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Robert Louis Stevenson
Obras selectas de Robert Louis Stevenson
e-artnow, 2021
EAN 4064066446369
Índice
La isla del tesoro
La flecha negra
El diablo en la botella
El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde
La isla del tesoro
Índice
Contenido
Prólogo del autor
PARTE PRIMERA
PARTE SEGUNDA
PARTE TERCERA
PARTE CUARTA
PARTE QUINTA
PARTE SEXTA
Prólogo del autor
Índice
Para S.L. 0.,
un caballero americano,
de acuerdo con cuyo clásico gusto
ha sido imaginada la narración que sigue,
y al que ahora, agradeciéndole tantas horas deliciosas,
y con los mejores deseos,
dedica estas páginas su afectuoso amigo,
EL AUTOR
Para el comprador indeciso
Si los cuentos que narran los marinos,
Hablando de temporales y aventuras, de sus amores y sus odios,
De barcos, islas, perdidos Robinsones
Y bucaneros y enterrados tesoros,
Y todas las viejas historias, contadas una vez más
De la misma forma que siempre se contaron,
Encantan todavía, como hicieron conmigo,
A los sensatos jóvenes de hoy:
-¿Qué más pedir? Pero si ya no fuera así,
Si tan graves jóvenes hubieran perdido
La maravilla del viejo gusto
Por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne,
O con Cooper y atravesar bosques y mares:
Bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda
Dormir el sueño eterno con todos mis piratas
Junto a la tumba donde se pudran ellos y sus sueños
PARTE PRIMERA
EL VIEJO PIRATA
Índice
Contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 1
Y el viejo marino
Índice
llegó a la posada del «Almirante Benbow»
El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posi ción de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello tomo mi pluma en este año de gracia de 17… y mi memoria se remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería «Almirante Benbow», y el viejo curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo para nuestro techo.
Lo recuerdo como si fuera ayer, meciéndose como un navío llegó a la puerta de la posada, y tras él arrastraba, en una especie de angarillas, su cofre marino; era un viejo recio, macizo, alto, con el color de bronce viejo que los océanos dejan en la piel; su coleta embreada le caía sobre los hombros de una casaca que había sido azul; tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con uñas negras y rotas; y el sablazo que cruzaba su mejilla era como un costurón de siniestra blancura. Lo veo otra vez, mirando la ensenada y masticando un silbido; de pronto empezó a cantar aquella antigua canción marinera que después tan a menudo le escucharía:
«Quince hombres en el cofre del muerto…
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»
con aquella voz cascada, que parecía afinada en las barras del cabrestante. Golpeó en la puerta con un palo, una especie de astil de bichero en que se apoyaba, y, cuando acudió mi padre, en un tono sin contemplaciones le pidió que le sirviera un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, lo bebió despacio, como hacen los catadores, chascando la lengua, y sin dejar de mirar a su alrededor, hacia los acantilados, y fijándose en la muestra que se balanceaba sobre la puerta de nuestra posada.
-Es una buena rada -dijo entonces-, y una taberna muy bien situada. ¿Viene mucha gente por aquí, eh, compañero? Mi padre le respondió que no; pocos clientes, por desgracia. -Bueno; pues entonces aquí me acomodaré. ¡Eh, tú, compadre! -le gritó al hombre que arrastraba las angarillas-. Atraca aquí y echa una mano para subir el cofre. Voy a hospedarme unos días -continuó-. Soy hombre llano; ron; tocino y huevos es todo lo que quiero, y aquella roca de allá arriba, para ver pasar los barcos. ¿Que cuál es mi nombre? Llamadme capitán. Y, ¡ah!, se me olvidaba, perdona, camarada… -y arrojó tres o cuatro monedas de oro sobre el umbral-. Ya me avisaréis cuando me haya. comido ese dinero -dijo con la misma voz con que podía mandar un barco.
Y en verdad, a pesar de su ropa deslucida y sus expresiones indignas, no tenía el aire de un simple marinero, sino la de un piloto o un patrón, acostumbrado a ser obedecido o a castigar. El hombre que había portado las angarillas nos dijo que aquella mañana lo vieron apearse de la diligencia delante del «Royal George» y que allí se había informado de las hosterías abiertas a lo largo de la costa, y supongo que le dieron buenas referencias de la nuestra, sobre todo lo solitario de su emplazamiento, y por eso la había preferido para instalarse. Fue lo que supimos de él.
Era un hombre reservado, taciturno. Durante el día vagabundeaba en torno a la ensenada o por los acantilados, con un catalejo de latón bajo el brazo; y la velada solía pasarla sentado en un rincón junto al fuego, bebiendo el ron más fuerte con un poco de agua. Casi nunca respondía cuando se le hablaba; sólo erguía la cabeza y resoplaba por la nariz como un cuerno de niebla; por lo que tanto nosotros como los clientes habituales pronto aprendimos a no meternos con él. Cada día, al volver de su caminata, preguntaba si había pasado por el camino algún hombre con aspecto de marino. Al principio pensamos que echaba de menos la compañía de gente de su condición, pero después caímos en la cuenta de que precisamente lo que trataba era de esquivarla. Cuando algún marinero entraba en la «Almirante Benbow» (como de tiempo en tiempo solían hacer los que se encaminaban a Bristol por la carretera de la costa), él espiaba, antes de pasar a la cocina, por entre las cortinas de la puerta; y siempre permaneció callado como un muerto en presencia de los forasteros. Yo era el único para quien su comportamiento era explicable, pues, en cierto modo, participaba de sus alarmas. Un día me había llevado aparte y me prometió cuatro peniques de plata cada primero de mes, si «tenía el ojo avizor para informarle de la llegada de un marino con una sola pierna». Muchas veces, al llegar el día convenido y exigirle yo lo pactado, me soltaba un tremendo bufido, mirándome con tal cólera, que llegabaa inspirarme temor; pero, antes de acabar la semana parecía pensarlo mejor y me daba mis cuatro peniques y me repetía la orden de estar alerta ante la llegada «del marino con una sola pierna».
No es necesario que diga cómo mis sueños se poblaron con las más terribles imágenes del mutilado. En noches de borrasca, cuando el viento sacudía hasta las raíces de la casa y la marejada rugía en la cala rompiendo contra los acantilados, se me aparecía con mil formas distintas y las más diabólicas expresiones. Unas veces con su pierna cercenada por la rodilla; otras, por la cadera; en ocasiones era un ser monstruoso de una única pierna que le nacía del centro del tronco. Yo le veía, en la peor de mis pesadillas, correr y perseguirme saltando estacadas y zanjas. Bien echadas las cuentas, qué caro pagué mis cuatro peniques con tan espantosas visiones.
Pero, aun aterrado por la imagen de aquel marino con una sola pierna, yo era, de cuantos trataban al capitán, quizá el que menos miedo le tuviera. En las noches en que bebía mas ron de lo que su cabeza podía aguantar, cantaba sus viejas canciones marineras, impías y salvajes, ajeno a cuantos lo rodeábamos; en ocasiones pedía una ronda para todos los presentes y obligaba a la atemorizada clientela a escuchar, llenos de pánico, sus historias y a corear sus cantos. Cuántas noches sentí estremecerse la casa con su «Ja, ja, ja! ¡Y una botella de ron!», que todos los asistentes se apresuraban a acompañar a cuál más fuerte por temor a despertar su ira. Porque en esos arrebatos era el contertulio de peor trato que jamás se ha visto; daba puñetazos en la mesa para imponer silencio a todos y estallaba enfurecido tanto si alguien lo interrumpía como si no, pues sospechaba que el corro no seguía su relato con interés. Tampoco permitía que nadie abandonase la hostería hasta que él, empapado de ron, se levantaba soñoliento, y dando tumbos se encaminaba hacia su lecho.
Y aun con esto, lo que mas asustaba a la gente eran las historias que costaba. Terroríficos relatos donde desfilaban ahorcados, condenados que «pasaban por la plancha», temporales de alta mar, leyendas de la Isla de la Tortuga y otros siniestros parajes de la América Española. Según él mismo contaba, había pasado su vida entre la gente más despiadada que Dios lanzó a los mares; y el vocabulario con que se refería a ellos en sus relatos escandalizaba a nuestros sencillos vecinos tanto como los crímenes que describía. Mi padre aseguraba que aquel hombre sería la ruina de nuestra posada, porque pronto la gente se cansaría de venir para sufrir humillaciones y luego terminar la noche sobrecogida de pavor; pero yo tengo para mí que su presencia nos fue de provecho. Porque los clientes, que al principio se sentían atemorizados, luego, en el fondo, encontraban deleite: era una fuente de emociones, que rompía la calmosa vida en aquella comarca; y había incluso algunos, de entre los mozos, que hablaban de él con admiración diciendo que era «un verdadero lobo de mar» y «un viejo tiburón» y otros apelativos por el estilo; y afirmaban que hombres como aquél habían ganado para Inglaterra su reputación en el mar.
Hay que decir que, a pesar de todo, hizo cuanto pudo por arruinarnos; porque semana tras semana, y después, mes tras mes, continuó bajo nuestro techo, aunque desde hacía mucho ya su dinero se había gastado; y, cuando mi padre reunía el valor preciso para conminarle a que nos diera más, el capitán soltaba un bufido que no parecía humano y clavaba los ojos en mi padre tan fieramente, que el pobre, aterrado, salía a escape de la estancia. Cuántas veces le he visto, después de una de estas desairadas escenas, retorcerse las manos de desesperación, y estoy convencido de que el enojo y el miedo en que vivió ese tiempo contribuyeron a acelerar su prematura y desdichada muerte.
En todo el tiempo que vivió con nosotros no mudó el capitán su indumentaria, salvo unas medias que compró a un buhonero. Un ala de su sombrero se desprendió un día, y así colgada quedó, a pesar de lo enojoso que debía resultar con el viento. Aún veo el deplorable estado de su vieja casaca, que él mismo zurcía arriba en su cuarto, y que al final ya no era sino puros remiendos. Nunca escribió carta alguna y tampoco recibía, ni jamás habló con otra persona que alguno de nuestros vecinos y aun con éstos sólo cuando estaba bastante borracho de ron. Nunca pudimos sorprender abierto su cofre de marino.
Tan sólo en una ocasión alguien se atrevió a hacerle frente, y ocurrió ya cerca de su final, y cuando el de mi padre estaba también cercano, consumiéndose en la postración que acabó con su vida. El doctor Livesey había llegado al atardecer para visitar a mi padre, y, después de tomar un refrigerio que le ofreció mi padre, pasó a la sala a fumar una pipa mientras aguardaba a que trajesen su caballo desde el caserío, pues en la vieja «Benbow» no teníamos establo. Entré con él, y recuerdo cuánto me chocó el contraste que hacía el pulcro y aseado doctor con su peluca empolvada y sus brillantes ojos negros y exquisitos modales, con nuestros rústicos vecinos; pero sobre todo el que hacía con aquella especie de inmundo y legañoso espantapájaros, que era lo que realmente parecía nuestró desvalijador, tirado sobre la mesa y abotargado por el ron. Pero súbitamente el capitán levantó los ojos y rompió a cantar:
«Quince hombres en el cofre del muerto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ; Y una botella de ron!
El ron y Satanás se llevaron al resto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡ Y una botella de ron»
Al principio yo había imaginado que el «cofre del muerto» debía ser aquel enorme baúl que estaba arriba, en el cuarto frontero; y esa idea anduvo en mis pesadillas mezclada con las imágenes del marino con una sola pierna. Pero a aquellas alturas de la historia no reparábamos mucho en la canción y solamente era una novedad para el doctor Livesey, al que por cierto no le causó un agradable efecto, ya que pude observar cómo levantaba por un instante su mirada cargada de enojo, aunque continuó conversando con el viejo Taylor, el jardinero, acerca de un nuevo remedio para el reúma. Pero el capitán, mientras tanto, empezó a reanimarse bajo los efectos de su propia música y al fin golpeó fuertemente en la mesa, señal que ya todos conocíamos y que quería imponer silencio. Todas las voces se detuvieron, menos la del doctor Livesey, que continuó hablando sin inmutarse con su voz clara y de amable tono, mientras daba de vez en cuando largas chupadas a su pipa.
El capitán fijó entonces una mirada furiosa en él, dio un nuevo manotazo en la mesa y con el más bellaco de los vozarrones gritó:
-¡Silencio en cubierta!
-¿Os dirigís a mí, caballero? -preguntó el médico. Y cuando el rufián, mascullando otro juramento, le respondió que así era, el doctor Livesey replicó-: Solamente he de deciros una cosa: que, si continuáis bebiendo ron, el mundo se verá muy pronto a salvo de un despreciable forajido.
La furia que estas palabras despertaron en el viejo marinero fue terrible. Se levantó de un salto y sacó su navaja, se escuchó el ruido de sus muelles al abrirla y, balanceándola sobre la palma de la mano, amenazó al doctor con clavarlo en la pared.
El doctor no se inmutó. Continuó sentado y le habló así al capitán, por encima del hombro, elevando el tono de su voz para que todos pudieran escucharle, perfectamente tranquilo y firme:
-Si no guardáis ahora esa navaja, os prometo, por mi honor, que en el próximo Tribunal del Condado os haré ahorcar. Durante unos instantes los dos hombres se retaron con las miradas, pero el capitán amainó, se guardó su arma y volvió a sentarse gruñendo como un perro apaleado.
-Y ahora, señor -continuó el doctor-, puesto que no ignoro su desagradable presencia en mi distrito, podéis estar seguro de que no he de perderos de vista. No sólo soy médico, también soy juez,
y, si llega a mis oídos la más mínima queja sobre vuestra conducta, aunque sólo fuera por una insolencia como la de esta noche, tomaré las medidas para que os detengan y expulsen de estas tierras. Basta.
Al poco rato trajeron hasta nuestra puerta el caballo del doctor Livesey, y éste montó y se fue; el capitán permaneció tranquilo aquella noche y he de decir que otras muchas a partir de ésta.
Capítulo 2
La aparición che «Perronegro»
Índice
Poco después de los sucesos que acabo de narrar tuvo lugar el primero de los misterioros acontecimientos que acabaron por librarnos del capitán, aunque no, como ya verá el lector, de sus intri gas. Fue aquel invierno un invierno en que la tierra permaneció cubierta por las heladas y azotada por los más furiosos vendavales. Nos dábamos cuenta de que mi pobre padre no llegaría a ver la primavera; día a día empeoraba, y mi madre y yo teníamos que repartirnos el peso de la hostería, lo que por otro lado nos mantuvo tan ocupados, que difícilmente reparábamos ya en nuestro desagradable huésped.
Recuerdo que fue un helado amanecer de enero. La ensenada estaba cubierta por, la blancura de la escarcha, la mar en calma rompía suavemente en las rocas de la playa y el sol naciente iluminaba las cimas de las colinas resplandeciendo en la lejanía del océano. El capitán había madrugado más que de costumbre, y se fue hacia la playa, con su andar hamacado, oscilando su cuchillo bajo los faldones de su andrajosa casaca azul, el catalejo de latón bajo el brazo y el sombrero echado hacia atrás. Su aliento, al caminar, iba dejando como nubecillas blanquecinas. Al desaparecer tras un peñasco, profirió uno de aquellos gruñidos que tan familiares ya me eran, como si en aquel instante hubiera recordado con indignación al doctor Livesey.
Mi madre estaba arriba, velando a mi padre; yo atendía mis quehaceres y preparaba la mesa para cuando regresara el capitán. Entonces se abrió la puerta y apareció un hombre al que jamás antes había visto. Pálido, con la blancura del sebo; vi que le faltaban dos dedos en la mano izquierda, pero, aunque le colgaba un machete, no tenía trazas de hombre pendenciero. Yo, que estaba siempre pendiente de cualquier marino, tanto con una como con dos piernas, recuerdo que me sentí desconcertado, pues aquel visitante no parecía hombre de mar, pero algo en él olía a tripulación.
Le pregunté en qué podía servirle, y dijo que quería beber ron; pero, cuando iba a traérselo, se sentó sobre una mesa y me hizo una seña de que me acercara. Me quedé quieto donde estaba con el paño de limpieza en las manos.
-Acércate, hijo -me llamó-. Acércate.
Yo di un paso hacia él.
-¿Esa mesa que está ahí preparada no será para mi compadre Bill? -me preguntó con aire burlón.
Le dije que no conocía a su compadre Bill; que aquella mesa estaba dispuesta para otro huésped a quien llamábamos el capitán. -Bien -dijo-, eso le gusta a mi compadre Bill, que le llamen capitán. Pero si el que dices tiene una cicatriz grande en un carrillo y da gusto ver lo fino que es, sobre todo cuando está borracho, ése es mi compadre Bill. Además, vamos a ver, si tu capitán tiene una cuchillada en la mejilla… ¿no será además en el lado derecho? ¡Ah, ya decía yo! Así que… ¿está aquí mi compadre Bill?
Le contesté que se encontraba fuera, dando uno de sus paseos. -¿Por dónde, hijo? ¿Por dónde ha ido?
Le indiqué la playa y le dije por dónde podría regresar el capitán y lo que aún tardaría, y, después que respondí a otras de sus preguntas, me dijo:
-Ah… Verme le va a sentar mejor que un trago de ron a mi compadre Bill.
La expresión de su cara al decir esto no me pareció muy agradable, por lo que pensé que el forastero no decía la verdad. Pero pensé que no era asunto mío; y, además, tampoco podía yo hacer nada. El hombre salió y se apostó en la entrada de la hostería, acechando como gato que espera al ratón. Cuando se me ocurrió salir a la carretera, me ordenó que entrase inmediatamente, y, como no obedecí con la presteza que él esperaba, un cambio terrible se produjo en su rostro blanquecino, y profirió un juramento tan terrible, que me heló el alma. Entré rápidamente en la posada y él entonces se me acercó, recobrando su aire zalamero, y dándome una palmadita en el hombro me dijo que yo era un buen muchacho y que se había encariñado conmigo.
-Tengo yo un hijo -me contó- que se parece a ti como una gota de agua a otra y que es el orgullo de mi corazón. Pero los muchachos necesitáis disciplina, hijo, disciplina. Si tú hubieras navegado con mi compadre Bill, no necesitarías que te lo dijera dos veces para entrar en casa, no… No eran esas las costumbres de Bill ni de los que navegaban con él. ¡Pero, mira! ¡Ahí viene! Con su catalejo bajo el brazo. Es mi compadre Bill. ¡Bendito sea! Tú y yo vamos a meternos dentro, hijo, y nos esconderemos tras la puerta; vamos a darle a Bill una buena sorpresa. ¡Dios lo bendiga!
Y diciendo esto, entró conmigo en la hostería y me ocultó tras él, junto a la puerta. Yo estaba, como es de suponer, inquieto y alarmado, y el miedo que sentía aumentaba al ver que el forastero también daba muestras de temor. Acarició la empuñadura de su machete y empezó a sacarlo de su vaina, y todo el tiempo que estuvimos aguardando no dejó de tragar saliva, como si tuviera, como suele decirse, un nudo en la garganta.
Por fin entró el capitán, cerró la puerta de golpe y, sin desviar su mirada, se dirigió a grandes zancadas hacia su mesa.
-¡Bill! -llamó el forastero, con una voz que pretendía ser firme y resuelta.
El capitán giró sobre sus talones y se nos quedó mirando; el color había desaparecido de su rostro y hasta su nariz se tornó lívida; tenía el aspecto del que ve a un aparecido o al mismo diablo o incluso algo peor, si es que existe; tanto me sobrecogió verlo así, porque fue como si en un instante envejeciera cien años.
-Vamos, Bill… Ya me conoces… ¿O es que no te acuerdas de tu viejo camarada? -dijo el forastero.
El capitán ahogó un grito de asombro y exclamó:
-¡«Perronegro»!
-¿Y quién si no? -contestó el otro, ya más tranquilo-. El mismo «Perronegro» de siempre, que viene a saludar a su antiguo camarada Bill a la posada del «Almirante Benbow». Ah, Bill, Bill…. ¡Las cosas que hemos visto los dos desde que yo perdí estos garfios! -y levantó su mano mutilada.
-Está bien -dijo el capitán-, al fin me has pillado, ya me tienes; bien, echa fuera lo que tengas que decir. ¿Qué quieres? -Siempre el mismo, ¿eh, Bill? -respondió «Perronegro»-.
Tienes toda la razón. Ahora este buen mozalbete nos va a traer un trago de ron y vamos a sentarnos, ¿quieres?, y vamos a charlar mano a mano, como viejos camaradas.
Cuando yo regresé con el ron, estaban los dos sentados en la mesa del capitán, uno frente al otro. «Perronegro» se había situado cerca de la puerta y con la silla algo separada de la mesa, como para poder al mismo tiempo vigilar a su antiguo compinche y, supongo, tener pronta la huida.
Me mandó que me retirase y que dejara la puerta abierta de par en par, y añadió:
-No se te ocurra espiar por el ojo de la cerradura, hijo-. Así que, dejándolos solos, me retiré.
Durante largo rato, y aunque me esforcé por escuchar, no pude entender más que apagados susurros; pero después empecé a oír sus voces, cada vez más altas, y entonces pesqué alguna palabra, principalmente juramentos del capitán:
-¡No, no, no, no! ¡Y basta! -gritaba-. ¡Si hay que acabar colgados, a la horca todos! -chilló.
Y de repente estalló en juramentos horribles y escuché ruido de golpes; la mesa y las sillas rodaban por el suelo con gran estrépito; oí chocar de aceros y un instante después vi a «Perronegro» huir despavorido y al capitán corriendo tras él, los dos con los machetes en la mano, y vi que el hombro de «Perronegro» manaba sangre. Ya en la puerta el capitán descargó sobre el fugitivo un tajo tan tremendo, que, de haberlo alcanzado, lo hubiera abierto en canal, pero gracias a que el cuchillo chocó con la muestra de la hostería que colgaba en el portal. Todavía puede verse la muesca en el lado inferior del marco.
Aquel golpe fue el último de la pelea. Cuando pudo llegar a la carretera, «Perronegro», a pesar de su herida, demostró saber correr y desapareció tras la colina en medio minuto. El capitán, por su parte, miró la muestra como aturdido. Se pasó varias veces la mano por sus ojos, y después volvió a entrar en la casa.
-Jim! -gritó-, ¡ron! -; y al pedírmelo, se tambaleó un poco y trató de sostenerse apoyándose en la pared.
-¿Estáis herido? -exclamé.
-Ron… -me pidió de nuevo-. He de huir de aquí… ¡Ron! ¡Ron!
Corrí a traérselo, pero estaba tan impresionado por todo lo que había visto, que rompí un vaso y averié el grifo, y, mientras trataba de calmarme, oí el golpe de un cuerpo al caer al suelo; corrí entón ces hacia la habitación donde había dejado al capitán y allí me lo encontré tirado cuan largo era. En ese instante mi madre, alarmada por los gritos y la pelea, acudió presurosa en mi ayuda. Entre los dos tratamos de levantar al capitán, que resollaba fuerte y estertoreamente; tenía los ojos cerrados y en su rostro el color de la muerte.
-¡Pobre de mí! -gritaba mi madre-. ¡La desgracia se ceba en esta casa! ¡Y con tu pobre padre tan enfermo!
No teníamos ni idea de qué hacer para auxiliar al capitán, lo único que se nos ocurría es que había sido herido de muerte en la pelea con el forastero. Traje, por si acaso, el ron y traté de hacérselo beber, pero tenía los dientes apretados y la boca encajada, como si fuera de hierro. En ese instante, y con gran alivio por nuestra parte, se abrió la puerta y vimos entrar al doctor Livesey, que venía a visitar a mi padre.
-¡Doctor! -exclamamos-. ¡Ayúdenos! ¡No sabemos si está muerto!
-¿Muerto? -dijo el doctor-. No más que uno de nosotros. Este hombre no tiene sino un ataque, que por cierto ya le advertí. Y ahora, señora Hawkins, vuelva usted al lado de su esposo, y, si es posible, que no se entere de nada de esto. Yo, como es mi obligación, trataré de salvar la despreciable vida de este tunante. Jim -me indicó-, haz el favor de traerme una jofaina.
Cuando volví con lo que me había pedido, el doctor había cortado de arriba hasta abajo una manga del capitán, dejando al descubierto su enorme brazo nervudo, sobre el que se veían varios tatuajes; en el antebrazo, con gran claridad, leímos: «Mía es la suerte», y «Viento en las velas», y «Billy Bones es libre», y más arriba, junto al hombro, veíase una horca con un hombre colgado; el dibujo estaba trazado con cierta gracia.
-¡Profético! -dijo el doctor, indicándome el dibujo-. Y ahora, señor Bones, si ése es su nombre, vamos a ver de qué color tiene usted la sangre. ¿Te asusta la sangre, Jim? -me preguntó.
-No, señor -respondí.
-Bueno, pues entonces -me dijo-sostén la jofaina. Y diciendo esto, cogió la lanceta y abrió una vena. Abundante sangre manó antes de que el capitán abriese los párpados y nos mirara con turbios ojos. Primero reconoció al doctor, y frunció su ceño; luego me vio a mí, y eso pareció tranquilizarlo. Pero de pronto su rostro palideció y trató de incorporarse, gritando:
-¿Dónde está «Perronegro»?
-Aquí no hay ningún «Perronegro» -dijo el doctor-, excepto el que lleváis en el pellejo. Habéis seguido bebiendo y os ha dado un ataque, tal como anuncié; y en este instante acabo, muy contra mi gusto, de sacaros por las orejas de la sepultura. Y ahora, señor Bones…
-Yo no me llamo así -interrumpió el capitán.
-Tanto me da -replicó el doctor-. Es el nombre de un pirata del que he oído hablar; y así os llamo para abreviar. De cualquier forma lo que tenía que deciros es tan sólo esto: un vaso de ron no acabará con vuestra vida, pero a ése seguirá otro, y después otro, y apuesto mi peluca a que, de no dejarlo, no tardaréis en morir, ¿está claro?, moriréis y así iréis al lugar que os corresponde, como está en la Biblia. Ahora, vamos, haced un esfuerzo y os ayudaré, por esta vez, a ir a la cama.
Entre el doctor y yo, con gran trabajo, conseguimos hacerlo subir la escalera y dejarlo en el lecho, donde su cabeza cayó sobre la almohada igual que si aún permaneciera desmayado.
-Y ahora, pensadlo -dijo el doctor-. Yo declino mi responsabilidad. Sólo el nombre del ron ya significa vuestra muerte. Y tomándome por el brazo, salimos de aquel cuarto para ir a ver a mi padre.
-No hay que temer -me dijo el doctor tan pronto cerramos la puerta-. Le he extraído suficiente sangre como para que descanse tranquilo una temporada; tendrá que quedarse aquí una semana, es lo mejor para todos; pero, sin duda, otro ataque puede acabar con él.
Capítulo 3
La Marca Negra
Índice
Hacia el mediodía me acerqué a la habitación del capitán, llevándole un refresco y medicinas. Se encontraba casi en el mismo estado en que lo habíamos dejado, aunque trató de incorporarse, pero su debilidad fue más grande que sus deseos.
Jim -me dijo-, tú eres la única persona en quien puedo confiar aquí; y bien sabes que siempre me porté bien contigo. Ni un mes he dejado de darte tus cuatro peniques de plata. Ahora ya
me ves, compañero, da grima verme, no tengo ánimos y estoy solo. Escucha, Jim, tráeme un cortadillo de ron… Vamos, camarada, ¿me lo traerás?
-El doctor… -intenté decirle.
Pero él rompió en juramentos y maldiciones contra el doctor con una voz que, aún apagada, no había perdido su vieja energía. -Los médicos son todos unos farsantes -voceó-, y ese vuestro, ése, ¿qué sabe de hombres de mar? Con estos ojos he visto tierras que abrasaban como la pez hirviendo, y a mis compañeros caer muertos como moscas con el vómito negro, y he visto la tierra moverse como la mar sacudida por terremotos… ¿Qué sabe el médico? Y te digo una cosa: fue el ron el que me hizo vivir. El ha sido mi comida y mi agua, somos como marido y mujer. Y si me lo quitáis ahora, seré como un barco del que ya no queda más que un madero, que las olas entregan a la playa. Mi maldición caerá sobre ti, Jim, y sobre ese médico charlatán -y de nuevo prorrumpió en una sarta de juramentos-. Fíjate, Jím, en el temblor de mis dedos -continuó ya con un tono de súplica-. No se están quietos. No he bebido una gota en todo el santo día. Te digo que ese médico es un farsante. Si no echo un trago de ron, Jim, empezaré a tener visiones. Ya casi las tengo. Estoy viendo al viejo Flint allí en el rincón, detrás tuyo; y si empiezo a tener visiones, con la mala vida que he llevado, se me va a aparecer hasta Caín. El médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea de oro, si me traes un cortadillo, Jim.
Iba excitándose cada vez más y yo me alarmé a causa de mi padre, que había empeorado y necesitaba toda la quietud posible; además, las instrucciones del doctor habían sido terminantes, y también me sentía ofendido en cierta forma por el soborno que me proponía.
-No quiero vuestro dinero -le dije-, sino el que debéis a mi padre. Os traeré un vaso, sólo uno.
Cuando se lo traje, lo cogió ávidamente y lo bebió de un trago.
-Ah -suspiró-. Ya me siento mejor, no cabe duda. Y ahora, muchacho, ¿cuánto tiempo dijo el doctor que debía estar en esta condenada litera?
-Una semana, por lo menos -le contesté.
-¡Truenos! -exclamó-. ¡Una semana! Eso no puede ser. Para entonces ya me habrían pillado y me marcarían con «la Negra». Ahora mismo deben andar ya por ahí esos canallas husmeando mis huellas; gentuza que no han sabido guardar lo suyo y quieren poner sus garras en lo que es de otro. ¿Tú crees que eso es de hombres de mar? Yo he sido un espíritu precavido, nunca gasté mis buenos dineros ni los he perdido por ahí. Pero voy a estar más avizor que un timonel en su guardia. No les tengo miedo. Largaré velas y volveré a escapar.
Conforme me hablaba, iba tratando de incorporarse en la cama, aunque con mucha dificultad; se aferró a mi hombro clavándome los dedos con tal fuerza, que casi me hizo gritar de dolor, e intentó mover sus piernas, pero eran como un peso muerto. El vigor de sus palabras contrastaba lastimosamente con la apagada voz que las pronunciaba. Logró sentarse en el borde de la cama.
-Ese médico me ha matado -murmuró-. Me zumban los oídos. Recuéstame.
Pero antes de que pudiera ayudarlo se desplomó sobre el lecho permaneciendo un rato en silencio.
Jim -dijo al rato-, ¿te fijaste bien en ese marino?
-¿«Perronegro»? -pregunté.
-Ah… «Perronegro» -dijo él-. Es un tipo de cuidado, pero aún son peores los que lo enviaron. Escucha, si yo no puedo escapar, si ésos consiguen marcarme con «la Negra», acuérdate de que lo que andan buscando es mi viejo cofre. Coge un caballo. ¿Sabes montar, no? Bien, pues, entonces, monta, y corre… ;sí, hazlo!, avisa a ese maldito médico tuyo, y dile que junte a todos, que venga con un juez y con agentes… Dile que puede atraparlos a todos, aquí, a bordo de la «Almirante Benbow»… , toda la tripulación del viejo Flint, todos… lo que queda de ella. Yo era el segundo de a bordo, el primero después de Flint, y soy el único que conoce dónde estálo que buscan. Me lo confió en Savannah, cuando se estaba muriendo, lo mismo que hago yo ahora contigo. Pero tú no abrirás el pico. Solamente si consiguieran pescarme, si me marcan con «la Negra», o si vieras otra vez a «Perronegro», o a un marino con una sola pierna, Jim… Ese sobre todo.
-Pero ¿qué es la Marca Negra, capitán? -pregunté.
-Es un aviso, compañero. Ya la verás, si me marcan. Pero ahora tú abre bien los ojos, Jim,y te juro por mi honor que iremos a partes iguales. -Todavía siguió divagando durante un rato, su voz fue debilitándose, y, cuando le hice beber su medicina, que tomó como un niño, me dijo-: Si ha habido un marino con necesidad de estas drogas, ése soy yo… -y se durmió profundamente.
No sé qué hubiera hecho yo de resolverse bien todos los acontecimientos; quizá le habría contado al doctor aquella historia, porque sentía miedo de que, si el capitán se recobraba, pudiera olvidar su promesa y tratara de liberarse de mí. Mas sucedió que aquella misma noche mi padre murió repentinamente, lo que hizo que dejaran de tener importancia las demás preocupaciones. El dolor que nos embargaba, las visitas de nuestros vecinos, la preparación del funeral y atender al mismo tiempo a todos los quehaceres de la hostería me mantuvieron tan ocupado, que apenas tuve pensamientos para el capitán y aún menos para sus intrigas.
A la mañana siguiente lo vi bajar al comedor, y comió como de costumbre, aunque poco, pero me temo que sí bebió más ron del que solía, pues él mismo se encargó de servirse a su gusto y con tal aire amenazador y tales bufidos, que ninguno de los presentes osó recriminarlo. La noche antes del funeral estaba tan borracho como siempre y no respetó el duelo que nos acongojaba, sino que le escuchamos cantar su odiosa y vieja canción marinera. Aunque aún se le veía muy débil, todos lo temíamos, y tampoco estaba el doctor, quien después de la muerte de mi padre había tenido que acudir a un enfermo a muchas millas de distancia. Ya he dicho cuán débil parecía el capitán, y a lo largo de la noche incluso pareció ir apagándose lentamente aún más. Subía y bajaba las escaleras con mucha fatiga, iba de una habitación a la otra y de vez en cuando asomaba las narices a la puerta como para oler el mar, luego volvía apoyándose en los muros y respirando trabajosamente como el que sube por una montaña. No parecía reparar en mí y creo firmemente que se había olvidado por completo de sus confidencias; su temperamento, veleidoso, más fuerte que su falta de vigor, le arrastraba a violentas actitudes, y no era la más tranquilizadora su costumbre de desenvainar su largo cuchillo, cuando más ebrio estaba, y ponerlo delante de él sobre la mesa. Pero, a pesar de todo, no prestaba mucha atención a la gente y parecía sumido en sus meditaciones e incluso como perdido en ellas. De pronto, con gran asombro nuestro, empezó a cantar una canción que jamás le habíamos escuchado, una especie de canción de amor campesina, que debía recordarle su juventud antes de hacerse a la mar.
Así siguieron las cosas hasta un día después del funeral, cuando a eso de las tres de una tarde cerrada por la más helada niebla, al asomarse a la puerta, vi lejos en el camino a alguien que se acercaba despacio. Sin duda se trataba de un ciego, porque iba tanteando el suelo con un palo y llevaba un gran parche verde, que le tapaba los ojos y la nariz; caminaba encorvado como por la edad o el cansancio y se cubría con un enorme capote de marino, viejo y desastrado, con una capucha que le daba un aspecto deforme. En mi vida había visto yo una figura más siniestra. Cuando llegó ante la hostería, se detuvo y, alzando una voz que parecía salir de un muerto, habló como dirigiéndose a la niebla que lo envolvía:
-¿No habrá un alma piadosa que le diga a este pobre ciego que ha perdido la preciosa luz de sus ojos en defensa de Inglaterra, y que Dios bendiga al rey George!, en qué lugar de su patria se encuentra?
-Estáis en la posada del «Almirante Benbow», junto a la bahía del Cerro Negro, buen hombre -le dije.
-Oigo una voz -dijo él-, la voz de un mozo. ¿Quieres darme tu mano, mi generoso amigo, y llevarme adentro?
Le tendí mi mano, y aquel ser horrible, blando como la niebla y sin ojos, la asió de pronto, apretándome como una tenaza. Yo me asusté tanto, que intenté soltarme, pero el ciego, dando un tirón, me arrastró tras él.
-Ahora, muchacho -me dijo-, vas a llevarme adonde está el capitán.
-Señor -le supliqué-, no puedo.
-¿No? -dijo con sorna-. ¿De veras? ¡Llévame o te rompo el brazo!
Y al decirlo, me retorció con tal violencia, que grité de dolor. -Señor -le dije-, es por vuestro bien. El capitán ya no es el que era. Tiene siempre su cuchillo delante. Otro caballero… -¡No repliques! ¡Vamos! -dijo interrumpiéndome; y jamás he oído una voz tan cruel, fría y estremecedora como la de aquel ciego. Esto me atemorizó aún más que el propio dolor, y no tuve más remedio que obedecerlo al instante. Lo conduje directamente hasta la puerta de la sala, donde nuestro viejo y enfermo bucanero estaba sentado adormecido por el ron. El ciego seguía pegado a mí, sujetándome con una mano de hierro y apoyando todo su peso sobre mis hombros.
-Llévame derecho a su lado y, cuando lleguemos, grita: «Aquí está su amigo, Bill». Si no obedeces… -y volvió a retorcerme el brazo con tal fuerza, que creí desmayarme.
Todo esto hizo que el miedo al ciego fuera mayor que el que sentía por el capitán, así que abrí la puerta de la sala, entré y dije con voz trémula lo que se me había ordenado.
El capitán levantó los ojos y una sola mirada bastó para disipar los efectos del ron y para que recobrase su lucidez. Se quedó atónito. La expresión de su cara no era tanto de terror como de un mortal abatimiento. Intentó levantarse, pero no creo que le quedaran suficientes fuerzas ya en su cuerpo.
-Quédate donde estás, Bill -dijo el mendigo-. No puedo ver, pero mi oído siente un solo dedo que se mueva. Vamos al negocio. Alarga la mano izquierda. Muchacho -me llamó-, sujétale la mano por la muñeca y acércamela, ponla en la mía.
Lo obedecí al pie de la letra, y vi que el ciego pasaba algo del hueco de la mano en que tenía el palo a la palma de la del capitán, que inmediatamente apretó aquello que le habían entregado.
-Y ahora ya está hecho -dijo el ciego. Y diciéndolo, me soltó de pronto y con una increíble seguridad y ligereza salió de la habitación y ganó la carretera, donde, y antes siquiera de que yo pudiera reaccionar, ya escuché el toc toc toc de su báculo en la lejanía.
Pasó algún tiempo antes de que el capitán y yo volviésemos de nuestro estupor; entonces, y casi al mismo tiempo, solté yo su muñeca, que aún tenía sujeta, y él acercó la mano a sus ojos y contempló lo que en su palma aferraba.
-¡A las diez! -gritó-. ¡Faltan seis horas! ¡Aún podemos salvarnos!
Y se levantó como un rayo.
Y en ese mismo instante, de golpe, vaciló, se llevó la mano a la garganta, permaneció unos segundos como un barco escorándose y después, con un extraño gemido, cayó al suelo cuan largo era.
Me precipité a socorrerlo, mientras llamaba a voces a mi madre. Pero todo fue inútil. El capitán había muerto atacado por una apoplejía fulminante. Y quizá sea difícil de entender, pero, aunque jamás me había gustado aquel hombre, a pesar de que al final hubiera comenzado a inspirarme lástima, verlo allí tendido, muerto, hizo que las lágrimas inundaran mis ojos. Era la segunda muerte que veía, y el dolor de la primera estaba aún fresco en mi corazón.
Capítulo 4
El cofre
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No perdí ya entonces más tiempo en decirle a mi madre todo lo que sabía y que sin duda hubiera debido poner mucho antes en su conocimiento. Inmediatamente nos dimos cuenta de lo difícil y peligroso de nuestra situación. Parte del dinero que aquel hombre pudiera esconder -si es que algo guardaba-nos pertenecía con toda justicia, pero no era probable que los compañeros de nuestro capitán, sobre todo los dos ejemplares que yo había visto, «Perronegro» y el mendigo ciego, estuvieran dispuestos a perder una parte del botín, y para saldar las cuentas del difunto. Tampoco podía yo cumplir el encargo del capitán de cabalgar en busca del doctor Livesey, dejando a mi madre sola y sin protección. Ni siquiera nos parecía posible a ninguno de los dos seguir por más tiempo en la hostería. El chisporroteo de los leños en el fogón, el tic-tac del reloj, todo nos llenaba de espanto. Por todas partes nos parecía oír pasos sigilosos que se acercaban. El cuerpo muerto del capitán seguía tendido en el suelo de la habitación. Yo no paraba de pensar en el siniestro ciego, al que suponía rondando la casa y pronto a aparecer. El miedo me ponía la carne de gallina. Había que tomar una decisión inmediatamente; y se me ocurrió como única salida que nos marchásemos de la hostería para buscar auxilio en el cercano caserío. Y dicho y hecho. Tal como estábamos, sin siquiera cubrirnos, mi madre y yo echamos a correr en la oscuridad, cada vez más densa, de aquel helado atardecer.
El caserío sólo distaba unos cientos de yardas y teníamos la ventaja de que, en cuanto traspusiéramos la ensenada, ya no se nos vería; también me tranquilizaba que se hallara en dirección opuesta a aquella por donde había venido el ciego y por la que probablemente se había marchado. Recorrimos el camino en pocos minutos, y eso contando que nos detuvimos alguna vez para escuchar. Pero no se oía ruido alguno desacostumbrado, sólo el suave batir de las olas en la playa y el graznar de los cuervos en el bosque.
Cuando llegamos al caserío, ya se encendían las primeras luces, y nunca olvidaré el alivio que sentí al ver aquellos resplandores amarillentos que se filtraban por puertas y ventanas. Pero ésa fue toda la ayuda que de allí recibimos, porque -aunque parezca mentira-nadie estaba dispuesto a regresar con nosotros a la «Almirante Benbow», y cuanto más dramatizábamos nuestras desventuras, menos inclinados parecían todos -hombres, mujeres o mozos-a abandonar el cobijo de sus hogares. El nombre del capitán Flint, aunque desconocido para mí, era bastante famoso para muchos de los vecinos, y en todos causaba el mayor espanto. Alguno de los labradores que habían estado arando las tierras de más allá de la hostería recordaba haber visto gente forastera en el camino, y, tomándolos por contrabandistas, habían huido de ellos; uno, por lo menos, aseguraba haber visto un lugre fondeado en la que llamábamos la Cala de Kitt. Y tan sólo la idea de encontrarse con alguno `de los compañeros del capitán ya bastaba para infundirles el más invencible de los temores. El resultado fue que, si bien varios vecinos se ofrecieron para ir a caballo hasta la casa del doctor Livesey, que por cierto estaba en la dirección contraria, ninguno estuvo dispuesto a ayudarnos para defender la «Almirante Benbow».
Dicen que la cobardía es contagiosa; pero la discusión, por el contrario, enardece. Y así, después que cada uno expresó sus opiniones, mi madre les lanzó una arenga declarando que no estaba dispuesta a perder un dinero que pertenecía a su hijo.
-Si ninguno de vosotros se atreve -les dijo-, Jim y yo sí nos atrevemos y no os necesitamos para encontrar el camino de vuelta. Os agradezco mucho a todos, manada de gallinas, vuestro amparo.
Nosotros abriremos ese cofre, aunque nos cueste la vida, y le agradecería a usted, señora Crossley, que me prestase una bolsa para traernos el dinero que nos pertenece.
Yo, por supuesto, dije que iría con mi madre; y por supuesto, todos intentaron convencernos de nuestra temeridad, pero ni aún entonces hubo alguno que decidiera venir con nosotros. Lo único que hicieron fue darme una pistola cargada, por si nos atacaban, y prometernos tener caballos ensillados para el caso de que fuésemos perseguidos al regreso. También enviarían a un muchacho a casa del doctor Livesey para buscar el socorro de gente armada.
El corazón me latía en la boca, cuando salimos al frío de la noche y emprendimos nuestra peligrosa aventura. La luna llena empezaba a levantarse e iluminaba con su brillo rojizo los altos bordes de laniebla. Aligeramos el paso, pues muy pronto todo estaría bañado por una luz casi como el día y no podríamos ocultarnos a los ojos de cualquiera que estuviera vigilando. Nos deslizamos silenciosos y rápidamente a lo largo de los setos sin que escuchásemos ruido alguno que aumentara nuestros temores, hasta que con sumo júbilo cerramos tras de nosotros la puerta de la «Almirante Benbow».
Corrí inmediatamente el cerrojo, y permanecimos unos instantes en la oscuridad, sin movernos, jadeantes, a solas en aquella casa con el cuerpo del capitán. En seguida mi madre se procuró una vela y cogidos de la mano penetramos en la sala. El cuerpo yacía tal como lo habíamos dejado, tumbado de espaldas, con los ojos abiertos y un brazo estirado.
-Baja las persianas, Jim -susurró mi madre-, no sea que estén ahí fuera y nos vean. Y ahora tenemos que encontrar la llave de eso -dijo, cuando yo acabé de cerrar-, pero ¿quién se atreve a tocarlo? -y al decir esto no pudo reprimir un sollozo.
Me arrodillé junto al capitán. En el suelo, cerca de su mano, encontré un redondel de papel ennegrecido por una de sus caras. No dudé de que aquello era la Marca Negra; y, cogiéndolo, pude leer en el dorso escrito con letra muy clara y limpia el siguiente aviso: «Tienes hasta las diez de esta noche».
-Tenía hasta las diez, madre -dije yo.
Y al tiempo de decir esto, nuestro viejo reloj empezó a sonar dando las horas. Las campanadas nos sobrecogieron de terror, pero al menos contándolas nos tranquilizamos, ya que no eran más que las seis.
-Vamos, Jim -dijo mi madre-. La llave.
Registré los bolsillos uno tras otro; sólo encontramos unas monedas, un dedal, un poco de hilo y unas agujas enormes, un trozo de tabaco mordido por una punta, su navaja de corva empuñadura, una brújula de bolsillo y yesca. Yo ya empezaba a desesperar.
-Acaso la tenga colgada del cuello -sugirió mi madre.
Venciendo una gran repugnancia, desgarré su camisa y allí, colgada de su cuello, en un cordel embreado, que corté con su propia navaja, estaba la llave. Este triunfo nos llenó de esperanza y subimos sin perder un segundo al cuarto donde tanto tiempo había él dormido y donde desde el día de su llegada permanecía su cofre. Era un cofre igual que tantos otros de los que suelen usar los navegantes; tenía la inicial B marcada en la tapa con un hierro al rojo vivo y las esquinas estaban aplastadas y maltrechas por el largo y tempestuoso servicio.
-Dame la llave -dijo mi madre. Y aunque la cerradura se resistió, no tardó en abrirla, y levantamos la tapa.
Un fuerte olor a tabaco y a brea emanó de su interior; encima de todo vimos ropa nueva, cuidadosamente cepillada y doblada. Mi madre aventuró que no había sido estrenada. Debajo empezamos a descubrir los más heterogéneos objetos: un cuadrante, un vaso de estaño, varias libras de tabaco, una pareja de excelentes pistolas, un pedazo de un lingote de plata, un antiguo reloj español y otras baratijas, como un par de brújulas montadas en latón y cinco o seis conchas de caracoles de las Antillas. Muchas veces después he recordado esas conchas y he pensado en lo extraño de que las llevara con él a través de su errante, criminal y aventurera existencia.
Sólo aquel lingote de plata y algunas monedas tenían algún valor; pero ni uno ni las otras nos aprovechaban. Debajo de todo había un viejo capote marino descolorido ya por la sal y el aire de tantos océanos y puertos. Mi madre tiró de él, encolerizada, y entonces descubrimos lo que había en el fondo del cofre: un paquete envuelto en hule, que parecía contener papeles, y un saquito de lona que, al tocarlo, dejó oír un tintineo de oro.
-Voy a enseñarles a esos forajidos que yo soy una mujer honrada -dijo mi madre-. Tomaré lo que se me debe y ni un farthing más. Sostén la bolsa de la señora Crossley -y empezó a contar las monedas hasta sumar la cantidad que el capitán nos había dejado a deber.
La tarea fue larga y dificultosa, porque había monedas de todos los países y tamaños: doblones y luises de oro y guineas y piezas de a ocho y qué se yo cuántas más, todas revueltas en aquella bolsa. Además, mi madre únicamente sabía ajustar cuentas con guineas, y precisamente éstas eran las más escasas.
Aún no habíamos llegado ni a la mitad de la cuenta, cuando de pronto, en el aire silencioso y helado, escuchamos algo que casi paralizó los latidos de mi corazón: el toc toc toc del palo del ciego sobre la carretera endurecida por el frío. Se acercaba lentamente. Permanecimos quietos, conteniendo la respiración. Después sonó un golpe fuerte en la puerta de la hostería y oímos levantarse la falleba y rechinar el cerrojo como si aquel miserable tratara de abrir; luego hubo un largo y terrible silencio. Después el toc toc toc se escuchó una vez más, y, con la mayor alegría por nuestra parte, cada vez más lejano, hasta que se perdió en la noche.
-Madre -le dije-, cojamos todo y vámonos. -Porque estaba seguro de que, al haber encontrado la puerta cerrada por dentro, el ciego entraría en sospechas y no tardaría en volver con toda la cuadrilla; aun así me alegré de haber echado el cerrojo, pues tal era el espanto que me producía aquel pavoroso ciego.
Pero mi madre, a pesar de sus temores, no quería apropiarse de un penique más de lo que se le debía, y se obstinaba también en no contentarse con menos. Me tranquilizó diciendo que aún faltaba mucho para las siete. No estaba dispuesta a irse sin haber saldado la cuenta. Y aún trataba yo de convencerla, cuando escuchamos de pronto un corto y apagado silbido en la lejanía, sobre la colina. Aquello fue más que suficiente para los dos.
-Me llevaré lo que he cogido -dijo, poniéndose en pie de un salto.
-Y yo tomaré esto para completar la cuenta -dije yo, echando mano al envoltorio de hule.
Un instante después bajábamos a tientas por la escalera, porque habíamos olvidado la vela junto al cofre vacío; y sin perder tiempo abrimos la puerta y escapamos a todo correr. Unos minutos más tarde y hubiera sido fatal para nosotros, porque la niebla iba aclarando más que de prisa y la luna ya iluminaba las zonas mas altas, y sólo por la hondonada del barranco y en torno a nuestra puerta flotaban aún tenues velos que nos ocultaron en la huida. Pero antes de llegar a mitad de camino del caserío, casi al final de la cuesta, la niebla se levantaba dejando paso a la claridad de la luna, y forzosamente teníamos que pasar por allí. Ademas, escuchamos rumor de gente cada vez más cerca y vimos una luz que oscilaba entre la bruma y que indicaba que uno de nuestros perseguidores al menos traía una linterna de aceite.
-Hijo mío -dijo mi madre-, toma el dinero y escapa tú. Creo que voy a desmayarme.
Pensé que aquello era el fin de los dos. Maldije la cobardía de nuestros vecinos y culpé a mi pobre madre tanto por su honradez como por su codicia, por su pasada temeridad y por su desfallecimiento ahora. Casi habíamos llegado al puente pequeño, y había un terraplén que bien podía servirnos, por lo que la ayudé para llegar hasta él y ocultarnos; fue dejarla apoyada en el talud cuando con un suspiro se desplomó sobre mi hombro. No sé cómo tuve fuerzas para conseguirlo, y me temo que usé cierta brusquedad, pero logré arrastrarla por la pendiente hasta casi ocultarla bajo el puente. No pude hacer más, porque el arco era tan bajo, que no me permitió mas que reptar, y, aunque mi madre quedaba casi a la vista de aquellos desalmados, allí permanecimos, tan cerca de la hostería, que pudimos ver todo cuanto en ella ocurrió.
Capítulo 5
La muerte del ciego
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La curiosidad fue más fuerte que mis temores y abandoné mi escondrijo; me arrastré hasta la cima del talud, y desde allí, ocultándome tras un matorral de retama, pude observar a todo lo largo de la carretera hasta la puerta de nuestra casa. No tuve que aguardar mucho, pues de inmediato empezaron a llegar mis enemigos, al menos siete u ocho; corrían hacia la casa y el ruido de sus pasos resonaba en la noche. Uno llevaba una linterna y marchaba delante; otros tres corrían juntos, cogidos por las manos; y, a pesar de la niebla, vi que el que iba en medio del trío era el mendigo ciego. Un instante después escuché su voz.
-¡Echad abajo la puerta! -gritaba.
-¡Echadla abajo! -contestaron otras voces.
Y vi cómo se lanzaban al asalto de la «Almirante Benbow», mientras el que sostenía la linterna avanzaba tras ellos. De pronto se detuvieron y hablaron en voz baja, como si les hubiera sorprendido encontrar abierta la puerta. Pero, acto seguido, el ciego volvió a darles órdenes. Su voz sonó estentórea y aguda, como si ardiera de impaciencia y rabia.
-¡Entrad! ¡Entrad! ¡Entrad! -gritaba, maldiciendo a sus compinches por su indecisión.
Cuatro o cinco de ellos obedecieron en seguida y dos permanecieron en la carretera junto al fantasmal mendigo. Hubo un gran silencio. Después oí una exclamación de sorpresa y una voz gritó desde la casa:
-¡Bill está muerto!
El ciego rompió otra vez en juramentos.
-¡Registradlo! ¡Gandules! ¡Y los demás que suban a por el cofre! -volvió a gritar.
Hasta mí llegaba el estruendo de sus carreras por nuestra vieja escalera; la casa parecía temblar con sus pisadas. Después escuché nuevas voces de sorpresa, la ventana del cuarto del capitán se abrió de golpe, con gran estrépito de vidrios rotos, y un hombre asomó iluminado por la claridad de la luna y llamó al que estaba abajo en la carretera.
-¡Pew! -gritó-, nos han tomado la delantera. Alguien ha limpiado ya el cofre; todo está patas arriba.
-¿Y lo que buscamos? -preguntó Pew.
-Hay dinero.
El ciego maldijo el dinero.
-¡El escrito de Flint es lo que importa! -gritó.
-No lo vemos por aquí -repuso el otro.
-¡Eh, los de abajo, registrad bien a Bill! -vociferó de nuevo el ciego.
Salió entonces a la puerta uno de los que se habían quedado abajo para registrar al capitán.
-A Bill ya lo han cacheado -dijo-. No lleva nada.
-¡Ha sido la gente de la posada! ¡Ha sido ese chico! ¡Ojalá le hubiera sacado los ojos! -exclamó Pew-. No hace ni un minuto que aún estaban ahí dentro; el cerrojo estaba echado cuando yo intenté abrir la puerta. ¡Vamos! ¡Registradlo todo! ¡Buscadlo!
-No pueden andar lejos -gritó el que asomaba por la ventana-, aquí hay una vela que todavía está encendida.
-¡Buscadlos! ¡Hay quedar con ellos! -aullaba Pew, mientras golpeaba furiosamente con su báculo contra la carretera.
Entonces comenzó un gran desconcierto en nuestra vieja hostería; carreras y ruidos por todas partes, muebles que se volcaban, puertas abiertas a patadas; el estruendo parecía resonar en las cercanas montañas. Luego empezaron a salir los asaltantes, uno a uno, y aseguraron que sin duda ya no nos encontrábamos allí. En ese momento, el mismo silbido que antes nos alarmara a mi madre y a mí, cuando estábamos contando el dinero del capitán, se escuchó de nuevo, claro y agudo, en la quietud de la noche. Ahora sonó dos veces. Al principio creí que se trataba del ciego, que de esta forma llamaba a su tripulación al abordaje; pero reparé en que el sonido venía desde la cuesta que conducía al caserío, y al ver el efecto que tuvo sobre aquellos bucaneros, comprendí que se trataba de un aviso de peligro.
-Es Dirk -llamó uno de los maleantes-. ¡Dos toques! Tenemos que largarnos, compañeros.
-¡Lárgate tú, inútil! -clamó Pew-. Dirk siempre ha sido un miserable cobarde… ¡No le hagáis caso! ¡Buscad al chico y a su madre, no pueden estar lejos! ¡Dispersaos y buscadlos, perros! ¡Maldita sea mi alma! -juró-. ¡Si yo tuviera vista!
Esta arenga produjo su efecto, sin duda, porque dos o tres empezaron a buscar aquí y allá en la leñera, aunque desde luego sin excesivo entusiasmo, ya que les preocupaba más su propio peligro, los demás permanecían indecisos en la carretera.
-Tenéis una fortuna en vuestras manos, imbéciles, y os asustáis de vuestra sombra. Podéis ser tan ricos como reyes, si logramos encontrar ese papel. Sabemos que está aquí y aún os hacéis los remolones. Cuando ninguno de vosotros se atrevía a encararse con Bill, yo lo hice… ¡yo, un ciego! ¡No voy a perder mi parte por vuestra culpa! ¿Es que voy a reventar como un miserable pordiosero arrastrándome mendigando un poco de ron, cuando podría ir en carroza? ¡Si tuvierais las agallas de una pulga, los atraparíais!
-Que se vayan al infierno, Pew. Ya tenemos los doblones -refunfuñó uno de ellos.
-Habrán escondido el escrito -dijo otro-. Coge estas guineas, Pew, y deja de aullar.
Aullidos era verdaderamente la palabra más exacta, y a tal punto llegó la cólera de Pew al oír a su compañero, que su ira estalló v empezó a dar golpes de ciego con su bastón a diestro y siniestro, y en las costillas de más de uno los oí resonar. Se enzarzaron todos amenazándose con horribles maldiciones y tratando en vano de arrancar el palo de las manos del ciego.
Su pendencia fue nuestra salvación, porque, mientras ellos reñían, otro ruido llegó hasta nosotros desde lo alto de la cuesta del caserío: el rumor de cascos de caballos al galope. Casi al mismo tiempo el resplandor y la detonación de un pistoletazo sacudieron al fondo del camino. Debía ser ésa la última señal de peligro, porque los bucaneros, al escucharla, dieron vuelta y echaron a correr, dispersándose en todas direcciones, lo mismo hacia el mar, a lo largo de la bahía, como a través del cerro, de suerte que en medio minuto no quedó de la pandilla sino Pew. Lo habían abandonado o por cobardía o en venganza por sus injurias y golpes; y allí estaba él solo y golpeando con el palo en la carretera, frenéticamente, tanteando el aire y llamando a sus camaradas. De pronto avanzó hacia donde yo estaba, corría; pasó ante mí, gritando:
-Johnny! ¡«Perronegro»! ¡Dirk! -y otros nombres-. ¡No abandonéis al viejo Pew, camaradas! ¡No abandonéis al viejo Pew!
El atronador galopar de los caballos sobrepasó la cima de la cuesta, y cuatro o cinco jinetes se dibujaron a la luz de la luna y se lanzaron cuesta abajo a galope tendido.
Y entonces vi que Pew cayó en la cuenta de su error; intentó dar la vuelta y echó a correr hacia la cuneta, donde se precipitó dando tumbos. Se levantó inmediatamente y siguió corriendo, pero ya estaba perdido, y vi cómo cala bajo las patas del primer caballo. El jinete trató de esquivarlo, pero fue en vano. Pew cayó dando un grito, que resonó en el frío de la noche. Los cascos del animal lo pisotearon, revolcándolo contra el polvo, y pasaron dé largo. Allí quedó Pew, tendido sobre su costado; después se estremeció, casi dulcemente, y quedó inmóvil.
De un salto me puse en pie y llamé a los jinetes. Habían frenado sus monturas, horrorizados por el accidente, y los reconocí. Uno de ellos, que cabalgaba rezagado, era el muchacho que habían enviado los del caserío a casa del doctor Livesey, y los demás eran agentes de Aduana a los que encontrara a medio camino y con los cuales había tenido la buena idea de regresar rápidamente. El superintendente Dance había sido informado sobre el lugre fondeado en la Cala de Kitt y por eso precisamente venían aquella noche hacia nuestra casa. Esas circunstancias nos habían librado a mi madre y a mí de una muerte segura.
Pew estaba tan muerto como una piedra. En cuanto a mi madre, la llevamos a la aldea y un poco de agua fresca y unas sales bastaron para hacerle volver en sí, sin más consecuencias que el susto, aunque no dejó de lamentarse por haber perdido lo que faltaba para liquidar la cuenta del capitán. El superintendente y los suyos continuaron inmediatamente hacia la Cala de Kitt, pero tenían que descender una abrupta barranca, y sin luces, por lo que, entre que debían tantear la senda y desmontar de sus cabalgaduras, además de las precauciones por el caso de que les hubieran tendido una emboscada, para cuando llegaron a la Cala, el lugre ya había zarpado. Se encontraba todavía, sin embargo, tan cerca de la costa, que el superintendente intentó detenerlo ordenándoles que se entregasen. Pero una voz respondió desde el mar conminándole a apartarse de donde estaba si no quería llevarse un poco de plomo en el cuerpo, lo que no era difícil ya que estaba iluminado por la claridad de la luna, y al mismo tiempo sonó un disparo y una bala silbó junto a su brazo. El lugre ya doblaba el cabo y desapareció. El señor Dance se quedó, como él mismo dijo, «como pez fuera del agua», y todo lo que pudo hacer fue enviar a uno de sus aduaneros a Bristol para dar aviso al cúter que servía de guardacostas.
-Es igual que nada -dijo-. Nos la han jugado. De lo único que me alegro es de haber acabado con ese canalla de Pew -del cual ya sabía la historia por habérsela yo contado.
Volvimos juntos a la «Almirante Benbow», y no es posible describir un estrago mayor; hasta nuestro viejo reloj estaba derribado, y toda la casa patas arriba, pues en su busca nada habían dejado en pie aquellos malhechores, y, aunque no consiguieran llevarse otra cosa que el dinero del capitán y algunas monedas de plata que guardábamos en el mostrador, pensé que sin duda estábamos arruinados. El señor Dance tampoco daba crédito a sus ojos.
-¿No me dijiste que querían robar el dinero? Pues entonces, dime, Hawkins, ¿por qué lo han destrozado todo? ¿Buscarían más dinero?
-No, señor -le contesté-, creo que no era dinero. Se me figura que buscaban algo que tengo yo en el bolsillo, y, para decir verdad, quisiera ponerlo a buen recaudo.
-Muy bien, muchacho -dijo él-, tienes razón. Si quieres yo puedo guardarlo.
-Yo había pensado en el doctor Livesey… -empecé a decir.
-Perfectamente -dijo interrumpiéndome con toda amabilidad-, perfectamente. Es un caballero y además magistrado. Ahora que pienso en ello, creo que debería ir yo también para darle cuenta de lo ocurrido a él y al squire. Esa basura de Pew está bien muerto, y no es que yo lo lamente, pero el caso es que hay personas de mala fe siempre dispuestas a aprovechar cualquier pretexto para acusar de lo que sea a un oficial de Su Majestad. Así que, escúchame, Hawkins, creo que debes venir conmigo.
Le di las gracias por su ofrecimiento y nos dirigimos caminando hasta el caserío donde estaban los caballos. Casi antes de poder despedirme de mi madre, vi que ya estaban todos montados.
-Dogger -dijo el señor Dance-, tú que tienes un buen caballo monta contigo a este joven.
Monté y me aferré al cinto de Dogger. Entonces el superintendente dio la señal y partimos al galope hacia la casa del doctor Livesey.
Capítulo 6
Los papeles del capitán
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Cabalgamos sin descanso hasta que llegamos a la puerta del doctor Livesey. La fachada de la casa estaba a oscuras.
El señor Dance me indicó que desmontase y llamara, y Dogger me cedió su estribo para hacerlo. Una criada nos abrió la puerta.
-¿Está el doctor Livesey? -pregunté.
Me respondió que el doctor había estado durante toda la tarde, pero que en aquel momento se encontraba en la mansión del squire, porque estaba invitado a cenar y pasar la velada con él.
-Bien, pues vamos allá, muchachos -dijo el señor Dance. Como esta vez la distancia era más corta, ni siquiera monté, sino que fui corriendo asido al estribo de Dogger hasta las puertas del parque, y después, por la larga avenida de árboles, cubierta entonces de hojas y que la luz de la luna iluminaba, al final de la cual se perfilaba la blanca línea de edificaciones que componían la mansión, rodeada por inmensos jardines de centenarios árboles. El señor Dance desmontó y sin dilación fuimos admitidos en la casa. Un criado nos condujo por una galería alfombrada hasta un amplio salón cuyas paredes estaban todas cubiertas por estanterías con libros rematadas por esculturas. Allí se encontraban el squire y el doctor Livesey, sentados ante un maravilloso fuego de chimenea y fumando sus pipas.
Yo nunca había visto tan de cerca al squire. Era un hombre muy alto, de más de seis pies, y bien proporcionado; su rostro era enormemente expresivo, y su piel, curtida y algo enrojecida, supongo que por sus largos viales; las cejas eran muy negras y espesas y, al moverlas, le daban un aire de cierta fiereza.
-Pase usted, señor Dance -dijo con mucha ceremonia y no sin condescendencia.
-Buenas noches, Dance -añadió el doctor con una inclinación de cabeza-. Buenas noches, Jim. ¿Qué buen viento os trae por aquí?
El superintendente, muy envarado, contó lo ocurrido como quien recita una lección; y era digno de ver cómo los dos caballeros lo escuchaban con la máxima atención, intercambiándose miradas, tanto que hasta se olvidaron de fumar, absortos y asombrados por el relato. Cuando supieron cómo mi madre se había atrevido a regresar a la hostería, el doctor Livesey no pudo reprimir una exclamación:
-¡Bravo! -dijo con un gesto tan impulsivo, que quebró su larga pipa contra la parrilla de la chimenea.
Antes de que terminase el superintendente su narración, el señor Trelawney -pues ése, como se recordará, era el nombre del squire- se levantó de su butaca y empezó a recorrer el salón a grandes zancadas, mientras el doctor, como para oír mejor, se había despojado de la empolvada peluca; y por cierto que resultaba sorprendente verlo con su auténtico pelo, negrísimo y cortado al rape.
Por fin el señor Dance terminó su explicación.
-Señor Dance -dijo el squire-, es usted un hombre de provecho. Y en cuanto a la muerte de ese vil y desalmado forajido, lo considero un acto virtuoso como el aplastar una cucaracha. En cuanto a este mozo, Hawkins, es una verdadera joya. Por favor, Hawkins, ¿quieres tirar de la campanilla? El señor Dance tomará un trago de cerveza.
-¿Así, Jim -dijo el doctor-, que tú tienes lo que esos pillos andaban buscando?
-Aquí está, señor-dije, y le entregué el paquete envuelto en hule.
El doctor lo miró por todos lados, temblándole los dedos por la impaciencia de abrirlo; pero, en vez de hacerlo, se lo guardó tranquilamente en el bolsillo de su casaca.
-Señor Trelawney -dijo-, no debemos distraer al señor Dance por más tiempo de sus obligaciones; el servicio de Su Majestad no descansa. Pero sugeriría que Jim Hawkins se quedara a dormir en mi casa, y, con vuestro permiso, propongo, bien se lo ha ganado, que traigan el pastel de fiambre y que reponga fuerzas.
-Como gustéis, Livesey-dijo el squire-, pero Hawkins bien merece algo mejor que ese pastel.
Trajeron un enorme pastel de pichones, que dispusieron en una mesita junto a mí, y cené copiosamente, pues tenía un hambre de lobo. Mientras tanto el señor Dance fue nuevamente felicitado y finalmente despedido.
-Y bien, señor Trelawney… -dijo entonces el doctor.
-Y bien, señor Livesey -dijo el squire-. Ahora…
-Cada cosa a su tiempo -dijo riéndose el doctor-, cada cosa a su tiempo. Habréis oído hablar de ese Flint, ¿no es así?
-¡Hablar! -exclamó el squire-. ¡Hablar, decís! Flint ha sido el más sanguinario pirata que cruzó los mares. Barbanegra era un inocente niñito a su lado. Los españoles le tenían tanto miedo, que aveces me he sentido orgulloso de que fuera inglés. Con estos ojos he visto sus monterillas en el horizonte, a la altura de Trinidad, y el cobarde con quien yo navegaba viró y le faltó tiempo para refugiarse en las tabernas de Puerto España.
-Sí, también yo he oído hablar de él en Inglaterra -dijo el doctor-. Pero la cuestión es si realmente atesoraba tanta riqueza como dicen.
-¿Que si atesoraba tantas riquezas? -interrumpió el squire-. ¿Pero no conocéis la historia? ¿Qué buscaban esos villanos sino tal fortuna? ¿Por qué otra cosa iban a arriesgar su cuello? Esa carne de horca sabía lo que buscaba.
-Que es lo que nosotros ahora podemos conocer -contestó el doctor-. Pero sois tan exaltado, que me confundís y no he podido explicarme. Lo único que necesito saber es eso: Si yo tuviera aquí, en mi bolsillo, alguna indicación acerca del lugar donde Flint enterró su tesoro, ¿qué valor tendría para nosotros?
-¿Qué valor? -exclamó el squire-. Mirad: si tenemos esa indicación de que habláis, estoy dispuesto a fletar y pertrechar un barco en Bristol y llevaros a vos y también a Hawkins, y prometo hacerme con ese tesoro, aunque tenga que estar un año buscándolo.
-Magnífico -dijo el doctor-. Ahora, pues, si Jim está de acuerdo, abriremos el paquete.
Y diciendo esto puso ante él en la mesa el paquetito que se había guardado.
El envoltorio estaba cosido y el doctor tuvo que sacar su instrumental y cortó las puntadas con las tijeras de cirujano. Aparecieron entonces dos cosas: un cuaderno y un sobre sellado.
-Empezaremos por el cuaderno -dijo el doctor.
Y me hizo señas para que me acercase y gozara del placer de la investigación. El squire y yo mirábamos por encima de su cabeza mientras él lo abría. En la primera página sólo encontramos algunas palabras sin ilación, como las que se escriben por mero capricho. Alguna frase había, sin sentido, que repetía lo que yo había visto tatuado en el brazo del capitán: «Billy Bones es libre»; después leímos: «Señor W. Bones, segundo de a bordo». «Se acabó el ron». «A la altura de Cayo Palma recibió el golpe», y otros varios garabatos, la mayor parte palabras sueltas e incomprensibles. No pude menos que imaginar quién sería el que recibió «ese» golpe, y qué «golpe» sería… quizá el de un cuchillo, y por la espalda.
-No se saca mucho de aquí -dijo el doctor Livesey pasando las hojas.
En las diez o doce páginas siguientes había una curiosa serie de asientos. En los extremos de cada renglón constaba una fecha, en uno y en el otro una cantidad de dinero, como suelen figurar en los libros de contabilidad; pero, en lugar de anotaciones explicativas del concepto, sólo había un número variable de cruces. Así, el 12 de junio de 1745, por ejemplo, se indicaba haber asignado a alguien una suma de 70 libras esterlinas, pero sólo seis cruces indicaban el motivo. En otros casos, es cierto, se añadía el nombre de algún lugar, como «A la altura de Caracas», o una mera indicación del rumbo, como «62° 17‘20”, 19° 2‘40”».
La contabilidad abarcaba cerca de veinte años, y las cantidades que reflejaba cada asiento iban haciéndose mayores con el paso del tiempo; al final se había sacado el total, tras cinco o seis sumas equivocadas, y se le habían añadido las siguientes palabras: «Bones, lo suyo».
-No saco nada en limpio de todo esto -dijo el doctor Livesey.
-Pues está tan claro como la luz del día -exclamó el squire-. Este libro registra las cuentas de aquel perro desalmado. Las cruces represenan los nombres de navíos hundidos o de ciudades saqueadas. Las cantidades son la parte que a él le tocaba, y, cuando tenía alguna duda, añadía para precisar: «A la altura de Caracas», lo que debe significar que en esa situación algún malaventurado barco fue abordado. Dios tenga compasión de las pobres almas que lo tripulaban… Se las habrá tragado el coral.
-¡Cierto! -dijo el doctor-. Se nota que habéis viajado mucho. ¡Cierto! Y así las cantidades iban creciendo a medida que él ascendía de rango.
El resto del cuaderno decía ya bien poca cosa, a no ser unas referencias geográficas, anotadas en las últimas páginas, y una tabla de equivalencias del valor entre monedas francesas, inglesas y españolas.
-Hombre ordenado -observó el doctor-. No era de los que se dejan engañar.
-Y ahora -dijo el squire- pasemos a la otra cosa.
El sobre estaba lacrado en varios puntos y sellado sirviéndose de un dedal, quizá el mismo que yo había encontrado en el bolsillo del capitán. El doctor abrió los sellos con gran cuidado y ante nosotros apareció el mapa de una isla, con precisa indicación de su latitud y longitud, profundidades, nombres de sus colinas, bahías y estuarios, y todos los detalles precisos para que una nave arribase a seguro fondeadero. Medía unas nueve millas de largo por cinco de ancho, y semejaba, o así lo parecía, un grueso dragón rampante. Tenía dos puertos bien abrigados, y en la parte central, un monte llamado «El Catalejo». Se veían algunos añadidos realizados sobre el dibujo original; pero el que más nos interesó eran tres cruces hechas con tinta roja: dos en el norte de la isla y una en el suroeste, y junto a esta última, escritas con la misma tinta y con fina letra, muy distinta de la torpe escritura del capitán, estas palabras: «Aquí está el tesoro».
En el reverso y de la misma letra aparecían los siguientes datos:
«Arbol alto, lomo del Catalejo, demorando una cuarta al N. del N.N.E.
Isla del Esqueleto E.S.E. y una cuarta al E. Diez pies.
El lingote de plata está en escondite norte; se encontrará tomando por el montículo del este, diez brazas al sur del peñasco negro con forma de cara.
Las armas se hallan fácilmente en la duna situada al N. punta del Cabo norte de la bahía, rumbo E. y una cuarta N.
J. F.»
Y eso era todo, y, aunque a mí me resultó incomprensible, colmó de alegría al squire y al doctor Livesey.
-Livesey -dijo el squire-, os sugiero abandonar inmediatamente ese mezquino quehacer vuestro. Pienso salir mañana para Bristol. En tres semanas… ¡En dos si fuera posible!… ¡En diez días! Sí, en diez días, tendremos el mejor barco, sí, señor, y la mejor tripulación de Inglaterra. Hawkins será nuestro ayudante, ¡y valiente ayudante que has de ser, joven Hawkins! Vos, Livesey, iréis como médico de a bordo; yo seré el comandante. Llevaremos con nosotros a Redruth, a Joyce y a Hunter. Con buenos vientos, que los tendremos, la travesía será rápida y sin dificultades. Encontraremos el sitio, y después, ah, después, habrá tanto dinero, que podremos revolcarnos en é1. Viviremos en el mayor lujo por el resto de nuestros días.
-Trelawney -dijo el doctor-, iré con vos, y salgo fiador del empeño, y también vendrá Jim, lo que será una garantía para nuestra empresa. Pero he de deciros, a fuer de ser sincero, que hay una persona a quien temo.
-¿Y quién es él? -clamó el squire-. Decidme el nombre de ese perro.
-Vos -replicó el doctor-, porque sé cuánto os cuesta sujetar la lengua. Pensad que no somos los únicos que conocen la existencia de este documento. Esos sujetos que han atacado esta noche la hostería -y que sin duda se trata de gente dispuesta a todo-, así como los que les aguardaban en el lugre, y supongo que otros que no debían estar muy lejos, todos son individuos decididos, cueste lo que cueste, a apoderarse de esas riquezas. Ninguno de nosotros debe andar solo hasta que podamos hacernos a la mar. Vos debéis haceros acompañar de joyce y de Hunter cuando vayáis a Bristol, y ninguno de nosotros ha de dejar que se le escape una palabra de cuanto hemos descubierto.
-Livesey -contestó el squire-, siempre tenéis razón. Estaré callado como una tumba.
PARTE SEGUNDA
EL COCINERO DE A BORDO
Índice
Contenido
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 7
Mi viaje a Bristol
Índice
A pesar de los deseos del squire, pasó algún tiempo antes de que estuviésemos listos para zarpar, y ninguno de nuestros planes -ni siquiera las intenciones del doctor Livesey de que yo permaneciera junto a él-pudo cumplirse a. satisfacción. El doctor precisó ir a Londres en busca de un médico que se hiciera cargo de su clientela; el squire estaba muy atareado en Bristol; y yo permanecí en su mansión bajo los cuidados del viejo Redruth, el guardabosques, que no me dejaba ni a sol ni a sombra; pero los sueños de aventura, de lo que pudiera sucedernos en la isla y de nuestro viaje por mar, bastaban para llenar mis horas. Muchas pasé contemplando el mapa, y sabía de memoria hasta sus más nimios detalles. Sentado junto al fuego en la habitación del ama de llaves, cuántas veces arribé a aquellas playas con mi fantasía desde cualquier rumbo; cuántas exploré aquellos territorios, mil veces subí hasta la cima del Catalejo y desde ella gocé los más fantásticos y asombrosos panoramas. Alguna vez imaginaba la isla poblada de salvajes, con los que combatíamos; otras la veía llena de peligrosas fieras que nos acosaban. Pero ninguno de mis sueños fue tan trágico y sorprendente como las aventuras que realmente nos sucedieron después.
Así pasaron las semanas, hasta que un buen día recibimos una carta que iba dirigida al doctor Livesey, y con la siguiente indicación: «Para ser abierta, en caso de ausencia, por Tom Redruth o por el joven Hawkins». Obedeciendo la advertencia, la abrimos -o, por mejor decirlo, yo me encargué de ello, porque el guardabosques no era muy avispado en lectura, salvo impresa-y pude leer estas importantes nuevas:
«Hostería del Ancora Vieja, Bristol, 1. ° de marzo de 17…
Querido Livesey:
Como ignoro si os encontráis ya en casa o si seguís en Londres, remito por duplicado la presente a ambos lugares.
He comprado el barco y ya está pertrechado. Está atracado en el puerto, listo para navegar. No podéis imaginar una más preciosa goleta -un niño podría gobernarla-; desplaza doscientas toneladas y su nombre es la Hispaniola.
Me hice con ella gracias a un antiguo conocido, el señor Blandly, quien ha demostrado en todos los trámites la mejor disposición. Estoy admirado de cómo se ha puesto incondicionalmente a mi servicio, lo que por cierto he de decir ha sido secundado por todo el mundo en Bristol, desde el instante que sospecharon nuestro puerto de destino… quiero decir, lo del tesoro.»
-Redruth -dije, interrumpiendo la lectura-, esto va a disgustar profundamente al doctor Livesey. El squire ha hablado a pesar de sus advertencias.
-Bueno, ¿acaso no tiene todo el derecho a hacerlo? -gruñó el guardabosques-. Estaría bien que el squire no pudiera hablar porque así lo ordenase el doctor Livesey, pues sí…
Ante estas palabras, desistí de otro comentario, y continué leyendo:
«El propio Blandly fue quien encontró la Hispaniola, y ha manejado todo el negocio con tanta habilidad, que la he comprado por nada. Ciertamente hay en Bristol cierta clase de gente que no aprecian a Blandly y han llegado a decir que este hombre de probada honradez sería capaz de cualquier cosa por hacerse de dinero, y que la Hispaniola era suya y que el precio por el que me la ha conseguido es exorbitante… ;Calumnias! De todas formas, no hay nadie que se atreva a negar las excelencias del barco.
Hasta el momento no he tenido tropiezo alguno. Los estibadores y los aparejadores no mostraban mucho entusiasmo por su trabajo, pero afortunadamente todo se ha resuelto. Lo que mas preocupaciones me ha ocasionado ha sido la tripulación.
Yo quería reunir una veintena -para el caso de encontrarnos con indígenas, piratas o esos abominables franceses-, y he tenido que vérmelas para poder seleccionar apenas media docena. Pero un extraordinario golpe de suerte me hizo dar con el hombre que yo necesitaba.
Andaba yo paseando por el muelle, cuando, por pura casualidad, entablé conversación con él. Me enteré que había sido marinero, que ahora vivía de una taberna y que conocía a todos los navegantes de Bristol; ha perdido la salud en tierra y busca una buena colocación, como cocinero, que le permita volver a hacerse a la mar. La echa tanto de menos, que precisamente me lo encontré porque suele ir al muelle para respirar aire marino.
Me ha conmovido -lo mismo os hubiera pasado-y, apiadándome de él, allí mismo lo contraté para cocinero de nuestro barco. Se llamajohn Silver —el Largo—, y le falta una pierna; pero esa mutilación es la mejor garantía, puesto que la ha perdido en defensa de su patria sirviendo a las órdenes del inmortal Hawke. Y no percibe ningún retiro. ¡En qué abominables tiempos vivimos, Livesey!
Mas no acaba ahí todo: creía no haber encontrado más que un cocinero, pero en realidad fue como dar con toda una tripulación. Entre Silver y yo en pocos días hemos conseguido reunir una partida de viejos lobos de mar, la gente mas recia donde la haya. Desde luego no son un recreo para la vista, pero su traza es del mas indomable coraje. Creo que podríamos desafiar a la mejor fragata.
John “el Largo” ha conseguido, además, librarnos de los seis o siete que yo tenía contratados, y que no eran más que marinos de agua dulce, como me hizo ver, muy desaconsejables en una aventura de la importancia de la nuestra.
Me encuentro perfectamente y mi ánimo es excelente; tengo el apetito de un toro y duermo como un tronco. No resisto ya la impaciencia de ver a mi tripulación dando vueltas al cabrestante. ¡El mar! No es ya el tesoro, es la gloria del mar la que se apodera de mí! Así, pues, Livesey, venid en seguida; no perdáis ni una hora, si me estimáis en algo.
Decid al joven Hawkins que vaya inmediatamente a despedirse de su madre, que lo escolte Redruth, y después que venga lo antes posible a Bristol.
JOHN TRELAWNEY
Postscriptum: Me había olvidado deciros que Blandly, quien ha prometido enviar un barco en nuestra busca si no recibe noticias para finales de agosto, ha encontrado un sujeto admirable para capitán; es algo reservado, sin duda, lo cual lamento, pero como marino no tiene precio. John Silver “el Largo” ha desenterrado también a un hombre muy competente para segundo, que se llama Arrow. Y tengo un contramaestre, mi querido Livesey, que toca la gaita. No dudo que todo va a ir tan bien a bordo de la Hispantola como en un navío de Su Majestad.
Se me olvidaba deciros que Silver no es un ganapanes; me he enterado que tiene cuenta en un banco y que jamás ha estado en descubierto. Deja a su esposa al cuidado de la taberna, y, como es una negra, creo que un par de viejos solterones como nosotros podemos permitirnos pensar que es tanto esa esposa como la falta de salud lo que empuja a nuestro hombre a hacerse de nuevo a la mar.
J. T.
P. P. S.: Hawkins puede pasar una noche con su madre.
J. T.»
Puede el lector imaginar fácilmente la conmoción que esa carta me produjo. No cabía en mí de contento; si alguna vez he mirado a alguien con desprecio, fue al viejo Tom Redruth, que no hacía sino gruñir y lamentarse. Cualquiera de los otros guardabosques a sus órdenes se hubiera cambiado gustoso por él, pero no era ésa la voluntad del-squire, y sus deseos eran órdenes para todos. Nadie, a no ser el viejo Redruth, se hubiera atrevido a rezongar.
Con el alba ya estábamos él y yo en camino hacia la «Almirante Benbow», y allí encontré a mi madre con la mejor disposición de espíritu. El capitán, que durante tanto tiempo había perturbado nuestra vida, estaba ya donde no podía hacer daño a nadie; el squire había mandado reparar todos los desperfectos -la sala de estar y la muestra en la puerta aparecían recién pintadas-y vi algunos muebles nuevos y, sobre todo, una buena butaca para mi madre, junto al mostrador. También le había procurado un mozo con el fin de que ayudase durante mi ausencia.
Fue al ver a aquel muchacho cuando me di cuenta de que algo había cambiado. Hasta ese instante tan sólo pensé en las aventuras que me aguardaban y no tuve ni un pensamiento para el mundo que abandonaba; pero entonces, a la vista de aquel desconocido, que iba a ocupar mi puesto, junto a mi madre, no pude reprimir el llanto. Creo que me porté mal con él, y como una especie de venganza aproveché todas las ocasiones que me dio -y fueron muchas al no estar habituado a aquellos menesteres-para abochornarlo.
Pasó aquella noche, y al día siguiente, después de comer, Redruth y yo nos pusimos en camino nuevamente. Dije adiós a mi madre y a la ensenada donde había vivido desde que nací, y a nuestra querida «Almirante Benbow», que recién pintada no era ya tan grata para mis ojos. Uno de mis últimos pensamientos fue para el capitán, a quien tantas veces había visto vagar por aquella playa, con su sombrero al viento, su cicatriz en la mejilla y el viejo catalejo bajo el brazo. Un instante después el camino torcía, y perdí de vista mi casa.
Alcanzamos la diligencia en el «Royal George». Fui todo el viaje como una cuña entre Redruth y un anciano y obeso caballero, y, a pesar del vaivén y del aire frío de la noche, me adormecí en seguida y debí dormir como un leño, a través de montes y valles y parada tras parada, pues, cuando al fin me despertaron dándome un codazo en las costillas, y abrí los ojos, estábamos parados frente a un gran edificio en la calle de una ciudad y el día ya muy avanzado.
-¿Dónde estamos? -pregunté.
-En Bristol -dijo Tom-. Baja.
El señor Trelawney estaba hospedado en una residencia cerca del muelle, con el fin de vigilar el abastecimiento de la goleta. Hacia allí nos dirigimos y tomamos, con gran alegría por mi parte, a todo lo largo de las dársenas donde amarraban multitud de navíos de todos los tamaños y arboladuras y nacionalidades. Cantaban en uno los marineros a coro mientras maniobraban; en otro colgaban en lo alto de las jarcias, que no parecían mas gruesas que hilos de araña. Aunque mi vida había transcurrido desde siempre junto al mar, me pareció contemplarlo por primera vez. El olor del océano y la brea eran nuevos para mí. Vi los más asombrosos mascarones de proa y pensé por cuántos mares habrían navegado; miraba atónito a tantos marineros, viejos lobos de mar que lucían pendientes en sus orejas y rizadas patillas, y me fascinaba con su andar hamacado forjado en tantas cubiertas. Si hubiera visto, en su lugar, el paso de reyes o arzobispos, no hubiera sido mayor mi felicidad.
Y yo también iba a ser uno de ellos, yo también iba a hacerme a la mar, en una goleta, y escucharía las órdenes del contramaestre, a nuestro gaitero, y las viejas canciones marineras que recordaban mil aventuras. ¡A la mar! ¡Y en busca de una isla ignorada y para descubrir tesoros enterrados!
Aún seguía perdido en mis fantásticos sueños cuando me encontré de pronto frente a un gran edificio, que era la residencia del squire, y lo vi aparecer vestido por completo como un oficial naval, con el glorioso uniforme de recio paño azul. Se nos acercó con una amplia sonrisa y remedando perfectamente el andar marinero.
-Ya estáis aquí -exclamó-. El doctor llegó anoche de Londres. ¡Bravo! ¡La dotación está completa!
-Señor -le pregunté-, ¿cuándo izamos velas?
-¡Mañana! -repuso-, ¡mañana nos hacemos a la mar!
Capítulo 8
A la taberna «El Catalejo»
Índice
Después de reponer fuerzas, el squire me entregó una nota dirigida a john Silver, para que se la llevara a la taberna «El Catalejo», y me dijo que no tenía pérdida, ya que sólo debía seguir a todo lo largo de las dársenas hasta encontrar una taberna que tenía como muestra un gran catalejo de latón. Eché a andar, loco de contento por tener ocasión de ver de nuevo los barcos anclados y el ajetreo de los marineros; anduve por entre una muchedumbre de gente, carros y fardos, pues era el momento de más actividad en los muelles, y por fin di con la taberna que buscaba.
Era un establecimiento pequeño, pero agradable. La muestra estaba recién pintada y las ventanas lucían bonitas cortinas rojas y el piso aparecía limpio y enarenado. A cada lado de la taberna había una calle a la que daba con sendas puertas, lo que permitía una buena iluminación; el local era de techo bajo y estaba cuajado de humo de tabaco.
Los parroquianos eran casi todos gente de mar, y hablaban con tales voces, que me detuve en la entrada, temeroso de pasar.
Mientras estaba allí, un hombre salió de una habitación lateral, y en cuanto lo vi estuve seguro de que se trataba del propio John «el Largo». Su pierna izquierda estaba amputada casi por la cadera y bajo el brazo sujetaba una muleta que movía a las mil maravillas, saltando de aquí para allá como un pájaro. Era muy alto y daba impresión de gran fortaleza, su cara parecía un jamón, y, a pesar de su palidez y cierta fealdad, desprendía un extraño aire agradable. Estaba, según pude ver, del mejor humor, pues no dejaba de silbar mientras iba de una mesa a otra hablando jovialmente con los parroquianos o dando palmadas en la espalda a los más favorecidos.
A decir verdad, debo añadir que, desde que había oído hablar de John «el Largo» en la carta del squire Trelawney, no dejaba de darme vueltas en la cabeza el temor de que pudiera tratarse del mismo marino con una sola pierna que tanto tiempo me tuvo en guardia en la vieja «Benbow». Pero me bastó mirar al hombre que tenía delante para alejar mis sospechas. Yo había visto al capitán, y a «Perronegro», y al ciego Pew, y creía saber bien cómo era un bucanero…, a mil leguas de aquel tabernero aseado y amable.
Deseché mis pensamientos, y traspuse el umbral y fui hacia el hombre, que, apoyado en su muleta, charlaba con un cliente.
-¿Es usted John Silver? -le dije, alargándole la nota.
-Sí, hijo -contestó-; así me llamo. ¿Quién eres tú? -y al ver la carta del squire, me pareció sorprender un cambio en su disposición-. ¡Ah!, sí -dijo elevando el tono-, tú eres nuestro grumete. ¡Me alegro de conocerte!
Y estrechó mi mano con la suya, grande y firme.
En aquel mismo instante uno de los parroquianos que estaba en el fondo de la taberna se levantó como alma que lleva el diablo y escapó hacia una de las puertas. Su prisa llamó mi atención y al fijarme lo reconocí en seguida. Era el hombre de cara de sebo, que le faltaban dos dedos y había estado en la «Almirante Benbow».
-¡Detenedlo! -grité-. ¡Es «Perronegro»!
-Sea quien sea -vociferó Silver-se ha largado sin pagar su cuenta. ¡Harry, corre tras él y tráelo aquí!
Un cliente, que estaba en la puerta, se lanzó en su persecución.
-¡Aunque fuera el propio almirante Hawke, el ron que se ha bebido tiene que pagarlo! -gritó Silver; y después, soltándome la mano que aún tenía entre las suyas, me miró-. ¿Quién has dicho que era? -preguntó-, ¿«Perro qué…»?
-«Perronegro» -dije yo-. ¿No les ha hablado el señor Trelawney de los piratas? Ese era uno de ellos.
-¿De veras? -exclamó Silver-. ¡Y en mi casa! ¡Ben, corre y ayuda a Harry! Conque uno de aquellos granujas, ¿eh? ¿Y tú estabas bebiendo con él, no, Morgan? ¡Ven aquí!
El hombre que respondía al nombre de Morgan -un marinero viejo, de pelo blanco salino y rostro oscuro como la caoba-se acercó con aire sumiso y mascando tabaco.
-Veamos, Morgan -dijo John «el Largo» serio-, ¿no habías visto antes a ese «Perro…», «Perronegro»? Contesta.
-Yo, no, señor -respondió bajando la cabeza.
-Ni sabes cómo se llama, ¿verdad?
-No, señor.
-¡Por todos los diablos, Morgan, que ya puedes dar gracias! -exclamó el tabernero-, porque, si frecuentas la compañía de gente de esa calaña, te aseguro que no volverás a pisar mi casa, tenlo por cierto. Y ahora, di, ¿de qué te hablaba?
-No lo sé -contestó Morgan.
-¿Y es una cabeza eso que llevas sobre los hombros? ¡Condenada vigota! -gritó John «el Largo»-. «No lo sé»… Qué raro que no sepas de qué hablabais. Vamos, contesta, ¿de qué marrullerías? ¿Recordabais puertos, algún capitán, algún barco? Echalo fuera. ¿De qué?
-Pues… hablábamos del «paso por la quilla» -respondió Morgan.
-Del «paso por la quilla», ¿eh? Desde luego es algo muy a propósito, de veras que sí. ¡Haraganes! Vuelve a tu mesa.
Y mientras Morgan se arrastraba, como escorado, hacia su mesa, Silver añadió, hablándome al oído en tono muy confidencial, lo que me pareció como un gran privilegio para mí:
-Es un buen hombre ese Tom Morgan, pero estúpido. Y ahora -prosiguió en voz más alta-, vamos a ver… ¿«Perronegro», dices? No, no me suena tal nombre. Sin embargo, me parece que ese tunante ya había venido algunas veces por aquí. Sí, creo haberlo visto más de una vez, y con un ciego, eso es.
-Seguro -dije-. También conozco al ciego. Se llama Pew.
-¡Cierto! -exclamó Silver muy excitado-. ¡Pew!, así lo llamaba, y tenía toda la pinta de un tiburón. Si logramos atrapar a ese «Perronegro», ¡qué alegría le daríamos al capitán Trelawney! Ben tiene buenas piernas; pocos marineros le ganan en correr. Nos lo traerá por el cogote, ¡por todos los diablos! Conque hablaban de «pasar por la quilla»… ¡Yo sí que lo voy a pasar a él!
Mientras decía estas palabras, a las que acompañaba con juramentos, no cesó de moverse, renqueando con la muleta de un lado a otro de la taberna, dando puñetazos en las mesas y con tales muestras de indignación, que hubiera convencido a los jueces de la Corte o a los sabuesos de Bow Street. Lo que hizo disminuir mis sospechas, por que haber encontrado en «El Catalejo» a «Perronegro» había vuelto a levantar mis inquietudes. Volví a fijarme detalladamente en nuestro cocinero tratando de descubrir sus verdaderas intenciones. Pero tenía demasiadas pieles y era harto astuto y taimado para mí; y cuando regresaron los dos hombres que fueron tras «Perronegro» y dijeron que habían perdido su pista en la aglomeración de gente y que además los habían confundido con ladrones que huían, yo hubiera salido fiador de la inocencia de, John Silver «el Largo».
-Ya ves, Hawkins -dijo-, ¿no es mala suerte que precisamente ahora suceda esto? ¿Qué va a pensar el capitán Trelawney? ¿Qué podría pensar? Viene ese maldito hijo de mala madre y se sienta en mi propia casa a beberse mi ron. Vienes tú y me lo cuentas todo, de principio a fin, y yo permito que nos dé esquinazo delante de nuestros propios ojos. Hawkins, tienes que ayudarme ante el capitán. No eres más que un chiquillo, pero listo como el hambre. Lo noté en cuanto te eché la vista encima. Dime: ¿qué hubiera podido hacer yo que malamente camino apoyado en este leño? Si hubiera pasado en mis buenos tiempos, le habría echado el guante de prisa, lo hubiera trincado, y de un manotazo… Pero ahora… Y se calló de pronto, como si recordara algo.
-¡La cuenta! -maldijo-. ¡Tres rondas de ron! ¡Que me ahorquen si no me había olvidado la deuda!
Y empezó a reír a grandes carcajadas, desplomándose sobre un banco, hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas. No pude resistir el reír yo también; y empezamos a reír juntos, con carcajadas cada vez más sonoras, hasta que todos los parroquianos se nos unieron y la taberna en pleno estalló en una incontenible algazara. -¡Vaya una vieja foca que estoy hecho! -dijo al fin, secándose las lágrimas-. Tú y yo, Hawkins, vamos a hacer una buena pareja; no creas que pese a mis años no me gustaría alistarme de grumete. Ah…, bien, ¡listos para la maniobra! Esto es lo que haremos. El deber es lo primero, compañeros. Cojo mi sombrero y me voy contigo a ver al capitán Trelawney y a darle cuenta de este asunto. Fíjate en que esto es muy serio, joven Hawkins, y no puede decirse que ni tú ni yo hayamos salido demasiado airosos. Tú tampoco, desde luego. ¡Vaya pareja! Y, ¡por Satanás!, que además me he quedado sin cobrar las tres rondas.
Y volvió a reírse de tan buena gana, que de nuevo me arrastró en su regocijo.
En nuestro corto paseo por los muelles la compañía de Silver resultó fascinante para mí, pues me fue dando toda clase de explicaciones sobre los diferentes navíos que veíamos, sobre sus apare jos, desplazamientos y nacionalidades y qué maniobras estaban realizándose en cada uno de ellos: en éste, descargando; abasteciendo aquél; un tercero aparejaba para zarpar-Y de cuando en cuando me contaba algún sucedido en la mar, historias de barcos y marineros, o me enseñaba algún refrán, que me hizo repetir hasta aprenderlo de memoria. Yo no tenía dudas de que Silver era el mejor compañero que yo podía desear.
Cuando llegamos a la residencia, el squire y el doctor Livesey estaban dando fin a un cuartillo de cerveza y unas tostadas antes de subir a bordo de la goleta para hacer una visita de inspección.
John «el Largo» les contó lo sucedido con el mejor ingenio y sirf apartarse un punto de la verdad. «Así es como pasó, ¿no es verdad, Hawkins?», decía de vez en cuando, y yo siempre lo confirmaba.
Los dos caballeros lamentaron que «Perronegro» hubiese logrado escapar, pero todos convinimos en que había sido inevitable, y, después de haber recibido felicitaciones, John «el Largo» tomó su muleta y se fue.
-¡Toda la tripulación a bordo esta tarde a las cuatro! -le gritó el squire cuando ya se alejaba.
-¡Bien, señor! -contestó el cocinero desde la puerta.
-Trelawney -dijo el doctor Livesey-, he de confesaros que, aunque no suelo tener mucha fe en vuestros descubrimientos, me parece que John Silver es un acierto.
-Excelente tipo -declaró el squire.
-Y ahora -añadió el doctor-, Jim debería venir a bordo.
-Por supuesto -dijo el squire-. Coge tu sombrero, Hawkins, y varaos a ver el barco.
Capítulo 9
Las municiones
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La Hispaniola estaba fondeada en la zona más apartada de los muelles, y tuvimos que abordarla en un bote. Durante el trayecto fuimos pasando bajo muchos y hermosísimos mascarones de proa, junto a las popas de otros navíos; a veces un cabo que colgaba rozó nuestras cabezas, otras los arrastramos bajo nuestra quilla. Por fin llegamos a la goleta y allí estaba para recibirnos y darnos la bienvenida el segundo, el señor Arrow, un marino viejo y curtido, de extraviada mirada y que lucía pendientes en sus orejas. El squire y él se llevaban perfectamente, pero no tardé en darme cuenta de que no ocurría lo mismo entre el señor Trelawney y nuestro capitán.
Este último era un hombre de aire precavido y astuto, y al que parecían enojar los más nimios sucedidos a bordo, y no tardé en saber el porqué, ya que, apenas bajamos al camarote, entró tras de nosotros un marinero y nos dijo, dirigiéndose al squire:
-El capitán Smollett desea hablar con vos.
-Estoy siempre a las órdenes del capitán. Que pase.
El capitán, que aguardaba cerca de su mensajero, entró de inmediato y cerró la puerta.
-Y bien-dijo el capitán-, creo que más vale hablar claro, y espero no ofenderos con ello. Pero no me gusta este viaje, no me gusta la tripulación y no tengo confianza en mi segundo. Esto es todo cuanto tenía que decir.
-¿Y acaso no os gusta… el barco? -preguntó el squire con bastante enojo, según me pareció ver.
-En cuanto a eso, no puedo hablar, puesto que aún no he navegado con él. Pero me parece un barco muy marinero, desde luego.
-¿Y probablemente tampoco os place su dueño, no es así, señor? -dijo el squire.
Pero aquí les interrumpió el doctor Livesey.
-Caballeros -dijo-, caballeros, opino que estas cuestiones tan sólo provocan el enfado. El capitán dice quizá más de lo que debía, o, sin duda, menos; y debo declarar que requiero una explicación de sus palabras. Afirma usted que no le gusta este viaje. Bien. Sepamos por qué.
-Yo he sido contratado, señor, con lo que solemos denominar órdenes selladas, con el propósito de gobernar este navío con rumbo a donde el caballero tenga a bien indicarme. Pero he aquí que, ignorando yo tal rumbo, lo conoce, por el contrario, hasta el último de los marineros. Y no considero correcto tal proceder. ¿O acaso pensáis otra cosa, señor?
-No -dijo el doctor Livesey-. Tampoco yo.
-Además -dijo el capitán-, he sabido que nos dirigimos ala busca de un tesoro. Lo sé por los mismos marineros, fijaos bien. Ya de entrada un asunto de esa índole, un tesoro, resulta excesiva mente peligroso; no me gustan los viajes donde ha de mezclarse una fortuna así, por ningún concepto; y mucho menos cuando el secreto del mismo -y disculpad mis palabras, señor Trelawneylo sabe hasta el loro.
-¿Se refiere al loro de Silver? -preguntó el squire.
-No es más que una forma de hablar -contestó el capitán-. Quiero decir con ello que se ha hablado demasiado. Creo, señores, que ninguno se da cuenta de lo que llevamos entre manos; pero voy a deciros lo que pienso: se trata de un negocio de vida o muerte y con el que correremos graves riesgos.
-Todo está claro, y sin duda es como usted dice -replicó el doctor-. Afrontaremos ese riesgo, pero no somos tan ignorantes como usted nos cree. Prosigamos: afirma que no le gusta la tripulación. ¿No son por ventura excelentes marineros?
-No me gustan, señor -contestó el capitán-. Y creo que debieran haberme dejado escoger mi propia tripulación, es lo más natural.
-Puede que esté usted en lo cierto -dijo el doctor-; probablernente mi amigo debió contar con sus consejos; pero el desaire, si es que lo ha habido, no fue intencionado. ¿Es que no os place el señor Arrow?
-No, señor. Creo que se trata de un buen navegante, pero es demasiado campechano con la tripulación para ser un buen oficial. Un piloto ha de saber el respeto debido a su cargo…, no debe beber en el mismo vaso con los marineros.
-¿Quiere decir usted que bebe? -exclamó el squire. -No, señor -dijo el capitán-, pero sí que resulta excesivamente «familiar».
-Bien, dejando esto a un lado -propuso el doctor-, y en resumidas cuentas, díganos lo que usted quiere, capitán.
-De acuerdo, señores. ¿Os encontráis decididos a emprender este viaje?
-Por encima de todo -contestó el squire.
-Perfectamente -repuso el capitán-. Puesto que se me ha permitido exponer cosas que no he logrado probar, quisiera ser escuchado en otras que no puedo callar. He visto que está siendo estibada buena provisión de armas y de pólvora en el pañol de proa. ¿Por qué no bajo esta cámara, que es el lugar apropiado?… Primer punto. Y además, vuestros acompañantes me dicen que van a ser alojados junto con la tripulación. ¿Por qué no darles los camarotes que hay aquí, junto a esta cámara?… Segundo punto. -¿Alguno más? -interrogó el señor Trelawney.
-Uno más -repuso el capitán-. Ya ha habido demasiados comentarios.
-Más que demasiados -asintió el doctor.
-Os diré lo que yo mismo he escuchado -prosiguió el capitán Smollett-: se conoce la existencia del mapa de cierta isla; se sabe que en él está indicada la situación de un tesoro, y que dicha isla se encuentra en…. -e indicó la latitud y longitud precisas.
-Jamás he hablado de eso con nadie! -gritó el squire.
-Señor mío, los marineros están al tanto -repuso el capitán.
-Livesey -gritó el squire-, o vos o Hawkins os habéis ido de la lengua.
-No importa quien fuera -dijo el doctor.
Y pude darme cuenta de que ni el señor Livesey ni el capitán tomaban en mucho las protestas del squire. Tampoco yo creía en sus palabras, pues la verdad es que era un hombre con la lengua muy suelta; pero, sin embargo, algo en el corazón me decía que al menos en esta ocasión decía la verdad y a nadie había confiado la situación de la isla.
-Bien, caballeros -prosiguió el capitán-, ignoro quién es el encargado de custodiar tal mapa; pero de ello hago mi mas esencial condición: debe guardarlo en secreto, ni yo debo conocerlo, y por supuesto mucho menos aún el señor Arrow. De no ser así, les ruego que consideren mi renuncia al cargo.
-Ya veo -dijo el doctor-sus intenciones, capitán. Lo que usted desea es que conservemos el secreto de nuestros propósitos y que astutamente convirtamos nuestros camarotes de popa en una especie de fortín, manteniendo bajo vigilancia la pólvora y las armas, y defendido por los criados de mi amigo, que son de toda nuestra confianza. En otras palabras: que teme usted la posibilidad de un motín.
-Señor -dijo el capitán Smollett-, no son esas mis palabras, aunque no me siento ofendido porque me las adjudiquéis. Ningún capitán en caso alguno se haría a la mar si sospechara las suficientes razones para un acontecimiento de tal naturaleza. En cuanto al señor Arrow, lo creo un hombre honrado. También algunos tripulantes lo son, y no tengo motivos para dudar que todos lo sean. Pero soy el responsable de la seguridad del barco y de todos los que van a bordo. Y hay algunas cosas que no marchan, según creo, como debieran. Sólo os pido que toméis ciertas precauciones o que, de no ser así, aceptéis mi dimisión. Y eso es todo cuanto tenía que decir.
-Capitán Smollett -dijo el doctor con una sonrisa-, ¿conoce usted la fábula del monte y el ratón? Perdóneme que se lo diga, pero me recuerda usted su moraleja. Apuesto mi peluca a que, cuando entró usted aquí, traía algo más en el bolsillo.
-Doctor, admiro vuestra agudeza. Ciertamente, cuando entré en este camarote, estaba seguro de ser despedido. No creía que el señor Trelawney consintiera en escucharme.
-Tampoco yo -exclamó el squire-. De no haber mediado el señor Livesey seguramente os habría mandado al diablo. Pero el caso es que me doy por enterado de todas sus inquietudes y estoy dispuesto a tomar las disposiciones que usted desea; pero me temo que nuestras relaciones no entren en el mejor camino.
-Como gustéis -dijo el capitán-. Me he limitado a cumplir con mi deber.
Y con estas palabras se despidió.
-Trelawney -dijo el doctor-, en contra de todos mis! prejuicios, creo que habéis contratado a dos hombres honrados: el que acaba de irse y John Silver.
-De Silver podéis asegurarlo; pero, en cuanto a este insoportable farsante, su conducta me parece impropia de un caballero, de un marino y, sobre todo, de un inglés.
-Bien -dijo el doctor-; el tiempo lo dirá.
Cuando subimos a cubierta, los marineros habían empezado a estibar los barriles de pólvora y las armas, acompañando con voces’ sus esfuerzos; el capitán y el señor Arrow inspeccionaban los trabajos.
Las reformas que había experimentado la goleta fueron muy de mi agrado; se habían acondicionado seis camarotes a popa, ocupando parte de los antiguos cuarteles, y de forma que estos camarotes sólo comunicaban con la cocina y con el castillo de proa mediante un estrecho pasadizo a babor. Fueron dispuestos para ser ocupados por el capitán, el señor Arrow, Hunter, Joyce, el doctor y el squire. Pero después decidimos que Redruth y yo nos alojáramos en los del capitán y del señor Arrow, mientras ellos se trasladarían al puente, en el que la cámara había sido ensanchada de modo que resultara suficiente; y aunque, a pesar de_todo, el techo quedaba algo bajo, había lugar para colgar dos coys, y hasta el piloto, que ignoraba la causa de tales modificaciones, no se mostró disgustado, como si también él hubiera tenido sus dudas acerca de la tripulación; lo que su posterior comportamiento habría de desmentir, pues, como se verá, no gozamos mucho tiempo de tan buena opinión.
Ninguno de nosotros dejó de participar en los trabajos para cambiar de pañol la pólvora y nuestra impedimenta. Estábamos acabando la faena, cuando los dos últimos marineros por subir a bordo y John «el Largo» arribaron en un bote desde el puerto.
El cocinero trepó por la amura con la destreza de un mono, y, tan pronto se percató de lo que estábamos haciendo, dijo:
-¿Qué hacéis?
-Estamos trasladando la pólvora, Jack -dijo uno de los marineros.
-¡Bueno! ¡Qué diablos! -exclamó John «el Largo»-. ¡Con todo esto vamos a perder la marea de la mañana!
-¡Sigan mis órdenes! -dijo el capitán secamente-. Puede usted ir a sus quehaceres. Pronto cenaremos.
-Sí, sí, señor, sí… -repuso el cocinero; y con un ligero saludo desapareció hacia sus dependencias.
-Parece un buen hombre, ¿no, capitán? -dijo el doctor.
-Quizá -replicó el capitán Smollett y, dirigiéndose a los que trasladaban los barriles de pólvora, gritó-: ¡Cuidado con eso! ¡Cuidado!-. Y de pronto, viéndome a mí que estaba examinando el cañón giratorio que habíamos instalado en cubierta, un largo cañón de bronce del nueve, me llamó-: ¡Eh, tú, grumete! ¡Largo de ahí! ¡Baja a la cocina, que allí siempre habrá alguna cosa que hacer!-. Y mientras yo me apresuraba a cumplir sus órdenes, le oí decir con voz recia, al doctor-: En mi barco no consiento favoritismos.
En aquel momento, como puede el lector imaginarse, mis sentimientos hacia el capitán no estaban lejos de los de squire. Creo que lo odié con toda mi alma.
Capítulo 10
La travesía
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Aquella noche la pasamos en el natural ajetreo que precede a zarpar, dando las últimas disposiciones sobre los pertrechos, y atendiendo a las amistades del squire, que como el señor Blandly y otros, se acercaban con sus botes a desear una buena travesía y un feliz regreso. Jamás en la «Almirante Benbow» había yo pasado noche tan agitada; y rendido por la fatiga me sorprendió, poco antes del amanecer, el silbato del contramaestre y el movimiento de la tripulación empezando a situarse en sus puestos junto a las barras del cabrestante. Así hubiera estado mil veces más cansado, nada en el mundo hubiera podido hacerme abandonar en ese momento la cubierta. Todo era tan nuevo y fascinante para mí: las voces de órdenes, las agudas notas del silbato, los marineros que corrían a ocupar sus puestos bajo la luz de los faroles.
-¡Barbecue! -gritó alguien-, ¡cántanos una canción!
-Aquella antigua canción -dijo otro.
-Bien, bien, compañeros -dijoJohn «el Largo», que apoyado en su muleta los miraba; y entonces empezó a cantar aquella canción que tantas veces ya había yo escuchado:
«Quince hombres en el cofre del muerto… »
Y toda la tripulación coreó sus palabras:
«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»
Y con la tercera carcajada, las barras empezaron a girar briosamente.
A pesar de la emoción, mi pensamiento me llevó a la vieja «Almirante Benbow», y creí oír de nuevo la voz del capitán que se unía a la de estos marineros. El ancla surgió de las aguas y quedó fijada, goteando agua y algas enarenadas. Las velas y largadas restallaron con el viento del amanecer y casi de inmediato los barcos fondeados y la tierra empezaron a alejarse, y antes de que, rendido, me tumbase para gozar de ese ensueño, la Hispaniola abrió su travesía hacia la Isla del Tesoro.
No voy a relatar todos los pormenores de nuestro viaje. Diré que, en su conjunto, fue satisfactorio. La goleta era un magnífico barco; la tripulación demostró su competencia y el capitán Smolett dio pruebas de su talento en el mando. Pero sucedieron dos o tres cosas, antes de alcanzar el término de nuestro viaje, que debo relatar.
Para empezar, el señor Arrow resultó ser aún mucho peor de lo que el capitán imaginaba. Carecía de autoridad sobre los marineros y éstos desobedecían sus órdenes a su antojo; pero lo más grave fue que, casi desde el día siguiente a nuestra partida, empezó a deambular por cubierta con ojos vidriosos, el rostro enrojecido, la lengua estropajosa y dando numerosas muestras de embriaguez. Una vez y otra se le ordenó el arresto en su camarote, lo que dio lugar a bochornosas situaciones; pero todo fue inútil, pues continuó emborrachándose sin cesar, y, cuando no se encontraba amodorrado en su litera, se le veía dar trompicones por la cubierta. Algún instante tuvo de lucidez, en los que atendía a sus obligaciones, aunque jamás como debiera. Y nunca pudimos averiguar dónde se procuraba la bebida. Ese fue el misterio del barco; por mucho que lo vigilábamos, no lográbamos dar con su escondite, y, cuando incluso se le llegó a preguntar con toda franqueza, se limitó a sonreír, si estaba borracho, o a negar, si sobrio, solemnemente, que hubiese bebido más que agua.
Si resultó inútil como oficial y su presencia constituía el peor ejemplo para la tripulación, con todo lo más grave es que aquel camino lo llevaba rápidamente a un fin desdichado. Y así nadie se sorprendió cuando en una noche sin luna, con la mar de frente y marejada, desapareció para siempre arrastrado por las olas.
-Se lo había buscado -dijo el capitán-. Bien, caballeros, nos ha evitado tener que engrilletarlo en el sollado.
Pero el hecho es que nos habíamos quedado sin piloto; y así no hubo otro medio que ascender de grado a otro de los tripulantes. El contramaestre, Job Anderson, era el más indicado de cuantos íbamos a bordo, y, aun conservando su categoría, empezó a desempeñar el oficio de segundo. El señor Trelawney, que como he referido ya había viajado mucho con anterioridad y poseía notables conocimientos como navegante, también desempeñó un buen papel en aquellas circunstancias, llegando incluso a prestar guardias en días serenos. También nos fue de mucha ayuda el timonel, Israel Hands, un viejo marinero con experiencia y cuidadoso de su desempeño y en quien además se podía confiar como en uno mismo.
Hands era el amigo más cercano de John Silver «el Largo», del cual ya es hora que hable: nuestro cocinero, «Barbecue» como le llamaban los otros tripulantes.
Desde que subió a bordo, y para moverse con mayor soltura, había sujetado su muleta al brazo con una correa que ataba a su cuello, lo que le permitía usar ambas manos. Era admirable verlo cómo atendía a sus guisos apoyando el pie de la muleta contra un 1 mamparo, lo que le daba el mejor sostén ante el bandear de la goleta. Y mas aún contemplar su paso por la cubierta en medio de los más recios temporales. Para ayudarse había amarrado unas guindalezas que lo defendía en los tramos más abiertos -«empuñaduras de John», las apodaron los marineros -y asiéndose a ellas volaba de un sitio a otro lo mismo usando su muleta que arrastrándola, con la misma prestancia que otro de piernas vigorosas. Sólo quienes habían navegado ya antes con él se lamentaban de sus perdidas facultades.
-No ha habido dos como Barbecue -me contó un día el timonel-. Y no creas que no tuvo buena educación en su mocedad, y cuando quiere saber hablar como los libros, y en cuanto a valor… ¡un león es nada a su lado! Con estos ojos lo he visto trincar a cuatro y romperles a los cuatro la cabeza de un solo golpe… ¡y estando él desarmado!
Desde luego toda la tripulación lo respetaba y obedecía. Tenía una maña especial para hacerse con cada uno y a todos sabía prestarles la ayuda precisa. Conmigo no tuvo sino la mejor disposición, y me trató siempre con alegría al verme aparecer por la cocina, y he de decir que cuidaba de ésta como el más escrupuloso de los criados limpiaría la plata: todas las cacerolas lucían brillantes y ordenadas. Y allí, en un rincón, colgaba una jaula donde vivía su loro.
-Pasa, Hawkins -me decía-; siéntate a echar un párrafo con el viejo John. Eres la persona que veo con más gusto, hijo. Siéntate y vamor a oír lo que tenga que decirnos el Capitán Flint. Le puse ese nombre a mi loro por el famoso pirata. Bien, Capitán Flint, predice el éxito de nuestro viaje. ¿No es así, Capitán?
Y el loro empezaba a decir a toda velocidad:
-¡Doblones! ¡Doblones! ¡Doblones! -y seguía sin parar hasta que parecía enronquecer y John le echaba por encima de la jaula un paño bajo el que enmudecía.
-Ahí donde lo ves, Hawkins -me decía-, este pájaro tiene lo menos doscientos años… y hay quien dice que algunos viven eternamente. Este ha visto ya pasar más condenaciones que el mismísimo Satanás. Ha navegado con England, con el gran capitán England, el pirata. Ha estado en Madagascar y en Malabar, en Suriman, en Providence, en Portobello. En Portobello, cuando el rescate de los famosos galeones de la Plata. Allí aprendió a gritar «¡Doblones!», y no es para menos: ¡más de trescientos cincuenta mil que sacaron a flote, eh, Hawkins! Estuvo cuando el abordaje al Virrey de las Indias, a la altura de Goa; allí estuvo, y lo miras y parece inocente como un niño. Pero tú no has olvidado el olor de la pólvora, ¿verdad, Capitán?
-¡Todos a sus puestos! -chillaba el loro.
-¡Ah, qué alhaja! -decía el cocinero, y le ofrecía entonces unos terrones de azúcar que llevaba en el bolsillo; y el loro se agarraba con su pico a los barrotes de la jaula y empezaba a lanzar maldiciones sin tino.
-Ya ves -añadía John-cómo no se puede tocar la pez sin mancharse. Este pobrecito pájaro mío, tan viejo como inocente, y blasfemando como el peor desalmado, aunque sin malicia, tenlo por seguro, porque igual es capaz de soltarlas delante de un capellán -y John se llevaba la mano al sombrero con el solemne ademán que le era usual, y que me hacía ver en él al mejor de los hombres.
Entretanto las relaciones entre el squire y el capitán Smollett continuaban siendo tirantes. El squire no trataba de disimular su desprecio por el capitán, y éste, por su parte, tan sólo se le dirigía para responder a alguna cuestión y, aún así, con secas, firmes y escasas palabras. En algún momento reconoció haberse equivocado con respecto a la tripulación, y que ciertos marineros eran tan diligentes como él deseaba y hasta que en su conjunto todos se portaban bastante aceptablemente. En cuanto a la goleta, le había cobrado un verdadero afecto: «Se ciñe mejor de lo que uno podría esperar hasta de su propia esposa -solía repetir-, pero sigo pensando que esta travesía no termina de gustarme y que aún no estamos de regreso.»
El squire, cuando oía estas palabras, acostumbraba a volver ostentosamente la espalda y recorrer la cubierta agrandes zancadas, mientras murmuraba entre dientes:
-Una estupidez más y estallaré.
Sufrimos algunos temporales que no hicieron sino poner a prueba lo marinera que era la Hispaniola. Y todos cuantos navegábamos en ella estábamos contentos, lo que tampoco es tan difícil de entender, porque no creo que nunca hubiera dotación tan correspondida desde que Noé cruzó los mares. Por el más nimio pretexto se le regalaba una ronda de grog, y con motivo de cualquier celebración, lo que era constante, porque el squire encontraba continuamente razones en el cumpleaños de éste o aquél, siempre había una barrica de manzanas destapada en mitad del combés para que cualquiera que quisiese las tomara.
-Nunca he visto que este comportamiento lleve a ningún buen puerto -decía el capitán al doctor Livesey-. Así se echa a perder a la tripulación. Ya lo veréis.
Y fue precisamente del barril de manzanas de donde vino nuestra salvación, pues a no ser por él no hubiéramos tenido aviso alguno del peligro en que nos encontrábamos y todos hubiéramos perecido a manos de la traición.
Así fue como sucedió.
Navegábamos ya con los vientos alisios, que nos conducían hacia la isla -como el lector conoce, he prometido no dar ningún dato sobre su posición-, y nuestro rumbo hacía inminente su aparición, que noche y día aguardaban los vigías. Según nuestros cálculos aquella noche, o lo más tardar, antes del mediodía siguiente, debíamos divisarla. Llevábamos rumbo S.S.O., con una brisa firme de costado y la mar estaba en calma, hundiendo majestuosa su bauprés en las olas y levantando un abanico de espuma.
El viento tensaba las velas. Y todos abordo gozábamos el mejor humor al ver ya tan cerca el final del primer capítulo de nuestra aventura.
Y fue entonces, a poco de atardecer. La tripulación descansaba; yo me dirigía hacia mi litera, cuando de pronto sentí ganas de comerme una manzana. Subí a cubierta. El vigía estaba en su guardia, en proa, aguardando la aparición de la isla en el horizonte. El timonel miraba la arboladura y silbaba por lo bajo una canción; sólo se escuchaba el sonido de ese silbido y el chapoteo del agua cortada por la proa y que barría el casco de la goleta.
Tuve que meterme en el barril para poder coger una manzana, ya que sólo quedaban unas pocas en el fondo. Me senté en aquella oscuridad para comérmela, y, por el rumor de las olas o el balanceo del barco, el hecho es que me adormecí. Entonces noté que alguien, y debió ser alguno de los marineros más corpulentos, se sentó apoyando su espalda en el barril, lo que dio a éste un violento empujón. Me despejé de golpe y ya iba a saltar fuera de la barrica, cuando un hombre, cuya voz me era conocida, empezó a hablar. Era Silver, y no bien escuché una docena de sus palabras, cuando ya ni por todo el oro del mundo hubiera dejado de permanecer escondido, pues no sé qué fue más fuerte en mí si la curiosidad o el temor: aquellas pocas palabras me habían hecho comprender que las vidas de todos los hombres honrados que iban a bordo dependían únicamente de mí.
Capítulo 11
Lo que escuché desde el barril de manzanas
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-No, yo no -dijo Silver-. Flint era el capitán; yo era solamente su cabo, ¡qué podía ser con mi pata de palo! El mismo cañonazo que dejó ciego a Pew se llevó mi pierna. Fue un excelente cirujano el que terminó de cortármela, sí, con título y todo, y sabía hasta latín… Aunque eso no le salvó de que lo colgaran como a un perro y lo dejaran secándose al sol, como a todos los demás, en Corso Castle. La gente de Roberts…. Todo les vino por mudarles los nombres a sus barcos, cuando les pusieron Royal Fortune y otros nombres así. Como si se pudiera cambiar el nombre de un barco. Un barco debe morir como fue bautizado. Como el Cassandra, que nos trajo a todos salvos hasta nuestras casas desde Malabar, cuando England raptó al Virrey de las Indias. O el Walrus, el viejo barco de Flint, al que yo he visto con la cubierta empapada de sangre y tan lleno de oro, que parecía a punto de hundirse.
-Ah -exclamó una voz que estoy seguro era la del mas joven de los marineros, lleno de admiración-. Ese era la flor de la familia, nadie como Flint.
-También Davis fue todo un hombre, por lo que yo he oído -prosiguió Silver-. Yo nunca navegué con él. Me enrolé primero con England y luego con Flint, y ahí se acaba mi historia. Ahora, como quien dice, navego por mi cuenta. Con England llegé a sacar en limpio unas novecientas libras, y con Flint, sobre dos mil. No está nada mal para un marinero… y todo lo tengo a buen recaudo en el banco. No es el ganar lo que luce, si no lo guardas; eso es algo que tenéis que aprender. ¿Qué fue de todos los que iban con England? Nadie lo sabe. ¿Y la gente de Flint? La mayoría estáis aquí, a bordo, y bien contentos de que pronto se os llene la tripa, pero hace poco bien que muchos de vosotros mendigabais una limosna por ahí. El viejo Pew derrochó, y eso que era ciego, mil doscientas libras en un año, como un lord del Parlamento. ¿Y qué ha sido de él? Ahora está pudriéndose bajo las escotillas; y los dos últimos años de su vida los pasó muriéndose de hambre. Andaba pidiendo limosna, robando, asesinando… y con todo, se moría de hambre.
-Tampoco da la vida para mucho más -dijo el marinero joven.
-No a los tontos, eso tenlo por seguro; no saben aprovechar -exclamó Silver-. Pero escúchame: eres joven, desde luego, pero listo como el diablo. Lo vi en cuanto te eché la vista encima, y voy a hablarte como a un hombre.
Fácil es imaginar lo que sentí al escuchar esas palabras que aquel abominable viejo bribón ya había empleado para engatusarme a mí. De haber podido, lo hubiera matado a través del barril. Y Silver continuó, bien ajeno a que alguien podía espiar sus palabras:
-Es lo que les pasa a los caballeros de fortuna: viven malamente y siempre con la horca detrás; pero comen y beben como gallos de pelea y, cuando tocan puerto, tienen los bolsillos llenos con cientos de libras en vez de unos pocos ochavos. Entonces tiran el dinero en ron y en fiestas, y luego, a la mar de nuevo, sin más que la camisa que llevan puesta. No es ése mi rumbo. Yo guardo lo que tengo en lugar seguro; un poco aquí, otro poco allá, y nunca mucho en ninguna parte para no despertar sospechas. Tengo cincuenta años, una edad respetable. Por eso en cuanto vuelva de este viaje me retiro y me instalo como un señor. Ya era hora, diréis. Sí, pero entretanto me he dado buena vida; nunca me he privado de nada y siempre he comido y he bebido de lo mejor y he dormido en blando, siempre… menos cuando me hacía a la mar. ¿Y cómo empecé? ¡De marinero, como tú!
-Bien -dijo el otro-, pero de todo aquel dinero ahora no tienes nada, ¿o no? Y después de todo esto, ¿aún vas a atreverte a asomar la cara por Bristol?
-¿A dónde supones que tengo el dinero? -preguntó Silver con sorna.
-En Bristol, en bancos y casas así…
-Estaba -contestó el cocinero-; estaba cuando levamos anclas. Pero a estas horas ya lo habrá sacado todo mi mujer. Habrá vendido «El Catalejo» con todos los muebles y la bebida. Y ahora me espera en cierto sitio. Yo os diría dónde, porque no tengo ninguna desconfianza de vosotros, pero no quiero que los demás compañeros tengan envidia.
-¿Y te fías de tu mujer? -preguntó otro.
-Los caballeros de fortuna -replicó Silver-no suelen fiarse demasiado unos de otros, y tienen razón para ello, creedme. Pero conmigo sucede que, si alguien corta amarras y deja al viejo John en tierra, no dura mucho sobre este mundo. Muchos le tenían miedo a Pew, y muchos también a Flint; pero Flint tenía miedo de mí. No le daba vergüenza confesarlo. Y la tripulación de Flint, que fue la gente más feroz y despiadada que se mantuvo nunca sobre una cubierta, el demonio mismo se hubiera acobardado de navegar con ellos, pues bien, voy a deciros algo: ya sabéis que no soy hombre fanfarrón, nadie más llano que yo en el trato… Pues, cuando yo era cabo, el más curtido de los bucaneros de Flint era el cordero más manso delante del viejoJohn. Sí, muchacho, puedes estar seguro.
-Bueno, para decir la verdad -contestó el muchacho-, el plan no me gustaba ni una pizca hasta esta noche. Pero ahora ahí va esa mano y estoy con vosotros.
-Eres un chico valiente, y además eres inteligente -dijo Silver apretando su mano con tal fuerza, que hasta el barril donde yo estaba tembló-, y te diré que tienes la mejor estampa de caballero de fortuna que han visto estos ojos.
Yo ya había empezado a entender el sentido de aquellas palabras. Cuando él decía «caballeros de fortuna», se refería, ni más ni menos, a vulgares piratas, y la breve escena que yo acababa de escuchar era el último acto de la seducción de un honrado marinero; acaso el último honrado que quedaba a bordo. Pero, en cuanto a esto, pronto iba a convencerme, porque Silver dio un ligero silbido y un tercer personaje se acercó y se sentó con ellos.
-Dick está con nosotros -dijo Silver.
-Oh, ya sabía yo que Dick era seguro -respondió la voz del timonel Israel Hands-. Es un joven listo -y siguió, mientras masticaba su tabaco-. Pero lo que a mí me interesa saber es esto, Barbecue: ¿hasta cuándo vamos a estar aguantando que nos lleven de acá para allá como bote de vivandero? Ya estoy hasta la coronilla del capitán Smollett, bastante nos ha zarandeado, ¡por todos los malos vientos!, y estoy reventando por entrar en su camarote y beberme sus vinos y ponerme sus ropas, ¡maldita sea!
-Israel -dijo Silver-, tu cabeza no sirve para mucho,. ni nunca ha servido. Pero, al menos, me figuro, las orejas tienen que servirte para oír, y con lo grandes que las tienes, para oír bien. Escucha entonces: vas a seguir en tu puesto, y vas a hacer lo que se te ordene y vas a estar callado, y no beberás ni una gota hasta que yo dé la señal, ¿entendido?
-Bueno, ¿es que he dicho yo lo contrario? -gruñó el timonel-. Pero lo que te pregunto es: ¿cuándo? Eso es lo que quiero saber.
-¡Cuándo! ¡Por todos los temporales! -gritó Silver-. Bien, pues, si quieres saberlo, te lo voy a decir. Será lo más tarde que pueda. Entonces será el momento. Tenemos a un marino de primera, al capitán Smollett, que está gobernando y bien nuestro barco; están el squire y el doctor, que guardan el plano… ¿sabemos acaso dónde lo esconden? No lo sabemos ni tú ni yo. Así que pienso que lo mejor es dejar que el squire y el doctor encuentren el tesoro para nosotros, y cuando ya lo tengamos a bordo, ¡por todos los diablos!, entonces ya veremos. Si yo tuviera confianza suficiente en vosotros, malas bestias, dejaría que el capitán Smollett nos llevara hasta medio camino de regreso, antes de dar el golpe.
-¿Es que no somos buenos marinos para gobernar solos esta goleta? -dijo el joven Dick.
-Somos marineros, y no más -replicó Silver disgustado-. Nosotros sabemos seguir una derrota, pero siempre que nos la marquen. Ahí es donde todos vosotros, caballeretes de fortuna, no servís ninguno. Si pudiera hacer mi voluntad, dejaría al capitán Smollett que nos llevara de vuelta, por lo menos hasta pillar los alisios; eso nos quitaría muchos problemas y quizá hasta algún mal trago de agua de mar. Pero os conozco bien. Acabaréis con ellos en la isla, en cuando el dinero esté a bordo, y será algo que nos pese. Pero como lo único que os interesa es emborracharos como cubas, ya sé que no podré hacer nada. ¡Que el diablo os lleve! ¡Me repugna navegar con gente como vosotros!
-¡Cálmate, John «el Largo»! -exclamó Israel-. ¿Quién ha dicho algo para que te enfades así?
-¿Así? ¿Cuántos buenos barcos te figuras que he visto yo ser apresados? ¿Y cuántos buenos mozos he visto colgados curándose al sol en la Dársena de las Ejecuciones? Y siempre por esta prisa, por la maldita prisa. No hay forma de que lo entendáis. Yo ya he visto mucho. Si me dejaseis a mí que os llevara con buen rumbo, todos podríais ir en carroza, sí, señor. ¡Pero vosotros…! Os conozco. No servís más que para llenaros de ron, y luego colgar de una horca.
-Todos saben que hablas mejor que un capellán, John; pero hay otros que, sin tener que dejar de divertirse -dijo Israel-, han llevado el timón tan firme como tú. No eran tan estirados ni tan secos como tú, no; bien que aprovechaban la ocasión y sabían beber con los compañeros.
-¿De veras? -respondió Silver-. Y dime, ¿dónde están ahora? Pew era uno de ésos, y murió en la miseria. Flint era otro, y el ron se lo llevó en Savannah. Sí, sabían correrse buenas juergas, pero ¿dónde están ahora?
-De acuerdo -respondió Dick-, pero, cuando tengamos al squire y los suyos bien trincados, ¿qué vamos a hacer con ellos? -¡Así hablan los hombres de verdad! -exclamó el cocinero con entusiasmo-. Dime, ¿tú qué harías? ¿Dejarlos en tierra? ¿Abandonarlos? Eso lo hubiera hecho England. ¿O los degollarías como a cerdos? Es lo que hubieran hecho Flint o Billy Bones.
-Billy sí era un hombre para estos casos -dijo Israel-. «Los muertos no muerden», solía decir. También él está ya muerto y a estas horas ya debe saber algo de eso. Si hubo un hombre con las entrañas duras para llegar al último puerto, ése era Billy.
-Tienes razón -dijo Silver-; duro y dispuesto a todo. Pero fíjate en una cosa: yo soy un hombre tranquilo, según tú dices podría pasar por un caballero; pero ahora sé que trato un asunto muy serio, y el deber está por encima de otra consideración. Así que yo voto… ¡muerte! Cuando esté en el Parlamento y vaya paseando en mi carroza, no quiero que ninguno de estos puntillosos que llevamos con nosotros aparezca de pronto, como el diablo cuando se reza. Lo único que yo he dicho es que conviene esperar; pero cuando llegue la hora, ¡sin piedad!
John -exclamó el timonel-, ¡eres un hombre de una pieza!
-Podrás decirlo, Israel, en su momento -dijo Silver-. Y hay algo que deseo: quiero a Trelawney para mí. Pienso arrancarle la cabeza con estas manos. ¡Dick! -dijo entonces Silver, cambiando el tono-, mira, sé un buen muchacho y tráeme una manzana de ésas, que me refresque el gaznate.
Imaginad mi espanto. De no fallarme las fuerzas, hubiera saltado de la barrica y me lo hubiese jugado todo en la fuga; pero mi corazón y mi valor se paralizaron. Oí cómo Dick se incorporaba, y, cuando ya me daba por perdido, la voz de Hands exclamó:
-¡Oh, deja eso! No te pongas ahora a chupar esa porquería. Echemos un trago de ron.
-Dick -dijo entonces Silver-, tengo confianza en ti. Pero no te olvides que tengo una marca en el barril; así que anda con cuidado. Toma la llave, llena un cuartillo y tráenoslo.
Aún aterrado como estaba, comprendí entonces que así era cómo el señor Arrow se procuraba la bebida que acabó con él. Dick no tardó en regresar, y, mientras duró su ausencia, Israel dijo algo al oído del cocinero. No pude escuchar más que algunas palabras, y aún así me informaron de cosas importantes; porque entre las palabras sueltas pude. escuchar esta frase: «Ninguno de ellos quiere unirse a nosotros», lo que me advirtió que aún quedaban algunos leales a bordo.
Cuando Dick regresó, cada uno de los tres tomó su tazón y brindaron: «Por la buena suerte», dijo uno; «A la salud del viejo Flint», el otro, y por último, Silver, con cierto sonsonete, exclamó:
«A vuestra salud y a la mía, viento en las velas, buena comida y un buen botín».
En aquel instante una suave claridad empezó a iluminar el interior del barril, y, mirando hacia arriba, vi el paso de la luna que plateaba la cofa del palo de la mesana y hacía resplandecer la blancura de la lona de la cangreja. Y casi al mismo instante la voz del vigía anunció:
-¡Tierra!
Capítulo 12
Consejo de guerra
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Se produjo un gran tumulto a bordo. Oí el tropel de los marineros que subían a cubierta desde su cámara y ocupaban el castillo de proa. Me deslicé entonces en un santiamén fuera del barril y, escondiéndome bajo la cangreja, di un rodeo hacia popa para simular que de allí venía, y una vez que vi al doctor Livesey y a Hunter, que corrían por la banda de barlovento, me dirigí hacia ellos.
Todos los hombres estaban ya en cubierta. La luna brillaba sobre un horizonte donde flotaban los últimos velos de una niebla que rápidamente se levantaba. Y allá lejos, hacia el suroeste, se divisaban dos colinas no muy altas, separadas por un par de millas, y, alzándose entre ellas, una tercera, cuya loma, de superior altura que las otras, aún aparecía envuelta en la bruma. Las tres colinas parecían escarpadas y tenían una forma cónica.
Yo contemplaba todo como en un sueño, pues aún no me había recuperado de la espantosa situación que acababa de sufrir. Oí la voz del capitán Smollett dando órdenes. La Hispaniola orzó un par de cuartas al viento y tomamos un rumbo que nos conducía directamente a la isla, abordándola por el este.
-Ahora, muchachos -dijo el capitán, cuando finalizó la maniobra-, ¿hay alguno entre vosotros que haya estado antes en esa isla?
-Yo, señor -dijo Silver-. Yo he hecho aguada una vez en un mercante que me enroló de cocinero.
-Según creo, el fondeadero está hacia el sur, detrás de un islote, ¿no es así? -preguntó el capitán.
-Sí, señor: le llaman la Isla del Esqueleto. Era un sitio para refugio de piratas, en otro tiempo, y un marinero que navegaba conmigo conocía todos los nombres de estos parajes. Aquella colina que hay al norte se llama el Trinquete; hay tres montes en fila hacia el sur: Trinquete, Mayor y Mesana. Pero el más alto, aquel que tiene la cumbre envuelta en niebla, a ése se le suele llamar el Catalejo, porque, cuando los piratas estaban en la ensenada carenando fondos, situaban en la cima un vigía de guardia. La rada está llena de mugre de bucanero, señor, con perdón sea dicho.
-Aquí tengo una carta -dijo el capitán Smollett-. Mire usted si es ése el sitio.
Los ojos de John «el Largo» relampaguearon al tomar en sus manos el mapa; pero, cuando vi que se trataba de un mapa nuevo, entendí que no era más que una copia del que hallamos en el cofre de Billy Bones, completo en todos sus detalles -nombres, altitudes, fondos-y en el que no constaban las cruces rojas y las notas manuscritas. Pero Silver supo disimular su desengaño.
-Sí, señor -dijo-, éste es el sitio, no hay duda; y muy bien dibujado que está. Me pregunto quién lo habrá trazado. Los piratas eran demasiado ignorantes para hacerlo, pienso yo. Sí, mire, capitán: aquí está: «El Fondeadero del capitán Kidd…», así lo llamaba mi compañero. Aquí hay una corriente muy fuerte que arrastra hacia el sur y luego remonta al norte a lo largo de la costa occidental. Ha hecho usted bien, señor, en ceñirse y alejarnos de la isla -agregó-. Pero si vuestra intención es fondear para carenar, desde luego no hay mejor lugar por estas aguas.
-Gracias, gracias -dijo el capitán Smollett-. Ya requeriré sus servicios, si preciso más adelante alguna información. Puede usted retirarse.
Yo estaba asombrado de la desenvoltura con que Silver confesaba su profundo conocimiento de aquellas tierras. Y no pude evitar un sentimiento de temor, cuando vi que se acercaba a mí. No era posible que hubiera advertido mi presencia en el barril de las manzanas y que por tanto supiera que yo estaba al corriente de sus intenciones, pero, aun así, me infundía ya tal pavor por su doblez, su crueldad y su influencia sobre los demás marineros, que apenas pude disimular un estremecimiento cuando me puso la mano en el hombro.
-Ah -dijo-, qué lugar tan bonito esta isla; un sitio perfecto para que lo conozca un muchacho como tú. Podrás bañarte, trepar a los árboles, cazar cabras, y podrás escalar aquellos montes como si fueras una de ellas. Esto me devuelve mi juventud. Ya hasta se me olvida mi pata de palo. Qué hermoso es ser joven y tener diez dedos en los pies, tenlo por seguro. Cuando quieras desembarcar y explorar la isla, no tienes más que decírselo al viejo John, y te prepararé un bocado para que te lo lleves.
Y volvió a darme una palmada cariñosa. Después se fue hacia su cocina.
El capitán Smollett, el squire y el doctor Livesey estaban conversando bajo la toldilla, y, a pesar de mi ansiedad por contarles lo sucedido, no me atrevía a interrumpirles tan bruscamente. Mientras buscaba un pretexto para dirigirme a ellos, el doctor me indicó que me acercara. Se había olvidado su pipa en el camarote y, como no podía vivir sin fumar, me rogó que se la trajese; en cuanto me acerqué a ellos lo justo para poder hablarles sin que los demás me oyeran, le dije al doctor:
-Tengo que hablaros. Haced que el capitán y el squire bajen al camarote y hacedme ir con cualquier excusa. Sé cosas terribles.
El doctor pareció inquietarse, pero se dominó al instante.
-Muchas gracias, Jim -dijo en voz alta-; eso era lo que quería saber -como si me hubiera preguntado cualquier cosa.
Me dio la espalda y continuó su conversación. Al poco rato, y aunque no percibí movimiento alguno que los delatase, ni ninguno alzó su voz ni hizo la menor demostración de que el doctor Livesey estuviera informándoles de mi seria advertencia, no dudé que se lo había comunicado, pues en seguida vi al capitán que daba una orden a Job Anderson, y el silbato convocó a toda la tripulación en cubierta.
-Muchachos -dijo el capitán Smollett-, tengo que deciros unas palabras. La tierra que está a la vista es nuestro punto de destino. El señor Trelawney, que es un caballero generoso como ya todos habéis comprobado, me ha pedido mi opinión sobre vuestra conducta en esta travesía y he podido informarle con placer que todo el mundo a bordo, sin excepciones, ha cumplido con su deber a mi entera satisfacción. Por ello él y el doctor y yo bajaremos ahora al camarote para brindar a vuestra salud y por vuestra suerte, y a vosotros se os permiten unas rondas para brindar a la nuestra. Me parece que debéis agradecerle su gentileza, y si así es, gritad conmigo un fuerte «;Hurra!» marinero por el caballero que os las regala.
Escuchamos aquel grito, lo que era de esperar; pero sonó tan vibrante y entusiasta, que confieso que me costaba trabajo imaginar a aquellos hombres como enemigos de nuestras vidas.
-¡Otro «¡Hurra!» por el capitán Smollett! -gritó entonces John «el Largo».
Y también este segundo fue dado con toda el alma. Inmediatamente los tres caballeros bajaron al camarote y poco después enviaron a por mí con el pretexto de que «Jim Hawkins hacía falta» abajo.
Los encontré sentados en torno a la mesa; ante ellos había una botella de vino español y pasas, y el doctor fumaba con agitación y se había quitado la peluca, que tenía sobre las rodillas, lo que era señal en él de la máxima ansiedad. La portilla de popa estaba abierta, pues era una noche en extremo calurosa, y se veía el rielar de la luna en la estela del barco.
-Ahora, Hawkins -dijo el squire-; creo que tienes algo que contarnos. Habla.
Así lo hice, y en tan pocas palabras como pude relaté cuanto había escuchado de Silver. Ninguno me interrumpió; los tres permanecieron inmóviles y con sus ojos fijos en mí hasta que terminé mi historia.
Jim -dijo el doctor Livesey-, siéntate.
Me hicieron sentar a la mesa junto con ellos; me sirvieron una copa de vino y me llenaron las manos de pasas. Entonces, uno tras otro, y con una inclinación de sus cabezas, brindaron a mi salud como agradecimiento por lo que consideraban mi valentía y mi buena suerte.
-Y ahora, capitán -dijo el squire-, teníais razón y yo estaba equivocado. Confieso que soy un asno y espero vuestras órdenes.
-No más asno que yo mismo, señor -contestó el capitán-. Porque jamás he oído de una tripulación con intenciones de motín que no diera antes ciertas señales que yo tenía la obligación de haber descubierto y así prevenir el mal y tomar medidas. Pero esta tripulación -añadió- ha sido más lista que yo.
-Capitán -dijo el doctor-, con vuestro permiso, creo que el causante de todo es Silver, y se trata de un hombre sin duda notable.
-Más notable me parecería colgado de una verga -repuso el capitán-. Pero de cualquier forma esta conversación ya no nos conduce a nada. Por el contrario, hay tres puntos con la venia del señor Trelawney que voy a someter a vuestra consideración.
-Señor, sois el capitán -dijo el squire con gesto liberaly es a quien toca hablar.
-Primer punto -comenzó el señor Smollet-: tenemos que continuar porque es imposible el regreso. Si diese ahora la orden de zarpar, se amotinarían en el acto. Segundo punto: tenemos algún tiempo por delante, al menos hasta encontrar ese dichoso tesoro. Y tercer punto: no todos los marineros son desleales. Ahora bien, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos violentamente a los levantiscos, y lo que yo propongo es coger la ocasión por los pelos, como suele decirse, y atacar nosotros precisamente el día en que menos lo esperen. Doy por descontado que podemos contar con vuestros criados, ¿no es así, señor Trelawney?
-Como conmigo mismo -declaró el squire.
-Son tres -dijo el capitán echando cuentas-, lo que con nosotros suma siete, porque incluyo al joven Hawkins. Ahora hay que tratar de averiguar quiénes son los marineros leales.
-Probablemente los que contrató personalmente el señor Trelawney -dijo el doctor-; los que enroló antes de dar con Silver.
-No -interrumpió el squire-. Hands fue uno de los que yo contraté.
Jamás lo había pensado de Hands -declaró el capitán.
-¡Y pensar que son ingleses! -exclamó el squire- ¡Intenciones me dan de volar el barco!
-Pues bien, caballeros -dijo el capitán-, lo mejor que yo pueda añadir no es gran cosa. Propongo que aguardemos y vayamos sondeando la situación. Es difícil de soportar, lo sé. Sería más agradable romper el fuego de una vez. Pero no tenemos otro camino hasta que sepamos con quiénes podemos contar. Nos pondremos a la capa y esperaremos viento: ésta es mi opinión.
Jim -dijo el doctor-es quizá el que mejor puede ayudarnos. Los marineros no desconfían de él, Jim es un magnífico observador.
-Hawkins, toda mi confianza la deposito en ti -dijo el squire.
Me sentí abrumado por tanta responsabilidad, ya que no creía poder cumplir como es debido mi cometido; y sin embargo, por una extraña concatenación de circunstancias, sería yo precisamente quien tendría en sus manos la salvación de todos. Pero, en aquellos momentos, lo cierto es que de los veintiséis que íbamos a bordo sólo en siete podíamos confiar; y de los siete, uno era un muchacho, de modo que verdaderamente nuestro partido sólo contaba con seis, contra los diecinueve del enemigo.
PARTE TERCERA
MI AVENTURA EN LA ISLA
Índice
Contenido
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 13
Así empezó mi aventura en la isla
Índice
El aspecto de la isla, cuando a la mañana siguiente subí a cubierta, había cambiado por completo. La brisa había amainado, y, aunque durante la noche navegamos bastante, en aquel momento nos encontrábamos detenidos en la calma a media milla del suroeste de la costa oriental, que era la más baja. Bosques grisáceos cubrían gran parte del paisaje. En algunos puntos esa tonalidad monótona se salpicaba con sendas de arena amarilla desde la playa y con árboles altos, parecidos a los pinos, que se agrupaban sobre la general y uniforme coloración de un gris triste. Los montes se destacaban como rupturas de la vegetación y semejaban torres de piedra. Sus formas eran extrañas, y el de mas rara silueta, que sobresalía en doscientos o trescientos pies a los otros, era el Catalejo; estaba cortado a pico por sus laderas y en la cima se truncaba bruscamente dándole la forma de un pedestal.
La Hispaniola se balanceaba hundiendo sus imbornales en las aguas. La botavara tensábase violentamente de las garruchas, y el timón, suelto, golpeaba a un lado y otro, y las cuadernas crujían, y todo el barco resonaba como una factoría en pleno trabajo. Tuve que agarrarme con fuerza a un cabo, pues el mundo entero parecía girar vertiginosamente ante mis ojos, y, aunque yo para entonces ya me había convertido casi en un marino veterano, estar allí, en aquella calma, pero meciéndonos como una botella vacía entre las olas, pudo más que el hábito que ya comenzaba a desarrollar, sobre todo con el estómago vacío, como estaba aquella mañana.
Quizá fuera eso, o acaso el aspecto de la isla, con sus bosques grises y melancólicos y sus abruptos roquedales y el rumor de la rompiente contra la escarpada costa; pero lo cierto es que, aunque el sol resplandecía hermosísimo y las gaviotas pescaban y chillaban a nuestro alrededor, y sobre todo el gozo natural a cualquiera que después de una larga travesía descubre tierra, el alma se me cayó a los pies, como suele decirse, y la primera impresión que quedó grabada en mis ojos de aquella isla sólo me inspiraba aborrecimiento.
La mañana se nos presentó por completo dedicada a las más pesadas faenas, pues, como no veíamos señal alguna de viento, fue necesario arriar los botes y remolcar remando la goleta durante tres o cuatro millas, hasta que doblamos el extremo de la isla y enfilamos el fondeadero que estaba detrás de la Isla del Esqueleto. Yo me presté de voluntario para remar en uno de los botes, donde, por supuesto, no hice ninguna falta. El calor resultaba insoportable y los marineros maldecían a cada golpe de remo. Anderson, que patroneaba mi bote, era el primero en jurar más alto que ninguno.
-¡Menos mal que se le ve el fin a esto! -vociferaba.
Aquel comportamiento no me daba buena espina, pues fue la primera vez que los marineros no cumplían con presteza sus deberes; no cabe duda que a la vista de la isla las ataduras de la disciplina habían empezado a soltarse.
Mientras remolcábamos la goleta, John «el Largo» no se separó del timonel y fue marcando el rumbo. Conocía aquel canal como la palma de su mano, y, aunque el marinero que iba sondeando en proa siempre anunciaba más profundidad que la que constaba en la carta, John no titubeó ni una sola vez.
-Aquí se da un arrastre muy fuerte con la marejada -decía-, y este canal ha sido dragado, como si dijéramos, con una azada.
Anclamos precisamente donde indicaba el mapa, a un tercio de milla de cada orilla, de un lado la Isla del Esqueleto y del otro la grande. La mar estaba tan clara, que podíamos ver el fondo arenoso. Cuando largamos el ancla, la fuente de espuma que desplazó hizo alzar el vuelo a una nube de pájaros, que durante unos instantes llenaron el cielo con sus graznidos; luego se posaron de nuevo en los bosques y todo volvió a hundirse en el silencio.
El fondeadero estaba muy bien protegido de los vientos y rodeado por frondosos bosques, cuyo árboles llegaban hasta la misma orilla; la costa era llana y las cumbres de los montes se alzaban alrededor, al fondo, en una especie de anfiteatro. Dos riachuelos, o mejor, dos aguazales, desembocaban lentamente en una especie de pequeño lago, y la vegetación lucía un verdor extraño, como una patina de ponzoñoso lustre. Desde el barco no se llegaba a divisar el pequeño fuerte o empalizada señalada en el mapa, porque estaba encerrado por los árboles, y, a no ser porque aquél lo indicaba, hubiéramos podido creer que éramos los primeros que fondeaban desde que la isla surgió de los mares.
No corría el menor soplo de aire, y el silencio sólo era roto por el rugido de las olas al romper, a media milla de distancia, en las largas playas rocosas. Un olor pestilente de agua estancada cubría el fondeadero como de hojas y troncos podridos. Vi que el doctor olfateaba con desagrado, como si olisquease un huevo poco fresco.
-Ignoro si habrá por aquí algún tesoro -dijo-, pero apuesto mi peluca a que es lugar pródigo en fiebres.
Si el comportamiento de la tripulación había empezado a inquietarme ya en los botes, cuando regresaron a bordo se hizo claramente amenazador. Tendidos en cubierta, en pequeños corrillos, discutían en voz baja. La más ligera orden era recibida con torvas miradas y ejecutada de la peor gana. Hasta los marineros leales parecían contaminados, pues no había ninguno a bordo que pudiera servir de modelo a los demás. El motín se palpaba en el aire como la inminencia de una tormenta.
Y no éramos nosotros tan sólo quienes barruntábamos el peligro. John «el Largo» se afanaba corriendo de corrillo en corrillo, dando consejos y tratando de mostrarse lo menos amenazador posible. Hasta se excedía en solicitud y diligencia, deshaciéndose en sonrisas y halagos. Si se daba una orden, allí estaba él en un periquete, muleta en ristre, con el más animoso «¡listo, señor!», para cumplirla. Y cuando no había nada que hacer, entonaba una canción tras otra, como para ocultar la tensión reinante.
De todos los signos de amenaza que se leían en la actitud de la tripulación aquella tarde, la ansiedad dejohn «el Largo» me pareció el más grave.
Volvimos a reunirnos en el camarote para celebrar consejo.
-Señor Trelawney -dijo el capitán-, no puedo ya arriesgarme a dar ninguna orden, pues se negarían a cumplirla, ante lo cual sólo quedan dos soluciones, a cual peor: Si no soy obedecido y trato de obligar a un marinero, creo que la tripulación se amotinaría; y si, por el contrario, callo ante la rebeldía, Silver no tardará en darse cuenta de que hay gato encerrado, y nuestro juego quedará al descubierto. Pues bien, sólo podemos confiar en un hombre.
-¿Y quién es él? -preguntó el squire.
-Silver, señor -respondió el capitán-, que tiene tanto interés como vos o yo en suavizar las cosas. Evidentemente el comportamiento que venimos observando muestra que entre ellos hay claras desavenencias. Si damos ocasión a Silver, él no tardará en apaciguar a los más levantiscos. Y yo propongo precisamente que se le proporcione tal ocasión. Demos a la tripulación una tarde libre para que desembarquen a su antojo. Si desembarcan todos, nos apoderaremos del barco y nos haremos fuertes. Si ninguno decide ir a tierra, en ese caso nos defenderemos desde los camarotes… y que Dios nos ayude. Y si sólo unos cuantos desembarcan, bien, Silver los traerá de regreso y más mansos que corderos.
Decidimos seguir las indicaciones del capitán. Se repartieron pistolas a todos los hombres seguros; a Hunter, a joyce y a Redruth se les puso al corriente de lo que pasaba, y recibieron la noticia con menos sorpresa y mejor ánimo de lo que cabía esperar; después el capitán subió a cubierta y les habló a los marineros:
-Muchachos -les dijo-, la jornada ha sido muy dura y este calor es insufrible. Creo que bajar a tierra vendría bien a más de uno. Los botes están ahí, podéis usarlos y pasar la tarde en la isla. Media hora antes de la puesta del sol os avisaré con un cañonazo.
Pienso que la tripulación, en su obcecación, se figuraba que bastaría con desembarcar para dar de narices con los tesoros que allí hubiera, pues su enemistad se disipó en un instante y prorrumpieron en un «¡Hurra!» tan clamoroso, que resonó en el eco desde las lejanas colinas e hizo levantar de nuevo el vuelo de los pájaros que volvieron a cubrir la rada.
El capitán era demasiado astuto para seguir en cubierta. Desapareció como por ensalmo y dejó a Silver organizar aquella expedición. Y creo que obró muy cuerdamente, porque de haber permanecido allí no hubiera podido seguir fingiendo que desconocía la situación, que saltaba a la vista. Porque Silver se reveló como el verdadero capitán de aquella tripulación de amotinados. Los marineros fieles -y pronto se demostró que aún quedaban algunos-debían ser muy duros de mollera, o, más bien, lo que seguramente ocurría es que todos se hallaban, unos mas y otros menos, descontentos de sus cabecillas, y unos pocos, que en el fondo eran buena gente, ni querían ir ni hubieran permitido que se les llevara más lejos. Porque una cosa era hacerse los remolones y no cumplir lar órdenes, y otra bien distinta apoderarse violentamente de un navío y asesinar a unos inocentes.
Se organizó la expedición. Seis marineros quedaron a bordo y los trece restantes, entre ellos Silver, embarcaron en los botes.
Entonces fue cuando se me ocurrió la primera de las descabelladas ideas que tanto contribuyeron a salvar nuestras vidas. Porque pensé que, si Silver había dejado seis hombres a bordo, era evidente que nosotros no podríamos hacernos con el barco y defenderlo; y por otra parte, siendo seis, tampoco mi presencia hubiera servido de mucha ayuda. Y se me ocurrió desembarcar también. Y, sin pensarlo dos veces, me descolgué por una banda y me acurruqué en el castillo de proa del bote más cercano, en el mismo momento en que empezó a moverse.
Nadie hizo caso de mi presencia, y el remero de proa me dijo:
-¿Eres tú, Jim? Agacha la cabeza.
Pero Silver, que iba en otro bote, miró inmediatamente hacia el nuestro, y gritó preguntando si yo estaba allí; y desde aquel momento empecé a arrepentirme de mi decisión.
Las dos tripulaciones competían por llegar los primeros a la costa, pero mi bote, que era mas ligero que el otro, tomó delantera y atracó antes junto a los árboles de la orilla. Yo me agarré a una rama para saltar fuera y procuré desaparecer lo antes posible en la espesura, pero en ese momento oí la voz de Silver, que con los demás se encontraba a cien vasas de distancia:
-Jim! Jim! -me gritó.
Esto hizo que yo aligerase aún mas el paso, como es lógico imaginar; y saltando por entre las ramas como alma que lleva el diablo, corrí tierra adentro hasta que no pude más de cansancio.
Capítulo 14
El primer revés
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Tal satisfacción me produjo el haber conseguido despistar a John «el Largo», que hasta empecé a sentir un cierto gozo al contemplar aquel paisaje extraño que me rodeaba.
Había cruzado en mi carrera un terreno pantanoso, poblado de sauces, juncos y exóticos árboles de ciénaga, y me encontraba entonces en un calvero de dunas, como de una milla de ancho, salpicado aquí y allá por algún pino y una serie de árboles con retorcidos troncos que a primera vista parecían robles, pero cuyo follaje era más pálido, como el de los sauces. Al otro extremo del arenal se alzaba uno de los montes con dos picos escarpados que resplandecían bajo el sol.
Por primera vez sentí el placer de explorar. La isla no estaba habitada; mis compañeros se habían quedado muy atrás, y ante mí no palpitaba más que la vida salvaje de misteriosos animales y extrañas plantas. Anduve vagando sin rumbo bajo los árboles. A cada paso descubría plantas en flor que me eran desconocidas; vi alguna serpiente, y una de ellas irguió de improviso su cabeza sobre un peñasco y escuché su silbido áspero como el de un trompo al girar. ¡Si hubiera sabido que se trataba de un enemigo mortal y que aquel sonido era el famoso cascabel!
Después fui a dar a un extenso bosque de árboles como aquellos parecidos al roble -más tarde supe que eran encinas-y que crecían como zarzas muy bajas a ras de la arena, constituyendo un espeso matorral. El bosque se extendía bajando desde lo alto de una de las grandes dunas y ensanchándose y creciendo en altura hasta la ribera de la ciénaga; los juncos cubrían ésta y a través de ella el más cercano de los riachuelos se filtraba hasta el fondeadero. La ciénaga exhalaba una espesa niebla que irisaba la luz del sol y la silueta del Catalejo se dibujaba borrosa a través de la bruma.
De pronto escuché como un aletear entre los juntos, y vi un pato silvestre que levantaba el vuelo con un graznido y en un instante todo el pantano fue cubierto por una nube de patos en la inmensa espiral de su vuelo. Deduje que alguno de los marineros debía estar acercándose por aquel lado, y no me equivoqué, pues no tardé mucho en oír un rumor lejano y el débil sonido de algunas voces que iban acercándose; agucé el oído intentando averiguar quiénes eran y, sobresaltado por el temor, me escondí bajo la encina que más cerca tenía y, allí agazapado, todo oídos, casi sin respiración, aguardé.
Una voz ya más clara contestó a la que primero había oído, y reconocí la voz de Silver, que, respondiendo a alguna cuestión, se explayaba en un largo comentario sólo de vez en cuando interrumpido por el otro. Por el tono parecía que ambos se expresaban con enfado, y aun casi con ira; pero no pude entender nada de lo que decían.
Después se callaron, y creo que tomaron asiento, pues no los sentí acercarse más y hasta las aves se calmaron y volvieron a posarse sobre la marisma.
Entonces me di cuenta de que estaba faltando a mi deber, ya que, si había sido tan insensato como para saltar a tierra con aquellos filibusteros, lo menos que se me exigía era sorprender sus planes y conciliábulos, y por tanto mi deber era acercarme a ellos lo más posible, escondido en aquella maleza tan propicia y escuchar. Fui guiándome por el rumor de sus voces y por la inquietud de los pájaros que aún volaban alarmados por el ruido que hacían aquellos dos intrusos.
Arrastrándome a cuatro patas avancé procurando no hacer el más pequeño ruido; y al fin, espiando por un hueco de la maleza, los vi en una pequeña barranca muy verde, junto a la ciénaga, toda rodeada de árboles; allí estaban John «el Largo» y otro marinero. El sol les daba de lleno. Silver había arrojado su sombrero al suelo junto a él, y su enorme, lisa y rubicunda faz, perlada de sudor, se enfrentaba al otro con lastimera expresión:
-Compañero -le decía-, si no fuera porque creo que vales tanto como el oro molido, oro molido, tenlo por seguro!, si no te hubiera cogido tanto cariño como a un hijo, ¿tú crees que yo estaría aquí previniéndote? La suerte está echada y lo que tenga que ser será. Y lo único que quiero es salvarte el cuello. Si alguno de esos perdidos supiera lo que te estoy diciendo, ¿qué sería de mí? Dime, Tom, ¿qué seria de mí?
-Silver -exclamó el otro. Y observé que no sólo su rostro estaba encendido, sino que su voz temblaba como un cabo tenso-, usted es ya viejo, y es honrado, o al menos tiene fama de serlo, y tiene dinero, lo que no suele pasar a muchos pobres navegantes, y es valiente, o mucho me equivoco. ¿Y con todo eso pretende usted hacerme creer que esa gentuza puede arrastrarlo a la fuerza? No puede usted seguirles. Tan cierto como que Dios nos está viendo, que antes me dejaría yo cortar el brazo derecho que faltar a mi deber.
Un ruido extraño interrumpió sus palabras. Por fin había descubierto yo a uno de los marineros leales. Y no tardaría en saber de otro.
Porque de pronto, en la lejanía, sobre la ciénaga, se escuchó un grito de furia. No tardó en oírse otro. Y a éste siguió un espeluznante y prolongado alarido. La cortadura del Catalejo devolvió el eco varias veces; las bandadas de aves se levantaron de nuevo, oscureciendo el cielo con su vuelo; y, antes de que aquel grito de muerte dejase de resonar en mis oídos, de nuevo cayó el silencio sobre la marisma y sólo el batir de alas de las aves que volvían a posarse y el fragor de la lejana marejada turbaba el enmudecimiento de aquel desolado lugar.
Al escuchar aquel alarido, Tom se puso en pie de un salto, como un caballo picado por la espuela; pero Silver ni pestañeó. Se quedó sentado, apoyado en su muleta, y con los ojos tan fijos en su acompañante como una serpiente que se dispone a atacar.
-¡John! -exclamó el marinero, tendiéndole la mano.
-¡Fuera esas manos! -gritó Silver, saltando hacia atrás con la ligereza y seguridad del mejor gimnasta.
-Como usted quiera, John Silver -dijo el otro-. Pero es su mala conciencia la que le hace tenerme miedo. Dígame, ¡en el nombre de Dios!, ¿qué ha sido ese grito?
-¿Eso? -repuso Silver sin dejar de sonreír, pero más alerta y receloso que nunca, con las pupilas fijas en Tom, tan brillantes como pedazos de vidrio clavados en aquel rostro-. ¿Eso? Me figuro que ha sido Alan.
Y al oír estas palabras, el pobre Tom pareció recobrarse.
-¡Alan! -exclamó-. ¡Pues que descanse en paz su alma de ‘ buen marino! Y en cuanto a usted, John Silver, lo he tenido mucho tiempo por compañero, pero ya no quiero seguir siéndolo. Si he de morir como un perro, que sea cumpliendo mi deber. Habéis matado a Alan, ¿no es verdad? Pues ordene que me maten a mí también, si pueden. Pero aquí me tiene usted. Atrévase.
Y diciendo esto, aquel valiente dio la espalda al cocinero y echó a andar hacia la playa. Pero no estaba destinado a ir muy lejos. Dando un grito, John se agarró a la rama de un árbol, se quitó la muleta y la lanzó con la más tremenda violencia; el insólito proyectil zumbó en el aire y golpeó a Tom de punta contra la nuca; éste alzó sus brazos, abrió su boca en un sordo gorjeo y cayó a tierra.
Nunca supe si aquel golpe brutal había acabado o no con él, lo que parecía seguro porque sonó como si hubiera roto la columna vertebral. Pero de cualquier forma Silver no dio tiempo a averi guarlo, y con la agilidad de un mono, dando un salto, se abalanzó sobre aquel cuerpo caído y en un segundo hundió por dos veces su cuchillo, hasta la empuñadura, en su carne. Desde mi escondite escuché los jadeos con que acompañó cada uno de aquellos golpes.
Nunca he sabido verdaderamente lo que es un desmayo, pero en aquella ocasión durante unos instantes el mundo se desvaneció para mí y todo empezó a darme vueltas como un carrousel en la niebla: Silver y los pájaros, y la alta silueta del Catalejo, todo giraba ante mis ojos como un mundo patas arriba y oía lejanas campanas mezcladas con voces retumbar en mis oídos.
Al volver en mí, aquel mostruo se había incorporado, llevaba la muleta bajo su brazo y se había calado el sombrero. A sus pies yacía Tom inmóvil sobre las matas; poco reparó en él su asesino, que se limitó a limpiar el cuchillo tinto en sangre con un manojo de hierbas. Nada había cambiado en el bosque: el sol continuaba brillando inexorable sobre la brumosa marisma y en la alta cumbre de la colina; apenas podía yo entender que allí se había cometido un asesinato y que una vida humana había sido cruelmente segada ante mis propios ojos.
En aquel momento John sacó de su bolsillo un silbato y lanzó al aire varios toques que atravesaron la espesura ardiente.
Yo no sabía qué podía significar aquella señal; pero volvió a despertar mis temores. Si llegaban más piratas, no tardarían mucho en descubrirme. Ya habían sacrificado a dos de los mejores; después de Tom y Alan, ¿acaso no sería yo el siguiente?
Salí de mi escondrijo y. empecéa retroceder, arrastrándome tan de prisa y en silencio como pude, hacia la zona más despejada del bosque. Mientras huía, no dejé de escuchar los gritos de los piratas que se llamaban entre sí y los del viejo Silver, lo que me indicaba cuán cerca estaban, y el peligro me dio alas en mi huida. En cuanto me vi fuera del bosque, corrí como jamás en mi vida lo había hecho, sin atender qué dirección tomaba, ya que lo único que me importaba era alejarme de aquellos asesinos; y conforme corría también aumentaba mi miedo, hasta convertirse en una especie de histeria.
Me sentía perdido sin remedio. Cuando el cañonazo, que yo esperaba ya oír de un momento a otro, sonara, ¿tendría yo valor para bajar hasta los botes y regresar junto a aquellos malvados a los que imaginaba aún manchados de la sangre de sus víctimas? El primero que me encontrase ¿no me retorcería el cuello como a un pájaro? ¿No sospecharían ya algo debido a mi ausencia? Todo había terminado, pensé. ¡Adiós a la Hispaniola, adiós al squire, al doctor, al capitán! Sólo veía ante mí dos caminos: o morir de hambre en aquella isla o perecer a manos de los amotinados.
Mientras mi cabeza se perdía en estos pensamientos, yo no cesaba de correr, y, sin darme cuenta, me había acercado a la ladera de la colina de los dos picachos, en aquella parte de la isla donde las encinas crecían más espaciadas y sus troncos centenarios se parecían más a los árboles de las grandes selvas. Mezclados con ellas había algunos inmensos pinos, cuyas copas alcanzaban alturas de más de cincuenta y hasta setenta pies. El aire allí se sentía más fresco y puro que junto a la ciénaga.
Y fue allí donde vi algo que me heló la sangre en el corazón.
Capítulo 15
El hombre de la isla
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De repente, por la ladera de aquel monte, tan escarpada y pedregosa, oí caer unas piedras que rebotaron contra los árboles. Instintivamente me volví hacia aquel sitio y vi una extraña silueta que se ocultaba, con gran rapidez, tras el tronco de un pino. Lo que aquello pudiera ser, un oso, un mono, o hasta un hombre, no podía decirlo a ciencia cierta. Parecía una forma oscura y greñuda; es todo cuanto vi. Pero el terror ante esta nueva aparición me paralizó.
Me sentía acorralado; a mis espaldas, los asesinos, y ante mí, aquella cosa informe y que presentía al acecho. Me pareció, sin embargo, mejor enfrentarme a los peligros que ya conocía, que a ese otro ignorado. Hasta el propio Silver me resultaba ahora menos terrible que ese engendro de los bosques; así que, dando media vuelta y sin dejar de mirar a mis espaldas, empecé a retroceder en dirección a los botes.
Entonces vi de nuevo aquella figura, y vi que, dando un gran rodeo, pretendía sin duda cortarme el camino. Yo estaba totalmente exhausto; pero, aunque hubiera estado tan fresco como al levantarme de la cama, comprendí que no podía competir en velocidad con aquel adversario. Aquella criatura se deslizaba de un tronco a otro como un gamo, y, aunque corría como un ser humano, sobre dos piernas, era diferente a todos cuantos yo había visto, porque corría doblando la cintura. Entonces me fijé y vi que se trataba de un hombre.
Empecé a recordar tantas historias como había escuchado acerca de los caníbales. Y hasta estuve tentado de pedir socorro. Pero el hecho de que fuera un ser humano, por salvaje que fuese, me tranquilizó en cierta forma; y el miedo a Silver volvió a crecer en la misma medida. Me quedé, pues, parado, imaginando alguna manera de escapar, y, mientras meditaba, el recuerdo de la pistola, que conmigo llevaba, relampagueó en mi cabeza. Esa seguridad en mi defensa hizo crecer en mi corazón el valor, y me decidí á enfrentarme con aquel misterioso habitante, y con paso decidido eché a andar hacia él.
Estaba oculto tras otro árbol; pero debía espiar todos mis movimientos, porque, tan pronto como empecé a avanzar, salió de su escondite y se dirigió hacia mí. Luego vaciló un instante, pareció dudar, pero de nuevo avanzó, y finalmente, con gran asombro y confusión por mi parte, cayó de rodillas y extendió sus manos como en una súplica.
Yo me detuve.
-¿Quién eres? -le pregunté.
-Ben Gunn -respondió con una voz ronca y torpe, que me recordó el sonido de una cerradura herrumbrosa-. Soy el pobre Ben Gunn, sí, Ben Gunn; y hace tres años que no he hablado con un cristiano.
Me acerqué y pude comprobar que era un hombre de raza blanca, como yo, y que sus facciones hasta resultaban agradables. La piel, en las partes visibles de su cuerpo, estaba quemada por el sol; hasta sus labios estaban negros, y sus ojos azules producían la más extraña impresión en aquel rostro abrasado. Su estado andrajoso ganaba al del más miserable mendigo que yo hubiera visto o imaginara. Se había cubierto con jirones de lona vieja de algún barco y otros de paño marinero, y toda aquella extraordinaria colección de harapos se mantenía en su sitio mediante un variadísimo e incongruente sistema de ligaduras: botones de latón, palitos y lazos de arpillera. Alrededor de la cintura se ajustaba un viejo cintón con hebilla de metal, que por cierto era el único elemento sólido de toda su indumentaria.
-¡Tres años! -exclamé-. ¿Es que naufragaste?
-No, compañero -dijo-. Me abandonaron.
Yo ya había oído esa terrible palabra, y sabía qué atroz castigo encerraba, muy usado por los piratas, que abandonaban al desgraciado en una isla desolada y lejana tan sólo provisto de un saquito de pólvora y algunas municiones.
-Me abandonaron hace tres años -continuó-, y he sobrevivido comiendo carne de cabra, moras y ostras. Un hombre tiene que vivir con lo que encuentre. Pero, ay, compañero, me muero de ganas de comer como los cristianos. ¿No llevarás encima aunque sólo sea un trozo de queso? ¿No? Llevo tantas noches soñando con queso, y una buena tostada, y cuando me despierto sigo aquí.
-Si alguna vez consigo regresar a bordo -le dije-, tendrás todo el queso que quieras, por arrobas.
Mientras yo hablaba, él palpaba la tela de mi casaca, me acarició las manos, miraba mis botas y no dejó de mostrar, durante todo el tiempo que estuvimos hablando, la más infantil de las alegrías por hallarse con otro ser humano. Pero al oír mis últimas palabras, se quedó perplejo, mirándome asombrado.
-¿Si consigues regresar a bordo? -repitió-. ¿Y quién puede impedírtelo?
-Ya sé que tú no -le contesté.
-Puedes estar seguro -exclamó-. Lo que tú… ¿Pero cómo te llamas, compañero?
Jim -le dije.
Jim, Jim -dijo encantado-. Pues bien, Jim, si supieras la vida tan desastrosa que he llevado, te avergonzarías. ¿Alguien podría decir al verme en este estado que mi madre era una santa?
-La verdad es que no -le contesté.
-Ah -dijo él-, pues lo era, tenía fama de muy piadosa. Y yo fui un chico honrado y piadoso, sabía el catecismo de memoria y podía repetirlo tan deprisa, que no se distinguía una palabra de otra. Y ya ves en que he caído, Jim. Empecé jugando al tejo en las losas de los cementerios, así es como empecé, pero luego hice cosas peores, y no obedecía a mi pobre madre, que me repetía sin cesar que iba por el camino de la perdición, y no se equivocó. Pero la Providencia me trajo a esta isla, para que en su soledad volviera a mi ser verdadero, y ahora soy un hombre piadoso y arrepentido. Ya nunca beberé ron… sólo un dedal, para darme buena suerte, en cuanto tenga a mano una barrica. He hecho voto de ser honrado, y además, Jim -y añadió bajando la voz-, … soy rico.
Imaginé que el pobre hombre se habría vuelto loco en aquella soledad y sin duda mi cara debió reflejar ese pensamiento, porque me repitió con vehemencia:
-¡Rico! ¡Rico! Y te diré además una cosa: voy a hacer un hombre de ti, Jim. ¡Ah, Jim, vas a bendecir tu suerte, sí, por ser el primero que me ha encontrado!
Pero de pronto su semblante se ensombreció y, apretándome la mano que tenía entre las suyas, puso un dedo amenazador ante mis ojos.
-Ahora, Jim, dime la verdad: ¿No será ese el barco de Flint? -me preguntó.
Tuve en aquel instante una feliz inspiración. Pensé que podía encontrar en aquel hombre un aliado, y le contesté al punto:
-No es el barco de Flint. Flint ha muerto. Pero voy a contarte la historia, ¿no es eso lo que quieres? Algunos de los hombres de Flint van a bordo, por desgracia para los demás.
-¿No irá uno… uno con una sola… pierna? -dijo con voz entrecortada.
-¿Silver? -pregunté.
-¡Ah, Silver! -dijo él-. Así se llamaba.
-Es el cocinero; y el cabecilla, además.
Me tenía todavía cogido por la mano, y, al oír estas palabras, casi me retorció la muñeca.
-Si te hubiera enviado John «el Largo» -dijo-, no daría un penique por mi vida; pero tampoco por la tuya.
Resolvió que debía contarle toda la aventura de nuestro viaje y la situación en que nos encontrábamos. Me escuchó con vivo interés y, cuando terminé, me dio unas palmaditas en la cabeza, diciéndome:
-Eres un buen muchacho, Jim, y estáis todos metidos en un grave peligro, ¿entiendes? Pero confía en Ben Gunn; Ben Gunn es el hombre que necesitáis. ¿Crees tú que tu squire se mostrará como un hombre generoso si le ayudo…, si lo saco de este apuro, qué dices a eso?
Le contesté que el squire era el más generoso de los caballeros.
-Sí, pero… -dijo Ben Gunn-, no quiero decir darme un puesto de guardián y una librea nueva y cosas así; no es eso lo que quiero, Jim. Lo que te pregunto es esto: ¿crees tú que ese caballero llegaría a darme hasta mil libras… ? Sería parte de un dinero que yo he tenido ya por mío.
-Seguro que aceptará -dije-. Ya había pensado dar una participación a todos.
-¿Y el viaje de regreso a Inglaterra? -preguntó con un aire graciosamente astuto.
-¡Sin duda! -exclamé-. El squire es todo un caballero. Y además, si nos libramos de los amotinados, necesitaremos de ti para gobernar la goleta hasta la patria.
-Ah -dijo-, eso es cierto. -Y pareció tranquilizarse-. Ahora voy a decirte una cosa más -continuó-. Yo navegaba con Flint cuando él enterró ese tesoro: el y seis hombres que trajo aquí, seis marineros de los más fuertes. Estuvieron en tierra cerca de una semana, y nosotros, entretanto, estábamos anclados en el viejo Walrus. Un día vimos izada la señal de regreso, y vimos aparecer a Flint, pero volvía solo en el bote, y traía la cabeza vendada con un pañuelo azul. El sol estaba levantándose y, cuando el bote se acercó, vimos a Flint, pálido como un muerto, remando. Allí estaba, imagínatelo, y los otros seis, muertos, muertos y enterrados. Cómo pudo hacerlo, nadie logró explicárselo a bordo. Los envenenó, luchó contra ellos, los asesinó a traición… Pero él solo pudo con los seis. Billy Bones era el segundo de a bordo y John «el Largo» el contramaestre, y los dos le preguntaron que dónde estaba el tesoro. «Ah», les respondió, «si queréis averiguarlo, podéis ir a tierra y hasta quedaros allí, pero yo zarparé ahora mismo, ¡por Satanás!, en busca de más oro». Eso les dijo. Tres años más tarde iba yo en otro barco y pasamos a la altura de esta isla. «Muchachos», les propuse, «ahí está el tesoro de Flint; vamos a desembarcar y a buscarlo». Al capitán no le gustó la idea, pero mis compañeros ya estaban resueltos y desembarcamos. Pasamos doce días enteros buscándolo, y cada día que pasaba crecía su rencor contra rní, hasta que una buena mañana decidieron regresar a bordo. «Y tú, Benjamín Gunn», me dijeron, «ahí te dejarnos un mosquetón», y añadieron «y una pala y un pico. Quédate y, cuando encuentres el dinero de Flint, todo para ti». Pues bien, Jim, tres años llevo aquí desde aquel día, y sin probar un bocado de cristiano. Pero, mírame, dime: ¿te parece que tengo el aspecto de uno de esos piratas? No, y eso es porque nunca lo he sido. Ni lo soy.
Y al decir estas palabras, me guiñó un ojo y me dio un pellizco.
-Dile a tu squire precisamente eso, Jim -me insistió-: Ni lo fui ni lo soy. Repítele esas palabras. Y recuerda decirle: Durante tres años él ha sido el único habitante de la isla, con sus días y sus noches, con sus soles y sus lluvias; unas veces pasaba el tiempo rezando (dile eso) y otras acordándose de su pobre madre, que ojalá aún viva (no te olvides de decirle eso). Pero que la mayor parte del tiempo la ha pasado Gunn ocupado (esto es muy importante que se lo digas) con otro asunto. Y entonces le das un pellizco, como éste.
Y volvió a pellizcarme mientras me hacía un gesto de complicidad.
-Después -siguió-, después te detienes y le dices esto: Gunn es un buen hombre (repíteselo) y pone toda su confianza del mundo, toda la confianza del mundo, no olvides machacarle esto, en un caballero de nacimiento, y no en esos otros caballeros de fortuna, y eso que él fue uno de ellos.
-Bueno -le dije-, no entiendo ni una palabra de lo que me has dicho. Pero eso no hace al caso, pues aún no sé cómo voy a arreglármelas para volver al barco.
-Ah -dijo él-, ahí está el apuro, sin duda. Y ahí tienes un bote que yo construí con estas manos, está debajo de la peña blanca. En el peor de los casos podemos intentarlo cuando oscurezca. ¡Pero escucha! -dijo de pronto, sobresaltado-, ¿qué es eso? Porque en aquel momento, aunque aún faltaba una o dos horas para la puesta del sol, la isla entera se estremeció con el estruendo de un cañonazo.
-¡Ha empezado la lucha! -grité-. ¡Sígueme!
Y eché a correr hacia el fondeadero, olvidando todos mis pasados temores, y junto a mí el hombre de la isla, al viento una piel de cabra con la que se había abrigado, corría con la agilidad de un animal.
-¡A la izquierda! ¡A la izquierda! -me decía-. ¡Siempre a la izquierda, compañeroJim! ¡Metámonos bajo esos árboles! Ahí maté yo mi primera cabra. Ya hace tiempo que no bajan por aquí; prefieren refugiarse en los masteleros, porque temen a Benjamín Gunn. ¡Ah! Y eso es el cementerio -y creo que lo dijo con cierta intención-. ¿Ves esos túmulos? Son sepulturas. Aquí vengo de vez en cuando a rezar, cuando supongo que debe ser domingo o que le ronda cerca. No es que sea una iglesia, pero rezar aquí parece más solemne; y además, y diles también esto, Ben Gunn ha tenido que apañárselas como lia podido, sin capellán, ni Biblia, ni una bandera, díselo así.
Y continuó hablando mientras yo corría, sin esperar ni recibir una respuesta.
Había ya pasado un buen rato desde que escuchamos el cañonazo, cuando oímos resonar una descarga de fusilería. Seguimos corriendo y, de pronto, a menos de un cuarto de milla frente a nosotros, vi la Union Jack ondeando al aire sobre el bosque.
PARTE CUARTA
LA EMPALIZADA
Índice
Contenido
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Narración continuada por el doctor:
Capítulo 16
Cómo abandonamos el barco
Índice
Sería la una y media -los tres toques del mar - cuando dos chinchorros fueron arriados desde la Hispaniola y algunos marineros se dirigieron a tierra. El capitán, el squire y yo volvimos al camarote y continuamos deliberando sobre los acontecimientos. Si el viento hubiera estado a nutro favor, no habríamos dudado en deshacernos de los seis amotinados que permanecían a bordo y zarpar. Pero no corría ni la menor brisa y, para completar nuestras cuitas, Hunter nos comunicó que Jim Hawkins había saltado a uno de los botes y estaba en la isla con los demás.
Ni por un instante se nos ocurrió dudar de la lealtad de Jim Hawkins, pero sentimos una profunda preocupación por su seguridad. Conociendo la determinación de los marineros, creímos tener pocas esperanzas de ver de nuevo al muchacho. Preocupados, subimos a cubierta: la brea hervía en las ensambladuras de los tablones; el olor insano de aquel fondeadero me revolvió el estómago -se respiraba la fiebre, la disentería-; vimos a los seis bribones que andaban de conciliábulo sentados a la sombra de una vela en el castillo de proa. Allá en tierra se divisaban los dos botes amarrados y un marirnero en cada uno, en la desembocadura del riachuelo. Uno de los forajidos silbaba la vieja canción «Lilibulero».
La espera destrozaba nuestros nervios, por lo que decidimos que Hunter y yo nos acercáramos a tierra en otro chinchorro en busca de noticias. Los botes se habían dirigido hacia la derecha, pero nosotros remamos en línea recta, hacia la empalizada que el mapa señalaba. Cuando nos vieron aparecer los dos que estaban de guardia en los botes, se sobresaltaron; dejé de oír la canción, y me di cuenta de que discutían qué hacer con nosotros. De haber ido alguno de ellos a avisar a Silver, seguramente hubiésemos podido tomarles delantera, pero probablemente habían recibido órdenes de permanecer en su puesto; de nuevo escuché la vieja canción.
La costa presentaba un pequeño saliente rocoso y yo maniobré de forma que sirviera para ocultarnos de ellos, por lo que incluso antes de desembarcar ya los habíamos perdido de vista. Salté a tierra y empecé a caminar rápidamente, aunque con prudencia; hacía tanto calor, que me protegí la cabeza con un pañuelo de seda; también portaba dos pistolas cargadas para mi defensa. No había caminado ni cien yardas, cuando me encontré con la empalizada.
Estaba levantada en la cima de una gran duna aprovechando que allí manaba un pequeño manantial, al que se había dejado dentro del recinto junto a una especie de fuerte construido con troncos, y capaz de albergar, en caso de necesidad, lo menos cuarenta hombres; se veían aspilleras practicadas en los cuatro lados, lo que garantizaba una defensa de mosquetería. Alrededor se había rozado un espacio considerable y la obra se cerraba con una empalizada de seis pies de altura, lo suficientemente sólida como para resistir cualquier ataque y, por otra parte, hábilmente levantada con separaciones que impedían el ocultamiento de los asaltantes. Sin duda los que disparasen desde el fuerte tendrían a su merced a los que atacaran; casi como cazadores que disparasen contra perdices. Ni un regimiento hubiera podido tomar aquel fortín, si los defensores estaban alerta y con suficientes provisiones. Consideré sobre todo la importancia de contar con un manantial en el mismo fortín, porque, si bien en la Hispaniola gozábamos de buen alojamiento, abundancia de armas y municiones, y víveres suficientes, amén de nuestros buenos vinos, algo había sido descuidado: no teníamos agua. Meditaba sobre ello cuando hasta mí llegó, como si resonara sobre toda la isla, un espeluznante grito de agonía. La muerte violenta no era algo a lo que yo no estuviera acostumbrado -pues serví con Su Alteza el Duque de Cumberland, y mi cuerpo muestra una cicatriz consecuencia de Fontenoy-, pero debo confesar que mi corazón se detuvo y de pronto empezó a latir sin medida. Pensé quejim Hawkins había muerto. Haber sido un viejo soldado me sirvió en ese instante, pero aún más mi dedicación a la medicina, pues exige reacciones inmediatas; y esta educación me hizo decidir al instante, y sin pérdida de tiempo corrí hacia la playa y salté a bordo del chinchorro.
Afortunadamente, Hunter era un buen remero y parecía que volábamos sobre las aguas; pronto amarramos al costado de la goleta, y subí a bordo.
Todos estaban allí sobresaltados, lógicamente. El squire, pálido como un papel, aguardaba sentado, imagino que considerándose culpable de habernos arrastrado a aquella situación. En el alcázar uno de los marineros no demostraba mejor humor.
-Fijaos en ese marinero -me dijo el capitán Smollett senalándolo con disimulo-. Es novato. Cuando escuchó ese grito terrible, estuvo a punto de desmayarse. Creo que bastaría orientar su miedo para que se pasara a nuestras filas.
Comuniqué al capitán mi criterio de fortificarnos en la empalizada, y entre los dos convinimos los detalles para llevarlo a cabo. Apostamos entonces al viejo Redruth en el pasillo entre el camarote y el castillo de proa, con tres o cuatro mosquetes cargados y una colchoneta como protección. Hunter situó el chinchorro en la portañuela de popa, y Joyce y yo lo pertrechamos con sacos de pólvora, mosquetes, cajas de galleta, barricas de salazón de cerdo, un tonel de brandy y mi inapreciable botiquín.
Entre tanto, el squire y el capitán permanecían en cubierta; este último llamó al timonel, que obviamente era el jefe de los amotinados a bordo.
-Señor Hands -le dijo, apuntándolo con sus pistolas-, el señor Trelawney y yo estamos decididos a disparar sobre usted. Al menor movimiento por parte de cualquiera de los suyos, es usted hombre muerto.
Los forajidos se quedaron desconcertados, y después de una breve consulta empezaron a bajar uno a uno por la escalera de rancho, seguramente pensando en sorprendernos de alguna manera por la espalda. Pero allí se encontraron con Redruth en el pasadizo, y no tuvieron otra salida que dar la vuelta y regresar a cubierta, donde comenzaron a asomar cautelosamente sus cabezas.
-¡Abajo, perros! -gritó el capitán.
Volvieron a ocultarse, y por el momento ninguno de aquellos marineros, tan poco animosos, continuó inquietándonos.
El chinchorro estaba ya dispuesto, tan cargado como nuestra temeridad permitía, y Joyce y yo subimos a él, desde la portañuela de popa, y remamos hacia la costa tan de prisa como nos permitieron las circunstancias.
Este segundo viaje despertó ya claramente las sospechas de los dos bandidos que vigilaban en la playa. Una vez más dejé de oír sus silbidos, y, antes de perdernos de su vista tras el saliente, pude asegurarme de que uno de ellos saltaba del bote y desaparecía en la maleza. Me dieron ganas de cambiar mi plan y aprovechar para destruir los botes, pero temí que Silver y los otros estuvieran muy cerca, y no podía arriesgar todo por tan poco.
Pronto atracamos en el mismo lugar que la primera vez, y nos dedicamos a aprovisionar el fortín. Trasladamos los pertrechos que pudimos hasta la empalizada, y dejando allí a Joyce de vigilancia -que, aunque fuera sólo un hombre, disponía de media docena de mosquetes-, Hunter y yo volvimos al chinchorro a por más provisiones. No terminó nuestra faena hasta que todo estuvo almacenado, y entonces los dos criados del squire ocuparon posiciones en el fortín y yo regresé, remando con todas mis fuerzas, a la Hispaniola.
Trasladar un segundo cargamento puede parecer más osadía de la que en verdad representaba, porque, si los piratas tenían sin duda la ventaja de su número, nuestras eran las armas. Ninguno de los que permanecían en tierra tenía mosquete y, antes de que pudieran acercársenos a tiro de pistola, ya habríamos dado buena cuenta de media docena, al menos.
El squire me aguardaba en la portañuela, sin demostrar su pasada debilidad. Fijó la amarra y me ayudó a cargar nuevamente el botecillo con la presteza de quien se juega en ello la vida. Más carne de cerdo, más pólvora y galleta, y un mosquete y un machete para cada uno de nosotros, el squire, el capitán, Redruth y yo. El resto de las armas y de la pólvora lo arrojamos al mar, y, dado el poco calado y la claridad de las aguas, podíamos ver en el fondo el brillo del acero sobre la arena.
Empezaba ya a bajar la marea y el barco a derivar suavemente en torno al ancla. Escuchamos voces lejanas en dirección de los dos botes, y aunque ello nos tranquilizó pensando en joyce y en Hun ter, que estaban más hacia el este, también nos advertía que no podíamos perder un minuto en zarpar.
Redruth fue retrocediendo desde su parapeto y se descolgó hasta el chinchorro; dimos entonces una vuelta para recoger al capitán en la escalerilla de babor.
Antes departir, el capitán Smollett se dirigió a los amotinados, que aún permanecían escondidos en el castillo de proa:
-¡Eh, vosotros! ¿Me oís?
Pero no escuchamos respuesta alguna.
-¡Gray! -llamó el señor Smollett, en un último intento-. Voy a abandonar el barco, y te ordeno que sigas a tu capitán. Sé que en el fondo eres un buen hombre, y hasta diría que ninguno de vosotros está definitivamente perdido. Tengo el reloj en la mano; te doy treinta segundos para que me obedezcas.
Hubo un silencio.
-¡Ven conmigo, muchacho! -insistió el capitán-, rompe amarras. No puedo esperar más, cada segundo que pasa arriesgo mi vida y la de estos caballeros.
Entonces escuchamos un repentino estrépito, como de lucha, y vimos a Abraham Gray surgir como un rayo, con una cuchillada en el rostro, y correr hacia el capitán, junto al que se situó como un perro que acude al silbido de su amo.
-Estoy con usted, señor -dijo.
Inmediatamente el capitán y él embarcaron con nosotros y empezamos a remar.
Habíamos conseguido salir salvos del barco, pero aún teníamos que alcanzar la empalizada.
Narración continuada por el doctor:
Capítulo 17
El último viaje del chinchorro
Índice
El tercer viaje del chinchorro fue totalmente distinto de los anteriores. En primer lugar, la frágil embarcación había sido cargada con exceso. Con cinco hombres -de los cuales, tres, Trelawney, Redruth y el capitán, eran hombres corpulentos-ya hubiera sufrido quizá demasiado peso. Y si a ello añadimos la pólvora, las barricas de salazón y los sacos de galleta, es fácil imaginarse que por la popa el mar estaba a ras dula borda, lo que ocasionó que más de una vez embarcásemos agua y que mi calzón y los faldones de mi casaca estuvieran empapados antes de avanzar ni cien yardas.
El capitán nos distribuyó en diversas formas para equilibrar el bote, y algo logramos, pero teníamos miedo hasta de respirar. Como además la marea ya bajaba con fuerza, formando una corriente que arrastraba hacia el oeste a través de la ensenada y luego hacia el sur, hacia alta mar, iba alejándonos del canal que habíamos utilizado por la mañana. Hasta las más pequeñas olas representaban un peligro para nosotros en aquellas condiciones; pero lo peor era luchar contra la corriente, porque no había manera de conservar el rumbo hacia nuestro punto de atraque protegido por el saliente rocoso. Estábamos derivando peligrosamente hacia el lugar donde precisamente habían amarrado sus botes los piratas, y éstos podían aparecer en cualquier momento.
-No puedo mantener el rumbo, es imposible -le dije al capitán, pues era yo quien gobernaba, mientras Smollett y Redruth, más descansados, se afanaban en los remos-. La marea es fuerte y nos desvía -le expliqué-. Hay que remar con más fuerza.
-No podemos, sin correr el riesgo de inundar el chinchorro -contestó el capitán-. ¡Mantened el rumbo, contra corriente, mantenedlo cuanto sea posible!
Lo intenté, pero mi experiencia me aseguraba que la marea nos arrastraría violentamente, y no pudimos evitar que el botecillo derrotara hacia el este, es decir, casi en ángulo recto con el rumbo que debíamos seguir.
-Así nunca conseguiremos llegar -dije.
-No podemos seguir otro rumbo -contestó el capitán-. Hay que luchar contra la corriente. Fijaos -continuó-, si derivamos a sotavento de nuestro punto de destino, es difícil saber dónde atracaremos, y, además, varnos a quedar expuestos a que los amotinados nos aborden, mientras que con este rumbo llegará un punto en que la marea amaine, y entonces podremos regresar costeando.
-La corriente empieza a ceder, señor -dijo el marinero Gray, que iba encaramado a la proa-. Ya no es preciso retener tanto el timón.
-Bien, muchacho -le dije, y le hablé como si nada hubiera ocurrido, como si desde el principio hubiera sido leal, que era lo que habíamos decidido el capitán y yo.
De pronto, el señor Smollett pareció recordar algo importantísimo, y exclamó con voz alterada:
-¡El cañón!
-Ya había pensado en ello -contesté yo, relacionándolo con un posible bombardeo del fortín-. Pero nunca podrán llevar el cañón a tierra, y si lo hacen, no es fácil arrastrarlo a través de la maleza.
-Mirad a popa -me indicó el capitán.
Nos habíamos olvidado por completo de la pieza larga del nueve; y vi con espanto cómo los cinco facinerosos que quedaban a bordo se afanaban en torno a ella, quitándole la «chaqueta», como llamaban a la lona embreada que la protegía. Y recordé entonces que también habíamos olvidado en la goleta las granadas del cañón y los detonantes, y que bastaría con que dieran con los pertrechos para que los amotinados se hicieran dueños de todo.
-Israel era el artillero de Flint -dijo Gray con voz ronca. Arriesgándolo entonces todo, enfilamos decididos hacia el desembarcadero. La corriente había amainado lo suficiente como para que pudiéramos gobernar el chinchorro sin demasiados problemas, pero, en la deriva a que nos había arrastrado, navegábamos ahora, además de con cierta lentitud, con un rumbo que nos presentaba de costado la Hispaniola, en lugar de popa, con lo que ofrecíamos mejor blanco que la puerta de un corral.
Desde nuestra posición podía ver y oír a aquel bribón aguardentoso de Israel Hands, que hacía rodar una gruesa granada por cubierta.
-¿Quién es aquí el mejor tirador? -preguntó el capitán.
-El señor Trelawney, sin duda -dije yo.
-Señor Trelawney -dijo entonces el capitán-, ¿tendríais la amabilidad de quitar de en medio a uno de esos perros levantiscos…, a Hands, si os fuera posible?
Trelawney, impávido, frío como el acero, cebó su mosquete.
-Tened cuidado -dijo el capitán-al disparar, no vayamos a zozobrar. Atención todos para asegurar el chinchorro cuando el señor Trelawney apunte.
El squire levantó su arma, cesamos de remar y nos situamos en posición de hacer de contrapeso; he de decir que ni una gota de agua penetró en nuestro bote.
Los amotinados, entre tanto, habían girado la cureña y ahora trataban de apuntar hacia nosotros; Hands, que estaba junto a la boca del cañón con el atacador, era sin duda el mejor expuesto. Pero nos falló la suerte, porque, en el mismo instante de disparar el squire, Hands se agachó y la bala, que rozó su cabeza, alcanzó a otro de sus compinches.
Al caer éste, dio un grito que no sólo puso en movimiento a sus compañeros a bordo, sino que alertó a los que estaban en tierra, y mirando hacia la playa pude ver a los piratas salir en tropel por entre los árboles para ocupar sin pérdida de tiempo sus puestos en los botes.
-Mirad esos botes, señor -le dije al capitán.
-¡Avante! -ordenó él entonces-, olvidad toda precaución. Si nos vamos a pique, tanto peor.
-Sólo veo acercarse uno de los botes -le indiqué-; los otros marineros seguramente estarán tomando posiciones en tierra.
-Buena carrera habrán de darse -repuso el capitán-, y ya sabéis lo que es un Jack en tierra. No me preocupan demasiado. Me alarma más ese cañón. Cómo hemos podido olvidar deshacernos de las granadas. La doncella de mi esposa sería capaz de acertar en el tiro. Señor Trelawney, estad atento y, si veis que encienden la mecha, advertidnos para que aguantemos sobre los remos.
Con todos estos acontecimientos habíamos avanzado un trecho muy considerable, a pesar de ir sobrecargados. No nos faltaba mucho para arribar, con treinta o cuarenta bogadas más atracaríamos; el reflujo había descubierto ya una estrecha restinga bajo los árboles, que se amontonaban en la orilla. Y tampoco sentíamos excesivo temor por el bote que nos perseguía, porque el promontorio nos ocultaba a sus ojos. La corriente que tanto nos había perjudicado, nos compensaba ahora retrasando a nuestros enemigos. Pero el cañón era un peligro del que aún no nos habíamos librado.
-Me entran tentaciones, aunque signifique perder un poco de tiempo, de detenernos y quitar de en medio a otro de esos bandidos -dijo el capitán.
Porque era evidente que éstos no estaban dispuestos a retrasar otra andanada. Ni siquiera habían atendido a su compañero herido, al que veíamos tratando de alejarse a rastras.
-¡Preparados! -gritó el squire.
-¡Aguantad! -ordenó el capitán, presto como un eco.
Y él y Redruth aguantaron los remos con tal esfuerzo, que la popa del chinchorro se hundió bajo las aguas. En ese instante retumbó el cañonazo. Fue -como más tarde supe-el que Jim escuchó, ya que el disparo del squire no llegó a sus oídos. La bala pasó sobre nuestras cabezas, supongo, aunque ninguno puede decirlo, pero el aire que desplazó seguramente contribuyó para que zozobrásemos.
El chinchorro empezó a hundirse por la popa. La profundidad era sólo de tres pies, y, aunque algunos cayeron de cabeza al mar, pronto se levantaron, empapados; el capitán y yo permanecimos de pie, enfrente uno del otro.
No sufrimos grandes daños. Nos habíamos salvado y pudimos vadear hasta la costa sin ningún peligro. Pero todos nuestros pertrechos quedaron inutilizados en el agua, y hasta de los cinco mosquetes sólo dos estaban aún en condiciones de ser utilizados. Agarré el mío antes de caer al mar y lo alcé sobre mi cabeza como por una especie de instinto. El capitán llevaba el suyo colgado al hombro y prudentemente con el cañón hacia arriba. Pero los demás quedaron en el fondo.
Para aumentar nuestra confusión, escuchamos voces que se acercaban por el bosquecillo que bordeaba la ribera; lo que aumentó nuestros temores, no ya tan sólo porque nos cortasen el camino hacia la empalizada, y en la indefensión en que nos hallábamos, sino considerando que Hunter yJoyce, de ser atacados por media docena siquiera, no tuvieran el buen sentido y la decisión suficiente para resistir. Que Hunter era hombre firme, nos constaba; pero joyce era dudoso, pues, si bien se trataba de alguien de buena disposición como criado, la capacitación de hombre de armas no era la misma que para cepillar la ropa.
Con todas estas cavilaciones por fin logramos alcanzar la costa. Pero atrás quedaba nuestro pobre chinchorro y con él la mitad de nuestras municiones y avituallamiento.
Narración continuada por el doctor:
Capítulo 18
Cómo terminó nuestro primer día de lucha
Índice
A toda velocidad nos lanzamos a través del bosque tras el cual estaba la empalizada, y a cada paso nos parecía escuchar más cerca aún las voces de los bucaneros. Pronto oímos el crujir de las ramas bajo sus pisadas, lo que indicaba cuán cerca estaban ya de nosotros.
Consideré que nos veríamos obligados a hacerles frente antes de poder llegar al fortín, y cebé mi mosquete.
-Capitán -dije-, Trelawney es el mejor tirador. Déjele su arma, porque la suya no puede utilizarse.
Cambiaron las armas, y Trelawney, silencioso y sereno como lo había estado desde el comienzo de los incidentes, se detuvo para comprobar que el mosquete se hallaba dispuesto. Me di cuenta también de que Gray se encontraba desarmado, y le di mi machete. A todos se nos alegró el corazón al verlo escupir sobre su palma, fruncir el gesto y dar unas cuchilladas al aire. Su aire fiero nos confortó, pues indicaba que nuestro nuevo aliado no era un refuerzo despreciable.
Anduvimos unos cuarenta pasos y salimos del bosque, y allí pudimos contemplar la empalizada delante de nuestros ojos. Nos acercamos al fortín por el lado sur, y casi al mismo instante siete de aquellos forajidos, con job Anderson, el contramaestre, a su cabeza, se abalanzaron contra nosotros desde el suroeste con gran algazara.
Se detuvieron al vernos armados, y, aprovechando ese momento de indecisión, el squire y yo disparamos sobre ellos, y a nuestro fuego se unió, desde el fortín, la descarga de Hunter y de Joyce. Los cuatro disparos fueron graneados, pero lograron su efecto: uno de los bandidos cayó allí mismo y los demás, sin detenerse a pensarlo, dieron vuelta y se internaron bajo la protección de los árboles. Cargamos de nuevo las armas y salimos al campo para comprobar la muerte de aquel bribón; no cabía duda: un disparo le había atravesado el corazón. Pero poco duró nuestro regocijo, porque, mientras permanecíamos en aquel descubierto, de pronto sonó un tiro de pistola, sentí pasar la bala junto a mi oído, y el pobre Tom Redruth cayó cuan largo era dando un extraño salto. El squire y yo devolvimos el disparo, pero, como no pudimos apuntar a bulto alguno, no hicimos más que desperdiciar la pólvora. Cargamos otra vez y atendimos al pobre Tom.
El capitán y Gray estaban examinándolo, y bastó una mirada para darnos cuenta de que no tenía remedio.
Me figuro que la presteza con que respondimos al disparo dispersó a los amotinados, porque durante un rato no volvieron a molestarnos, lo que aprovechamos para llevar al malogrado Redruth, que no cesaba de sangrar y dar ayes, tras la empalizada y recostarlo en el interior del fortín de troncos.
Pobre viejo, ni una palabra, ni una queja había salido de sus labios desde que empezaron nuestras desventuras, ni una expresión de temor, ni tampoco de asentimiento. Ahora esperaba su muerte tendido en aquel fortín. Había resistido como un troyano en su puesto tras el colchón en la goleta; había cumplido todas las órdenes en silencio, casi tercamente, y bien. Era el mayor de todos nosotros, lo menos veinte años. Y precisamente fue a aquel hombre, sombrío, viejo y abnegado criado, a quien le tocó morir.
El squire cayó de rodillas junto a él y le besó la mano llorando como un niño.
-¿Me estoy muriendo, doctor? -me preguntó. -Tom, amigo -le dije-, te vas a donde iremos todos.
-Me hubiera gustado llevarme a uno al menos por delante -murmuró.
-Tom -dijo el squire-, di que me perdonas.
-Eso no sería respetuoso de mi parte, señor -contestó-. Pero si así lo deseáis, que así sea, ;amén!
Hubo un corto silencio, y después nos pidió que alguien leyera una oración.
-Es la costumbre, señor -dijo, como disculpándose. Y sin añadir palabra expiró.
Mientras tanto el capitán Smollett, al que me había parecido ver singularmente abultado, empezó a sacar de su pecho y bolsillos una gran variedad de objetos: la bandera con los colores de Inglaterra, una Biblia, un largo trozo de cuerda, pluma, tinta, el cuaderno de bitácora y varias libras de tabaco. Aseguró en una esquina del fortín un tronco fino que había encontrado, y con ayuda de Hunter subióse al tejado y con sus propias manos izó y desplegó nuestra bandera.
Esto pareció reconfortarlo enormemente. Volvió a entrar en el fuerte y se puso a inventariar las provisiones, como si aquello fuera lo único que le importaba. Sin embargo no había dejado de seguir con emoción la muerte de Tom; y cuando llegó su fin, se acercó con otra bandera y la extendió sobre su cuerpo, haciendo su gesto de marcial reverencia.
-No os acongojéis, señor -le dijo al squire-. Ha muerto como corresponde a un marino, cumpliendo su deber para con su capitán y armador; ahora está en buenas manos. Como debe ser. Después de estas palabras, el capitán me llevó aparte.
-Doctor Livesey -me dijo-, ¿en cuántas semanas espera el squire el barco de socorro?
Le dije que era cuestión quizá de meses, más que semanas; que Blandly enviaría a buscarnos en caso de no haber regresado para finales de agosto, pero no antes.
-Eche usted mismo la cuenta -le dije.
-Es el caso -contestó el capitán, rascándose la cabeza-que, aun contando con los inestimables bienes de la Providencia, estamos en un verdadero apuro.
-¿Qué quiere usted decir? -pregunté.
-Que es una lástima que hayamos perdido aquel segundo cargamento; eso quiero decir -replicó el capitán-. Podemos resistir con la munición y la pólvora de que disponemos. Pero las raciones van a ser muy escasas, demasiado escasas, doctor Livesey; tanto, que quizá sea mejor no tener que contar con otra boca.
Y señaló el cuerpo muerto que cubría la bandera.
En aquel momento se produjo una explosión y una bala de cañón silbó sobre el fortín para perderse en la lejanía del bosque.
-¡Y bien! -exclamó el capitán-. ¡Se lucen! ¡Y no tenéis tanta pólvora como para desperdiciarla, bribones!
Un segundo disparo dio prueba de que la puntería mejoraba y el proyectil cayó dentro de la empalizada, levantando una nube de arena, pero sin otros daños.
-Capitán -dijo el squire-, el fortín no es visible desde el barco. Debe ser la bandera la que les indica el objetivo. ¿No deberíamos arriarla?
-¡Arriar mi bandera! -rugió el capitán-. ¡No, señor; no haré tal cosa! -y bastó que pronunciase esas palabras para que todos nos diéramos cuenta de que sentíamos lo mismo que él. Porque aquellos colores no eran solamente el símbolo de la nobleza y recio espíritu propios de un marino, sino que además proclamaban a nuestros enemigos nuestro desprecio por su bombardeo.
A lo largo del atardecer siguieron cañoneándonos. Una bala tras otra se enterraron en la arena, porque debían elevar tanto el ángulo de tiro, que dar en el blanco era casi imposible para ellos, y las andanadas caían o largas o cortas, y tampoco los rebotes significaban un verdadero peligro para nosotros; sólo una bala atravesó el techo, pero no causó daños, y no tardamos en habituarnos a aquella especie de juego salvaje hasta no darle más importancia que a un golpe de cricket.
-Después de todo hay una cosa buena -observó el capitán-; probablemente habrán despejado el bosque, y pienso que la marea debe haber bajado ya lo suficiente para que nuestros pertrechos hayan quedado en superficie. Pido voluntarios para ir a recoger la cecina.
Gray y Hunter se ofrecieron los primeros. Bien armados se deslizaron fuera de la empalizada; pero la expedición no tuvo éxito, porque los sediciosos habían pensado lo mismo, quizá porque confiaban en la puntería de Israel, y cuatro o cinco de ellos estaban ya ocupados en hacerse con nuestras provisiones cargándolas en uno de los botes que se hallaba cerca de la orilla, lo que no era tarea fácil, porque la corriente era fuerte en ese momento. Allí estaba Silver, sentado en popa, dando órdenes; y lo más inquietante: cada uno de los piratas portaba un mosquete que ignorábamos de qué secreta armería procedían.
El capitán se sentó con el cuaderno de bitácora ante él y empezó a escribir:
«Alexander Smollett, capitán; David Livesey, médico de a bordo; Abraham Gray, calafate; John Trelawney, armador; John Hunter y Richard Joyce, sirvientes del armador: únicos supervivientes (de los que permanecieron fieles en la dotación del barco), con provisiones para diez días a media ración, han desembarcado en este día e izado la bandera británica en el fortín de la Isla del Tesoro. Thomas Redruth, criado del armador, ha sido muerto por un disparo de los amotinados; James Hawkins, el grumete…»
Y precisamente, cuando estaba yo meditando sobre la suerte del pobre Jim Hawkins, escuchamos una voz más allá de la empalizada.
-Alguien nos llama -dijo Hunter, que estaba de guardia. -¡Doctor! ¡Squire! ¡Capitán! ¿Eh, Hunter, eres tú? -se oyó gritar.
Corrí entonces hacia la puerta, y allí pude ver, sano y salvo, a Jim Hawkins, que trepaba por la empalizada.
Reanuda la narración Jim Hawkins:
Capítulo 19
La guarnición de la empalizada
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Tan pronto como Ben Gunn vio ondear la bandera, se detuvo en seco y me tomó por el brazo.
-Mira -dijo-, son tus amigos, sin duda son ellos.
-Quizá sean los amotinados -le contesté.
-Nunca -exclamó-. Si así fuera, en un lugar como éste, donde solamente puede haber caballeros de fortuna, Silver hubiera izado la Jolly Roger, no te quepa duda. No, ésos son los tuyos. Y deben haber combatido, y ademas no creo que hayan llevado la peor parte. Se habrán refugiado en la vieja empalizada de Flint; la levantó hace ya años y años. ¡Ah, Flint sí que era un hombre con cabeza! Quitando el ron, nunca se vio quien pudiera estar a su altura. No temía a nadie, no sabía lo que era el miedo… Sólo a Silver; ya puedes imaginarte cómo es Silver.
-Sí -contesté-, quizá tengas razón; ojalá. Razón de más para darme prisa y unirme a mis amigos.
-No, compañero -replicó Ben-, espera. Tú eres un buen muchacho, no me engaño; pero eres un mozalbete solamente, después de todo. Escucha: Ben Gunn se larga. Ni por ron me metería ahí dentro contigo, no, ni siquiera por ron, antes tengo que ver a tu caballero de nacimiento comprometerse con su palabra de honor. No olvides repetirle mis palabras: «Toda la confianza (debes decirle esto), toda la confianza del mundo»; y entonces le pellizcas, así.
Y me pellizcó por tercera vez con el mismo aire de complicidad. -Y cuando se necesite a Ben Gunn, tú ya sabes dónde encontrarlo, Jim. En el mismo sitio donde hoy me has encontrado. Y el que venga a buscarme que traiga algo blanco en la mano y que venga solo. ¡Ah! Y debes decirles: «Ben Gunn», diles eso, «tiene sus razones».
-Bueno -1e dije-, creo que te entiendo. Quieres proponer algo y quieres ver al squire o al doctor, y ellos podrán encontrarte en el lugar que yo te encontré. ¿Es eso todo?
-¿Ycuándo?, tepreguntarás tú -me dijo-. Pues desde mediodía hasta los seis toques.
-Muy bien -le contesté-. ¿Puedo irme ahora?
-¿No se te olvidará? -me preguntó con ansiedad-. «Toda la confianza del mundo» y «él tiene sus razones», debes decirles eso. Razones propias; ése es el punto crucial: de hombre a hombre. Y bien, ya puedes irte -dijo, aunque seguía reteniéndome por el brazo-. Pero escucha, Jim, si fueras a encontrarte con Silver… ¿no venderías a Ben Gunn? ¿Ni aunque te torturasen en el potro? No, ¿verdad? Y si esos piratas acampan aquí, Jim, ¿qué dirías tú, si hubiera viudas por la mañana?
Sus palabras fueron interrumpidas por una fuerte detonación, y una bala de cañón quemó las copas de los árboles y se hundió en la arena a menos de cien yardas de donde estábamos. Un minuto después cada uno corríamos en distintas direcciones.
Durante más de una hora las detonaciones estremecieron la isla y los cañonazos continuaron arrasando la espesura. Yo fui de un escondrijo a otro, perseguido siempre, o al menos así me lo parecía, por aquellas descargas. Al final creo que hasta llegué a recobrar el ánimo, aunque aún no me atrevía a dirigirme a la empalizada, porque allí los disparos podían alcanzarme más fácilmente. Así que decidí dar un gran rodeo hacia el este y acercarme a la costa por entre el arbolado.
El sol acababa de ponerse y la brisa del mar agitaba los árboles y rizaba la superficie grisácea del fondeadero; la marea había bajado y dejaba al descubierto grandes zonas arenosas; el fresco de la noche, después de un día tan caluroso, penetraba a través de mis ropas.
La Hispaniola seguía fondeada en el mismo punto, pero en la pena de la cangreja ondeaba la jolly Roger -la negra enseña de la piratería-. De pronto vi que se iluminaba con un rojo fogonazo y la detonación fue contestada por todos los ecos y otra andanada silbó en el aire. Fue la última.
Durante algún tiempo permanecí oculto, observando los movimientos que siguieron al ataque. En la orilla, no lejos de la empalizada, vi cómo empezaban a romper a hachazos el bote pequeño. A lo lejos, junto a la desembocadura del riachuelo, una enorme hoguera brillaba entre los árboles, y desde la playa iba y venía a la goleta uno de los botes con aquellos marineros que yo había visto tan ceñudos a bordo y que ahora remaban cantando al compás de sus bogadas, como chiquillos, aunque en sus voces se percibía la euforia del ron.
Por fin creía que era el momento de intentar alcanzar la empalizada. Estaba a bastante distancia de ella, en la franja arenosa que cierra el fondeadero por el este y que con la bajamar hace camino hacia la Isla del Esqueleto; al ponerme en pie, me pareció ver, en la parte más lejana de la franja de arena, entre unos matorrales, una roca solitaria, lo suficientemente grande y de un raro color blancuzco, que me hizo pensar en la roca blanca de que me hablara Ben Gunn y junto a la que se encontraba el bote que quizá algún día pudiera necesitar.
Fui bordeando el bosque hasta penetrar por la retaguardia de la empalizada, esto es, por el lado de la costa, y no tardé en ser recibido calurosamente por aquellos leales.
Les relaté mi aventura sin perder tiempo, y comencé a hacerme cargo de mi tarea. El fortín había sido construido con troncos de pino sin escuadrar, incluso el piso y el techo, y este último se levantaba a un pie o pie y medio sobre el arenal. Había una especie de porche en la puerta y bajo él brotaba un manantial encauzado por un extraño pilón, que no era sino un gran caldero de barco, desfondado, y hundido en la arena, como dijo el capitán, «hasta la amurada».
Se había cuidado de que todo lo preciso estuviera en el recinto del fortín, y fuera tan sólo se veía una especie de losa, que servía de hogar y una rejilla de herrumbroso hierro para contener el fuego.
Todo el interior de la empalizada en el declive de la duna había sido rozado para levantar el fortín, y como mudos testigos quedaban las rotas cepas que indicaban la vieja y hermosa arboleda. El suelo había sido erosionado por las aguas o por el aluvión, al perder la protección del bosque, y sólo por donde corría el arroyuelo se veía ahora una capa de musgo, algunos helechos y yedra. Pero ya en los límites de la empalizada, el bosque recobraba su densidad -lo que perjudicaba ciertamente nuestra defensa-, pletórico de abetos en las zonas más interiores, y de encinas, hacia el mar.
La brisa fresca de la noche, que ya antes me hiciera tiritar, penetraba ahora por todos los resquicios de la ruda construcción, y rociaba el suelo como una lluvia de arena finísima. La sentíamos en nuestros ojos, la mascábamos, había arena en nuestras caras, en el manantial, hasta en el fondo del pilón, como gachas en una sartén. La chimenea, un agujero cuadrado en el techo, no tiraba bien, y así el humo llenaba la habitación provocándonos la tos y enrojeciéndonos los ojos. A todo esto hay que añadir la presencia de Gray, que yo desconocía, y al que vi con el rostro vendado a causa de una cuchillada que recibió al escapar de los amotinados, y el pobre Tom Redruth, que aún insepulto yacía junto a una pared, rígido y frío, bajo la enseña de la Unión Jack.
Si se nos hubiera dejado permanecer quietos y ociosos, el descorazonamiento hubiera terminado por apoderarse de nosotros, pero el capitán Smollett no era hombre para tolerarlo. Nos hizo formar ante él y nos distribuyó en guardias. El doctor, Gray y yo constituimos una, y el squire, Hunter y Joyce, la otra. Aunque estábamos muy fatigados, dos fueron a por leña y otros dos cavaron una fosa para Redruth, el doctor fue nombrado cocinero y a mí me ordenaron montar vigilancia en la puerta; el capitán no cesaba de ir de unos a otros infundiendo ánimos o ayudando allí donde era preciso.
De vez en cuando el doctor asomaba a la puerta para respirar un poco de aire puro y limpiar sus ojos enrojecidos por el humo, y en cada una de esas salidas aprovechaba para conversar conmigo.
-Smollett -me dijo en una de esas ocasiones-vale más que yo. Y cuando yo afirmo esto, Jim, es mucho lo que digo.
En otra permaneció silencioso largo rato. Después echó hacia atrás su cabeza y me preguntó.
-¿Tú crees que Ben Gunn está cuerdo?
-No lo sé, señor -le respondí-. No estoy seguro de que no esté loco.
-Pues, si existe alguna duda, es que seguramente lo está. Un hombre que ha pasado tres años royéndose las uñas en una isla desierta, no puede esperarse, Jim, que esté tan cuerdo como tú o como yo. La naturaleza humana no es tan firme. ¿Me dijiste que te pidió queso?
-Sí, señor: queso -contesté.
-Y bien, Jim -dijo él-, toma buena cuenta de cuánto vale ser uno persona delicada en sus alimentos. ¿Tú has visto mi cajita de rapé? ¿A que jamás me has visto aspirarlo? Y es porque en mi cajita de rapé lo que en realidad llevo es un trozo de queso de Parma… un queso italiano muy nutritivo. ¡Bien, pues se lo regalaré a Ben Gunn!
Antes de cenar enterramos al viejo Tom en la arena y permanecimos unos instantes junto a su tumba rindiéndole honores. Habíamos hecho buen acopio de leña, aunque no tanta como hubiera deseado el capitán, por lo que nos dijo que «a la mañana siguiente reanudásemos la faena, y con más brío». Nos sentamos a comer y, después de dar cuenta de nuestra ración de cerdo y nuestro vaso de aguardiente, los tres jefes se retiraron a deliberar en un rincón.
Parecían muy preocupados por la escasez de provisiones, ya que podía ser causa de grave apuro, tan grave como para considerar la rendición por hambre mucho antes de que pudiera llegarnos socorro alguno. Convinieron en que lo único que podíamos hacer era seguir eliminando piratas hasta que se rindieran, en el mejor de los casos, o escaparan con la Hispaniola. De los diecinueve sólo quedaban ya quince; y dos estaban con seguridad heridos, uno de ellos, por lo menos -el que hirió el squire en la goleta-, de mucha gravedad, si es que no había muerto también. Por lo que debíamos aprovechar e ir reduciéndolos siempre que se pusieran a tiro, y tratar de resguardarnos nosotros con el mayor cuidado. Pensábamos contar, ademas, con dos excelentes aliados: el ron y el clima.
En cuanto al primero, y aunque los piratas se encontraban a más de media milla de distancia, ya presentíamos su efecto al escuchar las canciones y el alboroto hasta altas horas de la madrugada; y con respecto al segundo, el doctor apostaba su peluca a que, acampando junto a la ciénaga, y sin medicamentos, antes de una semana la mitad de ellos estarían fuera de combate.
-Por eso -nos explicó-, ya se darán por contentos si pueden escapar con la goleta. Es un buen barco, y siempre podrán volver a la piratería, como imagino.
-¡Sería el primer navío que he perdido! -exclamó el capitán Smollett.
Yo estaba muerto de fatiga, como cabe suponer, y cuando logré acostarme, después de tantos acontecimientos, me dormí como un tronco.
Cuando me desperté, los demás ya se habían levantado y hasta almorzado, y la leñera mostraba una pila el doble de alta que el día anterior. Me despertó un gran tumulto y fuertes voces.
-¡Bandera de parlamento! -oí que alguien gritaba; y a continuación, una exclamación de sorpresa-: ¡Es el propio Silver! Me levanté de un salto y frotándome los ojos corrí hacia una de las aspilleras del fortín.
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