenciano vinculado a la creación de espacios universitarios. Su impronta es evidente en la ciudad de Valencia, como lo es también en el proyecto de la Universidad Laboral de Cheste (1969-1970), en la que diseñará un conjunto urbano completo, una ciudad ideal en la que desde el teatro hasta la residencia de estudiantes forman parte de una organizada estructura racional de las formas que han de propiciar un clima adecuado para el estudio y la convivencia. El arquitecto, al igual que sucede, en general, con las arquitecturas del Movimiento Moderno, no ha sido todavía suficientemente reivindicado, su fortuna crítica apenas acaba de despuntar. Así lo indica que el conjunto de sus edificios, cuya peculiar huella es marcadamente visible en el actual campus de Blasco Ibáñez tan sólo ha sido merecedor de una protección patrimonial menor, en la figura de Bien de Relevancia Local. Como este estudio pone de relieve no sólo el conjunto de los edificios que conforman históricamente el germen de este campus universitario, sino en conjunto la obra realizada por Moreno Barberá en el territorio valenciano es merecedora de una protección integral, como Bien de Interés Cultural. El arquitecto se nos desvela, como así demuestra este estudio, como una de las figuras más significativas del panorama español de los años 50-70, pero de entre todas sus arquitecturas destacan aquellas que dedicó a creación de nuevos espacios universitarios, desde Toledo, pasando por Valencia, hasta Brasil.

No obstante, el presente libro pretende ofrecer un reflejo de toda complejidad que caracteriza esta época en transformación. El papel de nuestro arquitecto en todo ello, y la evolución y constitución de su arquitectura enmarcada en su producción nacional e internacional, pero sobre todo en relación a la configuración del campus universitario y su especialización en edificios universitarios.

Como testigo de un modo de entender la arquitectura, su figura y su obra deben mirarse con el tamiz de su papel en la historia de la construcción urbana. Ello sin perder de vista que la arquitectura moderna presentaba y presenta serias contradicciones y polémicas, completadas desde la perspectiva actual. Desde los círculos gubernamentales, a partir de la década de los años 50, la arquitectura moderna parecía ser el modelo válido para mostrar su interés por modernizar el país y sacarlo de su ostracismo y así dar contestación a la base social que exigía un nuevo modelo artístico, cultural, de exploración y vanguardia. Pero, la génesis de la arquitectura racional contenía el germen de una manera peligrosa de entender el desarrollismo económico y social, como hemos visto. Esto no es sólo propio de Moreno Barberá, sino de otros arquitectos de la época como Le Corbusier, sin ir más lejos. No obstante, desde la perspectiva histórica, los elementos e ideas que formaron parte de esta nueva arquitectura y urbanismo supusieron una apertura a nuevas formas artísticas, las de las nuevas vanguardias, que, aun llenas de contradicciones, fueron paulatinamente aportando y configurando el cambio que había de transformar las antiguas formas del discurso reaccionario.

Hoy el patrimonio es un mapa complejo y en constante evolución. De una valoración de lo antiguo y de una consideración de la sociedad como receptora del patrimonio, hemos pasado, además de a apreciar lo anterior, a valorar lo moderno y lo vernáculo, y a asumir el papel de la sociedad como generadora de patrimonio. Así, nuestra visión del patrimonio y, en parte asociado a ello, nuestra manera de gestionar, tutelar y proteger el patrimonio está más cerca de aquello que en el contexto del pensamiento de la postmodernidad, Baudrillard afirmaba a colación del papel de la cultura que «todo lo que queda por hacer es jugar con los fragmentos»9, y todo lo que ha ido configurando el complejo tapiz de la Historia forma parte de los hilos a través de los que intentamos recomponerla. Nos queda la difícil labor de despertar y mantener conciencias, para no seguir destruyendo, y así continuar ofreciendo el bello placer de comprender.

BIBLIOGRAFÍA

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EL CONTEXT HISTÒRIC-ARTÍSTIC. EN TORN A UN MÓN DE CANVIS

Rubén Gregori Bou Isabel Ruiz Garnelo (Universitat de València)

La fi de la Segona Guerra Mundial (1939-1945) va deixar una profunda crisis econòmica general, sent especialment afectada Europa, la qual hagué de demanar ajuda econòmica als Estats Units per a poder fer front als seus problemes. Aquest país es comprometé, per mitjà del Pla Marshall (1948), a proveir-la de bens de consum. Els Estats Units es convertiren, sota la direcció del capitalisme, en el país més desenvolupat i antònom del moment, que a més començà una guerra d’amenaces contra la URSS comunista, l’anomenada Guerra Freda. Amb la fi de la crisis de la postguerra i la superació de la tensió produïda per les relacions entre Amèrica del Nord i la Unió Soviètica, Europa començà a desprendre’s de la seua letargia i a prosperà de nou. A través del Tractat de Roma, el 1957 es creà la Comunitat Econòmica Europea, la qual ajudà a que es desenvolupara de nou una economia independent dels Estats Units.

Amb Amèrica del Nord al capdavant, el consumisme s’imposà com a la nova fe dels països desenvolupats que pregonaven un mode de vida fonamentat en el consum exacerbat de bens innecessaris, el mercantilisme i el materialisme. Agrupats en el moviment hippie, els joves es revoltaren i criticaren aquest sistema que consideraven degeneratiu, argumentant a més la necessitat d’acabar amb els conflictes bèl·lics com la Guerra de Vietnam i defensant el medi ambient, el feminisme i la incorporació en la societat de les minories marginades. El moviment començà a San Francisco, però prompte anà estenentse per tots els Estats Units i va arribar a Europa, on fou de significant ressò l’actuació el Maig Francès de 1968. El que es desprèn de tot açò, és que paulatinament anà apareixent un sistema de valors contrari al consumisme i al materialisme que encapçalava el capitalisme i el seu màxim exponent, Amèrica del Nord10.

L’art no fou una excepció en aquest descontent general cap al consumisme. Tot el contrari, aquest disgust fou precisament el detonant per a la configuració d’uns productes artístics innovadors. Cal tindre en compte també que en el camp tècnic les avantguardes sorgides a principis del segle XX ja pareixien haver esgotat totes les possibilitats d’investigacions plàstiques basades, clar està, en aquells elements tradicionals11. Els nous ideals necessitaven noves formes artístiques que deixaren de ser exclusives per a una elit de la societat i que fugiren del mercantilisme i de les tècniques academicistes. Es buscava redefinir els límits de l’art explorant altres llenguatges i matèries que havien estat descartades per la plàstica tradicional. S’estava desenvolupant així un procés de desmaterialització de l’obra artística, preferint-se materials de caràcter orgànic i precari extrets de la naturalesa, objectes d’ús corrent i fins i tot el cos humà12.

No podrem aprofundir en les innovacions que en aquets moments estan produint-se a nivell pictòric i escultòric, això és, l’Expressionisme Abstracte —Jackson Pollock (1912-1956), Antoni Tàpies (1923-2012)—, l’Op-art —Víctor Vasarely (1908-1997)—, l’Art Cinètic —Alexandre Calder (1898-1976)—, el Pop Art —Roy Lichtenstein (1923-1997), Andy Warhol (1928-1987)—, el Minimalisme —Donald Judd (1928-1994), Sol LeWitt (1928-2007), Terry Riley (1935) i Philip Glass (1937)—i les escultures de Henry Moore (1898-1986), Eduardo Chillida (1924-2002) o Jorge Oteiza (1908-2003); sinó que ens centrarem en aquells més rompedors com l’Art d’Acció i Conceptual, i en l’arquitectura, per ser l’objecte d’aquesta exposició.

Un dels primers moviments que es donà a conèixer en aquesta dècada dels seixanta fou l’Art d’Acció, en què l’obra esdevé un acte, en vegada d’un objecte material expositiu. Aquest es produeix en un espai i temps concrets, servint-se de diversos elements com la música, la literatura, el teatre, materials orgànics i el cos de l’artista, d’ajudants o del públic. Les accions es trobaven vinculades a la vella noció romàntica de l’art com a expressió de patiment o de sacrifici personal i és això el que transmet l’artista. L’obra, així, adquireix un caràcter efímer, donat que una vegada acabat l’acte finalitza la producció de la mateixa. No obstant això, aquestes manifestacions fugaces romanien enregistrades mitjançant les fotografies i els vídeos, gràcies als quals podem avui gaudir del primer Art d’Acció de la història. Amb aquest moviment, es conciliava una nova visió artística com a interacció entre obra, autor, col·laboradors i públic, aconseguint un art identificable amb la vida. Per tal de reforçar aquesta relació entre obra i existència, l’artífex deixà de banda els espais tradicionals —estudis, laboratoris, museus, galeries—per acudir a espais oberts i públics —carrers, places, parcs, cases, centres comercials, etc.—on fer palès l’estil de vida dels humans. A més a més, també s’abandonaran els marxants i crítics com a mediadors entre obra i públic13.

L’Art d’Acció es divideix en tres moviments, el happening, el fluxus i la performance. El primer d’aquets és entès com una forma d’espectacle planificat però amb improvisació, en el qual l’artista combina la teatralitat i les arts visuals per crear un esdeveniment lúdic, vivencial, col·lectiu, lliure i fins i tot catàrtic14. El fluxus, d’altra banda, té també un tarannà improvisat, però amb una preponderància per la música i el soroll distorsionat i un caràcter contemplatiu per part de l’espectador15. En la performance el cos es converteix en el llenç de l’artífex on explora els límits físics, psíquics i espacials, comunicant-se a més amb el medi d’on naixen les seues experiències personals16. A diferència dels anteriors, aquest sí es troba planificat i la participació del públic és redueix a la d’espectador (FIG.1). Com a conreadors del happening tenim a Wolf Vostell (1932-1998) o Joseph Beuys (1921-1986); del fluxus, a Georges Maciunas (1931-1978) o Nam June Paik (1932-2006), i de la performance a Gina Pane (1939-1990) o Marina Abramovic (1946).

Paral·lelament a l’Art d’Acció, comencen a aparèixer un conjunt de corrents al voltant de l’ecologia. Hem de tindre en compte que ens trobem en un moment en què sorgeixen els primers símptomes de defensa universal del medi ambient i el món artístic també volgué fer-se ressò en aquest tema. Es configurà així l’Art Ecològic del que es derivaran dos tendències: el Land Art i l’Art Povera. El primer d’aquests es caracteritza per crear composicions en un entorn natural —muntanya, desert, mar, riu, etc.—, convertint-se així la naturalesa en el suport de l’obra. La matèria prima es la pròpia natura, transformant-se l’objecte artístic com una expressió viva d’aquesta, donat que està sotmesa als mateixos canvis i transformacions. El resultat final adquireix una monumentalitat a escala del territori fent necessària la seua visió des del cel17.

L’Art Povera, per la seva part, es constitueix grup a partir d’un col·lectiu d’italians que utilitzaren per a les seus obres elements efímers de la natura i deixalles, de nul·la comercialització. Aquets es treballaven amb molta senzillesa i de forma artesanal, fugint expressament de totes les tècniques de producció artística contemporànies i innovadores. Això és, creaven un art pobre, insignificant i perible. Es feia així, una reflexió sobre el paper que la naturalesa havia fet i fa en la vida humana, representant-se l’obra com una extensió de la pròpia natura amb idees de canvi, creixement, mort o renovació18. Com a obres d’aquestes corrents es poden destacar per part de Land Art Spiral Jetty (1970) de Robert Smithson (1938-1973) i de l’Art Povera Venere degli stracci (1967) de Michelangelo Pistoletto (1933).

Finalment, trobem l’Art Conceptual, punt últim de la reducció material d’aquesta etapa dels anys seixanta. Per primera vegada la idea sobrepassava l’objecte artístic i per donar constància de la importància d’aquesta, la part material es reduïa fins a extrems en què l’artista ja no creava, sinó que supervisava la creació. Ara l’autor cercava l’essència de confeccionar un disseny intel·lectual en la ment de l’observador, desvirtuant la plasticitat. L’Art Conceptual defensava el paper actiu de l’espectador, el qual havia de dur a terme un procés de reflexió per tal d’esbrinar la idea amagada de l’artífex al voltant dels diversos signes artístics. En aquest moviment, doncs, prima la idea de l’obra sobre l’obra mateixa, ja que aquesta havia adquirit uns valors purament comercials i mercantils. El que l’autor intenta és acabar amb aquesta actitud front l’art, formular noves proposicions per definir aquesta nova faceta que havia despertat amb Duchamp (1887-1968)19. Un exemple seria One and three chairs (1965) de Joseph Kosuth (1945).

En el panorama espanyol, aquestes manifestacions arribaren més tardanament i podríem destacar a Esther Ferrer (1937) o Bartolomé Ferrando (1951) en el món de l’Art d’Acció, César Manrique (1919-1992) o Perejaume (1957) en l’Art Ecològic i en l’Art Conceptual Antoni Muntadas (1942) o Ferrán García Sevilla (1949).

Pel que fa a l’arquitectura, tampoc no podem entendre-la deslligada del seu context històric i social. Després d’haver sofert les conseqüències dels dos conflictes armats més importants de la primera meitat del segle XX, la Primera (1914-1918) i la Segona Guerra Mundial (1939-1945), Europa i Amèrica van haver de fer front a la demanda de vivendes que pogueren ser costejades per les classes populars. Així, podríem dir que el Racionalisme, arquitectura imperant en aquets decennis, es caracteritza per la funcionalitat, la simplicitat de les seues formes geomètriques i l’ús dels materials que el desenvolupament tecnològic havia proporcionat, això és, el ferro, el vidre, l’alumini i el formigó20.

Des del punt de vista estilístic, durant els anys cinquanta van continuar tenint força les tendències arquitectòniques que havien dominat el panorama del període d’entre guerres. Tanmateix, Espanya no va participar d’aquest debat internacional fins ben entrada la dècada dels cinquanta. De fet, ni tan sols van ser suficientment conegudes les obres més important del Moviment Modern21. Contràriament, es privilegiava un estil amb caràcter nacional i, de la mateixa manera que va tornar-se a una ideologia de caire tradicionalista, va produir-se una recuperació del vocabulari regionalista i inspirat en l’edifici de l’Escorial (1563-1584)22.

Podem nomenar, entre els monuments representatius d’aquesta tendència, el Ministeri de l’Aire (1958) ideat per Luis Gutiérrez Soto (1890-1977), la Universitat Laboral de Gijón (1946-1956) de Luis Moya Blanco (1904-1990) i el projecte per a l’edifici de Sindicats de Francisco Cabrero (1912-2005) i Rafael Aburto (1913). També Moreno Barberá va aproparse a estos plantejaments, tot i que des d’una perspectiva crítica, como és testimoni l’avantprojecte per al Club de Tir de la Moraleja (1937-1949).

Hi hagué un sector dissident, dins del qual cal destacar les veus del Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (conegut como el GATEPAC), Miguel Fisac Serna (1913-2006) o Juan José Estellés (1920-2012)23, així com també organitzacions que intentaren animar la cultura en la seua adhesió a la modernidad, com el Grup Parpalló. Ja abans de la guerra havíem gaudit d’algunes mostres de la nova arquitectura, com és el cas de l’edifici de vivendes i gasoliner TASA (1933-1936) d’Alfons Fungairiño Nebot (FIG.2), a Gandia24. Malgrat tot, no serà fins a les darreries dels anys cinquanta, amb el canvi de conjuntura, quan començaran a ser tinguts en compte tant els debats precedents –Le Corbusier (1887-1965), Mies Van der Rohe (1886-1969), Frank Lloyd Wright (1867-1959), Josep Lluís Sert (1902-1983), etc.–com aquells que estaven tenint lloc contemporàniament.

Per posar alguns exemples, el monumentalisme de Paul Bonatz (1877-1956) i el concepte de variació de Paul Schmitthenner (1884-1972), desenvolupats en Alemanya al llarg dels anys 40, van tindre influència respectivament en la Plaça de Bous de Jaén (1944) i la Facultat de Dret de València, actual Facultat de Filosofia i Ciències de l’Educació (1958), ambdues de Moreno Barberá25. Especialment a Catalunya, s’incrementarà l’interès per l’arquitectura pròpia dels voltants de Milà, amb referències de l’obra de Giuseppe Terragni (1904-1943), Luigi Figini (1903-1984), Gino Pollini (1903-1991) o Cesare Cattaneo (1912-1943). Són mostra d’açò la casa Ugalde o les vivendes de la Barceloneta (1951) de Jose Antonio Coderch (1913-1984). També els Estats Units van ser considerats un referent de modernitat per part d’arquitectes com Gabriel Alomar (1873-1941), Francisco Javier Sáenz de Oiza (1918-2000), Valentín Picatoste, Luis Vázquez de Castro, Rafael de la Hoz (1924-2000) o Fernando Chueca Goitia (1911-2004)26.

El coneixement de Mies van der Rohe va materialitzar-se als menjadors de la SEAT (1954-1956) de Barcelona, per César Ortiz-Echagüe (1927), Rafael de la Joya (+2003), Manuel Barbero Rebolledo (1924), R. Valle i H. Gerrera de Construcciones Aeronáuticas S.A.27. S’estendrà durant els anys seixanta, com pot veure’s a la seu del diari Arriba (1960) de Francisco Cabrero (1912-2005), el Centro Nacional de Investigaciones Metalúrgicas (CENIM) (1965) de Alejandro de la Sota (1913-1996), o la Escuela de Maestría Industrial y la Escuela de Ingeniería Técnica Industrial (actual Escuela Universitaria de Óptica) en el madrileny barri de San Blas, de Moreno Barberá. Plantejaments més realistes oferí Oriol Bohigas Guardiola (1925), qui optà per la utilització de materials més humils i per recuperar la materialitat, la tècnica de les artesanies industrials i les formes populars.

Des del 1954, Allison Smithson (1928-1993) i Peter Smithson (1923-2003) desenvoluparen el brutalisme. Aquesta derivació del racionalisme de Walter Gropius (1883-1969) y de Mies van der Rohe defensava la sinceritat constructiva mitjançant el no ocultament o fins i tot l’evidencia dels materials constructius, i la claredat de formes i volums. La primera obra d’aquesta corrent fou l’Escola de Hunstanton (1951-1954) dels citats Smithson. Haurien de ser destacades igualment les aportacions de James Frazer Stirling (1926-1992), com és la Facultat d’Història de Cambridge (1966); i de Louis Khan (1901-1974), creador de la sinagoga Mikveh Israel a Filadèlfia (1961-1970)28.

A finals dels anys seixanta, aquestes objeccions tindran com a conseqüència una definitiva dispersió de les tendències, cadascuna de les quals propugnarà unes particularitats ben diferenciades. En primer lloc, el Neoracionalisme, també anomenat Tardomodern, que és una revisió del Racionalisme però sense el component ideològic i social. Destaquen les obres del grup The Five Architects o New York Five, o de Minoru Yamashaki (1912-1986) com son les malauradament derrocades Torres Bessones del World Trade Center (1973-2001)29.

En segon lloc, l’arquitectura Postmoderna fugirà de l’abstracció del racionalisme i es convertirà en una arquitectura eclèctica mitjançant l’establiment d’un diàleg amb els trets clàssics i medievals precedents, els quals reelabora de manera informal. Ja Josep Maria Fargas Falp (1926) y Enric Tous Carbó (1925) foren dels pocs que intentaren dotar de major contingut figuratiu, buscant l’equilibri entre la tradició i l’abstracció30. En aquests moments hi ha una presa de consciència sobre la necessitat de preservar i recuperar el patrimoni artístic31, i com a conseqüència nombrosos edificis es reconvertiran en museus. Tanmateix, es busca el contrast i la ironia en l’ús d’aquests fragments del vocabulari arquitectònic clàssic, a través de la seua associació amb components metàl·lics, tubs de neó, rajola i ceràmica. També hi ha present un cert talant antropomòrfic, és a dir, el cos humà esdevé model per als sistemes compositius, principalment pel que fa a la façana-rostre. Entre els arquitectes principals d’aquesta corrent trobem Robert Venturi (1925) amb Guild House (1960-1963) o Rafael Moneo (1937) amb l’Edifici Bankinter (1973-1976) i Estació d’Atocha (1984-1992)32.

Altrament, l’arquitectura del High Tech va mantenir-se al marge de l’historicisme postmodern i conservà els principis del Moviment Modern i l’Arquitectura Orgànica, tot i que incorporant procediments, materials i models propis de la indústria naval, aeroespacial, automobilística i militar33. El resultat són megaconstruccions amb estructura metàl·lica d’acer que usa cables o tensors com a elements de tracció i parets de vidre laminat. Aquest moviment fou breu, només entre els anys setanta i huitanta, a causa de l’elevat cost de construcció i manteniment, l’envelliment ràpid del material i l’impacte poc estètic en aspecte i dimensions. Destaquen Richard Rogers (1933) amb el Centre Nacional d’Art i Cultura

Georges Pompidou (1977) i a València Santiago Calatrava (1951) amb la Ciutat de les Arts i les Ciències (1991-1996)34.

Tot i que s’allunyen de les dècades tractades en aquesta exposició, hem de fer una inevitable menció a altres tres corrents que es desenvoluparen amb posterioritat. D’una banda, el Deconstructivisme, originat als Estats Units a la dècada dels huitanta, malgrat tenir el seu punt de partida en el pensament de Jacques Derrida (1930), pel que fa a desmuntar els llenguatges anteriors per construir-ne un de nou. L’edifici perd la seua configuració horitzontal-vertical i l’eix de simetria, donant lloc a molts eixos transversals i cantons que deformen la puresa racionalista abans esmentada. Podem nomenar Frank Owen Ghery (1929), arquitecte del Museu Guggenheim de Bilbao (1997) o Zaha Hadid (1950), del Parc de bombers Vitra (1993)35.

D’altra, l’Arquitectura Minimalista, que sorgí als anys noranta i prengué el nom del minimalisme ja estipulat durant les dècades anteriors als camps de l’escultura, la música, el disseny, i fins i tot, el menjar. El seu objectiu era tornar a la puresa formal que havia propugnat Mies van der Rohe i el Racionalisme, sotmetent-lo a un procés d’austeritat i omissió dels elements no essencials. Els seus volums geomètrics, llisos i blancs ben ordenats pretenen ser un art no referencial; es dissimulen els elements complementaris; la llum i l’ombra desenvolupen un paper estètic fonamental i es busca la unió entre natura, terreny i edifici. El dissenyador japonès Shiro Kuramata (1934-1991) fou un dels primers en aplicar esta filosofia, com poder veure als Magatzems Seibu a Shibuya, però és també destacable l’obra de Peter Zumthor (1943) amb les Termes de Vals (1996)36.

Per a finalitzar, l’Arquitectura Sostenible va nàixer l’any 1993 quan alguns representats de la corrent High Tech decidiren fundar el grup READ, comprometent-se amb l’ús d’energies renovables i de materials menys contaminants, aprofitant al màxim els recursos naturals i reduint l’impacte ambiental. Entre els arquitectes més importants trobem Charles Correa (1930), a qui devem el Museu en memòria de Gandhi (1958–1963); Brenda i Robert Vale, els quals idearen la Superinsulated Woodhouse i el Medical Centre de Sheffield (anys 1980), així com el projecte de ciutat ecològica dissenyat per Norman Foster (1935), Masdar City (2008)37.

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