Read the book: «Mañana morirás»

Primera edición digital en Panamericana Editorial Ltda.,
mayo de 2020
Primera edición Panamericana Editorial Ltda.,
mayo de 2016
Título original: Morgen wirst du sterben
© 2013 Gina Mayer
© 2013 Ravensburger Buchverlag Otto Maier GmbH, Ravensburg, Alemania
© 2015 Panamericana Editorial Ltda.,
de la versión en español
Calle 12 No. 34-30, Tel.: (57 1) 3649000
www.panamericanaeditorial.com
Tienda virtual: www.panamericana.com.co
Bogotá D. C., Colombia
Editor
Panamericana Editorial Ltda.
Traducción del alemán
Olga Martín Maldonado
Diagramación Diego Martínez Celis
Fotografías de carátula
© Carátula: Best Photo Studio, Alen-D
y Roksolana Zasiadko;
guardas: Cpr62
Diseño de carátula
Rey Naranjo Editores
Producción libro electrónico
eLibros Editorial
ISBN 978-958-30-5214-9 (impreso)
ISBN 978-958-30-6105-9 (epub)
Prohibida su reproducción total o parcial
por cualquier medio sin permiso del Editor.
Hecho en Colombia - Made in Colombia

Contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Epílogo
Muchas gracias
La autora: Gina Mayer
A TRAVÉS DE LA REJILLA veo la planta seca en la matera que la señora Franz puso en el alféizar de la ventana de la escalera y una lata de gaseosa aplastada al lado. Y a Sören, que baja corriendo. Él está en mi curso, pero no es mi amigo. La semana pasada me metió la cara en la caja de arena del parque hasta que se me llenaron de arena los ojos y la nariz y la boca, y casi me ahogo. Pero uno no se ahoga tan fácilmente, según él.
Sören clava la mirada en la rejilla y en mi ojo izquierdo. Yo me aparto, del puro susto, y casi me caigo del taburete. Pero él no puede verme desde afuera. ¿O sí?
Cuando vuelvo a mirar por la rejilla, alcanzo a ver su cabeza en la escalera; después desaparece. Veo la planta seca, la lata aplastada y un moscardón que choca contra la ventana.
No veo a papi.
Mamá está en la cocina, hablando por teléfono con Harry. La oigo pelearse. “No puedo trabajar bajo presión”, se queja. “¡Es imposible, no soy una máquina!”. Después grita “¡mierda!”, arroja el teléfono a la mesa y azota las puertas del armario, como si ellas tuvieran la culpa.
Harry no es amigo de mamá sino algo distinto, pero no sé qué exactamente.
—¡A comer! —grita mamá—. ¿Me puedes decir por qué te la pasas pegado a la puerta? ¡Eso no hará que llegue antes!
Lo sé. Pero quiero ver cómo su cabeza aparece justo en el lugar por donde acaba de desaparecer la de Sören. Papi sabe que estoy detrás de la rejilla y me sonríe al subir por la escalera.
Capítulo 1
MARILYN MONROE ERA TALLA CUARENTA Y DOS.
Esa era la frase que mantenía viva a Sophia. Su mantra. Cuando se sentía particularmente mal, la murmuraba para sus adentros.
Como ese día. Era lunes, y los lunes siempre se sentía mal. Los lunes tenía Educación Física en las dos primeras horas y debía cambiarse en el vestuario.
Desvestirse. Eso era lo peor. En el grupo de voleibol había otras veinte chicas, y todas eran talla treinta y seis. Menos Britta, que era treinta y dos. Y Sophia, por supuesto. Sophia era talla cuarenta y dos, como Marilyn Monroe.
Esa era considerada una talla especial en la actualidad. Las mujeres talla cuarenta y dos eran gordas. Pero Marilyn, la diosa, el símbolo sexual, no era gorda sino perfecta. Pero aquellos eran tiempos pasados, por desgracia. Al igual que ese ideal de belleza. Y Marilyn Monroe estaba muerta.
Sophia se bajó los jeans. Pero estos no se deslizaron suavemente por sus caderas como los pantalones entubados que Luzie acababa de quitarse; tuvo que “pelarlos” de sus muslos y sus pantorrillas como la piel de una salchicha. Luzie se sacó la blusa por la cabeza y la colgó del perchero. Y solo entonces empezó a buscar la camiseta en el interior de su morral. Estaba en ropa interior, pero aun así se tomó todo el tiempo del mundo para aquella búsqueda. Y bien podía tomárselo, pues tenía un cuerpo tonificado, bronceado e increíblemente esbelto.
Pero el asunto era muy distinto en el caso de Sophia. Ella tenía que apresurarse, quitarse los jeans y ponerse la sudadera inmediatamente para que las demás no alcanzaran a ver sus piernas blancas y flácidas.
—¿Lista? —preguntó Emily entonces.
—Un segundo —respondió Sophia y sacó la chaqueta de la sudadera.
Después se puso roja al darse cuenta de que no le había preguntado a ella, sino a Luzie. La época en que Emily la esperaba se había acabado.
—Lista.
Luzie se apresuró, se vistió, agarró la botella de agua y corrió al gimnasio con Emily sin siquiera volverse a mirarla.
—Marilyn Monroe era talla cuarenta y dos —murmuró Sophia.
Y se sobresaltó cuando alguien se rio detrás de ella.
Britta.
Britta era bajita, flaquita y pecosa, y usaba retenedor, aunque ya tenía dieciséis años. Y llevaba años tratando de hacerse amiga suya, pero lo último que Sophia necesitaba era una amiga menos popular que ella.
—Es una leyenda —dijo Britta.
—¿Qué? —preguntó Sophia.
—Eso de que Marilyn Monroe era talla cuarenta y dos. No es cierto. Era treinta y ocho.
—Mentira —dijo Sophia, insegura.
—Treinta y ocho ya es un montón. Es decir… para una actriz. Hoy sería impensable. Gordísima —dijo Britta antes de salir.
Era su venganza porque Sophia no la había invitado a su cumpleaños. Pero eso no era ningún consuelo. Marilyn Monroe era talla treinta y ocho.
El silbato del profesor Baumgart resonó en el gimnasio y las suelas de goma rechinaron en el piso. Sophia habría querido ponerse a llorar.
Después de la clase de Educación Física seguía el recreo. Enseguida Física. Mal. Pero al menos no tenía que cambiarse para eso.
Sophia salió del gimnasio apresuradamente, con el morral de deportes bajo un brazo y el de los cuadernos bajo el otro. Se sentía asquerosa, como siempre después de Educación Física, porque nunca se duchaba sino que simplemente se secaba el sudor. Luego se echaba desodorante, y listo.
No había que mirarse al espejo. Solo había que salir. Y atravesar el patio central con la cabeza gacha.
—¿Sophia?
Ella se detuvo, miró alrededor y se encontró con puras caras desconocidas.
—¿Eres Sophia Rothe?
Un hombre joven se le acercó. Era un chico bastante apuesto que le resultaba conocido. Pero no sabía de dónde.
—¿Qué pasa?
—Soy Felix. Amigo de tu hermano. Nos conocimos hace poco, en el partido de bádminton.
Ah, claro. Felix. El compañero de bádminton de su hermano. Había jugado contra Moritz en la final del torneo del fin de semana. Y había ganado Moritz, por supuesto. Moritz ganaba siempre.
—¿Dónde está? —preguntó Felix.
—¿Quién?
—Tu hermano.
—Ni idea. En casa, supongo.
—¿En casa? Pero… él estudia en este colegio. Eso me dijo el domingo.
—Estudiaba. Como ya presentó las pruebas escritas, no tiene clases. Mañana presenta las orales.
Felix se dio una palmadita en la frente.
—¡Qué idiota! Claro que me lo dijo. Bueno, tal vez tú puedas ayudarme.
—¿Qué necesitas?
Con el rabillo del ojo, Sophia vio que Luzie y Emily acababan de salir del gimnasio. Sintió sus miradas. Cómo miraban a Felix. Cómo la miraban a ella y de nuevo a Felix. Y supo perfectamente lo que pensaban: “¿Quién es ese, y qué diablos hace con ella?”. Le hacía bien sentir esas miradas. Y habría querido quedarse así mucho tiempo, hasta que todo el equipo de voleibol hubiera pasado por su lado.
Felix rebuscó en su morral y sacó un llavero.
—Toma. Lo encontré esta mañana entre mis cosas de deporte. ¿Es de tu hermano?
Las llaves. Moritz las había buscado por todas partes. La llave del edificio, la del apartamento, la de la taquilla, la de la bicicleta; las tenía todas en el llavero que no encontraba desde el domingo. Su papá había llamado ya a un cerrajero para que fuera a cambiar las guardas, lo cual habría costado un dineral. Pero no las habían cambiado aún, por fortuna.
—No tengo ni la menor idea de cómo fue a parar allí su llavero —dijo Felix—. Tal vez se equivocó de morral, pues el mío estaba al lado.
—Seguramente se alegrará de saber que lo tienes tú. ¿Lo llamaste?
—Tiene el celular apagado. Por eso vine directo al colegio. Qué tonto. Pero qué bueno que me encontré contigo.
—Espera.
Sophia sacó el celular del morral y llamó al teléfono de la casa. Moritz contestó después de que timbrara unas ocho o nueve veces. Sonaba dormido; probablemente lo había despertado. “Qué envidia”, pensó Sophia. A solo un día de los exámenes orales y no hace más que dormir, como si nada. Ella, en cambio, llevaría horas sentada al escritorio, estudiando, echando humo por la cabeza, para luego sacar malas notas de todos modos.
—¿Qué pasó? —preguntó su hermano, un tanto irritado por la llamada.
—Te necesita la Policía —dijo Sophia antes de pasarle el celular a Felix.
—Tu hermano estaba muy aliviado —le dijo Felix a Sophia después de haberle comunicado la buena noticia a Moritz—. Qué suerte que no hubieran cambiado aún las cerraduras. —Le entregó el llavero—. Dale muchos saludos a tu hermano de todos modos. Pasado mañana lo veré en bádminton.
—Claro.
—Supongo que tienes clase ahora.
—Física. —Sophia hizo una mueca—. Mi materia favorita.
Felix se rio.
—A mí tampoco me gustaba. Pero es una lástima, estoy libre ahora por la mañana. Te habría invitado a un café o algo…
—A las diez y veinte tengo una hora libre —se apresuró a decir Sophia, y la sangre se le subió a la cara antes de terminar.
Se puso rosada, roja, morada. “Cómo se puede ser tan tonta”, le oyó decir a Emily, aunque ya no estaba por allí. Durante el poco tiempo que habían sido amigas, Emily le había explicado las cinco reglas más importantes del arte de coquetear. La primera era no dar nunca (nunca, nunca) el primer paso. Las otras cuatro se le habían olvidado. Y no las necesitaba, pues ya lo había estropeado desde el principio.
Vio que Felix dudaba; seguramente estaría pensando en cómo zafarse.
—No te preocupes —dijo Sophia, aunque él no había dicho nada—. Era solo una idea. Y ahora sí tengo que irme.
Pero la campana no había sonado todavía.
—Excelente idea —dijo Felix finalmente—. Te recojo a las diez y veinte en la entrada principal. ¿Conoces algún café por aquí cerca?
—No —dijo Sophia—. Quiero decir, por supuesto que conozco un café, pero no tienes que volver hasta aquí por mí. Podemos vernos otro día.
El corazón le latía a toda velocidad, las manos le sudaban, las piernas le temblaban. ¿Se daría cuenta él de lo agitada que estaba?
—Te recojo —dijo Felix.
Sophia quería decirle que no hacía falta, pero tenía la boca tan seca que no podía musitar ni una palabra. La abrió y la cerró como un pájaro moribundo.
—¿No tenías que irte ya? —preguntó él.
Ella asintió con la cabeza, alzó la mano y echó a correr sin despedirse.
La clase de Física pasó ante los ojos de Sophia como una película. Se pellizcó el brazo derecho con la mano izquierda y el izquierdo con la derecha, varias veces, mientras pensaba que Felix debía estar por ahí, matando el tiempo, molesto.
Ir a tomar café con una gordita de dieciséis años, qué buen plan.
“Pero ni siquiera me he duchado”, pensó de pronto. Y volvió corriendo al vestuario en el descanso, cuando se estaban cambiando unas alumnas de cuarto. Se arrancó la blusa e inclinó el tronco sobre el lavamanos mientras abría la llave. El agua helada chorreó sobre su pelo y, al levantar la cabeza, espantada, se golpeó la frente con el borde del lavamanos. Y al enderezarse, con cuidado, se encontró rodeada por un montón de niñas que la miraban boquiabiertas. Entonces se dio cuenta de que había dejado la toalla en el salón.
—¿Alguna de ustedes me puede prestar una toalla?
Ninguna contestó. Todas la miraron horrorizadas, como si hubiera sacado un arma.
—¡Miren! —Sophia se sacó un billete del bolsillo y lo agitó en el aire—. ¡Recompensa!
Una pelinegra bajita agarró el billete con las puntas de los dedos y le pasó su toalla. Y se quedó observándola, absorta, mientras se secaba.
Pero no sirvió de mucho. Su pelo era igual al resto de su cuerpo: grueso. Unos rizos salvajes, incontrolables. Y si se mojaban, se quedaban mojados.
Sophia devolvió la toalla y regresó corriendo al edificio principal. Cuando llegó al salón de Física, estaba otra vez bañada en sudor. Y ahora tenía un chichón en la frente.
Diez minutos. Cinco. Cuatro. Tres. En dos minutos, Felix la esperaría en la entrada principal. El bello e interesante Felix, por el que habían girado la cabeza Luzie y Emily, esperaría a Sophia. La que se veía muy mal hacía un rato en el patio del colegio y ahora se veía aún peor. Su pelo caía húmedo y pesado sobre sus hombros; solo la parte de arriba estaba seca y despeinada. Y el chichón estaba enorme y rojo.
“No iré”, pensó. Él se molestará un poco al principio, pero después se sentirá aliviado. Mejor no voy. Que Moritz le diga que me enfermé. Cuando sonó la campana, Sophia guardó las cosas tranquilamente, caminó hasta la escalera con el corazón desbocado, bajó los escalones, uno tras otro, llegó al vestíbulo y pasó por delante de la sala de profesores.
“Me esconderé en la sala de cómputo”, decidió. Pero la decisión se quedó en su cabeza y no bajó a sus pies, que no se dirigieron a la sala de cómputo sino a la salida, por la puerta abierta, hacia afuera, y solo se detuvieron entonces. Cuando ya no había vuelta atrás.
Sophia miró a su alrededor. Felix no estaba allí. “Me dejó plantada”, pensó. Y la agitación la abandonó en ese instante para dar paso a una sensación de vacío. “Por supuesto”, qué más podía esperar.
Entonces oyó el pito. Y lo vio. El auto estaba justo delante de la entrada del colegio, y Felix agitaba la mano por la ventanilla abierta.
—¡Sophia! —gritó, y ella volvió a tener la sensación de que todos los estudiantes giraban la cabeza para mirarlo. Entonces agitó también la mano y sintió las miradas clavadas ahora en ella y disfrutó de la atención.
Caminó despacio hacia el auto. Cada paso se sentía bastante bien.
El café no era realmente un café, solo un par de mesas altas en una panadería. Ellos eran los únicos clientes.
Felix pidió un macchiato, pero la máquina de espresso estaba dañada.
—Solo hay café de filtro —dijo la mesera de mala gana—. ¿Quieren comer algo?
—No, gracias —dijo Sophia; Felix tampoco quería nada.
La mesera desapareció detrás de la barra y le echó una mirada melancólica al crucigrama que había tenido que dejar de lado por su culpa.
Sophia tragó saliva. La emoción que había sentido antes había desaparecido. Felix estaba allí solo, porque ella se le había pegado descaradamente, porque era demasiado cortés para quitársela de encima.
Él sonrió. Probablemente habría querido mirar el reloj, pero eso también se lo prohibía su cortesía.
“¡Di algo!”, se ordenó Sophia mentalmente. El silencio solo lo empeoraba todo aún más.
—¿Ya terminaste el colegio? —preguntó ella finalmente.
—Hace bastante. Pero no me gradué. No soy un superdotado como tu hermano. Me salí en noveno, pero mi mamá me obligó a sacar el título de bachiller ahora.
—Huy, menos mal.
—Sí, ahora también pienso lo mismo. Pero al principio me pareció terrible.
—Quería decir que menos mal que no eres un superdotado como Moritz.
Felix se rio.
—Bueno, a veces me gustaría que todo se me diera tan fácilmente. Él es impresionante, ¿no? Me contó que quiere presentarse a Medicina…
—Y lo aceptarán. Tiene un promedio excelente.
—Pues mi promedio al final era apenas aceptable.
—El mío no es mucho mejor.
Pero seguramente a Felix no le habían importado las notas en aquel entonces y seguramente no había movido ni un dedo en el colegio. En cambio, Sophia se esforzaba y estudiaba como loca, pero no pasaba de la media.
La mesera les llevó el café. Al pasar las tazas de la bandeja a la mesa, la mitad del contenido se regó en los platillos.
—¡Ups! —exclamó Sophia.
La mujer la atravesó con la mirada.
—Puede pasar, ¿no?
—Claro —dijo Sophia y soltó una risita, porque Felix había hecho una mueca de pánico a espaldas de la mesera, que giró la cabeza y lo miró con desconfianza. Pero él había vuelto a sonreír inocentemente.
—Ya traigo un trapo —dijo la mujer, y desapareció.
—¡Salud! —Felix alzó la taza goteante—. ¡Por nosotros, los fracasados! Me alegro de que no me desprecies. —Bebió un sorbo—. ¡Puaj! —exclamó y bajó la taza, asqueado—. Sabe a cartón destilado.
—¿Y por qué sabes cómo sabe el cartón destilado?
—Porque era lo único que tomábamos en casa. Éramos siete hijos, y éramos muy pobres.
—Huy, lo siento. No me extraña que te fuera mal en el colegio entonces. Supongo que no podías concentrarte por el hambre.
—Peor. El profesor me sacaba de clase porque el estómago me crujía tanto que los demás no podían concentrarse.
—Uf.
—¿Y tú? ¿También llevas un pasado difícil a cuestas? —preguntó Felix, inclinó la cabeza y la miró.
Esa mirada. Ligeramente burlona y bastante curiosa y muy, muy cálida. Sophia sintió que le cruzaba el pecho y le llenaba el cuerpo de una calidez hormigante; el calor se le subió de pronto a la cabeza y le hizo arder la cara. Rosada, roja, morada. ¡Maldición!
Por fortuna, la mesera volvió con el trapo y secó primero la taza de Felix, después la de Sophia.
—A sus órdenes, sus señorías —dijo con tono amenazante antes de regresar precipitadamente a su crucigrama.
Sophia se enteró de que Felix trabajaba en una tienda durante el día y estudiaba por las noches para graduarse de bachiller. Jugaba bádminton dos veces por semana y solía ir al cine. Le gustaban los Foo Fighters, Green Day y Nirvana, de los que Sophia solo había oído los nombres.
—Es que son viejísimos —rio Felix—. Como yo.
Tenía veinte años, cuatro más que ella.
—¡Eso no es tanto! —protestó Sophia, y pensó: “Es perfecto. Veinte y dieciséis. Somos el uno para el otro”.
—¿Qué piensas hacer después de graduarte?
—Quiero estudiar.
—¿Qué?
—Eso te lo contaré cuando nos conozcamos mejor —dijo Felix.
Cuando nos conozcamos mejor. Eso sonaba muy prometedor.
—Pues me muero de la curiosidad —dijo Sophia.
—¿A qué hora tienes que volver al colegio? —preguntó él, casualmente.
Ella le echó un vistazo al reloj.
—¡Ay, Dios! —gritó tan fuerte que a la mesera se le cayó el lápiz del susto—. ¡Tendría que haber vuelto hace rato! Ya empezó la sexta hora de clases.
—Entonces no hace falta apresurarse. —Felix le hizo una seña a la mesera—. La cuenta, por favor.
Mientras Felix la llevaba de vuelta al colegio, Sophia volvió a ponerse muy silenciosa. “Eso fue todo”, pensó. Me soltará en la entrada, se marchará y me olvidará.
De pronto, estaba totalmente convencida de que él tenía novia. “Es tan lindo y gracioso e inteligente”, pensó. Alguien así nunca está solo. Y aunque lo estuviera, ¿se interesaría precisamente en alguien como ella?
La bomba, solían llamarla antes. Eso se lo había contado Emily. Quizá la llamaban así todavía y ella no se daba cuenta.
—¿Qué pasa? —preguntó Felix—. Estás muy callada. ¿Hice algo mal?
Sophia negó con la cabeza.
—No, nada.
Él lo había hecho todo bien. Y ella se había enamorado perdidamente.
—Oye —dijo Felix—. ¡Solo faltaste a una clase! No van a echarte por eso. Créeme, yo tengo experiencia.
Sophia se rio, pero sonaba a risa forzada.
—Puedo entrar contigo, si quieres. Y decirle a tu profesor que te caíste y perdiste el conocimiento por un momento. O que el guardia de mi tienda te sorprendió robando.
—¡Qué buena idea! Pero mejor no. En la sexta hora de clase tenemos a la profesora Baumann, y dudo de que le parezca gracioso.
—¿Qué enseña?
—Música.
—¡Huy! Qué mal. Los profesores de Música suelen tener complejo de inferioridad.
Habían llegado al colegio. Felix se detuvo en la entrada y apagó el motor, aun cuando estaba prohibido estacionarse allí.
—¿Qué es lo que te pasa? ¿Quieres que te acompañe y diga que yo tuve la culpa? Soy un excelente chivo expiatorio, créeme.
—No digas tonterías. —Sophia negó con la cabeza. Aunque la idea de pasearse por el colegio con Felix a su lado era más que tentadora—. Puede que tenga suerte y la profesora Baumann no se haya dado cuenta de mi ausencia.
—Como quieras. Pero me avisas si te trata mal. ¿Oíste?
—Seguro.
Entonces Felix se inclinó, y Sophia contuvo la respiración. Su rostro estaba tan cerca del de ella que le quitaba el aliento. Le tocó el chichón de la frente con la punta de los dedos.
—¿Qué hiciste? ¿Trataste de atravesar una pared con la cabeza?
—Eso te lo contaré cuando nos conozcamos mejor —jadeó Sophia.
Y él se rio y le dio un beso. Solo en la mejilla, y muy rápido. Pero de todos modos, un beso.
—Bueno —dijo Felix en voz baja—. Nos vemos.
“¿Nos vemos?”. ¿No podía ser un poco más específico? Pero no vayas a estropearlo ahora, Sophia, se ordenó.
—Bueno —dijo.
Buscó la manija de la puerta y se bajó. Y sintió que el suelo se movía, como si estuviera borracha.
“Tiene que ser amor”, pensó. Ya se había enamorado un par de veces: de Timo, que estaba en el curso paralelo, y después de Frederick, del grupo de teatro del colegio. Pero nunca había sentido algo parecido, tan profundo y poderoso y real.
La ventanilla del copiloto se abrió de repente.
—¡Te llamo! —gritó Felix—. ¡Cuídate!
Después encendió el motor y se marchó.
—Adiós —murmuró Sophia.
Y tuvo que hacer un esfuerzo gigantesco para no alzar la mano y tocarse la mejilla. La mejilla que acababa de besar Felix. Como la estúpida heroína de una estúpida película romántica.
—¿Quién era ese? —preguntó Eva, que estaba fumando junto a la puerta—. ¿Tu novio?
Sophia se encogió de hombros y se limitó a caminar por su lado. “Te llamo. ¿Pero cuándo? ¿Cuándo?”, pensó.
—Faltaste a Música —le gritó Eva por detrás—. La profe estaba furiosa.
Era el mundo al revés. Sophia se había enamorado y flotaba en las nubes, mientras su hermano, el brillante, exitoso y superdotado Moritz, había fracasado. Por primera vez en su vida, justo en el momento definitivo.
—Por Dios, Moritz —dijo su papá anonadado—. ¿Qué pasó?
Él era ginecólogo y estaba encantado de que su hijo quisiera seguir sus pasos al estudiar Medicina. “Es maravilloso que el oficio permanezca en la familia”, decía. Como si estuviera hablando de una joya que se pudiera heredar de generación en generación.
—¿Estabas nervioso? —preguntó su mamá.
Pero Moritz nunca se ponía nervioso en los exámenes. ¿Por qué habría de ponerse nervioso? Siempre había sacado excelente, desde primaria.
—¿Moritz? ¿Hola? —El señor Rothe se inclinó hacia delante y trató de mirar a su hijo a los ojos. En vano. Moritz tenía la mirada clavada en el huevo frito que tenía por delante, en la mesa—. ¿Qué le pasa? —le preguntó entonces a su hija, pero bien podía haberle preguntado al huevo.
Sophia no tenía idea de qué le había pasado a Moritz en los exámenes orales. Ella y su hermano eran dos mundos, dos sistemas solares, que se comunicaban solo cada par de años luz… “¿Sabes dónde está mi cargador?”. “No”. “¿Me prestas el tuyo?”. “Si lo encuentras”. Después volvía a reinar un silencio sepulcral.
—¿Acaso los evaluadores te acosaron? —preguntó la señora Rothe, cautelosa.
—Para eso hay un protocolo —dijo el señor Rothe—. Si fueron injustos contigo, tienen que repetir el examen.
Moritz se limitó a negar con la cabeza y apartó el plato.
—Todos deberían saber que no pueden valer solo ese examen —comentó su mamá—. Has tenido un promedio excelente todos los años.
—Todo estuvo en orden —dijo Moritz; su voz sonaba ronca, como si estuviera enfermo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó su papá.
—Que me bloqueé. Eso pasa.
—¿Pero por qué? Si todo lo demás lo lograste a ojo cerrado.
—¿Cómo es posible que todo dependa de una última nota? —preguntó la señora Rothe.
Moritz alzó la cabeza, pero seguía sin mirar a sus papás, atravesándolos con la mirada. Tenía el rostro muy pálido, los ojos brillantes.
—Moritz —dijo el señor Rothe, horrorizado—. ¿Qué te pasa?
—Nada. —Empujó hacia atrás el asiento y se levantó abruptamente—. No tengo hambre, lo siento.
Y se largó.
Moritz, su hermano mayor. Adondequiera que ella fuera, él ya había estado allí. Y le alumbraba el camino, cual modelo reluciente.
“Yo le di clases a tu hermano”, decían los profesores al comenzar el año, encantados, al leer su apellido en la lista. “¿Eres la hermana de Moritz? Es un gran deportista”, había dicho el entrenador de bádminton. Hasta el odontólogo lo conocía y hablaba de sus dientes impecables. “Puedes aprender mucho de él”, decían. No directamente, pues todo el mundo sabía que no se debía comparar a los hermanos. Pero lo decían sus rostros. Y sus comentarios decepcionados cuando la habían conocido un poco mejor. “Son distintísimos, tu hermano y tú”. “Así es”, decía Sophia.
El mundo entero adoraba a su hermano, menos ella. “Las cosas serían más fáciles para mí si él no estuviera”, pensaba con frecuencia. Y añoraba el día en que él se fuera finalmente de la casa a la universidad.
Sin embargo ahora, después de haber conocido a Felix, se lamentaba de tener tan poco en común con Moritz. Si se hubieran entendido mejor, habría podido preguntarle por su amigo. Quería saberlo todo. Cómo se habían conocido, si eran solo compañeros de bádminton o también amigos. Dónde vivía, qué le gustaba comer, si realmente tenía seis hermanos y qué hacía aparte de jugar bádminton. Si tenía novia. Eso era lo que más le interesaba, por supuesto.
Pero tal como estaban las cosas, no tenía ningún sentido preguntarle. Él se limitaría a sonreír despectivamente. “Olvídate, Sophia. Es demasiado grande para ti. O demasiado pequeño… dadas tus dimensiones”.
Felix. Felix. Felix. No podía pensar en nada más. “Llámame”, pensó melancólicamente. “¡Por favor! Aunque no sientas nada por mí. Podríamos ser amigos”. Con tal de estar cerca de ti…
Sacó el celular. Ningún mensaje nuevo, ninguna llamada perdida. Felix no tenía su número, pero podía pedírselo a Moritz. Su mirada se posó en la postal que había pegado en la pared sobre el escritorio. Marilyn Monroe. Talla treinta y ocho, no cuarenta y dos. “Gordísima”, le oyó decir a Britta una vez más. Entonces se empinó, arrancó la postal y la arrojó a la basura. Después encendió el computador. “Felix”, escribió en el buscador de Google. Y borró las letras. No tenía sentido. Ni siquiera sabía cuál era su apellido.
¡Ding! El notificador del correo electrónico le mostró siete mensajes sin leer, y el corazón le latió apresuradamente. Tal vez Felix le había enviado uno. Eso no se le había ocurrido sino hasta ahora. Pero la idea no era absurda. La dirección electrónica de Moritz y la de Sophia se diferenciaban solo por el nombre. Si Felix conocía la de su hermano, también conocía la de ella.
Abrió la bandeja de entrada. Publicidad, publicidad y más publicidad. Un mensaje del director del coro con las nuevas fechas de los ensayos. Solicitudes de amistad de Facebook. Un mensaje sin asunto y sin remitente. “Basura”, pensó Sophia. “¿O Felix?”. Aunque él no tenía ningún motivo para enviarle un mensaje anónimo. En todo caso, los dedos le temblaban tanto que tuvo que dar tres veces clic en el mensaje para poder abrirlo.
De pronto, tuvo la sensación de que Felix estaba allí a su lado, mirándola, con la cabeza ligeramente inclinada, y el cuerpo volvió a llenársele de aquella calidez. Entonces leyó el mensaje. Una vez. Dos, tres veces. Sin entender nada. Y volvió a leerlo hasta que las palabras penetraron finalmente en su cerebro. Ahora ya no sentía calor sino frío, tanto que tiritaba.
Tenía que ver con Sarah, sin duda. Con lo que le habían hecho a Sarah. “¡Pero si yo no fui!”. Todo había sido idea de Emily. Las demás le habían seguido la corriente. Todas, incluida ella. Y quienquiera que hubiera enviado aquel mensaje lo sabía.
“¡VEN YA MISMO A COMER!”, grita mamá. Ella puso la mesa: tres platos, tres vasos y cubiertos, pero solo en un plato hay un pan con paté, y en un vaso hay jugo; eso es para mí.
Mamá y papi comen la comida que él trae, pues papi necesita algo decente después del trabajo, pero mamá no sabe cocinar. No sabe cocinar porque no quiere. Una vez hizo un puré de papa con salchichitas; el puré se le quemó y las salchichitas se reventaron. En esa época vivíamos todavía en la antigua casa, pero no quiero pensar en eso. Aunque no puedo evitarlo. Cuando la antigua casa se mete en mi cabeza, no puedo sacármela. Entonces tengo que recordar a papá gritándole a mamá, arrojando a la basura el puré junto con la olla, y las salchichitas, y a mamá riéndose, y a papá dándole una bofetada. Pero mamá siguió riéndose, aunque le sangraba la nariz. Ella no tenía miedo, pero yo sí.
Aprieto la cara contra la puerta; tanto que me duele la frente. Así empujo hacia atrás las imágenes de papá, hasta que desaparecen en alguna parte de mi mente. Miro la escalera a través de la rejilla y veo la planta en la matera y la lata vacía. La mosca ya no está. Papi tampoco.
Cuando papi llega, primero tiene que comer y luego bebe una copa de vino con mamá, y después juega conmigo. Construimos una fábrica de Lego. “Una fábrica de hacer realidad los deseos”, dice papi. Metes un deseo por delante, este viaja por una banda transportadora hacia una máquina y por detrás sale exactamente lo que deseaste.
Pero algo así no existe en la realidad, solo en el juego; si no, yo ya habría metido mis deseos en la fábrica de hacerlos realidad. Entonces papi no volvería a levantarse y decir “Bueno, me voy” antes de ponerse el abrigo. Y dormiría en la habitación con mamá y desayunaría con nosotros por la mañana y me llevaría al colegio. Y tal vez Sören me dejaría en paz.
—¡Ven a comer! —dice mamá—. Ahora mismo. Ya son las siete.
Yo me bajo del taburete y me dispongo a ir cuando oigo un ruido en la escalera. Entonces subo de nuevo al taburete y miro por la rejilla y allí está.
Está frente a la puerta y timbra. No puedo verle la cara, solo el hombro, pero sé que está riendo.
Capítulo 2
JULIE CERRÓ LA PUERTA y dejó caer el bolso al lado. Se recostó de espaldas en la puerta y cerró los ojos. Lo había logrado.
Los rayos del sol centellearon a través de sus párpados, rojizos. El apartamento olía a pintura fresca, a detergente con aroma a limón y a polvo. Su apartamento. Su primer apartamento.
El día anterior habían llevado sus muebles del barrio de Lohbrügge al de Ottensen. Cuatro viajes con la furgoneta pequeña de Joe. Un armario, un escritorio, su colchón grande. Las estanterías. El equipo de sonido. Un par de cajas con libros, ropa, vajilla. Eso era todo. No tenía más. No necesitaba más. Ahora tenía todas sus pertenencias allí, y todo estaba bien.
—Es probable que las primeras noches sean duras. Sola, por primera vez —le había dicho Esther al despedirse.
“Lo dudo”, pensó Julie. Lo difícil era lo que había superado. Los últimos dieciocho años de vida. La vida con Marianne, su sobrexcitada madre, que cambiaba de ánimo constantemente y podía comprar tres kilos de salmón fresco al mediodía para luego echarlos a la basura por la noche, porque no soportaba el olor a pescado. Que pintaba el vestíbulo de verde claro, rosa y amarillo una semana para luego pedirle al pintor que lo empapelara de blanco. Que desesperaba a todos sus amigos, conocidos y vecinos con su supuesto regreso a la escena. “Será un éxito. Mi mánager está muy optimista”, decía.
A finales de la década de 1990, Marianne había grabado un disco con un sello musical independiente. Su canción Paranoia había estado una semana en el top cien alemán. Se había presentado en algunos clubes de Hamburgo y había estado un par de veces en Berlín, Bremen y Osnabrück. Pero había quedado embarazada en plena gira (como decía para presumir). Y Julie había puesto punto final a su carrera. Eso le contaba a todo el que quería escuchar, y al que no quería escuchar también. “La industria musical es muy dura. Una madre soltera no tiene la menor oportunidad. Nada, cero”.
“Lo importante es que tienes una excusa”, pensaba Julie.
Abrió los ojos y respiró profundamente. Todo eso estaba superado. Las mentiras y disculpas de su mamá. Todas sus tonterías y sus ínfulas y sus caprichos. “Eso ya no es asunto mío”, pensó.
Ahora era libre. En el semestre de invierno, empezaría sus estudios en la Escuela de Teatro de Hamburgo. Y aunque faltaban más de tres meses para eso, había alquilado un apartamento desde ya.
—Pero si la beca solo empiezan a pagártela en septiembre. ¿Cómo piensas pagar el arriendo mientras tanto? —había preguntado Marianne.
—Trabajando. Es un concepto absurdo, mamá. Vas a trabajar y te pagan con dinero y vives de eso —había contestado.
Después se había mudado.
Y ahora estaba allí. Los rayos del sol entraban por las ventanas y caían sobre los paquetes y las cajas que había apilado contra la pared la noche anterior. El viejo florero de cristal de su abuela debía estar en una de las cajas. Julie había marcado los lados con rotuladores: libros, discos, baño, cocina.
La caja con la vajilla estaba debajo de todas, por supuesto. Entonces movió las demás y sacó el florero. Le echó agua, les quitó el papel a las caléndulas que había comprado en el mercado, las acomodó en el florero y lo puso en el escritorio junto al portátil. Y los rayos del sol cayeron exactamente sobre las caléndulas amarillas, las hicieron brillar y se refractaron en las facetas del cristal.
“Qué bonito”…
Julie se preparó una taza de café instantáneo con leche caliente y salió al balcón, que no era un balcón en realidad, sino un diminuto saliente detrás de las puertaventanas de la cocina. Pondría unas materas en la reja y sembraría unos geranios. “Florecitas de burgueses”, le oyó decir a su mamá en su mente.
—Tú no te metas —murmuró.
En ese momento, había solo un platillo desportillado en el piso, lleno de colillas aplastadas. Asqueada, Julie echó las colillas en la bolsa de basura que colgaba de la puerta. Su mirada se paseó después por la cocina vacía. Al día siguiente, le llevarían los muebles. Y apenas los hubieran armado e instalado, cocinaría todas las noches. “No más papas fritas ni pizzas ni comidas congeladas”, pensó. La comida chatarra era cosa del pasado, al igual que su mamá.
Julie se estremeció al oír el timbre. “Marianne”, pensó.
Pero era un hombre joven, desconocido. Jeans sucios, camiseta desteñida, pelo desgreñado, barba de tres días. ¿Qué hacía ese tipo allí? ¿Mendigar?
—Espero no molestar —dijo—. Acabo de mudarme al primer piso.
“Por Dios”, pensó Julie. “¿Qué clase de gente vive en este edificio?”.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Quería saber si podrías prestarme unos alicates —dijo él.
—Lo siento. Mis herramientas están empacadas todavía. Yo también acabo de mudarme.
—¿De verdad? ¡Qué casualidad! —El tipo le tendió la mano—. Christian.
—Hola.
Julie dudó brevemente, y él se dio cuenta de que tenía la mano sucia y se la limpió en el pantalón.
—Lo siento. Estoy instalando la cocina. Es una pesadilla, te cuento.
Julie sonrió.
—A mí todavía me espera esa función.
El tipo parecía amable, en realidad. Un poco descuidado, pero si llevaba el día entero trabajando en la cocina… “En todo caso, parecía ser hábil con las manos. Y eso puede resultar muy práctico”, caviló Julie.
—Lo de los alicates está difícil. Pero podría ofrecerte un café…
—¡Fantástico! —exclamó Christian con una sonrisa radiante.
Al menos los dientes eran blancos.
—Solo tengo Nescafé.
—Mi marca favorita.
Entonces Julie le preparó uno; después se ubicaron los dos frente a la ventana de la cocina, con las tazas en la mano.
—¿Y? —preguntó Christian—. ¿De dónde eres?
—De Lohbrügge —respondió Julie.
—¿Eso dónde queda?
—Aquí en Hamburgo. A las afueras. No hay nada allí. Nada.
Él se encogió de hombros.
—No conozco mucho. Soy de Bonn.
—Nunca he estado allí.
—No hay nada allí tampoco.
Christian bebió un sorbo de café e hizo una mueca.
—¿Tan feo está? —preguntó Julie.
—No. Caliente.
—Me llamo Julie, por cierto.
—Tienes un apartamento muy bonito, Julie. El mío es mucho más pequeño y oscuro.
—Gracias. Estoy muy contenta. Estuve un buen rato buscando.
—Pues valió la pena. Yo casi no tuve tiempo de buscar. Firmé el contrato hace tres semanas y empiezo a trabajar el lunes. Pero me doy por contento de haber encontrado algo a la carrera.
—¿Y qué haces? ¿En qué trabajas, mejor dicho?
—Soy trabajador social. Voy a trabajar en el centro juvenil en Veddel.
—Huy.
Christian se rio.
—¿Eso qué significa? —preguntó.
—No es el mejor barrio precisamente.
—Ah, pensé que no te gustaban los trabajadores sociales.
“¡Ay, Dios!”, pensó Julie, y se apresuró a beber otro sorbo de café.
—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó Christian—. ¿Estudiar?
—A partir de septiembre.
—¿Qué?
—Teatro.
—¿En serio? ¡Vaya! Entrar en esa escuela es dificilísimo, ¿no?
—Ni lo digas.
Había solo ocho plazas para novecientos aspirantes. Y Julie había conseguido una. La mayoría se presentaba a varias escuelas, en Stuttgart, Múnich, Berlín o Viena. Pero Julie lo había intentado en una sola y la habían aceptado de inmediato. Ni siquiera se había preparado muy bien.
A diferencia de Valerie, que había ensayado y estudiado durante meses. Valerie. Su rostro encolerizado apareció de pronto en su recuerdo. Se había puesto furiosísima al enterarse de que habían aceptado a Julie. “¿Cómo pudiste hacerme esto? ¡Eres una traidora! ¡Te odio!”. Y no habían vuelto a hablar desde entonces. Valerie no había ido a su fiesta de despedida, y tampoco le había ayudado con la mudanza, por supuesto.
—¿Y ya estás estudiando para tu primer papel? —preguntó Christian.
—No. Por ahora tengo otras preocupaciones.
—¿Como cuáles?
—Mañana me traen los muebles de la cocina; espero que me quepan. Yo medí y planeé todo, pero a veces sucede que después no caben y…
—¿Y piensas hacerlo sola? —preguntó Christian desconcertado—. ¡Qué valiente!
—¿En serio? Tal vez sea mejor que contrate a alguien.
Julie se mordió el labio inferior y clavó la mirada en el patio interior, preocupada.
—¿Tú cocinas? —preguntó Christian.
—¿Que si yo qué? Pues claro que cocino. Y muy bien.
—Entonces vamos a hacer un trato. Yo te instalo la cocina. Para aprovechar el impulso, digamos. Y tú me preparas una comida especial. Tres platos, con vino y velas y todo el cuento. ¿De acuerdo?
Julie titubeó. La primera parte sonaba muy bien. Si él le instalaba la cocina, ella podía ahorrarse el dinero del obrero. ¿Pero una cena a la luz de las velas con Christian, el buen vecino? ¿Y si le daba por ilusionarse y después no la dejaba en paz? Eso podía ser muy molesto, pues eran vecinos al fin y al cabo.
—Oye —dijo Christian—. No sería una comida romántica ni nada de eso. Lo que pasa es que llevo semanas viviendo de gyros y pizzas. Olvídate de las velas. Lo importante es que sea una buena cena.
Eso sonaba mejor. Solo podía ser una cena para dos, nada más.
—De acuerdo —dijo Julie finalmente—. Me encanta cocinar. ¿Pero estás seguro de que quieres volver a enfrentarte a la pesadilla de instalar una cocina?
—Haría cualquier cosa por un menú de tres platos.
—Cuatro —dijo Julie—. Te prepararé cuatro.
Christian sudaba. Por supuesto que Julie no había medido bien. El mesón resultó demasiado largo y tuvieron que cambiar la despensa por una más pequeña.
—Tú vas directo al almacén y solucionas lo de la despensa —dijo Christian—. Yo voy a la ferretería para pedir prestada una sierra. Lo lograremos.
Entonces trajo consigo también un par de tablas y le armó una estantería que cabía justo en el espacio que quedaba entre la puerta y la pared.
—¡Vaya! —exclamó Julie—. ¿Dónde aprendiste todo esto?
—Lo llevo en la sangre —respondió Christian—. Como tú con el teatro. Cuéntame de la prueba de admisión. ¿Qué hiciste?
—Presenté un monólogo de La fierecilla domada. Les gustó tanto a los evaluadores que me dejaron pasar a la segunda ronda. Allí tuve que interpretar un diálogo entre Fausto y Margarita.
—¿Tú, de Margarita? —comentó Christian—. Me cuesta imaginarlo.
—No interpreté a Margarita, sino a Fausto.
—¡Ja, ja! ¿Y cómo se te ocurrió?
—Es un papel más interesante. Lo reelaboré todo como una tragedia lésbica. Una idea absurda, pero a los evaluadores les pareció tan interesante que me dejaron pasar a la siguiente ronda. Un horror.
—¿Por qué?
—Porque no había preparado una tercera escena. No se me había pasado por la cabeza que pudiera llegar tan lejos.
—¿Y entonces? ¿Qué hiciste? ¿Llorar?
—No. Canté una canción.
Había cantado Paranoia, la única canción que se sabía de memoria. Paranoia, la canción que había hecho famosa a su mamá antes de que Julie le pusiera punto final a su carrera musical. No le había contado nunca a Marianne que había pasado la prueba de admisión precisamente con su canción. No le había contado a nadie. Y el jurado no la había aceptado por la canción sino a pesar de ella. “La pieza es terrible. Pero tú tienes potencial”, había dicho uno de los evaluadores.
—Pues a mí me parece grandioso —dijo Christian—. Que te atrevas a hacer algo así. A cantar, así sin más. Yo me orinaría en los pantalones.
—Eso no es nada. Tú eres capaz de armar una cocina entera con unas puntillas y unas tablas. Eso es muchísimo más complicado.
—Cualquiera puede armar una cocina. Tú misma habrías podido, con un poco de paciencia. Pero actuar… Eso no puede hacerlo cualquiera —dijo Christian con una mirada cálida y anhelante.
“Cuidado. Esto podría complicarse si no tengo cuidado”, pensó Julie.
—En la esquina hay una pequeña cafetería —dijo entonces—. Voy a traer dos cafés. Ya estoy harta del instantáneo.
Espárragos calientes con vinagreta de tomate
Ensalada de albahaca, rúgula y fresas
Filete de cordero sobre puré de ajo con flores
de calabacín asadas
Pastel de aguacate y frambuesas
Julie escribió el menú en el tablero que Christian le había instalado esa mañana en la pared de la cocina.
—Como en un restaurante —dijo él, impresionado.
Ella había puesto un mantel de seda. Encima había acomodado la delicada vajilla de porcelana de su abuela, que Marianne no había usado nunca porque no podía lavarse en máquina. Había traído flores frescas y, tras pensarlo seriamente, había encendido una vela.
—Espero que la comida se corresponda con lo que promete la decoración —dijo Julie—. En todo caso, te lo ganaste. En realidad, no sé cómo podré pagarte todo lo que has hecho por mí.
Christian había trabajado casi toda una semana. Ahora ya estaban armados e instalados todos los armarios, así como la máquina lavaplatos y la estufa, y hasta había colgado en el techo la lámpara art déco que ella había comprado por Internet.
Julie le pasó una copa de prosecco.
—Salud. Por ti y tu maravilloso trabajo.
—Por tu cocina —dijo él, y trató de mirarla fijamente a los ojos para brindar, pero ella alcanzó a esquivar su mirada en el último segundo.
Ay, Dios, empezamos. A lo mejor sí debía haber contratado a un obrero. Pero con el dinero que se había ahorrado se había comprado unos zapatos de tacón que no habría podido comprar de otro modo.
—Siéntate —dijo Julie—. ¿Qué quieres tomar con la comida?
—Una gaseosa.
—¿Perdón?
—Era un chiste. Lo que tú propongas.
—Entonces voy a abrir un vino blanco.
Julie sirvió la entrada. David Garrett sonaba en el equipo de sonido.
“¿Qué es este espectáculo de burgueses?”, habría dicho Marianne si hubiera entrado a la cocina en ese momento. Pero no podía entrar a la cocina, pues estaba en Lohbrügge, en el pequeño y horroroso y atiborrado apartamento de entresuelo donde Julie había pasado sus primeros dieciocho años de vida. Ahora había treinta y tres kilómetros de por medio. Y esta idea la hizo sentir tan bien que vació la copa de un solo trago.
El vino se le subió a la cabeza de inmediato, pues no había comido nada desde el desayuno. Empujó la copa hacia el centro de la mesa, lo que Christian interpretó como una invitación y le sirvió más.
—¿Y? ¿Te has aclimatado bien? —preguntó él.
—Claro. Yo soy de aquí. Esto no es nuevo para mí. ¿Y tú?
—Me gusta. Aunque en realidad no he visto mucho de la ciudad todavía.
—Pero en cambio conoces mi cocina como la palma de tu mano.
Él hizo un nuevo brindis.
—A lo mejor podrías darme un tour.
—Claro. Aunque no sé mucho de historia de la ciudad.
—Yo me refería más bien a la vida nocturna. Los bares y eso…
—Si quieres, podemos salir más tarde.
Probablemente no era tan mala idea. En un club, la atmósfera no sería tan íntima como en su apartamento.
—Fantástico —dijo Christian, emocionado.
Julie sirvió la ensalada. Él la probó y entornó los ojos.
—Deliciosa. Deberías poner un restaurante, en serio.
—Es posible que lo haga, más adelante. Cuando sea una actriz desempleada.
—¿Desempleada? No digas tonterías. Serás un éxito.
—Ya veremos. Hoy tuve una entrevista.
—¿Para tu primera audición?
—No. Para un trabajo de asistente en una boutique. La dueña parecía entusiasmada. Es más, dijo que me llamaría esta misma noche.
—Apenas son las ocho —dijo Christian—. Seguramente está trabajando todavía.
Julie se encogió de hombros.
—Espero que me contrate. Necesito el dinero. Y no tengo ganas de recorrer media ciudad en busca de un trabajo de vendedora.
—Te contratará. Seguro. Con lo hermosa que eres.
A esto le siguió otra mirada prolongada, admiradora, anhelante, y Julie se apresuró a cambiar de tema.
Después de comer, fueron a bailar. Julie pagó la entrada al club, y Christian insistió en pagar las bebidas.
Ella había bebido muchas copas de vino con la comida, y los cocteles fueron demasiado. Pero él insistía, y apenas terminaba un vaso ya estaba allí con otra caipiriña. Y como estaba sudando, ella se la bebía toda. Y seguía bailando y sudando y bebiendo… y bailando y sudando y bebiendo.
—¡Este lugar es genial! —gritó Christian al ponerle el cuarto vaso en la mano.
Julie sonrió de oreja a oreja. Esa era la señal más evidente de que había bebido demasiado. Cuando estaba borracha, se ponía sentimental y se ablandaba. Y hacía cosas de las que después se arrepentía.
—No —dijo ella.
—¿Qué? —preguntó él.
—Creo que tengo que irme a casa.
—Pero si apenas son las tres —dijo Christian cuando estuvieron afuera, en la calle—. Ven, tomemos un último trago. Por esta noche maravillosa.
Los bajos seguían retumbándole a Julie en los oídos, aunque no sonaban allí afuera. El rostro de Christian se mecía entre las olas de su borrachera.
—No más tragos. —Julie meneó la cabeza, pero muy brevemente porque el piso se tambaleó bajo sus pies—. Allí hay un puesto de taxis.
Tenía la lengua pesada.
Él la rodeó con un brazo. Y eso se sentía bien, pues tenía frío. Llevaba un vestido vaporoso de verano, y la noche estaba fresca. Pero eso no estaba bien, no podía apoyarse en él. Debía ser firme, muy firme. ¿Pero cómo podía mantenerse firme cuando el mundo entero daba vueltas a su alrededor?
—Imposible —murmuró.
—¿Qué dijiste? —El rostro de Christian estaba muy cerca del suyo. Olía muy bien. Tenía que preguntarle qué perfume usaba. Pero ahora no. Ahora necesitaba irse a casa—. ¿Estás bien, Julie?
Ella meneó la cabeza, con mucho cuidado esta vez.
—Estoy muy mal.
—Regresemos —dijo él.
Después le cubrió los hombros con su chaqueta. Y la soltó. Maldición, ¿por qué la soltaba justo en ese momento? ¿Por qué no la besaba? ¿Por qué no lo intentaba al menos? ¿Acaso no le gustaba?
Christian estiró el brazo. Un taxi se detuvo. Él la ayudó a sentarse en el asiento trasero y se sentó a su lado.
Julie observó las farolas que pasaban por la ventanilla cual peces dorados en un mar oscuro, mientras esperaba que Christian la abrazara o le pusiera una mano en la rodilla, pero él permaneció inmóvil a su lado, contemplando también la oscuridad. Entonces Julie no aguantó y se quedó dormida. Despertó solo cuando frenaron delante del edificio.
Le retumbaba la cabeza.
—Ojalá estuviera abierta la cafetería —dijo—. Me vendría muy bien un espresso. Pero solo tengo ese maldito café instantáneo.
—Hoy me compré una máquina —dijo Christian—. Si quieres, puedo hacerte uno.
Era la primera vez que Julie entraba al apartamento de Christian, y estaba impresionada. Una habitación mediana, un baño oscuro y pequeño, una cocina diminuta.
—Este es mi reino —dijo él con cierta timidez—. El tuyo es más bonito.
Pero su nueva máquina de espresso era lo máximo. Un enorme monstruo de brillo cromado.
—¡Vaya! —exclamó Julie—. Parece muy profesional.
Pro-fe-sio-nal. Después de una botella de vino y cuatro caipiriñas, necesitó tres intentos para pronunciar la palabra.
—Lo es —dijo Christian—. Pero de segunda. Si no, no habría podido comprarla.
A él no se le notaba el alcohol, aunque había tomado lo mismo que ella.
—Increíble —dijo Julie.
—¿Qué?
—Que no estés ni un poquito borracho.
—Claro que estoy borracho. Pero no te das cuenta porque tú estás más borracha.
Ella soltó un hipo.
—Apuesto que vas a aprovecharte.
—¿De qué?
—De que estoy borracha. Más borracha que tú.
Él puso dos tazas bajo el filtro y oprimió un botón. El molino traqueteó como un martillo neumático. La máquina golpeteó, bramó y zumbó. Hasta que el líquido oscuro fluyó por las boquillas.
—No —dijo Christian al pasarle una taza.
—¿No… qué?
—No me aprovecharía de eso nunca.
—¿Por qué no?
—Porque después me odiarías.
—Cierto.
—Y no quiero que me odies.
—Quieres que te quiera.
—Exacto.
—Pero eso no es posible —dijo Julie—. No eres mi tipo.
—Espera —dijo él, y bebió un sorbo, pensativo.
—Ah —dijo Julie al terminar su taza—. Eso estuvo bien. Quiero otro. Después me iré a la cama.
Mientras él preparaba la segunda tanda, ella se acordó de la boutique. La dueña había prometido llamarla. “Le confirmo hoy mismo”, había dicho. Pero hoy ya era mañana. Y no había llamado. ¿O sí?
¿Sería que no había oído el celular?
Lo sacó del bolso. Cuatro mensajes de voz, un mensaje de texto.
—Ajá —dijo.
—¿Ajá qué?
La máquina de espresso volvió a empezar a bramar.
Julie escuchó los mensajes de voz. Joe había llamado dos veces: necesitaba el taladro que le había prestado. Esther quería saber cómo estaba. Y la señora de la boutique: “Solo para confirmarle que me encantaría si pudiera empezar el lunes”.
—Genial —murmuró Julie.
—¿Qué pasó?
Christian le pasó el café.
—Me dieron el trabajo. Empiezo el lunes. Mejor dicho, mañana.
—¿Viste? Te dije que nadie podría resistirse a ti.
Solo le faltaba leer rápidamente el mensaje, tomarse el café e irse a dormir. El mensaje era de un remitente desconocido. Publicidad, probablemente. Aunque Julie protegía su número a capa y espada. Lo abrió y lo leyó. Después apagó el celular y lo guardó.
Había empezado a darle vueltas la cabeza. Los pensamientos revoloteaban y chocaban entre sí. Y en cuanto lograba atrapar uno, se le escapaba de inmediato. Esa velocidad vertiginosa, ese caos en la cabeza, había empezado a marearla.
—¿Qué te pasa? Estás pálida. ¿Te sientes mal? —preguntó Christian.
No, quería responder Julie, pero en ese instante sintió cómo el café y las caipiriñas y el vino y los cuatro platos ascendían todos juntos desde su estómago. Entonces se tapó la boca con la mano y apenas alcanzó a llegar a tiempo al baño.
A MAMÁ SE LE OLVIDÓ CÓMO HACER EL CAFÉ. Echó las cucharadas directamente en el filtro.
—Tienes que poner primero la bolsa —le digo.
Pero no me oye. Enciende la máquina y el polvo cae en la jarra. Sabe horrible, dice al probar el primer sorbo.
—Porque no pusiste la bolsa —le digo.
—Pues claro, ¡ya no sé dónde tengo la cabeza! —me dice. Después enciende un cigarrillo y fuma y echa el café en el desagüe.
La mayoría de las veces fuma en la ventana. La abre y sopla el humo en el patio trasero, donde están los contenedores de basura, y apaga la colilla en el alféizar y la echa abajo, donde están las demás colillas que tendrá que barrer la señora Franz; luego cierra.
Yo quiero que abra la ventana.
—A papi no le gusta el olor a cigarrillo en el apartamento —le digo.
—Hoy no viene —me dice—. Está de viaje.
Capítulo 3
—YA QUEDARON LISTOS LOS DOCUMENTOS.
La señora Klopp dejó la carpeta en el escritorio de Philipp. Después recogió tres tazas de café sucias de la mesa, la estantería y el alféizar, las apiló una encima de otra y metió un vaso de yogur vacío, junto con la cuchara, en la taza de arriba. Luego balanceó hábilmente la torre hacia la puerta.
—No tiene que hacer eso —le dijo Philipp, incómodo—. Puedo llevarlo yo.
—No se preocupe. No es ningún problema para mí… en lo absoluto.
Pero sí era un problema, pues había llegado a la puerta y no tenía ninguna mano libre para abrirla.
—Espere, le ayudo…
Philipp se levantó, pero la señora Klopp se le había adelantado.
—No hace falta. —Abrió la puerta con el codo—. Si ya no me necesita, me voy.
—Claro, claro.
Entonces la vio pasar su ancho trasero por la puerta abierta y oyó el crujido de sus zapatos ortopédicos sobre el parqué del pasillo. Un rumor que se hacía cada vez más lejano. Y tuvo que pensar en los tacones de Yasmin, clic, clac. Siete centímetros. Y encima unas piernas de metro veinte.
—Se me olvidaba —gritó la señora Klopp desde la cocineta—. Ya quedó reservada la mesa en el Amadeo. A las ocho.
—¡Muchas gracias!
—¡Buenas noches!
—¡Igualmente!
Pero esto último no alcanzó a oírlo. La puerta de la oficina se había cerrado, y la señora Klopp se había ido.
Philipp echó un vistazo al reloj de pulsera. Eran casi las siete. Debía apresurarse si quería ducharse y cambiarse antes de la comida. El teléfono timbró justo cuando apagó el computador.
—¿Hola? —contestó.
—Es Marcel. ¿Todavía estás en la oficina?
—Estaba a punto de salir. ¿Qué pasa?
—Estoy en el apartamento. Sería bueno si pudieras venir.
Entonces tuvo que reprimir un suspiro. Su amigo Marcel había asumido la dirección de las obras de renovación del ático que Philipp había comprado hacía un año y al que él y su novia debían haberse mudado hacía mucho tiempo. Pero la renovación que había planeado inicialmente se había convertido en una complicada obra de saneamiento. Tras una inspección atenta habían descubierto que las vigas del techo estaban carcomidas y era necesario cambiarlas. Además había varias filtraciones en el tejado.
Philipp opinaba que ese problema les concernía a todos los propietarios del edificio, pero la comunidad no pensaba lo mismo y no estaba dispuesta a contribuir con el pago. Y ahora Philipp debía protestar contra los demás dueños.
La llamada de Marcel no era una buena señal. Por lo general, se manifestaba solo cuando había un nuevo problema con el apartamento; de todo lo demás se encargaba independientemente. Aunque no era arquitecto todavía, pues había empezado la carrera hacía unos cuantos semestres, llevaba media vida trabajando en construcción; era hábil, resistente y absolutamente confiable. Y mucho más barato que un profesional.
—Odio ese maldito apartamento —murmuró Philipp mientras se desabotonaba y se quitaba la camisa.
La dejó caer al suelo junto al escritorio y salió al pasillo con el torso desnudo. Al ver su pálido pecho en el espejo del guardarropa recordó la piel bronceada de Yasmin, pero esta vez logró reprimir el pensamiento antes de que lo excitara.
Abrió el armario. Por fortuna tenía siempre un par de camisas limpias y planchadas, porque solía suceder que no lograba pasar por su casa antes de alguna cita nocturna.
Vivian se había alegrado muchísimo cuando le había contado en su cumpleaños que iba a comprar el ático.
—No habrías podido hacerme un mejor regalo, querido —había celebrado ella. Aunque él no le había regalado el apartamento. No se habían casado todavía. El ático era suyo, y todavía podía deshacerse de él. Habría perdido el dinero invertido hasta entonces, claro, pero más leve era padecer el daño que esperarlo.
Esa noche tenía una cita con Vivian en su restaurante favorito. Le daría el anillo de platino que había mandado hacer para ella. Y se lo pondría en el dedo.
“Ay, Philipp. Eres increíble”, la oyó susurrar en su mente.
¿Y luego? Él se aclararía la garganta y le diría: “Por cierto, lo del apartamento no funciona. Voy a venderlo”.
No, eso era impensable. No podía hacerle eso, no esa noche. No había ningún motivo para precipitarse.
Philipp tardó un buen rato en encontrar un estacionamiento, y a varios kilómetros del edificio. Después tuvo que viajar dos estaciones en tranvía, de vuelta.
—¡Por fin! —Marcel lo recibió en la puerta—. Estaba empezando a pensar que no vendrías.
—Cállate. Este barrio es un asco. Si alguna vez nos venimos a vivir aquí, tendré que vender el auto.
—Yo lo habría vendido hace mucho tiempo.
Marcel era un apasionado conductor de Vespa. Los autos le parecían cosa de burgueses. Así como las camisas planchadas y los trajes. Y bien podía darse ese lujo, a diferencia de su amigo.
Philipp había creado su propia empresa hacía un año y medio. Y para vender costosos proyectos de tecnologías de informática a empresas importantes, no podía presentarse ante sus gerentes en jeans y camiseta. A algunos empresarios ya les parecía extraño el hecho de que condujera un Renault y no un BMW. Probablemente no habría llegado muy lejos con una Vespa.
—¿Qué pasó? Tengo que estar en el Amadeo en media hora.
—¿Qué es eso?
—Un restaurante. —El restaurante, para ser exactos—. Tengo una cita con Vivian.
—Ya veo. Pues habríamos podido vernos mañana temprano.
—¿Ah, sí? Cuando me llamaste sonabas como si tuviéramos que discutir algo terriblemente importante.
Philipp había sonado muy impaciente, pero Marcel no pareció notarlo.
—En fin —dijo Marcel—. No sabía que tenías planes. Lo siento.
—No importa. Cuéntame.
—El electricista es un desastre. Los nuevos cables quedaron todos mal puestos. Menos mal me di cuenta antes de que volvieran a enyesar las paredes.
—¿En serio? Bueno, si te diste cuenta a tiempo no es grave.
Philipp estaba irritado. La búsqueda del estacionamiento y la subida de las escaleras lo habían hecho sudar. La camisa limpia ya no estaba limpia; tenía unas manchas húmedas en la espalda y las axilas.
—Quisiera echar al tipo —dijo Marcel.
—¿A cuál tipo?
—Al electricista.
—Échalo. Si no sirve, que se vaya.
Philipp echó un vistazo al reloj. Veinte para las ocho.
—No es tan fácil —dijo Marcel—. Tenemos un contrato. Tú sabes lo complicadas que son estas cosas.
Philipp frunció el ceño.
—¿Y ahora qué quieres de mí?
—Pues hay dos posibilidades. O lo dejamos continuar y nos arriesgamos a que haga más desastres. O le pagas unos cuantos cientos de euros y sales de él. Y nos buscamos a otro que sepa lo que hace.
Philipp sintió el bombeo de la sangre en los oídos. “¡Calma!”, se dijo a sí mismo, pero ya era demasiado tarde. Había perdido la calma hacía mucho tiempo.
—¿Qué clase de alternativas son esas? ¿O me aguanto la trampa o le pago al inepto? ¡Eso es extorsión! ¿Por qué diablos contrataste a un incompetente que ahora solo trae problemas?
—Yo no quería contratarlo —dijo Marcel, sereno—. Tú insististe en que fuera él. Porque su propuesta era más barata que la del otro.
Philipp volvió a mirar el reloj. Dieciocho para las ocho. Vivian se ponía furiosa cuando la hacía esperar. Odiaba la impuntualidad. Así como las camisas sudadas.
—Está bien —dijo entonces, con lentitud acentuada—. ¿Qué me aconsejas?
Marcel se encogió de hombros.
—Si le pagas, te ahorrarás un montón de disgustos. Pero será dinero perdido, por supuesto. Si no lo echamos, tendremos que vigilarlo. Pero yo no soy electricista y no puedo garantizar nada.
Philipp asintió. Calma. Si perdía el control, Marcel se largaría. Se lo había dejado muy claro desde la primera semana, cuando Philipp se había encolerizado por una tubería oxidada. “Si vas a reaccionar así, tendrás que buscarte a otro. Yo soporto bastante, pero a mí no me grita nadie”, había dicho.
Y si Marcel se largaba, Philipp estaba perdido. Lo necesitaba como director de obra. Y como amigo, sobre todo como amigo. Hacía tiempo que no hablaban solo de presupuestos y materiales de aislamiento, sino también de contratos que no salían bien, de clientes insatisfechos, incluso de la relación con Vivian. Del miedo que tenía de perderla si no le ofrecía la vida a la que ella estaba acostumbrada desde siempre.
Y Marcel le contaba de sus estudios. De lo orgulloso que estaba de haber entrado a la Escuela Técnica Superior. “Nadie de mi familia ha estudiado. Somos prácticos, no teóricos”. Y de su compañera Eva, que le gustaba.
—Piénsalo bien —dijo Marcel entonces—. No tienes que decidirte hoy.
Philipp echó otro vistazo al reloj. Diecisiete para las ocho.
—Tengo que irme —dijo.
Marcel asintió.
—¿Dónde queda el sitio?
—¿Cuál sitio? ¿El Amadeo? En la calle Adalbert.
—Está muy cerca. Ven, fumemos un cigarrillo y luego te llevo en la Vespa.
Sacó un paquete de Marlboro del bolsillo y le ofreció uno. Ninguno de los dos era fumador en realidad, pero Marcel sucumbía a veces. Entonces se compraba una cajetilla y fumaba un cigarrillo tras otro, hasta que se lo terminaba. Para luego volver a dejarlo.
—Discúlpame —murmuró Philipp después de la primera calada.
Él también fumaba solo ocasionalmente. Cuando le ofrecían uno y lo necesitaba. Como en aquel momento.
—¿Por qué? —preguntó Marcel, y abrió la ventana.
—Estoy muy estresado, como te habrás dado cuenta. Este condenado apartamento me tiene harto.
Marcel se encogió de hombros.
—Pues véndelo. Vete a vivir al campo con Vivian.
—¿Al campo? ¿Con Vivian? —Philipp soltó una risa burlona—. Ella preferiría tomar cianuro antes de irse de la ciudad.
Marcel sopló el humo por la nariz, pensativo.
—¡Qué tontería! —exclamó.
Y Philipp se preguntó si se refería a su comentario o a la actitud de Vivian o a su relación en general. Aunque tenía razón. Era una tontería. Absoluta. “La otra gente de mi edad se dedica a las fiestas, al estudio o a recorrer el mundo”, pensó. “Yo, en cambio, trabajo de sol a sol e invierto hasta el último centavo en un apartamento que me importa un pepino en realidad”.
—¿Entonces? —preguntó Marcel.
—¿Entonces qué? —Philipp dio una última calada al cigarrillo—. Voy a proponerle matrimonio a Vivian.
—¿En serio? Felicitaciones.
—Espera. A lo mejor me rechaza.
—Jamás de los jamases. ¡Se van a casar! ¡Genial!
El celular de Philipp sonó en su bolsillo. Un mensaje de texto. Tal vez era Vivian para cancelar la cita a última hora. O para decirle que ya estaba en el restaurante, esperándolo. ¿Pero por qué no lo llamaba simplemente?
Sacó el teléfono del bolsillo. Leyó el mensaje. De pronto tuvo la sensación de que las tablas del parqué se resquebrajaban y cedían bajo sus pies, para luego hundirse en cámara lenta.
—¿Malas noticias? —preguntó Marcel.
Philipp guardó el celular. Sentía un chirrido en la cabeza. Era un sonido muy agudo y espantoso, como el de la fresa del dentista.
—Algo así.
Con cierto asombro, Philipp se dio cuenta de que todo lo que lo había agobiado hasta ese instante había perdido importancia de repente. El electricista incompetente, el apartamento costoso… Ya no tenía importancia. Ahora tenía otro problema mucho más grande.
—¿Qué pasó? ¿Vivian te canceló?
—No, nada. Un cliente insoportable. No importa.
—¿En serio?
Marcel no le creía ni una palabra. Y no era cierto.
—Tengo que irme —dijo Philipp.
Marcel alzó el casco que había dejado en el alféizar.
—Vamos. Espero que no nos detenga la Policía. No tengo otro casco.
—No nos detendrán.
Eso también le daba igual.
La Vespa de Marcel no era mucho más veloz que una bicicleta, y avanzaba lenta y ruidosamente entre el tráfico muniqués. Los pensamientos de Philipp, en cambio, iban a mil por hora. Ese mensaje. Lo había leído una sola vez y aun así se le había quedado grabado en la memoria. Palabra por palabra.
Lo pasado no se olvida. Regresa. Te atrapa. El 2 de julio pagarás.
Sin firma. Pero Philipp sabía quién se lo había enviado.
Te atrapa. “Bien merecido”, pensó. Que ahora me estalle todo en la cara. Me lo merezco.
Marcel dobló por la calle Leopold hacia la calle Adalbert. Solo faltaban doscientos metros. Entonces Philipp tendría que besar a Vivian y pedir el vino y escoger el menú y sonreírle a Vivian y sacar el anillo del bolsillo y pedirle matrimonio. Y Vivian, que no sabía nada, diría que sí. “Pero si lo supiera todo, sacaría las cosas que tiene en mi apartamento y arrojaría a la calle las cosas que yo tengo en el suyo y correría adonde sus papás y lloraría”, pensó. Y adelgazaría siete kilos de pura tristeza. Y les contaría a todas sus amigas lo mal que me porté.
—¡Detente! —gritó y le sacudió el hombro a su amigo.
—¿Y ahora qué pasó?
Marcel giró la cabeza sin desacelerar.
—¡Detente!
Demasiado fuerte. Philipp había gritado demasiado fuerte. “Contrólate”, se dijo a sí mismo.
Marcel detuvo bruscamente la Vespa al borde de la calle.
—¿Qué pasa? Ya casi llegamos.
—El asunto ese… con el cliente. Tengo que resolverlo. Si no, no podré estar en paz.
—¿Qué pretendes resolver esta noche? No encontrarás a nadie a esta hora. Además… Vivan está esperándote.
—Tengo el número privado. En serio, Marcel, hoy no puedo verme con ella.
—Pero estabas pensando… —Marcel se interrumpió después de verle la cara a Philipp—. ¿Cómo piensas explicárselo?
—Ni idea. —El chirrido de la fresa se había intensificado en su cabeza. Philipp se metió los dedos en las orejas, pero eso no sirvió. El ruido no venía de afuera—. ¿No podrías hablar tú con ella?
—¿Yo? —Marcel abrió los ojos de par en par—. Si no la conozco casi. ¿Qué le voy a decir?
—Dile… que no me siento bien. Que me cayó mal algo que comí. —La fresa del dentista chirrió aún más fuerte en su cabeza—. No, dile que tengo una migraña. Que no me llame. Que necesito acostarme. La llamaré cuando se me pase.
Marcel se mostró preocupado.
—Una migraña —repitió—. ¿Y ella se creerá esa historia?
—Yo sufro de migrañas.
Marcel se encogió de hombros.
—Dime qué te pasa, Philipp, en serio. No puede ser por un estúpido mensaje de un cliente. Hay algo más.
Por supuesto que había algo. Las tetas de Yasmin y su trasero y sus bronceadas y largas piernas de metro veinte. Pero eso no podía decírselo a Marcel, al menos no ahora.
—Por favor —le dijo—. Seguro que Vivian ya llegó al restaurante y está esperándome. —Sacó del bolsillo dos billetes de cincuenta euros—. Toma, para que la invites a un vino y coman por cuenta mía.
Marcel rechazó los billetes.
—¿Estás loco? —Ahora parecía realmente molesto—. Hablaré con ella. Aunque no me guste nada el asunto.
—Gracias. —Philipp buscó las palabras—. Al menos recibe el maldito dinero. Así no me sentiré tan mal.
Marcel sonrió, pero no era una sonrisa alegre.
—Hay cosas que no pueden solucionarse con dinero. Pero está bien. Me encargaré de Vivian. ¿Quieres que te llame después para contarte cómo estuvo el asunto o tampoco quieres hablar conmigo?
“No. No quiero hablar con nadie. Quiero que me dejen en paz”, pensó Philipp.
—Claro —dijo en cambio—. Llámame.
LA PROFESORA HEIMANN necesita decirle a mamá que olvidé la tarea, por tercera vez. Por eso, tengo que esperar con ella en el salón hasta que me recoja. Pero cuando mamá llega, me doy cuenta de que no quiere hablar con la profesora.
—No tengo tiempo —dice—. Tenemos que irnos.
—Entonces venga en mi horario de atención —dice la profesora Heimann.
—Por supuesto —dice mamá, pero la profesora no le cree, se le nota.
Mamá me agarra del brazo y me saca del salón, y a mí se me queda la chaqueta en el perchero por la prisa.
—¿Qué pasa, adónde vamos? —le pregunto cuando subimos al tranvía para luego bajar en la siguiente estación y subir a otro.
—Tenemos que irnos de aquí de inmediato. Otra vez nos persiguen —dice mamá. Y entramos en el centro comercial, en el almacén por departamentos, subimos por la escalera mecánica al segundo piso y nos escondemos en un probador.
—Tienes que hacer silencio —susurra—. No pueden encontrarnos, por nada del mundo.
—¿Quiénes...? —quiero preguntarle, pero me tapa la boca y nos quedamos un largo rato escondidos en el probador, una hora, o dos.
—Este es el único lugar medianamente seguro en toda la ciudad —susurra mamá.
Esperamos y esperamos. Hasta que viene una vendedora y nos dice que tenemos que irnos. Y mamá se pone a llorar, y la vendedora quiere saber qué le pasa, y todo el mundo nos mira, y entonces viene el jefe de la vendedora y después llaman a la Policía.
Y entonces la Policía llama a papi, que viene a recogernos.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunta cuando volvemos finalmente a casa.
Pero mamá está llamando por teléfono y pide pizza para todos.
—Tres pizzas de salami, nuestra favorita —dice riendo—. Era solo una broma.
Capítulo 4
USTEDES CREEN QUE SE LIBRARON DE MÍ, pero yo no los olvido. Estaré todos los días con ustedes hasta el 2 de julio.
Ese era el correo electrónico que había recibido Sophia. Tenía que ser de Sarah, no cabía duda. Sarah Volker. La ausencia de firma se ajustaba con ella. Siempre había tratado de hacerse invisible, pero no lo había logrado. En cuarto, los chicos la llamaban por su apellido, un nombre de hombre, y eso le gustaba. Y que jugaran fútbol en los recreos e intercambiaran cartas de Pokemon con ella.
Hasta que habían entendido que Sarah no era uno de ellos. Que no pertenecía ni a los chicos ni a las chicas.
No los olvido. ¡Como si Sophia pudiera olvidarse de Sarah! “Tienes que decidirte”, le había dicho Emily. Y se había decidido. En contra de Sarah. Por ella misma.
“Tengo que hablar con Emily urgentemente”, pensó. Porque si Sarah le había enviado un correo a Sophia, Emily también tenía que haber recibido uno. Y Emma y Marie. Pero Emily segurísimo.
“Al fin y al cabo, había sido ella la que había empezado todo”, pensó Sophia. De no haber sido por Emily, las cosas no habrían llegado tan lejos. “Y si el resto de ustedes no le hubiera ayudado, las cosas tampoco habrían llegado tan lejos”, dijo la voz de Sarah en su cabeza.
¡Recordaba esa voz perfectamente! Ya había pasado casi un año desde que Sarah se saliera del colegio. Había desaparecido de un día para otro.
“Su compañera no volverá”, había anunciado la directora de curso una mañana temprano. Con una expresión muy triste, como si hubiera muerto.
“Una mañana temprano”, recordó Sophia. ¿Cuándo había sido eso exactamente? Poco después del comienzo de octavo, tal vez, pero no en julio, de eso estaba segura. ¿Qué significaba esa fecha entonces? ¿El 2 de julio? “Emily tiene que saberlo. Tengo que hablar con ella”, pensó.
Sacó el celular para llamarla, pero luego volvió a guardarlo. Emily vivía a cuatro casas de la suya. Pasaría por allí, personalmente.
—¿Qué piensas preguntarle? —quiso saber la voz de Sarah en su cabeza—. ¿Si se siente tan culpable como tú? Bien puedes quedarte esperando a que Emily sienta algo parecido a la culpa.
—No sabes nada —le respondió Sophia—. Siempre fuiste una marginada. No sabes nada de Emily. Ni de mí.
—Yo lo sé todo —respondió Sarah con una risita—. Sobre todo de ti. Déjame adivinar. Ahora que yo ya no estoy, te han hecho la vida imposible…
De pronto, Sophia tuvo la sensación de que la seguían. Miró nerviosamente por encima del hombro. La calle estaba vacía, pero eso no significaba nada. Su excompañera podía estar en la entrada de un edificio o recostada detrás de un árbol.
—¿Qué pretendes? —murmuró Sophia.
—Ya verás —dijo la voz de Sarah en su cabeza.
Emily vivía en un deslucido edificio amarillo que no se correspondía con ella. Una mansión con piscina y cancha de tenis habría sido más de su estilo. O un castillo antiguo. La princesa Emily. “Puede que no esté en casa”, pensó Sophia cuando timbró en el citófono.
—¿Sí?
—Soy Sophia Rothe. Estoy buscando a Emily.
—Sube.
Su compañera de curso la esperaba frente a la puerta del apartamento, en la escalera. Y le lanzó una mirada irritada, como si fuera una vendedora de revistas o un testigo de Jehová.
—¿Qué pasó? —preguntó arqueando las cejas perfectamente diseñadas.
—Tengo que hablar contigo —jadeó Sophia, que se había quedado sin aliento por las escaleras. Además, el corazón le latía a toda velocidad por los nervios. Qué idea más estúpida haber ido allí.
Las cejas de Emily se alzaron aún más en su frente.
—¿Y entonces?
Una puerta se cerró en el piso de abajo. En el apartamento vecino resonaba una música. Sophia miró nerviosa a su alrededor.
—¿Puedo entrar un momento?
Emily dudó un segundo, pero luego señaló la puerta abierta de mala gana.
—Por el pasillo, tercera puerta a la izquierda.
Como si Sophia no supiera cuál era su cuarto.
Un chico estaba acostado en la cama, con la mirada clavada en la pantalla del celular, escuchando música. No alzó la cabeza cuando ellas entraron a la habitación.
Sophia habría querido dar media vuelta y largarse. Aun cuando Sarah Volker hubiera estado en la escalera, esperándola, con un cuchillo en la mano. Emily no serviría de nada. Seguramente había borrado el correo sin pestañear con sus largas pestañas.
—¡Darío! —dijo Emily con un tono bastante cortante.
El tipo seguía sin notar su presencia, embelesado con la pantalla de su celular, moviendo la cabeza al ritmo de una música que ellas no podían oír.
—¡Daríooo!
Emily se había sentado a su lado y le había gritado al oído. Y el chico había movido por fin la cabeza, había visto a Sophia y se había sobresaltado muchísimo, como si fuera la novia que acababa de sorprenderlo en una cita prohibida.
—¡Hola! —saludó y se quitó los auriculares, por donde retumbaba Lady Gaga.
Emily no le presentó a Sophia.
—¿Qué querías decirme? —preguntó Emily finalmente, irritada—. Estábamos a punto de irnos. Desembucha.
Darío no parecía estar a punto de irse a ninguna parte. Ahora que se había sentado en la cama, se apartó de la frente su pelo largo con cabeceo un poco afectado y le lanzó una mirada recriminatoria a Emily.
—¿Ya revisaste tu correo electrónico? —preguntó Sophia.
—Hace diez minutos.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Te llegó el mensaje de Sarah?
—¿Perdón? ¿Cuál Sarah?
—Volker.
—¿Eh?
—Sarah Barros —dijo Sophia.
—Ah. No creo que vaya a escribirme. ¿Qué quería? ¿Organizar una reunión del curso?
—No —dijo Sophia—. No tengo ni idea de qué pueda querer. Por eso estoy aquí. Quería saber si te escribió a ti también. Y si entendías algo.
—¿Y qué fue lo que te escribió?
Podía verse cómo la irritación de Emily se había convertido en un atisbo de curiosidad. “No tiene ni el menor rastro de arrepentimiento”, pensó Sophia algo impresionada.
—Nada. Unas cosas raras —respondió.
“Quizá el correo no era de Sarah”, pensó de pronto. ¿Pero quién más podía haberle enviado ese mensaje?
Ustedes creen que se libraron de mí. Pero yo no los olvido.
—No entiendo —dijo Emily—. ¿Todavía está molesta por esa tontería? Si fue solo una broma.
Sarah Barros… Emily y sus amigas le habían tomado fotos en todas las situaciones posibles: en el vestuario del gimnasio, en la cafetería, en el patio central. Después habían alterado las imágenes: en vez de camiseta y pantalones, Sarah exhibía una ropa interior seductora y parecía una estrella de porno venida a menos. La propia Emily había escrito unas descripciones provocadoras: Sarah Pevau espera ávidamente tus comentarios, y cosas de ese estilo.
Sophia había manipulado las fotos, porque poco antes había tomado un curso y era la única que sabía de edición digital de imágenes. El asunto no le había gustado al principio, incluso se había negado a participar.
“Es muy infantil”, había dicho.
“Claro. Pero muy divertido. Y no vamos a usar su verdadero nombre. Nadie sabrá que es ella”, había dicho Emily.
Sophia había aceptado solo por eso. Porque había quedado convencida de que era una broma inocente. Ja, ja, ja. Eso sí que era un chiste, pues ella sabía desde el principio que Emily no conocía los límites, que no dejaría de atormentar a Sarah hasta que hubiera acabado con ella. No porque la odiara. Emily no tenía nada en contra de ella en realidad. Sarah no era una rival; era más bien como uno de los calamares que habían diseccionado en la clase de Biología. Un espécimen que se investigaba para saber más sobre sus características y patrones de conducta. Sarah era un experimento para Emily.
“Nadie se dará cuenta de que es ella”, le había asegurado. Pero claro que todos se habían dado cuenta, porque Emily y su pandilla habían divulgado la página de Facebook por todas partes. La única que no sabía nada era la propia Sarah. Y cuando se enteró y mandó cerrar la cuenta falsa, la Sarah virtual había aceptado ya a cinco mil amigos, que era el máximo posible.
La mamá de Sarah había ido directamente donde el rector a quejarse. Y el rector había emprendido una auténtica cacería de brujas. Había hablado con cada alumno por separado, gritado y amenazado, pero todos estaban involucrados de una manera u otra. De modo que nadie delató a Emily. Y Sophia también se salvó. Pero todo el tiempo había estado a punto de confesar. Lo único que la había detenido había sido el miedo de que Emily pudiera vengarse de ella con algo parecido. Probablemente también tenía susto de tener que salirse del colegio.
—¿De qué están hablando? —preguntó Darío entonces—. ¿Quién es la tal Sarah?
—Cosas del pasado —dijo Emily.
Sophia pensó brevemente si no debería abrirle los ojos al chico. Pero guardó silencio. Igual que en aquella ocasión. Igual que todos los demás. Nadie había vuelto a mencionar a Sarah después de que se saliera del colegio. Estaba muerta para todos. Sophia había creído siempre que todos se sentían tan mal como ella, mas no era así, al menos en el caso de Emily. Después de que Sarah desapareciera de su campo visual, había perdido todo interés en ella. Pero ahora había vuelto a despertarse.
—¿Qué decía en el mensaje? —insistió—. ¿Qué quería?
—No es importante, en serio. Te lo puedo mostrar después. —O no. Sophia se dirigió a la puerta—. Bueno, me voy. Ustedes estaban de salida…
—¿De salida? ¿Qué planes tienes, Emily? —preguntó Darío, el zopenco.
Sophia reprimió una risita. Emily reprimió un ataque de furia. Pero no por mucho tiempo. Pobre Darío. Seguramente se la cobraría apenas se hubiera ido ella.
—¡Cuídense! —se despidió y huyó.
Qué raro. ¿Por qué no le había escrito a Emily? Tenía que estar claro que había sido ella la que había tramado todo en aquel entonces. Pero ahora se dirigía solo a Sophia… “A lo mejor el mensaje no tenía nada que ver con Sarah”, pensó. A lo mejor era para otra persona y había ido a parar en su correo electrónico por error. Sophia decidió no pensar más en el asunto. Y no tardó en acordarse de Felix. Felix, quien no había vuelto a manifestarse después de haberla dejado en la entrada del colegio el día anterior. Y quien tampoco se manifestaría al día siguiente ni al siguiente. Porque vivía en un mundo muy diferente. En el mundo de los bellos, atractivos, interesantes, deportistas, adultos.
Entonces se acordó de cómo le había tocado el chichón de la frente, muy suave y cuidadosamente. Y el anhelo hizo que se le pusiera la piel de gallina y le temblaran las rodillas. Tanto que tuvo que apoyarse en un poste de luz y cerrar los ojos.
Ante sus párpados cerrados vio de pronto aquel rostro delgado, los ojos oscuros, los hoyuelos junto a la boca cuando sonreía. ¿Cómo serían sus besos?
Un automóvil pitó en la calle. Sophia abrió los ojos, espantada. El pito estaba dirigido a un ciclista que había pasado del carril de las bicicletas al de los autos a toda velocidad. El auto que casi lo había atropellado estaba justo delante de ella. Entonces vio al conductor encolerizado, cuya boca se abría y se cerraba mientras golpeaba el volante con ambas manos. Pero no oyó nada porque la ventanilla estaba cerrada.
En ese momento, vio a su hermano. Estaba al otro lado de la calle, mirando horrorizado en su dirección. Sophia se dio la vuelta instintivamente para ver si había un asesino con un hacha detrás. Pero no había nadie. Una mujer mayor con un perro amarrado a su correa. Dos niños que esperaban el autobús.
—¿Estás bien, Moritz? —gritó.
Pero él no la oyó; el ruido de los autos era demasiado fuerte. Entonces Sophia se dio cuenta de que tampoco la había visto… La atravesaba con la mirada. Era aterrador. Primero se había paralizado en las pruebas orales y ahora parecía ver fantasmas en pleno día.
—¡Moritz! —gritó sacudiendo los brazos, pero su hermano dio media vuelta y se alejó sin advertir su presencia.
En fin. Tampoco le habría contado qué le pasaba si la hubiera visto.
Sophia avanzó por el paso de cebra junto al supermercado, y se disponía a doblar por su calle, pero se detuvo frente al quiosco de la esquina. Un paquete rojo brillaba en la ventana lateral. Chocolate con mazapán. Su favorito.
—No —murmuró.
Hacía dos semanas se había decretado a dieta de chocolate. No probaría ni un bocado en cuatro semanas. Era durísimo, pero, en vista de su sobrepeso, más que necesario. El primer bocado sería su ruina. Después seguiría un cuadrado, luego la barra entera, y otra y otra, hasta que solo quedaran las migajas, y esas también las recogería con el dedo índice y las lamería.
—No, gracias —se dijo orgullosa, y pretendía dar media vuelta cuando volvió a pensar en Felix. En que nunca la llamaría y mucho menos se enamoraría de ella. Sin importar que renunciara al chocolate durante las dos semanas siguientes o por el resto de su vida. Entonces fue al quiosco y no tuvo que decir nada, porque el dueño la conocía y sabía lo que quería.
Él puso la chocolatina en el mostrador, ella le dio un euro, él le devolvió diez centavos.
—Está en oferta esta semana —dijo haciéndole un guiño, como si se hubiera ganado algo.
Pero había perdido.
Sophia se preparó un té rooibos con sabor a caramelo, puso la tetera y la taza en una bandeja, con la chocolatina al lado, y se disponía a subirlo todo a su cuarto cuando sonó el timbre. Probablemente era Moritz, que otra vez había dejado las llaves por perezoso.
Caminó hasta la puerta con la bandeja en la mano y abrió con el codo. Pero no era Moritz. Era Felix.
El estómago le crujió de pronto. La tetera se deslizó en la bandeja y apenas alcanzó a sostenerla en el último segundo.
—Moritz no está.
Su voz sonó extrañamente forzada. Desde el día anterior al mediodía no había hecho más que pensar en Felix, salvo por la interrupción del estúpido correo electrónico, y ahora no se le ocurría sino esa frase insulsa.
—¿Ah, no? ¿Y estabas esperando visita?
—¿Yo? ¿Visita?
Sophia tenía la cara muy caliente, debía estar colorada. Pero era probable que él creyera que ese era su color natural, pues solo la conocida sonrojada.
—El té.
Felix señaló la bandeja con la barbilla.
—Ah, ya. El té es para mí.
“Y la chocolatina también. Entera, por eso estoy tan gorda”, pensó Sophia.
—Bueno.
Él se encogió de hombros y se dio la vuelta para irse.
—¡Espera! —Sophia soltó un gallo por la agitación—. ¿Quieres que le diga algo?
—¿A quién?
—A Moritz.
—No venía a buscarlo.
Sophia tragó saliva.
—Ah, ya.
Por Dios, hoy era la estupidez personificada.
—Pensé que podía pasar a ver si tendrías una taza de té y un trozo de chocolate para mí.
—Y así es. Qué casualidad. —Sophia alzó ligeramente la bandeja. La taza tocó la tetera con un tintineo suave por el temblor de sus manos nerviosas—. ¿Quieres pasar?
—Si prefieres, puedo tomar el té en las escaleras.
Ella se rio.
—Puedes subir a mi habitación. Pero solo por hoy.
Felix se sentó en el asiento de su escritorio y bebió el té, como si fuera lo más normal del planeta. Y actuó como si se sintiera bien. Lástima que Sophia no hubiera vuelto a organizar su habitación en los últimos siete u ocho años. Había montañas de ropa sucia en el suelo, la papelera estaba repleta, el escritorio se arqueaba bajo el peso de tazas sucias, libros, revistas, carpetas, platos, latas de galletas, basura.
—¿Chocolate?
Sophia le ofreció el paquete abierto y, con el pie, escondió unos calzones usados bajo la cama, lo más discretamente posible.
—Hum. Con mazapán. Mi favorito.
—¿En serio? Qué casualidad. También es mi favorito.
Él sonrió. ¿Se estaba burlando de ella?
—¿Te regañaron? —preguntó Felix.
—¿Por qué?
—Por llegar tarde a clase.
—Ah, no. Es decir, no hubo lío.
—Me enteré de que Moritz se paralizó en las pruebas orales.
—¿Te contó?
Sophia se preguntó de qué hablarían él y su hermano. Si Felix le habría contado que la había invitado a tomar café. Y qué le habría dicho Moritz. Mi más sentido pésame; te mereces algo mejor.
—Sí, claro. Hablamos ayer por teléfono. Qué mal, ¿no? Ojalá la nota final le alcance para entrar a Medicina de todos modos.
—Yo espero lo mismo. Seguramente será un buen médico.
Mentira podrida. En lo más profundo de su ser, Sophia estaba convencida de que a su hermano, el fuerte, el exitoso Moritz, le costaría muchísimo ocuparse de los pacientes enfermos, débiles y atemorizados.
Felix asintió.
—Puede que tenga su lado bueno —dijo entonces, pensativo.
—¿Cómo así?
—Pues que tal vez el golpe le ayude a pensar si eso es lo que quiere realmente… Ser médico.
—¿Cómo así? Eso es lo que quiere, sin duda. Moritz ha querido ser médico desde el jardín infantil. Como nuestro papá.
—Bueno, si está tan seguro, supongo que un examen fallido no lo detendrá.
Sophia se encogió de hombros. No quería hablar de su hermano. Quería saber más de Felix. Lo que hacía y pensaba y por qué había ido a visitarla. Eso en especial.
—¿Por qué viniste? —soltó.
Pero Felix no la había oído. Movía suavemente la taza de té entre sus manos finas y hermosas mientras observaba las fotos pegadas sobre la cama de Sophia. Eran fotos viejísimas, la mayoría de cuando era niña. En una estaba en un trampolín de una piscina, en otra llevaba una cometa amarilla detrás. Tenía ocho o nueve años, y ni un solo gramo de grasa.
Sophia arrancó otro cuadrado de chocolate. Después movió el papel de aluminio hacia Felix.
Pero él tampoco se dio cuenta de esto. Guardó silencio, y ella también. Pero no era un silencio incómodo. Se sentía más bien como si se conocieran desde hacía años. Un silencio agradable.
“Te quiero”, pensó Sophia, y se estremeció al notar lo cálido y verdadero que se sentía aquel sentimiento.
Los dos se sobresaltaron al oír un golpeteo en la ventana.
—Egon —dijo Sophia, y se levantó.
El gato gordo de color miel había tocado con la pata para que le abriera. Era de una vecina, pero la señora Blunt estaba tan mayor y desmemoriada que se olvidaba de alimentarlo. De modo que Sophia lo había adoptado, y él se dejaba alimentar, acariciar y consentir, encantado. Aunque últimamente Sophia tenía la sospecha de que también se dejaba mimar por otros vecinos, pues estaba cada vez más rechoncho. Por eso, había empezado a servirle unas porciones restringidas, y el gato había empezado a visitarla con menos frecuencia.
—¿Volviste? —le dijo después de abrir la ventana y alzarlo del alféizar.
El gato ronroneó cómodamente. Sophia volvió a sentarse en la cama y le acarició el suave pelo amarillo.
—Lindo animal —dijo Felix y le acarició el lomo, y sus manos se tocaron en ese momento. El corazón le dio un vuelco a Sophia. Él apartó los dedos. Lástima. Después alzó la cabeza y la miró.
—Tenía ganas de verte —le dijo.
Y solo después de unos cuantos segundos, Sophia entendió que era la respuesta a su pregunta.
—HOY TENEMOS QUE HUIR DE NUEVO, pero no vamos al almacén por departamentos porque la vendedora está aliada con ellos —dice mamá.
Vamos en taxi donde Harry, pero él no está. O tal vez sí está pero no abre. Mamá le da una patada a la puerta.
No sirve de nada, tenemos que seguir. Subimos al tren. Mamá quiere ir al lago, pero un revisor viene después de un rato y nos pide los tiquetes. Y entonces tenemos que bajar.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunta mamá—. No podemos regresar al apartamento.
—Llama a papi para que nos recoja —le digo, y eso hace.
Nos escondemos en el baño de mujeres de la estación mientras lo esperamos. Mamá sale constantemente para ver si ya llegó o si los tipos aparecen por algún lado, después vuelve. Yo me alegro inmensamente cuando él llega, pero él no, él está furioso.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunta papi—. Estaba trabajando, no puedo dejar todo, así sin más, continuamente.
—Otra vez estaban persiguiéndonos —dice mamá. Y luego llora porque se da cuenta de que él no le cree.
—Los llevaré a casa —dice papi—, pero no podemos seguir así. —Y a mamá le dice—. Necesitas ayuda.
Ella asiente y sonríe. Porque papi está allí. Pero cuando volvemos a casa y papi dice que no puede subir con nosotros porque tiene una cita, ella se pone a llorar de nuevo.
—¡No puede ser! —grita. Pero él tiene que irse y sube al auto y se marcha.
—¡Maldito! —grita mamá y llora aún más fuerte, hasta que la señora Franz se asoma por la ventana.
—¿Qué mira? —le grita mamá y después me agarra fuerte de la mano. No subimos rápido al apartamento, porque es probable que los tipos estén allí esperándonos. Vamos donde Resi, amiga de mamá que tiene una especie de hotel. Allí podemos dormir.
Capítulo 5
RENATE KOCH ESTABA ENCANTADA. En su primer día de trabajo en la boutique, Julie había vendido dos blusas, una chaqueta de punto, tres faldas y un chal de seda. Y eso que apenas era mediodía y solo habían entrado tres clientas, las cuales se habrían ido sin comprar nada si Julie se hubiera quedado cruzada de brazos detrás del mostrador como Renate, con su sonrisa forzada y su mirada resignada.
En vez de quedarse inmóvil, Julie se había marchado enérgicamente hacia las clientas. Y, para espanto de Renate, a la primera le había arrebatado de las manos el top de lana verde que había tomado de la estantería. “Ese verde no le va bien. Es demasiado frío. Si me permite recomendarle…”. La blusa verde oliva que Julie le había mostrado en cambio le había gustado, efectivamente. La había también en caoba, color que también le iba muy bien. Y después de que le hubiera llevado una montaña de faldas, pantalones y accesorios complementarios al probador, la mujer, que hasta aquel día no había comprado ni un pañuelo en la boutique de Renate Koch, había hecho una compra de 369 euros con 97 centavos en total.
Mientras Renate pasaba la tarjeta de crédito por la ranura del datáfono y empacaba las cosas con papel de seda, Julie se había dirigido ya hacia la siguiente clienta.
El estómago empezó a crujirle a Renate hacia la una.
—Si quiere, puede darse un descanso —le propuso Julie, como si fuera la jefa—. Yo puedo terminar más temprano, en cambio.
—¿Está segura? Es su primer día…
—No hay problema.
Julie se preguntaba cómo Renate había logrado mantener el negocio a flote durante cinco años con aquella actitud tan diletante. Cuando esta se fue, recogió las prendas que habían quedado sueltas por allí, las dobló y volvió a acomodarlas en las estanterías. Después organizó los anaqueles, combinó los colores sombríos con los brillantes, los claros con los oscuros, y se encargó de que resaltaran los distintos materiales.
Entonces empezó a sentir hambre y se preguntó si debía cerrar brevemente para correr a la panadería de enfrente. Pero antes de que pudiera tomar la decisión, entró un nuevo cliente.
Como estaba limpiando una estantería en ese momento, Julie vio primero los zapatos: unos tenis viejos. Encima unos jeans desteñidos y arriba una camisa a cuadros. No era un cliente.
—¡Hola! ¿Te molesto? —la saludó Christian, alzando una bolsa de papel—. Acabo de pasar por la panadería de enfrente y quería saber si tendrás un rato libre. Pero si interrumpo…
¡Comida! A Julie le crujió el estómago hambriento.
—¿Qué tienes allí?
—Un sándwich de queso, pepino, tomate y lechuga. Si eso te gusta…
—¡Perfecto!
—¿Estás sola?
Christian paseó la mirada por la tienda.
—Sí. La dueña está almorzando. Todo va bien. Vendí un montón.
—Genial. —Él frunció el ceño—. Pero las cosas son como feas, ¿no?
Ella se encogió de hombros.
—Es una línea más bien clásica, para mujeres adultas. No es mi estilo.
Tampoco habría podido pagar casi nada de lo que se vendía allí.
—Yo no sé nada de modas —dijo Christian, y cambió el peso de un pie al otro.
¿Qué esperaría ahora? ¿Que le ofreciera un café? Esa no era una opción. Si Renate volvía del almuerzo y encontraba a aquel tipo tan desaliñado en su tienda, Julie se quedaría sin trabajo inmediatamente.
—¡También tuviste tu primer día! —recordó entonces—. ¿Cómo te fue?
—El centro juvenil está bien. Claro que no es tan elegante como esto.
—Por supuesto. —Julie caminó hasta un estante, sacó un suéter, volvió a doblarlo y lo puso en su lugar—. Oye, todavía tengo que organizar un poco…
—Pensé que tal vez podríamos almorzar juntos.
Ella mostró una sonrisa compasiva.
—En este momento no me queda fácil.
—Entonces me voy —dijo Christian decepcionado y se dirigió a la puerta.
—¿Y el sándwich…? —preguntó Julie.
—Ah, claro. Qué idiota. Toma, buen provecho.
Solo cuando él ya había salido de la tienda, Julie descubrió que había dos sándwiches en la bolsa. Por lo visto, Christian le había dejado su almuerzo.
“¡Ni lo sueñes, querido!”, pensó mientras devoraba los dos sándwiches en la cocineta, al fondo de la tienda. “No hacemos buena pareja. Aunque me mires con esos ojitos de perro. Olvídalo”.
Julie arrugó la bolsa y la echó a la basura. Volvió a pensar en el mensaje de texto. Ya no recordaba bien las palabras. No te olvidaré nunca. O algo parecido. Luego una fecha, alguna fecha.
Lo había borrado después de vomitar. Estaba tan borracha que no había pensado bien lo que hacía. Solo necesitaba deshacerse de aquel mensaje lo más pronto posible. Pero claro que había sabido de inmediato que había sido Valerie quien se lo había enviado. Valerie, su antigua mejor amiga. “Nada podrá separarnos, hermana”, solía decirle. Pero desde la prueba de admisión, ya no era así. Desde la prueba de admisión, se habían vuelto enemigas.
“Nunca me diste la oportunidad de explicártelo”, pensó Julie. Y ahora esto. Ese mensaje anónimo.
—Te enloqueciste —murmuró.
Después se sacudió un par de migas de la blusa con el dorso de la mano y regresó al frente de la boutique.
Christian se había dado por vencido. No había vuelto a aparecer después de la visita a la tienda. Tampoco habían vuelto a encontrarse en las escaleras ni en la calle. ¿Seguiría viviendo allí abajo? Julie decidió comprobarlo. El nombre estaba aún en la puerta, pero no abrió cuando ella tocó el timbre una vez. Tampoco abrió a la segunda ni a la tercera. “Hola, soy la vecina de arriba. ¿Te acuerdas de mí? ¡Sube algún día!”, escribió en un papelito y lo metió en el buzón.
Eso había sido el viernes por la tarde, y el sábado al mediodía apareció en su puerta.
—Hola, Julie. ¿Querías hablar conmigo?
—Solo quería saber si todavía existías.
—Claro. Es que estuve muy ocupado estos días.
—¿Y ahora? ¿Quieres un café?
—Encantado. Pero solo si me dejas hacerlo.
Christian subió con las tazas y bebieron el café ante la ventana de la cocina de Julie. En las materas que había colgado de la reja del balcón habían florecido unos geranios y unos pensamientos. Unas abejas revoloteaban alrededor.
—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó Julie.
Christian hizo una mueca.
—Es duro. Esos chicos están… muy mal.
—¿Peor que los del centro de Bonn?
Él soltó un resoplido despectivo.
—Bonn es un paraíso comparado con Hamburgo. Los jóvenes con los que trabajo aquí están totalmente abandonados. Hace poco, uno de ellos tenía un revólver. Y las navajas son pan de cada día.
—¿Qué? ¿Los dejan entrar con armas al centro?
—Oficialmente, no. Las armas, el alcohol y las drogas están prohibidos. Pero ellos contrabandean de todo. Es inevitable.
—Huy, eso no suena bien —opinó Julie. Luego miró a Christian, que no se veía bien en realidad. Estaba pálido y sin afeitar, con la mirada perdida en su macchiato. Como si hubiera pasado la noche en vela—. ¿Te arrepientes de haberte mudado aquí?
Él se quedó rumiando la respuesta.
—A lo mejor fue un error —reconoció finalmente—. Creo que esta ciudad es demasiado para mí.
—¿Demasiado?
—Pues es que Bonn es pequeña y predecible. Es como un pueblo. Un poco aburrida, pero segura. Siempre hay alguien con quien conversar cuando no te sientes bien. Antes me desesperaba eso de ver siempre las mismas caras. Pero ahora…
—… te hace falta —completó Julie.
Él asintió.
—Iré el jueves. Tengo un par de días libres.
—¿Días libres? ¿Ya? Pero si apenas acabas de empezar.
—Es por las horas extras. He hecho un montón de horas extras. —Bostezó—. Lo siento.
—A lo mejor no es muy buena idea.
—¿Qué?
—Irte a Bonn, ahora. Eso podría empeorar tu nostalgia. Mejor quédate. Yo pediré un día libre y te mostraré la ciudad. Los rincones donde no van los turistas. Y podemos salir por las noches.
Julie se sorprendió de sí misma. ¿Por qué le había dado por ser tan amable con Christian de repente si no estaba borracha?
—Es muy amable de tu parte. —Él sonrió agradecido—. Probablemente tengas razón, pero no puedo cancelarlo. Mi mamá no está muy bien de salud y se alegra de verme.
—¿Tienes hermanos?
—Uno. Pero vive en Kuwait. Mi papá murió hace unos años.
—Ay, lo siento.
Él suspiró.
—En el centro juvenil donde hice mi formación hay un puesto libre —dijo entonces—. Me preguntaron si me gustaría volver.
—¿Y?
Christian se encogió de hombros.
—Te arrepentirás si te devuelves —predijo Julie—. Te reclamarás por no haberle dado una verdadera oportunidad a Hamburgo. Espera un poco. Medio año. Si después te sigue pareciendo terrible, puedes regresar. Pero tienes que aguantar por lo menos seis meses.
—¿Quién lo dice?
—Yo lo digo.
—Entonces tiene que ser cierto.
Ella sonrió.
—Puedes confiar en mí.
—¿De verdad? —preguntó él, serio.
Ella hizo una mueca.
—A mí, en todo caso, me parecería una lástima que te devolvieras a Bonn. Ni siquiera nos hemos conocido bien.
Él le lanzó una mirada incrédula.
—¿Lo dices en serio?
—Claro.
Y lo decía en serio, comprobó Julie con cierta sorpresa. Si Christian se mudaba y desaparecía de su vida, a ella le faltaría algo.
—Bien. —Él señaló la taza vacía con un gesto—. ¿Otro?
—No. No más café. Tengo hambre. ¿Tú?
—Podría comer algo.
—Entonces vamos. Te presentaré mi restaurante italiano favorito. No querrás volver a Bonn después de haber comido allí.
Julie pasó por la tienda después de almorzar. El sábado era su día libre, pero se le había quedado la chaqueta el día anterior.
—Qué bueno que vino —graznó Renate al verla atravesar la puerta—. Esto es el caos, es demasiado para una sola —añadió con una mirada de reproche, como si Julie tuviera la culpa de que tuviera tanto trabajo. Y así era.
—Ahora no puedo. Tengo una cita.
La cita era con el sofá, el televisor y una bolsa de ositos de goma, pero Renate no tenía por qué saberlo.
—Por favor, Julie. No puede abandonarme así —dijo Renate mientras trataba de empacar un voluminoso chaleco en una bolsa de papel. El chaleco insistía en salirse, como una masa de levadura en un recipiente demasiado pequeño.
—Deme eso.
Julie sostuvo la bolsa abierta, Renate metió el chaleco desde arriba y la clienta recibió su compra y se marchó, pero detrás esperaban otras diez.
Eran las ocho cuando Julie salió finalmente de la boutique, y la cabeza le retumbaba como si se hubiera bebido dos botellas de vino.
Había quedado de encontrarse con Joe y Esther en el Womb, un nuevo club de la Reeperbahn. Incluso había contemplado la posibilidad de decirle a Christian que fuera, pero ya no podía pensar en salir de fiesta. La única opción era irse a casa y echarse en el sofá, cuanto antes. Le mandó un mensaje de texto a Joe y tomó un taxi.
Al pasar por el apartamento de Christian, oyó música. ¿Tendría visita? Probablemente no. Él no conocía a nadie allí aparte de sus jóvenes difíciles. Y a Julie. “Tendría que haberle prestado más atención”, pensó mientras subía las escaleras con piernas pesadas.
Después se regañó interiormente. Hacía dos semanas había tenido miedo de no poder quitárselo de encima. Y ahora que él quería volver donde su mamá, eso tampoco le gustaba.
Cuando llegó frente a su puerta, revolvió el bolso en busca de la llave, pero no la encontró. No tardó en darse cuenta de que no la necesitaba. La puerta del apartamento estaba abierta. Debía haberse olvidado de cerrarla cuando había salido a almorzar con Christian, pero entonces se acordó perfectamente de que sí la había cerrado.
Aun así, estaba abierta. Forzada. Alguien había metido un formón entre el marco y la puerta.
Julie cerro los ojos y oyó cómo la sangre le latía en los oídos, y sintió el martilleo en su cabeza. No. Hoy no. Ahora no.
Del apartamento salió un sonido. ¿Estaría allí el ladrón todavía? ¿Debía llamar a la Policía?
“Christian”, pensó. Bajó corriendo las escaleras y oprimió el timbre con la mano izquierda y golpeó desesperadamente en la puerta con la derecha.
Él tardó un buen rato en abrir, parecía dormido. Pero se despertó por completo al ver la cara de Julie.
—¿Pasó algo?
—Hay alguien… arriba… en mi apartamento.
—¿Qué? ¿Quién?
—Un ladrón.
—¿Un ladrón se metió en tu apartamento?
—Creo que está allí todavía. ¿Puedes llamar a la Policía?
Él la miró incrédulo.
—¿Estás segura?
—La puerta está abierta. A la fuerza. Y oí algo.
—Espérame aquí.
Antes de que Julie pudiera detenerlo, Christian había echado a correr, escaleras arriba.
—¿Estás loco? ¡Espera! —le gritó por detrás—. Maldición.
Pero él no la oyó, o no quiso oírla.
—¿Hola?
Christian ya estaba arriba. Su voz había resonado en la escalera, fuerte y libre de temor. Pero eso no le serviría de nada. Esa táctica tal vez funcionaría en Bonn, pero no en Hamburgo.
—¡No hagas tonterías! —Julie subió entonces a toda velocidad. La puerta de su apartamento estaba abierta de par en par. Dentro reinaba el silencio—. ¿Christian?
Respiró profundamente y entró.
—¡No entres! —le gritó él.
Pero era demasiado tarde. Ya estaba a su lado y acababa de ver lo que él había querido ahorrarle: la devastación. Habían tumbado los libros de las estanterías y arrancado las flores de las materas del balcón. Había pétalos y tierra por todas partes: en la cocina, en el pasillo, en la alfombra amarilla de la sala. Todas las ventanas estaban abiertas. La corriente de aire se había llevado los papeles que tenía en el escritorio y ese había sido el ruido que había oído unos minutos atrás.
—Malditos —dijo Christian—. Esta ciudad es realmente lo peor.
Julie tenía la mirada clavada en la pared. En la firma que le había dejado el agresor.
—Voy a llamar a la Policía. —Christian sacó el celular del bolsillo—. ¿Dónde guardas tus cosas de valor? El dinero, las tarjetas, las joyas… Tienes que ir a ver qué te robaron.
—No me robaron nada.
—¿Cómo?
Él empezó a marcar el número de emergencia.
—Déjalo —dijo ella con voz cortante.
Él la miró sorprendido.
—¿Qué está pasando?
—No quiero policías.
—No entiendo nada.
Había sido Valerie.
Valerie había abierto su puerta a la fuerza; Valerie había arrancado las flores de las materas y había asolado su apartamento; Valerie había dejado una V roja encima del sofá.
“Tendría que haber sabido que esto pasaría”, pensó Julie. Y recordó cómo Valerie se había vengado de su novio Dennis después de haberlo soprendido con Jackie, el verano anterior. Los había visto por casualidad en el parque de atracciones, abrazados en la montaña rusa. Su relación había terminado entonces, pero no el asunto en general.
Valerie se había desquitado con el auto de Dennis, un Audi Cabriolet casi nuevo, que le importaba más que cualquier mujer en el mundo. Julie había montado la guardia mientras ella le reventaba los neumáticos, le abría la puerta y dibujaba una calavera en el asiento trasero con crema chantillí. Como la crema no había tardado en desinflarse, y Valerie no tenía experiencia en grafitis, al final parecía una húmeda carita feliz. Y apestosa, pues era un verano caliente y la crema se había descompuesto enseguida. Probablemente Dennis asociaría el olor a leche podrida con Valerie por el resto de su vida.
“Debo tener mucho cuidado de no enfurecerte nunca”, le había dicho Julie a su amiga. De eso se acordó en ese momento. Y de lo que Valerie le había dicho después. También se acordó de eso de pronto. “Tú y yo somos amigas. No podría hacerte daño nunca”.
Pero ahora esto. La puerta forzada, las flores destrozadas, la pared pintarrajeada. Todo por una estúpida prueba de admisión para una plaza de estudio que Julie había conseguido y Valerie no.
“No puede ser cierto”, pensó y sintió cómo se le aguaban los ojos. No quería llorar. No valía la pena ponerse a llorar por Valerie.
—¿Quién fue? —preguntó Christian.
Su voz sonó tan afligida y al mismo tiempo tan amorosa y tierna que Julie no pudo aguantar más. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Un riachuelo, un arroyo, una marea incontenible.
Él buscó un pañuelo, pero como no encontró ninguno le llevó un rollo de papel higiénico del baño. Ella arrancó un cuadrado, se secó los ojos, se sonó y siguió llorando.
Entonces él le quitó el rollo, la abrazó y la besó.
LA SEÑORA QUE ESTÁ DELANTE de nosotros en la fila es amable. Tiene una bolsa de gomitas en la cartera y me pregunta si quiero, y yo quiero. Pero mamá dice que no.
Es alérgico a la gomitas, dice. Pero eso no es cierto. Mamá tiene miedo de que las gomitas estén envenenadas, es por eso.
—La gente hace esas cosas —susurra—. Envenenan los dulces y las bebidas. Nunca recibas nada de un desconocido, ¿me oyes?
Seguro que las gomitas no estaban envenenadas.
Esperamos frente a la ventanilla porque mamá necesita dinero. Y nuestro turno tarda un buen rato en llegar. Mamá tiene que llenar un papel, pero no se acuerda de nuestra dirección.
—Justo se me acaba de olvidar. Qué cosas —dice y me mira.
—Calle Agnes Bernauer 143A —digo.
—Ah, sí, exacto —dice mamá.
El tipo detrás de la ventanilla la mira extrañado, como si estuviera burlándose de él.
—No le digas nada a papi —me dice cuando salimos a la calle.
Capítulo 6
PHILIPP HABÍA DUDADO ANTES de contratar una secretaria. Al tener tu propia empresa, pensaba, eres más independiente y flexible y te ahorras un buen dinero. Pero cuando los documentos pendientes habían empezado a acumularse, no solo en su escritorio sino también en el alféizar, los asientos y la mesa de reuniones, había tenido que reconocer que no podía seguir así.
Yasmin Färber fue la primera a la que entrevistó. Sus referencias y notas eran excelentes. Era encantadora y preciosa. Aun cuando entonces llevaba la blusa abotonada hasta arriba.
Philipp canceló las demás entrevistas y la contrató inmediatamente.
En las primeras semanas, Yasmin trabajó como una mula, adentrándose en la montaña de pendientes, incansablemente, sin protestar. No salía de la oficina antes de las nueve o diez de la noche, y también iba todos los fines de semana.
—Tómeselo con calma. No tiene que despachar en un par de días lo que yo postergué durante varios meses —le decía Philipp con frecuencia. Pero ella se limitaba a menear la cabeza y seguía trabajando horas extras hasta lograr ponerle orden a aquel caos administrativo. Hasta la señora Klopp admiraba actualmente el sistema de archivo de su predecesora.
En agradecimiento, Philipp invitó a comer a Yasmin. A la señora Färber, pues entonces todavía era la señora Färber para él.
Cuando llegó el aperitivo, le lanzó una mirada ceremoniosa.
—A partir de hoy, y en adelante, queda terminantemente prohibido entrar a la oficina los fines de semana. Usted trabaja demasiado. No puedo seguir cargando con esa responsabilidad.
—Y no tiene por qué suceder. —Sonrió Yasmin—. Ya pasó lo peor.
—Por usted y su talento organizativo.
Philipp alzó la copa y brindaron.
—Por que continúe el excelente trabajo colaborativo —dijo Yasmin.
Durante el plato fuerte, ella le habló de su trabajo anterior. Una colega la había acosado hasta tal punto que había tenido que renunciar. Después había pasado once meses sin trabajar.
—No porque no encontrara nada. No era el caso. Simplemente no podía aguantar más. Necesitaba un descanso. Usted no puede imaginarse lo desmoralizada que me dejó esa mujer.
—¿Cuál era el problema? —preguntó Philipp, consternado.
—Ninguno, en realidad. El jefe me prefería a mí porque hacía un mejor trabajo. Ella llevaba más tiempo en la empresa y estaba celosa. Pero no importa, olvidémoslo. Me alegro de que haya terminado.
—Pero ¿por qué renunció? Podría haberse quejado con el jefe. O con la junta. Tal vez habrían despedido a la otra y usted se habría librado del problema.
—¿Pero cómo habría quedado frente a los demás colegas? —Yasmin meneó la cabeza. Después sonrió—. Además… ¿qué sería de usted sin mí?
—Impensable —dijo Philipp sonriendo y llamó al mesero y pidió una botella de vino.
Durante el postre, pasaron a tratarse de tú. Yasmin le contó que se había separado de su novio hacía medio año. O más bien él de ella.
—Pero ya lo superé.
Esa habría sido la oportunidad ideal para que Philipp mencionara que estaba por comprometerse con Vivian y que se mudarían al apartamento nuevo. Pero la dejó escapar. Después trató de convencerse de que él prefería dejar por fuera su vida privada. Pero eso no se lo creía ni él mismo.
Las botas de Yasmin fueron su perdición, finalmente. Cuero rojo, tacones de diez centímetros. Encima una falda bastante corta y encima la blusa, abotonada ya no hasta arriba. Así se paseaba Yasmin por el pasillo y junto al escritorio de Philipp. A ella no le importaba si eso le molestaba. Y no le molestaba. Lo excitaba.
Cuando Yasmin descolgó el abrigo del perchero a las siete de la noche y se puso la bufanda, él se levantó también.
—Me muero de hambre —dijo Philipp—. ¿Tú?
—Yo también. Y mi refrigerador está vacío. Tengo que correr a comprar cualquier cosa antes de que cierren el supermercado.
—Olvídate del supermercado. Vamos a comer.
Yasmin asintió enseguida, como si fuera lo que esperaba. A lo mejor eso estaba esperando.
Cuando estaban saliendo de la oficina, llamó Vivian.
—¿A qué hora vienes? Estamos todos esperándote en casa.
—¿Cómo? ¿Quiénes son todos?
—Oye, es el cumpleaños de mi papá. ¿Se te olvidó?
Por supuesto que se le había olvidado. El cumpleaños del papá de Vivian se le olvidaba todos los años. Igual que el de su mamá.
—¿Te esperamos para comer?
—Mejor no… Oye, Vivian, hoy se me complicó el asunto. Tengo… una reunión importante con un cliente. Un contacto nuevo. Surgió de la nada. Tú sabes que las cosas no han sido fáciles últimamente, así que espero que me entiendan.
Era una canallada, una verdadera canallada. Pero Yasmin lo esperaba con sus botas rojas en la entrada de la oficina, escribiendo un mensaje en su celular, fingiendo que no oía nada, pero Philipp estaba seguro de que estaba aguzando el oído.
—Pues es una lástima —dijo Vivian, decepcionada.
—Felicita a tu papá de mi parte —dijo Philipp.
Y se fue a comer con Yasmin, pero no en el Amadeo ni el Languste, ni en ninguno de los sitios adonde iba con Vivian. La llevó a un restaurante turco que le había recomendado Marcel.
El ambiente era terrible y la comida espantosa, y Philipp estaba seguro de que Yasmin sabía por qué la había llevado allí.
—Lo siento —dijo arrepentido cuando el camarero les llevó la cuenta y dos copas de Raki[1]—. Eso no se hace.
—¿Qué? —preguntó Yasmin entretenida, y Philipp volvió a tener la sensación incómoda de que ella podía ver hasta lo más profundo de su alma.
—Confiar en las recomendaciones de los amigos.
—¿Y en qué se puede confiar entonces?
Él se encogió de hombros.
Ella apartó la copa de Raki.
—Necesito un trago de verdad. ¿Tú también?
Sí, eso era lo que Philipp necesitaba. Esta vez Yasmin propuso el bar. Y para alivio de él, era uno lejano, al que no había ido nunca. Philipp bebió tres vodkas, ella cuatro.
—Vaya —dijo impresionado—. ¡Qué resistencia la tuya!
—Lo necesitaba para olvidar esa comida espantosa.
—¿Otro?
—No, gracias. —Yasmin le hizo un guiño al mesero—. La cuenta.
Ella pagó los tragos, aunque él hizo todo lo posible por impedirlo.
—¿Puedo ofrecerte un café al menos? —preguntó Philipp.
—¿Turco? —se burló Yasmin.
—Italiano. Lo haré yo mismo —dijo él conteniendo la respiración.
Ella vaciló. Luego asintió.
—Por qué no.
Después pasó todo lo que tenía que pasar. Fueron donde Philipp, bebieron café y se acostaron. Yasmin durmió allí. A la mañana siguiente volvieron a hacerlo, desayunaron, fueron al trabajo, y al mediodía él la llevó al sofá de su oficina y le quitó las medias veladas y volvió a acostarse con ella.
Era hermosa. Un cuerpo esbelto, bronceado, pechos grandes, piernas largas. Eso la diferenciaba de Vivian, que era bajita, rubia y tierna. Por lo demás, eran asombrosamente parecidas. El sexo con Yasmin era igual al sexo con Vivian. Salvo que era prohibido.
Philipp no tardó en darse cuenta de que Yasmin iba en serio, tan en serio como Vivian. Después del sexo en la oficina, lo miró pensativa.
—¿Qué pasará ahora con nosotros?
Él se encogió de hombros, desconcertado.
—No lo sé. Necesito aclararme primero. Esto me tomó completamente por sorpresa.
Tres oraciones, tres mentiras. Mentira uno: él sabía perfectamente lo que pasaría. Se comprometería con Vivian, se mudarían al apartamento nuevo y se casarían. Terminaría el asunto con Yasmin lo más pronto posible. Mentira dos: no había nada que aclarar. Mentira tres: eso no lo había tomado en absoluto por sorpresa. Sabía perfectamente lo que hacía. Aunque no había contado con que Yasmin lo vería todo con ojos tan diferentes.
—¿En qué piensas? —preguntó él mientras se vestían.
—En nada —dijo ella—. No puedo pensar claramente. De lo enamorada que estoy. Como una adolescente.
“¿Enamorada?”, eso no sonaba bien. Eso sonaba complicado. Eso no le gustaba nada.
—Mi último novio era un cabrón —le contó—. Me mintió y me engañó. Al final me sentía como lo peor del mundo. Por eso dudé tanto en permitir que pasara algo contigo.
“¿Dudar tanto? Un momentito”, pensó Philipp. Yasmin había ido a comer con él inmediatamente, lo había invitado al bar y se había ido a la casa con él.
—Hace semanas que me di cuenta de lo que te pasa —continuó ella.
—¿Y qué me pasa? —preguntó Philipp nervioso.
—Pues que tu relación se terminó. No hacen más que pelear.
¿Perdón? ¿De qué estaba hablando? Él se había peleado por teléfono con Vivian. Cierto. Pero eso sucedía hasta en las mejores parejas. La mentira de la reunión con el cliente había estado mal. Pero eso también era… comprensible.
Yasmin se abotonó la blusa.
—Lo mismo me pasó con Jonas, mi ex. Al principio nos peleábamos todo el tiempo, después me engañó y terminamos. Fue mejor así, aunque me demoré en entenderlo.
Philipp sudaba, buscando las palabras. Lo que pasó entre nosotros no fue nada serio. Una aventura, una entretención. Nada que pudiera poner en peligro mi relación con Vivian. Pero Yasmin no quería oír eso. Y no era cierto, además. El que Philipp se hubiera enredado con ella no tenía mayor importancia para él, pero si Vivian se enteraba, sería el fin. Terminarían. Ella no se lo perdonaría nunca.
Por eso, estaba completamente decidido a hacer borrón y cuenta nueva. Era su única alternativa. Terminar el asunto con Yasmin cuanto antes, contarle todo a Vivian y hacer penitencia. Hasta que ella lo perdonara. O no.
A la mañana siguiente llamó a Yasmin a su oficina.
—Lo siento —le dijo—. Sé que soy un cabrón, pero debes entenderme.
Yasmin no entendía nada. Se había quedado de una pieza.
—¿Qué está pasando? ¿Puedes explicármelo?
—Que lo nuestro no puede ser, eso es lo que pasa. Yo amo a mi novia. Solo me demoré en verlo claramente. Lo siento.
Ella lo miró anonadada. Abrió la boca, la cerró.
—Tú… —continuó Philipp—. Bueno… Aprecio mucho tu trabajo como secretaria. Y lo sabes. Pero no podemos seguir trabajando juntos después de todo lo que pasó.
La despidió. Sin aducir razones, pues todavía estaba en periodo de prueba. Ella empacó sus cosas y se fue. Él oyó sus botas rojas en la escalera, clic, clac, mientras sus pasos se alejaban, y se marchó.
Philipp llamó entonces a Vivian y quedaron de verse por la noche. Después se paseó media hora por la oficina, agarrándose el pelo, sudando. Incluso lloró un poco. No había vuelto a llorar desde que tenía doce años.
Alguien timbró a las cinco de la tarde. “Yasmin”, pensó alarmado. Volvió para hacerme una escena. Pero era Marcel.
—¿Qué te pasa? —preguntó preocupado al ver su rostro pálido—. ¿Estás enfermo?
—Sí.
Philipp se dejó caer en su asiento y cerró los ojos.
—¿Tienes fiebre? —Marcel le puso una mano en la frente—. No, no parece. Pero te ves muy mal.
—Gracias.
—No, en serio. ¿Quieres que te lleve al médico?
—Un médico no puede ayudarme. Pero tú sí, tal vez.
—¿Cómo? Oye, si estás enfermo, prefiero llevarte a urgencias…
—Qué va. Siéntate.
Marcel se sentó. Philipp se levantó de un brinco.
—Necesito un consejo —anunció.
Marcel guardó silencio.
—Yo… Es lo siguiente… En fin. ¿Qué harías si…?
Philipp corrió a la puerta y regresó.
—¿Si qué? —preguntó Marcel—. ¿Tienes cáncer? ¿VIH?
—No, nada de eso.
Y esa conversación tampoco serviría de nada. Marcel no podía ayudarle. Nadie podía. Pero Philipp había empezado y ahora tenía que terminar.
—Tiene que ver con Vivian. Yo… lo estropeé. Y ahora no sé si debo contarle.
—Todo depende de cuánto te importe la otra —dijo Marcel.
—Ya se terminó. Fue una tontería sin ninguna importancia.
—Entonces no le digas nada.
—Vivian es todo para mí. Tengo que ser honesto con ella, ¿no?
—¿Por qué? Si le dices la verdad, le harás daño. Es posible que te deje por eso. Aunque ya se haya terminado. Aunque no haya tenido ninguna importancia. ¿Eso es lo que quieres?
No, eso no era lo que Philipp quería. Marcel tenía razón. Era una tontería, no tenía ningún sentido poner en riesgo su relación con Vivian por un solo polvo. Bueno, tres. No podía hacerle eso. Tampoco quería hacérselo a sí mismo. Lo mejor era no decir nada. Y lo más fácil.
—¿Algo más? —preguntó Marcel.
—¿No te parece suficiente? Gracias. Me ayudaste mucho.
—Con gusto. Siempre a la orden. —Marcel sonrió—. Déjalo así —añadió y volvió a ponerse serio—. No vale la pena. En absoluto.
Philipp asintió. Ahora también estaba convencido.
—No se diga más —decretó Marcel.
Philipp no había vuelto a ver a Yasmin desde entonces. Bueno, se la había encontrado una vez en el supermercado, en la sección de frutas y verduras. La había visto antes de que ella pudiera verlo, o al menos esperaba que no lo hubiera visto, y se había alejado apresuradamente por la sección de papelería y las cajas, directo hacia fuera. Después no había vuelto nunca a ese supermercado.
Pero ella lo había llamado varias veces, preferiblemente de noche.
El teléfono sonaba y él contestaba, pero no hablaba nadie. Una respiración suave, eso era todo lo que se oía. “¿Yasmin? ¡Maldición! Si eres tú, di algo”. Como no había respuesta, él colgaba. Vivian tenía un sueño pesado, por fortuna, y el teléfono no solía despertarla. “Equivocado”, había dicho él una vez que sí la había despertado. “Eso está pasando mucho últimamente”, había dicho ella.
Incluso había considerado la posibilidad de instalar un dispositivo de interceptación; pero, conociendo a Yasmin, seguramente lo llamaría desde distintos teléfonos para que no pudiera rastrearla. De modo que había decidido ignorarla, simplemente. Ella se cansaría en algún momento, y él descansaría.
Desde entonces no había vuelto a contestar cuando no podía ver quién llamaba. También había cambiado su número de celular, y lo apagaba por las noches. “¿Está todo bien?”, le había preguntado Marcel cuando le había dado su nuevo número. “Claro. Solo necesitaba salirme de ese contrato”, había contestado Philipp. Marcel había asentido. Ninguno de los dos había vuelto a mencionar a Yasmin.
Con el tiempo, había vuelto a contestar el teléfono normalmente. Yasmin no había vuelto a llamar. Él había contratado a la señora Klopp, que usaba un calzado apropiado y llevaba un peinado tradicional. Su vida se había estabilizado, pero seguía teniendo la sensación permanente de que Yasmin lo observaba. Siempre al acecho, lista para atacar.
Hasta que sucedió. Precisamente la noche en que pensaba proponerle matrimonio a Vivian. No había sido una casualidad. ¡No podía haber sido una casualidad!
Philipp caminaba a pasos agigantados por el parque, aunque eran las once de la mañana y una montaña de trabajo lo esperaba encima de su escritorio. Pero no había podido aguantar más en la oficina. Aquella habitación era demasiado pequeña para sus preocupaciones, tenía que salir. Sin embargo, tampoco se sentía mejor en el parque. Era el primer día soleado en mucho tiempo y estaba repleto de estudiantes, mamás, grupos de niños. Todos corrían, caminaban y pedaleaban por los senderos, empujaban cochecitos de bebés o yacían inmóviles al sol sobre sus toallas y tumbonas.
Pensó en las piernas de Yasmin, uniformemente bronceadas. A lo mejor estaba allí también. A lo mejor estaba tomando el sol muy cerca, tramando su próximo ataque. “A lo mejor me intervino el teléfono”, pensó alarmado. “¡Qué tontería! ¿Cómo podía haberlo hecho?”. Después de que la había despedido, Yasmin había empacado sus cosas y abandonado la oficina y no había vuelto nunca.
¿O sí? Philipp había encontrado su juego de llaves dos días después en el buzón. Tiempo de sobra para sacar una copia.
—Tengo que cambiar las guardas —murmuró con voz tan fuerte que el corredor que acababa de pasar a su lado se giró sorprendido.
Entonces sintió un escalofrío. Tal vez le había intervenido el computador y manipulaba su webcam. Y leía todos sus correos electrónicos y sabía lo que hacía y lo que pensaba. Y no se rendiría hasta haber destruido su relación con Vivian.
“Tengo que revisarlo todo inmediatamente”, pensó. Aceleró los pasos, iba casi corriendo. Quería regresar a la oficina y retomar las riendas de su vida. Pero se detuvo de golpe. Eso era lo que ella quería. Que entrara en pánico, que tuviera miedo.
“Calma. Piénsalo muy bien. ¿Cuáles son tus posibilidades ahora?”, se dijo. Podía hacer borrón y cuenta nueva y confesar. Entonces Vivian se enfurecería y lo dejaría, seguro. O podía esperar a que Yasmin lo hiciera por él. Vivian también lo dejaría. Dos alternativas con el mismo resultado. Era el fin.
La cabeza le retumbaba a Philipp cuando regresó a la oficina, pero había tomado una decisión: no bailaría al son de Yasmin. Le pondría fin a su juego. Mostraría las cartas. Si Vivian se enteraba de todo, Yasmin habría ganado. Y perdido. Pues habría perdido el poder sobre Philipp. ¿Y luego? Luego nada. No quería pensar en las lágrimas de Vivian, en sus reproches, su desesperación. Aquella situación era insoportable. Tenía que liberarse. Todo lo demás se vería después.
El timbre del teléfono lo arrancó de sus pensamientos.
—¿Hola?
—Soy Vivian. ¿Estás mejor?
—¿Mejor? —Ah, el dolor de cabeza, verdad. Se suponía que había tenido migraña el día anterior—. Mucho mejor. Lamento haberte dejado plantada.
—Marcel te reemplazó. Fue una noche agradable.
—Bueno, menos mal. ¿Qué haces?
—Estudio.
—Quisiera verte.
—¿Ahora? No puedo. Tengo un examen mañana.
—Es importante.
—¿Qué pasa?
—No quiero hablar de eso por teléfono. Tenemos que vernos. En serio, Vivian.
—Huy, no me asustes. ¿Pasó algo?
—¿Nos vemos en el Capriccio? ¿En media hora?
—Claro —dijo ella finalmente tras una breve vacilación.
Philipp había dado el primer paso hacia el abismo. Se levantó y salió al pasillo.
—Necesito irme de nuevo —le informó a la señora Klopp.
—¿Otra vez? —La secretaria lo miró sorprendida—. Justo iba a hablar con usted. Llamaron de la oficina del doctor Campbell-Schildknecht, que, por favor, les devuelva la llamada. Y el señor Diesler ha tratado de comunicarse con usted ya tres veces. Pero su celular estaba apagado.
El señor Diesler era Marcel.
—¿Qué quería?
La señora Klopp se encogió de hombros.
—No me lo dijo. Pero dijo que era urgente.
El apartamento. Una nueva catástrofe, probablemente. Pero de pronto se dio cuenta de que eso ya no debía preocuparle. Si Vivian se enteraba de todo, lo dejaría y no se casarían. Entonces ya no necesitaría el apartamento. “Sería… libre”, pensó con una sensación de alivio que lo sorprendió y lo sobresaltó.
—Lo llamaré por el camino. Llame usted al doctor Campbell-Schildknecht. Dígale que lo llamaré mañana. No me estoy sintiendo bien.
—Lo siento. Que se mejore.
Philipp asintió brevemente y salió de la oficina.
Vivian llevaba el vestido azul claro de escote redondo y falda ancha que a él le encantaba. Y el pelo recogido hacia atrás con una banda blanca. Era tan bonita, tan joven e inocente... y vulnerable.
—Por fin llegaste —dijo ella.
Él le dio un beso. Tal vez era el último.
—¡Desembucha, por favor! Estoy muy nerviosa. ¿Qué pasa?
Esa sonrisa. Un poco temerosa, pero también curiosa. Nunca volvería a mirarlo así. Te engañé con mi secretaria. Cinco palabras. Un punto final.
—¿Ya pediste algo? —preguntó Philipp.
—Té. ¿Qué quieres?
—Agua.
De pronto sintió la boca muy seca. Le hizo una seña a la mesera, que no le hizo caso. Daba igual.
Vivian cruzó los brazos en el pecho y lo miró expectante.
Philipp se aclaró la garganta. Y entonces sonó su celular. Marcel. Había tratado de llamarlo desde el auto, pero había contestado el buzón.
—Lo siento —dijo.
Vivian suspiró.
—¿Hola? —contestó Philipp.
—¡Por fin! ¿Dónde diablos te metiste?
—En un café. Estoy… con Vivian.
—Ah. Lo siento.
—¿Qué pasa, Marcel? —preguntó Philipp, algo impaciente.
—Es el apartamento. Tienes que venir de inmediato.
La profesora de colegio que vivía en el piso de abajo había dado la señal de alarma al notar las manchas de humedad en su techo. El agua no había tardado en chorrear por sus paredes poco después.
—Todo también está mojado donde los vecinos de abajo —les informó irritada cuando Philipp y Vivian entraron a su apartamento.
—Bajaré a verlo después —le prometió Philipp.
—¿Cómo pudo pasar algo así? —gritó la mujer.
—Ya quisiera saberlo —dijo Marcel cuando Philipp le planteó la misma pregunta al cabo de un rato.
Tras la llamada urgente de la vecina, Marcel había ido al apartamento de inmediato. El conserje había abierto la puerta y había cerrado la llave del baño. El agua había inundado primero el lavamanos tapado y luego el ático entero.
—¿Habrá sido alguno de los obreros? —preguntó Philipp.
Marcel estaba recogiendo el agua con un trapeador y un balde.
—La llave estaba abierta hasta el tope.
—Eso es algo que no se pasa por alto tan fácilmente. —Vivian, que también había agarrado un balde, escurrió un trapo encima de este—. Pareciera como si alguien lo hubiera hecho a propósito.
“Yasmin”, pensó Philipp. Ahora sí se había enloquecido del todo.
—¿Quién fue el último en salir? —le preguntó a Marcel.
—Yo. Le mostré el apartamento al nuevo electricista y nos pusimos de acuerdo. Y cerré la puerta al salir. La llave del baño estaba cerrada cuando me fui. Pero no hay ningún testigo.
—Hum.
—Ya vinieron los otros vecinos a quejarse —continuó Marcel—. Todos están furiosos, por supuesto, como es de esperar. Es decir, ninguno estaba muy contento contigo desde antes.
—¿Y no les explicaste que no tuve la culpa?
—Pues claro. Pero que me hayan creído es otra historia.
—¿Y ahora? ¿Qué vamos a hacer?
—Primero, tenemos que sacar el agua. Casi toda se filtró ya por el suelo. El parqué está perdido. Hay que quitarlo, sin falta. Y hay que secar las paredes y el piso con una máquina especial antes de que los obreros puedan continuar. Me temo que habrá que hacer lo mismo donde los vecinos afectados.
—¿Y quién corre con los gastos? —preguntó Vivian, horrorizada.
Marcel se encogió de hombros.
—No lo sé todavía, honestamente. Si hubiera sido uno de los obreros, podríamos recurrir al seguro de responsabilidad civil. Pero no puedo creer que haya sido alguno de ellos.
—¿Quién puede haber sido entonces? La puerta del apartamento no estaba forzada, ¿o sí?
—No. Incluso estaba cerrada con llave, según el conserje.
—Entonces sabemos por seguro que el agresor tenía una llave.
—Para el momento, hay por lo menos cinco llaves en circulación. Cualquiera podría haber sacado una copia —dijo Marcel.
—El electricista del que me hablaste —dijo Vivian—. Ese que hizo todo mal, al que querías echar, ¿no podría tener algo que ver? ¿En venganza o algo así?
—No he hablado con él todavía —repuso Marcel—. Además, le vamos a pagar todo completo. No tiene ningún motivo para vengarse.
—Si el seguro no se hace cargo, estoy perdido —murmuró Philipp—. El apartamento está totalmente arruinado. Y además hay que arreglar los de los vecinos.
—Tenemos que esperar primero —dijo Marcel—. Ya encontraremos una solución.
Vivian se despidió después de haber terminado de secar el último charco de agua.
—Lo siento, pero tengo que irme —dijo—. El examen. Si no estudio otro rato, me irá muy mal.
—Claro —dijo Philipp, cansado—. Muchas gracias por tu ayuda.
—Al fin no hablamos. ¿Qué querías decirme?
—Ah. Eso ya no importa —dijo Philipp.
Ella se empinó en las puntas de los pies y le dio un beso.
—No te preocupes demasiado. Marcel tiene razón, ya encontraremos una solución. En el peor de los casos, mi papá nos ayudará.
“No cuando se entere de por qué sucedió todo”, pensó Philipp.
—Ahora vamos a hablar sin rodeos —dijo Marcel después de que Vivian se fuera—. ¿Qué está pasando?
Philipp se dejó caer en una silla plegable. Marcel también agarró una y se sentó.
—Es una mierda. Todo es una mierda —dijo Philipp.
Marcel asintió.
—Podría decirse.
—Ya te conté lo de Yasmin.
—Lo de tu amorío.
Amorío. Sonaba tan divertido e inofensivo.
—Creo que ella tuvo algo que ver.
—¿Por qué lo dices?
—Me envió un mensaje de texto.
Philipp sacó el celular del bolsillo, buscó el mensaje y se lo mostró.
—Lo pasado no se olvida —leyó Marcel—. Regresa. Te atrapa. El 2 de julio pagarás. —Alzó la mirada—. ¿Qué pasa el 2 de julio?
—No tengo ni idea. Pregúntale a Yasmin. Está loca. Después de que la despedí, estuvo aterrorizándome por teléfono durante semanas. Y ahora esto. Debe de haberse enterado, no sé cómo, de que quería pedirle matrimonio a Vivian. Mejor dicho, quiero.
—¿Estás seguro de que fue ella? —La mirada desconcertada de Marcel se paseó por el apartamento asolado—. Si eso es cierto, deberían encerrarla.
—¿Se te ocurre otra explicación relativamente lógica? A mí no.
Marcel apoyó los codos en las rodillas y el mentón en las manos.
—¿Qué piensas hacer? ¿Llamar a la Policía?
—¿Y qué podría hacer la Policía? No puedo demostrar nada.
Marcel asintió. Buscó sus cigarrillos, pero al sacar la cajetilla del bolsillo de la camisa, estaba vacía. La arrugó, frustrado, y la arrojó al suelo mojado.
—Tienes que hablar con ella.
—Esa era mi idea. Por eso estábamos juntos. Pero me llamaste antes de que pudiera confesarle nada.
—No me refería a Vivian —dijo Marcel—. Sino a Yasmin.
—¿A Yasmin? ¿Para qué? Ella está loca, no hay nada de qué hablar.
—Quizá puedas hacerla entrar en razón. Al parecer eres muy importante para ella. Y si eso no funciona, tienes que provocarla. Hasta que lo reconozca todo. Así podrás denunciarla.
—¡Como si fuera tan fácil! Incluso si confesara, podría negarlo todo después.
—No si llevas un testigo —dijo Marcel.
[1] Licor anisado de origen turco [N. del T.].
PAPI PONE LOS BRAZOS DEBAJO DE MI PANZA.
—El agua te sostiene —me dice—. Aunque quite las manos, no te hundirás.
—¡No las quites! —le grito y trago agua.
Todos mis compañeros saben nadar, menos yo. La profesora Heimann dice que tengo que hacer un curso, pero papi dice que no es necesario. “Si hace buen clima, te enseñaré este fin de semana”.
Ahora ya llegó el fin de semana y estamos en el agua, papi y yo. Estoy sobre sus brazos, y mamá está en la orilla sobre la toalla. Pero yo no puedo nadar todavía. Y toso porque tragué agua.
Papi espera hasta que termino de toser. Tengo miedo de que se enfurezca, como papá se enfurecía conmigo cuando me daba por vencido. De vez en cuando hay que hacer un esfuerzo. Pero papi no se enfurece.
—Volvamos a la parte donde puedes sostenerte de pie —me dice. Después se aleja y me dice—: ¡Salta!
—No puedo, es demasiado lejos —le digo.
—¡Trata! —me responde.
Entonces salto al agua, lo más lejos posible, y braceo hasta alcanzarlo.
—¡Genial! —me dice—. Así se hace. Solo un poco más.
Entonces se aleja aún más, y yo vuelvo a saltar y bracear y toco un poco el piso con los pies, pero solo un poco, y lo alcanzo. Y así nos pasamos la mañana entera, y la tarde, y al final ya puedo nadar y no entiendo por qué antes no podía.
—¡Estoy muy orgulloso de ti! —dice papi, y mamá también está orgullosa.
—¡Mi niño grande! —me dice, y mira a papi y después se pone a llorar.
—¡Sin llorar! —dice papi—. Todo está bien, mi flor.
—Todo está perfecto, mi flor —le digo yo, y entonces mamá se ríe de nuevo.
Capítulo 7
MORITZ HABÍA RECIBIDO UN GOLPE MUY FUERTE, se había derrumbado y ahora ya no podía levantarse. Casi no había vuelto a salir de su cuarto desde las pruebas orales. Nadie sabía qué hacía en todo el día. A lo mejor se la pasaba metido en Internet o mirando la pared. Pero de su habitación no salía ningún sonido.
“Estoy bien. No se preocupen”, insistía cuando le preguntaban qué le pasaba. Pero esto solo preocupaba aún más a sus papás. “Está deprimido por su fracaso en los exámenes”, Sophia le había oído decir a su mamá por el teléfono.
¡Fracaso! Su hermano había sacado un promedio con el que ella apenas podía soñar. “Es ridículo”, pensó.
—¡No puedo entender todo este espectáculo! —les dijo Sophia a sus papás mientras comían. Moritz estaba nuevamente ausente—. Después de uno o dos semestres de espera, ese promedio será suficiente. Y podría utilizar ese tiempo para estudiar enfermería. O para hacer un año de trabajo social en un hogar geriátrico o en los barrios pobres de Calcuta. Sería una buena preparación para la carrera de Medicina.
—Él quería lograrlo —suspiró la señora Rothe—. Moritz no está acostumbrado a los contratiempos.
—Ay, pobre —se burló Sophia—. En cambio yo puedo darme por contenta porque soy experta en contratiempos.
El señor Rothe quería replicar algo, pero se interrumpió porque la puerta se había abierto y Moritz había aparecido de pronto en el comedor, pálido como un fantasma. Ojeroso. Con los ojos clavados en su familia. Pero Sophia tuvo la sensación de que los atravesaba a todos con la mirada. Como cuando lo había visto al otro lado de la calle.
—¡Moritz! —La mamá se levantó de un brinco y corrió hacia su hijo como si fuera un enfermo que necesitaba apoyo—. ¿Estás mejor?
Él meneó la cabeza, de mala gana.
—Toma —dijo—. Me llegó esta mañana.
Puso una hoja en la mesa delante de su papá.
—Es de la Universidad de Heidelberg. Tus resultados…
El señor Rothe alzó la mirada hacia su hijo, sorprendido. Moritz había hecho el examen de clasificación en abril, y esto podía mejorar considerablemente sus posibilidades de entrada, si sacaba un buen puntaje.
—¿Y? ¿Ya revisaste?
Moritz asintió. Después se apretó el puente de la nariz con el pulgar y el índice y cerró los ojos al mismo tiempo.
—No son buenos —susurró la mamá.
—Por encima del promedio —dijo Moritz—. Obtuve un puntaje de 130.
—Aclárame eso —dijo el papá—. ¿A qué nota equivale?
—Es como sobresaliente —dijo Moritz.
Sophia reprimió un chillido. Habría querido levantarse y largarse. “Es como sobresaliente”. Y la manera en que lo había dicho. Como si fuera lo más obvio e insignificante del mundo.
—¡Es maravilloso! —dijo en cambio—. ¡Felicitaciones, Moritz, lo lograste!
Pero su voz no había sonado amable, demasiado cortante.
—Solo sabremos si realmente lo logró cuando reciba la carta de aceptación —dijo el señor Rothe con serenidad, como si no hubiera notado el tono burlón de su hija—. Pero eso aumenta enormemente sus posibilidades. Me alegro mucho.
—Yo también —dijo la señora Rothe—. Espero que esto te ayude a mirar con más seguridad hacia el futuro. Ha sido muy duro ver lo deprimido que has estado últimamente.
Moritz alzó la carta y la miró como si la viera por primera vez.
—¿Está todo bien? —preguntó su papá—. ¿Te pasa algo?
Entonces Moritz arrugó la hoja lentamente.
—No pienso hacerlo —dijo despacio.
—¿No piensas hacer qué? —preguntó su mamá, que casi se cae del asiento.
—Ya no quiero estudiar Medicina. No es lo mío.
—¿Por qué lo dices? —preguntó su papá, perplejo—. Desde hace años estás seguro de que quieres ser médico.
—Pero ahora estoy más seguro aún de que no quiero serlo.
—¿Pero cómo lo sabes? Si ni siquiera has empezado. Yo también tuve dudas durante la carrera. Pero cuando terminas, es una profesión maravillosa…
—No insistas, papá. No tiene sentido. No puedes convencerme.
—¡No quiero convencerte! —gritó el señor Rothe, ofendido—. ¿De qué me estás acusando? ¿Alguna vez te he presionado para que estudies Medicina? Fue una decisión tuya, desde el principio. Que me alegraba, lo reconozco. Y ahora quisiera entender por qué cambiaste de opinión tan repentinamente.
—Porque me di cuenta de que no puedo con eso.
—¿Que no puedes con qué? ¿Con la carrera? ¿O con la profesión?
—Con ninguna.
El señor Rothe se había quedado sin palabras.
—A lo mejor has estado demasiado ocupado últimamente —dijo al fin—. El colegio, los deportes, las actividades extras… ¿Por qué no te das un descanso y te vas de paseo? Vete con un par de amigos a la playa.
Moritz se encogió de hombros.
—No quiero irme de vacaciones. Primero quiero trabajar un rato. Y pensar.
—¿Trabajar? —preguntó la mamá, extrañada—. ¿En qué?
—De mesero. En una pizzería del centro. Un amigo me consiguió el trabajo. Empiezo mañana.
—Si eso es lo que quieres… —dijo el papá con tono diplomático—. La carrera de Medicina no se irá a ninguna parte. Si decides hacerla después —añadió rápidamente.
Moritz asintió con aire ausente. Después arrugó aún más la carta y arrojó la bola de papel hacia el cubo de basura que estaba junto a la puerta. La bola chocó en el borde y cayó justo al lado.
¿Sería que Felix sabía qué rayos le pasaba a Moritz? ¿Por qué había cambiado tanto de repente? Si hubiera tenido su teléfono, Sophia habría podido llamarlo y preguntarle. “Estoy muy preocupada por mi hermano”, le habría dicho. “Tú que lo conoces, ¿no será que puedes ayudarlo?”.
La sola idea era un descaro, pues Moritz no le interesaba en absoluto. Le interesaba su amigo Felix. Desde su aparición repentina en la puerta de su apartamento, hacía dos semanas, pensaba en él constantemente. El corazón se le aceleraba cada vez que oía el timbre. Pero era el cartero o un vendedor o una amiga de su mamá. Felix no había vuelto a manifestarse.
Tal vez lo había aburrido su conversación o lo había espantado el caos de su cuarto. Tal vez se había peleado con Moritz y no se dejaba ver por eso. Tal vez se había mudado.
“A los hombres no les gusta que las mujeres seamos intensas”, le había explicado Emily. Aunque todos aseguren lo contrario. En realidad, hoy en día las cosas son iguales a como eran en la prehistoria: la mujer tiene que esperar hasta que el hombre dé el primer paso. Si no, el hombre se asusta y huye. ¿Pero si el hombre no piensa dar el primer paso y se aparta simplemente? “Pues entonces olvídate. Hay más hombres en el mundo”, le oyó decir a Emily.
Sophia se dejó caer en su cama y cerró los ojos. Se imaginó que Felix había dado el primer paso y luego el segundo y la había invitado a pasar vacaciones en una isla en el sur. Y entonces vivían en una choza de palmeras en la playa, durante semanas o meses o por el resto de sus vidas. Nadaban en el mar, pescaban y asaban los pescados en una fogata y se daban de comer mutuamente y bebían leche de coco, aunque Sophia odiaba el pescado tanto como el coco. Y se besaban al atardecer. Y al amanecer. Y siempre.
Suspiró. Una suave campana sonó en su computador. Un nuevo correo electrónico. “Felix”, pensó. Y se levantó tan rápido que se mareó. “¿Por qué habría de escribirme? Si no me ha escrito nunca”. Pero eso no fue suficiente para convencer a su cuerpo, que temblaba de los nervios cuando se dirigió al escritorio y abrió el correo.
No tenía remitente, pero sí un asunto: 2 de julio. Otro mensaje de Sarah Volker.
Te veo. No me olvides.
“¡Idiota!”, pensó Sophia furiosa. “¿Qué diablos quieres de mí? ¿Por qué te dio por quejarte ahora? ¿Por qué no te defendiste en el momento? Metiste el rabo entre las piernas y te cambiaste de colegio y ahora, un año después, te da por quejarte conmigo. ¡Precisamente conmigo! Pero no le escribes a Emily, claro que no, a eso sí no te atreves”.
“Voy a llamarla”, pensó. Y se asombró de no haberlo pensado antes. En la guía telefónica de Internet encontró diecisiete personas de apellido Volker, pero solo una vivía en la calle Norte. Los dedos le temblaban de la rabia al marcar el número. “¡Ya verás!”.
—Familia Volker —contestó una voz femenina.
—¿Sarah? —preguntó Sophia—. ¿Eres tú?
Un silencio breve.
—¿Quién habla?
—Sophia Rothe.
Un silencio más largo.
—Estuvimos juntas en el colegio. En el Heinrich Heine —dijo Sophia. Si era Sarah con la que estaba hablando y no su mamá o su hermana.
—Lo sé —dijo Sarah—. ¿Qué quieres?
—Tú sabes —dijo Sophia.
—¿Perdón?
—El correo que me mandaste. Te veo. No me olvides. Y el otro de hace unas semanas.
—¿Estás loca? —preguntó Sarah, desconcertada—. ¿Por qué iba a escribirte? Si casi ni me acuerdo de ti.
—¡Ay, Sarah! ¡Por favor! Fuimos muy crueles contigo. Y yo me avergüenzo de haber participado. Todo el rollo ese de Facebook fue algo de muy mal gusto.
—Eso fue Emily —dijo Sarah—. Y Luzie. Y Marie y Emma. Ellas fueron las que lo tramaron todo.
—Y yo. Yo también.
—¿Tú? —exclamó Sarah, despectiva—. Tú también fuiste una víctima. Ellas no te tomaban en serio.
—Yo manipulé las fotos —dijo Sophia.
Pero no sonó como una confesión sino como una justificación, aunque sabía que Sarah tenía toda la razón. Emily y las otras no la habían tomado en serio. Simplemente la habían utilizado para luego abandonarla.
—¿En serio? ¿Fuiste tú? —preguntó Sarah, indiferente—. ¡Pues muchas gracias!
—Lo lamento —susurró Sophia.
—No. En serio. Gracias. Lo de las fotos me dio el impulso necesario. Fue la última patada en el trasero. Por eso me fui. Y ahora estoy bien. Hasta soy la representante de mi curso, ¿puedes creerlo?
No, Sophia no podía creerlo. ¿Sarah, representante? Pero a lo mejor ya no tenía granos.
—No te mandé ningún correo. Quizá fueron las otras. Porque ahora es tu turno. Quién sabe qué estarán tramando. Ellas son capaces de cualquier cosa. De verdad, Sophia, deberías cambiarte de colegio. Ellas no te aceptarán nunca. Por más que te rebajes.
Sarah colgó y suspiró aliviada. Sophia estaba convencida de esto, aunque no había podido oírlo, claro. Sarah tenía razones de sobra para estar feliz y aliviada. Porque nada de eso era asunto suyo, sino única y exclusivamente de Sophia.
Quienquiera que hubiera escrito ese mensaje, no había sido Sarah. Y tampoco Emily. Sophia no podía imaginarse por qué lo haría. ¿Quién había sido entonces? ¿Quién la observaba? ¿Y por qué?
Te veo. No me olvides. Y esa extraña mención del 2 de julio. Estaban a 4 de junio; menos de un mes para la fecha en cuestión.
—¿Qué pasa el 2 de julio? —susurró.
Se acercó a la ventana y miró hacia fuera. Al otro lado de la calle había un hombre que escribía algo en su celular. “Es él”, pensó. Y tuvo que apoyarse en el alféizar porque había vuelto a marearse. Pero el hombre guardó el teléfono y continuó su camino. Falsa alarma. O no. A lo mejor la había visto y se había ido por eso. Podía haber sido cualquiera de los que estaban allí afuera.
—Tengo que ir a la Policía —murmuró.
“El acoso cibernético es un delito”, había dicho la directora de curso con voz sombría cuando el asunto de Sarah había salido a la luz. “Pero a mí no me está acosando nadie”, pensó Sophia. “Están amenazándome. Y si voy a la Policía, quedará al descubierto lo que hice en aquel entonces”. Pero de pronto se dio cuenta de que ya no tenía nada que esconder. ¿Sarah no acababa de agradecerle por haber manipulado las fotos?
¿Cómo se ponía una denuncia? ¿Debía llamar a la Policía o ir directamente a una comisaría? Sophia meneó la cabeza. Primero hablaría con sus papás.
—¿Por qué nos muestras esto ahora? —preguntó su papá, perplejo, cuando Sophia puso los correos impresos en su escritorio—. ¿Cuándo recibiste el primero?
—Hace unas tres semanas. Pero no lo tomé muy en serio.
—¡Por Dios! —exclamó su mamá—. Eso suena muy amenazador. Estaré todos los días con ustedes hasta el 2 de julio. ¿Qué significa esa fecha?
—¿Tienes problemas con alguien? —preguntó el señor Rothe.
—No. No tengo ni la menor idea de quién podrá ser.
—Ustedes —murmuró él.
—¿Qué?
—Ustedes creen que se libraron de mí. Pero yo no los olvido. No se refiere a ti solo.
—Cierto. Pero en el último sí se dirige a mí. Te veo. No me olvides.
—De todos modos, parece como si no te hubiera escrito a ti solo sino a más personas. ¿Has hablado de esto con tus amigas?
“¿Cuáles amigas?”, pensó Sophia.
—A lo mejor es alguien de tu curso —dijo su mamá—. Piénsalo. ¿No se te ocurre nadie?
Sophia negó con la cabeza.
—Ni idea. En serio que no.
—Probablemente sea una broma tonta —dijo su papá, pensativo—. Pero no podemos estar seguros. Y por supuesto que iremos a la Policía. Pondremos la denuncia.
—¿Iremos? —preguntó la señora Rothe, irritada—. Querrás decir: irán. Yo iré con Sophia a la Policía.
—Mañana tengo una cita tras otra —dijo el señor Rothe—. En realidad no puedo…
—Yo puedo ir sola —dijo Sophia—. Solo necesito que me digan dónde.
—No, yo te llevo —dijo su mamá—. Por la mañana trataré de averiguar quién está encargado de esos casos. Y te acompañaré, por supuesto. Mi trabajo no es tan importante —añadió con tono sarcástico, mirando de reojo a su marido.
Antes de tener a los hijos, la señora Rothe había trabajado como auxiliar en el consultorio del señor Rothe. Cuando Sophia había cumplido los cinco años, había querido volver a trabajar allí, pero para entonces había un moderno sistema de computadores y nuevas auxiliares que no querían tener que trabajar con la esposa del jefe. De modo que la señora Rothe había renunciado y ahora trabajaba por un salario mínimo en una tienda de productos orgánicos. Sin necesidad, según su marido. La mujer de la limpieza cuesta más de lo que ganas, le decía siempre.
—En todo caso, espero que encuentren rápidamente al tipo que te escribió estas cosas —dijo la señora Rothe, preocupada.
—Tal vez sea una mujer —dijo Sophia.
Pero su mamá negó con la cabeza.
—No lo creo. Detrás de esto está un hombre, lo presiento.
—Tienes que hablar con tus compañeras —dijo su papá—. Quizá no seas la única que ha recibido esos mensajes.
En el recreo, Sophia les contó de los correos anónimos a Eva y a Marie.
—¿Alguna de ustedes ha recibido algo parecido?
—¿Y qué dice el tipo? —preguntó Eva, interesada.
—Unos comentarios muy raros —contestó Sophia, evasiva.
Eva era una chismosa. Si le contaban algo, el colegio entero lo sabía media hora después.
—Una vez tuve problemas con un acosador —dijo Marie—. Bueno, no era un acosador de verdad, sino Mark Brocher, el de décimo. ¡Era desesperante!
—¿Mark te acosó? —Eva hizo un gesto de náusea—. Qué asco.
—Me llamaba todo el tiempo, jadeaba un rato en el auricular y después colgaba. Una vez me regaló un disco de Bushido. ¿Qué pensaría de mí ese tipo?
—¿Bushido? ¡Es un rapero sexista y extremista! —gritó Eva—. ¡Cómo se atreve!
—Me dejó el disco en el buzón, secretamente. Pero yo sabía que había sido él.
—Bueno, pues también tiene su lado tierno —opinó Eva.
—¿Su lado tierno? ¡Estamos hablando de Mark! —gritó Marie, asqueada—. Yo no pienso salir con un fracasado como él. Por favor.
—¿Y cómo supiste que era Mark? —quiso saber Sophia.
—Porque me seguía todo el tiempo aquí en el colegio y todo el mundo sabía que él quería algo conmigo. Cuando me volvió a llamar, le dije: “Oye, Mark, ya basta. Me tienes harta”. Entonces lo entendió y me dejó en paz.
—Tal vez fue Mark el que te escribió —le dijo Eva a Sophia.
—Pero si no lo conozco.
—Lo mejor es que no le hagas caso. —Marie se metió un chicle en la boca—. Cuando uno no les hace caso, se dan por vencidos rápidamente.
—Pues yo no le he hecho ningún caso. Pero no quiere darse por vencido.
Marie no alcanzó a oírla porque su novio Alex acababa de aparecer al otro lado del patio. Entonces corrió a su encuentro sin despedirse de Sophia y Eva, quien, en cambio, se acercó aún más a Sophia.
—Ahora sí, cuenta. ¿Qué es lo quiere de ti concretamente el tipo ese? —preguntó, emocionada.
—Nada. —Sophia miró a su alrededor, nerviosa. ¿Por qué había tenido que contarle a Eva, precisamente? Ahora no podría quitársela de encima—. Puede que Marie tenga razón. Si no le hago caso, perderá el interés rápidamente.
—Ojalá no te equivoques —insistió Eva—. Esos tipos pueden ser más obstinados de lo que uno cree. Algunos son unos pervertidos. Si me preguntas a mí…
El celular de Sophia sonó en su bolsillo. Un mensaje de texto.
—Lo siento —dijo.
Sacó el celular y se alejó de Eva. Un mensaje de su mamá. “Te recojo a la una delante del colegio”. Volvió a guardar el teléfono. No había vuelta atrás. Su mamá la llevaría a la Policía, pondría la denuncia y presionaría a los agentes hasta que hubieran atrapado y apresado al tipo. Y probablemente al final descubrirían que había sido un pobre idiota del colegio que había querido hacer una broma tonta.
“Después se me vendrán todos encima”, pensó Sophia, incómoda. Desde ya podía oír los comentarios burlones de sus compañeros. “Ella participó en lo de Sarah”, dirían, “pero cuando le llega el turno, llora. Sophia, la mimada. Sophia, la soplona”.
“Esto queda solo entre nosotras”, quería decirle a Eva, pero ya se había ido. Ahora estaba con Lena y Mara, contándoles algo emocionadamente. Mara le lanzó una mirada intrigada a Sophia.
Genial.
La denuncia sería como una roca en la cima de una montaña. Una vez que empezara a rodar, ya nadie podría detenerla y bajaría a toda velocidad por la ladera, llevándose todo por delante. Y sería demasiado tarde, pero no había empezado a rodar todavía. Aún podía evitar la avalancha. Solo que no sabía cómo.
A su mamá probablemente habría podido convencerla. Pero no tenía ninguna posibilidad frente a su papá. Cuando él tomaba una decisión, la cumplía, sobre todo cuando tenía que ver con el bienestar de sus hijos. “Yo sé qué es lo mejor para ustedes”, decía. Seguro. No tenía ni la menor idea.
Sophia salió pesadamente del salón de Música rumbo a la entrada. Desde el recreo se había dedicado a pensar en cómo podía disuadir a sus papás, mas no había llegado a ninguna conclusión. A cualquier argumento le seguía la respuesta: “Las amenazas no son una broma. Quizá las haya enviado un pervertido. La Policía lo manejará todo con discreción. No te preocupes. Ninguno de tus compañeros se enterará de nada”.
Paseó la mirada por la entrada del colegio y no vio el Mini rojo por ningún lado. “Tal vez no pudo venir”, pensó aliviada, pero en ese instante oyó un bocinazo y después su nombre. “¡So-phi-a!”. El auto estaba al otro lado de la calle, en el espacio reservado para los discapacitados. Su mamá estaba al lado. Fumando. Para completar.
Ella no era fumadora en realidad. Solo encendía un cigarrillo en caso de emergencia absoluta. Cuando estaba irritada o angustiada o furiosa. “Probablemente volvió a pelearse con su colega”, pensó Sophia.
Su mamá sopló una nube negra hacia el cielo y dio otra calada voraz, aunque el filtro casi había empezado a arder. Después arrojó la colilla al suelo y la pisó con tanta insistencia que solo quedó un grumo grisáceo.
—Sube —le dijo y se sentó en el asiento del piloto.
Ella era alta y piernilarga, igual que Moritz. Y en el Mini parecía una jirafa en una jaula demasiado pequeña. Sophia se sentó a su lado. También era bastante alta, pero no tan delgada.
“Eres como mi padre”, solía decir el señor Rothe, y probablemente debía ser un consuelo. Sophia no había conocido a su abuelo, y había muy pocas fotos de él. Pero sabía que era gordo y había muerto de un fallo cardiaco a los cincuenta y nueve años. Felicitaciones.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sophia y abrió la ventanilla. Su mamá apestaba como un cenicero lleno.
—Tu papá está loco.
—¿Por qué?
—Me tomé la tarde libre para esto. No fue nada fácil, y aun así lo organicé todo. Y ahora el Señor Doctor me llama para comunicarme que cambió de opinión.
—¿Cómo? ¿Cuál opinión?
—De pronto, decidió que no debemos ir a la Policía.
—¿En serio? —preguntó Sophia, incrédula y aliviada al mismo tiempo—. ¿Por qué?
—Pregúntale. Por más que lo intento, no puedo comprender sus argumentos. Que sí, que no. Como él quiera.
La señora Rothe encendió el motor y salió tan abruptamente del estacionamiento que estuvo a punto de chocar con otro auto. El conductor pitó. Ella alzó ambos brazos en un gesto de indignación.
—¡Mamá! —gritó Sophia con tono admonitorio.
—¿Qué? La velocidad máxima en esta zona es de treinta kilómetros por hora. ¡Este idiota venía a mil!
—Quizá sea mejor así —dijo Sophia—. Que no vayamos a la Policía, quiero decir. Estuve pensándolo y ahora me parece un poco… ridículo.
—¿Ridículo? —preguntó su mamá, incrédula—. ¿Acaso se enloquecieron los dos? Un tipo te escribe unos mensajes amenazantes y menciona una fecha en la que… ni idea qué tendrá planeado. ¡Eso no tiene nada de ridículo!
—No sabemos si es un hombre —dijo Sophia.
La señora Rothe cerró brevemente los ojos, irritada, aunque ya había entrado en la vía rápida.
—Te llevaré a casa —dijo—. Volveremos a hablar esta noche e iremos a la Policía mañana. Aunque tu papá se pare de cabeza.
Sophia observó la ciudad que pasaba por la ventana. No presentaría ninguna denuncia, y su mamá no podría hacer nada sin ella. Era una decisión tomada.
Aun así, se preguntó a qué se debería el repentino cambio de opinión de su papá. ¿Por qué se había retractado? En fin. “Olvidémonos del asunto”, pensó. Por completo. No les mostraría el próximo mensaje a sus papás. Si es que llegaba otro.
LA PROFESORA HEIMANN ESTÁ FURIOSA.
—No he podido hablar con tu mamá —me dice—. No ha venido al horario de atención, y cuando llamo a tu casa, no contesta nadie.
Por supuesto que no contesta nadie. Mamá ya no contesta. Los tipos nos escuchan cuando hablamos por teléfono. “El teléfono ya no se utiliza”, me dice.
Tampoco abre la puerta. Ni siquiera cuando viene Harry. “Pues Harry también es uno de ellos”, dice mamá.
La señora Franz, del primer piso, también está aliada con los tipos. Ella anota cuándo salimos y cuándo volvemos y lo que decimos en la escalera y revisa nuestra basura.
Conmigo siempre es muy amable la señora Franz. Siempre quiere darme algo de comer o golosinas. Pero no recibo nada; seguro que está envenenado.
La profesora Heimann me da una carta.
—Me la devuelves mañana firmada —me dice—. Si tu mamá no se pone en contacto conmigo, tendré que avisar a la oficina de Protección de Menores.
Camino a casa, echo la carta en la basura de la estación del tranvía. Si se la doy a mamá, pensará que la profesora Heimann también está aliada con los tipos. Y de todos modos no irá a hablar con ella.
—Tengo cosas más importantes que hacer —me dice.
Capítulo 8
EL VERANO HABÍA LLEGADO de un momento a otro. Cuando Sophia salió al colegio esa mañana todavía estaba fresco, pero el termómetro había subido hasta los veintisiete grados para el mediodía. Sudando, pedaleó en su bicicleta hacia la casa. No podía esperar a cambiarse los jeans por unos pantalones cortos. Tenía las piernas demasiado gordas para usar shorts, pero si se echaba en el jardín no la vería nadie. Y unas piernas gordas bronceadas no eran tan terribles como unas piernas gordas pálidas.
Al bajar de la bicicleta frente al edificio, se encontró con Moritz. Estaba recostado en la reja del jardín y, a juzgar por su expresión, parecía como si acabara de morir su papá o su mamá, o los dos.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Sophia, asustada.
¿Por qué no estaba en el trabajo? Normalmente se iba a su pizzería del centro al mediodía y solo volvía por la noche.
—El ga… —empezó a decir su hermano, pero se atragantó a media palabra y enmudeció.
—¿El qué? —Sophia estaba ahora realmente horrorizada—. ¿Qué pasó?
—El gato —balbució Moritz, y la miró como si esperara que terminara la oración.
—¿El gato qué? ¿Qué le pasó al gato? —preguntó ella.
—Se… ahogó —respondió él con un esfuerzo.
—¿El gato se ahogó? —¿Se estaba burlando de ella? Moritz se dio la vuelta en ese instante, pero no entró al edificio sino que corrió por el estrecho sendero que llevaba al jardín—. ¡Espérame!
Sophia corrió detrás de él. La familia Rothe vivía en el primer piso de un edificio viejo y el jardín hacía parte de su apartamento. Dado que a ningún miembro de la familia le interesaba la jardinería, el terreno estaba totalmente abandonado. Dos veces al año, el señor Rothe contrataba a una empresa de jardinería que se encargaba de arreglarlo medianamente.
Ahora ya había llegado el verano, y en el jardín no se notaba que tres jardineros se habían partido el lomo trabajando allí hacía unas semanas. Las alheñas habían perdido su forma, las ortigas crecían en los bancales, la hierba estaba llena de maleza y los rosales estaban cubiertos de pulgones.
Moritz fue directamente hacia el bidón que su papá había comprado el año anterior para recoger el agua de lluvia, después de haberse encolerizado por el alto consumo de agua.
“El agua de lluvia es ideal para las plantas. Además es gratis”, había afirmado. Pero como se les olvidaba vaciarlo, el agua empezaba a podrirse y tenían que desecharla.
—Mira —dijo Moritz señalando la tapa redonda que no estaba encima del bidón sino en la hierba.
El corazón de Sophia empezó a latir a toda velocidad de un momento a otro. Como no tenían una puerta para el gato, Egon saltaba siempre al alféizar de su ventana cuando quería entrar al apartamento. Y el bidón estaba justo debajo. Si se había resbalado y se había caído en el agua…
—No —dijo con voz apagada.
Su hermano la miró en silencio. Tenía la cara pálida, ligeramente hinchada. Como si también hubiera pasado demasiado tiempo en el agua.
—¡Di algo! —gritó Sophia—. ¿Egon está allí adentro?
Él asintió en silencio.
—¡Sácalo! —gritó ella.
Moritz se quedó mirándola como si le hubiera ordenado que saltara al agua.
—Está muerto —dijo.
—¿Y? Quiero que lo saques. ¡Maldición! No puedes dejarlo en el agua. ¿Qué diablos te pasa?
La voz de Sophia retumbó en el jardín. Una urraca graznó en uno de los árboles.
Moritz asintió apresuradamente.
—¡Espera! —exclamó y corrió al cobertizo donde guardan las herramientas de jardinería, para salir unos segundos después con un rastrillo. ¡Un rastrillo!
—¿Estás loco? —gritó Sophia—. ¿Quieres empalarlo?
Entonces corrió ella misma al cobertizo, sacó una pala y se disponía a dársela, pero él se aferró al rastrillo con ambas manos. No tenía sentido. Tendría que hacerlo ella sola.
Sophia respiró profundamente. Hasta ahora no se había asomado al agua. “A lo mejor no era Egon el gato que se había caído y ahogado”, pensó. En el barrio había muchísimos gatos. Tal vez era otro. Pero bastó con un vistazo rápido. Egon flotaba en la superficie como un pudín de caramelo enorme.
Cerró los ojos un instante; habría querido salir disparada. Pero metió la pala por debajo de aquel cuerpo blando, lo sacó y lo puso en la hierba con un esfuerzo. Dio un paso atrás y lo observó. Tuvo que luchar contra las lágrimas.
Era una imagen triste, miserable. Con el pelaje mojado, pegado al cuerpo, Egon parecía mucho más delgado y pequeño.
—No era tan gordo como creíamos —murmuró.
Moritz no dijo nada.
—Tenemos que enterrarlo —añadió Sophia—. Pero alguien tiene que decírselo a la señora Blunt primero.
Tampoco hubo reacción.
—¿Tú te encargas?
Sophia se volvió hacia su hermano. Luego se le cortó la respiración.
Moritz se había ido.
Quería ir a buscarlo, pero no fue capaz de dejar al gato frío y mojado sobre la hierba. Aunque en realidad no tenía importancia, pues ya estaba muerto.
Cavó un hueco junto a los bancales llenos de maleza y lo metió. Antes de tapar la tumba, le echó un par de flores de diente de león y unas margaritas silvestres encima. “Descansa en paz”.
Más tarde le comunicaría la triste noticia a la señora Blunt, que probablemente no tardaría en olvidarla, dado su estado de confusión.
Pero ahora era turno de Moritz. Seguramente había sido él quien se había olvidado de tapar el bidón. Y al encontrar al gato ahogado y darse cuenta de lo que había hecho, se había descontrolado. Ni siquiera había sido capaz de enterrarlo; había huido por la impresión o la vergüenza o quién sabe qué.
—Y pretendías ser médico —murmuró Sophia, y se frotó las manos sucias en los jeans, con lo que no se limpió las manos sino los ensució. Después se dirigió directamente a la habitación de su hermano y abrió la puerta sin tocar. Pero él no estaba allí. Había huido del apartamento antes de que Sophia entrara al edificio.
—¡Idiota!
Le dio una patada tan fuerte a la cama que esta chocó contra la pared. Después pateó el asiento y lanzó una carpeta al suelo. Al salir del cuarto, vio que sus zapatos habían dejado unas manchas oscuras en el suelo claro. En ese mismo momento, oyó que alguien abría la puerta de entrada.
Era su papá.
—¿Qué pasa? —preguntó él— ¿Estás bien, Sophia?
Estaba completamente sin aliento, como si hubiera subido un montón de escaleras.
—Yo sí —dijo ella.
—¿Y Moritz? —jadeó su papá.
—¿Moritz? ¿Por qué preguntas por él?
—Oí unos ruidos. ¿Estás bien, en serio?
Él miró a su alrededor con desconfianza, como si sospechara que detrás de la cortina o del armario se escondía un secuestrador que le apuntaba con un arma para que no dijera nada.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Sophia.
—¿Está Moritz?
Así no podían avanzar, si seguían haciéndose preguntas sin responderse.
—Moritz estuvo aquí. Pero acaba de escapar.
—¿Escapar?
—Después de haber ahogado al gato.
—¿Cómo? ¿De qué estás hablando?
—Moritz no tapó el bidón del agua de lluvia —respondió Sophia con voz sombría—. Egon se cayó y se ahogó. Acabo de enterrarlo.
—¿Que acabas de… qué?
—Egon —explicó Sophia, irritada—. El gato de la señora Blunt, al que le doy comida siempre. Se ahogó por culpa de mi hermano. Después de que lo encontró muerto, yo tuve que enterrarlo porque él se largó.
—¿Moritz…? ¿Él…? —El señor Rothe se secó la frente con el dorso de la mano—. ¿Adónde se fue? ¿Dijo algo?
—No lo sé —respondió Sophia—. Supongo que tenía que ir al trabajo. Al fin y al cabo, hay cosas más importantes que un pobre gato.
Entonces volvió a ver a Egon echado a sus pies, mojado y pequeño y miserable. ¿Cuánto tiempo habría luchado en el agua antes de ahogarse?
—Moritz no fue el responsable, él no dejó el bidón destapado —dijo su papá—. Ayer les eché agua a las flores y se me olvidó ponerle la tapa. Fue mi error. —Se secó la cara con la manga. ¡Qué manera de sudar! Tenía el pelo pegado a la frente. Las gotas de sudor chorreaban por sus sienes y sus mejillas—. Ay, Dios —murmuró—. Ay, Dios.
—En fin —dijo Sophia—. En cualquier caso, no me parece bien que Moritz se escape después de algo así. Egon también era mi gato, a fin de cuentas. Un poquito, al menos.
El resto de la frase se ahogó en sus lágrimas. La silueta de su papá se desdibujó ante sus ojos.
—Lo sé —dijo él—. Lo siento.
Y la abrazó y le acarició la cabeza. Sophia lloró en su hombro, y sus lágrimas se mezclaron con el rastro de sudor de su papá. Cuando se calmó un poco y se separó de su abrazo, vio que estaba temblando. Pero él no conocía casi al gato.
—Tenemos que informarle a la señora Blunt —dijo Sophia.
—Lo haré.
—No, déjame a mí. Ella está muy perdida. Pasaré después a verla.
—Yo se lo diré —insistió el señor Rothe—. En serio. Es lo mínimo. Fue error mío, al fin y al cabo.
Sophia se encogió de hombros.
—Como quieras.
En realidad, no tenía muchas ganas de hablar con la vecina anciana.
—¿Sabes si Moritz se llevó el celular? —preguntó su papá.
—Ni idea —respondió ella.
Él asintió.
—Tengo que irme —dijo—. ¿Estarás bien?
—Claro.
—Quiero que te quedes en el apartamento.
Ella lo miró desconcertada.
—¿Por qué?
Él se aclaró la garganta.
—Porque estoy esperando… un paquete. Es importante. Te agradecería que lo recibieras.
—¿Quieres decir que tengo que quedarme toda la tarde esperando al mensajero?
—Es importante, Sophia. ¡Te lo pido, por favor! —El señor Rothe se sacó el celular del bolsillo, miró la pantalla, frunció el ceño y volvió a guardarlo—. ¿Puedo contar contigo?
—¿Estás bien, papá?
—¿Yo? Sí, claro.
—Estás como… No sé.
—Tonterías. Tengo que irme.
—¿Y no venías a buscar algo? —preguntó Sophia cuando su papá ya estaba en la puerta—. ¿No viniste por eso?
—No. Vine solo por el paquete. Esperarás al mensajero, ¿prometido?
Sophia asintió de mala gana.
—Podías haber llamado, simplemente.
—Tenía la esperanza de que ya hubiera llegado. —El señor Rothe paseó la mirada alrededor, como si esperara encontrar el paquete en algún lado—. Bueno. Nos vemos más tarde.
—¿Todo bien, papá? —volvió a preguntar Sophia.
Por un instante pareció como si él quisiera decirle algo, pero luego se limitó a asentir con la cabeza. Y se fue.
Julia llamó cinco minutos después para saber si quería ir a la piscina. Para entonces, el termómetro de la terraza marcaba treinta grados en la sombra.
—No puedo salir. Le prometí a mi papá que esperaría al mensajero.
—¿Con este calor? —exclamó Julia—. Yo no me quedaría; pero, bueno, como quieras.
—Tal vez vaya más tarde.
—Claro.
Después de colgar, Sophia habría querido ponerse a llorar de nuevo. Era algo excepcional que alguien quisiera hacer algo con ella.
Entonces se preguntó por qué su papá no había pedido que le mandaran el paquete al consultorio. ¿Por qué no les había dicho nada esa mañana?
El señor Rothe se estaba comportando muy raro últimamente. Era casi como si se hubiera contagiado de su hijo. Andaba silencioso, ausente, distraído. Y cuando se lo decían, lo negaba o se ponía furioso. “No sé qué les estará pasando a ustedes”.
Su extraña reacción ante los correos anónimos, por ejemplo. Primero había querido poner la denuncia, después había cambiado de opinión súbitamente. En cambio, le había hecho un largo interrogatorio a Sophia. Que si no se le ocurría quién podía haber sido. Que si había tenido problemas con un compañero; o con alguien más.
—¿No ha pasado nada fuera de lo común? —había preguntado.
—¿A qué te refieres? —había preguntado Sophia, irritada.
—A eso mismo. ¿No has visto nada inusual? ¿No te ha hablado ni se te ha acercado nadie raro? ¿Has conocido a alguien?
“Felix”, había pensado Sophia inmediatamente. Felix había entrado en su vida, para luego abandonarla enseguida. Pero no hablaría de eso con su papá o su mamá, en todo caso.
—Los correos no significan nada —había dicho ella—. Seguramente fue algún tonto del colegio que quería hacer una broma. No debería haberles contado.
—Pues yo me alegro de que nos lo hayas dicho —había opinado su mamá—. Y sigo pensando que deberíamos informarle a la Policía.
—¡Que no! —había dicho Sophia—. Ya hablé con unas compañeras. Ellas también creen que uno no debe hacerles caso a esos tipos. Así se dan por vencidos porque se aburren.
—O insisten. No quiero correr ningún riesgo. —La señora Rothe le había lanzado una mirada suplicante a su marido—. ¡Di algo, Jochen, por favor!
—Sí —había dicho el señor Rothe—. Yo… —Después se había apretado las sienes con los dedos corazón e índice, como si le doliera la cabeza—. Creo que Sophia tiene razón —había añadido finalmente—. No debemos exagerar. Si la Policía se presenta en el colegio y monta un espectáculo, el idiota ese se sentirá validado…
—… y yo quedaré como un zapato —había completado Sophia.
La mirada desconcertada de la señora Rothe se había paseado entre su hija y su marido.
—No lo sé. El asunto no me gusta nada. ¿Estás seguro, Jochen?
—Segurísimo —había asegurado el señor Rothe y le había sonreído a su esposa. Pero no una sonrisa alentadora, sino torcida y débil.
Sophia observó el jardín a través de la puerta de la terraza. En el lugar donde había enterrado a Egon, vio una urraca que acababa de sacar un gusano de la tierra. De pronto tuvo la certeza de que no llegaría ningún mensajero. Porque no había ningún paquete. Eso lo había inventado su papá para que ella no saliera. ¿De qué tenía miedo?
¿Y qué diablos le pasaba a Moritz? ¿Por qué se había puesto tan mal al encontrar al gato? Nunca le había prestado atención. ¿Por qué lo había golpeado tanto su muerte?
—¿Y por qué nadie es capaz de abrir la boca y decirme qué diablos está pasando? —preguntó en voz alta.
La urraca subió a un árbol con el gusano en el pico y le dio la espalda. Sophia también dio media vuelta. Había decidido ir a la piscina. Esa noche le pediría cuentas a su papá. Y a su hermano. “No más excusas”, pensó. Vamos a hablar sin rodeos.
MI CUARTO NUEVO ES MÁS GRANDE QUE EL VIEJO, y mucho más limpio, porque papá tiene una aseadora. Y mucho más dinero que mamá.
Aunque él no es mi papá. Papi es mi verdadero papá, eso me lo dijo mamá. Pero no lo digo, solo lo pienso. Y lo que yo pienso es cosa mía. Papá no puede meterse en mis pensamientos, por fortuna.
—Ya se entenderán —me dijo la mujer que me trajo aquí. ¿Pero cómo es posible entenderse con alguien que es mucho más fuerte que uno?
No tengo ninguna posibilidad contra papá. Ni siquiera mamá tuvo alguna posibilidad, aunque ella no le tenía miedo. Papi tal vez tendría alguna, pero no sabe que estoy aquí. Tampoco sabe que mamá está en el manicomio.
Papi y mamá se pelearon horrible, porque mamá no hacía más que llorar, y papi le dijo:
—¡Estás muy mal!
Entonces mamá se puso a gritar. Pero papi no puede soportar la gritadera, entonces se fue y un par de días después se llevaron a mamá al manicomio.
—Tengo que irme al hospital —me dijo. Pero Sören me contó que se había ido realmente al manicomio.
—Esa no es una palabra bonita —dice la profesora Heimann.
Ahora vivo con papá y después de las vacaciones iré a un colegio nuevo.
—Tal vez sea mejor así —dice la profesora Heimann.
Espero que papi me encuentre rápido y me lleve con él… Ojalá.
Capítulo 9
JULIE Y CHRISTIAN. Christian y Julie. Como fuera que ella lo dijera, sonaba extraño. Simplemente no lograba acostumbrarse a la idea de que ahora eran pareja, porque lo que sentía por él no se parecía al amor. Christian le gustaba, confiaba en él, le encantaba estar con él. Pero no se le ponía la piel de gallina cuando él la llamaba ni le temblaban las rodillas cuando lo veía.
Pero había mucho sexo como para ser solo buenos amigos. Habían pasado todas las noches juntos desde el asalto a su apartamento. Dormían arriba en el suyo o abajo en el de Christian. Afortunadamente, los dos tenían camas anchas.
Aquella noche, Julie le había hecho prometerle que no la dejaría sola. “Si no te quedas conmigo, me iré a un hotel. No pienso quedarme aquí sola por nada del mundo”. Entonces él había subido sus sábanas y había dormido en el sofá. Pero solo media noche. Hacia las dos de la mañana, Julie se había acostado a su lado y lo había besado, y él se había pasado a la cama con ella.
A pesar de que Christian no le importaba tanto, el sexo era realmente bueno. A lo mejor se debía precisamente a lo relajada que se sentía con él. Y a que no tenía mucho punto de comparación, en realidad. Pues hasta entonces solo se había acostado con Mark, con quien había salido poco menos de un año. Cuando estaba con Mark, no podía dejar de observarse a sí misma, su cuerpo y su movimiento; se había concentrado tanto en verse bien que casi no había logrado sentir nada.
Con Christian, en cambio, no tenía que fingir nada. Él la había visto sin maquillaje, la había visto llorar y vomitar y sufrir un ataque de histeria. Y ella le había seguido gustando de todos modos. Aunque no lo suficiente como para quedarse siempre en Hamburgo y cuidarla, pues se iba a Bonn cada quince días a visitar a su mamá y a sus amigos y antiguos colegas, quienes siempre le pedían que regresara. Y como trabajaba tantas horas extras durante la semana, a veces se iba desde el jueves por la noche, y cuando se iba el viernes solía volver solo hasta el lunes por la mañana.
A Julie le molestaba que él siguiera considerando la posibilidad de volver a Bonn, aunque ahora estaba con ella y sabía que no se iría de allí. Julie tenía su plaza en la escuela de teatro. Además, entre Bonn y Hamburgo, ¡pues no había mucho que pensar!
—Tengo que volver a la tierra natal este viernes en la noche —anunció Christian el miércoles cuando Julie regresó del trabajo.
En el camino a casa, ella había considerado la posibilidad de presentarle a sus amigos. Ya llevaban tres semanas juntos. A lo mejor debía empezar con Joe y Esther; seguro que Christian les caería bien.
—¿Cómo? —preguntó entonces, anonadada—. Pero si fuiste el fin de semana pasado. ¿Por qué tienes que volver ahora?
—Porque es la despedida de soltero de un amigo del colegio. Puedes venir, si quieres. Mi mamá tiene muchas ganas de conocerte.
—¿Ah, sí? —Julie trató de imaginarse cómo la llamaría Christian cuando hablaba de ella con otras personas. Mi novia. Una vecina. La actriz—. ¿Qué voy a hacer en una despedida de soltero? Eso es solo de hombres, ¿no?
—Cierto —reconoció Christian—. Pero de todos modos…
—Olvídalo. No me voy a quedar todo el tiempo con tu mamá mientras te emborrachas con tus amigos en un bar cualquiera.
—Pues no. —Él asintió apresuradamente—. Pero tengo que ir. Birger es mi mejor amigo. Me entiendes, ¿no?
Julie caminó hasta la ventana de la cocina y clavó la mirada en las materas vacías, donde no había vuelto a plantar flores. Había arreglado todo lo demás. Había aspirado la tierra del pasillo y de la alfombra, y Christian había pintado la pared. Cuatro capas, hasta que la V roja finalmente había desaparecido.
Pero las materas estaban vacías y permanecían vacías para recordarle, todos los días, que ya no estaba segura en su propio apartamento. Que cualquier persona podía entrar y destrozarlo todo.
—Julie. —Christian la rodeó con un brazo—. No puedes dejar que el miedo te empañe la vida. Estás muy cambiada desde esa noche.
—¿Cómo te sentirías si alguien irrumpiera en tu vida y destruyera todo?
—Te entiendo. Pero en realidad no pasó nada. No se llevaron nada.
—Precisamente. Si se hubieran robado el computador o las joyas… Pero eso no les interesaba. Querían asustarme, esa era la intención.
—Pues a lo mejor sí fue tu amiga… La tal Valerie.
Julie negó con la cabeza.
—Fui a su casa. No pudo haber sido ella.
A la mañana siguiente al asalto a su apartamento, Julie había ido a Lohbrügge y había timbrado en la casa de Valerie.
La señora Baumann, la mamá, había abierto la puerta.
—¡Julie! ¡Qué sorpresa! ¡Qué gusto verte! ¿Qué te trae por aquí?
—Quería ver a Valerie.
—¿A Valerie? —La señora Baumann se había mostrado muy desconcertada de pronto—. Valerie no está aquí.
—¿Dónde está?
—En California. Hace mes y medio. Se fue a hacer una pasantía en un banco. Estará allí seis meses en total. ¿No lo sabías?
Julie había abierto los ojos de par en par.
—¿Valerie se fue hace un mes y medio a los Estados Unidos? No, no tenía ni idea. Eso es…
—¿Ya no están en contacto? —había preguntado la señora Baumann, preocupada—. ¿Por esa prueba ridícula? ¿Sabes qué, Julie? Deberías escribirle. Estoy segura de que Valerie ya no está molesta contigo. Es más, creo que algún día te agradecerá que la hayas salvado. Ella estará mucho mejor en un banco que en el teatro.
La mujer la había mirado entonces con una sonrisa alegre. “Tú me lo agradeces”, había pensado Julie. “Porque crees que voy a morirme de hambre mientras que tu hija se llena los bolsillos”.
—¡En serio! —había insistido la señora Baumann—. Verás cómo se alegra de que le escribas.
Julie se había encogido de hombros. “Te odio, idiota egoísta”, le había dicho Valerie cuando se habían visto por última vez.
—Quizá le escriba —había dicho Julie entonces, sin comprometerse.
—La próxima vez que hable con ella, le contaré que viniste —había prometido la señora Baumann.
—Por favor —había dicho Julie y había anotado la dirección electrónica de Valerie en los Estados Unidos, aunque sabía perfectamente que no le escribiría.
—Valerie está en California, trabajando en un banco —le dijo a Christian ahora—. Aunque todavía esté furiosa conmigo, es imposible que se haya metido aquí. A no ser que haya hecho un curso de aviación y se haya comprado un avión privado.
Christian frunció el ceño.
—¿Qué fue lo que pasó realmente entre ustedes como para que se pusiera tan furiosa contigo? Tú no tuviste la culpa de que te aceptaran a ti y no a ella.
—Sí —dijo Julie en voz baja—. Fue culpa mía que Valerie no consiguiera la plaza.
—¿Cómo? ¿Acaso te acostaste con el director de la escuela?
—No digas tonterías. —Julie se mordió la uña del meñique—. Si te lo cuento, regresarás a Bonn.
Christian se rio.
—¿Tan grave fue?
—Yo lo estropeé. Pero no fue nada planeado, eso tienes que creérmelo.
—Pero sigo sin saber qué pasó.
Julie suspiró.
—Café. Primero necesito un café. Después te lo contaré todo.
Entonces bajaron al oscuro apartamento de Christian, donde ahora se sentía mejor y más protegida que en el suyo. Él preparó dos cafés y se sentaron en el sofá.
—Bueno, cuéntame.
Julie se apretó las piernas contra el pecho y apoyó el mentón en las rodillas. Habría preferido dar marcha atrás. Nunca había hablado del asunto. Ninguno de sus viejos amigos lo sabía. Solo Valerie, por supuesto.
—Vamos —dijo Christian—. Verás que después te sentirás mejor.
Julie suspiró.
—Ella siempre había querido ser actriz. Hablaba de eso desde que tenía seis o siete años. Incluso estuvo en el grupo de teatro del colegio y participó en musicales. Después estuvo en un teatro juvenil. Era muy buena. —Bebió un sorbo de café y se quemó la lengua—. ¡Caliente!
—Continúa.
—Se presentó a varias escuelas de teatro con anticipación. Se habría ido a cualquier ciudad… Múnich, Stuttgart, Berlín, Viena. Pero la que más le interesaba era Hamburgo.
Christian asintió con la cabeza.
—La prueba de admisión era en abril —continuó Julie—. Y había empezado a prepararse desde enero. Creo que estudió más para esa estúpida prueba que para los exámenes estatales. ¡Una locura!
—¿Y tú? ¿También te preparaste durante tanto tiempo?
—Yo ensayaba con ella. Leía los guiones con ella y la examinaba. Margarita y Fausto. Ella era Margarita, yo era Fausto. Todavía me sé la escena de memoria.
—Tú eras Fausto —repitió Christian, pensativo—. Después te ganaste a los jueces interpretando a Fausto.
Julie asintió. Clavó la mirada en el café para no tener que mirarlo a los ojos. Sintió que se ponía roja, pero no por el café.
—Valerie estaba histérica —continuó en voz baja—. Se puso como loca el día antes de la prueba. No puedo, no lo voy a lograr, voy a hacer el ridículo. Si se hubiera presentado ante los jueces al día siguiente, se habría desmayado.
—Entonces tú te presentaste en su lugar.
—Pero solo porque ella me pidió que fuera. Para avisar que estaba enferma. —Julie hizo una mueca—. Como si a los jueces les interesara saber por qué no se presentaba uno de los novecientos aspirantes. Más bien se alegraban de que no apareciera.
—¿Y entonces?
—Entonces vi a los otros aspirantes allí sentados, comiéndose las uñas, esperando su turno. Y pensé… si ellos pueden, yo también.
—Puedo hacerlo mejor, pensaste —completó él.
Ella asintió.
—Y pude. Mi monólogo de Shakespeare les pareció original y convincente. Les gustó que interpretara a Fausto y no a Margarita.
—Y la canción que cantaste… ¿también la habías practicado con Valerie?
—No. Ella había escogido una escena aburridísima para la tercera ronda.
“Y no habría llegado tan lejos”, pensó Julie. Porque los jueces la habrían descartado después del monólogo. “Gracias, es suficiente. Espere afuera, por favor. Le comunicaremos nuestra decisión próximamente”.
Estaba segura de que Valerie no habría tenido la menor posibilidad de ser aceptada. Lo había hecho bien en el teatro escolar y juvenil, incluso en los musicales, pero para entrar a la escuela se necesitaba ser no solo buena sino excepcional. Como Julie.
—Ajá —dijo Christian y se bebió el café de un solo trago, aunque estaba muy caliente.
—Estás escandalizado —dijo Julie—. Pero yo no quería fastidiar a Valerie. Ella lo distorsionó todo después y dijo que yo la había hecho sentir insegura, porque había planeado suplantarla desde un principio. Pero eso no es verdad. Fue algo espontáneo.
—Pero si te hubiera sucedido a ti —dijo Christian—. Si Valerie te hubiera hecho eso a ti, te habrías puesto furiosa, ¿no?
—Claro. Le abría sacado los ojos.
—Hum.
—¿Hum… qué?
—Durante todo el tiempo que ensayaste con ella, leyendo los guiones noche tras noche, ¿nunca pensaste que te gustaría ser actriz?
—No. Ese siempre fue el sueño de Valerie. Yo quería estudiar Geología. O Antropología.
—¡Geología! —Christian meneó la cabeza, como si fuera la idea más absurda que había oído en su vida—. No, eso no te lo creo.
—¿Que no me crees? ¿Cómo así?
Julie habría querido levantarse y largarse, azotando la puerta detrás de ella. “¡Vete al infierno, idiota!”. Pero si se largaba ahora, tendría que subir sin él. Y si él no subía, tendría que pasar la noche sola. Y la sola idea la hizo hiperventilar.
—¡No te pongas furiosa! —dijo Christian—. Me parece genial que vayas a ser actriz. Eso es perfecto. Valerie no lo intentó siquiera. Nadie puede saber si lo habría logrado o no. Nadie puede responsabilizarte de que ella haya tirado la toalla por el puro pánico escénico. —La atrajo hacia sí—. Estoy orgulloso de ti —le susurró al oído.
Su aliento se sentía suave y cálido en su oreja. Sus palabras le hacían mucho bien, aunque no fueran ciertas. Julie no era responsable del resultado de las cosas, eso era cierto. Pero sí era responsable de que su amiga hubiera tirado la toalla. Si hubiera sabido animarla, convencerla, Valerie habría hecho la prueba. Pero, en cambio, se había limitado a hablar de lo estresante e incierta y dura que era la vida de los actores.
—¿Puedes cantarme la canción? —pidió Christian.
Julie lo miró perpleja.
—¿Cuál canción?
—La canción con la que convenciste a los jueces. Me encantaría oírla.
—¿Qué? ¡No puedo ponerme a cantar así no más!
—¿Por qué no? En esa ocasión tampoco tenías ningún acompañamiento, ¿o sí? Vamos, Julie, por favor. ¡Hazlo por mí!
—La canción es pésima. En serio. Solo la canté porque no se me ocurrió nada más.
Él le rogó y ella se negó, hasta que después de unos minutos cedió finalmente.
—Está bien. Pero solo para que me dejes en paz.
Julie se puso de pie.
Christian se enderezó en el sofá.
—Genial. —Aplaudió.
—Cállate. Si no, no canto.
Él asintió apresuradamente.
Ella cerró los ojos y tomó aire un par de veces. Después empezó a cantar.
Paranoia, I feel all possessed.
Paranoia, I am such a mess.
Paranoia, paranoia, I can’t get no sleep.
Paranoia, pull my hair and weep.
I lose my mind,
I go insane!
I go down, down, down.
Help me, help me, pull me up! [2]
Cantó las cuatro estrofas que se sabía de memoria desde que tenía tres o cuatro años. Su mamá las tarareaba al ducharse, al cocinar, al limpiar, al pintarse las uñas. Era su canción. Su gran éxito, que no lo había sido en realidad, porque Julie se lo había impedido.
La canción no le había traído ninguna felicidad a su mamá al final, pero tal vez le había abierto las puertas del éxito a Julie.
Paranoia, paranoia!
Just hold me tight and let me feel you’re real, you’re really, really real [3].
—¡Vaya! —exclamó Christian—. Grandioso. Eres impresionante.
—¡Qué va! —rechazó Julie—. No digas tonterías.
Él meneó la cabeza.
—Serás famosa. Y yo podré presumir hasta el final de mis días que estuvimos juntos.
—¡Tonto! —Julie se rio y se dejó caer a su lado en el sofá. Después volvió a ponerse seria repentinamente—. No te vayas este fin de semana —susurró—. Quédate conmigo. Por favor.
Después le tocó la oreja con la punta de la lengua. Eso le gustaba; ella lo sabía muy bien.
Entonces él se inclinó y la besó y le desabotonó la blusa.
“Gané”, pensó Julie.
—Tengo que ir. Birger quedaría muy decepcionado si no voy.
—Y yo me quedaré muy decepcionada y triste si te vas —murmuró ella.
Él sonrió.
—Lo siento, tengo que ir.
—No tienes que nada.
Christian se levantó en ese momento.
—Sí, tengo que. Si me quedo aquí contigo todo el tiempo, estaré perdido.
—¿Perdido? —le preguntó Julie, desconcertada—. ¿Qué diablos significa eso?
—Perdido. Porque tú me devoras de pies a cabeza. Me digieres. Me destrozas. Y al final no soy más que un pedazo de mierda.
Ella se levantó.
—Oye, ¿te enloqueciste? ¿Qué son esas estupideces?
—No son ningunas estupideces —dijo él, serio—. Son mis sentimientos.
—¿Tus sentimientos te dicen que no confíes en mí?
Él la miró, pensativo. Después se encogió de hombros.
—Mis sentimientos me dicen que tenga cuidado. El riesgo es demasiado grande.
—¿Cuál riesgo?
—De que me rompas el corazón.
Christian durmió en el apartamento de él esa noche; Julie en el de ella. Antes de acostarse, cerró la puerta con doble llave y le pasó el pestillo. Después cerró todas las ventanas, aunque era una cálida noche de verano y no había muchas posibilidades de que alguien trepara hasta el tercer piso. Dejó encendidas todas las luces, incluso la del baño. Solo apagó la de su cuarto.
Volvió a encenderla al cabo de una hora. No podía dormir porque no podía sacarse las palabras de Christian de la cabeza. “Si me quedo aquí contigo todo el tiempo, estaré perdido. Mis sentimientos me dicen que tenga cuidado”. “Tiene razón”, pensó. “Yo tampoco confiaría en mí. Por la manera como lo he tratado. Y después de todo lo que le he contado”.
Entonces consideró la posibilidad de bajar a su apartamento. Lo maravilloso que sería abrazarse a él. Seguramente estaba esperando que ella bajara. Pero los separaba la escalera oscura. Quizá el intruso la esperaba allí afuera. Sintió un escalofrío. El celular sonó en ese momento. Julie sonrió. Un mensaje de texto, de Christian, que tampoco podía soportar más sin ella.
—¡Por fin! —murmuró mientras alzaba el teléfono de la mesa de noche.
Pero no era de Christian. No podía ver el número del remitente. “Dios guarda para los hijos del impío su castigo. Que lo castigue a él, para que aprenda”, decía el mensaje. Firmado por una sola letra: V.
[2] Paranoia, me siento poseída. / Paranoia, estoy enardecida. / Paranoia, paranoia, no puedo dormir. / Paranoia, me halo los cabellos y lloro. / Pierdo la cabeza, / ¡me enloquezco! / Y me hundo, más y más. / ¡Ayúdame! / ¡Levántame!
[3] ¡Paranoia, paranoia! / Abrázame fuerte y hazme sentir que eres real, realmente real.
PAPI ESTÁ ESPERÁNDOME cuando salgo del colegio.
—¿Quieres un helado? —pregunta—. ¿De chips de chocolate? ¿O ahora tienes otro sabor favorito?
Estoy tan feliz de volver a verlo finalmente que hasta comería uno de pistacho, aunque ese me da ganas de vomitar.
Comemos helado, y él me pregunta:
—¿Cómo estás?
—Bien —le respondo—. Ahora estoy bien.
—¿Y mamá? —pregunta—. ¿La visitas de vez en cuando?
Uno no puede ir de visita al manicomio. Y papá no quiere que hable de ella.
—¿Ya puedo volver a casa? —le pregunto a papi.
—Mamá tiene que mejorarse primero —me dice—. Y mientras tanto tendrás que vivir con papá.
—¿No puedo vivir contigo? —pregunto.
—Imposible —responde papi—. Tengo que viajar mucho. No puedo llevarte conmigo.
—A mí no me importa quedarme solo —le digo.
Él come su helado.
—Ya veremos —me dice. “Ya veremos” quiere decir no.
—Te llevaré a casa —me dice. Y quiere decir: donde papá.
Delante de la casa donde vivo ahora, me da un beso.
—Entra, te mostraré mi cuarto —le digo—. Tengo un nuevo Lego. Podemos construir algo.
—Imposible —dice papi—. Tu papá y yo no nos entendemos bien. Tal vez sea mejor que no le cuentes que me viste. Y después dice:
—Te escribiré. Nos vemos pronto. Prometido.
—¿Palabra de honor?
—Puedes confiar en mí —me dice.
Capítulo 10
AUNQUE SU AUTO TENÍA aire acondicionado, Philipp estaba bañado en sudor cuando se bajaron. Pero no sudaba por el calor sino por el miedo, el puro pánico.
—Calma —le dijo Marcel.
A él le quedaba fácil decirlo, pues lo que estaba en juego no era su futuro ni su pellejo.
—Tal vez debería haber llamado antes —murmuró Philipp.
—Qué va. Lo que quieres es sorprenderla, ¿no?
—Pero ¿si no está?
—Volvemos después. Por Dios, Philipp. ¡Contrólate! Ya pensamos muy bien el plan. La confrontas y la haces confesar. ¡No puedes darle ninguna oportunidad de engañarte o engatusarte! Si la confrontas en serio, ella caerá y confesará.
—No pienso denunciarla —dijo Philipp—. Que quede claro.
—Como quieras. Eso es cosa tuya. Si quieres protegerla, allá tú. El seguro del edificio asumirá los daños de la inundación, así que no importa. —Marcel se puso las gafas de sol—. Pero tiene que quedarle absolutamente claro que no puede volver a hacer nada parecido.
—Claro —murmuró Philipp—. Bueno, vamos.
Mientras caminaban hacia el edificio se le ocurrió, por primera vez, que era posible que ya no viviera allí y que su nueva dirección no apareciera en la guía. La idea le gustó. Aunque eso no habría facilitado las cosas; en realidad, las habría complicado aún más.
Pero no se había mudado. “Y. Färber”, leyó en el letrero del séptimo timbre. La mano le tembló al oprimir el botón.
—Calma —dijo Marcel.
—¿Quién es? —preguntó Yasmin por el citófono.
—Soy yo. —Philipp se aclaró la garganta—. Philipp Preuss.
—¿Qué?
Pero el portero automático zumbó antes de que él pudiera repetir su nombre. En los alféizares de las ventanas de las escaleras había unas flores artificiales. Olía a detergente con aroma a naranja.
Yasmin los esperaba en la puerta.
—¿Philipp? ¿Qué haces aquí?
—¡Bien puedes imaginártelo!
Había perdido peso. Las piernas parecían más largas, el talle más delgado, los pechos más grandes. Eso lo puso más nervioso.
—No entiendo nada —dijo Yasmin. Su mirada se paseó hacia Marcel—. ¿Quién es él?
—Soy Marcel Diesler. ¿De verdad no se imagina por qué estamos aquí?
Ella arqueó las cejas con gesto interrogante.
—No tengo ni la menor idea. ¿Necesitas una nueva secretaria? ¡Olvídate!
—La inundación del apartamento —dijo Philipp—. Fuiste tú, ¿no?
“Mal, muy mal”, pensó entonces. La confrontas y la haces confesar, había dicho Marcel. Si la confrontas en serio, caerá y confesará. Pero lo había estropeado todo de entrada. Había sido demasiado blando, nada comprometedor.
—¿Cuál inundación? —preguntó Yasmin—. ¿Te enloqueciste?
—¡No te hagas la inocente! —exclamó Philipp furioso—. Puedes darte por contenta de que no haya llamado a la Policía.
—¿Llamar a la Policía? No entiendo nada.
—¿Podemos entrar? —preguntó Marcel.
—Por nada del mundo. Si no me dejan en paz ahora mismo, yo misma llamaré a la Policía —gritó ella tan fuerte que su voz retumbó en la escalera.
—¿Está todo bien, Yasmin? —preguntó una voz masculina.
Pero no venía de la escalera, sino del apartamento.
—Nada bien —respondió ella por encima del hombro—. ¿Puedes venir? Aquí hay dos tipos raros.
Philipp y Marcel intercambiaron una mirada desconcertada. Un hombre alto y delgado apareció de pronto en el pasillo y se plantó junto a Yasmin.
—¿Qué pasa? —preguntó entonces, con tono hostil.
—Ni idea —dijo ella.
—¿Qué quieren? —preguntó el tipo mientras la rodeaba con un brazo.
“Ahora está con otro”, pensó Philipp. Eso significa que no tiene ningún motivo para acosarme. O para estropear mi compromiso con Vivian. Estoy equivocado, totalmente equivocado.
Marcel parecía estar pensando lo mismo, pues señaló la salida con la cabeza, lo que quería decir: “¡Larguémonos de aquí!”.
—No pasa nada —dijo Philipp—. Fue solo una equivocación.
Yasmin respiró profundamente.
—¿Qué te pasa? ¿Qué es todo este espectáculo?
—Nada —dijo Philipp, dio un paso enorme hacia atrás y casi se cae por la escalera—. Cuídate, Yasmin.
Después se dio a la fuga. Marcel lo siguió ruidosamente.
—¡Esperen! —gritó el amante de Yasmin a sus espaldas—. ¡Alto!
—¡Déjalos, Jonas! —Philipp le oyó decir a Yasmin—. Están locos.
La puerta se cerró después.
—¡Jonas! —jadeó Philipp cuando estuvieron de nuevo en el auto—. Era su ex.
—Pues no parecía ser ningún ex, si me lo preguntas —comentó Marcel.
—Volvió con él. —Philipp se secó el sudor de la frente—. Fue una pésima idea venir aquí.
—Cierto. Pero ahora ya estás seguro. Yasmin no tuvo nada que ver con la inundación. Tampoco te envió el mensaje de texto.
—Hice el ridículo.
—Ella tampoco te quería antes, así que no importa lo que piense de ti.
—Pero si no fue Yasmin, ¿quién?
—¿No hay ninguna otra que…?
—¿Estás loco? —exclamó Philipp, ofendido—. ¿Quién crees que soy?
Marcel alzó las manos en gesto defensivo.
—Era solo una pregunta. —Se rascó la cabeza—. Si yo estuviera en tu lugar, iría a la Policía.
Philipp asintió.
—Lo haré. Pero hoy no. Ahora iré a ver a Vivian y la invitaré a comer. Le propondré matrimonio.
—Buena idea. —Marcel se aclaró la garganta—. Espero que no estés molesto conmigo… Por este asunto.
—Claro que no. Tienes razón. Ahora ya estoy seguro. Yasmin está descartada. Gracias a Dios.
—Y está buenísima —añadió Marcel, pensativo.
—Puedes subir y averiguar si lo de Jonas va en serio.
—No, gracias. Tengo algo mejor.
—¿De verdad?
Philipp miró a Marcel con gran interés.
—No lo sé…
Marcel sonrió con timidez.
—¡Cuenta! ¿La tal Eva? ¿Lo lograste?
—No. No es Eva. Se llama Jenny.
—Jenny —repitió Philipp—. ¿Qué más?
—Vandenberg.
—El apellido no me interesa. ¿Dónde la conociste? ¿Qué tanto la conoces?
—Es una compañera de la carrera. La amiga de Eva, para ser más exactos. Empezamos a salir desde el fin de semana pasado.
—¡Felicitaciones!
—Gracias. La próxima semana me voy con ella a la montaña. Ya veremos si regresamos siendo pareja.
—Seguramente regresarán comprometidos —profetizó Philipp.
Pero en ese instante cayó en la cuenta del problema que implicaba que Marcel se tomara un tiempo libre justo en ese momento.
—No te preocupes por la obra —dijo Marcel, como si Philipp hubiera pensado en voz alta—. Mantendré encendido el celular y me ocuparé de todo. Regresaré inmediatamente si pasa algo.
—Estás mal de la cabeza. Así no llegarás a ningún lado con tu Jenny.
—El día para el trabajo —dijo Marcel—. Y la noche para el descanso.
—Y el sexo —completó Philipp.
Después de dejar a Marcel, Philipp llamó a Vivian y se enteró de que estaba fuera de la ciudad, en el lago.
—¡Fue algo espontáneo! —gritó ella, emocionada—. ¡Ven! ¡Está genial!
“Por qué no”, pensó Philipp. Liberarse un día e irse al lago. Pero entonces oyó unas risitas al fondo.
—¿Con quién estás? —preguntó, desconfiado.
—Con Cindy, Jessy y Anna —gritó Vivian—. Plan de chicas. Pero tú… Un momento… —Se interrumpió porque Cindy o Jessy o Anna tenía algo importante que decir—. Buena idea —dijo entonces—. Pero no se lo diré todavía. Sería una locura.
—¿Vivian? —gritó Philipp—. ¿Estás allí?
—¡Sí! Yo… Cállense que no oigo nada… ¿Philipp? ¿Hola?
—¡Hola! —dijo él, impaciente.
—¿Vas a venir? Sería…
—… una locura —dijo Philipp—. Mejor no. Seguramente se divertirán mucho más sin mí. ¿Cuándo vuelves?
—El domingo.
—¿Cómo? ¿Te quedas hasta el domingo? ¡Pero si hoy es miércoles!
—Exacto. Ven, Philipp. ¡Porfa! André también está aquí. No serías el único hombre.
André. El novio de Cindy. ¿O de Jessy? En todo caso, trabajaba en un gimnasio y no pensaba sino en ejercicio y fisicoculturismo. El horror.
—Mejor no. Nos vemos el domingo por la noche. Reservaré una mesa en el Amadeo.
—Ese día nos invitaron a un asado. Supongo que llegaremos tarde.
“Vete al…”, pensó Philipp y estuvo a punto de decirlo, pero se controló en último segundo.
—Que se diviertan.
Colgó y arrojó el celular al asiento del copiloto, y se sobresaltó al oírlo sonar en ese mismo instante.
Un mensaje de texto. Philipp recibía entre veinte y treinta mensajes de texto diarios. De clientes, de la señora Klopp, de Marcel, de Vivian. Pero entonces supo que era un mensaje anónimo. El asunto continuaba. Era la historia sin fin.
AL SALIR DEL COLEGIO miro siempre para ver si papi está esperándome, pero no viene nunca.
Entonces lo veo allí, de pronto.
—Hola, grandote —me dice—. ¿Quieres un helado?
En la heladería me cuenta que se mudará a otra ciudad; porque allí puede trabajar mejor.
—¿Me llevarás? —le pregunto.
—No puedo. Tienes que quedarte con tu papá —me dice.
—¡Por favor! —le digo, y el helado de chips de chocolate sabe ahora a pistacho.
—Es imposible —me dice—, de verdad.
—Pregúntale a papá —le digo—. Seguro que no le importará que me vaya contigo. No le caigo bien, de todos modos.
Papi se ríe.
—No digas tonterías. ¿Sabes qué? Puedes venir a visitarme.
—¿Cuándo? —pregunto.
—Ya veremos —me dice—. Todavía estoy aquí.
Pero no es verdad. Ya no está aquí en realidad, sino muy lejos. Tan lejos que casi no viene a verme. Sus ojos me atraviesan desde la sala de su nuevo apartamento en otra ciudad.
No me como el helado, porque de pronto siento ganas de vomitar. Ya no me gusta el de chips de chocolate.
Capítulo 11
“DIOS GUARDA PARA LOS HIJOS DEL IMPÍO SU CASTIGO. Que lo castigue a él, para que aprenda”. Julie encontró en Google que las dos oraciones eran de la Biblia. Una cita del Libro de Job, capítulo 21, versículo 19.
Pero no entendía el sentido del mensaje. Al parecer tenía que ver con que la injusticia del padre recaía en los hijos. ¿Pero qué tenía que ver eso con ella? No tenía hijos ni hermanos y no conocía a su papá.
—Tú no tienes papá —decía siempre Marianne—. Solo un progenitor.
Hacía veinte años su mamá se había acostado con un tipo después de una presentación en una ciudad. Al despertarse al día siguiente, él se había ido. Ella había quedado embarazada y su carrera había terminado.
—¿Por qué me tuviste? Habrías podido abortar. Entonces eras muy exitosa —le había dicho Julie alguna vez.
—Pues claro que lo pensé, como puedes imaginarte. Y la banda, mi mánager, la agencia, mis papás… todos trataron de convencerme. Pero yo era muy inocente. Creía que podía seguir haciendo lo mismo con un bebé. —Al darse cuenta de lo que había dicho, se había apresurado a corregirse—. Pero claro que soy feliz de haberte tenido. Fue la mejor decisión de mi vida.
De pequeña, Julie solía imaginar que su papá aparecería de pronto ante su puerta. Un hombre alto, apuesto y fuerte. “Llevo años buscándote, pequeña Julie. Eres todo para mí”. Y se la llevaría con él, a su vida emocionante en una ciudad hermosa en la playa o en las montañas.
Hasta que había aparecido, efectivamente.
—Tu papá quiere conocerte —le había informado Marianne en el día de su cumpleaños número diez.
—¿Qué? —A Julie le había dado un vuelco el corazón—. ¿Cómo nos encontró?
—¿Cómo así?
—¿Cómo supo de mí?
Marianne había arqueado las cejas.
—Lo ha sabido siempre.
—¿Sabía que soy su hija? ¿Y por qué no había venido a verme?
—Porque yo no quería —había dicho Marianne—. Él estaba casado y no pensaba separarse. Solo te habría confundido. Fue mejor así.
Pero ahora que tenía diez años, había añadido su mamá, tenía edad suficiente para decidir si quería conocerlo.
—¿Quieres? —le había preguntado.
Por supuesto que quería. Estaba furiosa con su mamá por haber esperado tanto tiempo. Lo había hecho esperar todos esos años a su papá. Y a ella.
El fin de semana siguiente, Marianne había llevado a Julie al Hotel Marriott, donde su papá estaba esperándola en el vestíbulo. Y tal como Julie se lo había imaginado siempre, era alto. Pero no le había parecido en especial apuesto ni realmente fuerte. Nada más había resultado como se lo había imaginado. Su papá no había sabido qué hacer con ella, y ella no había sabido qué hacer con él. La había llevado al zoológico, donde habían observado los cercados de los osos, las jaulas de los monos y los acuarios, en silencio. Después habían ido al cine, a ver una película infantil para la que Julie ya era demasiado grande y su papá aún más. Pero allí se había sentido aliviada, porque no tenían que hablar. Después él la había llevado de vuelta donde Marianne.
—Regresaré a Hamburgo en dos semanas. Si quieres, podemos volver a hacer algo divertido —le había dicho al despedirse. Julie había sonreído y asentido, aunque supo perfectamente que no volvería a verlo.
—Mi papá está muerto —había empezado a decir cuando le preguntaban por él. Y no había tardado en aprender que, si lo decía con un gesto de tristeza, la gente no preguntaba más.
Pero ahora ese mensaje. El asalto a su apartamento. El primer mensaje. Lo había borrado y ya no recordaba bien lo que decía. En todo caso, también tenía que ver con la culpa. “Pero no con mi culpa. Tiene que ver con mi papá”, pensó entonces.
La única que podía ayudarle era Marianne. Entonces decidió ir a verla ese fin de semana. Además, ya era tiempo de pasar por Lohbrügge. Llevaba semanas sin ver a sus amigos… y a su mamá.
—Solo llamas cuando necesitas algo, aunque vivimos en la misma ciudad. Deberías venir a tomar un café, por lo menos —le había reclamado Marianne la última vez que habían hablado, hacía dos semanas.
Iría el viernes por la noche y regresaría el domingo. O el lunes por la mañana. Podía llegar directamente a la boutique. Así podía matar dos pájaros de un tiro: podría hablar de su papá con su mamá (quizá había algo que le había ocultado hasta ahora) y no tendría que pasar el fin de semana sola.
¿Cómo había podido vivir antes con Marianne? “Este apartamento es un horror”, pensó al cerrar la puerta y entrar en el caos del vestíbulo. El perchero estaba a punto de desplomarse bajo el peso de la ropa. Al lado había una torre de papel reciclado, un guacal de botellas de agua y una caja de recipientes de vidrio. Y zapatos por todas partes. El espejo de la pared estaba cubierto por una capa de polvo. Marianne no había movido un dedo desde que Julie había limpiado y organizado por última vez.
—Por fin llegaste. Estaba empezando a pensar que ya no vendrías. —Su mamá apareció en la puerta de la cocina, con una copa de vino en la mano—. Preparé la comida.
—Hola.
Julie dudó antes de colgar la chaqueta en el perchero, con cuidado. Esperaba que no fuera a derrumbarse.
—Hice risotto de mariscos. Estoy muy feliz de verte —dijo Marianne.
Y no sonó como un comentario de cortesía, sino sincero. La sonrisa también parecía sincera.
—¿En serio? —preguntó Julie, sorprendida.
—Claro.
Su mamá le dio un beso en la mejilla. Pero no un cálido beso maternal, sino un típico beso de Marianne, superficial.
La comida se había quemado, por supuesto.
—Nunca aprendo —suspiró Marianne y apartó el plato después de dos bocados—. Lo siento.
—No importa.
Julie dejó caer el tenedor. Estaba realmente espantoso. Y eso que Marianne siempre compraba los ingredientes más costosos.
—¿Puedo ofrecerte otra cosa? Podríamos pedir una pizza.
—Deja así. De todos modos, no tenía mucha hambre. —Julie bebió un sorbo de su copa de vino—. ¿Todavía te hablas con mi papá? —preguntó.
—¿Por qué me preguntas eso ahora?
—Porque sí. Hace poco recibí un mensaje de texto… En fin. El caso es que me pregunto si debería ir a verlo.
—Hum. —Marianne se bebió su copa de vino y volvió a llenarla—. Tengo sus datos, por supuesto. Pero no hemos hablado en años.
—¿Qué sabes de él?
—Nada. No nos conocíamos en absoluto. Ya lo sabes.
—Sí, pero algo tiene que haber quedado. Aparte de mí. Tuvieron que haber hablado de algo antes de hacerlo. Y después.
—No recuerdo nada de esa noche. Estaba borracha y no podía acordarme de nada al día siguiente. Una laguna. Al contrario, no habría sucedido.
Una laguna. Ese había sido el comienzo de la existencia de Julie.
—Vive en Düsseldorf —dijo Marianne—. Es ginecólogo, está casado, tiene un hijo. Todo eso lo supe después, claro.
—¿Un hijo? —preguntó Julie—. ¿Tengo un hermano? Nunca me dijiste nada.
—Nunca me preguntaste.
—¿Cuántos años tiene el hijo?
—Diecinueve.
—¿Apenas un año mayor que yo? ¡Dios mío!
—Es un clásico. El bebé llora en la casa, la mujer está irritada y agotada, y el hombre está listo para un amorío. Yo era atractiva, exitosa e independiente. Eso lo excitó. No podía imaginarse que fuera tan fértil, además.
—¿Y nunca pensó en dejar a la esposa y empezar una nueva vida contigo?
Aunque lo hubiera hecho, la relación habría terminado pronto, de eso no le quedaba duda a Julie. Su mamá nunca duraba más de un par de meses con un hombre. El amor terminaba siempre en lágrimas y ataques de rabia y autocompasión.
—Ni por un segundo. Cuando supe que estaba embarazada, lo llamé. Él quedó horrorizado. Bueno, yo estaba en las mismas. Él volvió a Hamburgo el fin de semana siguiente. Me prometió que me ayudaría. Económicamente. Y lo hizo. Fue muy generoso, eso hay que reconocerlo. Pero la condición era que su esposa no se enterara de nada.
—Eso es soborno —dijo Julie.
Antes se había preguntado cómo podían comprar tantas cosas si Marianne solo recibía el subsidio estatal.
—Al principio, no quiso saber nada de ti —añadió Marianne, pensativa—. Pero eso cambió. Cuando tenías tres o cuatro años, me llamó para decirme que quería conocerte. Pero yo no quería. A fin de cuentas, él había decidido que no quería estar con nosotras.
—¿Lo habrías recibido si él hubiera querido estar contigo?
—Lo habría intentado, en todo caso. —Marianne suspiró—. Probablemente no habría funcionado. Ninguna relación me ha funcionado. —Quiso servirle más vino a Julie, pero la primera botella se había acabado. Sacó otra del refrigerador, la abrió y llenó las dos copas—. ¿Y tú? ¿Cómo va todo? ¿Tienes novio? —preguntó inclinándose sobre la mesa y la miró con ojos vidriosos. Julie podía oler el vino en su aliento. Odiaba cuando su mamá bebía más de la cuenta. Y solía beber más de la cuenta. Seguramente había vaciado la primera botella mientras cocinaba.
Julie empujó la copa hacia el centro de la mesa y se sirvió agua.
—No hay nadie. —No quería hablar de Christian. Quería averiguar más sobre su papá. Se sorprendió de no haberle preguntado antes a su mamá—. Pero lo conocí cuando cumplí diez años. ¿Por qué cambiaste de opinión?
—Estabas obsesionada. Pensé que quizá te ayudaría ver que no era nada especial. Un hombre de carne y hueso, no un príncipe azul.
—Ajá.
—Además, él amenazó con reducir la cuota si no lo dejaba verte.
Julie soltó un resoplido desdeñoso.
—Otra vez el dinero. Por eso aceptaste de inmediato.
—No de inmediato —replicó Marianne, molesta—. Pero sí necesitaba el dinero. No podía tener ningún trabajo porque tú te enfermabas constantemente. Y yo esperaba un cierto nivel de vida, lo reconozco.
Otra vez la vieja cantaleta. “Tú te enfermabas continuamente. Yo no tenía alternativa. Mi vida se había arruinado”. Julie habría preferido levantarse y largarse. Pero su apartamento estaba oscuro y vacío. Y Christian estaba en Bonn. Además, tenía demasiada curiosidad.
—El caso es que todo salió bien. Después del primer encuentro, no quisiste volver a verlo.
—Supongo que a él le pasó lo mismo. —Julie hizo una mueca—. Y el caso es que no volvió a manifestarse.
—Él preguntaba constantemente por ti.
—¿Y? ¿Tú le dabas el reporte?
—¿El reporte? ¡Eso suena terrible! Yo le contaba lo que estabas haciendo y demás. Al fin y al cabo, es tu papá.
—Y paga bien.
—¡Julie!
—Está bien —dijo Julie. Marianne estaba borracha y era mejor no pelearse—. ¿Alguna vez le diste mi número de celular?
—¿A quién? ¿A tu papá? ¿Estás loca? ¿Por qué habría de hacer algo así?
—Ni idea. Solo pregunto.
Marianne se sirvió más vino. Julie habría querido quitarle la botella.
—¿Te llamó?
—Hace poco recibí un mensaje extraño.
—¿Qué decía?
—“Dios guarda para los hijos del impío su castigo. Que lo castigue a él, para que aprenda” —citó Julie.
Marianne la miró desconcertada.
—Es de la Biblia —explicó Julie—. Del Libro de Job, del Antiguo Testamento.
—Alguien te hizo una broma. Eso está claro.
—Pues el bromista se metió en mi apartamento y lo dejó patas arriba.
—¿Crees que fue tu papá?
—Ni idea. Ya no sé qué creer. Yo no lo conozco.
—Olvídalo. Él no tuvo nada que ver. No es su estilo. Yo no lo conozco tampoco, pero puedo poner la mano en el fuego. Ese mensaje te lo mandó alguien que está furioso contigo. Un ex. Un psicópata. Sabrá el diablo. Pero no fue Jochen.
—Tal vez lo descubrió la esposa. O el hijo, y está furioso de que su papá tenga una hija de la que él no sabía nada.
—¿Y por eso vino a Hamburgo a destruirte el apartamento? ¿Qué culpa tienes tú de que su papá haya engañado a su mamá?
—Ni idea. Pero quisiera hablar con él, de todos modos. Con mi papá. ¿Puedes darme su teléfono?
—¿De verdad quieres llamarlo? —Marianne hizo una mueca—. No sé. ¿Por qué no le dices a la Policía? Ellos sabrán qué hacer.
—No se lo tomarán en serio, pues no me robaron nada.
Además era demasiado tarde para denunciar el asunto.
—Como quieras. Te daré el número. Con mucho gusto. —Su mamá se levantó tambaleante y caminó hacia la sala, donde tenía el celular—. Pero no servirá de nada, te lo aseguro.
“Puede que tenga razón”, pensó Julie mientras guardaba el número en su celular. No tenía ni la menor idea de qué le preguntaría a su papá. Si él tenía algo que ver con los mensajes anónimos y el asalto a su apartamento, no lo confesaría. Y si no tenía nada que ver, creería que estaba demente.
—Bebamos otra copa —dijo Marianne y alzó la botella con un pulso sorprendentemente firme.
Pero Julie se levantó.
—No, gracias. Me voy a la cama.
Al salir de la cocina, oyó que el vino gorgoteaba en la copa de su mamá. Apenas era viernes, y Julie había pensado quedarse hasta el lunes. Su apartamento oscuro y solitario ya no le parecía tan aterrador.
Al día siguiente, se encontró con sus amigos para desayunar. Después fueron de compras, al cine, a comer y a un nuevo club nocturno. Cuando Julie volvió a casa ya estaba empezando a amanecer y Marianne se había acostado hacía un buen rato. En la mesa de la cocina, había una sola copa y una botella vacía. Antes, Marianne bebía solo cuando estaba acompañada, pero era evidente que ahora también bebía sola.
El domingo Julie durmió hasta la una.
—Haré algo para almorzar —le informó su mamá.
Después abrió un sobre de sopa instantánea y vertió el contenido en una olla con agua hirviendo.
Julie se sentó a la mesa y bostezó.
—¿Lo llamaste? —preguntó Marianne.
—¿A quién? —preguntó Julie, aunque sabía perfectamente a quién se refería su mamá.
Había buscado el número de su papá miles de veces en la lista de contactos de su celular, incluso había llamado una vez… para colgar después del primer timbre.
No sabía cómo empezar.
“Hola, soy Julie, de Hamburgo”.
¿Y después?
“¿Julie? ¿Cuál Julie?”.
“Tu hija”.
“¿Qué quieres de mí?”.
—¿Y qué harás si te contesta la esposa… o el hijo? —preguntó su mamá—. ¿Ya pensaste en eso?
Ante la ausencia de respuesta, Marianne sirvió la sopa en dos platos y le pasó uno a Julie. Las dos comieron en silencio.
—Tengo que irme —anunció Julie y se levantó.
—Creía que te quedabas hasta mañana.
—Surgió una cosa —mintió.
Se había propuesto llamar a su papá cuando estuviera en su apartamento, pero se dedicó a limpiar el polvo y las ventanas y a escribir correos electrónicos y a organizar el armario y a escribir otros correos y luego encendió el televisor y cambió de un programa a otro. Hasta que se quedó dormida.
En los días siguientes, llovió a cántaros. En la boutique no entraba ni un alma. Renate tenía una cita tras otra: donde el médico, la esteticista, el contador. Julie pasaba todo el tiempo sola en la tienda.
Buscaba el teléfono de su papá en la lista de contactos de su celular constantemente y se quedaba observando la hilera de números como si fuera una ecuación complicada. El domingo habría sido el día ideal para llamar. Seguramente habría estado en casa, pero seguro que estaba en el consultorio entre semana.
Solo por eso se atrevió a llamar finalmente. Porque estaba segura de que él no estaría.
Oprimió el botón de llamada y cerró los ojos. El teléfono timbró en algún lugar en Düsseldorf. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve veces. Justo cuando Julie se disponía a colgar, contestó alguien.
—¿Hola?
“No era una voz masculina”, pensó aliviada. Una chica o una mujer joven.
—¿Quién es? —preguntó la chica.
—¿Podría hablar con el señor Rothe? —preguntó Julie.
—¿Quién lo llama? —preguntó la chica.
—Julie.
“Julie Rothe”, escribió en un bloc que había junto al teléfono. Después tachó el apellido con una raya gruesa.
—¿Para qué sería?
—Eso quisiera hablarlo con el señor Rothe.
—No es posible —dijo la chica—. Mi papá no está.
“Mi papá”. Julie se quedó sin aire. Jochen Rothe tenía no solo un hijo, sino también una hija. “Tengo una hermana”, pensó Julie. Y de pronto estuvo segura de que los mensajes anónimos y el asalto a su apartamento tenían que ver con su pasado.
—¿Hola? —preguntó la chica, su hermana.
—¿Cuándo vuelve? —preguntó Julie—. Es muy importante.
—Eso no puedo decírselo. Mi papá se fue.
—¿Se fue?
—Desapareció —dijo su hermana, y colgó.
PAPÁ DESCUBRIÓ QUE ME VI CON PAPI.
Probablemente la profesora Müller lo vio en la entrada del colegio y corrió a contárselo. Siempre tiene que hacerse la importante, la muy tonta.
Papá se puso furiosísimo.
—Ese maldito estúpido, no quiero que te veas con ese marrano, ¿me oyes?
—¡Sí, sí, sí, sí, sí!
—Si vuelve a aparecer, tienes que decírmelo inmediatamente. —Papá grita tan fuerte que casi se me explota la cabeza. Tanto que tengo que taparme las orejas—. ¡Escúchame! —grita y me quita las manos de las orejas—. Ese maldito idiota hizo que tu mamá se enfermara. Él tiene la culpa de que se haya enloquecido. ¿Lo entiendes? ¡¿Que si lo entiendes?!
—Lo entiendo, pero no lo creo.
—No volverás a verte con ese tipo. ¡Nunca! —me grita.
Yo respiro profundamente. Me armo de valor. Porque tengo que decir algo, si no me quedaré aquí pudriéndome hasta que sea mayor de edad.
—Él va a mudarse —le digo—. Y después me llevará a vivir con él.
—¿Eso es cierto? —pregunta papá—. ¿Te dijo eso?
No me dijo eso. Pero quiero que sea cierto y por eso finjo que lo es. Y asiento con la cabeza.
—Ni en sus sueños —dice papá—. Él no tiene ningún derecho sobre ti.
—Sí —digo—. Claro que lo tiene. Porque él es mi papá, y tú no, eso me dijo mamá.
Entonces me mira como la profesora Heimann cuando Sören le metió una babosa en el bolsillo. Y me da una bofetada. Mi cabeza vuela y choca contra la pared. Estoy muerto por un momento.
Cuando despierto, papá está conmocionado.
—Lo siento —me dice—, no fue mi intención, en serio.
Yo no digo nada. La cabeza me retumba demasiado, como un televisor dañado. Sé que voy a ponerme a llorar, pues siempre me pongo a llorar cuando me duele algo. Pero hoy no. Parece que hoy los dolores no me hacen mal.
Capítulo 12
—TENGO QUE HABLAR CONTIGO —dijo Sophia y se abrió camino entre el caos de ropa que reinaba en la habitación de su hermano hasta la silla del escritorio.
Moritz estaba acostado, con los brazos cruzados detrás de la nuca y la mirada fija en el techo. No hubo reacción.
—¿Estás muerto? —preguntó ella.
—¿Qué quieres? —preguntó él con parsimonia.
—Hablar de los mensajes —dijo Sophia sin ningún rodeo.
No sabía si él también había recibido mensajes de amenaza. Era una vaga suposición. Un tiro al aire que parecía haber dado en el blanco, pues Moritz se incorporó de inmediato, como si le hubiera sacudido la cama.
—¿Qué? —preguntó con voz apagada—. ¿Cómo lo sabes?
—¡Adivina, adivinador!
Pero era evidente que él no tenía ninguna intención de adivinar y se quedó mirándola fijamente, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por recordar dónde la había visto antes.
—“Dios guarda para los hijos del impío su castigo. Que lo castigue a él, para que aprenda” —dijo Sophia.
Era el último correo que había recibido esa tarde después de clases. Entonces había decidido hablar con su hermano.
Él meneó la cabeza de mala gana y se dejó caer de nuevo en la cama.
—¿De qué estás hablando? —preguntó.
—“Te veo” —citó Sophia de otro correo—. “No me olvides”.
Esas palabras le dijeron más, al parecer, pues volvió a incorporarse.
—¿Estuviste espiando en mi computador? —preguntó desconfiado.
—No me atrevería nunca.
—¿Por qué conoces ese correo?
—Porque me está llegando la misma basura.
—¿A ti? ¿Y tú qué tienes que ver con el asunto?
—Eso mismo pregunto. ¿Sabes qué está pasando? Yo no tengo ni la menor idea.
Sophia le pasó los tres correos impresos. Moritz los leyó con ceño fruncido, después se apresuró a negar con la cabeza.
—¿Qué dicen los tuyos? —preguntó ella.
—Solo me han llegado dos. Y un mensaje de texto. Decían más o menos lo mismo. No los olvido. No se librarán de mí. Y luego esa fecha. El 2 de julio.
—¿Y? ¿Qué significa?
Él entrecerró los ojos.
—¿Cómo lo voy a saber?
—¡Vamos, Moritz, ya basta! Tú mismo acabas de preguntarme qué tengo que ver en el asunto. ¿Cuál asunto? ¿A qué te refieres?
Él clavó la mirada en la ventana, por encima del hombro de su hermana.
—El tipo que escribió eso está loco —añadió Sophia—. Él ahogó a Egon. Y tú sabes por qué.
Moritz tragó saliva y guardó silencio.
—¿Qué pasó? —preguntó ella en voz baja.
Él se miró fijamente las uñas, como si no hubiera nada más interesante en el mundo.
Entonces Sophia decidió no salir de aquel cuarto hasta haber obtenido una respuesta. Aunque tardara hasta la mañana siguiente. Subió los pies al escritorio y cruzó los brazos en el pecho. El reloj hacía tictac en la pared.
Después de un buen rato, Moritz alzó la cabeza y suspiró.
—Hice algo terrible.
En marzo, Moritz había regresado a casa una madrugada después de una fiesta. En el auto. Aunque esa noche había bebido demasiado. Aunque habría podido quedarse a dormir donde el anfitrión. Aunque llovía y hacía frío y las calles estaban muy resbalosas.
—Pero me había peleado con Tina y necesitaba irme de allí. —Tina era su ex—. Iba muy despacio, en serio; pero el ciclista apareció de pronto, en una bicicleta de carreras, sin luces. Además iba vestido de negro. A la una o dos de la mañana. ¡No tenía escapatoria! Aunque hubiera estado completamente sobrio, le habría dado…
—¿Lo atropellaste? —preguntó Sophia cuando su hermano se interrumpió.
—Lo toqué —dijo él finalmente—. Eso creo, al menos.
—¿Eso crees? —repitió ella incrédula—. Uno se da cuenta de eso, ¿no?
—Oí… un ruidito —confesó él—. Y miré por el retrovisor, pero no había nada.
—¿Cómo así que no había nada?
—No vi al ciclista.
—Porque estaba echado en la calle, sangrando.
Él se encogió de hombros, sin alzar la mirada.
—No te detuviste. Simplemente seguiste adelante.
Silencio. Ahora Moritz temblaba de pies a cabeza, y Sophia también, por la furia y la indignación. Si al menos la hubiera mirado a los ojos, pero no alzó la cabeza.
—Pretendías ser médico —dijo Sophia—, y dejas al pobre diablo allí echado. ¿Qué rayos te pasa? ¿Puedes explicármelo?
—No podía pensar con claridad —susurró Moritz—. Estaba borracho… y destrozado.
—Si hubieras chocado contra una valla protectora… o una señal de tránsito… Bueno. Yo también me habría largado, probablemente. Pero un ciclista… ¿Qué tan borracho estabas? No puedo entenderlo.
—Yo tampoco me entiendo a mí mismo. Estoy hecho un desastre.
Moritz hundió aún más la cabeza.
—¿Y después? ¿A la mañana siguiente, cuando se te pasó la borrachera?
—Volví a pasar por el lugar. Pero no se veía nada. Ni vidrios, ni sangre, ni nada. No podía preguntarle a nadie.
—Claro que no. Tampoco podías ir a la Policía.
Él negó con la cabeza.
—Ya me di cuenta de que me porté muy mal, Sophia.
—¿Y no salió nada en el periódico? ¿O preferiste no leerlo?
—Claro que sí. Dos días después, encontré la noticia en la sección local. Muy breve. Apenas una nota sobre un accidente en el que había quedado herido un ciclista al que habían llevado al hospital. Y ya. “Cualquier información será bienvenida en las comisarías”. Punto.
—Pero no te presentaste, claro que no.
—No. Porque no parecía haber sido grave. En ese caso, la noticia habría sido distinta.
—¿Y entonces?
—El día anterior a las pruebas orales recibí el primer correo electrónico. El mensaje era muy parecido al tuyo…
—Muéstramelo.
—No puedo. Lo borré.
—Genial. ¿Y entonces?
—Entonces nada. Me bloqueé totalmente en los exámenes orales. Me dediqué a esperar a que el tipo volviera a manifestarse. Y eso hizo, hace como dos semanas. Con otra insinuación extraña. No te quito los ojos de encima o algo así.
—Déjame adivinar —dijo Sophia—. También lo borraste.
Moritz asintió arrepentido.
—Y ayer me llegó un mensaje de texto que anunciaba lo del gato.
—¿En el mensaje decía que iba a ahogar a Egon?
—No directamente; pero que me esperaba una sorpresa en el jardín.
—Y tampoco tienes ese mensaje —supuso ella.
Él se encogió de hombros.
—Fue un error, ahora lo sé también. ¿Pero sabes qué es lo más curioso? Que el ciclista está bien. No le pasó nada. Ni siquiera se le dañó la bicicleta.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo averiguó Felix.
Felix. El corazón le dio un vuelco a Sophia y después quedó colgando de alguna parte en su garganta. Se había propuesto olvidarse de él, y casi lo había logrado. Casi no había vuelto a pensar en Felix en las últimas horas. Pero ahora, al oír su nombre, se dio cuenta de que se engañaba. Y sintió los síntomas de la abstinencia peor que nunca: taquicardia, náusea, mareo, ahogo.
—¿Cómo lo averiguó? —Su voz sonó como si tuviera la boca llena de algodón—. ¿Fue a la Policía?
—No —dijo Moritz—. A la peluquería.
—¿Qué?
—Después de encontrar el gato en el bidón, no aguanté más. Entonces llamé a Felix y le conté todo. Él es genial. Siempre se le ocurre algo.
Él es genial. Demasiado genial para llamar a Sophia. Pero eso no venía al caso. Tenía que concentrarse en lo importante. En su hermano. En los mensajes anónimos.
—¿Qué se le ocurrió?
—Fue al lugar del accidente y vio que había una peluquería al lado. Entonces se mandó cortar el pelo para tantear a la peluquera. Ellas siempre lo saben todo.
—¿Y descubrió algo?
Moritz asintió.
—El ciclista era primo de la hermana de la amiga de la peluquera. O algo así. En todo caso, la señora sabía que no le había pasado nada. Estaba totalmente ebrio. Por eso tuvo que pasar la noche en el hospital, mientras se le pasaba la borrachera. Pero está bien, y la Policía ya archivó el caso.
—¡Felicitaciones! Todo en orden, entonces. Estás libre de culpas.
—Pero ¿por qué rayos me envía esos mensajes? ¿Y por qué ahogó al gato?
—¿No lo has entendido todavía? Los mensajes no tienen nada que ver con el accidente. A mí también me llegaron.
Moritz volvió a asentir, pensativo.
—Quizá tengas razón.
—Pues claro que tengo razón. Alguien nos observa, Moritz. Alguien quiere algo de nosotros. Y sabe mucho de nosotros. Sabía lo del ciclista y probablemente también lo de Sarah.
—¿Lo de Sarah? ¿Cuál Sarah?
“Hoy por ti, mañana por mí”, pensó Sophia. Y como su hermano le había confesado su pecado, le contó lo que le había hecho a su excompañera y cómo sus sospechas se habían desvanecido en el aire.
Al terminar, Moritz volvió a leer los correos impresos.
—V… —dijo con aire pensativo—. El mensaje de ayer está firmado por V.
Sophia se levantó del asiento y le arrebató la hoja.
—No me había dado cuenta. —Miró a su hermano—. ¿Qué significará?
Moritz quería responder algo, pero su celular sonó en ese instante. Un mensaje. Los dos se miraron horrorizados. Él se rio nervioso después.
—Seguro que es Felix o cualquiera.
“Felix o cualquiera”, pensó Sophia mientras su hermano se sacaba del bolsillo el celular. Y tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar una risa histérica.
Era ridículo que se hubiera enamorado tan perdidamente de él. En cambio, ella no le interesaba en lo más mínimo. Cuando Moritz le había pedido ayuda, Felix había acudido inmediatamente y lo había escuchado, incluso había ido hasta el lugar de los hechos. Pero no había llamado a Sophia, ni una sola vez. De pronto, se le quitaron las ganas de reír y se le aguaron los ojos.
—Mierda —murmuró su hermano.
Ella pestañeó para espantar las lágrimas.
—¿Qué pasó?
Él le mostró la pantalla del celular.
—Lo mismo que te llegó a ti.
“Dios guarda para los hijos del impío su castigo. Que lo castigue a él, para que aprenda”, leyó Sophia. Y la firma: V.
—Yo le hablé a papá de los mensajes —recordó en ese momento—. Incluso le mostré los dos primeros.
—¿Y?
—Él quería ir a la Policía. Al menos al principio. Pero después cambió de opinión súbitamente. Sin ninguna explicación. Y habrías tenido que verlo ayer, después de que le conté lo del gato.
—¿Qué dijo?
—No mucho. Que era culpa suya, porque se le había olvidado tapar el bidón. Pero no le creo.
—¿Por qué no?
—Me dio la impresión de que ya sospechaba algo. Estaba muy nervioso. Me preguntó dónde estabas. Después me pidió que no saliera del apartamento.
—Creo que los dos tenemos que hablar urgentemente con él.
Era miércoles, y el señor Rothe solía llegar temprano ese día porque el consultorio cerraba por la tarde.
—¿Qué piensas preguntarle? —quiso saber Sophia.
—Necesito saber qué lo atemoriza tanto.
—Tal vez tenga que ver con el consultorio. Una paciente loca que se enamoró de él y ahora lo amenza.
—Pero no lo está amenazando a él, sino a nosotros.
—Tal vez pretende acercársele así. O ya se le acercó.
—¿Qué quieres decir?
—A lo mejor tiene un amorío con alguna paciente —reflexionó Sophia.
—Hum.
Moritz no parecía muy convencido. Era difícil imaginárselo. El señor Rothe era un hombre de familia, que prefería pasar el tiempo libre con su esposa y sus hijos. Y se quejaba con frecuencia de que no hicieran más cosas juntos. “Aquí cada uno hace lo que le place. Nadie tiene tiempo para la familia”.
—Yo creo que es algo que viene de hace mucho tiempo —dijo Moritz.
—O no tiene nada que ver con él.
—En todo caso, debemos pensar muy bien cómo proceder.
Pero ya no había tiempo para eso, pues en ese instante oyeron la llave en la puerta. Moritz tensó los hombros y se levantó.
—Creo que lo mejor es que me dejes hablar a mí primero —le susurró a su hermana.
El descubrimiento de que las amenazas no tenían nada que ver con el ciclista lo había fortalecido, era evidente. Casi había vuelto a ser el mismo de antes. El Moritz seguro de sí mismo, fuerte, superior.
—¿Jochen? —gritó en ese momento.
Hacia los quince o dieciséis años había dejado de decirles papá y mamá y los llamaba por su nombre: Jochen y Sabine. Eso no le gustaba a Sophia, pero no sabía por qué.
—No. Soy yo.
La señora Rothe metió la cabeza en el cuarto.
—¿No ibas a verte con Bettina después del trabajo? —preguntó Sophia.
—Cancelé. Su papá me pidió que me viniera directamente a casa. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está? ¿No ha llegado?
—No, todavía no. ¿Qué planes tenían?
—No me dijo nada. —La señora Rothe miró a sus hijos—. ¿Están bien?
—Claro —dijeron los dos en coro.
—Bueno. —La mamá desapareció en el pasillo—. Necesito beber algo primero. El calor está realmente insoportable.
—Ojalá llegue pronto —murmuró Moritz—. Tengo mucha curiosidad de oír lo que tiene para decir.
Pero no llegó.
Tenía el celular apagado. En el consultorio contestaba el contestador. Y por la noche, cuando la señora Rothe logró hablar finalmente con una de las auxiliares, esta le comunicó que el doctor Rothe había salido del consultorio poco después de la una.
—Dijo que se iba a la casa.
Entonces la señora Rothe llamó a varios amigos, conocidos y familiares. Nadie había hablado con su esposo ni lo había visto. Después llamó a los hospitales cercanos. Nada.
—Llama a la Policía —dijo Moritz.
—Seguro que no es para tanto —dijo su mamá—. Supongo que se le olvidó que habíamos quedado de vernos. Seguro se encontró con alguien o se fue al centro…
—¿Sin decirte nada? —intervino Sophia—. ¿Y deja el celular apagado? Ese no es su estilo. Moritz tiene razón, mamá. Llama a la Policía.
La señora Rothe se rehusó hasta que Sophia le mostró el tercer correo electrónico que habían recibido ella y su hermano.
—No entiendo qué significa —dijo mirando fijamente el texto impreso—. ¿Qué tiene que ver con su papá?
Moritz se encogió de hombros.
—¿Cómo podemos saberlo? En todo caso, parece que alguien tiene un problema con él.
—¿Pero no se te ocurre quién podría haberlo escrito? —preguntó Sophia.
—Es una cita de la Biblia —dijo su mamá—. Eso creo, al menos. ¿Por qué les mandarían esto? ¿Y a ustedes dos, precisamente?
—En realidad, no tenemos mucho en común —dijo Moritz—. Aparte de nuestros papás.
“Y Felix”, pensó Sophia. Pero eso no era cierto. Felix era solo de Moritz y ya no tenía nada que ver con ella.
—Voy a llamar a la Policía —informó la señora Rothe, marcó el número de la comisaría más cercana, le explicó al agente lo que había sucedido y colgó al cabo de dos minutos—. Tengo que esperar hasta mañana por la tarde. Hasta que no hayan pasado veinticuatro horas, ellos no harán nada.
—¡Increíble! —Moritz estaba indignado—. Hasta entonces puede pasar cualquier cosa.
—Quizá tengan razón. —La señora Rothe meneó la cabeza—. Seguramente volverá pronto.
Pero había un dejo de inseguridad en su voz y en su mirada, y Sophia sabía que su mamá no creía en sus propias palabras.
Moritz entró al dormitorio de Sophia poco después de medianoche. Ella estaba acostada, pero él encendió la luz, atravesó la habitación y se sentó en la silla del escritorio, tal como había hecho ella anteriormente en su cuarto.
—¡Oye! —Sophia se incorporó, irritada.
—Ay, vamos, tampoco podías dormir.
—¿Qué quieres?
—Pensar.
—¿Y para eso me necesitas?
—¿Qué sabes de Jochen? —preguntó Moritz—. ¿Sobre su pasado?
Sophia se rascó detrás de la oreja.
—Nació cerca de Múnich. —Trató de recordar el nombre del pueblo, pero no pudo. Habían pasado por allí hacía un par de años, camino a Austria. Su papá les había mostrado la casa donde había crecido y el colegio donde había hecho la primaria. Pero lo único que le había quedado en la memoria era un perro negro que estaba delante del edificio y ladraba—. Hizo el bachillerato en Rosenheim.
—Y se graduó con un promedio excelente. Después estudió Medicina en Múnich —completó su hermano.
—Al terminar la carrera, trabajó un par de años en la sala de maternidad de un hospital y después en un consultorio de ginecología. Luego se instaló en Düsseldorf. Mamá era su auxiliar. Y se casaron relativamente pronto…
—… porque yo venía ya en camino —completó Moritz—. ¿Qué más?
—Sus papás eran de esta región. Y no tiene hermanos.
Ninguno se acordaba de los abuelos, que habían fallecido un par de años después de que naciera Sophia.
—Tampoco tiene amigos de antes —dijo Moritz—. No tiene ningún amigo de la infancia. O del colegio o de la universidad.
—Eso no es mucho —dijo Sophia.
—Si queremos entender qué diablos está pasando, tenemos que averiguar más sobre su vida.
—¿Y qué propones? ¿Una sesión de espiritismo?
—Deberíamos echar un vistazo en el estudio.
—¿Qué? ¿Quieres hurgar entre sus cosas? ¡Imposible!
Moritz se puso de pie y la miró desde arriba.
—¿No te has dado cuenta? Alguien está jugando un juego muy turbio con nosotros. Si no averiguamos de qué se trata…
Su hermano no interrumpió y salió del cuarto. Ella suspiró. Después apartó la sábana y lo siguió.
Moritz se encargó del computador; Sophia se concentró en las carpetas que estaban junto al escritorio.
—Qué bueno que sea tan ordenado —murmuró ella mientras sacaba la primera carpeta.
“Finanzas”, decía en el lomo. Planes de ahorro, fondos de pensiones, todo estaba cuidadosamente clasificado. Hojeó en las distintas categorías y no encontró nada llamativo. Claro que no tenía ni idea de qué estaba buscando.
—Mejor voy a buscar en los mensajes archivados. —Moritz revisó el correo electrónico mientras tanto—. Pero su manejo de la cuenta es un desastre. Parece que no se ha enterado de que puede borrar cosas y lo guarda todo. Y todo está mezclado con todo. Correo privado, correo basura, ofertas para el consultorio, boletines.
—Es bueno que no haya borrado nada. Quizá encuentres algo de V. —Sophia guardó la carpeta de las finanzas y observó las otras, pensativa. “Casa”. “Seguros”. “Recibos”—. Mira en los correos que le llegaron ayer por la mañana. Antes de que encontráramos al gato.
—Ya lo hice. No hay nada. Al menos nada anónimo.
—Tal vez le mandó un mensaje de texto. Como a ti.
—Puede ser. Pero el celular no está aquí.
Los recibos también estaban cuidadosamente organizados. Los guardaba todos y los pegaba ordenadamente en una hoja. Si la casa se incendiaba, podría reclamarle todas sus pertenencias al seguro. Si salvaba aquella carpeta de las llamas, claro. Pero eso tampoco les ayudó a averiguar nada.
—Aquí no hay nada —dijo Sophia frustrada—. No tengo ni idea de lo que estoy buscando.
—Busca los extractos bancarios. Allí puede haber información reveladora —le aconsejó Moritz sin apartar la mirada de la pantalla.
El señor Rothe también tenía todos los extractos ordenadamente archivados, por supuesto. Sophia hojeó a ciegas entre cientos de hojas donde aparecían los movimientos bancarios de los últimos días, meses, años.
—Concéntrate en los primeros días del mes. Fíjate en los retiros y los débitos automáticos —dijo su hermano.
El alquiler del apartamento, la cuenta del teléfono, el cobro del celular, la mesada de Moritz y Sophia, los servicios, la prima del seguro, el débito automático de las clases de guitarra de Sophia y el club de bádminton de Moritz. Dos suscripciones a periódico. La televisión por cable. El abono de la piscina y del teatro.
—Qué cantidad de gastos —murmuró. Pero eso fue lo único que llamó su atención en realidad—. ¿Y tú? ¿Encontraste algo?
Él negó con la cabeza.
—Fue una idea pésima. —Sophia bostezó—. Me voy a la cama.
—¿Estás loca? Apenas estamos empezando.
—En las carpetas no hay nada que pueda servirnos. Si papá quería esconder algo, no lo archivaría y lo guardaría aquí.
—¿Y quién dice que quería esconder algo? Quizá haya algún aspecto de su vida que no conozcamos, algo que nos dé una pista.
—Dudo que esté en este archivador.
—¿Y en el armario? —Moritz señaló un armario metálico que estaba junto a la puerta—. ¿Ya miraste allí?
Sophia abrió la puerta metálica y soltó un “puaj”. Había montones de carpetas amontonadas en los cinco anaqueles.
—Para revisar esto necesitaré toda una semana.
Moritz se levantó y se acercó.
—Lo de arriba tiene que ver con el consultorio. Eso no nos interesa por ahora. Aquí abajo… Auto, jardín, periódicos… Eso tampoco nos importa.
—¡Mira! —Sophia sacó una carpeta marcada con su nombre—. Tiene los informes de todas las reuniones de padres de familia del colegio, desde primero de primaria. Y montones de cartas de los profesores. Tiene hasta las listas de curso.
Moritz señaló la carpeta de al lado.
—Lo mismo en mi caso.
—Aquí dice “Privado”. —Sophia sacó una carpeta del anaquel inferior.
—Eso suena bien —dijo Moritz y miró por encima del hombro de su hermana mientras ella ponía la carpeta en el escritorio y la abría.
—Falsa alarma —dijo Sophia decepcionada.
Copias de los registros de nacimiento, carnés de vacunación, documentos de identidad. Y debajo: dibujos infantiles, tarjetas de invitación a fiestas de cumpleaños, bautizos y confirmaciones. Diplomas y distintivos de Moritz, certificados de participación de Sophia.
—Nada —murmuró desilusionada, y se disponía a cerrar la carpeta cuando Moritz metió la mano en el último segundo.
—Un momento. ¡Espera! —gritó su hermano.
—¿Qué? —preguntó ella.
Él señaló la última etiqueta: “Otros”.
Sophia bostezó de nuevo. Era casi la una. Y su papá estaba Dios sabía dónde. Tal vez en problemas, tal vez en un club nocturno o con conocidos. Pero ellos estaban perdiendo el tiempo, en todo caso.
Moritz pasó la página donde estaba la etiqueta. Detrás había un solo documento.
—¿Qué es esto? —susurró.
Sophia abrió los ojos de par en par. Se había despertado de golpe.
Era una sentencia de divorcio.
—Jochen Rothe se divorció de Birgit Rothe, Preuss de soltera, el 12 de marzo de 1988 —murmuró Moritz.
—Papá estuvo casado antes —susurró Sophia.
—No tenía ni idea. —Moritz miró con sorpresa a su hermana—. ¿Por qué no nos ha contado nada? O Sabine. Seguro que ella lo sabe.
Pero Sophia no le devolvió la mirada. No podía apartarla del párrafo que había debajo del nombre de la anterior esposa:
“El niño Philipp Daniel Rothe, nacido el 19 de enero de 1987, queda bajo la custodia de la madre. El padre no tendrá derecho de visita hasta que se efectúe una enmienda judicial”.
—Philipp Daniel Rothe —dijo en voz baja—. Tenemos un hermano.
—LA GENTE TIENE QUE SEPARARSE un rato cuando las cosas ya no funcionan —le dijo la señora Passwald a papá. Y yo lo entiendo, pues papi se separó de mamá cuando las cosas ya no funcionaban.
—No es para siempre —me dijo, y eso dice también la señora de la Oficina de Protección de Menores. Pero papi dijo eso hace dos años. Y mamá ya no está en el manicomio. Ahora vive en una residencia. Residencia suena mejor que manicomio, pero es casi lo mismo. Solo un poco peor.
Porque bien pueden olvidarse de la gente de la residencia. Les dan un cuarto y comida, y alguien los acompaña cuando salen de compras y les ayuda para que no vayan a perder el dinero o a perderse por el camino. Por la noche viene alguien y apaga la luz, y luego abre las cortinas por la mañana, porque los locos no son capaces de hacerlo solos.
Ahora puedo visitar a mamá. “Cuando quieras”, dijo la señora Passwald. “Tu mamá se alegra de que vengas”. Pero no es cierto. Ella no se alegra, siempre me mira igual.
Tampoco me habla de verdad. Sí me habla, pero como si fuera un desconocido. Una vez me confundió con papá y me gritó que no iba a dejar que le pegara.
“Ella se alegra”, dice la señora Passwald, “simplemente no puede demostrarlo. Pero tus visitas le hacen bien”.
Yo me pregunto qué tiene de bueno que uno crea que alguien quiere pegarle. Pero no importa porque no pienso volver. Papá también prefiere que no vaya, pero él ya no puede decir nada porque me iré al internado después de las vacaciones.
—Allí hay chicos de tu edad —dice la señora Passwald—, eso te gustará.
Lo que en realidad quiere decir es: allí nadie te dará una paliza, porque no metiste la taza en la máquina lavaplatos o porque no sacaste la basura o simplemente por estar allí. O porque recibiste una carta.
Papi me escribió: “Querido grandote, ya era hora de escribirte. Espero que estés bien. Me imagino que ya has crecido un metro desde la última vez que nos vimos y ahora puedes escupirme en la cabeza. Escríbeme o hazme un dibujo. Eso me alegrará”.
No dice nada de que vaya a visitarlo. Probablemente no tiene tiempo, porque el tiempo vuela. Para él vuela, para mí no. Y no he crecido un metro, no he crecido nada.
Pero el caso es que papá encontró la carta, aunque yo la había escondido bajo la cama. Y se enfureció y me empujó tan fuerte que choqué contra el radiador. Una conmoción cerebral y dos costillas rotas. Y un viaje a urgencias. Y listo. Después lloró, pero yo no. Yo ya no lloro.
La señora Passwald dice que papá necesita una terapia. Quizá después pueda irse a vivir en la residencia con mamá. Ja, ja, ja.
Capítulo 13
PHILIPP SE DETUVO FRENTE A UNA BANCA, se apoyó con ambas manos en el respaldo y jadeó. Qué idea más estúpida salir a correr al parque con ese clima. Aunque ya eran las siete de la noche, todavía hacía calor. Y había demasiada gente. Igual que en la Oktoberfest, la gente pululaba en el parque, sudando por la emoción de disfrutar la tarde-noche veraniega. “Tendría que haber ido a la piscina cubierta”, pensó. Seguro que allí no había ni un alma.
A Philipp no le gustaban las masas. Era un solitario, siempre lo había sido. En el colegio había tenido pocos amigos y ahora no tenía contacto con ninguno. En el trabajo no le costaba acercarse a los desconocidos y establecer contacto con ellos. Y Vivian se ocupaba de su vida privada. Los amigos de ella eran ahora sus amigos. Cindy, Jessy, Anna, André, David… y como fuera que se llamaran. Vivian organizaba asados, pícnics, desayunos, paseos, excursiones y fiestas. Él se unía y participaba, siempre y cuando ella no exagerara.
—Preferiría estar solo contigo —alegaba cuando ella le reprochaba que no se interesaba de verdad por ninguno de sus amigos.
—Cuál es el problema —preguntaba—, cualquier otra mujer se alegraría.
“Ahora estaríamos juntos cenando en el Amadeo si no se hubiera ido al lago con sus amigas”, pensó mientras se agarraba el tobillo derecho con la mano derecha y alzaba lentamente el pie para estirar el muslo. A lo mejor estaría sacando el anillo del bolsillo para ponérselo. Pero, en cambio, André debía estar dándole una conferencia aburri-dísima sobre cómo quemar grasa en el spinning. Philipp dio un resoplido, se soltó el pie derecho y se agarró el otro.
Probablemente hasta le habría contado del último mensaje de texto si se hubieran visto. Con seguridad, no le habría hablado de los dos primeros; esos le resultaban bastante delicados. Pero sí habría podido mostrarle el último.
“Dios guarda para los hijos del impío su castigo. Que lo castigue a él, para que aprenda”.
Firmado por V. Uve de Vivian. Pura casualidad, sin duda. Ese mensaje no tenía nada que ver con él. Era absurdo. Philipp no tenía hijos para quienes Dios pudiera reservar el castigo destinado a él. Tampoco tenía papá. Se había criado solo con su mamá, quien había muerto hacía seis años en un accidente automovilístico ocasionado por un conductor embriagado que se había metido en contravía por la autopista. Había muerto inmediatamente. Philipp había cumplido los dieciocho años dos días antes del entierro y se había graduado de bachiller tres semanas después. El colegio le había ofrecido posponer los exámenes estatales. “Tómese su tiempo y déjelos para el otro año”, le había dicho el rector.
Pero Philipp había querido salir de eso cuanto antes. De todo. De los exámenes, del colegio, del duelo. De las miradas lastimeras. Y había estudiado como un obseso. Esa había sido su manera de superar el golpe, aunque el psicólogo del colegio meneara la cabeza escépticamente. El resultado de los exámenes había sido muy bueno, y el psicólogo se había limitado a sonreír con indulgencia. Era obvio que las notas no le interesaban, solo los traumas y las heridas emocionales.
En la apertura del testamento, Philipp había descubierto que su mamá le había dejado casi cien mil euros y que su papá estaba vivo. No había contado con ninguna de las dos cosas. Su mamá ganaba bastante como secretaria ejecutiva, y él lo sabía, pero ahora resultaba que su papá también había aportado. El hombre que, según le había contado su mamá, había muerto por un tumor cerebral un año después de que él naciera. Ahora ella estaba muerta, y él había resucitado.
—¿Sabe dónde vive? —le había preguntado al notario después de haber superado el impacto inicial.
—Por supuesto —había respondido el hombre tras echar un vistazo en los documentos—. Pero si piensa pedir una cuota más alta, ni lo sueñe. Su padre paga más de lo exigido por la ley. No puede quejarse.
—¿Por qué mi mamá me dijo que estaba muerto?
El notario no había tenido respuesta a esta pregunta. Simplemente le había dado el teléfono de su papá: Jochen Rothe, en Düsseldorf.
Y Philipp había estado a punto de llamarlo varias veces, pero no se había atrevido. El dinero entraba ahora en su cuenta, puntualmente, los primeros días del mes. El notario había informado de la muerte de la señora Preuss al señor Jochen Rothe. Pero este no se había manifestado ni una sola vez.
“Ella sabría por qué me dijo que él estaba muerto”, había pensado Philipp amargamente. Luego le había prendido fuego al papelito donde tenía anotado el número y se había quedado viéndolo quemarse. Era una tontería, claro, pues ahora sabía cómo se llamaba y el número estaba en la guía telefónica. Pero eso no era lo importante. Su papá había muerto y resucitado y ahora había muerto para él definitivamente.
Philipp se las había arreglado toda la vida sin papá. Ahora ya era mayor de edad y no lo necesitaba en absoluto. Podía organizarse perfectamente con la herencia de su mamá, el subsidio de orfandad y la pensión alimentaria. Entonces había estudiado programación y había montado su propia empresa. Los fines de semana visitaba con frecuencia a sus abuelos y a una tía. Después había conocido a Vivian y se había enamorado de ella. Después había contratado a Yasmin como secretaria. Y después…
—En fin —murmuró mientras giraba el torso sobre las caderas.
Se balanceó en las puntas de los pies y empezó a correr de nuevo, pero se rindió finalmente tras un par de metros. Una familia turca le bloqueaba el camino. Y otra vez estaba sudando como un caballo.
Regresaría a casa por la vía más corta. Bebería algo. Se ducharía. ¿Y después? ¡Qué mierda que Marcel se hubiera ido con su nueva novia justo ese día! Habrían podido ir a ver una película o a tomar unas cervezas. ¿Qué habría opinado Marcel del último mensaje?
“Si tan solo hubiera llegado un poco antes, habríamos podido ahorrarnos el espectáculo vergonzoso donde la tipa esa”.
Yasmin quedaba totalmente descartada ahora. ¿Pero quién diablos le enviaba esos mensajes anónimos? Para Philipp no cabía duda de que todos provenían del mismo remitente.
—Algún loco —murmuró mientras salía del parque y atravesaba la calle—. Un loco con el número equivocado.
“¿Y la inundación del ático?”, le oyó preguntar a la voz de Marcel en su cabeza. “¿También fue el loco? ¿Un loco que fue a parar a tu apartamento coincidencialmente, justo después de haber cogido tu número por casualidad? ¡Eso no te lo crees ni tú mismo!”.
“Por supuesto que no”, pensó Philipp, y de pronto sintió que una inmensa furia crecía en su interior. Hacia Vivian, que se había ido al lago sin avisarle. Hacia Marcel, que también lo había dejado en la estacada. Incluso hacia su papá, que no se había manifestado nunca y en quien Philipp pensaba lo mínimo posible. Pero ese maldito mensaje le había revivido el recuerdo.
—¡Que se jodan todos! —gritó y pateó un basurero metálico.
La lata retumbó tan fuerte que una ventana se abrió de inmediato en el edificio de al lado.
Una mujer mayor le lanzó una mirada de reproche.
Él le mostró el dedo corazón y se largó.
Qué bueno que Vivian no había visto eso.
Cuando llegó a la oficina a la mañana siguiente, la señora Klopp lo recibió en el vestíbulo.
—Acaba de llamar un policía —susurró en tono conspirativo. Aunque no había nadie más aparte de ellos—. Debe devolver la llamada inmediatamente.
Le puso en la mano un papelito con un número telefónico.
“Comisario Becker”, leyó Philipp. “Policía criminal de Düsseldorf”.
—¿Düsseldorf? —preguntó en voz alta.
—Sí —respondió la secretaria, de nuevo susurrando. Tenía un montón de preguntas escritas en el rostro, pero no se atrevía a formularlas.
Y no habría recibido respuesta. Philipp se metió en la oficina y cerró la puerta. Después alzó el teléfono con mano firme para marcar el número. Lo cual era extraño, pues estaba temblando. Pero era un temblor interno en realidad, como un tsunami que crece en el fondo para luego salir a la superficie.
—El asunto tiene que ver con su padre —explicó el comisario Becker e hizo una pausa.
A lo mejor estaba esperando a que Philipp gritara o colgara o al menos preguntara algo. Pero no hizo nada. Simplemente alargó el silencio y esperó a que el policía continuara.
—Está desaparecido.
Philipp se aclaró la garganta.
—Yo no conozco a mi papá —dijo—. No lo he visto nunca.
—Lo sé —dijo el comisario—. Pero tenemos que hacerle unas preguntas de rutina.
“El mensaje de texto”, pensó Philipp. La historia no había terminado. Apenas había comenzado.
—Supongo que no pensará pasar por Düsseldorf en estos días —dijo Becker.
—Claro que no.
—Entonces le ruego que se comunique con mi colega de Múnich.
Le dio un nombre y un número de la Jefatura Superior de Policía. Philipp anotó los datos mecánicamente.
—¿Podría explicarme qué está pasando? —preguntó.
—Eso es lo que estamos tratando de averiguar. Como le dije, su padre está desaparecido. No hay ningún rastro de él desde el miércoles. Y la familia está muy preocupada, por supuesto.
—¿La familia? —preguntó Philipp y comprobó, sorprendido, que había dado por sentado que su papá vivía solo. Aunque era de esperar que tuviera familia. Probablemente la nueva esposa había sido la razón por la que se había separado de su mamá—. ¿Tiene… hijos?
—¿No lo sabe?
—Ya le dije que nunca he tenido contacto con él.
—Bueno, pero la gente suele estar enterada de la situación familiar.
Philipp se imaginó que el comisario Becker acababa de tachar su nombre de la lista de sospechosos en ese instante. O a lo mejor lo había puesto en la lista precisamente por eso.
—No sé nada de él. ¿Tiene hijos? ¿O no puede darme esa información?
—Dos —dijo Becker—. Un chico de diecinueve años y una chica de dieciséis.
Un hermano y una hermana. De pequeño, Philipp solía imaginar que tenía una hermanita invisible. Se llamaba Willa, y se había convertido casi en una manía. En algún momento, su mamá lo había llevado donde un psicólogo infantil, quien le había asegurado que era algo completamente normal. “Se le pasará con el tiempo”. Pero ahora se había hecho realidad.
—¿Cómo se llaman? —preguntó con voz apagada, y probablemente se habría desmayado si Becker hubiera dicho Willa.
—Su hermano se llama Moritz. La chica, Sophia.
Philipp anotó ambos nombres en el papel. Un gesto absurdo, pues no se le olvidarían nunca.
—¿Entonces se comunicará con mi colega de Múnich? —preguntó Becker—. Le ruego que llame hoy mismo para acordar una cita. Como ya le dije, es una cuestión de rutina. No le tomará mucho…
—Estoy pensando… —lo interrumpió Philipp y abrió la agenda.
Vio que tenía tres reuniones importantes en los días siguientes.
—¿Perdón?
—Iré a Düsseldorf. Nos vemos mañana.
—¿A las nueve? —preguntó Becker—. ¿Puede?
—Seguro.
Entonces colgó y fue donde la señora Klopp para pedirle que le reservara un vuelo a Düsseldorf y un hotel.
—¿Para hoy? —preguntó la secretaria, desconcertada—. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
—No lo sé.
—¿Y qué debo decirle al doctor Campbell-Schildknecht? La reunión está programada hace cuatro semanas.
—Cancélela. —Philipp se encogió de hombros—. Por asuntos familiares. Tiene que ver con mi papá.
La señora Klopp abrió la boca y volvió a cerrarla, como un pez fuera del agua. Otra vez tenía montones de preguntas escritas en el rostro, para las que Philipp tampoco tenía respuesta.
Era un hotel de poca monta. Cama doble con edredón de flores, cortinas color mostaza, baldosas azules. Por lo menos no tenía una alfombra mugrienta. La noche costaba casi doscientos euros, sin desayuno.
—Hay feria —explicó la sudorosa chica de la recepción—. Puede darse por contento de que hubiera una habitación disponible.
En fin. Philipp guardó la maleta bajo el escritorio carcomido, se dejó caer en la cama y clavó la mirada en la espantosa lámpara de porcelana que colgaba del techo, anaranjada, moteada de cagarrutas de moscas.
“Dios guarda para los hijos del impío su castigo. Que lo castigue a él, para que aprenda”.
Ahora sabía que era una cita del Antiguo Testamento. Del Libro de Job, donde se hablaba de una apuesta entre Dios y el diablo. Satán aseguraba que Job renegaría de Dios tarde o temprano, cuando este lo pusiera a prueba. Pero Dios aseguraba lo contrario. Y ponía a prueba a Job al quitarle todo: sus bienes, sus hijos, su salud. Todo por una apuesta. Contra todo lo esperado, Job se mantenía firme en su fe y Dios ganaba la apuesta, claro. Si no, la historia no estaría en la Biblia.
Con ese trasfondo, el mensaje del remitente anónimo estaba clarísimo: “Tú, querido Philipp, morirás porque yo tengo una cuenta pendiente con tu padre”. “Pero a diferencia de Job, a su papá no le preocuparía que él muriera”, pensó Philipp. Nada lo ataba a ese hijo, aparte de haberlo concebido y haberle enviado un montón de dinero. El asunto sería muy distinto con sus hijos legítimos. Philipp tenía que averiguar si ellos también habían recibido mensajes anónimos. Y antes de su reunión con el comisario al día siguiente.
Buscó el teléfono de su papá en la libreta y lo grabó en el celular. El corazón le latía muy rápido ahora. ¿Acaso sus hermanos sabían que existía? ¿Cómo debía presentarse? ¿Soy Philipp Preuss, su medio hermano?
—Ridículo —murmuró.
Dejó el celular en la mesa de noche y se acercó al minibar. Sacó una botellita de vodka y se la bebió en tres tragos. No estaba acostumbrado a tomar, y el alcohol se le subió inmediatamente a la cabeza y le nubló todo, pero al mismo tiempo lo invadió una cierta ingravidez. Una sensación de alivio. “Ahora por fin se aclarará todo”, pensó y volvió a agarrar el teléfono. Y llamó.
SOMOS CUATRO EN LA HABITACIÓN. Es el colmo que en este internado de mierda no haya cuartos individuales como en el otro, aunque el viejo pague lo mismo por la matrícula. Pero es probable que haya escogido la peor opción para mí.
—Seguramente te vendrá muy bien —me dice—. Quizá te ayude a reflexionar. Quizá te des cuenta de lo mal que te has portado. Salir expulsado de dos colegios… ¡Habrase visto! Con dieciséis años y apenas en séptimo, por Dios.
—Cierra el pico —le digo—. Si no me hubieras dado tantas palizas, habrías podido ahorrarte tu maldito dinero. Y yo ya habría terminado el colegio o estaría por graduarme.
Entonces me mira como si quisiera pegarme de nuevo, pero no se atreve.
Tengo que compartir la habitación con uno que tiene la cara llena de granos, un tartamudo y un niñito. Es evidente que me pusieron con los fracasados, porque soy el nuevo; nadie más querría dormir aquí. Pero a mí me importa un bledo con quién tengo que compartir el cuarto y lo que piensen de mí los demás. Solo quiero que me dejen en paz. Y lo dejo en claro desde el principio.
El matón del curso se llama Marco, y los tiene a todos comiendo de la palma de su mano. Solo tiene que toser y todos se le echan encima cual moscas sobre un pedazo de mierda. En el comedor me lanza una mirada torva, con una sonrisa rara.
—¿Qué? —pregunto.
—¿Qué de qué? —pregunta con una sonrisa aún más tonta.
Él está sentado y yo de pie, pero entonces me inclino sobre él, como si quisiera darle un beso. Huele a sándwich de jamón y té de frutas. Me pregunto a qué oleré yo.
—Si te metes conmigo, te jodo —le digo en voz muy baja. Me enderezo y veo que uno de los profesores se levanta y se dirige a nosotros, como un carcelero.
—¿Algún problema? —pregunta.
—No —respondo y me aparto.
Marco, el muy gallina, le cuenta lo que acabo de decirle. Apenas un día en el internado y ya tengo la primera amonestación.
Pero después me dejan en paz.
Capítulo 14
PARA SOPHIA, su papá había sido siempre un roble. Su mamá tenía un ánimo caprichoso y cambiaba de opinión constantemente. Pero su papá era alguien en quien podía confiar.
Y ahora esto. Una exesposa. Y un medio hermano del que no sabían ni ella ni Moritz. Y eso era probablemente solo la punta del iceberg.
—¿Por qué nunca nos dijeron nada? —le preguntó Moritz a su mamá a la mañana siguiente, después de haber encontrado la sentencia de divorcio.
—¿Qué más nos han ocultado? —quiso saber Sophia.
La señora Rothe encendió la máquina de espresso. Acababa de levantarse y estaba en pijama. La piel bajo sus ojos estaba gris y arrugada como papel de seda. Tenía unas venitas rojas en las mejillas. Probablemente había pasado la noche en vela.
—¿Cómo lo supieron? —preguntó sin mirar a sus hijos.
—Eso no importa —dijo Moritz—. El caso es que lo sabemos.
La señora Rothe asintió en silencio.
—Fue decisión de Jochen. Él no quería que ustedes supieran de su hermanastro. “Más tarde, cuando crezcan”, decía. Pero a medida que crecían, cada vez era más difícil contarles. Entonces lo dejamos así.
—Pero ¿por qué? —gritó Moritz—. El divorcio ya no es nada terrible hoy en día. Una de cada dos parejas se separa.
—Creo que su papá se avergonzaba de no tener ningún contacto con Philipp. Era su hijo, al fin y al cabo.
—¿Y eso a qué se debía? —preguntó Sophia.
—A que la exesposa no quería. Nunca pudo perdonarlo por haberla dejado.
—¿Por qué se separaron? ¿Por ti? —preguntó Moritz.
—No. Eso fue mucho antes de nosotros. Jochen ya estaba separado cuando lo conocí.
—Philipp ya tiene veinticuatro años. ¿La mamá le ha prohibido a papá tener contacto con él durante todos esos años? —insistió Sophia—. ¿Eso es posible? Los papás tienen derecho de visita, a no ser que sean violentos o totalmente asociales.
—Pero la mamá se defendió a capa y espada para que Jochen no pudiera ver al niño. Ella sufrió muchísimo con la separación. Él no quería lastimarla más. Ustedes conocen a su papá. Él le tiene mucho miedo al conflicto.
Sophia reprimió un resoplido. “Ustedes conocen a su papá”. Eso era un chiste.
—La exesposa de Jochen murió hace cinco o seis años, cuando Philipp tenía dieciocho. Jochen no sabía si debía comunicarse con él. Pero no fue capaz. Creo que tenía la esperanza de que Philipp fuera el primero en buscar el contacto. Pero nada. No llamó ni escribió.
—Seguramente él estaba esperando a que papá se manifestara —reflexionó Sophia.
—Tal vez. —La señora Rothe meneó la cabeza—. Debo reconocer que me sentí aliviada de que no se encontraran. Uno puede imaginarse las cosas que le habrá dicho su mamá sobre Jochen. Seguramente tiene una imagen totalmente distorsionada. Es muy difícil arreglar algo así después de tanto tiempo.
—Quiero saber si Philipp también ha recibido mensajes —dijo Moritz, pensativo.
—¿Philipp? —preguntó su mamá, alarmada—. ¿Por qué lo dices? ¡Eso sería una locura!
—¿Y qué? Eso encajaría. Todo este asunto es una locura.
La señora Rothe echó café en el filtro y puso dos tazas bajo las boquillas. La máquina aulló brevemente y el café oscuro fluyó en las tazas. Entonces le pasó una a Moritz y la otra a Sophia.
—Tienes que irte ya —le dijo a su hija.
—Hoy no iré al colegio. ¿Qué rayos voy a hacer allí? Solo falta una semana para las vacaciones. Y tenemos que ir a la Policía. Seguramente se pondrán en marcha cuando les hablemos de los mensajes anónimos. Ya va siendo hora de que investiguen el asunto.
El comisario encargado era de apellido Becker. Un cincuentón de bigote, barriga cervecera, calva absolutamente brillante y mirada resignada. Cuando le hablaron de los mensajes anónimos, la resignación se transformó en un interés reservado.
—¿Amenazas? —preguntó esperanzado—. Eso sí sería algo… —Pero entonces leyó los mensajes y meneó la cabeza, desconcertado—. En mi opinión, esto parece una broma de adolescentes. Además, la amenaza no está dirigida a su padre.
—¿Una broma? —preguntó Moritz extrañado—. El tipo que escribió esto ahogó a nuestro gato en el bidón del agua de lluvia. Después de habérmelo anunciado en un mensaje de texto. No entiendo cómo esto puede parecerle algo chistoso.
—Un momento. ¿El tipo le informó que pretendía ahogar a su gato?
—Nuestro gato. Bueno, en realidad no era nuestro, sino de la vecina —corrigió Sophia—. Pero…
Becker la interrumpió con un impaciente movimiento de la mano.
—¿Dónde está ese mensaje de texto?
—Lo borré —respondió Moritz.
—Ya.
Becker hizo una anotación que Sophia no pudo descifrar.
—Vamos a investigar si los acontecimientos aislados tienen alguna relación —murmuró después—. En todo caso, a su padre no lo secuestraron en la fecha mencionada en el correo electrónico… —Volvió a acomodarse la gafas en el puente de la nariz y buscó la parte en cuestión—: El 2 de julio.
Después se acarició el bigote, meditabundo.
—El correo no está dirigido a él, está dirigido a nosotros —dijo Sophia.
—Y en el último mensaje —Moritz le pasó el celular con el mensaje de texto en la pantalla—, el secuestrador habla de “los hijos del impío”. Se refiere a nosotros. —Hizo una pausa—. Y hay otro hijo.
Becker le lanzó una mirada interrogativa a la señora Rothe, quien dudó brevemente pero después asintió con la cabeza.
—Un hijo del primer matrimonio de mi esposo. Vive en Múnich.
Sophia sacó del bolso la sentencia de divorcio que había descubierto y se la pasó al comisario, que la estudió un momento.
—¿Y? ¿El tal Philipp también ha recibido correos o mensajes anónimos?
—No lo sabemos. No tenemos ningún contacto con él —dijo la señora Rothe en voz baja.
—Ya —volvió a decir el comisario Becker—. Entonces lo llamaré y le preguntaré. ¿Tiene usted el teléfono o la dirección?
—Nada —dijo la señora Rothe—. Como le dije, no lo conozco. Mi marido no volvió a tener ningún contacto con Múnich después de la separación.
—Ya lo averiguaremos entonces. Y trataremos de encontrar al remitente de los mensajes. Le ruego el favor que me envíe todos los correos que ha recibido. —Le pasó su tarjeta a Sophia—. También investigaremos al remitente del mensaje de texto, por supuesto.
—Lo más seguro es que el tipo haya utilizado una de esas tarjetas prepago con un número no registrado —dijo Moritz.
Becker se levantó.
—Probablemente. Pero quién sabe, a lo mejor tengamos suerte. Nadie es perfecto.
La señora Rothe y Sophia se levantaron también, solo Moritz permaneció sentado.
—Señor Rothe. —El comisario le tendió la mano para despedirse—. Tenga la seguridad de que haremos todo lo posible para encontrar a su padre.
—¿Y si no puede averiguar nada con los correos electrónicos y los mensajes de texto? ¿Qué hará?
—Vamos por pasos. Primero tenemos que formar el equipo de investigación. Después veremos.
Moritz mostró una sonrisa despectiva.
—No es la primera vez que lo hacemos —dijo Becker, sereno.
“Pero para nosotros sí es la primera vez”, pensó Sophia.
Esa tarde, el comisario Becker fue al apartamento de la familia Rothe con otros cuatro agentes.
—¿Pudieron comunicarse con Philipp? —preguntó Sophia cuando los policías entraron a la sala y pasearon la mirada como si esperaran encontrar al señor Rothe en un rincón. Becker asintió—. ¿Y? ¿Qué dijo?
—Eso lo sabremos mañana. Su medio hermano decidió venir a Düsseldorf. —Después se dirigió a la señora Rothe—. Quisiéramos ver el estudio de su marido.
—¿Entonces sí están pensando que es un secuestro? —insistió Sophia.
—No estamos pensando nada. Estamos investigando.
—Pero si es un secuestro, ¿por qué no han pedido algún rescate? —preguntó la señora Rothe.
Becker no tenía respuesta, pero estaba decidido a encontrarla.
—Es muy importante que nos dé toda la información posible sobre su marido —le dijo.
La señora Rothe se encogió de hombros, indefensa.
—Pero si ya les dije todo lo que sé.
—¿Tenía una amante?
—¿Por qué lo pregunta?
Según su experiencia, explicó el comisario Becker, casi todos los secuestros se daban por dos motivos: avaricia o celos. Como no habían pedido ningún rescate, se podía descartar el primero. Y quedaba el segundo.
—No —dijo la señora Rothe—. No tenía ninguna amante. Seguro que no.
—¿Ustedes tienen permiso de registrar su estudio? —preguntó Moritz—. ¿Qué pasa si no los dejamos entrar?
—En ese caso, nos vamos. Como ustedes quieran. No tenemos ninguna orden judicial. Son ustedes quienes deben permitirnos inspeccionar.
La señora Rothe meneó la cabeza, horrorizada. Luego acompañó a los agentes al estudio, que salieron una hora después, sin haber encontrado ninguna revelación.
—¿Y ahora? —preguntó Moritz.
—Instalamos un dispositivo de interceptación telefónica —anunció Becker—. Así podemos grabar las llamadas y efectuar el reconocimiento de voz. Pero solo si ustedes están de acuerdo, por supuesto.
—Sí, claro —dijo la señora Rothe.
—También quisiéramos registrar el consultorio de su marido.
—Yo los llevaré.
La señora Rothe se levantó para buscar las llaves, y un agente se quedó con Sophia y Moritz. Justo estaba explicándoles el funcionamiento del dispositivo cuando sonó el teléfono.
El policía alzó la mano en gesto de advertencia.
—Un momento —les dijo, aunque ninguno había mostrado intención de contestar.
El agente se puso unos auriculares y oprimió un botón, después le hizo una seña a Sophia.
—Conteste.
La persona que llamaba no había ocultado el número. Era un celular. Sophia alcanzó a verlo en la pantalla antes de alzar el auricular.
—¿Hola? —contestó.
Entonces se preguntó por qué no le había cedido el honor a Moritz (su hermano era mucho más hábil para esas cosas) y creyó sentir la respiración de alguien, pero quizá era su imaginación.
—¿Podría hablar con el señor Rothe? —preguntó una voz desconocida; una chica o una mujer joven.
—¿Quién lo llama? —preguntó Sophia; la sangre le tronaba en los oídos.
—Julie.
La voz de la joven retumbó en la tormenta que tronaba en el interior de Sophia. “Es la amante de papá”, pensó, respirando agitadamente, lo que aumentó el bramido de la tormenta. Becker tenía razón. Los celos y el mal de amores y el orgullo herido eran los motivos más poderosos, más que la avaricia y el odio.
El policía encargado del dispositivo hizo un movimiento de la mano que significaba: siga hablando. A lo mejor necesitaban más tiempo para poder rastrear la llamada.
—¿Para qué sería? —preguntó con voz temblorosa.
—Eso quisiera hablarlo con el señor Rothe.
Moritz la miró boquiabierto. El agente asintió: siga hablando. Pero no le indicó cómo.
—No es posible. Mi papá no está.
Silencio. La joven no sonaba precisamente como una secuestradora profesional. Sophia tuvo la sensación de que no sabía lo que quería decir.
—¿Hola? —preguntó en medio del silencio.
—¿Cuándo vuelve? —preguntó la joven—. Es muy importante.
Sophia le lanzó una mirada interrogativa a Moritz, que le devolvió otra mirada igualmente interrogativa. El agente tampoco era de gran ayuda.
—Eso no puedo decírselo. Mi papá se fue.
—¿Se fue? —preguntó la desconocida, irritada.
—Desapareció —dijo Sophia, y en ese instante sintió que se mareaba.
La sala había empezado a girar a su alrededor, cada vez más rápido, como en un carrusel. Hasta que todo el techo se vino abajo y el suelo se levantó hacia el techo y Sophia se desmayó.
Cuando volvió en sí, estaba en el sofá. El policía y Moritz la miraban preocupados.
—Quédese acostada —le dijo el agente cuando ella quiso incorporarse—. Vamos a llamar a un médico.
—Ay, no. Ya estoy bien.
La sala se mecía suavemente, como un bote. Sophia cerró los ojos, pero esto solo empeoró el bamboleo, así que volvió a abrirlos.
—¿Segura? —preguntó el policía.
Sophia asintió y preguntó:
—¿Sí pudo rastrear la llamada?
—Claro. La solicitud está en marcha. Supongo que no era una voz conocida.
Sophia meneó la cabeza, lo cual hizo que la sala volviera a bambolearse.
—Creo que el material es suficiente para el reconocimiento de voz. Pero también es posible que el rastreador nos permita descubrir la identidad de la persona.
—Tal vez era la amante —dijo Moritz.
La voz sonaba demasiado joven. Su papá tenía cincuenta y cinco años, nueve más que su mamá. Aunque tal vez ya estaba demasiado vieja para él. Había oído hablar con frecuencia de que los hombres mayores buscaban amantes de la edad de sus hijas. “Pero mi papá no”, pensó Sophia.
—¿Está segura de que no debemos llamar a un médico? —preguntó el policía.
—Segurísima. Solo me quedaré otro rato acostada aquí —susurró Sophia—. Siento haberlo estropeado todo.
—Qué va —dijo el agente—. Lo hizo muy bien. No se preocupe. Estuvo perfecto.
Ella no le creyó ni una sola palabra. La sala se había quedado quieta finalmente y permaneció quieta cuando volvió a cerrar los ojos.
Podía oír a Moritz hablando con el agente, pero no entendía lo que decían.
Volvió a despertarse cuando el olor a cigarrillo le llegó a la nariz. Al abrir los ojos, vio a su mamá en el centro de la sala, fumando.
Nunca antes la había visto fumar en el apartamento. Eso solo podía significar que había sucedido algo terrible.
“Encontraron a papá”, pensó.
—Su hija acaba de despertarse —dijo el comisario Becker, que estaba al lado de la señora Rothe.
Ella dio una última calada y apagó el cigarrillo en un plato.
—¿Estás bien, Sophia? —preguntó su madre con voz ronca.
—¿Qué pasó con papá? ¿Está…?
—¡No, no! —El comisario alzó ambas manos, espantado. Después se aclaró la garganta. A lo mejor estaba esperando a que la señora Rothe tomara la palabra. Pero ella se limitó a sonarse y guardó silencio—. Lo que sucede —añadió Becker— es que su padre no solo paga la cuota alimentaria del hijo de Múnich. Hay otra hija, en Hamburgo.
—¿Qué?
Moritz miró fijamente al comisario, después a su mamá, después al comisario de nuevo.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Sophia con voz apagada.
—Dieciocho. Supongo que tampoco sabían de esta hermana —dijo Becker.
—Supone bien —dijo Moritz.
—¡Qué cosas! —exclamó la señora Rothe y se aferró del vaso como si fuera la baranda de una escalera.
Era su tercer coñac. El primero se lo había servido antes de cerrar la puerta detrás de los policías. Moritz también se había servido uno, aunque solo tomaba cerveza normalmente.
“Tal vez debería probarlo”, pensó Sophia. Tal vez todo sería más soportable si se emborrachaba. Pero la sola idea la mareaba, así que mejor no.
—Dieciocho años —murmuró Moritz—. Yo apenas tenía un año cuando la tal Julie nació.
—Yo no estaba bien. —La señora Rothe se bebió el coñac y se sirvió otro—. Eras un bebé exigente. No dormías y llorabas mucho. Estaba destrozada.
—¿Quieres decir que yo tuve la culpa del amorío de papá? —preguntó Moritz sarcástico, pero su mamá no prestó atención al comentario.
—Él viajaba mucho en esa época. A cursos y congresos. Yo me quedaba sola con el bebé, es decir, contigo. Estaba agotada. A veces, me despertaba y me ponía a llorar. Y mientras tanto…
Meneó la cabeza, se bebió el coñac y quiso agarrar la botella de nuevo; pero Moritz se le adelantó y la guardó en el armario.
—Tenemos un hermano y una hermana —dijo Sophia. Sentía la lengua pesada, como si hubiera bebido licor—. Philipp y Julie. Y al menos Julie ha recibido también las amenazas.
—¿Por qué lo sabes? —preguntó su mamá.
—Pues porque llamó. ¿Por qué otra razón habría llamado, justo ahora?
La señora Rothe asintió y lanzó una mirada anhelante al armario donde Moritz había guardado el coñac, pero se contuvo.
—Siempre supe que él tenía algo… con otras mujeres. Una vez incluso con una de sus auxiliares. Siempre me daba cuenta cuando me engañaba.
—Pero no notaste lo de Julie —dijo Moritz.
—A lo mejor no duró mucho. Una aventura de una sola noche. —Su mamá meneó la cabeza—. No puedo creer que haya tenido una hija y no me haya dicho nada. Dieciocho años. Es infame.
—Ahora ya sabes lo que sentimos al enterarnos de la existencia de Philipp —dijo Sophia—. ¿Por qué jugaste el juego? Si te engañaba todo el tiempo, ¿por qué no lo echaste de la casa?
—¿Con dos hijos y sin trabajo? —La señora Rothe la miró atónita—. Era demasiado para mí. No lo habría logrado.
—Te hiciste la de la vista gorda.
—Él era así. No podía ser fiel, sencillamente. Y yo no quería perderlo. Por eso lo acepté. Y estuvo bien. Él mejoró. Es decir… Lo de los amoríos se acabó.
—Eso crees tú —dijo Sophia—. A lo mejor ahora es más hábil.
—No tengo que justificarme contigo.
—Claro que no. Pero no entiendo cómo pudiste hacernos esto.
—No digas eso —dijo su mamá en voz baja—. No sabes cómo es, Sophia. No sabes nada.
Cuando tenía razón, tenía razón. Sophia no estaba casada, ni siquiera había tenido novio.
—Me pregunto qué es lo que pasa con papá —dijo Moritz.
—Tal vez lo secuestró el tal Philipp —murmuró Sophia—. O Julie.
—¿Por qué habrían de secuestrarlo? —preguntó su hermano.
Ella se encogió de hombros.
Su mamá se levantó y se quedó de pie un rato, tambaleante, después se dirigió a la terraza.
—¿Adónde vas ahora? —preguntó Moritz, desconcertado, cuando la señora Rothe abrió la puerta de la terraza.
—A fumar —respondió ella con voz apagada—. No podré sobrevivir a esta noche sin alcohol y sin cigarrillos.
Estaban afuera cuando sonó el teléfono. Esta vez Moritz encendió el dispositivo de grabación, después contestó.
—Habla Philipp Preuss.
La voz masculina resonó en la sala, porque Moritz había puesto el altavoz.
—Hola, Philipp —dijo Moritz tranquilo, como si hablara todos los días con su medio hermano por teléfono—. Habla Moritz.
—Yo… Eh… Estoy en Düsseldorf.
Sophia miró hacia el jardín, que oscurecía. Apenas podía ver la silueta borrosa de su mamá, pero la punta del cigarrillo ardía intensamente. Cada vez que daba una nueva calada, el punto brillante se hacía más grande, como un animal que respiraba apaciblemente.
—¿Por qué no vienes? —preguntó Moritz.
—Lo haré —dijo Philipp—. Creo que tenemos cosas de qué hablar.
—Yo también creo lo mismo —murmuró Sophia.
A VECES LE ESCRIBO, pero solo empiezo las cartas y no las termino nunca.
“Querías saber qué hago”, le escribo. “Todavía no he crecido mucho, soy de los más bajos del curso. Pero ya creceré, pues tú eres alto”.
No soy precisamente el mejor del curso. Más bien el peor; ja, ja, ja. Ya recibí la tercera amonestación. A la cuarta, me pondrán de patitas en la calle. Pero eso no pasará, esta vez voy a aguantar.
No tengo muchos amigos en el curso. Ellos vienen juntos desde cuarto y yo soy el nuevo. Pero no me acosan ni nada de eso. Simplemente estoy allí.
“Ahora leo la Biblia con frecuencia”, le escribo. “Es una verdadera adicción, no puedo dejar de leerla. Todo empezó porque a Markus se le quedó su Biblia cuando se fue. Sus viejos estaban en una de esas sectas, y él también. Y por eso leía la Biblia todo el tiempo. No le importaba que los demás se burlaran de él. Y cuando se fue, la dejó. Pero no por descuido. Quería que alguien la encontrara y la leyera y recibiera el Espíritu Santo y se convirtiera. Alguien como yo”.
“Yo la encontré y la eché a la basura, pero después volví a sacarla. Solo para ver qué decía. Ahora no puedo parar de leerla, como Markus”, le escribo.
Pero no creo en esos cuentos. Es decir, no creo en el Dios bueno. Claro que ese no está en la Biblia, sino en la clase de religión. El Dios de la Biblia no es bueno.
“Confusión solo para los impíos, que bajen en silencio al Seol [4] ”.
Eso dice allí, en el original. “Brutal, ¿no?”, le escribo.
A veces escribo también sobre Elli. Está en la clase paralela y no la veo mucho. Solo estamos juntos en Francés. Yo soy pésimo para el francés, porque no logro concentrarme. Solo puedo mirar a Elli. Tiene unos rizos hermosos. Y me imagino acariciando esos rizos. Acariciándolos, simplemente, para ver cómo se siente. Claro que también me gustaría saber cómo se siente el resto de Elli.
Le escribo y después echo la carta a la basura.
Nadie quiere leer eso. Además, es posible que la dirección haya cambiado.
[4] Infierno [N. del T.].
Capítulo 15
TRAS LA CONVERSACIÓN TELEFÓNICA con su hermana desconocida, Julie decidió ir a Düsseldorf. Una amiga del colegio estudiaba allí y la había invitado ya varias veces. Entonces reservó un pasaje de tren por Internet y habló con su jefa y le pidió que le diera unos días libres. La idea no le gustó mucho a Renate. La boutique siempre estaba llena desde que Julie había empezado a trabajar allí. A veces, Julie tenía la sensación de que Renate añoraba los viejos tiempos, cuando solo tenía que atender a un puñado de clientas habituales.
Al regresar al edificio timbró en el apartamento de Christian, a quien no había visto casi en los últimos días. En el centro juvenil, había habido un suicidio y estaba trabajando horas extras permanentemente. “Pero tendré libre el fin de semana y podremos desquitarnos”, le había prometido.
Julie oyó el sonido del timbre a través de la puerta cerrada. Christian no estaba. Cuando lo llamó al celular, contestó el buzón de mensajes.
Cuando estaba sacando la comida del microondas, él le devolvió la llamada.
—Estoy en la clínica universitaria.
—¿Qué pasó? —preguntó Julie horrorizada.
—Nada —la tranquilizó Christian—. Uno de nuestros residentes tuvo de nuevo un colapso nervioso. Tuve que traerlo a la sala de psiquiatría cuanto antes para que no fuera a hacerse daño. Pero esto es un caos. Creo que saldré algo tarde.
—¿Crees que puedas pasar por mi apartamento de todos modos?
Él titubeó.
—Volveré tarde.
—No importa.
—No lo tomes a mal, Julie. Estoy agotado. No tengo ganas de hablar. Esto me está golpeando más de lo que creía.
—Como quieras.
—¿Estás molesta?
—No. ¿Por qué?
—Nos vemos mañana.
Julie se despidió sin contarle que estaba pensando en ir a Düsseldorf al día siguiente. Él tenía sus problemas y ella los suyos. Después se quedó sentada a la mesa de la cocina, con el teléfono en la mano. Le habría gustado hablar con alguien, pero no sabía con quién. La comida congelada que había calentado en el microondas se enfriaba lentamente. Se le había quitado el apetito.
“Mañana conoceré a mi hermana y a mi hermano”, pensó. Y presintió que su vida se transformaría.
Al salir de la estación de trenes de Düsseldorf, tomó un taxi. Después pasó media hora de pie, al otro lado de la calle, frente al edificio donde su papá vivía con su familia. No lograba decidirse a timbrar.
“Mi papá se fue”, le había dicho la chica, su hermana, el día anterior.
Quizá tampoco estaba allí ahora. Era viernes, y los consultorios solían cerrar por la tarde, pero eso no significaba nada.
Julie cambió el peso de una pierna a la otra. Pasó una mujer mayor con un perro pequeño y le lanzó una mirada desconfiada. Pero tal vez fue solo su imaginación. “Iré donde Nina primero. A dejar las cosas. Después veremos”, pensó.
“Pero no tenía sentido. Postergar el asunto no lo haría más sencillo”, pensó, pero no se movió.
Entonces sonó el celular.
—¿Hola?
Esperaba la voz de Christian, pero era Marianne.
—No te imaginas quién acaba de llamar —anunció su mamá con voz entrecortada.
—¿Mi papá?
—La Policía. Tu papá desapareció. Justo hablamos de él el fin de semana y ahora… ¿No es una casualidad impresionante?
—¿Por qué te llamaron? ¿Acaso creen que lo tienes escondido?
—No sé qué creerán. Me dio la impresión de que sospechan un secuestro. Quieren hablar contigo.
—¿Conmigo? ¿Por qué? Si no lo conozco.
—Eso puedes decírselo tú misma al comisario. ¿Tienes con qué anotar?
—Sí.
Mientras Marianne le dictaba el número, Julie volvió a clavar la mirada en la ventana del apartamento de enfrente. Tenía la sensación de que había alguien detrás de la cortina, mirándola.
—¿Ya? —preguntó su mamá.
—Ya —dijo Julie, que no había anotado nada.
—¿Dónde estás? ¿En la tienda?
—Sí. Tengo que trabajar.
Colgó y trató de entender lo que estaba pasando. Cuál podía ser la relación entre los mensajes anónimos, el asalto a su apartamento, sus hermanos y la desaparición de su papá. Se sentía como en el curso de manualidades que había tomado en la escuela técnica. Tenía un montón de hilos en las manos y debía darles forma, pero cuanto más lo intentaba, más se enredaban.
El sol de la tarde se reflejó en una de las ventanas. Parecía como si la saludara.
Entonces se armó de valor y cruzó la calle. Buscó el nombre de su papá, lo encontró y timbró. El portero automático zumbó de inmediato. Como si hubieran estado esperándola.
La chica que le abrió la puerta era un poco menor que ella. Alta, robusta. Con unos rizos castaños, una cara linda y unos labios hermosos.
—Hola. Soy Julie. Hablamos ayer por teléfono.
—Soy Sophia.
—Su hija.
—Igual que tú.
Julie trató de encontrar algo familiar en aquel rostro, algún parecido con ella misma; pero no había nada. Sophia era gorda; Julie, delgada. Sophia tenía el pelo grueso y oscuro; Julie lo tenía rubio y liso. Sophia tenía una cara linda, pero Julie era mucho más bonita.
—Mi papá desapareció —dijo Sophia.
“Nuestro papá”, pensó Julie.
—Lo sé —dijo—. La Policía llamó a mi mamá.
—El comisario Becker está aquí. Te llevaré a verlo. ¿Vienes?
Sophia se dio la vuelta y la condujo por un largo pasillo. Estaba descalza, y sus plantas desnudas producían un sonido suave en las tablas de madera. Las sandalias de tacón de Julie, en cambio, resonaban con fuerza.
La sala era grande y clara. Frisos en el techo, un piano contra una pared, una chimenea en otra. Un inmenso cuadro abstracto encima del sofá, delante una alfombra roja. “Todo de muy buen gusto. Y costoso”, pensó Julie.
De manera que allí habían crecido Sophia y su hermano, mientras que ella había tenido que luchar con el caos de Marianne en Hamburgo.
—Allí está el comisario Becker —dijo Sophia.
Era un hombre calvo y rechoncho que estaba hablando con dos agentes y ahora se dirigía hacia ella.
—Soy Julie Klausen, de Hamburgo.
Le dio la mano.
—La cuarta hija. Llegó rápido.
—¿La cuarta?
—Su papá tuvo otro hijo, señorita, del primer matrimonio —explicó Becker—, del que sus hermanos no sabían tampoco.
—¡Vea usted! —exclamó Julie.
—¿Está enterada de que secuestraron a su padre?
—Me lo dijo mi mamá.
—Bueno, venga por aquí primero. El resto de la familia está en la cocina. Supongo que querrá conocerlos.
Philipp bebió un sorbo de café y observó a la chica alta y rubia que acababa de entrar en la cocina con el comisario. Julie de Hamburgo. Su segunda hermana.
Hasta hacía dos días había sido un hombre completamente independiente. Descontando a Vivian, por supuesto. Y ahora, de pronto, tenía toda una familia de desconocidos. Dos hermanas y un hermano. Y una madrastra que no daba una impresión muy vital, en realidad. La señora Rothe estaba pálida y temblorosa cuando lo había saludado hacía un rato.
“Hola, Philipp. Por fin nos conocemos”, le había dicho, como si lo hubiera anhelado desde hacía mucho tiempo. Después se había excusado. “No me siento bien, necesito recostarme”.
Philipp podía entenderlo. Él habría preferido retirarse. Y para siempre.
El tal Moritz, su medio hermano, le había caído mal. Un niño estrella, el preferido, al que todos adoraban. De esos a los que Philipp había odiado en el colegio. “¡Envidia!”, le oyó susurrar a Yasmin. A Yasmin, precisamente. ¿Qué diablos hacía ella en su cabeza? Y no era cierto, no era envidia. Era fastidio.
Porque se había visto envuelto en aquella historia familiar y ahora no podía escapar. Algún idiota que tenía algún problema con su papá lo había espiado y le había mandado esos estúpidos mensajes de texto. Y ahora su papá había desaparecido, y la Policía se le había venido encima. El comisario le había hecho un millón de preguntas esa mañana. Preguntas a las que Philipp no tenía respuesta. Él no conocía a su papá. No sabía qué escondía. O si escondía algo, para empezar.
Afortunadamente había llegado la tal Julie. Los policías podían acribillarla a preguntas, para seguir tanteando en la oscuridad, pues no sabían nada.
Su hermana de Hamburgo era atractiva. Había algo especial en la manera como se había apartado el pelo de la cara para recibir la taza de café que le había ofrecido Becker. Pero en cuanto había abierto la boca, le había resultado tan antipática como Moritz. Era fría como el hielo. Y orgullosa, tremendamente orgullosa.
—Empiezo en la escuela de teatro en otoño —informó y volvió a apartarse el pelo de la cara, pero esta vez el gesto le resultó puramente afectado a Philipp. “Encajarás bien. Seguramente eres excelente para fingir”, pensó.
Sophia, en cambio, parecía agradable. Probablemente había sufrido toda su vida bajo la sombra de su hermano estrella. Quien quería ser médico, claro, como su papá. “Como mi papá”, pensó Philipp. Nada lo unía a todas esas personas. Y no le interesaba conocerlas. Quería regresar a Múnich, a Vivian, a su oficina. A su vida.
—¿No tienen una foto de su… es decir… nuestro papá? —preguntó Julie—. No puedo acordarme de él.
—Espera, ya traigo una —dijo Sophia y desapareció en la sala para regresar al cabo de unos minutos con una foto familiar. Precisamente—. Fue la primera que encontré —dijo, como disculpándose, al pasarle la foto a Julie.
Philipp dio un paso adelante. Entonces vio a cuatro personas sonrientes, en un jardín veraniego. Papá, mamá e hijos. La felicidad perfecta.
La fotografía tenía sus años, pues Sophia se veía más joven y delgada. Moritz no había cambiado casi, y la señora Rothe se veía igual que ahora. Su papá era un hombre alto, de espalda ancha y figura atlética, sonriente. Pelo grueso y oscuro, encanecido solo en las sienes. “No era de extrañar que tuviera tanto éxito con las mujeres”, pensó Philipp.
Julie se quedó mirando la foto un buen rato. Después alzó la cabeza y examinó primero a Moritz, después a Sophia y por último a Philipp.
—Eres el más parecido —le dijo.
—¿Yo? —preguntó Philipp incrédulo. No veía algún parecido.
—Tú también tienes mucho de él —le dijo Sophia a Julie—. Los ojos castaños. Y el ceño fruncido. Eso me lo recuerda un montón.
—¿En serio?
Sophia asintió.
—Es curioso —añadió—. Moritz y yo somos los que menos nos parecemos. Aunque somos… —se interrumpió, espantada.
—… los legítimos —completó Philipp, sonriendo.
—Yo no dije eso.
Sophia se puso roja.
—Pero es la verdad —dijo Julie, indiferente—. ¿Pueden ponerme al día? —preguntó después—. ¿Qué fue lo que pasó con nuestro papá? ¿Hace cuánto desapareció? ¿Ha dado al menos alguna señal de vida o ha dicho algo el secuestrador?
—Yo puedo informarle —intervino Becker, que había observado de lejos el acercamiento entre los hermanos—. Además tengo que hacerle una que otra pregunta. Le propongo que vayamos al estudio.
—Esos no saben nada —dijo Philipp cuando el comisario salió con Julie.
—Becker tiene que hacerse una idea general primero. —Sophia defendió a los policías—. La historia es muy confusa. Yo me pregunto por qué no ha llamado el secuestrador.
—Puede que no haya secuestrador —dijo Moritz—. Puede que papá esté echado en una zanja o un lago.
—¡No digas eso! —gritó Sophia.
—¿Por qué? —preguntó Philipp—. ¿Por qué habrían de matarlo?
—Ni idea —dijo Moritz y se masajeó el puente de la nariz. Un gesto que le resultó profundamente antipático a Philipp.
Sophia le ofreció otro café, pero él negó con la cabeza. No quería más café, quería irse a casa. O al menos regresar al hotel.
—¿Qué saben ustedes de su papá? —preguntó entonces.
—Nada, por lo visto —respondió Moritz—. Parece que nuestra mamá tampoco. Tengo la sensación de que ella no sabe nada de su pasado. No te conocía. Y a tu mamá tampoco. Y Julie fue una sorpresa absoluta para ella. Hasta es posible que sigan apareciendo más hijos ilegítimos, si la Policía sigue investigando.
—¿Conoces a alguien que pudiera saber algo sobre él, Philipp? —preguntó Sophia.
—Pero si yo no lo conozco.
—¿Tus abuelos, tal vez?
—Están muertos. Igual que mi mamá. —Philipp frunció el ceño—. Su mejor amiga, Nella —dijo después—. Nella tiene que haberlo conocido. Mi mamá y ella eran del mismo pueblo. Fueron compañeras de colegio.
—¿Y dónde vive? —preguntó Moritz.
—En Múnich. Creo. Hace mil años que no la veo.
Desde el entierro de su mamá, para ser exactos. Nella le había dado la mano junto a la tumba. “Puedes contar conmigo cuando me necesites”. Pero él no la había necesitado.
—¿Podrías llamarla o visitarla cuando vuelvas a Múnich? —preguntó Moritz.
—No lo sé. No servirá de nada.
—Eso no puedes saberlo de antemano —dijo Moritz—. Yo hablaría con ella.
—¿Ah, sí? —repuso Philipp con un tono más agresivo de lo planeado.
Moritz arqueó las cejas, sorprendido. Quería replicar algo, pero se le adelantó su hermana.
—Moritz tiene razón —dijo Sophia, serena—. Yo también buscaría a la tal Nella. Alguien nos odia, Philipp. No solo a Moritz y a mí, sino también a ti y a Julie. Y a nuestro papá, claro. Yo sí quisiera saber quién es.
—Está bien —dijo Philipp—. Hablaré con Nella.
Sophia se sirvió la tercera taza de café. Estaba rendida. La noche anterior habían hablado con Philipp hasta la medianoche. Después él había regresado al hotel, aunque lo habían invitado a quedarse en el cuarto de huéspedes. Y ella no había podido dormir casi nada, igual que dos noches atrás.
Philipp era un tipo raro. Sophia no lograba descifrarlo. Era evidente que él y Moritz no se habían caído bien. Eran muy agresivos el uno con el otro. Quizá se debiera a que eran demasiado parecidos. Los dos eran hombres de acción. Líderes. Machos alfa.
Sophia bostezó. Y ahora había aparecido la tal Julie de Hamburgo. Como si fuera poco. Igual que Moritz y Philipp, Julie rebosaba de seguridad en sí misma. Los tres la habían heredado de su papá. Pero las provisiones de autoconfianza se le habían acabado al concebir a Sophia, y no le había tocado nada.
Lo mismo podía decirse de la apariencia. Philipp era alto y de pelo oscuro, como su papá. Había heredado los pómulos altos, la nariz recta y alargada. Al reír se le formaban las mismas arrugas en el puente de la nariz y en los ojos. Aunque no reía casi.
Físicamente, no se parecía nada a Moritz. Él era rubio y tenía un rostro abierto y amable. Philipp era muy serio, en cambio. Y Julie era despampanante. Esbelta y piernilarga como una modelo, con su pelo rubio brillante, cortado en capas. Los ojos castaños. Una combinación extraña. Y la manera como la había mirado cuando Sophia le había abierto la puerta. Seguramente se había asustado de ver lo gorda y fea que era.
“Papá estaría orgulloso de ti”, pensó. Una joven hermosa, inteligente y segura de sí misma, que sabe lo que quiere y alcanza sus metas. Algo que él siempre había deseado. Philipp también le encantaría. Con apenas veinticuatro años ya había creado su propia empresa. Sin la ayuda de nadie. “Puros niños prodigio”, pensó. Menos yo, claro.
—Uf, por fin. ¿El tipo ese también los acribilló a preguntas? —preguntó Julie cuando Becker terminó finalmente el interrogatorio—. Todo el tiempo tuve la sensación de que estaba esperando a que me contradijera.
Los cuatro hermanos estaban ahora bajo el toldo, en la terraza. Había empezado a caer una llovizna ligera, y el suave sonido de las gotas en las hojas tenía un efecto tranquilizador. De pronto, Sophia se sintió mareada del cansancio.
—Yo tuve la misma impresión —dijo Philipp—. Le pareció rarísimo que me hubiera venido inmediatamente, aunque no haya visto nunca a Jochen. Y me preguntó por lo menos unas diez veces por qué nunca establecí contacto con él.
—¿Y? ¿Qué le respondiste?
—Hasta la muerte de mi mamá, estaba convencido de que él estaba muerto. Él no trató de contactarme después. Era bastante evidente que no estaba interesado en lo absoluto en mí.
—Ustedes también recibieron mensajes anónimos del tal V. —Julie cambió el tema—. ¿Y? ¿Tienen alguna sospecha de quién podría ser?
—Ni idea —contestó Moritz.
—¿También les mencionaron la fecha esa?
—“Estaré todos los días con ustedes hasta el 2 de julio” —citó Sophia.
—El 2 de julio, exacto. ¿Qué pasa ese día?
—Ni idea —dijo Moritz—. ¿Alguno de ustedes tiene alguna relación con esa fecha?
Todos se encogieron de hombros.
—Quizá sea el día en que…
Philipp se interrumpió y guardó silencio.
—Falta una semana —dijo Sophia.
—Todo esto es demasiado absurdo, no logro entenderlo —murmuró Julie.
—¿Alguien quiere algo más de tomar? —preguntó Moritz—. ¿Un té? ¿O una cerveza, tal vez?
—No, deja así —dijo Julie—. Tengo que irme. Voy a dormir donde una amiga del colegio y ya debe estar esperándome.
—Yo también debo partir. Vuelvo hoy mismo a Múnich —dijo Philipp.
Sophia tuvo la sensación de que acababa de decidirlo.
—No se te olvide llamar a la tal Nella —le recordó Moritz—. Cualquier cosa que se te ocurra nos cuentas. Eres la única conexión con la época muniquesa de nuestro papá.
—Excelente conexión —dijo Philipp con un tono despectivo.
Julie respiró aliviada al sentarse finalmente en el tranvía. Tres hermanos nuevos… Era demasiado de una sola vez. Moritz y Sophia parecían amables, pero Philipp era una pesadilla. Esa mirada de asco cada vez que ella decía algo. A lo mejor tenía algún problema con las mujeres seguras de sí mismas. Su novia debía ser una ratoncita tierna e inofensiva con una vocecita de pájaro. “Pero claro, mi amor. Lo que tú digas”.
Julie sintió un escalofrío. Después miró su reloj de pulso. Las tres y media.
Tenía que volver donde los Rothe a las ocho, porque Sophia y Moritz la habían invitado a cenar. Pero primero debía dejar las cosas donde su amiga Nina y parlotear con ella sobre los tiempos pasados. No había nada que ansiara más. ¿Por qué no se había alojado en un hotel, como Philipp?
Decidió que regresaría a Hamburgo al día siguiente. ¿Qué más tenía que hacer en Düsseldorf? Su papá había desaparecido y sus hermanos sabían tan poco como ella sobre el tal V.
Cuando estaba revisando los horarios del tren en su celular, la llamó Christian.
—Voy camino a casa —anunció él, orgulloso—. Por fin logré salir temprano. ¿Quieres salir a comer conmigo?
—Si vienes a Düsseldorf, encantada.
—¿Qué? ¿Cómo así?
—Fue un viaje espontáneo. Como te gustan.
—¿Perdón? ¿Cómo así que te fuiste de viaje y no me avisaste nada?
Julie reflexionó brevemente si debía hablarle de su papá desaparecido y de sus tres hermanos, pero decidió no hacerlo. Ahora no. No por teléfono.
—Vine a visitar a una amiga del colegio.
—Genial. Habrías podido decírmelo. Estaba muy ilusionado con nuestro fin de semana juntos.
—Pues ven. Te vas a la estación, te montas en un tren y en cuatro horas estás aquí —propuso Julie y comprobó, con cierto asombro, lo mucho que le gustaba esa idea—. Lo digo en serio.
Él titubeó unos minutos.
—No —dijo finalmente—. Es demasiado improvisado para mí en este momento. Demasiado estrés después de una semana tan difícil. No puedo.
—Lástima.
—Lástima que no estés aquí.
—No te viene mal —dijo ella—. Ahora puedes dormir y descansar en serio. Así podrás estar recuperado para el próximo fin de semana. Cuando supongo que tendrás que volver a Bonn.
El comentario había sonado demasiado sarcástico, pero Julie ya no podía soportar más la quejadera. Los últimos días tampoco habían sido fáciles para ella, pero eso no parecía importarle a Christian.
—¿Qué te pasa? ¿Te hice algo?
“No, no hiciste nada. Pero podrías hacer algo por mí. Podrías venir y animarme”, pensó Julie.
—No te preocupes —dijo con frialdad—. Nos vemos en Hamburgo.
—¿Cuándo vuelves?
—No lo sé. Pronto.
Después colgó y se sintió un poco peor que antes.
Cuando Julie volvió a entrar al apartamento de los Rothe, Becker estaba de salida.
—Qué bueno que nos vemos, señorita —dijo el comisario, animado—. Estaba por llamarla. Tenemos noticias sobre Jochen.
—¿Qué pasó?
—Hay una testigo que vio a su papá subiéndose en un auto el miércoles.
—¿En serio? ¡Vaya! ¿Quién es la testigo? ¿Y por qué apareció apenas ahora?
—La mujer trabaja en una panadería, muy cerca del consultorio. Ella conoce al señor Rothe, pero apenas ahora supo lo del secuestro.
—¿Y él se subió voluntariamente o lo obligaron?
—La testigo no vio nada violento.
—Entonces conocía al secuestrador.
—Tal parece. El auto era un Volkswagen Polo de color rojo. Pero la mujer de la panadería no recuerda la placa, por supuesto.
—Ajá.
—Supongo que el auto no le suena conocido.
—No, claro que no.
Becker asintió.
—Bueno, pues no molesto más entonces. Aquí huele delicioso. —El comisario olisqueó con gesto melancólico—. Les deseo buen provecho. A mí me espera otra pizza congelada.
Había conejo con papas al romero y ensalada de rúgula con tomates y vinagre de frambuesa. De postre helado con fresas frescas.
—Hoy no tenía muchas ganas de cocinar —dijo la señora Rothe al servir el postre.
—Estuvo delicioso —dijo Julie—. Hace mucho no comía tan bien.
Sobre todo si lo comparaba con el risotto que le había dado Marianne el fin de semana anterior. No era de extrañar que su hermana tuviera problemas de peso.
—He estado pensando —dijo Sophia.
—¿En qué? —preguntó Moritz.
—En papá, por supuesto. Y en que no sabemos casi nada de él. De su pasado.
—¿Y?
—Me acuerdo de un tipo que vino a visitarnos hace un par de años. ¿Te acuerdas, mamá? Era un amigo de papá, de Fráncfort.
La señora Rothe frunció el ceño.
—No sé de quién estás hablando.
—Estudiaron juntos. Él había venido a Düsseldorf por la feria y vino a tomar café. Tienes que acordarte. Un tipo gordo, de barba.
—¡Ah, sí! El urólogo. ¿Cómo se llamaba? Thorsten o algo así.
—¿Algo más? —insistió Sophia.
—¿Y eso qué importa?
—Quiero saber cómo era papá.
—¡Vamos, Sophia! —exclamó su mamá, incómoda—. ¿Cómo puede haber sido? Deja la investigación para los policías.
—Becker me dijo que van a interrogar a todas las pacientes de Jochen —dijo Moritz—. Para ver si hay alguna que quisiera vengarse por negligencia médica. O por algo distinto.
—¿Pero eso no es confidencial? —preguntó Julie—. ¿Por el secreto profesional?
—Los resultados de los exámenes, sí. Los nombres y las direcciones, no. En todo caso, los policías tardarán un buen rato en revisar todo el fichero.
—Pues entonces no nos haría daño llamar al tal Thorsten —insistió Sophia—. Quizá sepa algo.
—¿Y qué podría saber? —preguntó su mamá.
—¿Cuál es el apellido?
La señora Rothe frunció el ceño.
—Brutzler —dijo finalmente, de mala gana—. Él manda una tarjeta de Navidad todos los años, pero de resto no tenemos ningún contacto. —Se levantó—. ¿Alguien quiere más helado? ¿O un café?
—Para mí, nada —dijo Julie—. Pero muchas gracias por la comida.
—Con gusto —dijo la señora Rothe—. Hecha con los mejores ingredientes naturales. Todo de nuestra tienda orgánica.
Y quería decir algo más, pero se puso a llorar. Entonces Moritz se puso de pie, la rodeó con un brazo y la guio hacia la terraza.
Sophia y Julie guardaron silencio, desconcertadas.
—Tiene los nervios de punta —dijo Sophia.
—Es entendible —murmuró Julie.
Sophia sirvió más vino.
—¿No puedes buscarlo en Google? —preguntó señalando el teléfono inteligente de Julie con la barbilla.
—¿A quién?
—Al urólogo ese. Thorsten Brutzler, de Fráncfort.
Julie escribió el nombre en el buscador y encontró la dirección del consultorio y un teléfono privado.
—¿Quieres llamarlo ahora? Son casi las diez.
—Es una emergencia.
—¿Y qué piensas preguntarle?
—Le contaré lo que pasó. A ver qué dice.
Julie le pasó el teléfono.
—Adelante.
Moritz regresó justo cuando Sophia estaba marcando el número.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, pero Sophia alzó la mano para que guardara silencio.
La conversación con Thorsten Brutzler fue breve. Ella resumió los acontecimientos de los últimos días, escuchó, preguntó, volvió a escuchar. Y colgó al cabo de unos minutos.
—¿Y entonces? —preguntó Moritz.
—Él tampoco puede explicárselo —respondió Sophia—. Papá fue un estudiante normal. Muy orgulloso, pero apreciado. Sobre todo entre las mujeres. —Hizo una mueca—. Tuvo muchas novias, pero no pudo decirme ningún nombre. Eran demasiadas.
—Falsa alarma, entonces —constató Julie.
—Había un amigo con el que papá estaba todo el tiempo —dijo Sophia—. Werner.
—¿Werner? ¿Y qué más?
—No sabía más. Él no conocía casi al tal Werner y no volvió a saber nada de él después de la carrera. Pero me dijo que los dos eran inseparables. Prometió que me llamará si se le ocurre algo más. —Sophia suspiró al devolverle el celular a Julie—. Pero valió la pena, ¿no? Hemos dado un gran paso.
—Felicitaciones —dijo Moritz—. Tal vez lo secuestró el tal Werner. El tipo es homosexual y está enamorado de Jochen, y él le rompió el corazón en mil pedazos con todas esas novias. —Bostezó—. Lo siento, chicas, pero me voy a la cama. Estoy rendido.
A Julie se le ocurrió una cosa después de despedirse.
—Philipp quedó de hablar con la amiga de su mamá. Debería preguntarle por el tal Werner.
—Buena idea —dijo Sophia—. Le escribiré un mensaje de texto.
AQUÍ ESTOY.
Estoy frente a la casa de mi padre, y la puerta se abre y sale una niña. Tiene el pelo rizado y una bicicleta verde. Se aleja sin mirarme.
Me imagino que es su hija.
Es posible que tenga hijos. Tiene esposa, en todo caso. Eso pude verlo en la guía telefónica.
Si sale en este instante, ¿me reconocerá? Y si me reconoce, ¿se alegrará? ¿Se molestará? ¿Se enfurecerá? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué me espías? ¿Qué tengo yo que ver contigo?
Eres mi padre. Ahora vivo muy cerca. Eso lo organizó el señor Jacobs antes de echarme.
Hocke tuvo la culpa de que me echaran. No paraba de hablar de sus vacaciones, de que iría con su viejo a California y después bajaría por la autopista en una Harley, de motel en motel, durante tres semanas. Él prefería irse a Croacia, pero eso era lo que quería su viejo, que es muy rico.
Entonces habla y habla sin parar. Yo le digo que se calle, que no quiere oírlo nadie. Él se queda totalmente sorprendido, porque yo no suelo decir nada, pero no me hace caso y sigue hablando.
Entonces me pongo furioso y le doy un puñetazo.
“Yo soy Yahvé, tu Dios, que agito el mar y hago bramar sus olas; Yahvé Sebaot es mi nombre”.
A Hocke le sangra la boca y a mí me echan poco después del colegio.
—No puedes quedarte aquí —me dice el señor Jacobs—. Sé que tu papá tiene problemas. Pero los otros padres… y la junta del colegio.
Me consigue un puesto de aprendiz, pero para eso tengo que mudarme a una residencia. Probablemente sea como en la residencia de mi mamá: me llevarán a hacer las compras y me apagarán la luz por la noche.
Pero es muy cerca. Por supuesto que el señor Jacobs no sabe que mi padre vive aquí. Eso solo lo sé yo.
Capítulo 16
CADA VEZ QUE PHILIPP prendía el computador o el celular, esperaba encontrar un nuevo mensaje de V. Y aunque no había vuelto a llegar nada, tenía la sensación de que alguien lo observaba. Por las noches bajaba las persianas del apartamento, y en el día cerraba todas las cortinas de la oficina. La señora Klopp debía estar sorprendida, pero no demostraba nada.
En cambio, Sophia lo fastidiaba constantemente con sus mensajes de texto: “¿Hablaste con Nella? ¿Cuándo te vas a ver con ella? ¿Por qué no nos llamas?”.
Philipp respondía evasivamente, si es que respondía.
Jochen Rothe llevaba más de una semana desaparecido. Y aún no había noticias del secuestrador.
“Está muerto”, pensó, y se sorprendió por la tristeza que le había producido la idea. Él no conocía a su papá, pero a lo mejor ese era precisamente el motivo de esa tristeza.
¡Ding! Otro mensaje de Sophia: “Cuando llames a Nella, tienes que preguntarle por un tal Werner, que era amigo de papá”.
Philipp no le prestó atención al mensaje. Minutos después, recibió otro: “Si no la llamas tú, la llamaré yo. Mándame el teléfono, por favor”.
Él puso los ojos en blanco.
“Yo la llamo”, escribió.
Encontró el número en una libreta empolvada en el sótano. Tendría unos diez años, y probablemente ya no funcionaba. Mientras lo marcaba, trató de recordar el rostro de Nella, pero no pudo. Se acordaba de que era muy alta y se teñía el pelo con jena roja brillante. Y de que fumaba como una chimenea. “Probablemente murió de cáncer de pulmón”, pensó, pero la mujer contestó en ese instante.
—¡Philipp! —gritó emocionada cuando él dijo su nombre—. ¡Quién lo habría dicho!
Y cuando le explicó el motivo de su llamada, ella lo invitó a su casa enseguida.
—Es probable que no pueda ayudarte —le comunicó alegremente al abrir la puerta, media hora después—. Pero me alegro muchísimo de volver a verte.
Nella seguía viviendo en el mismo apartamento junto al Parque Olímpico. En el cuarto piso, con una vista maravillosa de las zonas verdes y los juegos donde él solía jugar de pequeño, mientras su mamá y Nella tomaban café en el balcón. Todavía tenía el pelo teñido de rojo brillante, pero la verdad gris asomaba ya en las raíces y las sienes.
—Puse la mesa en el balcón —dijo—. Hay pastel de fresas, recién comprado.
En la mesa adornada con flores había un cenicero. Nella encendió el primer cigarrillo en cuanto se sentaron.
—No puedo dejarlo. Pero ahora fumo solo cinco al día —suspiró—. Y ahora dime. ¿Qué quieres saber?
—Mi papá —dijo Philipp, simplemente—. Tú lo conociste. ¿Cómo era?
Nella sopló un anillo de humo sobre la baranda del balcón y se quedó mirándolo hasta que se desvaneció.
—Jochen. Él fue el primer gran amor de Birgit. Aunque ya tenía veintitrés cuando se conocieron. Se casaron bastante rápido. Yo me sorprendí muchísimo cuando me lo contó.
—¿Dónde se conocieron?
—En el hospital. Él trabajaba como médico asistente en la sala de ginecología y le sacó un quiste de un ovario. Eso fue en 1980.
—Qué romántico.
—No subestimes el efecto erótico de una bata blanca —dijo Nella—. Aunque yo prefiero el uniforme de piloto. Pero eso no viene al caso. Birgit y Jochen estaban locos el uno por el otro. Casi no volví a verla durante los primeros años de su matrimonio. Claro que debo reconocer que yo nunca me entendí muy bien con tu papá.
—¿Por qué no?
Nella apagó el cigarrillo.
—Era un donjuán. Siempre a la conquista, si entiendes a qué me refiero. Pero a mí nunca me sedujo. Y cuando se dio cuenta de esto, no volvió a mirarme. —Nella se encogió de hombros—. Siento decírtelo tan francamente.
—Está bien. Continúa.
—Ellos eran muy felices juntos. Birgit siempre estaba radiante cuando la veía. Honestamente, creo que esos fueron los mejores años de su vida.
Philipp bebió un sorbo de café. Los mejores años de su vida. Antes de que él llegara al mundo.
—Después llegué yo.
—No —dijo Nella, meditabunda—. Primero llegó otra. Jochen tuvo un amorío.
—¿Con quién?
—Ni idea.
—¿Cómo así? ¿Acaso mamá no lo confrontó para confirmarlo?
—Ella no quería creerlo. Él estaba en crisis, decía ella. Él no estaba bien. Por el estrés del hospital. Pero yo estaba y sigo estando convencida de que había otra, pues no volvía a casa por las noches, tenía que viajar los fines de semana y las cosas se habían enfriado entre él y Birgit.
—¿Pero después se arreglaron?
Nella agarró la cajetilla, la miró nostálgicamente y volvió a soltarla.
—No lo sé. Birgit quedó embarazada después. Estaba contentísima. Llevaban mucho tiempo deseando tener un hijo y no habían podido. Casi había perdido la esperanza de ser madre.
Philipp bajó la mirada al parque. Delante del columpio donde él solía jugar en su infancia había un perro haciendo sus necesidades.
—Jochen también estaba contento. Creo que realmente intentó empezar de nuevo, darle otra oportunidad a su matrimonio. Pero no funcionó. Y en 1988 se separaron. Tú tenías un año apenas.
—¿Había otra?
—No que yo supiera. Un par de años después, abrió su consultorio en Düsseldorf y dejó embarazada a su auxiliar. Y el resto ya lo conoces, pues estuviste allí. —Nella sacó otro cigarrillo finalmente—. No tengo ni idea de quién podría haberlo secuestrado. Quizá un esposo celoso al que le quitó la mujer.
—Werner —dijo Philipp—. ¿Te suena ese nombre?
Nella abrió los ojos de par en par.
—¡Claro! Se me iba olvidando. Werner era muy, muy importante para Jochen. Y su esposa. ¿Cómo se llamaba? Ay, esta memoria. Ya no me acuerdo.
—¿Quién era Werner?
—Un amigo… Qué va… Era el amigo. Jochen y él eran uña y mugre. Werner se casó casi al mismo tiempo. De hecho Birgit se entendía muy bien con la esposa de Werner. A mí me daban celos… ¡Annette! Así se llamaba, por fin me acordé.
—¿Sabes cuál era el apellido de Werner?
Nella sopló el humo por la nariz, pensó, después negó con la cabeza.
—Tal vez me venga ahora, pero no puede haber tenido nada que ver con el secuestro; está muerto.
—¿Cuándo murió? ¿Y cómo lo sabes?
—Vi la esquela en el periódico. Fue hace mucho tiempo. Tu mamá vivía todavía.
—¿De qué murió?
—Ni idea. De eso sí que no me acuerdo, en serio.
—¿Y la exesposa? —preguntó Philipp.
—Era artista.
—¿Cantaba?
—Pintaba. Tuvo mucho éxito en aquella época. Yo solo la vi un par de veces. Después de la separación, Birgit perdió el contacto con ella.
Philipp miró el reloj. Eran casi las seis. Tenía cita con Vivian en una hora.
—Sonnabend —dijo Nella.
—¿Qué?
—Ese era el apellido. Acaba de venirme. Werner y Annette Sonnabend.
—Genial —dijo Philipp—. Algo es algo. —Terminó su café—. Tengo que irme.
—Imposible —protestó Nella—. No me has contado nada de tu vida.
—No hay mucho que contar sobre mí. Tengo una pequeña empresa de informática que funciona bastante bien. —Nella asintió desconcertada. Probablemente no entendía de qué se trataba—. Y una novia. Nos iremos a vivir juntos pronto.
El rostro de la mujer se iluminó entonces.
—¿En serio? Eso me alegra.
Por fortuna, todo iba mejor con el apartamento. Las máquinas secadoras trabajaban a toda marcha, y los vecinos lo saludaban más amablemente desde que había quedado claro que el seguro cubriría todos los arreglos. Nuevos pisos, nuevos papeles de colgadura, nuevos muebles.
Philipp se puso de pie.
—Muchas gracias por el café. Y por tomarte el tiempo.
—Por favor. —Nella también se levantó. Él la recordaba altísima, pero ahora le sacaba una cabeza—. Me encantó verte. Te ves bien. Tu mamá estaría orgullosa.
Era una fórmula de cortesía, pero lo alegró de todos modos.
—Vuelve a verme —dijo Nella y le dio un abrazo—. O llama, por lo menos.
—Claro —dijo Philipp, aunque sabía que era una mentira, y ella también lo sabía.
Camino a casa, llamó a Marcel.
—Qué milagro —contestó su amigo.
—Pues si no estabas. ¿Cómo va todo con la chica?
Marcel se rio.
—De maravilla, gracias por preguntar.
—¿No piensas presentármela?
—Pero claro. Solo que está complicado por ahora. Jenny está muy estresada. Trabaja en una oficina de arquitectura y es muy pesado.
—Pobre. Pero tal vez podamos vernos un rato, si tu chica trabaja tanto.
—Seguro —dijo Marcel—. Solo tengo que ir unos días a ver a mis papás. Pero vuelvo el lunes y nos vemos, ¿bueno? Todo va muy bien con el apartamento. Lo tengo bajo control. A finales de la próxima semana terminarán con el secado y entonces podrán poner el piso. Creo que estará todo listo para mediados de agosto. Ya sabes que un buen final…
—Genial —dijo Philipp.
—¿Y tú, estás bien? Suenas un poco deprimido.
—Qué va. Todo bien.
No estaba deprimido, estaba molesto. Le molestaba que Marcel volviera a irse justo cuando lo necesitaba. Era el único en quien podía confiar, el único con quien podía hablar abiertamente.
Philipp sabía que era una actitud injusta, egoísta e infantil, que Marcel le había dedicado tiempo de sobra en los últimos meses, que su amigo tenía su propia vida y sus propios problemas.
Pero esto no lo tranquilizó en lo absoluto, sino que lo irritó aún más.
—¿Problemas con Vivian? —insistió Marcel.
—Ya te dije que todo está bien. Me veré con ella ahora y le pediré matrimonio.
Marcel se rio. Pero no era broma. Philipp estaba decidido a darle el anillo a Vivian esa noche. Ya era hora, el apartamento estaba casi listo y podrían mudarse finalmente en septiembre y casarse hacia finales de año.
—Avísame si necesitas un padrino.
El celular timbró justo cuando colgó.
—Habla Becker, de Düsseldorf.
¿El comisario, a esa hora? El corazón le latió a toda velocidad.
—¿Hay alguna novedad?
—Nada que tenga que ver con su papá, lo siento. Pero necesito hablar con usted.
—¡Cuénteme! —Philipp sostuvo el celular entre la oreja y el hombro mientras giraba hacia la izquierda rumbo al centro. Menos mal que el comisario no podía ver que estaba conduciendo.
—Tenemos que vernos —dijo Becker.
—¿Cómo? Oiga, yo tengo una empresa y mucho trabajo. No puedo estar viajando todo el tiempo a Düsseldorf. ¿De qué se trata?
—Hay unas irregularidades que quisiera aclarar con usted —dijo el comisario vagamente mientras Philipp frenaba frente a un semáforo en rojo.
—¿No podemos hablarlo por teléfono?
Alguien pitó detrás. Verde. Entonces arrancó apresuradamente, aceleró y se le cayó el celular.
—¿Está conduciendo? —preguntó Becker cuando Philipp logró pescar el teléfono.
—Estaba en un embotellamiento. Pero ya pasó. Lo llamo en diez minutos desde la casa.
Becker había revisado la cuenta del teléfono de Philipp y había comprobado que este había hablado muchas veces con Moritz en los últimos meses.
—Usted me dijo que solo conoció a su medio hermano en su visita a Düsseldorf. Según me dijo, antes no sabía que él existía.
—Cierto —dijo Philipp, desconcertado—. Yo no lo llamé, por supuesto que no. O sí, una vez. El pasado miércoles, desde el hotel, esa noche hablé con él. Pero antes no teníamos ningún contacto.
—Pues el número aparece varias veces en su registro. Y fueron llamadas largas en su mayoría. ¿De qué hablaron?
—Yo no hablé con él, ya se lo dije. ¿Por qué habría de hacerlo?
—Para planear el secuestro de su padre, por ejemplo.
—¿Qué? ¿Está loco? ¡Eso es absurdo!
—En mayo, usted le giró dinero a su hermano, al que supuestamente conoció hace una semana. Cinco mil euros. La transferencia salió de la cuenta de su empresa.
—¡Es una locura! —Philipp se levantó de un brinco y se paseó de un lado a otro por la sala—. Tiene que estar equivocado. ¡Yo no le giré ningún dinero!
—El dinero entró a la cuenta de ahorros de su hermano el 17 de mayo.
—¿En su cuenta de ahorros? Oiga, de verdad no sé de qué me está hablando. Tengo que comprobarlo primero.
Philipp tomó nota de los datos de la transferencia bancaria.
—Voy a revisarlo. ¿Puedo llamarlo más tarde?
—Hoy no. Yo también necesito descansar. Llámeme mañana temprano. No se le olvide.
Entonces encendió el computador para ver sus extractos, pero no pudo iniciar sesión en el portal de Internet del banco.
—Ingresó un PIN errado tres veces —le comunicaron del banco—. El acceso quedó bloqueado por seguridad. —La mujer del servicio de atención al cliente no podía ayudarle—. Debe enviar una carta solicitando un nuevo PIN. Lo recibirá entre tres y cinco días hábiles.
—¡Pero necesito revisar mis extractos hoy mismo!
—¿No ha impreso los comprobantes con regularidad? —le preguntó la mujer, sorprendida.
Entonces colgó con un resoplido y maldijo a la banca virtual, que se ahorraba los costos de las oficinas y la impresión de los extractos y así bajaba las tarifas para que los clientes crédulos cayeran en la trampa. Después llamó a la empresa del teléfono. Y aunque no se lo esperaba, pudo bajar fácilmente su registro de llamadas.
Revisó la lista. Un número de celular desconocido aparecía una y otra vez. Había llamado a ese número un montón de veces en los últimos seis meses.
Philipp seguía escudriñando la lista cuando oyó el timbre de la puerta. Abrió, y no se habría sorprendido de ver al comisario Becker acompañado por un centenar de soldados armados. Pero era Vivian.
—¡Hola! —Ella le dio un beso en la mejilla—. Teníamos una cita.
Llevaba un vestido de seda escotado y olía a perfume y a prosecco.
—Lo sé.
—Pero no te ves muy bien. ¿Piensas salir así con nosotros?
Vivian examinó la camiseta arrugada de Philipp con ojos despectivos.
—Lo siento. Tengo un problema grandísimo que no he logrado resolver.
Ella hizo una mueca.
—¿Otra vez? Estoy empezando a cansarme. ¿Qué pasó ahora?
—Imagínate… —Philipp se interrumpió y negó con la cabeza. No, Vivian tenía razón. No se habían visto casi últimamente, y no dejaría que Becker y sus sospechas infundadas le arruinaran la noche. Y menos aún V—. No es tan importante. Voy a refrescarme, a cambiarme y estoy contigo en cinco minutos.
—¡Genial! —Vivian sonrió de oreja a oreja—. Te espero abajo. Jessy no encontró dónde estacionar y estamos justo en la entrada.
—¿Jessy?
—Jessy y André vienen con nosotros. Te lo había dicho.
Vivian le lanzó una mirada nerviosa y firme al mismo tiempo. Era posible que sí le hubiera dicho. Era posible que él se hubiera olvidado. “¡No vayas a hacer una escena!”, se dijo, y la cara de ella decía lo mismo. Entonces respiró profundamente.
—Ya bajo.
Vivian le lanzó un beso con la mano, aliviada, y bajó la escaleras saltando.
Philipp se fue al baño y se lavó la cara. Al enderezarse, se vio en el espejo. El rostro mojado, las cejas gruesas, los ojos oscuros. “Eres el más parecido”, le había dicho Julie. Se parecía a él, a su papá, a quien no conocía y probablemente no conocería nunca. “¿Quién eres? ¿De dónde vienes?”, se preguntó.
—No lo sé —murmuró.
Pero V lo sabía. V lo sabía todo sobre él, supo entonces con certeza.
Y permaneció así un buen rato: de pie, mirándose.
Hasta que sonó el celular.
—¿Por qué no bajas? —preguntó Vivian—. ¡Estamos esperando!
—Vivian. No voy. No puedo.
—¿Qué? —La oyó respirar profundamente—. No puedes estar hablando en serio —susurró—. No puedes hacerme esto.
Philipp la imaginó paseándose de un lado a otro por la acera, con el teléfono en la oreja, mientras Jessy y André aguzaban el oído en el auto.
—Lo siento, Vivian. Pero mi vida es un caos en este momento…
—¿Y mi vida qué? ¿Todavía te interesa saber cómo estoy? Ya nunca tienes tiempo para mí, y mis amigos te parecen lo peor. ¿Por qué seguimos juntos?
—Para, por favor… —le dijo él.
—Sí, voy a parar —susurró ella—. Si me dejas plantada ahora. Si me haces esto, se acabó. Puedes irte al diablo.
Los dos guardaron silencio, pues Vivian había dicho todo lo que había que decir, y a Philipp no se le ocurrió nada que pudiera replicar.
—Está bien —dijo ella finalmente, y colgó.
Mientras se secaba, Philipp se horrorizó ligeramente al notar lo libre que se sentía. ¿Ese había sido el fin de su relación? ¿Tan breve y tan veloz? ¿Tan indoloro? ¿Tan fácil? ¿Se habría sentido así su papá al terminar con su mamá? ¿Cuánto de Jochen habría en él? Primero Yasmin, ahora Vivian. Philipp, el rompecorazones, frío e incapaz de comprometerse.
Fue al refrigerador y sacó una cerveza. De pronto añoró a su mamá como no la había añorado nunca, ni cuando estaba viva ni después de muerta. La añoró tanto que se puso a llorar. Se quedó de pie en la cocina, con la botella de cerveza en la mano, llorando porque su mamá estaba muerta.
Pocos minutos después sonó el celular. Entonces dejó la cerveza, se secó la cara con un limpión y se aclaró la garganta.
—¿Hola?
—Habla Moritz. ¿Te llamó Becker?
—El tipo dice que tú y yo hablamos por teléfono.
—Lo sé. Me preguntó de qué hablamos.
—Tu celular aparece en mi registro de llamadas. Pero no tengo ni la menor idea de cómo llegó allí.
—¿Y por qué no te habías dado cuenta?
—Tengo una tarifa plana. Nunca reviso el registro de llamadas.
—¿Quién tiene acceso a tu celular?
—Cualquiera.
Vivian. La señora Klopp. Marcel. Ninguno de ellos tenía por qué llamar a Moritz.
—¿Tampoco te diste cuenta de que me giraste cinco mil euros?
—¿Eso es cierto?
—El dinero está en mi cuenta de ahorros. Yo no la uso nunca, por eso no lo había notado.
—¿Quién fue? No he podido ver mis extractos, me bloquearon el acceso a la banca virtual.
—¿Qué quieres? —preguntó Moritz de repente, y Philipp oyó una voz en el fondo.
—Sophia quiere saber si hablaste con Nella.
—Sí.
Philipp resumió la conversación.
—Annette Sonnabend —dijo Moritz—. Tenemos que encontrarla.
—¿Debo contarle de ella a Becker cuando hable con él mañana?
—No, mejor no —dijo Moritz—. No confío en él. Ese nos tiene en la mira. Hablemos con ella primero. Yo me conseguí un celular prepago, por cierto. Tú deberías hacer lo mismo. No me extrañaría que te intervinieran el teléfono.
—No tengo nada que esconder.
—Como quieras.
De pronto, Philipp tuvo la sensación de haber oído que alguien respiraba en la línea. Absurdo.
—Creo que tengo una tarjeta vieja en alguna parte. Te enviaré el número apenas la haya cargado.
SERÉ TÉCNICO DE EDIFICIOS, lo cual es sinónimo de conserje. Así como de encargada de la limpieza y asistenta. Cuando se lo cuento al viejo, él alza la comisura izquierda. Esperaba más de mí. Medicina, derecho, informática, no una formación técnica. El hijo que cambia bombillas y limpia el patio. “No soy tu hijo”, pienso. Tú y yo no tenemos nada que ver el uno con el otro. Quizá eso lo consolaría. Pero no lo digo, solo lo pienso.
—Eso pasa cuando les dan demasiados golpes en la cabeza a los niños —digo—. Después no pueden hacer gran cosa.
El viejo baja la comisura entonces. Suelta un resuello. Y un quejido. Quiere decir algo, pero lo único que sale de él es un poco de saliva. “¡Lárgate!”, supongo que querrá decirme.
—Bueno, adiós —le digo—. Cuídate.
La enfermera me lanza una mirada torva.
Pero no pueden reprocharme nada. Doce horas en la autopista, seis de venida y seis de vuelta, solo para ver al viejo antes de que estire la pata. Y todo para verle torcer la boca.
“Púdrete”, pienso. No debería haber venido.
Capítulo 17
PARA MORITZ, el asunto estaba claro.
—V es la amante de papá. Él la dejó, eso no le gustó y lo secuestró. Por eso no ha pedido ningún rescate. Lo quiere todo para ella.
Pero Sophia no estaba convencida.
—¿Y por qué nos envía mensajes anónimos a ti y a mí y a los otros dos? ¿Por qué manipula la cuenta de Philipp? ¿Y las llamadas extrañas que en realidad no se dieron? Eso no lo hace una amante celosa.
—Es posible que Philipp tenga algo que ver, ¿no se te ha ocurrido pensarlo? Que sea cómplice de la tipa.
—Pero ¿por qué?
—Porque quiere sobornarnos. Ahora está tratando de que las sospechas recaigan en mí.
—Y de paso se incrimina a sí mismo. Eso es totalmente absurdo.
Moritz meneó la cabeza.
—Yo ya no sé qué pensar.
—Annette Sonnabend —dijo Sophia—. Deberíamos buscarla.
—Adelante.
Sophia buscó el nombre en Internet, pero no encontró nada.
—Quizá se separó y recuperó su apellido de soltera —reflexionó Moritz.
—Aquí hay un obituario sobre Werner Sonnabend —dijo Sophia—. De una clínica de Múnich.
—¿En serio? ¡Déjame ver!
Sophia leyó el artículo por encima.
—El doctor Werner Sonnabend trabajó como anestesista en nuestra clínica desde 1987. El domingo 24 de septiembre de 2006 falleció tras una larga y dura lucha contra el cáncer —murmuró.
Moritz miró por encima del hombro de su hermana.
—No dicen nada sobre los familiares. Sí parece que se hubieran separado —comentó mirando a Sophia, desconcertado—. ¿Y ahora?
—Tengo otra idea —dijo ella, y buscó su celular.
—¿A quién piensas llamar ahora, Sophia? Mejor usa este. —Moritz le lanzó su celular nuevo—. Los policías no tienen que saberlo todo.
—Tienes que ir al archivo —le informó Sophia a Philipp por teléfono.
—¿Para qué?
La voz de Philipp sonaba apagada, como si se estuviera tapando la boca.
—Nella dijo que la tal Annette tuvo mucho éxito como artista. Entonces tiene que haber hecho exposiciones. De seguro los periódicos tienen que haber informado sobre ellas.
—O no.
Sophia suspiró.
—¿Tienes una propuesta mejor?
Silencio.
—¿A cuál archivo? —preguntó Philipp de mala gana.
—El de la biblioteca departamental. Tendrás que sacar un carné.
—En realidad, debería ir a la oficina.
—Philipp —dijo Sophia—, alguien está tratando de fastidiarnos. ¿No lo has entendido todavía? Si no hacemos nada ahora, no tendrás ninguna oficina dentro de poco. Probablemente ninguna vida. ¿No quieres saber qué es lo que está pasando?
Él volvió a guardar silencio. ¿Por qué no decía nada? ¿Por qué era tan apático, tan indiferente? Tal vez Moritz tenía razón y Philipp estaba implicado en el secuestro.
—Lo siento, Sophia. Terminé con mi novia anoche y me emborraché después. Estoy muy mal.
—Oh.
A Sophia no se le ocurrió nada más.
—Bueno. Iré a la biblioteca ahora mismo. Te llamo cuando haya encontrado algo.
—Siento mucho lo de tu novia —dijo ella, pero él ya había colgado.
Philipp llamó hacia el mediodía.
—La encontramos.
—¿A quién? ¿A Annette Sonnabend?
Sophia se bebió de un trago el café que acababa de servirse.
—Exactamente. Nella tenía razón. Annette fue muy importante en la escena artística muniquesa de la década de 1980. Se hizo famosa por sus instalaciones espectaculares y sus performances. En el matadero, salpicó con sangre de animales los cuerpos de hombres desnudos. Y presentó una sinfonía de motores de avión en un aeropuerto. Para que te hagas una idea.
—¡Vaya! Pero parece haber quedado en el olvido. Nunca había oído su nombre.
—Porque no lo utilizaba. Tenía un nombre artístico.
—¿Cuál?
—Annette Rosa.
—¿Rosa? ¿Como la flor?
—Ese era su apellido de soltera, antes de casarse con Werner Sonnabend.
—¿Y qué fue de ella? ¿Pudiste averiguarlo?
—Parece que ya no trabaja como artista. La última exposición que salió en el periódico tuvo lugar a principios de la década de 1990. Encontré una entrevista de la época. Muy interesante. Te la enviaré si me das tu correo electrónico.
—¿Crees que todavía vive en Múnich?
—No lo creo, lo sé.
—¿Qué? ¿Dónde?
—Llamé a instituciones y residencias para enfermos psiquiátricos y pregunté si allí vivía una Annette Rosa o Sonnabend. Hasta que la encontré. A la decimoquinta llamada.
—Pero… ¿cómo se te ocurrió que tenía problemas psiquiátricos?
—Lee el artículo. Ahora tengo que reunirme con un cliente, pero te llamo más tarde.
Sophia corrió en busca de Moritz para contarle su conversación con Philipp, y abrió la puerta de su cuarto. Y allí estaba Felix.
Repantigado en el asiento del escritorio, con las piernas estiradas, sonriendo. Y el corazón de Sophia, que antes latía como loco, se detuvo de inmediato. Entonces respiró profundamente y supuso que se desmayaría o caería muerta. Al menos así quedaría grabada en la memoria de Felix.
—¿Pasó algo? —preguntó Moritz, que estaba echado en la cama.
—Me alegra verte —dijo Felix.
—¿Qué querías? —insistió su hermano.
—Llamó Philipp.
Quería decir algo más, pero la voz le falló.
—Felix lo sabe todo —dijo Moritz—. Justo estábamos hablando de eso.
El corazón de Sophia empezó a latir de nuevo; muy discretamente al principio, después a toda velocidad, como si quisiera reponer los latidos perdidos.
—¿Y? ¿Qué opinas? —preguntó entre el tamborileo de su corazón, aunque habría preferido preguntar algo muy distinto: “¿Por qué no me llamaste? ¿Hice algo mal? ¿Tienes idea de lo mucho que te he extrañado?”.
—Es una locura —opinó Felix—. En realidad, no sabría qué decir. Alguien está realmente ensañado con ustedes. Pero ¿por qué? No logro entenderlo.
—Philipp encontró a Annette Sonnabend en el archivo. Mejor dicho, a Annette Rosa. Pues ese era su nombre artístico. Y acaba de enviarme una entrevista con su antiguo galerista, Harry Rosinski. Es muy informativa, en mi opinión.
—¿Por qué? —preguntó Moritz.
—Puedes leerla. Está en mi computador.
Moritz se levantó y se giró hacia Felix al llegar a la puerta.
—Ya vuelvo —le dijo, como si su amigo fuera un niño pequeño.
Felix asintió y miró a Sophia. La miró a los ojos, y ella sintió la mirada en el estómago primero y después en las rodillas, trémulas.
—Lo siento mucho —dijo cuando Moritz se fue.
—¿Qué? —graznó Sophia.
—No haberte llamado.
“¿Por qué tenías que llamarme?”, quiso replicar Sophia, pero no logró pronunciar las palabras. Era ridículo. No tenía sentido reprocharle nada. Felix sabía que ella estaba enamorada de él.
—¿Te fuiste? —preguntó ella.
—No. Pero estuve muy ocupado.
—Ajá.
—Te pensé mucho.
—¿En serio?
Si no hubiera estado tan confundida, habría soltado una carcajada.
—Tengo que hablar contigo de algo importante —dijo Felix—. Yo…
Entonces guardó silencio, porque Moritz había regresado.
—¡Mira tú! —dijo Moritz y le pasó el artículo impreso—. Estaba loca como una cabra.
Felix leyó la entrevista por encima.
—Este galerista dice que Annette padecía ataques de pánico —dijo—. Y oía voces que le daban órdenes. Es muy arriesgado presentarse así ante el público.
—Tal vez era una fachada para hacerla más interesante —dijo Moritz—. ¿Philipp dijo algo más? —Silencio—. ¡Sophia! —gritó su hermano cuando ella no reaccionó.
—¿Qué? —Sophia oyó su voz como a través de una cascada—. Eh, no. No era una fachada. Al parecer, Annette desapareció del mapa después de la entrevista.
—Genial —dijo Moritz.
—Pero Philipp la encontró… en una residencia para enfermos psiquiátricos.
—Mejor dicho, en un manicomio —supuso Moritz.
—Es una institución abierta donde atienden a los enfermos.
—Mira tú. Annette Sonnabend, nuestro único punto de referencia en la búsqueda sobre el pasado de nuestro papá, está loca.
—Puros fantasmas, por todas partes —dijo Sophia.
—Pero si no está en una institución cerrada, puede hacer lo que quiera. Apuesto que nos envió los mensajes.
—¿Y secuestró a nuestro papá? —Sophia negó con la cabeza—. No puedo imaginármelo. Ella vive bajo supervisión. ¿Dónde podría esconderlo?
—Pues a lo mejor no está tan loca. Los enfermos mentales suelen ser muy inteligentes. Así se hace la inofensiva frente a sus cuidadores mientras planea secretamente la venganza y la lleva a cabo.
—¿Venganza… de qué? —preguntó Sophia.
—Ni idea. Philipp tiene que ir a verla y hablar con ella. Quizá averigüe algo —opinó Moritz.
Felix se aclaró la garganta.
—¿No han pensado que su papá podría estar detrás de todo el asunto?
—¿Cómo así? —preguntó Moritz.
—Pues que él podría haber tramado todo este tinglado. Ahora se esconde en algún lado y los atemoriza a ustedes para que estén dispuestos a pagar una buena suma de dinero. Así puede empezar una nueva vida. Con una nueva mujer, claro.
—¿Y los mensajes anónimos? ¿Para qué?
—No sé. Era solo una idea. Yo no lo conozco, pero supongo que el divorcio y los hijos ilegítimos deben haberle costado un dineral. Quizá ya no pueda costearlo más.
—No creo —dijo Sophia en voz baja—. Yo creo que él cambió. Mamá también dijo que los amoríos se acabaron. Ya no hace eso.
Felix asintió, pero con un gesto más de compasión que de convencimiento.
—Yo no lo conozco.
—Philipp tiene que ir a ver a la loca esa —insistió Moritz—. ¿Y entonces, Felix? ¿Vamos?
Felix se levantó.
—¿Dónde van?
—A jugar bádminton. No te vendría mal un poco de movimiento. Eso adelgaza.
Sophia sintió cómo se ponía roja. Evidentemente, Moritz había vuelto a ser el mismo de antes. ¡Maldito idiota!
Julie no podía respirar. Tenía la nariz tapada, la garganta inflamada y los ojos llorosos. Una gripa de verano. Aunque en realidad no podía hablarse de verano, pues en Hamburgo llovía sin parar.
No había ido a trabajar el lunes, aunque ahora Renate la necesitaba como una adicta.
—Eso no importa —opinó Christian—. Tienes que pensar en ti. Y descansar de verdad. Eso es lo más importante.
Habían hablado finalmente. Tras su regreso, él la había invitado a cenar y le había ofrecido disculpas por no haber ido a verla.
—Y por todo lo demás.
—¿Todo lo demás?
—Por haber estado tan ausente últimamente. Prometo mejorar.
Ella se había reído.
—¡Eso sería maravilloso!
—¡De verdad! —Él se había puesto serio de pronto—. Te amo, Julie.
—Yo también te amo, Christian —había dicho ella con voz tímida y lo había mirado con los ojos anegados en lágrimas.
—¿Estás bien? —había preguntado él, preocupado.
Julie había negado con la cabeza, pestañeando para apartar las lágrimas. Después le había contado todo. De su papá desaparecido, los amoríos, sus hermanos. De V y de su miedo.
Christian había quedado consternado.
—Suena terrible.
—Lo es.
—¿Y la Policía no tiene ni idea de quién podría estar detrás del asunto?
—Cero.
—De aquí al 2 de julio no falta mucho…
—Menos de una semana —había dicho Julie—. El sábado es 2.
—¿Y entonces?
—Ni idea.
—¿No te ofrecieron ningún tipo de protección?
Julie había hecho una mueca.
—No tienen tanta gente.
—Entonces tendré que protegerte yo. No volveré a quitarte los ojos de encima —le había asegurado antes de darle un beso.
Pero había tenido que romper su promesa el martes siguiente, porque tenía que ir a un seminario en Oldemburgo.
—¿Por qué no te vas donde tu mamá mientras no estoy? —le propuso.
Ella dio un resoplido despectivo.
—Mi mamá es peor que V. No te preocupes, yo me las arreglo.
Christian apenas acababa de irse cuando a Julie empezó a dolerle la garganta y a retumbarle la cabeza. Entonces se tomó una aspirina, se preparó un té y se metió en la cama. Se levantó cuatro veces para revisar que la puerta estuviera bien cerrada. Y las ventanas. Y al final estaba empapada en sudor y se preguntó si se debería a la fiebre o al miedo. Después clavó la mirada en el techo, escuchó los pasos en las escaleras, dio vueltas de un lado a otro y sudó aún más. Hasta que se quedó dormida.
Se despertó porque sonó el celular.
Adormilada, abrió el nuevo mensaje y de pronto quedó completamente despierta. Primero trató de hablar con Christian, después con Moritz y Sophia. En vano. Entonces marcó el número de Philipp y le dejó un mensaje de voz. Después llamó al comisario Becker.
—Acabo de recibir un nuevo mensaje de V.
—¿Qué dice?
—“Solo tres días. V”.
Becker guardó silencio.
—¿Me oyó? —preguntó ella.
—Vamos a revisarlo.
—¿Cómo? —Julie dejó caer la cabeza sobre la al-mohada—. No pudieron rastrear los otros mensajes.
—¿Quién dijo eso?
—Usted.
—Pero ahora hemos avanzado. Su hermano Philipp recibió ese mismo mensaje esta mañana. Y el secuestrador llamó a la señora Rothe. Pidió un millón.
—¿Qué? ¿En serio? ¡Eso es demasiado! ¿Acaso tienen tanto dinero?
—No será fácil, pero la señora Rothe está decidida a pagar. Y cooperará con nosotros. Esperamos atrapar al secuestrador en el momento de la entrega.
—¿Y eso cuándo será?
Julie sabía cuál sería la respuesta antes de que el comisario contestara.
—El sábado 2 de julio. Todavía no sabemos el lugar ni la hora.
—¿Se sabe algo más?
—No pudimos rastrear la llamada porque el secuestrador utilizó un celular prepago. Pero los dos mensajes salieron de la misma zona.
—¿Cuál?
—Hamburgo.
—¿Hamburgo?
Julie quedó sentada en la cama.
—Del barrio de Ottensen.
—¿Ottensen? Pero si es precisamente mi barrio —susurró ella asombrada.
—Lo sabemos.
—¿De dónde, exactamente?
—No podemos decirlo con exactitud. Pero estamos trabajando en ello.
Julie cerró los ojos y tuvo la sensación de que la cama se ladeaba. Maldición. ¿Por qué tenía que haberse enfermado justo en ese momento? ¿Y por qué no estaba allí Christian? Nunca lograba comunicarse con él cuando más lo necesitaba.
—¿No se le ocurre quién podría haberle mandado ese mensaje?
“Christian”, pensó Julie. Los mensajes habían salido de Ottensen. A lo mejor los había enviado él. Y también habría podido ser quien había entrado en su apartamento. “Si eso no hubiera sucedido, no habríamos empezado a salir”, pensó. ¿Lo habría tramado todo Christian? ¿Pero por qué habría de secuestrar a su papá? ¿Por qué sabía de él? ¿Y por qué les escribía a sus hermanos?
—¿Nada? —preguntó Becker.
—Claro que no. Ottensen es muy grande. Hay miles de personas.
—Claro.
Colgó. Era evidente que el comisario estaba convencido de que ella había enviado los mensajes. Desde la primera conversación en Düsseldorf, Julie había percibido su desconfianza. Y que no le había caído bien, eso también lo había sentido de inmediato. Era demasiado segura de sí misma, demasiado decidida.
“Solo tres días”. ¿Qué pasaría en tres días? ¿V recibiría el dinero, liberaría a su papá y asesinaría a Julie y a sus hermanos?
—Si es una broma tuya, Christian —murmuró— te mataré yo a ti. No lo dudes.
Tal vez debía aprovechar su ausencia para echar un vistazo en su apartamento. Él le había dejado las llaves. “Si les echas agua a mis flores, puedes usar la máquina de espresso”.
Entonces se sentó en la cama, sacó las piernas y trató de levantarse, pero no pudo. La habitación se mecía y se tambaleaba como el Titanic antes de su hundimiento.
Además, la idea era absurda. Aunque Christian hubiera escrito los mensajes, no habría sido tan tonto de dejar el celular prepago en el apartamento. O cualquier otra prueba incriminatoria.
Volvió a acostarse y cerró los ojos. Solo tres días.
—Becker sospecha de Julie —dijo Moritz después de que se fuera el comisario—. Y creo que tiene razón.
—¿Por qué? —preguntó Sophia—. ¿Porque los mensajes vienen de Hamburgo? Es una tontería.
—Ella es un poco rara —dijo Moritz—. Muy fría e indiferente. Y tiene un motivo. Siente envidia porque Jochen se ocupó de nosotros y no de ella. Quiere sacar una buena tajada finalmente.
—Un millón. —La señora Rothe volvió a buscar los cigarrillos. Ahora fumaba casi una cajetilla al día—. El secuestrador tiene que estar mal de la cabeza. No podemos reunir todo ese dinero de aquí a pasado mañana.
—Quizá el tal V cuenta con que estamos trabajando con la Policía —dijo Sophia—. Y con que ellos nos conseguirán el dinero.
—Pero no se saldrá con la suya, eso tiene que saberlo —opinó Moritz.
—No creo que Julie tenga nada que ver —dijo Sophia—. Creo que todo es obra de V.
—¿Qué?
—Pues que los mensajes salieran de Hamburgo. Y lo de la transferencia de Philipp. Y las llamadas. No sé cómo lo hizo, pero quiere que sospechemos de nosotros.
Moritz guardó silencio.
—Puede que tengas razón —dijo finalmente, a regañadientes.
La señora Rothe se dirigió a la puerta de la terraza.
—¿El nombre Annette Rosa te suena? —le preguntó Moritz antes de que saliera al jardín.
—¿Cómo?
—Annette Rosa. Una artista. Ella y su esposo Werner eran muy amigos de Jochen y su primera esposa.
—En esa época, se hacía llamar Annette Sonnabend —añadió Sophia.
Su mamá arqueó las cejas.
—Sonnabend. Ese apellido sí me suena de algo. Pero ¿de dónde? —Se encogió de hombros—. Ni idea.
—Haz un esfuerzo. Podría ser importante —le dijo Moritz.
—Werner Sonnabend estudió con papá —le ayudó Sophia—. Murió en 2006.
—¡Eso! —La señora Rothe asintió, aliviada—. Jochen y yo fuimos al entierro. Werner fue compañero de universidad de Jochen. No había cumplido cincuenta. Terrible.
—Era el mejor amigo de papá —dijo Moritz.
—No. —Su mamá negó con la cabeza—. Seguro que no. Él me lo habría dicho. Yo oí su nombre por primera vez poco antes del entierro. Jochen lo apreciaba, pero tanto como su mejor amigo… No, no eran tan cercanos.
—Brutzler dijo que eran uña y mugre. Y la amiga de la mamá de Philipp dijo lo mismo. Se la pasaban juntos. Como… amigos íntimos. Pero de pronto pasó algo que los separó.
—No sé. Jochen me lo habría contado.
—Ay, mamá —dijo Sophia—. Hay muchas cosas que no te contó.
La mano le tembló a la señora Rothe al llevarse el cigarrillo a la boca.
—Voy a salir un rato —murmuró y salió.
—Qué delicadeza, Sophia —dijo Moritz.
—¡Cállate! Ya va siendo hora de decir las cosas por su nombre. Yo quiero saber qué pasó.
—Solo tres días —dijo Moritz—. Entonces lo sabrás.
CON VEINTE AÑOS y apenas empezando la formación técnica. Pero los demás tampoco son mucho menores. Y están igual de jodidos. Desertores escolares, exdrogadictos, expresidiarios. Una manada divertida. Todas las semanas se larga alguno y llega uno nuevo.
Yo no me he largado todavía. En la residencia se está mejor que en los internados de mierda. Reglas claras: nada de terror ni de drogas ni de hembras. El que arme una pelea, sale. Sin reuniones de juntas.
“Pero al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro”. Yo me traje mi Biblia. Sigo leyéndola todos los días, y los otros me llaman “el Profeta”. Piensan que soy creyente. Tal vez lo soy, pero no tiene nada que ver con la Iglesia ni con el cristianismo.
Casi ninguno sabe leer o escribir. Pero ninguno da la lata porque tiene que recorrer la autopista de California con su viejo en una Harley. Casi ninguno conoce a su padre. O poco.
No tanto como yo. Voy todos los fines de semana, me planto delante de su casa y espero a que salga.
Casi me caigo al verlo por primera vez. Porque no ha cambiado. Nada. Tiene el pelo un poco más fino, más canoso. Eso es todo. Eso me golpea. Quiero decir, yo tengo el doble de años y de altura y él sigue siendo el mismo.
Me mira y quiere marcharse, o al menos apartar la mirada, pero no puede. Lo miro fijamente, y él me mira, pero no me ve. Me atraviesa con la mirada. Y se marcha.
Yo lo sigo hasta su auto, entonces él sube y se aleja y yo me quedo allí. Cada vez que voy, me propongo hablarle. “Soy yo, tu grandote”. ¿Y después? ¿Después qué? Después nada. No le hablo.
Capítulo 18
EL EDIFICIO PARECÍA PINTADO CON PUS. La fachada tenía un brillo amarillento, enfermizo. Cinco hileras de ventanas, una encima de otra. Delante de cada apartamento colgaba un balcón. En los letreros de los timbres no había ningún nombre. R1, R2, R3, R4, R5.
Annette Rosa vivía en la R5. Philipp timbró, el portero automático zumbó, él empujó la puerta y entró. Subió por las escaleras y no en ascensor. Cuando llegó al quinto piso, estaba sin aliento. Aunque habría podido suponer que la residencia cinco estaba en el quinto piso. La puerta estaba cerrada.
Philipp jadeaba.
—¿Hola? —Una mujer joven asomó la cabeza en el corredor y se sobresaltó al verlo—. ¡Qué susto!
—Lo siento. No fue mi intención. —Él alzó ambas manos—. Soy Philipp Preuss. Quisiera ver a la señora Rosa.
—Ah, sí, usted llamó. —La mujer abrió la puerta del todo—. Soy Silke Kurz, la trabajadora social que acompaña al grupo. La señora Rosa está en el salón. Sígame.
Philipp la siguió por un pasillo oscuro flanqueado por puertas.
—Todas las residentes tienen un cuarto y un baño propio —explicó Silke—. La cocina y el salón son compartidos.
—Ajá.
Una de las puertas estaba abierta, y Philipp echó un vistazo hacia el interior al pasar. Era una habitación grande, con una cocina color café claro y una mesa ovalada con seis sillas. Práctica. Limpia. Y espantosa.
El salón también tenía una disposición funcional. Un sofá de tapizado decente, cuatro sillones. Una flor de tilo seca y violetas africanas en el alféizar.
En el sofá estaba sentada una mujer alta, de pelo rubio surcado de canas. Se miraba las manos y no alzó la mirada cuando Silke entró al salón con Philipp.
—Señora Rosa, llegó su visita —dijo la trabajadora social; su voz había cambiado y sonaba muy suave y cautelosa.
Philipp se quedó en el umbral, inseguro. Un paso en falso, un tono equivocado, y la mujer se levantaría y se marcharía como un animal asustado o al menos eso se imaginaba.
—Voy a dejarlos solos. ¿Está bien, señora Rosa?
La mujer permaneció inmóvil, con la mirada clavada en las manos.
—Estaré en la oficina. Primera puerta a la izquierda. Por si me necesita —dijo Silke y se fue.
Philipp se quedó solo. Solo con la loca que alguna vez había sido amiga de su papá y que tal vez había tenido algo que ver con su desaparición. No tenía ni la menor idea de cómo debía empezar la conversación. Habría debido prepararse, unas palabras, una explicación, cualquier cosa. Pero no había sabido qué le esperaba. No sabía nada acerca de los enfermos mentales.
—¿Señora Rosa? ¿Me oye? —empezó, cauteloso.
“Qué estupidez”, pensó. Por supuesto que lo oía. Estaba loca, no sorda.
Pero surtió efecto, pues ella alzó la cabeza finalmente.
—Te oigo —respondió.
Era preciosa. Una cara delgada con ojos claros y pómulos altos, labios gruesos y curvados, los cabellos encanecidos caían en suaves ondas sobre sus hombros. Un rostro expresivo. Un rostro que no se olvidaba y que le resultaba conocido. Como un viejo amor.
—Jochen —dijo la mujer, y sonrió—. Sabía que me encontrarías.
En vez de contradecirla, Philipp se sentó en un sillón al frente, de modo que sus rodillas casi se tocaban. El que se sentara tan cerca y no dijera su nombre no era ninguna estrategia. Quería estar mucho más cerca. No quería dañar esa sonrisa.
—Llevo mucho tiempo esperándote —dijo Annette.
—Llevo mucho tiempo buscándote —dijo Philipp, y no era mentira.
—¿Me llevarás contigo? ¿Nos iremos juntos?
Él negó con la cabeza.
—Sabes que eso no es posible.
Ella lo miró fijamente. Esos ojos. Un verde claro en un aro grisáceo. Philipp tuvo la sensación de haber mirado esos ojos ya miles de veces.
—Werner está muerto. ¿Lo sabías?
El bello rostro no mostró ninguna reacción. Fue como si no lo hubiera oído. “Cuántos años tendrá”, pensó Philipp. Su papá tenía cincuenta y cinco, pero esa mujer parecía mucho menor.
—No soy feliz aquí.
—Annette. —Él estiró una mano para agarrar la de ella—. Vine para hablar del pasado. De lo que sucedió entonces.
Ella suspiró.
—Fuimos juntos al lago, ¿te acuerdas? —le dijo.
—No, no me acuerdo. Cuéntamelo. ¿Qué hicimos en el lago?
Ella sonrió ensimismada, con cierta timidez.
—Hicimos el amor. La cabeza de cabra, ¿te acuerdas? El campesino nos sacó con el rastrillo.
—¿Con el rastrillo?
Ella apartó la mano.
—Lo olvidaste todo.
Así no averiguaría nada.
—¿Todavía pintas? —le preguntó, y se preguntó al mismo tiempo si alguna vez habría pintado. Se había vuelto famosa por sus instalaciones y performances. Sangre de animal sobre cuerpos desnudos. Una sinfonía de motores de avión.
Annette se encogió de hombros.
—No lo sé.
Philipp tuvo la sensación de que volvía a encerrarse en sí misma. Si quería conectarse, tenía que apresurarse. ¿Pero qué más podía preguntar?
—Dios guarda para los hijos del impío su castigo —dijo.
Pero ella no reaccionó. Simplemente empezó a tararear una melodía que a él le sonó conocida, pero no supo cuál era. Quizá era una canción que solía bailar con Jochen.
—Me dijiste que me llevarías al lago. Pero no viniste —murmuró Annette.
—No pude.
Ella sonrió, ensimismada. Él volvió a tener la sensación de que la conocía, de que ya la había visto antes. ¿Era posible que el padre le heredara los recuerdos al hijo? ¿Como la forma de las orejas o el color del pelo?
—No me amabas lo suficiente —susurró Annette.
—Dime cómo se llamaba el lago —le pidió Philipp.
Ella cruzó los brazos en el pecho, se abrazó los hombros y se meció lentamente. Y tarareó la canción que él conocía pero no reconocía.
“No tiene sentido”, pensó. “No podré averiguar nada porque no conozco las preguntas correctas”. Al ponerse de pie, esperó que hubiera lágrimas, reproches. Que ella tratara de retenerlo. Pero no parecía haberse dado cuenta.
Ya había llegado a la puerta cuando se le ocurrió una última cosa.
—¿Qué pasa el 2 de julio? —preguntó Philipp.
Annette había vuelto a encerrarse en sí misma, con la cabeza gacha, la mirada clavada en las manos. Él esperó unos segundos, sin esperanza de que respondiera. Ella se había desconectado, era solo un caparazón vacío. Entonces se dio la vuelta para marcharse cuando respondió.
—Es nuestro día, Jochen —dijo—. El día en que vendrás a mí.
Silke lo esperaba en el corredor.
—¿Cómo le fue? —preguntó, curiosa.
Él se encogió de hombros.
—Casi ni me miró.
—La señora Rosa vive en su mundo.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Mucho. Mucho más que yo. Llegó en la década de 1990, pero la fecha exacta tendría que buscarla en los archivos.
—En todo caso, lleva más de diez años. Eso es mucho tiempo.
Silke asintió.
—Para la mayoría de las personas, nuestras residencias son un lugar de paso nada más. Salen después de unos cuantos años, cuando han recuperado las riendas de su vida. Pero la residencia cinco es para los casos más difíciles. Es probable que la señora Rosa necesite ayuda por el resto de su vida.
—Terrible.
La joven se encogió de hombros.
—¿Por qué? Todos necesitamos ayuda, algunos más que otros. Es posible que, vista desde afuera, su vida parezca terrible. Pero nadie sabe qué siente ella. No parece infeliz.
—Era artista.
—Sigue siéndolo. Venga, le mostraré los cuadros que ha pintado en la terapia.
En la oficina, Silke sacó una carpeta con dibujos de colores y acuarelas del armario. El mismo motivo se repetía en todas las hojas: un lago azul pequeño y redondo. Bajo el sol, bajo la lluvia, de día y de noche. En algunos dibujos había personas, una pareja, familias, niños. En otros estaba el lago solo, desierto.
—¿Qué es eso?
Philipp señaló una cabeza de animal que flotaba sobre el azul del lago en una de las acuarelas, como un fantasma.
Silke achicó los ojos.
—Parece una cabra. —Se rio—. Ni idea. No me pregunte a mí. No sé nada de arte.
—Los dibujos son hermosos.
—Yo pienso lo mismo. Son muy fuertes, muy expresivos.
Volvió a guardar la carpeta en el armario.
—¿De dónde conoce a la señora Rosa?
—Era amiga de mi papá —dijo él—. Su amante. Pero eso fue hace mucho tiempo.
Ella asintió.
—Mis hermanos y yo recibimos unos correos electrónicos y mensajes de texto anónimos. Con unas amenazas extrañas.
—¿Y pensó que tal vez la señora Rosa…? —Silke se rio—. Cuando la internaron en el psiquiátrico no había Internet. Nadie utilizaba celulares. Estoy segura de que no sabe ni cómo enviar un correo electrónico o un mensaje de texto.
Otra pista que se desvanecía. Philipp se sintió muy cansado de pronto.
—Creo que tiene razón. Muchas gracias por todo.
—Con mucho gusto. Me alegro de que viniera. A la señora Rosa no la visitan nunca.
—¿No tiene familiares que se ocupen de ella?
—No hay hermanos. El exmarido está muerto. Y parece que los amigos se olvidaron de ella. —Suspiró—. Eso pasa en nuestra sociedad. Cuando dejamos de funcionar bien, nos borran de la lista.
Philipp asintió, aunque sabía que no era cierto. Había alguien que no se había olvidado de Annette Rosa en lo absoluto.
En el auto se dio cuenta de que lo habían llamado a los dos celulares. La señora Klopp había tratado de comunicarse por el número oficial. Moritz lo había llamado al prepago.
Llamó primero a su secretaria.
—Acaba de llegar una cuenta que no entiendo —dijo la señora Klopp.
—¿Qué cuenta?
—De una empresa de alquiler de automóviles de Düsseldorf. Al parecer, alquiló un auto el 15 de junio. Pero ese día no estaba en Düsseldorf…
—Pues claro que no —dijo Philipp—. Tiene que ser un error.
—Preguntaré qué pasó.
“El 15 de junio”, pensó, “¿no era ese el día en que había desaparecido su papá?”.
—¿Qué auto es? —preguntó.
—¿Perdón?
—¿Qué tipo de auto?
—Un Volkswagen Polo.
Un Volkswagen Polo rojo. El auto al que había subido Jochen antes de desaparecer.
—¿Está allí, señor Preuss?
—No haga nada con la cuenta —dijo Philipp—. Yo me encargo.
—¿Vendrá más tarde?
—No. Y mañana tampoco. Nos vemos el lunes.
—No se olvide de la reunión. A las diez.
—Claro que no.
Colgó y se tapó la cara con las manos. La transferencia a la cuenta de Moritz, las llamadas que no había hecho… y ahora el auto alquilado. Alguien trataba de acusarlo del secuestro.
Abrió la ventanilla. Llovía. Respiró el aire fresco y sintió cómo latía su corazón, sereno y acompasado, como si no le perteneciera. “Quieres acabar conmigo. Pues no lo lograrás”, pensó.
Llamó a Moritz y le contó lo de la cuenta del alquiler del auto.
—Pero yo no estuve en Düsseldorf el 15 de junio. No tuve nada que ver con el secuestro.
Palabras vacías. Philipp y Moritz eran extraños y no tenían ninguna razón para confiar el uno en el otro.
—Quiere enfrentarnos —dijo Moritz.
—¿Qué?
—V quiere que sospechemos los unos de los otros.
—Es posible.
—En todo caso, puedes estar seguro de que la Policía no tardará en descubrir la cuenta del alquiler del auto. Si es que no la descubrieron ya.
—Sin duda.
—El secuestrador llamó. Quiere un millón de euros. Pasado mañana. Cree que somos mucho más ricos de lo que somos.
—¿Y qué piensan hacer?
—Becker conseguirá el dinero y vigilará la entrega.
—Pues no tendrá suerte. Lo del rescate es un engaño. Estoy seguro. V no quiere dinero.
—¿Sino…?
—Venganza.
Philipp le contó a Moritz de su encuentro con Annette.
—¿Y? ¿Crees que ella es V?
—Imposible. Está completamente desconectada.
—A lo mejor es una farsa.
—No, imposible. Pero nuestro papá tuvo un amorío intenso con ella, de eso no hay duda. Debe haberla dejado cuando conoció a tu mamá.
—¿Y por eso se volvió loca?
—Ni idea. A lo mejor eso venía de antes. Uno no pierde la razón de un momento a otro. Pero es probable que el fin de la relación haya sido el detonante de su enfermedad.
—El amorío de Jochen y Annette acabó con ambos matrimonios. Eso también explica el distanciamiento entre Werner y Jochen —dijo Moritz.
—El tal Werner tendría motivos de sobra para odiar a Jochen —dijo Philipp.
—Pero está muerto.
—¿Está realmente muerto?
—¿Crees que no?
—Ni idea. Solo sé que tengo que desaparecerme un tiempo. Si no, iré a dar a la cárcel de aquí a mañana.
—Si desapareces ahora, te harás más sospechoso aún.
—Puede ser. Pero si me meten a la cárcel, no podré hacer nada. Y quiero saber qué es lo que está pasando. Si fuera ustedes, también me desaparecería un par de días. El tal V sabe todo de nosotros, pero nosotros no sabemos ni siquiera quién es.
Moritz guardó silencio.
—No le importa el dinero —añadió Philipp—. Le importamos nosotros. Sophia, Julie, tú y yo. Estoy seguro. Quiere acabarnos a todos. Uno tras otro.
—Bueno, quizá tengas razón —dijo Moritz—. ¿Pero dónde vamos a escondernos? ¿Tienes alguna idea?
—Sí, pero no te lo diré por teléfono. Iré a recogerlos, si quieres.
—¿Qué? Pero si estás en Múnich.
—¿Y? Si voy en el auto, estaré allí en seis horas. Luego seguimos.
—¿Y Julie?
—Después la recogemos a ella.
Moritz titubeó.
—Mi mamá se enloquecerá si nosotros también desaparecemos.
—Escríbele todo lo que hemos descubierto. Cuéntale que nos esconderemos un par de días para que no nos encuentre el loco. Déjale la carta a tu mamá para que se la entregue a Becker.
—Eso no impedirá que los policías nos busquen.
—Pero no nos encontrarán. Mientras guardemos el secreto. V no puede enterarse de dónde estamos. Es nuestra única alternativa.
Philipp llegó a Düsseldorf poco antes del mediodía. Había bebido tres tazas de café por el camino, pero no habría necesitado la cafeína en realidad. Estaba despiertísimo. Moritz y Sophia lo esperaban en una estación del metro a las afueras de la ciudad.
“Salgan separados de la casa y no lleven mucho equipaje. Es posible que V esté observando el edificio. O la Policía”, le había indicado Philipp a Moritz por teléfono.
—¿Dónde vamos? —preguntó Sophia.
—Primero a Hamburgo.
Moritz se sentó al volante, y Philipp se pasó al puesto del copiloto. Quería dormir, pero en cuanto cerró los ojos vio el hermoso rostro de Annette. “Llevo mucho tiempo esperándote”.
¿Por qué la había dejado Jochen? La esposa actual parecía muy sosa, en comparación. “A lo mejor lo había atraído la normalidad”, pensó Philipp. La seguridad. Ninguna artista descontrolada. Ninguna loca. Una mujer común y corriente con quien tener una familia. Sin temor a sorpresas extrañas. Una mujer como Vivian, con la que él mismo había estado a punto de comprometerse. Y ahora se habían separado y no la extrañaba ni una pizca.
—¿Cómo vamos a hacer con Julie? —preguntó Sophia desde atrás—. ¿Nos aparecemos, así nomás? ¿O qué han pensado? ¿Qué tal que el tipo esté vigilando su apartamento?
—Podemos llamarla y recogerla en alguna parte.
—¿Y si tiene intervenido el teléfono?
—No creo que V haya intervenido su celular —dijo Philipp, sin abrir los ojos—. Los policías, tal vez. Pero ellos no tardarán en darse cuenta de que nos largamos. Llamaremos a Julie poco antes de llegar a Hamburgo.
—¿Y después? —preguntó Moritz—. ¿Dónde piensas llevarnos?
—A un lugar seguro —dijo Philipp.
Era una casa pequeña entre las dunas, a un par de cientos de metros del mar Báltico y casi diez kilómetros del pueblo más cercano.
—¡Esto sí que es apartado! —gritó Julie cuando Philipp estacionó el auto.
—¡Esto sí que es hermoso! —Sophia se bajó y alzó la mirada.
Los nubarrones grises surcaban el cielo inmenso como una manada de elefantes espantados. Aunque llovía sobre el mar, allí todavía estaba seco.
Julie estornudó. Tenía los ojos rojos e hinchados, las mejillas brillantes.
—Estoy muy enferma. No pienso irme a ninguna parte —había graznado cuando Philipp la había llamado hacía un par de horas.
—Pero no estás segura en tu apartamento. Abrígate y vete en taxi a la estación de Altona. En media hora estaremos allí y te recogeremos.
—No podré sobrevivirlo.
—Si te quedas en tu casa, seguro que no. ¡Apresúrate! Podrás seguir durmiendo en el auto.
—Te llevaré a la casa —le dijo Philipp ahora—. Tienes que acostarte de inmediato.
Sacó la llave del buzón, donde el casero la había dejado la noche anterior.
—¿Por qué conocías esta cabaña? —preguntó Moritz.
—Porque estuve aquí hace diez años con la familia de un compañero del colegio. Mi amigo y yo hicimos un curso de surf y nos paseamos por la zona en bicicleta. Fue una temporada maravillosa. Siempre había querido volver, pero no había podido. Hace unas semanas llamé al casero y le pregunté si todavía la alquilaba.
Había pensado ir de vacaciones con Vivian, pero eso no se lo contó a Moritz. Había sido una idea estúpida; ahora podía verlo con claridad. Vivian se habría desilusionado al ver la cabaña solitaria. ¿Una semana sin las demás chicas, sin programa de entretenimiento, sin diversión? ¡Qué horror!
—Si V nos encuentra aquí, estamos jodidos. Cuando los policías nos encuentren, estaremos muertos —opinó Moritz.
—Ay, Dios —jadeó Julie—, me hubiera quedado en mi casa.
—No hay manera de que pueda encontrarnos aquí —dijo Philipp, sereno—. Ahora voy a mostrarles los cuartos para que se instalen.
Desde la ventana de la sala se veía el mar: las olas chocaban contra la playa, azules oscuras y pesadas. A lo lejos había un faro que parecía tiritar. En las primeras vacaciones de Philipp en el mar Báltico, el sol había brillado casi ininterrumpidamente.
—Este verano es un desastre —dijo Philipp—. ¡Lluvia y lluvia y más lluvia!
—A mí me gusta este clima —dijo Sophia—. Salvaje y violento.
—Estás loca —dijo Moritz—. A mí me parece deprimente.
—Pues a mí me encantaría dar un paseo por la playa —dijo Sophia.
Julie estornudó de nuevo.
—Con su permiso, voy a acostarme. ¡Buenas noches a todos!
—No puedes dar ningún paseo. Es demasiado peligroso —le dijo Philipp a Sophia.
—¿Y quién te crees ahora? —preguntó Moritz—. Si Sophia quiere salir a pasear, puede salir a pasear. ¡Tú no eres el jefe!
—No importa. En realidad, no soy capaz de irme sola a la playa —dijo Sophia—. Y gracias, Moritz, pero yo puedo hablar por mí.
Philipp se aclaró la garganta.
—Traje algo de comida, pero no tenía gran cosa en mi casa. Deberíamos hacer un buen mercado en el pueblo —dijo.
—¿Los dos? —preguntó Moritz.
—Tal vez sea mejor que te quedes con Julie y que me acompañe Sophia.
Philipp esperaba una protesta de Moritz, pero este se limitó a asentir.
—No se les olvide pasar por la farmacia. Julie está muy mal.
Hicieron mercado como si estuvieran al borde de una guerra nuclear. Enlatados, frutas, papel higiénico, arroz, pasta.
—Todo esto me resulta demasiado irreal —dijo Sophia mientras guardaban las provisiones en el auto de Philipp.
—¿Qué?
—El tal V. Que haya secuestrado a papá. Que quiera matarnos ahora. Todo por un amorío de hace mil años.
—No sabemos si quiere matarnos realmente. No sabemos nada sobre él.
—Pero no podremos escondernos para siempre.
—No. Pero sí podemos esperar a que pase el maldito 2 de julio. Después veremos. A lo mejor podamos averiguar más mientras tanto.
—¿Aquí, en medio de la nada? ¿Cómo? ¿Esperas que el Espíritu Santo nos ilumine?
Philipp se encogió de hombros.
—Allí hay una farmacia. Iré rápidamente para comprar los remedios de Julie y un par de cosas que faltaron. ¿Me esperas en el auto?
—Claro.
Cuando él se fue, Sophia encendió su celular. Aun cuando habían acordado que solo usarían los celulares en caso de extrema emergencia. Pero el suyo no estaba registrado y nadie podría rastrearla. No le había dado a nadie su número nuevo.
Entonces revisó los nuevos correos electrónicos: invitaciones a conciertos, informes del colegio, basura, basura, basura. Y de pronto…
—Por Dios —susurró.
Un correo de Felix. “¿Hablamos?”, decía en el asunto.
“Querida Sophia:
Me gustaría verte. ¿Tendrás tiempo para mí en estos días?
Felix”.
Debajo estaba su número de celular. Eso era todo. Dos oraciones. Pero, con ellas, Felix había logrado lo que V no había conseguido hasta entonces. Casi le había producido un infarto.
“Sí. Sí, sí, sí”, pensó Sophia. Y habría querido responderle de inmediato, pero no podía. Ni una palabra a nadie, ese había sido el trato. No podía escribirle. No podía reaccionar. Con el rabillo del ojo, vio a Philipp salir de la farmacia. Entonces anotó el número en el dorso de un recibo y apagó el aparato a toda prisa. Solo al tercer intento logró guardarlo en el bolso, porque las manos le temblaban muchísimo.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Philipp—. ¿Estabas hablando por teléfono?
—¡Claro que no!
—Tenías un celular en la mano. Lo vi.
—Era mi reproductor de MP3. Estaba escuchando música.
Sophia sacó el reproductor de MP3 del bolso, para demostrárselo.
—Ah, bueno. Lo siento. No quería… Tengo los nervios de punta.
—Está bien.
Philipp arrancó y sacó el auto del estacionamiento.
—Siempre quise tener una hermana pequeña —dijo.
Sophia se rio.
—Pues ahora tienes una; pero no muy pequeña.
—Pues no. Pero sí muy linda.
—Yo también quería tener una hermana —dijo Sophia—. Pues ya tenía un hermano.
—Y ahora tienes una hermana.
—Ya veremos si nos hacemos amigas. En los siguientes días, tendremos tiempo de sobra.
Viernes, 1 de julio. El penúltimo día de su vida según el loco de V. Aunque tal vez Julie no llegaría al anunciado día de su muerte, pues se sentía moribunda. La cabeza le zumbaba como un tubo fluorescente dañado, la garganta le ardía y tenía la nariz muy tapada. Esperaba que Philipp llegara pronto con los remedios.
Quizá no era la fiebre lo que le hacía zumbar la cabeza, sino el miedo. La certeza de que alguien los observaba.
No debía haber ido allí, y menos en ese estado. Una casa solitaria en la costa báltica… ¡Qué idea más estúpida! Habría estado mucho más segura en su apartamento de Hamburgo que allí en medio de la nada. Christian la habría protegido.
Christian. Julie se había largado de pronto, sin avisarle nada de nada. Solo le había dejado una nota corta en el buzón: “Me voy unos días. Después te llamo. No te preocupes. Julie”. ¡Qué nota más absurda! Sonaba como si alguien la hubiera amenazado con una pistola para que la escribiera.
Miró su reloj. Eran casi las diez. Al salir del trabajo, Christian se plantaría delante de la puerta de su apartamento y timbraría y se sorprendería de que ella no abriera. ¿Y después? Seguro que no se iría tranquilamente al buzón a ver si le había llegado algo.
Él estaba enterado de todo. De las amenazas anónimas, del secuestro de su papá. Y sabía que estaba enferma. “Si no le abro, abrirá la puerta a la fuerza”, pensó Julie. El zumbido en su cabeza se convirtió en un martilleo. “Todos los celulares deben permanecer apagados”, había dicho Philipp. Primera condición. Y todos habían aceptado. Era lógico, por supuesto.
Pero Julie no había pensado en Christian en ese momento. Un mensaje de texto, decidió. Un mensajito, para que esté informado. Al buscar el bolso que había dejado en la mesa de noche se mareó tanto que casi se cae de la cama. Calma, Julie. Con calma.
Prendió el celular y vio que tenía nueve mensajes nuevos, pero no los leyó. Era probable que V hubiera vuelto a aparecer. “No quiero saberlo”, pensó.
Apenas había empezado a escribir “Me fui” cuando sonó el celular. Contestó de inmediato para que Moritz no pudiera oírlo.
—¡Julie! —Era Christian—. ¿Por qué no contestabas? Ya subí dos veces a tu apartamento y he estado llamándote como loco.
—¿Por qué no estás en el trabajo?
—¡Por Dios, Julie, estaba preocupado por ti!
—No estoy en casa. Pero no te preocupes, en serio. Tuve que irme un par de días.
—¿Sin decirme nada? ¿Es que acaso no confías en mí todavía?
—Claro que sí.
Julie tosió.
—Dios mío, Julie. Suenas muy mal. ¿Estás segura de que estás bien?
—Estoy resfriada. Pero de resto, bien. En serio. Te llamaré pasado mañana y te explicaré todo.
—¿Pasado mañana? Julie…
—Tengo que colgar. Te amo.
—Yo también te amo.
Colgó y oyó los pasos de Moritz antes de que tocara la puerta.
—¡Adelante! —dijo y escondió el celular bajo la colcha.
—¿Estás bien? Oí algo… ¿Estabas hablando por teléfono?
—No. Todo bien por aquí. Bueno, aparte de este condenado dolor de cabeza.
—Philipp y Sophia acaban de llegar. Te traje una pastilla para que puedas dormir.
Pasaron el resto del día viendo televisión, leyendo y jugando cartas. Moritz les enseñó a Philipp y a Sophia a jugar póquer. Philipp no tardó en coger habilidad, pero Sophia perdió enseguida.
—Ya no quiero jugar más —dijo.
Caminó hasta la ventana, se detuvo frente a ella y miró hacia afuera. La lluvia golpeaba en el vidrio como si quisiera resguardarse.
—¿Todavía tienes ganas de dar un paseo? —preguntó Philipp.
Una ráfaga de viento sopló en el jardín, arrancó una rama de un manzano, levantó las hojas y apartó las ramas de los arbustos. Había un hombre detrás.
Sophia gritó horrorizada.
—¿Qué pasó?
Philipp corrió a su lado.
—Allí hay alguien. Allí afuera, detrás de los arbustos. Estoy segura.
Moritz se acercó entonces a la ventana.
—¿Dónde?
Las ramas de los arbustos habían vuelto a juntarse. El tipo se había ido.
—Allí había alguien, segurísima. Un hombre.
—¿Cómo era? —preguntó Philipp.
—Alto. Tenía un gorro. Chaqueta oscura. No pude ver más.
Philipp asintió y se dirigió a la puerta.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Moritz.
—Salir. A mirar.
—¡Espera! ¡Voy contigo!
—No. Quédate con las chicas.
Philipp desapareció en ese instante y volvió a aparecer en el jardín. La lluvia golpeaba en sus hombros, en su cabeza, en su espalda inclinada. En cuestión de segundos, estaba empapado. Corrió de un lado a otro entre los árboles, hasta que se giró hacia Sophia y alzó los brazos.
—Allí no hay nadie —dijo Moritz.
—Allí había alguien —dijo Sophia.
Pero ahora ya no estaba segura.
Moritz empezó a preparar la comida mientras Philipp tomaba una ducha caliente. Espaguetis con salsa boloñesa. El único plato que sabía hacer.
—¿Te ayudo? —preguntó Sophia. Y respiró aliviada cuando su hermano negó con la cabeza. Entonces se fue a su habitación, prendió el celular y marcó el teléfono de Felix.
Rápido, antes de que la asaltaran las dudas.
—¿Hola?
—¿Felix? Habla Sophia.
—Hola, Sophia.
Su voz sonaba muy cálida y profunda. Muy alegre. Como si hubiera estado todo el tiempo esperando su llamada.
—Nos… Me fui un par de días. Leí tu mensaje y quería saludarte.
—¿Dónde estás?
—En la playa. Bajo la lluvia. —Abrió la ventana y sacó el celular—. ¿Oyes?
—Pues entonces habrías podido quedarte. Aquí también está lloviendo muchísimo.
—Querías hablar conmigo.
—Quería verte.
“Quería verte”. Qué bonito sonaba. Qué bien se sentía. Su voz era como una caricia, un dedo que bajaba del lóbulo de su oreja, pasando por su mejilla, hasta su boca.
—¿Por qué ahora, de pronto? ¿Después de todas estas semanas en que estuviste desaparecido?
—Lo sé. Es que no estaba bien.
—¿Qué pasó?
—Terminé con mi novia.
“¿Por qué terminaste con ella? No sería por ella. ¿O sí?”, pensó Sophia.
—Lo siento.
—¿En serio?
—No.
Felix se rio.
—No sabía que tenías novia.
—Bueno, es que lo oculté hábilmente. La verdad es que la relación había dejado de funcionar hacía mucho tiempo. Y ahora se terminó.
Sophia tuvo que pensar en Philipp, que también había terminado con su novia. Tiempo de terminar. Tiempo de volver a empezar. “Lo que a uno cura a otro mata”, solía decir su mamá.
—¿Eso querías decirme?
—Pensé que podría interesarte.
—¿Y qué más?
—No más. Pero si estuvieras aquí conmigo o si yo estuviera allí contigo te mostraría una cosa.
Oyó una música al fondo. ¿Qué quería mostrarle Felix? Sus palabras la agitaban, la atravesaban y removían en busca de algo, sin encontrarlo. Sophia sostuvo el celular entre el hombro y la oreja, se rodeó con los brazos y se abrazó con fuerza.
—¿Qué me mostrarías? —preguntó con voz ahogada.
Él se rio de nuevo.
—Ven y lo verás.
Otra vez la música de fondo.
—¿Dónde estás?
—En una feria pequeña. Hay un carrusel de cadenas, un par de barracas de tiro al blanco, un lotero. Y justo acaba de dejar de llover. El sol brilla. Podríamos dar una vuelta juntos en el carrusel.
—Qué romántico. Pero yo me mareo. Si estuvieras aquí, podríamos pasear por la playa bajo la lluvia, subir al faro y escupir desde arriba.
—¿También tienes un faro?
—Mejor que el carrusel, ¿no?
—Mucho mejor. Dime dónde estás e iré a verte.
Ella titubeó.
—Pasado mañana —dijo finalmente.
Él guardó silencio. ¿Estaba molesto?
—¿Es por las amenazas esas? ¿Por eso te fuiste? Ay, Sophia, se me había olvidado por completo. Estaba demasiado preocupado por mis asuntos. Lo siento. Lo siento muchísimo.
—¿Qué? No tienes por qué disculparte.
—Te fuiste con Moritz. No, mejor no digas nada. No quiero saberlo.
—¿Estás molesto?
—Claro que no. Hicieron bien. Desaparecer un par de días. No decirle nada a nadie. Llámame cuando puedas y yo iré a verte. Sin importar dónde estés.
—Voy a apagar el celular. Y volveré a llamar, pronto.
—No puedo esperar —susurró Felix.
Después de colgar, Sophia se quedó un buen rato junto a la ventana y sintió cómo su cuerpo se diluía como las gotas de lluvia en el vidrio.
—¡A comer! —gritó Moritz desde la cocina—. Todos los que tengan hambre, ¡vengan!
Sophia pasó por el cuarto de Julie antes de salir a la sala. Había bajado las persianas y cerrado las cortinas.
—¿Estás dormida? —susurró.
No hubo respuesta. Entonces se acercó a la cama en puntillas. Le puso la mano en la frente.
—Julie tiene fiebre —le informó a Moritz, que estaba echando la salsa boloñesa sobre los espaguetis en ese momento.
—Es bueno que duerma. Seguro que mañana se sentirá mejor.
Moritz repartió la pasta en tres platos.
—Para mí no tanto —dijo Philipp.
—¿Tú también estás enfermo? —preguntó Moritz.
—No. Pero no tengo tanta hambre. —Philipp recibió el plato—. Me pregunto si realmente había alguien en el jardín.
—Ya volví a revisar todas las puertas y las ventanas. Todo está cerrado. Si alguien llega a meterse a la casa, al menos lo oiremos.
Sophia se estremeció.
—O tal vez me equivoqué.
—Ah, tal vez —dijo Moritz, sarcástico.
—Deberíamos montar guardia esta noche —dijo Philipp, pensativo.
—Como vaqueros en un campamento —se burló Moritz.
—No entiendo cuál es el chiste.
—Yo tampoco —dijo Sophia—. Philipp tiene razón…
Pero no pudo decir nada más.
—¿Ahora se aliaron los dos contra mí? —se quejó Moritz—. El patrón de Múnich, que todo lo sabe. Eso te impresiona, claro, es evidente.
—¿Estás loco, Moritz? —preguntó su hermana.
—Calma, calma. Yo no quería molestarte —dijo Philipp.
—¡Entonces cállate! Ya no puedo soportar más tus órdenes. Me pregunto por qué acepté venir a esta excursión de mierda. ¡Es un absurdo! ¡Maldición! —Moritz arrugó la servilleta, la arrojó a la mesa y se levantó—. ¡Buen provecho!
Cerró de un portazo y desapareció.
—Cero y van dos —dijo Sophia—. Si quieres irte, bien puedes. Yo voy a comer.
Philipp meneó la cabeza despacio.
—No entiendo por qué se puso así si no le he hecho nada.
—Él es igual a ti —dijo Sophia con la boca llena de espaguetis.
—¿Cómo?
—Moritz siempre quiere mandar. No puede soportar que alguien más le dé órdenes.
—Pero si yo no le he dado ninguna orden.
—Claro que sí. Todo el tiempo. Y si él propone algo, lo contradices.
—Eso es…
—Ustedes son muy parecidos. Iguales a nuestro papá. Machos alfa. —Se metió un bocado de pasta—. La comida está muy buena. Deberías empezar antes de que se enfríe.
—¿Crees que debería ir a buscarlo para ofrecerle disculpas?
—Deja que se calme. Puedes hablar con él mañana temprano.
Philipp dudó.
—Ya se le pasará. —Sophia sonrió—. Créeme, tengo experiencia.
Él alzó el tenedor, pero lo bajó al instante.
—Hay algo que me gustaría entender.
—¿Qué?
—Por qué eres tan amable, a diferencia del resto. Moritz, Julie y yo. Y nuestro papá, con todos sus amoríos… Todos damos asco. Cada uno peor que el otro… Tú eres la única afectuosa.
Sophia se rio.
—Estás mal de la cabeza.
Después de lavar los platos juntos, Sophia se fue a su habitación y Philipp se sentó frente al televisor. No solía acostarse antes de la medianoche, pero esta vez empezó a luchar con el sueño desde las once y media, aunque había acordado con Sophia que se quedaría despierto hasta la una, cuando la despertaría.
Después de que los ojos volvieron a cerrársele por segunda vez, apagó el televisor, se paseó de un lado a otro por la sala e hizo flexiones, sentadillas y abdominales. Se preparó un café y lo bebió junto a la ventana. Afuera seguía lloviendo. Si V estaba realmente escondido en el jardín, estaría muy mal.
—Pero aquí no entras —dijo Philipp—. Olvídate.
Al llevar la taza vacía a la cocina, se acordó de la reunión con el doctor Campbell-Schildknecht. El lunes, a las diez de la mañana. Ya le había cancelado hacía tres semanas. La señora Klopp tendría que disculparlo, si no, bien podía olvidarse del contrato.
Pero la señora Klopp no sabía que Philipp estaba en el mar Báltico. Tendría que llamarla a su casa por la mañana. Así ella podría comunicarse con el doctor Campbell-Schildknecht el lunes temprano y cancelar la reunión. “El señor Preuss está enfermo”. O muerto. Dependiendo del éxito de V.
Philipp subió la persiana y miró hacia fuera. La tormenta bramaba, el viento aullaba como un animal furioso. Una ráfaga arrojó una masa de gotas contra el vidrio. Los nubarrones ocultaban la luna. Estaba tan oscuro que no podía ver el árbol que se alzaba justo delante de la casa.
Echó un vistazo a su reloj de pulsera. Casi medianoche. En pocos minutos empezaría el 2 de julio. Volvió a bajar la persiana y se dejó caer en el sofá. Encendió el televisor de nuevo. Había un programa de entrevistas sobre la crisis económica. ¡Ay, no! Agarró el control remoto, saltó de un canal a otro y se detuvo finalmente en Misión imposible. La había visto en cine con Vivian, a quien le parecía sexy Tom Cruise. En ese momento, estaba colgado de un edificio. Qué hombre.
Philipp apoyó las piernas en la mesa de centro y bostezó.
Y ENTONCES LO LLAMO. “Solo para oír su voz”, pienso. Si me contesta, le cuelgo.
Pero contesta la esposa.
—¿Quién habla? —pregunta.
—Frank Mesemann —contesto. Utilizo el nombre de mi profesor.
—Mi esposo no está —dice la mujer—. Está en un congreso en Kiel.
—¿Cuándo vuelve? —pregunto.
—Mañana por la noche —contesta—. ¿Quiere dejarle un teléfono?
—No, no quiero. Yo vuelvo a llamar —le digo. Pero al colgar sé perfectamente que no lo haré. Nunca.
“Kiel”, pienso. Son quinientos kilómetros.
Si arranco ahora, estaré allí a las tres y media. Hablaré con él. Y veremos. Veremos por qué no volvió a buscarme nunca. Veremos si todavía se acuerda de mí. Veremos qué es él para mí y qué soy yo para él. Pienso. Después dejo de pensar y arranco y conduzco como un loco y llego a Kiel en tres horas.
En Kiel hay un solo centro de convenciones y es obvio que no me dejan entrar por la puerta principal, pero hay una lateral para los meseros y allí nadie se fija.
La sala está llena de mesas y de gente y de ruido. En la tarima hay cuatro hombres sentados que discuten, pero nadie parece escucharlos. Los médicos que están en la sala comen, beben y conversan.
Camino entre las mesas, lo busco y no lo encuentro. Cuando estoy a punto de darme por vencido, lo veo.
Está justo en el fondo de la sala, sentado en una mesa redonda. A su lado está sentada una médica. Supongo que es médica, porque, si no, no estaría aquí.
Los dos charlan, sin tocarse, sin sonreírse, pero hay algo en su actitud, en sus rostros, sus miradas, que me dice que no están hablando sobre el cáncer de útero o la candidiasis vaginal.
Entonces doy media vuelta y me alejo. Y todo termina antes de haber empezado.
No, no es cierto. En realidad, no me alejo, prefiero acercarme.
Capítulo 19
PHILIPP SE DESPERTÓ porque alguien lo sacudió del hombro.
—¿No prefieres pasarte a la cama?
Se incorporó con un suave quejido.
—No te asustes, soy yo.
Julie alzó ambas manos en gesto tranquilizador.
—¿Qué hora es? —preguntó él.
—Casi las seis. Estoy un poco mejor. Creo que me bajó la fiebre.
Pero era difícil de creer. Con su pijama blanca y las ojeras enormes, Julie parecía una muerta viviente.
—Mierda. —Philipp se levantó sobresaltado—. Le prometí a Sophia que la despertaría a la una.
—¿Para hacer guardia? —Julie apagó el televisor—. ¿Acaso crees…?
—No. —Philipp guardó silencio y aguzó el oído en la oscuridad de la cabaña. Un crujido, un chirrido. Era la madera. Eso esperaba—. ¿Sabes qué? Voy a revisar las puertas y las ventanas. Ya vuelvo.
Todo estaba en orden. La puerta de entrada tenía doble llave, la del sótano y todas las ventanas estaban cerradas con el pestillo.
Julie abrió la persiana de la sala.
—Ya salió el sol —dijo, aliviada.
Aunque el sol no se veía por ninguna parte. El cielo seguía completamente nublado. Pero había escampado, al menos. Philipp bostezó.
—¿Por qué no te acuestas? —propuso Julie—. Yo me haré un té y montaré la guardia hasta que los demás se despierten.
Philipp durmió un sueño profundo y sin sueños, hasta las nueve. Entonces se despertó tan súbitamente como se había dormido. Le llegaban las voces de la sala. Oía la risa de Sophia. “Si no fuera por ella, ya nos habríamos cortado las cabezas”, pensó. Después prendió el celular y llamó al número privado de la señora Klopp. Eso iba contra las reglas que él mismo había inventado, pero su celular no estaba registrado y seguramente la Policía no había intervenido el número privado de su secretaria. Y el doctor Campbell-Schildknecht era demasiado importante como para dejarlo plantado.
Dudó antes de marcar el número. Era sábado, nueve de la mañana. ¿Estaría dormida la señora Klopp?
—Espero no haberla despertado —le dijo.
—Por supuesto que no —dijo ella, ofendida—. Estaba haciendo el mercado. Qué bueno que llama. Traté de comunicarme con usted en repetidas ocasiones, pero tenía el celular apagado.
—¿Qué pasó?
—El señor Diesler llamó ayer cuatro veces. Por el apartamento. Es muy, muy urgente, dijo.
—¿Marcel? Ay, no.
—Era imposible comunicarse con usted. También lo llamó una señora Fluck.
La señora Fluck… Era Nella. ¿Habría recordado algo más sobre Annette?
—Los llamaré a los dos. Siento haber estado incomunicado. Se me había dañado el celular y… no importa. Tiene que cancelar la reunión del lunes.
—¿Cómo? ¡No puede estar hablando en serio! El doctor Campbell-Schildknecht se molestó mucho la vez pasada.
—Lo sé. Pero no hay alternativa. Dígale que tuve un accidente. Estoy hospitalizado. Me es imposible asistir.
—¿Hospitalizado? Ay, Dios. ¿Es grave?
—No mucho. La llamo el lunes. No se rinda, señora Klopp.
Colgó antes de que su secretaria pudiera replicar nada.
Ese maldito apartamento. No le había traído sino mala suerte desde que lo había comprado. Y ahora había sucedido otra catástrofe, de eso estaba seguro. Tenía que llamar a Marcel. No podía abandonarlo.
—¿Hola? —contestó Marcel con desconfianza.
—Soy yo, Philipp.
—¡Por fin! ¿Tienes un nuevo teléfono? Te he llamado como loco. Esto es un desastre. ¡Tienes que venir ya mismo!
—¿Qué pasó?
—Ayer se metieron en el apartamento. No se robaron nada, claro, porque está vacío. Pero parece que eso enfureció a los ladrones.
—¿O sea?
—Lo destruyeron todo. Mancharon las paredes. Quemaron las baldosas de la cocina y el baño con ácido. Hicieron un hueco en la pared de la sala y orinaron en un rincón. Vandalismo puro. Es un asco. Yo llamé a la Policía porque no pude comunicarme contigo.
Philipp se dejó caer en la cama. “Es el fin”, pensó. Eso no lo pagará ningún seguro, y ya no tenía fuerzas para arreglarlo por tercera vez.
—¿Y dejaron… alguna señal? —preguntó con voz apagada.
—¿Qué clase de señal?
—Una V.
—¿Una V? —Marcel titubeó—. Pues hay un garabato. Podría ser una V. ¿Eso qué significa, Philipp? ¿Te metiste en problemas?
—No puedo explicártelo ahora.
—¿Dónde estás? ¿No puedes decirme eso al menos?
—En el mar Báltico. Me tomé unos días.
—¿Con Vivian?
—No, yo solo. Terminamos.
Silencio.
—Huy, lo siento —dijo Marcel finalmente.
—Bueno. Por lo menos no nos habíamos casado.
Philipp soltó una risa amarga.
—¿Fue ella…? ¿O tú? Es decir…
—Los dos. Simplemente no éramos el uno para el otro.
—Por Dios, Philipp, qué mierda. Y ahora lo del apartamento. Qué mala racha. No sé qué decir. ¿Quieres que vaya a verte?
—No. Estoy bien. Bueno, hasta donde se puede. Ya pasará. Así como lo del apartamento. Y por lo de Vivian, pues ya sabes… Es más leve padecer el daño que esperarlo.
—De todos modos iré con gusto a verte, si eso ayuda. En serio.
—Gracias, Marcel. Pero me viene bien la soledad. Necesito aclarar mis pensamientos primero.
—Deberías ir al sauna. Sudar ayuda. Eso despeja la cabeza. Al menos a mí.
Philipp se rio.
—Aquí no hay sauna. Solo un campo de golf. Y no estoy tan desesperado aún.
—¡Cuídate! Y llámame si necesitas algo.
Philipp decidió llamar a Nella. Y, a diferencia de la señora Klopp, estaba profunda.
—¿Te enloqueciste? —preguntó, desconcertada, al contestar finalmente después del séptimo timbre—. ¡Si no ha amanecido aún!
—Lo siento, no sabía… ¿Te llamo más tarde?
—Ahora ya estoy despierta. ¿Qué pasó?
—Eso quería preguntarte. Me llamaste ayer a la oficina.
—Ah, sí. Me acordé de una cosa. Puede que no tenga importancia, pero pensé que debía contarte de todos modos. Después de que tus papás se separaron, me encontré un día con Annette. Ella iba con un niño pequeño.
—¿Y? Podía ser el sobrino o el hijo de los vecinos.
—Ella me dijo que era su hijo. Incluso me lo presentó. Ya no me acuerdo del nombre, claro.
—¿Eso cuándo fue?
—No podría decírtelo. Pero debía ser más o menos de tu edad.
Eso cambiaba todo, por supuesto. Annette tenía un hijo. Un hijo que ahora era un adulto. “Y que odia a Jochen”, pensó Philipp. Cree que el amor por él enloqueció a su mamá.
Silke Kurz le había dicho que Annette no tenía familia. ¿Por qué no sabían nada de su hijo en la residencia? Había archivos e historias clínicas donde debía aparecer esa información. Aun cuando el hijo hubiera renegado de su madre, aun cuando no hubiera ningún contacto entre los dos. A lo mejor estaba muerto. A lo mejor esa había sido la última catástrofe que había llevado a Annette a la locura. Pero, en ese caso, Silke habría tenido que saberlo.
Annette no había mencionado a su hijo cuando Philipp había ido a verla. Su añoranza de Jochen, su amor, su lago, ese había sido su único tema. “He allí el meollo del asunto”, pensó Philipp entonces.
Alguien tocó a la puerta, y Sophia metió la cabeza en el cuarto.
—Estás despierto. ¿No quieres venir? Ya estamos desayunando.
Philipp se levantó. Tenía las piernas curiosamente temblorosas y débiles, como si hubiera corrido varias horas.
—Voy.
—¿Que hablaste por teléfono? —gritó Moritz, encolerizado—. Todo el tiempo nos sermoneas que no podemos tocar nuestros celulares, pero eso no cuenta para ti, claro. El patrón sí puede hacer excepciones. Claro.
—Lo siento —dijo Philipp—. Sé que no estuvo bien. Yo… Por Dios, Moritz, de pronto me acordé de que el lunes tengo una cita importantísima. Por eso llamé a mi secretaria, para que la cancele. Y entonces me enteré de que Nella quería hablar conmigo.
Prefirió no mencionar la conversación con Marcel.
—Yo también tengo una cita importantísima el lunes —replicó Moritz—. En la pizzería donde trabajo, pero no llamé. Es posible que me echen por eso, y qué más da, yo no soy don Importante.
—Ya basta, Moritz —dijo Julie—. Ahora tenemos otro tema. Annette tiene un hijo, y nadie sabía nada de su existencia. Eso es tremendo.
—Ese es V —dijo Sophia.
—Es más o menos de mi edad —dijo Philipp—. Entonces es del matrimonio con Werner.
—O de Jochen —dijo Julie.
—Otro hermano. ¡Por Dios!
—Jochen nos reconoció a nosotros, pero a este hijo no —dijo Julie.
—¡V! —gritó Sophia—. ¡Claro! Es el cinco en los números romanos. El quinto hijo, eso es lo que quiere decirnos.
—Podría ser —dijo Moritz.
—¿Y por eso quiere matarnos? Pero si no tenemos la culpa. ¿Por qué no mata a Jochen? —preguntó Julie.
—Quiere que Jochen sufra. Quiere que sufra la muerte de sus hijos, uno después del otro. Quiere que enloquezca de miedo y dolor —dijo Philipp.
—Como Annette —dijo Sophia—. “Dios guarda para los hijos del impío su castigo”.
—“Que lo castigue a él, para que aprenda” —completó Philipp—. Tiene sentido.
—¿Y ahora? —preguntó Sophia.
—Tenemos que avisarle a la Policía —dijo Julie—. El asunto está claro. Por fin tenemos un dato.
—¿Cuál? —Philipp frunció el ceño—. En la residencia no saben nada del hijo de Annette. Si realmente es V, ya borró cualquier rastro.
—Bueno, pero deben existir sus registros de nacimiento —dijo Moritz.
—Te apuesto que se cambió el nombre y nos encontrará antes de que lo encuentren —insistió Philipp—. Es más, estoy seguro de que lo del auto alquilado no es la última evidencia falsa. Seguro tiene muchas más bajo la manga. Es posible que haya manipulado fotografías o documentos que demuestren que tramamos el secuestro y el soborno. Siempre nos lleva la delantera.
—Pero hoy es 2 de julio —dijo Sophia—. El gran día de su venganza. Y no sabe dónde estamos. Esa es nuestra ventaja.
—Esperemos que no lo sepa —dijo Moritz—. Aquí todo el mundo habla por teléfono. Y cada conversación es una nueva pista.
—Somos cuatro. Si nos mantenemos unidos, no podrá pasarnos nada —dijo Sophia.
—Hablando de mantenernos unidos, yo me voy a mi cama —dijo Julie—. No estoy mejor del todo. Tengo que acostarme.
—Está bien —dijo Philipp—. Pero deja las persianas bajadas. Por si las moscas.
—Tú siempre tan alentador, Philipp. Seguro que ya no voy a cerrar el ojo, porque voy a pensar que cualquier ráfaga es V golpeando en la ventana. Igual no te preocupes, las persianas se quedan bajadas. De todos modos no hay ninguna diferencia, pues no parece que el cielo vaya a despejarse en breve.
—Es curioso —comentó Philipp cuando Julie se había ido—. En toda mi vida no tuve papá y, de pronto, él define toda mi vida.
—Sigo preguntándome dónde estará —dijo Sophia—. Dónde lo tendrá escondido V. O si ya… —se interrumpió.
—No lo ha matado —dijo Moritz—. Seguro que Philipp tiene razón: V quiere que Jochen se entere de nuestra muerte. Ese es su plan.
—Pero no lo logrará —añadió Philipp, sombrío.
Moritz caminó hasta la ventana y contempló el jardín.
—Todo es tan irreal —murmuró entonces—. Tan absurdo.
—¡Aléjate de la ventana! —gritó Sophia nerviosa.
—¿Crees que va a dispararme?
Moritz se rio, pero dio un paso atrás de todos modos.
—Me gustaría conocerlo —dijo Philipp.
—¿A quién? ¿A V?
—A Jochen.
—Y lo conocerás —dijo Moritz—. Seguro.
Era como si todos los relojes se hubieran detenido.
—Las doce apenas —se quejó Moritz—. Creía que eran las cuatro o las cinco.
—Tal vez esa sea la táctica de V —dijo Sophia—. Matarnos de aburrimiento. Si al menos pudiéramos salir.
—¿Con este clima?
La lluvia azotaba de nuevo las ventanas.
—¿Alguien quiere otro café? —preguntó Philipp.
—No, gracias. Va a empezar a salirme por las orejas —dijo Moritz.
—¿Y el almuerzo?
—No tengo hambre. —Sophia bostezó—. Me pregunto si V habrá vuelto a llamar a mamá por lo del dinero del rescate.
—Aun así no irá a la entrega —dijo Philipp—. No le importa el dinero.
Sophia encontró una caja de Monopolio en el armario. Entonces decidieron jugar, aunque ninguno tenía ganas en realidad. Y justo acababan de sacar el tablero cuando Julie volvió a la sala, vestida de sudadera y chanclas, con los ojos hinchados y el pelo sin lavar. “De todos modos se ve hermosa”, pensó Sophia. La vida era muy injusta. ¿Por qué Julie era bonita, tenía un cuerpo precioso y una seguridad inquebrantable, y en cambio ella era gorda y fea? “Tú eres la única afectuosa”, oyó decir a Philipp en su cabeza. Vaya consuelo. El patito feo de buen corazón.
“Pero Felix, Felix me quiere”, pensó de pronto. No a Julie ni a ninguna otra mujer hermosa. Me quiere a mí, solo a mí. Ese pensamiento la llenó de tal orgullo y melancolía que se sintió mareada.
—¿Qué juegan? —preguntó Julie—. ¿Monopolio? No he vuelto a jugar desde que tenía diez años. ¿Puedo unirme?
Sophia fue la primera en escabullirse del tedioso juego de mesa.
—Por supuesto. —Juntó los últimos billetes y se los entregó a Moritz, que tenía el banco—. Ustedes terminen. Voy a darme una ducha.
Cuando regresó, Moritz acababa de ganar y estaba guardando las cartas y los billetes en la caja.
—¿Qué hora es? —preguntó él.
—Las tres —contestó Sophia—. Este día simplemente no quiere morirse.
—Buena metáfora —se burló Philipp.
Julie se rio.
—Imagínense que hubiéramos crecido juntos, como hermanos de verdad. Es algo que siempre quise. Un hermano o una hermana. O ambos.
—¡Cómo habríamos peleado! —dijo Philipp.
—A veces —opinó Julie—. Pero no siempre.
—De hecho, le debemos a V habernos reunido —dijo Moritz mientras guardaba el Monopolio en el armario.
—Dudo que Jochen opine lo mismo —dijo Julie.
Julie se encargó de la cena.
—Pasta corta con champiñones —dijo al poner los platos en la mesa—. Espero que esté decente.
Moritz abrió una botella de vino y lo sirvió. Y justo iban a empezar a comer cuando timbró el teléfono.
—¿Y eso? —Moritz dejó caer el tenedor, espantado.
—Ni idea. —Philipp se puso de pie—. ¿Alguno de ustedes dio el teléfono de aquí?
—¿Cómo? Si no lo sabemos —dijo Moritz.
Philipp fue al teléfono, que estaba en una mesita junto a la ventana, pero no alzó el auricular sino que se quedó mirándolo con desconfianza.
—¡Contesta! —gritó Julie—. ¿Qué esperas?
—Debe de ser el casero —dijo Moritz.
Las manos le sudaban a Philipp; casi se le cae el auricular al alzarlo.
—¿Hola?
—Habla Reifenberg. Espero no molestar.
El casero. Philipp respiró profundamente.
—No, claro que no. Bueno, estábamos empezando a comer…
—Seré breve. Solo quería preguntarle cuándo puedo recoger la llave.
—¿La llave?
—La de repuesto. —El casero se aclaró la garganta—. Normalmente le doy una sola al arrendatario y me quedo con la de repuesto. Lo prefiero así, por si acaso. Pues además nosotros estamos casi siempre en casa.
—Aquí tenemos solo una llave.
—Pero la puerta se le cerró a su hermana…
La voz del hombre había sonado insegura de pronto.
—¿A mi hermana…?
Philipp les lanzó una mirada de desconcierto a Sophia y a Julie, y las dos lo miraron igualmente desconcertadas.
—Usted vino a verme hoy por eso y se llevó la otra llave —explicó Reifenberg—. Porque a su hermana se le cerró la puerta cuando todos estaban afuera. Si le parece bien, pasaré mañana a las diez para recogerla.
—Claro —dijo Philipp. Seguía sin entender qué era lo que quería el casero, pero su corazón parecía haber comprendido, pues le latía desbocado, como si quisiera escapar de su pecho para ponerse a salvo—. No hay problema.
—¿Qué pasó? —preguntó Moritz cuando Philipp colgó.
—Alguien se hizo pasar por mí hoy y recogió la llave de repuesto donde el casero.
—¿Qué? —Julie se levantó—. Fue V. Tenemos que…
—Tenemos que llamar ya a la Policía —completó Moritz.
—¡Llama a Becker! —gritó Julie—. Mierda. Si ya está en la casa…
Philipp sacó el celular del bolsillo del pantalón, pero los dedos le temblaban tanto que tardó media eternidad en encenderlo. Después necesitó dos intentos para desbloquearlo.
—Olvídate de Becker —dijo Moritz mientras Philipp seguía buscando el número del comisario—. No tiene sentido. ¿Qué podría hacer? Llama a emergencias.
Philipp asintió, pero antes de que pudiera marcar los números, oyó que la puerta se abría… y que Sophia se había quedado sin aliento. Extrañamente, la miró a ella primero y vio cómo se quedaba pálida, después miró a Julie, que sonreía incrédula, y solo entonces dirigió la mirada hacia la entrada.
Allí estaba Marcel. Con un arma, apuntada hacia Philipp.
—Suelta el celular —dijo Marcel con suavidad—. Se acabó.
Julie tuvo un déjà vu. Ya había vivido esa situación antes. Había estado en esa casa, en esa sala, con Sophia y Moritz y Philipp, mirando fijamente la puerta que se abría lentamente. Para después ver entrar a Christian, con un arma apuntada hacia Philipp.
—Suelta el celular —dijo Christian con suavidad—. Se acabó.
Mientras los otros seguían hablándole a Philipp, Sophia oyó los pasos en el vestíbulo. Quería gritarle que se apresurara, que marcara los condenados números, pero le falló la voz porque sabía que era demasiado tarde. Habían subestimado a V. Habían creído que tenían una alternativa, pero él había jugado con ellos todo el tiempo.
Sophia vio cómo se movía el pomo muy despacio, casi como en cámara lenta. Y la puerta se abrió entonces; el corazón le latió tan rápido que se le desbocó y se le salió del pecho y cayó al suelo. Era Felix quien acababa de entrar a la sala... con un arma apuntada hacia a Philipp.
—Suelta el celular —dijo Felix con suavidad—. Se acabó.
ME DETENGO FRENTE A LA MESA en la sala de congresos donde está sentado mi padre, coqueteando con una mujer. Después de haber vuelto loca a mi madre, después de haberse casado con otra, después de haber hecho un hijo con esa otra, y luego otro. Me quedo mirándolo hasta que se da cuenta.
—¿Pasa algo? —pregunta.
—¿No me reconoces? —pregunto.
Entonces achica los ojos. Trata de recordar, pero no puede. Yo tenía nueve años cuando nos vimos por última vez. Cuando me prometió que no me olvidaría nunca.
—Puedes confiar en mí.
—Realmente no lo sé —dice.
Entonces digo mi nombre. Y aun así tarda un buen rato en comprender. Diez, veinte, treinta, cuarenta segundos. Tal vez sí hubo algo. En algún momento, pero después pasó. Para él, en todo caso. Para mí no.
—Por Dios —dice—. ¡Esto es…! ¿Qué haces aquí? ¿Eres…?
—No —le digo—. Estoy aquí por ti. Te busqué.
Él se ríe, primero mirándome, después mirando a la mujer, pero ella no se ríe.
—Bueno —dice—. Esto es…
—¿Quién es este? —pregunta la mujer.
Él no responde, pero yo sí.
—Soy su hijo —le digo—. Su grandote.
—¡Mentira! —Se pone de pie y camina hacia mí, pero dos pasos después se queda quieto, porque yo también estoy quieto.
—No hagas un escándalo. Están mirándonos. ¡No entiendo qué pretendes! —me dice.
—Eres mi padre —le digo.
Él suda.
—No es cierto. Tu mamá y yo éramos solo…
—¿Qué? —pregunto.
—¿Qué? —pregunta la mujer.
—No voy a seguir discutiendo aquí —dice mi padre, mi papi, el que me sostuvo en sus manos en el agua.
—Esto es ridículo —dice—. No me conoces. —Y lo dice con fuerza, irritado, casi gritando, de manera que un guardia se acerca inmediatamente, como si fuera su perro.
—¿Algún problema? —pregunta el guardia.
—Pues sí —dice mi padre—. El joven está molestándome.
—¿Está usted en el congreso? —pregunta el guardia—. ¿Dónde está su identificación?
La mujer me mira. Es mucho menor que mi padre.
Él no me mira.
—¿Puedo pedirle que me acompañe? —pregunta el guardia.
—Puede —contesto—. Pero primero tengo que decir algo más.
—Él es mi padre —le digo a la mujer—. Pero no quiere oírme porque te tiene ganas. Porque quiere acostarse contigo. Porque se acostó con mi madre hasta que ella se volvió loca y fue a dar al manicomio. Piensa bien si eso es lo que quieres.
Entonces me acerco a mi padre y le escupo a los pies. Y cuando alzo la mirada veo que tiene lágrimas en los ojos.
Pero eso también es mentira. Fue todo muy diferente en realidad.
Capítulo 20
—¿QUÉ HACES AQUÍ? —preguntó Julie—. Esto no puede ser verdad.
Quería acercársele, pero se quedó quieta de repente. La pistola firme en sus manos. Aquella expresión en su rostro. Christian. El inofensivo, servicial y amoroso Christian, al que no había tomado en serio sino hasta que se había enamorado de él. Christian era V. El acosador, el secuestrador.
—Felix —dijo Moritz—. ¿Qué diablos…? Si es una broma…
—Siéntense todos en el sofá —dijo Christian, muy sereno.
—¿Por qué…? —empezó Sophia, pero no pudo continuar, la voz le falló como si le hubieran dado un golpe en la boca del estómago. Enmudecida, se puso de pie y fue directo al sofá.
—Los demás también.
Sostenía la pistola con ambas manos. El arma no se correspondía con él. El espectáculo entero no se correspondía con él.
—¡Está bien, está bien!
Philipp alzó las manos y se sentó junto a Sophia. Tras una breve vacilación, lo siguieron también Julie y Moritz.
“Todo fue un engaño”, pensó Julie. Se metió en mi apartamento y dejó todo patas arriba y después interpretó al gran salvador. Y yo fui tan idiota de caer, incluso de acostarme con él.
—¡Cretino! —dijo con voz apagada.
—Cállate, Julie —dijo Christian.
—No, no me callo. No te tengo miedo, idiota.
—¿Que no me tienes miedo?
Él alzó las cejas en gesto burlón.
Julie dio un resoplido desdeñoso.
—Eres patético. Todo esto solo porque tu papá no te aceptó. ¿Por qué…?
El disparo cortó la pregunta por la mitad. Sophia soltó un alarido. Moritz y Philipp gritaron también. Después clavaron todos la mirada en la pierna de Julie, en la sudadera azul claro que se había teñido de rojo oscuro. En la sangre que el corazón bombeaba de su cuerpo. “Debe de doler un montón”, pensó Julie. Y entonces sintió el dolor.
“Nos matará a todos”, pensó Philipp.
—Quiero que guarden silencio —dijo Marcel, que no se llamaba Marcel, por supuesto—. Y que me escuchen. ¿Ahora sí lo entendieron?
Philipp y Moritz asintieron con la cabeza. Sophia lloró. Julie se agarró la pierna y gimoteó.
—Soy Jens, el hijo mayor de Jochen. Mi papá me traicionó, enloqueció a mi mamá y destruyó mi vida. Ahora voy a destruir la suya.
Julie gimió con fuerza.
—Hay que detener la hemorragia —dijo Moritz, calmado—. ¿Puedo mirar la herida?
Jens titubeó un poco.
—Bien —dijo finalmente—. Pero si es un truco, te mato.
Moritz se escurrió en el sofá y se arrodilló frente a Julie.
—Necesito una venda —dijo—. En el baño hay una caja de primeros auxilios.
Otro titubeo ligero de Jens.
—Que la traiga Sophia. Pero primero me dan sus celulares.
Philipp recogió los teléfonos y se los pasó. “Jens”, pensó. “El hijo de Annette Rosa”. Cómo se parecía a su mamá. ¿Por qué no lo había notado antes? Por eso le había resultado tan conocida.
Sophia corrió al baño y trajo la caja de primeros auxilios, luego Moritz le vendó la pantorrilla a Julie. Lo hizo con mano serena y una profesionalidad sorprendente, teniendo en cuenta que aún no había empezado la carrera de Medicina.
—¿Qué pretendes hacer con nosotros? —preguntó Philipp.
—Matarlos. —Jens sonrió—. A ti primero —añadió—. Después a Julie y a Moritz.
—¿Y Sophia?
—A ella también —respondió sin mirarla.
—¿Por qué? —preguntó Philipp—. Julie y yo recibimos tan poco de Jochen como tú.
—Menos —dijo Jens—. Mucho menos.
—¿Por qué quieres matarnos entonces?
—Porque son iguales a él. Igual de fríos y calculadores y crueles.
—¿Qué te hizo él a ti? —preguntó Sophia en voz baja.
—Me prometió que me protegería. “Puedes contar conmigo, Jens, puedes confiar en mí”, me dijo. Él vivía con nosotros, salía de vacaciones con nosotros. Me enseñó a nadar y a montar en bicicleta. Nosotros confiábamos en él. Mi mamá lo dejó todo por él, pero nos abandonó porque otra vez había conocido a otra, porque no podía ser fiel, porque no quería comprometerse. Que mi mamá perdiera la razón a causa de la tristeza no le importó. Yo tenía seis años, apenas seis, pero eso tampoco le importó y me abandonó, sencillamente, como si no fuera su hijo. A mi mamá la internaron, y yo me quedé solo.
—¿Y después? —preguntó Sophia—. ¿Te metieron a un hogar?
—Tuve que irme a vivir con Werner. Pero él me odiaba porque sabía que yo no era su hijo, sino del otro.
—¿Por qué te recibió entonces? —preguntó Philipp—. No tenía que hacerlo.
—Pero quería. Quería torturarme, castigarme por haber nacido. Me pegó hasta que intervinieron los de protección de menores. Entonces fui a dar a un internado, luego a otro. Ninguno quería tenerme, y yo tampoco quería estar allí. Yo quería estar con mi papá, que me había prometido que podía contar con él. Pero él no tenía tiempo porque estaba demasiado ocupado acostándose con todas.
—¿Cómo lo descubriste? —preguntó Philipp—. Ni Moritz ni Sophia sabían de Julie o de mí.
—No fue tan difícil. Me metí en su consultorio y lo descubrí. Él les pagaba la cuota alimentaria, pero a mí no.
—¿Y nos observas desde entonces?
—Lo sé todo de ustedes. Los conozco mejor que ustedes mismos.
—Yo confié en ti —dijo Philipp—. Se suponía que eras mi amigo.
—¿Tu amigo? No tienes ni idea de lo que es la amistad. Solo quieres joderlos a todos. La historia con Yasmin es lamentable. Me da ganas de vomitar. —Jens hizo una mueca—. Y Julie. Que le quita la plaza de estudio a la mejor amiga con toda frialdad. Que se aprovecha de todos. Si me armas la cocina, puedes acostarte conmigo.
Julie no reaccionó. Había cerrado los ojos y apoyado la cabeza en el hombro de Sophia, que la había rodeado con un brazo. Moritz le había cortado el pantalón. La venda se había teñido de rojo oscuro.
“Hay que llevarla al hospital. Si no, morirá” , pensó Philipp. Pero entonces se hizo consciente de que todos morirían si no sucedía un milagro.
—Y Moritz —continuó Jens—. El orgullo de papá. Que quiere ser médico como su padre. Y se sube al auto borracho, atropella a un ciclista y lo deja allí. Tal como el padre. No hay que mirar a los lados, solo adelante. Y pensar en sí mismo. Así son ustedes tres.
—¿Cómo nos encontraste? —preguntó Moritz.
—Ustedes mismos se delataron. Por la secretaria de Philipp supe que se habían ido. Un lugar en el Báltico, eso me lo dijo Philipp. Y Sophia mencionó que había un faro. Y Philipp también me habló del campo de golf. Google se encargó del resto. Bueno, de casi todo, pues había diez cabañas posibles. El cuarto casero resultó ser el indicado. Me soltó la llave inmediatamente. —Sonrió—. Y aquí estoy. El quinto hijo.
—No podrás salirte con la tuya —dijo Moritz—. Si nos matas, te atraparán.
—No será necesario. Cuando ustedes hayan muerto, me despediré también.
—¿Y Jochen?
—Morirá. O lo encontrarán antes de que se muera de sed. Me da igual. En todo caso, está acabado.
—¿Y Sophia? —preguntó Philipp.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Por qué quieres matarla?
—Es hija de Jochen.
—¿Eso es todo? —Philipp meneó la cabeza—. Vamos, tuviste mucho que decir de Moritz, de Julie y de mí. Sophia no tiene ni diecisiete años. Nunca le ha hecho nada a nadie. ¿Por qué tiene que morir ahora?
Sophia podía oír la respiración agitada de Julie, cuya cabeza reposaba, pesada y caliente, en su hombro. La sangre le retumbaba tanto en su propia cabeza que casi no podía entenderle a Philipp. Pero tampoco le interesaba. No tenía sentido. Felix, que en realidad se llamaba Jens, no se dejaría convencer. Él se había labrado su confianza, y los había engañado a todos durante meses. Ahora había llegado a su meta. Nada ni nadie podría interponerse.
—¡Responde! ¿Por qué quieres matar también a Sophia? —preguntó Philipp.
Entonces Sophia miró a Jens. Allí, de pie, con la pistola en las manos, disfrutando de su triunfo.
—¿Por qué? —preguntó ella también.
Y notó cómo él perdía el control, cómo su mirada se paseaba entre Philipp y ella.
—Sophia no es como nosotros —dijo Philipp—. Tú lo sabes.
La cabeza de Julie se hundió aún más en su hombro. La vida parecía escapar lentamente de su cuerpo, caía gota a gota en la alfombra.
—Eso no es cierto —dijo Sophia—. Puede que sea diferente. Pero no soy mejor.
La mirada de Jens volvió a posarse en ella y volvió a descontrolarse.
—Acosé tanto a una compañera que tuvo que salirse del colegio —dijo Sophia—. Solo para que las demás me aceptaran. Y daría todo por ser tan popular como Moritz. O tan hermosa y segura como Julie. O tan exitosa como Philipp. Pero no lo soy. Soy gorda y fea y no muy inteligente. —Entonces miró a Jens… y vio a Felix y volvió a sentir lo mucho que lo había querido. Se acordó de la primera conversación que sostuvieron en el café, del día en que él se presentó en su casa y de la llamada telefónica del día anterior. Y mientras ella ardía de amor, él había cargado su arma. Y mientras ella había querido saltar de la felicidad, él se había acercado furtivamente—. ¿Cómo pudiste hacerme esto?
Él negó con la cabeza.
—No te engañé. Ni te mentí. Si no fueras hija de Jochen, podríamos… Y yo habría…
—¿Qué? —preguntó Sophia—. ¿Habrías qué?
Silencio.
—¿Y pretendes juzgarnos? —preguntó ella cuando él no respondió—. Juzgaste a Julie y a Philipp y a Moritz y a nuestro papá y tú mismo eres lamentable. Y un mentiroso. Yo te quería. Y Julie también.
El miedo se fue desvaneciendo a medida que hablaba. A lo mejor se debía a que Jens no podía mirarla a los ojos. Hay que mirar a los ojos a una persona antes de dispararle. O a lo mejor estaba cansada de esta vida. Felix, a quien había querido, había dejado ya de existir. Su amor había sido un sueño, una ilusión. Se había acabado, se había acabado todo para ella. No había diferencia entre ponerle punto final a todo o esperar veinte o cuarenta u ochenta años. Ya se había acabado, se había acabado todo para ella.
Sophia apartó la cabeza de Julie de su hombro con cuidado y la apoyó en el respaldo del sofá. Y se levantó.
—Sophia —dijo Jens con tono admonitorio.
—Quédate sentada —murmuró Moritz.
—Sé razonable, Sophia.
Eso lo dijo Philipp, pero ella no lo oyó.
Al levantarse percibió el movimiento del otro lado de la ventana. Una sombra que se deslizaba. Allí había alguien.
Algo.
—¡Siéntate! —ordenó Jens.
—No.
Pero no caminó hacia él sino a la ventana, y miró al jardín, donde ya había escampado. El agua goteaba de las hojas y las ramas como lágrimas, como sangre. No había ni un alma a la redonda. Falsa alarma.
—¡Siéntate! —ordenó Jens de nuevo, esta vez más fuerte.
Sophia se dio la vuelta, porque no era bueno darle la espalda.
La mirada de él se encontró finalmente con la suya. Ella se la sostuvo, sin llegar a soltarla. Miró a Jens como si no fuera el enemigo que quería matarla, sino su amigo, su amante, su salvador.
—¡Siéntate! —dijo Jens en voz muy baja.
—¡Mátame! —repuso ella—. ¿Qué estás esperando?
Notó que él quería apartar la mirada, supo que estaba perdida, que todos morirían cuando eso sucediera.
—Mírame, Jens —le dijo.
Él cerró los ojos y apretó el gatillo.
EL GUARDIA ME AGARRA de un brazo, y un segundo guardia me agarra del otro, luego me sacan. Me sueltan afuera, y yo me voy a mi auto y conduzco de regreso y esta vez necesito siete horas para los quinientos kilómetros, porque tengo que detenerme continuamente.
Para llorar. Ahora sale todo. Lloro todas las malditas lágrimas que he contenido durante toda mi vida. Pero mi cabeza queda vacía en algún momento. Entonces empiezo a pensar. ¿Y ahora? ¿Qué sigue?
—Eres inteligente —me dijo el señor Jacobs antes de echarme—. Si tan solo te aplicaras, muchacho.
“Eso haré ahora”, pienso.
—No me conoces —me dijo mi padre.
Pero ahora lo conoceré. Mejor que cualquiera. Mejor que él mismo. Y él me conocerá. Tardará bastante, pero no importa.
El día de la venganza llegará.
Pronto.
Capítulo 21
EL DISPARO PASÓ a una buena distancia de la cabeza de Sophia y dio en la ventana. En las esquirlas del vidrio, ella pudo ver cómo Philipp se abalanzaba sobre Jens y lo tumbaba al suelo mientras la puerta se abría. La sala se llenó de pronto de unos hombres de negro, armados y enmascarados. Sophia ya no estaba de pie sino entre las esquirlas, con un policía arrodillado a su lado.
—¡Necesitamos una ambulancia! —susurró—. ¡Mi hermana está gravemente herida!
—Las ambulancias ya llegaron —dijo el policía—. Ya se acabó, tranquila. Tenemos todo bajo control.
Los policías arrestaron a Jens. Los paramédicos subieron a Julie en la ambulancia y se llevaron también a Sophia, que sangraba por varias cortadas. Y habrían preferido llevarse también a Philipp y a Moritz, pero los dos se negaron.
—Estoy bien —dijo Philipp.
Era mentira, pues estaba muy mal. Pero no había nada que los paramédicos pudieran hacer por él.
Un policía flaco, de cabeza rapada y barba de tres días, se acercó a los dos.
—Soy Müller, jefe de operaciones —dijo—. ¿Podrían responder un par de preguntas?
—¡Pregunte! —dijo Philipp.
—¿Conocían al tipo? ¿Saben cómo se llama?
—Jens Sonnabend. O Rosa, el apellido de soltera de la mamá —dijo Moritz.
—Alias Marcel Diesler —completó Philipp.
—Alias Felix Weimer —añadió Moritz—. O Christian quién-sabe-qué.
—Al parecer es nuestro medio hermano. El hijo ilegítimo de nuestro papá —dijo Philipp—. O por lo menos eso asegura.
—¿Les dio alguna indicación sobre el lugar donde podría estar su padre?
—¿Se refiere dónde lo tiene escondido? —preguntó Philipp.
El policía asintió.
—Nada. Quería matarnos y matarse él después. Aunque nos anunció que nuestro papá morirá de sed si no lo encuentran.
Müller oprimió un botón en su radioteléfono.
—Parece que el agresor actuó solo. Jens Sonnabend o Rosa. No hay ningún indicio sobre el paradero del secuestrado.
El radioteléfono contestó con unos ruidos fuertes, pero esto pareció bastarle a Müller como respuesta porque asintió.
—Vamos a sacarlos de aquí primero. Afuera los espera un psicólogo…
—No quiero ningún psicólogo —dijo Philipp—. Quiero saber cómo están nuestras hermanas. ¿Julie sobrevivirá?
—El pronóstico es bueno, según el doctor —dijo Müller.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo Moritz cuando salieron de la casa—. ¿Cómo supo que estábamos aquí?
—Nuestros colegas de Düsseldorf rastrearon sus celulares —dijo Müller—. Su hermana de Hamburgo habló ayer por teléfono. Y la señorita Rothe revisó su correo electrónico. Así pudimos rastrear los números. Pero tardamos en descubrir la ubicación exacta, porque solo conocíamos la zona de emisión. Afortunadamente se trataba de un lugar poco habitado. —El policía meneó la cabeza—. Acabábamos de entrar cuando oímos el disparo. Entonces actuamos de inmediato. Tuvieron muchísima suerte.
Philipp asintió, cansado. Sí, habían tenido suerte. Pero no era eso precisamente lo que sentía.
—Si no encuentran a papá, morirá —dijo Sophia.
Estaba sentada en el piso de la habitación del hotel, con una taza de café entre las manos vendadas. Tenía la cara llena de puntos y esparadrapos.
—La Policía no tiene ni la menor idea de dónde buscarlo —dijo Philipp—. Jens no ha abierto la boca.
—Y no la abrirá —profetizó Moritz—. Tampoco encontraron nada en sus apartamentos de Múnich, Düsseldorf o Hamburgo. Ningún rastro de Jochen. Podría estar en cualquier lugar.
—Puede que tenga un cómplice —dijo Sophia—. Alguien que vigile a papá mientras él no esté.
—Lo dudo. Él no dejó que nadie se le acercara. Nunca. Creo que Jochen está metido en algún hueco con una provisión de agua y alimentos. Y cuando se le acabe…
Philipp guardó silencio.
—Terrible —susurró Sophia y dejó a un lado la taza, porque había sentido náuseas.
—Quizá deberíamos regresar a Düsseldorf —propuso Moritz.
—No. —Sophia negó con la cabeza—. Julie nos necesita. Está completamente sola.
Antes de salir del hospital esa mañana, Sophia había visitado a su hermana. Julie había estallado en llanto al ver su rostro cortado. “No es tan grave. Los doctores dicen que no me quedará ninguna cicatriz”, la había tranquilizado Sophia.
“De todos modos ese cretino nos disparó. Y pensar que estaba enamorada de él”, había susurrado Julie.
—La mamá ya está en camino —dijo Moritz—. Pero después de lo que Julie nos contó de ella, no creo que sea de mucha ayuda.
—Sigo sin entender cómo Jens pudo engañarnos tanto —dijo Philipp.
Moritz asintió, pensativo.
—Todos confiamos en él. Nos manipuló a todos. A mí me hablaba siempre de un amigo de Flensburgo al que tenía que cuidar, porque estaba en cuidados intensivos por un accidente de moto. Por eso tenía que viajar tanto.
—A Julie le decía que tenía que visitar a la mamá enferma en Bonn —dijo Philipp—. Y a mí me dijo que tenía una novia.
—Me pregunto cómo logró transferir el dinero de tu cuenta a la mía. ¿Te pirateó la cuenta virtual?
Philipp negó con la cabeza.
—Mucho más fácil. El dinero lo transferí yo mismo. Él me pasó una factura falsa con tu número de cuenta. Era el encargado de las obras de mi apartamento, al fin y al cabo.
—Y tu amigo —dijo Moritz—. Y el mío. Mierda. Cuando pienso en todo lo que le conté.
A Sophia se le aguaron los ojos de repente.
—Y yo —murmuró.
Philipp le puso una mano en el hombro.
—A ti te dijo la verdad, en cierto sentido. Sé que no es ningún consuelo, pero tú le gustabas de verdad. Por eso disparó a un lado. No fue capaz de matarte.
—Pero no entiendo por qué papá no lo reconoció como su hijo —dijo Sophia—. A ti y a Julie sí los aceptó. Jens fue el único del que no quiso saber nada.
—Porque no era su hijo —explicó Moritz—. Eso es lo que sospechan los policías, al menos. Falta que hagan la prueba de paternidad, pero lo más probable es que Jens sea el hijo de Annette y Werner Sonnabend.
—Si tan solo supiéramos dónde está papá —susurró Sophia—. Tengo tantas preguntas.
—Tal vez Annette Rosa tenga alguna idea —dijo Moritz.
—Tal vez. —Philipp se encogió de hombros—. Pero no podría comunicárnosla. Está demasiado perdida, no es posible conectar con ella.
—Pero ella te habló de un lago —dijo Sophia—. Adonde iba siempre con Jochen. Y Jens dijo ayer que Jochen se iba de vacaciones con ellos. Que le enseñó a nadar.
—El lago. —Philipp frunció el ceño—. Es cierto. Estaba completamente obsesionada con ese lago. Aparecía en todos sus dibujos.
—¿Y cómo se llamaba el lago? —preguntó Moritz.
—Ni idea. —Philipp se puso de pie—. Voy a hablar de nuevo con los policías. Deberían mandar a alguien para que hable con ella, aunque es probable que no sirva de nada. Ella no les dará ninguna información.
El lago. Philipp no podía dejar de pensar en eso. El lago donde habían sido felices Annette y Jochen, donde Jens había aprendido a nadar. Pero había algo más allí. Annette le había contado algo, le había dado alguna indicación. Pero Philipp no lograba acordarse…
“Fuimos juntos al lago, ¿te acuerdas? Hicimos el amor”.
Maldición, ¿por qué no había tomado nota? Lo que fuera que hubiera oído, se había ido. A lo mejor no había nada más.
Ya se había acostado cuando se acordó. “La cabeza de cabra, ¿te acuerdas? El campesino nos sacó con el rastrillo”, le había dicho Annette. Y en uno de sus dibujos se veía la cabeza de una cabra.
Encendió la luz, se levantó de repente y agarró el celular de la mesa de noche. Tenía grabado el número privado de Becker.
Pero parecía que el comisario estaba dormido, pues tardó unos minutos en entender lo que Philipp quería decirle.
—Un momento.
Philipp lo oyó encender el computador, después sintió su respiración.
—En Baviera hay una montaña que se llama Cabeza de Cabra. A poco más de cien kilómetros de Múnich, muy cerca de un lago.
—¡Allí es! —susurró Philipp—. ¡Allí escondió a Jochen!
—Lo comprobaremos de inmediato.
El comisario Becker llamó a Philipp a las cuatro de la mañana.
Habían encontrado a Jochen en el sótano de una casa vacacional.
—Está bastante deshidratado y débil, pues no ha bebido casi nada en los últimos días. Los colegas lo llevaron al hospital. Pero está relativamente bien, dadas las circunstancias.
—¿Y cuál era la casa donde lo encontraron?
—Jens Rosa la adquirió hace un par de años bajo una identidad falsa —respondió Becker—. Suponemos que es la misma casa donde pasaba vacaciones con su padre y su madre anteriormente. En todo caso, él planeó y preparó el secuestro con mucha antelación.
—¿Cuándo puedo verlo?
—Eso debe preguntárselo a los médicos. Seguramente muy pronto.
Seguramente muy pronto. A Philipp se le secó la boca por la agitación.
—¿Les avisa a sus hermanos? —preguntó Becker—. Yo le informaré a la esposa.
—Por supuesto —dijo Philipp—. Muchas gracias por todo —añadió, pero el comisario ya había colgado.
AL FINAL TRIUNFA EL IMPÍO, y sus hijos se regocijan. Y el justo es condenado y encarcelado.
Lo estropeé todo.
No había contado con Sophia. Con mi amor por ella. No el amor de un hermano, sino mucho más.
¿Cómo pudiste hacerme esto?
¿Cómo pude hacerle eso a ella?
Y a mí mismo.
Abro la Biblia y leo la primera frase en la que cae mi mirada.
“Pues toda carne es como hierba, y todo el esplendor del hombre como flor de hierba. Se seca la hierba y cae la flor”.
Lo arruiné todo.
Epílogo
SOPHIA ESTABA SACANDO DEL HORNO el pastel de manzana cuando sonó el timbre.
—Debe ser Philipp —dijo Moritz.
—¡Yo abro!
Los pasos de su papá en el pasillo… pesados, arrastrando despacio los pies. Seguía siendo raro tenerlo de vuelta en casa.
—Hola, Philipp.
Su voz sonó insegura.
Sophia soltó el guante.
—Iré a verlo —dijo.
Cuando salió al pasillo, los dos hombres estaban dándose la mano.
—Bienvenido, Philipp. Me alegro de conocerte finalmente —dijo el señor Rothe.
—Yo también.
—¡Hola, Philipp! —Sophia pasó junto a su papá y le dio un abrazo a su hermano—. Qué bueno verte.
—Hola —saludó Moritz, quien salió de la cocina en ese momento.
—Felicitaciones —Philipp le dio una palmadita en el hombro—. Sophia me contó que te aceptaron en la universidad para estudiar Medicina.
Entonces volvió a sonar el timbre. Esta vez era Julie. La ceremonia del saludo volvió a empezar.
—¿Cómo estás? —le preguntó Philipp a su papá cuando se sentaron en la sala.
—Bien —respondió el señor Rothe—. De maravilla.
Pero no era cierto, y todos lo sabían. Sufría estados de ansiedad y pesadillas. Su seguridad, su autoconfianza, su optimismo se habían quedado en el sótano oscuro donde Jens lo había tenido encerrado durante dos semanas. El matrimonio estaba en crisis. La señora Rothe lloraba mucho. Nada era como antes.
—¿Y tú cómo estás? ¿Te reconciliaste con Vivian?
Philipp arqueó las cejas, sorprendido.
—Eso se acabó. Pero es mejor así. Nos vimos y hablamos.
—Eso es bueno —dijo el señor Rothe.
Julie se aclaró la garganta.
—Yo tengo noticias. No voy a entrar a la escuela de teatro.
—¿En serio? —preguntó Moritz—. ¿Por qué no?
—Es probable que me vaya un año a África. Me presenté para hacer una práctica en una organización de cooperación con países en desarrollo.
—¿Tú, qué?
Sophia tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse.
—No se lo habrían esperado, ¿cierto? —Julie sonrió. Después volvió a ponerse seria—. El cretino ese me afectó de verdad. Ahora me pregunto todo el tiempo si realmente soy tan superficial y falsa como él me veía.
—No —dijo Sophia—. No lo eres.
Julie sonrió.
—Tú solo ves el lado bueno de la gente, Sophia. Pero no importa. Necesito conocerme primero, antes de convertirme en actriz. Y para eso necesito salir de Hamburgo y de Alemania.
—A mí me da tristeza que te vayas —dijo Sophia.
—Pueden venir a visitarme en África. Además, no me voy para siempre.
Sophia pensó en la conversación telefónica que había tenido hacía un par de días con Julie. “Estoy muy mal. Cada vez que paso por delante de su apartamento, tengo que pensar en él. Lo extraño. ¿No te parece patético?”, había dicho.
—Absolutamente —había respondido entonces Sophia, luchando para contener las lágrimas. Cada vez que sonaba su celular, cada vez que abría el correo electrónico, cada vez que alguien timbraba a la puerta, pensaba en Felix. Aunque sabía perfectamente que él no existía, que no había existido nunca.
—Ya está listo el café. —La señora Rothe puso la bandeja con los platos y las tazas en la mesa—. Y hay pastel de manzana hecho por Sophia.
Moritz repartió las tazas mientras la señora Rothe sacaba el pastel.
—¿Saben qué cosa me pregunto todo el tiempo? —comentó Sophia después de que empezaron a comer—. ¿Por qué nadie en la residencia sabía que Annette Rosa tenía un hijo?
Philipp se encogió de hombros.
—Jens debió haber manipulado los documentos. Ellos trabajaban con ficheros. Seguramente borró las fichas.
—Pero ¿por qué? ¿Para borrar sus huellas?
—Creo que no llegó a pensar en tanto. Simplemente no quería tener nada más que ver con ella. Estaba totalmente obsesionado con Jochen, su papá.
—Que no era su papá, en realidad —dijo Moritz—. La prueba dio negativo. Eso tiene que haberlo golpeado mucho.
El señor Rothe apartó el plato. No había tocado el pastel.
—A Werner, su verdadero padre, lo odiaba con toda su alma —dijo Philipp—. Después de que internaron a Annette, Jens tuvo que irse a vivir con él. Y eso fue un desastre porque no lograban entenderse.
El señor Rothe asintió.
—Werner siempre fue impaciente y colérico, desde niño. Solía pelearse con todos, pero a mí no me hizo nada, nunca. Yo era su mejor amigo. Y a Annette, su Annette, tampoco le habría tocado ni un pelo. Al principio, al menos. Él la adoraba. La llevaba en palmas. “Mi pequeña artista”, le decía. Pero la pequeña artista se convirtió en una mujer exitosa y él no pudo soportarlo. Era celosísimo con cualquier hombre que se le acercara, pues veía en todos a un posible amante.
—Menos en ti —dijo Moritz.
—Menos en mí —confirmó el señor Rothe—. Por eso hacíamos tantas cosas juntos, Annette y yo. Ella siempre se ponía feliz de poder salir sin que él le hiciera una escena.
—Werner confiaba en ti, en su mejor amigo y colega —dijo su esposa con voz amarga—. Estaba convencido de que ella sería tabú para ti. Pero no era así. Ninguna era tabú para ti.
—Al principio, tardamos en reconocer que nos habíamos enamorado. Hasta que ya no pudimos negarlo. La atracción era demasiado fuerte. —Se miró las manos—. Dejamos de vernos cuando ella quedó embarazada. Por un tiempo, al menos. Pero todo volvió a empezar después de que Jens llegó al mundo.
—Y Werner se dio cuenta —dijo Moritz.
—Y se puso como loco, claro. Reprendió y golpeó a Annette. Entonces ella se fue de la casa y se divorció. Yo quería separarme de Birgit, pero justo en la noche en que pretendía decírselo, me contó que estaba embarazada. Así que no le dije nada.
—¿Birgit no sabía que tenías un amorío con Annette? —preguntó Sophia.
—Sí, claro. Werner corrió a contárselo. Pero ella creía que se había acabado. Y yo también. Pero no se había acabado.
—Igual dejaste a Birgit —dijo Philipp—. Y no te casaste con Annette.
—Cuando me separé de Birgit finalmente, Annette ya había cambiado mucho. Su enfermedad, la esquizofrenia, había empezado. Hasta que ya no pudo más. Oía voces, tenía alucinaciones, estaba muy mal.
—¿Tú hiciste que la internaran? —preguntó Sophia.
Él asintió con la cabeza.
—No había alternativa. Además, era un peligro para el niño.
—Pobre niño —susurró su esposa—. Ya había perdido a su papá. Y tú también lo abandonaste.
—No podía llevármelo. No era mi hijo.
La señora Rothe se encogió de hombros.
—Él me buscó una vez —dijo el señor Rothe después de un rato—. Hace unos años ya. Se apareció de pronto en el Centro de Convenciones de Kiel. Todavía me acuerdo. Fue muy incómodo. —Se pasó la mano por el pelo, nervioso—. Y me porté muy mal. Muy mal —susurró.
—Probablemente ese fue el detonante —dijo Philipp—. Después de eso, decidió vengarse.
—¿Por qué subiste a su auto? —preguntó Julie—. Los policías dijeron que no te defendiste. Si él ya te había buscado antes, tienes que haberlo reconocido.
—Estaba muy cambiado. Antes tenía el pelo más largo y era muy gordo. Cuando se detuvo en el auto a mi lado, me dijo que Moritz había tenido un grave accidente y estaba en el hospital. Que él era su amigo y me llevaría a verlo. Por eso me subí. Estaba muy confundido, casi ni lo miré.
—¡Eso no puede ser cierto! —exclamó Moritz—. ¿Un desconocido te dice que tu hijo está en el hospital y tú te subes a su auto?
—También recibiste mensajes anónimos, ¿verdad? —dijo Philipp.
Su papá asintió.
—Me envió un mensaje de texto justo antes de que fuera a la Policía con Sophia. Era…
Meneó la cabeza y se interrumpió.
—¿Qué te escribió? —preguntó su esposa—. ¡Desembucha! Esto ya no puede empeorar…
El señor Rothe asintió.
—Nombres de mujeres —dijo en voz baja—. Una lista con algunos nombres de mujeres.
—Tus amoríos —dijo la señora Rothe.
—Y un mensaje: “Si no involucras a la Policía, no les pasará nada a tus hijos”.
—¿Y le hiciste caso? —preguntó Sophia, desconcertada—. ¿El tipo te manda un mensaje de texto y tú escondes el rabo entre las piernas? ¿Solo para que no se supiera lo de tus amoríos?
—Creí que el tipo quería dinero. Quería esperar a que volviera a manifestarse. No podía imaginarme que estuviera tan loco.
—Pero lo supiste cuando ahogó a Egon.
Su papá asintió.
—En ese momento, me mandó el segundo mensaje: “en casa te espera una sorpresa”, o algo así.
—Pero aun así tampoco te decidiste a ir a la Policía.
—Sí —dijo el señor Rothe—. Justo iba hacia allá cuando el auto se detuvo a mi lado. Pueden creerme o no, pero es la verdad. Iba a presentar la denuncia, pero ya era demasiado tarde. Debe de haberme dormido o algo, pues no puedo recordar nada más. Solo sé que volví a despertarme en el sótano. Jens pasaba días sin aparecer. Y cuando aparecía, no me hablaba. Llevaba una máscara, todo el tiempo. Yo le rogaba, le suplicaba. Pero no tenía ni idea de quién era. Solo una vez se me acercó. Se inclinó y preguntó: “¿Sabes quién eres?”.
—¿Y qué le respondiste? —preguntó Sophia.
—Nada. No pude pronunciar palabra.
—¿Y?
—“Job”, me dijo. “Eres Job”. “¿Y tú, quién eres tú?”, le pregunté. “Yo soy Dios”, me dijo.
—Está tan loco como la mamá —dijo Julie.
—Quería quitármelo todo. Y casi lo logra.
El señor Rothe se cubrió la cara con las manos; su esposa asintió.
—Pero no lo logró —dijo ella—. Estás vivo. Y los chicos también. Todos. Incluso Jens. A lo mejor todo estará bien algún día.
Philipp le sirvió café a Julie. Moritz le pasó la leche.
“Son muy parecidos. Philipp, Julie y Moritz. Y papá. Son muy parecidos. Solo yo soy distinta”, pensó Sophia. Pero ahora, a diferencia de antes, la idea ya no le molestaba. Incluso la hacía sentir un poco orgullosa.
Muchas gracias
… a todas las personas que contribuyeron para hacer realidad este libro.
A la Secretaría de Cultura de Düsseldorf, que me otorgó una beca de trabajo.
A Klaus Döneke de la Policía de Düsseldorf, por la crítica constructiva.
Al doctor Christian Duwe, por la asesoría psicoterapéutica, y a Frank Reifenberg, por tanta solidaridad.
A Lidan Chai, Ruth Mayer, Ida Kretschel y a Clara Pietrek, por sus lecturas.
A Harry Olechnowitz, por las gestiones. A Iris Praël, por la revisión y la reflexión.
La autora: Gina Mayer
GINA MAYER nació en 1965 en Ellwangen. Estudió diseño gráfico y trabajó como redactora antes de consolidarse, después del nacimiento de sus dos hijos, como escritora para adolescentes y adultos. Vive actualmente con su familia en Düsseldorf, donde se desempeña como escritora independiente.
Mañana morirás, además de recibir una subvención por parte de la ciudad de Düsseldorf, fue nominada a los premios Hansjörg Martin (2014) y Segeberger Feder (2013).