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EL PENSAMIENTO CRÍTICO

DESDE SUDAMÉRICA

TRES AÑOS DE HUELLAS DE ESTADOS UNIDOS

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

http://www.uv.es/bibjcoy

Directora

Carme Manuel

EL PENSAMIENTO CRÍTICO

DESDE SUDAMÉRICA

TRES AÑOS DE HUELLAS DE ESTADOS UNIDOS

Valeria L. Carbone & Fabio Nigra, eds.

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

El pensamiento crítico desde Sudamérica: tres años de Huellas de Estados Unidos

© Valeria L. Carbone & Fabio Nigra, eds.


1ª edición de 2015

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-171-0

Imagen de la cubierta: Sophia de Vera Höltz

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Edición digital

Dedicamos este libro a Pablo A. Pozzi,quien nos formó, nos aconseja y acompaña permanentemente.

Valga este reconocimiento a un maestro,mentor y amigo en el más amplio de los sentidos.

Índice

INTRODUCCIÓN, Valeria L. Carbone y Fabio Nigra

SECCIÓN I CINE E HISTORIA

Presentación

Entre la leyenda y la historia: cómo contar una aventura “real” desde el cine, Mariana Piccinelli

No-retratos de América Latina: el Estudio Disney y la Oficina de Asuntos Interamericanos (1941-1946), Emmanuel A. Pardo

América Latina en el sistema imperial según el cine infantil de Hollywood, Marcela Croce

Pecados de guerra durante la guerra de Vietnam. Cuando el victimario se convierte en víctima a través de la pantalla, Leandro Della Mora

SECCIÓN II ESTADOS UNIDOS EN AMÉRICA LATINA

Presentación

El águila y el cóndor. La relación entre el Departamento de Estado y la dictadura argentina durante la Administración Ford (1976-1977), Daniel Mazzei

El discreto encanto de la tutela norteamericana. Políticos uruguayos y amenazas de golpe de Estado (1964-1966), Clara Aldrighi

La estrategia peronista de captación de científicos alemanes y la oposición a la política hemisférica de los Estados Unidos (1946-1955), Hernán Comastri

“En la calle o la cárcel”: Violencia y marginalidad en Puerto Rico a la luz de El Nuevo Imperialismo de D. Harvey, Anayra O. Santory Jorge

Oscar López Rivera: el preso político más antiguo del Hemisferio Occidental, Norberto Barreto Velázquez

SECCIÓN III LITERATURA ESTADOUNIDENSE

Presentación

El linchamiento en los poemas de Langston Hughes, Márgara Averbach

Pieles negras en Go Tell It On The Mountain (1952) de James Baldwin: itinerarios en la construcción de la identidad afroestadounidense, Martha De Cunto

Las fronteras de la tradición: la figura mítica del trickster en narraciones amerindias actuales, Natalia Polito

Paisaje de voces: Estrategias contradiscursivas en Peregrinos de Aztlán de Miguel Méndez, Gabriel Matelo

SECCIÓN IV REALIDAD DOMÉSTICA

Presentación

Los ecos visuales de la incipiente colonización de Virginia: John White y Theodoro de Bry (1585-1590), Malena López Palmero

Harlem radical. African Blood Brotherhood: política afroamericana en tiempos de la Revolución rusa, Ezequiel Gatto

Crisis económica, discriminación y permanencia: Inmigrantes mexicanos en Chicago, 1929-1935, Gerardo Necoechea Gracia

Construyendo el neonazismo norteamericano: George Lincoln Rockwell y el American Nazi Party (1959-1967), Ana Laura Bochicchio

‘Banca para ser presidente’: las campañas presidenciales en los Estados Unidos y el rol del dinero en el proceso electoral estadounidense, Valeria L. Carbone

Gabriel Kolko: una interpretación contemporánea de la guerra de Vietnam, Florencia Dadamo y Leandro Della Mora

Las víctimas de la supremacía blanca de Watts a Ferguson, Valeria L. Carbone

Introducción

Valeria L. Carbone y Fabio Nigra

Apenas doscientos años han pasado desde que el gobierno del presidente Thomas Jefferson compró el territorio de Luisiana a Francia en abril 1803, por un precio fijado en 60 millones de francos, alrededor de $15 millones de dólares. Sin embargo, en ese corto período los Estados Unidos no sólo duplicaron su territorio, sino que dicha acción conllevó una toma de conciencia de la “expansión” como propósito de su política exterior.

Para Francia, esa venta fue una decisión estratégica del emperador Napoleón I de vender íntegramente un territorio que sabía no podía defender de todos modos. Para Estados Unidos, la compra de Luisiana fue el primer acto político significativo como nación independiente. Su temprana voluntad de adquirir revela un precoz anexionismo que anticipa el expansionismo que de allí en más estuvo siempre presente en su política exterior. El pragmatismo será desde entonces, la ideología que justifique y defienda esta actitud, basándose en la idea de grandeza nacional, en la creencia arraigada y consensuada de que los Estados Unidos es un pueblo con una “misión”.

Ningún otro país ha sido capaz de generar una teoría que identifique su destino nacional tan tempranamente como el llamado excepcionalismo. Bajo este lema, la sociedad norteamericana ha asumido un liderazgo justificado en la idea de que, en efecto, su pueblo es el producto valioso de la “providencia”, producto de una Revolución pionera y controlada —contrapuesta a los excesos del Terror francés— y que tiene como misión exportar los elementos de esa revolución: la idea de una república democrática, basada en la Libertad y la propiedad, en la consecución de un sistema mundial conformado por países democráticos vinculados por un gran mercado capitalista.

En la revista Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina (www.huellasdeeua.com.ar) nos proponemos un acercamiento a los estudios sobre los Estados Unidos que implica la idea de desarmar la construcción ideológica que el excepcionalismo ha fundado y que la literatura ortodoxa tradicional se ha encargado de difundir.

Consideramos que vale la pena discutir con la producción clásica norteamericana de las ciencias sociales y humanas, centrada en las buenas intenciones de los padres de la patria —y como extensión posterior de ellos, las generaciones políticas que han gobernado el país—; para introducir una perspectiva capaz de problematizar a los Estados Unidos, reorientando su estudio a un nivel de análisis más profundo, y que da más acabada cuenta de los sucesos históricos, culturales, económicos y sociales.

Al cuestionar el idealismo autorreferente que construyó la clase dominante estadounidense, nuestra intención no se encuentra en terminar con el Romanticismo americano y su versión de la propia evolución. Reconocemos que el principio que han solidificado sobre que los Estados Unidos tiene una misión —una idea relacionada al providencialismo, que son el pueblo elegido, un pueblo con cualidades morales extraordinarias—, ha sido un elemento que, presente desde sus orígenes, ha fortalecido su experiencia cultural y no ha dejado de repercutir en su experiencia material. Haciendo hincapié en una visión más estructural, más objetiva, hemos tratado de incorporar el peso de las cargas culturales, de la disposición ideológica basada en la convicción que ratifica la justicia de sus acciones en su política doméstica y exterior.

Si alguien nos pregunta ¿Por qué estudiar y analizar a los Estados Unidos?, lo que responderíamos es que estudiarlo y analizarlo es importante porque aprender algo nuevo nos cambia, nos hace mejores personas al aumentar nuestro conocimiento del mundo, y nos permite estar menos indefensos a las ambigüedades y mentiras de los discursos históricopolíticos.

Asimismo, consideramos que estudiar a los Estados Unidos es imprescindible si se quiere entender cómo se piensan los propios norteamericanos y como este discurso ha influido en el diseño de su política, doméstica y exterior. Muchos de nosotros estamos interesados en conocer las razones políticas que han llevado a que nuestro tiempo histórico sea el de la imposición de la hegemonía de una única potencia. Estudiar a los Estados Unidos es un primer paso en ese sentido: nos enseña a pensar con criterio y analíticamente, a valorar y comprender hechos de la civilización occidental moderna, y a interpretar eventos complejos de la actualidad.

Conociendo los grandes procesos históricos, culturales, sociales y económicos de tal potencia, junto a las circunstancias históricas del desarrollo de ese país, seremos capaces de servir mejor al propósito de explicar los hechos objetivamente, ya que pensar en la era contemporánea obliga a reflexionar críticamente en uno de sus más importantes actores históricos: el Imperialismo. Pero no desde un consignismo vulgar y esquemático, sino con amplitud de posicionamientos y marcos teóricos, con respeto hacia lo diverso. Si tomamos en cuenta el panorama de la historia reciente, no es difícil intentar explicar el aumento de la consideración política que tiene en el ciudadano promedio y los grandes medios de comunicación estadounidenses el conservadurismo como reverdecida expresión política, y el hecho de que éste se haya convertido en la principal corriente intelectual en los Estados Unidos a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Estamos asistiendo a un periodo de muy activa expansión de un nuevo imperialismo norteamericano, cuyas raíces se pueden encontrar en la formulación de la Doctrina Monroe, y en el que sus razones políticas tienen el claro objetivo de asegurar relaciones económicas. La política exterior se ha visto obligada a recurrir a métodos ofensivos como las intervenciones militares, pero también a la rápida expansión de lo que ha dado en llamarse soft power.

El soft power —o “poder blando”— es un término ampliamente utilizado en relaciones internacionales para describir la habilidad de un actor político, como por ejemplo un estado nacional, para incidir en las acciones o intereses de otros actores valiéndose de medios primordialmente culturales e ideológicos. Acuñado por Joseph Nye1 para referir a “la habilidad de atraer a nuestro lado”2 y “de obtener lo que quieres a través de la atracción antes que a través de la coerción o de las recompensas”,3 el término se ha popularizado en las últimas décadas, y ha sido ampliamente utilizado como forma de diferenciar el poder (no tan) “sutil” de la cultura o las ideas, frente a formas más coercitivas como la acción militar o la presión económica.

A partir de la segunda guerra mundial, y a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX, la construcción del consenso hegemónico en torno a lo que los Estados Unidos representan no sólo se llevó a cabo a través del “poder duro” (intervenciones políticas, económicas y militares directas e indirectas), sino de la cada vez mayor —y más efectiva—injerencia del soft power. A través de la globalización y expansión de inversiones, empresas, marcas y productos; la promoción de los beneficios del sistema políticoeconómico norteamericano, y la educación de las elites políticas, económicas e intelectuales en establecimientos locales y extranjeros se ha ido reivindicando, tanto a nivel doméstico como a través del mundo, una imagen que muestra a los Estados Unidos como una democracia ejemplar, protectora de las libertades y defensora de los derechos humanos que muchas veces, poco se condice con la realidad. En este sentido, entendemos que la pretensión de intentar comprender los grandes procesos de la historia contemporánea del siglo XX, o en su defecto, la historia mundial de las últimas décadas, es una tarea con poco tino sin comprender el devenir histórico propio del país “más poderoso del mundo”.

Es por ello que desde nuestra Revista nos hemos planteado como objetivo brindar elementos suficientes para repasar su historia, colaborando así en una mayor comprensión de la actualidad. Hemos tratado de ofrecer un espacio desde el que dar a conocer, e impulsar la investigación y desarrollo de producciones académicas sobre los Estados Unidos desde una perspectiva latinoamericana.

Tanto como en el país desde el que el proyecto se ha originado se ha valorado enormemente las producciones de intelectuales extranjeros que versan sobre historia argentina, como el estadounidense Robert A. Potash,4 el británico David Rock;5 o el francés Alan Rouquie,6 y se ha destacado su contribución no solo al entendimiento del desarrollo político e ideológico de nuestro país, sino su relevancia para la historiográfica argentina; desde Huellas… intentamos reivindicar una visión crítica que desde la región puede hacerse de los Estados Unidos. Algo así como parafraseando la vieja idea de Howard Zinn refiriéndose al FBI: “ellos tienen archivos míos; yo tengo archivos de ellos”, cabe pensar que si en los Estados Unidos hay una importante cantidad de áreas de estudio, cátedras, cursos y seminarios sobre América Latina y los países que la componen, nosotros bien podemos hacerlo con ellos.

Destacando que las producciones de investigadores latinoamericanos (formados y en formación) son tan valiosas como las producciones venidas desde el país del norte, tratamos de promover la investigación en un campo académico poco explorado en estos lares: los Estudios sobre los Estados Unidos, vistos y analizados desde la perspectiva de análisis de investigadores latinoamericanos. Y aquí les presentamos algunos de los resultados.

1 Puede consultarse al respecto Joseph Nye: Bound to Lead: The Changing Nature of American Power (1990); Soft Power: The Means to Success in World politics (2004).

2 Joseph S. Nye Jr., “El poder blando y la política exterior americana”, en Soft Power, Public Affairs, New Hampshire, 2004, págs. IX-XIII y 127-147: tomado de Relaciones Internacionales, núm. 14, junio de 2010, GERI–UAM, pagina 119.

3 Ídem, pagina 118.

4 Entre algunas de las obras del autor se cuentan: El ejército y la política en la Argentina, 1928-1945. De Yrigoyen a Perón, Sudamericana, Buenos Aires, 1971. El ejército y la política en la Argentina, 1945-1962. De Perón a Frondizi, Buenos Aires: Sudamericana, 1980. El ejército y la política en la Argentina, 1962-1973. De la caída de Frondizi a la restauración peronista, Primera parte, 1962-1966, Buenos Aires: Sudamericana, 1994. El ejército y la política en la Argentina, 1962-1973. Perón y el GOU. Los documentos de una logia secreta, Buenos Aires, Sudamericana, 1984.

5 David Rock, State Building and Political Movements in Argentina, 1860-1916, Stanford, CA: Stanford University Press, 2002. David Rock, ed. Latin America in the 1940s. War and Post War Transitions, Berkeley, University of California Press, 1994. David Rock, Authoritarian Argentina. The Nationalist Movement: Its History and its Impact, Berkeley: University of California Press, 1992. David Rock, Argentina, 1516-1987. From Spanish Colonization to Alfonsín, Berkeley: University of California Press, 1987. David Rock, Politics in Argentina, 1890-1930. The Rise and Fall of Radicalism, Cambridge: Cambridge University Press, 1975.

6 Poder militar y sociedad política en la Argentina (1981); El estado militar en América Latina (1984); ¿Cómo renacen las democracias? (1985) y América Latina. Introducción al extremo occidente (1989).

SECCIÓN I

CINE E HISTORIA

Presentación

En este apartado se presentan los trabajos realizados sobre un área que desde hace unos diez años venimos desarrollando en la Universidad de Buenos Aires a través de sucesivos programas de investigación, que denominamos poco imaginativamente “cine-historia”. Decidimos incluir estos estudios como una sección especial en la Revista Huellas de Estados Unidos. Estudios, perspectivas y debates desde América Latina para brindar un espacio de expresión de aquellos que intentan reflexionar acerca de las potencialidades, y también las problemáticas, que permite un género que se ha tornado bastante expansivo.

Lo interesante del caso es que de lo que aquí presentamos no todos los autores forman parte del mencionado grupo de trabajo e investigación sobre cine-historia, sino que existen aproximaciones desde distintas formaciones (Historia, Letras), lo que de alguna manera demuestra el creciente interés que esta perspectiva viene logrando.

Entendemos que el cine se ha convertido en una herramienta no sólo de comunicación masiva, sino también como mecanismo pos-literario (Robert A. Rosenstone dixit) de transmisión de una modalidad particular de conocimiento histórico. Esta sección contiene cuatro trabajos que proponen analizar los usos cinematográficos por parte de la potencia cultural, económica, mediática, que resultan ser los grandes estudios de Hollywood, con cierto hincapié en los Estudios Disney.

Mariana Piccinelli, con Entre la leyenda y la historia: cómo contar una aventura “real” desde el cine, se propone analizar la película El Álamo (1960) centrándose en el discurso histórico que se proyecta desde el film y sus implicancias. La autora considera que las películas históricas no sólo reproducen un relato del pasado, sino que también proporcionan una interpretación del hecho al que se refieren y lo hacen a través de un lenguaje particular. Además, asumiendo que su estructura responde a la de un film western clásico, su elaboración le permite presentar y dar sentido a los sucesos a los que refiere, ya que articula valores culturales y preceptos ideológicos asociados a la re-construcción histórica específica, para ratificar el mito de la defensa elaborada por los estadounidenses.

Emmanuel Pardo, por su parte, con No-retratos de América Latina: el Estudio Disney y la Oficina de Asuntos Interamericanos (1941-1946), trabaja la política comunicacional de los Estados Unidos durante la segunda guerra mundial, en particular con su asociación con los Estudios Disney. En la perspectiva presentada la Office of InterAmerican Affairs (OIAA) junto al famoso Estudio de filmación, protagonizaron un viraje que llevó a la propaganda de guerra hacia nuevos objetivos de profunda proyección ideológica. Gracias a ello, el autor reflexiona sobre la producción con temática latinoamericana, para hacer inteligible una descripción particular de las culturas de más allá del río Grande, a la vez que provee evidencia que demuestra la implementación de diversas estrategias narrativas con resultados funcionales a los objetivos propagandísticos de la OIAA. Una de las cosas que más llama la atención es el uso de un discurso fuertemente paternalista en la valoración de diferentes aspectos de las sociedades retratadas.

Marcela Croce, con América Latina en el sistema imperial según el cine infantil de Hollywood, trabaja casi con el mismo material que Pardo, pero efectuando una mirada desde la perspectiva del cine infantil, y en particular respecto a los intentos de los Estados Unidos por trabar una relación más afable con Argentina, a la vez de profundizar los acuerdos militares con México y Brasil. La idea dominante, sostiene la autora, es que el cine infantil de Estados Unidos reproduce las políticas exteriores norteamericanas, con el objetivo de establecer una pedagogía del sistema metropolitano instalándolo como “única fe verdadera”, y así educar a los futuros ciudadanos en los valores del imperio. Para subrayar tal formación, los organismos internacionales de la Organización de las Naciones Unidas [ONU] (como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia [UNICEF] y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura [FAO]) avalarían los principios promulgados por el cine infantil de aquellos años.

Finalmente, Leandro Della Mora, con Pecados de guerra durante la guerra de Vietnam. Cuando el victimario se convierte en víctima a través de la pantalla, analiza la película referida, que trata sobre un hecho real sucedido durante la guerra de Vietnam. Paralelamente, la pone en tensión al compararla con la fuente original que dio sustento al guión (un artículo aparecido en la revista The New Yorker en 1969), que denunciaba cómo una patrulla de las típicas habidas durante el conflicto, secuestró a una muchacha para satisfacción personal, que luego fue brutalmente asesinada. En la visión del autor, resulta llamativo el hecho de que el victimario —uno de los participantes de la patrulla— se convierte gracias al film en víctima. Por ello, arriba a dos grandes conclusiones: por un lado, que Hollywood funciona como un gran aparato de reproducción cultural e ideológica en la búsqueda de consenso; pero también, por ser una industria comercial, logra ese efecto respondiendo a la lógica de mercado. Por otro lado, que gran cantidad de producciones de estas características, aún resultando sospechosamente críticas, logran reforzar las creencias en que el sistema, finalmente, funciona.

Entre la leyenda y la historia: cómo contar una aventura “real” desde el cine

Mariana Piccinelli *

Un western histórico

El western es uno de los géneros característicos de Hollywood, ya que siempre condensó la sencillez y la verosimilitud, elementos esenciales a la hora de definir el cine industrial norteamericano. A su vez, ha sido uno de los formatos más difundidos en Estados Unidos y en el exterior entre las décadas de 1930 y 1960. Por esto, la producción fílmica, los actores y los métodos de producción utilizados han generado una cantidad enorme de bibliografía, que a lo largo del siglo XX buscó desentrañar las claves de su éxito.

Para nosotros los historiadores el western merece especial atención, puesto que desde los comienzos —literarios y cinematográficos— sus tramas han guardado un paralelismo y una semejanza asombrosa con el desarrollo de la historia norteamericana. En general se lo asocia con el proceso de ocupación de tierras occidentales de Estados Unidos. Y esto es así porque en sus orígenes los films se nutrieron de los relatos que circulaban en torno a la frontera y sus protagonistas. Muchos de los actores asesoraban a directores y guionistas porque ellos mismos, antes que intérpretes, eran hombres del Oeste que sabían cabalgar, tirar y hasta habían estado en situaciones fuera de la ley.

A pesar de que las películas crecieron al calor de las tradiciones fronterizas, no acabaron cuando este pasado dejó de ser reciente, sino que supieron adaptarse a las nuevas vicisitudes de la Nación. Por ejemplo, muchas cintas de fines de la década de 1940 lograron plasmar un relato bélico acorde a la participación estadounidense en combates al exterior del país. André Bazin caracteriza a estos films como superwesterns, los cuales incorporaron nuevos elementos dramáticos y temáticos a la trama original.1 Es así como Back to Bataan (1944)2 o Sands of Iwo Jima (1949) —ambas protagonizadas por John Wayne—, reeditan componentes del género para mostrar a los estadounidenses en la segunda guerra mundial, corriéndose del clásico enfrentamiento entre colonos e indios que populariza el cine.

El presente trabajo se propone analizar The Alamo (1960), una famosa película del Oeste que tuvo gran éxito comercial. En él se representa la mítica contienda entre colonos y el gobierno mexicano que aconteció en el año 1836 y dio lugar a la posterior independencia del Estado de Texas. Si bien hay múltiples formas de acercarse a un film, lo que aquí nos interesa es centrarnos en estudio del discurso histórico que se proyecta, las formas que adopta y sus implicancias.

Entendemos que las películas históricas no sólo reproducen un relato del pasado, sino que también proporcionan una interpretación del hecho al que se refieren y lo hacen a través de un lenguaje particular. Tanto en la historiografía tradicional3 como en la producción fílmica, la batalla de El Álamo se ha presentado como símbolo de la lucha por la libertad y contra la tiranía, confundiéndose frecuentemente en el discurso el mito y la realidad. Nuestro propósito es estudiar la forma que adopta la narración de estos acontecimientos en la cinta, identificando en el proceso determinados recursos fílmicos que utilizaron su guionista y director para presentar y otorgar sentido a los hechos.

Sabemos que el western tanto en la literatura como en el celuloide ha sido ampliamente estudiado. Dado que a nosotros nos interesa indagar acerca de la relación entre el cine y la historia, no haremos un análisis exhaustivo del género, sino que mencionaremos aquellos componentes que, aplicados al film, nos permitirán comprender la forma que toma el discurso histórico en él. Consideramos que éste conlleva ciertas especificidades que contribuyen a la construcción del relato cinematográfico. Por ende, creemos que algunos de los elementos puestos en juego son el vehículo perfecto para la transmisión de ciertos valores culturales y preceptos ideológicos asociados a la construcción de la batalla de El Álamo como mito y de sus protagonistas como héroes.

A partir de la relación de estas variables podremos discernir cómo se elabora la narración histórica en el film y cuál es la funcionalidad de dicha operación. Para ello analizaremos primero cuáles son las características de este relato, la manera en la que se va conformando y transmutando en fábula según la historiografía tradicional, para luego ver cómo el cine se hace eco de ese discurso y le da su propia impronta.

El Álamo en la historiografía

¿Sabe usted? —advertía un viejo tejano—, la leyenda es a menudo mucho más cierta que la misma historia y siempre dura más tiempo en la memoria de las gentes.4

La batalla de El Álamo ocurrida a principios de 1836, fue uno de los tantos enfrentamientos que libraron los colonos texanos contra el gobierno mexicano con el objetivo de defender la libertad de comercio y la expansión sobre campos fronterizos. Consistió en la defensa de un fuerte armado precariamente en una Iglesia a medio construir donde se refugiaron los colonizadores. Durante los trece días que duró el asedio se enfrentaron un pequeño grupo de anglosajones contra el ejército regular mexicano, liderado por el propio presidente de la República, el General Santa Anna. Los resultados de la contienda fueron desastrosos para los defensores, pero beneficiaron estratégicamente al resto del ejército texano, que pudo rearmarse y vencer a sus contrincantes meses después en el combate de San Jacinto, dando lugar a la independencia del Estado de Texas.

Los protectores del fuerte eran en su mayoría hombres de frontera, que habían avanzado poco a poco en el área española buscando nuevos territorios. En la tradición resuenan algunos de sus nombres: Jim Bowie, William Travis, Davy Crockett y Sam Houston. El primero de ellos provenía de una familia de comerciantes del estado de Kentucky y logró insertarse en la sociedad mexicana luego del casamiento con la hija de una importante familia local. Tenía fuertes lazos con los mexicanos y varios seguidores entre los texanos, quienes le dieron su apoyo, convirtiéndose así en jefe de las fuerzas voluntarias. Su némesis en la leyenda está representada por Travis, comandante del ejército regular que peleó en El Álamo. Este abogado y propietario de tierras en Texas fue uno de los colonos que abogaron por la guerra contra México y la autonomía del Estado. La relación entre ambos representa la tensión que existió entre las tropas regulares y las milicias, que no era otra cosa que la disputa por el control del proceso separatista.

Aún más importante para el relato mítico son las figuras de Crockett y Houston, quienes combinaron la predisposición por la lucha y la aventura con la acción política. Oriundo del Estado de Virginia, Houston tomó parte activa en la expansión territorial de Tennessee donde participó varios años en la Cámara de Representantes y fue gobernador durante el año 1827. Desacuerdos con un congresista tennessiano lo obligaron a salir del Estado, por lo cual se estableció en Texas. Allí fue designado en 1836 Jefe del Ejército encargado de aunar las distintas fracciones militares conformadas en vistas del conflicto. Su papel en la contienda consistió en redimir a los mártires de El Álamo y vencer a Santa Anna en la batalla de San Jacinto, donde consiguió la emancipación del Estado. Mientas que Texas permaneció independiente, sirvió como presidente, y tras la incorporación del Estado a la Unión, fue designado gobernador.

David Crockett es sin duda el protagonista que representa por antonomasia al hombre de frontera, ya que posee “rudeza y fortaleza combinadas con agudeza y curiosidad; disposición práctica e inventiva rápida; carencia de espíritu artístico; energía nerviosa incansable, dominante individualismo, que trabaja para el bien y el mal”.5 Esta descripción que Frederick Turner hizo en 1893 sobre el pionero norteamericano, se aplica perfectamente a Davy, a quien la leyenda adjudica una infancia salvaje y aventurera, llena de peligros y enfrentamientos con la naturaleza, que incluyen una pelea con un oso a la edad de los 3 años. Este político tenessiano, fue miembro del Congreso de los Estados Unidos entre 1826 y 1830, pero su oposición al presidente Andrew Jackson le valió varias derrotas en sucesivas reelecciones para la Casa de Representantes. Esto lo llevó a dejar Tennessee y encaminarse hacia Texas, adonde llegó a principios del año 1836 justo a tiempo para su último combate.

A medida que avanzaba el tiempo, cada uno fue cobrando importancia según los aspectos que los estudiosos destacaban. Algunos se enfocaron en la pasión de Bowie y el papel de las milicias texanas o su enfrentamiento con Travis por el control del mando del fuerte. Aquellos que enmarcaron la batalla en el desarrollo general de Texas no pudieron dejar de mencionar a Sam Houston, aunque éste no participó en la contienda. Con respecto a Davy Crockett, si bien hubo controversias en torno a su muerte —si se entregó, suicidó o murió en combate— es quizás el personaje más admirado y retomado por la filmografía y la literatura.

Todo esto generó distintos relatos que muchas veces se contradecían. La primera reacción de los historiadores fue descubrir qué había de cierto en estas narraciones, y por ello desde principios del siglo XX se han escrito una enorme cantidad de trabajos que dirimieron sobre lo sucedido en El Álamo. Publicados en periódicos y revistas de la época, los relatos orales, diarios personales y órdenes de guerra fueron revisados una y otra vez por la historiografía. Las preguntas se sucedieron una tras otra: ¿cuál fue la suerte de sus participantes, sus acciones y reales intenciones? ¿Cuántos hombres pertenecían al ejército enemigo y quiénes formaron parte de las milicias texanas?

Lejos de generar un análisis crítico de los acontecimientos, estas producciones contribuyeron a la elaboración de una leyenda y a la transmutación de una contienda en símbolo de la libertad. Eugene C Barker y el equipo nucleado en torno a la Texas State Historical Association cumplieron una importante función en la elaboración y difusión de un relato oficial. Éste consideraba a la batalla de El Álamo como un hecho heroico llevado a cabo por un puñado de hombres que buscaban independizar a todo un pueblo de la tiranía mexicana y murieron fieles a sus creencias.

Según esta versión, la idea de autonomía comercial por la cual luchaban los texanos quedaba enterrada bajo una noción más laxa que entendía la libertad por oposición al despotismo. Este último estaba personificado por el presidente Santa Anna, quien al suprimir la Constitución de 1824 y eliminar el Congreso mexicano frustró las esperanzas de los texanos de tener una legislatura propia donde decidir cuestiones territoriales y comerciales. Su caracterización y la del ejército que comandaba se nutrieron de lo que comúnmente se denominaba la leyenda negra. Esta reunía una serie de concepciones negativas hacia los españoles católicos —y por extensión a los mexicanos— que conformaban un estereotipo del mexicano como “holgazán, ignorante, prejuicioso, supersticioso, embaucador, ladrón, jugador, cruel” y consideraban su gobierno como autoritario, corrupto y decadente.6 Frente a este enemigo siniestro, el destino de los colonos norteamericanos —trazado por leyes divinas— era el de emancipar a los pueblos oprimidos y eliminar la tiranía de raíz.

Los autores que siguieron la línea de Barker se dedicaron a dilucidar las controversias que giraban en torno a la certeza o falsedad de algunos acontecimientos, pero jamás cuestionaron esta versión fabulosa de los hechos. Lo único que lograron fue reforzar el mito por el cual El Álamo se convirtió para los norteamericanos en un momento clave de su tradición nacional en el camino de la conquista de la libertad y defensa de la democracia al que estaban destinados. De esta manera, la historia del nacimiento de Texas se insertó en el relato fundante anunciado por Frederick J. Turner7 sobre la frontera americana, puesto que reproducía casi literalmente los elementos constitutivos de la misma.

Esta narración del pasado difundida por la literatura e impartida desde la escuela ha sido retomada sistemáticamente por la producción hollywoodense. Los sucesos están imbricados en la memoria nacional, pero también forman parte de una tradición cinematográfica a través de la cual sus hechos se convierten en leyenda, los individuos que lucharon en ella devienen héroes y sus palabras se transfieren de generación en generación, conformando un universo cinematográfico que se transmite y resignifica constantemente hasta hoy en día. Así, cada general participante de la guerra de El Álamo o de la batalla de San Jacinto tiene su propia película o serie de televisión. Hay frases como “Recuerden el Álamo” pronunciada por Houston que han quedado grabadas en la historia fílmica y se repiten incluso en casos que no tienen relación con lo sucedido en Texas.

James Crisp8 es uno de los pocos autores norteamericanos que buscó desmitificar el relato oficial que aquí mencionamos. En una especie de introducción autobiográfica a su libro cuenta el impacto que tuvieron en su vida las Texas History Movies, una serie de historietas que explicaban el nacimiento del Estado de Texas usadas por todos los niños texanos en la escuela. Además recuerda la atracción que generaban en su entorno los dibujos animados de Walt Disney sobre David Crockett.9 Crisp explica a la perfección la importancia que tuvo la combinación de los manuales de texto y la proyección de estas producciones en la formación de la conciencia nacional estadounidense durante la década de 1960.

Si consideramos lo que dijimos anteriormente y tenemos en cuenta que las películas no sólo reproducen una narración histórica, sino que también proporcionan una interpretación del hecho al que se refieren, podemos preguntarnos cuál es la funcionalidad de retomar acontecimientos que forman parte del imaginario colectivo de los espectadores para proyectarlos en la pantalla. Randy Roberts y James S. Olson plantean que en más de 150 años, los dos intérpretes más importantes de los eventos de El Álamo han sido Walt Disney y John Wayne.10 ¿Cómo se explican los hechos en nuestro film? ¿Qué implicancias tiene este proceso?

El Álamo en la pantalla grande

I

Que los ancianos cuenten la historia

Que crezca y crezca la leyenda

De los trece días de gloria

En el sitio del Álamo.11

The Alamo (1960) es hoy en día una de las producciones más citadas y recordadas en la historia cinematográfica, no sólo al interior de los Estados Unidos sino también en el exterior. Fue una obra concebida y dirigida por el ya consagrado John Wayne, que guardó para sí la personificación de uno de los más renombrados héroes norteamericanos: David Crockett. Ganadora de un Oscar por mejor sonido y de un Golden Globe por la performance musical, obtuvo también numerosas nominaciones para ambos galardones y cosechó varios premios menores.12

Con guión original de James Edgard Grant, esta versión lleva a la pantalla grande en plena guerra fría una loa continua a las virtudes democráticas de los Estados Unidos. Acompañan a Wayne en su actuación Richard Widmark y Lawrence Harvey como David Bowie y el Coronel William Travis respectivamente y Linda Cristal en el papel de la “Flaca”.

La historia comienza en San Antonio de Bexar, cuando Houston dispone las tareas para cada uno de los jefes texanos. Queda así marcado el destino de los combatientes de El Álamo: resistir, desgastar y retardar al ejército mexicano para ganar tiempo. Mientras, Houston deberá entrenar las tropas que enfrentarán a Santa Anna en campo abierto. La llegada de Davy Crockett y sus hombres al pueblo generará expectativas entre los texanos, que intentarán tentarlo para que luche a favor de su causa. Después de divertirse en la cantina, recuperar insumos militares robados, discurrir sobre la libertad y la República y salvar a una dama en apuros, Davy Crockett se incorporará junto con sus seguidores a la defensa del fuerte. La marcha de los acontecimientos —los escasos recursos, un enemigo numeroso, la falta de apoyo de las demás fracciones del ejército— llevará a que las discordias entre los coroneles desaparezcan y peleen juntos hasta la muerte.

Desde las primeras escenas, se disponen todos los hitos que conforman el relato oficial antes mencionado: la borrachera de Bowie, el uniforme que viste Travis, el enfrentamiento entre ambos, la bandera mexicana de 1824 que flameaba en el fuerte, el cañón que se disparó como negativa a la solicitud mexicana de rendición. Como siempre, la leyenda de Davy Crockett precede a su llegada al pueblo, aunque sorprende a todos con su capacidad de oratoria. También Sam Houston tiene su parte estelar ya que al enterarse de la situación en la que se encuentran los sitiados exclama la renombrada frase “Espero que Texas recuerde”.

La ficción proyectada en la pantalla se ubica entonces en el camino trazado hace tiempo por la historiografía tradicional, pero a la vez le aporta características propias que tienen que ver con la narrativa cinematográfica. Como dijimos al comienzo, creemos que ciertos elementos del western son funcionales a la representación del mito de El Álamo en la cinta y a su vez contribuyen a la transmisión de valores culturales y preceptos ideológicos que son útiles para elaborar una visión del pasado nacional y una noción de sociedad ideal a imitar.

II

El western antes de ser una mitología, antes de representar aventuras rentables al negocio de Hollywood, es una fantástica aventura totalmente real que se confunde con la de USA.13

Enumerar, definir y analizar estos componentes a veces no es tarea fácil. ¿Qué es lo que hace a un western? ¿Qué implica que un libro o un film pertenezcan al género? Si bien cuando miramos una cinta estamos seguros que es una película del lejano Oeste, cuando nos preguntamos el por qué, cuesta encontrar una forma única de analizar la naturaleza del producto que estamos viendo. Estas preguntas se complejizan aún más si tenemos en cuenta que la mayoría de los autores cuando plantearon modelos o estereotipos se refirieron a aquellos libros o películas de las décadas de 1920, 1930 o 1940, cuando la producción, distribución y aceptación de los mismos estaba en su pico más alto. Es así que para poder definir aquellos films que se alejaban del canon hubo que agregar un nuevo vocabulario a la palabra original; como hizo Bazin al hablar de los westerns barrocos, o de los superwesterns o como cuando se alude a los westerns crepusculares para mencionar las producciones de la década de 1960 en adelante.

Leslie Fiedler analiza el género desde la literatura y considera a las novelas occidentales en su forma arquetípica como ficciones que tratan de la confrontación en el medio salvaje de un WASP14 trasplantado y “otro” radicalmente extraño. Para él encuentran su centro, su razón de ser en el desarrollo de historias que presentan el enfrentamiento con el indio. Todos los demás elementos asociados con la literatura del Oeste —las praderas, las montañas, los animales como el búfalo y el oso gris— ya han sido asimilados. Lo único extraño, inasible y desafiante para la civilización norteamericana que aún perdura es el indígena, ese otro que, al escapar completamente de las mitologías europeas que trajeron los colonizadores consigo, exige una nueva.15

Esta concepción del western como un relato en parte fabuloso se repite en la mayoría de los autores. Según Laborda Oribes, éste recrea ante los espectadores norteamericanos un horizonte épico, entendiendo la epopeya como un discurso que “se remonta a un antiguo patrimonio de mitos y leyendas, en que se alía con frecuencia lo imaginario religioso con historias de héroes, unidos a los destinos de un pueblo”.16 Para Philip Durkham y Everett Jones, nace como una zona de leyenda donde se disponen una serie de componentes que son posibles de articular ya que remiten a una realidad pasada. El misticismo es abonado por la usual vaguedad espacio-temporal, lo cual enfatiza la universalidad de esa tierra simple que es vista como refugio frente a la complejidad de la ciudad. Es por esto que, pese la falta de arraigo en un tiempo y lugar específicos, el western solicita veracidad. Los autores explican que es el vehículo perfecto para la elaboración del mito ya que ayuda a trasmutar las vivencias de gente real en leyenda.17

Por su parte, el francés George Astre plantea que este género en particular “posee una doble verdad histórica y mítica, factible y fabulosa”,18 donde la autenticidad que nutre al relato permite la proyección inagotable de fantasías. Porque no hay que olvidar que las narraciones del lejano Oeste, refieren a una región y a un momento concretos. A lo largo de su libro, este autor nos da las claves para el análisis de nuestra película, que no deja de ser un film histórico. Astre no olvida que el western surge al calor de la conquista física del Oeste de Estados Unidos, proceso que va en paralelo con el desarrollo del “sueño americano” de recomenzar una sociedad limpia e incorruptible y por esto es el antídoto de la civilización industrial y urbana del Este. Es importante tener en cuenta que si bien remite a un lugar perfecto, ese territorio no solo está idealizado por los relatos de ficción, sino también —y sobre todo— por el discurso histórico que desde una perspectiva netamente turneriana ha popularizado la existencia de una frontera nueva y democrática que dio un carácter único y excepcional a los Estados Unidos. Para él, el western es por sobre todas las cosas una aventura, donde el protagonista es el héroe que se mantiene al margen de la población para seguir su camino, pero que a la vez la necesita para definir su singularidad individual. De aquí que exista una relación dialéctica de la comunidad con sus aventureros.

Otro elemento infaltable en los ensayos sobre el género es la noción de espacio: es esa región natural, primitiva e inculta que se opone a la pervertida civilización del Este norteamericano. La geografía occidental es ante todo una zona pautada, que si bien hace referencia a un sitio físico real, también da lugar a la construcción de un espacio social donde se representan relaciones humanas particulares. Para Fiedler el Oeste es “Siempre un campo sangriento un poco más allá del horizonte, o justamente a su lado, donde confrontamos en su propio territorio a los poseedores originales del continente”.19

Engelhardt también conecta al espacio del western con una situación de poder de quienes narran frente a un otro silenciado: “Al igual que la topografía y los límites de aquella tierra, la topografía y los límites del relato (y la nomenclatura de sus elementos) parecían estar igualmente bajo control. Quién estaba dentro y quién fuera; sólo nosotros podíamos determinar dónde nos situábamos ‘nosotros’ y dónde el enemigo”.20

Pero en general, la idea de espacio que emana de los libros y de la pantalla es mucho más idílica. Si observamos nuestra película, la mención de la tierra virgen y fértil está siempre presente. Los recién llegados admiran su belleza y hasta Davy Crockett admite estar equivocado cuando, en un paseo por el campo, le dice a la Flaca: “Y yo fui quien dijo que esta región era un desierto desolado. Es verde y crece”. Sin embargo, también la tierra es objeto de disputa: a Travis no le agrada Bowie porque la posee en gran cantidad, mientras que él “sólo tiene un traje”. En la misma línea, Emil Sand —un ruin texano—quiere contraer matrimonio con la Flaca —rica viuda mexicana— para hacerse de su fortuna. Esto nos lleva a incorporar otra característica fundamental, que es la existencia de una estructura maniquea que dispone el enfrentamiento entre el bien y el mal. Para ello es necesaria una diferenciación entre los buenos y los infames, los valientes y los codiciosos. Davy Crockett lo explica cuando dice: “Está el bien y está el mal. Uno tiene que hacer lo uno o lo otro. Si hace lo primero, se vive. Si hace lo otro, quizás uno pueda caminar. Pero se está tan muerto como sombrero de castor”.

El problema no es poseer campos —muy por el contrario— sino cómo se actúa frente a esa situación. Bowie se casó por amor a su esposa y con el objetivo de formar una familia; no se siente un extranjero en México sino que quiere a sus vecinos y por eso lucha. Sand, por otro lado, lo único que busca es hacer fortuna, sin importar si en el proceso es necesario aliarse con el enemigo. En un sentido más amplio, el bien está representado en el film por todos los que se defienden del despotismo y en este sentido, al general Santa Anna se lo presenta como el mal encarnado, enemigo de la República. La batalla de El Álamo se convierte así en una querella entre el bien y el mal: no es una simple disputa por territorios, sino que se oponen la libertad contra la tiranía, la valentía frente a la codicia, la República frente al autoritarismo. Por otra parte, en los diversos enfrentamientos que propone la película siempre gana la virtud.

Vemos así que las diferencias entre Travis y Bowie se desintegran en pos de la pelea por la emancipación; o que Emil Sand ve frustrados sus propósitos cuando Davy Crockett salva a la Flaca de un destino aciago y la ayuda escapar. La mujer se muestra en toda la cinta como fuente de inocencia y virtud —cosa que es en general un elemento constante en la cinematografía clásica. El papel del héroe es entonces salvaguardar la honradez y la moralidad social, condensada en la protagonista femenina. Definitivamente, la suerte de los soldados de El Álamo significa un punto en contra en esta lucha ya que no obtienen la victoria. Sin embargo, mueren en defensa de lo que consideran justo y se sacrifican por los demás.

Representar la justicia es uno de los objetivos fundamentales del western. Ese espacio social que antes mencionamos es un territorio ideal donde la ley natural se debate con la ley social. En él “sólo es auténticamente malo aquel que ha sido corrompido por los falsos valores de la sociedad”.21 En el Oeste las acciones consideradas justas o injustas no son absolutas, sino que se relativizan en la búsqueda de un regreso a la comunidad primitiva, anterior a la madurez —y corrupción— de la civilización del Este. Mentir o robar son acciones que pueden resultar positivas si son para conseguir un bien. Cuando Davy Crockett miente y escribe una carta falsa, lo hace para arengar a sus seguidores a que luchen por la defensa del pueblo —incluso después confiesa su ofensa. El robo de las tierras que pretende Emile Sand al casarse con La Flaca es absolutamente condenable puesto que es una acción codiciosa. En cambio, el robo masivo de ganado por algunos soldados texanos es una tarea absolutamente justa, porque tiene el fin de alimentar a todos los sitiados en el fuerte.

Para Fiedler, los relatos del Oeste son alegatos a favor de la violencia extralegal como bastión de la verdadera justicia frente a una autoridad corrompida. Si pensamos en la situación que representa The Alamo (1960), la justicia —falsa, corrupta, tirana— estaba en manos de Santa Anna. De allí que el combate por la futura Texas no sea leído como una usurpación, sino como un deber. Dentro de este esquema, se plantea al hombre occidental como sostén de normas de comportamiento para los cultos y civilizados del Norte y del Este. El westerner es en esta aventura fabulosa de la historia norteamericana, el héroe que —aún sin quererlo— pelea por el triunfo del bien, la virtud y la verdadera justicia.

Cuando Will Wright determina la estructura del género, establece que el héroe es un extranjero para la comunidad que salva, y a lo largo de la historia va incorporándose en ella. Este concepto de hombre solitario, se repite una y otra vez a lo largo de la bibliografía. Para Astre el hombre occidental es aquel aventurero que va constantemente en búsqueda de algo nuevo, y que, en ese camino sin rumbo al encontrarse inesperadamente con un ser en peligro, adquiere un compromiso que lo une con el grupo. En The Alamo (1960), Crockett es el héroe por antonomasia que vagabundea con su pandilla. Ellos deciden luchar por la tierra y la vida de los colonos en cuanto se enteran de la ofensiva de Santa Anna y en ese proceso se incorporan a la sociedad texana. En este sentido, nuestra película cumple con los arquetipos comúnmente explicados.

Sin embargo, también debemos tener en cuenta que si bien Davy es tennessiano y no pertenece a Texas, existen afinidades que lo hacen partícipe de esa comunidad a la que se suma —el ser un hombre de frontera, el hecho de que se haya oído hablar de él y sea una persona respetada. Cuando llega a San Antonio todos lo reciben con admiración y el hecho de que pelee junto a ellos es motivo de orgullo y de confianza en la victoria. El pueblo debe ser defendido de la tiranía, pero no olvidemos que es su misma gente la que se levanta en armas para defender lo que desea. En este caso debemos tener en cuenta que el film que analizamos es un western crepuscular, cuyos elementos han evolucionado. El protagonista ha crecido —tanto en la trama como en la realidad del actor que lo encarna— y ya no es un joven aventurero inexperto, sino un curtido veterano del Oeste. Quizás la naturaleza trágica y solitaria de nuestro héroe esté marcada precisamente por su experiencia y sabiduría, que lo llevan a reconocer el aciago final de los hombres de El Álamo y aún así elige luchar junto a ellos.

III

Un auténtico western es la expresión de una ética; su proyección en lo imaginario la hace receptiva, indispensable para la conciencia americana.22

Establecimos más arriba que ciertas películas funcionaban como vehículos transmisores de valores. Para Astre, el western es un género promotor de comportamientos sociales, que contribuye a perpetuar modelos y conductas ejemplares. Las nociones de familia, coraje, valentía, libertad, República y destino son axiomas que atraviesan toda la cinta y se imbrican en la estructura de la historia. Si bien no son conceptos ajenos a cualquier relato norteamericano, es interesante entender cómo están dispuestos en este discurso cinematográfico. Aquí nos centraremos en los tres últimos que mencionamos.

En cuanto a la idea de libertad que se presenta en la pantalla debemos recordar que previamente planteamos la existencia de dos nociones, una específica —relacionada con el comercio— y otra más laxa —opuesta al despotismo. El encuentro de Travis y Crockett es un ejemplo de cómo estas dos concepciones entran en contacto. El primero busca a Davy para convencerlo de que se una a su causa. Para ello, debe explicarle qué es la libertad, y lo hace poniendo como ejemplo lo que no pueden hacer bajo el gobierno de Santa Anna: “No tenemos derechos en los tribunales. No tenemos mercados para nuestras cosechas. Santa Anna prohibió el comercio con el Norte”. En cambio Crockett propone otra noción, a la cual relaciona con la idea de República, que para él significa: “Que la gente puede vivir y hablar libremente, ir o venir, comprar o vender, estar borrachos o sobrios, lo que ellos elijan”. Libertad es en este caso la posibilidad de decidir.

Jethro —el esclavo emancipado de Bowie— es libre no sólo porque su amo lo independizó, sino porque él elige quedarse en El Álamo. Los hombres que combaten en el fuerte lo son porque a pesar de saber que van a morir se mantienen en sus posiciones. Por eso es tan importante que Travis les diga la verdad de su situación y no les mienta. La renombrada escena donde él traza una línea en la arena y todos los milicianos la cruzan para estar de su lado, está cargada de significado. No sólo los colonos eligen seguir peleando, sino que Travis modifica su noción de libertad. Ya no tiene que ver con el poder comerciar, sino con aquello que la tiranía no permite hacer: elegir. La concepción de independencia en los relatos del Oeste es un elemento fundamental: el héroe siempre viaja sin rumbo en busca constante de la aventura. Nada ni nadie lo ata a un lugar determinado o a una persona en particular, y si en un momento de la historia entra en contacto con el grupo, lo hace en forma temporal y porque su propia naturaleza lo requiere. Como dice Warshow, el héroe lucha para poder definirse, y para ello, necesita un grupo que le permita hacerlo.23 Si bien esto está presente en The Alamo (1960), la idea de la libertad va más allá y cobra en el film un significado axiomático e histórico. Aquí no sólo se pone en juego la aspiración constante del westerner y de sus seguidores de ser libres, sino que esta necesidad se imbrica en el deseo de independencia de toda la comunidad y —en definitiva— de todo el puedo norteamericano.

Por último debemos hablar de la noción de destino, que está presente en toda narración —escrita o fílmica— de la batalla de El Álamo. Es interesante ver cómo en la cinta las ideas de destino y libertad están relacionadas entre sí. Usualmente se observa que los norteamericanos, fueron designados por Dios, como raza superior, para emancipar a todos los pueblos oprimidos. Es lo que teóricamente se conoce como Doctrina del Destino Manifiesto. Aquí, a los soldados se les plantea un sino bastante siniestro: es posible que mueran y que no disfruten de sus conquistas. Lo destacable es que a lo largo de la película los hombres deben decidir qué hacer, si pelear o retirarse. Si bien existe un destino, no están determinados por él. La libertad de elección es entonces el valor por antonomasia que atraviesa todo el film.

Palabras finales

Tanto el cine como la escuela funcionaron —y funcionan— como instituciones transmisoras de sistemas de valores. La idea de libertad, de república, la noción de familia y las actitudes de valentía, coraje y sacrificio son los axiomas destacados en la cinta analizada. A lo largo del trabajo hemos mostrado cómo algunos componentes del género western permiten disponer estos valores en el desarrollo del film. En este proceso, logran una interpretación de los acontecimientos relacionados con el sitio de El Álamo que se imbrican en la narración propuesta por la historiografía oficial, pero a la vez le otorgan un sentido propio.

Recordando las palabras de Durkham y Jones, debemos considerar la relación entre tiempo, geografía y relato en la película. Ellos plantean la existencia de una vaguedad espacio-temporal en el western. Aunque muchos films establecen una historia en una tierra que podría ser cualquier lugar del Oeste, en cualquier momento del siglo XIX, en este caso tenemos un lugar —San Antonio de Bexar— y un tiempo -1836. Si, como planteamos, todas estas narraciones tienen en cierto sentido una vertiente histórica puesto que cuentan el desarrollo de la frontera norteamericana, The Alamo (1960) la posee aún más, pues representa hechos copiosamente divulgados por la historiografía tradicional. Si la incertidumbre témporo-espacial es parte fundamental de un western, ¿cómo entender su inexistencia en nuestra cinta? Preferimos en este caso seguir la investigación de Nanna Verhoeff, quien establece una interesante postura con respecto a la temporalidad. Según esta autora que se basa en los estudios culturales visuales, los westerns no pueden ser considerados fuera del contexto cultural del cual se nutren. Para ella, “el uso del paisaje y de la relación entre el pasado reciente y el presente reciente, muestra una particular negociación entre la proximidad y distancia, ambos en tiempo y espacio”.24 ¿Cuál es entonces la relación entre pasado y presente que se plantea en The Alamo (1960)?

Aunque los conceptos de libertad y República no son ajenos a todo relato histórico norteamericano, debemos recordar el contexto en el que se produce la película: el de la guerra fría. Podemos pensar entonces que la defensa de la República como sistema que garantiza la autonomía es una bandera que se enarbola en contra del autoritarismo y la tiranía que, para los estadounidenses de 1960 representa la Unión Soviética. No podemos olvidarnos que todo film es producto de su época y que el cine cambia a la par de la sociedad. Si a partir de la década de 1960 asistimos a la transformación del western, que se caracterizó por obras más críticas y amargas, es porque estas remitían a la crisis de una sociedad que ya no se reconocía como modelo perfecto de nación. Desde este momento, se reforzó el carácter nostálgico de las películas del lejano Oeste —siempre presente— ya que permitían recordar un pasado originario e incorrupto al que era deseable volver.

La crisis social que comenzó en esta década requirió un reforzamiento de valores y el cine, herramienta cultural por excelencia, se puso en función de esta necesidad. De aquí que creamos que los elementos del western tardío que se dispusieron en The Alamo (1960) son útiles a la transmisión de nociones e ideas que era necesario recordar y fortalecer.

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* Docente y doctoranda en Historia, Universidad de Buenos Aires

1 Citado en Luis Laborda Oribes. La construcción histórica en la cinematografía norteamericana; Barcelona, Universidad Autónoma de Barcelona, 2007, págs. 51 y 52. En http://ddd.uab.cat/pub/tesis/2007/tdx-1212107-161445/llo1de1.pdf, consultado en noviembre de 2014.

2 Las películas que se consignan en este artículo se incluyen en itálica, seguidas del año de lanzamiento entre paréntesis.

3 Llamamos historiografía tradicional a la producción de autores nucleados en torno a la Texas State Historical Association, cuyas publicaciones sentaron las bases para la elaboración de un relato de los acontecimientos del Álamo que hasta hoy en día sigue vigente.

4 Walter Lord. El Álamo; Barcelona, Editorial Bruguera SA, 1962, pág. 239.

5 Hebe Clementi. F. J. Turner; Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1992, pág. 11.

6 María Graciela Abarca. “El Destino Manifiesto y la construcción de una nación continental”, en Fabio Nigra y Pablo Pozzi (comps.) Invasiones bárbaras en la historia contemporánea de los Estados Unidos; Buenos Aires, Maipue, 2009, pág. 51.

7 Frederik J. Turner acuña el concepto de Frontera en 1893 y le otorga un lugar esencial en el desarrollo de la historia estadounidense. Sus hipótesis son fundamentos de las corrientes de pensamiento dominantes en los Estados Unidos hasta hoy en día. Ver Hebe Clementi. F. J. Turner; op. cit.

8 James E. Crisp. Sleuthing the Alamo: Davy Crockett’s Last Stand and Other Mysterious of the Texas Revolution; New York, Oxford University Press, 2005.

9 La serie producida por la compañía de Walt Disney consta de cinco capítulos donde se representan distintos aspectos de la vida de Crockett. Está editada en la década de 1950 y forma parte del género western. La promoción que la cadena Disney hace de su persona es tan importante que hasta hoy en día posee un espacio propio dentro del complejo de Disneylandia.

10 Randy Roberts y James S. Olson. A Line in the Sand; New York, The Free Press, 2001, pág. viii.

11 Fragmento de la canción final de la película The Alamo (1960).

12 Obtuvo tres premios en los Laurel Awards y 5 galardones en los Western Heritage Awards.

13 Geroges Astre y Albert Hoarau. El universo del western; Madrid, Fundamentos, 1997, pág. 53.

14 White Anglo Saxon Protestant. Las siglas hacen referencia al hombre blanco, anglosajón y protestante.

15 Leslie A. Fiedler. El americano en vía de extinción; Caracas, Monte Ávila Editores, 1970, págs. 29 y 30.

16 Luis Laborda Oribes. La historia…, op. cit., pág. 107.

17 Philip Durham y Everett L. Jones. The Western Story: Fact, Fiction and Myth; Los Ángeles, Harcourt Brace Jovanovich, Inc, 1975, págs. 2 a 4.

18 Geroges Astre y Albert Hoarau. El universo…, op. cit., pág. 12.

19 Leslie Fiedler, El americano…, op. cit., pág. 30.

20 Tom Engelhardt. El fin de la cultura de la victoria. Estados Unidos, la guerra fría y el desencanto de una generación; Barcelona, Paidós, 1997, pág. 46.

21 Geroges Astre y Albert Hoarau. El universo…, op. cit., pág. 100.

22 Ídem, pág. 21.

23 Citado en Geroges Astre y Albert Hoarau. El universo…, op. cit., pág. 101.

24 Nanna Verhoeff. The West in Early Cinema. After de Beginning; Amsterdam, Amsterdam University Press, 2006, pág. 19.

No-retratos de América Latina: el Estudio Disney y la Oficina de Asuntos Interamericanos (1941-1946)

Emmanuel A. Pardo *

Toda esta miseria porque simplemente no sabían.¿Cómo podía saber Johnny que debía usar una letrina?Su familia no tenía una letrina. No era su costumbre.

Walt Disney Productions,

“Cleanliness Brings Health” (1945)

Durante los casi cuatro años que duró la participación de Estados Unidos en la segunda guerra mundial, el estudio de los hermanos Walt y Roy Disney fue protagonista de un viraje que puso la propaganda de guerra de dicho país en contacto con objetivos de profunda proyección política y cultural en el hemisferio. Aunque numerosos estudios y distribuidoras de filmes fueron parte de este proceso, el grado de compromiso alcanzado por Disney fue excepcional. Bajo la influencia y el auspicio de la Office of Inter-American Affairs (OIAA) —y también, a partir del bombardeo de Pearl Harbor, bajo intervención directa de las Fuerzas Armadas—, el Estudio Disney terminaría volcando la gran mayoría de su capacidad productiva a proyectos al servicio del esfuerzo de guerra o iniciativas culturales del gobierno de EE.UU. en la región.

En esos años, gran parte de la industria cinematográfica trató exclusivamente con la Office of War Information (OWI), organismo dependiente del Departamento de Estado que tenía entre sus funciones supervisar la producción y la distribución de productos cinematográficos en todo el mundo, excepto en América Latina. Esta región había quedado bajo responsabilidad de la OIAA. Dirigida por Nelson A. Rockefeller, sus funciones incluían “brindar asistencia en la preparación y la coordinación de políticas para estabilizar las economía de América Latina, asegurar y profundizar la influencia de Estados Unidos en la región y combatir la penetración del Eje en el hemisferio, especialmente en las esferas comercial y cultural”.1 Asimismo, sus actividades podían ser agrupadas bajo las siguientes categorías: “guerra económica, cooperación económica, transporte, salud y sanidad, provisión de comida, información y propaganda, y actividades culturales y educativas”.2Bajo el influjo de la OIAA, el Estudio Disney buscó interpelar a las audiencias latinoamericanas en pos de metas gubernamentales orientadas hacia la construcción de solidaridades y vínculos culturales que sobrevivieran a la coyuntura de la guerra.3 Estas dos intenciones dejaron una clara marca en la conformación de la totalidad de los filmes de temática latinoamericana realizados por Disney en el período. En un acercamiento al estudio de tales esfuerzos y sus posibilidades a la hora afectar procesos históricos al sur del río Bravo, este trabajo se centrará en el análisis de esas obras fílmicas en función de su representación de rasgos culturales, sociales y económicos de América Latina.

El núcleo del corpus documental de este trabajo está compuesto por dos largometrajes y cinco de los cortos educativos con temática latinoamericana que Disney produjo en esos años. Aunque me centraré en aspectos relativos a la conformación narrativa de las obras, también tendré en cuenta la trayectoria previa del estudio y las circunstancias materiales e institucionales que hicieron a su contexto de producción. De este modo, este trabajo busca contribuir a la construcción de bases para una exploración más diversa y profunda de las relaciones entre el Estado estadounidense y la industria cinematográfica de la primera mitad de la década del cuarenta, aportando también datos relevantes para la consideración del eventual encuentro entre los productos culturales de esa relación y las percepciones e inquietudes del propio público latinoamericano en el mismo período.

Herramientas y antecedentes

Este acercamiento al trabajo de Disney y su articulación con la política exterior de Estados Unidos se sirve de propuestas metodológicas de diverso origen. En primer lugar, ha sido necesario establecer un marco para la consideración de productos narrativos concretos en cuanto variables históricas en procesos de cambio cultural.4 Hay abundantes puntos de referencia para encarar este problema. Roger Chartier, por ejemplo, nos habla del regreso de la historia cultural sobre lo social para fijar su atención sobre las estrategias simbólicas que determinan posiciones y relaciones sociales y que construyen, para cada clase, grupo o medio un ser-percibido que contribuye a constituir su identidad.5 Por su parte, Paul Ricœur atribuye a las narraciones un papel clave en el eslabonamiento entre las estructuras de interpretación que condicionan históricamente el mismo acto de narrar y el redimensionamiento que, a partir de su lectura, se produce en las posibilidades humanas de interpretación del mundo. Desde su punto de vista, al ser leídas, escuchadas o visionadas, las narraciones alimentarían el acervo de imágenes y símbolos mediante el cual el ser humano entiende el mundo.6

Dado que uno de los objetivos de este trabajo es contribuir al estudio de las formas en que la circulación de tales productos culturales puede afectar el desarrollo de procesos históricos, parto también de la conceptualización de un tipo de fenómeno en relación al cual la lectura de los relatos seleccionados muestra una tensión marcada: el problema de la desigualdad, entendido como denominador común de la realidad socio-económica de Latinoamérica y de las condiciones de su relación con Estados Unidos en cuanto polo de creciente influencia económica y política en la región.

Por separado y en los términos de sus respectivas teorías sociológicas, Pierre Bourdieu y Charles Tilly han coincido en caracterizar a la desigualdad como un fenómeno esencialmente relacional. De este modo, las distancias que marcan las disparidades sociales en la distribución de recursos, prestigio, oportunidades y prácticas culturales se construyen y se sostienen a partir de modos relacionales a menudo aprendidos por imitación de formas existentes.7 Partiendo de este supuesto, considero que la difusión narrativa de modelos de interacción desigual o de interpretaciones “realistas” de la desigualdad ejerce un efecto — difícil de medir pero, sin dudas, real— sobre las estructuras subjetivas de interpretación que condicionan la capacidad de grupos e individuos para aceptar o rechazar las diferentes alternativas de la organización social. Así, la escatimación de la desigualdad en el nivel de las representaciones contribuiría al desarrollo y la consolidación de relaciones desiguales en el mundo social mediante la negación subjetiva de los rasgos objetivos que posibilitarían su cuestionamiento.

Estas consideraciones no significan, sin embargo, la proposición de una interpretación determinista de la incidencia histórica de intereses, actores, estructuras y producciones culturales estadounidenses en Latinoamérica. En este sentido, cabe considerar el proyecto historiográfico esbozado por Gilbert M. Joseph en su contribución a la obra Close Encounters of Empire. Writing the Cultural History of U.S.-Latin American Relations.8 Incorporando a su análisis lo que Mary Louis-Pratt denomina “zonas de contacto” del Imperio Estadounidense, Joseph propone una crítica de aquellas interpretaciones teleológicas que expliquen la situación de los diversos países y culturas de América Latina en función de absolutos y esquemas unilaterales de influencia externa en la región.9 Por el contrario, Joseph propone entender la influencia de Estados Unidos más allá de los objetivos concretos de su accionar, poniendo el foco más bien en los términos de su interpretación, reapropiación, transformación y contestación selectiva por parte de actores latinoamericanos. De este modo, las zonas de contacto aparecen cargadas por intentos de construcción hegemónica, pero son también “sitios de multivocalidad; de negociación, préstamo e intercambio; y de redespliegue e inversión”.10 Sin ignorar la presencia de estructuras y proyectos de carácter imperial, esta perspectiva permite salvar las múltiples omisiones y construcciones míticas que se derivan de oposiciones difusionistas del tipo civilización-babarie, o de la subordinación última y total de los procesos sociales, políticos y culturales latinoamericanos a situaciones de dependencia económica. Pero hecha esta salvedad, subsiste la pregunta: ¿en qué medida se puede decir que este grupo de obras fílmicas producido por Disney supo encerrar, en su misma conformación narrativa, el potencial para ejercer influencia ideológica sobre las audiencias latinoamericanas de su tiempo?

La interpretación del lenguaje en todas sus formas está siempre sujeta a algún grado de ambigüedad. Así como el uso que hacemos de él varía históricamente, también lo hace nuestra capacidad para leer una cosa u otra en el sistema predeterminado de signos que constituye una narración. Probablemente, cualquiera de los personajes, caracterizaciones, situaciones y tramas que analizaré a continuación hubiera pasado desapercibido de haber sido incluido de manera aislada en el conjunto de obras que Disney produjo bajo pedido de la OIAA. El problema es que no fue así. Todos esos elementos están allí y son centrales en la articulación de las acciones y argumentos presentados de manera explícita por los diferentes relatos. Considerados en conjunto, estos elementos brindan claros puntos de referencia para una lectura en función de lo no dicho. Como la elipsis en el marco de la frase, la repetida presentación bajo formas extra-económicas de situaciones, tipos sociales, acciones y problemas que, en esencia, son económicos sugiere la pregunta por la razón de tan recurrente omisión. ¿Por qué en estas obras se niegan sistemáticamente los aspectos económicamente problemáticos de las situaciones presentadas? ¿Por qué cuando la calidad económica de alguna situación es abiertamente resaltada, tal acción es inmediatamente seguida por una valoración positiva de la modernidad capitalista o de Estados Unidos como su más perfecta encarnación nacional? ¿Qué rol puede haber tenido la consideración de las susceptibilidades de las audiencias latinoamericanas en el proceso de producción de estos filmes?

Lejos de considerar a las narraciones como sistemas cerrados desconectados de la subjetividad históricamente determinada de sus productores, mi análisis tendrá especialmente en cuenta las circunstancias históricas que marcaron la relación entre el Estudio Disney, las instituciones estatales que impulsaron la producción de estas obras, y las audiencias nacionales e internacionales a las que estaban mayormente destinadas. En este sentido, numerosos trabajos han condicionado el desarrollo de esta investigación.11 South of the Border with Disney de J. B. Kaufman presenta numerosos datos acerca del acercamiento entre Disney y el gobierno estadounidense y los entretelones de la producción de los filmes que nos interesan, pero con escasa indagación en las implicancias y potenciales efectos ideológicos de su consumo dentro y fuera de los Estados Unidos. Desde una perspectiva más crítica, se ha publicado una serie de volúmenes acerca de la obra de Disney en general, encontrándose entre ellos artículos temáticamente relacionados con la segunda guerra mundial y el problema de la otredad, ya sea en términos de diferencia cultural o de mera distancia geográfica.12 Si bien esos trabajos exploran intensivamente el contenido y las condiciones de producción de los filmes que me interesan, ninguno se enfoca en las tensiones que sus respectivas estructuras narrativas ponen en juego a partir de las relaciones cruzadas entre discurso, recepción, identidad y posibilidades de acción en coyunturas históricas particulares. Constituye una excepción parcial en ese sentido el artículo “‘Surprise Package’: Looking Southward with Disney”, de Julianne Burton-Carvajal.13 La autora inquiere acerca de las imágenes y actos de apropiación cultural presentes en parte de los filmes aquí abordados. Aún cuando desestima el análisis de filmes educativos que, por motivos que se harán evidentes, aquí decido considerar en profundidad, sus “diez perversas proposiciones” acerca de la postura ideológica del colectivo Disney pueden ser relevantes en el marco de investigaciones enfocadas en la recepción de las obras de Disney entre diferentes públicos y culturas de Latinoamérica.14

También rico en consideraciones críticas es el indispensable Para leer al Pato Donald de Ariel Dorfman y Armand Mattelart.15 Aunque incluye pocas consideraciones acerca de los factores productivos y los actores colectivos e individuales involucrados en la producción de las revistas que utiliza como fuentes, homologándose casi siempre la responsabilidad de los productos bajo una única y constante referencia a “Disney”, este singular libro constituye un profundo análisis socioeconómico y cultural del universo ficcional habitado por los personajes de Disney en diversas revistas publicadas en Chile hacia 1970. A pesar de las distancias temporales y geográficas entre la producción de Disney en 1941-1946 y aquellas publicaciones de las que se sirvieron Dorfman y Mattelart más tarde, las ideas desarrolladas en este artículo tienen mucho en común con las estructuras y los patrones que esos autores reconocieron en el particular y contradictorio mundo de Patolandia. Estas similitudes son indicadores del fuerte grado de cohesión y persistencia en los esquemas que sirven de fundamento a la producción de Disney como empresa, así como de su estrecha relación con principios y supuestos indisociables del núcleo perdurable de la cultura hegemónica estadounidense.

La Oficina de Asuntos Interamericanos y el Estudio Disney durante la guerra

Con la creación de personajes de gran popularidad, y gracias a innovaciones como el uso pionero del sonido y del color en sus Silly Symphonies, y la producción del primer largometraje animado de la historia, Snow White and the Seven Dwarfs (1937), la década de 1930 había sido una época de esplendor creativo para el Estudio Disney. Sin embargo, a comienzos de la siguiente década, la empresa de Walt y Roy enfrentaba serios problemas. A las crónicas dificultades financieras derivadas de la tendencia de Walt a priorizar valor de producción sobre control de presupuestos, se sumó el surgimiento de tensiones y conflictos gremiales que sacudirían al estudio al producirse una huelga de cinco semanas entre mayo y junio de 1941.

Fue en esos tiempos difíciles que John Grierson, por entonces la cabeza del National Film Board of Canada (NFBC), encargó a Disney un filme instructivo y cuatro cortos promocionando la compra de War Savings Certificates (Bonos de guerra). Con fondos limitados, Disney optó por reciclar material —incluso secuencias enteras— de filmes anteriores, pero introduciendo modificaciones a la historia. No sólo el gasto era menor, sino que el mensaje en cuestión era entregado con mayor fuerza por ser presentado a caballo de historias y personajes que en sí ya eran muy populares. Esta temprana experiencia sentaría las bases y la lógica del trabajo que vendría cuando, a fines de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, las instalaciones del estudio en Burbank, California, fueran prácticamente tomadas por representantes de la Fuerzas Armadas estadounidenses y Disney encarara múltiples compromisos de producción bajo su supervisión.

Pero en el breve tiempo transcurrido entre el acercamiento al gobierno de Canadá y la llegada de la ocupación militar, los hermanos Disney establecieron una relación que habría de resultar en la apertura de nuevas e inesperadas vertientes para su trabajo cinematográfico. El miércoles 30 de octubre de 1940, Roy Disney tuvo un almuerzo con John Hay “Jock” Whitney y Francis Alstock, colaboradores de Nelson A. Rockefeller en la OIAA. En esa primera reunión se le preguntó a Roy Disney si su estudio podía introducir temáticas latinoamericanas en algunas de sus producciones. Walt Disney fue más allá y tras negociaciones conducidas durante la primavera de 1941, un acuerdo tentativo fue alcanzado: el estudio iba a recibir financiación para producir una serie de doce cortos con esas características en un período de dos años.

En los primeros meses de 1941, los guionistas de Disney comenzaron a investigar sobre Latinoamérica. Pronto comenzó a planearse que Walt y algunos de sus artistas complementaran su investigación con un viaje en persona para registrar impresiones sobre la región. Hubo acuerdo en que Walt debía tomar todas las precauciones posibles para evitar torpezas como las cometidas por otras figuras públicas estadounidenses que ya habían participado en giras de “buena voluntad” como parte del viraje a una política de “buena vecindad” en la década anterior. Para empezar debía evitarse la identificación pública con la OIAA o con cualquier otra agencia del gobierno. En su lugar, Walt sólo se presentaría a sí mismo como un artista reuniendo material de investigación para sus filmes. Finalmente, los viajes concretados fueron tres y la información reunida se utilizó en las diversas producciones a las que haré referencia a continuación.16

(Im)postales del sur

Los largometrajes Saludos amigos (1942) y Three Caballeros (1944) constituyen una parte central de la producción de Disney en esos años. Conformados por secuencias filmadas en diferentes locaciones y cortos animados de temática latinoamericana que el Estudio Disney realizó a partir de sus visitas a Sudamérica, estas dos colecciones presentan un notable grado de unidad y coherencia en lo que se refiere a la caracterización de sus pretendidos referentes culturales. En ambos casos, los diferentes personajes latinoamericanos son presentados como personas de buena voluntad, respetuosas, francas y abiertas, por lo demás siempre dispuestas a compartir la exótica singularidad de su mundo con extranjeros pertenecientes a otras culturas. Asimismo, los visitantes estadounidenses parecen tener características similares, mostrando buena predisposición para relacionarse con los locales y formar parte de amistosos intercambios culturales. Pero lo que en un nivel puede ser percibido como una situación de igualdad, en otro se manifiesta como una relación profundamente jerárquica entre un horizonte cultural estadounidense definido en términos de progreso material y cultural, y una representación de lo latinoamericano dominada por imágenes de premodernidad y atraso ahistórico. En este panorama, aunque felices y llenos de buenas cualidades, los pobladores de las tierras visitadas por Disney siguen viviendo entre danzas folclóricas, costumbres ancestrales, hábitos de cuestionable moral y condiciones materiales precarias.

Ya en los créditos iniciales de Saludos amigos se puede ver cuál será la tónica de la producción. La imagen de fondo es América, pero el plano no abarca completamente más que el centro y el sur del continente, mientras que el norte sólo es parcialmente visible. Cada secuencia de este filme parece afirmar que se está hablando de Latinoamérica, pero como veremos, la obra está repleta de situaciones que llevan implícita una valoración negativa de lo local en relación a lo foráneo.17 Tomemos, por ejemplo, el corto que abre la película. Desde que el Pato Donald llega a Perú como turista hasta el momento en que huye despavorido corriendo a través del Titicaca, el visitante es participante o espectador de situaciones por demás sugerentes. Vemos al Pato destruyendo por accidente una balsa nativa que “parece ser resistente a prácticamente todo, excepto al turista inquisitivo”. Escuchamos al narrador diciendo que “encontramos a la gente aquí dividida en dos clases, los que van a favor del viento y los que van en contra”. También somos testigos del particular intercambio comercial que Donald concreta con un niño local. Y, finalmente, seguimos a Donald mientras lidia con una llama particularmente resistente a su intención de montarla. Más allá de la aparente dificultad de Donald para funcionar en un entorno que le es extraño, revisadas en clave económica y cultural, estas situaciones dan lugar a interpretaciones inquietantes.

En primer lugar, la destrucción de la balsa constituiría una referencia a la frágil y poco práctica naturaleza de la cultura material latinoamericana frente los estándares del mundo industrial. Esta imagen se vería reforzada en otras secuencias del largometraje. Entre ellas se destaca la negación de la existencia de una industria moderna local mediante el énfasis puesto por el narrador en la naturaleza artesanal de varios objetos, el desplome de un puente colgante local cuando Donald y la llama intentan cruzarlo, y la exagerada descripción del complejo sistema de ensillado del gaucho pampeano en el corto protagonizado por Goofy en otro segmento del filme. Diversas apreciaciones de las ventajas del mundo industrial estadounidense presentes en otros cortos del período refuerzan una interpretación en este sentido.

El chiste acerca de la ausencia de clases en Perú pierde su gracia cuando pensamos que la mayor parte de los peruanos de entonces —por no decir también los de ahora: Saludos amigos todavía se sigue viendo en América Latina— vivían en una sociedad profundamente polarizada donde la explotación a manos de las elites locales o intereses de origen extranjero han sido una constante desde los tiempos de la colonia. El intercambio de vestimentas y objetos entre Donald y un niño local que encuentra en la calle también reviste características particulares. El narrador festeja el encuentro diciendo que “no hay duda de que el crudo lenguaje de señas es rápidamente interpretado por este despierto joven”, pero llama la atención que sea el niño el primero en entregar una de sus pertenencias cuando el visitante extranjero no ha dado la menor muestra de que va a dar algo a cambio. Que el resultado final del intercambio sea igualitario no anula el hecho de que, de todas las cosas que se podrían mostrar en un corto con esta temática, lo que finalmente ve el público es la naturalización de la actividad comercial. Escenas como esta y el hecho de que uno de los principales puntos de la agenda de la OIAA fuera fomentar las relaciones comerciales con Latinoamérica hacen sencillo inferir que nada es ideológicamente gratuito en la producción de estas ficciones.18

Finalmente, encontramos la relación que Donald establece con la llama, “ese altivo aristócrata de los Andes”, de acuerdo a la descripción que realiza la voz del narrador. En contraste con la actitud dócil y acrítica de todos los demás personajes latinoamericanos presentes en las producciones trabajadas, y al igual que el caballo que Goofy monta en uno de los otros cortos de la película, la llama se rebela frente a la avanzada del visitante. En ambos casos, sin embargo, la resistencia es vencida por el jinete extranjero de turno. De este modo, aún cuando la deliberada evasión de situaciones de conflicto entre los visitantes de Disney y los personajes locales humanos o animales humanizados es imprescindible para la finalidad diplomática de estas producciones, otros personajes completamente animales como la llama o el caballo permiten hacer explicita la sumisión de lo local.19

En el corto ambientado en Chile, encontramos algo diferente. Aquí es donde al margen de aspectos tecnológicos y étnicos se produce una igualación simbólica entre el núcleo moral y cultural del país sudamericano y el atribuido a Estados Unidos. La historia, que podría haber sido la de una familia ideal estadounidense que deja ir a su único hijo a la guerra, es así: el papá avión, la mamá avión y el niño avión, Pedrito, componen una familia de aviones que vive en un aeropuerto en Chile. Pedrito recibe su primera misión de transporte de correo aéreo y para cumplirla debe cruzar la cordillera de los Andes, buscar su carga y regresar. El viaje sería sencillo de no ser porque en el medio del recorrido está el monte Aconcagua. Su presencia aterrorizante y las malas condiciones climáticas parecen derribar a Pedrito. Ante la demora, los padres lo lloran creyéndolo muerto, pero sin cuestionar la misión que lo arrebató. Finalmente, sobreviene el final feliz con misión cumplida y todo: el pequeño avión sobrevive y regresa a casa. Sobre el desenlace se enfatiza la moraleja de la historia. Aunque, la bolsa de correo sólo traía una postal con saludos, Pedrito, el joven avión que apenas vuela, ya prioriza el deber sobre la vida y no está en él ni en sus padres cuestionar las responsabilidades que su pertenencia a un esquema mayor de cosas le asigna.

La voluntad de mostrar puntos de identidad con Latinoamérica continúa de manera más creíble con la deliberada exhibición de imágenes reales de la ciudad de Buenos Aires y la observación de que por entonces se trataba de una de las ciudades más grandes de Latinoamérica. Pero este recordatorio de que cierta modernidad urbana —libre por supuesto de todas sus contradicciones y problemas— también ha alcanzado estas latitudes, no parece ser más que un pobre esfuerzo para evitar que el exótico despliegue de atraso colonial/decimonónico que constituye el resto de la película indigne al público porteño de la época.20

Lo mismo puede decirse de la torpe mención que el narrador hace del “moderno tango” mientras que las imágenes muestran “gauchos reales” en la actualidad. Al margen de la confusa superposición de una danza de carácter urbano sobre un estereotipo cultural netamente rural, esta secuencia evidencia la evasión de consideraciones sociales o económicas profundas acerca de América Latina mediante la colocación de énfasis en rasgos culturales exóticos e idealizados. Por ejemplo, dados sus orígenes marginales, una descripción somera del tango hubiera sido en sí difícil de articular. Ni que decir de intentar compararlo con algún estilo musical de Estados Unidos, ya que para hacerlo hubiera sido preciso poner en consideración contrapartes modernas como el blues o el jazz. El paralelismo entre las pre-modernas danzas folclóricas argentinas y las viejas square dances de Estados Unidos era, por otro lado, mucho más fácil de hacer.

Otro tanto ocurre con la comparación entre el cowboy texano y el gaucho pampeano. Este último intento de marcar similitudes y puentes de identidad lleva a una aún mayor exaltación del exotismo. Mientras que se nos muestra cómo el cowboy texano es extraído de un paisaje industrial del cual ya no es parte, quedando claro que en términos demográficos y económicos el cowboy se trata más de un mito fundacional que de una figura representativa del presente de los Estados Unidos, no hay nada en el relato que indique cuán representativo de la cultura argentina actual es el gaucho. Esta omisión refuerza la tendencia que ya hemos señalado y termina de relegar a Latinoamérica a ese estadio de premodernidad ahistórica que, de acuerdo a Dorfman y Mattelart, las obras de Disney reservan para aquellos que viven más allá de las fronteras de Patolandia.

En Acuarela de Brasil esta tendencia reduccionista se vuelve aún más pronunciada cuando Donald conoce a un nuevo personaje local. Se trata de José Carioca, un loro verde que saluda a Donald con gran efusividad. Donald exhibe un total desconocimiento de José y del idioma portugués al leer su tarjeta, pero el loro lo reconoce y lo recibe como amigo: “¡O Pato Donald!, ¡O Pato Donald!” A continuación, Donald, quién no parece estar acostumbrado al alcohol, bebe cachaza y se embriaga. Fumando, José le dice “¡Ahora tienes el espíritu de la samba!” Un pincel se moja en la bebida y pinta la fiesta a la cual se trasladan juntos a continuación. La relación es desigual de principio a fin. Primero, Donald no conoce a José ni su cultura, mientras que José conoce y admira a Donald. Segundo, José y Brasil aparecen asociados al ocio, la vida nocturna, la danza y el consumo de alcohol y tabaco, mientras que Donald no parece estar acostumbrado a ninguna de estas prácticas.

Three Caballeros, el otro largometraje derivado de los viajes de Disney, repite la misma fórmula. Aparte del agregado de otra ave estereotípica, el gallo mexicano Panchito, y de la aparición de actores reales que interactúan con los personajes en escenas de baile y seducción unilateral que llevan a Donald al delirio una y otra vez, la idea es exactamente la misma y el resultado potencial sobre el público es similar: la profundización del estereotipo ocioso y sensualizado de lo latinoamericano frente a un supuesto ideal cultural estadounidense basado en la productividad y el consumo de mercado, y la propagación de elementos para la simplificación social y económica de la imagen que de sí misma tiene la audiencia latinoamericana. En este sentido, se destaca especialmente que la articulación de la trama esté dada por la apertura de regalos enviados a Donald por sus amigos latinoamericanos. Mediante este sencillo mecanismo, el consumismo del centro del sistema económico internacional es impuesto como práctica natural y feliz a los habitantes de la periferia.21

La serie de cortos de educación para la salud constituye la otra gran línea en la producción con temática latinoamericana que Disney emprendió bajo los auspicios de la OIAA. Por razones de espacio, mi análisis se limitará a los cinco filmes incluidos por la Walt Disney Company en una antología de reciente publicación.22 Si bien estas obras son coherentes con las metas de mejoramiento sanitario en la agenda latinoamericana de Estados Unidos, encontramos en ellas recurrencias que cobran sentido en relación a otras prioridades.

La primera es el constante uso de metáforas de índole militar en referencia a la necesidad de actuar para erradicar amenazas sanitarias. La repetida presentación de intrusiones, enemigos, criminales y figuras invasoras que sólo han de ser repelidas con violencia literal o figurativamente militar puede ser entendida como parte de los esfuerzos de Estados Unidos para legitimar la postura y los medios que por entonces utilizaba frente a sus enemigos. En Defense Against Invasion (1943) vemos a un grupo multirracial de niños que acude al médico para vacunarse. En una clara alegoría de la superación de las diferencias frente a lo que se presenta como una amenaza común, un niño negro y un niño rubio más pequeño comparten el protagonismo y el entusiasmo por aprender a “pelear” contra la invasión de organismos externos al cuerpo. La segunda recurrencia es la repetición de la tesis de que las dificultades socio-económicas latinoamericanas tienen como causa principal problemas sanitarios con raíces en las costumbres antihigiénicas de la población. En todos los casos, el narrador propone la eliminación de las costumbres locales que favorecen la difusión de enfermedades y la implantación de nuevos hábitos sanitarios.

En The Winged Scourge (1943) se presenta al anopheles, el mosquito transmisor de la malaria como el “enemigo público número uno”.23 El narrador nos da la bienvenida diciendo que este animal es “buscado por propagación deliberada de enfermedades y robo de horas laborales, por traer mala salud y miseria a quién sabe cuántos millones de personas en muchas partes del mundo”. En el entramado de esta metáfora criminal, el papel de la víctima es otorgado a un hombre próspero, alguien que de acuerdo al relato, no tendría por qué perder su prosperidad de permanecer sano. Veamos cómo se presenta la situación y cuál es la conclusión a la que el narrador llega:

Disfrutando la paz y la abundancia del hogar que ha trabajado tan duro para conseguir, este hombre es saludable y feliz. Él no sospecha que va a ser víctima de este vampiro sediento de sangre […] Muy probablemente, este hombre no morirá, pero tampoco estará verdaderamente vivo porque sufrirá constantemente de mala salud y no será capaz de mantener su granja. […] Multipliquemos esto por millones de casos y tendremos millones de dólares perdidos, todo por un pequeño criminal que se ha vuelto un monstruo.

Por el modo en que está articulado, este fragmento parece más adecuado a las realidades de granjeros en una próspera e idealizada economía agraria que a las mucho más precarias circunstancias del trabajo rural latinoamericano. Lejos de considerar aspectos tan relevantes como las desigualdades en la distribución de la tierra, la falta de oportunidades, el desempleo y la alta precariedad social inherentes a economías que sufren por modelos agroexportadores con altos grados de concentración de la riqueza, la narración se limita a hablar de la enorme cantidad de dólares que se pierde por culpa de los hábitos alimenticios de una especie animal. En este esquema, lo económico resulta de lo biológico y no hay lugar para otras consideraciones.

Cleanliness Brings Health (1945) sigue una línea similar. En este caso, los protagonistas son dos familias de humildes campesinos latinoamericanos. Fuera de su caracterización estereotípica y de que ambos grupos subsisten a partir de las mismas actividades económicas, la narración establece una fuerte comparación entre ellos a partir de sus hábitos en relación al problema de la higiene. La oposición es presentada en absolutos, de modo que tenemos una familia que es limpia, tiene buena salud y es feliz, mientras que la otra es descuidada, está enferma y es infeliz. De este aparentemente más simple y constructivo esquema se desprende una oposición paternalista que se complementa con la negación de factores económicos observada en el corto anterior. Los hábitos antihigiénicos (cocinar en el piso, no lavarse las manos, permitir el ingreso de animales en la casa, defecar en el maizal) que son señalados como causas de la enfermedad sufrida por la familia descuidada son atribuidos a la costumbre local, la cual es, tácitamente, opuesta a las más saludables costumbres que el relato extranjero propone.

El énfasis en la eliminación de enfermedades como forma de mejorar las condiciones de vida de un país no oculta la negación subterránea de los cruciales factores económicos detrás de la pobreza y los problemas sanitarios en Latinoamérica. Nuevamente, de todos los caminos posibles para alentar cambios positivos en la calidad de vida de las poblaciones latinoamericanas, la que finalmente se elige es funcional tanto a la imposición de Estados Unidos como modelo a seguir en lo cultural y en lo económico, como al ocultamiento de las conflictivas relaciones sociales y políticas que por entonces constituían la base de las economías latinoamericanas.24

La negación de tensiones y desigualdades sociales en conjunción con la exhortación a conductas funcionales a un aumento de la influencia estadounidense en la región también son observables bajo una temática diferente en otro corto auspiciado por la OIAA. Se trata de The Grain That Built a Hemisphere (1943), un corto documental que pretende ser una exaltación de la producción del maíz como símbolo de unión del continente americano. La voz del narrador nos recibe con un prometedor aserto: “El maíz es el símbolo de un espíritu que une a las Américas en un lazo común de unión y solidaridad”.

Tras una referencia a cómo varias culturas de América precolombina iniciaron y desarrollaron las formas originales de cultivo de maíz, el narrador utiliza la mayor parte del tiempo restante para hablarnos de diversas construcciones mitológicas que se habrían acumulado en torno a la producción del alimento. Rituales, deificación y sacrificios humanos toman el control de la exposición, mientras los aspectos técnicos de un proceso de perfeccionamiento agrícola que llevó siglos son prácticamente eliminados del relato. No conforme con esta distorsión de los orígenes culturales y técnicos del maíz, el mote de irracionalidad es extendido al presente cuando el narrador dice que, aún hoy, muchos granjeros repiten los viejos rituales al plantar cuatro semillas por pocito: “una para el mirlo, una para el cuervo, una para el gusano y otra para crecer”. Completado con esta frase el enterramiento del pasado y el presente latinoamericanos en las profundidades del primitivismo mágico, comienza lo mejor: el ensalzamiento de los usos industriales del maíz en la actualidad.25 El horizonte histórico del mundo es puesto en las prácticas y las formas productivas de un “nosotros” que, desde los indicios que brinda la narración, no incluye a Latinoamérica: “[…] nuevos vitales usos para el maíz, […] plástico más fuerte que el acero para autos, para tanques, hombres de guerra, naves de paz, máquinas agrícolas, trenes de línea y edificios del futuro, de plástico. ¡Monumentos al maíz!” Así, el reconocimiento final hacia el cazador precolombino que se percató de que el maíz era comestible sólo sirve para poner a sus descendientes actuales detrás de las formas y los ideales de la economía que tantas maravillas hace hoy con su descubrimiento.

Conclusiones

En términos generales, el análisis de las obras seleccionadas me ha permitido señalar la repetición del contraste entre imágenes simplificadoras y fragmentarias de lo latinoamericano y la idealización de Estados Unidos como máximo exponente de las posibilidades de un desarrollo económico capitalista sin contradicciones.

Con respecto a la construcción de imágenes de lo latinoamericano, he intentado poner en evidencia la presencia de las siguientes operaciones en las obras trabajadas:

a) La reducción cultural de las sociedades latinoamericanas al exotismo y la inferioridad técnica y moral con respecto a un ideal encarnado por Estados Unidos. Significativos en este sentido son la caracterización de José Carioca y Panchito, la reiteración de que es preciso reemplazar “malos hábitos” de la costumbre local, y la exageración de la representatividad de rasgos culturales tradicionales para su posterior contrastación con la “superioridad moderna” extranjera.

b) La dilución representacional de las desigualdades y tensiones sociales y económicas que atraviesan a Latinoamérica. Esto se realiza mediante el énfasis en la enfermedad como origen de penurias económicas, el protagonismo otorgado a formas no representativas de trabajo y propiedad de la tierra, la negación en clave humorística de la existencia de clases en Perú, la presentación disimulada de la explotación y el conflicto internacional a través de las figuras de la llama y el caballo, y el otorgamiento de protagonismo narrativo a un niño negro en una época en la que Estados Unidos estaba marcado por formas de exclusión y marginación racial con pocos atenuantes.

c) La atribución a la población latinoamericana de rasgos culturales, actitudes y valores directamente funcionales a la agenda del gobierno estadounidense en la región. Entre ellos, la abnegación de Pedrito frente al deber de cumplir con una “misión”, el afán comercial del niño peruano, el envío de obsequios para Donald desde Latinoamérica, la exhortación a la unidad más allá de las diferencias, y la defensa del uso organizado de la violencia frente a enemigos comunes.

Todos estos mecanismos tienen en común la colocación de imágenes de lo latinoamericano en posiciones de inferioridad relativa con respecto a rasgos pertenecientes a la caracterización que los mismos narradores de Disney construyen para su propio país. Si, como decíamos al principio, la lectura de relatos puede modificar las estructuras subjetivas de las cuales nos servimos para interpretar el mundo, y si nuestra interpretación del mundo tiene injerencia en las formas de nuestro comportamiento social, entonces estaríamos en condiciones de formular preguntas acerca de la escala, la profundidad y las características de los efectos históricos puntuales que este conjunto particular de relatos cinematográficos fue capaz de producir a partir de su circulación. Mientras tanto, es dable sostener que estas narraciones ofrecían un pobre reflejo de las posibilidades críticas de las audiencias latinoamericanas con respecto a las relaciones sociales y económicas que daban cuerpo a sus propias sociedades. Asimismo, mediante el ocultamiento de las contradicciones y problemas de la inserción de los países agroexportadores en el sistema económico internacional, junto con la presentación de Estados Unidos como un modelo exitoso de su funcionamiento, sus productores y auspiciantes esperaron generar un clima ideológico más propicio para el incremento de la influencia del país del norte en la región.

Hoy, setenta años después, tanto Estados Unidos como los países de América Latina se ven en la necesidad de articular estrategias responsables frente a desafíos sociales, económicos y culturales que trascienden sus fronteras y que ya dejan de ser vistos como marcas del mal llamado subdesarrollo. La replicación epidémica de relaciones de desigualdad y su institucionalización en situaciones de marginación de una gravedad sin precedentes, junto con la dificultad para construir culturas políticas basadas en solidaridades perdurables y estructuras y prácticas más representativas, son algunas de las tantas problemáticas que podrían ser trabajadas en conjunto a partir de la apertura de canales de comunicación basados en la comprensión y el respeto mutuos. Construidos bajo esta premisa, los mensajes que circularan entre los diferentes países del continente tendrían la posibilidad de ser mucho más fértiles y transparentes que lo que Disney, en su momento y bajo sus circunstancias, fue capaz de construir. Que la historia de los últimos doscientos años nos compela a ser cautos en ese sentido, no significa que debamos abandonar toda esperanza.

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Mary Louise Pratt. Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation; New York, Routledge, 1992.

Mario Rapoport y Claudio Spiguel. Relaciones tumultuosas. Estados Unidos y el primer peronismo; Buenos Aires, Emecé, 2009.

Paul Gootenberg y Luis Reygadas. Indelible Inequalities in Latin America. Insights from History, Politics and Culture; Durham, Duke University Press, 2010.

Paul Ricœur. Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica I. Pablo Edgardo Corona (trad.); Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006.

Pierre Bourdieu. Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Thomas Kauf (trad.); Barcelona, Anagrama, 1997.

Roger Chartier. El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación; Barcelona, Gedisa, 1992.

Steven Mintz y Randy Roberts (eds.). Hollywood’s America. United States History through its Films; New York, Brandywine Press, 1993.

Steven Watts. The Magic Kingdom: Walt Disney and the American Way of Life; Missouri, University of Missouri Press, 1997.

* Doctorando, Departamento de Historia, Stony Brook University.

1 Gisela Cramer y Úrsula Prutsch. “Nelson A. Rockefeller’s Office of Inter-American Affairs”, en Hispanic American Historical Review, v.86 fasc. 4, 2007, pág. 786. Todas las traducciones son mías.

2 Ídem, pág. 791.

3Por más detalles acerca del trabajo de la OWI y la OIAA, véanse Gisela Cramer y Úrsula Prutsch. Ídem, y Steven Mintz y Randy Roberts (eds.). Hollywood’s America. United States History through its Films; New York, Brandywine Press, 1993.

4 Opto por no abordar aquí el problema de la especifidad, posibilidades y limitaciones de las obras cinematográficas como artefactos narrativos construidos utilizando un lenguaje diferente al escrito. De este modo, analizo los filmes en cuanto narraciones genéricas, centrándome en su despliegue de imágenes, textos y sonidos en la articulación de tramas, y entendiendo a la trama como denominador común de toda actividad narrativa, sea esta fílmica o no.

5 Roger Chartier. El mundo como representación. Historia cultural: entre práctica y representación; Barcelona, Gedisa, 1992.

6 Véase Paul Ricoeur. Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica I. Pablo Edgardo Corona (trad.); Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006.

7 Véanse Pierre Bordieu. Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Thomas Kauf (trad.); Barcelona, Anagrama, 1997, y Charles Tilly. Durable Inequality; California, University of California Press, 1999.

8 Gilbert M. Joseph. “Close encounters. Toward a new cultural history of U.S.–Latin American relations”, en Gilbert M. Joseph, Catherine C. LeGrand, y Ricardo Salvatore (Eds.). Close Encounters of Empire. Writing the Cultural History of U.S.-Latin American Relations; Durham & London, Duke University Press, 1998.

9 Gilbert M. Joseph. “Close encounters…”, op. cit., pág. 5. El trabajo de Pratt que Joseph refiere es Mary Louise Pratt. Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation; New York, Routledge, 1992.

10 Gilbert M. Joseph. “Close encounters…”, op. cit., pág. 5.

11 Con respecto a la consideración del problema de la desigualdad en Latinoamérica —problema que no abordo aquí más que en calidad de contenido temático del discurso de Disney— véase Paul Gootenberg y Luis Reygadas (eds). Indelible Inequalities in Latin America. Insights from History, Politics and Culture; United States of America, Duke University Press, 2010. Partiendo de las propuestas de Charles Tilly, esta obra se orienta a la derivación de nuevas posibilidades metodológicas a través de la exploración histórica del problema de la desigualdad en las Américas.

12 Véanse Eric Smoodin (ed.). Disney Discourse. Producing the Magic Kingdom; New York, Routledge, 2011; A Bowdoin van Ripper (ed.). Learning from Mickey, Donald and Walt: Essays on Disney’s Edutainment Films; Jefferson, Mcfarland & Company, 2011; y Steven Watts. The Magic Kingdom: Walt Disney and the American Way of Life; Missouri, University of Missouri Press, 1997.

13 Julianne Burton-Carvajal. “‘Surprise Package’: Looking southward with Disney”, en Eric Smoodin (ed.) Disney Discourse. Producing the Magic Kingdom; New York, Routledge, 1994.

14 Por una aproximación a la recepción de este corpus fílmico en Chile, véase Fernando Purcell. “Cine, propaganda y el mundo de Disney en Chile durante la segunda guerra mundial”, en Historia 43.2, 2010, págs. 487-522. En http://www.academia.edu/7772272/CINE_PROPAGANDA_Y_EL_MUNDO_DE_DISNEY_EN_CHILE_DURANTE_LA_SEGUNDA_GUERRA_MUNDIAL . Consultado en 12 enero de 2015.

15 Ariel Dorfman y Armando Mattelart. Para leer al pato Donald; Buenos Aires, Siglo XXI, 2002.

16 Tal como se adelantó más arriba, la realización de productos orientados al mercado de América Latina no fue el único proyecto en común entre Disney e instituciones estatales durante la guerra. Para 1943, casi la totalidad de lo producido por el estudio estaba destinado a cumplir con contratos firmados con el gobierno o las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. El mercado para tal despliegue productivo se nutría principalmente de la audiencia doméstica estadounidense, el mismo público de habla hispana, las audiencias de diversos países aliados o neutrales en el resto del mundo e incluso, en el caso de numerosos cortos de tipo técnico e instructivo que Disney produjo durante la guerra, de personal al servicio de las FF.AA estadounidenses.

17 Este tipo de operaciones no sólo constituye una forma intervención en las culturas representadas, sino que también contribuye a delinear y reforzar imágenes complacientes y fragmentarias de las formaciones culturales asociadas con el que realiza el mismo acto de representación. En este sentido, véase Edward W. Said. Orientalism; New York, Vintage Books, 1979.

18 Gisela Cramer y Úrsula Prutsch. “Nelson A. Rockefeller’s Office of Inter-American Affairs”, op. cit., págs. 786 y 791.

19 Notemos, sin embargo, que tanto más tarde a principios de 1970, Dorfman y Mattelart notaron patrones similares en las historietas chilenas de Disney. Incluso cuando podía llegar a presentarse algún villano originario de las naciones “salvajes” visitadas por los personajes protagonistas, la división entre buenos y malos no iba a estar marcada por lo nacional, sino por la adhesión a ciertos valores y conductas frente al statu quo del mundo ficcional de Disney.

20 Varios factores confluyen para permitir suponer que, en general, las audiencias de los grandes centros urbanos de Argentina pudo haber sido especialmente sensible a alegorías de su supuesto atraso o progreso por parte de artistas estadounidense. Las relaciones entre Argentina y Estados Unidos habían sido tensas durante mucho tiempo y por varias razones antes de que, precisamente en el período aquí considerado, múltiples actores nacionales e internacionales comenzaran a tachar a sucesivos gobiernos argentinos de pro-nazis. Por detalles acerca de las bases materiales y políticas de la tensión entre Argentina y Estados Unidos, véanse Mario Rapoport y Claudio Spiguel. Relaciones tumultuosas. Estados Unidos y el primer peronismo; Buenos Aires, Emecé, 2009; y Leandro Morgenfeld. Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas (1880-1955); Buenos Aires, Ediciones Continente, 2011.

21 Por un análisis más profundo en esta línea, véase Julianne Burton-Carvajal. “«Surprise Package»…, op. cit.

22 The Winged Scourge (1943), Defense Against Invasion (1943), Cleanliness Brings Health (1945), What Is Disease? (1945), Planning For Good Eating (1946). Todos los cortos mencionados a lo largo de este trabajo forman parte de la colección Bill Justice (Director). Walt Disney Treasures - On the Front Lines; Estados Unidos, Walt Disney Productions, 2004.

23 También en The Winged Scourge vemos el llamado a la organización “militar” para enfrentar al responsable biológico de la propagación de la malaria.

24 En esta línea se encuentran los tardíos What Is Disease? y Planning For Good Eating. Aunque menos explícitos en sus referencias latinoamericanas —la música de fondo en el segundo sugiere esa temática— la continuidad se establece a través de la criminalización de los agentes transmisores de enfermedades y la apelación a metáforas militaristas para combatirlos.

25 Aquí el problema no reside en la herencia ritual latinoamericana, si no en la estructura valorativa en la que es insertada por la narración.

América Latina en el sistema imperial según el cine infantil de Hollywood

Marcela Croce *

Un ademán adoctrinante define las producciones destinadas al público infantil. Es ya clásica la recaída edificante de algunos libros: puede ser La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe, donde la familiaridad con el esclavo permite suspender legítimamente el pago del salario (si la familia se lo da todo, ¿para qué quiere disponer de dinero propio?), o Corazón de Edmondo de Amicis, donde cada una de las historias que se suceden —en un marco de huérfanos y desdichados diversos— es un episodio atroz que invita a reflexionar sobre las comodidades que disfrutan los niños que no pasan hambre ni tienen que trabajar, no sufren malformaciones o impedimentos ni son azotados diariamente por sus padres o por algún otro adulto más desesperado que maligno.

En el mismo orden, sin que el salto temporal respecto de las obras decimonónicas implique una diferencia sustantiva de enfoque, podría aludir a un libro editado por las Naciones Unidas para difundir los derechos del niño.1 El anfitrión del convite es la rana Gustavo —batracio que, con distintos nombres según los países, campeaba como Kermitt en The Muppets—, quien se supone que también pontifica (a título de vocero de la organización) en la contratapa, explicando a los padres cómo disponer de “eficaces ilustraciones y un texto sencillo y conmovedor” para lograr una “singular aproximación a un tema que puede resultar difícil de tratar”. Pero la portadilla tiene otras pretensiones: “Los niños que miran a los demás de manera comprensiva y compasiva se convierten en adultos comprensivos y compasivos”. Voluntarioso aprendizaje de la caridad que prescinde de los relatos moralizantes al estilo Charles Dickens y prefiere las formulaciones claras que distinguen a los derechos. “Todos los niños necesitan alimentos”, proclama la rana bajo un atuendo azteca de anfibio emplumado mientras presenta a una familia sentada a la mesa; aunque al volver la página, la imagen cambia radicalmente y una familia desnutrida ilustra la negación del derecho: “Pero a veces no hay suficiente para que todos coman”.

La estructura adversativa introduce la posibilidad de que el derecho no se cumpla; las imágenes coloridas del primer enunciado se revierten en los tonos pálidos que acompañan al segundo. Lo terrible no es que se muestre la infracción a los derechos básicos sino que la misma esté naturalizada. No hay rebeldía, ni queja, ni denuncia, ni reacción alguna: simplemente las cosas son así. El principio del conservadurismo domina el conjunto, y la armonía del dibujo final donde todos disponen de alimentos, agua, educación, esparcimiento, salud y religión es un deseo sobre cuya realización no existe ninguna evidencia. Como la paz es proclive a la alegoría, unas palomas sobrevuelan llevando olivo en el pico, mientras el escudo de las Naciones Unidas domina el paisaje de bienestar. Ni una palabra sobre el papel lastimoso que le cabe al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas cada vez que autoriza una invasión o promueve una guerra porque conviene a los intereses de los países con mayor peso en la organización.

Y de paso: en tanto que en la página final cada dibujo se corresponde con algún organismo de la ONU (los bien alimentados con la FAO, los saludables con la OMS), otros no tienen ilustración idónea pero de todos modos se incluyen: al Fondo Monetario Internacional se le asignan funciones cooperativas; al Banco Mundial, asistenciales. Son consejos previstos para el auxilio a la minusvalía que presentan las naciones incapaces de gobernarse por sí mismas —como establecía el apoplético Theodore Roosevelt mientras empuñaba el big stick para mantenerlas a raya—, de sostener sus economías “sanas” — como requería la “diplomacia del dólar” implantada por el presidente William Howard Taft— y de alejar a sus intelectuales de la ola roja que el malogrado John Fitzgerald Kennedy advirtió demasiado poderosa cuando propuso contrarrestarla con la Alianza para el Progreso.

Recordaré un episodio más en este rosario de iniquidades que me permite entrar en tema. Es una película producida en Estados Unidos, difundida a partir de esa maquinaria monstruosa que es Hollywood, que reedita una antigua y exitosa comedia negra aunque con cierto afán de crítica política del cual su antecedente carecía: The Addams Family Values.2 Plegada a la práctica de las secuelas la película se difundió en Latinoamérica como Los Locos Addams II para acallar su verdadera tendencia a establecer valores disímiles de los de la sociedad de consumo en la cual están insertos, a su pesar, los personajes. La Viuda Negra que seduce al pasmoso Tío Lucas (Fester, en el original) es una asesina serial por insuficiencias consumísticas: mató a sus padres porque en lugar de la Barbie Princesa pretendieron conformarla con la Barbie Malibú, liquidó a su primer marido cuando él lamentó no poder comprarle ese año el Mercedes Benz y pretende ultimar al Addams calvo, que resiste hiperbólica e ingenuamente.

Los niños, entretanto, son enviados a un campamento dirigido por unos oligofrénicos que se exaltan con los rubios aquiescentes y se desesperan con estos oscuros sediciosos. Para convencerlos de que actúen en la obra de cierre de la aventura, a la vez que para castigarlos por su indisciplina hacia las reglas del campamento, esta especie de jefes de boy scouts degradados encierran a los hermanos Addams y a otro “raro” —un niño alérgico que se resiste a las pruebas absurdas— en la “casita del bosque” donde deben padecer desde La novicia rebelde que despolitiza la guerra para convertir una escalera en un piano hasta la colección más lacrimógena de las películas de Disney. Los chicos salen lobotomizados, repitiendo que cumplirán con el papel que se les asigne, aunque la niña extreme su rol de Pocahontas y organice la venganza de la rubia quirúrgica en la antesala de la hoguera. Lo más asombroso de los Addams es que son renuentes al consumo incluso siendo millonarios; acumulan un dinero que no se sabe en qué gastarán, eliminan el capital del circuito productivo y han fetichizado la fortuna del mismo modo que el resto de sus compatriotas — y las clases medias y acomodadas de los países que giran en su órbita— han fetichizado la mercancía.

Es la misma contradicción que introducía el Tío Rico de Disney, en esa perversa familiaridad que ya subrayaran Ariel Dorfman y Armand Mattelart en el clásico Para leer al pato Donald en que las relaciones entre padres e hijos se sustituyen por las de tíos y sobrinos.3 Ignorando su coincidencia con los formalistas rusos respecto del modo en que se organiza la historia literaria —y previsiblemente abjurando del Marx de El 18 Brumario de Luis Bonaparte que encuentra en Luis Napoleón la negación de las virtudes de su tío—, los personajes permiten que la herencia corra oblicuamente, de tío a sobrino, de modo que los más jóvenes de esa comunidad de patos tendrán acceso a las monedas de oro que celosamente evita gastar el avaro de galera y monóculo. Pero el libro de Dorfman y Mattelart es apenas una introducción a un tema que no ha sido demasiado atendido en su dimensión formativa: el modo en que la industria hollywoodense ha digitado la ideología de los niños en los países sujetos a su influencia, ha identificado los lugares de producción del mal de acuerdo con las políticas imperiales y se ha empeñado en modelar al perfecto ciudadano proimperialista.

Profanos en el templo de Orlando

Dorfman y Mattelart se abocan a las historietas de Disney distribuidas en América Latina por la empresa chilena Zig-Zag, papel que desde los años 90 cumplió el holding latinoamericano Norma, de origen colombiano, dueño de los derechos de libros y publicaciones diversas anexas a las películas infantiles. Si ya en 1972 los autores advertían que “los personajes han sido incorporados a cada hogar” (p. 12), a partir de la década de 1990 la capacidad expansiva abarca dominios inesperados. Uno son las ferias artesanales, donde la producción en escala reducida termina impregnándose con los productos en serie a través de la recuperación y copia de los personajes difundidos por las películas. Otro son los accesorios para los más pequeños, que generan como sostén discursivo los libros en los que “los bebés Disney” se divierten de múltiples maneras; si antes los “dobles” de los personajes eran sus sobrinos, ahora son ellos mismos en su etapa de lactantes. Para las mayores, la oferta prolifera en maquillajes avalados por las “princesas”: la marítima sirenita, la insulsa Bella Durmiente, la sinuosa Jasmine arábiga que seduce a Aladdín.

Desde ya, en el orden de lo previsible, figura la televisión en su forma más abrumadora, el cable, que cobija una señal como el Disney Channel cuyo clasicismo resulta evidente frente a personajes y entretenimientos novedosos provistos por Discovery Kids o Nickelodeon. Dorfman y Mattelart declaraban a la TV “el evangelio de la vida contemporánea” (p. 148); libre de la hipérbole que entraña el recurso religioso, tal vez sea más adecuado definirla como el sucedáneo de la Enciclopedia en la cultura de masas: informa un poco sobre todo. Sería legítimo suponer que ya haya sido desplazada por esa pretenciosa respuesta colectiva a las inquietudes más variadas que es Internet.

Lo que se verifica en todo este despliegue es la aptitud de historias y personajes para volverse funcionales a la globalización que evidenció su carácter arrasador en las últimas décadas. El colonizado participa de su propia colonización, como señalaba Frantz Fanon,4 y se recuesta pasivamente a disfrutar del espectáculo que le prodiga la defensa irrestricta del ocio improductivo amparada en la industria del entretenimiento. Por supuesto, no puede achacarse responsabilidad a los niños en esta decisión. La seducción de las imágenes, las facilidades de un código que requiere muy poco esfuerzo de decodificación inmediata (aunque ésta se resuelva casi siempre en lo puramente superficial) favorecen la elección. Tampoco es cuestión de negar a los infantes ese mundo de maravillas, colores y movimientos, como pretendían Dorfman y Mattelart imbuidos de la misión de crear la cultura oficial de la Unidad Popular bajo la presidencia de Salvador Allende en Chile (1970-1973). Relativizando tales actitudes, mi propósito en este texto se limita a suministrar algunas herramientas para encarar la crítica a las películas infantiles de Hollywood, sin pretender censurarlas ni evitarlas, sino invitando a verlas con una mirada no complaciente.

El subrayado de la inocencia en que se empecinan las viejas historietas convierte cualquier hecho en una travesura, siempre que cumpla con el mínimo requisito de ser protagonizado por esos pseudo niños que son los personajes diseñados en los comics. Todo desvío de la norma adquiere carácter de travesura, incluso cuando roza lo delictivo; de este modo, la noción de responsabilidad se diluye y los errores quedan justificados. En los 90, las travesuras serán desencadenantes de aventuras, y todo lo que ocurra en el marco de éstas resulta exculpado por su origen en un simple e inocente divertimento. A lo sumo, puede sobrevenir un castigo de parte de los padres o de figuras de autoridad similares que operan desde un verticalismo nunca discutido ni puesto en jaque, sino admitido con la connivencia de quien se sabe inferior.

Para resaltar la condición infantil, los personajes padecen de inmortalidad y perpetuidad: no son ahistóricos en el sentido de sustraerse a los hechos de su contexto, sino en sentido orgánico. Así como carecen de placeres corporales, tampoco los abaten sufrimientos ni enfermedades y en general prescinden de la reproducción porque nunca envejecen ni se deterioran. Esa condición, al tiempo que los preserva, los priva de experiencia y los condena a realizar actos repetitivos: Donald siempre fracasará en sus empleos del mismo modo que en el mundo de Hanna-Barbera el Coyote perseguirá eterna e infructuosamente al Correcaminos. Ya se vislumbra la fórmula de este éxito en el análisis de Dorfman y Mattelart: disneylandizar es desdramatizar, y en el mismo acto, crear hegemonía; “los metropolitanos no sólo buscan tesoros, sino que venden a los nativos revistas (como éstas de Disneylandia) para que aprendan el rol que la prensa urbana dominante desea que ellos cumplan” (p. 58). Penetración cultural y éxito financiero son otros modos de nombrar lo que en un famoso discurso presidencial de 1904 Theodore Roosevelt designó “Destino Manifiesto”, por el cual Estados Unidos estaba llamado a convertirse en gendarme del mundo: “El imperialismo se permite presentarse a sí mismo como vestal de la liberación de los pueblos oprimidos y el juez imparcial de sus intereses” (p. 66); es el que puede ingresar a las casas a fin de restituir el orden cuando los habitantes demuestran ineptitud para autorregularse. Nada como un modelo impuesto a la fuerza para corregir una conducta desviada que puede derivar en amenaza.

“El reino de Disney no es el de la fantasía porque reacciona a los acontecimientos mundiales”, sostienen Dorfman y Mattelart. No solamente reacciona, sino que lo hace con una virulencia inusitada desde una serie de principios que distinguen a la civilización occidental cuyo epítome son los Estados Unidos. Tales principios han sido codificados en la moral frankliniana, expuesta en preceptos de burócrata o, como prefería decir Carlos Ibarguren, en “máximas de tenedor de libros”,5 que se elevan a universalidad y sostienen esa institución característica de las democracias modernas: la meritocracia (que es, como se sabe, el modo más eficaz de preservarse de la revolución condenada en tanto reunión de disconformes incapaces de cambiar su destino individualmente), donde el inventor puede llegar a ocupar puestos de poder. Pero esa moral no se detiene en la explotación de las propias capacidades sino que se extiende hacia la explotación desenfrenada. “Time is money”, declaraba el periodista de Massachusetts que alcanzaría la presidencia de la Unión antes de perpetuarse en el billete de cien dólares. Si alguien pierde una hora de su tiempo descansando, no sólo renuncia al dinero que hubiera podido producir en ese lapso sino también a los intereses que a lo largo de los años ese dinero le hubiera acarreado. “El interés mueve al mundo”, pontificaría con la austeridad puritana que sonaba mucho más convincente y seductora en el desborde retórico del Barroco español: “Poderoso caballero es don Dinero”.

De allí la profusión de buscadores de riquezas y mercenarios que campean en las películas; de allí la obsesiva persecución de gratificaciones que suelen materializarse en objetos costosos. Incluso en ello radica esa deformación que es el Tío Rico, que al acumular sustrae el dinero no sólo del circuito productivo sino también del especulativo (se resiste por igual a las reglas de la economía y a los subterfugios de las finanzas). “Disneylandización es una dinerización”, diagnosticaban Dorfman y Mattelart destacando que todo se convertía en oro en ese ámbito donde los recursos naturales pertenecen al “que se le ocurre buscarlo” (p. 84), el aventurero que encara su quimera del oro sin pasión real sino con expectativa de enriquecimiento, aquel que le asignará su valor de cambio. Perdido o minimizado el valor de uso, el valor de cambio rige las relaciones sociales. La decisión de naturalizar la riqueza tiene como correlato la determinación de justificar la expoliación. También el consumo aparece naturalizado, mientras la producción resulta elidida. En ese fetichismo que anula la fuerza de trabajo y por consiguiente a la clase trabajadora, los hábitos de consumo se erigen en hábitos de vida.

Los villanos resultan la reacción lógica ante una sociedad tan brutal. Su acto más maligno y antisocial es el robo, única amenaza admitida para la propiedad en el orden de un capitalismo que ha optado por borrar el mayor acecho, el de las crisis periódicas del sistema que redundan en desvalorización y limitación del consumo y que, en este contexto, implican pérdida del sentido de la vida. De todos modos, el espectador no puede resolver nada de esta tragedia, ya que siempre es testigo y nunca protagonista, lo que equivale a renunciar a cualquier intervención en el cambio del mundo. La historieta y el cine se superponen en su carácter de opio de las sociedades de consumo e incluso su estructura comienza a asemejarse a la de la publicidad. ¿O de qué otro modo el personaje de Buzz Light Year descubre en Toy Story (1995) que es un juguete, sino a través de la propaganda televisiva que lo magnifica en la imagen y lo disminuye en la leyenda que advierte que no es apto para volar?

El circuito que comienza en el cine prosigue en el shopping: allí los niños deberán proveerse del saturador merchandising adelantado por los baldes de pop corn y los vasos de gaseosa que imponen el estilo norteamericano en los cines de Occidente. El circuito mercantil duplica en su concepción y su figuración el esquema de la historia conservadora, que también es circular porque confía en la repetición constante: “La experiencia histórica —sintetizan Dorfman y Mattelart— es una inmensa caja de moralejas, de recetas, de tesoros éticos, que siempre repiten las mismas normas y adiestramientos, que siempre prueban la misma tesis de dominio” (p. 139). Aplicando al pasado rasgos y valores del presente, el cine infantil los vuelve permanentes. Y voceándolos y estableciéndolos a través de una animación cada vez más sofisticada —actualmente desarrollada con avanzados programas de computación, práctica iniciada con el acuerdo Disney-Pixar y consolidada desde que Disney adquirió a Pixar, mientras la 20th Century Fox y DreamWorks se adentraban en ese espacio—, ejercen un poder de seducción cuyas consecuencias procuraré desentrañar.

La principal operación de este cine consiste en desplegar un atractivo visual y sonoro que aspira a garantizar mediante la superestructura cultural la estabilidad del orden estructural de las sociedades occidentales, modelando sus conductas, regulando sus comportamientos, dominando cualquier desvío en que pudieran incurrir. El cine infantil de Hollywood ha logrado, en palabras de los autores de Para leer al pato Donald, “fabricar una cultura de masas a espaldas de las masas”. Intentaré devolver a los espectadores no la capacidad —que presupongo— sino la voluntad de intervenir en una operación que los involucra como partícipes necesarios y suficientes de este sistema.

In hoc signo vinces

La hipótesis dominante de este estudio es que en el cine infantil producido por y desde Hollywood se modela la mentalidad de los niños de acuerdo con las conveniencias de las sucesivas políticas norteamericanas (especialmente en lo relativo a la política exterior), abocadas a defender los valores de la civilización occidental como superiores a los de cualquier otra cultura. Se trata de garantizar, utilizando términos clásicos del análisis marxista, mediante la superestructura el orden estructural. Para verificarlo, me recorto deliberadamente sobre algunos largometrajes animados,6 evitando las empalagosas comedias en las que los actores deben desempeñarse como “caracteres”. Desde pequeños, los infantes aprenden a distinguir el bien del mal, la belleza de la fealdad, a través de estereotipos que identifican a los aliados y los enemigos de los Estados Unidos en esa cruzada de imposición de “la única fe verdadera”. Tales estereotipos se desarrollan visualmente, en films que sintetizan en una historia las características de cada pueblo, sus actitudes típicas, sus rasgos sobresalientes.

Correlativamente, adoptaré la categoría de “ideologema” expuesta por Fredric Jameson —y desprendida de la concepción levistraussiana del mito— como la resolución ficcional de contradicciones reales.7 Si Estados Unidos no pudo derrotar a Irak en la guerra del Golfo a comienzos de los 90, al menos podrá advertir dónde reside el Eje del Mal e instruir a los niños sobre las consecuencias de aceptar la cultura árabe como válida: Aladdín sirve de manera propicia a esos intereses, ya desde el momento en que un mercader (que intenta vender cosas inútiles a los turistas) informa en una canción sobre los daños increíbles que sobrevienen en su tierra. El niño criado en la órbita de estas figuraciones en 1992 no vacilará en respaldar la segunda cruzada iniciada en 2002 y designada originalmente “Tormenta del Desierto” para incurrir en hipérbole exterminadora poco después con la nominación “Justicia Infinita”. La pedagogía fílmica ha sentado las bases para lo que de allí en más será una convicción y se enunciará como ideología.

El funcionamiento del ideologema en los relatos tradicionales clásicos ha sido estudiado por Robert Darnton en un texto imprescindible para analizar la cultura infantil.8 Si en “Hansel y Gretel” el modo de superar la atroz hambruna europea era que las criaturas abandonaran su hogar y encontraran en su peregrinaje una casa completamente construida con alimentos y golosinas —lo cual, más allá del peligro que entrañara, erradicaba la angustia de la muerte inmediata por inanición—, la traducción al orden social de los años 90 y sucesivos promoverá la armonía entre culturas, como ocurre en el film Atlantis, donde el lingüista despistado opera como traductor cultural privilegiado, saturado de buenas intenciones, capaz de trasladar culturas en su práctica concreta, tal como indicaba Georges Steiner que debía ser una traducción ideal.9 La traslación literal resulta una perversión y sólo produce extrañeza; la traducción cultural apela al asentimiento y favorece el ingreso de “lo otro” en el campo de valores de lo propio mediante ese mecanismo que subyace a toda traducción que es la búsqueda de equivalencias.

No obstante, la eficacia del ideologema contempla la capacidad de exhibir el perfil conflictivo de la contradicción inicial. Por eso me empeñaré en reponer la dialéctica allí donde las relaciones planteadas por las películas abusen de dualismos empobrecedores y de disyunciones excluyentes, generalmente encadenados unos con otros para fraguar una serie cuyo efecto consiste en homologar sus componentes en virtud de la operación misma de aparearlos, de tal modo que si una de las oposiciones resulta válida, las restantes se vuelven igualmente admisibles. La dialéctica exige que cada planteo sea examinado en forma detenida y rigurosa y que a cada vínculo entre tesis y antítesis se le restituya una síntesis superadora que evite las simplificaciones del extremismo.

La elección de las películas en lugar de las historietas tiene como fundamento la necesidad de focalizar aquellos medios que en la cultura de masas contemporánea registran un impacto mayor y promueven la adhesión del público que desplaza —sin abandonar del todo— el consumo de formas escritas, sustituyendo al lector individual en legión de espectadores que continúan la práctica cinematográfica en la intimidad hogareña, primero con los videos y luego con los DVD. Los medios audiovisuales son capitales en la producción de estandarización, como advertía Marshall McLuhan,10 y permiten superar el nacionalismo atribuido a la etapa tipográfica. No obstante, lo que se muestra en las películas infantiles de Hollywood es la voluntad de instalar el nacionalismo norteamericano como modelo dominante al cual debe ajustarse la cultura mundial; en otras palabras, elevar el nacionalismo a transnacionalismo. Incluso transhistóricamente: ¿por qué, si no, la llegada de Shrek y Fiona al reino medieval está flanqueada de locales con el logo de Burger King, y el Príncipe Encantador sacia su frustración, más que su apetito, con la “cajita medieval” por la cual se hace acreedor a una pesadísima hacha?

Los episodios que conforman las películas, por añadidura, se integran al folklore infantil al mismo nivel que los relatos tradicionales. Muchos de los cuentos clásicos han pasado por el tamiz del cine, en especial de la mano de Disney, obteniendo así una versión definitiva —”oficial”— de lo que la tradición oral recomendaba modificar constantemente. El primer largometraje animado, en el cual estuvo a punto de naufragar la fortuna familiar de los Disney, fue Blancanieves (1937); le siguieron Pinocho (1940), La Cenicienta (1950) y La bella durmiente (1959). Más restringidos en su clasicismo resultan Alicia en el país de las maravillas (1951), Peter Pan (1953) y Robin Hood (1974), pero no menos mitificados por las imágenes que, en este último caso, incurren en una recaída habitual en los productos ideados para la infancia: los animales parlantes. Es un recurso que procede de la fábula y se exacerba en los medios audiovisuales, aunque aquí la zoología importa menos como manifestación de características generales de la especie que como definición de individuos con particularidades humanas.11 Tal énfasis en la elección zoológica reproduce lo que Dorfman y Mattelart remarcaban respecto de los valores adultos: “son proyectados, como si fueran diferentes, en los niños, y protegidos por ellos sin réplica […] la historia se hace biología” (p. 19). En el darwinismo que remozarán las películas, la biología se vuelve (teoría de la) historia.

A la historia en clave ficcional le corresponde en contrapartida la ficción en clave histórica: si en las historietas estudiadas por Dorfman y Mattelart los sobrinos de Donald, tras una clase edificante en la que aprenden los pormenores de la escribanía, deciden comprar islas y colocan a modo de propiedades en exhibición un mapa caribeño, no es difícil conjeturar que lo que se representa allí es una de las alternativas que manejó Estados Unidos para alzarse con la Perla del Caribe: la compra de Cuba a España mediante una oferta de veinte millones de dólares. Como se sabe, la operación fracasó y los norteamericanos recurrieron a una estratagema que el propio secretario de Estado Elihu Root admitiría como improbable, si no como lisa y llanamente falsa: la guerra contra el antiguo imperio peninsular, acusado del atentado contra el acorazado Maine en el puerto de La Habana, sin que hasta la actualidad se haya verificado que no constituyó un accidente.12

Pero no se trata exclusivamente de distinguir enemigos e impedimentos a través de los films, sino también de establecer con precisión quiénes son los amigos, en qué circunstancia se los reconoce como tales y qué ventajas les permiten imponerse sobre sus oponentes. La geografía, que en Aladdín se presta a desdeñar a Arabia con su “desierto cruel” y su sol calcinante, también se ofrece a exaltar a los aliados durante la segunda guerra mundial, como documentan esos antecedentes insoslayables para el cine de fines del siglo XX y comienzos del XXI que son Saludos amigos y Los tres caballeros, muestras iniciales y vehementes del poder de las imágenes sobre la maleable materia infantil con propósitos de promoción y defensa de la política exterior norteamericana —y de su sistema de producción elevado a sistema de vida— en una fecha tan temprana como los años 40.13 Me centraré, por lo tanto, en estas producciones para indagar la arqueología de la imposición desaforada del sistema metropolitano a la que asistimos, y en especial por tratarse de aquellos films en los cuales se diseña la imagen de América Latina que imponen los Estados Unidos como representación indiscutible de sus vecinos al sur del río Bravo.

Un tour latinoamericano

Saludos amigos y Los tres caballeros marcan el ingreso de Disney en América Latina y sospecho que se trata del modelo —único, aunque fraccionado en dos películas de 40 y 70 minutos respectivamente— que ha orientado la incidencia de la política norteamericana a través del cine, tanto sobre el subcontinente como en el resto del mundo.14 Los films se difunden en medio de la segunda guerra mundial, cuyas alternativas parecen irreversibles tras la derrota de los alemanes en la batalla de Stalingrado. El cuatro veces consecutivas presidente Franklin Delano Roosevelt decidió intervenir en la contienda en diciembre de 1941, cuando Japón atacó la base norteamericana de Pearl Harbor sobre el Pacífico. Una provocación externa genera una desmedida reacción norteamericana: es algo en lo que Estados Unidos se ha destacado por más de un siglo, desde 1898 hasta la estricta contemporaneidad.

La primera cinta es de 1942 y anuncia que la secuencia del “gaucho Goofy” se desarrolla sobre diseños originales del pintor y dibujante argentino Florencio Molina Campos, a quien se muestra en su estudio recibiendo a Disney y su equipo poco antes de que el tonto mayor de Disneyworld dilapide sus habituales torpezas. Nada mejor que utilizar a un personaje conocido para acceder a lo nuevo, en el orden de la política de la “buena vecindad” proclamada y predicada por Roosevelt, que se sintetiza en la canción inicial: “Salud América. / Ya es hora de vivir / en buena amistad. / Salud friends, / vecinos, / unidos hay que estar”. Es la apelación directa al alineamiento latinoamericano en el contexto bélico. La leyenda de agradecimiento insiste en la unidad continental: la película se realizó en función de “la cortesía y colaboración mostradas por artistas, músicos y nuestros muchos amigos en Latinoamérica”.

Tales cartas de presentación destacan el signo ideológico que rige la expedición de los dibujantes en busca de novedades y tal vez de “un nuevo compañero para Donald”, que llegará cuando arriben a Brasil, en camino de regreso a Estados Unidos.15 Disney realizó el viaje por Latinoamérica en 1941 en condición de embajador cultural con 16 camarógrafos, animadores y dibujantes. En Río de Janeiro (entonces capital del país) se entrevistó con el presidente Getúlio Vargas y conversó con Ary Barroso (encuentro paralelo al que mantuvo en Buenos Aires con el músico Andrés Chazarreta), cuya “Aquarela do Brasil” es la canción principal que acompaña el recorrido amazónico. La condescendencia hacia uno de los aliados principales en la guerra —el otro es México— comienza en la concesión de ingreso a la “familia Disney” que integrará al loro Pepe Carioca. Bolivia y Perú no cumplen con las mismas condiciones, y así lo evidencia el paso por el Lago Titicaca “tratando siempre de evitar las ciudades para dedicarse a los aborígenes” con una mirada entrenada en captar el color local de la tierra de los incas “a través de los ojos de un turista norteamericano” que es el pato dislálico al que se le manifiestan los síntomas del soroche o apunamiento.

Todo lo que concierne al altiplano16 está plagado de aldeanismo extravagante: las cholas son “típicos personajes” que interpretan “exóticas melodías” y cuya perpetuación en un clima inhóspito parece asegurada sólo por “las remotas civilizaciones incas”. Los burros de carga son reemplazados por “orgullosas llamas”, “aristócratas de los Andes” capaces de humillar “con sólo una mirada”, como explica el narrador empecinado por reconocer antes a los animales que a los humanos. Pero la consideración no dura demasiado: cruzar el lago resulta una “gran aventura”, sólo posible para los indígenas consustanciados con el medio que “se dejan fotografiar sin protestar, tal vez porque todavía no saben lo que es una cámara”. El pequeño colla se compenetra con el lenguaje del animal al que debe dirigir; no así el turista, incapaz de ajustarse a ese “atraso”, alardeando de su adelanto tecnológico. El paso de la llama, en cambio, acorde con el andar de los indígenas que recorren el altiplano, “se adapta perfectamente al columpiado vaivén del puente colgante”. La noción de adaptación domina en el texto y las imágenes; para el turista que no evita afectarse con ese espacio inhóspito, sólo hay consejos de tolerancia: “mucha cordura, calma, y ante todo ser apacible”. En tal caso puede consolarse acudiendo al mercado para munirse de “una completa colección de cacharros” que certifique su paso por el lugar. Tan importante como el recorrido es el relato al regreso y la mostración de los “productos regionales” adquiridos, como curiosidad y como documento.

De hecho, los dibujantes van a bordo de un avión y trajeados, frente a las cholas descalzas que caminan por la Puna con sus niños en la mochila. La vista aérea, a vuelo de pájaro, garantiza la superioridad y ofrece la panorámica: se trata de mirar por encima y a las apuradas para extraer apenas algunos rasgos típicos, en el marco del viaje concebido como “aventura”.17 La utilidad de la geografía se revela creciente, sobre todo en el sobrevuelo de la cordillera de los Andes que dará lugar a la historia del avión correo cuya familia abusa de la tipificación: a un padre potente le corresponde en el rol de madre un avión mediano y “muy femenino” y un hijo avioneta que es “todo un hombrecito” y que deberá reemplazar al mayor en su tarea postal, corriendo riesgos extremos para transportar una carta nimia que lleva pegadas estampillas de los próceres argentinos Güemes y Rivadavia.

El film despliega el trayecto que han cumplido los artistas de Disney. Cruzando la cordillera se llega a la pampa, donde relumbra esa ciudad “hermosa y moderna” que es Buenos Aires, de la que se muestran cuatro postales: la Plaza de Mayo, el Teatro Colón, el Congreso y el edificio Kavanagh, “el más alto de la América del Sur” instalado en esta urbe que es en el momento “la tercera ciudad de las Américas”. El turista norteamericano que había desplegado en el altiplano sus ojos exóticos ejercita aquí sus ojos mercantiles18 cuando es convidado a un asado con carne y vinos exquisitos que ratifican el papel de exportador de productos agropecuarios que se le ha asignado a la Argentina en la división internacional del trabajo, y que sus clases dirigentes han aceptado y sobrexplotado por dos siglos, antes de que tan incipiente turismo se desarrollara como “industria sin chimeneas” gracias a la desvalorización de la moneda nacional y a la variedad de paisajes y climas que ofrece ese país cuya extensión fuera diagnosticada por Sarmiento como su mal mayor.

Los pasos de baile de las danzas campestres recuerdan a los dibujantes los movimientos de los vaqueros norteamericanos, y lo que comienza siendo una vislumbre inmediatamente se plasma en el celuloide. Resulta “natural” comparar al gaucho con el cowboy, por lo que la imaginación “voló a los Estados Unidos” a buscar al “primer actor” en un hipotético reparto hollywoodense que no lideró John Wayne sino Goofy. Como las indumentarias pampeana y del Oeste no coinciden, es necesaria una conversión —como la monetaria, como la traducción— pródiga en ridiculizaciones del pretencioso “centauro de las pampas” cuyo caballo, remitiendo a la mitología artúrica, se llama Bucéfalo. Otra vez el asado dará la pauta de los intereses comerciales norteamericanos en la pampa: las carnes “más sabrosas que hay” sostienen “una vitaminosa y sana dieta” que se verifica en la musculatura de sus consumidores. El culto del cuerpo que el nazismo extremaba en el despliegue deportivo es entre los gauchos pura cuestión de alimentación. ¿Qué mejores aliados que estos saludables sudamericanos para llevar adelante una guerra? Sin embargo, el cierre del episodio no augura lazos duraderos: el gaucho queda solo en la pampa en medio de la noche, cantando una vidalita acompañado de una guitarra que revela la trampa del play-back al mostrar por detrás un fonógrafo.

De la pampa a Brasil todo cambia. El eje Porto Alegre-San Pablo-Río de Janeiro muestra una escalada ciudadana; la urbe carioca, sede del carnaval, “sobrepasa todo lo hermoso que de ella se ha dicho”. En esa “ciudad indefensa atacada por caricaturistas” nacerá Pepe Carioca. Aunque porta elementos de gran señor —un sombrero panamá en lugar de galera, un paraguas en reemplazo del bastón, un eterno habano—, su objetivo no es la mostración dineraria sino la figuración a través de la fama. “Aquarela do Brasil” lo acompaña mientras se dibuja la naturaleza exuberante: cascadas de agua, flores, pájaros, bananas… Anticipando Los tres caballeros, Carioca le da su tarjeta a Donald; éste le retribuye con su tarjeta de Hollywood y recibe la invitación para visitar una extensa lista de lugares turísticos. Como buen guía, Carioca habla en inglés con su convidado y así como transforma su paraguas en flauta, convierte en acordeón la galera de Donald y al ritmo de la música lo conduce por las onduladas aceras de Río que simulan las olas del mar. Al final del camino un bar ofrece cachaça. Sólo bajo sus efectos Donald adquiere el ritmo de la música tropical que proviene del salón Copacabana, en una de cuyas ventanas sombrea la silueta de Carmen Miranda. La vista aérea de Guanabara convertida en postal cierra la película.

En Los tres caballeros (1944), la guerra transita su etapa final. Libre ya de los intentos de seducción de los díscolos argentinos que hasta ese año se habían mantenido próximos al Eje —tanto a nivel gubernamental como a través de intelectuales de derecha que se reconocen en la profusión de publicaciones reaccionarias—, la política norteamericana se enfoca sobre los otros vecinos (los que se convertirán en potencia antes de que finalice el siglo XX): los alaba, los enaltece y los confirma en su papel de aliados. El protagonista de la película es el pato Donald, el personaje de Disney más apto para la identificación política y por lo tanto el propagandista más eficaz para la seducción sobre el continente que procura Estados Unidos en las postrimerías de la segunda guerra mundial.19 Donald recibe para el cumpleaños una encomienda de “sus amigos en América Latina” que contiene tres paquetes. El primero trae un proyector en el que se puede ver un film sobre aves autóctonas del sur del continente, presentado por un profesor que se solaza en la geografía continental y se extasía en la proliferación amazónica. Avanzando hacia el otro extremo americano, la película expone el Polo Sur, pero para que el pato yanqui no deba ponerse de cabeza conviene dar vuelta el mapa: sólo esa comodidad justifica tal alteración de la ortodoxia cartográfica.

La historia de un pingüino que recorre el mundo es el primer modelo que recibe Donald para lanzarse a la gira latinoamericana, a la cual irá acompañado de Carioca, a quien encuentra en el segundo paquete de los friends latinos. Él lo guía en el recorrido brasileño que se inicia en busca de las aves exóticas de la selva, donde uno de los pájaros luce — rubendarianamente— “un pomposo peinado Pompadour”, añadiendo a la extravagancia de su aspecto la de su presentación verbal. El recorrido por el mapa brasileño en busca de otras aves prosigue en la pampa donde el hornero arma su nido de barro.20 Allí se asiste a una doma donde un niño provisto de sombrero, bombacha, chiripá, boleadoras, puñal y pañuelo al cuello debe amansar no un potro sino un burro sospechosamente semejante a aquel en el cual se convertía Pinocho en la película homónima.

Los gauchos juegan al sapo y abusan de esa convención literaria que se dio en llamar “lengua gauchesca”. El breve pasaje por la región evidencia el desinterés por la pampa, antes exaltada como provisión alimentaria. Brasil, en cambio, aunque Getúlio Vargas tuviera una inclinación inicial hacia el Eje, declaró la guerra a Alemania cuando sus barcos fueron bombardeados por la Marina nazi.21 Por eso Carioca puede acompañar a Donald en el resto de su gira, mientras el joven gaucho queda en su lugar de origen, bailando una danza folklórica en un rancho, repitiendo los tópicos de Saludos amigos.

Además, Brasil acarrea una fascinación en múltiples órdenes que siempre es un atractivo sensible para el turista: por un lado, la inmensidad natural del Amazonas, fuente inagotable de recursos de los que Estados Unidos carece —Henry Ford instaló allí la trasnochada Fordlandia a fin de producir el caucho para los neumáticos de sus propios automóviles—; por el otro, los bailes típicos, las frutas tropicales, las figuras que triunfaron en Hollywood. Así, en medio del paisaje bahiano —“tierra de romance” repite el loro asistido por un fondo de iglesias barrocas y veleros—, Donald se fascina siguiendo el ritmo de la Miranda, cuya nacionalidad portuguesa fue anulada para convertirla en un ícono del Brasil turístico. Un grupo de sujetos con sombreros y remeras rayadas completa la coreografía de la bailarina que lleva pasteles en la cabeza y se los ofrece al pato en un clima de casitas que si no son verdeamarelas suplen esa carencia con los colores estridentes que ostenta el loro, lejos de la estetización que alucinó Oswald de Andrade para las casuchas paulistas en el manifiesto Poesia Páu-Brasil.

En sucesión con Fantasía (1940), donde la banda sonora aparece como un personaje y se mueve como un resorte para dar cuenta de la música, algunos instrumentos clásicos y otros locales cobran animación y bailan al ritmo de Carmen, en una escena que podría prefigurar el manoseado “realismo mágico” que fue el producto for export de la literatura sesentista del continente. Contra la singularidad que distingue a Donald, Pepe Carioca es apenas una muestra de la variedad brasileña y no una identidad constituida; de allí que se multiplique. A la vez, impregnándose de las dimensiones de su país, también se agiganta. Simpático y afable, tal el “hombre cordial” que Sérgio Buarque de Holanda define como el tipo de Brasil,22 Carioca acompañará a Donald a abrir el tercer paquete, que reclama otro desplazamiento, esta vez hacia México. Nuevamente los instrumentos animados se harán cargo de la música, que repone el título de un corrido y una película mexicana: “Ay Jalisco no te rajes”. Panchito parece ser jaliscience; su traje y su sombrero son típicos, lleva espuelas y reparte indumentaria entre los recién llegados para que se conviertan efectivamente en “Los tres caballeros” convocados por la canción de los mariachis: “Nadie es igual a nosotros”, sostienen los aliados fundamentales durante la guerra; “donde va el primero van siempre los otros”, declaran antes de proceder al tiroteo que parece de rigor en las tierras de los pistoleros como el otro Pancho, Villa, que también sedujo a algunos norteamericanos como a los periodistas John Reed y Carleton Beals. Pero no hay que confundir alianza con identidad: por eso mientras Carioca y Panchito tocan guitarras, Donald se distingue con un contrabajo.

El regalo de Panchito es una piñata cuyas sorpresas, según advierte, contienen “el espíritu de Navidad”. No se trata de las temibles navidades dickensianas manipuladas por Disney desde el cuento del avaro Ebenezer Scrooge arrepentido frente a los tres fantasmas que le envía su antiguo socio ya muerto, ni de las carenciadas navidades de Mickey maltratado por un patrón maligno,23 ni de las incordiosas “Jingle bells”, sino de cantos en las posadas en que se despliega la religiosidad local antes de que Panchito explique que “la historia de México está en su bandera” con águila y serpiente, previo a presentar el Distrito Federal en una vista aérea facilitada por el “sarape mágico” que a modo de alfombra oriental les sirve de medio de transporte (en Brasil, en cambio, el camino se iba haciendo, machadianamente, al andar; Donald y Carioca instalaban durmientes para hacer su ruta en tren). El sarape mágico los lleva a Chihuahua que “parece un cuadro”. Ninguna violencia se advierte tras la revolución en el estado que fuera dominado por Villa. Ni en Veracruz, donde en 1914 el presidente norteamericano Woodrow Wilson mandó desembarcar a los marines, y mucho menos en Acapulco, que por sus condiciones turísticas resulta inigualable. Panchito se comporta como un empresario de viajes y todo el recorrido se hace a través de postales subrayadas en tal condición por el ingreso y egreso del sarape a medida que cambian de ciudad los personajes.24 En Acapulco hay una nota romántica adicional: un bolero de Agustín Lara, modelador principal de la sensibilidad mexicana en el siglo XX,25 cantado en inglés como cortesía para Donald: “You belong to my heart” dice la intérprete cuya cara ocupa estrellas y flores trasladando malamente el original “Solamente una vez”.

La única nota que podría haber sido violenta está tan tipificada y es presentada tan limpia de dramatismo que resulta un espectáculo jocoso: se trata de la corrida de toros. La sucesión de imágenes mexicanas remite a la película que Sergéi Eisenstein filmó en 1931 (producida por Upton Sinclair) y que un laboratorio neoyorkino secuestró durante treinta años: ¡Que viva México! La presencia norteamericana, además de resonar en este episodio, se impone en el final: los tres caballeros (tres aves, en verdad) miran hacia el cielo mientras se imprime el cartel The End con letras tricolores azules, blancas y rojas. Ni serpientes emplumadas ni “Orden y progreso”: barras y estrellas dominantes que reúnen al local y a sus aliados; entonces en la guerra; después —México— en el NAFTA; en algún momento que ha sido postergado y por fortuna momentáneamente anulado —todos— en el ALCA que pretende integrar el comercio, no sólo el turismo, de Alaska a Tierra del Fuego.

Referencias bibliográficas

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* Facultad de Filosofía y Letras / INDEAL (UBA)

1 Naciones Unidas-Jim Henson Productions. Un mundo mejor para todos los niños; Barcelona, Ediciones B, 1993.

2 Dirigida por Barry Sonnenfeld en 1993 y antecedida por The Addams Family en 1991.

3 Ariel Dorfman y Armand Mattelart. Para leer al pato Donald. Comunicación de masa y colonialismo; Buenos Aires, Siglo XXI, 2005 (1era. edición 1972).

4 Frantz Fanon. Los condenados de la tierra; México, Fondo de Cultura Económica, 1983.

5 Carlos Ibarguren (h). De Monroe a la buena vecindad. Trayectoria de un imperialismo; Buenos Aires, Dictio, 1946.

6 Un análisis más detallado, tanto por la amplitud de títulos considerados como por el desarrollo sistemático que postula, consta en mi libro El cine infantil de Hollywood. Una pedagogía fílmica del sistema metropolitano; Málaga, Alfama, 2008.

7 Fredric Jameson. Documentos de cultura, documentos de barbarie; Madrid, Visor, 1989.

8 Robert Darnton. La gran matanza de gatos y otros episodios de la historia de Francia; México, Fondo de Cultura Económica, 1987.

9 Georges Steiner. Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción; México, Fondo de Cultura Económica, 1981.

10 Marshall McLuhan. Understanding Media; Massachusetts, MIT University Press, 1964. Para una discusión de las tesis de McLuhan, remito a la compilación Análisis de Marshall McLuhan; Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1969.

11 Una asociación destacable: “la democracia a la estadunidense […] origina y favorece la presión de todas las asociaciones. Una de ellas había protestado porque estaba incluida, entre los libros para niños, una sátira de Mark Twain contra la Biblia. Otras habían criticado la presencia de poemas pacifistas, otras más demandaban la supresión de las aventuras de ‘Robin Hood’, un comunista”. Marc Ferro. Cómo se cuenta la historia a los niños en el mundo entero; Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1993,pág. 427. Si bien el largometraje de Disney desvía la atención sobre este punto al valerse de animales para representar la historia, no parece casual que el que le corresponda al héroe de Nottingham sea precisamente un zorro, considerando las connotaciones que se le atribuyen en su equivalencia con comportamientos humanos. El zorro es identificación recurrente de sujetos vinculados a la política, asociados a manejos inescrupulosos.

12 La relación entre Estados Unidos y España revela otros incidentes similares que la versión oficial ha difundido a conveniencia. Así relata la joven Laura Ingalls la adquisición de una península hispana, en una clase de historia: “Andrew Jackson, con las milicias de Tennessee, combatió a los españoles y se apoderó de Florida, que los Estados Unidos tuvo la honradez de comprar a España”: reproducido en Marc Ferro. Cómo se cuenta…, op. cit., pág.423. (Las itálicas me pertenecen).

13 Cfr. Tom Engelhardt. El fin de la cultura de la victoria; Barcelona, Paidós Ibérica, 1995, especialmente el capítulo 4 de la segunda parte, “La infancia obsesionada”, págs. 169-195.

14 Fuera del dominio infantil, la operatoria del cine de Hollywood ha sido indagada por Fabio Nigra en Hollywood y la historia de Estados Unidos. La fórmula estadounidense para contar su pasado; Buenos Aires, Imago Mundi, 2012. El libro continúa el interés plasmado en la compilación Hollywood, ideología y consenso en la historia de los Estados Unidos; Buenos Aires, Maipue, 2010.

15 El recorrido que cumple la película constituye un reconocimiento del territorio latinoamericano, cuyas estaciones sobresalientes en la representación fílmica son los espacios más turísticos de cada zona, ofrecidos con estética de tarjeta postal. Sobre la representación del espacio en el cine es de consulta recomendable el texto de Fredric Jameson. La estética geopolítica. Cine y espacio en el sistema mundial; Barcelona, Paidós, 1992. En torno a la representación del espacio norteamericano, en especial sobre la importancia respectiva de los puntos cardinales y su incidencia directa en ciertos géneros (entre los cuales sobresale el western), cabe destacar la originalidad del planteo de Leslie Fiedler en The Return of the Vanishing American; London, Paladin, 1972 (1era edición 1968).

16 En una de las historietas estudiadas por Dorfman y Mattelart, posteriores al estreno de esta película, Donald viaja al Altiplano del Abandono en busca de un “chivo de plata” en el que se presiente por desplazamiento el cerro del Potosí, recuperando de este modo las prácticas de los conquistadores españoles. Para leer…, op. cit., cap. 4.

17 “Al seleccionar los rasgos más epidérmicos y singulares de cada pueblo, provocando nuevas sensaciones para incentivar la venta, diferenciando a través de su folklore a naciones que ocupan una misma posición dependiente y separándolas por sus diferencias superficiales […] nuestros países se transforman en tarros de basura que se remozan eternamente para el deleite impotente y orgiástico de los países del centro”. Ariel Dorfman y Armand Mattelart. Para leer…, op. cit., pág.70.

18 Sobre la mirada interesada y codiciosa de los viajeros, es imprescindible consultar el libro de Mary Louis Pratt. Ojos imperiales; Bernal, Universidad de Quilmes, 1997; también Ricardo Salvatore. Imágenes de un imperio. Estados Unidos y las formas de representación de América Latina; Buenos Aires, Sudamericana, 2006.

19 Unos cortos desarrollados por la empresa en esos mismos años lo muestran provisto de gorra y brazalete con la cruz esvástica, levantando un ala a la manera del saludo nazi-fascista. También, como ya observaran Dorfman y Mattelart, es el más próximo a América Latina, frente a los escarceos europeos de Mickey, que si evita la identificación con las milicias totalitarias, se pronuncia a favor de la opción republicana en su país.

20 Acaso asintiendo a la profecía del mexicano José Vasconcelos, quien en La raza cósmica (1925) establecía que de la cuenca del Amazonas y el Paraná-Iguazú saldría la gran civilización mundial. Evidentemente, para los autores de la película, la diferencia entre Rio Grande do Sul y la Argentina es inexistente, lo que presume la identidad no sólo fonética de gaúchos y gauchos.

21 Por añadidura, Vargas encargó al escritor austríaco Stefan Zweig, exiliado en Brasil, un libro de propaganda de su régimen —el Estado Novo— que se tituló Brasil, país del futuro (1941).

22 Sérgio Buarque de Holanda. Raízes do Brasil; São Paulo, Companhia das Letras, 1995 (1era edición 1936).

23 Con el título Mickey’s Christmas Carol que adapta el del relato de Charles Dickens, “A Christmas Carol”, se estrena en diciembre de 1983 la breve película dirigida por Burny Mattinson que representa al avaro Scrooge (el Tío Rico) —explotador del empleado Bob Cratchit (Mickey)—, quien es visitado por los fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura. Una versión mucho más violenta y revulsiva de la misma historia es la que protagonizan los Animaniacs, lanzada por Warners Bros. en diciembre de 1993.

24 Mientras la historia se desdramatiza, la geografía se postaliza. Son operaciones correlativas en el universo de los films animados. Dorfman y Mattelart también verifican este dato en las historietas: “La geografía se hace tarjeta postal y se vende […] Las vacaciones de los metropolitanos se transforman en el vehículo de la primacía moderna”. Ariel Dorfman y Armand Mattelart. Para leer…, op. cit.,pág.69

25 Así lo sostiene Carlos Monsiváis (“Agustín Lara, el harem ilusorio”). Amor perdido; México, Era, 1977.

Pecados de guerra durante la guerra de Vietnam. Cuando el victimario se convierte en víctima a través de la pantalla

Leandro Della Mora *

I

Casi un siglo después del nacimiento del cine el séptimo arte representa un desafío que los historiadores todavía no han aprovechado, el desafío de comenzar a pensar cómo usar todas las posibilidades del medio para transmitir información.1

Cada vez es más común observar que el acercamiento a la historia y a la literatura, especialmente en los más jóvenes, se da por intermedio de los medios audiovisuales; hoy en día es normal recomendar un libro y escuchar como respuesta “ya vi la película”. Ésta problemática nos hace pensar sobre el profundo rol que tiene actualmente el acercamiento a la historia de una innumerable cantidad de personas quienes, rechazando las fuentes escritas se vuelcan por el audiovisual creyendo generalmente que la historia que se les presenta ante los ojos narrada de una forma cerrada, simple y en unas pocas horas es la “verdadera historia”. Teniendo en cuenta dicha problemática creemos que es de suma importancia el desarrollo de trabajos que aborden desde una posición crítica el análisis de la historia en el cine; no podemos dejar pasar por alto tan importante herramienta pedagógica con todos los problemas que trae al respecto como lo son los medios audiovisuales que actualmente expresan un poder de captación y circulación impresionante incrementándose minuto a minuto. Si nos dejamos llevar por las afirmaciones de Pierre Sorlin en el posible uso pedagógico que se le pueden dar a los films históricos debemos dejarlo de lado debido a que es totalmente inútil utilizar un film de ficción para enseñar historia2; sin embargo estamos de acuerdo con la visión de Robert Rosenstone en la cual tomando en cuenta una cierta cantidad de herramientas teóricas podemos analizar críticamente un film histórico y darle un uso pedagógico. Para ello es necesario no perder de vista el enorme poderío de la industria cinematográfica estadounidense que a través de los años se ha convertido en un poderoso aparato político e ideológico, productor y reproductor de consenso y hegemonía, el cual como bien afirma Fabio Nigra actúa más como un instrumento de adoctrinamiento interno que un aparato de difusión externa.3

Se nos hace necesario observar que como bien afirma Rosenstone “la historia en la pantalla será un pasado diferente al que proporciona la historia escrita y que, necesariamente, transgredirá las normas de ésta última”,4 transgresiones que con el fin de dar a conocer conceptos que no pudieran ser expresados de otra forma son aceptables siempre y cuando no caigan en una tergiversación del pasado. Además del marco teórico brindado por Rosenstone5 nos apoyaremos también en las hipótesis de trabajo brindadas por Fabio Nigra.6 La hipótesis que sostiene el presente artículo es que una inmensa variedad de producciones críticas o de índole reformistas buscan consciente o inconscientemente reforzar las creencias en el funcionamiento del sistema. La gran mayoría de las producciones de Hollywood críticas terminan siendo funcionales al sistema al mostrar que hasta por medio de canales inesperados y de formas poco convencionales “el sistema funciona”. La forma en que principalmente se expresa dicha idea es por medio del “final feliz” al que Hollywood es tan adepto.

Para el desarrollo de nuestra hipótesis tomaremos como fuente principal la película Casualties of war7 dirigida por Brian De Palma en 1989 con la cual analizaremos también la guerra de Vietnam en general y el caso real en el cual se basó la película en particular. Para una mejor comprensión del presente trabajo creemos conveniente plantear una contextualización del momento histórico en el cual se desarrollaron los sucesos que intenta representar la película y un análisis de la fuente principal en la cual se basó De Palma para realizar su obra: el artículo periodístico de Daniel Lang “Una muchacha para matar” publicado el 18 de octubre de 1969 en la revista The New Yorker.

Debemos comprender que las producciones fílmicas históricas en Estados Unidos establecen un determinado tipo de relato el cual es viable relacionarlo con las corrientes presentes o pasadas historiográficas al interior de Estados Unidos, como así también con los diferentes sectores sociales de la sociedad norteamericana. También creemos necesario indagar acerca de la finalidad del film, o sea: construir consenso y reproducir ideología, tales como The Green Berets, Patton o Hamburger Hill8; criticar al sistema por sus defectos intentando el perfeccionamiento del mismo como por ejemplo Born on the Fourth of July o The Deer Hunter9 o por último, una crítica más profunda como por ejemplo Dr. Strangelove o Apocalypse Now.10 Además de ser un producto comercializable, también se puede entender a una película como un producto cultural, lo que la convierte en una fuente valiosa para marcar una conexión con la sociedad que la produjo. Nuestra posición es que así como “La historiografía (…) es producto de la historia y del momento histórico en que se vive”.11 La fuente fílmica es “un producto de una determinada sociedad; en este sentido, toda película es histórica en sí misma, puesto que nos está mostrando determinados aspectos del tiempo y lugar en que fue realizada”12; razón por la cual creemos que un análisis de una fuente fílmica que no posea referencia alguna al contexto de producción es un análisis incompleto teniendo en cuenta y asumiendo todas las complejidades que trae al respecto; por lo tanto intentaremos establecer la conexión que Brian De Palma intenta transmitir entre el pasado que evoca y el presente, desde donde produce su obra. Por último y a modo de conclusión estableceremos algunas consideraciones finales.

II

Entre 1964 y 1972, la nación más rica y poderosa de la historia del mundo hizo un esfuerzo militar máximo —recurriendo a todo menos a la bomba atómica— para derrotar a un movimiento nacionalista revolucionario en un diminuto país de campesinos. Y fracasó.13

La llegada de John Fitzgerald Kennedy a la presidencia le brindó una ráfaga de aire joven al gobierno norteamericano; lo cierto es que el presidente saliente Dwight Eisenhower, veterano de la segunda guerra mundial, en su discurso final advertía a la población sobre los peligros que traería la expansión del denominado complejo militar-industrial; una conglomeración de intereses militares y grandes industriales vinculados a los negocios de la guerra. Según Vernon Dibble de a poco las fronteras entre la sociedad civil y la sociedad militar fueron desapareciendo y el gobierno, los militares y las grandes compañías armamentísticas fueron fusionando sus intereses, penetrando en la totalidad de la sociedad civil.14 En materia económica Kennedy tuvo que lidiar con los inicios de una recesión y una inflación creciente que atacaba los intereses industriales. En cuanto a política interna su gobierno estuvo atado por el poco apoyo legislativo y la conflictividad social en aumento. En lo referente a política internacional, en el marco de la guerra fría, muchos incidentes como por ejemplo el desastre de Bahía de Cochinos, la aceptación del Muro de Berlín, el apoyo al golpe de estado a Ngo Dinh Diem en Vietnam (anteriormente apoyado por Washington), el manejo de la denominada Crisis de los misiles, con Cuba y la Unión Soviética, sumados a la negativa de una intervención militar abierta y directa en el sudeste asiático15 le restaron apoyo de la población en general y le otorgaron una visión de presunta debilidad ante los ojos de los Halcones.

Las grandes expectativas y esperanzas que el joven presidente había creado en amplios sectores de la población terminaron trágicamente a finales de 1963 cuando Kennedy fue asesinado en el estado de Texas. La teoría que esgrimió el gobierno norteamericano una semana más tarde mediante la Comisión Warren16 para investigar el asesinato es la que sostiene que el homicidio fue llevado a cabo por una sola persona, Lee Harvey Oswald, un antiguo agente del gobierno norteamericano influenciado por la propaganda comunista en su corta y confusa estadía en la Unión Soviética; las demás teorías como por ejemplo un golpe de estado interno llevado a cabo por la cúpula militar en complicidad con altas personalidades del gobierno y los servicios de inteligencia fueron descartadas.17 Muerto Kennedy asumió su vice, Lyndon Johnson, la presidencia de Estados Unidos y se abría de esta forma el camino a la acción de los Halcones tomando una posición abiertamente más beligerante con respecto a la política exterior.

Con la amplia victoria electoral en 1964 sobre su rival republicano Barry Goldwater, Johnson encontró un Congreso afín a sus políticas y a pesar de que existieron leves intentos por calmar la conflictividad social18, ésta fue en constante aumento. Ejemplos de ello son los movimientos de afroamericanos por los derechos civiles como los encabezados por Martin Luther King Jr. y Malcolm X, o la siguiente generación más disconformes aún con el sistema norteamericano como Poder Negro o los Panteras Negras; el movimiento feminista por la igualdad de género, el hipismo, la liberación sexual y el movimiento antibelicista que poseía su foco de propagación en los campus universitarios; todos movimientos que tuvieron su auge entre mediados de la década del sesenta y principios de la del setenta.

Según algunos historiadores la guerra de Vietnam fue el resultado inevitable de la política exterior estadounidense de “contención”, convirtiéndose de esta forma en el gendarme universal de la democracia capitalista en el contexto de la guerra fría19; se sostiene que el apoyo brindado al régimen anticomunista de Vietnam del Sur generó un compromiso con la guerra que derivó en una escalada impensada. Siguiendo la lógica de algunos sectores militares, quienes estaban convencidos en la victoria por la superioridad del número y el poder de fuego, se aumentó de 16.000 soldados en 1963 a 500.000 en 1968. Lo cierto es que no se tomó en cuenta la metodología del enemigo y se siguieron volcando sobre Vietnam hombres, bienes y dinero lo que derivó en un gran esfuerzo monetario drenando el dinero de la inversión y el gasto público norteamericano hacia el sudeste asiático aumentando aún más la conflictividad social al interior de los Estados Unidos. Dicha reasignación de recursos trajo como resultado un leve estancamiento industrial comparado con naciones que no tenía que soportar el peso económico de un enorme aparato militar como por ejemplo Alemania Occidental y Japón; como bien sostienen Samuel Bowles, David Gordon y Thomas Weisskopf “Parece que el debilitamiento del poder competitivo de Estados Unidos se debió, al menos en parte, a la magnitud y la importancia relativa de su maquinaria militar (…) los gastos militares acabaron socavando el poder de la economía”.20

Otras visiones sostienen el interés estratégico y la importancia de los recursos naturales del sudeste asiático (petróleo, estaño, caucho, carbón, hierro) en los cuales Estados Unidos estaba interesado.21 Lo cierto es que Estados Unidos intervino en un país luchando contra un pueblo que había resistido exitosamente contra la ocupación japonesa en la segunda guerra mundial y las ocupaciones inglesa, china y francesa en la segunda posguerra, habiendo convertido a la guerra de guerrillas en su forma de vida.

Con la victoria en la guerra franco-indochina y la retirada francesa se llevó a cabo un proceso de unificación entorpecido por Estados Unidos, convirtiendo a la región del sur en su zona de influencia e instalando como jefe de gobierno en Saigón al impopular Diem, un católico terrateniente en un país predominado por campesinos budistas.

En agosto de 1964 Johnson y su secretario de defensa, Robert McNamara, utilizaron una cadena de acontecimientos aún no esclarecidos en el golfo de Tonkin para lanzar una ofensiva a gran escala.22 A pesar de que la guerra nunca fue declarada, sólo el Congreso posee esa facultad y nunca lo realizó; Johnson logró una resolución del Congreso con sólo dos votos en contra que le otorgó el poder para tomar las medidas militares que creyera convenientes.23 Con respecto a los orígenes de la guerra estamos en condiciones de afirmar que desde la segunda posguerra la intervención norteamericana en el sudeste asiático fue deliberadamente buscada por la dirigencia política y la excusa dada a la población (frenar el avance del comunismo en Asia) poco tenía que ver con la realidad.24 Como bien sostienen Leo Huberman y Paul Sweezy el anticomunismo fue en parte una doctrina que justificó la guerra fría y la carrera armamentística.25 También es necesario tener en cuenta el poder de acción de los intereses militaristas al interior de Estados Unidos, como bien afirma Alicia Rojo “La intervención de Estados Unidos en la guerra de Vietnam no puede dejar de pensarse en el marco de los poderosos intereses del complejo militar industrial”.26

Con la intervención masiva en Vietnam los crímenes de guerra se hicieron cotidianos, los bombardeos a discreción se llevaron a cabo diariamente27; dentro de las “zonas de fuego libre” se declaraba enemigo y se asesinaba sin distinguir a civiles, niños, jóvenes, mujeres y ancianos; en las aldeas sospechadas de dar ayuda al Vietcong se llevaban a cabo “misiones de búsqueda y destrucción” en donde la mayoría de las veces finalizaban con una innumerable cantidad de crímenes de guerra, como por ejemplo el que se encarga de relatar la película a analizar.

Si tenemos en cuenta que la guerra duró aproximadamente una década, para el temprano año de 1965 (sólo un año después del incidente del golfo de Tonkin) los famosos Pentagon Pappers28 advertían sobre el mal curso de la guerra:

Los vietnamitas del Sur están perdiendo la guerra contra el Viet Cong. Nadie puede asegurar que podamos vencer al Viet Cong o incluso obligarlos a sentarse a la mesa de negociaciones bajo nuestros términos, no importa cuántos centenares de miles de tropas (norteamericanas) podramos desplegar. (...) La cuestión a decidir: ¿Debemos limitar nuestra responsabilidad en el sur de Vietnam y tratar de encontrar una salida con un mínimo de costos a largo plazo? La alternativa (...) es casi seguro que una guerra prolongada llevará a un compromiso abierto de las fuerzas de Estados Unidos, aumentando las bajas norteamericanas, no hay garantía de una solución satisfactoria, y existe un grave peligro de una escalada en la final del camino.29

Las innumerables advertencias realizadas a Johnson no fueron escuchadas, no se limitaron las perdidas en Vietnam del Sur como aconsejaba el documento y la salida fue larga y costosa. En el mismo sentido Leo Huberman y Paul Sweezy advertían que el único rumbo razonable a seguir era la retirada y que el camino tomado por las autoridades norteamericanas sólo conduciría al desastre nacional.30

A partir de 1968, principalmente debido a la denominada ofensiva del Têt; lo que anteriormente era apoyo comenzó a convertirse en cuestionamiento. En efecto, la ofensiva sorpresa que a principios de 1968 logró llegar al corazón de Saigón causó estragos en la moral de las tropas estadounidenses y comenzó un proceso de deterioro del apoyo popular.31 A pesar de ser derrotada militarmente la ofensiva vietnamita quebró la moral de las tropas y la población estadounidense.32 En semejante contexto Richard Nixon ganó las elecciones presidenciales con la promesa de ponerle fin a la guerra (la cual tardó años en cumplir).

A lo anteriormente expresado debemos sumarle las consecuencias psicológicas que la guerra tenía sobre los soldados; la indisciplina en aumento, las deserciones, la innumerable cantidad de soldados volcados al consumo de todo tipo de drogas y hasta el asesinato de oficiales por sus propios hombres nos dan una idea del alto trastorno psicológico al que estaban expuestos los soldados estadounidenses; el éxito de la táctica guerrillera vietnamita impidió a los norteamericanos entablar una guerra convencional e identificar al enemigo entre la población civil; los atentados, los constantes ataques de civiles vietnamitas a tropas norteamericanas, las trampas, el conocimiento del terreno, la compleja red de túneles subterráneos que manejaba el Vietcong dándole una ventaja estratégica para ataques sorpresivos, fue trastornado de a poco la psiquis de los soldados a tal punto de no llegar a diferenciar al civil amigo del enemigo. Los crímenes de guerra dejaron de ser algo extraordinario para convertirse en lo cotidiano.

Como si la ofensiva del Têt hubiera sido un revés leve, se le sumó el público conocimiento de la denominada matanza de My Lai; la cual fue revelada en noviembre de 1969 con profundas repercusiones al interior de Estados Unidos y a los ojos de la comunidad internacional posados sobre las acciones norteamericanas en Vietnam. Los conocimientos de una enorme cantidad de matanzas como la de My Lai, los ataques planificados de los B-52 contra aldeas indefensas, la creación de “zonas de fuego libre”, las misiones de “búsqueda y destrucción”, la defoliación masiva de las cosechas, el traslado coactivo de la población civil, las prácticas cotidianas de asesinatos, torturas y violaciones, fueron de a poco saliendo a la luz33 tornando aún más impopular una guerra que no sólo contaba con la oposición vietnamita en el campo de batalla, sino que también contaba con una creciente oposición al interior de Estados Unidos; factor que resultó de suma importancia para la finalización de la guerra.34

III

Si sobrevives a Vietnam,

vives para siempre.35

Según Engelhardt la industria de Hollywood reflejó una “cultura de la victoria” basada principalmente en los ideales estadounidenses de excepcionalismo y triunfalismo. Estos ideales se expresaron a principios del siglo XX en el cine a través del género del western en el avance hacia el oeste; al parecer el relato bélico por medio de la pantalla expresó y propagó mejor que ningún otro medio la cultura y el pensamiento de la clase dominante siendo un medio eficaz en la conformación de una “conciencia nacional” para lo cual fue fundamental la existencia-construcción del enemigo. Si la segunda guerra mundial resultó ser el momento de mayor auge de la “cultura de la victoria” por medio del relato bélico triunfalista, Vietnam fue su tumba y el desencanto social con sus tropas fue generalizado; en muy pocos años se observa una descomposición de dicha cultura. La visión del soldado héroe, liberador, salvador, pasó a ser la de víctima de guerra o, peor aún, un criminal de guerra.36 La derrota dejó devastado el orgullo de toda una nación y en especial el de la administración federal. En el pensamiento de los estadounidenses existía la sensación de que el mundo les había perdido el respeto, la fuerza militar de Estados Unidos había dejado de ser imponente y de esta forma nacía el “síndrome de Vietnam”, o sea la resistencia del pueblo norteamericano a intervenciones militares en conflictos internos de otros países.37

La fuente: Una muchacha para matar

En el transcurso del año 1969 el prestigioso periodista del semanario The New Yorker Daniel Lang, corresponsal de guerra durante la segunda guerra mundial, publicó un artículo que causó gran alboroto en la opinión pública norteamericana y provocó una investigación de la justicia militar estadounidense. En el mismo narraba cómo el 18 de noviembre de 1966 una patrulla partió con el plan de atrapar una muchacha, divertirse con ella, para luego asesinarla. La nota, extensa para un artículo periodístico, es el resultado de una serie de entrevistas con el protagonista de los hechos Sven Eriksson (interpretado en la película por Michael Fox), nombre falso que le dio el periodista con el fin de preservar la integridad de su fuente. Escrito en forma narrativa, el artículo es ampliamente ilustrativo con el fin de brindarle al lector datos que permitan la visualización de los hechos que relata.

El artículo está dividido en diez secciones. Las primeras cinco expresan el desprecio que las tropas norteamericanas tenían por los vietnamitas en general; se encarga de presentarnos a todos los personajes principales; además de Eriksson los otros cuatro integrantes de la patrulla eran: Tony Meserve, sargento de 20 años (interpretado en el film por Sean Penn); el subjefe Ralph Clark, (cabo, interpretado por Don Harvey), y por último, dos soldados: Rafael y Manuel Díaz (primos). Narra también la misión de la patrulla, la cual consistía en internarse varios días en la Colina 192 para recabar información. Antes de dicha misión al sargento Meserve le surgió la idea de conseguirse una muchacha para divertirse, distender la tensión y sostener la moral de la tropa. Luego del secuestro de la muchacha, Phan Thi Mao; toda la patrulla menos Eriksson abusaron de ella dentro de una choza de barro; las primeras secciones finalizan con el asesinato de la muchacha al día siguiente y unos enfrentamientos con miembros del Vietcong. Las siguientes cinco secciones se desarrollan a partir del retorno de Eriksson al comando y del calvario que tuvo que soportar en su búsqueda de justicia ante los oídos sordos de sus superiores. Narran también la resolución de la situación por medio de la acción del capellán capitán Gerald Kirk (interpretado por Sam Robards), quién se encargó de llevar la causa a la Oficina de Investigaciones Criminales de la División dónde se inició la investigación por violación y asesinato de la muchacha, que derivó en una corte marcial que consideró culpable a los cuatro imputados de violación y asesinato con duras penas; las cuales fueron considerablemente reducidas debido a un cambio de ideas de los jurados.38 El artículo es muy completo pero deja el campo abierto para algunas dudas; para dar un ejemplo y teniendo en cuenta que el periodista tuvo al protagonista de los hechos para poder repreguntar, no se cuestiona sobre cuáles fueron los motivos que llevaron a Eriksson a no hacer nada mientras escuchaba los gritos de dolor y sufrimiento de la víctima ante semejante barbarie por parte de sus compañeros de patrulla… tal vez indagó sobre ello y no tuvo respuesta alguna (como sucede en el juicio marcial de la película) quizá tampoco fue una inquietud del periodista más dedicado a demostrar lo que Vietnam había hecho con un extraordinario soldado como lo era Meserve. Del texto se desprende la idea de que no sólo Phan Thi Mao es una víctima, sino que también son víctimas de la guerra los soldados que abusaron de ella debido principalmente a que la guerra de Vietnam destruyó sus estructuras psíquicas y su poder de razonamiento sin poder diferenciar lo que está bien de lo que está mal.

El film: Casualties of War

El film Pecados de guerra39 está basado en hechos reales publicados en el artículo periodístico de Daniel Lang analizado previamente. El drama principal es como la moral y el comportamiento normal, producto de la guerra, se degenera a punto tal de deshumanizar a los seres humanos llevándolos a cometer atrocidades. Brian De Palma, profundamente influenciado por Alfred Hitchcock, es considerado como uno de los directores de cine más importantes de Hollywood, hasta que decidió autoexiliarse en París producto de una serie de fracasos.

Creemos que en dicho film no se realiza una crítica profunda a la moral de los soldados norteamericanos en la guerra, sino que se la pone en su contexto. Hasta cierto punto, e incluso tal vez inconscientemente, se justifica el accionar inmoral de las tropas norteamericanas achacándole la culpa al ambiente en el que fueron introducidos. “En una situación tan extrema ¿existe un sentido innato del bien y el mal? ¿o se trata de sobrevivir?” Se pregunta Michael Fox.40

Es una película de denuncia que critica en parte el accionar de los soldados norteamericanos, pero la crítica más profunda es a las condiciones en que aquellos soldados tuvieron que pelear y dar su vida, condiciones que en la gran mayoría de los casos llevaron al quiebre psicológico de los soldados; resaltando además el mal funcionamiento de las instituciones y la lucha por la búsqueda de justicia. La crítica se convierte de esta forma en una crítica reformista, como así también en una crítica de consenso porque la justicia, aunque sea por medio de válvulas inesperadas, llega.

En el año 1970 el festival de cine de Berlín fue suspendido por la presentación fallida de un film en teoría anti norteamericano de un director alemán, el film era Casualties of War; Brian De Palma en aquel entonces presente en el festival, buscó sin éxito la película con la intención de verla, dado que él había leído el artículo de Lang y estaba interesado en llevar su historia a una película. Tiempo más tarde y en parte gracias al éxito que había tenido con The Untouchables41 logró que la Paramount Pictures le dejara desarrollar el tema, pero los problemas no tardaron en llegar debido al tabú del tema a desarrollar, o sea la violación de mujeres civiles por los soldados norteamericanos en tiempos de guerra, la Paramount se negó a producir la película de De Palma, quién luego consiguió su objetivo al firmar contrato con Columbia Pictures, empresa que aportó los 22,5 millones de dólares necesarios para la producción del film.

Algunos papeles fueron interpretados por militares en la vida real, como por ejemplo el capitán Dale Dye quién interpretó en la película al capitán Hill; él y otros con experiencia militar se encargaron de darles un entrenamiento básico, tácticas y simulaciones de guerra a los protagonistas del film con el fin de darles instintos que experimentarían en las selvas de Tailandia, país en donde se rodó principalmente la película debido a las similitudes geográficas y ambientales con Vietnam. A uno de los instructores militares tuvieron que echarlo por la dureza de los entrenamientos militares destinados a los actores.

Al analizar las fuentes fílmicas tenemos que tener en cuenta que como bien afirma Rosenstone los films son trabajos realizados por otro tipo de profesionales, quienes se relacionan con el pasado de una forma mucho más libre al no poseer formación científica en el campo histórico, por lo tanto la adaptación tiene que partir de nosotros mismos aceptando las licencias que se toman algunos films, siempre y cuando no tergiversen el pasado.42

El film es presentado como un flashback de un veterano de guerra, creemos que no es casualidad que la película sea narrada de esta forma dado que con dicha estrategia De Palma logra introducir en debate la importancia de su mensaje, o sea el estado psicológico de los soldados durante y luego de la guerra de Vietnam. El tiempo real en la película es lo que dura un viaje en metro, la fecha es el 9 de agosto de 197443, tenemos esa certeza dado que en la primera escena del film dentro del metro municipal de San Francisco en donde Eriksson comienza a rememorar su historia44 hay tres personas leyendo el diario con el titular en la portada Nixon Resigning; la guerra ya terminó, al menos la paz se firmó, pero para los combatientes en Vietnam, en sus mentes, la guerra continúa.

El film posee tres secciones diferenciadas, la introducción sirve para presentar a los personajes y el contexto enmarañado en el cual se encuentran, o sea la jungla, los túneles, la confusión y los ataques sorpresa; contexto que justifica la degeneración de Meserve y los soldados de su escuadrón. La segunda sección comienza con la misión de reconocimiento y el rapto de Oahn, la muchacha vietnamita (interpretada por Thuy Thu Le); narra el calvario que tuvieron que pasar, tanto la muchacha como Eriksson hasta el asesinato de la joven. La tercera y última sección, luego del incidente trágico es la lucha desesperada de Eriksson ante oídos sordos para que se haga lo que él considera justo, o sea juzgar y condenar a sus compañeros que abusaron y asesinaron a una civil indefensa.

El film es duro debido a que desarrolla una historia que pocos se atreverían a contarla, pero sostenemos por algunos elementos que serán analizados a continuación que la denuncia y la crítica, al final de la película, dejan de serlo para convertirse en consenso.

El mundo subterráneo y el reino de la confusión

De noche en medio de la jungla el escuadrón está realizando una ronda; terriblemente asustado uno de sus compañeros le pregunta a Eriksson, “¿No te suena a hueco? Podríamos estar parados arriba de sus túneles, ¿verdad? Debajo de nosotros, en este mismo momento puede haber túneles vietnamitas hasta donde alcanza la vista”. Efectivamente estaban parados arriba de túneles vietnamitas en los cuales Eriksson queda atrapado. Creemos que el túnel, además de ser uno de los factores que más afectó la psicología de los soldados norteamericanos por lo sorpresivo de los ataques vietnamitas, es una metáfora sobre un mundo subterráneo manejado por el enemigo en donde al mezclarse con la superficie, la jungla nocturna en donde la distinción entre amigo y enemigo es casi nula45, actúan como un complemento que llevan a la confusión permanente. Volviendo a Eriksson, atorado en el hueco del túnel, un vietnamita intenta asesinarlo cuando el sargento Meserve le salva la vida al matar al vietnamita antes de que concrete su objetivo.

Dicha escena, la cual no tiene mención alguna en la fuente periodística original, es fundamental para comprender el dilema moral en el cual se encuentra Eriksson, dado que con el transcurso del film tiene que denunciar a aquel compañero que lo salvó. La invención de pequeños hechos, que tranquilamente podrían haber sucedido, sirve en el film como una especie de andamiaje para expresar con mayor intensidad el dilema moral que Eriksson lleva en su interior. En palabras del capitán Hill a quien notoriamente le viene muy bien el papel por ser un militar retirado, hablándole a Eriksson sobre Meserve: “Te sacó de un túnel vietnamita, ese asunto de la muchacha, estuvo muy mal. Pero es un muchacho. Tiene 20 condenados años. Y tú le arruinarás la vida. Él salvó la tuya”.

Posteriormente, durante la misión de reconocimiento, Hatcher divisa un movimiento a unos metros y le pregunta a Clark, “¿Ése ahí es un granjero o alguien del Vietcong?”. Clark le responde “Me parece que es una piedra”; ante esa respuesta Hatcher dispara su fusil M16 y luego sale un búfalo debajo de los arbustos. Pensamos que De Palma usa ésta escena con el fin de reafirmar la confusión generalizada que existía entre los soldados.

El antagonismo entre el bien y el mal:Michael Fox versus Sean Penn

Según Rosenstone el cine explica la historia mediante los avatares de individuos, hombres y mujeres, preferentemente los primeros46; al respecto creemos que no es casual la elección de Michael Fox para el papel de Eriksson, dado que Fox es por su aspecto físico un actor que realizo hasta bien entrada su edad de adulto papeles de adolescentes, generalmente ingenuos, buenos, inocentes, éticos, idealistas; en parte Michael Fox, en su papel de Eriksson, representa y condensa lo que un buen soldado norteamericano tendría que ser a pesar de todas las calamidades que pasan por su lado; Estados Unidos lucha por un ideal digno y ese ideal está representado en la personalidad de Eriksson, la identificación tiene que ser absoluta, el espectador tiene que verse reflejado en él. A tal punto fue tan importante la elección de Michael Fox, que el mismo De Palma afirmó que de no haber contado con su presencia no hubiera hecho la película.

Sean Penn le da vida al villano, pero no un villano cualquiera, sino que su locura fue producto de la guerra, lo que lo lleva a no distinguir entre el bien y el mal, entre civiles y vietcongs; lo trágico para De Palma fue que Meserve era un soldado ideal, buen compañero, heróico, valiente, leal, duro, entre muchas otras virtudes; quién de más joven seguramente era el muchacho más popular en su escuela, líder del vecindario o el capitán de su equipo de fútbol, pero se encontró con Vietnam y la maldad comenzó a crecer dentro suyo, el medio ambiente lo cambió para mal.

La combinación de ambos actores en sus papeles respectivos le da al film los caracteres principales del conflicto entre el bien y el mal, salvo que en el film, ambos pertenecen a las tropas estadounidenses. El conflicto se expresa bien claro, Eriksson cree que fue a Vietnam a ayudar a la población vietnamita, pronto se dará cuenta de la ingenuidad en la que estaba inmerso por su idealismo. Meserve representa la degeneración que provocó la guerra de Vietnam en las tropas estadounidenses, dicho personaje también es una víctima de la guerra, tal vez más importante que la propia muchacha vietnamita porque él estaba destinado a un gran futuro trunco por las ambiciones de poder de los dirigentes políticos, no en vano el título en inglés de la película es Casualties of War, o sea bajas de guerra, víctimas de guerra, muertos en guerra, en donde las casualties fueron aquellos muchachos inocentes que dejaron su vida en el campo de batalla y quienes no lo hicieron lo que dejaron fueron sus almas.

Además de representar al bien en lucha contra el mal, el rol de Eriksson dentro del film es mucho más amplio, en más de una escena puede rastrearse el “excepcionalismo” y el “patriotismo” que su papel representa. Eriksson representa todo lo que la democracia estadounidense intentó (al menos desde la retórica) realizar en Vietnam, o sea la intervención con el fin de ayudar a los buenos vietnamitas en contra del comunismo; Eriksson le da chocolates a los chicos, les deja jugar con su casco de soldado, ara el campo en lugar de ellos, no distingue bien entre civiles y enemigos, él expresa “se supone que vinimos a ayudar a esta gente”, le limpia la herida a Oahn mientras le promete que no le hará daño y trata de hacerle comprender que él es su amigo, le da agua y comida, intenta consolarla y trata de ayudarla a escapar de sus compañeros; lo cierto es que para sus compañeros él es un “pobre novato” dado que sólo lleva tres semanas en Vietnam, poco tiempo para contagiarse de la locura colectiva que aqueja a las tropas norteamericanas, en cambio Meserve es un soldado experimentado, no confraterniza con ningún vietnamita a quienes acusa de ser unos fucking vc (malditos Vietcongs). La locura de Meserve, quien odia el ejército, odia Vietnam y odia a los vietnamitas, se logra en el film gracias a una extraordinaria actuación de Sean Penn. A pesar de ser un soldado sobresaliente en cuanto a cualidades de combate, evidentemente está mal de la cabeza, sus actos lo demuestran, pero su locura se da por la deshumanización que causa la guerra, de la cual todos fueron víctimas, Eriksson se niega a convertirse en ello, él afirma:

Esta maldita situación nos está afectando la cabeza (…) Está todo al revés. Sólo porque todos nosotros podemos morir de un momento a otro todos actúan como que podemos hacer cualquier cosa y no importa lo que hagamos. Pero yo pienso que tal vez sea al revés. Tal vez lo importante sea lo opuesto. Justamente como podemos morir en cualquier momento deberíamos tener todavía más cuidado con lo que hacemos. Porque tal vez importe más. Dios santo, tal vez importe más de lo que pensamos.

Una vez más Eriksson actúa siendo la voz de la mesura, de la reflexión, demostrando que no todo está perdido, que hay personas que luchan por lo justo y que a pesar de todos los males que trae la guerra existen personas que resisten y hacen lo que creen que está bien a pesar de que las consecuencias sean el castigo y el aislamiento.

Conquistar las mentes y los corazones

La política bélica con la cual Estados Unidos llevó adelante el conflicto en Vietnam fue la contrainsurgencia, la cual había nacido en el gobierno de Kennedy. Hasta aquel entonces la victoria militar se daba sólo por la destrucción total del enemigo, con las nuevas reformas en las teorías bélicas y más teniendo en cuenta la experiencia de la guerra de Corea, lo que se intentó fue intervenir masivamente con el objetivo de ganar el apoyo de la población local demostrando las bondades del sistema norteamericano y la maldad del comunismo. Para ello se desarrollaron tareas como por ejemplo el control de la población, los censos y labores sociales como por ejemplo la enseñanza del inglés, entre otras. La propaganda fue un factor fundamental para lograr dicho objetivo; se arrojaron a las aldeas millones de panfletos desde aviones con el fin de ganar el apoyo de la población civil, por ejemplo uno de ellos dice: “Estimados ciudadanos: La infantería de marina de los Estados Unidos lucha en Duc Fo junto a las fuerzas del gobierno de Vietnam para que el pueblo vietnamita tenga la oportunidad de vivir una existencia libre y feliz, sin temor al hambre y el sufrimiento. Pero muchos vietnamitas pagaron con su vida, y sus hogares fueron destruidos, porque ayudaron al Vietcong en la tentativa de esclavizar al pueblo vietnamita”.47

En la escena posterior al rapto de Oahn el cabo Thomas Clark lleva amordazada a la muchacha y refiriéndose a ella irónicamente comenta “Vamos a ganar su corazón y su mente, Eriksson, si es que tiene”. En efecto ganar las mentes y los corazones de la población civil local era a todo lo que apuntaba la política de contrainsurgencia, creemos que De Palma con estos comentarios crítica y satiriza las metodologías con las cuales el ejército de Estados Unidos intentó ganar mentes y corazones. En el film Clark está expresando una verdad abrumadora, o sea la forma en que Estados Unidos intentó ganar las mentes y los corazones fue por medio de la barbarie y el horror.

La choza de la barbarie

Meserve recibe las instrucciones de dirigirse hacia la colina 209, en el valle del río Tra Khuc en búsqueda de túneles y refugios enemigos con la explícita orden de no disparar a nadie salvo en defensa propia. Frente a sus compañeros de escuadrón expresa que saldrán antes para desviarse unos dos mil metros hacia la aldea de Nghia Hanh “Ahí requisaremos una chica. Un divertimento portátil. Nos distraerá del aburrimiento y nos levantará la moral”. Luego del secuestro de la muchacha la patrulla se detiene a descansar en una choza. Dicha escena es la más importante de la película como así también la más dura. En ella se expresa la deshumanización del cual fueron producto los jóvenes que fueron a Vietnam. De Palma creyó conveniente agregar un espacio en el cual Eriksson quedó a solas con Oahn, ayudándola con sus heridas, y expresándole que él era su amigo. Según Lang los soldados comenzaron a limpiar la choza y Phan Thi Mao (nombre que Lang le dio a la víctima) comenzó a limpiar sin que nadie le dijera nada; en cambio en el film ningún hombre limpia y la que se encarga de la tarea doméstica es sólo la muchacha, escena que nos da una idea del concepto que posee De Palma de la mujer vietnamita.

Cuando retorna Meserve comienza el drama, Eriksson afirma “Esto no está bien. No deberíamos estar haciendo eso. No pienso violar a nadie”; Meserve lo acusa de invertido, lo amenaza, le da una reprimenda por no obedecer las órdenes que le dio y lo aísla de los demás soldados, tanto de Clark y Hatcher (interpretado por John Reilly) quienes estaban de acuerdo con Meserve; como así también de Díaz, quien a pesar de estar en contra de lo que están a punto de hacer sigue las órdenes de su sargento por miedo a quedar aislado como Eriksson. Creemos que en el soldado Díaz se condensan todos aquellos soldados que cometieron atrocidades por el simple hecho de seguir órdenes que van en contra de la moral y la ética sin tener la fortaleza necesaria para negarse a cumplirlas. Díaz le confiesa a Eriksson que él no quiere hacerle nada a la muchacha y le pide su apoyo, en el momento de la verdad Díaz siguió las órdenes de su sargento. Mientras los soldados se turnan para abusar de Oahn llega la noche y con ella la lluvia. Meserve se acerca a Eriksson y le dice “A ti te debe gustar el ejército ¿cierto? Yo odio el ejército”. A lo que Eriksson le responde “Esto no es el ejército, esto no es el ejército sargento”.

Oídos sordos y la salida tan esperada

De vuelta en la base norteamericana Eriksson se despierta en un hospital, en pocos planos se demuestra la crudeza de la guerra al ver a soldados mutilados gritando desconsoladamente del dolor, Eriksson ni bien retoma la conciencia sale corriendo al ver tanto horror lo que da una muestra de la negación que tenía Eriksson a los horrores de la guerra, él creyó que había ido a Vietnam a ayudar a la gente y se encontró con un panorama totalmente diferente. De vuelta en el campamento se observa como la experiencia vivida lo convirtió en un experimentado, a tal punto que termina maltratando a un novato por los nervios que demostraba el muchacho que había perdido a su escuadrón.

Cuando Eriksson intenta comentarle a un compañero lo sucedido en la misión de reconocimiento, el cabo Clark furioso le advierte “Lo que pasa en el campo de batalla, ahí queda. Tú sabes eso, todo el mundo lo sabe”. Lo cierto es que Eriksson decide hablar con su superior y contarle lo sucedido por miedo a que lo maten sus propios compañeros. La cadena de mando comenzó con el teniente Reilly (interpretado por Ving Rhames), un afroamericano, trata de calmarlo y le comenta una experiencia suya, quién víctima del racismo y por su actitud violenta terminó en la cárcel, la moraleja de su historia es “Lo que ocurrió es como son las cosas, ¿entonces para qué tratar de ganarle al sistema? (…) tu no piensas, tu escuchas. Te aconsejo que te calmes y trates de olvidar este asunto. No se puede esperar otra cosa de la zona de combate. ¿Está claro?”, Eriksson responde “Si, señor”. Saltando la cadena de mando Eriksson decide hablar sobre lo sucedido con el capitán Hill a quien le pide una investigación; Hill, enojado, le dice que lo va a sacar de su compañía y además afirma: “Mi papel aquí es advertirte cómo terminará un asunto como éste. Y deberías saber que los tribunales militares son notoriamente clementes (…) aunque condenen a estos cuatro, no estarán en la cárcel mucho tiempo. De hecho saldrán de la cárcel antes de que espantes una mosca de un pedazo de mierda. Y si estuviera en lugar de ellos, estaría enojado contigo. Estaría buscando una venganza”.

Ambas intervenciones, las del teniente Reilly y el capitán Hill, condensan a aquellos oficiales superiores que dejaron y dejan suceder hechos horrorosos como el que se encarga de denunciar la película. Lamentablemente, los crímenes de guerra en épocas de conflictos bélicos son normales dentro de lo que la norma establece, o sea lo que se repite, y evidentemente así lo toman sus superiores. Es muy extraño ver a soldados estadounidenses ser juzgados por cortes marciales por crímenes que cometieron en el campo de batalla, a no ser que los crímenes tomen conocimiento público como el caso analizado; la mayoría de las veces no existe sanción alguna a los soldados, quienes además, como bien lo expresa el film, obtienen la benevolencia tanto de sus superiores como así también de las cortes marciales encargadas de juzgarlos. Evidentemente todavía existe la creencia de que al juzgar a los propios soldados lo único que se logra es ayudar al enemigo.

Cuando todo parecía una causa perdida, Eriksson llega a comentar “A nadie le interesa. Le conté a todo el mundo, ¡Y no les importa!”, de casualidad en un bar militar un capellán del ejército escucha su historia. En un primer momento le realizan una incisiva interrogación para determinar la veracidad de su historia la cual fue corroborada con la investigación y el descubrimiento del cadáver, lo que derivó en el juicio y las condenas a los cuatro soldados.

Es importante observar que tanto en la historia de Lang como en la película de De Palma, la salida se da por medio de un canal inesperado; Eriksson estaba emborrachándose en un bar debido a su fracaso en la búsqueda de justicia y el temor a ser asesinado; observando dicho panorama se le acercó un capellán intentando darle algún consejo sobre algún problema familiar o algo similar, ante semejante historia el capellán comenzó a mover influencias para investigar y juzgar a los culpables. La justicia llega, pero no como debería llegar. El sistema funciona, pero posee errores que deben ser corregidos.

Al final de la película, viajando por el metro de San Francisco, Eriksson tiene una pesadilla con una posible venganza de los cuatro compañeros juzgados por los delitos cometidos, una muchacha presuntamente vietnamita, con la cual se observan mutuamente, al bajar del metro le pregunta “Tuviste una pesadilla, ¿verdad?”, “Si” (le contesta Eriksson), “Me parece que se terminó” le responde la muchacha, la pesadilla terminó, al menos para la muchacha que representa al pueblo vietnamita, quienes en el pensamiento de De Palma superaron el problema y consiguieron salir adelante; la pesadilla terminó, pero al contrario que los vietnamitas, los estadounidenses no curaron sus heridas, la mujer vietnamita lo superó, el pueblo vietnamita también, Eriksson no, Estados Unidos tampoco. Es hora de curar las heridas, es hora de que la pesadilla termine.

Brian De Palma respetó en gran medida el artículo original de Daniel Lang, aunque le hizo varias modificaciones; algunos nombres personales y de lugares fueron cambiados, se cambiaron algunos personajes, ciertas situaciones que no se encuentran en el artículo de Lang fueron introducidas con el fin de mantener la intensidad del relato y el final (del cual nos vamos a ocupar ampliamente a continuación) fue narrado a medias; sin embargo tanto el argumento como las ideas principales fueron respetadas.

IV

“Los filmes norteamericanos a menudo dicen más acerca de su época de lo que sus creadores conscientemente intentan decir”.48

Como afirmamos anteriormente la oposición interna a la guerra fue un factor fundamental para la retirada norteamericana.49 Las negativas al reclutamiento, la quema de libretas de enrolamiento, las movilizaciones estudiantiles, el apoyo a los desertores, periodistas que manifestaban abiertamente su oposición a la guerra, la creciente oposición de los intelectuales, el público conocimiento de una innumerable cantidad de matanzas a civiles, la documentación de los Pentagon Pappers, entre muchos otros incidentes empujaron al gobierno de Nixon a concretar la promesa de retirada. En efecto en 1973 el secretario de defensa Henry Kissinger, firmó el acuerdo de paz, el cual no se respetó hasta la caída definitiva del régimen de Saigón en abril de 1975.

El peso económico que significó la guerra de Vietnam condujo a una gran crisis de producción industrial de consumos masivos a nivel interno; en una economía configurada para la guerra, debido principalmente a los constantes déficits fiscales y comerciales, Nixon intentó equilibrar el presupuesto por medio de la reducción del gasto federal; en un contexto inflacionario produjo el inicio de una recesión y la consecuente contracción del PNB, aumentó el desempleo y subempleo, y derivó en una profunda crisis económica agravada por la crisis internacional del petróleo de 1973. El quiebre del modelo de acumulación capitalista keynesiano nacido luego de la gran depresión económica de 1929, el cual ya mostraba serias fisuras desde la década anterior, era ya una realidad. A la crisis económica tenemos que sumarle la alta conflictividad social, la crisis de hegemonía y la crisis política derivada del Watergate, lo que derivó en la renuncia de Nixon a la presidencia de Estados Unidos. El sistema estaba totalmente fuera de control y se hacía necesaria una urgente recomposición:

En 1975, el sistema emprendió un complejo proceso de consolidación. Este proceso incluyó acciones militares de la vieja escuela (…) para imponer su autoridad en el mundo y también en el país. Asimismo, hacía falta convencer al desilusionado pueblo de que el sistema estaba haciendo su autocrítica y enmendando sus errores (…) Sin embargo (…) el pueblo norteamericano mostraba aún muchos indicios de desconfianza, hasta de hostilidad, hacia los altos funcionarios del gobierno, los jefes militares y los directivos de las grandes empresas.50

En consecuencia a mediados de los setenta los sectores más influyentes de la clase dominante comprendieron la necesidad de profundas transformaciones. En efecto, bajo la presidencia de Ronald Reagan se finaliza con el desmonte del estado de bienestar y las políticas keynesianas.

En cuanto a política exterior la Administración Reagan consideró imperativo dar por finalizado el “síndrome de Vietnam” y al mismo tiempo intensificar la guerra fría por medio de la carrera armamentística; evidentemente los descomunales aumentos en gastos militares fueron financiados por los trabajadores y los más desposeídos.51 La creciente presencia militar en el Tercer Mundo, las intervenciones, directas o indirectas en distintos países apuntaban a intensificar la guerra fría luego de la distención de la segunda mitad de la década del setenta.

En dicho contexto Brian De Palma llevó adelante la dirección de un film bélico, que no trataba de cualquier guerra en donde los “americanos” eran los muchachos buenos que vencían a los villanos sino que trataba de la guerra que había abierto el proceso de debacle de la hegemonía interna y externa norteamericana; la guerra que había desafiado a la racionalidad occidental y se había perdido en el medio de la locura evidenciada en sus propias tropas… De Palma se preguntaba “¿Por qué los chicos iban a Vietnam? Parecía uno de esos ejemplos en que dirigentes políticos mandaban a chicos inocentes a una contienda desesperada por motivos supuestamente políticos como la teoría del dominó de la cual nadie habla ya. Porque ir allí no tenía sentido para mí. Nunca lo entendí”. Dicho pensamiento se refleja fielmente en la película como por ejemplo en la escena en donde en medio de una batalla varios helicópteros UH-1 Iroquois llegan en apoyo y bombardean toda la zona, destruyendo el arsenal propio de una lancha cañonera norteamericana, asesinando también a sus propios soldados; pensamos que con dicha escena De Palma intenta representar lo absurdo de la guerra, su estupidez y su incomprensibilidad.

En aquel entonces y con edad de enrolamiento, De Palma inventó una serie de pretextos para evitar ir a la guerra, el primero fue una enfermedad alérgica, el segundo que él era comunista, el tercero que era homosexual, los encargados de reclutar determinaron que no estaba bien psicológicamente, de esa forma logró su objetivo. Volviendo al film creemos que éste expresa fielmente la idea de la degeneración psicológica producto del medio ambiente; como bien sostiene Lifton

My Lai es el paradigma de la guerra de Vietnam no solo porque todos los soldados que regresan pueden narrar incidentes similares (…) sino también porque refleja el estado psicológico típico de los norteamericanos que libran dicha guerra. Ilustra la progresión criminal del engaño y el autoengaño: pasamos de la táctica política a la táctica militar y de esta a la aberración psicológica.52

En la primera escena que se desarrolla dentro de una aldea todo da a entender que reina la tranquilidad, Brown le da consejos a Eriksson de lo que tiene que hacer para sobrevivir en Vietnam y lo más importante es confiar en su sargento dado que “Sin el sargento, eres como una bolsa de mierda de mono”. Mientras los demás soldados del escuadrón están descansando, Brown se abraza a Meserve y de la nada salen disparos que dejan herido de muerte a Brown; en un segundo plano se ve como miembros de la aldea ayudan a escapar por un túnel al vietcong que había herido a Brown. De dicha escena se desprende que no existe lugar ni tiempo para el descanso, el ataque es sorpresivo, inesperado, a traición, poco convencional, lo que lleva a los soldados experimentados a desconfiar de todos los vietnamitas, como afirma Clarck luego de dicho ataque “Lo que quiero decir es que estos vietnamitas son una mierda, son de baja calaña. Todos los hijos de puta de ese pueblo, hombres, mujeres y niños sabían de esos malditos morteros y sabían de los francotiradores y dejaron que liquidaran a Brown. Son insectos, son cucarachas. La total destrucción es la única forma de lidiar con ellos”. De ello se desprende el sadismo que experimentaban los soldados al no diferenciar entre el bien y el mal.

De Palma, miembro de una generación perdida, aquella que entregó su vida y su cordura en Vietnam reclama con su film el cuidado que los dirigentes políticos no tuvieron en la década del sesenta para no repetir la historia en una época en que las políticas beligerantes reaganeanas intensificaban la guerra fría (conflicto que supuestamente allanó el camino hacia Vietnam).

V

“El rechazo (o el miedo) audiovisual no ha evitado que los historiadores estén cada vez más en contacto con él. Los films han invadido las aulas”53

Un punto importante a tener en cuenta es lo profundo que penetran los films en la estructura de sentimientos de las personas, o sea las emociones que logran despertar las películas dentro de cada uno de nosotros dado que los films poseen el poder de trasladarnos al corazón mismo de los acontecimientos. Otro punto a tener en cuenta es que las películas poseen la particularidad de permanecer más tiempo en la conciencia de un pueblo; los revolucionarios rusos lo sabían, razón por la cual no escatimaron dinero y recursos para la producción de films con el solo objetivo de construir y propagar ideología. A partir de aquel entonces ningún gobierno de ningún país estuvo exento de la utilización de los films con motivos de construcción de consenso y expansión de la ideología dominante, ni hablar de las estrechas relaciones que poseen Hollywood y el gobierno norteamericano, para dar un ejemplo, la gran mayoría de las películas bélicas norteamericanas deben pasar por la censura del pentágono para ser aprobadas, a cambio éstos brindan equipos militares, logística y armamento para la realización de los films, de lo contrario se encarece demasiado la producción y la calidad resulta muy inferior. El gobierno de Estados Unidos también comprendió la importancia del audiovisual en tiempos de guerra; ya para la segunda guerra mundial el gobierno había ordenado la realización de un film en estilo documental que justificara la intervención norteamericana en el conflicto bélico, el resultado fue el famoso documental Why We fight54, para la guerra de Vietnam el gobierno ordenó y distribuyó varios documentales moldeados sobre la base del anteriormente nombrado.55

Hemos visto anteriormente como Pecados de guerra, a pesar de ser un film muy crítico y de denuncia, cierra dentro de la línea del consenso al dejarnos la sensación de que el sistema funciona y que a largo plazo prevalece el bien y la justicia.56 El film se aleja de la historia real en dicho aspecto, dado que como bien nos informa Daniel Lang en su artículo las penas a los cuatro soldados fueron considerablemente reducidas en un juicio posterior dejando una sensación de injusticia, el film elimina dicha información.57 Según Rosenstone todos los films llevan implícitos un mensaje moral y esperanzador, en el film de De Palma dicho mensaje es que la justicia prevalece a pesar de todos los inconvenientes que surgen en el camino, razón por la cual creemos que o se optó por no contar el final real de los hechos o lo que es peor aún De Palma tuvo que eliminar el final real por presiones externas.58 Como bien observa Margara Averbach al analizar los “finales felices”:

Como se trata de una película comercial, el final tiene que ser feliz (…) Tiene que demostrar al público que las instituciones sociales son confiables, que la vida en los Estados Unidos es, en un último análisis, justa y deseable (…) Dentro de la gran industria, hay un ‘final feliz’ que apoya y sostiene la idea de que el sistema impuesto por la parte blanca y más poderosa de la población en los Estados Unidos contiene los mecanismos necesarios para salvaguardar la justicia y hasta la igualdad de todos los grupos aunque puedan achacársele muchos errores y rincones oscuros (…) la sociedad tiene defectos, sí, pero son excepciones a la regla y es posible eliminarlos mediante un esfuerzo individual y volver al estado de felicidad y equilibrio que es el estado normal de la comunidad.59

La pregunta clave al estudiar cine e historia es si ¿aprendemos algo válido del film?, la respuesta es que no solo podemos aprender algo válido de la época que el film intenta evocar, ya que aporta una innumerable cantidad de información que, verídica o no, nos mueve a la investigación de si lo que relata el film pasó o no realmente; sino que también aprendemos mucho sobre la época en que el film fue producido, así como también cual es el pensamiento de ciertos grupos sociales identificados con el pensamiento y la ideología del autor que muchas veces puede ser a modo personal, pero que reflejan no sólo la ideología de una sola persona, sino la ideología de un sector social en la cual el autor está incluido.

Además de aprender nociones válidas, el carácter del medio audiovisual es proclive a su utilización pedagógica por razones más que lógicas. En una época, como la denomina Rosenstone, posliteraria la utilización de los medios audiovisuales puede ser un muy buen disparador y/o complemento por medio del cual lo que se busca es incentivar la lectura y la curiosidad por la historia en los alumnos primarios, secundarios y porque no, terciarios. No hace falta remarcar el poder de la pantalla en captar la atención de los alumnos, por lo tanto es un medio que no podemos descartar a pesar de todas las dificultades que traiga aparejadas, que con el tiempo y el trabajo creemos que pueden ser resueltas.

Referencias bibliográficas

Willi Paul Adams. “La década de 1960”, en Los Estados Unidos de América; Madrid, Historia Universal Siglo XXI, 1979.

Margara Averbach. “Dos significados políticos para el final feliz: Hollywood vs. cine de minorías”, en Taller; Volumen 4, Número 12, noviembre 1999.

George Ball. “Memorandum for the President Johnson, ‘A Compromise Solution in South Vietnam, 1 July 1965”, en The Pentagon Papers; Boston: Beacon Press, Gravel Edition, Volume 4, 1971.

Alberto Bornstein Sánchez. “El pasado a 24 imágenes por segundo: reflexiones sobre la utilidad del cine histórico”, en Cuadernos de Historia Moderna; Nº 12, Edit. Univer., 1991.

Samuel Bowles; David Gordon y Thomas Weisskopf. La economía del despilfarro; Madrid, Alianza Universidad, 1983.

Vernon K Dibble. “La sociedad como guarnición: el estado poderoso y el ciudadano”, en Estados Unidos ante su crisis; México, Siglo XXI, 1973.

Analía Inés Dorado. “La ofensiva del Têt: visiones encontradas”, en Pablo Pozzi y Fabio Nigra. Huellas imperiales. Historia de los Estados Unidos de América 1929-2000; Buenos Aires, Ediciones Imago Mundi, 2003.

Don Edwards. Congressional Conference on War and National Responsibility (Conferencia legislativa sobre la guerra y la responsabilidad nacional) celebrada en Washington a principios de 1970; en Telford Taylor, Richard Falk, Gabriel Kolko, Hans Morgenthau y otros; Erwin Knoll y Judith Nies McFadden (comp.). Los crímenes de guerra en Vietnam; Buenos Aires, Granica Editor, 1971.

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